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La aventura histórica de un pueblo. La huella de los riojanos. Ayamonte en el siglo XIX

Moreno Flores, María Antonia

Abstract

Es la historia de unos individuos a los que les une su naturaleza y origen en las villas serranas del territorio queposteriormente sería La Rioja, allá por la segunda mitad del siglo XVIII. A los protagonistas del presente trabajo les une,además de sus lugares de nacimiento, el lugar de destino elegido, la ciudad portuaria de Ayamonte. Aquí lograron,con éxito,emprender una nueva vida yconsiguieron que sus trayectorias profesionales y familiares quedasen plasmadas en numerosos documentos que hoy toman cuerpo a raíz de la presente investigación. Con el presente análisis se insiste en el elevado éxito de la emigración riojana, orientada en su mayor parte a las actividades económicas y mercantiles y,posteriormente,a las necesarias operaciones crediticias. En esta ocasión, la migración sucedería tras la crisis de la explotación ganadera trashumante y se llevaría a cabo por individuos con elevados lazos de parentesco entre sí,dedicados en principio a comercializar con productos textiles y laneros. Debido a su elevada dedicación a las actividades mercantiles, sitúan sus residencias y tiendas de mercaderías en el barrio de la Ribera,asegurando así un número mayor de demandantes para sus productos. En esta ocasión la centuria del siglo XIX coincidió perfectamente con la aventura de una colonia, la de aquellos riojanos asentados en la ciudad de Ayamonte, nada más despuntar el siglo. Ha sido imposible no observar la vida del municipio.Tenía la obligación y la necesidad de contextualizar sus trayectorias, pero además era inevitable observar el funcionamiento de la ciudad por la elevada capacidad de intervención que tuvieron los riojanos aquí afincados, durante gran parte de sus vidas, en las actividades públicas, económicas, religiosas y socialesdel municipio. Se trata en su mayor parte de un estudio que posee como eje fundamental el análisis de determinadas familias pertenecientes a la élite económica, social y política del Ayamonte decimonónico. Partiendo de dicha organización,observamos las relaciones parentales desarrolladas por nuestros protagonistas. La mayoría de ellos contrajeron solventes matrimonios, e incluso sus descendientes continuaron perpetuando el predominio social emprendido por sus progenitores. Con el estudio de los oriundos de La Rioja en laciudad de Ayamonte identificamos a algunos de los políticos del siglo XIX.Muchos de ellos lideraron la población en épocas dispares.Identificamos perfectamente entre nuestros protagonistas a la clase política del período isabelino y contribuimos a descubrir el origen familiar de aquellos políticos de la Restauración que –como Manuel García Iñiguez, Trinidad y Manuel Solesio Martínez–eran,en un elevado porcentaje, descendientes y nietos de oriundos de La Rioja

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1 La aventur a histórica de un pueblo. La huella de los riojanos. A yamon te en el siglo XIX T esis doct or al de María Antonia Moreno Flores Dirección Manuel More no Alonso Antonio Sánch ez González Universidad de Se v illa 2015 2 3 ÍNDICE 4 5 Introducción. Metodología y fuen tes…………………………………………………….9 - Ger men de un pro yecto . - Apor tación del presente trabajo . - Estr uctura y org an ización. - Metodología y procedimiento . - La historiog rafía decimonónica onubense y a yamo ntina. I. - Análisis de dos espacios geo gráficos: La Rioja y Ay amonte …………………….…29 - La Rioja durante la edad moder na y contemporánea . - Riojanos ilustres . - El destino elegido: A yam onte y su entorno . - Riojanos en A yamonte dur ante la centuria del XIX. II. - Pr imeras décadas de siglo ………………………………………………………… . 65 - Difícil entrada de siglo: la epide mia y las secuelas de la Guer ra de la Inde pendencia. - Lenta y pausada recuperación tras el conf licto . - El trienio liberal en una población debilitada. - La vuelta del absolutismo y la década ominosa. III. - Lo s nuev os pr ota gonistas. Llegada e integ ración ………………… …………… . 95 - R omualdo Be zares y sus paisanos P edro Lázaro y Eustasio Matute. - La Compañía “Mar tínez y García Her manos ”. J ua n Martínez Alonso y los Her manos García Cañas . - La Sociedad “García Her manos y Primo”. - Miguel Lerdo de T ejada y F rancisco del Molino . “Molino Lerdo y Compañía”. - Matrimonios celebrados por los oriundos de la Rioja. IV .- Ay amonte dur ante el reinado de Isa bel II ……………………………………… . 13 1 - La vida durante las regencias . El azote del cólera y la búsqueda de nu evas tierras . - La ciudad durante el reinado de Isabel II. - Los años cuarenta. Inicios de la industria salazonera. - La década de los cincuenta: de nuev o la amenaza del cólera. - Los años sesenta. Incremento y estabilidad en la población. V. - Ev olución de las Compañías comerciales. Las Sociedades de los García ……… .163 - Los her manos García Cañas . La Cia . “García Her manos y primo”. - La Sociedad “García Her manos”. Los her manos García Domíngue z. - La Sociedad entre los Señores García y Baltasar T ovía Morón. 6 - La Compañía “Ga rcía H er manos”. Los her manos García Iñiguez. VI.- Dev enir de las otras casas comer ciales…………………………………………...195 - La Casa “Viuda de Mar tínez, Hijos y Compañía” y la industria de salazón. - La Sociedad “Lerdo de T ejada e hijos”. - El Comercio de Francis co del Molino . VII.- El proces o desamortizado r y las iniciati v a s empresariales mineras …………. . 22 3 - Bienes desamortiza dos en los patrimonios de los oriundos de La Rioja y sus f amiliares . - Los Garcías y los procesos desamortizadores . - Los Her manos Lerdo de T ejada y Obando y la Dehesa de la s Y eguas en el tér mino de Car taya. - Los her manos F er n ando y Francisco María del Molino y Núñez y la Ley desamor tizadora de Madoz. - La desamor tización y explotación del subsuelo mineral de la provin ci a. - Las iniciativ as empresariales mineras de los her manos F er nando y Francisco de l Molino y Núñez. - Sociedades mineras con par ticipaciones en A yamonte . El caso de Esteban Barberi: químico mineralogista residente en A yamonte - In versiones mineras reali zadas por Rafael Lerdo de T ejada. VIII.- Último cuar to de siglo ………………………………………………………….. . 25 9 - La primera república . - La R estauraci ón borbónica. - Inauguración del Mercado de la Unión. - La epidemia de cólera de 1885. - La última década del siglo . La industr ia y la amenaza del cólera. - La clase política durante las últimas décadas del siglo . - La religiosidad de finales de siglo . IX.- El despegue de la industria de salazón y de la conser v a ………………………. . 28 9 - J osé María Gutiér rez Bar roso y sus instalaciones fabriles . - La familia F eu y el orig en de la fr uctífera sociedad “F eu Her manos”. - “Pérez Her manos”. De l a fábrica de cur tidos a la industria de la salazón y de la conser va. - Los orígenes del neg ocio “Conser vas Concepción”. X. - Estrategias familiares y r elaciones de parentesco …………………………….… . 321 - Los García. Soltería y endog amia familiar . 7 - El matrimonio de Fra ncisca Barbanera Mar tínez de la Cr uz y la endogamia de su hij o T rinidad Solesio Martínez . - la familia Lerdo de T ej ada y Obando . Endoga mia profesional y familiar . - Los del Molino . Sol tería y estado religioso en sus hijas . XI.- Disper sión patrimonial: Mandas piadosas y obras de beneficencia ……….…. . 353 - Las mandas piadosas y los lega dos otorgados por los oriundos de La Rioja y sus cónyug es . - Fundaciones asistenciales . - La familia G a rcía Domí nguez y la instalaci ón d e la Comunid ad de Her manas de l a Cr uz en A ya monte . - Las escuelas de la Santísima T rinidad: una fundación crea da por F rancisca y T omasa Mar tínez del Molino . - Escuelas y Capilla de Ntra. Sra. del Car men en Canela, fundación realizada por J osefa Ramona González Solesio , biznieta del riojano J u an Mar tínez A lonso . - Casa de la Misericordia “T ejada de la Santa Caridad de A ya monte”. Asilo fundado por Manuel Lerdo de T ej ada Obando y Pilar Garcés de la F eria. XII.- Hi josdalgos oriundos de La Rioja ……………………………………………….385 - Casto García Cañas: reconocimiento de su hidalguía. - La hidalguía de Francisc o Domínguez, sueg ro de C asto Garcí a Cañas y abuelo mater no de los her manos García Domínguez. - El proceso de justificación de méritos de Manuel García Domínguez, caballero de la Orden de Carlos III. - F ase del proceso de demostración de requisitos realiza do en Vinieg ra de Abajo en febrero de 1830. - F ase del proceso de demos tración de requisitos realizada en A ya monte en marzo de 1830. - Fas e del proceso de demostración de requisitos realizada en Villablanc a en abril de 1830. - F ase del proceso de demostración de requisitos r ealizada en Huelv a en abril de 1830. - Apor tación de escrituras de protocolo testamentarias . - R eales provisiones de los Martínez Alonso . - Los L erdo de T ejada y el pleito entablado por Luis Lerdo de T ejada. - Otros hijosdalg os con los que emparentaron: - Manuel Ri v ero González. 8 - J osé Her rera y C éspedes XIII.- Algunos aspectos de la religiosidad ay am ontina durante el sig lo XIX ……….415 - La herencia recibida: sedes r eligiosas y her mand ades durante el A ya monte moderno . - Los oriundos y familiares de La Rioja inmersos en el mundo de las cofradías . - Her manos y benefactores de la Her mandad Sacramental de la P ar roquia de Ntra. Sra. de las Angustias . - J osé María Ga rcía y Domínguez. May ordomo de v arias her mandades . - R esurgir de las Cofradía s durante el último cuar to de siglo . - Fundadores de la Her mand ad P enitencial del Santo Entier ro con sede en la P ar roquia de Ntra. Sra. de las Angustias fundada en 1897. - Her mandad de Ntra. Sra. de la So ledad y sus estatutos a probados en 1893. XIV .- El Ay amonte de finales de sig lo ………………………………………………... . 447 - Análisis del padrón de 1895. - La Villa y el distrito del Salv ador . - La Ribera: los distritos A ngustias y Merced. - Canela y Punta del Moral. Asentamientos de colonos y de marineros . - P ozo del Ca mino y finca s dispersas . - Bien v eni da a un nu evo s igl o . - La ciudad que asoma a la n uev a centuria. Conclusiones………………………………………………..…………………………. . 47 5 Apéndice documental …………………………………………………………………. . 48 3 Biblio g rafía …………… …………………………………………………………………651 9 INTR OD UCCIÓ N. MET ODOLO GÍA Y FUEN TES. 16 y David López Vie ra 10 . En otro orden de cosas , si queremos comprobar la impor tancia de l comercio colonial ayamontino durante el siglo de las luces , solo es necesario recorda r la figura, reiteradamente estudiada, del a ya montino Manuel Riv ero 11 . Atraídos por esta prosperidad, seguramente se encuentre el orig en de estos primeros contactos con oriundos de la zona de La R ioja. P ar te de sus vidas transcur riría durante la nuev a política de liberalización comercial en la que solo cinco serían los puer tos andaluces habilitados para el libre comercio con América. P ara entonces , según reseñan los estudios , Cádiz no sufriría mer ma al desaparecer el monopolio 12 y el libre comercio no decapitaría el protag onismo andaluz en la car rera de I ndia s , sino que lo incrementaría 13 . Sin embarg o , la quiebra co mercia l estar ía próxima. A unque el detonante fuesen las guer ras coloniales y rev oluc ionarias , la ca us a deter minante parar el profesor García-Baquero sería la incapacidad de la estr uc tura producti v a me tropolitana para hacer frente, por s í sola, a la demanda colonial 14 . Nuestros protag onistas riojanos , dedicados a las actividades mercantiles desde principios del siglo XIX, se dedicaron a embarques para Améric a, y aún a fina les de la centuria decimonónica comerciaro n con efectos y producto s peninsulares , ultramarinos y extranje ros . P or lo tanto , contribuimos con esta tesis al conocimiento del come rcio durante la centuria del 10 R osario Márque z Macías y Da vid L ópez Viera, Hombr es y cap itales: La s r elaciones entr e A yamonte y América en la Edad Moder na. El caso de l os Galda mes , A yamonte: P atronat o Municipal d e Cultura , 2002. 11 J ulián Sole sio Lill o , “ El ori g en de la Casa Grande ”, en III J or nadas d e Hi storia d e A ya monte , Hue lv a: A yu ntamiento de Ayamon te. 1999, págs . 165 - 18 5; “Un naviero ayamontino en la Car rera de Indias”, en IV J or nadas de Historia d e A yamonte , Huelva: Ayuntamiento de A y amonte, 2000 , págs . 215 - 254; “Un hidalg o de A ya monte en e l siglo XVIII”, en VI J or nadas de Historia de A yamonte , Huelva: A yuntamie nto de A yamonte, 2002, págs . 155 - 179; “ Viv encia s de un liberal en A ya monte a comienzos d el siglo XIX”, en VIII J or nadas de Historia de A yamonte , Huelv a: A yuntamiento de A yamonte, 2 004, págs . 93 - 111; “Entre A ya monte, Cád iz y Nueva España. El ori ge n d e una de las principale s compañía s de comercio con Indias en e l siglo XV III”, en X J or nada s de Hist oria de A yamonte , Hue lv a : A y untamiento de Ayamonte . 2006, pá gs . 11 1 - 123; “Historia y vida de la Casa Grande de A y amonte”, e n XI J or nadas de Historia d e A yamonte , Huelva: A yuntamie nto d e Ayamonte , 2007, págs . 165- 184; “Las ene mistades de Manuel Riv ero” , en XII J or nadas d e Hi storia d e A yamonte , Hu elv a : A yu ntamiento de Ayamonte, 2008, pág s . 73- 88; “ Estudios , f or ma ción y e nseñanza de una familia andaluza e n el siglo XVIII”, en XIV J or nad as de Historia de A yamont e , Huelva: A y untamient o de A y amonte, 2010, págs . 9 - 23; Manuel Moren o A lonso y J u lián Solesio Lill o , “ Ayamonte e n tiempos de `El Pintado´ (1 697 -1780), en V J or nadas d e Historia de A yamonte , Hu elv a : A yu ntamiento de Ayamonte, 2001, págs . 155- 173. Esther Solesi o López- B osch, “Juana J osefa Rivero , nieta de `El Pin tado´: vida y r etaz os de Historia de España a través de sus car tas (1761- 1822) ”, en XIV J or nada s de Historia de la Muy Nob l e y Leal Ciuda d de A yamonte. Huelv a: Diputaci ón Provincial - A yu ntamiento de Ayamonte , 2010 , págs . 25 -42. 12 Antonio Gar cía-Baqu ero González, An dal ucía y la Ca r r era d e Indias ( 1492 -1824). Bi blioteca de la C ultura Andaluza. Editoriale s Andaluza s Unidas: Barce lona, 1986, pá g . 183. 13 Antonio García-Ba quero Gonz ález, Andal ucía y la Car r era de India s… , pá g . 184. 14 Antonio García-Ba quero Gonz ález, And al ucía y la Car r era de India s… , pá g . 188. 17 ochocientos 15 teniendo como protag onistas a algunos de los más impor tantes comercia ntes y propietarios de A ya monte . En pa r te, el estudio ha requerido un análisis de la historiog rafía rela cionada con la historia de la familia . P ara ello , sin insistir demasiado en este aspecto , he buce ado entre lo publicado y estudiado hasta la fecha, únicamente en la región andaluza. La mayor pa rte de estos estudios se orientan a los siglos moder nos . Sin embargo , para afianzar la s bases del presente trabajo era nece sario su análisis . T eng o que reconoc er en este aspecto los trabajos de Enrique Soria Mesa sobre las él ites andaluzas de la Edad Moder na y entre ellas principalmente, los principale s linajes g ranadinos y cordobeses 16 . E n Córdoba, también se encuentran algunos estud ios realizados por el profesor Raúl Molina Recio 17 . P or otro lado , David Mar tínez López ha colaborado en el conocimiento de la familia jiennense 18 . En el 15 J osé Morilla Critz, Gra n capita l y estancamient o económic o en A ndalucía. B anca y fer r ocar riles e n Málaga en e l siglo XIX , Córdoba. 1978. Cristóbal García Montoro , Málaga en los comie nzos de la industr ializaci ón: Man uel Agustín Her edi a (1786- 1846) , Córdoba: Univ e rsidad, 1978. María J osé Álvarez P antoja, A spectos económicos d e la Se villa fe r nandina (1800 - 1833) , 2 v ols ., Sevil la: Diputació n Provincial, 1970; “I nv ersiones industriale s sevilla nas: la fá brica alg o d onera de T ablada (1832 - 1842)”, e n La documentación notarial y la historia. Actas del II Coloquio d e met odología h istórica a plicada / Antonio Eiras Roel (coord.), vo l. 2, 1984, págs . 347 - 362; y “Capitales ame ricanos en la Sevilla d el siglo XIX: el Marqués de P alomares d e Duer o”, e n Andalucía y América en el siglo XIX: Actas d e las V J or nadas de Andalucía y América / Bibiano T or re s Mar tínez, J o sé J . He r nández P alomo (c oord.), vo l. 1, Se villa: C SIC – E scuela de Estudios Hispanoamerican os , 1986, pá gs . 349 - 370. 16 Enrique Soria Mesa, “La famili a Pér ez de Her rasti: un acercamiento al estud io de la élite local g ra nadina en los sigl os XV al XVII”, Chr oni ca nova: Revista de Historia Moder na de la Uni versidad de Granada, 19, 1991, págs . 383 - 404; “La s pr uebas d e nobl eza de los v einticuatro s de Córdoba: el control de la familia” en La pluma, la mitra y la espada: estudios de historia institu ci onal en la Edad Moder na / J e an- Pier re Dedie u y otros (coords .), Madrid: Mar cial P ons , 2000, págs . 291 - 302; “La for ja de u n lina je: Los Álv arez de T oledo”, La a ventura de la historia , 109, 2007 , págs . 80- 83; “Los F e r nández de Córd oba: un linaje de la nobleza españ ola”, en I J or nadas d e la Cá tedra Gran Cap itán / E. Gar ramiola Prieto (coor .), Montilla: A y untamient o , 2003, p ágs . 83 -100; La nob leza e n la Espa ña moder na: c ambio y continuidad , Madrid : Mar cia l P ons , 2007; y Linaj es gra nadinos . Granad a: Diputación Provincial, 2008. 17 Raúl Molina Recio , “La presenc ia en el munici pio cordobés de un linaje nobiliario: los F er nánd ez de Córd ob a (Siglos XVI- X IX)”, en V r eunión c ientífica de la asociación Espa ñola de Histo ria Moder na / J . M. de Be r nardo Are s y J . M. G onzález Beltrá n (coor ds .), tomo I I: La Admini strac ión municipal e n la Eda d Moder na. Cádiz: Univ ersidad - Asociación Esp añola de His toria Moder na, 1 999, págs . 569 -576; y La nobleza en la España Moder na: L os F er nánde z de Córd oba. F amilia, riqueza, poder y cultura , T esis d octoral, Uni v e rsida d de Córdoba, 2004. 18 David Mar tínez L ópez, Estra tegias familiar es en los pr ocesos de for mación d e la bur guesía agraria an daluza: el c aso de Santa F e , Granada: Uni versidad, 1994; Tier ra, her e ncia y matrimonio: un m odelo sobr e la for maci ón de la bu r gue sía agraria andaluza (siglos XVIII- XIX). J a én: Univ e rsidad, 1996; y “Herencia y familia en la socied ad ag raria decimonónica”, en Espacios soci ales , universo s famil iar es: la fam ilia en la h istoriografía española. X XV aniv ersario del seminario F amilia y élite de p oder en el r eino de Murcia , siglos XV -XI X / F . Chacón Jiménez y J . He r nández Franco (coords .), Murc ia: Univ ersidad , 2007, págs .137 - 156. 18 mismo J aén, sob resalen también los trabajos de Matilde P einado Rodríg uez 19 sobre las transfor mac iones sociales a contecidas en el seno de la familia entre 1850 y 1930 en la Alta Andalucía. Sobre las familias almerienses tenem os algunas noticias g racias a la labor de V aleriano Sá nch ez Ramos , ca si todas relativ as a la élite moder na de La Alpujar ra, incorporando aspectos contemporáneos y detalles de las familias Cueto 20 e Ibar ra 21 en tier r as de Ber ja. T ambién el profesor Sánchez desv ela algunas clav es sobre los marqueses de Yniz a 22 y sobre el linaje de los Villalobos 23 , este último presente en tier ras almeri enses desde la primera mitad del siglo XVI, y con g ran presencia en el siglo decimonónico . P ara nosotros ha sido un a satisfacción, a la v ez que una sorpresa, la infor maci ón que actualmente se tiene sobre algunas familia s malagueñas , casualmente mu chas de el las naturales de zonas de La Rioja . P ar ticular mente c onocidos s on los estudios de Antonio Parejo Bar ranco sobre el linaje de los Larios y su relación con el capitalismo industrial de la provincia 24 , los realizados por Cristóbal García Montoro sobre los Heredia 25 o los de Marion R eder Gado w sobre los regidores de la familia Pizar ro 26 . De Cádiz pocas obras descubren el funcionamiento de la familia g aditana para dicho período . El trabajo de P aloma F er nández Pérez 27 desv ela algunas clav es de la clase mercantil 19 Matilde P e inado R odríguez, Población, familia y r epr oducció n social en la Alta A ndalucía, 1850 - 1930 , T esis doctoral, Univ ersidad de J a én, 2006. 20 V aleriano Sánchez Ramo s , “Un linaje vinculado a las ar mas: la fam ilia Cueto”, F a rua: r e vista del Centr o Vir gitano de Estudios Históricos , número 4, 2001, págs . 155 - 185, 21 V aleriano Sánchez Ram os , “ Los Ibar ra: hidalg os vizca ínos en tier ras de Ber ja”, F arua: r ev ista del Centr o Vir gitano de Estudios Histó ricos , 8, 2005, págs . 165-2 25. 22 V aleriano Sá nchez Ramo s , “Un ascenso social ver tiginoso en la Alpujar ra. De re pobladores a título de Castilla: Los marqueses de Yniza (siglos XVI - XX)”, F ar ua: r e vista del Centr o Vir gitan o de Estudios Hist óricos , 12, 2009, págs . 277- 344. 23 V aleriano Sánchez Ra mos , “Un linaje de r icos hidalg os : los Villalobos”, F arua: r ev ista del Ce ntr o V ir git ano de Estudios Históricos , número 7, 20 04, págs . 129-2 10. 24 Antonio P arejo Ba r ranc o , Má laga y los Larios: capita lismo ind ustrial y atraso ec on ómico ( 1875- 1914) . Málag a: Arguv al, 1990. 25 Cristóbal García Mon toro , Má laga en los comienz os d e la industr ialización: Manuel Agustín Her edia ( 1786 - 1846) , Córdoba: Univ e rsidad, 1978. 26 Marion R eder Gadow , “La perpetuación d e un linaje en e l mun icipio m ala gueño: los regid ores Pizar ro (siglos XVI-XIX), e n F amilia, par entesco y linaje / J . Casey y J . Her nández Franco (co ords .), Murc ia: Universidad, 1997, págs . 99 -110. 27 P aloma F e r nández Pérez, El r ostr o fam iliar d e la metr ópoli. Redes de pa r entesco y laz os mer cantiles en Cádiz , 1700 - 1812, Madrid : Siglo XXI, 1997. 19 asentada en la ciudad, principalmente durante el siglo XVIII. Sobre la pro vinc ia de Sevilla existen numerosos estudios afines desarrollados por los profesores Igna cio Atienza Her nández 28 y Fran çoi s Héran 29 , así como los efe ctuados por la profesora María Si er ra Alonso 30 . En relaci ón a los estudios que nos interesan, ela borados sobre la provincia de Huelv a, hay que destacar los realizados por Víc tor M. Núñez García sobre los diputados a Cor tes durante la dé cada moderada 31 y los desa r rollados por la profesora Marí a Antonia P eñ a Guer rero en tor no al a nálisis de las redes clientelares de los ca ciques onubenses durante la R estauración 32 . Más reciente mente Cristina R amos Cobano ha apor tado nuev os datos sobre Los Ce pedas 33 . Es inevitable , además , no recordar las obras publicadas por el profesor Moreno Alonso sobre l os miembros de una familia andaluza y ayamontina a pellidada “Riv ero” y posterior mente emparentada con los “Solesios” 34 . P or encomiable s que sean todos estos trabajos , la evidencia del atraso historiog ráfico andaluz en lo que se refiere a los estudio s de las m aterias que hemos planteado en esta tesis nos ha resultado , en ocasiones , descorazonador . De ahí que el trabajo que a quí presentamos como tesis de doctorado solo puede a spirar a conv er tirse en una nuev a a portación sobre la desconocida centuria del XIX en una localidad situ ada en el límite de la And alucía Occidental. En cuanto a las fuentes bibliog ráficas onubenses y locales obser vadas , deb ido a sus elevad as carencia s , continúan siendo escasas . Hace unos años , la profesora María Antonia P eña Guer rero nos conv encía de la necesidad de estudiar una ce nturia que estaba en su mayor 28 Ignacio Atienza He r nández, Aristocrac ia, poder y rique za en la España moder na. La Casa d e Osuna, s iglos XV - XIX , Madrid: S iglo XXI de España, 1987 . 29 François Héran, La r ev olución agríc ola del siglo XIX , Mad rid: Ministerio d e Ag ricultur a, 1980. 30 María Sier r a Alonso , La familia Ybar ra: empr esari os y p olíticos , S evilla: Muñ oz Moya y Montraveta, 1992; y La política del pacto: el sistema de la R estauración a tra vés del part ido cons er vador sev illano (1874- 1923) , Sev illa: Diputac ión Provincial, 1996. 31 Víctor Manuel Núñe z García, Huelva en la s Cortes. Élites y poder político durante la Década Moderada (1843 - 1854) , Huelv a: Univ ersida d, 2007. 32 María Antonia P eña Guer r ero , Clientelismo p olítico y poder es perif éricos dura nte la Resta uración. Huelva, 1874 - 1923 , Huelv a: Univ ersida d, 1998. 33 Cristina Ramos C oban o , El linaje de S anta T er e sa. Estrategias socia les y construcc ión del pat rimonio de l a familia Cepeda en tier ras de Huelva ( 1729- 1828) , Hue lv a: A yuntamient o , 2009; y F amilia, poder y r e pr esentación e n Andalucía: los Cepeda entre el Antiguo y el N uevo Régimen (1700 -1850) , T esis doct oral, Univ ersidad de Hue lv a, 201 2. 34 Man uel Moreno Al onso , Retra to d e familia andaluza con las Indias al fondo . El Memorial de El Pintado , Sevilla: Ediciones Alfar, 2000; y Los Sol esios. Historia d e una familia andal uza , Sevilla: Edic iones Alfar, 2009. 20 par te desierta de análisis históricos 35 . Sin embarg o , a diferencia de otras localidades de la provincia, se han escrito y publicado numerosos tra bajos hasta la fecha sobre Ayamonte . Con respecto a la bibliog rafía directamente r elaci onada con la ci udad fronteriza, en su may or par te se trata de pequeño s t rabajos inserto s en las J or nada s Históricas org aniz adas anualmente por la cor poración del munici pio desde hace casi v einte años . A l marg en de ello , escasos son los estudios monog ráficos , ri gurosos y extensos sobre el período histórico obje to de este trabajo . De ellos , de staca el realizado por el profesor Sánchez Lora dedicado al análisis exhaustiv o de la demog rafía ayamontina entre los años de 1600 -1860 36 . P osterior mente y aunque e l períod o histórico se a leja de n uest ro marco cronológico , es nece sario destacar las apor tac iones planteadas por Manuel A. González Díaz en su estudio sobre la pesca en esta ci udad durante la E dad Moder na 37 . J osé Antonio Rodríguez R odríguez, por su par te, n os desv ela la ev olució n de un espacio tan impor tante pa ra la economía de la ciuda d como es y era el puer to ayamontino a lo larg o de diferentes centurias 38 . Finalmente, la que suscribe , ha planteado algunas cla ves en sus monog rafías que perfectamente ayudará n a entender aspectos de la religiosidad y del entramado urbano de la ciudad de A yamonte en el siglo XIX 39 . Como ya he dic ho , g racias a la celebración de las J or na das de Histor ia orga nizadas anualmente por el A yuntamiento de la ciuda d desde hace v a rias dé cadas , la historia de A ya monte posee la publicación de v ariadas ponencias y comunicaciones que amplían el conocimiento histórico de su pa sado . Sin embarg o , los estudios suelen ser, por la naturaleza de dichas jorna das , principalmente trabajos concret os y puntual es . Limitándonos a los alusiv os 35 María Antonia P e ña Gue r rer o , La pr ovincia de Huelva en los siglos XIX y XX, Hue lv a: Di putac ión Provincial, 19 95. 36 J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis histórico . A yamonte. 1600 - 1860 , Huelva: Diputación Provincial, 1987. 37 Antonio Manuel González Día z, “ Ar tes de pesca y barcos pesq ueros e n las costas de l antigu o marquesado de A ya monte dura nte el sigl o XVIII, según e l Dicc ionario Hi stórico de los Ar tes de la P esc a Nacional, de Antonio Sá ñez Reguar t”, en X J or nadas de Historia d e A yamont e, Huelva: Ayuntamiento de Ayamonte, 2006 , págs . 75- 110; “ Almadrabas ayamontinas , 1839 - 1901”, e n XI J or nad as de Historia de A yamonte , Huelva: A yu ntamiento d e A ya monte , 2007 , págs . 27 -50; y La pesca en A yamonte durante la Edad Moder na , Huelv a : Univ ersidad , 2011. 38 J osé Antonio Ro dríguez Rodríguez “ A yamonte , p uerto y ciudad , Sevilla: C onsejería de O bras Públicas y T ranspor tes - Junta de Andalucía, 200 1. 39 María Antonia M oreno Flores, R aíces de una cofradía. Huel v a: A yuntamiento d e A yamonte. 2003; Catá lo go historia d e A yamonte. Bienes mue bles e inmue bles. Real, Ilustre y Muy Antigua Her ma ndad Sacramental del Sa lv ad or de Ayamonte y Consejería de T urismo , C omercio y Depor te, S evilla, 2004. 21 al siglo XIX, destacamos las inv estig a ciones realizada s por el profe sor Bog arín 40 , o la s efectuadas por el antropólog o C áceres F eria sobre la marinería y las fábricas de conser va s 41 . Díaz Domínguez nos inserta en el devenir d e la prensa 42 , el profesor Núñez García nos desv ela algunas de las clav es sobre las elecciones y el jueg o político durante el Ayamont e isabelino 43 , Segundo Ríos contribuye a descubrir los oríg ene s de las fábricas de transfor mac ión de l pesca do 44 , P eña Gue r rero desglosa los entresijos del jueg o político durante la R estauración 45 y el profesor R odríguez Ro dríguez , una v ez más , a naliza la evo lución y devenir del puer to ayam ontino 46 . P or su par te, los profesores Manuel Moreno Alonso 47 y 40 J esús Bog arín Díaz, “ A por tación demog ráfic a de A ya monte a la fundación de Isla C ristina”, en XIV J or nada s de Historia d e la Muy Noble y Leal Ciudad de A yamonte , Hue lv a: Ayuntamiento d e Ayamon te, 2010, págs . 177 - 195. 41 Rafael Cáceres F eria , “Desar rollo en la industria conser v er a y movimiento obrero en A ya monte a principio s de siglo”, e n II J or nadas d e Historia de A yam onte . Huelva: A yuntamiento de A ya monte . 1997, págs . 99-115; “Marineros , barcos y red es: la pesca e n Ayamonte desd e el siglo XVIII hasta los inicios del siglo XX”, e n III J or nadas de Hist oria de A yamonte . Huelva: A y untamiento d e Ayamonte, 1998, pág s . 145 -164; y Mujer es , fábric as y charangas: el trabajo f emenino en el secto r conser ver o de A yamonte (Huelva) , Se villa: C onsejería de Cultura – Junta de Andalucía, 2002. 42 Mari P az Día z Domí nguez, Historia d e la pr ensa escrita d e Huelv a: su primera etapa (1810 -1923). Huelva: A yu ntamiento , 2008; “ A y amonte, c una d e la prensa escri ta de Huelva”, e n XV J or nadas de Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de A yamonte , Huelva: A yuntamie nto de A yamonte, 2011, págs . 99 -120. 43 Víctor Manuel Núñe z García, “Las elecciones d e diputados a cor tes en el distrito electoral d e Ayamonte durante la décad a moder ada”, en V III J or nadas de Histo ria de A yamonte , Huelva: A y untamient o de A yamonte, 2004, págs . 65 - 92; “ Análisis pro sopogr áfic o , élites parlame ntarias y poder p olítico e n el Ayamonte isabelin o”, en IX J or nadas de Historia de A yamonte , Hue lv a : Ayuntamiento de A y amonte, 2005, págs . 43 - 6 6; y “Las for mas de ac ceso a la política libera l. Elec ciones y g r upos de poder en A yamonte (18 56 - 1868)”, en XII J o r nadas d e Historia de A yamonte , Huel v a: A y untamiento d e A yamonte, 2008, págs . 51 -72. 44 Segundo Ríos Jiménez , “L a indu stria c onser vera de Ayamo nte: desde sus oríge nes hasta la Segunda R e pública”, en Economía a ndaluz a e historia i ndustrial, e studios e n homenaje a J ordi Nadal / A. P a rejo y A. Sánchez (eds .), Gra nada, 1999 , pág s . 657 - 673; “La indu strializac i ón de la pesca en la provincia d e Hu elv a, 1880 - 1936”. Historia Agra ria, 28, 2002 , págs . 45- 67; y “Orige n y de sar rollo de la industria de c onser vas d e pescado en Andalucía (1879 - 1936)”, Re vista de Historia industrial , 29, 2005 , p ágs . 55- 84. 45 María Antoni a P eña Guer rero , “El si stema canovista en Ayamonte: e l jueg o polí tico y sus ar tífices (1898 - 1923)”, en I J or nadas d e Historia de A yamonte , 2ª edic., Huelv a: Ayuntamiento de A ya monte , 199 9, págs . 59 -84 . 46 J osé Antonio Rodríguez Rodríguez, “Orig en y e v oluc ión del puer to de A y amonte”, e n II J or nada s de Historia de A yamonte , Hu elv a : Ayuntamiento de Ayamon te, 1998, págs . 83 - 98; y “El puer to de Ayamonte: ev olución de la actividad pesque ra y mercante”, en IV J or nadas de Hist oria de A yamonte , Hue lv a: Ayuntamiento de Ayamonte , 2000, págs . 19-53; y A yamonte , puerto y c iudad , Sevilla: C onsejería d e Obra s Públicas y T r ansportes - J u nta de Andalucía, 2001. 47 Manuel M oreno Alons o , “ A ya monte dura nte el asedio nap oleónico de Cád iz (1810 - 18 12)”, en XV J or nada s de Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de A yamonte , Hue lva: A y untamiento de Ayamon te, 2011 , págs . 69 -98; y “La Gazeta de A yamonte”, e n VIII J or nadas de Historia de A yamonte , Huelv a: A yuntamie nto de A yamonte, 2004, págs . 113-125. 22 J osé Sa ldaña F er nández 48 nos desvelan los entresijos de la guer ra de la independencia en est e rincón de la desembocadura del Guadiana, y Julián Solesio Lillo nos sumerge en una familia y en una época de esplendor y de sombras . La que su scribe también ha realiz ado apor taciones relacionadas con la demog rafía y sobre la población de la ciuda d durante el período histórico objeto de análisis en el presente trabajo 49 . ESTR UCTURA Y OR GANIZACIÓN El presente estudio se org a niza en diferentes apar tados , deseando efectuar , para una mejor comprensión, un desglose detallado de cada una de la s materias o parc elas en las que se compone . Así, el primer capítulo dará a conocer el espacio g eog ráfico y social de dos puebl os que la historia quiso sintoniz ar : por un lado , el riojano , con sus numerosas villa s protag onistas de una impor tante emig ración, y por otro , el de A yamonte, situado en la desembocadura del río Guadiana , habituado a la visita e instalación de foráneos . En este primer capítulo obser v a remos cómo el p resente análisis colabora en el con ocimiento de la mig ración riojana. A ya monte se incor pora así a los destinos mig ratorio s protag oniz ados por los riojanos , juntos a los hasta ahora conoc idos , efectuados sobre dichos inmig rantes en las provincia s g alleg as , extremeñas y otras zonas de Andaluc ía . A su v ez, tras una pequeña res eña his tórica de A ya monte , nos remontaremos a la sociedad ayamontina que recibe a esos riojanos . Finalmente, v aloraremos cuantitativ amente la mig ración protag onizada, c itando a los oriundos de La Rioja que se av ecindaron e n este rincón andaluz principalmente durante toda la centuria decimonónica. 48 J osé Sald aña F er nández, “ A yam onte y su ent or no en 181 2: El j uramento constituci onal”, en XVII J or nadas de Historia de A yamonte , Huelv a : Ayuntamiento d e A yamonte, 2013, p ágs . 181- 200; “La revitalización d e la frontera: Apu ntes sobre la e stancia de la Junta Suprema de Sevilla en Ayamon t e”, en XV J or nadas de Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de A yamonte , Hue lv a: Ayuntamiento de Ayamonte, 2011, págs . 45 - 68; “Nuevos poderes , viejas d isputas: la Junta d e Gobier no de Ayamonte en la Guer ra de la Inde pendencia”, en X J or nadas de Historia de A yamonte , Huelv a: Ayuntamiento de Ayamonte . 2006, págs . 11 - 31; “Ca mbio jur isdiccional y conf lictividad política en A yamonte du rante la Guer ra de la I nde pendencia”, en Las Guer ras en el primer terc io del siglo XIX en Espa ña y Améri ca / P aulino Castañeda De lg ado (coord .), tomo I, Madrid : Editorial De imos . 2005, págs . 629-648; y Pue blo, nación y c iudadanía durante la guerra de la Independencia: La fr ontera sur hispan o - portug uesa en los orígenes de la contemporaneidad (1808 - 1814) , T esis d octoral, Univ ersidad d e Huelva, 2014. 49 María Anto nia Moreno Flores , “ Análisis demog ráfico de A ya monte (1860 - 1930 )”, e n IV J o r na das de Hist oria de A yamonte , Huelva: Ayuntamiento de A yamonte, 2000, págs . 55 - 82; “ A yamo nte hace un sigl o (1 890 - 1920)”, e n III J or nadas de Historia de A yamonte , Huelva: A yuntamie nto d e Ayamonte, 1998, págs . 37 - 64; y “ A y amonte: d os mundos a fines de l siglo XIX”, e n La Historia de la Pr ovincia de Huelva. Ba lance y Perspecti vas . Acta s del I Encuentr o sobr e Bibliografía: la investigación h istórica en la pr ovincia de Huelva. / J . F eria Mar tín y M. J . de Lara Ródenas (eds .), Huelv a: Diputaci ón Provincial, 2007, págs . 345 -355. 23 En el segundo ca pítulo , dedic ado al a nálisis de las primeras déca das del siglo obser v a remos aspectos sobre las consecuencia s de la guer ra de la Independenc ia en A ya monte y sobre l a vida en la ci udad después de conf lic to , inmersos de lleno en el reinado de F er na ndo VII. A continuación, en el tercer capítulo , entraremos de lleno en la identificación de algunos de estos riojan os , la fundación de sus primeras Compañía s mercantiles en el A ya monte de las primeras décadas de la centuria, e incluso , tras la ina uguración y consolidación de sus neg ocios , las nupcias que contraen, la ma yoría de ellas acompañadas de unas acer tadas y beneficiosas dotes matrimoniales . De nuev o aquí la necesidad de descubrir aspectos de la población donde proye ctan sus neg ocios , hace necesario que estudiemos el A yamon te del período isabelino de media dos de la centuria. En un cuar to capítulo , detal laré aspectos demog ráficos , económicos – donde surg e una pionera industria de la salazón - y religiosos , que contribuirán a conocer la época donde transcurre el de v enir de las compañías mercantiles fundadas por los oriundos de La Rioja. Incluso , comprobaremos cómo un elevado por centaje de estos riojanos pa r ticiparon activ amente en la vida p úblic a lo ca l, pro vincial e incluso nacional. P a ra entonces , habiendo fallecido algunos de los socios fundadores de esas compañías , las sociedades aparecerán reg entadas la ma yoría de las v eces por la segunda g eneración, es decir , por los hi jos v arones de los que se afincaron en A yamonte tiempo atrás . P ara hacer nos una adecuada estimación de lo que significa ron sus actividades económica s , en la may oría de los casos , si ex isten documentos que nos per mitan realizarlo , inc orporamos el estudio de tallado de los inv entarios y balances , obser v a ndo sus principales valores , biene s e instalaciones comercia les . Prácticamente ese será el contenido de los dos siguientes capítulos , el quinto y el sexto . Y para una mejor valoraci ón de los capitale s y de las propiedades de las com pañías y de sus propietarios , ana lizaremos en el séptimo capítulo las consecuencias que las medidas desamor tizadoras tuvieron en el incremento de sus bienes , así como las inv ersiones realiza das por sus sociedade s en el sector mine ro onu be nse . Ev aluando los porcentajes de la desamor tización a ndaluza y on ubense, de scubri remos la re percusión d e la s medidas liberalizadoras en la locali dad, y las reducidas a dquisiciones de inmuebles al Estado realiza das por nuestr os protag onistas . Ademá s , estimaremos l as par ticipa ciones de a lgu nos de ellos , en sociedades mineras consti tuidas para la explotaci ón de yacimientos situados , en la mayoría de los casos , en tér minos del Andév a lo onub ense. 24 En el octav o capítulo , finalizaremos obser vando la vida política, social y económica de la ciudad durante el último cua r to de l siglo XIX. T ras la cor tísima ex periencia republicana , la restauración vino acompañada de una ansiada estabilidad política y de nuev os líderes relacionados principalmente con la actividad industrial fomentadora. Las autoridades locales , entre los que se encue ntran de ter minados miembros descendientes de aquel los riojanos que lleg aron a estas tierras , dis cutirán y aprobarán, en su mayor ía, asuntos rela cionados con las mejoras de los mu elle s , la concesión de ter renos destinados a la constr uc ción de nuev as instalaciones fabriles o a la búsqueda de una may or salubridad e higiene. T ambién entrarán en el nuev o siglo preoc upados por las epide mias , los temporales y la propag a ción de enfer medades . A unque en los apar tados a nteriores he incorporado algu nos a spectos de esa nuev a industria de salazón y de conser va, no llega ríamos a entender el dev enir de la ci udad de A ya monte , principalmente en el último cuar to de la ce nturia, sin estar inmersos , a ún m ás , en la nuev a actividad fabril de dicada a la transfor mación del pe scado . De ahí que el capítulo nov eno esté dedicado al estudio de las solventes socie dades destinadas a la fomentación y a sus propietarios , individuos que dirigirán el dev enir de la ciudad durante las últimas décadas de siglo . A spectos tan v ariados como el crecimie nto demog ráfico o la ex pansión urbanística de la población tienen aquí cabida y se explican, en buena m edida, ante el inc remento y desar rollo de dicho neg ocio , alabado y protegido por las autoridades de entonc es . En el capítulo dé cimo , nos dedica remos a estudiar con de talle la s redes de pa rentesco confeccionadas por la clase mercantil ayamontina, de orig en riojano , durante el siglo XIX. Imaginamos que conv enientemente estudiados , planificaron matrimonios en dogámicos entre parientes y enlaces con otros individuos consag rad os también a las activida des comerciales . Incluso muchos de ellos protag onizaron un elev a do estado de soltería y alguna que otra v oca ción relig iosa. Detrás de a lg unas de esas actitudes estaría la intención de eng randecer y de acrecentar el capital familiar . El capítulo décimo primero nos descubrirá cómo nues tros protag onistas , a demás de ser per mane ntes propietarios y a ctiv os políticos , fueron fundadores de admira bles y g enerosas obras de caridad y de be neficencia. A lo largo de sus vida s , colaboraron con instituciones educativ as , crearon hospitales y sub v encionaron nu ev as órdenes religiosas . Además , dictaron un elevado número de mandas piadosas en sus testamentos , destinando una g ran par te de sus bienes a la ce lebración de cultos religiosos org aniza dos en la ciudad de Ayamonte y en sus lug ares de orig en. 25 En el ca pítulo décimo segundo demostraremos como la mayoría de nuestros protag onistas tendrían la satisfacció n y el be neficio de verse reconocidos co mo hidalg os po r las autoridades ayamontinas . T ras la v erificación de los datos apor tados por los interesados para probar sus hidalguías , m uchos de el los fuer on considerados hijosdalg os durante las primeras década s de l a centuria. Conseguirían as í el colofón de todas sus aspiraciones . Aireaban un derecho que en la mayor ía de las v ec es se les habría conc edido únic amente por ser moradores y naturales de unas estériles tierras de orig en. Además de liderar la vida políti ca y económica, estos v ecinos de procedencia riojana también administraron par te de la vida religiosa de Ayamonte . En el d écimo terce r ca pítulo obser v a remos como la ma yoría de nuestros protag onistas fueron dirig entes de las , primero debilitadas y posterior mente emerg entes , her mandades y cofradías ayamontinas . Gestionaron sus bie nes y ocupa ron lug ares preferentes en las celebraci ones religiosas y en los cultos . No hubo á rea que no estuviese dirigida por ellos . Entre el vecindario , buena par te de él empobrecido y necesitado , los miembros de estas familias serían, por tanto , muy respetados . Finalmente, consideré a decuado para ter minar el trabajo incorporar un exhaustiv o estudio demog ráfico de la población. Graci as al ce nso de habitantes redactado en 1895, en e l capítulo último , el decimo cuarto , examinaremos la distribución del v ecindario entre los diferentes bar rio s de la ciuda d y la s profesiones de los cabeza s de familia. A demás , dejaremos esbozados algunos aspectos del A yamonte de principios del siglo XX, co n la intención de completar en un traba jo futur o el conocimie nto de la época contemporánea de la ciudad de la desembocadura del Guadiana. La mayoría de l volumen se vuelca en la trayectoria vita l de varias familias . Lo s García Cañas , García Domínguez y posterior mente García Iñiguez, los Martínez Alonso y los Mar tínez de la C r uz, los Besares , los Lerdo de T ejada y Obando y los del Molino Domínguez. Como ya hemos detallado , de ellos de scubriremo s las bases de su poder económico , los sistemas de tr ansmisión pa trimonial, las estrategi as familiares o el control de los carg os municipales . MET ODOLOGÍA Y PR OCEDIM IENT O Debido a la escasez de e studios relacionados sobre el tema, y concediendo una elev ada impor tancia a la documentación histórica aún por inv estig a r , en el presente trabajo he optado principalmente por un método de in vestiga ción inductiv o pues , en la mayor parte de los 32 condiciones de vida en sus lug ares de orig en y algunos de los moti v os de dicha emig ración. La sier ra, tradicionalmente g anadera, poseí a un paisaje en el que predominaban los pastos e n su may oría de propiedad comunal, pequeños huer tos dedica dos a la hor tal iza, extensos bosques y pequeñas pieza s dispersas de cereal destinadas al autoconsumo humano y animal. Un elevado porce ntaje de sus hombres se encontraban empleados en su may oría en l as labores de trashumancia. E l trabajo ag rícola era desempeñad o principa lmente por la s mujeres . Fue la producción de la lana fina trashumante la que des de la segunda mitad del siglo XV hiz o que esta zona conoc iese una expansión económica , acumulase capital mercantil y consolidase r utas comerciales . A finales del siglo XV , la Rioja Alta y Cameros presentaba una org anización socialmente mu y dinámica resultado de una economía destinada ha cia la comercialización en la que existían g randes ganade ros y fabricantes y una nutrida red de comerciantes . P ara entonces , la estr uc tura económica de las Sier ras descansaba sobre la g ana dería ovina trashumante , el textil la nero y el comercio pañero . Sin embarg o , como ya hemos señalado a l poseer una a g ricultura pobre y con fre cuencia insuficiente para el autoabastecimiento de g ranos , la sie r ra siempre hubo de regular su crecimiento demog ráfico , ex pulsando efectiv os humanos sobrantes en la explotación g a nadera, bien al v a lle riojano o bien a ce ntros de población situados en tor no a la r uta de la trashumancia. P arece ser que los oríg enes de los g randes merca deres que a medi ados del siglo XVI encontramos establecidos en Log roño o en Nájera se localizaron en pueblos de la sierra y una v ez establecidos en la s ciud ades se convirtieron en inter mediarios entre los fabricantes -comerciantes ser rano s . Dichos mercaderes lle g arán a colocar los paños riojanos en pobla ciones como Med ina de Rioseco , Burgo s , Bilbao , Galicia , Asturias e incluso en ciudades europeas como Br uja s , Nantes o R uan 53 . A e xpensas de la actividad comercial un también elevado porcentaje de ser rano s , principalmente comerciantes en lanas y g ana dos , alcanzarían los puer tos de l sur e incluso , desde ellos , saltarían a América, en donde continuarí an su actividad comercial. La zona de C ameros cor respondió con uno de los espacios g anaderos más impor tantes de la org anización mesteña. En pueblos de los Cameros Viejos y de la sier ra de desar r o llo r ural, número 1, 2001, págs . 113 - 158; “La trashumancia en la montaña rioja na dur ante el siglo XVIII: la propied ad y el re par to de benefic ios de las cabañas” , en Extr emad ura y la T rashuma ncia: (siglo s XVI - XX) /c oord. Miguel Áng el Melón J iménez, Antoni o Pér ez Díaz y Alfonso R odr íguez Gra jera, 1999, págs . 17 - 33; J osé Ramó n Moreno F er ná ndez y J osé Luis Gómez Ur dáñez “El pro blema ag ra rio en las sier ras de La Rioja: del c recimiento a la subsistencia (siglos XVIII - X IX), Ag ricultura y Sociedad , 82, 1997, pá gs . 79 -114. 53 J osé Luis Góme z Urdáñez, “La Rioja a c omienzos de la Edad Moder na... ”, pá g . 155 . 33 La Rioja Baja como Soto , Munilla o Enciso el papel fundamental lo desempe ñaba la pañería; en Lumbreras o en Vinieg ra de Abajo , la g anadería era el sector principal y en Nieva, en T or reci lla o en Laguna la ag ricultura tenía una impor tancia may or de lo ha bitual 54 . P ara 1586, poblaciones como Vinieg ra de Abajo – tér mino del que proceden algunos de los protag onistas del presente estudio- contaban con una alta densidad de ov eja trashumante . Dicha población registraba en ese mismo año un total de 5.500 cabezas . En el siglo XVII, Laguna de Cameros tenía unas 70.000, mientras que Villoslada alcanzaba l as 100.000 55 . Durante la primera mitad del siglo XVIII, la Sier ra de Cameros fue muy próspera. A mediados del siglo XVIII la cabaña trashumante según datos proporcionados por el profesor Moreno F er ná ndez- cr uzando cifras de l C atastro de Ensenada con otras fuentes - era de 370.000 cabezas 56 . Concentraba prácticamente toda la industria textil ca stel lana; pero su bonanza ec onómica finalizó a mediados de dicho siglo , prov ocando con ello una r uptura entre poblaci ón y recursos que desembocó en e mig ración, especia lmente haci a Gal icia, Andalucía y Extrema dura y en un empobrecimie nto g eneral de toda la zona 57 . La propia dinámica del crecimiento pre-capita lista impuso algunos cambios en el último tercio del siglo XVIII, produciendo un reajuste de las acti vidades que supuso la dec adencia y la desaparición de n umerosos centros in dustriales tradiciona les 58 . Desde los años 60 de dicha centuria se redujo el número de cabañas trashumantes . T ambién desapareció la producción del textil disperso 59 . Se protag onizó el abandono de la a ctiv ida d en los lug ares más apar tados y la concentración industrial en aquellos más p rósperos o con mejores condiciones naturales o de comunicación 60 . Finalmente , la guer ra de la Independencia empeoró la situación. 54 J osé Luis G ómez Urd áñez y J osé Ram ón Moren o F er nánd ez, “El pr oblema ag ra rio e n la s sier ras de La Rioja: ... ”, pág . 83 . 55 ´J osé Luis Góme z Urdáñez, “L a Rioja a comienzos de la Edad Moder na... ” , pág . 157. 56 J osé Ramón M oreno F e r nánde z. “La g anader ía trashumante en La Rioja..., págs . 277 -302. 57 Her minia P er nas Oroza, “Presencia riojana en Compo stela durante e l siglo XIX... . ”, pág . 130. 58 Agustín González E nciso “La industria d ispersa en la Sier ra de Came ros , 1700 - 184 0”, Cuad er nos de Investigación: Historia, tom o 10, fasc.1, 1984, pág . 53. 59 J osé Ra món M oreno F er nández, “Las áre as r u rales de Mont aña en la España d el sig lo X VIII: el caso de la s Sier r as del Sur de la Rioja”, Re vista de Historia Ec onómica , nº e xtra 1, 20 01, págs . 76-77 . 60 Agustín González E nciso , “La industria dispersa en la Sie r ra de Ca mero ... ”, pág . 52. 34 Algunos oriundos de la Sier ra protag onizaron esta emig ración cua ndo aún la Rioja era un distrito repar tido ent re las provincias de Soria, Burgos y Á lav a. Desde la distancia conocerían que en sus tier ras de orig en, durante la Guer ra de la Independencia y durante un período de dos años , la Junta de la Rioj a ejerció un autogobie r no provincial. En 1811 , los ter renos riojanos reg resarí an a la supeditación de las Intendenc ias de Burg os y Soria 61 , pero a par tir de entonces , protag oniza rían ocasiones de conciencia autonomista, como la vivida durante la Conv ención de Santa Coloma en 1812 donde v a rios m unic ipio s requirieron la reunificación de la Rioja 62 . F er nando VII volvió a la división ter ritorial anterior . Sin emba rg o , con las Cor tes de 1821 se creó oficialment e la pro vincia de La R ioja, segregá ndola de Burgos y d e Soria. La restauración del absolutismo en 1823 significó la supres ión de esta medida. Finalmente, con los decretos de J avier de Burg os , se estableció en 1833 la provinci a con un subdeleg ado d e fomento al frente, que se de nominaría posterior mente jefe pol ítico y más tarde g ober nador civil 63 . 61 J osé Ig nacio C eniceros , “Cád iz y la Rioja, 1 812”, Bol etín A sociac ión Riojana de Genealogía y Heráldica , 4, 2012, pág . 118 . 62 J osé Ignacio Cenicer os , “Cádiz y la Rioja... ”, pág . 119. 63 J osé Ignacio Cenicer os , “Cádiz y la Rioja... ”, pág . 124. 35 Mapa coma rcal de la Rioj a (Fuente: www .ayuntami e ntode berc e o .org ) DESTINOS MÁS FRECUENTES EN LA EMIGRACIÓN RIOJ AN A Afir ma F er na ndo Hidalg o Lerdo de T eja da que “cualquier inv estig ador o aficionado a la g enealogía de orig en a ndal uz sabe que su árbol g enealógico , tarde o temprano , puede llev arle a proceder de una familia emig rante de cualquier punto de la mitad nor te de la P enínsula Ibérica” 64 . En realidad, hasta la fech a, muc has poblaciones han identificado entre sus v ec inos a numerosos individuos procedentes de la zona nor teña de La Rioja. Sin embarg o , A ya monte todavía tenía una deuda pendiente con este asunto . Desconoc ía el orig en de deter minados personajes que aún hoy la población ayamontina identifica con g rande s pa trocinadores de actividades y de centros benéficos que aún per viv en en la ci udad. La presencia de riojanos en A ya monte fue n umerosa y hasta ahora se encontraba sin analizar . 64 F er nando Hidalg o Lerd o de T e jada, “Emig rantes rio ja nos e n Andalucía: fu entes para su estud io (I)” ..., pág . 11. 36 La emig ración riojana hacia otros punto s de la P ení nsula o ha cia América está s ie ndo conocida. E n los últimos años se han publicado distintos ar tículos y obras que estudian las causas de esta emig ración, el perfil de esto s emig rantes , sus empre sas en los lug ares de acogida y las consecuencias que tuv o esta sang ría demog ráfica en las poblaciones de orig en 65 . La presencia riojana en Compostela durante el s iglo XIX ha sido estudiada por Her minia P er na s Oroza 66 . En esta ocasión, el compor tamiento de la inmig ración procede nte de La Rioja se realiza a tra vé s del análisis de los padrones muni cipales de 1857 y de 1894 67 . La may oría de los emig rantes riojanos instalados en Sa ntiag o , eran solteros . P or lo g eneral, el riojano emig raba muy j ov en y de for ma indi vidual; años más tarde , y una vez que log raba hacerse con su propio neg ocio , acudían al lu gar de destino sus parientes , sus amig os y sus conocidos para ayudarle en dicho neg ocio . Entre estos parientes , se encontraban mujeres solteras , her mana s o cuñadas del ca beza de familia y también jóv enes solteros , primos de aquél. Los varones cua ndo ar riba ron a la ciudad de Santiag o de Compostela, a penas alcanzaban los veinte años de edad 68 . Su procedencia se encontraba circunscrit a a la Sier ra de Cameros 69 . Una ca racterística de los riojanos en C ompostela, en Extremadura e inc luso , como v eremos en Ayamont e, sería su dedicación a la actividad comercial en la que prosperaron hasta el punto de for mar pa r te de la burguesía local. En Santiag o , algunos de los herederos de esos riojanos se ca saron con miembros de la nobleza g alleg a e inc luso consiguieron la condición de hidalg o 70 . Debido a la actividad mercantil predominante, la mayoría de las familias riojanas fija ron sus residencias en calle s céntricas de la ciudad de Santiag o . Durante períodos de decliv e en sus casas comerciales se inclinaron por la adquisición de rentas , llevada a ca bo mediante embarg os hechos a los ca mpesinos a raíz de deuda s impag adas y tambié n a través de la inv ersión en bienes desamor tizados . Hasta tal punto fue así, que se llegó a hablar 65 F er nando Hidalg o Lerd o de T e jada, “Emig rantes riojanos en Andaluc ía: fuentes para su estudio (I)”..., pág . 11. 66 Her minia P er nas Or oza, “Pres encia riojana en Com postela du rante el siglo XIX... ”, págs . 121 - 138. 67 Her minia P er nas Oroza, “P resencia riojana en Compostela durante el siglo XIX... ”, pág . 125. En Compostela, durante esos años , aparece n c ensados 3 0 y 39 v arones natura les de la Rioja, frente a 4 y 13 mujeres . 68 Her minia P er nas Oroza, “Pre sencia r iojana en Compostela d urante el siglo X IX... ”, pág . 127. 69 Her minia P er nas Or oza, “Pres encia riojana en Com postela du rante el siglo XIX.. . ”, pág . 127. 70 Her minia P er nas Or oza, “Pres encia riojana en Com postela du rante el siglo XI X.. . ”, págs . 133 . 37 de esta burguesía comercial como la g ran beneficiaria d e la desamor tización 71 . Uno de esos individuos que perfectamente a plicó lo reseñado fue J osé de A ndrés Garcí a, estudiado por Xosé R. Bar reiro 72 . J osé d e Andrés García, oriund o de C ameros fue merc ader con “ti enda abier ta”. Con los a ños , estableció una casa en Car ril, v arias deleg aciones comerciales en P adrón y en la Mariña lucense, y fundó una casa co mercia l en América 73 . Extremadura fue otro de los destinos más frecuentado por esta emig ración riojana. La región extremeña siempre tuv o unas frecuentes relacione s con los tér minos d e la Sier ra de la Rioja debido a la activid ad trashumante, qu e a ño tras año , ponía en contacto a los g anaderos de las sier ras con los p ropietarios de las de hesas extremeña s . Fue necesario estudiar lo s trabajos efectuados por el pr ofesor Melón Jiménez 74 . Desde el siglo XVI se produjo el av ecindamiento paulatino de g anaderos serranos en toda Extremadura, como demuestran los libros de casados y listados de vecinos de numerosas pa r roquias regiona les 75 . Con el paso de los años , su número fue cr eciendo hasta alcanzar las mayor es proporciones entre los años finales del siglo XVII I y la primera mitad del XI X 76 . Detrás de este auge se encuentra la decadencia y desar ticulación de la ex plotación g anadera. Cua ndo la trashumancia g anadera comenzó a decaer prov ocó un flujo mig ratorio en búsqueda de mejores oportunidade s que llev aría a los ser ranos desde comienzos del siglo XIX a instalarse definitiv amente en Extremadura y Andalucía. Ha sta la fecha las causas que se han descrito sobre el decl iv e de la g anadería trashumante han sido numeros a s . Sería bueno recordar la incidencia de las impor taciones de la nas de otras procedencias más ba ratas , la desaparición de los privilegios 71 Her minia P er nas Or oza, “Pres encia riojana en Com postela du rante el siglo XIX.. . ”, págs . 134 . 72 Xosé Ramón Bar reir o F e r nández, “La bur guesia compostelana. La familia de Andrés García... ” , págs . 269 - 295. 73 Her minia P er nas Or oza, “Pr esencia riojana en Compo stela durante e l siglo XIX... ”, págs . 133 . 74 La bibliogr afía de Miguel Á ng el Melón Jiménez ha sido re señada e n e l anterior a par tad o d estinado a la introducción d el presente estud io . T am bién, en la bibliog raf ía que acompaña a la actua l t esis , vuelven a relacionarse los estudio s efectua dos y publicados por dicho autor . 75 J osé P ablo Bla nco Car rasc o , “Comer ciantes c ameran os e n Cá ceres: Los Ga rcía Vinieg r a. Estra tegias familiares , patrimoni o y ciclo vital”, e n Los Antecede ntes de la Cá mara de Comer cio de Cácer es : S ociedades mer cantiles y comercia ntes a finales del Antiguo Régime n (1750-1850 )/ Coord. Miguel Á ngel Meló n Jiméne z, Cámara Oficial de Comercio e Industria d e Cáce res , 199 9, pág . 133. 76 J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comer c iantes c ameranos en C ác eres: Los Ga rcía Vinieg ra. Estrategia s ... ”, pá g . 134. 38 pastoriles de la Mesta o el encarecimiento del ar riendo de las dehesas extremeñas tr as el fav orecimiento de la ag ricultura 77 . En algu nos casos , el orig en de estos asentamientos se encontrará en la nec esidad de asegurar el disfr ute que realiza ban los gana dos trashumantes de las dehesas extremeñas . P arece ser que a finales del siglo XVIII, los derechos tradicionale s de los g anaderos mesteños sobre los pasto s extremeños comenz aron a dificultarse . Hasta ahora las caba ñas habían ejercitado la trashumancia sin la necesidad de disponer de pa stos propios . E ste fue quizás el motiv o de que una familia con elevada tradición g anadera, originaria de la Sier ra de Cameros adquiriese a finales del si glo XV III una dehesa en el extremo sur del tér m ino de Cáceres , iniciando así un proceso de paulatino asentamiento económico y sobre todo familia r en Extremadura, en concreto en Cáceres 78 . Quizás podamos consider ar- al igual que han obser vado con la mig ración catalana en Cáceres 79 - como motiv o de dicha mig rac ión riojana, el atractiv o que ejercieron las ferias regionales extremeñas o la pr o ximi dad con los circuito s de intercambio de los puer tos andaluces y por tugueses del Atlántico , del litoral mediter ráneo e incluso con los merca dos castellanos de l interior . Además , Lisboa a l igu al que lo fue para el comercio catalán durante el siglo XV III , pudo convertirse pa ra l as actividades mercantiles de los naturales de La Rioja, en platafor ma de lanzamiento hacia los mercados europeos , en lug a r de encuentro con las colonias por tuguesas y en enlace con el comercio de los P aíses Bajos e Inglater ra. Gracias al estudio de los p rocesos que obran en el Archiv o de la Re al C hanc illería de Granada, se concluye que dentro de Extremadura, la provincia con may or número de riojanos fue la actual Badajoz , e inclus o dentro de esa demarcación provincial, el tér mino de Zafra contaba con la c olonia camerana más numerosa 80 . En la centuria del siglo XV II al menos treinta familias oriundas de la Sier ra de C ameros había n abandonado sus luga res de orig en para iniciar una nuev a vida en el tér mino de Zafra, por lo que dicha villa en cuestión de 77 Car men F er nández -Daza Álv ar ez, De Villoslada d e Camer os a Extr emadura. Un v iaje de siglos que concluyó en e l ochociento s . La familia de la Cuerda. Log ro ño , I nstituto de Estu dio s Riojanos , 2007, págs . 19-20 . 78 Ramón Mateos Añiguez, “Un g anadero camerano en la Extremadura del siglo XV III: D on J osé J oaquín López- M onteneg ro y F er nánde z de V elasco (1720 - 1792)”, Re vista d e Estudios Extr emeñ os , vol. 55, númer o 2, 1999, págs . 415-458. 79 Miguel Áng el Melón Jimé nez, “Comerciantes y s ociedade s merc antiles de Cáceres a finales del... ”, págs . 73 - 74. 80 F er nando Hidalg o Lerd o de T e jada, “Emig rantes riojanos en Andaluc ía: fuentes para su estudio (I)”..., pág . 12. 39 emig ración riojana, se anticipó un siglo al resto de pueblos y ciuda des extremeñas 81 . Las causas entre otras razones podría encontrarse en los privilegios otorg ados por la Casa de F eria a los mercaderes . Durante los siglos XVII y XVIII en Zafra los cameranos apar ecen org anizados como un pode roso g remio de come rciantes y de g a naderos que controlaba el neg ocio la nero hacia los puer tos de Sevilla y C ádiz y transfor maba la villa extremeña en un centro comercial de primer orden. F amilias tan ca meranas como los San R omá n, los Marín del V alle , los Sáenz de T ejada, los T or recilla, los Nájera o los Arenzana, dueñas de prósperos comercios situados en la villa extremeña, colocaron sus antiguos blasones en las calles de Zafra. En 1792 de los 80 nobl es censados en la mencionada población, 42 e ran naturales de la sier ra de C ameros 82 . Un siglo más tarde, en dicha ciudad nacería Manu el María Mar tínez de T ejada y Prieto ―elegido diputado por la provincia de E xtremadura y uno de los fir mantes de la C onstitución de 1812―, hijo de Manu e l Mar tínez de T ej ada natural de Aldeanuela de Cameros y de J osefa Gabriela Prieto 83 . Otro lug ar frecuentado por los ca meranos fue el tér mino de Almendralejo . Será una emig ración más tardía a la protag oniza da en el tér mino de Zafra. Sin embarg o , mientras qu e Zafra conoció de tensiones sociales de bido a que los foráneos aca paraban la vida administrati v a, política y económica de la villa, en Almendralejo no hubo dicha tensión 84 . Será a partir de 1770 cuando varios emigrantes de C ameros s e av ecinden en Almendral ejo 85 . Car men F er nández Daza- Álv a rez, esboza brev es biografías sobre emprende dores cameranos lleg ados a Almendra lejo a pa r tir de 1760 , donde a lcanzaron una indudable prosperidad, la may oría de las oca siones , relaciona da con las acti vidades mercantiles . Fue ron muchos los comerciantes cameranos acompañados de aprendices y de de pendientes , procedentes también de la misma tier ra natal . Con ellos , la población a brió las puer tas a una mentalida d burguesa y a un pre-capitalismo e incluso , conoc ió de importantes re laciones inter nacionale s . Sin embarg o , con el paso del tiempo los descendientes de los emprende dores camera nos 81 Car men F er nánd ez - Daza Álv a rez, “Inmig r antes came ranos e n Alme ndralejo (1750 - 1850)” , Boletín de la Real Academia en Extr emad ura de las L etras y las Ar tes , T omo 18, 201 0, pág . 710. 82 Man uel Sánchez G ómez-Coro nado , E l D ucado d e F eria al final del Antig uo Régi men , Mérida, UN ED , 1993, págs . 70 - 71. Véase también J osé Gr ajera Castillo , “Camera nos e n Zafra”, Almina r : Re vista mensual de Cultura de la Institución "Pedr o de V a lencia" , 32, febre ro 1982. 83 J osé Ignacio Ce niceros , “Cád iz y La Rioja, 1812”, B oletín Asocia ción Rioja na de Genealogía y Heráldic a , 4, junio 2012, pág . 127. 84 Car men F er nández- Da za Álvarez, “Inmigra ntes came ranos en Almendra lejo ... ” , pág . 713. 85 Car men F er nández- Daza Ál v arez, “Inmig ra ntes camer anos en Almendrale jo ... ”, pág . 712 . 40 ter minarían abandonando las actividades comerciales para dedicarse en exclus i vida d a la administración de sus fincas y al ejercicio de profesi one s liberale s . En Cáce res estuvo av ec indado desde finale s del siglo XVIII uno de los ser ranos que encar nó en tier ras extremeñas , como ningún otro , el arquetipo de “burgués de provincias” 86 cuyas acti vidades aparecían orientadas hacia el mu ndo de los intercam bios comercia les y de los neg ocios crediticios . Nos referimo s a J o sé García Car rasco y Ro mero , natural de Monteneg ro de Cameros y v ecino de Cáceres desde 1773, a la que llegó con apenas 10 años de edad 87 . En la ciud ad extremeña s e dedi có a comercializar lan a s finas t rashumantes y ribereñas , e incrementó su patrimonio , su prestigio y su influencia hasta con vertirse en “el personaje más importante de la capital” 88 . P ara entonces , durante el primer tercio de l siglo XIX, ex istían funciona ndo en Cáceres 18 socied a des mercantiles , “de las cuales 10 estaba n constituidas por ca talanes y la s restantes por comercia ntes de las sierras camera nas principalmente, aunque no faltaron las for madas por individuos de otras nacionalidades” 89 . La may oría tenían un carácter familiar, de ahí que en s u nombre figurara a menudo el parentesco que unía a sus componentes . T ambién en Cáceres , a principios de siglo , se sumaron a esta cor riente mig ratoria, los García Vinieg ra, procedentes también de la villa serrana de Monteneg ro de Cameros . Dicho traslado se org aniz ó en tor no a la experiencia y al amparo del paisano , J osé García Car rasco . T odos ellos se dedicaron a actividades relacionadas con la g a nadería, con el comercio y con el neg ocio ba ncario . T odas ellas contribuyeron a la obtención d e una posición de privil eg io social y propicia ron la crea ción de el ev ados patrimonios 90 . E n esta ocasión, Félix García Vinieg ra se mostró hábil a través del ar riendo de dehesas y g rac ias a la adquisición de ter renos 86 Miguel Á ngel Mel ón Jiménez, “Comer ciantes y socieda des me rcantiles d e Cá ceres a finales de l Antiguo ... ”, págs . 73 -74. 87 Miguel Á ngel Melón Jimé nez, “Comercia ntes y socie dade s merca ntiles de Cáce res a finales del Antiguo . .. ”, pág . 74. 88 Miguel Ánge l Me lón Jiménez, “C omerciantes y sociedad es mercantiles de Cá ceres a finale s del Antiguo ...”, pág . 76. Es descrito como una perso na inteligente y astuta. Contrajo un a cer tad o matrimonio con María Gómez Be nítez, hija de uno d e los más afa mados a bog ados que se valió de los en t resijos leg ales en la desvinculación de los bienes . Se benefició de la c oncesión de créditos conced idos a los mayorales y pastores que sorprendid os con los g a nados tra shumantes e n los pastiz ales e xtremeños dura nte la guer ra con Fr ancia queda ron retenidos y necesitaron dinero para pag ar los ar riendos de las d ehesas . 89 Miguel Á ngel Melón Jimé nez, “Comercia ntes y socie dade s merca ntiles de Cáce res a finales del Antiguo . .. ”, pág . 80. 90 J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comerc iantes ca meranos e n Cá ce res: Los Ga r cía Vinieg ra . Estra tegias ... ”, pág . 135. 41 desamor tizados . Su her mano Áng el, par tici paba en la vida ec onómica local a tra vés de la compañía de Comercio “Vinieg ra y Soria no”, fundada en 1831 junto a R omualdo Soriano Crespo , dedic ada a la adquisición de fincas rústicas y urbanas , a la gestión de productos g anaderos , entre los que se conta ba n un buen número de cabezas de g anado y a la realizaci ón de onerosas opera ciones de crédito 91 . Unos años más tarde, tras la muerte de Áng el, l a Compañía per maneció bajo el nombre “Viuda de Vinieg ra y Her mano”. P ara e ntonces , estaba al frente Ber nabé García que, además de realizar las a ctivid a des mercantiles necesarias para ello , obtuv o una par te impor tante de su pa tri monio como banquero y prestamista 92 . Finalmente, los indic ios parecen indicar que los García Vinieg ra abandonaron sus neg ocios en Cáceres a par tir de los a ños cincuenta, fecha en la que s e trasladaron a la V illa y C or te de Madrid 93 . Otras vill as extremeñas c onocieron también la s consec uencias de la mig ración riojana. Contamos con el traba jo efectuado por F er nández -Daza Álvarez sobre la familia Gar cía de la Cuerda y otras lig ada s a el la como la de los Vidar te Crespo y Crespo Camprovín procedentes del tér mino riojano de Villoslada de Ca meros . Los García de la Cuerda Muro se estable cen en las poblaciones extremeñas de Fuente del Maestre, Salv atier ra d e los Bar ros y T r ujillo lleg ando a ser en los lug ares de acogida, g randes come rcian tes , banqueros y elev a dos propietarios de tier ras . F er nández -Daza Á lv a rez nos tras lada la siguiente conclusión: con la mig ración las for mas de vida conser vadoras de la s éli tes locales , lig adas en su may oría a la t enencia de tier ras , se enfrentaron y conviv ie ron con indi viduos dedicados a activida des típicamente burguesas , como el com ercio y la a ctividad cred itici a. Sin embargo , el impuls o de estos emprendedores , muc hos de ellos oriundos de la Rioja no tuvo continuidad ya que las futuras g eneraciones pasaron a eng rosar las filas de las oli g arquías locales con la tenencia de tier ras o en las profesiones libe rales , pero no en el g ran comercio o en la industria 94 . P or otro lado , también concluye que lo s establecimientos creados por los cameranos fueron comercios ampliamente div ersificados en sus productos y abastecedores de áreas g eog ráfica s extensas 91 J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comerc iantes ca meranos e n Cá ce res: Los Ga rcía Vinieg ra. Estrategias ... ”, pá g . 141. 92 J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comerc iantes ca meranos e n Cá ce res: Los Ga rcía Vinieg ra. Estrateg ias ... ”, pá g . 144. P are ce ser que tuvo intereses hacia operac iones especulativ as en la bolsa de Mad rid. 93 J osé Pab lo Blanc o C ar rasco , “Comerc iantes ca meranos e n Cá ce res: Los Ga rcía Vinieg ra. Estrategias ... ”, pá g . 145 y 146. 94 Car men F er nández-Da za Álvarez, De Villoslada de Camer os a Ex tr emadura. Un viaje de siglos..., pág . 23. 48 principalmente en el análisis de los años de residencia de Espartero en Log roño , podemos conocer que la familia política con la que emparentó, inf luiría en su ideología y en su dev enir político . La familia de su esposa era una de las más poderosas de la ciudad, tanto desde el punto de vista ec onómico como desde el social. P olítica mente defendían los principios liberales prog resistas 122 . El abuelo mater no de su espos a, Doming o Sa nta Ana vi vió y practicó las ide as doceañistas . P ar tió prácticamente de la nada y g racias a sus neg ocios comerciale s , financieros y especuladores se situó en la primera línea social y ec onómica de la provincia 123 . Los her manos de su mujer , J avier y J osé Santa C r uz, unos años más tarde , de fendieron y realizaron las ideas prog resistas frente al reg reso de los absolutistas que amenaza ban l a fortuna heredada por su prog eni tor . P or último , los primos car nale s y her mana stros del propio E spartero , se uni eron con la finalidad de defender sus inter eses , promulg ando un g obier no ya por entonces conser v ador . En definit iv a, los familiares de J acinta Mar tínez, se beneficiaron de la libe r ación de las propiedades y posterior mente, con el paso de las déca das , intentaron proteg er su si tuación y solvencia de los ataque s ocasionados por la revolución social. Espar tero actuó de una for ma similar . “Cuando los intereses de su clase se vieron comprometidos por la inestabilidad social dio muest ras de aline arse con el moderantismo” 124 . T ambién es conv eniente recordar al univ ersal riojano , Salustiano Olózag a A lmandor 125 . Desde los años finale s del reinado de F er nando V I I actuó a bier tamente en polític a, hasta el punto que en 1831 salió por primera v ez al exilio . Ocupó puestos en el parlamento desde 1836 en representación de la provinci a de Log roño , donde llegó a ej ercer su presidencia y fue presidente del Consejo de Ministros y embajador . Salustiano Olózag a, a l igual que Espar tero , no era hijo natural de La Rioja. En este caso , Olózag a nació en Álav a, pero cuando aún tenía muy pocos a ños de edad, su familia se instaló en tier ras riojana s . En el ter reno polític o seguramente le inf lue nciaron las viv encia s de su pa drino de bautismo Ale jando Olózag a, “destacado liberal y ex altado log roñés represaliado después de l T rienio Libera l”, las de su 122 Francisco Ber me jo Mar tín, Espar ter o: hac endado riojano . Instituto de Estudios Rioja nos . Ayuntamiento de Log roño , 2000, pág s . 262, 263. 123 Francisco Ber me jo Mar tín, E spar ter o: hacendado ... pág . 22. 124 Francisco Ber me jo Mar tín, Espar ter o: hac endado ... pág . 23. 125 J osé Miguel De lg ado Idar reta, “Salustiano d e Olózag a: c oetáneos , prensa y o pinión”, Br ocar, 34, 2010, pág . 50. Nació e n Oyón, provincia de Álav a , e n 1805, aunque pronto , a los dos a ños , su fa milia se trasladó a Ar nedo de la Rioja por motiv o s de la profesión del padre, d on Celestino , que era médico . 49 abuelo pater no Ramón Antonio de Olózaga, regidor de Log roño en v arias ocasiones , e incluso las del catedrático Marcelino Mag ro 126 , con el que se for mó. Al igual que otros m uchos libe rales , amasó una impor tante for tuna ocasio nada por una elev a da par ticipación en la s desamor tizaciones eclesiásticas . P er teneció al prog resismo , aunque como indic a Gra cia Gómez Úrdanse , “cad a v ez son más y mejores los argumentos que defienden la conv erg encia de moderados y prog resi stas en tor no a lo esencial del pro y ec to rev olucionario burgués” 127 y cada v ez son más los que piensan que ambos “par tidos” eran miembros de una misma clase social con expectati vas com unes . Entre los riojanos ilustres tambié n tene mos que recodar al activ o político español, nacido en T o r recill a de Cameros , Práx ede s Mariano Mateo-Sa g asta y Escolar, miembro de l par tido Liberal y varias v eces presidente del Consejo de Minis tros . En el mundo de las ar tes sobresalió el riojano Francis co de Elías V allejo 128 , nacido en Soto de Cameros en 1782. T ras ser segundo escultor de cámara con F er nando VII, en 1836 la reina Isabel II lo ascendió nombrándolo primer escultor . E n 1841 recayó en él la dirección g eneral de la R eal Academia de Nobles Ar tes de San F er nando . En el ter reno comercial, actividad que en su ma yorí a practicarán nuestros protag onistas de stacó el ri oja no nacido en T reguajantes en 1747, Sebastián Mar tínez Pérez 129 . Afincado en Cádiz desde 1771 se de dicó al comercio con Indias y contrajo matrimonio con la g aditana F elipa E r recar te quien le ayudó a con solidar su posición económica. P asará a la historia por la fundación de la Sociedad de vinos de “J erez de Mar tínez y Compañía” con la que inic ió la expor tación de vinos andaluces desde sus bodeg a s de J erez y de Sanlúcar hacia Inglater ra. T ambién destacó p or ser propietario de una de las colecciones ar tísticas y bibliog ráficas priv adas más g rande de Europa. Debido a s us enor mes co nocimientos en economía y finanzas lle gó a ser miembro del Real Consejo de Hacienda de S .M. En el ter reno ar tístico , frecuentó una est recha amistad con F rancisco de Go ya, llega ndo incluso a ser nombrado académico de honor de la R eal Academia de Bellas Ar tes de San F er nando . En el ter reno relig ioso de stacar la labor de sempeñada por J osé Antonio de A zpeytia y Sáenz de Santa María, obispo de Ca r tagena, nacido en T or recilla de Cameros . En el ter reno 126 J osé Miguel Delg ad o Idar reta, “Sa lustiano de Olózaga : coetáneos , prensa... ”, pág . 51. 127 Gracia Gómez Ur dáñez, S alu stia no de Olózaga. Élites políticas en el liberalismo españ ol 1805 -1843, La Rioja, Univ ersidad de La Rioja, 2000, pág . 200. 128 R ober to Calv o T or re, “El Ca mero Viejo , cuna d e hijos ... ”, pá g . 69. 129 R ober to Calv o T or re, “El Ca mero Viejo , cuna d e hijos ... ”, pá g . 70. 50 militar , debemos de nombrar a l maris cal de C ampo , P edro Antonio Sal azar y S ala zar 130 , natural de Her ramélluri, “descendiente de una noble familia de la hidalguí a riojana”, quien llegó a ser g ober na dor y capitán general de las I slas Filipinas . En definitiv a, la historia de numerosas ciuda des y poblaciones españolas debe tener presente la par ticipación de numerosos vecinos , muchos de ellos de orígene s riojanos . La may oría comenzaron practicando las a cti vida des comerciales y mercantiles . Años más tarde, sus agudeza s e intelig enc ias los llevaron a liderar y a g estionar la vida política y social de la s poblaciones de acogida. A lgunos de ellos de cidieron vivir como v ecinos y residentes en la ciudad de A yamonte . EL DESTINO ELEGIDO: AY AMONTE Y SU ENT ORNO Procedentes en su ma yorí a de las zona s ser ranas , algunos de los inmig rantes riojanos se instalaba n en la ciudad de A yamonte, situada en el á ngulo sur-occidental del territorio español, en la marg en iz quierda de l río Guadiana, próxima a su desembocadura. Una ciudad con uno de los puer tos más impor tantes de la costa onubense, tanto por su notable pro yecc ión atlán tica como medi ter ránea. P a ra entonces , su tér mino estaba co nfor mado en su zona nor te y oriental por tier ras que eran dedicadas a culti v os de secano . La zona sur estaba constituida por tier ras de marismas , arenosas e improductiv as desde el punto de vista ag rícola. El lado oc cidental del tér mino municipal limitaba con el río Guadiana, y el s ur con e l Océano Atlántico . En esta ci udad por tuaria , se domicilia rán y desar roll arán su vida familia r y pro fesional nuestr os protag onistas . Una población que h abía sido reconquistada a los mus ulmanes por el rey de P or tug al Sa nc ho II y donada a la Orden de Sa ntia g o . Años más tarde, con Alfonso X el sabio era entreg ada a su hija Beatriz como dote en su matrimonio con el rey de P or tug al Alfonso II y aparecía ref lejada en sus Cantig as como lug ar “preferido por el cantor de Santa María, amante de bosques , ca cerías , estrellas luminosas y lug ares popular es de culto a la 130 Ignacio Granado Hije lmo y María Concepción F er nández de la Pr adilla y Mayor al, “Un ilu stre militar riojano hasta ahora d esconocid o . El Mariscal de Camp o E x cmo . Se ñor Don P edro Ant onio S alazar y Salazar, natural de Her r amelluri, g ober nador y capitán g eneral d e las Islas Fil ipinas (18 35 -1837 ), Be rc eo , 132, 1997, págs . 113 -114. 51 Virg en” 131 . Una ciudad que desde finale s del siglo XIII dejó de ser tierra de realeng o y dominio de la orden de Santiag o para convertirse en villa señorial de los Guzmanes ―en alianza posterior con los Zúñ ig a o Stúñig a― y que , en 1475, se erigió en capital de l condado del mismo nombre por conc esión de los Reyes Católicos hasta que fue elev ado a marquesad o en 1521 por Carlos I 132 . La villa mediev al contó únic amente con un núcleo alto de poblaci ón, confor mad o en tor no a la igl esia del Salvador y dedicado principalmente a la s actividades económica s a g rícola y g ana dera. En el siglo XVI, protag onizó un el ev a do crecimiento demog ráfico y superó los márg enes del ba r rio conocido como “la villa”, fundando en su extra -radio un convento de religiosos franciscanos descalz os . Demostración de ese crec imiento demog ráfico son los datos reseñados . Mientras en 1.498 tenía un total de 370 v ecinos , unas décadas más tarde, en 1.534 alcanzaba los 1.035 133 . E n la primera centuria moder na, a raíz de ese inc remento de población, incorporará un nuev o bar rio , identificado por la Ribe ra, situado en la par te lla na de la localidad, de dicado desde su orig en preferentemente a la pesca y al comercio . Será en sus calles donde habiten y domicili en tres siglos más tarde, la ma yoría de estos riojanos , sus descendientes y familiares . Unas calles que con el paso del tiempo , también se identificarían con el centro del poder político y donde viviría la élite local. Un b ar rio que edifica rá y será asistido por una segunda par roquia, titulada de Ntra. Sra. de las Angustias . Sin embarg o , no fue el único crecimiento que presenció el marquesado . El incremento de población fue t an evidente que en 1531 el marqués de A ya monte decidió fundar y poblar Vill abla nca y en 1595 San Silv estre de Guzmán 134 . Ambas poblaciones tenían un apor te human o procedente 131 María Dolores González Gil, “Don Alfonso el Sabio . L as cantig as , un patrim onio de A y amonte: el relato de Santa María, luz y espejo”, en VII J or nadas de Historia de A yamonte , Huelva, A y untamient o d e A ya monte , 2003, págs . 11-24. 132 El e stado nobiliario inicial estab a constit uid o por los lug ar es de A yamonte, como villa cabecera del dominio , y por La R edondela (en c uyo tér mino surgiría Isla Cristina en e l siglo XIX) y Le pe . En el siglo XVI el marquesado aume ntó el nú mero de señoríos con la funda ción d e nuev as p oblaciones co mo Villabla nca y San Silv e stre de Guzmán. Una ev olución sucinta d e la etapa señorial ayamontina e n A ntonio Sá nchez González, “ A yamo nte: d atos para una historia basada en fuentes d ocumentales”, en XVI J or nada s de Historia de A yamonte , Huelva: A yuntamie nto de A y amonte, 2012, págs . 11 - 57. 133 David González Cr uz, “Exp lotación del ter ritorio y polític a re pobladora en el marquesado d e A yamonte durante la Edad Moder na”, en II J or nadas d e Historia c ele bradas en 1997 , Hu elv a : A yuntamiento de Ayamonte , pág . 56. 134 Manuel J osé de La ra Ródena s , “ A yamonte y Huelva en la Edad Moder na. Pr ocesos urbano s y vida ma terial en d os po blaciones paralelas”, en I Jo r nadas d e Hist oria de A yamonte , Segunda edición, A yamonte, A yu ntamiento de Ayamonte, 1999, págs . 42 y 45. 52 especialmente de A yamonte y nacieron por un desplazamiento vo luntario de la población ocasionado por iniciativ a popular con el beneplácito de los señores juris dic ciona les 135 . J unto a l crecimiento demog ráfico en A yamonte, se crean nu evos edificios que asisten a la población. Junto a la nuev a P ar roquia situada en el reciente barrio de L a Ribe ra bajo el patrocinio del mar qués de Ayamonte , se fundará también en el siglo XVI , el hospital dedicado a Ntra. Sra. de la Piedad 136 , cuyos ing resos procede rían en su mayoría de los tributo s obtenidos de las posesiones que la institución tenía en el tér mino de A yamonte y de las limosnas recibidas , ca racterizándose por una escasa ca pacida d asistencial y una deficiente calidad sanitaria. Al período de crecimiento sucede una época de esplendor que durará hasta bien entrado el siguiente siglo , debido a la asimil ación de la corona por tuguesa por la c astellana durante 1580 hasta 1640 . Un espl endor que se manifestará en una prosperidad ec onómica, un crecimiento demog ráfico y en una estabilida d política. Se rá entonces , cuando la ciuda d al amparo del aug e económico y social g oce entre sus templos de elev adas obras de ar te como las del a famado pi ntor romanista de Amberes , J an Sanders V an Hemessen 137 , quie n rea lizó un her moso conj unto de lienzos rela cionados con escenas de la pasión y muerte de J esús para retablo del presbiterio y cabecera del T emplo de Ntro . Sr . y Salvador . P ara entonces , Amberes era un centro comercia l de primer orden y expor ta ba obras de a r te y A yamonte una ci udad que seguramente al amparo de los marqueses conseguiría conocer la maest ría del realismo f lamenco y sus curiosas técnicas de v eladuras , transparencias e iluminación. Además , ya en la ce nturia del siglo XVI, Ayamonte contará también con una impor tante actividad ar tesanal textil y del calzado destinada probablemente al abastecimiento loca l de una población en ple no aug e demog ráfico . P ara entonc es , existía una elev ada ocupac ión laboral en la industria naval y existía un elev ado porcentaje de caleros y molineros , aunque el trabajo en el mar ocupaba ya entonces , el 20% de la población contratada de A ya monte . La actividad 135 David González Cr uz, “Exp lotación del ter ritorio y polític a re pobladora en el marquesado d e A yamonte durante la Edad Moder na”, en II J or nadas de Hi storia de A yamonte, A yamonte, A yuntamie nto de A yamonte , 1998 , pág . 57. 136 Antonio Man uel González Díaz, “Hospitales en A yamon te durante la Edad Moder na: los cas os del Hospital de Ntra. Sra . de la P ie d ad y d e la Casa Cuna”, e n I J or nadas de Historia de A yamonte, Se gunda Edic ión, A ya monte, A yuntamiento de Ayamonte , 199 3, pág . 90. 137 Manuel Ca r rasco T e r riza, J an V an Hemessen y el r etablo del Salvador d e A yamonte , Huelva, Acad emia d e Ciencias , Ar tes y Letras de Huelv a, 2003. 53 ar tesanal ayamontina actuaría como foco de atracción. Un buen número de a prendices y de trabajadores contratados fueron foras teros 138 . T ambién la ciuda d g ozaría de una “microcomunid ad de intelectuales”. Sería una de las pocas poblaciones que contase con un impor tante número de lectores so stén de una librería. El librero Alfonso F er nández a limentaría la intelectualidad a yamontina, localizada principalmente en los clérig os , univ ersitarios , e scribanos y notarios 139 . Se trataría también de una población que protagoniza se una impor tante emig ración a “Indias”. Durante el siglo XV I, se embarcaron con destino a América un total de 2.082 ayamontinos . En su mayo ría los viajeros a Indias fueron varones , lo que ocasionaba que en la ciudad d e Ay a monte un i mpor tante porcentaje de población fem enina tuvie se que afrontar nuev os roles sociales 140 . P aralelamente, mientras muchos ayamontinos embarcaban para buscar mejor for tuna en Indias , la ciudad presenciaba la lleg a da de un elev ado porcentaje de población esclav a. El esclav o instalado en A yamonte procedía en su mayoría del África neg ra, debido a la pro ximidad de la localidad con P or tug al quie n para entonc es monopolizaba la trata de esclav os neg ros . En la población, predominó el esclav o varón, neg ro atezado y elevado de cuerpo . Los esclav os estaban inmersos en la sociedad a ya montina y su presencia y propiedad no estaba circunscrita únicamente a estamentos pri vilegia dos ni a élites de poder polític o o económico . Mercaderes , ar tesanos , pilotos de la car rera de indias , pár rocos , miembros del cabildo e incluso militares eran propietarios de esclav os 141 . No cabe duda que la desaparición de la incómoda frontera y la ce ntralidad que ocupó la ciudad durante las décadas de la a similación portuguesa, ampliaron las opor tunidades mercantiles e inc rementaron el número de v ecinos . T ras esa eta pa de esp lendor , en 1634 , según Rodrig o C aro , la ciuda d tendría 1.30 0 v ec inos , lo que suponía 5.20 0 ha bitantes 138 Antonio Manuel Gon zález Díaz, “T rabaj o y trabajad ores en Ayamonte dur ante la segunda mitad del sig lo XVI: el sector a r tesanal”, e n II J or nadas de Historia d e A yamonte , Ayamonte, Ayuntamiento de Ayamonte , 1998 , págs . 11 -34. 139 David Hook, “Fuentes para la r econstr uc ción de u na comunidad: pro blemas y posi bilidades de la documentación ayamontina de l sigl o XV I. El caso d el librero Alfonso F e r nández”, en V I J or nadas de Historia de A yamonte , A yam onte, A yu ntamiento de Ayamonte, 2002, págs . 101 -123. 140 María J osé Lorenzo Domínguez, “La mujer ayamontina y la emig ración a In dias en época c olonial: espe ranzas e ilusiones , aband ono y olvido”, en VII J or nadas de Historia de A yamonte, Huelv a , Ayuntamiento de A ya monte, 2003, págs . 97 -110. 141 Antonio Manuel Go nzález Díaz, L a esclavitud en A yamonte durante... pá g . 43 . En 1632 -1634, c on 1.444 v e cinos , A yamo nte ten ía un 1 0% d e p oblación esclav a. El fenómeno de la esclavitud en A yamonte se quebrará con el conf licto bélico con P or tug al protag onizado en tre 1640 -1668. 54 apro xima damente 142 . La ciudad por esos a ños continuó enc arg ando her mosas obras de ar tes que decorasen sus templos e iglesias , como el cuadro de ánima s situa do en la P a rroquia de Ntra. Sra. de las Angustia s realiza do por el pintor sevilla no Miguel Güel les , célebre maestro que realizó encarg os pa ra la poblaci ón de Huelv a e incluso , se benefició de las opor tunida des que le brindaba el comerc io con Indias . En A y amonte contrató el encarg o en el año de 1620 por un precio de 40 ducados , siendo v alorado por dos maestros pintores de entonces como eran Francisco P acheco y J uan de U ceda Castr ov erde 143 . Al final de esa etapa, inmers os ya en los primeros años de decliv e, a ún existían ejempl os de optimismo y de bonanza, como los ne cesarios para llev ar a cabo dos fundaciones de órdenes religiosas . En 1639 v erá la luz el cenobio de religiosas clarisas de Sa nta Clara y en 1640, el de relig iosos m ercedarios de Ntra. Sra. de la M erce d. Sin embarg o , a par tir de entonces , la evolu ci ón demog ráfica de la ciudad sería diferente. El desar rollo urbanístico y la cifra de población alcanzada no v olverían a repetirse hasta la segunda mitad de l siglo XIX. El año 1640 fue el final de un A ya monte y el comienzo de otro . Desde que P ortug al se separó de la mona r quía ca tólica hasta 1665 la ci udad se enc ontró inmersa en una difícil guer ra inter mitente. A ya monte a parecía depresiv a, insegura y estrangulada en sus actividades económicas . R etomó su em plazamiento de frontera. “El Ayamonte progresivo del medio siglo anterior , cab eza pobl a cional de la costa onubens e y sede d e la marinería más activ a d el entor no , se convir tió en una plaza de ar mas , vigilante e insegura”, en el decir de Lar a Ródenas 144 . Al final de la década de los cua renta, a la guer ra se unió el hambre e inc luso la peste . En 1649, el contagio e pidémico se encontraba ya en V illablanca y en A yamonte el precio de l trig o costaba el doble que en Sevilla 145 . Deb ido a todo esto , A ya monte protag onizó un verdadero “der r umbe demog ráfico” 146 . Los niv eles de bautizos y matrimonios descendía n en pic ado . Hubo cier tos indicios de estabilización entre 1661 y 1676, aunque la población 142 R odr ig o Car o , “ Antigüedades, y Principado de la Ilustrísima Ciudad de S evilla, y Chor o graph ía de su Convento J urídico, o Antigua Chancillería ”, Imp . de Andrés Grande, Sevilla, 163 4, fol. 201 v . 143 Manuel Jesús Car r asco T er riza, “E l cuadro de Ánimas de la P a r roquia d e la s Angust ia s d e A y amonte . De Miguel Güelles a J oaq uín Go nzález - Sáen z”, en VI J or nadas de Historia de A yamonte, Huelva, Ayuntamiento de A ya monte, 2002, págs . 23-49. 144 Manuel J osé de Lara Ródenas , “Procesos urbanos y vida material en dos poblaciones paralela s”, en I J or nadas d e Historia de A yamonte. Hu elv a, A y untamie nto de A ya monte, 1999. 2ª edic., pág . 49. 145 Manuel J osé de La ra Ródenas , “Procesos urba nos y vida mater ial en dos ... ”, pá g . 50 146 J osé Luis Sánchez Lora, D emografía y análisis hist órico: A yamo nte, 1600-1860 ..., pág . 28 1. 55 continuaría der r umbándose a finales de siglo 147 . A ello contribuiría el decliv e d e la inmig ración por tuguesa. Según cálculos ofrecidos por el profesor Sánchez Lora, si en la primera mitad del XVII el 21,8% de los hombres casados en A ya monte eran portugueses , en la segunda mitad del si glo la ci fra solamente alcanzaría un 10% 148 . Incluso , el precipio poblacional protag oniza do entre 1695 -1710 supuso el peor momento de A ya monte desde la aparición de sus fuentes documentales 149 . Sin emba rg o , el decade nte siglo XVII también conocerá la fundación, g racia s a los ing resos americanistas , de unos de los centros bené ficos más impor tantes de la historia de la localidad. Será en 1666 cu a ndo Benito de Galdames instituya la casa cuna de Ayamonte . Los oríg enes debían enc ontrars e apro xima damente en una década antes , cua ndo F ranc isco de Galdames , na tural de A ya monte y v ecino de Lima otorg ara una impor tante cantidad monetaria para que sus fa miliares Benito de Galdames y Elena R odríguez Corter real llevasen a cabo obras de caridad y fundaciones bené ficas . Los primeros registros de ex pósitos ing resados datan de 16 83 150 . Se trataba del t ercer centro en tier ras onubenses que se dedicaba a estos mene steres , detrás de los de Gibraleón y T rigueros , pero el de Ayamont e sería el mej or dotado , e l de ma yor capacidad y con un ámbito de i nf lue ncia más extenso 151 . Continuando con la evol ución de la ciudad, el siglo XVIII comenzó con la difícil guer ra de sucesión, con su el ev ada presión fiscal, con su nu merosa emig ración y con frecuentes lev as y escaramuzas militares en la frontera 152 . De los 600 v ec inos que tenía la ciudad en 1701, se llegó a 462 en 170 5, y a 300 en 1712, protag onizando una pérdida del 50% entre ambas fechas extremas 153 . Sin embarg o , durante la s déca das siguientes , la ciuda d se recuperó. Desde finales 147 Manuel J osé de La ra Róde nas , “Proce sos urbanos y vid a material e n dos ... ”, pág . 50 148 J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico: A yamonte. .., pág . 287. 149 J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico: A yamonte. .., pág . 206 150 Manuel J e sús Car rasco T er riza, “Pintura bar r oca d e la c asa cuna de A yamonte”, en V J or na das de Historia de A yamonte , A yuntamiento de A ya monte , 2001, págs . 11 -44 . De dicha fundac ión, la ciudad conser v a algunas pinturas bar r ocas qu e ser vía n de eje mplo y de motiv ac ió n piad osa a los acogido s , per tenec ientes la mayo ría al ámbito e stético de la escuela sevillana de tradic ión murillesca de finales del siglo XVII y pr imer tercio del siglo XVIII. 151 David López Vier a, “La Cas a C una d e Ayamonte: proces o fundacional y pri mero s tiem pos (últim o tercio del siglo XVII)”, V I J or nadas de historia de A yamonte, A ya monte: Ayuntamiento d e Ayamonte , 2002, págs . 11 - 21. 152 María Anto nia Moreno Flore s , “La Guer ra de Sucesión española e n la zona occid ental de la provincia de Huelv a”, en La Guer ra de Sucesi ón en España y América , Sevilla, C átedr a General C astaños , 2001 , págs . 139 -159 . 153 J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis histórico ..., pág . 290. 56 de la guer ra de Sucesió n reemprende el cre ci miento demográfico , alca nzando ritmos de subida nunca hasta entonces regi strados . Los aproximadamente 1.20 0 habit antes de 1712 se convirtieron en más del triple (unos 4000 ) en 1752 y se multiplic a ron por más de cuatro (5500) en 1768 154 . P ara entonces , a solo unas déca das de instal arse nuestros protag onistas , en 1749, a ún el 8,3 % de la p oblación era de raz a neg ra, si bien ya en liber tad, y en muchos casos con rasg os mulatos 155 . P or entonces , las tier ras del tér mino – debido seguramente a la demanda americana y a la el ev ada vinculación que tenía la pobla ción con las ci udades de Cádiz y de Sevilla – protag onizaron un desar rollo en el c ultiv o de la vid y de la higuera 156 . En el ter reno pesquero , durante esos años la ciudad poseía un caladero g eneroso 157 y presenciaba la lleg ada de pescadores procedentes del levant e, principa lme nte de Cataluña, dedicados a la captura y salazón del pescado , introductores de nuev as ar tes de pesca y , sobre todo , de nuev os merca dos . La abundancia en pesca del litoral atrajo a inv ersores y ar madores que en ocasiones traspasaron la leg alidad, utilizando algunos tipos de ar te como el bou, poniendo en riesg o el equi librio biológ ico 158 . Las dos grande s pesquerías para entonces en A ya monte , eran la ca ptura de la sardina y la del atún, practicadas con las ar tes de la red de jábeg a la primera y en almadraba s , la segunda. La presencia de estas com pañías activó el tradicional comercio sardinero e incrementó la demanda, elevando el número de puestos de trabajo . En Ayamonte en dicha centuria podrían obser varse , ar tes y embarcacion es hereda das de una tradición pesquera ar tesanal que se remontaba a los tiempos medievales y otras nuev as que fueron el resultado de una inicial ca pitalización del sector 159 . P ara entonces , comienzan a instalarse en la pobla ción, algunas f ábricas de s ala dura . A ellas h abría que añadirles , las provis ionales que los catal anes y valencianos situaron en la playa de las Cabezas , situada entre A ya monte e Isla C ristina, for mada por lo s islotes de arena localizados en la desemboca dura 154 Manuel J osé de La ra Ródenas , “Procesos urban os y vida mater ial en d os ..... ”, pág . 56. 155 J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis histórico ..., pág . 52. 156 J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis histórico ..., pág . 42. 157 Antonio Manuel González Díaz, La pesca en A yamo nte durante la Edad Moder n a..., pág . 31. 158 Antonio Manuel González Díaz, “ Ar tes y embarc aciones de pesca en las costas del antigu o marquesad o de A ya monte du rante el siglo XVI II según el “Dicc ionario Histór ico de las Ar tes de la P e sca Nacional” d e Don Antonio Sá ñez Reguar t”, e n X J or nadas de H istoria de A yamonte , Hu elv a , A yu ntamiento de Ayamonte, 2006 , pág . 79. 159 Antonio Manuel González Díaz, “ Ar tes y embarc aciones de pesca en las costas del antigu o marquesad o de A ya monte dura nte el siglo ... ”, pág . 103. 57 del río Guadiana, donde se encontraba n instaladas más de cuarenta compañías de ca talanes y v a lencianos 160 . A mediados de siglo , en 1755, la ciudad sufrió las consecuencias del ter remoto conoc ido como de Lisboa. Su s principale s edificios religiosos sufrieron deterioro . El río inundó g ran par te de sus calle s . Las playas fueron ar rasadas y ane g adas , destr uyendo los asentamientos pesqueros que estaba n instalados . La poblaci ón se consoló de l sufrimiento y del temor ocasionado por el seísmo , nombrando inter mediarios y nuev os protectores que inte rcediesen ante la di vinidad. La titular de la P ar roquia de Ntra. Sra. de las Angustias y San J osé fueron nombrados nuev os pa tronos de la vill a y desde entonces recibirían culto anual por el v ec indario 161 . T ras el seísmo , las compañías de l lev ante decidieron establecerse en la Playa de Isla de la Higuerita. A yamonte se haría ec o del traslado de las chozas . El primero en situarse en La Higuerita fue el valenciano Ar nau 162 . Lo hizo en 1756. Un año más tarde, en 1757 quedó como gua rda de las instalaciones tras la finalización de la temporada, J osé F ane ca, natural de Mataró 163 e incluso , desde 1757 hasta 1775 se instaló una bar raca donde los vec inos oían misa, celebrada por un relig ioso francisca no per teneciente a la comunidad de A yamonte 164 . P ara A ya monte , la ubicación de la s compañías le v antiscas en sus alrededor es les ocasionó per juicios . La producción sardinera era captada en s u ma yoría por los nuev os ca talanes que la expor taban a otras plaza s españolas . El comercio cerealero ter restre quebró, p ues los ar riero s que introducían el trig o y marchaban después con s ardinas , dejaron de asistir a la población 165 . Mientras , el cuer po político de la ciudad, nombrado por el señor jurisdiccional del señorío estaba confor mado por un cor regidor, dos alcaldes ordinarios , seis regid ores , un síndico procurador g eneral, un fiscal de la justicia, un alcaide del castillo , un may ordomo de ca bildo , 160 J osé Mirav ent, Mem oria sobr e la fundación y pr o gr esos de la Real Isla de la Higuerita. A ño 1824. /T ranscripció n de J osé Rodríguez López, Huelva, Diputación Provincial, 2006, e dic ión conmem orativ a del 250 a niv ersario de la Fundación de la ciudad de Isla Cristina, pág . 22 . 161 María Eug enia P e tit- Bre uilh Se púlveda, “La ira d e Dios: r eligiosidad y ter re motos en A ya monte dur ante el siglo XVIII”, en IV J or nadas d e Historia d e A yamonte , Hu elv a , A yuntamiento de A y amonte, 2000, págs . 255 - 272. 162 J osé Mirav ent, Memoria sob r e la fundació n y pr ogres os de la Real Isla de la Higuerita....., pág . 25. 163 J osé Mirav ent, Memoria sob r e la fundació n y pr ogres os de la Real Isla de la Higuerita...., pág . 25. 164 J osé Mirav ent, Memoria sob r e la fundació n y pr ogres os de la Re al Isla de la Higuerita..., pág . 29. 165 J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico ..., págs. 49 y 50. 64 muc hos de ellos pingües beneficios , un elev ado ca pital que sería inv er tido en la mayoría de las ocasiones en bienes rústicos y urbanos e incluso , una re presentatividad política en los g obier nos locale s de entonces . 65 Capítulo II. PRIMER AS DÉCAD AS DEL SIGLO 66 67 La centuria desper tó en A ya monte con el fantasma de la enfer medad y de la guerra. L a situación fronteriza de la ciudad hizo que su v ecinda rio sufriera las e pidemias y conf lictos militares de una for ma más intensa. La num erosa poblaci ón marine ra malvi vía mientras v eía inter r umpida s sus actividades profesionales de bido a los temporales y a las frecuentes epide mias . Continuos y div ersos regímen es se sucedieron crea ndo zoz obra en los ayamontinos . Sin emba rgo , eso no impidió que la mayoría de los comerciantes y propietarios naturales de la Rioja, miembros de la elite económica y social, se enc ontrasen presentes en las instituciones y liderasen la vida pública del municipi o , durante la may or par te de esos años . La vigilancia de los individuos fue una práctica habitual en buena pa r te de ese período . El control de las enfer meda des y l a insistencia en las medidas higiénicas fueron prioridades de los go bier nos municipales . La mej ora de la s condiciones pesqueras y la denuncia de la utilización de la controv er tida ar te bou, fueron asuntos f recuentes en las sesiones de cabildo . E n el ter reno político , los numerosos relevos de las autori dades locale s y la re ducc ión del vecindario hicieron que la turnic idad de los candidatos para regidores y alcaldes fuese en oca siones imposible . DIFÍCIL ENTRAD A DE SIGL O: L A EPIDEMIA Y LA S SECUEL AS DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA El siglo comenza ría con elevados inconv eni entes para los come rciantes riojanos que estaban ya instalados en la ciudad, así como para el resto de la pobla ción. En 1797 los vecinos se habían ha bilitado con sus ar mas for mando cua drillas , a postándose de noche en diferentes lug ares para ejerce r vigilancia debido a la guer ra que se contraía con Inglater ra 196 . A l igual que la mayor par te del vecindario matriculado en la Real Marina que no podía trafi car con la pesca de la sardina a causa de la “infestación de corsarios enemig os de la mona r quía” que cursaban estas costas 197 y que apresaban frecuentemente los faluchos , nuest ros protag o nistas tampoco podrían comerciar libremente . En 1799 , cundió una v ez más el temor a la propag ación de una nuev a e pidemia que se desar rollaba en los domi nios de Mar r uecos y en la s inmediaci ones de sus puer tos . La s autoridades ay a montinas a cordaron la no admisión en el m uelle de ninguna embarcación que viniese de aquellas costas . Suje tarían a una rigurosa cuarentena todas las embarcaciones que 196 A.M.A., Leg ajo 23. Acta c apitular de 19 de mar zo de 1797, folio 21 r . 197 A.M.A., Leg ajo 23. Acta c apitular de 8 de ag osto de 1798 , folio 30. 68 procediesen de Ceuta y de Gibraltar . Los tripulantes y las naves serían reteni dos en la marg en del río Guad iana, conoc ida como “de l Salón”, prohibiendo la salida de persona a tier ra y la comunicación entre tripulantes de diferentes embarca ciones 198 . P osterior mente, varios puer to s marítimos de España sufrían las devas tadoras consecuencias de la enfer medad. La ciudad limitaba y prohibía los contactos con forasteros , per judica ndo una v ez más , sin querer , las actividades mercantiles . Finalmente, A yamonte lle gó a contagiarse de la e pidemia. El día 6 de se ptiembre de 1800 el cabildo señaló el sufrimiento en el que vivía el pueblo por la muerte de varios infecciosos . Los reconocimientos de individuos sospechosos de ha ber contraído la enfer medad o d e haber asistido a algún enfer mo , se llevaban a cabo en el sitio y er mita conocida por San Benito , situada en una de las par tes más elevadas , aireadas y de extram uros de la ci udad. El síndico lamentaba la muerte de v a rios contagiados introducidos de sde la Ciudad de C ádiz, e infor maba de la dificultad que tenían p ara controlar la pr opag ación en una población que comerciaba constantemente y en la que, a cada instante, se tropeza ba “con una multitud de extranjeros” 199 . T ras la epidemia, la gue r ra de la Inde pendencia marcó el dev enir de l a vida del municipio durante las primeras dé cadas de la centuria. La situación estratégica de l a ciudad hizo que se asentasen en el tér mino nuev os org anismos institucionales y n umerosos foráneos . El conf licto tambié n ocasionó el interés de las tropas enemig as por ocupar la ciuda d y prov ocó numerosas inter r upciones en las a ctivid a des pesqueras y económica s del municipio . T odo el lo , elev aría e l deterioro en la calidad de vida de los ayamontinos . Los vecinos aparecían asfixiados por ataques y saqueos e, incluso , de sbordados por el incremen to en los g astos destinados al mante nimiento de las tropas y por la imposición de impuestos . La contie nda en la ciudad de A ya monte vino acompañada de numeros as calamidades que ocasionaron incer tidumbre y malestar entre la población. A diferencia de otras confront a ciones , la contienda fue el desencadenante del resurgir de nuev os poderes representativ os . Con ella nacieron numeros as “juntas” que se sintieron apoderadas de la soberanía naciona l secuestrada al rey F er na ndo VII. Ayamonte , debido también a su enc lav e privi legia do , y sin cumplir los requisitos de poblaci ón ex igidos , tuvo una 198 A.M.A., Leg ajo 23. Acta c apitular de 24 de julio d e 1799, folio 24 r y v . 199 A.M.A,. Leg ajo 23. Ac ta capitula r de 16 de septiembre d e 1800. s/fol. 69 J unta Local de Gobier no desde junio de 1808 200 con competencias políticas , militares y defensiv as . Anterior mente, la J unta his palense había publica do el 29 de may o de ese mismo a ño 201 unas instr ucciones para la erec ción de estos nuev os org anismos . Sol amente podrían constituirse en los lug ares que tuviesen más de dos mil vecinos . En la s villas que no se alcanzase la cifra exigida , los A yunta mientos realizarían di chas funciones . A yam onte por entonces no contaba con la ca ntidad de ve cinos necesaria para la instalació n de esta nuev a institución. La ciudad, estaba lejos de alcanzar la cifra que se requería. Solo unas décadas antes , en 1787 tuvo 5.150 habitantes 202 . Sin embargo , eso no supuso obstáculo para su erección. Los manifestantes se vier on en la necesidad de recurrir a per sonas re presentativ as de la vida local. E n m uc hos casos la s autoridades que integ raban estos nuev os poderes provis ionales fueron las mismas que las que confor maron los org a nismos de r rocados . La diferencia estaba en que ahora los miembros de las J untas de Gobier no no actua rían como ag entes de la Corona sino como representantes de la voluntad popular . La J unta de g obier no ayamontina se prolongó ha sta el año de 1809 203 . En julio de ese año , la Central acordaba la supresión de aquellas J untas que no hubiesen sido calificadas como Superiores o de P ar tido . En Ayamont e, el f uncionamiento e instalación de la J unta propici a ría d iferentes controv ersias y malestares entre miembros de la el ite local, divid ida a hora en dos org anismos con intereses enfrentados . Ocasionó una confrontación institucional y un enfrentamiento entre la propia Junta y los miembros del Cabildo . C on la creación de la J unta local, los miembros de la cor poración municipal v eían amenazadas sus prer rog ativ a s polític as y judiciales , por lo que lleg aron incluso a solicitar de la J unta Central la supresión de la misma 204 . T ambién en el devenir de la J unta local se protag onizaron diferencias entre las autoridades a la hora de nombrar a la persona encarg ada de presidir pro visionalmente este org anismo debido a la ausenc ia de su titular , el Gober na dor militar de la Plaza . Se produjo un 200 J osé Salda ña F er nández, “Nuevo s podere s , viejas disputas: L a Junta de Gobier no…”, pág . 16. 201 Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa, Sevilla, Alfar, 2001, pág . 10. 202 Manuel J . de Lara Ródenas , “ A ya monte y Huelva en la Edad Moder na. Pr ocesos…”, pág . 58. 203 J osé Salda ña F er nández, “Cambio jurisdicc ional y c onflic tividad política en A ya monte…”, pág . 624 204 J osé Salda ña F er nández, “Cambio jurisdicc ional y conf lic ti vid ad po lítica en A y amonte…”, pág . 636 . 70 conf licto que sería seguramente conocido por el v ecindario . Se enfrentaron el Gober nad or y sarg ento may or de la Plaza de Ayamont e, con el resto de los componentes de la Junta , encabezados por el vice presidente J osé Girón 205 . Mientras la J unta Supe rior de Sevilla indicaba que la presidencia de la J unta de Ay amonte cor respondía al Gober nador o a a quella persona que le sucediese en el carg o militar de la plaza 206 , la Junta Central y la loca l deter minaban y deseaban, sin embarg o , que la presidenc ia cor respondiese en ausencia del Gober nador a su vice presidente . T ampoco pasó inadvertido al pue blo y a las autoridades ayamontinas el nomb ramiento del Marqués de Ayamonte y de Astorga como presidente de la Junta Suprema Central en 1809. El alcalde y los señores capitula res se hic ieron eco de dic ho nombramiento . Con la intención de aprobar diferentes activ idades que festejasen el hecho se reunieron en las ca sas del cabildo el 7 de may o de 1809. Se de cidió conmemorar una solemne función religiosa en la P ar roquia de Ntra. Sra. de las Angustias con misa, ser món y con l a presen cia de Dios Sacramentado . C oncluid a l a celebración se acordó cantar con g ran solemnidad un T e Deum en a cción de gracias al T odopoderoso para que concediese “a S .A.S . los auxilios más poderosos pa ra el feliz a cier to en el Gobier no Nacional para bien de la monarquía”. La celebración relig ios a fue concedida por el entonces arzobispo de Santiag o , Rafael de Musquiz. En esa fecha se enc ontraba de visita en la ciudad. P ara la ocasión, el ca bild o convidó a las comunid a des de religiosos instaladas entonces en A ya monte , la de San Francisco y la de Nt ra. Señora de la Merced. T ambién invitó a los cuerpos militares y consulares establecidos en la ci udad, incluso a todos los v ec inos y par ticulares de la villa “en tér minos que no quede uno que lo ignore”. Además , también invit ó mediante oficios , a los ayuntamientos y miembros del clero de los cuat ro pueblos del marquesado , Le pe , La R edondela, San Silv estre y Villablanca. A todos ellos , se les dio asientos y lug ar “inter polados… con los de esta ciudad”. J unto a la celebración religiosa, se acordó la realización de tres noches de luminarias públi cas , llev adas a ca bo en la s Casas de l A yunta miento y en otros lug ares del pueblo . Incluso en el mismo día de la función se acordó repar tir y ob sequiar a pobres de solemnidad y vergo nzantes con 600 libras de pan. La lim osna se concedió en el edificio consistorial. Previamente s e fir maron por el A lcalde y por el 205 J osé Salda ña F er nández, “Cambio jurisdicc ional y conf lic ti vid ad política en Ayamonte…”, pág . 640 . 206 J osé Salda ña F er nández, “Cambio jurisdicc ional y conf lic ti vid ad política en Ayamonte…”, pág . 639 . 71 Secretario , bonos que fueron distribuidos po r los señores rev erendos curas y prelados entre las personas de may or necesidad 207 . El ca bildo también acordó que varias autoridades se trasladasen a Sevilla para felicitar personalmente al Marqués , comunicando as í los buenos deseos de la corporación. Finalmente, la s celebraciones y las fiestas org anizadas con motiv o del nombramiento se lle v aron a cabo los días 24, 25 y 2 6 de mayo . Se trasladaron a la ciudad de Sevilla par a felicitar al Marqués en persona, el licenc iado J osé Bar ragán y Car v alla r , Alc alde mayor y presidente del ayuntamiento y el riojano y comerciante J ua n de Mata Pérez, síndico personero del común 208 . P osterior mente, tras la s muestras de cong ratulación presentadas , el Mar qués de A ya monte ag radeció los gestos realizados por los miembros del Cabildo . En 1810, la J unta Suprema de Sevilla se refugió y se instaló en el municipio fr onterizo , debido a la ofensiv a protag oniza da por el ejército francés . Éste incluso , entró en la ciuda d de A ya monte al mando del príncipe de Aremberg . La J unta hispalense había visto la luz en la ciudad del Guadalqui vir el 29 de ma yo de 1808 209 . Su principal responsabilidad y la may or par te de sus competencias estaban rela cionadas con los asuntos milita res . En este caso , la J unta sevilla na desde un principio se ar rogó el control sobre toda Andaluc ía. Su objetiv o era para entonc es , la creación de un ejército que operase bajo su exclusi va direc ción y que pudiera oponerse a la inv asión francesa. Desde su fundación, la Ju nta hispalense g ozó de un período de v erdadera supremacía, culminando en julio de 1808 con el éxito de la batalla de Bailén. Su apog eo fue en aumento hasta que en diciembre de es e mismo a ño 210 la J unta Central hubo de refugia rse con el bene plácito de la primera en la ca pital sevilla na. A partir de entonc es , el g obier no supremo de la nación en Se villa fue adueñándose de los resortes del poder . Finalmente, debido al empuje del ejérci to francés en enero de 1810 211 la Central tuv o que refugia rse en I sla de León, para lueg o hace rlo en la ciudad de C ádiz y la sevillana se dirigió a A yamonte . 207 A.M.A. Leg ajo 23. Acta ca pitular d e 7 de may o de 1809. s/ fo l. 208 A.M.A. Leg ajo 23. Acta capitular de 1 de ju nio de 1809. s/fol. 209 Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa , pág . 27. 210 Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa , pág . 251. 211 Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa , pág . 283. 72 Así, Ayamonte se convir tió junto con Cá diz, en lug ar desde donde se dirigió la lucha patriótica contra los in v asores 212 . Entre los mi embros de la Junta de Sevill a, lle garon a la localidad de A ya monte, el canónig o Francisco J avier Cienfueg os , sobrino de J ov el lanos y , más tarde, ca rdenal de Sevilla; el deán F abián de Miranda; J osé Morales Galle g o , y el Mar q ués de Grañina, además de J osé María García y Vicente Soret 213 . Los miembros de la J unta sevilla na se instalaron en los ter renos de la Isla de Canela, situada en el curso del Guadiana y próxima a P or tug al 214 . Allí for maron de la Isla, según nos ha dejado escrito el C onde de T oreno , “…un lugar de de pósito resguardado de los ataque s repentinos del ene mig o . … Aquel ter reno , antes a renoso y desie r to , se con vir tió en una población donde se albergaron muc has familias , refugiándose a v eces los habitantes de aldeas e nteras y villas inv adidas . Cons tr uyeron allí bar racas , almacene s , pozos , hor nos, y s e fabricaron en sus talleres montura s , car tucho s y otros per trecho s de guer ra. Al fin, for tificaronse también sus av enidas , de manera que se hizo el punto casi inexp ugnable ” 215 . T ras la instalación de la J unta hispalense en A yam onte, comenzó a editarse la que se conocería como “Gazeta de Ay amonte” 216 . Los ejemplares , confor mados en la ciudad, infor maron de la situación bélica vi vida en la península y contribuyeron a l de sarroll o del espíritu patriótico de los ciudadanos . Dieron a conocer las actividad es acometidas por la propia J unta sevillana, justificaron la luch a, desmintieron la propaga nda contraria y publicaron noticias de las vic torias protag onizadas sobre los inv a sores . E l primer número de la Gazeta vio la luz el miércoles 18 de julio de 1810. En medio de a quel ajetreo de constr ucción de bar racas , alma cenes , fábrica s , talleres de per trechos de guer ra y fortificaci ones , surgió dicha publicación, para como ella misma indicab a, ser remitida a los “pueblos libres de ésta y las demás provincias”. 212 Manuel More no Alonso , “La Gazeta de A y amonte”, pá g . 115. T ambién e s nece sario obser var el ar tículo del citado autor , Manuel More no Alo nso “ A y amonte durante e l ased io napoleó n ico de Cádiz (1810- 1812)”, XV J or nadas de h istoria d e la muy no ble y leal Ci udad de A yamonte , Huelv a, Diputación Pro vi ncial de Huelv a, A yu ntamiento de Ayamonte, 2011, págs . 69 -98. 213 Manuel Moreno Alonso , La J unta Supr ema de Se villa, pág . 335. 214 Juan Villeg a s Mar tín y Antonio Mira T oscan o , “La isla de Canela, último refugio en la guer ra contra el francés”, XV J or nadas de historia de la muy noble y leal Ciudad de A yamonte , Hue lv a , Diputació n P rovin cial de Huelv a, A yuntamie nto de A y amonte, 2011, págs . 1 21 - 156. 215 Conde de T oreno , Historia del levantamiento , guer ra y r e volución d e España, pá g . 588. 216 Mari P az Domínguez, “A yamonte, cuna de la p rensa escrita d e Huelva”, XV J or nadas de hist oria de la muy nob le y leal Ciudad de A yamonte , H uelva, Diputación Provincial de Hue lv a, Ayuntamiento de Ayamonte, 2011, págs . 99 - 120. 73 La J unta Central, la misma que otorgó su pre sidencia al mar qués de Ayamonte , ordenó la celebración de Cor tes . Establecida en Se villa, el aboró la Instr ucción para la elección de los carg os de diputados . En lo que se refería al número de estos , decidió que las J untas provinciales electorales nombrasen un diputado p or cada cincuenta mil almas que tuviera la provincia con arregl o al último censo publicado el año 1797, más otro si la mis ma demarcación contaba con un exceso de v einticinco mil o más individuos 217 . La Junta hispalense en Ayamonte , procedió a la elección de su diputado para las cor tes el día 3 de ag osto de 1810. El puesto recayó en J osé Morales Galle g o . Previamente dos de sus v ocales , Francis co J avier Cienfuegos y J osé Morales Gallego lle v a ron a cabo la elección. El referido Cienfueg os nombró p rimero a Fabián de Miranda, deán de la Iglesia catedral de Sevilla, de segundo a J osé Morales Galleg o , y finalmente en terce r lug ar al Ma rqués de Grañina. Mientras , J osé Morales Galleg o votaba sucesiv amente al Marqués de Grañina, a Víc tor Soez y finalmente, a Andrés Miñano 218 . De ese primer recuento resultaron con mayor número de v otos los señores F abián de Miranda, J osé Morales Gal leg o y e l Marqués de Grañina, por lo que se for maron tres cédulas con sus nombres y las me tieron en una vasija de la que sacaron la de J osé Morales Galleg o , el cual finalmente, quedó no mbrado por diputado a cor tes . T ambién por entonces , la ciudad presenció un c ambio de orden jurisdiccional. Los v ec inos , lo mismo festejaban el nombramiento del Marqués de la villa como presidente de la J unta Central que obser v aban cómo su tér mino se incor poraba a la C orona, de jando de per tenecer a su señorío . Un decreto de 6 ag ost o de 1811 219 daba por finiquitado los señorí os jurisdiccionales , in cor porándose todos sus ter ritori os a lo que por entonc es se denomina ba como la “Nación”. En A yamonte, tras este cambio , cesó en sus funciones el Alca lde may or , hasta entonces representante di recto del Marqués d e A storga en el g obier no municipal 220 . Una vez más , surgieron conflic tos tras el cambio . Al amparo de la nuev a definición jurisdiccional de la ciuda d de A yamonte, s e abrió un contencioso entre el Cabildo y el Gober nador militar y entre la autoridad civil y la milita r . E l conf licto requeriría para su 217 Manuel Moreno Alonso , E l nacimiento de una nación. Sev illa, 1808 -1810, la c apital de una nación en Guer ra . Madrid, Edic iones Cátedra, 2010, págs . 520 -52 1. 218 María Antoni a Moreno Flore s , “La guer ra de la Inde pendenc ia y sus consec uencias en la sociedad civil d e A ya monte”, XV J or nadas de historia de la muy noble y leal Ciudad de A yamonte , Huelv a, Diputació n Provincial d e Huelv a, A yuntamie nto de A y amonte, 2011, pág . 36. 219 A.M.A. Leg ajo 23. Incor pora do en las Actas ca pitulares de e se año . s/fol . 220 A.M.A. Leg ajo 23. Acta capitular de 3 de se ptiembre de 1811.s/fol. 80 desar rollar en los cafés , s alas de jueg os de villar y demás casas de concur rencia . P ara ello , la s autoridades estarían asistidas por los cura s pá r rocos de l municipio . Solo a sí log rarían av eriguar si algún individuo “esparcía” proposiciones que fomentasen la propag ación de los planteamientos de la tropa sublev ada . Si finalmente el pueblo era ocupado , requerían pr udenc ia, entereza, lealtad y fidelidad al R ey 236 . “1. - …. que se entere á los pueblos de la respecti va comprensión, que el procedimient o tomado po r la tropa rev olucionada es con tr ario a la Sobe rana v oluntad de S .M., contrario á la s leyes y or denanzas , y turbativ o de la felic ida d de los mismos pueblo s . 2. - Que dichas ju sticias e stén con la ma yor vigilancia sobre las personas que entren y salg an e los mismos pueblos , exigiéndoles los pasapor tes de los puntos de donde v eng an de algún pueblo ocupa do por la r eferida t ropa, ó de algún otro de las inmediaciones de e ste. 3. - Que asociadas con los Curas Pár rocos de su ente ra confianza, y otras personas de providad, detención y de decidido amor al Soberano , y á la conser v ación del órden público , procuren tener noticia de las conv ersaciones que se tengan en los cafes , Juegos de Villar, y demás casas de concu r rencia; y si acaso se les die se cue nta de que alguna persona esparcie s e proposicione s que puedan contribuir á fomentar el atentado cometido por la referida tropa, ó de alguna otra especie turbativ a del o rden público , ó que ofendiese los s agr ados dere chos de S .M., proceda n cont ra ella con el may or s igilo y circunspección, examinando antes si las referidas propo siciones llev an todo el aire de malicia y trascende ncia criminal, ne cesaria para e l procedimient o , dando cuen ta inmedia tamente al Sr . R eg ente de esta Real A udiencia , con testimonio ínteg ro de las diligencias que practiquen para s u av eriguación y provide ncias que conv engan. 4. - Que en caso de que por alguna fatalida d imprevista ocupa se el pueblo alguna tropa rev olucionada, procuren por todos los medios que les dicte su pr udencia y entereza mantenerse fieles al R ey , evita ndo s obre todo , en cuanto alcanc en sus facultade s , las v ejaciones que intenten eje cutar en l os mismo s pueblo s. 5. - Que así que teng an notic ia de cualquier movimie nt o que hag an las mencionada s tropas , den cuenta inmedi atamente , con expreso , á dicho Sr . R eg ente , va liéndose de por tadores seguros que las conduzcan, pagándoles su trabajo , y asegurándoles que según su impor tancia serán gratificados . 6. -Que s i á los puebl os llegasen algunos Soldados , que hubiesen abandonado á los facciosos para reunirse á las banderas de sus cuerpos , los confir men en sus fieles ideas , y los auxilien para que lo v erifique n cuanto antes , dándoles cier ta noticia de l lug ar donde se encuentre el Ca pitán General del Egército y de esta Pr ovi ncia, a cuya dispos ición deben presentarse . … 236 A.M.A. Leg ajo 24. R eal Acue rdo de la A ud iencia de Sevilla . Sevilla 9 d e enero de 1820, f ols . 8 y 9. 81 9. - Y que últimamente les prev eng o que del recibo de esta instr ucción, y de haberla leído en el A yuntamien to pa ra su exacto y puntual cumplimiento , me remitirán testimonio por te franc o de ntro de l pr eciso tér mino de oc ho día s , bajo su re s ponsabilidad y demás providencia s que exijan las c ircunstancias . La corporación ex presaba su disposición a cumplir con su debe r de vigila ncia y de comunicación de todo lo que ocur riese en la pobla ción. Una vez más , Ayamont e hacía mues tra de su sincera fidelidad al R ey indicando incluso de “que no era de esperar se protag onizase en un pueblo fidelísimo” 237 ning una manifestación contraria al régimen. P ara entonces , la cor poración estaba for mada por J osé María de l a F eria como alcalde primero , de segundo Manuel Medero , y como regi dores J ua n de España, Manuel Or teg a, J osé Galla rdo , J osé de Hor ta, J osé Bar roso J a raque, Doming o Santos , y como síndico , el riojano B er nabé P ar ra 238 . Finalmente el cambio sucedió y , en ma yo de ese mismo año de 1820 , la corporación fue disuelta y sustituida p or un nuev o ca bildo denominado “constitucional”, confor mado por nuev os miembros 239 . Con el cambio , nombraron como alcalde al inteligen te come rciante , natural de La Rioja, Casto García. J unto a él, est a ba como alcalde segundo J osé Antonio Abreu y como regidores J osé María de la F eria, Eleuterio Garcés , J osé de Sosa, Félix del Cor ral, J ua n Rodríguez Gar rido , Doming o Castellanos , J osé R omer o P eña y J uan Lorenzo . Como síndicos nombraron a J uan Quintero y a J oaquín Her rera. J oaquín Herrera y Céspedes , natural de Za fra, naci do en 1760, ca sado con T eresa de Abreu y V erano , recon ocido como hijodalg o en la ci udad desde 1804, ha bía sido a dminist rad or de los biene s del Marqués de A ya monte y de Astorg a, cuidador de la fábrica del Salvador y a dministrador de la Iglesia del Hospital de la Piedad. A principios de siglo le fue realizada una inv estig a ción por el fiscal del T ribunal inquisitorial de Sevill a acusándolo de retener figuras obscenas en su morada y de realizar proposiciones ic onoclastas 240 . Se le acusaba entre otras cosas de no practicar los sacramentos y de ser un individuo liber tino . Los testig os declararon que J oaquín se había 237 A.M.A. Leg ajo 24. Acta capitular de 27 de enero de 1820, folio 10. 238 A.M.A. Leg ajo 24. Auto concedid o en Sevilla a 30 diciembre de 1819, folio 1 v . 239 A.M.A. Leg ajo 24. Ayamonte a 15 de mayo de 1820. Cer tifica do por Antonio María Sola no , escriba no de S .M., teniente d e cámara de la audiencia del ter ritorio y del real patrimonio de la ciud ad de Sevilla, indic ando los indi viduo s que compusiero n el A y untamiento constituc ional. F olios 20 v - 21. 240 Archi vo Histórico Nacional ( en adela nte A.H.N .), I nquisición , 3731, exp . 151, foli o 2. 82 mofado de la devotísima reliquia del Santo Sudario situada en el templo de San Francisco y que había realizado declaraciones en contra de las i mág enes . Como ya s ucediera con la J unta Local confor mada en 1808 , en esta ocasión los liberales , a l igual que entonces , se vieron en la necesidad de recur rir a personas representativ as de la vida política y social de la ciudad. Algunos de estos individuos que g ober naron la población durante el trienio libe ral ocuparon puestos de administración durante años en los que se encontraba vig ente el régimen a bsolutista, por lo que la representatividad durante la época liberal no les pasó factura a la hora de continuar g ober na ndo y lide rando la vida social y política de la ciudad. J osé María de la F eria, J osé Antonio Abreu, J osé de Sos a e i ncluso el comerciante y merca der riojano , Casto García Ca ñas , estuvieron como regidores y síndicos , en v a rias ocasiones , a ntes y después del período del trienio liberal. El vecind ario sufría un aminoramiento y un deterioro impor tante. Las autoridades solicitaban el auxilio de las autoridades superiores . R equerían que protegiesen sus a ctividades económicas , principalmente el neg ocio de la pesca. “Esta ciudad situada sobre los márgenes de Guadiana a s u der rame en el océano , en los con fines de Andaluc ía, al frente del reino de P or tug al, antes populo sa y de vig oroso comercio y de presente reduc ida a poco más de mil ve cinos en su par te may or pescadores , que por las circuns tancias que le rodean, v a tocando su exter minio , con sobrada ac eleración; parece exige por las cualidades de ser un punto de apo yo y defensa de la nación en el caso de guer ra con P or tug al, Inglate r ra, o los moros , s iendo su costa pro por cionada a cómodos desembarco s y desde ella introducirse a lo interior del reino , se proteja para su conser v ació n y que no toque el c aso de de saparec er de entre el c atálogo de las poblacione s de Españ a,…” 241 . Demog ráficamente, la ci udad tenía a penas 1018 ve ci nos , frente a los 1642 que tenía Huelv a, o los 2363 de Moguer , e incluso los 1206 de V alv erde del Camino . La Higuerita para entonces , todavía era un v ecindario reducido 242 . En esa debilitada población, los regidores y alcaldes aparecían preocupados enor memente por aspectos rela cionados con la salud pública. Intentaban hace r frente a la s enfer medade s de “fueg o de Sa n Antón, mal de San Lázaro , le pra o tiña, …” 243 . Combatían l a vir uela con v acunas , in vita ndo a los padres o tutores que 241 A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas Municipales . Ca pítulo 8 . - Del comerc io , ag ric ultura e ind ustria. F olio 1. 242 A.M.A. Leg ajo 24 . F oli o 76 y ss . R e par timiento de 198.000 re al es a que asciende n los sue ldos de los J u eces de primera instancia de esta pro vincia, con inclusi ón de los tr es de esta capital entre los 124.520 v ec inos que componen aquella, co n ar reglo a la orden y nota pasad a por la Ex c ma. Diputación e n 26 de mayo próxi mo pasado , con expre sión de l número d e v ecin os de ca da pueblo y cupo que le ha c or respondido respectiv amente. 243 A.M.A. Leg ajo 92. Or denanzas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubridad. Ar tículo 1. 83 presentasen a los más peq ueños a dicha práctica para que la propag aci ón de dic ha enfer medad fuese más reducida 244 . Ordenaba n un sev ero protoc olo durante las inv asiones de “fiebre amarilla o de vómito prieto” 245 . Insistían en la higiene y en la limpieza pública con mu y escasos recursos . La limp ieza de los pozos y de las fuentes se realiz aba a expensas de los aguadores 246 . Los vecinos es taban oblig ad os a limpia r la par te de la calle que se situaba frente a sus casas . Las basuras de riv adas de los propios domicilios debían ubi ca rse en las mismas calles , “en medio de la cor riente”, de donde serían recogidas por un peó n municipal. Al carecer de competencia y también d e presupuesto municipal para ello , los v ecinos debían ocuparse del reempedrado de la par te de la ca lle situada próxima a sus viviendas . En caso de no hace rlo , el ayuntamien to podría rea lizarlo a expensas del propietario 247 . De for ma similar sucedería con los edi ficios r uino sos . Los propietarios estaban oblig ados a ade centarlos , guardando sus pa redes “niv el , con las casas contiguas y unifor midad con el res to de la calle” 248 . E n caso de que esto no sucediese, el cabildo podría incluso sacar los edifi cios a subasta. Finalmente, los escombros y basuras eran situados en lug ares alejados del vecindario como en “la s alturas del sitio del pozo de los almendros y en las inmediaciones de San Sebastián”. Dentro de la ciudad no podría for marse “esterquera” algu na 249 . P ara entonces , el cabildo dispondría de muy escas os recursos y en consecu enc ia, de pocas pa r tidas de g astos . Además de la mensualidad del maestro , de bía pag a r la del escribano , la del médico y la d el cir ujano . Al marg en, el ca bildo también se encarg ar ía de los reparos realizados en las fincas per teneciente s a los ca udal es públic os 250 . Incluso , de pendería de él el mantenimiento de la s cárcel es 251 y en ca so de que le sobrase alguna ca ntidad debía inv er tirla 244 A.M.A. Leg ajo 92. Or denanzas munic ipales . Capítulo 1. De la política y de la salubrid ad. Ar tículo 2. 245 A.M.A. Leg ajo 92. Or denanzas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubridad. Ar tículo3. 246 A.M.A. Leg ajo 92. Or denanzas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubrid ad. Ar tículo 2. 247 A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubridad. Ar tículo3 248 A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubridad. Ar tículo 4. 249 A.M.A. Leg a jo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 1. De la política y de la salubrid ad. Ar tículo 5. - 250 A.M.A. Leg ajo 92. Orde nanzas municipales . Capítulo 4 . D e la administración e inv ersi ón d e los cauda les públicos . 251 A.M.A. L eg ajo 92. Ord enanzas mun icipales . Capítul o 7.- De las cárce les , obras públicas y de necesidad. Ar tículo 1. 84 en obras públicas de necesidad como constr ucción de cuar teles , el traslado de agua s salubres y otras “fábricas de utilidad y or nato” 252 . La pesca era la actividad económica básica de l m unicipio . Los regidores solic itaban que la s tan destr uc tiv as ba rcas bou no pudiesen pa sar más allá de la T o r re del Esperil lo para que así no pudiesen esquilmar las aguas próximas . T a mbién solicitaban que todas las sardinas que se pescasen entre la bar ra de La Higuerita y la de A yamonte, se trasladasen finalmente a esta ci udad para llev ar a cabo aquí su v enta en fres co . La pes ca a dquirida por españoles en Villa R eal de San Antonio , debía también según las autoridades venderse en Ayamonte . P a ra tener un riguroso despacho de los producto s ex tranjeros y principa lmente, de los procedentes de P or tug al 253 , deseaban qu e se habilitase el ser vic io de aduana. Con la existencia de una aduana, no se per mitirían a los barcos por tugueses de Faro , T avira, la F oseta, Castromarín y de Villa Re a l que llev a sen pescado fresco y salado a otras plazas de España sin previamente haber pasado por esta 254 . P ara la mejora del sector , la s autoridades incluso requerían la incomunicación del estero de Canela, que cr uzaba por la isla conocida con el mismo nombre, situado frente por f rente con Villa Re al de San Antonio y que desembocaba en la ensenada de la Higuerita 255 . La pesca “…había decaído en tal ext remo que los indi viduos de mar de que se co mpone la may or parte de este v ecindario , se hallan pereciendo; que por lo mismo , como la escasez y penuria se aumenta cada día, apenas el tiempo no les per mite el salir a la mar a la d ébil pesca de lo alto , se reúnen en cuadrillas a pedir limosnas con ex cesiv o dolor y escá ndalo , porque la continua ción de ellas pri van a los v ecinos piadosos que sig an con estos sufragios y acaso por consecuencia de este extre mo podrá comprometerse el ordenamiento público y la tranquilidad de los v ecinos”. Las causas que ocasionaban esta situación serían por un lado , el frecuente uso de las rastreras y por otro , la prohibición de la pesca en el mar del Arac he con motiv o de la pe ste que se habría propag a do desde 1816 en las costas de Berbería 256 . El ramo de la ag ricultura estaba también en de cadencia. De pendientes de las expor taciones de trig o , el cultiv o de la vid se había reducido notable mente . P ara entonces , el 252 A.M.A. L eg ajo 92. Ord enanzas municipale s . Capítulo 7. - De las cárce les , obras públicas y de necesidad. Ar tículo 1 253 A.M.A. L eg ajo 92. Expediente sobre la for m ació n d e Ord enanzas municipales . 1820 .- Capítulo 8. - Del comercio , ag ricultura e industria. 254 A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 8. - Apa r tado 7. 255 A.M.A. Leg ajo 92. Ordenan zas municipales . Capítulo 8. - Apa r tado 10. 256 A.M.A. leg ajo 24 . Acue rdo de 7 de marzo de 1821. F olios 21 v - 25 v . 85 sector del vino estaba en una situación lamentable debido a la escasa protección que se le había concedido durante los a ños anteriores . Lo que había sido una ciudad en la que “la may or par te del tér mino útil estaba cul tiv ado de viñas”, con “dilatadas cañadas pobla das” de vides , ahora había desaparecido . Debido al hundimiento de l sector , las bodeg as y lag ares de los Gómez, los Or tíz, R osa, Noble y A guilar se extinguieron. Al mismo tiempo , los vinos moguereños se habían introducido con facilidad en la ciudad, y monopolizaban el consumo . En el aspecto religioso , la pobla ción obser vaba cómo se deterioraban, abandonaban y ar r uina ban antiguos edi ficios relig iosos que, en década s anteriores , contaban con numerosas cofradías y her manda des y celebraban frecuentes cultos públicos . Ayamonte prota g onizó entonces el cier re de los conv entos habitados por las comunidades religiosas masculinas debido a la aplicación de la orden circular de 20 de septiembre 1821 257 . Hasta ese momento la s com unidades religiosas habían estado muy presentes en la vida social y religiosa de la ciudad. Los religiosos no solamente celebraban cultos en sus conv entos , sino que también predicaban fuera de ellos , e incluso asistían a los cor tejos procesiona les org anizados por las cofra días y a algunos entier ros . La comunidad de her manos f ranciscanos obser v a ntes tras ha ber vivido la s incomodida des o casionadas con moti v o de la guer ra de la indepe ndencia, en la que incluso las autoridades se adueñaron de par te de sus instalaci ones para destinarlas a encarcelamientos de reos , sufría aho ra el desalojo de su con v ento . Éste se llevó a cabo el 26 de septiembre de 1822 258 , tras la circula r otorgada con fecha de 20 del citado mes . Sin embarg o , no serían los franciscanos los úni cos religiosos que tuvieron que abandona r su cenobio en A ya monte . La comunidad de merced arios también desalojaría el suyo . En ene ro de 1822 259 el cabildo reconocía la supresión de ambos conv entos . A diferencia de lo que pudié semos pensar o imaginar, las autoridades locales del trienio liberal en A yamonte, no facilitaron ni r ecibieron con satisfacción la orden de ex claustración. Incluso , meses antes del cier re de estos ce nobios , infor ma ban de que sería adecuado que dichas com unidades continuas en asistiendo espiritualmente al v ecinda rio . Los motiv os expuestos eran la escasez de secula res que había por entonces en la ciudad, y la necesaria asistencia espiritual que concedían los religiosos reglares en la población. Debido al 257 A.M.A. Leg ajo 24. Acta de 29 d e enero de 1822. 258 A.M.A. Leg ajo 24. Acta de 29 d e enero de 1822. 259 A.M.A. Leg ajo 24. Acta capitular de 29 de enero de 1822. 86 emplazamiento de a mbos conv entos , la comunidad de franciscanos asistía más “en el parto espiritual” del ba r rio de la Villa, mientras que la de merce darios lo hacía, principalmente, en el de la Ribera. Si se suprimía n estas instituciones religiosas , como al final sucedió, la poblaci ón quedaba “sin tener donde recur rir para confesiones y comuniones” 260 . Los a yamontinos dejaron de estar asistidos en los cultos , en los ser mones y en los sacramentos por los religiosos de ambos conv entos . L as comunidades que acompañaron durante centurias l as festividades y cor tejos procesionales o fúnebres dejaron de hacerlo , bajo la atenta mirada de unas autoridades que la mentaban lo sucedido . El ci er re y abandono de estos edificios conv entuales ocasionaron que numeros as imág enes , y con ella s sus festividades se trasladaran a las P a r roquia s . Así, por ejemplo , con el ci er re del conv ent o d e Sa n Francisco , la ima gen dedicada al P atrón de la ciudad, San Dieg o , y con ella la celebración de s u festi vidad, cambiaron en 1822 de ubicación y se tr asladaron hasta el templo de Ntro . Sr . y Salv ador . Fue entonc es , aún en tiempos del trienio libe ral y frente a las regulaciones concedidas por el g obier no naci onal, cuando las autoridades locales celebraron, en la medida que lo pe r mitían las arcas municipales , la devot a procesión. En esta ocasión, el solemne traslado de la imag en de l P a trón se realizó c on todo el respeto y magnifice ncia posible. La imag en del Sa nto salió desde la Capilla anexa al templo franciscano titulada de Ntra. Señora de la Soledad, a las tres de la tarde, acompañada de todas las autoridades “privilegiadas de la ciudad” , re presentantes del Cabildo , alguacil ordinario , maceros , clero , milicia nacional y un numeros o conc urso de v ecinos . A la salida de la C apilla, al comienzo del cor tejo , se dio una descarg a de fus ile s por los “leg ales” . T ras ésta, el cuer po militar cubrió la r etagua rdi a de la procesión, acompañando el cor tejo y batiendo marcha hasta lle g ar a la P ar roquia de Ntro . Señor y Salvador , donde v olvi eron a repetir una desca rg a 261 . LA VUEL T A DEL ABSOLUTISMO Y LA DÉCAD A OMINOSA Como señaló María Antonia P eña, “la retirada libera l se convir tió prácticamente en una desbandada, tal y como se desprende del relato de los a contecimientos que el gene ral en jefe del ejército francés , conde de Bour mont, realiz ó y envió al A yuntamiento de Sevill a” 262 . 260 A.M.A. Leg ajo 24. Acta capitula r de 10 de enero d e 1821. 261 A.M.A. Leg ajo 24. Dilig encia 2 de febrero de 1822. 262 María Antonia P e ña Guer re ro , El tiemp o y las fuentes de la m emoria , págs . 39-40. 87 Nada más derrocar a l g obier no libe ral, l as nu ev as autoridades decretaron la deposición de los jefes políticos , alc aldes constitucionales y jue ces de primera instancia. Se dispuso el ce se inmediato de los ayuntamientos constitucionales y de los procuradores síndicos 263 . Los “justicias” liberale s fu eron sustituidos po r lo s regidores y alc aldes establecidos antes del 1 de marzo de 1820. En A yamonte, debido a las diferente s circunstancias personales , no se log raron cubrir los puest os necesarios para confor mar la nuev a cor poración, por lo que tuvieron que completar el g obier no local con re presentantes de g obier nos de años anteriores . En la ciudad de A ya monte , la nuev a cor poración se confor mó en el mes de juli o de 1823. P ara ello , citaron para alcalde a Manuel Medero y para regi dores a J osé Barro so J araq ue, Manuel Or teg a, Doming o Santos y J osé de Or ta. El número de regidores fue ampliado con dos de 1819, Cayetano Orteg a y J osé Her ná ndez. Como síndicos , en principio , ci taron a Juan García y a Berna bé P ar ra. Sin embarg o , al estar a usente este último , fue s ustituido por el también comerciante riojano , Francisco del Molino 264 . Finalmente, como diputados del común nombraron a Manuel Florete y a Francis co de P aula R omero . Este último , ausente en P or tug al, fue sustituido por Félix Solesio 265 . Los funcionarios de la administración fueron tamb ién purifica dos . En oca siones , las denuncias se lle v a ban a cabo entre los propios vecinos . J oaquín de Abe ndaño y Santiag o , Jue z de primera instancia, fue acusado por la propia corporación de ser un fer viente liberal , evitando así su posible nombramiento como justicia de la ci udad. Según indicaban, las pr ueba s de su adhesión al sistema constit ucional eran cla ras y ter minantes . “Su profesión, su amistad y dirección con la may or eficac ia se vio públicament e dispensada en dic hos tr es años a las personas más exalta das , tumultuaria s y alar mantes e n todos los casos y actos públic os de aquel sistema, cuyos pocos vec inos señalados por la publicidad en esta ciudad con los mismos que desde que se acercaron las t ropas aliada s temerosas del justo castig o que merecían por su adv ers ión al R eyno salieron fugiti v os y han abandonado su s casas sin haberse restitui do del frontero R eyno de P or tug al”. 263 David López Vier a, “R e pre sión polític a en Hu elv a a f inales del Antiguo Régimen : Los inicio s d e la Segunda República Absolutis ta (1823- 1824 )”, Aestuaria: r e vista de investigación, 7, 2000, pág . 15. 264 T enía un comercio c omo su socio Manuel Ler do de T eja da. T uvo diez hijos . 265 David López Vier a, “R e presión política en Huelva a finales del Antiguo Régime n: … ”, pág . 18. En Huelv a se constituyó el nuevo A yuntamient o el 9 de julio . Al igua l que en A yamonte, sus mi embros era n los que ocupaban dichos carg o s el 1 de marzo de 1820, salvo tr es , u no por fall ecimiento y do s q ue qued aban ex entos al ser matricula dos d e mar ina. L os citad os huecos fueron cubier tos c on capitular es de 1819. Sin embarg o , tan solo doce días de spués , el 21 de julio , cuatro d e sus com ponentes eran re mo vid os d el mism o , unos por haber for mado par te de las corporac iones constit ucionales y otro s p or haber sid o vo luntarios nacionales . El 23 d e julio , se restablec ía en el lug a r de los cesados a los nuev os c apitulares . 88 Mientras sustituían a las autoridades , se sucedían va riac iones en el ter reno le gis lativ o . F er nando VII procedió a la derog ación de toda la nor mativ a aprobada dur ante el régimen liberal. La ciudad a yamontina protag onizaba tod a s esas refor mas , empobreci da y debilitada. Las autoridades ayamont ina s exponían la elev ada pobreza y el a batimiento que sufría la may oría d e la población debido a los numeros os acontecimientos que la había n conduc id o inevitablemente a la r uina 266 . A ya monte v olvió a estar ocupada militar mente y oblig ada a suministrar víveres y estancia a las tropas realis tas que pasasen o que s e establec iesen en la ciudad. Los v ecinos debían estar dispuestos a auxili ar a los deser tores del ejército constitucional. Las nuev as autoridades estaban oblig ada s a libertar a todos los presos que estuviesen retenidos por opiniones políticas , a no auxiliar a ningun a par tida militar que no estuviese autorizada y a recog er el ar mamento , v estuario , ca ballos y monturas de los milicianos naci onales locales , inv entariándolos y remitiéndolos al Gober na dor militar . Una v ez más , la ciudad no poseía recursos pa ra mantener y sostener a la t ropa instal ada en el baluar te situado a lrededor de la Iglesia P ar roquial de las Angustias , constr uido durante la ce nturia del siglo XVI pa ra proteg er al v ec indario y al edificio relig ioso que se encontraba ubicado muy próximo al río Guadiana y frente por frente a las ciuda des portugue sas . Los g astos de la columna y los embarques de ar tillería suponían un elev ado impor te. El ing reso conseguido por las contribuciones de paja y utensilio no era suficiente para cubrir las necesidades de l ejército . Las autoridades consumían prontamente las contribucione s de l año vigente y las cor respondientes a año s sucesi vos . P a ra ag osto de 1823, el municipio había suministrado m ás de 15.000 raciones “de etapa ” y g a stado 73 duros en g astos ocasio nados por la column a ins talada en la ciudad, sin incluir en ellos , el presupuesto que g eneraba el hospital militar 267 . A ya monte se hacía ec o también de la entrada de tr opa s francesas . En ag osto de 1823, las autoridades infor maba n de la lle g ada de un destacamento de caballe rí a francesa. En esta ocasión, los miembros de la corporación imposibilitados para mantenerlo , ex igían vív eres para su sostenimiento a los pueblos de Car taya y de Gibraleón. En tan s olo unos años , el ejército francés había pasado de ser el enemigo de l v ecind ario a ser el aliado de las autoridades , vigilante y asegurador del mantenimiento del gobie r no absolutista. J unto a la ocupación militar , en el v ecindario se reprimió y vig iló cualquier opinión y actitud discordante con las ideas vig entes . En la actua lida d, los estudios i nsisten que para 266 A.M.A. Leg ajo 24. Acta capitular de 15 de a g osto de 1823. 267 A.M. A. Leg ajo 24. C or responde ncia 15 de ag osto de 1823. 89 entonces , la principal tarea del g obier no fue la represión contrar revolucionaria de todos los elementos liberales . “La censura, la delación y la pe rsecución política inv a dieron lo público y lo priv a do , crea ndo un clima gen era lizado de desconfianza y ter ror en la socieda d” 268 . E n A ya monte es ya conocida la persecución que sufrió el liberal y elevado propietario Manuel Solesio Riv ero 269 . Con el cambio de régimen emi g ró a P or tug al donde per maneció un larg o período , reg resando a la ciudad ayamontina tras la amenaza de la incautació n de sus propio s bienes . Una v ez en la ciudad, “se le obligó a vestir a sus expensas el ba tallón pro vinc ial de Sevilla” 270 . A partir de entonces , él mismo indicaba que continuó como “un pros crito”. “T odos te nían derecho a insultar me y mi situación era la más triste en medio de mi familia y en mi patria misma” 271 . T ambién sucedieron destier ros por par te de los mie mbros de la Milicia Nacional 272 . En 1824, en un expediente de oficio del subdeleg ado de P olic ía con f echa de 6 de junio se dio a conocer una lista con los nombres de lo s individuos que compusieron las milicia s v olunta rias locales en los años de l sistema constitucional 273 . Algunos habían emig rado a la v ec ina na ción por tuguesa, entre ellos el subteniente J uan de E spaña, el corone l Man uel de Flores , exg ober na dor de la ciudad, o el sargento ma yor Eliseo P erersteyo . Cádiz también fue un lug ar de exilio y de escape . Allí huyó el “ miliciano exal tadísimo y de conducta re pra v ada ” J uan G a rcía. Otro individuo de carác ter exaltad o fue el v oluntario de infantería y t eniente, F rancisco R omero , descrit o como un personaje “ notorio en t odas las ocur r encias popul ar es contra los der echos d e S . M. y amante del sistema ”. Sin embarg o , algunos milicianos g ozaron de una conducta pac ífica y , a ojos de las autoridades absolutistas , conser v aron una opinión pública na da deter minante a fav or de l Sistema Constit uciona l. Entre ellos , esta ba n los milicianos J oaquín Sáenz, Man uel Noguera, J osé Riv ero , Manuel Solesio ―yer no del riojano J uan Ma r tínez Alonso―, J osé Jus to 268 J ulio Pé rez Se rr ano y J osé Antonio Sainz V arela, “ Andalucía y el tránsito d el a ntiguo a l nuev o régimen ”, e n Historia de Andalucía contemporá nea /coord. Encar nac ión Lemus López y Leandr o Álv are z R ey , 1998 , pág . 84. 269 J ulián Solesio Lillo , “Viv enci as de un liberal en Ayamonte a comienzos del siglo XIX…”, pág . 93 a 111. 270 J ulián Solesio Lillo , “Viv enci as de un liberal en Ayamonte a comienzos del siglo XIX…”, pág . 101. 271 J ulián Solesio Lillo , “Viv e ncias d e un liberal e n A yamonte a c omienzos del siglo XI X…”, pá g . 101. 272 J ulio P érez Se r rano y J osé Antonio Sa inz V arela, “ Andalucía y e l tránsito d el antiguo al nue v o…” , pág . 85. Cuer po paramilitar c ompuesto de voluntarios liber ales pre parados para inter venir para la defensa del régimen en situaciones en q ue cor rie se riesgo . 273 A.M.A. Leg ajo 24. Cer tific ado por el escriban o del Ayuntamiento en 1826. 96 97 A finales del siglo XVIII y durante el primer tercio d e la centuria decimonónica, v a rios oriundos de La Rioja se instalaron en la ciudad de A ya monte . Como ya he señalado , los motiv os que propiciaron esos numerosos traslados hacia esta ciudad del litoral andaluz, estaban relacionados con las escasas posibilidades y con los exiguos recursos que ofrecía entonces aquella zona norte de la península. En A yamonte, la desembocadura f luvial y su puer to ma rítimo continuaban proporcionando un f luido tráfico comercial. P or ello , no sería extraño que la may oría de los inmig rantes , una v ez instalados en la ciudad de la desembocadura del Guadiana se dedica se n al tráfico mercantil y a la realización de transaccio nes come rciales . Y ello pese a que estando ya instalados en esta ciudad, conocería n un comienzo de siglo XIX con un elevado porcentaje de la poblaci ón viviendo en la miseria debido a la debilidad de las actividades marítimas , y con unas autoridades desconsoladas por los conf lic tos militares , por la s enfer medades y por las epide mias . T ales circunstancias no impedirían que, por esos mismos motiv os expuestos , dichos riojanos sufriesen, al igua l que el resto de la población, inter r upciones en sus neg ocios y actividades . En Ay amonte, con el desar rollo de la centuria, los oriundos del nor te de la P enínsula, en su mayor ía, come nzar on a fundar compañía s mercantiles . Los her manos García , Casto y Manuel, fundaron una so ciedad junto a su paisano J ua n Mar tínez Alonso . P or otro lado , los her manos Lerdo de T eja da, Miguel y Manuel Ber nabé, crearon otra junto al tambié n riojano Francis co de l Molino . No fueron los únicos originarios de dicha zona que se instalaron en la villa a ya montina durante esos años de finales de l sigl o XV III. Sin embarg o , serán ellos los principales protag onistas del presente estudio debido a que crearon unas c asas mercantiles solv entes que agil izaron el comercio de la ciudad y consiguieron perpe tuar el neg ocio g racia s a que sus hijos , buena par te de e llos v arones , continu aron incrementándolo y fortaleciéndolo a lo larg o de la c enturia. R O MU ALD O B EZARES Y E UST AS IO M ATUTE Del primero en tener noticias es de Rom ualdo Bezares , procedente en su caso de la villa riojana de V entosa. Durante los últimos año s del siglo XVIII, Rom ua ldo , comerciante de profesión, estaba av ecindado en la villa por tuguesa de Villa Real, pero aunque era v ecino de la población por tuguesa, residía en A ya monte . Seguramente su v ecindad en P or tug al le proporcionaría impor tantes beneficios en las contribuciones y en los impuestos que 98 directamente a fectarían a sus transacciones y a sus ne g ocios comerciales . T al sería su relación con los ayamontinos que ya para 1797 se encontraba casado con Manuela Sá enz. Manuel a Sáenz era hija d e un impor tante comerciante, con tienda abier ta, llamado T omás Sáenz. Durante los años de estancia en la ciudad ayamonti na , estando aún soltero , R omualdo se haría de algunas g anancias y de un curioso capital, patrimonio que después apor taría en el momento del matrimonio . Rom ualdo apor tó al compromiso la ca ntidad de 18.000 reales de v el lón, cifra que habría alcanzado con sus g anancias mercantiles 285 . Sin embarg o , el enl ace en vez de reducir sus ing reso s , incrementó su pa trimonio . T ras el matrimonio , Rom ualdo protag oniza una époc a de esplendor . La familia de su esposa le proporcionaría recursos y estabilidad, e incrementaría su actividad mercantil con la explotación del neg ocio de su suegro , para entonces consolidado y estable. Su s sueg ro s T omás Sáenz y Melchora Mar tín Bo r reguero había n reg entado desde bien jóv enes una tienda de mercader y realizaban transacciones comerciales con otras ciudades entre las que se encontraban Cádiz y Huelv a. T omás Sáenz llevó durante años en la ciuda d de Ay amonte la administr a ción de pólv ora, plomo y barajas . Había procreado dos varones y cinco hembras , entre las que se encontraba, Manuela. A su vez, los padres de Melchora Mar tín, Francisco Ma r tín Bor reguero y J osefa López, tuvieron también una tienda de gé neros durante buena par te de la cen turia del siglo XVIII 286 . En 1797, Rom ualdo se av ecindó definitiv a mente en A ya monte y ar rendó la tienda de mercader que hasta ese momento reg entaba su sueg ro , T omás Sáenz . P ara T omás el hec ho de que su ye r no fuese también comerciante, le a segur ó la continui dad de su neg ocio que ya para entonces le resultaba incó modo y difícil de g estionar . T omás , debido a su av anzada edad y a sus numerosos achaques no podía asis tirlo ni manejarlo de for ma conv eniente . Además , el deterioro de su vista impedía que ejerciese co r rectamente su trabajo . La tienda de T omás Sáenz era un impor tante estable cimiento de mercadurías . Antes de ar rendar el neg ocio , el comercio con todas s us mercancías y sus de udas fue valorado en 186.207 reales . En dic ha cantidad no fueron tasados los estan tes de made ras de la tienda y de la trastienda, el mostrador , ni los pesos y las pesas . El contrato de ar rendamiento tenía un período de sei s 285 A.P .N .A. Le g ajo 335. T estam ento Rom uald o Bezar es y su e sposa Manuela Sá enz. 22 de a g osto de 1831, escribano Ber nard ino Sánchez. F olio 69 a 76. 286 A.P .N .A. L eg ajo 305 . T e stamento de T omás Sáen z y Melchora Mar tín. Escriban o M anuel González Landero . 20 de mayo de 1787. F olio 27-29 V . 99 años , pudiéndose pror rog ar si las par tes lo con sideraban conv eniente . Durante ese tiempo R omu a ldo Bezares mane jaría el neg ocio sin inter vención de su sueg ro y cobraría las deuda s pendientes . A cambio , debía pag ar mensualmente a T omás Sáenz, la cantidad de 450 reales , cifra que cor respondía co n el 3% al año , “por la expresada ca ntidad de 186.207 reales y 20 marav edíes , resultantes de dicho balance” 287 . Unos meses más tarde, Rom ualdo Bezares , v ec ino y mercader de la ci udad, aparecía administrando y explota ndo el neg ocio . Concedía poder a Manuel Gómez Zamora, ve cino y mercad er de seda de la ciudad de Sevilla , para que lo re presentase en los pleitos y causas que se pudiesen desar rollar ante la R ea l Audi enc ia de Sevilla 288 . En 1799, dos años más tarde del ar renda miento de la tienda, R omualdo Bezares adquiría varias casas propiedad del matrimonio compue sto por Félix Antonio Soles io y J uana J osefa Riv ero . E n julio adquirió una casa baja con solares r uinosos , situada en la calle del Cor reo , a ntigua Castellano o Antón de Almonte v alorada en 5.670 reales 289 . Unos meses má s tarde, en noviembre de ese mismo año compró también una casa com puesta de un cuer po y de otro cuar to pequeño que ser vía de ca balleriza. En esta ocasión, la vivienda estaba situada en la calle de la Merced, y f ue adquirida en 2.000 reales de v el lón 290 . En la ci udad de A ya monte , el apellido Beza res desaparecería, de bido a que el matrimonio tuvo únicamente hijas , María Dolores , Matilde y Luisa. E n la década de los treinta del siglo XIX, el matrimonio compuesto por Rom ualdo Bezares y Manuela Sáenz, concedía testamento . La estabilidad y el estatus social del matrimonio serían elev ados , y así lo hacían entender a sus propias hija s en sus relaciones de parentesco . P ara entonces , su hija Matilde había fallecido y su hija mayo r , María Dolores , estaba ca sada en primeras nupcias 291 . Sin 287 A.P .N .A. Leg a jo 311. Ar rend amiento de tienda con v a rias condic iones por tiempo de seis años . Don T omás Sáenz a fav or d e Don R omualdo Bes ares , su y er no . A yamonte, 29 de septiembre de 1797. F olio 38. escribano Manuel González Landero . 288 A.P .N .A. Leg a jo 311. P oder g eneral par a pleitos . Don Romualdo Besares a Manuel Gómez Zamora, vecino de la c iudad de Sevilla. 29 de no viembre d e 1797. Folio 50. Esc ribano Manuel González Land ero . 289 A.P .N .A. Leg ajo 312 . Escrit ura de v enta d e una casa baja y u nos solares r uinosos , situad os e n la calle del Cor reo q ue e n lo antiguo se de cía de C astellanos o Antón d e Amonte, A ntonia Márquez, v ecina d e es ta ciudad y apoderada de Don F elix Antonio Sole sio y Do ña Juana J osefa Riv er o , su mujer, v e cinos de Madr id a Don Ro mualdo Be sares vecino de esta ciudad . 31 de julio de 1799. Fo lio s 64 v a 68. Esc ribano Manuel Francisco Braco . 290 A.P .N .A. Le g ajo 312. Escr itura de venta d e una casa de un cue rpo y otro cu ar to pequeño que sir ve d e caballeriza en la c alle de la Merced: Antonia Márquez apode rada de Don Félix Antonio S olesio y Doña J uana J osefa Riv e ro su mujer vecinos d e Mad rid a Don Ro mualdo Besares de esta v ecindad . 12 de no viembre de 1799. folio 107 v a 109 v . Escribano Manuel Franco Braco . 291 A.P .N .A. Leg ajo 414. T estame nto de María Dol ores Be zares y Sá enz. 23 de octu bre de 1875 . E scribano Enrique Nieto y Carlier . F olios 1625 -1630. María Dolores estuvo casad a en primera s n upcias con el militar J uan Antoni o F er nández, tenie nte c oronel de infantería. T r as enviudar c ontrajo matrimonio con Francisco 100 embarg o , Luisa estaba aún sin contraer estado . D ebido a esto , mejoraban a su hija Luisa con una casa situada en la ca lle Car retos , contigua a su morada y con la huer ta, lla mada, Montaño . Su her mana María Dolores y su cuñado queda rían como sus administradores y tutores . Las propiedades de mejora, únicame nte serían entreg a das en caso de que Luisa contrajese estado a gusto y con la v oluntad de sus familiares . R omua ldo y Manuela indic aban en sus última s v oluntade s que una vez fallecidos , estando aún soltera Luisa, María Dolores y su ye r no debía n de v el ar por sus intereses . “ 22. - Si la ya dicha nuestra hija Luisa tratase de tom ar estado de matrimonio dev era ser con conocimiento de su er mana y marido Don J uan Ant onio F ernández que como er manos y tutores le desearan la mejor colocación pero si fuese con tr a el gusto de ellos por no concur rir en el pretendiente , la buena conducta moral y cristiana, o ya por desigualda d en calidad de sang re, prov ado vien ser así, es nue str a v oluntad, no se le den las dos fincas en que la mejoramos por el capítulo 19 las que re par tirán entre todos los herederos; y creem os que esto no será moti vo para intr igas ni enr redos , que suele acarrear el vil interés” 292 . R omu a ldo f alleció el 24 de ag osto de 1831 293 . Co mo her mano y miembro de la Her mandad Sacramental fue enter rado en uno de los p a nteones per tenecientes a dich a esclavitud situado en el reci ente ce menterio municipal. P ara entonces , la Her mandad Sacramental recogía la f lor y nata de los ay amontinos y por los documentos conser vados , hacía escasamente una s década s rea lizaba un riguroso procedimiento par a admitir a los pretendientes , consistente en un exhausti v o inter rog atorio de testig os y en la demostración mediante muestras de cer tificaciones y documentos la legitimidad y limpieza de todos ellos . En la actualidad, por la s fuentes que se han conser vado desconocemos si R omualdo tuv o que someterse a un procedimiento similar para ser admitido en la Cofradía Sacramental. Sin embarg o , lo que si podemos señalar es que ese régimen de a dmisión instalado en la centuria a nterior , había asegurado que los miembros de la esclavitud coincidiesen con la el ite Diéguez y T aboada, capitán d el mismo ar ma. Ni durante el pr imer matrimoni o ni durante e l segundo tuvo hijos . T e nía su reside ncia en la céntrica ca lle C ristóbal Col ón, para ento nce s , numerada con el 5. Dejaba propiedades a su esposo , y a su her ma na L uisa Besares y Sáenz o , en caso d e fallecimiento , a su sobrina J osefa María Abreu y Besares . En el mome nto de la con ce sión de l testamento , María Dolores contaba co n 77 años de edad , por lo que nacer ía en el año 1798. 292 A.P .N .A. L eg ajo 335. T estamento Rom ualdo Bezares y su e sposa Manuela Sá enz. 22 de ag osto de 1831, escribano Ber nard ino Sánchez. F olio 67 v ., apar ta do 22. 293 A.P .N .A. L eg ajo 343 . C er tificad o enter r amiento , conce dido por el pár roco J osé María Agu ilera, folio 35 . Incor porado en la notaría de Benito Sánchez Villafuer te de l año 1842. 101 social y política de la ciudad. Aún en el siglo XIX sus miembros per tenecía n a la olig arquí a económica de entonces . Si R omualdo falleció en 1831, su esposa, Manuel a Sá enz, fallecería diez años m ás tarde, el 27 de abril de 184 1, con 69 a ños de edad 294 . Una v ez fall ec idos el rioj a no y su esposa, sus he rederos inv entariaron y tasaron sus bienes . P ara entonces , María Dolores comparecía con su esposo J uan Ant onio F er ná ndez. T ambién estaba, el ca pitá n P edro del Villar como padre de Man uela y Marí a Dolores Villar Bezares , hijas de Matilde Bezares , ya difunta. Fina lmente , estaba Luisa Bezares y su esposo Luciano Abreu. Durante su matrimonio , Rom ualdo y Man uela adquirieron numerosas p ropieda des . Con la tie nda de ne g ocios , Rom ualdo amasó un suculento ca pital. T ambién su e sposa, a la muerte de sus prog enitores a por tó bienes a l matrimonio . En total, los enseres y las propiedades fueron inv enta riados y valorados en 255.572 reales de v ellón, por lo que si comparamos dicha ci fra con la ca ntidad que apor tó Rom ualdo al enl ace, podemos concluir que su condi ción económica y social mejoró notablemente durante su matrimonio . Entre los bienes tasados se encontr aban 25 propiedades , mu chos de ellos era n viviendas , situadas en calles céntricas y comerciales como Car reto , Real del Arco , C ha ves , Mesones , Le pe y San Antonio . T ambién fueron propietarios de v a rias huer tas y faneg as ubicadas al sitio de Montaño , Huer ta perdida, El Cercadito , en San Benito , E scarbada, Matacaball os , a l sitio de la Puente o al de la Guer rera. A la ca ntidad, le restaron la ci fra con la que estaba n g raba das las fincas , 81.485 reales . E n definitiv a, quedó un capital líquido par tible de 174. 087 reale s 295 , que ahora a mediados del siglo XIX sus herederos se disponían a repar tir . De Vinieg ra de Ar riba, llegó Eustasio Matute , quien estando en A ya monte contrajo matrimonio con María de los Dolores R odríguez, natural de la vecina localidad de Le pe . Una sobrina de Dolores , hija d e su her mano Luís , Andrea Rodrígu ez casó con el también riojano 294 A.P .N .A. L eg ajo 343 . C er tificad o enter r amiento , conce dido por e l pár r oco J osé María Agu ilera, folio 36. Incor porado en la notaría de Benito Sánchez Villafuer te de l año 1842. 295 A.P .N .A. Leg ajo 343. Inv ent ario , división y par tición de las fincas urbanas y r usticas que quedaren por muer te y fa llecimiento de Don R omualdo Be sares y su mujer Doña Manuela Sá enz, que fu eron de esta v e cindad, que se han de distribuir y par tir entre sus hijos y hered eros , a saber : Don Juan A ntonio F e r nández como mar ido de Doña Mar ía de los Dolores Besares re presentado por un apod erado Don P ed ro J osé Domínguez, Do n P ed ro de Villa r como padre de Don Manuel Villar y Doña María de lo s Dolores hijas de Doña Ma tilde Besares ya difunta y Don Luc iano Abreu com o marid o de Doña Luisa Besares , todas tres hijas de los re feridos Don Rom uald o y Doña Manue la. 29 de d iciembre de 1941, folios 28 - 34. Incor porad o en la notaría de Benito Sánchez Villa fuer te del año 1842. 102 Manuel T orezano , sobrino de los her manos García que vamos a conocer en el siguiente apar tado 296 . María de los Dolores Rodríguez apor tó al matrimonio hacienda s , alguna vi vie nda y diferentes suertes de tier r as destinadas al cultivo de viñas y de higueras . T ras el fallecimiento de la pareja compue sta por Eustasio y por María Dolores , una impor tante cantidad de esas propiedades fueron empleadas en cubrir la s oraci ones y los g astos ocasionados por el entie r ro de ambos cóny uges en el m omento de la m uer te . El resto de los bienes , al no tener descendencia direc ta, se re par tiría entre los cua tro her manos de la susodicha María Dolores , todos el los vecinos de Le pe 297 . En Ayamonte , el matrimonio compue sto de Eustas io Matute y de su esposa Dolo r es , estuv o enc arg ado del manejo y del “orden interior” de la viviend a donde residían los también riojanos , Manuel García y J uan de Mata Pérez 298 . L A C OMP AÑÍA “M ARTÍ NEZ Y G ARCÍA H ERMANOS ”. J U AN M AR TÍNEZ A LO NSO Y LOS H ERMANOS G ARCÍA C AÑAS Con Casto Garcí a Ca ñas , s eg uramente estemos delante de un claro ejemplo de espíritu emprendedor y de superación. P asó de ser un foráneo y extraño para los ayamontinos a representar inc luso las in stituciones municipales , a difundir su condición de hijodalg o y a ser un referente en la s activi da des merca ntiles y comerciales de la ciudad. No desaprov echó, ni descuidó los resor tes disponible s entonces para acceder a la elite polític a y económica local. Incluso , para satisfacción personal, s us hijos y nietos continuaron su labo r de calado en la población, incrementando sus relaciones sociales , políticas , y también benéfic a s , la s cua les le s repor tarían a dmiración y respeto entre sus v ecinos . Casto García abandonó su tier ra na tal y se trasladó a la ciudad por tuaria de A yamonte. No he log rado saber cómo viajó, pero seguramente ar ribase a la ciudad por el mismo puer to que posterior mente le re por taría g anancia s ec onómicas . Riojanos como Rom ualdo Besares e incluso parientes como su her mano Man uel García, ya se encontraban residiendo e n esta 296 A.P .N .A. Le g ajo 349. Di sposición testamentaria Eus tasio Matute y de María Dolo res Rodríguez, 23 d e enero de 1849 . Escribano Francisco Xavier Granad os , f olio 68 v . 297 A.P . N . A. Le g ajo 349. Disposi ción testamentaria Eustasio Ma tute y d e María Dolores Rodríguez, 23 de ener o de 1849. Escriban o Francisco Xavier Granados , F oli o 64 a 74. Un año má s tarde e n un n uevo testamento concedido solo por Eustasio M atute, n u estro riojano aparec e ya viu do , testamen to 20 de noviembre d e 1850. F olio 274. Escriba no Francisco Xavier Granados . 298 A.P .N .A. Leg a jo 352. Juan de Mata Pé rez otor gó testamento c er rad o . Fue abier to 28 de diciembre de 1852. La fecha d el testamento por m oti vos d e d eterioro d el papel apare ce incompleta. F olios 365 y ss . Escribano Francisco Xavier Granados . 103 población. Lo que sí es ci er to es que siendo natural de Vinieg ra de Aba jo , viajó ya maduro - había nacido en 1762- y soltero hacia A yamonte. Casto Garcí a a parece en 1801 adquiriendo unas casas “de morada, a ltas y bajas que llaman del Arco en la calle Re al de dicha ciudad” a J osé Quintana C eballos , por la cantidad de 6.774 reales 299 . Un año más tarde, su her mano Manuel García y su socio y paisano , J uan Mar tínez realiz an un conv enio de ar rendamiento de unas ca sas situadas en calle de A lmonte , con J ua n de Dios Bracamonte 300 . A los García no les irían mal los neg ocios , cuando inc luso , en la primera década del siglo también se establece en la ciudad ayamontina el primo de Casto y Manuel García, J uan de Mata Pérez. A medida que transcur re el siglo , nuev os famili ares se av ecindan. En 1820 falleció T eresa, he r mana de Casto , y en ese mismo año llegó también ha st a A ya monte un sobrino de C asto y de Manuel, hijo de T eresa García, Manue l T oresano García. Vino seguramente ar ropado por la compa ñía mercantil que ya poseía n sus tíos . Comenzó trabajando como aprendiz en el comercio de sus familia res . Hacia 1830 debió de conocer a Andrea, hija de Luis Rodr íguez y María Ger tr udis Domínguez. T ras su matrimonio , la pareja continuó residiendo en Ayamonte . T uvieron un único hijo , llamado Florencio 301 . Manuel T oresano con siguió ha cerse de un curioso patrimonio inmobiliario 302 , e incluso , allá por el año de 1852, for maría par te de la corporación munici pal ayamontina siendo regidor y estando encarg ado del área d e “alojamientos” y del cuid ado del aseo y de la limpie za de la población 303 . En 1856 llegó desde Vinieg ra María T or nero Mar tínez “la Castellana”, con 11 años de edad, hija de Fra ncisco T or nero T oresano , primo her mano de Manuel. Huérfana de 299 A.P .N .A. Le g ajo 314. Escritura de adjud icación d e unas ca sas Doña F eliciana Qu intana c omo a poderada de su her mano Do n Josef a fav or de Don Juan Garc ía Mar tínez y D on Cas to Ga rcía. 21 d e noviembre de 1801. F olio 212 r . E scribano Cristóbal d e la Cue sta y Moreno . 300 A.P .N .A. Leg ajo 314. Escritu ra de conv enio entre D on Manuel de Dios Brac amonte y Don Manuel García y Don J uan Mar tínez . 12 de ju nio de 1802. F olio 68 y ss . Escribano Dieg o Bolaños Mald onado . 301 Eladio García F er nánde z, Los T or esa no en Lepe: historia de una familia, E. García, 2003, pág . 23 y 24. P ar tida de Bautismo de Florencio . Libr o 24. F olio 168, Parroqu ia de las Angustias . 9 de noviembre de 1840. Fue su padrino Ma nuel Gar cía C añas y testig os Eu stasio Matute y J osé C astellano , sacristá n de dicha Iglesia P ar r oquial. El pár roco que lo bautizó era J osé María G onzález L andero . 302 Eladio García F er nández, Lo s T or esano en Le pe… , pá g . 23. Indica que, en 1850, contribu ye por v arias propiedades . Viv e e n el núme ro 3 de la calle Car r eto . Po seía varias casas ar rend adas , u na posada en la calle Mesones a r rendad a y también percibía rentas por un molino hariner o . Era d ueño d e algunas fa neg as d e tier ra junto al pueblo y d e cien ov eja s . Contribuyó a hacienda con un total de 3.746 reales d e v ellón. 303 Eladio García F er nández, Los T or esan o en Lepe…, págs . 23 y 24. 104 madre, primero en A ya monte y posterior mente en Lepe, se crió como una hi ja en casa de los T oresano 304 . P oco tiempo después de que Manuel T oresano ejerciera su actividad política, en 1859 , Manuel T oresano se trasladó a la ve ci na ciudad de Lepe, de donde era natural su esposa Andrea 305 . Un sobrino de J u a n de Mata Pérez, Anselmo Pérez T ovías a mediados del siglo , se encontraba residiendo en Ay amonte junto a sus familia res , tras haber estado viviendo temporalmente en Cádiz 306 . Fallecería años más tarde en la población ayamontina. Finalmente, también tenemos constancia de Baltasar T ovías Morón, primo a su v ez de Anselmo Pérez T ovías , con el que los her manos García Cañas constituirían una sociedad de fabricación de licores y de aguardientes . T ambién por los mismos años que lleg a ron a A ya monte , Casto y su her ma no Manue l García, arribaría a la ciudad su paisano J uan Martínez Alonso y Rubio . J uan Martínez era natural de Vinieg ra, en este caso de Arriba. Se guramente llegó acompañado de su sobrino Ber nabé P ar ra. En 1800, el jov en Ber nabé P ar ra M ar tínez se enc ontrab a ya en Ayamonte . Era hijo de María Mar tínez, vecina d e Viniegra, para entonces viuda. Seguramente vino a la ciudad para buscar fortuna y para hacerse de un “por venir” tras encontrarse huérfano de padre, acompañando a su tío 307 . P ara entonces , también se encontraba en la ciuda d de A yamonte, un prim o de J uan Mar tínez Alonso Rubi o , llamado P edro Láza ro Martínez. Natural de la villa de Vinieg ra de Ar riba, de estado soltero , era de pendiente y ca jero de la casa y tienda de mercería que en la ciudad de Ay a monte tenía J oaquín T omás de Mendoza. Allá por 1800 , había obtenido en ella con su trabajo personal, doce mil reale s de v ellón. E n su testamento nombraba como sus univ ersales herederos a sus her manos Dionisio y María Láza ro , v ecinos de la vill a de Vinieg ra de Ar riba. P edro Lázaro no era el único de su familia que había decidido emigrar al sur de la 304 Eladio García F er nández, Los T or esan o en Lepe… , pág . 25 . 305 Eladio García F er nández, Los T or esan o en Lepe…, pág . 26. 306 A.P .N .A. Leg a jo 352. Juan de Mata Pé rez otor gó testamento c er rad o . Fue abier to 28 de diciembre de 1852. La fecha de l testamento por motivo s de de terioro de l papel a parec e in c ompleta. F olios 362 y ss . Escribano J avier Granados . 307 A.P .N .A. Le g ajo 312, T estam ento d e Juan Mar tínez Alonso , Ayamonte , 15 de octubre de 1800. Escriba no Manuel Franco Braco . T ranscrito en Apé ndice d ocumental con el número 5 . 105 península, pues como él mismo indicaba, su sobrino , al que dejaba 300 pesos de 15 reales de v el lón, llamado P edro Delg ado , se encontraba en Sevilla 308 . Los her manos Ga rcía y Ju a n Mar tínez Alonso constituyeron una compañía comercial. En el a pogeo de su neg ocio , reci én crea da una familia, J uan enfer mó y dictó en 1807 ― como solía ser ha bitual entonces si los ing resos lo per mitían ― un de tallado testamento 309 . En la s cláusulas recordaba a los suyos . Dejó cantidades a sus s obrinos , los hijos d e sus her manas Casimira y María Mar tínez, vecinos de Vinieg ra, de los que ex imió a Ber nabé P a rra para entonces afincado en Ay amonte, a quie n dejó como tutor y administrador de su negoc io , junto con su esposa, en caso de que él faltase . J uan Mar tínez Alonso no debió tener una infancia demasiado desahogada. No procedería de una familia adinerada y a caudalada de Ca stilla. Sus her m anas rozaban la indig encia. A J uan Mar tínez le preocupaba mu cho la situación de su her m ana Casimira, v ecina de Vinieg ra, a la que llegaba a definir como viuda pobre, por lo qu e solicit aba que, tras su fallecimiento , sus albaceas la socor riesen. Además , J uan dispuso de cantidades para pobres necesitados , naturales y residentes de su villa natal, expresando públicamente que en el repa r to no se incluyesen sus parientes , pue s estos serían bene ficiados en otras cláusulas . Sin embarg o , a pesar de proceder de una familia humilde, J uan Mar tínez Alonso tuvo que tene r un elevado éxito en sus transacciones comerciales . Cuando contrajo matrimonio con la ayamontina T omasa de la Cr uz , aportó en el momento del enlac e, una c antidad superior a los 500.000 reale s de vellón 310 . P ara entonces , J ua n sería un hombre ataviado con eleg ancia. No le faltaron prenda s que diesen a conocer su solv enc ia y también su conocimiento en las mercancías textiles . Entre sus ropas y enseres se encontraban trajes , levitas , capas , calzones , pantalones , medias de seda y de alg odón, calceta s , camisas de “Bretaña y de estopilla”, ch alecos , pa ñuelos y pañoletas bordada s . La tienda est aba compuesta de estantes , cajas y cajones donde ser vían y v endían entre otros , todos estos productos . Sin embarg o , el destino hizo que falleciese temprano . Murió el 29 de diciembre de18 08. T ras su muerte, la Sociedad constituida con sus paisanos desapareció. El balance de l as dependenc ias 308 A.P .N .A. Leg ajo 312. T estamento de Don P edr o Lá zaro natura l de Viniegr a de Ar riba y vecino de esta ciudad . 16 octubre de 1800. S in folio . Escriban o Manuel Francisco Braco . 309 A.P .N .A. Le g ajo 321. Escrib ano Xavier Gra nados . T estam ento de J ua n Mar tínez Alons o otorg ado e n A ya monte, a 29 de d iciembre de 1807. F olios 280 y ss . T ra nscri to en Apéndice d ocumental con el núme ro 8. 310 A.P .N .A. Le g ajo 321. Escrib ano Xavier Gra nados . T estam ento de J ua n Mar tínez Alons o otorg ado en A ya monte, a 29 de d iciembre de 1807, folio 288 r. T ranscrito e n Apéndice docu mental con el númer o 8. 1 12 F er rera, v ecino de la villa de la Higuerita 322 . Se asociaron para la compra, elaboración y venta de sardinas y atún en la población de la Hig uerita y sus playas . P ara la salazón del pescado utilizarían el almacén que per tenecía a F eliciano , su madre y her manos . F er rera se oblig aba a tener dicho almacén equipado con chancas y demás utensilios de uso y costumbre para la elaboración de la salazón. A cambio , la sociedad se comprometía a paga r la ca ntidad de 1500 reales anuales en conce pto de a rrenda miento . F eliciano F er rera sería el encarg ado de las compras y elaboración del pescado ha sta ponerlos en pipas o ca scos para que fuesen remitidos pa ra su venta a otras pla zas . Mientras , l as remisiones a las diferentes plaza s serían desempeñadas por los “García Her manos y primo” y las marca s en l as merca durías , co nocimientos y contratas cor rerían también a nombre de los García. F er rera además del local, por el que recibiría una cantidad anual, pondría también su trabajo . Mientras , los Her manos García y el primo de estos , c oncederían los fondos necesarios para el neg ocio , los cuales no se deter minaron y fueron los que estimaron por conv enientes , según las ocasiones . Finalmente, las utilidades netas que resultaron de esta neg ociaci ón , después de pag ar el ar rendamiento del alma cén y todos los demás g astos qu e oc asiona ron en las elaboraciones , remisiones y ventas , fueron re par tidas , tres cuar tas par te s para los antes dichos “Garcías her manos y primo” y la cuar ta restante para F er rera, en razón de encarga do , e interesado . Las pérdid as fueron re par tibles bajo la misma cua lidad y sistema que las utilidades . T ambién en ese mismo año de 1813, de for ma individual, Casto regularizaba la compañía que tenía junto a Dieg o González. Esta sociedad fue constituida por su padre político , Francisco Domínguez, y heredada tras su m ue r te en 1800 por su esposa, J o sefa Domínguez. Dich a C ompañía disponía de una fábrica de espartería y almacenes de otras elaboraciones y especies . La compa ñía había continuado en los mismos tér minos y condiciones que ha bía principiado el difunto Francisco 323 . Con el fin de continuarla y a clarar sus cuentas , en 1813, otorg an escritura. En esta ocasión, la fábrica de espar tería y almacenes “de esta y otras especies” era manejada por Dieg o González. Casto contribuiría con los fondos que se necesitasen para el adecuado manejo . Las pérdidas y g anancias serían por cuenta y mitad. 322 A.P .N .A. Leg ajo 32 5. Escritu ra de con v e nio Don C asto y Don Manuel Ga rcía D on J uan de Mata Pé rez y Compañía c on D on F eliciano F er rera v ecino d e la Higue rita, ecribano Francisco Xavier Granad os , A ya monte, 7 de julio 1813. F olio 49 r- 50 v . 323 A.P .N .A. Leg a jo 325. Escriba no Francisco Xa vier Granad os , Ayamonte , 19 de ag os to de 1813, folio 56 v . 1 13 P arece ser que el neg ocio de la sala zón no les iría nada mal cuando unos años más tarde, en 1817, la C ompañía “Her manos García y Primo” vuelve a asociarse con un n uev o v ec ino de La Higuerita, Pereg rín Virella. Natural del principado de Cataluña, comi enz a v endi éndoles su a lmacén con todos los útiles en 30.240 rea les de v el lón 324 . Unos días más tarde, el 27 de se ptiembre 325 , el almacén ya propiedad de los her manos García, quedaría bajo el cuida do y el encarg o de P ereg rín, quien a su vez se ocuparía del mane jo , de las compras y del emba rque del pescado . P ara ello , P ereg rín usaría las 87 botas chanqueras y demás utensilios del almacén. En las utilidades obte nidas en dicha neg ociación, la sociedad destinaría mil y quinientos reales de vellón para el ar rendamiento del local. Como solía ser habitual, las ex pediciones de pesquerías irían acompaña das con la Marca de dic hos señores García Her manos y primo . Al marg en de la fabricación de salazón, la compa ñía seguiría teniendo tienda abie rta y dedicándose a la comercialización, exportac ión e importación de diferentes productos . M IGUEL L ERDO DE T EJ AD A Y F R A NCI SCO DEL M OLI NO . “M OLINO L ER DO Y C OMP AÑÍA ” P or entonces otra C ompañía comercial funcionaba en la ciu dad de A yamonte , bajo la dirección de los ―también riojanos― Miguel Lerdo de T ejada y Francisco del Molino . Y a en 1803, Miguel Lerdo de T ejada 326 era vecino y comerciante de la ciudad de Ay amonte . En los primeros años del siglo XIX, apa recía como re presentante de foráneos , v el ando por sus intereses . E n 1804, Miguel de T eja da actua ba como apoderado de J oaquín Mendoza, v ecino de Cádiz, pa ra la v enta de un solar situado al sitio de la Bar ranca a Doming o A lonso J urado 327 . Será también en ese mismo año , cuando Migue l Lerdo de T ej ada y Francisco de l Molino aparezcan como socios , alentados en sus neg ocios por el v ecino ayamontino , Manuel Gómez. En ese año Manuel Gómez, les v endi ó unas casas ba jas situadas en la ca lle T rinidad, lindantes 324 A.P .N .A. Le g ajo 327. Escrib ano Francisco Xavier Gr a nados , A yam onte, 23 de se ptiembre de 1817, folio 74 v . 325 A.P .N .A. Le g ajo 327. Escrib ano Francisco Xavier Granado s , A ya monte, 27 d e se ptiembre de 1817, folio 82. 326 A.P .N .A. L eg ajo 317. Escribano Dieg o Bolaño s , 27 de enero de 1803, folio 2. P oder concedid o a Miguel Lerdo d e T ejada por Manuel Mar tínez, v ecino d e Villanueba en el reino de P or tug al. 327 A.P .N .A. Leg a jo 318. Escriba no Francisco J avier Granad o . Escritur a de 5 de mayo de 1804, f olio 65. Según indica la e scritura, sin embarg o el pode r fu e concedid o en A yamonte a 9 de ju nio de 1802. 1 14 al sur con la calle Zamora 328 . P osterior mente, el mismo Manuel Gómez, concedió a ambos socios y comercia ntes un préstamo g racioso de 20.000 reales de v ellón que los dos riojanos dev olverían a los dos años siguientes 329 . Sin embarg o , no fue la única ca ntidad prestada por Manuel Gómez. En 1806 volvió a prestarles 6000 reales de vellón, ca ntidad que fue devuelta al año próximo 330 . Sin emba rg o , Miguel Lerdo de T eja da no tendría muc ha for tuna. El 3 de may o de 1808 concedió testamento ante el escribano Dieg o Bolaños 331 . Con tan sólo treinta años de ed ad estaba enfer mo y postr a do en cama. Como él mismo señalaba tenía una enfer medad corporal “que su Dios se ha bía ser vido reg ala rle” q ue no le per mitía i ncorporarse y desar rollar su trabajo . P ara entonc es se encontraba viudo de la ayamontina María Dolores Feria. Sin herederos directos , leg aba una ca ntidad a su criada sir vie nta llamada Clara Mar tín, y por causas que se reser v aba perdonaba a la ayamontina Sebastiana Camacho la ca ntidad de quinientos reales que para entonces le adeudaba. Vie ndo próximo su final , señalaba cómo inv er tir par te de las g ana ncias obtenidas en la Compañía que había constituido con su paisano . A unque la Soc iedad estaba confor mada con Francisco del Molino , para entonces su her mano Manuel Lerdo de T eja da ya se encontraba en la ciudad de A yamonte . A él le dejaría g ran par te de su fo r tuna. Como Miguel indicaba en su testamento , “mejoro en el tercio y remanente del quinto a mi her mano Man uel Lerdo de T exada, v ecino de esta ciuda d, para descarg o de mi conciencia por ser así mi v oluntad” 332 . En este caso , dejaría para su her mano , el remanente o lo sobrante de 1/5 de su capital que d estinó para gastos de entier ro , funeral y le gados píos , y 1/3 de las 4/5 par tes restantes . Aunque las nor mas reseñaban la herencia a sus legítimos 328 A.P .N .A. Le g ajo 317. Escribano Dieg o Bo laños Maldonad o , 18 de septiembre de 1804, folio 134: escritura de v enta que otorga Don Manuel Gómez a fav or de Don Francisco del Molino y Don Miguel L erdo d e T ejada. 329 A.P .N .A. Leg ajo 317. Escribano Dieg o Bola ños Mald ona do . Escritura de préstamo g ra cioso que hac e Manuel Gómez a Don Francisco del Molino y Miguel Ler do de T eja da por ter mino de siete años . 22 de septiem bre de 1804 (folio 138). De v oluc ión d el préstamo en Le g ajo 320, e scritura 26 de septiembre de 1806, ante el escr ibano Dieg o Bolaño s (folio 24). 330 A.P .N .A. Leg ajo 320. Escritu ra de 1 de marzo de 1806. Escriban o Dieg o B olaños , foli o 28. Escritura de 4 de mar zo de 1807. Escribano Dieg o Bol añ os , folio 20. 331 A.P .N .A. L eg ajo 321. T es tamento de Don Miguel Ler do de T ejada, del c omercio de esta ciu dad y vecino de ella. A ya monte , 3 de mayo de 1808. Escriban o Dieg o Bolañ os y Maldonad o , folio 39. T ra nscrito en Apéndice d ocumental con el n úmero 9. 332 A.P .N .A. L eg ajo 321, T es tamento de Don Miguel Ler do de T ejada, del c omercio de esta ciu dad y vecino de ella. A y amonte , 3 de may o d e 1808. Escriban o Die g o Bolañ os y Maldo nado , f olio 40 v . T ranscrito en Apéndice d ocumental con el n úmero 9 . 1 15 herederos , en esta ocasión Miguel , aprov echando estas her ramientas jurídica s , benefició a su her mano y ve cino para entonces de A yamonte, Ma nuel Bernabé Lerdo de T ejada 333 . Mientras , su socio , F rancisco del Molino hacía dos años que había contraído matrimonio . La pérdida de Miguel no supondría para él demasia do descalabro . Su esposa apor tó a ntes y después del enlace, un impor tante capita l. T ras el compromiso , numerosas propiedades per tenecientes en su mayor par te a la herenci a recibida por su mujer fueron v endi das . El matrimonio se desprendió de numerosos bienes situados en la calle de Lepe, lindantes al río y retirados del centro urbano de la ciudad. En 1810 y 1811, ante el escribano Dieg o Bolaños , la pa reja vendió cuatro inmuebles . El primero , situado en la calle Lepe “c on puer t a falsa al estero del Molinito” en octubre de 1810 a Francisco de la F eria, valorado en 1.100 reales de vellón 334 . Unos días más tarde, el 3 d e noviembre, también tras pasó una casa baja situada en la calle Lepe en 2.750 reales a fa vor de María Aguilera 335 y una casa ba ja “cesoria” por la cantidad de 1.100 reale s a Antonio Muníz 336 . Dos día s más tarde, el 5 de noviembre continuó v endiendo propieda des . E n esta oc asión, ese mismo día otorgó escritura de v enta de una casa baja también en la ca lle de Lepe por el prec io de 2.200 reales de v ellón a Andrés J urat 337 . El año 1811 se inic iaba con una n uev a venta . El 7 de ene ro , el matrimonio volvía a enajenar una de sus propiedades . En esta ocasión, era una casa también situada en la ca lle de Lepe, con puer ta falsa a la calle de los P er ros , vendida en 3.300 reale s de vellón a Manu el R odríguez 338 . Sin embarg o , la v enta más impor tante fue la realizada a Antonio Matos . E n 1814 333 P aloma F er nández Pérez, El r ostr o familiar de la metrópoli. Redes de P a r entesco y laz os merca ntiles en Cádiz, 1700 - 1812. Madrid : Siglo XXI de España, 1997, pág . 220. 334 A.P .N .A. Le g ajo 324. V enta que otorg a Don Francisco del Moli no y Doña María J osef a Núñez a fav or d e Francisco de la F eria v ecino de e sta ciu dad. 13 de octubre de 1810 . Escriban o Dieg o B olaños Mald onado , folio 52. 335 A.P .N .A. Le g ajo 324. V enta qu e otorg a Don Francisco del Molino y su mujer a fav or d e María Aguilera de esta v ecindad . A y amonte, 3 de no vie mbre d e 1810. Escribano Dieg o Bolaños Maldo nado , folio 61. 336 A.P .N .A. Le g ajo 324. V e nta q ue otorg a D on Francisco d el Molino y Doña María Josefa Núñez v ec inos d e esta ciudad a fav or d e Antonio Muniz, 3 de no viembre d e 1810. Escrib a no Dieg o Bolaños M aldonado , fo lio 63. 337 A.P .N .A. Leg ajo 324. V enta que otorg a Don Francisco de l Molino y su mujer Doña María J osefa Núñez a fav or de Andrés Jurat, 5 de noviembre de 1810. Escribano Dieg o B olaños Maldo nado , f olio 65. 338 A.P .N .A. Leg ajo 324. V enta que otorg a Don Francisco d el Molino y su esposa Do ña María J osefa Núñez a fav or de Manuel R odrígue z, 7 de enero d e 1811. Escribano Dieg o Bolaños Maldo nado , f olio 4. 1 16 el matrimonio se despr endió de v arias propiedades situadas en el tér mino de la R edondela dedicadas a la plantación y a la elaboración vitícola 339 . Entre ellas se encuentran: “ - Una viña en el camino de la villa de Lepe al s itio nombr ado del Grafin o , compuesta de v einte y tres mil, y mas zepas , que linda por lev ante con tier ras y viña de Man uel Or tiz; por el su r con tier ras de las Mendie tas por Don Antoni o Domínguez : - Ottra viña al sittio de las Ber nardas compues ta de s iete millares de zepas y linda por el nor te con otras de Don Ant onio R osello; por lev antte con viñas de Don Luis Carlie r; y por ponientte, c on ottras de Ana Cr usada: - Una Casa con Lag ares , Bodeg a, calderas de Aguardiente y ar rope, situada en la villa de la R edonde la y calle de S anta María, lindando por P oniente con otra de M aría del Car men, por lev ante con el ca llejón que v a a la Iglesia: - Ottra casa c on dos lagares y útiles; - Una bodeg a con ttodas las basijas que contiene, y demá s efectos útiles de ella, en la misma villa y linda por poniente con bodeg a de Don J uan F alo; y por lev ante con c asa de la P edrotta en la ca lle llamada la Manc ha; cuyos bienes hemo s como nuestros p r opios en la e xpresada villa de la Re dondela y su tér mino como heredados por los fallecimie ntos de Don Franc isco León Domínguez y Don F ernando Núñez, Abuelo y padre de la Doña María J osefa Núñez otorg ante ... ”. T odas el las fueron compra das en 100.000 reales de vellón. P ara entonces , la familia del Molino tenía su residencia en la calle Santísima T rinidad. Mientras vendían mucha de sus propiedades , el matrimonio iba adquiriendo otras nuev as . Deseando ampliar sus ha bitacio nes fueron comprando inmu ebl es ane x os a su ca sa en esa misma vía. En 1814, adquirieron a Dieg o González una casa baja que linda ba por el nor te con la ca lle Mesones y por el sur con una “callejuela tapada que llaman de T av er nas” 340 . La vivi enda adquirida tenía ser vidumbre con la que hasta entonc es era la residencia del ahora comprador, Francisco del Molino . El nuev o inmueble fue adqui rido por 26.500 rea les de vellón. Queriendo ampliar s us propiedades situadas en esta calle de la Santísima T rinidad, en 1815 vol vió a adquirir una nuev a casa. En esta ocasión se trataba de una “c asa alta compuesta de z aguán, recibidor , sala principal, 339 A.P .N .A. Leg ajo 326. Escritura de venta de v arios bienes ra íces y otros efectos , Don Francisco del Molino y Doña María Josefa Núñez su mujer a Antonio Matos , u nos y otr os vecinos de esta ciud ad, escribano Francisco Xavier Granados , A y amonte, 4 de abril de 1814, folios 55 r - 57 v . 340 A.P .N .A. Le g ajo 326. Escritura venta una casa baja calle d e la T rinidad, Dieg o G onzález a Francisco del Molino , ambos de esta vecindad, A ya monte , 9 de ma rzo de 1814. Escribano Francisco X avier Granados , folios 43 r- 44 v . 1 17 g abinete, alcoba de dor mir , cocina y demás oficinas ,…lindaba con casas del comprador y con calleja que fue de ta v ernas” 341 . Fue adquirida en 16.500 reales de v ellón al v ec ino J uan F er nández Sierra. No cabe duda que el matrimonio estaba ampliando sus instalaci ones y habitaciones en esa calle, residencia de muc ho de los riojanos in stalados en la ciudad. En 1816, v endieron una lonja situada en la calle Lepe por 1.00 0 reales . Lo interesante de esta v enta es que en la escritura se detalla que la cantidad por la que la vendi eron iba a ser vir pa r a ayudar a comprar y pag a r la posesión que el matrimonio , compuesto por F rancisco del Molino y J osefa Núñez, había adquirido recientemente para su morada en la ca lle T rinidad y Mesones 342 . No fueron la s únicas compras realiz adas en e sta calle también conocida por el nombre de Sardineros . En 1825, el 29 de marzo 343 , Francisco del Molino adquiere a Man uel Gonz ález y a María J osefa Blanco González una casa alta que hacía esquina con la Plaza de la Riv era a donde tenía un ba lcón. El precio del inmueble fue estipulado en 10.000 reales de vellón. En ese mismo día también, compró a Manu el Blanco y María Dubrit 344 , dos cuartas par tes de casa, con alto y bajo situada en la misma ca lle T rinidad, cuyas habitaciones también estaban contiguas a las que el propio F rancisco del Molino poseía. El precio estipulado fue de 2.000 reales . E l matrimonio pasaba a ser propietario de e se nuev o inmuebl e para incorporarlo a su vivienda. Francis co de l Molino había vendido la par te que le cor respondió de la a ntigu a propiedad que ha bía adquirido con su antiguo socio Miguel Lerdo de T ejada , durante los primeros años del siglo . El compra dor f ue Manuel Lerdo de T ejada 345 . Hemos de imagin ar que Manuel con esta compr a incor poraba la mitad de esa propiedad a la que para entonc es habría heredado de su her mano Miguel y que Francisco , por la s escritura s y documentos obser v a dos , trasladaba su domicilio familia r a una n uev a propiedad situada en la misma vía. En el ter reno profesional F rancisco del Molino continuó ha sta su muerte, oc ur rida en la década de los treinta, dedicándose a las actividad es comerciales junto a su nuevo socio , su 341 A.P .N .A. Le g ajo 326. V enta Juan F er nánde z Sier r a a Franci sco del Molino . A ya monte, 14 de no viembre d e 1815. Escribano Francisco Xavier Gra nados , folio 98. 342 A.P .N .A. Leg a jo 326. Escriba no Dieg o Bola ños , 17 de fe brero de 1816, folio 29. 343 A.P .N .A. Leg ajo 331. V enta de ca sa Manuel González y Doña Ma ría J osefa Blanco a Don Francisco del Molino , Escribano Francisco X avier Granados , 29 de marzo de 1825, folio 91. 344 A.P .N .A. Leg ajo 331. V enta de ca sa Manuel González y Doña María J osefa Blanco a Don Francisco d el Molino , Escribano Francisco X avier Gr anados , 29 de marzo de 1825, folio 93. 345 A.P .N .A. Leg a jo 325. Escriba no Dieg o Bola ños , 15 de ma rzo de 1814, folio 15. 1 18 paisano Manuel Ber na bé Lerdo de T ejada. T ras el falle cimiento de Francisc o , Manuel Lerdo de T ejada continuó un tiempo con la viuda del Molino . P osterior mente, ambas familias caminarían por se parado . A unque F rancisco del Molino fue socio de Man uel Lerdo de T ejada, tendrí a neg ocios y otras p ropiedades con otros vecinos de la ci udad. Con su también paisa no Casto García tuv o una a tarazana situada en la calle de Le pe, lindante por el sur con la ca lle J uan F er nánde z que unos años después v endió a l presbítero F rancisco Sá enz 346 por 8.000 reales de v ellón. De la actividad comercia l de sarrolla da por Manuel Lerdo de T eja da tenemos escasos datos . De sus propiedades , hay que señalar que en 1818 tenía la Ca sa tienda de su comercio , situada en la calle d e la T rinidad y de Zamora, y una ca sa en la Plaza de la L aguna 347 . Manuel no solo se dedicaría a las actividades mercantiles , sino que como solía ser habitual, en ocasiones , se dedicaba a conceder préstamos a particula res , e incluso a custodiar depósitos monetarios que les apor t arían pingüe s bene ficios . Ramona de Ri vero , esposa del sarg ento may or de esta plaza y teniente corone l de los R eales E jércitos , le entregó la cantidad de v einte mil reale s en plata y oro , per tenecientes a su dote , pa ra que los custodiase . Manuel estaba oblig ado a devolv erlos en el transcurso de dos años 348 . En ese mismo año de 181 8, Manuel Lerdo de T ejada prestó la ca ntidad de 2.3 86 reales de v ellón, al ve ci no Man uel Raim undo de profesi ón cordele ro para que comprase una casa atarazana con obrador para ejerce r su profesión, situada en calle R eal, lindando a l ponie nte con el muell e donde “vate las aguas del Guadiana”. En esta ocasión, como solía ser ha bitual el beneficiario del préstamo tendría la oblig ación de dev olver el ca pital prestado y los intereses acordados . En ca so de no cumplir con lo señalado , respondería del préstamo con su propia casa 349 . MATRIMONIOS CELEBRADOS POR LOS ORIUNDOS DE LA RIOJ A 346 A.P .N .A. L eg ajo 331. Escritura de venta Don Francisco del Molino y Don C asto Gar cía a Don Francisco Sáenz, A ya monte, 11 de ma rzo de 1925.Escribano Francisco Xavier Granad os , foli o 73. 347 A.P .N .A. Le g ajo 328. Escritur a de obliga ción que otorg a D on Manuel de T ejada a favo r de Doña Ramo na de Riv ero y la R osa, mujer de Don Eliseo Pé rez v ecin o d e e sta ciuda d y sargento mayor e n e lla y 20.000 reales , Ayamonte, 7 de febrero de 1818. Escriban o Dieg o Bola ños , folio 37 r - 38 v . 348 A.P .N .A. Le g ajo 328. Escrit ura de Escritura d e oblig ación que otorga Do n Manuel de T e jada a fav or d e Doña Ramona de Riv ero y la Ro sa, mujer de Don El i seo Pé re z v ecino de esta ciudad y sarg ento mayor en ella y 20.000 reales , 7 d e febrero de 1818. Escribano Dieg o Bolaños , foli o 37. 349 A.P .N .A. Leg a jo 325. Escritura de 8 de abril de 1818. Escribano Dieg o Bolaños , f olio 105. 1 19 P aralelamente al desar rollo de sus actividades mercantiles nu estros protag onistas , oriundos de la Rioja, no t uvieron dema siados inconv enientes pa ra contraer matrimonios con ayamontinas o con m ujeres procedentes de las loc alidades vecinas , la m a yoría per tene cientes a familias solv entes . Resulta curioso v er la faci lidad con la que nuestros protag onistas contraían enlaces , en la mayoría de los casos , ventajos os . Sus profesiones comerciales les facilitarían esos contactos , de suerte que sus futura s esposas procedían tam bién de familia s relacionadas con el m undo de los neg ocios y con las acti vidades mercant iles . Sus nuev os sueg ros traficarían con ce reales , espar to , vinos y otros productos . Sus nuev as familias políticas , con las n upcias concederían mediante unas cua ntios as dotes , estabilidad e inc luso solidez económica a sus neg ocios y compañías . Las esposas de Ca sto García y de F rancisco del Molino eran parientas . J osefa de León Domínguez, mujer de Casto , era tía de María J osefa Núñez, cónyug e de l también riojano Francis co del Molino . Ambas procedían de una familia a caudalada y muy relacionada con la explotación y producción vitíc ola en la v ecina vill a de la R edondela, J osefa de León Domínguez era hija del matrimonio compuesto por Francisco León Domínguez y María F er nández . El matrimonio únicamente procreó dos hijas , a las que pusieron por nombre Leonor y J o sefa. En 1796 350 , año en el que la pareja compuesta por Francisco León y María F er nández concedió testamento , su hija J osefa Domíngue z se encontraba residiendo en la casa de sus padres , tras haber enviudado de Antonio Matos , con el que había tenido dos hijos , J osé y Antonio . Uno de ellos , J osé de Matos , será el ca pellán o administrador de la ca pellanía fundada por sus abuel os Francisco de León y María F er nández en la par roquial de Ntra. Sra. de las Angustias 351 . “Hemos tenido y tenemos en nuestra ca sa y compañía a nuestra hija Doña J os efa Domínguez viuda de Don J osef Matos , con sus dos menores hijos J osef y Antonio la qual nos ha estado y contin ua asistiendo sir viendono s y aun ayudandonos a adelantar y concer var el caudal tenido en todo ello el may or esmero , y espec ialmente en la asi stencia de nuest ras enfer medades , aseo y limpiezas de nue stras personas , y casa escusando con este motiv o una criada y criado sin otro interés que el amor que nos tiene y hav erles dado la comida por lo que 350 A.P .N .A. Leg ajo 314 . Inser to en “Cuenta, división y par tición de los bie nes y dinero s q ue qued ó por fi n y muer te de Don Francisco León Domíngue z y Doña María F er nández su mujer entre su hija y nieta Doña J osefa Domíngue z y d oña Ma ría J osefa Núñez” . Se encuentra el testamento otorg ado por el matrimonio . A ya monte, 16 d e junio de 179 6, ante el escribano A ntonio Rodríguez Franco y Delg ado . I ncor porado en el protocolo de l escribano Dieg o Bolaños de 1801, foli os 131 – 154. 351 A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición d e los bienes y dineros que quedó por fin y muer te de Don Francisco León D omíng uez y Doña María F er nánde z su mujer entre su hija y nieta Doña J osefa Domínguez y doña María J osefa Núñez”, f olio 138 v . Se encuentra el testame nto otorg ad o por el matrimonio . Ayamonte, 16 de junio de 1796. Cláu sula 18 del c itado testamento . 120 desde luego le haremos gracia y donación remuneratoria de ella, y queremos que no s e l e impute este g asto en pag o de su legítima, ni por otro algún ter mino , pues caso necesario lo que fuere e impor tare se lo leg amos en uso de las facultades que el derecho nos per mite respecto a lo g r ueso y balio s o de nuestro caudal y a que la referida se ha ayudado con barias agencias y con lo que le pr oduce la capellanía que desfr utta su hijo J osef por ser así nuestra v oluntad” 352 . Quizás debido al cuidado y a la asistencia concedida por su hija fue por lo que sus prog enitores la beneficiaron. “Mejoramos a n uestra hija doña J osefa Domínguez viuda de Don J osef Matos por una v ez en la calidad de c iento diez y s eis mil r eales de v ellón de los que nos tocan y per tenecen en el tercio y remanente del quinto de nuest ro caudal, cu ya canti dad se le ha de dar y pagar en los bienes y efec tos que expre samente le señal amos y son lo s siguientes 353 . P ara lle v a r a cabo la mejora, señalaron a lgunos bienes entre los que se enc ontraba la casa familiar , “una casa principal que es la de nues tr a habitac ión inclusa la de la Bodeg a y demas oficina s que auna y otra cor respondan y lindan a unas casas de D oña T omasa P erez y hasen esquina a la calle de San Antonio” 354 (… ) “Con cuyos referidos bienes se le den y paguen la insinuada mejora” 355 . Mientras , la otra hija, Leonor , para entonc es ya había fallecido . Sin embargo , de su matrimonio con F er nando Núñez dejó una hija llamada María J osefa, que casaría años más tarde con el riojano F rancisco de l Molino . A falta de su madre, María J osefa Núñez serí a tenida en cuenta en las particion es y herencia procedente de sus abuelos mate r nos . 352 A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición de los bienes y dineros que quedó por fin y muer te de Don Francisco León D omíng uez y Doña María F er nánde z su mujer entre su hija y nie ta Doña J osefa Domínguez y doña Mar ía J osefa Núñez”, Se encuentra e l testamento otorg ado por el matrim onio . A yamo nte, 16 de ju nio de 1796. folio 138 r . Clá usula 18. 353 A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición de los bienes y dineros que qued ó por fin y muer te d e Don Francisco León D omíng uez y Doña María F er nánde z su mujer entre su hija y nieta Doña J osefa Domínguez y doña Mar ía J osefa Núñez”. Se encuentra e l testamento otorg ado por el matrim onio . A yamo nte, 16 de ju nio de 1796. folio 138 v y 1 39 r . C láusula 20. 354 A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición de los bienes y dineros que quedó por fin y muer te de Don Francisco León D omíng uez y Doña María F er nánde z su mujer entre su hija y nieta Doña J osefa Domínguez y doña Mar ía J osefa Nú ñez”. Se encuentra e l testamento ot org ado por el matrim onio . Ayamonte, 16 de ju nio de 1796. F olio 139 v y 140 r, cláusula 26. 355 A.P .N .A. L eg ajo 314, “Cuenta, d ivisió n y par tición de los bienes y dineros que quedó por fin y muer te de Don Francisco León Domí nguez y Doña Mar ía F er nández su mujer entre su hija y nieta Doña J o sefa Domínguez y doña Mar ía J osefa Núñez”. Se encuentra e l testamento otorg ado por el matrim onio . A yamo nte, 16 de ju nio de 1796. folio 140 r, cláusula 28 del te stamento . 121 El domicilio Domínguez F er nández se situaba en la calle Lepe , haciendo esquina y lindando por el poniente con la ca lle Sa n Antonio . Sin embarg o , muc has de sus otras propiedades estaban ubicadas en la también céntrica calle Zamora, donde incluso lle g aron a constr uir a lguna que otra vivienda. El matrimonio fue propietario de más de cincuenta bienes entre los que se encontraba n casas , lonja s , lag ares , bodeg a s y fincas 356 . Algunas d e su s propiedades ser vían de espartería e inc luso de taberna. La ma yoría de las lonjas , dispuestas en la calle de Lepe, dando sus espaldas al por entonces insalubre y húmedo estero , estaban ar rendadas a traficantes y comerciantes como el v ecino de Ay amonte , Antonio Bor reguero . Además de ser propietario de num erosos inmueble s urbanos , el matrimonio también era dueño de varias suer tes de tie r ras , y de cinco fincas situada s en el tér mino de La R edondela. Las suer tes de tier ras ubic adas la may oría en el tér min o de Ayamonte , se encontraban al sitio de l Callejón, en Fuente Santa o en el Cercadito que se hallaba contiguo a la calle Le pe. La m ayoría estaban culti v a das de higueras , producto destinado e n su may oría a la expor tación. Las fincas ubicadas en el t ér mino próximo de La R edondela estuvieron sembradas de numerosas viña s , por lo que sus cul tiv os elevaban su valor . Entre ella s estaba la Viña nombrada la T arazana o Grafino , compuesta de 18.488 ce pas . Cada sepa estaba valorad a en dos reales de v ellón, por lo que la finca fue tasada por los pe ritos en 36.977 reales de v el lón 357 . E n la misma Redondela estaban dos fincas más , tambié n cul tiv ada s de viña s . Ambas se encontraban al sitio de la s Ber nardas . Una, compuesta de 3.797 cepa s al precio de tres reales ca da una, había perteneci do al estanquero de Le pe, y otra que fue de J uan J usto tenía cultiv adas 2.748 ce pas 358 . Al marg en, tambi én eran propietarios de dos faneg as de tier ra 356 A. P .N .A. L eg ajo 314. Incor porado en el protocolo d el escribano Dieg o Bolañ os . Inv entar io , aprec ios , cuenta, división, liquida ción y partición a lo s bie nes y c audal que qued aron por la fin y muer te de Don Francisco León Domínguez y Doña María F er nánde z, marid o y mujer, v ecinos que fue ron de esta ciudad que hacemos nos los albac eas de los re feridos en fuerza d el nombramie nto y facultad es que se nos c onfieren por el testamento qu e de mancomún otorg aro n los expresados en diez y seis d e junio de mil setecientos no venta y seis qu e para los efectos que sean c onducentes , y c oncier nan al mejor ar reglo de esta par tición ponem os su copia autorizada por c abeza a e lla; respecto haber falle cido bajo de d icha disposición sin q ue c onste haberse rebocado en tod o ni e n par te y con concur rencia de los legítimos her ederos nombrad os en él y por el q ue no su padre como tutor y c urador en r epre sentación d e su hija se da principio a su inv e ntario y demás en la for ma siguiente. 30 de marzo de 1801 . F olios 155. 357 A.P .N .A. Leg ajo 314 . Incor porado en el protoc olo d el escr ibano Die g o Bolañ os . Inv entario , aprecio s , cuenta, división, liquida ción y partición a lo s bie nes y c audal que qued aron por la fin y muer te de Don Francisco Le ón D omínguez y Doña María F er nández, marid o y mujer , vecino s que fue ron de e sta c iudad. Número 47 d el inv entari o , folio 158 r . 358 A.P .N .A. Lega jo 314. Incor porad o e n e l protocolo del escribano Die g o Bolaños . I nv e ntario , apre cios , cuenta, división, liquida ción y partición a lo s bie nes y c audal que qued aron por la fin y muer te de Don Francisco Le ón D omínguez y Doña María F er nández, marid o y mujer , vecinos q ue fueron de e sta ciu dad, número 48 y 49, f olio 158 r y v . 128 Fir ma de J uan Mar tínez Alons o, inco r porada en su testament o otorg ado el 29 de di c iembr e de 1807 (A.P .N .A. Legajo 321) Finalmente, Manu el Berna bé Lerdo de T ejada y Sáenz contrajo matrimonio con María Dolores Obando F er nández 382 , natural de la R edondela, hija de Juan J usto Obando y de J osefa F er nández . Al tiempo de su unión, Manuel apor tó 90.000 rea les de v ellón, “poco más o menos en plata, efectos y deuda s de la tienda del merca der que en aquel tiempo tenía en Compañía del difunto Don Francisco del Molino” 383 . De ntro de esa ca ntidad estaba incluido el v alor de una ca sa en la Ca lle T rinidad y el de otro inmueble situado en la Plaza de la Laguna. La vivienda situada en la calle T rinidad, a la cual el nuev o matrimonio lev antó un segundo piso , sería la vivienda famili ar y donde, ya en la década de los setenta, María Dolores Obando , viuda desde 1854, contin uaba vi viendo . María Dolores Obando apor tó a l matrimonio la cantidad de 32.000 reales de v ellón 384 . Como se puede apreciar , muc ha s de la s familias con las que empa renta ron los inmig rantes riojanos o eran naturales o tenían bienes en el tér mino y villa de la Redondela, 382 A.P .N .A. Le g ajo 421. Escrib ano Enrique Nieto Carlier . T estame nto d e Marí a Dolores Oba ndo F e r nández, 14 de ju lio de 1877, folio 794. Manuel Ber nabé L erdo de T ejada, su esposo , fa llecería en el año 1854. 383 A.P .N .A. Leg ajo 335. T estamento de Man uel B . de T ejada y de su m ujer María Dolores Obando . A ya monte, 19 may o de 1832. Escribano Francisco J avier Granad os . F olio 99 r y v . 384 A.P .N .A. Leg ajo 335, T estamento de Man uel B . de T ejada y de su m ujer María Dolores Obando . A ya monte, 19 may o de 1832. Escribano Francisco J avier Granados . folio 100 v . 129 donde ―a diferencia de A ya monte― ex istía un ter reno más próspero para la ag ricultura y pa ra el cultiv o de viñas y de higueras . Durante el primer cuar to de siglo , en los docu mentos aparece frecuentemente el tér mino de g remio de cosecheros , confor mado por varios individuos dedica dos a la explotación y expor tación de la vid, producto muy comercializado en décadas y centurias anteriores . Con el paso de los años , esas antiguas producciones serán sustituidas por nuev os neg ocios . Los de scendientes de es os antiguos cosecheros , en consecuenc ia, irán dedicándose poco a poco a nuev as acti vida des e industrias relaci onadas con la transfor mación de la pesca. Incluso , per tene cientes a una el ite social merca ntil, prestamista y propietaria, come nzarán a emparentar con miembros de familias dedicadas a la salazón y tr ansfor mación del pescado que, a finales de la centuri a y comienzos de la próxima, confor marán la nuev a elite e c onómica, social y política de la ciudad. 130 131 Capítulo IV . A Y AMONTE DURANTE EL REIN ADO DE ISABEL II 132 133 T ras la s convulsas prim eras déca das del siglo , el reinado de Isabel II vendrá acompañado de una may or estabilidad. Frente a la agitación protag oniza da durante los años anteriores , la situación política se serenaba. Sin embargo , la pobreza y la miseria continuaban anidando en un elevado porcentaje de la población. Años se sucederán en donde las enfer medades , e pidemias y temporales continuarán de bilitando a la población, mientras que una naciente industria de s alazón de pesca do an unci aba y presagiaba una nuev a época. LA VI D A DURA NTE LA S REGENCIAS . EL AZOTE DEL CÓLERA Y LA BÚSQUED A DE NUEV AS TIERRAS En 1833, la ciudad lamentaba el incumplimiento que las ar tes de ar rastres hacían de l as nor mas 385 . La corporación ayamontina continuaba denunciando el uso del ar rastre durante la v eda , con el elev ado per juicio que tenía en la crí a y desov e de la s especias , e incluso la existencia de ci ncuenta pa rejas o ar tes per tene cientes a la Matrícula de Cá diz, el Puer to y Sanlúcar que redaban continuamente dentro de las cinc o legua s prohibidas y fuera de los límites del Esperillo . Acusaban de pescar a tan solo una milla de tierra, con pequeños faluchos o candrais que tiraban de a r tes proporcionalmente reducidos . Las autoridades ayamontinas durante estos años denunciaron constantemente la de str ucción que ocas ionaban dichas embarcaciones y aparejos y solicitaba n un riguroso cumplimiento de la orden. P ara entonces , los ayamontinos v eí an debilitarse sus ca laderos y no podía n competir c on las capturas realizadas por las rastrer as . Las emba rcaciones autorizadas estaban únic amente en manos extranjeras , las licencias eran limitadas y el equipamiento de un ar te de bous requería de una elevad a disponibilida d de capital accesible a la altura de muy pocos bolsillos 386 . En la década de 1833-1843 sucedieron otros acontecimientos y circunstan cias que debilitaron una v ez más la pobla ción. En 1833, Ay amonte v olvi ó a sufrir una nuev a e pidemia de cólera. La tendencia, según indica Sánchez Lora fue benigna en julio y ag osto e incluso , lleg a a señalar al hambre y no a l cólera como el causa nte del desastre 387 . La e pidemi a procedía de P or tug al y Ayamonte fue una de las primeras poblaciones a fectadas junto con Vig o y alguna otra situada en la fr ontera. En ag osto , los barcos ayamontinos no eran a dmitidos en los 385 A.M.A. Leg ajo 25. Acta capitu lar de 15 de junio de 1833. s/f. 386 J uan J osé Garc ía del Ho yo , Liberalización y sobr eexplotación pes quera en la Andal ucía Atlántica, pá g . 11. 387 J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico: A yamonte, 1600- 1860..., pág . 262. 134 puer tos de Sevilla, de Cádiz, ni en ningún otro de la costa 388 . El ca bildo prohibió la subida del precio del pan y de cualqu ier otro comestible e inter vino todos los g ranos y semillas existentes para entonces en el vecindario . P a ra abastecer a la pobla ción de víveres , se acordó levantar dos palenques ―uno situado en el sitio del prado de La R edondela y otro , al lado de la antigua er mita de S an Bar tolomé, inmediat a a Villablanca― en los cua les los a r rieros y demás traficantes efec tuarían la v enta de trig o , semillas y otros efectos 389 . En la noche del 2 de septiembre, 40 hombres de l campo se presentaron en la casa del para entonces alcalde, solicitándoles limosna. El día 3, el ayuntamiento requería utilizar los recursos del pósito . Hasta el 24 de septiembre, cuando la mor tanda d comenzaba a remitir , no se recibió una Orden del Ministerio de F omento autorizando a la J unta de Sanidad disponer de la mitad de los fondo s del pósito 390 . E n los meses de a g osto y de septiembre, en la P a r roquia de las Angustias se celebraron un total de 239 enter ramientos , frente a los 11 protag onizados durante los mismos meses del año de 1830. Finalmente, en el mes de octubre , las autoridades declaraban el estado de buena salud que poseía la ciudad. El día 17 de ese mes en el T emplo de la R ibera se cantó un T e Deum en a cción de g racias por haberse declarado la poblaci ón libre del c ólera. En 1834 las autoridades , intentando mejorar la situación del muni cipio requieren a su majestad la autorizaci ón para el uso de nuev as tier ras y la instalación de un m ejor ser vicio de aduanas en la localidad. La falta de tier ras ha cía indispensable que el v ecindario tuviese que comprar e impor tar los e fectos de primera necesidad, pues con las tier ras d isponibles hasta entonces no se conseguía la subs istencia durante todo el año . De a hí que las autoridades se interesasen en la explotación de la ba ldía e improducti va “Isla de C anela, situada al medi odía, a dos tiros de fusil de esta población en l a costa inmediata del océ ano , de dos leguas de larg o y media de anc ho” 391 . Según la cor poración, dic ho ter reno había sido anterior mente la boreado y cubier to de haciendas de dominio par ticular , lleg ando a ser “la pa rte más interesante de la riqueza de esta ciudad”. Sin emba rg o , todo eso desapareció debido a la inundación protag onizada con moti vo del terremoto de 1755 que asoló buena par te del tér mino municipal de Ay amonte . P ara 1834 existían en ella v estigios de arbolado de diferentes espec ies y pinos que sembraron los vecinos . La isl a tambié n se de dicaba durante el invierno al 388 A.M.A. Leg ajo 25. Acta capitular de 29 ag osto 1833. 389 A.M.A. Leg ajo 25. Acta capitu lar de 30 de ag osto 1833. 390 J osé Luis Sánchez Lora, D emografía y análisis hist órico: A yamo nte, 1600-1860 ..., pág . 26 4. 391 A.M.A. Leg ajo 26. Car ta diri gida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834 135 apacentamiento del ganado yeguar . P ara los regidores de entonces , dirigidos por el alcalde Eleuterio Garcés , el culti v o de la Isla mejoraría la situación de los labradores de esta ciudad, lleg ando incluso según señala ban en una sesión, a recuperar el bienestar que antes g ozaban. A umenta ndo… “la producción y con ella l a riqueza de todos s us ve cinos , ensancharán los límites de su escasa pr opieda d, ofrecer á muc hos más va lores y ca pitales sobr e que giren los impuest os con beneficio de la Real Hacie nda y de los contribuye ntes , y harán en fin que aquella interesante porción de terr eno que contiene más de mil faneg as de apro v echamie nto , pase con la brev edad instantáne a qu e su pa r ticular condic iones proporcionad de la inutilida d más completa al e stado de produ cción más animada y abunda nte” 392 . El únic o obstáculo para la roturación de la s tie r ras era que en la isla estaba situada una tor re vigía , por lo que aquel ter reno per tenecía a las de pendenc ias de Guerra. La tor re que para entonces apa recía desar tillada, no tenía otro objeto militar que ser la h abitaci ón de un tor rero destinado a obser v ar las nov edades de las playas vecinas . T eniendo presente todo el lo , en 1834 se baraja ba la situación de recupera r para el cultiv o un t er reno que estaba pa ra entonces baldío 393 . En relación a la aduana indicar que las autoridade s de A ya monte expresaban su malestar por la habilitac ión de otras adua nas próx imas y menos necesarias y la situación de desigualdad que sufría la de Ayamonte . La de sembocadura del río protag oni zaba un come rcio considerable y sostenido con zonas del interior y especialment e con las provincias de Extremadura y de Cataluña. No había oficina de despacho hasta el lug ar de Sa nlúcar del Guadiana, situado siete leguas más a r riba, en medi o de una “sier ra inaccesible a toda clase de comunicaciones”. En dichas leguas nav eg ables se echaba de menos un punto de despacho y de comercio y abundaba el contraba ndo . T ras Sanlúca r , en seis leguas de frontera se encontraban aduanas en “pueblos que ni eran susceptibles de comercio” 394 como El Granado , La Puebla y Sa nta Bárbara. Y para colmo en Isla C ristina reci entemente se ha bía habilitado una aduana con el objeto de proteger un come rcio que hasta entonces se v erifica ba en A ya monte . 392 A.M.A. Leg ajo 26. Ca r ta dir igida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834 393 A.M.A. Leg ajo 26. Ca r ta dir igida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834 394 A.M.A. Leg ajo 26. Car ta dirigida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834 136 “La ciu dad de A yamonte s ituada a la orilla del océano en el último confín de Andalucía y el Reino del Algarbe, con un puer to cómodo y el más s eguro de todo el litoral de esta comarca, ocupando en la desembocadura del Rí o Guadiana una misma latitud con la s poblaciones por tuguesas de Villa real y Castromarín, ofrece v entajas al comercio con aquel reino , que no pue de reuni r ningún ot ro punto fronte rizo . E stas circun s tancias llaman la atención de su ayuntamie nto para acudir a V .M. en solicitud de que se habilite su ad uana para la impor tación de efectos de P ortug al y exportación de los mismos , así como lo está para la extracción de fr uto s únicame nte” 395 . Mientras las autoridades estaba n preocupadas por mejorar la situación económica del municipio , en el terreno polític o , Ay amonte se dispuso a jurar la constitución de 18 de junio de 1837. P ara entonc es , la s acusaciones y las denuncias continuaban sucediéndose y en ocasiones el a mbiente político era inc ómodo y hostil. El cura más antig uo de la ciudad manifestaba su malestar con el vicario ec lesiástico de la población. Según éste , el vicario tenía un elevado desafe cto al sistema actual de gobier no , por lo que el próximo juramento de la Constitución lo haría con g ran disgusto . Sin embarg o , las a utoridades municipales no pensaban lo mismo . P or unanimidad acordaron posicionarse al lado del vi cario ecle siástic o , infor mando que… “…ni ha cometido acto s por donde pueda tac hársele de desafecto ni el pueblo , es presumible , juraría con dis gu sto en sus manos , antes por el contrari o pue de asegu r arse lo hará con muc ho gusto por que aprecia g eneralmente las vir tudes del r e ligioso y buen compor tamie nto del citado vica rio” 396 . La publica ción de la constitución se llevó a ca bo el doming o 9 de julio , celebrándose el jurame nto el doming o siguie nte, día 16, en la iglesia par roquial de Ntra. Sra. de la s Angustias . E l acto se celebró con solemnidad y confor me a lo aprobado por Re a l Decreto de 15 de junio . T ras este impo r tante acontecimiento en la vida política de la nación, las a utoridades municipales continuaban de nunciando las necesidades que sufría el vecindario . Dos meses más tarde del juramento , se acordaba el repar to de la Isla de C anela. La roturación de las tier ras se ponía en marc ha para solv entar la situación de miseria que protag oniza ba una elevad a par te de la población. P ara entonces , eran miembros de la corpora ción, m uchos de nuestr os protag oni stas y de sus familiares . Era alcalde J oaquín Sá enz, teniente de alcalde Manuel de T ejada, y destacaban como regidores J uan Mar tínez, Antonio Ma tos , Práx edes 395 A.M.A. Leg ajo 26. Ca r ta dir igida a su Maje stad la Reina. 25 de marzo de 1834 396 A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitula r de 4 de julio de 1837, folios 31 v - 32 r . 137 Noguera, Manuel Florete y como procurador de l común, Manuel García. Lo primero que hizo el ayuntamiento fue hacer públic a la disposición de las C or tes Gene rales de la Nac ión de 19 de ag osto , por la que se declaraba a la Isla de Canela, propie dad par ticular de esta ci udad, y se mandaba re par tir “entre los braseros de esta dicha ciudad mediante porciones de tierra” 397 . R equisito imprescindible para ser ag racia do con una concesión era el cultiv o oblig atorio de la suer te de tier ra. El ayuntamiento “podía hacer estas concesiones a v ecinos aptos para las faenas agrícola s , facilitándoles así medi os adecuados de sustentación y log rándose un may or ren dimiento en beneficio de la economía nacional” 398 . La superficie fue dividida en lotes de cua tr o faneg as . La tier ra, para entonces bie nes de propios , fue distribuida, siguiendo al profesor Sánc hez Lora, e ntre milicianos , braceros y licenc iados del ejército . De las 152 suer tes que se distribuyeron, 77 fueron concedidas a milic ianos nacionales , 20 a licenciados del ejérci to y 55 a braceros . La mayoría de estos campesinos poco tiempo después v ende rían o abandonarían sus tier ras 399 . Si esto sucedía en la parte sur del tér mino , en el norte, el ba r rio más antig uo de la ciudad, la Villa, contin ua ba deteriorándose y desp oblándose, hasta el punto de ser despojado de los cultos religiosos que tradiciona lmente se celebraban en su templo y en sus alrededores . La villa poseía el orgullo de haber sido el núcleo de pobla ción más antiguo de la ciudad. Sin embarg o , la ciudad fue creciendo , extendiéndose por la falda de la ladera ha sta lleg ar a los márg enes del río Guadiana. Como ya obser v amos , la Villa se extendía en ter renos elevados , en tor no de una loma coronada por un ya para entonces maltrecho castillo y por el templo del Sal vador . E n la base de ese bar rio , en los márg ene s de l río , a par tir del siglo XVI surgió un nuev o bar rio , conocido como la Ribera, dedicado principalmente a la marinería y a la s actividades pesqueras . E l desdoblamiento de A ya monte en dos ba r rios debió de su ceder en el segundo cua r to del siglo XVI. El crec imiento de la Ribera debió de transcur rir m uy rápidamente. A ntes de 1600, existía una superioridad demog ráfica de la Ribera sobre la Villa 400 . En las centurias de los siglos XVII y XVIII se c onsolidaba el incr emento de poblaci ón en el bar rio más moder no y reciente. Mientr as , la Villa se debilitaba y despoblaba. 397 A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitular de 14 de se ptiembre de 1837, folios 42 v - 43. 398 J osé Luis Sánchez Lora, D emografía y análisis hist órico: A yamo nte, 1600-1860 ..., pág . 39 . 399 J osé Luis Sánchez Lora, Demografía y análisis hist órico . A yamonte. 1600 - 1860 , pá g . 39. 400 Manuel J osé de L ara Róde nas , “Proces os urbanos….”, pág . 43. 144 L OS AÑOS CU AREN T A . I NICIOS DE LA INDUSTR IA SALAZONERA Los ayamontinos se hacían eco de los cambios protagoniza dos en la vida de la titular de la Monarquía. La década moderada comenzaba con la celebración en la loca lidad de la declaración de la ma yoría de edad de su Majestad, Isabel II, procla mada el 26 de noviembre de 1843. El g obie r no nacional mediante una Re al Orden, disponía celebrar en el día 1 de diciembre de ese mismo año , solemnes actos de proclamac ión. Los regidores y a lcaldes de la ciudad de Ayamonte acordaron que se verificase lo requerido con la máxima ostentación y el may or esplendor posible atendie ndo a los fondos que estaban empeñados para resultas de la s celebraciones . P or aquel entonces , el ciudadano era infor mado de los ca mbios oca sionados en las instituciones supe riores g racias a las cele braciones que festejaban los aconteci mientos . La vida cotidiana se v eía inter r umpida por re piques de campanas , música y luminarias que comunicaban los s uc esos g ozosos . P ara completar la visión de la ciudad sería conv eniente recordar lo que indicaba d e A ya monte , el diccionario g e og ráfico -histórico-est adístico de E spaña y sus posesiones de Ultramar elaborado por P ascua l Madoz y editado entre 1845 y 1850. P a ra entonces la ciudad se componía de 800 casas , 300 de el las de dos o más pisos y las restantes bajas y todas de buena distribución interior . Las ca lles de La R ibera eran descritas como cómodas y regulares , mientras que las de la de La Villa eran dificultosas por su inclinaci ón. Sin emba rg o , todas ellas se presentaban como limpias y “medianamente empedradas”. A yamonte para entonc es contaba con tres pla zas o paseos públicos el de La Ribe ra, San Francis co y La Laguna. En la Plaza de la La guna se encontraban la casa municipal y la cárcel, p a ra entonces edificios de escaso v a lor y en mal estado de conser vación. El pres upuesto municip al ascendía a la módica cantidad de 24.000 reales de v ellón. Habrá que esperar a las primeras dé ca das de l siglo XX para que A ya monte contase con un nuev o ayuntamiento . Mientras , a mediados del XIX, continuaban en funcionamiento el hospital de Ntra. Sra. de la Pieda d y la casa de niños expósitos situada en la ca lle Gal dames . Además , la ci udad contaba con dos escuelas , una de ellas pública y la otra per teneciente al g remio de mareantes dirigida en ex clusi v a pa ra los hijos de los matricula dos de l m ar . En sus templos se encontraban un buen númer o de presbíteros . La Iglesia de Las A ngus tias estaba ser vida por 2 curas , 7 presbíteros , 1 subdiácono , 1 sochantr e, sacristán, org anista y 3 acól itos . El templo de l Salvador disponía de 1 cura, 4 presbíteros , 1 sochantre, sacristán, org a nista y 2 acólitos . P ara entonc es , el T emplo de San 145 Francis co tras la exclaustr a ción ser vía de cua r tel y su iglesia estaba sin uso . E l de mercedarios estaba dedicado a oficinas de Hacienda y a escuela pública. Mientras , eran 10 las religios as que se encontraban en el Con vento de Santa Clara. P ara entonces el sistema defensi vo , cui dado en otras épocas , era débil y como señala el propio dicci onario “a pes ar de su pro ximi dad a l mar y de ser frontera de un reino estraño , no tenía A ya monte otra for taleza o defensa que dos pequeña s baterías de moder na constr ucción, mezquinamente a r tilladas”. La población se sur tía del agua de la fuente instalada en la Plaza de San Fran cisco y de dos pozos , uno situado en el nor te de la población y otro en medio de la ciudad. El ter reno era descrito como montuoso , pe dreg oso y poco fr uctífero , compuesto por suer tes de tier ra en su may oría de “segunda calidad”. En el tér mino para entonces , también existían abundantes canteras de cal. La ci udad tenía una población de 4675 habitantes , o lo que era lo mismo , de 954 v ec inos . La principal industria era la pesca, en la que se dedicaban un total de 800 individuos . T ambién destacaba entre sus industrias , la mae stranza. En sus astilleros se rea lizaban numeros os y buenos faluchos . Incluso para entonces , existía una industria dedicada al tejido y producción de encajes , h eredera de un ramo que décadas a ntes fue impor tante al compás del comercio con A mérica, lleg ando incluso a producir anualmente de 8 a 10.000 piezas de 16 v a ras ca da una. Aunque la producción ha bía dismin uido , Madoz indicaba que aún se dedicaban a este tejido mu chas mujeres en esta c iudad. Mientras , los oriundos de la Rioja y sus familia res , a medida que transcur ría el siglo , se estabilizaron en sus f lorecientes c asas mercantiles y continuaron reg entando sus comercios y actividades e inc luso , algunos de ellos comenzaron a inv er tir en nuev os neg ocios rela cionados con la industria de la salazón del pescado . J uan Martínez de la Cr uz será uno de los pioneros de esta industria 419 . Sin emba rg o , a medida que pa saban las décadas , nuev os individuos liderarán el neg ocio de transfor mación del pescado y tomarán las riendas de la vida política y social. En 1847, siendo alcalde J osé María García, la ciudad con una población de 1. 156 vecinos , tenía entre su v ec indario a una solv ente Sociedad “Señores García” que contribuía por almacenistas de mercadurías , de vinos , de ace ite , por especulación de g ranos e incluso por telares de cañamazo y por la explotación de un laúd. P ara entonces, per vivía el neg ocio identificado por viuda de Mar tínez, Viuda del Molino y por Manuel de T ejada 420 . 419 A.M.A. Leg ajo 1444. C ontribución Industrial y de Comer cio , 1847 -1911. 420 A.M.A. Leg ajo 1444. C ontribución Industrial y de Comer cio . Ayamonte, 1 de julio de 1847. 146 CONTRIB UCIÓN IND USTRIAL Y DE COM ER CIO , 1847. N OMBRE DEL CONTRIBUY E NTE C LASE DE INDUSTRIA , AR TE , PR OFESIÓN O COMER CIO Señores Gar cía Almacenistas de mercaduría s Sra. Viuda de Martíne z Idem Sra. Viuda del Molino Idem Manuel de T ejada Idem Señores de Ga rcía Almacenistas de vinos Señores de Ga rcía Almacenistas de aceite Señores de Ga rcía Laúd de treinta y dos toneladas Señores de Ga rcía Espec uladores en g ranos de quinientos a mil fa ne g as . Señores de Ga rcía Die z telares de c añamazo Según el ayamontino e industr ia l, J osé Gutiér rez F eu, el primer almacén de salazón que se instaló en A ya monte fue el de su ascendie nte, el catalán P edro F eu, en el año 1840 421 . Sin embarg o , nosotros n o tenemos constanc ia de el lo . Al contrario , uno de los pioneros de dicha industria fue el a yamontino J osé Garcés Florete. J osé Garcés Florete procedí a de inmig rantes castellanos . Su bisabuel o Antonio Florete , natural de Castro Ur diales , per teneciente para entonces al Arzobispado de Bur g os , se avecindó en Ayamonte y casó en 1735 con la portugue sa, natural de la ciudad de F a ro , María de la Concepción Car rasco 422 . P osterior mente, su abuelo mater no , también llamado Antonio Florete fue a lc alde y síndico de la ci udad de A ya monte y dejó junto a su esposa Mariana Rafaela Romero di ve rsas propiedades a su hija Mariana, madre de J osé Garcé s entre las que se enc ontraba una lonja situada en el muelle del río , por la par te del estero y al sitio de la calle de Le pe, un almacén establecido en la calle Za mora, e incluso , la quinta pa r te del v alor de los g ranos y de los caldos existentes en los almacenes 423 . Mientras , su padre Eleuterio Garcés fue regidor en numero sas ocasiones , durante los g obier nos liberales de 1810, 1813, 1821, 1834, 1838 e incluso en 1844. En ese mismo a ño , saltó a la pale stra polític a el jov en J osé Garcé s Florete, con apenas treinta años de edad. 421 Archi vo Municipal de Huelv a (en ade lante A.M.H). Diario L a Provincia. 7 de octubre de 1911. 422 A.P .N .A. Leg ajo 319. Infor ma ción de san g re por Doña María de la Con ce pción Florete hija de Don Antonio y de Doña María Rafae la R omero . Notari o Francisco Xavier Gra nados . 180 6. F olio 88 - 104 v . 423 A.P .N .A. Leg ajo 334. D ote confesada de Eleuterio Garcés a su mujer Mariana Florete. 15 d e a bril d e 1829 . Mariana apor tó la ca ntidad de más de 41.000 rea les . P osterior mente, se indica las propiedades que obtuv o tras e l fallecimiento de sus padres . En definitiv a, Maria na Flore te, madre del industrial J osé Gar cés Florete recibió d e sus padres difuntos la c antidad de 165.471 r eale s de vellón No tario Francisco Xavie r Gr anados , folios 70-73. 147 J osé Garcés Florete nació en 1813. Contraería primeras nupcias en 1841 con J osefa Guer rero y R endón. En esta oca sión, su esposa falle ció un año de spués sin tener descendencia. P osterior mente, en 1846, el día 3 d e ag osto , casó con la jo ven Ana María de la F eria y Granados , que tan solo tenía por entonc es 19 años 424 . Se ría durante este segundo matrimonio cuando J osé Garcés Florete hic iese edificar unas casas con altos y bajos , y con un almacén dedic ado a la i ndustria de s a lazón, situ a do en la calle Gu a diana, con el dinero heredado de sus padres y de su tío Manuel Florete 425 . A par tir de entonces , J osé Garcé s Florete ejercería como fomentador en las listas de contribuyentes . Lápida funerari a d e J osé G arcé s Floret e. Nació el 2 de f e br ero de 1812. Murió el 21 de m ay o de 1888 424 A.P .N .A. Leg a jo 375. T estam ento 29 de octubre de 1865. Notario Enrique Nieto Fiallo . F olio 1114. 425 A.P .N .A. Leg ajo 375. T e stamento 29 d e octubre de 1865 ante e l escribano Enrique N i eto Fiallo . F olio 1114. C on p osteriorida d c oncede un segund o tes tamento . Leg ajo 471. T estamen to 1 4 d e enero d e 1888. Hij o de Eleuter io Garcés y Mar iana Florete . P ara e ntonces tenía 76 años . Estuvo casado en u n pri mer matrimonio contraído en 1841 co n J ose fa Guer r ero y Rendón, en u n seg undo matrim onio llevado a ca bo e n 1846 con Ana María de la F eria y Granad os d el que tuv o dos hijas Ana Eladia Garcés de la F eria casada a su v ez con T rinida d Luis Mar tínez y Molino y María d el Pilar Garcé s d e la F eria casada c on Manuel Lerd o d e T ejad a. Finalmente en 1887 Eleuterio contrajo u n terc er matrimonio , en esta ocasión, en 1887, con la jov en d e 23 años Luciana Gonzále z y Soler . Notar io Enrique Nie to y Carlier . Fo lios 36 - 46. 148 En el ter reno religioso , la loc alidad ha bía visto languidecer y deteriora rse sus más impor tantes edificios relig iosos . Algu nas de sus er mitas y templos se habían a bandonado . Ahora esos mismos inmuebles , se intentaban rehabilitar y sostener . Sin embarg o , la esca sez de recursos ocasionará que algunos per manezcan clausurados . Mie ntras se debilitaba el culto en conv entos y er mitas , la P ar roquia de Nuestra Señora de las Angustias , situada en el centro neurálgico del pueblo incrementó las celebraciones , acog ió nuev as imágenes e incluso , mantuv o los escasos bienes de algunas cofradías . Muchas ha bían desap arecido y otras sobrevivían como meras obras pías . Los administradores custodiarían sus menguados enseres 426 . E l come rciante y propietario , J ua n Mar tínez de la Cr uz, hijo del para entonc es fallecido riojano J ua n Martínez Alonso , solicitó ser el administrador de los p ocos enseres que tenía la Her mandad de la E xpiración. El pá r roco J osé María Aguilera se mostr ó fav orable a dicho nombramiento . La cofradía se encontraba en un estado lamentable y el solicitante era muy adecuado para el c a rg o . P ara e ntonces , incluso… “…una de sus mejores imágenes , qual era Ntra. Sra. de l as Angustias ha desaparecido , aun después de ve nder s u g ran corona de plata y lámpara, como también andas , insig nias , y demás enseres , con que todos conocimos salía dicha Cofra día, y aun la misma sacristía se ha hundido ... P or tanto , en tales circunstancias , y de que el solicitante en todos tiempos ha dado pr uebas de su buen afecto , y devoc ión a los templos , es como indudable , r epare, segú n dice , las notorias , y g rav es faltas q ue se nota e n la mencio nada capilla” 427 . 426 A.D .H. Se cción Gobier no . Leg ajo 1. Docu mento con fecha de 3 de julio de 1841. La Cofradía dedicada a San P ed ro , c uyos miembros eran e clesiásticos , clérig o s beneficiados , cu ras , rectores , pri ores , vicar ios o arciprestes de la parr oquia seguía concediendo asistencia durante la enfer medad y tras la m uer te. Ahora, v a rios pár roco s , entre l os qu e se encontraba D on J osé R odrígue z de la Soled ad fueron n ombrados administradores de la nuev a ob ra pía. 427 A.D .H. Secc ión Gobi er no . Leg ajo 1. Las Angustias . 1836 -19 23. Cor respondencia. A yamont e, 4 de fe br ero de 1843. 149 Imag e n del antig uo paso d edicad o a la escena “Entrada de J e sús en J er usal én” T ras los desastres ocasionados con motiv o de la desamortizaci ón, en la década de los cuarenta algunas de las imág enes se adecentaron . Otras se trasladaron desd e sus clausuradas sedes de orig en para ser albe rg adas en otras par roquia s y altares . En 1845 se trasladaron div ersas imág enes desde el templo de Sa n F rancisco hasta la capilla de la Cofradía Sa cramental de la P ar roquia de Nt ra. Sra. de las Angustias , e n donde volv erían a rec ibir culto . En el altar de la capilla sacramental, en sus diferentes nichos se di spondría una talla de Sa n J osé con el niño Dios en los braz os , una de “Santiag o de Guzmán” y otra de San Cristóbal 428 . J unto al adecentamiento de la s imág enes , se recuperaron y org anizaron nuev as procesiones . T ambién en la década de los cuarenta, el pár roco P edro N olasco Barca y Díaz infor maba de cómo 428 Archi vo d e la He r mandad del Descendimiento de A y amonte, Inv entario de la Cofr adía Sacramental de la P ar r oquia de la s Angustias , años 1853 y ss . 150 había reunido a un g ran número de fieles con el objeto de procesionar la escena dedi cada a la “Entrada del Señor en J er usalén”. E n esta ocasión, mejoraba así la s “buenas costumbres” y la religiosidad del pueblo 429 . L A DÉCAD A DE LOS CINCUENT A : DE NUEVO LA AMEN AZA DEL CÓLERA En la dé cada de los cincuenta, las autoridades contin ua ron denunc iando el desg aste que ocasionaba la utilización de l as ar tes de p esca Bou 430 . La vulnerabilidad de las a ctiv ida des pesqueras continuaba y , en ocasiones , prov ocaba que un elevado porcentaje de la pobla ción ayamontina se viese afectado por las frecuentes malas condiciones climáticas , por la incomunicación con P or tug a l e incluso por la s noticias sobre la propag a ción de e pidemias y enfer medades . Los temporales y las lluvias coincidían con el ar raig o de las enfer medades . El invierno agudizaba la pobreza con un a po blación m arinera parada, sin recursos e inv adida de frecuentes cól icos biliosa. Como no podía ser d e otra manera, las autoridades a parecían preocupadas por el est ado de miseria que ocasionaban los temporales . En 1851 se protag onizó un sev ero temporal. La miseria en el m unic ipio s e ag ravó. Las autoridades parecían indefensas para solventar la situación e intentaron adoptar medidas que pudiesen paliarla. La mendic idad se inc rementó y llegó inc lus o a intimidar y a abr u mar a las cla ses pudientes . Era tanta la desesperanza, que lleg aron a temer por el desar rollo de un conf licto 431 . A la v ez que solicitaban suscripciones voluntarias a los v ecinos a caudalados de l puebl o 432 , se requería al gober na dor disponer del presupues to que la corporación tenía asignado para calamidades pública s . Unos días más tarde cuando el temporal remitía, la situación de urg encia se relajaba. Los barcos comenzaban a faenar en sus actividades pesqueras y los labradores v olvía n a las acti vidade s del campo 433 . Sin emba rg o , durante ese año no todo fueron malas noticias . T ambién hubo lug ar para la celebración y la fiesta. El 22 de diciembre de 1851, las autoridades festejaron la noticia del 429 A.D .H. Caja 3. S ección Gobi er no . Ca r ta fechada en A yamonte, a 20 de Marzo de 1840. 430 A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitular de 21 de febrero d e 1851, folios 8v - 9. 431 A.M.A. L eg ajo 26. Acta ca pitular de 14 de abril de 1851 “el ayuntamient o , consta de alg unos d ías a e sta par te, ha empezado a notarse un g ran núme ro d e per sonas qu e me ndi g ando una limos na tien e abr u madas las casas de las personas pudientes , y au n si no se contara con la bue na índole del v ecindar io seria de temer un conf licto…”. F oli o 16 432 A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitular de 14 de a bril de 1851. 433 A.M.A. Leg ajo 26. Acta capitula r de 14 de abril de 1851. 151 alumbramiento de la R eina acontecido el pasado día 20, dando a luz a una infanta. Celebrando este acontecimiento acordaron distribuir pan entre los más pobres , eng alanar los edificios públicos con colg aduras y luminarias y realizar repique s de ca mpanas durante tres día s . En la par roquia de Ntra. Sra. de las Angustias se cantó un solemne T e Deum , al que asistieron autoridades y público en g eneral. Antes , la banda d e música se situó en el balcón de las casas consistoriales tocando hasta la hora en la que l a corporación salió en comiti va hacia la P ar roquia. P osterior ment e, tr a s la ce lebración reli giosa, la banda continuó recor riendo el pueblo pa ra “que todos par ticipasen del justo contento que tan g ran suceso ha de inspirarles” 434 . Sin embarg o , un año más tarde las autoridades lamentaban el sacríleg o atentado llev ado a cabo contra S .M. 435 , reina que era “ta n justamente amad a de sus fieles súbditos”. En esta oca sión se org anizó una solemne rog a ti va en el T emplo de las Angustias para preser v ar los días y la salud de la titular de la monarquía. Ade más , se suspendieron las div ersiones públicas . El cura Mar tín Merino int enta asesinar a l a rein a Isabel II 434 A.M.A. Leg ajo 26. Acta de 22 dicie mbre de 1851. F olios 55 y 56. 435 A.M.A. Le g ajo 27. Acta 7 de fe brero d e 1852 . Se trató d el a tentado cometido e n Mad rid contra la re ina por el sac erdote Mar tín Merino Gómez (1789-1852 ), el lu nes 2 de febrero de 1852, cuando iba a c elebrarse la presentación d e la recién nacida princesa d e Asturias, doña Isabel, en la Basílica de Atocha. No ha y que confundir a este regicida de Isabel II con el céle bre “cura Merino”, llam ado J erónimo Merino Cob (176 9- 1844), héroe nacional y guer r illero en la lucha contra los franc eses dura nte la guer r a de la Independencia . 152 En la década de los cincuenta, la fábrica de J osé Garcé s Florete será alquilada y explotada por los her ma nos F eu ―nacidos en Isla C ristina y domicilia dos después en la ciudad fronteriza de A yamonte― y por el ayamontino J osé María Gutiér rez Barro so . Futuros industriales , comienzan conta ctando con la industria conser v era, mediante contratos de ar rendamientos de almacenes y de ar tefactos y ar tilugios ne cesarios pa ra su producc ión. En 1857, los her manos J osé, Antonio y P edro F eu alquilaron el almacén de salazó n propiedad de J osé Garcé s , situado en la ca lle Bar ranca con todos los ar tefactos y piezas de madera sitas en el mismo sitio po r un per íodo de un año y por la ca ntidad de 5.000 reales 436 . De esos 5.000 reales , 2.000 cor respondí an al alma cén y 3.000 a los ar t efactos que en est a ocasión serían entreg ados bajo inv entario . El pa g o se efectuaría por trimes tres anticipa dos . Dicho contrato de ar rendamiento no imposibilitaba que el propio J osé Garcés efectuase neg ocios y salase pescado durante ese año . El propietario se reser v aba hasta 6 pilas , tres de ellas g randes y otras tres pequeña s . Al marg en, en el almacén existían también env ases propiedad del ar rendador que podrían ser utilizados por los inquilinos en la medi da que los fuesen necesitando , pagándolos según estipulasen. Un año más tarde, en 1858, J osé Garcés vol vió a ar rendar su almacén. En esta ocasión fue alquila do por J osé María Gutiér rez y por Antonio y P edro F eu. El precio del presente ar rendamiento alcanzó la cantidad de 4.000 rea les: 1.000 reales por el almacén y 3.000 reales por los utensilios y por los ar tefac tos . Las condiciones fueron similares al contrato realizado el año anterior . T ambién por esos años , J osé María Garcí a Domínguez, uno de los hijos del riojano Casto García Cañas , inv ertía también en el ne g ocio de la salazón. La industria estaba situada en las calle s del Río y T r ajano , o lo que era lo mismo , en Punta Bandera. Se componía de cuatro habitaciones para viviendas , un zaguán y u n almacén techado en la mitad de toda su extensión por la par te d e las pila s , conteniendo un total de 11 pa ra la salazón, más un “muerto” de ve inte cascos , un de pósito para el a ce ite, un pozo y todos los demás enseres y útiles necesarios para la prensa del pescado 437 . A pa r tir de entonces , la industria de transfor mac ión del pescado iría en aumento . Muc ho de los pioneros de estas fábricas fueron los descendientes de nuestr os protag onistas riojanos . Sin embarg o , con el paso del tiempo , 436 A.P .N .A. Le g ajo 358. Escritura de ar rendamiento . 16 d e julio de 1857, folio 303, ante el escribano Enrique Nieto Fiallo . 437 A.P .N .A. Leg ajo 370. Escritura de v enta almac én d e salazones . Don J osé Mar ía García y Domínguez a Don José Mar ía Gutiér rez y Ba r roso , c oncedida el 26 de a gosto de 1863. Previame nte, J osé Mar ía García adquir ió d os ter ceras par tes a J avier Gr anados el 6 de febrero de 1854 , y la tercera par te a Antoni o Día z Gamero , el 11 de enero de 1855. F olios 889 a 894. Notario E nrique Nieto y Fiallo . 153 aparecerán nuev os individuos , que posterior mente se conv er tirán en impor tantes impulsore s de esta industria, en elev ados propietarios y en acaudalados fomentadores . Lleg arán a dirigir la vi da ec onómica y también política de la ciudad, relevando a nuestros p rotag onistas – lo s descendientes de los inmig rantes riojanos – de l as actividades de lide razg o . Incluso eso s nuev os propietarios acusarán a los mercaderes riojanos de obstaculizar el proceso de transfor mac ión industrial protag onizado a par tir de entonces en la localidad. Sin embarg o , como demostraré fueron nuestr os protag onistas los que se a tr evieron y constr uyeron a lgunas de la s primeras fábricas de salazón durante el reinado de Isabel II. Eso n o impidió que a principios del siglo XX, el industrial J osé María Gutiér rez F eu acusase a los merca deres castellanos de prov ocar un estancamiento en la vida económica de la ciudad. “En el año 1840 se in stala la primera f áb rica de salazone s r egentada y dirigida por D . P edro F eu, de or igen catal án; desde entonces fue en aumento la fabricac ión, aunque muy lentamente; extendiéndose las edifica ciones por la v ertiente de los m ont es , e n l a que se asentaba la antigua población, acercá ndose hasta la orilla del Guadiana y ent onces se deter minan con carácter di stinto dos barr io s . La Villa, antiguo poblado dedicado a la ag r icultura, carboneo y fabricación de cales para constr ucción y blanqu eo , y la Ribera, bar rio pescador , industrial, de marinos y señorío , representado por aquellos emig rantes mercaderes castel lanos , ya bur gue s es enriquec idos , que alcanza do la soberanía del poder local, sostienen a la ciudad en un p erpetuo estanc amiento por la constante y obstinada obs tr ucción que hacía n a todos de s en v olvimiento indust rial”. 438 P ara entonces , existía en la ciudad, además de la pe sca, del comercio y de la naciente industria de salazón de pescado , ca bezas de g anado vac uno . Las autorida des intentaron org anizar una piara concejil para reducir e impedir los f recuentes daños que producían las reses sueltas en las sementeras . P ara evitar los destrozos en los cultiv os , los dueños de rese s debían inc orporarlas en la bo yada conce jil. Solamente estarían exentos los dueños de g anado que lle g asen a for mar piara por sí solos y que tuviesen pastor o pastores para su cuidado . Al marg en, los dueños podrían retirar sus reses para la s labores , e incluso pa ra vender la leche . Sin embarg o , en estos casos , debían de retenerlas y no per mitir que pastasen en los campos , especialmente durante el período comprendido des de la siembra hasta la recolección d e cualquier clase de mies 439 . 438 A.M.H. Diario la Provincia, 7 de octubre de 1911. Fir mado por J osé Gutiér rez F eu, hijo de J osé Mar ía Gutiér re z Bar roso . . 439 A.M.A. Leg ajo 26. Ac uerdo de 9 de e nero de 1851. 256 compañía de nav eg ación La Bética con residencia en Sevilla y en la compa ñía de g as The Guelva Gas C ompany Limited . Al marg en, también era propiet ario de una a cción de l Mercado la Unión. Mientras , Rafael Lerdo de T ejada 623 , a finales de la déca da de los setenta, era par tícipe y accionista de v arias explotaciones mineras . R afael falleció siendo propietario de 12 acciones de la Socie dad Minera conoc ida como La Abundancia, domiciliada en A ya monte y que, como ya obser vamos , explotaba las minas de mang aneso llamadas de San Dieg o , San J oaquín y Apolo , situadas en el tér mino de la Villa de Calañas . La compañía llev aba más de una década rentabilizando los citados yacimientos . R ecordemos que en dic ha s oc iedad, en la década de los sesenta, est uvieron como presidentes y accionistas los her manos Francisco y F er nando del Molino . A la mu er te de Rafael, cada una de las acciones de la sociedad se encontraba apreci ada en 250 pesetas , por lo que las 12 acciones de las que era dueño tendrían un valor to tal de 3.000 pesetas . Las ex presadas doce acciones de la Sociedad Minera L a Abundancia cor respondían al finado Rafael por diferentes ca usas . Una acción le cor respondió como socio fundador, siete acc iones fueron adquiridas en div ersas oca siones en el año 1867. De esas siete acc iones , cinco y media las compró Rafael a su her mano J oaquín Lerdo de T ejada . Fina lmente, tres de las 12 acciones que tenía en la So ciedad Minera La Abundancia fueron adquiridas a los Señores García Her manos y Compañía en 1874 624 . Además de ser propietari o de alguna s acc iones de la Socie dad La Ab undancia, Rafael poseía el 35% de una mina de mang ane so conocida como L a Codiciada , sita en el tér mino de la Puebla de Guzmán, al sitio que lla maban “Suministro de Don Rodrig o Vázquez”. La explotación se componía de dos per t enencias , teniendo una extensión de 623 A.P .N .A. Le g ajo 431, Inv entario , apre cio , liqu idación y divisió n de los bienes qu edados al fallecimie nto d e Do n Rafa el L erdo de T eja da y Obando , vecino que fue d e esta c iudad, propietario y comerciante, c asado y mayo r de cuarenta años , cuyas operaciones se llevan a c abo por los a lbaceas , contadores y par tidores testamentarios , la viu da Doña Eufemia Her rera y Damaya d e este mismo v e cindario , pro pietaria y may or d e e dad, re presentada por Don Antoni o Or tíz y Freire, en vir tud de poder que ante el Notario Do n Enrique Nieto y Ca rlier, otor gó e n esta ciud ad a 5 de may o últim o , Don Ma n uel Lerd o de T ejada y Oband o y Don J osé Ant onio Castella no; y tienen lug ar entre la expresada viud a y sus menores hijos qu e a la vez lo son del finado , Doña Blanca, mayor de doce años , Don Ra fael y Don Manuel L erdo de T ejada y Her rera menores d e 14 años , re presentados por Don F e lipe Hidalg o y P alle ro , que c omo tod os l os nombra dos es vecino de e sta ciud ad en vir tud d e los discer nimientos judiciale s qu e le fueron conferidos en 14 y 29 del citado mes de mayo del presente año , Ayamonte, 1 de julio de 1879, inser to en la notaría de Enrique Nieto y Carlie r , folios 1238 r - 1309 v . 624 A.P . N . A. L eg ajo 409, escritur a número 251, T r ansferenc ia d e acc iones de minas , lo s Señores García Her manos y Compañía a fav or de Don Manuel L erdo d e T ejada Obando , notario En rique Nieto y Carlie r , Ayamonte , 2 de se ptiembre de 1874, folios 2.218 r- 2.219 v . 257 120.000 metros cuadrados en la for ma que dete r minaba el pl ano lev antado por el Ing eniero Amalio Gil Maestre en Huel v a en 1866. Dicho porcentaje se encontraba v a lorado en 500 pesetas y fue obtenido por Rafael mediante cesión realizada por Francis co Domínguez Mar tínez el 23 de mayo 1870. Rafael tambié n era propietario de l 35% de la mina de mang aneso , deno minada del Arcá ngel Ra fael , sita tambié n en el tér mino de Puebla de Guzmán, al sitio conoc ido como C abezo del T oro . Se componía de 12.000 metros de extensión según el plano lev antado por el Ing eni ero J osé V ilanov a y Pieza, fechado en Huelva a 10 de abril d e 1865. El señalado porcentaje no poseía va lor alguno a la hora de realizar el ba lance de sus bienes . Cor respondía al finado por las mismas razones . Fue cedido por Francisco Domínguez y Mar tínez, el 23 de ma yo de 1870. Además de ser socio de la Compañía La Abundancia y ser dueño de parte de las minas La C odiciada y del Arcáng el Ra fael situadas en Puebla de Guzmá n, R afael Lerdo de T ejada fue tambié n p ropietario de una tercera par te de la mina de mang aneso , nombrada Santa Rita de Casia, sita en el tér mino de Sa nlúcar de Guadiana. En este ca so , desconocemos los linderos y la medi da s uperficial de dicha explotación. Al igual que con la propiedad de par te de la mina del Arcá ngel Rafael, en el inv entario y bala nce de los bienes per tenecientes a l finado , no se o torgó v a lor alguno a la terce ra par te de la que fue dueño en la explotación conocida como Santa Rita de Casia. 258 259 Capítulo VIII. ÚL TIMO CU AR T O DE SI GLO 260 261 Antes de desembocar en la primera república española, las autoridades municipales continuaban regula ndo y org aniza ndo la vida cotidiana de la localidad. El g obier no municipal parecía sensible ante la necesidad de una mayor limpieza e higiene. Prohibían la per mane ncia de l g anado de ce rda dentro del poblado durante los meses caniculares , oblig aban a que los de pósitos de estiércol se situasen en las afueras de la población e impedían la acum ulación de basuras y de desperdicios . P or esta f echa, la industria depe ndiente de la s acti vidades pesqueras , solicitaba espacios próximos al río . El aprov echamiento de los ter renos en la marg en izquierda del río Guadiana, apar te de las v enta jas que re por taba a la s nuev as industrias , al comercio y a l vec inda rio en g eneral, resultaría así mismo sumamente beneficioso para la sanidad y para la higiene pública, toda v ez que se conseguía hace r desaparecer los depósitos de los residuo s y materias orgánicas que en dichos ter renos se aglomeraban y que posterior me nte, con sus descomposiciones ocasionaban “emanaciones deletéreas”. Los cabildos municipales intentaban también qu e los par ticulares de sarrollasen un may or control en la higiene de sus propias actividades . Las industrias salazone ras poseían unas característica s que fav orecían la insalubridad en los interiores de las fábricas y en sus alrede dores . Los locales apenas tenían v a nos para fav orecer la conser v ación del pesc ado . P or ello , se exigía a los enc argados de la s lonjas y fábricas de salazón de pe scado que procuras en tenerlas perfectamente a seadas . No debe rían de conser var pescados , ni “za lm ueras” en las que hubie se empezado a desar rollarse síntomas de putrefacc ión. Se aconsejaba tener un especial cuida do tras ter minar “el destrozo , pre parado y salado de pe scados de cualquier clase”, ba ldeando y limpiando perfectamente el loca l donde se había realizado la elaboración y adecentando las afueras del establecimiento 625 . Durante el último cuar to del siglo XIX, la ciuda d amane cería mu y tempra no . Las caballerías en las que los hor tela nos y otros individuos conducían los vív eres y efectos para la v enta solo ocuparían y per manecerían paradas en las ca lles hasta las 8 de la mañana en invier no y hasta las 7 en verano . Los puestos de fr utas y demás ar tículos de comer solo podrían ocup ar las a ceras hasta la s 9 o 10 de la mañana, de pendiendo del mes de l año que se tratase . A par tir de ese momento , los neg ocios tendrían que dejar libres las calles y situar toda la mercancía en sus interiores . 625 A.M.A. Leg ajo 28. Acta s Capitulares . Sesió n de 6 de julio de 1872. 262 Un lug ar frecuente de reunión sería n las taber nas . Éstas y otros establecimientos donde se vendían bebida s “e spirituosas ” podrían per mane cer abier tos ha sta las 10 de la noche en el invier no u 11 en los meses de v erano . Estaban prohibidos los cantores “obscenos y contrarios a la moral pú blica”, y d esorden que p er turbase o incomodase al v ec indario . Una v ez cerr adas las taber nas , los clientes y usuarios debían retirarse del interior de los neg ocios , no pudiendo per manecer en estos , c elebrando reuniones . Los vecinos de Ay amonte en los meses de v erano practicarían los baños en el río . Habría un sitio estableci do para los hombres y otro para las muj eres . E l sitio delimita do para los varones sería el situado al frente del muell e de P oniente . Las mujeres podrían hacerlo a continuación, desde el frente de la Plaza de las Monjas hasta la también Plaza conocida de San Francisc o 626 . LA PRIMERA REPÚBLICA Estando así las cosas , se produjo un cambio en el g obier no de la nación. Se proclamaba la primera república. Aparentemente, dicho cambio no fue dem asiado traumático en la localidad. La corporac ión, presidi da entonces por el notario Enrique Nieto y Ca rlier , y confor mada por el teniente de alca lde Manuel Garcí a Iñiguez y los regidores Manuel T ejada Obando , Miguel P allares Silveira y Casimiro Pérez Ca ba llero , entre otros , deseó continuar aun habiéndose producido el triunfo de la República. El 12 de febrero de 1873 el g obernador de la prov incia comunicaba que Amadeo de Saboy a renunciaba a la corona, y que el senado y el cong reso , habían procla mado la R epú blica. Frente a esto , los miembros de la cor poración, según recog e el acta de la s esión, “acordaron que el municip io , atendiendo ante todo a salv ar la cuestión de orde n público , y a que bajo ningún concepto pueda ni por un solo instante estar la localidad huérfana de re presentación, sin embargo de que e stán dispuestos a entregar sus pues tos a quienes con nuev os títulos se pr esen ten a sustituirlos , continúan en su re presentac ión adhiriéndose a l nuev o orden de c osas establec ido” 627 . El mantenimie nto del orden público era una prioridad pa ra la clase política de entonces , confor mada por aquellos come rciantes , propietarios y rentistas inte resados en la estabilidad social del m unicipio . La minoría re publica na compue sta por T rinidad Luís 626 A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 6 de ju lio de 1872. 627 A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 12 de febrero d e 1873. 263 Mar tínez, Manuel Gómez y J o sé Mar tín Zamudio rec ibía con júbilo la nuev a for ma de g obier no y estaba confor me con lo acordado . Sin emba rg o tres día s más tard e, el 15 de febrero , se produciría un br usco cambio . En esta oc asión, la mayor p ar te de la corporación decide dimitir , aun esta ndo en contra la minoría re publicana . La propuesta de dimisión fue pre sentada por el propio alcalde E nrique Nieto y C arlier . Como él mismo señaló en la sesión ce lebrada el día 15, tenie ndo presente las causas que motiv aron su nombramie nto y debido a “la co nducta que en el municipio han seguido” realizaba una nuev a propuesta. Decidía dimitir porq ue, según él mismo expresó en dicha sesión, “…La org anización de la co rpor ación municipa l debiera, para evitar toda clase de per juicios a la adminis tr ació n que le estaba confiada, componerse de quienes bajo a quel régimen pudie ran s in co mplicaciones desen v olve r los principio s eco nómicos y administrati vo s que de él nacían: que proclamada como for ma de g obier no la R epública, otros deben ser necesariamente los medios que para su natural y regular desenv olvimient o deba poner en jueg o el Municipio… no hay razón ninguna para que ho y dejen de estimar que otros hombre s identificados de antes con el nuev o or den de cosas sean los más aptos par a hacerse ho y cargo de la administrac ión munic ipal” 628 . En dicha sesión E nrique Nieto Carlier dejaba cla ra su po stura. La dimisión no había sido motiv ada por ningún disgusto o situaci ón inde seable e incómoda con los concejales republica nos . Como él mismo dejaba expuesto , “…ningún disgu s to h an tenido , ninguna c omplicación les han producido los dignos individuo s que componen la minoría re public ana del a yuntamiento; que sin que se entienda bajo ningún concepto tratan de ejecutar un act o político , sino por el contra rio consecuentes con no hacer política dentro del municipio , conv encidos de que el or den se encuentra asegurad o , sin el menor temor de pertur ba ciones en la localidad como lo ha demostrado la conduct a sensata de todo el par tido republicano , debe hacerse dimisión de los cargos que desempeñan, quedando empero en sus respectiv os puestos hasta que legalmente se le s sustituya” 629 . La minoría re publicana, no apoyaba el ca mbio de decisión a doptado por el alcalde . E ncabezada por T rinidad Luís Mar tínez , se opuso a la proposición de dimisión. Como el mismo T rinidad indicaba en la sesión, “…tenía la s atisfac ción de expresar que ningún resentim iento abrig aba para con la may oría, esta a su ve z no d ebía tenerlo de aquella como así lo había declarado el sr . presidente y que estimaba que la cor poración municipal no estaba en el caso de hac er 628 A.M.A. Leg ajo 28. Ac ta capitula r de 15 de febrero de 1873. 629 A.M.A. Leg ajo 28. Ac ta Capitula r de 15 de febrero de 1873. 264 dimisión pue s to que debía su nombramiento a la v oluntad de sus electore s y ningú n acto de los mismos le había hecho comprender hubiera perdido su confianza, debiendo por lo tanto per manecer en su pues to hasta que leg a lmente se le s sustituye ra” 630 . Finalmente, se llevó a cabo l a vota ción y exceptuando los tres v otos protag onizados por los re publicanos , el resto de la cor poración v otó a fav or de la propuesta y presentaron la dimisión al g ober na dor de la provincia. El g ob ernador civil la admitió y mandó constituir nuev a municipalidad compue sta por los tres conc ejales republica nos que no dimitieron y por otros n uevos ayamontinos 631 . Con el cambio de g obie rno fueron numerosas las sustituciones en algunos de los carg os administrati v os del municipio . E l alcalde de la cárcel, el alguacil e incluso el administrador de rentas fueron relevados de sus respons a bilidades y sustituidos por nuev os individuos más acordes con el g obier no l ocal vigente. Durante el g obier no republica no , la c orporación estuv o muy sensibilizada con el ex or no y con la mejora de la ciudad. Los medios económicos pa ra llev a rlos a cabo eran inexistentes . El cabildo protag onizaba numerosas cesiones de ter renos bald íos situados en la zona del cabezo 632 y en el entor no d e la Pla za de la s Viudas . En las sesiones se discutía la necesidad de mejorar la comunicación con el bar rio de la villa, oc upando los ter renos sobrantes situados en el pa seo de San Francisco y demoliendo el piso superior del a ntiguo conv ento de franciscanos 633 . Otro de los pr o ye ctos que se plantearon fue el de la realización de una obra en el mu elle del Sur y de la Riv era, lug ares conv er tidos ha sta ese momento en focos de inmundicias y “de pósito de miasmas pútridas”. Con ella mejoraría la salud pública, pe ro tambié n cambiaría el a specto del río , el or nato público y se her mosearía la ciudad. Al carecer de medios para realiza r una obra de esa env erg adura, el presidente de la corporación re publicana, teniendo presente el ar tículo 74 de la ley munic ipa l vigente p or el que se oblig aba a todo individuo ma yor de 16 años y menor de 50 a prestar 20 días de trabajo al año para toda clase de obras públic as , expuso una idea innov adora que fue tomada en considerac ión y estudiada por los demás miembros de la cor poración. Se gún su propuesta, la obra s e realizaría g racias a l a 630 A.M.A. Leg ajo 28. Acta Capitular de 15 de fe brero de 1873. 631 A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 21 de febrero d e 1873. 632 El cabezo se situaba a continuación de la ca lle Lusitania. 633 A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 31 de enero de 1874. 265 aplicación de dicha nor ma. Incluso , en la sesión se discutieron algunos cálculos . Con treinta y cua tro eda des , poniendo por tér mino medio , treinta individuos para cada edad, tendrían un total de 1020 hom bres , ca da uno con 20 día s de trabajo al año , por lo que alcanzaba un total de 20.400 jor na les . Si cada jor nal estaba en tor no a los siete reales , dicha medida proporciona ría g ratis la cantidad de 1 42.800 reales 634 . si la corpor ación pone en práctica la obr a que en el presente s e hace merito , se hará digna para lo futur o de la may or consideración por más que en el presente pase por la censura; pero que todo hombre de g obier no no debe atender a otra cosa que al bien que hacer pueda a s u pueblo , aunque la male dicencia de unos , y la ignorancia de otros no comprendan o no quie ran comprender e l bien que s e les hac e 635 . Sin embarg o , la República duró m uy poco y muc hos de los pro ye ctos planteados no vieron la luz. No obstante, el n uev o g obier no r epublic ano tuvo tiem po para realiza r transfor mac iones en el t er reno relig ioso . La co r poración daría cumplimiento a lo reseñado por la R eal Orden de 28 de febrero de 1872, por la que los cadáveres de aquellos que profesasen distinta relig ión que la católica, serían enterrados en el cementerio católico . P or otro lado , los miembros del cabildo t ambién acordaron no acudir a las cele braciones de iglesia org anizadas durante el año 636 . P ara entonces , los templos había n visto mer mar sus ing resos . Inclus o , tras la conv ocatoria de una J un ta por pa r te de los curas de la P ar roquia de Ntra. Sra. de la s Angustias con el objeto de recaudar recursos de los v ec inos para el sos tenimiento del cul to , habiendo in vitado a la corporación para que la pres idiese, los miembros del cabildo acordaron por un animidad no a cudir por las mu chas y urgentes atenciones que tenía n. Sin embarg o , prest aban su asentimiento y concedían sus per misos pa ra llevar a cabo la reunión, siempre que tendiese ex clusiv amente al objeto indicado 637 . A diferencia de años anteriores , l as celebraciones relig iosas no estuvieron presentes en los festejos o rg aniza dos por el cabildo . En octubre de 1873, se celebraba la proclamación oficial de la R epública F ederal como for ma de g obier no naciona l. P ara la 634 A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular d e 14 de abril de 1874. Proposició n de l Señor Presidente para llev ar a cabo la Obra del Mue lle del Sur . El ar tículo re cogía la posibilid ad de no prestar dicho trabajo y rescatarlo en dinero , c osa que re alizarían los individuos más pudientes . 635 A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 14 de a bril de 1874. 636 A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitular de 5 de a bril de 1873. 637 A.M.A. Leg ajo 28. Acta capitula r de 13 de junio de 1874. 272 cuando fuese posible se utiliz ase para realizar dicha mejora. La cor poración ag radeció dicho g esto de generosidad, arc hivándolo pa ra su utilización cuando se alleg asen recursos 660 . En 1885, con el de seo de prolong ar el m uro de contención situado en la zona conocida por P assa ge , el mismo polític o y propietario Manuel García Iñiguez volvió a destinar una nuev a ca ntidad, en esta ocasión de quinie ntas pesetas , cor res pondiente una vez más a lo percibido en conce pto de representación de su ca rg o , como v eremos mejor en un próximo a par tado . El A yuntamiento ag radeció el donativ o y lo dedicó a dicha constr ucción, mejorando así la higiene, la salubridad pública , el or nato y la comodidad del v ecindario . Como v eremos el pr óximo capítulo , el industrial y para entonces concejal, J osé María Gutiér rez Bar roso tenía solicitado un ter reno en la zona y manifestó su v oto par ticul ar , desea ndo que la obra n o entorpeciese sus intereses 661 . P ara entonces , en el Muelle de P onie nte habían edificado fábricas de salazón los señores Man uel F eu, J os é de la C r uz y Narciso Nav ar ro . Dichas construcci ones for maron una nuev a ca lle . En recue rdo del nombre que hací a décadas se le había llamado a esa par te d el muelle , la nuev a vía se designó con el nombre de San F er nando 662 . T ambién por entonces se decidió que lo s post es o p retiles situados en el muelle de P oniente que se paraban una fábrica de otra, fuesen retirados para mejorar la circulación y el libre tránsito del público 663 . Al marg en, nuev as solicitudes de ter renos se sucedían con la intenc ión de que en nuev os solares se constr uyesen nuev a s fábricas . En la may oría de los casos , la corporación expresaba su satisfacción. La puesta en marcha de nuev as industr ia s t raía riqueza y prosperidad, y como indicaban “abrían n uev os horizontes y ensa nchaban el campo de operaciones d e la industria salazonera proporcionando may or número de jor nales a la clase proletaria” 664 . La última déc ada del siglo. La industr ia y la ame naza d el cólera 660 A.M.A. Leg ajo 30. Se sión 27 de octubre de 1884, folio 12. 661 A.M.A. Leg ajo 30. Sesión, L unes , 8 de junio de 1885. 662 A.M.A. Leg ajo 30. Sesión , 27 d e se ptiembre de 1886. 663 A.M.A. Leg ajo 30. Sesión , 27 de septiembre d e 1886. 664 A.M.A. L eg ajo 30. Se sión, L unes , 24 d e octubre de 1887 . Se acordó a utorizar la c oncesión de ter reno para constr uir una fábrica d e salazones a Juan de J esús Estévez, situándola al oeste d e la Plaza d e Abastos . 273 La década d e los nov enta pasará a la histor ia de la provincia onubense por el festejo ce lebrado con moti vo del cuar to centenario del descubrimiento de América . A ya monte era invitad a para asistir a la procesión cí vica y a los demás festejos que se pretendían celebrar en el mes de octubre de 1892. La reina reg ente visitaría la ca pital onubense . La co rporación municipal ayamontina acor daría a sistir “llevando dignamente la re presentación de este ayuntamiento a la a ltura que se merece da da la cualidad de ser cabeza del par tido judicial de su nombre”. P ara tal ocasión acordó adquirir un estandar te bordado en oro , en el que estuviesen estampados las ar mas de la ciudad y los títulos de muy noble y leal que ostentaba. Además iría acompañada también bajo mazas . P ara entonces , la s que existían se ha llaban muy deterioradas por lo que se acordó comprar dos maza s nuev as , encarg ada s a la fábrica de los Señores Mene ses d e Madrid y se confeccionaron también dos n uev os unifor mes p ara los maceros 665 . La cor poración que asistió al acto estaba confor mada por el alcalde accidental, P ascual de Greg orio de la Riv a , el segund o teniente de alcalde J osé de la Cr uz Gonzále z y v arios concejales 666 . Acudiría también un g r upo de seis marineros , re presentativ os d e la actividad pesquera d e la zona 667 . La década de los nov enta se caracterizaría también por los frecuentes temporales y lluvia s que inter r umpiría n las a ctividad es comerciale s y ec onómicas de la ciudad. Frente a la paralización de las actividades pesqueras y ag rícola s y frente a la escasez de recursos económicos en la mayorí a de la s familias , se inic iaron medida s para palia r los efectos del hambre . Se convi vía y se hacía frente a unas condiciones ambi entales , de higiene y de salubridad v erdaderamente per judiciales para un amplio sector de la población con jor nales muy bajos y con una cantidad de ing resos ridícula. Muchos ayamontinos vi vía n con una alimentación precaria y en una viviend a lúgubre, cuyo hacinamiento fa v orecía el ar raig o y el desar rollo de las enfer medades infec to - contagiosas . Un elevado porcentaje de la población a yamontina para entonces , se 665 A.M.A . L eg ajo 31. Sesión, 12 de septiembre de 1892. 666 A.M.A.Lega jo 31. Sesión, 26 d e se ptiembre de 1892. 667 A.M.A. Le g ajo 31. Sesión, Lunes , 3 de octubre d e 1892. L epe fu e designado como punto cé ntrico para la sección marítima y pesquería s de Hu elv a , Car taya, Le pe, Isla Cristina y A yamonte . A la procesión asistiría un g r upo de mar ineros típicos de la región. La corporación ayamontina ac ordó buscar y apalabrar seis mar ineros de esta c iudad que en esos días no tuvie sen ocupaci ón, para concur r ir a dicha s fie stas , yendo v e stidos en la for ma y modo u sual a bordo , si bien procura ndo que llevasen las pre ndas más nuev as y me jores que tengan pero q ue re presente el v er dader o tipo de l ma rinero para que pud iese ser conocido y a pr eciado por su majestad la r eina. 274 encontraba rodea do de i nsalubridad, de humeda d y de suciedad en la vía pública y en sus p ropios hog ares . En l a mayor ía de las ocasiones , en las casas se seguía conviviendo con animales y el alcantarillado era ineficaz. El ca bildo continúa preocupado e interesado en er radicar la s enfer meda des . El g obier no del municipio incrementaba la vigilancia en los productos alimenticios , realizaba algu nas obras públicas que mejoraban las condiciones higiénicas e ina uguraba sistemas de desagüe y de alca ntarillado . En marzo de 1892 se protagon izó un duro temporal que paralizó las faena s del campo y de la mar 668 . En una localidad como A ya monte , las mal as condiciones meteorológica s , ocasionaban una situación a ngustiosa y elev a ba la precariedad en la may oría de las familias . P ara er radica r los incon venientes causados por los temporale s se instaló, g racias a una suscripción v oluntaria entre los v ec inos , el ser vicio de cocina económica. Dicho ser vicio se encontraba en funcionamiento en algunas capitale s de provincia y confecciona ba y ofrecía una condimentada comida para los más necesitados . En esta ocasión se repa r tieron bono s entre las familias más pobres 669 . Una v ez instalado el ser vic io de cocina económica, durante los años siguiente s volvió a restablecerse, principalmente durante los meses en los que las clases jor nale ras a trav esaban una situaci ón angustiosa debido a la frecuencia de temporale s o por la falt a de pesquerías . Aún a finales de siglo , una el ev ada par te de la población seguía encontrándose desprotegida, con escasos recursos económicos y huérfana de medios en momentos de enfer me da d, de a ccidentes , e incluso de fallecimientos . En el año 1895 el ser vic io de Cocina E conómica v olvió a instalarse. Las causas que llev aron una vez más a su funcionamiento fueron la falta de trabajo y por tanto , la carencia de ing resos en numeros as familias ayamontinas . El ser vicio pudo inaugurarse g racias a los donativ os efectuados por muchos de los comerciantes , propietarios e industriales de la ciudad. Siendo alcalde Miguel Pérez Bar roso , la cor poración publicó un bando ensalzando la necesidad de esta actividad y llamando a la g enerosidad de parte del vecindario para hacer posible su in stalación. En muestra de ag radeci miento , en la par te trasera del Decreto , el ayuntamiento daba a conocer el nombre de los contribuyentes y las cantidades apor tadas por cada uno de ellos . 668 A.M.A. Leg ajo 31. Actas Ca pitulares . Sesión Or dinaria de 7 de marzo de 1892. 669 A.M.A. Leg ajo 31. Acta capitular de 7 de ma rzo de 1892. 275 276 Mientras se sucedían los temporales , la industria salazone ra y la conser v era conoció un período de bonanza al amparo de la fir ma del T ratado con P or tug al, llev ado a cabo en 1893, por el cual se aseguraba la libre impor tac ión de pe scado desde el país v ecino . 277 Como veremos en el siguiente capítulo del presente estudio , para entonces , se encontraban en funcionamiento dos de las compañías más impor tantes de la historia de la conser va y de la salazón en Ayamonte , la c onstituida por la Sociedad F eu Her manos y la per teneciente a Pérez Her manos . P or ot ro lado , el industrial J osé Pérez Bar ro so solicitaba nuev os espacios para la instalación de nuevas fábrica s . Frente a un bullici oso Muelle de P oniente, se dispuso a solicitar la concesión de un ter reno situado en el estero de la Riv era para constr uir una nuev a fábrica de salazón con muelles de ser vicios anexos . Una v ez más , la corporación se cong ratulaba y el ogiaba la iniciativ a. No solo se llev aría a ca bo u n nuev o centro fabril que die se empleo a numerosas familia s , sino que mejoraría la s condiciones de higiene de la zona requerida. El ayun tamiento no tuv o ningún inconv eniente, antes al contrario , se manifestó fav orable a dicha conc esión. A cambio , únicament e expresó una condición. Al prolong ar la distancia del muelle y g anar ter reno al curso del río , sería de cuenta del concesionario la constr ucción de las consiguientes madronas que harían falta pa ra dar salida a las aguas pluviales y las sucias de las casas que para entonces desagua ban y tenían ser vicio al estero y que de bido a la edificación de la nuev a industria quedaban más distantes de la nuev a línea del mu elle 670 . P ara entonces , en 1894, en el Muelle de P oniente se pretendía edificar también una pescadería al por mayor que g a rantizase la mejora de las transacciones comerciales . Numerosas fábricas estaban situadas en sus inmediaciones . En 1894 , los fomentadores J osé María Gutié r rez, Miguel y Pr udencio P allares , Antonio Ríos y Lázaro de los Reyes , propietarios de fábricas de salazones instalada s en la para entonces ca lle del Río , dueños también de rampas de ser vicio ubic adas en el Muelle de P oniente desde donde realizaban el desembarco y emba rque de las mercancías , se hacían eco de la rea lización del relleno de esa par te del muelle a fin de constr uir la pla za pescadería al por mayor . T odos ellos se cong ratulaban por dicha inic iati v a, porque a l igual que en otras actuaciones , además de conceder trabajo a las cla ses jor naleras se obtenía el saneamiento del lug ar . Sin embarg o , perdiendo con dicho relleno la facilidad de embarque y desembarque en sus muelles y ram pas , solicitaban se les p er mitiesen av anzar en sus instalaciones hasta la nuev a línea del río que se pretendía trazar 671 . P oco a poco el aspecto de los m uelles iba variando . 670 A.M.A. Leg ajo 31. Sesión , 13 d e noviembre de 1893 671 A.M.A. Leg ajo 31. Se sión, 29 de enero d e 1894 . folio 15. 278 Mientras eso sucedía en la par te sur de l Muelle de P oniente, en su parte norte también se iban situando nuev as instalaciones . Narciso Nav ar ro y Jiménez fue uno de los industriales que insta ló allí su fábrica . Gracias a estas nuev as edi fi caciones , la corporación pretendía una vez más unir el bar rio de la Ribera y el de la Villa por la misma orilla del río ha sta l leg ar a la Plaza de San Fra ncisco . Mediante el a dece ntamiento de esta superficie se edificaría un tra yecto más llano , ameno y cóm odo , en v ez del penoso y molesto que se hacía por la elev ación de la calle Guadiana 672 . P ero también, debido al crecimiento demog ráfico protag onizado en estas últimas décadas del siglo , los a yamontinos requerían de nu evos espacios pa ra la constr ucción de vi viendas . P ara entonces , la corporación lamentaba la carencia de vi vie ndas des tinadas a familias necesitadas . Las solicitudes de te r renos estaban relacionadas con sitios “extraviados y solitarios” donde l a superficie era más económica. No se requerían ter renos de g ran ex tensión y bien situados en la pa r te ba ja de la ciudad, sino que se solicitaban superficies ubic adas en la par te elev ada del pueblo y en calles como Flamencos , P ozo de los Almendros , en l a espalda de la Plaza de T oros o al fina l de la calle Buena vista. Mediante la concesión de dic hos solares se mejoraba el or nato público , la alineación de las calles e incluso , se iban eliminando “rinconadas y tor tuosidades”. A su vez, la cor poración invitaba a solicitar ter renos más cé ntricos y de más valor , por los que el cabildo conseguiría un ma yor ing reso en la s arcas municipales . Proponían la zona de la Plaza de San Francis co . De esa for ma se sacaba utilidad a una plaza que como señalaba la corporación no tenía ningún ser vicio , ubicad a en un sitio siempre combatido por los vie ntos , a demás de mejorar la unión de ambo s ba r rios y el tránsito necesario para la Villa 673 . Los asuntos tratados en esta última década estaban estrechamente relacionados con los intereses de los f omentadores y propietarios de fábricas , a s u v ez, r eg idores y miembros de las corpora ciones municipales . Como ya hemos visto , mucho s acuerdos están relacionados con la mejora de los muelles y con la concesión de terrenos para nuev as fábricas e instalaciones . En otras ocasiones , como la que vamos a obs er var a continuación, el cabildo requiere una disminu ción de las contribuciones y una protección de las actividades . Una v ez más , las autoridades indicaban que así 672 A.M.A. Leagjo 31. Se sión, 5 d e marzo de 1894 , folio 15. 673 A.M.A. Leg ajo 31. Se sión, 4 de enero de 1892. 279 fav orecerían a un sector - el de las fábricas de salazone s , escabe ch es , fritos y conser vas de pescados- que era el principal elemento de la industria de la localida d, donde se daba ocupación a un considerable número de operarios y en donde se utiliza ba de for ma masiv a el trabajo de la m ujer en sus diferentes manipulaciones . Gracias a él , fam ilias enteras obtenían medios de subsis tencia y un “relativ o bienestar”. La prod ucción de dichas instalaciones se destinaba según la cor poración, exc lusiv amente a la expor tación. Además , por la índole de la mercancía era necesaria una completa libe r tad de acción en sus faenas , pues cualquiera que fuese la hora del día o de la noc he en la que el pescado fresco procedente de nuestr a s costas lleg aba, la descarg a no debía d e interr umpirse y había que desarrollarla de for ma inmediata. R equerían que el g obierno p rotegiese la actividad. Some tiendo la pesca al a foro y peso , las autoridades ayamontinas a fir maban que el pe scado fresco se estropeaba y magullaba perdiendo la escama “que es su principal vista”. Debi do a esas operaci ones se demoraba n algu nas horas , por lo que la especie podría lleg a r a pudrir se y a per judica rse . T ras la inmediata descarg a debía de procederse rápida mente a su sala do , fritura o cocción para asegurarlo . De otra for ma se perdería el género y se per judicarían impor tantes intereses . Finalmente, insistían que debido a las espec iales circunstancias que concur rían en esta industria, debían de ser objeto de todas clases de atenciones , procurándoles las may ores facilidades para su desar rollo , en cuyo fomento iba n envueltas la prosperidad y bienestar de muchas familias y de la s clases c onsumidoras de la pobla ción que a may ores rendimientos , ma yores serían también los consum os que realizasen de las demás especies . En otro orden de cosas , reivindicaban que los almacenes , chan ca s y demás depe ndencias d e esta industria no pudie sen tener com unicación interior con los puesto s de venta al por menor y que las pequeñas porciones de sardinas o atún que los operarios o que las muj eres obreras extraían de las fábricas para el consumo en sus casas estuviesen sujetas a adeudo 674 . Sin embarg o , el aug e e incremento de la industria de transfor mación del pescado se v ería empa ñado una v ez más , por una po sible imp or tación de e pidemia de cólera desde el v ecino reino de P or tug a l. En 1893 y 1894, evitando cualquier propag aci ón de la enfer medad, se ejerció una el ev ada vigilancia sobre las embarcaciones , me rcancías y sobre los viajeros , so metiéndose todos ellos a un escr upuloso y detenido 674 A.M.A. Leg ajo 31. Se sión extraordinar ia 26 de ma yo de 1894. 280 reconocimiento . E n may o de 1894, este cabildo declaraba no ha berse podido dedicar a los asuntos rela cionados con el impuesto g eneral de consumos , por haber estado preocupado y ocupado en las medidas sanit arias y en las soluciones a doptadas con motiv o de la epidemia colérica que se inició en el reino de P or tug al. Sin embarg o , afor tunadamente hasta ese momento la epide mia no revestía caracteres alar mantes y sus consecuencias iban en descenso . T ras la a lar ma ocasionada por la e pidemia, los temporales se sucedieron. En algunos casos , irían a compañados de pequeños torna dos que inc luso causarían destr ozos en las embarcaciones y en el mo biliario urbano . En 1895 el temporal vino acompañado de un tor nado que ocasionó inunda ción del río . Las ag uas inv adieron algu nas calles de la ciudad y las fábricas de cons er vas y de salazón establecidas en las inmediacio nes de los muelles s ufrieron elev ados desperfectos 675 . Al finalizar el siglo , la cor poración estaba inmersa en dos nuev os pro yectos . P or un lado , se valoraba la nec esidad de la prolong ación de la car retera de Gibraleón hasta el río Guadiana. P ara el lo , la trav esía transcur riría por los muelles de La Riv era, debido a la estrechez de la calle Iberia 676 . P aralelamente, comenzaba a v alorarse la implantación de un fer roca r ril en la ciud ad. E n 1900, la cor poración solicitó al Ex cmo . Sr . Capitán General de Anda lucía, el estudio e impla ntación de un fer rocar ril, que sir viese tanto a las transacciones comerci ales de la ciudad, como de fer rocar ril militar para la rápida defensa de nuestr as fronteras 677 . A pesar del aug e industr ia l, el siglo finalizará con estrechez y déf icit. La corporación deci diría no aumenta r la contribución. Antes acordaba suprimir la pla za de un médi co titular y eximirse del oficia l primero de sec retaría. Mientras , intentaban dotar de consignación la pa rtida destinada a medic inas para enfer mos pobres y a sistir al bar rio 675 A.M.A. L eg ajo 31. Acta ca pitular d e 11 de marzo de 1895 . “ El c iclón ha debid o cau sar sensibles desg racia s , pues e l cic lón que ayer se sufr ió fue ter rible al extremo de verse ar rancado d e cuajo casi todo el arbolado de l P aseo d e T etuán y la inundación del Río Guad iana lle gó ayer hasta invadir la ca lle d e San Dieg o e inundar las fá bricas de salazones del Muelle de P oniente, qu e el tal ciclón causó g r ande s destrozos e n los barcos que se hallaban anclados en e l puer to los cua les g ar reando sobre sus a mar ras se causaban al chocar unos c on otros g r andes desper fec tos y u n laúd que se hallaba ca rg ado de mineral se fue a pi que salvándose milag rosame nte su tripulación … 676 A.M.A. Leg ajo 31. S esión, 28 d e noviembre de 1898. 677 A.M.A. Leg ajo 31, Se sión, 9 de noviembre de 1900 . 281 de la villa, “relativ amente populoso , de sheredado , estimándose tal v ez igual a aquellos v ec inos como a los desg raciados seres de la casa cuna” 678 , de una escuela. LA CLASE POLÍTICA DURAN TE LAS ÚLTIMAS DÉCAD AS DEL SIGLO En el ter reno político , María Antonia P eña 679 nos desv eló algunos de los principios de la actividad política onubense para la époc a de la Restauración. Durante este período , el sistema p olítico conoc ió la alter nancia en el poder de la s dos g randes fuerzas políticas , la libe ral y la conser vadora . El R ey , según los prece ptos constitucionales , encarg aba la for mación de l Gabinete ministerial al par tido cor respondiente . Las ur na s ratificarían la decisión regia. En Ay a monte, durante los primeros años de la Rest auración, continua ban siendo miembros de la actividad pública algunos de los hijos y nietos de los inmig rantes riojanos que previamente habían liderado la localidad durante la s déca das anteriores y durante la may or par te de la centuria del siglo XIX. En los primeros años de la R estauración, en la ciudad fronteriza, los liberales fueron el g r upo político más impor tante . La decantación libe ral de toda la provincia y la for taleza política de su líde r , Manuel García Iñiguez lo hic ieron posible . P osterior mente, el pred ominio del liberalismo ayamontino se fue de teriorando prog resiv amente. Durante los últimos años de la centuria, los conser v adores lideraron el poder , debido a la crisis g ene ralizada que protag onizaba para entonces el par tido liberal en la provincia y a la fuer te ofen siv a desempeñada por los propios conser v adores acaudillados por el y a conocido militar moguereño Manuel de Bu rg os y Mazo . Durante las primeras décadas de la R estauración en Ayamont e, coincidentes con el final del siglo XIX, destacó el liberal y más tarde , conser vador , Man uel García Iñiguez. Fue diputado pro vincia l en 1878, 1882 y 1884 y diputado a C or tes por la misma provincia durante los años 1886, 1893 y 1899 680 . Recordemos que su padre Cayetano había sido a lcalde en la década de los cincuenta. T ambién de bemos de resaltar 678 A.M.A. Leg ajo 31, Se sión, 7 de julio d e 1899. 679 María Antonia P e ña Gue r rer o , “El si stema c anovista e n A ya monte: el jueg o p olítico y sus ar tífices (1898 - 1923)”…pág . 73 -107. 680 María An tonia P e ña Gu er re ro , “Clientelis mo p olítico y podere s per iféricos durante la Restauración. Huelva, 1874-1923. Univ ersida d de Huelva, 1998. págs . 533-5 45. 288 misma tit ularidad y en una misma noche . Dos collaciones y dos bar rios , con dos cofradías . 289 Capítulo IX. EL DESPEG UE DE LA I NDUSTRIA D E SALAZÓN Y DE LA CONS ER V A 290 291 No podríamos ter minar de conocer el siglo decimo nónico ayamontino sin hacer alusión a la industria de la salazón y de la conser va. Aunqu e es una acti vidad que achacamos a la inf luencia de los ca talanes y le v antiscos que visitaron y se insta laron en la población y en sus alrededores durante el siglo XVIII, la pesca y las prácticas de salazón estuvieron presentes en el vecind ario m uc has décadas y centurias a ntes . Sin embarg o , habría que esperar hasta el siglo XIX, pa ra obser v ar la instalación de las primeras fábricas . P ara entonces la pesca volvió a ser a bundante . A par tir del último tercio de la centuria hast a los años veinte de l siguiente siglo , n uev os establecimientos industriales se situaron en el Muelle Nor te y de P oniente y posterior mente en el estero de la Ribera. Los pioneros de la salazón, como ya se ha podido comprobar , aparecerán durante medi ados de siglo . Sin embarg o , las primeras fábrica s de cons er vas se obser v a rán en la década de los ochenta. E stas últimas fueron posibles g racia s a los capitales prov enientes de la industria de salazón y a la disponibilidad de pesca procedente de la costa on ubense y por tugue sa 688 . Las especies más abundantes eran la sardina, caballa, jurel y atunes . Como seña la Rafael Cáceres , “en Ay amonte durante si glo s se habían elaborado sardinas saladas que se vendían en el interior de la provincia y en Extremadura. Cuando aparecen las primeras fábricas de conser vas a finale s de l XIX, la sardina continuó teniendo el mismo protag onismo . P ero con l a a parición del sistema del enlatado , junto a la sardina, el atún fue g anando prog resiv amente impor tancia” 689 . Nos encontramos ante u na industr ia con una fuer te de pendenc ia del pescado por tugués . A ya monte para entonc es , tendrá unas instalaciones que traba jarán por encima de l as posibilidades pesqueras de la ciudad. La poblaci ón no contará con barcos suficientes para pro v ee r las n umerosas fábricas que se instalarán en estos años . J unto al desar rollo de la industria se encontrará una burguesía emprended ora, que moder nizará sus fábricas y que buscará nu evo s mercados , intentando extende r el radio de a cción de sus empresas . Lo s propietarios de esas nuev as instalaciones liderarán la vida política y social de la ciuda d, par tidos políticos , ayuntami ento , cofradías y demás 688 Rafael C áceres F eria, “Desar ro llo de la indus tria conser vera y movimiento obrero e n A ya monte a principios d e siglo”, e n II J or nadas de Historia d e A yamonte , Huelva, A yu ntamiento de A y amonte, 1997, pág . 104 . 689 Rafael Cácer es F eria , Mujer es, fábrica s y c harangas: El trabaj o f emeni no en el sector conser ver o d e A y amonte (Huelva). , Sevilla, Junta de Andalucía, 200 2, pág . 93. 292 instituciones loc ales y pro vinc iales . La dirección del ayuntamiento ter minará pasando a manos de salazoneros y conser veros que utilizarán dicho órg ano en benef icio de sus solv entes ne g ocios 690 . Aun que dicha transfor mación coinc idirá prácticamente con el cambio de siglo , los oríg enes de esas instalaciones coincidirán con el último cuar to de la centuria decimonónica. F omentadores e industriales apa recerán solicitando ter renos , constr uyendo fábricas y confor mando junto a nuestros p rotag onistas la cor poración municipal. P aralelamente como indicador de ese aug e económico , la ciudad protag onizará un impor tante crecimiento demog ráfico , debido principalmente a la numerosa inmig ración. Entre 1900 y 1920 se dobla rá la cifra de ha bitantes . La poblaci ón pasará de tener en 1900, 7.530 habitantes a poseer en 1920 u n total de 13.207 pobladores . Dicho crecimiento hará que la ci udad se traslade por su número de habitantes del octav o puesto en la provincia a o cupa r la tercera localidad con más v ecindario 691 . J osé María Gutiér r ez Bar roso y s us insta laciones f abriles Uno de los más impor tantes fomentadores de esos últimos años de siglo fue el ayamontino , J osé María Gutiér rez Bar roso 692 . J osé procedía de un ambiente familiar humilde . T enía cinco her manos , la mayoría de ellos , F er nando , Eleuterio y Sulpicio fueron molineros . Mientras , su her mano Man ue l llegó a ser escribient e y Antonio , patrón de barcos 693 . Nació en 1827 . Con a pro ximadamente treinta años de edad, en 1858 nos apareció alquilando los almacenes de salazones que Garcé s Florete tenía en la calle Guadiana. Su relación temprana con la industria de salazón fav orecería los contactos 690 Rafael Cácere s F eria, Mujer es , f ábricas y charangas: El traba jo fem enino en el sector co nser v er o de A y amonte (Huelva). , Sevilla, Junta de Andalucía, 200 2, pág . 67. 691 Rafael Cáceres F eria, “Desar rollo de la indu stria conser vera y movimient o obr ero en A ya monte…”, pág . 103. 692 A.M.A. J osé María Gutiér r ez Bar roso nos apare ce en 1883 como primer teniente de alcald e, siendo alcald e Ca sto Garc ía. En 1 884 ren u ncia Cast o Gar cía. En 1885 será n ombrado alcalde Manuel Solesio Mar tínez. Fina lmente J o sé Gutiér rez Bar roso renuncia el 13 d e julio de 1885. A par tir de entonces , J o sé María protag onizará u na elevada discusión con el munici pio por la concesión y la licencia para constr uir una fábrica entre la calle Bailén y la fábrica para entonces , propiedad de T rinida d Luis Mar tínez. 693 A.P .N .A. Le g ajo 398. T ransacción y declaración. Do n Manuel, J osé María, Antonio , F er nando , Don Eleu terio y Don Sulpicio Gutiér rez y Bar roso . E scritura número 54. A yamonte, 30 de marzo de 1871, Notario E nrique Nieto y C arlier . F olio 314 a 319. 293 con la familia de fomentadores de orig en ca talán apellidada F eu. V arios fueron los años en los que ar rendó instalaciones con los que posterior mente serían sus cuñ ados , los her manos F eu Zamorano . J osé María Gutiér rez Barroso ter minó contrayendo matrimonio con Amalia F eu Zamorano , una de las hija s del también fomentador , instalado primero en la ve ci na Isla de la Hig uerita y lueg o residente en Ayamonte , P edro F eu Blanch. En el momento del enlace apor tó escasos recursos , por lo que podríamos indicar que cuando se ca s ó apenas tenía patrimonio familiar que av alase sus av ances en el ter reno de la indust ria s alazonera. P arece ser que la mayoría de los bienes e inmuebles obtenidos en vida fueron adquiridos durante el matrimonio 694 . Una de las principales f á bricas propiedad de J os é María Gutiér rez Bar roso estaría situada en la entonces ca lle del Río , conoc ida tambié n como Punta de Bandera, lindante por la izquierda con el merc ado público . La vía , desembocaba a la derecha justo con el ba luarte de la P ar roquia de la s A ngustias . Al otro lado de la for tificación se encontraba el Muelle de P onie nte . Dicha industria tendría un almacén para salazón y prensa de pescado donde estaban cu atro habitaciones para vivienda, un zaguán y un almacén techado en la mitad de toda su extensión compuesto por once pilas dedicadas a esta actividad, de un muerto para v ei nte cascos , y de un de pósito de aceite . Dicha fábrica fue adquirida a n uestro ya conoci do J osé María García y Domínguez que tras experimentar unos años en dicho neg oc io , decidió v ende r dicha instalación en el año de 1863. J unto a la citada indus tria, J osé María Gutiér rez Bar ro so , tendría otra i nstalación muc ho más modesta, comprada unos añ os más tard e, en 1876 a Antonio Díaz y López, situada en la calle Angustias , li ndante por la izquierda con la Plaza de la Constitución. Sin emba rg o , J osé María Gutiér rez Bar roso pasará a nuestra historia por dos motiv os . P or un lado , por el edificio que c onstr uyó situado en la Isla de Canela destinado a conser vas y transfor mación de l atún, y por otro , por el pleito desar rollado con el a yuntamiento durante v a rios años , con motiv o de la solicitud de un ter reno situado en el popula r y concur rido Muelle de P on iente, actualmente Muelle de P or tug al, para constr uir una nuev a fábrica. En relación a la industria constr uida en la Isla de Canela, seña lar que fue fabricada tras la concesión de una hectárea de ter reno concedi da 694 A.P .N .A. Leg ajo 509. Inv entario , a prec io , liquida ción, y a djudic ación d e bienes p or mu er te de Doña Amal ia F eu y Zamorano , v ecina que fue de esta ciud ad, sin ocupació n propia atendie ndo su sexo , casada y mayor de sesenta años . A y amonte, 9 de enero de 1896. Inser to e n las escrituras del notario Enrique Nieto y Carlie r . Fo lios 488 a 521. 294 por el Ayuntami ento en 1880, en régimen de censo enfitéutico 695 por el qu e el dominio directo seguía siendo del ayuntami ento y por el que J osé María tenía la oblig ación de satisfacer una pensión an ual de una peseta. En dic ho ter reno edi ficaría una fábrica que lindaría por el nor te con el Estero de C ane la. El edificio en dicha fach a da tendría una puer ta y una v enta na. E l oeste de l inmueble daba al río Guadiana donde abrieron tres v enta nas más . El sur lindaría con ter renos pro piedad del propio J osé María. El establecimiento se destinaría al esca bech e, manipulación y frito del atún. Dicho establecimiento surgió tras la s conv ersaciones y acuerdos mantenidos entre J osé María Gutiér rez con el comerciante genovés J osé Rahola 696 . R ahola estaba interesado en preparar a tunes en España, para que una v ez a r reglados, impor tarlos a su país , por lo que le encomendó al ayamontino , su representación en esta ciudad. El neg ocio implantado por el Sr . R ahola, subsistió algunos años con suerte v aria y cua ndo definitiv amente se dio por ter minado , se hizo la cor respondiente liq uidaci ón. P ara entonces , R ahola tenía una deuda contraída con J osé María Gutiér rez. Mientras que esta no se saldase, la finca no s ería transmitida al g enové s y continuaría siendo explotada por el ayamontino . El edificio situado en el estero de Canela medí a de latitud este a oeste ci ncue nta metros y de longitud nor te a sur , sesenta metros . Estaba en par te enladrilla do y en par te empedrado . Albe rg aba en la pa r te este una batería de 16 hor nos y de 1 6 calderas montadas con una c himenea en el centro; tuber ías p ara el ser vicio de l as mis mas calderas y un bosque para col g ar atunes . En la par te sur , tenía una bomba de vapor , dos depósitos pa ra a gua con sus cor respondientes tubos de ser vic io y una estufa a fueg o . En la pa r te oe ste , se encontraba un alma cén g rande pa ra depósito de la tas , ca jas y demás ar tículos necesarios para la fabricación de conser vas , tres almacenes más pequeños destinados a dor mitorio de operarios , otro que ser vía de cocina y una casa vivienda con cinco habitaciones . En la parte norte tenía tres alma cenes , uno para depósito de pipas de aceite , otro para el de saladura s y otro para el de sal. Al exterior del 695 A.P .N .A. Le g ajo 433. Escritura 17 de ma rzo d e 1880. Fundación de censo e nfitéutico . J oaquín Franco y Or teg a c omo presidente de l A y untamiento a fav or de J osé Mar ía Gutiér rez y Bar roso . Notario Enrique Nie to y Carlier . F olios 411 a 419. 696 Y a Rafael Cáceres nos adelantaba cóm o comercia ntes itali a nos , instalad os en El Alg ar v e y Cádiz, atraídos por la abunda ncia de las mater ias primas nec esarias par a e sta industria, pescado y aceite de oliv a, se asocian con industrial es salazoneros de nuestra tier ra , aparec iendo así las primera s fábricas de c onser v as e n Ayamonte . Rafae l Cáce res F eria , “Desar rollo d e la industria conser vera y movimiento obrero en A y amonte…”, pá g . 102. 295 edificio y unido al mismo había un muelle que cor ría de Este a Oeste en una longitud de cincuenta metros en el que se encontraban empotradas y adosadas a la pared nor te del edificio una caldera de hierro pa ra coc er huesos de pescado , cuatro prensas de hier ro montadas y cinco pilone s de mampostería. E n el frente nor te y par tiendo d el m ue lle últimamente descrito , a r rancaba otro para embarque y de sembarque que ter minaba en el estero de Canela 697 . El inmu eble, en el año 1896, estab a v alorado e n 15.500 pese tas . J unto a la fábrica, en un terreno también cedido por el ayuntamiento , J osé María Gutiér rez Bar roso tenía una ca sa almacén pa ra g aleón, de una e xtensión de 140 metros cuadrados . Mientras , en Ayamont e, al igual que se inauguraban y constr uían nuevas fábricas en los márg ene s de la d esembocadura del río , también se protag onizaba n tensiones entre los intereses de a lgu nos par ticulares y los acuerdos d efendidos por la s autoridades municipales , g arantes de las mejoras de l vec indario . La corporación concedía o deneg aba solicitudes de ter renos según interpretaba las nece sidades de la población y de los muelles . J osé María Gutiér rez y Bar roso pro tag onizó un duro ple ito contra el ayuntamiento con moti vo de una solicitud de ter reno destinada a la constr ucci ón de una nuev a fábrica. Unos años más tarde de que J osé María Gutiér rez fuese beneficiado con la concesión de la hectárea situada en las inmediaciones del estero de Canela, el industrial solicitaba una nuev a superficie de ter reno de cinc uenta metros para destinarla a la constr ucci ón de una nuev a fábrica de salazón, situada entre la calleja conocida por Bailén y la fábrica para entonces propiedad de l ya para nosotros conoc ido propietario T rinidad Luís Martínez del Molino . P arece ser que f ue el Ministerio de F ome nto , quien contraviniendo las ordena nzas municipales concedió lo solicitado al indus trial 698 . En 1885 699 , la alcaldía presidi da por Manuel Solesio y Mar tí nez consideraba que la concesión del ter reno sería perjudic ial para los intereses de l municipio . P ara entonces , en par te del terreno requerido se había constr uido un muro de conte nción cuya obra se había realizado con fon dos municipales y g racias a la g ene rosidad de l propietario 697 A.P .N .A. L eg ajo 501. De claración de pro piedad J osé Mar ía Gutiér re z y Bar roso . Ayamonte, 9 d e junio de 1894. Notari o Enrique Nie to y Carlier, folio 1.061-1.064. 698 J osé Antonio Rodríguez R odr íguez, A yamonte: puert o y ciudad. Andalucía . C onsejería de Obras públicas y transpor te s , 2001. pág . 90 699 A.M.A. Leg ajo 30. Sesión Or dinaria del lunes 5 d e octubre de 1885, folio 18. 296 Manuel García Iñiguez, el cual llegó a donar para tal fin, la cantidad de 500 pesetas 700 . Con la conc esión se inter r umpía la constr ucci ón del mal ecón que se estaba edificando hacía más de seis años . Las autoridade s municipales pretend ía n que el muro lindase con el ba luar te conoc ido como “de las Angustias” y se ex tendiese ha sta la fábrica de salazón propiedad del ayamontino T rinidad Luís Mar tínez . T ras la edificación del muro , rellenarían el espac io que mediaba desde el citado muro hast a la s paredes de la s casas que lindaban con el río . El alcalde y regidores manifestaban no poder atender lo requerido por el industrial, porque se malga staría el donativ o y la inv ersión realizada hasta entonc es . Según la corporación, lo que se había hecho para el ser vic io público , v endría con la concesión requerida a utilizarse por un solo industrial. Además , la n uev a fábrica la stimaría derechos a dquiridos , entorpece ría el ser vicio de las otras fá bricas y dificultaría también el embar que y desembarqu e de las mercancías en el muelle . El g ober nador ci vil, sin embarg o , al marg en de las protestas efectuadas por el consistorio , concedió una real orden con fecha de 25 de enero de 1886, p or la que concedía dichos terrenos , reseñando se procediese por tanto a su de slinde 701 . Una v ez más , el consistor io se oponía a la concesión. En est a ocasión, insistía en la importancia que tenía en la ciuda d la industria pesquera y de la nav eg ación, por lo que sería per judicial destinar el frente del Guadiana y ese sitio del Muelle de P oniente precisamente para el uso par ticular y ex clusiv o de un v ecino . Las autoridades describían al municipio como un núcleo de población dedicado ex clusiv amente a dicha industria debido al elevado empobrecimiento que tenía su suelo , del que reseñaban que nada prov echoso producía. Señala ban que los únicos elementos de vida procedí an del tr áfico marítimo para el que querían habilitar un puer to de embarque y desembar que en la zona señalada. P ara la cor poración, la pro ye ctada fábrica faltaba “abier tamen te al or nato público y , salía de la línea regular traza da del muell e”. Sin embarg o , invitaba a que J osé María Gutiér rez valorase la situación y requiriese un nuev o solar . El mun ic ipio sería fav orable a esta posibilidad, pues reconocía la elev ada utilidad q ue repor taba en esta población puramente marítima la edificación de locales donde elaborar las pesquerías . P ara entonces , a opinión de las a utoridades existían sitios y lug a res más a propósito para 700 A.M.A. Leg ajo 30. Sesión ordinaria lunes 8 de junio de 1885, folio 37 v . 701 A.M.A. Leg ajo 30. Sesión ext raordinaria , 26 de mar zo de 1886, folios 33 - 37v . 297 la constitución de las fábricas , como sería el situado a c ontinua ci ón de las instalaciones recientemente constr uidas por Narciso Nav a r ro . Finalmente, el g ober nador civil infor mó en julio de 1886 a l Ministerio de F omento , a fav or del mu nicipio , oponié ndose a la constr ucción de dicho almacén. En septiembre de ese mismo a ño , se recibió oficio del representante del Gobie r no en la provincia oblig ando a J osé María Gutiér rez Bar roso a ceñirse a las ordenanzas municipales . J osé María Gutiér rez Bar roso , además de ser propietario de vari as instalaciones fabriles fue dueño de va rias emba rcaciones . Entre ell a s destaca ban los buques con aparejos de laúd nombrados “E léctrico”, “Bella Amal ia” y “S an Sebastián”. Fueron adquiridos , el primero a J osé Bor rell y Pérez en 1887, el segundo a su cuñado , Manuel F eu Zamorano entre 1873 y 1886 y el tercero a Antonio Pérez Jiméne z en 1865. J unto a J osé María a parecieron otros indu striales de la salazón y de la conser v a . Comenzaron a constr uir y posterior mente a explotar nuev os neg ocios . Entre ellos destaca ron a lgunos de los miembros de la f amilia F eu. En este caso , habrían residido en Isla Cristina y a llí habrían estado en contacto con esta industria. Sin embarg o , a par tir del último cua r to de siglo , el g r ueso de sus neg ocios fue instalado en la población ayamontina. L A F AMILIA F EU Y EL ORIGEN DE LA FR UCTÍFERA SO CIED AD “F EU H ERMAN OS ” Sería imposible ha blar de la industria de la salazón en nuestra ciudad sin ha ce r referencia a los fomentadores de la familia F eu. El pionero de esta saga familia r en tier ras onubenses , como ya hemos obser v ado , fue P edro F eu Blanch. Proc edente de Cataluña, se instaló en la población v ecina de la Higue rita, para con posterioridad ya bien entrado el siglo XIX av ecindarse en la ciudad de A yamonte. Sin embarg o , aunque comenzase a residir en nuest ra ciuda d ya bien en trada la centuria, P edro F eu sería bien conocido por los ayamontinos . Antes de in stalarse definitiv a mente en la población ayamontina, siendo aún residente en la Isla de la Higuerita, había rea lizado neg ociaci ones con sus vecinos . En 1818 creó una Compañía junto al entonc es alcalde ordinario de Ayamonte , Miguel Llov era. En esta ocasión, Miguel Llov era pondría el capital en metálico , unos 3.000 duros que cor respo ndían con 60.0 00 reales y P edro F eu, pondría el a lmacén de s u propiedad y su “trabajo pe rsonal de intelig encias”. Como 304 Cada una de estas par ticipaci ones en las ar tes de pe sca, habrían sido compar tidas con su her mano Manuel F eu Casano va. T ras la muer te de Antonio F eu Casanov a se lle vó a cabo el inv entario , liquidación y adjudicación de los bienes quedados por él tras su falle cimiento . Entre ellos de stacaban, la mitad del inmueble donde estaba situada su vivienda en la calle C ristóbal Colón, v alorada en 25.0 00 pesetas , la mitad del almacén para salazone s en calle San F er nando con una rampa de 26 me tros que av a nzaba hacia el río y que ser vía para facilitar la ca rg a y descarg a de las mercancías v a lorado en 30.000 peseta s y la mitad del almacén con pilas para salazón de pescados en el muelle de P oniente, anterior mente conocido como Plaza de las Viudas . J unto a las fábricas , aparecía alguna que otra embarcación que facilita ba el transpo r te de las mercancías y de las materias primas . Entre ellas estaba la cuar ta par te del buque “San Luis” constr uido hacía ya décadas por su padre, con ca sco de madera y apa rejos de laúd v a lorada ahora en 6.25 0 pesetas , la mitad de una barca jábeg a para la pesca de sardinas nombrada “Bella Andrea” y matriculada en V illa Re al de Santo Antonio y la mitad de un buque de recreo . En la ma yoría de las ocasiones , la otra mitad de lo s bienes cor respondía a su her mano Manuel F eu Casanov a con el que había sido s ocio en la Compañía. Al marg en, A ntonio F eu Casanov a tenía un numeroso capital inv er tido en acciones de la sociedad “Electra Ay a montina” 722 , en la mitad pro-indivis a de las existencias localizadas en los alma cenes de salazón y conser va de pescados consistentes en aceites , vinag res , carbón, g asolina, hoja s de lat a o bar riles e incluso , en conser v as para la v enta que s e encontraban, en el momento de su muerte, en poder de los cor responsales . Sin embar g o , una elevada cifra, en total 100. 311 pe setas se encontraba dispuesta en crédi tos que se estimaron cor rientes contra diferentes pe rsonas y entidades , “cuy o por menor resultaba de los libros de contabilidad de la sociedad mercantil cole ctiv a” 723 . 722 A.P .N .A. Leg ajo 553. In ventario , liq uidación y adjudicación de los bienes quedados a l fallecimie nto de A ntonio F eu Ca sano va, v ecino qu e fue de Ayamonte , 26 d e enero de 1905 , inser to en notaría d e Enrique Nieto y Ca rlier, folios 280 r - 307 v . De talles sobre las a cciones e n la so ciedad “Electra A yamontina ”, folio 287 v . 723 Finalmente, a la muer te de Antonio F eu Casanov a valoraron sus bienes en 29 9.385 pesetas , a los cuales tuvieron q ue r estarle los créd itos e n contra que alca nzaban la ca ntidad de 178.580 pesetas . Finalmente el capital disponible fu e de 120.804 pesetas . A par tir de entonces , sus hijos Ant onio y Cayetano F eu y Marchena tomarían el r elev o . [Document text truncated for crawler view.]