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Escenas de lectura: naciones imaginadas y el romance de la historia en Hispanoamérica

Unzueta, Fernando

Abstract

Este artículo explora el papel de la cultura letrada, y de las novelas en particular, en la constitución de los imaginarios nacionales durante el siglo XIX en Hispanoamérica. Arguye que si bien las novelas de Lizardi empiezan el proceso, la dimensión hist

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S Araucaria. Año 7, Nº 13 Primer semestre de 2005 Escenas de lectura: naciones imaginadas y el romance de la historia en Hispanoamérica [1] Fernando Unzueta | The Ohio State University. EEUU Resumen: Este artíulo explora el papel de la cultura letrada, y de las novelas en particular, en la constitución de los imaginarios nacionales durante el siglo XIX en Hispanoamérica. Arguye que si bien las novelas de Lizardi empiezan el proceso, la dimensión histórica de los romances nacionales de mediados de siglo proporcionan mayor coherencia narrativa a sus proyectos nacionales. Estos romances se producen en contextos culturales más abiertos y obtienen mayor difusión dadas sus relaciones con los periódicos. Finalmente, "Escenas de lectura" examina cómo distintas modalidades de lectura interpelan a individuos y comunidades de distintas maneras y encuentra que las identificaciones producidas por lecturas "sentimentales," características de los romances, son especialmente efectivas. Palabras clave: romance nacional, modos de lectura, imaginario nacional Abstract: This article explores the role of lettered culture, and of novels in particular, in the constitution of national imaginaries in 19th-Century Latin America. It argues that while Lizardis novels begin this process, the historical depth of mid-century national romances provides greater narrative coherence to their national projects. These romances are published in more open cultural contexts and achieve greater distribution thanks to their relations with newspapers. Finally, "Escenas de lectura" examines how different modes of reading interpellate individuals and communities in different ways and fines that identifications produced as a result of "sentimental" readings, characteristic of romances, are especially effective. Key words: national romance, modes of reading, national imaginary i el "quid de la nación moderna" es, de acuerdo a E. J. Hobsbawm, la "formación del estado-nación" [2] , en las Américas la disolución territorial de la mayor parte de la monarquía española y su recomposición en repúblicas tuvo lugar durante la primera mitad del siglo XIX. En ese periodo, los reinos de América lucharon y obtuvieron la independencia, comenzando a producir configuraciones escriturales de sus naciones. Sin embargo, la mayoría de los estudios de las naciones latinoamericanas las miden de acuerdo a indicadores sociales y materiales asociados a nacionalismos contemporáneos, como luchas por la justicia social, articulación territorial plena, movimientos nacional-populares en una era de creciente movilización social y del proceso de "modernización" en general. Desde estas perspectivas política y sociológica tradicionales, la historia de América Latina ha sido interpretada como una manipulación oligárquica de nacionalismos en contra del pueblo en repúblicas carentes de naciones [3] . En una línea diferente, se ha escrito mucho acerca del oxímoron intelectual de un "nacionalismo continental," normalmente para condenar nacionalismos localizados y cortos de miras en favor de un Panamericanismo ideal [4] . A menudo, la nación ha sido definida en términos esencialistas relativos a su composición racial mixta, utilizando expresiones como raza cósmica, continente mestizo o pueblo enfermo. Con independencia de los méritos de muchos de estos estudios y sus más recientes versiones, poco dicen acerca de cómo la nación surgió y tuvo lugar su formación en el siglo XIX. Además, al imponer criterios tardíos a sus formas tempranas, están destinados a representar a la nación como un proyecto incompleto y fallido. En un cambio gradual, algunas interpretaciones recientes de la nación se centran en la formación de las culturas nacionales a través de la escritura y otras manifestaciones culturales y establecen las raíces del nacionalismo populista del siglo veinte en el liberalismo del siglo XIX [5] . Mientras que los elementos objetivos que constituyen las nacionalidades hispanoamericanas se forjaron más tarde, el imaginario de la identidad nacional (los símbolos y el lenguaje del nacionalismo) es contemporáneo con los primeros discursos y las instituciones políticas que proclamaron la independencia de la corona española y estaba bien establecidas hacia 1860 [6] . Además, independientemente de lo popular o bien integrada que sea una nación, las asociaciones entre los individuos a las que pertenecen son siempre, como dijera Renan, más culturales que materiales [7] . En último análisis, más que una simple búsqueda de las raíces de la nación en un periodo anterior, es un cambio conceptual, un cambio que ofrece un nuevo modelo interpretativo para el estudio de la formación nacional, a saber, un nuevo modo de leer la nación. Leer y escribir la nación Imagined Comunities de Benedict Anderson (1983/1991) ha sentado las bases para esta nueva aproximación al problema del nacionalismo. Si bien doctrinas y prácticas políticas modernas son todavía centrales en la aproximación al surgimiento de las naciones, su perspicacia consiste en considerar el nacionalismo como un sistema cultural (en lugar de político e ideológico) que emerge en contraste con comunidades religiosas centralizadas y los dominios de las dinastías, y gracias a los avances tecnológicos de la cultura de la imprenta [8] . Desde esta perspectiva constructivista, opuesta a las orientaciones materiales o esencialistas, cabe ver la nación como un artefacto (Anderson) producido mediante un amplio radio de símbolos, narrativas y discursos de formación, incluyendo escritos de periódicos, historia y literatura. Tal redefinición del "objeto conceptual" [9] de la nación comenzó a tener un impacto considerable en las discusiones de las nacionalidades hispanoamericanas en la década de 1980, gracias a la recepción del trabajo de Anderson y, probablemente más significativo, de La ciudad letrada (1984), de Angel Rama. Si bien no deseo combinar los enfoques de estos dos importantes libros, algunos paralelismos parecieran obvios, en especial lo relativo a los roles atribuidos a los intelectuales y a los burócratas y, de modo más general, a los medios impresos y a la cultura nacional vis-a-vis la formación del estado. En el campo de la literatura y los estudios culturales, la colección de ensayos titulada Nation and Narration, de Homi Bhabha, puso el paradigma de Anderson a la vanguardia y orientó el estudio de la nación hacia su formación narrativa, esto es, se centró en "cómo es escrita", sobre todo a través de la novela [10] . A partir de ahí, Foundational Fictions: The National Romances of Latin America (1991), de Doris Sommer, muestra las "inextricabilidad de la política de la ficción en la historia de la construcción de la nación", y más específicamente de las novelas románticas y la historia patriótica [11] . El impacto del libro de Sommer fue el causante de mi invitación a tratar el papel del romance nacional en la conferencia interdisciplinaria que motivó este ensayo [12] . Uno de los objetivos de la conferencia era producir exploraciones históricas de cómo la nación fue escrita y leída en la América Latina del siglo XIX. Si bien existe un considerable número de trabajos sobre cómo la nación fue escrita, desafortunadamente la bibliografía del modo de lectura de la literatura de ese periodo (o del presente) es extremadamente limitada, y hasta inexistente cuando se trata de la lectura de la nación en las novelas. Por lo tanto, son necesarios nuevos, y a veces oblicuos, enfoques de este tema. Uno de ellos considera las novelas nacionales como género histórico. Sommer, por ejemplo, observa, en forma precisa una "coherencia genérica" que podría perderse en lecturas individuales de las novelas históricos que estudia. Argumenta además que estas obras "se convirtieron en novelas nacionales... no tanto [debido a] su popularidad de mercado, aunque es seguro que muchas de estas novelas se volvían populares inmediatamente, pero el hecho es que se convirtieron en lecturas obligatorias en las primeras décadas del siglo XX" [13] . Es válido destacar la popularidad de las novelas, pero esta popularidad poco dice sobre cómo se interpretaba su dimensión nacional. Mientras que la institucionalización del romance nacional como lectura obligatoria en el sistema escolar es un fenómeno tardío, el hecho de que se le considere un género (histórico) implica la existencia de un rango de convenciones literarias que dan cuenta de la lectura y escritura de esas obras en el momento en que fueron publicadas. En este sentido, deseo argumentar que la nación era parte integral de las ideas y prácticas involucradas en la producción y recepción de las novelas sentimentales de América Latina. Apelaré a la noción de "horizonte de expectativas" o de "experiencia literaria de lectores, críticos y autores contemporáneos y tardíos", para hablar de algunas de las convenciones que dan cuenta de los modos de interpretación y escritura literaria del mundo. Según Hans Robert Jauss, este concepto incluye factores tales como "normas familiares o poéticas inminentes del género", la tradición histórico-literaria y las posibilidades de los lectores de establecer comparaciones entre un "horizonte estrecho de expectativas literarias" y el "horizonte más amplio de la experiencia de la vida" [14] . Si bien los primeros dos elementos son habitualmente considerados por el estudio de los géneros históricos, el tercero raras veces lo es, a pesar de su importancia. Un análisis contextualizado e historizado de las prácticas de lectura ilumina la función social formativa de la literatura [15] , y por eso parece altamente relevante en cualquier discusión del tema y de la formación nacional a través de una narrativa que desea ir más allá del texto. Por tanto, uno de los modos en que historizaré mis comentarios sobre las novelas nacionales será insistiendo en que la aproximación constructivista de la nación y del mismo género novelístico, además de ser parte de los paradigmas conceptuales contemporáneos, era una preocupación clave de muchos textos del siglo XIX. Los intelectuales del periodo tuvieron una fe enorme en el poder de la palabra escrita, tanto en forma formativa como corruptiva. Al igual que Jauss, creían de hecho que la literatura influye en el modo en que el lector actúa y se ve a sí mismo en su mundo. Lo más importante es que creían (y a veces temían) que las novelas ayudaban a definir el carácter personal y la identidad nacional. En un artículo titulado "La Educación," publicado en 1857 en un periódico boliviano de corta vida, el periodista anónimo comienza describiendo el suicidio de un joven de 20 años de edad al frente de una escuela, y continúa comentando acerca de la laxa educación de los jóvenes de hoy y el efecto que tiene la lectura en ellos: Los resortes de familia se hallan completamente relajados. La niñez está abandonada a si misma: su carácter distintivo, la obediencia, desaparece... Y la juventud ¿cómo podrá educarse de su propio esfuerzo?... No hai un principio superior que regle sus movimientos. Desapareciendo las verdades relijiosas ni aun le quedan las mácsimas de la honradez exterior y decencia social. La fuente de su filosofía, de su literatura, de su religion, de su historia, de su política, la de todas sus ideas y sentimientos, son las novelas [16] . Dado un sentido moderno de disminución de lo tradicional o de los valores transcendentales, las novelas tanto como la televisión en la sociedad actual, se percibían como la influencia más importante en el pensamiento, en los sentimientos y hasta en las acciones del lector, es decir, en cada aspecto de su vida. Es más, la influencia de la novela en la subjetividad y conducta del lector no sólo concierne al ámbito privado, sino que es también una cuestión pública, un asunto de estado, por cuanto se concibe a la familia y la nación como organizaciones sociales paralelas: La situación doméstica ha sido, es y será siempre la palabra que explica las revoluciones, los triunfos y las derrotas nacionales. El despotismo privado engendra el despotismo político: el desorden de la familia es la anarquía del estado [17] . Las novelas latinoamericanas incorporan en forma consistente ambos temas. Como sugiere Sommer, las novelas a menudo establecen textos sentimentales remendando los clamores del "ideal de la familia burguesa" y convirtiendo el amor y el matrimonio en proyectos fundamentales [18] . La familia funciona como el modelo natural de la nación. Más significativo, el involucramiento con el romance familiar provee el fundamento de la contribución de la novela a los esfuerzos de la construcción de la nación. En otras palabras, la representación ficcional de la familia y el romance median las relaciones y establecen lazos entre los lectores y la nación. Ensayos críticos y otras piezas programáticas del periodo desarrollan de forma clara la conexión entre literatura y el proceso de la formación nacional en las jóvenes repúblicas. Hacia mediados de siglo, la novela, en particular, participaba en este proceso gratificando instancias de conducta ejemplares (para así evitar las malas influencias de la literatura de Europa que podía conducir al suicidio de jóvenes extraviados u otro tipo de actos inmorales), uniendo los destinos personales y de la familia a los de la historia patriótica, y representando o sugiriendo la unificación simbólica de la nación. Las interpretaciones que relacionan las novelas con la formación de la nación corresponden tanto a la lectura crítica presente de las novelas del siglo XIX, como al tenor general del "horizonte de expectativas" que circundan la escritura e interpretación de estas novelas al ser publicadas originalmente. La lectura es una actividad creativa pero variable, un eje implicado en el complejo proceso de la producción de sentido, incluyendo el sentido de la nacionalidad. No acepto la noción pasiva de lectura, donde el sentido es fijado para siempre por el autor o el texto (al ser escrito) y disponible en forma unívoca para los lectores. Dicho esto, en la otra mitad del "círculo hermenéutico", los textos mismos proveen directrices para su propia interpretación, un mapa para su lectura y construcción de sentido [19] . No obstante, no abogo por un juego totalmente libre de lectura, ni por una posición textualista absolutista de significativos flotando libremente. Por el contrario, considero que la estructura y el contenido de un texto ofrece a sus lectores un rango limitado de "posiciones de sujeto" (auque no todos los lectores cumplan con esas "guías" o se circunscriban a aquellas posiciones), manteniendo ciertas lecturas dominantes. Además, aparte de las relaciones textuales, fundamentos contextuales e institucionales, los modos en que los contemporáneos de hecho leían la nación se determinaba también por las prácticas y las convenciones de lectura. En consecuencia, cualquier evidencia externa acerca de cómo la gente leía enriquecería este tipo de obra enriquecería el análisis. En base a lecturas disponibles y convenciones genéricas, exploraré los modelos que las novelas nacionales proporcionan para cómo leerse a sí mismos, la literatura y el mundo, manteniendo en mente que, en la medida que son "dialógicos", incorporan y anticipan respuestas de lectura [20] . Más que reiterar el vínculo entre el romance, la familia y la nación, algo que Sommer hace muy bien, me concentraré en puntos adicionales pero relacionados con cómo la nación fue narrada y leída en las novelas sentimentales en América Latina. Primero, propondré interpretaciones (lecturas) de dos modos diferentes de configurar (escribir) la nación que sugieren que las novelas históricas proveen un sentido narrativo ideal y a la medida para la representación del imaginario nacional dominante de la mitad del siglo XIX. Demostraré que una nueva conciencia histórica irrumpe en la literatura como un ingrediente clave del imaginario nacional, y que el romance nacional incorpora el modo de ver la historia y la sociedad de la novela. Como género, el amplio perfil de las novelas nacionales fue definido alrededor de 1850 y son esas convenciones las que utilizo en mi lectura. En segundo término, argumentaré que las novelas del siglo XIX introducen un cambio radical y una apertura de "escenas de la lectura" en América Latina. Este cambio está relacionado con los cambios en las prácticas culturales, de publicación, de lectura y de escritura de la época, y suministran una identificación más íntima entre el lector y los personajes, el público y la nación. Mi investigación sobre las escenas de lectura de la novela confiere un bagaje contextual para las interpretaciones presentadas y una nueva mirada en el horizonte de expectativas involucradas en la lectura y narración de la nación. Por último, exploraré algunos de las mecanismos actuales mediante los cuales las novelas seducen al lector hacia la pertenencia de la nación y sugieren que modos similares de lectura existen en el ámbito de la oralidad y los escritos autobiográficos, superando la división de oralidad/escritura y ficción/no-ficción. Imaginar las naciones En las primeras décadas del siglo XIX, la formación de la identidad criolla, sea como un modo de legitimar el levantamiento en contra de la corona española, o como articulación de un "nacionalismo incipiente... casi enteramente desprovisto de contenido social" [21] , se vio beneficiada por la clave de la conceptualización de nación de Anderson, es decir, por un nuevo sentido del tiempo y el espacio articulado a través de la difusión de la imprenta capitalista. Anderson argumenta que las comunidades nacionales surgen de la difusión de la novela y de los periódicos: nuevos "modos de aprehender el mundo" que hacen posible pensar la nación" [22] . En la América hispana, esta "difusión" sucedió más tarde y tuvo una lectura más limitada que en su contraparte norteamericana. No obstante, se fundaron varios periódicos hacia finales del siglo XVIII, y muchos más en las primeras décadas del siglo entrante [23] . Fueron instrumentales en la lucha por la independencia política de España, como muchas de las ideas que produjeron el patriotismo criollo, si bien no publicadas directamente en los periódicos de la época, eran discutidas, atacadas, debatidas y re- impresas en ellos. Retrospectivamente (en 1846), el escritor venezolano, Juan Vicente González, sintetizó crípticamente el impacto político e ideológico de los periódicos de la época de la independencia como sigue: "la prensa ha sido el itinerario de la revolución" [24] . Aun antes de que la emancipación fuera un hecho inminente, o cuando el gobierno o la censura inquisitoria acallaron las convocatorias políticas directas a favor de la independencia, los periódicos criollos jugaron un papel crucial en la formación de un sentido de identidad entre las comunidades coloniales. La mayoría de esos periódicos eran editados por Sociedades Patrióticas o Económicas de Amigos del País. A través de ellos, la noción de patria adquirió un sentido más preciso en la medida en que sus miembros empezaron a tener una conciencia clara del territorio común, pasado y presente, mediante los escritos sobre la geografía, historia y política del país [25] . Pocos años más tarde, en vísperas de la independencia mexicana, los periódicos formaban parte de un "esfuerzo civilizatorio" relacionado con la formación de las comunidades nacionales, un "sentido de una cultura más amplia en construcción" y la necesidad de "ciudadanos preocupados por el desarrollo de la sociedad como un todo" [26] . Los periódicos de la época colonial, por lo tanto, empezaron a articular la tierra, la cultura y la comunidad en unidades coherentes, lo que nos lleva a corroborar la afirmación de Anderson de que la imprenta capitalista permite a las extensiones territoriales ser "imaginadas como naciones" [27] . La novela, como el periódico, también proporciona un medio para imaginar las naciones. Por lo menos desde el estudio de Ian Watt sobre el "surgimiento" de esta forma en el siglo dieciocho, la "novela burguesa" ha sido asociada con la formación de la nación a través de la autoconciencia de la clase media, particularmente en Inglaterra [28] . La representación mimética de una más bien amplia comunidad social que vive en vastos espacios geográficos del campo, los pueblos y las ciudades fue un instrumento clave en el desarrollo del sentido de la nacionalidad. En efecto, se ha afirmado que los espacios y los tiempos de las naciones modernas son la "encarnación de la cultura narrativa de la novela realista" [29] . La experiencia, sin embargo, no debería aplicarse automáticamente a la América hispana, donde la narrativa de ficción no fue un fenómeno ampliamente difundido antes de la segunda mitad del siglo XIX. Durante los primeros veinticinco años del siglo, el neoclasicismo dominaba todavía la estética literaria. Por consiguiente, la poesía patriótica, odas, himnos y otras formas en verso, eran también populares; las tragedias neoclásicas, las comedias y el discurso dramatizado; la prosa consistía mayormente en ensayos políticos, manifiestos y discursos que trataban de la realidad y de los ideales de los movimientos de la independencia [30] . Ya que fueron escritas pocas novelas, la poesía narrada fue el vehículo literario principal para el imaginario nacional de ese periodo. Es más, el parnaso fundacional o las antologías literarias publicadas a lo largo del siglo contenían casi exclusivamente poesía, y no las formas narrativas más populares como la novela o los cuadros de costumbres [31] . Las ideas de formación de la identidad nacional criolla suministran los temas principales para los versos de emancipación. Los recursos naturales del suelo americano eran cantados como una manera de mostrar favoritismo de la naturaleza (y de Dios) por la prosperidad y la independencia de estas tierras. De acuerdo al clásico de Andrés Bello "La agricultura de la zona tórrida" (1826), los soldados que defendían al "León de España" deberían convertirse ahora en "ciudadanos" esforzados de las pacíficas y gloriosas "naciones jóvenes." Otra obra canónica de la poesía neoclásica del periodo, "La victoria de Junín: Canto a Bolívar" (1825), de José Joaquín de Olmedo, también se refiere a puntos claves de los discursos nacionalistas tempranos. En este poema, el héroe moderno Bolívar, bajo la sombra "benigna" del Inca, es celebrado como si él "restituyera" la libertad de la nación y del territorio después de tres siglos de "servidumbre" bajo los "opresores" y "usurpadores" españoles. En forma similar, la mayoría de las canciones nacionales escritas en ese tiempo (convertidas o no en los himnos nacionales oficiales), repetían los mismos temas de la construcción del mito del héroe, la formación de los buenos ciudadanos, y la celebración patriótica de la libertad y (una abstracta) naturaleza americana [32] . En contraste con la poesía patriótica y los escritos de la prensa, los discursos novelescos tuvieron un papel menos prominente en el imaginario nacional del periodo de la independencia, tal vez debido al hecho que el proceso narrativo de este género era bastante discontinuo y tuvo lapsos significantivos antes de 1840 [33] . No obstante, dada su considerable importancia y ambigüedad, El Periquillo Sarniento (1816) merece consideración en relación a las representaciones literarias de la nación durante la época de la emancipación. La relevancia de esta novela fue reafirmada en los comentarios de Anderson sobre el trabajo de José Joaquín Fernández de Lizardi como interpretación nacional(ista) del pasado y del momento histórico fuertemente representado en esta obra altamente estetizada. Al mismo tiempo, al novelar la historia, el texto de Mitre produce una visión idealizada del futuro y un imaginario de nación excluyente [55] . Lo que se ha de resaltar es que las estrategias de representación usadas en la producción de este imaginario nacional quedan subsumidas por la coherencia narrativa ofrecida por el romance como forma literaria. Soledad, como la mayoría de los romances, produce una transformación simbólica de sus referentes mediante la cual ofrece soluciones imaginarias a las contradicciones en el contexto social [56] . El narrador, por ejemplo, ignora los profundos conflictos políticos, económicos y raciales (entre otros). Dividiendo la sociedad de la que estaba escribiendo, afirma categóricamente: "Entonces [1826] Bolivia no era lo que es ahora [1847]; una nación homogénea, que no comprende ni puede comprender otro sistema que no sea el representativo republicano" [57] . En la visión teleológica y romántica de la obra, los problemas sociales desaparecen y el progreso histórico de la república es inevitable. El concepto de "nación homogénea", si bien central en la obra de Mitre y en la historiografía del siglo XIX y del discurso liberal en general, era en ese tiempo tan distante de la realidad como es ahora, pero, fluía naturalmente desde la visión idealizada del romance, una visión formada por los ideales de unidad nacional inherentes a la configuración criolla de la nación. Como resultado, aunque los romances a menudo configuran la unidad nacional donde no existe, el deseo de tal unidad y los ideales relacionados a ella tienen gran gravitación ideológica precisamente porque su naturaleza incumplida se mantiene en el imaginario político de los lectores como un bosquejo que guía los proyectos de formación nacional. Una conciencia histórica fuerte es una parte integral de la idea de la nación. La estrecha relación de estos dos conceptos explica parcialmente el legado mixto del imaginario de nación de El Periquillo Sarniento. Por un lado, promueve el ideal del buen hombre y del ciudadano como base del individualismo burgués y de la nación liberal, hace inventario del territorio y de la gente, y comienza a insertar su comunidad en el tiempo calendario de la historia. Así mismo, esta novela se abre a una audiencia más amplia, apelando a la racionalidad de las virtudes cristianas y cívicas de sus lectores como base de una comunidad nacional futura. Por otro lado, no resuelve el conflicto entre una postura excluyente (en particular con respecto a los indígenas) y el elitismo criollo, ni provee un sentido histórico del advenimiento de las naciones y sus procesos de desarrollo. A pesar de estas limitaciones, los principios ilustrados en El Periquillo , como su representación de los recursos naturales y sociales de un país, articula los sentimientos de identidad local y regional. Es más, cabe sostener que un sentido de comunidad requiere ser desarrollado y cultivado antes de que pueda verse a sí misma en términos nacionales. Hasta cierto punto, la novela de Lizardi, como los periódicos ilustrados tempranos, comienza a dar forma a esas comunidades en constante cambio llamadas naciones, y el nacionalismo republicano construye sobre un patriotismo criollo colonial tardío y sobre los imaginarios nacionales tempranos de El Periquillo. Las interpretaciones del pasado articularon explicaciones del presente y sentaron modelos para las sociedades futuras; la historia, en la mayoría de los casos, ofrece mayor unidad narrativa y profundidad a los imaginarios nacionales, hasta en las formas literarias convencionales. En la novela idealizada y socialmente excluyente (y extremadamente historicista) de Mitre, el romance familiar lleva a un romance que mira al futuro. Para imaginar una nación con cierta cohesión interna, esta obra novela en forma de romance el pasado para explicarlo y darle sentido en el presente, forma su coherencia narrativa, transforma la realidad y propone soluciones más o menos utópicas de la historia y los problemas sociales hispanoamericanos. Soledad produce la formación simbólica y unificación de la nacionalidad; imagina la nación al novelar su historia como romance. Escenas de lectura I: Las novelas y la promesa de las comunidades imaginadas Si bien las novelas de Fernández de Lizardi fueron prácticamente esfuerzos aislados en la configuración de la forma literaria, la situación de los medios de imprenta en la América hispana cambiaría en pocas décadas. Además de celebrar el crecimiento de la prensa, varios escritores de la mitad del siglo percibieron la novela como un género literario excepcionalmente apropiado para ampliar el público lector y promover la formación nacional [58] . En un sentido, sin embargo, El Periquillo Sarniento ya había inaugurado un nuevo tipo de escena de lectura en las letras del continente, gracias a tres fenómenos relacionados entre sí. Primero, la novela se abrió a una recepción de lectores más amplia; segundo, su publicación y difusión estaba íntimamente relacionada con los periódicos, por lo que en consecuencia, y en tercer lugar, entraba al mercado de productos de consumo, que incluía cada vez más productos culturales. El (primer) prólogo de Lizardi, haciéndose eco de una acusación colonial antigua, menciona las "dificultades materiales" relacionadas con la "publicación" en las Américas para una obra como la Vida de Periquillo ; también menciona la novedad que sería verla en letra de molde [59] . La novela era un género nuevo en América Latina, y su circulación, como Ignacio I. Altamirano observaría más tarde, a diferencia de otras formas literarias dependía de la industria de la imprenta y sus avances tecnológicos [60] . En lugar de evocar a "patrones" tradicionales para subsidiar la publicación del libro, el pensador mexicano aceptó la recomendación de que los lectores pagaran por su impresión. Al hacer esto, la obra entraba a una posible "cultura de masas," en ambos sentidos, por su orientación hacia el mercado y en relación con la amplitud del público, reconocido por el autor como bastante heterogéneo, y en el que incluía a lectores tradicionales a los que de otra manera no hubiera llegado [61] . La novela latinoamericana estuvo desde sus comienzos más cerca de una incipiente cultura de masas que del ideal kantiano del arte desinteresado. Si bien la ausencia de un campo literario autónomo ya ha sido mencionada, particularmente respecto de la orientación política de muchas de las tendencias literarias del periodo (como el romanticismo social), la importancia dada a los asuntos de mercado en la discusión sobre la novela aún no se ha resaltado con propiedad [62] . La naturaleza comercial de la novela, por ejemplo, claramente apunta a su (relativamente) extensa comunidad de lectores. En el prólogo mencionado anteriormente, Lizardi invitó a sus lectores a comprar y subscribirse a varios capítulos [63] . Benítez-Rojo mencionaba una impresión probable de 300-500 copias y sugería que El Periquillo "no debió tener tanto impacto en la opinión del público en sus días" [64] , pero creo que subestimó la presencia de los lectores iletrados y la importancia de las "lecturas públicas" (en audiencias tanto letradas como iletradas) celebradas en los salones de lectura, cafés, y casas privadas. Enrique Flores ha documentado la existencia de tales salones públicos de lectura y la práctica común de las "lecturas" orales en el México de Lizardi; también ha observado la participación del autor en algunas de estas actividades, y la incorporación en la novela de esos temas y estrategias [65] . Por lo demás, ya que las "copias" mencionadas eran al estilo de las entregas del periódico, es muy probable que cada copia pasara por varias manos, incrementando significativamente la lectura "informal" pero letrada de la novela [66] . Las invitaciones abiertas (y las exhortaciones) al público para comprar una suscripción, como la de Lizardi, eran un tema periodístico recurrente del periodo; la proximidad entre el periódico y la novela no es accidental. Bien que un análisis detallado de los vínculos entre estos dos tipos de formaciones discursivas está más allá del alcance de este artículo, deseo mencionar que desde El Periquillo a Los de abajo (1910), pasando por Soledad (1847), Guatimozín (1846), Martín Rivas (1862), Clemencia (1869) y Juan de la Rosa (1885), la mayoría de las novelas latinoamericanas del siglo XIX (y otras obras importantes como Facundo) fueron publicadas primero como folletines, o en algún tipo de formato periodístico. Los folletines aparecen en los periódicos más importantes del continente en la década de 1840, al mismo tiempo que empiezan a publicarse los primeros romances nacionales. Asimismo, varios periódicos de hacia la mitad del siglo ofrecían a sus lectores copias de las novelas "originales" (latinoamericanas o "nacionales") o europeas como modo de captar suscriptores, mostrando la popularidad del género en términos de su valor de mercado, los íntimos lazos entre la novela y el periódico y los esfuerzos afines para ampliar su compartida comunidad de lectores. Finalmente, las novelas, como muchas otras secciones literarias de los periódicos o del número creciente de revistas especializadas, trataban de captar también al cada vez mayor número de lectoras. Además de abrirse a nuevos públicos, sostengo que las novelas invitan a nuevas formas de lectura. Como he sugerido anteriormente, Soledad de Mitre ha de considerarse como un romance nacional prototípico. La manera en que fue publicado es propia también de otros folletines. Apareció primero en la tercera parte inferior de La Epoca, de La Paz, el primer periódico boliviano, en octubre (entre el 7 y el 25) de 1847. Poco después, se publicaba en volumen separado por la misma imprenta; con su "elegante" edición fue publicitada apropiadamente en el periódico [67] . El mismo procedimiento fue repetido en 1848, cuando Mitre se muda a Chile. La novela apareció como folletín en El Comercio de Valparaíso, y fue inmediatamente publicada como libro en la misma ciudad [68] . A pesar de que no tengo estadísticas de publicación en mis manos, dado el hecho de que La Epoca tenía una lista de 200 suscriptores en su primer mes de existencia (abril-mayo, 1845), no es difícil pensar que Soledad llegó a una audiencia mucho más amplia que El Periquillo en la primera edición de ambos [69] . Por lo demás, una creciente pero aún limitada comunidad de lectores en la década de 1840, cuando las novelas nacionales recién aparecen, fue testigo del incremento de la publicación de un periodismo literario en la prensa, de los comienzos de la institucionalización de la Literatura (con mayúscula) y la formación de una incipiente comunidad crítica [70] . Los intelectuales utilizaban sus textos meta-literarios periódicos, artículos de revistas, o los prólogos de obras literariaspara instar a los ciudadanos a crear una literatura americana, independiente y diferente a la de España. Bajo este programa de americanismo literario, parte de un movimiento romántico más amplio de "emancipación mental," la literatura nacional y americana producida debía ser "original": orientada a la naturaleza, a las costumbres y a la historia de las nuevas repúblicas. Estas convenciones literarias son verdaderos modos de leer y escribir la nación. Modos de escritura porque la mayoría de los autores la tienen en mente al producir sus obras de ficción, como lo demuestran sus prólogos y ensayos, muchos de los cuales, incluido el prólogo de Soledad de Mitre, pueden catalogarse entre los manifiestos claves del americanismo literario. Modos de lectura porque existe en el mismo tipo de textos críticos se demuestra que las convenciones sobre los elementos que hacían una pieza literaria "original" eran utilizadas como criterios de evaluación e interpretación al leer las obras de ese periodo [71] . En muchos de los textos programáticos, novelas y romances son presentados como las formas literarias más apropiadas para representar la historia, las costumbres y la naturaleza como elementos nacionales. Su extensión permitía la incorporación dinámica de un rango de elementos como también de un sentido de movilidad social y de cambio histórico. Eran populares y -tal vez lo más importanteofrecían un sentido de totalidad tanto social como geográfica. Todos estos aspectos estaban relacionados con las concepciones de la nación del periodo, y las novelas, mejor que otros géneros (pero no exclusivamente), estaban en condiciones de representarlos. Por esta razón, leer las novelas sentimentales latinoamericanas como novelas nacionales está lejos de ser un gesto anacrónico o una imposición teórica. Es por cierto una opción crítica, pero que surge de las convenciones de lectura y escritura literaria que prevalecían en el periodo. El carácter "interesado" de la novela del siglo XIX, el intento de provocar un impacto en la vida de los lectores, permea varias de las características que la definen, incluyendo una apertura hacia el mercado y hacia audiencias más vastas, marcado didacticismo y un contenido político, social y "extra-literario." Continuando la tradición de la Ilustración, la mayoría de los escritores del siglo, desde Lizardi hasta Matto de Turner, buscaban educar al pueblo, mejorar sus costumbres y optimizar la sociedad. La novedad es que escribieron para un público mucho más vasto gracias a la gran circulación del género y al estilo lingüístico utilizado. En otras palabras, la novela como forma literaria se volvió popular en ambos sentidos del término. En comparación con la mayoría de las restantes formas literarias, y de las narrativas más tempranas, las novelas del siglo XIX democratizaron la literatura al retratar a las clases sociales más bajas, previamente excluidas de las representaciones serias, y al ampliar el público lector. Haciendo eco a Lizardi, Alberto Blest Gana también observará que la novela debiera "estudiar" todas las "diversas esferas sociales" [72] . Igualmente, confiaba en la creciente "popularidad" y efectividad de su misión civilizatoria [73] . La novela no sólo representaba a las clases más bajas, sino que lo hizo en modo que su lenguaje fuera entendido. Su audiencia, además del "hombre" genérico y supuestamente universal, se amplió incluyendo a las mujeres y a los miembros de todas las clases sociales (incluyendo las "menos cultas"). En resumen, se suponía que la novela estaba "al alcance de todos". Estas eran, de acuerdo al autor chileno, junto con la representación histórica y socialmente precisa, las características principales que permitieron a la novela ser "nacional en su esencia" [74] . Aunque estas afirmaciones relacionadas con el fondo social y el alcance de la novela pueden parecer exageraciones, eran compartidas por casi todos los intelectuales y autores de la mitad del siglo. Ignacio M. Altamirano, por ejemplo, consideraba la novela como un "lectura para el pueblo," especialmente por "la influencia que tenía y seguirá teniendo en la educación de masas." La "educación" a la que alude, sin embargo, comprendía un rango más amplio que la moralidad cristiana promovida por Lizardi, que implicaba nada menos que la "invitación del pueblo a la civilización moderna" [75] . En la concepción "liberal" de la cultura y la sociedad, la "civilización" estaba asociada a la cultura urbana europea y a los valores de la alta cultura latinoamericana; para el novelista y crítico mexicano, la novela era un "artificio" utilizado por los intelectuales o pensadores en virtud de hacer ciertas ideas más accesibles a las masas [76] . A pesar de su actitud elitista, para autores como Sarmiento, Blest Gana y Altamirano la novela tenía un papel mediador en una sociedad republicana moderna: construía puentes entre las diferentes clases sociales, formando unidad nacional. Altamirano lo hizo elocuente cuando escribió que las novelas contribuían a "nivelar las clases mediante la educación y las costumbres", y llegó a decir que "las novelas, al igual que las canciones, el periodismo, la oratoria, serán los vínculos de unión para ellos [las masas], y tal vez los más solidos" [77] . El optimismo que la cultura letrada tenía en relación con su difusión y efectos sería hasta cierto punto matizado por el uso del tiempo futuro (será) en la cita previa. Mientras que a menudo utilizaban el tiempo presente, lo que hace la mayoría de la poética de la novela que estoy discutiendo es formular un "proyecto" más que representar la realidad. En ese sentido, son "creadoras de la realidad": representan la nación al momento de describen su literatura [78] . Al comparar la novela con canciones, periódicos y discursos políticos, Altamirano estaba básicamente describiendo, o tal vez deseando, un género literario "popular." Hizo ambas cosas (y mezcló sus tiempos de acuerdo a ello) cuando observaba el hecho de que "ya existe una avidez de lectura entre el pueblo" que, en su opinión, "será satisfecha por obras nacionales" [79] . El autor mexicano esperaba que se publicaran muchas "obras nacionales" más, junto con las varias que ya había examinado. El hecho clave parece ser que la literatura fuera nacional. Como bien lo expresó, "deseamos la creación de una literatura que sea absolutamente nuestra", una literatura que se involucre en el proceso de construcción de la nación: "[tal] literatura tendrá ahora una misión patriótica" [80] . Al igual que los novelas nacionales, las poéticas de la novela de mediados de siglo en América Latina eran socialmente integradoras en su retórica, y dirigidas al futuro desde un punto de vista histórico liberal en su política e ideología. Lo más importante, como lo dejan en claro las citas previas, es que abogaban por proyectos de formación nacional y empleaban un "deseo" romántico por la nación. Lectura, identificación y subjetividades La identificación del lector con los protagonistas del texto, su contenido y valores nacionales, son cruciales en la construcción de una comunidad imaginada. La novela en general y los romances en particular introdujeron cambios significativos desde este ángulo al proceso o a la lectura de la nación en la literatura. A fin de explorar este fenómeno, construiré en la noción bakhtiana de que el texto incorpora la respuesta de su audiencia y, al mismo tiempo, me referiré a las lecturas reales de contemporáneos en forma de cartas o de respuestas a reseñas y ensayos. Según se ha dicho ya, la poesía patriótica era el recurso literario más importante para el imaginario nacional del principio de siglo. Victoria de Junín. Canto a Bolívar (1825), de Olmedo, es uno de los textos paradigmáticos de este género. No me detendré en el poema propiamente tal, sino en la lectura de Bolívar, contendida en dos cartas que él escribió a Olmedo desde el Cuzco el 27 de junio y el 12 de julio de 1825. La primera carta comienza así: Querido amigo: Hace muy pocos días que recibí en el camino dos cartas de Vd. y un poema: las cartas son de un político y un poeta, pero el poema es de un Apolo... Vd. se hace dueño de todos los personajes: de mí forma un Júpiter; de Sucre un Marte; de La Mar un Agamenón y un Menelao; de Córdoba un Aquiles... [81] . Al igual que la mayoría de la poesía épica, Victoria de Junín ofrece un sentido de comunidad en tanto que los nobles héroes encarnaban sus ideales (y bajo estéticas neoclásicas) conforme a los modelos clásicos. Mientras que el poema consigue en gran medida cumplir su función de creación del mito, la identificación lectiva es, en el mejor de los casos, indirecta. Quizá sólo Bolívar podría verse a sí mismo como Júpiter e identificarse con esa representación. De hecho, en la segunda carta, pareciera que resiente el papel acaparador de Huaina-Capac en el "Canto," y se queja que el Inca sea el "héroe" del poema" [82] . Otros mortales, incluyendo la mayoría de los "buenos ciudadanos", leen el poema y otros parecidos como instancias privilegiadas de la creación del héroe, y como homenaje a la independencia nacional y latinoamericana. Gracias a su tono y a sus contenidos, estos poemas y sus héroes adquieren cierta monumentalidad fácilmente reconocible, pero no conducen a la identificación personal. Por lo tanto, los lectores vuelven ritualmente a los poemas como los de Olmedo, particularmente en las celebraciones patrióticas y los aniversarios apropiados, pero es poco probable que muchos guardaran copia de ellos en sus mesitas de noche. El Periquillo Sarniento inicia un tipo diferente de escena de lectura. Más allá de reconocer el escenario familiar, la novela le pide a sus lectores ser testigos y aprender las lecciones de la vida de los protagonistas, aunque llena de pecados y, al final, de transformación ética y religiosa. La identificación lectiva se supone que es tanto racional como moral. Este hecho debe explicar la coherencia de largos sermones digresivos en la novela, que el autor justifica por su propósito de educar a sus lectores. Flores arguye convincentemente que Lizardi mezcla escritura y oralidad. Gracias a los sermones, la incorporación del habla, o discursos, y otros pasajes relacionados con la lectura pública (a menudo dirigidas a lectores iletrados, para aquéllos que "leen" al escuchar a otros leer), la novela refleja una cultura donde la escritura y la cultura oral están interconectadas, y la "lectura" tiene connotaciones más amplias que hoy [83] . Lizardi es consciente de los contenidos "orales" de su novela y de sus implicaciones. Respondiendo a un crítico duro de su novela, escribió: Hablando del estilo dice "que yo soy el primero que he novelado en el estilo de la canalla." Ahora bien: en mi novela se hallan de interlocutores colegiales, monjas, frailes, clérigos, curas, licenciados, escribanos, médicos, coroneles, comerciantes, subdelegados, marqueses, etcétera; yo he hablado en el estilo de esta clase de personas... [84] . Había dos temas en juego aquí: la amplitud social en el contenido de la novela y el uso de un lenguaje de códigos apropiado que fuera accesible a los sujetos socialmente diferenciados, desde "gente soez" hasta los personajes mencionados anteriormente. El uso de palabras por Lizardi, como "interlocutores" y "hablado," apoya las observaciones de Flores, en cuanto al fuerte contexto oral de la novela. Asimismo, el autor defendía la elección de insertar protagonistas en "retratos obscenos" y "escenas humildes" en términos similares: también observó, sin embargo, que no eran ésos los únicos ambientes de su novela [85] . La presentación realista de los personajes de un espectro social amplio, en términos de verisimilitud de su lenguaje y de la pluralidad de los escenarios que habitan, permitían a la audiencia la posibilidad de identificarse con uno de los personajes y de los escenarios, y el reconocimiento directo o indirecto de otros que ocupan el mismo espacio nacional. Marcando el contraste con el poema de Olmedo, esta novela creó para sus lectores un sentido de familiaridad y un auto-reconocimiento que pareciera ser la clave de la construcción de la nación. En este y otros aspectos, El Periquillo y las novelas del siglo comparten una afinidad con la idea detrás las colecciones de cuadros de costumbres, como Los mexicanos pintados por ellos mismos (1854), donde un vasto muestrario de tipos sociales, de diferente bagaje étnico, económico y geográfico se ubican uno al lado del otro, compartiendo su nacionalidad a pesar de sus diferencias [86] . Más importante es, quizá, que a estos tipos nacionales se les situaba enfrente de los lectores (y espectadores, ya que normalmente también contienen reproducciones visuales), para que se vea en sus (auto)retratos. En una respuesta directa a las distorsiones de las representaciones de los viajeros extranjeros, estos textos intentaban ser absolutamente nacionales (en los personajes representados, los autores y la audiencia) y promueven el auto-reconocimiento colectivo. La instancia autoreflexiva, tan crucial en la identidad personal (moderna) también estaba en práctica en estas colecciones como en las novelas. Mostraban a los diversos miembros de una comunidad, sus costumbres y sus historias, siempre incrustados en los lugares donde vivían e interactuaban con los otros. Tanto las novelas como los cuadros de costumbres fomentaban la construcción y afirmación de una identidad comunitaria. A diferencia de El Periquillo, los romances nacionales contienen representaciones idealizadas de la realidad, pero aparecen en una escena mucho más abierta. Dados estos dos fenómenos, y considerando que al romance se la ha relacionado tradicionalmente con la "satisfacción del deseo" [87] , argüiré que la identificación del lector en el romance, junto con el reconocimiento directo de ambientes y tipos humanos familiares, se media por un deseo proyectado en el texto y los personajes, como ocurre con las medios de masas contemporáneos. Hacia mediados del siglo XIX, la "popularidad" de la novela era aceptada por su potencial educativo, y temida por su supuesto riesgo para la mente y el corazón de los lectores, los de los más "débiles", mujeres y jóvenes, en particular. El potencial corruptor de las novelas se asociaba a menudo con su naturaleza "frívola"; las novelas, después de todo, eran a menudo consideradas formas de ficción y, frente a la gravedad de escritos "serios", los de historia, ciencia y religión o las exposiciones morales, entretenía. Juan Poblete ha mostrado que en una sociedad burguesa en ascenso (Santiago, hacia 1860), que sin embargo mantenía actitudes conservadoras distintivas en temas culturales, la lectura relajada, "fácil" y femenina de las novelas era percibida en forma negativa, al ser contrastada con las lecturas más "difíciles" -y por lo tanto más "productivas" y "masculinas"- de los tópicos sancionados tradicionalmente. Añade además que Martín Rivas, de Alberto Blest Gana, juega un papel "transaccional" entre dos modos de lectura, moderando algunos excesos románticos con una agenda de política nacional y cultural [88] . Este papel mediador de modos genéricos de lectura puede extenderse fácilmente a la mayoría de los romances nacionales, ya que combinan, por definición, lo sentimental con lo patriótico y lo histórico. Mientras que la "frivolidad" puede ser un problema, las novelas -y las novelas sentimentales en particulareran simplemente criticadas por su sensualidad excesiva e incontrolable. Altamarino expresa este temor claramente: nacionalista, educa a los ciudadanos desde los confines de su hogar) al actuar en la arena pública para rescatar a su amante de la cárcel y enviarlo a la seguridad del exilio temporal. Por otro lado, la lectura de la literatura romántica y los folletines definen cómo dos de los otros personajes femeninos principales sienten, hablan, escriben y actúan [112] . Al igual que Sab, la imaginación poética de doña Francisca, alimentada por la poesía y las novelas, se interseca con su realidad [113] . De manera similar, Edelmira escribe imitando el lenguaje de la "mayoría de los folletines románticos", y se imagina que el protagonista es "el tipo de héroe que las lectoras femeninas ávidas de novelas imaginan en su juventud" [114] . A pesar de la crítica de tales excesos románticos del narrador, doña Francisca muestra una sensibilidad ética, social y de género basada en sus lecturas que contrasta con el materialismo de su marido. De igual manera, Edelmira posee un carácter (aunque subordinado) ejemplar pese a pertenecer a una clase inferior. Al contrario de lo que sucede en Sab o en Soledad, estos modos de lectura "femeninos" o "sentimentales" y los lenguajes y conductas que incitan, son parodiados constantemente por el narrador [115] . No obstante, cuando los dos protagonistas (masculinos) deciden tomar parte en la "revolución" liberal que otorga a la novela el sustrato ideológico, utilizan una actitud y lenguaje sentimental exagerados para expresar sus decisiones y guiar sus acciones. El "corazón" del protagonista es movido literalmente (por los relatos) a apoyar la causa nacional [116] . Vale la pena examinar los cambios de actitud de Martín detalladamente. En primer lugar, articula dos modos de lectura genéricamente marcadas que mencioné al afirmar que "en vez de llorar como mujeres, podemos consagrarnos a una causa digna de hombres" [117] . En segundo lugar, está claro que escuchar los argumentos políticos y discursos determinaron el nuevo curso de su acción. Antes de tomar una decisión, escucha discursos en contra de la política del Gobierno"; además, su "alma" es "despertada" al escuchar las "apasionadas narrativas" de Rafael [118] . Nuevamente, incluso una novela que desconfía de las lecturas sentimentales no puede evitar el uso del lenguaje sentimental y mostrar una repuesta efectiva a la narrativa política/patriótica. En otras palabras, las "lecturas patrióticas" (en su mayoría orales) de los romances nacionales incorporan un tipo de seducción muy similar al que prevalece en las prácticas de lecturas sentimentales, pero con diferentes -en este caso nacionalesobjetivos. De las lecturas de ficción a las de vida El último tema que deseo explorar, aunque brevemente, es en qué medida leer novelas o escuchar discursos nacionalistas y historias patrióticas cambia la vida de la gente real y no solamente de los personajes. Como se requiere mucha más investigación en este campo, quiero sugerir sólo de forma tentativa que sí la cambiaron. Además de resaltar el papel de las novelas sentimentales en la construcción de las subjetividades modernas, quiero hacer notar que las autobiografías y otras formas no-ficticias de narrativas de vida repiten el mismo tipo de escenas y prácticas de lectura de los novelas nacionales con implicaciones en la vida real y, a menudo, con consecuencias para la construcción de la nación. La perspicacia de Tzventan Todorov para ver las similitudes de la construcción de la lectura de materiales de ficción y no-ficción es particularmente relevante aquí [119] . Algunas variantes del fenómeno pueden encontrarse en textos tan diversos como la Autobiografía (1839) de Gómez de Avellaneda, Recuerdos de provincia (1850) de Sarmiento y Diario de un comandante de la independencia americana, 1814-1825, de José Santos Vargas. Gómez de Avellaneda, es sus textos autobiográficos y novelas, provee un modelo claro de la modalidad sentimental de lectura, una en la que los libros, particularmente los de ficción, tengan un impacto directo en la vida, proporcionando relaciones con el mundo, percepciones de uno mismo y den expresión a los sentimientos. Sus cartas de amor ponen en claro que la manera en que se ve a sí misma y a otros personajes de la vida real está directamente influenciada por sus lecturas. Por ejemplo, atribuye a su novio "todas las cualidades de los héroes de mis novelas favoritas" [120] . Además, como se ha señalado repetidamente, la construcción (autobiográfica) escrita de su propio yo se equipara íntimamente a la de Sab. Dado que la novela fue publicada (dos años) después de que se escribiera la autobiografía, en este caso el personaje ficticio sigue un modelo narrado, pero real. Así, las líneas entre vida y ficción están desdibujadas en varios aspectos de los textos y la vida de esta escritora cubana. En lugar de atribuir sumariamente estos paralelos a la vida o personalidad "romántica" de Gómez de Avellaneda, afirmaré que los paralelos existen porque muchos "personajes" históricos y de ficción utilizan modos de lectura y estrategias interpretativas para entender sus mundos y la gente en ellos similares a las de los lectores y escritores de ambos tipos de narrativas. Como Todorov concisamente dice, "la ficción no es construida de manera diferente a la realidad" [121] . Sarmiento, por otro lado, provee un modelo para escribir una vida en función de la construcción de la nación. La genealogía, la historia y la autobiografía están íntimamente interconectadas en su narrativa [122] . Los mayores eventos de su vida son, al mismo tiempo, eventos nacionales. Una vida que, según el autor, se moldea de acuerdo con sus lecturas de otras vidas, incluyendo el "modelo sublime" de Benjamin Franklin" [123] . Haciéndose eco de una bien consolidada tradición en la novela latinoamericana (comenzando con El Periquillo), Sarmiento arguye que estos modelos ayudan al lector a convertirse en buen ciudadano. Además, al proponer como modelo sus propios esfuerzos de "hacerse un lugar en las letras y las políticas americanas" y considerar la historia de su propia vida como inseparable de la de su país, nacionaliza la lectura de las vidas ejemplares [124] . Así, articula un modo "patriótico" de lectura en el que se insta a la audiencia a actuar por el bien de la nación después de haber leído la historia de una vida. Las novelas nacionales siguen la misma estrategia: hacen que sus personajes actúen luego de "leer" y escuchar historias de vida (de ficción o históricas) o discursos políticos, y esperan que sus lectores hagan lo mismo. Por otro lado, cuando Sarmiento afirma que "se sintió como Franklin" tras leer la vida de un patriota norteamericano, y que cualquier niño que la leyese también "estaría tentado por ser Franklincito," alude básicamente a una estrategia retórica, basada en una identificación a través de la lectura con un modelo textual, que es muy común en las lecturas sentimentales. En algunos casos, los lectores sentimentales "pasivos" viven de modo vicario a través de las vidas y aventuras de sus héroes y heroínas favoritos. En otros casos, sin embargo, una situación más común en las novelas nacionales y claramente presente en la autobiografía de Sarmiento, es que se impulsa a los lectores a "ser" o actuar como aquellos personajes de ficción o históricos. Dado que Sarmiento y los intelectuales que escribieron la poética de las novelas preveían este tipo de lectura como una respuesta común en gran parte del público, incluyendo niños y jóvenes, estaban preocupados por el tipo de "vidas" representadas en los textos del periodo y trataban de proveer "modelos de perfección" patrióticos como el mismo Franklin, en el texto de Sarmiento; Lanza y Enrique, en Mitre; o Martín Rivas de Blest Gana. Recuerdos de provincia y los romances nacionales se construyen de manera íntimamente relacionada. "Sarmiento" y "Rivas," por ejemplo, se constituyen en términos similares: ambos son "autodidactas" definidos por sus talentos intelectuales y, ulteriormente, por sus propias acciones. Basan su rectitud moral y virtud como ciudadanos en sus legados familiares y en un centro interno. Blest Gana describe lo interno como la "organización moral" de alguien [125] , y Sarmiento parece referirse a la misma idea al hablar de las "buenas inclinaciones" de un niño o, de su propio "instinto natural" y la dirección a que lo lleva [126] . Ambos autores describen el "centro" de un individuo como la identidad inmutable de una persona, pero también sugieren que es algo que asimismo puede ser interpelado ideológicamente o seducido por la historia, pues el individuo está sujeto al cambio. Se trata básicamente de la subjetividad romántica a la cual los discursos nacionalistas y políticos, de ficción o no, apelan. Los modos sentimentales y patrióticos de lectura convergen de varias maneras diferentes en las novelas nacionales, tal como Soledad y Martín Rivas, y en las autobiografías, como Recuerdos de provincia. Más sorprendente es que también aparecen en Diario de un comandante de la independencia americana de José Santos Vargas. Este "diario histórico" es de particular interés debido a que reproduce escenas de lectura similares a las que recién he explorado en la literatura romántica, pero en el contexto popular (semi-literario y en su mayor parte oral) de las republiquetas, o núcleos de guerrillas del movimiento de la Independencia [127] . Como cuenta en la historia, en 1814, a la edad de 18 años, Vargas es literalmente convencido y seducido a adherirse a la Patria por su hermano: Entre esta y otras conversaciones siempre me platicaba a que fuese yo de la opinión a la Patria porque él había sido ciego en esta opinión... y ya con la seducción de mi hermano a la opinión de la Patria estaba yo anhelando en ella, deseoso de serlo [del partido de la patria], sin saber las ventajas que pudiera producir tal partido; abracé la opinión tan deseada sin saber los resortes cuáles serían para entrar a su servicio, aunque mi hermano no quería que me entropase al principio [128] . De la misma manera algunas escenas de las historias de amor escritas deben seducir al lector, como Altamirano sugiere, y las novelas abren un "nuevo mundo" para Sab, Vargas es seducido, como oyente, por las historias orales. A diferencia del personaje ficticio de Gómez de Avellaneda, sin embargo, estaba en condiciones de responder afirmativamente a estas interpelaciones. Como el Enrique de Soledad, que responde con "entusiasmo" a historias patrióticas similares y decide alistarse en las fuerzas que luchan por la independencia ("se incorpora"), los "anhelos" y "deseos" de Vargas lo llevan a hacer lo mismo ("se entropa"), a alistarse para combatir por una patria no definida aún, y al tiempo escribe su experiencias. En un gesto que refleja de cerca la teoría y práctica de lectura de los novelas nacionales, es prácticamente seducido a la acción (patriótica). En términos más generales, la escritura y la lectura patriótica han sido, desde el comienzo del siglo XIX, el mecanismo principal para la invención de los héroes nacionales reconocidos como figuras míticas. Mientras que los discursos y situaciones patrióticos ponen al nacionalismo en relieve, la nación abarca mucho más que las ideologías de las élites, y la novela, a diferencia de la poesía, sitúa el imaginario nacional "mucho más cerca de la sociedad". Le dan significado a la diversidad de los grupos sociales y a los horizontes geográficos que representan, y siguiendo las lecciones de Scot hace "héroes" de gente común, individual y colectivamente. Al final, las novelas narran sus múltiples historias y experiencias, sean éstas heroicas o cotidianas. Además, incorporan escenas de la tradición oral y prácticas de lecturas orales en un intento de unir la brecha entre la imprenta y las culturas no letradas. Los romances nacionales preservan la dimensión épica de la poesía patriótica en la idealización de sus contenidos históricos, pero también retratan la riqueza y la diversidad social y las escenas espaciales en las novelas "realistas." Asimismo, comparten con las autobiografías diversas combinaciones de modos de lectura sentimental y patriótica, sugiriendo similitudes en el papel y los efectos de la lectura en la ficción y en la vida. Gracias a todas estas características, las novelas sentimentales ofrecen una identificación lectiva más fácil con los protagonistas, símbolos y valores de los textos. Y lo que es más importante: acentuaron la dimensión afectiva en todas sus representaciones, haciendo un uso más productivo del deseo y de la seducción como medio de persuadir al reconocimiento y la interpretación de los elementos nacionales de los textos. Codificar y descifrar las narrativas en modos específicos es un punto clave en la escritura y lectura de las coordinadas humanas, sociales y naturales de la nación. Si bien las lecturas que he bosquejado no son de ninguna manera las únicas interpretaciones posibles, están de hecho basadas en lecturas reales y en el horizonte de expectativas, informan la producción y recepción de las novelas en el periodo. Las novelas participan en los procesos de construcción de la nación porque sus representaciones de un conjunto de elementos son escritas y percibidas como nacionales; y sobre todo por su contribución a la invención de individuos modernos y subjetividades sentimentales orientadas a los discursos nacionales. En último análisis, la nación puede ser imaginada, figurada y narrada de muchos modos y leída de otros tantos. Las novelas nacionales apelan a la "sensibilidad" y las emociones de los lectores para "seducirlos" y motivarlos a la acción e incentivar los sentimientos de una identidad colectiva en ellos. Como parte de su legado, los imaginarios, el vocabulario y los modos de lectura sentimentales, y también una dimensión afectiva, todavía son aspectos centrales del sentimiento de pertenencia a la nación. [1] Una versión más breve de este ensayo apareció como "Novel Subjects: On Reading and National (Subject) Formation" en Chasqui 31 (2002). El presente trabajo es una versión y traducción modificada de mi "Scenes of Reading: Imagining Nations/Romancing History in Spanish America" en Beyond Imagined Comunities de Sara Castro-Klarén y John C. Chasteen, eds., Baltimore: The Jonhs Hopkins UP, 2003: págs. 115-160. Agradezco a Gloria Galindo la traducción y a los editores de Araucaria por las revisiones. [2] E. J. Hobsbawm, Nations and Nationalism since 1780. Programme, Myth, Reality (Cambridge: Cambridge UP, 1990), pág. 64. [3] Ver Víctor Alba, Nationalists Without Nations. The Oligarchy Versus the People in Latin America (New York: Praeger, 1968); de Danièle Demelas, Nationalisme sans nation? La Bolivie aux XIXe-XXe siècles (Paris: Editions du CNRS, 1980). [4] Ver Arthur P. Whitaker, Nationalism in Latin America (Gainsville: U Florida P, 1962). [5] Angel Rama señala los años 1900-1930 como el periodo "nacionalista", en el que por vez primera la vieja fórmula liberal de "educación popular" más nacionalismo" se tradujo como "participación comunitaria verdadera", en La ciudad letrada (Hanover: Ediciones del Norte, 1984), págs. 106, 142. Mabel Moraña también escribe que los "movimientos de nacionalismo popular" entre 1910-1940 redimieron muchos "tópicos" (populismo, nacionalismo, americanismo) del liberalismo del siglo XIX. Ver Literatura y cultura nacional en Hispanoamérica (1910-1940) (Minneapolis: Institute for the Study of Ideologies and Literatures, 1984), pag. 355. [6] Ver Germán Colmenares, Las convenciones contra la cultura. Ensayos sobre la historiografía hispanoamericana del siglo XIX (Bogotá: Tercer Mundo, 1987), 200. Shumway demuestra también que en Argentina "guiding fictions and rhetorical paradigms were founded well before 1880", en The Invention of Argentina (Berkeley: U California P, 1991), pág. xii. [7] "Una nación es un principio espiritual, que surge de profundas complejidades históricas, es una familia espiritual no un grupo determinado por la formación de la tierra." Este "principio espiritual," según Renan, implica la posesión de recuerdos y costumbres comunes, consentimiento en el presente y un programa para el futuro. Ver Renan, "¿Qué es la nación?" (1882), en Homi Bhabha, ed., Nation and Narration (London: Routledge, 1990), págs. 18-19. [8] Benedict Anderson, Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism ([1983] Revisado ed. London: Verso, 1991). [9] Homi K.Bhabha, "Introduction: Narrating the Nation," en Bhabha, ed., Nation and Narration (London: Routledge, 1990), pág. 3. [10] Bhabha, "Introduction: Narrating the Nation", págs. 3, 2. Tal aproximación culturalista, aunque "textual" del estudio de la nación, al parecer podría ser apoyada por historiadores prominentes, como E. J. Hobsbawm. Cuando argumenta, citándose a sí mismo, que "al aproximarnos a la cuestión nacional es más beneficioso empezar con el concepto de nación (i.e. con nacionalismo) que con la realidad que representa". Ver Hobsbawm, Nations and Nationalism since 1780, pág. 9. [11] Doris Sommer, Foundational Fictions. The National Novelas of Latin America (Los Angeles: U California P,1991), págs. 5-7. Aunque Shumway sigue un enfoque diferente en The Invention of Argentina (1991), llega a un cambio conceptual similar. [12] Reading and Writing the Nation in Nineteenth-Century Latin America , Woodrow Wilson International Center for Scholars, Washington, D.C., April 28, 2000. [13] Sommer, Foundational Fictions , págs. 31, 51. [14] Hans Robert Jauss, Toward an Aesthetic of Reception (Minneapolis: U Minnesota P, 1982), págs. 22, 24. [15] "The social function of literature manifests itself in its genuine possibility only where the literary experience of the reader enters into the horizon of expectations of his lived praxis, preforms his understanding of the world, and thereby also has an effect on his social behavior." Jauss, Aesthetic of Reception, pág. 39. [16] "La educación," La Lira 2 (March 3, 1857): págs. 1-2 (subrayado mío). [17] "La educación," pág. 2. [18] Sommer, Foundational Fictions, págs. 17-18. [19] Tzventan Todorov desarrolla este argumento en "Reading as Construction," en Susan R. Suleiman and Inge Crosman, eds., The Reader in the Text. Essays on Audience and Interpretation (Princeton: Princeton UP, 1980), págs. 67-82. Sobre el "círculo hermenéutico", ver Wilheim Dilthey, "The Rise of Hermeneutics", New Literary History 3.2 (1972): págs. 229-44. [20] Sobre la novela como género, "dialogismo", ver Mikhail. M. Bakhtin, The Dialogical Imagination (Austin: U Texas P, 1991). [21] John Lynch, The Spanish American Revolutions 1808-1826 (London: Weidenfeld and Nicolson, 1973), pág. 340. [22] B. Anderson, Imagined, pág. 22. [23] Ver Mariano Picón-Salas, De la conquista a la independencia. Tres siglos de historia cultural hispanoamericana ([1944] Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1985), pág. 212; y Jean-Pierre Clement, "El resurgimiento de la prensa periódica en la América española: el caso del Mercurio Peruano", en La América española en la época de las luces (Madrid: Cultura Hispánica, 1988), págs. 311-325. [24] Juan Vicente González, "La reforma de la ley de imprenta", en Libertad de imprenta. Selección (1820-1864) (Caracas: Presidencia de la República, s.f.), pág. 123. [25] Clement, "El resurgimiento", pág. 320. [26] Nancy Vogeley, "Mexican Newspaper Culture on the Eve of Mexican Independence", Ideologies and Literature 4.17 (1983): págs. 358-59, 373. [27] B. Anderson, Imagined, pág. 61. Véanse los siguientes estudios sobre el papel de la prensa en el desarrollo de una conciencia nacional en Colombia, Perú y Bolivia, respectivamente: Renan Silva, Prensa y revolución a finales del siglo XVIII. Contribución al análisis de la formación de la ideología de la independencia nacional (Bogotá: Banco de la República, 1988); Ascensión Martínez Riaza, La prensa doctrinal en la independencia del Perú, 1811-1824 (Madrid: Cultura Hispánica/ICI, 1985); y Fernando Unzueta, "Periódicos y formación nacional: Bolivia en sus primeros años", Latin American Research Review 35.2 (2000): págs. 35-72. [28] Ian Watt, The Rise of the Novel; Studies in Defoe, Richardson, and Fielding (Berkeley: U California P, 1957). [29] Bhabha, "Introduction: Narrating the Nation", pág. 2. [30] Ver Emilio Carilla, La literatura de la independencia hispanoamericana (Neoclasicismo y prerromanticismo) (Buenos Aires: EUDEBA, 1964), págs. 39-43. [31] Ver Hugo Achugar, "Parnasos fundacionales, letra, nación y estado en el siglo XIX," Revista Iberoamericana 63.178-179 (1997): págs. 13-31. [32] Una buena colección de poemas es la de Emilio Carilla, comp., Poesía de la independencia (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979). [33] Ver Benito Varela Jácome, "Evolución de la novela hispanoamericana en el XIX", en Luis Iñigo Madrigal, coord., Historia de la literatura hispanoamericana. Del neoclasicismo al modernismo (Madrid: Cátedra, 1987), pág. 9. [34] B. Anderson, Imagined, págs. 29-32. Altamirano señala que El Periquillo "fue la primera novela nacional", en su Revistas literarias de México (Ciudad de México: SEP, 1988), pág. 59. Para un examen de la historia interpretativa, ver Alfonso Reyes, "El Periquillo Sarniento y la crítica mexicana". En Obras completas (Ciudad de México: FCE, 1956), págs. 169-78. [35] José Joaquín Fernández de Lizardi, El Periquillo Sarniento ([1816] Ciudad de México: Porrúa, 1967). [36] B. Anderson, Imagined, pág. 30. [37] Fue encarcelado por atacar al virrey. Jean Franco, "La heterogeneidad peligrosa: Escritura y control social en vísperas de la independencia mexicana," Hispamérica 12.34-35 (1983): pág. 12. Nancy Vogeley sostiene que Lizardi recurrió a la ficción "as a strategy to outwit the censor," en "The Concept of the People en El Periquillo Sarniento", Hispania 70.3 (1987): pág. 458. Volvió al periódico y dejó la novela después de 1820 cuando se eliminó la censura. [38] Franco, "La heterogeneidad," pág. 18. [39] Mabel Moraña, "El Periquillo Sarniento y la ciudad letrada", Revista de Estudios Hispánicos 23.3 (1989): págs. 115, 120. Ver también Nöel Salomon, "La crítica del sistema colonial de la Nueva España en El Periquillo Sarniento", Cuadernos Americanos 138.1 (1965): págs. 167-79; y Antonio Benítez-Rojo, "José Joaquín Fernández de Lizardi and the Emergence of the Spanish American Novel as National Project", Modern Language Quarterly 57.2 (1996): págs. 325-39. [40] Benítez-Rojo, en "The Emergence", pág. 335. [41] Ver Fernando Unzueta and Cristina Bruch, "El Periquillo Sarniento as (and) Mexicos Populist Fiction(s)", Papers, en Comparative Studies 8 (1993-94): págs. 221- 29. [42] Vogeley, "Concept", págs. 461-63. [43] Ver Franco, "La heterogeneidad," págs. 20-24; y especialmente Edmond Cros, "The Values of Liberalism, en El Periquillo Sarniento", Sociocriticism 2 (1985): págs. 85-109. [44] Benítez-Rojo, "Fernández de Lizardi and the Emergence", pág. 333. [45] Lizardi, El Periquillo , págs. 412, 414. Media?" [102] Ver François-Xavier Guerra, "Una modernidad alternativa", Modernidad e independencias. Ensayo sobre las revoluciones hispánicas (Madrid: Ed. Mapfre, 1992), págs. 85-113. Guerra también destaca la importancia de las formas modernas de socialización y la configuración de una esfera pública en las revoluciones y guerras hispánicas por la independencia. [103] Gertrudis Gómez de Avellaneda, Sab (Madrid: Cátedra, 1999), págs. 266-67. [104] Según Sab, "los esclavos arrastran pacientemente su cadena: acaso sólo necesitan para romperla oír una voz que les grite ¡Sois hombres! pero esa voz no será la mía". En Gómez de Avellaneda, Sab, págs. 206-07. [105] "Tampoco tengo patria que defender porque los esclavos no tienen patria". En Gómez de Avellaneda, Sab, pág. 219. [106] "Luego (y este último cuadro le afectaba más vivamente), luego la veía consolada de su perfidia con el amor ardiente y desinteresado de un apasionado criollo, y le juzgaba dichoso a ella también dichosa". En Sab, pág. 230 (subrayado mío). El temor de Enrique, su materialismo y extranjerizad marcan, por contraste, algunos aspectos claves que constituyen los ideales héroes de la novela: debían ser éticos ("desinteresado"), románticos ("ardiente"; "apasionado") y nacionales ("criollo"). [107] Gómez de Avellaneda, Sab, pág. 133. [108] "[Enrique] Me contaba sus campañas y yo derramaba lágrimas de ternura al oírselas referir. ¡Qué hermoso debe ser el ser amada por un héroe!". En Soledad, pág. 64. [109] Sommer afirma que los héroes patrióticos pero afeminados estaban mejor capacitados para "crear lazos íntimos" con mujeres jóvenes igualmente idealizadas, en Foundational, pág. 16. [110] Nancy Amstrong afirma que "las formas genéricas de la subjetividad se desarrollan primero como discurso femenino en ciertas literaturas de mujeres antes de proveer la biótica de la poesía y la teoría psicológica del siglo XIX", en Desire and Domestic Fiction. A Political History of the Novel (Oxford: Oxford UP, 1987), pág. 14. [111] Blest Gana, Martín Rivas, pág. 87. [112] Asimismo, Agustín, un frívolo (¿afeminado?) personaje masculino, es descrito como poseedor de un espíritu influenciado por el "drama romántico". Martín Rivas, pág. 247. [113] "La presencia de don Fidel la sacó de su éxtasis poético para arrastrarla a la prosa de la vida". Martín Rivas, pág. 168. [114] Martín Rivas, págs. 291, 181. En la vida real, como señaló, Gómez de Avellaneda idealizará a su (primer) novio de la misma manera. [115] En este sentido, Martín Rivas critica los excesos románticos de los romances nacionales y de la primera literatura sentimental. [116] El vocabulario de Rafael San Luis es más obvio, a pesar de su propia negativa: "No es una novela estupenda lo que voy a contarte. Es la historia de mi corazón"; "Mi nueva querida dijoes la política". El "cambio del corazón" sentimental y patriótico de Rivas es también importante: "Rivas encontró algún consuelo, sintiendo latir su corazón con la idea de contribuir también a la realización de las bellas teorías políticas y sociales que aquellos jóvenes profesaban y pedían para la patria". Martín Rivas, 143, 377, 379 (subrayado mío). [117] Martín Rivas, pág. 378. [118] "El fuego de su convicción despertó pronto en el alma de Rivas el germen de las nobles dotes que constituían su organización moral". Martín Rivas, pág. 378. [119] "[T]here does not seem to be a big difference between construction based on a literary text and construction based on a referential but nonliterary text the construction of characters (from nonliterary material) is analogous to the readers construction (from the text of a novel)". Todorov, "Reading as Construction," págs. 80- 81. [120] "Más tarde, la lectura de novelas, poesías y comedias, llegó a ser nuestra pasión dominante... nuestro mayor placer era estar encerradas en el cuarto de los libros, leyendo nuestras novelas favoritas y llorando las desgracias de aquellos héroes imaginarios, a quienes tanto queríamos... Mi familia me trató de casamiento Por otra parte, yo no conocía el amor sino en las novelas que leía, y me persuadí desde luego que amaba locamente a mi futuro. Como apenas le trataba y no le conocía casi nada, estaba a mi elección darle el carácter que más me acomodase. Por descontado me persuadí, que el suyo era noble, grande, generoso y sublime. Prodigole mi fecunda imaginación ideales perfecciones, y vi en él reunidas todas las cualidades de los héroes de mis novelas favoritas". En Gómez de Avellaneda, Autobiografía ([1839] Madrid: Castalia, 1989), págs. 145-46. [121] Todorov, "Reading as Construction", pág. 81. [122] "A la historia de la familia se sucede, como teatro de acción y atmósfera, la historia de la patria. A mi progenie, me sucedo yo". Sarmiento, Recuerdos de provincia, pág. 254. [123] Sarmiento, Recuerdos, pág. 357. [124] "La vida de Franklin fue para mí lo que las vidas de Plutarco para él Yo me sentía Franklin; ¿y por qué no? Era yo pobrísimo como él, estudioso como él, y dándome maña y siguiendo sus huellas podría un día llegar a formarme como él, ser doctor ad honorem como él, y hacerme un lugar en las letras y en la política americana. La vida de Franklin debiera formar parte de los libros de las escuelas primarias. Alienta tanto su ejemplo, está tan al alcance de todos la carrera que él recorría, que no habría muchacho un poco bien inclinado que no se tentase a ser un Franklincito, por aquella bella tendencia del espíritu humano a imitar los modelos de la perfección que concibe". En Sarmiento, Recuerdos, pág. 279. [125] Martín Rivas, pág. 378. [126] Sarmiento, Recuerdos, págs. 279, 357. [127] El autor se refiere a su "corta educación" y sus "ningunas luces". José Santos Vargas, Diario de un comandante de la independencia americana, 1814-1825 (Ciudad de México: Siglo XXI, 1982), págs. 8, 16. [128] Vargas, Diario , pág. 22 (subrayado mío). El fragmento es parte de "Breve vida del que escribió". No está fechado, pero fue escrito en 1851 o 1853, como último intento fallido del autor para que su Diario fuera publicado. El Diario fue recién publicado y editado, en 1952 y 1982, por Gunnar Mendoza L.