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The first casualty

Ceballos Cuadrado, Antonia

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ISSN: 1696-2508 IC-2008-5 / pp 506-513 506 Sección Bibliográfica The first casualty Knightley, Phillip (2003). The First Casualty. The War Correspondent as Hero, Propagandist and Mith-Maker from the Crimea to Iraq. Londres: André Deutsch. L os periodistas no aprenden. Ésa es la sensación que le queda al lector al terminar de leer The First Casualty, ya un clásico en los estudios de las corresponsalías y la propaganda de guerra. Más aún, el libro de Knightley deja la duda de si Irak les hará aprender. El libro es un magnífico recorrido histórico por la cobertura informativa de las guerras tomando como referencia dos hitos: la guerra de Crimea y la guerra de Irak. Crimea y William Howard Russell (The Times) marcan un antes y un después en la historia del periodismo. Nace la figura del corresponsal y con ella algunas de las características que lo van a acompañar a lo largo de toda su historia: enfrentamientos con el poder, acusaciones de antipatriotismo, importancia del ayudante para elaborar las informaciones, necesidad de tomar precauciones para protegerse, el periodista como protagonista de la información, la censura militar y lo que es más trascendental: el periodista que se deja engañar por la propaganda y acaba siendo un engranaje más de una máquina perfecta destinada a ganarse el apoyo del público en la contienda. Antonia Ceballos Cuadrado (Universidad de Sevilla) IC-2008-5 / pp 506-513 ISSN: 1696-2508 507 The first casualty Irak es, sin duda, otra historia, menos heroica y más radical en lo que a fusión entre periodismo y propaganda se refiere. “No más héroes” denomina el autor al capítulo correspondiente a la guerra de Irak y, efectivamente, la imagen romántica del corresponsal tipo Ernest Hemingway ha muerto para siempre. En Irak sólo había dos opciones: o estar con ellos (como empotrados) o estar contra ellos (como periodistas “unilaterales”). Estar con ellos significó convertirte en un periodista empotrado, depender de la unidad para todo y no poder separarse de ella; el resultado: una paupérrima cobertura informativa que poco o nada aporta al lector como conocimiento real de los acontecimientos. Estar contra ellos fue no plegarse a su sistema, pero seguir dependiendo de sus briefings oficiales para cubrir el sistema de noticias 24 horas impuesto por la celeridad/voracidad de los medios en los últimos tiempos. Pero, además, estar contra ellos puede significar en muchos casos ser hombre muerto, literalmente. En el decurso de la guerra (oficialmente, un mes, de marzo a abril de 2003) murieron quince periodistas y dos desaparecieron. Si tenemos en cuenta la duración de la guerra, nos daremos cuenta de que Irak ha sido la más peligrosa para los periodistas en toda su historia. El grupo que más bajas sufrió fue el de los “unilaterales”. Y el panorama no parece que vaya a cambiar. “Que se cuiden. Están avisados” fue la respuesta de un oficial del Pentágono a la pregunta de Kate Adie, periodista de la BBC. Entre Crimea e Irak, el autor nos habla de un buen número de guerras que hicieron historia, tanto en sentido general como en sentido periodístico: la guerra de secesión de EEUU, la franco- ISSN: 1696-2508 IC-2008-5 / pp 506-513 508 Sección Bibliográfica prusiana, guerra ruso-turca, guerra contra los derviches de Sudán, la guerra de Cuba, de los Boers, ruso-japonesa, primera guerra mundial, revolución rusa, guerra de Abisinia, guerra civil española, segunda guerra mundial, guerra de Corea, guerra de Argelia, Vietnam, Rodesia, las Malvinas, el Golfo, la campaña de la OTAN contra Serbia y la guerra de Irak. Un repaso un poco etnocéntrico que se centra sólo en la labor de los corresponsales de habla inglesa. No hay nada acerca de cómo se enfrentan a la censura y a la propaganda el resto de periodistas del mundo. Hay una breve referencia a Barzini (italiano) al principio del libro como ejemplo de buen periodismo, y nada más. Ninguna referencia al periodismo latinoamericano, europeo, asiático, etc. Nada. Ni siquiera se tratan los temas olvidados, esos que no tienen una cobertura deficiente porque, simplemente, no tienen cobertura. Nada. Nada del Congo, ni de Ruanda, Uganda, Sudán, Nepal, Haití, Colombia o Chechenia. Nada de las guerras latinoamericanas del siglo XX provocadas por elementos golpistas instigados por elementos estadounidenses. Ni siquiera se menciona, ni una sola vez, el conflicto entre Israel y Palestina. La selección que hace el autor de los conflictos es muy clásica, pero también muy intencionada. Para el historiador puede resultar muy útil, pero para el periodista sería mejor tener una pincelada histórica para entrar de lleno en los conflictos cuya cobertura más influye en cómo estamos contando la guerra aquí y ahora. IC-2008-5 / pp 506-513 ISSN: 1696-2508 509 The first casualty Un tema muy interesante, pero en el que no se profundiza, es la relación entre el periodista y el medio. Por ejemplo, son constantes las historias en las que los editores prefieren usar la información oficial a la que le envían sus propios corresponsales. El libro hace algunas referencias a elementos de la estructura informativa y de la estructura invisible: habla de intereses comerciales, de presiones políticas, etc; pero no cae en la cuenta, y no hace al lector caer en la cuenta, de que esos elementos determinan tanto o más la deficiente cobertura que desde los inicios han tenido las guerras. Los periodistas no son entes aislados, son permeables a la propaganda, tal y como se demuestra ampliamente en el libro, pero también son impotentes ante determinados mecanismos. Se nos olvida, a Knightley también, que el periodista es un trabajador por cuenta ajena y que, pese a que realice un trabajo intelectual, es un asalariado más que debe plegarse a los intereses de su empresa. Mientras no asumamos esto, estamos perdidos, el periodismo está perdido. Asumir significa conocer para poder combatir. En esto, Knightley hace una gran labor: nos obliga a asumir. Nos obliga a asumir que la censura y la propaganda existen y muy pocos periodistas a lo largo de la historia han sabido/querido eludirlas. Nos obliga a asumir la competitividad de la profesión que hace fuerte al poder. Sin duda, el caso más sangrante que relata el libro en referencia a esto ocurrió en la guerra del Golfo. Estados Unidos no quería otro Vietnam y para evitarlo puso en marcha el sistema de pool (que después se reciclaría en lo que conocemos como “periodistas empotrados” de la guerra de Irak). Algunos periodistas y los medios más modestos incoaron una causa judicial contra el ISSN: 1696-2508 IC-2008-5 / pp 506-513 510 Sección Bibliográfica gobierno porque estaba atentando contra la libertad de prensa recogida en la Primera enmienda. Los grandes medios, pertenecientes a grandes grupos mediáticos participados en gran parte por capital ajeno a la comunicación, en algunos casos como el grupo Lagardère o Socpresse directamente participados por capital de empresas armamentísticas (aunque este dato se le pasa por alto a Knightley), no apoyaron la demanda, y el miedo a quedarse fuera de los pools fue mayor que el sentido del deber periodístico. Los periodistas fueron a Irak, la guerra acabó, la demanda se resolvió, pero perdimos una gran oportunidad de, por una vez, marcar las reglas del juego. Esto nos lleva, inevitablemente, a una pregunta: ¿qué ocurre si los periodistas no vamos a un conflicto? El autor da las claves para hacerse una idea del panorama. O bien siempre habrá algún corresponsal/medio amigo que sí vaya, o bien serán los propios ejércitos, que disponen de material más que suficiente para ello, los que grabarán, editarán y emitirán sus propias imágenes. ¿Estamos perdidos? Así parece si atendemos al párrafo final: Given the increased danger; greater degree of manipulation and control by government; and the new emphasis on seeing the war through the eyes of soldiers, the age of the war correspondent as hero appears to be over. Whether war correspondent would wish to continue as propagandists and myth-makers, plying their craft subservient to those who gave wars, is a decision they will need to make for themselves (Knightley, 2003: 548). IC-2008-5 / pp 506-513 ISSN: 1696-2508 511 The first casualty Se echan de menos, en The first Casualty, dos detalles. Por un lado, unas buenas conclusiones que ayuden a sintetizar la ingente cantidad de ideas dispersa a lo largo del libro, unas conclusiones que ayuden a visualizar esas constantes repetidas conflicto tras conflicto. Lo segundo que echa en falta el lector/periodista son… soluciones. The First Casualty plantea muchos interrogantes: ¿es la guerra algo normal?, ¿puede o debe un corresponsal ser objetivo?, ¿debe ser más bien honesto que objetivo?, ¿qué puede hacer cuando no hay forma de eludir la censura? Knightley plantea a lo largo del libro diferentes casuísticas que crean la desazón propia del “y yo qué haría en esa situación” y lo más descorazonador es que ni el autor ni el lector obtienen una respuesta. Como muestra un botón: Knightley recoge las siguientes palabras de Robert C. Millar, un corresponsal de United Press durante la guerra de Corea. There are certain facts and stories from Korea that editors and publishers have printed which were pure fabrication… Many of us who sent the stories knew they were false, but we had to write them because they were official releases from responsible military headquarters and were released for publication even though the people responsible knew they were untrue (cit. en Knightley, 2003). De las tres funciones básicas del periodismo: informar, formar y entretener; comprobamos que los corresponsales de guerra no han sabido estar a la altura de las dos primeras. En cuanto a la última, resulta muy interesante cómo el autor asemeja el relato televisivo de ISSN: 1696-2508 IC-2008-5 / pp 506-513 512 Sección Bibliográfica Vietnam al cine bélico de Hollywood o cómo esta industria toma parte en la campaña propagandística de Irak realizando series de soldados que se emitían en horario de prime time. El corresponsal ni informa ni forma porque la audiencia desconoce una parte de la realidad. Normalmente, no se miente, se omite. Así, por ejemplo, en el libro se nos mencionan algunas grandes omisiones. El gobierno de EEUU omitió el número de barcos hundidos en Pearl Harbour. Gran Bretaña omitió en la Segunda Guerra Mundial que lo que estaba bombardeando en Alemania eran objetivos civiles. La armada de EEUU suprimió toda mención a los ataques kamikazes de los japoneses contra sus barcos durante seis meses. El gobierno de EEUU le dijo a la prensa que la enorme explosión en Nuevo México el 16 de julio de 1945 (la prueba de la bomba atómica) fue “una explosión de un depósito de municiones”. Y así podríamos hacer una numeración inacabable. Los periodistas no supieron matizar estas omisiones. Aunque, en algunos casos, sí lo lograron: cuando la guerra había acabado y ya no servía de nada. ¿Y el público? De acuerdo con Knightley el público permanece ajeno y en muchos casos justifica la censura como necesaria. Claro que, cabe destacar, Knightley sólo hace referencia a la reacción del público anglosajón, ¿es esto extensible de manera universal? No podemos deducirlo de la lectura. También es cierto, tal y como explica el propio autor, que el público ha evolucionado y se mueve por parámetros totalmente diferentes a los públicos de las guerras precedentes. Pero, en un mar IC-2008-5 / pp 506-513 ISSN: 1696-2508 513 The first casualty de informaciones insustanciales oficiales y/u oficiosas el receptor se siente perdido: Despite scouring two national newspapers every day, listening to the radio, surfing the web and watching the TV news, I have absolutely no clue how the war is going (cit. en Knightley, 2003: 527). La cita corresponde a una carta al director de un lector de The Guardian en referencia a la guerra de Irak. Ese es el riesgo que corre el periodismo de guerra hoy: quedar en nada, en humo, en una pieza más de la propaganda. En cierta medida, es lo que el periodismo de guerra ha sido siempre. Al menos es lo que se deduce cuando se termina de leer “In war, truth is the first casualty”. Sólo quedan dos alternativas: o creer en la resurrección o luchar por ella.