La Escuela Superior de Bellas Artes y Don José Hernández Díaz
Abstract
Homenaje a Don José Hernández Díaz, con especial atención a sus actividades relacionadas con la Escuela Superior de Bellas Artes.
Full text
LA ESCUELA SUPERIOR DE BELLAS ARTES Y DON JOSÉ HERNÁNDEZ DÍAZ Juan Cordero Ruíz
141 Excmo. Sr. Presidente limos. Sres. Académicos Familiares y amigos de D. José Hernández Díaz Sras. y Sres.: Cualquiera de mis compañeros de Corporación tiene iguales o mayo res motivos para ocupar esta tribuna, y ser portavoz del sentir unánime de respeto, admiración, cariño y también -hoy- dolor, que nos produce la evocación de nuestro Presidente de Honor, Excmo. Sr. D. José Hernández Díaz. Creo, sinceramente, que cualquiera de los presentes podría glosar con mayor acierto y más bello decir, las muchas galas que adornaban a D. José. Pero ya que ha sido designado por vuestra benevolencia, quiero corresponder lleno de orgullo y emoción; porque si en el bien decir me adelantan todos, muy pocos me ganarán en los profundos sentimientos de agradecimiento, admira ción y amor casi filial, que profesé a nuestro querido Presidente. El lo sabía, y me cabe el honor de haber sido correspondido con pruebas concretas y con formas inefables; pues, sin palabras, en el campo de los sentimientos hay siempre un eco, como una corriente de misteriosa reciprocidad. Permítanme que al hablar de D. José lo haga con descarado egotismo; pero es que no podría exponer rasgos de su personalidad sin arrancarlos de mi propia biografía. Soy consciente de esta dependencia, y, que en ocasiones, nuestros pensamientos y acciones tienen la subliminal autoría de nuestros mejores maestros. Pienso que pocos de quienes lo tratamos pudimos escapar de esa influencia benéfica que irradiaba su poderosa personalidad.
142 JUAN CORDERO RUÍZ En el año 1947 -ya ha pasado medio siglorecibí las primeras lecciones de D. José. Pero ya sabía de él, porque su fama le precedía. Antes de ese año que fui su alumno, tuve eco de sus saberes en mi Lebrija natal. Fueron mis paisanos seminaristas (que por aquellos años Lebrija solía mantener en el Seminario no menos de veinte estudiantes) quienes, sabiendo mi incipiente vocación artística, se deshacían en elogios, provocando mi envidia al hablarme del sabio e insólito seglar que les enseñaba a conocer el deslumbrante mundo del arte. Más tarde, supe por su propia voz, con cuánta ilusión y orgullo, este insólito Profesor, impartió aquellas clases. Desde el principio fue consciente de la enorme trascendencia y repercusión que tendrían aquellas lecciones en los jóvenes sacerdotes, a los que abría horizontes de insospechada sensibili dad y los convertía en celosos guardianes del gran patrimonio artístico que atesora la iglesia diocesana de Sevilla. Esta labor, todavía poco valorada, fue una de las más eficaces y originales aportaciones al arte de nuestro maestro, quien tuvo que vencer no pocas dificultades para alcanzar la confianza del inflexible y conservador Cardenal Segura. Fue este inflexible e intolerante Cardenal quien me privó, comenzado mi primer curso en la Escuela Superior de Bellas Artes, de aquel magnífico profesor de «Liturgia Cristiana», el presbítero D. Andrés Avelino Esteban Romero. Los renglones torcidos de Dios, convirtieron el traumático abando no del Profesor, en las mejores e irrepetibles clases de «Liturgia Cristiana y Arte Sacro» que se han dado en Bellas Artes. Fue el propio D. José Hernández Díaz quien , de un día para otro, se hizo cargo de tan específica docencia. Ignoro de dónde sacó tanto saber, ignoro el esfuerzo que pudo costarle la preparación de las clases, ignoro si seguía un plan previsto o si improvisaba y creaba cada día la asignatura... lo que sí sé es que cada día se realizaba un gozoso milagro que nos transformaba, por el que nos infundía un espíritu desconocido. También él se ensimismaba en su propio discurso, que siempre rebasaba el tiempo asignado, pero que a nadie le importaba su duración. Dos cursos más tarde volvió con su asignatura de «Historia del Arte», pero ya mi vinculación con el maestro estaba sellada para siempre. Desde tan temprana época D. José me regaló su confianza: me gestionó año tras año, las más sustanciosas becas que me permitieron seguir estudian do; me proporcionó clases particulares a ciertos nobles sevillanos para incrementar mis ingresos y, también, mis relaciones sociales; por su interme LA ESCUELA SUPERIOR DE BELLAS ARTES Y DON JOSÉ HERNÁNDEZ DÍAZ 143 dio tuve premios y vendí cuadros; me confió la presentaión de su «Memoria Pedagógica y Programas» de sus oposiciones a «Cátedra»; me adiestraba los sábados para que el domingo sirviese de guía informal a sus alumnos de la Facultad de Historia en la Catedral, en iglesis y conventos, donde las prohibiciones del mencionado Cardenal hispalense, coartaba sus visitas pedagógicas. Muchas pruebas de su generosidad jalonaron esta etapa entre profesor y alumno que se prolongaron toda su vida. Al terminar mis estudios en junio de 1952, obtuve la plaza de Profesor Titular del Instituto de Lebrija. Se lo comenté en un encuentro casual en el mes de agosto, porque creí, con ello, darle una satisfacción. Su reacción fue desconcertante: me riñó, casi furioso, como un padre puede hacerlo a un hijo díscolo y desobediente. -«¿Pero cómo se va a encerrar Vd. en Lebrija, aunque sea su pueblo?» Me encerré... -«Haga la beca de Roma.» No la hice... -«¿Le interesa a Vd. París?» No... -Venga en septiembre a la Escuela para firmar un contrato de Profesor de Pintura Interino.» No fui. Pero mi gratitud siguió en aumento en la distancia y en el tiempo. Cuento estas relaciones personales porque rebasan la simple anécdota privada y adquieren categoría universal del carácter excepcional de D. José. Reflejan su entrega personal y su apoyo sin reservas a lo que creía justo, y se volcaba por entero, aunque no obtuviese respuesta ni reconocimiento, incluso ingratitud. Sé también, que no fui el único que se benefició con su singular calidad de maestro y su gigantesca humanidad. Lo cuento porque, como en un espejo, muchos se verán reflejados en acciones parecidas. Quiero decir que, a pesar de tanta preocupación por mi modesta persona, no fue una excepción en sus desvelos por las bellas artes y cuantos con ellas se relacionan. Y o mismo podría citar centenares de casos de compañeros por los que se desvivía, resolviéndole no sólo problemas artísticos y académicos, sino cuestiones personales, familiares, humanas y cristianas. No se olviden, quienes escriban su biografía, esta faceta de D. José, que va más allá de la pura filantropía, para encuadrarse en la más grande y perdurable de las virtudes cristianas, la caridad. Porque es, solamente, desde
144 JUAN CORDERO RUÍZ el enfoque de auténtico cristiano que le dió D. José a toda su vida, desde donde es comprensible y coherente su biografía. Es, por ello, que lo más acertado que se puede decir de este hombre singular, lo resume una frase evangélica: «pasó haciendo el bien». Una segunda etapa, que descubre otra faceta de este hombre singular se produce unos años más tarde. Y a era yo profesor de la Universidad Laboral y de la Escuela Superior de Arquitectura de Sevilla, cuando me llama para que me hiciera cargo de la asignatura de «Dibujo Geométrico y Proyecciones» en la Escuela de Bellas Artes. Esta vez sí acepté ilusionado. Más tarde se convoca esta cátedra a oposición en la Escuela de Madrid. Nada le dije a D. José. Oposito y consigo la Cátedra. Cuando D. José se entera, me vuelve a reñir (esta vez con un dejo de satisfacción no disimulada) porque me dice: «Usted debió decírmelo antes. Yo quería haber estado en ese tribunal...». Así era D. José, omnipresente en todas las cuestiones relaciona das con la enseñanza superior del arte y su Escuela. No habían pasado unos meses de mi estancia de Madrid cuando me llama para decirme: «La Cátedra de Perspectiva está vacante en Sevilla, se convoca si usted me dice que concurre...». ¿Fue caso único este cúmulo de atenciones? No lo sé. Pero puedo asegurar que esta sobreabundancia de atenciones rinden a cualquiera y hacen brotar el agradecimiento al peor de los nacidos. Me honro de bien nacido y por ello doy público testimonio de quien se convirtió, por la bondad de su corazón, en mi generoso tutor y mecenas. Ya estoy en Sevilla, y, sin tomar posesión de la nueva cátedra, me nombra subdirector de la Escuela. Es una corta, pero intensa etapa de conflictos internos y extra-académicos. El clima escolar está agitado. El ambiente es poco propicio para especular sobre las sutilezas del arte. Pero, ni en ese convulsivo tiempo que precede el final del Gobierno de Franco, Don José pierde el norte. Los grandes hombres se miden en los momentos difíciles, y, en este momento, D. José se crece; ilusionado planifica la futura Escuela en su nueva sede de la calle Laraña, con lo que ello supuso de esfuerzo y entrega. Esta fue la etapa de mi más íntima relación con D. José, donde pude conocerlo desde un privilegiado, aunque inmerecido nivel, que él quiso estableció. Me hizo partícipe de sus preocupaciones. Me honró con la confidencia de sus dudas e indecisiones. Pese a la diferencia de edad, y al origen de nuestra relación, se sinceraba no sólo en la común tarea de dirigir la Escuela, sino en cuestiones humanas y personales, que me descubrieron su LA ESCUELA SUPERIOR DE BELLAS ARTES Y DON JOSÉ HERNÁNDEZ DÍAZ 145 grandeza de alma. Entonces me conquistó también por la sólida coherencia de su pensamiento y su vida. Naturalmente que mi fidelidad y prudencia no me permiten decir más en este punto. Si lo menciono es para fortalecer mi credibilidad cuando diga que, pese a tantos homenajes y reconocimientos como tuvo, nos hemos quedado cortos, y, en esta tierra no ha tenido una equilibrada recompensa. También diré, que pese a ciertas apariencias, tampoco él la esperaba. Su esperanza, como hombre de profunda fe, estaba en ser recompensado por el Dios de bondad, cuya presencia -seguro- hoy goza. De las múltiples, extensas e intensas actividades de Don José Hernán dez Díaz que pudieran evocarse, me corresponde a mí, señalar las relaciona das con la Escuela Superior de Bellas Artes. Que yo le sucediera en la dirección y más tarde fuese Decano en su transformación en Facultad Universitaria, es lo que me justifica para hablar de esta faceta en este acto. Por las razones de estos cargos y por la continuidad en su gestión, he podido comprender mejor que nadie, lo que significó, desde ese 31 de julio de 1940, que se crea la Escuela de Sevilla, la presencia activa de D. José. En aquella Sevilla de la posguerra civil, todo eran dificultades, pero ninguna que no pudiera ser vencido por, quienes como Don José, tuvo fe firme y una voluntad inquebrantable en el proyecto. Un año más tardecen marzo de 1941, ya funcionaba plenamente en el antiguo estudio del pintor Gonzalo Bilbao... Y la Escuela, de la mano firme y sabia de D. José Hernández Díaz, nació, creció y se prestigió en todo el territorio nacional, incluso alcanzó renombre más allá de nuestras fronteras. No quiero quitar méritos a otros esforzados hombres, pero el eje, el motor y el alma de la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, tuvo un protagonista indiscutible. Y así se perpetúa, siendo una de mis primeras decisiones como decano, en la placa que preside el noble patio de la calle Laraña, con el bajorrelieve de su cabeza, obra del académico D. Juan Abascal. Piensen como quieran, pero la Escuela de Bellas Artes, aquella semilla que D. José cultivó, con mimo de jardinero enamorado, convirtió la capital hispalense en un luminoso faro, cuyos insospechados rOeflejos atrajo y guió a los más capacitados artistas, quienes con su influencia y sus obras elevaron, por el camino de la belleza, a más altas cotas de dignidad y bondad el entorno sevillano. Sólo enumerar la actividad que desarrolló D. José en torno al pleno rendimiento de este Centro Superior del arte, sería suficiente para llenar satisfactoriamente cualquier biografía. No me toca, enumerar siquiera, las
146 JUAN CORDERO RUIZ otras muchas facetas de la vida de nuestro protagonista de hoy, porque otros las glosarán y muchas son del dominio público. Sí me toca resaltar que siendo actividades y responsabilidades simultáneas y complejas, capaz de absorber cualquiera de ellas, a un hombre diligente, D. José siempre estuvo presente, en cuerpo y alma, en su querida Escuela Superior de Bellas Artes. Fué, sin duda, la joya más preciada de su rica orfebrería intelectual, y a ella dedicó un mimo y una atención preferente. Procedente D. José, por su formación, del campo de la historiografía, es sorprendente como, por su extraordinario talento, supo ver, comprender y respetar, esa otra sabiduría peculiar del artista, otorgándole la categoría intelectual y académica que le negaban desde otros ámbitos. Consecuencia de ello, fue ese trato exquisito y esa sintonía con la idiosincrasia del artista creador, norma permanente en su dirección de la Escuela de Bellas Artes. Parece que hiciera suyas aquellas palabras que el inolvidable Papa Pablo VI dirigió a los artistas italianos: «Vuestro arte, -decía el Papaconsiste en recoger del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de colores, de formas, de accesibilidad. Y no solamente una accesibilidad como pueda ser la del maestro de lógica o de matemáticas, que hace comprensibles los tesoros del mundo inaccesibles a las facultades cognocitivas de los sentidos y a nuestra percepción inmediata de las cosas. Vosotros -sigue diciendo el Papa a los artistastambién tenéis esa prerrogativa por el hecho mismo de hacer accesible y comprensible el mundo del espíritu, conservando a este mundo su inefabilidad, el sentido de su trascendencia, su ambiente de misterio, la necesidad de conjuntarlo al mismo tiempo con la facilidad y con el esfuerzo. A esto lo llaman la sensibilidad, es decir, la capacidad de advertir por medio del sentimiento, lo que a través del pensamiento no se podría comprender ni expresar. En esta operación que trasvasa el mundo invisible en fórmulas accesibles, inteligibles, vosotros sois maestros.» Así se acercó D. José al mundo mágico del artista, consciente de su trascendencia y respetuoso en extremo con unas formas de expresión que no eran las suyas. Jamás le vi interferir o imponere desde sus criterios (de formació, racional y lógica), en las propuestas que, desde la sensibilidad y la intuición, hacían los artistas. Y, por ello, siempre tuvo el reconocimiento, el respeto y la amistad de estos creadores, a los que sabía escuchar y comprender. Antes de poner punto final a estas ideas, un tanto desordenadas por la sobreabundancia de los recuerdos y emociones que me provocan, quisiera LA ESCUELA SUPERIOR DE BELLAS ARTES Y DON JOSÉ HERNÁNDEZ DÍAZ 147 destacar lo que fue la obra más personal y más apreciada por D. José en la Escuela Superior de Bellas Artes: la creación de los Estudios Superiores de «Imaginería Polícroma». Fue un esfuerzo desproporcionado y único, una misión que se impuso, y que abarcaba dos polos de su vocación: el servicio a la iglesia y el amor al arte. En diciembre de 1943, aprueba el Consejo de Ministros la sección de «Imaginería Polícroma», denominada, por su iniciativa, «Juan Martínez Montañéz». Son las únicas enseñanzas de este tipo que se imparten en España y, como todo lo nuevo y original, no fue fácil su aceptación. ¡ Cuántos desvelos, cuanta entrega e ilusión puso D. José es esta arriesgada empresa! Pero fue un incomprendido, incluso por sus propios compañeros de Claustro; sus frupos no estuvieron nunca a la altura de sus deseos. Aquel impulso inicial ya había desaparecido cuando yo me hice cargo de la Escuela. Y, ahora, para colmo, en los nuevos Planes de Estudios de la Facultad, ya es una simple optativa... Poseo pruebas de conocer sus deseos. Me identifico con esa idea, tan necesaria en el arte y en la Iglesia de hoy, con la que D. José se adelantó al propio Concilio Vaticano II que, dirigiéndose a los Obispos, punto 127, de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, les dice: «Interésense por los artistas, a fin de imbuirlos del espíritu del arte sacro y de la Sagrada Liturgia. Se recomienda, además, que en aquellas regiones donde parezca oportuno, se establezcan escuelas o academias de arte sagrado para la formación de artistas.» Recogiendo, pues, su espíritu, que sintoniza plenamente con la Iglesia, creo que el mejor homenaje que se le puede rendir, es el fortalecimiento de los estudios de imaginería y arte sacro que D. José creara. Así lo he propuesto a mis compañeros de Facultad, y, ahora, desde aquí, a cuantos puedan forzar voluntades que apoyen la iniciativa de crear la especialidad de «Imaginería Religiosa» como enseñanza de Título Propio de la Universidad de Sevilla. Yo espero, que desde ese privilegiado lugar que ahora ocupa D. José Hernández Díaz, junto a la gloria de Dios Padre, se gozará de este postumo homenaje, que prolongará entre nosotros su espíritu de hombre bueno, que amaba con pasión la Iglesia, el arte y su Escuela Superior de Bellas Artes. He dicho. Juan Cordero Ruíz