Racismo y segregación étnica en las agriculturas intensivas (reseña)
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44 reseña Alicia Reigada Olaizola, “Racismo y segregación étnica en las agriculturas intensivas”, Regiones, suplemento de antropología..., número 47, enero-marzo de 2012, pp. 44-46. En su artículo “El Ejido, dos años después. Realidad, silencios y enseñanzas”, la antropóloga Emma Martín se propone analizar la realidad que se halla bajo los sucesos racistas de El Ejido, localidad situada en el poniente almeriense (Andalucía), al sureste del Estado español. Tales sucesos, ocurridos en febrero de 2000, han sido considerados como uno de los episodios de violencia racista más graves de la Unión Europea. Fue a raíz del doble asesinato de dos agricultores por un inmigrante marroquí y, dos semanas después, del asesinato de una vecina del municipio por otro inmigrante de origen marroquí con trastornos mentales que intentó robarle,1 que estallaron las reacciones racistas de la población local hacia la población inmigrante asentada desde hacía años en el municipio de El Ejido. Como bien explica la autora, los resultados de tales sucesos evidencian la gravedad de los mismos: “42 heridos, 62 coches quemados, 35 negocios arrasados, 2 mezquitas destrozadas, 500 personas sin techo, 3 000 personas desplazas a otros lugares y 1 033 denuncias presentadas” (Martín, 2002: 87). A fin de comprender adecuadamente el transcurso de los acontecimientos y de rescatar las lecciones que se pueden extraer de la situación vivida, la autora señala la importancia de ahondar en las causas que desencadenaron estos ataques y de superar el planteamiento que presenta el conflicto como un asunto de “buenos” y “malos”. La repercusión que tuvieron en la sociedad española y europea, así como en los medios de comunicación, y los debates que surgieron a partir de estos acontecimientos pueden ayudar a reflexionar sobre Racismo y segregación étnica en las agriculturas intensivas • Departamento de Antropología Social, Universidad de Sevilla, España. Alicia Reigada Olaizola • 1 Los dos inmigrantes marroquíes y los asesinatos cometidos, aunque se produjeron en un intervalo de apenas dos semanas (el 22 de enero y el 5 de febrero, respectivamente), no estuvieron relacionados entre sí.
45 el modelo de sociabilidad e integración social que se halla en la base de las zonas de agricultura intensiva de exportación. El texto comienza con una contextualización de El Ejido, que constituye uno de los municipios que integran la zona del poniente almeriense, convertida en la mayor superficie de cultivos de invernadero y en el primer exportador de productos hortofrutícolas en fresco de toda Europa. De hecho, la conformación de los núcleos de población en esta zona es resultado de la propia expansión del modelo de agricultura intensiva. Es este modelo el que en buena medida ha condicionado los patrones migratorios, la estructura del mercado de trabajo y el marco de las relaciones interétnicas. Como otras áreas de agricultura intensiva, los cultivos hortofrutícolas del poniente almeriense se basan en la sobreexplotación de los recursos naturales y de los trabajadores asalariados de origen inmigrante, procedentes, en este periodo, fundamentalmente de Marruecos. La visión que ofrece la autora a lo largo de su análisis viene a complejizar aquellas versiones que, aun condenando los acontecimientos racistas, se han limitado a describir los hechos y a presentarlos únicamente como una consecuencia de los asesinatos cometidos. Al mismo tiempo, permite cuestionar tanto el discurso de la población autóctona, que considera que el factor desencadenante de los ataques fue la inmigración irregular, como los discursos que, en la postura contraria, se limitan a criminalizar y responsabilizar a la población local. En este sentido, resulta clave comenzar planteando una de las ideas recogidas en el texto: si bien la situación que se da es en parte excepcional, no podemos olvidar que “es también consecuencia de un tratamiento global de la inmigración que se focaliza cada vez más en la criminalización de los inmigrantes, y no, como sería deseable, en la implementación de medidas para la integración de los distintos colectivos” (Martín, 2002: 74). Esto es, resulta fundamental atender al modelo de inserción de los inmigrantes establecido en El Ejido, así como a las condiciones creadas desde las propias políticas migratorias. De este modo, Emma Martín invita a considerar, por un lado, cómo, conforme se fue expandiendo la agricultura intensiva en El Ejido y fue aumentando la presencia de pobladores inmigrantes, muchos de ellos indocumentados, se fue imponiendo también un modelo basado en la segregación étnica y la estigmatización social de los trabajadores inmigrantes. La generación de bolsas de reserva de mano de obra, que garantizaban a los agricultores la disposición de una fuerza de trabajo flexible y barata, se tradujo, especialmente desde mediados de los años noventa, en una mayor vulnerabilidad e inestabilidad de los trabajadores inmigrantes. El incremento de la marginalidad y de focos de exclusión social vino acompañado del aumento de los delitos, en concreto los relacionados con hurtos a pequeña escala. Y, a raíz de ello, fueron generalizándose las reacciones excluyentes contra la totalidad del colectivo: “Los espacios fueron segregándose, los inmigrantes vieron cómo se les negaba la entrada en los lugares públicos, o se les exigía pagar un precio mayor por los productos consumidos” (Martín, 2002: 84). Por otro lado, el texto argumenta cómo este modelo encontró legitimidad en un marco político-jurídico (el de las políticas migratorias estatales y europeas) que ha ido estableciendo la asociación entre “inmigración y delincuencia” y oponiendo la sociedad nacional, portadora de valores democráticos, frente a la población inmigrante, procedente, supuestamente, de culturas con valores incompatibles con los de las democracias occidentales. Asimismo, resulta de gran interés prestar atención a la relación que la autora establece entre estos ataques y otros dos elementos que por lo general no han sido tenidos en cuenta: el rechazo de los agricultores almerienses a la importación europea de productos hortofrutícolas procedentes de los campos de Marruecos y Emma Martín invita a considerar, por un lado, cómo, conforme se fue expandiendo la agricultura intensiva en El Ejido y fue aumentando la presencia de pobladores inmigrantes, muchos de ellos indocumentados, se fue imponiendo también un modelo basado en la segregación étnica y la estigmatización social de los trabajadores inmigrantes.
46 la progresiva organización y capacidad de movilización del colectivo de trabajadores marroquíes, que contaba con una larga trayectoria de trabajo en los campos almerienses y un mayor conocimiento de sus derechos sociales y laborales. De este modo, considero que el artículo, además de ofrecer una interpretación más compleja y más justa de los sucesos de El Ejido, contribuye a ir más allá de lo acontecido en esta localidad y a conectar estos sucesos con el contexto global en el que se insertan. Esto es, permite trascender el caso específico y trasladar estas reflexiones a la realidad vivida en la actualidad en diferentes zonas agroexportadoras del mundo en las que la segregación étnica se ha convertido en el modelo de inserción sociolaboral imperante. Ofrece, así, la oportunidad de ahondar en los factores (sociales, económicos y culturales) que inciden en las formas de violencia, racismo y xenofobia que se viven hoy en día en los campos agrícolas, y muy especialmente, invita a no olvidar el papel fundamental que las políticas migratorias y el Estado juegan en el ejercicio y en la legitimación del racismo contemporáneo. Al situar en el centro del análisis la pregunta sobre el modelo de sociedad que se construye, la antropóloga Emma Martín viene a poner de nuevo sobre la mesa el dilema planteado desde hace años en el seno de la agricultura intensiva californiana: si queremos un modelo basado en la lógica del mercado, y sustentado, por tanto, en la segmentación étnico-laboral y en la exclusión social, o si, por el contrario, queremos apostar por la lógica de los derechos humanos, el pluralismo cultural y la integración social. Referencia Martín Díaz, Emma (2002): “El Ejido, dos años después. Realidad, silencios y enseñanzas”, en De luCas, Javier y torres, Francisco (Eds.): Inmigrantes, ¿cómo los tenemos?, Madrid, Talasa, pp. 74-97. Ofrece, así, la oportunidad de ahondar en los factores (sociales, económicos y culturales) que inciden en las formas de violencia, racismo y xenofobia que se viven hoy en día en los campos agrícolas, y muy especialmente, invita a no olvidar el papel fundamental que las políticas migratorias y el Estado juegan en el ejercicio y en la legitimación del racismo contemporáneo.