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REVISTA ANDALUZA DE ANTROPOLOGÍA NÚMERO 17: ESTRATEGIAS SUBALTERNAS EN AMÉRICA LATINA: RECONFIGURANDO LA IDENTIDAD PARA ARTICULARSE A UN MUNDO GLOBAL. SUBALTERN STRATEGIES IN LATIN AMERICA: RECONFIGURING IDENTITY TO BE ARTICULATED TO THE GLOBAL WORLD. SEPTIEMBRE DE 2019 ISSN 2174-6796 [pp. 52-71] http://dx.doi.org/10.12795/RAA.2019.17.03 LA FIEBRE DE LAS ALGAS. FORMA Y DINÁMICAS DEL EXTRACTIVISMO EN LA COSTA CHILENA THE FEVER OF THE SEAWEEDS. FORM AND DYNAMICS OF EXTRACTIVISM IN THE CHILEAN COAST Raúl Márquez Porras Universitat de Barcelona Resumen. A pesar de no ser descrito como tal, el negocio de las algas pardas en Chile encaja en las definiciones de extractivismo usuales: se trata de una actividad basada en la remoción intensiva de un recurso natural, actividad centrada en la exportación sin procesar del recurso y cuyo control está en manos de capitales extranjeros. Por lo demás, el funcionamiento del comercio de algas concuerda en aspectos más concretos con otros extractivismos: el negocio se estructura de manera jerárquica y opaca, con una mezcla de formalidad-informalidad (con regulaciones estrictas, pero subcontratación de la mano de obra, por ejemplo) y conlleva beneficios muy desiguales y un desarrollo más que cuestionable. Como en otros casos, también la actividad alguera acarrea efectos perjudiciales no sólo en lo ecológico sino también en lo social (agotamiento de los recursos y de las comunidades, entre otros). Todo ello se ilustra con un caso etnografiado, una localidad de la IV Región que ha sufrido una serie de extractivismos a lo largo de su historia y ha reactualizado viejas dinámicas y patrones con este nuevo recurso valorizado. Palabras clave. Extractivismo; Economía política; Algas; Pesca artesanal; Co-manejo; Chile. Abstract. Despite not being described as such, the brown seaweed business in Chile fits into the usual definitions of extractivism: it is an activity based on the intensive removal of a 52
natural resource, an activity centred on the unprocessed export of the resource and whose control is in the hands of foreign capital. Moreover, the functioning of this trade agrees in more concrete aspects with other extractivisms: the business is structured in a hierarchical and dull manner, with a mixture of formality-informality (with strict regulations but subcontracting of labor, for example) and entails very unequal benefits and a more than questionable development. As in other cases, also the seaweed industry entails harmful effects not only in the ecological but also in the social (depletion of resources and communities, among others). All this is illustrated with an ethnographic case, a locality of the IV Region that has suffered a series of extractivisms throughout its history and has reactualized old dynamics and patterns with this new valued resource. Key Words. Extractivism; Political Economy; Seaweeds; Artisanal fishery; Co-management; Chile. Introducción La descripción del comercio de las algas pardas en Chile como pesquería artesanal puede llamar a engaño y hacer pensar que nos encontramos ante una actividad de poca envergadura y estrictamente local. La observación aislada de algunas caletas –puertos de pescadores–, donde se suele extender el alga extraída o recolectada para que se seque, y donde las familias disponen los fardos listos para la venta, tampoco ayudará a formarse una imagen representativa del sector. En realidad, ése es sólo el primer eslabón de la cadena. Hay que ampliar el foco y fijarse, por ejemplo, en los camiones que transitan continuamente por la Ruta 5 cargados con toneladas de algas hacia las plantas de procesamiento que, en la provincia del Limarí (IV Región), se concentran en Cerrillos de Tamaya. Observar que, después de un procesamiento simple (acabar de secar el alga, picarla en distintos tamaños y empaquetarla para su transporte), las algas viajan hasta centros de acopio en Vallenar (III Región, a casi 300 kms.) o Santiago (a casi 400 kms.), desde donde serán exportadas a China, Japón, Francia o Noruega. Todo ello tras pasar por las manos de distintos intermediarios. Nos encontramos, en realidad, ante un negocio multimillonario y transnacional. Sólo en 2014 se extrajeron más de 300.000 toneladas de algas pardas, con un valor de mercado de más de 70 millones de dólares (Vásquez et al., 2014). Un negocio surgido alrededor de un recurso históricamente marginal y desvalorizado (cf. Araos, 2006): algas pardas – vernacularmente llamadas huiros–, que vara el mar y se recolectan en la orilla (huiro macro o Macrocystis pyrifera), o que crecen y se extraen de la zona intermareal o, buceando, de la primera franja submareal (respectivamente, huiro negro o Lessonia nigrescens y huiro palo o Lessonia trabeculata/berteroana). Interesa de todas ellas un compuesto, un hidrocoloide o alginato que es empleado por un sinfín de industrias: desde la de 53
congelados (alginatos para mantener la textura de los alimentos), a las farmacéuticas que confeccionan con ellos cultivos bacteriológicos, entre otras cosas. Recolectados en orilla o barreteados (desprender las matas del lecho marino con una barra de metal), los huiros tienen un precio u otro dependiendo del nivel de humedad que conserven. En cualquier caso, esos huiros que históricamente no valían casi nada – menos de diez pesos el kilo antes de 1980, se usaban “como leña”, dicen los recolectores–, pasan a pagarse a 30-40 pesos/kg. en 1985, inicio de la demanda comercial, y su precio se dispara alrededor de 2005, con el desembarco de compradores chinos y grandes empresas, alcanzando su máximo en 2017 (hasta 400 pesos/kg. “en playa” –por huiro negro recién sacado del mar– y 1000 pesos por huiro negro seco). Lo cual supondrá para los recolectores y buzos un ingreso nada despreciable: dependiendo de la época y el lugar, un recolector puede recoger fácilmente una o dos toneladas al mes, que al precio de 2017 representan entre 400.000 y 800.000 pesos –el sueldo mínimo en julio de 2017 estaba fijado en 270.000 pesos–. En 2018, no obstante, se produce una caída abrupta de los precios, pagándose aproximadamente la mitad de lo que se pagaba un año antes. El comercio del huiro cuenta con un entramado organizativo complejo, con diversas figuras y roles en las caletas y en las plantas, entramado que en parte reproduce lógicas y redes sociolaborales anteriores, desarrolladas con el comercio del marisco y la minería. Contemporáneamente, no obstante, incide en él una acción estatal igualmente compleja, basada en la llamada política de co-manejo, que divide la zona costera en Áreas de Manejo y Extracción de Recursos Bentónicos (AMERB) –zonas cedidas en exclusividad a asociaciones gremiales o sindicatos de pescadores para su explotación– y en Áreas de Libre Acceso –áreas históricas, en el argot popular, donde pueden extraer recursos todos aquellos inscritos en el Registro Pesquero Artesanal (RPA), con cuotas limitadas y períodos de veda parcial o total1. Toda esta organización se describe en profundidad en el texto. No obstante, su objetivo principal es caracterizar el comercio de las algas como una actividad extractivista. Para lo cual sintetizamos, en el tercer epígrafe, los principales elementos del extractivismo como modalidad de explotación de los recursos. Y en el siguiente apartado –y núcleo del artículo– comprobamos el encaje de la actividad alguera en dicho paradigma. Resaltando, por último, en los “Apuntes finales”, la contribución del caso para pensar cuestiones especialmente complejas, como la naturaleza de los lugares donde ocurre la extracción o el papel del Estado. 1. No siendo el objeto central de este artículo, las AMERB o Áreas de Manejo de Recursos Bentónicos son la pieza central de la llamada política de co-manejo en Chile, implementadas desde 1997 y originalmente diseñadas como zonas buffer para ciertos recursos en peligro de extinción. Existe una amplia literatura sobre ellas, aunque centrada en aspectos estrictamente ambientales y desde enfoques cuantitativos (cf. Varas, 2011; Gelcich et al., 2014). 54
Este artículo está basado en una investigación desarrollada en la IV Región chilena durante los meses de julio-octubre de 2018. En ella se visitaron numerosas caletas, realizándose un trabajo de campo más intensivo en una de ellas, caleta Niebla, seleccionada como estudio de caso2. Se trata de un asentamiento pesquero situado a 75 kms. de la principal ciudad de la provincia de Limarí, Ovalle. Viven en él, según datos oficiales, doce familias, si bien los residentes permanentes son alrededor de diez. El resto va y viene entre la caleta y Ovalle, donde la mayoría dispone de casa, lleva a sus hijos al colegio, acude al médico o tiene algún otro empleo. La caleta nació alrededor de una importante mina de oro, explotación que llegó a tener hasta 400 trabajadores en 1987 pero que entró en crisis a partir de 1992 por dificultades técnicas (la incesante infiltración de agua, que aumentaba los costes de extracción), algún accidente y el enfrentamiento en los tribunales entre los dos propietarios de los terrenos. La empresa que gestionaba los de la caleta acabó cerrando, dejando una extensión considerable de relaves, instalaciones y pozos abandonados. En 2016 los hijos del antiguo propietario cedieron las parcelas que ocupaban las familias de pescadores a éstas; se habían ido asentando allí atraídas por el trabajo esporádico en la mina, que combinaban con la captura de marisco (distintos tipos de lapa y el preciado loco –Concholepas concholepas–). Las casas no cuentan con alcantarillado ni electricidad, pero algunas familias tienen placas fotovoltaicas que han sido subvencionadas por el Estado. En 1998 los pescadores de la caleta constituyeron un sindicato y solicitaron un Área de Manejo para explotar dos tipos de lapa, el cuasi extinguido loco y sobre todo dos clases de huiro, el negro y el palo (con cuotas de más de 500 y casi 900 toneladas al año, respectivamente). El sindicato cuenta oficialmente con 25 socios y ha estado dirigido alternativamente por dos grupos familiares que se disputan el control. En los informes de seguimiento –de obligada presentación a Sernapesca (el Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura, ente fiscalizador)– declara que su Área de Manejo carece de rentabilidad. Funcionamiento del negocio El de las algas es un negocio con una estructura muy jerarquizada, marcada por la mezcla de formalidad e informalidad, el control monopolístico y la subcontratación en los distintos niveles de la cadena. En un extremo de ella se sitúan los exportadores: empresas de tamaño variable, doce en total, entre las que se encuentran algunas sociedades anónimas participadas por capital extranjero (japonés, noruego o chino). Destaca entre 2. Dicha investigación se realizó en el marco del proyecto financiado “Investigación etnográfica de la pesquería de algas pardas en el norte de Chile” (MEC-CONICYT, 80170011), desarrollado conjuntamente con el prof. Julio Vásquez de la Universidad Católica del Norte. Los nombres de las caletas, así como de los informantes, han sido cambiados para intentar preservar el anonimato. Asimismo, se ha optado por no señalar el día exacto de recogida del testimonio u observación. 55
ellas Proalmar S.A., quien según el resto de actores del negocio “fija los precios”. Los doce exportadores conforman un lobby, la Asociación Gremial de Procesadores y Productores de Algas Marinas (COPRAM). En el otro extremo de la cadena se sitúan los algueros. Cabe distinguir entre ellos dos categorías básicas: recolectores y buzos. La diferencia es relevante, ya que el de buzo es un rol especializado, que requiere un equipamiento y preparación, y es quien puede extraer las variedades de alga que se encuentran sumergidas. Disfruta de un estatus superior al del recolector, y las familias que no disponen entre sus filas de un buzo se ven obligadas a contratar uno y pagarle (por lo general, la mitad de lo extraído). Entre los recolectores la situación varía mucho dependiendo de la pertenencia a un sindicato (y la posición en él), del acceso o no a un área de manejo y de otras variables como la situación familiar (sobre todo el disponer de más o menos parientes, mano de obra: mayor facilidad para completar la cuota legal, que aunque es individual se alcanza con el trabajo de todo el grupo); o el disponer o no de otro empleo y rentas (ocurre con algunos algueros de caleta Niebla, que trabajan también como albañiles, choferes o dependientes de comercio). Incluso organizados en sindicatos, los recolectores y buzos se ven obligados a vender lo extraído a distintos intermediarios, pieza clave en la configuración de toda la cadena. Los hay de distintos tipos, siendo los principales (en su designación popular): 1) los proveedores, comerciantes que trabajan bajo contrato para una de las doce empresas exportadoras, suministrándoles huiro a sus plantas de procesamiento. Para abastecerse suelen trabajar con unos cuantos compradores. 2) Los compradores, que recorren las playas y compran huiro –y otros productos–. Su capacidad de compra y de acceso a otras posiciones de la cadena (plantas de procesamiento, exportadores...) es variable: hay quien tiene una pequeña flota de trabajadores (pesadores) recorriendo algunas caletas, e incluso una pequeña planta de picado y enfardado; los hay que sólo compran y revenden a una planta, trabajando en una sola caleta y con las mismas familias. 3) Finalmente, los pesadores, quienes trabajan en las caletas para un comprador, se dedican a pesar el huiro in situ y a cargarlo en camionetas para su transporte al lugar de acopio del empleador. Se les paga por kilo de huiro pesado y cargado. Valga como ejemplo de comprador, de su manera de proceder, el caso de César, comprador con casi veinte años de experiencia. César tiene firmado un contrato de venta con una de las grandes exportadoras, a quien revende la mayor parte del huiro que compra (si bien una pequeña parte lo procesa –pica y enfarda– él mismo). Para abastecerse de huiro tiene reclutados (sin contrato formal) a cinco trabajadores (o pesadores) en distintas caletas. Él les suministra “una camioneta, una romana [balanza] y plata”, y les paga por toneladas de huiro comprado. Del resto se desentiende, aunque sabe que sus pesadores trabajan con familias conocidas de su propia caleta o de puertos vecinos. Él mismo ha 56
elegido a sus trabajadores en función de relaciones personales y de un conocimiento previo (su pesador en caleta Niebla y alrededores es Sergio, el actual marido de una exnovia y a quien conoce desde hace tiempo). César mantiene con cada uno un chat de whatsapp, vía de comunicación y control. A través de él les informa de la demanda y de las actualizaciones de precios: en la de octubre de 2018 anunciaba a Sergio que “los precios continuarán a la baja” y que “no es mucho lo que se puede hacer”, apuntando como motivos el sobrestock en China y la competencia del alga peruana. Pero él confiesa “defender” un margen de 40-50 pesos por kilo, bajen o suban los precios. Como se comentaba al principio del apartado, un rasgo que caracteriza al sector es la segmentación entre los distintos niveles de la cadena y el control monopolístico de ciertas tareas y opciones. Las doce empresas de COPRAM manejan la exportación y en gran parte fijan los precios del alga a nivel de Chile. A otro nivel, compradores como César controlan el acceso a las plantas de procesamiento y a los propios exportadores, y mantienen una posición monopsónica respecto a los algueros: éstos sólo cuentan con la posibilidad de venderle al comprador que llega –a través de sus pesadores– a su caleta, y en cambio tienen muy difícil venderle directamente a un proveedor o exportador. Lo cual se explica por falta de información (sobre otras opciones de venta), por la relación misma con los compradores o sus representantes y, sobre todo, por la posición precaria que ocupan y la falta de medios. De la falta de conocimiento –o, más bien, de control– sobre el negocio da cuenta el que la mayor parte de algueros desconoce para qué se utilizan las algas: para fabricar “un tipo de gel” muy cotizado, dicen algunos. Sí saben que su destino final es Japón o China –Noruega o Francia no suelen mencionarse–. Los compradores y proveedores, en cambio, sí tienen un conocimiento bastante exacto de la “industria del alginato” y de muchos de los productos relacionados con ella. Pero la opacidad y la falta de datos afecta sobre todo a la determinación de los precios. Mientras compradores como César reciben actualizaciones constantes de los exportadores, pueden calcular y “defender” un margen constante, los algueros y pesadores se encuentran con que, de un mes a otro, les compran o no, y les ofrecen un precio por cada tipo de huiro. Como confiesa Sergio, el empleado de César: “yo no tengo cómo saber si él [César] gana más o menos”; al tiempo que formulaba el deseo de que ojalá funcionase como las subastas agrícolas, donde los precios son públicos. Otro factor ya señalado que estructura el sector son las relaciones personales y, en concreto, clientelares, fundamento y resultado de una serie de intercambios desiguales. Como en el caso de César y Sergio, la mayor parte de compradores suele trabajar con los mismos algueros, familias a las que presta ciertos servicios a cambio de adquirir casi toda su producción de huiro. Hoy en día ofrecen sobre todo anticipos de dinero; 57
históricamente, en el tiempo en que las caletas estaban realmente aisladas, toda clase de bienes de consumo. Afianzando la explotación y el desequilibrio, este tipo de esquema laboral mezcla endeudamiento y lazos morales, pero tiene como causa primera la posición precaria en la cadena extractiva de los algueros3. Esa precariedad no ha sido revertida por una legislación que en teoría concede a los algueros cierta ventaja de acceso a los recursos, en forma de Áreas de Manejo para quienes conforman un sindicato, o de entrada a las grandes Áreas de Libre Acceso para quienes consiguen una licencia individual. No obstante, y aunque se escapa del alcance de este artículo, la aplicación de esa normativa ha sido complicada y su resultado (en terminos de empoderar a los pescadores artesanales) cuestionable. Uno de los fenómenos que no ha conseguido transformar es el control monopsónico del mercado por parte de los intermediarios: aunque las organizaciones de algueros constituyan cooperativas para operar directamente en el mercado, éste sigue controlado por los intermediarios (compradores, proveedores) que impiden el acceso a los niveles superiores de la cadena, a la exportación. Tampoco han conseguido los algueros montar sus propias plantas para procesar alga, para –en lenguaje de un economista– agregarle valor4. Las causas de todo ello son complejas. Sin duda, influye el individualismo y la desunión presentes en muchos sindicatos y caletas, que hay quien atribuye a cierta cultura atávica propia de los pescadores. Pero la explicación se encuentra, creemos, en la propia dinámica de valorización de las algas pardas y la creciente presión y demanda del mercado, en la competencia y fragmentación provocadas por la regulación –y por la cultura neoliberal imperante–, y en las maniobras políticas y el poder de quienes controlan monopolísticamente la pirámide extractiva. A todo ello me referiré en los últimos apartados. Como último actor presente en el negocio cabe hablar del Estado y sus representantes: los funcionarios de Subpesca (Subsecretaría de Pesca y Acuicultura), quienes redactan y modifican las regulaciones (cuotas por especie, períodos de veda, etc.); y los de Sernapesca, 3. Estas formas de trabajo cautivo o servidumbre basadas en el endeudamiento continuo del trabajador son también conocidas como enganche, y puede encontrarse en muchos contextos rurales de América Latina (Brass, 1990). El empleador –en nuestro caso el comprador de algas– ofrece también préstamos o avances de dinero, que son devueltos por el deudor con trabajo –o su fruto, el huiro– (Brass, 1990: 74). La deuda como “ficción jurídica” sobre la que se asienta el control y explotación de la fuerza de trabajo (Brass, 1990: 78). No siempre funcionaría, no obstante. En el contexto del Limarí, un comprador se quejaba de que con la proliferación de comerciantes algunos de sus huireros le vendían a otros, aunque “acostumbraban a volver”. Agradezco al prof. Jordi Gascón su comentario inspirador sobre el concepto y la recomendación bibliográfica. 4. De la decena de caletas conocidas en la región, sólo una, caleta Ortigal, mantiene una cooperativa con cierto nivel de éxito: posee una planta para picado en unos terrenos que compró fuera de la caleta –ya que los propios no son aptos para el secado–, y es capaz de vender directamente a algunos exportadores. Volveremos a referirnos a ella, en otro sentido, al final del texto. 58
encargados de hacer cumplir esas reglas. En las entrevistas con ellos destaca la frustración por no tener capacidad para fiscalizar las vedas, las técnicas de extracción o el tamaño de las matas arrancadas. Además de una conciencia clara sobre los responsables últimos, la realidad económica y la presión del mercado: “para un pescador son lucas [dinero] botadas en el suelo”, decía un funcionario del Servicio refiriéndose a la prohibición temporal de recolectar huiro varado. Cabe señalar otros organismos y acciones del Estado, como la Subsecretaría para las Fuerzas Armadas, responsable de la concesión de Áreas de Manejo; o los Comités de Manejo y las Mesas de Trabajo Público Privadas, impulsadas desde 1991 por la Ley de Pesca y Acuicultura, y donde funcionarios de Subpesca y de Sernapesca, científicos y representantes de la patronal (de los exportadores) y de las organizaciones de pescadores artesanales se reúnen para evaluar la situación y decidir la regulación de cada sector (las hay para algas pardas, recursos bentónicos en general, etc.). Asimismo, el Estado también se hace presente en su vertiente asistencial con las denominadas Comisiones de Adelanto presentes en muchas caletas, y ofreciendo el llamado “bono del pescador” y determinadas subvenciones (como las que permitieron a familias de caleta Niebla adquirir placas fotovoltaicas). De toda esta descripción del sector destaca el funcionamiento basado en una mezcla de formalidad (empresas legalmente constituidas, comerciantes que declaran lo que compran y venden, algueros registrados...) y de informalidad (subcontratación de pesadores, vínculos personales entre compradores y algueros...). Los actores que la encabezan consiguen con ella, a través concretamente del control de las ventas, ahorrar costes y apropiarse de la mayor parte de plusvalías –siendo, por lo demás, una modalidad organizativa no exclusiva del contexto chileno y alguero (cf. Sanyal, 2013)–. Pero para entender mejor la naturaleza y dinámicas de este negocio cabe analizarlo como sector extractivista. Concepto que definimos a continuación, detallando además los elementos constitutivos de esta modalidad de capitalismo. Economía política del extractivismo El extractivismo es a nivel macro, un modelo de acumulación y patrón de desarrollo; a nivel meso o micro, una manera de organizar la actividad económica, de explotar recursos y capturar su valor. Así, los autores hablan de una “lógica de funcionamiento” del capitalismo tardío (Gago y Mezzadra, 2015: 40; Vaccaro et al., 2016), o de un “patrón de acumulación basado en la sobreexplotación de recursos naturales” (Svampa, 2015: 16), “un caso particular de extracción de recursos naturales” (Gudynas, 2015: 14). Para poder aplicar el concepto “se deben cumplir simultáneamente tres condiciones: un alto volumen y/o intensidad de la extracción, ser recursos sin procesar o con escaso procesamiento, 59
y donde se exportan el 50% o más de esos recursos” (Gudynas, 2015: 17)5. No obstante, múltiples sectores y actividades pueden ser organizadas “in an extractivist way” (Ye et al. 2019: 6) y, de hecho, hay quien defiende que “la extracción no puede reducirse a operaciones vinculadas a materias primeras devenidas commodities” (Gago y Mezzadra, 2015: 43). Existe un extractivismo pesquero –o sea, pesquerías organizadas de manera extractivista–, siendo los casos más conocidos y estudiados los de la piscicultura del salmón y la industria camaronera. La explotación de las algas marinas, en cambio, no ha captado demasiada atención. Antes de entrar en su caracterización como sector extractivista, sintetizamos los elementos principales de esta lógica productiva, separándolos de manera un tanto artificial por razones de claridad expositiva: 1) Como se apuntaba, se trata de actividades basadas en la remoción intensiva de recursos naturales, recursos destinados a la exportación y que son enviados sin procesar (o con un procesamiento muy básico) (Gudynas, 2009, 2015; Acosta, 2011). En el envío está el negocio, es donde se captura gran parte del valor; el extractivismo no añade ni crea valor, lo extrae. Y quien lo extrae y apropia es el capital nacional e internacional que controla los flujos de intercambio (Ye et al., 2019: 1; Gudynas, 2009: 197-220). Los mercados y capitales internacionales determinan también los precios, las condiciones generales de la actividad; mientras que las localidades ocupan un papel subordinado y quedan a expensas de los intermediarios y brokers. Así, son emprendimientos marcados también por la conexión local-global, conexión que es aprovechada de manera muy concreta: “by extracting or processing at the cheapest possible location with the goal of sending it for consumption to often distant affluent markets” (Vaccaro et al., 2016). Revelándose, asimismo, una “vinculación íntima con la lógica de las finanzas” (Gazo y Mezzadra, 2015: 45) y con la “institucionalidad comercial global más densa” (Gudynas, 2009: 196), aspectos del capitalismo contemporáneo. 2) Esta dinámica de explotación desatiende los costes de reproducción (de los recursos naturales, pero también humanos), lo cual conduce en el corto plazo a grandes beneficios, pero enfrenta en el medio o largo crisis inevitables (Ye et al., 2019: 3)6. De manera general, la elevada tasa de ganancia se explica por la externalización de costes 5. Como patrón de desarrollo el extractivismo tiene en Chile una larga historia, de hecho es señalado como uno de los primeros países que lo adopta (Ye et al., 2019: 11), desde la colonia y especialmente a partir del s.XIX, con industrias como la del nitrato, el cobre o la gran minería, y más recientemente con ciertos monocultivos, pisciculturas y la industria forestal (Latta y Cid Aguayo, 2012; Gudynas, 2009: 190). 6. Sobre la elevada rentabilidad, conviene matizar que si se cuantificara el impacto social, ambiental... que causan estas actividades, seguramente se demostrarían no tan rentables (Gudynas, 2009: 218). 60
compra temporalmente. El resultado fue exitoso –decía Manuel, propietario de una de las principales exportadoras del Limarí y jefe de César–: literalmente, “se ganó la guerra” y “se sacó de las playas (...) a los que no deberían estar aquí”. Pero sin duda una de las manifestaciones más evidentes del ethos neoliberal es el individualismo y la desunión entre los algueros. Tomando de nuevo como ejemplo a los de caleta Niebla, se observa como la recolección y extracción corren a cuenta de cada familia, a lo sumo. En ocasiones el sindicato concerta una venta colectiva, pero la colaboración no va más allá de pesar conjuntamente las capturas –en realidad, por desconfianza–, de rellenar la documentación y repartir el dinero del comprador mientras están reunidos. Cada cual intenta sacar el máximo y completar su cuota personal, por lo demás. Y en ocasiones se han echado a perder acuerdos ventajosos justamente por este comportamiento individualista: en uno que implicaba el envío mensual de un camión por parte del sindicato, el gerente de la planta anuló el acuerdo cuando encontró huiro húmedo, de peor calidad que él que se había pactado. Algún socio, no se sabe quién, lo había colocado. Actualmente, en caleta Niebla, todos sospechan que las otras familias hacen trampas o roban. Por ejemplo, que escasean ciertos mariscos porque alguien entra de noche en el Área, cuando nadie del sindicato vigila. De hecho, la vigilancia ha pasado a ser informal e improvisada: al inicio de su mandato la actual junta canceló los turnos obligatorios de vigilancia en el Área de Manejo. La mayoría no quería seguir con la tarea. Entre otras cosas, me contaba una familia de huireros veteranos, porque con estas tareas colectivas se impedía “adelantar en la playa [extraer las cuotas personales]”; ilustrando, de nuevo, la lógica de maximizar la ganancia11. Este abandono del compromiso colectivo es señalado en la literatura como como uno de los efectos patológicos del extractivismo, junto con la despreocupación por la reproducción del ambiente y recursos, y de la propia comunidad. Volviendo de nuevo a caleta Niebla, los algueros comentan que sin las restricciones de las Áreas de Manejo no se salvaría nada: “¡Si no hubiera Áreas, tendríamos todo pelao!”, decía Diego, el presidente del sindicato. Como si las Áreas fueran un freno necesario a su propia voracidad, asumiendo cierta incapacidad para controlarse. Hay quien acusa a “los de afuera” de ese comportamiento irresponsable. Pero los “de afuera” son, en realidad, alguna de las familias rivales de la 11. La falta de compromiso colectivo se halla presente incluso en caleta Ortigal, presentada por todos los funcionarios, expertos... como caleta modelo –dado que ha conseguido cierto nivel de desarrollo material (tiene una gran instalación de placas fotovoltaicas, una planta desalinizadora de agua, y su cooperativa ha conseguido instalar una pequeña planta procesadora). Y todo ello siendo una caleta que se encuentra más aislada que otras, más alejada de la vía central de comunicación que es la Ruta 5. Aunque resulta complicado de resumir, se debería a un liderazgo fuerte que ha sabido aprovechar una serie de contactos y ayudas estatales. Pese a todo esto, el líder del sindicato (y la caleta) manifestaba estar cansado de dirigirlo todo y tener muchas dificultades para encontrar un relevo; señal de que no todo va tan bien, y de que también aquí se siente la dejación de responsabilidades que afecta a muchas comunidades de algueros. 67
propia caleta. Más extendido aún es el señalamiento de los “jóvenes” como portadores de esa voracidad irrefrenable y del incumplimiento de ciertos límites. “Los jóvenes destruyen todo, sólo quieren plata”, decía don Óscar, uno de los algueros más veteranos de caleta Niebla. Desde Sernapesca también se apunta a este cambio cultural, se comenta que los jóvenes “sólo quieren lucas para salvarse”; salvarse, en el sentido de sobrevivir en un contexto de competencia extrema y precariedad siempre amenazante. Pero se reconoce igualmente que “el histórico se habría sumado a la vorágine”. No obstante, es cierto que hay conflicto entre quienes respetan aún ciertas regulaciones consuetudinarias y quienes no (y en general tienen una visión más individualista). Y las divisiones aquí no son necesariamente por antigüedad o generación: hay jóvenes que siguen apreciando las viejas regulaciones y otros que no, y lo mismo ocurre con los antiguos. En cualquier caso, el conflicto se materializa en el reparto de las zonas de extracción y varado y de los tendederos (zonas donde se puede secar huiro). Consuetudinaria, históricamente, cada familia tenía su zona y todas las playas de la caleta dueño. Hoy en día hay quien lo mantiene; pero también hay quien reclama poder circular libremente, trabajar en cualquier playa que interese y usar los tendedores que estén libres, si se dispone de licencia (RPA). Los dirigentes actuales del sindicato muestran dudas y cierta ambigüedad: por un lado mantienen el reparto histórico, pero por otro encuentran razonable el reclamo de quienes quieren saltárselo, y en todo caso manifiestan no tener potestad ni capacidad para defenderlo. Siendo otra más de las múltiples tensiones y dificultades que enfrenta actualmente el sector y la gente de caleta Niebla. Apuntes finales La del huiro es una actividad extractivista en toda regla (a pesar de funcionar sin grandes infraestructuras ni explotaciones): las algas están siendo extraídas masivamente, a partir de la acción de recolectores y pequeños emprendedores conectados a grandes empresas; su destino es la exportación en bruto, exportación financiada por capitales extranjeros, en parte, y controlada por una cúpula en la que participa el cártel exportador y el propio Estado chileno; y su impacto se hace sentir en los enclaves donde ocurre la extracción, lugares que se encuentran insertados en redes laborales, comerciales y financieras más amplias (a las que periódicamente se desconectan y reconectan); donde el control de la actividad se ejerce a través de una cadena de subcontrataciones y relaciones formales e informales; y el efecto sobre el enclave son una serie de problemáticas no sólo ambientales sino también sociales y culturales: competencia generalizada, desresponsabilización y desconfianza, etc. Alguno de estos aspectos nos parece especialmente interesante, dado que complejiza y matiza algunas tesis clásicas sobre el extractivismo. Entre otros, la del carácter desterritorializado de los enclaves extractivos. Observando casos como el de caleta Niebla –y, en general, otras caletas vinculadas al negocio del huiro–, observamos una relación 68
continua con centros urbanos y con otros sectores productivos (especialmente con la minería), y un trasvase regular de mano de obra entre estos sectores. Además, tomando en consideración su historia, caleta Niebla ofrece un ejemplo de esa desconexión y reconexión alternada a las redes comerciales de que hablábamos, movimiento siempre vinculado a la explotación extractivista de algún recurso (el mineral, el loco, el huiro). En una dinámica de larga duración que otorga a la caleta –y eso es comprobable a primera vista, viendo los desechos y ruinas de las sucesivas depredaciones– el papel de área de despojo o sacrificio. Otro aspecto especialmente interesante y complejo, y que amerita un mayor estudio, es el rol del Estado y su acción regulatoria. De entrada, en nuestro caso no hay desregulación, o ésta es parcial, afecta sólo a la organización y contratación de la mano de obra; porque el Estado interviene, y mucho, en lo que se refiere al control del acceso a los recursos y su venta, con registros y declaraciones obligatorias, cuotas y vedas, concesiones revocables y planes de manejo, etc. Pero con una intervención contradictoria; ya que, entre otras cosas: regula algunos aspectos y se desentiende de otros (de la contratación de la mano de obra); empodera a los algueros sindicalizados, concediéndoles Áreas de Manejo, pero no facilita su acceso a ciertas infraestructuras ni ayuda a que salgan del control cautivo a manos de los intermediarios; vigila (o intenta vigilar) la forma en que se extrae el recurso, pero permite el funcionamiento opaco del lobby exportador y del mercado de precios; preserva unas áreas (las Áreas de Manejo, como zonas para la reproducción mínima), pero abandona a la vorágine extractiva lo que queda fuera de ellas. Confirmando ciertas tesis críticas sobre el papel del Estado en el extractivismo: también en el caso chileno y de las algas, el Estado parece ocuparse, en general, de legalizar el expolio y de apaciguar la conflictividad resultante. Si bien todo ello requiere un estudio más continuo y pormenorizado. Con este estudio de caso, no obstante, se ha querido presentar el comercio de las algas pardas en Chile como una actividad típicamente extractivista, y esbozar una caracterización centrada en algunos elementos de este modelo de explotación capitalista. Casos como el de caleta Niebla, por lo demás, muestran que el extractivismo reactualiza continuamente, en sus distintas etapas y formas, maneras de organizar las relaciones laborales, la ocupación del territorio y las relaciones sociales que tienen en Chile una larga historia. 69
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