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El viaje como alegoría de la muerte: visita a los Infiernos de un caballero medieval (Herzog Ernst)

Parra Membrives, Eva

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El viaje como alegoría de la muerte. Visita a los Infiernos de un caballero medieval: Herzog Ernst EVA PARRA MEMBRíVES Universidad de Sevilla No es infrecuente hallar en la literatura alemana ejemplos textuales en los que se relacionen viajes y muerte, por Jo común, describiendo a esta última como una travesía por entre diversos lugares ficticios de carácter tenebroso que servirán para quien los recorre dc estación dc penitencia. Menos habitual es, sin embargo, observar en composiciones estético - literarias elfenómeno inverso, es decir, hallar relatos dc viajes aparentemente triviales que no obstante presentan características tan especiales, que además de un peregrinaje por la geografía terrestre parecen asimismo representar, alegóricamente, diferentes momentos de la muerte. Precisamente esto último es lo que puede advertirse en una lectura algo más profunda de los fascinantes versos que componen la obra juglaresca alemana I-Ierzog Ernst. Herzog Ernst fue f’ijada por escrito alrededor del año ¡150’, pero, no obs - tante, sus orígenes sc remontan con toda probabilidad al siglo anterior, pues fue concebida como un relato de carácter oral que debía ser recitado en públi - co ante el pueblo y que había de ensaJzar las increíbles hazañas de un perso - naje histórico más o menos contemporáneo. En realidad, Ernst, cl protagonis - ta de la obra, surge a partir de la fusión de das relevantes personalidades de la Edad Media alemana, pertenecientes a diferentes siglos: por un lado, Liudolf, duque de Baviera, hijo primogénito de Otón, quien se rebeló contra su padre en cl año 953, y, siendo vencido y desterrado, pereció en el año 957, en Italia; y por otro, Ernesto, duque de Suabia, quien se levantó en armas contra su TeMo no obstante conservado de formatan fragmentada, que usualmente ¡os comentarios críticos hacen referencia al testo recogido en el siglo XIII, versión que se estudiarátambién aquí. Revisí a deFilología Alemana, ni 6,71-88. Servicio dc Publicaciones (1CM. Madrid, 1998 72 Eva Parra Mcmbri ves padrastro, cl emperador Conrado, en cl año 1026, y, resultando asimismo ven - cido y desterrado, encontró la muerte en una escaramuza con las tropas del emperador en el año 1030. Ernst el viajero, el héroe de ficción, guarda puntos importantes en común con ambos caballeros mencionados. Así, aunque toma el nombre, Ernst del segundo de los personajes, es. sin embargo, duque dc Baviera, como el primero. Su rebelión se produce contra Otón , quien en la obra literaria asumirá cl papel de padrastro, con lo cual dc nuevo el protagonista de la obra toma rasgos de uno y otro personaje histórico. Y. al igual que los caballeros que han servido para darle vida, Ernst será vencido y desterrado, iniciándose aquí sin embargo en la novela una segunda parte. totalmente fantástica, de composición ficticia y de especial interés en este momento. Contrariamente alo que pudiera parecer, la descripción del itinerario seguido por el duque Ernst durante su exilio y las muchas aventuras que va a vivir como consecuencia de éste no aparecen como resultado inmediato de la oralidad dcl texto. Puede decirse sin lugar a dudas que la indeterminación ár~’úiiic’i’ftñYdéta’1itératura ¿rali favorece en principio eJ abordaje de un tema fantástico - aventurero. Ciertamente, dado que la falta dc una base textual ala horade recitar su obra le permite improvisar a cada instante, el autor suele dis - poner de libertad para añadir al hilo narrativo hazañas a voluntad, así como para adornar los acontecimientos relatados con detalles adicionales, según el interés mostrado por el público al que se enfrenta en ese momento. En un tex - to de carácter totalmente ficticio las posibilidades de creatividad serán así mucho más acusadas que en una obra histórica, pues los únicos límites que sc le imponen al autor serán la atención que le prestan sus oyentes y su propia ¡maginación. No obstante, en el caso de He¡’mg E,’ng parece ser que precisa - mente esta sección más oíiginal y exótica de la novela es añadida ala obra en cl momento en el que pasa a convenirse en un testo escrito, mientras que en la etapa oral se limitaba a presentar las aventuras históricas, reales, del duque (Sowinski, 1970: 375), presentes en la mente del pueblo. Interesante parece así la segunda parte de la obra, probablemente más reciente en el tiempo entonces que la primera, porque cabría preguntarse los motivos por los que cl autor desconocido ~pues se trata de una obra anonrn¡a~ afiade unos versos temáticamente tan desparejos al testo histórico, que, no obstante, gozaba de gran éxito popular. En principio, este nuevo apartado ficticio presenta simplemente las fantásti - cas aventuras por Oriente de Ernst, y habla de las vicisitudes del héroe en países exóticos. Es decir, en apariencia sólo se narran alo largo de estos versos acon - tecimientos más o menos peligrosos —con unas acusadas pinceladas de fanta - sía— que tienen lugar durante esta travesía. Sin embargo, la anexión de un via - je oriental del protagonista a la obra en el lugar en cl que debiera figurar un desenlace fatal no puede ser explicada sólo con una mera alusión ala atracción medieval por lo exótico, yen particular por lo oriental, interés al que contribuía El vía ¡e como ategoría dc la muerte. Via’íf aa los’ infiernos de un <‘ata/teto ntedieval... 73 sin duda la enorme popularidad de las cruzadas2. Al contrario, la decisión dcl poeta de mezclar dos elementos en apariencia tan dispares como lo son la Ale - mania histórica y el Oriente fantástico parece profundamente meditada y su intenciónva mucho más alláque la de alcanzar un simple divertimento popular. Precisamente, la superior importancia que el autor desconocido le otorga a esta segunda parte de la novela —que sólo puede considerarse mntrascendente en una lectura superficial— queda patente cuando en cl prólogo de laobra sc hace especial referencia a ella, relegando la primera sección de la novela, aquélla de carácter histórico, al olvido. Así, el autor insiste en la credibilidad que el hom - bre de mundo le otorga a acontecimientos fantásticos sólo en apariencia invero - símiles, mientrasque el que cómodamente permanece en su hogar, revelándose así como mal caballero, será el único que dude de la veracidad de lo narrado: «Nu vcrnemet alíe besunder: ich sage iu michel wunder von einem guoten knehtc. Das sult ir merken rehte. Es isí se hocrenne guot, es gil vil manigen hóhen muot, swá man von degenheite sen.. Genuogen st von herzen leit dic dA heirne ir laní b~went unde ninimer des getrúwent swaz man von beldes nocten sagct. Dic smi an wirdckeit verzagel: sic habent der arbeil niht erliten und wirt ouehvon in gar vcrtniten, wan sic dar Sun nihí entugen und vcl,schent dic rede swá sic mugen. Sic stritcnt vaste dA widcr und druekent dic rede nider, ah es mit alíe cm Itigene st» (Elerzog, ¡970: Vv. 1-19) («¡Escuchad todos con atención ahora! Quiero contaros muchas cosas mara - villosas 1 acerca dc un noble caballero / Debéis prestar mucha atención ¡pues es provechoso de oir ¡ ya que nobles cualidades son despertadas ¡ siempre que de valentía se habla ¡Por cl contrario, muchos guardan aflicción en su corazón ¡ si 2Precisamente la segunda cruzada, que tuvo lugar entre los años 1147 y 1148, coincide con la fijación por escrito de este texto. No es, desde luego, Herzog Ernst la única obra de localización oriental de esta época, pues pueden ¡nencionarse asimismo, entre otros, textos como los también anonimos Salman md Morolf, Orendel, o Flote undBlanscheflur de Konrad Flcck. El interés por lo oriental scmantiene incluso en plena etapa cortesana, reenérdese aquí, por ejemplo, el viaje a las Indiasde (iahmurct, padre de Panziva/. Sin embargo, la aparentemente inconexa presentación para - lela dc fantasíay realidad, de Oriente y Occidente, tal como aparece enHer:og Ernsf, donde ambos mundos coexisten, pero jamás llegan atocarse, es totalmente atípica y resulta sorprendente. ‘74 Eva Parto Membní poseen tierra en la patria ¡ y jamás se atreven a aquello ¡ que es narrado de las luchas de un héroe. ¡Estas personas han perdido cl valor para hazañas cabalteres - cas. ¡Jamás han soportado los esfuerzos del combate/y siempre se mantienen ale - jados de ello ¡pues no sirven para eso.! Las narraciones sobre este temalas decla - ran inciertas 1 las í’cfutan enérgicamente ¡ e intentan eliminarías 1 como si de mentiras se tratase.») Naturalmente, el provocador contenido de estos versos sólo puede referirse a la segunda parte, pues la primera, de carácter histórico, era conocida por el pueblo como verídica, y no sería puesta en duda por nadie. Es esta segunda par - te la que el autor considera más digna de explicación que la primera, con lo cual parece sugerir que son los tenias orientales los que para él guardan un interés superior Sin embargo, sorprendería la centralización dcl interés del autor en una sección aventurera en exclusiva, cuando el apanado histórico contribuye en mucho a cumplir los objetivos de la novela cortesano-caballeresca, presentando notables ejemplos de valor, osadía. honradez y fidelidad. La presencia de una acusada intención ejemplarizante en el texto, incluso en su parle segunda. aparentemente mundana, es puesta en evidencia en un estudio más en profundidad de la obra, que muestra cómo el autor esconde, detrás de esa descripción del itinerario seguido por el duque, una claramente delineada alego - ría de una muerte con características medievales. Así, los diferentes territorios geográficos por los que se mueve el duque Eí’nst en su viaje hacia Oriente guar - dan un importante paralelismo con las etapas que había de atravesar el hombre. según se contemplaba en la Edad Media, desde que se hallaba moribundo hasta alcanzar su destino final en el Más Allá. Y, como podrá advertirse, los habitan - tes de diversas nacionalidades que va a hallar el duque en su camino, reflejarán con claridad los vicios de los pecadores que se consumen en los Infiernos. Todas las paradas imprescindibles que ha de efectuar el ser humano en su camino al Más Allá se hallaban muy determinadas durante el Medievo y era necesario atravesarlas al completo. Más aún, como indica el célebre historiador francés Philippe Ariés en su historia de la muerte, en esta época «la níucu’rc esí6 regulada por un ritual c’onsuetudit,a¡’ío. descrito con c’ornplaccíu’ia» (Aries, 1983: 13). Este ritual, tal corno lo entiende Aries y lo recoge en la obra mencio - nada, servirá ahora para demostrar cómo cada una dc esas etapas dc la muerte aparecen claramente descritas, con complacencia también, en esta novela, en la que Ernst. emprende, sin embargo, un viaje únicamente, y no se enfrenta en nin - gún momento a una muerte física. Corno indica precisamente Aries. en las novelas cortesano - caballerescas, lo común es que, cuando la muerte haya de alcanzar a algún personaje, nunca le sobrevenga por sorpresa, sino que se haga anunciar mediante leves signos que tanto el afectado como aquéllos que le rodean sabrán reconocer de inme - diato y ala perfección. Pueden citarse un buen número de casos de la literatu - ra medieval en la que el personaje en cuestión sabe, de algún modo incom - prensible e irracional, que va a morir y comienza a prepararse para este fin, El viaje corno alegoría de la muerte. Visira a los Infiernos de un caballero medieval... ‘75 aceptando su propia muerte con estoicidad y sin miedo. Así, el joven Roland, sobrino dcl emperador Carlomagno, ve llegar su última hora tras la emboscada en Roncesvalles, y, pide a Dios que sc apiade de su alma y envíe aun mensajeroque le muestre a ésta el camino a los Cielos (Rolandslied, 1985: vv. 6896- 6901). Dc manera similar, el caballero Tristán, conocido por sus amores ilíci - tos con Isolde, tiene muy presente que ha llegado la hora dc su muerte cuando envía a buscar asu amada (Ulrich von Túrheim, 1992: y 3315), circunstancia para la que el público ya se hallaba preparado, pues, en la versión de Gottfried von Strassburg, el autor insinúa, cuando ambos toman el filtro de amor, que éste significará: «diu wcmde swacre, diu endelóse herzer,ót, von der si beide lágen tót» («La eterna pesadumbre ¡ cl interminable dolor de corazón ¡ deI que ambos habrían de morir») (Ooitfried von Strassburg J985: Vv. 11674-76) de modo que se espera con mayor o menor resignación un fatal desenlace. Todos estos caballeros parecen repentinamente iluminados con la visión dc su propia muerte, y, al ver llegar su final como algo ya irremediable, lo aceptan con una admirable paz interior que les hace comprender la muerte como un proceso natural. En lanovela Herzog Ernst no se plantea en ningún momento la posibilidad de una muerte física, a pesar de que sí se producen a lo largo dc la obra varias intentonas de asesinato, que fracasan todas, no obstante, dada la astucia, valen - tía y heroicidad del duque. En la obra, el héroe se enfrenta sin embargo a otra clase de muerte que en esta época habría de resultar igualmente grave, ya que con la rebelión cometida, Ernst ha arriesgado su fin político y social, pues tal como la muerte real es consecuencia del pecado del primer hombre, Ernst habrá de pagar su pecado particular con una muerte asimismo especial. Rccuérdese aquí que el emperador, a quien ha desafiado, no sólo es su señor, sino también un pariente muy próximo, pues se trata de su padrastro. Aquí debe tenerse en cuenta la extrema importancia que se le asignaba en esta época tanto al elemen - to familiar como ala integración social. Así, por ejemplo, uno de los peores crí - menes que, según su entorno, llega a cometer en su alocada juventud el caballe - ro Parzival, uno de los héroes más conocidos en la épica cortesano-caballeresca alemana, será desafiar en combate asu primo lther. a quien matará en esa lucha (Wolfram von Eschenbach, 1981: 265). Esta muerte, comparada muy a menudo con el asesinato de Abel por Cain, restará de manera importante al honor de este joven, qtíe deberá realizar grandes esfuerzos para hacer olvidar esta infracción a la noí’ma y seguir siendo aceptado en sociedad. En cuanto ala aceptación social, los caballeros con frecuencia realizan las más absurdas tareas para no verse al margen de una cultura que resulta funda- ‘76 E,’cí Pci ¡‘‘‘a Me ¡u mental para su supervivencia3. Un caballero alejado de su familia y excluido de su entorno social podía caer en la locura (Parra, 1998Y, como puede verse, por ejemplo, en el caso del caballero lwein de la novela del mismo nombre (Hart - mann von Aue. 1981: vv. 3231), o. en el mejor de los casos, si lograba mantener su cordura, vivía una monótona existencia solitaria que había de significar para él algo así como la muerte en vida. Es dc este modo, de muerte en vida, como califica precisamente su prolongado alejamiento de la sociedad el caballero Mabonagrin. recluido de manera involuntaria en su castillo por una promesa irreflexiva hecha asu esposa. Cuando al fin es liberado de stí aislamiento social, Mabonagrin exclamará, lleno dc alegría: “Sildas u n¡in abc cíe so enwart es lije ¡sic clehei ner síable «pil erbaben: dtírch cIas in lebencle ‘vas becraben la ¡u j uge nl uu de mili geb u rl.» Harí mann von Aue. 1983: vv. 9594—9600> (<. . .> por mi causa ¡había desaparee ¡do toda alegria ¡desde que no me tenían como caballero ¡aquí no había ¡diversión alguna ¡ porque mi u venítíd y mi rango estaban enterradas en vida»> La desesperación en la que sc hallaba sumido Mabonagrin a causa de su reclusión queda totalmente patente. y revela lo trascendental de la integración social. Una separación de todo aquello que era importante en la vida de un caba - llero medieval, es decir. de stí familia y entorno más inmediato, así como su exclusión social, es lo que espera a Ernst una vez que ha sido vencido en com - bate por su padrastro. El joven sufrirá la pérdida de su hogar, el temible destie - rio. En la Edad Media. esta expulsion lleva como consecuencia más inmediata el rechazo y olvido social. Muy a menudo, a los criminales contra el reino se les castigaba. más allá de las penas tísicas con lo que parecía mucho más duro, la eliminación (leí nombre. dc su estirpe en los anales (te la historia. A sus des - cendientes se les prohibía perpetuar el nombre de la faniilia so pena decaer asi - mismo cii el ostracismo social y se les obí galia a adoptar otro nombre (Vor— gí’srnmler, 1994: 5%. ‘ltdo esto, bien conocido por Ernst es aceptado poí este héroe sin embargo sorprendentemente con frialdad casi con ndi lure nc ía ‘Y puede cali fi ea rse de extraordí nafl aesla actitud nne’ ‘oit luce nene i as~ píe It íía la muerte. L~u~ se consideraba heí’o ca en muchos n’os a este alejatriic nto tan terrible (le Itt c. ‘; >e nam ¡no ni ísmo’y sus descendientes esa mancha en e 1 honor Así, paFiteniAÚU tun la obligación caballeresca dci sus oo 1 :itxaía a ti,, <mcc onqurst.ír el an mr dc ésta, cl oven Tseh onatulander parte en busca de una coma de peri ¡vio ‘ecresartt sin otu on b ¡o d oa 1 cs brazos de sí.’ amad a’ Al brecht von Seharfenberg. 1 952.). El viaje corno alegoría de la muenre. Visita a los ¡ni ¡‘cmos de utí caballero medieval... 77 familia?. Sin embargo, sin lamentar su mala fortuna, sin arrepentimiento por sus acciones, sin cuestionarse siquiera su futuro, con esa estoicidad precisamente, con la que los caballeros antes mencionados esperan la muerte cuando ésta es inevita - ble, también Ernst admitecon naturalidad su muerte en vida, su muerte social: ¡ch mac Icider mére nihí dcm riche widerstán.<...> swcr swimmet wider wazzers stram, ergét es mi cm WiIe wol, vúr wár ich iu das. sagen sol, er vert sejungest doch te tal. Un víirhte ch den selben val, wan der isí uns ze húse komcn. Ir babel dat dicke wot vernomen, swer lange urliuge widcr das rietie hál, oh er mi cm wtle widcrstát. te jungesí muoz eran dem sehaden stén: alsó mac c~’ ouchmir ergén” (Hersog, 1971.): 772-1792) («Para ini desgracia no puedo oponerme durante más tiempo al emperador. <‘‘‘a Quien nada contra corriente podrá manteneise durante un tiempo, más al (‘mal se lo lleva la corriente río abajo, eso debo deciros enverdad. Eso es toque yo me temo ahora, porque esta situación ha ocurrido con nosotros. Lohabía oído rre - cuentemente: Quien guerrea coníra el emperadory el reino, aunque pueda resistir durante un tiempo, al linal será vencido. Y esto es lo que me ha sucedido a mí»). Unas palabras que sorprenden por su indiferencia, casi frialdad, pues no parece que sea de sí mismo y de su destino de lo que esté hablando el duque. Volviendo ahora a Philippe Ariés y su historia de la muerte, tal como indica este critico, una vez comprendido que el fin se aproxima llegará cl segundo paso, en el que, según comenta Ariés, «sintiendo el moribundo su fin cercano. tomaba sus disposiciones» (Aries, 1983..’ 20). Algunos de estos preparativos se han mantenido hasta hoy en día, por lo que no llaman demasiado la atención. Por ejemplo, se conocen aún hoy en día la confesión de pecados, el dejar prote - gidas en la medida de lo posible a aquellas personas hasta entonces a cargo del moribundo y, linalmente, el recibimiento de la muerte en paz consigo mismo. Para esto último, durante la Edad Media, se seguía asimismo un ritual determi - nado. Era importante acostarse de espaldas, pues de esta manera el rostro mira - ba hacia el cielo y era más sencillo el contacto con Dios (Rolands/ied, 1985: vv. 69 15-17). Pero, además, cl moribundo se aseguraba de ser sepultado orientado hacia el Este, hacia Jerusalén (Aries, 1983 : 20). Esto era fundamental, pues, en un paralelisíno evidente con la cultura árabe, Jerusalén era para el caballero cris- De hecho, el duque Ernst histórico sc negó a abandonar su paí~., prefiriendo fenecer en la sel - va negra a manos delas tropasdel emperador, pues se senlía incapaz de alejarse de su amada patria. 78 Eva Pan’a Membrives tiano la ciudad sagrada, «el centro y oh gen de todo pensamiento civilizado, la ciudad Paraíso <...»> (Pana, 1996: 240),la última etapa del camino. La orien - tación hacia Jerusalén en el momento de la muerte daba así al moribundo la seguridad de que a su alma se le facilitaba en lo posible la llegada al Paraíso. Jerusalén, la ciudad de Dios, simbolizaba en esta época en realidad el alma humana en su búsqueda dc lo divino, y eran muy frecuentes imágenes y des - cripciones paradisiacas de esta urbe. Así, muy a menudo, los poetas transcriben una imagen de Jerusalén como ciudad de la pureza, antesala del Paraíso, que, a todo aquel que sepa ver más allá de lo meramente físico, le proporcionará ya en la Tierra los placeres que se le prometen al buen cristiano en los cielos. Si se vuelve ahora al-Ie’zog Ernst, puede advertirse cómo, tras asumir que su muerte —su muerte política, desde luego— es inevitable, también Ernst se dispone a prepararse para este fin. Preocupado, como con’esponde a todo buen señor, por aquéllos que están asu cargo —que en este caso son sus vasallos, pues Ernst no tiene más familia, ni, curiosamente, ninguna dama por la que inquietarse— cl duque, en primer lugar, se cuida de la situación cilla que van a quedar sus fieles después de su partida: «vil 1 ¡eben friunde. unde mii’, und sU sieher das ir nlmmer werdeí von mr verlán dic wi]e und den hp hún: der wirt dureh inch geveilel heidegrós unde kleine sol i u sin gemeine ‘vas mir gol gegeben hál» (l-lerzoe, lOiti: ‘y t937-l945> (« Mis muy queridosamicos. amados seáis. Tened la seguridad de que jamás voy a abandonaros nl eniras viva. ‘lodo lo que he conseguido lamubién ema para vosotros, y comí vosotros l’eparti íd, lo grande y lo peqtíeño, todo lo que Dios me ha dado, os perlenecerá.>j. Como puede advertirse, Ernst pretende asegurar el l’uturo de los suyos, como corresponde a todo aquel que se dispone a abandonar este mundo. Una y otra vez tranquiliza a sus vasallos, insistiendo en que no va a abandonarlos yque compartirá las riquezas que aán le quedan con ellos. Su preocupación por el desamparo en el que quedarían sus hombres tras su muerte —muerte social, se entiende—, muestra así la existencia de ese segundo paso en el acercamiento de la muem’te. Tras reconocer Ernst su fracaso y comprender que su derrota es defi - nitiva, se prepara para el bien morir, lo cual incluye disposiciones como las que se acaban dc citar. Pero, más aún, al igual que cualquier moribundo que aguar - da el fin de sus días, el duque desea recibir ala muerte preparado. De este modo, en vez de esperar a ser desterrado y expulsado de su país, esto es, de aguardar a que los acontecimientos le desborden y escapen a su contiol, Ernst se exilia él El viaje corno alegoría de la muera’. Visita o losInfiernos de un caballero medieval... 79 mismo voluntariamente, decidiendo adentrarse de motu propto en esas profun - didades desconocidas que le había de proporcionar su exclusión social. Aparece aquí, además, como era de esperar en un moribundo, la orientación hacia Jeru - salén, pues es este el destino final que elige el duque. Esa intención de realizar - lo todo con corrección yde tomar la desgracia que podía suponer la muerte, tan - to física como política, en una recompensa, como podía ser la entrada en el Paraíso, ya sea el divino o el terrenal, Jerusalén, pueden advertirse muy clara - mente en la novela. Así, Ernst le comunica a sus hombres: «nu suln wir wislichen dem keiscr entwiehen.<...> das wir fUeren tiber mer, dar stét vaste mir der muol. Ob ez iueh herren dunketguol, sé sol uns des dureh gol gezemen daz wir durch in das kriusc nemeo ze diensie dcm heiligen grabe. Sé komen wir sin mit éren abe, U wir uns sus veríriben lUn.» <Uerzog, 1970: vv. 1807-1817) <«Escapemiios ahora del emperador de manera inteligente: mi intención es, que nos dirijamos al mar Si a vosotros, caballeros, os parece adecuado, compro - metámonosen honor a Dios a realizar una emuzada y ponernos al serviciodel San - lo Sepulcro. De este modo, podremos retirarnos con honor, antes de que seamos expulsados».) La inevitabilidad de su muerte parece muy clara para Ernst. Su máxima pre - ocupación es ahora, una vez tomadas todas las disposiciones, no morir en sole - dad. Para el hombre medieval, cuya integración en la sociedad era tan funda - mental, la muerte solitaria constituía uno de sus grandes temores (Ariés, 1983: 24) y era signo además dc una escasa estima en su entorno. La mayor parte de los héroes cortesanos se ven acompañados así en el momento del desenlace final por parientes y amigos, que habrán de facilitar la transición entre un mundo y el otro. En la novela, tampoco Ernst sc decide por un destierro en solitario. Tras haber asegurado el bienestar de sus vasallos asu partida, insinúa a sus fieles que desea que le acompañen en ese último viaje. No es él solo, sino también aque - llos caballeros suyos que leestiman, los que habránde viajar a Jerusalén con él. El autor del texto destaca aquí lo numerosa que era esa compañía, lo cual demuestra laenorme popularidad dcl duque: «sus fuor <lcr fuerstehérsam uz von sinen seldea mit ás.erwelten helden. Der herzogeEmesí wasgenieinl dazsin sehar was sé breir 86 Eva Parra Menib,’ives Para hablar de la traición, uno de los peores crímenes quepueden cometerse en esta época, el autor elige como pueblo representativo a los cascos píanos. Enemigos acérrimos éstos dc sus vecinos los cíclopes, los cascos planos cons - tantemente están intentando encontrar un modo de asaltarlos. Pero, como el autor subraya, esto no lo hacen abiertamente, ala manera caballeresca, lanzan - do un desafío y midiendo las fuerzas en justo combate. En primer lugar, los cas - cos planos se arman en secreto, durante la noche, para no ser advertidos y así poder atacar por sorpresa a unos cíclopes no preparados. Además, emplean durante su ataque unas terroríficas armas de fuego que les permiten disparar a distancia sin que hayan dc correr riesgo sus vidas y sin enfrentarse así al heroi - co combate cuerpo a cuerpo. Las intenciones de los cascos planos no son tam - poco conquistar tierras por algún motivo material, sino, simplemente, sin inten - cionalidad específica «mitroube und mil brande wolden sic den kiinic hern und sin riehe garverhern» (Herzog, 1970: 264) («Con robo e incendio / querían atacar al rey ¡ y arrasar sus tierras») Mucho más malvados que cualquier otro pueblo, los cascos planos, que ata - can a traición, lo hacen por el simple descode destruir. Este vandalismo es una muestra más de lo detestables que pueden ser las acciones de estos habitantes de los infiernos orientales y demuestra hasta donde debe sumergirse Ernst para redimir sus pecados. La prueba más dura y difícil se le planteaí’á a Ernst cuando, después de luchar una y otra vez contra pueblos enemigos. se le comunica que el rey de los moros es repetidamente atacado por los infieles, los cuales intentan obligarle a que abandone la fe cristiana. El rey moro está desesperado, al límite de sus fuer - zas yyano puede resistir más. Sus enemigos infieles se disponen a cometer el mayor crimen imaginable para el hombre medieval, pretenden apartar de Dios, de la verdadera fe, aun buen cristiano, para sumirlo en la diabólica herejía. Semía éste el más profundo de los infiernos. Es evidenle que en esta última prueba. mas que nunca, el dtmque ha de icaccionar y salvar a este atormentado cristiano. La lucha es larga, sangrienta y cruel. mucho más que en otras ocasiones, pues el pecado que ha (le vencerse así lo exige. El aulor comunica cómo se siente inca - paz de contar a cuántos enemigos mata Ernst en combate. Finalmente, el duque logra vencer a los infieles, arrancándoles la promesa de que nunca jamás inten - tarán presionar al rey de los moros en ningún sentido (I-Ier:og, 1970: 303). En esta victoria final, la más dura de todas, pues se trata de una lucha por la fe, Ernst completa su camino por los Infiernos en busca de redención. Así lo entiende él mismo, pues, trashaber vivido años enicios en pueblos como Gí~ippia El viaje como alegoríade la muerte. Visita alos Infiernos de un caballeromedieval ... 87 y Arimaspi, decide, al fin, acercarse a su destino original y confesado: Jerusalén, la ciudad Paraíso. Falto ya de pecado, pues sus repetidos combates en favor del bien lo han purificado, Dios tolera la entrada del duque en esta ciudad perfecta; de hecho, ésta será triunfal: «Do er se Jérusalém kamn und man diu maere vernam duz der fursie wacrckorncn von dem só vil wunder was vemornmen, des fróweten sieh wip unde man. WoI cine mlle gén mi dan sic riten undegiengen, dá sic den helt enphiemigcr¡ in das lant mit grózen éren.» (Herzog, 1970: vv.5667-5675) («Cuando llegó a Jerusalén, y se supo allí que el duque había llegado, aquél, dequien tanto sc había hablado, sealegraron hombres y mujeres. A caballo oa pie se le acercaron más de una millapara recibirlo con todos los honores.») Con la entrada en Jerusalén. y esa recepción por parte de sus habitantes, tan llena de honores, Ernst es acogido entre la élitc cristiana como un igual. En su entrada al Paraíso, el duque tiene así ese acompanamiento angelical, que demuestra que ya ha redimido todos sus pecados. Su vida en Jerusalén, plácida y tranquila, pero, a la vez, llena de demostraciones de caridad, generosidad y otras muchas virtudes, pueden perfectamente compararse con esa existencia celestial con la que todo cristiano sueña. Para concluir, cl itinerario seguido por Ernst y todas las aventuras que vive a lo largo de su exótico recorrido, explican, como sc puede advertir, ala perfección el por qué el autor desconocido del texto decide, en un alarde de originalidad tan poco común en la Edad Media, sustituir la muerte histórica de un personaje por un viaje oriental. El viaje emprendido por Ernst ha sido en realidad utilizado por el autor como hábil disfraz para ejemplificar unas actitudes que han de observarse —incluso más allá de la muerte— y, a la vez, para ‘desdramatizar’, corno lo denomina Mitre Fernández (Mitre, 1988: 31), un tema por lo usual tan negativo. La muerte que ha podido ser tratada de manera amena y casi desenfadada, no ha de ser, para elhombre medieval, sino un paso más, una nueva pruebaen la que demostrar su natural condición bondadosa si desea alcanzar eldestino final: Jeru - salén, el Paraíso. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS ALIGRERI, D.: La Divina Comedia, Buenos Aires, El Ateneo, 1952. DasRclandslied des Pláffen Kon,’ad, Tiibingcn, Niemeyer, 1985. 88 Eva Patio Memb,’ií’e.s ARIÉs. 1’.: El hombre ante la muerte Madrid, Taurus, 1983. PARRA MEMI3RIvES, E.: «¿Jerusalén o Babilonia? La ciudad medieval corno antesala del Infierno o del Paraíso», en: M. Maldonado Alemán ¡E. Parma Meínbrives. ftíd¡¡sttft,¡ x’ ciudad en la lile¡’arura, Sevilla; Agathon, 1996. PARRA MEMnRlvmis, E.: ~<Irracionalidad y exclusión social en la novela coríesano-caba - lleresca alemana» en: E. Parra Membrives ¡ M. Maldonado Alemán (cdsú: Lo ir’a - cional en la lite,’atm’a, Sevilla, Agathon, 1998 (en prensa). 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