Full text
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La aventur a histórica de un pueblo. La huella de
los riojanos. A yamon te en el siglo XIX
T esis doct or al de
María Antonia Moreno Flores
Dirección
Manuel More no Alonso
Antonio Sánch ez González
Universidad de Se v illa
2015
2
3
ÍNDICE
4
5
Introducción. Metodología y fuen tes…………………………………………………….9
- Ger men de un pro yecto .
- Apor tación del presente trabajo .
- Estr uctura y org an ización.
- Metodología y procedimiento .
- La historiog rafía decimonónica onubense y a yamo ntina.
I. - Análisis de dos espacios geo gráficos: La Rioja y Ay amonte …………………….…29
- La Rioja durante la edad moder na y contemporánea .
- Riojanos ilustres .
- El destino elegido: A yam onte y su entorno .
- Riojanos en A yamonte dur ante la centuria del XIX.
II. - Pr imeras décadas de siglo ………………………………………………………… . 65
- Difícil entrada de siglo: la epide mia y las secuelas de la Guer ra de la Inde pendencia.
- Lenta y pausada recuperación tras el conf licto .
- El trienio liberal en una población debilitada.
- La vuelta del absolutismo y la década ominosa.
III. - Lo s nuev os pr ota gonistas. Llegada e integ ración ………………… …………… . 95
- R omualdo Be zares y sus paisanos P edro Lázaro y Eustasio Matute.
- La Compañía “Mar tínez y García Her manos ”. J ua n Martínez Alonso y los Her manos García
Cañas .
- La Sociedad “García Her manos y Primo”.
- Miguel Lerdo de T ejada y F rancisco del Molino . “Molino Lerdo y Compañía”.
- Matrimonios celebrados por los oriundos de la Rioja.
IV .- Ay amonte dur ante el reinado de Isa bel II ……………………………………… . 13 1
- La vida durante las regencias . El azote del cólera y la búsqueda de nu evas tierras .
- La ciudad durante el reinado de Isabel II.
- Los años cuarenta. Inicios de la industria salazonera.
- La década de los cincuenta: de nuev o la amenaza del cólera.
- Los años sesenta. Incremento y estabilidad en la población.
V. - Ev olución de las Compañías comerciales. Las Sociedades de los García ……… .163
- Los her manos García Cañas . La Cia . “García Her manos y primo”.
- La Sociedad “García Her manos”. Los her manos García Domíngue z.
- La Sociedad entre los Señores García y Baltasar T ovía Morón.
6
- La Compañía “Ga rcía H er manos”. Los her manos García Iñiguez.
VI.- Dev enir de las otras casas comer ciales…………………………………………...195
- La Casa “Viuda de Mar tínez, Hijos y Compañía” y la industria de salazón.
- La Sociedad “Lerdo de T ejada e hijos”.
- El Comercio de Francis co del Molino .
VII.- El proces o desamortizado r y las iniciati v a s empresariales mineras …………. . 22 3
- Bienes desamortiza dos en los patrimonios de los oriundos de La Rioja y sus f amiliares .
- Los Garcías y los procesos desamortizadores .
- Los Her manos Lerdo de T ejada y Obando y la Dehesa de la s Y eguas en el tér mino
de Car taya.
- Los her manos F er n ando y Francisco María del Molino y Núñez y la Ley
desamor tizadora de Madoz.
- La desamor tización y explotación del subsuelo mineral de la provin ci a.
- Las iniciativ as empresariales mineras de los her manos F er nando y Francisco de l
Molino y Núñez.
- Sociedades mineras con par ticipaciones en A yamonte . El caso de Esteban Barberi:
químico mineralogista residente en A yamonte
- In versiones mineras reali zadas por Rafael Lerdo de T ejada.
VIII.- Último cuar to de siglo ………………………………………………………….. . 25 9
- La primera república .
- La R estauraci ón borbónica.
- Inauguración del Mercado de la Unión.
- La epidemia de cólera de 1885.
- La última década del siglo . La industr ia y la amenaza del cólera.
- La clase política durante las últimas décadas del siglo .
- La religiosidad de finales de siglo .
IX.- El despegue de la industria de salazón y de la conser v a ………………………. . 28 9
- J osé María Gutiér rez Bar roso y sus instalaciones fabriles .
- La familia F eu y el orig en de la fr uctífera sociedad “F eu Her manos”.
- “Pérez Her manos”. De l a fábrica de cur tidos a la industria de la salazón y de la conser va.
- Los orígenes del neg ocio “Conser vas Concepción”.
X. - Estrategias familiares y r elaciones de parentesco …………………………….… . 321
- Los García. Soltería y endog amia familiar .
7
- El matrimonio de Fra ncisca Barbanera Mar tínez de la Cr uz y la endogamia de su hij o
T rinidad Solesio Martínez .
- la familia Lerdo de T ej ada y Obando . Endoga mia profesional y familiar .
- Los del Molino . Sol tería y estado religioso en sus hijas .
XI.- Disper sión patrimonial: Mandas piadosas y obras de beneficencia ……….…. . 353
- Las mandas piadosas y los lega dos otorgados por los oriundos de La Rioja y sus cónyug es .
- Fundaciones asistenciales .
- La familia G a rcía Domí nguez y la instalaci ón d e la Comunid ad de Her manas de l a
Cr uz en A ya monte .
- Las escuelas de la Santísima T rinidad: una fundación crea da por F rancisca y T omasa
Mar tínez del Molino .
- Escuelas y Capilla de Ntra. Sra. del Car men en Canela, fundación realizada por
J osefa Ramona González Solesio , biznieta del riojano J u an Mar tínez A lonso .
- Casa de la Misericordia “T ejada de la Santa Caridad de A ya monte”. Asilo fundado
por Manuel Lerdo de T ej ada Obando y Pilar Garcés de la F eria.
XII.- Hi josdalgos oriundos de La Rioja ……………………………………………….385
- Casto García Cañas: reconocimiento de su hidalguía.
- La hidalguía de Francisc o Domínguez, sueg ro de C asto Garcí a Cañas y abuelo mater no de
los her manos García Domínguez.
- El proceso de justificación de méritos de Manuel García Domínguez, caballero de la Orden
de Carlos III.
- F ase del proceso de demostración de requisitos realiza do en Vinieg ra de Abajo en
febrero de 1830.
- F ase del proceso de demos tración de requisitos realizada en A ya monte en marzo de
1830.
- Fas e del proceso de demostración de requisitos realizada en Villablanc a en abril de
1830.
- F ase del proceso de demostración de requisitos r ealizada en Huelv a en abril de 1830.
- Apor tación de escrituras de protocolo testamentarias .
- R eales provisiones de los Martínez Alonso .
- Los L erdo de T ejada y el pleito entablado por Luis Lerdo de T ejada.
- Otros hijosdalg os con los que emparentaron:
- Manuel Ri v ero González.
8
- J osé Her rera y C éspedes
XIII.- Algunos aspectos de la religiosidad ay am ontina durante el sig lo XIX ……….415
- La herencia recibida: sedes r eligiosas y her mand ades durante el A ya monte moderno .
- Los oriundos y familiares de La Rioja inmersos en el mundo de las cofradías .
- Her manos y benefactores de la Her mandad Sacramental de la P ar roquia de Ntra.
Sra. de las Angustias .
- J osé María Ga rcía y Domínguez. May ordomo de v arias her mandades .
- R esurgir de las Cofradía s durante el último cuar to de siglo .
- Fundadores de la Her mand ad P enitencial del Santo Entier ro con sede en la
P ar roquia de Ntra. Sra. de las Angustias fundada en 1897.
- Her mandad de Ntra. Sra. de la So ledad y sus estatutos a probados en 1893.
XIV .- El Ay amonte de finales de sig lo ………………………………………………... . 447
- Análisis del padrón de 1895.
- La Villa y el distrito del Salv ador .
- La Ribera: los distritos A ngustias y Merced.
- Canela y Punta del Moral. Asentamientos de colonos y de marineros .
- P ozo del Ca mino y finca s dispersas .
- Bien v eni da a un nu evo s igl o .
- La ciudad que asoma a la n uev a centuria.
Conclusiones………………………………………………..…………………………. . 47 5
Apéndice documental …………………………………………………………………. . 48 3
Biblio g rafía …………… …………………………………………………………………651
9
INTR OD UCCIÓ N. MET ODOLO GÍA Y FUEN TES.
16
y David López Vie ra
10
. En otro orden de cosas , si queremos comprobar la impor tancia de l
comercio colonial ayamontino durante el siglo de las luces , solo es necesario recorda r la
figura, reiteradamente estudiada, del a ya montino Manuel Riv ero
11
. Atraídos por esta
prosperidad, seguramente se encuentre el orig en de estos primeros contactos con oriundos de
la zona de La R ioja. P ar te de sus vidas transcur riría durante la nuev a política de liberalización
comercial en la que solo cinco serían los puer tos andaluces habilitados para el libre comercio
con América. P ara entonces , según reseñan los estudios , Cádiz no sufriría mer ma al
desaparecer el monopolio
12
y el libre comercio no decapitaría el protag onismo andaluz en la
car rera de I ndia s , sino que lo incrementaría
13
. Sin embarg o , la quiebra co mercia l estar ía
próxima. A unque el detonante fuesen las guer ras coloniales y rev oluc ionarias , la ca us a
deter minante parar el profesor García-Baquero sería la incapacidad de la estr uc tura producti v a
me tropolitana para hacer frente, por s í sola, a la demanda colonial
14
.
Nuestros protag onistas riojanos , dedicados a las actividades mercantiles desde
principios del siglo XIX, se dedicaron a embarques para Améric a, y aún a fina les de la centuria
decimonónica comerciaro n con efectos y producto s peninsulares , ultramarinos y extranje ros .
P or lo tanto , contribuimos con esta tesis al conocimiento del come rcio durante la centuria del
10
R osario Márque z Macías y Da vid L ópez Viera, Hombr es y cap itales: La s r elaciones entr e A yamonte y América en la
Edad Moder na. El caso de l os Galda mes , A yamonte: P atronat o Municipal d e Cultura , 2002.
11
J ulián Sole sio Lill o , “ El ori g en de la Casa Grande ”, en III J or nadas d e Hi storia d e A ya monte , Hue lv a:
A yu ntamiento de Ayamon te. 1999, págs . 165 - 18 5; “Un naviero ayamontino en la Car rera de Indias”, en IV
J or nadas de Historia d e A yamonte , Huelva: Ayuntamiento de A y amonte, 2000 , págs . 215 - 254; “Un hidalg o de
A ya monte en e l siglo XVIII”, en VI J or nadas de Historia de A yamonte , Huelva: A yuntamie nto de A yamonte,
2002, págs . 155 - 179; “ Viv encia s de un liberal en A ya monte a comienzos d el siglo XIX”, en VIII J or nadas de
Historia de A yamonte , Huelv a: A yuntamiento de A yamonte, 2 004, págs . 93 - 111; “Entre A ya monte, Cád iz y
Nueva España. El ori ge n d e una de las principale s compañía s de comercio con Indias en e l siglo XV III”, en
X J or nada s de Hist oria de A yamonte , Hue lv a : A y untamiento de Ayamonte . 2006, pá gs . 11 1 - 123; “Historia y vida
de la Casa Grande de A y amonte”, e n XI J or nadas de Historia d e A yamonte , Huelva: A yuntamie nto d e Ayamonte ,
2007, págs . 165- 184; “Las ene mistades de Manuel Riv ero” , en XII J or nadas d e Hi storia d e A yamonte , Hu elv a :
A yu ntamiento de Ayamonte, 2008, pág s . 73- 88; “ Estudios , f or ma ción y e nseñanza de una familia andaluza e n
el siglo XVIII”, en XIV J or nad as de Historia de A yamont e , Huelva: A y untamient o de A y amonte, 2010, págs . 9 -
23;
Manuel Moren o A lonso y J u lián Solesio Lill o , “ Ayamonte e n tiempos de `El Pintado´ (1 697 -1780), en V
J or nadas d e Historia de A yamonte , Hu elv a : A yu ntamiento de Ayamonte, 2001, págs . 155- 173.
Esther Solesi o López- B osch, “Juana J osefa Rivero , nieta de `El Pin tado´: vida y r etaz os de Historia de
España a través de sus car tas (1761- 1822) ”, en XIV J or nada s de Historia de la Muy Nob l e y Leal Ciuda d de
A yamonte. Huelv a: Diputaci ón Provincial - A yu ntamiento de Ayamonte , 2010 , págs . 25 -42.
12
Antonio Gar cía-Baqu ero González, An dal ucía y la Ca r r era d e Indias ( 1492 -1824). Bi blioteca de la C ultura
Andaluza. Editoriale s Andaluza s Unidas: Barce lona, 1986, pá g . 183.
13
Antonio García-Ba quero Gonz ález, Andal ucía y la Car r era de India s… , pá g . 184.
14
Antonio García-Ba quero Gonz ález, And al ucía y la Car r era de India s… , pá g . 188.
17
ochocientos
15
teniendo como protag onistas a algunos de los más impor tantes comercia ntes y
propietarios de A ya monte .
En pa r te, el estudio ha requerido un análisis de la historiog rafía rela cionada con la
historia de la familia . P ara ello , sin insistir demasiado en este aspecto , he buce ado entre lo
publicado y estudiado hasta la fecha, únicamente en la región andaluza. La mayor pa rte de
estos estudios se orientan a los siglos moder nos . Sin embargo , para afianzar la s bases del
presente trabajo era nece sario su análisis . T eng o que reconoc er en este aspecto los trabajos de
Enrique Soria Mesa sobre las él ites andaluzas de la Edad Moder na y entre ellas
principalmente, los principale s linajes g ranadinos y cordobeses
16
. E n Córdoba, también se
encuentran algunos estud ios realizados por el profesor Raúl Molina Recio
17
. P or otro lado ,
David Mar tínez López ha colaborado en el conocimiento de la familia jiennense
18
. En el
15
J osé Morilla Critz, Gra n capita l y estancamient o económic o en A ndalucía. B anca y fer r ocar riles e n Málaga en e l siglo XIX ,
Córdoba. 1978.
Cristóbal García Montoro , Málaga en los comie nzos de la industr ializaci ón: Man uel Agustín Her edi a (1786- 1846) ,
Córdoba: Univ e rsidad, 1978.
María J osé Álvarez P antoja, A spectos económicos d e la Se villa fe r nandina (1800 - 1833) , 2 v ols ., Sevil la: Diputació n
Provincial, 1970; “I nv ersiones industriale s sevilla nas: la fá brica alg o d onera de T ablada (1832 - 1842)”, e n La
documentación notarial y la historia. Actas del II Coloquio d e met odología h istórica a plicada / Antonio Eiras Roel
(coord.), vo l. 2, 1984, págs . 347 - 362; y “Capitales ame ricanos en la Sevilla d el siglo XIX: el Marqués de
P alomares d e Duer o”, e n Andalucía y América en el siglo XIX: Actas d e las V J or nadas de Andalucía y América /
Bibiano T or re s Mar tínez, J o sé J . He r nández P alomo (c oord.), vo l. 1, Se villa: C SIC – E scuela de Estudios
Hispanoamerican os , 1986, pá gs . 349 - 370.
16
Enrique Soria Mesa, “La famili a Pér ez de Her rasti: un acercamiento al estud io de la élite local g ra nadina en
los sigl os XV al XVII”, Chr oni ca nova: Revista de Historia Moder na de la Uni versidad de Granada, 19, 1991, págs .
383 - 404; “La s pr uebas d e nobl eza de los v einticuatro s de Córdoba: el control de la familia” en La pluma, la
mitra y la espada: estudios de historia institu ci onal en la Edad Moder na / J e an- Pier re Dedie u y otros (coords .),
Madrid: Mar cial P ons , 2000, págs . 291 - 302; “La for ja de u n lina je: Los Álv arez de T oledo”, La a ventura de la
historia , 109, 2007 , págs . 80- 83; “Los F e r nández de Córd oba: un linaje de la nobleza españ ola”, en I J or nadas d e
la Cá tedra Gran Cap itán / E. Gar ramiola Prieto (coor .), Montilla: A y untamient o , 2003, p ágs . 83 -100; La
nob leza e n la Espa ña moder na: c ambio y continuidad , Madrid : Mar cia l P ons , 2007; y Linaj es gra nadinos . Granad a:
Diputación Provincial, 2008.
17
Raúl Molina Recio , “La presenc ia en el munici pio cordobés de un linaje nobiliario: los F er nánd ez de Córd ob a
(Siglos XVI- X IX)”, en V r eunión c ientífica de la asociación Espa ñola de Histo ria Moder na / J . M. de Be r nardo Are s y
J . M. G onzález Beltrá n (coor ds .), tomo I I: La Admini strac ión municipal e n la Eda d Moder na. Cádiz:
Univ ersidad - Asociación Esp añola de His toria Moder na, 1 999, págs . 569 -576; y La nobleza en la España
Moder na: L os F er nánde z de Córd oba. F amilia, riqueza, poder y cultura , T esis d octoral, Uni v e rsida d de Córdoba,
2004.
18
David Mar tínez L ópez, Estra tegias familiar es en los pr ocesos de for mación d e la bur guesía agraria an daluza: el c aso de
Santa F e , Granada: Uni versidad, 1994; Tier ra, her e ncia y matrimonio: un m odelo sobr e la for maci ón de la bu r gue sía
agraria andaluza (siglos XVIII- XIX). J a én: Univ e rsidad, 1996; y “Herencia y familia en la socied ad ag raria
decimonónica”, en Espacios soci ales , universo s famil iar es: la fam ilia en la h istoriografía española. X XV aniv ersario del
seminario F amilia y élite de p oder en el r eino de Murcia , siglos XV -XI X / F . Chacón Jiménez y J . He r nández Franco
(coords .), Murc ia: Univ ersidad , 2007, págs .137 - 156.
18
mismo J aén, sob resalen también los trabajos de Matilde P einado Rodríg uez
19
sobre las
transfor mac iones sociales a contecidas en el seno de la familia entre 1850 y 1930 en la Alta
Andalucía. Sobre las familias almerienses tenem os algunas noticias g racias a la labor de
V aleriano Sá nch ez Ramos , ca si todas relativ as a la élite moder na de La Alpujar ra,
incorporando aspectos contemporáneos y detalles de las familias Cueto
20
e Ibar ra
21
en tier r as
de Ber ja. T ambién el profesor Sánchez desv ela algunas clav es sobre los marqueses de Yniz a
22
y sobre el linaje de los Villalobos
23
, este último presente en tier ras almeri enses desde la
primera mitad del siglo XVI, y con g ran presencia en el siglo decimonónico .
P ara nosotros ha sido un a satisfacción, a la v ez que una sorpresa, la infor maci ón que
actualmente se tiene sobre algunas familia s malagueñas , casualmente mu chas de el las naturales
de zonas de La Rioja . P ar ticular mente c onocidos s on los estudios de Antonio Parejo Bar ranco
sobre el linaje de los Larios y su relación con el capitalismo industrial de la provincia
24
, los
realizados por Cristóbal García Montoro sobre los Heredia
25
o los de Marion R eder Gado w
sobre los regidores de la familia Pizar ro
26
.
De Cádiz pocas obras descubren el funcionamiento de la familia g aditana para dicho
período . El trabajo de P aloma F er nández Pérez
27
desv ela algunas clav es de la clase mercantil
19
Matilde P e inado R odríguez, Población, familia y r epr oducció n social en la Alta A ndalucía, 1850 - 1930 , T esis doctoral,
Univ ersidad de J a én, 2006.
20
V aleriano Sánchez Ramo s , “Un linaje vinculado a las ar mas: la fam ilia Cueto”, F a rua: r e vista del Centr o Vir gitano
de Estudios Históricos , número 4, 2001, págs . 155 - 185,
21
V aleriano Sánchez Ram os , “ Los Ibar ra: hidalg os vizca ínos en tier ras de Ber ja”, F arua: r ev ista del Centr o
Vir gitano de Estudios Histó ricos , 8, 2005, págs . 165-2 25.
22
V aleriano Sá nchez Ramo s , “Un ascenso social ver tiginoso en la Alpujar ra. De re pobladores a título de
Castilla: Los marqueses de Yniza (siglos XVI - XX)”, F ar ua: r e vista del Centr o Vir gitan o de Estudios Hist óricos , 12,
2009, págs . 277- 344.
23
V aleriano Sánchez Ra mos , “Un linaje de r icos hidalg os : los Villalobos”, F arua: r ev ista del Ce ntr o V ir git ano de
Estudios Históricos , número 7, 20 04, págs . 129-2 10.
24
Antonio P arejo Ba r ranc o , Má laga y los Larios: capita lismo ind ustrial y atraso ec on ómico ( 1875- 1914) . Málag a:
Arguv al, 1990.
25
Cristóbal García Mon toro , Má laga en los comienz os d e la industr ialización: Manuel Agustín Her edia ( 1786 - 1846) ,
Córdoba: Univ e rsidad, 1978.
26
Marion R eder Gadow , “La perpetuación d e un linaje en e l mun icipio m ala gueño: los regid ores Pizar ro (siglos
XVI-XIX), e n F amilia, par entesco y linaje / J . Casey y J . Her nández Franco (co ords .), Murc ia: Universidad, 1997,
págs . 99 -110.
27
P aloma F e r nández Pérez, El r ostr o fam iliar d e la metr ópoli. Redes de pa r entesco y laz os mer cantiles en Cádiz , 1700 -
1812, Madrid : Siglo XXI, 1997.
19
asentada en la ciudad, principalmente durante el siglo XVIII. Sobre la pro vinc ia de Sevilla
existen numerosos estudios afines desarrollados por los profesores Igna cio Atienza
Her nández
28
y Fran çoi s Héran
29
, así como los efe ctuados por la profesora María Si er ra
Alonso
30
. En relaci ón a los estudios que nos interesan, ela borados sobre la provincia de
Huelv a, hay que destacar los realizados por Víc tor M. Núñez García sobre los diputados a
Cor tes durante la dé cada moderada
31
y los desa r rollados por la profesora Marí a Antonia P eñ a
Guer rero en tor no al a nálisis de las redes clientelares de los ca ciques onubenses durante la
R estauración
32
. Más reciente mente Cristina R amos Cobano ha apor tado nuev os datos sobre
Los Ce pedas
33
. Es inevitable , además , no recordar las obras publicadas por el profesor
Moreno Alonso sobre l os miembros de una familia andaluza y ayamontina a pellidada
“Riv ero” y posterior mente emparentada con los “Solesios”
34
.
P or encomiable s que sean todos estos trabajos , la evidencia del atraso historiog ráfico
andaluz en lo que se refiere a los estudio s de las m aterias que hemos planteado en esta tesis
nos ha resultado , en ocasiones , descorazonador . De ahí que el trabajo que a quí presentamos
como tesis de doctorado solo puede a spirar a conv er tirse en una nuev a a portación sobre la
desconocida centuria del XIX en una localidad situ ada en el límite de la And alucía Occidental.
En cuanto a las fuentes bibliog ráficas onubenses y locales obser vadas , deb ido a sus
elevad as carencia s , continúan siendo escasas . Hace unos años , la profesora María Antonia
P eña Guer rero nos conv encía de la necesidad de estudiar una ce nturia que estaba en su mayor
28
Ignacio Atienza He r nández, Aristocrac ia, poder y rique za en la España moder na. La Casa d e Osuna, s iglos XV - XIX ,
Madrid: S iglo XXI de España, 1987 .
29
François Héran, La r ev olución agríc ola del siglo XIX , Mad rid: Ministerio d e Ag ricultur a, 1980.
30
María Sier r a Alonso , La familia Ybar ra: empr esari os y p olíticos , S evilla: Muñ oz Moya y Montraveta, 1992; y La
política del pacto: el sistema de la R estauración a tra vés del part ido cons er vador sev illano (1874- 1923) , Sev illa: Diputac ión
Provincial, 1996.
31
Víctor Manuel Núñe z García, Huelva en la s Cortes. Élites y poder político durante la Década Moderada (1843 - 1854) ,
Huelv a: Univ ersida d, 2007.
32
María Antonia P eña Guer r ero , Clientelismo p olítico y poder es perif éricos dura nte la Resta uración. Huelva, 1874 - 1923 ,
Huelv a: Univ ersida d, 1998.
33
Cristina Ramos C oban o , El linaje de S anta T er e sa. Estrategias socia les y construcc ión del pat rimonio de l a familia Cepeda
en tier ras de Huelva ( 1729- 1828) , Hue lv a: A yuntamient o , 2009; y F amilia, poder y r e pr esentación e n Andalucía: los
Cepeda entre el Antiguo y el N uevo Régimen (1700 -1850) , T esis doct oral, Univ ersidad de Hue lv a, 201 2.
34
Man uel Moreno Al onso , Retra to d e familia andaluza con las Indias al fondo . El Memorial de El Pintado , Sevilla:
Ediciones Alfar, 2000; y Los Sol esios. Historia d e una familia andal uza , Sevilla: Edic iones Alfar, 2009.
20
par te desierta de análisis históricos
35
. Sin embarg o , a diferencia de otras localidades de la
provincia, se han escrito y publicado numerosos tra bajos hasta la fecha sobre Ayamonte . Con
respecto a la bibliog rafía directamente r elaci onada con la ci udad fronteriza, en su may or par te
se trata de pequeño s t rabajos inserto s en las J or nada s Históricas org aniz adas anualmente por
la cor poración del munici pio desde hace casi v einte años . A l marg en de ello , escasos son los
estudios monog ráficos , ri gurosos y extensos sobre el período histórico obje to de este trabajo .
De ellos , de staca el realizado por el profesor Sánchez Lora dedicado al análisis exhaustiv o de
la demog rafía ayamontina entre los años de 1600 -1860
36
. P osterior mente y aunque e l períod o
histórico se a leja de n uest ro marco cronológico , es nece sario destacar las apor tac iones
planteadas por Manuel A. González Díaz en su estudio sobre la pesca en esta ci udad durante
la E dad Moder na
37
. J osé Antonio Rodríguez R odríguez, por su par te, n os desv ela la ev olució n
de un espacio tan impor tante pa ra la economía de la ciuda d como es y era el puer to
ayamontino a lo larg o de diferentes centurias
38
. Finalmente, la que suscribe , ha planteado
algunas cla ves en sus monog rafías que perfectamente ayudará n a entender aspectos de la
religiosidad y del entramado urbano de la ciudad de A yamonte en el siglo XIX
39
.
Como ya he dic ho , g racias a la celebración de las J or na das de Histor ia orga nizadas
anualmente por el A yuntamiento de la ciuda d desde hace v a rias dé cadas , la historia de
A ya monte posee la publicación de v ariadas ponencias y comunicaciones que amplían el
conocimiento histórico de su pa sado . Sin embarg o , los estudios suelen ser, por la naturaleza
de dichas jorna das , principalmente trabajos concret os y puntual es . Limitándonos a los alusiv os
35
María Antonia P e ña Gue r rer o , La pr ovincia de Huelva en los siglos XIX y XX, Hue lv a: Di putac ión Provincial,
19 95.
36
J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis histórico . A yamonte. 1600 - 1860 , Huelva: Diputación Provincial,
1987.
37
Antonio Manuel González Día z, “ Ar tes de pesca y barcos pesq ueros e n las costas de l antigu o marquesado de
A ya monte dura nte el sigl o XVIII, según e l Dicc ionario Hi stórico de los Ar tes de la P esc a Nacional, de
Antonio Sá ñez Reguar t”, en X J or nadas de Historia d e A yamont e, Huelva: Ayuntamiento de Ayamonte, 2006 ,
págs . 75- 110; “ Almadrabas ayamontinas , 1839 - 1901”, e n XI J or nad as de Historia de A yamonte , Huelva:
A yu ntamiento d e A ya monte , 2007 , págs . 27 -50; y La pesca en A yamonte durante la Edad Moder na , Huelv a :
Univ ersidad , 2011.
38
J osé Antonio Ro dríguez Rodríguez “ A yamonte , p uerto y ciudad , Sevilla: C onsejería de O bras Públicas y
T ranspor tes - Junta de Andalucía, 200 1.
39
María Antonia M oreno Flores, R aíces de una cofradía. Huel v a: A yuntamiento d e A yamonte. 2003; Catá lo go
historia d e A yamonte. Bienes mue bles e inmue bles. Real, Ilustre y Muy Antigua Her ma ndad Sacramental del Sa lv ad or
de Ayamonte y Consejería de T urismo , C omercio y Depor te, S evilla, 2004.
21
al siglo XIX, destacamos las inv estig a ciones realizada s por el profe sor Bog arín
40
, o la s
efectuadas por el antropólog o C áceres F eria sobre la marinería y las fábricas de conser va s
41
.
Díaz Domínguez nos inserta en el devenir d e la prensa
42
, el profesor Núñez García nos
desv ela algunas de las clav es sobre las elecciones y el jueg o político durante el Ayamont e
isabelino
43
, Segundo Ríos contribuye a descubrir los oríg ene s de las fábricas de
transfor mac ión de l pesca do
44
, P eña Gue r rero desglosa los entresijos del jueg o político
durante la R estauración
45
y el profesor R odríguez Ro dríguez , una v ez más , a naliza la evo lución
y devenir del puer to ayam ontino
46
. P or su par te, los profesores Manuel Moreno Alonso
47
y
40
J esús Bog arín Díaz, “ A por tación demog ráfic a de A ya monte a la fundación de Isla C ristina”, en XIV J or nada s
de Historia d e la Muy Noble y Leal Ciudad de A yamonte , Hue lv a: Ayuntamiento d e Ayamon te, 2010, págs . 177 -
195.
41
Rafael Cáceres F eria , “Desar rollo en la industria conser v er a y movimiento obrero en A ya monte a principio s
de siglo”, e n II J or nadas d e Historia de A yam onte . Huelva: A yuntamiento de A ya monte . 1997, págs . 99-115;
“Marineros , barcos y red es: la pesca e n Ayamonte desd e el siglo XVIII hasta los inicios del siglo XX”, e n III
J or nadas de Hist oria de A yamonte . Huelva: A y untamiento d e Ayamonte, 1998, pág s . 145 -164; y Mujer es , fábric as y
charangas: el trabajo f emenino en el secto r conser ver o de A yamonte (Huelva) , Se villa: C onsejería de Cultura – Junta de
Andalucía, 2002.
42
Mari P az Día z Domí nguez, Historia d e la pr ensa escrita d e Huelv a: su primera etapa (1810 -1923). Huelva:
A yu ntamiento , 2008; “ A y amonte, c una d e la prensa escri ta de Huelva”, e n XV J or nadas de Historia de la Muy
Noble y Leal Ciudad de A yamonte , Huelva: A yuntamie nto de A yamonte, 2011, págs . 99 -120.
43
Víctor Manuel Núñe z García, “Las elecciones d e diputados a cor tes en el distrito electoral d e Ayamonte
durante la décad a moder ada”, en V III J or nadas de Histo ria de A yamonte , Huelva: A y untamient o de A yamonte,
2004, págs . 65 - 92; “ Análisis pro sopogr áfic o , élites parlame ntarias y poder p olítico e n el Ayamonte isabelin o”,
en IX J or nadas de Historia de A yamonte , Hue lv a : Ayuntamiento de A y amonte, 2005, págs . 43 - 6 6; y “Las for mas
de ac ceso a la política libera l. Elec ciones y g r upos de poder en A yamonte (18 56 - 1868)”, en XII J o r nadas d e
Historia de A yamonte , Huel v a: A y untamiento d e A yamonte, 2008, págs . 51 -72.
44
Segundo Ríos Jiménez , “L a indu stria c onser vera de Ayamo nte: desde sus oríge nes hasta la Segunda
R e pública”, en Economía a ndaluz a e historia i ndustrial, e studios e n homenaje a J ordi Nadal / A. P a rejo y A. Sánchez
(eds .), Gra nada, 1999 , pág s . 657 - 673; “La indu strializac i ón de la pesca en la provincia d e Hu elv a, 1880 - 1936”.
Historia Agra ria, 28, 2002 , págs . 45- 67; y “Orige n y de sar rollo de la industria de c onser vas d e pescado en
Andalucía (1879 - 1936)”, Re vista de Historia industrial , 29, 2005 , p ágs . 55- 84.
45
María Antoni a P eña Guer rero , “El si stema canovista en Ayamonte: e l jueg o polí tico y sus ar tífices (1898 -
1923)”, en I J or nadas d e Historia de A yamonte , 2ª edic., Huelv a: Ayuntamiento de A ya monte , 199 9, págs . 59 -84 .
46
J osé Antonio Rodríguez Rodríguez, “Orig en y e v oluc ión del puer to de A y amonte”, e n II J or nada s de Historia
de A yamonte , Hu elv a : Ayuntamiento de Ayamon te, 1998, págs . 83 - 98; y “El puer to de Ayamonte: ev olución de
la actividad pesque ra y mercante”, en IV J or nadas de Hist oria de A yamonte , Hue lv a: Ayuntamiento de Ayamonte ,
2000, págs . 19-53; y A yamonte , puerto y c iudad , Sevilla: C onsejería d e Obra s Públicas y T r ansportes - J u nta de
Andalucía, 2001.
47
Manuel M oreno Alons o , “ A ya monte dura nte el asedio nap oleónico de Cád iz (1810 - 18 12)”, en XV J or nada s
de Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de A yamonte , Hue lva: A y untamiento de Ayamon te, 2011 , págs . 69 -98; y
“La Gazeta de A yamonte”, e n VIII J or nadas de Historia de A yamonte , Huelv a: A yuntamie nto de A yamonte,
2004, págs . 113-125.
22
J osé Sa ldaña F er nández
48
nos desvelan los entresijos de la guer ra de la independencia en est e
rincón de la desembocadura del Guadiana, y Julián Solesio Lillo nos sumerge en una familia y
en una época de esplendor y de sombras . La que su scribe también ha realiz ado apor taciones
relacionadas con la demog rafía y sobre la población de la ciuda d durante el período histórico
objeto de análisis en el presente trabajo
49
.
ESTR UCTURA Y OR GANIZACIÓN
El presente estudio se org a niza en diferentes apar tados , deseando efectuar , para una
mejor comprensión, un desglose detallado de cada una de la s materias o parc elas en las que se
compone .
Así, el primer capítulo dará a conocer el espacio g eog ráfico y social de dos puebl os
que la historia quiso sintoniz ar : por un lado , el riojano , con sus numerosas villa s protag onistas
de una impor tante emig ración, y por otro , el de A yamonte, situado en la desembocadura del
río Guadiana , habituado a la visita e instalación de foráneos . En este primer capítulo
obser v a remos cómo el p resente análisis colabora en el con ocimiento de la mig ración riojana.
A ya monte se incor pora así a los destinos mig ratorio s protag oniz ados por los riojanos , juntos
a los hasta ahora conoc idos , efectuados sobre dichos inmig rantes en las provincia s g alleg as ,
extremeñas y otras zonas de Andaluc ía . A su v ez, tras una pequeña res eña his tórica de
A ya monte , nos remontaremos a la sociedad ayamontina que recibe a esos riojanos .
Finalmente, v aloraremos cuantitativ amente la mig ración protag onizada, c itando a los oriundos
de La Rioja que se av ecindaron e n este rincón andaluz principalmente durante toda la centuria
decimonónica.
48
J osé Sald aña F er nández, “ A yam onte y su ent or no en 181 2: El j uramento constituci onal”, en XVII J or nadas de
Historia de A yamonte , Huelv a : Ayuntamiento d e A yamonte, 2013, p ágs . 181- 200; “La revitalización d e la
frontera: Apu ntes sobre la e stancia de la Junta Suprema de Sevilla en Ayamon t e”, en XV J or nadas de Historia
de la Muy Noble y Leal Ciudad de A yamonte , Hue lv a: Ayuntamiento de Ayamonte, 2011, págs . 45 - 68; “Nuevos
poderes , viejas d isputas: la Junta d e Gobier no de Ayamonte en la Guer ra de la Inde pendencia”, en X J or nadas
de Historia de A yamonte , Huelv a: Ayuntamiento de Ayamonte . 2006, págs . 11 - 31; “Ca mbio jur isdiccional y
conf lictividad política en A yamonte du rante la Guer ra de la I nde pendencia”, en Las Guer ras en el primer terc io
del siglo XIX en Espa ña y Améri ca / P aulino Castañeda De lg ado (coord .), tomo I, Madrid : Editorial De imos .
2005, págs . 629-648; y Pue blo, nación y c iudadanía durante la guerra de la Independencia: La fr ontera sur hispan o -
portug uesa en los orígenes de la contemporaneidad (1808 - 1814) , T esis d octoral, Univ ersidad d e Huelva, 2014.
49
María Anto nia Moreno Flores , “ Análisis demog ráfico de A ya monte (1860 - 1930 )”, e n IV J o r na das de Hist oria de
A yamonte , Huelva: Ayuntamiento de A yamonte, 2000, págs . 55 - 82; “ A yamo nte hace un sigl o (1 890 - 1920)”, e n
III J or nadas de Historia de A yamonte , Huelva: A yuntamie nto d e Ayamonte, 1998, págs . 37 - 64; y “ A y amonte: d os
mundos a fines de l siglo XIX”, e n La Historia de la Pr ovincia de Huelva. Ba lance y Perspecti vas . Acta s del I Encuentr o
sobr e Bibliografía: la investigación h istórica en la pr ovincia de Huelva. / J . F eria Mar tín y M. J . de Lara Ródenas (eds .),
Huelv a: Diputaci ón Provincial, 2007, págs . 345 -355.
23
En el segundo ca pítulo , dedic ado al a nálisis de las primeras déca das del siglo
obser v a remos aspectos sobre las consecuencia s de la guer ra de la Independenc ia en
A ya monte y sobre l a vida en la ci udad después de conf lic to , inmersos de lleno en el reinado
de F er na ndo VII.
A continuación, en el tercer capítulo , entraremos de lleno en la identificación de
algunos de estos riojan os , la fundación de sus primeras Compañía s mercantiles en el
A ya monte de las primeras décadas de la centuria, e incluso , tras la ina uguración y
consolidación de sus neg ocios , las nupcias que contraen, la ma yoría de ellas acompañadas de
unas acer tadas y beneficiosas dotes matrimoniales .
De nuev o aquí la necesidad de descubrir aspectos de la población donde proye ctan sus
neg ocios , hace necesario que estudiemos el A yamon te del período isabelino de media dos de la
centuria. En un cuar to capítulo , detal laré aspectos demog ráficos , económicos – donde surg e
una pionera industria de la salazón - y religiosos , que contribuirán a conocer la época donde
transcurre el de v enir de las compañías mercantiles fundadas por los oriundos de La Rioja.
Incluso , comprobaremos cómo un elevado por centaje de estos riojanos pa r ticiparon
activ amente en la vida p úblic a lo ca l, pro vincial e incluso nacional. P a ra entonces , habiendo
fallecido algunos de los socios fundadores de esas compañías , las sociedades aparecerán
reg entadas la ma yoría de las v eces por la segunda g eneración, es decir , por los hi jos v arones de
los que se afincaron en A yamonte tiempo atrás . P ara hacer nos una adecuada estimación de lo
que significa ron sus actividades económica s , en la may oría de los casos , si ex isten documentos
que nos per mitan realizarlo , inc orporamos el estudio de tallado de los inv entarios y balances ,
obser v a ndo sus principales valores , biene s e instalaciones comercia les . Prácticamente ese será
el contenido de los dos siguientes capítulos , el quinto y el sexto .
Y para una mejor valoraci ón de los capitale s y de las propiedades de las com pañías y
de sus propietarios , ana lizaremos en el séptimo capítulo las consecuencias que las medidas
desamor tizadoras tuvieron en el incremento de sus bienes , así como las inv ersiones realiza das
por sus sociedade s en el sector mine ro onu be nse . Ev aluando los porcentajes de la
desamor tización a ndaluza y on ubense, de scubri remos la re percusión d e la s medidas
liberalizadoras en la locali dad, y las reducidas a dquisiciones de inmuebles al Estado realiza das
por nuestr os protag onistas . Ademá s , estimaremos l as par ticipa ciones de a lgu nos de ellos , en
sociedades mineras consti tuidas para la explotaci ón de yacimientos situados , en la mayoría de
los casos , en tér minos del Andév a lo onub ense.
24
En el octav o capítulo , finalizaremos obser vando la vida política, social y económica de
la ciudad durante el último cua r to de l siglo XIX. T ras la cor tísima ex periencia republicana , la
restauración vino acompañada de una ansiada estabilidad política y de nuev os líderes
relacionados principalmente con la actividad industrial fomentadora. Las autoridades locales ,
entre los que se encue ntran de ter minados miembros descendientes de aquel los riojanos que
lleg aron a estas tierras , dis cutirán y aprobarán, en su mayor ía, asuntos rela cionados con las
mejoras de los mu elle s , la concesión de ter renos destinados a la constr uc ción de nuev as
instalaciones fabriles o a la búsqueda de una may or salubridad e higiene. T ambién entrarán en
el nuev o siglo preoc upados por las epide mias , los temporales y la propag a ción de
enfer medades .
A unque en los apar tados a nteriores he incorporado algu nos a spectos de esa nuev a
industria de salazón y de conser va, no llega ríamos a entender el dev enir de la ci udad de
A ya monte , principalmente en el último cuar to de la ce nturia, sin estar inmersos , a ún m ás , en
la nuev a actividad fabril de dicada a la transfor mación del pe scado . De ahí que el capítulo
nov eno esté dedicado al estudio de las solventes socie dades destinadas a la fomentación y a
sus propietarios , individuos que dirigirán el dev enir de la ciudad durante las últimas décadas
de siglo . A spectos tan v ariados como el crecimie nto demog ráfico o la ex pansión urbanística
de la población tienen aquí cabida y se explican, en buena m edida, ante el inc remento y
desar rollo de dicho neg ocio , alabado y protegido por las autoridades de entonc es .
En el capítulo dé cimo , nos dedica remos a estudiar con de talle la s redes de pa rentesco
confeccionadas por la clase mercantil ayamontina, de orig en riojano , durante el siglo XIX.
Imaginamos que conv enientemente estudiados , planificaron matrimonios en dogámicos entre
parientes y enlaces con otros individuos consag rad os también a las activida des comerciales .
Incluso muchos de ellos protag onizaron un elev a do estado de soltería y alguna que otra
v oca ción relig iosa. Detrás de a lg unas de esas actitudes estaría la intención de eng randecer y de
acrecentar el capital familiar .
El capítulo décimo primero nos descubrirá cómo nues tros protag onistas , a demás de
ser per mane ntes propietarios y a ctiv os políticos , fueron fundadores de admira bles y g enerosas
obras de caridad y de be neficencia. A lo largo de sus vida s , colaboraron con instituciones
educativ as , crearon hospitales y sub v encionaron nu ev as órdenes religiosas . Además , dictaron
un elevado número de mandas piadosas en sus testamentos , destinando una g ran par te de sus
bienes a la ce lebración de cultos religiosos org aniza dos en la ciudad de Ayamonte y en sus
lug ares de orig en.
25
En el ca pítulo décimo segundo demostraremos como la mayoría de nuestros
protag onistas tendrían la satisfacció n y el be neficio de verse reconocidos co mo hidalg os po r
las autoridades ayamontinas . T ras la v erificación de los datos apor tados por los interesados
para probar sus hidalguías , m uchos de el los fuer on considerados hijosdalg os durante las
primeras década s de l a centuria. Conseguirían as í el colofón de todas sus aspiraciones .
Aireaban un derecho que en la mayor ía de las v ec es se les habría conc edido únic amente por
ser moradores y naturales de unas estériles tierras de orig en.
Además de liderar la vida políti ca y económica, estos v ecinos de procedencia riojana
también administraron par te de la vida religiosa de Ayamonte . En el d écimo terce r ca pítulo
obser v a remos como la ma yoría de nuestros protag onistas fueron dirig entes de las , primero
debilitadas y posterior mente emerg entes , her mandades y cofradías ayamontinas . Gestionaron
sus bie nes y ocupa ron lug ares preferentes en las celebraci ones religiosas y en los cultos . No
hubo á rea que no estuviese dirigida por ellos . Entre el vecindario , buena par te de él
empobrecido y necesitado , los miembros de estas familias serían, por tanto , muy respetados .
Finalmente, consideré a decuado para ter minar el trabajo incorporar un exhaustiv o
estudio demog ráfico de la población. Graci as al ce nso de habitantes redactado en 1895, en e l
capítulo último , el decimo cuarto , examinaremos la distribución del v ecindario entre los
diferentes bar rio s de la ciuda d y la s profesiones de los cabeza s de familia. A demás , dejaremos
esbozados algunos aspectos del A yamonte de principios del siglo XX, co n la intención de
completar en un traba jo futur o el conocimie nto de la época contemporánea de la ciudad de la
desembocadura del Guadiana.
La mayoría de l volumen se vuelca en la trayectoria vita l de varias familias . Lo s García
Cañas , García Domínguez y posterior mente García Iñiguez, los Martínez Alonso y los
Mar tínez de la C r uz, los Besares , los Lerdo de T ejada y Obando y los del Molino Domínguez.
Como ya hemos detallado , de ellos de scubriremo s las bases de su poder económico , los
sistemas de tr ansmisión pa trimonial, las estrategi as familiares o el control de los carg os
municipales .
MET ODOLOGÍA Y PR OCEDIM IENT O
Debido a la escasez de e studios relacionados sobre el tema, y concediendo una elev ada
impor tancia a la documentación histórica aún por inv estig a r , en el presente trabajo he optado
principalmente por un método de in vestiga ción inductiv o pues , en la mayor parte de los
32
condiciones de vida en sus lug ares de orig en y algunos de los moti v os de dicha emig ración. La
sier ra, tradicionalmente g anadera, poseí a un paisaje en el que predominaban los pastos e n su
may oría de propiedad comunal, pequeños huer tos dedica dos a la hor tal iza, extensos bosques
y pequeñas pieza s dispersas de cereal destinadas al autoconsumo humano y animal. Un
elevado porce ntaje de sus hombres se encontraban empleados en su may oría en l as labores de
trashumancia. E l trabajo ag rícola era desempeñad o principa lmente por la s mujeres . Fue la
producción de la lana fina trashumante la que des de la segunda mitad del siglo XV hiz o que
esta zona conoc iese una expansión económica , acumulase capital mercantil y consolidase
r utas comerciales . A finales del siglo XV , la Rioja Alta y Cameros presentaba una org anización
socialmente mu y dinámica resultado de una economía destinada ha cia la comercialización en
la que existían g randes ganade ros y fabricantes y una nutrida red de comerciantes . P ara
entonces , la estr uc tura económica de las Sier ras descansaba sobre la g ana dería ovina
trashumante , el textil la nero y el comercio pañero . Sin embarg o , como ya hemos señalado a l
poseer una a g ricultura pobre y con fre cuencia insuficiente para el autoabastecimiento de
g ranos , la sie r ra siempre hubo de regular su crecimiento demog ráfico , ex pulsando efectiv os
humanos sobrantes en la explotación g a nadera, bien al v a lle riojano o bien a ce ntros de
población situados en tor no a la r uta de la trashumancia. P arece ser que los oríg enes de los
g randes merca deres que a medi ados del siglo XVI encontramos establecidos en Log roño o en
Nájera se localizaron en pueblos de la sierra y una v ez establecidos en la s ciud ades se
convirtieron en inter mediarios entre los fabricantes -comerciantes ser rano s . Dichos
mercaderes lle g arán a colocar los paños riojanos en pobla ciones como Med ina de Rioseco ,
Burgo s , Bilbao , Galicia , Asturias e incluso en ciudades europeas como Br uja s , Nantes o
R uan
53
. A e xpensas de la actividad comercial un también elevado porcentaje de ser rano s ,
principalmente comerciantes en lanas y g ana dos , alcanzarían los puer tos de l sur e incluso ,
desde ellos , saltarían a América, en donde continuarí an su actividad comercial.
La zona de C ameros cor respondió con uno de los espacios g anaderos más
impor tantes de la org anización mesteña. En pueblos de los Cameros Viejos y de la sier ra de
desar r o llo r ural, número 1, 2001, págs . 113 - 158; “La trashumancia en la montaña rioja na dur ante el siglo
XVIII: la propied ad y el re par to de benefic ios de las cabañas” , en Extr emad ura y la T rashuma ncia: (siglo s XVI -
XX) /c oord. Miguel Áng el Melón J iménez, Antoni o Pér ez Díaz y Alfonso R odr íguez Gra jera, 1999, págs . 17 -
33; J osé Ramó n Moreno F er ná ndez y J osé Luis Gómez Ur dáñez “El pro blema ag ra rio en las sier ras de La
Rioja: del c recimiento a la subsistencia (siglos XVIII - X IX), Ag ricultura y Sociedad , 82, 1997, pá gs . 79 -114.
53
J osé Luis Góme z Urdáñez, “La Rioja a c omienzos de la Edad Moder na... ”, pá g . 155 .
33
La Rioja Baja como Soto , Munilla o Enciso el papel fundamental lo desempe ñaba la pañería;
en Lumbreras o en Vinieg ra de Abajo , la g anadería era el sector principal y en Nieva, en
T or reci lla o en Laguna la ag ricultura tenía una impor tancia may or de lo ha bitual
54
. P ara 1586,
poblaciones como Vinieg ra de Abajo – tér mino del que proceden algunos de los
protag onistas del presente estudio- contaban con una alta densidad de ov eja trashumante .
Dicha población registraba en ese mismo año un total de 5.500 cabezas . En el siglo XVII,
Laguna de Cameros tenía unas 70.000, mientras que Villoslada alcanzaba l as 100.000
55
.
Durante la primera mitad del siglo XVIII, la Sier ra de Cameros fue muy próspera. A
mediados del siglo XVIII la cabaña trashumante según datos proporcionados por el profesor
Moreno F er ná ndez- cr uzando cifras de l C atastro de Ensenada con otras fuentes - era de
370.000 cabezas
56
. Concentraba prácticamente toda la industria textil ca stel lana; pero su
bonanza ec onómica finalizó a mediados de dicho siglo , prov ocando con ello una r uptura
entre poblaci ón y recursos que desembocó en e mig ración, especia lmente haci a Gal icia,
Andalucía y Extrema dura y en un empobrecimie nto g eneral de toda la zona
57
. La propia
dinámica del crecimiento pre-capita lista impuso algunos cambios en el último tercio del siglo
XVIII, produciendo un reajuste de las acti vidades que supuso la dec adencia y la desaparición
de n umerosos centros in dustriales tradiciona les
58
. Desde los años 60 de dicha centuria se
redujo el número de cabañas trashumantes . T ambién desapareció la producción del textil
disperso
59
. Se protag onizó el abandono de la a ctiv ida d en los lug ares más apar tados y la
concentración industrial en aquellos más p rósperos o con mejores condiciones naturales o de
comunicación
60
. Finalmente , la guer ra de la Independencia empeoró la situación.
54
J osé Luis G ómez Urd áñez y J osé Ram ón Moren o F er nánd ez, “El pr oblema ag ra rio e n la s sier ras de La
Rioja: ... ”, pág . 83 .
55
´J osé Luis Góme z Urdáñez, “L a Rioja a comienzos de la Edad Moder na... ” , pág . 157.
56
J osé Ramón M oreno F e r nánde z. “La g anader ía trashumante en La Rioja..., págs . 277 -302.
57
Her minia P er nas Oroza, “Presencia riojana en Compo stela durante e l siglo XIX... . ”, pág . 130.
58
Agustín González E nciso “La industria d ispersa en la Sier ra de Came ros , 1700 - 184 0”, Cuad er nos de
Investigación: Historia, tom o 10, fasc.1, 1984, pág . 53.
59
J osé Ra món M oreno F er nández, “Las áre as r u rales de Mont aña en la España d el sig lo X VIII: el caso de la s
Sier r as del Sur de la Rioja”, Re vista de Historia Ec onómica , nº e xtra 1, 20 01, págs . 76-77 .
60
Agustín González E nciso , “La industria dispersa en la Sie r ra de Ca mero ... ”, pág . 52.
34
Algunos oriundos de la Sier ra protag onizaron esta emig ración cua ndo aún la Rioja era
un distrito repar tido ent re las provincias de Soria, Burgos y Á lav a. Desde la distancia
conocerían que en sus tier ras de orig en, durante la Guer ra de la Independencia y durante un
período de dos años , la Junta de la Rioj a ejerció un autogobie r no provincial. En 1811 , los
ter renos riojanos reg resarí an a la supeditación de las Intendenc ias de Burg os y Soria
61
, pero a
par tir de entonces , protag oniza rían ocasiones de conciencia autonomista, como la vivida
durante la Conv ención de Santa Coloma en 1812 donde v a rios m unic ipio s requirieron la
reunificación de la Rioja
62
.
F er nando VII volvió a la división ter ritorial anterior . Sin emba rg o , con las Cor tes de
1821 se creó oficialment e la pro vincia de La R ioja, segregá ndola de Burgos y d e Soria. La
restauración del absolutismo en 1823 significó la supres ión de esta medida. Finalmente, con
los decretos de J avier de Burg os , se estableció en 1833 la provinci a con un subdeleg ado d e
fomento al frente, que se de nominaría posterior mente jefe pol ítico y más tarde g ober nador
civil
63
.
61
J osé Ig nacio C eniceros , “Cád iz y la Rioja, 1 812”, Bol etín A sociac ión Riojana de Genealogía y Heráldica , 4, 2012,
pág . 118 .
62
J osé Ignacio Cenicer os , “Cádiz y la Rioja... ”, pág . 119.
63
J osé Ignacio Cenicer os , “Cádiz y la Rioja... ”, pág . 124.
35
Mapa coma rcal de la Rioj a (Fuente: www .ayuntami e ntode berc e o .org )
DESTINOS MÁS FRECUENTES EN LA EMIGRACIÓN RIOJ AN A
Afir ma F er na ndo Hidalg o Lerdo de T eja da que “cualquier inv estig ador o aficionado a la
g enealogía de orig en a ndal uz sabe que su árbol g enealógico , tarde o temprano , puede llev arle a
proceder de una familia emig rante de cualquier punto de la mitad nor te de la P enínsula
Ibérica”
64
. En realidad, hasta la fech a, muc has poblaciones han identificado entre sus v ec inos
a numerosos individuos procedentes de la zona nor teña de La Rioja. Sin embarg o , A ya monte
todavía tenía una deuda pendiente con este asunto . Desconoc ía el orig en de deter minados
personajes que aún hoy la población ayamontina identifica con g rande s pa trocinadores de
actividades y de centros benéficos que aún per viv en en la ci udad. La presencia de riojanos en
A ya monte fue n umerosa y hasta ahora se encontraba sin analizar .
64
F er nando Hidalg o Lerd o de T e jada, “Emig rantes rio ja nos e n Andalucía: fu entes para su estud io (I)” ..., pág .
11.
36
La emig ración riojana hacia otros punto s de la P ení nsula o ha cia América está s ie ndo
conocida. E n los últimos años se han publicado distintos ar tículos y obras que estudian las
causas de esta emig ración, el perfil de esto s emig rantes , sus empre sas en los lug ares de
acogida y las consecuencias que tuv o esta sang ría demog ráfica en las poblaciones de orig en
65
.
La presencia riojana en Compostela durante el s iglo XIX ha sido estudiada por
Her minia P er na s Oroza
66
. En esta ocasión, el compor tamiento de la inmig ración procede nte
de La Rioja se realiza a tra vé s del análisis de los padrones muni cipales de 1857 y de 1894
67
. La
may oría de los emig rantes riojanos instalados en Sa ntiag o , eran solteros . P or lo g eneral, el
riojano emig raba muy j ov en y de for ma indi vidual; años más tarde , y una vez que log raba
hacerse con su propio neg ocio , acudían al lu gar de destino sus parientes , sus amig os y sus
conocidos para ayudarle en dicho neg ocio . Entre estos parientes , se encontraban mujeres
solteras , her mana s o cuñadas del ca beza de familia y también jóv enes solteros , primos de
aquél. Los varones cua ndo ar riba ron a la ciudad de Santiag o de Compostela, a penas
alcanzaban los veinte años de edad
68
. Su procedencia se encontraba circunscrit a a la Sier ra de
Cameros
69
.
Una ca racterística de los riojanos en C ompostela, en Extremadura e inc luso , como
v eremos en Ayamont e, sería su dedicación a la actividad comercial en la que prosperaron
hasta el punto de for mar pa r te de la burguesía local. En Santiag o , algunos de los herederos de
esos riojanos se ca saron con miembros de la nobleza g alleg a e inc luso consiguieron la
condición de hidalg o
70
. Debido a la actividad mercantil predominante, la mayoría de las
familias riojanas fija ron sus residencias en calle s céntricas de la ciudad de Santiag o . Durante
períodos de decliv e en sus casas comerciales se inclinaron por la adquisición de rentas , llevada
a ca bo mediante embarg os hechos a los ca mpesinos a raíz de deuda s impag adas y tambié n a
través de la inv ersión en bienes desamor tizados . Hasta tal punto fue así, que se llegó a hablar
65
F er nando Hidalg o Lerd o de T e jada, “Emig rantes riojanos en Andaluc ía: fuentes para su estudio (I)”..., pág .
11.
66
Her minia P er nas Or oza, “Pres encia riojana en Com postela du rante el siglo XIX... ”, págs . 121 - 138.
67
Her minia P er nas Oroza, “P resencia riojana en Compostela durante el siglo XIX... ”, pág . 125. En
Compostela, durante esos años , aparece n c ensados 3 0 y 39 v arones natura les de la Rioja, frente a 4 y 13
mujeres .
68
Her minia P er nas Oroza, “Pre sencia r iojana en Compostela d urante el siglo X IX... ”, pág . 127.
69
Her minia P er nas Or oza, “Pres encia riojana en Com postela du rante el siglo XIX.. . ”, pág . 127.
70
Her minia P er nas Or oza, “Pres encia riojana en Com postela du rante el siglo XI X.. . ”, págs . 133 .
37
de esta burguesía comercial como la g ran beneficiaria d e la desamor tización
71
. Uno de esos
individuos que perfectamente a plicó lo reseñado fue J osé de A ndrés Garcí a, estudiado por
Xosé R. Bar reiro
72
. J osé d e Andrés García, oriund o de C ameros fue merc ader con “ti enda
abier ta”. Con los a ños , estableció una casa en Car ril, v arias deleg aciones comerciales en
P adrón y en la Mariña lucense, y fundó una casa co mercia l en América
73
.
Extremadura fue otro de los destinos más frecuentado por esta emig ración riojana. La
región extremeña siempre tuv o unas frecuentes relacione s con los tér minos d e la Sier ra de la
Rioja debido a la activid ad trashumante, qu e a ño tras año , ponía en contacto a los g anaderos
de las sier ras con los p ropietarios de las de hesas extremeña s . Fue necesario estudiar lo s
trabajos efectuados por el pr ofesor Melón Jiménez
74
. Desde el siglo XVI se produjo el
av ecindamiento paulatino de g anaderos serranos en toda Extremadura, como demuestran los
libros de casados y listados de vecinos de numerosas pa r roquias regiona les
75
. Con el paso de
los años , su número fue cr eciendo hasta alcanzar las mayor es proporciones entre los años
finales del siglo XVII I y la primera mitad del XI X
76
. Detrás de este auge se encuentra la
decadencia y desar ticulación de la ex plotación g anadera. Cua ndo la trashumancia g anadera
comenzó a decaer prov ocó un flujo mig ratorio en búsqueda de mejores oportunidade s que
llev aría a los ser ranos desde comienzos del siglo XIX a instalarse definitiv amente en
Extremadura y Andalucía. Ha sta la fecha las causas que se han descrito sobre el decl iv e de la
g anadería trashumante han sido numeros a s . Sería bueno recordar la incidencia de las
impor taciones de la nas de otras procedencias más ba ratas , la desaparición de los privilegios
71
Her minia P er nas Or oza, “Pres encia riojana en Com postela du rante el siglo XIX.. . ”, págs . 134 .
72
Xosé Ramón Bar reir o F e r nández, “La bur guesia compostelana. La familia de Andrés García... ” , págs . 269 -
295.
73
Her minia P er nas Or oza, “Pr esencia riojana en Compo stela durante e l siglo XIX... ”, págs . 133 .
74
La bibliogr afía de Miguel Á ng el Melón Jiménez ha sido re señada e n e l anterior a par tad o d estinado a la
introducción d el presente estud io . T am bién, en la bibliog raf ía que acompaña a la actua l t esis , vuelven a
relacionarse los estudio s efectua dos y publicados por dicho autor .
75
J osé P ablo Bla nco Car rasc o , “Comer ciantes c ameran os e n Cá ceres: Los Ga rcía Vinieg r a. Estra tegias
familiares , patrimoni o y ciclo vital”, e n Los Antecede ntes de la Cá mara de Comer cio de Cácer es : S ociedades mer cantiles y
comercia ntes a finales del Antiguo Régime n (1750-1850 )/ Coord. Miguel Á ngel Meló n Jiméne z, Cámara Oficial de
Comercio e Industria d e Cáce res , 199 9, pág . 133.
76
J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comer c iantes c ameranos en C ác eres: Los Ga rcía Vinieg ra. Estrategia s ... ”, pá g .
134.
38
pastoriles de la Mesta o el encarecimiento del ar riendo de las dehesas extremeñas tr as el
fav orecimiento de la ag ricultura
77
.
En algu nos casos , el orig en de estos asentamientos se encontrará en la nec esidad de
asegurar el disfr ute que realiza ban los gana dos trashumantes de las dehesas extremeñas .
P arece ser que a finales del siglo XVIII, los derechos tradicionale s de los g anaderos mesteños
sobre los pasto s extremeños comenz aron a dificultarse . Hasta ahora las caba ñas habían
ejercitado la trashumancia sin la necesidad de disponer de pa stos propios . E ste fue quizás el
motiv o de que una familia con elevada tradición g anadera, originaria de la Sier ra de Cameros
adquiriese a finales del si glo XV III una dehesa en el extremo sur del tér m ino de Cáceres ,
iniciando así un proceso de paulatino asentamiento económico y sobre todo familia r en
Extremadura, en concreto en Cáceres
78
.
Quizás podamos consider ar- al igual que han obser vado con la mig ración catalana en
Cáceres
79
- como motiv o de dicha mig rac ión riojana, el atractiv o que ejercieron las ferias
regionales extremeñas o la pr o ximi dad con los circuito s de intercambio de los puer tos
andaluces y por tugueses del Atlántico , del litoral mediter ráneo e incluso con los merca dos
castellanos de l interior . Además , Lisboa a l igu al que lo fue para el comercio catalán durante el
siglo XV III , pudo convertirse pa ra l as actividades mercantiles de los naturales de La Rioja, en
platafor ma de lanzamiento hacia los mercados europeos , en lug a r de encuentro con las
colonias por tuguesas y en enlace con el comercio de los P aíses Bajos e Inglater ra.
Gracias al estudio de los p rocesos que obran en el Archiv o de la Re al C hanc illería de
Granada, se concluye que dentro de Extremadura, la provincia con may or número de riojanos
fue la actual Badajoz , e inclus o dentro de esa demarcación provincial, el tér mino de Zafra
contaba con la c olonia camerana más numerosa
80
. En la centuria del siglo XV II al menos
treinta familias oriundas de la Sier ra de C ameros había n abandonado sus luga res de orig en
para iniciar una nuev a vida en el tér mino de Zafra, por lo que dicha villa en cuestión de
77
Car men F er nández -Daza Álv ar ez, De Villoslada d e Camer os a Extr emadura. Un v iaje de siglos que concluyó en e l
ochociento s . La familia de la Cuerda. Log ro ño , I nstituto de Estu dio s Riojanos , 2007, págs . 19-20 .
78
Ramón Mateos Añiguez, “Un g anadero camerano en la Extremadura del siglo XV III: D on J osé J oaquín
López- M onteneg ro y F er nánde z de V elasco (1720 - 1792)”, Re vista d e Estudios Extr emeñ os , vol. 55, númer o 2,
1999, págs . 415-458.
79
Miguel Áng el Melón Jimé nez, “Comerciantes y s ociedade s merc antiles de Cáceres a finales del... ”, págs . 73 -
74.
80
F er nando Hidalg o Lerd o de T e jada, “Emig rantes riojanos en Andaluc ía: fuentes para su estudio (I)”..., pág .
12.
39
emig ración riojana, se anticipó un siglo al resto de pueblos y ciuda des extremeñas
81
. Las
causas entre otras razones podría encontrarse en los privilegios otorg ados por la Casa de F eria
a los mercaderes . Durante los siglos XVII y XVIII en Zafra los cameranos apar ecen
org anizados como un pode roso g remio de come rciantes y de g a naderos que controlaba el
neg ocio la nero hacia los puer tos de Sevilla y C ádiz y transfor maba la villa extremeña en un
centro comercial de primer orden. F amilias tan ca meranas como los San R omá n, los Marín del
V alle , los Sáenz de T ejada, los T or recilla, los Nájera o los Arenzana, dueñas de prósperos
comercios situados en la villa extremeña, colocaron sus antiguos blasones en las calles de
Zafra. En 1792 de los 80 nobl es censados en la mencionada población, 42 e ran naturales de la
sier ra de C ameros
82
. Un siglo más tarde, en dicha ciudad nacería Manu el María Mar tínez de
T ejada y Prieto ―elegido diputado por la provincia de E xtremadura y uno de los fir mantes de
la C onstitución de 1812―, hijo de Manu e l Mar tínez de T ej ada natural de Aldeanuela de
Cameros y de J osefa Gabriela Prieto
83
.
Otro lug ar frecuentado por los ca meranos fue el tér mino de Almendralejo . Será una
emig ración más tardía a la protag oniza da en el tér mino de Zafra. Sin embarg o , mientras qu e
Zafra conoció de tensiones sociales de bido a que los foráneos aca paraban la vida
administrati v a, política y económica de la villa, en Almendralejo no hubo dicha tensión
84
. Será
a partir de 1770 cuando varios emigrantes de C ameros s e av ecinden en Almendral ejo
85
.
Car men F er nández Daza- Álv a rez, esboza brev es biografías sobre emprende dores cameranos
lleg ados a Almendra lejo a pa r tir de 1760 , donde a lcanzaron una indudable prosperidad, la
may oría de las oca siones , relaciona da con las acti vidades mercantiles . Fue ron muchos los
comerciantes cameranos acompañados de aprendices y de de pendientes , procedentes también
de la misma tier ra natal . Con ellos , la población a brió las puer tas a una mentalida d burguesa y
a un pre-capitalismo e incluso , conoc ió de importantes re laciones inter nacionale s . Sin
embarg o , con el paso del tiempo los descendientes de los emprende dores camera nos
81
Car men F er nánd ez - Daza Álv a rez, “Inmig r antes came ranos e n Alme ndralejo (1750 - 1850)” , Boletín de la Real
Academia en Extr emad ura de las L etras y las Ar tes , T omo 18, 201 0, pág . 710.
82
Man uel Sánchez G ómez-Coro nado , E l D ucado d e F eria al final del Antig uo Régi men , Mérida, UN ED , 1993, págs .
70 - 71. Véase también J osé Gr ajera Castillo , “Camera nos e n Zafra”, Almina r : Re vista mensual de Cultura de la
Institución "Pedr o de V a lencia" , 32, febre ro 1982.
83
J osé Ignacio Ce niceros , “Cád iz y La Rioja, 1812”, B oletín Asocia ción Rioja na de Genealogía y Heráldic a , 4, junio
2012, pág . 127.
84
Car men F er nández- Da za Álvarez, “Inmigra ntes came ranos en Almendra lejo ... ” , pág . 713.
85
Car men F er nández- Daza Ál v arez, “Inmig ra ntes camer anos en Almendrale jo ... ”, pág . 712 .
40
ter minarían abandonando las actividades comerciales para dedicarse en exclus i vida d a la
administración de sus fincas y al ejercicio de profesi one s liberale s .
En Cáce res estuvo av ec indado desde finale s del siglo XVIII uno de los ser ranos que
encar nó en tier ras extremeñas , como ningún otro , el arquetipo de “burgués de provincias”
86
cuyas acti vidades aparecían orientadas hacia el mu ndo de los intercam bios comercia les y de
los neg ocios crediticios . Nos referimo s a J o sé García Car rasco y Ro mero , natural de
Monteneg ro de Cameros y v ecino de Cáceres desde 1773, a la que llegó con apenas 10 años
de edad
87
. En la ciud ad extremeña s e dedi có a comercializar lan a s finas t rashumantes y
ribereñas , e incrementó su patrimonio , su prestigio y su influencia hasta con vertirse en “el
personaje más importante de la capital”
88
. P ara entonces , durante el primer tercio de l siglo
XIX, ex istían funciona ndo en Cáceres 18 socied a des mercantiles , “de las cuales 10 estaba n
constituidas por ca talanes y la s restantes por comercia ntes de las sierras camera nas
principalmente, aunque no faltaron las for madas por individuos de otras nacionalidades”
89
. La
may oría tenían un carácter familiar, de ahí que en s u nombre figurara a menudo el parentesco
que unía a sus componentes .
T ambién en Cáceres , a principios de siglo , se sumaron a esta cor riente mig ratoria, los
García Vinieg ra, procedentes también de la villa serrana de Monteneg ro de Cameros . Dicho
traslado se org aniz ó en tor no a la experiencia y al amparo del paisano , J osé García Car rasco .
T odos ellos se dedicaron a actividades relacionadas con la g a nadería, con el comercio y con el
neg ocio ba ncario . T odas ellas contribuyeron a la obtención d e una posición de privil eg io
social y propicia ron la crea ción de el ev ados patrimonios
90
. E n esta ocasión, Félix García
Vinieg ra se mostró hábil a través del ar riendo de dehesas y g rac ias a la adquisición de ter renos
86
Miguel Á ngel Mel ón Jiménez, “Comer ciantes y socieda des me rcantiles d e Cá ceres a finales de l Antiguo ... ”,
págs . 73 -74.
87
Miguel Á ngel Melón Jimé nez, “Comercia ntes y socie dade s merca ntiles de Cáce res a finales del Antiguo . .. ”,
pág . 74.
88
Miguel Ánge l Me lón Jiménez, “C omerciantes y sociedad es mercantiles de Cá ceres a finale s del Antiguo ...”,
pág . 76. Es descrito como una perso na inteligente y astuta. Contrajo un a cer tad o matrimonio con María
Gómez Be nítez, hija de uno d e los más afa mados a bog ados que se valió de los en t resijos leg ales en la
desvinculación de los bienes . Se benefició de la c oncesión de créditos conced idos a los mayorales y pastores
que sorprendid os con los g a nados tra shumantes e n los pastiz ales e xtremeños dura nte la guer ra con Fr ancia
queda ron retenidos y necesitaron dinero para pag ar los ar riendos de las d ehesas .
89
Miguel Á ngel Melón Jimé nez, “Comercia ntes y socie dade s merca ntiles de Cáce res a finales del Antiguo . .. ”,
pág . 80.
90
J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comerc iantes ca meranos e n Cá ce res: Los Ga r cía Vinieg ra . Estra tegias ... ”, pág .
135.
41
desamor tizados . Su her mano Áng el, par tici paba en la vida ec onómica local a tra vés de la
compañía de Comercio “Vinieg ra y Soria no”, fundada en 1831 junto a R omualdo Soriano
Crespo , dedic ada a la adquisición de fincas rústicas y urbanas , a la gestión de productos
g anaderos , entre los que se conta ba n un buen número de cabezas de g anado y a la realizaci ón
de onerosas opera ciones de crédito
91
. Unos años más tarde, tras la muerte de Áng el, l a
Compañía per maneció bajo el nombre “Viuda de Vinieg ra y Her mano”. P ara e ntonces , estaba
al frente Ber nabé García que, además de realizar las a ctivid a des mercantiles necesarias para
ello , obtuv o una par te impor tante de su pa tri monio como banquero y prestamista
92
.
Finalmente, los indic ios parecen indicar que los García Vinieg ra abandonaron sus neg ocios en
Cáceres a par tir de los a ños cincuenta, fecha en la que s e trasladaron a la V illa y C or te de
Madrid
93
.
Otras vill as extremeñas c onocieron también la s consec uencias de la mig ración riojana.
Contamos con el traba jo efectuado por F er nández -Daza Álvarez sobre la familia Gar cía de la
Cuerda y otras lig ada s a el la como la de los Vidar te Crespo y Crespo Camprovín procedentes
del tér mino riojano de Villoslada de Ca meros . Los García de la Cuerda Muro se estable cen en
las poblaciones extremeñas de Fuente del Maestre, Salv atier ra d e los Bar ros y T r ujillo lleg ando
a ser en los lug ares de acogida, g randes come rcian tes , banqueros y elev a dos propietarios de
tier ras .
F er nández -Daza Á lv a rez nos tras lada la siguiente conclusión: con la mig ración las
for mas de vida conser vadoras de la s éli tes locales , lig adas en su may oría a la t enencia de
tier ras , se enfrentaron y conviv ie ron con indi viduos dedicados a activida des típicamente
burguesas , como el com ercio y la a ctividad cred itici a. Sin embargo , el impuls o de estos
emprendedores , muc hos de ellos oriundos de la Rioja no tuvo continuidad ya que las futuras
g eneraciones pasaron a eng rosar las filas de las oli g arquías locales con la tenencia de tier ras o
en las profesiones libe rales , pero no en el g ran comercio o en la industria
94
. P or otro lado ,
también concluye que lo s establecimientos creados por los cameranos fueron comercios
ampliamente div ersificados en sus productos y abastecedores de áreas g eog ráfica s extensas
91
J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comerc iantes ca meranos e n Cá ce res: Los Ga rcía Vinieg ra. Estrategias ... ”, pá g .
141.
92
J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comerc iantes ca meranos e n Cá ce res: Los Ga rcía Vinieg ra. Estrateg ias ... ”, pá g .
144. P are ce ser que tuvo intereses hacia operac iones especulativ as en la bolsa de Mad rid.
93
J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comerc iantes ca meranos e n Cá ce res: Los Ga rcía Vinieg ra. Estrategias ... ”, pá g .
145 y 146.
94
Car men F er nández-Da za Álvarez, De Villoslada de Camer os a Ex tr emadura. Un viaje de siglos..., pág . 23.
48
principalmente en el análisis de los años de residencia de Espartero en Log roño , podemos
conocer que la familia política con la que emparentó, inf luiría en su ideología y en su dev enir
político . La familia de su esposa era una de las más poderosas de la ciudad, tanto desde el
punto de vista ec onómico como desde el social. P olítica mente defendían los principios
liberales prog resistas
122
. El abuelo mater no de su espos a, Doming o Sa nta Ana vi vió y practicó
las ide as doceañistas . P ar tió prácticamente de la nada y g racias a sus neg ocios comerciale s ,
financieros y especuladores se situó en la primera línea social y ec onómica de la provincia
123
.
Los her manos de su mujer , J avier y J osé Santa C r uz, unos años más tarde , de fendieron y
realizaron las ideas prog resistas frente al reg reso de los absolutistas que amenaza ban l a
fortuna heredada por su prog eni tor . P or último , los primos car nale s y her mana stros del
propio E spartero , se uni eron con la finalidad de defender sus inter eses , promulg ando un
g obier no ya por entonces conser v ador . En definit iv a, los familiares de J acinta Mar tínez, se
beneficiaron de la libe r ación de las propiedades y posterior mente, con el paso de las déca das ,
intentaron proteg er su si tuación y solvencia de los ataque s ocasionados por la revolución
social. Espar tero actuó de una for ma similar . “Cuando los intereses de su clase se vieron
comprometidos por la inestabilidad social dio muest ras de aline arse con el moderantismo”
124
.
T ambién es conv eniente recordar al univ ersal riojano , Salustiano Olózag a A lmandor
125
.
Desde los años finale s del reinado de F er nando V I I actuó a bier tamente en polític a, hasta el
punto que en 1831 salió por primera v ez al exilio . Ocupó puestos en el parlamento desde
1836 en representación de la provinci a de Log roño , donde llegó a ej ercer su presidencia y fue
presidente del Consejo de Ministros y embajador . Salustiano Olózag a, a l igual que Espar tero ,
no era hijo natural de La Rioja. En este caso , Olózag a nació en Álav a, pero cuando aún tenía
muy pocos a ños de edad, su familia se instaló en tier ras riojana s . En el ter reno polític o
seguramente le inf lue nciaron las viv encia s de su pa drino de bautismo Ale jando Olózag a,
“destacado liberal y ex altado log roñés represaliado después de l T rienio Libera l”, las de su
122
Francisco Ber me jo Mar tín, Espar ter o: hac endado riojano . Instituto de Estudios Rioja nos . Ayuntamiento de
Log roño , 2000, pág s . 262, 263.
123
Francisco Ber me jo Mar tín, E spar ter o: hacendado ... pág . 22.
124
Francisco Ber me jo Mar tín, Espar ter o: hac endado ... pág . 23.
125
J osé Miguel De lg ado Idar reta, “Salustiano d e Olózag a: c oetáneos , prensa y o pinión”, Br ocar, 34, 2010, pág .
50. Nació e n Oyón, provincia de Álav a , e n 1805, aunque pronto , a los dos a ños , su fa milia se trasladó a
Ar nedo de la Rioja por motiv o s de la profesión del padre, d on Celestino , que era médico .
49
abuelo pater no Ramón Antonio de Olózaga, regidor de Log roño en v arias ocasiones , e
incluso las del catedrático Marcelino Mag ro
126
, con el que se for mó.
Al igual que otros m uchos libe rales , amasó una impor tante for tuna ocasio nada por
una elev a da par ticipación en la s desamor tizaciones eclesiásticas . P er teneció al prog resismo ,
aunque como indic a Gra cia Gómez Úrdanse , “cad a v ez son más y mejores los argumentos
que defienden la conv erg encia de moderados y prog resi stas en tor no a lo esencial del
pro y ec to rev olucionario burgués”
127
y cada v ez son más los que piensan que ambos
“par tidos” eran miembros de una misma clase social con expectati vas com unes .
Entre los riojanos ilustres tambié n tene mos que recodar al activ o político español,
nacido en T o r recill a de Cameros , Práx ede s Mariano Mateo-Sa g asta y Escolar, miembro de l
par tido Liberal y varias v eces presidente del Consejo de Minis tros .
En el mundo de las ar tes sobresalió el riojano Francis co de Elías V allejo
128
, nacido en
Soto de Cameros en 1782. T ras ser segundo escultor de cámara con F er nando VII, en 1836 la
reina Isabel II lo ascendió nombrándolo primer escultor . E n 1841 recayó en él la dirección
g eneral de la R eal Academia de Nobles Ar tes de San F er nando .
En el ter reno comercial, actividad que en su ma yorí a practicarán nuestros
protag onistas de stacó el ri oja no nacido en T reguajantes en 1747, Sebastián Mar tínez Pérez
129
.
Afincado en Cádiz desde 1771 se de dicó al comercio con Indias y contrajo matrimonio con la
g aditana F elipa E r recar te quien le ayudó a con solidar su posición económica. P asará a la
historia por la fundación de la Sociedad de vinos de “J erez de Mar tínez y Compañía” con la
que inic ió la expor tación de vinos andaluces desde sus bodeg a s de J erez y de Sanlúcar hacia
Inglater ra. T ambién destacó p or ser propietario de una de las colecciones ar tísticas y
bibliog ráficas priv adas más g rande de Europa. Debido a s us enor mes co nocimientos en
economía y finanzas lle gó a ser miembro del Real Consejo de Hacienda de S .M. En el ter reno
ar tístico , frecuentó una est recha amistad con F rancisco de Go ya, llega ndo incluso a ser
nombrado académico de honor de la R eal Academia de Bellas Ar tes de San F er nando .
En el ter reno relig ioso de stacar la labor de sempeñada por J osé Antonio de A zpeytia y
Sáenz de Santa María, obispo de Ca r tagena, nacido en T or recilla de Cameros . En el ter reno
126
J osé Miguel Delg ad o Idar reta, “Sa lustiano de Olózaga : coetáneos , prensa... ”, pág . 51.
127
Gracia Gómez Ur dáñez, S alu stia no de Olózaga. Élites políticas en el liberalismo españ ol 1805 -1843, La Rioja,
Univ ersidad de La Rioja, 2000, pág . 200.
128
R ober to Calv o T or re, “El Ca mero Viejo , cuna d e hijos ... ”, pá g . 69.
129
R ober to Calv o T or re, “El Ca mero Viejo , cuna d e hijos ... ”, pá g . 70.
50
militar , debemos de nombrar a l maris cal de C ampo , P edro Antonio Sal azar y S ala zar
130
,
natural de Her ramélluri, “descendiente de una noble familia de la hidalguí a riojana”, quien
llegó a ser g ober na dor y capitán general de las I slas Filipinas .
En definitiv a, la historia de numerosas ciuda des y poblaciones españolas debe tener
presente la par ticipación de numerosos vecinos , muchos de ellos de orígene s riojanos . La
may oría comenzaron practicando las a cti vida des comerciales y mercantiles . Años más tarde,
sus agudeza s e intelig enc ias los llevaron a liderar y a g estionar la vida política y social de la s
poblaciones de acogida. A lgunos de ellos de cidieron vivir como v ecinos y residentes en la
ciudad de A yamonte .
EL DESTINO ELEGIDO: AY AMONTE Y SU ENT ORNO
Procedentes en su ma yorí a de las zona s ser ranas , algunos de los inmig rantes riojanos
se instalaba n en la ciudad de A yamonte, situada en el á ngulo sur-occidental del territorio
español, en la marg en iz quierda de l río Guadiana, próxima a su desembocadura. Una ciudad
con uno de los puer tos más impor tantes de la costa onubense, tanto por su notable
pro yecc ión atlán tica como medi ter ránea. P a ra entonces , su tér mino estaba co nfor mado en su
zona nor te y oriental por tier ras que eran dedicadas a culti v os de secano . La zona sur estaba
constituida por tier ras de marismas , arenosas e improductiv as desde el punto de vista ag rícola.
El lado oc cidental del tér mino municipal limitaba con el río Guadiana, y el s ur con e l Océano
Atlántico .
En esta ci udad por tuaria , se domicilia rán y desar roll arán su vida familia r y pro fesional
nuestr os protag onistas . Una población que h abía sido reconquistada a los mus ulmanes por el
rey de P or tug al Sa nc ho II y donada a la Orden de Sa ntia g o . Años más tarde, con Alfonso X el
sabio era entreg ada a su hija Beatriz como dote en su matrimonio con el rey de P or tug al
Alfonso II y aparecía ref lejada en sus Cantig as como lug ar “preferido por el cantor de Santa
María, amante de bosques , ca cerías , estrellas luminosas y lug ares popular es de culto a la
130
Ignacio Granado Hije lmo y María Concepción F er nández de la Pr adilla y Mayor al, “Un ilu stre militar
riojano hasta ahora d esconocid o . El Mariscal de Camp o E x cmo . Se ñor Don P edro Ant onio S alazar y Salazar,
natural de Her r amelluri, g ober nador y capitán g eneral d e las Islas Fil ipinas (18 35 -1837 ), Be rc eo , 132, 1997,
págs . 113 -114.
51
Virg en”
131
. Una ciudad que desde finale s del siglo XIII dejó de ser tierra de realeng o y
dominio de la orden de Santiag o para convertirse en villa señorial de los Guzmanes ―en
alianza posterior con los Zúñ ig a o Stúñig a― y que , en 1475, se erigió en capital de l condado
del mismo nombre por conc esión de los Reyes Católicos hasta que fue elev ado a marquesad o
en 1521 por Carlos I
132
.
La villa mediev al contó únic amente con un núcleo alto de poblaci ón, confor mad o en
tor no a la igl esia del Salvador y dedicado principalmente a la s actividades económica s a g rícola
y g ana dera. En el siglo XVI, protag onizó un el ev a do crecimiento demog ráfico y superó los
márg enes del ba r rio conocido como “la villa”, fundando en su extra -radio un convento de
religiosos franciscanos descalz os . Demostración de ese crec imiento demog ráfico son los
datos reseñados . Mientras en 1.498 tenía un total de 370 v ecinos , unas décadas más tarde, en
1.534 alcanzaba los 1.035
133
. E n la primera centuria moder na, a raíz de ese inc remento de
población, incorporará un nuev o bar rio , identificado por la Ribe ra, situado en la par te lla na de
la localidad, de dicado desde su orig en preferentemente a la pesca y al comercio . Será en sus
calles donde habiten y domicili en tres siglos más tarde, la ma yoría de estos riojanos , sus
descendientes y familiares . Unas calles que con el paso del tiempo , también se identificarían
con el centro del poder político y donde viviría la élite local. Un b ar rio que edifica rá y será
asistido por una segunda par roquia, titulada de Ntra. Sra. de las Angustias . Sin embarg o , no
fue el único crecimiento que presenció el marquesado . El incremento de población fue t an
evidente que en 1531 el marqués de A ya monte decidió fundar y poblar Vill abla nca y en 1595
San Silv estre de Guzmán
134
. Ambas poblaciones tenían un apor te human o procedente
131
María Dolores González Gil, “Don Alfonso el Sabio . L as cantig as , un patrim onio de A y amonte: el relato
de Santa María, luz y espejo”, en VII J or nadas de Historia de A yamonte , Huelva, A y untamient o d e A ya monte ,
2003, págs . 11-24.
132
El e stado nobiliario inicial estab a constit uid o por los lug ar es de A yamonte, como villa cabecera del
dominio , y por La R edondela (en c uyo tér mino surgiría Isla Cristina en e l siglo XIX) y Le pe . En el siglo XVI
el marquesado aume ntó el nú mero de señoríos con la funda ción d e nuev as p oblaciones co mo Villabla nca y
San Silv e stre de Guzmán. Una ev olución sucinta d e la etapa señorial ayamontina e n A ntonio Sá nchez
González, “ A yamo nte: d atos para una historia basada en fuentes d ocumentales”, en XVI J or nada s de Historia
de A yamonte , Huelva: A yuntamie nto de A y amonte, 2012, págs . 11 - 57.
133
David González Cr uz, “Exp lotación del ter ritorio y polític a re pobladora en el marquesado d e A yamonte
durante la Edad Moder na”, en II J or nadas d e Historia c ele bradas en 1997 , Hu elv a : A yuntamiento de Ayamonte ,
pág . 56.
134
Manuel J osé de La ra Ródena s , “ A yamonte y Huelva en la Edad Moder na. Pr ocesos urbano s y vida ma terial
en d os po blaciones paralelas”, en I Jo r nadas d e Hist oria de A yamonte , Segunda edición, A yamonte,
A yu ntamiento de Ayamonte, 1999, págs . 42 y 45.
52
especialmente de A yamonte y nacieron por un desplazamiento vo luntario de la población
ocasionado por iniciativ a popular con el beneplácito de los señores juris dic ciona les
135
.
J unto a l crecimiento demog ráfico en A yamonte, se crean nu evos edificios que asisten
a la población. Junto a la nuev a P ar roquia situada en el reciente barrio de L a Ribe ra bajo el
patrocinio del mar qués de Ayamonte , se fundará también en el siglo XVI , el hospital dedicado
a Ntra. Sra. de la Piedad
136
, cuyos ing resos procede rían en su mayoría de los tributo s
obtenidos de las posesiones que la institución tenía en el tér mino de A yamonte y de las
limosnas recibidas , ca racterizándose por una escasa ca pacida d asistencial y una deficiente
calidad sanitaria.
Al período de crecimiento sucede una época de esplendor que durará hasta bien
entrado el siguiente siglo , debido a la asimil ación de la corona por tuguesa por la c astellana
durante 1580 hasta 1640 . Un espl endor que se manifestará en una prosperidad ec onómica, un
crecimiento demog ráfico y en una estabilida d política. Se rá entonces , cuando la ciuda d al
amparo del aug e económico y social g oce entre sus templos de elev adas obras de ar te como
las del a famado pi ntor romanista de Amberes , J an Sanders V an Hemessen
137
, quie n rea lizó un
her moso conj unto de lienzos rela cionados con escenas de la pasión y muerte de J esús para
retablo del presbiterio y cabecera del T emplo de Ntro . Sr . y Salvador . P ara entonces , Amberes
era un centro comercia l de primer orden y expor ta ba obras de a r te y A yamonte una ci udad
que seguramente al amparo de los marqueses conseguiría conocer la maest ría del realismo
f lamenco y sus curiosas técnicas de v eladuras , transparencias e iluminación.
Además , ya en la ce nturia del siglo XVI, Ayamonte contará también con una impor tante
actividad ar tesanal textil y del calzado destinada probablemente al abastecimiento loca l de una
población en ple no aug e demog ráfico . P ara entonc es , existía una elev ada ocupac ión laboral en
la industria naval y existía un elev ado porcentaje de caleros y molineros , aunque el trabajo en
el mar ocupaba ya entonces , el 20% de la población contratada de A ya monte . La actividad
135
David González Cr uz, “Exp lotación del ter ritorio y polític a re pobladora en el marquesado d e A yamonte
durante la Edad Moder na”, en II J or nadas de Hi storia de A yamonte, A yamonte, A yuntamie nto de A yamonte , 1998 ,
pág . 57.
136
Antonio Man uel González Díaz, “Hospitales en A yamon te durante la Edad Moder na: los cas os del
Hospital de Ntra. Sra . de la P ie d ad y d e la Casa Cuna”, e n I J or nadas de Historia de A yamonte, Se gunda Edic ión,
A ya monte, A yuntamiento de Ayamonte , 199 3, pág . 90.
137
Manuel Ca r rasco T e r riza, J an V an Hemessen y el r etablo del Salvador d e A yamonte , Huelva, Acad emia d e
Ciencias , Ar tes y Letras de Huelv a, 2003.
53
ar tesanal ayamontina actuaría como foco de atracción. Un buen número de a prendices y de
trabajadores contratados fueron foras teros
138
.
T ambién la ciuda d g ozaría de una “microcomunid ad de intelectuales”. Sería una de las
pocas poblaciones que contase con un impor tante número de lectores so stén de una librería.
El librero Alfonso F er nández a limentaría la intelectualidad a yamontina, localizada
principalmente en los clérig os , univ ersitarios , e scribanos y notarios
139
.
Se trataría también de una población que protagoniza se una impor tante emig ración a
“Indias”. Durante el siglo XV I, se embarcaron con destino a América un total de 2.082
ayamontinos . En su mayo ría los viajeros a Indias fueron varones , lo que ocasionaba que en la
ciudad d e Ay a monte un i mpor tante porcentaje de población fem enina tuvie se que afrontar
nuev os roles sociales
140
.
P aralelamente, mientras muchos ayamontinos embarcaban para buscar mejor for tuna en
Indias , la ciudad presenciaba la lleg a da de un elev ado porcentaje de población esclav a. El
esclav o instalado en A yamonte procedía en su mayoría del África neg ra, debido a la
pro ximidad de la localidad con P or tug al quie n para entonc es monopolizaba la trata de
esclav os neg ros . En la población, predominó el esclav o varón, neg ro atezado y elevado de
cuerpo . Los esclav os estaban inmersos en la sociedad a ya montina y su presencia y propiedad
no estaba circunscrita únicamente a estamentos pri vilegia dos ni a élites de poder polític o o
económico . Mercaderes , ar tesanos , pilotos de la car rera de indias , pár rocos , miembros del
cabildo e incluso militares eran propietarios de esclav os
141
.
No cabe duda que la desaparición de la incómoda frontera y la ce ntralidad que ocupó la
ciudad durante las décadas de la a similación portuguesa, ampliaron las opor tunidades
mercantiles e inc rementaron el número de v ecinos . T ras esa eta pa de esp lendor , en 1634 ,
según Rodrig o C aro , la ciuda d tendría 1.30 0 v ec inos , lo que suponía 5.20 0 ha bitantes
138
Antonio Manuel Gon zález Díaz, “T rabaj o y trabajad ores en Ayamonte dur ante la segunda mitad del sig lo
XVI: el sector a r tesanal”, e n II J or nadas de Historia d e A yamonte , Ayamonte, Ayuntamiento de Ayamonte , 1998 ,
págs . 11 -34.
139
David Hook, “Fuentes para la r econstr uc ción de u na comunidad: pro blemas y posi bilidades de la
documentación ayamontina de l sigl o XV I. El caso d el librero Alfonso F e r nández”, en V I J or nadas de Historia
de A yamonte , A yam onte, A yu ntamiento de Ayamonte, 2002, págs . 101 -123.
140
María J osé Lorenzo Domínguez, “La mujer ayamontina y la emig ración a In dias en época c olonial:
espe ranzas e ilusiones , aband ono y olvido”, en VII J or nadas de Historia de A yamonte, Huelv a , Ayuntamiento de
A ya monte, 2003, págs . 97 -110.
141
Antonio Manuel Go nzález Díaz, L a esclavitud en A yamonte durante... pá g . 43 . En 1632 -1634, c on 1.444
v e cinos , A yamo nte ten ía un 1 0% d e p oblación esclav a. El fenómeno de la esclavitud en A yamonte se
quebrará con el conf licto bélico con P or tug al protag onizado en tre 1640 -1668.
54
apro xima damente
142
. La ciudad por esos a ños continuó enc arg ando her mosas obras de ar tes
que decorasen sus templos e iglesias , como el cuadro de ánima s situa do en la P a rroquia de
Ntra. Sra. de las Angustia s realiza do por el pintor sevilla no Miguel Güel les , célebre maestro
que realizó encarg os pa ra la poblaci ón de Huelv a e incluso , se benefició de las opor tunida des
que le brindaba el comerc io con Indias . En A y amonte contrató el encarg o en el año de 1620
por un precio de 40 ducados , siendo v alorado por dos maestros pintores de entonces como
eran Francisco P acheco y J uan de U ceda Castr ov erde
143
.
Al final de esa etapa, inmers os ya en los primeros años de decliv e, a ún existían ejempl os
de optimismo y de bonanza, como los ne cesarios para llev ar a cabo dos fundaciones de
órdenes religiosas . En 1639 v erá la luz el cenobio de religiosas clarisas de Sa nta Clara y en
1640, el de relig iosos m ercedarios de Ntra. Sra. de la M erce d. Sin embarg o , a par tir de
entonces , la evolu ci ón demog ráfica de la ciudad sería diferente. El desar rollo urbanístico y la
cifra de población alcanzada no v olverían a repetirse hasta la segunda mitad de l siglo XIX.
El año 1640 fue el final de un A ya monte y el comienzo de otro . Desde que P ortug al se
separó de la mona r quía ca tólica hasta 1665 la ci udad se enc ontró inmersa en una difícil guer ra
inter mitente. A ya monte a parecía depresiv a, insegura y estrangulada en sus actividades
económicas . R etomó su em plazamiento de frontera. “El Ayamonte progresivo del medio siglo
anterior , cab eza pobl a cional de la costa onubens e y sede d e la marinería más activ a d el
entor no , se convir tió en una plaza de ar mas , vigilante e insegura”, en el decir de Lar a
Ródenas
144
. Al final de la década de los cua renta, a la guer ra se unió el hambre e inc luso la
peste . En 1649, el contagio e pidémico se encontraba ya en V illablanca y en A yamonte el
precio de l trig o costaba el doble que en Sevilla
145
. Deb ido a todo esto , A ya monte protag onizó
un verdadero “der r umbe demog ráfico”
146
. Los niv eles de bautizos y matrimonios descendía n
en pic ado . Hubo cier tos indicios de estabilización entre 1661 y 1676, aunque la población
142
R odr ig o Car o , “ Antigüedades, y Principado de la Ilustrísima Ciudad de S evilla, y Chor o graph ía de su Convento J urídico,
o Antigua Chancillería ”, Imp . de Andrés Grande, Sevilla, 163 4, fol. 201 v .
143
Manuel Jesús Car r asco T er riza, “E l cuadro de Ánimas de la P a r roquia d e la s Angust ia s d e A y amonte . De
Miguel Güelles a J oaq uín Go nzález - Sáen z”, en VI J or nadas de Historia de A yamonte, Huelva, Ayuntamiento de
A ya monte, 2002, págs . 23-49.
144
Manuel J osé de Lara Ródenas , “Procesos urbanos y vida material en dos poblaciones paralela s”, en I
J or nadas d e Historia de A yamonte. Hu elv a, A y untamie nto de A ya monte, 1999. 2ª edic., pág . 49.
145
Manuel J osé de La ra Ródenas , “Procesos urba nos y vida mater ial en dos ... ”, pá g . 50
146
J osé Luis Sánchez Lora, D emografía y análisis hist órico: A yamo nte, 1600-1860 ..., pág . 28 1.
55
continuaría der r umbándose a finales de siglo
147
. A ello contribuiría el decliv e d e la
inmig ración por tuguesa. Según cálculos ofrecidos por el profesor Sánchez Lora, si en la
primera mitad del XVII el 21,8% de los hombres casados en A ya monte eran portugueses , en
la segunda mitad del si glo la ci fra solamente alcanzaría un 10%
148
. Incluso , el precipio
poblacional protag oniza do entre 1695 -1710 supuso el peor momento de A ya monte desde la
aparición de sus fuentes documentales
149
.
Sin emba rg o , el decade nte siglo XVII también conocerá la fundación, g racia s a los
ing resos americanistas , de unos de los centros bené ficos más impor tantes de la historia de la
localidad. Será en 1666 cu a ndo Benito de Galdames instituya la casa cuna de Ayamonte . Los
oríg enes debían enc ontrars e apro xima damente en una década antes , cua ndo F ranc isco de
Galdames , na tural de A ya monte y v ecino de Lima otorg ara una impor tante cantidad
monetaria para que sus fa miliares Benito de Galdames y Elena R odríguez Corter real llevasen
a cabo obras de caridad y fundaciones bené ficas . Los primeros registros de ex pósitos
ing resados datan de 16 83
150
. Se trataba del t ercer centro en tier ras onubenses que se dedicaba
a estos mene steres , detrás de los de Gibraleón y T rigueros , pero el de Ayamont e sería el mej or
dotado , e l de ma yor capacidad y con un ámbito de i nf lue ncia más extenso
151
.
Continuando con la evol ución de la ciudad, el siglo XVIII comenzó con la difícil guer ra
de sucesión, con su el ev ada presión fiscal, con su nu merosa emig ración y con frecuentes lev as
y escaramuzas militares en la frontera
152
. De los 600 v ec inos que tenía la ciudad en 1701, se
llegó a 462 en 170 5, y a 300 en 1712, protag onizando una pérdida del 50% entre ambas fechas
extremas
153
. Sin embarg o , durante la s déca das siguientes , la ciuda d se recuperó. Desde finales
147
Manuel J osé de La ra Róde nas , “Proce sos urbanos y vid a material e n dos ... ”, pág . 50
148
J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico: A yamonte. .., pág . 287.
149
J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico: A yamonte. .., pág . 206
150
Manuel J e sús Car rasco T er riza, “Pintura bar r oca d e la c asa cuna de A yamonte”, en V J or na das de Historia de
A yamonte , A yuntamiento de A ya monte , 2001, págs . 11 -44 . De dicha fundac ión, la ciudad conser v a algunas
pinturas bar r ocas qu e ser vía n de eje mplo y de motiv ac ió n piad osa a los acogido s , per tenec ientes la mayo ría al
ámbito e stético de la escuela sevillana de tradic ión murillesca de finales del siglo XVII y pr imer tercio del
siglo XVIII.
151
David López Vier a, “La Cas a C una d e Ayamonte: proces o fundacional y pri mero s tiem pos (últim o tercio
del siglo XVII)”, V I J or nadas de historia de A yamonte, A ya monte: Ayuntamiento d e Ayamonte , 2002, págs . 11 -
21.
152
María Anto nia Moreno Flore s , “La Guer ra de Sucesión española e n la zona occid ental de la provincia de
Huelv a”, en La Guer ra de Sucesi ón en España y América , Sevilla, C átedr a General C astaños , 2001 , págs . 139 -159 .
153
J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis histórico ..., pág . 290.
56
de la guer ra de Sucesió n reemprende el cre ci miento demográfico , alca nzando ritmos de
subida nunca hasta entonces regi strados . Los aproximadamente 1.20 0 habit antes de 1712 se
convirtieron en más del triple (unos 4000 ) en 1752 y se multiplic a ron por más de cuatro
(5500) en 1768
154
. P ara entonces , a solo unas déca das de instal arse nuestros protag onistas , en
1749, a ún el 8,3 % de la p oblación era de raz a neg ra, si bien ya en liber tad, y en muchos casos
con rasg os mulatos
155
. P or entonces , las tier ras del tér mino – debido seguramente a la
demanda americana y a la el ev ada vinculación que tenía la pobla ción con las ci udades de
Cádiz y de Sevilla – protag onizaron un desar rollo en el c ultiv o de la vid y de la higuera
156
.
En el ter reno pesquero , durante esos años la ciudad poseía un caladero g eneroso
157
y
presenciaba la lleg ada de pescadores procedentes del levant e, principa lme nte de Cataluña,
dedicados a la captura y salazón del pescado , introductores de nuev as ar tes de pesca y , sobre
todo , de nuev os merca dos . La abundancia en pesca del litoral atrajo a inv ersores y ar madores
que en ocasiones traspasaron la leg alidad, utilizando algunos tipos de ar te como el bou,
poniendo en riesg o el equi librio biológ ico
158
. Las dos grande s pesquerías para entonces en
A ya monte , eran la ca ptura de la sardina y la del atún, practicadas con las ar tes de la red de
jábeg a la primera y en almadraba s , la segunda. La presencia de estas com pañías activó el
tradicional comercio sardinero e incrementó la demanda, elevando el número de puestos de
trabajo . En Ayamonte en dicha centuria podrían obser varse , ar tes y embarcacion es hereda das
de una tradición pesquera ar tesanal que se remontaba a los tiempos medievales y otras nuev as
que fueron el resultado de una inicial ca pitalización del sector
159
. P ara entonces , comienzan a
instalarse en la pobla ción, algunas f ábricas de s ala dura . A ellas h abría que añadirles , las
provis ionales que los catal anes y valencianos situaron en la playa de las Cabezas , situada entre
A ya monte e Isla C ristina, for mada por lo s islotes de arena localizados en la desemboca dura
154
Manuel J osé de La ra Ródenas , “Procesos urban os y vida mater ial en d os ..... ”, pág . 56.
155
J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis histórico ..., pág . 52.
156
J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis histórico ..., pág . 42.
157
Antonio Manuel González Díaz, La pesca en A yamo nte durante la Edad Moder n a..., pág . 31.
158
Antonio Manuel González Díaz, “ Ar tes y embarc aciones de pesca en las costas del antigu o marquesad o de
A ya monte du rante el siglo XVI II según el “Dicc ionario Histór ico de las Ar tes de la P e sca Nacional” d e Don
Antonio Sá ñez Reguar t”, e n X J or nadas de H istoria de A yamonte , Hu elv a , A yu ntamiento de Ayamonte, 2006 ,
pág . 79.
159
Antonio Manuel González Díaz, “ Ar tes y embarc aciones de pesca en las costas del antigu o marquesad o de
A ya monte dura nte el siglo ... ”, pág . 103.
57
del río Guadiana, donde se encontraba n instaladas más de cuarenta compañías de ca talanes y
v a lencianos
160
.
A mediados de siglo , en 1755, la ciudad sufrió las consecuencias del ter remoto conoc ido
como de Lisboa. Su s principale s edificios religiosos sufrieron deterioro . El río inundó g ran
par te de sus calle s . Las playas fueron ar rasadas y ane g adas , destr uyendo los asentamientos
pesqueros que estaba n instalados . La poblaci ón se consoló de l sufrimiento y del temor
ocasionado por el seísmo , nombrando inter mediarios y nuev os protectores que inte rcediesen
ante la di vinidad. La titular de la P ar roquia de Ntra. Sra. de las Angustias y San J osé fueron
nombrados nuev os pa tronos de la vill a y desde entonces recibirían culto anual por el
v ec indario
161
.
T ras el seísmo , las compañías de l lev ante decidieron establecerse en la Playa de Isla de la
Higuerita. A yamonte se haría ec o del traslado de las chozas . El primero en situarse en La
Higuerita fue el valenciano Ar nau
162
. Lo hizo en 1756. Un año más tarde, en 1757 quedó
como gua rda de las instalaciones tras la finalización de la temporada, J osé F ane ca, natural de
Mataró
163
e incluso , desde 1757 hasta 1775 se instaló una bar raca donde los vec inos oían misa,
celebrada por un relig ioso francisca no per teneciente a la comunidad de A yamonte
164
. P ara
A ya monte , la ubicación de la s compañías le v antiscas en sus alrededor es les ocasionó
per juicios . La producción sardinera era captada en s u ma yoría por los nuev os ca talanes que la
expor taban a otras plaza s españolas . El comercio cerealero ter restre quebró, p ues los ar riero s
que introducían el trig o y marchaban después con s ardinas , dejaron de asistir a la población
165
.
Mientras , el cuer po político de la ciudad, nombrado por el señor jurisdiccional del señorío
estaba confor mado por un cor regidor, dos alcaldes ordinarios , seis regid ores , un síndico
procurador g eneral, un fiscal de la justicia, un alcaide del castillo , un may ordomo de ca bildo ,
160
J osé Mirav ent, Mem oria sobr e la fundación y pr o gr esos de la Real Isla de la Higuerita. A ño 1824. /T ranscripció n de
J osé Rodríguez López, Huelva, Diputación Provincial, 2006, e dic ión conmem orativ a del 250 a niv ersario de la
Fundación de la ciudad de Isla Cristina, pág . 22 .
161
María Eug enia P e tit- Bre uilh Se púlveda, “La ira d e Dios: r eligiosidad y ter re motos en A ya monte dur ante el
siglo XVIII”, en IV J or nadas d e Historia d e A yamonte , Hu elv a , A yuntamiento de A y amonte, 2000, págs . 255 -
272.
162
J osé Mirav ent, Memoria sob r e la fundació n y pr ogres os de la Real Isla de la Higuerita....., pág . 25.
163
J osé Mirav ent, Memoria sob r e la fundació n y pr ogres os de la Real Isla de la Higuerita...., pág . 25.
164
J osé Mirav ent, Memoria sob r e la fundació n y pr ogres os de la Re al Isla de la Higuerita..., pág . 29.
165
J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico ..., págs. 49 y 50.
64
muc hos de ellos pingües beneficios , un elev ado ca pital que sería inv er tido en la mayoría de las
ocasiones en bienes rústicos y urbanos e incluso , una re presentatividad política en los
g obier nos locale s de entonces .
65
Capítulo II.
PRIMER AS DÉCAD AS DEL SIGLO
66
67
La centuria desper tó en A ya monte con el fantasma de la enfer medad y de la guerra. L a
situación fronteriza de la ciudad hizo que su v ecinda rio sufriera las e pidemias y conf lictos
militares de una for ma más intensa. La num erosa poblaci ón marine ra malvi vía mientras v eía
inter r umpida s sus actividades profesionales de bido a los temporales y a las frecuentes
epide mias . Continuos y div ersos regímen es se sucedieron crea ndo zoz obra en los
ayamontinos . Sin emba rgo , eso no impidió que la mayoría de los comerciantes y propietarios
naturales de la Rioja, miembros de la elite económica y social, se enc ontrasen presentes en las
instituciones y liderasen la vida pública del municipi o , durante la may or par te de esos años . La
vigilancia de los individuos fue una práctica habitual en buena pa r te de ese período . El control
de las enfer meda des y l a insistencia en las medidas higiénicas fueron prioridades de los
go bier nos municipales . La mej ora de la s condiciones pesqueras y la denuncia de la utilización
de la controv er tida ar te bou, fueron asuntos f recuentes en las sesiones de cabildo . E n el
ter reno político , los numerosos relevos de las autori dades locale s y la re ducc ión del vecindario
hicieron que la turnic idad de los candidatos para regidores y alcaldes fuese en oca siones
imposible .
DIFÍCIL ENTRAD A DE SIGL O: L A EPIDEMIA Y LA S SECUEL AS DE LA
GUERRA DE LA INDEPENDENCIA
El siglo comenza ría con elevados inconv eni entes para los come rciantes riojanos que
estaban ya instalados en la ciudad, así como para el resto de la pobla ción. En 1797 los vecinos
se habían ha bilitado con sus ar mas for mando cua drillas , a postándose de noche en diferentes
lug ares para ejerce r vigilancia debido a la guer ra que se contraía con Inglater ra
196
. A l igual que
la mayor par te del vecindario matriculado en la Real Marina que no podía trafi car con la pesca
de la sardina a causa de la “infestación de corsarios enemig os de la mona r quía” que cursaban
estas costas
197
y que apresaban frecuentemente los faluchos , nuest ros protag o nistas tampoco
podrían comerciar libremente .
En 1799 , cundió una v ez más el temor a la propag ación de una nuev a e pidemia que se
desar rollaba en los domi nios de Mar r uecos y en la s inmediaci ones de sus puer tos . La s
autoridades ay a montinas a cordaron la no admisión en el m uelle de ninguna embarcación que
viniese de aquellas costas . Suje tarían a una rigurosa cuarentena todas las embarcaciones que
196
A.M.A., Leg ajo 23. Acta c apitular de 19 de mar zo de 1797, folio 21 r .
197
A.M.A., Leg ajo 23. Acta c apitular de 8 de ag osto de 1798 , folio 30.
68
procediesen de Ceuta y de Gibraltar . Los tripulantes y las naves serían reteni dos en la marg en
del río Guad iana, conoc ida como “de l Salón”, prohibiendo la salida de persona a tier ra y la
comunicación entre tripulantes de diferentes embarca ciones
198
. P osterior mente, varios puer to s
marítimos de España sufrían las devas tadoras consecuencias de la enfer medad. La ciudad
limitaba y prohibía los contactos con forasteros , per judica ndo una v ez más , sin querer , las
actividades mercantiles .
Finalmente, A yamonte lle gó a contagiarse de la e pidemia. El día 6 de se ptiembre de
1800 el cabildo señaló el sufrimiento en el que vivía el pueblo por la muerte de varios
infecciosos . Los reconocimientos de individuos sospechosos de ha ber contraído la
enfer medad o d e haber asistido a algún enfer mo , se llevaban a cabo en el sitio y er mita
conocida por San Benito , situada en una de las par tes más elevadas , aireadas y de extram uros
de la ci udad. El síndico lamentaba la muerte de v a rios contagiados introducidos de sde la
Ciudad de C ádiz, e infor maba de la dificultad que tenían p ara controlar la pr opag ación en una
población que comerciaba constantemente y en la que, a cada instante, se tropeza ba “con una
multitud de extranjeros”
199
.
T ras la epidemia, la gue r ra de la Inde pendencia marcó el dev enir de l a vida del
municipio durante las primeras dé cadas de la centuria. La situación estratégica de l a ciudad
hizo que se asentasen en el tér mino nuev os org anismos institucionales y n umerosos foráneos .
El conf licto tambié n ocasionó el interés de las tropas enemig as por ocupar la ciuda d y
prov ocó numerosas inter r upciones en las a ctivid a des pesqueras y económica s del municipio .
T odo el lo , elev aría e l deterioro en la calidad de vida de los ayamontinos . Los vecinos aparecían
asfixiados por ataques y saqueos e, incluso , de sbordados por el incremen to en los g astos
destinados al mante nimiento de las tropas y por la imposición de impuestos . La contie nda en
la ciudad de A ya monte vino acompañada de numeros as calamidades que ocasionaron
incer tidumbre y malestar entre la población.
A diferencia de otras confront a ciones , la contienda fue el desencadenante del resurgir
de nuev os poderes representativ os . Con ella nacieron numeros as “juntas” que se sintieron
apoderadas de la soberanía naciona l secuestrada al rey F er na ndo VII. Ayamonte , debido
también a su enc lav e privi legia do , y sin cumplir los requisitos de poblaci ón ex igidos , tuvo una
198
A.M.A., Leg ajo 23. Acta c apitular de 24 de julio d e 1799, folio 24 r y v .
199
A.M.A,. Leg ajo 23. Ac ta capitula r de 16 de septiembre d e 1800. s/fol.
69
J unta Local de Gobier no desde junio de 1808
200
con competencias políticas , militares y
defensiv as .
Anterior mente, la J unta his palense había publica do el 29 de may o de ese mismo a ño
201
unas instr ucciones para la erec ción de estos nuev os org anismos . Sol amente podrían
constituirse en los lug ares que tuviesen más de dos mil vecinos . En la s villas que no se
alcanzase la cifra exigida , los A yunta mientos realizarían di chas funciones . A yam onte por
entonces no contaba con la ca ntidad de ve cinos necesaria para la instalació n de esta nuev a
institución. La ciudad, estaba lejos de alcanzar la cifra que se requería. Solo unas décadas
antes , en 1787 tuvo 5.150 habitantes
202
. Sin embargo , eso no supuso obstáculo para su
erección.
Los manifestantes se vier on en la necesidad de recurrir a per sonas re presentativ as de
la vida local. E n m uc hos casos la s autoridades que integ raban estos nuev os poderes
provis ionales fueron las mismas que las que confor maron los org a nismos de r rocados . La
diferencia estaba en que ahora los miembros de las J untas de Gobier no no actua rían como
ag entes de la Corona sino como representantes de la voluntad popular .
La J unta de g obier no ayamontina se prolongó ha sta el año de 1809
203
. En julio de ese
año , la Central acordaba la supresión de aquellas J untas que no hubiesen sido calificadas como
Superiores o de P ar tido .
En Ayamont e, el f uncionamiento e instalación de la J unta propici a ría d iferentes
controv ersias y malestares entre miembros de la el ite local, divid ida a hora en dos org anismos
con intereses enfrentados . Ocasionó una confrontación institucional y un enfrentamiento
entre la propia Junta y los miembros del Cabildo . C on la creación de la J unta local, los
miembros de la cor poración municipal v eían amenazadas sus prer rog ativ a s polític as y
judiciales , por lo que lleg aron incluso a solicitar de la J unta Central la supresión de la misma
204
.
T ambién en el devenir de la J unta local se protag onizaron diferencias entre las
autoridades a la hora de nombrar a la persona encarg ada de presidir pro visionalmente este
org anismo debido a la ausenc ia de su titular , el Gober na dor militar de la Plaza . Se produjo un
200
J osé Salda ña F er nández, “Nuevo s podere s , viejas disputas: L a Junta de Gobier no…”, pág . 16.
201
Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa, Sevilla, Alfar, 2001, pág . 10.
202
Manuel J . de Lara Ródenas , “ A ya monte y Huelva en la Edad Moder na. Pr ocesos…”, pág . 58.
203
J osé Salda ña F er nández, “Cambio jurisdicc ional y c onflic tividad política en A ya monte…”, pág . 624
204
J osé Salda ña F er nández, “Cambio jurisdicc ional y conf lic ti vid ad po lítica en A y amonte…”, pág . 636 .
70
conf licto que sería seguramente conocido por el v ecindario . Se enfrentaron el Gober nad or y
sarg ento may or de la Plaza de Ayamont e, con el resto de los componentes de la Junta ,
encabezados por el vice presidente J osé Girón
205
. Mientras la J unta Supe rior de Sevilla indicaba
que la presidencia de la J unta de Ay amonte cor respondía al Gober nador o a a quella persona
que le sucediese en el carg o militar de la plaza
206
, la Junta Central y la loca l deter minaban y
deseaban, sin embarg o , que la presidenc ia cor respondiese en ausencia del Gober nador a su
vice presidente .
T ampoco pasó inadvertido al pue blo y a las autoridades ayamontinas el nomb ramiento
del Marqués de Ayamonte y de Astorga como presidente de la Junta Suprema Central en
1809. El alcalde y los señores capitula res se hic ieron eco de dic ho nombramiento . Con la
intención de aprobar diferentes activ idades que festejasen el hecho se reunieron en las ca sas
del cabildo el 7 de may o de 1809.
Se de cidió conmemorar una solemne función religiosa en la P ar roquia de Ntra. Sra. de
las Angustias con misa, ser món y con l a presen cia de Dios Sacramentado . C oncluid a l a
celebración se acordó cantar con g ran solemnidad un T e Deum en a cción de gracias al T odopoderoso
para que concediese “a S .A.S . los auxilios más poderosos pa ra el feliz a cier to en el Gobier no
Nacional para bien de la monarquía”. La celebración relig ios a fue concedida por el entonces
arzobispo de Santiag o , Rafael de Musquiz. En esa fecha se enc ontraba de visita en la ciudad.
P ara la ocasión, el ca bild o convidó a las comunid a des de religiosos instaladas entonces en
A ya monte , la de San Francisco y la de Nt ra. Señora de la Merced. T ambién invitó a los
cuerpos militares y consulares establecidos en la ci udad, incluso a todos los v ec inos y
par ticulares de la villa “en tér minos que no quede uno que lo ignore”. Además , también invit ó
mediante oficios , a los ayuntamientos y miembros del clero de los cuat ro pueblos del
marquesado , Le pe , La R edondela, San Silv estre y Villablanca. A todos ellos , se les dio asientos
y lug ar “inter polados… con los de esta ciudad”. J unto a la celebración religiosa, se acordó la
realización de tres noches de luminarias públi cas , llev adas a ca bo en la s Casas de l
A yunta miento y en otros lug ares del pueblo . Incluso en el mismo día de la función se acordó
repar tir y ob sequiar a pobres de solemnidad y vergo nzantes con 600 libras de pan. La lim osna
se concedió en el edificio consistorial. Previamente s e fir maron por el A lcalde y por el
205
J osé Salda ña F er nández, “Cambio jurisdicc ional y conf lic ti vid ad política en Ayamonte…”, pág . 640 .
206
J osé Salda ña F er nández, “Cambio jurisdicc ional y conf lic ti vid ad política en Ayamonte…”, pág . 639 .
71
Secretario , bonos que fueron distribuidos po r los señores rev erendos curas y prelados entre
las personas de may or necesidad
207
.
El ca bildo también acordó que varias autoridades se trasladasen a Sevilla para felicitar
personalmente al Marqués , comunicando as í los buenos deseos de la corporación.
Finalmente, la s celebraciones y las fiestas org anizadas con motiv o del nombramiento
se lle v aron a cabo los días 24, 25 y 2 6 de mayo . Se trasladaron a la ciudad de Sevilla par a
felicitar al Marqués en persona, el licenc iado J osé Bar ragán y Car v alla r , Alc alde mayor y
presidente del ayuntamiento y el riojano y comerciante J ua n de Mata Pérez, síndico personero
del común
208
. P osterior mente, tras la s muestras de cong ratulación presentadas , el Mar qués de
A ya monte ag radeció los gestos realizados por los miembros del Cabildo .
En 1810, la J unta Suprema de Sevilla se refugió y se instaló en el municipio fr onterizo ,
debido a la ofensiv a protag oniza da por el ejército francés . Éste incluso , entró en la ciuda d de
A ya monte al mando del príncipe de Aremberg . La J unta hispalense había visto la luz en la
ciudad del Guadalqui vir el 29 de ma yo de 1808
209
. Su principal responsabilidad y la may or
par te de sus competencias estaban rela cionadas con los asuntos milita res . En este caso , la
J unta sevilla na desde un principio se ar rogó el control sobre toda Andaluc ía. Su objetiv o era
para entonc es , la creación de un ejército que operase bajo su exclusi va direc ción y que pudiera
oponerse a la inv asión francesa.
Desde su fundación, la Ju nta hispalense g ozó de un período de v erdadera supremacía,
culminando en julio de 1808 con el éxito de la batalla de Bailén. Su apog eo fue en aumento
hasta que en diciembre de es e mismo a ño
210
la J unta Central hubo de refugia rse con el
bene plácito de la primera en la ca pital sevilla na. A partir de entonc es , el g obier no supremo de
la nación en Se villa fue adueñándose de los resortes del poder . Finalmente, debido al empuje
del ejérci to francés en enero de 1810
211
la Central tuv o que refugia rse en I sla de León, para
lueg o hace rlo en la ciudad de C ádiz y la sevillana se dirigió a A yamonte .
207
A.M.A. Leg ajo 23. Acta ca pitular d e 7 de may o de 1809. s/ fo l.
208
A.M.A. Leg ajo 23. Acta capitular de 1 de ju nio de 1809. s/fol.
209
Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa , pág . 27.
210
Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa , pág . 251.
211
Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa , pág . 283.
72
Así, Ayamonte se convir tió junto con Cá diz, en lug ar desde donde se dirigió la lucha
patriótica contra los in v asores
212
. Entre los mi embros de la Junta de Sevill a, lle garon a la
localidad de A ya monte, el canónig o Francisco J avier Cienfueg os , sobrino de J ov el lanos y , más
tarde, ca rdenal de Sevilla; el deán F abián de Miranda; J osé Morales Galle g o , y el Mar q ués de
Grañina, además de J osé María García y Vicente Soret
213
. Los miembros de la J unta sevilla na
se instalaron en los ter renos de la Isla de Canela, situada en el curso del Guadiana y próxima a
P or tug al
214
. Allí for maron de la Isla, según nos ha dejado escrito el C onde de T oreno ,
“…un lugar de de pósito resguardado de los ataque s repentinos del ene mig o . … Aquel
ter reno , antes a renoso y desie r to , se con vir tió en una población donde se albergaron muc has
familias , refugiándose a v eces los habitantes de aldeas e nteras y villas inv adidas . Cons tr uyeron
allí bar racas , almacene s , pozos , hor nos, y s e fabricaron en sus talleres montura s , car tucho s y
otros per trecho s de guer ra. Al fin, for tificaronse también sus av enidas , de manera que se hizo
el punto casi inexp ugnable ”
215
.
T ras la instalación de la J unta hispalense en A yam onte, comenzó a editarse la que se
conocería como “Gazeta de Ay amonte”
216
. Los ejemplares , confor mados en la ciudad,
infor maron de la situación bélica vi vida en la península y contribuyeron a l de sarroll o del
espíritu patriótico de los ciudadanos . Dieron a conocer las actividad es acometidas por la
propia J unta sevillana, justificaron la luch a, desmintieron la propaga nda contraria y publicaron
noticias de las vic torias protag onizadas sobre los inv a sores . E l primer número de la Gazeta
vio la luz el miércoles 18 de julio de 1810. En medio de a quel ajetreo de constr ucción de
bar racas , alma cenes , fábrica s , talleres de per trechos de guer ra y fortificaci ones , surgió dicha
publicación, para como ella misma indicab a, ser remitida a los “pueblos libres de ésta y las
demás provincias”.
212
Manuel More no Alonso , “La Gazeta de A y amonte”, pá g . 115. T ambién e s nece sario obser var el ar tículo
del citado autor , Manuel More no Alo nso “ A y amonte durante e l ased io napoleó n ico de Cádiz (1810- 1812)”,
XV J or nadas de h istoria d e la muy no ble y leal Ci udad de A yamonte , Huelv a, Diputación Pro vi ncial de Huelv a,
A yu ntamiento de Ayamonte, 2011, págs . 69 -98.
213
Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa, pág . 335.
214
Juan Villeg a s Mar tín y Antonio Mira T oscan o , “La isla de Canela, último refugio en la guer ra contra el
francés”, XV J or nadas de historia de la muy noble y leal Ciudad de A yamonte , Hue lv a , Diputació n P rovin cial de
Huelv a, A yuntamie nto de A y amonte, 2011, págs . 1 21 - 156.
215
Conde de T oreno , Historia del levantamiento , guer ra y r e volución d e España, pá g . 588.
216
Mari P az Domínguez, “A yamonte, cuna de la p rensa escrita d e Huelva”, XV J or nadas de hist oria de la muy
nob le y leal Ciudad de A yamonte , H uelva, Diputación Provincial de Hue lv a, Ayuntamiento de Ayamonte, 2011,
págs . 99 - 120.
73
La J unta Central, la misma que otorgó su pre sidencia al mar qués de Ayamonte , ordenó
la celebración de Cor tes . Establecida en Se villa, el aboró la Instr ucción para la elección de los
carg os de diputados . En lo que se refería al número de estos , decidió que las J untas
provinciales electorales nombrasen un diputado p or cada cincuenta mil almas que tuviera la
provincia con arregl o al último censo publicado el año 1797, más otro si la mis ma
demarcación contaba con un exceso de v einticinco mil o más individuos
217
. La Junta
hispalense en Ayamonte , procedió a la elección de su diputado para las cor tes el día 3 de
ag osto de 1810. El puesto recayó en J osé Morales Galle g o . Previamente dos de sus v ocales ,
Francis co J avier Cienfuegos y J osé Morales Gallego lle v a ron a cabo la elección. El referido
Cienfueg os nombró p rimero a Fabián de Miranda, deán de la Iglesia catedral de Sevilla, de
segundo a J osé Morales Galleg o , y finalmente en terce r lug ar al Ma rqués de Grañina.
Mientras , J osé Morales Galleg o votaba sucesiv amente al Marqués de Grañina, a Víc tor Soez y
finalmente, a Andrés Miñano
218
.
De ese primer recuento resultaron con mayor número de v otos los señores F abián de
Miranda, J osé Morales Gal leg o y e l Marqués de Grañina, por lo que se for maron tres cédulas
con sus nombres y las me tieron en una vasija de la que sacaron la de J osé Morales Galleg o , el
cual finalmente, quedó no mbrado por diputado a cor tes .
T ambién por entonces , la ciudad presenció un c ambio de orden jurisdiccional. Los
v ec inos , lo mismo festejaban el nombramiento del Marqués de la villa como presidente de la
J unta Central que obser v aban cómo su tér mino se incor poraba a la C orona, de jando de
per tenecer a su señorío . Un decreto de 6 ag ost o de 1811
219
daba por finiquitado los señorí os
jurisdiccionales , in cor porándose todos sus ter ritori os a lo que por entonc es se denomina ba
como la “Nación”. En A yamonte, tras este cambio , cesó en sus funciones el Alca lde may or ,
hasta entonces representante di recto del Marqués d e A storga en el g obier no municipal
220
.
Una vez más , surgieron conflic tos tras el cambio . Al amparo de la nuev a definición
jurisdiccional de la ciuda d de A yamonte, s e abrió un contencioso entre el Cabildo y el
Gober nador militar y entre la autoridad civil y la milita r . E l conf licto requeriría para su
217
Manuel Moreno Alonso , E l nacimiento de una nación. Sev illa, 1808 -1810, la c apital de una nación en Guer ra .
Madrid, Edic iones Cátedra, 2010, págs . 520 -52 1.
218
María Antoni a Moreno Flore s , “La guer ra de la Inde pendenc ia y sus consec uencias en la sociedad civil d e
A ya monte”, XV J or nadas de historia de la muy noble y leal Ciudad de A yamonte , Huelv a, Diputació n Provincial d e
Huelv a, A yuntamie nto de A y amonte, 2011, pág . 36.
219
A.M.A. Leg ajo 23. Incor pora do en las Actas ca pitulares de e se año . s/fol .
220
A.M.A. Leg ajo 23. Acta capitular de 3 de se ptiembre de 1811.s/fol.
80
desar rollar en los cafés , s alas de jueg os de villar y demás casas de concur rencia . P ara ello , la s
autoridades estarían asistidas por los cura s pá r rocos de l municipio . Solo a sí log rarían av eriguar
si algún individuo “esparcía” proposiciones que fomentasen la propag ación de los
planteamientos de la tropa sublev ada . Si finalmente el pueblo era ocupado , requerían
pr udenc ia, entereza, lealtad y fidelidad al R ey
236
.
“1. - …. que se entere á los pueblos de la respecti va comprensión, que el
procedimient o tomado po r la tropa rev olucionada es con tr ario a la Sobe rana v oluntad de S .M.,
contrario á la s leyes y or denanzas , y turbativ o de la felic ida d de los mismos pueblo s .
2. - Que dichas ju sticias e stén con la ma yor vigilancia sobre las personas que entren y
salg an e los mismos pueblos , exigiéndoles los pasapor tes de los puntos de donde v eng an de
algún pueblo ocupa do por la r eferida t ropa, ó de algún otro de las inmediaciones de e ste.
3. - Que asociadas con los Curas Pár rocos de su ente ra confianza, y otras personas de
providad, detención y de decidido amor al Soberano , y á la conser v ación del órden público ,
procuren tener noticia de las conv ersaciones que se tengan en los cafes , Juegos de Villar, y
demás casas de concu r rencia; y si acaso se les die se cue nta de que alguna persona esparcie s e
proposicione s que puedan contribuir á fomentar el atentado cometido por la referida tropa, ó
de alguna otra especie turbativ a del o rden público , ó que ofendiese los s agr ados dere chos de
S .M., proceda n cont ra ella con el may or s igilo y circunspección, examinando antes si las
referidas propo siciones llev an todo el aire de malicia y trascende ncia criminal, ne cesaria para e l
procedimient o , dando cuen ta inmedia tamente al Sr . R eg ente de esta Real A udiencia , con
testimonio ínteg ro de las diligencias que practiquen para s u av eriguación y provide ncias que
conv engan.
4. - Que en caso de que por alguna fatalida d imprevista ocupa se el pueblo alguna tropa
rev olucionada, procuren por todos los medios que les dicte su pr udencia y entereza
mantenerse fieles al R ey , evita ndo s obre todo , en cuanto alcanc en sus facultade s , las v ejaciones
que intenten eje cutar en l os mismo s pueblo s.
5. - Que así que teng an notic ia de cualquier movimie nt o que hag an las mencionada s
tropas , den cuenta inmedi atamente , con expreso , á dicho Sr . R eg ente , va liéndose de
por tadores seguros que las conduzcan, pagándoles su trabajo , y asegurándoles que según su
impor tancia serán gratificados .
6. -Que s i á los puebl os llegasen algunos Soldados , que hubiesen abandonado á los
facciosos para reunirse á las banderas de sus cuerpos , los confir men en sus fieles ideas , y los
auxilien para que lo v erifique n cuanto antes , dándoles cier ta noticia de l lug ar donde se
encuentre el Ca pitán General del Egército y de esta Pr ovi ncia, a cuya dispos ición deben
presentarse .
…
236
A.M.A. Leg ajo 24. R eal Acue rdo de la A ud iencia de Sevilla . Sevilla 9 d e enero de 1820, f ols . 8 y 9.
81
9. - Y que últimamente les prev eng o que del recibo de esta instr ucción, y de haberla
leído en el A yuntamien to pa ra su exacto y puntual cumplimiento , me remitirán testimonio
por te franc o de ntro de l pr eciso tér mino de oc ho día s , bajo su re s ponsabilidad y demás
providencia s que exijan las c ircunstancias .
La corporación ex presaba su disposición a cumplir con su debe r de vigila ncia y de
comunicación de todo lo que ocur riese en la pobla ción. Una vez más , Ayamont e hacía
mues tra de su sincera fidelidad al R ey indicando incluso de “que no era de esperar se
protag onizase en un pueblo fidelísimo”
237
ning una manifestación contraria al régimen. P ara
entonces , la cor poración estaba for mada por J osé María de l a F eria como alcalde primero , de
segundo Manuel Medero , y como regi dores J ua n de España, Manuel Or teg a, J osé Galla rdo ,
J osé de Hor ta, J osé Bar roso J a raque, Doming o Santos , y como síndico , el riojano B er nabé
P ar ra
238
.
Finalmente el cambio sucedió y , en ma yo de ese mismo año de 1820 , la corporación
fue disuelta y sustituida p or un nuev o ca bildo denominado “constitucional”, confor mado por
nuev os miembros
239
. Con el cambio , nombraron como alcalde al inteligen te come rciante ,
natural de La Rioja, Casto García. J unto a él, est a ba como alcalde segundo J osé Antonio
Abreu y como regidores J osé María de la F eria, Eleuterio Garcés , J osé de Sosa, Félix del
Cor ral, J ua n Rodríguez Gar rido , Doming o Castellanos , J osé R omer o P eña y J uan Lorenzo .
Como síndicos nombraron a J uan Quintero y a J oaquín Her rera. J oaquín Herrera y Céspedes ,
natural de Za fra, naci do en 1760, ca sado con T eresa de Abreu y V erano , recon ocido como
hijodalg o en la ci udad desde 1804, ha bía sido a dminist rad or de los biene s del Marqués de
A ya monte y de Astorg a, cuidador de la fábrica del Salvador y a dministrador de la Iglesia del
Hospital de la Piedad. A principios de siglo le fue realizada una inv estig a ción por el fiscal del
T ribunal inquisitorial de Sevill a acusándolo de retener figuras obscenas en su morada y de
realizar proposiciones ic onoclastas
240
. Se le acusaba entre otras cosas de no practicar los
sacramentos y de ser un individuo liber tino . Los testig os declararon que J oaquín se había
237
A.M.A. Leg ajo 24. Acta capitular de 27 de enero de 1820, folio 10.
238
A.M.A. Leg ajo 24. Auto concedid o en Sevilla a 30 diciembre de 1819, folio 1 v .
239
A.M.A. Leg ajo 24. Ayamonte a 15 de mayo de 1820. Cer tifica do por Antonio María Sola no , escriba no de
S .M., teniente d e cámara de la audiencia del ter ritorio y del real patrimonio de la ciud ad de Sevilla, indic ando
los indi viduo s que compusiero n el A y untamiento constituc ional. F olios 20 v - 21.
240
Archi vo Histórico Nacional ( en adela nte A.H.N .), I nquisición , 3731, exp . 151, foli o 2.
82
mofado de la devotísima reliquia del Santo Sudario situada en el templo de San Francisco y
que había realizado declaraciones en contra de las i mág enes .
Como ya s ucediera con la J unta Local confor mada en 1808 , en esta ocasión los
liberales , a l igual que entonces , se vieron en la necesidad de recur rir a personas representativ as
de la vida política y social de la ciudad. Algunos de estos individuos que g ober naron la
población durante el trienio libe ral ocuparon puestos de administración durante años en los
que se encontraba vig ente el régimen a bsolutista, por lo que la representatividad durante la
época liberal no les pasó factura a la hora de continuar g ober na ndo y lide rando la vida social
y política de la ciudad. J osé María de la F eria, J osé Antonio Abreu, J osé de Sos a e i ncluso el
comerciante y merca der riojano , Casto García Ca ñas , estuvieron como regidores y síndicos , en
v a rias ocasiones , a ntes y después del período del trienio liberal.
El vecind ario sufría un aminoramiento y un deterioro impor tante. Las autoridades
solicitaban el auxilio de las autoridades superiores . R equerían que protegiesen sus a ctividades
económicas , principalmente el neg ocio de la pesca.
“Esta ciudad situada sobre los márgenes de Guadiana a s u der rame en el océano , en
los con fines de Andaluc ía, al frente del reino de P or tug al, antes populo sa y de vig oroso
comercio y de presente reduc ida a poco más de mil ve cinos en su par te may or pescadores , que
por las circuns tancias que le rodean, v a tocando su exter minio , con sobrada ac eleración;
parece exige por las cualidades de ser un punto de apo yo y defensa de la nación en el caso de
guer ra con P or tug al, Inglate r ra, o los moros , s iendo su costa pro por cionada a cómodos
desembarco s y desde ella introducirse a lo interior del reino , se proteja para su conser v ació n y
que no toque el c aso de de saparec er de entre el c atálogo de las poblacione s de Españ a,…”
241
.
Demog ráficamente, la ci udad tenía a penas 1018 ve ci nos , frente a los 1642 que tenía
Huelv a, o los 2363 de Moguer , e incluso los 1206 de V alv erde del Camino . La Higuerita para
entonces , todavía era un v ecindario reducido
242
. En esa debilitada población, los regidores y
alcaldes aparecían preocupados enor memente por aspectos rela cionados con la salud pública.
Intentaban hace r frente a la s enfer medade s de “fueg o de Sa n Antón, mal de San Lázaro , le pra
o tiña, …”
243
. Combatían l a vir uela con v acunas , in vita ndo a los padres o tutores que
241
A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas Municipales . Ca pítulo 8 . - Del comerc io , ag ric ultura e ind ustria. F olio 1.
242
A.M.A. Leg ajo 24 . F oli o 76 y ss . R e par timiento de 198.000 re al es a que asciende n los sue ldos de los J u eces
de primera instancia de esta pro vincia, con inclusi ón de los tr es de esta capital entre los 124.520 v ec inos que
componen aquella, co n ar reglo a la orden y nota pasad a por la Ex c ma. Diputación e n 26 de mayo próxi mo
pasado , con expre sión de l número d e v ecin os de ca da pueblo y cupo que le ha c or respondido
respectiv amente.
243
A.M.A. Leg ajo 92. Or denanzas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubridad. Ar tículo 1.
83
presentasen a los más peq ueños a dicha práctica para que la propag aci ón de dic ha enfer medad
fuese más reducida
244
. Ordenaba n un sev ero protoc olo durante las inv asiones de “fiebre
amarilla o de vómito prieto”
245
. Insistían en la higiene y en la limpieza pública con mu y
escasos recursos . La limp ieza de los pozos y de las fuentes se realiz aba a expensas de los
aguadores
246
. Los vecinos es taban oblig ad os a limpia r la par te de la calle que se situaba frente
a sus casas . Las basuras de riv adas de los propios domicilios debían ubi ca rse en las mismas
calles , “en medio de la cor riente”, de donde serían recogidas por un peó n municipal. Al
carecer de competencia y también d e presupuesto municipal para ello , los v ecinos debían
ocuparse del reempedrado de la par te de la ca lle situada próxima a sus viviendas . En caso de
no hace rlo , el ayuntamien to podría rea lizarlo a expensas del propietario
247
. De for ma similar
sucedería con los edi ficios r uino sos . Los propietarios estaban oblig ados a ade centarlos ,
guardando sus pa redes “niv el , con las casas contiguas y unifor midad con el res to de la
calle”
248
. E n caso de que esto no sucediese, el cabildo podría incluso sacar los edifi cios a
subasta. Finalmente, los escombros y basuras eran situados en lug ares alejados del vecindario
como en “la s alturas del sitio del pozo de los almendros y en las inmediaciones de San
Sebastián”. Dentro de la ciudad no podría for marse “esterquera” algu na
249
.
P ara entonces , el cabildo dispondría de muy escas os recursos y en consecu enc ia, de
pocas pa r tidas de g astos . Además de la mensualidad del maestro , de bía pag a r la del escribano ,
la del médico y la d el cir ujano . Al marg en, el ca bildo también se encarg ar ía de los reparos
realizados en las fincas per teneciente s a los ca udal es públic os
250
. Incluso , de pendería de él el
mantenimiento de la s cárcel es
251
y en ca so de que le sobrase alguna ca ntidad debía inv er tirla
244
A.M.A. Leg ajo 92. Or denanzas munic ipales . Capítulo 1. De la política y de la salubrid ad. Ar tículo 2.
245
A.M.A. Leg ajo 92. Or denanzas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubridad. Ar tículo3.
246
A.M.A. Leg ajo 92. Or denanzas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubrid ad. Ar tículo 2.
247
A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubridad. Ar tículo3
248
A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubridad. Ar tículo 4.
249
A.M.A. Leg a jo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubrid ad. Ar tículo 5. -
250
A.M.A. Leg ajo 92. Orde nanzas municipales . Capítulo 4 . D e la administración e inv ersi ón d e los cauda les
públicos .
251
A.M.A. L eg ajo 92. Ord enanzas mun icipales . Capítul o 7.- De las cárce les , obras públicas y de necesidad.
Ar tículo 1.
84
en obras públicas de necesidad como constr ucción de cuar teles , el traslado de agua s salubres y
otras “fábricas de utilidad y or nato”
252
.
La pesca era la actividad económica básica de l m unicipio . Los regidores solic itaban
que la s tan destr uc tiv as ba rcas bou no pudiesen pa sar más allá de la T o r re del Esperil lo para
que así no pudiesen esquilmar las aguas próximas . T a mbién solicitaban que todas las sardinas
que se pescasen entre la bar ra de La Higuerita y la de A yamonte, se trasladasen finalmente a
esta ci udad para llev ar a cabo aquí su v enta en fres co . La pes ca a dquirida por españoles en
Villa R eal de San Antonio , debía también según las autoridades venderse en Ayamonte . P a ra
tener un riguroso despacho de los producto s ex tranjeros y principa lmente, de los procedentes
de P or tug al
253
, deseaban qu e se habilitase el ser vic io de aduana. Con la existencia de una
aduana, no se per mitirían a los barcos por tugueses de Faro , T avira, la F oseta, Castromarín y
de Villa Re a l que llev a sen pescado fresco y salado a otras plazas de España sin previamente
haber pasado por esta
254
. P ara la mejora del sector , la s autoridades incluso requerían la
incomunicación del estero de Canela, que cr uzaba por la isla conocida con el mismo nombre,
situado frente por f rente con Villa Re al de San Antonio y que desembocaba en la ensenada de
la Higuerita
255
. La pesca
“…había decaído en tal ext remo que los indi viduos de mar de que se co mpone la
may or parte de este v ecindario , se hallan pereciendo; que por lo mismo , como la escasez y
penuria se aumenta cada día, apenas el tiempo no les per mite el salir a la mar a la d ébil pesca
de lo alto , se reúnen en cuadrillas a pedir limosnas con ex cesiv o dolor y escá ndalo , porque la
continua ción de ellas pri van a los v ecinos piadosos que sig an con estos sufragios y acaso por
consecuencia de este extre mo podrá comprometerse el ordenamiento público y la tranquilidad
de los v ecinos”.
Las causas que ocasionaban esta situación serían por un lado , el frecuente uso de las
rastreras y por otro , la prohibición de la pesca en el mar del Arac he con motiv o de la pe ste
que se habría propag a do desde 1816 en las costas de Berbería
256
.
El ramo de la ag ricultura estaba también en de cadencia. De pendientes de las
expor taciones de trig o , el cultiv o de la vid se había reducido notable mente . P ara entonces , el
252
A.M.A. L eg ajo 92. Ord enanzas municipale s . Capítulo 7. - De las cárce les , obras públicas y de necesidad.
Ar tículo 1
253
A.M.A. L eg ajo 92. Expediente sobre la for m ació n d e Ord enanzas municipales . 1820 .- Capítulo 8. - Del
comercio , ag ricultura e industria.
254
A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 8. - Apa r tado 7.
255
A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 8. - Apa r tado 10.
256
A.M.A. leg ajo 24 . Acue rdo de 7 de marzo de 1821. F olios 21 v - 25 v .
85
sector del vino estaba en una situación lamentable debido a la escasa protección que se le
había concedido durante los a ños anteriores . Lo que había sido una ciudad en la que “la
may or par te del tér mino útil estaba cul tiv ado de viñas”, con “dilatadas cañadas pobla das” de
vides , ahora había desaparecido . Debido al hundimiento de l sector , las bodeg as y lag ares de
los Gómez, los Or tíz, R osa, Noble y A guilar se extinguieron. Al mismo tiempo , los vinos
moguereños se habían introducido con facilidad en la ciudad, y monopolizaban el consumo .
En el aspecto religioso , la pobla ción obser vaba cómo se deterioraban, abandonaban y
ar r uina ban antiguos edi ficios relig iosos que, en década s anteriores , contaban con numerosas
cofradías y her manda des y celebraban frecuentes cultos públicos . Ayamonte prota g onizó
entonces el cier re de los conv entos habitados por las comunidades religiosas masculinas
debido a la aplicación de la orden circular de 20 de septiembre 1821
257
.
Hasta ese momento la s com unidades religiosas habían estado muy presentes en la vida
social y religiosa de la ciudad. Los religiosos no solamente celebraban cultos en sus conv entos ,
sino que también predicaban fuera de ellos , e incluso asistían a los cor tejos procesiona les
org anizados por las cofra días y a algunos entier ros . La comunidad de her manos f ranciscanos
obser v a ntes tras ha ber vivido la s incomodida des o casionadas con moti v o de la guer ra de la
indepe ndencia, en la que incluso las autoridades se adueñaron de par te de sus instalaci ones
para destinarlas a encarcelamientos de reos , sufría aho ra el desalojo de su con v ento . Éste se
llevó a cabo el 26 de septiembre de 1822
258
, tras la circula r otorgada con fecha de 20 del citado
mes . Sin embarg o , no serían los franciscanos los úni cos religiosos que tuvieron que abandona r
su cenobio en A ya monte . La comunidad de merced arios también desalojaría el suyo . En ene ro
de 1822
259
el cabildo reconocía la supresión de ambos conv entos .
A diferencia de lo que pudié semos pensar o imaginar, las autoridades locales del
trienio liberal en A yamonte, no facilitaron ni r ecibieron con satisfacción la orden de
ex claustración. Incluso , meses antes del cier re de estos ce nobios , infor ma ban de que sería
adecuado que dichas com unidades continuas en asistiendo espiritualmente al v ecinda rio . Los
motiv os expuestos eran la escasez de secula res que había por entonces en la ciudad, y la
necesaria asistencia espiritual que concedían los religiosos reglares en la población. Debido al
257
A.M.A. Leg ajo 24. Acta de 29 d e enero de 1822.
258
A.M.A. Leg ajo 24. Acta de 29 d e enero de 1822.
259
A.M.A. Leg ajo 24. Acta capitular de 29 de enero de 1822.
86
emplazamiento de a mbos conv entos , la comunidad de franciscanos asistía más “en el parto
espiritual” del ba r rio de la Villa, mientras que la de merce darios lo hacía, principalmente, en el
de la Ribera. Si se suprimía n estas instituciones religiosas , como al final sucedió, la poblaci ón
quedaba “sin tener donde recur rir para confesiones y comuniones”
260
.
Los a yamontinos dejaron de estar asistidos en los cultos , en los ser mones y en los
sacramentos por los religiosos de ambos conv entos . L as comunidades que acompañaron
durante centurias l as festividades y cor tejos procesionales o fúnebres dejaron de hacerlo , bajo
la atenta mirada de unas autoridades que la mentaban lo sucedido . El ci er re y abandono de
estos edificios conv entuales ocasionaron que numeros as imág enes , y con ella s sus festividades
se trasladaran a las P a r roquia s . Así, por ejemplo , con el ci er re del conv ent o d e Sa n Francisco ,
la ima gen dedicada al P atrón de la ciudad, San Dieg o , y con ella la celebración de s u
festi vidad, cambiaron en 1822 de ubicación y se tr asladaron hasta el templo de Ntro . Sr . y
Salv ador . Fue entonc es , aún en tiempos del trienio libe ral y frente a las regulaciones
concedidas por el g obier no naci onal, cuando las autoridades locales celebraron, en la medida
que lo pe r mitían las arcas municipales , la devot a procesión. En esta ocasión, el solemne
traslado de la imag en de l P a trón se realizó c on todo el respeto y magnifice ncia posible. La
imag en del Sa nto salió desde la Capilla anexa al templo franciscano titulada de Ntra. Señora
de la Soledad, a las tres de la tarde, acompañada de todas las autoridades “privilegiadas de la
ciudad” , re presentantes del Cabildo , alguacil ordinario , maceros , clero , milicia nacional y un
numeros o conc urso de v ecinos . A la salida de la C apilla, al comienzo del cor tejo , se dio una
descarg a de fus ile s por los “leg ales” . T ras ésta, el cuer po militar cubrió la r etagua rdi a de la
procesión, acompañando el cor tejo y batiendo marcha hasta lle g ar a la P ar roquia de Ntro .
Señor y Salvador , donde v olvi eron a repetir una desca rg a
261
.
LA VUEL T A DEL ABSOLUTISMO Y LA DÉCAD A OMINOSA
Como señaló María Antonia P eña, “la retirada libera l se convir tió prácticamente en
una desbandada, tal y como se desprende del relato de los a contecimientos que el gene ral en
jefe del ejército francés , conde de Bour mont, realiz ó y envió al A yuntamiento de Sevill a”
262
.
260
A.M.A. Leg ajo 24. Acta capitula r de 10 de enero d e 1821.
261
A.M.A. Leg ajo 24. Dilig encia 2 de febrero de 1822.
262
María Antonia P e ña Guer re ro , El tiemp o y las fuentes de la m emoria , págs . 39-40.
87
Nada más derrocar a l g obier no libe ral, l as nu ev as autoridades decretaron la deposición de los
jefes políticos , alc aldes constitucionales y jue ces de primera instancia. Se dispuso el ce se
inmediato de los ayuntamientos constitucionales y de los procuradores síndicos
263
. Los
“justicias” liberale s fu eron sustituidos po r lo s regidores y alc aldes establecidos antes del 1 de
marzo de 1820. En A yamonte, debido a las diferente s circunstancias personales , no se
log raron cubrir los puest os necesarios para confor mar la nuev a cor poración, por lo que
tuvieron que completar el g obier no local con re presentantes de g obier nos de años anteriores .
En la ciudad de A ya monte , la nuev a cor poración se confor mó en el mes de juli o de
1823. P ara ello , citaron para alcalde a Manuel Medero y para regi dores a J osé Barro so J araq ue,
Manuel Or teg a, Doming o Santos y J osé de Or ta. El número de regidores fue ampliado con
dos de 1819, Cayetano Orteg a y J osé Her ná ndez. Como síndicos , en principio , ci taron a Juan
García y a Berna bé P ar ra. Sin embarg o , al estar a usente este último , fue s ustituido por el
también comerciante riojano , Francisco del Molino
264
. Finalmente, como diputados del común
nombraron a Manuel Florete y a Francis co de P aula R omero . Este último , ausente en
P or tug al, fue sustituido por Félix Solesio
265
.
Los funcionarios de la administración fueron tamb ién purifica dos . En oca siones , las
denuncias se lle v a ban a cabo entre los propios vecinos . J oaquín de Abe ndaño y Santiag o , Jue z
de primera instancia, fue acusado por la propia corporación de ser un fer viente liberal ,
evitando así su posible nombramiento como justicia de la ci udad. Según indicaban, las
pr ueba s de su adhesión al sistema constit ucional eran cla ras y ter minantes .
“Su profesión, su amistad y dirección con la may or eficac ia se vio públicament e
dispensada en dic hos tr es años a las personas más exalta das , tumultuaria s y alar mantes e n
todos los casos y actos públic os de aquel sistema, cuyos pocos vec inos señalados por la
publicidad en esta ciudad con los mismos que desde que se acercaron las t ropas aliada s
temerosas del justo castig o que merecían por su adv ers ión al R eyno salieron fugiti v os y han
abandonado su s casas sin haberse restitui do del frontero R eyno de P or tug al”.
263
David López Vier a, “R e pre sión polític a en Hu elv a a f inales del Antiguo Régimen : Los inicio s d e la
Segunda República Absolutis ta (1823- 1824 )”, Aestuaria: r e vista de investigación, 7, 2000, pág . 15.
264
T enía un comercio c omo su socio Manuel Ler do de T eja da. T uvo diez hijos .
265
David López Vier a, “R e presión política en Huelva a finales del Antiguo Régime n: … ”, pág . 18. En
Huelv a se constituyó el nuevo A yuntamient o el 9 de julio . Al igua l que en A yamonte, sus mi embros era n los
que ocupaban dichos carg o s el 1 de marzo de 1820, salvo tr es , u no por fall ecimiento y do s q ue qued aban
ex entos al ser matricula dos d e mar ina. L os citad os huecos fueron cubier tos c on capitular es de 1819. Sin
embarg o , tan solo doce días de spués , el 21 de julio , cuatro d e sus com ponentes eran re mo vid os d el mism o ,
unos por haber for mado par te de las corporac iones constit ucionales y otro s p or haber sid o vo luntarios
nacionales . El 23 d e julio , se restablec ía en el lug a r de los cesados a los nuev os c apitulares .
88
Mientras sustituían a las autoridades , se sucedían va riac iones en el ter reno le gis lativ o .
F er nando VII procedió a la derog ación de toda la nor mativ a aprobada dur ante el régimen
liberal. La ciudad a yamontina protag onizaba tod a s esas refor mas , empobreci da y debilitada.
Las autoridades ayamont ina s exponían la elev ada pobreza y el a batimiento que sufría la
may oría d e la población debido a los numeros os acontecimientos que la había n conduc id o
inevitablemente a la r uina
266
.
A ya monte v olvió a estar ocupada militar mente y oblig ada a suministrar víveres y
estancia a las tropas realis tas que pasasen o que s e establec iesen en la ciudad. Los v ecinos
debían estar dispuestos a auxili ar a los deser tores del ejército constitucional. Las nuev as
autoridades estaban oblig ada s a libertar a todos los presos que estuviesen retenidos por
opiniones políticas , a no auxiliar a ningun a par tida militar que no estuviese autorizada y a
recog er el ar mamento , v estuario , ca ballos y monturas de los milicianos naci onales locales ,
inv entariándolos y remitiéndolos al Gober na dor militar . Una v ez más , la ciudad no poseía
recursos pa ra mantener y sostener a la t ropa instal ada en el baluar te situado a lrededor de la
Iglesia P ar roquial de las Angustias , constr uido durante la ce nturia del siglo XVI pa ra proteg er
al v ec indario y al edificio relig ioso que se encontraba ubicado muy próximo al río Guadiana y
frente por frente a las ciuda des portugue sas . Los g astos de la columna y los embarques de
ar tillería suponían un elev ado impor te. El ing reso conseguido por las contribuciones de paja y
utensilio no era suficiente para cubrir las necesidades de l ejército . Las autoridades consumían
prontamente las contribucione s de l año vigente y las cor respondientes a año s sucesi vos . P a ra
ag osto de 1823, el municipio había suministrado m ás de 15.000 raciones “de etapa ” y g a stado
73 duros en g astos ocasio nados por la column a ins talada en la ciudad, sin incluir en ellos , el
presupuesto que g eneraba el hospital militar
267
.
A ya monte se hacía ec o también de la entrada de tr opa s francesas . En ag osto de 1823,
las autoridades infor maba n de la lle g ada de un destacamento de caballe rí a francesa. En esta
ocasión, los miembros de la corporación imposibilitados para mantenerlo , ex igían vív eres
para su sostenimiento a los pueblos de Car taya y de Gibraleón. En tan s olo unos años , el
ejército francés había pasado de ser el enemigo de l v ecind ario a ser el aliado de las
autoridades , vigilante y asegurador del mantenimiento del gobie r no absolutista.
J unto a la ocupación militar , en el v ecindario se reprimió y vig iló cualquier opinión y
actitud discordante con las ideas vig entes . En la actua lida d, los estudios i nsisten que para
266
A.M.A. Leg ajo 24. Acta capitular de 15 de a g osto de 1823.
267
A.M. A. Leg ajo 24. C or responde ncia 15 de ag osto de 1823.
89
entonces , la principal tarea del g obier no fue la represión contrar revolucionaria de todos los
elementos liberales . “La censura, la delación y la pe rsecución política inv a dieron lo público y
lo priv a do , crea ndo un clima gen era lizado de desconfianza y ter ror en la socieda d”
268
. E n
A ya monte es ya conocida la persecución que sufrió el liberal y elevado propietario Manuel
Solesio Riv ero
269
. Con el cambio de régimen emi g ró a P or tug al donde per maneció un larg o
período , reg resando a la ciudad ayamontina tras la amenaza de la incautació n de sus propio s
bienes . Una v ez en la ciudad, “se le obligó a vestir a sus expensas el ba tallón pro vinc ial de
Sevilla”
270
. A partir de entonces , él mismo indicaba que continuó como “un pros crito”.
“T odos te nían derecho a insultar me y mi situación era la más triste en medio de mi familia y
en mi patria misma”
271
.
T ambién sucedieron destier ros por par te de los mie mbros de la Milicia Nacional
272
. En
1824, en un expediente de oficio del subdeleg ado de P olic ía con f echa de 6 de junio se dio a
conocer una lista con los nombres de lo s individuos que compusieron las milicia s v olunta rias
locales en los años de l sistema constitucional
273
. Algunos habían emig rado a la v ec ina na ción
por tuguesa, entre ellos el subteniente J uan de E spaña, el corone l Man uel de Flores ,
exg ober na dor de la ciudad, o el sargento ma yor Eliseo P erersteyo . Cádiz también fue un lug ar
de exilio y de escape . Allí huyó el “ miliciano exal tadísimo y de conducta re pra v ada ” J uan G a rcía.
Otro individuo de carác ter exaltad o fue el v oluntario de infantería y t eniente, F rancisco
R omero , descrit o como un personaje “ notorio en t odas las ocur r encias popul ar es contra los der echos d e
S . M. y amante del sistema ”. Sin embarg o , algunos milicianos g ozaron de una conducta pac ífica
y , a ojos de las autoridades absolutistas , conser v aron una opinión pública na da deter minante a
fav or de l Sistema Constit uciona l. Entre ellos , esta ba n los milicianos J oaquín Sáenz, Man uel
Noguera, J osé Riv ero , Manuel Solesio ―yer no del riojano J uan Ma r tínez Alonso―, J osé Jus to
268
J ulio Pé rez Se rr ano y J osé Antonio Sainz V arela, “ Andalucía y el tránsito d el a ntiguo a l nuev o régimen ”, e n
Historia de Andalucía contemporá nea /coord. Encar nac ión Lemus López y Leandr o Álv are z R ey , 1998 , pág . 84.
269
J ulián Solesio Lillo , “Viv enci as de un liberal en Ayamonte a comienzos del siglo XIX…”, pág . 93 a 111.
270
J ulián Solesio Lillo , “Viv enci as de un liberal en Ayamonte a comienzos del siglo XIX…”, pág . 101.
271
J ulián Solesio Lillo , “Viv e ncias d e un liberal e n A yamonte a c omienzos del siglo XI X…”, pá g . 101.
272
J ulio P érez Se r rano y J osé Antonio Sa inz V arela, “ Andalucía y e l tránsito d el antiguo al nue v o…” , pág . 85.
Cuer po paramilitar c ompuesto de voluntarios liber ales pre parados para inter venir para la defensa del régimen
en situaciones en q ue cor rie se riesgo .
273
A.M.A. Leg ajo 24. Cer tific ado por el escriban o del Ayuntamiento en 1826.
96
97
A finales del siglo XVIII y durante el primer tercio d e la centuria decimonónica, v a rios
oriundos de La Rioja se instalaron en la ciudad de A ya monte . Como ya he señalado , los
motiv os que propiciaron esos numerosos traslados hacia esta ciudad del litoral andaluz,
estaban relacionados con las escasas posibilidades y con los exiguos recursos que ofrecía
entonces aquella zona norte de la península.
En A yamonte, la desembocadura f luvial y su puer to ma rítimo continuaban
proporcionando un f luido tráfico comercial. P or ello , no sería extraño que la may oría de los
inmig rantes , una v ez instalados en la ciudad de la desembocadura del Guadiana se dedica se n
al tráfico mercantil y a la realización de transaccio nes come rciales . Y ello pese a que estando
ya instalados en esta ciudad, conocería n un comienzo de siglo XIX con un elevado porcentaje
de la poblaci ón viviendo en la miseria debido a la debilidad de las actividades marítimas , y con
unas autoridades desconsoladas por los conf lic tos militares , por la s enfer medades y por las
epide mias . T ales circunstancias no impedirían que, por esos mismos motiv os expuestos ,
dichos riojanos sufriesen, al igua l que el resto de la población, inter r upciones en sus neg ocios
y actividades .
En Ay amonte, con el desar rollo de la centuria, los oriundos del nor te de la P enínsula,
en su mayor ía, come nzar on a fundar compañía s mercantiles . Los her manos García , Casto y
Manuel, fundaron una so ciedad junto a su paisano J ua n Mar tínez Alonso . P or otro lado , los
her manos Lerdo de T eja da, Miguel y Manuel Ber nabé, crearon otra junto al tambié n riojano
Francis co de l Molino . No fueron los únicos originarios de dicha zona que se instalaron en la
villa a ya montina durante esos años de finales de l sigl o XV III. Sin embarg o , serán ellos los
principales protag onistas del presente estudio debido a que crearon unas c asas mercantiles
solv entes que agil izaron el comercio de la ciudad y consiguieron perpe tuar el neg ocio g racia s a
que sus hijos , buena par te de e llos v arones , continu aron incrementándolo y fortaleciéndolo a
lo larg o de la c enturia.
R O MU ALD O B EZARES Y E UST AS IO M ATUTE
Del primero en tener noticias es de Rom ualdo Bezares , procedente en su caso de la
villa riojana de V entosa. Durante los últimos año s del siglo XVIII, Rom ua ldo , comerciante de
profesión, estaba av ecindado en la villa por tuguesa de Villa Real, pero aunque era v ecino de la
población por tuguesa, residía en A ya monte . Seguramente su v ecindad en P or tug al le
proporcionaría impor tantes beneficios en las contribuciones y en los impuestos que
98
directamente a fectarían a sus transacciones y a sus ne g ocios comerciales . T al sería su relación
con los ayamontinos que ya para 1797 se encontraba casado con Manuela Sá enz. Manuel a
Sáenz era hija d e un impor tante comerciante, con tienda abier ta, llamado T omás Sáenz.
Durante los años de estancia en la ciudad ayamonti na , estando aún soltero , R omualdo se haría
de algunas g anancias y de un curioso capital, patrimonio que después apor taría en el
momento del matrimonio . Rom ualdo apor tó al compromiso la ca ntidad de 18.000 reales de
v el lón, cifra que habría alcanzado con sus g anancias mercantiles
285
.
Sin embarg o , el enl ace en vez de reducir sus ing reso s , incrementó su pa trimonio . T ras
el matrimonio , Rom ualdo protag oniza una époc a de esplendor . La familia de su esposa le
proporcionaría recursos y estabilidad, e incrementaría su actividad mercantil con la
explotación del neg ocio de su suegro , para entonces consolidado y estable. Su s sueg ro s T omás
Sáenz y Melchora Mar tín Bo r reguero había n reg entado desde bien jóv enes una tienda de
mercader y realizaban transacciones comerciales con otras ciudades entre las que se
encontraban Cádiz y Huelv a.
T omás Sáenz llevó durante años en la ciuda d de Ay amonte la administr a ción de
pólv ora, plomo y barajas . Había procreado dos varones y cinco hembras , entre las que se
encontraba, Manuela. A su vez, los padres de Melchora Mar tín, Francisco Ma r tín Bor reguero
y J osefa López, tuvieron también una tienda de gé neros durante buena par te de la cen turia del
siglo XVIII
286
.
En 1797, Rom ualdo se av ecindó definitiv a mente en A ya monte y ar rendó la tienda de
mercader que hasta ese momento reg entaba su sueg ro , T omás Sáenz . P ara T omás el hec ho de
que su ye r no fuese también comerciante, le a segur ó la continui dad de su neg ocio que ya para
entonces le resultaba incó modo y difícil de g estionar . T omás , debido a su av anzada edad y a
sus numerosos achaques no podía asis tirlo ni manejarlo de for ma conv eniente . Además , el
deterioro de su vista impedía que ejerciese co r rectamente su trabajo . La tienda de T omás
Sáenz era un impor tante estable cimiento de mercadurías . Antes de ar rendar el neg ocio , el
comercio con todas s us mercancías y sus de udas fue valorado en 186.207 reales . En dic ha
cantidad no fueron tasados los estan tes de made ras de la tienda y de la trastienda, el
mostrador , ni los pesos y las pesas . El contrato de ar rendamiento tenía un período de sei s
285
A.P .N .A. Le g ajo 335. T estam ento Rom uald o Bezar es y su e sposa Manuela Sá enz. 22 de a g osto de 1831,
escribano Ber nard ino Sánchez. F olio 69 a 76.
286
A.P .N .A. L eg ajo 305 . T e stamento de T omás Sáen z y Melchora Mar tín. Escriban o M anuel González
Landero . 20 de mayo de 1787. F olio 27-29 V .
99
años , pudiéndose pror rog ar si las par tes lo con sideraban conv eniente . Durante ese tiempo
R omu a ldo Bezares mane jaría el neg ocio sin inter vención de su sueg ro y cobraría las deuda s
pendientes . A cambio , debía pag ar mensualmente a T omás Sáenz, la cantidad de 450 reales ,
cifra que cor respondía co n el 3% al año , “por la expresada ca ntidad de 186.207 reales y 20
marav edíes , resultantes de dicho balance”
287
. Unos meses más tarde, Rom ualdo Bezares ,
v ec ino y mercader de la ci udad, aparecía administrando y explota ndo el neg ocio . Concedía
poder a Manuel Gómez Zamora, ve cino y mercad er de seda de la ciudad de Sevilla , para que
lo re presentase en los pleitos y causas que se pudiesen desar rollar ante la R ea l Audi enc ia de
Sevilla
288
. En 1799, dos años más tarde del ar renda miento de la tienda, R omualdo Bezares
adquiría varias casas propiedad del matrimonio compue sto por Félix Antonio Soles io y J uana
J osefa Riv ero . E n julio adquirió una casa baja con solares r uinosos , situada en la calle del
Cor reo , a ntigua Castellano o Antón de Almonte v alorada en 5.670 reales
289
. Unos meses má s
tarde, en noviembre de ese mismo año compró también una casa com puesta de un cuer po y
de otro cuar to pequeño que ser vía de ca balleriza. En esta ocasión, la vivienda estaba situada
en la calle de la Merced, y f ue adquirida en 2.000 reales de v el lón
290
.
En la ci udad de A ya monte , el apellido Beza res desaparecería, de bido a que el
matrimonio tuvo únicamente hijas , María Dolores , Matilde y Luisa. E n la década de los treinta
del siglo XIX, el matrimonio compuesto por Rom ualdo Bezares y Manuela Sáenz, concedía
testamento . La estabilidad y el estatus social del matrimonio serían elev ados , y así lo hacían
entender a sus propias hija s en sus relaciones de parentesco . P ara entonces , su hija Matilde
había fallecido y su hija mayo r , María Dolores , estaba ca sada en primeras nupcias
291
. Sin
287
A.P .N .A. Leg a jo 311. Ar rend amiento de tienda con v a rias condic iones por tiempo de seis años . Don T omás
Sáenz a fav or d e Don R omualdo Bes ares , su y er no . A yamonte, 29 de septiembre de 1797. F olio 38. escribano
Manuel González Landero .
288
A.P .N .A. Leg a jo 311. P oder g eneral par a pleitos . Don Romualdo Besares a Manuel Gómez Zamora, vecino
de la c iudad de Sevilla. 29 de no viembre d e 1797. Folio 50. Esc ribano Manuel González Land ero .
289
A.P .N .A. Leg ajo 312 . Escrit ura de v enta d e una casa baja y u nos solares r uinosos , situad os e n la calle del
Cor reo q ue e n lo antiguo se de cía de C astellanos o Antón d e Amonte, A ntonia Márquez, v ecina d e es ta
ciudad y apoderada de Don F elix Antonio Sole sio y Do ña Juana J osefa Riv er o , su mujer, v e cinos de Madr id a
Don Ro mualdo Be sares vecino de esta ciudad . 31 de julio de 1799. Fo lio s 64 v a 68. Esc ribano Manuel
Francisco Braco .
290
A.P .N .A. Le g ajo 312. Escr itura de venta d e una casa de un cue rpo y otro cu ar to pequeño que sir ve d e
caballeriza en la c alle de la Merced: Antonia Márquez apode rada de Don Félix Antonio S olesio y Doña J uana
J osefa Riv e ro su mujer vecinos d e Mad rid a Don Ro mualdo Besares de esta v ecindad . 12 de no viembre de
1799. folio 107 v a 109 v . Escribano Manuel Franco Braco .
291
A.P .N .A. Leg ajo 414. T estame nto de María Dol ores Be zares y Sá enz. 23 de octu bre de 1875 . E scribano
Enrique Nieto y Carlier . F olios 1625 -1630. María Dolores estuvo casad a en primera s n upcias con el militar
J uan Antoni o F er nández, tenie nte c oronel de infantería. T r as enviudar c ontrajo matrimonio con Francisco
100
embarg o , Luisa estaba aún sin contraer estado . D ebido a esto , mejoraban a su hija Luisa con
una casa situada en la ca lle Car retos , contigua a su morada y con la huer ta, lla mada, Montaño .
Su her mana María Dolores y su cuñado queda rían como sus administradores y tutores . Las
propiedades de mejora, únicame nte serían entreg a das en caso de que Luisa contrajese estado a
gusto y con la v oluntad de sus familiares . R omua ldo y Manuela indic aban en sus última s
v oluntade s que una vez fallecidos , estando aún soltera Luisa, María Dolores y su ye r no debía n
de v el ar por sus intereses .
“ 22. - Si la ya dicha nuestra hija Luisa tratase de tom ar estado de matrimonio dev era ser con
conocimiento de su er mana y marido Don J uan Ant onio F ernández que como er manos y
tutores le desearan la mejor colocación pero si fuese con tr a el gusto de ellos por no concur rir
en el pretendiente , la buena conducta moral y cristiana, o ya por desigualda d en calidad de
sang re, prov ado vien ser así, es nue str a v oluntad, no se le den las dos fincas en que la
mejoramos por el capítulo 19 las que re par tirán entre todos los herederos; y creem os que esto
no será moti vo para intr igas ni enr redos , que suele acarrear el vil interés”
292
.
R omu a ldo f alleció el 24 de ag osto de 1831
293
. Co mo her mano y miembro de la
Her mandad Sacramental fue enter rado en uno de los p a nteones per tenecientes a dich a
esclavitud situado en el reci ente ce menterio municipal. P ara entonces , la Her mandad
Sacramental recogía la f lor y nata de los ay amontinos y por los documentos conser vados ,
hacía escasamente una s década s rea lizaba un riguroso procedimiento par a admitir a los
pretendientes , consistente en un exhausti v o inter rog atorio de testig os y en la demostración
mediante muestras de cer tificaciones y documentos la legitimidad y limpieza de todos ellos .
En la actualidad, por la s fuentes que se han conser vado desconocemos si R omualdo
tuv o que someterse a un procedimiento similar para ser admitido en la Cofradía Sacramental.
Sin embarg o , lo que si podemos señalar es que ese régimen de a dmisión instalado en la
centuria a nterior , había asegurado que los miembros de la esclavitud coincidiesen con la el ite
Diéguez y T aboada, capitán d el mismo ar ma. Ni durante el pr imer matrimoni o ni durante e l segundo tuvo
hijos . T e nía su reside ncia en la céntrica ca lle C ristóbal Col ón, para ento nce s , numerada con el 5. Dejaba
propiedades a su esposo , y a su her ma na L uisa Besares y Sáenz o , en caso d e fallecimiento , a su sobrina
J osefa María Abreu y Besares . En el mome nto de la con ce sión de l testamento , María Dolores contaba co n 77
años de edad , por lo que nacer ía en el año 1798.
292
A.P .N .A. L eg ajo 335. T estamento Rom ualdo Bezares y su e sposa Manuela Sá enz. 22 de ag osto de 1831,
escribano Ber nard ino Sánchez. F olio 67 v ., apar ta do 22.
293
A.P .N .A. L eg ajo 343 . C er tificad o enter r amiento , conce dido por el pár roco J osé María Agu ilera, folio 35 .
Incor porado en la notaría de Benito Sánchez Villafuer te de l año 1842.
101
social y política de la ciudad. Aún en el siglo XIX sus miembros per tenecía n a la olig arquí a
económica de entonces .
Si R omualdo falleció en 1831, su esposa, Manuel a Sá enz, fallecería diez años m ás
tarde, el 27 de abril de 184 1, con 69 a ños de edad
294
.
Una v ez fall ec idos el rioj a no y su esposa, sus he rederos inv entariaron y tasaron sus
bienes . P ara entonces , María Dolores comparecía con su esposo J uan Ant onio F er ná ndez.
T ambién estaba, el ca pitá n P edro del Villar como padre de Man uela y Marí a Dolores Villar
Bezares , hijas de Matilde Bezares , ya difunta. Fina lmente , estaba Luisa Bezares y su esposo
Luciano Abreu.
Durante su matrimonio , Rom ualdo y Man uela adquirieron numerosas p ropieda des .
Con la tie nda de ne g ocios , Rom ualdo amasó un suculento ca pital. T ambién su e sposa, a la
muerte de sus prog enitores a por tó bienes a l matrimonio . En total, los enseres y las
propiedades fueron inv enta riados y valorados en 255.572 reales de v ellón, por lo que si
comparamos dicha ci fra con la ca ntidad que apor tó Rom ualdo al enl ace, podemos concluir
que su condi ción económica y social mejoró notablemente durante su matrimonio . Entre los
bienes tasados se encontr aban 25 propiedades , mu chos de ellos era n viviendas , situadas en
calles céntricas y comerciales como Car reto , Real del Arco , C ha ves , Mesones , Le pe y San
Antonio . T ambién fueron propietarios de v a rias huer tas y faneg as ubicadas al sitio de
Montaño , Huer ta perdida, El Cercadito , en San Benito , E scarbada, Matacaball os , a l sitio de la
Puente o al de la Guer rera. A la ca ntidad, le restaron la ci fra con la que estaba n g raba das las
fincas , 81.485 reales . E n definitiv a, quedó un capital líquido par tible de 174. 087 reale s
295
, que
ahora a mediados del siglo XIX sus herederos se disponían a repar tir .
De Vinieg ra de Ar riba, llegó Eustasio Matute , quien estando en A ya monte contrajo
matrimonio con María de los Dolores R odríguez, natural de la vecina localidad de Le pe . Una
sobrina de Dolores , hija d e su her mano Luís , Andrea Rodrígu ez casó con el también riojano
294
A.P .N .A. L eg ajo 343 . C er tificad o enter r amiento , conce dido por e l pár r oco J osé María Agu ilera, folio 36.
Incor porado en la notaría de Benito Sánchez Villafuer te de l año 1842.
295
A.P .N .A. Leg ajo 343. Inv ent ario , división y par tición de las fincas urbanas y r usticas que quedaren por
muer te y fa llecimiento de Don R omualdo Be sares y su mujer Doña Manuela Sá enz, que fu eron de esta
v e cindad, que se han de distribuir y par tir entre sus hijos y hered eros , a saber : Don Juan A ntonio F e r nández
como mar ido de Doña Mar ía de los Dolores Besares re presentado por un apod erado Don P ed ro J osé
Domínguez, Do n P ed ro de Villa r como padre de Don Manuel Villar y Doña María de lo s Dolores hijas de
Doña Ma tilde Besares ya difunta y Don Luc iano Abreu com o marid o de Doña Luisa Besares , todas tres hijas
de los re feridos Don Rom uald o y Doña Manue la. 29 de d iciembre de 1941, folios 28 - 34. Incor porad o en la
notaría de Benito Sánchez Villa fuer te del año 1842.
102
Manuel T orezano , sobrino de los her manos García que vamos a conocer en el siguiente
apar tado
296
.
María de los Dolores Rodríguez apor tó al matrimonio hacienda s , alguna vi vie nda y
diferentes suertes de tier r as destinadas al cultivo de viñas y de higueras . T ras el fallecimiento
de la pareja compue sta por Eustasio y por María Dolores , una impor tante cantidad de esas
propiedades fueron empleadas en cubrir la s oraci ones y los g astos ocasionados por el entie r ro
de ambos cóny uges en el m omento de la m uer te . El resto de los bienes , al no tener
descendencia direc ta, se re par tiría entre los cua tro her manos de la susodicha María Dolores ,
todos el los vecinos de Le pe
297
. En Ayamonte , el matrimonio compue sto de Eustas io Matute y
de su esposa Dolo r es , estuv o enc arg ado del manejo y del “orden interior” de la viviend a
donde residían los también riojanos , Manuel García y J uan de Mata Pérez
298
.
L A C OMP AÑÍA “M ARTÍ NEZ Y G ARCÍA H ERMANOS ”. J U AN M AR TÍNEZ A LO NSO Y LOS
H ERMANOS G ARCÍA C AÑAS
Con Casto Garcí a Ca ñas , s eg uramente estemos delante de un claro ejemplo de espíritu
emprendedor y de superación. P asó de ser un foráneo y extraño para los ayamontinos a
representar inc luso las in stituciones municipales , a difundir su condición de hijodalg o y a ser
un referente en la s activi da des merca ntiles y comerciales de la ciudad. No desaprov echó, ni
descuidó los resor tes disponible s entonces para acceder a la elite polític a y económica local.
Incluso , para satisfacción personal, s us hijos y nietos continuaron su labo r de calado en la
población, incrementando sus relaciones sociales , políticas , y también benéfic a s , la s cua les le s
repor tarían a dmiración y respeto entre sus v ecinos .
Casto García abandonó su tier ra na tal y se trasladó a la ciudad por tuaria de A yamonte.
No he log rado saber cómo viajó, pero seguramente ar ribase a la ciudad por el mismo puer to
que posterior mente le re por taría g anancia s ec onómicas . Riojanos como Rom ualdo Besares e
incluso parientes como su her mano Man uel García, ya se encontraban residiendo e n esta
296
A.P .N .A. Le g ajo 349. Di sposición testamentaria Eus tasio Matute y de María Dolo res Rodríguez, 23 d e
enero de 1849 . Escribano Francisco Xavier Granad os , f olio 68 v .
297
A.P . N . A. Le g ajo 349. Disposi ción testamentaria Eustasio Ma tute y d e María Dolores Rodríguez, 23 de ener o
de 1849. Escriban o Francisco Xavier Granados , F oli o 64 a 74. Un año má s tarde e n un n uevo testamento
concedido solo por Eustasio M atute, n u estro riojano aparec e ya viu do , testamen to 20 de noviembre d e 1850.
F olio 274. Escriba no Francisco Xavier Granados .
298
A.P .N .A. Leg a jo 352. Juan de Mata Pé rez otor gó testamento c er rad o . Fue abier to 28 de diciembre de 1852.
La fecha d el testamento por m oti vos d e d eterioro d el papel apare ce incompleta. F olios 365 y ss . Escribano
Francisco Xavier Granados .
103
población. Lo que sí es ci er to es que siendo natural de Vinieg ra de Aba jo , viajó ya maduro -
había nacido en 1762- y soltero hacia A yamonte.
Casto Garcí a a parece en 1801 adquiriendo unas casas “de morada, a ltas y bajas que
llaman del Arco en la calle Re al de dicha ciudad” a J osé Quintana C eballos , por la cantidad de
6.774 reales
299
. Un año más tarde, su her mano Manuel García y su socio y paisano , J uan
Mar tínez realiz an un conv enio de ar rendamiento de unas ca sas situadas en calle de A lmonte ,
con J ua n de Dios Bracamonte
300
. A los García no les irían mal los neg ocios , cuando inc luso ,
en la primera década del siglo también se establece en la ciudad ayamontina el primo de Casto
y Manuel García, J uan de Mata Pérez. A medida que transcur re el siglo , nuev os famili ares se
av ecindan.
En 1820 falleció T eresa, he r mana de Casto , y en ese mismo año llegó también ha st a
A ya monte un sobrino de C asto y de Manuel, hijo de T eresa García, Manue l T oresano García.
Vino seguramente ar ropado por la compa ñía mercantil que ya poseía n sus tíos . Comenzó
trabajando como aprendiz en el comercio de sus familia res . Hacia 1830 debió de conocer a
Andrea, hija de Luis Rodr íguez y María Ger tr udis Domínguez. T ras su matrimonio , la pareja
continuó residiendo en Ayamonte . T uvieron un único hijo , llamado Florencio
301
. Manuel
T oresano con siguió ha cerse de un curioso patrimonio inmobiliario
302
, e incluso , allá por el año
de 1852, for maría par te de la corporación munici pal ayamontina siendo regidor y estando
encarg ado del área d e “alojamientos” y del cuid ado del aseo y de la limpie za de la
población
303
. En 1856 llegó desde Vinieg ra María T or nero Mar tínez “la Castellana”, con 11
años de edad, hija de Fra ncisco T or nero T oresano , primo her mano de Manuel. Huérfana de
299
A.P .N .A. Le g ajo 314. Escritura de adjud icación d e unas ca sas Doña F eliciana Qu intana c omo a poderada
de su her mano Do n Josef a fav or de Don Juan Garc ía Mar tínez y D on Cas to Ga rcía. 21 d e noviembre de
1801. F olio 212 r . E scribano Cristóbal d e la Cue sta y Moreno .
300
A.P .N .A. Leg ajo 314. Escritu ra de conv enio entre D on Manuel de Dios Brac amonte y Don Manuel García
y Don J uan Mar tínez . 12 de ju nio de 1802. F olio 68 y ss . Escribano Dieg o Bolaños Mald onado .
301
Eladio García F er nánde z, Los T or esa no en Lepe: historia de una familia, E. García, 2003, pág . 23 y 24. P ar tida
de Bautismo de Florencio . Libr o 24. F olio 168, Parroqu ia de las Angustias . 9 de noviembre de 1840. Fue su
padrino Ma nuel Gar cía C añas y testig os Eu stasio Matute y J osé C astellano , sacristá n de dicha Iglesia
P ar r oquial. El pár roco que lo bautizó era J osé María G onzález L andero .
302
Eladio García F er nández, Lo s T or esano en Le pe… , pá g . 23. Indica que, en 1850, contribu ye por v arias
propiedades . Viv e e n el núme ro 3 de la calle Car r eto . Po seía varias casas ar rend adas , u na posada en la calle
Mesones a r rendad a y también percibía rentas por un molino hariner o . Era d ueño d e algunas fa neg as d e tier ra
junto al pueblo y d e cien ov eja s . Contribuyó a hacienda con un total de 3.746 reales d e v ellón.
303
Eladio García F er nández, Los T or esan o en Lepe…, págs . 23 y 24.
104
madre, primero en A ya monte y posterior mente en Lepe, se crió como una hi ja en casa de los
T oresano
304
.
P oco tiempo después de que Manuel T oresano ejerciera su actividad política, en 1859 ,
Manuel T oresano se trasladó a la ve ci na ciudad de Lepe, de donde era natural su esposa
Andrea
305
. Un sobrino de J u a n de Mata Pérez, Anselmo Pérez T ovías a mediados del siglo , se
encontraba residiendo en Ay amonte junto a sus familia res , tras haber estado viviendo
temporalmente en Cádiz
306
. Fallecería años más tarde en la población ayamontina. Finalmente,
también tenemos constancia de Baltasar T ovías Morón, primo a su v ez de Anselmo Pérez
T ovías , con el que los her manos García Cañas constituirían una sociedad de fabricación de
licores y de aguardientes .
T ambién por los mismos años que lleg a ron a A ya monte , Casto y su her ma no Manue l
García, arribaría a la ciudad su paisano J uan Martínez Alonso y Rubio . J uan Martínez era
natural de Vinieg ra, en este caso de Arriba. Se guramente llegó acompañado de su sobrino
Ber nabé P ar ra. En 1800, el jov en Ber nabé P ar ra M ar tínez se enc ontrab a ya en Ayamonte . Era
hijo de María Mar tínez, vecina d e Viniegra, para entonces viuda. Seguramente vino a la
ciudad para buscar fortuna y para hacerse de un “por venir” tras encontrarse huérfano de
padre, acompañando a su tío
307
.
P ara entonces , también se encontraba en la ciuda d de A yamonte, un prim o de J uan
Mar tínez Alonso Rubi o , llamado P edro Láza ro Martínez. Natural de la villa de Vinieg ra de
Ar riba, de estado soltero , era de pendiente y ca jero de la casa y tienda de mercería que en la
ciudad de Ay a monte tenía J oaquín T omás de Mendoza. Allá por 1800 , había obtenido en ella
con su trabajo personal, doce mil reale s de v ellón. E n su testamento nombraba como sus
univ ersales herederos a sus her manos Dionisio y María Láza ro , v ecinos de la vill a de Vinieg ra
de Ar riba. P edro Lázaro no era el único de su familia que había decidido emigrar al sur de la
304
Eladio García F er nández, Los T or esan o en Lepe… , pág . 25 .
305
Eladio García F er nández, Los T or esan o en Lepe…, pág . 26.
306
A.P .N .A. Leg a jo 352. Juan de Mata Pé rez otor gó testamento c er rad o . Fue abier to 28 de diciembre de 1852.
La fecha de l testamento por motivo s de de terioro de l papel a parec e in c ompleta. F olios 362 y ss . Escribano
J avier Granados .
307
A.P .N .A. Le g ajo 312, T estam ento d e Juan Mar tínez Alonso , Ayamonte , 15 de octubre de 1800. Escriba no
Manuel Franco Braco . T ranscrito en Apé ndice d ocumental con el número 5 .
105
península, pues como él mismo indicaba, su sobrino , al que dejaba 300 pesos de 15 reales de
v el lón, llamado P edro Delg ado , se encontraba en Sevilla
308
.
Los her manos Ga rcía y Ju a n Mar tínez Alonso constituyeron una compañía comercial.
En el a pogeo de su neg ocio , reci én crea da una familia, J uan enfer mó y dictó en 1807 ― como
solía ser ha bitual entonces si los ing resos lo per mitían ― un de tallado testamento
309
. En la s
cláusulas recordaba a los suyos . Dejó cantidades a sus s obrinos , los hijos d e sus her manas
Casimira y María Mar tínez, vecinos de Vinieg ra, de los que ex imió a Ber nabé P a rra para
entonces afincado en Ay amonte, a quie n dejó como tutor y administrador de su negoc io ,
junto con su esposa, en caso de que él faltase .
J uan Mar tínez Alonso no debió tener una infancia demasiado desahogada. No
procedería de una familia adinerada y a caudalada de Ca stilla. Sus her m anas rozaban la
indig encia. A J uan Mar tínez le preocupaba mu cho la situación de su her m ana Casimira, v ecina
de Vinieg ra, a la que llegaba a definir como viuda pobre, por lo qu e solicit aba que, tras su
fallecimiento , sus albaceas la socor riesen. Además , J uan dispuso de cantidades para pobres
necesitados , naturales y residentes de su villa natal, expresando públicamente que en el repa r to
no se incluyesen sus parientes , pue s estos serían bene ficiados en otras cláusulas .
Sin embarg o , a pesar de proceder de una familia humilde, J uan Mar tínez Alonso tuvo
que tene r un elevado éxito en sus transacciones comerciales . Cuando contrajo matrimonio
con la ayamontina T omasa de la Cr uz , aportó en el momento del enlac e, una c antidad
superior a los 500.000 reale s de vellón
310
. P ara entonces , J ua n sería un hombre ataviado con
eleg ancia. No le faltaron prenda s que diesen a conocer su solv enc ia y también su
conocimiento en las mercancías textiles . Entre sus ropas y enseres se encontraban trajes ,
levitas , capas , calzones , pantalones , medias de seda y de alg odón, calceta s , camisas de “Bretaña
y de estopilla”, ch alecos , pa ñuelos y pañoletas bordada s . La tienda est aba compuesta de
estantes , cajas y cajones donde ser vían y v endían entre otros , todos estos productos . Sin
embarg o , el destino hizo que falleciese temprano . Murió el 29 de diciembre de18 08. T ras su
muerte, la Sociedad constituida con sus paisanos desapareció. El balance de l as dependenc ias
308
A.P .N .A. Leg ajo 312. T estamento de Don P edr o Lá zaro natura l de Viniegr a de Ar riba y vecino de esta
ciudad . 16 octubre de 1800. S in folio . Escriban o Manuel Francisco Braco .
309
A.P .N .A. Le g ajo 321. Escrib ano Xavier Gra nados . T estam ento de J ua n Mar tínez Alons o otorg ado e n
A ya monte, a 29 de d iciembre de 1807. F olios 280 y ss . T ra nscri to en Apéndice d ocumental con el núme ro 8.
310
A.P .N .A. Le g ajo 321. Escrib ano Xavier Gra nados . T estam ento de J ua n Mar tínez Alons o otorg ado en
A ya monte, a 29 de d iciembre de 1807, folio 288 r. T ranscrito e n Apéndice docu mental con el númer o 8.
1 12
F er rera, v ecino de la villa de la Higuerita
322
. Se asociaron para la compra, elaboración y venta
de sardinas y atún en la población de la Hig uerita y sus playas . P ara la salazón del pescado
utilizarían el almacén que per tenecía a F eliciano , su madre y her manos . F er rera se oblig aba a
tener dicho almacén equipado con chancas y demás utensilios de uso y costumbre para la
elaboración de la salazón. A cambio , la sociedad se comprometía a paga r la ca ntidad de 1500
reales anuales en conce pto de a rrenda miento . F eliciano F er rera sería el encarg ado de las
compras y elaboración del pescado ha sta ponerlos en pipas o ca scos para que fuesen
remitidos pa ra su venta a otras pla zas . Mientras , l as remisiones a las diferentes plaza s serían
desempeñadas por los “García Her manos y primo” y las marca s en l as merca durías ,
co nocimientos y contratas cor rerían también a nombre de los García.
F er rera además del local, por el que recibiría una cantidad anual, pondría también su
trabajo . Mientras , los Her manos García y el primo de estos , c oncederían los fondos necesarios
para el neg ocio , los cuales no se deter minaron y fueron los que estimaron por conv enientes ,
según las ocasiones . Finalmente, las utilidades netas que resultaron de esta neg ociaci ón ,
después de pag ar el ar rendamiento del alma cén y todos los demás g astos qu e oc asiona ron en
las elaboraciones , remisiones y ventas , fueron re par tidas , tres cuar tas par te s para los antes
dichos “Garcías her manos y primo” y la cuar ta restante para F er rera, en razón de encarga do ,
e interesado . Las pérdid as fueron re par tibles bajo la misma cua lidad y sistema que las
utilidades .
T ambién en ese mismo año de 1813, de for ma individual, Casto regularizaba la
compañía que tenía junto a Dieg o González. Esta sociedad fue constituida por su padre
político , Francisco Domínguez, y heredada tras su m ue r te en 1800 por su esposa, J o sefa
Domínguez. Dich a C ompañía disponía de una fábrica de espartería y almacenes de otras
elaboraciones y especies . La compa ñía había continuado en los mismos tér minos y
condiciones que ha bía principiado el difunto Francisco
323
. Con el fin de continuarla y a clarar
sus cuentas , en 1813, otorg an escritura. En esta ocasión, la fábrica de espar tería y almacenes
“de esta y otras especies” era manejada por Dieg o González. Casto contribuiría con los
fondos que se necesitasen para el adecuado manejo . Las pérdidas y g anancias serían por
cuenta y mitad.
322
A.P .N .A. Leg ajo 32 5. Escritu ra de con v e nio Don C asto y Don Manuel Ga rcía D on J uan de Mata Pé rez y
Compañía c on D on F eliciano F er rera v ecino d e la Higue rita, ecribano Francisco Xavier Granad os ,
A ya monte, 7 de julio 1813. F olio 49 r- 50 v .
323
A.P .N .A. Leg a jo 325. Escriba no Francisco Xa vier Granad os , Ayamonte , 19 de ag os to de 1813, folio 56 v .
1 13
P arece ser que el neg ocio de la sala zón no les iría nada mal cuando unos años más
tarde, en 1817, la C ompañía “Her manos García y Primo” vuelve a asociarse con un n uev o
v ec ino de La Higuerita, Pereg rín Virella. Natural del principado de Cataluña, comi enz a
v endi éndoles su a lmacén con todos los útiles en 30.240 rea les de v el lón
324
. Unos días más
tarde, el 27 de se ptiembre
325
, el almacén ya propiedad de los her manos García, quedaría bajo
el cuida do y el encarg o de P ereg rín, quien a su vez se ocuparía del mane jo , de las compras y
del emba rque del pescado . P ara ello , P ereg rín usaría las 87 botas chanqueras y demás
utensilios del almacén. En las utilidades obte nidas en dicha neg ociación, la sociedad
destinaría mil y quinientos reales de vellón para el ar rendamiento del local. Como solía ser
habitual, las ex pediciones de pesquerías irían acompaña das con la Marca de dic hos señores
García Her manos y primo .
Al marg en de la fabricación de salazón, la compa ñía seguiría teniendo tienda abie rta y
dedicándose a la comercialización, exportac ión e importación de diferentes productos .
M IGUEL L ERDO DE T EJ AD A Y F R A NCI SCO DEL M OLI NO . “M OLINO L ER DO Y
C OMP AÑÍA ”
P or entonces otra C ompañía comercial funcionaba en la ciu dad de A yamonte , bajo la
dirección de los ―también riojanos― Miguel Lerdo de T ejada y Francisco del Molino . Y a en
1803, Miguel Lerdo de T ejada
326
era vecino y comerciante de la ciudad de Ay amonte . En los
primeros años del siglo XIX, apa recía como re presentante de foráneos , v el ando por sus
intereses . E n 1804, Miguel de T eja da actua ba como apoderado de J oaquín Mendoza, v ecino
de Cádiz, pa ra la v enta de un solar situado al sitio de la Bar ranca a Doming o A lonso J urado
327
.
Será también en ese mismo año , cuando Migue l Lerdo de T ej ada y Francisco de l Molino
aparezcan como socios , alentados en sus neg ocios por el v ecino ayamontino , Manuel Gómez.
En ese año Manuel Gómez, les v endi ó unas casas ba jas situadas en la ca lle T rinidad, lindantes
324
A.P .N .A. Le g ajo 327. Escrib ano Francisco Xavier Gr a nados , A yam onte, 23 de se ptiembre de 1817, folio
74 v .
325
A.P .N .A. Le g ajo 327. Escrib ano Francisco Xavier Granado s , A ya monte, 27 d e se ptiembre de 1817, folio
82.
326
A.P .N .A. L eg ajo 317. Escribano Dieg o Bolaño s , 27 de enero de 1803, folio 2. P oder concedid o a Miguel
Lerdo d e T ejada por Manuel Mar tínez, v ecino d e Villanueba en el reino de P or tug al.
327
A.P .N .A. Leg a jo 318. Escriba no Francisco J avier Granad o . Escritur a de 5 de mayo de 1804, f olio 65. Según
indica la e scritura, sin embarg o el pode r fu e concedid o en A yamonte a 9 de ju nio de 1802.
1 14
al sur con la calle Zamora
328
. P osterior mente, el mismo Manuel Gómez, concedió a ambos
socios y comercia ntes un préstamo g racioso de 20.000 reales de v ellón que los dos riojanos
dev olverían a los dos años siguientes
329
. Sin embarg o , no fue la única ca ntidad prestada por
Manuel Gómez. En 1806 volvió a prestarles 6000 reales de vellón, ca ntidad que fue devuelta
al año próximo
330
.
Sin emba rg o , Miguel Lerdo de T eja da no tendría muc ha for tuna. El 3 de may o de
1808 concedió testamento ante el escribano Dieg o Bolaños
331
. Con tan sólo treinta años de
ed ad estaba enfer mo y postr a do en cama. Como él mismo señalaba tenía una enfer medad
corporal “que su Dios se ha bía ser vido reg ala rle” q ue no le per mitía i ncorporarse y desar rollar
su trabajo . P ara entonc es se encontraba viudo de la ayamontina María Dolores Feria. Sin
herederos directos , leg aba una ca ntidad a su criada sir vie nta llamada Clara Mar tín, y por
causas que se reser v aba perdonaba a la ayamontina Sebastiana Camacho la ca ntidad de
quinientos reales que para entonces le adeudaba. Vie ndo próximo su final , señalaba cómo
inv er tir par te de las g ana ncias obtenidas en la Compañía que había constituido con su paisano .
A unque la Soc iedad estaba confor mada con Francisco del Molino , para entonces su her mano
Manuel Lerdo de T eja da ya se encontraba en la ciudad de A yamonte . A él le dejaría g ran par te
de su fo r tuna. Como Miguel indicaba en su testamento , “mejoro en el tercio y remanente del
quinto a mi her mano Man uel Lerdo de T exada, v ecino de esta ciuda d, para descarg o de mi
conciencia por ser así mi v oluntad”
332
. En este caso , dejaría para su her mano , el remanente o
lo sobrante de 1/5 de su capital que d estinó para gastos de entier ro , funeral y le gados píos , y
1/3 de las 4/5 par tes restantes . Aunque las nor mas reseñaban la herencia a sus legítimos
328
A.P .N .A. Le g ajo 317. Escribano Dieg o Bo laños Maldonad o , 18 de septiembre de 1804, folio 134: escritura
de v enta que otorga Don Manuel Gómez a fav or de Don Francisco del Molino y Don Miguel L erdo d e
T ejada.
329
A.P .N .A. Leg ajo 317. Escribano Dieg o Bola ños Mald ona do . Escritura de préstamo g ra cioso que hac e
Manuel Gómez a Don Francisco del Molino y Miguel Ler do de T eja da por ter mino de siete años . 22 de
septiem bre de 1804 (folio 138). De v oluc ión d el préstamo en Le g ajo 320, e scritura 26 de septiembre de 1806,
ante el escr ibano Dieg o Bolaño s (folio 24).
330
A.P .N .A. Leg ajo 320. Escritu ra de 1 de marzo de 1806. Escriban o Dieg o B olaños , foli o 28. Escritura de 4
de mar zo de 1807. Escribano Dieg o Bol añ os , folio 20.
331
A.P .N .A. L eg ajo 321. T es tamento de Don Miguel Ler do de T ejada, del c omercio de esta ciu dad y vecino
de ella. A ya monte , 3 de mayo de 1808. Escriban o Dieg o Bolañ os y Maldonad o , folio 39. T ra nscrito en
Apéndice d ocumental con el n úmero 9.
332
A.P .N .A. L eg ajo 321, T es tamento de Don Miguel Ler do de T ejada, del c omercio de esta ciu dad y vecino
de ella. A y amonte , 3 de may o d e 1808. Escriban o Die g o Bolañ os y Maldo nado , f olio 40 v . T ranscrito en
Apéndice d ocumental con el n úmero 9 .
1 15
herederos , en esta ocasión Miguel , aprov echando estas her ramientas jurídica s , benefició a su
her mano y ve cino para entonces de A yamonte, Ma nuel Bernabé Lerdo de T ejada
333
.
Mientras , su socio , F rancisco del Molino hacía dos años que había contraído
matrimonio . La pérdida de Miguel no supondría para él demasia do descalabro . Su esposa
apor tó a ntes y después del enlace, un impor tante capita l. T ras el compromiso , numerosas
propiedades per tenecientes en su mayor par te a la herenci a recibida por su mujer fueron
v endi das . El matrimonio se desprendió de numerosos bienes situados en la calle de Lepe,
lindantes al río y retirados del centro urbano de la ciudad. En 1810 y 1811, ante el escribano
Dieg o Bolaños , la pa reja vendió cuatro inmuebles . El primero , situado en la calle Lepe “c on
puer t a falsa al estero del Molinito” en octubre de 1810 a Francisco de la F eria, valorado en
1.100 reales de vellón
334
. Unos días más tarde, el 3 d e noviembre, también tras pasó una casa
baja situada en la calle Lepe en 2.750 reales a fa vor de María Aguilera
335
y una casa ba ja
“cesoria” por la cantidad de 1.100 reale s a Antonio Muníz
336
. Dos día s más tarde, el 5 de
noviembre continuó v endiendo propieda des . E n esta oc asión, ese mismo día otorgó escritura
de v enta de una casa baja también en la ca lle de Lepe por el prec io de 2.200 reales de v ellón a
Andrés J urat
337
.
El año 1811 se inic iaba con una n uev a venta . El 7 de ene ro , el matrimonio volvía a
enajenar una de sus propiedades . En esta ocasión, era una casa también situada en la ca lle de
Lepe, con puer ta falsa a la calle de los P er ros , vendida en 3.300 reale s de vellón a Manu el
R odríguez
338
. Sin embarg o , la v enta más impor tante fue la realizada a Antonio Matos . E n 1814
333
P aloma F er nández Pérez, El r ostr o familiar de la metrópoli. Redes de P a r entesco y laz os merca ntiles en Cádiz, 1700 -
1812. Madrid : Siglo XXI de España, 1997, pág . 220.
334
A.P .N .A. Le g ajo 324. V enta que otorg a Don Francisco del Moli no y Doña María J osef a Núñez a fav or d e
Francisco de la F eria v ecino de e sta ciu dad. 13 de octubre de 1810 . Escriban o Dieg o B olaños Mald onado ,
folio 52.
335
A.P .N .A. Le g ajo 324. V enta qu e otorg a Don Francisco del Molino y su mujer a fav or d e María Aguilera de
esta v ecindad . A y amonte, 3 de no vie mbre d e 1810. Escribano Dieg o Bolaños Maldo nado , folio 61.
336
A.P .N .A. Le g ajo 324. V e nta q ue otorg a D on Francisco d el Molino y Doña María Josefa Núñez v ec inos d e
esta ciudad a fav or d e Antonio Muniz, 3 de no viembre d e 1810. Escrib a no Dieg o Bolaños M aldonado , fo lio
63.
337
A.P .N .A. Leg ajo 324. V enta que otorg a Don Francisco de l Molino y su mujer Doña María J osefa Núñez a
fav or de Andrés Jurat, 5 de noviembre de 1810. Escribano Dieg o B olaños Maldo nado , f olio 65.
338
A.P .N .A. Leg ajo 324. V enta que otorg a Don Francisco d el Molino y su esposa Do ña María J osefa Núñez a
fav or de Manuel R odrígue z, 7 de enero d e 1811. Escribano Dieg o Bolaños Maldo nado , f olio 4.
1 16
el matrimonio se despr endió de v arias propiedades situadas en el tér mino de la R edondela
dedicadas a la plantación y a la elaboración vitícola
339
. Entre ellas se encuentran:
“ - Una viña en el camino de la villa de Lepe al s itio nombr ado del Grafin o , compuesta de
v einte y tres mil, y mas zepas , que linda por lev ante con tier ras y viña de Man uel Or tiz; por el
su r con tier ras de las Mendie tas por Don Antoni o Domínguez :
- Ottra viña al sittio de las Ber nardas compues ta de s iete millares de zepas y linda por el nor te
con otras de Don Ant onio R osello; por lev antte con viñas de Don Luis Carlie r; y por
ponientte, c on ottras de Ana Cr usada:
- Una Casa con Lag ares , Bodeg a, calderas de Aguardiente y ar rope, situada en la villa de la
R edonde la y calle de S anta María, lindando por P oniente con otra de M aría del Car men, por
lev ante con el ca llejón que v a a la Iglesia:
- Ottra casa c on dos lagares y útiles;
- Una bodeg a con ttodas las basijas que contiene, y demá s efectos útiles de ella, en la misma
villa y linda por poniente con bodeg a de Don J uan F alo; y por lev ante con c asa de la P edrotta
en la ca lle llamada la Manc ha; cuyos bienes hemo s como nuestros p r opios en la e xpresada villa
de la Re dondela y su tér mino como heredados por los fallecimie ntos de Don Franc isco León
Domínguez y Don F ernando Núñez, Abuelo y padre de la Doña María J osefa Núñez
otorg ante ... ”.
T odas el las fueron compra das en 100.000 reales de vellón. P ara entonces , la familia del
Molino tenía su residencia en la calle Santísima T rinidad. Mientras vendían mucha de sus
propiedades , el matrimonio iba adquiriendo otras nuev as . Deseando ampliar sus ha bitacio nes
fueron comprando inmu ebl es ane x os a su ca sa en esa misma vía. En 1814, adquirieron a
Dieg o González una casa baja que linda ba por el nor te con la ca lle Mesones y por el sur con
una “callejuela tapada que llaman de T av er nas”
340
. La vivi enda adquirida tenía ser vidumbre
con la que hasta entonc es era la residencia del ahora comprador, Francisco del Molino . El
nuev o inmueble fue adqui rido por 26.500 rea les de vellón. Queriendo ampliar s us propiedades
situadas en esta calle de la Santísima T rinidad, en 1815 vol vió a adquirir una nuev a casa. En
esta ocasión se trataba de una “c asa alta compuesta de z aguán, recibidor , sala principal,
339
A.P .N .A. Leg ajo 326. Escritura de venta de v arios bienes ra íces y otros efectos , Don Francisco del Molino
y Doña María Josefa Núñez su mujer a Antonio Matos , u nos y otr os vecinos de esta ciud ad, escribano
Francisco Xavier Granados , A y amonte, 4 de abril de 1814, folios 55 r - 57 v .
340
A.P .N .A. Le g ajo 326. Escritura venta una casa baja calle d e la T rinidad, Dieg o G onzález a Francisco del
Molino , ambos de esta vecindad, A ya monte , 9 de ma rzo de 1814. Escribano Francisco X avier Granados ,
folios 43 r- 44 v .
1 17
g abinete, alcoba de dor mir , cocina y demás oficinas ,…lindaba con casas del comprador y con
calleja que fue de ta v ernas”
341
. Fue adquirida en 16.500 reales de v ellón al v ec ino J uan
F er nández Sierra. No cabe duda que el matrimonio estaba ampliando sus instalaci ones y
habitaciones en esa calle, residencia de muc ho de los riojanos in stalados en la ciudad. En
1816, v endieron una lonja situada en la calle Lepe por 1.00 0 reales . Lo interesante de esta
v enta es que en la escritura se detalla que la cantidad por la que la vendi eron iba a ser vir pa r a
ayudar a comprar y pag a r la posesión que el matrimonio , compuesto por F rancisco del
Molino y J osefa Núñez, había adquirido recientemente para su morada en la ca lle T rinidad y
Mesones
342
.
No fueron la s únicas compras realiz adas en e sta calle también conocida por el nombre
de Sardineros . En 1825, el 29 de marzo
343
, Francisco del Molino adquiere a Man uel Gonz ález
y a María J osefa Blanco González una casa alta que hacía esquina con la Plaza de la Riv era a
donde tenía un ba lcón. El precio del inmueble fue estipulado en 10.000 reales de vellón. En
ese mismo día también, compró a Manu el Blanco y María Dubrit
344
, dos cuartas par tes de
casa, con alto y bajo situada en la misma ca lle T rinidad, cuyas habitaciones también estaban
contiguas a las que el propio F rancisco del Molino poseía. El precio estipulado fue de 2.000
reales . E l matrimonio pasaba a ser propietario de e se nuev o inmuebl e para incorporarlo a su
vivienda.
Francis co de l Molino había vendido la par te que le cor respondió de la a ntigu a
propiedad que ha bía adquirido con su antiguo socio Miguel Lerdo de T ejada , durante los
primeros años del siglo . El compra dor f ue Manuel Lerdo de T ejada
345
. Hemos de imagin ar
que Manuel con esta compr a incor poraba la mitad de esa propiedad a la que para entonc es
habría heredado de su her mano Miguel y que Francisco , por la s escritura s y documentos
obser v a dos , trasladaba su domicilio familia r a una n uev a propiedad situada en la misma vía.
En el ter reno profesional F rancisco del Molino continuó ha sta su muerte, oc ur rida en
la década de los treinta, dedicándose a las actividad es comerciales junto a su nuevo socio , su
341
A.P .N .A. Le g ajo 326. V enta Juan F er nánde z Sier r a a Franci sco del Molino . A ya monte, 14 de no viembre d e
1815. Escribano Francisco Xavier Gra nados , folio 98.
342
A.P .N .A. Leg a jo 326. Escriba no Dieg o Bola ños , 17 de fe brero de 1816, folio 29.
343
A.P .N .A. Leg ajo 331. V enta de ca sa Manuel González y Doña Ma ría J osefa Blanco a Don Francisco del
Molino , Escribano Francisco X avier Granados , 29 de marzo de 1825, folio 91.
344
A.P .N .A. Leg ajo 331. V enta de ca sa Manuel González y Doña María J osefa Blanco a Don Francisco d el
Molino , Escribano Francisco X avier Gr anados , 29 de marzo de 1825, folio 93.
345
A.P .N .A. Leg a jo 325. Escriba no Dieg o Bola ños , 15 de ma rzo de 1814, folio 15.
1 18
paisano Manuel Ber na bé Lerdo de T ejada. T ras el falle cimiento de Francisc o , Manuel Lerdo
de T ejada continuó un tiempo con la viuda del Molino . P osterior mente, ambas familias
caminarían por se parado .
A unque F rancisco del Molino fue socio de Man uel Lerdo de T ejada, tendrí a neg ocios
y otras p ropiedades con otros vecinos de la ci udad. Con su también paisa no Casto García
tuv o una a tarazana situada en la calle de Le pe, lindante por el sur con la ca lle J uan F er nánde z
que unos años después v endió a l presbítero F rancisco Sá enz
346
por 8.000 reales de v ellón.
De la actividad comercia l de sarrolla da por Manuel Lerdo de T eja da tenemos escasos
datos . De sus propiedades , hay que señalar que en 1818 tenía la Ca sa tienda de su comercio ,
situada en la calle d e la T rinidad y de Zamora, y una ca sa en la Plaza de la L aguna
347
. Manuel
no solo se dedicaría a las actividades mercantiles , sino que como solía ser habitual, en
ocasiones , se dedicaba a conceder préstamos a particula res , e incluso a custodiar depósitos
monetarios que les apor t arían pingüe s bene ficios . Ramona de Ri vero , esposa del sarg ento
may or de esta plaza y teniente corone l de los R eales E jércitos , le entregó la cantidad de v einte
mil reale s en plata y oro , per tenecientes a su dote , pa ra que los custodiase . Manuel estaba
oblig ado a devolv erlos en el transcurso de dos años
348
.
En ese mismo año de 181 8, Manuel Lerdo de T ejada prestó la ca ntidad de 2.3 86 reales
de v ellón, al ve ci no Man uel Raim undo de profesi ón cordele ro para que comprase una casa
atarazana con obrador para ejerce r su profesión, situada en calle R eal, lindando a l ponie nte
con el muell e donde “vate las aguas del Guadiana”. En esta ocasión, como solía ser ha bitual el
beneficiario del préstamo tendría la oblig ación de dev olver el ca pital prestado y los intereses
acordados . En ca so de no cumplir con lo señalado , respondería del préstamo con su propia
casa
349
.
MATRIMONIOS CELEBRADOS POR LOS ORIUNDOS DE LA RIOJ A
346
A.P .N .A. L eg ajo 331. Escritura de venta Don Francisco del Molino y Don C asto Gar cía a Don Francisco
Sáenz, A ya monte, 11 de ma rzo de 1925.Escribano Francisco Xavier Granad os , foli o 73.
347
A.P .N .A. Le g ajo 328. Escritur a de obliga ción que otorg a D on Manuel de T ejada a favo r de Doña Ramo na
de Riv ero y la R osa, mujer de Don Eliseo Pé rez v ecin o d e e sta ciuda d y sargento mayor e n e lla y 20.000
reales , Ayamonte, 7 de febrero de 1818. Escriban o Dieg o Bola ños , folio 37 r - 38 v .
348
A.P .N .A. Le g ajo 328. Escrit ura de Escritura d e oblig ación que otorga Do n Manuel de T e jada a fav or d e
Doña Ramona de Riv ero y la Ro sa, mujer de Don El i seo Pé re z v ecino de esta ciudad y sarg ento mayor en
ella y 20.000 reales , 7 d e febrero de 1818. Escribano Dieg o Bolaños , foli o 37.
349
A.P .N .A. Leg a jo 325. Escritura de 8 de abril de 1818. Escribano Dieg o Bolaños , f olio 105.
1 19
P aralelamente al desar rollo de sus actividades mercantiles nu estros protag onistas ,
oriundos de la Rioja, no t uvieron dema siados inconv enientes pa ra contraer matrimonios con
ayamontinas o con m ujeres procedentes de las loc alidades vecinas , la m a yoría per tene cientes
a familias solv entes . Resulta curioso v er la faci lidad con la que nuestros protag onistas
contraían enlaces , en la mayoría de los casos , ventajos os . Sus profesiones comerciales les
facilitarían esos contactos , de suerte que sus futura s esposas procedían tam bién de familia s
relacionadas con el m undo de los neg ocios y con las acti vidades mercant iles . Sus nuev os
sueg ros traficarían con ce reales , espar to , vinos y otros productos . Sus nuev as familias políticas ,
con las n upcias concederían mediante unas cua ntios as dotes , estabilidad e inc luso solidez
económica a sus neg ocios y compañías .
Las esposas de Ca sto García y de F rancisco del Molino eran parientas . J osefa de León
Domínguez, mujer de Casto , era tía de María J osefa Núñez, cónyug e de l también riojano
Francis co del Molino . Ambas procedían de una familia a caudalada y muy relacionada con la
explotación y producción vitíc ola en la v ecina vill a de la R edondela, J osefa de León
Domínguez era hija del matrimonio compuesto por Francisco León Domínguez y María
F er nández . El matrimonio únicamente procreó dos hijas , a las que pusieron por nombre
Leonor y J o sefa. En 1796
350
, año en el que la pareja compuesta por Francisco León y María
F er nández concedió testamento , su hija J osefa Domíngue z se encontraba residiendo en la casa
de sus padres , tras haber enviudado de Antonio Matos , con el que había tenido dos hijos , J osé
y Antonio . Uno de ellos , J osé de Matos , será el ca pellán o administrador de la ca pellanía
fundada por sus abuel os Francisco de León y María F er nández en la par roquial de Ntra. Sra.
de las Angustias
351
.
“Hemos tenido y tenemos en nuestra ca sa y compañía a nuestra hija Doña J os efa
Domínguez viuda de Don J osef Matos , con sus dos menores hijos J osef y Antonio la qual
nos ha estado y contin ua asistiendo sir viendono s y aun ayudandonos a adelantar y concer var
el caudal tenido en todo ello el may or esmero , y espec ialmente en la asi stencia de nuest ras
enfer medades , aseo y limpiezas de nue stras personas , y casa escusando con este motiv o una
criada y criado sin otro interés que el amor que nos tiene y hav erles dado la comida por lo que
350
A.P .N .A. Leg ajo 314 . Inser to en “Cuenta, división y par tición de los bie nes y dinero s q ue qued ó por fi n y
muer te de Don Francisco León Domíngue z y Doña María F er nández su mujer entre su hija y nieta Doña
J osefa Domíngue z y d oña Ma ría J osefa Núñez” . Se encuentra el testamento otorg ado por el matrimonio .
A ya monte, 16 d e junio de 179 6, ante el escribano A ntonio Rodríguez Franco y Delg ado . I ncor porado en el
protocolo de l escribano Dieg o Bolaños de 1801, foli os 131 – 154.
351
A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición d e los bienes y dineros que quedó por fin y muer te de
Don Francisco León D omíng uez y Doña María F er nánde z su mujer entre su hija y nieta Doña J osefa
Domínguez y doña María J osefa Núñez”, f olio 138 v . Se encuentra el testame nto otorg ad o por el
matrimonio . Ayamonte, 16 de junio de 1796. Cláu sula 18 del c itado testamento .
120
desde luego le haremos gracia y donación remuneratoria de ella, y queremos que no s e l e
impute este g asto en pag o de su legítima, ni por otro algún ter mino , pues caso necesario lo
que fuere e impor tare se lo leg amos en uso de las facultades que el derecho nos per mite
respecto a lo g r ueso y balio s o de nuestro caudal y a que la referida se ha ayudado con barias
agencias y con lo que le pr oduce la capellanía que desfr utta su hijo J osef por ser así nuestra
v oluntad”
352
.
Quizás debido al cuidado y a la asistencia concedida por su hija fue por lo que sus
prog enitores la beneficiaron.
“Mejoramos a n uestra hija doña J osefa Domínguez viuda de Don J osef Matos por
una v ez en la calidad de c iento diez y s eis mil r eales de v ellón de los que nos tocan y
per tenecen en el tercio y remanente del quinto de nuest ro caudal, cu ya canti dad se le ha de dar
y pagar en los bienes y efec tos que expre samente le señal amos y son lo s siguientes
353
.
P ara lle v a r a cabo la mejora, señalaron a lgunos bienes entre los que se enc ontraba la
casa familiar ,
“una casa principal que es la de nues tr a habitac ión inclusa la de la Bodeg a y demas oficina s
que auna y otra cor respondan y lindan a unas casas de D oña T omasa P erez y hasen esquina a
la calle de San Antonio”
354
(… ) “Con cuyos referidos bienes se le den y paguen la insinuada
mejora”
355
.
Mientras , la otra hija, Leonor , para entonc es ya había fallecido . Sin embargo , de su
matrimonio con F er nando Núñez dejó una hija llamada María J osefa, que casaría años más
tarde con el riojano F rancisco de l Molino . A falta de su madre, María J osefa Núñez serí a
tenida en cuenta en las particion es y herencia procedente de sus abuelos mate r nos .
352
A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición de los bienes y dineros que quedó por fin y muer te de
Don Francisco León D omíng uez y Doña María F er nánde z su mujer entre su hija y nie ta Doña J osefa
Domínguez y doña Mar ía J osefa Núñez”, Se encuentra e l testamento otorg ado por el matrim onio . A yamo nte,
16 de ju nio de 1796. folio 138 r . Clá usula 18.
353
A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición de los bienes y dineros que qued ó por fin y muer te d e
Don Francisco León D omíng uez y Doña María F er nánde z su mujer entre su hija y nieta Doña J osefa
Domínguez y doña Mar ía J osefa Núñez”. Se encuentra e l testamento otorg ado por el matrim onio . A yamo nte,
16 de ju nio de 1796. folio 138 v y 1 39 r . C láusula 20.
354
A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición de los bienes y dineros que quedó por fin y muer te de
Don Francisco León D omíng uez y Doña María F er nánde z su mujer entre su hija y nieta Doña J osefa
Domínguez y doña Mar ía J osefa Nú ñez”. Se encuentra e l testamento ot org ado por el matrim onio . Ayamonte,
16 de ju nio de 1796. F olio 139 v y 140 r, cláusula 26.
355
A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición de los bienes y dineros que quedó por fin y muer te de
Don Francisco León Domí nguez y Doña Mar ía F er nández su mujer entre su hija y nieta Doña J o sefa
Domínguez y doña Mar ía J osefa Núñez”. Se encuentra e l testamento otorg ado por el matrim onio . A yamo nte,
16 de ju nio de 1796. folio 140 r, cláusula 28 del te stamento .
121
El domicilio Domínguez F er nández se situaba en la calle Lepe , haciendo esquina y
lindando por el poniente con la ca lle Sa n Antonio . Sin embarg o , muc has de sus otras
propiedades estaban ubicadas en la también céntrica calle Zamora, donde incluso lle g aron a
constr uir a lguna que otra vivienda. El matrimonio fue propietario de más de cincuenta bienes
entre los que se encontraba n casas , lonja s , lag ares , bodeg a s y fincas
356
. Algunas d e su s
propiedades ser vían de espartería e inc luso de taberna. La ma yoría de las lonjas , dispuestas en
la calle de Lepe, dando sus espaldas al por entonces insalubre y húmedo estero , estaban
ar rendadas a traficantes y comerciantes como el v ecino de Ay amonte , Antonio Bor reguero .
Además de ser propietario de num erosos inmueble s urbanos , el matrimonio también
era dueño de varias suer tes de tie r ras , y de cinco fincas situada s en el tér mino de La
R edondela. Las suer tes de tier ras ubic adas la may oría en el tér min o de Ayamonte , se
encontraban al sitio de l Callejón, en Fuente Santa o en el Cercadito que se hallaba contiguo a
la calle Le pe. La m ayoría estaban culti v a das de higueras , producto destinado e n su may oría a la
expor tación. Las fincas ubicadas en el t ér mino próximo de La R edondela estuvieron
sembradas de numerosas viña s , por lo que sus cul tiv os elevaban su valor . Entre ella s estaba la
Viña nombrada la T arazana o Grafino , compuesta de 18.488 ce pas . Cada sepa estaba valorad a
en dos reales de v ellón, por lo que la finca fue tasada por los pe ritos en 36.977 reales de
v el lón
357
. E n la misma Redondela estaban dos fincas más , tambié n cul tiv ada s de viña s . Ambas
se encontraban al sitio de la s Ber nardas . Una, compuesta de 3.797 cepa s al precio de tres
reales ca da una, había perteneci do al estanquero de Le pe, y otra que fue de J uan J usto tenía
cultiv adas 2.748 ce pas
358
. Al marg en, tambi én eran propietarios de dos faneg as de tier ra
356
A. P .N .A. L eg ajo 314. Incor porado en el protocolo d el escribano Dieg o Bolañ os . Inv entar io , aprec ios ,
cuenta, división, liquida ción y partición a lo s bie nes y c audal que qued aron por la fin y muer te de Don
Francisco León Domínguez y Doña María F er nánde z, marid o y mujer, v ecinos que fue ron de esta ciudad que
hacemos nos los albac eas de los re feridos en fuerza d el nombramie nto y facultad es que se nos c onfieren por
el testamento qu e de mancomún otorg aro n los expresados en diez y seis d e junio de mil setecientos no venta
y seis qu e para los efectos que sean c onducentes , y c oncier nan al mejor ar reglo de esta par tición ponem os su
copia autorizada por c abeza a e lla; respecto haber falle cido bajo de d icha disposición sin q ue c onste haberse
rebocado en tod o ni e n par te y con concur rencia de los legítimos her ederos nombrad os en él y por el q ue no
su padre como tutor y c urador en r epre sentación d e su hija se da principio a su inv e ntario y demás en la
for ma siguiente. 30 de marzo de 1801 . F olios 155.
357
A.P .N .A. Leg ajo 314 . Incor porado en el protoc olo d el escr ibano Die g o Bolañ os . Inv entario , aprecio s ,
cuenta, división, liquida ción y partición a lo s bie nes y c audal que qued aron por la fin y muer te de Don
Francisco Le ón D omínguez y Doña María F er nández, marid o y mujer , vecino s que fue ron de e sta c iudad.
Número 47 d el inv entari o , folio 158 r .
358
A.P .N .A. Lega jo 314. Incor porad o e n e l protocolo del escribano Die g o Bolaños . I nv e ntario , apre cios ,
cuenta, división, liquida ción y partición a lo s bie nes y c audal que qued aron por la fin y muer te de Don
Francisco Le ón D omínguez y Doña María F er nández, marid o y mujer , vecinos q ue fueron de e sta ciu dad,
número 48 y 49, f olio 158 r y v .
128
Fir ma de J uan Mar tínez Alons o, inco r porada en su testament o
otorg ado el 29 de di c iembr e de 1807 (A.P .N .A. Legajo 321)
Finalmente, Manu el Berna bé Lerdo de T ejada y Sáenz contrajo matrimonio con María
Dolores Obando F er nández
382
, natural de la R edondela, hija de Juan J usto Obando y de J osefa
F er nández . Al tiempo de su unión, Manuel apor tó 90.000 rea les de v ellón, “poco más o
menos en plata, efectos y deuda s de la tienda del merca der que en aquel tiempo tenía en
Compañía del difunto Don Francisco del Molino”
383
. De ntro de esa ca ntidad estaba incluido
el v alor de una ca sa en la Ca lle T rinidad y el de otro inmueble situado en la Plaza de la
Laguna. La vivienda situada en la calle T rinidad, a la cual el nuev o matrimonio lev antó un
segundo piso , sería la vivienda famili ar y donde, ya en la década de los setenta, María Dolores
Obando , viuda desde 1854, contin uaba vi viendo . María Dolores Obando apor tó a l
matrimonio la cantidad de 32.000 reales de v ellón
384
.
Como se puede apreciar , muc ha s de la s familias con las que empa renta ron los
inmig rantes riojanos o eran naturales o tenían bienes en el tér mino y villa de la Redondela,
382
A.P .N .A. Le g ajo 421. Escrib ano Enrique Nieto Carlier . T estame nto d e Marí a Dolores Oba ndo F e r nández,
14 de ju lio de 1877, folio 794. Manuel Ber nabé L erdo de T ejada, su esposo , fa llecería en el año 1854.
383
A.P .N .A. Leg ajo 335. T estamento de Man uel B . de T ejada y de su m ujer María Dolores Obando .
A ya monte, 19 may o de 1832. Escribano Francisco J avier Granad os . F olio 99 r y v .
384
A.P .N .A. Leg ajo 335, T estamento de Man uel B . de T ejada y de su m ujer María Dolores Obando .
A ya monte, 19 may o de 1832. Escribano Francisco J avier Granados . folio 100 v .
129
donde ―a diferencia de A ya monte― ex istía un ter reno más próspero para la ag ricultura y pa ra
el cultiv o de viñas y de higueras .
Durante el primer cuar to de siglo , en los docu mentos aparece frecuentemente el
tér mino de g remio de cosecheros , confor mado por varios individuos dedica dos a la
explotación y expor tación de la vid, producto muy comercializado en décadas y centurias
anteriores . Con el paso de los años , esas antiguas producciones serán sustituidas por nuev os
neg ocios .
Los de scendientes de es os antiguos cosecheros , en consecuenc ia, irán dedicándose
poco a poco a nuev as acti vida des e industrias relaci onadas con la transfor mación de la pesca.
Incluso , per tene cientes a una el ite social merca ntil, prestamista y propietaria, come nzarán a
emparentar con miembros de familias dedicadas a la salazón y tr ansfor mación del pescado
que, a finales de la centuri a y comienzos de la próxima, confor marán la nuev a elite e c onómica,
social y política de la ciudad.
130
131
Capítulo IV .
A Y AMONTE DURANTE EL REIN ADO DE
ISABEL II
132
133
T ras la s convulsas prim eras déca das del siglo , el reinado de Isabel II vendrá
acompañado de una may or estabilidad. Frente a la agitación protag oniza da durante los años
anteriores , la situación política se serenaba. Sin embargo , la pobreza y la miseria continuaban
anidando en un elevado porcentaje de la población. Años se sucederán en donde las
enfer medades , e pidemias y temporales continuarán de bilitando a la población, mientras que
una naciente industria de s alazón de pesca do an unci aba y presagiaba una nuev a época.
LA VI D A DURA NTE LA S REGENCIAS . EL AZOTE DEL CÓLERA Y LA
BÚSQUED A DE NUEV AS TIERRAS
En 1833, la ciudad lamentaba el incumplimiento que las ar tes de ar rastres hacían de l as
nor mas
385
. La corporación ayamontina continuaba denunciando el uso del ar rastre durante la
v eda , con el elev ado per juicio que tenía en la crí a y desov e de la s especias , e incluso la
existencia de ci ncuenta pa rejas o ar tes per tene cientes a la Matrícula de Cá diz, el Puer to y
Sanlúcar que redaban continuamente dentro de las cinc o legua s prohibidas y fuera de los
límites del Esperillo . Acusaban de pescar a tan solo una milla de tierra, con pequeños faluchos
o candrais que tiraban de a r tes proporcionalmente reducidos . Las autoridades ayamontinas
durante estos años denunciaron constantemente la de str ucción que ocas ionaban dichas
embarcaciones y aparejos y solicitaba n un riguroso cumplimiento de la orden. P ara entonces ,
los ayamontinos v eí an debilitarse sus ca laderos y no podía n competir c on las capturas
realizadas por las rastrer as . Las emba rcaciones autorizadas estaban únic amente en manos
extranjeras , las licencias eran limitadas y el equipamiento de un ar te de bous requería de una
elevad a disponibilida d de capital accesible a la altura de muy pocos bolsillos
386
.
En la década de 1833-1843 sucedieron otros acontecimientos y circunstan cias que
debilitaron una v ez más la pobla ción. En 1833, Ay amonte v olvi ó a sufrir una nuev a e pidemia
de cólera. La tendencia, según indica Sánchez Lora fue benigna en julio y ag osto e incluso ,
lleg a a señalar al hambre y no a l cólera como el causa nte del desastre
387
. La e pidemi a procedía
de P or tug al y Ayamonte fue una de las primeras poblaciones a fectadas junto con Vig o y
alguna otra situada en la fr ontera. En ag osto , los barcos ayamontinos no eran a dmitidos en los
385
A.M.A. Leg ajo 25. Acta capitu lar de 15 de junio de 1833. s/f.
386
J uan J osé Garc ía del Ho yo , Liberalización y sobr eexplotación pes quera en la Andal ucía Atlántica, pá g . 11.
387
J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico: A yamonte, 1600- 1860..., pág . 262.
134
puer tos de Sevilla, de Cádiz, ni en ningún otro de la costa
388
. El ca bildo prohibió la subida del
precio del pan y de cualqu ier otro comestible e inter vino todos los g ranos y semillas existentes
para entonces en el vecindario . P a ra abastecer a la pobla ción de víveres , se acordó levantar dos
palenques ―uno situado en el sitio del prado de La R edondela y otro , al lado de la antigua
er mita de S an Bar tolomé, inmediat a a Villablanca― en los cua les los a r rieros y demás
traficantes efec tuarían la v enta de trig o , semillas y otros efectos
389
. En la noche del 2 de
septiembre, 40 hombres de l campo se presentaron en la casa del para entonces alcalde,
solicitándoles limosna. El día 3, el ayuntamiento requería utilizar los recursos del pósito . Hasta
el 24 de septiembre, cuando la mor tanda d comenzaba a remitir , no se recibió una Orden del
Ministerio de F omento autorizando a la J unta de Sanidad disponer de la mitad de los fondo s
del pósito
390
. E n los meses de a g osto y de septiembre, en la P a r roquia de las Angustias se
celebraron un total de 239 enter ramientos , frente a los 11 protag onizados durante los mismos
meses del año de 1830. Finalmente, en el mes de octubre , las autoridades declaraban el estado
de buena salud que poseía la ciudad. El día 17 de ese mes en el T emplo de la R ibera se cantó
un T e Deum en a cción de g racias por haberse declarado la poblaci ón libre del c ólera.
En 1834 las autoridades , intentando mejorar la situación del muni cipio requieren a su
majestad la autorizaci ón para el uso de nuev as tier ras y la instalación de un m ejor ser vicio de
aduanas en la localidad. La falta de tier ras ha cía indispensable que el v ecindario tuviese que
comprar e impor tar los e fectos de primera necesidad, pues con las tier ras d isponibles hasta
entonces no se conseguía la subs istencia durante todo el año . De a hí que las autoridades se
interesasen en la explotación de la ba ldía e improducti va “Isla de C anela, situada al medi odía,
a dos tiros de fusil de esta población en l a costa inmediata del océ ano , de dos leguas de larg o y
media de anc ho”
391
. Según la cor poración, dic ho ter reno había sido anterior mente la boreado y
cubier to de haciendas de dominio par ticular , lleg ando a ser “la pa rte más interesante de la
riqueza de esta ciudad”. Sin emba rg o , todo eso desapareció debido a la inundación
protag onizada con moti vo del terremoto de 1755 que asoló buena par te del tér mino
municipal de Ay amonte . P ara 1834 existían en ella v estigios de arbolado de diferentes espec ies
y pinos que sembraron los vecinos . La isl a tambié n se de dicaba durante el invierno al
388
A.M.A. Leg ajo 25. Acta capitular de 29 ag osto 1833.
389
A.M.A. Leg ajo 25. Acta capitu lar de 30 de ag osto 1833.
390
J osé Luis Sánchez Lora, D emografía y análisis hist órico: A yamo nte, 1600-1860 ..., pág . 26 4.
391
A.M.A. Leg ajo 26. Car ta diri gida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834
135
apacentamiento del ganado yeguar . P ara los regidores de entonces , dirigidos por el alcalde
Eleuterio Garcés , el culti v o de la Isla mejoraría la situación de los labradores de esta ciudad,
lleg ando incluso según señala ban en una sesión, a recuperar el bienestar que antes g ozaban.
A umenta ndo…
“la producción y con ella l a riqueza de todos s us ve cinos , ensancharán los límites de
su escasa pr opieda d, ofrecer á muc hos más va lores y ca pitales sobr e que giren los impuest os
con beneficio de la Real Hacie nda y de los contribuye ntes , y harán en fin que aquella
interesante porción de terr eno que contiene más de mil faneg as de apro v echamie nto , pase con
la brev edad instantáne a qu e su pa r ticular condic iones proporcionad de la inutilida d más
completa al e stado de produ cción más animada y abunda nte”
392
.
El únic o obstáculo para la roturación de la s tie r ras era que en la isla estaba situada una
tor re vigía , por lo que aquel ter reno per tenecía a las de pendenc ias de Guerra. La tor re que
para entonces apa recía desar tillada, no tenía otro objeto militar que ser la h abitaci ón de un
tor rero destinado a obser v ar las nov edades de las playas vecinas . T eniendo presente todo el lo ,
en 1834 se baraja ba la situación de recupera r para el cultiv o un t er reno que estaba pa ra
entonces baldío
393
.
En relación a la aduana indicar que las autoridade s de A ya monte expresaban su
malestar por la habilitac ión de otras adua nas próx imas y menos necesarias y la situación de
desigualdad que sufría la de Ayamonte . La de sembocadura del río protag oni zaba un come rcio
considerable y sostenido con zonas del interior y especialment e con las provincias de
Extremadura y de Cataluña. No había oficina de despacho hasta el lug ar de Sa nlúcar del
Guadiana, situado siete leguas más a r riba, en medi o de una “sier ra inaccesible a toda clase de
comunicaciones”. En dichas leguas nav eg ables se echaba de menos un punto de despacho y
de comercio y abundaba el contraba ndo . T ras Sanlúca r , en seis leguas de frontera se
encontraban aduanas en “pueblos que ni eran susceptibles de comercio”
394
como El Granado ,
La Puebla y Sa nta Bárbara. Y para colmo en Isla C ristina reci entemente se ha bía habilitado
una aduana con el objeto de proteger un come rcio que hasta entonces se v erifica ba en
A ya monte .
392
A.M.A. Leg ajo 26. Ca r ta dir igida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834
393
A.M.A. Leg ajo 26. Ca r ta dir igida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834
394
A.M.A. Leg ajo 26. Car ta dirigida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834
136
“La ciu dad de A yamonte s ituada a la orilla del océano en el último confín de
Andalucía y el Reino del Algarbe, con un puer to cómodo y el más s eguro de todo el litoral de
esta comarca, ocupando en la desembocadura del Rí o Guadiana una misma latitud con la s
poblaciones por tuguesas de Villa real y Castromarín, ofrece v entajas al comercio con aquel
reino , que no pue de reuni r ningún ot ro punto fronte rizo . E stas circun s tancias llaman la
atención de su ayuntamie nto para acudir a V .M. en solicitud de que se habilite su ad uana para
la impor tación de efectos de P ortug al y exportación de los mismos , así como lo está para la
extracción de fr uto s únicame nte”
395
.
Mientras las autoridades estaba n preocupadas por mejorar la situación económica del
municipio , en el terreno polític o , Ay amonte se dispuso a jurar la constitución de 18 de junio
de 1837. P ara entonc es , la s acusaciones y las denuncias continuaban sucediéndose y en
ocasiones el a mbiente político era inc ómodo y hostil. El cura más antig uo de la ciudad
manifestaba su malestar con el vicario ec lesiástico de la población. Según éste , el vicario tenía
un elevado desafe cto al sistema actual de gobier no , por lo que el próximo juramento de la
Constitución lo haría con g ran disgusto . Sin embarg o , las a utoridades municipales no
pensaban lo mismo . P or unanimidad acordaron posicionarse al lado del vi cario ecle siástic o ,
infor mando que…
“…ni ha cometido acto s por donde pueda tac hársele de desafecto ni el pueblo , es presumible ,
juraría con dis gu sto en sus manos , antes por el contrari o pue de asegu r arse lo hará con muc ho
gusto por que aprecia g eneralmente las vir tudes del r e ligioso y buen compor tamie nto del
citado vica rio”
396
.
La publica ción de la constitución se llevó a ca bo el doming o 9 de julio , celebrándose
el jurame nto el doming o siguie nte, día 16, en la iglesia par roquial de Ntra. Sra. de la s
Angustias . E l acto se celebró con solemnidad y confor me a lo aprobado por Re a l Decreto de
15 de junio .
T ras este impo r tante acontecimiento en la vida política de la nación, las a utoridades
municipales continuaban de nunciando las necesidades que sufría el vecindario . Dos meses
más tarde del juramento , se acordaba el repar to de la Isla de C anela. La roturación de las
tier ras se ponía en marc ha para solv entar la situación de miseria que protag oniza ba una
elevad a par te de la población. P ara entonces , eran miembros de la corpora ción, m uchos de
nuestr os protag oni stas y de sus familiares . Era alcalde J oaquín Sá enz, teniente de alcalde
Manuel de T ejada, y destacaban como regidores J uan Mar tínez, Antonio Ma tos , Práx edes
395
A.M.A. Leg ajo 26. Ca r ta dir igida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834
396
A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitula r de 4 de julio de 1837, folios 31 v - 32 r .
137
Noguera, Manuel Florete y como procurador de l común, Manuel García. Lo primero que
hizo el ayuntamiento fue hacer públic a la disposición de las C or tes Gene rales de la Nac ión de
19 de ag osto , por la que se declaraba a la Isla de Canela, propie dad par ticular de esta ci udad, y
se mandaba re par tir “entre los braseros de esta dicha ciudad mediante porciones de tierra”
397
.
R equisito imprescindible para ser ag racia do con una concesión era el cultiv o
oblig atorio de la suer te de tier ra. El ayuntamiento “podía hacer estas concesiones a v ecinos
aptos para las faenas agrícola s , facilitándoles así medi os adecuados de sustentación y
log rándose un may or ren dimiento en beneficio de la economía nacional”
398
. La superficie fue
dividida en lotes de cua tr o faneg as . La tier ra, para entonces bie nes de propios , fue distribuida,
siguiendo al profesor Sánc hez Lora, e ntre milicianos , braceros y licenc iados del ejército . De las
152 suer tes que se distribuyeron, 77 fueron concedidas a milic ianos nacionales , 20 a
licenciados del ejérci to y 55 a braceros . La mayoría de estos campesinos poco tiempo después
v ende rían o abandonarían sus tier ras
399
.
Si esto sucedía en la parte sur del tér mino , en el norte, el ba r rio más antig uo de la
ciudad, la Villa, contin ua ba deteriorándose y desp oblándose, hasta el punto de ser despojado
de los cultos religiosos que tradiciona lmente se celebraban en su templo y en sus alrededores .
La villa poseía el orgullo de haber sido el núcleo de pobla ción más antiguo de la ciudad. Sin
embarg o , la ciudad fue creciendo , extendiéndose por la falda de la ladera ha sta lleg ar a los
márg enes del río Guadiana.
Como ya obser v amos , la Villa se extendía en ter renos elevados , en tor no de una loma
coronada por un ya para entonces maltrecho castillo y por el templo del Sal vador . E n la base
de ese bar rio , en los márg ene s de l río , a par tir del siglo XVI surgió un nuev o bar rio , conocido
como la Ribera, dedicado principalmente a la marinería y a la s actividades pesqueras . E l
desdoblamiento de A ya monte en dos ba r rios debió de su ceder en el segundo cua r to del siglo
XVI. El crec imiento de la Ribera debió de transcur rir m uy rápidamente. A ntes de 1600,
existía una superioridad demog ráfica de la Ribera sobre la Villa
400
. En las centurias de los
siglos XVII y XVIII se c onsolidaba el incr emento de poblaci ón en el bar rio más moder no y
reciente. Mientr as , la Villa se debilitaba y despoblaba.
397
A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitular de 14 de se ptiembre de 1837, folios 42 v - 43.
398
J osé Luis Sánchez Lora, D emografía y análisis hist órico: A yamo nte, 1600-1860 ..., pág . 39 .
399
J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico . A yamonte. 1600 - 1860 , pá g . 39.
400
Manuel J osé de L ara Róde nas , “Proces os urbanos….”, pág . 43.
144
L OS AÑOS CU AREN T A . I NICIOS DE LA INDUSTR IA SALAZONERA
Los ayamontinos se hacían eco de los cambios protagoniza dos en la vida de la titular
de la Monarquía. La década moderada comenzaba con la celebración en la loca lidad de la
declaración de la ma yoría de edad de su Majestad, Isabel II, procla mada el 26 de noviembre
de 1843. El g obie r no nacional mediante una Re al Orden, disponía celebrar en el día 1 de
diciembre de ese mismo año , solemnes actos de proclamac ión. Los regidores y a lcaldes de la
ciudad de Ayamonte acordaron que se verificase lo requerido con la máxima ostentación y el
may or esplendor posible atendie ndo a los fondos que estaban empeñados para resultas de la s
celebraciones . P or aquel entonces , el ciudadano era infor mado de los ca mbios oca sionados en
las instituciones supe riores g racias a las cele braciones que festejaban los aconteci mientos . La
vida cotidiana se v eía inter r umpida por re piques de campanas , música y luminarias que
comunicaban los s uc esos g ozosos .
P ara completar la visión de la ciudad sería conv eniente recordar lo que indicaba d e
A ya monte , el diccionario g e og ráfico -histórico-est adístico de E spaña y sus posesiones de
Ultramar elaborado por P ascua l Madoz y editado entre 1845 y 1850. P a ra entonces la ciudad
se componía de 800 casas , 300 de el las de dos o más pisos y las restantes bajas y todas de
buena distribución interior . Las ca lles de La R ibera eran descritas como cómodas y regulares ,
mientras que las de la de La Villa eran dificultosas por su inclinaci ón. Sin emba rg o , todas ellas
se presentaban como limpias y “medianamente empedradas”. A yamonte para entonc es
contaba con tres pla zas o paseos públicos el de La Ribe ra, San Francis co y La Laguna. En la
Plaza de la La guna se encontraban la casa municipal y la cárcel, p a ra entonces edificios de
escaso v a lor y en mal estado de conser vación. El pres upuesto municip al ascendía a la módica
cantidad de 24.000 reales de v ellón. Habrá que esperar a las primeras dé ca das de l siglo XX
para que A ya monte contase con un nuev o ayuntamiento . Mientras , a mediados del XIX,
continuaban en funcionamiento el hospital de Ntra. Sra. de la Pieda d y la casa de niños
expósitos situada en la ca lle Gal dames . Además , la ci udad contaba con dos escuelas , una de
ellas pública y la otra per teneciente al g remio de mareantes dirigida en ex clusi v a pa ra los hijos
de los matricula dos de l m ar . En sus templos se encontraban un buen númer o de presbíteros .
La Iglesia de Las A ngus tias estaba ser vida por 2 curas , 7 presbíteros , 1 subdiácono , 1
sochantr e, sacristán, org anista y 3 acól itos . El templo de l Salvador disponía de 1 cura, 4
presbíteros , 1 sochantre, sacristán, org a nista y 2 acólitos . P ara entonc es , el T emplo de San
145
Francis co tras la exclaustr a ción ser vía de cua r tel y su iglesia estaba sin uso . E l de mercedarios
estaba dedicado a oficinas de Hacienda y a escuela pública. Mientras , eran 10 las religios as que
se encontraban en el Con vento de Santa Clara.
P ara entonces el sistema defensi vo , cui dado en otras épocas , era débil y como señala el
propio dicci onario “a pes ar de su pro ximi dad a l mar y de ser frontera de un reino estraño , no
tenía A ya monte otra for taleza o defensa que dos pequeña s baterías de moder na constr ucción,
mezquinamente a r tilladas”. La población se sur tía del agua de la fuente instalada en la Plaza
de San Fran cisco y de dos pozos , uno situado en el nor te de la población y otro en medio de
la ciudad. El ter reno era descrito como montuoso , pe dreg oso y poco fr uctífero , compuesto
por suer tes de tier ra en su may oría de “segunda calidad”. En el tér mino para entonces ,
también existían abundantes canteras de cal.
La ci udad tenía una población de 4675 habitantes , o lo que era lo mismo , de 954
v ec inos . La principal industria era la pesca, en la que se dedicaban un total de 800 individuos .
T ambién destacaba entre sus industrias , la mae stranza. En sus astilleros se rea lizaban
numeros os y buenos faluchos . Incluso para entonces , existía una industria dedicada al tejido y
producción de encajes , h eredera de un ramo que décadas a ntes fue impor tante al compás del
comercio con A mérica, lleg ando incluso a producir anualmente de 8 a 10.000 piezas de 16
v a ras ca da una. Aunque la producción ha bía dismin uido , Madoz indicaba que aún se
dedicaban a este tejido mu chas mujeres en esta c iudad.
Mientras , los oriundos de la Rioja y sus familia res , a medida que transcur ría el siglo , se
estabilizaron en sus f lorecientes c asas mercantiles y continuaron reg entando sus comercios y
actividades e inc luso , algunos de ellos comenzaron a inv er tir en nuev os neg ocios rela cionados
con la industria de la salazón del pescado . J uan Martínez de la Cr uz será uno de los pioneros
de esta industria
419
.
Sin emba rg o , a medida que pa saban las décadas , nuev os individuos liderarán el
neg ocio de transfor mación del pescado y tomarán las riendas de la vida política y social. En
1847, siendo alcalde J osé María García, la ciudad con una población de 1. 156 vecinos , tenía
entre su v ec indario a una solv ente Sociedad “Señores García” que contribuía por almacenistas
de mercadurías , de vinos , de ace ite , por especulación de g ranos e incluso por telares de
cañamazo y por la explotación de un laúd. P ara entonces, per vivía el neg ocio identificado por
viuda de Mar tínez, Viuda del Molino y por Manuel de T ejada
420
.
419
A.M.A. Leg ajo 1444. C ontribución Industrial y de Comer cio , 1847 -1911.
420
A.M.A. Leg ajo 1444. C ontribución Industrial y de Comer cio . Ayamonte, 1 de julio de 1847.
146
CONTRIB UCIÓN IND USTRIAL Y DE COM ER CIO , 1847.
N OMBRE DEL CONTRIBUY E NTE
C LASE DE INDUSTRIA , AR TE , PR OFESIÓN O COMER CIO
Señores Gar cía
Almacenistas de mercaduría s
Sra. Viuda de Martíne z
Idem
Sra. Viuda del Molino
Idem
Manuel de T ejada
Idem
Señores de Ga rcía
Almacenistas de vinos
Señores de Ga rcía
Almacenistas de aceite
Señores de Ga rcía
Laúd de treinta y dos toneladas
Señores de Ga rcía
Espec uladores en g ranos de quinientos a mil fa ne g as .
Señores de Ga rcía
Die z telares de c añamazo
Según el ayamontino e industr ia l, J osé Gutiér rez F eu, el primer almacén de salazón
que se instaló en A ya monte fue el de su ascendie nte, el catalán P edro F eu, en el año 1840
421
.
Sin embarg o , nosotros n o tenemos constanc ia de el lo . Al contrario , uno de los pioneros de
dicha industria fue el a yamontino J osé Garcés Florete. J osé Garcés Florete procedí a de
inmig rantes castellanos . Su bisabuel o Antonio Florete , natural de Castro Ur diales ,
per teneciente para entonces al Arzobispado de Bur g os , se avecindó en Ayamonte y casó en
1735 con la portugue sa, natural de la ciudad de F a ro , María de la Concepción Car rasco
422
.
P osterior mente, su abuelo mater no , también llamado Antonio Florete fue a lc alde y síndico de
la ci udad de A ya monte y dejó junto a su esposa Mariana Rafaela Romero di ve rsas propiedades
a su hija Mariana, madre de J osé Garcé s entre las que se enc ontraba una lonja situada en el
muelle del río , por la par te del estero y al sitio de la calle de Le pe, un almacén establecido en la
calle Za mora, e incluso , la quinta pa r te del v alor de los g ranos y de los caldos existentes en los
almacenes
423
. Mientras , su padre Eleuterio Garcés fue regidor en numero sas ocasiones ,
durante los g obier nos liberales de 1810, 1813, 1821, 1834, 1838 e incluso en 1844. En ese
mismo a ño , saltó a la pale stra polític a el jov en J osé Garcé s Florete, con apenas treinta años de
edad.
421
Archi vo Municipal de Huelv a (en ade lante A.M.H). Diario L a Provincia. 7 de octubre de 1911.
422
A.P .N .A. Leg ajo 319. Infor ma ción de san g re por Doña María de la Con ce pción Florete hija de Don
Antonio y de Doña María Rafae la R omero . Notari o Francisco Xavier Gra nados . 180 6. F olio 88 - 104 v .
423
A.P .N .A. Leg ajo 334. D ote confesada de Eleuterio Garcés a su mujer Mariana Florete. 15 d e a bril d e 1829 .
Mariana apor tó la ca ntidad de más de 41.000 rea les . P osterior mente, se indica las propiedades que obtuv o
tras e l fallecimiento de sus padres . En definitiv a, Maria na Flore te, madre del industrial J osé Gar cés Florete
recibió d e sus padres difuntos la c antidad de 165.471 r eale s de vellón No tario Francisco Xavie r Gr anados ,
folios 70-73.
147
J osé Garcés Florete nació en 1813. Contraería primeras nupcias en 1841 con J osefa
Guer rero y R endón. En esta oca sión, su esposa falle ció un año de spués sin tener
descendencia. P osterior mente, en 1846, el día 3 d e ag osto , casó con la jo ven Ana María de la
F eria y Granados , que tan solo tenía por entonc es 19 años
424
. Se ría durante este segundo
matrimonio cuando J osé Garcés Florete hic iese edificar unas casas con altos y bajos , y con un
almacén dedic ado a la i ndustria de s a lazón, situ a do en la calle Gu a diana, con el dinero
heredado de sus padres y de su tío Manuel Florete
425
. A par tir de entonces , J osé Garcé s
Florete ejercería como fomentador en las listas de contribuyentes .
Lápida funerari a d e J osé G arcé s Floret e. Nació el 2 de f e br ero de 1812. Murió el 21 de m ay o de 1888
424
A.P .N .A. Leg a jo 375. T estam ento 29 de octubre de 1865. Notario Enrique Nieto Fiallo . F olio 1114.
425
A.P .N .A. Leg ajo 375. T e stamento 29 d e octubre de 1865 ante e l escribano Enrique N i eto Fiallo . F olio
1114. C on p osteriorida d c oncede un segund o tes tamento . Leg ajo 471. T estamen to 1 4 d e enero d e 1888. Hij o
de Eleuter io Garcés y Mar iana Florete . P ara e ntonces tenía 76 años . Estuvo casado en u n pri mer matrimonio
contraído en 1841 co n J ose fa Guer r ero y Rendón, en u n seg undo matrim onio llevado a ca bo e n 1846 con
Ana María de la F eria y Granad os d el que tuv o dos hijas Ana Eladia Garcés de la F eria casada a su v ez con
T rinida d Luis Mar tínez y Molino y María d el Pilar Garcé s d e la F eria casada c on Manuel Lerd o d e T ejad a.
Finalmente en 1887 Eleuterio contrajo u n terc er matrimonio , en esta ocasión, en 1887, con la jov en d e 23
años Luciana Gonzále z y Soler . Notar io Enrique Nie to y Carlier . Fo lios 36 - 46.
148
En el ter reno religioso , la loc alidad ha bía visto languidecer y deteriora rse sus más
impor tantes edificios relig iosos . Algu nas de sus er mitas y templos se habían a bandonado .
Ahora esos mismos inmuebles , se intentaban rehabilitar y sostener . Sin embarg o , la esca sez de
recursos ocasionará que algunos per manezcan clausurados . Mie ntras se debilitaba el culto en
conv entos y er mitas , la P ar roquia de Nuestra Señora de las Angustias , situada en el centro
neurálgico del pueblo incrementó las celebraciones , acog ió nuev as imágenes e incluso ,
mantuv o los escasos bienes de algunas cofradías . Muchas ha bían desap arecido y otras
sobrevivían como meras obras pías . Los administradores custodiarían sus menguados
enseres
426
. E l come rciante y propietario , J ua n Mar tínez de la Cr uz, hijo del para entonc es
fallecido riojano J ua n Martínez Alonso , solicitó ser el administrador de los p ocos enseres que
tenía la Her mandad de la E xpiración. El pá r roco J osé María Aguilera se mostr ó fav orable a
dicho nombramiento . La cofradía se encontraba en un estado lamentable y el solicitante era
muy adecuado para el c a rg o . P ara e ntonces , incluso…
“…una de sus mejores imágenes , qual era Ntra. Sra. de l as Angustias ha desaparecido ,
aun después de ve nder s u g ran corona de plata y lámpara, como también andas , insig nias , y
demás enseres , con que todos conocimos salía dicha Cofra día, y aun la misma sacristía se ha
hundido ... P or tanto , en tales circunstancias , y de que el solicitante en todos tiempos ha dado
pr uebas de su buen afecto , y devoc ión a los templos , es como indudable , r epare, segú n dice ,
las notorias , y g rav es faltas q ue se nota e n la mencio nada capilla”
427
.
426
A.D .H. Se cción Gobier no . Leg ajo 1. Docu mento con fecha de 3 de julio de 1841. La Cofradía dedicada a
San P ed ro , c uyos miembros eran e clesiásticos , clérig o s beneficiados , cu ras , rectores , pri ores , vicar ios o
arciprestes de la parr oquia seguía concediendo asistencia durante la enfer medad y tras la m uer te. Ahora,
v a rios pár roco s , entre l os qu e se encontraba D on J osé R odrígue z de la Soled ad fueron n ombrados
administradores de la nuev a ob ra pía.
427
A.D .H. Secc ión Gobi er no . Leg ajo 1. Las Angustias . 1836 -19 23. Cor respondencia. A yamont e, 4 de fe br ero
de 1843.
149
Imag e n del antig uo paso d edicad o a la escena “Entrada de J e sús en J er usal én”
T ras los desastres ocasionados con motiv o de la desamortizaci ón, en la década de los
cuarenta algunas de las imág enes se adecentaron . Otras se trasladaron desd e sus clausuradas
sedes de orig en para ser albe rg adas en otras par roquia s y altares . En 1845 se trasladaron
div ersas imág enes desde el templo de Sa n F rancisco hasta la capilla de la Cofradía Sa cramental
de la P ar roquia de Nt ra. Sra. de las Angustias , e n donde volv erían a rec ibir culto . En el altar de
la capilla sacramental, en sus diferentes nichos se di spondría una talla de Sa n J osé con el niño
Dios en los braz os , una de “Santiag o de Guzmán” y otra de San Cristóbal
428
. J unto al
adecentamiento de la s imág enes , se recuperaron y org anizaron nuev as procesiones . T ambién
en la década de los cuarenta, el pár roco P edro N olasco Barca y Díaz infor maba de cómo
428
Archi vo d e la He r mandad del Descendimiento de A y amonte, Inv entario de la Cofr adía Sacramental de la
P ar r oquia de la s Angustias , años 1853 y ss .
150
había reunido a un g ran número de fieles con el objeto de procesionar la escena dedi cada a la
“Entrada del Señor en J er usalén”. E n esta ocasión, mejoraba así la s “buenas costumbres” y la
religiosidad del pueblo
429
.
L A DÉCAD A DE LOS CINCUENT A : DE NUEVO LA AMEN AZA DEL CÓLERA
En la dé cada de los cincuenta, las autoridades contin ua ron denunc iando el desg aste
que ocasionaba la utilización de l as ar tes de p esca Bou
430
. La vulnerabilidad de las a ctiv ida des
pesqueras continuaba y , en ocasiones , prov ocaba que un elevado porcentaje de la pobla ción
ayamontina se viese afectado por las frecuentes malas condiciones climáticas , por la
incomunicación con P or tug a l e incluso por la s noticias sobre la propag a ción de e pidemias y
enfer medades . Los temporales y las lluvias coincidían con el ar raig o de las enfer medades . El
invierno agudizaba la pobreza con un a po blación m arinera parada, sin recursos e inv adida de
frecuentes cól icos biliosa. Como no podía ser d e otra manera, las autoridades a parecían
preocupadas por el est ado de miseria que ocasionaban los temporales . En 1851 se
protag onizó un sev ero temporal. La miseria en el m unic ipio s e ag ravó. Las autoridades
parecían indefensas para solventar la situación e intentaron adoptar medidas que pudiesen
paliarla. La mendic idad se inc rementó y llegó inc lus o a intimidar y a abr u mar a las cla ses
pudientes . Era tanta la desesperanza, que lleg aron a temer por el desar rollo de un conf licto
431
.
A la v ez que solicitaban suscripciones voluntarias a los v ecinos a caudalados de l puebl o
432
, se
requería al gober na dor disponer del presupues to que la corporación tenía asignado para
calamidades pública s . Unos días más tarde cuando el temporal remitía, la situación de
urg encia se relajaba. Los barcos comenzaban a faenar en sus actividades pesqueras y los
labradores v olvía n a las acti vidade s del campo
433
.
Sin emba rg o , durante ese año no todo fueron malas noticias . T ambién hubo lug ar para
la celebración y la fiesta. El 22 de diciembre de 1851, las autoridades festejaron la noticia del
429
A.D .H. Caja 3. S ección Gobi er no . Ca r ta fechada en A yamonte, a 20 de Marzo de 1840.
430
A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitular de 21 de febrero d e 1851, folios 8v - 9.
431
A.M.A. L eg ajo 26. Acta ca pitular de 14 de abril de 1851 “el ayuntamient o , consta de alg unos d ías a e sta
par te, ha empezado a notarse un g ran núme ro d e per sonas qu e me ndi g ando una limos na tien e abr u madas las
casas de las personas pudientes , y au n si no se contara con la bue na índole del v ecindar io seria de temer un
conf licto…”. F oli o 16
432
A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitular de 14 de a bril de 1851.
433
A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitula r de 14 de abril de 1851.
151
alumbramiento de la R eina acontecido el pasado día 20, dando a luz a una infanta. Celebrando
este acontecimiento acordaron distribuir pan entre los más pobres , eng alanar los edificios
públicos con colg aduras y luminarias y realizar repique s de ca mpanas durante tres día s . En la
par roquia de Ntra. Sra. de las Angustias se cantó un solemne T e Deum , al que asistieron
autoridades y público en g eneral. Antes , la banda d e música se situó en el balcón de las casas
consistoriales tocando hasta la hora en la que l a corporación salió en comiti va hacia la
P ar roquia. P osterior ment e, tr a s la ce lebración reli giosa, la banda continuó recor riendo el
pueblo pa ra “que todos par ticipasen del justo contento que tan g ran suceso ha de
inspirarles”
434
. Sin embarg o , un año más tarde las autoridades lamentaban el sacríleg o atentado
llev ado a cabo contra S .M.
435
, reina que era “ta n justamente amad a de sus fieles súbditos”. En
esta oca sión se org anizó una solemne rog a ti va en el T emplo de las Angustias para preser v ar
los días y la salud de la titular de la monarquía. Ade más , se suspendieron las div ersiones
públicas .
El cura Mar tín Merino int enta asesinar a l a rein a Isabel II
434
A.M.A. Leg ajo 26. Acta de 22 dicie mbre de 1851. F olios 55 y 56.
435
A.M.A. Le g ajo 27. Acta 7 de fe brero d e 1852 . Se trató d el a tentado cometido e n Mad rid contra la re ina por
el sac erdote Mar tín Merino Gómez (1789-1852 ), el lu nes 2 de febrero de 1852, cuando iba a c elebrarse la
presentación d e la recién nacida princesa d e Asturias, doña Isabel, en la Basílica de Atocha. No ha y que
confundir a este regicida de Isabel II con el céle bre “cura Merino”, llam ado J erónimo Merino Cob (176 9-
1844), héroe nacional y guer r illero en la lucha contra los franc eses dura nte la guer r a de la Independencia .
152
En la década de los cincuenta, la fábrica de J osé Garcé s Florete será alquilada y
explotada por los her ma nos F eu ―nacidos en Isla C ristina y domicilia dos después en la
ciudad fronteriza de A yamonte― y por el ayamontino J osé María Gutiér rez Barro so . Futuros
industriales , comienzan conta ctando con la industria conser v era, mediante contratos de
ar rendamientos de almacenes y de ar tefactos y ar tilugios ne cesarios pa ra su producc ión. En
1857, los her manos J osé, Antonio y P edro F eu alquilaron el almacén de salazó n propiedad de
J osé Garcé s , situado en la ca lle Bar ranca con todos los ar tefactos y piezas de madera sitas en
el mismo sitio po r un per íodo de un año y por la ca ntidad de 5.000 reales
436
. De esos 5.000
reales , 2.000 cor respondí an al alma cén y 3.000 a los ar t efactos que en est a ocasión serían
entreg ados bajo inv entario . El pa g o se efectuaría por trimes tres anticipa dos . Dicho contrato
de ar rendamiento no imposibilitaba que el propio J osé Garcés efectuase neg ocios y salase
pescado durante ese año . El propietario se reser v aba hasta 6 pilas , tres de ellas g randes y otras
tres pequeña s . Al marg en, en el almacén existían también env ases propiedad del ar rendador
que podrían ser utilizados por los inquilinos en la medi da que los fuesen necesitando ,
pagándolos según estipulasen. Un año más tarde, en 1858, J osé Garcés vol vió a ar rendar su
almacén. En esta ocasión fue alquila do por J osé María Gutiér rez y por Antonio y P edro F eu.
El precio del presente ar rendamiento alcanzó la cantidad de 4.000 rea les: 1.000 reales por el
almacén y 3.000 reales por los utensilios y por los ar tefac tos . Las condiciones fueron similares
al contrato realizado el año anterior .
T ambién por esos años , J osé María Garcí a Domínguez, uno de los hijos del riojano
Casto García Cañas , inv ertía también en el ne g ocio de la salazón. La industria estaba situada
en las calle s del Río y T r ajano , o lo que era lo mismo , en Punta Bandera. Se componía de
cuatro habitaciones para viviendas , un zaguán y u n almacén techado en la mitad de toda su
extensión por la par te d e las pila s , conteniendo un total de 11 pa ra la salazón, más un
“muerto” de ve inte cascos , un de pósito para el a ce ite, un pozo y todos los demás enseres y
útiles necesarios para la prensa del pescado
437
. A pa r tir de entonces , la industria de
transfor mac ión del pescado iría en aumento . Muc ho de los pioneros de estas fábricas fueron
los descendientes de nuestr os protag onistas riojanos . Sin embarg o , con el paso del tiempo ,
436
A.P .N .A. Le g ajo 358. Escritura de ar rendamiento . 16 d e julio de 1857, folio 303, ante el escribano Enrique
Nieto Fiallo .
437
A.P .N .A. Leg ajo 370. Escritura de v enta almac én d e salazones . Don J osé Mar ía García y Domínguez a
Don José Mar ía Gutiér rez y Ba r roso , c oncedida el 26 de a gosto de 1863. Previame nte, J osé Mar ía García
adquir ió d os ter ceras par tes a J avier Gr anados el 6 de febrero de 1854 , y la tercera par te a Antoni o Día z
Gamero , el 11 de enero de 1855. F olios 889 a 894. Notario E nrique Nieto y Fiallo .
153
aparecerán nuev os individuos , que posterior mente se conv er tirán en impor tantes impulsore s
de esta industria, en elev ados propietarios y en acaudalados fomentadores . Lleg arán a dirigir la
vi da ec onómica y también política de la ciudad, relevando a nuestros p rotag onistas – lo s
descendientes de los inmig rantes riojanos – de l as actividades de lide razg o . Incluso eso s
nuev os propietarios acusarán a los mercaderes riojanos de obstaculizar el proceso de
transfor mac ión industrial protag onizado a par tir de entonces en la localidad. Sin embarg o ,
como demostraré fueron nuestr os protag onistas los que se a tr evieron y constr uyeron a lgunas
de la s primeras fábricas de salazón durante el reinado de Isabel II. Eso n o impidió que a
principios del siglo XX, el industrial J osé María Gutiér rez F eu acusase a los merca deres
castellanos de prov ocar un estancamiento en la vida económica de la ciudad.
“En el año 1840 se in stala la primera f áb rica de salazone s r egentada y dirigida por D .
P edro F eu, de or igen catal án; desde entonces fue en aumento la fabricac ión, aunque muy
lentamente; extendiéndose las edifica ciones por la v ertiente de los m ont es , e n l a que se
asentaba la antigua población, acercá ndose hasta la orilla del Guadiana y ent onces se
deter minan con carácter di stinto dos barr io s .
La Villa, antiguo poblado dedicado a la ag r icultura, carboneo y fabricación de cales
para constr ucción y blanqu eo , y la Ribera, bar rio pescador , industrial, de marinos y señorío ,
representado por aquellos emig rantes mercaderes castel lanos , ya bur gue s es enriquec idos , que
alcanza do la soberanía del poder local, sostienen a la ciudad en un p erpetuo estanc amiento
por la constante y obstinada obs tr ucción que hacía n a todos de s en v olvimiento indust rial”.
438
P ara entonces , existía en la ciudad, además de la pe sca, del comercio y de la naciente
industria de salazón de pescado , ca bezas de g anado vac uno . Las autorida des intentaron
org anizar una piara concejil para reducir e impedir los f recuentes daños que producían las
reses sueltas en las sementeras . P ara evitar los destrozos en los cultiv os , los dueños de rese s
debían inc orporarlas en la bo yada conce jil. Solamente estarían exentos los dueños de g anado
que lle g asen a for mar piara por sí solos y que tuviesen pastor o pastores para su cuidado . Al
marg en, los dueños podrían retirar sus reses para la s labores , e incluso pa ra vender la leche .
Sin embarg o , en estos casos , debían de retenerlas y no per mitir que pastasen en los campos ,
especialmente durante el período comprendido des de la siembra hasta la recolección d e
cualquier clase de mies
439
.
438
A.M.H. Diario la Provincia, 7 de octubre de 1911. Fir mado por J osé Gutiér rez F eu, hijo de J osé Mar ía
Gutiér re z Bar roso . .
439
A.M.A. Leg ajo 26. Ac uerdo de 9 de e nero de 1851.
256
compañía de nav eg ación La Bética con residencia en Sevilla y en la compa ñía de g as The
Guelva Gas C ompany Limited . Al marg en, también era propiet ario de una a cción de l
Mercado la Unión.
Mientras , Rafael Lerdo de T ejada
623
, a finales de la déca da de los setenta, era
par tícipe y accionista de v arias explotaciones mineras . R afael falleció siendo propietario
de 12 acciones de la Socie dad Minera conoc ida como La Abundancia, domiciliada en
A ya monte y que, como ya obser vamos , explotaba las minas de mang aneso llamadas de
San Dieg o , San J oaquín y Apolo , situadas en el tér mino de la Villa de Calañas . La
compañía llev aba más de una década rentabilizando los citados yacimientos .
R ecordemos que en dic ha s oc iedad, en la década de los sesenta, est uvieron como
presidentes y accionistas los her manos Francisco y F er nando del Molino . A la mu er te
de Rafael, cada una de las acciones de la sociedad se encontraba apreci ada en 250
pesetas , por lo que las 12 acciones de las que era dueño tendrían un valor to tal de 3.000
pesetas . Las ex presadas doce acciones de la Sociedad Minera L a Abundancia
cor respondían al finado Rafael por diferentes ca usas . Una acción le cor respondió como
socio fundador, siete acc iones fueron adquiridas en div ersas oca siones en el año 1867.
De esas siete acc iones , cinco y media las compró Rafael a su her mano J oaquín Lerdo de
T ejada . Fina lmente, tres de las 12 acciones que tenía en la So ciedad Minera La
Abundancia fueron adquiridas a los Señores García Her manos y Compañía en 1874
624
.
Además de ser propietari o de alguna s acc iones de la Socie dad La Ab undancia,
Rafael poseía el 35% de una mina de mang ane so conocida como L a Codiciada , sita en el
tér mino de la Puebla de Guzmán, al sitio que lla maban “Suministro de Don Rodrig o
Vázquez”. La explotación se componía de dos per t enencias , teniendo una extensión de
623
A.P .N .A. Le g ajo 431, Inv entario , apre cio , liqu idación y divisió n de los bienes qu edados al
fallecimie nto d e Do n Rafa el L erdo de T eja da y Obando , vecino que fue d e esta c iudad, propietario y
comerciante, c asado y mayo r de cuarenta años , cuyas operaciones se llevan a c abo por los a lbaceas ,
contadores y par tidores testamentarios , la viu da Doña Eufemia Her rera y Damaya d e este mismo
v e cindario , pro pietaria y may or d e e dad, re presentada por Don Antoni o Or tíz y Freire, en vir tud de
poder que ante el Notario Do n Enrique Nieto y Ca rlier, otor gó e n esta ciud ad a 5 de may o últim o ,
Don Ma n uel Lerd o de T ejada y Oband o y Don J osé Ant onio Castella no; y tienen lug ar entre la
expresada viud a y sus menores hijos qu e a la vez lo son del finado , Doña Blanca, mayor de doce años ,
Don Ra fael y Don Manuel L erdo de T ejada y Her rera menores d e 14 años , re presentados por Don
F e lipe Hidalg o y P alle ro , que c omo tod os l os nombra dos es vecino de e sta ciud ad en vir tud d e los
discer nimientos judiciale s qu e le fueron conferidos en 14 y 29 del citado mes de mayo del presente
año , Ayamonte, 1 de julio de 1879, inser to en la notaría de Enrique Nieto y Carlie r , folios 1238 r -
1309 v .
624
A.P . N . A. L eg ajo 409, escritur a número 251, T r ansferenc ia d e acc iones de minas , lo s Señores
García Her manos y Compañía a fav or de Don Manuel L erdo d e T ejada Obando , notario En rique
Nieto y Carlie r , Ayamonte , 2 de se ptiembre de 1874, folios 2.218 r- 2.219 v .
257
120.000 metros cuadrados en la for ma que dete r minaba el pl ano lev antado por el
Ing eniero Amalio Gil Maestre en Huel v a en 1866. Dicho porcentaje se encontraba
v a lorado en 500 pesetas y fue obtenido por Rafael mediante cesión realizada por
Francis co Domínguez Mar tínez el 23 de mayo 1870.
Rafael tambié n era propietario de l 35% de la mina de mang aneso , deno minada
del Arcá ngel Ra fael , sita tambié n en el tér mino de Puebla de Guzmán, al sitio conoc ido
como C abezo del T oro . Se componía de 12.000 metros de extensión según el plano
lev antado por el Ing eni ero J osé V ilanov a y Pieza, fechado en Huelva a 10 de abril d e
1865. El señalado porcentaje no poseía va lor alguno a la hora de realizar el ba lance de
sus bienes . Cor respondía al finado por las mismas razones . Fue cedido por Francisco
Domínguez y Mar tínez, el 23 de ma yo de 1870.
Además de ser socio de la Compañía La Abundancia y ser dueño de parte de las
minas La C odiciada y del Arcáng el Ra fael situadas en Puebla de Guzmá n, R afael Lerdo
de T ejada fue tambié n p ropietario de una tercera par te de la mina de mang aneso ,
nombrada Santa Rita de Casia, sita en el tér mino de Sa nlúcar de Guadiana. En este ca so ,
desconocemos los linderos y la medi da s uperficial de dicha explotación. Al igual que
con la propiedad de par te de la mina del Arcá ngel Rafael, en el inv entario y bala nce de
los bienes per tenecientes a l finado , no se o torgó v a lor alguno a la terce ra par te de la que
fue dueño en la explotación conocida como Santa Rita de Casia.
258
259
Capítulo VIII.
ÚL TIMO CU AR T O DE SI GLO
260
261
Antes de desembocar en la primera república española, las autoridades municipales
continuaban regula ndo y org aniza ndo la vida cotidiana de la localidad. El g obier no
municipal parecía sensible ante la necesidad de una mayor limpieza e higiene. Prohibían
la per mane ncia de l g anado de ce rda dentro del poblado durante los meses caniculares ,
oblig aban a que los de pósitos de estiércol se situasen en las afueras de la población e
impedían la acum ulación de basuras y de desperdicios . P or esta f echa, la industria
depe ndiente de la s acti vidades pesqueras , solicitaba espacios próximos al río . El
aprov echamiento de los ter renos en la marg en izquierda del río Guadiana, apar te de las
v enta jas que re por taba a la s nuev as industrias , al comercio y a l vec inda rio en g eneral,
resultaría así mismo sumamente beneficioso para la sanidad y para la higiene pública,
toda v ez que se conseguía hace r desaparecer los depósitos de los residuo s y materias
orgánicas que en dichos ter renos se aglomeraban y que posterior me nte, con sus
descomposiciones ocasionaban “emanaciones deletéreas”. Los cabildos municipales
intentaban también qu e los par ticulares de sarrollasen un may or control en la higiene de
sus propias actividades . Las industrias salazone ras poseían unas característica s que
fav orecían la insalubridad en los interiores de las fábricas y en sus alrede dores . Los
locales apenas tenían v a nos para fav orecer la conser v ación del pesc ado . P or ello , se
exigía a los enc argados de la s lonjas y fábricas de salazón de pe scado que procuras en
tenerlas perfectamente a seadas . No debe rían de conser var pescados , ni “za lm ueras” en
las que hubie se empezado a desar rollarse síntomas de putrefacc ión. Se aconsejaba tener
un especial cuida do tras ter minar “el destrozo , pre parado y salado de pe scados de
cualquier clase”, ba ldeando y limpiando perfectamente el loca l donde se había realizado
la elaboración y adecentando las afueras del establecimiento
625
.
Durante el último cuar to del siglo XIX, la ciuda d amane cería mu y tempra no . Las
caballerías en las que los hor tela nos y otros individuos conducían los vív eres y efectos
para la v enta solo ocuparían y per manecerían paradas en las ca lles hasta las 8 de la
mañana en invier no y hasta las 7 en verano . Los puestos de fr utas y demás ar tículos de
comer solo podrían ocup ar las a ceras hasta la s 9 o 10 de la mañana, de pendiendo del
mes de l año que se tratase . A par tir de ese momento , los neg ocios tendrían que dejar
libres las calles y situar toda la mercancía en sus interiores .
625
A.M.A. Leg ajo 28. Acta s Capitulares . Sesió n de 6 de julio de 1872.
262
Un lug ar frecuente de reunión sería n las taber nas . Éstas y otros establecimientos
donde se vendían bebida s “e spirituosas ” podrían per mane cer abier tos ha sta las 10 de la
noche en el invier no u 11 en los meses de v erano . Estaban prohibidos los cantores
“obscenos y contrarios a la moral pú blica”, y d esorden que p er turbase o incomodase al
v ec indario . Una v ez cerr adas las taber nas , los clientes y usuarios debían retirarse del
interior de los neg ocios , no pudiendo per manecer en estos , c elebrando reuniones .
Los vecinos de Ay amonte en los meses de v erano practicarían los baños en el río .
Habría un sitio estableci do para los hombres y otro para las muj eres . E l sitio delimita do
para los varones sería el situado al frente del muell e de P oniente . Las mujeres podrían
hacerlo a continuación, desde el frente de la Plaza de las Monjas hasta la también Plaza
conocida de San Francisc o
626
.
LA PRIMERA REPÚBLICA
Estando así las cosas , se produjo un cambio en el g obier no de la nación. Se
proclamaba la primera república. Aparentemente, dicho cambio no fue dem asiado
traumático en la localidad. La corporac ión, presidi da entonces por el notario Enrique
Nieto y Ca rlier , y confor mada por el teniente de alca lde Manuel Garcí a Iñiguez y los
regidores Manuel T ejada Obando , Miguel P allares Silveira y Casimiro Pérez Ca ba llero ,
entre otros , deseó continuar aun habiéndose producido el triunfo de la República. El 12
de febrero de 1873 el g obernador de la prov incia comunicaba que Amadeo de Saboy a
renunciaba a la corona, y que el senado y el cong reso , habían procla mado la R epú blica.
Frente a esto , los miembros de la cor poración, según recog e el acta de la s esión,
“acordaron que el municip io , atendiendo ante todo a salv ar la cuestión de orde n
público , y a que bajo ningún concepto pueda ni por un solo instante estar la localidad
huérfana de re presentación, sin embargo de que e stán dispuestos a entregar sus pues tos
a quienes con nuev os títulos se pr esen ten a sustituirlos , continúan en su re presentac ión
adhiriéndose a l nuev o orden de c osas establec ido”
627
.
El mantenimie nto del orden público era una prioridad pa ra la clase política de
entonces , confor mada por aquellos come rciantes , propietarios y rentistas inte resados en
la estabilidad social del m unicipio . La minoría re publica na compue sta por T rinidad Luís
626
A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 6 de ju lio de 1872.
627
A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 12 de febrero d e 1873.
263
Mar tínez, Manuel Gómez y J o sé Mar tín Zamudio rec ibía con júbilo la nuev a for ma de
g obier no y estaba confor me con lo acordado . Sin emba rg o tres día s más tard e, el 15 de
febrero , se produciría un br usco cambio . En esta oc asión, la mayor p ar te de la
corporación decide dimitir , aun esta ndo en contra la minoría re publicana . La propuesta
de dimisión fue pre sentada por el propio alcalde E nrique Nieto y C arlier . Como él
mismo señaló en la sesión ce lebrada el día 15, tenie ndo presente las causas que
motiv aron su nombramie nto y debido a “la co nducta que en el municipio han seguido”
realizaba una nuev a propuesta. Decidía dimitir porq ue, según él mismo expresó en dicha
sesión,
“…La org anización de la co rpor ación municipa l debiera, para evitar toda clase de
per juicios a la adminis tr ació n que le estaba confiada, componerse de quienes bajo a quel
régimen pudie ran s in co mplicaciones desen v olve r los principio s eco nómicos y
administrati vo s que de él nacían: que proclamada como for ma de g obier no la
R epública, otros deben ser necesariamente los medios que para su natural y regular
desenv olvimient o deba poner en jueg o el Municipio… no hay razón ninguna para que
ho y dejen de estimar que otros hombre s identificados de antes con el nuev o or den de
cosas sean los más aptos par a hacerse ho y cargo de la administrac ión munic ipal”
628
.
En dicha sesión E nrique Nieto Carlier dejaba cla ra su po stura. La dimisión no
había sido motiv ada por ningún disgusto o situaci ón inde seable e incómoda con los
concejales republica nos . Como él mismo dejaba expuesto ,
“…ningún disgu s to h an tenido , ninguna c omplicación les han producido los dignos
individuo s que componen la minoría re public ana del a yuntamiento; que sin que se
entienda bajo ningún concepto tratan de ejecutar un act o político , sino por el contra rio
consecuentes con no hacer política dentro del municipio , conv encidos de que el or den
se encuentra asegurad o , sin el menor temor de pertur ba ciones en la localidad como lo
ha demostrado la conduct a sensata de todo el par tido republicano , debe hacerse
dimisión de los cargos que desempeñan, quedando empero en sus respectiv os puestos
hasta que legalmente se le s sustituya”
629
.
La minoría re publicana, no apoyaba el ca mbio de decisión a doptado por el
alcalde . E ncabezada por T rinidad Luís Mar tínez , se opuso a la proposición de dimisión.
Como el mismo T rinidad indicaba en la sesión,
“…tenía la s atisfac ción de expresar que ningún resentim iento abrig aba para con la
may oría, esta a su ve z no d ebía tenerlo de aquella como así lo había declarado el sr .
presidente y que estimaba que la cor poración municipal no estaba en el caso de hac er
628
A.M.A. Leg ajo 28. Ac ta capitula r de 15 de febrero de 1873.
629
A.M.A. Leg ajo 28. Ac ta Capitula r de 15 de febrero de 1873.
264
dimisión pue s to que debía su nombramiento a la v oluntad de sus electore s y ningú n
acto de los mismos le había hecho comprender hubiera perdido su confianza, debiendo
por lo tanto per manecer en su pues to hasta que leg a lmente se le s sustituye ra”
630
.
Finalmente, se llevó a cabo l a vota ción y exceptuando los tres v otos
protag onizados por los re publicanos , el resto de la cor poración v otó a fav or de la
propuesta y presentaron la dimisión al g ober na dor de la provincia. El g ob ernador civil
la admitió y mandó constituir nuev a municipalidad compue sta por los tres conc ejales
republica nos que no dimitieron y por otros n uevos ayamontinos
631
.
Con el cambio de g obie rno fueron numerosas las sustituciones en algunos de los
carg os administrati v os del municipio . E l alcalde de la cárcel, el alguacil e incluso el
administrador de rentas fueron relevados de sus respons a bilidades y sustituidos por
nuev os individuos más acordes con el g obier no l ocal vigente. Durante el g obier no
republica no , la c orporación estuv o muy sensibilizada con el ex or no y con la mejora de
la ciudad. Los medios económicos pa ra llev a rlos a cabo eran inexistentes . El cabildo
protag onizaba numerosas cesiones de ter renos bald íos situados en la zona del cabezo
632
y en el entor no d e la Pla za de la s Viudas . En las sesiones se discutía la necesidad de
mejorar la comunicación con el bar rio de la villa, oc upando los ter renos sobrantes
situados en el pa seo de San Francisco y demoliendo el piso superior del a ntiguo
conv ento de franciscanos
633
. Otro de los pr o ye ctos que se plantearon fue el de la
realización de una obra en el mu elle del Sur y de la Riv era, lug ares conv er tidos ha sta ese
momento en focos de inmundicias y “de pósito de miasmas pútridas”. Con ella
mejoraría la salud pública, pe ro tambié n cambiaría el a specto del río , el or nato público y
se her mosearía la ciudad. Al carecer de medios para realiza r una obra de esa
env erg adura, el presidente de la corporación re publicana, teniendo presente el ar tículo
74 de la ley munic ipa l vigente p or el que se oblig aba a todo individuo ma yor de 16 años
y menor de 50 a prestar 20 días de trabajo al año para toda clase de obras públic as ,
expuso una idea innov adora que fue tomada en considerac ión y estudiada por los demás
miembros de la cor poración. Se gún su propuesta, la obra s e realizaría g racias a l a
630
A.M.A. Leg ajo 28. Acta Capitular de 15 de fe brero de 1873.
631
A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 21 de febrero d e 1873.
632
El cabezo se situaba a continuación de la ca lle Lusitania.
633
A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 31 de enero de 1874.
265
aplicación de dicha nor ma. Incluso , en la sesión se discutieron algunos cálculos . Con
treinta y cua tro eda des , poniendo por tér mino medio , treinta individuos para cada edad,
tendrían un total de 1020 hom bres , ca da uno con 20 día s de trabajo al año , por lo que
alcanzaba un total de 20.400 jor na les . Si cada jor nal estaba en tor no a los siete reales ,
dicha medida proporciona ría g ratis la cantidad de 1 42.800 reales
634
.
si la corpor ación pone en práctica la obr a que en el presente s e hace merito , se hará
digna para lo futur o de la may or consideración por más que en el presente pase por la
censura; pero que todo hombre de g obier no no debe atender a otra cosa que al bien que
hacer pueda a s u pueblo , aunque la male dicencia de unos , y la ignorancia de otros no
comprendan o no quie ran comprender e l bien que s e les hac e
635
.
Sin embarg o , la República duró m uy poco y muc hos de los pro ye ctos planteados
no vieron la luz. No obstante, el n uev o g obier no r epublic ano tuvo tiem po para realiza r
transfor mac iones en el t er reno relig ioso . La co r poración daría cumplimiento a lo
reseñado por la R eal Orden de 28 de febrero de 1872, por la que los cadáveres de
aquellos que profesasen distinta relig ión que la católica, serían enterrados en el
cementerio católico . P or otro lado , los miembros del cabildo t ambién acordaron no
acudir a las cele braciones de iglesia org anizadas durante el año
636
. P ara entonces , los
templos había n visto mer mar sus ing resos . Inclus o , tras la conv ocatoria de una J un ta
por pa r te de los curas de la P ar roquia de Ntra. Sra. de la s Angustias con el objeto de
recaudar recursos de los v ec inos para el sos tenimiento del cul to , habiendo in vitado a la
corporación para que la pres idiese, los miembros del cabildo acordaron por un animidad
no a cudir por las mu chas y urgentes atenciones que tenía n. Sin embarg o , prest aban su
asentimiento y concedían sus per misos pa ra llevar a cabo la reunión, siempre que
tendiese ex clusiv amente al objeto indicado
637
.
A diferencia de años anteriores , l as celebraciones relig iosas no estuvieron
presentes en los festejos o rg aniza dos por el cabildo . En octubre de 1873, se celebraba la
proclamación oficial de la R epública F ederal como for ma de g obier no naciona l. P ara la
634
A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular d e 14 de abril de 1874. Proposició n de l Señor Presidente para llev ar a
cabo la Obra del Mue lle del Sur . El ar tículo re cogía la posibilid ad de no prestar dicho trabajo y rescatarlo en
dinero , c osa que re alizarían los individuos más pudientes .
635
A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 14 de a bril de 1874.
636
A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 5 de a bril de 1873.
637
A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitula r de 13 de junio de 1874.
272
cuando fuese posible se utiliz ase para realizar dicha mejora. La cor poración ag radeció
dicho g esto de generosidad, arc hivándolo pa ra su utilización cuando se alleg asen
recursos
660
. En 1885, con el de seo de prolong ar el m uro de contención situado en la
zona conocida por P assa ge , el mismo polític o y propietario Manuel García Iñiguez volvió
a destinar una nuev a ca ntidad, en esta ocasión de quinie ntas pesetas , cor res pondiente
una vez más a lo percibido en conce pto de representación de su ca rg o , como v eremos
mejor en un próximo a par tado . El A yuntamiento ag radeció el donativ o y lo dedicó a
dicha constr ucción, mejorando así la higiene, la salubridad pública , el or nato y la
comodidad del v ecindario . Como v eremos el pr óximo capítulo , el industrial y para
entonces concejal, J osé María Gutiér rez Bar roso tenía solicitado un ter reno en la zona y
manifestó su v oto par ticul ar , desea ndo que la obra n o entorpeciese sus intereses
661
.
P ara entonces , en el Muelle de P onie nte habían edificado fábricas de salazón los
señores Man uel F eu, J os é de la C r uz y Narciso Nav ar ro . Dichas construcci ones
for maron una nuev a ca lle . En recue rdo del nombre que hací a décadas se le había
llamado a esa par te d el muelle , la nuev a vía se designó con el nombre de San
F er nando
662
. T ambién por entonces se decidió que lo s post es o p retiles situados en el
muelle de P oniente que se paraban una fábrica de otra, fuesen retirados para mejorar la
circulación y el libre tránsito del público
663
.
Al marg en, nuev as solicitudes de ter renos se sucedían con la intenc ión de que en
nuev os solares se constr uyesen nuev a s fábricas . En la may oría de los casos , la
corporación expresaba su satisfacción. La puesta en marcha de nuev as industr ia s t raía
riqueza y prosperidad, y como indicaban “abrían n uev os horizontes y ensa nchaban el
campo de operaciones d e la industria salazonera proporcionando may or número de
jor nales a la clase proletaria”
664
.
La última déc ada del siglo. La industr ia y la ame naza d el cólera
660
A.M.A. Leg ajo 30. Se sión 27 de octubre de 1884, folio 12.
661
A.M.A. Leg ajo 30. Sesión, L unes , 8 de junio de 1885.
662
A.M.A. Leg ajo 30. Sesión , 27 d e se ptiembre de 1886.
663
A.M.A. Leg ajo 30. Sesión , 27 de septiembre d e 1886.
664
A.M.A. L eg ajo 30. Se sión, L unes , 24 d e octubre de 1887 . Se acordó a utorizar la c oncesión de ter reno para
constr uir una fábrica d e salazones a Juan de J esús Estévez, situándola al oeste d e la Plaza d e Abastos .
273
La década d e los nov enta pasará a la histor ia de la provincia onubense por el
festejo ce lebrado con moti vo del cuar to centenario del descubrimiento de América .
A ya monte era invitad a para asistir a la procesión cí vica y a los demás festejos que se
pretendían celebrar en el mes de octubre de 1892. La reina reg ente visitaría la ca pital
onubense . La co rporación municipal ayamontina acor daría a sistir “llevando dignamente
la re presentación de este ayuntamiento a la a ltura que se merece da da la cualidad de ser
cabeza del par tido judicial de su nombre”. P ara tal ocasión acordó adquirir un
estandar te bordado en oro , en el que estuviesen estampados las ar mas de la ciudad y los
títulos de muy noble y leal que ostentaba. Además iría acompañada también bajo mazas .
P ara entonces , la s que existían se ha llaban muy deterioradas por lo que se acordó
comprar dos maza s nuev as , encarg ada s a la fábrica de los Señores Mene ses d e Madrid y
se confeccionaron también dos n uev os unifor mes p ara los maceros
665
.
La cor poración que asistió al acto estaba confor mada por el alcalde accidental,
P ascual de Greg orio de la Riv a , el segund o teniente de alcalde J osé de la Cr uz Gonzále z
y v arios concejales
666
. Acudiría también un g r upo de seis marineros , re presentativ os d e
la actividad pesquera d e la zona
667
.
La década de los nov enta se caracterizaría también por los frecuentes temporales
y lluvia s que inter r umpiría n las a ctividad es comerciale s y ec onómicas de la ciudad.
Frente a la paralización de las actividades pesqueras y ag rícola s y frente a la escasez de
recursos económicos en la mayorí a de la s familias , se inic iaron medida s para palia r los
efectos del hambre . Se convi vía y se hacía frente a unas condiciones ambi entales , de
higiene y de salubridad v erdaderamente per judiciales para un amplio sector de la
población con jor nales muy bajos y con una cantidad de ing resos ridícula. Muchos
ayamontinos vi vía n con una alimentación precaria y en una viviend a lúgubre, cuyo
hacinamiento fa v orecía el ar raig o y el desar rollo de las enfer medades infec to -
contagiosas . Un elevado porcentaje de la población a yamontina para entonces , se
665
A.M.A . L eg ajo 31. Sesión, 12 de septiembre de 1892.
666
A.M.A.Lega jo 31. Sesión, 26 d e se ptiembre de 1892.
667
A.M.A. Le g ajo 31. Sesión, Lunes , 3 de octubre d e 1892. L epe fu e designado como punto cé ntrico para la
sección marítima y pesquería s de Hu elv a , Car taya, Le pe, Isla Cristina y A yamonte . A la procesión asistiría un
g r upo de mar ineros típicos de la región. La corporación ayamontina ac ordó buscar y apalabrar seis mar ineros
de esta c iudad que en esos días no tuvie sen ocupaci ón, para concur r ir a dicha s fie stas , yendo v e stidos en la
for ma y modo u sual a bordo , si bien procura ndo que llevasen las pre ndas más nuev as y me jores que tengan
pero q ue re presente el v er dader o tipo de l ma rinero para que pud iese ser conocido y a pr eciado por su
majestad la r eina.
274
encontraba rodea do de i nsalubridad, de humeda d y de suciedad en la vía pública y en
sus p ropios hog ares . En l a mayor ía de las ocasiones , en las casas se seguía conviviendo
con animales y el alcantarillado era ineficaz.
El ca bildo continúa preocupado e interesado en er radicar la s enfer meda des . El
g obier no del municipio incrementaba la vigilancia en los productos alimenticios ,
realizaba algu nas obras públicas que mejoraban las condiciones higiénicas e ina uguraba
sistemas de desagüe y de alca ntarillado . En marzo de 1892 se protagon izó un duro
temporal que paralizó las faena s del campo y de la mar
668
. En una localidad como
A ya monte , las mal as condiciones meteorológica s , ocasionaban una situación a ngustiosa
y elev a ba la precariedad en la may oría de las familias . P ara er radica r los incon venientes
causados por los temporale s se instaló, g racias a una suscripción v oluntaria entre los
v ec inos , el ser vicio de cocina económica. Dicho ser vicio se encontraba en
funcionamiento en algunas capitale s de provincia y confecciona ba y ofrecía una
condimentada comida para los más necesitados . En esta ocasión se repa r tieron bono s
entre las familias más pobres
669
. Una v ez instalado el ser vic io de cocina económica,
durante los años siguiente s volvió a restablecerse, principalmente durante los meses en
los que las clases jor nale ras a trav esaban una situaci ón angustiosa debido a la frecuencia
de temporale s o por la falt a de pesquerías . Aún a finales de siglo , una el ev ada par te de la
población seguía encontrándose desprotegida, con escasos recursos económicos y
huérfana de medios en momentos de enfer me da d, de a ccidentes , e incluso de
fallecimientos .
En el año 1895 el ser vic io de Cocina E conómica v olvió a instalarse. Las causas que
llev aron una vez más a su funcionamiento fueron la falta de trabajo y por tanto , la
carencia de ing resos en numeros as familias ayamontinas . El ser vicio pudo inaugurarse
g racias a los donativ os efectuados por muchos de los comerciantes , propietarios e
industriales de la ciudad. Siendo alcalde Miguel Pérez Bar roso , la cor poración publicó
un bando ensalzando la necesidad de esta actividad y llamando a la g enerosidad de parte
del vecindario para hacer posible su in stalación. En muestra de ag radeci miento , en la
par te trasera del Decreto , el ayuntamiento daba a conocer el nombre de los
contribuyentes y las cantidades apor tadas por cada uno de ellos .
668
A.M.A. Leg ajo 31. Actas Ca pitulares . Sesión Or dinaria de 7 de marzo de 1892.
669
A.M.A. Leg ajo 31. Acta capitular de 7 de ma rzo de 1892.
275
276
Mientras se sucedían los temporales , la industria salazone ra y la conser v era conoció
un período de bonanza al amparo de la fir ma del T ratado con P or tug al, llev ado a cabo
en 1893, por el cual se aseguraba la libre impor tac ión de pe scado desde el país v ecino .
277
Como veremos en el siguiente capítulo del presente estudio , para entonces , se
encontraban en funcionamiento dos de las compañías más impor tantes de la historia de
la conser va y de la salazón en Ayamonte , la c onstituida por la Sociedad F eu Her manos y
la per teneciente a Pérez Her manos .
P or ot ro lado , el industrial J osé Pérez Bar ro so solicitaba nuev os espacios para la
instalación de nuevas fábrica s . Frente a un bullici oso Muelle de P oniente, se dispuso a
solicitar la concesión de un ter reno situado en el estero de la Riv era para constr uir una
nuev a fábrica de salazón con muelles de ser vicios anexos . Una v ez más , la corporación
se cong ratulaba y el ogiaba la iniciativ a. No solo se llev aría a ca bo u n nuev o centro fabril
que die se empleo a numerosas familia s , sino que mejoraría la s condiciones de higiene de
la zona requerida. El ayun tamiento no tuv o ningún inconv eniente, antes al contrario , se
manifestó fav orable a dicha conc esión. A cambio , únicament e expresó una condición.
Al prolong ar la distancia del muelle y g anar ter reno al curso del río , sería de cuenta del
concesionario la constr ucción de las consiguientes madronas que harían falta pa ra dar
salida a las aguas pluviales y las sucias de las casas que para entonces desagua ban y
tenían ser vicio al estero y que de bido a la edificación de la nuev a industria quedaban
más distantes de la nuev a línea del mu elle
670
.
P ara entonces , en 1894, en el Muelle de P oniente se pretendía edificar también una
pescadería al por mayor que g a rantizase la mejora de las transacciones comerciales .
Numerosas fábricas estaban situadas en sus inmediaciones . En 1894 , los fomentadores
J osé María Gutié r rez, Miguel y Pr udencio P allares , Antonio Ríos y Lázaro de los Reyes ,
propietarios de fábricas de salazones instalada s en la para entonces ca lle del Río , dueños
también de rampas de ser vicio ubic adas en el Muelle de P oniente desde donde
realizaban el desembarco y emba rque de las mercancías , se hacían eco de la rea lización
del relleno de esa par te del muelle a fin de constr uir la pla za pescadería al por mayor .
T odos ellos se cong ratulaban por dicha inic iati v a, porque a l igual que en otras
actuaciones , además de conceder trabajo a las cla ses jor naleras se obtenía el
saneamiento del lug ar . Sin embarg o , perdiendo con dicho relleno la facilidad de
embarque y desembarque en sus muelles y ram pas , solicitaban se les p er mitiesen
av anzar en sus instalaciones hasta la nuev a línea del río que se pretendía trazar
671
. P oco a
poco el aspecto de los m uelles iba variando .
670
A.M.A. Leg ajo 31. Sesión , 13 d e noviembre de 1893
671
A.M.A. Leg ajo 31. Se sión, 29 de enero d e 1894 . folio 15.
278
Mientras eso sucedía en la par te sur de l Muelle de P oniente, en su parte norte
también se iban situando nuev as instalaciones . Narciso Nav ar ro y Jiménez fue uno de
los industriales que insta ló allí su fábrica . Gracias a estas nuev as edi fi caciones , la
corporación pretendía una vez más unir el bar rio de la Ribera y el de la Villa por la
misma orilla del río ha sta l leg ar a la Plaza de San Fra ncisco . Mediante el a dece ntamiento
de esta superficie se edificaría un tra yecto más llano , ameno y cóm odo , en v ez del
penoso y molesto que se hacía por la elev ación de la calle Guadiana
672
.
P ero también, debido al crecimiento demog ráfico protag onizado en estas últimas
décadas del siglo , los a yamontinos requerían de nu evos espacios pa ra la constr ucción de
vi viendas . P ara entonces , la corporación lamentaba la carencia de vi vie ndas des tinadas a
familias necesitadas . Las solicitudes de te r renos estaban relacionadas con sitios
“extraviados y solitarios” donde l a superficie era más económica. No se requerían
ter renos de g ran ex tensión y bien situados en la pa r te ba ja de la ciudad, sino que se
solicitaban superficies ubic adas en la par te elev ada del pueblo y en calles como
Flamencos , P ozo de los Almendros , en l a espalda de la Plaza de T oros o al fina l de la
calle Buena vista. Mediante la concesión de dic hos solares se mejoraba el or nato
público , la alineación de las calles e incluso , se iban eliminando “rinconadas y
tor tuosidades”. A su vez, la cor poración invitaba a solicitar ter renos más cé ntricos y de
más valor , por los que el cabildo conseguiría un ma yor ing reso en la s arcas municipales .
Proponían la zona de la Plaza de San Francis co . De esa for ma se sacaba utilidad a una
plaza que como señalaba la corporación no tenía ningún ser vicio , ubicad a en un sitio
siempre combatido por los vie ntos , a demás de mejorar la unión de ambo s ba r rios y el
tránsito necesario para la Villa
673
.
Los asuntos tratados en esta última década estaban estrechamente relacionados con
los intereses de los f omentadores y propietarios de fábricas , a s u v ez, r eg idores y
miembros de las corpora ciones municipales . Como ya hemos visto , mucho s acuerdos
están relacionados con la mejora de los muelles y con la concesión de terrenos para
nuev as fábricas e instalaciones . En otras ocasiones , como la que vamos a obs er var a
continuación, el cabildo requiere una disminu ción de las contribuciones y una
protección de las actividades . Una v ez más , las autoridades indicaban que así
672
A.M.A. Leagjo 31. Se sión, 5 d e marzo de 1894 , folio 15.
673
A.M.A. Leg ajo 31. Se sión, 4 de enero de 1892.
279
fav orecerían a un sector - el de las fábricas de salazone s , escabe ch es , fritos y conser vas
de pescados- que era el principal elemento de la industria de la localida d, donde se daba
ocupación a un considerable número de operarios y en donde se utiliza ba de for ma
masiv a el trabajo de la m ujer en sus diferentes manipulaciones . Gracias a él , fam ilias
enteras obtenían medios de subsis tencia y un “relativ o bienestar”. La prod ucción de
dichas instalaciones se destinaba según la cor poración, exc lusiv amente a la expor tación.
Además , por la índole de la mercancía era necesaria una completa libe r tad de acción en
sus faenas , pues cualquiera que fuese la hora del día o de la noc he en la que el pescado
fresco procedente de nuestr a s costas lleg aba, la descarg a no debía d e interr umpirse y
había que desarrollarla de for ma inmediata. R equerían que el g obierno p rotegiese la
actividad. Some tiendo la pesca al a foro y peso , las autoridades ayamontinas a fir maban
que el pe scado fresco se estropeaba y magullaba perdiendo la escama “que es su
principal vista”. Debi do a esas operaci ones se demoraba n algu nas horas , por lo que la
especie podría lleg a r a pudrir se y a per judica rse . T ras la inmediata descarg a debía de
procederse rápida mente a su sala do , fritura o cocción para asegurarlo . De otra for ma se
perdería el género y se per judicarían impor tantes intereses .
Finalmente, insistían que debido a las espec iales circunstancias que concur rían en
esta industria, debían de ser objeto de todas clases de atenciones , procurándoles las
may ores facilidades para su desar rollo , en cuyo fomento iba n envueltas la prosperidad y
bienestar de muchas familias y de la s clases c onsumidoras de la pobla ción que a
may ores rendimientos , ma yores serían también los consum os que realizasen de las
demás especies .
En otro orden de cosas , reivindicaban que los almacenes , chan ca s y demás
depe ndencias d e esta industria no pudie sen tener com unicación interior con los puesto s
de venta al por menor y que las pequeñas porciones de sardinas o atún que los
operarios o que las muj eres obreras extraían de las fábricas para el consumo en sus
casas estuviesen sujetas a adeudo
674
.
Sin embarg o , el aug e e incremento de la industria de transfor mación del pescado se
v ería empa ñado una v ez más , por una po sible imp or tación de e pidemia de cólera desde
el v ecino reino de P or tug a l. En 1893 y 1894, evitando cualquier propag aci ón de la
enfer medad, se ejerció una el ev ada vigilancia sobre las embarcaciones , me rcancías y
sobre los viajeros , so metiéndose todos ellos a un escr upuloso y detenido
674
A.M.A. Leg ajo 31. Se sión extraordinar ia 26 de ma yo de 1894.
280
reconocimiento . E n may o de 1894, este cabildo declaraba no ha berse podido dedicar a
los asuntos rela cionados con el impuesto g eneral de consumos , por haber estado
preocupado y ocupado en las medidas sanit arias y en las soluciones a doptadas con
motiv o de la epidemia colérica que se inició en el reino de P or tug al. Sin embarg o ,
afor tunadamente hasta ese momento la epide mia no revestía caracteres alar mantes y sus
consecuencias iban en descenso .
T ras la a lar ma ocasionada por la e pidemia, los temporales se sucedieron. En algunos
casos , irían a compañados de pequeños torna dos que inc luso causarían destr ozos en las
embarcaciones y en el mo biliario urbano . En 1895 el temporal vino acompañado de un
tor nado que ocasionó inunda ción del río . Las ag uas inv adieron algu nas calles de la
ciudad y las fábricas de cons er vas y de salazón establecidas en las inmediacio nes de los
muelles s ufrieron elev ados desperfectos
675
.
Al finalizar el siglo , la cor poración estaba inmersa en dos nuev os pro yectos . P or
un lado , se valoraba la nec esidad de la prolong ación de la car retera de Gibraleón hasta el
río Guadiana. P ara el lo , la trav esía transcur riría por los muelles de La Riv era, debido a la
estrechez de la calle Iberia
676
. P aralelamente, comenzaba a v alorarse la implantación de
un fer roca r ril en la ciud ad. E n 1900, la cor poración solicitó al Ex cmo . Sr . Capitán
General de Anda lucía, el estudio e impla ntación de un fer rocar ril, que sir viese tanto a
las transacciones comerci ales de la ciudad, como de fer rocar ril militar para la rápida
defensa de nuestr as fronteras
677
.
A pesar del aug e industr ia l, el siglo finalizará con estrechez y déf icit. La
corporación deci diría no aumenta r la contribución. Antes acordaba suprimir la pla za de
un médi co titular y eximirse del oficia l primero de sec retaría. Mientras , intentaban dotar
de consignación la pa rtida destinada a medic inas para enfer mos pobres y a sistir al bar rio
675
A.M.A. L eg ajo 31. Acta ca pitular d e 11 de marzo de 1895 . “ El c iclón ha debid o cau sar sensibles
desg racia s , pues e l cic lón que ayer se sufr ió fue ter rible al extremo de verse ar rancado d e cuajo casi todo el
arbolado de l P aseo d e T etuán y la inundación del Río Guad iana lle gó ayer hasta invadir la ca lle d e San Dieg o
e inundar las fá bricas de salazones del Muelle de P oniente, qu e el tal ciclón causó g r ande s destrozos e n los
barcos que se hallaban anclados en e l puer to los cua les g ar reando sobre sus a mar ras se causaban al chocar
unos c on otros g r andes desper fec tos y u n laúd que se hallaba ca rg ado de mineral se fue a pi que salvándose
milag rosame nte su tripulación …
676
A.M.A. Leg ajo 31. S esión, 28 d e noviembre de 1898.
677
A.M.A. Leg ajo 31, Se sión, 9 de noviembre de 1900 .
281
de la villa, “relativ amente populoso , de sheredado , estimándose tal v ez igual a aquellos
v ec inos como a los desg raciados seres de la casa cuna”
678
, de una escuela.
LA CLASE POLÍTICA DURAN TE LAS ÚLTIMAS DÉCAD AS DEL
SIGLO
En el ter reno político , María Antonia P eña
679
nos desv eló algunos de los
principios de la actividad política onubense para la époc a de la Restauración. Durante
este período , el sistema p olítico conoc ió la alter nancia en el poder de la s dos g randes
fuerzas políticas , la libe ral y la conser vadora . El R ey , según los prece ptos
constitucionales , encarg aba la for mación de l Gabinete ministerial al par tido
cor respondiente . Las ur na s ratificarían la decisión regia.
En Ay a monte, durante los primeros años de la Rest auración, continua ban
siendo miembros de la actividad pública algunos de los hijos y nietos de los inmig rantes
riojanos que previamente habían liderado la localidad durante la s déca das anteriores y
durante la may or par te de la centuria del siglo XIX. En los primeros años de la
R estauración, en la ciudad fronteriza, los liberales fueron el g r upo político más
impor tante . La decantación libe ral de toda la provincia y la for taleza política de su líde r ,
Manuel García Iñiguez lo hic ieron posible . P osterior mente, el pred ominio del
liberalismo ayamontino se fue de teriorando prog resiv amente. Durante los últimos años
de la centuria, los conser v adores lideraron el poder , debido a la crisis g ene ralizada que
protag onizaba para entonces el par tido liberal en la provincia y a la fuer te ofen siv a
desempeñada por los propios conser v adores acaudillados por el y a conocido militar
moguereño Manuel de Bu rg os y Mazo .
Durante las primeras décadas de la R estauración en Ayamont e, coincidentes con
el final del siglo XIX, destacó el liberal y más tarde , conser vador , Man uel García
Iñiguez. Fue diputado pro vincia l en 1878, 1882 y 1884 y diputado a C or tes por la
misma provincia durante los años 1886, 1893 y 1899
680
. Recordemos que su padre
Cayetano había sido a lcalde en la década de los cincuenta. T ambién de bemos de resaltar
678
A.M.A. Leg ajo 31, Se sión, 7 de julio d e 1899.
679
María Antonia P e ña Gue r rer o , “El si stema c anovista e n A ya monte: el jueg o p olítico y sus ar tífices (1898 -
1923)”…pág . 73 -107.
680
María An tonia P e ña Gu er re ro , “Clientelis mo p olítico y podere s per iféricos durante la Restauración.
Huelva, 1874-1923. Univ ersida d de Huelva, 1998. págs . 533-5 45.
288
misma tit ularidad y en una misma noche . Dos collaciones y dos bar rios , con dos
cofradías .
289
Capítulo IX.
EL DESPEG UE DE LA I NDUSTRIA D E
SALAZÓN Y DE LA CONS ER V A
290
291
No podríamos ter minar de conocer el siglo decimo nónico ayamontino sin hacer
alusión a la industria de la salazón y de la conser va. Aunqu e es una acti vidad que
achacamos a la inf luencia de los ca talanes y le v antiscos que visitaron y se insta laron en
la población y en sus alrededores durante el siglo XVIII, la pesca y las prácticas de
salazón estuvieron presentes en el vecind ario m uc has décadas y centurias a ntes . Sin
embarg o , habría que esperar hasta el siglo XIX, pa ra obser v ar la instalación de las
primeras fábricas . P ara entonces la pesca volvió a ser a bundante . A par tir del último
tercio de la centuria hast a los años veinte de l siguiente siglo , n uev os establecimientos
industriales se situaron en el Muelle Nor te y de P oniente y posterior mente en el estero
de la Ribera. Los pioneros de la salazón, como ya se ha podido comprobar , aparecerán
durante medi ados de siglo . Sin embarg o , las primeras fábrica s de cons er vas se
obser v a rán en la década de los ochenta. E stas últimas fueron posibles g racia s a los
capitales prov enientes de la industria de salazón y a la disponibilidad de pesca
procedente de la costa on ubense y por tugue sa
688
.
Las especies más abundantes eran la sardina, caballa, jurel y atunes . Como seña la
Rafael Cáceres , “en Ay amonte durante si glo s se habían elaborado sardinas saladas que
se vendían en el interior de la provincia y en Extremadura. Cuando aparecen las
primeras fábricas de conser vas a finale s de l XIX, la sardina continuó teniendo el mismo
protag onismo . P ero con l a a parición del sistema del enlatado , junto a la sardina, el atún
fue g anando prog resiv amente impor tancia”
689
.
Nos encontramos ante u na industr ia con una fuer te de pendenc ia del pescado
por tugués . A ya monte para entonc es , tendrá unas instalaciones que traba jarán por
encima de l as posibilidades pesqueras de la ciudad. La poblaci ón no contará con barcos
suficientes para pro v ee r las n umerosas fábricas que se instalarán en estos años .
J unto al desar rollo de la industria se encontrará una burguesía emprended ora,
que moder nizará sus fábricas y que buscará nu evo s mercados , intentando extende r el
radio de a cción de sus empresas . Lo s propietarios de esas nuev as instalaciones liderarán
la vida política y social de la ciuda d, par tidos políticos , ayuntami ento , cofradías y demás
688
Rafael C áceres F eria, “Desar ro llo de la indus tria conser vera y movimiento obrero e n A ya monte a
principios d e siglo”, e n II J or nadas de Historia d e A yamonte , Huelva, A yu ntamiento de A y amonte, 1997,
pág . 104 .
689
Rafael Cácer es F eria , Mujer es, fábrica s y c harangas: El trabaj o f emeni no en el sector conser ver o d e A y amonte
(Huelva). , Sevilla, Junta de Andalucía, 200 2, pág . 93.
292
instituciones loc ales y pro vinc iales . La dirección del ayuntamiento ter minará pasando a
manos de salazoneros y conser veros que utilizarán dicho órg ano en benef icio de sus
solv entes ne g ocios
690
. Aun que dicha transfor mación coinc idirá prácticamente con el
cambio de siglo , los oríg enes de esas instalaciones coincidirán con el último cuar to de la
centuria decimonónica. F omentadores e industriales apa recerán solicitando ter renos ,
constr uyendo fábricas y confor mando junto a nuestros p rotag onistas la cor poración
municipal.
P aralelamente como indicador de ese aug e económico , la ciudad protag onizará
un impor tante crecimiento demog ráfico , debido principalmente a la numerosa
inmig ración. Entre 1900 y 1920 se dobla rá la cifra de ha bitantes . La poblaci ón pasará de
tener en 1900, 7.530 habitantes a poseer en 1920 u n total de 13.207 pobladores . Dicho
crecimiento hará que la ci udad se traslade por su número de habitantes del octav o
puesto en la provincia a o cupa r la tercera localidad con más v ecindario
691
.
J osé María Gutiér r ez Bar roso y s us insta laciones f abriles
Uno de los más impor tantes fomentadores de esos últimos años de siglo fue el
ayamontino , J osé María Gutiér rez Bar roso
692
. J osé procedía de un ambiente familiar
humilde . T enía cinco her manos , la mayoría de ellos , F er nando , Eleuterio y Sulpicio
fueron molineros . Mientras , su her mano Man ue l llegó a ser escribient e y Antonio ,
patrón de barcos
693
.
Nació en 1827 . Con a pro ximadamente treinta años de edad, en 1858 nos
apareció alquilando los almacenes de salazones que Garcé s Florete tenía en la calle
Guadiana. Su relación temprana con la industria de salazón fav orecería los contactos
690
Rafael Cácere s F eria, Mujer es , f ábricas y charangas: El traba jo fem enino en el sector co nser v er o de A y amonte
(Huelva). , Sevilla, Junta de Andalucía, 200 2, pág . 67.
691
Rafael Cáceres F eria, “Desar rollo de la indu stria conser vera y movimient o obr ero en
A ya monte…”, pág . 103.
692
A.M.A. J osé María Gutiér r ez Bar roso nos apare ce en 1883 como primer teniente de alcald e,
siendo alcald e Ca sto Garc ía. En 1 884 ren u ncia Cast o Gar cía. En 1885 será n ombrado alcalde
Manuel Solesio Mar tínez. Fina lmente J o sé Gutiér rez Bar roso renuncia el 13 d e julio de 1885. A
par tir de entonces , J o sé María protag onizará u na elevada discusión con el munici pio por la
concesión y la licencia para constr uir una fábrica entre la calle Bailén y la fábrica para entonces ,
propiedad de T rinida d Luis Mar tínez.
693
A.P .N .A. Le g ajo 398. T ransacción y declaración. Do n Manuel, J osé María, Antonio , F er nando ,
Don Eleu terio y Don Sulpicio Gutiér rez y Bar roso . E scritura número 54. A yamonte, 30 de marzo
de 1871, Notario E nrique Nieto y C arlier . F olio 314 a 319.
293
con la familia de fomentadores de orig en ca talán apellidada F eu. V arios fueron los años
en los que ar rendó instalaciones con los que posterior mente serían sus cuñ ados , los
her manos F eu Zamorano . J osé María Gutiér rez Barroso ter minó contrayendo
matrimonio con Amalia F eu Zamorano , una de las hija s del también fomentador ,
instalado primero en la ve ci na Isla de la Hig uerita y lueg o residente en Ayamonte , P edro
F eu Blanch. En el momento del enlace apor tó escasos recursos , por lo que podríamos
indicar que cuando se ca s ó apenas tenía patrimonio familiar que av alase sus av ances en
el ter reno de la indust ria s alazonera. P arece ser que la mayoría de los bienes e inmuebles
obtenidos en vida fueron adquiridos durante el matrimonio
694
.
Una de las principales f á bricas propiedad de J os é María Gutiér rez Bar roso
estaría situada en la entonces ca lle del Río , conoc ida tambié n como Punta de Bandera,
lindante por la izquierda con el merc ado público . La vía , desembocaba a la derecha justo
con el ba luarte de la P ar roquia de la s A ngustias . Al otro lado de la for tificación se
encontraba el Muelle de P onie nte . Dicha industria tendría un almacén para salazón y
prensa de pescado donde estaban cu atro habitaciones para vivienda, un zaguán y un
almacén techado en la mitad de toda su extensión compuesto por once pilas dedicadas a
esta actividad, de un muerto para v ei nte cascos , y de un de pósito de aceite . Dicha
fábrica fue adquirida a n uestro ya conoci do J osé María García y Domínguez que tras
experimentar unos años en dicho neg oc io , decidió v ende r dicha instalación en el año de
1863. J unto a la citada indus tria, J osé María Gutiér rez Bar ro so , tendría otra i nstalación
muc ho más modesta, comprada unos añ os más tard e, en 1876 a Antonio Díaz y López,
situada en la calle Angustias , li ndante por la izquierda con la Plaza de la Constitución.
Sin emba rg o , J osé María Gutiér rez Bar roso pasará a nuestra historia por dos
motiv os . P or un lado , por el edificio que c onstr uyó situado en la Isla de Canela
destinado a conser vas y transfor mación de l atún, y por otro , por el pleito desar rollado
con el a yuntamiento durante v a rios años , con motiv o de la solicitud de un ter reno
situado en el popula r y concur rido Muelle de P on iente, actualmente Muelle de P or tug al,
para constr uir una nuev a fábrica. En relación a la industria constr uida en la Isla de
Canela, seña lar que fue fabricada tras la concesión de una hectárea de ter reno concedi da
694
A.P .N .A. Leg ajo 509. Inv entario , a prec io , liquida ción, y a djudic ación d e bienes p or mu er te de
Doña Amal ia F eu y Zamorano , v ecina que fue de esta ciud ad, sin ocupació n propia atendie ndo su
sexo , casada y mayor de sesenta años . A y amonte, 9 de enero de 1896. Inser to e n las escrituras del
notario Enrique Nieto y Carlie r . Fo lios 488 a 521.
294
por el Ayuntami ento en 1880, en régimen de censo enfitéutico
695
por el qu e el dominio
directo seguía siendo del ayuntami ento y por el que J osé María tenía la oblig ación de
satisfacer una pensión an ual de una peseta. En dic ho ter reno edi ficaría una fábrica que
lindaría por el nor te con el Estero de C ane la. El edificio en dicha fach a da tendría una
puer ta y una v enta na. E l oeste de l inmueble daba al río Guadiana donde abrieron tres
v enta nas más . El sur lindaría con ter renos pro piedad del propio J osé María. El
establecimiento se destinaría al esca bech e, manipulación y frito del atún. Dicho
establecimiento surgió tras la s conv ersaciones y acuerdos mantenidos entre J osé María
Gutiér rez con el comerciante genovés J osé Rahola
696
. R ahola estaba interesado en
preparar a tunes en España, para que una v ez a r reglados, impor tarlos a su país , por lo
que le encomendó al ayamontino , su representación en esta ciudad. El neg ocio
implantado por el Sr . R ahola, subsistió algunos años con suerte v aria y cua ndo
definitiv amente se dio por ter minado , se hizo la cor respondiente liq uidaci ón. P ara
entonces , R ahola tenía una deuda contraída con J osé María Gutiér rez. Mientras que esta
no se saldase, la finca no s ería transmitida al g enové s y continuaría siendo explotada por
el ayamontino .
El edificio situado en el estero de Canela medí a de latitud este a oeste ci ncue nta
metros y de longitud nor te a sur , sesenta metros . Estaba en par te enladrilla do y en par te
empedrado . Albe rg aba en la pa r te este una batería de 16 hor nos y de 1 6 calderas
montadas con una c himenea en el centro; tuber ías p ara el ser vicio de l as mis mas
calderas y un bosque para col g ar atunes . En la par te sur , tenía una bomba de vapor , dos
depósitos pa ra a gua con sus cor respondientes tubos de ser vic io y una estufa a fueg o .
En la pa r te oe ste , se encontraba un alma cén g rande pa ra depósito de la tas , ca jas y
demás ar tículos necesarios para la fabricación de conser vas , tres almacenes más
pequeños destinados a dor mitorio de operarios , otro que ser vía de cocina y una casa
vivienda con cinco habitaciones . En la parte norte tenía tres alma cenes , uno para
depósito de pipas de aceite , otro para el de saladura s y otro para el de sal. Al exterior del
695
A.P .N .A. Le g ajo 433. Escritura 17 de ma rzo d e 1880. Fundación de censo e nfitéutico . J oaquín
Franco y Or teg a c omo presidente de l A y untamiento a fav or de J osé Mar ía Gutiér rez y Bar roso .
Notario Enrique Nie to y Carlier . F olios 411 a 419.
696
Y a Rafael Cáceres nos adelantaba cóm o comercia ntes itali a nos , instalad os en El Alg ar v e y Cádiz,
atraídos por la abunda ncia de las mater ias primas nec esarias par a e sta industria, pescado y aceite de
oliv a, se asocian con industrial es salazoneros de nuestra tier ra , aparec iendo así las primera s fábricas
de c onser v as e n Ayamonte . Rafae l Cáce res F eria , “Desar rollo d e la industria conser vera y
movimiento obrero en A y amonte…”, pá g . 102.
295
edificio y unido al mismo había un muelle que cor ría de Este a Oeste en una longitud de
cincuenta metros en el que se encontraban empotradas y adosadas a la pared nor te del
edificio una caldera de hierro pa ra coc er huesos de pescado , cuatro prensas de hier ro
montadas y cinco pilone s de mampostería. E n el frente nor te y par tiendo d el m ue lle
últimamente descrito , a r rancaba otro para embarque y de sembarque que ter minaba en el
estero de Canela
697
. El inmu eble, en el año 1896, estab a v alorado e n 15.500 pese tas .
J unto a la fábrica, en un terreno también cedido por el ayuntamiento , J osé María
Gutiér rez Bar roso tenía una ca sa almacén pa ra g aleón, de una e xtensión de 140 metros
cuadrados .
Mientras , en Ayamont e, al igual que se inauguraban y constr uían nuevas fábricas
en los márg ene s de la d esembocadura del río , también se protag onizaba n tensiones
entre los intereses de a lgu nos par ticulares y los acuerdos d efendidos por la s autoridades
municipales , g arantes de las mejoras de l vec indario . La corporación concedía o
deneg aba solicitudes de ter renos según interpretaba las nece sidades de la población y de
los muelles . J osé María Gutiér rez y Bar roso pro tag onizó un duro ple ito contra el
ayuntamiento con moti vo de una solicitud de ter reno destinada a la constr ucci ón de una
nuev a fábrica. Unos años más tarde de que J osé María Gutiér rez fuese beneficiado con
la concesión de la hectárea situada en las inmediaciones del estero de Canela, el
industrial solicitaba una nuev a superficie de ter reno de cinc uenta metros para destinarla
a la constr ucci ón de una nuev a fábrica de salazón, situada entre la calleja conocida por
Bailén y la fábrica para entonces propiedad de l ya para nosotros conoc ido propietario
T rinidad Luís Martínez del Molino . P arece ser que f ue el Ministerio de F ome nto , quien
contraviniendo las ordena nzas municipales concedió lo solicitado al indus trial
698
. En
1885
699
, la alcaldía presidi da por Manuel Solesio y Mar tí nez consideraba que la
concesión del ter reno sería perjudic ial para los intereses de l municipio . P ara entonces ,
en par te del terreno requerido se había constr uido un muro de conte nción cuya obra se
había realizado con fon dos municipales y g racias a la g ene rosidad de l propietario
697
A.P .N .A. L eg ajo 501. De claración de pro piedad J osé Mar ía Gutiér re z y Bar roso . Ayamonte, 9 d e
junio de 1894. Notari o Enrique Nie to y Carlier, folio 1.061-1.064.
698
J osé Antonio Rodríguez R odr íguez, A yamonte: puert o y ciudad. Andalucía . C onsejería de Obras
públicas y transpor te s , 2001. pág . 90
699
A.M.A. Leg ajo 30. Sesión Or dinaria del lunes 5 d e octubre de 1885, folio 18.
296
Manuel García Iñiguez, el cual llegó a donar para tal fin, la cantidad de 500 pesetas
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.
Con la conc esión se inter r umpía la constr ucci ón del mal ecón que se estaba edificando
hacía más de seis años . Las autoridade s municipales pretend ía n que el muro lindase con
el ba luar te conoc ido como “de las Angustias” y se ex tendiese ha sta la fábrica de salazón
propiedad del ayamontino T rinidad Luís Mar tínez . T ras la edificación del muro ,
rellenarían el espac io que mediaba desde el citado muro hast a la s paredes de la s casas
que lindaban con el río . El alcalde y regidores manifestaban no poder atender lo
requerido por el industrial, porque se malga staría el donativ o y la inv ersión realizada
hasta entonc es . Según la corporación, lo que se había hecho para el ser vic io público ,
v endría con la concesión requerida a utilizarse por un solo industrial. Además , la n uev a
fábrica la stimaría derechos a dquiridos , entorpece ría el ser vicio de las otras fá bricas y
dificultaría también el embar que y desembarqu e de las mercancías en el muelle .
El g ober nador ci vil, sin embarg o , al marg en de las protestas efectuadas por el
consistorio , concedió una real orden con fecha de 25 de enero de 1886, p or la que
concedía dichos terrenos , reseñando se procediese por tanto a su de slinde
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. Una v ez
más , el consistor io se oponía a la concesión. En est a ocasión, insistía en la importancia
que tenía en la ciuda d la industria pesquera y de la nav eg ación, por lo que sería
per judicial destinar el frente del Guadiana y ese sitio del Muelle de P oniente
precisamente para el uso par ticular y ex clusiv o de un v ecino .
Las autoridades describían al municipio como un núcleo de población dedicado
ex clusiv amente a dicha industria debido al elevado empobrecimiento que tenía su suelo ,
del que reseñaban que nada prov echoso producía. Señala ban que los únicos elementos
de vida procedí an del tr áfico marítimo para el que querían habilitar un puer to de
embarque y desembar que en la zona señalada.
P ara la cor poración, la pro ye ctada fábrica faltaba “abier tamen te al or nato
público y , salía de la línea regular traza da del muell e”. Sin embarg o , invitaba a que J osé
María Gutiér rez valorase la situación y requiriese un nuev o solar . El mun ic ipio sería
fav orable a esta posibilidad, pues reconocía la elev ada utilidad q ue repor taba en esta
población puramente marítima la edificación de locales donde elaborar las pesquerías .
P ara entonces , a opinión de las a utoridades existían sitios y lug a res más a propósito para
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A.M.A. Leg ajo 30. Sesión ordinaria lunes 8 de junio de 1885, folio 37 v .
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A.M.A. Leg ajo 30. Sesión ext raordinaria , 26 de mar zo de 1886, folios 33 - 37v .
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la constitución de las fábricas , como sería el situado a c ontinua ci ón de las instalaciones
recientemente constr uidas por Narciso Nav a r ro .
Finalmente, el g ober nador civil infor mó en julio de 1886 a l Ministerio de
F omento , a fav or del mu nicipio , oponié ndose a la constr ucción de dicho almacén. En
septiembre de ese mismo a ño , se recibió oficio del representante del Gobie r no en la
provincia oblig ando a J osé María Gutiér rez Bar roso a ceñirse a las ordenanzas
municipales .
J osé María Gutiér rez Bar roso , además de ser propietario de vari as instalaciones
fabriles fue dueño de va rias emba rcaciones . Entre ell a s destaca ban los buques con
aparejos de laúd nombrados “E léctrico”, “Bella Amal ia” y “S an Sebastián”. Fueron
adquiridos , el primero a J osé Bor rell y Pérez en 1887, el segundo a su cuñado , Manuel
F eu Zamorano entre 1873 y 1886 y el tercero a Antonio Pérez Jiméne z en 1865. J unto a
J osé María a parecieron otros indu striales de la salazón y de la conser v a . Comenzaron a
constr uir y posterior mente a explotar nuev os neg ocios . Entre ellos destaca ron a lgunos
de los miembros de la f amilia F eu. En este caso , habrían residido en Isla Cristina y a llí
habrían estado en contacto con esta industria. Sin embarg o , a par tir del último cua r to de
siglo , el g r ueso de sus neg ocios fue instalado en la población ayamontina.
L A F AMILIA F EU Y EL ORIGEN DE LA FR UCTÍFERA SO CIED AD “F EU
H ERMAN OS ”
Sería imposible ha blar de la industria de la salazón en nuestra ciudad sin ha ce r
referencia a los fomentadores de la familia F eu. El pionero de esta saga familia r en
tier ras onubenses , como ya hemos obser v ado , fue P edro F eu Blanch. Proc edente de
Cataluña, se instaló en la población v ecina de la Higue rita, para con posterioridad ya
bien entrado el siglo XIX av ecindarse en la ciudad de A yamonte. Sin embarg o , aunque
comenzase a residir en nuest ra ciuda d ya bien en trada la centuria, P edro F eu sería bien
conocido por los ayamontinos . Antes de in stalarse definitiv a mente en la población
ayamontina, siendo aún residente en la Isla de la Higuerita, había rea lizado
neg ociaci ones con sus vecinos . En 1818 creó una Compañía junto al entonc es alcalde
ordinario de Ayamonte , Miguel Llov era. En esta ocasión, Miguel Llov era pondría el
capital en metálico , unos 3.000 duros que cor respo ndían con 60.0 00 reales y P edro F eu,
pondría el a lmacén de s u propiedad y su “trabajo pe rsonal de intelig encias”. Como
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Cada una de estas par ticipaci ones en las ar tes de pe sca, habrían sido
compar tidas con su her mano Manuel F eu Casano va. T ras la muer te de Antonio F eu
Casanov a se lle vó a cabo el inv entario , liquidación y adjudicación de los bienes
quedados por él tras su falle cimiento . Entre ellos de stacaban, la mitad del inmueble
donde estaba situada su vivienda en la calle C ristóbal Colón, v alorada en 25.0 00 pesetas ,
la mitad del almacén para salazone s en calle San F er nando con una rampa de 26 me tros
que av a nzaba hacia el río y que ser vía para facilitar la ca rg a y descarg a de las mercancías
v a lorado en 30.000 peseta s y la mitad del almacén con pilas para salazón de pescados en
el muelle de P oniente, anterior mente conocido como Plaza de las Viudas . J unto a las
fábricas , aparecía alguna que otra embarcación que facilita ba el transpo r te de las
mercancías y de las materias primas . Entre ellas estaba la cuar ta par te del buque “San
Luis” constr uido hacía ya décadas por su padre, con ca sco de madera y apa rejos de laúd
v a lorada ahora en 6.25 0 pesetas , la mitad de una barca jábeg a para la pesca de sardinas
nombrada “Bella Andrea” y matriculada en V illa Re al de Santo Antonio y la mitad de
un buque de recreo . En la ma yoría de las ocasiones , la otra mitad de lo s bienes
cor respondía a su her mano Manuel F eu Casanov a con el que había sido s ocio en la
Compañía.
Al marg en, A ntonio F eu Casanov a tenía un numeroso capital inv er tido en
acciones de la sociedad “Electra Ay a montina”
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, en la mitad pro-indivis a de las
existencias localizadas en los alma cenes de salazón y conser va de pescados consistentes
en aceites , vinag res , carbón, g asolina, hoja s de lat a o bar riles e incluso , en conser v as
para la v enta que s e encontraban, en el momento de su muerte, en poder de los
cor responsales . Sin embar g o , una elevada cifra, en total 100. 311 pe setas se encontraba
dispuesta en crédi tos que se estimaron cor rientes contra diferentes pe rsonas y
entidades , “cuy o por menor resultaba de los libros de contabilidad de la sociedad
mercantil cole ctiv a”
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A.P .N .A. Leg ajo 553. In ventario , liq uidación y adjudicación de los bienes quedados a l
fallecimie nto de A ntonio F eu Ca sano va, v ecino qu e fue de Ayamonte , 26 d e enero de 1905 , inser to
en notaría d e Enrique Nieto y Ca rlier, folios 280 r - 307 v . De talles sobre las a cciones e n la so ciedad
“Electra A yamontina ”, folio 287 v .
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Finalmente, a la muer te de Antonio F eu Casanov a valoraron sus bienes en 29 9.385 pesetas , a los
cuales tuvieron q ue r estarle los créd itos e n contra que alca nzaban la ca ntidad de 178.580 pesetas .
Finalmente el capital disponible fu e de 120.804 pesetas . A par tir de entonces , sus hijos Ant onio y
Cayetano F eu y Marchena tomarían el r elev o .
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