Doctoras en la Universidad Española. Las pioneras
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Doctoras en la Universidad Española. Las pioneras Female Doctors in the Spanish University. The pioneers Universidad de Sevilla Consuelo Flecha García Recibido el 20 de jimio de 1994. Aceptado el 20 de diciembre de 1994. BIBLID [1134-6396(1995)2:1; 81-100] RESUMEN En España, las niujeres se incorporaron a los estudios universitarios en el último tercio del siglo XIX. Y algimas de las primeras estudiantes obtuvieron también el grado de doctoras. En este artículo nos acercamos a las dos imiversitarias que, en octubre de 1882, defendieron su tesis de Doctorado en la Universidad Central, después de haber obtenido el título de Licenciatura en Medicina. El tema que eligieron para presentar, en ese acto, fue sobre los cambios que tenían que producirse en la educación de las mujeres. Palabras clave: Educación. Mujeres. Universidad. Doctoras. España. Siglo Xix. ABSTRACT In Spain, women were incorporated to the university studies in the last third of the xixth century. Some of the fi rst women students obtained the Doctors' dégree. In this artiele, we are going to approach the two university students who defended their thesis as doctors in the Central University after having obtained the Degree of Licentiate in Medicine, in October 1882. The subject they chose, just tlien, was about the changes that had to be made in women's education. Key words: Education. Women. University. Doctor's degree. xixth century. SUMARIO F Los límites de una certeza. 2.—Las primeras doctoras de la umversidad española. Mujeres universitarias y conciencia femenina. 4.—"De la necesidad de encaminar por nueva senda' . 5. "Que contribuya a la perfección de la humanidad". 6.—La prudencia de un com promiso. En el último tercio del siglo xix se fue produciendo una progresiva trans formación, tanto cualitativa como cuantitativa, de las modalidades de educa ción a las que las mujeres pudieron irse acogiendo. La educación doméstica y/o de adorno, todavía mayoritaria, empezó a convivir con nuevos modelos que preparaban, especialmente a las jóvenes de las clases medias emergentes, para actividades que ya podían ser desempeñadas por ellas fuera del ámbito ARENAL. 2:1; enero-junio 1995, 81-100
CONSUELO FLECHA GARCÍA familiar': cómo maestras, institutrices o enfermeras; más tarde en archivos y bibliotecas; en otros casos, como empleadas de las oficinas de correos y telégra fos, o en empresas y comercios, etc. Ámbitos profesionales que, aunque exigie ran aceptar un cierto cambio de las normas y estereotipos sexuales, apenas llegaron a provocar entonces alguna variación de la ideología sexual sustentante sobre la ineludible dedicación de las mujeres a lo doméstico. Por lo tanto, sin que esas nuevas tareas llegaran a representar la pérdida de cualquiera de los elementos que constituían, todavía en aquellos años, la identidad cultural femenina asignada, es decir, los relacionados con sus funciones de madre y esposa. Unas décadas en las que también se produjo el hecho de la incorporación femenina a los niveles académicos de mayor prestigio, al matricularse algunas jóvenes en los Institutos y en las Universidades. Mujeres que, rompiendo una, hasta ese momento, incuestionable convicción social mayoritaria respecto de la naturaleza y funciones que correspondían a su sexo, llegaron a acceder a esos estudios secúndanos y universitarios, a pesar de que su presencia en ellos después de una ausencia multisecular —pues había sido un proyecto imposible para las mujeres desde la creación de los mismos—, estuvo acompañada de sentimientos y actitudes dispares por parte de sus coetáneos; los testimonios encontrados reflejan, según los casos, sorpresa o incomprensión, rechazo o desconcierto, apoyo o admiración. Porque en España, en esa misma época, la lenta y tardía incorporación femenina a la escuela primaria, no hacía prever que, tan pronto, algunas chicas pudieran alcanzar las aulas umversitarias; que lograran entrar a fonnar parte de una institución en la que la alianza entre saber y poder no había contado con ellas. Y no era previsible igualmente, por el modelo de referencia cultural que se ofmcía al colectivo femenino, en el que las raíces históricas del pensamiento habían depositado ilusiones, contenidos y prácticas muy alejadas de las habitua les en el foro universitario. Un modelo que el mundo masculino, desde su perspectiva, consideraba especialmente útil para la sociedad que estaba naciendo con un nuevo orden económico y político, pero que, incluso antes de que terminara de cristalizar, había empezado a conocer los primeros intentos de transgresión por parte de algunas mujeres. 1, Las mujeres de lá clase obrera se habían incorporado con anterioridad al trabajo asalariado fuera del bogar; un hecho que, aunque consentido como exigencia de las necesidades económicas de la familia, era teóricamente rechazado ya que rompía el discurso vigente sobre la configuración de lo doméstico, y podía afectar a la construcción socio-cultural de género cuidadosamente elaborada y protegida como un principio de naturaleza. ARENAL. TA: enero-junio 1995, 81-100
DOCTORAS EN LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA. LAS PIONERAS L—Los límites de una certeza Las que ñieron más conscientes de que los límites esencialmente ligados a esa convicción las incapacitaban para enfrentarse a un estilo de vida diferente al privarlas del bagaje cultural y de recursos que dicha vida exigía—, se decidieron a traspasar el techo de la enseñanza primaría. Conscientes de una problemática que, sin embargo, era extraña a la inmensa mayoría de las mujeres españolas de aquella época, demostraron unas expectativas que las situaban fuera del género asignado y, por esta razón, arriesgándose a ser consideradas como de-generadas" De ahí que accedieran a otros niveles educativos, afron tando el riesgo de no saber los frutos de tal decisión, pues por mucho que se hubieran entregado a la búsqueda de un pasado al que recurrir, en el que encontrar referencias que apoyaran la identidad deseada, hubieran conseguido poco más que silencios 2. Aunque para otro contexto y época histórica. Milagros Rivera utiliza este término p^a referirse a las mujeres que intentaron sustraerse al sistema de géneros. Cfr. RIVERA GARRETAb, María Milagros; "Cómo leer en los textos de mujeres medievales. Cuestiones de interpretación , en SEGURA GRAÍNO, Cristina: La voz del silencio II. Madrid, Laya, 1993, pp17-39. - 3, Se hubieran encontrado, más bien, con testimonios poco alentadores como el que la arenal. 2:1; enero-junio 1995, 81-100
o4 CONSUELO FLECHA GARCÍA Así, a partir de 1873, la Universidad de Barcelona primero, y la Central en Madrid después, empezaron a conocer la presencia de alumnas en sus aulas Una realidad preparada dos años antes, cuando la primera joven que llegaría a matricularse en la Universidad catalana solicitó del rey Amadeo de Saboya que le concediese permiso para realizar los estudios secundarios, con la intención de acceder después a los de Facultad; petición que fue acogida positivamente por el monarca Por ello, al poco tiempo, se promulgó una Real Orden ^ que autorizaba a dicha alumna, llamada María Elena Maseras, a realizar el examen de varias asignaturas de segunda enseñanza Ella fue la primera de aquella treintena de jóvenes que se matricularon en las Universidades españolas antes de que fi nalizara el siglo xrx; alumnas que, aunque no en todos los casos llegaron a concluir sus estudios, fueron motivo suficiente para provocar una viva e interesante polémica en diferentes círculos culturales y políticos, acerca de la conveniencia de que las mujeres realizaran estudios de nivel superior El debate más significativo, aunque no el primero, fue el desencadenado ante la solicitud del título de licenciadas que cursaron las tres primeras estudian tes una vez fi nalizados, con notable éxito, los exámenes de todas las asignaturas de la carrera de Medicina en la Universidad de Barcelona. Más de tres años duró la discusión de este caso en el Consejo de Instrucción Pública —organismo al que se solicitó un dictamen sobre el asimto—, hasta que se llegó a determinar tal concesión en los primeros meses de 1882 pero se hizo precisando que Reina María Luisa transmitió a Godoy en una carta de 1804; "Soy mujer, y aborrezco a tedas las que pretenden ser inteligentes, igualándose a los hombres, pues lo creo impropio de nuestro sexo, sin embargo, de que las hay que han leído mucho, y habiéndose aprendido algunos términos del dia, ya se creen superiores en talento a todos". Recogido por SIMÓN PALMER, María del Carmen: La mujer madrileña del siglo xix. Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1982, p. 6. 4. Antes de fi nalizar el siglo se matricularan mujeres en las siguientes Universidades, y por este orden: Barcelona, Madrid, Valladolid, Valencia, Salamanca, Sevilla, Granada, Santiago y Zaragoza. Únicamente en la Universidad de Oviedo no conocemos presencia femenina en sus aulas durante estos años. 5. Cff, PEREZ PRIO, Eraili; "Les tres primeres metgesses catalanes", en D'Aci d'Atlá, n."' 12, 1919, pp. 1.118-1.120. 6. Real Orden de 2 de septiembre de 1871. 7. Unos meses antes otra joven, llamada Antonia Arrobas, se había examinado de varias asignaturas en el Instituto Provincial de Huelva, de acuerdo con el permiso que se le había concedido en virtud de la Real Orden de 25 de mayo de 1871. 8. Una aproximación al desarrollo de esta polémica puede encontrarse en FLECHA GARCÍA, Consuelo: "Mentalidad y poder ante la presencia de la mujer en los estudios superio res", en GÓMEZ GARCÍA, María Nieves: Universidad y Poder. Problemas históricos. Sevilla, Gihus, 1993, pp. 225-293. 9. Precisamente uno de los autores que Dolores Aleu citó en su tesis, Ubaído Romero Quiñones, en una conferencia pronunciada ese mismo año, y después publicada, hizo alusión a ésta dificultad diciendo: "No bastaba combatir la instrucción de la mujer, ni que para la madre ARENAL, 2: 1; enero-junio 1995. 81-10.0
DOCTORAS EN LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA. LAS PIONERAS 85 afectaba únicamente, además de a las solicitantes, a las que ya hubieran comen zado los estudios universitarios en aquel momento, a quienes se reconocía el derecho de fi nalizarlos y de obtener el título, prohibiéndose el que nuevas alumnas pudieran iniciarlos Unos años después, en 1888, se volvería a permitir la matricula de mujeres en la Universidad De este primer grupo de alumnas universitarias, una mayoría llegó a obtener el título de licenciatura —fueron pocas las que, como decíamos, no fi nalizaron los estudios—, y cinco de ellas consiguieron recibir la investidura como docto ras antes de 1900 un grado académico para el que se suponían necesarias unas capacidades no reconocidas por muchos en la naturaleza femenina. Logros que, entre otros factores, fueron posibles gracias a un clima que, aun siendo minoritario, luchaba por incorporar aires de renovación en una mentali dad y en unas estructuras sociales que se resistían a romper un equilibrio de fuerzas, por diferentes motivos, ya en esos momentos muy inestable. Y aunque en una proporción y con un sentido que hoy consideramos muy lunitado, hubo mujeres que, con decisión y fi rmeza, también quisieron formar parte de aquel proyecto renovador. 2. Las primeras doctoras de la universidad española De estas estudiantes, aquí nos vamos a detener en las que, aspirando al máximo grado académico, cursaron las asignaturas de doctorado y prepararon un tema para su defensa. Unas mujeres que llegaron a leer su tesis ante el Claustro de la Universidad Central en el ultimo tercio del siglo xix, a las que no faltó conciencia de las dificultades que se habían ido poniendo en su camino hasta ese momento excepcional considerado así por el hecho de ser vivido por una mujer , e incluso después de obtenido el título correspondiente. Las circunstancias que rodearon el desarrollo de aquellos itinerarios acadéy esposa ñiera la ley social tan poco humana y justa, concediendo al más ignorante y al más miserable de los hombres, lo que niegan a la más ilustrada, hacendosa y contribuyente de las mujeres: como Directora de Colegios, regente de fábricas o administradora de industrias; smo que también era preciso poner en tela de juicio los títulos profesionales ganados en exámenes sufndos, como ha sucedido en el Consejo de Instrucción pública de España" Cfr. ROMERO QUIÑONES, Ubaldo: Teoría de la Justicia. Misión de la Mujer. Madrid, Impr. de la Prensa Moderna, 1882, pp, 35-36. 10. Real Orden de 16 de marzo de 1882. 11. Real Orden de 11 de jimio de 1888. . . . 12. No se considera aquí el caso de María Isidra Guzraán de la Cerda, que recibió, en 1875, el grado de doctora en Filosofía y Letras Humanas, en la Universidad de Alcala de Henares._El rey Carlos III hizo esta concesión en virtud de los conocimientos que esta joven había alcanzado, pero no había seguido el itinerario académico habitual. jIREN.AL. 2: 1; enero-junio 1995. 81-10.0
CONSUELO FLECHA GARCÍA micos, piden nn análisis detenido de unos acontecimientos que la primera doctora llegó a calificar como "azarosos contratiempos", "vaivenes y vicisitudes que he atravesado", "cúmulo de obstáculos y poderosos contratiempos que se oponían a mi paso". Entre 1882 y 1896, cinco mujeres defendieron su tesis de Doctorado en la Universidad Central, de acuerdo con lo que establecía la legislación vigente De ellas, tres eran licenciadas en Medicina y dos en Filosofía y Letras, y habían realizado sus estudios de licenciatura en las Universidades de Barcelona, Sala manca, Madrid y Valladolid respectivamente —según el orden cronológico de la defensa de su tesis , y las asignaturas preceptivas de Doctorado en la de Madrid, única que podía impartir entonces tales enseñanzas. Las^ dos primeras, María de los Dolores Aleu Riera y Martina Castells Ballespí, que procedían de Barcelona, lo hicieron en octubre de 1882 —con tres días de diferencia entre una y otra —, pocos meses después de que se les permitiera realizar el examen de grado para la obtención del título de licencia tura. La espera había sido tan larga que María Elena Maseras -^lla era la primera alumna que había fi nalizado los estudios de Medicina en 1878—, cansada de tanta dificultad añadida, no llegaría a leer la tesis, pues no pudiendo seguir retrasando su incorporación al ejercicio de una profesión, se vio obligada a hacerlo utilizando los caminos que le abría el título de maestra que ya poseía. Quizá por toda esta experiencia acumulada, al elegir el tema para la defensa de su grado de doctoras, estas dos primeras pensaron que era oportuno transmitir desde el estrado universitario que al fin habían conseguido ocupar, lo que ellas pensaban acerca De la necesidad de encaminar por nueva senda la educación higiénico—moral de la mujer", en un caso, y sobre "Educación fí sica, moral e intelectual que debe darse a la mujer para que esta contribuya en grado máximo a la perfección y la de la humanidad", en el otro. La tercera, Ángela Carraffa de Nava, que había estudiado Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, eligió como tema: "Femando Núñez de Guzmán (El Pinciano). Su vida y sus obras" Leyó esta tesis en diciembre de 1892. 13. El Real Decreto de 17 de septiembre de 1845 {Gaceta de Madrid de 25 de septierabre), por el que se aprobaba el Plan General de Estudios de las Enseñanzas Secundaria y Superior, estableció en su art. 77 que "sólo en la Universidad de Madrid se conferirá el grado de doctor y se harán los estudios necesarios para obtenerlo". Asi se mantiene a lo largo de todo este período, menos en un breve paréntesis de acuerdo con lo establecido por el Decreto de 21 de octubre de 1868, en su art. 22; "Los ejercicios del Doctorado podrán verificarse en todas las Universidades". 14. Aunque la bibliografía sobre el tema considera a Martina Castells como la primera doctora, los expedientes académicos de ambas ponen de manifiesto que M." Dolores Aleu leyó su tesis el 6 de octubre de 1882, mientras que Martina Castells lo hizo tres días más tarde, el 9 de octubre. 15. A.H.U.C. (No publicada). ARENAL. 2:1; enero-junio 1995, 81-100
doctoras en la UNIVERStDAD ESPAÑOLA. LAS PIONERAS 87 Unos meses más tarde, en abril de 1893, Matilde Padrós Rubio, también licenciada en Filosofía y Letras, en este caso por la Universidad Central, desaiTolló el tema: "El testamento de Jacob" La última doctora del siglo xix que conocemos fi ie Trinidad Arroyo Villanueva, que había estudiado Medicina en la Universidad de Valladolid, y que obtuvo el grado de doctora en noviembre de 1896 con una tesis sobre "Los niúsculos internos del ojo en su estado normal y patológico" Todas ellas, una mujeres que, por su carácter de excepción dentro del contexto en que se movían pudieron ser contempladas por sus contemporá neos como distintas de todas las demás, con características difícilmente generalizables; por lo tanto, se puede pensar que sia amplias repercusiones en cuanto a las transformaciones del statu quo que ellas hubiesen debido generar respecto del colectivo femenino. Sin embargo, sí constituyó, al menos, un paso que hizo posible, que hizo realidad, un proyecto que hasta ese momento se presentaba como imposible para las mujeres. Centrándonos ya en las dos primeras que alcanzaron el grado de doctoras en octubre de 1882, podemos empezar viendo cómo el tema en tomo al cual elaboraron sus tesis, estaba estrechamente relacionado: 1. Con una cuestión de especial relevancia en aquellos años, derivada de la preocupación que el Estado y diferentes gmpos sociales estaban demostrando por las finalidades, la extensión y el modo de organizar la instrucción pública. El hasta dónde debía desarrollarse la educación y el quiénes habían de ser sus destinatarios, trajo a primer plano la cuestión de cómo las mujeres estaban siendo incorporadas a ese nuevo y ambicioso diseño. Porque se podía temer que la mayor generalización de la educación feme nina que se estaba planificando no era "más que ima consecuencia del interés de estados benefactores por instruir a todos los ciudadanos varones, ya que la ignorancia e las futuras madres en nada contribuiría a la buena educación del nuevo ciudadano. Aprender para que otro sepa, fue la nueva fórmula de 'vivir para el otro . Se partía de un planteamiento sólo formalmente igualitario. 16. A.H.U.C. (No publicada). 17. ARROYO yiLLANUEVA, Trinidad: Los músculos internos del ojo en su estado normal y patológica. Acción de los medicamentos. Madrid, Escuela Tipográfica del Hospicio, 1896, 60 pp. ^ y B. 18. Hemos aludido ya más airiba a este carácter excepcional que se le otorgaba a esta situa ción, por el hecho de que estaba siendo protagonizada por mujeres, ya que no era considerada cuando eran los hombres del mismo grupo social y cultural los que la vivían; excepcionalidad aplicable, por lo tanto, sólo a ellas, en la que había implicada nng descalificación hacia todas las demás. 19. BALLARÍN DOMINGO, Pilar: "De leer a escribir: Instrucción y liberación de las mujeres", en GRANA CID, María del Mar: Las sabias mujeres: educación, saber y autoría (siglos ///-.vi'Víj. Madrid, Laya, 1994, p. 18. ARENAL. 2:1; enero-jünio 1995, 81-100
CONSUELO FLECHA GARCIA 3 i i pues de la aplicación del mismo no se derivaba un disfrute igual por los hombres y por las mujeres. 2. Con uno de los campos que la ciencia médica había incorporado a su estudio y a su preocupación; las mujeres y los aspectos que debía abarcar su educación —relacionándola también con su función de madre—. De tal forma que podemos comprobar que mientras la Facultad de Medicina de la Universi dad Centra] tuvo la responsabilidad de elaborar una relación anual de temas, tomados de las diversas materias que comprendía la carrera —entre los que podía elegir quién aspiraba a este grado académico—, siempre se incluyó alguno relacionado con la educación de la mujer 3. Y estaba directamente relacionado con la propia experiencia personal de las autoras que sabían, tanto de dificultades sufridas, como de logros obte nidos, lo que sin duda justificaba y legitimaba su interés por articular y defender 20. En los diferentes años encontramos formulaciones como las siguientes: "Considera ciones higiénicas acerca de la educación fí sica y moral más conveniente al uno y al otro sexo"; "¿Cuál es la educación fí sica y moral de la mujer más conforme a los grandes destinos que la ha confiado la Providencia? ; Influencia que ejerce la educación de la mujer en relación con los diferentes estados en que ésta puede hallarse en la sociedad"; "Deber que tienen las madres de lactar a sus hijos, y casos en que deben prescindir de esta natural y ri gorosa (sic) obligación", Para más información puede consultarse FLECHA GARCÍA, Consuelo: "La mujer en los discursos médicos del siglo XIX , en LÓPEZ BELTRAN, María Teresa: La mujer en Andalucia. Málaga, Publ. Diputación, 1993, tomo I. pp. 189-202. ARENAL. 2:1; enero-junio l'A>5. 81-100
DOCTORAS EN LA UNIVERSIDAD ESPAfíOLA. LAS PIONERAS públicamente, como fi nal del laborioso camino académico que habían recorrido, su pensamiento acerca de la educación a la que las mujeres tenían el derecho de acceder. En estas dos memorias de Doctorado vamos a centrar nuestro análisis A través de ellas podemos conocer la aportación de unas mujeres que fueron capaces de transgredir, o simplemente de ignorar, normas no escritas, pero quizás por eso extraordinariamente eficaces, sobre la capacidad intelectual fe menina y sobre su visibilidad, por lo tanto, en donde se presumía que sólo esa capacidad podía legitimar la presencia. Los pasos que, con ocasión de este acontecimiento, ellas obligaron a dar hacia un cambio de la mentalidad colectiva y, como consecuencia, de la norma tiva legal, para que otras muchas jóvenes pudieran ejercer el mismo derecho, es algo que queda registrado en la historia de las mujeres. 3.—Mujeres universitarias y conciencia femenina Pero hemos de preguntamos, a la vez, si estas mujeres tuvieron algún protagonismo en el proceso de creación de un pensamiento igualitario, tal como entonces se estaba elaborando desde muy diferentes instancias. Sabiendo que la acción por ellas emprendida se desarrolló en unos años en los que algunos hombres y, sobre todo, mujeres, en revistas y libros, conferencias y tertulias, aulas y congresos, en la calle y también dentro del hogar, estaban contribuyendo a sembrar la duda sobre unas convicciones, profundamente arraigadas en lá conciencia personal y colectiva, acerca de la condición femenina. La carta que María Dolores Alen escribió desde Madrid a su profesor de Clínica Quirúrgica en la Universidad de Barcelona, Juan Giné Partagás, una vez leída la tesis, puede ser un testimonio de la honda convicción que la autora tenía de que "las infinitas dificultades presentadas en mi carrera", se debían al hecho de pertenecer al "sexo débil"; de que su condición de mujer había sido una barrera casi infranqueable. "¡Cuántas veces hubiera quizá dejado mis estudios, aturdida por las rudas sacudidas venidas de tantas partes..." le confesaba. El tiempo pasado por esta alumna en la Universidad Central para realizar las asignaturas de Doctorado, parece que fue especialmente duro en este sentido, si nos atenemos a lo que transmitía en su carta: "En ésta he encontrado —me 21. ALEU RIERA, Dolores: ta necesidad de encaminar por nueva senda la educación bigiénico-moral de la mujer. Barcelona, Tin "La Academia" 1883, 46 pp. GASTELES BALLESPÍ. Martina: Educación jisica, moral e inteledual ^ la mujer para que contribuya en grado máximo a la perfección y la de la Humanidad. A.ti-U. . (No publicada). arenal. 2: 1; enero-junio 1995. 81-100
96 CONSUELO FLECHA GARCÍA exponiendo Martina—, amiga del progreso en todas sus manifestaciones, con vencida de la parte activa que la mujer ha tomado, toma y tomará siempre en todas las cuestiones sociales, no me arredan (sic) mis propios temores e insisto en mi primitivo y espontáneo propósito". En sus palabras vemos que, sin embargo, no se dejó llevar, del todo, por la desconfianza en la que estaba situada y que afrontó el tema convencida de que la transcendencia del mismo lo convertía no en una causa perdida, sino en una causa pendiente. A la hora de plantear "por dónde acometer el desarrollo de un asunto tan arduo y complejo", que ella, desde el principio, situó de una manera más clara que su antecesora dentro del campo médico de la higiene, empezó formulándose üres preguntas a las que, a continuación, pensaba ir dando respuesta: 1^. "¿Qué es la mujer? 2®. ¿Qué representación ha tenido ayer, cuál tiene hoy y cuál tendrá mañana en la sociedad que ella misma forma, a un tiempo parte integrante y parte constituyente? 3^ ¿Qué relación existe entre su educación y la perfección y felicidad individuales y sociales?". Respecto de la primera, empezó haciendo un recorrido por las relaciones que se establecen entre madre e hija desde el momento de la concepción hasta que la niña se convierte en mujer, para pasar después a responder a la pregunta que ella misma se había hecho. La respuesta que dio fue la siguiente: la mujer era "un ser preciso, indispensable en la sociedad, a quien debe la vida la humanidad entera, que a todos proporciona mayor o menor felicidad". No duda, como se pone de manifiesto en sus palabras, en definir a la mujer como alguien hacia quien todos los demás, es decir, los hombres, están en deuda; pero no sabemos si al decirlo tuvo conciencia del coste personal que suponía aceptar una realidad como ésa, que, para la mayoría, significaba asumir mayores dificultades para ser ellas mismas. En cuanto a la segunda pregunta, dando por supuesto que para conocer a la mujer había que acudir también a la historia, hizo un recorrido por las discri minaciones y esclavitud de que se habían visto rodeadas las mujeres en las diferentes épocas históricas, y valoró todo lo mucho que en los últimos tiempos se estaba haciendo en varios países por la educación y el progreso femenino países en los que "la joven goza de una amplia libertad a la que en España ni aspiramos, ni fuera posible conseguir en muchos siglos, por razón de la diferen cia de caracteres que nos diferencian de aquellos pueblos". Afirmación en la que 33. Aludió, en primer lugar, a la acción de Madamé de Maintenon (1635-1719) a favor de la educación y de la enseñanza de la mujer en Francia y, a continuación, a lo que, en la misma línea, estaban haciendo países como Estados Unidos e Inglaterra. ARENAL. 2:1; enero-junio 1995, Si-lOO
DOCTORAS EN LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA. LAS PIONERAS aceptaba una peculiaridad nacional tan arraigada e inmutable que parece le sirvió para justificar lo que en España estaba sucediendo. A continuación expresó, sin embargo, un deseo en el que se apuntaba a la verdadera causa de lo anterior; "En los tiempos venideros, el hombre, dictador de la ley, será el primero en fomentar la educación de la mujer, sujetándola sí a justos, pero no mezquinos límites". El hombre que era quien mantenía aquel statu quo sería, en su opinión, quien por su propio interés —^no por el de las mujeres— impulsaría la educación femenina, rompiendo unos límites que ella no dudó en calificar de mezquinos, y que explicaban su falta de "representación" en la sociedad. Para responder a la tercera pregunta se valió de la convicción, entonces común, de que "la mujer es hasta cierto punto —el subrayado es nuestro, pues la expresión puede tener varias interpretaciones, no sabemos si pretendiendo una ambigüedad calculada— la base de la familia humana", por lo que una mejor educación femenina redundaría en el bienestar general y contribuiría "en grado máximo a la perfección y dicha de la Humanidad". Una educación que ella presentaba no en función, en primer lugar, del propio bienestar personal, sino del de los demás. La lectura detenida de la tesis de Martina nos permite afirmar que pidió poco en ella; o no quiso asustar con pretensiones que para sus oyentes debían ser consideradas inalcanzables, o era que incluso ella misma las consideraba de esa forma. Dijo en este sentido: "No pido, señores, para la mujer libertad exagerada; no soy de opinión que a la mujer se le considere igual al hombre; que tenga voto, que hable en las cortes; que pretenda ser ministro. ¡Lejos de mi mente tan absurdas pretensiones!". Afirmaciones demasiado nítidas como para no responder a sus propios sentimientos; una exclamación con la que parece que ella misma se situaba en el lado de quienes reaccionaban negativamente ante las aspiraciones femeninas que podían romper con una conducta que el consenso masculino había establecido como la adecuada. Exclamación con la que renun ciaba a reclamar el ejercicio de unos derechos por los que algunas compatriotas y, más ampliamente en otros países, ya habían empezado a luchar. Una vez expuesta la primera parte de su trabajo, pasó a desarrollar el curriculum de formación que consideraba necesario para las mujeres. Dio una especial relevancia dentro de él a la Higiene, la cual proporcionaría al colectivo femenino conocimientos necesarios tanto para ellas mismas, como para sus deberes de esposas y madres. Fue describiendo cada una de las partes de que constaba esta ciencia y la utilidad que les reportaría, dedicando valias páginas a la nnportancia de la lactancia materna y a su influencia en la salud de los primeros años no se olvidó de incluir la gimnasia, "esa útilísima rama de la Higiene que tan descuidada se halla, por desgiucia, en nuestro país" 34. Cita aquí a Teófilo VALCOURT, médico y publicista fr ancés del que probablemente había leído la obra Les instituíions medicáis aux Síats Unís de l'Amérique du Nord. París, ARENAL 2:1; enero-jimio 1995. 81-lOÜ
98 CONSUELO FLECHA GARCIA Junto a la Higiene, incluyó nociones de Física de Química de Anato mía y Fisiología de Geografía y Astronomía, de Historia Natural, de Canto y Música pero siempre desde la perspectiva de que iban a ser aplicadas a las tareas domésticas y maternales, principal responsabilidad que no dejaba de reconocer en las mujeres. Con ello estaba asumiendo que la primera prioridad para el colectivo femenino era el hogar y la familia; y que su identidad seguía formulándose a partir de la aceptación de todo lo inherente a tales responsabihdades. No descartó, sin embargo, que, como a ella misma le había sucedido, hubiera niñas que quisieran continuar estudiando; en este caso afirmaba que había que animarlas, proporcionarles los medios, hacer posible su deseo: "Si la niña que a (sic) pasado a ser mujer, después de los conocimientos adquiridos, se inclina a seguir una carrera científica o a dedicarse al comercio, aspira en fi n a una honrosa posición en la sociedad, proporcionadle los medios para que siga adelante". Y amenazaba con que: "Si la obligáis a vivir en la ignorancia, se egercitará (sic) por si sola y cual planta descuidada, tendremos que lamentamos, pues dejará con frecuencia de seguir el camino del bien. Cultivemos pues su inteligencia, alentemos y estimulemos las inclinaciones de la mujer, cuando éstas se presenten favorables"; porque, en caso contrario, tendría consecuencias negativas para todos. Las ventajas que reportaría este modo de actuar, con las que pretendía apoyar sus argumentos, parece estaban destinadas a atraer, desde el propio interés, la voluntad de sus oyentes. Por eso vemos que la doctoranda llegó a decir que: "La mujer casada, con su instrucción, aumentará los atractivos del hogar, podrá conversar con su marido de asuntos que se salgan de la mtina... De este modo, al paso que darán mejores resultados los matrimonios, habrá menos victimas en los conventos"; y que, ante la posibilidad de que una mujer no llegara al matrimonio, Typógr. Ch. Meyrveis, 1869, 89 pp., que también pudo consultar en la Biblioteca de la Facultad de Medicina. 35. En relación con la enseñanza de la higiene y su importancia en la educación de aquel fi nal de siglo pueden consultarse los artículos de ALONSO MARAÑÓN, Pedro Manuel: "Notas sobre la higiene como materia de enseñanza oficial en el siglo xix", en Historia de la Educa ción. Revista Intenmiversitaria, n.° 6, en.-dio., 1987. pp. 23-41, y de BORDERJES GUEREÑA, Josette: "Education chrétienne et hygiéne domestique (I860-1915)", en C.I.R.E.M.I.A.: École et Église en Espagne et en Améríque Latine. Aspectes idéologiques et institiitionnels. Tours, Publ. Université de Tours, 1988, pp. 361-373. 36. Que, en su opinión, podían contribuir a evitar posibles problemas de estrabismo y de acústica en sus hijos. 37. Los conocimientos que proporcionaba esta ciencia Ies serian muy beneficiosos en el hogar para la alimentación y la limpieza. 38. Para conocer bien el cuerpo de sus hijos y saber la forma más sana de vestirlos. 39. Todos ellos conocimientos que podría transmitir a sus hijos pequeños. ARENAL. 2:1; enero-junio 1995. 81-100
DOCTORAS EN LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA. LAS PIONERAS 99 que podría con sus estudios "servir a toda la sociedad sin distracción ninguna, porque no la tiene, y ... tal vez proporcione a la ciencia algún nuevo conoci miento" Pero parece que, en su opinión, esto último sólo podría darse si la mujer no estaba casada, y no debía la dedicación de su tiempo a otras tareas. Pero antes de terminar no dejó de insistir en que "la madre debe transmitir sus conocimientos a los hijos durante sus primeros años, sea cual fuere su sexo; que al demostrar esta inclinación especial para alguna ciencia o arte deberá fomentarse todo lo posible tanto a la niña como al niño", sin que este deseo y esta dedicación tuvieran que ser vistas como una transgresión merecedora de descalificación social. Como puede observarse, un discurso, con rango de académico e intelectual, que se apartaba, en escasa medida, del "modelo doméstico" de la época, en el que la mujer seguía siendo considerada únicamente en su función de esposa y madre, aunque se hubiera empezado a subrayar, interesadamente, la trascenden cia social de dichas tareas. Y con una justificación del modelo educativo que proponía, en el que casi exclusivamente se tuvo en cuenta esta construcción ideológica tan bien asentada. Para esta doctoranda las otras salidas, aunque en su opinión posibles, seguirían siendo excepciones. Defendió una mayor movi lidad de lo doméstico a lo intelectual, pero sin dejar de reafirmar la principal definición social dominante. 6.—La prudencia de un cofnpromiso Dos discursos que partían de una postura de compromiso con un cambio social de tipo específico, el relacionado con la educación de las mujeres, en la misma línea del que se estaba produciendo en otros países, pero sin poner todavía en cuestión el rol doméstico asignado; es decir, discursos que podríamos definir como poco cambiantes. Antes de que fmalizara el siglo, ésta como ofias muchas acciones que se promovieron, estuvieron fundamentalmente centradas en la reducción de las desventajas educativas, pero con el objetivo prioritario de garantizar una mejora en el desempeño de los quehaceres domésticos. No era fácil salir de un proyecto de vida cuyo eje era la familia y cuya identidad social y personal se desarrollaba a partir del matrimonio y de la maternidad'^'. Así vemos que quedó reflejado en las tesis anteriores, aunque podamos 40. La doctoranda señala que podrían dedicarse a la medicina, a la farmacia aunque en 1882 no habla aún ninguna alumna en estos estudios—, a escribir o al comercio. 41. Cfr. NASH, Mary: "Identidad cultural de género, discurso de la domestiéi a^y a definición del trabajo de las mujeres en la España del siglo xix", en DUBY, PERJIOT, Michelle: Historia de las Mujeres. El siglo .m'. Madrid, Taurus, 1993, pp. 586-58/. .ARENAL 2:1; enero-junio 1995, 81-100
100 CONSUELO FLECHA GARCÍA percibir horizontes muy diferentes en las dos proponentes. En la primera, apareciendo con mayor claridad una postura de compromiso explícito con un sistema de igualdad entre los sexos, al menos en lo que a la educación y al ejercicio de una profesión se refiere. En la segunda, apoyando el cambio de una variable, la educativa, pero sin salirse de una ideología sexual que delimitaba tanto las responsabilidades como las restricciones para las mujeres; pues queda claro en el texto que no renunció a sostener, aunque exigiera que había que hacerlo de una forma más cualificada, el sistema dado en cuanto al cometido social prioritario del colectivo femenino. Pero si que hay que reconocer que fueron, en ambos casos, mujeres que rompieron el silencio femenino en un lugar que se denominaba a si mismo como el "alma mater" siendo sólo masculino. Que utilizaron la palabra para transmitir, todavía tímidos, planteamientos sobre un cambio llamado a desencadenar otros muchos en la condición social femenina: palabras con las que, sin duda, ellas quisieron contribuir a resquebrajar la construcción teórica sobre la debilidad y necesaria dependencia femenina, a la vez que a abrir nuevos roles públicos para las mujeres de clase media. Un tipo de discursos que, no obstante su prudencia, recibieron fuertes embates por parte de los legitimadores de la situación here dada. ARENAL. 2:1; enero-junio 1995. 81-100