Los Corrales de Pesca en la Provincia de Cádiz: Usos y Apropiaciones en Torno a un Paisaje Cultural
Full text
PERIFERIAS, FRONTERAS Y DIÁLOGOS Actas del XIII Congreso de Antropología de la Federación de Asociaciones de Antropología del Estado Español Tarragona, 2–5 de septiembre de 2014
Edita: Universitat Rovira i Virgili ISBN: 978-84-697-0505-6 http://wwwa.fundacio.urv.cat/congres-antropologia/ Esta obra está bajo una licencia Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported de Creative Commons. Para ver una copia, visite http://creativecommons.org/licenses/ by-nc-sa/3.0/ o envíe una carta a Creative Commons, 171 Second Street, Suite 300, San Francisco, California 94105, USA.
PERIFERIAS, FRONTERAS Y DIÁLOGOS XIII Congreso de Antropología de la FAAEE ANTROPOLOGÍA AMBIENTAL. ESTADO DE LA CUESTIÓN Y RETOS FUTUROS Coordinado por Beatriz Santamarina, Raquel Modino, Agustín Coca
LOS CORRALES DE PESCA EN LA PROVINCIA DE CÁDIZ: USOS Y APROPIACIONES EN TORNO A UN PAISAJE CULTURAL David Florido del Corral df[email protected]s Departamento de Antropología Social, Universidad de Sevilla 1. Introducción1 El corral de piedra es un arte pasivo de pesca, un ingenio que se sirve de muros de piedra y otros elementos complementarios, en zonas costeras como playas o estuarios. Los armadijos andaluces están emplazados donde se producen determinadas condiciones ecológicas: que haya un diferencial apreciable en el aguaje de las mareas, que la pendiente del talud continental sea suave y que no sean frecuentes los temporales. Por ello, los corrales se encuentran en zonas de mareas vivas, como las costas atlánticas.2 Además, los corrales marinos andaluces han aprovechado la existencia de platiers, estratos de arenisca petrificados, planos, que se extienden en determinadas zonas litorales, cuya erosión favorece la existencia de pocetas, solapamientos y oquedades donde se refugian las especies que se quedan en el interior de la estructura. La diferencia intermareal y la pendiente del talud permiten que en las vaciantes las especies queden atrapadas en las estructuras construidas al efecto, mientras que la escasa frecuencia de los temporales garantiza la presencia regular del recurso y, por ende, de la actividad extractiva. El funcionamiento del corral consiste en aprovechar los movimientos de las especies (peces, moluscos, crustáceos) en las zonas próximas a la costa durante los períodos intermareales, de modo que los especímenes que entran en el recinto cercado por el corral durante la pleamar, queden atrapadas en él cuando desciende la marea, viéndose obligados a buscar refugio en los distintos huecos y pozos, algunos de ellos resultado de la erosión marina (por ejemplo, pocetas y solapes), otros resultado del ingenio humano, como los jarifes –abrigos construidos al efecto por los mariscadores-. Las especies que colonizan los corrales usan sus aguas y estructuras como zona de refugio, de desove o/y de alimentación, lo que atrae además a diferentes especies de aves. Para su correcto funcionamiento, el corral tiene que tener una cota 1 Agradecemos sinceramente la colaboración honesta y desinteresada de los miembros de la asociación de mariscadores Jarife, así como la revisión del texto realizada por Hania Harmsen. 2 Sabemos de la existencia de corrales en Galicia, o en Francia (Isla de Oleron). También en Japón y en el Sur de Chile, en Chiloé (Álvarez et al. 2008). 2935
homogénea, de modo que en el momento en que “descoronilla” (se hace visible en la bajamar) todo el perímetro se convierte en trampa para las especies que hayan quedado en su interior. Para su drenaje, los corrales tienen dispuestos unos caños por los que “escurre el corral”. La amplitud de estos caños y su disposición a lo largo del perímetro exigen un adecuado cálculo, adaptado a la dinámica de las mareas de cada zona para que el corral se vacíe al ritmo adecuado, dejando atrapados los organismos marinos. Esta somera descripción es suficiente para comprender su unidad funcional, siendo un perfecto referente de cómo la cultura se despliega en la naturaleza, conformándose mutuamente. La mejor evidencia de ello es el proceso de compactación de las rocas que constituyen el muro del corral: son los ostiones, el escaramujo, las lapas y otros organismos vivos que se aferran a las rocas quienes sirven de cemento haciendo más consistente este muro, y los mariscadores distinguen las “piedras vivas” –aquellas biológicamente colonizadas, que son las más adecuadas para reconstruir los corrales-, de las piedras “muertas”, que no han sido colonizadas, por no estar expuestas al medio marino, y que no son adecuadas para tal función. Como nos afirmaba uno de nuestros informantes, los corrales “están tan apegados a la playa que mucha gente cree que los ha hecho Dios”. Como reconoce Ingold (2011:2), el término inglés “land-scape” (land-shaped), nos permite apreciar con nitidez el carácter cognitivamente construido de los lugares en la naturaleza. Es lo que ya nos refiere el término ‘cultura’ etimológicamente (“colere”, habitar, apropiarse de un territorio): los seres humanos van configurando el espacio que usan para construir su sistema social y su universo simbólico, en sus dimensiones económicas, políticas y cognitivas, poniendo de manifiesto que el paisaje (cultural sería casi un pleonasmo) es el resultado de esa continuidad, ya indeslindable, entre la naturaleza y la cultura. Pero el objeto último de este trabajo no es afirmar la continuidad naturaleza-cultura en los corrales como hábitat, sino indagar en su condición de paisaje cultural (Álvarez, 2011), como territorio susceptible de generar diversas formas de apropiación y uso –incorporando por tanto líneas de conflicto-, así como de propiciar una diversidad de expectativas, valores y representaciones apropiadas a la diversidad de usos (Ingold, 2011). Nos referimos tanto a los que han constituido la memoria del lugar, como a los que se proponen para definir qué es y cómo debe gestionarse este territorio de la zona intermareal y sus recursos en el presente (Escobar, 2000). Precisamente coincidiendo con el inicio del nuevo milenio, los corrales de la costa noroeste de Cádiz (Rota-Chipiona-Sanlúcar de Barrameda) han conocido un proceso de patrimonialización (en el sentido moderno), a partir de sus valores naturales, sociales e 2936
identitarios, dejando en un segundo y periférico término la dimensión productiva y de economía política que los había constituido históricamente. El hecho es que en las dos últimas décadas, tanto la Administración como asociaciones locales han iniciado un proceso de normativización de usos y de apropiaciones que ha conseguido el mantenimiento de la actividad en algunos de ellos, pero también la aparición de conflictos y ambigüedades. A partir del caso de Chipiona, que se destaca por el papel de una asociación local en este proceso de patrimonialización, elucidaremos el proceso social de estas confrontaciones, aspiraciones y usos que están marcando los corrales de pesca como paisaje cultural. La etnografía que sustenta este trabajo se basa en entrevistas en profundidad, intercambios de información, grupo de discusión y observación participante en relación a los corrales de Chipiona (Cádiz), así como en la indagación documental relativa a estos corrales y los de Rota. 2. Substrato histórico La pesca en corrales de piedra, en el tramo costero comprendido entre Cádiz y Sanlúcar de Barrameda, ha sido una constante histórica, desde época islámica al menos, hasta la actualidad. En los discursos de patrimonialización de los corrales gaditanos se insiste en que estos se retrotraen al horizonte romano, pues está bien atestiguado el uso de los platiers rocosos como canteras de roca ostionera. Sin embargo, el registro arqueológico en el litoral gaditano no ha permitido, a fecha de hoy, documentar la existencia de corrales de pesquería en fechas tan tempranas, aunque sí están documentadas, tanto literaria como arqueológicamente, otros ingenios más complejos como viveros de peces (Bernal et al. 2011). Algunas investigaciones en curso documentan corrales en la zona en época islámica (Ramos, 2013), pero cuando se inicia una constatación documental continuada sobre la explotación de los corrales es con la conquista castellana de esta franja litoral, desde finales del s. XIV en adelante. Serán casas señoriales –destacando las conspicuas familias de los Ponce de León, Duques de Arcos, y de los Guzmán, Duques de Medina Sidoniaquienes detentarán la propiedad de los corrales, que los habrían recibido en privilegio, junto con otros derechos y propiedades, de manos de la Monarquía. Estas casas no se dedicaron a una explotación directa, sino que cedieron su usufructo, bajo la fórmula de censo, a entidades conventuales, a cambio de que éstas ofreciesen misas, atendiesen a menesterosos y permitieran enterramientos de familiares en suelo sagrado (Moreno Ollero, 1980), cerrando el característico circuito de la economía de prestigio de la época. Por su parte, los conventos, y los hospitales y hermandades 2937
organizados por frailes, arrendaban con un concesionario el usufructo del corral por aparcería, quien a su vez lo explotaba directamente (pescador corralero), o incluso llegaba a acuerdos con otros corraleros, por lo que podemos suponer que la actividad, así como sus provechos, se extendía a distintos tipos de usuarios. En origen, las instituciones religiosas disfrutaron sin cargas de sus utilidades, pero progresivamente el concejo (Chipiona obtiene carta puebla en 1477) fue ejerciendo su control sobre la producción, obligando a su declaración, y a precios intervenidos, hasta que en el siglo XVII es gravada con tasas su producción (Arias, 2005: 101-102; Naval Molero, 2004). Figura 1. Plano de Chipiona de José Huete (1806) Fuente: Naval Molero (2004). En el siglo XVIII vecinos seglares ya habían accedido a la propiedad y explotación de los corrales, como se desprende del Catastro de Ensenada (1760), donde aparecen los corrales no eclesiásticos, normalmente con la propiedad dividida en varias partes, y medida en aranzadas –seguían siendo considerados como un fundo más-. La documentación catastral evidencia la importancia de las rentas y su estabilidad. El terremoto de 1755 supuso su práctica destrucción, y algunos de ellos se usaron como cantera; sin embargo, el comisario de Marina Antonio Sáñez (1791) los describe a finales de su centuria, ya reconstruidos, con una perspectiva crítica pues los consideraba una rémora del sistema señorial, resaltando su carácter de pesquerías sujetas a los gravámenes del Antiguo Régimen. 2938
A lo largo del siglo XIX, se producirá la progresiva enajenación de los corrales en favor de los bienes de propios de los ayuntamientos, lo que dio lugar a nuevas controversias entre ayuntamientos y órdenes religiosas (Naval, 2002: 43). Arias afirma que en Rota accedieron a su explotación los mayetes, propietarios de pequeños viñedos, lo que explica que una parte del léxico utilizado en ellos sea originario del campo (Arias, 2007: 70). Paralelamente, en Chipiona, Sanlúcar e incluso en El Puerto de Santamaría (Vera y Chillier, 1895) vecinos acaudalados, con negocios agrícolas, acceden a la concesión de los corrales a finales del siglo XIX. Por Real Orden de 18 de diciembre de 1876 se normativiza la explotación de los corrales (Rodríguez Santamaría, 1923: 260), lo que puede entenderse como indicio de la voluntad reguladora del Estado, en virtud de una pujante competencia económica entre agentes sociales, sin la presencia ya de los privilegios señoriales. A lo largo del siglo XX, los medianos y grandes propietarios que habían accedido a la propiedad la fueron dividiendo, bien por venta a terceros, bien por la reiterada distribución de la propiedad en las herencias. Ello permitió el acceso, en pequeñas partes, a pequeños propietarios. Una figura central es la del catador de corral, la persona que se encarga de su explotación directa, sea o no propietario. El catador tiene el derecho a “catar el corral” en la marea; es decir, a entrar en el corral en primer lugar, con derecho preferente sobre las capturas, a cambio de mantener su estructura y funcionamiento.3 La figura preponderante entonces era la del catador-propietario, aunque había propietarios que alquilaban el derecho de uso a catadores no propietarios. Para comprender esta dinámica de progresiva parcelación, hemos de entender que los corrales, ya desde mediados del siglo XX, empiezan a dejar de ser rentables. Su producción tenía un carácter complementario respecto de otras rentas, las de las explotaciones agrarias. “Yo estaba gastado del corral, de gastar el dinero allí” –nos refiere uno de los mariscadores más viejos-; aunque otros catadores habían accedido a la propiedad, precisamente por el inicio de la crisis de su productividad: “el corral era mío todo [corral de Mariño], porque cuando lo compré lo tuve que hacer entero, a mí me gustan los corrales, y perdí allí las uñas”. Lo que 3 Suele permitir que antes de su entrada en el corral, otros mariscadores hayan accedido a la captura de camarones, pero no otras capturas. A cambio de este derecho, incluso cuando no era propietario del mismo, tenía la responsabilidad de su mantenimiento, por lo que se trata de un mariscador experimentado y con conocimientos adecuados para restituir y mantener el corral en condiciones óptimas, conociendo y dominando las técnicas constructivas y de reparación. 2939
pescaba en el corral era una ayuda, pues del marisqueo “no se podía comer”. Ello se debe, en gran medida, a las nuevas condiciones ecológicas: aguas “tapadas”, con fango, procedentes del río Guadalquivir, que “ahogan a los peces” (por el exceso de agua dulce), que traen además vertidos que se recogen a lo largo de la cuenca, especialmente tras días de lluvia; o a la intensificación de la pesca en las zonas litorales. En definitiva, conforme nos adentramos en la segunda mitad del siglo XX, sólo aquellas familias que tenían más de un corral, y que además tenían pequeñas propiedades agrícolas, podían incrementar moderadamente sus rentas con esta pesquería (y gracias a especies, como los mugílidos, que hoy apenas tienen valor comercial). Para el resto, era una ayuda en algunos momentos del año –pues la producción de los corrales acusa una marcada estacionalidad, siendo menos generosos en verano. Figura 2. Vista aérea del corral de Mariño. Fuente: Club de vuelo “La ballena” Como era tradición, otros vecinos podían mariscar a partir de la visita del catador, sin que esto fuese considerado una alteración del sistema de propiedad y uso de los corrales. Un aspecto muy importante de la socio-ecología de los corrales, y que nos pone en la pista sobre las percepciones acerca de la apropiación de este espacio, es que el derecho de preferencia del catador se extiende de modo permanente a las especies sedentarias, que viven en el fondo (muergos o navajas, almejas...), pues se considera que su existencia se debe al cuidado procurado por el catador al corral, de modo que es él quien debe disfrutarlas, especialmente si 2940
ejercida con artes menores, frente a otras modalidades pesqueras”. El papel de la asociación fue aquí clave, pues fue la entidad quien aportó a la Administración la información sobre estas artes, así como sobre las normas de uso. Por ello, la normativa autonómica de 2004 reconocía a Jarife como entidad colaboradora, debiendo expedir los documentos habilitantes (carnés) para el ejercicio de la actividad. La concesión a favor de la entidad, mediante la corporación local, se realizaba por cinco años, siendo prorrogables hasta un máximo de veinte, siempre que los interesados respetasen las normas pactadas. Además, mediante esta normativa autonómica se diferencia la actividad en los corrales del marisqueo profesional, sacando a los mariscadores de Chipiona del limbo normativo en el que se encontraban, a cambio de otorgar un nuevo nombre a su actividad, que ellos no han asumido: “pesca a pie de corral”. Desde la perspectiva local, la actividad extractiva en los corrales sigue siendo el marisqueo (tradicional), aunque siempre hayan capturado diferentes especies marinas. El proceso de consolidación de la relación entre administración y Jarife se apuntaló, ya en el ámbito local, con la aprobación en pleno municipal (enero de 2008) de una “Ordenanza Municipal del uso y aprovechamiento de los Corrales de Pesquerías” de Chipiona,12 en la que se define el carácter tradicional y arraigado de la actividad, así como la ausencia de interés lucrativo. Como se aprecia en su articulado, la definición de la actividad es inseparable del corral como ingenio, de modo que garantizar la conservación de “nuestra tradición local más antigua” equivale al mantenimiento de la actividad, que se caracteriza por ser un sistema “artesanal y selectivo”, así como a preservar el microhábitat marino y litoral a que da lugar. Sus ventajas radican, según este mismo documento, en que al tiempo que se pueden convertir en atractivo turístico, sirven como “defensa de línea litoral frente a los embates de la marea y el oleaje” (art. 1). Es difícil encontrar indicios más relevantes de que la noción de paisaje cultural se ha infiltrado en el discurso del legislador en esta ordenanza local, como ya lo había hecho en la normativa autonómica de 2004. Aún más, en el resto del articulado de la Ordenanza local se sancionan, reforzándolas, las normas definidas en los estatutos de la asociación acerca de la regulación de la actividad: se definen las artes tradicionales, a partir del texto de la asociación, así como el derecho de preferencia del catador, que será elegido del modo “previsto en los Estatutos de la Asociación de Mariscadores Jarife y que constan en la Memoria del expediente de concesión 12 Boletín Oficial de la Provincia de Cádiz, nº 33, p. 13-14. 2947
administrativa”. De hecho, la asociación, al seleccionar anualmente a los catadores, ha de crear una identificación y remitirla a las administraciones competentes, facultando así a quienes se encargan del mantenimiento y observación de las normas internas, locales, en los corrales13. La administración local mantiene una vinculación permanente con la asociación: el concejal delegado del ramo (agricultura y pesca), asiste a la asamblea general, órgano soberano de la entidad, con voz pero sin voto, como se recoge en los estatutos de la entidad (art. 18.1) mediante la figura de asistente que presta asesoramiento o consejo; pero además forma parte de la junta directiva y asiste con regularidad a otras reuniones y actividades. De este modo, el ayuntamiento consigue una tutela efectiva sobre el cumplimiento de los fines de la asociación. En definitiva, podemos identificar un proceso que avanza desde la recuperación (interpretación) de normas tradicionales (“la ley antigua”) por parte de la asociación, que se presenta como aval ante las administraciones, y que acaba siendo la herramienta de gestión asumida por el Estado para esta actividad. Pues es Jarife quien designa anualmente a los catadores, establece como norma el derecho prioritario de despesque a éstos, al tiempo que los hace responsables del mantenimiento de las estructuras arquitectónicas de los corrales, entre otras obligaciones.14 A cambio, deben entregar una contabilidad de capturas15 cada año, comprometiéndose a respetar vedas y tallas mínimas. Es éste el sentido que damos a la expresión apropiación (administrativa en este caso) del territorio y sus usos por parte de los mariscadores locales. Desde la Junta Directiva se tiene plena consciencia que asumir el discurso y los significados dominantes acerca de la naturaleza en el entorno político es clave para conseguir el beneplácito de la Administración, de modo que la renuncia expresa al carácter profesional y comercial de la actividad, combinada por la apuesta por desarrollar actividades de 13 No podemos detenernos aquí en este asunto, pero sí podemos afirmar que los criterios de asignación de catadores se basan, fundamentalmente, en los méritos de los mariscadores que solicitan aspirar a la condición de catador, siendo la Junta Directiva quien propone a la asamblea la elección, de carácter anual, de los catadores de cada corral. 14 Por ejemplo, los catadores han de hacer saber a los intrusos que la actividad está regulada, según unas normas sancionadas por la administración –“bregar con la gente”-, y deben responder cuando la asociación organiza visitas (escolares, de otras entidades, de investigadores, etc.). Uno de los catadores nos comentaba “que se había tenido que disfrazar de romano, con calzones cortos, en pleno invierno, para que un estudioso viese como se lanza la tarraya –tipo de red-, por ser muy antigua”. 15 Los catadores rellenan los libros de registro. En ellos hay que definir y cuantificar las capturas que se realizan en cada marea, sobre un listado con las especies más frecuentes, en forma de tabla manuscrita. Además, hay una fila dedicada a consignar las tareas de reparación que realizan. 2948
concienciación y divulgación de los valores naturales del micro-hábitat, es una apuesta clave en su estrategia. Como exhortaba el secretario a la asamblea general de 2014, “fuimos a la Junta [de Andalucía] a decir que somos capaces de devolverle al medio más de lo que sacamos”, en una clara alusión a ese discurso de minusvalorar la dimensión productiva y significar la ambientalista. 3.2. Apropiación simbólica Pero la labor de los mariscadores locales no se ha circunscrito a resolver, favorablemente a sus expectativas, la cuestión jurídica sobre el territorio y la actividad marisquera. Interesa tanto, o más, conocer de qué modo se han ido tejiendo discursos mediante los que los mariscadores, poniendo como testigo a una tradición inmemorial, se autodefinen como los legítimos usuarios del litoral y del marisqueo en los corrales. Ya hemos comentado su renuncia al término “pesca a pie”, que aparece mencionado en sus estatutos, pero para explicar al lector que es una categoría sustituible por la de mariscador. Este rubro, además, les permite diferenciarse de los “corraleros”, como se autodenominan los pescadores de corral en Rota. Figura 3. Tareas de mantenimiento en el corral Cabito Fuente: David Florido 2949
Así, en diversos momentos de las entrevistas, el sentido fundamental de la actividad de marisqueo es garantizar el mantenimiento de los corrales, por quedar la memoria individual y colectiva cosida a este elemento del paisaje. “Para que nuestros hijos puedan seguir trabajando el corral” es una expresión que recoge esta percepción recurrente. El ejercicio de la asociación, en este punto, es el de una reivindicación consciente de su identidad laboral y local, como se expresa en la selección del propio nombre de la organización, que fue adoptado en una de las primeras asambleas generales: Asociación de Mariscadores Jarife. Junto a la reivindicación de la actividad de marisqueo, se apoyó la denominación ‘jarife’, estructura artificial incorporada por los pescadores al corral, constituida por tres piedras menores que sujetan a una piedra de mayor tamaño, creando así un refugio para las especies. Los criterios manejados en el proceso de selección fueron: i) es un nombre local, que no se usa en otros espacios corraleros, como Rota; ii) es un elemento arquitectónico que los animales usan como protección; y iii) su uso permite hacer el espacio intermareal más productivo. De nuevo, nos encontramos con el discurso que redunda en la noción de paisaje cultural en su acepción más general: espacio de contigüidad naturaleza-cultura. En los relatos de quienes estuvieron al frente del inicio del proceso de consolidación de Jarife emerge nítida la idea de que su fuerza está en haber conectado con la población local, porque existe una conciencia de que los corrales no podían abandonarse, y es necesaria la “unión de todos” –frente al caso de Rota, con dos asociaciones (Asociación de mariscadores UNIMAR y Asociación de Corraleros de Rota ACOR) y en la que no se ha logrado la coordinación necesaria entre Administraciones, de modo que todavía no es posible realizar el marisqueo con normalidad-. Ponen como ejemplo que muchos de los más de 400 socios de la entidad no “vayan a la marea”,16 no exploten los corrales, o lo hagan ocasionalmente, mientras que se han incorporado a la asociación para garantizar el futuro de los corrales. La afición aparece siempre en los discursos cuando se habla de los corrales y su mantenimiento a pesar de sus escasas posibilidades de aprovechamiento económico, formalmente prohibido-. Para C, campero y de familia de catadores propietarios, dedicar parte de su tiempo al corral significa respetar la memoria de su padre y su abuelo: “este es el patrimonio que tengo”. Reconoce que emplea más tiempo en su mantenimiento que en las 16 Término con el que se designa la acción de mariscar cuando los corrales quedan al descubierto, coincidiendo con la marea baja. Las mareas más adecuadas para practicar el marisqueo son aquellas superiores a los 80º, las denominadas “mareas vivas”, en las que el gradiente entre el nivel de pleamar y bajamar es muy alto. 2950
catas. Para A., de estirpe de catadores propietarios, es dolorosa la situación de deterioro en que se encuentra el corral del que ha sido catador hasta este año, y siente amargura por la memoria de su padre, aún vivo, y que fue su mariscador propietario hace décadas. L., catador ya en la época reciente, sin abolengo entre catadores, sí había sido pescador. Sus tíos eran mariscadores, y vivían en la playa. De ellos aprendió, así como de los catadores que trabajaban en la arquitectura corralera. Reconoce que trabaja para divertirse (está en situación de baja permanente por enfermedad), pero que se ha instalado en él la responsabilidad de su mantenimiento –“a mí se me cae un portillo y no duermo”-,17 y destaca la satisfacción que le produce el arreglarlo. A JL lo llevaba su padre a la marea nocturna, con 8 y 9 años, y lo dejaba sentado en una piedra, hasta que le hizo una candileja y le compró una fija, para que pudiera acompañarlo a las zonas más profundas y productivas del corral. Explica que su relación con la playa es muy especial, porque pudo curar su enfermedad (parálisis infantil) a base de baños de algas y arena caliente, bajando a la playa diariamente, hasta dos veces, durante cinco años. Lo que más le satisface es el aprendizaje práctico, sobre el trabajo cotidiano, visitando a diario los corrales durante los diez años que ha sido catador, de día y de noche. Allí ha estudiado el comportamiento de algunas especies, y cómo escudriña los sitios débiles en las paredes de los corrales, atacados permanentemente por la marea, hasta que los descubre. JA también se fue aficionando a través de su padre, y relata la experiencia como una conquista progresiva, una seducción que va incorporando, hasta que ya te rige, y te hace pensar en la marea. Impagable es el relato sobre una perra que aprendió a mariscar cerca de la orilla, “porque el perro, como nosotros, también siente esa afición, porque cuando aprendes el marisqueo, la afición esa la llevas dentro, y eso es lo que le pasaría también a la perra, que cada vez sentía más afición y aprendió a coger las ‘cacharronas’ (especie de mugílido), y se iba sola en cuanto la marea vaciaba, y eso se lo enseñó a su cachorra”. Si traemos a colación estos relatos es para poner de manifiesto cómo se construye simbólicamente, a través de la memoria y de las actividades de apropiación material, el paisaje de los corrales. Estos sedimentos de recuerdos seleccionados no pueden comprenderse al margen de la actividad estrictamente productiva, ni de la aspiración a controlar un territorio definido como propio –y que no se percibe vicario respecto de la gestión del Estado-. Las referencias que vimos respecto a “gastarse en el corral” o “dejarse en él las uñas”, en definitiva, sacrificarse en su mantenimiento, ejemplifican cómo en la percepción de los 17 Hace referencia a las zonas de pared que se disgregan, cayéndose total o parcialmente, creando mellas en la línea del muro. 2951
catadores hay una continuidad entre sus propios cuerpos y las estructuras que han de mantener, de modo que el paisaje no se percibe como un espacio externo, objetivo, sino como la expresión de la actividad humana en el entorno y como la huella de la pesquería en sus cuerpos y memorias, constituyendo una unidad socio-natural sin solución de continuidad. 4. Diversidad y conflictos entre perspectivas y orientaciones Ahora bien, subrayar la existencia de percepciones que han sido cinceladas a partir de trabajo en la playa y que expresan una apropiación simbólica, inequívoca, de los corrales por los mariscadores locales no debe ocultar que el paisaje cultural de los corrales también está atravesado por un conjunto de perspectivas, representaciones y expectativas que ponen de manifiesto que el paisaje está animado por diversas corrientes. Y ello sucede en distintas escalas y agencias. Desde la Administración, el valor fundamental de este paisaje es patrimonial, y de hecho ya se han puesto en marcha distintas estrategias de protección (Durán, 2003). Como ya hemos señalado (Florido 2012), no deja de resultar paradójico que aquellos corrales que han sido declarados con figuras de protección patrimonial, o bien están en un avanzado estado de abandono (Bien de Interés Cultural en el caso de Sanlúcar de Barrameda, 1995); o no se ha culminado aún el proceso de definición de normas de aprovechamiento (Monumento Natural en el caso de Rota, 2001).18 En ambas intervenciones, se destaca el corral como expresión de modos de vida característicos de una zona; y en el segundo queda subrayada la relación entre el hombre y el entorno, mostrando el papel de la acción antrópica en la configuración del paisaje marítimo litoral. En los corrales se dan cita valores ecológicos, etnográficos y paisajísticos, que singularizan un territorio y sus formas de vida. Pero los mariscadores de Jarife no quieren oír hablar de patrimonio –en el sentido de la puesta en marcha de figuras de protección y regulación desde las instancias gubernamentales-, pues la experiencia les muestra que ello significa un proceso de alienación sobre el territorio y sus usos. 18 Inscripción en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz con carácter genérico del Corral de Merlín o Marín, situado en la playa de La Jara de Sanlúcar de Barrameda (Resolución de 13 de noviembre de 1995, de la Dirección General de Bienes Culturales); y declaración de los corrales de Rota como Monumento Natural por el Decreto 26/2001, de 2 de octubre, en la categoría de “monumentos ecoculturales”. Además, la iniciativa Recuperación, gestión y divulgación de los corrales de pesca en Rota (Cádiz, España) fue designada para su inclusión en la base de datos de buenas prácticas (BEST) de la Organización de Naciones Unidas (2002), (http://habitat.aq.upm.es/bpes/onu02/bp213.html [marzo de 2014]) 2952
Si descendemos a escala local, apreciamos otro tipo de controversias. En primer lugar, la presencia de veraneantes, que constituyen una fuente de tensión. Para los mariscadores, no es tanto la entrada de “extraños”, cuanto la constancia de que un número de ellos no respetan las prácticas correctas para el mantenimiento del corral: remueven piedras, las levantan, cogen especies inmaduras, arrancan ostiones, pescan camarones…: “no son los cien mil que entran sino los ocho que lo hacen mal”. En virtud de ello, la asociación pone en marcha campañas de concienciación en temporada estival para que los visitantes conozcan las normas mínimas para, al menos, no dañar el paisaje, y hay abundante material para difundir estas campañas, así como actividades específicas. Un segundo conflicto que atraviesa el paisaje de los corrales es la existencia de “furtivos”. Bajo esta denominación nos encontramos a una diversa etiología de actores y prácticas. Por una parte, pescadores que largan sus artes de red por fuera del corral, impidiendo el normal movimiento de las especies entrando y saliendo del corral. Se trata de una práctica que se ha visto incrementada exponencialmente como consecuencia de la crisis económica.19 Por otra parte, existen mariscadores que tienen la expectativa de vender las capturas, pues su intención marisquera es esencialmente productiva, y no de ocio. Se trata de un tema espinoso para la asociación, pues se trata de una práctica explícitamente prohibida, y condición básica para recibir la concesión de la actividad. Las difíciles condiciones económicas pueden hacer entender, en términos generales, algunas de estas prácticas, sobre las que la Junta Directiva debe estar vigilante para evitar su generalización. Pero también se consideran furtivos los mariscadores que no acatan el modelo de organización del aprovechamiento de los corrales, con la figura central del catador. Son los denominados “talibanes”. Según el testimonio de uno de éstos, “la concesión de los corrales a los catadores es un crimen”, pues el modelo vigente significa la apropiación de facto de lo que consideran un patrimonio del pueblo. Para desacreditar a los catadores, los acusan de que la labor de mantenimiento es mínima, y de que su vocación es fundamentalmente productiva, por lo que persiguen a los mariscadores que no forman parte de la asociación, como ellos, y que, por tanto, no tienen el carné habilitante para el desarrollo de la actividad. Este grupo, ciertamente minoritario, tienen un contra-modelo de explotación: una gestión no restrictiva 19 Más acá de los factores estructurales globales, en el caso de Chipiona se constata una importante crisis del sector económico más importante en las últimas décadas, la industria de la flor cortada, que es intensiva en fuerza de trabajo. 2953
mediante una asociación que financie, con las cuotas de socios, a profesionales que se dediquen al mantenimiento de los corrales, a cambio de un salario. Por último, un animado debate atraviesa la propia asociación: entre aquellos que acuden a ella como el medio autorizado de realizar actividades de marisqueo –el corral es un paisaje eminentemente productivo- y aquellos, minoritarios y pertenecientes a los sectores más institucionales, que subrayan el papel de la asociación como entidad patrimonializadora. El corral es para ellos testimonio del patrimonio natural y cultural, testigo de la historia local antes que un espacio productivo. Se considera que su futuro debe comprenderse en relación con la participación de los asociados en actividades de divulgación, mantenimiento, investigación y ocio, tanto de los locales como de los visitantes, en consonancia con los discursos patrimonializadores de las agencias institucionales.20 Incluso alguna voz ha reclamado que la asociación habría de denominarse de “amigos de los corrales” y no de mariscadores. Un encendido debate en la asamblea general de 2014, acerca de la obligatoriedad o no de los socios de participar en estas actividades de la entidad –que además ha puesto en marcha una sección de voluntariado desde 2009- mostró las distintas expectativas de los socios de Jarife respecto a esta cuestión, y el difícil compromiso que ha de conseguir la Junta Directiva para aquietar a unos y a otros. 5. Conclusiones En este trabajo hemos aplicado un concepto de paisaje que entiende que éste es, más que la síntesis de elementos naturales, biológicos, y socio-culturales, el resultado de un proceso de apropiación material, política y cognitiva de un territorio, por parte de diversas agencias sociales y políticas (Lefrevre, 1991; Massey, 2005; Seeland, 2008; Ther, 2011; Wu & Hobbs, 2009). En particular, el caso de estudio nos ha permitido adentrarnos en la diversidad de perspectivas y valores de los actores sociales respecto del territorio y las actividades a desempeñar en él. Podemos calificar el proceso protagonizado por los socios de Jarife como un proceso de resiliencia socio-ecológica (Escalera y Ruiz, 2011: 115), en el sentido de que, haciendo de la necesidad virtud, encontraron en el nuevo marco jurídico y de economía política (estatización 20 Nos referimos a la idea de una naturaleza-objeto, resultado del silencio del hombre, lo menos antropizada posible, reinventada como espacio neutro para el disfrute mediante actividades no productivas, discurso que corre parejo al de la turistificación de los territorios, sistemas sociales y tejidos económicos locales. 2954
de los corrales, crisis socio-ambiental en el aprovechamiento de sus recursos, proceso de reconstrucción de su arquitectura financiada por el Estado) la oportunidad para transformar el modo y la lógica de su gestión. Lo han hecho adoptando una posición políticamente consistente, asumiendo algunas de las potestades de la Administración en relación a los recursos ictícolas del litoral, y aprovechando su discurso acerca de la sostenibilidad ambiental y el patrimonio cultural. Y todo ello reivindicando el derecho a la memoria y a la continuidad transgeneracional de un paisaje cultural, de un socio-ecosistema. La capacidad de la asociación para conseguir la delegación de determinados aspectos de la gestión de la actividad extractiva y el mantenimiento de los corrales, siendo dominio público, ha creado una nueva forma de apropiación de los corrales. Lo llamativo del caso de estudio es la capacidad de la asociación, para, atendiendo a la interpelación de la Junta de Andalucía de convertirse en una entidad que garantice la preservación de usos tradicionales y la conservación del hábitat litoral intermareal, conseguir una posición reconocida –aunque contestada-, tanto por la población local como por la Administración Autonómica y Local, en la gestión de la pesquería. El caso estudiado nos permite aprovechar, de nuevo, el concepto de “invención de la tradición” de E. Hobsbawn, en el sentido que, en relación con el horizonte histórico precedente, nuevos actores, nuevas funcionalidades y nuevas perspectivas conforman el armazón social que permite la actividad en los corrales, ya sea en su vertiente productiva o de uso, gestión y disfrute patrimonialista. Estos aspectos novedosos están injertados en la memoria local del paisaje (Schama, 1995). No sólo en las representaciones y discursos acerca de-, sino en las formas de trabajo que, mediante tradición, se han ido transmitiendo para mantener vivos esos modos de construir y mantener los corrales. Por ello, el paisaje cultural no es sólo una representación del espacio, fruto de apropiaciones materiales y de plurales y heterogéneas representaciones. Es también un discurso sobre el tiempo: en este caso, la sedimentación de la memoria y la propuesta del mantenimiento futuro de la actividad, para que alcance a las nuevas generaciones. Tiene por tanto una fuerte carga proyectiva, y no sólo retrospectiva. Si el “landscape is a clue [pista] to culture” (Lewis, 1979: 12), hemos de concluir que también lo es de las visiones retrospectivas y proyectivas que los actores sociales generan dialécticamente acerca del tiempo, el que es filtrado a través de una memoria socialmente situada y políticamente consciente. Por tanto, las actividades actuales, reales, de apropiación sobre los corrales, no son meramente un ejercicio de recuperación de prácticas de los mayores (regreso) –tal y como 2955
suelen argüir los activistas del patrimonio y mariscadoressino un ejercicio de creación cultural, sobre nuevas sensibilidades, imaginaciones y percepciones sobre el paisaje (Ingold, 2011: 7), que logran evidenciar, haciendo reales y proyectadas, las intenciones del presente. Cualquier relato de los mariscadores acerca de sus experiencias en el pasado (memoria del paisaje cultural) se convierte, al mismo tiempo y sin solución de continuidad, en una ventana hacia el futuro (voluntad del mantenimiento del paisaje cultural). Ese trayecto, entre imaginario (fruto de los recuerdos y las representaciones de los actores) y pragmático (fruto de los esfuerzos, los acuerdos políticos y las relaciones sociales implicadas) acaba por sellar un percepción de continuidad histórica que llega a impresionar al visitante, al curioso, al outsider. No estamos ante un estudio de caso en que la patrimonialización debe vincularse al consumo posindustrial del pasado, o de la naturaleza (o de ambos), manipulando artefactos culturales para crear un discurso patrimonialista, que hay que encuadrar necesariamente en el marco de economía política de la terciarización de la economía y el turismo (De Mármol et al, 2010). Podemos encuadrar el proceso político protagonizado por Jarife como una batalla por el reconocimiento cultural de los mariscadores locales (los existentes, pero también los futuros), a cambio de un compromiso por la sostenibilidad de sus actividades (Leff, 2002). Por ello, concluimos que estamos ante un ejemplo de “movimientos sociales que mantienen una fuerte referencia al lugar -verdaderos movimientos de apego ecológico y cultural a lugares y territorios” (Escobar, 2000: 114). Así, más que una reivindicación sobre valores ambientales, estéticos y de disfrute del paisaje, como se concibe en la sociedad posindustrial –lo que se denomina, desde una perspectiva esencialmente urbanauna cultura medioambiental (Álvarez, 2011), el episodio analizado se inscribe mejor en una lucha por el reconocimiento de derechos históricos ante el giro político que supuso la prohibición o limitación de actividades extractivas en los corrales y la oportunidad que significó su conversión en dominio público. Con todo, los artífices de este proceso de reivindicación, insistimos, han sido capaces de asumir el discurso ambientalista y de sostenibilidad, tan caro a la Administración, y organizar sus prácticas de gestión en virtud de estos valores, definiendo la identidad local, pasada y futura, a partir de un discurso de naturaleza-cultura, no sólo en sus formulaciones, sino en sus prácticas sociales. Como hemos apreciado, el proceso no está exento de visiones, expectativas y valores conflictivos acerca de los corrales y sus actividades; pero, en cualquier caso, hasta el momento, éstos no se han convertido en el paisaje fetichizado característico de la posmodernidad occidental. 2956