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1 Percepción de los adolescentes y sus progenitores de la adolescencia como etapa evolutiva Pilar Ridao 1 Carmen Moreno 1 En este trabajo se presenta un estudio centrado en la percepción que los progenitores y sus hijos e hijas adolescentes tienen sobre la adolescencia como etapa evolutiva. Los resultados muestran que las percepciones de todos ellos se pueden agrupar en tres clases de ideas sobre la adolescencia. Una de estas clases sostiene ideas que coinciden con los estereotipos sociales, la otra se caracteriza por tener ideas bastante tradicionales sobre educación y desarrollo que aplica a este momento evolutivo, mientras que la tercera de estas clases muestra una imagen más positiva de la adolescencia. En líneas generales, los progenitores perciben la etapa de forma más negativa, mientras que los adolescentes son más optimistas al respecto. Al mismo tiempo, la edad del hijo o hija adolescente y el sexo del progenitor intervienen en la formación de estas percepciones entre los adultos, no ocurriendo así entre los adolescentes. Palabras clave: ideas evolutivo-educativas, adolescencia, discrepancias padres-hijos 1 Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación. Universidad de Sevilla. C/ Camilo José Cela s/n, 41018 Sevilla (España) Teléfono: (34) 95-4557678, Fax: (34) 95-4559544; e-mail: [email protected]
2 Parents’ and children’s perception of adolescence In this study we present our research on parents’ and their adolescent children’s view on adolescence as a developmental stage. Results show that their perception can be grouped in three types of ideas on adolescence. One of these types agrees with social stereotypes; the second is characterized by quite traditional educational and developmental ideas on this stage of life; whereas the third group shows a more positive image of adolescence. In general terms, parents’ view of this developmental stage of life is more negative, whereas adolescents have a more optimistic view. At the same time, adolescent’s age and parent’s sex contribute to how these perceptions emerge among adults, but not so among adolescents. Key words: developmental and educational ideas, adolescence, parent-child disagreement
3 INTRODUCCIÓN La mayoría de los trabajos teóricos y empíricos que han abordado el tema de las actitudes, pensamientos e ideas de los progenitores sobre la educación y el desarrollo de sus hijos e hijas se han centrado en el período de la infancia, recibiendo una menor atención la etapa adolescente. Al mismo tiempo, las investigaciones interesadas en el desarrollo durante la adolescencia han prestado una escasa atención a las concepciones o percepciones que se mantienen sobre la etapa. Por lo general, la concepción de la adolescencia viene marcada por estereotipos que representan a los jóvenes con características más negativas que las de los niños y niñas en etapas anteriores, incluso más pesimistas que los resultados que aportan muchas investigaciones empíricas sobre el comportamiento de los adolescentes (Buchanan y Hughes, 2002). Esta imagen estereotipada considera a la adolescencia como un período de la vida difícil, dramático y tormentoso, en el que casi ineludiblemente hay que contar con que las relaciones con los padres serán conflictivas, los cambios de humor del adolescente serán muy visibles y habrá un riesgo importante de que se implique en conductas de riesgo (Arnett, 1999). Se hace hincapié, por tanto, en la conflictividad, las tensiones y las dificultades, tanto en el plano personal como en el plano interpersonal. Estas nociones sobre la adolescencia están culturalmente aceptadas y se van filtrando a través de diversos medios de transmisión (refraneros y proverbios propios de cada cultura, la literatura, los medios de comunicación de masas, etc.), contribuyendo a la construcción de la imagen general que tenemos sobre la etapa y de los aspectos más específicos que la integran. El ámbito científico tampoco es independiente del contexto histórico, social y cultural a la hora de elaborar las teorías. De hecho, las primeras teorías sobre el desarrollo adolescente que surgen en el campo de la psicología parten de los estereotipos sociales. Sin embargo, los
4 resultados de investigaciones más recientes muestran que la visión estereotipada de la adolescencia como un período lleno de tensiones y dificultades no se corresponde con la realidad. Así, la mayoría de los adolescentes experimentan sensaciones positivas en esta etapa de sus vidas, tanto en el ámbito personal como en las relaciones con las personas que les rodean, aunque también es cierto que es un período en el que se tiene mayor probabilidad de experimentar situaciones conflictivas y difíciles. En general, el contexto cultural aporta el trasfondo ideológico a partir del cual se desarrollan las ideas de cada individuo, ofreciendo unas orientaciones básicas y generales que se despliegan en las ideas propias de cada miembro de esa cultura. Como consecuencia, entre los determinantes de las ideas sobre educación y desarrollo encontramos tanto factores culturales como sociales y personales (Moreno, 1991; Palacios, 1988; Palacios y Moreno, 1995; Palacios, Moreno e Hidalgo, 1998). En este sentido, los modelos culturales (por ejemplo, individualistas vs. colectivistas) funcionan como una base ideológica a partir de la cual se elabora la imagen que en cada cultura se tiene, en este caso, de los adolescentes. Así, existe bastante consenso en considerar las ideas sobre calendario evolutivo especialmente sensibles a la cultura, incluso más que a las experiencias de tipo personal (Goodnow, Knight y Cashmore, 1986; Ninio, 1988). Y, en efecto, en general, los estudios encuentran que los jóvenes de culturas que valoran el individualismo tienden a sostener expectativas más precoces de autonomía, mientras que los de cultura colectivista sostienen expectativas más tardías respecto a este logro evolutivo (Feldman y Quatman, 1988; Feldman y Rosenthal, 1991). A su vez, estos determinantes culturales y sociales pueden matizarse en función de variables personales. La edad y el sexo son las variables sociodemográficas más estudiadas en relación con la percepción de la adolescencia.
5 Los estudios que han analizado el papel de la variable edad se han centrado tanto en las diferencias generacionales, comparando las perspectivas de adultos y adolescentes, como en la influencia del momento de la adolescencia en el que se encuentran los hijos e hijas. En cuanto al factor generacional, Feldman y Quatman (1988) parten de la hipótesis de que, al analizar las expectativas de calendario evolutivo sobre la capacidad de autonomía de los jóvenes, los padres y madres tenderán a ser más conservadores en este sentido que los adolescentes, por lo que presentarán expectativas más tardías. Sus resultados muestran que aunque los progenitores y sus hijos e hijas están de acuerdo en la secuencia de adquisición de las diversas tareas de autonomía planteadas, difieren sustancialmente en el momento de adquisición de las mismas. En esta línea se dibujan los resultados encontrados por Dekovic, Noom, y Meeus (1997). En general, los progenitores suelen presentar expectativas más tardías que los propios adolescentes. Feldman y Quatman (1988) explican las diferencias sustanciales entre los progenitores y sus hijos e hijas argumentando que los padres y madres desempeñan un papel más conservador y protector tendiendo a garantizar la seguridad en el desarrollo de los hijos e hijas, mientras que los adolescentes son más impulsivos y atrevidos, dispuestos a experimentar situaciones que, a pesar de que podrían conllevar riesgos, en definitiva, contribuirían a promover su desarrollo. También se ha estudiado la influencia de la edad del hijo o la hija en las concepciones sobre la adolescencia. Por ejemplo, Smetana (1988) encuentra que las familias (tanto los progenitores como los adolescentes) con hijos e hijas en la adolescencia temprana tienen menos probabilidad de considerar que las cuestiones de tipo personal no están bajo la jurisdicción de los progenitores, al menos en menor medida que las familias con hijos e hijas en la adolescencia media o tardía. Estas últimas tienden a pensar que este tipo de cuestiones incumben en mayor medida al propio adolescente. En cuanto a las expectativas de calendario evolutivo, parece que en las familias con hijos e hijas de menor edad, tanto progenitores
6 como adolescentes, son más precoces en sus predicciones; mientras que los progenitores y sus hijos e hijas adolescentes mayores tienden a expresar edades más tardías. Según Dekovic et al. (1997), una posible explicación de estos resultados es que tanto progenitores como adolescentes tienden a sobreestimar las habilidades de los adolescentes con las que aún no han tenido oportunidad de tener experiencia. Otra de las variables sociodemográficas que parece determinar las ideas sobre la adolescencia es el sexo, tanto de los progenitores como del propio adolescente. La influencia del sexo ha generado resultados contradictorios. Feldman y Quatman (1988), en su análisis de la percepción de la autonomía en la adolescencia, partían de dos hipótesis respecto al valor determinante de la variable sexo. Consideraban que entre los jóvenes de la década de los 80, y como consecuencia de los cambios sociales, la percepción de la autonomía sería independiente del hecho de ser chico o chica. Sin embargo, en los progenitores sí esperaban encontrar diferencias de sexo. Partían de la concepción tradicional que considera que las madres se preocupan más por los aspectos más sociales (empatía, sensibilidad y habilidades sociales), mientras que los padres varones enfatizan más los aspectos cognitivos (habilidades de dirección, autonomía y éxito cognitivo). Por tanto, y siguiendo este razonamiento, parecía lógico pensar que el sexo del progenitor determinaría de alguna manera su percepción sobre la autonomía en la adolescencia. Sin embargo, encontraron pocos efectos de esta variable: no existían diferencias de sexo ni en los juicios que formulaban los adultos ni en los que expresaban los propios adolescentes. En esta misma línea, Freedman-Doan, Arbreton, Harold, y Eccles (1993) han hallado resultados similares respecto a esta variable. No obstante, otros estudios sí han encontrado que la variable sexo puede ser un factor determinante en las percepciones sobre la adolescencia. Algunos resultados apuntan hacia una tendencia del sexo femenino a sostener ideas más estereotipadas de esta etapa, predominando la visión de un período conflictivo y problemático; esta tendencia se mantiene
7 incluso cuando se comparan la percepción de adultos y de adolescentes (Buchanan et al., 1990; Buchanan y Holmbeck, 1998; Holmbeck y Hill, 1988; Holmbeck y Wienke Totura, 2002). En este sentido, se encuentra que aunque existen diferencias ligadas al sexo en ambas generaciones, entre los adultos la variable sexo tiene una mayor influencia (Dekovic et al., 1997; Moreno, 1991). En algunos trabajos incluso se llegan a encontrar diferencias en las expectativas de calendario evolutivo en función de si se proyectan sobre un hijo o sobre una hija (Dekovic et al., 1997). Por ejemplo, ambos progenitores tienen expectativas más precoces para las chicas en el logro de tareas de proyecto de vida futura, como vivir independiente, tener una familia, elegir una profesión, etc.; no obstante, cuando se analiza la percepción general de la etapa, los progenitores de hijas adolescentes creen que la adolescencia es un período del desarrollo más difícil que los progenitores de hijos varones (Buchanan et al., 1990). Otro de los determinantes personales que marca las diferencias individuales en las percepciones que las personas sostienen sobre la adolescencia puede ser el grado de experiencia personal o contacto que se haya mantenido con adolescentes. De esta forma, Buchanan et al. (1990) analizan las ideas que progenitores y profesores mantienen sobre la adolescencia, esperando que cuando en ambas poblaciones existe un contacto habitual con adolescentes se mostrarían ideas menos estereotipadas de la etapa, ya que piensan que la experiencia cotidiana con adolescentes puede hacer cambiar los estereotipos sociales dominantes. Sus resultados no aportan un apoyo definitivo a esta hipótesis. Por un lado, en las actitudes de los progenitores hacia la adolescencia no parece influir la experiencia directa con su hijo o hija adolescente. Y, por otro lado, en los profesores, que están habituados a tratar con grupos de adolescentes, la experiencia cotidiana con este grupo de edad sí parece tener bastante impacto sobre sus actitudes hacia la adolescencia, pero en un sentido muy
8 diferente a lo esperado por los autores, ya que encontraron que se acentuaban las connotaciones más negativas. Habitualmente la concepción que los sujetos mantienen sobre la adolescencia se extrae a través de cuestionarios y la mayoría son ítems relativos a los adolescentes en general. Sin embargo, cabe la posibilidad de que las ideas que se sostienen sobre los adolescentes en general difieran de las ideas sobre adolescentes concretos; es decir, puede que los estereotipos sociales sobre la adolescencia influyan en las ideas de los adolescentes como grupo, pero no tanto sobre la percepción de los hijos en particular. En este sentido, Collins (1990 y 1992) evalúa las posibles discrepancias entre la percepción del típico adolescente y la percepción del propio hijo o hija, encontrando que existían diferencias entre una y otra percepción en función de la edad del hijo o hija. De esta forma, las discrepancias fueron mayores durante la preadolescencia y durante la adolescencia media, siendo menores al inicio de la etapa. Es decir, en la preadolescencia y en la adolescencia media la percepción que los padres tenían del propio hijo o hija era más positiva que la del típico adolescente, mientras que en la adolescencia temprana la percepción del propio hijo o hija coincidía bastante con los estereotipos sociales de la etapa. Por su parte, Holmbeck y Wienke Totura (2002) encuentran que, tanto padres como madres, tienen una mayor probabilidad de sostener concepciones estereotipadas sobre la adolescencia en las ideas referentes a los adolescentes como grupo que en las que se refieren a su hijo en concreto. Más recientemente, Jacobs, Chhin y Shaver (2005) obtienen que los padres que sostienen unas ideas estereotipadas de los adolescentes como grupo, tienden a percibir que las relaciones padres-hijos son más negativas y que sus hijos e hijas muestran una mayor orientación hacia el contexto de los iguales. Como vemos, las variables que determinan las actitudes y percepciones de la adolescencia son de diversa índole. Tomando prestada la terminología de la perspectiva
9 ecológica, encontramos determinantes que van desde el plano macrosistémico al del microsistema, recibiendo influencias tanto del marco cultural y social como del personal. Por lo general, los determinantes de carácter cultural tienden a homogeneizar las ideas sobre la adolescencia, mientras que el resto de determinantes tiende a acentuar las diferencias individuales en mayor medida. Sin embargo, el análisis de la influencia de los determinantes es bastante más complejo y sería un artificio analizar la fuerza de cada uno de ellos por separado, ya que actuarían de forma simultánea e influyéndose mutuamente. Por ejemplo, aunque los progenitores y sus hijos e hijas comparten el mismo contexto cultural, a la hora de construir sus ideas sobre la adolescencia difieren en la experiencia, en los roles y en las perspectivas que adoptan frente a esta etapa del ciclo vital (Dekovic, 2002). Desde este marco, nos hemos planteado como objetivo general el estudio de las percepciones que los progenitores y sus hijos e hijas tienen sobre la adolescencia, interesándonos por conocer cómo perciben la adolescencia tanto unos como otros e indagando sus diferencias y similitudes. Además, trataremos de conocer si ciertas variables, como el sexo o la edad del adolescente, determinan de alguna manera las concepciones sobre esta etapa del desarrollo. Después de los resultados recogidos en la literatura, esperamos encontrar que tanto en adultos como en adolescentes existen distintos modos de entender la adolescencia. Las percepciones de adultos y adolescentes no tienen por qué coincidir, es decir, no se tiene por qué dar un paralelismo exacto entre ambas poblaciones. La razón probablemente esté en las diferencias que conllevan la edad de cada uno de ellos, por ejemplo, en cuanto a grado de madurez, complejidad cognitiva, rol que se desempeña, etc. Además, esperamos que en estas diferencias juegue algún papel el momento de la etapa en el que se encuentren los adolescentes, es decir, la edad concreta que tiene el adolescente. Sin embargo, en cuanto al
16 sobre estos temas. Por otra parte, el 51.43% opina que los temas por los que habitualmente discuten los progenitores y sus hijos e hijas adolescentes tienen que ver con la forma de pasar su tiempo libre; con la hora de llegada a casa, lugares que frecuentan, programas de T.V. que les gusta, las horas que pasan viendo la televisión, etc. En general, en cuanto a la distribución de los sujetos, la mayoría de los progenitores se adhieren a la Clase 1 (58%) o a la Clase 3 (34%), siendo muy bajo el porcentaje de sujetos que integran la Clase 2 (8%). Tanto en la extracción de factores como en la clasificación de las ideas, una de las preguntas que aparece con mayor peso en cada uno de estos análisis es la que se refiere a la percepción de la adolescencia como una edad especialmente difícil o no. Al analizar cómo funcionan las distintas clases de ideas con esta percepción de la etapa, encontramos que la mayoría de los progenitores de las Clases 1 y 2 (95% y 94,1%, respectivamente) consideran que la adolescencia es una edad bastante difícil. Sin embargo, lo contrario ocurre con los progenitores de la Clase 3, quienes tienden a ver la adolescencia como una etapa sin tensiones ni dificultades especiales (sólo un 21,7% la reconoce como una etapa difícil) (X 2(2) = 118,556; asociado a p = 0,000). Se analizó el papel de la edad del hijo o la hija y el sexo del progenitor en estos patrones de ideas. Al cruzar las clases de ideas con las edades de sus adolescentes, no se encontraron diferencias significativas en los progenitores en las Clases 1 y 2. Sin embargo, entre los de la Clase 3 encontramos un mayor porcentaje de progenitores con hijos de 16 años que de 12 años, un 74,3% frente a un 25.7%, respectivamente (X 2(2) = 7,368, p = 0,025). En cuanto al sexo del progenitor, encontramos un mayor porcentaje de madres en la Clase 2; dentro de esta clase el 76,5% son madres y el 23,5% son padres. Mientras que existe un mayor porcentaje de padres en la Clase 3; el 57,1% frente al 42,9% de madres (X 2(2) = 7,143, p = 0,028).
17 Por último, se analizó el papel del género de los adolescentes en las percepciones de sus progenitores. Para ello, se cruzó el sexo del adolescente con las distintas clases de ideas de los progenitores sobre la adolescencia, no encontrándose diferencias estadísticamente significativas (X 2(2) = 3,978, p = 0,137). Ideas sobre la adolescencia en los adolescentes Para conocer qué es lo que piensan los adolescentes de la etapa que están experimentando, se partió de los análisis previos realizados con sus progenitores. De esta forma, se proyectaron las respuestas de los adolescentes sobre los ejes factoriales y las clases halladas en los adultos, encontrándose que los adolescentes siguen una distribución significativamente distinta de la hallada en los adultos. En la figura 2 aparecen las tendencias de ambas poblaciones (progenitores y adolescentes), así como el porcentaje de sujetos que se adhieren a cada clase de ideas. En general, tanto los progenitores como sus hijos e hijas tienden a integrarse en las Clases 1 y 3, siendo menor el porcentaje de sujetos que definen la Clase 2 en ambos casos. Sin embargo, la Clase 1 está integrada en un mayor porcentaje por los progenitores (58.17% frente al 40.37%). Lo contrario ocurre con la Clase 3, en la que el porcentaje mayor se corresponde con los adolescentes (49.54% frente al 33.65%). En estos análisis se encontró un X 2(2) = 9,270, p = 0,01. Por lo tanto, los progenitores tienden a ser más estereotipados, mientras que los adolescentes tienden a sostener una concepción más actualizada de la etapa. Se llevaron a cabo análisis de contingencias entres las ideas de los progenitores y las de sus hijos e hijas adolescentes no encontrándose diferencias estadísticamente significativas (X 2(4) = 3,994, p = 0,407). Insertar Figura II aprox. aquí
18 Al analizar la asociación entre las ideas y la percepción de la adolescencia como una etapa difícil, de nuevo encontramos que los adolescentes de la Clase 1 y de la Clase 2 tienden a tener una visión de la adolescencia como un período difícil, mientras que los adolescentes de la Clase 3 tienen ideas más positivas de la etapa (X 2(2) = 52,413, p = 0,000). Al igual que en los progenitores, se analizó el papel que juega la edad del adolescente y el sexo del mismo en la configuración de las ideas sobre la adolescencia. A diferencia de los progenitores, en los adolescentes no se encontraron diferencias significativas en sus ideas ni en función de la edad (X 2 (2) = 1,584, p = 0,453) ni en función del hecho de ser chico o chica (X 2 (2) = 0,242, p = 0,886). DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES El presente trabajo se propone ampliar el conocimiento de las ideas que se sostienen sobre la adolescencia y hacerlo no sólo desde la perspectiva de los adultos, sino analizando también las ideas que los propios adolescentes mantienen sobre la etapa del desarrollo que están atravesando en estos momentos. Según los resultados, las ideas sobre la adolescencia de ambas muestras pueden clasificarse en tres tipos. La Clase 1, que la forman sujetos que parecen ceñirse a los mitos y estereotipos que sobre la adolescencia existen en nuestra cultura. La Clase 2, que se caracteriza por sostener ideas bastante tradicionales sobre el desarrollo y educación. Y la Clase 3, que presenta ideas más optimistas y flexibles sobre la etapa en cuestión. En cuanto a los progenitores, se encuentra que un mayor número de ellos se adhiere a la Clase 1. Las investigaciones que han estudiado la presencia de ideas estereotipadas sobre la adolescencia en progenitores informan que este tipo de ideas es bastante frecuente (Holmbeck y Hill, 1988; Holmbeck y Wienke Totura, 2002), siendo la consideración de la adolescencia como una etapa conflictiva y difícil uno de los aspectos más representativos de esta imagen.
19 Precisamente, la mayoría de los progenitores que integran la Clase 1 y la Clase 2 de nuestro estudio concibe a la adolescencia de este modo, constituyendo una de las respuestas más representativas en la definición de estas clases de ideas. Por otra parte, se ha encontrado una mayor proporción de madres en la Clase 2, mientras que los padres son mayoritarios en la Clase 3. Una de las diferencias fundamentales entre estas dos clases de ideas es su percepción del grado de dificultad de la etapa adolescente. Mientras que los primeros la consideran una etapa especialmente difícil, los de la Clase 3 no la perciben así. En la literatura encontramos que son las madres las que presentan una percepción más negativa de la etapa (Buchanan et al., 1990; Buchanan y Holmbeck, 1998; Holmbeck y Hill, 1988; Holmbeck y Wienke Totura, 2002). Puede ocurrir que las madres, quienes suelen pasar más tiempo con sus hijos e hijas adolescentes, quienes, como consecuencia, suelen tener más conflictos con ellos (referidos a menudo a asuntos muy cotidianos; Steinberg, 1990), sean también quienes acaben encontrando con más facilidad la evidencia empírica que les conduce a confirmar el estereotipo de la dificultad y los problemas de la adolescencia. Respecto al papel de la edad del hijo o la hija, dentro de la Clase 3 se aprecia una mayor proporción de progenitores con hijos e hijas en la adolescencia media que de progenitores con hijos e hijas en la adolescencia temprana. En este sentido, Collins (1990, 1992) encuentra que los progenitores de preadolescentes o en la adolescencia media expresan una percepción más positiva del propio hijo o hija y, por tanto, más alejada de los estereotipos sociales sobre la etapa. Sin embargo, los progenitores con hijos e hijas en la adolescencia temprana poseen una percepción más negativa del propio hijo o hija, dándose una mayor coincidencia con los estereotipos culturales. Parece que en los períodos en los que se producen grandes cambios y a un ritmo rápido, como los que acontecen en la adolescencia
20 inicial, se da una mayor probabilidad de percibir la etapa con unas connotaciones más negativas. Si se compara a los progenitores con los adolescentes, se encuentra que una mayor proporción de adultos se integran en la Clase 1, mientras que en la Clase 3 son mayoría los adolescentes. Parece que los jóvenes tienden a sostener ideas de corte más moderno sobre la adolescencia (más en consonancia con los resultados de la investigación actual), mientras que los adultos coinciden más con los estereotipos sociales que imperan sobre la etapa. Una de las explicaciones que puede ofrecerse a estos resultados es que cada uno parece percibir la etapa desde su propia perspectiva, sin desligarse del rol que juega. De esta forma, si imaginamos las ideas sobre la adolescencia como una dimensión en la que en un polo se situarían los que sostienen ideas más positivas de la etapa y en el otro polo las ideas con connotaciones más negativas, los progenitores tenderían a situarse más cerca del polo negativo de la dimensión, mientras que los adolescentes se situarían más próximos al positivo. Puede que a los progenitores les toque vivir la cara menos amable de la etapa; como educadores de un adolescente, viven con ansiedad y preocupación que su hijo o hija acabe adquiriendo las competencias y la madurez esperables para afrontar la adultez. En este sentido, puede que los padres obtengan mucha de la información del marco social y cultural en el que se desenvuelven, lo que fomenta una imagen estereotipada de la adolescencia. Mientras que los adolescentes, por su parte, obtienen la información de primerísima mano, a través de su propia experiencia, coincidiendo su percepción de la etapa con los resultados empíricos de las investigaciones más recientes. Sin embargo, cuando se analizan las ideas sobre educación y desarrollo infantil ocurre lo contrario. Tanto Palacios (1988) como Moreno (1991) señalan que los adolescentes tienden a ser más tradicionales en sus ideas que los adultos. ¿Cómo se explica entonces la
21 tendencia a la modernidad de nuestros adolescentes cuando se les pregunta específicamente por la adolescencia como etapa evolutiva? Es sabido que una de las características del tradicionalismo es su asociación con expectativas de calendario evolutivo-educativo más tardías. Sin embargo, cuando se pregunta a los jóvenes sobre cuestiones de calendario evolutivo en la adolescencia, éstos tienden a ser más precoces en sus estimaciones (Casco y Oliva, 2005; Dekovic et al., 1997; Dekovic, 2002; Feldman y Quatman, 1988; García y Peralbo, 2001). Durante esta etapa del desarrollo, parece que los adolescentes se ven más competentes en comparación con la visión que de ellos tienen sus progenitores. Es muy probable que la clave de esta discrepancia esté de nuevo en cómo perciben y afrontan emocionalmente cada uno de los protagonistas esta etapa evolutiva (Moreno, Muñoz, Pérez y Sánchez, 2006); en este sentido, los deseos de independencia y autonomía del adolescente les llevarán a percibirse como más capaces que como los ven los temores y la prudencia de sus progenitores. Al mismo tiempo, en este momento evolutivo los adolescentes tienden a elaborar una fábula personal sobre muchos aspectos de su vida, lo que les hace pensar que sus vivencias y experiencias son únicas, que nadie las vive y experimenta como ellos mismos. Precisamente, esta percepción de exclusividad puede llevarles a pensar que ellos sí que están preparados y maduros para ciertos aspectos, aunque vean que muchos de sus iguales aún no le estén. Por otra parte, cuando se tiene en cuenta el momento de la etapa por el que están pasando (adolescencia inicial o media), dentro de los adolescentes que integran la Clase 3, los de 12 años tienden a ser un poco más estereotipados que los de 16 años. Así, por ejemplo, los primeros consideran que debe ser la madre la que se implique en la mayoría de las situaciones educativas que se les plantean, mientras que los mayores estiman que deben implicarse ambos progenitores. Podemos decir que esta tendencia de los adolescentes más jóvenes a ser más conservadores, aunque de forma más tenue, va en la línea de los adultos. Si recordamos,
22 en la Clase 3 se solían integrar mayoritariamente los progenitores con hijos e hijas de adolescencia media, mientras que en la Clase 1 encontrábamos a los progenitores con hijos e hijas en la adolescencia inicial. Parece que en los inicios de la adolescencia, tanto adultos como adolescentes, tienden a mantener ideas más tradicionales y estereotipadas. En cuanto al sexo, de nuevo se encuentra que, entre los adolescentes, no aparecen diferencias significativas en función del sexo. Como Feldman y Quatman (1988) sugieren, en la medida en que las nuevas generaciones están creciendo en una atmósfera de mayor igualdad es esperable que las diferencias asociadas a la socialización de ambos sexos se vayan atenuando. Por último, resumiendo y retomando las hipótesis iniciales, puede afirmarse que tanto en adultos como en adolescentes las ideas sobre la adolescencia se estructuran en diferentes tipologías o clases. Y, como se sospechaba, los de una generación hacen hincapié en unos contenidos mientras que los de la otra lo hacen sobre otros, y en ambos casos estarían ayudando a cada uno de los protagonistas a ejecutar mejor su rol en esta etapa. Por ejemplo, los adultos se inclinan más hacia la asunción de los estereotipos sociales (lo que les llevaría entre otras cosas a supervisar más a sus hijos e hijas), mientras que los adolescentes tienden a mantener ideas más modernas (lo que les llevaría a reivindicar y demostrar más autonomía). Además, el momento de la etapa por el que están pasando parece estar jugando un cierto papel en la tipología de ideas que se sostiene. En líneas generales puede decirse que, tanto en adultos como en adolescentes, una edad más avanzada en la etapa (es decir, los progenitores con hijos e hijas de más edad, así como los propios adolescentes mayores) se asocia a un mayor acercamiento a ideas más modernas (en el sentido de más acordes con los resultados de la investigación actual). Debido a la necesidad de delimitar el ámbito de investigación, entre los objetivos de este trabajo no se encontraba el estudio de las consecuencias que conlleva el mantener un tipo
23 de ideas u otro. Sería interesante explorar si sostener un determinado tipo de ideas sobre la adolescencia tiene implicaciones sobre cómo se organiza el contexto familiar del adolescente, cómo es el estilo relacional de los progenitores y, en último término, qué repercusiones tiene sobre el ajuste del adolescente. En la literatura se encuentra un amplio respaldo para considerar que las ideas sobre educación y desarrollo actúan como variable moduladora tanto del desarrollo de los hijos e hijas como del comportamiento de los progenitores en sus prácticas educativas y estimuladoras (Bugental, 2002; Holden y Buck, 2002; Johnson y Martin, 1985; McGillicuddy-DeLisi, 1982a y1982b; Palacios et al., 1998). Por ejemplo, en lo que a la adolescencia se refiere, Freedman-Doan et al. (1993) encuentran que los sujetos que sostienen unas expectativas más negativas sobre la adolescencia presentan también unas relaciones progenitores-hijos más conflictivas, además de utilizar estrategias educativas más restrictivas. De ahí que señalemos el interés de continuar profundizando en el estudio de las ideas sobre educación y desarrollo. A pesar de estas limitaciones, el presente trabajo realiza algunas aportaciones con implicaciones a tener en cuenta. Las distintas lentes desde las que perciben la adolescencia ambas generaciones, adultos y adolescentes, obliga a una constante reestructuración de las relaciones familiares en esta etapa, combinando la reivindicación de independencia y autonomía de los adolescentes con el papel de supervisión y control de los progenitores. Sin embargo, las mayores discrepancias se darán en los inicios de la etapa, acortándose éstas a medida que se avanza en la adolescencia. Además, se observa que cierto grado de discontinuidad entre ambas generaciones ofrece más ventajas que inconvenientes. La cuestión quizá esté en conseguir encontrar un “grado de discontinuidad óptima”. Precisamente una de las posibles líneas futuras de investigación podría versar sobre la evolución que siguen las ideas evolutivo-educativas a lo largo del desarrollo de los hijos e hijas, y explorar en qué medida existen conexiones entre las ideas que sostienen los
24 progenitores sobre la educación y desarrollo infantil y las que mantienen sobre la adolescencia. Además, sería deseable analizar en qué medida estas ideas contribuyen a la organización de la vida cotidiana de la familia y al estilo que caracteriza sus interacciones, para evaluar, en último término, su influencia sobre el ajuste psicosocial de los hijos e hijas adolescentes. Referencias ARNETT, J. J. (1999). Adolescent Storm and Stress, Reconsidered. American Psychologist, 54(5), 317-326. BENZECRI, J. P. (1973). Analyse des donées. Tome 1, La taxonomie. Tome 2 , L’analyse des correspondences. París: Dunod. BUCHANAN, C. M., ECCLES, J.S., FLANAGAN, C., MIDGLEY, C., FELDLAUFER, H. & HAROLD, R.D. (1990). Parents´and teachers´beliefs about adolescents, effects of sex and experience. Journal of Youth and Adolescence, 19(4), 363-394. BUCHANAN, C. M. & HOLMBECK, G. N. (1998). Measuring beliefs about adolescent personality and behavior. Journal of Youth and Adolescence, 27(5), 607-627. BUCHANAN, C. M. & HUGHES, J. L. (2002). Mothers´ beliefs concerning adolescence: Links to feelings of efficacy, causal attributions, and parenting practices. En Symposium titutlado: Parents´beliefs and expectations about adolescence: How and when do they matter? Ninth Biennial meeting of the Society of Research on Adolescence. Nueva Orleans, Louisiana, Abril 11-14. BUGENTAL, D. B. (2002). Parental Attributions. En M. H. Bornstein (Ed.), Handbook of parenting 3 (pp. 509-535). New Jersey: Lawrence Erlbaum Associates. CASCO, F.J. & OLIVA, A. (2005). Valores y expectativas sobre la adolescencia. Discrepancias entre padres, profesores, mayores y adolescentes. Infancia y Aprendizaje, 28, 209-220.
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