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Primera aproximación a la simbología de las aves en el Romancero tradicional extremeño

García Espina, Diego

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Primera aproximación a la simbología de las aves en el Romancero tradicional extremeño Facultad de Filología Doble Grado en Filología Hispánica y Clásica Trabajo Fin de Grado Curso académico 2023-2024 Autor: Diego García Espina Tutora: Dra. Cristina Moya García A mi madre, mi modelo a seguir y la persona que me hizo amar la filología, gracias por transmitirme tu pasión y trabajo. Índice Introducción……………………………………………………………………………...1 Metodología……………………………………………………………………………...2 El vuelo de las aves en la Antigüedad…………………………………………………….3 El Romancero tradicional………………………………………………………………...5 Temáticas simbólicas 1. Erotismo y sexualidad……………………………………………………………7 2. La feminidad……………………………………………………………………12 3. Simbología cristiana……………………………………………………………15 4. Muertes, presagios y maldiciones………………………………………………18 Interacción entre la literatura culta y la popular en torno a la simbología de las aves……22 Conclusión……………………………………………………………………………...25 Bibliografía ...…………………………………………………………………………..27 Anexo…………………………………………………………………………………...31 1 Introducción La presencia de las aves en romances y demás composiciones tradicionales no siempre tiene una mera finalidad ornamental, sino que también alberga un auténtico trasfondo cultural, el cual se remonta a toda la raigambre literaria y folclórica mediterránea. Desde las señales del cielo hasta la encarnación de la más picaresca sexualidad, los pájaros forman parte de nuestro acervo costumbrista, de nuestros paisajes naturales y expresiones por igual, del tipismo de nuestra lengua castellana. De ahí la necesidad de este estudio, una puesta en valor de la tradición, de aquello que, injustamente, se ha encontrado relegado y arrinconado de las investigaciones científicas. También supone el reconocimiento a figuras que han dedicado su carrera profesional a salvaguardar este ingente patrimonio humano. El motivo del pajarito es una constante en los cancioneros españoles, un animal cotidiano que se erige como portador de una profunda simbología, configurada y aderezada a lo largo de la historia, y el Romancero tradicional se hace eco de ello. Es uno de los indiscutibles protagonistas de nuestro legado oral, testigo de las fatigas y las alegrías del pueblo, de las pasiones y las frustraciones, de la muerte y la vida. Por mi vinculación personal con el mundo del folclore y la tradición de mi tierra, Extremadura, en un primer momento quise hacer un estudio del rico Romancero que esta alberga, el cual inunda sus cancioneros. Sin embargo, dada la complejidad y la inmensidad del tema para tratarlo en un TFG, decidí centrarme en un motivo que se repitiese con cierta frecuencia entre los versos del corpus previamente seleccionado (compuesto por compilaciones de romances extremeños). Y fue ahí cuando, entre otras opciones, me decanté por el pajarito que protagoniza tantas coplas y canciones castúas 1 , una manera de abrir el campo de estudio sin renunciar del todo a mi propósito inicial. Por ello, este trabajo es una primera aproximación a este motivo, con vistas a ser ampliado en un futuro, ya que, por ser novel en el ámbito de la investigación, es imposible abarcarlo en mayor medida. 1 Término acuñado a principios del siglo XX por autores regionalistas para hacer referencia a la “raza extremeña” que, por extensión, también denomina a cierto grupo de hablas dialectales de esta región (Tardío, 2009, pp. 111-114). Existe literatura en castúo cultivada por poetas como Gabriel y Galán y Luis Chamizo, de este último destaca su obra El miajón de los castúos, unas rapsodias extremeñas en las que el pueblo reclama cantar sus propias historias: “que quizás nus larguéis de carrerilla / y en romances jazañas extremeñas / que los nuestros ejaron sin contaglas / endispués de jaceglas” (Chamizo, 2021, p. 30). 2 Por último, me gustaría agradecer al Centro de Estudios Extremeños su ayuda y compromiso para conmigo, esta prestigiosa institución es digna de ser alabada por su labor en la difusión y recepción de la cultura de nuestra tierra. También merecen una mención especial mis familiares y amigos, por la confianza depositada, y en especial mis abuelas, que tantas canciones tradicionales me han recitado a lo largo de mi vida, gracias a ellas hoy tengo un gran tesoro. Con mi humilde contribución espero que este legado no muera. Metodología La elaboración de este estudio se ha fundamentado en la selección de romances en los que las aves tienen una presencia repetida o significativa en distintas versiones del mismo. Conviene destacar Romances populares de Extremadura (1944) de Bonifacio Gil y El Romancero tradicional extremeño (1995) de Diego Catalán como los corpus principales empleados en el desarrollo de este trabajo. El primer autor es de sobra conocido por su labor como folclorista, el segundo, nieto del ilustre Ramón Menéndez Pidal, por su dedicación a los estudios romanceriles 2 . Aunque se parta de un corpus extremeño, esto no condiciona que las composiciones recogidas sean exclusivamente castúas, pues en su mayoría se repiten en distintos puntos de la geografía española, formando parte de las características propias de la oralidad que se expondrán más adelante. Tras la selección de los romances, estos se agruparon en grandes bloques temáticos, de manera que fuera más factible trabajar con ellos y contemplar a grandes rasgos la simbología de cada ave en distintos temas. Este criterio permite una visión más global y menos reduccionista, pues no se centra en la figura de una sola especie, sino de su presencia en toda una materia simbólica. Algunas como las palomas o el águila se repiten en varios apartados, por lo que conviene tratarlas en cada una de sus apariciones. En torno a este estudio se deben tener en cuenta aspectos varios de la tradición folclórica española, pues de sus saberes nacen las consideraciones y apreciaciones otorgadas a estas especies a lo largo de la historia. De ahí la necesidad de ahondar en sus raíces en la tradición clásica, crucial en los pueblos del Mediterráneo, y la interacción 2 Biografías: - Bonifacio Gil García: https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/bonifacio-gil-garcia- 1898-1964/html/ (Gutiérrez, 2002, p. 75). - Diego Catalán Menéndez-Pidal: https://fundacionramonmenendezpidal.org/biografiadiego-catalan/ (Fernández-Ordóñez, 2009). 3 entre la literatura culta y popular. Así, este trabajo se configura como una humilde exposición de la diversidad de valores que adquiere cada ave en el Romancero tradicional. El vuelo de las aves en la Antigüedad Muchas culturas de la Antigüedad han tenido cierta predilección por el estudio del vuelo de las aves y su relación con el devenir de los acontecimientos individuales y colectivos. Hay que tener en cuenta que las religiones de estos pueblos se fundamentaban en la naturaleza, en el comportamiento y las propiedades de las especies que rodean al hombre, siempre conscientes de una fuerza suprema creadora y capaz de concebir tales prodigios. Esto puede comprobarse en las Metamorfosis de Ovidio, donde se da una explicación divina sobre la existencia o creación de algunas realidades, sirvan de ejemplo mitos incluidos en esta colección como el de Aracne, Narciso, Cipariso, Píramo y Tisbe, etc. Si todo lo que rodea al ser humano emana de un ser omnipotente, es lógico que se pueda establecer una comunicación con este a través del entorno natural, que sería un canal viable para implorar y pedir consejo a la divinidad, una manera de consolar las limitaciones de la mente mortal, la cual desconoce los designios del éter. Aplicando la coherencia, uno de los cauces más convenientes es la interpretación de las señales celestes, todo aquello que habita en las alturas, al igual que las deidades, de este modo la astrología, la cosmología y la meteorología se convierten en imprescindibles para descifrar el arcano (Macías, 2023, p. 120). Sin embargo, aun así, hace falta algo más, una manera en la que el hombre pueda acercarse mínimamente a las alturas, pues sus condiciones físicas le limitan al suelo. Y es en este punto donde entran en juego las aves, habitantes del aire, las intermediarias perfectas (Naranjo & García, 2022, p. 262). Existe una conversión de estas en mensajeras, portadoras de las revelaciones de los dioses, manifestadoras de lo lícito y lo ilícito, de lo fasto y lo nefasto, de toda aquella información proverbial que anhelan los mortales (Agustí, 2021, p. 17). Muchas culturas han establecido asociaciones similares, como las mediterráneas, incluso la tartésica (Naranjo & García, 2022, pp. 261-263), pero si hay una que ha destacado especialmente en su práctica, esa es Roma. La Urbe levantó un poderoso imperio, y gran parte de sus méritos residen en el entramado supersticioso de su religión, la cual cede un amplio protagonismo a las ofrendas votivas, los sacrificios y el estudio de los motivos celestes (Agustí, 2021, p. 17). Ya en el relato mitológico de la fundación de Roma aparecen las aves, los míticos gemelos debatieron sobre en qué monte establecer el futuro emplazamiento de la ciudad, 4 por ello llegaron a un acuerdo: quien más buitres avistara, subidos en distintos montes, sería el fundador. Remo, desde el Aventino divisó seis, frente a los doce de Rómulo (Plutarco, 1900-1905, pp. 35-72), lo que conllevó la coronación de su persona como primer rey de la que fue una de las grandes potencias mundiales. Tras esto, en las ceremonias de fundación, Remo tuvo la osadía de traspasar el pomerium (trazado del recinto sagrado que ocuparía la ciudad), sin saber que desencadenaría su muerte a manos de su hermano. Rafael Agustí Torres (2012) expone de manera conveniente cómo la naturaleza de estas prácticas adivinatorias del Lacio es de tradición etrusca, pues es donde alcanzaron una especial relevancia y refinamiento, aunque a su vez provienen de la Hélade y Oriente Próximo. En Roma se distinguía entre la aruspicina y el augurio, consistiendo la primera en la inspección de las vísceras de un animal sacrificado y la segunda en el estudio del vuelo de las aves. El haruspex (el practicante de la aruspicina) era el encargado de analizar minuciosamente las entrañas de la víctima abierta en canal, esta normalmente era un animal de granja o un ave. El augurio era un medio para interpretar la voluntad divina, un estudio de los fenómenos del cielo y de los que lo surcan, de hecho, como ya ha quedado expuesto, la propia fundación de la Urbe se basa en dos augures (Agustí, 2021, p. 19). Este ceremonial adivinatorio era esencial en la sociedad romana, tanto en el ámbito público como privado, pero sobre todo en temas militares, políticos (incluso en el nombramiento de magistrados), religiosos y comerciales, de hecho, el augur tenía la consideración de funcionario venerable con cargo vitalicio (Agustí, 2021, p. 19). La ornitomancia indicaba a los romanos qué acto era o no favorable, sin dar explicaciones al respecto, todo remitía al juicio divino, el cual se plasmaba en el vuelo de las aves (si lo hacía en grupo o en solitario), los ruidos que emitían, la dirección que tomaban, su morfología, etc. (Agustí, 2021, p. 19). Todas estas resoluciones se registraban en los Libri Augurales, como si de asuntos judiciales se tratase, donde se detallaba cada rito y oración precisa para preservar la pax, la fortuna y la salus de Roma (Brent, A., 1999, p. 20), siempre teniendo en cuenta que los augures, además, estaban colegiados. Son muy reveladoras las siguientes palabras de Cicerón en Sobre la adivinación: “por otra parte, la costumbre, las ceremonias religiosas, el saber y el derecho augural, así como la autoridad del colegio, se conservan para que el vulgo mantenga su creencia, y el Estado unos grandes beneficios” (Cicerón, 1999, p. 209). 5 Agustí (2021, p. 26) señala cómo dentro de los augures existía también un tipo de sacerdote bastante peculiar llamado pullarius, quien tenía un corral de pollos sagrados y cuyo deber era observar el comportamiento estos mientras comían. Si picaban el grano, las empresas de Roma eran favorables, si no, no. Como se ve, los pollos participaban de forma activa en la política romana, siendo uno de los órganos de decisión más importantes, pues suponía una respuesta certera de los dioses. La religión romana, indisoluble de la superstición, tenía a las aves como unas de las integrantes centrales de su sistema de creencias, una especial consideración que condicionaban la vida de la Urbe. De todo este entramado cultural ha sido heredera la civilización actual, no tanto de las prácticas supersticiosas como de su labor de mensajeras del cielo (Agustí, 2021, pp. 34-35). Pero de la tradición romana no solo se ha recibido el valor religioso de las aves, sino también sus connotaciones folclóricas, sobre todo eróticas y amorosas (Moreno & Martos, 2014, pp. 59-93). Todos los animales participaban también del plano mítico y simbólico según sus características y comportamiento, de ahí los bestiarios como la Historia natural de Plinio “el Viejo”, que luego tendrán su repercusión en las colecciones renacentistas de emblemata (García, 1994, p. 772). España es depositaria de este legado, una hija de Rómulo que sigue mirando al cielo para pedir explicaciones, temerosa del cuervo y amiga de la calandria, que lo mismo maldice como manifiesta sonrojada su amor, una nación supersticiosa, espejo de Roma. El Romancero tradicional Bandera de la literatura popular y poesía admirada por la culta, el amplio Romancero español ha recogido a lo largo de su dilatada vida innumerables historias de amor, leyendas, burlas y todo aquello que al hombre le ha inquietado. Se configura como una brillante muestra de las vivencias y la tradición heredada de nuestros antepasados, espejo de lo que somos, sin los cuales es imposible comprender la riqueza la de esta tierra. La tradición romanceril siempre ha estado muy vinculada con la España rural, donde han perdurado mejor sus letras y la utilidad de las mismas, ofreciendo un sentido más completo, pues, en algunos casos, no se ha perdido el contexto oral (Olarte, 2011, pp. 2-3). Muchas composiciones están relacionadas desde tiempos pretéritos con algunas festividades (religiosas o paganas, como las Águedas de Zamora), el núcleo familiar, la escuela y las labores, desde las mujeres oreando la ropa en el lavadero hasta los segadores que peinan los inmensos trigales (Olarte, 2011, pp. 2-5). El pastor es un elemento central en la transmisión de esta tradición, las largas horas en el campo se amenizaban entonando 6 largos romances al son del rabel, la flauta o el pandero (Díaz, 2020). Además, gracias a ellos se han difundido estas historias a lo largo de toda la geografía peninsular, dadas las necesidades del ganado y la amplia red de trashumancia, podrían considerarse como los primeros divulgadores culturales, los más humildes han sido los celadores de uno de nuestros tesoros más preciados (Díaz, 2020, p. 16). La mujer rural, por su parte, es también fundamental en la transmisión oral de estas piezas. Siempre ligada a la intimidad del hogar y los ciclos vitales, entona repertorios vinculados a la maternidad, las bodas y los difuntos (Olarte, 2011, pp. 2-7). Destacan como las principales informantes de todos aquellos investigadores que se acercaron a la península ibérica en la década de 1920, extranjeros en busca de elementos etnomusicológicos que definieran al pueblo español, tales como la fotógrafa Ruth Mathilda Anderson (Olarte, 2011, p. 7). Ya en el ámbito hispánico, estudiosos como Menéndez Pidal, Diego Catalán y Bonifacio Gil se han interesado por compilar estas piezas rústicas, por rescatarlas del olvido para que en la actualidad sigamos admirándolas (la Fundación Ramón Menéndez Pidal continúa a día de hoy con la labor investigadora iniciada por este y María Goyri) 3 . Resumido el contexto en el que han pervivido estas composiciones, no es de extrañar que pertenezcan al acervo folclórico de las comunidades humanas que habitan la península ibérica y que se hayan aderezado con motivos de este, como las aves que atañen a este estudio (Olarte, 2011, p. 8). Coloridos canarios, olorosas naranjas y delicados azahares recaman los versos de los romances, una muestra de cómo el pueblo ha engalanado sus más íntimas expresiones, personalizándolas con el cantar propio de cada región, formando así parte de su identidad. En este sentido, los grupos etnográficos y de folclore (como Coros y Danzas de España) han hecho una encomiable labor por mantener y legar toda esta herencia, manteniendo además ese carácter popular de oralidad, como si el tiempo no hubiera pasado, divulgando y transmitiendo a las nuevas generaciones sus tradiciones, su razón de ser. Temáticas simbólicas Como ya se ha detallado anteriormente, conviene abordar el estudio por temas para agilizar la exposición. A continuación, se abren los cuatro grandes bloques temáticos sugeridos en este trabajo, atendiendo a las representaciones más habituales. 3 Fundación Menéndez Pidal: https://fundacionramonmenendezpidal.org/. 13 A la tu ventana hay una arboleda y un ramo de flores que a tu cama llega, en cada ramita hay una azucena pa´ que te diviertas cuando tengas penas. Aquí se percibe la otra cara del matrimonio para muchas mujeres de la época, la soledad y la resignación a las decisiones del varón, ya que pasaban a un segundo plano como ser doméstico. De nuevo, el pajarito va a ser fiel compañero de la doncella, entretiene a la dama y la aparta de sus preocupaciones, ameniza sus penas y la entretiene en sus labores, leal confidente de sus fatigas. Normalmente, por alusión a los valores conferidos en tiempos pasados a la feminidad, las aves vinculadas con las mujeres solían ser pequeñas, delicadas, coloristas y de especial lindeza, inspiraban ingenuidad y pureza. Son seres cuya finalidad es ser agradables en el físico (belleza) y en el canto, que aliviasen con espíritu infantil sus pesares y distrajeran de la cruda realidad. Por estos motivos, no es de extrañar que se les nombre con diminutivos, como es el caso del romance de “El pollito de Granada” (Catalán, 1995, p. 245), o “El pollito”, a secas. Los pollos, como crías de las gallinas, son animales inocentes y pueriles que se vinculan a la maternidad, dado el especial apego que tienen a su madre, el cual es recíproco (Fernández, 1993, p. 133). En el ámbito popular existen infinitas referencias a esta condición, como la expresión “mamá gallina” o “gallina clueca” para con sus “pollitos”, un instinto de sobreprotección maternal. En “El pollito de Granada” se nos narra la entrañable historia de una “viejita” que cría a un pollito, en clara referencia a una relación madre-hijo. Pero hay un giro inesperado para la dueña: “al cumplir los quince abriles / el pollito ya cantó / que se quería casar, / sin tener apelación”. Esto motiva la rebeldía del hijo y que acrecentase su deseo de emancipación, un tema claramente jocoso por el tratamiento irónico e infantil del mismo. Resulta interesante cómo la propia Lola Flores cantaba un tanguillo bastante similar a este romance llamado “Mi abuela tenía un pollito” 7 , y no es de extrañar, pues de sobra es conocida la amplia tradición romancística de Jerez de la Frontera (Atero, 1996), cuna de la artista. Aderezado con el gracejo propio de tonadillera, la canción mantiene la misma narrativa, sucesos y comicidad ridícula, sumándose al compás airoso del palo gaditano. El ruiseñor es uno de esos pájaros predilectos del locus amoenus, su canto seductor le ha procurado un especial protagonismo en la poesía castellana (Pampín, 1975, p. 64). 7 Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=7yxsfdpo3UQ. 14 Sirva de ejemplo el “Romance del prisionero” (Devoto, 1990, p. 262), donde el canto de la gentil calandria atrae al atractivo ruiseñor que tienta sus amores: “cuando canta la calandria / y responde el ruiseñor, / cuando los enamorados / van a servir al amor”. Este canto alterno enmarca una ambientación primaveral y bucólica 8 , propicia para el amor, un amor trágico que lamenta con una maldición el asesinato del ave que indicaba el paso de las horas al prisionero. El ruiseñor es un pajarillo relacionado con el placer, pero con unas connotaciones negativas de lascivia y de palabrería lisonjera, un amor tentador pero donjuanesco, pues, normalmente, representa a hombres mujeriegos (Nishida, 2011, p. 170). Incluso ha derivado en sus recados desde mensajero hasta trotaconventos. Eugenio Asensio (1970) ha estudiado con minuciosidad la simbología de este popular animalillo, un constante en la poesía castellana, pero mutable a lo largo de la historia, la finura y belleza de su trino resulta bastante conveniente para encarnar la lírica. Uno de los romances más extendidos y populares en la Edad Media española, el de “Fontefrida” (véase la referencia en el anexo), también cuenta con la presencia simbólica de los pajaritos. En él, un sagaz ruiseñor (ya comentado) tienta a una fiel tórtola, animal que es reflejo de firme fidelidad por solo tener una pareja a lo largo de su vida (Nishida, 2011, p. 171). El placer tienta, pero el respeto a la viudez se impone férreamente. Cuenta, por tanto, con un importante valor didáctico-moral, hecho que le valió ser muy popular tanto en ámbitos religiosos como profanos (Nishida, 2011, p. 171). Frente a la seducción del pecado, lealtad de espíritu y fidelidad a las convicciones personales, la veneración al esposo fallecido honrando su memoria. El mundo femenino tiene su propia iconografía, basada en los caracteres de delicadeza y pulcritud, así como en la cotidianidad de las hembras, cántaros, fuentes, frutales y pajaritos han sido elementos tradicionalmente ligados a ellas. Quizá, el Romancero ha podido ser una vía de desahogo para muchas mujeres, donde han podido verse reflejadas en la suerte de algunas de estas composiciones. El canto siempre ha servido para sofocar las penas, celebrar los amores y banalizar las preocupaciones, un refugio folclorista y alegre que acompaña al transcurso de la vida. 8 Conviene remitir al estudio de Daniel Devoto sobre la presencia de este par (1990), el ruiseñor y la calandria, mencionada en ocasiones como alondra. En él se expone cómo se hunden las raíces del canto estas aves en la tradición clásica y española, así como las diferentes caracterizaciones entre ellas. 15 3. Simbología cristiana Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? (Mt. 6, 26) Las religiones, como doctrinas que intentan dar una explicación a nuestra existencia y al mundo en el que vivimos, siempre se han servido de elementos de la naturaleza, cercanos a la realidad del hombre, para facilitar la comprensión de su mensaje, así como la recepción de este a partes iguales. De esta manera, se democratiza el conocimiento divino, accesible para gentes de cualquier condición, quienes encuentran en el comportamiento y las propiedades de algunos seres del medio el retrato de una mente creadora superior (ver “el vuelo de las aves en la Antigüedad”). En el Cristianismo, Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero lo rodeó de una próspera creación en la que comparte espacio con animales, también ideados por su omnipotencia. Se conoce como bestiario cristiano al conjunto de animales y seres fantásticos de la tradición clásica que, en época medieval, componen un complejo entramado de simbologías, una relación establecida entre el medio terrenal y el celestial. Además, tiene un componente mayormente zoológico, con indicaciones doctrinales y moralizantes en torno a cada especie (García, 1997, p. 27). En esta extensa red de alegorías y representaciones no solo juega un papel fundamental la Escritura Sagrada, sino también el sincretismo establecido entre la religión romana y la cristiana (Fernández Ubiña, 2007, pp. 444-447). Cada deidad grecolatina cuenta con una serie de atributos, entre ellos aves, como la lechuza de Minerva, el pavo real de Juno o el águila de Júpiter (García, 1975). El Cristianismo va a heredar mucho de esta red simbólica, pero la diferencia es que la va a concentrar en Dios, ya que se trata de una religión monoteísta. En un esquema maniqueo, cada animal va a representar una propiedad divina o un pecado infernal, como la serpiente que encarna al pecado (Ratzinger, 2011), aunque otros muchos se distribuyen entre la Virgen María y demás santos. Es importante recordar que la mitología romana incluye también sincretismos de otras creencias mediterráneas y semíticas (García, 1997, p. 29). Una buena muestra de esta distinción maniquea es la del águila, que ya desde antiguo fue atributo de Júpiter por su vuelo cercano al sol, así como su asociación con la fuerza y la audacia del rayo y el trueno (Becker, 2003, p. 17). Se la encumbra como “reina de las aves”, aludiendo a su divinidad y a la soberanía que ejerce desde las alturas sobre 16 todas las especies, simboliza el alma majestuosa que domina todos los confines de la Tierra (Becker, 2003, p. 17). Siguiendo este hilo, en la Biblia va a aparecer retratada como reflejo del poder divino que todo lo abarca y que contempla desde el firmamento, la firmeza de la fe y la decisión en su doctrina. Todos estos rasgos están asociados a la intrepidez de su planear en el cielo, como si de una posesión suya se tratase, un campo desde el cual divisa toda su Creación. Además, el águila no solo simboliza a Dios Padre, sino también a Cristo victorioso que pisa la serpiente, un animal rastrero que habita en las oquedades de la tierra, por ello desde la Antigüedad ha estado asociada al mundo cavernoso del subsuelo, al mal, al Diablo. El Physiologus, un claro antecedente del bestiario cristiano, establece una relación de similitudes entre este pájaro soberano y el ave fénix, como alegoría de la Resurrección del Redentor (Becker, 2003, p. 17). Su vuelo, del mismo modo, nos evoca a la Ascensión, como queda demostrado, es un animal muy ligado a la tradición bíblica, tanto que también guarda un parentesco alegórico especial con San Juan Evangelista, como oración de este que se eleva al cielo (Becker, 2003, p. 17). Este apóstol ganó bastante popularidad durante la Baja Edad Media, siendo uno de los predilectos del santoral, sobre todo en tiempos de los Reyes Católicos, cuya iconografía inundaba las manifestaciones artísticas de la época, véase en la propia heráldica de los monarcas. Visto esto, no es de extrañar que el águila esté presente en el romancero español, pero no en cualquier tipo de composición, sino especialmente en aquellas cuya situación merezca una llamada desesperanzada a Dios, un contexto de oración e intervención divina. Así aparece en el romance del “Conde Claros en hábito de fraile” (Catalán, 1995, pp. 60-61), donde la protagonista, viéndose ahogada por su segura muerte, implora auxilio al Altísimo, y este responde enviando un águila que le porta la noticia de esperanza y redención. Según Aristóteles, esta ave remonta el vuelo mirando al sol, motivo por el que los poetas místicos vieron en ella una encarnación de la plegaria devota y la iluminación espiritual, de la propia contemplación del Señor (Becker, 2003, p. 17). Además, como atributo de la Divina Providencia, está destinada a administrar soluciones justas en su presencia, como la honrada resolución matrimonial de la pobre Lisarda, un final que evita el baño de sangre y tiene un desenlace esperado según las tesis cristianas de la época: el matrimonio. Otra ave de especial simbología en el Cristianismo es la paloma, con numerosas invocaciones como “blanca Paloma”, aludiendo a la pureza de la Fe. La presencia de esta especie está marcada por dos claras cuestiones, la representación del Espíritu Santo 17 (Baños, 1994, p. 143) y, por la conexión con Este, la Virgen María. En el corpus empleado en este trabajo parece que el segundo arquetipo simbólico es el que más presencia tiene en el Romancero tradicional, pues recuerda a la Encarnación del Señor (por medio del Espíritu Santo) y a la virtuosa virginidad de su Santa Madre. Aun así, el trasfondo alegórico es mucho más amplio de lo que parece. La paloma es un animal que ha sido profundamente beatificado por sus múltiples apariciones en los Evangelios (Fernández, 1993, p. 134), remontándose al pasaje del diluvio universal, donde Dios envía una de estas aves con una ramita de olivo en el pico, indicando así la pacificación y el descenso de las aguas (Gn. 8: 11). Supone en sí misma un símbolo de paz universalmente aceptado, en contraste con el águila o el gavilán, que encarnan la majestad y la fortaleza (Fernández, 1993, p. 134), como la Potencia Divina. Es, por lo tanto, una mensajera de la buena nueva, de la dicha y del consuelo ante la adversidad, ya que no hay que olvidar que desde antaño han trabajado como carteras. La domesticación ha facilitado su uso para la correspondencia, factor que redunda en su presencia simbólica (Fernández, 1993, p. 128), la representación habitual del Espíritu Santo es una pulcra paloma, esto se advierte en la iconografía propia de relatos como la ya citada Encarnación del Señor o su venida en Pentecostés. Estos dos pasajes tienen una gran vinculación mariana, de ahí sus conexiones, además, es una especie que vive en estricta monogamia (Baños, 1994, p. 142), equiparable a la fidelidad de Virgen con el Padre. María aceptó ser el primer Sagrario, no cuestionó los designios divinos y se mantuvo firme y leal a Él. La “blanca paloma” parece una imagen perfecta de su entrega, pureza, amor e inocencia. Son muchas las composiciones que alaban y glorifican las virtudes de la Virgen, como si de las letanías del rosario se tratasen, una concatenación de laudatorias que suelen incluir la invocación de la “blanca Paloma” para embellecer su presencia. Así, “Las excelencias de la Virgen” (Gil, 1944, p. 138) es una buena muestra de ello. Se tratan en su mayoría de romances beatos y edificantes, términos que emplea Diego Catalán en la clasificación que hace en El Romancero tradicional extremeño de 1995. La tórtola, por su fidelidad ya comentada, también suele estar presente en la iconografía mariana, aunque otra aparición habitual es en temas bíblicos, por la larga tradición de su simbología en culturas pretéritas (Deyermond, 2004, p.95). En las coplas de las Purificás de Monroy (Cáceres), que relatan la purificación de la Virgen y la presentación de Jesús, mencionan las ofrendas recogidas en la Ley de Moisés para entrar al templo, citando ya a las tórtolas: 18 A los pobres permitían, pues en todo tiempo se hallan, dos tórtolas o palomas, lo que Ley observara. Siguiendo el hilo de estos romances devotos que narran temas bíblicos, unos bastante frecuentes son los pasionistas, en los que se narra todo el proceso martirial de Cristo. En ellos, la presencia del gallo suele ser habitual, no solo aludiendo a las tres negaciones de Pedro (animal que completa su iconografía) (Mt. 26, 69-75), sino también a la llegada del alba, símbolo de la luz de un nuevo día, de la Resurrección, de la vida frente a la luctuosa noche (Ivorra, 2018, pp. 313-324). Su canto presagia la alegría de la buena noticia que guardan los Evangelios, por ello es casi obligada su aparición en este tipo de composiciones, confiere en sí mismo una especie de contrapunto entre las tinieblas de la laceración y el fulgor de Cristo resucitado (Ivorra, 2018, p. 313). Este sentido puede percibirse en romances como “La aflicción de la Virgen” (Gil, 1944, pp. 122-123) o “La última cena y la Verónica” (Gil, 1944, pp. 121-122): “antes de cantar el gallo, / a Jesucristo negaba. / A eso de la media noche, / Jesucristo caminaba / con una cruz en sus hombros / de madera muy pesada”. Así, se ha apuntado la más que evidente relación entre las aves y lo celestial en la literatura tradicional hispana, tanto por su vuelo como por la encarnación de valores teológicos. El medio natural ha sido siempre un recurso recurrente a la hora de explicar la Fe, la Creación de Dios ayudaba al vulgo a comprender la complejidad de su doctrina, de esta manera se hacía más reconocible. La representación de las aves en temáticas religiosas trasciende el plano literario, pues se configura como uno de los principios iconográficos de la Iglesia, al igual que lo fue de las deidades olímpicas del paganismo. 4. Muertes, presagios y maldiciones A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra, y entrando a Burgos ovieron la siniestra. (Poema de mio Cid, 1981, p. 193) Como ya se ha referido anteriormente, el vuelo de las aves, y su especial cercanía con los habitantes de las alturas, ha conferido a estas especies un valor simbólico como transmisoras de las deliberaciones del fatum (ver “el vuelo de las aves en la Antigüedad”). En muchas ocasiones, los pájaros funcionan como mensajeros que revelan verdades ocultas, hechos ocurridos en lugares aislados o señales del destino, las cuales pueden 19 avisar sobre la conveniencia o inconveniencia de ciertas acciones. No hay que pasar por alto la propia iconografía del dios Mercurio, patrón de los viajeros y la mensajería, encargado de conducir los recados del Olimpo a los mortales. Ya entre los atributos de esta deidad se encuentran las sandalias, el petaso (sombrero tesalio de ala ancha) y el caduceo alados, muestras de su conexión con el mundo ornitológico por cuestiones de velocidad, audacia y ligereza en su labor (Peña, 2019, pp. 19-22). Esta idea de las aves como portadoras de mensajes y presagios también se ha perpetuado en la tradición castellana, un buen ejemplo de ello es el pasaje del Poema de mio Cid, en el que el héroe abandona Vivar para entrar en Burgos, donde se escucha el graznido de una corneja que augura las durezas del destierro al que es condenado el protagonista (Poema de mio Cid, 1981, p. 193). Especial consideración tiene este factor adivinatorio en el ámbito militar, el vuelo o la aparición de ciertas especies determinaba el curso de las batallas, así como la suerte de sus combatientes (Pastrana, 2021). Al igual que hace Rodrigo Díaz de Vivar, imagen consagrada del caballero castellano, los generales solían tener una gran superstición en los signos del cielo, bajo su responsabilidad estaban numerosas vidas humanas y la gloria de una nación, importantes valores a tener en cuenta. En este contexto, superchería y religión se dan la mano estrechamente, los comportamientos animales sirven para justificar la toma de decisiones. La tradición cristiana está plagada de presagios en batalla, desde la manifestación del lema in hoc signo vinces al emperador Constantino I, moviendo la conversión de este (Sánchez, 2022, p. 213), hasta las de Santiago Matamoros. Un hecho paradigmático en este ámbito, y relacionado con las aves, sería el de la batalla de Gaugamela (331 a. C.), una de las más loables victorias de Alejandro Magno contra los persas comandados por Darío III. En ella, un águila descendió de los cielos y anunció al rey macedonio el triunfo certero (Calderón, 2021, p. 2), con todo lo que aquello suponía para las tropas, una señal divina (no hay que olvidar, además, el inmenso aparato propagandístico que había entorno a su invicta figura). Esta misma especie también se manifestó en el nacimiento de su hijo Ptolomeo II Filadelfo, chillando como augurio propicio, según lo recoge Teócrito (Calderón, 2021, p. 2). Atendiendo al corpus seleccionado para este trabajo, hay un asunto en el que las aves parecen intervenir con frecuencia y crucial importancia, las infidelidades. Actúan como delatoras de esta deshonra y afrenta familiar, desencadenando en muchas ocasiones la ira vengativa del cornudo. El modelo familiar que viene impuesto desde la Antigüedad clásica toma como referente a la dócil Penélope, esposa de Odiseo, cuya transmisión se 20 advierte convenientemente en el contexto de la obra La Tejedora de sueños de Antonio Buero Vallejo, donde una voz discordante pretende romper la mordaza patriarcal (Keijzer, 2020). Así, las ocupaciones femeninas consistían en un reflejo especular de esta mujer homérica, insignia de firme fidelidad ante la ausencia del esposo, al que aguarda castamente mientras se entretiene tejiendo un perpetuo tapiz. Se entendía la resignación y la laboriosidad como dos características que toda buena esposa debería tener, soledad rutinaria y posición cabizbaja ante las decisiones del varón. Como ha quedado apuntado, la unión matrimonial está impregnada de una concepción férreamente machista y paternalista, pues no hay que olvidar que, mientras Penélope espera hacendosa el regreso de su esposo, Odiseo yace con otras mujeres. Todo este acoso y sospecha que recaía sobre la supuesta volubilidad de la mujer, ser tentador cuya pasión conducía al pecado, como Eva (Gn. 3, 6-24), se ve reflejado en el Romancero, donde muchas composiciones tratan tanto la infidelidad como la precoz pérdida de la virginidad. La tradición oral ha perpetuado innumerables poemas que advierten sobre las duras represalias de la autoridad masculina, una manera de infundir temor a estas prácticas deshonrosas y asegurar el respeto a las leyes sociales y maritales. Buenos ejemplos de esto son los romances de “Conde Claros en hábito de fraile”, donde el padre pretende dejar morir a su hija por haber sido violada, y “Gerineldo”, en el que la autoridad patriarcal fuerza las nupcias de su sucesora con su amante, al haber mantenido relaciones sexuales previas al matrimonio. Al final, ambos son muestras ejemplarizantes del castigo al que se exponen las hembras que sobrepasen la delgada frontera de la moralidad de la época. En la sociedad rural española ha sobrevivido durante bastante tiempo este pensamiento, no necesariamente con desenlaces tan atroces, pero sí bajo la amenaza del escarnio público, una auténtica condena en poblaciones de pequeño tamaño, suponía vivir con el estigma social y el señalamiento (Román, 2020, pp. 141-142). Atendiendo a lo ya comentado, cabe destacar cierto tipo de romances que, al igual que “Conde Claros en hábito de fraile” y “Gerineldo”, tienen una finalidad didácticomoral (Morote, 2016, pp. 400-401), en estos casos para con la instrucción femenina, una educación social basada en el miedo y la amenaza de muerte. Conviene hablar de las infidelidades retratadas en el Romancero y en cómo las aves presagian el funesto desenlace de la misma. Especialmente elocuente es “Los presagios del labrador” (Catalán, 1995, pp. 181-182), donde un águila (ya comentada anteriormente su cercanía a los cielos y la verdad absoluta, la omnisciencia) desciende para alertar a un trabajador del campo sobre el adulterio de su esposa. Los ocho primeros versos se centran en la transmisión del 21 fatal mensaje, el cual desencadena una brutal venganza que acaba con la vida de los amantes y una humillación pública de los mismos ante todo el pueblo: “el que quiera carne fresca / que vaya a mi casa a por ella, / que he matado un jabalí / y también una ternera”. No contento con el derramamiento de sangre, también hace cargar a su hija pequeña (librada de la matanza) con la mancha de su adúltera madre, pues se la entrega a su abuela materna diciendo: “ahí tiene usted esa niña / y se entre usted con ella; / que como su madre fue mala, / también lo será su nieta”. Quizá lo más reseñable de la composición sea que, al igual que en “Conde Claros en hábito de fraile”, el águila se comunica mediante el lenguaje humano, como un enviado más de las Alturas. A medio camino entre el presagio y la maldición se encuentra el romance de “Albaniña” (Catalán, 1995, p. 120), otra composición de carácter didáctico-moral que reincide en las cruentas consecuencias de la infidelidad. Si bien, en la versión de este poema de Sierra de Gata (Catalán, 1995, p. 120) se recrea más en la actitud deliberadamente malvada y pecaminosa de la esposa, que no contenta con cometer adulterio, también maldice a su esposo: “cuervos le saquen los ojos, / águilas el corazón”. Resulta curioso cómo en esta imprecación hay un reparto de las entrañas para cada ave, mientras que el águila (de condición noble) arrebata el corazón, el cuervo arranca los ojos (gesto de mayor vileza). Ya Juan del Encina nos detalla en su Cancionero: Que nunca Dios tal mandó: que criasse el cuervo yo para que me saque el ojo. (Juan del Encina, 2003, f. 84v.) El plumaje oscuro y la nocturnidad de los córvidos les ha servido para ser catalogados como especie de mal augurio, además, el alimentarse de carroña las convierte en un ser vil y maligno (Buisán, 2019, pp. 11-12). Ovidio recoge en Metamorfosis el mito de Apolo y Coronis, donde es reseñable esta mención: “entre las aves blancas vetó asentarse, al cuervo” (Ovidio, 2002, p. 46). La tradición clásica aseguraba que, en sus orígenes, el cuervo nacía blanco y después teñía sus alas de oscuridad, amparándose en el castigo divino descrito en la obra ovidiana. La maldición de esta especie también aparece en La Biblia, señalados por impuros: “El ojo que se burla en un padre / y que desprecia la edad de su madre, / los cuervos del torrente lo sacarán / y los hijos del águila lo devorarán” (Prov. 30, 17). De nuevo sale a colación la interrelación entre el cuervo y el águila, ambos devorando entrañas. 22 El refranero español también se hace eco de este valor simbólico: “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Según se ve, parece un patrón habitual en la presencia de los cuervos el gesto de arrancar los ojos de sus víctimas, una desagradable acción que encierra gran vileza e infunde temor. Es una de las aves que tiene mayor presencia en la tradición folclórica, la manifestación de su desgarrador graznido aparece en multitud de relatos populares, un canto infame que augura un terrible mal (Buisán, 2019, pp. 21-23). En conclusión, parece ser maldito y augural, el cómplice perfecto de la desgracia y el horror, de ahí su fatal presencia en estas cuestiones maldicientes. Otro detalle a tener en cuenta del romance de “Albaniña” es el presente que le trae el hombre cornudo a su mujer adúltera en la segunda versión del mismo ofrecida en el anexo (sin procedencia [probablemente de Extremadura]) (Catalán, 1995, pp. 118-119), un delicado pajarillo: “ábreme la puerta, luna, / ábreme la puerta, sol, / que te traigo un pajarito / de los montes de León”. Como ya se ha comentado anteriormente, el pajarito está muy relacionado con la feminidad, de hecho, era un regalo muy habitual en la antigua Roma por parte del amante hacia la amada, un motivo muy retratado en la literatura clásica (Moreno & Martos, 2014, pp. 64-65). Sin embargo, quizá aquí tome también un sentido irónico y augural, pues la verdadera sorpresa del bienintencionado varón es la infidelidad de su esposa. El giro dramático de acontecimientos se apoya como contrapunto en la lindeza colorista del pajarito, portado por el astado marido y a la vez portador de una infeliz revelación. Como ya se ha apuntado en la introducción, la conexión augural de las aves está presente en el imaginario colectivo desde sus inicios, el hombre siempre ha necesitado de la superstición para la toma de decisiones, cuestiones que escapan a la racionalidad pero que al mismo tiempo nos hacen más humanos. En la actualidad parte de este entramado superchero sigue vigente, aderezado con nuevas creencias que lo renuevan y hacen que nunca se extinga. Forma parte del folclorismo de todas las culturas, no hay distinción para el temor a las predestinaciones, es un valor que nos une. Interacción entre la literatura culta y la popular en torno a la simbología de las aves La literatura culta y la popular siempre han estado muy interrelacionadas, bebiendo constantemente una de la otra (Masera, 2012, p. 9), una simbiosis que se advierte también en el trasvase de motivos simbólicos, como el de las aves. Siempre ha existido una fijación por parte de los autores cultos por los temas y la estilística de la 29 Gil, B. (1958). El pajarillo en la tradición extremeña. Revista de Estudios Extremeños, XIV (sept.-dic.), 589-605. Guadalajara, S. (2023). Las aves en el Romancero hispánico: el halcón y el gavilán como símbolos literarios. Abenámar. Cuadernos de la Fundación Ramón Menéndez Pidal, (6), 199-213. Gutiérrez, V. (2002). Bonifacio Gil García (1898-1964). Revista de Folklore, 2b (261), 75. Herreros, E. (2003). Las Geóruicas de Viruilio en la literatura española. Universidad Complutense de Madrid. Homero. (2019). Odisea (J. M. Pabón, trad.). Gredos. Ivorra, A. (2018). El canto del gallo en los himnos y la espiritualidad de la noche. Phase: revista de pastoral litúruica, (346), 309-315. Juan del Encina. (2003). Poesías (Cancionero) (O. Perea, ed.). Universidad Complutense. Keijzer, N. (2020). eejiendo y tejiendo. 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Erotismo y sexualidad “La Serrana de la Vera” Sin procedencia [posiblemente de Extremadura] Allá en Garganta la Olla, en la Vera de Plasencia, salteóme una serrana blanca, rubia, ojimorena; trae recogidos los rizos debajo de la montera; al uso de cazadora, gasta falda a media pierna, botín alto y argentado y en el hombro una ballesta; 5 de perdices y conejos lleva la pretina llena. Detúvome en el camino y ofrecióme rica cena. Tomárame por la mano para guiarme a su cueva; no me lleva por caminos, ni tampoco por veredas, sino un robledal arriba espeso como la hierba. 10 Al entrar en la cabaña me mandó cerrar la puerta, pero yo de prevenido la dejé un poco entreabierta. Diome yesca y pedernal para que lumbre encendiera, y al resplandor de la llama vi un montón de calaveras: —¿Cúyos son aquestos huesos? ¿Cúyas estas calaveras? 15 —Hombres fueron que he matado por que no me descubrieran. Tú alégrate, caminante, buena noche nos espera. De perdices y conejos sirvióme muy rica cena, de pan blanco y de buen vino y de su cara risueña. Si buena cena me dio, poco pude comer de ella; 20 si buena cena me dio, muy mejor cama me diera; sobre pieles de venado su mantellina tendiera. Viendo que no me rendía por que el sueño me rindiera, a mi me dio un rabelillo, ella toca una vihuela; por un cantar que ella canta, yo cantaba una docena; 25 pensó adormecerme a mí, mas yo la adormecí a ella. En cuanto la vi dormida fui muy pasito a la puerta, los zapatos en la mano para que no me sintiera. Salí y comencé a correr sin atrás volver cabeza. Dos leguas llevaba andadas, la siento de peña en peña, 30 saltando como una corza, bramando como una fiera: —¡Caminante, caminante, que la cayada te dejas! —Mucho palo hay en el monte para hacer otra más buena. Una honda que traía la cargó de una gran piedra; 32 con el aire que la arroja derribóme la montera, 35 y la encina en que pegó partida cayó por tierra. —Aguárdate, lindo mozo, vuélvete por tu montera. —La montera es de buen paño, pero, ¡aunque fuera de seda! —¡Ay de mí, triste cuitada, por ti seré descubierta! —Descubierta no serás… hasta la venta primera. (Menéndez Pidal, 1982, p. 245) “Las dos madamas” Badajoz Una tarde salí al campo con mi caballo trotón. M´encontré con dos madamas qu´eran más rubias qu´el sol. Las agarré de la mano y las llevé al paradó. Pregunté si había cena me dijeron: —Sí, señó. Pregunté qué cena había: —dos gallinas y un capón: 5 gallinas pa las madamas y el capón para el señó. Pregunté si había pan. Me dijeron: —Sí, señó. Pregunté qué pan había. —Dos rosquillas y un roscón: las rosquillas pa las madamas y el roscón para el señó. Pregunté si había vino. Me dijeron: –Sí, señó. 10 Pregunté qué vino había: —Dos vasitos y un vasón: los vasos pa las madamas y el vasón para el señó. Pregunté si había postre. Me dijeron: —Sí, señó. Pregunté qué postre había: —Dos sandías y un melón: las sandías pa las madamas y el melón para el señó. 15 Pregunté si había camas. Me dijeron: —Sí, señó. Pregunté qué camas habá. —Dos colchones y un jergón: el colchón pa las madamas y el jergón para el señó. Pregunté que pagaría a la dueña el paradó. Contestó que le daría una onza y un doblón. 20 Es muy caro acompañarse de madamas un señó; no vuelvo a salir al campo con mi caballo trotón. (Gil, 1944, p. 172) “La pastora burlada” Villanueva de la Serena (Badajoz) Estando una pastorcita, sencilla de corazón, con sus tiernas ovejitas, recordándole su amó… vio venir a un pajarito, y hacia ella se acercó, y ella le dijo: —¡Qué bonito! ¿Cómo le cogiera yo? El pajarito era verde y oscurecido el coló. 5 —¡Ay de mí!, si le cogiera, sería mi diversión. El pícaro pajarito, en cuanto picó la fló, 33 hacia el prado se retira y burlada la dejó. Y la pobre pastorcita a su choza se marchó, porque ya le hacían daño los fuertes rayos del sol. 10 La que de pequeña empieza a dar pruebas de su amó, suele quedarse burlada: sin pajarito y sin fló. (Gil, 1944, pp. 64-65) “Las quejas de Jimena” Tetuán Delante del rey de León salió Jimena una tarde, demandando iba justicia por la muerte de su padre: —Justicia, señor, justicia si me la quesiereis dare: cada día que amanece veo el que mató a mi padre caballero en su caballo y en su mano un gavilane; 5 comiome mis palomitas, cuantas en mi palomare, las gordas él me las come, las flacas sus gavilanes y las que no le servían a mí las vuelve a dare. El rey que en esto no juzga no merecía reinare, ni comer pan a manteles ni la reina folgare. 10 —Haremos un gran consejo, Jimena, si a ti te place, de casarte con el Cidi sabiendo que tanto vale.— Alegre salió Jimena de sus palacios leales: el que huérfana la hizo, con él se hubo de casare. (Díaz-Más, 1994a, pp. 95-96) “Quejas de doña Lambra” Versión extraída del Cancionero de romances. —Yo me estaba en Barbadillo, en esa mi heredad; mal me quieren en Castilla los que me habían de aguardar: los hijos de doña Sancha mal amenazado me han que me cortarían las faldas por vergonzoso lugar y cebarían sus halcones dentro de mi palomar 5 y me forzarían mis damas casadas y por casar; matáronme un cocinero so faldas del mi brial. Si d´ esto no me vengáis yo mora me iré a tornar.— Allí habló don Rodrigo, bien oiréis lo que dirá: —Calledes, la mi señora, vos no digades atal. 10 De los infantes de Salas yo vos pienso de vengar; telilla les tengo ordida, bien gela cuido tramar, que nascidos y por nascer dello tengan qué contar. (Díaz-Mas, 1994b, pp. 19-20) 34 “La dama y el pastor” Romancero Viejo Estase la gentil dama paseando en su vergel, los pies tenía descalzos, que era maravilla ver; desde lejos me llamara, no le quise responder. Respondile con gran saña: —¿Qué mandáis, gentil mujer? Con una voz amorosa comenzó a responder: 5 —Ven acá, el pastorcito, si quieres tomar placer; siesta es del mediodía, que ya es hora de comer, si querrás tomar posada todo es a tu placer. —Que no era tiempo, señora, que me haya de detener, que tengo mujer e hijos, y casa de mantener, 10 y mi ganado en la sierra, que se me iba a perder, y aquellos que me lo guardan no tenían qué comer. —Vete con Dios, pastorcillo, no te sabes entender, hermosuras de mi cuerpo yo te las hiciera ver: delgadica en la cintura, blanca soy como el papel, 15 la color tengo mezclada como rosa en el rosel, el cuello tengo de garza, los ojos de un esparver, las teticas agudicas, que el brial quieren romper, pues lo que tengo encubierto maravilla es de lo ver. —Ni aunque más tengáis, señora, no me puedo detener. 20 Romancero Viejo. Citado a partir de: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. “Gerineldo” Alcuéscar (Cáceres) —Gerineldo, Gerineldo, Gerineldito pulido, ¡quién te tuviera esta noche tres horas en mi sirvicio! —Como soy vuestro criado, señora, os burláis conmigo. No me burlo, Gerineldo, que de veras te lo digo. —Si es verdad lo que usted dice, ¿a qué hora es lo prometido? 5 —Entre las once y las doce, que el Sultán esté dormido.— Llegada la hora citada, se ha ido para el castillo el criado Gerineldo, Gerineldito pulido. La princesa, con cuidado, al encuentro le ha salido. —¡Oh! ¿Quién es el alentado? ¡Oh! ¿Quién este atrevido? 10 —Gerineldo soy, señora, que viene a lo prometido.— Empezaron a luchar como mujer y marido; en el medio de la lucha ambos se quedan dormidos. Ha dispertado el Sultán todo muy enfurecido y llama a su Gerineldo, a su criado pulido 15 Unos dicen que está en casa; otros dicen que ha salido. El Sultán con gran cuidado al cuarto de la hija ha ido; los ha ˋcontrado dormiendo como mujer y marido. —¡Oh! Si mato a la princesa queda aburrido el castillo. 35 —¡Oh! No mato a Gerineldo, que culpa no habrá tenido. 20 Meto el alfange en el medio y que sirva de testigo.— Ya dispierta la princesa, tres horas el sol salido. Dispierta tú, Gerineldo; dispierta tú, dueño mío, que el alfange de mi padre entre los dos ha dormido. —¿Aónde me diré yo ahora para no ser conocido? 25 —Retírate a mi jardín a coger flores y lirios.— Como tunillo el Sultán al encuentro le ha salido: —¿D'aónde vienes, Gerineldo, tan blanco y descolorido? —Vengo del jardín, señor, vengo del jardín florido; la fragancia de una rosa la color me la ha comido. 30 —No me mientas, Gerineldo, que te crié dende niño y no te quise matar cuando te vide dormido al lado de la princesa, como mujer y marido, y puse el alfange en medio para que fuera el testigo. Gerineldo, Gerineldo, mi Gerineldo querido, 35 antes que venga la noche serís esposa y marido. —Tengo hecho juramento por la virgen de la Estrella Que dama que ha sido mía no me he de casar con ella. (Catalán, 1995, pp. 80-81) “La bastarda y el segador” Belvís de Monroy (Cáceres) El emperador de Roma tiene una hija bastarda; la quiere meter a monja y ella quiere ser casada. Pasaron tres segadores que iban a segar cebada. Pasó uno, pasó dos, pasó el que más la gustaba. Le dijo: —Buen segador ¿Quiere segar mi cebada?— 5 Y el segador la responde: —¿Dónde tienes la senara? —Ni está en alto ni está en bajo, ni tampoco está en cañada, que está entre dos columnas que mis piernas la regalan.— El segador la responde: —No está para mí el segarla, que está pa condes y marqueses, para los Grandes de España. 10 —Siégala, buen segador, que te saldrá bien pagada.— La ha agarrado de la mano y a la cama la llevaba. A eso de la media noche se trasveló la bastarda. Le dijo: —Buen segador, ¿qué tal vamos de cebada? —Ya llevo siete gavillas, voy con la última manada. 15 Al amanecer el día se ha tirado de la cama, le ha regalado tres onzas en un pañuelo de Holanda, que vale más el pañuelo que las onzas que llevaba. Al hacer los siete meses cayó mala en una cama; de condes y de marqueses la cama tiene cercada. 20 Como es hija de rico el mal no se la encontraba Al hacer los nueve meses ha parido la bastarda, ha parido un segador con manga, hoz y zamarra. (Catalán, 1995, p. 94) 36 2. La feminidad “El pollito de Granada” Casas de Millán (Cáceres) Una viejita en Granada un pollito que crió; sopita en vino le daba; sopita en vino le dio. Al cumplir los quince abriles el pollito ya cantó que se quería casar, sin tener apelación. La vieja, muy enfadada, al pollito le cascó. 5 Ha echado una volandera y en un güerto se aposó adonde había cebada: allí mal no lo pasó. Ha echado otra volandera; en un balcón se aposó adonde estaba su dama remendando un camisón. Ha echado otra volandera y en un jardín se aposó 10 adonde estaba su dama cortando flores de amor. —¿De onde vienes tú, pollito? —Vengo de Chimilindrón, de beber el buen vino y agua fresca de limón. (Catalán, 1995, pp. 245-246) “Romance del prisionero” Versión extraída del Cancionero de romances. Por el mes era de mayo, cuando hace la calor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor, si no yo triste cuitado que vivo en esta prisión, que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son, 5 si no por una avecilla que me cantaba al albor: matómela un ballestero; ¡déle Dios mal galardón! (Devoto, 1990, p. 262) “Fontefrida” Romancero Viejo Fontefrida, Fontefrida, Fontefrida y con amor, do todas las avecicas van tomar consolación, sino es la tortolica que está viuda y con dolor. Por allí fuera a pasar el traidor del ruiseñor, las palabras que le dice llenas son de traición: 5 -Si tú quisieses, señora, yo sería tu servidor. Vete de ahí, enemigo, malo, falso, engañador, que ni poso en ramo verde, ni en prado que tenga flor, que si el agua hallo clara, turbia la bebía yo; 37 que no quiero haber marido, porque hijos no haya, no; 10 no quiero placer con ellos, ni menos consolación. ¡Déjame, triste enemigo, malo, falso, mal traidor, que no quiero ser tu amiga ni casar contigo, no! Romancero Viejo. Citado a partir de: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 3. Simbología cristiana “Conde Claros en hábito de fraile” Malpartida de Plasencia (Cáceres) Se paseaba Lisarda por los altos corredores con manto fino de oro y la arrastraban los tachones. —¡Quién te pillara, Lisarda, entre las diez y las once! Me temo que eres muy niña y te alaban por las cortes. Juro en la cruz de mi espada y hasta por mi misma vida 5 que antes de romper el alba ya Lisarda será mía.— El lunes por la mañana en la corte se decía: —Yo dormí con una dama hermosa y de maravilla. —Esa sería Lisarda, ésa Lisarda sería.— El padre lo estaba oyendo y estas palabras decía: 10 —Que si eso fuera verdad, juro que la mataría, y si eso fuera mentira, reina en Castilla sería. — Ya se pasaban los meses y comprendió la verdad, que ya no era calumnia, sino que era realidad. —Pues, mi hija deshonrada, juro que la he de matar. — 15 La dio su padre un castigo, no se le dé Dios a nadie: que la metan en un pozo, que se la pudran las carnes. La encerraron en un cuarto donde Lisarda cosía y a eso de los nueve meses Lisarda parir quería. Y tres primos que tenía, todos tres primos carnales, 20 la fueron a visitar para mejor enterarse. Los metieron en el cuarto y la empiezan a preguntar: —Y ¿cómo te va, Lisarda? Lisarda, ¿cómo te va? — Como la diera vergüenza, ella ha empezado a negar, pero de los primos carnales averiguan la verdad. 25 —Cállate tú, boca negra, boca negra y sin verdad, que mañana en todo el día te van a mandar quemar. —Que me quemen, que me abrasen, a mí tanto se me da; lo que siento es lo del vientre, que estaba sin bautizar. Si tuviera un pajarito de esos que saben volar 30 le mandaría una carta al conde de Montalbán. — Bajó un águila del cielo, que Dios la mandó bajar: —¿Qué me quieres, Lisardita, qué me tienes que mandar? —Que le lleves una carta al conde de Montalbán y, si estuviera dormido, que le entres a despertar; 35 que, si estuviera en la corte, le mandarías llamar; que, si estuviera en la iglesia, le llamaras por detrás. — 38 Cuando el aguilita llega, oyendo misa que está. Había tres caballeros, todos vestían igual. —¿Cuál de los tres caballeros es conde de Montalbán? 40 —¿Qué me quieres, aguilita, qué me tienes que mandar? —Yo no le quiero a usted nada; el papel se lo dirá.— Cogió el papel en la mano y empezó a deletrear; ha montado en su caballo y ha empezado a caminar. Cuando iba por los cerros parecía un alcotán; 45 cuando iba por los bajos, un aguilita real; cuando el caballero llega, ya la iban a quemar. —Detengan la justicia, la vara de la humildad, que Lisarda no es quemada, que alguien la defenderá. —Que me quemen, que me abrasen; a mí tanto se me da, 50 sólo una pena que tengo, que es la que me ha de matar: que le he mandado una carta al conde de Montalbán. Que me quemen, que me abrasen; a él tanto se le da. —No se le dará tan poco cuando a los tus pies está. Detengan la justicia, la vara de la humildad, 55 que Lisardita es mi esposa y me la voy a llevar. (Catalán, 1995, pp. 60-61) “Las excelencias de la Virgen María” Arrollo de la Luz (Cáceres) Dulcísima de Dios Madre, del Eterno Padre, Hija, porque´l Eterno´s crió para la Madre´scogida. De lo blanco de pureza, seis la más pura y limpia: d´ella el Verbo se vestió, porque l´halló sin mancilla. Gózome, blanca Paloma, que de Madre us apellían, 5 po sé del Eterno Padre, la mesma sabiduría. De se gloria y su sabé, tan altamente, María, el Coronado en los cielos embelesado s´almira. Mil parabienes os doy, gozados, Virgen Divina. En la mi muerte asistí, graciosa y celestiá niña, 10 pa que me librís d´horrores y d´inorancia y d´insidia; amparad a los devotos, sálvalos en la otra vida. Pos saludando y diciendo con ange: Ave María. (Gil, 1944, p.139) “La aflicción de la Virgen” Villanueva de la Serena (Badajoz) En la calle la Amargura está una mujer sentada; pasó por allí la Virgen, diciéndola estas palabra: —¿Ha visto usté por aquí al Hijo de mis entraña? —Por aquí pasó endenantes, antes qu´el gallo cantara, con una cruz en sus hombros, una soga en su garganta, 5