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La Semana Santa en la poesía sevillana

Caro Romero, Joaquín

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LA SEMANA SANTA ENLA POESIA SEVILLANA * por JOAQU!N CARO ROMERO A la hora de elegir el tema de la lección inaugural del curso de esta R ea l Academia de Buenas Letras, me incliné por el de la Semana Santa en la poesía sevillana como recuerdo a un buen «amigo de la poesía y de los poetas», como lo llamó nu estro compañero don Luis Jiménez Martos. Un «amigo de la poesía y de los poetas» del que se cumplen ya dos décadas de su muerte y al que esta Real Corporación rinde homenaje a su memoria anualmente con la convocatoria, el fallo y la edición en Adonais del premio que lleva su nombre: don Florentino Pérez-Embid, miembro que fue de esta Academia. Pero a otro amigo de la poesía y de los poetas -y poeta él mismo -le hubiera gustado estar presente en este acto de apertura. pues durante má s de treinta años estuvo vinculado a esta Docta Casa, donde llegó a ocupar el cargo de Vicedirector. Su ausencia constituye para nosotros un vacío enorme. Me estoy refiriendo a don Carlos García Fernándcz, compañero del alma. El me dio la bienvenida a esta Academia ha ce catorce años, como antes lo había hecho con don Juan de Dios Ruiz-Copete. Don Carlos nos dijo adiós la semana pasada para ir a reunirse co n el Altísimo. que lo tendrá ya en su gloria, esa gloria que nunca se marchita. • Di~curso de apertura dd curso 199.\ -9 5. pr onunciado en la s es ión pública del 7 de oc1uhrc de 199.\ po r el Académico Excmo. Sr. D. Joaquín Caro Rom ero. 48 JOAQUIN CARO ROMERO ----------- ---'- ------ -·----- - - Ames de adentrarnos en el tema de esta di sertación debemos hacer unas consideraciones sobre poesía religiosa. La poesía religiosa -aunque toda poesía en el fondo y en la aspiración lo s eaes una fuente temática inagotable. De s de el poema de «Mío Cid», raro es el poeta español que no haya ca ntado a Dios, y quien dice a Dios dice a la Virgen y la corte ce lestia l. Y no es porque la fe sea un tema lit erario, sino una condición como bien se echa de ver por parte de todos. La «Oración de Jimena» en el poema de «Mío Cid» es la muestra de poesía religi osa más remota que conocemos en lengua española. Pero, en fin, no es mi propósito remontarme tan alto, ni siquiera ceñirme a las más altas cúspide s: San Juan, Lope, Santa Ter esa, Ca lderón ... Alguien ha dicho que «el poeta - de spués del sacerdoteha recibido en todos los tiempos la misión de dar respuesta natural a la llama - da de Dios. La poesía religiosa es Ja manifestación literaria más antigua y perdurable en las literaturas conocidas y marca siempre el pun- to de <ma nque de esos períodos esperanzados y crecientes que conocemos con el nombre ele renacimiento». En España la poesía sagrada tu vo sus al zas y sus bajas en el mercado de todas las edades. En España la poesía sagrada, tras una laguna de dos siglos demasiado visib le dada su enorme pujanza en el barroco, co bró signo de autenticidad para sensibilidades finas y despi er tas a finales de los años treinta, exceptuando, claro está, lo que se ha ll amado la «protestante reli giosidad>> de Miguel de Unamuno y la religiosidad «vaga y neblinosa» de Antonio Machado. Es innegable, sin emba rgo, el influjo unamuniano. Es imponente su «Cristo de Velázquez». Re co rdando las palabras de un antólogo, se ha hablado de Dios en el seg undo tercio de este siglo «Con ciega soberbia que quería disfrazarse de e nt rañable humanidad, con gran desco no ci mi ento de las verdades teológicas. Y se ha hablado de Dios para ha cer alardes de falta de fe y de sensacionalista origina li dad». Grandes poetas, a raíz de la terminación de la gue1Ta, desviaron sus voces hacia el tremendismo, hacia la angustia existencial. Hicieron una poesía re - belde, de clamor, pero religiosa en potencia. Caso típico, por ejemplo, el de Bias de Ot ero con su «A ngel fieramente hum ano» O el de León Felipe. Es en plena República, en 1931, d on de hay que buscar el primer brote contemporáneo auténtico de poesía religiosa. Está en el libro «Viac ru cis», de Gerardo Diego, quien se duele en el prólogo de que las «dificultades c on que tropezaba el artista en aquel tiempo para tratar un terna religioso eran m ás que nunca crecidas». LA SEMANA SANTA EN LA POES!A SEVILLANA 49 -- ---- - - - -- --- - - ---- - - Surgen grupos de poetas sacerdotes. El padre Félix García, her edero de fray Luis de León, había dado a la imprenta, recién terminada la contienda, un libro interesante titulado «Roto casi el navío». Jorge Blajot, poeta y religioso también -cualidades indispensables, según Paul Claudel, para lograr una auténtica poesía religiosase da a conocer con «Hombre interior» y « La hora sin tiempo». Citaré solo nombres que me parezcan de cierta impor ta ncia en este encuadre de la lírica sacerdotal: Juan Bautista Bertrán, Carlos de la Rica, Jesús Tomé, José Luis Martín Descalzo, José Sierra Cortés y, a mi juicio, el más importante de todos: Julio Maruri, que ingresó en la Orden Carmelita con el nombre de fray Casto del Niño Jesú s. Julio Maruri está entre los laureados de Adonais y ganó muy joven el Premio Nacional de Literatura. Hace muchos años que no sé nada de él. Lleva lo menos tres décadas sin publi car nada e ignoro si continúa escribiendo, incluso si vive. Entre las grandes voces religiosas del siglo no quiero dejar sin mencionar a José Luis Hidalgo, José María Valverde, José García Nieto, Carlos Bousoño, Dámaso Alonso, Leopoldo Panero, Lu is Rosales, Rafael Sánchez Mazas, Victoriano Crémer, José Luis Prado Nogueira, José María Pemán, Vicente Gaos, Concha Lagos, Julio Mariscal. .. Al lado de esta poesía religiosa, tan vinculada por su espíritu a la del Siglo de Oro, clásica también y de una enorme majestad de contenido y forma, existe otro tipo de poesía más popular, más accesible al pueblo y a los no iniciados: me estoy refiriendo ahora a una poesía más localista, casi absolutamente localista, a una poesía de trascendencia menor, de valoraciones negativas fuera de los límites de origen. Es una poesía que, salvo contadas excepciones, cae en un esteticismo mal digerido, al servicio de lo convencional, espectacular y tópico. No es que yo crea que la cantera lírica de la Semana Santa de Sevilla es tá ya agotada. Los modelos folclórico-religiosos se repiten hasta la saciedad en una desquiciante oleada de alienaciones pr im averales. Recordemos el diálogo entre Don Quijote y el Caba ll ero del Verde Gabán: «La poesía, señor hidalgo, es como hermosa doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las ca lles, ni publicada por las esquin as de las plazas, ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal 50 JOAQUIN CARO ROMERO vi rtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo <l e inestimable precio». Lleva razón Cervantes: la poesía es como una doncella que no se debe manosear. De ahí que la poesía sea la más mino ritaria de las artes. La poesía es esencialmente minoritaria. Siempre lo ha sido. Manuel Machado se ha aproximado al tema de nuestra Semana Santa de una manera ocasional, sin sentar ninguna base en su obra. En uno de sus autorretratos dejó bien clara su filiación: «Con Montmartre y con la Macarena comulgo ... » Y a la Esperanza Macarena dedicó un soneto que vio la luz en 1937. Al año siguiente, publicó su poema «La saeta ». Ambas composiciones formarían luego parte de su poemario religioso, que saldría en edición póstuma con el título de «Horario». Ahora Manuel Machado atraviesa una etapa de resurgimiento, con la aparición <le su «Poesía de guerra y posguerra» y de sus «Poesías completas». Más joven que Manuel -sie te años de diferencia -, Fernando Villalón se va a declarar también macareno en uno de sus «Ro mances <le! 800». El macarenismo del poeta, nieto de Jos marqueses de San Gil, fue creciendo por aquella mocita divina que tenía su sede en San Gil. Villalón humaniza a la Virgen de la Esperanza con una au - dacia y un sentido del humor tan de licado y enternecido que parece que se dirige a una mozuela del barrio. Quizá Lope de Vega hubi era escrito así. tan signado por la gracia, de haber nacido en Sevilla, aunque poco le faltó. Hasta verla reproducida en gran edición de Jacqucs Issorel yo no conocía la oda «A la Virgen de la Macarena », que fo rm a parce de las « Poesías inéditas» de Fernando Villalón, cuyo ingenio jo - coso se pone de manifiesto otra vez en el molde estrófico de la lira, donde sale a relucir hasta el Tato y el Gordito, el barbero y el cura. El texto co nstituye una origina l es t am pa cost umbrista por la que as oma esa «ce lo sa morena / que echaría vitriolo/ en el rostro a su P epe o su Manolo ». Hoy se nos antoja irr epe tible la de li - ciosa es tam pa de colorido, paz, equilibrio, sencillez y b onanza que Villalón traslada tan graciosam ente de lo vivo a lo pintado: «Tu cura dice misa / y se sienta a charlar con el barbero / en mangas de camisa./ Echa alpiste al jil guero / y se come tranquilo su puchero». Otro de los poemas macarenos de Villalón, aparte del que dedicó a los armaos, es el que tiene por protagonista a un torerillo que, montado en los topes ele un tren, le promete a la Virgen: «Cuando yo LA SEMANA SANTA EN LA POES IA SEVILL ANA 51 toree en Madrid, I te compraré una corona / y un manto de carmesí / que no puedan seis personas /meterlo en tu camarín». Cuánta Macarena y cuánta Sevilla ha y en la obra de Villalón. Como escribió su ilustre primo Manolo Halcón «S u ciudad fue Sevilla ». Solo un poeta como él podía encontrar materia lírica en el Mercado de la Encarnación o en el pregón de las ac eitunas. La visión macarena de Villalón dista mu cho de la convencional y tópica y no le encuentro parangón con ninguna. ¿Es posible escribir un poema en Sev ill a mientras pa sa una cofradía? Fernando Villalón escribió uno en la pl aza de San Francis co en 1926 donde no falta la palabra Macarena. Dos años más joven que Villalón er a Felipe Cortines Murube, un importante poeta modernista andaluz, doctor en Derecho, nacido en Los Palacios, que se carteaba con Unamuno nada menos. El poeta y profesor Jacobo Cortines publicó hace diez años una selecta antología de su obra poética, precedida por un magnífico estudio. La edición constaba de mil ejemplares numerados (el mío es el 167) y se agotó rápidamente. Coincido por completo con la opinión de Jaeobo Cmt ines cuando estima que «para los que esc ri ben sobre Sevilla, suele ser Ja Semana Santa tema obligado y predilecto a la vez. En torno a e ll a se ha creado una abundante literatura de carácter local que cae generalmente en el tópico del sevillanismo. Difícil es, por tanto, para un escritor que aborde el tema, librarse de los lugares comunes de la tal literatura. Cortines Murube trata el tema de la Semana Santa( ... ) y la visión que de ella ofrece, aunque participa de Jo anteriormente dicho, es la del hombre culto que capta con hondura la belleza que encierra tal manifestación popular y sabe expresa rl a, p or otra parte, con emoción religiosa. ( ... ) El tema de la Se mana Santa no se qu eda en los límites de un costumbri smo que busca lo pintoresco, sino que responde a una id entificación con el espíritu de la ciudad en su lado serio y culto a la vez que popular; y aunque ya no aparezca este tema en otros libros de versos, la Semana Santa sevillana será en años posteriores motivo de numerosos poemas y artículos que se publicarían en su mayoría en las páginas de las r ev istas dedicadas a ena lt ecer esta manifestación artístico-religiosa del pu eb lo sevi ll ano». Otro poeta poco y mal conocido actualmente es Fernando de los Ríos y Guzmán, sob ri no de Bl anca de los Ríos, nacido en Sevilla el 31 de mayo de 1886. Tuvo una existencia azarosa y desgraciada. Yo ll egué a tratarle de una manera muy supe rfi cial en Alcalá de Guada ira. de donde era cronista oficial. Fu e académico preeminente de la 52 JOAQUIN CARO ROMERO --- Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Mi maestro Rafael Laffón, cuya vacante tengo la honra de ocupar en la Academia, le pidió a don Fernando, en la primavera de 1943, que contestara a su discurso de ingreso, que trató sobre «Dos romanticismos: Espronceda y Bécquer». La obra literaria de Fernando de los Ríos -fue t amb ién pintores inmensa y anda muy dispersa. Ardua tarea sería reunirla entera. Debe haber bastante material inédito, aparte de muchos textos diseminados en publicaciones como la Revista Franco-Española, Bética, Andalucía, La Exposición, El Liberal... Naturalmente, cultivó el tema de la Semana Santa en su poesía dentro del más puro clasicismo, demostrando saberse el oficio de poeta que a sus soledades va y de sus soledades viene. Del año 1957 es el libro «Saetas», de Juan Rod1íguez Mateo, poeta nacido en Coria del Río el 31 de diciembre de 1889, que desde 1946 era académico de número de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, a cuya junta de gobierno perteneció en calidad de secr etar io. Fue también presidente de la sección ele Literatura del Ateneo hispalense. Rodríguez Mateo fue la persona más bondadosa e indulgente que yo recuerdo dentro del complejo gremio de las letras. Su primer libro -de los más de treinta que vio impresosse publicó en 1921. Poeta de acendrada fidelidad, voz cuila del campo andaluz, cantor del Aljarafe y la marisma, de sus tradiciones y devociones, cuyo «entrañable popularismo fue hace ya muchos años puesto de relieve por Manuel Machado », como nos recordó en un precioso y preciso prólogo a su última selección de poemas, titulada «Espigas», el profesor Enrique Moreno Báez. No sé si Manuel Alvar conoce la obra de Rodrígu ez Mateo, que es muy digno de figurar en una nueva edición de su tratado antológico de «Poesía española dialectal», pues este «Hijo Predilecto y Preclaro de la Villa de Coria del Río» demuestra ser uno de nuestros mejores poetas dialectales. Desde aquí reivindico la memoria de este tierno y olvidado jugla r, que en sus años mozos recitaba versos por las tabernas de su pueblo y que de niño venía «en su borriquillo a vender frutas a Sevilla». En su libro «S aetas» podemos encontrar un amplio muestrario de loores a la mayoría de las imágenes procesionales sevillanas. Un poeta sobre el que se vuelven a detener los estudiosos, que muy abandonado le tenían, es Adriano del Valle. Nació en Sevilla en 1895, en la calle Sierpes, guiñándole un ojo a la de Cerrajería y jugando al escondite con Rioja. Es bautizado en la Jglesia parro- LA SEMANA SANTA EN LA POESIA SEVILLANA 53 -- ·· - · ----- -- -- quia] de la Magdalena, donde cristianizaron a Murillo. Adriano se asomó a la vida con signáculo de predestinado. Las imposiciones de un destino laboral -fue representante de maquinaria agrícolale obligaron a desplazamientos constantes por dentro y fuera de Es - paña. Recorrió muchos países, entre ellos Italia, Francia, Portugal, Marruecos ... A los veintiún años, sus ojos había acariciado los más diversos paisajes. Instituye en 1918, en su tierra natal, el órgano literario vanguardista «Grecia», con Isaac del Vando-Villar y Luis Mosquera. Casi dos lustros después, en Huelva -donde conocería a la madre de sus siete hijos-, funda con Fernando Villalón y Rogelio Buendía la revista «Papel de Aleluyas». Adriano crece, produce, se reproduce. Continúa sumando éxitos. Obtiene dos Premios Nacionales de Literatura: en 1933 y 1941. Y recibe el premio «Mariano de Cavia» de 1943 por un artículo sobre la Semana Santa sevillana titulado «Stella Matutina». El valor y la fuerza de la poesía de Adriano del Valle reside en su extraordinario poderío verbal, que todo lo resiste. Con razón dijo Dá - maso Alonso: «Gran arte este de atormentar, de violentar el idioma, en trance de parto a cada palabra. Puede ser que, desde don Francisco de Quevedo, nadie haya salido tan aventajado en él como Adriano del Valle». Guillermo Díaz-Plaja evoca su primer encuentro con el poeta en los siguientes términos: «Se me apareció, la primera vez, Adriano del Valle, en Sevilla -en su Sevilla-, en la primavera de 1940 (¿o de 1941 ?), y, claro está, por Semana Santa. (. .. ) Me ofrecía, gentilmente , esa doble estampa de su figura, que ya se había hecho típica. Daniel Vázquez Díaz le había retratado, ora con toga de emperador romano, ora con atuendo de picador de toros». ¿Ignoraba u olvidaba Díaz-Plaja que Vázquez Díaz también retrató al poeta con hábito de la Orden Mercedaria? La Semana Santa sevillana inspiró al prodigioso Adriano pr ec iosas joyas en prosa y en verso. La Macarena, la Amargura y la Virgen del Valle eran las tres principales imágenes de su numen y su devoción. Solo tres meses más joven que Adriano del Valle era Rafael Laffón, pues nació también en 1895, no en 1900, como se creía. Por la obra de este «Góngora sevillano» de nuestros días circula cierto carácter que ha sido calificado de «sevillanismo esencial», de «sevillanismo órfico», antípoda del sevillanismo de pandereta. Su monumental «Discurso de las Cofradías de Sevilla», publicado hace más de 54 JO/\QUIN CARO ROMERO medio sig lo , no ha perdido su actualidad, su incandescencia, su poderosa gravitación. Cabe explicarse el milagro. La obra de Laffón rebosa un barroquismo esplénd id o y genuino. Su producción literaria ha estado casi siempre orientada por lo s clásicos. Su verbo expresa un «burilamiento» de acusada ordenación co nceptual. Su barroquismo, en el aspecto ideológico, contrasta con el barroquismo del XVII en que no se opone a cánones renacentistas. El primero en insistir en su «condición de artista barroco» ha sido el padre Schockel, que lo etiqueta de «neobarroco». El propio poe ta confesó que a ese barroquismo quizá debe considerársele en función de Sevilla, de lo sevillano; «de ello resultaría una luz especial, un especial entendimiento. Si se mira Jo barroco como un entendimien- to, ese desbordamiento tiene en Sevilla un «borde» próximo, de gra - ve entidad: Jo clásico. Es la cu rv a de la Gracia». Su «Discurso de las Cofradías» es un majestuoso muestrario de hasta dónde pu eden trascender las palpitaciones de un corazón legítima e inteligentemente sevillano. A los nazarenos de la Esperanza Macarena los califica de «cofrades inspirados»; a la llama temblorosa del cirio la descubre bailando «como una danzarina a quien le queman los pies»; recorre las calles de Sevilla y comprueba que Ja ciu - dad respira por «el dorado pulmón de la primavera»; goza de la «Corte sía - cortesanía- » del Jueves Santo; ante una imagen del San Juan Evange li sta, de Hita del Castillo, advierte la «yuxtaposición maravillosa de los ímpetus de proselitismo del Hijo del Trueno a un heroico designio de caudillo español»; se ocupa de esa «madera expresiva» donde hiperbolizaron sus dotes magistrales los imagineros, quienes encontraron en ella «vibración de músculo y sangre, organismo de emoción y diálogo», no ya para sus inspiraciones, sino para sus fidelidades - y finalidadesartísticas; la candelería de cualquier paso de nuestras Dolorosas se le antoja un órgano celeste hacia cuyo « teclado imaginario» tienden sus manos esas desconsoladas Vírgenes para «interpretar la sonata patética de « Los siete p111iales e 11 el corazón». No se confunda aquí barroquismo con mentalidad barroca. Estremecedor poema su «Lección de cruz», donde Cristo es una «Verdad de clavo pasado». Dentro de este mismo romance advierte el profesor López Estrada que el poeta desea «a traer a los artífices que mejor han ele entender en su evocación poética de las manos y pies sangrantes del Señor, y en tonces llama a los orfebres a través de una honda asociación entre la belleza expresada y el trabajo delicado: Venid, O!febres: mirad/ esta labor de martillo». LA SEMANA SANTA EN LA POESIA SEVILLANA 55 Las décimas a «Los tres crucificados» -Jesús, Dimas, Gestasbien pudieron inspirarse en ese Cristo de Ja Salud, de la Carretería, o en el C1isto de la Conversión del Buen Ladrón, de Montserrat. Otra pieza prodigiosa es su soneto «A Jesús del Gran Poder, en sus andas de la madrugada». Otra perfecta muestra de acentuado barroquismo. El molde del endecasílabo ya no admite resquicio conceptual posible; los epítetos formalizan rigores de matización; las preposiciones ejercen una función coordinable; el verbo fluye poderoso, suficiente. En la composición, contrariamente a lo que era de esperar, no se vislumbra el menor énfasis. No hay antítesis, gradaciones o epifonemas. En dos ocasiones solamente se utilizan vocablos esdrújulos. mientras que los agudos ofrecen el coeficiente de una docena. Contemporáneo de Laffón. el poeta Juan Sierra fue el último superviviente del grupo fundacional de «Mediodía». A punto estaba de cumplir los ochenta y ocho años cuando murió. Había nacido el 20 de diciembre de 1 901 en la Plaza Nueva. Es un poeta muy a tener en cuenta. Escribió y publicó poco. Pero esto no menoscaba su identidad creadora. El legado a la posteridad sue le reducirse a un conjunto de poemas. a veces a uno so lo. Y pienso en el caso del autor de la «Epístola Moral» que, tras siglos de anonimato y falsas atribuciones, lo hemos recuperado para siempre como Andrés Fernández de Andrada. Los libros publicados por Juan Sierra se pueden contar con los dedos de una mano: son cuatro en verso y uno en prosa. A saber: «María Santísima» (1934), «Palma y cáliz de Sevilla» (1944), «Claridad sin fecha» ( 1947), «Alamo y cedro» ( 1982) y «Sevilla en su ciclo» (1984). Puede observarse que entre la publica ción del tercero y el cuarto libro hay una laguna de treinta y cinco años de silencio. Bueno, de silencio relativo pues Juan Sie1rn publicaba de vez en cuando artículos y poemas en periódicos y revistas. En literatura -y en todo, quizá- es preferible callarse ante la duda o el convencimiento de dar un paso en falso. Para esto hay que poseer olfato autocrítico, un sentido del que la mayoría carece. L os declives de intensidad son frecuentes, por lo general, en poetas de producción extensa. Los otros, los de obra breve -Bias de Otero, Cavafis, el propio Sierra, salvando las distancias, etcétera-, suelen ser más rotundos, de valores más condensados y puros, y de mayor alcance y riqueza. Yo prefiero antes la poesía sobria qu e la que se derrama en exuberancia. La obra de Juan Sierra se halla entre la sobriedad y el lujo bairnco. Obra enclavada en su tiempo, que es el de la generación del 27.