Ideología y sátira en la lexicografía decimonónica
Abstract
Los diccionarios no están exentos de ideología y menos en épocas especialmente conflictivas. En el siglo XIX es habitual encontrarnos con subjetividad en catalogaciones lexicográficas generales y, sobre todo, en los repertorios burlescos. Se observa, de todas formas, una evolución desde las exaltaciones iniciales, de diferente signo político, a un escepticismo que encuentra en el humor su máxima expresión.
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REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 199 DOI: http://doi.org/10.25145/j.refiull.2018.36.011 Revista de Filología, 36; marzo 2018, pp. 199-226; ISSN: e-2530-8548 IDEOLOGÍA Y SÁTIRA EN LA LEXICOGRAFÍA DECIMONÓNICA Juan Manuel García Platero Universidad de Sevilla Resumen Los diccionarios no están exentos de ideología y menos en épocas especialmente conflictivas. En el siglo xix es habitual encontrarnos con subjetividad en catalogaciones lexicográficas generales y, sobre todo, en los repertorios burlescos. Se observa, de todas formas, una evolución desde las exaltaciones iniciales, de diferente signo político, a un escepticismo que encuentra en el humor su máxima expresión. Palabras clave: diccionarios, definición lexicográfica, ideología, historia. IDEOLOGY AND SATIRE IN NINETEENTH-CENTURY LEXICOGRAPHY Abstract Dictionaries are not exempt from ideology and still less in conflicting times. In the nineteenth century it is usual to find subjectivity in general lexicographic catalogues and, above all, in burlesque repertoires. However, there is an evolution from the initial exaltations, of different political sign, to a skepticism that finds in the humor its maximum expression. Keywords: Dictionaries, lexicographic definition, ideology, history.
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 200 1. LA TENTACIÓN IDEOLÓGICA Es bien sabido que todo discurso posee una función legitimadora o deslegitimadora de unas determinadas posturas sociales, al margen de la tipología y su consiguiente gradación, y que solo a través del lenguaje la ideología1 se formula de forma explícita (Van Dijk 1999, 2008). No faltan testimonios de esto en las distintas obras de orientación lingüística, sean gramaticales, lexicográficas e incluso ortográficas (Calero Vaquera 2010). En el caso que nos ocupa, se ha afirmado, incluso, que las entradas de un diccionario constituyen un ideologema, en la medida en que a través del enunciado definitorio la palabra se traslada a términos de cosmovisión (Forgas Berdet 1996: 63). Lo ideal es que el lexicógrafo se conforme en notario de la lengua, por lo que debe desarrollar su labor atendiendo al dictado de los hablantes (Salvador 1990), y eso justifica que no haya que culpar al repertorio de la presencia de determinados vocablos que reflejan realidades poco gratas o incluso discriminadoras, pues el uso manda y ha de constatarse, guste o no. Y no hay que pensar únicamente en la lexicografía no académica, que, en principio, podría entenderse más proclive a veleidades subjetivas, dado que la presión institucional parece tener un peso minorativo, ya que el diccionario académico no ha estado, ni está, exento de parcialidades, sobre todo de carácter político o social, que podrían considerarse al margen de lo estrictamente lingüístico (Pérez Castro 2004, Rodríguez Barcia 2008, 2011), e incluso se ha hablado de «manual de buenas costumbres» (Forgas Berdet 2002). Pero lo cierto es que cuando hablamos de diccionarios no puede recurrirse al concepto, exclusivamente metodológico, de inmanentismo, pues nos encontramos con productos comerciales que no están ajenos a contexturas muy diversas. Es patente, pues, la dificultad de conseguir una asepsia definitoria, sobre todo porque la mezcla de la información estrictamente lingüística con la enciclopédica, algo, por otra parte, inevitable, intensifica los riesgos. Además, sabemos que la objetividad no es más que una adición de subjetividades, por lo que se ha afirmado que «si en algún lugar el centro pudiera convertirse en virtud, ese lugar debiera ser el de la lexicografía, para que los diccionarios reflejaran una visión del mundo de todos los usuarios de una lengua» (Pascual y Olaguíbel, 1992: 74). Pero incluso esta nivelación llega a ser quimérica. De hecho si en el continuo del ámbito del contenido se procede al proceso definidor, es decir, la formalización de lo que pertenece al ámbito de la sustancia, con lo que entraña desde el punto de vista selectivo, es colegible que se haga efecto a través de una práctica ideológica determinada; de ahí que se diga, no sin razón, que «la lexicografía no es una tarea inocente ni puede serlo» (Forgas Berdet 2007: 1), pues tanto la presencia como la ausencia de los elementos 1 Desde Destutt de Tracy, que acuñó el término, hasta nuestros días el concepto de ideología ha sufrido vaivenes. La crítica de raigambre sensualista inicial dio lugar a nociones despreciativas, desde ópticas muy diversas, hasta llegar a una consideración aséptica (Calero Vaquera 2014). Por su parte, la Academia en las diversas ediciones de sus diccionarios ha privilegiado la visión filosófica del término (Lozano Zahonero 2006).
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 201 catalogables manifiestan una evidente subjetividad (Rodríguez Barcia 2012). Es decir, la connotación entre las denotaciones resulta inevitable. En el ámbito lexicográfico desde el nivel hiperestructural se puede encontrar de forma más o menos implícita una visión subjetiva de la realidad. Del mismo modo, en la macroestructura la selección de entradas implica decisiones de importancia. También en la doble enunciación microestructural (Seco 1977), la que se centra en el signo en cuanto signo, con sus anotaciones correspondientes, y sobre todo la que aborda el contenido del signo, la llamada verbalización de sentidos consolidados, implica un inevitable sesgo. Por supuesto, el corpus seleccionado conlleva, igualmente, una perspectiva ante la realidad lingüística y extralingüística. Es decir, no solo se habla de la competencia lingüística de quien redacta, sino también de «su carga emocional, su personal arraigo geográfico, con su cúmulo de experiencias, referencias y opiniones» (Forgas Berdet 2015: 102). Otra cosa es que se detecten las huellas no necesariamente indelebles para menguar las cosmovisiones explícitas. Y aunque no falten paliativos de las tendencias valorativas, como los destinados a evitar desajustes temporales en la enunciación (Blecua Perdices 1990), queda mucho por hacer en el anhelo mitigador del sesgo, pues, conviene reiterarlo, la propia selección de las entradas, la jerarquía de los sentidos consolidados o los procesos, más o menos efectivos, de encubrimiento ante realidades incómodas (especialmente de índole política o religiosa), como el encadenamiento de remisiones o las paráfrasis elusivas con efectos eufemísticos, dificultan este objetivo (Calero Fernández 1999). 2. LAS PALABRAS EN TIEMPOS DE CONVULSIONES Se ha dicho en más de una ocasión que el siglo xix es político por excelencia y, por lo tanto, una parte considerable de las unidades léxicas se crean o se actualizan en este periodo, al margen de evoluciones ulteriores nacidas de no pocas tensiones (San Vicente 2011), por lo que los repertorios lexicográficos, dejando a un lado su valor lingüístico, son auténticos pliegos de cordel de cambios muy profundos, aunque en más de una ocasión se critiquen por cierto letargo al reflejar las mutaciones exógenas. No siempre es así, si tenemos en cuenta que se acude a ellos como parte integrante de los corpus elaborados para analizar la historia de los conceptos y, por ende, la evolución social (Carriscondo Esquivel 2008). Las posturas divergentes encuentran acomodo lingüístico en las catalogaciones lexicográficas generales y en los llamados repertorios burlescos, sobre todo en la mitad del sigloxix (Álvarez de Miranda 1984). Lógicamente las convulsiones sociales y políticas están muy presentes en los textos periodísticos (Muñoz Sempere 1999), donde se crean no pocas voces que funcionan como testigos de un indisimulado «furor ideológico» (Quilis Merín 2008a). Es lógico pensar que en épocas de transición hablemos de pugnas que encuentran eco en las interpretaciones
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 202 definicionales de las palabras2, incluso al margen de catalogaciones lexicográficas (Fernández Lagunilla 1980). Así, las intervenciones parlamentarias, caricaturas y panfletos (Fuentes 2008) asumen un poder tutorial de voces como patria, revolución o liberal (Moliner Prada 1984-1985). Los conflictos léxicos devienen de los planteamientos de la Revolución francesa (Hirschsprung 1989), desde el momento en que cada grupo de pensamiento intenta imponer unos contenidos, los únicos que se consideran suficientemente legítimos. Las polémicas sobre las mutaciones semánticas fueron especialmente elocuentes desde los años previos al trienio liberal, una particular época de palabras en guerra (Fernández Sebastián 2011) en la que se creía que la invención de un nuevo lenguaje implicaba crear una nueva sociedad (Fernández Sebastián 2008), lo que se manifiesta, como es bien conocido, con singular claridad en los usos discursivos empleados en las Cortes gaditanas3, que simbolizan el tránsito del vasallo al ciudadano (Seoane 1968), por más que tras el paréntesis de la libertad llegue el inevitable control inquisitorial que afecta a toda producción crítica (Alejandre García 2004). Las elites consideraron que el dominio del lenguaje implicaba el dominio del poder4, pero el paso del tiempo conllevó la popularización del discurso político, por lo que los términos no son necesariamente paradigmas, como en épocas anteriores, de una posición ideológica determinada (Battaner Arias 1977). Se trata, en definitiva, de un siglo especialmente convulso, donde están presentes la crítica a viejos esquemas, las airadas reacciones ante todo indicio de novedad y, como casi siempre ocurre, el inevitable desencanto5. El reflejo lexicográfico es 2 En el prólogo del reciente Diccionario jurídico del español, editado por la Real Academia, Muñoz Machado (2016: XXIV) se refiere a la creación de un vocabulario específico que deriva en la tendencia a la subjetividad lexicográfica: «Las palabras en esta época han dejado de tener la misma significación neutral e indiferente que tuvieron durante todo el Antiguo Régimen. Ahora la aceptación o no de lo nuevo tiene también significación política y puede determinar que quien las acepta sea calificado de afrancesado o patriota, de conservador o liberal, de absolutista o constitucionalista. Incluso para la lucha de palabras contra palabras, los diccionarios, que hasta ahora habían sido herramientas absolutamente neutrales e indiferentes a la política, se empiezan a emplear también con sesgo ideológico no disimulado». En todo caso, conviene apostillar que, como se dijo antes, no puede hablarse de neutralidad absoluta discursiva en ningún periodo, sino de intensificación en la cosmovisión del redactor en épocas especialmente distantes de los anhelos de relativa asepsia definicional. 3 En ese sentido, Fernández Sebastián (2011: 269-270) señalaba que la Constitución gaditana se percibe parcialmente «como un catálogo de definiciones revestidas de autoridad en donde se explica de manera breve y apodíctica, en qué consiste la nación, el amor a la patria, la ciudadanía o las Cortes» e incluso se pretende el dominio del propio diccionario, pues se cae en el intento de «legislar sobre el uso de la lengua –o al menos de controlar de cerca una parte del vocabulario–, se insinúa repetidas veces en el ánimo de los diputados»; de ahí el deseo de desterrar vocablos que connotan épocas que conviene superar. 4 La connotación política llegaba incluso a la indumentaria, por lo que no es rara la presencia de muchos vocablos pertenecientes a este campo en los catálogos satírico-políticos (Strbáková 2005). 5 Por supuesto, las disputas ideológicas y su reflejo lexicográfico, con anhelos de adoctrinamiento, también son extensibles a Hispanoamérica (Huisa Téllez 2013). De todas formas, es una tendencia no necesariamente exclusiva del ámbito del español (Chignola 2003).
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 203 indiscutible, tanto por incluir un incremento del vocabulario político, constatable durante todo el periodo, como por manifestar en las paráfrasis definicionales visiones distintas y distantes de la realidad más inmediata. 3. LA SUBJETIVIDAD EN LOS DICCIONARIOS GENERALES: DOMÍNGUEZ Y BARCIA Es bien conocido que el siglo xix es fructífero desde el punto de vista lexicográfico, pues no solo la Academia continúa con las reediciones de sus diccionarios, ya que aparece un número bastante considerable de catálogos que compiten con el monopolio institucional (Seco 1987). El afán totalizador es una de las características más notorias, en la medida en que lo cuantitativo es una baza importante en la pugna editorial (García Platero 1992, 2003), lo que se materializa también paratextualmente, dado que en una época en la que la preocupación idiomática deviene en polémica con bastante frecuencia se tiende a sublimar en los prólogos las carencias académicas (Bueno Morales 1996, Rodríguez Barcia 2013), sobre todo las que se relacionan con el ámbito neológico en general y tecnolectal en particular (Azorín Fernández 1996-1997). Esto explica las querencias descalificadoras, por más que el academicocentrismo sea una realidad palpable6, solo menguada en nuestros días. Es lógico pensar que en épocas de conflictos el ideario se plasme de manera explícita, sobre todo cuando hablamos de catálogos de autor7. En el periodo analizado abundan ejemplos de repertorios generales en los que se encuentran artículos no exentos de visión personal, especialmente de índole política. Es bien recurrente el caso de José Joaquín Domínguez, autor del Diccionario nacional, o gran diccionario clásico de la lengua española (1846-1847), pero conviene recordar que su labor lexicográfica ha de estudiarse en una contextura muy dada a la subjetividad (Seco 1983), propia de la exaltación de un romántico (Seco 1985), cuyos principios defendió hasta su accidentado fallecimiento (Alvar Ezquerra 2017a). Es decir, nos encontramos con una plasmación de ideales derivados de la Revolución francesa8, donde no escasean 6 No están tampoco exentos de sesgo los prólogos de las diferentes ediciones académicas, de especial interés para el conocimiento de la realidad lingüística, así como de las mutaciones políticas y sociales (Alvar Ezquerra 1993a, Lombardini 2011). 7 Aunque no hayan escaseado a lo largo de la historia antecedentes ampliamente analizados, como ocurre con Covarrubias. 8 Al margen de subjetivismos, se ha resaltado la validez de este catálogo desde el punto de vista de la pragmática histórica (Quilis Merín 2007), así como la presencia de voces científicas y técnicas, algo, por otra parte, habitual en la lexicografía no académica decimonónica, si bien en más de una ocasión no hay que hablar de paráfrasis definitorias, sino de traducciones directas, dada la innegable influencia francesa, en este caso de Bescherelle (Iglesia Martín 2008). Como señala Garriga Escribano (2011:74), la inclusión de unidades léxicas pertenecientes a ámbitos específicos de conocimiento no es una postura fortuita, pues «se esconde todo un programa ideológico de superación de las obsoletas estructuras políticas y sociales de la España decimonónica, que desde el punto de vista
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 204 definiciones burlescas9 (en las que están presentes valores republicanos y, por tanto, contrarios a la causa isabelina, junto con las estrictamente lingüísticas, ampliamente estudiadas), que fueron, incluso, motivo de plagio (Esparza Torres 1999). Paradigmática es su definición de democracia (‘Forma de gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía dictando, decretando y sancionando las leyes que lo han de gobernar. La democracia se puede definir así: gobierno de leyes sin reyes’). El caso de moderantismo es también significativo10: Doctrina u opinión política, cuyos principios están fundados en una moderación circunstancial e indeterminada, elástica según las necesidades y exigencias de la situación. Sus sectarios constituyen una asociación parásita, que solamente puede existir entre azares, y sufriendo los encontrados embates del absolutismo y la libertad. Las críticas a la Academia no son pocas y han sido reiteradamente mostradas en diversos estudios. Valga el ejemplo de civismo, donde el sesgo es evidente: Ilustración, cultura, socialismo; urbanidad, política, finura. || Nacionalidad, liberalismo, patriotismo, reunión de todas las cualidades que caracterizan al escelente patriota, al asociado generoso y digno, al buen ciudadano. La Acad. Española (increíble parecería a no verlo) la Acad. nacional carece de civismo. El afán totalizador decimonónico da pie a que hablemos de un diccionario enciclopédico, aunque no se explicite, como también ocurre con Roque Barcia, otro representante del espíritu exaltado, autor del Primer diccionario general etimológico de la lengua española (1880-1883), obra de cinco tomos, que se encuadra en la llamada etapa precientífica de los repertorios etimológicos11 (Puche Lorenzo 2002), como sucede en la mayor parte de los catálogos del siglo xix (Carriazo Ruiz 2017). Nos del léxico de la ciencia y de la técnica prolongará su influencia en toda la lexicografía española de la segunda mitad del siglo xix». Del mismo modo, Anglada Arboix y Bargalló Escrivá (1992: 960) afirman que «tiene el mérito de representar la superación del hiato que en el siglo xix existía entre la actividad lexicográfica académica y el progreso social». El lexicógrafo gallego se alía, incluso, con las tendencias neográficas de la época (Quilis Merín 2008b). 9 Esto no implica que las definiciones del repertorio estén exentas de los prejuicios morales de la época, aunque aminorados en relación con otras obras (Quilis Merín 2014). Incluso alguna vez recurre a la ironía con la habitual finalidad crítica a la Academia. Es muy conocido el caso de afinidad, en el que se burla de la definición ‘Parentesco que se contrae con el matrimonio consumado o por cópula ilícita entre el varón y los parientes de la mujer, y entre la mujer y los parientes del marido’. Obviamente, la Academia modificó la puntuación en la edición 1852 (‘Parentesco que se contrae con el matrimonio consumado o por cópula ilícita, entre el varón y los parientes de la mujer, y entre la mujer y los parientes del marido’). 10 Con el fin de unificar las citas se ha modernizado, cuando no lo estaba, la ortografía en todos los ejemplos extraídos de los repertorios decimonónicos. 11 Mucho menos conocido es el Nuevo diccionario de la lengua castellana arreglado según la última edición aumentado con unas veinte mil voces usadas de ciencias, artes y oficios (1853), de cuya dirección se ocupó. Se trata de un claro ejemplo de búsqueda de la comercialidad, dado que se intenta
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 205 encontramos, como en la obra anterior, con un diccionario enciclopédico12, aunque con puntuales informaciones sobre el origen de las unidades léxicas. La visión de la realidad extralingüística no está exenta, tampoco en este caso, de apasionamiento (García Platero 1998). Se trata de un catálogo que intenta aunar los intereses del lector especializado con los de una mayoría de usuarios que pretende ver satisfechas necesidades bien diversas y en el que no se escatiman recursos de diferente índole, incluidos los de carácter literario (Igualada Belchí 2002). No faltan, en efecto, artículos híbridos en los que las disquisiciones etimológicas pasan a un segundo nivel, ya que se aúna el acopio de información extralingüística con opiniones sociopolíticas e incluso composiciones poéticas, de escasa altura, elaboradas por el propio autor (García Platero 1998). El enciclopedismo se percibe en un gran número de artículos, sobre todo en los referentes a nombres propios como España. La exaltación patriótica incluida tras la profusión de datos resulta llamativa en un repertorio inicialmente pensado para proporcionar información etimológica: Esto dice la fama en toda la tierra; esto decimos también nosotros y nada pedimos, nada envidiamos, teniendo bastante con nuestra alegría y con nuestro orgullo; puesto que, al fin y al cabo, somos hijos de madres españolas. ¡Oh España! Levanta la frente y sonríe. Tú serás siempre reina en el mundo, porque serás reina en la historia, reina en el arte, reina en tus mujeres. En todo caso, se ha llegado a señalar que, pese a sus deficiencias (Porto Dapena 2000) y a seguir muy de cerca el diccionario académico, rasgo, por otra parte, habitual en toda la lexicografía decimonónica, se pueden encontrar enmiendas y elaboraciones de interés, tal y como se percibe en el tratamiento de algunos dominios de especialidad, como el forense (Henríquez Salido 2008). La biografía de este controvertido autor (García Platero 2017), comprometido en la defensa de unos valores que defendió con apasionamiento, dejó impronta en toda su producción (Henríquez adaptar las definiciones a las limitaciones del formato, con la consiguiente poda definicional (García Platero 1998, Alvar Ezquerra 2012) y merma de la subjetividad (Bajo Pérez 2007). 12 Se trata, en ambos casos, de una visión del diccionario bien distinta de la que tienen ilustres defensores de la objetividad definicional como Vicente Salvá (1846: XIV). Son muy conocidas sus palabras al respecto: «Un lexicógrafo nunca debe mostrar sus propensiones ni su modo de pensar en materias políticas y religiosas, ni menos ridiculizar o condenar como errores las doctrinas que siguen varones muy doctos, un gran número de personas de naciones ilustradas y la mayoría de algunas muy cultas». En relación con esto, Bueno Morales (1993) puso de manifiesto que, pese a su ideología, no indica la connotación política del vocablo liberal, introducida en el léxico español en el siglo analizado, como forma sustantiva y solamente incluye la acepción genérica (‘El que tiene ideas favorables a la justa libertad del pueblo’), que contrasta con la definición proporcionada por Domínguez (‘Amante de la libertad, enemigo de la tiranía; más o menos demócrata’) y entra en consonancia con sus consideraciones sobre la asepsia de la definición. Sí podría matizarse el caso de exaltado (‘El que en sus ideas políticas propende mucho hacia la libertad’), pues, como también recuerda la autora, el lexicógrafo valenciano, perteneciente a la fracción del Partido liberal que incluía a los llamados «exaltados», exonera el vocablo de la connotación disfemística observada en otros repertorios contemporáneos (Bueno Morales 1996).
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 206 Salido 2009), visible en artículos de especial calado político. Se trata, en definitiva, como ocurría con el repertorio anterior, de un ejemplo más de catalogación general enciclopédica elaborado en un contexto en el que la personalidad del lexicógrafo no caracterizado por su moderación se patentiza con mayor intensidad. Pero mi interés se centra en otro tipo de diccionarios, en los que, de forma más explícita y sin disfraces filológicos, no se escatima en postular una visión de la realidad, en una centuria compleja por los distintos vaivenes políticos, con la correspondiente aparición de rotundas filias y fobias, por más que con el tiempo todo se atempera, no por los consensos, sino por los amargos desengaños. 4. ALGUNOS DICCIONARIOS POLÍTICOS Y BURLESCOS: DE LA EXALTACIÓN AL DESENCANTO El diccionario por excelencia es el que nace con fecha de caducidad y se caracteriza por una supraindividualidad que pretende reflejar el mundo en la época en la que se ha proyectado; de ahí que no exponga un modelo social, sino que sea fedatario de la realidad, aunque, como cualquier obra comprometida con el periodo histórico en el que nace, sea inevitable fruto de una ideología (Alvar Ezquerra 1993b). Pero también nos encontramos, como se ha dicho antes, con un subgénero que emplea la metalengua de contenido con el fin de oponer cosmovisiones o apostillar posicionamientos más o menos encontrados, pese a que no escasee, como se verá, la sátira nacida de la decepción ante lo que pudo ser y no ha sido y se acuda al humor como única certeza. Aquellos que pretenden justificar que el diccionario es un género literario, atendiendo a los recursos metalingüísticos utilizados y al peso de la tradición (García Ibáñez 2001), han de hallar en estas catalogaciones argumentos añadidos, pues se trata de una suerte de parodia que aprovecha el formato de una obra de prestigio para explicitar la polémica. Es decir, nos encontramos con el paradigma de la llamada «lexicografía acientífica», que tantos testimonios ha dado, y sigue dando (González Salgado 2007), aunque en la actualidad las obras queden más lejos de las señaladas polaridades ideológicas. Uno de los representantes más citados del empleo del formato del diccionario con fines bien distintos a los de la consulta lingüística es, como es bien sabido, Bartolomé José Gallardo, gran bibliófilo, siempre trasgresor y controvertido (Pérez Vidal 1999, Gallego Lorenzo 2006), considerado, no sin razón, inaugurador de la sátira moderna (Romero Ferrer 2013), pues está presente una eficaz conjunción, como se ha señalado en más de una ocasión, de parodia grotesca e intertextualidad (Romero Ferrer 2013). Gallardo, que compara el fanatismo con una enfermedad físico-moral, se adentra en un anticlericalismo que no necesariamente se corresponde con un ataque frontal a las creencias religiosas. Firme partidario de la laicización estatal (Dufour 2004), reviste su obra con un recurso burlesco formalmente minorativo de no pocas indignaciones. Nos encontramos con una réplica que incluye una furibunda crítica a los sectores enemigos del pensamiento liberal, entre ellos el responsable del Diccionario razonado manual para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España. Obra útil y necesaria en nuestros días, con
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 207 ediciones en el mismo año, 181113, atribuido a Justo Pasto Pérez (Ramírez Aledón 1996). Aunque el anticlericalismo de Gallardo se sitúa dentro de las tendencias ideológicas liberales de la época y no escapa a toda una tradición costumbrista literaria que no debía extrañar a nadie, mereció críticas furibundas14. No es necesario insistir en la importancia de este catálogo, ampliamente estudiado. Además, contamos con ediciones modernas15, pero sí podríamos detenernos en otras obras de similares características, al margen de la opción ideológica defendida, que, salvo excepciones16, han interesado menos a los investigadores. En algunos casos, esta carencia se debe a dificultades de accesibilidad, algo habitual en gran parte de la lexicografía decimonónica, aunque en la actualidad iniciativas como la Biblioteca Virtual de Filología Española (BVFE), a cargo de Alvar Ezquerra (2017b), son de un valor considerable para el acercamiento a las obras más diversas de las distintas épocas. En ella hemos consultado la mayor parte de los repertorios burlescos, si bien se han tenido en cuenta ediciones modernas que han ido apareciendo en los últimos años. En la mayor parte de estos diccionarios, con alguna excepción, predomina la sátira absolutista del lenguaje liberal y el propósito de «conservar la lengua en su primitiva pureza». Muchos de ellos son traducciones. Esto ocurre con el Nuevo vocabulario filosófico democrático, indispensable para todos los que deseen conocer la nueva lengua revolucionaria. Escrito en italiano y traducido al español. En 1813 se editó en 13 No faltan ejemplos a lo largo de la historia que prueban la mezcolanza entre los idearios políticos y religiosos. Las palabras de Ruviano (1838: 6), incluidas en el prólogo de sus Apuntes para un diccionario político, son bien elocuentes: «Encargada, por consecuencia, la sana filosofía de trazar el cuadro de las buenas costumbres, se vio siempre en la necesidad de unirse a un poder religioso para dar, por decirlo así, cierta unción de rectitud, de santidad, al poder político. Así observamos que todos los gobiernos antiguos aspiraban a dar a sus leyes un prestigio sobrehumano». 14 Muy revelador es el folleto, de autor anónimo, Aviso de un amante de la religión y de la Nación sobre el Diccionario crítico burlesco, publicado posiblemente en 1813, en el que se leen no pocos improperios: «Y como también contiene ese maldito diccionario sus obscenidades graciosas se chupan los dedos por ellas los que como cerdos tienen su placer en revolcarse por tales inmundicias, y las escuchan y repiten con palmadas, y risotadas. Si el daño que la lectura de folleto tan impío y desvergonzado trae a la Religión y buenas costumbres se quedara solo entre semejante casta de libertinos, me contentaría con mirarlos con desprecio, pues bien, público es que tales monstruos no tienen la una y carecen de las otras. Pero el empeño con que han tomado el extender por todas partes y entre todas clases de gentes su idolatrado diccionarito, para descatolizar si pueden a los Españoles, me ha movido a publicar este aviso para prevenir por este medio a los incautos y sencillos contra el veneno que contiene un escrito tan infame, a fin de que se abstengan de su lectura, y los que lo tengan lo arrojen inmediatamente al fuego, si quieren dar pruebas de ser fieles a la Religión que profesan, y enemigos de los partidarios del inicuo Napoleón». No faltan razones para sospechar que detrás de estas palabras pudiera estar el dominico Francisco Alvarado, más conocido como el Filósofo Rancio. 15 Sobresale la edición al cuidado de Pérez Vidal (1994), que incorpora el Diccionario razonado. 16 En todo caso, son muy destacables, entre otras, las aportaciones de Álvarez de Miranda (1984), Parra Albà (1989), Strbáková (2005), Berná Sicilia y Peña Ruiz (2014) y Capellán de Miguel (2017).
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 214 Al margen de repertorios en los que la política ocupa un lugar central, conviene señalar la importancia de los estrictamente humorísticos, en los que actitudes sociales y culturales se abordan de forma burlesca, por más que se trate, en ocasiones, de un esparcimiento en la obra de algún adusto lexicógrafo o circunspecto político. Así, en 1849 Plácido de la Cantárida, evidentemente un seudónimo, autodenominado «doctor en derecho cáustico», publica en La Coruña el Diccionario portátil de la risa. En el prólogo se alude al humor, aliciente que pone en común las más distantes posiciones ideológicas: Por otra parte, ¿no es la risa un poderoso específico contra el aflictivo mal de la orina? Si a1gún profesor del interesante arte de curar se ríe de mi terapéutica proposición, le daré en los hocicos con mil cursos prácticos, que no me dejarán desmentido, pues no en vano se dice vu1garmente que fulano o zutano se orinaban de risa al oír tal o cual conversación. Por último, si los españoles no nos reímos, ahora, que por la misericordia divina y la poderosa cooperación de progresistas y moderados tenemos paz y ventura, ¿cuándo diablos hemos de reirnos? El poema que sirve de complemento a estas palabras no arroja lugar a dudas, pues no hay nada tan democrático como la risa: Rían pues los puritanos, Moderados, progresistas, Rían también los carlistas, Que todos son ciudadanos. Pese a todo, el hastío vuelve a estar presente. La sociedad evoluciona y de radicalismos iniciales se pasa a la estabilidad de las alternancias más o menos amañadas. En lo jocoso subyacen las amarguras de una sociedad sin valores, como se ve en asilo («Lugar de refugio para los delincuentes. Como la España es tan filantrópica, toda ella es un vasto asilo»), chispear («Echar chispas. Cuando mandan los moderados, chispean los progresistas, y cuando los progresistas mandan, chispean los moderados; y las chispas de unos y otros ya se sabe sobre quién caen») o glosario («Diccionario que explica palabras oscuras. Este libro hace suma falta a muchos empleados del gobierno español»). No faltan tampoco alusiones sexuales, de doble sentido, con recurrencia a la metáfora política, como en coito («Cierto secreto ayuntamiento que no es constitucional, ni tiene secretario») o cúpula («Cierto ayuntamiento, que, aunque se compone de dos constituciones, no es constitucional»). Se recurre, por lo tanto, a los estereotipos propios de la catalogación burlesca. Tampoco escasean las alusiones misóginas, muy características de toda la literatura festiva española. Mujeres habladoras, frívolas e interesadas pueblan las páginas de este y otros diccionarios. Valgan ejemplos como gusto («Uno de los cinco sentidos, que reside principalmente en la lengua. Por eso el principal gusto de las mujeres es menearla») o tauromaquia («El arte de lidiar y matar los toros. Esta es una falta de respeto a los maridos»). En la línea de la sátira escéptica se sitúa el periodista y escritor algecireño Manuel Ossorio y Bernard, autor, en 1868, del Novísimo diccionario de la lengua
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 215 escrito en verso, con la colaboración de D. Rafael Tejada y Alonso. Tras fallecer el poeta burgalés, publicó, en su memoria, una edición corregida y aumentada, en 1876, que es la que puede consultarse en la BVFE. En el prólogo señala que «la escasa importancia de dicha obrilla me retraía de reimprimirla». En efecto, se trata de un complemento a una carrera que iba por otros derroteros26, aunque no faltan en su producción algunos poemas en una línea similar, muy del gusto de la época (López Cruces 1992). De hecho, en la segunda edición añade al título del diccionario el adjetivo festivo, para no entrar en confusión con la seriedad que se le presupone a este tipo de obras, por más que no pueda eludirse, en modo alguno, la ironía: La causa del apellido no es otra que mi deseo de que no pueda creerse que trato de hacer la competencia a la obra en que se ocupan desde el reinado de Felipe V los cuarenta inmortales de la Academia Española. Otro motivo, más poderoso aún, es mi deseo de no engañar al público. ¡Aún pesa sobre mi conciencia la peseta que un Ayuntamiento de Galicia consignó en 1868 para la adquisición de mi libro, juzgándolo un trabajo serio y digno de protección! Queda patente, pues, desde el título de esta segunda edición que se trata de un simple divertimento. Los artículos, escritos en su mayoría en cuartetas y redondillas, atienden a realidades diversas, como se ve, por ejemplo, en la crítica a la Real Academia Española presente en la paráfrasis de la voz sabio: El hombre que se inmola por una verdad cualquiera. Regularmente está fuera de la Academia española. En España se hace un pronóstico muy del gusto de la época, aunque, como es sabido, parte de temores iniciados en el siglo anterior: Es su idioma un laberinto de vascuence, catalán, francés, caló, valenciano y otros que olvidé mentar; aunque debemos decir, en honor de la verdad y del buen gusto que pronto sólo el francés se hablará. Algunos artículos demuestran el ingenio de autor. Es el caso de verbo: 26 Se le conoce por sus bien documentadas aportaciones biobibliográficas, así como por la más que estimable colección de artículos Viaje crítico alrededor de la Puerta del Sol, que escribió por entregas desde 1874. Estas auténticas joyas costumbristas, no exentas de denuncia social, se recopilaron en un libro publicado en 1882.
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 216 Es en toda oración la parte más esencial: el verbo comer, es verbo sumamente auxiliar el verbo correr, activo; pasivo el verbo roncar y fastidiarse, es modelo de verbo pronominal. No son pocos los artículos misóginos: víctima (lo es el marido de la mujer, como el inquilino del casero), viuda (que ya está buscando marido en el momento en que se encuentra en su nuevo estado) o yerno (al que se califica de pobre hombre, pues tiene que aguantar a dos mujeres, la suya y su suegra). En una línea similar se sitúa el Diccionario filosófico del amor y las mujeres27, elaborado por el escritor, periodista y político Teodoro Guerrero Pallarés. En su producción literaria ya era constante el tema de la mujer, aunque desde una visión más moralista que satírica, con habituales atisbos folletinescos. Artículos como amistad, donde se dice que es una palabra borrada del diccionario de la mujer, así como amor propio («Sentimiento innato en las mujeres; según un inteligente casuista, lo que más agrada a la mujer es... ella misma»), curiosidad («Enfermedad que ataca a las mujeres apenas abren los ojos a la luz del día, y que no se calma cuando los cierran para siempre. Es tan imposible curarlas de este mal como quitar la rabia a un hidrófobo»), lujo («Deidad mitológica, a la cual rinden culto todas las mujeres sin excepción. La que no puede en la práctica, sueña con ella y le adora con la imaginación») o novio («Sinónimo de tonto»), dan buena prueba del tono general de la obra. No es algo nuevo, pues la prensa satírica decimonónica era generosa en mostrar una tendencia donde la mujer aparece como simple contrapunto al varón y se censuran en no pocas ocasiones las modas femeninas, la afición a embellecerse mediante potingues, ungüentos y perfumes, o el carácter frívolo o voluble, por más que no falten, mi mucho menos, ejemplos, de todos conocidos, en centurias anteriores. Incluso al margen de acercamientos burlescos, el ser y la esencia femenina, en sus aspectos más variados, aparecen en diversas obras del periodo analizado (Pujol Rusell 2005). No es, pues, raro que tenga su traslación en los diccionarios. Resulta curioso encontrar una respuesta lexicográfica al repertorio anterior, supuestamente de una mujer joven, según se señala en uno de los artículos28, publicada en 1848. Se 27 Solo he tenido acceso a la segunda edición, publicada en 1848. Es, además, la única incluida en la BVFE. 28 En el artículo opinión se puede leer: «Hombres hay que no tienen ninguna, otros que tienen una fija, y algunos he conocido yo en el espacio de mi vida (y no soy vieja) que han tenido ciento, sin ser mujer, alias Camaleón, como dice el Sr. Guerrero». Se trata de una supuesta réplica al que le dedica Pallarés: «La mujer nunca la tiene, o si la tiene es de camaleón; como la sombra sigue al cuerpo, su opinión sigue a su persona más allegada; primero opina como su padre; después como sus amantes y por último como su marido. Mujeres hay que casadas tres veces han opinado de tres modos distintos, por parecerse a sus cónyuges. ¡Verdad es que esta elasticidad de opinión las honra!».
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 217 trata de Cuatro palabritas sueltas, o imitación del diccionario filosófico del amor y las mujeres, por una que ni es literata, ni puede ni quiere serlo. No hay prólogo, solo un enunciado irónico inicial: «Aquí no hay prólogo porque no hay libro, ni libro porque no hay material, ni material porque faltan ideas, ni ideas porque hay no cabeza, ni cabeza porque soy mujer». Basado, en este caso, en los estereotipos masculinos, se incluyen vocablos como ambición: De este mal adolecemos todos: las mujeres somos ambiciosas de lisonjas, de cariños, de suspiros, de lazos, de plumas, de flores... La ambición de los hombres no es tan fugaz: es mucho más sólida, y para satisfacerla son precisos honores, glorias, tesoros, tronos e imperios. Lo mismo sucede con cigarro: Inocente entretenimiento que los hombres chupan cuando no tienen que hacer, cuando se levantan por la mañana, después de almorzar, luego que comen, para que les distraiga el mal humor, que encienden antes de salir de casa, y que apagan antes de acostarse, si no se duermen con él. Chimeneas ambulantes, pestífero sahumerio, enemigo de alfombras y cortinas, tormento de las señoras... pero deleite de los hombres. En este repertorio, en el que se afirma que matrimonio es el «estado natural de la sociedad», los clichés se repiten constantemente, aunque las opiniones, frente a las virulencias del catálogo anterior, no exceden el inocente divertimento. Es el caso de juego («A las mujeres les gustan los de palabras; los hombres prefieren los juegos de azar») o raya («A los hombres les incomoda mucho el que los pongan a raya; muchas veces prefieren no tener posesiones a que les pongan confines en sus estados»). El hecho de que las dos obras se editen en la misma imprenta, así como los estereotipos que mecánicamente se vierten, en un estilo prosístico similar, permiten preguntarse si nos encontramos con un juego editorial basado en un desdoble de personalidad del propio autor del Diccionario filosófico del amor. En todo caso, es elocuente cómo las cosas han cambiado. Si antes un repertorio reaccionario encontraba su réplica en un contradiccionario liberal, ahora se alude a los manidos tópicos entre sexos. 5. A MODO DE CONCLUSIÓN Los diccionarios no son, en manera alguna, inmunes a la subjetividad. Se trata de algo aceptado, por más que con el tiempo puedan encontrarse mecanismos que aminoren la huella del lexicógrafo. En todo caso, hay épocas que son especialmente propensas a que se expliciten de una manera más evidente los posicionamientos sociales, políticos y religiosos. El siglo xix, por acontecimientos muy variados que, en gran parte, tienen su origen en el pensamiento de finales de la centuria anterior, con sus seguidores y detractores, es ciertamente proclive a la polémica. Si los repertorios generales académicos propenden, con cierta asiduidad, a axiologismos en diferentes artículos, los elaborados por autores muy comprometidos con las causas
REVISTA DE FILOLOGÍA, 36; 2018, PP. 199-226 218 políticas, de tal manera que vida y obra se enlazan sin solución de continuidad, están exentos de cualquier atisbo de asepsia definicional. Este es el caso de dos representantes de la lexicografía romántica como José Joaquín Domínguez y Roque Barcia. Si, además, sus obras se imbuyen de la tendencia enciclopedista imperante, es obvio que la personalidad aflore con mayor pujanza cuando salen a la luz temas controvertidos pertenecientes a la realidad extralingüística. Sin embargo, nuestro interés se ha centrado en las catalogaciones de los diccionarios políticos y burlescos, donde las diferentes visiones de los acontecimientos van a estar aún más presentes. Un paseo por estos repertorios nos muestra que, al margen de divertimentos, conforme el siglo avanza, las ideologías se templan. Desde la polaridad inicial a las continuidades de pensamiento. De las utopías y reacciones intemperadas ante lo novedoso al escepticismo, heredero del descrédito social y político. Las generaciones pasan y la realidad permanece inalterable, con sus contradicciones, en una centuria tan convulsa como apasionante. Las palabras adquieren connotaciones insospechadas y sirven unas veces de armas arrojadizas ante el contrario, y las más de representación de las disputas que se prolongan en el tiempo. Termina por ensalzarse un periodo, no se sabe cuál, tal vez nunca existió, donde las cosas se vinculan dignamente al secreto misterio de las palabras, frente a los hechos vigentes, tozudos en su desazón. El diccionario se convierte en arma arrojadiza contra ciertas ideologías o en representación del desencanto. Se afirma en los prólogos que las palabras no significan lo que antes significaban, pero lo que en un principio era patrimonio de la reacción pertenece después a los escépticos. Todo esto se compila en pequeños y medianos repertorios que representan una época tal vez pasada, tal vez eternamente presente. Recibido: septiembre de 2017; aceptado: noviembre de 2017.
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