Construir, habitar, proyectar. Claves para una idea romántica de arquitectura
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1 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 13, Febrero de 2014. ISSN 1697-8072 CONSTRUIR, HABITAR, PROYECTAR. CLAVES PARA UNA IDEA ROMÁNTICA DE ARQUITECTURA1 Javier Hernández-Pacheco Universidad de Sevilla ¿Y si el verdadero lujo fuese el espacio? Era el lema de una campaña publicitaria de la empresa Renault para promover su monovolumen, que efectivamente se llama así en francés: Espace. La campaña suponía, a mi modo de ver, una reflexión visual, no directamente sobre el hiper-diseñado espacio de un vehículo, por grande que sea, sino sobre la arquitectura en general. Y sin afán de ir mucho más lejos creo que no sería muy exigente reclamar un cierto consenso sobre esta definición: arquitectura es el arte de convertir el espacio, en riqueza primero, y en último término en lujo. El caso es que el citado lema es más ―y no podía ser menos― «construido» de lo que su aparente sencillez oculta. Como es también mucho más complejo de lo que parece el significado de la arquitectura en general, sobre la que hoy quiero ofrecer estas reflexiones. No van a ser excesivamente brillantes, porque cuando uno sale de su territorio propio, que en mi caso es la filosofía, corre el riesgo de descender a especulaciones que parecerán de aficionado a los entendidos. En este caso a los arquitectos, que de antiguo es una profesión con un altísimo nivel reflexivo sobre sus propios fundamentos teóricos. Pero también a los filósofos, que en mi esfuerzo por encontrar un suelo común de discusión probablemente sentirán traicionada su habitual exigencia de rigor. Vaya por delante que son reflexiones que parten, por mi parte, de una profunda simpatía: por la arquitectura, en efecto, y por la actividad constructiva en general. Y lo digo ahora muy consciente de que la profunda crisis que actualmente sufrimos parece tener su origen en los excesos de la financiación hipotecaria, de la promoción de primeras, y segundas (y terceras y cuartas) viviendas; de la corrupción administrativa que ha rodeado a lo que ahora nos parece un delirio constructivo. Todo se resume bajo el horrible y difuso término de «especulación». Ante esta catástrofe, la tentación de los filósofos, una vez más, es descender de nuestro parnaso académico con un condescendiente «ya lo decía yo», para dar lecciones de moralidad. Y es que, desde Platón, la filosofía no ha renunciado a una insolente 1 Este texto es la transcripción de la conferencia del mismo título, dictada en la Universidad de Sevilla: Cursos de otoño 2012, Seminario de Filosofía, «Espacios Filosóficos. El lugar de la filosofía en el presente», el 17 de Septiembre de 2012.
2 pretensión demiúrgica. Es decir, a intentar proporcionar desde la contemplación de las ideas, desde la teoría, las guías prácticas para el desarrollo de todas las actividades humanas. Desde el buen gobierno, pasando por la economía, el derecho, las artes, la técnica, parece como si esas actividades necesitasen detrás un filósofo para que, siguiendo sus dictámenes preceptivos, pudiesen ser reconocidas como verdaderamente humanas. Pienso, sin embargo, que semejante arrogancia intelectual va en contra de la naturaleza misma de la filosofía, esencialmente finita en su raíz. El filósofo ―aunque muchas veces lo haya pretendido― no es un profeta que descienda tras una teofanía, dueño de una revelación, a ordenar al pueblo que se ponga en marcha hacia las metas que él le indicará. Cuando se le ha dejado ser eso, la historia siempre ha terminado en catástrofes mucho peores que las inmobiliarias. Es más bien el que reflexiona sobre lo que la gente hace, a veces ciertamente para poner de relieve las contradicciones de lo que entre todos creemos saber, para criticar entonces los consensos. Pero ello carecería de sentido si los límites de esa reflexión no fuesen algo que sale a la luz precisamente allí donde el intelectual intenta aprender de eso que la gente, esforzadamente, con mayor o menor éxito, a veces con graves errores, intenta siempre realizar. Así por ejemplo, la filosofía política, no es la condición del buen gobierno, la puesta en práctica de lo que los filósofos «dicen», sino la atenta consideración de lo que los buenos gobernantes «hacen». Platón olvido lo que su maestro bien sabía, que la vocación del filósofo es antes aprender que dar lecciones. Desde esta perspectiva, creo que, más allá de su actual crisis, la arquitectura, y el afán constructivo en general, es actividad tan antigua como el hombre mismo, y por ello algo por lo que los filósofos bien podemos dejarnos ilustrar, acerca de cosas que resultan esenciales para nuestra naturaleza humana. Podemos aprender de ella, en efecto, cosas que a veces olvidamos. Por ejemplo, ya lo hemos dicho, que ser, existir, vivir, tiene para nosotros esencialmente que ver con el espacio. Y así, volvemos a donde habíamos empezado: ¿y si el verdadero lujo fuese el espacio? Mas, ¿por qué planteamos esto como una pregunta? Será porque la afirmación que contiene es originalmente dudosa. Dicho de otra forma, la afirmación tiene como condición previa su propia negación; pues de forma inmediata está mucho más claro lo contrario: el espacio, dicho en bruto, no es bueno, es malo. Kant dice del espacio que es la forma de la experiencia en tanto que esa experiencia es externa. Ello quiere decir, que ese espacio es la forma general de lo que nos pasa, en tanto que eso que pasa está «fuera». Y añade a continuación que junto con el tiempo, ese espacio es el signo primero de nuestra finitud. De forma diferente, dice lo mismo Heidegger cuando afirma que la característica primera de la vida humana, es la ex-sistencia. Es igualmente signo de la finitud: la vida es lo que originalmente se enfrenta con lo que está fuera de sí; ella misma está fuera de sí. Lo podemos decir de muchas maneras: en esa original dimensión ex-sistencial, la vida es lo ex-puesto, lo derelicto, das Geworfene, lo arrojado fuera. Y lo mismo para Hegel, el espacio es para lo absoluto la primera forma de la alienación, el ser otro que sí mismo. También lo habían dicho los escolásticos ―ya vemos que las opiniones filosóficas son unánimes en este punto―: la extensión es la característica propia de la materia signata quantitatae,
3 que tiene como característica el tener partes extra partes, tener sus partes fuera de sí mismas. Por eso el espacio es aquello en lo que todo está fuera de sí, alienado, decimos técnicamente los filósofos. El punto fuera de sí es la línea; la línea fuera de sí el plano; el plano fuera de sí el espacio tridimensional, etc. El origen del espacio es pues, la negatividad. ¿Cómo va a ser entonces un lujo? No lo es, de ninguna manera. Espacio es lo que hay entre un chaval y su novia, que está en Barcelona, por ejemplo; entre mi vivienda y el lugar de trabajo; entre Grouchy y Napoleon, la tarde de Waterloo. De hecho, la vida, que es lo concebido, cenceptus, se abre al exterior, ve la luz, en la forma de shock. En último término el espacio exterior es amenaza y al final su victoria es la muerte, la vuelta al polvo de donde todo lo vivo intenta redimirse. Podríamos hablar de algo así como la esencial marsupialidad de la vida: nada más nacer todo lo vivo busca refugio saliéndose de la exterioridad, o volviendo en cuanto puede a lo que la madre aún puede ofrecer de seno, alimento y calor. Son múltiples los sentimientos existenciales que tienen que ver con esto. Tantas veces hemos considerado el famoso texto de Kant: «Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellos la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí». Pero fácilmente olvidamos de que se trata para Kant, y tras él para el hombre contemporáneo, de dos inmensidades contrapuestas: del mundo interior, moral y reflexivo, y del mundo físico, extenso y desolado. De dos magnitudes que desde Descartes, hemos considerado como negación una de la otra. De ahí la soledad con que nos sobrecoge la inmensidad del espacio interestelar, y la amenaza que significa para nosotros ese mundo exterior que entendemos como desierto. En medio del mundo, el hombre siente… miedo. El espacio en modo alguno es primariamente riqueza. Habíamos dicho que la arquitectura es lo que hace del espacio un lujo. Pero queda mucho para llegar ahí, porque la forma primera de la arquitectura es efectivamente marsupial, y así es en cierta forma la negación de lo que ese espacio tiene de foránea extensión. Probablemente la
4 cueva en la que la horda se refugia y en la que el fuego se puede guardar de la intemperie, es a la vez espacio sagrado, absoluto, precisamente en cuanto que está fuera del espacio natural, y funciona como albergue exento. Impresionan como monumentos arquitectónicos los monasterios griegos que, parece, se abren desde lo alto al paisaje. Pero por lo mismo: esa apertura es aparente, pues más bien son lo que es fácil de cerrar, lo que casi resulta inaccesible; donde los hombres buenos se refugian de los malos, que son los ex-traños, los ex-tranjeros, que vienen de fuera, del espacio exterior. Y lo mismo ocurre con los castillos. No es verdad que dominen la llanura, o el paso del río. Más bien los temen, son formas de huir del espacio, no de conquistarlo. Podemos, pues, concluir que las primeras formas arquitectónicas son negaciones de ese espacio. Y no solamente en la forma de refugio. Una de las características de la pura extensión es que no tiene centro. Los así llamados ejes de coordenadas, no constituyen su forma original, sino el primer paso reflexivo hacia su conceptualización; de forma que establecemos, fuera del espacio, un centro respecto del cual medimos la inmensidad. Ese es, pienso, el sentido originario del menhir: un punto absoluto, lo que quiere decir, separado, que de alguna forma representa la inserción del sujeto, como lo que está en sí, en medio de lo que está fuera de sí. El menhir, y su sofisticado desarrollo que es el obelisco, son hitos, que miden el espacio desde lo que no es espacial. Es un «aquí estoy yo», en medio de todo esto. Un desafío al espacio desde fuera de él. ¿Podemos llamar a esto arquitectura? Hay que esforzarse mucho, y desde luego no es lo que se estudia en nuestras Universidades. La gran arquitectura aparece con las construcciones sagradas del Creciente Fértil, en la forma de enterramientos, y sobre todo templos. Lo mismo se puede decir de la cultura griega, pues dejando aparte los teatros y muy exiguos restos de edificios civiles, la arquitectura tiene para los griegos, tal y como ha llegado hasta nosotros, igualmente un carácter sagrado. Y ello con-
5 firma lo que estamos diciendo: la relación primera de la arquitectura con el espacio es de carácter negativo y tiene como fin delimitar un ámbito exento, inconmovible, no natural. Pero si sólo fuese eso, la arquitectura no sería tal y como la conocemos. El paso esencial se da a continuación cuando, desde ese contra-espacio que constituye el lugar sagrado, donde está la imagen del dios y donde se guarda a salvo el tesoro (a veces se acuña incluso moneda), el foco se abre, y lo que era mera exterioridad se convierte en una apertura esencialmente «construida». En el templo griego, los elementos constructivos, a excepción de la cubierta, en la forma que enseguida adoptan de columnata, ya no son propiamente cerramientos (función que asume ahora un apenas visible murete, insignificante incluso desde el punto de vista estructural), sino una forma de generar hacia fuera la presencia de lo sagrado. La construcción no es entonces lo que acota lo exterior, sino ella misma origen de un nuevo espacio, muy diferente del meramente físico. Tanto que, si este era el que separaba todas las cosas, y las ponía fuera y lejos unas de otras, el nuevo espacio al que el templo se abre, es ahora el que, por así decir, justo al revés, las convoca y reúne. Convocar y reunir (versammeln) es la misión de lo construido, del edificio, dice ahora Heidegger. El edificio es la cosa (Ding) que llama a la asamblea, al Geviert, que cuadra (de cuatro) y ensambla al Cielo, a la Tierra, a los dioses y a los mortales. No quiero perderme en la exégesis del texto de Heidegger, ya de por sí suficientemente complicado. Lo dice más sencillamente Hegel: la construcción arquitectónica transforma lo dado en la forma de alienación natural, y muy especialmente la negatividad del espacio, en reflexión, en emergencia de la subjetividad más allá de la pluralidad de los elementos constructivos y de las dimensiones físicas; de modo que el edificio se hace presencia de algo que trasciende todas las cosas, no en la forma negativa, alienante, de la distancia, sino en la reflexiva de la presencia que las reúne. El edificio, y en eso consiste su
6 carácter artístico, hace presente en el espacio al Espíritu en su infinita y absoluta significación. Pero tampoco me quiero entretener en sacralidades en las que la arquitectura hace explícita esa presencia de lo absoluto. Concedamos que hace tiempo que el templo dejó de ser para nosotros el edificio por antonomasia. Y volvamos a reconsiderar la esencial relación que la arquitectura tiene con la vivienda. Veamos por ejemplo esa mínima expresión de habitabilidad, tal y como la podemos ver, por ejemplo en la log cabin, en la cabaña de troncos, en la que también es evidente la misma relación negativa con el espacio circundante. El valor esencial, mínimamente arquitectónico, es el aislamiento, frente a ese medio hostil que es the range o the frontier, equivalente a lo que nosotros llamamos la Extremadura. Vivir es aún sobrevivir, sobreponerse negativamente a lo que «fuera» todavía consideramos una amenaza, de intemperie y alimañas. Efectivamente, frente a cuevas, menhires y monolitos, empiezan a aparecer elementos de construcción, en los que todavía lo esencial es el «cerramiento», y «guardar» de la intemperie los frutos del trabajo humano. De momento, esta estructura es reflexiva sólo en la medida en que la vivienda y la cosecha, que es «recolección», generan interioridad. También en el sentido de algo absoluto y separado de todo, y hasta cierto punto también sagrado. En la vivienda se constituye en su absoluta particularidad («Cada uno en su casa y Dios en la de todos», decimos) la célula elemental de supervivencia y procreación, también de producción económica y de inserción civil. Es, tanto en el mundo romano como en el anglosajón de la common law, el albergue de la familia, y como tal algo definido por la privacy, como lo radicalmente exento del espacio público. En efecto, aquí «absoluto» significa de nuevo lo separado, de modo que la esencia de la vivienda es el sentido excluyente: nadie puede entrar que no sea insistentemente invitado a ello. Hasta el punto de que en el antiguo derecho romano el pater familias era, de puertas adentro, señor de horca y cuchillo; y en la common law, a partir de la Carta Magna, ya en el siglo XII, se reconoce como derecho elemental, junto al habeas corpus, la «inviolabilidad del domicilio»: My home is my castle. Sin embargo, es cierto por otra parte que el monolitismo de la elemental supervivencia, se fractura, y la domus romana se convierte, poco a poco, en un proceso dinámico capaz de generar una diversidad interna, que supone a su vez proliferación, riqueza y apertura. Pero no ad extra, hacia la calle, de la que la separa un simple muro, sino ad intra. De este modo, la vivienda se diversifica en un complejo orgánico, en el que el espacio se diferencia y estructura reflexivamente; y resulta así en una totalidad construida que pronto se convierte en paradigma arquitectónico. Que es, por cierto, el que domina nuestra interiorista tipología andaluza, que no es andalusí sino hispanorromana. Los árabes son un pueblo originalmente nómada, que
7 aprendieron a habitar, en el sentido arquitectónico en que utilizamos este término, en el espacio greco-romano ―en la Bética, por ejemplo―, ya construido desde muchos siglos antes. Es en él donde se hace relevante la conexión entre el espacio y la arquitectura, porque lo que hace del espacio lo esencialmente construido, es, en efecto, la «habitación», en el doble sentido, verbal, como actividad de situarnos en el espacio, y nominal, como termino final de esa actividad, en el que dicha situación se hace confortable. Podemos así ir sacando algunas conclusiones: habitar es el desarrollo de la actividad humana en el espacio, por la que éste pasa de ser límite de mi subjetividad a ser reflejo de lo que yo mismo soy. Al habitarlos, o para habitarlos, construimos los espacios hasta hacerlos manifestación de nosotros mismos, de nuestro modo de vida, de nuestra propia actividad. Esta resubjetivación de la alteridad espacial, tiene que ver con algo también importante e íntimamente relacionado con la arquitectura, cual es la propiedad. Porque en la medida en que en su actividad sale de sí mismo, y no para perderse en esa exterioridad sino para recogerla como momento del propio despliegue vital, el sujeto se apropia, hace suyo, lo que estaba fuera. Por ello, el objeto primero de propiedad es el cuerpo. Pero en la medida en que para mantenerlo la vida requiere salir fuera y habitar un espacio, el sujeto, ya sea individual o colectivo, se apropia de aquello que necesita para su supervivencia primero y su bienestar después. De ahí que el segundo objeto de propiedad, aun antes que la tierra que trabajamos, sea la vivienda que habitamos. Sólo el propietario es hombre libre, porque sólo extendiendo su subjetividad, lo que puede llamar suyo, al ámbito necesario para preservar la propia existencia; sólo pues extendiendo al espacio su dominio (que viene de domus), puede el hombre ser señor de sí mismo. Estamos acostumbrados a un modo de vida tremendamente socializado. Los medios de nuestra supervivencia ―lo que hay en un supermercado― hace mucho que dejó de ser «nuestro» en el sentido de algo de lo que podemos disponer sin más. Compramos todos los días, o un día a la semana en el «hiper», lo que necesitamos para subsistir. Vivimos además en sociedades muy móviles que convierten fácilmente en hándicap el anclaje a la tierra que supone una vivienda difícilmente comerciable. Además no hay tierra, porque vivimos ―en España, al menos― en pisos, unos encima de otros a bastantes metros del suelo. Pero sería no entender la naturaleza humana olvidarnos de nuestra historia arquitectónica, y pretender que la vivienda es uno más de los bienes
8 comerciales, sin darnos cuenta de que hay algo telúrico en el fondo de nosotros a lo que repugna tener que pagar para vivir. En un momento dado, nos puede parecer atractiva una existencia cuasi angélica, siempre transportable. Pero mientras esa existencia esté marcada por la corporalidad, la cuestión de la propiedad inmobiliaria seguirá siendo una demanda radical de nuestra autoconciencia, para la que resulta esencial llamar suyo a un espacio al que se accede con una llave, a un sitio donde hay una cama donde dormir sin frio y algo que comer en la nevera; entre cuatro paredes, un techo, y un suelo sobre el que caernos muertos… en casa. Pues es efectivamente así: construimos desde la indigencia y porque radicalmente somos mortales, pretendiendo de algún modo salir de pobres. Por ello, irán y vendrán las crisis; nos pasaremos y nos quedaremos cortos; pero al final el «ladrillo» (¡y menos mal que no es madera, como en otros sitios en los que la vivienda dura apenas una generación!) seguirá siendo nuestra principal riqueza; probablemente el mayor gasto de nuestra existencia. Y seguirá en consecuencia siendo la parte substancial de nuestra economía. En nuestras culturas mediterráneas entendemos la vivienda más como capital que como bien fungible. Y esta es una reflexión que conviene recordar cuando se nos reprocha que somos una economía hiperendeudada, cuando precisamente lo que hacemos con el préstamo hipotecario es capitalizar nuestra precariedad. Tras la vivienda viene… la parcela. Que tanta gente esté deseando que llegue el fin de semana para irse al pueblo y ver cómo crecen los tomates y si tienen pienso las gallinas, no es un capricho de la sociedad hiper-urbana, sino, otra vez, un instinto básico del hombre primitivo que genéticamente somos, a quien en el fondo, repito, de su constitucional indigencia, de ser radicalmente un expósito, no le termina de parecer evidente que siempre vaya a haber huevos en el supermercado. De ahí que «labrar» sea en cierta forma la continuación semántica del verbo «construir». De este modo, «habitar» se hace una actividad que se extiende del hogar al corral, de ahí al huerto y al campo adyacente, hasta que hagamos del espacio, no sólo lo que nos alberga, sino aquello que mediante el trabajo produce los medios de nuestra subsistencia. No vamos a seguir los recovecos históricos de esta estructura antropológica elemental, por otra parte muy transformada, o sublimada, o ritualizada, en nuestras sociedades básicamente comerciales, en las que la actividad económica hace mucho que perdió su carácter primario. Nos interesa sólo señalar la importancia que esto tiene para la arquitectura y la actividad constructiva, y las enseñanzas que de ellas se deducen para la comprensión filosófica de nosotros mismos. Porque, si hemos visto cómo la construcción comienza en el refugio buscando el cerramiento y la guarida, tan pronto están mínimamente garantizas las condiciones de supervivencia, el habitar se hace apertura,
9 proyectándose más allá de los límites de ese cerramiento. La construcción inicia su camino de vuelta, desde el hogar y el solar, al infinito horizonte. Ciertamente, como decía Heidegger, la construcción convoca y reúne, ensambla podríamos decir, el Cielo y la Tierra, los mortales y los dioses. Tiene eso en común con el templo. Pero Heidegger olvida su primera filosofía de Ser y tiempo y con ella la idea de que la existencia, ciertamente desde su precariedad (Geworfenheit), es originalmente la proyección de sí hacia el horizonte abierto (Erschlossenheit) en el que esa existencia se hace ser-en- el-mundo, precisamente a partir de la pretensión de ser sí misma. No es que las viviendas se proyecten; es el mismo habitar humano el que, desde la finitud del propio albergue, se proyecta al infinito por encima de la naturaleza, y eso es lo que marca la guía de sus construcciones. Una vez garantizado el cerramiento (¡que no gotee en el cuarto de estar!), y la sostenibilidad de un medio interno (que no haga calor o que la calefacción funcione), la alegría de toda vivienda está en su apertura hacia la luz y hacia aquello que es nuestro o de lo que podemos apropiarnos. La balconada y el porche se convierten así en la continuidad hacia fuera de la habitabilidad. De la cabaña de troncos pasamos al rancho, o al Berghof alpino, desde los que el que habita puede ahora proyectarse hacia fuera. La arquitectura se hace así dominante, en el sentido de ser, desde la domus, proyección del poder e instrumento de la extensión del dominio. El Chateau baja del risco inaccesible, y, dejando de sus torres sólo un recuerdo, se extiende poderoso por la vega. Y el Manor inglés, ya sin disimulo, se proyecta en esa representación de su poder hacia una naturaleza que ha dejado de ser desierto para convertirse en parque, en amable y lúdica continuación de la vivienda. ¿Y sí el verdadero lujo fuese ahora aquello que amenazaba nuestra finitud, en efecto, el espacio? Ahora sí, ése es el milagro de la arquitectura, de la edificación, que resulta del proyectivo habitar que comenzaron los cavernícolas, y desde el que iniciaron el camino constructivo en el que intentan superar su inicial finitud.
16 parece, en su solidez, en su fácil manejo (es un espectáculo ver cómo el peón los va echando, uno tras otro, al oficial hasta lo alto del andamio), en su versatilidad (piénsese de cuántas formas se puede poner para hacer un muro, de un pie, de medio, tabique, panderete, tabiquillo, etc), uno de los productos más humildes, pero más milenarios y nobles, del ingenio humano, y en absoluto una pieza tan evidentemente pecaminosa. Pero efectivamente no podemos olvidar que, en su aparente solidez, son de barro, tan precarios como la existencia a la que pretenden dar albergue. Y entonces sí me atrevo a una última palabra: la arquitectura, y con ella el afán constructivo de la historia humana, no puede olvidar de donde vienen, sobre qué cimiento se asientan, que no es otro que la radical finitud. Construimos siempre desde la indigencia, que nunca podemos superar del todo. Y por eso todo edificio está destinado a derrumbarse, al menos si no hay en su base algo que redima lo que de otra forma no puede ser sino sacrílego. Quizás por eso, lo único que queda en pie de aquellos que inventaron la arquitectura, que en definitiva sigue siendo el paradigma de toda construcción y proyecto, son sus templos. Y que quizás son estos los que a la postre hacen la tierra habitable. Rascacielos y catedrales ―la Giralda y la Torre Pelli― tienen que ver; son dos formas de la conciencia romántica, de proyectar constructivamente lo absoluto en la búsqueda de un mundo mejor. Y si se hacen antagónicos, como ha ocurrido en nuestra cultura moderna, al final se convierten los templos en naves de polígono y las construcciones civiles en pretextos especulativos, símbolos de la corrupción en un espacio ciudadano que, como avisan los autores francfurtianos, en una fatal inversión, de nuevo se convierte en jungla. En esta armonía rota, la crisis se hace insuperable, y la ciudad un sitio del que hay que huir, hacia el desierto del que al principio quisimos salir. Pero entonces, en el nuevo paleolítico que se nos ofrece como utopía, el espacio dejará, como antaño, de ser un lujo y se habrá hecho de nuevo maldición.