Lugaridad: notas sobre una causa perdida
Full text
- 41 - INTRODUCCIÓN El tema de la creciente hostilidad de los espacios urbanos actuales producto de un mal diseño amerita abordarse desde diversos ángulos por su impacto en la calidad de vida y en el sentido de orientación colectiva y personal de quienes los habitamos. Por ello considero oportuno volver a él como entrando por diversas puertas a una versión revisada de estas inquietudes trabajadas en otro momento (Mandoki 1998, 2006b). Las zonas mega-urbanas como la Ciudad de México han estado sufriendo aceleradamente una mutación convirtiéndose en una acumulación de nódulos atomísticos que fomentan la reclusión, el secuestro, la evasión y la violencia. El flaneur benjaminiano es casi una especie extinta en una ciudad a escala del acelerador automovilístico. La razón por la cual florecen tanto los servicios a domicilio desde pizzas a uber-eats es LUGARIDAD NOTAS SOBRE UNA CAUSA PERDIDA Katya Mandoki que desplazarse por la mega-ciudad resulta cada vez más desagradable y estresante. Las personas encerradas en sus hogares tienden a la soledad y la depresión, pierden perspectiva de su realidad social y personal, y se vuelven más susceptibles a la confusión, agresión, pasividad y a la sensación de falta de sentido. Planteo aquí el concepto de lugaridad como un filtro para observar, resignadamente, otro ángulo en este panorama producto de la especulación comercial desenfrenada con bienes raíces por intereses establecidos de grupos político-corporativos sin escrúpulos en posiciones de decisión para sacar tajada y ventaja del espacio colectivo. Idea ingenua, pero si alguna piedra al estanque ha logrado alguna vez perturbar sus aguas estancadas, quizás algo como la lugaridad pudiera alterar, remotamente, la pesada nata sobre este pantano intoxicando nuestras megalópolis. ASTRAGALO, 24 (2018) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 2469-0503 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2018.i24.03 Doctora en Filosofa, artista, escritora y profesora en México
LUGARIDAD. NOTAS SOBRE UNA CAUSA PERDIDA - 42 - LOS 2 EJES DE LA SEMIOSIS A pesar de que no estemos conscientes de ello, significamos espacios que habitamos de acuerdo con dos órdenes semióticos diversos. 1Por una parte, un orden estrictamente sígnico que se despliega a través de un sistema de oposiciones y diferencias según el concepto saussureano de signo (Saussure et al. 1983). Así los espacios habitables son designados por distintos nombres y números en un sistema estrictamente diferencial que permite establecer distinciones basadas en códigos fuertemente convencionalizados desde continentes, países, estados, municipios o delegaciones, colonias, barrios, calles, edificios, departamentos y salones, oficinas o cubículos. Esta es la lógica de la reticulación ortogonal de sitios como Campeche en el siglo XVII, Montpazier en Francia, la ciudad ideal de Durero de 1527, Timgad en la actual Argelia o Paris del Baron de Haussman. Todas evitan las líneas curvas o diagonales y convergentes, como el tabú de Mondrian por la diagonal, en un concepto urbano heredado de los romanos y probablemente anterior desde el diseño de la isla de Mileto y que hallamos actualmente aplicada al urbanismo, pero en dirección no solo horizontal sino vertical. Existe un segundo sentido del espacio muy reciente que según las categorías de Roman Gubern en Del bisonte a la realidad virtual donde opone la imagen espacial de la escena a la imagen laberinto. Así los mapas google son imágenes escena, que al colocar a la figura en un punto, se convierten en imagen laberinto y pueden 1 Propuse este concepto de dos ejes de la semiosis en distintos trabajos, ver al respecto (Mandoki 2006a) (Mandoki 1997b). recorrerse desde el interior vitualmente. Como imagen laberinto particularmente vívida es la aplicación Waze que nos lleva por laberintos de rutas a veces desconocidas como atajos a nuestro destino. Aquí el recorrido no es virtual sino real y nos volvemos apéndices de la aplicación. Hay otro sentido menos asumido e investigado, por el cual identificamos espacios particularmente relevantes aunque carezcamos de una cartografía capaz de registrarlo. Es el orden de lo simbólico a través del cual experimentamos a los lugares de la ciudad como un conjunto heterogéneo de memorias individuales y colectivas, sellado con sentidos históricos, personales y culturales. Al contrario del sistema sígnico arriba descrito que es relativamente plano y abstracto, el orden simbólico está cargado de energía, materia y tiempo y se pandea, por así decirlo, con la acumulación de experiencias y de los eventos particulares tanto sociales como personales que ahí ocurrieron. Es esta segunda concepción del espacio madurado en el tiempo y fermentado por la experiencia a la que habremos de referirnos en esta ocasión como espacio simbólico. Mientras el espacio sígnico se representa en un plano bidimensional o tridimensional, el espacio simbólico es tetradimensional ya que incluye al tiempo. Recurro a una concepción económica de símbolos que he trabajado en varios artículos y libros que coincide parcialmente con la perspectiva material de la semiosis que puede extraerse de los escritos de Goux, Peirce y Rossi Landi. (Goux 1990; Rossi-Landi 1983) El símbolo desde esta acepción engloba al índice y al icono de la terminología peirceana tanto por semejanza como por la huella física
Katya Mandoki - 43 - o material de lo que representa.2 Desde Rossi Landi se puede reconocer que el lenguaje opera no sólo en un intercambio de ideas abstractas o mensajes sino que se trata asimismo de un intercambio material que involucra al trabajo y al mercado y por ende esfuerzos, cargas, gastos, físicos y concretos. Goux encuentra una homología estructural a través de procesos de substitución e intercambio comunes entre el dinero y el lenguaje. Hace un esfuerzo por hallar cierto isomorfismo en las estructuras del valor tanto económico, lingüístico, como psicológico situando a dialogar a Freud, Marx, Saussure y Nietzsche. Desde ahí entendemos al símbolo en varias dimensiones, no sólo lingüísticas sino con cargas materiales, pecuniarias, libidinales y emocionales. Para el autor, el paso hacia el capitalismo implicó la destrucción de la dimensión simbólica por la cancelación del exceso de sentido simbólico: Despojada del exceso afectivo que emerge de una significación latente, inconsciente e inagotable, que se invierte en la significación manifiesta (y hace posible, por ejemplo, el poder religioso) los sujetos vienen a tener sólo una relación operacional con la substitución y el intercambio. (Goux 1990:131 traducción mía). Se puede interpretar esta idea como la pérdida del eje de lo simbólico para ubicarse estrictamente en el sígnico. La imagen de la Virgen de Guadalupe en la tilma de Juan Diego es para sus fieles, un índice peirceano de la existencia de la Virgen y del milagro de la aparición, una prueba 2 Lo sígnico se relaciona a los símbolos de Peirce, mientras que lo simbólico se asemeja de alguna manera a los índices peirceanos por su materialidad, la motivación que liga al significante con significado y la contigüidad existencial del acoplamiento objeto-signo. (Peirce 1931) material de su realidad. También opera como icono peirceano por semejanza con el original de la Virgen que se le apareció a Juan Diego. Asimismo puede verse como símbolo peirceano al representar por convención una corriente particular del cristianismo que se denomina guadalupanismo. Para el sujeto creyente la imagen participa del eje de lo simbólico al estar cargada de a) energía afectiva y devocional, b) de tiempo desde su aparición hace 500 años y c) de materia al ser la misma tilma en que ocurrió el milagro. Pero también es evento sígnico al situarse en oposición y diferencia a otras figuras devocionales y otras vírgenes como la de Remedios, Lourdes, o la Virgen negra de Guadalupe en Extremadura. Como lo he señalado en otros textos (Mandoki 1997a, 1997b, 2006a, 2007) en el símbolo ocurre una combinación particular de tres elementos, uno de los cuales predomina y lo carga particularmente de significatividad: energía (física y afectiva), materia y tiempo. En el símbolo hay siempre algo de arcaico dice Lotman y ciertamente, ese algo es la carga de tiempo que lo vuelve símbolo, como las reliquias. (Lotman 1993: 49). SIGNIFICACIÓN Y SIGNIFICATIVIDAD Al funcionar por oposiciones y diferenciaciones (en estricto sentido saussureano) el orden de lo sígnico produce efectos de significación. El orden simbólico por contraste, produce efectos de significatividad al operar por asociaciones y acumulación de cargas de tiempo, energía y materia. (Mandoki 1997a, 1997b, 2006a, 2007) La distinción entre la significación y la significatividad fue propuesta por Charles Morris cuando se refiere a la obra de arte en los ASTRAGALO, 24 (2018)ISSN:2469-0503
LUGARIDAD. NOTAS SOBRE UNA CAUSA PERDIDA - 44 - siguientes términos: La Semiótica y la Axiología tal como aquí las hemos concebido nos parecen disciplinas útiles en potencia, para tratar este problema, porque nos obligan a distinguir entre la cuestión de si la obra de arte tiene o no significación (es decir, si es o no signo) y la de si es significativa o, lo que es lo mismo, si tiene valor (y cómo lo tiene). Con respecto a la significación, para el análisis del arte son importantes las distinciones entre significación designativa, apreciativa y prescriptiva. Con respecto a la significatividad son relevantes las distinciones entre valores operativos, concebidos, y objetuales. En tanto en cuanto la obra de arte es signo o al menos, incluye signos en ella, la estética, como estudio del arte, poseerá aspectos semántico y sintáctico; y en tanto en cuanto la estética trata también sobre el origen, usos y efectos de la obra de arte, tendrá su aspecto pragmático. (Morris 1974: 107-108). Concluye, como es inevitable, que la obra de arte siempre es un signo y cabe agregar, no solo un signo icónico sino diversos tipos de signos pues siempre significa algo, así sea la intención de no significar nada. Toda obra es un vehículo de comunicación, a veces felizmente y en otras fallido, pero siempre comunicará algo a quien le preste atención y coopere en la negociación del significado. Sin embargo, es necesario subrayar que contra lo que entiende Morris, la estética no es el estudio sólo del arte como lo he argumentado a lo largo de diversos escritos desde 1991 y 1994 hasta la actualidad. No por ello es nula la categoría de la significatividad pues siguiendo a Morris tal categoría resulta relevante para denotar cualquier tipo de valor y que en nuestro caso aplicamos a valores materiales tanto físicos en su valor de uso como pecuniarios en su valor de cambio, así como temporales y energéticos, ya sea emotivos o afectivos y sensoriales. Tales valores se presentan como cargas afectivas de recuerdos y emociones que se sedimentan en objetos o lugares al despertar en nosotros evocaciones asociadas a ellos en el contexto del espacio urbano. Son valores referidos a la estesis porque sólo emergen a partir de la experiencia. En el esfuerzo por distinguir entre las varias gamas del espectro estético, la metodología semiótica es una herramienta analítica indispensable pues, para que exista estesis (como percepción, vivencia o experiencia) tiene que haber semiosis o sentido. En otras palabras, para que algo sea significativo estéticamente debe tener significación semiótica (en términos de Morris 1974). De la significación semiótica a lo significativo estéticamente ocurre un exceso de cuya elucidación me he ocupado en otros textos (Mandoki 2006, Mandoki 2013). LUGARES Y NO-LUGARES Hace más de medio siglo Kunstler (1993) nos alertó sobre la creciente devoción idolatra por el automóvil, los planes de proporciones épicas a favor de estas máquinas fetiche rigiéndolo todo. Para Kunstler, el modelo norteamericano del national automobile slum (basurero nacional de automóviles) es consecuencia de ese enamoramiento sadomasoquista pues genera
Katya Mandoki - 45 - enormes cantidades de adrenalina y stress, además de gases contaminantes y saldos de mutilados y muertos. Semejante infatuación con artefactos de hojalata se ha impuesto no sólo sobre la morfología urbana sino biológica y atmosférica, abatiendo la calidad de vida de sus habitantes en la misma proporción en que se incrementan sus ventas. Estamos atestiguando cómo los nuevos modelos de vehículos aumentan de volumen a escala directamente proporcional al incremento de volumen corporal de sus conductores, pues al problema de la obesidad creciente en Estados Unidos y México corresponde la obesidad en el diseño de estas máquinas movientes. Asimismo, tal agrandamiento es inversamente proporcional a la calidad de vida que generan, pues estos refrigeradores con ruedas exigen cada vez mayor cantidad de trabajo en labores poco gratas para mantenerlos en movimiento y mayor inversión de energéticos tanto de combustibles en gasolinas y aditivos así como humanos en el pago de mensualidades. Agreguemos la inversión de tiempo en los domingos dedicados religiosamente a su lavado, encerado y pulido. Estos artefactos no sólo manifiestan una estética en el diseño de sus modelos anuales sino que proponen una nueva estética urbana en tanto vivencia o experiencia de la ciudad: vivirla en el encapsulamiento, justamente tal como Lewis Mumford (Mumford 1961) nos lo advirtió hace décadas, que aíslan cada vez más a sus tripulantes y pasajeros de contacto humano al extremo impresionante del fast food para automóviles: ir a un restaurante y no salir en absoluto del automóvil. Así poco a poco, los lugares de la ciudad se han ido convirtiendo en no-lugares peligrosos y de alto riesgo, devoradores de tiempos muertos como hienas cronofágicas. Con Kunstler, también Augé (1993) señala este tipo de espacios que son exudados de las zonas urbanas y se caracterizan por inmensos estacionamientos, vías rápidas y megacentros comerciales. Son espacios centrífugos, descentrados, fuera de escala y repetitivos. Los no-lugares son espacios relativamente neutros y vacíos de significatividad pero no de significado. Así como el significado depende de la semiosis, la significatividad depende de la estesis pues aquello que está preñado de sentido afecta la sensibilidad. La vacuidad de sentido o falta de lo significativo deriva de la particular concepción del tiempo considerada exclusivamente como un valor de cambio ahorrable, medible o comerciable, el time is money, para su posterior despilfarro calculado hacia su obsolescencia en los términos que más convengan al sistema productivo. El no-lugar es poco significativo porque carece del complemento y contrapunto de esta dimensión orgánica y dinámica que le otorga el tiempo. Este es el caso de los nuevos fraccionamientos que se trazan en la periferia de las ciudades y de las áreas suburbanas que, a falta de referencias históricas propias del sitio, imponen parches de estilos arquitectónicos arbitrarios y neutros, ajenos al lugar, para residentes sin antecedentes familiares, experienciales, comunitarios en la zona. Los no lugares son relativamente homogéneos y carecen de escalas pues replican los mismos elementos como módulos intercambiables. Su opuesto es el espacio centrado de donde emana la lugaridad, espacios centrípetos de carga simbólica que acogen y significan al habitante. Donde existe lugaridad hay ASTRAGALO, 24 (2018)ISSN:2469-0503
LUGARIDAD. NOTAS SOBRE UNA CAUSA PERDIDA - 46 - una carga de tiempo y de memoria individual y colectiva que le da un sentido proyectado más allá de la inmediatez del espacio abstracto a diversas escalas y grados. Cuanto mayor sea su peso simbólico, mayor su lugaridad y viceversa, cuanto más centrífugos, menor lugaridad. El concepto de centro urbano en el pasado representaba los poderes religioso, político y comercial, como el Zócalo de la ciudad de México y de varias plazas de ciudades grandes y pequeñas en el concepto colonial de urbanización. A partir del centro, se ramifican y crecen los espacios habitables en estructuras concéntricas, fractales, radiales o arbóreas, como Malinas en Bélgica o Palmanova. El centro obliga a confluir, a la interacción, al encuentro con la diversidad. En los centros se efectúan los festivales, las protestas, las celebraciones y la carnavalización de las figuras de poder, o la demagogia. El centro es la polis griega, el ágora, espacio de discusión y exhibición. La lucha por apropiarse de los centros como espacios significadores de poder se da desde las especies animales como los urogallos y varias especies de insectos que se apoderan del lek para lucirse ante las hembras. También ocurre a nivel inter-regional en la competencia militar y sangrienta entre chiitas y sunitas, entre Irán y Arabia Saudita por ser el centro del islam y tener control de la Kaaba. A nivel intercontinental ocurre asimismo la relación agonística del aparato legitimador del arte entre Paris y Nueva York compitiendo por ser la capital del arte durante el siglo XX. Podemos agregar como referencias a este desarrollo los centros civilizatorios de la antigüedad, el caso de la iniciativa y la narrativa histórica y geopolítica al establecer diversos centros desde los que emana la cultura, la guerra y el comercio descritos y analizados ampliamente por Dussel. (1998: 19-86) Tales centros serán siempre las de mayor carga arquitectónica, comercial, de mayor riqueza material y concentración social y sobre todo política. Para ilustrar esta distinción entre lugar y no-lugar, tenemos el caso de la Escuela Nacional de Artes Plásticas en la Ciudad de México. Fundada en el centro histórico el 4 de noviembre de 1781, día del Santo del Rey Carlos III y llamada en su honor Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos (pintura, escultura y arquitectura) fue sede primero en la Casa de Moneda y diez años después devino en el Hospital del Amor de Dios. Fue el lugar para la formación de diseñadores y grabadores para la acuñación de moneda. Su ubicación original era a dos cuadras de la Plaza Mayor atrás del Palacio Nacional en la esquina de Moneda y Academia, poblada de réplicas de las grandes obras de la escultura clásica y renacentista, de sus historias, anécdotas y hasta de fantasmas propios según cuentan los viejos veladores de la academia al recordar los eventos de las fiestas de San Carlos; lugar donde se enardecieron los ánimos de los más grandes artistas mexicanos. Hoy se llama Escuela Nacional de Artes Plásticas y se encuentra en una esquina perdida por un camino de cuyo nombre nadie puede acordarse. Aunque poco a poco se vaya lugarizando por el hábito para quienes en la actualidad trabajan y estudian en ese sitio, su carga histórica y cultural le fue arrebatada irreversiblemente hasta verse convertida en una institución educativa neutra más.
Katya Mandoki - 47 - LUGARIDAD Y FRAGILIDAD La conciencia de que un lugar es orgánico y por lo tanto, vulnerable y vivo, consiguientemente mortal, era evidente para el pueblo azteca. Para los aztecas, el tiempo late en el corazón del espacio. El espacio es un organismo mortal como cualquier otro cuyo destino está determinado por algo así como paquetes cuánticos de tiempo comprendidos en el siglo azteca de 52 años. Este sentido efímero de la ciudad lo podemos constatar por la suerte que han corrido grandes ciudades mesoamericanas como Chichén Itzá, Monte Albán, Teotihuacán, Mitla y tantas otras que fueron asesinadas o fallecieron por enfermedad o muerte natural para dejar sólo sus esqueletos arquitectónicos. Si ciudades de esa magnitud perecieron no habría por qué no suponer que, en la lógica azteca, lo mismo podría ocurrirle al mundo, lugar de lugares. Tenochtitlan como espacio-tiempo orgánico y corazón del cactus cósmico, era puesta a latir al son del huéhuetl y el teponaztli durante las ceremonias del sacrificio. Cuando este corazón fue arrancado del pecho de la ciudad en el sacrificio de sacrificios de 1521 por la caída de la ciudad a manos de los españoles, se colocó en la misma caja torácica del Zócalo el reloj de Palacio como válvula artificial cardiaca que animara y mantuviera vivo el cuerpo colonial hasta la incurable arritmia que hoy padece la Ciudad de México. No importa cuántas plazas adicionales se siembren a lo largo y ancho de la ciudad de México, la densidad del Zócalo capitalino como centro de implosión simbólica y ombligo del país entero, probablemente ha de perdurar e incrementarse por la inevitable carga adicional del tiempo que transcurre. Ubicarse en el tiempo no es opcional; nuestra libertad radica sólo en situarnos en el espacio, en un punto por donde pueda cruzar ese tiempo. Asimismo, por su carácter mucho más vinculado a los sentidos, es el espacio, más que el tiempo, el que nos vincula a la memoria afectiva. Podemos recordar exactamente la sala en que realizamos nuestro examen de titulación, pero es difícil recordar la fecha exacta; recordamos el lugar donde hicimos el amor por primera vez, pero no la fecha. Cada vez que se cruza un umbral del tiempo, se abre una nueva posibilidad de espacio. Esta concepción de un espacio-tiempo orgánico corresponde a una visión politeísta que percibe un universo poli-temporal. Podría acabarse ese mundo y quizás pudiera emerger otro, quizás no, como en el Mito de los Cinco Soles de los aztecas. La visión monoteísta, en cambio, concibe sólo un principio en la creación del mundo y un fin en la llegada del Mesías, la construcción del Tercer Templo o el Apocalipsis, y científicamente la visión cosmológica del Big Bang, la dilatación del espacio y la entropía hacia su enfriamiento e implosión final. CULTIVAR LA LUGARIDAD La lugaridad puede ocurrir por accidente, hábito o planeación. Las plazuelas centrales de poblaciones a diferentes escalas van adquiriendo peso con el paso del tiempo y con el paso de los habitantes por la zona a través de las redes que se configuran en su vida cotidiana, como lo señaló De Certeau. Para que la lugaridad se mantenga y florezca es necesario que sea plural en una urdimbre de actividades de distinto tipo que se retroalimentan mutuamente. ASTRAGALO, 24 (2018)ISSN:2469-0503
LUGARIDAD. NOTAS SOBRE UNA CAUSA PERDIDA - 48 - Un caso de lugaridad son los mercados, que a diferencia de los supermercados y almacenes comerciales, establecen flujos fuertes de interacción por la variedad de servicios que ofrecen: zapateros, costureras, joyeros, reparadores de electrónica, mercerías, fruterías, dulcerías, cremerías, fondas, papelerías, marisquerías, tlapalerías, jarcierías, tortillerías etc. Se establece una relación personal entre los marchantes y los comerciantes que jamás ocurrirá en un supermercado donde los cajeros son anónimos, sustituibles y efímeros pues cada vez se automatiza más. La lugaridad es lo significativo de un sitio particular ya sea para un sujeto o una comunidad que reconoce en éste una carga simbólica especial que lo distingue de cualquier otro espacio por su acervo de memoria histórica y cultural (la Plaza de las Tres Culturas en Tlalteloco, El Paseo de la Reforma, el Ángel de la Independencia etc.). El lugar es un cuerpo que nace y crece, que se enferma y se cura y que muere. Puede ser violentado y quebrantado o acogido y cuidado; cuenta con una biografía y memoria afectiva hito de la subjetividad colectiva. Un mapa del lugar debe registrar como una fotografía no oficial, algo de su expresividad y profundidad psicológica, de su unicidad. Un lugar es un espacio inyectado de tiempo. Parecería que el tiempo se desvía a veces para evitar cruzar por ciertos sitios. Hay lugares donde el tiempo enloquece, como en Tokio o Manhattan. En otros como Macondo o Comala, el tiempo es como lo cantó Agustín Lara un pavorreal que se aburre de luz en la tarde. Otros más, como los no lugares que están replicando como plagas, son esas jaulas con hienas cronófagas que se agazapan en los automóviles a horas pico para devorarse el escaso tiempo de descanso del empleado fatigado. La lógica, el reloj y la física newtoniana nos dicen que el tiempo transcurre igual en todas partes. Según Einstein el tiempo depende de la velocidad de modo que, a grandes velocidades el tiempo se dilata y el espacio se contrae en dirección al movimiento. Este concepto de la física relativista resulta totalmente contra intuitivo. Más bien parecería que donde el tiempo más se dilata es donde la velocidad es mínima, es decir, las cosas y los eventos duran más cuanto más estático es el lugar. Si el tiempo en el campo parece girar sobre sí mismo, pues el ritmo rural es cíclico y pausado, en la ciudad adquiere un perfil casi unidimensional, como una línea implacable de horarios sucesivos. ¿Será acaso que, en consecuencia, nuestra sensibilidad a la velocidad del tiempo se incrementa cuanto más demandantes somos de rapidez, como las operaciones por segundo de la computadora? CONCLUSIONES Dada la tendencia creciente de imponer desarrollos urbanos francamente hostiles al ciudadano por escala y por sentido, lo cual a su vez lo constriñe a operar meramente a través de una díada de actividades como forma dominante y casi única de habitar la ciudad, la de producirconsumir, es cada vez más urgente abordar este problema desde toda clase de herramientas que pudieran aportar algún indicio de acción. La masificación urbana y el sistema de producción concibe y establece al habitante como un átomo pululante que se desplaza diariamente enormes distancias por vías rápidas si es ejecutivo y por transporte colectivo hacinado si es operativo durante horas sin fin con el objetivo de producir para consumir para producir para
Katya Mandoki - 49 - consumir. Dado lo inhóspito del contexto, el ciudadano se ausenta sensorialmente de él y se sumerge durante estas horas en una burbuja creada por su propio automóvil o por sus audífonos para no interactuar con nadie, una necesidad de supervivencia elemental ante el océano de máquinas y cuerpos en cuyas corrientes es arrastrado cada día. Como las interacciones se han vuelto principalmente virtuales a través de las redes sociales, las asociaciones humanas son cada vez más banales, en buena medida ficticias y de baja temperatura afectiva y no digamos creativa. A este estado ha contribuido el diseño urbano que impone, como si fuera de otro planeta, mega conjuntos comerciales y habitacionales bardeados, privados pero centrífugos que impiden cualquier oportunidad de interacción real y recurrente. Asimismo, las zonas comerciales ahora bajo el concepto del mall, repiten como clones los mismos negocios y franquicias no solo en diversas zonas de la ciudad sino en diversos países con sus sucursales de Zara, McDonalds, Sketchers, Adidas y demás firmas internacionales. El ciudadano se estaciona en su cajón entre las tétricas filas de automóviles en formación militar para ir a circular entre mercancías que compra a crédito, consume, amontona y deshecha. Cabe enfatizar el contraste con la urbanización tradicional en ciudades hispanoamericanas de principios del siglo pasado hacia atrás que partían de un núcleo político, comercial, social y religioso a partir del cual iban emergiendo zonas habitacionales en un diseño radial, arbóreo o concéntrico que confluían siempre hacia ese punto central.3 3 Respecto a estos distintos patrones urbanos cf. Mandoki 2013. Este punto es al que me refiero con el concepto de lugaridad, un sitio de convergencia natural de los pobladores que favorece la interacción, genera un sentido del lugar y favorece diversos tipos de comercios, de experiencias, de vecindad y significatividad, así como de arraigo en sus habitantes. En desaparición están los espacios de confluencia a menor escala, desde el bar o café del barrio, la capilla, el parque o pequeñas plazas con bancas para ver pasar al vecino, jugar dominó, tomar cursos para jubilados y donde se escenificaban fiestas, conciertos, talleres, protestas políticas, ferias, eventos de toda índole de importancia comunitaria. Ya no se siembran árboles en las banquetas. No hay camellones arbolados. No hay recurrencia en la interacción social en los espacios urbanos y hasta habitacionales que permitan no solo reconocer sino cultivar relaciones con otras personas del mismo barrio. Kunstler (141) menciona la desaparición del affordable housing o viviendas módicas que eran las viviendas sobre tiendas y, debido a la proliferación de los malls y los supermercados durante más de 50 años la pérdida de este tipo de viviendas ha contribuido a la crisis urbana y cultural. Hannah Arendt opone el ámbito privado (household) o espacio doméstico y femenino al ámbito público o polis, el ámbito del hombre. (Arendt:31). Señala que la libertad aristotélica se concibe como el poder de salir del ámbito privado o el hogar al ámbito público o la polis donde se liberan de la labor y el trabajo y por ende, del proceso inmediato de necesidades biológicas. El ámbito público era el lugar para exhibir destreza y superioridad en un espíritu furiosamente agonístico, para distinguirse y exhibir la individualidad, es decir, el lek ASTRAGALO, 24 (2018)ISSN:2469-0503