La República Universal o requerimiento a los tiranicidas
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9 La República Universal o requerimiento a los tiranicidas Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 La República Universal1 (La République universelle ou adresse aux tyrannicides. 1796) La República Universal o requerimiento a los tiranicidas Anacharsis Cloots, Orador del Género Humano2 Traducido por: Francisco Javier Espinosa Antón3 Universidad de Castilla-La Mancha (España) Recibido: 15-04-14 Aprobado: 14-05-14 1 La République universelle ou adresse aux tyrannicides, Paris, Les Marchands de Nouveautés, 1792. He decidido incluir aquí la traducción completa de la primera parte de la obra, que es realmente el núcleo de la misma y cuyo título es el de toda ella, pues las restantes partes, como él mismo señala, no son más que añadidos de otros escritos que ya tenía y que estaban relacionados, de alguna manera, con la temática de la misma. Aunque en el centro de lo que traduzco hace una digresión sobre la religión y la metafísica, he preferido incluirla, para no perder la unidad de la obra y porque, por otra parte, es muy representativa del pensamiento de Cloots [nota del trad.]. 2 ¿Qué es un Orador del Género Humano? Es un hombre penetrado de la dignidad del hombre, es un tribuno que arde de amor por la libertad y que se inflama de horror contra los tiranos; es un hombre que, después de haber recibido la consagración de su apostolado universal en el seno del cuerpo constituyente del universo, se dedica únicamente a la defensa gratuita de todos los millones de esclavos que gimen de un polo al otro bajo la fusta de los aristócratas; es un hombre cuya voz atronadora se hace oír en todos los tronos y cuya voz consoladora se hace oír en todos los talleres, para minar secretamente los tronos, por una circulación de cuarenta mil artesanos de toda nación, que llevan sus discursos, sus cartas, sus arengas, sus homilías a los sótanos y cabañas de los pueblos de alrededor; es un hombre que se exilia voluntariamente del hogar que lo ha visto crecer, de las regiones que ha recorrido, de los diversos climas donde un dulce recuerdo le acaricia, para quedar inquebrantablemente sujeto a la capital de la independencia, renunciando a todos los puestos honorables y lucrativos a los que su celo y sus talentos le habrían llamado sin duda. La misión del Orador del Género Humano no acabará más que cuando llegue la derrota de los opresores del Género Humano. Yo sigo creyendo, decía Voltaire, que los filósofos se han dignado tomarme por su representante, de la misma manera que una compañía a menudo concede al menor de sus asociados que firme por ella. Anacharsis Cloots persiste, con la misma modestia, en la creencia de que los pueblos oprimidos le han concedido la dignidad de ser su representante. Yo seguiré, pues, mi carrera con paso firme y seguro; mis razonamientos serán poco voluminosos y muy sustanciosos. No es con grandes libros como se obran las revoluciones. Las grandes obras de Paine y de Sieyes no tienen más que cien páginas de impresión: estos folletos han removido los dos mundos. El verdadero medio de evitar el peso del papel es tener como objetivo el peso de las ideas. No se arriesga nada revelando este secreto a los profanos: la multitud de los autores agobiará a la multitud de los lectores. M. d’Escherney dice con razón, en una obra que merece ser refutada, que tal imagen y tal comparación vale un gran libro y pueden suministrarle materia [nota de Cloots]. 3 (javier[email protected]): Profesor titular de Filosofía de la Universidad de Castilla-La Mancha, ha escrito numerosas publicaciones sobre Spinoza, algunos filósofos de la Ilustración y algunos pensadores actuales, especialmente en las temáticas del multiculturalismo, el cosmopolitismo y la paz, entre las que destaca Inventores de la paz, soñadores de Europa. Siglo de la Ilustración (Madrid, Biblioteca Nueva, 2012).
10 Anacharsis Cloots Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 Yo aplaudo, ciudadanos, vuestro plan generalmente bueno y vuestros proyectos incontestablemente cívicos, pero no podría aceptar el puesto que me ofrecéis bajo el título de Viejo de la montaña4, título que no conviene ni a mi edad, ni a mi carácter. Es mediante los rayos de la luz de la razón, y no con el puñal de los asesinos, como liberaremos los pueblos: nosotros queremos matar la tiranía, pero el hierro no mata más que al tirano. Mi recomendación es, pues, no imitar la acción santa de Mucio Escévola5 más que cuando un déspota haya profanado el suelo sagrado de la libertad. Que la cabeza de un rey o de un general contrarevolucionario caiga tan pronto como su pie mancille la tierra de los hombres libres. No pongamos precio a su cabeza, pues debe ser una mano pura la que debe hundir el puñal en el pecho de los opresores. El amor por el oro sólo nos proporcionaría manos temblorosas, pero el amor por la patria nos ofrecerá brazos firmes, cuya destreza igualará a su coraje. Las felices circunstancias que acompañan a la terminación de la Constitución francesa nos dispensarán, espero, de recurrir a atrocidades patrióticas. Los pueblos se ponen en marcha desde todas las partes: una voz secreta les dice que hagan causa común con Francia; y yo temo menos la vigilancia de los tiranos que la indolencia de nuestros representantes. El Comité diplomático ha demorado mucho los tiempos. Yo soy uno de los más ardientes defensores de esta medida política, pero se acerca el tiempo en que los largos plazos dejarán de ser útiles y comenzarán a ser nocivos. No dejemos brotar la funesta idea de una federación de países vecinos. Y al rehusar la incorporación del Condado Veneciano, habríamos forzado a un pueblo leal a aislarse tristemente o a federarse con lazos efímeros. Este rechazo ha sido funesto para otros vecinos francófilos. La belleza y la solidez de nuestra Constitución provienen de su homogeneidad; agregarle comunidades nacionales sería contrariar a su naturaleza. Insistamos eternamente en la fusión perfecta, en la confederación de individuos, sin la que los pueblos reaparecerían con el espíritu de cuerpo. Pero, ¿por qué las comunidades nacionales son peligrosas? Porque es más difícil controlarlas bajo el poder legal que a los individuos. La ambición individual es tan ardiente como la ambición colectiva, pero la debilidad de la primera convierte las disputas particulares en simples litigios, mientras que la fuerza de la segunda le permite emprender guerras sangrientas, raramente interrumpidas. Los cuerpos provinciales y los nacionales son las principales lacras del género humano. ¡Qué ignorancia, qué barbarie es encerrarnos en diferentes comunidades rivales, cuando tenemos la ventaja de habitar uno de los planetas más pequeños de la esfera celeste! Multiplicamos nuestros celos, nuestras querellas, dividiendo el interés común, la fuerza común. Un cuerpo 4 Se refiere a un reformador islámico del siglo XII, del que se dice que fundó la Secta de los Asesinos, a los que enviaba desde su fortaleza a matar a todos los gobernantes del Oriente Medio que no cumplían su voluntad [nota del trad.]. 5 Se refiere a Cayo Publio Escévola que en el siglo VI a. C. se infiltró en el campamento de los etruscos, que estaban en guerra con Roma, para asesinar a su rey [nota del trad.].
11 La República Universal o requerimiento a los tiranicidas Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 no se hace la guerra a sí mismo y el género humano vivirá en paz cuando no forme más que un solo cuerpo, la nación única6. Una disputa que cuesta la vida a millones de hombres, que destruye pueblos y ciudades, que destroza monumentos, que asola campos y talleres, que exige la construcción de estas prisiones llamadas “fortalezas” y el mantenimiento de estos asesinos llamados “soldados”, tal disputa, cuando todos los hombres sean ciudadanos del mismo país, no costará dos hojas de papel o dos audiencias en el juzgado de paz. Los italianos de Génova hacen la guerra a los italianos de Venecia, pero los franceses de Nantes no tienen más que litigios con los franceses de Burdeos. No tendríamos nunca ninguna pelea sangrienta con Londres y La Haya, si Francia se extendiera hacia el norte tanto como hacia el sur de París. Reflexionad, lectores y oyentes. La diferencia misma de modificaciones constitucionales, de regímenes interiores es una fuente sangrienta de odios y rivalidades. Esparta y Atenas se detestaban tanto por las formas opuestas de sus gobiernos respectivos como por las pretensiones a la supremacía de Grecia. Nuestra Constitución tiene un lado débil, no hay que disimularlo: confiar a un solo hombre la dirección de nuestras fuerzas de tierra y mar y la vigilancia de nuestras plazas fronterizas y de nuestros puertos marítimos; hacemos que ese solo hombre tenga un gran parecido con los tiranos extranjeros que disponen de una soldadesca numerosa y aguerrida. Tenemos de qué temer cuando se dé una cierta combinación de circunstancias que pongan a la república en un peligro inminente. Los que proponen revisar el artículo sobre el príncipe, o primer funcionario, merecen ser escuchados, excepto en cuanto al aplazamiento de su proyecto de decreto, pues los principios eternos [no]7 deben ceder bajo el peso de la política diaria. Aprovechémonos de nuestro ascendiente sobre el espíritu de los pueblos fragmentados. Aprovechémonos de nuestra masa imponente y de nuestra situación geográfica en el centro de Europa, entre en océano y el Mediterráneo. Aprovechémonos de la universalidad de nuestra lengua y de la diversidad de las lenguas extranjeras, usadas por los franceses del Rin y del Escalda, de los Alpes y los Pirineos. Un idioma se propaga rápidamente; en cuanto César hubo conquistado la Galia, el latín se convirtió en la lengua de los galos; el griego no hizo progresos menos rápidos después de las victorias de Alejandro. Los portugueses no hicieron más que una aparición triunfal en las Indias, y su idioma es aún utilizado hoy en las costas de Malabar, de Coromandel, de Malaca y de Ceylán. San Luis o 6 Cuando publiqué el año pasado mi sistema de la nación única, me esperaba muchas objeciones a las que respondería de manera que dejaría contentos a todos los espíritus. La adopción que M. Volney ha hecho de él me parece muy estimable como para no agradecérselo públicamente. Mis principios políticos y religiosos, desarrollados en mi volumen contra Hertzberg y en mi libro sobre La certeza de las pruebas del mahometismo, se encuentran en la última producción de M. Volney tan formalmente congruentes con mi método y mi táctica que muchos hombres de letras, después de la lectura de Ruinas, me dicen: acabamos de leeros sin leeros [nota de Cloots]. 7 Parece que la lógica de la argumentación exigen añadir un “no” y pensar que ahí debe haber una errata. De lo contrario, esta frase no parecería tener sentido [nota del trad.].
12 Anacharsis Cloots Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 Luis IX, queriendo plantar la cruz sobre el sepulcro de un esenio, no dejó, como memorial de sus locas cruzadas, más que la lengua de su país y de su tiempo, cuyo uso, después de esta época, no se ha interrumpido en todos los puertos del Levante. La lengua del cuerpo diplomático y del mundo político se va a convertir sin cesar en la lengua del mundo comercial. Las escuelas francesas se multiplican en todas las villas del comercio, al ejemplo de todas las cortes de Europa. Un negociante de Ámsterdam o de Londres escribe en francés a sus interlocutores de Lisboa o Arcángel; recibe la respuesta en francés, de manera que mediante un solo empleado se tratan asuntos que habrían requerido diez hombres versados en lenguas. El interés general exige tomar una sola lengua como intérprete universal. Pues bien, el interés del género humano es más poderoso que Alejandro o César. No hay ni siquiera un purista al que no le deba gustar el nuevo orden de cosas, pues una de las grandes causas de la movilidad que podía experimentar nuestra lengua era que los cortesanos, los nobles y las gentes que viven noblemente, adoptaban con afectación una jerga de camarilla; parecía de buen tono abandonar los términos adoptados o creados por el pueblo. Ahora bien, como todo emana ordinariamente del soberano, en adelante será de buen tono respetar la majestad del pueblo: y la lengua francesa, la lengua universal, no se empobrecerá ya por los caprichos de la vanidad. Como el uso de la lengua francesa en los países extranjeros era la marca de una buena educación, se aprendía el francés por un espíritu de aristocracia; pero en adelante se aprenderá por un espíritu de democracia. Muchos alemanes y personas de otras regiones septentrionales hacen gala en su país de ignorar su lengua, para darse relieve en la sociedad elegante. Federico el Grande llevó la cosa tan lejos que se nos ponía un castigo en la escuela militar de Berlín cuando hablábamos el idioma del país. Yo no tenía muchos problemas, pues acababa de hacer mis humanidades en la universidad de París, además de que yo nunca he dominado mi lengua natal. Fue en los libros franceses en los que aprendí a leer, en el Catecismo histórico de Fleury y en la Historia de la barba azul. Y al salir de la casa paterna, a la edad de nueve años, fui enviado a Bruselas, después a Mons y luego a París. Esta digresión biográfica no será completamente inútil para los que les gusta observar las cosas. Ellos encontrarán en eso más de una causa de la propagación rápida de la doctrina que predico para la salvación del género humano. Acojo con todo cuidado todas las objeciones contra mi sistema filantrópico, pero ninguna, hasta el presente, podría quebrantar el menor soporte de él. Se me ha querido objetar la diferencia de climas como un obstáculo para la libertad del globo terráqueo; pero la experiencia de Boston y de Charlestown, el patriotismo de los indios de Pondicherry, los africanos de la Isla Reunión, los americanos de Santo Domingo, la independencia de los negros en la montañas azules de Jamaica y en los espesos bosques de la Guayana, la voz de la Naturaleza que predica la libertad al iroqués y al samoyedo, todos los hechos históricos y todos los viajes filosóficos declaran a favor de nuestro instinto por la libertad. Sé que
13 La República Universal o requerimiento a los tiranicidas Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 muchos pueblos están muy embrutecidos, pero confiad en nuestra solicitud y el embrutecimiento desaparecerá de la faz humana. El hombre es naturalmente laborioso porque es por naturaleza avaro, codicioso y amante de sí mismo. Es siempre culpa del gobierno cuando una nación es perezosa y despreocupada. Cortad las ligaduras que me retienen y caminaré; abrid esta jaula y el pájaro se lanzará al aire. Para responder a los que me contestan insolentemente que los diversos pueblos no querrían formar una sola nación, les propongo hacer conmigo la vuelta al mundo y percibir el interés de cada población, pues toda base política debe estar fundada en el interés general. Consultemos primero a los holandeses si el ignominioso yugo anglo-prusiano les deja la facultad de hablar; este pueblo comerciante os dirá que su prosperidad llegaría al culmen si sus navíos pudieran entrar libremente en todos los puertos del mundo, si él se pudiera librar de la influencia de un vecino insensible y celoso y si pudiera preservarse de la calamidad periódica de las guerras navales y continentales, y de la calamidad perpetua de los ejércitos de tierra y mar. En efecto, cada pueblo está atento al vecino; se mantienen tropas fronterizas porque se desconfía de los vecinos. Sería lo mismo en cada familia; nuestras casas serían fortalezas si toda villa o todo cantón no estuviera sometido a una ley común. Eso forma parte del género humano, dividido en poblaciones, como de la anarquía feudal, que metamorfosea apacibles torreones en castillos fuertes, guaridas de ladrones y asesinos. Importa, pues, al propietario, al negociante, al habitante del pueblo y del campo, abolir la feudalidad universal, después de haber abolido la feudalidad interior o nacional. Consultad a los ingleses, escoceses e irlandeses; ellos querrán el mismo lenguaje que los holandeses, los alemanes y los rusos. El insular británico, que se cree superior en industria a todos los pueblos del continente, se apresurará a enviar diputados a la asamblea con sede en París, y antiguas reminiscencias le harán probar el placer secreto de barrer el nombre de Inglaterra, viendo a Francia sacrificando su bello nombre en el nombre de la fraternidad general. Brest y Portsmouth se extrañarán de encontrarse en el mismo país y ver cómo sus arsenales amenazantes se han convertido en almacenes para el comercio. Que se cese de proponernos la federación de pueblos; el ejemplo de los trece cantones, de las siete provincias, de los catorce estados militan contra este monstruoso sistema, y sus divisiones intestinas serían muchas más, más graves, más funestas, si el temor a las grandes potencias no contuviera sus envidias respectivas. Ya hay bastante con el egoísmo de los individuos como para que con el egoísmo de las comunidades se debilite todavía más el lazo social. El acero y el mármol son duros y pulidos sólo a causa de la tenuidad de sus partes integrantes: la verdadera legislación y la felicidad permanente serán el fruto de la unidad humana, de la tenuidad de las partes integrantes. Dos soles sobre el horizonte nos darían un falso día; dos soberanos sobre la tierra son tan absurdos como dos soles en el cielo. Franklin hubiera vivido diez años más, si hubiera podido dividir América como dividimos Francia; Hertzberg no habría puesto jamás el pie en
14 Anacharsis Cloots Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 Holanda si la federación de los siete soberanos no le hubiera dado un amplio campo para las intrigas diplomáticas; los peñascos de Suiza no hubieran sido regados en el siglo XVIII con la sangre de sus habitantes, si la diversidad de soberanos no hubiera mantenido allí principios mortíferos; Avignon y Carpentras no habrían renovado todos los horrores de la guerra ante nuestros ojos, si estos fértiles territorios hubieran sido incorporados a la república que les rodeaba. Insistir sobre la causa política de la desgracias o de la felicidad de los hombres es tanto más urgente cuanto que estamos en la víspera de grandes cambios y cuanto que una equivocada dirección de la Asamblea Nacional produciría consecuencias deplorables. Hemos renunciado a las conquistas hostiles, pero sería útil, loable e instructivo sacar un decreto por el que todo pueblo renunciase a toda agregación de otro pueblo. Esto evitaría los escollos de la ignorancia que no se figura la necesidad de una agregación individual. Dos pueblos, dos comunidades, al calor de un primer pacto, se imaginan que su amistad es inalterable. Pero ahí detrás está el filósofo que se apercibe de la fragilidad de estos nudos mal urdidos. El temor a un tercero prolonga el pacto; pero un día este tercero quisquilloso experimentará cambios que romperán las relaciones actuales. Y los pueblos, divididos por el espíritu de comunidad y entregados a la tiranía de las pasiones, echarán de menos la tiranía de los déspotas. Yo no quiero ni déspotas, ni pueblos y todos los que aprecien mis razonamientos tendrán la misma voluntad que yo; se colocarán bajo el estandarte del género humano, gritando con entusiasmo: una nación, una asamblea, un príncipe8. Pero, ¿cómo efectuar este plan utópico, que pensadores consistentes comparan con el sueño del abad de Saint-Pierre? Me gustaría, más bien, comparar la dieta de Ratisbona con nuestra Asamblea Nacional, la constitución germánica con la constitución francesa. Saint-Pierre invitaba a las potencias inconexas de Europa a formar un congreso extraño y ridículo, que habría dictado más frecuentemente la guerra que la paz; y yo propongo una nivelación absoluta, un cambio total de todas las barreras que dividen los intereses de la familia humana. Ya está bien con el choque necesario de individuos como para que tengamos que provocar el choque inútil de multitudes entre sí, de corporaciones que se hacen daño. Y no es poca la satisfacción con la que descubro en el sistema del equilibrio europeo una causa próxima de la realización de mis deseos. Este equilibrio no podría inclinarse un solo instante en favor de la libertad, sin que todos los tiranos sean aniquilados como por un rayo. Veamos así con vivo interés los progresos del republicanismo en Inglaterra. Los ingleses, liberados de su Cámara Alta, echarán una mirada sobre el continente; verán que Francia, por su posición geográfica, arrastra hacia sí al Ducado de Brabante, a Holanda, a Lieja, a Saboya y a todos los electorados vecinos del Rin y del Meno. Esta mirada aterradora para un déspota, se convierte en un espectáculo encantador para los hombres libres. Los ingleses, circunscritos en estrechos límites por el océano, calcularán sus intereses que, 8 La palabra “príncipe” está tomada aquí en su acepción filosófica [nota de Cloots].
15 La República Universal o requerimiento a los tiranicidas Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 de acuerdo con la moral, les harán adoptar la división departamental y el tener diputados en la asamblea que tiene su sede en París. Las antiguas rivalidades desaparecerán con las antiguas denominaciones y las antiguas demarcaciones. Y poco a poco, españoles, italianos, daneses, todos los pueblos liberados de sus cadenas por nuestro impulso, tendrán las mismas razones de imitar a los ribereños del Amstel, del Támesis y del Shannon. Todo el mundo se apresurará a unirse en una gran sociedad, para participar de sus beneficios, para gustar de sus delicias y para no probar una influencia desagradable. La economía será inmensa, los impuestos, pequeños y la felicidad, sin límites. Una población que se obstinase en hacer un grupo aparte, sería objeto de burla; su estupidez la cubriría de oprobio. Sucede con la libertad como con los cuatro elementos; busca el equilibrio y tiende a la reunión. La libertad, diga lo que quiera Montesquieu, es una planta que se aclimata en todos los sitios. Está expulsada hoy de Grecia, pero no espera más que una ocasión favorable para devolver los derechos del hombre y del ciudadano a los griegos vencidos y a los turcos vencedores. La más ligera sacudida introducirá la igualdad y la felicidad en la famosa tierra de estos dos pueblos esclavos. El filósofo, escrutando el corazón humano, quitará todas las llamas de la discordia; y ya que hemos visto cómo la diferencia de uniforme causa efusión de sangre en los ciudadanos, la diferencia política de naciones sirve, con mayor motivo, de vehículo para los altercados más sangrientos. Llega el día en que un decreto sobre la Familia universal no parecerá más sorprendente que el decreto sobre el color índigo y el botón amarillo de la guardia nacional de Francia. Recordemos los debates del senado romano cuando la toma de Veyes: se hizo la moción de dividir la república en dos senados, en dos gobiernos iguales; todo lo que se alegó contra esta moción insidiosa, que fue rechazada después de un examen maduro, serviría de fuerte apoyo a mi idea. Y todos los males que asaltaron al imperio romano, después de la fundación de Constantinopla y la aparición del águila de dos cabezas, serían aún argumentos de los que yo podría hacer uso. Pero a hombres esclarecidos por sus propios desastres, a hombres rendidos finalmente a sí mismos, a hombres que piden consejo libremente a su propio interés, a éstos es inútil mostrarles la sabiduría o la locura de los senados aristocráticos y de sus cortes despóticas. ¡Unidad, unidad! La naturaleza entera nos predica la unidad. Nuestros decretos constitucionales son aplicables tanto a los dos trópicos como a las dos zonas glaciales. No estableceremos la inquisición en Goa y en Lima con los portugueses y españoles; no introduciremos un monopolio odioso en Bengala y las Molucas con los ingleses y los holandeses. Pondremos el territorio de las dos Indias bajo el yugo de los Derechos del hombre: este yugo será más duradero que el de los monjes de Madrid y el de los traficantes de Liverpool; soy testigo del civismo de las guardias nacionales paganas y mahometanas de Pondicherry y Chandernagore. Que cada uno cultive su campo a su manera; que cada uno practique el culto que le plazca; la ley general protegerá a todos los cultos y a todas las culturas.
16 Anacharsis Cloots Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 Todo lo que no daña a la sociedad tendrá su pleno desarrollo. La mayoría de egoístas filántropos prevalecerá sobre la minoría de egoístas misántropos. El género humano será siempre máximamente poderoso contra los enemigos de la humanidad, contra los partidarios de la esclavitud, contra los sofistas que no conciben cómo la Constitución francesa podría ser la felicidad de aquellos que se acuestan en las antípodas, mientras que lo es de los que se levantan en nuestro hemisferio. Estos sofistas se atrincheran detrás de la aristocracia epidérmica de las Islas de Azúcar y detrás de la aristocracia de los polígamos orientales: ¡como si la servidumbre pudiera subsistir en América después de la caída de los tiranos africanos! ¡Cómo si la poligamia pudiera subsistir con la libertad nacional! ¿Acaso nueve hombres libres se consagrarían al celibato y a la castración, mientras dejarían a un solo hombre languidecer con diez mujeres desgraciadas? Hay que tener desprecio a los razonadores perversos o estúpidos que se atreven todavía a negar la posibilidad del establecimiento universal de los Derechos del hombre: derechos sagrados que reemplazarán a la tiranía universal y que repararán los males de todas las instituciones bárbaras. Y cualquier pueblo salvaje o embrutecido que, desconociendo su propio interés, no quisiera incorporarse a la familia soberana, no por ello sentiría menos su benigna influencia mediante las luces de la razón que esparciríamos sobre él, para su inminente civilización y su felicidad permanente. La diferencia de monedas no impide a Europa comerciar con la India; la diferencia de hábitos no impide que el hombre pruebe, o sea susceptible de probar, las mismas sensaciones por todas partes. La razón es tan poderosa que hemos visto cómo una nación entera renunciaba a las pretensiones de la religión dominante, es decir, a la dominación de los sacerdotes, para dejar que las diferentes religiones tengan la plenitud de los derechos del ciudadano. La libertad religiosa allanó grandes obstáculos, llevó a todos los hombres ante el tribunal de la conciencia. A partir de ahora se ocuparán más de los asuntos de aquí abajo que de los de allí arriba, si es que hay un arriba y un abajo. El incrédulo que niegue la existencia de Dios será escuchado tan apaciblemente como el hombre sencillo que juré por el Corán o por el Avesta. Se hablará de Dios para diversificar la conversación más que para aumentar los dogmas. Sostendré, por ejemplo, que el mundo no ha sido creado y que no hay otra cosa eterna que el mundo. Un amigo se divertirá en preguntarme cómo me escaparía de los problemas de la progresión al infinito y de las causas finales: ¿el huevo es antes que la gallina o la gallina, antes que el huevo? ¿Tenemos dientes para masticar o masticamos porque tenemos dientes? Me pararía con mucho gusto ante esas demandas, si, al admitir la eternidad de Dios, no se presentasen las mismas dificultades. Yo me preguntaría, a mi vez, si lo que llamamos tiempo no es una ilusión, una vana apariencia; si Dios ha tenido un primer pensamiento, un segundo pensamiento, si ha pensado en el huevo antes de pensar en la gallina, o viceversa. Esto vale para la progresión al infinito. En cuanto a las causas finales, no es más extraño encontrarlas en la Naturaleza eterna que en la divinidad eterna. Una Naturaleza así sería un fenómeno sorprendente, lo confieso; pero vuestro Dios invisible, indefinible, sería un fenómeno aún menos
17 La República Universal o requerimiento a los tiranicidas Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 comprensible. Queréis explicar una maravilla mediante otra maravilla. Es claro que añadiendo un incomprensible Theos a un incomprensible Cosmos, vosotros redobláis la dificultad, en vez de resolverla. Yo me limito a lo que oímos, a lo que palpamos, sin buscar tres pies al gato. Voy a remontarme a la fuente de todas las cuestiones insolubles: ¿por qué existe algo?; ¿por qué existe vuestro, así llamado, Dios?; ¿por qué el muy real universo existe? No lo sabemos, pero la nada absoluta tampoco se puede concebir. Me parece que el espacio existe necesariamente. Ahora bien, si algo existe necesariamente, no cuesta más admitir el contenido que el continente. Dejemos, pues, a los soles y a los innumerables planetas girar eternamente en el vacío. Los teístas pretenden con Platón que el mundo, el mejor de los mundos posibles, preexistía desde toda la eternidad en el entendimiento de Dios. Estamos totalmente de acuerdo en esa existencia eterna que comprende el encadenamiento de todos los fenómenos físicos, el progreso al infinito y las causas finales: no diferimos más que en la admisión de un modelo divino tan inútil como quimérico. Multiplicar los entes sin necesidad es chocar contra las primeras nociones de la filosofía: así pues, los ateos tienen razón frente a los teístas. La vana curiosidad de los metafísicos y el furioso despotismo de los teólogos han convertido en oscuras las más lúcidas nociones de nuestro entendimiento. Se ha sustituido las leyes generales e inmutables de la Naturaleza por las leyes particulares y vacilantes del hombre. Las modificaciones vegetales o animales que llamamos “nacimiento” y “muerte” nos han hecho suponer un comienzo y un fin en el todo, aunque pensemos que nada se aniquila en el universo. Las formas cambian, los elementos se combinan y se descomponen, pero las leyes son eternas. El punto central puede desplazarse, pero el centro de gravitación es invariable. Todos los planetas y satélites de nuestra pequeña esfera podrían caer en el disco del sol sin que ninguna ley natural fuera contravenida, sin que nada saliera del círculo inconmensurable de combinaciones y modificaciones. Diez o doce globos astronómicos son imperceptibles en la multitud infinita de sistemas solares que circulan en la inmensidad. Diez o doce granos de arena, de más o de menos sobre las orillas del océano, no turbarán la marcha regular de las mareas y los vientos alisios. Si es posible que un cometa con un golpe de su cola aniquile a toda la especie humana, será también posible que otro cuerpo celeste aporte sobre la tierra una nueva colonia de hombres; a menos que, por un fenómeno inconcebible, la simiente animal no produjera animales espontáneamente, como la simiente vegetal produce vegetales. Verdaderamente los cometas y los planetas están sometidos a las leyes comunes que los preservan de todo contacto o vecindad peligrosa. Por lo demás, todo esto no debe inquietar a individuos que aparecen y desaparecen de la noche a la mañana, y cuya reaparición o recomposición vital es, si no imposible, al menos muy poco probable. No podemos dudar de que el sistema de los teístas reposa sobre una petición de principio: “toda obra, dicen (anotad la frase “toda obra”), que nos muestra medios y un fin, anuncia un obrero; así pues, este universo compuesto
24 Anacharsis Cloots Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 vigorosamente expresado, producirá siempre una ventaja. Se me concederá, si no la república del mundo, al menos la de Europa, al menos la de Galia, hasta la desembocadura del Rin y hasta la cima de los Alpes: este sistema desechará toda idea de desmembramiento de Francia, de federación departamental. Los que me den toda Galia, sentirán, a renglón seguido, que será preciso concederme toda Europa, todo nuestro hemisferio, todo el mapamundi. Y si se me pregunta “¿por qué esto?”, yo responderé que no se me ha leído con atención. Muchos escritores políticos han presentado proyectos de paz perpetua, de confederación de estados y naciones, pero ningún hombre se ha elevado al verdadero principio de la unidad soberana, de la confederación individual. ¡Cuántos falsos razonamientos no se ahorraría la Asamblea Nacional, si se pusiera por base de todas las deliberaciones diplomáticas que el soberano es único, como el género humano! Nuestras conquistas rápidas serían cada día una nueva aplicación de la Declaración de los derechos del hombre: conquistas donde no habría más vencidos que los tiranos, ni más vencedores que la libertad. Autores ingleses han propuesto a Europa una organización americana; pero esta medida es un monstruo al lado de mi sistema, fundado sobre la naturaleza humana, sobre el juego y el choque de nuestras pasiones. La unión de pueblos, de seres morales, es tan frágil en política cuanto la unión de individuos, seres físicos, es sólida. La ley es todopoderosa con mi régimen, ella es muy precaria bajo cualquier otro régimen. ¿Queréis un índice de la bondad de mis principios? Mirad cómo todos los ciudadanos del mundo los adoptan con respeto y cómo todos los aristócratas del mundo los rechazan con desdén. Esto es leche para los amantes de la libertad y veneno para los que promocionan la tiranía. O la libertad constitucional es una quimera, o cada individuo es tan libre en la frontera más lejana como en el centro del imperio. Los reyes europeos se dirigen a todos los curanderos de la diplomacia para saber qué partido tomar en las coyuntura actual. Se reúnen consejos y se opina con gravedad, pero el abismo sin fondo se hace más grande diariamente. Sobre todo, es Leopoldo el que parece el más inquieto, pues los Países Bajos y Brisgovia, el Milanesado y la Toscana se le escaparán en breve. Pero él podría compensarse mediante una marcha grande y magnánima, organizando sus posesiones en el Danubio, a semejanza de Francia. Esta regeneración haría caer el cetro de todos los déspotas de Alemania. Los germanos libres se juntarían a los franceses libres para decidir los agradecimientos y las recompensas a dar a un Leopoldo liberador. La entrada triunfante en París de este héroe del civismo haría un contraste sublime con la entrada ignominiosa de los héroes de la perfidia. Si Leopoldo conociera la fuerza del torrente que arrastrará a todas las coronas a la profundidad de los abismos, si el emperador quisiera acabar su carrera apaciblemente y gloriosamente, seguiría mi consejo y probaría mis principios, y su corazón inflamado por la felicidad de la humanidad votaría por la manifestación del soberano único. Leopoldo, ricamente gratificado por la Asamblea Nacional, viviría tranquilo y feliz en la capital del mundo; se sentaría entre los legisladores
25 La República Universal o requerimiento a los tiranicidas Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 del mundo y diría a los amigos de la constitución que la felicidad real de los reyes consiste en descender voluntariamente de un trono titubeante. ¡Ojalá estuviera yo en el lugar de Leopoldo! El universo sería libre mañana sin verter una sola gota de sangre. ¡Cómo bendeciría a la villa de París por haber dado el primer impulso para hacer que las cortes se tambaleen! Este hogar de las luces [de la razón], este centro de la unidad republicana se hará de día en día más resplandeciente. Es propio de la naturaleza humana amar la sociedad, y cuanto más numerosa es la reunión de hombres, más numerosos y más variados serán sus encantos. La multitud atrae a la multitud y los desiertos rechazan a los hombres. Es esencial para la armonía universal tener una capital común, donde todas las luces divergentes vienen a enmendarse, donde todos los caracteres vienen a coordinarse, donde todos los gustos vienen a depurarse, donde todos los prejuicios vienen a fracasar, donde todos los egoísmos vienen a ser triturados y a fundirse en el interés del género humano. Es aquí donde el hombre de un departamento se convierte en hombre de Francia y donde un hombre de Francia se convierte en un hombre del universo. Yo había predicho a los partidarios de una cámara alta que París serviría para ello y cada día mi predicción se confirma. Los poderes de esta gran cámara emanan de la autoridad de las luces [de la razón], combinada con la fuerza y la justicia, combinación cuya autoridad es todopoderosa para los amigos del orden y de la libertad. La fuerza sola es inexistente en un país libre, la justicia sola es insuficiente en un país libre. Su reunión, fruto de la sana filosofía, debe necesariamente agrupar a todos los pueblos y a todas las familias bajo el mismo estandarte. La opinión de París será constantemente el intérprete del interés nacional, pues la capital del imperio no podría no tener en cuenta ninguna parte del imperio. Un miembro no podría sufrir sin que la cabeza no se resintiera; pero los diferentes miembros ignoran las relaciones que les unen entre sí. Y si La Rochelle se queja ciegamente de Nantes, Lyon lo hace con respecto a Avignon, y Tolosa con respecto a Marsella, es en París donde estas disputas locales son examinadas fríamente, de acuerdo con el criterio de la prosperidad general. París es, por la naturaleza de las cosas, una asamblea nacional; y la asamblea constitucional es un producto legítimo que debemos al vigor físico y moral de París en los brazos de Francia. Nuestra vasta capital y nuestro cuerpo legislativo son de tal modo inseparables que si este último fuera a tener sede en otro sitio, sería preciso que Francia pereciera o que la capital viajase detrás de la asamblea. Cada diputado llega a París con los intereses y los prejuicios de su distrito, pero no tarda en ser rodeado de cinco o seis hombres clarividentes, cuyo provecho será menos directo para su distrito, pero más seguro, y no dañará el bienestar de la república entera. Y así es como una asamblea de 750 miembros en París equivale a una asamblea de muchos millares de representantes útiles. París en bloque tiene un tacto cuya finura esclarece las conveniencias y las ventajas respectivas de todos los puntos del imperio, pues la capital es el extracto y el resumen del imperio. Apostaría a que cada departamento nutre a la población de París en razón de sus medios en hombres y riquezas: la representación natural es probablemente tan exacta como
26 Anacharsis Cloots Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 los representantes elegidos. Un cuadro representativo de los apellidos, según mi idea, sería tan curioso como nuevo; se sumaría a los sentimientos de amor y fraternidad que todo francés y todo hombre siente por la villa por excelencia, por un Argos incorruptible, sin miedo y sin reproche, cuya vista penetrante atraviesa los límites que separan a Francia del resto de Europa. Una capital inmensamente poblada e inmensamente sabia es de tal modo necesaria para el mantenimiento de nuestra constitución, que los americanos, con sus trece raquíticas capitales, no se han atrevido a establecer la cámara única. En efecto, las objeciones del célebre Adams quedan sin repuesta en un país donde la libertad de imprenta deviene nula o peligrosa, pues le falta una inmensa ciudad que sirva de salvaguardia a los escritores que combaten a los hombres del lugar y a los errores populares. Enfrentarse a la opinión del señor alcalde, del señor cura o del señor “importante” es, en una pequeña villa, arriesgarse a hacerse lapidar por las personas notables, que uno se encuentra diariamente en la calle o en sociedad. La gente aúlla con los “lobos” por temor o por condescendencia. La nación sacrificada en un pequeño pueblo sería la primera víctima de su propia ceguera y de su miserable aislamiento. El filósofo que renunciase a su bautismo en París tendría el problema de ir a misa en provincias; el republicano que critica con dureza a la realeza en París tendría que hacer cumplidos al ir a las provincias: las locuras religiosas y políticas se perpetuarían y se agravarían, en detrimento de la especie humana. No se es verdaderamente libre más que en París, cuyo ejemplo anima a las provincias y cuyos escritos vehementes se imponen a los funcionarios de todo el imperio. París es el Vaticano de la razón; sus rayos alcanzan a los perversos en toda la circunferencia del reino. Las imprentas de las diócesis que rodean a Roma no expandirían más que oráculos impostores, si el gran oráculo de París no hiciera rodar sus prensas independientes9. Adams ha tomado conciencia de 9 Un solo empresario tipográfico, un hombre ávido y sin pudor, como Panckoucke, se apoderaría de todos los diarios de una pequeña villa. Este Jano, ya desenmascarado por un escritor patriota, ejercería una tiranía muda, un veto despótico, amenazando a sus muy humildes trabajadores con ponerles en la puerta si se atrevieran a insertar en un Moniteur, en un Mercure o en una Gazette de France un artículo de ese escritor que habría denunciado las dos caras del editor-acaparador. Yo cuento aquí mi propia historia, pues el pobre M. Marsilli ha sido amenazado por el insolente Panckoucke con ser arrojado de la oficina de la Gazette, llamada Nationale, si él se atreviese a acoger cualquier artículo de Anacharsis Cloots en el Moniteur o Monitoire. Mi nombre provoca crispaciones y humillantes remordimientos al manipulador enciclopédico y al Briarée periodista. Así se ahoga el civismo y se obstruyen los canales de la opinión pública, sin tener que recurrir al oro del poder ejecutivo, si no fuera porque la inmensidad de París se opone al privilegio exclusivo que un Panckoucke ejercería sin falta en una capital mediocre. No habría siquiera un medio de rechazar las inculpaciones de las que los patriotas serían acusados por los malos ciudadanos. Así el Moniteur no tuvo escrúpulo en publicar una maldad contra mí, a la que tuve que responder en otros diarios, pues el periódico de Panckoucke, contra todo derecho de gentes, no quiso saber nada de mi respuesta. De ello no echo la culpa a M. Marsilli, al que compadezco, ni tampoco a su maestro, al que desprecio. Hace falta que todo el mundo viva: y el ridículo veto del tonto Panckoucke arroja una nueva capa de tinieblas sobre su doble máscara. El gran París es el remedio de este gran mal. Nuestra Atenas tiene sus cloacas y sus Mallet-du-Pan [periodista que se pasó a los intereses realistas – nota del trad.-]. Este último se presta a los lodos y las inmundicias de las editoriales aristocráticas: así el nombre del mal periodista del Mercure es inseparable del epíteto de “infame” [nota de Cloots].
27 La República Universal o requerimiento a los tiranicidas Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 que la perfección representativa sería una quimera funesta en los Estados de la América federal. Y yo confieso que nuestra cámara única, transportada a Bourges, se transformaría en una tela de Penélope y en una caja de Pandora; Francia se convertiría en algo tan anárquico y despreciable como ya antiguamente lo fue bajo el reino del rey de Bourges. Los periodistas que caen de buena fe en el error ya conocido de los Maury y de los Malouet, son dignos de llevar los blasones de Bourges. Así pues, a los anarquistas, a los que defienden dos cámaras y a los anglófilos, yo les opondría París, y los refutaría completamente. La belleza de nuestra cámara legislativa sería aún más resplandeciente, si una corte real, hereditariamente inútil y dañina, no la forzase a inmiscuirse cuidadosamente, pero de manera contraria a la buena política, en las operaciones del poder ejecutivo. París, no siendo rica más que por la riqueza nacional y no siendo grande más que por la grandeza nacional, está interesada en los progresos de la agricultura y el comercio, de las artes y las ciencias, de la población y de la Ilustración, y por tanto en la perpetuación de una constitución que invierte todas las barreras feudales, que rompe todas las trabas de mano de obra, que anima a todos los obreros inteligentes. París, bajo el antiguo régimen, era el receptáculo de un mundo de criados insolente y estéril y de una nobleza voraz y en quiebra. París, bajo el nuevo régimen, será el taller de todos los talentos superiores y el almacén de las mercancías más preciosas. Nuestros aldeanos, más numerosos y más ricos, tendrán mejores alojamientos, tendrán mejores muebles y estarán mejor vestidos. Proporcionarán más materia a nuestras fábricas. El oro y la fuerza del campo abundarán juntamente con los comestibles y las materias primas, dentro de una tendencia dulce y vivificante, en todos nuestros pueblos. Y esta mejora universal será sobre todo en provecho del vasto encuentro de los hombres industriosos, ingeniosos, opulentos y libres. He probado, antes de la revolución, en mis Voeux d’un Gallophile, que una nación cuya capital es pequeña, necesariamente es una nación pequeña. Este termómetro es mucho más seguro desde que la capital del rey de Francia se ha convertido en la capital de los franceses. Si París fue brillante a pesar de la miseria del reino, ¿qué no llegará a ser con la buena salud de la república? El engrandecimiento de París cavará la tumba del despotismo y creará la cuna de la libertad. El deseo de todos los ciudadanos y de todos los sabios será unánime para la prosperidad de una capital que sirve de muralla contra la tiranía y la anarquía, y que aumenta la suma de riquezas y de conocimientos mediante una actividad prodigiosa, cuyas influencias benignas experimentan todos los cantones del imperio. La política y la sensatez de un estado son el resultado de intereses dispersos y discordantes, locales e individuales, en las numerosas secciones del imperio; todos estos intereses culminan directamente en la capital, como los rayos de un círculo confluyen en el centro desde todos los puntos de la circunferencia. Si colocáis vuestro compás en uno de los rayos, describiréis una línea que cruzará y será contraria a todas las otras. Pero para conciliar todos los intereses, fijad vuestro compás en el punto de contacto universal. Es en París donde se descubre el vasto horizonte de Francia: un orador de provincias experimenta una revolución
28 Anacharsis Cloots Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 salvadora en sus ideas políticas, al subir a la tribuna luteciana. París, situado en el centro de los climas, será el laboratorio y el crisol del espíritu humano. La gloria y los trabajos de la villa del genio, de las artes y de las gracias, serán la gloria y el provecho del ciudadano que cultiva su patrimonio en las antípodas. La paz, la Ilustración y las obras maestras serán el beneficio habitual que los hombres sacarán de la ciudad central de los hombres: lo sobrante de las riquezas del mundo allí vivificará todas las industrias. Esto sobrante es el patrimonio del gran depósito nacional, de la sede de los placeres y las ciencias, y, finalmente, de una soberbia metrópolis que se convertirá en más magnífica aún por la libertad conquistada. La inclinación natural que lleva las aguas del Pactolo a París debería imponer silencio a los amigos de la lista civil, que quieren persuadir a los parisinos de que todo estaría perdido sin el fasto de la corte real. Veamos mi dilema: o estos veinticinco millones de monedas agotan a los contribuyentes o este impuesto no les es oneroso. En el primer caso, la miseria del imperio dañará necesariamente a la opulencia de la capital; en el caso opuesto, lo sobrante del imperio llegará a la capital por un canal más directo y más seguro que el de una corte errática, caprichosa y corruptora. Lo sobrante de los franceses pertenecerá siempre a la villa de los franceses. Todos los hombres quieren gozar y cuanto más rica y educada sea Francia, sus habitantes serán más atraídos al centro universal de disfrutes físicos y morales. La lista civil extiende su oro abominable más bien a la lejana frontera que al medio del imperio, más bien fuera del reino que dentro. Los Bouillé, los Rohan y los Lambesc se aprovechan de ello más que los Houdon y los David. París está tan bien situada y sus circunstancias topográficas y políticas la envuelven tan favorablemente, que sus pórticos, sus columnatas, sus galerías, sus jardines, sus espectáculos y sus embellecimientos serán fuentes de riquezas para la nación libre y sabia que se glorifica de la magnificencia de su Jerusalén, de su Atenas, de su Roma. Un millón de escudos en las manos de los artistas parisinos reporta a la nación un millón de luises de oro. Un Louvre acabado, un liceo alentado, un museo apoyado, una ópera construida, calles limpiadas por arroyos de agua límpida, pasajes abiertos a las gentes de a pie, mojones o aceras opuestas a los coches; estos gastos, productivos y atractivos, establecerán entre nosotros a una multitud de extranjeros que, por gusto o por economía, por modestia o por hábito, no se preocupan por ir pomposamente en carroza. ¿Se quiere un ejemplo de la utilidad y de lo productivo de los trabajos públicos en París? Mirad como el bello puente de Luis XVI aumenta el valor de los terrenos que lo rodean. Escuchad a los expertos en bienes nacionales y os dirán que la abadía de Saint Germain, que está al final de la calle de Petits-Augustines, se vendería a un precio tremendo, igual que los conventos vecinos, si un puente sobre el Sena acercase a esta calle un cuarto de legua al Palacio Real, por una línea recta por la calle Fromanteau. Los que compiten por la medalla propuesta por la municipalidad harán, espero, una larga enumeración de cosas de este tipo. ¡Feliz la ciudad cuyos gastos más suntuosos son las inversiones más productivas!
29 La República Universal o requerimiento a los tiranicidas Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 He dicho frecuentemente, y me agrada repetirlo, que los hombres aislados son bestias y los hombres juntos son dioses. Diez mil pequeñas villas dispersas son casi nada para la filosofía y las ciencias; juntadlas en una sola ciudad y os quedaréis estupefactos por el resultado. Si la capital de los franceses nos maravilla por su genio, ¿qué no llegará a ser cuando se convierta en la capital de los seres humanos? Que cada individuo fije su mirada sobre los temas que presento al examen de los pensadores, y el ardor de mi impaciencia se extenderá rápidamente. El público de las cuatro partes del mundo tendrá la misma voluntad que me empuja hacia la culminación de nuestra revolución bienhechora. La verdad desgarrará todos los velos y derribará todos los bastiones. Se acerca el tiempo en que Francia, gozando de toda su preponderancia, forzará a los déspotas vecinos a respetar el celo de nuestros viajeros que cantarán nuestra sublime constitución. Un ciudadano francés será considerado en los extremos de la tierra como antiguamente lo era un ciudadano romano. ¡Maldito el tirano que insulte a un hombre libre! Será la señal de la venganza de los pueblos. Entonces los ciudadanos franceses se convertirán en ciudadanos del mundo entero: entonces el Orador del género humano habrá reconquistado su hogar y sus penates. Mi sistema es tan claro, tan simple, tan bello, tan congruente con la naturaleza humana, cuyas pasiones ya no asolarán al mundo, cuando sean controladas por una fuerza mayor; este sistema nos es demasiado favorable como para no encontrar viles adversarios en los enemigos de la paz y de la felicidad del hombre. Yo veo, decía Voltaire, que se ha hecho muy bien en suponer que la Trinidad no compone más que un solo Dios, pues si ella tuviera tres, ellos se habrían cortado el cuello por algunas querellas sin importancia. Voltaire no hubiera dejado de aprobar mi apostolado. Estudiad la historia del corazón y veréis que todas las guerras y todos los desastres morales provienen de que se ha despreciado el principio salvador de la unidad soberana del género humano. Soy asaltado por los mismos hombres y los mismos sofistas que la Asamblea Constituyente encontró en su camino, en la división del reino y en la regeneración de Francia. Si este asalto no me es agradable, al menos es un buen augurio. Examinad todas las turbulencias y todas las dificultades que experimentamos ahora y os convenceréis de que la constitución francesa es incompatible con el desmembramiento del género humano. La filantropía refutará a la aristocracia haciendo recular a todas las fronteras nacionales hasta los límites invariables del mundo. Tendré contra mí a las gentes que tienen posición y a los aspirantes a ella, pero el pueblo es más poderoso que los individuos y los cuerpos sociales. Un soplo ha hecho desaparecer las corporaciones particulares y otro soplo hará desaparecer los cuerpos nacionales. ¿En qué se convertirán las oficinas de la marina, de la guerra, de las colonias, de los asuntos extranjeros? Con mi dichosa nación única ni siquiera queda un ministro de finanzas al que no hubiera que despedir. Lo confieso: eso es, sin duda, una desgracia, pero de la que los contribuyentes se consolarán fácilmente. La tesorería nacional no dará más inquietudes al público; nadie cogerá de ella nada impunemente, pues los impuestos serán casi nulos y
30 Anacharsis Cloots Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 33. Primer semestre de 2015. Pp. 9-30. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i33.01 cada departamento se hará cargo de sus caminos, sus hospitales, sus tribunales, sus talleres, de manera que el gasto común se reducirá al salario del cuerpo legislativo, del gobierno supremo y de la administración general. Este gobierno fraternal no será más que una vasta oficina central de correspondencia para avisar oficialmente a los cosmopolitas de todos los acontecimientos que hay que saber. Ningún ambicioso se atreverá a levantar la cabeza delante de este Argos vigilante: cuanto más grande es una nación, más pequeños son los individuos. La unidad nacional desterrará todas las calamidades morales. Ninguna sección de mi república sufrirá la inclemencia de las estaciones, pues la comunidad entera colmará el déficit local de la cosecha o de la vendimia. Todos los ciudadanos estarán armados, pero sus maniobras militares no serán otra cosa que fiestas campestres. La edad de oro volverá cuando el soberano reine, cuando el error y la tiranía no desmiembren ya los dominios del soberano universal. Hombre de todos los climas, una verdad-madre debe estar continuamente presente en tu espíritu: que la revolución de Francia es el comienzo de la revolución del mundo. Mientras que tengamos vecinos, ejércitos y fortalezas, nuestra existencia será precaria e insegura y experimentaremos violentas tormentas. Hijos generosos y bravos de la Naturaleza liberal, pensad que el fin de nuestra asociación se reduce simplemente a la conservación individual y común de la libertad, de la propiedad y de la seguridad. Romped los moldes de la tiranía, devolved al soberano único su dignidad originaria y aseguraréis para siempre la felicidad de Francia y del Universo.