Prostitución y medios de comunicación (a Irma la Dulce, en el quicio de la mancebía)
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218 218 13. PROSTITUCIÓN Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN (A Irma la Dulce, en el quicio de la mancebía) Francisco Correal Diario de Sevilla Una noche me crucé con ellos por la Alameda, un buen sitio para hablar de estas cosas, con Ramón Reig y con Rosalba Mancinas. Me hablaron de estas jornadas y de esta ponencia. Prostitución y medios de comunicación. Nos despedimos y fui a casa perplejo, incrédulo. De pronto vi una señal. Entré y me dijo María José, mi mujer: Paco, si te das prisa, la vemos juntos. Acababa de empezar ‘Irma la dulce’, la película de Billy Wilder que cuenta la historia de amor entre el policía al que interpreta Jack Lemmon y la prostituta encarnada por Shirley MacLaine. Mis héroes de ‘El apartamento’. Un policía y una prostituta. El marco ideal para abordar este tema en plena vorágine de ordenanzas municipales. El decorado perfecto para la prostituta,
219 219 paradigma de víctima y verdugo, un espectro antropológico, sociológico y cultural que va del amor libre a la explotación sexual, del paraíso a Sodoma en el mismo tren. La prostitución está de rabiosa actualidad. Y más en periodo electoral. Uno entiende que le preocupe tanto a los gobernantes. Con las prostitutas, las profesionales que más han enriquecido el lenguaje con esa inagotable sinonimia de mancebía (meretrices, hetairas, fulanas, furcias, pupilas, putas), pasa como con los políticos en las últimas encuestas: se buscaban como una solución y se convirtieron en el problema. Que no se preocupen nuestros mandatarios por esta analogía. Barro para casa y no encuentro otro paralelismo más acertado, una aproximación más ecuánime que la que existe entre la prostitución y el oficio que llevo ejerciendo treinta y cinco años. Los periodistas también hacemos la calle. Más bien debería decir hacíamos la calle (los que no nos hemos ido a la calle, léase puta calle), esa calle que era nuestra partera noticiosa hasta que a las nuevas generaciones les mostraron el camino de las nuevas tecnologías, esos burdeles y lupanares de proxenetas anónimos, casas de citas donde las historias vienen masticadas, sucedáneo de la calle. Una putada. La prostitución encaja más con la literatura que con el periodismo. ¿No será que el periodismo es una prostitución de la literatura? No hay escritor que se precie que no se detenga en historias de comercio carnal. Desde ‘Pantaleón y las visitadoras’, de Mario Vargas Llosa, a ‘Memoria de las putas tristes’, de Gabriel García Márquez, que algunos consideran un plagio descarado de ‘La casa de las bellas dormidas’ del japonés Yasunari Kawabata. Por ceñirnos a la Alameda, la relación entre prostitución y literatura es evidente. Francisco Núñez Roldán, novelista y catedrático de inglés ya jubilado, escribió para la colección Temas de Hoy el libro Mujeres públicas: Historia de la prostitución en España. En la parte correspondiente a Sevilla, para documentar esa decadencia de los
220 220 lupanares del Arenal cuando la Casa de la Contratación se traslada en 1717 de Sevilla a Cádiz, este autor recoge diferentes testimonios de prostitutas de la Alameda. Habló con las vecinas de Juan Eslava Galán, ganador del Premio Planeta el año que fue finalista Fernando Fernán Gómez, y con las vecinas de Salvador Compán, finalista del premio Planeta el año que lo ganó Maruja Torres. La casa de Juan Eslava Galán en la calle Leonor Dávalos fue en tiempos un burdel y conservaba la distribución antigua antes de que el escritor decidiera marcharse a Barcelona con su nuevo riñón para estar cerca de sus hijas y de su editor. Siempre mantuvo muy buena relación con sus vecinas, que le expusieron el mutuo servicio que se prestaban: él había conseguido la casa a muy buen precio por estar en una zona de dudosa reputación, pero a cambio ellas cuando se fueran (también se marcharon con el lifting que le han hecho a la Alameda) podrían vender la casa en óptimas condiciones por tener un vecino tan respetable, nada menos que escritor de éxito, catedrático de instituto y ganador del premio Planeta con En busca del unicornio. Núñez Roldán recorre la historia de la prostitución a lo largo de los diferentes periodos: la España romana, la visigoda, la islámica, la cristiana. Se detiene en el filantropismo del siglo XIX, tiempos de humanización de las prisiones y dignificación de los excluidos. Se imponen entonces ideas bienintencionadas como la obligación de que estas profesionales se sometieran a revisiones médicas. La prostitución ha ganado el Nobel, el Planeta y también el Cervantes. Está en el lenocinio encubierto de Maritornes, joya de la picaresca y la transgresión, o en la licenciosa vida de una de las hermanas del propio Miguel de Cervantes. La Alameda, salvo en sus trastiendas de Joaquín Costa y la plaza de la Mata, se ha quedado sin lupanares. El nuevo urbanismo de la Alameda, esta repoblación redemográfica de un nuevo Olavide que pensará que el antiguo se convirtió en travesti cuando oye hablar de la Olavide, ha reducido drásticamente
221 221 la colonia de prostitutas. Los bares y restaurantes han sustituido a los burdeles. Lo saben los arquitectos que viven en la zona, como José Ramón Moreno, que rehabilitó para apartamentos el palacete de la calle conde de Torrejón. Casa Paco, por ejemplo, a dos pasos del burdel que fue después casa de Eslava Galán, es un restaurante muy cotizado en la zona cuyo anterior uso fue Bar Parrita, lugar donde se pactaban los tratos entre el cliente y la prostituta, a veces con las odiosas mediaciones del chulo o proxeneta. La puta es de los pocos oficios que además conlleva una especie de sambenito, de categoría moral. Un rescoldo de un machismo atrincherado que a la adúltera la llamaba puta y al adúltero galán o conquistador. Putas serían según esos criterios Madame Bovary, la Regenta o Pepita Jiménez. Esos caprichos del lenguaje que utilizaba dos verbos sagrados, amar y querer, para referirse a los universos furtivos de la amante y la querida. Palabras hermosas para historias turbias. En la Biblia, por ejemplo, la prostituta es uno de los oficios que goza de mayor reputación, valga la redundancia. Mucho más, por ejemplo, que los arquitectos, condenados con la archiconocida sentencia bíblica: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. La prostituta es a ojos de Cristo el espejo que deben utilizar escribas y fariseos para alcanzar el reino de Dios. “Eran las cortesanas del Renacimiento”, me comenta el arquitecto Jaime López de Asiain cuando le comento este diferente trato ético de oficios en la Biblia. Geoffrey Parker, discípulo de Elliott y biógrafo de Felipe II, cuenta en su libro ‘La guerra de Flandes y el camino español’ que el conflicto era tan rematadamente largo y proceloso que la tropa se hacía acompañar de muchísimo personal, incluida la nómina de prostitutas que casi tenían el tratamiento de pintores de la Corte. Si hablo de la Biblia y de la reputación, palabra que en el contexto se las trae, es porque hay en la prostituta una decencia que se escapa a los códigos
222 222 morales, a la convención. En la plaza de la Mata nació la madre Rosario María, monja mercedaria, hija y hermana de taxistas, directora del colegio de las Mercedarias de San Vicente donde estudiaron mi mujer y mis hijas y donde ahora mi hijo Paco es alumno de la seño Sonia, que el año pasado salió por primera vez con las nazarenas del Gran Poder. La madre Rosario María vivió in situ la convivencia con estas llamadas mujeres de la vida. Se sientan todavía junto a la plaza de naranjos que se abre a Joaquín Costa y a Santa Rufina. En la plaza desembocan dos callecitas, Belén y Vulcano. En ésta última es donde se colocan las travestis, que ya han puesto un cartel de Se Vende en su apartamento. Los días de sol, en las casas de enfrente se sientan en la puerta. Paso por allí muchas veces camino del periódico. Les doy los buenos días o las buenas tardes. Juegan al parchís, cantiñean, una lee el 20 Minutos, periódico gratuito que es como una metáfora del ratito. Hablo con una de ellas. Se llama Mari Carmen y nació en 1958. Más joven que yo y parece mi madre, guapa como mi madre guapa, pero con una ancianidad sobrevenida de, como me cuenta, entrar y salir en el oficio, una suerte de barbecho corporal de encuentros y extravíos. No han recibido ninguna presión policial ni del vecindario. Mari Carmen ha oído hablar de las ordenanzas municipales. Quizás a la prostitución le pase lo que Marx decía de la religión: es el corazón de un mundo sin corazón. Esta prostituta está bautizada en Omnium Sanctorum. Es de las fijas. Las itinerantes, temporeras de la carne, suelen ser marroquíes. Las cuenta mentalmente y le salen en la zona cuatro casas y una veintena de mujeres. Están en paz porque, dice, ya no quedan rusas ni rumanas. Armando Vega ha salido a aparcar su coche. Es el farmacéutico de Peris Mencheta. Quiere que el Ayuntamiento rotule de una vez la calle y honre la memoria del periodista que fundó El Noticiero Sevillano. Conoce bien a este colectivo. “El trato con ellas es cotidiano y masivo y no tengo que decir más que cosas buenas. Son las más educadas del mundo. Vienen a por pastillas, a por
223 223 su cremita. Lo único que no compran son preservativos. Por lo visto, se los regala una oenegé”. Sentadas en las puertas de esta plaza con naranjos, junto a la chatarrería donde no cesa el trasiego de chamarileros, ofrecen una estampa apacible. Ya nadie en la capital, sólo en los pueblos, se sienta en la puerta de su casa. A mí me recuerdan a las encajeras de bolillos de Almagro que se ponían en la puerta a tocar la partitura de los maravillosos encajes, erotismo fino de lencería doméstica. Las llaman encajeras en Almagro o palilleiras en Camariñas, en la gallega Costa de la Muerte. Estas mujeres de la vida ahí sentadas esperando al cliente evocan esos burdeles del tiempo perdido de Proust donde el usuario buscaba más el consuelo y la compañía que el estricto trato carnal. Prostitución y medios de comunicación. En televisión, esa alianza de conceptos se llama Silvio Berlusconi, presidente del Milán y de la República Italiana. Y la prostitución encubierta de muchos programas rosas donde lo más importante es quién se acostó con quién, aunque en este lenocinio impune, ajeno a las ordenanzas municipales, a la deontología de los salvadores de la moralidad, la gran novedad es que se cobra más por la silla que por la cama. Hablo de la Alameda porque es el espacio que conozco, donde vivo hace un cuarto de siglo, cuando coincidía con Julio Anguita en la selecta nevería del cine Ideal de verano viendo una de Chuck Norris o de Charles Bronson. El Trastevere de Adelita Domingo, que nació en el teatro San Fernando y fundó en la Alameda la Escuela de Tonadilleras por la que pasó hasta Paloma San Basilio, muy cerca de la academia de Realito donde dio sus primeros pasos como bailaora Lola Flores, tan cerca del Corral de Esquivel donde dicen que nació Manolo Caracol. Ginger y Fred en Andalucía. La Alameda del quiosco de Matilde que aparecía en la portada de un libro sobre la prensa sevillana que hace años publicó Mercedes de Pablos. Margherita Bacigalupo es una genovesa que vino a Sevilla para investigar la identidad digital en un proyecto de la Unión Europea. Se enamoró
224 224 de la Alameda y ahora trabaja en el Fotómata, un local abierto en la plaza de la Mata, en la misma acera donde aguardan las mujeres al cliente. También en su caso un verdugo o una víctima, un explotador o un explotado. Depende de la ordenanza y de la perspectiva. Margherita me cuenta que en el casco histórico de Génova había una zona igualmente degradada en la que el arquitecto Renzo Piano abrió su estudio. Hubo una Alameda degradada de camellos que sembraban el pánico, de gorrillas desvalidos, de una autoridad sorda, muda y ciega, de héroes cívicos como Paneque, que le hizo frente a los traficantes que traficaban con todo: con la droga, con la extorsión, con el destino de estas mujeres. Era una zona llena de ensueño y de miseria que se pierde en la infancia de la memoria y que los padres recordamos sin niños. Mucha gente se ha cruzado con estas mujeres. Isabel María lleva 23 años trabajando en el Instituto Andaluz de la Mujer. Llegó cuando no tenía ni nombre. Su primer destino fue en Taracea, un centro de acogida de mujeres entre las que había una importante nómina de prostitutas. Otto Pardo es el padre de Martina, una de las amigas de mi hijo Paco. Desde los 19 años se dedica a montar exposiciones. Colgando un cuadro de Juan Suárez en el Alcázar, se le cayó un cristal en el brazo y empezó a sangrar. No aguantó la espera en el Virgen del Rocío y acudió a una clínica que había en la calle Jesús del Gran Poder “donde atendían sobre todo a las prostitutas”, recuerda ahora. El portero de este improvisado ambulatorio le hizo el torniquete que le frenó tan artística hemorragia. La prostitución ocupa muchos titulares de prensa. He aquí algunos: “Los vecinos exigen ya las multas contra la prostitución y no campañas publicitarias”. “Tildan de psicótica la actuación municipal sobre la prostitución”. “Juristas creen que el Ayuntamiento se extralimita al prohibir el sexo”. “La prostitución crece con la crisis y se muda a los polígonos”. “La explotación sexual afecta a 2,5 millones
225 225 de personas en el mundo”. “Romero aboga por legalizar la prostitución en contra de su partido”. Titular de Málaga Hoy que se refiere a Mariví Romero, concejal de Bienestar Social del PP en el Ayuntamiento de Málaga. Si hubiera una SGAE para que las prostitutas percibieran derechos de autor cada vez que aparecen mencionadas en una obra literaria, ganarían más que los futbolistas mejor pagados. Aporto a esta mesa tres referencias de libros que estoy leyendo. No he tenido que hacer una búsqueda especial. En ‘Noticias del Imperio’, del mexicano Fernando del Paso, Carlota de Bélgica se dirige a su esposo, Maximiliano, el austrohúngaro convertido en emperador de México por capricho de Eugenia de Montijo y que murió fusilado en Querétaro. Le habla de su bisabuelo: “¿pero cómo perdonarle, al puerco, que la engañara tantos años con esa puta a la que le regaló el título de Duquesa de Floridia? ¿Cómo perdonarle a mi padre que corrompiera esa sangre de Sajonia-Coburgo de la que siempre dijo estar orgulloso, mezclándola con la sangre plebeya de una meretriz como Arcadie von Eppinghoven para llenarme de hermanos bastardos?”… Con prólogo de Stanley G. Payne, Ada del Moral narra en el libro ‘Noches de Casablanca’ la vida, pasión y exilio de Luis Ruiz Huidobro y describe el Madrid de esos años. El protagonista regentaba un negocio familiar de tejidos. “Desterrados los insufribles callos (así le llamaban en el argot a los calzoncillos blancos), los abrigos de señora con cuello de felpa se convirtieron en las prendas más buscadas del local. Los baratos valían 12 pesetas y los compraban las putillas de la calle Pelayo, los de calidad óptima, 25, y los de superlujo 50”. “Las muy putas están por todas partes”. Raymond Carver, padre del llamado realismo sucio, se refiere a las babosas en el relato titulado ‘Veía hasta las cosas más minúsculas’ incluido en su libro ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’ con el que podría cerrar este circunloquio de virtudes y pecados, de este martirologio ambiguo en el que uno imagina a una de estas mujeres
226 226 haciendo encaje de bolillos con las ordenanzas municipales, atención al concejal del ramo, y preguntándose de qué no hablamos cuando no hablamos de amor…