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"El lógos debe ser verdadero". Sobre el componente cognitivo del mecanismo motivacional de la acción según Aristóteles

Santamaría Santigosa, Andrés

Abstract

A partir de la relación entre el llamado modelo del silogismo práctico y el pasaje en el que aristóteles introduce el concepto de verdad práctica , se procederá a mostrar cómo según el estagirita la razón no cumple sólo el papel de de determinar los medios conducentes al fin de la acción intencional, sino que se encuentra también directamente involucrada en el establecimiento del fin de la misma.

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Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 385 ‘EL LÓGOS DEBE SER VERDADERO’. Sobre el componente cognitivo del mecanismo motivacional de la acción según Aristóteles1 Andrés Santa-María. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Resumen: A partir de la relación entre el llamado modelo del ‘silogismo práctico’ y el pasaje en el que Aristóteles introduce el concepto de ‘verdad práctica’, se procederá a mostrar cómo –según el Estagirita– la razón no cumple sólo el papel de de determinar los medios conducentes al fin de la acción intencional, sino que se encuentra también directamente involucrada en el establecimiento del fin de la misma. Abstract: From the relation between the model of the so-called ‘practical syllogism’ and the passage in which Aristotle introduces the concept of ‘practical truth’, I will proceed to show how – according to him – reason does not plays only the role of determining the means towards the end of the intentional action, but it is also directly involved in the setting of its very end. 1. Razón, deseo y ‘verdad práctica’ Pese a que, como pretendo mostrar en este artículo, el concepto de ‘verdad práctica’ desempeña un papel de vital importancia en la filosofía aristotélica de la acción, no deja de llamar la atención que éste aparezca explícitamente mencionado en un sólo pasaje del corpus aristotelicum. Sin embargo, si se revisa con detención, se pueden establecer numerosas referencias más o menos implícitas, a este concepto acuñado por Aristotéles en Ética a Nicómaco VI 2, 1139a22-31. Por lo pronto, ya el análisis de 1 Este artículo fue elaborado en el marco del Proyecto FIL 003-02 del Fondo de Investigación Científica de la Universidad de los Andes, a cargo del prof. Dr. Marcelo D. Boeri, a quien expreso mi agradecimiento por su invitación a participar en el proyecto, por el apoyo que brindó a mi investigación y por poner a mi disposición numerosas traducciones, la mayoría inéditas, de los textos de Aristóteles. Una versión preliminar de este trabajo fue leída en el Congreso Internacional “La filosofía práctica de Aristóteles”, realizado en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, el 28 de mayo de 2008. Agradezco también al prof. Dr. Fabio Morales, de la Universidad Simón Bolívar (Venezuela) por sus valiosos comentarios, que me permitieron evitar ciertos errores y fortalecer algunos argumentos. Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 386 ese texto puede revelar aspectos muy relevantes de su teoría de la acción: “Así pues, dado que la virtud del carácter es una disposición habitual electiva (héxis proairetiké), y dado que la elección es un deseo deliberado (órexis bouleutiké), por eso la razón tiene que ser verdadera (tòn lógon alethé) y el deseo recto (tèn órexin orthén), si es que, precisamente la elección es buena y va a ser lo mismo (tà autà) lo que la razón afirme y lo que el deseo persiga. Consiguientemente, este tipo de pensamiento y de verdad son prácticos (haúte mèn oûn he diánoia kaì he alétheia praktiké). El bien y el mal del pensamiento teórico, y no del práctico ni del productivo, son la verdad y la falsedad “respectivamente”, pues ésa es la función de todo lo relacionado con el pensamiento. “El bien” de lo que es práctico e intelectual (toû dè praktikoû kaì dianoetikoû), en cambio, es la verdad que está de acuerdo (homológos échousa) con el deseo recto” (Trad. M.D. Boeri; las cursivas son mías). Este breve pasaje que introduce el análisis de las virtudes intelectuales en Ética a Nicómaco bien podría considerarse como una suerte de resumen condensado de la teoría de la acción de Aristóteles, pues abre el camino para su explicación de la concurrencia de los distintos aspectos que desencadenan la acción intencional. Por ahora, me interesa fijarme, en primer lugar, en lo que este texto manifiesta acerca de la psicología moral de Aristóteles (más ampliamente expuesta en De Anima y Retórica2). Podemos notar la clara distinción entre dos partes del alma directamente involucradas en la acción intencional en la medida en que están vinculadas con los distintos tipos de deseo, a saber, la parte racional (correspondiente, lógicamente, a la razón o lógos) y la irracional (correspondiente al deseo). Hilando un poco más fino, sería más exacto señalar que el deseo (órexis) propiamente es uno y que, siendo en sí mismo irracional (álogon), puede, sin embargo, obedecer a la razón.3 Recordemos que para Aristóteles los deseos no constituyen una ‘facultad’ distinta de las partes racional e irracional del alma, sino que atraviesan todo su esquema psicológico bipartito, y por eso, según sea que el deseo acompañe a una u otra parte del alma (la racional o la irracional), así obrará finalmente el agente de praxis, vale decir, ya racional (motivado por el deseo racional o boúlesis) ya irracionalmente (motivado por el apetito concupiscible [epithymía] o el irascible [thymós]). Esta aclaración es importante en la filo- 2 Cf. p.ej. De Anima 432b2-7; Retórica 1368b11-1369a7. 3 Cf. p.ej. Política VII 7, 1333a16ss; Ética a Nicómaco VII 1145b9-14. Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 387 sofía aristotélica de la acción, por cuanto Aristóteles indica en varios pasajes que lo único que mueve al agente a actuar es la parte irracional, mientras que la razón, en sí misma, no puede moverlo.4 Por lo tanto, el único modo en que la razón puede tener una injerencia en la acción es, por así decirlo, a través del deseo, o sea, si ese deseo se adecua a lo que la razón afirma, haciéndose así un deseo racional o boúlesis.5 De esta manera, dicho sea de paso, es que Aristóteles puede ‘salvar’ la existencia de una racionalidad práctica y, con ello, la consiguiente posibilidad de una ciencia práctica. En este contexto, Aristóteles introduce la noción de ‘verdad práctica’ como el objeto propio del uso práctico de la facultad intelectiva. No se trata, por tanto, de una verdad acerca de la acción, sino de la verdad de la acción,6 que requiere, de acuerdo con el pasaje ya citado, que 1) la razón (lógos) sea verdadera, 2) el deseo sea recto (orthé) y 3) el deseo persiga lo que la razón afirma Es decir, así como definimos la ‘verdad teórica’ como una adecuación entre el intelecto y las cosas,7 así también, podemos referirnos a la ‘verdad práctica’ como una adecuación entre la razón y el deseo, que como tal sólo puede darse en la acción intencional. Para que esta adecuación sea efectiva es fundamental el papel que cumplen las disposiciones habituales (héxeis) que van configurando el carácter del agente, especialmente la phrónesis, que le permite conectar satisfactoriamente la correcta repre- 4 Cf. p. ej. De motu animalium 701a7-8; De Anima 433a17-21. 5 Para un intento más completo de reconstrucción de la psicología moral de Aristóteles, con especial atención a la relación entre la razón y el deseo, remito a Santa-María, A., “Verdad práctica, silogismo práctico y disposiciones habituales en Aristóteles”, en Philosophica 32, Sem. II, 2007 (p. 75-103), p. 80-85. 6 El sentido y alcance exacto del concepto mismo de ‘verdad práctica’ amerita un tratamiento aparte, que no es posible llevar a cabo aquí. Especialmente me refiero al problema de si con esta noción Aristóteles está dando cuenta de una verdad acerca de la acción o de una verdad de la acción. Para no apartarme de mi argumentación, simplemente parto de la base de que estamos hablando de la ‘verdad práctica’ en el segundo sentido, es decir, como el modo en que el intelecto, en su función práctica, ‘está en la verdad’ (aletheúei). Se trata, por tanto, de una verdad que se alcanza no en la actividad judicativa de la razón, sino en la acción misma. Me parece que la alternativa interpretativa según la cual la ‘verdad práctica’ sería una verdad acerca o sobre la acción reduce este concepto simplemente a una forma particular de verdad teórica aplicada a predicados relativos al ámbito de la acción, y con eso, hace de la verdad práctica una noción bastante pobre desde el punto de vista explicativo de la estructura de la acción. Para una discusión más completa sobre este asunto puede verse, por ejemplo, Anscombe, G.E.M., “Thought and Action in Aristotle. What is ‘Practical Truth’?”, Anscombe The Collected Philosophical Papers of G.E.M. Anscombe. Vol. One: From Parmenides to Wittgenstein, Oxford: Basil Blackwel (p. 66-77), p. 77 y Vigo, A.G. “Verdad práctica y virtudes intelectuales según Aristóteles”, Philosophica 24-25, 2001-2002 (p. 365-407), p. 378-388. 7 Cf. p.ej. Metafísica IX 10, 1051b6-9 Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 388 sentación del ‘bien real’ relevante para él, con el ámbito de lo particular, que es donde se encuentran sus eventuales objetos de deseo.8 2. El componente cognitivo en la representación del fin de la acción Para sistematizar mejor el sentido y alcance de los tres requerimientos de la ‘verdad práctica’ ya enumerados y, con eso, aclarar el modo en el que interactúan la razón y el deseo en la acción, resultará iluminador establecer algunas conexiones entre dichos requerimientos y las premisas del llamado ‘silogismo práctico’, expuesto en Ética a Nicómaco VII 3, De motu animalium 7 y De Anima III 11.9 Si en ese modelo, la premisa me- nor describe el estado de cosas que propiamente constituye el ámbito de lo deseable o rehuible en un determinado contexto de acción, no debería haber problema en sostener que ella es, por lo pronto, un buen candidato 8 Ética a Nicómaco VI 1141b14-16; 1142a13-16, donde Aristóteles identifica los aspectos universal y particular del conocimiento del phrónimos, que parece guardar estrecha relación a su vez con su doble influjo en los fines y medios de la acción. Para eso, puede verse Moya “La phrónesis ¿Se vincula principalmente a los medios o a los fines?”, en Padrón, H.J. (ed.), Aristóteles (Actas de las Primeras Jornadas Aristotélicas Argentinas, Mendoza, 1996), Mendoza: Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, 1998 (p. 67-74), p. 70-71. Vid., también, Gottlieb, P. “Aristotle on dividing the soul and uniting the virtues”, Phronesis, XXXIX/3, 1994 (p. 275-290), p. 278-280. 9 El sólo análisis del silogismo práctico aristotélico da para un estudio aparte, de modo que no es posible abordarlo aquí sin apartarnos del tema. En todo caso, baste por ahora con señalar que entiendo por ‘silogismo práctico’ un modelo explicativo que apunta a describir formalmente el mecanismo motivacional de las acciones y el razonamiento que realizamos –más o menos explícitamente– cuando obramos de una determinada manera. Este modelo consiste básicamente en que, a partir de dos premisas que expresan determinados estados de creencia –a saber, una premisa mayor universal que expresa el fin o contenido motivacional de la acción y una premisa menor particular que enuncia el o los medios para conseguir dicho fin–, se sigue no otra creencia expresable sin más de un modo proposicional, sino una acción concreta. Así, por ejemplo, si, por un lado, considero que debo comer frutas para mantener una dieta equilibrada (premisa mayor, formulable también en términos de ‘es bueno comer frutas’) y, por otro lado, constato que esto que tengo delante de mí son frutas (premisa menor), al punto (euthýs, Cf. p.ej. De motu animalium 701a15; 17; 22) actúo en consecuencia, comiendo la fruta. Este último punto, es decir, el contenido de la conclusión, es quizá el más debatido entre los estudiosos, pues la toma de posición por parte de una u otra lectura acarrea importantes consecuencias para la comprensión de la teoría aristotélica de la acción en general y para la del concepto de ‘verdad práctica’ en particular. Para ello remito a Nussbaum, M.C. Aristotle’s De Motu Animalium, Text with Translation, Commentary and Interpretative Essays, Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1985, p. 184-210, donde se plantea el estado de la cuestión y se defiende la interpretación de la ‘verdad práctica’ como verdad de la acción a la luz del modelo del silogismo práctico de De motu animalium y Ética a Nicómaco. Cf. también Mele, Mele, A.R., Irrationality: An Essay on Akrasia, Self-Deception, and Self-Control, New York: Oxford University Press, 1987, p. 9-10; Vigo (2001-2002), op. cit., p. 366-367; Anscombe, op. cit., p. 73. Y para estudiar alguna interpretación de corte deductivista, donde se intenta asimilar más el ‘silogismo práctico’ al ‘silogismo teórico’, puede verse también Broadie, S., Ethics with Aristotle, Oxford: Oxford University Press, 1991, p. 219-225. Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 389 para ser aquello en lo que Aristóteles estaba pensando cuando señala, como un requerimiento de la ‘verdad práctica’, que el lógos debe ser verdadero.10 De hecho, en la medida en que el contenido de esta premisa es un juicio teórico-constatativo acerca de los medios para conseguir el fin buscado, es necesario que sea un juicio verdadero para que el agente no cometa un error práctico, como es el caso, por ejemplo, del llamado ‘error trágico’, en el que el agente yerra motivado por un desconocimiento acerca del verdadero contenido del ámbito de su praxis, tal que lo que él considera como conducente a un fin bueno termina encaminándolo hacia la desgracia.11 Por lo general, la referencia del requerimiento de la verdad del lógos a esta premisa del silogismo es algo aceptado por los estudiosos. Con respecto a la premisa mayor del ‘silogismo práctico’, es decir, la que expresa el contenido del deseo, existe un mayor disenso. La interpretación predominante de la ‘verdad práctica’ conecta el requerimiento de la verdad del lógos exclusivamente con la premisa menor del silogismo práctico, y el de la rectitud del deseo, consecuentemente, con la premisa mayor. Sin embargo, no creo que Aristóteles hubiese establecido tal conexión biunívoca entre las premisas del silogismo práctico y los requerimientos de la verdad práctica12. Por el contrario, considero que, si bien la premisa mayor se encuentra vinculada principalmente con el requerimiento de la rectitud del deseo, eso no quita que deba involucrar también 10 Entre las facultades cognoscitivas que “constatan” en un nivel puramente teórico el estado de cosas Aristóteles incluye el intelecto (noûs, nóesis), la senso-percepción (aísthesis) y representación (phantasía), Véase De motu animalium 701a35- 37. 11 Entiendo como error trágico el tipo de error cognoscitivo correspondiente, en el modelo de silogismo práctico, a la premisa menor. Se trata del error que habitualmente desencadena los sucesos horrorosos que acaecen a los personajes de la tragedia griega, cuyo caso paradigmático podríamos encontrar en Edipo Rey, de Sófocles, donde el personaje cae en desgracia justamente al desconocer que Layo, a quien mató, era su padre y que Yocasta, con quien se casó, era su madre, como había predicho el oráculo. Cf. Poética 1455a17-22. Para un análisis acucioso de la hamartía trágica, con una detallada presentación del estado actual de la cuestión, puede verse Trueba, C., Ética y tragedia en Aristóteles, Barcelona: Anthropos, 2004, p. 104-122, esp. p. 113, donde se propone una lectura del problema del error trágico a la luz del modelo del silogismo práctico. 12 Es, p.ej., la posición defendida por Vigo, A.G. “La verdad práctica” en Padrón, H.J. (ed.), Aristóteles (Actas de las Primeras Jornadas Aristotélicas Argentinas, Mendoza, 1996), Mendoza: Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, 1998 (p. 118-132), esp. p. 123-125. Cabe señalar, sin embargo, que, en primer lugar, no obstante la íntima conexión existente entre las estructuras formal y material de la ‘verdad práctica’, las dos explicaciones son introducidas en contextos distintos, adecuados obviamente a niveles de análisis diferentes; además de que en los pasajes correspondientes no hay mayores claves textuales que nos puedan llevar a suponer que Aristóteles pensaba en una correspondencia tan exacta entre los requerimientos y las premisas. Por el contrario, me parece que, especialmente en lo que se refiere al requerimiento (1), es decir, el de la verdad del lógos, el texto es demasiado vago como para ver en él un alcance tan acotado. Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 390 un lógos verdadero. En la medida en que la premisa mayor señala el bien o fin perseguido en la acción, ésta puede ser formulada tanto en términos de la expresión ‘hay que hacer x’, ‘debo hacer x’, como también ‘x es bueno’.13 Es decir, formula el contenido del deseo de un modo susceptible de ser descrito proposicionalmente y que, por lo tanto, incluye también una actividad del lógos que, como tal, debe ser verdadero. Probablemente, Aristóteles está, entre otras cosas, pensando en aclarar el criterio de rectitud de ese lógos cuando emprende el desafío de exponer el contenido de su sistema moral en sus escritos éticos. Por lo mismo, creo que un correcto análisis de la premisa mayor del silogismo práctico puede dar claves interesantes para aclarar de qué modo interactúan la razón y el deseo como elementos de la praxis y, con eso, qué papel desempeña la concepción del bien en general en el agente como contenido de su representación de la eudaimonía que persigue. Con respecto al aspecto desiderativo presente en la génesis de la acción, Aristóteles claramente enfatiza el papel de los deseos como condición de posibilidad de cualquier movimiento voluntario en el hombre.14 13 Es decir, al tratarse de un juicio de carácter evaluativo, y por el mismo hecho de que se trata de un juicio, debe hacer referencia a él el requerimiento de la ‘verdad práctica’ que indica que el lógos debe ser verdadero, además, por cierto, del otro requerimiento de la rectitud del deseo, deseo que, a su vez, debe acompañar al juicio evaluativo para que éste efectivamente mueva. No podría ser de otro modo, justamente en la medida en que expresa y constata lo que el agente considera efectivamente como bueno en un caso determinado, o sea, por él se expresa una opinión o un conocimiento del agente. Cf. Gauthier, R.A-Jolif, J.Y., R.A. Gauthier, J.Y. Jolif, Aristote. L’ Éthique à Nicomaque, Introduction, Traduction et Commentaire (vols. I-III), Louvain-Paris: Publications Universitaires, 1970, p. 610-611: “La prémisse majeure est une opinion portant su l’universel et douée d’un pouvoir impératif: ‘Il faut goûter à tout ce qui est sucré’. Elle est, en d’autres termes, une représentation ou une idée d’un objet d’action (cf. De Anima III 10, 433b28-30; Metaph., Z 7, 1032b1, 5) qui est jugé bon et présenté comme tel à la faculté désirante (dans le cas envisagé, la prémisse majeure implique que le bien, c’est le plaisant: le syllogisme donné en exemple par Aristote est donc le syllogisme de l’intempérant)” (las cursivas son mías). Y Sherman: “When we desire something it is analogous to accepting a proposition that something is good”. Vid. Sherman, N. The fabric of character. Aristotle’s theory of virtue, Oxford: Clarendon Press, 1989, p. 63. Es más, cuando Aristóteles, en 1147b13-19 concede que Sócrates, en cierto modo tenía razón cuando declaraba que un hombre sólo puede obrar incontinentemente (o de un modo supuestamente incontinente, diría Sócrates) por ignorancia, me atrevería a afirmar que Aristóteles está pensando justamente en el conocimiento que se expresa en el juicio ‘x es bueno’, cuando se refiere a aquel conocimiento del que carece –al no actualizarlo– el akratés, por supuesto con todos los matices del caso que Aristóteles agrega a la posición intelectualista socrática. Es decir, un juicio evaluativo como “hay que beber”, es lo mismo que la proposición “beber es bueno”, formulación que muestra con más claridad que la premisa mayor expresa no sólo el deseo del agente sino también un juicio acerca de ‘lo bueno’ afirmado por la razón y perseguido por el deseo. 14 Cf. p.ej. De Anima III 9, 432b26-27; 11, 434a16; Retórica 1368b11-1369a7. Puede llamar la atención que Aristóteles coloque un énfasis tan marcado en el papel de los deseos, y que en cambio sea mucho más escueto cuando se refiere a la función de la razón en la acción. Pienso que esta diferencia de énfasis se debe sobre todo a que el principal ‘interlocutor’ de Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 391 Ahora bien, si se considera la acción virtuosa en base al esquema de los deseos propio de la psicología aristotélica, podemos entender que dicha acción se llevará a cabo sólo si es motivada por un tipo particular de deseo, que es el deseo racional o boúlesis. Sin duda, cuando Aristóteles habla del deseo recto (órexis orthé, Ética a Nicómaco 1139a24) como requerimiento de la verdad práctica, está pensando en esta forma de deseo como motor de la acción virtuosa, y no en el deseo irascible (thymós) o el concupiscible (epithymía). En todo caso, falta por responder a la pregunta acerca de qué es exactamente lo que vuelve racional a ese deseo. Me parece que la respuesta debe hallarse en el hecho de que, como ya decía, si bien los deseos son en sí mismos irracionales, pueden, no obstante, obedecer a la razón.15 Y muy probablemente, con ese ‘deseo que obedece a la razón’, Aristóteles se refiere justamente a la boúlesis. El lógos, por tanto, está por sobre el deseo, no obstante que ese lógos debe gozar de una peculiaridad, a saber, la de ser un lógos o cálculo racional capaz de determinar el deseo que mueve a la acción; y esa peculiaridad la posee en virtud de lo que podríamos llamar el correlato práctico-disposicional del juicio evaluativo que, en virtud del carácter del agente, le permite convertirse en un conocimiento verdaderamente relevante acerca del bien para él a la hora de actuar (y no un conocimiento con el que el agente no se identifica, por así decir, cuando lo exigiría su praxis, como es el caso del incontinente), además de que ‘endereza’ al deseo volviéndolo a su vez racional, de manera que persiga lo que el entendimiento afirma. Por tanto, al menos en lo que respecta al mecanismo motivacional de la acción virtuosa, es decir, que se concreta como una manifestación de la verdad práctica, el lógos juega un papel de suma relevancia a la hora de determinar la dirección del deseo del hombre virtuoso. Por otro lado, también puede manifestarse la importancia de la actividad del lógos en la acción si prestamos atención al contenido intencional mismo del deseo. Ya veíamos que Aristóteles señala que lo que mueve es el deseo y no el intelecto, a no ser que se trate de un intelecto que es en vistas al fin.16 Esta sentencia, revisada fuera del contexto que aporta el conjunto de la teoría de la acción aristotélica, podría echar por el suelo la tesis de que su explicación del mecanismo motivacional de la acción involucra una actividad racional –además de la actividad desiderativa–, Aristóteles en esta parte de su Ética es Sócrates y su explicación de corte intelectualista en la que el componente desiderativo de la praxis no tenía cabida. 15 Cf. p.ej. Política VII 7, 1333a16ss; Ética a Nicómaco I 1102b25-29; VII 1145b9-14. 16 Cf. 1139a31-33; 36. Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 392 acercándose así a una posición típicamente emotivista, à la Hume,17 donde la razón no tiene ninguna injerencia en el establecimiento de los fines de la praxis. Pero leído esto en su contexto, se puede desentrañar su sentido más profundo. Si nos fijamos en los ejemplos que Aristóteles coloca en los distintos pasajes de su obra en los que expone el modelo del ‘silogismo práctico’, como Ética a Nicómaco y De motu animalium, podemos notar que todos ellos tienen en común que la llamada ‘premisa mayor’ no expresa un deseo sin más, sino que lo que propiamente dice es el objeto del deseo. Así, por ejemplo, en Ética a Nicómaco 1147a29 lo que mueve al agente a actuar es ‘lo dulce’, y en De motu animalium 701a17-18 es ‘una capa’, ambos deseados por el agente al ser concebidos como buenos para él. Vale decir, lo que nos mueve a actuar no es el deseo lisa y llanamente, sino el deseo de algo, a saber, de su objeto. Y dicho objeto ha tenido que ser conocido por el agente y concebido como bueno, de tal modo que pueda constatar su conveniencia mediante una creencia expresable en términos de ‘x es bueno’.18 De este modo, el aserto ‘lo que mueve es el deseo’ puede ser entendido de mejor manera a la luz de la declaración que da inicio a Ética a Nicómaco (“Todo arte y toda investigación e, igualmente toda acción y elección parecen tender a algún bien [agathoû tinos])”19), de suerte que la razón por la que actuamos no radica tanto en el deseo como en el objeto deseado (tò orektón)20, es decir “algún bien”. El deseo no es aún relevante para una acción sino hasta que posee un objeto o contenido intencional. Un agente no actúa al tomar conciencia de su deseo simplemente o de su estado afectivo, sino más bien porque ve, imagina o cree que hay estados de cosas en el mundo relevantes para su deseo o su estado afectivo. Y obviamente, el objeto del deseo del que venimos hablando tiene que ser previamente concebido o imaginado como un posible fin dentro del elenco de cosas que se encuentran a nuestro alcance para poder ser llevadas a cabo.21 Con todo, si leemos ahora esto en los términos del análisis del llamado ‘silogismo práctico’, podemos notar un importante elemento de índole cognoscitiva dentro del objeto intencional del deseo como contenido de la 17 Cf. Hume, D. Tratado de la naturaleza humana, vol. II., Madrid: Editora Nacional (Trad. Félix Duque), 1977, p. 689-690. 18 Esta consideración acerca de la importancia de distinguir entre el deseo y su objeto se la debo fundamentalmente a Nancy Sherman, op. cit., p. 62-68. 19 Ética a Nicómaco 1094a1-2. Trad. Pallí Bonet (con leves modificaciones). 20 Cf. De Anima 433a18-19; 27-28. 21 Cf. De motu animalium 700b23-25. Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 393 premisa mayor del silogismo. Por ende, creo que considerar el contenido de la premisa mayor como algo puramente desiderativo simplifica peligrosamente las cosas, ya que un análisis que equipara sin más la premisa menor de dicho silogismo con el requerimiento (1) de la ‘verdad práctica’ (la verdad del lógos) y la mayor con el requerimiento (2) (la rectitud del deseo) puede pecar al dejar de considerar el significativo elemento cognoscitivo que cualquier objeto deseado requiere para ser tal. Ahora bien, cabe preguntarse en qué consiste exactamente la creencia que ocupa el lugar de la premisa mayor del ‘silogismo práctico’, determinando la dirección y el contenido del deseo. Como ya he adelantado en parte, pareciera que esa creencia es básicamente formulable en términos de la proposición ‘x es bueno’, siendo ‘x’ el objeto intencional del deseo. Desde esta perspectiva, parece claro que el curso de nuestras acciones dependerá, de un modo fundamental, de la manera en que el agente llene la variable ‘x’ de la proposición evaluativa ‘x es bueno’. En otras palabras, la manera en que se me aparezca ‘lo bueno’ influirá determinantemente en los fines que persigamos en el contexto de nuestra praxis y, con ello, influirá también en las disposiciones habituales que se asienten en el carácter. A ello parece apuntar lo dicho por Aristóteles en Ética a Nicómaco III 5, 1114a31-b25, donde se refiere al carácter voluntario de las virtudes y de los vicios, dando a entender con ello que la disposición habitual de un agente cualquiera dependerá en buena medida de si se ha fijado como fin de su praxis un bien verdadero o uno aparente; y, justamente por eso, el agente es tan responsable de sus disposiciones habituales como de su representación de ‘lo bueno’, “pues nosotros mismos, en cierto modo, somos co-responsables (synaítioi) de nuestras disposiciones habituales y ello se debe al hecho de que somos personas de un tipo tal que establecemos el bien “como siendo” tal o cual cosa” (Ética a Nicómaco 1114b22-24. Trad. M.D. Boeri).22 Cabe entonces notar que, si bien nuestras acciones se dirigen, como a su fin, a lo que consideramos como bueno para nosotros, ese juicio con el que expresamos el contenido del ‘bien’ no es un juicio cualquiera, como sugería más arriba, sino que debe poseer una fuerza motivadora suficiente, es decir, aquella de la que carece cualquier juicio de índole puramente teórico, o sea, irrelevante para la praxis, como sería por ejemplo el juicio 22 Cf. también 1114b2-3. Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 400 guiado por un cierto “esclarecimiento cognitivo seguro” (ejpisthvmh),40 en realidad, si lo que busca es una vida buena, en sentido estricto puede que no esté haciendo lo que quiere y, por tanto, puede estar confundiendo lo que se le aparece como bueno con lo que es bueno.41 Otro caso de error práctico que parte de un error en la premisa mayor en el ‘silogismo práctico’ podemos encontrarlo en el fenómeno de la acción viciosa. Si bien exteriormente el vicioso y el incontinente parecen hacer lo mismo, pues ambos conectan la premisa menor particular con la mayor universal del llamado ‘silogismo del placer’, sin embargo existe una diferencia fundamental entre estos dos tipos morales: en el caso del incontinente se produce una ‘tensión’ entre la relativa fuerza de sus creencias acerca de lo verdaderamente bueno para él y la fuerza de su deseo irracional que busca la satisfacción inmediata o bien aparente. El incontinente activa, pues, habitualmente la premisa mayor del silogismo del placer debido a la debilidad de sus convicciones. El vicioso o intemperante (akólastos), en cambio, si bien también conecta la premisa menor con la mayor del silogismo del placer, lo hace convencido de que está obrando correctamente.42 Es decir, en él no existe tensión alguna entre lógos y órexis, sino que, por el contrario, goza de una perfecta coherencia interna. La actitud viciosa escapa al ámbito de los fenómenos de irracionalidad interna, aunque sí que pertenezca a los de irracionalidad externa, en la medida en que se aparta de los criterios más básicos de aceptabilidad moral. Ahora bien, la coherencia del vicioso no nos debe llevar a pensar que su acción constituya un caso de verdad práctica por el simple hecho de que exista una adecuación entre lógos y órexis.43 Al contrario, me parece que la acción viciosa es un caso más de error práctico también por una inadecuación fundamental entre un juicio evaluativo concerniente al contenido del bien real para uno (que ocupa el lugar de la premisa mayor 40 Para una interpretación un poco más extrema, en la que se critica fuertemente el argumento aristotélico en contra del socratismo de Ética a Nicómaco VII, aduciendo que Aristóteles termina cayendo en el intelectualismo que él mismo ataca, cf. Zagal, H., “La argumentación aristotélica contra el socratismo”, en V. Aspé, C. Llano, et alii, Ensayos Aristotélicos, Ciudad de México: Universidad Panamericana, 1996 (p. 97-119), p. 108-109. 41 Cf. Platón, Gorgias, 468b1-e5. 42 Cf. Ética a Nicómaco 1146b21-24. Esto no significa, desde luego, que el intemperante actúe convencido de que obra de acuerdo a la virtud. Más bien, parece ser que la pregunta de si su acción es virtuosa le resulta totalmente irrelevante; lo que en verdad le interesa es simplemente su ‘irle bien’, que –para él– consiste en perseguir el placer inmediato. Para el incontinente, en cambio, sí que importa que la acción no sea virtuosa. En efecto, si no tuviese conciencia de que no está haciendo lo correcto, no sería propiamente un in-continente o a-kratés, o sea, un individuo que, en cierto modo, quiere, pero no puede, controlarse. Vid. Ansombe op. cit., p. 66 y 70. 43 Cf. 1139a29-31. Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 401 del ‘silogismo práctico’) y lo que efectivamente constituye dicho bien. El juicio en el que falla el agente vicioso es, pues, como dije, un tipo particular de juicio, que en la mayoría de los casos permanece implícito, aunque se manifiesta en el sistema de creencias que orientan el actuar del individuo. La peculiaridad de ese ‘juicio’ descansa especialmente en el hecho de que, más allá de si permanece implícito o explícito, no es, sin más, un juicio teórico-constatativo como cualquier otro (del tipo “la pared es blanca”), sino que su fuerza motivadora (aquella, p.ej. de la que carece la premisa mayor del silogismo de la temperancia en el agente incontinente) se encuentra en gran medida en la connaturalidad que guarde con el carácter del agente; es decir, si tiene como correlato disposicional una virtud o excelencia que la sustente. Tal es el caso del hombre prudente, capaz de considerar lo que es bueno para sí mismo y para los demás hombres,44 ya que la prudencia es “una disposición habitual práctica verdadera y acompañada de razón respecto de los bienes humanos”.45 Vale decir, en este caso, como también de algún modo en el caso del incontinente, salta a la vista una dependencia más fundamental de la acción virtuosa en relación con la verdad del juicio evaluativo sobre el bien del agente, expresado en la premisa mayor del silogismo práctico, es decir en la representación de la vida buena o feliz que provee de un contexto en el que se enmarcan y adquieren sentido todas las acciones que conforman la praxis humana.46 Y la verdad de ese juicio estará dada, pues, por la semejanza que guarde con el ‘bien real’, en oposición con el ‘bien aparente’ del hombre. Es en este lógos verdadero principalmente, donde se debería buscar el criterio de rectitud del deseo, ambos elementos que dan lugar a la ‘verdad práctica’. Por ello, me parece que el contenido del juicio que ocupa el lugar de la premisa mayor en el modelo del ‘silogismo práctico’ es de vital importancia para la determinación de la praxis del agente no sólo en lo que respecta al juicio evaluativo que versa sobre los fines particulares de la acción, sino que es también importante, y de un modo más fundamental, cuando se refiere al fin de la praxis en general, es decir, al contenido auténtico de la eupraxía o, en último término, a la felicidad. El contenido de este concepto jugará en el agente de praxis un papel de gran importancia para la dirección de sus elecciones a lo largo de su vida. Solamente un panorama claro acerca de lo que es bueno para uno permite al agente apuntar a él 44 Cf. Ética a Nicómaco 1140b7-10. 45 Cf. Ética a Nicómaco 1140b20-21. 46 Cf. Ética a Eudemo 1214b6-8. Thémata. Revista de Filosofía. Número 43. 2010 402 satisfactoriamente en el curso de sus acciones.47 Aunque el sujeto de praxis no se encuentre constantemente preguntándose acerca de las motivaciones que, en último término guían su actuar, es posible, de todos modos, notar en él un sistema de creencias que, en buena medida, reflejan el fin último que, más o menos conscientemente, se ha fijado.48 Dicho fin coincidirá con el ‘bien real’ en el caso del prudente, justamente por su capacidad de concebirlo con claridad y, con eso, de dirigirse decididamente a él, pues le resulta connatural. Con todo, lo que hasta aquí he indicado puede dar algunas luces acerca del auténtico sentido del concepto de ‘verdad práctica’ como un elemento clave para comprender más cabalmente la teoría de la acción y también la psicología moral de Aristóteles, en la medida en que le permite dar cuenta de la función y alcance de las distintas partes del alma –la razón y el deseo– que se ponen en juego en nuestra praxis. Junto con eso, deja mucho más abierto el concepto mismo de ‘verdad’ a concreciones de la misma que escapan a la lisa y llana verdad del juicio; sembrando así un fértil terreno que la tradición filosófica posterior no dejará de explotar a su tiempo. Con esto me refiero a que, según Aristóteles, el modo en que un agente puede ‘estar en la verdad’ (aletheúein) no se agota en el mero acercamiento teórico o constatativo a la realidad, sino que también puede ‘estar en la verdad’ en la medida en que su acción se acomode a lo que intencionalmente y de acuerdo a un ideal satisfactorio de eupraxía decide hacer con la realidad y también consigo mismo en esa misma realidad, que es la que constituye, en último término, el ámbito en el que se desenvuelve la siempre enmarañada praxis humana. Andrés Santa-María Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Escuela de Educación Avda. El Bosque Nº 1290, Viña del Mar, Chile andres.santam[email protected] 47 Ibid. 48 Cf. Sorabji (1980) p. 206. Debo a Sorabji buena parte de mis consideraciones acerca del papel del fin último y de la concepción de la vida buena en la teoría de la acción aristotélica.