Discurso sobre la influencia religiosa y politica de la disciplina de la Iglesia en España durante la dominacion goda arriana : que en la... apertura de estudios del Seminario Conciliar de San Isidoro y San Francisco Javier de Sevilla celebrada el dia 26 de Setiembre de 1864...cleyó... Antonio Lopez y Porras
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DISCURSO SOBRE LA INFLUENCIA RELIGIOSA Y POLÍTICA DE LA DISCIPLINA DE LA IGLESIA EN ESPAÑA DURANTE LA DOMINACION GODA ARRIANA, QUE, EN LA SOLEMNE APERTURA DE ESTUDIOS DEL SEMINARIO CONCILIAR DE SAN ISIDORO Y SAN FRANCISCO JAVIER DE SEVILLA CELEBRADA EL DIA 26 DE SETIEMBRE DE 1864 BAJO LA PRESIDENCIA DEL EMMO. Y RMO. SR. CARDENAL ARZOBISPO DE ESTA DIÓCESIS, LEYÓ EL PRESBÍTERO LICENCIADO DON ANTONIO LOPEZ Y PORRAS, Catedrático de disciplina del Concilio de Trento y particular de España. SEVILLA: Imprenta y Litografía : Librería Española y Extrangera de D. J. M. Geofrin. Impresor honorario de Cámara de S. M.—Sierpes, 35.
t EMMO. Y RMO. SEÑOR: Subo á este lugar con la angustiosa desconfianza de que no he de cumplir por mi insuficiencia con el deber, que me impone el grave cargo, que vengo á desempeñar: tengo que dirigir mi palabra á este respetable auditorio en la solemne ocasión de la apertura del curso, que principiamos, excitando á la juventud, que me escucha, á dedicarse al estudio, que habia interrum¬ pido. Las dignísimas personas, que me han precedido en tan honrosa ocupación del profesorado, tienen derecho á exigir de mí que este acto conserve hoy el crédito, que le conquistaron sus elocuentes discursos. Con mucho gusto satisfaría yo sus justos deseos, si fuera capaz; pero careciendo de dotes orato¬ rias , desisto del empeño de atraer á mi favor la benévola aten¬ ción de mis oyentes con el atractivo de las galas de mi elocuen¬ cia. Mas, por no poder cubrir mi discurso con elegantes for¬ mas, no desespero de decir cosas, que interesen á un auditorio inteligente, que si recibe bien los adornos del arte en estos tra-
bajos literarios, estima en mas la importante materia, sobre que versan. La disciplina eclesiástica ofrece numerosos asuntos , que cautivan la atención de todo hombre imparcial, ya se conside¬ ren las instituciones, que han nacido en diversos tiempos para la conservación de la milagrosa longevidad de la Iglesia, ya la influencia de las mismas instituciones para producir el bien¬ estar de las sociedades civiles. Poco me he fatigado para fijar la época, sobre la cual habla de hacer mis observaciones. El bello y erudito discurso sobre la historia y utilidad de los se¬ minarios, leido en este lugar en el año anterior, me movió a penetrar con mi estudio en el ameno campo de la Iglesia en España, para conocer la influencia religiosa y política de su dis¬ ciplina en el tiempo, en que aparecieron por primera vez en nuestro suelo las escuelas del Clero; sucediéndome como á los amantes de las hermosas producciones de la naturaleza, que la vista de una linda flor les mueve el deseo de pasear el jardín, de que ha sido tomada. En pocos siglos ha brillado con mas esplendor la influencia religiosa y política de la disciplina de la Iglesia en España, que en el tiempo, en que nuestra patria fue ocupada por los bárbaros, no convertidos ála Fé católica; siendo la razón, por¬ que pocos siglos se han conocido mas calamitosos, después de los tres primeros de persecuciones contra el cristianismo. Ha¬ biendo determinado la Providencia curar con el hierro de las razas venidas del Norte el cáncer que corroía la sociedad ro¬ mana, la España, como parte entonces del imperio, fue inva¬ dida y asolada por ellas, presentando la fisonomía desconso¬ ladora, que la tierra después que fué abandonada por las aguas del diluvio. El hambre, (1) que devora á sus habitantes por la esterilidad de los campos, atormenta por falta de su propio ali¬ mento á los animales carnívoros, los cuales, careciendo con que satisfacer su apetito, se arrojan sobre aquellos para comer sus carnes. La peste que siempre al hambre acompaña y el furor
7 constante de la guerra, ponen el colmo á los males de la des¬ venturada familia española. La Iglesia llora en España, sufriendo con sus hijos tantas calamidades, y la virtud divina la inspira instituciones, que ro¬ bustecen su gerarquia y salvan á la humanidad. A la destruc¬ ción del imperio siguió la inobservancia de sus leyes, la pérdi¬ da de sus costumbres, la muerte de su civilización; á la cual sustituye la fuerza y capricho, primera legislación de los bár¬ baros. La España, ¡qué desgracia! árbol antes frondoso, cu¬ bierto de flores y cargado de frutos, ya caido, yace seco sobre la superficie de la tierra, de la cual ha sido separado, teniendo á su pié el hacha que lo cortó: esto es, la que antes era parte de las mas nobles del imperio, á quien defendió por sus hijos y realzó con Emperadores nacidos en su suelo, se encuentra aho¬ ra sola y ocupada por las mismas tribus salvajes, que desmem¬ bran el territorio del poder romano. Estas razas destruyen la cultura, las ciencias y también, como gentiles ó arrianas, per¬ siguen á la Iglesia católica, dando muerte á algunos de sus hi¬ jos, y negando á sus Sacerdotes los derechos y consideraciones, de que habian gozado en el imperio. Con la religión de los romanos no sucede entonces lo que con la de los pueblos gentiles. La de estos tiene sus propias vicisitudes de prosperidad y muerte; pero la de aquellos , por ser divina en este tiempo, no perece, sino que hace salir la luz del seno de las tinieblas, y la vida del fondo de los sepulcros, de los cuales evoca también á las naciones; dándoles el vigor de que les privaron sus desaciertos ó la caducidad inherente á las cosas humanas. Permanece, perfeccionándose á sí misma á pesar de la ruina de los imperios, y cuando la humanidad está dispersa, la guia, como el pastor caritativo conduce al viajero extraviado por sendas desconocidas de un oscuro bosque al deseado término. Estas sublimes prerogativas de la Iglesia católica son los resultados de la influencia de su disciplina, como me prometo
8 demostrar en mi discurso. Me refiero en él á los siglos quinto y sexto: y á pesar de ser la época tan lejana, creo que no ca¬ rece de algún mérito de actualidad. La mudanza, que en las cosas públicas se nota en el presente, debe llamar la atención sobre el trastorno, causado en la sociedad por la caida del im¬ perio romano, y aumentar también por consiguiente el interés de este discurso, en cuyo favor suplico la indulgente atención de mi respetable auditorio, I. JDjn los escritores eclesiásticos de los primeros siglos (2), se nota vivo entusiasmo por la conservación del imperio ro¬ mano. Este tan pronunciado sentimiento nacia de la creencia de que entre estas dos sociedades, habia para su mútuo bien, relaciones parecidas á las que hay en el ser humano entre el alma y el cuerpo. Tenian presente aquellos sábios de la an¬ tigüedad que la Iglesia habia nacido en el mundo, cuando el imperio estaba constituido, y creyeron que, perdiendo aquella la protección, que este le dispensaba, y perturbada la organiza¬ ción eclesiástica, basada en la existencia de la del mismo, no podria menos de sufrir innumerables males. Y no se equivo¬ caron. Horroriza la pintura de los sufridos por la España á la entrada de los bárbaros, según lo cuenta la historia. Es¬ tremece (3) la reseña que de los desastres de la guerra de es¬ tos con los romanos, nos dejó escrita un autor contemporᬠneo. Los suevos, vándalos, alanos, empujados por los fran¬ cos , entran en nuestro suelo, arrasándolo. Persiguen á los es¬ pañoles por odio á los romanos, y vejan al clero por fanatismo de secta. Castigo tan duro despierta del sueño á los ungidos del Señor, y los mismos que, por su vida relajada fueron cor¬ regidos con tanta viveza por el Papa S. Siricio, son por sus virtudes en esta ocasión propuestos por S. Agustín (4) como
9 modelos de celo y abnegación á los obispos de África. Mas cuidadosos aquellos prelados ilustres de la práctica de su virtuoso heroismo que de la conservación de su memoria, los pocos monumentos de aquella época, salvados de la voracidad del tiempo, no contienen (5) ni un solo nombre de los que en ella sufrieron la muerte en defensa de la fé. Pero si, obrando de este modo, han privado á la posteridad del placer de co¬ nocer, y tributar culto á los cristianos fervorosos, que dieron en aquel tiempo, derramando su sangre, testimonio de la ver¬ dad, debemos estarles agradecidos, porque esta omisión enal¬ tece su mérito, y está además compensada, por haber sido ellos escogidos por la Providencia, para satisfacer con ins¬ tituciones saludables las necesidades mas urgentes de aquella época. Reflexionemos sobre las calamidades de aquel tiempo, y atendamos áJas instituciones , que en el mismo nacen en la Iglesia , y conoceremos que la virtud divina, que en ella obra, es la panacéa de los males de la humanidad. Lo que mas apre¬ miaba entonces, era mirar por la salvación del principio de la unidad católica. Mientras el mundo estuvo regido por solo un imperio, la unidad política fué una garantía muy sólida de la unidad religiosa; mas podia temerse que, perdida aquella con la disolución del imperio, sufriese detrimento esta, resultando tantas Iglesias, cuantas fuesen las monarquías que se formasen con las ruinas del imperio. Cuando esto aconte¬ cía en España, la gerarquía eclesiástica de nuestra Iglesia se robustece, impidiendo que la disolución romana lastimase la unidad religiosa. En España, si bien hubo desde los primeros siglos pro¬ vincias eclesiásticas, la dignidad metropolitana no estuvo uni¬ da desde luego á silla determinada, siendo egercidos sus de¬ rechos, que no habían sido demarcados aún, por el obispo mas antiguo (6) de la provincia. La institución de metropopolitanos en silla fija., fué creación de esta época, con la cual 2
10 en cada provincia quedó establecido un centro de acción en el gobierno eclesiástico, y los obispos de ella, teniendo un su¬ perior inmediato, á quien obedecer, no podian sin notable es¬ cándalo faltar á la unidad. En el Concilio de Tarragona, celebrado en esta época, (516) se habla por primera vez en documento español de metro¬ politanos: en otros Concilios del mismo tiempo se dice que las metrópolis son las sillas de los metropolitanos, y se marcan las atribuciones, que á estos corresponden. No merece Ntra. Iglesia que se le califique de descuidada, por haber tenido incompleta su gerarquía á pesar del ejemplo, que sobre esto habia recibido de otras. Muchas causas expli¬ can este retraso. Antes de la invasión de los bárbaros Ntra. Iglesia no gUzaba de completa libertad: la protección que le dispensaba el imperio, fué en muchas ocasiones una sujeción aunque honrosa, y los favores que de el recibió, causaron mu¬ chas veces quebranto en su libertad. La historia de la heregía dePrisciliano y facción itaciana contiene la relación de los males, causados, por entrometerse los magistrados romanos en las cau¬ sas eclesiásticas. Con los nuevos sucesos la Iglesia gozó de com¬ pleta libertad. El Imperio que no podia conservarse, menos era capaz de atender á la Iglesia: los bárbaros, como arrianos, no pensaban en protegerla, sino mas bien en perseguirla. Ade¬ mas la España se ha señalado siempre por la defensa de su independencia, no admitiendo mas sugecion que la legítima. Tenia presente Ntra. Iglesia que J. C. Ntro. Señor no señaló otro superior á los obispos que el Romano Pontífice, y cui¬ dando este de España desde los tiempos mas remotos por los Vicarios Apostólicos, no pensaron en establecer los metropoli¬ tanos. Pero la razón principal es que la Iglesia obra por vir¬ tud divina, la cual, latente en tiempos bonancibles, aparece, cuando se presentan la conveniencia ó la necesidad. El profundo trastorno que en las relaciones de unos pue¬ blos con otros produjo la invasión de los bárbaros, causó esta
11 necesidad. Destruido el imperio, cesó la organización de su gobierno, perdiéndose los medios de comunicación, que estaban en práctica para el pronto y buen despacho de los negocios: además el furor por destruir de aquellos bárbaros, había ar¬ ruinado los caminos, que la constancia romana hizo en tiempo de los Emperadores: los Romanos Pontífices sufrían la misma calamidad que España, gimiendo la Italia por invasiones anᬠlogas: las eternas disputas de los orientales, y sus intermi¬ nables heregías, ocupaban toda la atención de los Supremos Gerarcas del catolicismo: tantas circunstancias, por las cuales la nave de S. Pedro era obligada á tener comunicaciones raras con la España, la que, aunque llevó siempre izado el pabellón de su catolicismo, y nunca dejó de consultar con la Santa Igle¬ sia Romana, debió completar su gerarquía, para atender con esta mas fuerte organización al socorro de las aflictivas cala¬ midades de aquella época. La conveniencia de robustecer la unidad, evitando que la desunión política de los miembros del imperio, introdujese en la Iglesia española la división religiosa, fué la causa de que apareciese constituida en este tiempo la dignidad metropolítica: por eso esta institución no excita reclamación alguna por parte de los obispos subordinados á ella: por eso no se levanta alguno de estos alegando méritos, para que se le conceda la superioridad sobre los demás obispos: por eso no se alza voz alguna protestando contra los nuevos derechos de los metro¬ politanos. Este silencio común prueba la existencia de la ac¬ ción divina, que obra en la vida y en las acciones de la Igle¬ sia. Otra cosa ha sucedido en España y en las demás naciones católicas, cuando razones de distinta naturaleza han producido la exaltación de los obispos. En el Concilio 12 de Toledo el obispo de esta ciudad trató de que se le concediesen ciertos derechos sobre los otros metropolitanos; pero los obispos con¬ currentes al Concilio reclamaron que quedasen salvos los de¬ rechos de aquellos, y á pesar del influjo del Rey en favor del
18 de esta heregía ocasionó también muchos beneficios. Admitían estos sectarios, como sagrados, los evangelios de Santo Tomás, de San Andrés, con otros libros, obligando á nuestra Iglesia á discernir, mediante estudios críticos, los libros auténticos de los apócrifos, y á cuidar de la pureza del códice de las San¬ tas Escrituras, resultando de aquí que nuestros códices góti¬ cos de la santa Biblia sean mas apreciables quo los de otras naciones. Las demás heregías que aparecieron en este tiempo fueron de corta importancia. En el siglo V (7) emigraron de Es¬ paña, para satisfacer la pasión por saber, que Dios habia des¬ pertado en los españoles, tres varones llamados Avitos: el uno marchó á Roma, y se manchó con los errores d,e Victorino, el otro fué ai Oriente, y se contagió con los de Orígenes, acompa¬ ñándole el obispo griego Basilio, y el tercero permaneció al la¬ do de San Gerónimo, bebiendo de aquel grande hombre rau¬ dales de ciencia sagrada. Cuando regresaron á España, los dos primeros enseñaron la mala doctrina, que habían aprendido; mas obraban de buena fé, y, advertidos de sus errores, los abandonaron. Frecuente fué entonces la comunicación del Oriente con la Península; mas esto no obstante, nada nos di¬ ce la historia de haber penetrado en ella en aquel tiempo los errores de Nestorio. No tenemos acerca de este punto mas que dos (8) cartas dedos hombres piadosos Vidal y Constan¬ cio, que se dirigen, consultando sobre los errores nestorianosy por el conducto del virtuoso Numiniano, á San Capreolo, obis¬ po de Cartago. La respuesta del santo obispo es un tratado completo de la Encarnación del Hijo de Dios, no inferior en mérito á los escritos del Patriarca San Cirilo, á quien su lega¬ do acompañó en el concilio de Éfeso. Ni la heregía de Nes¬ torio , ni demás errores, queabrasaban el Oriente, fueron sen¬ sibles en España. No debe atribuirse este suceso a que no hu¬ biese aquí disposición, para recibirlos: también entre nosotros se cultivaban los estudios filosóficos, que fueron allí ocasión de sus errores. Además en el priscilianismo están los fundamen-
19 tos de muchos errores profesados por los sectarios orientales. Pero en esta época hay un hecho digno de notarse. Cuando las ciencias del Oriente, combatidas primeramente por el er¬ ror, y sofocadas después por la ignorancia de las tribus sal¬ vajes, salidas de los desiertos de la Arabia, se extinguen por completo, comienzan á brillar en España, apareciendo en el si¬ glo siguiente nuestra pátria, como el único país en el mundo, bañado con las luces de las ciencias. Montano, metropolitano de Toledo, el ya dicho Toribio, teólogo controversista, su ami¬ go el citado Idacio , autor del cronicón grande y del abreviado, Liciniano, que impugnó al apóstata Vicente, y otros muchos, fueron como la aurora del dia claro de España, en que flore¬ cieron los Leandros, Isidoros, Bráulios, Ildefonsos y demás antorchas resplandecientes de la Iglesia española. Los esfuerzos hechos por salvar el precioso tesoro de las ciencias eclesiásticas, y la integridad pura de sus fuentes, ne¬ cesitaban de una institución con las condiciones necesarias pa¬ ra la conservación de los libros, en que estas y aquellas se con¬ tienen. Los seminarios, nacidos en esta época, produjeron ad¬ mirables resultados; pero tenian el inconveniente, que por ser establecidos en edificios situados en las poblaciones, no po¬ drían en adelante sustraerse de los vicios, dominantes en los si¬ glos medios, y también que eran compuestos solamente de clé¬ rigos, cuya clase debía desaparecer casi por completo, tanto en número como en ilustración, en ese tiempo de ignorancia. Era, pues, necesaria otra institución, que obligase á los que la abrazaban á vivir en lugares, libres de las plagas de Egipto, donde, estando apartados del trato de los hombres, les fuese practicable el cultivo de las ciencias y el ejercicio de la virtud, cuyas ocupaciones habían de encontrar gravísimos obstáculos en las condiciones tristísimas del porvenir. Esta institución fué el monacato. Los monjes con sus corazones, purificados de pasiones, que sacrifican, prometiendo estabilidad de lugar y pureza de costumbres; con la quietud y silencio, que disfru-
20 tan, y por el respeto y hasta veneración, con que han de ser tratados por aquellos pueblos nacientes, eran los mas á propó¬ sito , para custodiar el precioso depósito de las ciencias sagra¬ das y de la virtud, importantes guardianes de la unidad reli¬ giosa. La necesidad fué en España el único y verdadero ori¬ gen del monacato. Cuando el cuerpo humano padece, las fuer¬ zas reparadoras del hombre enfermo expelen el virus morboso, ó por lo menos presentan síntomas, que, socorridos hábilmente por la medicina, son seguidos del recobro de la salud perdida. Muchas veces no es así el resultado, porque la violencia de la enfermedad es superior á la acción reparadora de la naturale¬ za paciente y á los recursos de la medicina; pero si lo es siem¬ pre, cuando es puesta en conflicto la vida de la Iglesia de Je¬ sucristo. Estando esta instituida por Nuestro Señor, para vivir hasta el fin de los siglos, se conserva por virtud divina; dis¬ poniendo Dios las cosas humanas con tan maravillosa econo¬ mía que, á pesar del furor por perseguirla, que se ha. manifes¬ tado en el mundo en distintos tiempos, se ha mantenido sin morir, saliendo de los peligros, como la aurora detrás de las ti¬ nieblas de la noche. No fué en España el primer fundador del monacato, el célebre Osio, regresando del Oriente, donde había sido el alma de los concilios, ni San Atanasio, cuando pasó por España, para acogerse ála autoridad del Papa Julio, ni al¬ gún otro de esta antigüedad, como se prueba por el silencio de los concilios de Elvira, Zaragoza y el primero de Toledo. Ni fué tampoco S. Benito, porque este santo escribió su regla en el año de 529, y en 516 habla ya el concilio de Tarragona de monasterios, regidos por superiores, y con regla en observan¬ cia: ni sé quién fué, ni consta en la historia, ni me espantan omisiones de esta clase, porque, como dejo dicho, pueden ser¬ vir para que, en el desenvolvimiento de la vida de la Iglesia. se atienda mas á las obras de Dios que á las de los hombres. Pero si ignoro quién fué el primero, que en España fundó mo¬ nasterios, y dió reglas á los monjes, sé que el mas antiguo mo_
21 numento español, que habla de monasterios, es el concilio de Tarragona, celebrado bajo la dominación goda arriana; que en este tiempo inmensos males afligian en nuestra pátria á la Es¬ posa del Cordero; que la aflicción reúne á los afligidos: y sé, por último, que el monacato fué el remedio, dispuesto por Dios para los males presentes y futuros de la Iglesia. Sin esta ins¬ titución se hubiera carecido en adelante de personas dignas, á quienes colocar en los diferentes grados de la gerarquía ecle¬ siástica: sin ella el sagrado tesoro de las ciencias eclesiásticas con los venerandos códices, donde se contenían' sus fuentes, y la virtud y el saber no hubieran hallado seguro asilo, donde con¬ servarse; sin ella la agricultura se habría perdido, y las tribus salvajes no se hubieran acostumbrado á la vida pacífica, nece¬ saria para la civilización; sin ella la sociedad, levantada del abatimiento de los siglos medios, no hubiera podido trabajar en su restauración con los elementos de la cultura romana, que se contenían solamente en los archivos de los monasterios; pero con ella se socorren todos los males, y se salvan los mas preciosos intereses de la Iglesia y de la sociedad; siendo las casas de los monjes naves, que conducen, al través de un mar embravecido, riquezas de inapreciable valor al puerto de salva¬ ción. Pasados aquellos dias tempestuosos, se encontraron incó¬ lumes las fuentes de las ciencias sagradas y además constitui¬ da la sociedad civil por el influjo vivificante de la Iglesia de Jesucristo. II. Conocen muy poco el fin, para que el Redentor del mun¬ do instituyó la Iglesia, aquellos, que tienen por gran beneficio público el divorcio entre la Iglesia y el Estado: han olvida¬ do que la religión está destinada para la felicidad humana no solo en el orden espiritual, sino también en el temporal; si¬ quiera por que en el ser humano no es posible desunir, sin cau-
22 sar la muerte, el alma del cuerpo. Cuando los elementos disuel¬ tos de la civilización romana, custodiados en depósito por la Iglesia, fueron devueltos á la sociedad, ganó la religión y bien público. Una ligera reseña histórica sobre la destrucción del imperio, de la conducta de la Iglesia durante su dominación amanaren España, y de los benéficos resultados, que produjo la influencia cristiana en los bárbaros, basta para probar esta verdad importante. Á las diferentes familias salvajes, que penetraron en Espa¬ ña, fué fácil dar muerte á la dominación de los romanos, á los cuales faltaba la energía, con que conquistaron el imperio del mundo. Había tiempo que las célebres legiones romanas eran un objeto de lujo, sirviéndose el imperio de los bárbaros, á quienes tomaba á sueldo, para las empresas militares. En las luchas, que había tenido que sostener con ellos, conoció que le eran superiores? en fuerza; y careciendo ya de valor, para contenerlos á las márgenes desús dominios, tomó el partido de asalariarlos, procurando convertir en su provecho lo que estaba destinado por la Providencia para su ruina. El imperio romano se sostiene vacilante mientras los bárbaros, fieles á los compro¬ misos contraidos, pelean contra los bárbaros invasores; mas cae estrepitosamente, cuando todos estos reclaman su independen¬ cia. Pero por haber desaparecido la dominación romana, la Es¬ paña no disfrutó de paz, ni tuvo desde luego un gobierno cons¬ tituido. Con los godos (9) entraron en nuestra patria otras razas, que, dejando á aquellos su parte central y la provincia tarraco¬ nense, se posesionaron de la Galicia, Andalucía y Portugal. Mien¬ tras que, en continuos y sangrientos encuentros, se fueron ab¬ sorbiendo unas á otras, nuestra pátria fué un grande, perma¬ nente y sangriento campamento. Durante este largo periodo de horrores, ni los romanos, ni las razas salvajes tenían establecido gobierno en España: no los primeros, porque la abandonaron, conservándose solamente en el litoral del Mediterráneo; no los segundos, porque no llegaron hasta mas adelante á tener un
23 gobierno establecido. Mientras estos conservaron su carácter de tribu, su estado fué el de una sociedad naciente; su vida era el pastoreo; los medios de subsistencia, la caza y carnes de los animales; su ocupación, la guerra y la emigración cons¬ tante; los títulos de adquisición de territorios, la ocupación; la propiedad, sus carros é instrumentos bélicos, y el gefe aquel, á quien la suerte ó el valor hacía notable en las batallas; del cual se desprendían por el asesinato, colocándose en su lugar el asesino. Con tan rudos elementos, no es posible constituir el edi¬ ficio social; y sin constitución, no puede haber Estado; y sin Estado, no puede haber gobierno. ¿En quién estuvo el gobierno de los españoles, durante los primeros años de la dominación goda en España? Abandonado por los romanos, como aban¬ dona todos sus bienes el que muere; despreciado por los bár¬ baros, como desprecian los indios de las selvas el oro y pie¬ dras preciosas, el gobierno de los españoles se unió al clero, como las limaduras del hierro se pegan al imán. No es posi¬ ble, atendido el derecho natural, gobierno mas legítimo que el de la Iglesia española en esta época. Gobernó esta á los espa¬ ñoles, no por derecho de sucesión, ni de conquista, ni por otro ordinario, sino por el de necesidad: necesidad que supone é incluye la elección y el sufragio universal; porque todos se agrupan al rededor del clero, se someten á su gobierno, su¬ plicándole que cuide de la aflictiva orfandad, en que se en¬ cuentran: porque solo el sacerdocio tenia entonces las condi¬ ciones esenciales, para gobernar y gobernar bien. ¿Y ha nega¬ do nadie, al caritativo vecino, el derecho de dirigir la vida y cuidar de los huérfanos, á quienes ha recogido en su casa, porque por la temprana muerte de sus padres han quedado desamparados y reducidos á la miseria? Jurisprudencia es universal, que, cuando un pueblo es abandonado, por sus au¬ toridades legítimas, el pueblo mismo, mientras no hay gobier¬ no constituido, elige los gobernantes.
24 Mas (10) de un siglo llevaban los godos de habitar en Es¬ paña y Galia narbonense, y no se habian desprendido de los instintos feroces y costumbres incultas de los escitas. Des¬ pués de este tiempo, conocieron la conveniencia de un codigo de leyes que, concluyendo con el capricho, señalasen á cada uno sus derechos y obligaciones, y fuesen salvaguardia de la vida y bienes de los particulares. Eurico, fué el primer gele de los godos, que dictó leyes, y recogió en un libro las cos¬ tumbres de su raza; pero este valiente no intentó que su có¬ digo fuese obligatorio á los españoles, respetando las leyes y gobierno, por el que se regian. Habia entonces en España dos razas; la advenediza y la indígena, regida cada una por auto¬ ridades distintas, con diferente religión y con leyes diversas. Esta separación, léjos de ser resistida, es sancionada por los mismos reyes godos. Así como Eurico dictó leyes para el go¬ bierno de esta raza, Alarico las dictó para los españoles. Poi su mandato, el conde Goyarico, según parece, formó un có¬ digo basado sobre el Gregoriano, Hermogeniano, Teodosiano, é Instituía de Gayo y algunas leyes de los últimos empera¬ dores romanos, cuyo trabajo, por haber sido refrendado por orden del Rey por Aniano , ministro ó canciller del remo, tomo el nombre, por el que ha sido conocido, de breviario de Aniano. El Rey, antes de que fuese publicado, dando sin duda su con¬ sentimiento al gobierno, que la Iglesia egercia en los españo¬ les,^ somete á la revisión y consentimiento de los obispos, sin cuyo requisito no quiere que sea puesto en práctica. Este hecho prueba que los reyes godos toleraban el gobierno civil de la Iglesia española, y la armonía de esta, con aquellos. ¿De dónde pudieron venir á las manos de Alarico los códigos ro¬ manos, para formar el breviario? Del clero español, que te¬ nia en depósito esta y otras preciosidades, que había salvado del universal cataclismo de las ciencias. Quiso á mi parecer, decir Alarico á los obispos, entregándole el breviario. «Las leyes, por las cuales vosotros los españoles os regís, son dis-
25 tintas de las nuestras. Creo haceros un servicio compendián¬ dolas: este es el trabajo, que se ha hecho por mi orden: si merece vuestra aprobación, usadlo.» Bien sabia Alarico, que los españoles no se someterían á otras leyes , que á las apro¬ badas por los obispos. Sancionada por la diversidad de los códigos la distin¬ ción de razas, los obispos continuaron ejerciendo por la tole¬ rancia de los reyes godos las atribuciones del gobierno civil de los españoles. Los concilios de Tarragona y Lérida, te¬ nidos en esta época, dan reglas para la celebración de los juicios civiles, prohibiendo que estos se tengan en los do¬ mingos; que se reciban regalos, é imponiendo penas severas contra los que no cumplan las sentencias. Del contexto de estos concilios se deduce, que era grande el número de los li¬ tigios, porque en ellos se previene que no solamente los obis¬ pos, sino también los presbíteros y otros eclesiásticos conoz¬ can en los litigios. Se dice que el clero entendió como árbi¬ tro en estos negocios; pero no comprendo la razón, por que no han de ser reconocidos en este tiempo los obispos por ver¬ daderos jueces, cuando el clero por su estado no tiene inca¬ pacidad natural para la judicatura, cuando los reyes godos deliberadamente los consienten, cuando son celebrados apesar y C ontra la voluntad de los litigantes, á quienes el dicho con¬ cilio de Lérida castiga con penas duras, si nó obedecen las pro¬ videncias, cuando los españoles no tenían otros, que pudiesen aplicar sus leyes, sino los obispos; y últimamente, cuando .estos imponían (11) penas severas, hasta corporales. Si en lo material no podía darse, por las calamidades pú¬ blicas, tiempo mas aflictivo que este, en que la Iglesia tenia en España á su cargo parte del gobierno civil , principalmente hasta que los otros bárbaros fueron expelidos de nuestro ter¬ ritorio , conservándose solo los godos, no puede negarse que el pais fué formalmente dotado de felicidad. Entonces fué nues¬ tra pátria el asilo de los desgraciados: entre las firmas de los 4
26 que concurrieron á nuestros concilios, se encuentra la sus¬ cripción de obispos, venidos de otros paises, que se titulan defensores de la fé: seguramente tomaron este título, porque, afligidos por la persecución de los bárbaros de otros puntos, se vieron obligados, á abandonar sus Iglesias: las familias mas ilustres dejan el suelo natal, á pesar de estar dominado por los romanos, y vienen, como la casa de Severiano, á habitar en la parte regida por los obispos, no obstante de estar bajo el po¬ der de los godos. Por milagro tiene Cenni, (12) historiador de nuestras antigüedades, que se hubiesen celebrado en esta época concilios en España; pero no es la reunión de estas asambleas lo que debe sorprender, sino que los obispos y el clero español, por sus virtudes y ciencia, alcanzasen por mas de un siglo, aquel ascendiente sobre los bárbaros, con el cual un día el grande S. León hizo que Atila y los hunos respeta¬ sen los muros de Roma. Tan poderosa fue esta influencia, y tanta confianza inspiraba á nuestra Iglesia, que no dudó el concilio Tarraconense imponer penas muy severas á los obis¬ pos, que no concurriesen á la celebración de los concilios: que el de Lérida castiga álos eclesiásticos, que se defiendan, hosti¬ lizando desde las murallas al enemigo, que ataque la población, en que habitan; y sedejan (13) sin protección y reducidos casi á sus pobres recursos los españoles en quienes se despertó el innato sentimiento de independencia, que hizo en otro tiem¬ po tan célebres á Numancia y á las huestes de Viriato. Con esta moderación de la Iglesia española, los católicos en nuestra pátria gozaron de paz, principalmente desde el reinado de Amalarico en adelante. Al amparo de este bene¬ ficio, la religión se encuentra en estado floreciente, ¡cosa ad¬ mirable! cuando la ilustre Iglesia africana muere quizá para siempre, subyugada con el peso de los males, causados por los vándalos y otros bárbaros, cuando las del Oriente van á que¬ dar sepultadas en las tinieblas de la ignorancia; cuando los obispos del Occidente se escusan del cumplimiento de sus obli-
27 gaciones, para evitar la muerte; cuando no se escucha en la mayor parte de los templos la voz del obispo, enseñando desde el presbiterio á los fieles; cuando en las basílicas de los católi¬ cos el mas pavoroso silencio había sucedido á la consoladora armonía de los cánticos sagrados. En España se celebran con frecuencia concilios, es alabada la conducta de nuestros obis¬ pos por el exacto desempeño de todos sus cargos, se aumenta el número de los católicos por la conversión de muchos ar¬ ríanos, se inculca á nuestros prelados la visita anual de sus diócesis, se forma una liturgia propia, se tiene el culto con suntuosidad, reuniéndose en la catedral su clero con el dioce¬ sano, para celebrar con todo el aparato posible la festividad del Domingo. Todo esto se hace á pesar de la diferencia de creencia en presencia de los bárbaros, con quienes temió en¬ contrarse el grande Alejandro, y la soberbia Roma vencida, se humilla. ¡Triunfo inmenso del saber y la virtud sobre la fuerza! La Iglesia en España no aplicó á su provecho esta victo¬ ria , sino se valió de ella en beneficio de los mismos bárbaros. El buen uso, que había hecho del poder espiritual,, recibido de Dios, puso en sus manos el gobierno civil de los españoles; pe¬ ro lo conserva en depósito, hasta que, unidos vencedores y ven¬ cidos , lo devuelva para que el rey gobierne á la familia espa¬ ñola, unida por los esfuerzos del clero. Dos grandes obstáculos impiden alcanzar este importantí¬ simo resultado. La diversidad de símbolo y la diversidad de costumbres, que hicieron necesaria la diferencia de legislación, y mantenían la distinción de cultos. La Iglesia de España aco¬ mete la empresa árdua de vencer estos obstáculos, principiando por la uniformacion de costumbres, no con el fin primario de hacer una la legislación, sino de disponer mejor á los godos, á que admitiese*!, bien preparados, el símbolo católico. La Fran¬ cia no tuvo necesidad de trabajar en la formación de la vida moral de los francos antes que abrazasen el catolicismo. Clodo-
34 estas dignidades y los concilios provinciales, gobernando sus provincias, no formen con sus decretos legislaciones espe¬ ciales, que debiliten la unión de las distintas Iglesias, se pu¬ blica en esta época la famosa colección española, que, ad¬ mitida por todas, hace mas extrecha la unión con el uso de un mismo código. El nuevo orden de cosas y las necesidades de entonces son motivos, para que los metropolitanos aumen¬ ten sus correspondencias con la Santa Sede, y que esta, res¬ pondiendo á las consultas, y auxiliando á nuestra pátria con el nombramiento de Vicarios Apostólicos, fortifique la unidad. Dios despierta en los españoles ardiente deseo por saber, la invasión de los bárbaros y sus persecuciones ponen á muchos habitantes de España en la necesidad de emigrar del suelo pátrio, y cuando regresan vienen con multitud de riquezas lite¬ rarias, salvándolas del naufragio, que sufriéronlas letras en aquellos siglos. Por el deseo de aprender la doctrina de los libros, redimidos de la destrucción, son estos vertidos al idioma latino, el cual deja de ser lengua viva, y por esta causa la Biblia y demás códices, donde se contienen las fuentes del dogma y de la disciplina, no quedan expuestos á la variación, que en el sen¬ tido de las palabras introduce el movimiento de las costum¬ bres. La voluntad de alejarse de grandes calamidades y bus¬ car la perfección en la virtud, producen los monasterios en España, y la Providencia elige las moradas de los solitarios, pa¬ ra que sean los conservatorios de la ciencia y de la virtud. También en el orden político quedan remediadas las necesi¬ dades de aquella época por el influjo de la Iglesia. En España había entonces dos razas, la de los vencidos y la de los ven¬ cedores: el clero español, cumpliendo con sus sagrados debe¬ res , se hace respetar de los bárbaros hasta el punto de que es¬ tos le permitan el libre ejercicio del poder civil acerca de los españoles. Dios se vale del celo de nuestros prelados y de la disciplina, que les inspiró en orden al matrimonio, para que, fundidas en un cuerpo social las dos razas, constase España
35 de una sola familia. Después de esta transformación, y la pro¬ clamación de un solo símbolo en el concilio tercero de Toledo, esta nación es en el mundo por su ciencia y virtudes el licéo y delicias de la humanidad. La prerogativa, que tiene la Iglesia, de remediar sus pro¬ pias necesidades y las de los pueblos, que tienen la dicha de participar de su benéfica influencia, no está circunscripta, ni álugares, ni á tiempos; procede de la virtud divina, que obra en ella, y Dios, eterno é invariable, tiene comprometida su palabra, que la ha de apreciar siempre con la voluntad que un esposo ama á su querida esposa. Mas el Espíritu divino mue¬ ve las cosas con fuerza y suavidad, disponiendo los negocios humanos de modo, que resulte el bien, que se propone. Hoy, como en la época, á que me he referido en mi dis¬ curso , sufre la Europa un trastorno semejante al que tuvo lu¬ gar en el mundo por la destrucción del imperio romano: apa¬ rece en las naciones un nuevo orden de cosas, que reempla¬ za al antiguo. La Iglesia conservó lo que había de bueno en la sociedad romana, y el mundo se lo agradeció. Nadie desco¬ noce que en las instituciones y costumbres, que van pasando, hay cosas apreciables. Sola la Iglesia, porque en sus funda¬ mentos no varia, puede encargarse de estas preciosidades, para entregarlas, cuando la sociedad esté en estado de aprovechar¬ se de ellas. Hoy, como durante la dominación goda arriana, la Igle¬ sia extrecha los lazos de unión con su Centro. Los actos de respeto y sumisión al Romano Pontífice se repiten en estos tiempos con mas frecuencia que en otros: también el clero cul¬ tiva las ciencias, restableciéndose en unas partes los semina¬ rios, y en otras fundándose de nuevo: este fué uno de los gran¬ des recursos, concedidos á la España en los tiempos, de que he hablado. Quizá la generación presente no sea por los hábitos,, que ha contraido, la designada por la Providencia para ins¬ pirar un mismo pensamiento á los que animan unos mismos
$6 deseos, y reserve conseguir el importante beneficio de la unión al clero de los seminarios, por haber recibido una misma cacion y aprendido una misma doctrina: también e las escuelas clericales consolidó entonces la unión de raza. Cualquiera que sea el designio de Dios sobre la humam dad actual, vuestros deberes, alumnos de este Seminario, s adquirir la virtud y la ciencia. Practicando la P r “ d ' beis haceros notables en la obediencia a nuestro y Emo. Prelado, Sr. Rector, Catedráticos y ^mas Sjriores^de este colegio. El clero sumiso y obediente a sus & latos, y tatos, unidos al Padre común de los fieles, construyen la firmeza de la unidad católica. Para adquirir la segundaron necesarios el estudiosa asistencia á las — ^ explicaciones de vuestros Maestros. Si sois virtuoso y P chados, la Iglesia y la sociedad bendecirán vuestros trabajos. HE DICHO.
NOTAS. (1) Bestia? occisorum gladio, farae, pestilentiá, cadavéribus adsuetfe, quosque hóminum fortiores interimunt, eorumqne carnibus pastae, passim in humani géneris efferantur interitum. Et ita quatuor plagis, ferri, famis, pestilentias, bestiarum, ubique in toto orbe saeviéntibus, praedict* á Dómino per Prophetas suos adnuntiationes implentur. (Idatii cronic.) (2) Tertul. apolog. c. XXXII. Lactant. Divin. instit. lib. VII. de vit. Beat. c. 25. Ciryl. Hier. Catech. (3) Debachantibus per Hispaniam Barbaris, et saeviente nihilóminus pastilentiae ma¬ lo, opes et conditam in urbibus substantiam tyrannicus exactor diripit, et miles exhaurit : fames dirá grassatur, adeo ut humanae carnes ab humano génere vi famis fuerint devora— tac: matres quoqué, necatis vel coctis per se natorum suorum sint pasta? corpóribus. (Idat. cronicón.) (4) Ita quídam sancti epíscopi de Hispania profugerunt, priüs plaebibus parlim fugá lapsis , partim peremptis, partim obsidione consumptis, partim captivitate dispersis: multo plures illic manentibus, propter quos manerent, sub eorumdem periculorum densitate manserunt. Sanct. Agust. ad Honor, epist. 228. n. 5. edit. maur. 1729. (5) Per ídem veró tempus persecutionem in christianos Trasamundus exercuit, ac totam Hispaniam, ut ad perfidiam arianse sectae consentiret, tormentis ac diversis mortibus compellebat. Undé factum est, ut puella quoedam... fide cathólicá pollens... ad hancqucestionem adduceretur... Exh'rnc adlegitimam deductam quoestionem post eculeos, post flammas, et úngulas Christo Dómino capitis decisione dicatur. Sant. Greg. Tur. Hist. Franc. lib. 11. n. 2. (6) Concil. Illiber. con. LVIII et Villanuñ. in not. huj, can. (7) Tune dúo cives mei Avitus et alius Avitus peregrina petierunt. Nam unus Hierosolymam, alius Romam profectus est. Reversi, unus retulit Orígenem, alius Victorinum. Isti veró Aviti dúo et cum his sanctus Basilius gra?cus, qui ha?c beatíssimé docebant qusedam ex libris ipsius Originis non recta, ut nuper intelligo, tradiderunt Paulo Orosio. Pauli Oros, adversus pag. histor. lib. sept. (8) Card. Aguirre. Tom. III. pag. 84. (9) Gallaeciam Wandali occupant et Suevi.... Alani Lusitaniam et Cartaginensem provincias, et Wandali cognomine Silingi Bseticam sortiuntur.
j « /.o Tmnrenta de la Publicidad' (10) Discurso preliminar al Fuero Juzgo, cap. (H) D. Bouix, de judiáiseccles. Tom. I. pag. 5*- ^ ^ ,¡ q uandtt (12) L as palabras de Cayetano Cmiusob j^um^clntrarid episcopos suis searrecios frequenter videre esi (13) S an Salviano, rhactd^puesqS'fuMoú venció z¿ — tesentimientos pacif,cos elero hacia ellos. Feiioo, Teatro crítica (i4 ) B arón de Henrion, Histoire de France, tom. 1- hb. I. , tom. VI. disc. 2.° §. 58.
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