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Del deseo universal de paz, del comercio como productor de la misma, y del pensamiento de Hume sobre el refinamiento en las artes

López Sastre, Gerardo

Abstract

Comenzando con un antiguo filósofo chino, Mozi, y analizando el pensamiento de David Hume, vemos dos formas diferentes de abordar el problema de la consecución de la paz: apelando directamente a la razón o estudiando el curso de la Historia, en donde se m

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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 Del deseo universal de paz, del comercio como productor de la misma, y del pensamiento de Hume sobre el refinamiento en las artes The universal desire for peace, trade as a producer of peace, and the thinking of Hume on the refinement in the arts Gerardo López Sastre1 Universidad de Castilla-La Mancha (España) Recibido: 08-06-14 Aprobado: 01-07-14 Resumen Comenzando con un antiguo filósofo chino, Mozi, y analizando el pensamiento de David Hume, vemos dos formas diferentes de abordar el problema de la consecución de la paz: apelando directamente a la razón o estudiando el curso de la Historia, en donde se manifiestan fuerzas -como el comercio y su influencia en el ámbito de la moralque como un efecto social no buscado directamente acaban produciéndola. Palabras-clave: Hume, guerra, paz, comercio, artes. Abstract We start studying an ancient Chinese philosopher, Mozi, and later we discuss the thought of David Hume. In this way we see two different methods of addressing the problem of achieving peace: appealing directly to reason or 1 ([email protected]). Gerardo López Sastre se ha ocupado fundamentalmente del pensamiento moderno en el mundo anglosajón. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran una traducción de Tres ensayos sobre la religión de J. S. Mill (Trotta, 2014), el capítulo titulado “David Hume on Religious Tolerance”, (en Paradoxes of Religious Toleration in Early Modern Political Thought, Lexington Books, 2012) y “The Dialogues Concerning Natural Religion as Sociology of Knowledge” (en Hume et la religion: nouvelles perspectives, nouveaux enjeux, Georg Olms, 2013). 136 Gerardo López Sastre Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 studying the course of history, where forces such as trade and its impact on the field of morality produce peace as an unintended social effect. Key-words: Hume, war, peace, commerce, arts. 1. Un ejemplo del carácter global del deseo de paz Seguramente protestas en contra de las guerras y deseos de paz ha habido siempre. Donde había enfrentamientos cabe esperar que hubiera personas que se opusieran a los mismos y a los males sociales que acarreaban. Es más, la reflexión sobre el origen de los conflictos bélicos y sobre cómo podrían evitarse no es patrimonio exclusivo del pensamiento occidental. Baste pensar, por poner dos ejemplos tomados del mundo chino antiguo, en el caso del mohismo y del taoísmo. De hecho, por centrarnos en el mohismo, en esta filosofía se describió con un gran realismo, muy lejos de cualquier exaltación épica, el carácter terrible de las campañas militares, al menos desde el punto de vista de los campesinos reclutados a la fuerza: “reclutar tropas no es conveniente en invierno por los grandes fríos, en verano por los grandes calores, en primavera por impedir las labores de roturar, sembrar y plantar, en otoño por impedir la recolección de la cosecha. En cualquiera de las estaciones, les impides sus tareas y expones a innumerables gentes del pueblo a morir de hambre y frío. Numerosos los gastos inmensos que trae una guerra… Bueyes y caballos que van bien cebados y volverán flacos y muchísimos no volverán por haber sido muertos. Además, las largas caminatas, falta de víveres que no llegan a tiempo. Gentes de pueblo que mueren innumerables... Innumerable la gente que enferma y muere por los caminos, pérdidas innumerables sufridas por los batallones, innumerables batallones completamente aniquilados.”2 No sólo encontramos esto; además se va a intentar dar una explicación de cómo se ha llegado a esta situación caracterizada por la presencia de desigualdades sociales extremas y de la guerra. Para Mozi el origen de las desgracias del momento está en el egoísmo, la parcialidad y la aplicación de un sorprendente doble rasero. Escribirá a este respecto: “Si alguien entra en un huerto ajeno y roba melocotones y ciruelas, todos cuantos se han enterado lo reprueban. Y, si el gobernante es informado de ello, lo castiga. ¿Por qué? Porque se ha beneficiado a sí, perjudicando al vecino. Si lo que ha robado ha sido un perro, un cerdo, una gallina o un lechoncito, su injusticia es mayor que la de haber entrado en el huerto y robado melocotones o ciruelas ¿Por qué? Porque el mal causado al prójimo ha sido más cuantioso y mayor la falta de caridad, y su 2 Mo Ti, Política del amor universal. Estudio preliminar de Fernando Mateos. Traducción y notas de Carmelo Elorduy. Madrid, Ed. Tecnos, 1987, p. 67. 137 Del deseo universal de paz, del comercio como productor de la misma, y del pensamiento de Hume sobre el refinamiento en las artes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 delito más grave. Entrar en el establo de otro y llevarse un caballo, un buey, es mayor falta de caridad y justicia que la de haber robado un perro, un cerdo, una gallina o un lechoncito. ¿Cuál es la razón? El perjuicio causado es más cuantioso, la falta de caridad es más grave y el delito mayor. Al matar a un inocente, robarle sus vestidos y sus pieles, hurtarle su lanza y su espada, la injusticia cometida es mayor que la de robarle su caballo o su buey. ¿Cuál es la razón? Porque el perjuicio causado al prójimo ha sido más grave. Cuanto el daño causado al prójimo es mayor, la falta de caridad con él es más grave y el delito mayor. Los reyes que gobiernan en el mundo lo saben, y lo reprueban calificándolo de injusticia. Pero una cosa mucho mayor, el atacar a otro Estado, no lo reconocen como malo, sino que lo alaban y lo juzgan justo. ¿Se puede llamar a esto saber distinguir la justicia de la injusticia? Asesinar a uno se califica de injusticia, e indefectiblemente se castiga con la muerte. Según esto, matar a diez será crimen diez veces mayor y merecerá ser castigado con diez penas capitales. Pero no reconocen que atacar a otro Estado es malo y una injusticia mayor, sino que lo elogian y lo juzgan acción justa. En verdad, ignoran que sea una injusticia y escriben sus hazañas guerreras para las generaciones futuras. Si lo reconocieran como injusticia, ¿acaso hablarían de ellas y las escribirían para dejar memoria a las generaciones futuras? [...] ¿Se puede decir que sabe distinguir lo justo de lo injusto quien juzga por mala una cosa un poco mala y la condena, y otra inmensamente peor, cual es atacar a otro Estado, no sabe que es mala sino que la elogia calificándola de justa? De aquí vemos la gran confusión de los reyes del mundo en distinguir lo justo y lo injusto”3. Frente a esta situación, para Mozi la solución a las guerras estaba clara: quienes se aplicaron a establecer el orden y la paz en el mundo, lograron su propósito porque se dieron, indefectiblemente, a conocer antes el origen de los disturbios. Si se ignora el origen del desorden, no se podrá remediarlo. Lo mismo que un médico, para atacar una enfermedad, precisa conocer su origen. “Examinando el origen de los disturbios hallaron que la causa era que no había mutuo amor entre los hombres. [...] Todo viene de no amarse mutuamente. Lo mismo que los peores bandidos del mundo. Un bandido ama su casa y no ama la del extraño y roba la casa del extraño en beneficio de la propia. El malhechor o el ladrón aman su propia persona y no aman la de los demás y roban o causan daños a los otros para beneficiarse a sí mismos. [...] Los señores feudales aman sus propios estados y no aman los estados de los demás y atacan los estados de los vecinos en beneficio de sus propios estados. Si se lograra que todos en el mundo se amaran mutuamente, que amaran a los otros como se aman a sí mismos... “4, todos los problemas sociales desaparecerían, y reinarían el orden y la paz. 3 Política del amor universal, pp. 65-66. Hemos modificado muy ligeramente la traducción. 4 Política del amor universal, p. 51-52. 138 Gerardo López Sastre Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 La respuesta es tan simple como, podemos pensar, ingenua. Dicho de otra forma, impracticable. Algo de lo que ya nos habría advertido Freud en El malestar en la cultura hablando del mandamiento “Amarás al prójimo como a ti mismo”5. Pero Mozi contesta a un supuesto oponente que si fuera impracticable aun él mismo la desaprobaría (y esto es, desde luego, lo que un utilitarista –como era Mozi– debe hacer), y se apresura a poner dos ejemplos destinados a disipar nuestras dudas sobre la inaplicabilidad del principio. 1. Imaginemos que estamos en una amplia llanura desértica, que gentes armadas de corazas y yelmos (entre las que nos encontramos nosotros mismos) van a entrar en batalla. La contingencia de la vida y la muerte es desconocida. No sabemos si sobreviviremos al choque de los ejércitos. ¿A quién confiaríamos el cuidado de nuestra familia, de nuestros hijos o de nuestros ancianos padres? ¿A alguien que considera que el amor universal es una quimera irrealizable o a quien declara que es posible lograrlo y afirma que intenta ponerlo en práctica? 2. “Viene un año de peste. Entre los millares de gentes del pueblo son muchos los que, agotados de fatiga y hambre, se revuelcan moribundos a la vera de acequias y canales”, y hay otros muchos que no saben a dónde ir. ¿Hacia dónde deberían encaminar sus pasos? ¿Hacia el Estado de un soberano que afirma el principio del amor universal e intenta realizarlo, o al de quien declara rotundamente que es inviable?6 Luego la superioridad teórica del principio, y que es capaz de ponerse en práctica, la reconocen en estos ejemplos, siempre según Mozi, incluso los que habían declarado primero su inviabilidad7. Además, y con vistas a hacer más aceptable la propuesta de Mozi, hay que mencionar (o aclarar) que no estamos hablando de un sentimiento. No se trata de amar efectivamente a los otros, sino de comportarnos como si los amásemos. Y este comportamiento podría ponerse en práctica en cuanto comprendiésemos que “hacerse bien recíprocamente reporta bienes innumerables”: la paz, el orden y una cooperación que a todos beneficia8. Pero en todo caso, visto el transcurso de la Historia tanto en China como en el resto del mundo, no parece que haya que insistir mucho sobre el carácter 5 Véase Sigmund Freud, El malestar en la cultura y otros ensayos. Traducción de Ramón Rey. Madrid, Alianza Ed., 1975, 3 ed., p. 85. 6 Véase Política del amor universal, pp. 57-58. 7 A todo el razonamiento anterior se añade la creencia en una divinidad que lo ve todo “muy segura y claramente”, Política del amor universal, p. 98. Quienes se conformen a su voluntad (que ama la vida y aborrece la muerte) serán premiados. Los que se oponen a la misma y se odian mutuamente, haciéndose daño unos a otros, serán castigados, véase Política del amor universal, p. 99. 8 Anne Cheng escribe sobre este tema: “El <<amor universal>> de Mozi no es, pues, el <<amor hacia el prójimo>> del que hablaba Confucio. No tiene que ver con la emoción o el sentimiento, sino más bien con una preocupación imparcial y razonada por todos los hombres”. Anne Cheng: Historia del pensamiento chino. Traducción de Anne-Hélêne Suarez. Bellaterra, Barcelona, 2002, p. 91. Un interesantísimo análisis de los términos chinos que Mozi emplea y cómo deben entenderse, se encuentra en el Estudio preliminar de Fernando Mateos a la traducción por la que estamos citando la obra. Véanse las pp. XXXIV-XXXVI. 139 Del deseo universal de paz, del comercio como productor de la misma, y del pensamiento de Hume sobre el refinamiento en las artes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 exageradamente optimista del pensamiento de nuestro autor. Es verdad que cuando los reyes piden a la gente que se mate por ellos, la gente va a la guerra y muere, luego aparentemente si los gobernantes pidieran a la gente que se amara mutuamente (lo que no parece que implique tanto riesgo para nuestra vida como participar en una batalla) sería fácil que obedecieran. Pero, como tuvo ocasión de comprobar Pedro el Grande, le era prácticamente imposible obligar a sus súbditos a que se cortasen la barba, y sin embargo no le fue nada difícil hacerles marchar a la batalla para despedazar a unos vecinos que no les habían hecho daño alguno9. Luego no puede afirmarse sin más que el hombre sea racional, un ser atento al principio de utilidad. Nuestra naturaleza psicológica es bastante más compleja, aunque esto parece más un motivo de lamentación (al menos en el ámbito de la política) que otra cosa; y esto es excepcionalmente importante, porque de acuerdo con la interpretación que voy a proponer de al menos una parte importante del pensamiento ilustrado, este no ha caído en lo que podemos llamar “el error intelectualista” de Mozi (pensar que basta con que sepamos lo que nos conviene a largo plazo para que lo hagamos), y por lo tanto es inmune a la crítica de anti-ilustrados convencidos como Joseph de Maistre, quien, en el resumen de sus tesis que presenta Stephen Holmes, pensaba que: “El irresistible atractivo de la guerra domina nuestra vida aun cuando sea absolutamente contrario a la razón y al instinto de autoconservación (que airean los liberales). Es absurdo pretender, como característicamente hacen los pensadores de la Ilustración, que la guerra le fue impuesta al pueblo desde arriba… Por el contrario, la guerra es compulsiva; es a la vez completamente inhumana y completamente humana. Es, por consiguiente, el ejemplo perfecto de lo irresoluble del enigma de la vida. La guerra resiste todo esfuerzo racionalista de iluminar las tinieblas... El individuo no es un agente racional capaz de asignar medios eficaces a la consecución de fines claramente formulados. Es un juguete a merced de fuerzas superiores que no puede dirigir ni comprender. La noción de enemistad violenta, la idea de que existe alguien a quien debemos enfrentarnos y matar es perfectamente innata, instintiva, prerracional”10. 2. La confianza de la Ilustración en el comercio como productor de paz Aclarado ya (aclaración que nos parecía muy necesaria) que los ideales de paz y la reflexión sobre los orígenes de las guerras no son algo exclusivo de la cultura europea, lo que sí cabe preguntarse es si ha habido alguna característica propia del pensamiento occidental en este ámbito de reflexión. Pues bien, nosotros 9 Citado por Stephen Holmes, Anatomía del antiliberalismo. Trad. de Gonzalo del Puerto. Madrid, Alianza Ed., 1999, pp. 51-52. 10 Loc. Cit. 140 Gerardo López Sastre Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 vamos a insistir en una tesis específica que se desarrolló en el pensamiento moderno, tesis que se encuentra en diversos autores ilustrados, pero que está muy bien ejemplificada en varias obras del filósofo escocés David Hume. La tesis general la expuso admirablemente Albert Hirschman en su obra ya clásica, Las pasiones y los intereses. Argumentos políticos en favor del capitalismo antes de su triunfo11. Allí, la historia que cuenta Hirschman tiene que ver con el hecho de que en el Renacimiento surgió la sensación, convertida en convicción firme más tarde, de que no se podía confiar en una filosofía moralizadora y en las recomendaciones religiosas para controlar o restringir las pasiones destructivas de los hombres12. Pues bien, ¿no podrían los intereses materiales, que por ejemplo podían satisfacerse a través del comercio, controlar a esas pasiones destructivas? Hirschman cita a este respecto la conocida afirmación del Dr. Johnson de que “Hay pocas empresas en que un hombre pueda emplearse más inocentemente que en la obtención del dinero” (en Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, con fecha 27 de marzo de 1775)13. La idea de que la persecución del dinero pudiera ser una actividad inocente no tenía, desde luego, nada de clásica. La actitud cristiana hacia el comercio lo había considerado por el contrario como una actividad poco menos que diabólica, prestar con interés era el pecado de la usura, y como había afirmado san Jerónimo “El comerciante pocas veces o jamás puede complacer a Dios”14. Por el contrario, ahora buscar enriquecerse era visto como una actividad que no planteaba objeciones morales, admitiendo –claro estáque esa actividad muchas veces se producía a través del comercio. Es más, a esta actividad o a su resultado se la denominaba “douce”. Montesquieu escribirá: “es casi una regla general que allí donde hay costumbres apacibles [moeurs douces] existe el comercio, y que allí donde hay comercio hay costumbres apacibles”, o más adelante: “El comercio… pule y hace apacibles [adoucit] los usos bárbaros”15. El historiador escocés William Robertson, contemporáneo de Hume, defenderá la misma tesis: “El comercio tiende a suprimir aquellos prejuicios que mantienen las distinciones y la animosidad entre las naciones. Suaviza y pule los modales de los hombres”16. Esta es una idea fácil de encontrar un poco por todas partes en 11 Hay dos versiones españolas de este libro. La primera publicada por el Fondo de Cultura Económica, México, 1978, y con traducción de Eduardo L. Suárez. Y la segunda con Prólogo de Amartya Sen y Epílogo de Jeremy Adelman. Traducción de Joan Solé. Madrid, Capitán Swing Libros, 2014. Nosotros citaremos por esta última. 12 Véase Las pasiones y los intereses, p. 39. 13 Véase Las pasiones y los intereses, p. 79. La versión del siglo XX de esta afirmación sería la conocida opinión de Keynes de que “es mejor que un hombre tiranice su cuenta bancaria que a sus conciudadanos”. Se esperaba que si uno se centraba en lo primero, estaría tan ocupado o tan entretenido que no tendría la tentación de incurrir en lo segunda posibilidad. 14 Véase Steven Pinker, Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones. Traducción de Joan Soler Chic. Ed. Paidós, Barcelona, 2012, p. 121. 15 Véase Las pasiones y los intereses, p. 82. 16 William Robertson en su View of the progress of society in Europe, que es el prefacio a su History 141 Del deseo universal de paz, del comercio como productor de la misma, y del pensamiento de Hume sobre el refinamiento en las artes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 el pensamiento ilustrado. Así, por ejemplo, Voltaire escribe que “la Razón viaja a cortas jornadas, de norte a sur, con sus dos amigas íntimas, la Experiencia y la Tolerancia. La acompañan la Agricultura y el Comercio”17. ¿Cómo es que el comercio podía producir resultados tan beneficiosos? ¿Cómo es que era un compañero de la misma razón y de la tolerancia? Más concretamente, ¿cómo es que podía producir la paz entre las naciones? Montesquieu era muy tajante a este respecto: “El efecto natural del comercio es la paz. Dos naciones que negocian entre sí se hacen recíprocamente dependientes: si a una le interesa comprar, a la otra le interesa vender; y ya sabemos que todas las uniones se fundamentan en necesidades mutuas.”18 Igual de tajante se mostraba Thomas Paine en su libro Derechos del hombre. Allí se habla del comercio como de un sistema pacífico, “que actúa para dar cordialidad a la humanidad, al hacer que tanto las naciones como los individuos se sean mutuamente útiles. … Si se permitiera que el comercio actuara en la medida universal de que es capaz, extirparía la guerra del sistema y produciría una revolución en el estado incivilizado de los gobiernos. La invención del comercio surgió después de que comenzaran los gobiernos, y es el mayor avance hacia la civilización universal que jamás se ha logrado, por medios que no se deriven inmediatamente de principios morales… El comercio no es más que el tráfico entre dos individuos, multiplicado en escala numérica; y la misma norma que la naturaleza se propuso para el intercambio de dos se la propuso para el de todos. Por ese fin ha distribuido los materiales de la manufactura y del comercio en varias y distintas partes de cada nación y del mundo, y como no se pueden adquirir mediante la guerra con tanta baratura ni comodidad como por el comercio, ha hecho que este último sea el medio de extirpar a aquélla”19. La conclusión es clara: el comercio es lo contrario de la guerra. Y si todos los que participan en una actividad comercial salen beneficiados, la reducción del comercio es mala para todos. Con una gráfica imagen que pone Paine, es lo mismo que ocurre con la sangre,” no puede extraerse de una de las partes sin reducir la masa total en circulación, y todas ellas comparten la pérdida”20. Y es muy interesante que Thomas Paine recalque en este mismo lugar que estamos citando que nunca ha predicado la reforma teórica (diríamos con más of the reign of the Emperor Charles V. Citado en la p. 82 de Las pasiones y los intereses. 17 “El hombre de los cuarenta escudos”, en Voltaire, Novelas y cuentos. Introducción, traducción y notas de Carlos Pujol. Barcelona, Ed. Planeta, 1982, p. 373. Aunque también es verdad que Voltaire tenía sus momentos pesimistas (o realistas, según cómo queramos enjuiciarlos). Así en su Diccionario, en la entrada “Guerra”, escribe: “lo peor es que la guerra es una plaga inevitable. Si prestamos atención, todos los hombres han adorado al dios Marte”. Voltaire, Diccionario filosófico. Edición y prólogo de Luis Martínez Drake. Traducción de José Arean Fernández y Luis Martínez Drake. Madrid, Ed. Akal, 2007, p. 298. 18 Essai politique sur le commerce, citado en la p. 101 de Las pasiones y los intereses. 19 Thomas Paine, Derechos del hombre. Traducción, introducción, cronología y notas de Fernando Santos Fontenla. Madrid, Alianza Ed., 1984, p. 223. 20 Derechos del hombre, p. 224. 142 Gerardo López Sastre Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 propiedad, moralizante), sino que ha intentado -como en una parte importante de la Ilustración, añadiríamos nosotrosmejorar la condición de la humanidad apelando a su interés inmediato, a una utilidad personal que resulta que va a ser mutua. Se parte de la idea, ya mencionada, de que los discursos moralizantes no sirven para mejorar la naturaleza humana. El comercio, en efecto, no debe su triunfo a la actuación directa de principios morales. Su fuente es el interés propio, pero su resultado “indirecto” es la paz y el avance hacia una civilización universal. Más tarde volveremos a insistir en la importancia de esta conclusión. Mientras tanto, permítasenos insistir en otro elemento característico del pensamiento ilustrado: la secularización. Una vez que nos convencemos de que ni la vida humana individual ni la sociedad como conjunto de personas tienen como objetivo manifestar la gloria de Dios (pues cabe dudar con fundamento tanto de su existencia como de que haya otra vida tras la muerte), es inevitable que aparezca la pregunta sobre cuál es la verdadera finalidad de una sociedad. La respuesta obvia es que hacer la vida de los hombres más fácil y placentera, ayudándoles así a alcanzar la felicidad. Dicho de otra forma, a partir de un determinado momento las sociedades europeas empiezan a preocuparse no de las almas de sus miembros, sino de sus vidas. Y para lograr que estas puedan florecer y lleguen así a ser felices, ¿qué era mejor? ¿Una alternativa en la que uno podía perder o ganar (y esto eran las guerras) o una opción en la que todos podían ganar? Esto último hemos visto que era el comercio. Se daba así esa confluencia tan característica del liberalismo del interés público (podríamos hablar también de la moral) y del privado (egoísta). Ambos coincidían en apuntar hacia el progreso de la única vida que podemos estar seguros de poseer: esta sobre la Tierra. Es también por ello que la filosofía de la Ilustración valoró el comercio como pocas veces se ha hecho en la historia del pensamiento. Nos permitía tener productos que hacían nuestra vida más confortable, proporcionaba el placer de lo novedoso, etc. Contribuía, en suma, a que disfrutáramos más de todo lo que el planeta podía ofrecernos para que nuestra existencia fuera más agradable. Es verdad que desde la perspectiva de la humanidad en su conjunto –y como vamos a ver dentro de un momento esta era la perspectiva propia de los ilustrados– cabría preguntarse qué ventajas obtuvieron los pueblos indígenas con su colonización. ¿Llegaron a ser más felices? No parece que podamos contestar afirmativamente a esta pregunta. El mismo James Cook se preguntaba con razón qué es lo que los nativos de toda la geografía de América habían ganado con el comercio que habían mantenido con los europeos21. Pero aquí hay que matizar que en su defensa del comercio los ilustrados no estaban pensando ni en el colonialismo ni mucho menos en la esclavitud, sino en la idea de personas o naciones soberanas que libremente comercian porque entienden 21 Véase Dorinda Outram, Panorama de la Ilustración. Traducción de Ramón Martínez Castellote. Barcelona, Blume, 2008, p. 174. 143 Del deseo universal de paz, del comercio como productor de la misma, y del pensamiento de Hume sobre el refinamiento en las artes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 que un determinado trato corresponde a sus intereses. En suma, una cosa era la rapiña y la explotación, y otra cosa era el comercio. Que como realidad histórica estas dos cosas se hayan dado mezcladas no excluye la necesidad de su distinción conceptual; y una vez establecida esta distinción, los ilustrados pensaban que el comercio quedaba legitimado no porque beneficiara a una de las partes, sino porque lo hacía con todos los que intervenían en tales tratos, lo que era como llamar a participar en los mismos a la humanidad en su conjunto. Y en ese beneficio no sólo contaba la prosperidad material que pudiera proporcionar –esto era lo más obvio y el incentivo directo-, sino también el hecho de que, aunque no lo buscara directamente, el comercio acababa promoviendo una situación de paz internacional. Y aquí siempre cabría pensar que el desarrollo del comercio parecía solucionar un problema que escapaba a la argumentación hobbesiana. En efecto, para Hobbes el fundamento último de la paz no dejaba de estar en la igualdad humana. En el hecho terrible de que hasta el más débil, valiéndose de la sorpresa o de la astucia, podía acabar con el más fuerte, y en la realidad de que todos deseamos las mismas cosas y no estamos dispuestos a renunciar a las mismas porque consideremos que los demás son más importantes que nosotros mismos. Simplemente, esto no sucede. Admitida esta igualdad, los hombres tienen un buen incentivo para elegir la paz, pues esta hará posible la cooperación y que su vida no se vea en riesgo de ser pobre o corta. Pero esto funciona en cuanto a los fundamentos de un Estado y, diríamos, “de puertas para adentro”. ¿Qué ocurre, entonces, con las relaciones internacionales, con las relaciones entre Estados, donde es obvio que unos son mucho más poderosos que otros? ¿Hemos de resignarnos en este ámbito a un estado de naturaleza donde predomine la desconfianza y la posibilidad de agresión? Puesto que no puede haber un pacto entre los débiles y los fuertes, pues estos últimos no tendrían ningún incentivo para el mismo, parece que en las relaciones internacionales nos quedamos con la ley del más fuerte y sin muchas posibilidades de construir una paz estable entre las naciones. Aquí es donde aparecía el comercio como teniendo un papel importante que jugar. Se trataba de una actividad en donde las dos partes participantes podían salir beneficiadas, y eso independientemente de su poder respectivo. En cuanto a que el valor moral que proporcionaba un criterio para legitimar cualquier práctica era el beneficio de toda la humanidad no podemos sino remitirnos a Montesquieu: “Si yo supiera alguna cosa que me fuera útil, pero que fuera perjudicial para mi familia, la rechazaría de mi mente. Si supiera alguna cosa que fuera útil para mi familia y que no lo fuera para mi patria, trataría de olvidarla. Si supiera alguna cosa que fuera útil para mi patria y que fuera perjudicial para Europa, o bien que fuera útil para Europa y perjudicial para el género humano, la consideraría como un crimen.” Igualmente, un segundo texto del mismo autor afirmaba: “Todos los deberes particulares cesan cuando no pueden cumplirse sin 150 Gerardo López Sastre Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 comúnmente por las de mayor lujo”36. Tenga o no razón Hume en esta idea de que progreso material y progreso moral van de la mano (y seguramente su percepción era correcta), en lo que acertaba era en percibir las dificultades de aplicar a las relaciones internacionales las leyes de la justicia que había estudiado. Pero, con la perspectiva de la distancia temporal que nos separa del momento histórico en el que Hume desarrollaba su pensamiento, hay que observar que nuestra situación ha cambiado mucho. El descubrimiento de la energía atómica y de su capacidad destructiva, el crecimiento industrial y su efecto sobre el medio ambiente, etc., han ido convirtiendo en cada vez más necesaria esa extensión a las relaciones internacionales de las tres leyes mencionadas. Si Hume observaba que no cumplirlas en el ámbito de una sociedad ponía en peligro a la misma naturaleza humana, ahora encontramos que la situación es la misma en el ámbito de las relaciones entre las naciones en un mundo cada vez más interdependiente. Hume todavía pudo escribir con confianza que “cuando los intereses de un país se interfieren con los de otro estimamos los méritos de un hombre de Estado por el bien o el mal que para su propio país resultan de sus medidas y consejos, sin considerar el perjuicio que ocasione a sus enemigos y rivales. Sus conciudadanos son los objetos que están más cerca de nuestros ojos cuando determinamos su carácter. Y como la naturaleza ha implantado en todos los individuos un mayor afecto por su propio país, nunca esperamos que tengan en cuenta a las naciones lejanas cuando surge un enfrentamiento. Para no mencionar que somos conscientes de que se promueve mejor el interés general de la humanidad cuando cada hombre consulta el bien de su propia comunidad que mediante opiniones indeterminadas e imprecisas sobre el bien de la especie, de las que no podría resultar jamás ninguna acción provechosa por falta de un objeto debidamente limitado sobre el que pudiera emplearse”37. Pues bien, esto ha cambiado completamente. Hoy esta disyuntiva de cómo promover mejor el interés general de la humanidad, si consultando el bien de la propia comunidad o mediante “opiniones indeterminadas” sobre el bien de la especie, nos resulta falsa, porque estamos en condiciones de formar opiniones bien precisas sobre el bien de la especie. Para nosotros, habitantes de una sociedad global en el siglo XXI, todos los habitantes del planeta se han 36 “Del refinamiento en las artes”, Ensayos, p. 255. La Historia de Inglaterra de Hume es una obra maestra del pensamiento ilustrado precisamente porque ejemplifica en buena medida esta tesis, mostrando el desarrollo de una Inglaterra en la que crecen la libertad, el gobierno moderado, la tolerancia, la extensión del comercio y el desarrollo de las artes y las ciencias. Y en su “De lo populoso de las naciones antiguas” escribía que “Ni el comercio, ni las manufacturas ni la laboriosidad han sido en ningún sitio, en épocas pasadas, tan florecientes como lo son actualmente en Europa.” Ensayos, p 369. De lo que cabe inferir que será en Europa donde más se haya desarrollado el sentimiento de humanidad de las personas. 37 David Hume, Investigación sobre los principios de la moral. Introducción, traducción y notas de Gerardo López Sastre. Madrid, Espasa Calpe, 1991, p. 93, nota a pie de página. 151 Del deseo universal de paz, del comercio como productor de la misma, y del pensamiento de Hume sobre el refinamiento en las artes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 convertido en eso que para Hume faltaba, “un objeto debidamente limitado” al que esperar alcanzar con nuestras acciones. Luego, concluyendo ya, por la propia lógica del pensamiento de Hume, aplicándolo a nuestra situación, lo que cabría tanto esperar como desear sería el incremento del comercio a escala mundial y una paulatina reducción de las soberanías nacionales a favor de una soberanía mundial, a favor de acuerdos y organizaciones que tomaran en consideración los intereses del conjunto de la humanidad. Al fin y al cabo, esto es lo moral, porque -como insiste Hume una y otra veztenemos un sentimiento natural de benevolencia que nos lleva a apreciar y aprobar todo aquello que promueva los intereses de nuestra especie y haga feliz a la sociedad humana38. En efecto, nuestra estructura y constitución está dispuesta de tal manera que no nos es indiferente el bienestar de cualquiera de nuestros semejantes. Luego no es sólo nuestro interés a largo plazo el que nos lleva a trascender los límites de las naciones y buscar una convivencia mundial donde podamos sentirnos más seguros y beneficiarnos de intercambios mutuos y de la ayuda que los demás puedan proporcionarnos, es que actuando desde esa perspectiva global manifestamos lo mejor que hay en nosotros. A este respecto, lo verdaderamente importante no es la nación de la que formamos parte, sino esa humanidad a la que pertenecemos. Y Hume comprendió muy bien que el comercio acercaba a las sociedades, hacía que sus costumbres se volvieran más similares, y además incrementaba la humanidad de las personas. Si Mozi esperaba conseguir la paz a través de la apelación directa a la razón de quienes lo escuchaban o leyeran, si intentaba controlar la historia proponiendo una utopía (algo que cuando se está seguro de contar con una divinidad no parece muy difícil), Hume, más escéptico, intentó comprender la Historia, y creyó haber descubierto que Cromwell tenía razón cuando afirmaba que ningún hombre llega más lejos que aquél que no sabe a dónde se dirige. Los hombres han buscado su beneficio, y por eso, por emplear ejemplos de Hume, han aprendido a fabricar un torno de hilar o a emplear un telar. Pues bien, quienes saben hacer estas cosas es normal que modelen también bien su gobierno, y en ese gobierno se suavizará el temperamento de las personas (pues se volverán mas sociables) y aparecerá de manera más clara el humanitarismo. Quizá una de las tesis más originales de Hume se encuentre en ser capaz de establecer esta relación: “No podemos esperar razonablemente que se produzca una pieza de paño perfecta en un país que ignora la astronomía, o donde se descuida la ética”39. Reflexionando sobre el declive histórico de la violencia en el mundo, Steven Pinker (que debe mucho en este respecto a El proceso de la civilización 38 Véase David Hume, Investigación sobre los principios de la moral, ed. cit., p. 45; e igualmente las pp. 58, 61, 64, 102-103. 39 “Del refinamiento en las artes”, Ensayos, p. 255; y para los ejemplos anteriores véase la página 257. 152 Gerardo López Sastre Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 de Norbert Elias) habla de cuatro “ángeles” que pueden alejarnos de la violencia y de cinco fuerzas históricas que lo han hecho: nuestros mejores impulsos serían la empatía, el autocontrol, el sentido moral y la capacidad de razonar. Las fuerzas a las que se refiere son el Leviatán (entendido como un Estado que monopoliza el uso legítimo de la fuerza), el comercio, la feminización (es decir, el respeto hacia los intereses y valores de las mujeres), el cosmopolitismo, y por último una redoblada aplicación del conocimiento y la racionalidad a los asuntos humanos40. No es difícil ver que en la filosofía de Hume hay un poco de todo esto. Como hemos visto, se insiste en el espíritu de una época en la que las personas prosperan económicamente. A estos individuos les encantará recibir o comunicar sus conocimientos, las relaciones entre los sexos serán más fluidas, los temperamentos mejorarán y el sentimiento de humanidad se incrementará. ¿Cómo de todo esto no iba a surgir la paz? Lo que sí necesitamos es que este proceso no se vea obstruido o paralizado por opiniones falsas (desde la superstición religiosa al mercantilismo), por eso Hume escribió todo lo que aquí hemos visto. Al final, él, como Mozi, confiaba en convencer e iluminar a sus lectores. 40 Véase Steven Pinker, Los ángeles que llevamos dentro, ed. cit, pp. 24-25. 153 Del deseo universal de paz, del comercio como productor de la misma, y del pensamiento de Hume sobre el refinamiento en las artes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 16, nº 32. Segundo semestre de 2014. Pp. 135-154. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2014.i32.07 Referencias bibliográficas Cheng, Anne: Historia del pensamiento chino. 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