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La música de la melancolía

Lamillar, Juan

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LA MÚSICA DE LA MELANCOLÍA Por JUAN LAMILLAR Hace algunos años, los periódicos españoles se hicieron eco de una polémica surgida en los suplementos literarios italianos: ¿se podía escribir la reseña del libro de un amigo? Sólo recuerdo ahora el planteamiento de la polémica y no lo s argumentos encontrados, pero pienso que esa prohibición, aunque sólo lo fuese de un modo simbólico, pone puertas al campo de la amistad y al de la literatura. ¡Cuántas espléndidas páginas, de amigo a amigo, de escritor a escritor, se hubieran perdido de ap licarse esa rígida moralina! Porque, muchas veces, uno se acerca al libro del amigo, no con estudiada benevolencia sino con la cercanía de la comprensión, con la ventaja crítica de esa misma cercanía. He sido temprano lector de los poemas de este libro, he visto cómo se iba configurando y he asistido a los avatares de su publicación. Puedo declarar, por tanto, mi proximidad a estas Consolaciones, y disfrutar de una de las satisfacciones que brinda la amistad: compartir este libro con su autor y a la vez intentar con mis palabras que también lo compartan los lectores. Jacobo Cortines es un poeta lento, y parece haber establecido un plazo de diez años entre la salida de cada uno de sus libros de versos. Así, Primera entrega, Pasión y paisaje, Carta de junio y ahora Consolaciones, cierran un ciclo de treinta años de trabajo poético, pues lo s poemas más antiguos de su primer libro datan de 1974. Diez años han pasado desde que apareció Carta de junio, en el que figuraba el magnífico y extenso poema que le da título y que 318 JUAN LAMILLAR ahora, por la reciente muerte del de stinatario, Jacobo habrá recordado, quizá añadiéndole imaginariamente versos nuevos dictados por un sentimiento renovado, pero que es el mismo que sustenta varios poemas de este libro. Con la misma delicada firmeza, con la mi sma hondura elegante que los muchos endecasílabos de esa "carta al padre" están escritos los poemas de Consolaciones. Durante estos años, y creo que es una ob servanción importante, Jacobo ha vuelto su mirada de hombre y de escritor hacia sus años infantiles, hacia el mundo de personas y paisajes que los rodearon, y nos ha dado Este sol de la infancia, un conseguido libro de memorias, en el que la prosa es vehículo de la poesía, pues c on ojos de poeta están vistas las escenas que se evocan. Algunos de esos momentos, de esos escenarios, se devuelven aquí al verso. Certero siempre en los títulos, a la vez evocadores y precisos, Jacobo ha dividido el libro en cuatro secciones: "Figuras", "Refugio de las horas'', "Naturalezas" y "Nardos de noviembre". Predomina en su escritura el verso endecasílabo, tan característico de su poesía, pero no faltan poemas en alejandrinos, algunos más libres y discursivos e incluso dos poemas en pro sa. Que Consolaciones es un libro de ausencias nos lo indica ya el primer poema de "Figuras", titulado "Des de otra orilla", y los que siguen en esta sección sugieren una historia familiar, salvada en estos versos que quieren ser "ejemplares" y que son además una meditación sobre los hechos y su permanencia en el tiempo. Reconocemos el paisaje: una marisma "serena y anegada", los cerros labrados, el anhelado mar. .. Y nos damos cuenta de la importancia que en estos poemas tiene el mundo de los sueños, que vuelve a asomar repetidas veces en las otras secciones: tanto los sueños de ahora como la presencia de imágenes "de un sueño que soñé hace tiempo." "Refugio de las horas" tiene un carácter misceláneo, en la forma y en el fondo. Hay poemas de carácter meditativo y otros cruzados por el silencio, por el deseo de la ataraxia ("más vacío I el cuerpo en que me encuentro y que no siento, I sin recuerdos, sin miedos, s in deseos,/ sin cansancio siquiera"). Reflexionan otros sobre el tiempo o se detienen en la sensualidad de la luz, como "En el patio'', con su juego de penumbras y transparencias, o vuelven a hablarnos de los seres de los sueños, de la incomprendida riqueza LA MÚSICA DE LA MELANCOLÍA 319 de lo onírico. Son páginas de un poeta que explora otros registros más alejados de ese orden clásico que es una de sus señas de identidad. Se complace aquí Jacobo en textos más discursivos, eficaces por su gran expresividad como "Paraíso'', un extraño poema de afirmación, un ca nto al poder de la música, lleno de imágenes audaces que recuerdan al Juan Ramón de Espacio. Unos cuantos poemas nos hablan de Sevilla, primero en un hermoso po ema que es un resumen de la ciudad que no se nombra, de la ciudad elegida, abierta al secreto "de ser siempre ese sueño que tantos te soñaron." Luego aparece otra ciudad, diversa e intensa en la realidad de la madrugada del Viernes Santo o en ese otro viernes de Feria, en cuya prosa vibrante se dibuja una tarde de toros. En prosa también, "A rcadia blanca" una vuelta al campo en la que se evocan los pueblos blancos, el su r y la frontera. "Naturalezas" reúne poemas que han sido escritos por "el ausente, el desterrado" que vuelve a encontrarse con la casa familiar. Con sus catorce endecasílabos, "Nuevo enero" puede considerarse un resumen: en él hay sueño, naturaleza, casa, amor, memoria ... Aparte de circunstancias biográficas concretas vagamente aludidas, todos nos identificamos con esa vuelta a la infanc ia , a la casa en la que ya los espe jos familiares nos ven como extraños. "Ex trañeza y vacío. / Eso es volver a donde ya no existe/ el amor de otro tiempo." Pero hay una recreación en Jo que aún pervive, y llenan estas páginas detenidas descripciones de la casa y de los paisajes cercanos: las plantas, los jardines, la laguna, una naturaleza vista con un sentimiento luisiano del paisaje, con descripciones minuciosas como de ilustración de antiguo libro de horas. Y la sección se cierra con un poema dedicado a la hermana ausente, otra de las presencias infantiles que ha desaparecido de estos parajes. "I nvierno" es un poema que han destacado todos los lectores que me han comentado el libro: en sus versos, el dolor por la muerte se hace elegancia, es un dolor dicho en voz en baja y que por eso llega más adentro. Es un lamento, una elegía en la que vuelve a cobrar importancia el sueño, esa frontera que une la vida y la muerte. Es un poema, como otros del libro, en el que el dolor auténtico no necesita del grito para expresarse y deja sin temblor el pulso del calígrafo que traza imágenes tan perdurables. De todas esas inclemencias del tiempo, de todos lo s desengaños, nos consuela la poesía, el hecho mismo de poder escribirlos, 320 JUAN LAMILLAR otorgando belleza a las horas de dolor, pero de ellos también nos salva el amor y escribir sobre esos momentos de triunfo, como hace Jacobo en "Nardos de noviembre", es volver a vivirlos. Estos últimos poemas celebran un amor concreto, más realidad que sueño, un amor cotidiano, doméstico. Un amor que se afirma y dice su nombre: "Amor, amor, amor, Cecilia mía", y que rescata la tradición petrarquista de la mirada, de los ojos claros ("No me niegues tus ojos, pues en ellos /vivo libre de mf'), y la prese ncia barroca de las flores: nardos, jazmines, claveles, rosas ... Sabiamente, el libro se cierra con unos versos lapidarios, escritos como inscripción para la fuente de la casa de Arrnenta y que son, en su intensa brevedad, un final adecuado, memoria del amor y certeza de que la vida está hecha de lo firme y de lo fugaz, recuerdo del quevedesco permanecer de lo fugitivo. "De la consolación por la poesía", parece advertimos Jacobo Cortines con sus versos, y nos hace pensar en Boecio y en esa Consolación de la filosofía que fue una de las obras má s leídas en la Edad Media, pero el título que ha escogido para su nuevo libro rememora más bien unas Consolaciones pianísticas, las seis piezas que Franz Listz compuso en 1850, y esta alusión no s da cuenta de la otra pasión del autor: la música. Por ello puede parecer extraña la escasísima presencia de referencias musicales en estos poemas, pero lo cierto es que todo el libro está sostenido y atravesado por una música elocuente en su silencio, honda, secreta y eficaz: la música de la melancolía.