Revestidos como Dios manda. El tesoro del Carambolo como ajuar de consagración
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SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN* DRESSED AND GODLINESS. THE TREASURE OF EL CARAMBOLO AS TROUSSEAU OF CONSECRATION JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO** FERNANDO AMORES CARREDANO** Al ver la estrella sintieron grandísimo gozo, y, llegando a la casa, vieron al niño con María, su madre, y de hinojos le adoraron, y, abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra. (Mateo 2, 10-11)*** Resumen: A la luz de la nueva interpretación del yacimiento del Carambolo, el tesoro aparecido allí en 1958 puede ser interpretado como ajuar sagrado. Sus diferentes piezas se usarían como adorno para dos bóvidos y como vestimenta litúrgica del sacerdote encargado de ofrecerlos en sacrificio a los dioses. Palabras clave: Fenicios, templo, altar, toro, tesoro, liturgia, sacrificio, sacerdote Abstract: In the light of the new interpretation of the Carambolo site, the treasure that was discovered there in 1958 can be interpreted as an assemblage of sacred ornaments. The different pieces were used as adornments for two bovid and as liturgical dress for the priest in charge of their offering in sacrifice to the gods. Key words: Phoenicians, altar, sanctuary, bull, treasure, liturgy, slaughter, priest 1. INTRODUCCIÓN El yacimiento arqueológico del Carambolo, en Camas (Sevilla), ha experimentado en los últimos años un importante cambio en su valoración histórica. Tenido de siempre por asentamiento tartésico (Carriazo 1970; 1973), a finales de los noventa del pasado siglo nuevos planteamientos teóricos y metodológicos vieron ya en él, por el contrario, un santuario fenicio fundado a la vez que la propia Sevilla (Belén y Escacena 1997: 109-114). Con las excavaciones recientes, realizadas entre 2002 y 2005, se ha podido verificar esta segunda hipótesis (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2005a, 2005b, 2007; Rodríguez Azogue y Fernández Flores 2005). Por tanto, los vestigios rescatados en este yacimiento pueden ser leídos bajo el prisma de ese nuevo papel reconocido para el sitio, lo que afecta tanto a la documentación últimamente aportada como a todos los hallazgos anteriores. Así, podemos ver ahora objetos sagrados donde antes sólo percibíamos ricas alhajas de un rey. Entre estos cambios puede incluirse nuestra propuesta funcional del tesoro que dio fama al lugar desde el mismo día de su hallazgo, hace ya más de cincuenta * Trabajo elaborado en el marco del Proyecto HAR2008-01119 y del Grupo HUM-402 del III Plan Andaluz de Investigación. ** Universidad de Sevilla *** Las citas bíblicas del presente trabajo están tomadas de la traducción de E. Nácar y A. Colunga (1991).
108 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 años. Si J. de M. Carriazo, quien primero lo estudió, percibió aquellas joyas como “un tesoro digno de Argantonio” (Carriazo 1958), hoy podemos sugerir que nos encontramos ante un ajuar litúrgico destinado por la comunidad fenicia a los sacrificios llevados a cabo en honor de sus principales dioses. El conjunto incluiría el atuendo sacerdotal más los atalajes de sendos bóvidos ofrecidos a Baal y a su compañera Astarté1. Esta idea fue expuesta ya por nosotros en un congreso celebrado en Sevilla en 2001, cuyas actas se publicaron dos años más tarde (Amores y Escacena 2003). Si hoy volvemos sobre ella es precisamente para matizar algunas de las afirmaciones contenidas en aquel trabajo y para reforzar sus conclusiones; sobre todo porque la nueva documentación con que hoy contamos permite robustecer aquella hipótesis, que entonces estaba conformada por bastantes ideas intuitivas y por no menos conjeturas. Con ello, queremos contribuir a homenajear desde la revista Spal a quien fue uno de nuestros primeros profesores de arqueología en la Universidad de Sevilla y luego compañero en diversos trabajos de investigación. Por aquellos años en que M. Bendala se iniciaba en la docencia universitaria, el tesoro del Carambolo ejercía sin duda el papel de buque insignia de Tartessos, lugar preeminente que tal vez puede hoy desempeñar, en realidad, todo el yacimiento. Como discípulo del profesor Blanco Freijeiro, nuestro amigo M. Bendala vivió además muy de cerca, durante los años en que fuimos estudiantes en la Universidad de Sevilla, la gestación de trabajos tan relacionados con el Carambolo como el dedicado al nacimiento de la antigua Hispalis, 1. En cananeo, la voz ba’al significa simplemente “señor”. Con este único apelativo genérico nos referiremos al dios fenicio identificado muchas otras veces con diversos nombres, siempre referidos en cualquier caso al compañero de Astarté. De hecho, Melqart sólo es el Baal de Tiro (Ribichini 1985: 45.; Xella 2001: 72.;). En Mesopotamia, dirigirse a la divinidad de esta forma se constata ya en Nippur, donde el nombre Enlil contiene la idea acadia de “señor” -ilu- (Brelich 1966: 165 y 183). Al emplear en nuestro artículo sólo el nombre de Baal no proponemos necesariamente un monoteísmo masculino fenicio, pero reconocemos con ello ciertas reflexiones sobre este problema ya expresadas con anterioridad (p.e. Del Olmo 2004: 28-29). La personificación masculina de la trascendencia, entendida como lo hizo Brelich (1966: 28), se une siempre a la misma diosa como pareja de patronos locales: Baal Samem-Astarté en Biblos, Esmún-Astarté en Sidón, Melqart-Astarté en Tiro y en la fase arcaica de Cartago (aquí Baal Hammon-Tanit en época púnica) o Reshef-Astarté en Kition. Estos nombres podrían referirse a dioses diferentes, desde luego ubicados en los panteones urbanos fenicios siempre en la cima (Bonnet y Xella 1995: 320). Pero, más que ante un politeísmo peculiar, como lo ha definido P. Xella (1986: 30), podríamos estar ante advocaciones diversas para un mismo ente divino. De ahí que todos esos dioses conocieran parecidos avatares de muerte y resurrección en sus respectivas historias míticas (Bonnet y Xella 1995: 323). donde se expresaron las primeras dudas acerca de que aquel promontorio de la cornisa oriental del Aljarafe albergara sólo un simple poblado de finales de la Edad del Bronce (Blanco 1979: 95-96). Poco antes, el primer excavador del yacimiento había dado a conocer el tesoro y los demás restos materiales con todo lujo de detalles y de fotografías en color, por entonces escasas en las publicaciones arqueológicas (Carriazo 1973). Entraremos en algunos pormenores recogidos en estas obras, porque la historia del Carambolo y de su tesoro es también, en realidad, el relato paralelo de los cambios mentales que los expertos han experimentado a lo largo de al menos cincuenta años, cuyo resultado ha sido ver cosas muy distintas con la misma documentación de siempre. EL CONTEXTO ARQUEOLÓGICO: DE CABAÑA HUMANA A MORADA DIVINA El 30 de Septiembre de 1958 apareció en el cerro del Carambolo, junto a la población de Camas, un grupo de joyas de oro que acaparó inmediatamente la atención de los arqueólogos y del resto de la sociedad. Para los investigadores, ese día Tartessos comenzó a pasar del mito a la historia, hasta el punto de que tal hallazgo se ha considerado un verdadero cambio de era en la historiografía protohistórica del sur de la Península Ibérica (Pellicer 1976: 235; Bendala 2000: 43-51). Asimismo, y después de los trabajos de campo llevados a cabo al poco de producirse este descubrimiento, la comunidad científica y social de la época asumió que en aquel cabezo se emplazó un poblado tartésico, perteneciente por tanto a los indígenas que los colonos fenicios habrían encontrado al aparecer por la zona del Guadalquivir inferior. Tal lectura de aquellos restos arqueológicos llegó pronto a convertirse en axioma, es decir, en algo no necesitado de demostración. En torno a cincuenta años antes, G. Bonsor había propuesto una implantación de comunidades orientales agrícolas y ganaderas en algunos territorios de Andalucía occidental (Bonsor 1899), pero estas ideas habían perdido pujanza después de medio siglo de vida. Por el contrario, durante la segunda mitad del siglo XX ganaba adeptos a pasos agigantados el acuerdo académico de que las poblaciones siropalestinas que arribaron a Occidente se habrían limitado en el mediodía ibérico a poblar algunos puntos de la costa mediterránea y atlántica, y que sus fundaciones coloniales perseguían sólo servir de plataformas comerciales, tomando las referencias del mundo griego a los mercaderes fenicios
109REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 como la única actividad económica destacable (Álvarez Martí-Aguilar y Ferrer 2009: 167). En el olvido de la tesis de Bonsor, que había dado un papel preponderante a la comunidad fenicia en la fundación de muchos enclaves del Hierro Antiguo bajoandaluces, pudo influir notablemente la confluencia de factores que, desde posiciones ideológicas, políticas y epistemológicas distintas, acabaron por reivindicar como lo genuinamente andaluz unas raíces prehistóricas casi eternas o permanentes, que habrían constituido las esencias patrias de lo hispano (Álvarez Martí-Aguilar 2005: 72-77; 2009: 81; 2010: 67). Hasta hace muy pocos años, esta visión se ha pavoneado sin rival por el panorama científico. Algunos estudios contrarios a este análisis de la documentación arqueológica sostuvieron explicaciones más complejas sin menoscabo de su parsimonia, sobre todo al poner de manifiesto que esas mismas comunidades cananeas del primer milenio a.C. habrían estado necesitadas de bases en el interior del territorio tartésico, y esto aun si estas últimas hubiesen servido sólo para establecer una rentable trama de intercambios comerciales2. Añadido a esto, la expansión asiria sobre las ciudades-estado de la costa libanesa pudo haber generado migraciones hasta el poniente extremo del Mediterráneo; en cuyo caso podría contarse con un sector demográfico importante desplazado cuya economía estaría basada más en el sector rural que en el comercio (González Wagner y Alvar 1989; González Wagner 1993; 2005). y, en cuanto al Carambolo y a su ámbito inmediato –la paleodesembocadura bética– la defensa más clara de una presencia oriental fue sostenida por F. Collantes de Terán cuando argumentó que Sevilla surgió como fundación fenicia en el punto de máxima penetración fluvial, Guadalquivir arriba, de la navegación marítima (fig. 1). Esta idea se ha fortalecido luego con base en el topónimo original de la ciudad (*Spal o Hispal), que muestra vínculos semitas 2. En el presente trabajo usamos el término “cananeos” como sinónimo de “fenicios”. Aunque en la bibliografía especializada no suele darse esta correspondencia, el étnico con que se referían a sí mismos los fenicios era can’ani (Aubet 1994: 17). La palabra Canaán como nombre de su tierra natal era común en Palestina todavía en los siglos V y IV a.C. (Liverani 2004: 327), a pesar de que los expertos reservan la voz “cananeos” para los grupos humanos que habitaban la zona en el segundo milenio a.C. Esta continuidad en la denominación del propio país es otro reflejo de que la gente del primer milenio a.C. era descendiente directa de la que ocupaba la zona en el anterior. Tal ausencia de grandes rupturas culturales es importante para nuestro enfoque –usaremos textos y testimonios arqueológicos de diversas épocas–, y está especialmente aceptada hoy en lo referente a las creencias (Marín 2002: 16). A favor de una ruptura se mostraron otros autores, pero de esto hace casi dos décadas (p.e. Aubet 1994: 138). total o parcialmente (Díaz Tejera 1982: 20; Lipinski 1984: 100; Correa 2000). Por lo demás, la relación entre el Carambolo y el nacimiento de Sevilla ha sido una constante historiográfica en la literatura especializada (Pellicer 1996: 92; 1997: 248); y esto ha ocurrido se tuvieran ambos sitios como tartésicos o como fenicios (Escacena 2010: 101-104). El pensamiento más común vio al menos durante medio siglo en el Carambolo, en efecto, un poblado indígena surgido con antelación a la más vieja presencia fenicia en la zona. Aun así, las primeras excavaciones condujeron a Carriazo a proponer la posible existencia de elementos sagrados y hasta de una posible pira funeraria (Carriazo 1970: 58-59; 1973: 233-234). Sin embargo, a pesar de que la hipótesis de que el Carambolo pudo acoger un centro religioso comenzó pronto, se mantuvo casi siempre sin partidarios. Sólo A. Blanco Freijeiro ahondó algo en ella al reconocer de manera explícita la existencia de un templo en la corona del cerro. Para él, se trataría de un templo tartésico dentro de un asentamiento también tartésico (Blanco 1979: 95-96). De forma paralela, pero sobre todo desde finales del siglo pasado, quienes intuyeron que todo el Carambolo pudo ser un santuario oriental, y nunca un asentamiento perteneciente a la comunidad autóctona, acumularon pruebas a favor de la nueva interpretación del yacimiento (Belén y Escacena 1997: 109-114; Izquierdo y Escacena 1998). En este contexto, la zona denominada “Carambolo Bajo” habría sido en su día, en realidad, básicamente un barrio de servicios originado al calor del templo. Por tanto, no estaríamos tanto en un poblado con su templo como en un templo con su poblado. Que esto no es un juego de palabras quedaría reforzado por la idea colateral de que el verdadero hábitat al que perteneció tan importante centro de culto fue la propia *Spal (Belén y Escacena 1997: 113-114; Escacena 2001: 92). En esta trayectoria investigadora que negaba el carácter indígena del Carambolo había que ofrecer necesariamente una relectura funcional del conjunto de joyas que desde 1958 dio renombre al lugar. y la respuesta vino de la mano de nuestro trabajo ya citado (Amores y Escacena 2003), cuyo núcleo principal estaba inspirado en una vieja intuición de uno de nosotros (F. Amores) en la que ambos veníamos trabajando desde 1982. Este año convivimos durante al menos una semana en Cádiz mientras se realizaban las excavaciones del Berrueco de Medina Sidonia, y desde entonces pudimos iniciar la larga tarea de recabar datos y argumentos a favor de la nueva idea. Es más, con el permiso de su autor ésta fue usada ya en 1992 para explicar el conjunto áureo al
110 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 exponerse las piezas originales del mismo con motivo de la Exposición Universal de Sevilla de 1992 (Caballos y Escacena 1992: 66). Para esta otra lectura, el tesoro dejaba de ser lujoso atuendo de un monarca para convertirse en ropaje sagrado de unos bóvidos conducidos al sacrificio y en vestimenta litúrgica del sacerdote oficiante. Aunque todos los detalles de la hipótesis no estaban perfilados desde su nacimiento, sus líneas generales sirvieron sin duda para acumular más razones favorecedoras del cambio de paradigma sobre el Carambolo Figura 1: Ubicación del Carambolo en su contexto paleogeográfico, con indicación de otros asentamientos coetáneos.
111REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 y sobre el papel de este sitio en la colonización fenicia del suroeste ibérico. Así que los trabajos de campo llevados a cabo en el yacimiento en la primera década del siglo XXI no han hecho más que confirmar el carácter oriental del asentamiento y su función sagrada, mientras originaban de forma indirecta cada vez más problemas a la explicación contraria. Como arquetipo genuino de un arraigado axioma, la interpretación tradicional del Carambolo apenas trabaja hoy en reforzarse a sí misma. Teniendo al yacimiento aún por un sitio indígena, y además no costero, permanece de brazos cruzados a la espera de un traspié de su antagonista. En la bibliografía especializada sobre este tema, principalmente en la posterior a los años setenta del siglo XX, el término “fondo de cabaña” usado por Carriazo para describir la estructura en la que se excavó la fosa de ocultación del tesoro acabó por asimilarse al de “Carambolo Alto”, el sector del yacimiento ubicado en la cima de la colina y que el mismo excavador había distinguido del “Poblado Bajo”. No obstante, diversos investigadores han mantenido vigente casi hasta la actualidad esa interpretación de la fosa, entre ellos M. Almagro-Gorbea y M.E. Aubet. El primero reconoció que aquella oquedad se había colmatado a escasa velocidad, por lo que su duración habría sido larga. De esta forma, los materiales arqueológicos que contenía mostraban una vida relativamente prolongada (Almagro- Gorbea 1977: 140-141). Para la segunda, estaríamos ante una de las manifestaciones más singulares de las viviendas de un extenso asentamiento (Aubet 1992: 33- 34; 1992-93: 331-332). En consecuencia, y dada la reconocida autoridad de ambos autores, esta interpretación se ha mantenido relativamente estable, reforzada además por su reproducción casi automática en algunos de sus más conspicuos discípulos. De ahí que, aún a comienzos del presente siglo, mantenían la propuesta tanto M. Torres (2002: 273 ss.) como A. Delgado (2005: 587-591). Para terceros especialistas, la tradición edilicia manifestada por el “fondo de cabaña” del Carambolo enlazaría además con raíces calcolíticas locales (Ruiz Mata y González Rodríguez 1994: 210 y 225), una idea que no deja de recordar la vieja nomenclatura aplicada a comienzos del siglo XX al megalitismo de la zona por M. Gómez Moreno (1905), quien llamó a los dólmenes de Antequera “arquitectura tartesia”. En contra de esta inercia interpretativa, J.M. Blázquez acogió favorablemente la idea de A. Blanco acerca de la posible existencia en el Carambolo Alto de un lugar de culto, por lo que aceptó que en aquel cabezo se habría adorado a Astarté, y que el tesoro formaría parte del ajuar litúrgico de los ritos dedicados a esa diosa (Blázquez 1995: 115). Asumía así los dos postulados esenciales de A. Blanco: que allí hubo un templo y que la divinidad al que éste estaba consagrado era la diosa fenicia. De hecho, A. Blanco Freijeiro había sido también uno de los primeros en vincular la Astarté de bronce del Museo de Sevilla con el Carambolo (Blanco 1968: nota 5; 1979: 98). Si el conocimiento científico se basara en la asunción de acuerdos mayoritarios, habría quedado sancionada firmemente la idea de que el lugar concreto del hallazgo del tesoro era sin duda alguna un verdadero fondo de cabaña. Casi todos los arqueólogos defendieron durante cincuenta años tal interpretación (fig. 2). Se trataba además de la escasa información conseguida en 1958 sobre un poblado tenido por aborigen, cuya datación prefenicia, asumida también mayoritariamente, se habría visto reforzada por el radiocarbono. En esta línea, los contextos supuestamente sincrónicos de dicho asentamiento ofrecerían dataciones que se tenían por anteriores a la colonización cananea en la Península Ibérica (Castro y otros 1996: 198). No obstante, como el excavador defendió la existencia de datos que sugerían el carácter Figura 2: “Fondo de cabaña” del Carambolo, según Carriazo.
112 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 sagrado del lugar (Carriazo 1973: 292-293), la hipótesis de que en el Carambolo hubiera un centro religioso además de un poblado, enfatizada por Blanco y asumida por Blázquez, fue reconducida por autores más recientes. En los últimos años del siglo XX se planteó abiertamente que el Carambolo fue un santuario con sus servicios anejos, y no una ciudad con su correspondiente templo (Belén y Escacena 1997: 113). En esta explicación, el anterior fondo de cabaña se interpretaba como un bóthros sobre la corona del cerro. A esta fosa para la “basura” sagrada habrían ido a parar los restos de los sacrificios y la vajilla inservible usada en el ritual, que en ocasiones, y si ésta era de barro cocido, podía romperse adrede como se ordena en Levítico 6, 21 a propósito de las ofrendas de hostias por el pecado. Ese pozo estaría asociado a un centro religioso construido por los fenicios para Astarté. A la luz de lo que hoy es el Carambolo (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2007), parece claro que también esta última explicación contaba con algunos errores. Nadie podía sospechar de hecho, antes de los últimos trabajos de campo, que debajo de las instalaciones deportivas del Tiro de Pichón se encontraran aún los restos evidentes de ese santuario. Lo negaba incluso una prospección geofísica recién finalizada, que descartaba la existencia de muchas más estructuras que las ya localizadas en su día por Carriazo3. Por eso esta explicación, anterior a las excavaciones de 2002-2005, situó incorrectamente el edificio de culto en el Carambolo Bajo. No podía darle otra ubicación sin refutar la validez del informe geotécnico, lo que no estaba en manos de sus autores. 3. Informe inédito elaborado por la empresa Terra Nova LTd. por encargo de la Delegación Provincial de Sevilla de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Los trabajos recientes en la cima del Carambolo han llegado a confirmar plenamente la segunda hipótesis, la que veía en el cerro un complejo ceremonial religioso. Según esas intervenciones de campo, el edificio se inició como una sencilla estructura rectangular con eje mayor este-oeste y dotada de tres espacios internos: un patio y dos estancias cubiertas al fondo de éste (fig. 3). Se accedía al recinto por la fachada oriental, que disponía de una pequeña puerta con una suave rampa para subir hasta el umbral desde el exterior y con dos escalones para bajar al interior. Tanto el umbral como los dos peldaños internos se pavimentaron con conchas marinas del género Glycymeris. Cada habitación del fondo del edificio disponía de un acceso independiente desde el patio. Aunque estas dos capillas aparecieron destruidas parcialmente por obras modernas, la meridional mostraba en su centro un altar circular. Los análisis radiocarbónicos sitúan este templo más arcaico, levantado sobre un cabezo entonces deshabitado, en la segunda mitad del siglo IX a.C., y desmontan por tanto la línea historiográfica que sostenía la existencia en aquel emplazamiento de un poblado indígena a la llegada de los primeros influjos fenicios. Que existieran en el lugar restos prehistóricos muy anteriores no implica que hubiese allí una comunidad indígena en el momento inaugural de ese complejo religioso. En momentos posteriores, ya del siglo VIII a.C., se desmonta esta sencilla construcción, de forma que su superficie se convierte en patio trasero central de un complejo templario mayor con planta de tendencia cuadrada. A esta etapa de grandes reformas corresponde la construcción de un gran espacio abierto de entrada pavimentado con cantos rodados, así como de un conjunto de estancias rectangulares al fondo que se articulan en torno al patio central que antes fuera primer edificio (fig. 4). Separando estos dos ámbitos –gran Figura 3: El Carambolo V. Planta y reconstrucción virtual.
113REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 Figura 4: El Carambolo III, una de las fases de máximo desarrollo del santuario. Planta y reconstrucción virtual.
114 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 explanada de acceso y salas del fondo– se extiende una zona alfombrada con moluscos marinos de la misma especie ya empleada en el templo primitivo. Tales suelos de conchas debieron de representar un alto costo para el santuario; pero el mantenimiento constante de acciones gravosas es una característica propia de la religión, un rasgo que contribuye a reforzar su arraigo y credibilidad en la población (Dennett 2007: 97). Al norte del pequeño patio oeste, aunque separado de él por una estancia de servicio alargada, se construyó una capilla con bancos adosados a sus paredes longitudinales, que se pintaron de blanco y rojo. Este último color se aplicó sucesivamente al suelo de esa capilla mediante delicadas capas de color. En el interior de esta sala, a la que se accedía desde la acera de conchas marinas, existió en su día una especie de pilar de adobes que se ha interpretado como la base de un altar. Pero la cella mejor conservada de esta fase expansiva se sitúa al sur del patio central trasero, aislada de éste por una estancia más estrecha destinada al parecer a la preparación de ofrendas. De esta forma, el edificio adquiría un núcleo central con simetría casi perfecta. También esta habitación contaba con bancos de adobe adosados a las paredes, cuyos flancos se decoraron en parte con un ajedrezado tricolor en rojo, negro y amarillo, esta última tonalidad conseguida mediante reserva de pintura para dejar libre el tono pajizo del enlucido. En el centro de esta gran capilla sur se dispuso un altar taurodérmico4. 4. En alusión a los altares con este diseño, la voz “taurodérmico”, que tan bien define la silueta de estos altares y la de otros Éste apenas levantaba unos centímetros del suelo, peralte sólo logrado al final de su vida y por los muchos retoques, restauraciones y repintados que experimentó. De hecho, en origen se limitó a una ligera impronta rehundida dos o tres centímetros en el pavimento (fig. 5), rasgo que tenía por objeto recordar aún más la sensación de estar ante una piel extendida sobre el suelo de la estancia y que tal vez tenga su correspondencia literaria en un texto de la Biblia hebrea donde se rechazan los altares a los que hay que ascender por escalinatas: No subirás por gradas a mi altar, para que no se descubra tu desnudez. (Éxodo 20, 26) Parecido al de Caura y a otros muchos altares protohistóricos hispanos que siguen este modelo de piel de toro extendida, este altar del Carambolo es, en cambio, de silueta más esquemática, y sobre todo de mayor muchos elementos que intentan imitar las pieles de los bóvidos, la usamos por vez primera en los textos de la exposición conmemorativa del cincuenta aniversario del hallazgo del tesoro del Carambolo (Amores 2009: 58 ss). Como supuesto sinónimo de “piel de toro”, la literatura arqueológica ha utilizado a veces “piel de buey”. La palabra ugarítica que alude a Baal como bóvido es alp (“res bovina macho”). En sentido castellano estricto, el buey es un toro castrado, que no puede ejercer por tanto su faceta reproductora.; su imperfección le impide ser apto para sacrificarlo a los dioses (Del Olmo 1998: 133). De hecho, en Levítico 22, 24 yahvé prohíbe a los sacerdotes de Israel que le ofrezcan animales con los testículos magullados o extirpados. Por tanto, si la forma de los altares se refiere a la piel de Baal, es del todo inapropiado el nombre “piel de buey”. Figura 5: Altar taurodérmico del Carambolo IV (izquierda) y III (derecha).
115REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 tamaño que todos los hallados hasta la fecha en el área tartésica; además, en casi todas sus características similar al diseño de las dos piezas, conocidas comúnmente con el nombre de «pectorales» (Carriazo 1970: 5 ss.), del tesoro que medio siglo antes apareciera unos 35 m más al norte (fig. 6). En atención al exvoto de Astarté procedente del Carambolo, ya hemos adelantado que se ha propuesto la consagración del santuario a esta diosa, lo que no niega en absoluto la celebración en él de cultos a la divinidad masculina bajo la advocación de Baal. De ahí se deduciría su carácter semita, una vinculación étnica y cultural acrecentada por otros hallazgos, entre ellos diversos fragmentos de huevos de avestruz, algunos escarabeos y un barco votivo de cerámica con la forma del híppos fenicio (Escacena y otros 2007). El Carambolo, situado al oeste de *Spal > Hispalis en una de las lomas más pronunciadas del reborde oriental de la meseta del Aljarafe, ocupaba una elevación singular de la orilla derecha del paleoestuario del Guadalquivir, muy cerca –apenas 10 km– de su antigua desembocadura entre las ciudades de Caura y Orippo. Precisamente entre Coria del Río y el Carambolo, este tramo más costero de la vieja ría bética contaba con mayor anchura que los sectores situados más al norte (Arteaga y otros 1995: 109), hasta el punto de formar una gran llanura de inundación que pudo dar más impresión de zona marítima que de cauce fluvial, y ello a pesar de que en estos tramos finales del Guadalquivir podrían estar formándose ya los principales meandros históricos del río (Borja y Barral 2005). Hay que recalcar así, una vez más, que el Carambolo y Sevilla constituían sitios costeros (Barral 2009), y por tanto es con esta característica geográfica con la que deben ser interpretados ambos enclaves. Si estuviéramos ante el paisaje descrito por Avieno en Or. Mar. 259-261, y si es acertada la verosímil hipótesis de M. Belén (1993: 49) sobre la ubicación del Mons Cassius en el Cerro de San Juan de Coria del Río, el Carambolo podría corresponder al sitio que el poeta latino llamó en los mismos versos de su poema Fani Prominens. Tradicionalmente, este topónimo se ha traducido como “cabo sagrado” o “cabo del templo” (Schulten 1955: 159), en la idea de que el vocablo prominens indicaría un avance horizontal de la costa. Sin embargo, es posible también asignarle la acepción vertical de su significado, acorde con lo que fue el Carambolo en su entorno inmediato entre la segunda mitad del siglo IX y el primer cuarto del VI a.C.: el “promontorio del santuario”. Esta historiografía del Carambolo, forzosamente extensa para comprender la nueva hipótesis sobre la función y el simbolismo del tesoro que otorgó fama mundial al yacimiento desde 1958, denota la transformación radical experimentada en su interpretación, que lo ha hecho pasar de vivienda humana del Bronce Final tartésico a residencia divina levantada por los fenicios ya en la Edad del Hierro. Como en tantas otras ocasiones, el hallazgo arqueológico reciente no ha hecho más que certificar el descubrimiento mental previo, y ha permitido poner a prueba las distintas lecturas que de los mismos datos se han hecho a lo largo de medio siglo. En el nuevo contexto, el papel social del tesoro puede ser estudiado desde una perspectiva distinta de la que proporcionó cobijo a la explicación original. Es más, ahora estamos obligados a ofrecer propuestas que den cuenta de las joyas en el ámbito de un santuario de la mayor categoría, condición inexistente hasta hace muy poco. En consecuencia, dicha visión renovada deberá sacar necesariamente al conjunto áureo de otros usos profanos planteados para explicar las acumulaciones de orfebrería protohistórica, por ejemplo la adquisición de mujeres con fines matrimoniales avanzada por M. Ruiz-Gálvez (1992), un territorio teórico en el que antes sí podría haberse alojado su explicación. Figura 6: Dibujo de uno de los “pectorales” del Carambolo, según Arribas (1965).
122 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 ¡Oh Baal, arroja, sí, al fuerte de nuestras puertas, al poderoso de nuestros muros! Un toro, oh Baal, (te) consagraremos, una ofrenda votiva, Baal, cumpliremos, un macho, Baal, (te) consagraremos. un sacrificio, Baal, cumpliremos, un banquete, Baal, te daremos. Al santuario de Baal subiremos, la senda del templo andaremos. (KTU 1.119)6 Atuendo sacerdotal La iconografía del clero hispano protohistórico suministra claves importantes para otorgar una nueva función a una parte del tesoro (fig. 14). Así, en exvotos de algunos santuarios ibéricos aparecen figurillas sacerdotales tonsuradas que se adornan sólo con brazaletes y collares (Chapa y Madrigal 1997: 193 y fig. 1). Testimonios parecidos recogió ya Carriazo (1973: 163) del mundo chipriota, por lo que aquí nuestra propuesta se separa poco de la tradicional (fig. 15). No obstante, cabe advertir que, con la nueva visión que ahora tenemos del yacimiento del Carambolo, estamos aún más seguros de que el collar de los siete sellos refleja sólo una tradición religiosa oriental, por lo que no puede considerarse la plasmación de una prenda litúrgica que, por pura analogía evolutiva, hubiese alcanzado en Occidente, a partir de progenitores distintos, una función similar a la desempeñada en el Próximo Oriente. Tal vínculo con el este del Mediterráneo se ha sostenido en cuestiones relativas a su tecnología de fábrica, pero ahora incumbe sobre todo a su simbolismo: el del sello como garante del hermetismo de los secretos divinos sólo conocidos por los sacerdotes; y el del número siete como expresión de totalidad y perfección, creencia ampliamente extendida entonces también por el Oriente Próximo y Egipto. Aunque ambos aspectos eran comunes a muchas culturas de aquel entorno, a la Península Ibérica arribaron con la colonización fenicia, que abrió el camino para la llegada hasta el mediodía hispano de diversas comunidades levantinas. En atención, pues, a lo que hasta ahora conocemos de esas civilizaciones, podemos afirmar que el juego collar-brazaletes constituía parte de la vestimenta litúrgica del oficiante, indispensable al menos en las fiestas religiosas principales y en los rituales más significados; por ejemplo en la ceremonia solsticial que conmemoraba la resurrección de Baal, y para cuya identificación precisamente el santuario del Carambolo ha 6. Versión de G. del Olmo (1998: 257). suministrado datos arqueoastronómicos de gran valor (Escacena 2009). Un dato del mayor interés, coetáneo de nuestras joyas al estar fechado en el siglo VII a.C., es la representación en marfil de un personaje masculino revestido con tales prendas, al menos con los brazaletes porque la incisión de la base del cuello no refleja con claridad un collar (Ferjaoui 2007: 140-141 y 380). El testimonio, procedente de Cartago, muestra un orante identificable como posible sacerdote. La figura eleva los brazos hacia al Sol, que se diviniza mediante la norma usual, la colocación de alas (fig. 16)7. El va- 7. Diversos testimonios escritos y/o arqueológicos permiten establecer una identificación nítida entre Baal y el Sol. Un ejemplo evidente lo constituye una carta de El Amarna: “Al rey, mi señor, mi Sol, mi dios: correo de Abi-Milku, tu servidor. Me postro a los pies del rey, mi señor, siete veces y siete veces. No soy más que polvo bajo los pies y las sandalias del rey, mi señor. ¡Oh rey, mi señor!, tú eres como Figura 14: Figurillas ibéricas que representan sacerdotes tonsurados, según Chapa y Madrigal (1997).
123REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 lor de este documento no solo radica en los atributos que porta la figura humana representada, sino también en su datación, sin duda sincrónica del tema que ahora abordamos. Tal extremo merece recalcarse porque una de las observaciones publicadas contra nuestra hipótesis se refiere en concreto a que las imágenes tonsuradas de época ibérica que usamos en 2003 como explicación del atuendo sacerdotal distaban mucho, en el tiempo y en su contexto cultural, de la fecha asignada al tesoro del Carambolo (De la Bandera y otros 2010: 323-324). Toros engalanados Durante la Antigüedad, la dedicación de primicias a los dioses que consistían en sacrificios de animales iban normalmente precedidas de la correspondiente procesión. Algunas pinturas murales del palacio de Zimrilim en Mari muestran ya este pormenor, en concreto con la representación de un bóvido que, atado con un cordel a una argolla sujeta al hocico y ataviado con diversos adornos, es conducido ceremonialmente como ofrenda sagrada por un sacerdote que lleva al cuello su correspondiente collar (fig. 17). Con esta exhibición externa el Sol, como Baal en el cielo” […] (El Amarna 149. Tiro). Traducción a partir de Moran (1987: 382). de carácter comunitario, que precedía a su muerte, las bestias se llevaban ante el ara y se mostraban a la concurrencia que participaba como simple público o como parte del séquito. Las costumbres religiosas de entonces, como muchas que todavía practicamos herederas de aquéllas, requerían por tanto la vestimenta adecuada para la Figura 15: Carriazo encontró este paralelo chipriota para los sellos del collar del Carambolo. Figura 16: Marfil de Cartago con un posible sacerdote en actitud orante ante el Sol divinizado. Imagen tomada de Ferjaoui (2007).
124 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 ocasión. De ahí que los animales se engalanaran convenientemente antes de ser presentados a la divinidad. Eso explica la lúnula que cuelga de los cuernos en el bóvido de Mari y las vainas que forran las puntas de sus astas, pero también otros muchos adornos que conocemos bien en cortejos religiosos posteriores, por ejemplo en la suovetaurilia romana (fig. 18). Es este último un ejemplo paradigmático, por el cual Júpiter recibía un cerdo (Sus), un carnero (Ovis) y un toro (Taurus), que se ofrecían en su honor. En los relieves que muestran este triple sacrifico, los animales elegidos desfilan en columna ritual hacia el ara con guirnaldas, cintas y flores en sus cabezas y con el fajín preceptivo denominado dorsuale (Daremberg y Saglio 1969: 387). Lo mismo se hacía con un bóvido macho adulto en el taurobolium, el sacrificio por antonomasia para Atis. Engalanar las reses que iban a ser inmoladas tenía en tiempos romanos una larga tradición, pues se conocía desde mucho antes en diversos contextos culturales del mundo perimediterráneo según hemos visto ya en el palacio de Mari. En esos testimonios, milenarios si se tienen en cuenta algunos grabados rupestres africanos (fig. 19), y en otros muchos posteriores, aparece casi siempre como atavío principal esta ancha banda que cae por los dos flancos del animal desde la espina dorsal hasta el vientre. Así plasmadas, esas imágenes abundan más en los momentos a los que pertenecen las joyas del Carambolo y en épocas posteriores. En Egipto se representó al toro Apis con un cincho parecido al que lleva el bóvido sahariano recién citado, pero también con otras bandas colocadas sobre la cruz o sobre los cuartos traseros (fig. 20). También en el mundo romano de la Península Ibérica se conocen esculturas de bóvidos que van engalanados con el dorsuale, como el torito votivo de piedra que publicaron J.M. Luzón y M.P. León (1971: 246-250) procedente de Ronda (fig. 21). Para la época tartésica, algunos toros representados sobre vasijas pintadas en rojo y negro llevan esta prenda u otra parecida que cuelga de la espalda del animal, unas Figura 17: Procesión de un bóvido en un fresco del palacio de Mari. El animal muestra los cuernos envainados y una lúnula en la testuz. El personaje que lo conduce al sacrificio tira de él con una cuerda atada a una anilla nasal. Figura 18: Suovetaurilia romana. El toro de consagración se cubre con un dorsuale.
125REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 veces a mitad de la panza y otras sobre el lomo y los cuartos traseros (Juárez 2005: fig. 2). Resulta ejemplar en este último caso el testimonio procedente del Cerro de San Cristóbal, en la localidad sevillana de Osuna (fig. 22). Pero una buena muestra de toro con adorno a esta altura del cuerpo es también una escena de decoración vascular procedente de Montemolín (Marchena, Sevilla). En ella se aprecia un bóvido, pintado al estilo de las cerámicas “orientalizantes” del ámbito tartésico, que desfila hacia la izquierda sobre una roseta de ocho pétalos (Chaves y De la Bandera 1992: fig. 7), en la típica asociación toro-astro de origen oriental (Delgado 1996: lám. 30). De tal composición interesa ahora especialmente el centro del cuerpo de la bestia, que aparece recorrido verticalmente por una especie de paño de bordes festoneados. Para que no caiga hacia los lados, esta prenda se sujeta al cuerpo de la res mediante una retranca o baticola que pasa por debajo del rabo (fig. 23), un sistema de agarre constatado también en un ánfora de Cabra (Córdoba) que reseñamos a continuación. Un poco posterior, pero inserto como epifenómeno evidente en la secuencia evolutiva de esta misma cerámica pintada figurativa denominada “orientalizante”, es el posible toro que adorna este vaso recién citado de la colección cordobesa del Museo de Cabra (fig. 24). Se trata precisamente de un ánfora –nº 8 del catálogo– decorada en toda su parte central con una procesión de cuadrúpedos fantásticos o divinizados, y por tanto con alas (Blánquez y Belén 2003: 104-105). En estos últimos documentos puede constatarse la manifestación material y la tradición religiosa de un universo simbólico y cultual mucho más antiguo, que el mundo fenicio llevó hasta Occidente y que tiene sus raíces directas en la Ugarit del segundo milenio a.C. entre otros sitios. De las ruinas de esa ciudad procede la pátera de oro aludida en el párrafo anterior, que muestra la imagen de un toro-león divinizado mediante el recurso típico para ello, la adición de unas alas (Feldman 2006: fig. 9). La combinación del león y del toro en el mismo ser irreal se conoce, pues, en el mundo cananeo, pero inspiró también esculturas pétreas urarteas que sirvieron de posibles modelos a los toros echados protohistóricos de la serie hispana más arcaica (Chapa 2005: 38). En el recipiente sirio Figura 19: Grabado rupestre sahariano representando un bóvido con dorsuale y collera. Figura 20: Representación egipcia del toro Apis con dorsuale. Figura 21: Pequeña escultura de tradición ibérica procedente de Ronda (Málaga). Toro con dorsuale de consagración.
126 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 de oro, dicho icono lleva sobre su espalda unos complejos adornos textiles y/o de cuero del mismo tipo que ahora estudiamos (fig. 25). Se trata en este caso de un ropaje extremadamente parecido en diseño, composición y forma de aparejarse al que colocan aún al Toro de San Marcos en algunos lugares de España, por ejemplo en la población jiennense de Beas de Segura (fig. 26). El Carambolo pudo conocer sacrificios parecidos, y por tanto las correspondientes paradas procesionales que los antecedían. Estos desfiles culminarían tal vez en la explanada delantera del santuario, porque allí, y no dentro de las capillas techadas, se llevaba a cabo la matanza y descuartizamiento de los animales según se desprende del texto hebreo ya citado de Éxodo 29, 11 –“degüella el novillo ante yavé, a la entrada del tabernáculo de la reunión”–. Eso imponía la norma y eso parece indicar el peculiar registro de los restos de fauna de las excavaciones recientes (Bernáldez y otros 2010: 358). En este sentido, estos mismos muestreos agrupan las epífisis distales de las tibias de los bóvidos del Carambolo en dos nubes de puntos diferenciadas, que sugieren que se daba muerte a dos razas o a dos sexos distintos (Bernáldez y otros 2010: 372-373). Convertida a partir del siglo VIII dicha superficie del Carambolo en un gran patio de acceso, en determinado momento incluso llegó a empedrarse con cantos de río para permitir el paso firme de los animales y de la muchedumbre. y pudo ser durante esa solemne procesión que precedía al sacrifico propiamente dicho cuando a las víctimas se las lucía ante la comunidad de fieles convenientemente ataviadas y embellecidas. En tal ambiente cúltico, un texto latino de procedencia hispana referente al taurobolium sugiere que en el cincho que colgaba del dorso de los toros se disponían adornos de metal para que relucieran con la luz solar: Luego, es conducido hasta allí un enorme toro bravo y sin domar en apariencia, con los flancos cubiertos entre guirnaldas entretejidas y con los cuernos envainados, de forma que el testuz del animal brilla con reflejos dorados y el pelambre se ve engalanado con el brillo de las placas metálicas. (Prudencio, Peristephanon 10, 1010-1015) Para nosotros, este texto suministra una buena prueba del posible papel que pudieron desempeñar las placas rectangulares del tesoro del Carambolo dentro de nuestra hipótesis. Éstas se dispondrían sujetas de alguna forma al dorsuale e irían unidas entre sí mediante cordoncillos textiles que pasaban por los múltiples orificios con que todas esas piezas huecas cuentan en sus laterales mayores, veintiséis en las placas con rosetas y veintitrés en las del lote con semiesferas de polo rehundido. La figura que sintetiza nuestra hipótesis muestra esas placas al final de los lados de unas bandas o cintas tejidas –el dorsuale latino– cuyos extremos se resuelven en veintiséis o veintitrés cordoncillos pasantes respectivamente, que quedarían anudados al final y que dejarían en la base flecos colgantes. Estas bandas que portarían las placas se pondrían directamente sobre la piel del animal o encima de un faldellín más ancho, manteniéndose naturalmente Figura 22: Procesión de bóvidos en un píthos de Osuna (Sevilla). Sobre el cuerpo del animal aparecen los ajuares de consagración. Figura 23: Escena de procesión presacrificial pintada en un vaso cerámico de Montemolín (Marchena, Sevilla). El bóvido se adorna con un dorsuale asegurado a su cuerpo mediante una retranca.
127REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 sobre el lomo del bóvido. Si todo ello constituyera un único atalaje, éste podría quitarse y ponerse a los bóvidos con relativa facilidad, y por supuesto guardarse igualmente para otras ocasiones; sobre todo porque, engarzadas de esta forma sobre la base textil, sería viable doblar la prenda completa con las láminas de oro incluidas. Esta última posibilidad explicaría la peculiar disposición en que aparecieron las piezas en 1958: “puestas con todo cuidado y simetría” (Carriazo 1970: 4; 1973: 126). La nueva hipótesis puede materializarse también en otra versión que no contemplamos en 2003. Porque las placas podrían ir colocadas al modo como muestran las colleras que en Egipto adornaban con frecuencia a los dioses-toro Apis y Min, un colgante similar al que lleva al cuello el bóvido ya comentado del grabado rupestre sahariano (fig. 27). Pero este distintivo no debe ser confundido en ningún caso con el collar de los siete sellos del tesoro. De hecho, el cordón de oro de la pieza del Carambolo que sostiene todo el conjunto de caireles tiene las medidas adecuadas para envolver un cuello humano, no el pescuezo de un cuadrúpedo del porte de un toro. Respecto a esta otra posibilidad, que representa una simple variante de nuestro supuesto original, cabe recordar que esos collares de Apis, que se imponían al toro elegido para indicar de alguna forma que había sido ungido, es decir, que no era un simple bóvido más de la cabaña ganadera egipcia, muestran a veces extremos que se abren en forma de trapecio o abanico, de manera Figura 24: Toro alado sobre un ánfora de la colección del Museo de Cabra. Puede observarse la baticola o retranca que sirve de estabilizador del aparejo-dorsuale, una cinta que atraviesa horizontalmente el centro de los cuartos traseros del animal. Figura 25: Pátera de oro de Ugarit con la representación de un toro-león, divinizado mediante la adición de alas y del ajuar de consagración que porta sobre su espalda.
128 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 que sus puntas son siempre más anchas que la parte central. Los animales conducidos al sacrificio mostraban así en sus cuellos una prenda con estructura similar a la de las actuales estolas de los sacerdotes cristianos, evolucionadas a su vez a partir del antiguo orarium (fig. 28). Esos mismos bóvidos llevan en ocasiones gargantillas mucho más enjutas y apretadas que son extremadamente parecidas a las que ciñen el cuello de algunos toros españoles, por ejemplo el de Villajoyosa y el de la Albufereta, más la pieza 7 de Monforte del Cid (Chapa 2005: 26 y 29). La costumbre de que el ganado sagrado y/o elegido como ofrenda portara colleras recubiertas con distintos aderezos no se limitó al mundo egipcio. De hecho, en una terracota cartaginesa en la que se modeló una vaca, el animal exhibe al cuello un cincho –en la realidad tal vez de cuero– decorado con tachuelas en forma de roseta8. Esa decoración tiene muchos paralelos orientales, 8. Conocemos este testimonio por nuestra colega y amiga M. Belén Deamos, compañera en el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla. Conocedora de nuestra interpretación del tesoro del Carambolo, tomó interesantes fotos de la pieza en noviembre de 2009 en el Museo de Cartago. Desde estas líneas le agradecemos el dato y el permiso para poder publicar las imágenes. Figura 26: Al igual que los bóvidos de Montemolín y de Cabra aquí aludidos, los elementos que engalanan al Toro de San Marcos de Beas de Segura (Jaén) se sujetan al animal con dos cinchos más o menos horizontales, que parten del dorsuale y que van a parar al rabo, a modo de baticola, y a la parte inferior del cuello. Figura 27: Toro Apis sobre una cama de Apis, engalanado con colleras.
129REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 Figura 28: Escena egipcia con procesión presacrificial. Los bóvidos adultos portan colleras, el ternero de la parte inferior un dorsuale. Imagen tomada de Rice (1998).
130 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 pero el que ahora nos interesa señalar corresponde a una correa o cinta de tendencia semicircular que cuelga sobre la frente en una escultura de bóvido elaborada en piedra, de época asiria y localizada en las inmediaciones de Alepo (Dussaud 1930: 366). En la versión auténtica de estos aparejos, caracterizados de forma tan realista en la pieza cerámica de Cartago (fig. 29), tales remaches pudieron ser de metal, lo que puede abrir posibilidades interpretativas nuevas a determinados hallazgos arqueológicos procedentes de templos y santuarios. El texto antes citado de Prudencio señala claramente, además, la colocación de algún otro ornamento metálico en la frente del toro –“el testuz del animal brilla con reflejos dorados”–. Esta alusión nos permitirá entrar a fondo en el punto final de nuestra hipótesis, que tiene que ver con las piezas denominadas tradicionalmente «pectorales». Para este extremo son ahora los documentos arqueológicos los que han proporcionado más detalles; sobre todo porque, entre los toros de piedra ibéricos, se conocen dos ejemplares alicantinos –el de Villajoyosa y uno de los de Monforte del Cid– con un signo taurodérmico claro sobre la frente (fig. 30)9. En la pieza de Villajoyosa se trata de un verdadero rebaje que pudo albergar en su día una placa de metal (Llobregat 1974; Chapa 2005- 06: 248). Sin embargo, la escultura de Monforte del Cid muestra menos profundidad en este motivo, acercándose más bien sólo al contorno grabado de la silueta (Chapa y otros 2009: fig. 10: 2). A estos dos testimonios, que pertenecen a un grupo de esculturas de toros más bien del Hierro Antiguo que de época ibérica propiamente dicha (Chapa 2005-06: 247-249), puede sumarse también la cabeza de animal representada sobre el guerrero de piedra procedente de la antigua Lattara (Py y Dietler 2003), hoy la ciudad de Lattes (fig. 31). Este último documento, que puede parecer en principio geográficamente muy distante del contexto que ahora nos incumbe, se comprende mucho mejor si se recuerda que en esa ciudad de la costa mediterránea gala cercana a Montpellier se ha documentado un importante sustrato feniciopúnico, materializado por ejemplo en el uso, como en tantos asentamientos coloniales fenicios hispanos, de pavimentos de conchas marinas colocados como alfombras apotropaicas en los umbrales de las casas (De Chazelles 1996: 295-296; Belarte y Py 2004: 392). Por eso esta escultura francesa se ha usado ya como explicación del emblema que estos toros hispanos llevan entre los ojos (Chapa 2005: 36). La consecuencia inmediata de esta nueva ubicación y del distinto papel de los «pectorales» es sin duda asignarles otra denominación. Por eso mismo, y en atención al nombre castellano que reciben hoy unos adornos parecidos, que se usan como testeras para los bóvidos en algunas romerías andaluzas, propusimos ya en 2003 llamar a estos jaeces en adelante «frontiles». Se trata de una voz que, estrictamente, se refiere a la “pieza acolchada de materia basta, regularmente de esparto, que se pone a los bueyes entre la frente y la coyunda, a fin de que esta no les haga daño” (diccionario de la RAE). Pero en la actualidad estos protectores han adquirido también un enorme valor estético a la vez que un importante simbolismo, expresión de identidades de grupo y plataforma para lujosos atavíos (fig. 32). La hipótesis de Carriazo sobre la función de sus «pectorales» necesitó, como ya hemos señalado, un personaje descomunal para encajar las dos piezas en la parte delantera de su pecho. Pero tal interpretación contaba también con otros cuatro problemas que la debilitaban. El primero era la falta evidente de paralelos 9. Agradecemos a la profesora Teresa Chapa, del Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense, la foto que nos ha proporcionado del toro de Monforte del Cid. Figura 29: Detalle de la collera con remaches de rosetas en la cabeza de vaca de cerámica de Cartago. Foto M. Belén.
131REVESTIDOS COMO DIOS MANDA. EL TESORO DEL CARAMBOLO COMO AJUAR DE CONSAGRACIÓN SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 iconográficos para sostenerla. De hecho, Carriazo no pudo mostrar ninguna imagen antigua que exhibiera pectorales de silueta taurodérmica colocados tal como él los imaginó. En segundo lugar, esa lectura necesitaba que la protuberancia oval que los supuestos pectorales tenían en uno de sus lados menores –conservada en un caso y perdida en otro según se ha señalado en múltiples ocasiones (Kukahn y Blanco 1959: 39; Carriazo 1973: 130; Perea y Armbruster 1998: 127)– tuviesen una función específica como anillas de suspensión. Pero hoy sabemos, gracias a los altares de Coria del Río y de Málaga, que estos apéndices son meramente simbólicos, y que aluden a la porción de cuero del cuello del animal cuya piel extendida se imita. Una tercera razón en contra se refiere precisamente al hecho de que, para suspender los hipotéticos pectorales en la parte delantera de su personaje, Carriazo tuvo que echar mano de un cordón que los uniera entre sí y que pasaría por la cerviz de quien los portara. Tal cadenilla fue imaginada también de oro en el óleo de Juan Miguel Sánchez que sintetizaba la hipótesis prístina; pero en realidad se trataba de una mera invención porque dicho dispositivo no apareció en el conjunto cuando se produjo el hallazgo. En último lugar, aquella explicación dejaba sin utilidad los tubos pasantes de sección circular que rodean perimetralmente ambos frontiles, que con la nueva propuesta adquieren un papel funcional preponderante hoy sancionado por la cabeza de vaca procedente de Cartago (fig. 33). En efecto, este prótomo de bóvido en cerámica muestra bien a las claras una roseta en su testuz, en diseño similar al ritón de la tumba IV de Micenas (fig. 34), Figura 30: Esculturas en piedra. Toros de Villajoyosa (izquierda) y de Monforte del Cid (derecha), este último en foto de T. Chapa. Los rebajes en sus testuces aluden a los frontiles del ajuar de consagración. Figura 31: Posible cabeza de toro de Lattes, según Py y Dietler (2003). La testuz aparece decorada con un elemento similar a los frontiles del tesoro del Carambolo.
138 JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO / FERNANDO AMORES CARREDANO SPAL 20 (2011): 107-141 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2011.i20.08 Oggi, Domani. Ricerche, scoperte, progetti (Roma 3-5 marzo 1994): 107-117. Accademia Nazionale dei Licei y Consiglio Nazionale delle Ricerche, Roma. BONNET, C.; XELLA, P. (1995): “La religion”, en V. Krings (ed.), La civilisation phénicienne et punique. Manuel de recherche: 316-333. E.J. Brill, Leiden – New york – Köln. BONSOR, G. (1899): Les colonies agricoles pré-ro- maines de la vallée du Bétis (Revue Archéologique XXXV). Ernest Léroux, Paris. BORJA, F.; BARRAL, M.A. (2005): “Evolución histórica de la vega de Sevilla. Estudio de geoarqueología urbana”, en A. Jiménez (ed.), La catedral en la ciudad (I). Sevilla, de Astarté a San Isidoro: 6-36. Aula Hernán Ruiz, Sevilla. BRELICH, A. (1966): Introduzione alla storia delle religioni. Ateneo, Roma. CABALLOS, A.; ESCACENA, J.L. (1992): Tartesos y El Carambolo. Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla. CARRIAZO, J. de M. (1958): “Un tesoro digno de Argantonio”, ABC de Sevilla nº 17.230: 37-41 (16- XI-1958). CARRIAZO, J. de M. (1970): El tesoro y las primeras excavaciones en «El Carambolo» (Camas, Sevilla) (Excavaciones Arqueológicas en España 68). Ministerio de Cultura, Madrid. CARRIAZO, J. de M. (1973): Tartesos y el Carambolo. Investigaciones arqueológicas sobre la Protohistoria de la Baja Andalucía. Ministerio de Educación y Ciencia, Madrid. CASTRO, P.V.; LULL, V.; MICÓ, R. (1996): Cronología de la prehistoria reciente de la Península Ibérica y Baleares (c. 2800-900 cal ANE). BAR Internacional Series 652. Archaeopress, Oxford. CELESTINO, S.; BLANCO, J.L. (2006): La joyería en los orígenes de Extremadura: el espejo de los dioses. CSIC, Badajoz. CHAPA, T. (2005): “Las primeras manifestaciones escultóricas ibéricas en el oriente peninsular”, Archivo Español de Arqueología 78: 23-47. CHAPA, T. (2005-06): “Iconografía y economía: un ejemplo aplicado a los orígenes de la escultura ibérica en el área del Bajo Segura (Alicante)”, Munibe 57 (3): 243-256. CHAPA, T.; BELÉN, M.; MARTÍNEZ-NAVARRETE, I.; RODERO, A., CEPRIÁN, B.; PEREIRA, J. (2009): “Sculptors’ signaturas on Iberian stone statues from Ipolca-Obulco (Porcuna, Jaén, Spain)”, Antiquity 83: 723-737. CHAPA, T.; MADRIGAL, A. (1997): “El sacerdocio en época ibérica”, Spal 6: 187-203. http://dx.doi. org/10.12795/spal.1997.i6.11 CHAPA, T.; MAyORAL, V. (2007): Arqueología del trabajo. El ciclo de la vida en un poblado ibérico. Akal, Madrid. CHAVES, F.; DE LA BANDERA, M.L. (1992): “Problemática de las cerámicas «orientalizantes» y su contexto”, en Untermann, J.; Villar, F. (ed.), Lengua y Cultura en la Hispania Prerromana. Actas del V Coloquio sobre Lenguas y Culturas Prerromanas de la Península Ibérica: 49-89. CONRAD, J.R. (2009): El cuerno y la espada. Fundación Real Maestranza de Caballería de Sevilla-Universidad de Sevilla, Sevilla. CORREA, J.A. (2000): “El topónimo Hispal(is)”, Philologia Hispalensis XIV: 181-190. DAREMBERG, CH.; SAGLIO, E. (1969): Dictionnaire des antiquités grecques et romaines. Akademische Druck, Graz. DE CHAZELLES, C.A. (1996): “Les techniques de construction de l’habitat antique de Lattes”, Lattara 9: 259-328. DE LA BANDERA, M.L. (1987): La joyería orientalizante e ibérica del s. VII al I a.C. (mitad sur peninsular). Universidad de Sevilla, Sevilla. DE LA BANDERA, M.L. (2008): “El tesoro del Carambolo”, en J. Rubiales (ed.), El río Guadalquivir: 172-173. Junta de Andalucía, Sevilla. DE LA BANDERA, M.L.; GÓMEZ, B.; ONTALBA, M.A.; RESPALDIZA, M.A.; ORTEGA, I. (2010): “El tesoro de El Carambolo: técnica, simbología y poder”, en M. L. De la Bandera y E. Ferrer (coord.), El Carambolo. 50 años de un tesoro: 297-334. Universidad de Sevilla, Sevilla. DEL OLMO, G. (1989): “Rituales sacrificiales de plenilunio y novilunio (KTU 1.109/1.46)”, Aula Orientalis VII, 2: 181-188. DEL OLMO, G. (1998): Mitos, leyendas y rituales de los semitas occidentales. Trotta – Universidad de Barcelona, Madrid. DEL OLMO, G. (2004): “De los 1.000 y más dioses al Dios único. Cuantificación de los panteones orientales: de Egipto a Cartago”, en A. González Blanco y otros (ed.), El mundo púnico. Religión, antropología y cultura material (Estudios Orientales 5-6): 19-32. Universidad de Murcia, Murcia. DELGADO, A. (2005): “La transformación de la arquitectura residencial en Andalucía occidental durante el Orientalizante: una lectura social”, en S. Celestino y J. Jiménez (ed.), El Periodo
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