Recordando a Pipo
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RECORDANDO A PIPO PEDRO CRUZ VILLALÓN Universidad Autónoma de Madrid Ilmo. Sr. Decano, querida Mercedes, queridas todas y queridos todos: empiezo agradeciendo el inmerecido privilegio de tomar la palabra en este acto, cargado de emoción y de razón, de homenaje y recuerdo al profesor Bartolomé Clavero, nuestro querido Pipo. El hueco que aquí me hacéis, tal como lo interpreto, otras y otros lo habrían cubierto con igual derecho, y sin duda con más acierto. Siento como si me tocara hablar en lugar de unos que ya no están con nosotros, como también de otros que felizmente siguen con nosotros, algunos presentes en este acto. Me refiero, claro es, a las compañeras y compañeros de generación y de profesión académica, a quienes fuimos primero que nada sus amigos. Digo esto desde el principio, toda vez que la historiografía jurídica no es, como sabéis, lo mío, a diferencia de los demás integrantes de esta mesa. Por otra parte, soy consciente de que es a mí a quien, sin mérito alguno, le ha tocado esta comprometida y casi imposible tarea, en lugar de los que acabo de mencionar, sin necesidad de nombrar. Me atrevo a esperar que os sintáis representados con mis palabras, aunque vayan a ser muy personales, aunque sea un poco. En todo caso, con esa intención las digo. Si os parece, haceos la idea de que estoy en este estrado por un motivo tan casual como el de haber nacido el mismo día del año en que lo hizo Pipo, con uno de diferencia. Aunque también quizá porque la vida nos ha ido enredando repetidamente, de una manera bastante singular, como si esa originaria coincidencia de fechas hubiera sido premonitoria. En fin, me parece claro que la ocasión apenas dará para unas pocas palabras teñidas de descarado testimonio personal. Ahí van, de todos modos. Tengo que comenzar diciendo que yo a Pipo no lo conocí, sino que a mí se me apareció Pipo: un grandullón de once años, enfundado en un babi azul, encaramado en el púlpito improvisado de la capilla provisional de un colegio, evidentemente religioso, recitando las letanías del rosario con una desacostumbrada dicción castellana, seguramente aprendida de Soledad, su madre. Rotundidad es poco: aquel compañero del curso inferior nos apo-
24 CRÓNICA JURÍDICA HISPALENSE Nº 20-21/2022-2023 rreaba a los que estábamos a sus pies con una advocación mariana detrás de otra. Así lo conocí, o como digo mejor, así se me apareció, el cabezón de Pipo. Ignoro por qué razón especial retuve siempre ese recuerdo. Nos pasa a todos alguna vez, la vaga sensación de que es imperativo guardar un determinado momento en la memoria. Hoy día ese instante ya tan lejano adquiere un significado inequívoco, innecesario de glosar, cuando se piensa en Pipo. Al final, el momento quedó en una imagen aislada, porque en seguida ese niño desaparece confundido entre los demás compañeros de su clase. Son todavía los años de infancia. Pipo es apenas un Clavero Salvador más, uno más en la ristra de hermanos indefectiblemente convocados en aquellas ampulosas proclamaciones de dignidades con las que se premiaba a unos pocos, y se ignoraba a los más: Pipo, detrás de Fafel y delante de Nono, los Clavero Salvador más seguidos, por riguroso orden de edad. Así hasta que llegan los más agitados últimos años de un colegio que apenas alcanzaba a ocultar sus crecientes disensiones internas. Ahora sus rasgos son más definidos, dentro de un muy reducido grupo de aprendices de genio en aquella promoción del 64. Ahora, retrospectivamente, se me antoja que Pipo tenía algo de un Stephen Dedalus sin gafas de miope, decidido ya a hablar y a escribir sin tapujos por toda su vida. En su caso, no me parece del todo un recurso manido, este del retrato del artista adolescente. Porque para mí que Pipo estaba iniciando ya una carrera de artista, de un artista que va a jugar frecuentemente a la contra, genialmente a la contra. Desde entonces, Pipo ha vivido sin descanso, y así hasta el final de sus días, su profesión de artista, eso sí, con las inusuales herramientas por él elegidas. Doy ahora un giro para decir que nos encontramos esta tarde en un auténtico lugar de memoria, el de estas aulas. Un pequeñito lugar de memoria, faltaría más. Lo digo como testigo de primera mano, apenas protagonista, puedo reconocer que con un punto de mitomanía. Me refiero a los años ya lejanos de la facultad a la que llega Pipo. Podría desgranar una variedad de nombres, pero sólo citaré, junto al suyo, al de dos que ya no están con nosotros, los de Manuel Ramón y Camilo. Manuel Ramón Alarcón, con un recuerdo mucho más presente, que terminó trayéndose aquí a la Facultad, en su condición de Decano, una ausencia la suya a la que, en una tarde como ésta, nos cuesta acostumbramos. Manuel Ramón puebla hoy nuestros recuerdos en muy distintos momentos, pero, en su caso, hay que comenzar por aquellos años de estudiante para calibrar toda su posterior trayectoria.
25PEDRO CRUZ VILLALÓN El caso de Camilo Tejera es distinto; hoy día, una figura desdibujada para muchos, debido a su prematura muerte, el que fuera delegado de estudiantes de la que hoy conocemos como Hispalense, la única de entonces, en aquel “sesenta y ocho” sevillano. Hubimos de conformarnos con su breve historia, aunque suficiente para no olvidarla. Y lo cito en particular porque Pipo y Camilo, o Camilo y Pipo que tanto da, formaron durante esos pocos años y desde la adolescencia una reconocible fratría. Lo cito también en esta tarde con el nítido recuerdo de Pipo, años más tarde, en un estrado idéntico a este, en la anterior sede de la facultad, en un acto que es contrapunto de éste, en un homenaje a Camilo, que era académico y personal al mismo tiempo: todavía hoy, estoy viendo a Pipo ese día hablando sin dejar indiferente a nadie. He dicho pequeño lugar de memoria refiriéndome a esta facultad y lo es en buena medida porque ahí estaba Pipo. Pipo, el sentencioso, capaz, según los casos, de tirar de nosotros hacia arriba, o capaz de hundirnos, con dos palabras. Todavía me pregunto qué hacíamos algunos estudiando aquel derecho sin alma alguna que, al menos a mí, tan poco interesaba. Pipo debió sentir algo parecido, por lo que nos dejó contado, y obró en consecuencia. Así se convirtió en historiador y jurista y, andando el tiempo, por lo que a mí particularmente cuenta, en constitucionalista. Permitidme todavía un par de recuerdos, igualmente personales, pero es que estas palabras han ido de eso desde el principio. El primero de ellos es el de una tarde, en la que quería ser el aula de cultura de esta facultad, compartiendo ambos el estrado, él ocupado con la historia hospedada en la Constitución, o sea la foralidad, yo sacando de la chistera al jurista persa, por lo tanto, en un día que, contra todo pronóstico, se revelaría afortunado en mi trayectoria académica. En todo caso, ahí estaba Pipo oficiando de padrino de aquella criatura. Y me recuerdo, unos años antes, grabando para Merche, desde el primer banco del aula, el acto de defensa de su tesis doctoral: A Merche retenida ese día en casa con su mala salud de hierro. Lo mismo un día aparece ese casete. Y ahí, en ese tribunal de tesis, está ya Tomás y Valiente. Otro que se nos iba a quedar enredado íntimamente en nuestras vidas, tanto a él como a mí, aunque de diferente manera: como iushistoriador en su caso, como juez constitucional en el mío: como amigo en ambos casos. Y otra vez una tesis doctoral en el recuerdo, a la vuelta de los años: la de la profesora Lorente, él y yo formando parte de ese tribunal por decisión del director de la tesis, don Francisco, como Marta siempre lo ha llamado. Para
26 CRÓNICA JURÍDICA HISPALENSE Nº 20-21/2022-2023 Pipo, como se suele decir, el comienzo de una larga y fructífera amistad con aquella joven promesa. Para mí, sobra decirlo, a la vuelta de los años, el comienzo de un proyecto de vida en común. 14 de febrero de 1996: Tomás y Valiente, asesinado. De maneras distintas, pero con parecida intensidad, esa muerte tuvimos que compartirla. Y aquí, por lo que hace a Pipo, un solo enunciado, bien conocido para muchos de vosotros, de vosotras: “De la Historia a la Constitución y, de ésta, a la Historia Constitucional”, todo con mayúscula. Con esa escasa docena de palabras, puestas por Tomás en una ficha, Pipo se montó una espléndida biografía intelectual de Tomás y Valiente, proyectada hacia un imaginado futuro, ya por desgracia imposible. ¿Qué os puedo decir, llegados a este punto? Me temo que, en el caso de Pipo, va a ser complicado encontrar una ficha parecida entre sus papeles. Su trayectoria intelectual no cabe en un solo enunciado, en realidad, tampoco la de Valiente. Por lo que hace a la trayectoria personal de Pipo, esa empieza y acaba en una persona, en Mercedes. Su inmensa trayectoria intelectual, sin embargo, ¿hacia dónde se estaba todavía dirigiendo? Otros podréis decirlo con mucho mayor fundamento. Pero, si fuera posible hacer un paralelismo con aquella ficha de Valiente, diría intuitivamente que estaba acabando en la Constitución. Por seguir con la comparación, algo así como “De la historia del derecho a la historia constitucional y, de ésta, a la constitución”: la Constitución de España, por ser más exactos. Puede que sólo se trate de la formulación de un deseo por mi parte. Pero la preocupación de Pipo por esa Constitución no estaba parando de crecer. Mientras mi caso es el de un constitucionalista en su día torpemente metido a historiador, el suyo ha sido el de un historiador que se mete a constitucionalista. En el mío, el oficio de historiador no podía llegar muy lejos, todo lo contrario de lo que era su caso: La historia constitucional se le presentaba como un terreno abonado, y de eso nos beneficiamos todos. Hasta cierto punto, hubiera sido normal que escribiéramos algo juntos, creo que hubiéramos complementado bien nuestros respectivos saberes. Aunque hubiera sido preciso que, ante todo, nos pusiéramos de acuerdo en el estilo, él con su inconfundible prosodia, yo con otra apenas menos marcada. Y, sobre todas las cosas, que hubiéramos dialogado más de lo que, por desgracia, hicimos. Creo en todo caso que Pipo tenía una muy íntima vocación, y en su etapa final casi obsesión, de constitucionalista. De forma totalmente egoísta, sien- to como una pena que el oficio de historiador le pudiera más. De manera
27PEDRO CRUZ VILLALÓN contraintuitiva, me imagino un momento temprano en nuestra joven democracia en el que Pipo hubiera sentido la urgencia de pasarse con armas y bagajes a la tarea de construir desde sus cimientos un derecho constitucional hasta entonces desgraciadamente imposible en España. Bien nos ha faltado una figura de su talla, y no creo encontrarme solo en esta percepción. Desde luego, ahí están sus magistrales contribuciones de impronta constitucional, las más de las veces como opciones de historiador. Lo mismo que sus escritos más combativos, poniendo en evidencia el estado de nuestra pobre Constitución, a la deriva, como se encargó de decir. Pero, con todo, nada comparable a lo que hubiéramos podido recibir de él de haberlo ganado para nuestras filas, quiero decir el gremio de los constitucionalistas. En lugar de eso, dicho en términos de disciplina, os lo habéis quedado esencialmente vosotros, los iushistoriadores. A vosotras y vosotros os queda primordialmente la hermosa tarea de gestión y digestión de su obra. Y, sobre todo, la envidiable, y al mismo tiempo temible, tarea de dar continuación a su incomparable obra historiográfica. Dicho lo cual, a los demás, y más allá de las parcelas científicas, es muchísimo lo que de Pipo nos queda. Nos queda su siempre sabia enseñanza, nos queda su ejemplar testimonio cívico y nos queda sobre todo el privilegio de su firme amistad.