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Recordando a Pilar López de Santamaría [Reseña]

Arana Cañedo-Argüelles, Juan

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Naturaleza y Libertad. Número 15, 2020. ISSN: 2254-9668 227 RECORDANDO A PILAR LÓPEZ DE SANTAMARÍA Allá por finales de los setenta o comienzos de los ochenta estaba poniéndose en marcha en la Hispalense la nueva Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación, con sus tres secciones de Filosofía, Psicología y Pedagogía. Sólo había dos departamentos: el que se ocupaba de Historia de la filosofía y pedagogía, dirigido por Patricio Peñalver, y el que comprendía la filosofía (así llamada) “teorética” y la psicología, del cual era responsable Jesús Arellano. En este último trabajaba yo. Cada año se impartía un nuevo curso más y eran dotadas las correspondientes plazas de profesor. Uno de mis cometidos consistía en difundir todo lo posible aquellas convocatorias, para lograr los mejores “fichajes”, una vez que los de la casa estaban ya colocados. Así trabé relación con una joven doctoranda licenciada por Deusto y la Uned. Se llamaba Pilar López de Santamaría Delgado y había iniciado una tesis sobre el pensamiento antropológico de Ludwig Wittgenstein. Provenía de una familia bilbaína con raíces zaragozanas —por parte de padre— y gaditanas —de madre—. Bien pronto demostró que conjugaba el emprendimiento y desenfado de Vizcaya con la apertura de espíritu andaluza; más adelante comprobamos que también había heredado el tesón que distingue a los aragoneses. Ocupó una mesa en la galería corrida del primer piso en el edificio de Gonzalo Bilbao. Allí trabajaban casi una decena de ayudantes y becarios. Su presencia contribuyó a que quienes habíamos ido llegando en los últimos tiempos dejásemos de ser un corrillo de extraños para convertirnos en un grupo entrañable unido no sólo por el trabajo, sino por genuinas relaciones de amistad. Como ya estoy jubilado, se espera de mí que de vez en cuando abra la espita de la nostalgia, y este es un momento propicio para ello. El de Puerta Osario era un caserón destartalado que todavía guardaba trazos de cuando había sido Escuela de Bellas Artes. En antiguas salas de pintura y modelado desplegábamos nuestros libros, apuntes y máquinas de escribir. Teníamos un conserje, Blázquez, que era un fundamentalista de las tradiciones académicas, lo cual servía para dar un poco de vitola universitaria a lo que de otro modo Noticias y Comentarios Naturaleza y Libertad. Número 15, 2021. ISSN: 2254-9668 228 se hubiera podido confundir con un colegio de enseñanza media. También estaban, por supuesto, los grandes jefes, catedráticos del antiguo régimen a los que rendíamos pleitesía. Arellano estaba además rodeado por la vieja guardia de sus primeros discípulos. En teoría nosotros formábamos la segunda camada, puesto que dirigía nuestras tesis, pero estaba tan desbordado de responsabilidades que, la verdad, no nos prestaba mucha atención. Eso motivó que cada cual hiciera un poco la guerra por su cuenta. Al principio de modo autodidacta. Luego, y en parte gracias al talante extrovertido de Pilar, descubrimos una fórmula inédita, que me atrevo a bautizar de “magisterio recíproco”. Como el jefe estaba demasiado ocupado para hacerte caso, consultabas la preparación de una clase con el compañero de mesa; ensayabas las comunicaciones a congresos con los del mismo despacho; aprovechabas estancias de investigación fotocopiando artículos para tu propia tesis y para las de tres o cuatro más… El capítulo que acababas de redactar lo pasabas antes que a nadie al que estaba estudiando asuntos más o menos parecidos a las tuyos... Aquella cooperativa de tutelaje no se detenía por supuesto en lo profesional. La mayor parte de nosotros procedía de fuera de Sevilla y casi nadie tenía parientes o amigos de toda la vida a quienes recurrir. Cuando paseo ahora por los pasillos de la facultad evoco la época en que estábamos en ella de la mañana a la noche, seis días a la semana, no sólo enseñando, estudiando o investigando, sino sencillamente viviendo. Era habitual recurrir a los colegas para solucionar el problema del alojamiento, intercambiar recetas de cocina, improvisar un consultorio sentimental, montar talleres de costura, realizar excursiones, acompañar al ambulatorio a los indispuestos, descubrir las bellezas y posibilidades de la baja Andalucía… Todo se hacía en comandita y, cuando nos cerraban la facultad, pues nos íbamos a casa de uno u otra a discutir de filosofía hasta la extenuación, hacer telitas, iniciarnos en los secretos del salmorejo, hornear bizcochos y urdir proyectos de todo tipo. En un momento dado empezaron a llegar los hijos y nos dedicamos con entusiasmo al cangureo mutuo, ya que los exiguos sueldos de profesor interino no daban para otra cosa, de modo que, por ejemplo, yo en particular me he visto convertido en Noticias y Comentarios Naturaleza y Libertad. Número 15, 2021. ISSN: 2254-9668 229 padrino de bautismo de parte de la descendencia de Ignacio Salazar, Javier Hernández-Pacheco o Gemma Vicente. A pesar de que Pilar fue uno de los últimos miembros del grupo en llegar y tenía menos facilidades para relacionarse al no estar emparejada, no fue en modo alguno la más rezagada ni en lo social ni en lo profesional: enseguida empezó a pisar fuerte, a ponerse al día en la bibliografía y en las destrezas profesionales. Cuando llegó la informática a la Universidad fue sin duda la que se situó en vanguardia y así continuó liderándonos hasta el final. Tampoco se quedó atrás a la hora de salir a recorrer el ancho mundo. Me acuerdo que una de las primeras veces que volvió de un congreso internacional nos contó que había departido con Elizabeth Anscombe, discípula preferida y albacea de Wittgenstein. “Le dije que escribía una tesis sobre su antropología y me dijo que no creía que se pudiera llenar más de una docena de páginas con ella…” Lejos de desconcertarse, se reía desenfadadamente de la advertencia. De hecho, no sólo escribió cientos de páginas al respecto, sino que consiguió interesar a la editorial Herder para publicarla —toda una pica en Flandes— y su libro se ha convertido en una referencia insoslayable desde entonces. Ya dueña del ofició, Pilar abordó un reto nada despreciable: postularse para una beca Humboldt y trabajar sobre Schopenhauer en la Universidad de Mainz, nada menos que con Rudolf Malter, presidente de la internacional Schopenhauer Gesselschaft. En muy poco tiempo consiguió dominar el alemán con la misma soltura con que antes se había hecho con el inglés. Progresaba con rapidez en la carrera académica: muy pronto ganó el concurso para profesora titular de la Universidad de Sevilla e inició una etapa de colaboración con la editorial Trotta, llevando a cabo toda una serie de versiones críticas profusamente anotadas de las grandes obras de Arthur Schopenhauer, que desde entonces se han convertido en fuente obligada dentro del mundo de habla hispana. No sorprende, en estas condiciones, que los sexenios de investigación se acumularan sin solución de continuidad y que López de Santamaría fuese la primera mujer en Andalucía que se habilitó como catedrática de universidad de filosofía, ganando la plaza de la hispalense tras el reglamentario concurso. Noticias y Comentarios Naturaleza y Libertad. Número 15, 2021. ISSN: 2254-9668 230 Así culminó brillantemente una carrera profesional sin mácula; pero ella pedía y estaba dispuesta a ofrecer a la vida bastante más que eso. Siempre cultivó la amistad con intensidad y respondió a los estímulos lúdicos y culturales del entorno con entusiasmo. Trabajadora infatigable, también estaba dispuesta a disfrutar a tope de los momentos de ocio. La adversidad se interpuso cuando todavía en plena juventud se le detectó un cáncer mamario que afrontó y superó gracias a una oportuna cirugía. Muchas y muchos se hubieran arredrado ante la perspectiva de tener que mantener una constante vigilancia para prevenir recaídas, pero no así nuestra compañera y amiga. Mujer de hondas convicciones religiosas, afrontó el día a día sin escapismo y al mismo tiempo sin renunciar a ninguna de sus legítimas aspiraciones. Desde el principio había abrigado el deseo de formar una familia y consiguió lograrlo tras superar innumerables obstáculos, pasando por la experiencia, tan feliz como en su caso esforzada, de la maternidad. Con todo esto la vida avanzaba y todos nos íbamos haciendo primero un poco y luego un bastante mayores. Del grupo de desenfadados becarios y bisoños profesores, pasamos a convertirnos en seniors cargados de discípulos y compromisos. Como hubiera sido de prever, perdimos por el camino el glamour de la juventud y no siempre supimos evitar las disensiones. En particular, Pilar y yo discrepamos —a veces notablemente— en asuntos importantes de política universitaria. Por fortuna, la camaradería siempre quedó salvaguardada. Hubo sin embargo un instante en que pareció que incluso ella peligraba. Todavía recuerdo una entrevista particularmente tensa a cuyo término Pilar exclamó hondamente conmocionada: “¡Ya sabía yo, Juan, que este asunto podría acabar con nuestra amistad!” Por fortuna para ambos no ocurrió así: supimos ceder por ambas partes para que, sin renunciar cada cual a lo que creía justo, los viejos sentimientos quedaran a salvo y diría incluso que se reavivaron tanto como antaño. En la etapa subsiguiente, Pilar disfrutó durante unos años del prestigio alcanzado: las invitaciones a proyectos y encuentros científicos abundaban tanto en el ámbito nacional como en el internacional; se le solicitaba para innumerables comisiones y tribunales; fue consultora de la Aneca a más alto nivel, prosiguió incansable sus trabajos, mientras veía prosperar su descendencia. Noticias y Comentarios Naturaleza y Libertad. Número 15, 2021. ISSN: 2254-9668 231 Sin embargo, no tardó en presentarse la fatalidad que ha truncado una vida en plenitud y al mismo tiempo servido para que Pilar asombrara a todos con el coraje de vivir que llevaba dentro. Una enfermedad pulmonar irreversible creció insidiosamente dentro de ella hasta el punto de comprometer seriamente sus actividades y en un plazo no demasiado largo su propia supervivencia. Todavía recuerdo la llamada telefónica en la que me anunció que había sido más o menos desahuciada por los especialistas. Son situaciones en las que uno no sabe muy bien qué decir, primero porque tiene que superar su propia congoja, y segundo por la incertidumbre sobre cómo alentar a la persona amiga. Pero ella, con su habitual desenvoltura, hizo el camino por los dos: “No te preocupes, Juan, porque ya eché mi llantina y ahora lo que toca es apechugar con lo que viene. Ya he empezado a documentarme para ver qué se puede hacer…” A fe mía que lo hizo hasta el final. Si en la etapa anterior había acabado sabiendo más sobre el cáncer y su tratamiento que los facultativos que la atendían, ahora agotó la bibliografía disponible sobre la enfermedad oclusiva pulmonar. Un equipo de fútbol de nuestra ciudad presume de no rendirse jamás. Tal vez sea cierto, pero desde luego fue Pilar la que nunca se dio por vencida, sin tampoco hacerse falsas ilusiones. La veíamos arrastrar por los pasillos de la facultad el equipo portátil de oxigenación como si tal cosa, y dar tres o cuatro clases seguidas en pugna con la baja saturación. Muchas veces comenté admirativamente con las personas que mejor la conocían con qué lucidez y objetividad, y al mismo tiempo con cuánta tenacidad se enfrentaba a situaciones en que tantos otros con menos arrestos hubiéramos tirado la toalla. Tal vez por su fe cristiana tomó ejemplo de las mujeres fuertes de la Biblia, o tal vez la filosofía que practicaba, la cual era filosofía para muy cafeteros, le comunicaba ese temple. Yo creo que seguramente elaboró para sí misma una mixtura de ambas cosas. Recuerdo impresionado los últimos meses, cuando un tumor acabó con las pocas esperanzas de recuperación que quedaban. Viendo llegar lo inevitable, Pilar tomó todas las disposiciones pertinentes para prepararse a bien morir y esperó el final con plena lucidez, como la filósofa de raza que era. He repasado los últimos mensajes que intercambiamos. Un colega nuestro, Rafael Alvira, estaba extremadamente grave por culpa de la covid. Pilar me había pedido que Noticias y Comentarios Naturaleza y Libertad. Número 15, 2021. ISSN: 2254-9668 232 le tuviera al corriente de su evolución. Le reenvié un mensaje de su hermano sacerdote en el que decía que, gracias a tantos rezos, parecía que iba a superar la enfermedad. Lo comentó haciendo un pequeño alarde de humor negro: “Pues a mí me deben estar rezando poco, porque estoy en las últimas…” Y todavía presencié otro rasgo de su peculiar genio aún más extraordinario. La visité en el hospital el día anterior a su muerte: no la encontré ni mucho menos en las últimas. La acompañaba junto a dos familiares en su habitación, pero vino a verla un cura amigo y la dejamos a solas con él. Cuando se marchó entré de nuevo. Estaba adormilada. En esto se despierta, abre los ojos como platos y me espeta: “Juan, ¿estoy viva todavía?” “Sí Pilar, los dos estamos vivos”. Y para mí que de alguna forma sigue estándolo. Juan Arana de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas