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Lo bello, lo sublime y lo profundo

Ruiz Fernández, Manuel

Abstract

Al estudiar en profundidad la descripción que hace Nietzsche de la tragedia griega y del arte dionisíaco, así como el arte flamenco –tanto fenomenológicamente, como hermenéuticamente–, aparecen enormes similitudes. Especialmente entre las características de la categoría estética fundamental del flamenco, la de lo jondo –lo profundo– y los rasgos del arte dionisíaco. Lo que demuestra que, igual que las de lo bello y lo sublime son las categorías estéticas de lo apolíneo, es la de lo profundo la categoría estética del arte dionisíaco.

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ESTUDIOS NIETZSCHE, 20 (2020), pp. 175-196. ISSN: 1578-6676. © Sociedad Española de Estudios sobre Friedrich Nietzsche (SEDEN) Recibido: 29-07-2020 Aceptado: 20-01-2021 LO BELLO, LO SUBLIME Y LO PROFUNDO The beautiful, the sublime and the deep Nolo Ruiz Universidad de Sevilla Resumen: Al estudiar en profundidad la descripción que hace Nietzsche de la tragedia griega y del arte dionisíaco, así como el arte flamenco –tanto fenomenológicamente, como hermenéuticamente–, aparecen enormes similitudes. Especialmente entre las características de la categoría estética fundamental del flamenco, la de lo jondo –lo profundo– y los rasgos del arte dionisíaco. Lo que demuestra que, igual que las de lo bello y lo sublime son las categorías estéticas de lo apolíneo, es la de lo profundo la categoría estética del arte dionisíaco. Palabras Clave: Nietzsche – flamenco – dionisíaco – jondo – profundo Abstract: In studying in depth Nietzsche’s description of Greek tragedy and Dionysian art, as well as flamenco art –both phenomenologically and hermeneutically–, enormous similarities appear. Especially between the characteristics of the fundamental aesthetic category of flamenco, lo jondo –the deep–, and the features of Dionysian art. What shows that, just as those of the beautiful and the sublime are the aesthetic categories of the Apollonian, the aesthetic category of Dionysian art is the deep. Keywords: Nietzsche – flamenco – Dionysian – jondo – deep Introducción Por su importancia histórico–filosófica, dos pueden ser consideradas como las categorías más relevantes de la historia de la estética filosófica: lo bello y lo sublime. Dualidad categorial que, sin embargo, se revela como incompleta a la llegada de Nietzsche y de su interpretación de la antigua tragedia griega en la que aparece una tercera categoría, innombrada por el propio filósofo alemán, y correspondiente, como las de lo bello y lo sublime al arte apolíneo, 176 NOLO RUIZ ESTUDIOS NIETZSCHE, 20 (2020) ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 al arte dionisíaco. ¿Cuál es esta categoría estética propia del arte dionisíaco? Escribió Federico García Lorca, en su afamada y fundamental conferencia flamencológica titulada ‘Juego y teoría del duende’, que el duende, el genio, que Nietzsche perseguía1 «había saltado de los misterios griegos a las bailarinas de Cádiz o al grito degollado de la seguiriya de Silverio»2. Y es cierto que al estudiar el flamenco en profundidad, en el propio arte flamenco así como en la flamencología, y comparar sus caracteres con los de la antigua tragedia ática descrita por Nietzsche, las similitudes entre ambas manifestaciones artísticas resultan, por enormes y fidedignas, asombrosas –pese a la baja probabilidad a priori de la existencia de tantas y tamañas similitudes entre ambas, además de por otras muchas razones, cuando menos por la distancia en el espacio y en el tiempo entre ellas–. De hecho, especialmente El nacimiento de la tragedia, pero también La visión dionisíaca del mundo, y entiéndase la hipérbole como énfasis, bien podrían pasar por dos excelentes obras flamencológicas. Nietzsche no llega a nombrar la categoría estética del arte dionisíaco como sí hace con las del arte apolíneo. Lo más que dice, que no es poco, es que esa categoría del arte dionisíaco es como lo sublime pero más profundo e íntimo. En el flamenco, junto a la belleza y a la sublimidad, importantes y presentes en su estética –en ambos sentidos–, aparece la categoría, que es la de mayor relevancia y más genuina suya, de lo jondo, es decir, de lo profundo, de lo profundo e íntimo, tal es la significación flamenca de jondo; profundo como lo sublime sofocleo, distinto de lo sublime esquileo y más cercano a la verdad dionisíaca según Nietzsche. Se trata el de lo jondo del concepto que indudablemente articula gran parte del sistema temático, filosófico y estético del flamenco, y que además le confiere sus hechuras y personalidad. Dadas las similitudes… ¿no se podría considerar que es la del arte dionisíaco la categoría de lo profundo, aquello que le parece sublime a Sófocles distinto de lo que es para Esquilo? El análisis comparado entre la tragedia helena y la andaluza3 ofrece una respuesta clara a este interrogante. Pero previamente al abordaje de la comparativa entre la arquetípica categoría estética flamenca de lo jondo y la interpretación nietzscheana del arte dionisíaco griego es fundamental, primeramente, conocer con algo de detalle algunos de los rasgos ontológicos del arte flamenco y estéticos de la jondura que lo define. Intentando sintetizar lo inabarcable, pero suficiente en este caso, se puede afirmar que el flamenco se caracteriza: por su condición de (arte) popular; por la apología, consecuentemente, de la sabiduría 1 El verdadero objetivo de El nacimiento de la tragedia, afirma el pensador germano, es el «conocimiento del genio dionisíaco-apolíneo y de su obra de arte» (Nietzsche 1997: 61), esgrime al inicio del capítulo quinto. 2 García Lorca 1960: 37. 3 Sin entrar en discusiones acerca de la procedencia geográfica, racial, histórica o cultural del flamenco, irrelevante para el objeto de este artículo en particular. 177 LO BELLO, LO SUBLIME Y LO PROFUNDO ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 ESTUDIOS NIETZSCHE,20 (2020) popular frente al cientificismo, con el que se muestra crítico e impío; por tratarse de una manifestación expresivamente centrada en la interioridad humana, en lo profundo de cada cual, y especialmente en la pasión –los padecimientos– (el sufrimiento, las fatigas, las duquelas), convertidos además en instrumentos creativos; por tratarse de un arte de inspiración y cosmovisión –antropológica, estética y teológica– naturalista, además de fatalista y, por ello, resignada, pese a lo cual rebelde; por la especial y notoria relevancia que le otorga a la verdad y a su búsqueda a través de sí mismo –de un cantaor que canta con jondura se dice que canta con (mucha) verdad–; por su naturaleza ontológica dialógica, coral y ritual, en el que la reunión, el coro, deviene en parte de la misma obra de arte y donde tanto el individuo particular –sin menoscabo del característico individualismo temático de las letras flamencas–, como las diferencias de clase (patria, raza, ideología, religión, etc.) se diluyen, e interpreta el rito; por la importancia del, en no pocas veces destacado por flamencos y flamencólogos, estado de embriaguez como forma de acceso estético a la jondura; por la axialidad del jipío, del grito, santo y seña de la expresión de lo profundo y exteriorización expresiva, no significativa, de lo inefable más íntimo; por su fuerte carácter paradójico; así como por la religiosidad antropomórfica basada en la creencia y exaltación de un Dios que sufre y que padece y cuya imagen arquetípica es la de la pasión de Cristo. Nietzsche y lo jondo: la tragedia ática y la tragedia flamenca Comparándolas, se hacen evidentes las enormes similitudes entre los caracteres del flamenco y la categoría flamenca de lo jondo, y los rasgos de la tragedia griega y el arte dionisíaco según Nietzsche. Son innumerables los pasajes nietzscheanos en los que se aprecian estas semejanzas entre ambas artes populares4. De las características de la tragedia ática, tal y como la interpreta Nietzsche, y el arte dionisíaco destaca el pensador sajón su condición de (arte) popular, la relevancia de la sabiduría frente al conocimiento científico –«la oposición más ilustre a la consideración trágica del mundo»5–, la aparición e importancia de la profunda verdad junto a la bella apariencia y a la sublime verosimilitud (o apariencia de verdad), el interés en lo más íntimo y hondo 4 Y no solo se observan similitudes entre la tragedia helénica y la tragedia flamenca en la obra de Nietzsche, sino que si comparamos el arte jondo con la descripción de Tatarkiewicz de esta manifestación popular griega se observan igualmente similitudes. Escribe: «Señala [Arístides] que la primitiva choreia de los griegos era de carácter expresivo, que más que formar cosas exteriorizaba los sentimientos, que era acción y no contemplación. Indica también que este arte unía la danza, la música y el canto, y que estaba vinculado con el culto, con los ritos, sobre todo los dionisíacos. Servía para apaciguar y aliviar los sentimientos o, empleando el lenguaje de aquel entonces, para purificar las almas. La purificación de los griegos la llamaban katharsis (κάθαρσις)» (Tatarkiewicz, 2000: 23). 5 Nietzsche op. cit., p. 131. 178 NOLO RUIZ ESTUDIOS NIETZSCHE, 20 (2020) ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 del ser humano y en sus padecimientos, como núcleo temático, catalizador e intencional junto con el sentido catártico que conlleva, así como en un dios que sufre y yerra, la disolución del individuo y las clases sociales en el coro, la embriaguez y el grito como fundamentos de lo dionisíaco y este incluso de la música misma, la comprensión y fundamentalidad de la angustia y los pesares tanto en lo interpretativo como en lo creativo, la importancia de la naturaleza y del instinto, la inclinación hacia la huida de un mundo de sufrimientos, una religiosidad basada en una divinidad humanizada que, como tal, padece, etc. Como se puede apreciar, a simple vista, son muchas las coincidencias. Pero profundicemos un poco en la comparativa de estas semejanzas ontológicas y estéticas del flamenco y de la tragedia griega. El primero de los caracteres de lo dionisíaco descritos por Nietzsche es el de la embriaguez. En los albores de El nacimiento de la tragedia, en el primer capítulo, Nietzsche ya comienza a relacionar a la embriaguez y al sueño con lo dionisíaco y lo apolíneo respectivamente, de modo que, afirma, entre los mundos artísticos separados del sueño y de la embriaguez «puede advertirse una antítesis correspondiente a la que se da entre lo apolíneo y lo dionisíaco»6. Una conexión, la de lo dionisíaco y la de la embriaguez que aparece constantemente en la interpretación nietzscheana de la tragedia griega en tanto que el arte dionisíaco «descansa en el juego con la embriaguez, con el éxtasis»7, de tal forma que «así como la embriaguez es el juego de la naturaleza con el ser humano, así el acto creador del artista dionisíaco es el juego con la embriaguez»8. De manera análoga, el flamencólogo Ricardo Molina y el cantaor Antonio Mairena destacan en su influyente Mundo y formas del cante flamenco el «abundante y sabio copeo, que es obligado prólogo»9 de la juerga flamenca10. Y como en esta, bajo la magia de lo dionisíaco en la que se produce la reconciliación de la naturaleza con el ser humano11 –también en el flamenco se produce esta comunión entre ser humano y naturaleza12–, «cantando y bailando manifiéstase el ser humano 6 Nietzsche op. cit., p. 41. 7 Nietzsche op. cit., p. 232. 8 Ibid. 9 Molina, Mairena 1971: 145. 10 «El alcohol embriaga y predispone a una determinada exaltación anímica en la que el duende [momento culminante y apoteósico del arte flamenco] puede darse de una manera mucho más explícita», (Álvarez Caballero 1998: 209). 11 «Bajo la magia de lo dionisíaco [...] la naturaleza enajenada, hostil o subyugada celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre», (Nietzsche op. cit., p. 44). 12 Afirma Martínez Hernández que «la voz del cante [...] es una voz cercana, como dijo Manuel de Falla, al canto del pájaro, al grito del animal, al sonido de los elementos de la naturaleza», (Martínez Hernández 2005: 113). Por otro lado, señala Alonso del Campo que «lo materno se simboliza en la naturaleza» (Alonso del Campo 1985: 7) –es de especial relevancia lo materno en el flamenco–. E, igualmente, aseguran Gelardo y Belade: «En la visión trágica de su destino, y dominado por el sentimiento de su impotencia, el hombre de las coplas flamencas hace a la naturaleza partícipe de su 179 LO BELLO, LO SUBLIME Y LO PROFUNDO ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 ESTUDIOS NIETZSCHE,20 (2020) como miembro de una comunidad superior»13, el coro, «en el que el ser humano no es ya un artista, se ha convertido en una obra de arte»14. Pues en la tragedia ática, como en la tragedia flamenca, el coro, la reunión, comunidad en la que el individuo se integra y que a su vez se integra en la propia obra de arte como parte esencial de la misma, juega un papel fundamental. De hecho, según señala Nietzsche, «la tragedia surgió del coro trágico […] en su origen era únicamente coro y nada más que coro»15. Tanto que, sentencia el pensador alemán, el coro «es el auténtico drama primordial»16, es, recalca, parte del «sustrato dionisíaco-musical de la tragedia»17, y, en fin, «símbolo de toda la masa agitada por una excitación dionisíaca»18. Pero una masa que, tanto en la reunión flamenca –ora juerga familiar, ora cuarto de cabales–, como en el dionisíaco coro ditirámbico, «no representa, sin embargo, una masa, sino sólo un enorme individuo, dotado de unos pulmones mayores que los naturales»19, de modo que sus componentes proceden coralmente. Y así, como en la fiesta dionisíaca, el coro flamenco que componen los presentes en la juerga «saben perfectamente los comportamientos, los gestos, las palabras... es como una cosa pactada sin pactar»20, pues la aparición del duende necesita de la colectividad que conforma la reunión flamenca21. Son numerosas las referencias flamencológicas y periodísticas referidas a esta característica del comportamiento coral e interventor de los miembros de la reunión flamenca, más llamativo si cabe en las multitudinarias, como ocurre, por ejemplo, en los muchos festivales de cante jondo22 que aún logran sobrevivir. En las dolor, de sus sufrimientos. Esta comunión entre el hombre y la naturaleza se verifica a través de los elementos que pertenecen a la realidad cotidiana y al paisaje que rodean al andaluz: la piedra, el agua (con sus diferentes formas: pozo, mar...), el fuego (representado por el sol), la escasa vegetación», (Gelardo, Belade 1985: 95). 13 Nietzsche op. cit., p. 45. 14 Ibid. 15 Nietzsche op. cit., p. 73. 16 Ibid. 17 Nietzsche op. cit., p. 122. 18 Nietzsche op. cit., p. 87. 19 Nietzsche op. cit., p. 206. 20 «Un informante, tratando de las fiestas [flamencas] íntimas, lo expresaba de este modo: “Yo hablo de ritual porque hay una aceptación de todos de que así lo es. Se saben perfectamente los comportamientos, los gestos, las palabras... es como una cosa pactada sin pactar, que se hace por inercia, pero que siempre tiene el mismo recorrido, que se siente hasta llegar a extasiarte al final con el cante por soleá o por siguiriya”», (Cruces 1996: 127–128). 21 «El genio puede darse individualmente, el duende, no; el duende puede instalarse, fugazmente, en la garganta de un cantaor, o bailaor, individual, pero nunca se da a solas consigo mismo, como puede ocurrir con el genio, sino que necesita del rito, de lo colectivo, de la unión de almas gemelas que hacen de su soledad una colectividad de soledades», (Parra 2005: 182). 22 «Desde mi puesto de observador cada vez más apasionado por el flamenco, pero sin haber renunciado aún a mi parcela de objetividad, es necesario que exponga lo que en primer lugar me 180 NOLO RUIZ ESTUDIOS NIETZSCHE, 20 (2020) ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 juergas dionisíacas, los actores y el coro, los cantaores23 y los aficionaos, todos los individuos dejan de ser individuos, se funden en la obra de arte, pasan a formar parte indisoluble de ella. En la embriaguez dionisíaca helénica el «principium individuationis [principio de individuación] queda roto, lo subjetivo desaparece totalmente ante la eruptiva violencia de lo generalhumano»24; en la borrachera dionisíaca flamenca, también: en ambos coros ditirámbicos todas las diferencias individuales quedan superadas25, «el esclavo es hombre libre, ahora quedan rotas todas las rígidas, hostiles delimitaciones que la necesidad, la arbitrariedad o la “moda insolente” han establecido entre los hombres»26. Y también las sociales, pues, como señala el pensador alemán, «el efecto más inmediato de la tragedia dionisíaca es que el Estado y la sociedad y, en general, los abismos que separan a un hombre de otro dejan paso a un prepotente sentimiento de unidad, que retrotrae todas las cosas al corazón de la naturaleza»27, de modo que en este coro ditirámbico, que es un «coro de transformados»28, quedan totalmente olvidados el pasado civil, la posición social, en fin, cualesquiera diferencias aparentes de los individuos que lo conforman, ahora transformados. Porque en las fiestas de Dioniso «el noble y el de humilde cuna se unen para formar los mismos coros báquicos»29. sugiere la interpretación de los cantes. Me refiero a la apasionada complicidad que se produce en el flamenco entre los sonidos que brotan de la garganta del cantaor y el oyente, complicidad que me parece se traduce más bien en una vibrante comunicación y, por supuesto, de características bien diferentes a las que se originan en otras expresiones artísticas algo distantes en la distancia y apartadas del flamenco; en otras declaraciones folclóricas regionales. Al lado de esta singular correspondencia entre cantaor y oyente —digo oyente y no auditorio, porque el flamenco no es cante de multitudes, que en la soledad el cantaor no canta, sino canturrea para sí mismo, que canturrear es un verbo muy expresivo; cuando lo hace para los demás, entonces interpreta, comunica— se produce toda una liturgia de ritos espontáneos, no buscados, no estudiados, irrepetibles, diferentes en cada interpretación» (Rodríguez Cabezas 1997: 46–47). 23 Cantaores, bailaores y tocaores, pues en el moderno arte flamenco ocurre igual que en el antiguo arte griego según Tatarkiewicz, en el que «la danza se fundía con la música y la poesía en una totalidad, formando un solo arte, la triúnica choreia» (Tatarkiewicz, 2000: 22). 24 Nietzsche op. cit., p. 232. 25 «En las coplas del subproletariado [andaluz] no aparecen nunca los términos patrón, amo, opuestos a obrero, criado. [...] Así, cuando en estas coplas la queja o, a veces, la denuncia va dirigida contra aristócratas, caciques, señoritos, etc., o cuando a todos ellos se les designa con el término vago y general de los ricos, el subproletariado andaluz no ve en ellos más que a individuos –pero nunca a enemigos de clase–», (Gelardo, Belade 1985: 137). 26 Nietzsche op. cit., p. 44. 27 Nietzsche op. cit., p. 77. 28 Nietzsche op. cit., p. 84. 29 Nietzsche op. cit., p. 232. 181 LO BELLO, LO SUBLIME Y LO PROFUNDO ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 ESTUDIOS NIETZSCHE,20 (2020) Y esta es una particularidad distintiva del folclore de los pueblos en sus «etapas primitivas»30, según Mijaíl Bajtín31. La eruptiva violencia de lo general-humano en la que desaparece lo subjetivo, característica del arte de la embriaguez, está representada, tanto en la tragedia ática como en la flamenca, por el grito, por el jipío, como señalan Nietzsche – cuando dice que «al místico grito jubiloso de Dioniso queda roto el sortilegio de la individuación»32– y Grande –quien afirma: «La comunión más profunda con todos los otros seres de la especie -los seres vivos y los seres muertosse produce a través del grito. Que la orfandad del grito desemboca en la multitud. Que la fraternidad aúlla»33–. El grito, la embriaguez del sentimiento lo llama Nietzsche, ese momento en el que el sonido deviene en música34, y que, además, señala lo profundo. El lugar donde se dan cita todas las contradicciones. Así, en las festividades dionisíacas griegas, «los dolores despiertan placer, el júbilo arranca del pecho sonidos llenos de dolor»35 y «en la alegría más alta resuena el grito del espanto»36, y en las festividades dionisíacas flamencas «viven abrazados todos los contrarios, hay un sol que da frío, una nieve que quema, se ama a muerte y se muere de amor, se oye llorar de alegría y reír de pena»37. Pues lo jondo, lo profundo, es «el lugar en el que todas las contradicciones no son solo posibles, sino inevitables»38, tanto en 30 «[El folclore de los pueblos] en las etapas primitivas, dentro de un régimen social que no conocía todavía ni las clases ni el Estado, los aspectos serios y cómicos de la divinidad, del mundo y del hombre eran, según todos los indicios, igualmente sagrados e igualmente, podríamos decir, oficiales. Este rasgo persiste a veces en algunos ritos de épocas posteriores», (Bajtín 2003: 11–12). 31 Si se acepta la tesis de Mijaíl Bajtín, refrendada además por Nietzsche en su descripción de la antigua tragedia griega, cabe preguntarse: ¿se encuentran los pueblos de los que es originario el flamenco en una etapa primitiva o acaso el flamenco conserva y expresa rasgos de etapas primitivas de esos pueblos de los que es originario? 32 Nietzsche op. cit., p. 132. 33 Grande 1979: 23–24. 34 «¿Cuándo llega el ser humano natural al simbolismo del sonido? ¿Cuándo ocurre que ya no basta el lenguaje de los gestos? ¿Cuándo se convierte el sonido en música? Sobre todo, en los estados supremos de placer y de displacer de la voluntad, en cuanto voluntad llena de júbilo o voluntad angustiada hasta la muerte, en suma, en la embriaguez del sentimiento: en el grito», (Nietzsche op. cit., p. 253). 35 «Por esto, en aquellos estados [en los de embriaguez dionisíaca] prorrumpe, por así decirlo, un rasgo sentimental de la voluntad, un “sollozo de la criatura” por las cosas perdidas: en el placer supremo resuena el grito del espanto, los gemidos nostálgicos de una pérdida insustituible. La naturaleza exuberante celebra a la vez sus saturnales y sus exequias. Los afectos de sus sacerdotes están mezclados del modo más prodigioso, los dolores despiertan placer, el júbilo arranca del pecho sonidos llenos de dolor» (Nietzsche op. cit., p. 235). 36 «Sólo la milagrosa mezcla y duplicidad de afectos de los entusiastas dionisíacos recuerdan aquel bebedizo [...], aquel fenómeno de que los dolores susciten placer, de que el júbilo arranque al pecho sonidos atormentados. En la alegría más alta resuenan el grito del espanto o el lamento nostálgico por una pérdida insustituible», (Nietzsche op. cit., p. 49). 37 Martínez Hernández 2005: 114. 38 Martínez Hernández 2007: 122–123. 182 NOLO RUIZ ESTUDIOS NIETZSCHE, 20 (2020) ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 el arte dionisíaco ático, que «se asienta en medio de ese desbordamiento de vida, sufrimiento y placer»39, como en el arte flamenco, que «desciende a ese lugar en el que las pasiones opuestas se encuentran, se mezclan, se avivan mutuamente»40. Ese lugar profundo al que descienden ambas tragedias, por ello dionisíacas, es el interior, al que pueden descender tras el grito jubiloso que rompe la individuación y abre la senda hacia las madres del ser (ilusión, voluntad, dolor)41. Porque si la música, a diferencia del lenguaje, es capaz de llegar a lo más hondo, a lo «Uno primordial»42, en terminología nietzscheana, a lo «en sí»43, en terminología schopenhaueriana –y puesto que el propio Nietzsche señala que el sonido se hace música en el grito (lo que supone a su vez que es la más primitiva de las músicas)–, es el grito el acceso fundamental a lo profundo: el grito cantado, el musicado, el bailado… La música, «que es el arte de Dioniso»44, a diferencia del lenguaje significativo, tiene la capacidad de mostrar lo interior, lo profundo. El arte apolíneo es según Nietzsche el arte del escultor, de lo exterior, según la materia, según el fenómeno. El arte de Dioniso, por contra, es el del músico, de lo interior, según la forma, según el en sí. Y en el flamenco, como en la tragedia griega antigua, el grito, el jipío, alumbramiento mismo de la música, es la llave maestra que abre las puertas de lo jondo, de lo profundo e interior, que, como escribiera González Climent, «es el dolor grave y enraizante que ha de procrear el grito»45, mientras que lo exterior, lo apolíneo, la materia, el fenómeno, «es la maniobra del ingenio plástico que ha de acotar el tránsito del jipío desde su salida del alma»46. Nietzsche señala asimismo la diferencia entre la música, capaz de acceder a lo profundo e interior, y el lenguaje, «incapaz de extraverter la interioridad más honda»47. Más fino que Nietzsche en 39 Nietzsche op. cit., p. 164. 40 Martínez Hernández ibid. p. 126. 41 «Al místico grito jubiloso de Dioniso, queda roto el sortilegio de la individuación y abierto el camino hacia las Madres del ser [Die Mütter des Seins: Wahn, Wille, Wehe], hacia el núcleo más íntimo de las cosas», (Nietzsche op. cit., p. 132). 42 «Con el lenguaje es imposible alcanzar de modo exhaustivo el simbolismo universal de la música, precisamente porque ésta se refiere de manera simbólica a la contradicción primordial y al dolor primordial existentes en el corazón de lo Uno primordial, y, por tanto, simboliza una esfera que está por encima y antes de toda apariencia», (Nietzsche op. cit., p. 72). 43 «Todos los posibles afanes, excitaciones y manifestaciones de la voluntad, todos aquellos procesos interiores del hombre que la razón lanza dentro del amplio concepto negativo de sentimiento, pueden ser expresados por el infinito número de melodías posibles, pero siempre en la universalidad de la mera forma y sin la materia, siempre según el en sí y no según el fenómeno, expresando, por así decirlo, su alma interior sin el cuerpo. […] Pues, como se dijo, la música difiere de las demás artes en que no es copia del fenómeno o, mejor dicho, de la adecuada objetividad de la voluntad, sino que es una copia inmediata de la voluntad misma y representa lo metafísico de todo lo físico del mundo, la cosa en sí de todo fenómeno», (Schopenhauer 2009, pp. 318–319). 44 Nietzsche op. cit., p. 40. 45 González Climent 1964: 173. 46 Ibid. 47 Nietzsche op. cit., p. 72. 183 LO BELLO, LO SUBLIME Y LO PROFUNDO ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 ESTUDIOS NIETZSCHE,20 (2020) su mirada a la tragedia ática hila Luis Rosales en la de este a la tragedia flamenca, al diferenciar entre el lenguaje significativo, el de las palabras, el de la ciencia, el de lo fenoménico y el lenguaje expresivo48, que es el de la música, el del ayeo49, la onomatopeya, el grito. Música, ayeo, grito, especialmente el grito, son ese lenguaje expresivo, no significativo, capaz de acceder a lo más interior y profundo, a lo uno primordial, a lo en sí, a lo absoluto, como asegura bella, sublime y profundamente Adorno cuando dice que «el lenguaje significante querría decir lo absoluto de manera mediata, y este absoluto se le escapa permanentemente, dejando cada intención particular, debido a su finitud, muy detrás»50, mientras que «la música por su parte alcanza el absoluto inmediatamente, pero en ese mismo instante este absoluto se le oscurece, así como el ojo se enceguece por una luminosidad excesiva, no pudiendo ver aquello que es perfectamente visible»51. Es en lo profundo donde se hallan los sentimientos y emociones, las pasiones, los deseos… y el sufrimiento, raíz misma de lo jondo, de lo profundo, tanto en el pueblo heleno clásico, «tan excitable en sus sentimientos, tan impetuoso en sus deseos, tan excepcionalmente capacitado para el sufrimiento»52, en el que «la náusea que causa el seguir viviendo es sentida como medio para crear»53, como en el pueblo andaluz romántico (el pueblo que se expresa a través del flamenco en general), pues, según señala el doctor Arrebola, «la metafísica flamenca está basada en una realidad: la realidad del pueblo que sufre y llora cantando, pues sabe que “cantando la pena se olvida”, como dijo Manuel Machado»54. Afirmó Nietzsche que «nunca la “voluntad” se ha expresado con mayor franqueza que en Grecia, cuyo lamento mismo sigue siendo su canto de alabanza»55. Nunca antes quizás, pero sí después: como afirma el mítico cantaor Manuel Gerena, cuando sostiene que «el cante [flamenco] es un mensaje del pueblo oprimido»56, y como señala el flamencólogo Manuel Urbano, para quien lo jondo es «voz y expresión desde la 48 El cante tiene su puerta y es necesario entrar por ella. El ayeo es distinto en cada cante. Sin embargo, su función es la misma en todos: sirve para templar la voz, prepararla, tensarla; sirve para ensayar el cante y sobre todo para centrar, definitivamente, la atención sobre el cantaor. Pero también vemos nosotros algo más importante en el ayeo: nos hace comprender, de manera inmediata y radical, la diferencia entre el lenguaje expresivo y el lenguaje significativo. En la puerta del cante, en el ayeo, la voz se queda sola, la voz es sólo expresión pura. No significa nada y suena igual que el viento entre los árboles, (Rosales 1987: 33-34). 49 Tarareo característico del cante flamenco con el que se entona la voz e introduce el cante. 50 Adorno 1997: 176. 51 Ibid. 52 Nietzsche op. cit., p. 53. 53 Nietzsche op. cit., p. 248. 54 Arrebola 1987: 8. 55 Nietzsche op. cit., p. 238. 56 Carrillo Alonso 1978: 279. 190 NOLO RUIZ ESTUDIOS NIETZSCHE, 20 (2020) ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 alguno de la esencia del arte, tal como se concibe comúnmente éste, según la categoría única de la apariencia»91. Es el apolíneo el arte de la apariencia: lo bello, que muestra la apariencia –«la mirada, lo bello, la apariencia delimitan el ámbito del arte apolíneo»92; «¿qué es la belleza? “La rosa es bella” significa tan sólo: la rosa tiene una apariencia buena»93–, y lo sublime, que, en medio entre la apariencia y la verdad, muestra la apariencia de la verdad, esto es, lo verosímil, pues lo sublime, afirma el pensador alemán, «no aspira a la bella apariencia, pero sí a la apariencia, no aspira a la verdad, pero sí a la verosimilitud»94. Mientras que es dionisíaco el arte aquel que busca expresar la verdad –«el griego dionisíaco quiere la verdad»95, y el coro, «por ser el coro que participa del sufrimiento es a la vez el coro sabio, que proclama la verdad desde el corazón del mundo»96–. Porque, insiste, «el arte dionisíaco quiere convencernos del eterno placer de la existencia: sólo que ese placer no debemos buscarlo en las apariencias, sino detrás de ellas»97, y detrás de ellas, de las apariencias, escribe, «se manifiesta la unitaria naturaleza de la voluntad, totalmente envuelta en la aureola de la sabiduría y de la verdad, en un brillo cegador»98. La categoría estética flamenca de lo jondo presenta súbitamente y sin piedad alguna la negra verdad profunda como la dionisíaca tragedia griega, puesto que, como esgrime Perujo, el flamenco «no se queda en el nivel de las apariencias, no muestra la imagen exterior de una realidad [...]. No ofrece una imagen artificial ni se contenta con la corteza de las cosas. Se manifiesta desde dentro de un yo declarante y revelado»99. Y esta es una característica de lo jondo ampliamente tratada en la flamencología100. En este sentido, lo bello y lo sublime están emparentados con la exterioridad (sea lo exterior pequeño – bello– o grande –sublime–, según la visión de Burke), esto es, con la apariencia y la verosimilitud, mientras que lo profundo manifiesta un adentramiento en lo interior (y que no tiene tamaño, es contradicción, puede ser –y tantas veces es– grande y pequeño a la vez). Lo interior, la voluntad misma, se exterioriza en la emoción que expresa esa verdad tan inefable que solo la música, y a 91 Nietzsche op. cit., p. 137. 92 Ibid., p. 240. 93 Ibid., p. 251. 94 Ibid., p. 245. 95 Ibid., p. 81. 96 Ibid., p. 85. 97 Ibid., p. 138. 98 Ibid., p. 248. 99 Perujo op. cit., pp. 54–55. 100 «Muchos son los cantaores que se esfuerzan en el trasfondo anímico, extreman el rebuscamiento entrañal, densifican el jipío y hasta llegan a alcanzar la proximidad de la verdad. Pero no logran extraverter la almendrilla; balbucean el tope final. Es decir: no rompen el cante. A última hora, les sobrecoge el temor, la formalidad, quizás algún residuo racional o alguna excesiva conciencia técnica del mero hacer flamenco» (González Climent 1960: 103). 191 LO BELLO, LO SUBLIME Y LO PROFUNDO ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 ESTUDIOS NIETZSCHE,20 (2020) veces ni ella es suficiente y se hace necesario el grito, es capaz de aprehender y exteriorizar. Así, afirma el flamencólogo William Washabaugh, «la clave para entrar en contacto con este núcleo trascendental de la emoción es la sinceridad [...], [puesto que] cuando el cantaor se deja llevar por una sinceridad feroz (el duende), se vuelve radicalmente hacia su propio interior (se ensimisma)»101. La música, arte de Dioniso, apela así directamente a lo interior, a lo profundo, a lo que está detrás de la representación en sentido schopenhaueriano, a lo que está debajo de lo exterior, por dentro del ser humano, de la pura apariencia, como el propio Nietzsche establece cuando enuncia el que para él es «el conocimiento más importante de toda la estética»: que la música, como solo Schopenhauer entre los demás filósofos –según la opinión de aquel sobre este– supo entender, a diferencia de las demás artes, «no es reflejo de la apariencia, sino de manera inmediata reflejo de la voluntad misma, y por tanto representa, con respecto a todo lo físico del mundo, lo metafísico, y con respecto a toda apariencia, la cosa en sí (Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, I, p. 310)»102. Manifiesta la música, y más que ella por su fundamentalidad el grito, no la física ni lo que está más allá de la física, sino lo que se halla más acá de ella, lo ante–físico, como señala en dicha obra, según cita Nietzsche, a este respecto, Schopenhauer: «Los conceptos son los universalia post rem [universales posteriores a la cosa], la música expresa, en cambio, los universalia ante rem [universales anteriores a la cosa], y la realidad, los universalia in re [universales en la cosa]»103. Lo bello y lo sublime se relacionan asimismo con lo cultivado, con el artificio (la apariencia, lo verosímil), con la técnica, con el estudio, mientras que lo profundo hace referencia a la naturaleza, al instinto. Afirma Nietzsche que en las melodías del sonido de la fiesta dionisíaca «la desmesura entera de la naturaleza se daba a conocer en placer, dolor y conocimiento, hasta llegar al grito estridente»104, que en la juerga dionisíaca los sufrimientos hablan de sí mismos desde el corazón de la naturaleza, y en la que las diferencias entre los individuos quedan anuladas «porque los abismos que separan a un hombre de otro dejan paso a un prepotente sentimiento de unidad que retrotrae todas las cosas al corazón de la naturaleza»105, o que, en fin, «el griego dionisíaco quiere la verdad y la naturaleza en su fuerza máxima»106. Hegel, quien admite que las canciones populares pueden remitir a sentimientos profundos –y no es baladí, y menos aún en este caso, la relación que establece entre el arte 101 Washabaugh 2005: 128. 102 Nietzsche op. cit., p. 132. 103 Ibid., p. 135. / Schopenhauer 2009, p. 311. 104 Nietzsche op. cit., p. 59. 105 Nietzsche op. cit., p. 77. 106 Ibid., p. 81. 192 NOLO RUIZ ESTUDIOS NIETZSCHE, 20 (2020) ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 popular y lo profundo–, no las considera auténticamente arte en base a que en las canciones populares «el arte todavía no ha alcanzado la formación para iluminar con abierta diafanidad su contenido, y debe por tanto contentarse con hacérselo adivinable mediante exterioridades al presentimiento del ánimo»107. Es decir, no pueden ser, desde el punto de vista hegeliano, bellas ni sublimes, que sí hondas, puesto que les falta el elemento académico, cultural. Los hermanos Caba Landa, en la misma línea, aseveran: «Para cantar zarzuelas u óperas hace falta educación, y arte o artificio, es decir, espíritu. Para cantar lo jondo tiene que haber sentimiento y estilo, es decir, sensación de naturaleza»108. Nietzsche va más allá que Hegel en este sentido al defender que el paso definitivo, y fundamento mismo suyo, hacia el arte popular, en este caso la tragedia clásica, es la unión de cultura y naturaleza, de lo domesticado y lo salvaje, de lo apolíneo y lo dionisíaco: «¿Qué es la canción popular, en contraposición a la epopeya, plenamente apolínea? No otra cosa que el perpetuum vestigium de una unión de lo apolíneo y lo dionisíaco»109. El artista trágico según Nietzsche, e igualmente el flamenco, es así «a la vez un artista del sueño y un artista de la embriaguez»110, de lo apolíneo y de lo dionisíaco. Lo bello, desde Platón y Aristóteles, ha sido también definido como lo placentero o preferible por sí mismo, mientras que lo sublime se ha identificado con lo terrible o lo trágico siempre que el sujeto de la experiencia estética permanezca a salvo del peligro, de lo terrible, de lo trágico, contemplando lo terrible como si fuera, asegura Addison, «un monstruo muerto»111, tal y como lo afirmaron Burke –«cuando el peligro o el dolor acosan demasiado, no pueden dar ningún deleite, y son sencillamente terribles»112–, Kant –cuando sostiene que el aspecto de la naturaleza resulta «más atractivo cuanto más temible, con tal de que nos encontremos nosotros en lugar seguro»113–, Schiller –quien dice: «El objeto sublime debe ser terrible pero sin llegar a provocar verdadero temor»114–, y Schopenhauer –«mientras no prevalezca el apuro personal y nos mantengamos en la contemplación estética, el sujeto puro de conocimiento [...] captará tranquilo, imperturbable e impávido las ideas en los objetos amenazadores y terribles para la voluntad»115, puesto que en ese contraste se halla el sentimiento de lo sublime–. Por contra, el objeto es, sin embargo, profundo cuando lo terrible se expresa desde 107 Hegel 1989: 210. 108 Caba Landa op. cit., p. 96. 109 Nietzsche op. cit., p. 68. 110 Nietzsche op. cit., p. 47. 111 Addison 1999: 189. 112 Burke 2001: 29. 113 Kant 2011: 181. 114 Schiller 1992: 81. 115 Schopenhauer 2009: 259. 193 LO BELLO, LO SUBLIME Y LO PROFUNDO ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 ESTUDIOS NIETZSCHE,20 (2020) la vulnerabilidad e inseguridad del sujeto puro de conocimiento, en terminología schopenhaueriana, en tanto que este sujeto, en la obra de arte flamenca, es el protagonista tanto interpretativo como temático de una obra en la que se expresan sus temores, angustias y tragedias personales. Así, esgrimen García Lorca que «el duende [flamenco] no llega si no ve la posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su casa»116, Leblon que el arte jondo «no trata de cultivar lo bonito (lo soso), lo que es caricia y halago para el oído, sino, por el contrario, lo que hiere, la voz que duele, el cante que lastima»117, y Martínez Hernández que lo jondo, a diferencia de lo bello y lo sublime, «se alimenta de la angustia, de la desesperación, del horror, del espanto [...], es terrible por ser la unión de la desgracia y el desamparo»118. A diferencia de la seguridad necesaria para que un objeto terrible sea sublime, la inseguridad del sujeto de la experiencia es fundamental para que un objeto sea considerado como profundo. Así lo sentencia Félix Grande: «La tragedia del cante no es fingimiento. No es teatro ni pretende efectos sobre el público. Es una tragedia viva. El cante es grito. No es ludus. Es otro mundo»119. De la misma forma, la embriaguez del sufrimiento propia de lo dionisíaco, según Nietzsche, «penetra en los pensamientos más íntimos de la naturaleza, conoce el terrible instinto de existir y a la vez la incesante muerte de todo lo que comienza a existir»120. Es decir, que el terror de lo bello es aparente, el de lo sublime es verosímil, y el de lo profundo... verdadero. Además, y por último, a lo sublime se le han asociado rasgos compasivos respecto al sufrimiento o padecimiento ajeno de lo terrible siempre y cuando no se experimenten como propios, como afirman Burke, que dice que es necesario que la vida no corra ningún peligro antes de «poder gozar del sufrimiento de los demás, sea real o imaginario»121 o Schiller, quien señala que «si lo que provoca la emoción –lo patético– ha de proporcionar el fundamento de lo sublime, no debe llegar a convertirse en sufrimiento propio [...] en medio de la emoción más profunda debemos distinguirnos del sujeto que sufre»122. En cambio, el fundamento de lo jondo es proporcionado por la compasión que se produce en el reconocimiento de la angustia propia en la ajena, de la ajena en la propia, de las semejanzas entre las desgracias de uno y de los demás. 116 García Lorca op. cit., p. 44. 117 Leblon 1997: 65. 118 Martínez Hernández 2007: 124. 119 Grande op. cit., p. 120. 120 Nietzsche op. cit., p. 239. 121 Burke op. cit., p. 36. 122 Schiller op. cit., p. 97. 194 NOLO RUIZ ESTUDIOS NIETZSCHE, 20 (2020) ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 Conclusión Son muchas y claras las conclusiones que se pueden extraer. Para empezar, resultan innegables las similitudes ontológicas y estéticas de las tragedias ática y flamenca, y de lo dionisíaco y lo jondo. (No obstante, según la visión romántica de Lafuente, el flamenco ya «fue canto dionisíaco en los vergeles de Tartesos»123). Además, estas fieles coincidencias junto con el hecho, primero, de que los rasgos de la categoría flamenca de lo profundo (lo jondo) coinciden con muchos caracteres de lo dionisíaco nietzscheano, segundo, de que, aunque el propio Nietzsche no llegase a denominar la categoría estética del arte dionisíaco como sí hiciera con las del arte apolíneo –lo bello y lo sublime–, en la comparativa esquilosofoclea asegure que lo sublime en Sófocles es más profundo, íntimo y próximo a la verdad dionisíaca, y, tercero, de que en la comparativa de lo profundo con lo bello y lo sublime, esta aparece como categoría estética diferenciada y relevante, lleva indefectiblemente a la conclusión de que es la de lo profundo la categoría estética del nietzscheano arte dionisíaco, siendo asimismo una categoría estética capaz de completar partes de la experiencia estética que no quedan agotadas en las de lo bello y lo sublime –superando asimismo el dualismo que persigue a la filosofía occidental desde hace más de veinticinco siglos–. Parece pues que García Lorca tenía razón cuando afirmó que el duende que Nietzsche buscaba «había saltado de los misterios griegos a las bailarinas de Cádiz o al grito degollado de la seguiriya de Silverio»124. Y esto es algo ya de por sí destacable tanto para el estudio de la ciencia de la estética, como la llama Nietzsche, para el estudio del pensamiento del propio Nietzsche, para el estudio de la música popular, así como para el estudio del flamenco. Resulta de hecho curioso que no se haya prestado mucha más atención al extremadamente filosófico concepto de lo profundo, cuando menos tanto como a los de lo bello y lo sublime. Y más aún en el siglo XX con el auge y globalización sin parangón histórico de tantas y tan variadas manifestaciones artísticas populares, muchas de ellas rebosantes de rasgos dionisíacos, junto con el hecho insoslayable del uso generalizado 123 «[El flamenco] Era tan viejo como Andalucía. Mucho más antiguo que las piedras griegas y fenicias que aún desentierra la piqueta excavadora bajo los escombros de las ruinosas alcazabas andaluzas. Fue canto dionisíaco en los vergeles de Tartesos. Fue música litúrgica en las misas mozárabes. Romance caballeresco en las “canyas” moriscas. Treno plañidero en las sinagogas. Tonada al modo “correntío” en los labios de los músicos vagabundos moriscos y judíos que vagaban todavía por los caminos en el tiempo en que Cervantes urdía “la Gitanilla”. Lamento del proscrito en las juderías y las breñas serranas. En las galeras, rítmico son para acompañar el compás de las remadas. Y triste o alegre soliloquio para ahuyentar el tedio en las jornadas caniculares de la trilla, en las fraguas gitanas, en los presidios. Tardó milenios en forjarse. Y ha tardado apenas treinta años en desaparecer» (Lafuente 2005: 23). 124 García Lorca op. cit., 37. 195 LO BELLO, LO SUBLIME Y LO PROFUNDO ISSN: 1578-6676, pp. 175-196 ESTUDIOS NIETZSCHE,20 (2020) de la calificación de una obra de arte además de como bella o sublime como profunda. En último término, más allá de estas conclusiones, lo más interesante es sin duda la cantidad de interrogantes que abre la cuestión dado que es el de lo profundo un apasionante y fundamental tema por explorar; y no solo desde la estética. Tal y como comienza Nietzsche en su ópera prima, «mucho es lo que habremos ganado para la ciencia estética cuando hayamos llegado no sólo a la intelección lógica, sino a la seguridad inmediata de la intuición de que el desarrollo del arte está ligado a la duplicidad de lo apolíneo y de lo dionisíaco»125, esto es, se halla indisolublemente unido a la trinidad formada por lo bello, lo sublime y lo profundo. 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