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REVISTA ANDALUZA DE ANTROPOLOGÍA NÚMERO 19: DÍAS EXTRAÑOS. CÓMO EL COVID-19 TRANSFORMA NUESTRA COTIDIANIDAD DICIEMBRE DE 2020 ISSN 2174-6796 [pp. 132-142] https://dx.doi.org/10.12795/RAA.2020.19.08 ¿ESTÉTICAS HABITACIONALES DE LA EMERGENCIA?: UNA REFLEXIÓN SOBRE LAS CASAS EN ARGENTINA EN TIEMPOS DE COVID-19 HOUSING AESTHETICS OF THE EMERGENCY: A REFLECTION ON HOUSING IN ARGENTINA IN THE AGE OF COVID-19 María Florencia Blanco Esmoris Centro de Investigaciones Sociales (CIS-IDES/CONICET) RESUMEN En este escrito propongo la noción de estéticas habitacionales de la emergencia para advertir el modo en que las personas elaboran tácticas materiales de certidumbre a partir de modificar sus viviendas en contextos considerados como críticos, en este caso, por el virus covid-19. Para tal fin, presento algunas viñetas de mi propio trabajo etnográfico a distancia realizado en el Municipio de Morón (Buenos Aires, Argentina) y antecedentes de la antropología social —y más allá— que articulan reflexiones sobre la vivienda y el futuro. Así, me interrogo sobre los trastocamientos cotidianos y sus traducciones prácticas. Específicamente, como “en lo provisorio” las personas encuentran certezas componiendo paisajes domésticos específicos. Este ensayo pretende ser un insumo para comprender el modo en que la producción estética —entendida en términos amplios— constituye una manera de llevar adelante la vida en tiempos críticos. Palabras clave: Estéticas habitacionales de la emergencia; Covid-19; Argentina; Antropología. 132
ABSTRACT This paper proposes the notion of housing aesthethics of emergency to highlight the way in which people develop material tactics of certainty through modifying their homes in times of crisis, in this case, related to the Covid-19 virus. To this end, I present some vignettes of my own ethnographic research conducted in the Municipality of Morón (Buenos Aires, Argentina) and references from social anthropology —and beyond— to articulate reflections on housing and the future. Thereby I introduce questions about people’s daily changes and their practical translations. Specifically, how they find certainty ‘in the provisional’, composing specific domestic landscapes. This essay seeks to enhance understanding of how aesthetic production —understood in broader terms— constitutes a mode of living in times of crisis. Keywords:Home aesthetics; Emergency; Covid-19; Argentina; Anthropology. 1. INCERTIDUMBRES EN PLURAL: ARREGLOS Y AJUSTES MATERIALES EN LA VIVIENDA1 “No salgo de casa y no vendo productos, pero bueno, al menos ya vendí el mueble de mi mamá por Mercado Libre […], me dolió en el alma, pero no puedo más. Veremos cómo sigue todo esto […], la pandemia me está hundiendo” (Rosa, emprendedora, junio 2020). “Con todo esto cerré el consultorio hasta nuevo aviso y estoy cuidando a mi mamá que la operaron de la cadera y no puede ir la cuidadora […]. Me duele todo el cuerpo, pero qué vamos a hacer. No sé cuándo volveré a trabajar y eso me genera ansiedad, además dejé mi casa muy abandonada porque casi ni voy” (Luisa, odontóloga, julio 2020). “Me la paso limpiando y desinfectando la casa […], mi hall parece un hospital […], también gastamos una fortuna en esto, pero hay que tener el “bicho” lejos […], con Ariel [su marido] aprovechamos para ordenar y donar ropa y cosas que no usábamos, nos dimos cuenta que nuestra casa estaba llena de pavadas” (Gloria, jefa de familia y a cargo de las tareas domésticas de su familia, agosto 2020). 1. Agradezco los valiosos y generosos comentarios de las/os evaluadoras/es anónimos a una versión previa de este manuscrito. 133
La venta del mobiliario, las alusiones a “una casa abandonada” y las tácticas de higienización y sanitización de los ambientes de la vivienda constituyeron viñetas recurrentes en los mensajes de texto y audio de mis interlocutoras residentes en el Municipio de Morón (Provincia de Buenos Aires, Argentina) en el marco de la pandemia. Con asiduidad, ellas referían a sus prácticas de cuidado para evitar que su salud y la de su familia, y también su hogar, “se venga abajo”. Estos mecanismos de evitación sobre los cuales versaban sus intervenciones hacían que en sus cocinas convivieran limpiadores, alfombras desinfectantes y barbijos con ollas, sartenes, alimentos perecederos y no perecederos. También, que mesas ratonas se pusieran en las esquinas de los ambientes, que sillas ergonómicas de escritorio se dispusieran en pleno living-comedor y que algunos espacios estuvieran completamente vacíos porque habían vendido el mobiliario para tener un ingreso económico. Dichas acciones provocaron que yo retomara el diálogo y el contacto, mediante variadas plataformas virtuales, con las protagonistas de mi trabajo de campo etnográfico2 realizado entre 2015-2019 en casas de familias de clases medias3. Ahora, fotografías, videos, audios y videollamadas mediante. Estas conversaciones poco a poco me pusieron en otro rol; como me dijo Luisa, “de descarga”. La necesidad de hablar con alguien que las conozca y con quien pudieran “hacer catarsis” fueron aciertos fundamentales para poner en acción una estrategia metodológica basada en una relación de más largo aliento fundada en un “estar ahí” previo, recientemente, vertebrado con base a una co-presencia digital (Di Prospero, 2017). Si entonces mi interés estaba orientado a problematizar la noción de clases medias y adentrarme en las pautas de habitar y apropiar la vivienda para este sector social —aun en contextos económicos desfavorables que podrían llegar a entenderse 2. Tras finalizar mi trabajo de campo, y en el contexto de la pandemia global, por el mes de marzo de 2020 comencé una investigación exploratoria sobre las condiciones de vida con mis anteriores interlocutoras/es residentes en el Municipio de Morón. Para tal fin, realicé llamadas y conversaciones semanales con cada una de las familias. Estas familias son propietarias de las casas en donde residen, dos con estilo misionero (misión style) y una moderna racionalista. Todas las familias poseen los servicios de infraestructura básicos (agua potable, gas natural, luz eléctrica) en la vivienda y en el barrio (alumbrado, recolección de residuos y pavimentación de calles). A pesar de las complejidades del “estar ahí”, retomo la propuesta metodológica de Julieta Quirós (2014) de pensar en términos de “mundos vívidos”, esto es, estudiar “lo social” como un proceso vivo. Este ensayo retoma el espíritu de “concebir a la etnografía como una pieza de comunicación que tiene por finalidad ‘aumentar la experiencia del lector’ (Strathern, 1998:225), diferenciándose así de las piezas de información” (Fasano, 2013: 9). 3. En mi trabajo remito a las clases medias en virtud tanto del nivel de ingresos para el momento estudiado como del tipo de contratación de servicios de salud y educación —mayormente privatizado—, el acceso a bienes de consumo ociosos y, por último y no menor, por su adscripción a esta clase social. 134
como críticos4—, percibía señales vinculadas al deterioro de las condiciones materiales, simbólicas y afectivas de vida debido a la expansión del virus. Más que nunca, para estas y otras familias en Argentina, la casa5, ahora, se afirmaba como una forma explícita de labrar el presente en tanto posibilidad de futuro. Cierto es que desde sus inicios la antropología social y cultural se ha interesado tanto por el armado de unidades domésticas y arreglos de chozas para la vida en común en las aldeas, como por los sistemas de creencias bajo los cuales leer y organizar tanto su presente como su futuro. En esta línea, la ciencia antropológica atendió a los modos en que las poblaciones se organizaban para lidiar con la incertidumbre sea al consultar una decisión con el oráculo o bien recurrir a la brujería para hacer frente a las desgracias (Evans-Pritchard, 1976 [1937]); Leach, 1989 [1976]), incluso disponer de objetos y bienes para evitar el contagio frente a una serie de “riesgos sociales” (Douglas, 2007 [1966]). Al respecto, la antropóloga británica Mary Douglas en su libro Pureza y Peligro (ídem) estudió como las personas sorteaban principios vinculados con el riesgo, la suciedad, la impureza, el contagio y la contaminación a partir de limpiar sus casas, organizar sus bienes, higienizar sus cuerpos o bien purificar sus almas como una disposición a orientar de manera “positiva” una serie de prácticas. Como destaca en su trabajo: “Al expulsar la suciedad, al empapelar, decorar, asear, no nos domina la ansiedad de escapar a la enfermedad sino que estamos reordenando positivamente nuestro entorno, conforme a una idea” (Douglas, 2007: 20). De manera reciente, nociones como contagio, enfermedad, virus, higiene y sanidad se pusieron de relieve. Cierto es que para muchos/as la extensión de la pandemia y las posteriores medidas gubernamentales trastocaron nuestras vidas tal como las conocíamos. En Argentina, en marzo de 2020, esto llevó a un Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) dispuesto por el poder ejecutivo de la Nación (Decreto 297/2020)6. El famoso ASPO, 4. Desde diciembre de 2015 hasta diciembre de 2019, el gobierno nacional estuvo a cargo de Mauricio Macri quien, con sus políticas de desguace, produjo un profundo daño societal y económico. El informe elaborado por el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) en 2018 caracterizó la situación económica con el siguiente diagnóstico: “Recesión, inflación récord, pobreza y desempleo en ascenso son los resultados en materia económica que el Gobierno tiene para exhibir…” (Wahren, Harracá y Cappa, 2018: 24). 5. En las últimas décadas, desde la antropología social, se produjo un renovado interés por comprender la casa en tanto entramado social y simbólico del despliegue de la vida doméstico-afectiva. Para una profundización sobre los aportes recientes a nivel internacional en esta línea, se sugiere consultar el trabajo de Samanani y Lenhard (2019). 6. Durante más de 150 días en la Provincia de Buenos Aires avanzaron y retrocedieron las fases del ASPO hasta establecerse el DISPO (Distanciamiento Social, Preventivo y Obligatorio) mediante el decreto 677/2020 vigente desde el 17 de agosto. 135
mayoritariamente extendido hasta agosto del mismo año —con avances y retrocesos en sus diversas fases a lo largo y ancho del país— modificó nuestros modos de estar en casa a la vez que implicó una presencia intensiva en espacios donde antes muchas/os solo estábamos unas horas. Pasadas unas semanas del decreto y como esbocé al inicio, mis interlocutoras comenzaron a escribirme para contarme cómo habían reorganizado sus rutinas, revelar lo incómoda que les resultaba su casa, compartirme cómo “mantenían” y “sostenían” los espacios en confinamiento y el ejercicio de una compra-venta de artefactos y mobiliario doméstico. Tales diálogos marcaban un conjunto de decisiones respecto del habitar y, en muchos casos, elecciones habitacionales que ahora asumían las familias en pos de sustentar un hábitat que, por momentos, parecía derrumbarse junto con sus expectativas. Si bien es significativo el recrudecimiento de las condiciones de vida y de habitabilidad en sectores populares (García Delgado, 2020), en las clases medias, se experimentaron “descensos” o, como señaló Luisa en una de mis entrevistas virtuales: “caímos” —en alusión a una experiencia de movilidad social descendente—; a raíz de una merma en el trabajo y sus efectos en la vida de este sector. Esto último, se tradujo en ajustes y arreglos cotidianos en el consumo, el uso y la circulación. Tal activación me arrojó interrogantes sobre las experiencias y los sentidos que otorgan las personas a la producción de normalidad (Koselleck,1988) y los variados nichos de certezas que se buscan erigir en los confines de la casa. En esta línea y conforme las viñetas etnográficas, me interesa reflexionar sobre los modos en que la emergencia, como un modo particular de experimentar el mundo, se plasmó en decisiones y arreglos materiales y habitacionales. Me pregunto entonces ¿qué estéticas habitacionales elaboramos para habitar las emergencias o los contextos considerados como críticos? 2. ESTÉTICAS HABITACIONALES DE LA EMERGENCIA Continuando con una tradición interesada por la articulación entre vivienda y sistemas de creencias, en las últimas décadas algunos estudios socio-antropológicos e históricos en torno al futuro se han orientado a indagar o bien las aspiraciones y expectativas (Fischer, 2014) o bien los sueños y las esperanzas que se ponen en escena en la vida cotidiana (por nombrar a algunos, Bloch, 2007; Crapanzano, 2003; Kooper, 2016; Miyazaki, 2006, 2004). Tales aportes articulan trabajos más conocidos respecto del tiempo, la incertidumbre, el urbanismo y la vivienda como horizonte y, de igual manera, plantean una mirada novedosa sobre el asiento material por lo incierto de las dinámicas diarias. De igual manera, interrogan la articulación “promesa” y/o “realidad” en los proyectos de la planificación urbana y de vivienda (Abram et al. 2013; Boyer, 2006). 136
Estos trabajos plantean la vivienda como un plan que anida lo posible y lo previsible para quienes lo encaran en contextos críticos. Hirokazu Miyazaki (2004, 2006) advierte que, incluso en las crisis, emergen proyectos esperanzadores desde los cuales las personas procesan estas experiencias en lo que el autor denomina una “estética de la emergencia” (Miyazaki, 2004: 135-140). Teniendo como punto de apoyo este trabajo, propongo la noción de estéticas habitacionales de la emergencia, para reflexionar cómo en tiempos de crisis surgen respuestas habitacionales, arreglos de la vivienda, modificaciones espaciales y mobiliarias que, aunque con carácter provisorio, terminan por consolidarse como permanentes, configurando un modo de habitar, así como de construir micro-certezas. La noción de estética es recuperada como percepción, sensación, sensibilidad, un modo de experimentar sensorialmente los momentos críticos y traducirlos en elecciones materiales7. En Argentina, como en otras partes del globo, no todas las casas tienen las condiciones materiales mínimas bajo las cuales desarrollar y sostener la vida en tiempos de Covid-19. Al respecto, el Censo Nacional de Población y Vivienda (CNPyV, 2010) realizado en el 2010, registró 11.317.507 viviendas particulares y 12.171.675 hogares en el país. Esto significa que al menos el 12,2% de los hogares comparten su casa. Para dicho año, a nivel de país, teníamos 227.916 viviendas informales (casillas) en las que no se garantizan las condiciones básicas de una vivienda “digna”: con relación a sus pisos, techos y cielorraso; muchas de ellas siendo construcciones provisorias que, ante cualquier cambio climático u otra circunstancia, pueden perecer. Esta situación heterogénea y frágil remarcó la diversidad de escenarios en este marco. Para las clases medias, aun garantizadas las condiciones mínimas de habitabilidad, pude registrar la falta de mobiliario “adecuado” para las largas jornadas de trabajo y escolares. En los casos en que un tipo de estilo decorativo homogenizaba la vivienda, este se desmanteló conforme pasaban los días y el contexto hacía brotar bienes que, más que seguir un criterio de composición de estilo, implicaban ponderar la funcionalidad y la ergonomía. Como me señaló Rosa, “tuve que arreglármelas y ya fue si las cosas combinaban […] tenía que resolver”. Asimismo, algunas construcciones que tenían fallas o arreglos para hacerse no pudieron esperar y llevaron a que las personas ejercieran vehementemente la premisa de “hágalo usted misma”, 7. En este trabajo sostengo una idea amplia de estética, entendida en tanto ciencia de la expresión. Si bien mi foco se apoya sobre las dimensiones materiales y espaciales en la unidad residencial y en el despliegue del habitar de mis interlocutores/as, como una teoría de la estética que se ubica dentro de una visión holística del habitar. Siguiendo los aportes de Katya Mandoki (1994), “podemos distinguir dos orientaciones de la estética: la poética que se enfoca a la sensibilidad en la producción artística o poiesis, y la prosaica a la visión sensible del individuo en la vida cotidiana” (Mandoki, 1994: 83). 137
ocasionando refacciones “a medias” y, en muchos casos, mal ejecutadas e inseguras8. Aun atravesando estas complejidades, algunas casas se convirtieron en demandantes fortalezas. La limpieza de una casa, la jardinería, el material de las paredes y de los pisos, el tener o no un microondas, tener un espacio al aire libre, la iluminación y el concepto abierto resultaron dimensiones significativas a la hora de pensar y analizar bajo que parámetros pueden o no (re)adecuarse los ambientes de una vivienda en situaciones críticas. Ahora bien, quedarse en casa para prevenir la propagación del virus es una decisión que organizan los Estados, pero no es una realidad que pueda hacerse efectiva para toda la población (Blanco Esmoris y Labiano, 2020). Más allá y más acá de las clases medias y medias-bajas, el confinamiento obligatorio no vino con las garantías de un espacio en el cual confinarse, aunque si, en muchos casos, sobre los supuestos materiales y estéticos bajo los cuales se ha de vivir. Las formas de vida se “ataron con alambre” (expresión utilizada para referir a arreglos y decisiones provisorias) ejecutando respuestas transitorias y “express” para poder llevar la empresa del habitar de manera “exitosa”. Las agendas se colmaron de arreglos domésticos como: mejorar la iluminación cambiando una lámpara o poner cortinas más claras, hacer de la mesa del comedor una estación de trabajo o rasquetear una pared con humedad para luego pintarla. Estas constituyen prácticas recurrentes para este y otros grupos sociales componiendo estéticas variadas en cada casa. 8. Al respecto, cabe señalar que, de acuerdo con el censo (CNPyV, 2010), al indagar sobre los materiales con que se han edificado las viviendas, se construyó la tipología elaborada por este organismo que clasifica los materiales como aceptables, recuperables e irrecuperables. Para entonces, del total del país solo un 62,9% de las viviendas eran aceptables, un 33,3% recuperables y un 4,1% irrecuperables. Como vemos, en toda la población persisten las casas irrecuperables, es decir, muchas que no tienen las condiciones mínimas de habitabilidad. Esta información previa a la llegada de la pandemia resulta reveladora ya que marcaba las condiciones con las que la gente comenzaría a lidiar este aislamiento físico en pos de evitar el virus y cuidarse. Las viviendas aceptables son aquellas que, por la calidad de los materiales, no necesitan reparación o modificación para satisfacer las necesidades del hogar, ya que poseen materiales resistentes en todos sus componentes y tienen elementos de aislación y terminación. Son las viviendas que cuentan con piso de cerámica, baldosa, mosaico, mármol, madera o alfombra. Los techos son de cubierta asfáltica o membrana, baldosa o losa, pizarra o teja y chapa de metal. Todos los techos cuentan con revestimiento interior (cielorraso). Las viviendas recuperables son aquellas que requieren reparación o modificación para que puedan cumplir con las condiciones adecuadas. Presentan pisos incompletos, sin terminación y techos sin aislación y terminación, o realizados con materiales de baja resistencia. Son las viviendas que cuentan con piso de cemento o ladrillo fijo y otros. Los techos no cuentan con revestimiento interior. Las viviendas irrecuperables presentan condiciones precarias. No se pueden mejorar ya que suponen, necesariamente, el reemplazo de sus materiales, debido a que no son resistentes en alguno de sus componentes. Son las viviendas que cuentan con piso de tierra o ladrillo suelto y el techo es de chapa de cartón, caña, tabla o paja con barro o paja sola (CENSO, 2010). 138
3. APUNTES PARA VIDAS Y CASAS EN JAQUE En tiempos de Covid-19, de una crisis sanitaria inusitada, la casa permite atender un conjunto de “anclajes organizantes” de la vida cotidiana. Asimismo, deja entrever el modo en que las personas concretizan, con relación a la espacialidad, la resolución de un escenario sumamente contingente. Como presenté al inicio, el “estar ahí” previo fue la condición epistemológica necesaria para la producción de conocimiento por una copresencia en clave virtual. Para mis interlocutoras, la pandemia implicó reorganizar, transformar, vender, permutar o comprar algunos de sus muebles para sostenerse; generando un ingreso económico por más mínimo que fuera. Rosa tuvo que vender parte de su mobiliario para ganar dinero y “salir a flote” pero también porque ya no le era “cómodo”. Gloria clasificó y donó ropa, utensilios de cocina y de la escuela de sus hijos e hija. Para Luisa, la pandemia hizo que su casa “se venga abajo”. En muchas de estas experiencias habitacionales, de readecuación y modificación, se manifiestan modos de organizar lo contingente, muchas veces a partir de resoluciones materiales y prácticas. La noción de estéticas habitacionales de la emergencia es una propuesta analítica, que alude a la experiencia habitacional que se consolida en la materialidad de la casa, configurando proyectos de vida edificados en contextos considerados como críticos —a sabiendas de la polisemia de esto último—. Para muchas/ os, la distancia física se hizo carne en los muros, en las placas de yeso o en alguna puerta. Como Gloria y Ariel (ver viñetas al inicio), muchos aprovecharon para ordenar, tirar, limpiar, arreglar incluso construir mientras el tiempo pasaba. Se sumaron objetos de limpieza, incluso tics con el jabón, el alcohol en gel y otros productos de higiene que antes no no se utilizaban con esta asiduidad. Cambios en las disposiciones en ambientes hicieron que ciertos sectores de la casa pasaran a tener una funcionalidad diversa a la del tiempo pre-pandémico. Algunos/as que vieron su situación económica perjudicada tuvieron que modificar de manera intensiva sus quehaceres aun sin recursos. En este marco, la frase “no hay nada más permanente que lo transitorio” parece hacer mella sobre las decisiones habitacionales y de experiencia estética —entendida en el sentido expresado al comienzo de este escrito— que produjeron en la emergencia un modo de construir certidumbre. El interrogante sobre cómo hacer que lo transitorio tenga las condiciones mínimas de habitabilidad y hacer de la vivienda un derecho garantizado tanto en su accesibilidad como en su calidad, quedó expuesto en este marco y en los modos de apropiar y vivir en la casa. Quedan entonces, abiertas líneas de indagación sobre diversos sectores y sus tácticas así como respecto a las experiencias y estéticas configuradas por quienes rentan u ocupan diversos inmuebles. Cierto es que aun en la 139
incertidumbre sobre la fecha de caducidad de esta pandemia, las personas configuran arreglos emergentes que quién sabe por cuánto permanecerán allí. Sin embargo, quienes hacemos ciencias antropológicas podemos apostar a registrar aquellas variaciones entre lo que en la actualidad se trastoca y lo que fue aquella ya distante y lejana “vieja normalidad”. 140