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Discurso de contestación

González-Meneses y Meléndez, Antonio

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DISCURSO DE CONTEST ACION Por el Excmo. Sr. Dr. D. Antonio González-Meneses y Meléndez C ensor de la Rea l Academia Sevillana de Bu enas Letra s. Vice-Presidente de la Real Academia de Medicina de Sevilla. Excmo. Sr. Director. Excmos. Sres. Académicos. Hoy es día de gala y de alegría en esta Real Academia Sevillana de Buena s Letras porque se recibe en ella como numerario al excelentísimo señor don José M.ª Javierre y Ortas. Llega aquí con tres títulos: Es periodista. Es sacerdote. Es historiador de santos sevillanos. Se acostumbra a decir, al presentar a un conferenciante, que no necesita presentación. Javierre es conocido en Sevilla, es conocido y querido entre nosotros. Pero los discursos de recepción en las Academias son pequeñas biografías ql!e se conservan para siglos. El que ingresa , remata en epitafio la vida del que lo precedió. El que lleva la voz de la Academia resume lo que representa el recipiendario -qué difícil palabra - en la cultura y en la sociedad. Por eso, para luegos lejanos, yo diré ahora y aquí quién es, qué ha hecho, qué esperamos de él y qué nos trae José María Javierre . Los Javierre tienen un solar en San Baudilio: una casa de piedra con el blasón sobre Ja puerta. Un J avierre fue Cardenal y General de los Dominicos a mediados del siglo XVI. Pero José María nació en Lanaja, una villa de Huesca, al norte de la sierra de Alcubierre, aunque su familia procedía del Valle de Rodellar. Un valle éste, de norte a sur, bellísimo. Los montes que lo cercan parecen recortados de ilustraciones de cuentos para niños . Uno, la Ciudadela, tiene la silueta de un castillo torreado, almenado. Otro, los Ventanajos, recorta un puente de dos ojos en el cielo sin nubes -están cerca Los Monegros-. Un río pequeño y transparente, el Alcanadre, lo recorre. ¡Qué distintos -¡oh, monte; oh, valle; oh, río!-, de este río, de esta vega, este Aljarafe de Sevilla! Y el padre de José María no era infanzón como sus vigésimos abuelos, sino Comandante del Puesto de la Guardia Civil de Siétamos. José María adoraba a 78 ANTONIO GONZÁLEZ-MENESES Y .MELÉNDEZ su padre. Lo admiraba. Se miraba en él. Se bañaba José María con su hermano en el río Guatizalema, aguas aba jo del molino del arroyo de Pietaconesa. El padre, sentado junto a la presa del molino, es peraba a ver volar un pez de los que suben a criar río arriba. Y entonces, de un certero pistoletazo, lo hacía caer, agua abajo, para que lo r ecogieran los muchachos -híbrid os de tritón y perdiguero - y lo llevaran con otros muchos no sé si decir pescados o cazados de esta forma, enhe brados, ensartados en juncos al prado donde la madre y la hermana -como el Señ or pa ra la pe sca de los apóstolestenían preparada la candela. Jos é María se gloriaba hace muchos años, veinticinco, de la puntería de su padre. Pero mucho más de su hombría de bien, de su honor, de su valor, de su entereza . Casi lo vio morir, después de c uatro días de pelea casa por casa. Antonio, el mayor de los he rmanos -catorce años-, junto a su padr e, disparaba el fusil. Jo sé María casi lo vio morir . Se agazapó en el balc ón de la Casa Cuartel h ast a que el padre lo descubrió y lo mandó con las mujeres y los niños a los sótanos de la iglesia. T enía José María once años. Pero había es tado viendo la batalla con unas hojas de papel y un lápiz, pretendiendo hacer su primera crónica de guerra. Como veis, su vocación de periodista es antigua y heroica. Pocos habrá que puedan acercársele. Su vocación de sacerdote también fue pre coz. Todavía en la segunda enseñanza decidió pa s ar al Se minario. Lo hizo a escondidas . Seguía el ejemplo de su hermano Antonio, que es hoy una de las figuras más relevantes de la familia de Don Bosco. A los ve intidó s año s cantó mi sa . En la igl es ita de San Vi ce nt e Mártir de Siétamo . En c uyo sue lo estuvo enter ra do por un tiempo el cadáver de su padre, de donde lo sacó el furor de la guerra civil para quemarlo y aventar las cenizas. Y después ejerce como p árr oco en dos pueblos del Pirineo. Parroquias montesinas y casi montarac es. De esparcida feligresía pobre. Trabajo duro y tierno a la vez. Duro de los guijarros, tierno de los corazones de los montañeses. En 1950 muere su madre y él, solo, no ha de llevar una vida sin hogar que era el de esa madr e adorada. Cambia de rumbo. Ingre sa en los Operarios Diocesanos. Vive en Madrid, DISCURSO DE CONTESTACIÓN 79 pero con un contacto estrecho con Salamanca. Interviene en la primera línea de las fundaciones de P .P . C. y de Incunable. Y en la actividad de aquel inolvidable «Ecclesia». Por obediencia, su vida periodística es amplia y honda. Colaborador de «Ya», pasa luego a corresponsal en Roma y en Munich. Es enviado especial en Tierra Santa y en los países de Africa. Recorr e mundo con sus papeles y su pluma, como cuando de niño de once años atis baba la guerra con inmenso peligro. A veces, sin embargo, el peligro mayor no es de los tiros. Alrededor del año 52 es Vicedirec tor del Colegio Español de Roma. Allí se ordenan los que ahora so n obispos o escritores insignes, la «élite» de la Iglesia en acción. Desde 1956 a 1962 es Rector del Colegio Español de Munich. Desde 1969 hasta 1971 dirige «El Correo de Andalucía». Pero esto lo sabemos todos. En la actualidad lleva una colaboración fija en «Ya», además de numerosos trabajos sin firma en el mismo periódico. Este es en resumen el currículum del periodista. Veamos ahora su faceta de historiador de santos sevillanos. Ya antes de 1961 ha historiado a San Pío X - su Papa modeloy a Merry del Val -otro santo gentleman como San Francisco de Sales- . Pero en 1959 ha venido desde Munich a encargarse de la redacción de la biografía de Don Marcelo Spín ola. Se publicó ésta en 1963. Ese mismo año se editó el libro de nuestro aca démico sobre Pablo VI, Pontífice Romano. Después del Cardenal, Sor Angela de la Cruz. D es de la publicación de «Madre de los Pobres », en 1968, que alcanzó la gloria del Premio Ciudad de Sevilla, hasta los «Escritos Intimos» de Sor Angela, que aún tienen la tinta fresca, Sor Angela se ha adueñado del corazón y de la mente de José María Javierre. Ya habéi s oído cómo habla de ella. Como un hijo o como un novio. Con amor: J avierr e ha mirado amorosamente a estos dos santos sevillanos: el aristócrata arzobispo, fundador, distinguido y ardiendo en caridad, y la zapaterita -hay más de una «Zapaterita Prodigiosa»- humilde y fundadora, del pueblo llano y ardiendo en caridad. Dos mundos sevillanos, la clase alta y la modesta clase de los obreros, las dos representadas por dos arquetipos: un intelectual y una ANTONIO GONZÁLEZ-MENESES Y MELÉNDEZ mujer sin letras, pero ambos con una altura y una profundidad gigantescas. Con esos primeros planos de Sevilla, ¿cómo no iba a quedar fascinado J avierre por Sevilla? Ha escrito más libros nuestro nuevo compañero de tareas. Más de doce. Pero es mejor citarlos luego en nómina en la edición de estos discursos que enumerarlos en farragosa letanía . Y sigue escribiéndolos. Y pensando en nuevos temas, en nuevos títulos. Y dirige la edición española de la Historia de la Iglesia de Fliehe-Martín, de la que van a la luz ya tres volúmenes. Y escribe, escribe, escribe. Ya veis qué exactamente corresponde la actividd de José María Javierre a lo que nos exige el Estatuto y Reglamento de nuestra Academia: cultivar las buenas letras y ocuparse de la historia de Sevilla. Las buenas letras del periodismo, letras universales e irradiantes, difusores de la cultura, de la doctrina , de la belleza. La historia de lo mejor de Sevilla, los oligoi, los pocos, selectos, altos, divinos sevillanos que ya mi· rana Dios cara a cara. Es, pues, éste un académico de Buenas Letras por derecho propio. Esperamos que sea un asiduo y fecundo colaborador de la tarea de esta casa, tarea más silenciosa de lo que la densidad de su fruto exigiera y menos apreciada de lo que la intención y el entu s ia smo de sus miembros merece. Y aquí debía yo callarme. O todo lo más decir dos docenas de palabras de agradecimiento y bienvenida. Pero está dispuesto por la costumbre y el decoro que el que lleva la voz de la Academia se refiera expresamente al tema del Discurso de recepción: lo comente, lo glose, lo pondere. Creo firmemente que es te deber del que contesta es difícil, vidrioso. Se presta al resbalón, a molestar al recibido, a cansar al auditorio. No debe el que contesta pisar el discurso, si se me permite tan poco académica palabra. No debe demostrar que se sabe el tema mejor que nadie y por tanto mejor que el que lo acaba de exponer. No de be ser lar go, porque todos tienen ya ganas de acabar. No debe ser exces ivamente corto, para que no se tome a desinterés o descortesía. No debe soslayar el tema en su esencia, para que no parezca que no lo aprecia o DISCURSO DE CONTESTACIÓN 81 que no lo conoce. Entre tantas sirtes, difícil es navegar sin encallar o por lo menos sin tocar fondo. Por todo esto he preferido que mi respuesta sea sencillamente una serie de apostillas, de notas a pie de página, mínimos comentarios a los temas del discurso, aclaraciones a puntos qu e algún no sevillano pudiere interpretar torcidamente . No pretendo corregir nada, lo que sería una pretensión cómica. Sólo acompañar el texto, como esa cadencia breve repetida «Do -si, la , so l» que entre las falsetas o el cante r ecuer da al oyente qu e lo que se está tocando o cantando es una seguidilla g itana. Por cierto, yo digo seguidilla y no siguiriya u otros esperpentos fonéticos, porque no creo que haya que decir haiga, asina o cualquier chabacano barbarismo porque los gitanos lo digan. Y no llego a llamar soledades a las soleares (co mo Antonio Machado) porque digo estero y no estuario, para ref e rirme a los que es tar án ahora mismo «rezumando azul de mar». Pero esto es otro tema. Otro cantar. Pero no es un cantar menos andaluz. Porque el Andaluz Universal, Juan Ramón Jiménez, en su momento antilorquiano y antialbertino protestaba de toda esa poesía del «Olé y Ay del arbolé». Tenía razón, porque el estribillo popular «Arbol é, arbolé, seco y verdé», pronunciado así, a la granadina o cordo b esa , sin ese final (de hacerlo como en Sevilla -secoh y verdehno hubiera medido el verso) trasladado a la prosodia normal andaluza, o sea: Arboles, á rboles , secos y verdes, s in dejar de ser un lamento de esta ti erra hubi era tenido una resonancia dulcí sima de égloga de Garcilaso. Y, claro está, hubiera ganado en significados. Es una lástima que no haya, como en el procedimiento judicial, la posibilida d de una réplica de Javierre a lo que yo ahora diga y una dúplica mía a lo que él replicase. Sería como un diálogo casi platónico del que saliera el tema no sé si decir afinado o r edon do, que son dos forma s al parecer opuestas de perfección y acabamiento. La solemnidad de es ta ocasión no lo consiente y la brevedad sale ganando. Voy por lo tanto a apostillar algunas de las preciosidades que hemos oído y procuraré se r breve, por lo de Gracián. 82 ANTONIO GONZÁLEZ-MENESES Y MELÉNDEZ Nuestro nuevo académico se aproxima a Sevilla. Se queda subyugado. La sorpresa del hallazgo, el relámpago de la belleva nueva y distinta, el encanto -encantamiento, magia o brujeríade una ciudad marcada con un especial sello, el de la gracia. Así se sorprendieron los cien mil hijos de San Luis, como tantos, tantos viajeros que nos han dejado sus impresiones escritas. Como tantos que nos las han comunicado al oído en la emoción del flechazo inesperado. Y a mí me encargan que responda a esa sorpresa del que llega con el saber tranquilo, madurado, del que está. Yo no soy sevillano de nacimiento, pero soy del alfoz de Sevilla. Nací en Lebrija -otra ciudad antiquísimaa medio camino entre Sevilla y el mar . Y llevo viviendo en Sevilla sesenta y tres años mal contados, la vida de un cristiano. Mi padre también nació en este alfoz de Sevi· lla, Almonaster la Real. Estos castillos, Lebrija, Almonaster, pertenecen al Ayuntamiento de Sevilla. Sus hombres, por voluntad de Alfonso el Sabio o por trueques con la Iglesia, eran sevillanos para la guerra y para la paz. Es verdad que de mis cuatro abuelos, tres eran gaditanos y mi madre también. Pero yo no puedo olvidar que la primera vez que oí a José María Javierre hablar en público lo hizo para ha cer un elogio de esa tierra maravillosa que es la Bahía de Cád iz y dijo que si le diesen a escoger un lu gar para haber nacido, habría escog ido ese trozo de cielo desce ndido que es la tierra que envuelve la Bahía. Por lo demás, la mayor parte de los excelentísimos señores académicos numerarios de esta Real Sevillana de Buenas Letras no han na cido en Sevilla, p ero tienen el corazón tan lleno de Sevilla como esos hijos adoptivos que son la vejez de sus padres nutricios con ventaja sobre los hijos de la carne. Por eso me deleita -nos deleitaoír estos elogios de esta tierra y no nos cansamos de oírlos. Don Marcelo lo dijo en la iglesia del Hospital de la Macarena, un día de San Vicente de Paúl. Se lo he oído contar a mi padre muchas veces, imitando incluso la voz aguda, casi chillona, pero melodiosa, cantada del Arzobispo: <<Ministros del Altísimo, Hijas de Vicente de Paúl, mis queridos herma - nos muy amados en Jesucristo: ¿Qué podré yo decirles a las DISCURSO DE CONTESTACIÓN 83 hijas, de Vicente , que ellas no sepan y sepan muy bien? Pero mis queridos hermanos, siempre es grato al padre oír lo que dicen del hijo; siempre es grato al hermano oír lo que cuentan del hermano; siempre es grato al amigo oír las hazañas del amigo». Y así es. Nos encanta a los sevillanos oír los elogios de Sevilla. Y si están tan bien dichos como hoy, doblemente. Entra Javierre en esta casa a ocupar el sillón del padre La Hoz. Y mirad por donde se cierra así un círculo santo: El padre La Hoz habló de Don Marcelo y Javierre es el biógrafo oficial de Don Marcelo. Don Marcelo trajo los salesianos a Sevilla y a J avierre para biografiarle. La Hoz es salesiano y el hermano de Javierre, don Antonio, es S.D.B. y pertenece a la más alta instancia de los sacerdotes de Don Bosco. Va y viene una savia, una linfa entre estos cuatro puntos: La Hoz, el Cardenal Spínola, los salesianos y Javierre. Es un motivo más para felicitamos por haberlo elegido y precisamente para aquella vacante. La indagación sobre Sevilla la comienza nuestro nuevo académico apoyándola en los folletones de Ortega en «El Sol» sobre Andalucía -lo cito así, porque así los leía-. Me recuerda que Ortega hacía un paralelo de las culturas agrícolas y comentaba que dos distintivos de China y de Andalucía, el abanico y la cole ta (tanto da que se tr a te de mandarines como de toreros) , eran factores importados, forasterías. Ya no se usan apenas los abanicos - ¡qué pena!- ni casi la coleta, ni aun para cortársela solemnemente en la plaza. Y en cuanto a los ojos oblicuos de los chinos, como son un carácter recesivo y los ojos a la europea horizontales son dominantes, con los siglos y el trasiego de unas regiones a otras, acabarán por desaparecer. Hemos oído embelesados la evocación de la Sevilla decimonónica, la Sevilla de los Montpensier. En este mismo sitio, en oca sión similar para hablar de los nombres sevillanos de las flores, tuve yo también que recordar a los duques de San Telmo. De la influencia que ejercieron en los nuevos jardines, las nuevas plantas y flores de los jardines de Sevilla. Y ¿no son los jardines parte esencial, vital de Sevilla y su estética? 90 ANTONIO GONZÁLEZ-MENESES Y MELÉNDEZ de temperaturas máximas, medias, mínimas; la humedad, la lluvia, los días de sol, los vientos. ¡Qué bien! Nosotros podríamos añadir un nuevo elogio numeral de nuestro barrio de San Lorenzo. De noviembre de 1973 a noviembre de 1974 han muerto en mi parroquia cuarenta y siete personas. Los dos más jó venes, de cincuenta y seis años. El mayor, de noventa y cinco -don Eugenio Lámparter, un alemán que vivía junto a los Gallos desde antes de la Guerra Europea-. La edad media de morir en mi barrio resulta ser los setenta y cinco años, dos meses y doce días. En San Lorenzo no se muere nadie joven. Y la vejez se prolonga en saludab le actividad. No es sólo la belleza lo que lo hace apetecible. Pero es verdad que si se quiere resumir el clima de Se villa, sin números, tenemos que recurrir a una frase famosa. La que escribió Colón, estupefacto, subyugado por la paradisíaca felicidad antillana. Dijo sólo: «Como de abril en Sevilla». Y este campo, esta vega, este Aljarafe, este Alcor frontero, ¿qué son sino el Jardín de las Hespérides, el Huerto de Hércules, el privilegiado reposo preparado por Scipión para sus soldados triunfadores, el bosque superior al africano porque no tiene leones, el río superior al Nilo porque no tiene cocodrilos? Comenta J avierre con razón que en Sevilla los monumentos se diluyen entre un caserío, como los hombres, de segunda. Quizá nadie ha sabido que esto es una medida de seguridad. Porqu e, creedme, si se acercaran demasiado tantas bellezas diferentes, se produciría algo precido a lo que ocurre con la energía atómica. Me explicaré. El plutonio debe estar separado en pequeñas porciones, diluido en una masa in erte de grafito. Así se produce una energía tranquila, domeñable, útil. La de la pila atómica. Pero si aproximamos los fragmentos hasta un volumen límite de ese mismo plutonio, se produce la espantosa explo sión que asoló Hiroshima. Yo creo que si se condensaran en pocos hectómetros cuadrados todas las bellezas de esta ciudad, volaríamos en pedazos . Sólo dos palabras sobre un tema polémico. Don Aníbal González. Os diré que hace algún tiempo, una persona muy JHSC li RSO DE COXTESTACtó:-.: 91 prox1ma a mí desde hace veinte años, s in cu lt ura académica, pero con sensibilidad, me preguntó de pronto: «-Don Antonio, ¿la plaza de España la hici eron los moros?» . Yo tuve que explicarle que me fumé mi primer puro -¡qué horroroso mareo!- entre las enormes daturas estramonios que -malas yerbas en todos los sentidosocupaban el acotado trozo del prado de San Sebastián, cercenado al rea l de la Feria, mientras se oía el acompasado resoplido de la máquina que iba clavando los pilotes de la cimentación de las torres de la plaza de E spaña. ¿Qué pensaban los sevillanos hechos al mudéjar de las parroquias o al gótico de la Catedral, del plateresco del Ayuntamiento? ¿Y los que estaban educados en el manierismo equilibrado de Hernán Ruiz al ver las convulsiones barrocas de San Telmo, de los disparatados es típites de los retablos que ahora nos encantan? El gra n talento de Sevilla dijo D'Ors que es hacer la arqueología habitabl e y cómo damente habitable. Cuando pasen los años, este art e de «estilo sevillano» que ahora nos puede parecer fingido será otro más entre la busca insaciable de la belleza que devora el alma de Sevilla. O ¿no es verdad que ahora nos resulta dulcemente atrayente ese estilo modernista de las casas de la calle del Almirante Ulloa que en nuestra adolescencia nos crispa ban los nervios y que el propio don Aníbal hubi era dado cualquier cosa por destruir? Os confi es o que en mi adolescencia det esta ba la Sagrada Familia de Gaudí. De jad pa s ar el tiempo . Lo que ahora es viejo, ento nces será antiguo. Lo que ho y no está de moda, será historia, cultura , patria antigua, belleza permanente. Echa de menos nue stro nuevo académico el cantado s il encio de Sevilla. Yo no lo echo de menos, porque lo tengo en casa, en la s calles del barrio de S an Lor enz o, de San Vicente. Sólo en la s noches de verano, algún televisor ruidoso nos obligará a oír voces o músicas ajenas . P ero es por pocas horas, pocos meses. Es verdad que el ruido de las grandes arterias de Sevilla es capaz de aturdir al más templado. P er o hay que recordar que también cuando es tamos calla dos, inmersos en un silencio total -siestas del Aljarafe, noches de la ca lle de Martínez Montañés-, nuestras propias arterias resuenan en 92 ANTONIO GONZÁLEZ-MENESES Y MELÉNDEZ nuestros propios oídos, retumban los latidos denunciando que estamos vivos. ¿Y han de ser las arterias de nuestra ciudad menos que las de nuestro cuerpo? Vivimos y latimos y zumba la sangre en nuestros vasos. Vive Sevilla y la sentimos latir, correr, fluir tumultuosa. Demos gracias a Dios. En fin, nos alargamos demasiado. Creo poder sintetizar lo que cualquiera, sevillano o forastero, siente cuando ve a esta ciudad que hoy nos posee. Creo firmemente que es un sentimiento muy parecido al que experimenta el enamorado por su amada, una atracción cuasi carnal, ansia de posesión y de caricia, de ternura y de urgencia. De no poder vivir sin ella y no saciarse lo bastante con la pura contemplación. Y antes del tranquilo, del satisfecho epitalamio, en ese período infinitamente excitante del noviazgo, de las pretensiones antiguas, del flechazo, sólo tiene una forma de expresarse, volcánica erupción del deseo y de la necesidad de elogiar que se realiza en la forma gratuita y sin recompensa que es el piropo. Por eso creo que la mejor expresión de este estado del alma son aquellas palabras que Juan Ramón Jiménez -novio para casarsele escribía a Zenobia el mismo 27 de enero de hace casi sesenta años: «A Sevilla le echo los requiebros que te echo a ti. Se ríen mirándola estos ojos que se ríen cuando te miran. Me parece que como tú, llena ella el mundo, tan pequeño y tan mágico con ella, digo, contigo. ¡Tan inmenso, tan vacío sin ti, digo, sin ella! ¡Sevilla, ciudad tuya, ciudad mía!» No me atrevo a decir más. Bien venido a la Real Acade mia Sevillana de Buenas Letras, querido don José María Javierre. Estamos alegres de teneros ahora entre nosotros; que sea para bi en de la Academia, de su nuevo académico y que sea, sobre todo, para bien de Sevilla.