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La imagen de la posverdad en el OED y en el DLE: Análisis léxico-lógico y síntesis hermenéutica

Marín Casanova, José Antonio

Abstract

Este trabajo no es el habitual trabajo sobre la posverdad. No se expone aquí su peligro y cómo evitarlo, presuponiendo que hay un concepto unívoco de posverdad. Por el contrario, el trabajo ensaya cuestionar la noción misma de posverdad. El procedimiento consiste en un análisis léxico-lógico y una síntesis hermenéutica de las definiciones de “posverdad” de los diccionarios más emblemáticos de la lengua inglesa y de la lengua española. Se estudia, primero, la razón pura sin emociones del OED, y, segundo, el intacto realismo naíf del DLE. Se concluye que la distinción entre verdad y posverdad es retórico-pragmática no ontológica.

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LA IMAGEN DE LA POSVERDAD EN EL OED Y EN EL DLE Análisis léxico-lógico y síntesis hermenéutica The image of post-truth in the OED and the DLE. Lexical-logical analysis and hermeneutic synthesis KEYWORDS PALABRAS CLAVE ABSTRACT RESUMEN Recibido: 02/ 06 / 2022 Aceptado: 15/ 08 / 2022 JOSÉ ANTONIO MARÍN-CASANOVA Universidad de Sevilla, España Diccionario de la lengua española (DLE) Facts Hermeneutics Oxford English Dictionary (OED) Post-truth Reality Rhetoric Diccionario de la lengua española (DLE) Hechos Hermenéutica Oxford English Dictionary (OED) Posverdad Realidad This is not the usual work on post-truth. It does not expose, assuming that there is a univocal concept of post-truth, how to avoid its danger. On the contrary, the paper attempts to question the very notion of post-truth. The procedure consists of a lexical-logical analysis and a hermeneutic synthesis of the definitions of "posttruth" in the most emblematic dictionaries of the English and Spanish languages. It studies, first, the unemotional pure reason of the OED, and, second, the naive intact realism of the DLE. The main conclusion is that the distinction between truth and post-truth is rhetorical-pragmatic, not ontological. Este trabajo no es el habitual trabajo sobre la posverdad. No se expone aquí su peligro y cómo evitarlo, presuponiendo que hay un concepto unívoco de posverdad. Por el contrario, el trabajo ensaya cuestionar la noción misma de posverdad. El procedimiento consiste en un análisis léxico-lógico y una síntesis hermenéutica de las definiciones de “posverdad” de los diccionarios más emblemáticos de la lengua inglesa y de la lengua española. Se estudia, primero, la razón pura sin emociones del OED, y, segundo, el intacto realismo naíf del DLE. Se concluye que la distinción entre verdad y posverdad es retórico-pragmática no ontológica. VISUAL REVIEW | 2022 | ISSN 2695-9631 International Visual Culture Review / Revista Internacional de Cultura Visual https://doi.org/10.37467/revvisual.v9.3656 © GKA Ediciones, authors. Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada VISUAL Review, 2022, pp. 2 - 11 1. Introducción: la era de la posverdad La cuestión de la posverdad es uno de los temas intelectuales punteros de los últimos años. Está presente en todos los congresos de Filosofía o de Comunicación, o en casi todas las conferencias interdisciplinarias. Los artículos y libros monográficos sobre la cuestión son tan numerosos que ya no están al alcance de un solo lector. El propio término “posverdad” se ha incorporado a enciclopedias y diccionarios, incluidos los de las academias de la lengua e instituciones similares. El protagonismo del asunto es tan notable que ha trascendido el ámbito académico para convertirse en objeto de debate político y ha encontrado expresión en la acción gubernamental ejecutiva y legislativa. Se han propuesto medidas de censura que rozan el ridículo, como la creación de una nueva profesión, la de “verificador de hechos” o fact-checker, o rayanas, lo que es peor, en el totalitarismo, como la promulgación de leyes que predeterminen la “verdad histórica” o la creación de ministerios (o agencias gubernamentales similares de alto nivel) para controlar la “verdad actual”. El fantasma de la posverdad, en efecto, recorre el mundo civilizado y las campanas de alarma de las conciencias políticamente correctas o biempensantes repican a su paso. Vivimos, de hecho, según la onomapoiesis del periodista de investigación Ralph Keyes (2004) en la “era de la posverdad”, en un mundo en el que la verdad y la honestidad ya no son absolutas, sino conceptos mutables y fluidos. El engaño se ha convertido en el modo de vida moderno. Se vive instalado en el eufemismo generalizado, en la media verdad, en la verdad “virtual”. Donde antes la línea divisoria entre la verdad y la mentira era clara y nítida, ya no lo es. En la era de la posverdad, engañar a los demás se ha convertido en un reto, un juego, un hábito. Eso es lo que caracteriza el síndrome cultural de la “euphemasia”. Los disimuladores de alto nivel compiten por la cobertura informativa, desde periodistas y profesores universitarios hasta príncipes políticos (de toda laya, sobre todo, de una) o eclesiásticos y judiciales, pasando por ejecutivos y contables “creativos”. Las investigaciones sugieren que el americano medio o el europeo, no solamente el chino, dicen múltiples mentiras a diario, a menudo puede que sin una buena razón. La deshonestidad inspira más eufemismos que la cópula o la defecación. Esto ayuda a insensibilizarnos a sus implicaciones. En la era de la posverdad no sólo tenemos la verdad y la mentira, sino una tercera categoría de afirmaciones ambiguas que no son exactamente la verdad, pero que se quedan a las puertas de la mentira. Podría llamarse verdad mejorada. Neo-verdad. Verdad blanda. Falsa verdad. La verdad light. (Keyes, 2004, p. 15) Ningún tema contemporáneo, concomitantemente ligado, por lo demás, al de las fake news (Rochlin, 2017; Rodríguez-Ferrándiz, 2019; Marín-Casanova, 2019; Barrientos-Báez et al., 2022), es más candente que el de la posverdad. Y ninguno requiere una solución más urgente. Al menos, entre los que reaccionan a él con un humor no tan seco, un fervor no tan apasionado y una comprensión no tan profunda como la del citado investigador estadounidense. Así, se reclama, con una contrafinalidad resultante puritana, restaurar el poder de la verdad. Eso lo ilustra paradigmáticamente ese entusiasta redescubridor de la Verdad que es el serio periodista británico Matthew D’Ancona (2017). O también, a su modo, menos efectista, el respetado filósofo “analítico” Lee McIntyre (2018), que reconoce no ser ecuánime, ni usar de la desapasionada neutralidad académica, toda vez que la amenaza política actual a los hechos y a la verdad impide la falsa equivalencia. Tanto es así, tan imperioso va siendo el afán restauracionista, que no sería de extrañar que se terminase por reivindicar la inclusión de la verdad como ODS (“objetivo de desarrollo sostenible”), o como una de esas perspectivas transversales con las que impregnar la vida civil de cierto sesgo, o incluso como un derecho humano. Sin embargo, al igual que con los “truismos” del Zeitgeist, y con los problemas de siempre, cabe preguntarse si existe un problema con la posverdad. ¿Es el problema de la posverdad un problema? En particular, ante su irresolución o una propuesta de solución peor que el propio problema, cabe preguntarse si lo que se presenta como un problema de la humanidad no será más bien una condición de la especie humana. De ser así, lo que se estaría buscando con el planteamiento del problema y la formulación de una solución sería entonces, más bien, una reforma “utópica” de la especie, su “mejora” o “reseteo”, the Great Reset. El objetivo de este trabajo es presentar una investigación metodológica cualitativa del concepto de verdad en relación con el cual algunas verdades llegan a ser llamadas “posverdad”, para a partir de ahí responder a la pregunta de si el problema de la posverdad tiene una solución filosófica. Se trata de partiendo, para tener un referente de discusión preciso, del análisis léxico-lógico de la noción y el término “posverdad” en los diccionarios más emblemáticos de la lengua inglesa y de la lengua española, el Oxford English Dictionary (OED) y el Diccionario de la lengua española (DLE), respectivamente, llevar a cabo una reflexión hermenéutica sobre el poder de la verdad en el doble sentido del genitivo. Objetivo: la verdad como poder, el poderío de la verdad, la verdad como fuerza, la fuerza de la verdad. Pero también subjetivo: el poder como verdad, la verdad del poderío, la fuerza como verdad, la verdad de la fuerza. El resultado nos permite comprender mejor, desde un punto de vista filosófico, no psicológico o sociológico, por qué mentimos sobre prácticamente todo y las consecuencias que esa deshonestidad casual tiene en la especie humana, que es la de un individuo que vive en sociedad, conocida, quizá por su capacidad para el engaño, como homo sapiens sapiens. Así como nos permite, a su vez, interpretar bien las consecuencias de esa VISUAL Review, 2022, pp. 3 - 11 condición falaz y mendaz sobre la naturaleza del discurso público, los medios de comunicación, los negocios, la literatura, el mundo académico y la política, que son profundas. Se concluye que el origen de la polémica está en el sentido objetivo por desconocimiento del subjetivo, porque se utiliza una vieja noción de verdad, la verdad como correspondencia o adecuación entre el intelecto y la cosa, el dicho y el hecho, la “verdad objetiva”, con lo que se presume que la verdad se descubre. La descubre la razón, supuestamente una razón pura, libre de afecciones emocionales y sentimentales, una razón sin emoción, una “razón objetiva”, pulido espejo de la realidad, frente a las (pseudo)realidades paralelas, “posverdaderas”. Sin embargo, esto presupone que lo real es el orden, que se recorta en los hechos, cuya verdad se desvela. Ahora bien, el sentido subjetivo muestra que el discurso verdadero obedece a la orden (orden basado en reglas) y no al orden natural, que el orden es siempre “puesto” por un poder (sobre todo, ese tipo de poder que habla de lo “natural y su “orden”). Así pues, la verdad es “potenciada” o “querida”, jurisdicción de la voluntad, “empoderada”). No existe en lo humano una verdad natural descubierta. Toda verdad es pragmáticamente inventada en el seno de un universo discursivo performativamente “verdadero”, verdad facta antes que nata. La verdad siempre está gobernada grupal, social, políticamente. Lo que supone, en consecuencia, que no hay verdad que valga. No hay verdad que valga sin retórica. Luego la verdad siempre tiene algo de “posverdad” en su núcleo. Y, si es así, el problema de la posverdad no se resuelve. No se resuelve porque se “disuelve”. 2. Cuestión de definición de imagen La controversia en torno a la posverdad es tan visceral que lo primero que se impone, no para zanjar la controversia, sino para comenzarla con conocimiento de causa, es saber de qué estamos hablando cuando hablamos de “posverdad”. Como parece que, desde la primera referencia (Tesich, 1992, creador del neologismo, en el contexto de la Primera Guerra del Golfo), el término puede variar de significado, según un intérprete u otro, para evitar la inicialmente impertinente polisemia nada mejor que fijar su imagen acudiendo al diccionario como referente léxico común, que siendo (inicialmente) más descriptivo que prescriptivo o normativo ofrece el máximo común denominador semántico entre los hablantes de una lengua o comunidad lingüística. Aquí, para retratar la imagen de la posverdad, vamos a tomar la definición no de un lexicón, sino de dos, la definición del término en los diccionarios con más autoridad, respectivamente, entre las comunidades de habla del ámbito cultural anglófono, donde más se ha discutido acerca de la posverdad y se le ha hecho palabra del año en 2016, y entre las comunidades de habla del ámbito cultural hispanófono, donde esa discusión también es ingente y donde la Real Academia aprobó incluir la palabra en la actualización de 2017 de su diccionario. Sendos diccionarios, recordémoslo, son el OED y el DLE. Ahora bien, aunque sea cierto que, de algún modo, esos respetados tesauros lo son por lograr lo que podríamos llamar la pax semantica, la intersección mayor de semas compartidos en sus respectivas sociedades de habla, un coágulo de sentido lingüístico común, de consenso significativo, el radio máximo de significado compartido, esa paz verbal, como todas las paces es una paz inestable, la más estable de todas las inestables si se quiere, pero inestable. Nuestro estudio, filosófico como es, se pretende antes erístico que irénico, y tiene por objetivo precisamente no ocultar esa inestabilidad de la paz, su precariedad, sino mostrarla, ponerla a la luz meridiana. Y ello no por desprecio bélico de una paz que eventualmente se descubre siendo falsa paz, sino para, frente a las posturas pacatas, tributarias de lo social o políticamente correcto, del pacifismo semántico, que neutraliza las palabras dejándolas anestesiadas, inútiles para poder sentir el dolor de la existencia, dolor inevitablemente incorporado al lenguaje, que es la casa del ser, del ser humano, concienciarnos de la “violencia semántica” contenida en las palabras. Evidenciado el tour de force de sendas definiciones, quizá sea posible otra paz, una paz no univocista, sino pluralista, la pax hermeneutica. El procedimiento a seguir va a ser en ambos casos traer la definición para analizarla desde sus propios términos patentes y detectar sus supuestos latentes. Mostradas analíticamente las asunciones ocultas o implícitas, ya podremos preguntarnos si son hoy “sostenibles”, si ciertamente hay consenso en la actualidad. Y si, por el contrario, encontramos disenso, interpretarlo sintéticamente, dentro del “multiversalismo” hermenéutico. 3. La razón pura del OED Post-truth en su original inglés es considerado como un adjetivo “relating to or denoting circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinion than appeals to emotion and personal belief” (OED, 2016). Desde un punto de vista lexicológico esta definición inglesa, también la del Cambridge Dictionary o la del Collins (la palabra no existe en el americano Merriam-Webster) de lo posverdadero lo presenta eminentemente vinculado a lo emocional. “Post” no indica aquí dejar atrás temporalmente, sino desplazar de lugar o tener en menos, postergar. Dejar que los hechos objetivos se tornen irrelevantes, queden eclipsados por los sentimientos. En la lógica léxica del OED, si posverdad comporta explícitamente emotividad, implícitamente verdad comporta prescindencia de las emociones: verdad y emotividad se repelen mutuamente como agua y aceite. El gran implícito de esta definición es que el contenido alézico de un juicio es y debería ser perfectamente discernible de sus implicaciones emocionales. En no hacer semejante discernimiento consiste precisamente el fenómeno de VISUAL Review, 2022, pp. 4 - 11 la posverdad. He ahí la gran asunción de la definición inglesa de posverdad: lo racional puede distinguirse de lo emocional. Lo que de consuno supone que existe la razón pura, la razón exenta del profundo sentimiento de la emoción. De no existir semejante facultad racional, grado cero de la emotividad, entonces, por definición, nunca se daría la verdad. No habría forma de escapar de la posverdad, que es justo la pretensión de los redactores de esa definición, como, a nuestra vez, hemos de presuponer, pues hemos de presumir que las definiciones, además de verdaderas, por definición, son honestas y manifiestan lo que sinceramente piensan quienes definen, lo que en su fuero interno creen. Ahora bien, una cosa es creer en algo, en lo que se define, por ejemplo, y otra, distinta, es que eso en que se cree exista. Desde luego quienes escriben el OED creen a pies juntillas que existe la posverdad, que es un fenómeno que, no por deber evitarse, deja de darse. Asimismo, si se da en los términos definidos, entonces también creen, por contraste lógico, por tercero excluso, que hay un primero, respecto del cual es la posverdad segundo. A saber, que existe la verdad. Y que existe al margen de los sentimientos o emociones. En puridad, que no existiese la verdad no impediría la existencia de la posverdad, la definición de algo presupone la existencia de lo que define, aunque solamente fuese a nivel definitorio, nocionalmente. Pero un diccionario meramente nocional poco interés tendría. Exceptuado el público “borgiano”, pocos lectores interesados tendría semejante lexicón. Ese diccionario, con ser, por definición, “cierto”, sería bastante inútil. Con lo que no podemos demorar por más tiempo la pregunta de si existe esa verdad de hechos decantados de toda emoción en el alambique de una razón pura. Ciertamente, y la Historia de la Filosofía lo acredita, la humanidad occidental ha creído en la existencia de una tal facultad depuradora de lo verdadero, tanto lo ha creído que esa creencia es definitoria de tal humanidad, la ciencia como conocimiento racional del porqué de los hechos es “el alma de Occidente” (Agazzi, 2011). La Metafísica, rama troncal de la Filosofía, como custodio de las esencias civilizatorias occidentales, ha velado esa Verdad inicialmente mayúscula desde la Antigüedad clásica y redoblando la guardia más aún en la Modernidad racionalista. La propia Filosofía olvidando que sin emoción se olvida (Serna, 2016, pp. 63-82), en tanto que Metafísica, olvidó su emoción constitutiva, la emoción que atraviesa sus palabras basilares. Empezando ese olvido por el término sin término, la misma “filosofía”, siempre renaciente como, una vez satisfecho, el deseo. “Cuando nos ocupamos del saber no como resultado, sino como proceso, el término “filosofía” responde a la necesidad de superar la inopia léxica” (Serna, 2016, p. 66). El prefijo constitutivo de esta palabra, “filo-sofía”, en su amor sagital, ya indica su continuo volver a empezar, su no acabar de saber, sino que siempre se encuentra en ella, siempre asombrada por la duda, el deseo erótico de la pregunta: la filosofía no es el saber, sino la emoción de saber. O como dice el genial colombiano de esta “historia de amor encriptada”: “La interacción del amor con el saber daría cuenta de lo que el hombre tiene de propio y distinto, no la razón, sino la relación emoción-razón, o si se quiere, entre el sistema límbico y el neocórtex” (Serna, 2016, p. 67). La emoción es constituva de ese saber llamado “filosofía” y literalmente, podemos conjeturar, una filosofía intelectualista, lo que casi siempre ha sido, sería un oxímoron. Un oxímoron no menor de lo que para la filosofía triunfante implícitamente en el OED, la filosofía ignorante de que no hay ánimo cero ni razón pura, sería la llamada por Goleman “inteligencia emocional”. Esa filosofía que aparca y aparta sentimientos y pasiones, la del folclore griego conocido como “metafísica”, no es conversación rortiana que busque solidaridad, sino escritura que busca objetividad, identificando su público con el perelmaniano “auditorio universal”, sacando el texto de contexto, al reprimir la emoción, la emoción de verdad. Esa emoción de verdad, interpretada en el sentido subjetivo del genitivo, no en el objetivo como emoción verdadera, sino como verdad emocionante sería un oxímoron a partir de las premisas léxicas del OED, que con toda asepsia separan quirúgicamente la verdad de la emoción. Y, sin embargo, metafísica al margen, la verdad “alicia”, como a-letheia, hace patente la conexión de la emoción con la razón. Desde luego, no es la primera vez que una palabra con el tiempo pasa a significar no ya una cosa distinta de la significada originalmente, sino prácticamente lo contrario, como pasa con “casa”, en latín algo así como una choza, o “palacio”, en latín una edificación con pisos para menesterosos, pero el OED lo hace olvidando que donde no hay emoción hay olvido, olvidando la emoción de la verdad, la emoción integrante de la verdad, aunque, dicho sea en descargo del prestigioso diccionario oxoniense, nos referimos a la verdad no de los hechos estólidos (¿qué verdad podría ser ésa?), sino a la verdad de la reflexión, ésa cuya materia prima es el recuerdo, lo que golpea dos veces el corazón. De lo doblemente cordial, de la memoria como ingrediente, está hecha la reflexión. Lo acreditan las neurociencias (Johnson, 1987; De Sousa, 1991) señalando el enlace de la amígdala cerebral, sede de las emociones básicas, con el hipocampo, sede de la memoria episódica: “Sin emoción no hay motivación, sin motivación no hay pasión, sin pasión no hay disciplina, sin disciplina no hay nada” (Serna, 2016, p. 70). La letra alfa, prefijo de aletheia, es privativa, nos priva de la letargia de la desmemoria, oficiando la liturgia del recuerdo. Inolvidable es la experiencia que impacta a ultranza en el sujeto, la superlatividad en la emoción, que es verdadera por la conectividad entre emoción y recuerdo. Esa experiencia de verdad lo es en el doble sentido del genitivo: no solamente lo es en el sentido objetivo como experiencia de la verdad, sino también lo es en el sentido subjetivo, como verdadera experiencia. Así que la experiencia de verdad no puede dejar de ser existencial, implica a la subjetividad en su existencia completa, es experiencia única, verdadera experiencia, experiencia de la verdad, experiencia de verdad. VISUAL Review, 2022, pp. 5 - 11 Esa verdad circular, que circula del objeto al sujeto (y viceversa), “subjetiva”, cuyo impacto emocional garantiza su recuerdo, no es la verdad del OED, la verdad “objetiva”, desmemoriada, de recuerdo periférico, objetivado, “por escrito”, como texto sin contexto, que neutraliza y hace innecesaria la emoción, verdad que se opone a falsedad, no, la verdad “subjetiva” escapa a esa dicotomía que, por otro lado, sólo tiene significado en un flujo discursivo, puesto que su “verificación” es interior, íntima. Y en la intimidad de la existencia la experiencia vivida es de verdad. A la experiencia de la existencia le corresponde siempre la verdad vital o existencial. En nuestra definición la vivencia es siempre verdadera. Y en ese mismo sentido existencial son “verdaderas” las creencias en las que junto a las emociones se apoya lo posverdadero. En tanto en cuanto no pretenda un contenido epistémico al que corresponder, una creencia no puede ser falsa. Al ser existencial, la creencia será auténtica o no, inauténtica, pero no verdadera o falsa. Y el colmo de esa verdad, como corolario léxico, es otra palabra clásica de la filosofía también con “prefijo”, la que indica bienestar o buen genio, en contraste, con eso tan abundante del malgenio. Así es, la tercera palabra del vocabulario filosófico griego donde se conecta máximamente la razón con la emoción es la felicidad, o sea, la “eu-daimonia”, el buen demonio propio, el buen ánimo: el estar bien consigo mismo. Ahora bien, el intelectualista y univocista reduccionismo metafísico se fue imponiendo hasta llegar al error de Descartes (Damasio, 1995), que coloniza la filosofía moderna y subtiende por entero a la definición del OED, el error de separar de forma simplista como cosas abisalmente diferentes, ontológicamente distintas, la mente, sustancia sin dimensiones, no mecánica e indivisible, y el cuerpo, sustancia medible, dimensionada, mecánicamente operada e infinitamente divisible. El dualismo cartesiano divorciando radicalmente emoción y cognición viene a establecer el dogma aquí desafiado y que está a la base de la caracterización oxoniense de lo posverdadero, la creencia según la cual las emociones interfieren en las decisiones sabias, apartando con ello los sentimientos, también los buenos, de los razonamientos buenos. Las versiones del error cartesiano oscurecen las raíces de la mente humana, sita en un “organismo finito”, biológicamente complejo, pero “frágil y único”; niegan la tragedia implícita en el conocimiento de esa fragilidad, finitud y singularidad. “Al soslayar la tragedia inherente a la existencia consciente, los humanos se sienten menos llamados a hacer algo para minimizarla y pueden respetar menos el valor de la vida” (p. 251). Las neurociencias ponen en evidencia el error del dualismo mente / cuerpo dejando ver que la emoción forma parte de lo que entendemos por cognición, toda vez que, si hay un deterioro grave de la emotividad, no podemos disfrutar de la racionalidad. Parecen indiscutibles los soportes neurales de la razón: sentir es un componente integral de la maquinaria cerebral. Así, Damasio argumenta, a partir de la base empírica, que los niveles inferiores del edificio neuronal de la razón coinciden con los que regulan el procesamiento de las emociones y los sentimientos, junto con las funciones somáticas precisas para que el organismo pueda sobrevivir. Esos niveles “inferiores”, a su vez, mantienen relaciones directas y mutuas con la práctica totalidad de los órganos del cuerpo, con lo que se ubican directamente en la cadena de operaciones generadoras de los niveles superiores del razonamiento, de la toma de decisiones y, por ende, del comportamiento social y la creatividad. “La emoción, el sentimiento y la regulación biológica representan un papel en la razón humana. Los órdenes inferiores de nuestro organismo están en el bucle de la alta razón” (p. xiii). El OED, sin embargo, “ignora”, en el sentido inglés del término, esta biología de la racionalidad, al partir implícitamente de que los mecanismos racionales habitan en una provincia mental separada, a la que no deberían tener acceso las emociones, como si en el cerebro hubiera distintos sistemas neurales para las emociones y las razones. La léxica frigidez anglicana no sabe nada de la pasión de razonar. Su puritanismo ignora que la razón puede no ser tan pura como muchos pensamos o deseamos, que emociones y sentimientos tal vez no sean en absoluto intrusos en el bastión de la razón: que quizá estén enmarañados en sus redes para lo peor y para lo mejor. (Damasio, 1995, p. xii) El prestigioso diccionario, la “verdad” sea dicha, aunque tenga la disyunción cartesiana entre la cognición racional propia de la res cogitans y la emoción corporal propia de la res extensa como ideal, como punto de partida y como punto de llegada, alfa y omega, donde el ser y el deber ser coinciden, deja el camino abierto, eso sí, el mal camino de la coincidencia de sentimiento y verdad, el “enmarañamiento para peor”, que es el mal camino de la posverdad precisamente. Claro que con ello Damasio no se está refiriendo a lo posverdadero, sino a algo más formal o de índole “lógica”, al hecho circunstancial de que sentimientos y emociones estraguen los procesos de razonamiento. Nadie va a negar los sesgos emocionales del conocimiento y su influjo potencialmente dañino. Sí ahí se quedase la denuncia de la lacra posverdadera, no habría reproche posible al OED. El problema viene de no darse cuenta de que la ausencia de emoción y sentimiento es igualmente perjudicial, pues, de hecho, compromete la racionalidad como el diferencial específicamente humano. Es el error de suponer cartesianamente que hay una razón sin emoción, una razón diamantina, sin ninguna incrustación emocional, que es antes, antes de sentir, un prius gnoseológico sin contaminación sentimental alguna. El OED se prosterna ante la diosa razón, estrictamente inmaculada concepción, esto es, concepto exento de emoción, sin mancha carnal. Y es que las estrategias racionales del animal humano, maduradas a lo largo de la evolución, y que están plasmadas en la individualidad de los ejemplares de la especie, VISUAL Review, 2022, pp. 6 - 11 no se habrían desarrollado sin los mecanismos de regulación biológica, de los que son conspicua expresión las emociones y los sentimientos. Es más, incluso tras la madurez, acabados los años de desarrollo, cree Damasio conjeturable que su pleno despliegue depende significativamente de la capacidad de experimentar sentimientos. Preterir esa capacidad le da al lexicón oxoniense quizá un sesgo de elitismo, como si la verdad dependiese de una capacidad superior, de una facultad al alcance sólo de los que pueden permitirse el lujo de elevarse por encima de sus creencias y circunstancias emocionales, los probos, de manera que lo posverdadero sería relativo a quienes no están en disposición de ir a los hechos objetivos teniendo que conformarse con lo subjetivo, los sentimientos y emociones, los réprobos. Conjeturamos ese sesgo, nada más. Pero da esa impresión: la élite racional y la masa emocional, como si los comunes dejasen decidir por ellos a los sentimientos irracionales. Lo que las neurociencias están apuntando es que hay algunos aspectos del procesamiento de emociones y sentimientos que resultan indispensables para la racionalidad. Esta es la versión afirmativa de la emotividad, los sentimientos en su enmarañamiento “para mejor” con la racionalidad llevan en la dirección adecuada, nos encaminan a poner en acción de manera idónea los instrumentos de la lógica. Pero es que, además, la razón no parece depender de un centro único, sino de distintos sistemas cerebrales que operan en concierto, que cooperan en su fábrica. Los niveles inferiores del edificio neural de la razón son los mismos que regulan el procesamiento de las emociones, los sentimientos y las funciones necesarias para la supervivencia del organismo. De modo que los niveles “inferiores” están a la base de los logros más elevados, “superiores”, del razonamiento. Que la razón superior dependa del cerebro inferior no hace de la razón algo inferior. La otra tesis que nos aportan las neurociencias, frente al sesgo de idealismo articulador de la definición británica, basada en la separación de las operaciones más refinadas de la mente de la sustancia y función de un organismo biológico, es que los sentimientos no suponen una elusiva cualidad mental apegada a un objeto, algo intangible, sino que trazan el paisaje del propio cuerpo, de modo que son tan cognitivos como cualquier otra percepción. “Resultan del curiosísimo arreglo fisiológico que ha transformado el cerebro en la audiencia cautiva del cuerpo […]. Los sentimientos son la base de lo que los humanos han descrito durante milenios como el alma, o espíritu humano” (Damasio, 1995, pp. xv-xvi). El alma respira por el cuerpo y el sufrimiento ocurre en la carne. La carencia de la definición del OED es que no tiene en cuenta la precedencia del cuerpo “inferior” en relación con la razón “superior”, que, sin la referencia primero al cuerpo con sus emociones y sentimientos, no habría podido existir. En definitiva, la mente (y su verdad “descorporizada”), pace el OED, es una función del organismo. Los postulados explícitos de esta idea de una razón biológica dependiente de la emoción son: 1) El cerebro humano y el resto del cuerpo constituyen un organismo indisociable. 2) El organismo global interactúa con el entorno como un conjunto resultante de la interacción entre cuerpo y cerebro. 3) Las operaciones fisiológicas que llamamos mente no emanan sólo del cerebro, sino en el contexto de un organismo que interactúa con el medio ambiente, físico y social, el cual, a su vez, es, parcialmente, producto de la actividad misma del organismo. Por último, cabe comentar, como presupuesto explícito del OED, que lo que queda supeditado a creencias y sentimientos con lo posverdadero es la objetividad de los hechos. La objetividad de los hechos es el pendant de las emociones subjetivas. Salta a la vista que esa dicotomía entre lo fáctico objetivo y lo emocional subjetivo es, en líneas generales, paralela a la dicotomía substancial entre res cogitans y res extensa, y, en este sentido, constituye una prolongación o nueva versión del error de Descartes y su creencia en que los sentimientos interfieren en la verificación racional, si es que no la imposibilitan. Evitar el error cartesiano, mediante un mayor y mejor conocimiento de los sentimientos no disminuye nuestro interés en la verificación de los datos. Lo único que puede pasar es que un mayor entendimiento de la fisiología de las emociones y sentimientos eleve nuestra concienciación acerca de las “dificultades” de la observación científica, dificultades puestas de relieve por la Filosofía de la Ciencia de los últimos cincuenta o sesenta años. Hoy en día es a esa suerte de “negacionistas” que todavía dudan de los límites de la ciencia a quienG corresponde el onus probandi. Sobran razones para el escepticismo sobre la pretendida objetividad y verdad científicas. Nos resulta difícil, como al propio Damasio, aceptar los resultados científicos, particularmente los de la neurobiología, como algo más que aproximaciones provisorias y provisionales que se deben considerar durante un determinado tiempo y descartar posteriormente en cuanto que se disponga de nuevas descripciones alternativas. Pero más allá de esta sana apertura de mente antidogmática propia de académicos desprejuiciados, hay que ahondar en la cuestión de los hechos, de la “realidad” especular de los hechos, pues no solamente estarían cargados teóricamente e incluso axiológicamente, sino que en sentido filosófico hermenéutico no existen. No existen, sí, sino bajo una determinada interpretación. Los hechos son hechos. 4. El intacto realismo naíf del DLE Más allá de la tautología y la redundancia, hay que insistir en que los hechos son hechos, hay que percatarse del carácter hecho de los hechos. Cosa que nos va a permitir analizar e interpretar la definición de “posverdad” del DLE, la cual, en la estela de la sospecha crítica de las creencias y emociones del OED, desplaza el énfasis de la atención pasando de la influencia de lo emotivo a la influencia en lo emotivo distorsionando la realidad, “realidad”, a su vez, no expresamente mencionada por el OED. Se trataría de una realidad implícitamente natural, VISUAL Review, 2022, pp. 7 - 11 pues la posverdad estribaría en la manipulación de la realidad con la que identifica lo “verdadero”, una verdad implícitamente no artificial, sino espontánea o natural, la realidad de las cosas mismas. Literalmente la definición académica reza así: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales” (RAE, 2017a). Es curioso o llamativo: en la definición inglesa se pone el acento expreso, la tilde, en lo emocional de lo posverdadero, es decir, en lo subjetivo, frente a los hechos objetivos, mirados de soslayo; en cambio, la definición española hace explícita la realidad distorsionada, eso sí, de los hechos sobre la base contrastiva de la subjetividad explícitamente manipulativa, que tiene la voluntad deliberada de alterar la realidad. El DLE deja a un lado la cuestión de la interferencia de las emociones en el sentido subjetivo del genitivo, el cual quizá, no obstante, no tiene por qué descartarse necesariamente, para centrarse en el sentido objetivo del genitivo. En una palabra, en la acepción hispana, la posverdad no está en que las emociones distorsionen la verdad, acepción inglesa, sino en que las emociones sean manipuladas por la posverdad, por una realidad distorsionada de los hechos, y conseguir una finalidad falaz. En la versión española no son las emociones las que mueven a la falsedad, sino la falsedad la que mueve las emociones. El DLE no estaría incurriendo tanto en el “error” cartesiano como dando por bueno el “acierto” aristotélico de una realidad substancial, verdadera, cuya verdad correspondentista (Arist., Met., IV, 7, 1011b, 25-29) la mala voluntad, la voluntad de mentira, manipula malintencionadamente. Del hecho de la distorsión a la distorsión del hecho, he ahí el tránsito semántico de Oxford a Madrid. El OED pareciera limitarse con señalar el qué de lo posverdadero, el hecho de que para la opinión pública los sentimientos y las creencias cuenten más que los hechos, mientras que el DEL no se conforma con el qué, sino que aventura la explicación del porqué: la razón, que es la distorsión deliberada de la realidad; la causa, que es la manipulación de creencias y emociones, y el motivo, que es influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Ahora bien, sea la preferencia oxoniense o matritense, los hechos, por definición, nunca mejor dicho, toda vez que lo dice la propia palabra, no los da la naturaleza, los produce una cultura, son una elaboración cultural, sobrentienden la laya “cosmética” del mundo, como esplende en su etimología latina bruñida por la griega. Allí donde, como en los dos diccionarios o en la publicidad de El País, fulge el dogma formulado en 1921 por C. P. Scott, director a la sazón del Manchester Guardian: “Facts are sacred, comments are free”, hay que tener valor para oír al filósofo auroral percutiendo en los oídos del, por usar el hallazgo expresivo de Chmielewski (2018), “populismo alézico”: “Facta! Ja. Facta ficta! (Nietzsche, 1954a, 1191). Ésta es la regla de oro de la Hermenéutica y que, atacando el positivismo y defendiendo el perspectivismo, ya Nietzsche nos dejó fragmentariamente escrito, como legado póstumo, que “no hay hechos, solo interpretaciones” (2005, p. 315) de hechos y que la misma aseveración es también una interpretación. La voluntad de verdad no deja de ser una voluntad de poder, el intento de, entre las distintas perspectivas horizontales, que son expresión de esas necesidades nuestras, las cuales nos “interpretan” el mundo, elevarse verticalmente haciendo de la perspectiva particular la perspectiva universal, autoasignándose el valor universal de verdad. Los humanos, pese al realismo genuino del DLE, no vivimos en el mundo y menos en el mundo verdadero, sino en una descripción del mundo, del out there, solo que, por motivos económicos, en vez de hablar de una interpretación del mundo, utilizamos la abreviatura “mundo”. En efecto, como sabemos los hermeneutas, es la descripción de las cosas lo que aplica esos sesgos cognitivos que las hacen aparecer, antes de un modo que de otro, como tales cosas, pues eso que coloquialmente llamamos “realidad” no es algo que venga recortado de antemano en hechos autosubsistentes, pre-descriptivos. Esa misma “realidad” no es, sino un recorte determinado de lo que hay ahí afuera, un recorte categorial del sujeto-intérprete, que resulta de la aplicación de una (inter)subjetividad transcendente, un imaginario o yo cultural (a su vez, “inventado y añadido, algo puesto por detrás”), a la miríada de estímulos o inputs del exterior. Es el producto de la síntesis de la pasividad sensorial y la actividad categorial, un producto “sintético”, no natural. Por eso lo que llamamos “real” es un recorte humano, demasiado humano, que no deja de ser cosa hecha, “casa” hecha, nuestra construcción doméstica. De modo que, según nuestro punto de vista, más que vivir en la realidad, vivimos en un punto de vista de la realidad, y hoy en día, mediado todo por las TIC, más que nunca antes. Habitamos en una perspectiva del juego de superficies mediáticas, juego de superficies que expone la profundidad como otra superficialidad, como efecto de superficie. Es ciertamente la Weltanschauung, la mirada del mundo, lo que intersubjetivamente decide qué cosas vemos y cómo las vemos, nuestra imagen previa de lo real. Y si los hechos son “hechos”, la verdad que se corresponde objetivamente con ellos, como sobrentiende el DLE, y no menos el OED, tendrá inexorablemente algo de hecho, será verdad también hecha, “distorsionada”. Ya el filósofo del martillo se adelanta respondiendo a su pregunta retórica: Entonces, ¿qué es la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en definitiva, una suma de relaciones humanas que, realzadas poética y retóricamente, se han transmitido, adornado y que, después de un largo uso, parecen a un pueblo firmes, canónicas y vinculantes: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han desgastado y carecen de fuerza sensual, monedas que han perdido su cuño y ahora pasan a considerarse como metal, ya no como monedas. (Nietzsche, 1954b, p. 314) VISUAL Review, 2022, pp. 8 - 11 La técnica, y de modo aborigen la técnica intelectual y verbal de la retórica, siempre ha mediado en el discernimiento de la verdad. La verdad, como ya vislumbró cristianamente el santo Juan que mantuvo la cabeza, al menos literalmente, el Evangelista, se hace, es un efecto técnico. Lo escribió (Jn 3, 21; 1Jn 1,6) en la koiné griega para escándalo mayúsculo de los helenos, que concebían su verdad de manera contemplativa (alétheia). La verdad juánica era judía, una verdad distinta de la teórica, una verdad operativa (‘emet), la verdad de quien vive en un mundo y ya no en el cosmos. Esto es, la verdad de quien cree que la naturaleza no es lo primero, ni tampoco la muerte es lo último. Y ello por la razón de que la naturaleza no estaba ahí desde siempre, ab initio, sino que fue hecha, es un efecto, no la causa, el efecto de una voluntad, la voluntad del artesano que fue su Creador, quien jornada tras jornada, merced al Gran Poder de su Palabra, el poder del nombre, logra que en cada cosa resuene la voluntad de su artífice, poniéndole perlocutivamente fin al caos, definiéndolo en el cosmos. Una verdad que es, por excelencia, performativa, no se des-cubre, sino que se in-venta. Se sale a su encuentro, contra cualquier asomo de pigricia, contra toda ignavia, cumpliendo diligentemente “lo que Dios manda”. Una verdad así no expresa el orden dado de antemano, sino la escucha u obediencia (el parentesco etimológico hermana sus semas) a la orden de Dios. Ahí es la distorsionadora mano del hombre, la parte que Kant juzgaba externa de su cerebro, la que prosigue la labor creadora de la mano genésica del Creador, merced a la mediación técnica. Esa verdad “manufacturada” en el matraz del laboratorio judeocristiano no es efectivamente la adecuación del intelecto a la cosa, su registro o reproducción, sino la producción de la cosa a voluntad, la voluntad de hacer ser, la creación. Se interprete la invención retórica de la realidad trópica o rectamente, la verdad “religiosa” liga su descomunal potencial ilocutivo a la acción en el mundo, a la intervención en él mediante la praxis, encargada de orientar la techné o poiesis, antes que a la contemplación o desvelamiento de una naturaleza inmutable y necesaria, lo que es compatible con el proceso evolutivo e histórico de nuestra especie, con esa condición autopoiética, performativa, de la intersubjetividad del género homo, que se adapta al medio adaptando el medio, que es en lo que consiste la técnica. Sin embargo, que la cuestión de la verdad no tiene menos de práctica que de conocimiento y por eso nunca resulta hialina o conspicua, no es algo que entiendan, o que entendiéndolo lo acaten, quienes solamente llegan a distinguir entre realidades objetivas y realidades subjetivas, los cuales, como creyendo en el dogma de la “inmaculada percepción”, no son capaces de concebir otra noción de verdad que la de la correspondencia o adaecuatio rei et intellectus: el dicho es verdadero si representa fidedignamente la naturaleza objetiva del hecho. Dicho y hecho. La posverdad sería interpretable como la faceta posmoderna de la mentira (Ferraris, 2019; Palácio, & Capovilla, 2021; López-Agulló, 2022), la cual consiste, para los responsables de elaborar nuestro diccionario conceptual, en presentar la realidad desnaturalizándola adrede, manipulándola con dolosa intención. El DLE, que tanto pretende ser descriptivo antes que normativo, que si normaliza es por el uso de la comunidad lingüística, sin embargo, en su realismo es poco pragmático. De hecho, la definición que da de “posverdad” es netamente normativa y apenas contiene la preocupación por el ataque posverdadero a la verdad. Con semejante temor el DLE viene a preterir el comportamiento real de los hablantes con una antropología más filosófica, atenta al quid iuris, que fenoménica, atenta al quid sit. Solamente una improcedente, en un diccionario de la lengua, anteposición del deber ser al ser, un nada realista wishful thinking, se niega a reconocer que “las historias falsas tienen una ventaja intrínseca sobre la verdad tratando de unir a la gente. Si quieres calibrar la lealtad grupal, requerir a la gente creer un absurdo es un test mucho mejor que pedirle creer en la verdad” (Harari, 2018, p. 239). Con ello no estamos incurriendo en una cínica “falacia naturalista” que justifique algo porque se da en la naturaleza, que exista el crimen naturalmente no significa que haya que aceptarlo moral o jurídicamente, pero una cosa es la Criminología y otra el Derecho Penal. No se puede confundir el Derecho con el hecho, que la verdad debiera unir a la gente, no significa que, de facto, la una. Si no hay verdad sin poder, sin “distorsión”, entonces la distorsión no puede ser definitoria de la posverdad. Así que, dijérase hiperbólicamente, parece que los académicos redactores del diccionario son de los que pasan más tiempo atareados en el control del mundo que “perdiendo el tiempo” en su comprensión. “Si no te puedes permitir perder el tiempo, nunca encontrarás la verdad” (Harari, 2018, p. 221). O sea que, si se dedican a comprenderlo, lo hacen con la no tan discreta como secreta esperanza de controlarlo. Y es que, “si sueñas con una sociedad en la que la verdad reine con supremacía y los mitos sean soslayados, tienes pocas expectativas con Homo sapiens. Mejor prueba tu suerte con chimpancés” (Harari, 2018, p. 242). El DLE, con su apuesta “realista”, con su “representacionalismo” superlativo y su casta verdad, orilla de este modo el llamado “giro lingüístico”, un giro constituyente de la comunidad filosófica contemporánea, más específicamente, de su koiné hermenéutica. No hay corriente actual del pensamiento que no asuma, de una guisa u otra, que toda representación mental está mediada por la herramienta del lenguaje, que no hay una representación natural u objetiva, única verdadera, que relegue a la “falsedad subjetiva” las demás representaciones. No hay inteligencia humana sin técnica lingüística. Donde no se encuentre la prótesis de la lengua no se busque la tesis del encéfalo: no hay pensamiento sin palabras. El DLE no se percata de que la realidad no viene recortada en hechos en sí, oblitera que de suyo no hay “hechos naturales”, aquí no nos vale el oxímoron, pues son los marcos teóricos (por cierto, incompatibles o inconmensurables entre sí) los que troquelan lo real exterior, en ellos se dan los hechos resultantes: sin conciencia no hay fenómenos, sin interpretaciones no hay hechos. En breve, los VISUAL Review, 2022, pp. 9 - 11 hechos son relativos al instrumento discursivo que los produce. No son hechos, sino que son hechos. Los hechos se “verifican” en el seno de un lenguaje, su verdad es absolutamente “relativa” a su lenguaje, al leguaje de su elaboración. Solamente en el uso de un juego de lenguaje se puede medir la verdad como “Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente”, según la definición académica (RAE, 2017b). En efecto, no es que, como lamenta un exdirector de la RAE, los enunciados no obedezcan “a esa regla de oro de la prueba de la verificación”, sino que un lenguaje (uno entre muchos otros lenguajes alternativos, siempre uno, nunca el lenguaje) no se puede verificar: los marcos teóricos al asentar las condiciones de posibilidad de la verdad de los juicios no se someten a juicio. Se podrá, por supuesto, tener preferencias por un lenguaje frente a otros, por sernos más “racional” u “objetivo”, podrá persuadirnos más o menos, pero el “hecho” es que los procesos de verificación siempre son interiores, un suceso interno a un lenguaje, y los lenguajes no son conmensurables, puesto que no hay experiencia humana del Lenguaje en mayúscula singularidad. El lenguaje verificador no es verificable. O lo es, pero por otro lenguaje que, a su vez, habría de ser verificado y así viralmente, sin llegar a el Lenguaje o Palabra Última. El Lenguaje es como la Divina Providencia, cuyo hecho nadie ha visto nunca, lo que no empece que legiones de fieles se le postren: “El gran poder inevitablemente distorsiona la verdad” (Harari, 2018, p. 221). Parar la cadena de remisión de un lenguaje a otro, tener la última palabra, es cosa más de poder, cosa de cambiar la realidad, que cosa de saber, cosa de ver la realidad. La verdad y el poder no pueden ir siempre de la mano. Antes o después habrán de separarse: “Si quieres poder, en algún momento tendrás que propagar ficciones. Si quieres conocer la verdad acerca del mundo, en algún punto tendrás que renunciar al poder” (Harari, 2018, p. 241). No se pueden organizar masas de personas, articular sociedades, sin basarse en alguna mitología, o sea, que si te aferras a una realidad pura, pocos te seguirán (Harari, 2017, p. 199). Así que ese poder mitopoiético, sin el que no hay humanidad, es de suyo el poder de “distorsionar” la realidad e imponer la verdad (Marín-Casanova, 2013, 2019). Ahora bien, los que solo ven al sujeto, de un lado, y al objeto, de otro, ven la verdad –así casi literalmente el DLE– como la concordancia entre sujeto y objeto: lo mismo es el pensar que el ser. Esa presencia impresiva de la realidad objetiva en la pantalla receptiva de la subjetividad es lo que les permite creer espantar al temible fantasma del “relativismo”. Y ello sin percatarse de que así pueden caer en el fetichismo del “objetivismo”, que les permite iludirse con la identificación inmediata de la verdad desnuda, esa verdad de tan elocuentes atributos (reales, no postizos) que la hacen hablar por sí sola al ser contemplada. No puede ser menos cuando la que se contempla pretende ser una verdad absoluta, la verdad universal y necesaria, y eterna, como presuntamente lo es la naturaleza que esa verdad desvela y la posverdad deliberadamente manipularía. Y la verdad para ser eterna, tiene que ser una verdad preexistente y resistente al sujeto. La tercera acepción de verdad en el DLE no lo oculta: “Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna” (RAE, 2017b). Así es la verdad que se idea como algo que se descubre, la verdad a la que se tiene acceso visualmente, contemplándola, esto es, teoréticamente, pues es una verdad que, como la realidad cósmica de Heráclito, está ahí, ahí afuera, objetivamente idéntica para todo el mundo. La verdad concebida de esa forma sólo puede ser así para un mundo ya hecho, un cosmos (la naturaleza totalmente externa a toda cultura, sin mediación técnica que la distorsione), es decir, si se presupone un mundo coincidente con el logos, el lenguaje propio cuya expresión literal es precisamente ese mismo mundo, que se autorrecorta en hechos autosubsistentes, que son manifestados por la verdad que los representa en su conformidad con ellos. Una tal concepción sobrentiende algo que no es evidente de suyo como es la no justificada presuposición del isomorfismo entre la mente y la realidad: se está presumiendo un mundo auténtico o “natural”, respecto del cual habría que evitar toda distorsión deliberada. De modo que se darían, por una parte, hechos extralingüísticos, y, por otra parte, se daría una conciencia extralingüística. Lo que permitiría facultar a la theoría, la Filosofía en mayúsculo singular, la Filosofía conspicua, como mirada no interpretativa del referente, como transparente conformidad con la realidad. Y es que para mantener la realidad de una verdad que fuese anterior y exterior a su expresión verbal, un pensamiento sin lengua, es necesario suponer una inobviedad: asumir una correspondencia recta y no problemática ni oblicua entre la interpretación y su referente, entre el enunciado y la “realidad”. Con lo que, por un lado, la realidad habría de ser estable y autosubsistente, autoidéntica, se daría un referente unívoco en su superlativa unicidad, y, por otro lado, la percepción de ese referente habría de ser directa y diáfana, “objetiva”, pues podría acceder de manera neutra o aséptica al propio referente. La contemplación demoraría de esta manera apartada de lo contemplado. En breve: habría que suponer que la especie humana, como habría dicho Putnam, disfruta de la God’s eye view. 5. Conclusión: la “verdad” de la posverdad Si bien el problema de la posverdad tiene claras concomitancias con la cuestión del posmodernismo, su “padrino” (MCintyre, 2018), como replanteamiento del problema de la distinción entre la falsedad y la verdad, es un problema de añeja solera, ahora presente como “banalidad de la mentira” (Rodríguez Ferrándiz, 2018). Y si quizá nada más que el nombre carezca de veteranía, pero no lo que designa, ello se deba precisamente a la