Full text
ESTUDIOS
DE LA LIBERTAD
Y
DEL CONSENTIMIENTO.
DOS ESTUDIOS SOBRE EL PRINCIPE
DE MAQUIAVELO
Po ANTONIO HERMOSA ANDUJAR
SUMARIO
I.
INTRODUCCIÓN.—II.
LAS
PASIONES
DE LA
LIBERTAD.—III.
LA
FUNCIÓN DEL
CONSENTIMIENTO
I. INTRODUCCIÓN
El mé i o
de
undado
de la
ciencia polí ica median e
el
cual
se
compendia,
con azón,
el
signi icado
de la
ob a
de
Maquia elo
ha
caído
sin
emba go como
una pesada hipo eca sob e cie as pa es
de la
misma, di icul ando
su
cabal in e-
lección. Asociado aquel mé i o
al
descub imien o
de un
con inen e nue o,
la
ue za,
en el
e i o io
de la
polí ica, a amen e
se
han dejado ondea sob e
el
mismo
los
es anda es
de la
mo al —la libe ad
y el
consen imien o—,
sin los
cuales aquélla pasa ía
a
ans o ma se
a
medio
y
la go plazo en debilidad. Es e -
dad que
la
libe ad
no
de ine on ológicamen e
al
homb e —Maquia elo
no es
Pico—,
sino sólo polí icamen e,
y
ep esen a po an o más
un
pun o
de
llegada
que
un
pun o
de
pa ida
en la
e lexión social del au o de
El
P íncipe;
y es
e -
dad igualmen e que
el
consen imien o
no es el
necesa io p ime ac o polí ico
aco de
a la
o igina ia libe ad —Maquia elo
no es
Locke—,
y
pe iódicamen e
eno ado cada ez que
se
elige una nue a legisla u a, sino que
se
a a más bien
del asen imien o hecho
en
oz baja po un ac o cuya oz no
se
hace oí desde
el
de echo. Pe o no es menos cie o que sin
el
concu so de és e
la
ue za degene a á
en iolencia,
y si
bien pod á cumpli con
su
obligación de ga an e pe manen e
de
la conse ación del Es ado,
lo
ha á
a
cos a de sup imi
la
cohesión espi i ual que
coadyu a
a
semejan e misión,
es
deci ,
lo
ha á sin hace hono
a la
i ú, aho a
ya nuda ue za;
y
que sin
la
p esencia de aquélla,
el
Es ado que
la
conoció pe de-
ía sus ecue dos
y su
legi imidad —y
la
i ú
se
queda ía con
la
ausencia
del
elos ideológico que inspi a
la
ac i idad del «buon p incipe», o o gándole
su
sen-
ido
y
di ección úl imas—. Dedica emos
las
páginas siguien es
a
po meno iza
ambas esis.
Re is a
de
Esludios Polí icos (Nue a Época)
Núm.
82. Oc ub e-Diciemb e 1993
II.
LAS PASIONES DE LA LIBERTAD
La imagen más gene al del homb e legada po Maquia elo a la his o iog a ía
es la de una igu a anclada en sí misma, sin ue zas ni deseos de ascende se
hacia los alo es de la azón y la solida idad. Los g ille es del egoísmo y la nece-
dad a e an su paso, dejándole como único espacio de acción el in e és pa icula ,
y como único ho izon e el de la necesidad. Una c ia u a casi en manos del aza .
Y una c ia u a así, es ob io, no debe me ece an e el p íncipe la conside ación de
suje o polí ico ac i o: sólo puede me ece la a ención implíci a en la polí ica de
pan y ci co, la ideal pa a llena de elicidad su sumisión. A lo sumo, y mi ando
más la unidad —el pueblo— que con o ma jun o a los demás, excep uados los
g andes, que omándolo aisladamen e, el p íncipe p uden e sal a á en dicha uni-
dad la inalidad é ica que la mue e —el no se dominada po los g andes—, a la
pa que, po cálculos es ic amen e u ili a ios, p o ee á a no enajena se de ini i-
amen e su olun ad, habida cuen a de la g an can idad de ue za que puede acu-
mula y pone en juego en e al enemigo. Al espec o, una cie a inyección de
bienes a ma e ial en la ida colec i a se á la bolsa con la que el pueblo canjee en
su conciencia mo alidad po adhesión. Po o o lado, ese espe o gené ico a la no
menos gené ica unidad de indi iduos llamada pueblo no lib a a ninguno de ellos
en pa icula de que el p íncipe, en de e minadas ci cuns ancias, y en a as de la
conse ación de su dominio, se digne inju ia lo, o inju ia a un g upo de ellos,
educiéndolos a mise ia y miedo: esos enemigos de la segu idad y con ianza del
homb e en sí mismo y en los demás. Como, en con apa ida, el p íncipe ecom-
pensa á simul áneamen e a o os miemb os de la unidad, és a queda á de ini i a
y mo almen e o a en cuan o al: es deci , que el cambalache hab á su ido sus
e ec os. Así pues, la sola imagen segu a que el indi iduo conc e o pa ece p oyec-
a sob e el escena io de la polí ica es la imagen cónca a de la se idumb e, pues
goza del dudoso p i ilegio de pa ece escla o cuando no es sie o, y de, en eali-
dad, se un ciudadano de la ejación y del a bi io; en suma: de no se .
Aho a bien, ¿son ésos los únicos ma e iales con los que es án hechos los
homb es? ¿No hay ningún o o que b ille en su noche, ningún a eba o o emoción
se p oduce an e el conju o del nomb e libe ad, compa e su des ino con los días
la lo de la caducidad? In en a emos esponde a dicha in e ogan e en el con ex-
o de la conse ación del p incipado mix o, en conc e o del p incipado en el cual
su i ula añade a su dominio un nue o e i o io egido has a en onces po un
o den epublicano. Pe o da emos un odeo pa a llega allí más di ec amen e.
El pode da pode , enseña Maquia elo. Su eje cicio cons an e cons i uye la
más sólida ga an ía de su con inuidad. Consolida una nue a conquis a pasa po
cie os momen os c uciales que dependen de la cons i ución del Es ado anexiona-
do;
en un p incipado ca ac e izado po la cen alización absolu is a del pode ,
donde sólo b illa con luz p opia la es ella del p íncipe mien as los demás lo
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DOS ESTUDIOS SOBRE EL PRINCIPE DE MAQU1AVELO
hacen con luz e leja —es deci : con ninguna—, su oma se á di ícil, pe o su
conse ación ácil: el g an Alejand o da e his ó ica de semejan e axioma. Apo-
de a se del eino de Da ío no ue p ecisamen e un paseo mili a , pues no con aba
con ninguna ayuda en el in e io del mismo: desde el pun o de is a polí ico, el
pueblo es nada en un Es ado así, y los g andes son como el pueblo. Sin emba go,
una ez en él, las mismas ci cuns ancias que habían obs aculizado su en ada se
aliaban aho a pa a asegu a le la pe manencia. En una al si uación sólo la o una
impedi ía goza del bo ín y dis u a la he encia, y lo hizo combinando espec i-
amen e la mue e del hé oe g iego con la ambición de sus gene ales, que di idió
el eino en un núme o de pa es igual al de sus cabezas. Po el con a io, cuando
el p incipado es una polia quía absolu is a, como la mona quía eudal ancesa
—aquí los seño es que odean al ey sí ienen ue za p opia, ale deci : pueden
encabeza una ebelión con a aquél—, la conquis a y el man enimien o del mis-
mo man ienen los p edicados an e io es in e cambiando su o den.
Es p ecisamen e la consolidación del nue o dominio el equisi o pa a que el
pode dé más pode . Las ibulaciones de an año se emansan, y al ampa o de su
ue za el seño es ablece nue as elaciones con sus ya iejos subdi os. Y si qui-
sié amos sabe has a qué pun o pueden ales elaciones llega a se igo osas y
uc í e as, no end íamos más que segui cie os amos del cu so de la domina-
ción omana a a és de los meand os de la his o ia. Y si quisié amos además
sabe dónde eside la cla e de esa plus alía de pode inhe en e a su eje cicio, la
espues a nos end ía dada na u almen e: del cu so del iempo. Como un singula
Sa u no, el pode se e ue za de o ándose a sí mismo. Aho a bien, ¿cuál es el il-
o mágico en i ud del cual se hace ealidad al ilusión, qué músculo añade el
paso del iempo al b azo del pode : qué sus ancia ex aña se adhie e a su ueda?
La espues a p o iene es a ez de su p opia na u aleza de ac o social: la cos um-
b e.
El eje cicio con inuo de un cie o pode p oduce en sus des ina a ios el hábi o
de dicho eje cicio, o lo que es igual: c ea en ellos el espejismo psicológico de
na u aliza a su de en ado ac ual, desna u alizando la his o ia que le condujo has-
a ahí. En suma: c ea el ol ido. G acias a él, la obediencia, de hábi o, acaba ans-
mu ándose en adicción. A ello jus amen e se debe «la la ga du ación» del
gobie no de los omanos en las p o incias pe i é icas de su impe io, gobie no que
sólo conoció sob esal os «mien as du ó la memo ia» de los hechos que die on
luga a los mismos (cap. 4) (*). Empe o, esa inculación en e legi imidad y ol i-
do se pone oda ía de mani ies o con mayo cla idad en el caso del man enimien o
del p incipado «he edi a io», no en ano el más ácil de conse a según Maquia-
elo.
Demos, pues, un segundo paso a ás y eamos el po qué de semejan e con-
icción.
En los Es ados he edi a ios una cadena de hie o unce de mane a casi indes-
uc ible al p íncipe con su pueblo: la adición dinás ica. El único ácido en g ado
(*) El P íncipe. Alianza Edi o ial, Mad id, 1985.
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ANTONIO HERMOSA ANDUJAR
de co oe la es el aza , pe o és e debe á man ene la gua dia bien al a si quie e
p o ege a su alido, pues al meno descuido la co ona ol e á a ceñi las sienes
de donde la o men a la a eba a a. De nue o en el ono, el úl imo as ago del
linaje einan e p osegui á su gobie no has a que el aza eincida o —lo más p o-
bable— llegue el momen o de cede el báculo a su suceso . Cuen a pa a ello con
la bene olen e p edisposición de su pueblo hacia él, e ec o de una si uación en la
que el man enimien o del o den apenas si eque ía ya ecu i a la iolencia. El
iempo, en e ec o, había o jado con paciencia el edi icio de la au o idad, que e a
el modo de lab a a la ez los pila es de su legi imidad: po que, de hecho, pa a la
au o idad iempo es «an igüedad» y «con inuidad», ale deci , los ma e iales con
los cuales se ab ica el «ol ido» de «los ecue dos y las causas de las inno acio-
nes» —como aquéllas que un día comple amen e bo ado de los anales de la His-
o ia lle ó al imón del Es ado al linaje del que el ac ual p íncipe es el úl imo
seño . La an igüedad y con inuidad del pode hace lo ece en el pueblo la cos-
umb e de al pode —o sea, impone la obediencia al mismo—, y con ella la
ga an ía de su ep oducción. La cos umb e, po an o, es la anes esia de la memo-
ia y de la conciencia; cub e de ol ido y me amo osea en el mi o los hechos his-
ó icos an e io es al ac o olun a io inicial de ija el nue o o den que hab á de
c ea su p opia adición, la hoy aún igen e, e impide el c ecimien o y eno a-
ción de la ida pública u u a más allá del o den ins i ucional ac ual, canonizado
como na u aleza con la a alidad de un des ino. De es e modo, un pueblo some i-
do a un p íncipe de al índole —un pueblo ege a i o desde el pun o de is a
polí ico— iene conciencia de sí mismo en cuan o unidad solamen e ue a de la
mo al, y aun ue a de la ealidad: en una adición que, enegando de su o igen
empí ico, ha ans o mado la his o ia an e io en mi o y ha ele ado la amnesia a
p incipal uen e de legi imidad polí ica.
Sólo en los p incipados he edi a ios el ol ido juega el papel c ucial de bas ión
del man enimien o del Es ado, pe o en odos ellos juega un papel impo an e, o al
menos el p íncipe debe aspi a a que así sea. Un suje o que ol ida es un suje o
habi uado a obedece : a conside a al p íncipe como su p íncipe. Si és e, una ez
asen ado en el ono, se es ue za po medi la iolencia con la a a de la necesi-
dad, y po medi la necesidad en in e alos cada ez más in ecuen es; y si ap o-
echa el ín e im pa a aumen a el bienes a del pueblo, és e se ol e á paula ina
e inexo ablemen e más p ocli e hacia él, y en buena medida de las men es de
cada uno de sus miemb os se des e a á esa endencia inna a a cambia pensando
ob ene mejo as en el cambio; hecho es o, la cos umb e de obedece le es sólo
cues ión de iempo, y la anquilidad pública echa á aíces más p o undas: no ha
de ol ida se que «los homb es i en anquilos si se les man iene en las iejas
o mas de ida» (cap. 3), y que el hábi o es ese en ejecimien o.
Aho a bien, ese mo imien o de apaciguamien o del ánimo, que inmola g an
pa e de las expec a i as de sali pe sonalmen e bene iciado en los cambios en el
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DOS ESTUDIOS SOBRE EL PRINCIPE DE MAQUIAVELO
al a de un mayo bienes a , y se ap o echa de la cos umb e pa a mece la iolen-
cia inicial, in e ida en conquis a el eino, en las aguas del ol ido; ese mo i-
mien o, decimos, ¿es el mo imien o de la na u aleza humana? Con o as
palab as, ¿es la amnesia un p incipio de legi imidad pa a odo pode es ablecido?
Maquia elo sin e iza en dos ipos de o ganización polí ica la p o eica gama en
que se mani ies a el pode en la his o ia: el p incipado y la epública. No sólo la
o ganización del pode : ambién el o igen, el eje cicio y el obje o del mismo
di e encian ambas o mas de Es ado. No obs an e, no nos hallamos aquí, c ee-
mos,
an e un dualismo ma cado po una adical oposición. Cuando, po ejemplo,
Maquia elo señala que «los omanos hicie on... lo que odos los p íncipes sabios
deben hace » (cap. 3), no sólo se nos indica, desde un pun o de is a é ico —po
desen aña su signi icado empezando po el inal—, que dicha sabidu ía es la de
la Razón de Es ado, es o es, la écnica des inada a la conse ación del p incipa-
do;
y no sólo se nos e ela que el con enido del «deben» no es mo al, sino un
hecho como el p eceden e, que si e de modelo y al que se es á en g ado de
ep oduci en su signi icación o igina ia si que emos hace lo cuando sabemos
hace lo; o lo que es igual: desde un pun o de is a epis emológico, en el concep o
—posi i o y e o mado — de imi ación c is aliza una iloso ía de la his o ia que
compo a, po una pa e, el supues o de la na u aleza humana como un da o obje-
i o y cognoscible has a en los eso es úl imos que mue en la conduc a de los
indi iduos; y po o a, la in e p e ación de los hechos his ó icos a la luz de ales
conocimien os y su alo ación en cla e polí ica —es deci , en una de e minada
cla e polí ica. Todas es as líneas de azonamien o culminan en la idea de que,
me ced al pe ec o conocimien o del pasado, el p esen e y el u u o del acon ece
humano es án en g ado de mo e se con la egula idad de una legalidad na u al:
bas a que sea una olun ad acional quien lo p esida (po lo demás, esa olun ad,
los conocimien os que p esupone, cons i uyen ob iamen e la plus alía epis emo-
lógica añadida po la imi ación a sus modelos del pasado al obje o de ep oduci -
los mecánicamen e).
Como puede ap ecia se, al concep o kan iano de «his o ia u u a», esa his o-
ia con la que en lo sucesi o la azón pod á llena de libe ad la ida de los hom-
b es,
le ha salido un an ilus e como inespe ado p eceden e.
Aho a bien, odo lo an e io , con se an o, no es lo único que se nos e ela en
la ase de Maquia elo an es ci ada. Los omanos no sólo conocie on el impe io,
sino ambién la epública, esa epública an que ida de Maquia elo: an digna de
imi a . Y en ese caso, un p incipado que imi a una epública signi ica, desde un
pun o de is a polí ico, cuando menos que a pesa de la pe sonalización de la
ida pública, de la con usión en e la ins i ución es a al y la pe sona que la admi-
nis a, se ha llegado sin emba go a un concep o de pode lo su icien emen e abs-
ac o y obje i o como pa a impone que su me a exis encia sea un pone
condiciones a su eje cicio: y una de ellas, is a la comunidad de ines —imi a-
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ANTONIO HERMOSA ANDUJAR
ción oblige— en e el pode del p íncipe y su p eceden e epublicano, consis e en
no depende o zosamen e de la o ma en que la ins i ución polí ica se o ganice
pa a alcanza sus obje i os. Sin duda, la sobe anía de Bodin, an independien e
en su esencia de quién sea sobe ano —un mona ca, la a is oc acia o el pueblo—,
no sab ía e i a una son isa de complicidad al mi a se en el espejo maquia elia-
no,
po cuan o e ahí los p ime os asgos de su ju en ud.
La conco dancia en cie os ines del pode , con independencia de su o gani-
zación, no es sino el aspec o o mal de una nue a conco dancia a ni el de con e-
nidos en e p incipado y epública —y po pa adójico que pudie a pa ece , al
sub aya la p esencia de es e nue o e i o io común es amos en ando ya a es-
ponde la cues ión plan eada an e io men e ace ca de la hipo é ica na u alización
del ínculo exis en e en e ol ido y legi imidad—. Po absolu o que sea el pode
del p íncipe en la comunidad, es siemp e un absolu o ela i o; po necesa ia que
sea la ue za en la conse ación de aquélla, el mundo de la necesidad es no able-
men e más amplio y he e ogéneo, pues aba ca igualmen e a cie os elemen os
axiológicos.
Es e dad que, en p incipio, pod ía bas a se po sí sola pa a man ene el Es a-
do en el puño de su i ula : pe o esa iolencia pu a adolece de una a a congéni a
que la hace, además de a a, indeseable e inhumana: indeseable po inhumana.
Un p íncipe do ado de g an alen o y a ojo sab ía saca le el mejo pa ido posi-
ble,
y has a, epe imos, conse a ía el Es ado: pe o en su conduc a, ese conjun o
de «c ueldades bien usadas», como las llama Maquia elo, acaba ían igualmen e
ex e minando la i ú; Aga ocles, el i ano de Si acusa, man u o así su ciudad, y
no cabe duda que, de a ende exclusi amen e a sus cualidades pe sonales o a la
e icacia de su acción, su igu a ocupa ía un luga de hono en el pan eón de los
p íncipes i uosos; empe o, pese a ello, la iolencia —«su e oz c ueldad e
inhumanidad»— ue al que «no es posible... a ibui a la o una o la i ud lo
que ue conseguido po él sin la una y sin la o a» (cap. 8). Así pues, el concep o
de lími e a uncido de mane a indisoluble al concep o de i ú; és a se ale cie -
amen e de la ue za, y ni siquie a apo a jus i icación cada ez que la usa en
a as del man enimien o del Es ado, pe o no puede ale se sólo de ella; a pa i de
cie o momen o, un luga és e dejado algo inde inido po Maquia elo, las en
p incipio gaseosas ib as de mo alidad an adqui iendo consis encia y e minan
po con igu a una on e a in anqueable pa a aquélla: un p íncipe no pod á sin
más «ex e mina a sus ciudadanos, aiciona a los amigos, ca ece de palab a, de
espe o, de eligión» (ibidem), y aspi a al cali ica i o de p uden e, ni sa is ace
la o dina ia necesidad — écnica— de a ae se el a o del pueblo pa a man ene
el pode . Sólo si le ga an iza p o ección y se p eocupa po alza el din el de su
bienes a ob end á con segu idad su consenso, bene icio és e que pod á en abili-
za siemp e, muy especialmen e cuando la ad e sidad oma la o ma de amenaza
ex e io . Y sólo así se halla á en si uación de añadi a su i ú glo ia, esa co ona
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DOS ESTUDIOS SOBRE EL PRINCIPE DE MAQUIAVELO
de luz hecha en buena medida con ma e iales aca eados desde la can e a de la
é ica, y cuyo ulgo a ae las olun ades de sus subdi os, e ae las de sus enemi-
gos,
y esculpe su memo ia en el má mol de los siglos.
Así pues, la ca ga é ica con la que el concep o de glo ia e ue za el de i ú
no sólo complemen a el igo de la ue za como ac o de cohesión social y de
ga an e úl imo de la supe i encia del Es ado; e e ido al pueblo, p oyec a sob e
és e una nue a imagen que mejo a sensiblemen e la legada po g an pa e de la
adición his o iog á ica. Cie amen e, no lo ans o ma en suje o cons i ucional
ac i o, pe o sí en un suje o digno de espe o: ecompensa, ni más ni menos, las
cualidades que indi ec amen e se le han enido a ibuyendo. Po ejemplo, en la
capacidad de esponde posi i a y uni a iamen e a la acción del p íncipe cuando
és e consag a pa e de su ac i idad a su p o ección (cap. 9); o cuando en el
pe manen e duelo que man iene con la o a ue za na u al de la sociedad, los
g andes, po aco da en medidas comunes los in e eses con apues os que es-
pec i amen e los de inen, la ensión degene a en c isis y, no quedando o a sali-
da que la elección de un p íncipe pa a su de ensa, sabe ap o echa «la opo uni-
dad» {ibidem) pa a hace la decan a se de su lado: demues a así su p opia i ú
—esa sus ancia híb ida, llena de cualidades p eciosas, has a aho a pues a en jue-
go únicamen e po el p íncipe (cie amen e ambién los g andes pod án hace
gala de ella en una ocasión simila : cuando es suya la acción de elegi la ocasión
de elegi al p íncipe; pe o en cualquie caso, siemp e es una i ud en bas an es
g ados in e io a la del de en ado del pode )—. Incluso nues a a i mación ini-
cial de da pan y ci co al indi iduo, y ob iamen e al conjun o o mado po la
mayo ía de ellos, leída en su con ex o no es sino una mues a más de espe o: y la
polí ica de omen a las di e siones del pueblo es p ecisamen e el modo de salda
la obligación con aída con dicho espe o.
La República da á o ma y consis encia a ese as o in o me y deshilachado
de mo alidad y de i ú que a dejando el pueblo al pasa po el p incipado;
coau o de la ley, el pueblo es po lo mismo co esponsable de la exis encia de la
libe ad, la plan a que necesi a del iego de las sus ancias an edichas pa a lo e-
ce . Y llegados a es e pun o, una ez sacado a lo e un cie o ondo común en e
el p incipado y la epública, llega ambién la ocasión de eplan ea la cues ión
an e io , ace ca del ol ido como uen e na u al de oda legi imidad. Es ho a,
pues,
de ecoge la p omesa inicial y analiza el discu so sob e la conse ación
po pa e del p íncipe de la epública ecién adqui ida.
A al in, Maquia elo ecomienda es ipos de acción: la des ucción de la
ciudad conquis ada; el aslado de la esidencia del p íncipe al nue o e i o io
inco po ado a su co ona; o bien la de deja in ac as sus leyes, y some iéndola a
una doble imposición, la de un ibu o y la de un gobie no enca gado de asegu a
su idelidad al p íncipe. No obs an e, cuando a con inuación Maquia elo sopesa
las di icul ades inhe en es a cada una de las medidas, su conclusión se uel e
15
ANTONIO HERMOSA ANDUJAR
ajan e: «no hay o o modo segu o de posee ales Es ados que des uyéndolos».
¿Po qué?: «quien pasa a se seño de una ciudad acos umb ada a i i lib e y no
la des uye, que espe e se des uido po ella...» ¿Pe o po qué? ¿Qué impide a la
dominación hace se ue e, a la ue za hace se aún más ue e po sali del anoni-
ma o inicial al c ea su cos umb e, y a la cos umb e cimen a odo al comp a con
bienes a la memo ia p esen e, y la memo ia pasada con ol ido? Con inuando la
ase an e io en el momen o de la cesu a, se lee p ecisamen e la explicación:
«... pues en la ebelión siemp e encon a á e ugio y jus i icación en el nomb e
de la libe ad y en sus an iguas ins i uciones, cosas que jamás se ol idan a pesa
del paso del iempo y de la gene osidad del nue o seño ». Así pues, la libe ad
apa ece de epen e e guida sob e el pedes al de la esencia del homb e, como un
da o an adicalmen e suyo que, aun cuando sólo adquie a conciencia de su alo
una ez que la ha expe imen ado, desde el mismo momen o en que conoce su
exis encia la con ie e en la más sólida de las cos umb es: en na u aleza; en la
enseña de la na u aleza humana, que no cede al chan aje del iempo ni se deja
a ae po el señuelo de un mayo bienes a . En el mejo de los casos, sólo un la -
guísimo p oceso de acul u ación, lle ado a cabo po un pueblo que p ac ique la
i nú cuando ac úa, puede enmudece la en el co azón de los homb es —pe o a
es e espec o la his o ia sólo cuen a en su pa imonio con un pueblo como el
omano; con odo, ni aun así acalla á pa a siemp e su oz, y su leyenda pe mane-
ce á siemp e en la memo ia del pueblo sojuzgado, quien la in oca á como a
su dios cada ez que c ea pode la es au a . Po an o, y po sin e iza con
o as palab as, cabe a i ma que donde hay ol ido no hay epública; y donde no
hay epública al a la mi ad posi i a de la na u aleza humana, es deci : no hay
homb es.
Además de di isa legal de la epública, la libe ad es, pues, ese uego que
p ende en el pecho de sus ciudadanos, y cuya llama cualquie ue za en ano p e-
ende ía ex ingui . La libe ad no es desde luego un humo más, o un ac o écni-
co aducible en en ajas ma e iales pa a quienes la gozan, como ampoco una
me a cualidad é ica alojada en un alma ine e a la que po ello digni ique abs ac-
amen e; su simple exis encia in oduce a la epública en o a ó bi a en compa a-
ción con el p incipado, su p esencia o su ausencia —ausencia que, una ez
exhumada su signi icación, no puede sino e ela un expolio come ido en de i-
men o de la epública— en añan la pues a en juego de un caudal de ene gía des-
conocido ue a de ella, y aducido en mil p oyec os y sen imien os en i-
quecedo es de la ida social. P oyec os y sen imien os, decimos, po que an e
odo la libe ad, ebelándose con a esa conduc a casi plana ca ac e ís ica de los
indi iduos cuando son subdi os, p o oca en los suyos emociones an agónicas:
pasiones; po deci lo con las palab as de b once usadas po el au o de El P ínci-
pe: «en las epúblicas hay mayo ida, mayo odio, más deseo de enganza»; y
acaba: «no les abandona ni mue e jamás la memo ia de la an igua libe ad...»
16
DOS ESTUDIOS SOBRE EL PRINCIPE DE MAQUIAVELO
(cap.
V). Pasiones que libe an el espí i u epublicano de la indi e encia y de la
i esponsabilidad, y que, especialmen e las dos úl imas, pueden di igi se con a el
in aso , o e e i se con a el o o miemb o de la epública; ecué dese que si en
ella pueblo y g andes gobie nan de común acue do, sus in e eses di ie en an o
como sus o ígenes; es deci , que el con lic o acecha desde el p opio acue do y
po lo gene al los g andes, más icos y ambiciosos que el pueblo, quie en aumen-
a su pode y iqueza a cos a de és e, lo cual puede llega a desencadena «el
deseo de enganza» del pueblo con a quienes quie en op imi lo —o incluso,
simplemen e, con a quienes despil a an sus iquezas padeciendo sus miemb os
necesidades (Discu sos, 1-5) (*).
De engámonos un momen o aún en es e nue o eino. Más ida, más odio,
más deseo de enganza: al e a el pa imonio de la epública desconocido al p in-
cipado. De esas es pasiones, sólo la p ime a exp esa sus e ec os en é minos
posi i os. ¿Cómo e leja el indi iduo en su conduc a esa mayo in ensidad de
ida, en qué sen imien os y acciones la aduce? O ien a la p opia conduc a en
unción de la libe ad signi ica pa a el ciudadano epublicano con encimien o de
plani ica su p esen e y su u u o adop ando a la azón po guía y disponiendo de
segu idad ju ídica po base; de oma sus decisiones, acep a sus esponsabilida-
des y p e e sus consecuencias sin más lími es que los de sus p incipios, sus
conocimien os o los a almen e impues os po el aza ; e igualmen e, con enci-
mien o de que su ida p i ada puede lo ece jun o a la ida pública pese a los
con lic os inhe en es al jun a se en una enc ucijada dos ías al e na i amen e
pa alelas. Con semejan e ho izon e azul, nu iéndose en ese humus, la olun ad
se p odiga á en esoluciones que en iquece án la ida social, máxime al sabe , y
al es el caso, que al mé i o le llega como un des ino su ecompensa.
Se a güi á quizá en con a de la «mayo ida» que pulula en las epúblicas a
causa de su libe ad p opalando el apa en e sec e o que és a esconde bajo su
nomb e: la ambición; y pa a ello se ecu i á al mismo Maquia elo cuando a i -
ma: «Resul a ácil sabe de dónde nace en los pueblos ese a ec o a i i lib e,
pues la expe iencia mues a que las ciudades nunca han ampliado su dominio o
sus iquezas sal o cuando han sido lib es» (id., II-2). Aho a bien, en e a ese
hipo é ico a gumen o el mejo ecu so es con inua la lec u a del ex o ci ado,
donde bien p on o se ap ende á cómo la po encia maquia eliana comp ende ade-
más de la o aleza del cue po la g andeza del espí i u; y sob e odo el lec o e á
des ila an e sus ojos algunas de las acciones, y los co ela i os alo es, que a-
ducen esa apasionada «mayo ida» inmanen e a las epúblicas, y en las que la
me a epoducción ísica se apoya en conside aciones económicas y é icas, y don-
de la iqueza a omiza sus mani es aciones y ensancha sus dominios has a aba ca
en su e i o io el mayo auge de las a es y de la cul u a. Vale la pena habla aquí
(*) Discu sos sob e la década de Ti o Li io. Alianza Edi o ial, Mad id, 1987.
17
ANTONIO HERMOSA ANDUJAR
eseña la ida de un buen núme o de empe ado es omanos. No obs an e, la
exposición no llega a consegui ese g ado de o unda con undencia p esen e casi
siemp e en la p osa maquia eliana, excelsa donde las haya, dominada po un
es ilo di ec o y sin concesiones e ó icas. Así, cuando nos habla de cómo un p ín-
cipe de iene odioso, Maquia elo se limi a a ep oduci las palab as esc i as dos
capí ulos an es: «se apaz y usu pa los bienes y las muje es de sus subdi os»,
dice,
es la causa de ello. Sin emba go, la explicación de la caída del empe ado
Pe inax nos si úa en e a o a uen e del odio desconside ada has a aho a (la
misma de la que se se i á más a de Rousseau pa a jus i ica su enuncia a e o -
ma a los pueblos enamo ados de la co upción: odo cambio en ellos se ía hacia
peo ),
una uen e que, bien mi ada, ep esen a el mayo alega o de Maquia elo
en con a del géne o humano (alega o edulco ado sólo po el hecho de que su
obje o de e e encia es la soldadesca omana, y no el p opio pueblo de Roma);
Pe inax, en e ec o, cayó po que sus soldados «no pudie on sopo a aquella ida
hones a a la que los que ía educi ». Vale deci : se ganó su odio po que és e «se
conquis a an o median e las buenas ob as como median e las malas» (p. 98).
Como puede ap ecia se, aquí la conse ación del pode no sólo no pasaba po
el enmasca amien o po pa e del p íncipe de su iolencia con el dis az de la i -
ud an e el ejé ci o; aquí, a lo sumo, pasaba po el enmasca amien o de la i ud
con el dis az de la iolencia —y, en odo caso, lo que aquí se e elaba e a el
desenmasca amien o de la iolencia como única ley jus a pa a apacigua un
Zus and egido po la dep a ación. Po o o lado, desp eciable hace al p íncipe el
incumpli , po « oluble, i olo, a eminado, pusilánime, i esolu o», sus a eas.
Si de ello gana a ama, ácilmen e una conju a in e na lo deshanca ía del ono si
una ic o ia del enemigo no lo hubie a hecho an es. De ahí que el p íncipe se
deba es o za po que as el alo , la i meza, la cons ancia, se le ea a él. Su
i ú le juega ahí su supe i encia. Descendamos aho a al co azón de la acción
i uosa analizando la casuís ica de los compo amien os ejempla es. Ahí obse -
a emos el modo en que se ges a el consenso de los subdi os, así como la o ma
en que oma cue po.
En a as de la conse ación del Es ado, ¿qué in e esa más al p íncipe, se libe-
al o pa simonioso, clemen e o c uel, leal o desleal, e c.? Si co espondiese deci-
di a la é ica, el dilema ni se plan ea ía; pe o es un hecho que quienes en la ida
p i ada lle an las de gana , y en la ida pública han cumplido las más no ables
emp esas, son los au o es de acciones i espe uosas con los manda os de la é ica.
La polí ica su gía p ecisamen e a causa de semejan es con adicciones y al e ec o
de palia las: a ella, pues, co esponde elegi la al e na i a mejo . Tomemos el p i-
me in e ogan e. ¿Libe alidad o pa simonia: po cuál op a á el Es ado? Señale-
mos an e odo la azón de halla nos en la esi u a de decidi : la escasez de
ecu sos a dis ibui , pues de abunda és os la libe alidad como alo polí ico
se ía in e cambiable po su homólogo é ico. Señalemos asimismo o o pun o de
24
DOS ESTUDIOS SOBRE EL PRINCIPE DE MAQUIAVELO
coincidencia en e el uso polí ico de la libe alidad y su condición de alo é ico
incluso cuando —los ecu sos escasean— ya se ha debido op a : ese dispendio
de gene osidad inhe en e a ella es bueno —es deci : obligado— du an e la ase
polí ica de la ins i ución del Es ado, como ambién en iempo de gue a, cuando
el Es ado ía su ida al éxi o de su i ula en la ba alla. En ambos casos el p ínci-
pe epa e el bo ín ob enido en saqueos y pillajes; en suma, bienes ajenos en
luga de p opios.
Las di e encias, en cambio, sal an a la pales a cuando la si uación no es la
ep esen ada po ninguno de esos momen os c í icos, sino la de la simple conse -
ación del Es ado. En ese caso, la libe alidad a en a di ec amen e con a ella po
a ios mo i os, siendo el p incipal el de la sob e asación impues a a los subdi os
implicada en su p ác ica: una de las uen es, ecué dese, donde bebía el odio del
pueblo, es deci , el p ime paso en una ca e a concluida con la deposición del
p íncipe. Maquia elo ema a su apa en e pi ue a axiológica a i mando que un
p íncipe, al se pa co en el gas o, no sólo se a ae á el a o de unos subdi os ape-
nas asados, sino has a la ama de libe al p ecisamen e po ello: po que, en in de
cuen as, no da a muy pocos, pe o son muchos a los que no qui a (p. 85).
El mismo esquema de azonamien o se p oduce cuando el p oblema plan ea-
do al p íncipe es el de si desa olla una conduc a basada en la c ueldad o en la
clemencia; desde una óp ica polí ica la expe iencia mues a que la p ime a
opción cumple mejo su papel de conse ado del Es ado que la segunda, espe-
cialmen e si enemos en cuen a que la c ueldad es una moneda de uso educido:
sus p opósi os ejempla izan es, en e ec o, se en sa is echos a poco que se use
con cie os díscolos subdi os, y un cie o ien o en la dosis sab á ins ila en los
ánimos de odos ellos el jus o emo que iene a aya al odio —sabia adminis a-
ción ésa de la c ueldad, que le ha á gana ama de clemen e en e los demás po
habe man enido la unidad y idelidad de la mayo ía cas igando a an pocos—.
En cambio, du an e la ase de adquisición del Es ado no debe el p íncipe ene
mi amien os po una hipo é ica ama de c uel; aquí el in jus i ica los medios, y
en el ago de la ba alla no debe anda se con chiqui as ales como gas a p uden-
cia en no hace se odioso.
La .sus ancia del azonamien o pe manece idén ica cuando al analiza las ela-
ciones en e p íncipes Maquia elo se decan a po hace al suyo desleal en luga
de leal si así le con iene; a ene se a una p omesa es, bien mi ado, hace hoy una
cosa dicha aye , ale deci , en o as ci cuns ancias: en un momen o en que p o e-
i la palab a se ajus aba a un in e és ac ualmen e pues o en sol a po las nue as
ci cuns ancias. Es menes e , pues, incumpli . Añadamos que nunca al a án a un
p íncipe « azones legí imas» (p. 91) en las que en unda la iolación de sus p o-
mesas, sen encia Maquia elo —como nunca al a á al icio echa mano de una
i ud con la que enmasca a se, ub ica á más a de Shakespea e (El me cade de
Venecia, Ac o III, Escena 2), si iéndole de eco.
25
ANTONIO HERMOSA ANDUJAR
Las es conduc as eseñadas componen el mejo bo ón de mues a de la esen-
cia del maquia elismo, o sea, de las elaciones en e é ica y polí ica y su conc e-
ción en una nue a mo al. Aho a es la polí ica el eino al que se a ibuye la
sup emacía en el e eno no ma i o, y a su ley se ía la sal agua dia del o den
social. Pa a ello la polí ica se ap opia de alo es p omanan es de las adiciones
é ica y eligiosa, pe o los ins umen al iza y adminis a según su pa icula in e és.
Cie amen e, ob ando así no desna u aliza los alo es —p eexis en es y absolu-
os—
de sus dos legislaciones auxilia es, aunque sí los decla e secunda ios es-
pec o del alo undamen al que ella ins au a: la conse ación del o den social, el
nue o as o en omo al cual gi a á en lo sucesi o odo lo conce nien e a la ida
humana. Po o o lado, la elación je á quica ac ualmen e exis en e en e los
alo es de la é ica (o de la eligión) y su uso polí ico no anula de en ada una
posible coexis encia a mónica en e las dos aplicaciones de ambos, pese a que en
el p ime caso el signi icado del alo se mida po su p opio con enido y en el
segundo, aliendo po su u ilidad, se mida po sus e ec os; sea p ueba de ello el
que la libe alidad, posi i a siemp e si es la mo al el ámbi o donde se la juzga, es
ambién polí icamen e posi i a cuando se la enjuicia po su unción du an e la
adquisición del Es ado. En odo caso, el esul ado adonde el p esen e azona-
mien o conduce es a la cons a ación de que odo compo amien o conside ado
mo almen e posi i o es en p incipio, y desde un pun o de is a polí ico, neu o,
has a que el con ex o le con ie a u ilidad, y con ella su signi icado posi i o o
nega i o. Resumiendo, el alo mo al polí icamen e ins umen alizado pie de,
p ime o, su condición de alo , y ac o seguido su p opio con enido: has a que
ecupe a uno —coinciden e o no con el mo al, eso a la polí ica le es indi e en-
e—
en unción de su uso.
Compo ándose en el modo an e is o, poniendo la é ica y la eligión al se i-
cio de la é ica cuando la conse ación del o den social así lo equie e, el p íncipe
man iene al pueblo iel y unido, ganándose a cambio su olun ad. G acias a la
pa simonia, las bolsas de los subdi os no me maban an e la a idez del seño , con
lo cual las conciencias ag adecidas de aquéllos ocaba en sus men es la acañe ía
del p íncipe en una pa adójica o ma de libe alidad; po su pa e, la c ueldad,
eje cida espo ádicamen e y sob e «poquísimos» (p. 87), enaba a iempo los
desó denes suscep ibles de al e a la ida social o as oca el sis ema polí ico; y
en la misma di ección co ían los apo es del incumplimien o de las p omesas al
man enimien o de la paz. Respe ados sus bienes, asegu ados sus in e eses y su
ida, el pueblo, o al menos una muy holgada mayo ía, mos aba su consen imien-
o al p íncipe gua dando idelidad a su pe sona y espe o a sus leyes. Consen i-
mien o que és e sabía hábilmen e e o za con una conduc a en la que la
disc ecionalidad no igno aba el concep o de lími e: se a aba de acudi a la bes-
ia donde no llegaba el homb e, de impone la ue za donde no e a posible pone
la azón, pe o siemp e con la is a pues a en no despe a al mons uo, en p o o-
26
DOS ESTUDIOS SOBRE EL PRINCIPE DE MAQUIA VELO
ca el emo de los subdi os sin susci a al mismo iempo su odio. Echemos aho a
noso os una ojeada al in e io de ese consen imien o, a in de obse a de qué
ib a es á hecho, y con qué lógica p o egido.
Todo el sec e o del consenso descansaba en consegui p ese a el Es ado
desa ollando una conduc a que amed en a a sin o ende ; el p íncipe p uden e
conocía los pasadizos que le conducían has a aquél, las cinco pue as que, espada
en mano, debía abs ene se de ebasa abie amen e: se a aba, ya lo imos, de
adop a la pose de clemen e, leal, humano, ín eg o, de o o. Reuniendo ales cua-
lidades, pe o mejo ingiendo euni ías en la panoplia de su acción, consegui ía
que el pueblo se cohesionase en o no a él. Con ecuencia el cumplimien o de su
misión le exigía desconside a las, a eces incluso p osc ibi las: en cambio, siem-
p e debía simula espe a las. La aíz de semejan e ambi alencia ambién la
imos: el homb e e a su icien emen e malo pa a no a ende sólo a los eque i-
mien os de la azón, y bueno lo bas an e como pa a no me ece sólo el a o de la
ue za. La aíz, po an o, es el dualismo ence ado en la co eza mo al del hom-
b e.
Aho a bien, ¿es ésa una cabal explicación? Sin duda, el egoísmo apo a
como con apeso al man enimien o del o den una cie a dosis de ue za: ¿apo a
ambién la necesidad de que la ue za se ecub a de ideología, que salga a la apa-
iencia ansus anciada de i ud? En el mismo capí ulo donde asis imos a la
exposición de es as conside aciones gene ales (el XVIII), Maquia elo o ece su
ilus ación con un caso singula , el de la con eniencia pa a un p íncipe de espe-
a la palab a dada, ya ocado de pasada. Veámoslo aho a más en de alle, a in de
busca ahí la con i mación o no de la p egun a an e io .
La esis es cla a: «un seño p uden e no puede —ni debe— gua da idelidad
a su palab a...»; la mo i ación ambién: «si ue an los homb es odos buenos,
es e p ecep o no se ía co ec o, pe o pues o que son malos...» (p. 91). El pesimis-
mo mo al aboga, pues, po el incumplimien o de las p omesas. Empe o, con eso
no se cie a el caso, ya que el p íncipe debe jus i ica su compo amien o; y si
bien es e dad que a su in ención nunca al a án a gumen os con los que me a-
mo osea se, co esponde a su as ucia sabe elegi los ap opiados pa a con ence
a la pa e engañada — ambién en ello aquélla se e a o ecida po la p opensión
de los homb es a deja se engaña —. La conclusión nos es ya conocida: el p ínci-
pe como a is a de la simulación y de la disimulación. Fijemos de nue o, no obs-
an e, nues a a ención en el meand o del azonamien o: po que los homb es son
malos se deben incumpli las p omesas, po que ácilmen e se encon a án azo-
nes que jus i iquen dicha iolación: po que los homb es son necios. Se nos e ela
así la cla e úl ima de la doblez inhe en e al compo amien o del p íncipe, la
explicación inal del po qué deben enmasca a se las mo i aciones del mismo; en
suma, no an o de la necesidad de la ue za como de la necesidad de pa ece i -
ud. En el ondo de la inmo alidad subyace una cie a pob eza de espí i u, un
pesimismo de ca ác e in elec ual que se alinea as el an e io sin bo a lo, y que
27
ANTONIO HERMOSA ANDUJAR
aquila a el escep icismo de Maquia elo ace ca de un posible compo amien o
acional de la es i pe humana —lo que hace oscila a eces el péndulo polí ico,
jun o al elemen o écnico de la azón de Es ado que el p incipado se c ea con su
p opia exis encia como una especie de ins in o de supe i encia, hacia en acio-
nes an i epublicanas.
Es a ese mismo pesimismo in elec ual adonde es menes e emi i la explica-
ción del momen o esquizo énico p esen e en la polí ica del p incipado; sea cual
sea su acción en la de ensa del Es ado, el p íncipe es á con encido de halla en el
éxi o de la emp esa el milag o que no sólo apo e su jus i icación, sino que inclu-
so haga blanco en las conciencias lo neg o de la ealidad: e, clemencia, e c.,
donde sólo hay i e e encia, c ueldad, e c. La necedad p esupues a en los hom-
b es es la p incipal baza de su con icción, el da po descon ado que «los hom-
b es en gene al juzgan más po los ojos que po las manos, ya que a odos es
dado e , pe o palpa a pocos: cada uno e lo que pa eces, pe o pocos palpan lo
que e es...» (p. 92). Con o as palab as: si el p íncipe, conscien e de que la con-
se ación del Es ado exige i ocasionalmen e con a la mo al y la eligión, debe
sin emba go mani es a se como « odo clemencia, odo e», e c., es deci , si debe
apa la ealidad con la apa iencia, ello se debe a la necedad de sus subdi os,
incapaces de e , y po an o de que e , la con inuidad en e la causa y sus e ec-
os;
deslumh ados po la ilusión é ico- eligiosa se mues an ciegos pa a econo-
ce la polí ica en su c uda ealidad; necesi ándola, la quie en, sí, pe o sólo po que
pa a ellos la polí ica es el a es í de la é ica y de la eligión, en el espejismo de
cuyos alo es c een a pie jun illas po que su igno ancia les absuel e de abju a
de la ue za que los sos iene —y, a eces, niega—. La polí ica es ese espejismo
de la é ica y de la eligión; es la ealidad de la apa iencia, mien as aquéllas son
la apa iencia de la ealidad; el milag o de la necedad ha hecho que la esquizo e-
nia sea así de edulco ada: que necesi e dos suje os pa a exis i en luga de hace
exis i a un único suje o po pa ida doble. Pe o además, con odo es o, con el
hecho de que el p íncipe apa en e su se en de oción, leal ad, clemencia, e c.,
abocamos a o a conclusión más, a sabe : el consenso del pueblo, apiñándose en
o no a ales alo es, los decla a con ello los alo es de la necedad. El p íncipe
no es como la alond a de Lessing, ese poe a al que el uiseño ep ocha can a an
al o sólo pa a no se oído, sino al e és, una sue e de opo que pese a econoce la
necesidad debe es o za se po busca apobación pa a su in eligencia en las mad i-
gue as de la necedad: la é ica y la eligión. El consenso, en de ini i a, ni ela po
abajo a los dos ac o es sociales y a sus he e ogéneas cualidades espec i as.
Con odo, la ida social ebasa ampliamen e la on e a de los alo es é ico-
eligiosos an e is os, y esquema izable en la dialéc ica apa iencia/ ealidad. La
conduc a del p íncipe puede eje ci a se en onces sob e o os campos donde el
iun o de su i ü de iene inmedia amen e uen e —posi i a— de consenso.
Cie as ges as pe sonales, la sabia designación de conseje os, la epu ación de
28
DOS ESTUDIOS SOBRE EL PRINCIPE DE MAQUIAVELO
« e dade o amigo o e dade o enemigo» (p. 109) —la cual, po cie o, desmien-
e en pa e al iolado de p omesas—, o la po enciación y u ela de de e minadas
ac i idades cons i uyen o os an os compo amien os en g ado de ceñi la cabeza
de su suje o con el lau el del consen imien o popula . Máxime si, como es el caso
de las ecompensas ci iles, p emian públicamen e mé i os p i ados, e c. Añada-
mos únicamen e que lo c ucial en es e sec o de la ac i idad social es que el pue-
blo,
a di e encia de lo que imos an e io men e, se ha con e ido en p o agonis a
de la ida cul u al y en mo o de la ida económica: en suma, en el suje o ac i o
de la sociedad; y que el p íncipe, con su ac i ud posi i a hacia él, no sólo lo eco-
noce me ecedo de un espe o que an año, en las elaciones es ic amen e polí i-
cas,
le nega a, sino que sanciona la unción dinamizado a de la in eligencia y la
olun ad pa icula es en la ida social. P ecisamen e, se á esa posición casi de
no a io de las ac i idades p i adas, en las que el mé i o pa icula se ea ecom-
pensado con dis inciones públicas, lo que p ocu e nue as adhesiones a su pe so-
na y g anjee o o consen imien o a su polí ica.
En conclusión. Aunque au oc á ico, el sis ema de dominación es ablecido po
Maquia elo en El P íncipe se sos iene en el consenso del pueblo. No es él, cie -
amen e, el o igen del pode polí ico, y po lo mismo ampoco el ibunal de ape-
lación cuya sen encia condena o ia desposea al i ula de aquél: no ex ae su
ue za del De echo, ni ci a su legi imidad en la é ica (en p incipio, al menos).
Siendo un consenso o o gado a un pode de coe ción, es básicamen e un alo
polí ico, cuyo uso es á en unción de su necesidad. El p íncipe sabe que un pode
ob enido median e la iolencia amenaza cons an emen e con e mina del mismo
modo si no se apun ala en el consen imien o de los gobe nados, el cual de iene
así el ubo de ensayo donde expe imen a paso a paso la legi imidad de su acción,
es deci , el p oceso de ans o mación de su pode en au o idad. El p ime sín oma
del buen gobie no es espe a a los subdi os, y su p ime e ec o, man ene se. En es a
esi u a, el hecho mismo de gobe na se ía la p ueba de la adhesión de sus aquéllos,
del mismo modo que su de ocamien o lo se ía de su animad e sión (la conju a, es
deci , el modo a is oc á ico de disol e el Es ado, se ía en e ec o un modo ex año
de acaba con un p íncipe que ecibe los pa abienes de sus gobe nados).
Aho a bien, el p ocedimien o de ob ención del consenso coe ci i o —el eci-
bido po un pode que no ecibe de él su exis encia ni condiciones pa a su eje ci-
cio—
semeja al del consenso olun a io. La conduc a del i ula del pode debe
hace se azonable, es o es, apoya se en las con icciones y c eencias de la mayo
pa e del pueblo. Y e a aquí donde a lo aba el momen o esquizo énico de la
polí ica maquia eliana, pues un pueblo necio lo bas an e como pa a que e la ea-
lidad del mundo de la ue za, siendo como e a necesa ia —el pueblo e a además
malo lo bas an e pa a ello—, bajo la o ma de apa iencia le exigía p esen a se
como exponen e de la e y la clemencia, e c., a quien a eces e a no ya su con a-
en o , sino incluso su di ec a negación.
29
ANTONIO HERMOSA ANDUJAR
Po úl imo eíamos amplia se posi i amen e el consenso en un ámbi o de la
acción social, el de la jus icia dis ibu i a, en el que el p íncipe pe manecía como
suje o de segundo o den, cediendo la inicia i a en la con o mación y cohesión de
la sociedad a la acción de los suje os p i ados. P o egiendo dicha acción, il an-
do el mé i o en las ecompensas, con ibuía a cimen a la idelidad y con ianza
de los subdi os hacia su pe sona y sus leyes, y en de ini i a: a sa is ace el obje i-
o polí ico de la conse ación del Es ado.
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