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Pablo Badillo o Farrell (coordinador): Pluralismo, tolerancia, multiculturalismo. Reflexiones para un mundo plural. Unia/Akal, Madrid 2003, 262 pp. : [Reseña]

Pastor Pérez, Miguel Antonio

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llante y exhaustiva teoría pedagógica del modo operacional en el que se mueven específicamente los agentes jurídicos. La TCJ aproxima la teoría a la realidad efectiva del Derecho. Teresa García-Berrio PABLO BADILLO O’FARRELL (Coordinador): Pluralismo, tolerancia, multiculturalismo. Reflexiones para un mundo plural. UNIA/Akal, Madrid 2003, 262 pp. Hay en la práctica política actual grandes proyectos o planes que sin un cuerpo conceptual o teórico, no sólo es que sean imposibles sino que nada significan. En esta dirección presentamos aquí un libro sustancial que puede servir para entramar algunas de esas nociones seudoprácticas que tanto se oyen en los foros, tanto nacionales como internacionales, en estos momentos. Es además una obra que ha ganado en perspectiva histórica desde el momento que se planteo, originariamente como curso de la Universidad Internacional de Andalucía y su posterior edición como libro, hasta el momento presente. Las diferentes procedencias intelectuales y profesionales de los autores y la autora, enriquecen y potencian el tratamiento científico de un tema que afecta esencialmente el devenir de las sociedades occidentales en un momento histórico en el que el interculturalismo, desde lo políticamente correcto multiculturalismo, sobre el que se quiere sustentar la sociedad global del futuro, exige el análisis claro y riguroso de conceptos y categorías que en la tradición europea y occidental han estado presentes desde hace tiempo, pero que las nuevas relaciones mundiales han ido sutilmente a veces, y dolorosamente otras, transmutando 774 RECENSIONES de sentido. Porque, como dice en la Presentación el coordinador de la obra, “una cosa es la teoría y otra la práctica”. El tema central al que llama ya desde el título, es la tolerancia. Un concepto de carácter práctico, sobre el cual, y a pesar de la historia vivida, se ha levantado, dentro de las sociedades europeas y occidentales, la posibilidad de convivencia de grupos heterogéneos y con intereses enfrentados cuando no opuestos. Y al mismo tiempo ha sentado las bases de la convergencia de los estados nacionales hacia una comunidad europea con intencionalidad política. No hay que perder de vista el contexto histórico mundial (la proximidad temporal y afectiva del atentado terrorista contra las Torres Gemelas en los U.S.A. ¿por motivos contraculturales?) y nacional (una España enfrentada a treinta años de terrorismo pseudopolítico ¿por motivos contraculturales?), para entender plenamente algunos de los capítulos, en su momento conferencias, que componen el libro. Una comprensión que sin duda, después del atentado del 11-M de 2004 en Madrid, y el de este mismo año en Londres, hay que reforzar, tal vez también replantear, ante los intentos pasionales de cambiar las reglas del juego de la vida, de la convivencia, a causa del dolor sufrido. Respecto a los autores, especialistas en Ciencia Política yde la Administración, en Filosofía Política y Moral, en Historia y Filosofía, Periodistas y Diplomáticos, lo mejor que cabe decir aquí, es que sus ponencias-capítulos hablaran por ellos, tanto desde el punto de vista estilístico como del contenido. Pero lo que sí se puede adelantar de todas ellas es que están penetradas de la pasión intelectual por el trabajo científico bien hecho. En el primer capítulo (Los retos del multiculturalismo para el Estado moderno) el prof. J. Abellán centra el marco que acotará teórica y prácticamente, es decir desde el punto de vista del ejercicio de la política práctica y el de la elaboración teórico-política, la esencia de la problemática del tema. Es decir, las relaciones entre sociedad y Estado, oen términos más antropológicos entre cultura/sociedad y política. RECENSIONES 775 Tomando como punto de partida la reunificación de Alemania y el concepto de “patriotismo cultural” allí elaborado, Abellán analiza el multiculturalismo en un doble aspecto: a) a modo de reflexión teórica sobre cómo integrar en las sociedades opulentas a los inmigrantes procedentes de culturas distintas y generalmente pobres, y b) como “realización práctica de modelos alternativos de integración” (p. 17) no traumáticos para la sociedad receptora y más allá del puro “potaje” cultural, si se nos permite el uso de la muy libre traducción del “melting pot”. Desde ambas perspectivas, la cuestión central que plantea el multiculturalismo es cómo organizar la convivencia, desde el punto de vista étnico, cultural y religioso, en las sociedades pluralistas. Una cuestión doblemente problemática porque el propio término “multiculturalismo” genera una doble (dis)funcionalidad. Por una parte apela ala eliminación de los factores de discriminación sociales ypolíticos respecto a los grupos culturalmente distintos del mayoritario, sobre la base de la necesidad de todas las sociedades de mantener una cultura política común y compartida para su óptimo funcionamiento. Ello supone la aceptación de un pluralismo de perspectiva personalista, que mira a los derechos humanos, considerados individualmente en su aplicación. La otra (dis)funcionalidad afirma y reivindica las distintas identidades culturales acrisoladas dentro de la mayoritaria a través del ejercicio continuo de la más amplia (¿cuánto?) capacidad de autodeterminación política dentro de la sociedad. El pluralismo al que atiende esta perspectiva mira mejor la dimensión pública de los derechos colectivos de los grupos. Estas (dis)funcionalidades presentadas muestran el carácter dilemo-problemático de la construcción práctica de una sociedad multiculturalista en los términos que la propia teoría propone. O como dice el autor, “las exigencias del multiculturalismo, al querer ver plasmadas en el ámbito político las diferencias culturales en cuanto tales, 776 RECENSIONES suponen un desafío al Estado tal como éste se había venido entendiendo” (p. 20). Este es el verdadero reto que el pensamiento multiculturalista pone en la mesa de juego. Pero es un juego al que ellos no juegan sino a través de la negación radical de que el sistema político funciona con lógica propia y diferente a la de los otros sistemas de la sociedad, peculiaridad funcional gestada históricamente y mayoritariamente aceptada en las sociedades democráticas. Cierra el capítulo una doble reflexión que se hace problema, por parte del autor, sobre el significado de la cultura para la vida humana y la posibilidad real de convivencia pacífica común entre grupos radicalmente alejados en sus creencias respecto a cuestiones básicas y de carácter fundamental. Y en otro orden de cosas, la duda que se plantea es el uso por parte del multiculturalismo de un concepto de cultura que la re-naturaliza presentándola “como un factum, no sólo irrenunciable sino fundante además de cualquier tipo de organización política” que debe derivar como tal en el reconocimiento “público-político de las distintas comunidades en cuanto tales” (p. 31). El denso y clarificador capítulo del prof. P. Badillo (Pluralismo versus Multiculturalismo) ataca de raíz las vertientes caracterizadoras de los conceptos que dieron título ycuerpo a su ponencia a través de la crítica del monismo ydel relativismo. En la elogiosa consideración del pluralismo valorativo que supone la libertad negativa en su uso berliniano, o libertad de los modernos, resaltan dos elementos esenciales para intentar entender los conflictos culturales que caracterizan a las sociedades modernas occidentales. Nos referimos a la “inconmensurabilidad de los valores plurales” y al carácter “agonista”, en caracterización de J. Gray, que se deriva de la misma inconmensurabilidad. Lo que esto quiere decir es que “cada bien, cada valor tiene su propia entidad y no pueden compararse entre sí, por lo que dicha elección se convierte en algo de tipo profundo y radical” (p. 35). Esta puerta abierta a la convivencia de valores posibilita también la elección de diversas formas de vida a elegir en distintos momentos vitales. RECENSIONES 777 Pero aquí entra en juego, sutil pero firmemente más resaltado por Badillo que por Berlin, un valor cimental (que funcione como cemento de la construcción social compartida, convivida), que es la tolerancia. Mas difícil de aceptar resulta, tal vez, la remisión fundante al liberalismo en su concepción berliniana. Esta trilogía conceptual permite una rigurosa, en su acepción científica no moral o valorativa, y rica, también operativa y funcional, comprensión y uso del pluralismo, y sus intentos de configuración y ordenación social. La elaboración sistemático-teórica recoge así seis rasgos constitutivos que serían: 1) la pluralidad y condicionalidad de los valores, 2) la inevitabilidad de los conflictos, 3) la posibilidad de aceptar un conflicto-resolución razonable, 4) la apertura a distintas posibilidades de vida,“porque vivir una vida buena es el fin, pero no es un fin común”(p. 41), 5) la necesidad de establecer-aceptar unos límites o fronteras, y 6) la búsqueda compartida del progreso moral. Pero para llegar a la realización eficaz de los propósitos antes indicados es necesario hacer compatible la intensa y vivencial variabilidad y multiplicidad de valores con el medio apropiado que haga factible la posible y real convivencia de los mismos. Y esto es lo que hace el Derecho a través de la protección de los derechos individuales de la persona. “Sin normas que actúen de equilibrio y sin posibles ‘limitaciones’ del disfrute de los valores, éstos se convertirán en algo muy difícil de poner en práctica” (p. 49). Un segundo aspecto que trata el capítulo de Badillo son las notas características del multiculturalismo como interrogada antítesis del pluralismo. Al respecto aflora de nuevo la tensión conceptual entre sociedad y Estado a la que hacíamos referencia anteriormente. Originalmente el “fenómeno” multiculturalista surge entre intelectuales y educadores, la minoría dominada de la clase do778 RECENSIONES minante en palabras de Bourdieu, de ámbito cultural anglosajón, pretendiendo recoger en una elaboración teórica las posibles variaciones de los modos de vivir que se separan del mayoritariamente compartido y mayoritariamente aceptado. Resurge así, a través del uso formalizado de la tolerancia, como principio básico de convivencia entre individuos ygrupos que persiguen fines heterogéneos, la necesidad de conciliación de la forma estatal asentada en las sociedades occidentales, que acogen individuos y grupos cuyas formas culturales de vida niegan, a veces, como principio básico del mismo vivir, la forma política dominante. Sin duda que el desarrollo del “fenómeno multiculturalista” ha seguido y sigue parámetros distintos según se considere en U.S.A. o en el ámbito europeo. De cualquier forma, respecto a ambos puede considerarse que el multiculturalismo presupone una relación triangular entre el Estado-nación, la etnicidad asumida aquí como identidad cultural, y la religión confesada por individuos y grupos. El mismo carácter triádico de la relación evidencia la manifestación de identidades múltiples en cualquier individuo endoculturado en el espacio histórico europeo, abriendo la posibilidad de una alternativa cosmopolita de convivencia, de una ciudadanía política cosmopólica que posibilite aceptar “rasgos peculiares como propios de las distintas identidades diferenciadoras... rasgos tan autoafirmantes, que pueden en muchas ocasiones buscar, por encima de todo, el reconocimiento de la ‘diferencia’, que precisaría del reconocimiento por parte de todos, pero también del respeto de todos a una determinadas reglas comunes de convivencia” (p. 61). Sólo en este contexto cabe una realización de la libertad individual como dueños de nosotros mismos, y de la autonomía personal en cuanto capacidad de darnos normas por las cuales organizar y regir nuestra propia vida y la convivencia con otros. También el capítulo del prof. E. Bocardo (Los asaltos al pluralismo) se mueve dentro del ámbito tensional, marcado en este caso por el desarrollo histórico de la ley natural RECENSIONES 779 “una de las resistencias más persistentes que ha tenido el pluralismo a lo largo de la historia” (p. 71), entre el anhelo libertario de una “verdadera” realidad social, hoy totalmente desaparecida en la “imagen” impuesta por los medios de comunicación, y el Estado moderno “efectiva máquina de anexión apoyada, en primer lugar, por un ejercito efectivo, como el arma más eficaz para imponer su política, y, en segundo lugar, por una nueva clase burocrática que, imbuida por el redescubrimiento del Derecho Romano, se pone al servicio de los intereses de las casas dinásticas reinantes” (p. 83). El autor, de una forma muy general, considera el pluralismo “una concepción moral sobre el respeto a las creencias ajenas” (p. 67), por tanto una reivindicación moral sobre el derecho a la disensión, que se ha visto históricamente atacado, afirma Bocardo, por los tres elementos sobre los que construye su elaboración teórica (la ley natural como herramienta intelectual de expresión y afirmación de la única ley, el estado como dispositivo de control y represión, los medios de comunicación como instrumentos de “creación” y manipulación de realidad). Por eso la conclusión a la que llega, no sabemos si acertada pero sin duda pesimista, es que “en los asuntos que verdaderamente definen la calidad de la vida no tiene cabida el pluralismo” (p. 104), porque el ciudadano no posee verdadera libertad para decir qué “hechos” constituyen la realidad verdadera. La única autora del elenco, en un plano más conceptual, remite de nuevo, bajo la dialéctica pluralismo axiológico/ pluralismo político, a la tensión, podemos llamar ahora “agonista”, entre la sociedad y el Estado, que ya dijimos a fuerza de repetirnos que recorre todas las ponencias aquí vertidas en capítulos. La profra. Elena García Guitián (La repercusión política del pluralismo valorativo) partiendo del, sin duda, pragmático origen del pluralismo político deriva éste de la tolerancia, “conceptos diferentes pero fuertemente imbricados” (p. 109). Así lo que supuso ésta en el ámbito confesional-político para la convivencia europea y la constitución moderna de los Estados naciona780 RECENSIONES les puede proyectarse para la teoría pluralista política. La aceptación de la diferencia y la heterogeneidad como base del sistema político que respeta y defiende valores diversos porque optimiza el sistema. La autora duda de las simpatías del liberalismo respecto al pluralismo cultural, con el que ha mantenido una actitud “cuando menos ambivalente”, y sostiene que la expansión y desarrollo de las versiones pluralistas se ha debido mejor a un proceso de translación de la tolerancia del ámbito religioso a otros entornos de la vida humana, convirtiéndose en un principio organizativo social de amplios espacios de libertad, que rechaza el intervencionismo y la falta de neutralidad por parte del Estado respecto a proyectos de vida diferentemente tutelados. Resulta interesante la conclusión, al hilo de las distinciones sartorianas, del carácter paradójicamente rígido del pluralismo como teoría cultural frente a la flexibilidad política pluralista. Aquí el pluralismo se basa en el disenso y no en el conflicto, Ello es importante porque supone un consenso previo sobre los principio básicos para resolver los conflictos, dejando abiertas todas las posibilidades de desarrollo posterior. Ya en el ámbito del pluralismo axiológico, García Guitián lo caracteriza, no puede ser de otro modo, como “doctrina moral... controvertida y moderna, propia de una visión desencantada del mundo” (p. 114). Diríamos que es el componente teórico-moral o ético del pensamiento postmoderno, aunque la autora no se atreve definitivamente a llamarlo así. De nuevo, la apelación fundante a Berlin relaciona intrínsecamente el pluralismo valorativo, el político y el liberalismo, este último en una versión bastante alejada de la que presenta Sartori, y que de cualquier forma permite la defensa difusa de esa relación triangular o triádica. De aquí también los problemas conceptuales y prácticos que el uso, poco riguroso cuando no directamente ideológico, del termino “inconmensurable” esta generando para la teoría política general. “Lo que define el momento teórico en el que nos encontramos es la pluralidad, el decisionisRECENSIONES 781 mo, lo contingente” (p. 119), y como la autora nos recuerda insistentemente a lo largo de todo su artículo, cuando realidades diversas (valorativas, culturales o políticas) chocan siempre se produce alguna pérdida, porque la solución perfecta no tiene realización. Pero todavía nos queda la educación cívica sobre la que levantar, y no se malinterprete lo que sigue, una educación política, sentimental dirá Rorty, que fomente la dimensión humana más cosmopólica ysea capaz de extender la cultura de los derechos humanos. Un interesante y ameno trabajo, no por ello menos riguroso, presenta el prof. M. González (El problema de la tolerancia en la España de las tres culturas). Centrando el problema en la tolerancia, y abriendo implícita y sutilmente una problemática derivada al hablar de una España y tres culturas, ¿porque no hablar de Hispania, alAndalus y Sefarad?, el autor distingue entre la tolerancia religiosa y sus límites, y la necesidad pragmática (económica y política) de la convivencia de culturas diferentes. A partir de la crítica a la visión idealizada o presentista del pasado y a la aceptación de la tolerancia como valor congénito al islam, el autor concluye que “la tolerancia fue fruto de la propia realidad histórica” (p. 128). Un modo eficaz de definir la tolerancia, en el plano histórico, es caracterizar sus propias limitaciones conceptuales. Así es importante tener presente su reducción, en los espacios culturales dominantes, al ámbito de lo privado en la práctica de la religión que conllevaba la supresión de cualquier tipo de manifestación pública y la imposición de un impuesto especial, el “precio de la fe”, a pagar por los creyentes de otra confesión. Es por tanto, la tolerancia, una donación desde el poder y no un sentimiento universalizado o compartido por todos. Aceptación de una alteridad “situada siempre en un plano jurídico y social de evidente inferioridad o discriminación” (p. 135) que supone una relación desigual discriminatoria. Como dice el autor “en esta historia nadie esta exento de culpa”. Convivir no significa vivir mezclados y menos como iguales. Es cierto que la España de la época fue más 782 RECENSIONES cómo, cuándo y por qué esta comenzando pero no cómo ni cuándo ni en qué condiciones puede finalizar. Independientemente de los efectos que pueden generarse, la “amenaza grave y asimétrica de involución” sería uno de ellos según el autor, que subraya además la vulnerabilidad estructural de las sociedades occidentales; resulta ilustrativo la descripción formal del “fenómeno terrorista”: de inspiración islámica, operando como una red global se estructura y funcionando de un modo descentralizado y “desterritorializado”. “Su verdadero objetivo estratégico es la destrucción masiva e indiscriminada... un tipo de terrorismo con propósitos pre-modernos mezcla lo religioso y lo étnico con muchas otras reclamaciones irredentes... llamando a la guerra santa. Pero junto a esa inspiración medieval, está en disposición de valerse de medios supermodernos con tal de maximizar la capacidad de destrucción” (p. 247). Pero lo más curioso es que actúa en nombre de identidades transnacionales o defendiendo causas religiosas tan difusas como confusas. Retomando el concepto de vulnerabilidad y la lógica de autoconservación que ella implica, la situación ante la que se enfrentan las sociedades occidentales es la de una reacción de autodefensa fundamentalista frente al fundamentalismo que denota en la tesis sostenida por el autor “la fragilidad alarmante de nuestras propias comunidades políticas” derivada del agotamiento del orden político mundial de posguerra y la incapacidad occidental de elevar verdaderamente el bienestar y el progreso a escala universal. Por eso, para el prof. Vargas-Machuca el conflicto hay que situarlo en su dimensión política y no cultural, si bien las consideraciones de éste para negar la que algunos han llamado “guerra de civilizaciones” replanteando la cuestión en el ámbito cultural, son bastante difusas. ¿Es posible retornar al primado de la política como sugiere el autor? ¿Es universalizable y de qué forma, después de lo ocurrido a lo largo de estos último años, un orden político que levante sociedades políticas fuertes y económicamente viables, basadas en un ideal de democracia como modelo del “buen gobierno”, que incorpore criteRECENSIONES 789 rios de justicia local y global a su función de bienestar junto con principios de reciprocidad y cooperación? Él parece pensar que sí, tal vez como producto de su propia experiencia política, a través de una educación cívica que genere ciudadanos competentes, activos y responsables, que asuman una mayor participación en la cosmópolis ala que estamos abocados a vivir en un futuro más o menos inmediato en este mismo siglo. Se cierra así una obra cuya pluralidad conceptual, profesional y probablemente también ideológica, se muestra capaz de sustentar de forma abierta la construcción teórica y sus posibles aplicaciones prácticas a muchos de los problemas que se dilucidan en la realidad política actual. Miguel Pastor Pérez MARÍA JOSÉ FALCÓN Y TELLA y FERNANDO FALCÓN Y TELLA:Fundamento y finalidad de la sanción: ¿un derecho a castigar?, Edit. Marcial Pons, Madrid, 2005, 323 pp. La Profesora María José Falcón y Tella nos ofrece con este libro un paso más en su prolífica y brillante carrera académica. A este trabajo tan meritorio se suma su hermano, el también Profesor del Departamento de Filosofía del Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, Fernando Falcón y Tella. Ambos nos mostrarán en sus primeras páginas el objeto de su investigación, el fundamento y la finalidad de la sanción. Y ello lo harán desde una posición crítica frente al ius puniendi. De su lectura resulta indudable que los autores han sido capaces de plasmar, con un rico enfoque multidimen790 RECENSIONES