Grieta en la pared, carcoma interior: realidad frente a deseo en Emma Bovary y Ana Ozores: perspectiva temática
Abstract
Cet article met en confrontation les personnages d’Emma Bovary et Ana Ozores suivant une optique critique thématique. A travers le mode de perception du réel sur certains éléments d’ordre cosmologique ou matériel, sont envisagées une série d’images récurrentes qui ont une prégnance symbolique. Ces images, qui sont émergence du niveau psychosensoriel du texte, touchent donc à la dimension spécifiquement individuelle concernant le mode de perception et la construction d’une rêverie de la réalité dans l’écriture. Or des parallélismes peuvent être établisentre l’écriture de Flaubert et celle de Clarín.
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http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 413 ISSN: 1699-4949 nº 11, abril de 2015 Artículos Grieta en la pared, carcoma interior. Realidad frente a deseo en Emma Bovary y Ana Ozores. Perspectiva temática* Concepción Pérez-Pérez Universidad de Sevilla [email protected] Résumé Cet article met en confrontation les personnages d’Emma Bovary et Ana Ozores suivant une optique critique thématique. A travers le mode de perception du réel sur certains éléments d’ordre cosmologique ou matériel, sont envisagées une série d’images récurrentes qui ont une prégnance symbolique. Ces images, qui sont émergence du niveau psychosensoriel du texte, touchent donc à la dimension spécifiquement individuelle concernant le mode de perception et la construction d’une rêverie de la réalité dans l’écriture. Or des parallélismes peuvent être établis entre l’écriture de Flaubert et celle de Clarín. Palabras clave: Madame Bovary, La Regenta, critique thématique, perception, comparatisme. Abstract This article carries out a comparative analysis of the characters of Emma Bovary and Ana Ozores considering the assumptions of thematic criticism. The way that certain cosmological and material elements are regarded as real, brings about a set of recurrent images that acquire symbolical dimension. These images, which are the visible representation of the psychosensory level of the text, may relate, therefore, to the specific individual dimension of the way of perceiving and constructing a daydream vision of the real world in the act of writing. However, certain parallelisms can be established in the writings of both, Flaubert and Clarín. Key words: Madame Bovary, La Regenta, thematic criticism, perception, comparative literature. * Artículo recibido el 9/01/2015, evaluado el 7/02/2015, aceptado el 25/02/2015.
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 414 0. Introducción Para Leopoldo Alas, como para Mario Vargas Llosa, Madame Bovary es una de esas novelas cuya lectura deja una impronta indeleble, de tal manera que, según confesaba el autor de La Regenta, «después de leer Madame Bovary el espíritu queda por mucho tiempo impresionado; el pensamiento vuelve, sin querer, a meditar aquellas profundísimas cosas que dicen, sin decirlas, los extravíos de la infeliz provinciana y la muerte por amor de aquel prosaico médico»1. Como la crítica clariniana ha pues- to sobradamente de manifiesto, múltiples son los ecos de la novela francesa en la española, que ya en tiempos del autor provocaron la estrecha acusación de plagiario por Luis Bonafoux en aquella tan conocida como estéril polémica2. No son, sin embargo, coincidencias de tipo anecdótico o superficial las que ocuparán la reflexión articulada a lo largo de estas páginas, sino resonancias profundas, coincidencias a modo de ecos que reverberan en ambas novelas en lo que respecta al modo de percepción y ensoñación de la realidad plasmada en la escritura. Y a este respecto, conviene insistir en que tal acercamiento no supone en modo alguno mostrar identidades repetidas, sino, muy al contrario, resaltar la especificidad en cada caso, pues hablar de reverberación no implica repetición idéntica, clonación, sino expansión de ondas, con su trayectoria específica, su peculiar paleta de colores. En determinados aspectos, incluso, mi interés se centrará en el caminar divergente seguido por la dinámica de la ensoñación en ambas novelas a partir de una situación similar que actúa de detonante en función de la peculiar infraestructura psicosensorial que emana de la escritura de ambas novelas. En concordancia con tales planteamientos, es desde un enfoque analítico que participa de la crítica temática, uno de cuyos mayores hitos fue el conocido ensayo de Jean-Pierre Richard La création de la forme chez Flaubert, como abordaré un acercamiento a ambos autores. Después de los insuperables y célebres trabajos sobre la escritura de Flaubert publicados por Jean-Pierre Richard, Georges Poulet, o el análisis de Jean Rousset sobre Madame Bovary3, mi pretensión consistirá en abrir una serie de sugerencias a 1 Nueva Campaña (1885-86), Madrid, 1887, p. 363, cit. por Carlos Clavería (1942: 116). Para Clavería «cuanto más tiempo haya pasado desde que leyó un libro, tanto más indeleble será la huella que éste deje en “Clarín”. Las impresiones de sus lecturas, grabadas y archivadas en su feliz memoria, debieron ser parte esencial en el proceso de creación de alguien que, como “Clarín”, proyectaba sus obras más en la imaginación que sobre el papel» (p.117). Pero Clarín no sólo admiraba Madame Bovary, apreciaba, además de L’éducation sentimentale, Salammbô o Hérodias. Para Gonzalo Sobejano, uno de los mayores especialistas en el autor de La Regenta, la impronta de Flaubert en Clarín es duradera, y no se limita a los tiempos de composición de su gran novela, sino que, después de ella, «Clarín no deja de evocar la persona y la obra de Flaubert», tanto en textos de crítica como Un viaje a Madrid o de ficción como Su único hijo (Sobejano, 2009). 2 Yo y el plagiario Clarín. Tiquis-Miquis de Luis Bonafoux (Aramis). Madrid, Establecimiento tipográfico Sucesores de Rivadenegra, 1888. 3 Richard, «La création de la forme chez Flaubert» (1954); Poulet, «Flaubert» (1961); Rousset, «Madame Bovary ou le livre sur rien» (1963). Las fechas entre paréntesis corresponden a la primera edición.
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 415 partir de la confrontación entre los personajes de Emma Bovary y esa pariente española que es Ana Ozores, «Regenta» de Vetusta, en la que es para muchos la mejor novela española del siglo XIX y para algunos la mejor después del Quijote. 1. La realidad intolerable: la grieta. Primera aproximación L’amour, croyait-elle, devait arriver tout à coup, avec de grands éclats et des fulgurations, -ouragan des cieux qui tombe sur la vie, la bouleverse [...]. Elle ne savait pas que, sur la terrasse des maisons, la pluie fait des lacs quand les gouttières sont bouchées, et elle fût ainsi demeurée en sa sécurité lorsqu’elle découvrit subitement une lézarde au mur (Madame Bovary, 126). Al leer esta cita no puedo evitar la impresión de que esa grieta en la pared que cierra la frase, deteniendo el recorrido de la mirada de Emma Bovary, no pertenece al registro del lenguaje metafórico, sino al plano de la realidad objetiva. De esta manera, y paradójicamente, lo verdaderamente metafórico -esto es, la imagen de la grieta en la pared con la que culmina la secuenciano sería percibido como tal frente a la primera imagen, la del lago. Es este un procedimiento habitual de inversión en el texto de Flaubert, que ya puso de manifiesto Mario Vargas Llosa (1981) en su célebre ensayo La orgía perpetua. Al analizar la imagen metafórica de la hoguera en medio de la nie- ve, cuyo referente es el amor de Emma y Léon, este gran admirador de Madame Bovary observa cómo, sobre el largo encadenamiento metafórico, «de ser una referencia, la hoguera pasa a ser lo referido, la explicación se vuelve lo explicado» (Vargas Llosa, 1981: 159). Es exactamente lo que ocurre en el texto del que arranca mi reflexión aquí. Con el efecto añadido de que la referencia a la grieta en la pared constituye además clausura de capítulo, con lo que la mirada se fija y detiene en ella quedando en suspenso. Jean Rousset ponía de manifiesto cómo para Flaubert la imagen de la pared lisa, sin fisuras, es particularmente emblemática, llegando a ser metáfora de la prosa soñada4. Por ello es tanto más significativa en la cita que abre el presente epígrafe como significante del fracaso estrepitoso de la aventura existencial de Emma. Observemos, por otra parte, que la grieta es percibida por la protagonista de manera repentina, súbita. Así es como la impenitente soñadora toma siempre conciencia de la realidad intolerable, como un descubrimiento desagradable y repentino de lo inexorable (en total coherencia, por otra parte, con un carácter que siempre espera que un acontecimiento extraordinario rompa el círculo de la monotonía existencial), lo que le 4 «Ce qui fascine Flaubert dans le mur, c’est le bloc sans fissure, la masse immobile et compacte, la “grande ligne unie” que ne rompt aucun accident», y cita el siguiente extracto de la correspondencia del autor de Madame Bovary: «Je me souviens d’avoir eu des battements de coeur, d’avoir ressenti un plaisir violent en contemplant un mur de l’Acropole, un mur tout nu... Eh bien! Je me demande si un livre, indépendamment de ce qu’il dit, ne peut pas produire le même effet?» (Rousset, 1984: 122).
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 416 lleva a preguntarse con extrañeza: «D’où venait donc cette insuffisance de la vie, cette pourriture instantanée des choses où elle s’appuyait…?» (Madame Bovary: 335). En realidad esa podredumbre no es instantánea, muy al contrario, se ha ido larvando lentamente. Del mismo modo, la grieta en la pared tampoco aparece de repente, lo que el texto confirma como súbito es su toma de conciencia. Emma quiere ver la seguridad tranquilizadora de ese lago de lluvia formado en la terraza, ignorando que es en realidad un accidente artificial, y además que está formado sobre los agujeros tapados de los desagües, lo que en realidad encierra una amenaza, un peligro que la uniformidad estética de la superficie impide ver5. La grieta en la pared supone entonces la ruptura de la ensoñación circular expansiva –que tan magistralmente analizara G. Poulet (1979) en Les métamorphoses du cercle– al irrumpir la realidad inapelable haciendo que en un instante fulgurante se entrevea la fractura6. También en lo que respecta a Ana Ozores la toma de conciencia de la realidad es repentina, aunque lo es de manera diferente, ya que en su caso se trata de tomar conciencia no de un hecho sino de todo un proceso. Es la conciencia de la disgregación propiciada por el autoanálisis implacable y constante al que se somete la protagonista. Y si Emma ve de repente la grieta en la pared, Ana confiesa sentir «grietas en la vida», «achicándose», «anulándose», a punto de perder la percepción de su propio ser, como se verá más adelante. 2. La posible/imposible realidad: el mundo como tentación y deseo Pero frente a esa realidad, el yo deseante de Emma y Ana se apresta a percibir un mundo apetecible, que se presenta como tentación y deseo, como llamada gozosa de los sentidos. Este mundo apetecible, que es tentación y espejismo, aparece consecuentemente descrito a través de imágenes relacionadas con el juego de reflejos. Tan- to la escritura de Flaubert como la de Clarín dejan traslucir una infraestructura psicosensorial donde los juegos producidos por la reverberación de los reflejos son especialmente tranquilizadores para la mirada que contempla y la conciencia que anida en ella. Si a ello se añade la suavidad, bien a través del efecto tamizado de la luz o de otros elementos, el resultado es la exultación del yo que se deja arrastrar por lo que podríamos denominar la euforia de los objetos, como le ocurre a Emma cuando irrumpe en su casa y siente cómo Un rayon d’avril chatoyait sur les porcelaines de l’étagère: le feu brûlait; elle sentait sous ses pantoufles la douceur du tapis; le 5 «De la hauteur où ils étaient, toute la vallée paraissait un immense lac pâle, s’évaporant à l’air». Como observa Jean Rousset en esta cita, que corresponde a la secuencia del paseo a caballo de Emma y Rodolphe en su primera escapada como amantes, el lago es espejismo «sans contours ni support» que esconde y transfigura la realidad (Rousset, 1984: 125). 6 La imagen del lago se adscribe a la dinámica de la expansión. Obsérvese cómo, en la cita recogida en la nota anterior, el lago que oculta Yonville se ha convertido en «inmenso», y su movimiento expansivo continúa en el aire, donde se evapora, y, en última instancia, desaparece.
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 417 jour était blanc, l’atmosphère tiède, et elle entendit son enfant qui poussait des éclats de rire (Madame Bovary: 210). La cita corresponde en realidad a un momento de amargura en la cotidianeidad de Emma. Y aún así la euforia de los objetos es tal que ella no puede resistirse a su impulso, entrando en una efusión de amor materno, redescubriendo a su hija «comme au retour d’un voyage» (Madame Bovary: 210). Esta euforia estaría próxima a aquello que Vargas Llosa calificaba de locuacidad al hablar de los objetos descritos por Flaubert, como la famosa «casquette» de Charles7. Efectivamente, el objeto es locuaz, puesto que lo cuenta todo del individuo, e incluso va más allá8. Pero la euforia a la que me refiero tiene otras implicaciones, no se adscribe a un paradigma histórico o cronológico que presentaría el objeto como metonimia del personaje. Antes al contrario, en este contexto específico los objetos y las cosas9, en su disposición estética, permanecen en la pura inmanencia y producen en el yo que los contempla un sentimiento de exultación y plenitud ante el simple hecho de existir10. Lo cual no sólo es sentido por Emma, sino por el yo que late en la escritura y emerge de ella, arrastrando a un lector convertido en mirada. Es lo que hace que Charles Bovary experimente una indefinible sensación de bienestar al entrar en la granja de los Bertaux, donde vive Emma: Il arriva un jour vers trois heures; tout le monde était aux champs; il entra dans la cuisine, mais n'aperçut point d'abord Emma, les auvents étaient fermés. Par les fentes du bois, le so- 7 «En Madame Bovary, por obra de la descripción, ciertas cosas, como la casquette de Charles, son más locuaces y trascendentes que sus dueños [...]» (Vargas Llosa, 1981: 151). 8 Más allá de su función indicial los objetos en Flaubert desempeñan una función cardinal: «Cependant le triomphe de la force des objets (des objets eux-mêmes et non pas de leur sens connotatif) se trouve dans Mme.Bovary. Ils s’y montrent impitoyables, n’hésitant pas à se retourner contre Emma pour la dénoncer et la trahir. D’où d’ailleurs sa mort. Quand Lheureux, après le premier objet qu’il lui procure, pense «ah ! Je te tiens!», il signe déjà sa condamnation. Là, ce n’est pas que les objets suscitent simplement l’action, mais ils la contrôlent aussi. Leur fonction est donc cardinale» (Constandinidou- Semoglou, 2008: 174). 9 «Le mot chose est plus général, il tend à se confondre avec l’ensemble des objets, avec la totalité du monde [...]. [...]La chose est une modalité de l’objet, ou plutôt elle est dans l’objet, comme son intériorité, sa limite et sa finalité: la chose est le devenir flaubertien de l’objet, elle est sa mort et sa transfiguration en espace, temps ou matière. Le trajet de l’objet à la chose, que l’écriture imite, conduit tragiquement à la destruction, à la déréalisation du monde» (Duchet, 1983: 41). Para el sociocrítico «[...]L’objet ne peut être considéré comme purement romanesque, dans la mesure où, indissociable des objets du roman, il apparaît comme tiré de la réserve que celui-ci constitue, ou du “chosier”, puisque l’on peut ici préférer au terme des linguistes ce joli mot de Bacherard» (Duchet, 1983:18). 10 Pierre Danger asocia esta sensación benéfica a la que emana de los interiores en la pintura flamenca: «On pense à cette abondance d’objets dans les peintures de Brueghel qui marquent par leur fantaisie et leur dynamisme une sorte de jubilation de la vie. Car c’est bien cela qu’ils expriment d’abord : la joie de vivre, de se sentir bien enraciné dans une existence active, insouciante, prospère» (Danger, 1973: 125).
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 418 leil allongeait sur les pavés de grandes raies minces, qui se brisaient à l'angle des meubles et tremblaient au plafond. Des mouches, sur la table, montaient le long des verres qui avaient servi, et bourdonnaient en se noyant au fond, dans le cidre resté. Le jour qui descendait par la cheminée, veloutant la suie de la plaque, bleuissait un peu les cendres froides. Entre la fenêtre et le foyer, Emma cousait; elle n'avait point de fichu, on voyait sur ses épaules nues de petites gouttes de sueur (Madame Bovary: 37). Emma es indesligable del marco que la precede: reflejos de un sol vibrante filtrado por los postigos, vibración del zumbido de las moscas, terciopelo azul de la luz que se cuela y baja por la chimenea. Es la particular magia del lugar en ese preciso momento del día con su correspondiente tonalidad de luz lo que atrae en primer lugar y marca el deseo de permanencia. Y entonces, casi invisible al principio, como formando parte de las cosas, Emma va tomando relieve –va tomando cuerpoemer- giendo de la oscuridad. También en la escritura de La Regenta podemos hablar de una euforia de las cosas que repercute en el modo de sentir del yo que contempla el mundo. Es la sensación que experimenta Ana Ozores en su escapada a la fuente de Mari Pepa: Huertas y prados los riegan las aguas de la ciudad y son más fértiles que toda la campiña; los prados, de un verde fuerte, con tornasoles azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo. Reflejando los rayos del sol en el ocaso deslumbran. Así brillaban entonces. Ana entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por aquella frescura del suelo. (La Regenta I: 419) También aquí encontramos la luz tamizada asociada a la suavidad y a una agradable sensación de bienestar (frescor en Clarín, tibieza en Flaubert). Ana se deja cautivar por el deslumbrar de los reflejos11, que contribuyen a la creación de un juego de sinestesia –muy clariniano- en el que la protagonista pasa de la contemplación externa a fundirse en lo contemplado, «con delicia, como bañándose en la luz»12. 11 De hecho, son los reflejos, a modo de resplandores, los que atraen a Ana y la incitan a salir: «Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeció como si sintiera frío. Miró hacia la bocacalle próxima; por allí el horizonte se abría lleno de resplandores. La calle del Águila era una pendiente rápida que dejaba ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda, verdes y relucientes entonces», mientras que el palacio de los Ozores está «en una rinconada sumida ya en la sombra» (La Regenta I: 418). 12 Como analiza M. González (1993: 601), la sinestesia en La Regenta cumpliría una triple función: psicológica, descriptiva y metasensible.
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 419 Conviene señalar que los reflejos no son estáticos, sino que producen una sensación de movimiento, de vibración13, lo cual conlleva necesariamente fugacidad14. Esto ocurre de manera particularmente intensa en la escritura de Flaubert, de tal manera que, aunque la primera visualización del objeto lo presente desde un aparente estatismo, de imagen fija con contornos definidos, enseguida surge algún elemento que introduce la capacidad de vibración. Por citar un ejemplo, la primera vez que aparece descrito el «polypier touffu» que adorna la chimenea del salón de los Bovary lo hace de manera aparentemente neutra: Dès les premiers froids, Emma quitta sa chambre pour habiter la salle, longue pièce à plafond bas où il y avait, sur la cheminée, un polypier touffu s'étalant contre la glace. Assise dans son fauteuil, près de la fenêtre, elle voyait passer les gens du village sur le trottoir (Madame Bovary: 122). Sin embargo, en la siguiente ocasión en la que se detiene la mirada descriptora en el mismo objeto, que en la acción del relato corresponde al momento en que Rodolphe visita a Emma después del encuentro en la feria del campo, la disposición del polipero permite que el rayo de sol crepuscular que entra por la ventana se expanda en haces, de tal manera que la luz transfigura el decorado banal o neutro para convertirlo en marco apropiado para encuadrar y magnificar a Emma como objeto de deseo: Elle était seule. Le jour tombait. Les petits rideaux de mousseline, le long des vitres, épaississaient le crépuscule, et la dorure du baromètre, sur qui frappait un rayon de soleil, étalait des feux dans la glace, entre les découpures du polypier» (Madame Bovary: 189)15. 13 «Et cette vibration qui est plus nous que nous mêmes», decía Alain de Lattre, de quien me hago eco (De Lattre, 1980:41). Para Jean Rousset (1984: 118) el objeto se presenta como neutro cuando no hay vibración en la mirada descriptora, cuando emana «d’un tiers observateur, d’un regard sans vibration». 14 Efectivamente, los reflejos son indicadores de fugacidad, de realidad cambiante. Ana no podrá permanecer mucho tiempo en esta sensación, de hecho el paisaje va cargándose de connotaciones eróticas y agresivas que acabarán destruyendo el locus amoenus. Véase Préneron (1996b: 30-39). 15 El polipero es, para C. Duchet, une metáfora del orden burgués, al igual que el barómetro («Comme le baromètre, ornement notable du salon de Bouvard et Pécuchet, le polypier est pour Flaubert une métaphore de l’ordre bourgeois : «Achille... va devenir un homme rangé et ressemblera à un polypier...» Duchet, 1983: 37). En la acumulación de objetos llevada a cabo por Bouvard y Pécuchet, el barómetro («sistema Gay-Lussac») aparece además como objeto asociado a la experimentación científica por su virtualidad de permitir «des expériences de physique, si la fantaisie leur en prenait» (Bouvard et Pécuchet, cap. I). En su tercera aparición en Madame Bovary, el polipero es destrozado y hecho trizas por Emma, al igual que el barómetro, que se hace añicos en el suelo con el portazo que da al abandonar el salón y también la escena, significando así el sueño roto tras el fracaso de la operación del pie zambo de Hyppolite, que hubiera engrandecido el apellido Bovary revertiendo por tanto sobre ella («Elle aurait voulu que ce nom de Bovary, qui était le sien, fût illustre, le voir étalé chez les libraires,
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 420 El poder transfigurador de la luz es tal, que este donjuán zafio y prosaico no puede evitar sentir reavivarse el amor de antaño –aunque sea por un instanteal contemplar a Emma reflejando el suave sol crepuscular en su última escapada al dormitorio del antiguo amante: Et elle était ravissante à voir, avec son regard où tremblait une larme, comme l'eau d'un orage dans un calice bleu. Il l’attira sur ses genoux, et il caressait du revers de la main ses bandeaux lisses, où, dans la clarté du crépuscule, miroitait comme une flèche d'or un dernier rayon du soleil (Madame Bovary: 366). Es particularmente significativo a este respecto el empleo del verbo «miroiter», que implica «reflets scintillants», es decir, vibración, reverberación16. El cuadro, además, está presidido por la mirada húmeda y vibrante de Emma, en la que tiembla una lágrima, todo lo cual la convierte en irresistible objeto de deseo («ravissante à voir»). Y es que nunca son inertes los objetos en un autor para quien el sólo hecho de mirar las cosas desvela en ellas una vida interior propia, y que confesaba en su correspondencia que «pour qu’une chose soit intéressante, il suffit de la regarder longtemps»17. La reverberación producida por la luz y el color dota de autonomía y de vida propia al objeto. Ello es llevado a su mejor expresión, tanto en Flaubert como en Clarín, a través del efecto tornasolado. La relación entre éste y la existencia es tan estrecha que J.P. Richard no dudaba en referirse a ella como «existence gorge de pigeon» al aludir a la hermosa y célebre descripción del rostro de Emma bajo la sombrilla de muaré, cuyo tejido propicia el efecto tornasolado. El texto es de tal belleza que es imposible resistirse a la tentación de evocarlo: L’ombrelle, de soie gorge-de-pigeon, que traversait le soleil, éclairait de ses reflets mobiles la peau blanche de sa figure. Elle souriait là-dessous à la chaleur tiède; et on entendait les gouttes d’eau, une à une, tomber sur la moire tendue (Madame Bovary: 32). répété dans les journaux, connu par toute la France», Madame Bovary: 83). El objeto roto ratifica con violencia la voluntad de ruptura de Emma. 16 Así define «miroiter» el diccionario Petit Robert: «réfléchir la lumière en jettant des reflets scintillants» (ed. 2010). 17 Carta de Flaubert a su amigo Le Poittevin, s.f., sept 1845, citada por Vargas Llosa (1981: 152), quien, muy acertadamente, señala la diferencia semántica que establece Flaubert entre mirar y admirar, queriendo significar, mediante este último verbo, el paso a la existencia de las cosas, que ilustra con el siguiente extracto de la novela: «Ils se plaçaient dans la salle basse d’un cabaret [...]. Ce n’était pas la premiere fois qu’ils apercevaient des arbres, du ciel bleu, du gazon, qu’ils entendaient l’eau couler et la brise soufflant dans le feuillage; mais ils n’avaient sans doute jamais admiré tout cela, comme si la nature n’existait auparavant, ou qu’elle n’eût commencé à être belle que depuis l’assouvissance de leurs désirs» (Vargas Llosa, 1981: 201).
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 421 Y es que, en efecto, «existencia» es la palabra apropiada, ya que, más que de un planteamiento estético, se trata de un espacio vital generado desde la estética del efecto tornasolado, de tal manera que en su ámbito benéfico el yo se siente existir y por tanto en él quisiera permanecer. Es lo que le ocurre a Charles al contemplar embelesado los ojos de Emma al despertar, cuando la luz los convierte en lago a partir de la irradiación de sucesivas capas de color, haciéndole sentir de tal manera que, literalmente, se sumerge dentro, perdiéndose en su profundidad18: Vus de si près, ses yeux lui paraissaient agrandis, surtout quand elle ouvrait plusieurs fois de suite ses paupières en s’éveillant. Noirs à l’ombre et bleu foncé au grand jour, ils avaient comme des couches de couleur successives, et qui, plus épaisses dans le fond, allaient en s’éclaircissant vers la surface de l’émail. Son oeil, à lui, se perdait dans ces profondeurs, et il s’y voyait en petit jusqu’aux épaules […] (Madame Bovary: 50) Y de la misma manera que los ojos de Emma, en su interioridad, son profundidad de capas de color que crean espacio, otro tanto ocurre con el decorado impresionista de luz y tornasoles vibrantes que se despliega en torno a ella y cuyo movimiento fascinante es comparado por el yo que escribe al descrito por un vuelo de colibríes19: Les ombres du soir descendaient; le soleil horizontal, passant entre les branches, lui éblouissait les yeux. Ça et là, autour d’elle, dans les feuilles ou par terre, des taches lumineuses tremblaient, comme si des colibris, en volant, eussent eparpillé leurs plumes (Madame Bovary: 196). En el efecto contrario, la luz densa, pero estática, siempre es negativa como elemento asociado a un tiempo inerte para el autor de Madame Bovary: 18 Como obseva Paula Préneron, escapa a Charles tanta sutileza de observación, mostrándose «pour une fois très ou –nous dirions même tropobservateur, ce qui nous surprend un peu car nous connaissons le mari d’Emma, et normalement il n’observe rien ni ne se rend compte de rien! C’est évidemment Flaubert qui s’intéresse de si près aux yeux d’Emma et qui en donne des détails que certains peuvent même juger inutiles, gratuits». Y añade: «Cette gratuité du détail [...] perturbe le récit» (Préneron, 1996a: 351). Es la conciencia que emerge de la escritura la que se manifiesta aquí a través de un peculiar modo de percibir y sentir. Obsérvese, por otro lado, que, en el extremo opuesto, el negro expresa también el efecto de profundidad en los ojos cambiantes de color de Emma: «Jamais elle n’avait eu les yeux si grands, si noirs, ni d’une telle profondeur» (Madame Bovary: 197). 19 Resulta curioso observar que Colibri es precisamente el título de la revista que Flaubert redactaba en su etapa adolescente. Más tarde, en una carta a Luise Colet, la imagen del colibrí se integra en la ensoñación del Ideal: «Élançons-nous dans l’idéal, puisque nous n’avons pas le moyen de loger dans le marbre et dans la pourpre, d’avoir des divans en plumes de colibris, des tapis en peau de cygne, des fauteuils d’ébène, des parquets d’écaille, des candélabres en or massif, ou bien des lampes creusées dans l’émeraude» (carta de enero de 1854, citada por Duchet, 1983: 15).
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 428 4. La grieta y la carcoma Ya sabe usted que a mí la humedad me mata, la calle mojada me horroriza... Yo estoy enferma... sí, señor, a pesar de estos colores y de esta carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me figura que soy por dentro un montón de arena que se desmorona... No sé cómo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de mí (La Regenta II: 171). La impenitente lluvia vetustense, insoportable para Ana, se traduce en una imagen interior asociada a lo seco, a la arena que se desmorona, a la grieta interior. Aquella grieta en la pared que Emma Bovary descubría de repente, como veíamos al comienzo del presente artículo, y que aparece claramente exteriorizada, se convierte para Ana Ozores en grietas «en la vida». En realidad, hablar de «grietas en la vida» supone poner el acento no tanto, o al menos no exclusivamente, en la interioridad del ser sino más bien en todo el trayecto que le une con el mundo, y que viene a ser eso que llamamos vida. En Madame Bovary, sea lézarde o fente, la imagen de la grieta siempre aparece en singular. Como fente, aparece asociada a la memoria y al recuerdo. Así, un alfiler encerrado en una grieta de la mesa familiar puede ser involuntariamente descubierto de golpe, trayendo la evocación de Emma ante su inconsolable viudo 25. Y Emma recupera la conciencia de sí misma a través del recorrido por la memoria, cuyo detonante es la araña descubierta en la grieta de la viga del techo de la casa del ama de cría que contempla atónita: Couchée sur le dos, immobile et les yeux fixes, elle discernait vaguement les objets, bien qu’elle y appliquât son attention avec une persistance idiote. Elle contemplait les écaillures de la muraille, deux tisons fumant bout à bout, et une longue araignée qui marchait au-dessus de sa tête dans la fente de la poutrelle. Enfin, elle rassembla ses idées. Elle se souvenait... (Madame Bovary: 362). La araña es el elemento concreto, consistente, permitiendo por tanto la fijación, la ordenación de la memoria y la vuelta al tiempo real. El insecto, además, se sitúa en el ámbito de la exterioridad en relación con el personaje. En La Regenta, por el contrario, el insecto está dentro de Ana, tal como expresa la imagen de la carcoma interior que corroe sin descanso, describiendo un ritmo continuo como el latido de un perverso corazón: Dios, el mismo Dios ya no era para ella más que una idea fija, una manía, algo que se movía en su cerebro royéndolo, como 25 «Puis, s’il rencontrait des yeux la boîte à ouvrage, un ruban qui traînait ou même une épingle restée dans une fente de la table, il se prenait à rêver, et il avait l’air si triste, qu’elle [Berthe] devenait triste comme lui» (Madame Bovary: 403).
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 429 un sonido de tic-tac, como el del insecto que late en las paredes y se llama el reloj de la muerte (La Regenta II: 388). La imagen es muy significativa, y alcanza una gran carga simbólica en función de la precisión sobre la carcoma llamada popularmente «el reloj de la muerte», ya que la fase larvaria de este insecto se desarrolla durante aproximadamente tres años. Curiosamente, tres años es la duración del tiempo de acción de la novela, cuyo contenido no es otro que el relato del desmoronamiento integral de Ana. 5. Emma y Ana: el círculo y la línea quebrada Veíamos más arriba cómo el polvo en La Regenta aparece con connotaciones negativas, asociado al caos, al remolino, al «pulvisés», etc. Y sin embargo, existe un instante de ensoñación positiva del polvo llevada a cabo por la protagonista. Se trata del momento en que, en el templo de San Isidro, Ana escucha el Stabat mater de Rossini: Ana Ozores, cerca del presbiterio, [...] oía el rum rum lastimero del púlpito, como el rumor lejano de un aguacero acompañado por ayes del viento cogido entre puertas. [...] En esto pensaba a su modo la Regenta, y quería que aquella ola de piedad la arrastrase, quería ser molécula de aquella espuma, partícula de aquel polvo que una fuerza desconocida arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal vagamente comprendido (La Regenta II: 404). Podemos observar, de paso, la equivalencia entre lo acuático y lo seco a la que aludíamos más arriba: la molécula de espuma es partícula de polvo impulsada por «el desierto de la vida», donde la mediocridad del desierto existencial es corregida desde el contexto bíblico (Ana está en la iglesia, escuchando al predicador en la novena de los Dolores), transformando el vagar cotidiano y sin objeto en un devenir hacia un destino trascendente. Molécula de espuma o partícula de polvo, una y otra son impulsadas por un agente exterior. La disolución del yo, en este caso, es vista como positiva, y Ana busca en ella el impulso que necesita, recuperar la resolución firme de la que es incapaz y que sin embargo tuvo alguna vez en el espacio perdido de la infancia. Ella no quiere seguir más una trayectoria en zig zag, sino avanzar en línea recta, «volver a ser una niña, empezar mi educación, ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como ahora» (La Regenta II: 171). Y, sin embargo, ésta es precisamente la desquiciante senda por la que la conducirá a la fuerza y astutamente el Magistral sin que ella se dé cuenta26. De lo que sí 26 «Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de la Regenta; había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lo notase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciese camino llano; para esto era necesario caminar en zig zag, hacer muchas curvas, andar mucho y subir poco...» (La Regenta II: 75). Es el Magistral quien desestabiliza, como hace con la vida de Don Santos Barinaga, quien borracho y arruinado por él camina en zig zag.
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 430 es plenamente consciente Ana, sin embargo, es de su ruptura implacable frente al mundo. Por eso intenta a toda costa establecer en el plano imaginario una relación de continuidad entre el yo y el cosmos, una línea recta siguiendo el impulso anhelado de un trayecto ininterrumpido. Sirva como ejemplo simbólico de esta búsqueda de continuidad la siguiente escena en la que, sola en su casa, Ana contempla la luna: Miró al cielo, a la luz grande que tenía enfrente, sin saber lo que miraba; sintió en los ojos un polvo de claridad argentina; hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas de araña; las lágrimas refractaban así los rayos de la luna (La Regenta I: 454). Abolida la distancia en la mirada, la luna se convierte en un filtro adherido a los ojos de Ana como telas de araña. El texto es muy rico en sugerencias y asociaciones: lo mojado se torna seco, polvo, telaraña que atrapa, pulvisés. La telaraña nos remite, por otro lado, a la imagen negativa que el insecto presenta en el bestiario de la novela, analizada en el epígrafe anterior en la figura de la carcoma, y también encontramos su imagen en la descripción de los ojos de Emma muerta27. Pero, además, la telaraña lunar permite asociar al personaje de la Regenta con el Magistral, quien en otra escena similar contempla también en soledad y añoranza la luna: […] El Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de unas telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos… Mirábala ni más ni menos como decía Trifón Cármenes en El Lábaro que la contemplaba él, todos los jueves y domingos, los días de folletín literario (La Regenta I: 651). Anita, desgraciada, sola, sin amor, contempla la luna en una efusión que ella cree sentir como auténtica, pura, inefable, cuando no es en realidad más que un banal nocturno pseudo-romántico, un simulacro. Otro tanto ocurre con Fermín de Pas, en quien el nocturno termina degradándose en mera parodia «de folletín literario». El gesto descrito establece un nexo de equivalencia entre los dos «hermanos del alma», bastante más análogos entre sí de lo que ellos mismos son conscientes. Contrariamente a Ana Ozores, el modo de percepción de Emma Bovary se adscribe al arquetipo de la circularidad, que rige la infraestructura psicosensorial del texto, magistralmente analizado por Georges Poulet en el ya citado estudio. La ensoñación describe entonces una dinámica expansiva, como ondas que se propagan en círculos concéntricos: Le souvenir du vicomte revenait toujours dans ses lectures. Entre lui et les personnages inventés, elle établissait des rapprochements. Mais le cercle dont il était le centre peu à peu 27 La telaraña hace desaparecer aquellos ojos en los que se sumergía Charles: «[...]Une sorte de poussière blanche lui parsemait les cils, et ses yeux commençaient à disparaître dans une pâleur visqueuse qui ressemblait à une toile mince, comme si des araignées avaient filé dessus» (Madame Bovary: 388).
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 431 s’élargit autour de lui, et cette auréole qu’il avait s’écartant de sa figure, s’étala plus au loin, pour illuminer d’autres rêves (Madame Bovary: 79). Emma establece entre ella y el mundo todo un ámbito de reverberaciones y resonancias que hacen que podamos afirmar que está más religada al cosmos que Ana Ozores28. Por ello su sola imagen lo inunda todo, su impronta física es tan fuerte que incluso in absentia se agranda en la evocación de sus amantes hasta llenar todo espacio, como podemos ver en esta evocación de Rodolphe el famoso día de la feria del campo: Rodolphe, le dos appuyé contre le calicot de la tente, pensait si fort à Emma, qu’il n’entendait rien. [...] Un silence s’établissait dans sa pensée, malgré les accroissements de la rumeur. Il rêvait à ce qu’elle avait dit et à la forme de ses lèvres; sa figure comme en un miroir magique, brillait sur la plaque des shakos; les plis de sa robe descendaient le long des murs, et des journées d’amour se déroulaient à l’infini dans les perspectives de l’avenir (Madame Bovary: 185). De hecho, incluso muerta se expande Emma en el cosmos, como pone de manifiesto la contemplación extasiada de Charles: Des moires frissonnaient sur la robe de satin, blanche comme un clair de lune. Emma disparaissait dessous; et il lui semblait que, s’épandant au-dehors d’elle-même elle se perdait confusément dans l’entourage des choses, dans le silence, dans la nuit, dans le vent qui passait, dans les sentiers humides qui montaient (Madame Bovary: 391). Ana Ozores, por el contrario, siempre se tensa contra el mundo sensible al ser más cerebral que Emma Bovary, quien, si bien está en conflicto con el medio, no lo está consigo misma. De este modo, mientras que en el imaginario de esta última todo está perfectamente codificado, Ana intenta imponerle una dirección al suyo, incapaz de dejarse llevar, con un pie siempre en cada lado, extenuándose en intentar mantener juntos los contrarios, a saber, misticismo y erotismo, creencia dogmática y libertad de juicio. Así, mientras que Emma se exculpa de toda falta (la culpa siempre es del mundo, de la mala suerte, de los demás, «de la fatalité», como dirá Charles), Ana siempre acaba por revertir parcial o enteramente la culpa sobre ella29. La esposa de 28 «Ainsi [...], malgré les caprices de son imagination, malgré son narcissisme, Emma participe intimement à la vie des choses, aux forces secrètes de la nature et c’est cette part ignorée d’elle-même qui fascine les hommes autour d’elle» (Danger, 1973: 343). 29 Indudablemente, Ana es un personaje mucho más conflictivo interiormente que Emma. Como observa Juan Oleza, en ella «hay que hablar de toda una red conflictiva, irreductible a un esquema lineal» (La Regenta I, «Introducción»: p. 47). Ana tiene desde su infancia una serie de experiencias traumáticas por las que no pasa Emma. La inocente aventura infantil en la barca de Trébol, leída desde
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 432 Charles Bovary no experimenta ningún remordimiento hacia el adulterio, antes de que aparezcan sus amantes ya está predispuesta para ir en su busca, puesto que el adulterio ocupa un lugar relevante en su mitología personal30. La de Quintanar, por el contrario, lo rehúye todo el tiempo que le es posible, buscando una imposible solución de compromiso, hasta que elabora eso que Clarín llama irónicamente «metafísica naturalista» (La Regenta II: 502) para refrendar sus actos. Así pues, la relación que entablan una y otra con los objetos es completamente diferente. Mientras que en el caso de Emma los objetos suponen una expansión que es proyección metonímica del personaje, de su cuerpo, sobre el espacio (por ejemplo, las prendas íntimas esparcidas que Justin contempla extasiado) o bien una apropiación de determinado nivel de realidad (por ejemplo, a través de la compra compulsiva), la austeridad es lo que caracteriza a Ana, en cuya alcoba, según dice Obdulia con desprecio, no se ve «ni un mal bibelot» (La Regenta I: 215). En su entorno apenas hay objetos, por lo que los pocos que aparecen son por ello mismo especialmente relevantes, e indicadores de la ruptura del yo frente a la realidad sensible, como, por ejemplo, el crucifijo de marfil, ese Cristo amarillento31. Emma, sin embargo, se expande como una diosa, asociada siempre a la circularidad. Incluso cuando aparece en su faceta más doméstica y por tanto exenta de toda transfiguración idealizada, es contorno, circularidad, de tal manera que «le tour soyeux de son jupon» encierra el universo entero para Charles32. Ana Ozores, por el contrario, es delimitación, concreción, «modelo de madona» como Virgen de la Silla de cara a la sociedad vetustense o Venus impúdica en la intimidad de la alcoba. Su cuerpo aparece representado como contorno vivo y delimitado de modelo que alcanza plasticidades y volúmenes de estatua, de tal manera que el ojo descriptor se recrea en su cuello no sólo mórbido, blanco y tentador, sino vigoroso, o en su pecho firme y bien torneado. Sin embargo, en lo que supone un planteamiento oximorónico y un acercamiento a Emma Bovary, la brevedad de su contorno se expande en «aureola de gloria» para el Magistral, y pasa a ser metonimia de un mundo virtual e infinito que encierra para el clérigo enamorado el verdadero valor de todo: el vicio por la sociedad malpensante, es una de las que más la marcarán y propician esta tendencia a la autoculpabilización. 30 «Alors elle se rappela les héroïnes des livres qu'elle avait lus, et la légion lyrique de ces femmes adultères se mit à chanter dans sa mémoire avec des voix de soeurs qui la charmaient. Elle devenait ellemême comme une partie véritable de ces imaginations et réalisait la longue rêverie de sa jeunesse, en se considérant dans ce type d'amoureuse qu'elle avait tant envié» (Madame Bovary: 198). 31 Regalo del Magistral. El color amarillento tiene connotaciones cadavéricas en la novela, en oposición al amarillo, relacionado con Eros (palacio de los Vegallana) y la alegría de vivir (palacio del obispo Camoirán). 32 «L’univers, pour lui, n’excédait pas le tour soyeux de son jupon» (Madame Bovary: 51).
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 433 De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía fuego misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias íntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para él parecía rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un contorno adorado todo lo que valía algo en la vida, el mundo entero, infinito, de la pasión única (La Regenta II: 386). Lo cual no impide que, como quedó dicho más arriba, la relación con los objetos sea apenas existente para Ana Ozores, mucho más cerebral y dada a la abstracción que Emma Bovary. Ésta, por el contrario, necesita de los objetos para activar su imaginación y hacer presente el modelo o la realidad virtual, función que desempeñan el plano de París, las revistas de moda o la petaca atribuida por ella al vizconde del castillo de La Vaubyessard y que olfatea actualizando su evocación. Ana, sin embargo, necesita abolir el mundo exterior controlando el proceso en una ensoñación semiconsciente. Fijémonos para ello en la secuencia en la que se nos muestra a la Regenta haciendo examen de conciencia para su confesión general ante el Magistral. Ella se encuentra en su alcoba, con los ojos muy abiertos, a oscuras. Entonces le van viniendo imágenes –realesde sus recuerdos. Siente cólera al revivirlos y enciende la luz, cortando así la proyección de imágenes del recuerdo: Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó de sí la colcha pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas bajo la manta de finísima lana de colores ceñida al cuerpo. La colcha quedó arrugada a los pies. Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron, a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos. «–¡Qué vida tan estúpida!»– pensó Ana, pasando a reflexiones de otro género. Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto de hora de rebelión (La Regenta I: 226). Ana consigue cortar el flujo de los recuerdos, pero no el sentimiento que provocan. La cólera permanece, acompañada de un creciente mal humor al haber despertado la rebelión interior, que se convierte en la idea dominante: Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería aplacarla y se irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas no quería a nadie, no compadecía a nadie. En aquel instante deseaba oír música; no podía haber voz más oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el Teatro Real de Madrid y vio a don Alvaro Mesía, el presidente del Casino... (La Regenta I: 227). La imagen de D. Alvaro, quien de hecho ya se había ido infiltrando espontáneamente entre los recuerdos de la Regenta, irrumpe entonces, escapando por com-
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 434 pleto al control de la voluntad de Ana, representando al conde Almaviva disfrazado de Lindoro en la ópera El barbero de Sevilla. La imagen produce el efecto de suavizar la aspereza del espíritu, lo que inmediatamente hace surgir otra, la del hijo deseado e imposible, leitmotiv en la novela. Pero esta última imagen no dura más que un segundo, D. Alvaro vuelve a dominar el escenario mental de Ana en una nueva interpretación: Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el esbelto don Alvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey Amadeo. Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella imperiosos, imponentes (La Regenta I: 228). Ana ya ha llegado a su cliché de novela o escena de teatro donde ella es la reina que domina al rendido y entregado enamorado. En ese momento está ya preparada para sentir amorosamente, y por tanto para sublimar su existencia en la idea heroica del sacrificio: Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que la mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo... Ya no era mala, ya sentía como ella quería sentir; y la idea de su sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una corriente de ternura capaz de anegar el mundo (La Regenta I: 228). La dinámica de la ensoñación sigue la técnica pre-cinematográfica del cuadro disolvente33, que en realidad funciona exactamente igual que un fundido encadenado, como el propio texto pone de manifiesto: La imagen de D. Álvaro también fue desvaneciéndose, cual un cuadro disolvente; ya no se veía más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy espesas… (La Regenta I: 228). Como acostumbra, Ana ha pasado del autocastigo –«era relator la memoria, fiscal la imaginación» (La Regenta II: 192)– a la autocompasión y aceptaciónsublimación del sacrificio, recuperando el control «fiscal», pero limado de asperezas, de la imaginación. 33 Los cuadros disolventes surgen en Inglaterra como una variante que perfecciona la linterna mágica. El invento se presenta por primera vez en la Adelaide Gallery de Londres en 1840 y se difunde rápidamente fuera de Inglaterra, convirtiéndose en un espectáculo de atracción para el público al permitir una superposición rápida de imágenes que crea la impresión de transformación en la retina.
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 435 Por el contrario, la imaginación portentosa de Emma Bovary, en la que no existe la conciencia de culpa, confirma y se reafirma en cada deseo en la validez de la mitología construida. 6. Epílogo. La insuficiencia de la vida34. La espiral del deseo Como ha quedado puesto de manifiesto, en el movimiento de expansión circular que se genera en torno a la representación de Emma, ésta se funde con el mundo contemplado y ensoñado, produciéndose entre ambos una total circulación. En este sentido, aspirar ese mundo deseante y deseado –«humer», «aspirer», son verbos asociados-, convocarlo, interiorizarlo, metabolizarlo, convertirlo en el propio ser, es lo que intenta dramáticamente y con todas sus fuerzas Emma Bovary. Porque ese movimiento expansivo choca con la mediocridad real de la existencia y del mundo: N’importe ! elle n’était pas heureuse, ne l’avait jamais été. D’où venait donc cette insuffisance de la vie, cette pourriture instantanée des choses où elle s’appuyait ?... Mais, s’il y avait quelque part un être fort et beau, une nature valeureuse, pleine à la fois d’exaltation et de raffinements, un coeur de poète sous une forme d’ange, lyre aux cordes d’airain, sonnant vers le ciel des épithalames élégiaques, pourquoi par hasard ne le trouveraitelle pas ? Oh ! quelle impossibilité ! Rien, d’ailleurs, ne valait la peine d’une recherche ; tout mentait ! Chaque sourire cachait un bâillement d’ennui, chaque joie une malédiction, tout plaisir son dégoût, et les meilleurs baisers ne vous laissaient sur la lèvre qu’une irréalisable envie d’une volupté plus haute (Madame Bovary: 335-6). Así pues, la insuficiencia de la vida –esa «vida estúpida», como la llama la Regenta– se inscribe en la dinámica de la espiral del deseo35, inalcanzable e irrenunciable a un tiempo, proyectando al ser cada vez más lejos hacia ninguna parte. Este absurdo existencial es la verdadera condición trágica del ser deseante, llámese Emma Bovary o Gustave Flaubert, quien se lamentaba en su correspondencia de que «notre vie tourne ainsi continuellement dans la même série de misères, comme un écureuil dans une cage, et nous haletons à chaque degré»36. La mujer del pobre mediquillo de Yonville es 34 «La expresión [...] significa perfectamente el problema de Emma: la poca «vida» que constituye la monotonía de los acontecimientos de una vida. La vida, como ausencia de «vida», ésta es la base existencial del bovarismo» (Prado, 1983: 352). 35 Como analizaba Poulet, el tema de la espiral es recurrente en Flaubert, quien incluso acarició la idea de escribir una novela titulada La Spirale (Poulet, 1979: 398). 36 Carta a Mademoiselle Leroyer de Chantepie, 6 de abril de 1858 (Correspondencia edición Conard [consulta en línea: http://flaubert.univ-rouen.fr/correspondance/conard/lettres/58a.html; 26-12- 2014]).
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 436 consciente de ello, y es una de las razones –o mejor dicho, tratándose de Emma, pulsiones– por las que busca la salida en el suicidio. Por el contrario, mientras dura su romance con el «Tenorio vetustense», Ana Ozores no ha tenido tiempo ni voluntad de descubrir esa «pourriture» de la insuficiencia del amor real que Emma ha experimentado en sus dos romances, con Rodolphe Boulanger primero, con Léon Dupuis después. La Regenta ha cedido al impulso que la empuja cómodamente, intentando escapar del vaivén del zig zag existencial, de esa «línea quebrada», como la denominaba más arriba. Amar y no pensar pasa a ser la única ocupación de la existencia: «Sí, Álvaro, si tú me dejaras me volvería loca de fijo; tengo miedo a mi cerebro cuando estoy sin ti, cuando no pienso en ti. Contigo no pienso más que en quererte» (La Regenta II: 513). Sin embargo, esta resolución aparentemente firme de Ana no es en realidad más que un «arranque de suicida»37, abocado por tanto a la autoaniquilación, un falso impulso, o mejor dicho, un impulso que no va a elevarla más alto, sino a arrojarla más lejos en el círculo fatal. Y es que, en realidad, la proyección existencial en línea recta hacia un trazado nítido que persigue Ana Ozores acaba entroncando con la dinámica de la circularidad, lo que vuelve a acercarla al personaje de Emma Bovary. Al final de la malograda aventura de Ana, «como quien vuelve a su patria», «el impulso que la había arrojado dentro de la capilla» (La Regenta II: 595) nos conduce a la catedral, escenario con el que se abre la novela, cerrando el círculo, amplificando y confirmando la rotundidad del fracaso. El último y desesperado intento de salvación, tanto en Emma como en Ana, es la huida hacia la religión, y tanto en una como en otra se resuelve en un enorme sarcasmo del destino. La presencia del elemento grotesco, que pisotea y ensucia el ideal, se impone sobre los sueños de ambas marcando el triunfo de la realidad prosaica, vulgar, aborrecible: es la insoportable canción del ciego en la agonía de Emma o el repugnante beso del sapo ensuciando los labios de La Regenta inerte en el suelo de la catedral. Cierre total del círculo, expulsión de la última espiral, imposible salida: sólo queda la muerte o la locura. Y, desde la escritura, seguir golpeando sin cesar ese «chaudron fêlé» al que alude el autor de Madame Bovary, puesto que en última instancia también la palabra es insuficiente, incapaz de alcanzar la medida exacta de las cosas y la comunicación entre los seres38. 37 La expresión es empleada en el texto cuando Ana, escuchando el Stabat Mater de Rossini «se arrojó a las olas de la música triste con un arranque de suicida» (La Regenta II: 406) adoptando la opción religiosa como resolución extrema. 38 «Comme si la plénitude de l’âme ne débordait pas quelque fois par les métaphores les plus vides, puisque personne, jamais, ne peut donner l’exacte mesure de ses besoins, ni de ses conceptions, ni de ses douleurs, et que la parole humaine est comme un chaudron fêlé où nous battons des mélodies à faire danser les ours, quand on voudrait attendrir les étoiles» (Madame Bovary: 231). La cita corresponde al momento en que Rodolphe empieza a cansarse de Emma y ve en sus palabras simples estereotipos exagerados.
Çédille, revista de estudios francese s , 11 (2015), 413-437 Concepción Pérez-Pérez http://cedille.webs.ull.es/11/19perez.pdf 437 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS ALAS «CLARÍN», Leopoldo (2003): La Regenta. Madrid, Cátedra (Letras Hispánicas), 2 vols. CLAVERÍA, Carlos (1942): «Flaubert y La Regenta de Clarín». Hispanic Review, X, 116-125. CONSTANDINIDOU-SEMOGLOU, Ourania (2008): «Les fonctions des objets chez Flaubert». Synergies Sud-Est européen, 1, 167-179. DANGER, Pierre (1973): Sensations et objets dans le roman de Flaubert. París, Armand Colin. DE LATTRE, Alain (1983): La bêtise d’Emma Bovary. París, José Corti. DUCHET, Claude (1983): «Romans et objets: l’exemple de Madame Bovary», in R. Debray- Genette et al., Travail de Flaubert. París, Seuil, 11-43. FLAUBERT, Gustave (1961): Madame Bovary. París, Librairie Générale Française. GONZÁLEZ DE ÁVILA, Manuel (1993): «El juego de los sentidos en La Regenta». Bulletin hispanique, 95(2), 587-602. POULET, Georges (1979): «Flaubert», in Les métamorphoses du cercle. París, Flammarion. PRADO, Javier del (1983): «Introducción», in G. Flaubert, Madame Bovary. Madrid, Sociedad General Española de Librerías (Clásicos Universales). PRÉNERON VINCHE, Paula (1996a): «Sémiologie des portraits dans Madame Bovary et La Regenta», in J. Martínez, C. Palacios y A. Saura (eds.), Aproximaciones diversas al texto literario, Murcia, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 349-359. PRÉNERON VINCHE, Paula (1996b): Madame Bovary-La Regenta: parodia y contraste. Murcia, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia. RICHARD, Jean-Pierre (1970): «La création de la forme chez Flaubert», in Littérature et sensation. Stendhal. Flaubert. París, Seuil, 135-152. ROUSSET, Jean (1984): «Madame Bovary ou le livre sur rien», in Forme et signification. Essai sur les structures littéraires de Corneille à Claudel. París, José Corti, 109-133. SOBEJANO, Gonzalo (1981): «De Flaubert... a Clarín». Quimera 5, 25-29 [Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/de-flaubert-a-clarn-0; 26-12-2014]. VARGAS LLOSA, Mario (1981): La orgía perpetua. Flaubert y «Madame Bovary». Barcelona, Seix Barral.