Full text
EL PATRIMONIO Y EL ESTADO EN LA FORMACIÓN DE LA IDENTIDAD CULTURAL DE CHILE: DESARROLLO DEL CONCEPTO DE PATRIMONIO Y SU APROPIACIÓN POR LA SOCIEDAD CHILENA ENTRE LOS SIGLOS XIX Y XXI Palacio de La Moneda, sede de la Presidencia de la República, Santiago de Chile. Foto A. Cabeza Doctorando: Ángel Emilio Cabeza Monteira Profesor Director: Francisco Javier Rodríguez Barberán Universidad de Sevilla, España Departamento de Historia, Teoría y Composición Arquitectónica 2015
2 TABLA DE CONTENIDOS Presentación……………………………………………………………………………. pág. 4 1. Introducción……………………………………………………………………….. pág. 5 2. Marco Teórico, Metodología e Hipótesis de Trabajo………….................. . pág.10 2.1 La Cultura y la Identidad Cultural como marcos conceptuales del Patrimonio…………………………………………...................................... . pág.10 2.2 Los Conceptos de Estado y Nación…………………………………………. . pág.21 2.3 El Desarrollo del Concepto de Patrimonio…………………………………. . pág.27 2.4 Las Cartas y Convenciones Internacionales y su aplicación en América Latina y Chile…………………………………………………………………. . pág.57 2.5 Hipótesis y Metodología……………………………………………………… . pág.67 3. Formación Histórica Del Estado De Chile Y De La Identidad Nacional..... pág.76 3.1 La Diversidad Ambiental y Cultural del Territorio de Chile……………….. pág.76 3.2 La Formación de la Nacionalidad e Identidades Culturales de Chile…… pág.96 3.3 La Formación de la Identidad Nacional: Procesos, Símbolos y Arquitectura pág.104 3.4 La Independencia de Chile de la Corona Española, la Formación del Estado Republicano y de la Identidad Nacional del siglo XIX y comienzos del siglo XX pág.123 4. Desarrollo de los Conceptos de Patrimonio en Chile y su Evolución Legal e Institucional durante los Siglos XIX Y XX…………………………………………………… pág.211 4.1 Introducción…………………………………………………………………. pág.211 4.2 Las primeras Instituciones, Normativas Legales y Acciones Republicanas vinculadas al patrimonio………………………………………………………… pág.212 4.3 La Primera Legislación Patrimonial de Chile de 1925………………….. pág.261 4.4 La Evolución del Consejo de Monumentos Nacionales entre 1925 y 1970 pág.271 4.5 La Ley de Monumentos Nacionales de 1970 y su aplicación…………. pág.290 4.6 La legislación de vivienda y urbanismo y su vinculación con el patrimonio pág.338 4.7 La legislación del patrimonio natural y de las áreas silvestres protegidas su vinculación con el patrimonio cultural……………………………………. pág.343 4.8 Resumen de la legislación y la organización institucional sobre el patrimonio en Chile……………………………………………………………. pág.351 4.9 Análisis legislativo comparativo del Patrimonio Cultural de Chile con otras realidades en América Latina y Europa………………………………. pág.353 4.10 Análisis comparativo de los monumentos declarados entre 1926 y 2008 pág.361 5. Síntesis de Contenidos y Conclusiones……………………………………….. pág.376 5.1 El patrimonio y su vinculación con los conceptos de identidad cultural, Estado y Nación……………………………………………………………………………… pág.377 5.2 La génesis y síntesis inicial de la sociedad chilena en la conquista y la colonia pág.381 5.3 El patrimonio y los monumentos en la Independencia, formación de la
3 República de Chile y construcción de una identidad nacional en el siglo XIX pág.384 5.4. El patrimonio y los monumentos en la formación de una identidad cultural nacional más plural y diversa en el siglo XX y comienzos del siglo XXI….. pág.390 6. Bibliografía……………………………………………………………………….. pág.404 Anexo Nº 1……………………………………………………………………………. pág.425 Real Cédula de S(u) M(ajestad) y Señores del Consejo, por la qual se aprueba y manda observar la Instrucción formada por la Real Academia de la Historia sobre el modo de recoger y conservar los monumentos antiguos descubiertos ó que se descubran en el Reyno (6 de julio de 1803) Anexo N° 2………………………………………………………………………….. pág.429 Decreto Orgánico de Creación del Consejo Superior de Letras y Bellas Artes Santiago, 31 de Mayo de 1909. Anexo Nº 3……………………………………………………………………………. pág.434 Ministerio De Instrucción Pública Mensaje presentado al H. Consejo de Estado sobre conservación de Monumentos Históricos Anexo Nº 4............................................................................................ ......... pág.440 Resolución de la Quinta Conferencia Panamericana de Santiago de Chile aprobada el 13 de abril de 1923 sobre Protección de los Documentos Arqueológicos. Anexo Nº 5………………………………………………………………………….. pág.442 Documento incluido en el libro de Ricardo Donoso (1937): Recopilación de Leyes, Reglamentos y Decretos relativos a la Enseñanza Pública. Ministerio de Educación Pública. Talleres de Imprenta de la Dirección General de Prisiones, Santiago de Chile. Anexo Nº 6…………………………………………………………………………. pág.447 Biblioteca del Congreso Nacional Decreto Ley N° 651 Sobre Monumentos Nacionales. Santiago, 17 de octubre de 1925. Anexo Nº 7…………………………………………………………………………… pág.454 Ley Nº 17.288 de 1970: Legisla sobre Monumentos Nacionales. Anexo N° 8………………………………………………………………………….. pág.469 Campos de la base de datos de monumentos nacionales de chile 1926-2008.
4 PRESENTACIÓN La identidad cultural, la memoria histórica y el patrimonio siempre han sido un tema central de toda sociedad en su proceso de formación, continuidad y cambio. Comprender la relación entre estos conceptos en realidades concretas siempre ha sido un desafío, más aún cuando los vinculamos a las ideas de nación y estado de los últimos siglos. Unos investigadores argumentan que la nación crea al estado y otros al revés. Otros explican que cada comunidad va construyendo, imaginando y creando tales conceptos en su devenir para mantener cierta cohesión y permanencia. Lo concreto es que los grupos humanos siempre han sido muy diferentes en su constitución y sujetos a profundos cambios, por cierto unos más que otros en diferentes etapas de su historia. En el contexto mundial el continente americano es muy interesante de analizar tanto en sus últimos siglos como en su futuro próximo. Esta investigación trata el caso de Chile y explora cómo comunidades diversas en su origen, mestizas a través de los siglos, construyen a través de sus élites una idea de nación y estado unitario, y cómo en su propio proceso histórico el patrimonio es utilizado para fundamentar tales propósitos. Por cierto ha sido un trabajo dilatado en el tiempo que sin embargo ha ayudado a comprender mejor el objeto de estudio en el cual la experiencia de vida y profesional del suscrito han sido claves, quien desde inmigrante en su origen se integró en la sociedad chilena y fue ejerciendo diversos cargos en la administración del estado en el área patrimonial. Tal situación ofrece ciertas ventajas pero también riesgos de objetividad en el análisis. No es fácil ser actor y crítico de los propios procesos en los cuales uno participa. Pero tampoco uno puede restarse de analizarlos y entregar su propia visión, aunque algunos la consideren subjetiva. Al finalizar este trabajo enuncio ciertas conclusiones pero también incertidumbres porque el futuro siempre tiene ese carácter propio de la naturaleza humana. No quiero concluir estas palabras sin recocer el permanente apoyo de mi compañera de vida Angélica y de mis hijos Camila e Inti, como también de mis nietos Luciana y Bastián. Son mi familia en este país que quiero, mi identidad y patrimonio más preciado. También debo agradecer a mi profesor Francisco Javier Rodríguez Barberán por su paciencia y dedicación en revisar los manuscritos y por sus sabios consejos. Mil gracias a todos los que ayudaron en este periplo tan largo y espero contribuir con mi trabajo a que el patrimonio es vital en la construcción de toda comunidad siempre y cuando reconozca y respete la diversidad como eje central del desarrollo de la humanidad en su conjunto. Ángel Cabeza Monteira
5 EL PATRIMONIO Y EL ESTADO EN LA FORMACIÓN DE LA IDENTIDAD CULTURAL DE CHILE: DESARROLLO DEL CONCEPTO DE PATRIMONIO Y SU APROPIACIÓN POR LA SOCIEDAD CHILENA ENTRE LOS SIGLOS XIX Y XXI 1. INTRODUCCIÓN El patrimonio natural y cultural de América tiene una particular significación a nivel mundial. Es el último continente en ser poblado por la Humanidad. Por miles de años estuvo alejado de las influencias del resto del mundo hasta que la conquista y colonización europea, iniciada hace cinco siglos, alteró radicalmente su entorno natural y cultural. Tradicionalmente se divide el continente en dos grandes áreas culturales y económicas: Estados Unidos y Canadá por una parte, y América Latina y el Caribe por la otra. En realidad, tanto ayer como hoy, las fronteras de tales divisiones son difusas y en constantes procesos de transformación, donde las migraciones siguen igual de activas y los fundamentos culturales indígenas, coloniales y modernos están presentes y en permanente contradicción, junto a desarrollos desiguales, democracias en procesos de construcción y con el anhelo de millones de personas de crear un mundo más libre, justo y mejor para todos y todas. En este contexto debemos destacar que el patrimonio cultural de América Latina y el Caribe está viviendo una etapa de extensión y profundización poco estudiada y analizada en su conjunto. Por cierto, la amenaza de deterioro y destrucción es mayor en la actualidad por los cambios radicales que ha implicado la vida moderna, el impacto de la globalización, la expansión económica y la concentración urbana, además de las intensas transformaciones productivas de los sectores rurales. Sin embargo existe un despertar creciente de la conciencia e interés ciudadano por el patrimonio, el cual es percibido no solo como parte de la identidad y la memoria colectiva de cada comunidad, sino también como un medio para un mejor desarrollo y calidad de vida de toda la población. Este proceso ha sido lento pero progresivo. Algunos gobiernos de los estados latinoamericanos han promovido y acompañado estos cambios a través de su historia, otros han quedado rezagados. La situación es diferente en cada país y los factores de estos procesos tienen distinta valoración o integración en cada caso. En unos, el descubrimiento de su propio patrimonio e identidad surge como un escudo para los efectos negativos de
6 la globalización; en otros permite un reencuentro, un diálogo entre las diversidades culturales y la posibilidad de construir nuevos referentes sociales. Por otra parte, el patrimonio comienza a ser valorado como factor de desarrollo, no solo en el campo de las identidades, de la cultura y del turismo, sino también de la construcción, de la producción y el medioambiente. En tal sentido, nuevas áreas del patrimonio son exploradas superando las visiones tradicionales que destacaban solo las ciudades prehispánicas, coloniales y los monumentos aislados; por otra parte, recientes políticas públicas de construcción de viviendas sociales urbanas y rurales incorporan elementos, materiales y diseños patrimoniales en las nuevas construcciones; así también observamos como empresarios asocian los valores patrimoniales naturales y culturales locales a sus productos de exportación y, por último, vemos como en las políticas públicas ambientales se incluye el patrimonio como un valor que debe ser protegido, incorporándolo al desarrollo, evitándose o mitigándose los efectos adversos de los proyectos públicos y privados que lo impactan negativamente. Estos procesos de reconocimiento y valoración del patrimonio llevan décadas y la diversidad de situaciones es grande entre los países y al interior de cada uno de ellos, pero también con algunos retrocesos debido a los conflictos políticos y problemas económicos. La hipótesis principal que impulsa esta investigación es demostrar que el desarrollo del concepto de patrimonio en Chile ha sido impulsado y controlado desde el Estado y desde las elites que han administrado su poder, siendo esta última relación uno de los factores fundamentales en la formación de la nación chilena y de su identidad cultural oficial, la cual sólo en las últimas décadas se abre a reconocer su propia diversidad debido a los procesos de democratización y globalización. En el desarrollo de esta investigación veremos que tan certera es esta aseveración o si llegamos a una conclusión distinta. Volcanes altiplano, Parinacota, Norte de Chile Fiordos del Sur de Chile, sector de Tortel Fotos A. Cabeza
7 El territorio actual de Chile es de una gran diversidad geográfica, histórica y cultural. Sus primeros habitantes llegan hace por lo menos 14.000 años y desde entonces se formaron distintas identidades culturales, siendo las primeras de ellas las comunidades de cazadores y recolectores hasta los pueblos agricultores que formaron parte del Imperio Inca. El siglo XVI marca una ruptura profunda de este proceso debido a la conquista hispana, la cual implica la desaparición de varias culturas nativas y el mestizaje durante el período colonial y republicano hasta la actualidad con las recientes migraciones. La emancipación de la corona española a comienzos del siglo XIX lleva a los hacendados patriotas al poder y a la formación de un estado republicano inspirado en los ideales de la revolución francesa y la ilustración, con el respaldo de las potencias internacionales interesadas en la apertura del comercio y en el declive del poder colonial de España. El Estado republicano controlado por la aristocracia criolla se encontró con una sociedad mestiza en formación, con extensos territorios todavía en poder de pueblos indígenas, identidades culturales regionales no integradas a un ideal de nación y con asentamientos rurales muy dispersos, secularmente fragmentados y con fronteras políticas difusas con las otras repúblicas americanas que nacieron en la Independencia. En este contexto historiadores chilenos como Mario Góngora (1981) y más recientes como Luis Mizón (2001) han llevado a concluir que el Estado republicano fue el principal formador de la nación chilena y de su identidad cultural. Esta investigación pretende analizar cuál ha sido el rol del patrimonio en este proceso, cómo el Estado controlado por la élite económica e intelectual, tanto conservadora como liberal, impuso su ideal de país durante el siglo XIX, estableciendo símbolos de identidad unitaria, pretendiendo anular la diversidad cultural existente y educando a la población con un sentido nacionalista integrador fiel al Estado. Oficina Salitrera de Humberstone, Iquique Santiago de Chile Fotos A. Cabeza
8 De igual manera se busca analizar el desarrollo de las instituciones fundacionales del patrimonio y de la legislación que sientan las bases de la selección de los bienes culturales que serían meritorios de ser reconocidos como símbolos de la nacionalidad emergente y que deberían ser conservados para la posteridad. Así mismo se quiere comprender las contradicciones existentes en este proceso, tanto en su etapa formativa del siglo XIX, como en su consolidación en el siglo XX y su decadencia a finales de dicho siglo, para despertar con nuevos bríos a comienzos del siglo XXI con un sello más amplio, participativo, popular y crítico de las decisiones de la autoridad estatal y vinculado a los conflictos económicos y políticos. Cuáles han sido los actores y factores de estos procesos, cuáles son las tendencias actuales que nos permiten avizorar el futuro del patrimonio y su rol en la sociedad actual, son también parte de este desafío intelectual. Resolver estas preguntas y muchas más nos llevará a comprender mejor qué funciones sociales ha tenido el patrimonio en Chile, desde su concepción tradicional de monumentos a las más amplia de espacios protegidos que incluyen tanto el patrimonio natural como el cultural. El análisis comparativo nos permitirá descubrir procesos similares o divergentes tanto en América como en otros continentes. Ceremonia del nguillatún de mapuches-pehuenches de Lonquimay, Araucanía. Foto A. Cabeza
9 El estudio histórico de las diversas fuentes documentales y las entrevistas a los actores institucionales nos revelarán datos y visiones no registradas y analizadas sistemáticamente hasta ahora, como por ejemplo la revisión de las actas oficiales del Consejo de Monumentos Nacionales durante los últimos 90 años, o realizar análisis de qué tipo de bienes se protegían legalmente, cuáles se rechazaban y por qué, cuáles recibieron recursos fiscales o privados para su conservación, etc. Por otra parte la revisión crítica de la legislación y las discusiones parlamentarias para su actualización, además de los análisis de los medios de comunicación, tanto de ayer como de hoy, nos permitirán tener una visión y comprensión de estos procesos, y de cuáles son las tensiones entre conservación y desarrollo en la actualidad. Por otra parte el estudio de la iconografía y de otras fuentes no tradicionales, como las manifestadas por las poblaciones indígenas o la memoria reciente de los grupos de inmigrantes, ofrecerá nuevas formas de validar o modificar en el proceso de investigación nuestras hipótesis de trabajo.Especial preocupación tendremos de estudiar los silencios y lagunas de la historia del patrimonio en Chile, por qué las autoridades, con la anuencia de los grupos de poder, privilegiaron determinados bienes en desmedro de otros, cómo se han tratado desde el punto patrimonial los hechos dramáticos que recientemente ha vivido nuestra sociedad en las últimas cuatro décadas, cómo algunos hechos y procesos de gran relevancia e impacto tienden a ser olvidados y transformados en la memoria colectiva. Finalmente, creemos que esta investigación permitirá analizar la información existente sobre monumentos y patrimonio en Chile, cuyo estudio crítico es incipiente. También este esfuerzo será una oportunidad para plantear los desafíos que tiene el patrimonio hoy para alcanzar una sociedad más armónica entre su pasado, su devenir y su entorno natural y cultural. Fiesta roto chileno Yungay Mapuche-Pehuenche Inmigrantes asturianos. Fotos A. Cabeza
16 bienes e historia, persiste en lo propio o cambia, creando nuevas entidades. Los conocimientos, creencias, bienes materiales, construcciones y la forma de relacionarse con el entorno, constituyen herencias colectivas que conforman su patrimonio, el cual es seleccionado, codificado o destruido en función de sus propios proyectos comunitarios o colectivos. La Identidad Cultural La identidad, como expresión de pertenencia de un individuo o grupo a una determinada cultura o comunidad, cobró especial importancia en las ciencias sociales a partir de la segunda mitad del siglo XX, aunque ya a principios de dicho siglo el concepto es objeto de preocupación especial de la sicología. Sin embargo, es en los ochenta, cuando el concepto se pone de moda en distintas disciplinas, coincidiendo con la disolución de varios estados nacionales, la creación de nuevos estados, la demanda de autonomía cultural y política de varios pueblos y con el desarrollo del pensamiento postmodernista, el cual rechazaba los discursos totalitarios y esencialistas que la modernidad había construido al plantear ésta su fe máxima en el progreso, la tecnología, la ciencia, la razón y el cambio de las estructuras sociales tradicionales y del poder. Interesa aclarar esta disposición reciente de muchos intelectuales respecto del postmodernismo, debido que tales ideas nos permitirán explicar mejor después como el patrimonio ha sido y es un concepto importante, tanto en el modernismo como en el postmodernismo, siendo incluso, por contradictorio que parezca, un concepto utilizado por ambos. El postmodernismo, tal como señala Hal Foster (2006: 16-17) se expresa como una crisis de representación de Occidente, de su poder, de sus afirmaciones universales. Es una crítica a las ficciones de la modernidad; un deseo de pensar desde la diferencia, de reflexionar sin jerarquías, de negar los supuestos campos autónomos del saber y de los expertos; una aspiración de comprender las relaciones actuales entre política y cultura, de permitir que los discursos plurales se expresen. Tal vez la mejor manera de definir el postmodernismo es como un conflicto entre formas culturales y económicas nuevas y antiguas, es una ruptura con el modernismo, de su ideario de superioridad moral y de progreso infinito de la ciencia, planteando un modo nuevo de ser en el espacio y en el tiempo. Pero tal corriente de pensamiento tiene anclajes o postulados diferentes. Hay un postmodernismo de resistencia y otro de reacción. El primero trata de cambiar el objeto y su contexto social, en cierta manera de recobrar, en un espacio nuevo, las ideas primigenias del modernismo, que fueron tergiversadas con el tiempo. El segundo repudia el modernismo, busca cambiar el orden actual invocando el neoconservadurismo, siendo utilizado por algunos neoliberales como su filosofía y fundamento ideológico al privilegiar la indeterminación, la fragmentación, la
17 diferencia, lo heterogéneo y la desconfianza en las verdades absolutas (Foster, H. 2006:11; Larraín, J.1996: 244, 250). El concepto de identidad cultural o social tiene un lugar central y común como objeto de estudio de la sicología, la sociología, la antropología y la historia. El concepto es definido por el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en lo que nos compete, como “conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracteriza frente a los demás” o como la “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. Vemos aquí los aspectos centrales del concepto, que de acuerdo a los marcos teóricos de cada disciplina, adquieren connotaciones diversas respecto de sus características, de cómo constituye, de cómo cambia, de las relaciones entre la identidad individual y la colectiva, de la relaciones entre identidades de diferentes comunidades y grupos humanos. La idea de que la identidad de los individuos se definía en función de los otros, en un proceso de relaciones sincrónicas y diacrónicas, ganó fuerza desde finales del siglo XIX. Por ejemplo el sicólogo William James, en su obra Principios de la Psicología, publicada en Londres en 1890, la cual influenció a más de una generación de especialistas, postulaba que la identidad de los individuos no era algo dado sino construido en base a tres aspectos: lo material, lo social y lo espiritual (Larraín, J. 1996:99). Posteriormente Sigmund Freud (2011) logró un gran aporte al concepto planteando que la identidad de los individuos era formada también por fuerzas de las cuales no era consciente. Después los estructuralistas fueron más lejos, argumentando que la identidad de los individuos era construida fundamentalmente por estructuras externas, invocando la frase de Claude Lévi- Strauss: “… es vano acudir a la conciencia histórica para el más verdadero de los significados…” (Larraín, J. 1996:104). Sin embargo, la visión más común entre los especialistas de las ciencias sociales, tiende a los enfoques constructivistas o historicistas al definir la identidad, donde los actores colectivos, mediante su experiencia, intereses o representaciones compartidas, constituyen sistemas de referencia y de sentido, que los hacen reconocerse como integrantes de una comunidad, que es diferente a otras comunidades próximas o distantes (Pinto, J. et al, 2003: 279). Jorge Larraín da cuenta tres tipos de concepciones teóricas sobre la identidad al estudiar América Latina: (1) el constructivismo, en el cual ciertos discursos construyen la nación y los sujetos nacionales; (2) el esencialismo, que define la identidad como un hecho acabado y estable de experiencias comunes y de valores compartidos constituidos en el pasado desde el poder y (3) la históricaestructural, que busca alcanzar un equilibrio entre el constructivismo y esencialismo, indicando que la identidad está en permanente construcción dentro de determinados contextos históricos, y que no considera solamente los discursos
18 públicos, sino también los privados de cada individuo, existiendo una dinámica de interacción entre ellos (Larraín, J. 2001:15-16). El sicólogo Pierre Tap, citado por Jorge Pinto et al (2003), resalta el sentido relacional del concepto de identidad, en tensión permanente entre lo propio y lo ajeno, señalando que las identidades son: “…sistemas dinámicos de sentimientos axiológicos y de representaciones mediante las cuales el actor social, individual o colectivo, orienta sus conductas, organiza sus proyectos, construye su historia, busca resolver las contradicciones y superar los conflictos, en función de determinaciones diversas ligadas a sus condiciones de vida, a las relaciones de poder en las que se encuentra implicado, en relaciones constantes con otros actores sociales sin los cuales no puede ni definirse ni reconocerse.” (Tap, P. 1986:11-12) La mayor parte de los autores que han trabajado el concepto de identidad destacan que la formación de identidades supone la noción del otro, la relación de oposición, de diferencia. Por ejemplo Jorge Larraín (1996) señala que la identidad de uno siempre implica distinguirse de los valores, visiones y modos de vidas de otros; que en cualquier construcción de una identidad las comparaciones son fundamentales; que el mecanismo de oposición, de nosotros versus otros, es crucial. Para este autor, el otro, puede definirse en tres dimensiones: (1) la dimensión temporal por la cual nos diferenciamos de otros en el pasado; (2) la dimensión social actual, en la cual los otros que no son como yo, que no comparten mis códigos, mis valores básicos, aunque pertenezcan a la misma sociedad, mencionando como ejemplo nuestra división en clases sociales; y (3) la dimensión espacial, que son aquellos que viven afuera de mi sociedad (Larraín, J. 1996:91-92). El sociólogo chileno José Bengoa (2004) señala que hay tres niveles para comprender la identidad: primero, un texto profundo, que se expresa en lo cotidiano, en el lenguaje, en las formas básicas; segundo, un discurso de identidad que constituye un texto ritualizado de lo que se ha sido, un discurso mítico sobre la comunidad; y tercero, un meta-discurso, un texto elaborado de mayor conciencia que reúne distintas memorias, un discurso construido para los demás que implica diversos actos de representación. En este mismo sentido, Jorge Larraín plantea que la identidad es un proceso social en permanente construcción que tiene al menos tres elementos constitutivos: (1) los individuos que se definen a sí mismos por ciertas categorías sociales compartidas, tales como religión, género, clase, etnia, profesión, nacionalidad, las cuales son determinadas culturalmente; (2) el elemento material, que incluye el cuerpo y otras posesiones materiales que entregan al sujeto rasgos
19 de reconocimiento y que los considera de su propiedad, proyectándose en ellos; (3) la existencias de otros, tanto aquellos con los cuales nos identificamos, como con quienes nos sentimos diferentes (Larraín, J. 2001: 27-28). Por su parte, el sociólogo Manuel Castells (1999), define la identidad como un proceso de construcción de sentidos respecto de ciertos atributos culturales, a los cuales se les da mayor importancia que a otros. En cambio el filósofo Charles Taylor (1989), define la identidad como los compromisos e identificaciones que dan un horizonte, dentro del cual los individuos intentan determinar lo que se debe hacer, aprobar o rechazar, y el marco de acción dentro del cual se puede adoptar una postura. Al respecto la antropóloga chilena María Ignacia Ibarra, al entrevistar el intelectual mapuche Rosamel Millamán, señalaba otro aspecto importante de la identidad, indicando que ésta “…no es solamente una cosa que se asume en las relaciones humanas, sino también en la relación que establece el ser humano con su ambiente...” (Ibarra, M. 2008: 18). Para el historiador y sociólogo chileno Hernán Cuevas (Gissi, J. et al 1995) la cultura es una herencia o patrimonio de toda sociedad cuyo legado puede ser mantenido, interpretado o puesto en cuestión por ella, existiendo una dualidad de pertenencia y de distancia crítica, construyendo los individuos mapas mentales en base a procesos conscientes e inconscientes, tanto personales como comunitarios, del pasado y del presente, que son el producto de una manera comunitaria de negociar significados y de construir su realidad. En este contexto el núcleo de cada cultura es su identidad, la cual no es fruto de una relación solamente reflexiva al interior de los miembros de una comunidad sino también de su relación con otras. Al respecto el profesor Hernán Cuevas nos señala: “La identidad supone un sentimiento de pertenencia que subyace al autorreconocimiento del grupo y expresa la valorización de los elementos que conforman la propia cultura: hábitos, costumbres, creencias, folclor, artefactos, técnicas, organizaciones e instituciones, conocimientos, conceptos e ideas. Pero, por otra parte, la identidad implica la contrastación con lo ajeno, con lo foráneo, con lo extraño, con lo diferente, y desde ese punto de vista es un sentimiento y una percepción de autorreconocimiento frente a lo otro. Por tanto, la identidad es un modo de ser que nace no sólo de la pertenencia común, sino también de la diferencia.” (Gissi, J. et al 1999: 12) Concluyendo al respecto, de acuerdo a Jorge Larraín, la identidad se refiere a un conjunto de cualidades, con las cuales un grupo de personas se sienten conectadas de manera íntima. Estas cualidades son subjetivas, cambian con el tiempo, y el medio social tiene una gran importancia en ello. Siguiendo a este autor, identidad es permanencia, cohesión y reconocimiento, como también continuidad, unidad y autoconciencia, en la que toda identidad personal está
20 basada en contextos colectivos culturalmente definidos. Según este autor, lo que más influye en la identidad cultural y social de los individuos, es la identidad de clase y la identidad nacional. En su opinión la identidad colectiva no es solo una herencia inmutable, recibida desde el pasado, sino también un proyecto de futuro, la cual va cambiando y construyéndose, creando al mismo tiempo visiones plurales de ella misma, la cual se va transformando internamente en base a la propia experiencia social de cada grupo, pero también en base a la oposición con otros, existiendo discursos tanto hegemónicos como contestatarios de ella (Larraín J. 1996:114; Larraín, J. 2001: 10-23). En tal contexto, como veremos después, la identidad tiene en la memoria un componente básico en su construcción, más bien en las memorias que cada grupo humano privilegia, o en las que unos logran imponer sobre otros, siendo el patrimonio un aspecto esencial de ella. En este sentido debemos reconocer el aporte del pensamiento postmodernista al concepto de identidad, al resaltar la pluralidad de los discursos, pero teniendo presente que estos discursos son construidos, que son recordados intencionalmente, pero también olvidados y reemplazados por otros. Respecto de la memoria y el olvido, el antropólogo Marc Augé (1998), plantea que vivimos de manera simultánea varios relatos. Algunos de ellos son más íntimos que otros. Estos relatos son fundamentales en la construcción de la memoria de una sociedad, los cuales se modifican, se alteran, se olvidan. Sobre el particular, Augé menciona tres características de la memoria y del olvido que serán importantes cuando analicemos la construcción del concepto de patrimonio, las que entiende como dispositivos destinados a pensar y administrar el tiempo: (1) El retorno, cuya principal pretensión es recuperar el pasado perdido, olvidando el presente y que busca establecer una continuidad con el pasado más antiguo; (2) El suspenso, que busca recuperar el presente separándolo del pasado y del futuro, olvidando este último, en cuanto a que se identifica con el retorno al pasado; y (3) El comienzo o re-comienzo, como una inauguración radical, el cual es un nuevo principio que olvida el pasado (Augé, M. 1998:47,65-67). Por otro lado, el concepto de identidad asociado a la cultura de un pueblo o comunidad, ha sido incorporado al ideario de acciones de política pública internacional desarrollado por la UNESCO desde hace décadas, lo cual se ha expresado a través de declaraciones, recomendaciones y, finalmente, en las convenciones sobre protección del patrimonio en caso de conflicto armado, tráfico ilícito de bienes culturales, patrimonio mundial, patrimonio inmaterial y, más recientemente, de diversidad cultural. En la Conferencia Mundial de UNESCO sobre Políticas Culturales realizada en México, en 1982, se acordó la llamada Declaración de México, en la cual se le dio al concepto identidad cultural un sentido no solo funcional sino ético, al señalar:
21 (1) que cada cultura representa un conjunto de valores único e irreemplazable; (2) que la identidad cultural contribuye a la liberación de los pueblos y, que cualquier forma de dominación, la niega o deteriora; (3) que la identidad cultural potencia las posibilidades de realización de cada pueblo para nutrirse de su pasado y acoger los aportes externos compatibles con su idiosincrasia; (4) que todas las culturas forman parte del patrimonio común de la humanidad; (5) que la identidad cultural de un pueblo se enriquece en contacto con las tradiciones y valores de los demás; (6) que la cultura es diálogo, intercambio de ideas, apreciación de otros valores y tradiciones y que se agota y muere en el aislamiento; (7) que identidad cultural y diversidad cultural son indisociables; (8) que las diferencias culturales no obstaculizan, sino que favorecen, la comunión en los valores universales que unen a los pueblos; (9) que la comunidad internacional considera su deber velar por la preservación y la defensa de la identidad cultural de cada pueblo, por estimular políticas que protejan, estimulen y enriquezcan su identidad y patrimonio cultural favoreciendo el más absoluto respeto por todas las culturas del mundo; y (9) en reconocer la igualdad y dignidad de todas las culturas, así como el derecho de cada pueblo y de cada comunidad cultural, a afirmar y preservar su identidad cultural y a exigir su respeto. Por cierto, este manifiesto político internacional sobre la identidad cultural, debe comprenderse dentro del esquema de los derechos humanos establecidos como carta fundamental de las Naciones Unidas en 1948. Desde entonces y hasta el presente, la comprensión y práctica de algunos de estos derechos, han estado en contradicción, velando la comunidad internacional porque todos los Estados los suscriban y dirimiendo, a través de convenciones y leyes internacionales, aquellos aspectos, que siendo prácticas culturales aceptadas, sea por la religión o por costumbres ancestrales, son contrarias a los valores y principios éticos que la Carta Internacional de los Derechos Humanos impone a todos los Estados. 2.2 Los Conceptos de Estado y Nación Los conceptos de Estado y Nación aparecen muy relacionados en el siglo XIX y XX, a tal punto de ser confundidos o entendidos como uno solo. Por otro lado, generalmente se cree que el concepto de “Nación” es tan antiguo como el de “Estado” o incluso anterior, remitiéndose al sentido de unidad cultural o identidad cultural de las comunidades que lograban alcanzar ciertos niveles de organización social y autonomía. Otros, como Eric Hobsbawm (2004), sostienen que el concepto de nación es más reciente. Sin embargo ambas ideas, han estado presente, bajo diferentes nombres, en distintas sociedades, de la antigüedad. El concepto de “Estado” es definido por el Diccionario de la Academia Real de la Lengua Española, en la connotación que nos importa, como el “Conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano.” Tal concepto ya es usado en la
22 Antigua Grecia, siendo mencionado en los Diálogos de Platón (2003), en donde se plantea la estructura del “Estado ideal” en relación a la “República”, pero es Nicolás Maquiavelo, durante el Renacimiento, quien da fama a la palabra “Estado” en su célebre obra El Príncipe, usando el término de la lengua italiana “Stato”, que evolucionó de la palabra “Status” del latín, escribiendo que los “Estados” que han tenido o tienen autoridad sobre la gente fueron o son repúblicas o principados (Maquiavelo, N. 1534). Por su parte, Max Weber, en 1919, define el Estado moderno como una: "…asociación de dominación con carácter institucional que ha tratado, con éxito, de monopolizar dentro de un territorio la violencia física legítima como medio de dominación y que, a este fin, ha reunido todos los medios materiales en manos de su dirigente y ha expropiado a todos los funcionarios estamentales que antes disponían de ellos por derecho propio, sustituyéndolos con sus propias jerarquías supremas.” (Weber, M. 1979:5) Esta definición de Estado se adapta a diversas formas de gobierno de sociedades del pasado o el presente, que alcanzaron cierta complejidad, de acuerdo a su tipo de economía, cantidad de personas, territorio y una cierta forma de administración del poder político, militar y de la justicia. De acuerdo al historiador Eric Hobsbawm, el Estado moderno: “…gobernaba a un pueblo definido territorialmente y lo hacía en calidad de suprema agencia nacional de gobierno sobre su territorio, y sus agentes llegaban cada vez más hasta el más humilde de los habitantes de sus pueblos más pequeños”. (Hobsbawm, E, 2004:89) Lo anterior implicaba que el poder del Estado debía imponer entre sus habitantes, fueran súbditos o ciudadanos, cierta lealtad e identificación. Ambas se facilitaban al existir una comunidad o comunidades que reconocían una unidad de origen, o una historia común de relaciones sociales y de parentesco, o una administración territorial o una identidad cultural reconocida como propia. Los primeros Estados modernos, estaban gobernados por dinastías, la cuales tenían la administración de territorios no necesariamente contiguos, con pueblos que hablaban diferentes lenguas y que incluso podían tener distintas religiones, que poseían una unidad principalmente política y el poder estaba representado generalmente a través del príncipe, rey o del emperador, quienes fueron construyendo mecanismos de poder sobre los habitantes del territorio que gobernaban. Para lograr este control total sometieron primero a los señores feudales que constituían la aristocracia local, después establecieron estructuras de impuestos sobre la producción, los bienes, el comercio, ejerciendo además el
23 control único de la fuerza militar, imponiendo frecuentemente la religión del soberano, la cual pasaba a ser la religión oficial del Estado. Si bien, en sus orígenes, el territorio administrado por el soberano no era necesariamente una unidad cultural, las tensiones políticas, sociales, religiosas y étnicas motivaron que desde el Estado, pero también desde las comunidades culturales más numerosas, se llevara a cabo un proceso de identificación de todos los habitantes de dicho territorio, con una entidad política y cultural denominada nación. Desde entonces, algunos autores explicarán este proceso argumentando que la Nación era la base del Estado y otros que el Estado construyó la Nación. Desde finales del siglo XIX, el concepto de nación es foco de atención de las ciencias sociales y de la historia. En un trabajo del francés Ernest Renán de 1882 titulado “¿Qué es una nación?” se planteaba lo novedoso del tema (Hobsbawm, E. 2004:21). No obstante apreciamos el desarrollo político del concepto en el movimiento de la ilustración, en los procesos revolucionarios de Estados Unidos y Francia de la segunda mitad del siglo XVIII y, en los de la América hispana, de comienzos del siglo XIX. Sea desde la sociología, la antropología, la historia, como desde la acción política, el concepto será usado y abusado. En consecuencia, la literatura sobre el concepto de nación tendrá desde entonces y hasta la actualidad dos énfasis, para unos la idea de nación se asimila al concepto de pertenencia a un pueblo que comparte un mismo territorio o las pretensiones sobre un espacio ancestral, que poseen una lengua común, una misma historia y tradiciones; para otros el concepto de nación es más político que cultural, es una asociación que puede incluir grupos de distintos orígenes, los cuales deciden unirse y autogobernarse en un determinado territorio. Si vamos a la definición de la palabra en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, veremos que tales acepciones siguen vigentes: Nación, “…del latín Natio…conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno; territorio de ese país; conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.” Hobsbawm (2004:17) define nación como: “…cualquier conjunto de personas suficientemente nutrido cuyos miembros consideren que pertenecen a una nación.” Aunque esta definición nos parece tautológica, corresponde a la orientación del concepto que acepta la mayoría de los investigadores académicos: que la nación es un pacto político, un contrato social entre individuos, una invención concordada más o menos consciente. Benedict Anderson, un académico de origen inglés radicado en Estados Unidos, ha sido uno de los investigadores que más ha influenciado el desarrollo del concepto en las últimas décadas, al definir nación como una “comunidad política imaginada”. Anderson argumentaba que era imaginada, porque no se podía
24 conocer a todos sus miembros; que era limitada, porque tenía contornos definidos en integrantes y territorio; que era imaginada como soberana, en oposición al orden establecido de los monarcas que suplantó; que era imaginada, porque aspiraba a un compañerismo horizontal. Para este autor, la idea de nación, o de manera más precisa del Estado-Nación, nacería a finales del siglo XVIII en Europa, como una respuesta o consecuencia al nacionalismo que nace en América del Norte y, después, en América del Sur. Anderson sostiene que el nacionalismo, como instrumento de construcción nacional, fue una invención americana. Para Anderson la nación, la nacionalidad y el nacionalismo son artefactos culturales, son creaciones humanas. Se crearon a finales del siglo XVIII y se convirtieron en modelo hegemónico de organización y control social, uniéndose al concepto de Estado-Nación (Anderson, B. 1983). Para este autor y quienes lo siguen en sus aspectos más importantes, las naciones son creaciones sociales elaboradas con fines políticos y económicos por ciertos grupos hegemónicos o aquellos que aspiran al poder. Este artefacto social y cultural es precedido muchas veces, y sostenido casi siempre después, por el nacionalismo. Al respecto Hobsbawm define el nacionalismo como “…un principio que afirma que la unidad política y nacional debería ser congruente…” (Hobsbawm, E. 2004:17). Anderson argumenta que otros ejemplos de comunidades imaginadas en el pasado y en el presente son las constituidas en base a la religión o a las dinastías. También señala que el nacionalismo moderno aparece como consecuencia del capitalismo, la imprenta y la diversidad lingüística y que, en la actualidad, es el concepto político más universal y clave de organización de todos los pueblos soberanos del mundo. Si bien hay investigaciones, como las de Anderson y Hobsbawm, que demuestran que el concepto de nación tiene poco más de dos siglos, hay otras, como por ejemplo las del sociólogo Anthony D. Smith, que otorgan al concepto una mayor antigüedad, y que critica algunos de los fundamentos de las explicaciones de Anderson, señalando que hay aspectos étnicos que sobreviven en las naciones modernas, que la idea de nación tiene un núcleo duro o fundamento en la etnicidad de un grupo o población, que se sostiene en un parentesco de origen, en una historia común, en ciertos lazos de solidaridad comunitaria. Este autor, que tiene una orientación etno-simbólica, pregunta ¿Por qué se lucha y se muere por una nación?; ¿Si el nacionalismo fue creado por las élites sólo como un propósito económico, de dominio y de cohesión, por qué tiene tantos seguidores incondicionales? Para Smith el nacionalismo se explica en la historia de cada grupo, en un sentido de identidad común y de historia compartidas. Dicha historia puede ser falsa o inventada, pero hay un sentimiento, una emoción al respecto, que se enlaza con aspectos históricos comunes. Para Smith la nación no implica
25 que sus miembros deban ser parecidos, sino más bien que deben compartir un sentimiento de unidad (Smith, A.1994). Esta discusión teórica sobre el origen de las naciones, nos lleva al concepto de etnia, más utilizado por la antropología, para caracterizar generalmente a grupos que no tenían una organización estatal, pero que compartían un conjunto de rasgos comunes como parentesco, lengua, cultura, historia e incluso aspectos raciales. Al respecto, existen diferencias de énfasis entre los antropólogos para definir un grupo étnico, a las cuales se suman los arqueólogos, con sus definiciones de culturas arqueológicas. Los arqueólogos y antropólogos soviéticos desarrollaron el concepto de etnogénesis, estableciendo que los grupos étnicos se basaban en la integración a través del tiempo de rasgos como el lenguaje, ser parte de un grupo racial y compartir características culturales que consideran como propias. Este enfoque fue discutido por algunos arqueólogos y antropólogos occidentales, quienes plantearon que los grupos étnicos están constantemente cambiando de acuerdo al contexto histórico en el cual existen y que la etnicidad, al igual que la cultura, siempre está en proceso de formación y de cambio (Khol, P. y Fawcett, C. 1998). El reconocimiento de tales grupos hasta la actualidad nos lleva a la discusión entre etnicidad y nacionalidad, siendo el primero un componente de suma importancia en el nacimiento de las naciones modernas, donde hay un grupo mayoritario que comparte dichos rasgos y que logra acuerdos o se impone a otros grupos, a veces menores en número de población o más débiles en cuanto a su poder económico, político o de prestigio. Por tanto, debemos tener presentes que la idea de nación tiene, por una parte, un componente en su formación o génesis, centrado en la identidad cultural de un grupo y, por otra parte, un componente formativo en la asociación política de individuos y grupos, que pueden tener o no, tales características culturales y étnicas de origen común. Los estados modernos, en sus procesos formativos originales, aspiraban a construir una unidad nacional en los territorios que controlaban, basándose más o menos en la identidad cultural e histórica de los grupos mayoritarios. Algunos de estos estados impusieron o imponen, a través de instrumentos políticos, jurídicos y educativos, la unidad nacional que consideran fundamental para su organización administrativa y el control de todos los habitantes de su territorio. En muchos casos la diferencia cultural es combatida como contraria a la unidad. En otros casos de estados modernos, tanto desde su formación o como producto de su evolución histórica, especialmente cuando hay diferentes grupos mayoritarios con identidades culturales particulares, tienden a constituir estados plurinacionales, donde la asociación política de los ciudadanos está por sobre su diversidad étnica,
32 Santiago, Ceremonia del Bicentenario el 18 de Septiembre de 2010. Foto Archivo Prensa de La Moneda Como hemos visto, toda sociedad tiene una forma de concebir su tiempo, de construir su memoria. Las antiguas culturas del Medio Oriente y después del Mediterráneo, fueron adoptando un concepto del tiempo lineal, una idea de historia secuencial. Otros pueblos, como las culturas de América precolombina, construyeron un concepto del tiempo por ciclos. En ambos conceptos se fue construyendo una forma de registrar la memoria, de historicidad. La concepción religiosa, la forma de comprender el universo, dominó las dos en su proceso formativo, pero con un sentido distinto, las cuales se expresan en sus mitos de origen. En los pueblos herederos de la tradición judaico-cristiana se adopta la creencia de un solo acto creador situado en el “Jardín del Edén”, donde un solo Dios crea a Adán y de éste crea a Eva y de quienes proceden todos los seres humanos. En los pueblos americanos, el concepto que se construye de manera diferente. No
33 hay un solo acto creador y tampoco los seres humanos nacen de un solo individuo o pareja, si no que salen de la tierra, de las lagunas, de las cavernas, de donde brota el agua, como pueblos, como comunidades, no como individuos. Tampoco existe la idea de un “Jardín del Edén”, sino la idea de la dualidad, de las oposiciones, de la diversidad, donde la tierra, el agua, los astros constituyen entidades de fertilidad que permiten la continuidad de todos los seres vivos (Reyes, L. 2008). No obstante estas diferencias hacia el tiempo, el espacio y los orígenes, todas las sociedades construyen formas de recordar y de legar a las futuras generaciones esas ideas a través de lugares, objetos y construcciones, los cuales conforman su patrimonio colectivo. Incluso, muchas construyeron grandiosos monumentos para perpetuar dichas memorias. Situaciones similares ocurren en Asia, Oceanía y África, con lo cual queremos dar cuenta que la actitud hacia el patrimonio ha estado siempre en las sociedades humanas, tanto del ayer como del presente, respecto de cómo tratamos el tiempo y la memoria. Hacia la Definición Contemporánea del Patrimonio La definición de patrimonio que se ha adoptado desde fines del siglo XVIII está directamente relacionada con las corrientes de pensamientos imperantes, la posición teórica de los autores, las profesiones de las cuales provienen y de su experiencia de terreno. El concepto tiene distintos niveles de aproximación, desde el nivel individual, familiar, comunitario, nacional y mundial, en sucesivas esferas de complejidad entre lo privado y lo público, y de las relaciones entre generaciones. Por otro lado el concepto puede tener diferentes énfasis si nos centramos en lo que es, o en las funciones que cumple en una determinada sociedad, si nos referimos a objetos, un conjunto de ellos, un sistema con ámbitos materiales e inmateriales, además de su entorno natural y social. 3 Hoy día el concepto de patrimonio, tanto en el ámbito natural como cultural, está definido legalmente en cada país y, a nivel internacional, a través de tratados bilaterales y de convenciones multilaterales. En todos ellos, con mayor o menor énfasis, su definición tiene relación con el conjunto de bienes, naturales o culturales, ecosistemas y especies naturales, objetos, construcciones, lugares, ideas, tradiciones, y todo aquello que represente el quehacer humano y el entorno natural, a los cuales se le otorgan una serie de valores y significados, que los hacen meritorios de ser apreciados, protegidos y que existe una voluntad de traspasarlos de generación en generación. En las últimas décadas el concepto se 3 Una resumida pero brillante introducción a este tema la ofrece Nicholas Stanley Price (1996) en el prólogo del libro editado por el junto a otros autores: Readings in Conservation, Historical and Philosophical Issues in the Conservation of Cultural Heritage. Getty Conservation Institute, Los Ángeles, California, Estados Unidos.
34 ha ido expandiendo, abarcando tanto lo cultural como lo natural, con una creciente valoración social y protección legal. Si bien la protección del patrimonio natural y el patrimonio cultural tienen orígenes diferentes, que se expresan hasta el presente en legislaciones e instituciones distintas, es cada vez más frecuente que sus definiciones y, especialmente su administración, tenga una mirada más holística, existiendo en algunos países instituciones o servicios públicos que velan por su protección y gestión de manera integral como es el caso de Estados Unidos de América o Canadá. El patrimonio cultural, centrado en un inicio en objetos y en lo material, hoy involucra también lugares, conjuntos construidos, bienes inmateriales, tradiciones, saberes y los territorios o ambientes de donde son propios. Por otro lado, si bien antes el patrimonio, natural o cultural, era foco de atención principalmente de especialistas, hoy día es de preocupación de las comunidades, quienes desafían a las autoridades y al mundo académico respecto de qué se debe proteger, cómo cuidarlo y con qué criterios se los puede intervenir (Cabeza, A. 2009). En el mundo antiguo, autores de la Grecia Clásica como Homero, Herodoto y Pausanias, cuyas obras han sobrevivido hasta el presente, nos dan señas de una actitud especial hacia el pasado y sus reliquias, las cuales también en encontramos en la antigua China (Ballart, J. y Juan i Tresserras, J. 2001:31-33; Ballart, J. 2002: 30-59). Al respecto, es digno de mencionar la actitud de Alejando Magno quien, después de conquistar Persia, se preocupa de restaurar la tumba de Ciro El Grande (Jokilehto, J. 2002:4). Pero también hay que destacar al respecto la importancia que tenía la apropiación del patrimonio y monumentos de los vencidos, algunos de los cuales fueron llevados a Atenas y colocados en sus templos, tal como nos cuenta en el siglo I antes de Cristo el arquitecto romano Marco Lucio Vitruvio: “Colocaron en él las estatuas de los persas cautivos…en actitud de sostener la bóveda, para castigar de este modo a aquel pueblo con el oprobio que su soberbia merecía y dejar a sus descendientes un monumento, a cuya vista… se sintieran siempre dispuestos a defender su libertad.” (Vitruvio, Marco Lucio 1955:7) 4 En la Roma imperial varios autores clásicos dan cuenta del interés por coleccionar objetos de la antigüedad, propios o ajenos, más allá de los que simplemente significaban riqueza, como también la preocupación de las autoridades respecto 4 Este mismo arquitecto romano da cuenta en su obra del monumento construido en honor de Eurípides, en Macedonia (1955:29) y de los monumentos construidos en mármol o piedra labrada en la antigua Roma (1955:50).
35 de la conservación de sus edificios y monumentos conmemorativos, destinando incluso un funcionario a cargo de ellos, teniendo algunos emperadores una especial política respecto de ellos (Jokilehto, J. 2002:2-5). Luego del colapso del imperio romano y durante la expansión del cristianismo en la época medieval, el saber se concentra en los conventos y monasterios, siendo estos los principales lugares donde se conservan algunos bienes del pasado como libros manuscritos y reliquias, salvo casos dignos de mencionar como lo realizado por Carlo Magno en su reinado. No obstante, también se destruyen o quedan en total abandono, otros bienes que eran considerados un atentado contra las nuevas creencias religiosas. Una práctica común entonces era la utilizar los materiales de antiguas construcciones en las nuevas o construir sobre ellas. El Renacimiento permite una nueva lectura del pasado, marcando el inicio de una renovada consciencia histórica, menos atada a las creencias religiosas, siendo en el arte donde se expresan las nuevas actitudes hacia el cambio, a las que siguen otras en lo social y lo político, que dan cuenta de la pérdida del poder de la iglesia católica. El sacerdote, arquitecto, poeta y filósofo Leon Battista Alberti (1404- 1472), un claro referente del renacimiento italiano, que se inspiró en los clásicos y especialmente en los conceptos “firmitas, utilitas y venustas” de Vitruvio, expresa los nuevos valores que debían representar el arte y la arquitectura, tales como ser funcional, durable y elegante, destacando su rol educativo e histórico. Tales ideas son desarrolladas en su tratado de arquitectura De re aedificatoria escrito entre 1443 y 1452 y las lleva a la ejecución en muchas de sus obras arquitectónicas, en las cuales siempre apeló a la armonía de las proporciones y la integración de diversos estilos. Los Papas fueron conscientes de este cambio de época y dictaron sucesivas normas sobre la protección de los monumentos y ruinas de la antigüedad clásica, llegando incluso a encargar a varios artistas obras religiosas en las cuales las nuevas expresiones eran patentes, y designando a uno de ellos, el famoso pintor y escultor Rafael (1483-1520), como encargado de proteger los monumentos de Roma (Jokilehto, J. 2002:26-33; Choay, F. 2007: 25-83). El Renacimiento, que se origina principalmente en Italia, se expande a varios puntos de Europa, y permite generar un nuevo tipo de interés por el pasado, que se expresa en la concepción de una renovada historicidad, una cierta nostalgia por el pasado grandioso de la antigüedad clásica greca-romana, el deseo de aprender y descubrir, constituyendo un movimiento centrado en el ser humano y crítico de la visión teocéntrica. De manera complementaria, los viajes de exploración iniciados el siglo XV y continuados en el XVI, abren nuevas fronteras en África, América y Asia para los europeos, expandiendo su concepción y visión del mundo. Estos nuevos conocimientos e ideas, junto con el avance de la ciencia y su aplicación
36 técnica, sientan las bases de la industrialización moderna del siglo XVIII, además de cambios radicales de la sociedad y de su organización política. Durante los siglos XVI y XVII Europa se ve convulsionada por la Reforma y Contrarreforma, que la llevan a una serie de guerras religiosas que alteran el mapa político, y que van conformando nuevos estados o reestructurando los antiguos, enmarcados todos en torno a monarquías y dinastías, cuya rivalidad por motivos religiosos, políticos o económicos, era permanente. En este contexto, desde el Renacimiento, la valoración del pasado llevó a algunas monarquías a inventariar las colecciones de la antigüedad que tenían, pero también volcarse a investigar las propias, a estudiar sus propias ruinas, las que existían en sus territorios. Es así que Inglaterra dicta en 1560 algunos edictos reales de protección al respecto, producto de la destrucción de varias iglesias y conventos, debido a su separación de la Iglesia Católica (Choay, F. 2007:60). Un siglo después, en 1666, se dicta la primera ley de protección de los monumentos antiguos (Damell et al, 1994:154), iniciativa que fue replicada poco a poco en Europa e incluso en América, estando en algunos casos muy relacionada a las antigüedades que se consideraban “nacionales”. Varios monarcas adoptaron o continuaron con la moda de acumular antigüedades y obras de artes en sus palacios, como Francisco I de Francia y Carlos I de España, tarea que continuó su hijo Felipe, quien llegó a habilitar en la Cámara del Tesoro una sección “de las maravillas” que contenía objetos raros y científicos de distintas procedencias. Pero fue Felipe II quien acondicionó en El Escorial un lugar en la Biblioteca para atesorar todo tipo de antigüedades, obras de artes y objetos de interés científico (Ballart, J. et al 2001:39-40). En el siglo XVIII tiene lugar un renovado interés por el saber, por la ciencia, por la filosofía, junto con una crítica creciente al orden monárquico absoluto y la férrea estructura de clases existentes. En este contexto tiene lugar el movimiento que llamamos “Ilustración”, el cual encarna algunos ideales de la modernidad, la fe en la razón y en el progreso permanente. Surge un nuevo tipo de intelectual, deseoso de conocer el mundo, de viajar a los lugares que fueron claves en la antigüedad, de coleccionar objetos del pasado. No obstante, algunos de estos filósofos, provenientes tanto de la aristocracia como de la burguesía, la nueva clase social que adquiría importancia creciente en las ciudades, comienzan a plantear ideas que buscan cambiar el orden de las cosas y la organización tradicional del poder. Las colecciones reales seguían incrementándose gracias a las exploraciones y viajes científicos y se crean los primeros museos que tenían un sentido enciclopedista, estableciéndose incluso sociedades de anticuarios como la de Londres, fundada en 1718. El espíritu científico primaba en varios intelectuales. Uno de ellos fue Antonio de Ulloa, quien pasó largos años en América en una
37 misión científica, quien llegó a proponer la instalación de monumentos, como veremos en un próximo capítulo, escribiendo en 1772: “Las memorias de la antigüedad son las demostraciones verídicas de lo que fueron las gentes en los tiempos a que se refieren; por ellas vienen a averiguarse lo que alcanzaron, el modo cómo se manejaron, su gobierno y economía…Sin los monumentos, que a pesar de la ruina de los tiempos se conservan en alguna parte, no habría documentos formales de donde inferirlo.”(Ballart, J. et al 2001:20) Durante el siglo XVIII se realizan también varias excavaciones arqueológicas en Europa, siendo las más famosas las iniciadas en Pompeya y Herculano, pero también se realizan en América desde finales del siglo XVII, como las iniciadas por Carlos de Sigüenza y Góngora en la Pirámide del Sol en Teotihuacán, México; y las realizadas en época de Carlos III en Palenque, también en México. Estas actividades motivaron al Virrey de Nueva España José Iturrigaray a crear en 1808 una Oficina de Antigüedades. También debemos mencionar la influencia de José Ortiz y Sanz, un arqueólogo español del siglo XVIII, traductor de Vitrubio e impulsor del patrimonio histórico español, quien viaja a Roma, recorre sus ruinas y desarrolla una preocupación por el conocimiento de la antigüedad (Ballart, J. et al 2001: 40). Museo Nacional de Antropología de México Pirámide del Sol, Teotihuacán. Fotos A. Cabeza En el siglo XVIII tienen lugar procesos y cambios fundamentales: los inicios de la Revolución Industrial en algunas áreas de Europa, el crecimiento de las ciudades, las demandas de una burguesía que aumentaba su influencia, los conflictos por la mejor apropiación de las riquezas y productos de las colonias, el impacto que causó la independencia de los Estados Unidos de América, cuya causa rebelde se inspiró en los principios de libertad, democracia, autodeterminación, igualdad, fraternidad, separación de los poderes del Estado, ideales planteados
38 principalmente por Voltaire, Rousseau, Montesquieu, entre otros intelectuales, los cuales después se expresaron plenamente en la Revolución Francesa. Todo lo anterior provoca progresivamente cambios radicales en Europa, los cuales después también se expanden al resto de América. La Revolución Francesa de 1789 llevó a la práctica varias de las ideas políticas gestadas en las décadas anteriores, provocando la abolición de la monarquía y la creación de la primera República Francesa. La revolución desató la violencia contra todo aquello que representaba el antiguo orden monárquico y quienes detentaban el poder total de la aristocracia y la iglesia. Además del asesinato y ajusticiamiento sumario de miles de personas, la violencia revolucionaria se ensañó, en sus primeros momentos de descontrol social, en contra de las estatuas, monumentos y tumbas reales, destruyendo y saqueando además iglesias, conventos, mansiones y castillos. Grabados de la época de la Revolución Francesa que muestran la destrucción de monumentos No obstante, ya en 1790, surgen voces que clamaron por la defensa de las obras de arte, reliquias de la antigüedad y edificios que estaban siendo arrasados, saqueados y destruidos. Entre tales voces sobresale la del anticuario y naturalista Aubin-Louis Millin, quien presenta ante la Asamblea Nacional Constituyente, el 11 de diciembre de 1790, su obra sobre las antigüedades nacionales, clamando por su protección y usando, quizás por vez primera, los conceptos de monumento histórico y de monumento nacional (Choay F. 2007). Debido a ello y al problema de cómo administrar los bienes sustraídos a la monarquía, la aristocracia y al clero, las sucesivas asambleas nacionales designan varios encargados de dicho patrimonio, quienes asumían el rol de inventariar y custodiar a nombre de la nación aquellos bienes de valor artístico o histórico que estaban siendo expropiados. Por cierto, la destrucción continuó, especialmente con aquellos bienes que representaban o eran símbolos del orden antiguo y continuó con las obras de arte cuyas materias primas podían ser utilizadas con otros fines, como el oro, la plata y el bronce.
39 La expropiación de tales bienes muebles e inmuebles se argumentó diciendo que su legítimo dueño era el pueblo de Francia, el cual había sido explotado durante siglos por la monarquía, la iglesia y la aristocracia. De esta manera se apela al concepto de herencia colectiva y que el conjunto de tales bienes constituían el “patrimonio” común del pueblo francés, integrado por ciudadanos cuyos derechos y deberes debían estar establecidos en una constitución política. Para tales efectos, mediante una propuesta del Conde de Mirabeau y de Charles-Maurice de Talleyrand, la Asamblea Nacional crea una primera comisión de monumentos en 1790, cuya tarea principal era inventariar y custodiar dichos bienes. Posteriormente varios de ellos son destinados a edificios que son llamados museos nacionales, siguiendo la lógica del enciclopedismo que primaba entonces, pero los cuales quedaban abiertos a todo el público, siendo su propietario el Estado, en representación de la nación toda, inaugurándose incluso una colección especial en 1796 bajo el nombre de Museo de los Monumentos Franceses (Choay, F. 2007:86-90). En relación al patrimonio, debemos destacar que la Revolución Francesa sentó las bases de una nueva forma de valorar los bienes heredados del pasado desde una perspectiva nacional y desde una óptica colectiva, rescatando su importancia histórica y artística, además de su función educativa en la formación de una identidad nacional, sea seleccionando del pasado aquellos bienes que servían a sus fines o construyendo nuevos símbolos que recordar. La visión del coleccionista o del anticuario va quedando atrás. Por cierto, persiste, incluso con renovados bríos, el concepto de monumento conmemorativo, pero se abre paso la idea del patrimonio colectivo nacional integrado por objetos, lugares y construcciones que son importantes de conservar para disfrute de las generaciones presentes y futuras, siendo esta una responsabilidad del Estado. Tales ideas logran su momento culmine cuando, en 1830, el Ministro de Interior de Francia Francois Guizot, quien además era un notable historiador de antigüedades y un defensor de la idea de que la conservación de los monumentos servía a sentimiento de la unidad nacional de Francia, logra crear el cargo de Inspector General de Monumentos (Choay, F. 2007:115-116). En los años siguientes, distintos países europeos proceden a copiar el modelo francés, creando instituciones y leyes para el resguardo del patrimonio histórico y artístico. En algunos el rol del Estado es central, en otros, como Inglaterra, tal rol es compartido o ejercido principalmente por el sector privado, formándose asociaciones para su protección y administración. Lo propio ocurre en los países americanos que logran su independencia de España a partir de 1810, quienes adoptan el modelo republicano, inspirado tanto en la Revolución Norteamericana como en la Revolución Francesa, pero que durante todo el siglo XIX se concentran básicamente en la construcción de sus estados nacionales, para solo a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, iniciar un proceso de creación de instituciones y leyes de protección de su patrimonio, las cuales siguen fundamentalmente el modelo francés.
40 No obstante hay que destacar que durante todo el siglo XIX y comienzos del XX hay una fase importante de instalación y construcción de monumentos conmemorativos que estaban destinados a crear y consolidar la idea de nación de cada una de las nacientes repúblicas. Por su parte en España se crean en 1844 Comisiones Provinciales de Monumentos con la misión de inventariar los bienes patrimoniales públicos, custodiar los bienes del patrimonio en peligro de destrucción y crear una red estatal de museos provinciales encargados de la conservación del patrimonio histórico español, siendo los monasterios medievales, las iglesias urbanas y la ruinas romanas objeto de atención de las autoridades (Ballart, J. et al 2001:47). Aceptada ya la idea del patrimonio en Europa como conjunto de bienes del pasado que eran heredados por una comunidad, los cuales podían representar y fundamentar el concepto moderno de nación, fue necesario abordar la tarea de su conservación y restauración, especialmente de aquellos inmuebles considerados más valiosos desde el punto de vista histórico y artístico. Los conceptos de restauración y conservación son usados a veces indistintamente, pero tienen connotaciones diferentes según el idioma y contexto profesional en que se aplican. En el Reino Unido y Estados Unidos se usa frecuentemente el concepto de conservación, que tiene un sentido más amplio, y que incluye la preservación, restauración, consolidación, estabilización. En la práctica, todas las actividades desde la protección al manejo integral del patrimonio. En cambio, el concepto de restauración, más utilizado en Europa continental, tiene un sentido más estricto, asociado a la idea de reparar, de reintegrar las partes ausentes, de recuperar parte del estado original de un bien patrimonial (Berducou, M. 1990:254-255). En América Latina se usan ambos conceptos, dependiendo de la formación académica de los profesionales. Por lo general, los arquitectos utilizan el concepto de restauración, en parte a la gran influencia que ha tenido la arquitectura francesa; en cambio, los arqueólogos utilizan más bien el concepto de conservación debido a la influencia norteamericana. En un comienzo, la mayor atención a la conservación y/o restauración del patrimonio estuvo centrada en las obras de arte, discutiéndose el nivel de intervención respecto de los valores estéticos e históricos de tales bienes, en cómo preservar el original y los límites de la restauración. Pero rápidamente la discusión se instaló en relación a cómo salvar de la destrucción los bienes patrimoniales y como intervenir en la protección del patrimonio arquitectónico. Es notorio el ejemplo de Víctor Hugo respecto del Monasterio de Cluny, el cual fue saqueado primero durante la Revolución Francesa y demolido hacia 1820, quien escribe sobre este caso en 1825 ideas que siguen siendo de actualidad:
41 “Por más derechos de propiedad que se reconozcan, la destrucción de un edificio histórico y monumental no ha de permitirse a los especuladores, a quienes ciega y deshonra el interés…Hay dos cosas a valorar en un edificio: el uso y la belleza. El uso pertenece al propietario; la belleza nos pertenece a todos.” (Ballart, J. 2001:44) Entre 1830 y 1870 se desarrolla en Francia una escuela de restauración arquitectónica que promueve la “unidad de estilo”, en la cual la restauración es un proceso de re-creación que permite remodelaciones, adiciones e incluso alteraciones. El autor más conocido de esta escuela fue el historiador y teórico francés Eugene-Emanuel Viollet-le-Duc (1814-1879), quien estuvo vinculado con la Comisión de Monumentos Históricos de Francia. Viollet-le-Duc tuvo a su cargo muchas intervenciones de edificios históricos en las cuales llevó a la práctica la unidad de estilo, planteando en sus escritos que se debía tener respeto por el estilo original de cada construcción, que se debía conocer cada obra en su particularidad, que no se podían seguir principios absolutos en la restauración, que en las intervenciones se debían usar métodos y materiales de mejor calidad y que el fin último de la restauración era mantener el edificio “vivo”. Si bien Viollet-le-Duc dio forma a esta escuela de restauración, fueron sus seguidores quienes extremaron sus ideas al llevarlas a la práctica, siendo él más bien pragmático en sus intervenciones (Viollet-le-Duc, E. 1854). En estas décadas también cobra fuerza en Europa la restauración inspirada en dar una unidad de estilo influenciada por las tendencias al neoclásico y al neogótico, siendo muchos edificios patrimoniales restaurados siguiendo esos estilos, borrándose en algunos casos toda huella de estilos anteriores. A mediados del siglo XIX, el movimiento romántico influye también en la restauración, especialmente en Inglaterra, donde cobra fuerza el concepto de conservación y se plantea el respeto al estado en que se encuentran los monumentos, considerando algunos de sus exponentes que no deben ser tocados, solo preservados, ya que toda intervención sería un sacrilegio. John Ruskin (1819-1900) es uno de los principales exponentes de esta tendencia. Dos de sus libros son claves para expresar dicho movimiento: “Las siete lámparas de la arquitectura” (1849) y “Las piedras de Venecia” (1851). Esta escuela impulsa esencialmente la idea de la conservación de las ruinas y critica toda alteración de ellas y abre las puertas, décadas después, a la restauración historicista, que procuraba respetar cada estilo en su originalidad. Importa destacar algunos de los conceptos y principios que animaban a Ruskin, especialmente los relativos al patrimonio arquitectónico: “La arquitectura es como el hogar y la protección de esta influencia sagrada, y a título de ello debemos consagrarle nuestras mas graves meditaciones. Podemos vivir sin ella, pero no podemos sin ella recordar. ¡Cuán fría es la historia y cuán falta de alma toda imagen comparada a la
48 los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas, junto con los objetos y espacios culturales que les son inherentes, que las comunidades y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural. Esta herencia se transmite de generación en generación, es recreado constantemente en función del entorno y de la interacción con la naturaleza y la historia, e infunde un sentimiento de identidad y comunidad, promoviendo la diversidad cultural y la creatividad. Esta convención incluye entre las manifestaciones del patrimonio inmateriales las siguientes: a) las tradiciones y expresiones orales, incluido el idioma; b) artes del espectáculo; c) usos sociales, rituales y actos festivos; d) conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo y e) las técnicas artesanales tradicionales. Tales bienes pueden ser inscritos en la Lista Mundial de Patrimonio Inmaterial. Además de estas convenciones, otros instrumentos de la UNESCO, como las recomendaciones internacionales, han sido importantes en el avance y adopción de nuevas categorías de patrimonio cultural y en la elaboración de las propias convenciones, como por ejemplo la “Recomendación relativa a la protección de la belleza y del carácter de los lugares y paisajes”, aprobada por la Conferencia General de la UNESCO en su duodécima reunión de París, el 11 de diciembre de 1962, en la cual se definen los paisajes naturales, rurales o urbanos como aquellos creados por la naturaleza o por la mano del hombre que ofrecen un interés cultural o estético o que constituyen medios naturales característicos. También fue importante la “Recomendación relativa a la salvaguardia de los conjuntos históricos y su función en la vida contemporánea”, aprobada por la Conferencia General de la UNESCO en su decimonovena reunión de Nairobi, el 26 de noviembre de 1976, mediante la cual se definieron los “conjunto históricos o tradicionales” como todo grupo de construcciones y de espacios, inclusive los lugares arqueológicos y paleontológicos, que constituyan un asentamiento humano tanto en el medio urbano como en el rural, y cuya cohesión y valor son reconocidos desde el punto de vista arqueológico, arquitectónico, prehistórico, histórico, estético o sociocultural; y también se definió el “entorno” de estos conjuntos como el marco natural o construido que influye en la percepción estética o dinámica de los conjuntos o se vincula a ellos de manera inmediata en el espacio o por lazos sociales, económicos o culturales. Los anteriores documentos internacionales demuestran como el concepto de patrimonio ha ido abarcando cada vez más bienes, desde objetos a áreas, desde lo material a o inmaterial. Incluso la distancia temporal, establecida como valor de antigüedad o de historia, quizás el valor más tradicional junto con el artístico, hoy se incorpora el valor de contemporaneidad, sin que deban existir necesariamente los anteriores, siendo cada vez más relevante los valores sociales y los deseos que manifiesten las poblaciones y habitantes de querer proteger lugares y tradiciones, aunque éstas sean recientes. Significativo de mencionar en este
49 contexto es la última Convención de Unesco de 2005, dedicada a la protección de la diversidad cultural, con lo cual, el concepto de patrimonio ingresa a nueva esfera de valores e interpretaciones sin dejar de lado las anteriores. Después de la Carta de Venecia son varios los profesionales que han influenciado el desarrollo teórico de la conservación. Entre ellos se destaca el historiador del arte Paul Philippot, quien llegó a ser director del ICCROM. Philippot analizó el problema de cómo determinar lo genuino o lo auténtico en los bienes patrimoniales y la nostalgia romántica que siente la sociedad por el pasado. Este autor planteó que en toda restauración se debe tener en cuenta la totalidad del objeto, su contexto y su historia; que los objetos pierden parte esencial de sus valores cuando son privados de su contexto original; indagó sobre la tensión que existe entre lo nuevo y lo antiguo en toda restauración; insistió sobre la importancia de investigar los significados diversos y, a veces, contradictorios, de los bienes patrimoniales; la necesidad de tomar decisiones respecto de los valores estéticos e históricos y que la restauración debe llevarse a cabo de acuerdo a cada contexto social y cultural (Philippot, P. 1972). En este proceso han sido tan importantes los profesionales dedicados al patrimonio como también los organismos internacionales, las asociaciones de vecinos o grupos de interés conscientes de su protección. Las fuerzas de unos y otros han llevado a la elaboración de documentos nacionales e internacionales de referencia, algunos de los cuales se han transformado en convenciones, animado la redacción de leyes o el diseño de políticas públicas. Entre ellos podemos mencionar como significativos para América Latina, además de los indicados anteriormente, los siguientes: Normas de Quito, Ecuador (1974); Convención de San Salvador (1976); Carta de Burra Australia (1979-1981-1988-1999); Carta de Washington, Estados Unidos (1987); Recomendaciones de Santa Fe, Estados Unidos (1992); Documento de Nara, Japón (1994); Carta de Brasilia, Brasil (1995); Declaración de San Antonio, Estados Unidos (1996); Recomendaciones de Cajamarca, Perú (2003); Declaración de Yamato, Japón (2004); Declaración de Teemaneng, Sudáfrica (2007), etc. Volveremos a destacar algunas de estas cartas, documentos, recomendaciones y convenciones en relación a su aplicación en América Latina más adelante. No puede dejarse de mencionar, al menos para lo que toca a América Latina, la importancia de la labor académica como institucional que han realizado personas y organismos, tanto nacionales como internacionales, los cuales han orientado el quehacer patrimonial durante muchas décadas como ICOMOS, ICOM, UICN, ICCROM, OEA, como también el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, Parques Canadá, INAH de México, IPHAN de Brasil, INC de Perú, Getty Conservation Institute de Estados Unidos, el Instituto del Patrimonio Histórico Andaluz, entre otras entidades, además del Banco Interamericano del Desarrollo
50 (BID) y el Banco Mundial (BM), estos dos últimos en el otorgamiento de préstamos financieros para la implementación de proyectos de puesta en valor del patrimonio. Importancia, Significados y Tendencias del Patrimonio en la Actualidad Explicar la importancia y el significado que tienen los bienes patrimoniales para cada comunidad ha sido preocupación central de muchos profesionales que se han dedicado a este campo. Además de John Ruskin y sus colegas del siglo XIX, uno de los primeros teóricos del siglo XX en tratar este tema en profundidad fue el Alois Riegl, quien en 1903 publicó en Viena su libro El Culto Moderno a los Monumentos, en donde analiza los valores y significados que la sociedad otorga a los monumentos. Este autor plantea que entre los valores rememorativos están los de antigüedad, los históricos y los valores rememorativos intencionales; y que, entre los valores de contemporaneidad o del presente, están los instrumentales y los artísticos, distinguiendo en estos últimos, los valores de novedad y de relatividad. En la primera parte de su trabajo rescata la definición más antigua de monumento indicando que es: “…una obra realizada por la mano humana y creada con el fin específico de mantener hazañas o destinos individuales (o un conjunto de estos) siempre vivos y presentes en la consciencia de las generaciones venideras.” (Riegl, A. 1987:23) Pero aclara que la: “…creación y conservación de estos monumentos “intencionados”, que se remonta a los primeros tiempos documentados de la cultura humana, no ha concluido hoy ni mucho menos, pero cuando hablamos del moderno culto y conservación de los monumentos, prácticamente no pensamos en estos monumentos “intencionados”, sino en los monumentos históricos y artísticos…” (Riegl, A. 1987:23) Lo novedoso del aporte inicial de Riegl tiene relación con la identificación y diferenciación entre los valores que asignamos a los monumentos conmemorativos, y los que otorgamos a los monumentos históricos y al patrimonio histórico en general. De igual modo es importante su distinción entre el valor de antigüedad y el valor histórico; su visión de que los monumentos históricos deben ser tratados como objetos sociales; que la sociedad es la que atribuye sentidos a los monumentos, los cuales pueden ser contradictorios; explicar los alcances del valor de la novedad en los monumentos históricos; y fundamentar una visión no
51 dogmática y relativa de la comprensión de los valores del patrimonio (Choay, F. 2007: 142-147). Reigl presidió la Comisión de Monumentos Históricos de Austria, desde la cual se le encomendó proponer un proyecto de ley sobre su protección y conservación. Por esos mismos años varios países de Europa iniciaron un proceso formular nuevas legislaciones o actualizar las que tenían, lo cual también inspiró a adoptar normas similares en América Latina, como fue el caso de Chile, que veremos en detalle más adelante. La Carta de Atenas de 1931, la creación de la UNESCO en 1945, la Carta de Venecia de 1964, la creación de ICOMOS en 1965, etc., fueron instrumentos e instituciones que pusieron cada vez más atención en los valores patrimoniales y en la elaboración de definiciones cada vez más amplias, que abarcaron desde lo material a lo inmaterial y desde el objeto, el conjunto y su entorno natural y cultural. Los valores más destacados de los bienes patrimoniales han sido los históricos y los artísticos, pero crecientemente fueron incorporados los científicos y los sociales. Hoy día, la mayoría de las legislaciones establecen como requisito para la declaración oficial de un bien como patrimonio, el establecer uno o más de estos valores, los cuales se aplican al patrimonio arqueológico, histórico, arquitectónico, artístico e inmaterial. La Carta de Burra, elaborada por ICOMOS-Australia en 1979, ha sido clave en establecer un marco actualizado de los valores patrimoniales, que en dicho documento se denomina como la significación cultural del patrimonio, indicándose, sin orden de importancia, los valores estético, histórico, científico y social. En dicho documento, adoptado oficialmente por las autoridades patrimoniales australianas, también se definen claramente los conceptos de conservación en un sentido amplio, incluyendo este la mantención, preservación, restauración, reconstrucción, adaptación, entre otros, además de establecer una serie de principios que orientan la intervención en los bienes patrimoniales (Pearson, M. y Sullivan, S. 1995). Más recientemente, el Instituto de Conservación Paul Getty de Los Ángeles, California, ha elaborado varios estudios y reuniones internacionales para analizar estos temas (De La torre, M. y Mason, R. 1999; Avrami, E., Mason, R. y De la Torre, M. 2.000; De la Torre, M. 2002). En uno de sus trabajos dirigido por Marta de la Torre, en el cual participaron diversos expertos como David Lowenthal, David Throsby, Lourdes Arizpe, Uffe Juul Jensen, Erik Cohen, Mona Serageldin, Susan M. Pearce y Daniel Bluestone, se analizaron cómo se entienden los valores patrimoniales, se aplican tales conceptos en la conservación y se administran en la gestión de los sitios patrimoniales de Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Australia (De la Torre, M. el al 2005).
52 En tal trabajo se llegan a las siguientes conclusiones: a) que las decisiones sobre qué conservar, por qué conservar, a menudo se toman de manera independiente de quienes trabajan en la conservación del patrimonio y también al revés; b) que las futuras decisiones sobre la conservación del patrimonio no estarán centradas en los objetos y sitios sino más bien en los diversos contextos en los cuales la sociedad los inserta; c) que cualquier intervención sobre el patrimonio está condicionada respecto de cómo lo valoramos, el ambiente social, los recursos existentes, las prioridades locales, etc.; d) que la conservación del patrimonio está constantemente cambiando, donde lo local y lo global son factores gravitantes; e) que a medida que se intensifican los cambios sociales y culturales, aumentan las demandas por la conservación del patrimonio, sea para minimizar los efectos adversos de dichos cambios o para hacerlos más efectivos; f) que los bienes patrimoniales tienen frecuentemente valores contradictorios donde se enfrentan distintas visiones del pasado de cada sociedad, acentuándose las discusiones respecto de quiénes deben decidir sobre su gestión; g) que el patrimonio ha logrado un reconocimiento universal; h) que el patrimonio es modificado por cada generación de manera consciente e inconsciente, y que las sucesivas intervenciones de conservación lo recrean de una u otra manera de acuerdo a los valores imperantes; i) que los valores estéticos, históricos, religiosos, políticos, económicos, entre otros, son cada vez más reconocidos en la gestión del patrimonio; j) que las comunidades locales logran en forma creciente la imposición de sus valores, no obstante el conflicto existente con el turismo desmedido, las presiones inmobiliarias, etc.; y k) que la conservación moderna del patrimonio debe ser emprendida integralmente, tanto técnicamente como socialmente (De la Torre, M., et al 2005). Sin embargo, el camino del reconocimiento del patrimonio, en toda su diversidad no ha sido fácil. Para el caso de los bienes arqueológicos, cuyo valor de antigüedad e histórico es ampliamente aceptado, el proceso ha sido más rápido, lo cual no significa que esto haya detenido su deterioro o destrucción en muchos casos. En cambio, para el patrimonio arquitectónico ha sido más complejo, particularmente cuando éste es más reciente, especialmente si está inserto en las áreas de mayor presión inmobiliaria, si es poco apreciado por la comunidad, no está protegido legalmente o no existen incentivos económicos para su mantención y restauración. No obstante ello, a lo largo del siglo XX, tanto en las distintas legislaciones nacionales como acuerdos internacionales, se ha llegado al consenso de que el patrimonio cultural, en toda su diversidad, es importante de conservar a lo menos por las siguientes razones: a) por ser el producto de diferentes tradiciones culturales e históricas que expresan la diversidad de nuestra tierra y su gente; b) porque la diversidad cultural enriquece la visión de mundo, aumenta la creatividad y permite valorar mejor la realidad; c) porque proporciona bienes de valor artístico y simbólico; d) debido a que permite rescatar y potenciar las capacidades adaptativas de cada
53 sociedad; e) contribuye a mejorar la calidad de vida; f) facilita la identidad de la gente con su pasado y con un proyecto de futuro compartido; g) porque posee un valor económico que bien utilizado puede generar oportunidades y beneficios tanto privados como públicos. Si bien existe acuerdo general sobre la importancia del patrimonio en las sociedades actuales, que la gama de bienes protegidos es más amplia, que el origen temporal de estos se acerca al presente más que nunca antes, siguen existiendo los mismos desafíos centrales que hace más de un siglo, como por ejemplo cómo se decide lo qué es patrimonial, quién lo decide, cómo se conserva, cómo la comunidad puede beneficiarse mejor de su protección, cómo superar las contradicciones latentes entre lo nuevo y lo antiguo, quién debe pagar por la conservación de los bienes patrimoniales públicos, etc. Temas que siempre acompañarán a la gestión integral del patrimonio en nuestras sociedades. En este contexto los monumentos conmemorativos, identificándose como tales aquellos bienes instalados como hitos de la memoria política, social y cultural, tanto de ayer como de hoy, una vez ubicados en plazas, parques y avenidas, tienen más garantías de perpetuarse, salvo aquellos más recientes, instalados por regímenes dictatoriales, que la sociedad decide erradicar. Sin embargo, también los bienes culturales que se han ido catalogando como patrimoniales y que están protegidos por la legislación, están sujetos a una gran gama de problemas y amenazas para su conservación. Tales bienes patrimoniales han ido aumentando de manera impresionante y todo indica que dicho proceso continuará, en la medida que las comunidades sean más efectivas en los procedimientos de declaración patrimonial, que hasta el presente, son esencialmente actos de la autoridad administrativa o por ley. Tradicionalmente quién decidía lo que era patrimonial se daba en un proceso que partía con el interés de ciertos profesionales y que la autoridad política decidía, sin que la opinión ciudadana participara activamente, salvo casos excepcionales. En cambio, en las últimas décadas, las comunidades se han involucrado cada vez más, reclamando primero la protección de los bienes patrimoniales, pero también exigiendo participar en cómo tales bienes tienen que ser protegidos, conservados y administrados. Esta situación ha llevado a conflictos entre las comunidades y los profesionales, entre las comunidades y las autoridades políticas, de las comunidades contra diversos intereses económicos, y muchas de estas situaciones con una autoridad política vacilante respecto de quien apoyar (Cabeza, A. 2009). En este contexto, tal como indica David Lowenthal en una investigación dirigida por Marta de la Torre, es frecuente escuchar críticas comunes en contra del patrimonio de que es irrelevante frente a las urgentes necesidades del presente, que constituye más una carga que un beneficio, que es motivo de conflictos respecto de quien lo
54 posee, y entre los intereses públicos y privados que lo afectan, etc. (De la Torre, M. 2000:18-25). Sin embargo, el patrimonio tiene hoy un prestigio nacional e internacional y es considerado como un valor universal. Su capacidad de vincularnos con el pasado es cada vez más apreciada en un mundo de cambios veloces y de pérdidas de identidades. El patrimonio posee la característica no solo de mostrar nuestros orígenes sino también el proceso de mestizaje permanente en la construcción de nuestras sociedades. La ampliación de los valores y significados que atribuimos a los bienes patrimoniales, la amplitud y escala de los objetos, estructuras y áreas sujetas a ser considerados como patrimonio, la participación cada vez más activa de las comunidades que demandan su protección y uso, la consciencia plena de las comunidades, respecto de que el patrimonio les proporciona sentidos de pertenencia e identidad, en un mundo de cambios veloces y de aumento de la incertidumbre, nos permiten plantear que el patrimonio y su conservación se han constituido en un tema central para todas las sociedades contemporáneas. Día del Patrimonio, Palacio de La Moneda Día del Patrimonio, Intendencia de Santiago Fotos A. Cabeza En el desarrollo del concepto de patrimonio en la actualidad estamos tan lejos como cerca de las primeras actitudes que los seres humanos construyeron para comprender su relación con el pasado. Hoy podemos concluir que el patrimonio cultural está integrado por todas las manifestaciones o producciones humanas, tangibles o intangibles, las construcciones y los lugares que son representativos de una determinada sociedad o cultura, pretérita o actual, que posean una importancia arqueológica, histórica, etnográfica, científica, social, artística, étnica, simbólica, arquitectónica, ambiental o educativa. Tal como señala la antropóloga Rosa Méndez (2002), en las últimas décadas el patrimonio ha adquirido nuevos significados, que sin alejarse de componente esencial que alude al pasado, lo han vinculado con fuerza a la esencia misma de
55 la cultura y a la identidad de las comunidades. Esta relación ha estado siempre presente en el referente de los monumentos conmemorativos pero no necesariamente en todos los bienes que heredamos del pasado. Para que los bienes del pasado, incluso los más recientes, sean considerados como parte del patrimonio histórico y cultural de una comunidad o nación es necesario que tenga lugar un proceso simbólico de apropiación colectiva. Tal como indica Rosa Méndez: “…para que un objeto pueda convertirse en patrimonio es precisa la articulación y puesta en marcha de una serie de estrategias que conduzcan a una sanción social legitimadora; un proceso de patrimonialización en el que la sociedad participa sancionando aquella propuesta que un grupo -o un agente social concretolleva a cabo.” (Méndez, R. 2002) En este proceso de patrimonialización actúan tanto las instituciones públicas como las comunidades, para las cuales el patrimonio es un referente simbólico de los valores de identidad, aunque no sean compartidos por todos los estratos sociales, donde los bienes patrimoniales, sea objetos, construcciones, lugares o tradiciones, se convierten, tal como nos dice Rosa Méndez (2002), en “hechos a conservar”, a “recuperar” y hasta a “inventar”. Otros autores, como Macarena Hernández y Esteban Ruíz (2008), en un trabajo de investigación patrimonial en diferentes comunidades de Andalucía, han señalado: “No nos ha interesado tanto qué sea patrimonio, sino cómo se hace el patrimonio. Desde esta perspectiva, es desde donde hemos considerado el patrimonio en todo momento fruto de una intervención social, de aquí la idoneidad de hablar de patrimonialización. Partimos de una conceptualización dinámica, que considera al patrimonio como algo construido dentro de un contexto complejo de carácter socio-técnico- político. La patrimonialización supone una intervención social que señala y remarca aquello que se entiende como valioso. (Hernández, M. y Ruíz, E. 2008:134) Estos investigadores expresan con claridad los resultados de su trabajo en donde se vinculan cultura-patrimonio-identidad, señalando que: “…la patrimonialización afecta tanto a la configuración cultural como a los cauces de reconocimiento colectivo que en ella tienen lugar, y desde los que se establece la participación en los mismos…la patrimonialización es un contexto estratégico de intervención social y participación sociopolítica. Esta circunstancia que tanta resistencia puede provocar en la academia o
56 entre los profesionales, parece ser perfectamente entendida entre los componentes de los sistemas de poder locales (alcaldes, colectivos ciudadanos, intelectuales locales...” (Hernández, M. y Ruíz, E. 2008:135- 136) Hernández y Ruíz concluyen su estudio manifestando que han descubierto en su trabajo de terreno: “…modelos (de planteamientos y por supuesto de acción) de corte desarrollista-turístico junto a planteamientos más centrados en la identidad colectiva y la cohesión social a partir de la rehabilitación-reencuentro con el pasado. Son los modelos los que nos ayudan a identificar elementos, hasta el punto de que los elementos —en su carácter comunicativo-significante— pueden manifestar una clara polisemia en cuanto a distintos modelos de patrimonialización que funcionan simultáneamente en algunas de las comarcas estudiadas, y los que de manera evidente ponen rostros a los actores de la patrimonialización en cada una de las sociedades locales donde hemos analizado el proceso.” (Hernández, M. y E. Ruíz, 2008:137) Podemos tener diferentes apreciaciones sobre los aspectos políticos que lleva implícitos el proceso de patrimonialización en el presente, pero estos también los encontramos en el pasado distante y reciente. Al respecto son claros los ejemplos y análisis que presenta Llorenc Prats (2004). Hoy, al igual que ayer, podemos darle de manera consciente o inconsciente, una intencionalidad a los bienes que heredamos, sea individual o colectivamente. Tal como señala el sociólogo Carlos Fortuna (1998:70) los bienes patrimoniales y los monumentos son una invitación al pasado y, en algunos casos, del presente. En la relación que establecemos con el patrimonio hay seducción mutua. Tal como dicen Josep Ballart y Jordi Juan i Tresserras (2001) en esa relación está lo intelectual pero también lo emocional, las cuales, agrego yo, estimulan nuestros sentidos de la vida. La importancia creciente del patrimonio en las sociedades modernas ha sido vinculada también al impacto del individualismo, a la pérdida de la seguridad grupal, a la necesidad de buscar y rescatar antiguos referentes identitarios y de crear otros nuevos. Tal como dice la historiadora y arqueóloga Almudena Hernando: “A diferencia del modo en que construyen la identidad los miembros de sociedades de menor complejidad socio-económica, los seres humanos de la Modernidad depositan en el “yo” la pretensión de autonomía e independencia frente a una realidad que es inabordable. Si dicha fantasía se puede sostener es porque paralelamente a su desarrollo fueron generándose mecanismos que, de forma inconsciente, potenciaban la idea de protección, pertenencia y vínculo. Es decir asumían la función que en las sociedades pre-modernas cumplían los mitos, para lo cual deben adoptar su misma estructura cognitiva:
57 representar a una instancia protectora cuya memoria se cuenta a través de referencias espaciales y no temporales. La noción de patrimonio cultural es uno de esos mecanismos, imprescindibles para la construcción de la Modernidad.” (Hernando, A. 2009:89) 2.4 Las Cartas y Convenciones Internacionales y su aplicación en América Latina y Chile El proceso de reconocimiento y valoración del patrimonio durante el siglo XX en América Latina se ha debido a causas internas y externas, siendo estos factores de distinta intensidad según a cada país. En este contexto ¿cuál ha sido la influencia que han tenido las convenciones y cartas sobre el patrimonio en América Latina y el Caribe? ¿Cuáles han sido sus impactos en las instituciones gubernamentales del patrimonio, en los profesionales, en las universidades, en los organismos internacionales y los no gubernamentales? ¿Cuál ha sido el aporte de la región al desarrollo de nuevas políticas internacionales y a la revisión y extensión de los conceptos tradicionales del patrimonio? Las respuestas a estas preguntas serán variadas de acuerdo a la experiencia y posición de quien intente responderlas. Algunos serán críticos a la situación actual y pondrán acento en los errores, la falta de conciencia, la destrucción acelerada del patrimonio y de las formas de vida tradicionales. Otros navegarán en el sentido contrario, destacando tendencias positivas y una creciente demanda y participación ciudadana en pro del patrimonio. Desde mi perspectiva, la comprensión real se logra caso a caso, aunque es posible identificar algunas tendencias generales (Cabeza, A. y Simonetti, S. 1997; Cabeza, A. 2004). Una primera consideración. En lo concerniente a la relación entre el patrimonio natural y cultural, la tendencia en América Latina y El Caribe ha sido tener instituciones nacionales separadas. Los primeros parques nacionales y reservas naturales se crean principalmente durante las dos primeras décadas del siglo XX - salvo el caso de México que es anteriorlos cuales son creados preferentemente por los servicios forestales de cada país. Desde el punto de vista legal y de las políticas de manejo, la “Convención para la Protección de la Flora, la Fauna y las Bellezas Escénicas de América” de 1940, más bien conocida como la Convención de Washington, tuvo un tremendo impacto positivo en la creación de nuevas áreas protegidas y unificar criterios en las siguientes décadas, siguiéndose más o menos el modelo norteamericano, incluyendo en casos emblemáticos sitios arqueológicos relevantes que estaban insertos en áreas naturales. En lo relativo a la protección del patrimonio cultural, sus inicios están muy marcados por el movimiento de la ilustración francesa del siglo XVIII, que adquiere gran relevancia en los procesos de emancipación de las colonias españolas,
64 redactadas para contribuir a la aplicación de la Carta de Burra. Uno de sus principales aportes ha sido situar el concepto de la significación cultural y su variabilidad como eje de las políticas de conservación. Otro esfuerzo valioso de ICOMOS fue la redacción de la “Carta Internacional para la Conservación de Ciudades Históricas y Áreas Urbanas”, llamada también “Carta de Washington”, que fue adoptada por la Asamblea General de ICOMOS en 1987. Este documento especifica qué elementos son los que deben ser atendidos cuando se trata de proteger o conservar un conjunto urbano; la relación entre los espacios y las edificaciones; la relación entre la ciudad y su entorno y las funciones que el conjunto urbano ha adquirido en el curso de su historia. La Carta establece la necesidad de contar con planes de conservación de las ciudades y barrios históricos, planes que deben estar precedidos por estudios multidisciplinarios y que deben definir las acciones a realizar en los ámbitos jurídico, administrativo y financiero. La Carta de Washington reconoce que la introducción de elementos contemporáneos que no perturben la armonía del conjunto puede contribuir a su enriquecimiento. Se considera imprescindible, sin embargo, que no se permita la penetración de vías de alto tráfico en ciudades o barrios históricos, y que se adopten en ellos medidas de seguridad especiales contra catástrofes naturales, contaminación y otros factores de riesgo. El “Documento Nara sobre Autenticidad” fue adoptado en la Conferencia organizada por ICOMOS que se realizó en Nara, Japón, en 1994. Toma como referencia la Convención sobre la protección del patrimonio cultural y natural de la UNESCO (1972) y la Carta de Venecia (1964). Este Documento parte con una serie de reflexiones que destacan la diversidad cultural como un valor en sí mismo, que debe ser promovido, sobre todo en un contexto de homogeneización y globalización como el que enfrentamos. Toda vez que los diversos valores culturales pueden entrar en conflicto entre sí, se establece la necesidad de reconocer que los valores culturales de todas las partes son legítimos. En relación al tema de la autenticidad de los bienes culturales patrimoniales, el Documento Nara establece que las acciones de conservación tienen su razón de ser en virtud de los valores que se atribuyen a los bienes patrimoniales. Esta atribución de valores depende en gran medida de la calidad de las fuentes de información disponibles sobre ellos y de la capacidad de entenderlas. El concepto de autenticidad está asociado a la comprensión de estos valores y condiciona todas las acciones de conservación. El Documento Nara reconoce que los valores que se atribuyen al patrimonio cultural pueden variar entre las diferentes culturas y en una misma cultura a través del tiempo, lo que implica que no se debe establecer criterios fijos para basar los juicios de valor y autenticidad. Entre el 2003 y el 2004 tres reuniones internacionales tuvieron lugar en México, Argentina y Perú para debatir precisamente estos temas. La primera en Querétaro,
65 en diciembre del 2003, que reunió a profesionales de las instituciones culturales y de ICOMOS de América y España. Esta reunión se centró en el análisis de la Lista de Patrimonio Mundial de UNESCO y de la aplicación de la Convención. En ella se discutieron la representatividad y autenticidad, la necesidad de diseñar estrategias para evitar la pérdida de credibilidad de la Lista de Patrimonio Mundial y los desequilibrios que actualmente existen entre Europa, el resto del mundo y particularmente América Latina. Allí se planteó la necesidad de apoyar a los países que tienen bienes de valor universal pero que no cuentan con las estructuras institucionales o recursos para elaborar los expedientes de cada sitio, como también potenciar las postulaciones que involucren a dos o mas países, como por ejemplo la postulación del Camino del Inca que están presentando seis países andinos. La segunda reunión se realizó en marzo del 2004, en La Plata, Argentina, y trató el tema de la ausencia del patrimonio moderno entre los sitios del patrimonio mundial y particularmente las dificultades que tiene América Latina para inscribir tales sitios, como las que experimentó Valparaíso, Chile y las que actualmente tiene la ciudad de La Plata en Argentina, ya que generalmente la visión del patrimonio está todavía muy marcada por conceptos tradicionales, europeos y que no reconocen la propia historia y dinámica del patrimonio de nuestro continente dada la rápida expansión y cambio de nuestras ciudades. La tercera reunión se realizó en mayo del 2004, en Lima, Perú, bajo el patrocinio de la de UNESCO y tuvo por objeto difundir los resultados de reuniones anteriores en las cuales se analizó la aplicación de la Carta de Venecia, la Carta de Burra, el Documento de Nara y la Convención de Patrimonio Mundial. El tema central fue el concepto de autenticidad y su aplicación. Si bien se reconoce todo el avance en lo teórico y práctico de la aplicación de estos documentos, se destacaron los problemas institucionales y financieros de la conservación del patrimonio. Podemos destacar dos tendencias respecto de cómo enfrentar la autenticidad. Por una parte hay quienes valoran y defienden el avance que ha significado el Documento de Nara para comprender que la significación del patrimonio debe estar acorde a la diversidad de valores de cada cultura y, por otra parte, quienes tratan de mantener los fundamentos de la Carta de Venecia, que es más restringida en ese ámbito. Las convenciones de la UNESCO relativas a la “Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial” de 2003 y la de “Diversidad Cultural” de 2005, han profundizado y ampliado el concepto. De igual manera ICOMOS han lanzado nuevas recomendaciones y guías respecto del accionar profesional en la materia, como por ejemplo la “Declaración de Xian” de 2005, China, sobre los “Entornos de los Sitios Patrimoniales”; la “Declaración de Teemaneng” de 2007, Sudáfrica, sobre el “Patrimonio Inmaterial y los Sitios Patrimoniales”; y la “Carta de Ename” de 2008, sobre la “Interpretación de los Sitios Patrimoniales”, entre otras.
66 Concluyendo al respecto se constata el avance en las discusiones realizadas en la última década en América Latina. Por cierto los problemas económicos están siempre limitando la conservación, pero podemos decir que la valoración del patrimonio ya es reconocida por la sociedad y que existe una creciente preocupación de los gobiernos, aunque los conflictos entre la conservación del patrimonio y el desarrollo son más frecuentes que nunca. La UNESCO ha sido fundamental en generar este ambiente de mayor conciencia mundial, especialmente desde el ámbito legal internacional, pero también ha sido muy importante el rol de diversas entidades como ICOMOS e ICCROM, especialmente en la difusión y entrenamiento profesional. Instituciones privadas como el Instituto de Conservación Getty de Estados Unidos, o estatales como la Agencia de Cooperación Española, han sido también vitales en la formación de profesionales y en la generación de proyectos y en el fortalecimiento de las instituciones del patrimonio en América Latina. El trabajo de todas estas instituciones y profesionales han permitido ampliar las definiciones del patrimonio cultural incluyendo aspectos insuficientemente tratados como el patrimonio intangible, indígena, popular, moderno y el subacuático por sólo mencionar algunos. Las convenciones, cartas, recomendaciones de las últimas décadas han sido valiosas y útiles. Sin embargo falta todavía darles mayor difusión, especialmente en las universidades, profesores, estudiantes y jóvenes profesionales. También es necesario potenciar el trabajo de UNESCO, de tal manera de que pueda seguir siendo un foro internacional para el patrimonio y una fuente de nuevas ideas y proyectos. De igual manera ICOMOS debe ampliar su número de participantes y abrirse a una mayor colaboración con las instituciones patrimoniales y los gobiernos de América Latina, particularmente con los profesionales jóvenes, como ya lo están haciendo algunos comités nacionales. Finalmente podemos observar un marco positivo en América Latina para enfrentar la conservación de su patrimonio, donde su riqueza y diversidad serán cada vez más valoradas. Al respecto constatamos un excelente trabajo de compilación sobre los nuevos paradigmas y desafíos de la conservación del patrimonio cultural para la región que fue realizado por Francisco López Morales y Francisco Vidargas (2014). Por cierto no debemos desconocer los problemas, tanto de educación, como de falta de recursos y un deterioro creciente y destrucción en ciertos casos, pero hay un cambio de tendencia. Por cierto, cada país tiene su propia realidad y las estrategias de conservación del patrimonio deben ser diversas a nivel local. También se debe superar el elitismo de algunos grupos de profesionales del patrimonio y acercar la gestión a la participación de las comunidades y de otros grupos de profesionales. Comprender el patrimonio en toda su amplitud y diversidad será una tarea permanente, pero su conservación
67 sólo será posible si somos capaces de ser creativos en vincularlo a la gente, su calidad de vida y el desarrollo armónico de todos. 2.5 Hipótesis y método En las próximas páginas explicitamos la orientación conceptual que utilizaremos para nuestro trabajo y para abordar el tema central de esta investigación orientada a demostrar que la identidad oficial de Chile ha sido creada y mantenida desde el Estado y los grupos de poder que lo controlan desde su constitución como país independiente. El patrimonio cultural protegido legalmente ha sido un aspecto que ha ayudado en tal proceso relevando solo aquellos atributos que fortalecían la idea de un pueblo, que si bien tenía diversos orígenes, debía comprender una sola identidad nacional, la chilena. Otra estrategia vital en tal proceso fue la educación y una serie de instituciones y legislaciones creadas desde el Estado que fortalecieron tal identidad única que negó las que existían previamente y las que se fueron formando regionalmente durante la colonia. Esta situación se dio en varios países latinoamericanos con los cuales Chile tiene ciertas semejanzas durante el siglo XIX. A comienzos del siglo XX se producen cambios importantes en lo económico y social a nivel continental que tienen derivadas específicas en cada país de la región en las siguientes décadas, particularmente a finales de dicho siglo y comienzos del siglo XXI, en que la sociedad chilena reconoce su propia diversidad debido a los procesos de democratización y globalización. En primer lugar nuestro procedimiento de investigación ha estado centrado en establecer los marcos conceptuales bajo los cuales podemos comprender las culturas, las identidades culturales y los procesos de construcción, valorización y cambio del patrimonio, con sus tendencias y significados diversos incorporando en dicho análisis las Cartas y Convenciones Internacionales y su aplicación en América Latina y Chile. En el mismo sentido nos hemos dedicado a discutir los conceptos de Estado y Nación recurriendo a distintos autores. En segundo lugar hemos emprendido el desafío de describir la formación del Estado de Chile y la identidad nacional que se ha dado a través del tiempo, analizando para ello la diversidad natural y cultural del territorio que ocupa y ha acrecentado en su historia. Especial esfuerzo se ha dedicado a presentar los enfoques utilizados para comprender las identidades culturales de Chile, sus procesos y símbolos, destacando especialmente cómo la arquitectura ha sido un aspecto relevante y cómo la emergencia de las clases medias y populares han sido claves en la formación y reconocimiento de una identidad nacional más plural y diversa en el siglo XX y comienzos del siglo XXI. Para ello ha sido fundamental la lectura de diversos cronistas, historiadores, sociólogos, antropólogos, arqueólogos, geógrafos y ensayistas desde la colonia hasta la actualidad.
68 En tercer lugar consideramos importante estudiar las primeras instituciones republicanas y las normas legales, políticas públicas y acciones vinculadas al patrimonio, como la Biblioteca Nacional, los primeros museos nacionales y exposiciones históricas, los primeros monumentos conmemorativos y las normas constitucionales relativas al patrimonio y la memoria nacional. En particular dimos especial atención a investigar los orígenes que llevaron a la creación de la primera legislación patrimonial de Chile de 1925, la institución que creaba y su posterior evolución. En cuarto lugar analizamos la vinculación legal e institucional del patrimonio cultural con el patrimonio natural y realizamos un estudio legislativo comparativo del Patrimonio Cultural de Chile con otras realidades en América Latina y Europa y su influencia en Chile en la formación de una identidad cultural nacional más plural y diversa en el siglo XX y comienzos del siglo XXI. La estrategia metodológica, además de la lectura de publicaciones y documentos, consideró diversos procesos técnicos de revisión, diseño y planificación del esquema de ordenamiento de datos y análisis de la información disponible a objeto de generar estadísticas que permitieran cuantificar y clasificar los bienes patrimoniales declarados en Chile en función de ciertos parámetros y atributos relacionados con diversas preguntas de investigación, que aportaran información relevante para el tema de estudio y permitieran visualizar de manera más precisa el tipo de bienes declarados, el alcance de este proceso, su evolución en el tiempo y su relación con ciertos factores del contexto político nacional. En la primera etapa, se elaboró un inventario de monumentos nacionales declarados en Chile entre los años 1926 y 2008 8 , lo que arrojó como resultado un total de 1.010 registros organizados de acuerdo a un orden correlativo temporal a partir del cual se construyó una primera matriz de datos organizada en función de cinco campos o variables que se describen a continuación: VARIABLES O CAMPOS DESCRIPCIÓN Número de Monumento Número correlativo asignado a cada bien patrimonial al momento de ser declarado. En las colecciones se asigna un solo número al conjunto de objetos que la integran. Este sistema de registro numeral correlativo lo aplica el Consejo de Monumentos Nacionales 8 Por cierto se han declarado más monumentos desde 2008 a la fecha pero creemos que los adicionales no cambian lo central de nuestro análisis cuando se fijó ese corte temporal en base a los datos disponibles entonces.
69 desde el año 1926 hasta la actualidad y aporta una cuantificación general de los bienes patrimoniales declarados y protegidos por el Estado. Nombre del Monumento Nombre oficial registrado en el decreto o ley de creación, aporta una descripción general del bien patrimonial declarado. Número Decreto o Ley Especifica el número de decreto o Ley que determina legalmente que el bien patrimonial está protegido por el Estado. Año de declaración Indica el año de declaración del bien patrimonial, permite establecer periodizaciones, clasificar u ordenar los datos en función de otras categorías de análisis. Categoría del Monumento Son las tres categorías declaradas mediante decreto: Monumento Histórico, Zona Típica y Santuario de la Naturaleza. La segunda etapa consideró el diseño del plan de ordenamiento de información y configuración de una base de datos en el sistema SPSS (Statiscal Package for the Social Sciences) 9 y diversos procesos técnicos vinculados con la selección, definición y codificación de nuevas variables a objeto de organizar y generar estadísticas en función de ciertas categorías que permitieran extraer conclusiones y observaciones respecto al proceso de declaración y protección de bienes patrimoniales y su relación con factores socioculturales e históricos del contexto nacional. Para ello, se incluyeron en la base de datos las variables consideradas en el catastro inicial y otros campos o variables que se detallan a continuación, las cuales son ejemplificadas más adelante: VARIABLES O CAMPOS DESCRIPCIÓN Región Ordenar y cuantificar los datos según su ubicación territorial de acuerdo a la división político administrativa actualmente vigente a 9 El sistema Statiscal Package for the Social Sciences -SPSS- es un software informático utilizado en el ámbito de las ciencias sociales para la generación de estadísticas y obtención de resultados cuantitativos. Posee la capacidad para trabajar con grandes bases de datos y una diversidad de variables y por tanto, constituye una herramienta importante dentro del proceso de ordenamiento y generación de información para su posterior análisis.
70 nivel nacional a objeto de analizar tendencias vinculadas con la distribución regional de los Monumentos declarados. Declaración individual o múltiple Permite identificar si bajo un mismo decreto o ley se declaró un bien patrimonial o un conjunto de bienes simultáneamente. Condición de vigencia del decreto Permite analizar si el proceso de declaratoria de monumentos nacionales se mantiene vigente a través del tiempo o fue desafectado. Característica patrimonial prioritaria Clasifica los monumentos declarados de acuerdo a su característica patrimonial prioritaria en base a tres categorías: cultural, natural, ambos atributos y aporta elementos de análisis en base a nuevas desagregaciones. Período Clasifica los monumentos nacionales en función de su origen temporal, según cuatro cohortes: período precolombino, colonial, republicano siglo XIX y republicano siglo XX a la actualidad. Tipo de patrimonio Clasifica los bienes patrimoniales de acuerdo a una tipología que incluye veinte categorías a partir de las cuales se busca resaltar ciertos atributos o características de los monumentos declarados para aportar nuevas perspectivas de análisis vinculadas con el tema de estudio. Zona Clasifica los bienes patrimoniales en función de su ubicación actual urbana o rural Vínculo con la independencia nacional A través de esta variable se busca establecer si el bien declarado se vincula con el proceso de Independencia Nacional o no existe tal relación. Vínculo con Presidente de la República A través de esta variable se busca establecer si el bien declarado se vincula con la vida de algún Presidente de la República o no existe tal relación. Contexto político Clasifica los monumentos nacionales en función de seis cohortes vinculados con el sello u orientación política de los gobiernos, lo cual conlleva asociado el establecimiento de periodizaciones no estratificadas dentro del horizonte temporal que aborda el estudio: gobiernos conservadores y populistas (1926- 1938); gobiernos de coalición encabezados por el partido radical (1930-1952); gobiernos
71 conservadores (1953-1964); gobiernos de la Democracia Cristiana y la Unidad Popular (1965-1973); Gobierno militar (1974-1989); Gobiernos de Concertación Democrática (1990-2008). La definición y codificación de variables, involucró diversos procedimientos técnicos y analíticos, especialmente en aquellos campos donde se busca obtener un mayor nivel de desagregación de la información y donde fue necesario construir matrices para el ingreso de datos codificados, las cuales se anexan a continuación: A) Categoría del Monumento: Corresponde a las tres categorías que se declaran expresamente mediante decreto por la Ley 17.288 (Monumento Histórico, Zona Típica y Santuario de la Naturaleza). Si bien la Ley contempla dos categorías más, Monumento Arqueológico y Monumento Público, estas lo son por el solo ministerio de la Ley y no requieren declaración por decreto, excepto los monumentos públicos a los grandes servidores de la nación que requieren de una ley especial de acuerdo a la Constitución de la República. CATEGORÍA DE MONUMENTO: MATRIZ DE CODIFICACIÓN DE VARIABLE Categoría de Monumento Descripción (1) Monumentos históricos (MH) Esta categoría incluye todo tipo de bienes patrimoniales muebles o inmuebles, de cualquier antigüedad, pueden constituir más de una unidad, no existiendo límite en cuanto a extensión o superficie. Su característica principal es que reúnen mayores valores patrimoniales y la ley contempla una normativa más precisa para su intervención. (2) Zonas típicas (ZT) Corresponde a conjuntos de inmuebles o zonas destinadas a mantener el carácter ambiental de un lugar, involucra áreas más extensas urbanas o rurales y generalmente, incluyen uno o más monumentos históricos o monumentos arqueológicos. Las normas de intervención son más flexibles.
72 (3) Santuarios de la naturaleza (SN) Involucra áreas extensas, ubicadas en áreas rurales, que incorporan parte de un ecosistema o varios ambientes, tanto naturales como intervenidos. Su principal característica es la conservación y como lugares para la investigación científica. B) Período: Corresponde a unidades temporales utilizadas para identificar el origen temporal del bien declarado. Si bien, se trata de periodizaciones con un fuerte sesgo historicista, para efectos de este análisis se optó por la utilización de categorías ampliamente utilizadas en Chile para comprender las distintas etapas y procesos vinculados con la historia nacional. PERIODO: MATRIZ DE CODIFICACIÓN DE VARIABLE Período Descripción (1) Prehispánico Bienes patrimoniales cuyo origen se sitúa en el período anterior y hasta 1535 (2) Colonial Bienes patrimoniales cuyo origen se sitúa entre 1536 a 1810 (3) Republicano siglo XIX Bienes patrimoniales cuyo origen se sitúa entre 1811 A 1900 (4) Republicano siglo XX a la actualidad Bienes patrimoniales cuyo origen se sitúa entre 1901 a la actualidad (5) Todas las anteriores Bienes patrimoniales que corresponden a colecciones conservadas en los museos de la DIBAM y el patrimonio subacuático cuya data de origen es muy diversa. C) Tipo de patrimonio: Clasifica los bienes patrimoniales de acuerdo a una tipología que busca resaltar un atributo o característica particular del bien declarado y establecer categorías que aporten nuevas perspectivas de análisis para el tema de estudio. TIPO DE PATRIMONIO: MATRIZ DE CODIFICACIÓN DE VARIABLE Tipo de patrimonio Descripción (1)Sitio Todos los bienes patrimoniales prehispánicos, sean
73 Arqueológico (SA) estructuras superficiales o enterradas, de cualquier magnitud, pueden incluir restos humanos y su contexto ambiental. También, los sitios arqueológicos indígenas coloniales o republicanos enterrados, abandonados e incluso desconocidos por los actuales pueblos indígenas, tales como asentamientos, cementerios y otro tipo de sitios. (2)Arquitectura Civil Privada (ACPR) Casas, edificios o conjuntos arquitectónicos construidos por particulares, con fines privados, sean de residencia, comerciales o de servicios. (3)Arquitectura Civil Pública (ACPU) Corresponden a edificaciones construidas por el Estado, con fines de uso público o vinculadas a las actividades administrativas de gobierno en su sentido más amplio tales como edificaciones de administración del Estado en todos sus niveles territoriales administrativos y de servicios, edificaciones educacionales y de salud, entre otras. (4)Arquitectura Militar (AM) Todas las construcciones o edificaciones que tienen un objetivo militar defensivo u ofensivo o de servicios para tales fines, como fuertes, arsenales, cuarteles o bases de las fuerzas armadas de tierra, mar o aire. (5) Arquitectura Religiosa (AR) Catedrales, iglesias, conventos, monasterios, capillas y toda construcción dedicada o de servicio a las distintas creencias religiosas. (6) Arquitectura Industrial (AI) Todas las edificaciones, construcciones o instalaciones destinadas a la extracción o producción vinculadas con la actividad extractiva como fabril y la asociada a ellas, incluso las de servicio o residencia de obreros y empleados, tales como fábricas, minas y asentamientos mineros, fundiciones, entre otras.. (7)Infraestructura Corresponde a construcciones tales como puentes, viaductos, vías férreas. (8) Plazas y Parques (PP) Áreas verdes de ciudades y pueblos que tienen un uso de esparcimiento y recreación y que han sido diseñadas y construidas para tales fines. También los parques o jardines de edificaciones urbanas o rurales cuando ese ha sido el único objeto de la declaración. (9)Cementerios y Mausoleos (CM) Cementerios y mausoleos destinados a sepulturas colectivas o individuales localizados en áreas urbanas o rurales (10)Sitios Sagrados Indígenas (SSI) Lugares que actualmente las poblaciones indígenas consideran sagradas por sus atributos y como espacio para la realización de ceremonias y rituales religiosos propios de su cultura. Estos sitios pueden tener
80 vida, siendo la situación más extrema en el desierto de Atacama, quizás el más árido del mundo. El Valle de la Luna, San Pedro de Atacama Desierto costero de Caldera. Fotos A. Cabeza Por su parte el desierto costero ocupa una estrecha faja, limitada y discontinuada por farellones y quebradas, donde la camanchaca o neblina costera, contribuye a disminuir los efectos de la insolación permanente, no existiendo una estación fría extrema, conformando un ambiente más benigno, pero carente de agua, salvo en algunos lugares donde la flora, la fauna y luego grupos de pescadores y cazadores costeros de gran movilidad se asentaron. Primero los chinchorros, hace más de cinco mil años, generaron una sorprendente cultura con momificación artificial en la desembocaduras de los valles y quebradas del extremo norte. En los últimos dos milenios, otro grupo humano pescador y cazador del litoral desértico, denominado por españoles como changos o camanchacos, se adaptaron a este ambiente y sus recursos, acumulando la escasa agua existente, creando un tipo de embarcación con pieles de lobos infladas con las cuales facilitaban las tareas de caza y pesca, intercambiando sus excedentes por otros que traían los grupos venidos del interior y el altiplano.
81 Valle del Río Loa, Antofagasta Quebrada de Tarapacá, precordillera de Iquique. Foto A. Cabeza El desierto de Atacama presenta una aridez casi total. Sin embargo entre Arica y El Loa el desierto está seccionado por angostos valles y pequeños cursos de agua, de los cuales pocos llegan al mar. Dichos valles conforman verdaderos oasis en algunos sectores. De todos estos valles, el de Azapa, es el que posee la mayor variedad de flora nativa y al mismo tiempo la ocupación humana más antigua. En este valle y en los de Camarones, Camiña, Tarapacá, Loa y otros más, las comunidades prehispánicas lograron asentarse y vivir de la agricultura, dando forma a culturas cuyos vestigios hoy día asombran por su belleza plasmada en su cerámica, textiles, metales y maderas labradas. La importancia de sus cultivos y su cercanía con la costa, motivó su vinculación constante con el altiplano y el intercambio de sus productos, integrando así la diversidad del mundo andino. Los Valles Transversales del Norte Chico El incremento de las precipitaciones hacia el sur, que alcanzan un promedio de 80 mm anuales, permite el desarrollo de distintas especies de arbustos bajos, conformando una zona particular entre los ríos Copiapó y Choapa, en cuyos valles el agua es más abundante, especialmente en los deshielos, llegando frecuentemente hasta el mar. En valle del río Elqui es ya posible encontrar arbustos y árboles de hojas duras, como el algarrobo, litre, espino, colliguay y chequén. No obstante el paisaje entre valle y valle sigue siendo desértico en gran medida, salvo lugares de reducida extensión en los acantilados y cerros de la costa donde se encuentran bosquetes de olivillo y otras especies arbóreas que son propias del Sur de Chile, debido a la constante humedad que ofrece la camanchaca.
82 Valle del río Copiapó Valle del río Elqui. Fotos A. Cabeza La fauna aumenta en esta zona, existiendo el guanaco, dos especies de zorro, varias especies de roedores, destacando el cururo y el degú. La chinchilla, otrora numerosa, está en peligro, al igual que el guanaco. Igual cosa ocurre con la vegetación autóctona, que ha sido explotada irracionalmente a favor de la minería, y los suelos erosionados en los últimos siglos por la acción intensiva del ganado caprino. Todo esto ha modificado las características naturales del Norte Chico, a lo cual se agrega una agricultura intensiva en todos sus valles, sin embargo esta actividad, junto a la minería, han sido las actividades económicas predominantes creando un paisaje cultural propio. Las características ambientales más favorables para el asentamiento humano permitieron la formación en el último milenio de sociedades organizadas en base a la agricultura en los valles, complementada con la pesca, la recolección y la caza. La cerámica y la metalurgia, al igual que en los grupos del norte, fue desarrollada, existiendo comunicación con estos, al igual que con otras comunidades situadas al oriente de la cordillera. Estos valles transversales fueron la cuna del pueblo diaguita que encontraron los españoles en el siglo XVI. Los Valles y el Litoral de Chile Central Desde el valle del Aconcagua hasta el Bío-Bío encontramos ecosistemas de clima mediterráneo con veranos secos y calurosos e inviernos lluviosos y fríos. Las precipitaciones aumentan hacia el Sur lo que incide directamente en la vegetación, fluctuando entre los 300 y 1.000 mm anuales. La topografía configura situaciones específicas para la vegetación según la altitud y la exposición solar de las laderas de cerros, estando formada principalmente por el bosque esclerófilo, constituido
83 por especies como el quillay, litre, boldo, maitén y espino, asociándose según las condiciones otras especies como el peumo, el canelo, el lingue y el roble blanco. Depresión intermedia en el valle del río Cachapoal. Foto A. Cabeza La fauna nativa ha sufrido el impacto humano, subsistiendo solo aquellas especies que pudieron refugiarse en lugares alejados de los centros poblados, siendo en las aves donde encontramos una mayor variedad: picaflor gigante, tenca, yal, pitio, choroy, tricahue, perdiz, cometocino, águila, tucúquere y muchas especies más. Chile Central es hoy día un escenario natural domesticado por una intensa actividad humana en los valles y en la costa: la agricultura, la ganadería y la urbe modificaron el espacio permitiendo la productividad necesaria para sostener una gran población. Si bien este proceso se intensificó hace casi cinco siglos con la invasión española, estos valles han sostenido la presencia humana desde hace unos 11.000 años por lo menos. Sus restos arqueológicos, asociados a fauna del período del pleistoceno, como el mastodonte, han sido encontrados aquí al igual que en el Norte Chico. En los milenios siguientes estos cazadores recolectores y otros recién llegados lograron conocer la variedad y riqueza de su ambiente, especializándose en la recolección e iniciando un asentamiento más permanente en algunas localidades favorables por su cercanía a diferentes fuentes de recursos naturales. De esta manera, fuera por aportes externos o por desarrollo local, la agricultura pudo ya ser efectiva hace unos 2.000 años: maíz, porotos, zapallo, quínoa fueron los cultivos principales.
84 Zapallar, Región de Valparaíso Buchupureo, Región del Bío-Bío. Fotos A. Cabeza A comienzos del siglo XVI el imperio Inca, que unas décadas antes se había expandido hacia el Sur de Los Andes, incorpora los valles de Aconcagua, Mapocho y Maipo a su estructura estatal, trasladando incluso colonos y estableciendo ciertas fortificaciones en su frontera austral, pero sin alterar de manera profunda la forma de vida de los habitantes locales, como sí ocurrió con la conquista española a partir de 1541. Los indígenas de esta zona vivían de la agricultura, la cual era complementada con otros recursos provenientes de la recolección, la caza y la pesca. Su patrón de asentamiento era disperso, pero estaban organizados en comunidades que respondían a la jefatura de caciques o lonkos, los cuales aceptaban el liderazgo de un cacique mayor de acuerdo al sector del valle en que vivían. La lengua que hablaban estos indígenas a la llegada de los españoles era el mapudungun, siendo por tanto parte del pueblo mapuche. La conquista y posterior colonización hispana de este territorio, significó la paulatina asimilación y desaparición de estos mapuches del norte. Montañas de Los Andes de Chile Central La gran extensión, altura y prolongación de la Cordillera de los Andes, convierten a este cordón montañoso, en el rasgo geográfico fundamental del sector occidental de América del Sur y en la columna vertebral de la topografía del continente. Su gran altitud, con cumbres que bordean los 7.000 metros, profundas quebradas y un clima polar de altura, con diferencias considerables de temperatura entre el día y la noche y con abundantes nevadas en invierno que limitan las posibilidades de vida, constituyen sus características fundamentales. Sin embargo, la cordillera posee diversos ambientes de Norte a Sur, en atención a su altitud y latitud, donde la flora y la fauna, a pesar de lo agreste de la topografía, la rudeza del frío y la altura, han podido adaptarse. En las pequeñas planicies y cajones cordilleranos de Los Andes de Chile Central y Sur existieron el guanaco y el huemul. Hoy día están casi extinguidos y solo unos cuantos ejemplares sobreviven protegidos por la inmensidad de la montaña. Igualmente el puma ha sido acosado y perseguido, prácticamente desapareciendo de los Andes de Chile
85 Central. A pesar de todos estos cambios, los cóndores siguen coronando las albas cumbres y quebradas de los valles interiores. Cajón del río Colorado, Andes de Santiago Cordillera de Los Andes desde el cerro El Plomo Fotos A. Cabeza Una vez que los hielos de la última glaciación se retiraron y la vegetación se estableció permitiendo que grandes manadas de guanacos y cérvidos aprovecharan sus pastos, distintos grupos de cazadores fueron en su persecución transitando en ambas vertientes de la cordillera. Algunos de estos grupos se acostumbraron a esta forma de vida por milenios, trasladándose por las pampas trasandinas hasta la Patagonia. Otros grupos se asentaron en los valles de la precordillera, utilizando la variedad de recursos que proporcionaban los diferentes pisos ecológicos, intercambiando sus excedentes con otras comunidades de los valles de la depresión intermedia, las cuales fueron cada vez más sedentarias, recibiendo la llegada de nuevos pobladores. Por cierto algunos grupos mantuvieron su movilidad en los cajones andinos de ambas vertientes de la cordillera hasta el siglo XVIII, siendo eje de sus desplazamientos las pampas. Otros más al Sur, en condiciones ambientales más favorables, y emparentados con los mapuches, como los pehuenches, han permanecido hasta la actualidad. La zona andina de Chile Central maravilla a todo espectador por su belleza y grandiosidad. Los cajones cordilleranos de Aconcagua, Maipo, Cachapoal y los de más al sur, se internan por profundos valles y quebradas hasta las cimas de las montañas, donde glaciares milenarios alimentan, junto a las nieves invernales, los ríos que fluyen cada vez más caudalosos desde el Maule. Las laderas de las montañas, en la medida que aumenta la pluviosidad, se van poblando de robles, cipreses y raulíes, donde zorros, pumas, huemules y guanacos antes fueron numerosos. Las cumbres andinas también fueron consideradas sagradas por los indígenas y algunas de ellas, como es el caso del cerro El Plomo de 5.430 metros de altura, en la cordillera andina de Santiago de Chile, fue un santuario de los Incas, donde se realizaron ceremonias, se construyó un adoratorio, se depositaron
86 ofrendas e incluso se sacrificó un niño, cuyo cuerpo congelado fue descubierto en 1954 (Cabeza, A. 1986) 11 . Adoratorio a 5.200 msnm del Santuario de Altura Inca cerro El Plomo. Foto A. Cabeza Los Bosques de Araucarias Los bosques de araucarias se extienden por la zona andina desde las nacientes del río Bio-Bio hasta la Araucanía, ocupando también sectores de la Cordillera de la Costa en Nahuelbuta, al Sur de Concepción, teniendo una distribución promedio entre los 700 y 1.600 metros de altitud. La araucaria (Araucaria araucana) o pehuén es un árbol endémico de Chile y Argentina, y puede alcanzar alturas de 50 metros y un diámetro de 2 metros, teniendo una vida que puede superar los 2.000 años. En la cordillera andina predomina la asociación de la araucaria con la lenga y ocasionalmente con el coigue y el ñirre. La fauna representativa de este tipo de bosque la componen el puma y el zorro, resaltando entre las aves el chucao, la bandurria y la cachaña o choroye. 11 El suscrito realizó su tesis de grado en arqueología en dicho tema realizando las primeras excavaciones arqueológicas en dicho sitio arqueológico ya que previamente sólo había sido excavado por arrieros y andinistas. En las últimas décadas se han realizado varias investigaciones sobre los santuarios de altura incas en las cumbres andinas (Schobinger, J. 2001).
87 Araucarias del sector de Lonquimay Mapuches-pehuenches durante un ngillatún Fotos A. Cabeza Los bosques de araucaria fueron parte del sostén de los pueblos mapuche y pehuenche. Su fruto, el piñón, era recolectado y almacenado celebrándose su cosecha con rituales especiales. Ambos pueblos indígenas vieron en dicho árbol la fertilidad de la naturaleza y una fuente importante de sustento, protegiéndolo y venerándolo. Hoy día las comunidades indígenas que tienen acceso a tales bosques han continuado la recolección en varios sectores montañosos y manteniendo sus tradiciones, luchando por conservar sus bosques y su significado cultural. La Araucanía, los Lagos del Sur y los Bosques Siempre Verdes Al sur del río Bio-Bio, tanto por la Cordillera de Los Andes como por la Cordillera de la Costa e incluso hasta los archipiélagos australes se extiende una profusa selva fría aumentando, especialmente en las tierras bajas, cuya pluviosidad fluctúa entre 2.000 y 5.000 mm. La topografía del paisaje es variada debido a los procesos del volcanismo y glaciación que han modelado el escenario geográfico, constituyendo un conjunto de lagos y ríos que otorgan a la zona una singular belleza. Entre los árboles más representativos de estos bosques destacamos el coigüe, mañío, tepa, ulmo, tineo, lingue, olivillo, laurel, el arrayán el milenario alerce, que es aún más longevo que la araucaria, pudiendo alcanzar una edad de 4.000 años, una altura que bordea los 50 metros y un tronco de 4 a 5 metros de diámetro. La depresión intermedia, entre ambas cordilleras, hasta el seno de Reloncaví y la Isla Grande de Chiloé, también fueron territorios boscosos pero al mismo tiempo el espacio donde los pueblos mapuche y huilliche se asentaron modificando parcialmente su entorno. Sin embargo, es a partir del siglo XIX, producto de la
88 colonización, la agricultura, la ganadería y la explotación forestal, cuando estos territorios cambian radicalmente su paisaje hasta su configuración actual. Esta tierra verde y frondosa del Sur de Chile, está unida a la historia de los pueblos indígenas: mapuche y huilliche. Cazadores y recolectores primero, horticultores, ganaderos y agricultores después, fueron y son el grupo indígena más numeroso de Chile. En el siglo XVI, cuando los conquistadores españoles se adentraron en los bosques del Sur de Chile, encontraron un pueblo numeroso. Sus hermanos del norte, los picunches, no pudieron resistir el embate, pero los mapuches, estaban protegidos por sus bosques casi impenetrables y por una bravura y apego a su libertad que no pudieron vencer los españoles. Casi todo el primer esfuerzo colonizador español, que incluyó la fundación de varias ciudades en esta zona, fue destruido a finales del siglo XVI, salvo los asentamientos hispanos que lograron prosperar lentamente en la Isla Grande de Chiloé, donde los indígenas huilliche ofrecieron una menor resistencia. Durante casi dos siglos solo un enclave cerca de la costa, Valdivia, fue repoblado y defendido por una serie de fortificaciones, al cual se unió la refundación de la ciudad de Osorno a finales del siglo XVIII. Sólo en la segunda mitad del siglo XIX, 60 años después de la independencia de Chile de España, dicho territorio pudo ser efectivamente integrado y el pueblo mapuche incorporado por la fuerza a la república. Lago Puyehue, Osorno Estero de Reloncaví, Puerto Montt
89 Caciques huilliches en Pucatrihue, Osorno Machi mapuche en Villarrica. Fotos A. Cabeza Los Bosques de la Patagonia Occidental Al Sur de la Isla Grande de Chiloé, en el borde continental y en los archipiélagos de Aysén y Magallanes, se presentan características climáticas bien específicas, que han condicionado la existencia de una vegetación y una fauna peculiar. Existen de 5 a 7 meses con promedios de temperaturas inferiores a 10º C, una pluviosidad que supera los 2.000 mm., aumentando considerablemente en la zona de los canales, con frecuentes nevadas invernales. En general se constata la presencia de los bosques siempre verdes. En el archipiélago de Las Guaytecas, se destacan los bosques de cipreses, los cuales, además, aparecen en los contrafuertes andinos asociados a bosques de coigüe. Otra especie característica de esta zona es la lenga y más al sur, el coigüe de Magallanes se asocia al canelo. Entre los mamíferos se debe mencionar el huemul, el cual corre peligro de extinción. Entre las aves que se pueden avistar están el aguilucho de cola rojiza, el carpintero negro, el pitío, la cachaña. Los valles de Aysén tuvieron densos bosques, los cuales fueron arrasados para ser habilitados para la ganadería durante la primera mitad del siglo XX. Río Baker, Región de Aysén Valle del cerro Castillo, Región de Aysén Fotos A. Cabeza
96 Artesana rapanui Centro Ceremonial Orongo Cantera de Rano Raraku Fotos A. Cabeza 3.2 La Formación de la Nacionalidad e Identidades Culturales de Chile El territorio que hoy administra el Estado de Chile constituye una gran diversidad de ambientes, donde diferentes grupos humanos construyeron a lo largo de milenios, formas de vida especialmente adaptadas a su entorno, en función de la tecnología que habían desarrollado. Algunos mantuvieron la caza y la recolección por cientos de generaciones, otros transitaron hacia la ganadería, agricultura y asentamientos más permanentes. A lo largo de los milenios otros pueblos indígenas llegaron con nuevos conocimientos y también prosperaron, se formaron asentamientos, siendo parte de estos pueblos incorporados a imperios como el Inca, hasta conformar el mosaico cultural que encontraron los primeros europeos a comienzos del siglo XVI. Por cierto, las fronteras culturales y políticas de cada uno de estos grupos, en distintos períodos de su historia, ha variado, como también el concepto de ocupación del territorio y su control. Algunos de estos grupos humanos tuvieron gran movilidad, otros menos. También sus fronteras fueron difusas, existiendo permanentes contactos e intercambios de bienes y personas, siendo los límites de sus ocupaciones territoriales acotadas a regiones dentro del Chile actual o incluso controlando territorios que hoy día no son parte de la República de Chile, quedando algunos de estos pueblos indígenas, que lograron sobrevivir a la conquista española y expansión territorial del estado republicano chileno, divididos por las fronteras y acuerdos limítrofes de los siglos XIX y XX.
97 La conquista española significó el fin de parte de estas culturas indígenas y de su organización social, económica y religiosa. Algunos de estos pueblos lograron sobrevivir y defender su independencia hasta el siglo XIX, como fue el caso de los mapuches del Sur de Chile, parte de cuya población, especialmente la ubicada al norte del río Bio-Bio, se mezcló con los colonos españoles, constituyendo una nueva sociedad que si bien en su base popular era mestiza en lo racial y cultural, estaba bajo la hegemonía hispánica, la que impuso sus formas culturales, economía y un nuevo orden político. El gobierno colonial español no desconoció esta diversidad como también el mestizaje que imponía la realidad, reconociendo las diferencias y estableciendo una organización social de castas de acuerdo al origen: indígenas, mestizos, negros, mulatos y zambos tenían su lugar en una sociedad muy estratificada y cuyos beneficios económicos principales estaban orientados hacia los colonos españoles y la metrópoli. La independencia de la metrópoli, lograda por diferentes causas a comienzos del siglo XIX, establece un nuevo escenario político, económico y también social, donde el nuevo Estado republicano lucha desde el comienzo por imponer la idea de una nueva nacionalidad que integre la diversidad existente del territorio que heredaba y comenzaba a administrar. Como veremos en los próximos párrafos y capítulos, la génesis de este proceso cultural viene desde el siglo XVI, pero la existencia de un gobierno autónomo precipita y fortalece la necesidad de construir el ideario de una nueva comunidad nacional, que si bien niega en un comienzo su pasado español e idealiza algunos aspectos de su pasado indígena, se funda en el mestizaje y en sus contradicciones, negando con el tiempo la diversidad existente y ejerciendo todo el peso del Estado para construir la República de Chile y lograr la lealtad de todos los habitantes del territorio que reclamaba como propio.
98 Palacio de La Moneda, Presidencia de la República, Santiago de Chile. Foto A. Cabeza Los Enfoques utilizados para comprender la Identidad Cultural de Chile Durante el siglo XIX y XX y, especialmente, en los períodos de crisis o cambios económicos, políticos y sociales de mayor tensión, se ha acentuado la discusión sobre la identidad cultural del país, como también ocurrió en los demás países del continente americano. Desde la independencia de las colonias inglesas de Norteamérica en 1776, y de las colonias españolas a partir de 1810, numerosos autores se han dedicado al tema, pero es especialmente en el siglo XX y, particularmente, desde la década de los sesenta, que la discusión es recurrente en todas las ciencias sociales de los países americanos (Rosenblitt, J. 2013). No obstante, en documentos coloniales, tanto de cronistas como de viajeros, encontramos referencias al tema de la identidad cultural. En 1856 el chileno Francisco Bilbao, en una conferencia en París, comienza a hablar del concepto “América Latina”, inaugurando una discusión respecto a la separación cultural con lo que entonces era la América anglosajona, aludiendo a los países que originalmente habían sido colonias de España o Portugal 12 , concepto que después se extendió a las regiones que habían sido colonizadas por 12 ES interesante tener presente al respecto el artículo publicado por Luiz Alberto Moniz Bandeira “¿América latina o Sudamérica?”, en el diario Clarín de Buenos Aires, el 16 de mayo de 2005. Tales ideas se desarrollan en la compilación de todos los documentos escritos por Bilbao en el libro de José Alberto Bravo de Goyeneche (2007). Francisco Bilbao 1823-1865: el autor y la obra. Editorial Cuarto Propio, Santiago, Chile.
99 Francia, o incluso, de manera más reciente y novedosa, la inclusión de áreas donde la población de habla hispana es importante en Estados Unidos 13 . La conquista y colonización del continente americano por los europeos, como también la llegada de esclavos africanos, significó la gestación de nuevas identidades, las cuales se nutrieron de una u otra forma de las originarias, muchas de las cuales siguieron existiendo, sucumbiendo otras ante el impacto de las nuevas enfermedades, la guerra y la dominación. Esta situación generó un drama humano de proporciones, el cual sigue activo en diversas regiones mediante otros medios. En este contexto se debe destacar que los procesos de formación de identidades son tan activos hoy como ayer, especialmente debido a las migraciones, combinándose los aspectos de carácter local, étnico, nacional y de áreas culturales. Como hemos descrito anteriormente, la forma de explicar estos procesos por diferentes estudiosos es esencialista, constructivista, histórica, estructural e incluso postmodernista, existiendo variantes en cada una de ellas. La identidad cultural nacional de cada uno de los estados latinoamericanos ha sido definida de diferentes maneras, siendo adscritas la mayoría de ellas a lo menos a cinco corrientes de pensamiento por J. Larraín, autor con quien el suscrito concuerda: hispanismo, indigenismo, mestizaje cultural, mestizaje religioso y la búsqueda de la identidad (Larraín, J. 2001:53). La corriente hispanista que destaca y valora las tradiciones, modos de vida, cultura y la lengua castellana, ha estado presente desde la Independencia, pero cobra mayor fuerza a comienzos del siglo XX con los escritos de Rodó (1967), Blanco Fombona (1911) y Vasconcelos (Acosta Rico, F. 2004). En lo general estos autores escriben contra el imperialismo norteamericano de la época, pero su hispanismo era moderado con un sentimiento americanista y valorando el mestizaje, aunque también están presentes los que rechazan y desprecian lo indígena. En Perú el hispanismo extremo se encuentra en José de la Riva Agüero (1952) y Raúl Porras (2010), quienes no obstante valoran la importancia del imperio incaico y el mestizaje, consideran superior la cultura española. En Chile esta corriente es difundida por el historiador Jaime Eyzaguirre (1957), quien destaca que la raíz de la cultura hispanoamericana se encuentra en la tradición católica y medieval española, la cual era superior a las culturas indígenas americanas, denunciando además que las élites de cada país traicionaron su verdadera identidad al aceptar las influencias de las culturas inglesa y francesa. Estos y otros autores hispanistas subvaloran la importancia que tuvo y tiene el 13 Sobre el tema de la identidad cultural en Estados Unidos ver el excelente y polémico libro de Samuel P. Huntington (2004). ¿Quiénes somos?: Los desafíos a la identidad nacional estadounidense, Editorial Paidós, Barcelona, en donde este autor analiza la evolución del concepto de nación y nacionalismo en su país, desarrollando para ello un estudio detallado de fuentes históricas y actuales.
100 mestizaje racial y cultural en América, como también los aportes que realizaron los grupos de esclavos negros como también los inmigrantes de otras regiones de Europa y Asia. La corriente indigenista destaca el aporte de los diversos pueblos aborígenes, pero tampoco es homogénea en sus planteamientos, existiendo autores como el peruano Luis Eduardo Valcárcel (1972) que vio el mestizaje como un problema para el mundo indígena y que a través de sus escritos combatió la imagen negativa que de su cultura existía en Perú. Como también hay otros investigadores más recientes, como el mexicano Guillermo Bonfil Batalla (1990) que destacan la continuidad de las culturas indígenas y quienes, como el uruguayo Eduardo Galeano (1971) y el peruano Luis Lumbreras (2005) que resaltan el carácter comunitario de los pueblos indígenas y su relación con el medio ambiente. Otros autores, como el chileno Pedro Morandé (1984), señalan que la identidad de los pueblos latinoamericanos se origina fundamentalmente por la introducción del catolicismo en el siglo XVI y cuya mayor fuerza se encuentra en la religiosidad popular hasta el presente. Otra corriente de pensamiento radica la identidad latinoamericana en el mestizaje, en un proceso no acabado, de permanente búsqueda, de ausencia de pertenencia tanto a lo indígena como a lo hispano, siendo el mexicano Octavio Paz (1959) uno de sus mejores exponentes. Para el caso chileno se distinguen varias corrientes de pensamiento para definir la identidad nacional, teniendo la mayor parte de ellas visiones esencialistas al ver la identidad cultural chilena como algo acabado, cuyos valores compartidos se establecieron en el pasado y no cambian en su esencia, desconociendo o subvalorando que la identidad se va construyendo a través del tiempo. El sociólogo Jorge Larraín (2001) distingue las siguientes corrientes de interpretación: (1) militar-racial; (2) hispanista; (3) psicosocial; (4) religiosa-católica; (5) cultura popular y (6) empresarial-postmoderna. Cada una de estas corrientes de pensamiento, si bien se originan en determinadas épocas, tienen adeptos hasta el presente. En la visión militar se combina lo racial, lo religioso y la importancia del estado. En esta corriente es central el papel que la guerra ha tenido en la constitución de la identidad chilena, primero en la Colonia con los mapuches, después en la guerra de la Independencia venciendo a los españoles, después venciendo a Perú y Bolivia en la Guerra del Pacífico, conflictos que generaron un nacionalismo. Se destaca aquí el rol del ejército en la construcción de la identidad nacional, cuya institución se considera anterior a la formación del estado republicano, nacida al fragor de la guerra de conquista, la cual habría tenido una función integradora, centralista, civilizadora, argumentando que varios gobernadores coloniales y presidentes de la República han sido presidentes de Chile.
101 Pero también se apela en esta corriente que desataca lo militar, aunque parezca contradictorio, al mestizaje entre los mapuches guerreros y los conquistadores españoles, cuyos descendientes habrían heredado tales virtudes militares. En esta línea, autores como Nicolás Palacios aludieron al concepto de la “raza chilena”, representada por un personaje típico del pueblo, conocido como el “roto chileno” que nace al alero de la guerra 14 . Pero para Palacios, el español que se une al mapuche y que da forma a la raza chilena, es el español de origen godo. Esta versión es considerada hoy día como machista, patriarcal y sexista, pero hay que señalar que este autor buscaba resaltar los valores del pueblo chileno frente a un clima de opinión de la elite que denigraba lo popular por considerarlo bárbaro. Roberto Hernández, escribiendo en 1929, también destaca al roto chileno como lo esencial del pueblo chileno, destacando la pérdida de los valores tradicionales oponiéndose a reemplazar al roto chileno por visiones populistas que los veían como proletarios y caracteriza al roto chileno como valeroso, patriota, bebedor, derrochador, libre, astuto, inteligente, generoso, pícaro y poeta. Para este autor es en el pueblo donde se encuentra lo más genuino de la identidad nacional. También historiadores más recientes como Ricardo Krebs (2008) señalan el papel principal que tuvo la guerra en la formación de la identidad histórica chilena por lo menos hasta fines del siglo XIX. Por su lado, el historiador Carlos Cousiño (1985) integra en lo militar la influencia de lo religioso, señalando que la identidad chilena se comprende mejor a través del rol que tuvo la hacienda o gran propiedad rural junto con el ejército, incorporando este último la religiosidad popular, especialmente la mariana, como parte integrante de sus ritos, particularmente al proclamar a la Virgen del Carmen como patrona del ejército. Estas visiones militaristas, con sus matices, han sido por décadas las más comunes en los textos de enseñanza de la historia de Chile, los cuales destacan tres hitos decisivos en la formación de la identidad chilena: la Guerra de Arauco, la Guerra contra la confederación peruanaboliviana y la Guerra del Pacífico, las cuales formaron la forma de ser y la nacionalidad chilena. Larraín critica esta visión como esencialista ya que reduce la identidad a solo algunos aspectos, considerándola sesgada, excluyente y unilateral (Larraín, J. 2001). Por su lado la corriente de pensamiento hispanista es la más trabajada y posee numerosos seguidores, especialmente entre las décadas 30 y 40 del siglo XX. Su mejor exponente es el historiador Jaime Eyzaguirre (1969), quien indica que en la raíz cultural hispánica están los fundamentos de la identidad chilena y sostiene 14 Para algunos el origen del concepto del roto chileno se remonta a los expedicionarios de la hueste de Diego de Almagro en 1536 que regresaron al Perú de su primer viaje a Chile pobres y con sus ropas “rotas”. Sin embargo el concepto de populariza en el siglo XIX, principalmente al aleros de las guerras contra el Perú, teniendo un sentido contradictorio, tanto de admiración por su esfuerzo frente a la adversidad pero también despectivo.
102 que cada pueblo tiene su propia esencia. Explica que con la Independencia se rompe con la propia tradición y comienza una búsqueda de lo foráneo, traicionado su autenticidad pero al mismo tiempo fracasando en sus intentos de copiar lo extranjero; aunque también es optimista señalando que en la juventud chilena hay una búsqueda para revalorizar el patrimonio cultural que permitirá avanzar hacia una verdadera independencia. Mario Góngora (2003) es otro connotado historiador que plantea el carácter hispanista de la cultura chilena, destacando el rol del Estado en la formación de la identidad nacional. Por su parte el historiador Osvaldo Lira (Universidad Adolfo Ibáñez 1994) también plantea, que si bien las naciones hispanoamericanas son mestizas, su esencia cultural proviene de la cultura hispánica, pero no valora el aporte indígena debido a la superioridad de la cultura española. Al respecto Jorge Larraín (2001) considera que la corriente hispanista, en sus distintas versiones, es exclusivista y esencialista y que no tiene hoy mucha fuerza en Chile. Otra corriente de opinión es la que otorga mayor importancia al carácter sicosocial de la chilenidad. Su exponente más conocido es el historiador Francisco Antonio Encina (1912; 1952), quien incluso llega a considerar los rasgos sicológicos como si fueran una herencia genética. Al respecto el sociólogo Hernán Godoy (1977) define varios rasgos sicológicos de la chilenidad debido a las características geográficas del país, las guerras y el mestizaje de hombres españoles con mujeres mapuches. Godoy define que existen tres aspectos que unen al pueblo con la elite al final de la Colonia: acatamiento a la autoridad civil y religiosa; paternalismo agrario y la identificación con el país, destacando rasgos positivos como la sobriedad, el espíritu democrático y el afecto; señalando como rasgo negativo la falta de imaginación. Esta corriente sicológica considera que los rasgos principales del carácter del ser chileno se originan en la colonia y se consolidan en la república, destacando en general la inclinación hacia el orden establecido, la sociabilidad, la dependencia de la opinión ajena, la inseguridad, la moderación, el conservadurismo y la cautela. Por su parte, la corriente que explica la formación de la identidad chilena en base a la religiosidad católica, tiene su mejor exponente en el sociólogo Pedro Morandé (1984) quien destaca el catolicismo introducido en la colonia. Esta versión tiene según J. Larraín (1996) ocho ideas principales: 1.- El sincretismo religioso formado en los valores cristianos e indígenas, con un marcado énfasis ritual en el sacrificio, el cual se constituyó en los siglos XVI y XVII; 2.- Que la modernidad ilustrada no forma parte de la cultura latinoamericana, la cual tendría un modelo barroco simbólico-dramático; 3.- Que la identidad latinoamericana es moderna-barroca; 4.- Que la cultura barroca es más oral que escrita y da más importancia al rito y a la trasmisión oral; 5.- Que la cultura latinoamericana favorece la intuición, el corazón, el conocimiento; 6.- Que la identidad católica no ha sido reconocida por las elites intelectuales latinoamericanas por lo que existe una alienación y una contradicción
103 entre la modernidad ilustrada y la modernidad barroca; 7.- Que la identidad latinoamericana muestra su mejor expresión en la religiosidad popular; 8.- Que la modernidad ilustrada con su lógica racionalista está acabada y agotada. Para Morandé América Latina sufre desde la Independencia una ruptura cultural porque sus elites no reconocen su identidad católica que cruza todas las épocas y las dimensiones social, económica y cultural, privilegiando las elites la razón instrumental y despreciando la cultura popular que se identifica en lo festivo y en lo carnavalesco (Morandé, P. 1984). Jorge Larraín critica esta versión por esencialista y por darla como algo acabado, formado e inmutable, que tiene una síntesis original, única y auténtica basada en el catolicismo. Si bien Larraín no desconoce la importancia del catolicismo, este rasgo no es el único y ha dejado de ser el centro de nuestra identidad, donde ha existido y existe la pluralidad (Larraín, J. 1996:178; Larraín, J. 2001:199). Otra corriente de pensamiento es la que resalta el rol de la cultura popular en la formación de la identidad chilena. Los historiadores Gabriel Salazar y Julio Pinto (1986; 1999), además de Maximiliano Salinas (2005) son tres de los principales exponentes de este planteamiento, quienes sostienen que lo más auténtico de la identidad chilena se encuentra en la cultura popular, que es allí donde hay más imaginación creativa y autonomía, y cuya cultura se opone a la que trata de imponer la oligarquía, teniendo esta última por lo general un carácter imitativo de lo exterior. Si bien estos autores manifiestan que la cultura popular tiene tensiones e incoherencias destacan su originalidad e inventiva. Esto explicaría por qué el “roto chileno” ha sido considerado como el personaje típico de Chile, siendo el bajo pueblo el principal heredero de la tradición colonial española, pero también de las tradiciones mapuches y de otras culturas indígenas, siendo ambas bloqueadas y reprimidas por las elites oligarcas en el poder. Destacan estos autores también las oposiciones entre la cultura de la élite oligarca y la cultura popular, siendo la primera formal, grave y severa y la segunda alegre, jovial y vital. Para Larraín (2001) la imaginación y la capacidad de creación son aspectos claves de la formación de una identidad y de su reproducción. Sin embargo este autor critica esta visión por su carácter esencialista e idealista al reducir la construcción de la identidad chilena a un solo actor principal: el pueblo. Finalmente tenemos la visión de una identidad cultural chilena de carácter empresarial y postmoderna. Esta corriente surge a comienzos de los 80 sosteniendo que Chile es una nación emprendedora, diferente, ganadora, moderna. Esta tesis es levantada por los líderes del neoliberalismo encontrando mucho eco en la prensa y líderes políticos de distintas tendencias (Lavín, J. 1987). Larraín (2001) crítica esta visión por centrarse fundamentalmente en lo económico y en los ideales de ganancia, consumo y del individualismo, como también el discurso postmodernista que tienen algunos de los que la defienden, quienes avalan el relativismo y la desconfianza en los absolutos y en las ideologías
104 tradicionales. Autores como Tomás Moulián (1997) y Bernardo Subercaseaux (1997) han analizado extensamente esta corriente criticando sus postulados. 3.3 La Formación de la Identidad Nacional Chilena: Procesos, Símbolos y Arquitectura Como hemos descrito, el territorio actual de Chile, debido a su extensión y diversidad geográfica, ha sido escenario del desarrollo de distintas culturas desde hace miles de años, coexistiendo a principios del siglo XVI una amplia gama de culturas indígenas, algunas de las cuales mantenían una forma de vida cazadora y recolectora, mientras que otras eran sedentarias con distintos grados de práctica de la agricultura, ganadería, caza y recolección. Además, los pueblos indígenas ubicados en el Norte del país tuvieron contacto con los grandes imperios andinos, primero Tiwanaku y después los Incas, logrando incorporar estos últimos a su dominio las comunidades indígenas tanto del Norte como parte de Chile Central. Para comprender la formación de la identidad cultural nacional de Chile, debemos describir ciertos procesos, que a veces tienen largos períodos de gestación, pero en los cuales se pueden identificar momentos de síntesis, que generan cambios más o menos radicales en lo económico, social y cultural. Cada uno de ellos tiene causas externas e internas, como también de las circunstancias propias de cada síntesis. A continuación describimos algunos de estos períodos que fueron claves en el desarrollo y construcción de la identidad nacional actual de Chile, sin que ello signifique desconocer la formación continua de otras identidades de carácter regional y la persistencia de la identidad cultural mapuche en parte de la población y de otros pueblos indígenas que hoy viven en Chile. Estas descripciones se realizan resumiendo los principales períodos históricos y símbolos que las representan, como también mencionando algunos aspectos centrales relacionados con la arquitectura, los modos productivos y de ocupar el territorio, todos referentes que expresan y representan la formación de tales identidades. Nuestra preocupación será destacar los procesos más relevantes. En el capítulo siguiente nos dedicaremos con mayor profundidad a develar el desarrollo de los conceptos de patrimonio y monumentos con datos y ejemplos a través de los cuales se va construyendo desde el Estado una identidad nacional, sin dejar de existir focos de resistencia regionales. Los períodos y síntesis que hemos identificado como principales son: la Conquista y la Colonia; la Independencia y la formación del Estado Republicano; la consolidación del Estado Nacional del siglo XIX; La crisis de la oligarquía y la formación de un Estado más pluralista en la primera mitad del siglo XX; la crisis de los años sesenta y setenta y la instauración del neoliberalismo en los 80.
105 La Conquista y la Colonia en Chile El descubrimiento de América en 1492 es uno de los acontecimientos más importantes de la historia mundial. La invasión y conquista iniciada por pequeñas oleadas de andaluces, castellanos y extremeños, provenientes de una España recientemente unificada, victoriosa y heredera de luchas centenarias contra los reinos moros asentados en la península ibérica, provocó a lo largo de los años, la destrucción de todos los imperios y estados que los pueblos indígenas americanos habían construido y la dominación de toda su población, salvo aquellos pueblos que lograron resistir a tal embate o que quedaron aislados en regiones donde no hubo atractivos para la colonización. Al inicio existió una imagen exótica y paternalista sobre el mundo indígena, la cual expresa Colón en sus escritos, describiéndolos como salvajes que debían ser convertidos al cristianismo (Colón, C. 1985). Desde un comienzo se proclamó la apropiación del territorio, de sus recursos y de su gente para la corona. El interés por el oro, la intolerancia religiosa, la violencia y el trabajo forzado, fueron regla general del proceso de conquista, a pesar de algunas disposiciones reales de protección para los indígenas y la actitud compasiva de algunas autoridades coloniales y religiosos. No obstante la resistencia que opusieron varios pueblos indígenas, estos fueron derrotados sucesivamente. La superioridad española en armas, su visión distinta del mundo, su organización y rápida comprensión de las divisiones étnicas y sus propias contradicciones, llevó en pocos decenios a los conquistadores españoles a dominar parte importante del continente, no obstante su escaso número. Tal como indican algunos investigadores la derrota fue posible porque los españoles entendieron mucho mejor al mundo indígena que éstos a los españoles. La capacidad por comprender al otro y sus debilidades fue vital en la conquista, existiendo en los primeros contactos varios ejemplos de esta incomprensión mutua, aunque los europeos tuvieron mayor claridad de las diferencias y cómo utilizarlas en su provecho para instalar un sistema de dominación (Todorov, T.1989). La conquista significó un holocausto cultural y demográfico para la América indígena. Según cifras estimativas en 1500 había entre 50 y 80 millones de habitantes y ya en 1580 solo quedaban unos 10 millones en todo el continente. En Chile se calcula que al comienzo de la conquista los indígenas sumaban un millón y que al final de la época colonial solo existían unos 400.000 (Mellafe, R. 1986: 119; Larraín, J. 1996:135). La conquista y colonización de América, seguida después por Portugal en el Brasil, fue creando relaciones esclavistas y serviles en todas partes, reflejadas estas en las encomiendas de indígenas y en la constitución de haciendas y
112 ello se acordó crear más ciudades y villas donde asentar a los habitantes. En el caso de Chile, algunos hacendados apoyaron en un comienzo tales medidas, pero otros se resistieron porque debilitaba su poder rural. Los hacendados que ayudaron a fundar las nuevas ciudades se hicieron cargo de la administración de los cabildos aunque no vivieran en las ciudades, limitando el acceso al poder local de los artesanos y comerciantes que si vivían en ellas. A finales del siglo XVIII los latifundistas controlaban gran parte del sector rural y de las ciudades, quedando solo fuera de su accionar el gobierno central y los representantes de estos (Mellafe, R. 1986: 99-110). Esta aristocracia terrateniente, que también logró progresivamente el control del comercio y las exportaciones, comienza a tener consciencia de grupo especialmente en la segunda mitad del siglo XVIII, la cual, no obstante su poder local, no deja de resentir que los cargos más altos de la administración colonial fueran asignados a españoles peninsulares. No obstante ello, se sienten parte de una comunidad de españoles americanos, aunque su creciente identidad regional se dejar entrever en diferentes escritos y documentos coloniales. El extremo aislamiento del país es un elemento clave en ello, siendo sus mayores contactos con Lima y Buenos Aires, además de Cádiz, ciudades con las cuales había comercio y las familias más pudientes enviaban su hijos a estudiar, particularmente a la primera y última de ellas (De Ramón, A. 2004). En la segunda mitad del siglo XVIII ya pueden identificarse algunos signos de identidad regional que se expresan a través de textos elaborados por militares, religiosos, científicos, exploradores y poetas, continuando con una tradición de documentos sobre Chile, que habían comenzado a escribirse a mediados del siglo XVI, como por ejemplo “La Araucana” del soldado poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga, quien relata los inicios de la de la Guerra de Arauco y destaca el valor de los mapuches en la defensa de su tierra y libertad, la cual fue ya leída en Chile a pocos años de su primera edición 16 ; las crónicas e historias de la conquista y los primeros asentamientos españoles, siendo algunos ejemplos de ellas las de Diego de Rosales 17 y Alonso de Ovalle 18 del siglo XVII; y los relatos de viajeros y científicos como Antonio de Ulloa, Jorge Juan y el Abate Molina, además de los escritos de navegantes y científicos extranjeros del siglo XVIII, que van entregando datos de la historia, geografía y de las gentes que habitaban el 16 Este poema épico, escrito entre etapas (1569, 1578 y 1589) ha sido publicado numerosas veces hasta la actualidad. El texto se encuentra en www.memoriachilena.cl en versión digital. 17 Diego de Rosales fue un sacerdote jesuita y escribió su obra a mediados del siglo XVII, la cual tituló Historia General del Reyno de Chile: Flandes Indiano, la cual solo fue publicada por vez primera en 1878. Copia digital se encuentra en www.memoriachilena.cl. 18 Alonso de Ovalle (1646). Histórica relación del Reyno de Chile i de las Mifiones i Miniftterios que exercita la Compañía de Jesús. Esta obra fue impresa en castellano e italiano en 1646, en Roma. Se encuentra versión digital en www.memoriachilena.cl.
113 territorio chileno 19 . Si bien la mayor parte de estos autores son españoles de la península, ya en la segunda mitad del siglo XVIII varios de ellos son nacidos en Chile (Calderón, A. 1987: 51-86). La Araucana, edición de 1574 Historia de Alonso de Ovalle, edición de 1646 La Guerra de Arauco y el aislamiento del territorio fue creando una identidad regional, si bien la lealtad está hacia España y la monarquía, siendo los hijos y descendientes de los españoles clasificados como españoles americanos, los cuales eran diferenciados de los mestizos, mulatos, zambos, negros e indígenas. Es interesante notar que en algunas de las crónicas coloniales, pero también en los documentos escritos por viajeros que visitan el territorio de la Capitanía General de Chile, se denomina a los indígenas como “chilenos” para diferenciarlos de los españoles o europeos. 19 Varios viajeros que visitan el país o que recorren sus costas y puertos nos han dejado importantes descripciones que han sido posteriormente impresas o traducidas al español, como los viajes realizados entre 1615 y 1814 de Jacobo Le Maire y Guillermo C. Schouten, Henry Brouwer y Elías Herckmans, Antonio María Farrelli, Manuel Brizuela, Juan Francisco Sobrecasas y Samuel Johnston. Como también los viajes realizados entre 1817 y 1822 por John F. Coffin, Richard Longeville Vowell, E.H. Appleton y Gilbert Farquhar Mathison. Todas publicadas en Viajes Relativos a Chile, tomos I y II por el Fondo Bibliográfico José Toribio Medina, de la Biblioteca Nacional en 1962.
114 Otro aspecto a destacar es el simbolismo que acompañaba a cada fundación de ciudad o toma de posesión, siendo cada ceremonia registrada y cuidadosamente celebrada. Tales actos generaban un antes y después para cada región conquistada, estableciendo un lazo de pertenencia, el cual era recordado como fundacional, señalándose en el caso de las ciudades, que no eran más que campamentos militares, los lugares donde se ubicarían las construcciones de la iglesia, del cabildo, de las autoridades (Alegría, L. y Mellado, L. 2004:135-143). Las festividades religiosas y civiles permitieron la identificación cultural de la población con España y la monarquía, pero fueron gestándose diferencias en cada región de América, de acuerdo a la composición indígena o de esclavos africanos y mulatos predominantes, donde el sincretismo fue creando formas rituales particulares. En este contexto las festividades más importantes eran las de los santos patrones y las juras reales, en las cuales los rituales eran pomposos teniendo la comida una relevancia especial, en donde se expresaban las tradiciones culinarias españolas pero se introducían también los productos locales (Cruz de Amenábar, I. 2003:87-93). En Santiago de Chile las fiestas coloniales más importantes fueron la de San Juan, Santiago, la Pascua y el carnaval. Entre las fiestas y ceremonias civiles más importantes estaba el Paseo del Estandarte de la ciudad y las celebraciones de recepción de los gobernadores. En la plaza de armas tenían también lugar los ejercicios ecuestres de los militares como también las corridas de toros (Plath, O. 1994: 164). En una primera etapa, muchas ciudades de la América hispana estaban amuralladas, pero en el caso de Chile durante toda la colonia, especialmente en la frontera y en los enclaves militares de defensa, la mayoría de las construcciones eran fortificaciones o poblados fortificados con empalizadas; incluso la recién fundada ciudad de Santiago, después de ser incendiada el 11 de septiembre de 1541, fue rodeada por un muro de adobe en su perímetro central como baluarte de defensa 20 . Por lo tanto fuertes e iglesias fueron las construcciones recurrentes, salvo en las incipientes ciudades de Santiago, Concepción y La Serena en donde hubo construcciones civiles oficiales y de vivienda para los conquistadores. En el siglo XVIII hubo nuevas fundaciones de ciudades, construyendo casas de adobe, con techos de paja y después de tejas, siguiendo el patrón español tradicional, el cual se fue adaptando a las condiciones climáticas, pero siempre teniendo en mente la idea de defensa, especialmente en las ciudades del sur de Chile. Las iglesias, debido a los frecuentes terremotos de Chile, fueron reforzadas en sus estructuras, 20 Pedro de Valdivia inició la construcción de una muralla de adobes en 1541 después del ataque indígena del 11 de Septiembre de ese año. Se emplearon en la muralla 200.000 adobes, de una vara de largo por un palmo de ancho (Benavides, A. 1961:198).
115 engrosándose sus muros y construyéndose contrafuertes, eliminándose las torres o siendo éstas de poca altura. La plaza fuerte o plaza de armas era el lugar central de cada poblado y sede del poder político y religioso, emplazando también allí o en sus alrededores, las casas de los vecinos principales, instalándose en la periferia los ranchos de los indígenas, de los mestizos y el resto de la población de servicio (De Ramón, A. 2003). En el campo, el núcleo de asentamiento era la hacienda, la cual se constituyó en el centro del poder rural, pero también del mestizaje, siendo una preocupación constante de las autoridades coloniales, especialmente en el siglo XVIII, la fundación de nuevas ciudades, exigiendo que los dueños de las haciendas tuvieran sus casas principales en ellas, con el objeto así de mejor controlar la población y el creciente poder de los hacendados. Las órdenes religiosas fueron también fundamentales en la apropiación del territorio, teniendo algunas de ellas, especialmente los jesuitas, extensas propiedades rurales y urbanas, que conformaron unidades productivas importantes, siendo su labor misional clave en el adoctrinamiento religioso de los indígenas y como factor de aculturación al modo de vida colonial, incluso en las tierras indígenas tras la frontera establecida en el río Bío-Bío (De Ramón, A. 2004; Jocelyn-Holt, A. 2008: 92). En el siglo XVII la preocupación central de las autoridades coloniales fue la construcción de fuertes en toda la línea de la frontera y tras ella (Guarda, G. 1990). En Santiago se construyen varias iglesias y conventos, siendo una preocupación especial del Cabildo la habilitación de canales o acueductos para traer agua de buena calidad hasta la plaza de armas, como también la construcción de los primeros tajamares para evitar los desbordes del río Mapocho, el cual varias veces había inundado la ciudad, además de la construcción de un nuevo edificio para el cabildo y de un puente sobre el río Mapocho (León Echaíz, R. 1975). Los frecuentes terremotos llevaron varias veces a la destrucción de las obras construidas, siendo el más famoso de ellos el de 1647, el cual casi no dejó edificio en pie en toda la ciudad 21 . En el siglo XVIII y primera década del siglo XIX, continúan las construcciones de varias obras públicas, iglesias y edificios administrativos que van formando una identidad urbana especialmente en Santiago, Concepción y La Serena. Entre las principales construcciones, podemos nombrar para Santiago: la casa de los gobernadores, el empedrado de varias calles, la ampliación del hospital San Juan de Dios, la Real Audiencia, la aduana, inicio del canal San Carlos para llevar las aguas del río Maipo hasta el río Mapocho e irrigar una vasta zona entre los dos 21 La importancia y consecuencias de los desastres naturales en la historia de Chile han sido un aspecto clave en la formación de la identidad cultural. Mellafe da cuenta que entre 1520 y 1906 hubo 282 desastres: 100 terremotos, 46 grandes inundaciones, 50 años de sequía absoluta, 82 años de epidemias generalizadas (Mellafe, R. 1986:284). Esto sin considerar los que han existido después hasta el gran terremoto y maremoto del 2010.
116 valles y aumentar notablemente la productividad agrícola, la fundación de la Universidad Real de San Felipe, la Casa de Moneda, la cárcel, el Hospicio de Santiago, los nuevos tajamares y paseos urbanos, el camino a Mendoza por Uspallata y los refugios para el servicio de correos y viajeros, el camino a Valparaíso, el edificio del Consulado y el puente de Cal y Canto. Fuera de la capital se mejoraron las defensas de Valparaíso, Valdivia, Talcahuano, continuando la construcción de iglesias, capillas y conventos (Benavides, A. 1961:198-208; Peralta, S. y Baeza, F.1979). Puente de Cal y Canto sobre el río Mapocho, dibujo de Edmond Bigot, 1820. Foto archivo Museo Histórico Nacional Si bien en los siglos XVI y XVII no hay arquitectos o ingenieros radicados en Santiago, llegan a Chile misioneros que tenían conocimientos en construcción, siendo los más importantes los jesuitas, quienes acrecentaron su presencia con misioneros bávaros a mediados del siglo XVIII que dejaron una importante obra. A estos hay que agregar los ingenieros militares que vinieron a planificar y construir las fortalezas del sur de Chile. Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XVIII vienen a la colonia los primeros arquitectos, ingenieros militares, agrimensores y constructores, todos enviados por la Corona, entre los cuales destacan Joaquín Toesca, Juan Garland, José Antonio Birt, Leandro Badarán, Pedro Rico, Agustín Cavallero y Manuel María de Areto, quienes además de participar en el diseño y construcción de las obras civiles y edificios administrativos también colaboraron, en algunos casos, en la construcción de edificios religiosos, siendo no pocos de ellos construidos por maestros constructores que pertenecían a algunas de las órdenes religiosas asentadas en Chile, teniendo una influencia importante, como hemos mencionado más arriba, los constructores jesuitas, varios
117 de ellos venidos especialmente de Baviera y otras regiones de Europa (Benavides, A. 1961; Guzmán, F. 2004; León Echaíz, R. 1975). Casa de Moneda de Santiago de Chile según plano de Agustín Cavallero, 1800. Archivo Nacional Las principales construcciones urbanas: iglesias, conventos y edificios públicos replicaron los modelos arquitectónicos empleados en España y en el Perú, pero de una manera más modesta. En el siglo XVII y parte del XVIII, se expresa en Chile el barroco, tanto en su carácter sincrético andino como también europeo, particularmente en ciertas edificaciones religiosas, siendo los jesuitas sus principales impulsores. En la segunda mitad del siglo XVIII, las nuevas construcciones públicas expresan la tendencia hacia el neoclasicismo, que traían directamente de España e Italia, los arquitectos contratados por la Corona española, cuyos proyectos enfatizaban armonía, fortaleza, seguridad, sobriedad y unidad, cuya tendencia continuó en las primeras décadas del siglo XIX (Benavides, A. 1961; Benavides, A. 1988; Binda, E. y Trebbi, R. 1996; Jocelyn- Holt, A. 2008). 22 Por tanto, a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, la Capitanía General de Chile, dependiente del Virreinato del Perú, en los territorios efectivamente controlados por el gobierno colonial, posee ya una identidad regional básica 22 El arquitecto Alfredo Benavides (1961) realizó las primeras clasificaciones de los estilos arquitectónicos empleados en Chile durante la colonia a través de distintos períodos, los cuales estuvieron siempre influenciados por lo que ocurría en el Virreinato del Perú, aunque menciona que existió en Chile un cierto regionalismo.
118 conformada a lo largo de los casi tres siglos de colonialismo hispano, con una formación histórica marcada simbólicamente por la Guerra de Arauco (Góngora, M. 2003:63), adscribiéndose la elite como perteneciente a una identidad española americana, expresando algunos miembros de ella cierto regionalismo que la distingue de otras divisiones administrativas coloniales, pero de manera leve. Iglesia y convento de San Francisco de Santiago de Chile, cuya construcción inicial es de finales del siglo XVI, fotografía de Alfredo Benavides en la primera mitad del siglo XX Siguiendo a algunos autores nacidos en Chile en la segunda mitad del siglo XVIII, como el abate Juan Ignacio Molina 23 , se observa el desarrollo de un sentimiento 23 Juan Ignacio Molina nació cerca de Talca en 1740 y murió en Italia en 1829. Fue un jesuita dedicado al estudio del mundo natural. Luego de la expulsión de los jesuitas en 1767 se radicó en Bolonia, donde escribió varios libros sobre Chile, tales como: Compendio della storia geográfica, naturale, e civili del regno del Cile (1776); Ensayo sobre la historia natural de Chile (1782); Ensayo sobre la historia civil de Chile (1787).
119 criollo regional sin una dimensión política manifiesta (Kirsi, B. 2003:12; Cid, G. y San Francisco, A. 2009: xiv). En la obra del abate Molina, escrita en italiano en 1776 e impresa al español en 1782, describe todo el territorio y sus indígenas, atento a sus diferencias, pero que define como chilenos, para diferenciarlos de los españoles, podemos leer: “…la del Reyno de Chile depende totalmente de sus cordilleras; estando tan íntimamente persuadidos de esta verdad aquellos habitantes, que siempre que quieren dar la razón de algún fenómeno concerniente a su atmósfera o a sus tierras, recurren a los influxos de aquella montaña como su agente mas principal y mas inmediato.” (Molina, J. 1782: iv-v) Distinta era la situación de las comunidades rurales, donde el regionalismo era aún más marcado y las identidades y lealtades culturales son de carácter local, observándose en Chile la formación de identidades regionales para el Norte Chico (La Serena, Copiapó), Chile Central (de los Valles de Aconcagua al Maule), de La Frontera (Concepción y los enclaves fronterizos), de Chiloé y de Cuyo, con las ciudades de Mendoza, San Juan y San Luis, allende la Cordillera de Los Andes, por lo menos hasta su separación de la Capitanía de Chile y su administración por parte del Virreinato del Plata hacía fines de la década de 1770, la cual no obstante siguió manteniendo sus lazos con Chile. Si bien hay tránsito y migración entre estas regiones, sus especificidades geográficas y culturales subsisten en el siglo XIX, debiendo el Estado republicano imponer su poder desde la hegemonía política de Santiago. Durante el período colonial tuvo lugar la formación de una cultura hispanoamericana donde se impuso la lengua castellana y las instituciones españolas, las cuales se adecuaron a la nueva realidad en un contexto de intenso mestizaje racial y cultural, especialmente en los sectores más populares. En una primera etapa, este mestizaje también fue muy importante en la elite de los conquistadores, quienes se emparejaron o casaron con las hijas de los caciques indígenas locales, o practicaron la violencia sexual contra las demás, siendo la mayor parte de los descendientes de los primeros españoles en asentarse en Chile mestizos. En una escala menor, también hubo otro mestizaje forzado, debido a la captura de varias mujeres españolas por parte de los mapuches, particularmente en el Sur de Chile, desde fines del siglo XVI, y durante los siglos XVII, XVIII y en la primera mitad del siglo XIX (Cruz de Amenábar, I. 2004: 101- 113).
120 Capturas de mujeres criollas por los indígenas en la primera mitad del siglo XIX, C. Gay 1854 Las poblaciones indígenas que sobrevivieron debieron someterse al nuevo orden, experimentando también cambios profundos en sus diversas culturas. Algunos pueblos indígenas, como es el caso de los mapuches del Sur de Chile (Bengoa, J. 1999, 2000) lograron mantener cierta autonomía en parte de sus territorios ancestrales, aunque su organización económica debió adecuarse a los nuevos cambios, como la introducción del caballo y de nuevos cultivos, creándose en la frontera del Bío-Bío una realidad social y cultural de características especiales, donde la guerra esporádica y las relaciones transfronterizas fueron fundamentales en la configuración de la identidad de los colonos españoles y mestizos, siendo la Guerra de Arauco un aspecto esencial de su constitución, aunque la intensidad de la guerra fue esporádica con largos períodos de paz e intercambio (Villalobos, S. 1995). No puede dejarse de mencionar también la llegada a Chile de esclavos negros y mulatos, venidos tanto desde el Perú como de Buenos Aires, los cuales reemplazaron en parte, como fuerza laboral, a la población indígena. Si bien su número fue escaso en relación a la población de origen español, mestiza e indígena, en algunos corregimientos de Chile Central superó el 10% de los habitantes en la segunda mitad del siglo XVIII. Su importancia en el mestizaje y
121 formación de la diversidad cultural de la sociedad chilena ha sido minimizada y poco estudiada en Chile, pero sus huellas no pueden ser negadas. 24 De acuerdo a Ricardo Krebs (2009:9) a finales del siglo XVIII, los personajes más ilustrados de la elite criolla de Chile, como por ejemplo Juan Egaña, quien fue uno de los intelectuales más importantes del período de la Independencia, atribuyeron gran importancia al medio geográfico en la formación de la identidad criolla, siendo para Egaña fundamentales tres factores: el clima, la extensión del territorio y su aislamiento. Concluyendo sobre el período colonial, podemos decir que los 270 años de administración y colonización española del territorio controlado efectivamente por estos en Chile, fue conformando una sociedad estratificada cuya elite de definía culturalmente como españoles americanos, pero que a finales del siglo XVIII experimentaba ya ciertas diferencias regionales respecto de otros territorios americanos, como los del Perú y del Plata, debido a una creciente conciencia de una historia común. La diversidad de ambientes naturales, como también las actividades económicas preponderantes y la realidad local, estaban generando identidades regionales dentro del propio territorio administrado por la Capitanía General de Chile, siendo posible identificar diferencias entre la Zona Norte, donde la actividad minera era la más importante; la Zona Central, donde la actividad agrícola y ganadera dominaba el escenario rural a través de grandes haciendas; y la Zona Sur, que tenía una sociedad de frontera militarizada, con focos de colonización y defensa aislados en Valdivia, Osorno y Chiloé. Por tanto, en los albores del siglo XIX, existían en Chile distintas sociedades y pueblos cuyas organizaciones sociales e identidades culturales tenían grados de diferenciación, pero en contante relación y tensión. Por una parte, una sociedad mayoritaria, cuya identidad cultural era hispanoamericana y adscrita a la autoridad estatal monárquica española en el territorio que administraba, donde existían ciertas diferencias regionales que la distinguían del Virreinato del Perú y del Virreinato del Plata, con una población que compartía un sentimiento de origen e historia común, formada en un intenso mestizaje racial y cultural. Por otra parte, una variedad de sociedades indígenas, siendo mayoritaria la del pueblo mapuche, que vivía libre y de acuerdo a sus costumbres, en los territorios no controlados por la administración española en el Sur de Chile; además de otros pueblos indígenas, principalmente cazadores y recolectores, que vivían en sus territorios ancestrales australes de la Patagonia y en algunos enclaves a lo largo de toda la Cordillera de Los Andes. 24 Por ejemplo en un censo de población realizado para el Obispado de Santiago en 1777-1778 se identificaron 120.646 españoles, 16.619 mestizos, 18.301 indios, 2.912 negros y 19.149 mulatos (Cabeza, A. y Jaime, M. 1986). Otros autores que han escrito libros sobre el tema son (Peri, R. 1999) y (Mellafe, R. 1959).
128 Periódico La Aurora de Chile, 13 de Febrero de 1812. Biblioteca Nacional de Chile También en este período se comienza a crear las bases de un nacionalismo incipiente, al invocar el pasado guerrero de los araucanos o mapuches como un elemento diferenciador del pueblo chileno, cuya gesta heroica de resistencia por varios siglos al poder español, es utilizado por los patriotas como ejemplo emancipador, con arengas publicadas en los periódicos de la época, como la que fue publicada en la Ilustración Araucana el 16 de septiembre de 1813: “¡Ah patriotas! …recobrad vuestros derechos, imitando en la unión y la constancia a vuestros ascendientes araucanos, cuyas cenizas reposan en la urna de la causa sagrada de la libertad … revive entre nosotros Colocolo, Caupolicán y el inmortal Lautaro … que con su patriotismo y valor sirve y servirá de honor y espanto a los tiranos.”
129 Frente a los acontecimientos de Buenos Aires, en que el Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros había sido depuesto cuando se instauró la Primera Junta Nacional de Gobierno el 25 de mayo de 1810, y los que tenía lugar en Chile en 1811, el Virrey del Perú José Fernando de Abascal, decidió enviar una fuerza expedicionaria militar que tomara el control de Chile en 1812. Finalmente las tropas realistas, cuya oficialidad venía del Perú y estaba reforzada principalmente por oficiales, milicianos y soldados acantonados en el Sur de Chile, especialmente de Valdivia y Chiloé, logran derrotar a los patriotas liderados por Bernardo O´Higgins en la Batalla de Rancagua el 2 de octubre de 1814. Santiago cae en manos realistas y los líderes patriotas, entre ellos O´Higgins y Carrera, logran huir hacia Mendoza, tras una penosa travesía por la cordillera de Los Andes. Concluye así este período, denominado por la historiografía como Patria Vieja, e instaurándose un nuevo gobierno español, que en 1815 quedó bajo el mando del Gobernador español Marcó del Pont (Calderón, A. 1987; De Ramón, A. 2004; Jocely-Holt, A. 2008). En la Patria Vieja la guerra de independencia fue vista en un comienzo por el pueblo como una disputa por el poder entre las clases dominantes (Huerta, V. 2008). Tal como señala el historiador Luis León: “En realidad, frente a los acontecimientos que se desataron con tanta fuerza y violencia a partir de 1810, los sectores populares permanecieron indiferentes…En efecto, la persistencia en la memoria colectiva del descalabro económico, social y moral que vivió el país desde el inicio de la revolución en septiembre de 1810 llevó al general realista Mariano Osorio a escribir al momento de asumir el mando en Santiago: "Cuatro años, diecisiete días ha llorado Chile una revolución, que principió con injusticias, continuó con tiranías y terminó con crueldad". Por su parte, los plebeyos siguieron las banderas que levantaron las autoridades, sin importarles demasiado si eran republicanas o monarquistas…Militarmente, sin embargo, su participación en uno u otro ejército, fue decisiva. Juan Mackenna, el prestigiado militar irlandés que prestó servicios en el ejército patriota durante esta época, escribió con crudeza cuando se refirió al exitoso avance de los españoles comandados por Gaínza en 1813: "Verificose la invasión, y se vio con asombro e indignación un puñado de chilotes y valdivianos apoderarse, sin cuasi tirar un tiro, de todo el reino hasta la orilla del Maule". (León, L. 2002:251-297). Sin embargo, otro proceso se desencadenó con la victoria realista en el desastre de Rancagua que obligó la retirada de los patriotas a Mendoza, y que potenció el nacionalismo emergente, que si bien antes era de un sector de la elite patriota, especialmente la más intelectual, incluirá progresivamente a sectores populares. La reconquista realista española fue seguida de represalias en contra de los
130 patriotas, algunos de los cuales fueron fusilados y otros enviados a presidios. Si bien parte de la población y algunas familias de la élite seguían siendo realistas, la represión no hizo más que aumentar el ánimo emancipador, siendo éste un aspecto que mermó el apoyo ideológico al partido realista. Además hay que tener presente que muchas familias de la elite cuyos padres eran realistas o moderados tenían hijos decididos partidarios de la emancipación. Las causas de la revolución, que eran fundamentalmente políticas, adquirieron un carácter social creciente, generándose un odio hacia lo español, debido a las muertes y prisión de familiares, que no estaban tan marcadas al inicio del proceso revolucionario, en el cual no pocos españoles peninsulares radicados en Chile compartían el mismo ideal emancipador. Desastre de Rancagua de 1814, óleo de Fray Pedro Subercaseaux. Foto Archivo Museo Histórico Nacional
131 Bernardo O´Higgins Riquelme. Cuadro de José Gil de Castro. José Miguel Carrera Verdugo. Cuadro del pintor Miguel Venegas. Fotos Archivo del Museo Histórico Nacional Los patriotas que junto a O´Higgins lograron cruzar la Cordillera de Los Andes y refugiarse en Mendoza recibieron el apoyo del General José de San Martin, quien era comandante militar de la región de Cuyo, dependiente de las Provincias Unidas de la Plata. José Miguel Carrera en cambio no consiguió el apoyo del gobierno de Buenos Aires y viajó a Estados Unidos en busca de apoyo. San Martín y Bernardo O´Higgins, ambos miembros de la logia Lautaro, una logia masónica, que unía desde sus orígenes en Londres y Cádiz a varios líderes patriotas americanos, se dieron a la tarea de organizar un ejército para invadir Chile y derrotar al gobierno realista. A comienzos de 1817, dicho ejército patriota cruzó la Cordillera de Los Andes y enfrentó a las tropas realistas en la batalla de Chacabuco el 12 de febrero, derrotándolas y tomando el control de Santiago. El Cabildo de Santiago acordó entregarle el mando del país a San Martín, pero este declinó el ofrecimiento asumiendo como Director Supremo Bernardo O´Higgins. El gobernador español Marcó del Pont, en su huida a la costa fue capturado, pero las tropas realistas se replegaron hacia el sur recibiendo nuevos refuerzos desde el Perú y avanzaron hacia Santiago el año siguiente, siendo derrotadas finalmente en la batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818 (Frías Valenzuela, F. 2006).
132 Proclamación Independencia de Chile en Santiago, 1818. Óleo de fray Pedro Subercaseaux. Foto Archivo Museo Histórico Nacional Previo a dicho acontecimiento, el Acta de Independencia fue escrita en Concepción el 1 de enero de 1818, mientras aún continuaban las acciones de guerra y el ejército patriota sitiaba a las fuerzas realistas que se encontraban en Talcahuano. Posteriormente fue firmada por Bernardo O´Higgins y sus ministros de Estado. Parte de su texto ampliamente difundido es el siguiente: “La fuerza ha sido la razón suprema que por más de trescientos años ha mantenido al Nuevo Mundo en la necesidad de venerar como un dogma la usurpación de sus derechos y de buscar en ella misma el origen de sus más grandes deberes. Era preciso que algún día llegase el término de esta violenta sumisión; …La revolución del 18 de septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir esos altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza; … hemos tenido a bien, en ejercicio del poder extraordinario con que para este caso particular nos han autorizado los pueblos, declarar solemnemente, a nombre de ellos, en presencia del Altísimo, y hacer saber a la gran confederación del género humano, que el territorio continental de Chile y sus islas adyacentes, forman de hecho y por derecho, un Estado libre, independiente y soberano, y quedan para siempre separados de la Monarquía de España… se deposite la Acta Original en el Archivo de la Municipalidad de Santiago, y se circule a todos los pueblos, ejércitos y corporaciones, para que inmediatamente se jure y quede sellada
133 para siempre la emancipación de Chile. Dada en el Palacio Directorial de Concepción a 1° de enero de 1818”. En los años siguientes fueron derrotadas todas las fuerzas realistas del continente salvo Cuba y Puerto Rico, creándose gobiernos independientes. La Ilustración francesa del siglo XVIII, el liberalismo y el positivismo fueron los marcos ideológicos de este proceso histórico. Su influencia llevó a que la mayoría de las nuevas repúblicas eliminaran la esclavitud de los hijos de los esclavos recién nacidos, establecieran la libertad de comercio, educación y ciertos derechos ciudadanos. Una parte importante de las clases dirigentes adoptaron que los nuevos criterios de la ciencia y la razón eran los únicos posibles para traer orden y progreso, iniciándose con los años un rechazo al pasado colonial español y la adopción de nuevos paradigmas de progreso cuyo referente cultural estaba en Francia (Larraín, J. 1996:145). Concluida la Independencia de Chile en 1818, O´Higgins se dio a la tarea de organizar el nuevo estado republicano, para lo cual no logró tener todo el respaldo de la elite patriota, la cual estaba dividida entre los grupos o corrientes políticas denominadas posteriormente pipiolos y pelucones, antecesores respectivamente de los liberales y conservadores, integrándose a esta última facción quienes había participado del bando realista. O´Higgins, no obstante ser hijo natural Ambrosio O´Higgins, quien fue Gobernador de Chile y después Virrey del Perú, no era considerado parte de las antiguas familias terratenientes y aristocráticas. Su decisión de imponer varias reformas de carácter republicano, que afectaban el poder tradicional de la elite, fue resistida y debió renunciar al poder en 1823, exiliándose en el Perú. Sin embargo en su gobierno se fortaleció el ideal republicano, no obstante que muchos consideraron el mandato de O´Higgins como dictatorial, y se creó una nueva bandera, escudo, y otros símbolos nacionales. También se volvieron a celebrar y establecieron festividades de carácter nacional, como la celebración de ciertas efemérides que recordaban los momentos claves de la emancipación como el 18 de septiembre de 1810, día de la primera Junta Nacional de Gobierno; el 12 de febrero de 1817, día de la batalla de Chacabuco; y el 5 de abril de 1818, día de la batalla de Maipú 26 . O´Higgins se preocupó también de crear el Cementerio General de Santiago, además de proponer el nuevo diseño de la Alameda de las Delicias, antes llamada la Cañada de San Francisco, que es hoy la actual Alameda Bernardo O´Higgins, la principal avenida de la capital (Salinas, B. 2003; Peralta, P. 2007; Pedemonte, R. 2009). 26 El 18 de septiembre, celebrado desde la Patria Vieja, se constituyó con los años en la principal fiesta cívica nacional hasta la actualidad. Las celebraciones del 12 de febrero y del 5 de abril perdieron con el tiempo su importancia social e histórica, siendo reemplazadas a finales del siglo XX por el 21 de mayo de 1879, día que hasta el presente se conmemora el combate naval de Iquique.
134 Croquis de B. O´Higgins de la Alameda. Archivo Nacional de Chile. Bandera de Chile de 1812-1814 Bandera de Chile 1817-1818 Bandera de Chile 1818 Otra medida que impuso el Gobierno de O´Higgins fue abolir el uso de títulos nobiliarios, lo que le causó la enemistad de parte de elite que ostentaba tales títulos. También se estableció la libertad de comercio y se decretó el 3 de junio de 1818 que todos los nacidos en Chile serían chilenos: "Después de la gloriosa proclamación de nuestra Independencia, sostenida con la sangre de sus defensores, sería vergonzoso permitir el uso de fórmulas inventadas por el sistema colonial. Una de ellas es denominar
135 españoles a los que por su calidad no están mezclados con otras razas, que antiguamente se llamaban malas. Supuesto que ya no dependemos de España, no debemos llamarnos españoles, sino chilenos. En consecuencia, mando que en toda clase de informaciones judiciales, sean por vía de pruebas en causas criminales, de limpieza de sangre, en proclama de casamientos, en las partidas de bautismo, confirmaciones, matrimonios y entierros, en lugar de la cláusula: Español natural de tal parte que hasta hoy se ha usado, se sustituya por la de chileno natural de tal parte; observándose en los demás la formula que distingue las clases: entendiéndose que respecto de los indios no debe hacerse diferencia alguna, sino denominarlos chilenos, según lo prevenido arriba…” 27 La independencia de las colonias americanas transformó las estructuras e instituciones y territorios coloniales en entidades políticas autónomas, generalmente de inspiración republicana, en las cuales se abolieron las diferencias de origen y se establecieron derechos y deberes ciudadanos, aunque en lo esencial las estructuras sociales y económicas siguieron siendo las mismas y Chile no fue la excepción, manteniéndose las tradicionales diferencias sociales que venían desde la Colonia. Bolívar y otros líderes patriotas trataron de crear una gran confederación sudamericana pero fracasaron en su intento. En los albores de la Independencia varios países crearon símbolos de unidad y diferenciación regional como banderas y escudos nacionales. En varios de ellos la imagen de los indígenas y su lucha por la libertad estuvo presente frente a un pasado español y colonial que quería ser negado y que representaba la opresión y el atraso. Sin embargo, ya lograda la emancipación, el indígena volvió a ser el problema permanente para la sociedad criolla y un conflicto latente para la nueva imagen de civilización que se quería instaurar. Varias décadas después de la independencia, los pocos territorios indígenas autónomos que quedaban fueron ocupados, y sus habitantes reducidos a reservaciones, donde se les impuso una política forzada de integración y sumisión al nuevo concepto de nación que se construyó desde el Estado (Bengoa, J. 2000). Tal como señala la historiadora italiana María Rosaria Stabili, la Independencia de Chile de España, que tuvo como inspiración mítica la Revolución de Estados Unidos y La Revolución Francesa, no tuvo el carácter de una revolución social ni significó fracturas en el orden de las clases sociales existentes, siendo la elite criolla la que dirigió y obtuvo después los mayores beneficios de la autonomía que 27 Hay que recordar que previamente se dictó bajo el gobierno de Carrera el “Decreto sobre ciudadanía chilena” el 2 de julio de 1813, por el cual se acordó no conceder carta de ciudadanía a ningún extranjero que no demostrara su adhesión al nuevo régimen (Jocelyn-Holt A. 2008:248).
136 se precipitó por los sucesos ocurridos en España. La ideología de la Ilustración dio un marco a este proceso, pero ésta se desarrolló en Chile en el contexto cultural de raíz hispana que se había formado a través de los siglos, desde la Conquista y la Colonia, y que los criollos reconocían como propia, aunque la violencia y la necesidad de simbolizar la separación del pasado colonial, estableció por varias décadas un sentimiento anti español: “La misma elección semántica de la palabra Emancipación, para definir el movimiento independentista, no sólo marcó una toma de distancia respecto del concepto “revolución” (que en cambio fue enarbolado con orgullo, tanto por los norteamericanos como por los franceses), sino la persistencia de un vínculo permanente con el mundo y la cultura ibérica.” (Stabili, M. 2003:121) Las tradiciones y costumbres coloniales hispanoamericanas que no iban en contra del poder y símbolos republicanos siguieron presentes en las siguientes décadas, especialmente a nivel popular y en el campo, cambiando lentamente y adoptando formas nacionales y regionales. En algunos países como Ecuador y Perú esta tendencia fue más persistente, y en Chile y Argentina más flexible y permeable a las influencias externas. Por ejemplo para el caso de Ecuador: “Por mucho tiempo políticos e intelectuales reclamaron la presencia fuerte de una cultura colonial inalterada…Pensemos en que durante el siglo XIX se siguieron utilizando técnicas constructivas, planos y ornamentación para la arquitectura civil y eclesiástica que parecían guardar estrecho vínculo con sus antecesores coloniales; no se diga en la escultura devocional cuyas figuras emblemáticas y sus formas de representación y consumo casi no sufrieron alteraciones debido a la demanda de millares de fieles que parecían mantener aún una práctica religiosa acorde con aquella piedad barroca que se había consolidado durante el siglo XVIII.” (Kennedy, A. 2004:51) Después de O´Higgins, el general Ramón Freire asume como Director Supremo de Chile, cuyo gobierno logra finalmente incorporar en 1826 la Isla de Chiloé, que todavía estaba en manos de un gobernador español. Sin embargo al año siguiente Freire debe renunciar al mando y se suceden varios gobiernos, donde se enfrentan las fuerzas más conservadoras y liberales de la elite que disputaban el poder, hasta que finalmente el general José Joaquín Prieto derrota en 1829 a los últimos y es elegido en 1831 como Presidente de Chile por dos períodos consecutivos hasta 1841. La década de 1820 es considerada en la historiografía chilena como inestable, anárquica y de ensayos constitucionales de la naciente república, en donde las disputas por el poder se dan al interior de la élite, con ciertos matices regionalistas, por diferencias entre los grupos y elites dominantes de Santiago y Concepción, respaldados unos y otros por los militares que habían luchado en la guerra de la independencia.
137 Algunos historiadores como A. Jocelyn-Holt (2008: 322-353), plantean que la crisis política de 1829 amenazó la unidad de la elite, tensionándola incluso más que en el proceso de la independencia. Sin embargo los líderes de ambas tendencias, que compartían algunas posiciones y diferían en otras, debieron consensuar el tránsito hacia la construcción de un estado republicano de características liberales en lo político y en ciertas esferas ideológicas, pero fue conservador en mantener los privilegios ancestrales de la élite, estando en contradicción creciente las visiones modernistas y tradicionales de la sociedad, aunque ambas posiciones se encontraban unidas en la necesidad de construir un nuevo orden político, que fue el desafío principal de las próximas décadas. El ministro más influyente del General Prieto fue Diego Portales, quien se dio a la tarea de dictar una nueva constitución y crear un nuevo orden político que diera estabilidad y ordenara el país. En tal tarea debió disciplinar al ejército, a la oligarquía y organizar el naciente estado republicano, además de enfrentar la creciente hegemonía que estaba adquiriendo la reciente creación de la Confederación del Perú y Bolivia ideada por el Mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz, que Portales pensaba afectaría los intereses económicos y comerciales de Chile en el Pacífico, iniciándose en 1836 un conflicto armado en el cual Chile, junto al Ejército Restaurador del Perú, que era contrario a su unificación con Bolivia, derrotaron a las fuerzas de la Confederación en la batalla de Yungay, Perú, en 1839. En tal contexto, al inicio del conflicto, un grupo de militares se amotinó capturando al Ministro Portales, el cual fue asesinado en 1837 (Frías Valenzuela, F. 2006; Encina, F. 1951). El principal éxito de Portales fue sin duda la dictación de la Constitución de 1833, la cual estableció un sistema presidencialista y un Estado centralista y nacional, donde el presidente de la república tenía amplios poderes. Esto permitió cierta estabilidad y la consolidación de las instituciones estatales republicanas, donde el poder estaba radicado en la elite de origen terrateniente y crecientemente minera y comercial, siendo el Estado, la cultura y el fortalecimiento de la nacionalidad su principal instrumento de articulación, dominación y construcción de la nación. Los poderes ejecutivo, legislativo y judicial fueron el espacio institucional donde sus diferencias se discutían y resolvían. A diferencia de otros países latinoamericanos que tuvieron décadas de inestabilidad, guerras internas y anarquía, Chile se presentaba entonces como ejemplo de estabilidad política, aunque algunos historiadores como A. Jocelyn-Holt (1997) plantean que el nuevo orden ocultaba importantes fragilidades. Diego Portales había expresado ya en 1822 su ideario político en su carta a Camilo Cea fechada en marzo de 1822:
144 En el mandato del Presidente Manuel Bulnes (1841-1851) se dispuso el traslado de la sede del gobierno al Palacio de la Moneda, próximo a la Alameda de las Delicias, argumentándose el poco espacio existente en las antiguas dependencias de la Real Audiencia. También, poco años antes, se había decidido el crecimiento de la ciudad hacia el sector poniente y sur, áreas en que las construcciones expresaron las nuevas tendencias. En este período ya se nota una mayor preocupación por destinar recursos fiscales a nuevas construcciones (Martínez, R. 2011): se hacen los planos de la fachada de la catedral de Santiago (1840); se confeccionan los planos de la iglesia Matriz de Talca (1840); se inicia la construcción de la Penitenciaría de Santiago (1843) y del Instituto Nacional de Santiago (1843); la construcción de los almacenes de la Aduana y el muelle de Valparaíso (1846). Palacio de La Moneda hacia finales del siglo XIX. Foto Archivo Museo Histórico Nacional También importa destacar que en 1844 se dicta la primera Ordenanza de Construcciones y el traslado, por cuenta del Estado, del joven chileno Manuel Aldunate a París con el objeto de estudiar arquitectura. La falta de profesionales en el área de la arquitectura y la construcción lleva al gobierno a contratar extranjeros, concretándose en París la venida del famoso arquitecto Claude Brunet De Baines, quien arriba a Chile en 1848, nombrándolo arquitecto de gobierno. A este arquitecto francés se le encargan varias construcciones y la formación de la primera escuela de arquitectura, en la recién creada Universidad
145 de Chile, siguiendo el modelo de la Ecole des Beaux Arts de París, que inicia sus cursos en 1850. En 1853 De Baines publica un libro con el plan de la carrera y las materias de los cursos que se dictaban. De esta manera, se fueron educando los primeros profesionales, siendo el primero de ellos el chileno Fermín Vivaceta, aunque continuó el envío de becados chilenos por parte del gobierno a Europa y contratándose otros arquitectos e ingenieros extranjeros (Peralta, S. y Baeza, F. 1979:20-23). Las obras de Claude Brunet De Baines se enmarcan en el estilo neoclásico, influenciado por sus viajes por Italia y Grecia, mandando traer desde Europa reproducciones en yeso de columnas, chapiteles y frisos tanto antiguos como modernos. Se le encargan varias obras en Santiago que se caracterizan por su sobriedad, tales como el Teatro Municipal, el Portal MacClure y la residencia del general Manuel Bulnes. Teatro Municipal de Santiago, segunda mitad del siglo XIX, fotografía del álbum de Paulino Alfonso. Archivo Nacional El sucesor de De Baines como arquitecto de gobierno y profesor de la Escuela de Arquitectura es Lucién Ambroise Henault, también francés, quien en 1857 trabajaba en concluir el Teatro Municipal y años después el edificio del Congreso Nacional que había proyectado De Baines siguiendo líneas grecorromanas.
146 Henault, si bien se inspira en el estilo neoclásico, incorpora en sus obras algunos aspectos del neo románico y el neogótico, como por ejemplo en la iglesia de los Sagrados Corazones de Valparaíso, la iglesia de la Gratitud Nacional en Santiago y en la ermita y capilla del cerro Santa Lucía de la capital. Sin embargo, sus obras más representativas son la Casa Central de la Universidad de Chile y la mansión de Luis Pereira (Riquelme, F. 1996:10-12). Universidad de Chile, segunda mitad del siglo XIX, fotografía del álbum de Paulino Alfonso. Archivo Nacional No solo el desarrollo de la arquitectura interesaba al gobierno nacional, sino también impulsar la pintura. Para ello se contrató al pintor italiano Alejandro Cicarelli para crear la Academia de Pintura en 1849, cuyo objetivo era formar a los jóvenes artistas chilenos y colocar el arte académico al servicio del Estado y la nación, resaltando las hazañas de la Independencia. El propio Cicarelli, en el discurso inaugural de la Academia de Pintura el 7 de marzo de 1849 manifestó: “Cuando examino, Señores, el bello cielo de Chile, su posición topográfica, la serenidad de su atmósfera, cuando veo tantas analogías con la Grecia y con la Italia, me inclino a profetizar, que este hermoso país será un día la Atenas de América del Sur…Si los hijos de la Patria derramaron su sangre en los campos de batalla para asegurar su independencia y grandeza, las bellas artes tienen la misión de fecundizar esta semilla de virtud y
147 patriotismo, ilustrando por medio del arte las hazañas de estos valientes.” (Anales de la Universidad de Chile, 1849: 113-116) En esta misma línea se publica en 1854 una “Colección de Biografías i Retratos de Hombres Célebres de Chile”, cuyos retratos fueron realizados por el artista francés Narciso Desmadryl, en la cual aparecen Mateo de Toro Zambrano, Bernardo O´Higgins, José Miguel Carrera, Camilo Henríquez, Juan Martínez de Rozas, José Ignacio Zenteno y otros próceres de la Independencia y de los primeros años de la República. Camilo Henríquez José Miguel Carrera Manuel de Salas Bernardo O´Higgins José de San Martín José Ignacio Zenteno Agustín de Eyzaguirre Portada Colección 1854 Otro arquitecto europeo que llega a Chile a mediados del siglo XIX es el italiano Eusebio Chelli, quien es contratado por la Orden Dominicana para construir la Recoleta Domínica en el barrio de la Chimba en Santiago, quien manifiesta en sus obras su aprecio por Palladio. Chelli se dedica a construir varias iglesias en Santiago y en regiones. Entre sus obras privadas para la elite de Santiago merece destacarse la mansión que diseñó para Maximiniano Errázuriz en la Alameda, sede de la actual embajada de Brasil en la capital.
148 Otros arquitectos italianos también llegaron al país, como Eduardo Provosoli, que había sido alumno de Camilo Boito y estaba influenciado también por Eugene Viollet-le-Duc, imprimiendo en sus obras, especialmente iglesias, un estilo neo renacentista y neo románico. Uno de sus proyectos más importantes fue la Iglesia de San Francisco de Castro en Chiloé (Riquelme, F. 1996:37-38). Iglesia de San Francisco de Castro, Isla Grande de Chiloé, Sur de Chile. Fotos A. Cabeza Durante la segunda mitad del siglo XIX Santiago cambió su fisonomía colonial, no solo por su crecimiento, ocupando áreas entonces rurales, sino porque todas las nuevas construcciones de las familias ricas debían expresar las nuevas tendencias arquitectónicas que demostraran la afinidad, especialmente hacia el modelo de tipo de ciudad que inspiraban París y otras ciudades europeas, como también su estilo de vida, creándose nuevos parques, avenidas, edificios, plazas, museos, monumentos, esculturas, alumbrado y otros adelantos de la época que reflejaran el progreso y el deseo de transformación urbana, proceso en el cual también estaban ciudades americanas como Río de Janeiro y Buenos Aires (Martínez, R. 2011). Sin duda la década de 1870 es clave para la transformación de Santiago y expresar este cambio de sentido y de orden moderno que se quería imponer. En 1871 asume el Presidente Federico Errázuriz Zañartu, gracias a una alianza entre liberales y conservadores, quien estaba decidido a impulsar los nuevos ideales de progreso, favorecido para ello por las riquezas que años antes había producido para las elites y el fisco el mineral de plata de Chañarcillo, la creciente exportación de trigo y la que entonces producía el mineral de plata de Caracoles. Para ello el Presidente Errázuriz nombró como Intendente de Santiago a Benjamín Vicuña Mackenna, un liberal impregnado de romanticismo que había viajado a Estados
149 Unidos y Europa. 31 Vicuña Mackenna sería el primer político e intelectual en proponer y producir culturalmente una síntesis entre la modernidad que quería la elite y el pasado que habían renegado las anteriores generaciones, todo dentro del espíritu nacional que se estaba creando. Para tal desafío rescató parcialmente el pasado español como origen de la sociedad chilena, superando la visión de rechazo que estaba impuesta desde hacía décadas, y lo incorporó como parte de la identidad chilena, sin que fuera un peso negativo, pero siempre mirando al futuro y a la modernidad que representaban las naciones más desarrolladas. Vicuña Mackenna propuso un plan a la Municipalidad, al Gobierno y al Congreso que tituló “La Transformación de Santiago” que incluía 20 proyectos, entre los cuales estaba: la canalización del río Mapocho, la transformación de los barrios del sur de la ciudad, la creación de nuevas plazas, la terminación del Mercado Central, la construcción de nuevas recovas, la apertura de las calles tapadas, el abovedamiento de varios canales, la pavimentación de aceras y ochavamiento de las construcciones de esquina y la conclusión de las avenidas Ejército Libertador y del Cementerio. Pero sin duda el principal proyecto que impulso y por el cual es más recordado es la creación del Paseo del Cerro Santa Lucía, el cual hasta entonces era un peñón rocoso y una pequeña fortificación denominada el castillo Hidalgo, pero que tenía un fuerte simbolismo ya que a los pies de Cerro Santa Lucía se había fundado la ciudad en 1541. Las obras se iniciaron en 1872 y para coordinar los trabajos el intendente creó una comisión que integraban políticos, científicos y connotados profesionales de la arquitectura, ingeniería y el paisajismo. En 1874 las obras estaban parcialmente concluidas publicando Vicuña Mackenna un álbum que daba cuenta cabal del proyecto y todas sus construcciones, señalando en la introducción los valores históricos, sociales, urbanos y naturales de dicho cerro que motivaban su intervención y transformación en un parque urbano: “Era una verdadera maravilla natural por su extraordinaria formación jeolójica, evidentemente volcánica i que presenta los mas raros i complicados fenómenos de la ciencia i de la naturaleza…era una maravilla histórica porque a su pié se plantó la primera bandera castellana, se dibujó la plata de la primera ciudad europea en el país i en su cima i ásperas faldas se libró el primer combate entre los conquistadores y los conquistados. Fue el orijen, la cuna i el baluarte de Santiago. Era una maravilla relijiosa porque en realidad el Santa Lucía es por su forma un verdadero altar, digno de ser ofrecido a Dios, como lo imajinaron los jentiles ….i lo reiteraron los cristianos erigiendo en su cima la primera ermita i la 31 Respecto de su nombramiento como Intendente de Santiago, Vicuña Mackenna lo explicaba en razón de: “…a que yo estaba recién llegado de Europa, esto es, empapado en todas las ideas prácticas de la cultura moderna en relación a la edilidad de las ciudades y el gobierno doméstico de los Pueblos.”(Martínez, R. 2011: 13; Donoso, R. 1925).
150 primera cruz de la conquista...era…una verdadera maravilla urbana, porque en ciudad alguna del mundo se encuéntrase un peñón mas atrevido…Por consiguiente, la idea de apropiar un sitio tan grandioso a los usos de una gran ciudad cristiana y civilizada…” (Vicuña Mackenna, B. 1874; Pérez de Arce, R., Astaburuaga, R. y Rodríguez, H. 1993) El cerro San Lucía de Santiago desde la Alameda con sus primeras construcciones, 1874. Foto del libro de Vicuña Mackenna, B. (1874) Benjamín Vicuña Mackenna logró cumplir en parte su plan de transformación urbana, siendo el más importante del siglo XIX, el cual tuvo como antecedente directo los proyectos realizados en París durante Napoleón III, encargados al prefecto de París Barón Haussman. Sin embargo, a diferencia de lo realizado en dicha ciudad, Vicuña Mackenna no se empeñó en abrir grandes avenidas diagonales en Santiago, valorando el trazado damero original de la ciudad. Su plan de transformación fue respetuoso, buscando embellecer la capital, darle salubridad, construir nuevas viviendas para el sector obrero, darle mejor conectividad vial al construir un camino que bordeara el perímetro de la ciudad y modernizar la administración municipal (Martínez, R. 1996: 11; Martínez, R. 2011:13). Vicuña Mackenna supo armonizar tradición y modernidad, demostrando que el futuro era posible sin destruir y negar el pasado. Su principal obra fue la
151 transformación del cerro Santa Lucía en el principal parque y paseo de la capital, instalando en él además un museo, cafeterías, etc., por la cual su gestor fue considerado un héroe ciudadano reconocido por todos hasta el presente. En el próximo capítulo, dedicado al desarrollo del patrimonio, trataremos nuevamente este tema y la importancia que tuvo Vicuña Mackenna al realizar la primera exposición histórica sobre la época colonial, crear un museo histórico, además de su notable producción historiográfica. El Intendente Benjamín Vicuña Mackenna en el cerro Santa Lucía, 1874. Foto del libro de Vicuña Mackenna, B. (1874) En este mismo contexto se realizó en Chile la Exposición Internacional de Santiago de 1875, motivo por el cual el gobierno mandó construir un gran edificio de líneas neoclásicas que encargó al arquitecto francés Paul Lathoud, edificación que después de concluida la exposición, ha sido la sede hasta la actualidad del Museo Nacional de Historia Natural. Lathoud también participaría después en otras obras y en las reparaciones de edificios públicos (Peralta, S. y Baeza, F. 1979:46).
152 El Museo Nacional de Historia Natural de la Quinta Normal en 1905. Foto Archivo Museo Histórico Nacional En ese mismo año llega al país el paisajista francés Guillermo Renner, quien asume la Dirección de Jardines de Santiago y recibe el encargo de crear un parque urbano en lo que fuera La Pampilla, lugar donde tradicionalmente se celebraban las fiestas patrias y se realizaban ejercicios militares en Santiago, siendo estos trabajos financiados privadamente por el magnate del carbón Luis Cousiño (Fonseca, M. 1999), razón por la cual el parque llevó su nombre hasta 1972, fecha en la cual pasó a denominarse O´Higgins. Renner participó también en la construcción del Parque Forestal de Santiago junto a Jorge Dubois y fue contratado por los terratenientes para diseñar los jardines de sus casas patronales en las haciendas de Santiago y Chile Central, como por ejemplo la Viña Concha y Toro de Pirque, Cousiño Macul de Quilín, Santa Rita de Alto Jahuel, todo lo cual significó la ampliación hacia el ámbito rural de las transformaciones al estilo francés que estaba viviendo la capital. Si bien se construyeron en el campo nuevas mansiones de estilo europeo, siguieron predominando las casas patronales de adobe y tejas con amplios corredores y extensos tapiales de las antiguas haciendas de estilo colonial, a las cuales se añadieron estos jardines y parques con especies exóticas, conviviendo el tradicionalismo del mundo rural con tales influencias, que por cierto no alteraron en nada la estructura social, económica y cultural de ese Chile profundo y campesino (Boza, C. 1984; Díaz, A. 1997).
153 Calle de Santiago de Chile con el cerro Santa Lucía al fondo, 1874. Foto del libro de Vicuña Mackenna, B. (1874) Las ciudades chilenas y su arquitectura siguieron manteniendo su tradicional característica hispana criolla hasta mediados del siglo XIX, teniendo Santiago edificios públicos con un predominio del estilo neoclásico, cuya impronta la habían dado las construcciones de las últimas décadas coloniales. Sin embargo, el nuevo marco cultural que se estaba gestando en la élite dirigente, buscaba alejarse del pasado colonial español, que consideraba atrasado y aspiraba a copiar los modelos arquitectónicos imperantes especialmente en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, aunque la atención preferente estaba en París, tal como nos señala el historiador Javier González: “Las manifestaciones de la cultura francesa en Chile durante la segunda mitad del siglo XIX no solo abarcaron el ámbito intelectual. También el diario vivir, con sus costumbres, modas, construcciones, formas de sociabilidad, etc., fue cántaro donde se depositó el influjo que venía del país europeo. Y por lo mismo que en los estilos de vida se tiende a la imitación, este influjo francés en lo cotidiano no solo afectó a la clase alta nacional, sino que, además, en distinta medida y de diversas maneras, también abarcó a una clase media urbana y a las elites regionales. Por esta razón, no es extraño que tanto para nacionales como para extranjeros, la sociedad criolla, en su vida de relaciones sociales como en la intimidad de la familia, presentase muchas formas que la acercaban a lo que en aquella época se denominaba “vida a la francesa”. Y en la medida en que se ascendía en la
256 Cuarto Congreso Científico Latinoamericano realizado en Santiago de Chile entre 1908 y 1909. Fotografía Archivo Museo Histórico Nacional Este congreso científico tuvo gran atención del Gobierno chileno, quien lo financió en parte. Los asistentes al congreso participaron también en la inauguración del monumento al Dr. Manuel Barros Borgoño en los jardines de la Escuela de Medicina, siendo algunos de ellos invitados al Sur del país, donde conocieron las ruinas de las fortificaciones coloniales españolas de Corral, lugar en el que observaron: “…los trabajos de demolición de esta obra histórica del tiempo de los españoles – demolición que había sido paralizada cuando el Presidente de la República, Exmo. Sr. Montt hizo su viaje a Valdivia…” (Poirier, Eduardo. 1915:164). 80 El citado congreso no solo pretendía integrar a los países americanos a través de la ciencia sino más aún, ya que en el texto antes referido se señalaba: “Nuestras nacionalidades podrían, en sentido análogo al religioso, extender el concepto de la unidad social americana mas allá de las fronteras, mas allá de la nación...” (Poirier, Eduardo. 1915:82). En la Cuarta Conferencia Panamericana de Buenos Aires, realizada en 1910, tampoco hay menciones al tema patrimonial, salvo en lo relacionado a las celebraciones que varias naciones americanas tenían planificadas para conmemorar el primer centenario de su independencia nacional. En los años 80 Mencionamos el hecho, aunque anecdótico, de lo que estaba ocurriendo con este patrimonio, que años después pasaría a ser uno de los primeros monumentos históricos en ser declarados y que estuvo a punto de ser destruido.
257 siguientes no se organizó una nueva conferencia, seguramente debido a la Primera Guerra Mundial, siendo la próxima realizada en Santiago de Chile en 1923. Sin embargo si se pudo llevar a cabo, antes de que Estados Unidos ingresara al conflicto en Europa, el Segundo Congreso Científico Panamericano, que tuvo lugar en Washington entre el 27 de diciembre de 1915 y el 8 de enero de 1916. En dicho congreso se propuso crear la Unión Arqueológica Panamericana, cuyo objetivo era la protección del patrimonio arqueológico del continente, moción que fue presentada por los gobiernos de Chile, Brasil y Argentina el 2 de enero de 1916 (http://www.ugr.es/~amenende/publicaciones/Hispania%206.pdf). En el contexto de la organización de este Congreso Científico Panamericano, la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, en su sesión de la Sección de Antropología, Arqueología y Etnografía del 21 de agosto de 1915, que fue presidida por Max Uhle, recibió una consulta para opinar sobre la necesidad de que los gobiernos dictaran normas legales de protección de los bienes y sitios arqueológicos: “El presidente anunció que el objeto de la sesión era poner en discusión el tema propuesto a la Sociedad por el Comité del Segundo Congreso Científico Panamericano, que se reunirá en Washington a fines del año en curso: Conveniencia de dictar una ley uniforme para todos los países americanos con el objeto de proteger y estimular el estudio y recolección del material antropológico y arqueológico. Con el objeto de aclarar las dificultades que rodean el tema, el señor Uhle leyó un trabajo que había preparado en que se refería a los diferentes ensayos hechos en algunos de los países americanos para legislar en este sentido y que hasta ahora habían dado resultados negativos. Dio cuenta de las acciones hechas al efecto en el Perú, en que tomó parte.” (Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago de Chile, Tomo 15, p. 479) Posteriormente, en la Sesión del 4 de septiembre de 1915, se trató nuevamente el tema donde el Dr. Alejandro Ayala da a conocer una ley boliviana y un decreto para la protección de los monumentos de Tiahuanaco y las islas del Lago Titicaca y el Sr. Uhle: “…leyó un proyecto de ley para el mismo propósito y que fue puesto en discusión. El señor Sanfuentes hizo ver que alguna de sus cláusulas no estaban redactadas en conformidad con la legislación vigente y que presentarían dificultades por cuanto no respetaban los derechos de propiedad ya adquiridos. Propuso una nueva fórmula que en tesis fue aceptada por los concurrentes y quedó de llevarla redactada a la próxima sesión.” (Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago de Chile, Tomo 15, p. 480)
258 Con estas citas vemos que el tema estaba ya incorporado en la discusión de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, donde participaban los más destacados historiadores y antropólogos de la época, además de políticos que tenían un especial interés intelectual y que ocuparon cargos tanto en el Gobierno como en el Congreso. Posteriormente, su experiencia en el tema, será la razón principal para que sea una de las primeras instituciones privadas en ser incorporada al primer Consejo de Monumentos Nacionales que se crea en 1925, aunque no hemos encontrado más referencias específicas en las actas de dicha sociedad que hemos revisado entre 1915 y 1926. No obstante lo anterior, en atención a los integrantes de dicha sociedad, entre los cuales destacaban Roberto Huneeus, Vicente Zeggers, Miguel Luis Amunátegui, Alberto Edwards, Carlos Vicuña Mackenna, Tomás Thayer Ojeda, Emilio Vaisse, Ricardo Latcham, Max Uhle, Aureliano Oyarzún, entre otros intelectuales y a la vez políticos, podemos pensar que tuvieron cierta influencia en la promulgación de la primera legislación patrimonial de Chile. 81 Si bien en las conferencias panamericanas y en los congresos científicos panamericanos, la protección del patrimonio arqueológico es un tema considerado a partir desde comienzos del siglo XX, se realizan también varios congresos de arquitectos en los cuales el patrimonio es considerado de una manera más amplia. Es así como en el Primer Congreso Panamericano de Arquitectos, realizado en Montevideo, entre el 1 y 7 de marzo de 1920, uno de los temas tratados es el “embellecimiento de la ciudad típica americana”. El mismo tema, pero con mayor profundidad, es abordado en el Segundo Congreso Panamericano de Arquitectos, que tuvo lugar en Santiago de Chile, entre el 10 y 20 de septiembre de 1922, donde se discutió sobre la “…modernización y embellecimiento de las ciudades americanas…” y sobre la “…conservación de los monumentos de valor histórico, arquitectónico o arqueológico…” y sobre la “…importancia de los museos de materiales de construcción.” 82 81 La Sociedad Chilena de Historia y Geografía dedicará algunos de sus artículos y sesiones de socios a discutir también temas particulares sobre la situación de algunos monumentos públicos y como cautelar la información y promover su restauración. Por ejemplo, en la Sesión del 14 de junio de 1915, el Sr. Carlos Vicuña Mackenna propone que se nombre una comisión para estudiar y conservar las inscripciones de los monumentos coloniales de la ciudad, del Cementerio General, de los conventos, de las cuales habría que sacar una copia, lo que es aceptado por la sociedad, nombrando para tal efecto al propio Vicuña. También se discute en esta sesión la situación del monumento a los escritores de la independencia que había sido deteriorado por una manifestación política el 22 de octubre de 1905. Acta de la sesión del 14 de junio de 1915. Revista de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía. Santiago de Chile. Tomo 15, pp. 479. 82 Referencias sobre estos dos congresos aparecen en la página 224 del documento Conferencias internacionales americanas. Primer Suplemento. Publicado en la Biblioteca Digital Daniel Cosío. http://biblio2.colmex.mx/coinam/coinam_1_suplemento_1938_1942/base2.htm.
259 De esta manera vemos como, en el contexto internacional, existía un ambiente intelectual en el cual los temas patrimoniales ya estaban instalados, restando solo un último impulso para dotar a Chile de una legislación al respecto, que retomara el primer esfuerzo realizado en 1910, que estuvo a punto de ser materializado en una ley. Este último impulso lo daría la realización en Santiago de Chile de la Quinta Conferencia Panamericana, que tuvo lugar entre el 25 de marzo al 3 de mayo de 1923. La conferencia fue presidida por el chileno Agustín Edwards y la delegación chilena estuvo integrada por Carlos Aldunate Solar, Luis Barros Borgoño, Emilio Bello Codecido, Alcibíades Roldán, Antonio Huneeus, Alejandro del Río, Manuel Rivas Vicuña y Guillermo Subercaseaux. 83 Esta conferencia aprobó el 13 de abril de 1923 una resolución sobre la “Protección de los Documentos Arqueológicos”, la cual fue utilizada como uno de los argumentos para que dos años después se dictara la primera legislación de protección del patrimonio en Chile. Esta resolución, que se incluye en extenso en el Anexo Nº 4, recomendaba una serie de medidas sobre el patrimonio arqueológico, arquitectónico e histórico, además de solicitar que los gobiernos de los países americanos dictaran leyes al respecto. Entre las medidas acordadas estaban 84 : “1º Recomendar a los Gobiernos de América la asignación en los presupuestos anuales de una suma conveniente para las excavaciones y estudios de los restos arqueológicos, para la expropiación de los que sea necesario, como también de los documentos históricos que convengan y para el fomento de los museos y bibliotecas en que han de conservarse para ser utilizados. “ “4º Insinuar a los mismos Gobiernos la conveniencia de que se legisle en el sentido de obligar a quienes descubran restos arqueológicos, a denunciar a la autoridad administrativa, sin que puedan ser removidos antes de un plazo prudencial para su examen.” 83 Es importante tener presente algunos de estos nombres. Por ejemplo Luis Barros Borgoño, que ocupará brevemente el cargo de Presidente de la República en 1925, será quien firme el Decreto Ley N°651 que crea el Consejo de Monumentos Nacionales; así también Antonio Huneeus Gana es el hermano de Jorge Huneeus Gana, el Ministro de Instrucción Pública que impulsó el primer proyecto de ley de monumentos nacionales en 1910; también Emilio Bello Codecido conocía de primera fuente la iniciativa legislativa sobre conservación de monumentos, por participar en la sesión del Consejo de Estado de 1910 donde se trató, estando presente además en varias de las conferencias panamericanas anteriores. Una foto de todos los integrantes de la delegación chilena fue publicada en el Diario La Nación de 1923, cuyo recorte está en el Archivo Emilio Bello Codecido, Volumen 4, Nº 14. 84 Citado en las páginas 241 y 242 del documento Conferencias Internacionales Americanas, Primer Suplemento, que publica la Biblioteca Digital Daniel Cosío Villegas del Colegio de México en: http://biblio2.colmex.mx/coinam/coinam_1_suplemento_1938_1942/base2.htm.
260 “5º Igualmente que se dicten leyes que faculten a los Gobiernos para expropiar, por causa de utilidad pública, los restos arqueológicos, los documentos, las construcciones y objetos muebles de interés histórico, cuya exportación debe ser prohibida en todo caso.” “6º Recomendar a los Gobiernos aludidos la designación de expertos que dictaminen sobre la procedencia de las exportaciones; sobre la preservación de tales restos, documentos, construcciones y objetos muebles de interés histórico; y que supervigilen, además, la restauración de los edificios y construcciones a los cuales se les haya asignado ese carácter, a fin de conservárselo.” Es interesante mencionar algunos detalles sobre esta resolución que encontramos en el Archivo Emilio Bello Codecido, conservado en el Archivo Nacional de Chile, en donde están los documentos originales de parte de las actas de la delegación chilena a la conferencia. El encargado de la delegación chilena de analizar el tema de la “Protección de los Documentos Arqueológicos” fue Alcibíades Roldán. Este tema fue el número XVII de la Conferencia, cuyo título era: “Estudio de un plan por medio del cual y con la aprobación de los eruditos e investigadores de los diversos países se puedan llegar a establecer por los Gobiernos de las Américas un sistema, mas o menos uniforme, para la protección de los documentos arqueológicos y otros necesarios para la formación de una buena historia americana” (Archivo Emilio Bello Codecido, Vol. 25:243). Al respecto, en el acta de la cuarta sesión de la delegación chilena, se indica: “El Sr. Roldán…se acuerda que durante uno de los congresos científicos, celebrado en Washington, los presidentes de las delegaciones de Chile, Brasil y Argentina, presentaron un proyecto de Unión Arqueológica Panamericana, que tenía por objeto proteger los documentos existentes en los países americanos…explica que ha omitido la idea de prohibir la exportación, que figura en todas las leyes americanas sobre la materia, porque Chile carece de riquezas arqueológicas exportables, y parecería fuera de lugar si formulase una indicación en ese sentido...” 85 (Archivo Emilio Bello Codecido, Vol. 25:260). En el acta de la citada sesión se indica que el Sr. Roldán presenta un proyecto de redacción al respeto, el cual no aparece en el acta, pero ésta si indica que Agustín Edwards, que presidía la delegación chilena, afirmó que: “…considera muy oportuna la presentación del proyecto elaborado por el Sr. Roldán, porque en el 85 No podemos dejar de comentar esta aseveración, ya que demuestra el escaso valor que se le asignaba al patrimonio arqueológico de Chile entonces y/o el desconocimiento sobre la materia que tenían los delegados chilenos. Descartando Chile continental hay que recordar que Isla de Pascua, famosa a nivel mundial por su patrimonio arqueológico, ya formaba parte de Chile desde 1888.
261 propio manual de la Unión Panamericana, Chile aparece como si no hubiera tomado medida alguna para la protección de la arqueología...”(Archivo Emilio Bello Codecido, Vol. 25:260). Finalmente queda registrada en el acta antes citada que: “…la delegación acordó adoptar como suyo el proyecto del Señor Roldán sin perjuicio de apoyar cualquier otro de la misma índole que se presente a la conferencia. Acordó, también, dejar a otra delegación la iniciativa de incorporar en él un inciso prohibitivo de la exportación.” La Quinta Conferencia Panamericana tuvo una amplia cobertura en la prensa chilena y el acuerdo sobre la protección del patrimonio arqueológico e histórico determinó que el Gobierno de Arturo Alessandri elaborara un proyecto al respecto, que se materializó primero en el Decreto Nº 3.500 del 19 de junio de 1925 y, poco después, en el Gobierno de Luis Barros Borgoño, mediante el Decreto Ley Nº 651 del 17 de octubre de 1925. En las próximas conferencias panamericanas continuará esta preocupación por el tema patrimonial. Es así como en la Conferencia Panamericana de Montevideo, celebrada en 1933, se acuerdan recomendaciones sobre las investigaciones arqueológicas, sobre los monumentos inmuebles y sobre los monumentos muebles. En los próximos años la Unión Panamericana se transforma en la OEA, entidad que continuará teniendo una fructífera labor en el campo de la cultura y también en el patrimonio. 4.3. La Primera Legislación Patrimonial de Chile de 1925 Como hemos descrito en el capítulo anterior, en la década de 1920 ocurrieron profundos cambios políticos en Chile, concluyendo el régimen parlamentario que se había instaurado después de la Revolución de 1891, dictándose una nueva Constitución en 1925. En esta década y comienzos de la siguiente, hubo varios golpes de Estado, asumiendo los militares el gobierno del país, quienes estaban interesados en impulsar cambios radicales en la organización del Estado y varias reformas sociales. Es en este convulsionado contexto político que se dicta el Decreto Nº 3.500 del 19 de junio de 1925 sobre monumentos históricos, mientras aún gobernaba el Presidente Alessandri y, poco después, el Decreto Ley Nº 651 del 17 de octubre de 1925, que crea el Consejo de Monumentos Nacionales, cuando la presidencia de la República estaba a cargo de Luis Barros Borgoño.
262 El Decreto Nº 3.500 del 19 de junio de 1925, que nombra una comisión encargada de la vigilancia y conservación de los monumentos históricos nacionales, fue elaborado en el Ministerio de Instrucción Pública y lleva la firma del Ministro José Maza Fernández, quien ocupó el cargo entre el 29 de enero y el 30 de septiembre de 1925. José Maza era abogado y militaba en el Partido Liberal, siendo diputado, senador, embajador y ministro de Estado en varias oportunidades. El Decreto Nº 3.500 (Donoso, R. 1937) es consecuencia directa de los acuerdos sobre la protección de los bienes arqueológicos e históricos, alcanzados en la V Conferencia Panamericana realizada en Santiago en 1923, durante el Gobierno del Presidente Alessandri, lo cual es indicado de forma expresa en los considerandos del decreto. No obstante, este documento repite, no sólo ideas y argumentos, sino también de manera textual varias frases del Proyecto de Ley de 1910 sobre Conservación de Monumentos Históricos, lo cual demuestra que la iniciativa no fue olvidada. Los argumentos que anteceden al articulado del decreto son importantes de destacar, ya que mencionan la responsabilidad del Estado respecto de la conservación del patrimonio, su relación con los principales eventos de la historia del país y su significación para la identidad nacional. También se menciona una preocupación por la conservación de los monumentos arquitectónicos de la época colonial y por el patrimonio arqueológico, destacando particularmente los casos de las fortificaciones coloniales españolas del sur de Chile y la situación del patrimonio arqueológico de Isla de Pascua. Por ejemplo se indica: “Que una de las manifestaciones de cultura de un país es el empeño que demuestran sus autoridades en conservar, con su estilo propio y en buen estado, las construcciones o monumentos de carácter artístico o histórico donde se han desarrollado acontecimientos notables de la vida nacional;” “Que en las naciones de mayor cultura se ejerce por el Estado una severa vigilancia y decidida protección sobre los citados monumentos, por medio de Comisiones Gubernativas que han llevado a cabo importantes restauraciones en edificios y monumentos que fueron levantados en épocas pasadas y gloriosas, y que habían quedado en completo abandono;” “Que mediante los trabajos de esas comisiones se ha provocado una saludable y patriótica emulación entre la autoridades comunales y aún entre los particulares de las distintas regiones donde existen esos monumentos, para la conservación y la restauración de esas reliquias que recuerdan los esfuerzos que hicieron las generaciones pasadas por cimentar su nacionalidad;”
263 “Que la 5ª Conferencia Panamericana celebrada en Santiago el año 1923 tomó resoluciones concretas sobre la preservación y conservación de los restos históricos y arqueológicos que existen en los países americanos, recomendado a los Gobiernos la dictación de leyes que obliguen a los particulares a denunciar ante las autoridades los hallazgos arqueológicos y ruinas históricas e impidan la explotación con fines de lucro, de los objetos que de ellos se extraigan;” “Que existen en Chile monumentos y construcciones de carácter artístico, histórico y arqueológico que están expuestos a sufrir graves deterioros, como ocurre con los fuertes, capillas, molinos, hornos de fundición, etc., construidos bajo la denominación española en diversos puntos de la frontera y región austral, principalmente en las bahías de Corral y Ancud; y lo mismo sucede con los monumentos de la isla de Pascua;” “Que hay evidente necesidad y conveniencia en adoptar medidas eficaces para resguardar esos bienes fiscales mientras se dictan las leyes que el interés y el progreso de la ciencia del país reclaman y es deber del Estado proteger los mencionados edificios y monumentos y conservarlos en condiciones de que las generaciones presentes y futuras puedan apreciar debidamente los esfuerzos que hicieron las precedentes para fundamentar nuestra nacionalidad.” El decreto establece en su articulado que los edificios y monumentos históricos y arqueológicos quedan bajo la protección del Estado y que mientras se dicta una ley sobre esta materia, de acuerdo con las resoluciones de la 5ª Conferencia Panamericana, se creará una comisión gubernamental que estará encargada de la “vigilancia, restauración y conservación de esos monumentos”. Esta Comisión de Monumentos Históricos estaba presidida por el Ministro de Instrucción Pública e integrada por 12 personas más, entre los que estaban: el Presidente de la Sociedad de Historia y Geografía, que era el vicepresidente de la comisión, el Director del Museo Histórico Natural, el Director del Museo de Antropología y Etnología; el Director del Museo de Bellas Artes, el Director del Archivo Histórico Nacional, un abogado del Consejo de Defensa Fiscal, el Presidente de la Sociedad Central de Arquitectos, dos escritores, de preferencia de los que se hayan dedicado a los estudios históricos, un artista pintor o dibujante, un escultor, y por un Jefe de Ejército del arma de ingenieros. La comisión debía nombrar a uno de sus integrantes como secretario encargado de hacer las actas y tramitar sus acuerdos. Entre las atribuciones de la Comisión de Monumentos Históricos podemos mencionar las siguientes:
264 “Formar un registro completo de los edificios y monumentos históricos y arqueológicos que existan en el territorio nacional, y clasificarlos según sus características;” “Redactar para cada uno de ellos una relación artística e histórica; hacer una descripción detallada; levantar un plano y tomar los aspectos fotográficos.” “Indicar al Gobierno los trabajos de restauración, reparación y conservación que sea necesario ejecutar en los edificios y monumentos históricos y arqueológicos para volverlos a su estilo y aspecto primitivo; dirigir y vigilar los trabajos que se ejecuten y fiscalizar la inversión de los fondos que el Estado, las Municipalidades y los particulares le concedan para efectuar estos trabajos;” “Gestionar por los medios legales o por cualquiera otro, la reivindicación o cesión por el Estado de los terrenos donde estén ubicados los monumentos o edificios históricos o arqueológicos que figuren como de propiedad particular, como asimismo sus alrededores, a fin de dejarlos accesibles al público que vaya a visitarlos;” “Perseguir la responsabilidad civil y criminal de las personas que deterioren o hayan destruido los referidos monumentos, o de los ocupantes que se encuentren en ellos, o los usen a título precario o sin título alguno;” “Proponer al Gobierno la expropiación de los edificios de propiedad particular de carácter histórico que convenga adquirir o conservar;” “Promover y fomentar la cooperación de los particulares a los trabajos de reparación y conservación de los monumentos históricos de la época colonial;” “Reglamentar el acceso de los visitantes al recinto de los edificios y monumentos históricos y proponer al Gobierno la dictación de aquellas medidas que sean conducentes a la mejor vigilancia y conservación de los mismos;” La tarea principal encomendada a la Comisión de Monumentos Históricos era la de presentar al Gobierno un proyecto de legislación que indicara las normas a que debían sujetarse los monumentos en cuanto a su restauración y conservación; la protección y vigilancia de los monumentos, estatuas, columnas conmemorativas; la adquisición para el Estado de los elementos que deben conservarse en los museos nacionales y la regulación del comercio de los objetos que se extraigan de cualquiera excavación que se efectúe por cualquier motivo en el territorio nacional,
265 sean ellos piezas etnológicas, antropológicas, arqueológicas o simples objetos de folklore, como también su exportación. Para que los monumentos históricos fueran considerados bajo protección oficial, se debía dictar un decreto supremo a solicitud de la Comisión de Monumentos Históricos. También se estableció que cualquiera autoridad o ciudadano podía denunciar la existencia de un monumento o edificio histórico ante el Gobernador Provincial respectivo donde este se encuentre o ante la Comisión de Monumentos Históricos. Esta Comisión debía designar a uno o varios de sus miembros para que presenten un informe que sirva de antecedente para su pronunciamiento. También indicaba el decreto que una vez declarado un monumento histórico, el cual podía ser una construcción o un lugar, ninguna autoridad o repartición administrativa, fuera de la Comisión de Monumentos, podría intervenir en su conservación sino por un expreso mandato, y que los objetos que existan en el monumento no podían ser removidos ni trasladados de un sitio a otro sin acuerdo de la Comisión, ni podían ser exportados sin autorización legal. Es interesante destacar en este decreto la disposición de que en las comunas donde existan monumentos debía funcionar un comité de vecinos integrado por el alcalde, el cual tendría por objeto cooperar con la Comisión de Monumentos Históricos y que ésta podía delegar en dicho comité parte de sus funciones, facultando a las municipalidades contribuir en los gastos de conservación, restauración y vigilancia de los monumentos. A nivel nacional, la confrontación política entre el Presidente Alessandri y su Ministro de Guerra Carlos Ibáñez, quien realmente tenía el poder del país, obligó al primero a renunciar a comienzos de octubre de 1925, quedando al mando de la nación el vicepresidente Luis Barros Borgoño hasta que a fines de año se realizaran las elecciones presidenciales. No obstante lo anterior, se cumplió con lo dispuesto en el Decreto Nº 3.500 y el Gobierno dictó el Decreto Ley Nº 651 del 17 de octubre de 1925, que creaba el Consejo de Monumentos Nacionales y normaba la conservación y restauración de los monumentos, además de las excavaciones arqueológicas. No deja de ser curioso, que a pesar del contexto político de suma convulsión, esta norma legal pudiera ser aprobada por el Gobierno, aunque no fue discutida en el Congreso, ya que este había sido disuelto.
272 Primer Monumento Público y Placa conmemorativa instalada por el Consejo de Monumentos Nacionales en uno de los fuertes españoles de Castro, Chiloé en 1926. Fotos de A. Cabeza Todas estas declaraciones de monumentos estuvieron dirigidas a las antiguas fortificaciones coloniales del sur de Chile, varias de ellas vinculadas también con hechos de armas de la lucha por la independencia. Ello demuestra el primer interés de estas declaratorias en rescatar una parte de la historia colonial y de la primera etapa de la vida republicana. Ello coincide también con una nueva visión de la historia de Chile donde el pasado hispano cobra importancia y es reconocido como fundamental en la formación de la nacionalidad, no teniendo ya esa carga tan negativa que tuvo durante el siglo XIX, producto de la Guerra de la Independencia y de la Guerra contra España de 1865.
273 Torreón Picarte, Valdivia Torreón de Los Canelos, Valdivia. Fotos de A. Cabeza Este período también coincide con la administración del Presidente Emiliano Figueroa (1925-1927). Después, durante la administración del Coronel Carlos Ibáñez y los sucesivos gobiernos militares hasta 1932 no hay declaratorias de monumentos y también todo indica que el Consejo de Monumentos Nacionales no funcionó. La situación política junto a la crisis económica de finales de los años 20 no lo permitió, y las personalidades que colaboraron con los Gobiernos de Alessandri y Figueroa no estaban en condiciones o no quisieron ser parte de las acciones de quienes estaban en el poder. Todo comienza a cambiar cuando Arturo Alessandri se presenta de nuevo como candidato a la presidencia de la República, ganando las elecciones e iniciando su segundo mandato entre 1932 y 1938. El Consejo de Monumentos Nacionales entre 1935 y 1938 Entre 1927 y 1935 hay un silencio administrativo que hemos explicado más arriba, el cual es roto el 18 de Junio de 1935, fecha en que se realiza la primera sesión constitutiva del Consejo de Monumentos Nacionales en las oficinas del Ministro de Educación Sr. Osvaldo Vial, ocasión en la cual, de acuerdo al acta original: “...se declaró instalado el Consejo de Monumentos Nacionales...” (Archivo del Consejo de Monumentos Nacionales). Esta primera sesión es presidida por el Ministro de Educación Sr. Osvaldo Vial y participaron el Director del Museo Histórico Nacional Sr. Aureliano Oyarzún; el Director del Archivo Nacional Sr. Ricardo Donoso; el Director de Obras Públicas Sr. Teodoro Schmidt; el Presidente de la Asociación de Arquitectos Sr. Rodolfo Oyarzún; en representación de la Armada el Almirante en Retiro Sr. Javier Martín; en representación del Ejército el Coronel Manuel Campo Rencoret; el abogado del Consejo de Defensa del Estado Sr. Daniel Schweitzer; el Sr. Richon Brunet, la Sra. Ana Lagarrigue de Claro y el Sr. Aníbal Bascuñán. Se presentaron excusas
274 de la inasistencia de los Sres. Alberto Mackenna, Fernando Márquez de la Plata y Agustín Edwards. En esta primera acta el Almirante Sr. Javier Martín, señaló que años atrás funcionó el Consejo de Monumentos Nacionales, que el fue uno de los integrantes y que su secretario fue Aurelio Díaz Mesa, época en que se hicieron algunos trabajos y se estudió un reglamento. Esto debió ocurrir entre 1926 y 1927, cuando se declararon algunos monumentos, pero al parecer no se hizo registro en actas o estas se perdieron. En la misma sesión, el Director del Museo Histórico Nacional Sr. Oyarzún, entregó al Ministro de Educación un proyecto de Ley de Protección confeccionado con anterioridad. También se menciona que el Consejo no había funcionado regularmente desde la dictación del Decreto Ley Nº 651, considerándose que debía dictarse una ley, pero se llegó a la conclusión de que a pesar de los problemas orgánicos, debía darse forma al Consejo y posteriormente presentar un nuevo proyecto de Ley. De acuerdo al Decreto Ley Nº 651 se nombró como secretario del organismo al Sr. Aníbal Bascuñán y se acordó sesionar en la sala de derecho público de la Universidad de Chile. También se manifestó la necesidad de contar con un presupuesto para su funcionamiento y se acordó imprimir el Decreto Ley Nº 651 y preparar un plan de trabajo (Acta Sesión del 18 de junio de 1935). La segunda sesión del Consejo de Monumentos Nacionales se realizó el 26 de junio de 1935, pocos días después de la primera, lo que demuestra el interés inicial. En dicha ocasión el acta consigna que se entregó un mapa de exploraciones arqueológicas de la Provincia de Concepción enviado por el Sr. Carlos Oliver Schneider, que se decidió formar el archivo del Consejo de Monumentos Nacionales y solicitar a diversas autoridades que informen a dicho organismo sobre los proyectos atingentes a los monumentos; también se estudió el presupuesto institucional que debía ser presentado al Ministerio de Educación, el cual comprendía $ 30.000 pesos para funcionamiento y $ 60.000 pesos para gastos de reparación y conservación de ciertos edificios públicos, particularmente el Museo de Bellas Artes. Finalmente, el Secretario de la entidad Sr. Aníbal Bascuñan, indicó que se debían proponer al Ejecutivo la creación de algunos “…sitios y objetos…” como monumentos históricos y propuso la Isla de Pascua como el más urgente (Acta de la sesión del 26 de junio de 1935). En la sesión del 4 de julio de 1935, el Secretario Sr. Aníbal Bascuñan, procedió a solicitar la declaración de Isla de Pascua como Monumento Histórico, basándose en la opinión de investigadores y autoridades por el interés científico de dicha Isla, por la superposición de las culturas melanésica y polinésica y por las relaciones que existirían entre Asia y América. La solicitud fue aprobada por unanimidad. En dicha ocasión también se acordó iniciar el inventario de los bienes que ya son monumentos históricos y de aquellos que merecen tal distinción, creándose una comisión especial para tal tarea. También se acordó estudiar la forma de
275 sancionar a quienes cometan hurtos o daños en los monumentos y analizar la situación de los museos y dotarlos de mayores recursos económicos. En la siguiente sesión de 18 de julio de 1935 se acordó insistir ante el Ministro de Educación el presupuesto solicitado y la necesidad de estudiar un reglamento de funcionamiento. En la reunión del 1 de agosto de 1935 el Consejo sesiona por vez primera en la Biblioteca Nacional, dándose a conocer el Decreto Supremo Nº 4.536 del 24 de julio de 1935, que declara Isla de Pascua como Monumento Histórico. Isla de Pascua es declarada como Monumento Histórico en 1935. Foto A. Cabeza La sesión del 21 de agosto de 1935, realizada en la Sala Medina de la Biblioteca Nacional, fue presidida por el Sr. Amunátegui Solar, de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía. En esta ocasión se nombran por vez primera visitadores especiales de monumentos al Sr. Luis Thayer Ojeda, al Director del Museo de Concepción Sr. Carlos Oliver Schneider, para actuar como delegado del Consejo de Monumentos Nacionales en el Sur, y al Sr. Aureliano Oyarzún, para la Zona Norte, autorizándose a este último a realizar una expedición científica para incrementar la colección del Museo Histórico Nacional. También se acordó crear una comisión que estudie si el Consejo debía intervenir o no en las modificaciones que se estaban haciendo en la Alameda de Santiago, además de remitir una nota al Sr. Ministro de Relaciones Exteriores, para que se investiguen las colecciones chilenas que fueron llevadas a Francia y Bélgica por la reciente expedición francobelga a Isla de Pascua. En la sesión 4 de septiembre de 1935 se subvencionaron obras de reparación de los Fuertes de Valdivia y se presenta un informe de la Academia Chilena de la Historia que propone la declaración como monumentos históricos de varias iglesias y conventos, además de sus archivos, por sus valores históricos y artísticos. También se indica la conveniencia de declarar como monumentos
276 históricos La Moneda y otros edificios públicos, y se tratan otras materias como una solicitud de la Universidad de Cambridge para ir a Isla de Pascua, a lo cual se accedió siempre que fuera acompañada por uno o dos consejeros y por académicos de la Universidad de Chile. En la sesión del 27 de noviembre de 1935 renuncia el Secretario del Consejo Sr. Aníbal Bascuñan Valdés, acordándose nombrar al Sr. Fernando Figueroa Arrieta, recientemente incorporado como miembro del organismo. Se reciben además varias solicitudes para declarar monumentos conmemorativos y cambios de ubicación de estos por parte de alcaldes, reclamando los consejeros que estos no cumplían con la legislación vigente al respecto. En el acta de la sesión del 8 de enero de 1936 se accede a la solicitud del Alcalde de Santiago para demoler la pirámide conmemorativa del camino colonial a Valparaíso y que la placa del monumento debe llevarse al Museo Histórico Nacional y después colocarse en el muro Sur-Oriente de la casa de la esquina de las calles Brasil y San Pablo que es donde estaba dicha pirámide o monolito 86 . También se informa que el comandante del Regimiento Caupolicán de Valdivia apoyará la restauración de los fuertes de dicha ciudad. También se acuerda estudiar la forma de colocar la placa conmemorativa del monumento a la construcción de los tajamares de Av. Providencia de Santiago, cuya pirámide fue demolida en el año 1931, debido a los trabajos realizados en los jardines y calzadas del sector, y cuya placa conmemorativa fue enviada al Museo Histórico Nacional. En la sesión del 17 de marzo de 1936 se aprobó el retiro de la placa conmemorativa del monumento a O´Higgins de Chillán por su escaso valor artístico. Además se nombran dos consejeros para proponer los reglamentos del Consejo y se designan al representante de la Marina y al Director del Museo Histórico Nacional para estudiar los informes, recomendar acciones para la custodia de los monumentos de Isla de Pascua y estudiar el contrato de arrendamiento que el Gobierno de Chile estaba haciendo a una empresa inglesa de dicha Isla. También debemos destacar que se acordó viajar a Illapel para ubicar el sitio donde acampó Diego de Almagro y colocar una placa en algún peñón. En la sesión del 18 de mayo de 1936 se da cuenta de una nota del Sr. Aníbal Bascuñan, secretario de la comisión de estudios sobre Isla de Pascua, que solicita se contemplen los intereses nacionales en cuanto al patrimonio monumental de la 86 Es importante notar esta autorización que contraviene las discusiones que antes estaba llevando el Consejo en torno a la protección de estos monumentos conmemorativos. Afortunadamente, hasta donde sabemos, dicha demolición no se llevó a cabo, desplazándose el monumento décadas después a su ubicación actual en la esquina de las calles San Pablo y Almirante Barroso, en una pequeña plaza del lugar.
277 Isla, en atención a su arriendo a una firma extranjera; se informa también que el Ministro de Defensa le manifestó que tenía dudas sobre la validez del decreto que declara la Isla como Monumento Histórico, debido a que no se consultó a la autoridad naval. No obstante los consejeros consideraron suficiente para la protección del patrimonio lo estipulado en el contrato de arrendamiento antes aludido. En esta sesión también se acuerda enviar una nota al Ministro de Fomento para que se adquieran algunos terrenos boscosos de Contulmo, en el sur de Chile, para su conservación, debido a su belleza. Finalmente se informa que en secretaría está el informe de los objetos líticos de Isla de Pascua, confeccionado por la autoridad marítima de la Isla. En la sesión del 12 de agosto de 1936 se comunica la renuncia del Secretario titular del Consejo Sr. Fernando Figueroa Arrieta, que la Municipalidad de Los Vilos pide apoyo para levantar un monumento a Diego de Almagro en la aldea de Caimanes y se denuncia que excavaciones en Quilpué están dañando sitios arqueológicos, comisionándose a dos consejeros que visiten el lugar e informen. En la sesión del 22 de octubre de 1936, que fue presidida por el Sr. Domingo Amunátegui Solar, se comunica la carta recibida del Director General de la Unión Panamericana con un cuestionario relativo a la conservación de las regiones naturales y lugares históricos de las naciones americanas. Se acuerda remitir la información sobre parques nacionales y lugares históricos que tiene el Consejo. Además se designó como secretario provisorio del Consejo al Sr. Ricardo Donoso. Finalmente se comunica el interés del municipio de Valdivia por adquirir un torreón español, restaurarlo y agregarle nuevas construcciones para transformarlo en una atracción turística, frente a lo cual se acuerda estudiar los aspectos legales de este asunto. En la sesión del 11 de diciembre de 1936 se informa que el Secretario Sr. Ricardo Donoso está facultado para girar los fondos dispuestos por el Ministerio de Educación. Al respecto importa señalar lo siguiente del acta: “El Secretario manifestó que había sido llamado por el Subsecretario del Ministerio, quien le había manifestado el deseo de saber si de los fondos para los gastos del Consejo iba a quedar un saldo, por cuanto el Gobierno deseaba darle una inversión a esa suma…” Al respecto se acordó informar que no se gastarían todos los recursos y que se pondrían a disposición del Gobierno. También se da cuenta en el acta de una autorización para exportar dos cuadros de pintores europeos para lo cual se pidió un informe. Se volvió a tratar también la situación del patrimonio arqueológico de Quilpué y la situación de las construcciones de la compañía Electro Siderúrgica en los terrenos del Fuerte de Corral en Valdivia, acordándose enviar el decreto de su declaración como monumento histórico y remitirlo al Intendente de Valdivia para
278 que informe. También se discutió la permuta de los terrenos donde se encuentra el torreón de Valdivia con otros terrenos fiscales. Finalmente se recibe una solicitud del municipio de Los Vilos respecto de erigir una columna conmemorativa en el lugar donde acampó Diego de Almagro, que tendría un costo de 2.500 pesos, lo cual se autoriza después de recibir el detalle del presupuesto. Es importante destacar que en esta sesión por vez primera se acuerda destinar 5.000 pesos de los fondos del Consejo para iniciar el inventario de los restos arqueológicos y monumentos históricos del país, los cuales estarían a cargo del Sr. Aureliano Oyarzún. En la sesión del 31 de diciembre de 1936 sólo se trata el caso de la salida del país de dos pinturas, autorizándose la salida de una de ellas, esperándose para la siguiente analizar el informe pendiente. La siguiente sesión del 2 de marzo de 1937 tiene lugar en el despacho del Ministro de Educación Sr. Garcés Gana. El ministro señala que quiere conocer las labores del Consejo y apoyar sus funciones que considera de importancia para el país. El Secretario Sr. Donoso le resumió las tareas realizadas, siendo la principal la realización de un inventario de los monumentos históricos. Agregó que debía dictarse el reglamento que la Ley indica y nombrar un secretario rentado. Posteriormente el Ministro planteó la solicitud de la sucesión Cruz Montt, para que el Consejo accediera a autorizar la salida del país de una colección de objetos de las culturas aborígenes americanas. El Sr. Ministro opinó que la ley sólo prohibía la salida de objetos declarados monumentos nacionales y que tal norma no se aplicaba en este caso. Al respecto el consejero Sr. Schweitzer manifestó que el espíritu de la Ley era proteger la riqueza artística, arqueológica y arquitectónica nacional. Por su parte el Sr. Donoso manifestó que en 1911 el Gobierno había enviado al Congreso un proyecto de Ley 87 que prohibía la exportación de todos los objetos relacionados con las culturas aborígenes y que el espíritu de la Ley del Consejo era proteger tal riqueza, que todos los países del mundo se esforzaban en fomentar las colecciones de sus museos, que era bochornoso para la cultura nacional que hubiera necesidad de ir a estudiar la cultura de los pueblos aborígenes del territorio nacional a los museos de Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Alemania. Finalmente se acordó que el ministerio no tomaría resolución alguna sin escuchar al Consejo de Monumentos Nacionales y que una comisión integrada por los Sres. Oyarzún, Latcham y Donoso prepararía un informe sobre el valor científico de dicha colección. En la sesión del 2 de abril de 1937 se vuelve a tratar el asunto de la colección Cruz Montt y después de conocer el informe elaborado se acuerda por unanimidad 87 Sin duda se refiere al Proyecto de Ley elaborado en 1910 que mencionamos en páginas anteriores. Aquí se asevera que se envió al Congreso en 1911. Nosotros hemos revisado las actas de ese año del Congreso y no lo encontramos. De todas maneras no deja de ser importante que 26 años después aún se recordaba este hecho. El destacado es del suscrito.
279 solicitar al Gobierno la adquisición de dicha colección para destinarla a los museos nacionales. También se acordó destinar 5.000 pesos para continuar los trabajos de inventario de los monumentos históricos de Coquimbo. La sesión del 14 de mayo de 1937 se realiza con siete consejeros, que es el promedio de asistencia general hasta ahora. El alcalde de Los Vilos pide 4.000 pesos para la erección de la columna en recuerdo de Diego de Almagro la cual se aprueba. También se recibe una nota del Intendente de la Isla de Chiloé que solicita 40.000 pesos para los trabajos de conservación y restauración de los fuertes y sitios históricos, ante lo cual se acordó informarle que el Consejo carecía de tal suma, pero que apoyaría en la medida de sus recursos. En el mismo sentido se acordó solicitar el apoyo del personal del Servicio de Faros para la vigilancia de los fuertes de Ahui, Corona, Chaicura y Balcacura. Finalmente, después de tratar otras materias se aprueba el proyecto de reglamento, el cual se envía al Ministerio de Educación. En la sesión del 10 de agosto de 1937 se recibe una solicitud para exportar una colección de dibujos y apuntes de autores del Renacimiento Italiano de la Sra. Luisa Morel de Aldunate, resolviéndose que un consejero elabore un informe. Por su parte, el municipio de Santiago solicita trasladar el monumento de Ramón Freire a otro emplazamiento, a lo cual se accede. Finalmente se acuerda enviar una nota al Gobierno solicitando la adquisición del Palacio Cousiño de la ciudad de Santiago, en atención a su valor arquitectónico y artístico para convertirlo en un museo. El 18 de marzo de 1938 se realiza la última sesión de este período del Consejo de Monumentos Nacionales, la cual es presidida por el Sr. Domingo Amunátegui Solar, de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía. No queda claro si hubo sesiones en los meses anteriores, pero no hemos encontrado registro alguno, siendo posible que tales actas estén perdidas. En esta sesión participaron los Sres. consejeros Donoso, Mackenna, Meza, Oyarzún, Schmidt, Schweitzer y Brunet. En el acta se registra la solicitud del Intendente de Chiloé para que se entregue la vigilancia de los fuertes de Chiloé a la Escuela Agrícola de Ancud, la cual es aceptada. También se aprueba la petición del municipio de Valparaíso para declarar el Fuerte Esmeralda como monumento histórico. Por otro lado se recibe la información de la creación de la Superintendencia de Museos y Lugares Históricos de Argentina, ante lo cual el Consejo acuerda informar al Ministerio de Educación: “…llamando la atención al hecho de que mientras en el país vecino se preocupan con el mayor interés de estos asuntos, en el nuestro el Consejo no encuentra ni la más insignificante cooperación de parte de las autoridades, llamadas no solo por la ley sino por el espíritu de ellas, a prestarles su apoyo mas decidido.”
280 En dicha sesión se recibieron dos notas del Intendente de Valdivia respecto de un comité de vecinos que quiere erigir un monumento a Vicente Pérez Rosales, similar al de Camilo Henríquez, y piden se les contribuya con 5.000 pesos, lo cual se aprobó. También se accedió autorizar la salida del país de 150 dibujos antiguos de la Sra. Luisa Morel de Aldunate. Finalmente, entre otros asuntos, se informa que el Director de la Escuela de Minas de Copiapó ofreció su establecimiento para un Museo Arqueológico, Histórico y Artístico y que para ello necesitan 5.000 pesos, petición que se rechazó. Concluyendo en esta segunda etapa, entre 1935 y 1938, durante la administración del Presidente Arturo Alessandri (1932-1938), se realizaron a lo menos 20 sesiones del Consejo de Monumentos Nacionales y se declararon dos monumentos nacionales: Isla de Pascua en 1935 y el Fuerte Esmeralda de Valparaíso en 1938. En 1935 hubo 8 sesiones, en 1936 hubo siete sesiones, en 1937 cuatro sesiones y en 1938 una sesión, siendo este el último año del Gobierno de Alessandri, cuando se realizaron la elecciones presidenciales que dieron el triunfo al abanderado del Frente Popular Pedro Aguirre Cerda. En esta etapa el Consejo de Monumentos Nacionales logra iniciar su funcionamiento y tener cierta regularidad en sus sesiones y lograr acuerdos, pero se va debilitando con el paso de los años, concluyendo su accionar en 1938 para solo volver a funcionar en 1949. En estos primeros años la vicepresidencia del Consejo está en manos de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, con el apoyo de los directores de los museos nacionales. Tuvo como secretarios a los Sres. Aníbal Bascuñán, Fernando Figueroa y Ricardo Donoso. Tras repetidas solicitudes al Ministerio de Educación obtuvo sus primeros presupuestos de operación y de ejecución en labores de conservación de monumentos y registro del patrimonio. También se propuso elaborar un nuevo proyecto de ley, lográndose redactar una propuesta que no prosperó, llegándose a la conclusión que se debía funcionar con el existente. Se advierte en las actas de las sesiones la crítica de los consejeros respecto del poco apoyo de las autoridades. Pero también se nota el esfuerzo que realizaron los consejeros por dar a conocer los objetivos del Consejo establecidos en la legislación y sus intentos por establecer su autoridad, incluso ante el propio Ministro de Educación, particularmente cuándo éste cita a una reunión del Consejo en su propio despacho, tratando de favorecer una autorización para que la colección Cruz Montt saliera del país, indicando los consejeros que no procedía por la importancia de la misma, llegando a solicitar que el Estado debía comprarla. En cuanto al registro e investigación, estos primeros años demuestran una preocupación por hacer inventarios del patrimonio arqueológico, particularmente del Norte y Sur del país, además de Isla de Pascua, demostrando los consejeros una fuerte defensa del patrimonio, logrando incluso la declaración de Isla de
281 Pascua como Monumento Histórico en 1935, a pesar de la oposición de la Armada de Chile, en el mismo año que toda la Isla también es declarada como Parque Nacional. También hubo preocupación por declarar iglesias y conventos, pero no se llegó a concluir ninguna protección legal de estos bienes. Sin embargo, en lo que respecta a las fortificaciones coloniales y republicanas, se mantuvo el interés original demostrado entre 1925 y 1927, declarándose como monumento histórico el Fuerte Esmeralda de Valparaíso en 1938, además de una activa preocupación por la conservación de los ya declarados, lográndose destinar algunos recursos, aunque escasos. También se nota el interés de participar en las decisiones urbanas, demostrando preocupación por las obras en la Alameda de Santiago que podían significar la destrucción de varios inmuebles históricos. Otro aspecto recurrente fueron las solicitudes para la salida del país de colecciones de obras de arte, autorizándose algunas y rechazándose otras. Así también su preocupación por los monumentos conmemorativos, aunque no deja de llamar la atención su autorización para que se demoliera uno de los más antiguos, el monumento que a finales del período colonial el Gobernador Ambrosio O´Higgins levantara para conmemorar el término de los trabajos de las obras del camino de Santiago a Valparaíso, lo que afortunadamente no ocurrió, siendo trasladado a otro lugar cercano. En conclusión fue una etapa productiva, aunque no se logró consolidar el funcionamiento permanente del Consejo de Monumentos Nacionales. Pero si se pudo poner en marcha la legislación y dar claras señales a la administración del Estado de su existencia. También quedó manifiesta su preocupación por el patrimonio histórico colonial, preferentemente el relacionado con las fortificaciones y el arqueológico monumental. El Consejo de Monumentos Nacionales entre 1949 y 1954 Entre 1939 y 1948 no hay registro de sesiones del Consejo y tampoco declaración alguna de monumentos por parte del Gobierno, aunque entre 1946, 1947 y 1948 se retoman algunas actividades. Esto coincide con las administraciones de los Presidentes Pedro Aguirre Cerda (1938–1941) y Juan Antonio Ríos (1942–1946), ambos del Partido Radical. Sin embargo, dos integrantes de la etapa anterior del Consejo de Monumentos Nacionales están presentes para retomar el funcionamiento de la entidad, el Sr. Ricardo Donoso, esta vez como Vicepresidente del Consejo, y el Sr. Aníbal Bascuñán como Secretario, lo cual ocurre durante el gobierno del Presidente Gabriel González Videla (1946 – 1952), también del Partido Radical.
288 1954 durante la presidencia del país de Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958), activándose otra vez en con el Presidente Jorge Alessandri (1958–1964). El Consejo de Monumentos Nacionales entre 1961 y 1969 Entre 1955 y 1960 no hemos encontrado actas del Consejo de Monumentos Nacionales y no hay declaratorias de monumentos, lo que demuestra la inactividad de la institución. Sin embargo ésta retoma su accionar a finales de 1960 volviendo a sesionar el 26 de enero de 1961. Para esta etapa hemos encontrado 24 actas de sesiones. La primera sesión tiene lugar en el Museo Histórico Nacional y el vicepresidente de la institución es el Sr. Manuel Montt, nombrándose como secretaria a la Sra. Carmen Castillo. Allí se informa la necesidad de actualizar la legislación y se acuerda tomar contacto con el Sr. Eugenio Pereira Salas para acceder a los archivos institucionales, analizándose la ubicación de la estatua de Pedro de Valdivia en la Plaza de Armas de Santiago y de otros monumentos conmemorativos. En la sesión del 24 de marzo de 1961 se discute la instalación de monumentos conmemorativos y la declaración de nuevos monumentos históricos. Hay otra sesión el 29 de mayo de 1961 y una última el 12 de junio del mismo año y después el Consejo deja de sesionar hasta reunirse el 30 de julio de 1962, en que asume el Secretario Sr. Juan Eyzaguirre, entonces era el Director del Archivo Nacional. A continuación las sesiones son más ordenadas analizándose temas de restauración de iglesias y fortificaciones, continuando la preocupación por la instalación de monumentos conmemorativos. También se reitera al Ministro de Educación y a la Dirección Nacional de Arquitectura la solicitud de financiamiento para las actividades del Consejo y se reactiva la solicitud de declaración de monumentos históricos otorgándose excavaciones arqueológicas al Museo Nacional de Historia Natural. Entre las declaraciones de monumentos históricos continúa una preferencia por las fortificaciones. También se autorizan la instalación de varias placas conmemorativas en edificios históricos y son más frecuentes los proyectos para restaurar monumentos históricos, especialmente iglesias y fuertes. En la sesión del 8 de abril de 1964 se aprueba la declaración de la primera estación de ferrocarriles de Chile, la del puerto de Caldera, en el norte del país. Por otro lado, se hace presente en la correspondencia la Sociedad Chilena de Arqueología, recientemente creada, la cual se ofrece como asesora del Consejo en materias de investigación y protección del patrimonio arqueológico. Desde entonces esta institución es consultada en relación a las futuras solicitudes de
289 excavaciones arqueológicas, participando en tales informes los Sres. Hans Niemeyer y Gonzalo Figueroa García-Huidobro, período que también coincide con la profesionalización de la arqueología en Chile. Al respecto importa destacar que en la sesión del 3 de agosto de 1964, el Consejo rechaza la solicitud de excavaciones arqueológicas en Isla de Pascua requerida por el ciudadano francés Francis Maziere y se ordena confiscar los objetos arqueológicos que éste hubiera obtenido durante su estadía en la Isla. Sin embargo se autorizan otras investigaciones de franceses en la zona austral de Chile, cuyos proponentes eran arqueólogos y venían patrocinados por universidades extranjeras y chilenas, como es el caso de Joseph Emperaire y Annette Laming-Emperarire. En 1964 asume la presidencia de la República Eduardo Frei Montalva (1964– 1970), del Partido Demócrata Cristiano, quien en su gobierno inicia varias reformas sociales, quien inicia la modificación de la Ley de Monumentos Nacionales, acogiendo una demanda que desde hace varios años venía planteando el Consejo de Monumentos Nacionales. Es así como en la sesión de esta entidad de junio de 1965, en la que participó el Ministro de Educación Sr. Juan Gómez Millas, se solicitó a los Sres. Roberto Montandón y Luis Vargas, que redactaran un proyecto para una nueva organización del Consejo y sus atribuciones. Comienza de esta manera un proceso que culminaría con la redacción de un proyecto de que culmina en 1970, bajo la dirección del Ministro de Educación Sr. Máximo Pacheco. En las próximas sesiones aumenta la actividad del Consejo de Monumentos Nacionales, participando el propio Ministro Sr. Juan Gómez Millas, quien antes había sido Rector de la Universidad de Chile. Es novedoso destacar que en la sesión del Consejo de Monumentos Nacionales del 8 de septiembre de 1965, la Cámara de Diputados solicita la declaración del pueblo de Yerbas Buenas como monumento histórico, la cual se acordó estudiar. Este es el primer caso de solicitud de declaración de un pueblo, por pequeño que fuera, como zona patrimonial. También en esa misma ocasión se rechaza una solicitud de la Cámara de Diputados para declarar como monumento histórico la casa donde nació el abate Molina en Villa Alegre por tener ésta muchas modificaciones. En las siguientes sesiones se da cuenta de las legislaciones de monumentos que fueron solicitadas a diversas embajadas, mencionándose las de Perú, España y Francia. Por otra parte el Consejo sigue aprobando monumentos conmemorativos, restauración de fuertes, autorizando excavaciones arqueológicas, iniciándose también el canje de objetos arqueológicos con universidades de otros países. Se debe debe mencionar que en varias ocasiones se denuncian las excavaciones y el comercio ilegal de este patrimonio. También es novedoso el primer acuerdo para declarar como monumento histórico las huellas de dinosaurios de las Termas del Flaco en la sesión del 22 de octubre de 1966.
290 No hemos encontrado actas de las sesiones del Consejo en 1967 pero si constatamos la declaración de dos monumentos históricos: las huellas de dinosaurios de las Termas del Flaco y de los sitios arqueológicos y paleontológicos de Arica. En la sesión del 26 de octubre de 1968 el Consejo es presidido por el nuevo Ministro de Educación Sr. Máximo Pacheco, actuando como Secretario el Sr. Roberto Montandón. También es interesante notar la participación del Sr. Eduardo Foxley, secretario abogado de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM), entidad que antes aparece más bien relacionada solo con los directores de los museos nacionales. En esa misma sesión se informó la propuesta de modificaciones a la ley de monumentos nacionales que se había encargado a los consejeros Sres. Manuel Montt, Roberto Montandón, Eduardo Foxley y la Sra. Grete Mostny. En lo referido a los recursos para financiar la ley se propone el estudio de dos fórmulas: gravar con un porcentaje los traspasos de jugadores de fútbol o el valor de los arriendos de los locales donde se venden boletos de lotería. En los meses sucesivos, el Ministro de Educación Sr. Máximo Pacheco logra enviar el proyecto de ley al Congreso Nacional iniciándose su discusión parlamentaria. Entre 1963 y 1969 el Consejo de Monumentos Nacionales logra la declaración de 19 nuevos monumentos históricos, consolida aún más su presencia en el país, pero lo más importante es que después de décadas de insistencia, logra sensibilizar a las autoridades de gobierno para la presentación de un proyecto de ley ante el Congreso Nacional. 4.5. La Ley de Monumentos Nacionales de 1970 y su aplicación La década de 1960 fue profunda en cambios sociales en Chile, varios de los cuales se venían gestando como consecuencia de los acontecimientos políticos de la década de 1920. El más importante fue el cambio de modelo de desarrollo económico que adoptó el país priorizando la industrialización y la sustitución de las importaciones, lo que aumentó la población urbana y el crecimiento de la clase media. Esta situación provocó cambios sociales y políticos, que ya en los años 20 y 30 del siglo XX se anticiparon con el quiebre del modelo mercantilista y exportador de materias primas, que mantuvo a la oligarquía en el poder sin contrapeso alguno durante el siglo XIX y comienzos del XX, aunque éste modelo continuó con su lógica económica y social en el sector rural, lo que obligó a sucesivos Gobiernos a impulsar las reformas agrarias de las décadas de los años 60 y 70. A finales de los años 30 se creó el Frente Popular que encabezó el Partido Radical, el cual representaba a los trabajadores urbanos organizados y a la clase media. Esta coalición política triunfó en las elecciones presidenciales de 1938 siendo elegido como Presidente Pedro Aguirre Cerda. La Segunda Guerra Mundial
291 y la guerra fría tuvo su impacto en la política nacional, pero no logró quebrar el orden democrático en lo esencial, llegando al Gobierno una coalición de derecha a finales de los 50 encabezada por Jorge Alessandri, hijo del ex Presidente Arturo Alessandri. En las elecciones presidenciales de 1964 triunfa Eduardo Frei Montalva de la Democracia Cristiana, cuyo gobierno impulsó la Reforma Agraria y la nacionalización del cobre con amplio respaldo ciudadano y político. Es en este contexto y a finales del Gobierno del Presidente Eduardo Frei, que se presenta al Congreso Nacional un proyecto de ley que busca modificar la norma legal de patrimonio que regía desde 1925, con el ánimo de actualizarla y darle un nuevo impulso al Consejo de Monumentos Nacionales. El trabajo inicial del proyecto estuvo radicado en el propio Ministerio de Educación durante 1968, con el apoyo del Consejo de Monumentos Nacionales, particularmente del consejero Roberto Montadón, quien desde los 50 venía colaborando con dicha entidad. El Ministro de Educación Sr. Máximo Pacheco tuvo a su cargo la dirección del proyecto de ley y su defensa ante el Congreso durante su tramitación en 1969. Con el objeto de recabar mayores antecedentes el suscrito entrevistó al Sr. Máximo Pacheco en agosto de 2008, quien falleció en 2012, respecto de su participación en dicha legislación, quien nos relató lo siguiente: “Yo fui ministro de educación del Presidente Eduardo Frei entre los años 68 y 70. Yo era anteriormente embajador de Chile en la Unión Soviética…y me pareció que había algunas cosas muy importantes que todavía no se habían legislado suficientemente y entre ellas la de monumentos nacionales… Comencé a trabajar sobre ello con un equipo, creo que avanzamos bastante y después conversé con el Presidente Frei y le pareció la iniciativa muy buena…Su discusión en el parlamento fue positiva, fue una buena discusión, no hubo mayores conflictos de ninguna naturaleza y todos estuvieron muy de acuerdo en que había que legislar...los que podían opinar técnicamente se pronunciaron y los escuché en el ministerio y también a todos los partidos políticos, por eso fue una ley bastante consensuada y rápida, …hubo un concierto de todos y yo estoy seguro, seguro, de que los parlamentarios consultaron a todos los intelectuales de su corriente y todos les dijeron, si fuimos consultados, si estamos de acuerdo. Entonces eso fue un acierto, no haberlo hecho al revés, como a veces se hace, resolviendo en problema político primero y después el técnico, yo lo hice al revés, primero resolví el problema técnico y después el político.”
292 El Presidente Eduardo Frei Montalva y su Ministro de Educación Máximo Pacheco, 1968. Foto tomada a una fotografía de propiedad de Máximo Pacheco El contexto político de entonces era muy complejo, particularmente después que Salvador Allende ganara las elecciones presidenciales de 1970 y Máximo Pacheco nos cuenta sus dificultades para defender el patrimonio entonces, especialmente después de aprobada la legislación de monumentos nacionales: “…..pero tuve algunos conflictos con los particulares, los que se oponían a que se declararan monumentos nacionales porque entonces se inmovilizaban los inmuebles, porque decían que no los podían reparar, que no los podían vender, etc. Ellos se oponían y nosotros, a su vez, por razones culturales, los queríamos proteger…con motivo del triunfo de Salvador Allende, comenzó un éxodo de objetos culturales y especialmente de pinturas hacia el exterior. Entonces la gente estaba asustada, creía que venía una nacionalización, que les iban a quitar sus bienes y comenzaron a sacar los bienes, entonces ahí hubo un conflicto incluso dentro del gobierno.” “Yo me opuse a eso y dicté un decreto por el cual no se podían sacar estos objetos culturales sin la autorización del director del Museo de Bellas Artes, que era Nemesio Antúnez, entonces nos pusimos de acuerdo y yo le dije tienes que ser muy firme en esto…. Y ahí hubo un conflicto con el Ministerio de Hacienda, porque toda esta gente que quería sacar bienes patrimoniales
293 le fueron a reclamar al Ministro de Hacienda, mire lo que está haciendo el Ministro de Educación, que está prohibiendo. Entonces nos citó el Presidente Frei al Ministro de Hacienda Andrés Zaldívar y a mí, entonces yo se lo expliqué y le dije mire Presidente esto es absolutamente necesario porque la gente está abusando, porque cree que viene una cosa horrible por el triunfo de Allende y si sacan estas cosas nos van a responsabilizar a nosotros porque va a ser dentro de su gobierno. Y Andrés Zaldívar dijo porque hay que darle la libertad a la gente y que puedan sacar lo que quieran. Se armó el conflicto pero Frei lo decidió a favor de la tesis de Educación, en el sentido de que se mantenía firme el decreto y continuaba el director del Museo de Bellas Artes dando la autorización…” “Yo recuerdo esto porque fue una cosa muy conflictiva con las personas, porque obviamente, los que querían sacar los cuadros eran personas de muy buena situación, de mucha influencia, etc., que tenían cuadros buenos y querían salvarlos y llevárselos especialmente a Argentina y nosotros que nos oponíamos, y yo recuerdo que no solo recurrían a mí en el ministerio, sino que llamaban a mi casa, hacían varias influencias familiares. Fue un conflicto personal muy serio y recurrían a Andrés Zaldívar, y el me decía mira esta señora tiene este cuadro y yo le decía mira aunque sea ella, tu la conoces, yo también, pero no le vamos a dar autorización.” 88 Uno de los principales colaboradores del Ministro de Educación Sr. Máximo Pacheco en la redacción del proyecto de ley fue Roberto Montandón 89 , quien fue uno de los principales impulsores de esta iniciativa. Como hemos visto en las actas de las sesiones del Consejo de Monumentos Nacionales y en las consultas que el suscrito realizó con el propio Sr. Montandón antes de que falleciera, esta institución había reanudado sus esfuerzos en la redacción de tal proyecto desde 1963, estando el Sr. Montandón a cargo, junto con el apoyo de una comisión de consejeros de la misma entidad. Su experiencia fue fundamental, siendo él uno de los profesionales que logró incorporar en la legislación los conceptos sobre patrimonio, que entonces se expresaban en los congresos científicos y en los 88 Entrevista de Ángel Cabeza al señor Máximo Pacheco, ex Ministro de Educación del Presidente Eduardo Frei Montalva entre 1968 y 1970, realizada en su residencia de Santiago el 20 de Agosto de 2008. 89 Roberto Montandón Paillard nació en Suiza en 1909. Llegó a Chile en 1928, regresando posteriormente a Europa, donde continuó sus estudios en Suiza y Francia en agronomía y antropología. En 1936 regresa a Chile para asentarse definitivamente en el país, trabajando tanto en la administración pública como en la Universidad de Chile, dedicándose al estudio del patrimonio cultural y a la conservación y restauración de varios monumentos, siendo quizás el primero en realizar dicha tarea de manera profesional desde 1949. Colaboró por varios períodos en el Consejo de Monumentos Nacionales y trabajó varias décadas en la Dirección Nacional de Arquitectura, entidad que financió varias de sus restauraciones. Su trabajo inspiró a muchos arquitectos en la senda de la restauración patrimonial y su experiencia y trabajo fueron fundamentales para lograr la legislación patrimonial de 1970. Falleció el 2004 en Santiago.
294 organismos internacionales. Tal como el propio Montandón escribe, la Carta de Venecia de 1964, la UNESCO, ICOMOS, la OEA, el Consejo de Europa y diversos congresos a los cuales el asistió, fueron las fuentes utilizadas por él para la actualización de la legislación que fue aprobada en 1970, además de su vasto conocimiento de la historia de la arquitectura y de las diferentes escuelas de conservación de los monumentos del siglo XIX y XX (Montandon, R. 1973; Roberto Montandón, comunicación personal 2000). Roberto Montandón y Ángel Cabeza navegando en los canales australes en 1997 El concepto de patrimonio que animaba la nueva legislación se inspiraba en la comprensión de los valores y significados que determinados bienes culturales tienen, los cuales, de acuerdo a la Carta de Venecia, tenían un mensaje espiritual del pasado, representaban la unidad de los valores humanos, constituían un patrimonio común y una autenticidad que debía ser conservada por las generaciones. Al mencionar los bienes culturales se expande el concepto de monumentos que hasta entonces se tenía, siendo objeto de ser considerado como patrimonio todo tipo de bienes, sean materiales o inmateriales, como también el entorno natural y social en el que están insertos. Tal como Montandón señala en 1973: “…el ámbito de esa protección se ensancha. Ya no sólo interesa la conservación de los monumentos aislados; interviene su entorno, los conjuntos urbanos antiguos y los sitios. Se habla de patrimonio
295 arquitectónico histórico, de patrimonio histórico-cultural y finalmente de bienes culturales cuyo término cubre todo el abanico de las manifestaciones histórico-culturales y cuya suma pertenece en última instancia a la humanidad entera.” (Montandón, R. 1973: 151) Por otro lado, se insiste en la responsabilidad ética que tiene toda comunidad en la protección y conservación de los bienes patrimoniales, y en los principios y criterios que deben respetarse en las restauraciones de tales bienes, que han sido elaborados por los expertos y expresados en la Carta de Venecia, pero que “…dejan a cada nación el cuidado de asegurar su aplicación en el marco de su propia cultura y su propia tradición...” (Montandon, R. 1973: 155). Así también Montandon destaca la necesidad de superar la visión del inmueble patrimonial aislado, y la urgencia de proteger y conservar los conjuntos históricos y el espacio histórico, tomando para ello la definición que estableció la Asamblea Consultiva del Consejo de Europa, reunida en Bruselas en 1969: “Los conjuntos históricos y artísticos son constituidos por un grupo de construcciones aisladas o reunidas, cuya arquitectura, unidad o integración presentan un carácter que justifica su protección y valorización.” (Montandón, R. 1973:155) A partir de dicho contexto la legislación chilena incorporó una nueva categoría de monumento nacional que no estaba en la legislación de 1925, que fue denominada como zona típica, la cual fue pensada para proteger áreas históricas de una ciudad o pueblo, un barrio determinado, una calle o parte de ella, una plaza o el entorno de un monumento histórico, estén situados estos en el ámbito rural o urbano, como veremos más adelante. Montandón también pretendió que la protección de estos conjuntos estuviera fundamentada en los valores históricos, artísticos, estéticos, humanos y ambientales que tiene dicho patrimonio y que la conservación de éstos, en todas sus fases, tenía por objeto: “…devolver a esos conjuntos su dignidad y su interés…” (Montandón, R. 1973: 156). Varias de las propuestas Montandón fueron aceptadas e incorporadas en el proyecto de legislación incorporando los conceptos de patrimonio de entonces, incluyendo la protección de bienes que no habían sido objeto de atención antes, como fueron los asentamientos industriales de explotación del salitre en el Norte de Chile, los pueblos y asentamientos rurales, los centros históricos y barrios urbanos. Volviendo a la tramitación de la ley, tanto el mensaje presidencial del proyecto, como las discusiones del mismo en las distintas comisiones del Congreso son importantes de reseñar, ya que reflejan las ideas y preocupaciones del momento. Por ejemplo en el texto del mensaje presidencial se señalaban los conceptos y por
296 qué era necesaria la actualización de la ley. Destacamos acá el nombre original de esta iniciativa del Gobierno: “Proyecto de Ley que establece la Protección del Patrimonio Histórico Cultural del Estado”. Sin embargo al ser aprobado finalmente el proyecto quedó como “Ley de Monumentos Nacionales”, lo cual dejó atada simbólicamente la legislación al pasado que buscaba superar con nuevos conceptos como los de patrimonio. No obstante su nombre, dicha legislación significó un gran paso para el reconocimiento del patrimonio, la necesidad de su protección y su relevancia para el país, tal como el mensaje presidencial planteaba: “La imagen de toda sociedad se refleja en el legado histórico-cultural que da tradición y carácter a la fisonomía de una nación. Este pasado que permite definir la individualidad de cada país y al cual estamos profundamente vinculados, exterioriza su presencia en ruinas y objetos arqueológicos, en manifestaciones arquitectónicas y artísticas, en los lugares donde se han desarrollado acontecimientos notables de la vida nacional y en las piezas que enriquecen los museos. Este conjunto de bienes tangibles que conforman y configuran la trayectoria histórica de una nación, constituye su patrimonio cultural…” (Acta de la sesión Nº 21 del 18 de marzo de 1969 del Congreso Nacional, Biblioteca del Congreso Nacional de Chile). Quedaba así definido el patrimonio cultural en dicha legislación, que si bien no excluía el patrimonio inmaterial, señalaba que su objeto principal era el patrimonio material, el cual reflejaba el pasado y representaba la identidad nacional. El texto del mensaje presidencial incorporaba el concepto de bienes culturales, que ya ganaba terreno a nivel internacional, aunque lamentablemente no lo incluyó expresamente en la ley: “La debida cautela de este patrimonio o bienes culturales es un deber ineludible del Estado. Su defensa representa un compromiso ético que cada Estado debe contraer como una forma de respeto hacia la cultura nacional, la cultura continental, la cultura universal.” El mensaje reconoce también la influencia internacional en esta materia para dicha legislación: “Hoy día, estas preocupaciones se han visto activadas y estimuladas por urgentes llamados de altos organismos internacionales a favor de la protección de los testimonios históricos y artísticos del pasado, por campañas mundiales pro monumentos y por un fenómeno económico nuevo que interesa particularmente a todas las naciones: el turismo internacional, atraído especialmente por las manifestaciones históricas y artísticas propias de cada pueblo.”
297 Se señala también la responsabilidad de los gobiernos en la destrucción del patrimonio y la oportunidad que ofrecía el turismo para su conocimiento, protección y conservación: “En América, una parte apreciable de este patrimonio se ha perdido irreparablemente y muchos monumentos se hallan gravemente amenazados. Esta situación es imputable en no pequeña medida al desamparo oficial y a la falta de una conciencia pública capaz de movilizarse oportunamente en defensa de esos comunes intereses culturales de la nación y del continente. No obstante, en varios países americanos de ingente riqueza arqueológica y artística, los Gobiernos han comprendido la responsabilidad que les cabía en la protección y restauración de esos tesoros. Esta conciencia se ha ido configurando lentamente por presiones de diversa índole, tanto de carácter moral como de orden económico a través del análisis de la revertibilidad de las inversiones por el conducto del turismo nacional e internacional.” Así mismo el texto reconoce la influencia de las campañas internacionales en pro de la conservación de los monumentos en peligro, como también de los congresos de arquitectos y de historiadores. También se destaca la importancia de la OEA y un acuerdo sostenido por esta organización en Bogotá en 1963, donde los directores de cultura de los países concluyeron: “Que precisa dentro de un orden de urgencia nacional preservar, ante todo, el patrimonio artístico nacional….que, por considerarse medios indiscutibles de cultura, es urgente atender a la conservación y restauración de los monumentos históricos y artísticos que se encuentran en mal estado en todo el continente…” El proyecto de Ley también recuerda la V Conferencia Panamericana realizada en Santiago en 1923, gracias al cual se dictaron el Decreto Nº 3.500 y el Decreto Ley Nº 651 de 1925, cuyas disposiciones crearon el Consejo de Monumentos Nacionales. Si bien reconoce la importancia de estas normas para la época, señala que: “Es indudable que la ley vigente adolece de vacíos y que algunas de sus disposiciones requieren una urgente actualización. Además la ausencia en dicha ley de disposiciones definidas referentes a los recursos con que debería contar el Consejo de Monumentos Nacionales para su funcionamiento y para el cumplimiento de sus fines, que tampoco están claramente delineados, limita la esfera de acción de este organismo.” A continuación, el mensaje presidencial destaca que se incorporan nuevas responsabilidades al Consejo de Monumentos Nacionales sobre la protección del
304 formaciones naturales, cuya conservación sea de interés para la ciencia o para el Estado. Las categorías nuevas de monumentos que se incluyen en la ley son las zonas típicas y los santuarios de la naturaleza. La primera de ellas surge como necesidad de dar protección al entorno de los monumentos históricos y arqueológicos, como también incorporar áreas urbanas y rurales de mayor extensión. Por cierto esta es una categoría más flexible, en cuanto a que se permiten intervenciones, pero siempre teniendo presente que su función es mantener el carácter típico del lugar. Por su parte, los santuarios de la naturaleza, tienen el objetivo de proteger lugares terrestres o marinos, en donde pueden existir actividades de explotación agrícola, forestal o ganadera, pero cuyo principal interés es preservar sus ecosistemas y permitir la investigación científica. Por otro lado, la nueva legislación mantuvo la tuición del Consejo de Monumentos Nacionales respecto del registro de las colecciones patrimoniales y de la inscripción de los museos públicos y privados, dejando claramente establecida que la salida del país de las colecciones o bienes patrimoniales debía ceñirse a lo indicado en el artículo 43 de la Ley Nº 16.441. Hacienda San José del Carmen del Huique. VI Región Monumento Plaza Italia, Santiago. Fotos de A. Cabeza
[Document text truncated for crawler view.]