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Don Pedro Azedo, y el Príncipe de Argel

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Número '25^2 DON PRII\Í€IPE DE ARGEL PRIMERA PARTE. Eo ia ciudad mas alegre, que calienta con reflejos ese Farol luminante de ese tachonado Cielo, coyas alfombras de estrellas adornan al firmamento, que es la ciudad de Alicante, de España famoso puerto, que hoy io rige vgobierna, e! Rey Garios Cuarto nuestro Monarca Invicto de España, cuya vida guarde el Cielo. En fin en esta Ciudad, que ya mencionada dejo de padres nobles yricos nació un bizarro tnancebo, es liberal yentendido, para las armas muy diestro. Llamábase aqueste joven el Señor D. Pedro Azedq,. apenas tuvo veinte años este noble Caballero, ¡ se enamoró de una dama, que era la hija de Vénus, un portento en hermosura, yde Palas un bosquejo. Pascábale la calle con amorosos anhelos siendo un lince.de sus rejas, yotro Argos en sus desvelos, le escribió muchos billetes con muchos discretos vers^, ' dándole áentender su amqi% - yla dama conociendo . la firmeza de su amante, ' aguardó lugar ytiempo, •4 yun domingo por la tarde " estando tomando el fresco en la puerta del jardín, vido venir áI>. Pedro, le aguardó con gran semblante, llegó, yse quitó el sombrero, le "hizo una cortesía, yle dice; amado dueño ¡ó qué dichosos '^ue han sido mis ojos en este tiempo! Pues han llegado ámirar átan peregrino objeto: si mereciera. Señor, el ser tu querido dueño, no hubiera cosa en el mundo para mí de mayor precio; le respondió la Señora, diciéndole: Caballero, has de saber que mi padre tiene su merced otro intento, de meterme religiosa, yyo ser monja no quiero, porque estoy determinada ápagar vuestros desvelos, llegad. Señor ámi Padre, ápedirme en casamiento, con la respuesta que os diere, luego después nos veremos. Toda la larde pasaron eon finezas, yrequiebros, yasi que llegó la noche, alegres se despidieron; fué el caballero ásu casa regocijado ycontento, yasí que amaneció e! día con gran cuidado yanhelo íué D. Pedro vigilante ñla casavde,sü suegro, , llegó yjiocando ála puerta, salió ááferir le un escudero, te pfeguofó por su amo, yle respondió diciendo; en casa; está su merced. Díga usted áese caballero, que aquí está puesto ásus plantas el Señor D. Pedro Azedo, si me concede licencia, pasaré luegp allá dentro, áhablarle cuatro palabras, que traigo de mucho empeño. Fué el paje, subió el recado-, pero el bizarro D. Diego lo recibió en una sala; ycon muchos cumplimientos, se saludaion corteses, ydeclarando su intento, D. Diego dijo; Señor. Yo tengo hecho el concepto de meterla religiosa, pero no sé sus intentos, ypara que no dudéis ni en mí nunca pongáis duelo, aquí en presencia de todos será bien que la llamemos. yála gran ciudad de Argel en breve la vuelta dieron. Van ádarle cuenta al Rey de la presa que hablan hecho, ycomo traen maniatado áun vigilante mancebo, que mató cincuenta moros, yheridos mas de otro ciento; yáno haberle sujetado, diera fin de todos ellos. Ei Rey que atento escuchaba, mandó que luego al momento lo lleven áuna mazmorra, yque lo cargen de hierros, luego que traigan dos potros, yalado ála cola de ellos lo arrastrasen por las calles porque sirva de escarmiento; ydespués de arrastrado, con unos garfios de hierro, le hiciesen cuatro pedazos, yála mar lo hechasen luego. La hermosa doña Isabel viendo ásu querido dueño metido en tanto peligro, eran tantos los lamentos, las lágrimas ysuspiros que ablandan el doro acero, yasí que alcanzó ásaber como se hallaba en el puerto de la gran ciudad de Argel, aquí tomó algún consuelo. Pidió licencia ásu amo, que le concédiese luego la dejase ir ápalacio, por ver si hallaba un empeño; el amo se lo concede, como haciendo mofa de ello, ytambién le dió dos turcos para su acompañamiento; iba la noble señora por las calles de este pueblo tan triste, ydesconsolada. que par-eñe un misionero; llegó cerca del palacio, cuando en este mismo tiempo la princesa que escuchaba el alboroto yestruendo, ?• vió venir álos dos turcos, j yen medió aquel Angel bello,* yque venia llorando, los llamó con un pañueloi yellos acudieron pronto, mil reverencias haciendo. * La hermosa doña Isabel vido que tenia al cuello, aquel collar de esmeraldas; pronta le miró áIds dedos, yconociendo el anillo, estas palabras diciendo: Cierto es, hermosa señora, que esas dos prendas que veo puestas en vuestra persona, fueron mias algún tiempo, yo se las di ávuestro esposo cuando estaba prisionero. Zdira que atenta escuchaba, le respondió asi, diciendo; Pues dime tú, de donde eres? yle respondió al momente; de la ciudad de Alicante soy para el servicio vuestro, mi nombre es doña Isabel, mi esposo D. Pedro Azedo, el cual libró átu marido, ylo trajo áaqueste reino, yhoy está en una mazmorra entre prisiones yhierros, yestá sentenciado ámuerte, yasi, señora te ruego, que seáis mi medianera pues que tan sola me veo. Apenas aquesto oyó Zaira, se partió al momento ábuscar ásu marido, que está en la cama durmiendo —8- que me dejéis ir áEspaña, dice; despierta Jamétc que has de saber por muy cierto: que está aquí doña Isabel, ytambién D. Pedro Azedo, el que has metido en prisiones para dar castigos fieros, es el 'que te libertó, yle trajo áaqueste reino, yahora es preciso la ampares, porque áley de Caballero, obras con obras se pagan, ymas si se están debiendo. Jamóte, que aquesto escucha, partió al balcón como un trueno conoció áDoña Isabel, yle mandó entrar ádentro: yal punto despachó un posta, áque sacasen al reo. ylo traigan ápalacio, sin que le agravien un pelo. Lo ejecutaron al punto, yasí que los dos se vieron, tiernamente se abrazaron, como amigos verdaderos: Jamóte,, dijo; señor, como se truecan los tiempos; de cuando fui vuestro esclavo muchas finezas te debo, estoy muy agradecido, yahora pagártelas quiero. Estuvieron en palacio mas de dos meses ymedio, de todos bien asistidos: yacabándose los torneos, dijo Tp. Pedro: señor, ya rae parece que es tiempo que gran falta estoy haciendo. Mandó el rey luego al instante que aprestasen en el puerto, cuatro navios de guerra con toditos sus pertrechos para que le acompañasen, porque puedan defenderlo, yáotro día de mañana con músicas éinstrumentos, le acompañó hasta la playa ylambiente dió un navio, con gran porción de dinero para que de él se sirviesen. Corlésmenle se despiden, navegando ávela yremo, ydentro de cuatro dias llegaron áver el puerto de ia ciudad de Alicante, yel valeroso D. Pedro con su ,bandera fie paz, árecibirlo salieron, haciendo rumbosas salvas, ycuando contó el suceso, todos quedaron pasmados: yen aqueste mismo tiempo pagó muy bien el viaje álos que con él vinieron: luego los cuatro navios ásus tierras se volvieron, yellos saltaron en tierra muy alegres ycontentos, dándole áDiosmuchas gracias yála reina de los cielos. Yahora Juan José López pide ’perdón de sus yerros. FIN. OARMONA:—186o. Imprenta de 1b. José María Moreno.