La recuperación del patrimonio arqueológico de Andalucía durante la Ilustración (1736-1808)
Abstract
El objetivo de la presente tesis doctoral era la recopilación y el estudio historiográfico de la documentación arqueológica (descripciones, hallazgos excavaciones, epígrafes, planimetría) generada por la política ilustrada en Andalucía, que sobre la Arqueología y el Patrimonio Arqueológico de Andalucía, aún se conservaba inédita en los Archivos de las Reales Academias de la Historia y Sevillana de Buenas letras, del Archivo Histórico Nacional, Biblioteca Nacional y Biblioteca Capitular y Colombia de Sevilla.
Full text
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UNIVERSID A D DE SEV ILLA . F A CULTAD DE GEOGR A FÍA E HISTORIA.
DEP A RT A MENTO DE P REHISTORI A Y A RQUEOLO GÍA .
TESIS DO CTORA L
LA RECUPERACIÓN DEL PATRIMONI O ARQUEOLÓGICO DE
ANDALUCÍA DURANTE LA ILUSTRAC IÓN (1736-1808 )
Jesús de la Ascensión Salas Álvarez .
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5
“
Siendo a ficionado a la ve rdad,
soy admir ador de la Antigüedad
”.
(Confucio)
“
Esta dich osa provi ncia [de la Betica] , abu ndante, r ica,
y deliciosa por la beni gnidad de su cielo, y sue lo,
es una de las que cons ervan ma ior numer o de estos
monumentos preciosos , a cuia inteligencia se dedica n nuestros conatos
”.
Tomás Andrés de Gusseme (16 de Octubre de 1756).
“
Pueblo q ue olvida su pasa do es pueblo muerto
”.
(Manuel Sales y Ferré).
“
La Histori a surge c uando un p ueblo tom a
conciencia d e su ide ntidad, qu iere conocer
sus orígenes y desea mant enerla
”
(Antonio Domínguez Ortiz ).
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I. INTRODUCCIÓN
I. INTRODUCCIÓN I. INTRODUCCIÓN
I. INTRODUCCIÓN
.
Durante mucho tiempo se consideró que la Hist oria era el simpl e relato ordenado
de unos hechos acaecidos durante el pasado. Este concepto ha ido evolucionando hasta
llegar a la actualidad, en la cual se considera que la Historia, c omo ciencia social y
humana, produce un tipo de conocimiento científico que nos permite cono cer la memoria
colectiva de un grupo s ocial, es decir, es el me canismo operativo que posibil ita que un
grupo humano tenga un conocimiento y una con ciencia social de su pas ado colec tivo. Esta
recuperación de la memoria colectiva de los g rupos sociales ha provocado la acuñación del
término “ actualidad del pasado ”, entendiendo por t al alg o ya acaecido tiempo atrás y que
mantiene su influencia más allá de su ciclo vital.
El pasado se nos presenta bajo una serie de concepciones de ideolo gía diversa: sucesos,
fórmulas sociales, cr eencias, valores, m itos de creación, le yendas de ori gen, genealogías
fabulosas, doctrinas r eligiosas, etc, p ero t ambién como un m arco material compuesto de
objetos diversos y no siempre bien i dentificados: epígrafes, monedas, piez as arqueológicas,
edificios y ruinas levantados o producidos por nuestros antepasados, todos los cuales
tienen el común d enominador de pr esentarse ante la inv estigación hi stórica como un a serie
de restos y trazas del pasado que p erviven en nuestro presente, en cuanto que su presencia
viva hace posible su conocimiento hi stórico; hechos verdaderos, verificables materialmente
y no incomprobables, ca sualistas y no fruto d el az ar o de fuerzas inefables, racionalista y
no ajena a toda lógica, críti ca y dogmática.
Este hecho provocó l a aparición de la Historiografía, una ciencia social y humana que
nos p ermite conocer el p roceso y los problemas que pl antea ese pro ceso histórico, pasando
de una mera re la ción d e autores y obras (así como de la simpl e transcripción de las
mismas) a una reflexión crítica sobr e el contenido ideológic o de esos vestigios vi vos del
pasado en nuestro presente.
Este estudio crítico deberá tener en conside ración l a cultura, l a/s ideología/s existente/s
en el m omento d e su reali zación, así como su inf luencia sobre el/los hi storiador/es, de tal
forma que nos permita realizar una reflexión hist órica de acercamiento a la realidad del
pasado; es decir, a la mat eria misma del conocimi ento his tórico, compuesta por los actos y
hechos humanos realizados en el pasado, transmit idos, y aún visibles en nu estro presente, a
través de los diferentes modos y soportes indicado s anteriormente.
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Los estudios sobre Historiografía de la Arqueo logía en nuestro país se encuentran
actualmente poco des arrollados, debido en gran medida a la escasa atención que se ha
prestado a la documentación antigua s obre el Pa trimonio Arqueológico ex istente en l os
archivos y bi bliotecas, siendo ésta, en muchos casos, la única fuente que tenemos d e
y ac imientos arqueológicos o de hallazgos epigráficos, numism áticos o de otra índole, al
haber desaparecido o estar destruidos en la actualidad.
Aunque recientes estudios y t rabajos están arroj ando alguna luz sobr e est os aspectos,
carecemos realmente de un estudio global d e l a l abor recopilatoria y r ecuperadora del
Patrimonio Arqueológ ico de Andalucía durante el período comprendido entre la creación
de la Real Academia de l a Historia y el inicio de l a Guerra de la I ndependencia, los límites
que hemos impuesto al presente trabajo.
La elección del tema se debe, principalmente, a la posibilidad de efectuar esa labor de
recopilación de toda la documentación ge nerada por la política cultural de la I lustra ción,
que, en el caso concreto de la arqueolo gía andaluza, aún se conserva inédi ta en los archivos
de la Real Academia de la Historia, y sobre la que realizaríamos un p osterior análisis
historiográfico.
Asimismo, este trabajo se i ncluiría dentro de la línea de inv estigación que últimamente
vengo desarrollando como integra nte del g rupo de inv estiga ción Historiogr afía y
Patrimonio Andaluz , aprobado por la Consejería de Educación y Ciencia de la J unta de
Andalucía (HUM 0402) y que, bajo l a direcci ón de J osé B eltrán Fort es, se encuentra
adscrito al Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla.
La lle gada al trono de la di nastía de los Borbones marca una nueva época tanto en
la concepción de la Hist oria de la nación como en las activida des históricas y
arqueológicas d e Es paña, que s e c aracterizará, principalmente, por la n ecesidad polít ica
que tiene la nueva monarquía de integrarse en la realidad del país y de entroncar con su
pasado hi stórico, con la finalidad última de conseguir un conocimiento del mismo para
poder corregir el presente de la nación y planificar su pro gr eso.
Ello le lleva a generar su propia historia oficial, más acorde al pro y ecto polít ico que
pretende desarrollar, caracteriz ado por la concepción de una Esp aña compact a, en
contraposición a la monarquía semiuniversal de los Habsburgos.
Así, en 1736, Felipe V funda en M adrid l a Real Academia de la Hist oria con la idea de
“ expurgar la Historia de nuestra Nación de las fá bulas con las que la habí an manchado ” y
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desterrar de aquellas n arraciones fantásticas y legendar ias qu e predomi naban en las
historias elaboradas en los siglos XVI y XV II , para lo cual prestará esta i nstitución, desde
sus propios comienzos , un gran interés por las antig üedades, ya qu e están servirían de bas e
para la elaboración de la nueva historia de España.
Este interés por el estudi o de las antigüedades se siguió manteniendo durante el reinado
de Fernando VI, quien e n 1750 nom bró una co misión científica encar gada del estudio y
recuperación de la docu mentación y, en general, del legado hi stórico de l a nación, para lo
cual se di spuso que uno de los miembros de l a Real Academia de la Hist oria procediera a
investigar, reconocer y recopilar l os vestigios arqueológ icos y antigüedades de todo el país,
a la vez que se fundan nuevas i nstituciones en cargadas del estudio de l as anti güeda d es,
como la Real Academia Sevillana de Buenas Letras o la Real Academia d e Buenas Letras
de Barcelona , ambas en 1751, o la de Valladolid en 1752.
Consecuencia de ello, y de la políti ca regalis ta d el monarca, fu e el ini cio de una seri e
de Viaj es Oficiales por parte d e eruditos y anti cuarios, entre los que destacó Luis J osé
Velázquez de Velasco y Cruzado, futuro Marqués de V aldeflores, y la creación de u n
Diccionario Geográfico-Histór ico de España , con los que se pr etendía, entre o tras
cuestiones, averig u ar en todos los pueblos las antigüedades, ruinas, inscripciones y
colecciones, a la vez que se copiaban las inscripciones y monedas o se realizaban alz ados o
plantas de los monumentos más sing ulares que se encontraban. Con ello se pretendía
justificar y probar las pretensiones de la Corona sobre su derecho a los beneficios
eclesiásticos.
Durante el rein ado de Carlos III , continuador de su her m anastro Fernando VI, s e
promovieron y financiaron nuevos viajes anticuarios o histórico-arqueológico, como el
realizado por Fr ancisco Pérez Bayer por Andalu cía en el año 1782, o de orientación más
artística, como el realizado por Antonio Ponz en 1772.
Producto de todo ello, es la creación de una serie de corpora de fuentes documentales
(legajos, epígrafes, m onedas, ....) con los que elaborar la nueva historia de España, y que se
encuentran depositados en el archivo de la R eal Academia de la His toria, sin que hayan
sido, en su conjunto, estudiados hasta el momento presente.
Junt o a ello, y como reflejo de las excavaciones arqueológicas que, desde 1748, habían
desarrollado los Bo rbones en Pompe y a, Herculano y Est abia, se llevaron a cabo una serie
de ex cavac iones arqueológicas, en las que es pos ible rastrear una doble i ntencionalidad,
política y cultural, y qu e contaron con el apo y o económico d e la coron a en num erosos
10
casos. En el caso d e And alucía, y entre otros lu gares, se realizaron excava ciones en Itálica,
Osuna, Acinipo, Arjona, La Luisiana, Granada, Córdoba o Río Tinto, que generaron una
rica documentación, p arte de la cual se encuentra depositada en l os pro pios fondos de l a
Real Academia de la Historia.
También cabe destac ar el p apel d esempeñado p or diversos personajes del mom ento,
tales como Patricio Guti érre z Bravo, Livino Leyrens, Fernando J osé L óp ez de C árdena s,
José Conde, J osé de Córnide Folgueira y de Saavedra. Al gunos fueron pos eedores de
importantes colecciones arqueológicas, y parte de cu y a correspondencia y de sus obras se
encuentran también deposit adas en la Biblioteca C apitular y C olombina de Sevilla, en la
Biblioteca Nacional y en el Archivo de la Real Academia de la Historia.
Es también el momento en que se inician los estudios islámicos en nuestro país,
principalmente en cuanto a las inscripciones, para lo cual l a R eal Academia acuerda l a
creación de un Corpus de Inscripciones Islámicas, tal y como se desprende de la
documentación ex istente entre los papele s de Mig uel Casiri de Gartia, co nservados en la
propia Academia.
En 1792, Carlos I V crea, en el seno de la Real Academia d e la Historia, la Comisi ón de
Antigüedades , a la cual se otorga la r esponsabilidad de velar por las antigüe d ades y
monumentos de la nación , cuestión que debemos insertar dentro de l a cor riente im perante
en Europa en esos m omentos de estudiar los mo numentos anti guos, tanto para i lustrar las
historias nacionales com o para servir de base a los estudi os de las Bellas Artes, y qu e se
plasmará en la aparición del Arte Neoclásico.
Uno de sus primeros cometidos fue reiniciar, en 1794, la denominada Colección
Lithológi ca o de las Inscripciones de España , co menzada por el reino de Sevilla, en la que
participaron los principales estudiosos del momento, tales como J osé Conde o Juan
Antonio Ceán Bermúdez.
Para su realización, la Academia se basó tanto en l a documentación existente en sus
archivos, llevada a cabo a raíz del viaje de Luis Jos é Velázquez de Vela s co, como en la
documentación que le remitían los correspondientes y num erar ios exist entes en las
distintas partes del reino. A consecuencia de ello, se gener ó un a inmensa documentación
que, en la actualidad, se encuentra inédita.
Esta polít ica de vigilancia de los monumentos anti guos tu vo su culminación en la
promulgación, por R eal Cédula de 6 de J ulio de 1803, de la Instrucción formada por la
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Real Academia de la H istoria sobre el modo de r ecoge r y conservar los monumentos
antiguos y descubiertos o que se descubran en el Reino .
Esta disposición, que indiscutible marca un h ito importante en la protección del
patrimonio histórico y arqueológico de la nación, vi no a ser la culminació n legislativa de
una serie de pequ eñas dis posiciones normativas menores, en las que se especificaba las
funciones de policía de determinados cargos municipales y pr ovincial es.
Pero la principal aportación de la norma, será el conferir a la Real A cademia de la
Historia la inspección general de las antigüedades que se descubriesen en España, a la vez
que se advertía a las au toridades civiles y eclesiásticas del deber de com unicar a dicha
institución todos los hallazg os que se produjesen en sus respectivas jurisdicciones.
La Guerra de I ndep endencia supuso l a finalización de toda esta etapa y de sus
actividades, y a s u concl usión l os nuevos avatares políticos i mpusieron nuevas políticas de
protección y conservación del Patrimonio Arqueológico de la nación y, po r tanto, quedan
fuera del objeto del presente trabajo.
La bibliografía española sobre la a rqueología andaluza del siglo XV III si gue s iendo
muy escasa y parcial. Destaca sobre todo, a partir de los inte resantes trab ajos aportados a
los dos Congresos Internacionales de Historiografía de la Arqueología e Historia Antigua
celebrados hasta la fecha (1991 y 1995). En el int ervalo entre uno y otr o, los profesores
José Beltrán y Fernando Gascó, dirigieron otros dos congresos sevillanos bajo el tí tulo L a
Antigüedad como Argumento. Historiografía de Arqueología e Hi storia Antigua en
Andalucía (1993 y 1995), en cu y as actas apar ecen algunos trabajos sobre l a arqueología
andaluza del si glo XV III. En esa línea s e enmarcaría t ambién la recient e p ublicación,
dirigida por los profesores José Beltrán y María Belén, sobre El Clero y la Arqueología
Española (2003).
A estos con gr esos s e une el recientemente celebr ado por el Instituto de Hist oriogr afía
Caro Baroja, adscrito a l a Uni versidad Carlos III de Madrid, y la reciente publi cación de l a
actas del Congreso Iluminis mo e Ilustracion. Le antichità e i suoi protagonisti tra Spagna e
Italia nel secolo XVIII (Roma de 2001), en el q ue se analiz an di versos aspectos de la
arqueología y el coleccionismo español del siglo XV III , así como su relación con los
fenómenos de la a rqueología y el coleccionismo en R oma y en l a Italia del Iluminismo,
término con el que se conoce el período ilust rado en la península italiana.
Otros trabajos ta mbién puntuales s obre Andalucía son algunas tesis doctorale s. La
primera de ella, y pi onera en el campo de la hi storiografía ilustrada en España, fue la
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de los viajes. Aquí s e in cluyen los viajeros franc eses, entr e l os que desta ca la figura de
Alexandre Laborde, y l os viajeros británicos, entre los que destacan Richard Carter y
James Cavanah Murphy, quienes junto con otros m uchos con las publicaciones d e sus
obras dieron a cono cer e l arte y las antigüedades andaluz as en Europ a, en especial el arte
islámico, hasta entonces poco valora do. J unto a ellos , hemos rec o gido las narraciones de
los embajadores m arroquíes, hasta el momento casi ignoradas, y que aportan otra vi sión
sobre las antigüedades islámicas de Andalucía.
También nos hemos centrado en los viajeros españoles, cada uno con su s peculiares
características, que representan los p rimeros intentos de catalogación del patrimonio
arqueológico de Andalucía, a l a par que nos tr ansmiten muchos de ell os l as primeras
representaciones gráficas de sus monumentos.
Hemos continuado con el estudi o del fenómeno coleccionista en Andal ucía, donde
junto a las colecciones de la alta noblez a, como por ejemplo la del Duqu e de Medina celi,
aparecen otros conjuntos, como el museo oficial reunido, teóricamente en nombre del rey,
por Francisco d e Bruna en los R eales Alcázares de Sevil la, el sur gimiento de un depósito
judicial en Granada, a consecuencia de la condena a Juan de Flor es y Oddouz por
falsificación. De i gual forma asistimos al nacimi ento del primer museo de carácter
municipal, creado en la L onja del Cabildo Viejo de J erez de la Frontera, donde se
reunieron diversos fragmentos escultóricos y epi gráficos dispersos por la ciudad. También
tenemos noticias de varios depósitos eclesiásticos, conformados por la reuni ón de piez as
arqueológicas en i glesias, ermitas, monasterios y conventos de la región. Fenómeno m ás
importante es el surgimiento de un verdadero afán coleccionista entre la pequeña nobleza
urbana, polí ticos locales, cuy os ejemplos m ás evidentes son l os de Pedro L eonardo d e
Villacevallos y el Marqués de la C añada , y entr e las nuevas clases bu rguesas enriquecidas
por el comercio, como son los casos de Antonio Mosti o de Pedro Alonso O´ Croul e y
O´Donnell, en Cádiz.
A continuación, se han estudiado los principales pro y ectos de recopilación de las
antigüedades que a fectan a Andalucía, ha ciendo h incapié en los desarrolla dos por la R eal
Academia de l a Historia y por l a Real Academia de Bellas A rtes de San F erna ndo, en las
que sur ge también un i nterés por lo islámico. Hem os analizado las principales obras qu e
recogen las anti güedades de la Bética y de la Beturia, tema éste que se pon e de moda en el
siglo XV III a partir de los trabajos de Manuel Trabuco y Belluga y d e Miguel Ignacio
Pérez Quintero. Los Diccionarios Geográficos con stitu y en otro apartado int eresante a tratar
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en este campo. En l as respuestas dad as tanto a Tom ás López como a l a Real Academia de
la Historia abundan l as referencias a excavaciones y hallazgos arqueológicos y
numismáticos, así como a la id entificación de las ciudades actuales c on l as anti guas
ciudades mencionadas e n las fuentes clásic as grecorr oman as, sin que en ningún momento
se haga mención en todas estas respuestas al pasado islámico de Andalucía, lo que está en
franca contradicción con los proyectos institucionales del momento.
Sobre las excavaciones arqueológicas, h emos anali zado la proliferación d el fenómeno
en toda Andalucía, aunque en un m arco general de absoluta carencia m etodológica. A lo s
clásicos estud ios sobre las excavaciones d e Gra nada o de Itálica, se un en nuevos datos
sobre otras excavaciones en Ubrique, Osuna, S evilla, Alcalá de los Gaz ules, Mont oro,
Trigueros, Arjon a, etc, que nos dan un pan orama totalmente desconocido hasta el
momento, pero en el que no exi ste una planificac ión ge n eralizada sobre esas ac tivi dades, a
pesar de la vinculación a i nstituciones y organismos oficiales. Es un momento en que s e
producen numerosos hallazgos casuales de p iezas epigráficas y esc ultóricas. Estos
hallazgos se deben, sobre todo, a l a política d e restauración de iglesias, conventos y
ermitas emprendida por el arzobispado de Sevilla , en diversos puntos de s u territorio, para
paliar l os efectos del ter remoto del 1 de Noviem bre d e 1755, como los d emostrarían los
hallazgos de Las Cabeza s de San J uan o de Córdoba . Además, la construcción de la nueva
red viaria en Andalu cía t ambién supuso la exhumación de numerosos restos arqueológicos,
como serían los ejemplos de los hallazgos de Utrera, Osuna o El Chirivel.
Los vi ajeros y eruditos locales asimism o describen al gunos de los restos más
importantes existentes en Andalucía, como es el c aso de la obra de J osé Martínez de M azas
sobre Cástulo, o las de scripciones de los yacimientos de I tálica, Acini po, Antikaria o
Mulva, sólo por citar algunos ejemplos.
Finalmente, h emos r eunido en otro apartado, bajo el epí grafe Otros T emas de Int erés
para el erudito ilus trado , diversas cuestiones que interesaban a l os anticuarios andalu ces
del XVIII. En p rimer lugar, se continúa con l a intención de identificar las ciudades
antiguas con las actuales, lo que provocó graves controversias en algunos casos sobre su
localización, como serían los casos de Asido Caesa rina y de Onu ba , sól o por citar
algunos ejemplos. En est e apartado s e ubicaría el proyecto real desempeñado por Domi ngo
Belestá, a i nstancia d e l a Sociedad de Anticuarios de Londres y con el apoy o de la R eal
Academia d e la Historia, para situar la ubicación del lugar de la batalla de Munda entre
Julio César y los hijos de Pompe y o. Otro tema fue el d e l as falsi ficaciones hist óricas y
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arqueológicas tan abun dantes en este momento. En este apartado destacan las
falsificaciones granadinas, o las i mputaciones de falsario realiz adas a C ándido María
Trigueros y Luján, o l a problemática de las denominadas “ mone das de Judas ”, que dieron
lugar a numerosos trabajos, de los que solamente se publi caron las obras de Francisco
Pérez Ba y er, mientras que una obra ante rior, realiz ada por P atricio Gutiérrez Bravo, quedó
inédita, pero cuyo estudio es mu y interesante para la solución de esta cuestión.
Finalmente se apo rtan las conclusiones, en las que se analizan las pretensiones del
programa regalista de la C orona y su i ncidencia en la recopilación de documentos
originales, a raíz de di versos viajes de r econocimiento e i nvestigac ión por Anda lucía,
financiadas por la pro pia monarquía. También se analiza los principales proy ectos
realizados por las insti tuciones culturales español as y and aluzas, así como las principales
excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el siglo XV III en Andalucía, sin ol vidar el
importante auge del coleccionismo de antigüe d ades y de la aparición de obras históricas,
en las que por primera ve z se darán a conocer numerosos bienes integrantes del patrimonio
arqueológico andaluz.
Abreviaturas utilizadas:
Siman cas : Archivo Genera l de Simancas.
ASRAH : Acta de Sesione s de la Real Acade m ia d e la Histori a.
ARAH : Archivo de la Real Ac ademia de la Historia.
AHN : Archi vo Histór ico Nacio nal.
AM : Archivo Municipal.
ASSARAH : Acta de Sesiones d e la Sala de Antigüeda des de la Real Acade mia de la Histori a.
LASRAS BL : Libro de Acta de Sesio nes de la Real Acade mia Sevillana de Buenas Le tras.
ARASBL : Archivo de la Real Acade mia Sevilla na de B uenas Letras.
BN : Biblio teca Nacio nal.
AMS : Arc hivo Municip al de Sevilla.
BUS : B iblioteca de la Universidad de Sevilla.
BABASF : Bib lioteca de la Academia d e Bellas Arte s de San Fernando.
ARABASF : Archivo de la Real Acade mia Sevillana d e Buena s Letras.
BBCC : Biblio teca Capit ular y Colo mbina de Se villa.
MAN : Museo Arqueoló gico Nac ional.
Campom anes : Archivo Ca mpo m a nes. Funda ción Uni versitaria Española.
AMNCN : Archivo d el Museo Nacio nal de Ciencias Na turale s.
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22
II. 1736
II. 1736 II. 1736
II. 1736 -
- -
- 1808: l os reinados de Felipe V, Fe rnando VI,
1808: los re inados de Felipe V, Fernando VI , 1808: los re inados de Felipe V, Fernando VI ,
1808: los re inados de Felipe V, Fernando VI ,
Carlos II
Carlos II Carlos II
Carlos II I y Carlos IV
I y Carlos IV I y Carlos IV
I y Carlos IV
.
“ ¿Qué es la Il ustración ?
El fin de la minoría de la edad d el hombre.
El fin de su incapaci dad par a utilizar su r azón
sin la direc ción de otr os ”
(Imm anuel Kant, 1794)
.
El siglo XV III es conocido como el Sig lo de las Reformas . La situación e uropea, a
la que no resultab a ajena Españ a, tras las guerras del XV II, demandaba actuaciones qu e
mejorasen la situación e xistente en la economía, la sociedad y la política. Estas acciones
fueron llevadas a cabo en España por el mov imiento polí tico conocido c omo I lustración
española.
Los Borbones adopt an la forma de gobierno cono cida generalmente como Despotismo
Ilustrado . El monarca se rodea de un gabinete, normalmente formado por miembros de la
nobleza baja, que llevan el peso de la burocracia e statal, cu y os m áximos represe ntantes son
Ensenada, Es quilache, Grimaldi, Floridablanca, Aranda o Godo y, solo por cit ar al gunos
ejemplos. De esta forma, l a m onarquía fortalece las figuras de l os Secreta r ios de Estado y
de los de D espacho, exc luyendo a la alta noblez a de los pu estos de responsabilidad y del
poder que de ellos ema naba, buscando una admi nistración competente y completamente
subordinada al poder real.
Otra de las n ovedade s introducidas es la aparición de la figura del Intendente como
instrumento de la m onarquía en todos l os campo s de la actividad econó mica y so cial. La
Hacienda se ref orma, pasa a depende r de secretarios, y s e modifican l os re gímene s fiscales
de los reinos de España, con l a int roducción de nuevos impuestos, o con la creación en
1782 del Banco de San Carlos.
En la segunda mitad del siglo XVIII s e multiplican las acciones encaminadas a mejorar
las condiciones comerciales y la incipiente indu stria. Se eliminan los pu ertos secos, s e
abren más puertos al comercio americano y se mej oran las comunicaciones.
Además, se crean fábricas reales, y se f avorece la creación de otras nuevas, t anto de
lujo como de manufacturas. La reforma del ejércit o y de la marina fueron favorecidas por
la construcción de numer osas factorías y maestran zas, así como asti lleros. El resurgir de la
flota favoreció la recuperación del comercio maríti mo con las colonias americanas.
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Compleja es la situa ción del mundo ru ral. Prosi gue el enfrentamiento entre a gr i cultura
y ganaderí a. Se nec esita aumentar la produ cción agrícola, lo que entra en conflicto con l a
preponderancia de la M esta. Las tími das r eformas emprendidas pret endían re alizarse si n
afec t ar a las clases altas propietarias de grandes cantidades de te rreno, lo que supuso s u
fracaso.
La noblez a, gran propietaria, mantiene sus privi leg ios j urisdiccionales, basados en el
régimen del s eñorío . E n las poblacion es de may or tamaño ex istían ayuntamientos,
formados por re gidores bajo la autoridad d e un corregidor. Carlos III int rodujo la pr esencia
del pueblo ll ano mediant e la elección d e procura dores y/o diput ados del común, elegidos
mediante sufragio indirecto.
La Iglesia mantiene l a j urisdicción sobre las t ierras y territorios qu e le son propios. L as
relaciones con el poder r eal siempre resultaron difíciles, a pesar de la pr esencia continuada
de numerosos clérigos en los gobiernos bo rbónicos, debido a la gran preparación
intelectual y capacidad de t rabajo de sus miembros . El momento m ás conf lictivo de estas
relaciones lle gará con la expuls ión de España, se gún Decreto de 20 de Ma rzo de 1767, de
los miembros de la Compañía de Jesús, durante el reinado de Carlos III .
Todas estas refo rmas ent ran en crisis t ras la guerra contra Napol eón. Las nuevas ideas
comienzan a transformar la sociedad y la cultura, y a penetrar en el ejército , de manera que
los mecanismos polít ico s, sociales y económicos desarrollados en el siglo XV III son
insuficientes a comienzos del siglo XIX.
A pesar de los intentos de F ernando VII, las p ropi as reformas de sus antecesores y l a
influencia europea fueron los acica tes para nuev os mod elos, que se desa rrollaron en el
país, en la época liberal, a través de duros y sangrientos episodios.
Pasamos a continuación a ofrecer un panorama genera l de lo que fue el re inado de los
primeros Borbones en los aspectos más relevantes que afectan a este trabaj o:
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Figura 1
.- Fe lipe V
por Jean Ranc
FELIPE V (17 13
FELIPE V (17 13 FELIPE V (17 13
FELIPE V (17 13 -
- -
- 1746)
1746) 1746)
1746)
“ Funda acade mias, eri ge semi narios, estab lece bibl iotecas,
protege las letras y los literatos, y en un rein ado de ca si medio sig lo
le enseñ a [al pueblo] a conocer lo que vale la Ilustrac ión ”.
(Gaspar Melc hor de J ovellanos )
.
Segundo hijo de l Gran Delfín, f uturo Luis XV de Franc i a, y de Marí a Teresa d e
Austria, hija del re y Felipe IV de Esp aña, nació en 1683, transcurriendo su in fanc ia e n
Versalles.
En 1700, tras la muerte sin descendenc i a de C arlos II , ú ltimo de
los Austrias Españoles, es declara do en su testamento como hereder o
al t rono español, jurando como re y ante las Corte s d e Castill a el 8 de
Mayo de 1700 . La impugnación del testamento de C arlos II po r parte
del emperador austriaco Leopoldo I enfrenta a las potencias europeas a
una guerra cono cida com o la Guerra de Sucesión Española . Tras l a
victoria de sus aliados, en 1713, plasmada en la firma del Tratado de
Utrecht, el Duque de Anjou se convierte en re y e fectivo d e España y sub e al trono como
Felipe V.
Con Felipe V se impone el modelo del centralismo y el absolut ismo. Se suprime la
convocatoria a Cortes, excepto para jurar a l heredero. El mona rca c o ncentra el poder
legislativo, ejecutivo y j udicial. Desaparece el antiguo sistema polisinodi al con l a creac ión
del Gabinete: l a Secretaría del Despacho Universal se desdobla en la Secretari a de Guerra
y l a Secretaria General , que se dedica a todos los demás asuntos del Estado.
El rey establece igualme nte el modelo de sucesió n francés: la Ley Sálica , a través del
Auto Acordado en 1713. Establece en ese mismo año un Concordato con la Santa S ede, en
el que se establece el Regalis mo , mediante el que se hacía efectiva la interv ención real para
designar cargos eclesiásticos.
Una de sus primeras reformas fue la conocida com o Decretos de Nueva Plant a , tras la
Batalla de Al mansa, el 2 9 de Juni o de 1707, aplicable a los reinos de Aragón y Val encia,
en los que “ se reducen todos los Reynos de España a la uniformidad de unas mismas
leyes, usos, c ostumbres y tribunales, gobe rnándose igualmente todos por las leyes de
Castilla, tan loabl es y plausibles en todo el Universo...abolir y derogar enteramente todos
los referidos fueros y p rivilegios, prac tica y cost umbre hasta aquí obs ervadas en los
25
Reynos de Aragón y Valencia, siendo mi voluntad que estos se reduzcan a las leyes de
Castilla. .. ”.
En Cataluña y M allorca se impone el decreto de Nueva Planta en 1716. Cataluña, al
negarse a participar económi camente en los problemas de l a monarquía, v erá suspendido el
denominado Pactismo Catalán , y en su lu gar s e impondrán todo tipo d e nuevos i mpuestos.
Se susti tuyen los Virreyes po r la figura del C apitán General , con fun ciones m ilitares y
políticas. S e crea la fi gura del Intendent e , que ati ende asuntos económico s, según modelo
francés. Debía vigilar y controlar a t odos los a dministradores públ icos y c onseguir el
desarrollo económico de la zona con creación de industrias, fomento de regadíos, etc.
En 1715 se crea la Rea l Audiencia de Mallorc a , cu yos recursos económ icos serán
dirigidos por el Consejo de Castilla , lo que supondrá l a pé rdida d e las antiguas
particularidades políticas del territorio mallorquín.
Por el contrario, las re giones de Vascongadas y Navarra, fieles a l a Guerra de Sucesión,
conservaron sus instituciones y d erechos tradicionales, aunque se i ntentó la centralización
mediante la introdu cción de D elegados y Rep resentantes legales que supervisan la
actuación de las instituciones forales.
En cuanto a t ransformacion es municipales, s e expande po r todo el territorio el modelo
municipal ca stellano. Apare cen los Corregidores (se divide el territorio en corregimientos)
y Regidores (en los A y untami entos), que s e con vertirán en c argos p erpetuos, ll egando el
cargo a ser hereditario. Se prohíben las lengua s a utóctonas y se establece la obligatoriedad
de utiliz ar papel sellado. Destaca el importante p apel del Justicia , que convoca r euniones
extraordinarias, y tiene voto de calidad. Se multiplican los oficios bur ocráticos:
Procurador general , Mayordomo de Propios y Arbi trios , Alcaldes de Hermandad , etc.
En cuanto a su políti ca exterior, intentó recuperar l as posesiones it alianas que perdió
con motivo de Utrecht, p ara ello cuenta con el apo y o de su s egunda esposa it aliana, Isabel
de Farnesio ( la primera había sido María Luisa de Sabo ya, con quien tuvo dos hijos, L uis
y F ernando) y con la política agresiva de su minist ro Alberoni ( 1717-1719) no
consiguiendo resultados.
Con su ministro Ripperdá (1725-1728) su polí tica se vuelve pro-austri aca. El Tratado
de Viena de 1725 supo ne el final definiti vo de la Guerra de S ucesión al reconocerse
mutuamente sus posesiones. Se crea la Alianz a de Hannover (Gran B retaña, Fr ancia y
Prusia), que impide que se recupere Gibraltar.
26
Con Patiño (1728-1736) se m ejoran las colonias americanas. Incrementa la arma da y
ocupa pl azas en el norte de Áfric a. España entra en la Alianza de Hannover mediante la
firma del Tratado de S evilla de 1729, por el que consi gue los ducados de Parma y
Piacenza, que pasarán a ser gobernados por un hij o de I sabel de Farnesio, el futuro Carlos
III .
En 1733 firma el Prim er Pacto de Familia contra Austria: se recuperan los derechos de
Carlos V al trono francé s y el príncipe C arlos consigue la Corona de las Dos Sicilias.
España es atacada en las colonias por Gran Bretañ a, lo que produce la guerra y hace pens ar
en la invasión de las Islas Británicas. Este episodio forma parte de la Pr agmática de 1740.
En 1743 se firma el Segundo Pacto de Familia , por el que se esti pula la lucha colonial
contra Gran Bretaña y la ayuda francesa para recuperar Gibraltar y Meno rca. El 9 de J ulio
de 1746 muere Felipe V, con un gra v e deterioro mental, tras el parént esis de haber dejado a
su hijo L uis en el trono y volver de nuevo a él tras la muerte de su primogénito.
En cuanto a realizaciones culturales cab e destacar que b ajo su reinado ma nda ini ciar la
construcción de un nuev o Palacio Real en M adrid, el de l a G ranja de Sa n I ldefonso, y se
remodela el P alacio R eal de Aranjuez. En 1711, funda la Real L ibrería , que con
posterioridad pasó a den ominarse Bi blioteca Real , a la qu e d otó de una r enta pe rmanente,
originaria d e los im puestos sobre el ju ego y el tabaco, to do ello encaminado a irl a
enriqueciendo d e fondos de manera pro gre siva. El propio re y m anda traer de Versalles s eis
mil volúmenes y est ablece un precepto aún vi gente, el d e la obligación legal de depositar
un ejemplar de cuantos libros se imprimieran en España.
Bajo su auspicio se cre a la Real Academia Es pañola , que nació en re alidad en el
Palacio del Marqu és de Villena, el día 3 de Octubre de 1714, cu ando el aristócrata, que
gustaba de r eunir periódi camente una tertuli a de intelectuales, elevó una p ropuesta al re y,
para que los reunidos pudieran legalmente fo rmar una institución con funciones de alber gar
libros, concretamente el que se proponían esc ribir, un volumen en el que qu edarían
anotadas “ tanto las voce s y las frases recibidas por el us o cortesano, como las bajas y
bárbaras”.
A esta institución seguirá la Real Academia de la Historia , originada en la tertulia que
celebraba J ulián de H ermosilla en su domi cilio, y finalmente sancionada por Real Decreto
del 18 de Abril de 173 8, en la que participaro n desde sus i nicios numerosos eruditos
andaluces. También se dieron los prim eros pasos para l a creación de la futura Academia de
27
Bellas Artes , cuy o germ en nació en el taller de trabajo del italiano Oliveri, y que
culminarían en el reinado siguiente.
Otras fundaciones reales, a i mitación de instituciones extranjeras del mismo tipo,
fueron las Reales Academias de Medicina (1734), de Farma cia (1737) o d e Jurispr udencia
(1742), que volvieron a e ncende r las pu gnas entre los continuistas y r evisionistas, entre los
partidarios de la más férrea tradición y los novator es.
Durante el Siglo XV III , se intenta r ecoger, ordenar y clasificar temáticament e los restos
de la antigüedad clásica, en el conven cimiento de que el conocimi ento del pasado de l a
nación, era una condición indispensable para el progreso de la misma.
En esta corriente el fenómeno coleccionista desarrollado siglos atrás por l a C orona
continuó e incluso se i ncreme ntó. P ara aumentar el prestigio personal d e los Borbones,
Felipe V, animado por Isabel de Farnesio, compró, entre 1706 y 1728, l a colec ción qu e
había pertenecido al Marqués del C arpio y, en 1724, la colección de Od escalchi, que con
anterioridad h abía pert enecido a Crist ina de S uecia, una d e las mejo res colecciones
escultóricas de la época, que fueron ubicadas en el Palacio de La G ranja de San I ldefonso.
Junt o a todos estos logr os culturales, la Iglesia y la I nquisición seguía poni endo
obstáculos a toda actividad que significara apertura intelectual y libe ración hum ana. El
control y dom inio que b uscaba el re y de las uni versidades implicaba el deseo de que sus
enseñanzas se adaptaran a los desi gnios de l a C orona Borbónica. Con este fin impone el
decreto m ediante el cua l se ex ige l a enseñanz a del Derecho Re al en to das las c átedras
universitarias, cuando lo ún ico que se im partía era el d erecho rom ano y canóni go. S e
ordena el cierre de la uni versidad de Valencia, Huesca y Lérida, qu edando como única
universidad en Cataluña la de Cervera, de fundación real.
FERNANDO VI (1746
FERNANDO VI (1746 FERNANDO VI (1746
FERNANDO VI (1746 -
- -
- 1759)
1759) 1759)
1759)
“[Se] ded ica a la rec onstrucción d el país, a l a aplicació n
de las ideas r eformist as que l levarán el progr eso a la nación,
al fomento de las cie ncias y de las grandes empresas literarias
y científicas concebid as como proyec tos inter disciplin ares
organi zados y control ados por el poder ”.
(Gloria Mora 1998)
.
Cuarto hijo de Felipe V y d e su primera m ujer Maria Luisa d e Sabo y a. A l a
muerte d e su hermano Luis, en 1724, fue n ombrado Príncipe de Asturi as, y como tal,
34
realiza de la monarquía española, mu y del gusto del re y en su a fán po r en grandecer y
honrar a la Corona española.
Junt o a estos artistas ex tranjer os, tampoco se des cuidaron los artistas esp añoles, como
lo demost raría el h echo de que en 1786, sea l lamado a la corte el aragonés Francisco de
Goya, iniciando una fec unda etapa como retratista real y de l a corte, qu e conti nuará en el
reinado posterior.
La s artes industriales y decorativas, tu vieron en el re y a un apasionado mecenas. Su
deseo de poner la corte española a la altur a del poder de su monarquía, co mpitiendo con las
mejores, su afán d e mo dernizarla, se gún los gustos y mo das de la épo ca, le llevaron a
ocuparse de porc elanas, tapices y cristalerías. D e Nápoles se trajo el laboratorio de pi edras
duras, que realizaba mosaicos, y la fáb rica de porcelana de Capodimonte que instaló en el
palacio del Buen R etiro, de donde tomaría su nu evo nombre, Real Fábrica de C hina del
Buen Retiro . Fomentó en gran medid a la Fábrica de vidrio de la Granja de Sa n Ildefonso y
la Real Fábrica de Tap ices de Santa Bárbara en M adrid, cu y as p roducciones estaban
destinadas a abastecer a los palacios de la Corona.
El re y era plenamente consciente del valor cult ural de las numerosas o bras de arte
existentes en las colecciones de la m onarquía española. Las consideraba una parte esencial
de la identidad cultural de España y un bien de todos los españoles, que de bían conservarse
y prote gerse para la posteridad.
Influyen poderosamente en esa conc epción cult ural el contacto mante nido por el
monarca con las coleccio nes artísticas y arqueológicas reunidas por los Farnesio, a l os que
estaba vinculado por su madre, en Nápoles y a las excavaciones arqueoló gicas
emprendidas en Pompeya, Herculano y Estabia durante sus años en Nápol es.
Estas mismas ideas las aportó a Españ a, durante cuyo reinado se hicieron numerosas
excavaciones arqueoló gicas en Ilici , Itálica , Munigua , Osuna y La Luisiana (Sevilla), así
como se completaron la r ecupe r ación de div ersos obj etos destinados a servir de decoración
y ornato en los palacios reales, como es el caso d e l os Reales Alcázares de Sevill a, do nde
Francisco de Bruna y Ahumada reunió, en nom bre del re y , una im portante colección de
escultura y epigrafía.
También durante este reinado se dictaron l as pri meras norm as para la pr otección del
patrimonio artíst ico español, como fueron la prohibic ión de ex portar las pinturas y ob ras de
arte al ext ranjer o, o de que encar gase a Antonio Ponz , la realización de un viaje, con el
35
motivo de inventariar l as obras de artes ex istentes en los edi ficios de la Co mpañía de J esús,
recién expulsada del país.
A este vi aje se unieron los realizados por Francisco P érez Ba y er o J osé Ortiz y S anz,
quienes intentaron recopilar las principales antigüedades romanas e islámi cas ex istentes en
el país.
Todo ello motivó que J osé de Cadalso escribiera del reinado de Carlos III l as siguientes
palabras: “ Ahora las rui nas de España que infundían el resp eto de la pasada grandeza,
empiezan a gozar con Carlos con una nueva e dad dorada ”.
Otro de los gra nd es capítulos del patronaz go cultural de C arlos III, se guramente el m ás
característico de las preocupaciones de su ti empo, fue el fomento de la cien cia y la técnica.
El interés del monarca por colocar a Es paña en la vanguardia de los nuevos
descubrimientos, concretamente en botánica, gracias al inmenso campo por investigar en
América, el interés por vincularla a los avances logrados en el ex tranjero y el afán por que
se beneficiase de los conocim ientos científicos a t ravés de l a enseñanza, la difusión publica
y la aplicación con creta, era uno de l os principios básicos de su pro gr ama d e
modernización.
En relación con este interés, se en cuentra la adqui sición del gabinete de Historia
Natural reunido por P edro Franco Dávila, un indiano del Perú establecido en P arís, que
unió a las cole cciones y a reunidas anteriormente por Fernando V I, y con l as que conformó
el Real Gabinete de Histor ia N atural , en el que tuvieron acogida diversas piez as
arqueológicas procedentes de diversos y acimiento s andaluce s.
Para la ubi cación de la nueva cole cción, el m onarca mandó construir a J uan de
Villanueva el soberbio edificio neoclásico, s ituado en el paseo del Prado, sede del actual
Museo del Prado. J unto a él, creó el Jardín Botánico y en sus cercanías el Observatorio
Astronómico , obra también de Villanueva.
CARLOS IV (17 88
CARLOS IV (17 88 CARLOS IV (17 88
CARLOS IV (17 88 -
- -
- 1808)
1808) 1808)
1808)
“ Un vacío de po der que f avorece la quiebra d e la mon arquía
absoluta y el principi o del fin del antiguo rég imen ”.
(Roberto F ernánde z, 1996)
Nació el 11 de Noviem bre de 1748, en Nápoles, cuando su padre aún era rey d e
Nápoles y las Dos S icilias, aunque no era el primogénito, su padre lo nombró heredero al
36
Figura 4
.-
Carlos IV.
trono d e España t ras la confirmación de que s u hermano m ay o r, Felipe, daba muestras
sobradas de su incapacidad mental para gobernar.
De carácter d ébil, que no ambicionaba el poder, ni la volunt ad firme de gobierno, la
influencia que sobre él ejercieron sus más ínti mos como la reina Maria Luisa de Parm a y
su primer mi nistro M an uel Godoy, han hecho q ue pase a l a historia como un monarca
nefasto.
El reinado de C arlos estuvo m uy ma rcado por la situación europea, especialmente
por la muert e de Luis XVI, y l a R evolución Francesa, cu yo estallido hizo que los
acontecimientos interno s de España, g iraran en torno al conflicto francés, que se
personalizó como propio tras la invasión napoleónica, y l a posterior guerra de la
independencia española.
El reinado de Ca rlos IV supone el fin de la etap a reformi sta de la Ilustración. En un
primer momento se manifestó como continuador de la política de su padr e, al mantener al
Conde de Floridablanca en su puesto de primer m inistro. Est e llevó a cabo una campaña d e
represión y censur a contra la propaga nda revol ucionaria. Reactivó la Inquisición, que
elaboró un a vez más, un nuevo índice d e libros prohibidos . Su intento de evit ar la di fusión
de las ideas revolucionari as fracasó y fue d estituido en febrero de 1792. Su s ustituto fue el
Conde de Aranda, que se mantuvo nueve meses en el poder.
Este personaje d e clara tendencia ilustrada intentó mantener la postura española
pacifista frente a l a C onvención francesa. Durante su m andato surgen los graves p roblemas
internos a los que se enfrenta Españ a: l a crisis económica , la inminencia d e una
sublevación int erna y l a amenaza i nglesa en l as c olonias. Su caída fue pr ovocada po r los
que planteaban la intervención armada para reponer en el trono a los Borbones franceses.
Su sucesor, Manuel Godo y , favorito de la reina Maria Luisa, llevó a cabo una serie de
medidas diplomáticas encaminadas a reponer a Luis XV I en el trono.
Se alió con l a Francia absoluti sta y a la muerte de Luis XVI, España
junto con las demás potencias europeas declara l a guerra a l a Francia
revolucionaria. Esta guerra fue un total frac aso y supuso la invasión
francesa del norte pe ni nsular por Fig u eras e Irún lleg ando hasta el
Ebro.
Godoy se vio obligado a firmar la Paz de Bas ilea en 1795, con l a
que se r eanudó la alianza con Francia, que d evuelve a Es paña los territorios ocupados, a
cambio de la m itad francesa de la isla de Santo Domingo. Ante el escaso éxito de la
37
intervención militar contra la Francia r evolucionaria, Godoy firmó el Tratado de San
Ildefonso (1796), por este acuer do Españ a s e comprometía a luchar junto a Francia f rente a
Inglaterra,. Apenas dos meses más tarde s e pro duce la d errota española en el cabo San
Vicente (1797) y la pérdida de la isla de T rinidad en el Caribe. Las derrotas n avales
hispano-francesas en Finisterre y Trafalgar en 1805 t uvieron como consecuencia l a
destrucción de l a ma y or parte de la armada español a, y la i mposibilidad de defensa de las
colonias americanas, que se encontraban a merced de los barcos in gle ses.
Se paralizó el tráfico marítimo con las colonias, se produjo la crisis de la i ndustria
algodonera y s e agravó l a situación financier a de l a monarquía. Se hunde completamente l a
economía española, lo qu e lleva a C arlos IV y Godo y a firmar el Tratado d e Fontainebleau
en octubre d e 1797, con Napoleón, l o que nos ligará a Francia en el bloqueo continental
contra Inglaterra.
Los gastos d e la Guerra repercuten directamente so bre la población, que d ebe entre gar
hombres al ejercito y sufragar una interminable guerra en la que España h abía intervenido
en los dos b andos. Se hace responsable d e l os males que aquejan al país a Godo y y a
Carlos IV. A esta si tuaci ón de malestar social contra el rey y el favo rito, se añaden l as
intrigas del príncip e Fern ando y de sus partidarios , que se consolidan a raíz de la i nvasión
napoleónica en tres acon tecimientos: El Motín de Aranj uez , las Abdi cacio nes de Bayona y
los motines populares que ti enen l ugar en Madrid en May o, que iniciaron la Guerra de la
Independencia en 1808.
En cuanto a los aspectos culturales más destaca d os del reinado ha y qu e c onsiderar el
retroceso que supuso par a la cultura y la ideologí a i lustrada la implantación de un a se rie d e
medidas encaminadas a detener el pensamiento revolucionario f rancés. E stas medidas se
plasmaron en un a fuerte censura, qu e supuso la d esaparición de periódico s prestigiosos, a
través del Real D ecreto de 14 de febrero d e 1 791, por el q ue s e susp endían todos los
periódicos que no fueran de noti cias o avisos. Esta prohibición fue renovada en el año
1804.
Carlos IV disolvió los Colegios Ma y o res con un a Real Cédula de 25 de Septiembre de
1798, sus caudales y r entas fueron destinados a la caj a de amortización, que decretó l a
venta de sus fincas.
Se or ganizaron también ex pediciones científicas como l a de Malaespina, alrededor del
mundo (1789-1795), la realizada por los hermanos Heuland a Chile (1 795-1800) par a
investigaciones mineralógicas, la expedición real a Guantán amo (1799-1804), por
38
cuestiones botánic as y la ex ploración de region es equinoc ciales a c argo de Humbol d y
Bonpland (1799-1804), que propiciaron numerosos hallazgos q ue incrementaron l as
colecciones naturalísticas españolas.
En lo referente a l as Bellas Artes el periodo está dom inado por l a fi gura de Francis co
de Go y a, nombrado pintor de cámara en abril de 1789.
Ha y que destacar una importante reforma cultural referida al m ant enimiento y
protección del patrimonio hi stórico-artístico español bajo el reinado de C arlos IV, es l a
promulgación de la Real Cédula del 6 de j ulio de 1803, que aprueba y manda observar la
Instrucción formada por la Real Academia de la Historia sobre el modo de recoger y
conservar los monumentos antiguos descubiertos o los que se desc ubran e n el Reino .
Esta orden fu e realiz ada, a instancias del Secretario de Estado d e Mari ano L uis de
Urquijo, por los ind ividuos componentes de la Sala de Antigüedades de la Real Aca demi a
de la Historia. En este sentid o se otorg a un papel director y regulador de la ar queolo gía e n
España a la Real Academia de la Historia durant e todo el siglo XIX y el primer tercio del
XX.
Una de las primeras tar eas que s e llevan a cabo por esta S ala de Anti güedades es la
continuación de la Colección Litológica , para lo cual se manda recopilar todas las
inscripciones romanas, godas y árabes , comenzando por el anti g uo Reino de Sevilla, para
ello se sol icitó la colabo ración d e la Acad emia Sevil lana de Bu enas Le t ras y d e distintos
anticuarios andaluces.
También se llevaron a cabo en estos prim eros año s del siglo X I X, las ex cavaciones de
Mérida, Se góbriga, Os una, Itál ica , Ub rique o Alca lá de l os Gazul es, así como la
publicación, en 1 804, de la segunda p arte d e las A ntigüedades Árabes de Es paña , en la qu e
se in cluy en las inscripc iones arábigas de la Mezquit a de Córdoba y de los Palacios
Nazaríes de La Alhambra, así como su traducción.
39
III. MARCO IDEO LÓGI CO
III. MARCO IDEO LÓGI CO III. MARCO IDEO LÓGI CO
III. MARCO IDEO LÓGI CO
.
“ En la concienc ia de a lgunos españoles de
principios de siglo se h abía inst alado la ide a de
decadencia y f orjado la nec esidad urg ente
de restaur ar el país para recuper ar su pres tigio ”
(Roberto F ernánde z, 1996)
.
“ El siglo XVIII fue el s iglo de la Histor ia …
Únicament e la Histor ia cons iguió remont ar la cris is
general y llegó a alc anzar un d esarrollo jam ás logr ado
hasta al lí en tierras de España ”
(Claudio Sá nchez Albornoz, 195 8).
“ Él [buen gober nante] ti ene que ser un hombr e de letras,
diestro en la pintura,
versado en geometrí a,
debe tener [un] buen co noc imiento de l a Historia,
haber estud iado Filosof ía c on diligencia, aprend ido Música,
no ser ignora nte en Medicina,
conocer l as reglas de l Derecho Le gal
y ser maestr o en Astro nomía y Cosmo logía ”.
(Vitrubio, De Architec tura ).
La I lustr ación debe considerarse como un movimiento de reg ener ación
nacional, imbuido de un profundo y declarado s entido patriótico. Esto llevó a una minoría
de int electua l es español es a colocar a España en el centro de sus d ebates y reflexiones,
considerando la necesidad de una rápida y pr ofun da rege n eración de la monarquía.
Partiendo de un poder regio reforzado, motor de los cambios a realizar y ex ponente de
la modernidad, se pretendió reformar toda la nación, eliminando las deficiencias y hacer de
España una n ación moderna y en condiciones de igualdad con las prin cipales potencias
europeas.
Para lo grar estos pro y ect os, se m odificó la natura leza pol ítica del estado, mediante la
utiliz ación de mecanismos de uniformidad legal y l a centraliz ación del poder, en la cual
debería ju gar un papel i mportante la actu alización de los conocimientos científicos y la
cultura en general.
III. A. La nueva concepción de l a Historia
III. A. La nueva concepción de l a Historia III. A. La nueva concepción de l a Historia
III. A. La nueva concepción de l a Historia
.
Durante el siglo XVIII, los gobiernos i lustrados m ostraron un gr an interés por la
Historia de la Nación, entendida como un bien de utilidad pública que serviría de
instrumento de enseñanza, a fin de evitar los e rrores cometidos en el pasado , así como un
medio de propaganda de la historia de la nación.
40
Pero la renovación de la cultura española y su interés por la historia crítica y a habí a
surgido en el siglo XV II , cuando aparece en toda Europa, y en paralelo al nacimiento de la
ciencia moderna, un fenómeno de concienciación crítica frente a aquellas historias basadas
en las genealogías f abulosas y narraciones indoc umentadas y fantásticas q ue prevalecían
en la literatura desarrollada du rante los s iglos X VI y XVII, especialment e a p artir de la
Contrarreforma y de la aparición d e los Falsos C ronicones , entre las qu e destacaban la s
obras de Román de la Higuera y Flavio Dextro
1
.
Los seguidores de este movimi ento, que se agruparon bajo la d enomi nación de
novatores , estaban convencidos de que l a defens a de la verdad históric a no se hall aba en
contradicción con los Evangelios ni los principios doctrinales del C ristianism o, y por tanto
para la elaboración de sus trabajos se basaron en la aceptac ión e x clusiva de aquellos
hechos que únicamente se p udieran probar con documentos fehacientes e i ndiscutibles,
pues las ficciones históricas no aumentan las gloria s nacionales.
En Es paña s erían sus fi guras prin cipales Nicolás Antonio, Gaspar I b áñez de Segovia,
Marqués d e Mondejar, y Juan L ucas Cortés, qui enes en sus trabajos siem pre m ostraron la
necesidad de superar la s ficciones hi stóricas q ue hasta el momento dom inaban en l a
interpretación del p asado de la nación, ex igiendo la publ icación d e l os documentos
originales
2
, tal y como ha recogido A. Mestre S anchís: “ La Histori a era, por tant o, una
cuestión nacional , un tema patriót ico. Frente a la Hist oria fingida por l os cronicones en
honor de España, la crítica como medio de alcanzar la verdad, única glor ia de la
nación ”
3
.
La monarquía borbónica , al i gual que ocurr e en otras n aciones europeas , mostró un
especial i nterés por la Historia de la Nación, en la que poder plasmar su programa político
centralizador
4
.
1
Cepeda A dá n, J., “L a H istor iografía”, e n Histo ria de E spaña de Men éndez Pidal ( Madrid 1 986), T -
XXVI-1; Mestre Sanchís, A., “Historiografía”, en Aguilar Piñal, Fco. (Ed.) Historia Literaria de España en
el Siglo XVIII , (Madrid 1 996), 816-83 0; sobre la obr a de Ro m á n de la Higuera y Flavio Dextro, véase Caro
Baroj a, J ., Las Falsifica ciones de la Hi storia (en relación co n la de Españ a) (B arcelona 1 991 ). So bre el
Cronicón de Dextro , véase el trabajo de Y elo T em pr ado, A. “El Cronicón del P seudo-Dextro . Pro ceso de
redac ción”, Ana les de la Un ivers ida d de Murcia-Letras XLI II, 3 -4 (1984), 103-121
.
2
Mestre Sa nchís, A., “Concie ncia Histór ica e H istoriográ fica”, en Histo ria de Españ a de Men éndez
Pidal , T-XXXI, Vo l. I (M adrid 1 987), 301 y ss; Abellá n, J . L., Historia crít ica d el p ensamien to esp añol
(Bar celona 1992 ).
3
Mestre Sa nchís, op . cit . 1( 1996 ), 827; Cfr. M estre Sanc hís, A., In flujo euro peo y herencia hispán ica.
Mayan s y el gru po valenc iano (Oliva 1987 ), 305 .
4
Stiffoni, G., “Conc iencia H istórica e Histor iográfica”, e n Hi storia de Esp aña de M enénd ez P idal
XXIX-2 (M adrid 1985), 128-129.
41
A esto h abría que unir el i nterés po r la historia q ue siempre most raron la burguesía y
las nueva elites políticas (magistrados, funcionari os civiles o militares, artist as, educa do res,
profesiones liberales, etc), que poco a poco fu eron copando l os pu estos de las nuevas
instituciones culturales creadas po r la monarquía, como se observa en la co mposición de la
Real Academia d e la Historia o de la Real Academi a S evillana de Buenas Letras. Est a
elites, afines a las nu evas ideas ilustradas, desea ban una nu eva i nterpreta ción del pas ado
histórico, mucho más acordes con los tiempos y co n los ideales que ellos defendían
5
.
La pub licación en 1738 de l a ob ra del académico de la Hist oria Dr. Francisco de la
Huerta y Vega, t itulada España Primitiva
6
, provocó una fuerte censura por pa rte de
Gregorio M a y ans, acusando a la ob ra de est ar basada en el falso cronicó n de Pellicer d e
Osau, y de no estar acorde con los postul ados críticos que los nuevos tiempos requer ían.
Como y a hemos di cho anteriormente, Felipe V fundó , mediante el Re al Decreto de 18
de Abril de 1738, la R ea l Academia de la Historia, aprobándose posteriormente mediante
la Cédula del Consejo Real de fecha 17 de Junio de 1738 lo s Estatutos de dicha institución.
Desde sus comienz os, la nueva i nstitución orientó “ sus actuaciones hacia la historia
nacional, ya para adelan tarla, ya para purgarla, con el auxilio de la crítica de las fábulas
y f icciones, lo cual queda patente en su primigenia denominación ACADEMIA
UNIVERSAL ”.
Tenía por f in alidad, según disponía su artículo I , el “ cultivo de la Historia, para
purificar y limpiar la de nuestra España de las f ábulas que la deslucen, e ilustrarla de las
noticias que parezcan más provechosas ”, siendo su primer encargo “ la formación de unos
completos Anales … y sucesivamente cuantas Hist orias s e crean útile s par a el mayor
adelantamiento, t anto de las cienc ias, c omo de artes y lit eratos ”, con l a finalidad de
conseguir el “ mayor lustre de la Nación ”
7
.
Estos postulados fueron defendidos por l os principales eruditos de la épo ca, y como
muestra de ello, baste las siguientes palabras de Gaspar Melchor de J ovellanos,
pronunciadas en su di scurso de ingreso en la R eal Academia d e la Historia : “ Y o no tengo
empacho en decirlo: la n ación care ce d e Historia. En n uestras cróni cas, a nales, historias,
5
Sánchez Albornoz , C., “Jovel lanos y la Histor ia”, en E spaño les a nte la Historia (B uenos Aire s 19 58),
176 -177; Ma ravall, J. A. “Men talidad b urguesa e id ea de la Historia en e l Siglo X VIII”, Revista de Occiden te
107 ( 1972), 250-28 6; Mar avall, J.A., “Mentalida d burguesa e idea de la Histor ia de España”, en Estu dios de
la Historia del Pen samiento: Siglo XVIII . (Madrid 19 91), 113 ; Mestre Sanchís, o p. cit. 2 (198 7), 334-335 .
6
Huerta y Vega, Francisco de la, España Primitiva, historia de sus reyes y mo narcas, de sde su
pob lación hasta Christo (Madrid 1738 ).
7
Huerta, Franci sco Ma nuel de la: “Noticia d el orige n, pr ogresos y tr abaj os literario s d e la Real
Academia d e la Historia” . MRA H I (1 796), VIII -XI y XV.
42
compendios y memorias, apenas se encuentra cosa que contri buye a dar una idea cabal d e
los ti empos que describ en. Se encuentran sí , g uerras batallas, conmociones, hambres ,
pestes, desolaciones, por tentos, profecías, supersticiones, en fin, cuanto hay de inútil, de
absurdo y de nocivo en el país de la verdad y de l a mentira. Pero ¿dónde hay una Historia
Civil, que explique el o rigen, progresos y alter aciones de nuestra consti tución, nuestra
jerarquía política y civil, nue stra legislación, n uestras costumbres, nue stras glorias y
nuestras miserias?
8
.
Otro ejemplo serán l as palabra s de Juan Sempere y Guarinos, para qui en “ ninguna
nación tiene más his torias particulares de sus Ciudades y Provincias, qu e España; pero
tampoco l as ti ene ninguna menos exactas, meno s f ieles, ni tan vacias de las noticias que
interesan más a la Historia general. Escritas por lo común por nat urales fan áticos y poco
instruidos, to do el fondo de ellas consiste en pond eraciones sobre su antigüedad, nobleza y
excelencias: pero nada de crítica en los mismos sucesos que refieren ”
9
.
De estos textos se desp renden v arios con ceptos que imperaron en t oda l a literatura
ilustrada: la utilidad, el amor a la patria y el bi en común, que s e h allaban íntimamente
relacionados
10
, y que se reflejaría en los siguientes aspectos
11
:
1.- La imit ación de l a antigüedad grecolatina. Se concibe la Hist oria como un
instrumento de enseñanza que permita evitar lo s errores anteriores, y a que el estudio del
pasado influ y e sobre el presente, lo que conduciría a la idea del pro gr eso, ot ro de l os fines
de la Ilustración española.
2.- La Historia también se concibe como elemento de propaganda de las noti cias y
de los hechos de la Nación, lo que entronca con el amor a la patria defendido por los
ilustrados, y por tanto debería ser alejada de cualq uier tendencia o manipulación.
Pero estas posturas “ofici ales”, de fendidas po r la Academia de la Historia, no siempre
contaron con el t otal apo y o de los i ntelectuales del momento, como es el caso de Juan
Pablo Forner
12
.
8
Jovellanos y R uiz, Gasp ar Melchor de, Discurso sobre la necesidad d e un ir al estudio de la legislació n
el de n uestra h istoria y an tigüedad es (Madr id 1775), po steriorm e nte recogido en la edició n realiza da po r José
Caso G onzalo sob re las o bras d e J ovellanos: J ovella nos y Ruiz, Gaspa r M elchor de, Obra s en Prosa (Madr id
196 9), 100.
9
Sempere Guarinos, J uan, En sayo d e u na b iblioteca esp añola de los me jores esc ritores del reinad o de
Carlos III . Tomo VI. ( Madrid 1789), 153 -154.
10
Sarrailh, J ., “La notion de l ´utile d ans la culture e spagno le à la fin d u XVIII e siècle”, BullHisp 50
(19 48), 495-55 0.
11
Mora, G., Historia d e Mármo l. La Arque ología Clá sica Espa ñola en el S iglo XVIII (Madrid 1998 ) ,
55-58 .
43
Figura 5
.-
Gregorio
May ans y
Siscar.
Éste, representante de la España más tradic ion al, defendía también la empresa de
publicar documentos, y en definitiva la de “ aclar ar lo cierto en los hechos dudosos [ y ]
purgar de fábulas nuestras antigüedades ”, defendiendo asimismo que “ el ofi cio de la
Historia [ era] investigar el fin que puso en movim iento las acciones de muchos hombres y
hacerles el alma de su narración ”
13
.
Pero junto a l a Historia Civil de l a Nación, dur ante l a Ilustración t ambién se produjo la
elaboración de una Historia Eclesiástica de la Nación, por su especial i ncidencia en las
tradiciones nacionales y por las implicaciones religiosas que pudieran pres entar un estudi o
realizado con rigor y método.
En este senti do, destacan l os trabajos del erudito valenciano Gr egorio
Mayans y Si scar ( FIGURA 5 ), nombrado por poco tiempo bibl iotecario
tercero en 1733
14
, q uien tras conocer y publ icar a lgunos de los trabajos
inéditos del novator s evillano Nicolás Anton io, planteó en 1734 u n
programa de reforma cul tural que abarcaba todos los aspectos del ámbitos
nacional, qu e dedicó a José Patiño, Secretario de Estado y Despacho
Universal.
Dentro de este programa de reformas, ocupaban u n importante papel l os
aspectos relativos a la Hi storia, en la que según la nueva interpretación empírica defendida
por el Siglo de las L u ces, s e pretendía un doble objetivo. En primer lugar , editar l as fuentes
inéditas: “ Diría que con vendría hacer una junt a de Histori as origina les de España, tanto
impresas como por imprimir siendo mengua de la nación que una sola C olección que
tenemos, y ésa muy diminuta, la h aya publicado un extranjero ”
15
.
En segundo lugar, corregir las memorias y fuent es ya existentes con un nuevo juicio
crítico, con la finalidad de “ contribuir a renovar las impresiones de muchas obras
12
Po lt, J.H.R., “Juan P ablo For ner (17 56-1797), preceptista y filósofo d e la historia”, Revista de
Estudio s Extremeños XXVI-I I (1970), 213-241; Álvarez Gó m ez, J. , Juan Pablo Forner ( 17 56-1 797),
preceptista y filósofo de la historia (Madr id 1971).
13
Forner, Juan Pablo , Discu rso sobre el modo d e e scribir y mejorar la Historia de E spaña (B arcelo na
197 3), ed ición de François López, 1 12-113 y 122 -123; Abad , Fco ., “L a Co nstitución de las ciencia s humanas
en el siglo XVIII espa ñol”, Acta s del Con greso I nternac ional sob re Carlos III y la I lustración (M adrid
198 8), Tomo III , 470-472 .
14
García E jarque, L., La Rea l Bibliote ca de S.M. y su p ersonal, 171 2-1836 ( Madrid 1997) , 515.
15
Mestre Sanc hís, op . cit . 2 (1987), 320 .
50
Fue nombrado dir ector de la Comis ión el jesuita Andrés Marcos Bu rriel, secretario
particular de J osé de Carvajal y Lancaster y protegido del Padre R ávago, c onfesor real
32
. A
Burriel se le encargó la p lanificación, coordinación y centralización del pro y ecto
33
, del que
formaron parte, en el ám bito andaluz J osé Vázquez Venegas, que investi gó los archivos de
su ciudad de Córdoba
34
y Marcos Domínguez Alcántara, que viajó a Granada
35
.
La docum entación encontrada si rvió de base a la monarquía para l a negociación del
Concordato de 11 de Enero de 1753 , cuya firma vino a consolidar el regalismo del
Patronato Universal Regio , pero lo hacía por gracia papal y no por el reco nocimiento del
derecho estatal, aunque lo más im portante era l a abolición de l as denominadas reservas
pontificias de tipo benef i cial, convirtiéndose el re y en patrono d e todas las iglesia s con sus
dominios, de manera que la Corona quedó como la provisora de 50.000 benefic ios
eclesiásticos, con el consiguiente derecho de present ación ante e l Pont ífice
36
.
3) Carlos I II: el Regalismo de la segunda mitad del XVIII .
El reinado de Carlos II I no aportará grandes n ovedades al fortalecimiento del
Regalismo, pero sí abund antes m anifestaciones prácticas del techo qu e podía alcanzarse e n
este sentido.
Una vez obt enido el C onc ordato de 1753, los reg alistas pretendieron el control de la
Igle si a española mediante el nombramiento de je rarquías afines, a fin de evitar posibles
oposiciones a la polí tica, y m ediante la int erve n ción en la administ ración de numeroso s
asuntos eclesiásticos, a fin de evitar el aumento d el poder económico de la Ig lesia y poder
controlar sus recursos.
32
Sobre B urriel véanse los tr abajos de S i m ón Díaz, J . “U n erudito español: el P . Andrés Marcos
Burriel”, RB ilbDoc III (1950 ), 5-52; Ec hanove T uero, A. L a prepa ración intelectua l de l P. And rés Marcos
Burriel S. J. (1731 -1750 ) (Madrid 1958 ).
33
Burriel, A.M. Re sultado d e comision es histó ricas . ARAH. M ss. 17 . Co n po steriorida d este trab ajo fue
utilizado p or Manuel Abella pa ra su ob ra, Noticia y plan de un viaje pa ra recon ocer archivo s y fo rmar la
Colección Diplomá tica de España, encargada por e l Rey a D. Ma nuel A bella (Mad rid 1795). Imprenta Real.
34
Vázquez V enegas, J. Cuad erno p rimero de inscripciones de la Catedral de Córdo ba (Córdob a 1752).
AHN Estado. Legajo . 3108(2); Cu aderno e n que se apu ntan a lguna s lápid as ro mana s y góthica s qu e se ha n
conserva do e n las parroquias de Córdob a (Có rdoba 1 752). AHN Estad o. Le gajo. 3108( 2); Colec ción de
memorias lapíd eas roma nas y g óthicas, hallada s en la ciu dad d e Córdo ba y sus inm ediacio nes ). 21
volúmenes. Archivo Catedral d e Córdo ba . Mss. 2 58, 466, 467 , 468, 259 .2, 259.6 9, 260.1,2 60.4 y 260. 158,
de los que únicame nte se c onservan a lgunos; cfr. S tylo w, A., Corpus Inscription um Latinarum II.
Inscriptio nes Hispaniae Latina e ed altera, pars VII. Conventus Cordub ensis ( Berlín 1995 ), XXXIV y 64 , en
concreto se ha perd ido el vol. VIII que e ra el que co ntenía más do cumetació n epigrá fica; cfr. Hüb ner, E .,
Corpus In scriptionu m Latina rum II: Hispania (B erlín 1869 ), 308.
35
Do m íng uez A lcá ntara, M. I nforme sobre las ex cavacio nes rea lizadas por Juan de F lores en la
Alcazab a de Gran ada (Gr anada 17 54). AHN Estado . Legajo. 3 191.
36
Do m íng uez Ortiz, op . cit . 2 7 (1981) , 60; Álvarez Santaló, op. c it . 26 (1989 ), 73.
51
Así, el clero, que r epresentaba el 3% d e la población, poseía aproximadamente el 10%
del ganado y cerca del 1 5% de la sup erficie culti vada del p aís, con la situación agravante
de que la ma y or p arte de sus propiedades s e e ncontraban si tuadas en los terrenos más
fértiles, por lo que obtenían casi la cuarta parte de l a producc ión a grícola
37
.
Esta cuestión dio lugar a diversos trab ajos que denunciaban esta si tuación, como el
Tratado de la Regalía en España redactado en 1 765 por Pedro Rodríguez de Campomanes,
y e n el que defendía la n ecesidad de proceder a una amortiz ación de tierras eclesiásticas, ya
que éstas se conside raban como un atentado contra los principios de la economía civil, del
crec imi ento agrario y de la hacienda pública.
Durante este p eríodo se produce la m edida r egalista más importante, con la expul sión
de los Jesuit as de los re inos y dominios español es, medida esta que debemos enmarcar
también dentro del senti miento anti jesuítico, imperante en todas las Cortes europeas
ilustradas, puesto qu e el Marqués de Pom bal había conse guido su expuls ión de los
territorios portugueses e n 1755, y en Fr ancia tambi én s e había adoptado di cha medida en
1764
38
.
En España, además, representa la lucha entre la nueva clase política, denominados
golillas , que habían l leg ado al poder con Carlos II I, y la alta aristocraci a, denominados
colegiales , fiel clientela de los jesuitas en todos los puestos claves de la maquinaria estatal.
La excusa política vino mot ivada por el Motín de Esquilache , o currido el 23 de M arzo
de 1766, ya que se acusó a l a Compañía de ser el instigador del mismo. A raíz de ello, el
nuevo presidente del Co nsejo de Castilla, Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda,
ordenó una investigación, denominada Pesquisa Secreta
39
.
Se hi zo cargo de la misma una C omisión reducida en la que actuaba co mo fiscal el
Conde de Campomanes y qu e, en verano de 1766, emitió un dictamen en el que vení a a
señalar l a incomp atibilidad de l a do ctrina polít ica jesuítica con el absolut ismo re ga lista y
corroborando los indicios de culpabilidad de los Jesuit as
40
.
El dictamen de esta Comisión s e elevó al C onsejo extraordinario, celebrado el 29 de
Enero d e 1767, en el q ue participaron, además de Aranda y C ampomanes, Manuel de
37
Do m íng uez Ortiz, op . cit. 2 7 (1981) , 66.
38
Menéndez P elayo, M., Historia de los He terodoxo s Españoles , T omo V. (Reed. Madrid 1963).
39
Do m íng uez Ortiz, o p. cit. 2 7 (1981), 67; cfr. Egido López, T., Opinió n pú blica y opo sición a l pod er
en la España d el Siglo X VIII: 1713-1759 (Vallado li d 1971).
40
Álvarez Sa ntaló, L.C.: “Apo geo del desp otismo ilustrad o en España, r einado de Carlos III”, en El
Reformismo Bo rbónico op. cit . 26 (1 989), 199; Fernández, o p. cit . 25 (1 996), 10 0-101; Domínguez Or tiz, o p.
cit. 27 (1981), 67.
52
Roda, Secretario del Consejo, J osé Moñino, Conde de Floridablanca, y J osé Nicolás de
Azara, agente de preces en Roma
41
.
El di ctamen acordado recomendaba la ex pulsión de la o rden y el secuestro de t odos sus
bienes, tanto en las provin cias de la península como en las de Ultramar, por diversas
razones: por considerarl os in ductores del motín de Esquilache, por su defensa de l a
autoridad del P apado frente al poder real y por el enorme vol umen de sus bienes raíces.
Pero en realidad, el ver dadero motivo de su expulsión ha bría que busca rlo en que la
Compañía represe ntab a l a ú nica gran fuerza organizada capaz de presentar una resistencia
ideológica a las reformas borbónicas
42
.
El 27 de Febrero de 1767, una Pragmática de Ca rlos III decretaba lo sugerido por el
Consejo ex traordinar io y encomendab a al C onde de A randa su cumplim iento. El 31 de
Marzo, C arlos III , dirige una carta al Pont ífice Clemente X III , en la que expresa que siendo
“ la primera obligación de un soberano [el] vivir velando sobre la tranquila conservación
del estado, decoro y paz int erna de s us vasallos ”, es por lo que “ me he vis to en la urgente
necesidad de e xpeler pr ontamente de mis reinos y dominios a t odos los jes uitas que hay en
ellos ”, si bien reconoce la concesión “ a cada uno de ellos, durante su vid a , [de] una suma
bastante para mantenerse ”
43
.
En la noche del 2 de Abr il de 1767 , los diversos magistrados comunicaron a los
Jesuitas de l os distintos colegios, que todos, s in excepción alguna, debían abandonar
España en el mínimo plazo posibl e, pues la Compañía de J esús había quedado suprimida y
confiscados todos sus bienes.
La ausencia de los j esuitas iba a tener im portantes consecuencias en el m undo de la
cultura y de la edu cación. Universidades, semina rios y centros docentes s e beneficiaron d e
los bienes expropiados a la Compañía, y en 177 1 el Conde Campomane s, encomendó a
Antonio P onz, Secretario de la Academia de Bellas Artes de San Fernand o, la realización
de un viaje por toda la geografía na cional, visitando los colegios de l os jesuit as expulsados
e inventariando las obras de arte que en ellos se guardaban.
41
Corona Bar atech, C.E. , Jo sé Nicolás d e A zara. Un embajador español en Roma (Zaragoza 194 8);
Olaechea, R., Las re lacion es hispan o-romana s en la segunda m ita del siglo XVII I. La A gencia de Preces
(Zaragoza 1 965) .
42
Egido, T ., “La expul sión de los Jesuítas de España”, en Ga rcía Villoslada, op . cit . 26 ( 1979), 745-792;
cfr. Egido , T . y Pinedo , I. , Las causa s gravísimas y sec reta s de la ex pulsión de los jesuitas p or Carlos III
(Madr id 1994).
43
Do m íng uez Ortiz, op . cit. 2 7 (1981) , 64.
53
Finalmente, no será h asta 1798, cuando Ca rlos IV firme el pri mer de creto
desamortizador, ante l as dificultades del tesoro público, pero que únicamente afectó a una
sexta p arte de las propiedades de la Ig lesia castel lana, especialmente a p osesiones cu ya s
rentas nutrían a las hermandades, hospitales, hospicios y asilos, pero realmente produjo un
sentimiento antisocial, y a que l a medida afectó a i nstituciones asist enciales dedicadas a los
sectores más bajos de la sociedad
44
.
III. C. Política Educativa y Cultural.
III. C. Política Educativa y Cultural. III. C. Política Educativa y Cultural.
III. C. Política Educativa y Cultural.
Durante el Si glo XVIII la polít ica cultural desarroll ada por la monarquía se b asó en
la necesidad d e most rar el poder de una autoridad exigente que intent aba buscar el bien
común de la sociedad y el funcionalismo uní voco estatal sobre la utilida d pública. De ahí
que la creación artíst ica de la centuria estuviese presidida por la necesid ad de hallar una
fórmula estética que se correspondiese con los objetivo s ge n erales de la Ilustración.
La s id eas y pro yectos d e renovación a rtística tuvieron un ca rácter instit ucional más
acentuado qu e en otros campos, por la acción de l a Academia de Bellas Artes de S an
Fernando y por el valor de ejemplo de las grandes construcciones cortesanas.
La Ac ademia de Bellas Artes de San Fernand o fue la i nstitución que marcó l as
directrices culturales de la época, difundiendo las nuevas orientaciones e im poniendo una
determinada políti ca en este ámbito, m arc ada desde los círculos gubernamentales y
cortesanos, de ahí que C laude Bedat d efina a la Academia como “ una i nstitución ilustrada
al servicio de la monarquía centraliza da ”.
La Academia optó por una estética qu e buscaba emiti r u n mensaje racion al y mesurado
frente al Barroco im perante, de ahí que apostara por el clasicismo com o el estilo más
acorde de la Ilustración, imponiendo las nuevas formas a partir de los nuevos pala cios
reales y de su ornamentación, que provocaron el establecimiento y fund ación de una serie
de reales manufacturas dedicadas a las artes aplicadas.
En estas nu evas edificaciones u tilitarias s e optó por el Neoclasicismo, como por
ejemplo en l a R eal Fábrica de Tabacos de Sevil la o en la Escuela de Gu ardiamar in as de
Cádiz, que también alcanzó a los edificios relig ios os de nueva planta.
44
Mestre Sanc hís, M. y La Par ra López, E., “Po lítica y Cultur a en el re inado de Carlos IV”, en Molas, P.
(ed.) La Españ a de Carlos IV (Madrid 19 91), 189-20 4.
54
La pintura de cámara ta mbién se renovó con la llegada a la corte de Antoni o Rafael
Mengs, partidario del clasicismo académico, y difusor de las ideas de W inckelman en
España, que ejercerá una profunda influencia sobre los pint ores de la é po ca.
Durante el Siglo de las Luces, la Corona util izó el arte para una operació n de imagen,
tras la que se escondía la propia preocupación estatal por el conocimiento, l a información,
la enseñanza y un determi nado conjunto de valores cultur ales. Es ta ope ración de imagen,
se fundamentaba en varios presupuestos:
1) en el prestigio del conocimiento de los gustos artísticos del mom ento.
2) en l a carga de progres ismo que podía d esprenderse de ciertos p rincipios que s e
derivaban del avance científico.
3) en el concepto de racional-razonable , relacionable con la nece sidad de
organización y centralización de las decisiones.
4) el concepto de felicidad, i ndividual o colectiva, que derivaba de l a acept ación de
un orden determinado.
5) el conc epto de educar ( il uminar) , que permitía dirigir férreamente el programa
de las conductas sociales
45
.
6) la idea d e otor gar una uti lidad social a todas sus m anifestac iones intelectuales,
necesariamente tenía que promover una visión del arte acorde con esta perspectiva
instrumental de la realidad social.
Durante l a segunda mi tad del Siglo XV III, se int roducen en nuestro país los
presupuestos artísticos del Neoclasicismo, cuya principal figur a es Johann Joachim
Winckelmann (1717-1768).
Al ser nombr ado en R oma Bibliot ecario, y t ras un año de perman encia en Dresde, se
dedicó al estudio del arte antiguo, publicando en 1 754 su obra Pensamientos sobre la copia
de las obras griegas en la pintura y escultura
46
.
Tras visitar las excavaciones de las ruin as de Pom pey a y H erculano, esc ribe en 1762 su
obra Notas sobre la arquitectura de l os antiguos
47
, en la que analiza a los monumentos de
estos y acimientos. Este interés por la Antigüe d ad s e mantuvo a lo largo de toda su vida
45
Álvarez Sa ntaló, L.C.: “Reno vación del ap arato id eológico: la política cultural”, op. cit . 2 6 (1 989),
132.
46
Winckel mann, J.J ., Gedan ken ü ber die Nach ahmung der Griech ischen Werke in d er Male rei u nd
Büdh auerkunst ( Dresde 175 4).
47
Winckelma nn, J.J., Anmerkugen über die Baukunst d er Alten ( Leipzig 1762 ).
55
Figura 7 .
-
Johan
Joachim
W in ckelmann
por las numerosas visita s realizadas en años su cesivos
48
. Esta obra fue compl etada con l a
publicación de Monumen tos antiguos inéditos
49
, que presentaba la novedad de acompañar
el texto con 268 planchas en cobre y abundantes grabados.
Estos trabajos propiciaron su nombramiento, en 17 63, como Prefecto de las
Antigüedades del Papa, q ue ejerció su a ctividad en toda la región de Rom a. A partir de este
momento, Winckelmann ( F IGURA 7 ) comenzó a relac iona rse con
numerosos artistas que acudían a Roma, para formarse o perfecc iona r
sus conocimientos
50
, entre los que destacan los españoles J osé Ortiz y
Sanz, Juan de Villanueva o I sidoro Bosarte
51
.
La ciudad e ra el ve rdadero centro d e estudio de la arquit ectura y
escultura clásica. En el caso español, nos interesa la fi gura de Anton io
Rafael Mengs, qu e s erá la persona qu e difunda las t eorías
winckelmanianas en nuestro país.
La ob ra más importante de Winckelmann, por su influencia en los eruditos de la época,
es Notas sobre la Historia del arte en la Antig üedad
52
, que inst ituye la necesidad de
estudiar la anti güedad a través de sus vestigios m ateriale s, de sus objetos artísticos o de la
vida diaria, así como de sus ruinas de monumentos y ciudades
53
.
Winckelmann fue el p rimero que p resentó una relación pro funda, ampli a y ordenada
cronológicamente de todo el a rte antiguo, prin cipalmente escultura, inclu y endo el arte
egipcio, etrusco, griego y romano
54
.
Gracias al estudio de los textos de Pl atón, pudo diferenciar las escultura s griegas d e las
romanas, distinción que hasta ese mom ento nadie había rea liz ado, lo que le llevó a criticar
el mito de la romanidad como el elemento a seguir, doctrina hasta entonces im perante .
48
Winckelmann, J.J ., Van der he rculanisch en E ntdeckung en (Dresde 1762 ); W inckelmann, J .J
Nachrichten van den neusten h erculan ischen E ntdeckungen (Dresde 17 64).
49
Winckelma nn, J.J., Monu menti antichi inediti (Ro m a 17 62) .
50
Cacciotti, B. y Mor a, G. , “Coleccionismo de antigüedades y recepció n del Clasicismo . Relac iones
entre Italia y España en el si glo X VIII”. Hispania LVI/1 (1996) , 69.
51
Rodríg uez R uiz, D., La me moria frágil. José de Hermos illa y las Antigü edad es Ára bes d e E spaña
(Madr id 199 2), 15-34, analiza la lab or de los a rquitectos e spañoles pe nsionados en Roma, ap ortando
importante bib liogra fía sobre la c uestión. Sobr e los pen sionados en Roma, véase también los tr abaj os más
recientes d e M oleó n Ga vilanes, P ., “Arquitectos espa ñoles en Ro ma dura nte la segun da mitad d el S iglo
XVIII” , Rea les Sitios 1 52 (2002 ), 48-63, y Mo leó n Ga vilanes, P., Arqu itectos espa ñoles en la Roma del
Grand Tour, 1 746-1796 ( Madrid 2004 ).
52
Winckelma nn, J.J., Geschich te der Kunst d es Altertuns ( Dresde 1 763).
53
Gran Aymerich, E., El nac imiento de la arq ueología moderna, 1798-1945 (Zaragoza 20 01), 36.
54
Haskell, F. y P enny, N., El gusto y el arte d e la An tigüedad . E l atrac tivo de la escultura clásica
(1500-19 00. (Madrid 1990 ), 115.
56
Esto l o expresó en las sig uientes palabras: “ La n obleza sencillez y la serena grandeza
de las estatuas griegas s on a la vez el auténtico carácter di stintivo de lo s escritos de su
mejor época, de l os escritos de l a escuela de Sócrates, y son éstas las propi edades que
constituyen la superior grandeza de Rafael, grand eza que alcanzó en virtud de la imitación
de los griegos ”
55
.
La idea d e Winckelmann que ori ginó t odo su pl anteamiento de belleza es
indudablemente la excelencia del arte griego y , por consi guiente, la necesidad de
imitarlo
56
.
Winckelmann pudo co mprender l a belleza que en l a época antigua rodeaba al arte
griego. Esta b elleza estaba en todas partes y el artis ta lo que hacia era im itarla, pero esta
imitación no era una copia fiel y exacta de un solo aspec to de la naturaleza, sino que se
tomaban ciertos atributos diferentes de la naturaleza que se i mitaban y se mejoraban par a
crear una belleza sobrenatural.
La estétic a que pl antea Winckelmann no esta mu y bi en def inida, pero lo que sí destaca
es que la belleza radica en diferentes características y no en una sol a, y estas características
pueden cambiar, es decir , que no son inmutables y pueden m anifestarse en obras diferentes
de maneras diversas.
Winckelmann consideraba el arte como un ente orgánico o como un ser viviente. Para
él era algo que nace, ev oluciona y finalmente m uere, y se deja notar en cada periodo una
serie de característi cas que corresponden a cada estilo siguiendo un ciclo evolut ivo que va
desde el arcaico al helenístico.
Como y a hemos dicho anteriormente, el prin cipal difusor de l as teorías de J.J .
Winckelmann en nuestro país, fue el pintor y teórico del arte Antoni o Rafael Mengs (1728-
1779)
57
, cu y as obras fueron recogidas y pub licadas con pos terioridad a su muerte por el
diplomático y anticuario J osé Nicolás de Azara
58
.
55
Winckelmann, J.J ., Reflexio nes so bre la imitació n del arte griego en la pintu ra y la escu ltura (Dr esde
175 5).
56
Schnapp, A., La conq uista del pa ssato. Alle origini dell´archeolo gia (Milán 19 94), 228-234 ; Henar es
Cuéllar, I ., La teo ría de la s artes p lásticas en E spaña en la seg unda mita d del siglo XVIII (Granada 1977) ,
155-156.
57
Sobre la fig ura de Mengs, v er los traba jos de O rozco Días, E., “Sob re el libro de Mengs”, AEA 58
(19 43), 26 4-269; T ellechea Idígoras, J .I., “Azara y la edic ión d e las obr as de A. R. Mengs. Interpo laciones d e
Llaguno y Amírola”, BRABASF 3 5 (1 972), 45-68 ; P elzel, T ., Anton Raphael Mengs an d Neocla ssicism
(Londres 19 79); Águeda Villar , M., “Estudio introd uctorio”, a la edició n facsímil d e las Obras de Mengs
(17 80) (Madrid 1989).
58
Obras de don Anto nio Ra fael Men gs, Primer pin tor de Cámara del Rey (Mad rid 1 780). Sobr e la lab or
artística de Azara e n Ro ma, ve r los trab ajo s de Nico lás, S., “José Nicolás de Azara, r epresentante e n Italia d el
57
Figura 8
.- Antonio
Rafael Meng s.
Autorretrato
Mengs ( FIGURA 8 ) es un pint or filósofo que identifica el arte con la ciencia, que
busca su r educción a un a norma, p ersiguiendo e n cada cuad ro un ejercici o de afirmación
filosófica.
En su o bra pu ede rastrearse la intención d e una generación de
intelectuales y políticos españoles, como J ovellanos, Campomanes o
Floridablanca, qu e intent aron romper con el Barroco imperante en las
artes y m odificar l as bases sob re las que s e habí a asentado
tradicionalmente el arte español, y que tenían a la Real Ac ademia d e
Bellas Artes de San Fernando como brazo ejecutor de estas ideas
59
.
Mengs elaboró un proce dimiento de trab ajo que trastornaba por completo el modo d e
trabajo de un artista, i ncidiendo en l a necesidad, como premisa pr evia a la e jecución
práctica de una obra de arte, de una reflexión teóri ca sobre el concepto de belleza.
Al igual que su ami go Wi nckelmann, defendió la preeminencia del arte respe cto a la
naturaleza y la pasión po r el mundo griego, prueb a de lo cual era la impor tante colección
de esculturas clási cas que llegó a reunir y que regaló a Carlos III , siendo rápidamente
vaciadas en y eso y repartidas entre las principales academias y escuelas de bellas artes,
como modelos a seguir por los alumnos de las mis mas.
Mengs defendió l a im portancia del mi to de la antigüedad, como argumento de
erudición y elemento de futuro, y del r etorno a la belleza de la estatuaria grecolatina, como
ejemplo de heroísmo y de amor a la Pat ria, que en ningún momento podría ser
instrumentalizado polít ic amente
60
.
Dentro del ambiente cultural de l a Ilustración, es destacable también el sur gimiento,
y a en l a segunda mit ad del XV III , de una serie de publicaciones periódicas o revistas, que
se convertirán elemento de difusión de las transformaciones acaecidas en el mundo de las
Luces.
Desde sus páginas s e dar án a cono cer num erosos artículos o riginales, reseñas de libros
y t raducciones d e artículos extranjeros, acercando a un amplio g rupo de intelectuales
Pensa m ie nto ilustra do Español”, Aca demia 54 (198 2), 239-276. Sobre los tr abajos arqueo lógicos d e Azara en
Roma, véa se Elvira, M .A., “La actividad ar queológica de D. José Nicolás de A zar a”, en Beltrán Fo rtes, J. y
Gascó Lacalle, F. (ed s.) La antig üedad como argu mento. Historio grafía de la A rqu eolog ía e H istoria
Antigu a en An dalucía (Sevilla 1 993), 125-151 ; Caccio tti, B ., “La collezione di José Nicolás de A zar a: s tudi
preli m inari”, Bolletino d´Arte 7 8 (199 3), 1-37.
59
Úbeda de los Co bos, A., “Lite ratura artística”, en Aguilar Piñal, op . cit . 1 (1996), 1046.
60
Úbeda de los Co bos, op. cit . 59 (1996), 10 51.
58
españoles, unidos por el común deseo de acceder a l a información más veraz y actualizada ,
las l ecturas m ás innov adoras que se estaban p roduciendo en Europ a en secto res tan
diversos como la ciencia, la tecnología, la literatura, la medicina, la agricultu ra, e tc.
Los prim eros periódicos andaluces s on el H ebdomedario Útil Sevillano (1758), L a
Pensadora de C ádiz (1763), la Gaceta de Cádiz (163), la Gacetilla curiosa o Semanario
Granadino (1764), el Semanario Malacitano (1765) y el Corr eo de Sevilla (1781).
Entre estas revistas destaca la publ icada en M adrid bajo el título de Memorial
Literario , en la que se in sertará n princip almente artículos referentes a Historia, Geografía
Histórica o Bellas Artes, como los trabajos de Juan Andrés y M orell sobre las antigüedades
islámicas de Granada y Córdoba
61
, las descripciones de dive rsas l ocalidades de
Andalucía
62
o sobre diversas colecciones arqueoló gicas, como la de Pedro Le on ardo de
Villacevallos en Córdoba
63
.
A este diario madrileño , hay que sumarle otras p ublicaciones net amente andaluzas,
donde se publicara n las principales noti cias y acontecimientos del momento, así por orden
cronológico, destacan el Diari o Histórico y Político de Sevilla (1792), el Diario de
Granada (1792), el Corr eo de Cádiz (1795 ), el S emanario Er udito y C urioso de Málag a
(1796), el Mensajero Económico y Er udito de G ranada (1796), el Correo de Jérez de la
Frontera (1800), el Semanario de Granada (1800), el Diario de C ádiz (1802), el Censor
Granadino (1802), el C orreo Literario y Económico de Se villa (1803) y el Diari o de
Algeciras (1805).
Otro aspecto i mportante dentro de la política educativa de la Ilustración, fue la
intención de la Corona d e extender su control a las universidades, hasta entonces dirigidas
y d ependientes de la Ig lesia Española. Para ello , l a primera resolución s e encaminó a l a
adaptación de sus estudios y enseñanzas a la políti ca del mom ento, si bien l a entrada de las
ideas ilustradas en la universidad fue bastante tardí a.
61
Andrés y Morell, J uan , “Carta sobr e a lgunas a ntigüedad es d e Esp aña co n m ot ivo d e las o bservacio nes
que hizo Jo vellanos acer ca d e las a ntigüedad es ar ábigas d e Gr anada y Córdo ba”. Memo rial Lite rario I
(17 88).
62
Espinalt y Gar cía, Bernardo , “Descrip ción p articular de la villa de Fernán Núñez, sacada del Atlante
español”. Mem orial Lite rario (1790) , 145-146.
63
Ruano, Francisco, “Observ aciones sobre las in scripciones y láp idas nuevame nte r econocid as y
halladas po r D. Pedro Leona rdo de Villacevallos, c aballero de Córdoba, estudio sísimo y p untualísi mo en
antigüedades y monedas”. Memo rial Literar io (Feb rero 1795 ), 1 82-192. Sobr e la figura de V illacevallos,
véase Beltr án Fortes, J. y López Rodríguez, J .R. (Ed s), El Mu seo co rdobé s de Pedro Leon ardo d e
Villaceva llos. Coleccio nismo a rqueoló gico en la An dalucía del S iglo X VIII (Málaga 200 3).
59
Esta lucha fue comenzad a por Felipe V, quien en 1713 intentó introducir, sin éx ito, la
enseñanza del derecho real en las cátedras, donde ún icamente se enseñaba derecho romano.
Esto le llevó a comprender que sin controlar l as universidades poco p odrá hacer para
controlar las enseñanzas y estudios exis tentes y añadir otros nuevos, y b uena muestr a de
ello es la creación de la Universidad de Ce rvera (1717), que no obtuvo la aprobación p apal
hasta 1730. Por ello, los Borbones fundaron una serie de Reales Colegios s eparados de las
Universidades, como son los ejemplos del Real Cole gio de la Marina de Cádiz , creado en
1748, en los que se impartieron aquellas mater ias por las que mostraron un verdadero
interés
64
.
Con l a llegada al pod er del C onde de A randa en 1767, y la consiguiente expuls ión de
los miembros de la Com pañía de Jesús, se produ ce la reforma de los R eales Colegios , con
la intención de qu ebrar l as fuerzas qu e dominan los claustros universitari os. Manuel de
Roda, Secretario de Grac ia y J usticia, encarg ó a G regorio Ma yas y Siscar, l a realización de
un plan de estudios para imponerlo a todas las universidades, que tendrá finaliz ado en
Abril de 1767
65
, pero que al final no llegó a ver la luz en su totalidad.
En primer términ o, se estableció que en el Con sejo de Castil la un consejero fuera
director enc argado de cada universidad, para v elar por ella e i mpulsar su r eforma. Además
se institu y eron una s erie de censores regios para que no se defendiesen tesis contrarias a las
regalías del re y
66
.
Empezó el pl an por l a Universidad de Sevilla en 1769
67
. La necesidad de adoptar
disposiciones sobre las seis casas abandonadas por los J esuitas, fue la ocasión para la
redacción de un nuevo programa de estudios para la universidad por parte del Asis tente
Pablo de Olavide. En este plan, se recogían muchas de las ideas propuestas p or Mayans:
1.- control estatal de los centros superiores;
2.- secularización del profesorado, del que quedab an excluidos los religiosos,
3.- renovación de la metodología, en la que se incorporaban los libros de texto,
64
Peset, J.L. y P eset, M., “Universidades, ciencias y arte s”, en Do m í nguez Or tiz, op. cit. 27 ( 19 81), 8 3-
84.
65
Mestre Sanc hís, A., Ilu strac ión y reforma d e la Ig lesia. Pensam iento po lítico y religio so d e d on
Gregorio Mayans y S iscar: 16 99-1781 (Valencia 196 8); cfr. P eset, M., Gregori Maya ns i la cu ltura de la
Ilustraciò (Bar celona-Valenci a 19 75); Mestre Sanchís, A., Historia, fu eros y a ctitudes p olíticas. Ma yans y la
historiog rafía del XVIII (Valencia 200 0); AAVV, Ac tas d el Cong reso In ternacional sob re Grego rio Mayans
(Valencia 19 99) .
66
Peset y Peset, o p. cit . 64 (19 81), 84.
67
Aguilar P iñal, Fco. , La Univ ersidad de Sevilla en el S iglo XVII I. E studio sobre la primera refo rma
universitaria modern a (Sevilla 1969); Aguilar Piñal, Fco., La Sevilla d e Olavide: 1767-1778 (Sevilla 196 0).
66
emprendido por Luis J osé Velázquez de Velasco y Cruzado, futur o Marqués de
Valdeflores, para averiguar y reconocer las antigüedades de España.
Así, l a noticia del h allaz go de antigüedades en la villa de Cárt ama (M álaga) y la
posterior realización de ex cavac iones por el i ngeniero Carlos Luján
7
, quien contó con el
apoyo real, hi zo que la Real Academia de la Hist oria realizase una s erie de gestiones
encaminadas a conseguir el apoyo de la Corona para el envío de uno de su s “individuos de
número” por toda la nación para adquirir y reco ger las antig üedad es de todo el reino.
Esto no es algo nu evo y a que, desde sus inicios, la instit ución había m ostrado un gran
interés po r la r ecopilación de las anti güedades españolas, consideradas como elementos
originales y d e primera mano qu e debían ser uti lizados para l a elaboració n de una N ueva
Historia de España y de un Diccionario Geográfico-Histórico de la Nació n .
Para ello s e habían dado una serie de “ comisione s e i nstrucciones a varias personas
que residían en las provincias o tenían que recorre rlas por r azón de sus empleos y
destinos para que recogiesen de cuenta de ella antigüedades y monu mentos, ya en l os
archivos y bibli otecas, ya en las ruin as y restos de obras, pensó alguna vez en en viar
sujetos al reconocimiento y diseño de antigüedades, pero l a falta d e fon dos sufi cientes la
retrajo muchas veces de estas empresas, contentándose con las noti cias y descripciones
que remitían los amantes de la anticuaria ”
8
.
El proceso de gestación d el viaje de Velázquez ha sido estud iado rec i entemente por M.
Almagro-Gorbea y J . Maier
9
, y en él han puesto d e m anifiesto el im portante papel jugado
por Agustín de Montian o y Luyando, Director d e la Real Academia de la Historia. Éste
solicitó del Marqués de l a Ens enada la adopción de los medios necesarios para “ redimir de
tan l astimoso abando no ” las antigüedades y los monum entos de l a nación, a la vez que s e
permitiese “ asegurarlas en la memoria de los eruditos, que las supieran sacando algunas
copias y láminas en que acordasen nuestras sepul tadas glorias ”
10
.
7
Lujá n, C.: “Co municaciones dirigidas al Marqués de la Ens enada dánd ole cuenta de las a ntigüedades e
inscripcione s hallada en la villa de Cárta ma”. RABM IV (18 76), 210 -214 y 223-22 6.
8 Huerta, op. c it . 7 (1796) , XXXVII
.
9
A l magro-Gorb ea, M y Maier Allende, J., “La Real Academia de la Histor ia y la A rq ueolo gía españo la
en el Siglo XVIII ”, en Ilu minismo e Ilustració n. Le an tichitá e i suoi p rotagonisti in S pagna e in Ita lia nel
XVII I secolo (Roma 200 3), 1-27. A destacar de este tr aba jo el i mportante y novedo so a nálisis de la s
relaciones y afi nidades e ntre Vald eflores, Mo ntiano y En senada, y en especial la de e stos d os últimos quienes
jugaron un i m po rtante p apel en el fructificació n del pr oyecto; cfr. M aier Allende, J., Comisión de
Antigü edades de la Real Academia d e la Historia. Do cumentació n Genera l. Catálogo e Ind ices (Mad rid
200 2), 12-15, r ecogiendo ad em ás to da la d ocumentación e xistente sob re el a sunto.
10
Almagro-Go rbea y Maier, op. c it . 80 (2003), 5-6
67
Figura 11.
Instrucción de
2 de Novie mbre de 1752.
El re sultado de todo ello será la Real I nstrucción dictada e n San Lorenzo de El
Escorial el 2 de Noviembre de 1752 para ave riguar y reconocer las antigüedades de
España
11
, firmada por el Marqués de l a Ens enada ( FIGURA 11 ),
que ordenaba realiz ar est a labor a Luis J osé Velázquez de Velasco
y Cruzado, miembro su pernumerario d e la Real Acad emia d e la
Historia
12
.
Tal y como s e dispone en su punto cuarto, el o bjetivo de la
Comisión encomendada al Marqués de Valdeflores, era realiz ar
“ las observaciones y diligencias que sean conducentes al
descubrimiento de l as A ntigüedades y de la a ntigua Geografía del
País con especificación de los di stintos pueblos, ríos, terrenos en
que se dieron batallas o s ucedieron cosas me morables, y otras
semejantes circunstancias ”.
Se trata del primer trab ajo de invent ario y recopilación, o catálo go, de las ant igüe dades
de la nación, cu y o obj etivo fundamental era la obtención de documentos para la
elaboración de la historia antigua de Esp aña. Así el objetivo fundamental del traba jo era l a
obtención de documentos obs erva dos dire ctam ente del original, qu e en el caso de l as
inscripciones tenía l a fi nalidad de acabar con las transcripciones poco fiables y l as
falsificaciones de epígrafes, que tanto abundaban en las obras del m omento.
Junt o a ello, y como ap ortación más novedosa del pro y ecto, fue la inclusión de los
dibujos de los monu mentos antiguos con la mayor ex actitud posi ble , concibiendo el d ibujo
como elemento de inv entario y conocimiento de l os m onumentos antiguos, que pos ibilitase
su posterior protección. El resultado d e t odo ello fue un in gente corpora documental, hasta
el momento presente no estudiado, que se cons ervan en los fondos de la R eal Academia de
la Historia.
Continuación de esta política ilustrada, preocupada por la conser v ación de las
antigüedades fue la el aboración, nuevamente por el Marqués de la E nsenada, de una
Instrucción , aprobada por el Real Decreto de 14 de Julio de 17 53, que vino a
complementar determinados aspectos de la Instrucción dada a Valdeflores en 1752.
11
ASRA H 10.11 .1752, do nde se transcribe la instrucció n. Otr o ej em plar de la instrucción se conserva e n
el ARAH. Ms s. 9/60 00 ( folios 93-98v); cfr. Huer ta, op. cit. 7 (17 96), XXXVI I.
12
Sobr e Velázquez, ver M athia s, J ., El Ma rqués de V aldeflores: su v ida, su obra, su tiempo (Ma drid
195 9); Canto de Gre gorio, A.: “Un precur sor hispano del CI L en el Si glo XVI II: el Marq ués de Valdeflores”,
BRAH CXCI (19 94), 499-51 6; Álvarez Mar tí-Aguilar , M .: La a ntigüedad e n la historiografía espa ñola de l
68
Por esta disposición, se requería que “ los Corregi dores y Justicias del R eino remitan a
Madrid, y a la casa establec ida de Geografía, todas las pi ezas de antigüedad que s e
hallaren, con expresión del sitio en que se enc uentran, como son estat uas d e mármol,
bronce, u otro metal, todas o enteras, pavimentos mosaicos o de otra especie,
herramientas, o instrumentos de madera, piedra, o suela, monedas, o lápidas, y l o que de
ellas se diga por escritos, tradiciones, o noticias, que los dichos Justi cias de ben comunicar
a los Intendentes, estos p agar el coste del des cubrimiento de cuenta de la Real Hacienda, y
dar el aviso con su remisi ón a S.M. por la vía res ervada, o por el Ministro que corre en la
dirección de la Casa de Geografía, y según se l es tiene prevenido, par a que el citado
Decreto tenga efecto ”
13
.
En primer l uga r, de esta instrucción llama la atención la definición de monumento
antiguo que se tenía en aquella fecha, en la que únicamente se incluí an los restos del
mundo grecorromano
14
, no comprendiéndose en la m isma las antigüedade s islámicas,
cuyos estudios en aquellos momentos no se e n contraba n muy desarroll ados debido al
desconocimiento de la le ngua á rabe, y ello a pesar de que los trabajos e investigaciones de
Miguel C asiri de Gartia y de Luis José Velázquez de Velasco estab an llamando la atención
sobre la importancia del arte islámico.
Pero también esta defini ción debe ponerse en rel ación con el “ ambiente artístico” que
la Real A cademia de N obles Artes de San Fern ando estaba intentando im poner en esos
momentos, basado en un arte que busca sus raíce s en el mundo grecorromano, alejándose
del mundo islámico.
También ha y que ponerl o en relación con el Patr onato Regio , con el que se pretendía
obtener, como ya ocurriera con los Ar chivos, documentos de prim era mano, y las
antigüedades ya desde el siglo XVII eran consideradas como tales.
Con t oda esta document ación obtenida, los monarcas borbónicos querían hacer valer
sus derechos f rente al Papado, y evidentemente n o interesaban p ara n ada los monum entos
islámicos, ya que en concreto los paleocristi anos venían mejor a los i ntereses borbónicos,
y a qu e eran representativos de momentos más antiguos del Cristianismo en España.
Siglo XVIII: e l Marqués d e Valdeflores (Málaga 1 996) .
13
Oficio re mitido el 13 .11.1 753 d esde Gr anada po r Luis J osé Ve lázquez d e Vela sco a Agustín de
Montiano y Luyando . ARAH. CAG/9/798 0/5(4 5). A l que c ontesta el 22.11 .753 , m ediante oficio, A gust ín de
Montiano y Luyando a Luis José Velázquez de Velasco. AR AH. C AG/9/798 0/5(4 6). Citado por Martínez
Silvestre, M: Libre ría de Jueces, utilísima y unive rsal (Mad rid 1786) . Imprenta de la viuda de Eliseo
Sánchez; cfr. Yá ñez Ve ga, A. y Lavín B erdonces, A .C.: “La legi slación española e n Arqu eología hasta 191 2:
análisis y e volución en su cont exto”. Pa trimonio Cu ltural y Derech o 3 (1999), 124 .
69
En relación con ello, y a fin de centraliz ar y controlar esos documentos originales, la
instrucción di sponía que todos los objetos se deposit aron en la deno minada Sala de
Geografía , donde se verificaría el documento.
Esta ins trucción, tal y como se deduce d el tex to, úni camente sería apli cable a los
terrenos d e realengo, y en ella por p rimera v ez se instauró un p remio o contraprestación
económica, con ca rgo al erario público, p ara aq uellas personas qu e informaran sobr e el
descubrimiento y exacta ubicación de las antigüed ades recién descubiertas.
De estas disposi ciones de 1752 y 1 753 puede apreciarse como la Corona delegó las
funciones policiales de vig ilancia y control de l os monum entos antiguos en los
Corregidores , funcionarios locales con atribuc iones de policía y jus ticia, y en los
Intendentes y Superint endente s, de cuyas funci ones y ejemplos concretos trataremos de
forma más detenida en otro apartado de este trabajo.
De la efectividad de esta disposi ción tenemos las palabras de Juan de Flores y Oddouz,
quien en su obra Granada Primitiva , dice que para la realización de sus actividades
arqueológicas pidió a “ comienzos del mes d e en ero de 1754... lic encia a l Sr. Intendente
Corregidor de este Rei no para hace r una excavación en l a Alcazaba , que e s lo más
antiguo y e minente d e esta ciudad de Gran ada,... en la calle d e la Puerta Nue va,
Parroquia de San Nicolás de Bar i. Fue estimulo de esta pretensión la Real Orden
Circular, expe dida por el Excmo. Sr. Marqués de la Ensenada, Secretario de Estado para
la recolección y descubri mientos de antigüedades y remisión a l a Corte de ellas, a la Casa
de Geografía establecida para este asunto ”
15
.
Pero esta pr eocupación por los monumentos antiguos no es algo exclusi va de la Real
Academia de la Histori a, y a que el interés po r los monumentos anti guos también se
observa en la Real Academia de Nobles Artes d e San Fernando y en el Real Gabinete de
Historia Nat ural , también pre ocupados por la r ecuperac ión d el pasado.
Así, en 1750 el g oberna dor la Alhambra, D. Fra ncisco J osé de las Infa nt as, informó a
la Junt a Preparatoria A cademia de San Fernando del estado de ruina en que se encontraban
la Torre de Comares y Cuarto de los Arrayanes d e la Alhambra
16
, así como de la necesidad
de tomar medidas tendentes a evitar la pérdida y d estrucción del monumento.
14
Tor tosa y Mora, o p. cit . 74 (1996), 214.
15
Flor es y Od douz, Juan d e: Gra nada p rimitiva. Compe ndio histórico del descu brimiento de
monu mentos antig uos en la Alcazaba d e Granada ( Granada 176 2). ARAH Mss. 9/2 297 .
16
B ustamante, A. y Marías, F. : “De Gr anada a E l Esco rial: la arq uitectura renacen tista en el Siglo
XVIII” , en El Arte en tiempo de Carlos III (Madr id 1989), 72.
70
Esta carta llamó la atención de las académico s, qui enes en la Junta Ordinaria de
14.10.1756, expresaron s u deseo de “ conserva r y propagar la noticia de nuestras
antigüedades y monum entos si ngulares ”, y sobre todo “ de aquellos que están más
expuestos a p erecer con el transcurso del tiempo ”
17
, para lo cual encargaro n a Ignacio d e
Hermosilla y Sandoval, a la sazón Secretar io de la institución y conocedor de la exi ste ncia
de “varios retratos de los Reyes de Granada q ue están pinta dos en algunos t echos d el
Castillo de la Alhambra, con los t rajes propios de la época ”, para qu e remitiese un a
comunicación al “ Presidente de aquella Chancillería ”, D. Manuel de Villena, “ pidiéndole
que haga llamar a D. Manuel Sánchez Jiménez ”, discípulo de la Academia y de cono cida
habilidad para que ” l e o rdene que d ibuje en pap el con toda puntual idad los expresados
retratos de los Reyes Moros ”, petición que fue aceptada po r el Presidente de la
Chancillería de Granada
18
.
El interés por estas anti güedades islámicas se planteaba en principi o como una tarea de
urgencia, basad a ex clusivamente en que habría que cons ervar aquellas memorias del
pasado que er an perfect amente vis ibles, pero si n establecer criterios intervencionistas de
conservación e intervención sobre la obra.
La función tutelar del pa sado que empre ndió la Real Academia de Nobles Artes sobre
los m onumentos antiguos se limit ó exclusivamente a una catalo gación de l os mis mos, en la
cual se documentaron la representación visual de l os sistemas constructivos y compositivos
del monu mento, con los que elaboraron un álbum de anti cuario
19
, en el que ser recogieron
estampas y dibujos del p asado que d ebían se rvir de modelo p ara los nuevos arquitectos, sin
que en ningún momento se llegase a pensar en la realización de ob ras de rest aurac ión como
criterio de conservación de las obras antiguas.
Con ello daba comienzo el interés por l os monumentos y anti güe d ades por parte de la
Academia, que tuvo su p unto culminante, en el caso de las anti güeda d es i slámicas con l as
instrucciones dadas a Diego Sánchez Sar abia (1 760)
20
y a J osé de Herm osilla, J uan de
Villanueva y J uan P edro Arnal (1766)
21
, que se plasmaron en la pub licación, n o con cierto
17
Junta s Particulares, Ord inarias, Generales y P úblicas desde el a ño 1753 hasta 1757 . ARABASF.
Mss. 81/3 , fol. 52r y 5 2v; cfr. Bedat, C., La R eal Academia d e Bellas Artes de San Fern ando: 1744- 1808
(Madr id 1989) , 4 33; Azcárate Ristori, J .M.: “Real Acade m ia de B ellas Artes de San Fer nando”, e n Artola,
M. (ed .) Las R eales Academ ias del Instituto de Esp aña (Madrid 1992), 1 86 .
18
Junta Ord inaria de 2 9.11 .1756 .
19
Rodríguez R uiz, op. cit . 51 (1992), 37.
20
Junta Pa rticular de 1 3.12.1 760.
21
Junta Pa rticular de 0 5.09.1 766.
71
retraso, de los Monumentos árabes de Córdoba y Granada (1787 y 1804), mientras que en
el caso de las anti güedades romanas tendrán su culminación en el viaje artístico-
arqueológico reali zado p or Antonio Ponz y Piqu er, publicado bajo el tí tulo de Viaje de
España
22
, sobre estos viajes trataremos más detalladamente en otros aparta do s.
Pero no será la única tar ea sobr e la protección del patrimonio en la qu e participó la
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando , y a qu e por la R eal Orde n Circular de 16
de Octubre d e 1 779, por la que la Real Academi a de San Fernand o consigue, t ras
numerosos intentos, que la Corona, a inst ancia del Conde de Floridablanca, remitiese una
carta circular a t odos los intendentes provinciales, por la que se prohibió la exportación de
pinturas y ot ros objetos artísticos antiguos o d e autores fallecidos, de p inturas, libros o
manuscritos antiguos de autores españoles, sin ex presa aprobación real
23
.
Otra institución interesada por las antigüedades es el Real Gabinete de Histori a
Natural . C reado en 1752 por Real Cédula de Fernando VI a instancia de Antonio de Ulloa,
será bajo la dirección de Pedro Franco Dávila, ya en el reinado de Carlos III , cu ando la
institución conozca un verdadero auge, debido al incremento de sus colecciones.
Para ello fue fund amental la redacción de la Real Orden de 17 de Octubre de 1776,
por la que s e mandaba recolectar curiosidades para el enriquecimiento del Gabinete de
Historia Natural , ya que a partir de este moment o recibió, además d e las colecciones que
le eran propias, la m a yor parte de las compra s de obj etos ra ros y vali osos, así como
algunos hallazgos procedentes de excavaciones ar queológicas.
La idea de “ juntar en el Gabinete Real todas las especies de Hi storia N atural que se
contienen en l os Reynos y Señoríos de España ” fue concebida por el Marqués de Grimaldi,
Secretario de Estado, quien consideró que deb ían ser los I ntend entes de las di stintas
circunscripciones provinciales los encargados de recolectar las piezas, par a lo cual podían
disponer de una seri e de corresponsales o correspondientes locales, norma lmente eruditos,
que serían los que verd aderamente recopilarían l os objetos y l os remití an, a t ravé s d e los
intendentes, al Gabinete.
Esto se confirma por el Oficio fechado en Cór doba el 24.05.1776, y remi tido por
Pedro Francisco de P ueyo, Inte ndente P rovincial de Córdoba, a Fernando J osé Lópe z de
22
Po nz y Piquer, Anto nio, Viaje de Espa ña o Cartas en que se da noticia de la s cosas má s ap reciables y
dign as de saberse q ue ha y en ella . Imprenta Ibar ra.19 vols (Mad rid 1772 -1794).
23
P onz, op. cit . 93, T omo IX (M adrid 1786 ), 842-84 3; Ro drígu ez Pasc ual, R., “La Pr otección de las
antigüedades ”, RABM 31 (19 14) , 3 84; B edat, op . c it 88 ( 1989), 4 38; Álvarez Álvarez, J.L ., Estudios sobre e l
Patrimon io Histórico Españo l y la Ley d e 25 de Junio de 1985 (Madrid 1989) , 41 ; Benítez de Lug o Guillé n,
72
Cárdenas, cura de Mont oro
24
, q uien remitió nume rosos ejemplares pa ra el Gabinete d e
Historia Natural , así como referencias a determi nados hallazgos d e pintu ras rup estres en
Sierra Morena.
En 1795, J osé Córnide de Fol gue ira y Sa avedra se encontraba realiz ando s u trabajo
sobre el Itinerario de Ant onino
25
, para el que reconoció “ diversos trozos de caminos de que
hace mención dicho Iti nerario, copiando inscripciones y planos de arcos triunfal es,
puentes, etc, no solo sob re el terreno sino en los varios comentadores que en el todo oen
parte ha tenido dicho Itinerario ”.
Dadas las dificultades para la finalización de su trabajo, pidió la intercesión de la Real
Academia de la Historia , para que soli citase de Manuel Godoy, S ecretario de Est ado de
Carlos IV , permiso “ par a reconocer los muchos pl anos que debieron fo rmarse p ara la
fábrica de l as cuatro carreteras generales, que salen de esa Cort e para los extremos del
reino y para otr as particularidades que igual mente se han emprendido entre sus diversas
provincias cuyo pl anos deben existir en el Archivo General de l a Dirección de Cor reos y
Caminos ”
26
.
Dicha peti ción fue cursada por la Academia en fecha 30.11.1795, a lo qu e Godoy, en
su calidad de S uperintendente Gener al de C orreos, respondió con la emisi ón de un “ oficio
a los Directores Generales de Correos que le franqueen todo lo que exista en el Archivo de
la Dir ecc ión General bajo las seguridades y precauc iones debidas. Lo participo a Vmd. a
fin de que lo ponga en noti cia de la Real Acade mi a para su inteligencia y gobierno ”
27
.
Con esta disposición debemos relacionar el hallaz go de “ monumentos de antigüedad y
particularidades preciosas ” en el l ugar cono cido por La Peña del C ristiano (Osuna,
Sevilla), que Luis d e la Rosa, Administrador de la Renta de Correos de Osuna, puso en
conocimiento de Pedro Cevallos, por entonces Sec retar io de Est ado de Carlos I V.
Pedro Cevallos, siguiendo los dictados marcad os en 1795 por Manuel Godo y , le
comunica a su subordinado que debe d irigir su información “ a la Real Academia de la
F., El P atrimonio Cultural Esp añol (Gra nada 19 95), 16; cfr. Yáñez y Lavín, op. cit . 84 (1999), 126 .
24
ARAH. Ms s. 9/73 79.
25
Córnide de Folgueira y Saa ved ra, J osé, Apuntes y extractos pa ra ilustrar el Itinera rio d e Antonio Pío
(17 95). A RAH. Mss. 9/391 0; Córnide d e Fo lgueira y Saa vedra , J ., Ilustracion es al itinerario d e A ntonin o
Pio . ARA H. Mss. 9/3895 ; Córnide de Folgueira y Saaved ra, J., Papeles concernientes al itin erario de
Anton io Pio que iba recogiend o D. José Córnid e y Saavedra para ilustrarle . ARAH. Mss. 9 /3910 ; Cór nide
de Folgueira y Saavedra, J., Vías romana s según el itinerario de Anton ino: reino de Sevilla , reino de
Córdob a, reino de Ja én . ARAH. Mss. 9/38 95; Córnide de Folgueira y Saa vedra, J ., Comenta rio a la p arte
del Itin erario de Antonino en que se de scriben las vía s militares de E spaña . ARAH. Mss. 9 /3895.
26
ARAH. Ms s. 9/39 10 y ASRAH de 2 7.11.179 5.
73
Historia en Madrid que está encargada parti cularmente del ramo d e las antigüedades en
el Reino ”, lo que Luis de la Rosa realizó en fecha 30.06.1802
28
.
Pero la disputa mantenida a lo largo del Si glo X VIII po r las academias e instituciones
culturales, c readas por l a monarquía borbónica, acerca d e cual debía ser la encargada de
velar por la salvagu arda de los monumentos y a ntigüeda d es, en cuanto s e consideraban
como representación de la memoria hi stórica de la nación, se decantó finalmente por la
Real Academia de la His toria, que consiguió de C arlos IV la firma de la Real Cédula de 6
de Julio de 1803, por la que el mona rca le encargaba la “ inspección d e los monumentos que
se descubran en el reino ”
29
.
Se trata, s in lugar a dudas de l a primera disposi ción específica sobre l a protección y
conservación del Patrimoni o Hist órico, en la que se establecen una serie de normas de
obligado cumplimiento. Esto constit uye un verda dero hito en la le gislación española, pues
marca el p rincipio de u na cie rta p reocupación por del Est ado en tema s de Patrimonio
Histórico
30
.
Como reciente ment e ha estudiado J orge Maie r, esta disposición español a no es un
hecho aislado, y a qu e aparición deb e s er puesta e n relación con ot ras nor mativas que sobre
la mi sma materia s e están produciendo en estos momentos en Europa y viene a reco ger las
ideas de la I lustr ación española sobre la i mportancia de la conservación d e los
monumentos antiguos, como elementos representativos del pasado de la nación, a la vez
que introduce, por primera vez, una serie de ele mentos jurídicos que s e mantendrán en l a
legislación posterior, y a los que nos referiremos a continuación.
El verdadero impulsor de la norma fue Mariano Luis de Urquijo, primer Secre ta rio de
Estado de Carlos IV, qui en se mostraba mu y preocupado por “ la negligencia con que se
miran los hallazgos de monumentos y fr agmentos de ant igüedad que fr ecuentemente se
descubren en las varias excavaciones que con diversos objetos se practican en l as
27
Oficio de fecha 07.12 .1795. ARAH Mss. 9/3 910 y ASRAH d e 04.12 .1795.
28
AR AH. CASE /9/797 0/5(1 -8) del ARAH; cfr. M aier Allende, J . y Sala s Álvarez, J. , Comisión de
antig üedades de la Rea l Academia de la Historia. A nda lucía. Catálo go e Índic es (Mad rid 2 000), 330-331.
Esta documentación se co mple m enta con la existente e n el legaj o CAI-SE/9/394 0/13(1-3) d ada a conocer p or
Sedeño Ferrer, D., “Hallazgos ar queológicos en Osu na en 1802” , Estud ios d edicados a Alberto Balil in
Memoriam (Mála ga 1993 ), 191-198 ; cfr. Cebrián Fer nánd ez, R., Com isión de An tigüeda des de la Real
Acad emia de la Historia. An tigüedade s e Inscripcio nes 1748-1 845 (Madrid 2002), 98.
29
Incluida en la Novísima Reco pilació n de las Leye s d e E spa ña (1805 ), Libro VIII, T ítulo XX, Ley I II.
Ha s ido reco gida en el libro de Maier Allende, J. : Comisión de A ntigü edades. Comunidad de Madrid.
Catálog o e Indices ( Madrid 1 998), 53-60 ; Almagro-Gorbea , M. y Maier Allende, J . (eds), 250 años de
Arqueo logía y Patrimon io. Docume ntación sobre Arqueo logía y Patrimonio Histó rico de la Real Acade mia
de la Historia. Estud io Gen eral e Índice s (Madrid 200 3), 227-234.
74
provincias, el abuso que se hace de ellos por la codicia; el abandono con que se trata de
su custodia y conservación por desidia o ignorancia ”
31
.
Para poner fin a t odo ello, y proteger las antigüedades de la nación, remitió un oficio,
en fecha 22 de Juni o de 1800, a Antonio C apmany y Suris de Mon tpalau, Secretario de la
Real Academia de la Hist oria y Presidente de la C omisión de Antigüedades de dicha
institución, manifestándole el i nterés de la C orona por la cuestión y solici tándole que “ la
Academia se ocupase de meditar sobre este punt o, proponiéndome cualquiera idea
ventajosa que pudi ese ocurrirl a, y entonc es s e vería si podíamos o no contar con haber
hallado el medio, aunqu e harto dif ícil, de arran car de l as manos d e la ignorancia, que
puede ll amarse brutal , t antos restos preciosos d e l a Antigüedad, como e ncierra nuestra
Península ”
32
.
La respuesta no se hizo esperar, y los ac adémicos Antonio Capman y , I sidr o Bosarte y
Joaquín Tragg ia, miembros de la Sala de Antigüedades de la insti tución, aprobaron en
Junt a Ordinaria de 14 d e Noviembre d e 1801 un informe preliminar, q ue remitieron e n
fecha 19 de Novi embre de 1801 al S ecretario de Est ado P edro Cevallos Guerra. En ese
documento ex ponen la definición de las distintas anti güedades, a la v ez que afirman qu e
“tres son los respetos con que se deben mirar las anti güedades, y son: su descubrimiento,
su explicación y su conse rvación y custodia ”, para l o cual estiman necesario la adop ción de
las siguientes medidas:
“ 1º. - que S.M. autorice a la Academia para que tenga la inspección gene ral de las
antigüedades que se descubran en todo el Reyno y que se comunique a los Prelados,
Cavildos, Y ntendentes y Corregidores la correspondiente orden a fin que den a la
Academia los avisos de qualquier hall azgo de Antigüe dad.
2º. - que esta forme e impri ma una instrucción circunstanciada para que co n arreglo a
ella se le dé noticia de los descubrimientos que se hagan.
3º. - que haya algunos c audales prontos para grat ificaciones y demás gastos que se
ofrezcan en este ramo, cuya regulación se propo ndrá antes al Ministerio.
30
Roca Roc a, E., El Patrimon io Artístico y Cultura l (Madr id 19 76), 18.
31
Córnide d e Folgueira y Saav edra, J.: “Noticia histórica de la Acade mia desde e l mes de Ago sto de
179 6 hasta el de Julio de 1802”. MRAH IV ( 1805) , IX-X; Maier Allende, op . cit . 7 2 (2003), 447-45 5.
32
ARAH. Secretar ia. CPMCM . Caja 1, y ARAH Mss. 9/7 98 1(17); cfr. T ortosa y Mora , o p. cit . 74
(19 96), 197; M aier All ende, op. c it . 100 (1998) , 15; Maier Allende, J. : “L a Comisión de Antigüedade s de la
Real Acade m ia de la Historia” , en Acta s d el II Iº Congreso de Arqueo logía Peninsu lar ( Oporto 2000). Vol. I,
216 -217; Almagro-Gor bea y Maier , op . cit . 80 (20 03), 23-24.
75
Figura 12
.-
Real Cédula
de 6 de Julio
de 1803.
4º. - que l a Acad emia s egún l as not icias que r eciva informe a S.M. lo que ju zgue
conveniente en el caso particular de que se le dé noticia ”.
El 30 de Enero de 1802, Pedro Cevallos comunica a l a Real Academia de la Historia
una Real Orden por la c ual Carlos IV ha tom ado la decisión d e aprobar las di sposiciones
propuestas por l a Academi a de la Historia, a la que sigue poste riormente ot ra Real Orden
por l a que se soli cita a l a Academia la remisión al Co nsejo de Estado de una instrucció n
sobre el reconocimiento y conse rvación de los monu mentos antiguos, que post eriormente
sería recogida en una Real Cédula impresa y hech a circular por toda la Nación
33
.
La Academia encargó a su Sala de Antigüedades la elaboración de una Instrucción
formada de orden de S.M. por la Real Academia de la Historia, s obre el modo de re coger
y conservar los monumentos antiguos descubie rtos o que se descubran en el Reyno
( FIGURA 12 ) que f ue aprobada por la Junta Ordinaria d e 29.05.1802, y remitida al
Consejo de Estado en Jul io de ese mismo año. Tr as la aprobación del Re y y del Cons ejo de
Castilla se mandó que s e ex pidiera, el 6 de Julio de 1803, l a Real Cédula de
S.M. y Señores d el Consejo, por la qual se aprueba y manda observar la
Instrucción formada por la Real Academia de la His toria so bre el modo de
recoger y conservar lo s monumentos antiguos descubiertos o qu e se
descubran en el Reyno , que rápidamente alcanzó una gran difusión
34
.
Se trata de la primera plasmación normativa de un derecho que asume
y a, entre sus fines espe cíficos, la t utela de los valores artí sticos e históricos,
debido al interés de la co rona por “ poner a cubi erto las anti güedades que se
descubren en la Península de la ignorancia que suele destruirlas, con daño
de los conocimientos históricos y de las artes ”, para lo cual encargará a la R eal Academia
de la Historia “ la inspección general de todas las ant igüedades del Rey no ”
35
.
Estas nuevas funciones conllevaron un cambio s ustancial en la orientación que hasta el
momento llevaba la inst itución, y a qu e a p artir d e ahor a s e convirti ó en la m áxima
autoridad sobr e las antigüedades de la nación, he cho qu e se ha m antenido hasta bien
entrado el siglo XX.
33
Oficio d e Antonio Cap man y a P edro Cevallos. AR AH. Secretaria. CP MCM. Caja 1 ; AS RAH
13.1 1.1801 y 05.0 2.1802; Ma ier Allende, o p. cit . 100 (1998), 1 5; Maier Allen de , op. cit . 103 ( 2000), 217 .
34
ASRA H 14.0 5.1802, 28.05.1802 y 02.0 6.1802 , Tortosa y Mora, op. cit . 74 (1996), 1 97. Maier Allende,
op. cit . 100 (1998 ), 15; M aier Allende, op. cit. 103 (20 00), 217; Almagro -Gorbea y Maier , op. cit . 80 (20 03),
24-25 .
35
Rodríguez P ascual, op. cit . 94 (1 914), 38 5. Maier Allende, op . cit . 1 00 (1998), 54-55.
82
Se pretendía una ma y or centra liz ación y autoritar ismo del monarca, que c ontrasta con
el período de los Austrias, cuya estructura admi nistrativa, que podríamos d enominar de
tipo federalista , permitía la ex istencia de una institución, las Cortes , que servían de
contrapeso a la autoridad del rey.
Esta centralización se plasmó en la sustitución de los Consejos por l as Secretarias de
Despacho o Ministerios
46
. C on ello se pretendía concentrar las riendas de poder en una
sola persona, el Secretari o o Ministro , que tenía potestades ejecutivas y de cisivas, no como
los antiguos Consejos, cuya función era merament e consultiva.
Se pretendía crear una es pecie de gabinete formad o por altos ministros que resolvieran
los problemas con ma y or rapidez y eficacia, o como s e decía en el leguaje de la época con
“ por prontas providencias ”.
A su fr ente s e situaban per sonajes pr ocedentes de la baja nobleza como José de
Carvajal y Lancaster; Zenón de Somodevilla, Marqués de l a Ensenad a, o José M oñino,
Conde de Floridablanca, sól o por cit ar como ejemplo s a figuras relevantes del período
ilustrado.
Estos personajes, d esde sus puestos en las Secret arías y Consejos , se en cargarán de
llevar todo el peso de la admi nistración, ide ntificándose rápid amente con las ideas
transformadoras de l a na ción, que aplicarán en su s quehaceres di arios y en los decre tos que
emanan de sus cargos.
De entre todas las Secr etarías , destaca po r su imp ortancia la Secretaria de Estado , que
se convirtió en motor e impulsor de l as reforma s administrativas de la n ación. Según el
Real Decreto de 15 de Ma y o de 1754, este organismo pasaría a desempeñar, entre otras, las
siguientes funciones: estudios y cat alogación de los archivos generales del reino, de la
fundación y prot ecc ión d e las Reales Aca demias e I nstituciones Científicas análogas, de la
Superintendencia Genera l de C orreos y, en general, de la redacción de cuantos decretos y
órdenes ex pidiese el monarca sobr e las materias competentes a esta Secre taria, tendentes a
la mejora de la nación.
A estos aspe ctos y a nos hemos referido en otr o apartado de e st e trab ajo, cuando
hacíamos m ención a las relaciones exist entes entre la Secretaria de Es tado y el Viaje
efec tu ado por el Luis José Velázquez de Velasco, y la creación de las Reale s Academias de
XXIX-2 (M adrid 1985), 128-129.
46
Escude ro, J. A., Los Secretario s de Estad o y d e De spacho (Alcalá d e Henare s 19 76), y de P rado
Rosas, A., Las S ecretarías d e Despa cho: d os estud ios so bre Historia de la Administración (Madrid 19 82);
AAVV, El Mun do Hisp ánico en el Siglo de las Luces ( Madrid 1 996).
83
la Historia , de Bellas A rtes de San Fernando , Sevillana de Bu enas Le tras o del Real
Gabinete de Historia N atural , si bi en estos no son los úni cos casos, y a q ue ex isten otros
muchos ejemplos.
Un ejemplo de la relac ió n entre la Secretaria de Estado y los Arc hivos de la nación, lo
encontramos en 1749, cuando J osé de Carvajal y La n caster, Secretario de Estado, acordó
realizar un reconocimi ento de los archivos reales, eclesiásticos, locales y particulares, en
busca de documentos q ue just ificara n y probaran las pretensiones de l a C orona sobre su
derecho a los beneficios eclesiásticos.
En este ap artado, debem os llamar la atención s obre la figura d e J erónimo Grimaldi,
Marqués de Grimaldi (Génova 1720, R oma 1780), el único extranjero qu e desempeñó la
Secretaria de Est ado. A pesar de jugar un import ante papel en la administración cult ural y
en el coleccionismo españoles y and aluz, como a continuación veremos, ha pasado
desapercibido para l a ma y oría de l os investigadores españoles, al queda r eclips ado frente a
otros Secretarios de Es tado español es, como Ensenada, Wall o Carvajal, quienes le
precedieron en el car go, o el Conde de Floridablanca, su cesor d e Grimaldi en la Secre taria
de Estado.
Embajador de Fernando V I en Paris, con el ascenso de C arlos III a la Corona española
en 1759, vi no a España, junto con otros italianos, como el Marqués d e Esquilache, para
trabajar en l a administración española, donde llegó a ser n ombrado en 1763 Secretario de
Estado, el punto más alto del organigrama administrativo de la corona, do nde se m antuvo
hasta el 07.11.1777, en que presentó su dimi sión, siendo no mbrado a continua ción
embajador español en Roma, cargo en el que perm aneció hasta su fallecimiento en 1780.
Durante su estancia al frente de la S ecretaria de Estado, se pusieron en marcha
importantes pro yectos c ulturales, que aquí esbozaremos únicamente ya que tendrán un
desarrollo más amplio en páginas posteriores.
En este período, la Re al Academia de la Historia l leva a cabo el Diccionario
Geográfico de España , gracias al interés de C ampomanes, director de l a institución. La
Real Academia de Bellas Artes d e San Fernando, de la que Grimaldi era protector, llevó a
cabo su pro yecto de las Antigüedades Islámicas de España , qu e se centró especialmente en
Granada y Córdoba.
La estancia de Grimaldi en el poder coincide con la ll egada a Madrid de Ant onio
Rafael M engs, cu yas co lecciones pasaron a aum entar cuantitativa y cual itativamente las
colecciones regi as, así como a l a adopción de los postulados ne oclásicos por la Re al
84
Academia de S an Fernando, cu y o S ecretario, An tonio Ponz, comenzó a re alizar su Viage
por las provincias españolas.
Finalmente indicar que también bajo el mandato de Grimaldi s e puso en
funcionamiento el Real Gabinete de His toria Natural , adonde llegaron numerosos objetos
procedentes de yacimientos andaluces, y para cuya conforma ción participaron e ruditos
como Francisco de Bruna o Fernando José López de Cárdenas.
Durante el gobierno del Conde de Floridablanc a, la Secretaria de Estado continuó
influenciando en las de cisiones culturales d e la nación. Un ejemplo d e ello, lo encontramos
en 1784, cuando se realizaron una serie d e ex cavaciones arqueoló gicas en Osuna (Sevilla),
en el lugar conocido po r la N ecrópolis Rupestre de Las Cuevas , sufragadas con 12000
reales. En la o rden que acordab a su aprobación, Floridabla n ca estableció “ que las
excavaciones se practica sen con el mayor cuidado, a f in de que los monumentos que se
hallasen estuviesen en estado de poder servir a la Historia ”
47
.
Otro proyecto fallido en el que intervino a ctivamente la Secretaria de Estado, fue la
tarea de investi gar, a i niciativa de la So ci ed ad de An tic u ar i os de Lo n dre s , la co r re ct a
ub ic ac ió n de Mun d a . Po r la Re al Ord en de Ca rl os I V de 13 d e Ma rz o de 17 90 , se c om is io nó
al Ten ie n te de I ng e nie r os Do m ing o Be le st á la s in ve st ig ac io ne s y des cu br im ie n to s so br e el
si ti o y ci rc un st an c ia s de la ba ta l la d e Mu nda
48
.
Otra relación entre la Secretaria de Estado y la arqueología la encontra m os en 1795,
cuando J osé Córnide de Fol gueira y Saavedra, m iembro de la Real Aca demia d e la
Historia, obtuvo de M anuel Godoy a y uda para la finalización de su trabajo sobre el
Itinerario de Antonino
49
.
2.- Los grandes bra zos ejecutores de las reformas: Inte ndentes
y Superintenden tes .
Pero la gran reforma ad ministrativa int roducida por los Borbones, fue la creación,
siguiendo l os modelos adopt ados por Francia en la centuria anterior, de las Intendencias
que dependían de la Secretaria de Estado.
47
Figuer oa y Silva, J. , E xcavaciones A rqueoló gicas en Osuna en 1 784 y 178 5 . AHN E stado Legajo
321 5, número 24 0; cfr. Sala s Álvarez, J. , Imag en Historio gráfica d e la a ntigua Vrso (Osu na, S evilla) (Sevilla
200 2), 51-57.
48
ARAH. CAMA 9/796 2/02 ; B erlanga Palo m o, Mª. J., “Un capítulo en la Historio grafía s ob re la
localizació n de Munda: la Co misión de D omingo Belestá a fin e s del Siglo XVII I”. Ba ética 23 (2001), 32 5-
342.
85
Figura 13
.
Ordenan zas de
1718 sobre
Intendente s
Su i mplantación supuso l a sustitución del vi ejo ordenamiento po lítico-ad ministrativo,
basado en l a exis tencia de una serie de R einos , por una nueva estructura en la qu e el
territorio se di vidió en una serie de regiones o u nidades administrativas homogéneas e
iguales, las d enominadas Intendencias , establecid as a partir d el Real Decreto e Instrucción
de 4 de Julio de 1718, por el qu e se ap rueban las denominadas ( FIGURA 13 ) Ordenanza s
para el establecimiento e instrucción de Intendentes , que venían a regula r
las funciones y el número inicial de los Intendentes, que fueron
aumentando a lo largo de la centuria.
La anti gua Corona de Castil la fue dividida ini cialmente en 21
intendencias , de las que 4 correspondían al territo rio andaluz, a saber,
Sevilla (que agrupaba las actuales provin cias de Sevill a, Huelva y Cádiz),
Jaén, C órdoba y Granada (que aba rca b a las a ctuales provinciales de
Málaga, Granada y Almería).
Al fre nte de estas inte ndencias fu eron coloca dos l os Intendentes ,
figura adminis trativa de nueva creación y cu yos i nteg rantes fueron reclutados entre
aquellos mi embros de los estamentos sociales de alta burguesía, c aballeros y nobleza
titulada, q ue destacasen por ser “ personas de grado, au toridad y representación, c elo,
aptitud y demás partes correspondientes ”.
Por tratarse del p rimer peldaño de una nueva carrera admini strativa, y dependientes
directamente del re y a través de sus ministros, las personas ele gidas solían ser r econocidos
partidarios de l a do ctrina re ga lista, con el fin d e garantizar la d efensa de los intereses
regios frente a lo s particularismos t erritoriale s y estamentales, y de l as nuevas ideas
regeneracionistas del país.
A m edida que los Consejeros del re y fueron perd iendo pod er, aumentó el margen de
independencia y maniobra de los Intendentes , fu ncionarios delegados en las provincias y
Corregidores en las capi tales de l as mismas, que se convirtieron en el brazo ejecutor de la
reforma ilustrada
50
.
Gracias a l as reformas introducidas por Fernando VI m ediante l as Ordenanzas de
Intendentes de 13 de O ctubre de 1749 , ll eg aron a disfrutar de una s erie de atribuciones
49
Oficio de fecha 07.12 .1795. ARAH Mss. 9/3 910.
50
So bre los I ntende ntes, su historia y la e volución de sus funcio nes, ver los trab ajo s de Abbad , F. y
Ozanam, D., “Para una Historia de los Intendentes españole s en el Siglo X VIII”, en IV Simposio de Historia
de la Administració n (Alca lá d e Henares 19 84), 579 -612; Abbad, F. y Oza nam, D., Le s intenda nts spag nols
au X VIII siècle (M adrid 19 92).
86
amplísimas, que facilit aron la acción de l a co rona en sus pro yectos de fom ento y m ejora de
acuerdo con los i deales del si glo de las luces, si bien a p artir de la promulgación del
Decreto de 13 de Noviemb re de 1766 , los Intendentes perdieron sus atribuciones de just icia
y pol icía en beneficio de los C orregidores de su distrito.
Por lo que respecta al fon do del presente trabajo, sol amente nos intere s an las funciones
de fiscalización de los Corregidores y Justicias sobre los pueblos de su jurisdicción, la
descripción de l as riquezas de las provincias y l a vi gilanc ia sob re el urb anism o y las obras
públicas que se efectúen en las ciudades, incluidos sus murallas y edificios públicos.
Así la Real Instrucción de 2 d e Noviembr e de 1752 , indicaba al Marqués de
Valdeflores, que debía dirigirse, en primer lugar, debería di rig irs e al I ntendente, máxim a
autoridad administrativa provincial, quien debía informarle “ de lo que haya digno d e
observación ”.
Este ca rgo, s e en cargó “ de dirigir una Car ta o Circular a todos l os p ueblos de s u
Intendencia, para que r espondiesen al tenor de estas preguntas, que le entregué en una
memoria: 1º.- Si el pueblo es ciudad, villa o aldea. 2º.- Si su situación es en alto o en llano.
3º.- Si j unto a él pasa al gún río o arroyo, hacia que parte del lugar, esto es, si por
poniente, oriente, norte o mediodía. 4º.- Con que otros l ugares confina por poniente,
oriente, mediodia y norte. 5º.- Cuales sean los últimos lugares de la Provincia por
aquellas partes por donde esta confina. 6º.- Si e n el pueblo o sus cercanías se encuentra
alguna piedra con l etras anti guas, estatuas, ruinas de algunos antiguos edificios,
despoblados, medallas y otr os vestigios de antigüedad.
Por medio de esta m emori a quise rec og er las noticias más importantes para las
pesquisas de las antiguedades de los Pueblos ”
51
.
Asimismo, según estas atribuciones en materia de arqueología y patrimon io histórico,
los I ntendentes eran los funcionarios encargados de otorgar licencias para l a realización de
excavaciones arqueoló gicas, así como d e vigilar el control de los hallazgos arqueoló gicos
en los territorios adscritos a su jurisdicción.
La s i ntendencias, en lo gubernativo, pr efiguraron el gobierno político de las
provincias, crea d as en e l S iglo XIX , ya qu e atribuciones de los intendentes pasaron a los
jefes políticos o Gobernadores Civil es y las fiscale s a los Delegados de Hacienda.
51
Carta d e 02 .10.27 53 remitida p or Luis J osé Velázq uez de Velasco a Agustí n de Mo ntiano y Luyando.
ARAH. Ms s. 9/60 00, fols. 1 22- 12 7v.
87
Ejemplos de esto serían l as ex cavaciones r ealizadas por Ju an de Flores en la Alcazaba
de Granada
52
, el hallazgo de los restos de un pecio romano en el P uerto de Cartagena o el
envío de antigüedades y cosas curiosas d e la natu raleza al re cién creado el Real Gabinete
de Historia Natural
53
, hechos estos a los que hemos aludido ya en otro apartado de este
trabajo.
Aparte de los ya menci onados, tenemos otros e jemplos de la preocup ación de los
Intendentes por los h allazgos arqueológicos, com o son los casos de l as ex cava ciones
arqueológicas pr acticadas en 17 87 en la localidad de Arjona (J aén)
54
. En este caso
concreto, el int endente Pedro Lópe z de Cañero , en cumplimiento de sus funciones de
otorgar licencia para la realización de obras nuevas y r eformas en los edificios públicos de
las localidades de s u jur isdicción, requiere al Corregidor local D. Anton io de C árde nas
Bermejo, la remisión de u na planimetría y de una descripción de las “ antigüedades que se
van hallando en las excavaciones que con motivo de la f ábrica de Matade ro en Arjona se
hacen ”. El desti no de esta i nformación y de las monedas halladas era l a S ecre tari a de
Estado, según comunicación conservada en el expediente entre el I ntendent e y el Conde de
Floridablanca, Sec retar io d e Estado. Las m onedas remitidas a Madrid fu eron finalment e
depositadas en el Gabinete Numismático de la Real Bibliot eca .
En 1767, a raíz del esta blecimiento de nuevas p oblaciones en Sierra M orena y de la
zona de Écija (Sevill a), se cre ó la Superintendencia de Nuevas Pobl aciones , consi dera da
como una provincia aparte, que englobaba a ter ritorios de diversas intendencias, y q ue
estaba dirigido po r un Superintendente , cu y as atribuciones eran las mismas que l os
Intendentes .
En cuanto a la impli cación de estos funcionar ios de nuevo cuño en la pr otección del
Patrimonio Arqueológico, pos eemos un claro ej emplo en las noticias procedentes de l as
excavaciones practicadas, a finales d e 1768 o en 1769, en la Nueva Población de La
Luisiana (Sevill a)
55
.
52
Flores y Oddouz, o p. cit . 86 (1762).
53
López de Cárde nas, Fernando José, Noticia de las piedras escritas de Fuen caliente, de sus símbo los y
jeroglíficos ( 1783 ). ARAH Mss. 9 /394 1; cfr. Salas Álvarez, J ., “Fernando José Lóp ez de Cárdenas, el Cura
de Mo ntoro, un erudito co rdo bés del si glo XVIII ”, e n Pionero s de la A rqueolo gía en Españ a (del S iglo XV I a
1912) [A lcalá de Henares, M ad rid 2004 ], 51-54.
54
Cardenas y B ermej o, Antonio, Exca vaciones Arqueo lógicas en Arjona en 178 7 y 1 788 . AH N E stado.
Leg 4 828 . Sig. 566 ; cfr. S alas Á l varez, J., “Excavacione s Arqueológica s de Ép oca Ilustrada en Arjo na
(Jaé n)”, XXIV CNA (Cartagena 1 999), T omo V, 35 1-360.
55
Salas Álvare z, J.: “ Excavac ión arq ueológica de urgencia en los Ba ños Ro manos de L a Luisiana
(Pr ovincia de Sevilla)”. AA A 1 989 , To m o III (Sevilla 199 2), 4 05 y ss; Salas Álvare z, J. : “Excavaciones
88
En este caso, el S uperintendente Tomás Gonz ález de C arvajal, en cumplimiento de l as
labores p ropias del ca rgo para el que había sido nombrado en 1795, visitó las ex cavac iones
y el lugar de los h allazgos en fecha 17.08.1796, según l a do cumentación conservada en el
Archivo Municipal de la localidad
56
.
En 1802 la Real Academia de la His toria, institución “ encargada por S.M. la Real
Academia de la Historia de recoger y cons ervar las antigüedades que se hallan por
España ”, le solicitó la re dacción d e un memorándum sobre las excavacion es efectuadas en
La Luisiana , así como todas aquellas “ noticias que haya recogido de [ cualquier] o tro
monumento o inscripción que se hallen [en] su Provincia ”
57
.
Otro ejemplo de la in tervención de los Inten dentes en la cons ervación de l os
monumentos antiguos, a raíz de la Real Cédula, es la noti cia re cogida en la J unta Ordinaria
de 13.06.1803, en la que se reseña un oficio del Intendente de la ciudad de Córdoba, que
ponía en conocimiento de la Academia de diversos hallazgos en la Arcón de la Sierra.
Respecto a los terre nos de propiedad eclesiástica, e n los que la Corona no tenía
autoridad alguna, la situación era bastante similar a la de los terrenos de realen go. Así , los
obispos, abade s y prio res, en cuanto responsables de di cho terrenos, debían comunicar a la
Secretaria de Estado los hallazgos acaecidos en su territorio, al ig u al que los I ntendentes.
Esto puede deducirse de la noticia remiti da, en fecha 20.12.1789, por el Obis po de
Córdoba al Conde de Fl oridablanca, Secretario de Est ado, por la que le c omunica que “ un
eclesiástico diocesano se ha encontrado, muy cerca del camino, que d e O rden de V.E. se
está abriendo para los Puertos , una columna con sagrada a nuestro gran T rajano. Me ha
remitido el dibujo formado por él que tengo el gu sto de remitirlo a su mano ”
58
.
Arqueológica s de É poca Ilus trada en la Campi ña Se villa na”, e n Mo ra, G. y Díaz -Andr eu, M. (E ds). La
Cristalización del Pa sado: G énesis y Desarrollo del Marco Institucio nal d e la A rqueología en Espa ña .
(Málaga 1 997) , 99-102.
56
AM La Lui siana y ASRAH 2 4.12 .1802; cfr. Salas Álvarez , J ., op. cit . 126 (19 97), 100.
57
Oficio de fecha 12. 04.180 2 rem itido p or José Córnide de Saa vedra y Folgueira a To m á s Go nzález de
Carvajal. ARAH. C ASE 9/7 970(6) ; cfr. Flores de la Barrera, Joaq uín Juan d e: “ Noti cia histórica de la
Academia desde el mes de Julio de 180 2 hasta e l fin de No viembre d e 1 804 ”. MRAH V (1817) , X I. Tomás
González d e Carvajal era miembro d e las Academias de la Historia y Sevillana de Buenas Letras.
58
AHN Estad o. Legajo 319 3(22).
89
3.- La ejecución de las reformas en los á mbitos local y
municipal: Justicias y Corregidores .
En el ámbito local, l a corona también llevó a cabo profundas r eforma s
administrativas, que tuvieron como consecuencia una reducción progresiva de las
atribuciones de l os Corr egidores y Justicia en favor de los Intendentes . No obstante, a
partir del R eal Dec reto de 13 de Noviembre de 1766, los Corregido res únic amente
mantuvieron sus atribuciones sobre justicia y policía
59
.
El motivo de esta reducción de funcion es, habría que buscarse en el he cho de que estos
cargos locales habían sido ocupados por la nobleza, que consi guieron, com o se aprecia en
algunos m unicipios, a u na tra nsmisi ón pa trimonial de los cargos. Por ello, la Corona
procedió a r eformar esto s órganos con la finalidad de reafirmar su poder en l os muni cipios
frente a las pretensiones de las aristocracias locale s
60
.
En 1750, Castillo Bobadilla, en su obra Política para C orregidores y Señores de
vasallos, en tiempos de paz y guerra y para Jueces Eclesiásticos y Seglares , señalaba entre
otras funciones de los Corregidores, qu e d eberían p restar “ particular cuidado y estudio
…para el ornamento, las tre y aspecto de la ciudad ”, e incluso lleg aba a afirmar que en es a
misión proteccionista, los Corregidores deberían “ tomar y d erribar las casas ajenas que
las afeasen ”.
Para ello, concluía Cast illo Bobadilla, “ pueden los Corregidores, proh ibir qu e los
amejoramientos hechos e n los edificios de la ciudad, así de pintura s como de adorno, y d e
otra manera, no se quiten, ni se rayen, si de ahí se ha de seguir deformidad a l a ciudad …
y pueden comp eler a los hidalgos y a otros exentos seglares que contribuyan con sus
haciendas para hacer y reparar los muros , fuentes, puentes, puertas, caminos y
calzadas ”
61
.
Por l a Instrucción de 2 de Noviembre de 1752 , se disponía que Luis J osé Velázquez de
Velasco, encargado por Fernando VI de r ecopilar las anti güeda d es de l a Nación, debí an
interesar de los Justi ci as “ que l e auxilien y presten t oda la asisten cia que pidiere,
59
Guilla món Álvarez , J ., La Reforma d e la Ad ministración Loca l d urante el reinado d e Ca rlos III
(Madr id 1980).
60
So bre la p olítica mun icipal en Andalucía, véa nse los trabaj os de Cuesta Ma rtínez, M., L a Ciudad de
Córdob a en e l Siglo XVIII (Córdoba 1985) ; González Beltrán, M., Reformismo y admin istración local en la
provin cia de Cádiz d urante el reinado de Carlos II I (Cádiz 1991), o de Marina Barb a, J. , Pod er mu nicipa l y
reforma en Grana da en la segunda mitad del S iglo XVIII ( Granada 199 2).
61
Benítez d e Lugo, op . cit. 9 4 (1995), 15.
90
franqueándole los Archivos y Regist ros Públicos para que saque de ellos l as noticias que
hubiere menester, certificadas y autorizadas en debida forma ”.
También en dicha disposi ción, se establecía que los J usticias quedarían encargados de
la conservación de las antigüedades encontradas, que se colocarían “ en parajes seguros y si
puede ser en l as casas de l os Ayuntamientos de los pueblos hast a que SM disponga de
ellas ”
En relación con este pre cepto debemos poner el hecho de que en f echa 23.06.1753, el
Corregidor de J erez de la Fronter a D. Nicolás C arrillo de Mendoz a, Marqués de Alcoceva r,
llevó a cabo el primer depósit o municipal de antigüedades del que tenemos noticias en
Andalucía.
Para su creación p rocedió a r ecoger, a i nstancia del jerezano J erónimo de Estrada,
Director d el Colegio de la Compañía de Jesús de Arcos d e la Frontera, diversa s
inscripciones y esculturas que ex istían dispersas en diversas calle de la l ocalidad, con el
objetivo de mostrar la antigüedad de la ciudad
62
, y que fueron d epositadas en el pórtico del
edificio denominado del Cabildo Viejo, donde conformaron un pequeño depósito
arqueológico, que hoy en día forma parte del Museo Arqueoló gico Municipal.
Estas atribuciones se vieron corroboradas por el Real Decreto de 14 de Jul io de 1753,
en el que se disponía ademá s que “ los Corregidores y Justicias del Reino ” deber í an
remitir, a traves de los correspondientes Intendentes de su P rovincia, “ a Madrid, y a l a
casa establecida de Geografí a, todas las piezas de antigüedad que se hallaren, con
expresión del sitio en que se encuentran ”
63
.
Otro reflejo de este h echo, vendría repr esentado por el hallaz go en 1793 en
Santisteban del Puerto (Jaén), de un tesorillo de “ monedas o medallas de los emperadores
romanos, una de oro muy fino, su peso ochenta reales de vellón, y tres de pl ata cada una
como de dos r eales y medio, cubiertas con un paño de seda pajizo ”, que rápid amente
fueron comunicado al Duque de la Alcudia, quien sol icitó su remisión a la Corte
64
.
La aprobación de la Rea l Cédula de 6 de Junio de 1803
65
, por el contrario, viene a
otorgar nu evas fun ciones a l os fun cionarios loc ales en m ateria de p atrimonio hist órico,
62
Gutiérr ez, Barto lomé, Histor ia d el esta do p resente y an tig uo , d e la muy n oble y mu y leal ciud ad de
Xerez de la Fronte ra (Jerez de la Frontera 1 787), 78 y s s.
63
Martínez Si lvestre, op. cit . 84 (1 796); Yáñez y L a vín, op . cit . 84 (1999 ), 124. So bre los Magistra dos y
Justicias, véase el traba jo de Molas Ribalta, P ., “L os ma gistrado s de Carlos III”, en Carlos I II, dos siglos
despu és (Cádiz 1 993), Tomo I, 179-19 9.
64
AHN Estad o. Leg. 319 3(2 6).
65
Maier Allende, op . cit . 100 (1998), 53-60 .
91
desapareciendo en la m isma la mención del papel de intermediario que realizaban l os
Intendentes .
En prim er lu gar, la le y en su arti culado vení a a reconocer la realidad t erritorial del
país, dividido e ntre terr enos de realengo, pertenecientes a la corona, y terrenos de la
Igle si a.
Así, y según dispone el a rtículo 2 del menciona do c uerpo le gislativo, los nuevos
encargados de realizar el inventario de l as antigüedades y monumentos “ que s e hallaren en
territorio público o realengo ” serían los Magistrados y Just icias, debido a las labores de
policía que tenían entre sus ocupaciones. Eso s funcionarios “ cuidarán de qu e nadie
destruya ni maltrat e los monumentos descubierto s ” ni tampoco, y esto es una novedad
introducida por la le y , a los “ que se descubr ieren ”, ex tendiendo su ámbito de su
jurisdicción a todos “ l os edificios antiguos que hoy ex isten en algunos Pueblos y
despoblados ”.
Además de las fun ciones de inventario d e los monum entos, también estas autoridades
locales serí an los encar ga d as, se gún dispon e en art. 7, de im pedir “ que se derriben, ni
toquen sus materiales para ningún fi n; antes bi en cuidarán de que s e conserven, y en e l
caso de amenazar próxi ma ruina, lo podrán en noticia de la Academia por medio de su
Secretario, a efecto de que esta tome las providencias necesarias para su c onservación ”.
Pero la ley t ambién contemplaba la prote cción de a quellos monumentos y bien es
arqueológicos qu e se en contrasen en terrenos p ertenecientes a la Iglesia. En este caso,
según lo dispuesto en el art. 3 y en la Disposici ón Final, los encargados de aux iliar a l a
Real Academia de la Historia, en el in ventario y protección de las antig üedades
descubiertas y po r d escubrir, serían los “ M. RR. Ar zobispos, RR. Obispos, y a los Cabildos
de las Iglesias Metropolitanas y Catedrales, sus V isitadores o Vicarios, y a los que lo sean
Capitulares en Sede vac ante, a los Cabildos de las Iglesias Colegiat as, Capil las Reales,
Abades y demás Ordinarios Eclesiásticos que ejerzan juri sdicción, y a los Superiores o
Prelados de las Ordenes Regulares, y de las Militares, Párrocos y demás personas ”
66
.
En definitiva, y a modo de conclusión, los Borbones crearon una nueva estructura
administrativa, basada en los principios de eficacia y centraliz ación, que abarcase por igual
a todo el estado español.
66
Maier Allend e, op. cit . 100 (1998) , 58-60 ; Ma ier Allende, op . cit . 72 ( 2003), 455-45 7
.
98
Historias se crean úti les para el mayor adelantamiento, tanto de las ciencias, como de
artes y literatos, que, historiada, s e hacen sin duda más radicalmente comprensibles ”.
Su artículo XXIII dispo nía qu e “ hasta f enecerse los Anales de cuyo Índice se ha de
formar el Diccionario His tórico-Crítico Universal de España, llevará esta obra la
principal atención de l a Academia, en que trabajarán gene ralmente sus individuos, y
también las demás, que sucesivamente emprenda, como la Historia de las Ciencias y Artes,
y cualesquier otras, que se comprendan útiles y d el mayor lustre de la Na ción ”
83
, de lo que
se desprende, el idea de servicio y utili dad pública que subyace bajo estos pro y ectos.
Aparte d e este objetivo fundacional, b ajo la presi dencia de Agustín de Montiano y
Luyando se ll evaron a c abo una serie de pro yectos, que podemos resumir en los si guientes
epígrafes:
1.- Tratado de la C ronología de España . Este proy ect o fue con cebido con el fin de
obtener “ una punt ualísima y segura r egla d e los tiempos para las dem ás obras en que
hubiese de o cuparse el Cu erpo ”
84
. Encargado inicia lmente en 1747 a Martín de Ull oa y de
la Torr e-Guiral, fu e p osteriormente continuado por Ignacio de Hermosilla, Pedro
Rodríguez de Campomanes y Lorenzo Dieg u ez, quienes se encarg aron de cotejar
documentos y obras originales para la realización del mism o.
2.- Dic cionario His tórico-Crítico Universal de España . I niciado en 1739 ,
originariamente se concibi ó como un pro y ecto com puesto por un total de “ trece tratados:
el Iº Historia en gener al; 2º Geografía antigua, 3º Geografía moderna , 4º Historia
Natural, 5º Primer pobl ador de España 6º Lengua Primitiva; 7º Religión y Costumbres; 8º
Cronología; 9º Genealogía; 10º Medallas, inscripciones, privil egios y dem ás monumentos;
11º Cronicones Falsos y autores que se valieron de ellos; 12º Los que merecen entera fe ;
13º Reglas Crítica ”
85
. Este pro y ecto nunca llegó a terminars e dada el gran vol umen de
documentación a analizar.
Con este pro y ecto deb emos relacionar el pro yecto presentado en O ctubre de 1 753
por Pedro R odríguez de Campomanes, ti tulado Códice Ant icuario , con el que pretendía
“ reducir a un cuerpo los monumentos auténticos que se hallan dispersam ente copiados o
83
Huerta, o p. cit, 7 (1796), XI y XV.
84
Huerta, o p. cit. 7 (1796), XXVIII.
85
Huerta, o p. cit. 7 (1796), XXIV.
99
citados en las historias generales o particulares de España, y entre ellos se comprendían
los litológi cos ”
86
.
3.- Disertaciones Históricas. Desde los inicios, los Ac adémicos comenzaron a
elaborar estos t rabajos e ruditos, con la finalidad de “ arrojar alguna luz sobre l os puntos
dudosos o difíciles de nuestra hist oria ”
87
, que eran leídos en las juntas.
En 1748, el Censor Francisco de la Huerta y Vega, planteó la necesidad d e establecer ,
para las obras y disertaci ones históricas, unas reglas de la crítica, qu e debían basarse en el
principio seguro e incuestionable del uso de los autores coetáneos o inmediatos a los
acontecimientos, que se estaban narrando o historiando
88
.
A partir de 1 751, la te mática se c entró principalmente en los “tiempos primiti vos”,
como la realizada por M artín de Ulloa, titulada Reyes Primitivos de España , o la elaborada
por Antonio Domínguez Riezu , denominada Primer poblador de España , y que tendrá su
punto culminante, con l a obra de Luis José Velázquez de Velasco ti tulado Ensayo so bre
los Alfabetos de l etras desconocidas que se encuentran en las más antiguas medallas y
monumentos de España
89
, que fue el primer trabajo realizado s obre las leguas ibéricas y
prerromanas.
También las disertaciones se centraron sobre la monarquía visi goda, considera d a
origen de la monarquía española, como las ef ectuadas por I gnacio de L u zán
90
, Martín de
Ulloa
91
y Francisco de la Huerta
92
, que fueron posteriormente publicadas por la Academia.
4.- Geografía Anti g ua. La idea ori gina l consistía en ilust rar la Historia d e España
con una serie de mapas nuevos que terminas en con la “ .... inexactitu d de las cartas
topográficas de nuestras provincias, o bispados y territ orios, hechas muy pocas de ellas
científicamente... ”.
86
Ro dríguez d e Campo manes, P ., Id ea pa rticularizada para red ucir a un cuerpo solo tod os los
monu mentos au ténticos que s e ha llan dispersamen te citados o publica dos en las historias generales o
particula res de Españ a co n un plan a breviado q ue fa cilit a la inteligen cia d e esta idea . ( Madrid 17 53),
ARAH M ss 11/80 35(22) ;
87
Huerta, o p. cit. 7 (1796), XXXI.
88
Velasco M oreno, op. cit . 139 (2000), 77.
89
Velázquez d e Velasco, Luis J osé, En sayo so bre los alphabeto s de las lengu as desconocida s q ue se
encu entran en la s más an tiguas medallas y m onume ntos de España . Im pre nta An to nio Sa nz. (Madr id 1752 ).
90
Luzán, I gnacio de “Disertaci ón sobre el origen y patria primitiva de los Godo s”, MRAH I (1796) , 99-
140 ; Luzán, Ignacio de, “Dis ertación en que se d emuestr a que Ata ulfo fue el pr imer re y godo de España”,
MRAH I (1796 ), 243-264.
91
Ulloa y d e la T orr e G uiral, Martín, “Investigac iones sobr e e l o rigen y patria de los Go dos”, MRAH I
(17 96), 141-22 4; Ulloa y de l a To rre Guiral, Martín, “Diser tación sobr e el p rincipio d e la m o narquía goda en
España”, MRAH I (1796) , 265-344.
92
Huerta, Fr ancisco M anuel de la, “Disertación sobre cual de lo s r ey e s god os f ue y deb e cont arse co mo
100
Ante la imposibili dad ec onómica de llevar a cabo este p royecto, “ ... trató de acopiar ó
ilustrar copiosas noticias de la antigüedad topográfi ca... ”, lo cual se tradujo en la
adquisición de una serie de obras y disertaciones
93
de Alonso Carrillo
94
, Bartolom é
Sánchez de Feria
95
, Antonio Fernández P rieto y S otelo
96
y Tomás And rés de Gusseme
97
,
solo por citar algunos ejemplos.
5.- Viaj es Lit erarios . C on parte de los fondos destinados por el mon arc a, la
institución se dedicó a financiar una serie de viajes de los académicos.
En 1739, dos comisi ona dos de la Academia viajaron hasta el Monasterio de El
Escorial, para consulta r los manuscritos de aquella Real Biblioteca relativos a la
Cronología y a la Geografía
98
, y en 1751, 1754 y 1755, Lorenzo Dieguez y Ped ro
Rodríguez Campomanes realizaron nuevos viajes a El Escorial para cotejar documentos
99
.
La Academia concedí a diferentes comisiones e instrucciones a personas que residían
en las provinci as o tenían que recorrerlas por razón de sus empleos y des tinos, para q ue
recogiesen, por cuenta de la institución, antigüedades y monumentos, ya en los archivos y
bibliotecas, ya en l as ruinas y restos de obras . Inte ntó al guna vez enviar sujetos al
reconocimiento y di seño de antigüedades, pero la falta de fondos sufici entes la retrajo
primero de los de su nació n en Esp aña”, MRAH I (17 96), 225-242.
93
Huerta, o p. cit, 7 (1796), XXIX-XXXI.
94
Carrillo y Ag uilar, Alonso, Discurso geo gráfico en qu e s e persuad e d e que la an tigua Ilipa Mag na
sobre el Betis n o es la villa d e Peñ aflor sino Alcalá d el R í o (Sevilla 17 43), ARAH M ss. 9/5 996 (fols 1 62-
188 ); Car rillo y A guilar, Alonso, Parte de u na disertació n d e Alonso Carrillo respon diend o a o tra q ue sin
nomb re de a utor pu blicó D. José Pa rdo d e Figu eroa sob re el no mbre y fun dació n de Itálica y S evilla . ARAH
Mss. 9/5 996, fols. 117-128 .
95
Sánchez de Feria y M orale s, B artolo m é, Diserta ción histórica y ge ográfica de su noble Villa de
Castro del R ío y su país seis l eguas distantes d e Córdoba (1749). ARAH M ss. 9/756 7.
96
Fernández P rieto y Sotelo , Antonio,
Descripc ión d e la antigu a Itálica (1740). ARAH M ss. E/1 14.
97
Gusse me, T o m ás Andrés de, Discurso breve y ob servació n so bre la s ruina s y desp oblado, que se
creen ser d e la antiq uísima ciudad d e Turdeto, que se en en térmio de la ciud ad de Arcos de la Fro ntera, en
Anda lucía (1755) . ARAH Ms s 9 /5977 ; y 9 /403 1; Gusseme, T omás And rés d e, No ticia d el d espobla do d el
Municip io Arvense en la Bé tica y d e las an tigüedade s que existen en la villa de Alcole a de la Orde n de S an
Juan con la de terminación del mu nicipio ca namense (1756 ). ARAH Mss. 9/5 977 y 9/40 27; Gusse me, T omás
Andrés d e, Breve noticia del d espobla do d e Se tefilla en An daluc ía y c onjeturas sob re la situació n d e la
antig ua Aria ( 1756). ARAH Mss. 9 /5977 ; Guss e me, T omás Andrés d e, Descu brimiento de un P ueblo
antig uo de la Bética , llamado Mun iguen se, comprobado con las in scripciones q ue mantiene y otras n oticias
Geográ ficas pa ra el gusto d e los antiqu arios (175 7). ARAH Mss. 9/5 977 , fols. 58 -68.
98
Huerta, o p. cit. 7 (1796), XXXVI.
99
Rodríguez de Ca m po manes y Pér ez d e So rribas, P. Papeles sob re lo s viaje s l iterarios q u e h icieron a
la Bibliote ca del Escorial los seño res D. Lorenzo D iégu ez y D. Ped ro R odrígu ez de Camp oman es (M adrid
175 1). ARAH. M ss. 9 /593 7; Relación d el S egundo via je al Escorial en el a ño 17 54 hecho po r los seño res D.
Pedro Rodrígu ez de Cam poman es y D. Lo renzo D iéguez . AR AH. Mss. 9/5 725 ; Relació n del Te tercer via je al
Escorial en el a ño 1 755 he cho p or lo s seño res D. Ped ro Rodríguez de Campo manes y D . Lo renzo Diéguez .
ARAH. Ms s. 9/57 26.
101
muchas veces de estas empresa s, cont entándose con l as no ticias y d escripciones que
remitían los amantes de la anticuaria
100
.
La noticia de l os hallazgos arqueológ i cos en Cártama (Málaga), movió a la Academia
a so licitar del mona rca, la aprobación de una c omisión, formada por un indi viduo de
número de la institución, para recoger las antigüedades de todo el reino.
Este propósito fue aprobado por el monarca, siendo elegido Luis J osé Velázquez de
Velasco, para quien se redactaron unas Instruc ciones que le dio en 2 de Noviembre de 1752
el Marqués de la Ensenada y que debía observar en el viaje que debía emprender para
averiguar y reconocer las antigüedades de España , que previamente habían sido
elaboradas por la propia Academia
101
.
Este pro y ecto t enía una finalidad claramente re ga lista, y a que l a i dea era obtener
documentos p ara n egociar el Concordato d e 1753. Tras su firma, F ernando V I apartó del
poder al M arqués de la E nsenada y canceló el Via je de Valdeflores, pero l a R eal Academia
de la Historia d ecidió dar una continuidad al pro yec to, cont raviniendo las ordenes reales, y
sufragar a sus expensas el pro y ecto
102
.
Él comenzó su v iaje el 01.12.1752, que dura ría hasta finales d e 1754. Durante este
tiempo recorrió los reino s de Córdoba, Jaén, G ranada y S evilla, desde donde remitió varios
diseños de antigüedad es. Finalmente se retiró a M álaga, pa ra coo rdinar sus trabajos y
observaciones, de manera que a principios de 1755 remitió a la Academia un t omo, que
contenía las memorias sobre las Antigüedades de todos l os lugares que había rec o rrido
103
.
A finales de 1764, la Academia comisionó a su individuo honorario Manu el Trabuco y
Belluga, Canónigo d e la S anta Iglesia de Mála ga, para que efectuase el re conocimiento de
las antiguas ruinas de un edificio que se había descubierto a cinco leguas al este de aquella
100
Huerta, o p. cit. 7 (1796), XXXVII.
101
Canto, op . cit . 8 3 (19 94); Mora, op . cit . 11 (1998), 44-45 ; Maier Allende, op. cit . 80 (20 02), 12-15;
Almagro-Gor bea, M. “La Real Academia de la H istoria y la arqueolo gía Española ”, e n Historiogra fía d e la
Arqueo logía Españ ola: las in stituciones (Mad rid 2002), 41-42; Almagro-Go rbea, M ., Epigrafía Prerromana
(Madr id 2003), 37-38.
102
ASRA H 21.03.1 755; Velasco Moreno, op. cit . 1 39 (2000), 87.
103
Huerta, o p. cit . 7 (1796 ), XXXVIII; Velázq uez d e Velasco, Luis Jo sé, Ca rtas que escribi ó Don Luis
José Velázqu ez d e Vela sco a la Rea l Aca demia de la His toria d urante el tiempo qu e t uvo a su carg o la
Comisión d e la averig uación de las antigü edades de E spaña (1 754). ARAH Mss. 9/6 000; Ve lázquez de
Velasco, Luis Jo sé, Notic ia de l Viaje de Espa ña, hecho de o rden d el Rey. I de u na n ueva Historia G eneral d e
la Nació n desd e el tie mpo má s remoto h asta el añ o 15 16. Sac ada únicamente de los escri tores y monu mentos
origina les, y conte mporán eos. Con la Colección Univer sal d e estos mismo s e scritores y mon umento s
recogid os . Oficina d e D on Ga briel Ramírez (Mad rid 176 5); Velá zquez de Velasco , L uis J osé, Observac iones
del via je a Ex tremadura y Andalu cía y noticia de algunos pa sajes de escritores a ntiguo s . ARAH M ss.
9/41 18.
102
ciudad, y la recolección de medallas e inscripcion es y demás monumentos, t odo a costa del
Cuerpo
104
.
6.- Colección Li tológica o de las I nscripciones de España. Ideada en 1 750 por
Martín de Ull oa para el aborar su Tr atado de l a C ronología d e España , y en ella debían
colaborar los distintos aca démicos, r epartiéndose los autores que en su s obras portasen
inscripciones y lápidas antiguas para qu e se fueran ex tractando y así ir formando la
mencionada colección
105
, idea que fue aprobada por la Academia.
Sin embargo, esta ide a n o prosperó, y Pedro R odríg uez de Campomanes planteó
nuevamente esta propue sta en 1755 , limitándola esta vez exclusivamente a “ la colección
de ins cripciones, epitafios y otros letreros d e cu alquier tiempo, caráct er y lengua qu e s e
hallasen. L eyó asimismo un plan del modo de proce der en su ejecución y por comisión de
la Academia, el Sr . Gus seme for mó un catálogo de los AA, en que más comúnmente s e
encuentra esta clase d e memorias ”
106
. No obstante, su puesta en marc ha originó la
recopilación de numerosas cédulas litológicas, d esde las romanas hasta el si glo XV, que
fueron llegando a la Academia.
7.- Formación de la Bibliot eca de la Academi a. La incesante tarea de las
disertaciones y otros encargos de turno que se proponían o leían en las J untas, y la
necesidad de rectificar y puntu alizar estos t rabajos, llevó en 1751 a Martín de Ull oa y
Sousa y de l a Torre Guir al a la idea de formar una librería, empezando por una colección
de los escritores origin ales de n uestra historia , semejante a la que e n I t alia r ealizó
Muratori; otra de inscripciones y epitafios y finalmente ot ra de diplom as e inst rumentos
antiguos.
104
Huer ta, o p. cit . 7 ( 1796), XL; Trab uco y B elluga, M., Carta a Lo renzo Diegu ez sob re excav aciones
en la provinc ia de Málaga (1765). ARAH Mss. 11/82 37.
105
Ulloa y de la To rre Guiral, Ma rtín, Propo sición a la Aca demia sob re la forma d e o rganiza r una
colecció n c ompleta de In scripcione s de Espa ña , re cogida en las ASRAH 1 3.03 .1750 y 20.0 3.1 750, leída
posterio rmente en las ASRAH 02 .10.1750 y 0 9.10 .1750; Huerta, op. cit . 7 ( 1796), XLI; Almagro -Gorbea y
Maier, op. cit . 80 (2003), 4.
106
Rodríguez d e Campoma nes, P ., Representa ción a la Acad emia de la Histo ria sobre la formación de
una colección d e inscripciones (17 55) . FUE Cam po manes . Mss. 4-2; G usseme, T omás Andrés d e, Traza,
método y distribuc ión, para una Colección General de in scr ipcio nes an tiguas d e E spaña, con la Bib lioteca
de Au tores, qu e debe examinarse y co nsultarse p ara su fo rmació n (1 755). FUE Campomanes. Ms s. 4-1(1 );
Huerta, op. cit . 7, XL-XLII; Remesal Rodr íguez, “Epigra fía y p olítica en el siglo XV III. La inscrip ción
dedica da a Nerva hallada en Río T into ( CIL II 9 56)”. Florentia Iliberritana 9 (1998 ), 223; Abascal, J.M. y
Gimeno, H., Epig rafía Hispá nica ( Madrid 2000), 14; Almag ro-Gorb ea, M., “Campomane s. Un anticuario de
la I lustración”, e n Camp oman es y su tiempo (M adrid 2003) , 115 ; Canto de Gregor io, A., “El Co nde d e
Campomane s, ar queólogo y e pigrafi sta”, BRAH CC-I (20 03), 41 -50; Alm a gro Gorbea , M ., “Pedro Rod ríguez
de Ca mpomanes y las antigüed ades”, en A nes, G. (Coo rd), Camp oman es en su II Centenario (Madrid 200 3),
117 -159.
103
Figura 15
. Buró del
Numario del Siglo XVIII.
RAH
Figura 16
. Pedro
Rodrí guez de
Campomanes
8.- L a formación del Monetario o Museo Numismát ico . Su orig en s e halla en una
colección de medallas que poseía la propia academia, casi desde
su fundación, por la gen erosidad de algunos de s us miembros, y
cuyo número s e vio a crecentado por la don ación efectuada en
1751 por Fernando V I, de diversas monedas “ halladas en
distintas partes del Reyno a principios de aquel año ”, lo que dio
lugar a l a cr eación del denominado Gabinete Numis mático ,
origen del actual Gabinete de Antigüedades
107
.
Para colocarlas siguiend o al gún orden, se compró ( FIGURA
15 ) “ en fecha 6 de Agosto de 1751 un monetario pequeño, y
desde enton ces se acord ó recoger con i ncesante soli citud cuantas f uese po sible ”
108
. El
aumento de l as cole cciones de monedas, m edallas e inscripciones, hiz o que la A cademia
crea s e, el 16.09.1763
109
, y a propuesta d el Director, el car go de Anti cuario , cargo
específico encargado de la custodia del monetario.
3.- 1765-1792: La direcc ión de Pedro Rodríguez de Cam pomanes y
Pérez de Sorribas.
A la muerte d e Agustí n de Montiano y Lu y ando, en Noviembre de 1764, fue
elegido, por mayoría, como Director de la institución Pedro Rodrí guez de Campomanes y
Pérez de Sorribas ( F I GURA 1 6 ) que permanecería en el cargo de
forma interrumpida, debido a s ucesivas reelecciones, hasta su cese en
Diciembre de 1791. Entre las voces reti centes al nombramiento, s e
encontraba José M anuel Domín g uez, académico fundador y Abo gado
de l os Reales C onsejos, que defendió la n ecesidad de que la Re al
Academia de la Historia , a im itación de l a Real Academia de Bellas
Artes de S an Fernando, tuviera un Presidente perpetuo , y p ara ello
propuso al Marqués de Grimaldi para dicho cargo
110
.
107
Almagro G orbea, M. , “El G abinete de Antigüeda des d e l a Real Acade m ia d e la Histo ria. Pasado,
presente y futuro”, en El Gab inete de Antigü edades de l a Real Academia d e la Historia (Madrid 1 999), 1 5-
173.
108
Huerta, o p. cit. 7 (1796) , CIV-CVI.
109
ASRA H 16.09 .1763; cfr. Huerta, op. cit . 7 (1796), CVI.
110
Velasco M oreno, op. cit . 1 39 (2000), 83 .
104
Con la definitiva elección de Campomanes, se consoli dó l a opción continui sta de
colocar en l a di rección del in stituto a un p ersonaje destacado den tro del aparato
institucional de la monarquía, lo que sin duda contribuyó a consolidar la institución dentro
del contexto cultural de la época.
Su labor al frente de la institución supuso algunas transformaciones en el organigra ma
de la institución y un im portante impulso a los pro y ectos hasta entonces vi ge ntes, como el
Tratado de la Cronol ogía , y a la adopción d e nuevos proyectos.
Por el Real Decreto de 29 de Abril de 1770 s e cr eó l a categoría de los Académicos
Correspondientes . En la exposi ción enviada a Carlos III el 23 de Ma y o de 1770,
justificando la necesidad de crear l a nueva c ategoría con las siguientes palabr as: “ el
reconocimiento de un a rchivo, el examen de una inscripción original, la inspecc ión de una
fábrica ant igua, o de algún f ragmento de arquitectura Gri ega, Romana o Gótica, y la
descripción topographic a de un pueblo no son in vestigaciones accesibl es a un Literato
establecido en la Co rte, y solamente pued en hac erse sobre el teatro en que s e hallan estos
monumentos ”
111
.
Con este nuevo cargo, s e creó una red de colabo radore s que, distribuidos por toda la
geografía nacional, proporcionaron a l a Ac ademia las noticias y los documentos
procedentes de archivos y bibliotecas, que necesitó pa ra la realización de los nuevos
proyectos que pensaba abordar.
Los principales proyectos abordados durante este período son los siguientes:
1.- Censuras . A partir de 1770, el Consejo de C astilla solicitó de la A cademia la
elaboración de los inform es sobre las censuras d e obr as que inclu ye sen las materias de s u
referencia
112
.
2.- Disertaciones Históricas , continuaron desarrollándose en el seno de las J untas,
si bien en A gosto d e 17 66 se adoptó el acu erdo según el cua l los Académi cos debía l eer
anualmente “ seis Diserta ciones sobre el asunto que cada uno se propus iese, presentando
antes la idea de la que intentase extender, por cuyo trabajo se ofre cía un premio, despu és
de revisada y aprobada por el Cuerpo ”
113
.
111
Almagro-Go rbea, op. c it . 172 (2003 ), 121; Velasco M oreno, op. cit . 139 (2000), 152 -154.
112
Fernández D uro, C., “ Catálogo suci nto de o bras m anu scritas, p edida s p or el Consej o a la Real
Academia de la Histor ia ant es de acord ar las lice ncias de impresión”. BRAH XXXV (189 9), 367-434;
Velasco Mo reno, o p cit . 139 (2000), 217-268.
113
Huerta, o p. cit . 7 (1796), XXXIII.
105
3.- Proyecto de Medallas e Inscripciones Árabes , coordinado por Mi gue l Casiri de
Gartia
114
, monje sirio maronita, que desarrollaba su labor en la Real Biblioteca.
El pro y ecto no es un a in iciativa aislada, y a que e staba relacionado con o tro pro yecto
similar desar rollado por la Real Academia de San Fernando , en el que también participab a
el propio Casiri, como traductor de las insc ripciones. En esta labor, desarr ollada entre 1767
y 1784, participaron Ignacio de Hermosilla y Sa ndoval, José Cevallos y Rui z de Varg as y
Francisco José de Santiag o y Palomares, que recogieron materiales numis máticos y
epigráficos, procedentes de Granada, Sevilla y Có rdoba
115
.
4.- Diccionario Geográfico de España . La idea de publicar un diccionario que
reuniese la descripción topográfica d e la península durante el dominio de los romanos,
godos y árabes, no era una idea nueva, y a que estaba contemplada en los es tatutos de 1738.
Pero ante l os continuos retrasos, que sufría la ob ra, Campomanes dictó una instrucción
en 1772
116
, en la que se esta blecía una guía para la elaboración del proy ecto, comenzando
la Academia a recoger cuantas noticias y papeles e xistiesen sobre esta temática.
Gracias a la posición de C ampomanes dentro del organi gr ama bu rocrático, la
Secretaria de Desp acho de Hacienda facilitó los Censos de Aranda (1768) y Floridablanca
(1787), el C atastro de E nsenada (1752) y las Rel aciones Topo gráficas de Felipe II (1575-
1577).
También se adquirieron libros impresos y m anuscritos que hablaban de l as historias y
descripciones p articulares de pueblos de España. Se dio comi sión a l os académicos
correspondientes, a los gobernadores y p relados d e provincias, enviándoles interrogatorios
impresos, para que remitiesen las descripciones de sus localidades, las his torias y m apas
que hubiese en cada una, ofreciéndose la Academia a costear los gastos.
5.- C olección Litológica o de las Inscripciones d e España. L a A cademia continuó
realizando su pro y ecto de colección d e inscripciones, extractando la inf ormación de los
trabajos que “ guarda en sus archivo: noti cias inéd itas y curiosas de varia s antigüedades,
descripciones de monum entos, int erpretaciones de inscripciones, ya romanas ya góticas ya
árabes, descubiertas en nuestro suelo o nuevamente re conocidas o explicadas por
114
Sobre Casiri, véase Bre ydy, M., Mich el Gha rcieh al-Gha ziri, orientaliste liba nais du XVIIIe. siècle
(Harissa 195 1), y so bre los trab ajos del mismo la obr a d e M assad, P., “Casiri y u no d e s us estudios inédito s”.
BRAH CXLIV (195 9), 15-47.
115
Huerta, o p. cit . 7 (1796), XLIX-L I.
116
Rodr íguez d e Campo manes y Pér ez de Sorrib as, P edro, Instrucc ión p ara fo rmar el D icciona r io
Geográ fico acordado por la Real Academia de la Historia en la Junta de 3 d e enero de 1772, que se ha de
106
individuos suyos o por ot ras personas erudit as y celosas que las remitieron al Cuerpo
desde las provincias ”
117
.
A partir de este moment o comienzan a recibirse numerosas not icias de h allazgos de
inscripciones, romanas, godas e islámicas, encontradas en diversos punt os de Andalu cía:
Sevilla, Vejer d e la Front era , Montoro, Utrera, Puerto de S anta María, Montil la, Cortes de
la Frontera, Antequ era, etc. En este apartado, habría que desta car a l os informantes Luis
Germán y R ibbón, J osé C evallos, Tomás André s de Gusseme y C ándido María Trigueros,
miembros todos de las Academias de la Historia y de la Sevill ana de Buenas L etras.
6.- Colección Nu mismática . Durante este período la colección de monedas y
medallas sufrió un importante aumento, lo que hizo nec esaria la catalogación de las piezas
que la conformaban, para lo que C ampomanes, r edactó, en fecha 19 de Agosto d e 1791 ,
unas Observaciones hec has por el Sr . Director para la f ormación del Catál ogo de l as
monedas que conserva la Academia , y con formó u na Comis ión, constit uida por él mismo y
los académicos J osé d e Guevara y Vasconcelos , en su calidad de Anticuario, J osé
Banqueri, José Cuenca y Antonio de Capmany y Montpalau, Secretario de la Academia,
para clasificar el monetario exist ente
118
.
La polémica su rgida por las excavaciones re alizadas por Juan de Flores y Oddouz en
la antigua Alcazaba d e Granada, también tiene su reflejo en la do cumentación conservada
en la Ac ademia, donde existe un Cuaderno de Inscripciones, m uchas d e ellas reputadas
como falsas con posterioridad, que el propio J uan de Flores
119
remitió a la Academia, en
la que también hallamos l a obra realizada por Tomás Andr és de Gusseme
120
desacreditando los descubrimientos realizados.
Sobre excavaciones a rqueológicas realizadas en este período, tenemos not icias de las
realizadas en la Fábric a de Tabacos de S evilla
121
en la que se encontraron diversas
distribuir en tre los Seño res Académ icos, pa ra q ue con uniformida d se dediqu en a cumplir su repartimiento
(Madr id 1772). ARAH. Mss. 11 /8035.
117
Huerta, o p. cit . 7 (1796), XLIV.
118
Almagro-Go rbea, M ., op . cit . 172, 111 -113.
119
Oficio de fecha 28 .01. 1760 remitido p or J uan de Flo res y O ddouz a Agustín d e Mont iano y Luyando.
ARAH C AI-GR/9/393 9/1.
120
Gusse me, To m á s Andrés, Desco nfianza s críticas sob re algu nos mon umento s de antigü edad, que se
supon en descub iertos en Gra nada en la s excavac iones de su Alcaza ba d esde el año 1753 (Sevilla 1760 ).
121
Oficio de fecha 1 3.09 .1762, remitido po r Tomás Andrés d e Gusseme a la Real Acade mia de la
Historia. AR AH CAI-SE /9/394 0/12.
107
inscripciones romanas, o l a excavación en la necrópolis dolménica descubierta en Tabernas
(Almería)
122
.
En este punto debemos llamar l a atención sobre la ausencia de noticias de l as
excavaciones llevadas a cabo po r Francisco de Bruna y Ahumada en el y acimiento de
Itá lic a, pese a haber ingr esado como académico honorario en 1769, y de cu y a im portancia
sabemos a través de las noticias transmitidas por Antonio P onz y Fran cisco Pérez Bayer.
También en este período surge el interés por averiguar el emplazamiento de Munda y
del lug ar del enfrentamiento entre Juli o Césa r y los hijos de Pom peyo. L os tra b ajos,
realizados a partir de 178 9 p or el Teniente Coronel de Ingenieros Domi ngo Belestá, debían
recoger to do lo que “ exista de antigüedad ”, como “ edificios, arquit ectura, cementerios,
esculturas, i nscripciones en lápi das, monedas, medallas, armas y demás monumentos
pertenecientes a una ciudad romana, y los que hu bieren trasladado a otra parte ”
123
.
A raíz de este trabajo y de los escasos resultados obtenidos, se ge n eró un a polémica y
un amplio debate entre los intelectuales del momento acerc a de la ubi cación de la antigua
Munda
124
.
4.- 1792-1808: Los nuevos es tatutos y la Cre ación de l a Sala de
Antigüedades
.
Durante este período t enemos como directores a Pedro de Gón gora y Luján, Duque
de Almodóvar, a Vicente M aría de Vera, a F ranc is co Martínez Marina y, nuevamente y por
un corto período de tiem po, a Pedro Rodrí guez de Campomanes y P érez de Sorribas, con
lo que se rompe la norma hasta entonc es vigente de reelecciones anuales de los
presidentes.
La Academia, en su dese o de adapta rse a las nuevas necesidades, procedió a reformar
sus estatutos , que y a se habían quedado un poco anticuados para la realiz ación efectiva de
sus tareas. En esta modif icación estatutaria, los a cadémicos Gaspar Melch or de Jovellanos
y J osé Vargas Ponce, jugaron un importante p apel. Así , tras u n estudio minucioso de la
122
Car ta d e fecha 04.06 .1774, remi tida po r Felipe Gómez Corb alán a P edro Rodríguez de Campo m a nes.
ARAH C AAL/9/794 4/1(1 ).
123
Oficio de 1 0.04.1790, remitid o por Domingo Belestá al Co nde de Florid ablanca. ARAH C AMA
9/7962/ 2(8).
124
ARAH. Ms s. 11/8 331.
114
que pueden d etenerla en el camino de l a verdad ”
151
. O en estas otr as pronunciadas por el
canónigo Martín Alberto de Carvajal y López el 01.06.1753: “ ¡Y qué hazaña más ilustre y
que más ennoblezca el carácter del estudi oso que emplear sus tareas y f atigas en la
empresa gloriosa de investigar la verdad! ”
152
.
Para lograr sus objetivos, el a rtículo 30 de los estatutos, disponía que “ tod as las obras
de la Academia, despué s de leídas en ella, h abrán de pasar a los Re visores [C ensores],
para que estos las reconozcan, revean y examinen, censuren l o que h allaren digno de
reparo; adviertan lo que no vaya conforme con las más bien recibidas opiniones, y los
defectos o errores que encontrasen ”
153
.
Los obj etivos y métodos de la Real A cademia Sevillana de Buenas Letras se inspi ran
en “ los de las demás aca demias europeas, especial mente en la de Inscrip ciones de Paris ”,
y a que ambas tenían la misma finalidad, con tribuir “ al honor de la Nación , [ a] la
ilustración de la Patria, y adelantamiento de sus Buenas Letras ”
154
.
Aparte de su s emejanza a la Académie des Ins criptions et Belles Lettres (Paris), la
Sevillana de Buena s Letras t ambién tuvo una estrecha relación con la Real Acade mia de la
Historia , de la que copió sus estatutos, reglamentos y cargos. Prueba de el lo fue la rápida
admisión, como académico, de su director Agustín de Montiano y Lu y and o
155
.
También tenía relaciones con diversas academias it alianas, y eran conoc edores d e su
modo de funcionamiento, gracias al viaje re alizado por el fundador Francisco Lasso de la
Vega
156
. Tuvieron relación con la Academia Vale nciana fundada en 1 743 por Gregorio
Mayans, quien remitió a J osé Cevallos y Ruiz de Vargas, otro de los fundador es, una “ idea
de la Academia que vmd. quiere ”, ante su s olicitud de una copia de las estatut os o
“ constituciones académicas ” de la de Valencia
157
.
No nos extendemos aquí sobre la vida interna de la Academia, ni sobre las diversas
categorías y atribuciones de sus miembros, así como de sus cargos diri gentes, q ue fue ron
151
Oración Gratulato ria de J osé Rodríguez Go nzález d e 15.0 2.1771. ARASBL. To m o X . M ss. 25-1-12;
Aguilar P iñal, op. cit . 207 ( 1966), 193.
152
Carvaja l y López, M artín Alberto de, Disertación sob re la s V entajas que pu ede sa car la religión del
buen uso de la Crítica . ARASB L. Mss. 25-1-4. Aguilar P iñal, op . cit . 207 (1966), 19 4.
153
Estatuto s , op. cit . 218 (1772 ); Aguilar Piñal, o p. cit . 207 (1966), 195 y 292.
154
MemRASe villa Tomo I ( 177 3), I V; M ora, G., “Las Academias españolas y la arqueología e n el siglo
XVIII: el m od elo fra ncés”, en M ora y Díaz- Andréu, op . cit . 12 8 (1997) , 40 .
155
Aguilar P iñal, op. cit . 207 (1966), 119 -122.
156
Aguilar P iñal, op. cit . 207 (1966), 41 y 78.
157
Carta de Gregor io Ma yans y S iscar a J osé de Cevallo s y Ruiz d e Var gas, fechada e n Oliva el
29.1 1.1749 y Carta de Gr egorio Ma y a ns y Siscar a Jo sé de Cevallos y R uiz de Vargas, fechad a en Oliva el
20.0 6.1750, BN Mss. 103 50; cf r. Aguilar P iñal, op. c it . 207 (196 6), 78-79.
115
copiados de la Real Academia de la Historia, tem as todos ellos que han sido perf ectamente
estudiados por Francisco Aguilar Piñal.
Si haremos mención a la ca te gor ía a la que pert enec ie ron los principales personajes.
Aparte d e los fundadores, i ntegraron la categoría de Numerarios va rios personajes d e l a
vida política local y n acional y e ruditos de reconocido mérito, como Montiano o P érez
Bayer, quienes ingresaron directamente en esta categoría.
Otros alcanzaron la con sideración de Numer arios tras ingresar como Honorarios y
pasar por los Supernumerarios, como el médico Antonio Santaella y Cá ndido Trigueros,
Sebastián de la Tejera y Rios oto, Jo aquín Cid y Carrascal y Ba rtolomé Cabello,
pertenecientes al estamento eclesiástico.
Otros ingresaron en la c ategoría de Hono rarios, y poste riormente p asaron a la de
Supernumerarios, como son Tomás Antonio S ánchez, J uan Pablo Forner, Alberto L ista y
José María Blanco y Crespo.
Otros solamente pertenecieron a l a c ategoría de Honorarios, como Guill ermo T yrry,
Bernardo de Estrad a, Tomas Andrés de Gusseme, Manuel Trabuco y Belluga, J osé Nicolás
de Azara y P ere ir a, Fernando J osé L óp ez de Cárdenas, Tomás López de Vargas, Antonio
Capmany y Montpalau y Tom ás González Carvajal, por citar sólo algunos ejemplos .
Si nos interesa, por el cont rario, la extracción soci al de sus miembros, procedentes de
diversos ámbitos políticos y sociales:
- el grupo más numeroso de académicos proced ía de la vida religiosa, y como
muestra basten los eje mplos de Fernando J osé L óp ez de C árdenas, Cándido María
Trigueros de Lara o Antonio J acobo del B arco y G asca
158
;
- de la v ida política local procedían Pedro Lópe z de Lerena, Asistente de S evilla, y
Francisco de Bruna y Ahum ada, Oidor Deca no d e la Audiencia de Sevilla;
- de la vida polí tica n acional procedían J osé Moñino, Conde de Floridablanca,
Pedro R odríguez de Ca mpomanes, Gaspa r Mel chor de J ovellanos o Manuel de Godo y ,
Príncipe de la Paz;
- miembros de la clase media o bu rguesía, como L ivino Leyrens y Peellart, Tomás
Andrés de Gusseme o Antonio S antaella.
158
B eltrán Fo rtes, J., “El estam ento ecle siástico en la histor ia d e la Arqueolo gía e spañola de l Antiguo
Régimen (si glos XVI- XVIII) ”, en Beltrá n Fortes, J. y B elé n Deamos, Mª (Eds.) , El Clero y la Arqu eolog ía
Españ ola (Sevilla 200 3), 24-27.
116
- miembros de ot ras inst ituciones, como Agustín de Montiano y Lu y ando, Tomás
López d e Var ga s M achuca o Antonio de C apmany y Montp alau, pertenecientes a la Real
Academia de la Historia.
- personas que se habían distinguido por su erudición y po r diversos trabajos
relacionados con los te mas objetos de estudio de la Academia, como Guillermo Tyrr y,
Marqués de la Cañada, Tomás Andrés de Gusse me, Fr ancisco Pérez Bay er o J uan Pablo
Forner.
De la extracción social de sus miembros, puede decirse que la protección real con que
contaba la Academia, actúo como un imán para las clases sociales más elevadas de S evilla,
que rápidamente quisi eron milit ar en sus fil as, a pesar de que su aporta ción, salvo contadas
excepciones, a la vida intelectual de la Academia fue siempre bastante esca sa.
De entr e la nómina de l os miembros de l a Acad emia, quisiera res altar la ausencia de
dos personalidades importantes en la S evilla de la segunda mit ad del XVIII, uno en el
ámbito civil y otro en el ámbito eclesiástico.
En primer lu gar, Mi guel de Espinosa Maldonado de S aavedra y T ello de Guzmán,
Conde del Águila, un a de las personas más i nflu y entes d e la ciudad , y po seedor de
colecciones numism áticas y de u na im portante bibl ioteca de m anuscritos, nunca l legó a
formar pa rte de la A cademia, pese a las gestion es realizados para ello, y del importante
papel que ju gó en la fundación de la i nstitución y, po steriormente, en el desarrollo de su s
labores, al prestar su gran bibliot eca p ara qu e l os mi embros de la Academia pudieran
consultar manuscritos y obras.
En s eg undo lugar, tamb ién cabría destacar la a usencia en la inst itución d e Patricio
Gutiérrez Bravo, suj eto de importante erudición, poseedor de una importante colección
numismática, y que nunc a llegó a pertenecer a la ins titución, a pesar de remitir ejemplare s
de sus obras a la Academia en Septiembre de 1764
159
y el 22 de Noviembre de 1771
160
.
Los mi embros de la Real Academia debían exp oner, seman almente, un tema ante el
resto de sus compañeros, que lu ego debían ser sometidos a censura. Para es as
159
LASRAS BL, Acta de Septie m bre de 176 4: “
El Sr. Gutiérrez Bravo, Don Patricio (Cura del Arahal), lee la
Disertación Noti cia Geográfico-H istórica de una In scripción Rom ana, descubierta en el término de la Vil la del Araha l
”.
160
LASRAS BL , Acta d e 22 .11.1771 : “
El Sr. Leyrens como Secretario dio entrada a un Pape l nuevamente
impre so en es ta Ciudad intitulado La Antigua Saepona Restituida a s u v erdade ro sitio, que lo envía el Sr. Don Patricio
Gutiérrez Bravo- Cura del Arahal
”.
117
exposiciones, optaron por las di sertaciones , especie de tratados científic os o eruditos en
miniatura, de carácter monográfico y , preferentemente oral
161
.
La temática trat ada en la s disertaciones fue mu y variada
162
, si bien una pequeña parte
se han conse rvado hasta el mom ento presente en el archivo de l a instit ución, continuando
en la actualidad in éditas. Muchas de ellas, dada lo int eresa nte o la actualidad de su estudio,
fueron l eídas en numerosas ocasiones, i ncluso d espués del fallecimiento de su autor, como
son los ejemplos de muchas disertaciones de Livino I gnacio Le y rens.
Estas dis ertac ion es e ran expuestas cuando el indi viduo era admitido como miembro de
la Academia, o bi en a requerimi ento de ésta. L a A cademia, orientó i nicialmente sus
estudios hacia l os temas relacionados con la Historia Eclesiástica, debido a la
preponderancia de miembros procedentes de este estamento, y por s er tambi én las personas
más instruidas.
A partir de l a publ icación del primer tomo de las Memorias L iterarias , en 1773, se
produce un a profunda inflex ión en l a orienta ción de las dise rtaciones, pues casi todas se
centran en los aspectos de historia civil y , ya c asi al final del XV III, en la aparición de un
importante número de d isertaciones r elativas al mundo de las antigüe da des. J unto a ellos
también ha y exposiciones relativas a temas médic os o científicos.
Al objeto del presente t rabajo, los temas que n os interesan pued en dividirse en los
siguientes apartados:
1.- Historia Eclesiástica : a este grupo p ertenecen, ma yor itariam ente, las
primeras disertaciones ex puestas en la Academia. En este apa rtado, se encuentra una
temática variada que a barca las materias doct rinales, la disciplina e clesiástica y l a
investigación histórica.
Sin embargo, la aparición de la obra del Padre Flórez, sobre la I gl esia de Sevilla, en la
que negaba la primacía de la sede episcopal hispal ense, produjo un fuerte rechazo entre los
miembros de la i nstitución, que rápidamente abordaron esta temática en numerosas
ocasiones
163
.
161
Álvarez d e Mirand a, P ., “Ensa y o” , en Aguilar Piñal, op. cit . 1 ( 1996), 296; Sánchez-Blanco, Fco.,
“Las pri meras disertacione s de lo s académicos se villanos”, en Re yes y Vila, o p. cit . 218 (200 3), 189-208 .
162
Aguilar Piñal, op. cit . 2 07 (1 966), 319-337 ; Carracedo , Mª. T ., Disertacio nes leíd as en la Real
Acad emia Se villana de Bue nas Letras: 1751 -1874 (Sevilla 197 4).
163
Flórez, op. cit . 1 9, Tomo IX (M adrid 1752); c fr. Ag uilar Piñal, o p. cit . 207 (1966), 254-258 .
118
A este apar tado pertene cer ían las siguientes disertaciones: Primacía de la Iglesia
Sevillana de Alonso Carrill o Aguilar
164
; La venida y predicación de Sant iago en España
de Francisco de Paula Barquero
165
; El primer si glo de la Iglesia de Luis Germán y
Ribbón
166
; La venida del após tol San Pablo a E spaña de Miguel Sánchez L ópez
167
;
Estudio del C oncilio Niceo de Francisco de Paula Barquero
168
; La obra del Padre Flórez
de Luis Germán y Ribbó n
169
; Ant igüedad del templo de San Nicolás d e F rancisco La sso de
la Vega
170
; L egitimidad del título de Patriarcal que usa la Catedral de Sevilla de Di eg o
Alejandro de G álvez
171
; Local pr imitivo de l a Catedral de Sevilla de Luis Germán y
Ribbón
172
; Sobr e las reliquias del Sacromonte de Crist óbal Medina C onde
173
; L a religión
de los antiguos españole s de Cándido M aría Trigueros
174
; Memoria sobre las deidades de
la antig ua España de Cándido María Trigueros
175
; Los fal sos cronicones por Antonio
Jacobo del Barco y Gasca
176
; Habitantes anti diluvianos de España por Antonio Jacobo del
Barco y Gasca
177
y la dis ertación titulada Antigüeda d de la Religión cristiana en Españ a
Antonio J acobo del B arco y Gasca
178
.
2.- Historia P rofana : en este apa rtado, s e dise rtaron sobr e los siguient es temas:
La población de España de Livino Ig nacio Leyrens y Pe ellart
179
; Noticia h istóri ca de la
Torre de Quatroavitan de Alonso Carrillo y A guilar
180
; Sobre la utilidad de la Histori a de
Marcos Keating
181
, y la dis ertación titulada Compendio de los Anales d e Zúñiga por L uis
164
LASRAS BL , Acta de 23.04.1 751.
165
LASRAS BL , Acta de 14.05.1 751.
166
LASRAS BL , Acta de 02.06.1 751.
167
LASRAS BL , Acta de 11.06.1 751.
168
LASRAS BL , Acta de 15.10.1 751.
169
LASRAS BL , Acta de 11.01.1 754.
170
LASRAS BL , Acta de 18.01.1 754.
171
LASRAS BL , Acta de 23.09.1 757.
172
LASRAS BL , Acta de 04.11.1 757.
173
LASRAS BL , Acta de 08.02.1 760.
174
LASRAS BL , Acta de 02.10.1 767.
175
LASRAS BL , Acta de 23.1 0.1767.
176
LASRAS BL , Acta de 09.0 1.1794
.
177
LASRAS BL , Acta de 22.0 5.1794
.
178
LASRAS BL , Acta de 23.1 0.1767
.
179
LASRAS BL , Acta de 17.0 3.1752
.
180
LASRAS BL , Acta de 09.1 2.1752
.
181
LASRAS BL , Acta de 22.0 6.1759.
119
Germán y Ri bbón
182
, ex pue sta nuev amente, t ras la muerte de su autor
183
, baj o el t ítulo
Adición a los Anales de Sevilla de Zúñiga de Luis Germán y Ribbón
184
.
3.- Geogra fía Histórica : la ubicación geográfica de l as localidades mencionadas
por los autores grecorromanos, así como su id enti ficac ión con las ciudad es actuales fue
uno de temas más tratados por los miembros de la Academia.
Esto no era una cuestión nueva, y a qu e esto er a uno de los temas tratados en los
trabajos de erudición re alizados en el Renacimiento y en el Humanismo, y baste solamente
el ejemplo de la obra de Rodri go Caro
185
, con quien los académicos se sentían mu y
identificados y continuadores de su obra.
Los principales trabajos en este área fueron l os si guientes: Elementos d e Geografía de
José Cevallos Ruiz de Vargas
186
; Disertación preliminar para la Geografía de J uan
Sánchez R eciente
187
; Situación de la antigua C arcesa de Fra y Juan de Cuenca y
Romero
188
; Necesidad de l a Geografía para la Histor ia de Manuel d el Olmo
189
; Sobre el
sitio de la antigua T artessos de L ivino Ignac io Ley re ns y Peellart
190
; Antiguos Pueblos de
la Beturia C éltica de Manuel Trabuco y Bel luga
191
; Reflexiones geográfi cas sobre
antigüedades de l a Bética de Tomás Andrés de Gusseme
192
; La voz Poley aplicada a la
villa de Aguilar por F ernando José L ópez d e Cárde nas
193
; El Tars is de las flotas de
Salomón por Antonio J acobo del Barco y G asca
194
; L a antigua ciudad de Canaca, en l a
182
LASRAS BL , Acta de 10.0 3.1764.
183
LASRAS BL , Acta de 19.0 9.1783.
184
Ger m án y Rib bón, Luis, Crónica de Sevilla d e 17 56 a 1783 (Sevilla 17 83). AMS Secció n IX, Tomo
14( 4º)/1 y 14(4º )/3.
185
Caro, R., A ntigüed ades y princip ado de la ilu strísima ciuda d de Sevilla y Cho rografía de su
conv ento jurídico o antigu a Chancillería ( Sevilla 1634 ).
186
LASRAS BL , Acta de 28.0 4.1751.
187
LASRAS BL , Acta de 28.0 4.1752.
188
LASRAS BL , Acta de 18 .04. 1755; Cuenca Ro mero, Fr ay Juan de, Di sertación sob re la situa ción de la
antig ua Carcesa (Se villa 1755 ). ARASBL, T omo V Diserta ciones (fol s. 241 -258).
189
LASRAS BL , Acta de 26.0 9.1755.
190
LASRAS BL , Acta de 18 .11.1757 ; Leyrens y Peellar t, Li vino, Dise rtación sobre el sitio mod erno d e la
antig ua Tartessos (Sevilla 17 57). ARASBL T omo II Disertaciones (fols. 1 41-14 9) y AMS Secció n XI, To m o
14( 4º)/6.
191
LASRAS BL , Acta de 20.01 .1758; T rabuco y Bellu ga, Manu el, Disertació n sob re antiguo s pueb los de
la Bética Céltica (M álaga 1758) . ARASBL T omo VI Disert aciones (fols. 1 -8).
192
LASRAS BL , Acta de 11.0 6.1762.
193
LASRAS BL , Acta de 22 .09.1764; López de Cárdenas, Fernando Jo sé, Disertación sobre el no mbre de
Polei, aplicado a la villa d e Aguilar (M ontoro 1764). ARASBL T omo VIIII Disertaciones (fols. 20 6-208) .
194
LASRAS BL , Acta de 13. 10.1775; Barco y G asca, Antonio J acobo del, Problema histó rico geo gráfico
sobre si fue la B ética el Tarsis de las flo tas de Salomó n (Huelva 17 75). ARASB L T omo XI Di sertaciones
120
Turdetania por Antonio J acobo del Ba rco y Gasca
195
; Sobre el s itio de la antigua Asido
Cesarina, deducido por una inscripción hal lada en Medina Sidonia de Joaquín del C id
Carrascal
196
; La Beturia vindicada por Mi gue l Ignacio Pérez Qui ntero
197
; Tarsi s por
Antonio J acobo del Barco y Gasca
198
, y la r electura de la disertación Sobr e el Retrato
Natural y políti co de la B ética por Antonio J acobo del B arco y Gasca
199
.
4.- Epi grafía : las i nscripciones eran uno de los temas f avoritos de lo s eruditos
desde el R enacimiento, y la Academia no fue ajena a este tema, que tanto entroncaba con
lo que se entendía po r anticuario, es de cir, una persona entre ga do a col eccionar objetos
antiguos, más por su valor documental que por su valor estético.
Entre los miembros de la institución ex istían personalidades mu y v ersadas en cuento a
epígrafes griegos, romanos, púnicos y h ebreos, pero, al igual que en el resto de las
instituciones culturales, muy pocas personas val orara n los epí grafes islá micos, y entr e los
académicos sevillanos, se interesa por ellos José Cevallos y Ruiz de Vargas.
Además, va rios de los m iembros de la A cademia Sevillana, como Li vino Ignacio
Ley r ens o José del Hierro, estuvi eron en cont acto con los principales eruditos de la
epigrafía esp añola y and aluza, mientras que otros, como el propio Livino Ignacio Leyrens
o Luis Germán y Ribbón, prestaron a Luis José Velázquez de Velasco para la realización
de su Vi aje Oficial. Otros, sin embargo, i nformaron a la Academia de l a Historia de la
(fols. 42 -70); cfr. Fo mbuena Filp o, V., “Antonio Ja cobo del Barco : las Casitérides”, en Ga scó, F. y Beltrán, J.
(Eds) La Antigü edad como Argumen to I I. Historiografía d e Arqu eología e Historia Antigua en Andalu cía
(Sevilla 199 5), 201-227.
195
LASRAS BL , Acta de 06.0 2.1764.
196
LASRAS BL , Acta de 04.0 6.1790; Cid Car rascal, Jo aquín, Disertació n so bre e l sitio de la antigu a
Asido Caesarina , ded ucido de una inscripció n halla da en Med ina S idonia (Sevilla 17 90). ARASB L To m o
XV Disertacio nes (fols. 1 64-175 ).
197
LASRAS BL , Acta de 05.1 0.1792; P érez Quintero, Miguel I gnacio, Dise rtación sob re la B eturia o
ilustración c rítica de su tie rra, co n la notic ia de algu nas d e sus ciud ades (Sevilla 1 792). ARASB L T omo
XVI Disertac iones ( fols. 52 -118 ); Pé rez Quintero, M iguel I gnacio, La Beturia v indicad a, o ilustración crítica
de su tierra, con las no ticias d e a lguna de sus c iudad es e islas (Se villa 17 94). Imprenta de Vázquez y
compañía; cfr. Lara Ró denas, M .J. de, Un h eterodo xo en la Hu elva de la Ilustrac ión: Miguel Ignacio Pérez
Quintero (Huelva 199 5).
198
LASRAS BL , Acta de 14.0 2.1794.
199
LASRAS BL , Acta de 31. 03.1797. La obr a fue or iginariamente e scrita en 176 2, cfr. Barco y G asca,
Antonio Jaco bo del, Retrato a l natu ral y político de la Bética antig ua, o colec ción curiosa de los má s
célebres testi monio s y pasaje s de los a utores geógra fos antiguo s que habla n de esta p rovincia (Sevilla 17 62) .
Las acta s hace n refere ncia a l a ed ición de 179 7 por p arte de la Sociedad Pa t rió tica Sevillana, c fr. B arco y
Gasca, Antonio Jaco bo del “Retrato al natural y político de la Bética antigua, o colección curiosa de los más
célebre s testimonios y p asajes de lo s autores geó grafos antiguos q ue hab lan de esta pr ovincia” Memo rias d e
la So ciedad Pa triótica de Sevilla II ( 1797), I-CLIX; Fom buena Filpo, V., “ Antonio J acobo d el Barco: un
clérigo andaluz d el siglo XV III ”, en Be ltrán y Belén, op . cit . 2 29 (20 03), 33-48
121
aparición de div ersas inscripciones, como s on l os casos d e Luis Germán y Ribbón
200
,
Tomás Andrés de Gusseme
201
o Cándido María Trigueros
202
.
La s p rincipales disertaciones pertenecientes a est e apa rt ado son las siguientes: La basa
descubierta en Sevill a con dedicatoria al Emperador Flavio Val erio Constancio de
Francisco Lasso de la V ega
203
, Versión de la lápida hebrea del sepulcro de S an Fernando
de Tomás Antoni o Sánchez
204
; Explicación d e un monumento hal lado en el Palacio de
Medinaceli de Livino I gn acio Ley rens y Peellart
205
; Sobre una lápida plúmbea descubierta
en Granada de Cristóbal Medina Conde
206
; Nuevas inscripciones descubiertas en Granada
de Juan de Flores y Oddou z
207
; Sobre una inscri pción mitológica de Cándido Maria
Trigueros
208
; Desconfianzas críticas sobre monumentos descubiertos en la Alcazaba de
Granada de Tomás Andrés de Guss eme
209
; Inscripción romana hall ada en Alcalá del Río
de Sebastián Antonio de Cortés
210
; Interpretación de una inscripción hebrea de la Puerta
de la Campani lla, en la Catedral de Sevilla , por Cándido María Tri gueros
211
; Una
200
Ger m á n y R ibbó n, Luis, In scripcion es de Sevilla env iadas po r D. Lu is Germá n y Ribó n y D. J osé
Cevallos a la Aca demia de la Historia . ARAH. Mss. 9/39 40.
201
Gusseme, T o m ás Andrés d e, Dos inscr ipcion es remitida s a la Aca demia d e la Histor ia . ARAH. M ss.
9/3940 .
202
Tr igueros d e Lara, Cá ndido Ma ría, Copia de lá pidas e inscripcio nes roman as, entre e llas u na del
Municip io Mun iguense y o tr as d e la B ética . ARAH Ms s. 9 /3940; T rigueros de Lara, Cándido Ma ría,
Inscripcio nes qu e se ha llan en varios p untos de Esp aña . ARAH Ms s. 9/605 7
.
203
LASRAS BL , Acta de 10.1 1.1752 ; Lasso de la Ve ga, Franc isco, Lección sobre un a inscripción antigua
de dedic ación de estatu a (Sevilla 1 752) . BN Mss. 2 028 7(18 y 40) ; Lasso de la Vega, Fr ancisco, “Extrac to d e
la diser tación e scrita co n m o tivo de una inscrip ción a ntigua de scubierta en Sevilla (10 de Novie m bre d e
175 2), a Flavio Valer o Constancio” MemRASe villa I ( 1773), 67 -96.
204
LASRAS BL , Acta de 12.0 1.1753.
205
LASRAS BL , Acta de 25. 04.1755; Leyrens y Peellar t, Livino Ignacio, Exp licación d e u n mon umento
antig uo hallado en el Palac io de Medinaceli de Sevilla (Sevilla 17 55). ARASBL T omo I Disertacio nes (fols.
58-77 ).
206
LASRAS BL , Acta de 06.0 2.1756.
207
LASRAS BL , Acta de 27.0 2.1756
.
208
LASRAS BL , Acta de 30.0 6.1758.
209
LASRAS BL , Acta de 10. 10.1760; G ussem e, T omás André s de, Desconfianzas c ríticas sobre alg uno s
monu mentos d e an tigüedad, q ue se supon en d escubierto s en Gran ada en las exc avaciones de su A lcazaba
desde el añ o 17 53 (Sevilla 17 60). ARAH Ms s. 9 /402 7. Sobre la im po rtancia d e lo s e studios ep igráficos de
Gusseme, ver Fo m bue na Fi lpo, V., “Tomás Andres d e Gu sse m e: una muestra de su ap ortació n epigráfica a la
historia a ndaluza en e l Siglo XVIII ”, Revista de Estud ios Lo cales 5 (1994), 33-36 ; Fombuen a Filpo, V. “De
Epigrafía e n el Si glo XVIII andaluz”. E spac io y Tiemp o 13 (1999 ), 12 5-138; Re mesal Rod ríguez, J .,
“Cuatrocie ntos a ños de historia e histor iografía a través de la in scripción C. Iuve ntus Albinus (CIL II 1054 ).
La labor de Thomas An dr es d e Gusseme e n Lora d el Río”. Gerió n 16 (1998), 223 -253.
210
LASRAS BL , Acta de 16.0 5.1767.
211
LASRAS BL , Acta de 1 2.06 .1772; T rigueros, Cándido María, “ Explicac ión de una inscrip ció n hebrea
que está e n la Puer ta que lla man de la Campan illa de la Santa P atriarcal Iglesia”. Me mRASevilla I (17 73),
283-305.
122
Figura 20
.- Inscrip ción romana encontrada
bajo la Torre Parroquial de la Igle sia de
Santa Marí a de Carmona (Sevilla) , según
C.M. Trigueros
inscripción romana existente en Carmona ( FIGURA 20 ) por Cándido María Trigueros
212
;
Inscripción a Ceres des cubierta en Carmona d e Cándido María Tri gueros
213
; Inscripción a
Isis en la Casa de P ilatos por L ivino I gnacio L e y rens y P eellart
214
; Falsedad de las
inscripciones y descubri mientos en la Alcazaba de
Granada por Francisco Pérez Ba y er
215
; Sobre una
inscripción romana de L ivino Ignacio L e y rens y
Peellart
216
; Inscripción sacada nuevam ente de la
piedra de la Casa d e Pilat os de S ebastián de l a
Tejera y Ri osoto
217
; Uti lidad de las inscripciones y
lápidas por Luis Francisco de Fortris
218
;
Explicación de una inscripción del Tomo I de
Memorias por Martín de Ullo a y Sousa y de la Torre-
Guiral
219
; Carta con la interpretación literal de las
inscripciones hebreas d e la l ámina cuarta del T omo I de Memori as por Tomás Antonio
Sánchez
220
; Explicación d e una lápida hallada en Alcalá del Río de Martín de Ul loa y
Sousa y de l a Torre-Guiral
221
; Lápida descubierta en Vejer por Fra y Francisco Ossorio
222
;
Explicación de una lá pida encontrada en Itálic a por Antonio Santaella
223
; Sobre una
212
LASRAS BL , Acta de 18.0 9.1772.
213
LASRAS BL , Acta de 03.03 .1775; Trigueros, Cándid o María, Disertación exp licando una in scripción
roman a que existió e n Carmona . Leída el 1 8 de S eptiembre de 1 772 en la Ac ademia Sevillana d e Buena s
Letras (Sevilla 17 72). ARASBLTomo XII Disertacio nes (fols. 115 -128); T rigueros, Cándido Mar ía,
“Explicació n d e una inscripci ón romana exi stente en Car mona, atribuído po r el célebre M uratori a Sevilla”.
MemRASe villa I ( 1773), 264-28 2.
214
LASRAS BL , Acta d e 19. 12.177 7; Leyrens y Peellart, Livino Ignacio, Exp licación a un a inscripción
que se halla en un a basa del jardín de lo s excelen tísimos se ñores d e Alca lá, a quien se la regaló e l Marqués
de Estep a, don Adán Centurión , q ue la hizo traer de Acci, pu eblo a ntiguo de la isla de Córcega (Se villa
175 5). ARASBL T omo II Dise rtaciones (fols. 1 17-124 ).
215
LASRAS BL , Acta de 08.0 3.1782.
216
LASRAS BL , Acta de 04.1 0.1782.
217
LASRAS BL , Acta de 29.1 1.1782.
218
LASRAS BL , Acta de 24.0 1.1783.
219
LASRAS BL , Acta de 21.0 5.1784.
220
LASRAS BL , Acta de 17.0 9.1784.
221
LASRAS BL , Acta de 12.0 5.1786.
222
LASRAS BL . Acta de 23. 03.1787: “
Fray Francisco Ossorio , comienz a a leer una Disertación sob re la Lápida
descubierta en Vejer que contiene unas Inscripciones
”, y en el Acta d e 09.11.178 7, “
Fray Francisco Ossorio, continúa
y termina de leer una Disertación sobre la Lápida descubierta en Vejer que c ontiene unas Inscripciones
”; c fr. Ro mero d e
Torr es, E ., “Inscripciones ro manas y visigod as d e M edi nasidonia, Cádiz y Ve jer de la Frontera” . BRAH LIV -
2 (1 909), 89 -103.
223
LASRAS BL , Acta de 22.0 5.1789
.
123
inscripción de Tiberio Claudio de Antoni o Santa ella
224
; Sobre dos inscripciones halladas
en Utrera por Anton io S antaella
225
; L ápida sepulcral encontrada en Saltera s por Antonio
Santaella
226
; Dos inscripciones de Itálica por Antonio Santaella
227
; Inscripciones de César
Augusto en el Tomo I de las Memorias por Antoni o Santaella
228
; Una inscripción ro mana
hallada en Tejada de Antonio S antaella
229
; Dos lápidas halladas en Ubrique por Mariano
Páez C hacón
230
; L ápida de San Hermenegildo en l a Cartuja de Sevilla por Mariano Páez
Chacón
231
; Lápida encontr ada en Almodó var del Río por Antonio Leal
232
y, fin almente, l a
disertación titulada Inscripciones de la villa de Ximena de Mi guel de l Olm o
233
.
5.- Numismática : las monedas y m edallas eran uno de los temas predilectos de
los académicos, por la i mportancia que concedían a la ub icación de las ciudades, y po r las
colecciones que algunos de ellos llegar on a reunir. En este ap artado destacan Tomás
Andrés de Gusseme
234
, Francisco de Bruna y Ahum ada
235
, Cándido María Trigueros
236
y,
especialmente, Livino Ignacio Leyrens y Peellart.
La s principales disert aciones sobre este tema son las si guientes: Sobre las medallas de
Livino Ignacio Leyrens y Peellart
237
; Las monedas antiguas de la Bética de Livino Ig n acio
224
LASRAS BL , Acta de 05.0 2.1790
.
225
LASRAS BL , Acta d e 14 .05.17 90; Santaella, Antonio, D ise rtación sob re dos in scripcio nes halla das
en Utrera (Sevilla 179 0). ARASB L Tomo XV Di sertacione s (fols. 36 -41).
226
LASRAS BL , Acta de 15.1 0.1790 ; Santaella, Anto nio, Disertació n e xplican do una lápida sepulcral
halla da en la villa de Salteras a esp aldas d el púlpito de la iglesia y qu e al parecer es d el siglo V II (Sevilla
179 0). ARASBL T omo XV Diserta ciones (fols. 198-20 8).
227
LASRAS BL , Acta de 05.11. 1790.
228
LASRAS BL , Acta de 13.0 5.1791.
229
LASRAS BL , Acta de 17 .06.1791 ; Santaella, Antonio, Me moria so bre la verda dera in t elige ncia de
una inscripció n roma na contenida en una lá pida hallada e n el sit io d e Tejad a y cond ucida a las Casas
Capitula res de Sev illa (Sevilla 1791). ARASBL, T omo XV Disertac iones (fols. 2 81-28 9).
230
LASRAS BL , Acta de 11.1 2.1795 ; Descripción de va rias anti güed ades halla das en la villa de Ubriq ue
en el a ño de 1798 . ARAH Mss. 9/595 1; cfr. Có rnide, op. c it . 102, 11-15 .
231
LASRAS BL , Acta de 20.0 5.1796.
232
LASRAS BL , Acta de 17.0 5.1799.
233
LASRAS BL , Acta de 08.1 1.1805.
234
Gusseme, To m ás Andrés de, Dicciona rio Numismático (Madr id 1773 ). 6 Vols. I m pr enta Ibarr a.
235
Bruna y Ahu mada, Fr ancisco de, Discurso sobre la medalla inéd ita de S ex, m unicipal de Sev il la
(Sevilla 176 2), AMS Sección XI, Tomo 14( 4º)/9.
236
Trigueros de Lara, Cándido Mar ía, “Me m or ia de varias inscripcione s, sellos y mone das inéditas
perteneciente s a la B ética, cuyas co pias y dib ujos, co n la noticia de su descubri miento y actual e xistencia, han
sido presentado s a la Academia a consecue ncia d e s u p articular e ncargo y co misión”. MemR ASevilla I
(17 73), 315-32 1.
237
LASRAS BL , Acta de 28.0 4.1751.
130
las Artes la alta misión de reproducir las glorias de la patria, representá ndolas fielmente
en el mármol y el lienzo. Proponíase, sin duda, al legar a la educación del artista, la del
ciudadano, y manten er viva la afición a la Pint ura y a la Escultura, a la vez que a la
memoria de las acciones más heroicas de nu estros padres, como decha do y ejemplo de
virtud y patriotismo ”
279
.
Pero en realidad la A cademia no su rg ió d e forma espontánea, sino que exist ieron
varios pro yectos previos, que abogaban por l a nec esidad de creación de una institución que
rigiese la vida artí stica del país, y estos proyec to s son repre s entativos de los cambios de
orientación que sufrirá la propia institución a lo largo del Siglo XVIII.
A partir d el trab ajo mo nográfico realiz ado por C laude Bedat y de la p eriodización
propuesta por Antonio Úbeda d e los Cobos
280
en su estudio sobre las esculturas de l a
Academia, r ealizaremos un recorrido por el desarrollo de la institución y d e sus proy ectos,
algunos d e los cuale s s erán analizados de manera más pormenorizada e indivi dualizada en
otros apartados de este trabajo. Así, podemos di stinguir en el desarrollo de la insti tución las
siguientes etapas.
1.- Los Inte ntos Fallidos y Prec edentes .
En 1726, el p intor Fra ncis co Anton io Meléndez presentó a F elipe V un pro y ecto,
finalmente fallido, para la creación de “ un a Academia de las Artes ”, dedicada
principalmente al estudio “ del diseño, pi ntura, escultura y arquitectura ”
281
, a i magen y
semejanza de las que ex istían en Roma y Florencia, cu y o funcion amiento conocía
Meléndez de primera mano, así como las exi stente s en París y F l andes.
Varias eran las razones esgrimidas por Mel éndez para la creación d e la institución
282
.
En primer lu gar, la pos ibili dad que tendría la co rona de disponer “en las obras reales d e
Cuellar, o p. cit . 56 (1977), 18.
279
Caveda , J ., Memorias para la historia d e la Real A cademia d e S an F ernando y de las Bellas Artes de
Españ a (Madrid 1867), 47-49 ; Pevsner, N., Las A cademia s de Arte ( Madrid 1982)
280
Bed at, op. cit . 88 (1989); Úbeda de los Cobo s, A., “Un é lément d e péd agogie artistique: la collection
de stat ues de plâtres de l´Aca démie de San Fernando à Madr id, 17 14-1800 ”, en Lauren s, A.F. y Po m ia n, K.
(Eds) L´Antico manie. La Collec tion d ´antiquités a ux 18 et 19 siècles (P aris 19 92), 327 -338.
281
El titulo completo de la o bra es P rimer Proye cto de fu nda ción d e una Acade mia de Artes en e sta
Corte, año de 172 6. Rep resentación a e l Rey nuestro Señor po niendo en n oticia de S.M. los ben eficios que se
siguen de erigir un a Acad emia de las Artes del di seño, pintura , escu ltura y arquitec tura, a exemp lo de las
que se celebran en Ro ma, Pa rís , Florenc ia y Fland es, y lo que p uede ser co nveniente a su real servicio , a e l
lustre d e e sta insign e villa de Madrid y hora de la nación e spaño la . El manuscrito se con serva e n l a
BAB ASF , ar mario 1, 3; cfr. B edat, o p. cit . 88 (1989), 27 ; Azcárate Ristori, o p. cit. 88 (1992), 173 -174.
282
Sánc hez Ca ntón, J. , “Los an tecedentes, la fundació n y la historia de la Real Acade m ia d e B ellas
Artes”, Ac ademia (1952), 291-320 .
131
toda especies ” de una s erie de artistas na cionales “ capaces de desempe ñar en su Real
servicio con l a perfección, sati sfacción y punt uali dad que los extrangeros ”. Junto a ello, en
segundo lugar, se cons eguiría que los artistas español es no tuviesen que ma rchar a Roma o
París para perfeccionar sus conocimientos, gustos y ha bili dades.
Pero finalmente, el pro yecto de M eléndez no fue atendido, como sostiene C . Bedat,
por su “ am bigüedad, porque no se sabe ya si su proye cto de A cademia l e permitía
recordarle al Rey que n o era beneficiario de su patrocinio o si la p resentación de sus
problemas p ersonales l e daba ocasión para expresar sus ideas sobre una futura
Academia ”
283
.
2.- La E tapa Constitutiv a: 1744-1751 .
En 1741 Giovanni Dom enico Oli vieri, primer escultor del Re y, había abierto una
Academia de escultura en sus aposentos de Palacio R eal, que gozó desd e un p rincipio de
una especie de r econocimiento oficial, como lo demost raría la asamblea pública celebrada
en casa de la princesa d e Robec, y que fue presidida por el Marqués de Vill arias, a la sazón
Secretario de Estado.
El 22 .04.1744, Olivi eri, con la complicidad d el Marqués de Vill arias, presentó un
proyecto para la aprobación de una “ Academia de Escultura, Pintura y Arquitectura ” qu e
estaría bajo la prote cción real
284
. El pro y ecto, t ras la aprobación ini cial del propio Marques
de Villarias el 20.05.1744, fue sancionado por Felip e V el 13.07.1744 de ese mi smo año,
nombrándose una Junta Preparatoria que debía crear la Academia.
De conformidad con el proyecto presentado, la Junta Preparatoria , estuvo presidida
por un Protector , un Viceprotec tor , y cinco nobles designados nominalme nte, que “ aunque
no tengan profesión al guna en las tres Artes, t engan gus to y dis cernimiento en ell o ”
285
.
Conviene l lamar la atención sobre las personas designadas para los cargos de protector y
viceprotector, que reca yer on resp ectivamente en S ebastián d e l a C uadra, Marqu és de
Villarias, que era Secre tario de Estado, y en Fernando Trivi ño Figueroa y Alar cón,
Secretario del Consejo de India s, que nos muestran, como también ocur re en l as d emás
283
Bed at, op. cit . 88 (1989), 28-30.
284
El tít ulo d el pr oyecto era Reg las q ue se p ropon en al Exmo. Sr. Marqué s de Villa rias para que
despu és de d os a ños de práct ica que parecen co nvenie ntes por aho ra, pueda n contribuir a la formació n de
las leyes pa ra la A cademia de Escu ltura, Pintura y Arqu itectura que se intenta fundar en Madrid debajo la
protecció n del Rey . BABASF, Ar m ario 1 , 3 : cfr. Bedat, op. cit . 88 (1989), 31-32; Azcárate Ristori, op. c it . 88
(19 92), 174.
285
Bed at, op. cit . 88 (1989), 74.
132
Academias e I nstit uciones creadas por los Borbones, la estrecha relación entre la
institución que se estaba creando y la Corona.
Esta relac ión se vio reforz ada además por la p resencia en la J unta de doce maestros
directores, cu atro en esc ultura, cuatro en pi ntura y cuatro en arquitectur a. Estos maestros,
escogidos por Olivieri, se encontraban vinculados por sus cargos a los pro yec tos y obras de
la Corona, y s e subdi vidían en dos categorías: Profesores o Directores en Activo , cu yo
nombramiento reca yó en Antonio Demandre y Juan Bautista de l a P eña e n escultura, Luis
Michel Va n Loo y Antonio González Ruiz en pintura y Giovanni Batista Saccheti y
Giacomo P avia en arq uitectura. J unto a ellos existían unos Profesores o Directores
Honorarios , cargos para los que fueron nombrados, y solo po r citar a los más destacados,
Juan de Villanueva el viejo en escultura, Francisco Antonio Meléndez en pi ntura y
Giacomo Bonavia en arquitectura
286
.
Otro elemento que indica la estrecha relación ent re l a institución y l a C orona es la
intención de la Junta Preparat oria de vincular la Acade mia “ a la fábrica de Palacio p ara
recibir de ella s us alimentos, y porque en su estructura y adornos se han de emplear todos
los primores de las tres Artes escultura, pintur a y arquitectura ”
287
.
Esta Junta Preparatoria , convencida del apo yo q ue la pr estaba la corona, comenzó
pronto a redactar unos es tatutos, para lo que utilizó como modelos aquellos que poseían la
Academia de San Lucas de Roma y los de la Real Academia de P intura y Escultura d e
Paris.
A la vez que se r edactaba un cuerpo l egal, Gio vanni Domenico Olivier i comenzó a
elaborar una lis ta de aquellos libros, moldes, estatuas y copias de pl anos, que debían s er
adquiridos en Roma, y remitidas a la corte con la función de s ervir como pa rte del material
necesario para la forma ción académica d e los alum nos. Así se inclu y er on las obras de
teoría arquitectónica elaboradas de Sebastiano S erlio, Vicente Scamoz zi, Domenico
Fontana, Borromini y Fernando Bibierna, que s e verían enriquecidas p or l a compra d e
diversos grabados o esta mpas “ de los pl anos, per files, elevaciones y cortes de las iglesias
y palacios de Roma y otras ciudades de Italia ”.
Los moldes o modelos escultóricos que pensaban adquirirse estaban to mados de la
antigüedad grie g a, h elenística y romana, como “ el Apolo, el Laocoonte, el Antinoo, el
Hércules de Cómodo, el Marco Aurelio a caballo, el Saturno, el Gladi ator, el gladiator
286
Bed at, op. cit . 88 (1989), 32-34.
287
Bed at, op. cit . 88 (1989), 74.
133
moribundo, el Marsias, el tronco o t orso del Belve dere, el Hermanfrodi to, la cabeza de
Alexandro, la de Ni obe, l a de Marco Aurelio, la de Vitelio, l a de Cicerón, la de Séneca, la
de la vieja del Campidoglio ”.
A ellos habría que suma rle dos obr as de Mi guel Ángel Buon arroti: “ el Chr isto de l a
Minerva [ y] la cabeza del alma cond enada del mismo ”, y otras s eis de Gian Lorenzo
Bernini: “ la de Proserpin a, la del alma con denada, la d e la Bienaventuranza, la del Ángel,
la de Santa Teresa [ y ] l os pies de San Gerónimo del mi smo” y varias o bras de François
Duquesnoy, el Flamen co: “seis ni ños de los m ejores, seis cabezas, la cabeza de Santa
Cathalina [ y ] una cabeza de nuestra Señora ”
288
.
La subid a al poder d e Fernando V I en 17 46, tras la muerte de su padre, aporta nuevos
aires a la corporación. P ara el monarca, las Academias debían ser un as insti tuciones
crea d as por la autoridad real, y por tanto ligada s a su persona, si n que ex istiese en las
mismas una iniciativa privada.
De aquí sur gió la ide a de dotar a l a Academia de unos estatutos que le dieran una
estabilidad perman ente, para lo qu e se encargó a Giovanni Domenico Olivieri la redacción
definitiva de los mismos.
Además, el monarca t ambién intervino, bien directa mente, bien a través de la
Secretaria d e Estado, en la elección del profesor ado de la Junta Preparatori a . El primer
ejemplo lo hallamos en el nom bramiento de Felipe de Castro, escultor del re y , como
miembro de la J unta Preparatorio en fecha 21.06.1747, con el cargo d e “ maestro director
extraordinario de escultura, en todo lo que resp ectivo a esta Art e, en los estudios de la
Academia ”
289
.
Otra muestr a del i ntervencionism o real lo encontramos e n la solución dada a los
problemas surgidos con la vacante d e p rofesor de arquitectura, sur gida a la mue rte d e
Francisco Ruiz. Para el puesto fueron propuestos J osé Pérez, Ventura Rodrí guez y François
Carlier, pero finalmente el nombramiento reca y ó, según la recomendación del minist ro de
Estado don J osé de Carvajal y Lanc aster, en Ventura Rodrí gue z, “ a propor ción de su
mérito y de la utilidad pú blica que se deba esperar de la continuación de su
enseñanza ”
290
.
288
Bed at, op. cit . 88 (1989), 40-41; Úbed a de los Cob os, op. cit . 35 1 (1992) , 330.
289
Relació n de lo ejecu tado y acorda do en la s d os juntas p reparatorias ... . celeb radas en los días 2 3 de
junio y 14 de septiem bre d el a ño de 1747 . B ABAS F. Armario 1,1 ; cfr. Be dat, op. cit . 88 ( 1989), 5 0-52;
Azcárate Ristor i, op . cit . 88 (1992), 175.
290
Carta d e fecha 03 .04.1 747 re mitida p or d e J osé de Ca rvajal y La ncaster a Ferna ndo T riviño,
134
Fernando Trivi ño trabajó durante 1746 y 1747 en la elaboración de unos estatutos,
sobre los que no s e han conservado d ocumentación alguna, pero s e sabe que ex istieron
porque en una carta d irigida en 1755 por Ignacio de Hermosilla, Secretario de la
Academia, a Tibur cio Aguirre, le remite un ejemplar de “ los estatutos que el Señor T riviño
trabajó en el año 1746 y presentó a S.E. el señor Don José de Carvajal en 30 de Mayo de
1747 ”
291
.
Otra prueba que demuestra su exi stencia es el hecho de que el 04.06.1748 el monarca
nombró a Felipe de Ca stro como censor d e los estatutos de 1747, quien realizó un
comentario sobr e los mi smos, que r eunió bajo el nom bre de Adiciones que de orden de
S.M. el Rey Don Fernan do VI, hizo – a los estatut os formados por Don Fernando Triviño
primer viceprotector de la Real Academia con el título de San Ferna ndo de l as Tres
Nobles Artes Pintura, Escultura y Arquitectura-, Don Felipe d e Cas tro es cultor de la Real
Persona y de su Real Cámara y director extrao rdinario nombrado por el mismo Señor
Don Fernando VI para lo concerniente a escultur a de dicha su Real Academia
292
.
La s opin iones de Felipe de Castro representan un p roy ecto global de Academia
completamente opuesto a las ideas i lustradas, y que básicamente podem os resumir en los
siguientes peticiones realizadas al monarca:
- el papel p reponderante en la Academia debían jugarlo l os artistas, mientras que la
influencia de la noblez a de los grandes de Esp aña debía ser apartada, puesto que no tenían
ningún conocimiento artístico.
- el Viceprote ctor debía recaer en un a rtista, elegido anualmente po r la J unta de
Profesores, que únicamente participaría en las Juntas Ordinarias.
- los Consiliari os debían quedar excluidos de las juntas en las cuales se tratasen de
asuntos concernientes a la profesión del artista, y únicamente deberían participar, como el
Viceprotector, en las Juntas Ordinarias.
- El aumento del número de profesores h asta llegar a seis por cada una de las
materias, por que d e esta manera s ería más fácil dar las clases, al estar m ás repartida l a
tarea de la enseñanza.
BAB ASF . Armario 1,1; c fr. Bedat, o p. cit . 88 (1 989), 59.
291
Carta de fecha 23. 10.1 755 remitida po r d e Ignacio de H er m osilla a T iburcio Aguirre, B ABASF.
Armario 1 ,3; cfr. B edat, op . cit . 88 (19 89), 75.
292
Bed at, op. cit . 88 (1989), 75-79 y 81; Azcárate R istori, op . cit . 88 (1992), 175 -176.
135
- Impedir l a v enta al ex tranjero de todas “ las c osas excelentes y anti guas así de
pintura como de escultura en ninguna manera se dejasen sacar de Madrid ... así S.M. con
decreto público lo puede prohibir en esta Corte y en las aduanas de salida del Reyno ”
293
.
Muchos de estos puntos fueron finalmente recogidos en los estatutos aprobados por el
Rey el 08.04.1 751, a instancias de su minist ro de Estado, D. J osé de Carvajal y
La n caster
294
. En estos estatutos, se dispone que el principal objetivo de la ins titución era el
“ desterrar de l a juventu d española la ociosidad, madre de t odos l os vici os, y afi cionarla
con el ejemplo, la instrucción y el premio, a cultivar, adelantar y propagar las tres nobles
artes de pintura, escultura y arquitectura ”.
Como contrape so a l as figuras del Vi ceprotector y d e los seis Consiliarios , el número
de profesores se veían aumentado hasta 31, que se dividían en seis maestros directores, tr es
tenientes directores, seis sustitutos y dieciséis p rofesores, entre quienes resu ltaría elegido el
Director General .
Pero la novedad más importante de los estatut os de 1751 son los denominados
Misceláneos , qu e contenían al gunas consider aciones a cerca del po co entendimiento
artístico de l os español es que vendían a l os e xtranjeros sus ob ras de arte, tanto las
esculturas como las p inturas, fenómeno qu e debería prohibirse, incluso con la adopción de
rigurosas penas, “ a exe mplo de las demás naciones ”, elemento este que ya había sido
adelantado en las adiciones de 1747 efectuada por Felipe de Castro
295
.
3.- La E tapa Barroca: 17 52-1764 .
Dichas recomendaciones a los estatutos de 174 7 fueron aproba dos por el Real
Decreto de 12 de Abril d e 1752, por el que se erigía d efinitivamente la Real Academia de
Tres Nobles Artes de S an Fernando, que celebr ó el 13.06.1752 , la sole mne apertura en
nombre de su majestad Fernando V I .
Se eligió como divisa para los Académicos una medalla que contenía l os atributos de
aquellas tres artes y una mano arrojaba sobre ellas otras tantas coronas, figurando alrededor
de la misma la le y enda Non coronabitur ni si legitime ce rtav erit .
293
Estatuto nº 14 d e las Adiciones ; cfr. B edat, o p. cit . 88 (1989), 81.
294
Copia de los estatutos qu e firmó el Rey en 8 d e Abril de 1 751 en tiempo de d on Jo sé de Carvajal ,
BAB ASF . Armario 1,3; c fr. Bedat, o p. cit . 88 (1 989), 79.
295
Estatu tos , op . cit . 365 (1 751), Estatutos 1, 2 y 6; cfr. B edat, op . cit . 88 (19 89), 80-81.
136
Figura 23
.-
Alegoría de Fernando
VI y las Bellas Artes . Antonio
González Ruiz. Mediados del
X VII I
La p rimera Junt a Directiva de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, es
muy ilustrativa de l a estrecha relación existente, como había ocu rrido con otras
instituciones, entre l a Ac ademia y l a monarquía ( FIGURA 23 ), así como que al gunos d e
los cargos nombrados
296
, como veremos a continua ción, ya p ertenecían a otras Academias
e Instituciones, en los que y a se habían puesto en práctica div ersas ideas reformadoras.
Como Protector fue designado J osé de C arvaja l y Lancaster, S ecretario de Est ado,
quien, a su vez, era di rector de la Real Academia Es pañola.
Como Viceprotector fu e desi gnado Alfonso C lemente de
Arrostegui, más tarde d esignado ministro pl enipotenciario en
la Corte de Nápoles.
Los seis Consilia rios designados también tenía n una
diversa ext racc ión social . Nicolás de Carvajal y La n caster,
Marqués de Sarriá, y Bernardo Sabaila y Bujados, Conde de
Perelada, procedían d el ámbit o mil itar . Del ámbito
administrativo procedía J osé Be rmúdez, miembro del
Consejo de Castilla. De l ámbito más cercano a l a co rona
procedía el Conde de Saceda, ma y ordomo de la Reina viuda
Isabel d e Farnesio, Al fonso Verdugo de C astilla, C onde d e
Torrepalma, era ma yordomo del Re y y académi co de núm ero de las R eales Academias
Española y de la Historia, y Tibur cio A guirre, m iembro de l a R eal Academia de l a
Historia.
Como directores de las enseñanzas fueron d esignados Louis Mich el Van Loo y
Antonio Gonz ález Ru iz en pi ntura, Giovanni D omenico Olivi eri y Feli pe de Castro en
escultura, y V entura Rodríguez y J osé de Hermosil la en arquitectura, todos ellos mu y
vinculados a los pro y ectos y obras reales.
Esta concepción de l a Academia dot aba d e en ormes atribuciones a lo s profesores
frente a l a J unta Directiva, l o cual chocaba con el férreo control que la corona intentaba
mantener sobre estas instit uciones, llamadas a ser brazos ejecutores de su reformas.
296
Sobr e la filiación de la primera J unta Directiva, ver Beda t, op. cit . 8 8 (1989) , 68-71.
137
Figura 24
.- José de
Carva jal y Lancaster.
Como bien ha estudiado Claude Bedat en su mo nografía sobre la R eal Academia d e
Bellas Artes de San Fernando, J osé de C arvaja l y L ancaster ( FIGURA 24 ) consciente del
peligro que suponían los Estatutos de 1751, se neg ó a aprobar l os
mismos y procedió a dirigir la ins titución mediante ordenes orales,
sin que se hay a conservado documentación al guna sob re estos
momentos iniciales de la Academia y si sol icitó la redacción de
unos nuevos estatutos.
Ello nos lleva a imaginar el imp ortantísimo papel desempeñado
por el Secretario de Estado, sustit uto del monarc a y brazo ejecutor
de las actividades reformadoras qu e le habían sido encomendadas a l a
Academia, sobre cuya figura gi raba toda la actividad de la inst itución,
y a qu e sin su aprobación era imposible materializa r los acuerdos adoptados.
La decisión de este giro en la insti tución, habría que buscarlo en las reticencias
mostradas por Carvajal de dejar a la Academia en manos de los profesores, y a que pens aba
que el V iceprotector y los Consi liari os , aunque imposibilitados de to mar parte en las
votaciones de la A cade mia, de bían desempeñar un papel de primer orden en todo lo
referente al mantenimiento de la disciplina en las clases y a la ex istencia de cierta
educación y cortesía en las reuniones académicas
297
.
El resultado final fue que el Protector y l os estam entos nobiliarios transformaron la
idea orig inal de la institución, elaborando unos nuevos estatutos, aprobados el
30.05.1757
298
po r el Protector Ricardo W all, que siguió las ideas trazadas por Jos é de
Carvajal y Lancaster.
A partir de este momento la inicial inst itución creada al amparo del poder real, p asó a
ser control ada por el es tamento nobi liario, de c uyas filas surgieron los p ersonaje s que
desempeñaron el cargo d e Consili ario , dejando a un l ado a los profesores. Además fueron
estos miembros del estamento nobiliario los que redactaron los nuevos estatut os de 1757,
aunque algunos de ellos, como Tiburcio Ag uirre y Agustín de Montiano y Lu y ando,
pertenecían a otras Aca d emias y fueran represent ativos de la mentalidad reforma dor a del
momento
299
.
297
Bed at, op. c it . 88 (1989), 82-85.
298
Estatuto s de la R eal Acade mia de San F ernando (Mad rid 1757) .
299
Bed at, op. c it . 88 (1989), 98-100.
138
Una muestra significati va de lo anterior eran que las denominad as Oraciones
académicas , qu e eran un os discursos teóricos que se leían con moti vo de la dist ribución de
premios trianuales entre los alumnos más aventajados, fueran pronun ciadas, a lo largo d el
último tercio de si glo, e xclusivamente por perso najes ajenos a la p ráctica y a l a afición
artística, como fueron los Viceprotectores , Consiliarios y Académicos de Honor
300
.
De estos nuevos estatuto s de 1757, aparte del Prot ector , que reca y ó en la figura del
Secretario de Est ado, y de los Viceprotectores , la principal figura de l a i nstitución fue el
Secretario , enca rgado de informar al p rotector d el funcionamiento diario de l a i nstitución.
Era nombrado por el re y, a propu esta d e una Junta Particular, reunida al efecto entre los
Consiliarios y Viceprotector.
A partir de 1757, l a Ac ademia pasó a regentar toda la vid a artí stica de la n ación,
extendiendo su influencia a todo lo concerniente a las Bellas Art es. Pruebas de ello serían
las siguientes
301
:
- prohibi ción de pintar o esculpir tomando como modelo un desnudo, fuera de las
salas de la Academia.
- prohibición a todo t ribunal, corporación, gremio o cofradí a, de ot org ar a
cualquiera un tít ulo para dirigir obras de construcción, ya que estos serían únicamente
expedidos, y tras superar el correspondiente exame n público, por la Academia.
- anulación de todas las congregaciones y cofradías de art esanos y a establecidas o
que buscaban establecerse en Madrid con l a inten ción de poner en march a los estudios y la
práctica de las Bellas Artes, anulando los tí tulos expedidos por las dich as inst ituciones, a
excepción de los reconocidos aptos por el Consejo de Castil la.
- prohibición t erminante de fundar en Mad rid, cualquier ot ro estable cimiento
público p ara el estudio de las Bellas Artes. Se po drían funda r otras Academi as en distintos
puntos de la penínsul a y de l as provincias de Ultrama r, cu y o pro y ectos y estatutos serían
aprobados por el re y , previo informe favorable de la Academia d e Bellas Artes de San
Fernando, que ejercería el control sobre la nueva s inst ituciones, que quedarían
subordinadas a los dictados de aquella.
A partir de 1757, la formación de los artistas s e basó en un sistema educativo,
importado de Francia, y en el que prevalecía la id ea de que el cu erpo hum ano era el sujeto
300
Azcárate Ri stori, op . cit . 8 8 (1992), 180 .
301
Bed at, op. c it . 88 (1989), 94-96.
139
más digno de ser imitado de toda la creación. Por ello s e estableció una ser ie de escalones
consecutivos en los que se pretendía ofrecer una enseñanza de naturaleza ant ropomorfa.
El prim ero de ellos lo constituía la denominada Sal a de principios o rudimentos , en la
que se il ustraba al discí pulo en la copia de elementos simples del cuerpo humano. En el
segundo de l os niveles, denominada Sala del Y eso , se ex ponían para su copia modelos de
estatuas antiguas, no necesariamente clásicas inici almente. A ello le seg uía, la denomi nada
Sala del Maniquí , en donde se exponí an para copiar modelos vestidos convenientemente, y
que servían a los alumno s para la copia d e telas. El últi mo escalón lo conformaba la Sala
del Modelo Vivo , en el que se proponía la copia d e un cuer po h umano completo
302
.
Para aquellos alumnos que hubi era n llamado su atención “ por s u pobrez a o espec ial
mérito ”, los estatutos establecieron l a concesión de una serie de b ecas con las que sufra ga r
los g astos ocasionados durante los cuatro años qu e duraba la formación de los alumnos, e n
las materias de arquitectura, pintura, escultura, grabado de buril y gra b ado de medallas
303
.
Para perfe ccionar los estudios de l os profesores, s e establecieron seis becas, dos de
pintura, dos de escultura y dos de arquitectura, de seis años de dur ación en Roma, con
cargo a los presupuestos de la Academia y tut elados por el embajador es pañol en Rom a.
Por su parte, también s e otorgaban v arias becas de perf eccionamiento en Paris, para
profesores de grabado, cuyo coste corría di rec tamente a cue nta del monarca . Para
seleccionar a los becarios , se convocaba un concurso sob re un tema determinado,
propuesto por una Junta Ordinaria elegida al efecto
304
.
También durante esta primera etap a, la A cademia m ostró una gran inquietud por los
monumentos y anti güedades de la nación, tal y como expresó en l a J unta Ordinaria
celebrada en f echa 14.10 .1756, donde acordó “ conservar y propagar l a noticia de nuestras
Antigüedades y Monumentos singular mente de aq uellas que están más e xpuestas a pere cer
con el transcurso del tiempo ”
305
.
José de Hermosill a, Secretario de la Academia, conocedor del carácter pe recedero de
“ varios Retratos de los Reyes Moros de Granada, que están pintados al f resco en algunos
techos del C astillo de la Alhambra con los trages propios de sus tiempos ”, trasmitió los
designios de l a Academia a Manuel d e Villena, P residente de la R eal C hancillería de
302
Úb eda de los Cob os, op. cit . 347 (1989 ), 3 30-331 ; Úb eda de lo s Cobos, A ., La Acade mia y el artista.
Cuade rnos de A rte Español 33 (1992) , 20.
303
Bed at, op. c it . 88 (1989), 207-209.
304
Bed at, op. c it . 88 (1989), 90.
305
Actas de las Jun tas P articulares y Ordina rias de sde e l a ño de 175 3 hasta el de 1 757 . AR ABASF,
146
través d e estampas y l áminas, ya que estos sup onían un medio útil y adecuado para l a
formación del buen gusto, así como el mejor elemento para el aprendizaje del arte
328
.
5.- El Perí odo Final: 1790-1808 .
Después de la caída de Floridablanca en 1792, el Protector de la Academia sería el
nuevo Secretario de Estado, M anuel de Godo y, Marqués de la Alcudia, a excepción del
período en que asuma la Secretaria de Estado Pedro Cevallos.
Durante este período, la Academia solicitó del m onarca la reforma de s us estatutos por
considerarlos defectuosos e insuficientes, firmando C arlos I V los nuevos estatutos el 30 de
Marzo de 1793.
A partir d e estos momentos, la inst itución dirigió, bajo la dirección de s u Sec retario
Isidoro Bos arte, sus esfu erzos a recuperar la gr andez a y prosp eridad de p asados t iempos.
Se crearon un a ens eñanza de p erspectivas par a pi ntores y escultores, y otr as de anatomía,
dibujo por el yeso o antiguo colorido y copia de est ampas.
Se produce en estos momentos u na reacc ión al período neoclásico anterior, de ruptura
con los presupuestos artíst icos anteriores, comenz ando una nueva etapa, que algunos tildan
como de romántica, y q ue tendr án a Francisco de Go y a, J uan de Villa nueva o I sido ro
Bosarte como sus principales impulsores.
Así, I sidoro Bosarte, en su trabajo tit ulado Reflexiones sobre el estudio de las estat uas ,
de 1796, s e muestra escéptico en l a utilidad, dentro de los planes de estudios, de copia r
estatuas clásicas y v aciados o modelos vivos en post uras ins piradas en obras antiguas,
salvo por lo que significa como práctica de dibujo
329
.
Para fomentar el estudio de la arquitectura, la Academia, como en época s anteriores,
continuó enviado pensionados a R oma, donde podían realizar planos y dibuj os de edificios
antiguos y renacentistas, que posteriormente remitían a España.
Con obj eto de fomentar el estudio del arte del grabado, la Academia d ecidió publ icar
una colección de retrato s de soberanos y héroes de la nación, con l o cual se obtuvi eron
notables resultados para el lustre de l as Artes . A ello se unió la publicac ión del trabajo
completo de las Antigüe dades Ár abes de Grana da y Córdoba
330
, en la que se inclu y ero n
328
Azcárate Ri stori, op . cit . 8 8 (1992), 225 .
329
Cacciotti y Mora , op. cit . 5 0 (1 996), 71; Úbeda de los Cob os, A., P intura, mentalida d e id eolog ía e n
la Re al Aca demia de Bellas Artes de Sa n Fe rnando: 1 741-1800 (Madrid 1988), T omo II, 506 -510; Úb eda de
los Cobo s, op. cit . 347 (1989 ), 337 .
330
Antigü edades árabe s de Esp aña. Parte Segunda, que con tiene lo s letreros aráb igos que queda n en el
147
Figura 29
.- Inscrip ción islámica d e Córdoba. Dibujo
de José de Her mosilla.
las inscripciones traduci das por Miguel Casiri de Gartia y Pablo Lozano ( FIGURA 29 ),
bibliotecarios reales, y especialist as en
inscripciones islámicas.
La Ac ademia m antuvo su interés por
conocer los monumentos españoles, y así en
estos momentos, I sidor o Bosarte con cibió la
realización de una viaje por España, en el que
recogería todos los m onumentos de las tres nobles artes exi stentes
331
, pero que no l leg ó a
ver la luz por la muerte, en 1807, de su autor.
Ante el interés most rado por numerosos extranjeros de comprar cuadros originales d e
pintores célebres, pa ra p osteriormente ex portarlos, la Academia, en 1801, solicitó de la
Corona la toma de medidas efectivas pa ra el cump limiento de la Real Cédula de 1779, que
imponía la necesidad d e ind agar y avisa r de cualquier venta que se hiciese de pi nturas con
la intención de sacarlos del país
332
.
Aunque la Real Cédula de 6 de Juli o de 1803 atribuía en exclusiva a la Real Academia
de la Hist oria la conservación de l as antigüedades de la nación. La Real Academia de
Bellas Artes de San F ernando, mantuvo su inte rés por la conservación de l os monumentos
del país. Así, en 1807, cuando el Viceprotector recibió una carta anóni ma, en la que se
informaba de la demolición de la antigua sala capitular de la Catedral de Córdoba,
“tratando de construirse otra por dis eño de uno que no lo entiende ”. Los Consil iarios ,
amparándose en lo dispu esto en las Reales Órdenes de 23 de Noviembre de 1777 y de 22
de Marzo de 1786, manifestaron “ su disgust o de que se destruyeran restos preciosos de la
Antigüedad que debían co nservarse a t oda costa ”
333
, decidieron realizar inves tigac iones y
solicitaron de Pedro C evallos, Secretario de Estado, amparándose en la R eal Orden de 25
de Noviembre 1777, la sus pensión de “ la obra en el estado en que se halle, le diera cuenta
de la parte que se haya demolido y de l os pl anos o di seños para levantar la nueva
obra ”
334
.
Palac io de la A lhambra y algunos d e la ciudad de Córdoba (M adrid 18 04). Imprenta Rea l.
331
Bo sarte d e la Cruz, I., Viage artístico a varios pueb los d e Españ a con el juicio d e las obras de las
tres Nobles Artes, que en ellos existen, y épo cas a que pertenecen … T omo pri mero. Via ge a Segovia ,
Valladolid y Burgos (Ma drid 1 804). Im pr enta Real.
332
Junta P articular de 04.10.18 01; Beda t, op. cit . 88 (1989), 438.
333
Junta P articular de 18.05.18 07.
334
Junta P articular de 05.07.18 07.
148
El obispo de C órdoba, envió los planos al Secretario de Estado, quien a su vez los
remitió a la Academia para que emitiese di ctámen sobre las ob ras. Finalmente, y t ras el
preceptivo informe d e la insti tución, el Secr etario de Estado, me diante oficio de
12.10.1807, decretaba la demoli ción “ de lo construido [ y ] que se rehaga lo derribado en
ella o se restabl ezca en lo posible la fábri ca antigua como estaba antes de dar principio a
la obra, puesto que subsistían los diseños de ese apreciabilísimo edifico árabe ”
335
.
4.- El Real Gabinete de H istoria Natu
El Real Gabi nete de Historia Natu El Real Gabi nete de Historia Natu
El Real Gabi nete de Historia Natural
ral ral
ral .
El Gabinete es libro do nde lees
quien eres y lo mucho que posees
(T omás de Iriarte, 1776)
La creación de esta in stitución hay qu e encuadrarla dentro de la protección
efec tu ada p or Fernando VI y C arlos III al mundo de l as ci encias, uno de cu yos aspectos
más im portantes fueron las diversas expediciones científicas que se realiz arán con el apo y o
económico e institucional de la corona.
El resultado de todas estos viajes científicos fue, por un l ado, el surgimiento de una
serie t rabajos y obr as, en los que junto a relaciones y d escripciones de objetos antiguos y
curiosidades n aturales, s e incluían por primera v ez diversos estudios arq ueológic os y d e
historia antigua.
Pero también surgió la necesidad de ubicar, en un espacio concreto, los diversos
objetos remitidos desde los distin tos puntos de l os domini os borbónicos, dond e pudi eran
ser admirados por los curiosos e intelectuales del m omento.
El principal im pulsor de este ti po de estudios en nuestro país fue el marino gaditano
Antonio de Ull oa, quien realizó, por encarg o regio, varios viajes por el continente
americano, y cu y os resultados recogió en diversas publ icaciones
336
.
Antonio de Ulloa a su reg reso al país elevó, junto con el también marino Jorge Juan y
con Guillermo Bowles, un memorándum
337
al monarca, en el que exponían la necesidad d e
335
BAB ASF . Armario 2, 24 ; Bedat, op. cit. 88 (1989 ), 437.
336
Sobre las expedicio nes cie ntíficas de Antonio Ulloa en América, ver Calatayud Arener o, Mª. A.,
Catálog o de las Expedic iones y V iajes Científicos españo les. S iglos XVII I y XI X ( Madrid 1 984 ), 15; cfr, P ino
Díaz, F., “El capít ulo de an tigüedades en las historias naturales ilustra das”, en A rce, J . y Ol mos, R. (eds)
Historiografía de la Arq ueología e Historia Antigua en Es pa ña (Siglo s XVIII-XX ) . (Madrid 1991), 33-38 ;
Solano, F., La Pa sión po r reformar. Anton io de Ulloa, marino y c ientífico, 171 6-1795 ( Cádiz 2000).
337
AMNCN; c fr. Calatayud. op . c it . 77 (1987), 17, Doc . nº 15 9; Alcina Franch, J. , Arq ueólogo s o
Anticu arios. Historia a ntigu a de la A rqueología en la América Esp añola (B arcelona 19 95), 75-76.
149
crear en España un Gabinete de Historia Natural, que h abría d e r eportar numerosos
beneficios a la nación
338
.
Dicha idea fu e sometida inmediatamente a consul ta de Zenón de Somodevilla,
Marqués de la Ensenada, P rimer Secretario de Estado de Fernando VI, qui en informó
favorablemente a la culminación del pro y ecto. Est e proy ecto se materializó en l a
fundación, en 1752, po r Fernando VI de un Ga binete de Histori a Natural
339
, bajo la
dirección del propio Ulloa, que tuvo su sed e en Madrid, en una casa en la conflu encia d e
las actuales calle Magdalena y Plaza de Lavapiés.
Sin embarg o, esta i nstitución t uvo una d urac ión efímera , por la dim isión en 1755 de
Ulloa y el fallecimiento del monarca, que p rodujeron la disol ución de la institución y l a
dispersión, entre diversas inst ituciones, de los fondos hasta aquel momento reunidos.
La idea no pasó del t odo desapercibida a ot ros estudiosos e int electuale s de la épo ca.
Así, P edro Franco D ávila
340
retomará con nuevos bríos el pro y ecto inici al, y en 1753
ofreció en venta, por i ntermediación del M arqués de l a Ensenada, a Fe rnando VI l a
colección de objetos que ll eg ó a reunir, en el que se encontraban piezas de los reinos
animal, ve g etal y m ineral, una bibli oteca de li bros y estampas y un a serie de objetos de
arte. S u o bjetivo era el enriquecer las coleccion es del recién creado Ga binete, si bien la
venta no lle gó a f ructificar por l a caíd a en desgracia d el m inistro y el fallecimiento del
monarca
341
.
En 1767 volvió a intentar vender a la Corona s u Gabinete de Historia Natur al y de
curiosidades del Arte y de la Naturaleza , en el convencimiento de que España, qu e tanto
había aportado al conocimiento científico con el descubrimiento de Améri ca, necesitaba un
Museo o Gabinete d e H istoria Natural , que aco mpañase a las di stintas Academias que
había sido cre adas bajo los Borbones, para l o cual redac tó un Catalogue systematique et
raisonné des curiosités d e la nature et de l´art, qui composent le Gabinet de M. Dávila , en
tres volúmenes, en l os que se contenían la d escripción de las pi ezas q ue componían su
gabinete
342
.
338
Bar reiro, A.J., El Museo Na cional de Ciencia s Naturales 17 71-193 5 (Madr id 1994), 55 .
339
M añueco Sa nturtun, Mª. C.: “Co lecciones Reales en el M useo Arqueológico Nacio nal”, en Marcos
Po us, A ., De Gabin ete a Mu seo. Tres Sig los de Histo ria (Mad rid 1993 ), 202 .
340
So bre la fi gura de Franco Dávila, véase Calata yud Arenero, Mª. C.: P edro Franco Dá vila y el Rea l
Gabin ete de H istoria Natural ( Madrid 1988).
341
Mañueco, o p. cit . 410 (199 3), 203.
342
Calatayud, op. cit . 411 (198 8), 40, 42-43 y 63 .
150
Para evitar un nuevo rechazo, en fecha 26.09.1 767 remitió a Pedro Rodrígue z de
Campomanes, Fiscal de l Consejo R eal y Supr emo de Castill a y Di rector de la Re al
Academia de la Historia, una expos ición en la que realizaba un a serie de reflexiones acerca
del plan de S.M. para establecer un Gabinete de Historia Natural en España , con l a
finalidad de que discutiera l a aprobación de este proy ecto con el C onde d e Aranda y entr e
ambos influyeran en la aprobación de su pro ye cto
343
.
El monarca solicitó , a través del Marqués de Grimaldi , el parecer del Pa dre Enrique
Flórez, gran afi cionado a l a Historia Natural, acerca de la compr a de la colección. Este
consideró que su compra era b astante interesante, por dos cuesti ones, en p rimer lu gar por
que producirían nu merosas ventajas para la n ación, y en se gundo por que se trataba de una
colección ya formada
344
.
Sin embargo, el m onarca no decidió nada a cerca de su compra, por lo que Franco
Dávila intentó vender su gabinete en subasta pública en los mes es de o ctubre y noviembre
de 1767, y con las ganancias volvió a rehacerla
345
.
Pero ante el fracaso de l a venta, volvió en 1771 a insistir nuevam ente p ara la compra
de su colección por la corona española, ap rovechando que el nuevo Secreta rio de Estado, el
Marqués de Grimaldi, era proclive a potenciar el estudi o de las Ciencias Naturales
346
.
El Marqués de Grimaldi, mediante Real Orden de 10 de Octub re d e 1771, soli citó un
nuevo dictamen al P adre Enrique Flórez
347
, quien lo emitió en fecha 12 de Octubre de
1771, indicando los beneficios de su compra
348
.
Ante esta propuesta, el monarca dictó la Real Orden de 17 de Octubre de 1771, por el
que se decide la compra del gabinete y el nombramiento de Pedro Franco Dávila como
director vitalicio del mismo, tal y como aconsejaba Flórez
349
.
Para su ubicación se p ensó en comprar la Casa del Duque d e A rcos, en la actual Calle
Arenal de Madrid, p ero al final se optó po r su instalación en l a segunda p lanta del Palacio
343
Calatayud, op. cit . 411 (19 88), 77.
344
Barr eiro, op . cit . 409 (1994 ), 59-61; Calata yud, op . cit . 411 (1988 ), 63; Alcina, op. c it . 408 (1995),
77-81 .
345
Mañueco, o p. cit . 410 (199 3), 202.
346
Calatayud, o p. cit . 411 (198 8), 80.
347
Méndez, Fco. , Noticia s de la vida y escritos d el Reveren do Maestro Fray Enriqu e Fló rez (Madr i d
178 0), 62-63; Calata yud, op. cit . 411 (19 88), 81.
348
Méndez, op. c it. 418 (1780 ), 63-64; Calata yud, op . cit . 411 (1988), 81-83 .
349
B arreir o, op. cit . 409 (1 994), 6 1; Calatayud, op . c it . 4 11 (19 88), 83 ; Mañueco, o p. cit . 4 10 (199 3) ,
202 , q uien a su vez manifie sta que la notic ia viene recogid a en la obr a d e J aner, F.: Histo ria, descripció n y
catálo go d e las coleccio nes histórico-etno gráfica s, cu riosidades dive rsas y antigüe dades con servadas en e l
Museo Nac ional de Ciencia s N atu rales de Ma drid (Mad rid 186 4).
151
Figura 30 . - P lanta del Real Gabin ete de Historia Natural
.
de la Calle Alcalá nº 13 ( FIGURA 30 ), en el mismo edificio que ocupaba la Re al
Academia de Bellas Artes de San Fernando
350
.
En él s e podía observ ar un a col ección de Historia Natural y una serie de
Curiosidades de arte o Antigüedades , té rmino con el que Fra nco D ávi la designaba a
aquellos otros objetos que no
cualquier objeto no
pertenecientes a la Historia
Natural, y que en el caso
presente hací an r eferencia a
“ trajes, muebles, armas y
utensilios de pueblos ant iguos y
modernos, chinos, i ndios y
americanos; objetos artísticos
realizados con materiales del reino mineral y animal, como piedras duras, nácar y marfil;
porcelanas y lacas; pi edras grabadas anti guas y modernas; instru mentos matemáticos;
pinturas, dibujos, grabados y esmaltes ”, a la que se acompañaba una bi blioteca
especializada.
La s primeras piezas qu e conformaron la nuev a colección procedían del Gabinete
formado po r Antonio de Ulloa, que se encontr aba en la Casa d e los Apo sentos (Madrid) ,
desde donde fueron re mitidos en 1773, incluidos los armarios de caoba en que se
encontraban e x puestos. A ellos se les unieron los objetos que conform aban la propia
colección Franco Dávila y otros que fueron remi tidos d esde el Gabinete de Antigüedades
de la Biblioteca Real
351
.
A partir de su creación y hasta el m omento de s u apertura, las colecciones del
Gabinete fueron incrementándose progre siv amente con la llegada de numerosos objetos de
Historia Natural, los enví os procedentes de los via jes y expediciones científ icas y hallazgos
de excavaciones arqueol ógicas, que son las que más nos interesan al objeto del presente
estudio
352
. Aparte del crite rio enciclopedista que pr edominaba en el cole ccionismo de la
época, la razón del crecimi ento de estas colecciones debe buscarse en el i nterés del
350
Bar reiro, op. cit . 409 (1994) , 61; Calata yud, op. cit . 411 (1988 ), 97.
351
Mañueco , op . cit . 4 10, 203-204 , do nde aporta una rel ación d e los ob jeto s r em itid os desd e la
Biblio teca Real ; Calatayud, op . cit . 4 11 (1988), 10 3.
352
Bar reiro, op. cit . 409 (1994) , 26.
152
Marqués de Grimaldi, Secretario de Estado, d e “ juntar en el Gabinet e Real todas las
especies de Historia Natural que se contienen en los Reynos y Se ñoríos de España ”
353
.
Para conse guir su propós ito, intercedió ante Carlos III, quien dictó una R eal Orden por
la que se establecía que en el Gabinete de Historia Natural ubicado en Madrid, debían
reunirse “ no sólo los ani males, vegetales, minerales, piedras raras y cuan tos produzca la
naturaleza en los vastos domin ios de S.M., sino también todo lo que sea posibl e adq uirir
de los extraños ”.
Dicha orden fue remit ida a los Virrey es, I ntendent es de Provincia y C orregidores, y en
ella se especif icaba la manera de “ completar y enriquecer las series y colecciones del Real
Museo, en cada una de s us clases, ahora y en l o sucesivo, de re coger y dirigi r para dicho
Gabinete, las piezas curiosas que se encuentren ”.
La importancia de esta Real Orden, estriba en que no sól o se envía directamente a los
cargos admini strativos sino que también se publicó en la prensa de la ép oca, como es el
diario Mercurio , que inserta la noticia en sus ejemplares de Enero de 1776 y M a y o de
1776
354
.
Para la consecución de es te objetivo, se facultó a los I ntendentes a buscar el auxilio de
aquellas persona s que po r s u “ inclinación y genio a semejantes curiosidades ” le ayudasen
en la realización de di cha empresa “ por s u amor al bi en público y en el conc epto de que el
Rey mirar á el desempeño de este cargo, como prueba singular de C e lo a s u servicio,
dedicará todo su esmero a este acierto, a que yo p or mi parte quedaré reconocido, y
propenso siempre a ejercitarme en cuanto crea d e su obs equio; esperand o que del recibo
de esta y de la citada i nstrucción se s ervirá V md darme a viso, noticiá ndome al mismo
tiempo si en ese Pueblo o otros de la Pro vincia habrá alguna persona que pueda concurrir
a este cumplimiento ”
355
.
En el caso andaluz, con ocemos que dich a docu mentación le fue r emitida a Fernando
José L ópez de Cárdenas, cura de la vi lla de M ontoro, y a Francisco de Bruna y Ahumad a,
Oidor Decano de la Audiencia de Sevilla.
353
Carta de 27 .06.1776, remitida por Fernando Jo sé López de Cárdenas al Marqués de Gri m aldi.
ARAH. Ms s. 9/73 79 .
354
Bar reiro, op. cit . 409 (1994) , 63; Calata yud, op. cit . 411 (1988 ), 95.
355
Oficio de 2 4.05.1776, r em iti do por Pe dro Francisco de Pueyo, Inte ndente d e Córdo ba, a Fernando
José López de Cárdenas. ARA H Mss. 9/73 79.
153
A partir de 1776, comenzaron a llegar al Real Gabinete de Histori a Natural
numerosos objetos procedentes de hallazgos f ortuit os y ex cavaciones arqueológicas. Al
objeto del presente estudio, interesa destacar la llegada de varios objetos.
En p rimer lugar, l a inscr ipción honorífica dedicada a Ne rva, encontrada en 1762 po r
Francisco Thomas Sanz en Río Tinto (Huelva), y posteriormente remiti da al Gabinete de
Historia Natural t ras su i nauguración; en 1783 ll egaron unas jo y as nazaríes encontr adas en
las cercanías de Granada y en 1792 v arios objetos eg ipcios proc edentes de las
excavaciones p racticadas en la Casa de la Viñ a (Torre del Mar, Mála ga), que fueron
ubicadas en la Sala de Antigüedades del Gabinete
356
.
Por fin, el 04.11.1776, coincidiendo c on la onomástica de Carlos I II, se a brió al
público con el títul o de Real Gabinete de Historia Natural
357
. El local escogido pronto
resultó insuficiente ante el aumento de las colecciones y p ara satisf acer las nuevas
necesidades, Carlos III decidió en 1785 erigir en e l P aseo del P rado un edificio para Museo
de Hist oria Natural, co misionando para el trazado y constru cción del m ismo a J uan de
Villanueva, pero tras la invasión francesa fue desti nado a Museo de Pintura y Escultura
358
.
El 21.07.1792, ordenó C arlos IV que fu esen colocados en el salón del Real Gabinete
varios efectos que se guardaba n en la C asa de la Geografía , si ta en Madrid. En 1793, se
produjo u n cambio en la estructura o rganizativa del Gabinete, y a que el director pasó a
depender directamente de la Secretaria de Est ado y su person al, como en las d emás
instituciones, tenía fueros y privilegios de la Casa Real
359
.
La fama del gabinete atr aía de continuo numerosos visitantes, tanto españoles como
extranjeros, que admiraban el creciente númer o de obj etos, muchos procedentes de
América, que fueron engrosando la colección de Antigüedades que tenía la instit ución.
De tal manera que en 1 808 el Gabinete era “ un o de los primeros de Europa ” en su
género, pero la invasi ón napoleónica tuvo u n resultado nefasto, pr imero por que
interrumpió el flujo de entrada d e materiales en el Real G abinete y, en segundo lugar, por
que fue clausurado
360
, sufriendo un importante expol io sus colecciones.
356
Mañueco , op. cit . 41 0 (1 993), 205 ; Negueruela, I, “Las excavacio nes arq ueológicas e n el Siglo XVIII
y el M. A.N.”, en Marco s Pous , op. cit . 410 (199 3), 251, 252 -254.
357
Calata yud, o p. cit . 411 (1988), 112; Mañueco, op . cit . 4 10 (19 93), 203; Barreir o, op. cit . 409 (1 994) ,
63.
358
Bar reiro, op. cit . 409 (1994) , 23-24 y 67.
359
Bar reiro, op. cit . 409 (1994) , 128.
360
Bar reiro, op. cit . 409 (1994) , 19.
154
5.- La Real Bibl ioteca
La Real Biblioteca La Real Biblioteca
La Real Biblioteca .
“ Ningún monu mento de a ntigüeda d... es tan útil
y necesar io ... como las meda llas y monedas ”
(J.A. Ceán Ber m údez).
La R eal Librería o Real Bi blioteca fue cr eada ini cialmente en 1712 por Felipe V, si
bien hasta 1716 no s e pr omulgó su Cédula de fu ndación, q ue prev eía su i nstalación en l a
madrileña calle del Tesoro, en un l ocal c ontiguo al Convento de la Encarnación, muy cerc a
del Palacio de los Austrias.
Esta institución fue creada con el propósito de r eunir en ella aquellos manuscritos y
libros que, por sus espec iales c aracterísticas, c ontribuyesen a “ adelantar por cuantos
medios fuesen posi bles l as Artes y las Ciencias ”. Esta idea se vio reflejada en los estatutos
fundacionales d e la institución, en los que se disp onía que “ se ha juntado en ella el mayor
número de l ibros que hasta ahora s e ha podido, con algunos manuscritos, varios
instrumentos matemáticos, porción de monedas, medallas y otras curios idades ”
361
.
En general, las no ticias referentes a l a Re al Bibl ioteca s on mu y escasas en el S iglo
XVIII, pero de su anális is se desprende l a ex istencia, en función de su cont enido, de dos
instituciones o secciones
362
, el Museo Numismático y el Gabinete de Antigüed ades .
A pesar d e ello, no parece que estas do s s ecc ion es fun cionasen de forma
independiente, y a que l a finalidad de l as m onedas y de las estatuillas allí reunidas era la de
servir de modelo para el re trato de l os R eyes, t al y como se aprecia en los imágenes d e los
monarcas Borbones, re al izados a la manera de emperadores romanos o bien aparecen
portando símbolos propios de ellos
363
.
Un ejemplo de ello sería que en 1749, Fernando VI solicita d el Bibliotecario Mayor, a
la sazón Blas Nasarre, q ue most rara al escultor J uan Domingo Olivieri to das las m onedas
conservadas en el Mus eo de Mon edas, con el fin de que extrajera de ellas las efigies de los
reyes para las estatuas destinadas al Palacio Real
364
.
Una segunda finalidad de los objetos recopilados en l a L ib rería Real, era la d e educar a
los príncipes e i nfantes, tal y como se había hecho en el mundo d el Renacimiento,
361
Funda ción y Estatu tos de la Librería Pública del Re y N. Señor D. Felip e V (Ma drid 1716 ).
362
Mañueco, o p. cit . 410 (199 3), 190 .
363
Mor a, op. cit . 11 (1998), 48 y ss.
364
Mañueco, o p. cit . 410 (199 3), 194 .
155
mediante el estudi o de t extos gr ecolatinos y el conocimi ento y coleccionismo de monedas
y ot ros vestigios de la antigüedad clásica
365
.
No obstante, procederemos a analizar las se cciones de forma ind ependiente, dado que
ambas siguieron c aminos distintos en cuanto a su conformación, acrecentami ento y destino
final.
El Museo Numismático o Gabinete de Medallas , estuvo i nicialmente conformado po r
las colecciones de m onedas ya existentes en los Palacios Reales
366
, que comenzaron a ser
catalogadas y clasificadas en 1736 por Polluc o Pablo L ucas, anticuario del Rey de Francia.
Sobre la labor de catalogación y enseñanza a los príncipes realizada por P ablo Lucas,
tenemos el testimonio de la remitida el 02.10.173 6 por Lope d e los Ríos a Pedro Le ona rdo
de Villacevallos. En ella sost iene que el Gabinet e ex istente “ ... en la Biblioteca es cosa
lastimosa, en tres costales se guardaban [ las monedas] , pero ahora se ven en mayo r
fortuna de lo que podíamos discurrir, con moti vo de haber llegado a esta corte un célebre
anticuario que lo fue de Luis decimocuarto y lo e s del reinante, este se llama Polluc, qu e
de Africa, Asia y Eur opa, ha tr aído delicadísimas pi edras anulares y de varias hechuras,
monedas exquisitas r omanas y griegas (cuyos caractere s empiezo ya a deletrear) y de esto
hizo demostración al S r. Infante D. F elipe a donde se pudieron aprovech ar los mirones
aficionados..., le han remunerado los Re yes con signándole doscientos dobl ones de sueldo
y que ponga en orden las monedas de la Biblioteca a donde le ha n asignado cuarto y se lo
están hoy blanqueando ”
367
.
A su muerte, en 1743, el Padre Alejandro Panel, importante num ismático francés, fue
nombrado por Felipe V como pr eceptor y “ Anticuario en propiedad d el Gabinete d e
Medallas ”, es decir el p rimer conservador de la colección
368
, q uien inició una serie d e
índices numismáticos en latín de las series de medallas del Gabinete, que quedaron
incompletas ante su fallecimiento en 1784.
365
Mor a, op. cit . 11 (1998), 70.
366
Alfaro Asins, C.: “Las Cole cciones Numismáticas del Museo Arqueoló gico Nac ional”, en Ma rcos
Po us, op. cit . 410 (1993), 147 .
367
BB CC. Mss. 59-3-44 (85-4-24 ), fol. 2 6 a 27v.
368
Ri vero, C. “El Gabi nete numismático del Museo Arq ueológico Nacio nal: 1715 -1950 ”. Nu misma 1 9
(19 56), 6 3, q uien nos da un a visión muy negativa de la lab or desarro llada por el P adre P anel; cfr. A l faro
Asins, op . cit . 43 7 (1 993), 147; P anel, A.X ., Ge ograp hia Nu morum . Mss. sin fechar en 1 1 volúme nes,
conservado en el MAN. La mayoría de los trabajos d el P adre Alejandr o P anel, actualment e dep ositados en la
BN, nunca vier on la luz; sob re la lab or d e P anel en la Real Bib lioteca, véase García Ejarq ue, op. c it . 14
(19 97).
258
general de los viajes de l a Ilustración; su plant e amiento concreto, por et apas y objetivos
sucesivos, y, en fin, su ejecución y su memoria final ”
580
.
La totali dad de lo s viajes ilu strados que ocupan el presente trab ajo, pueden dividirse en
dos grandes grupos, que serán el esquema sobre el que trabajaremos más adelante
581
:
1.- Los viajes hist óricos arqueológicos : a lo s que pertenecerían lo s viajes
efec tu ados por Luis J osé Velázquez de Velasco, Francisco Pérez Ba y er y Fra y S ebastián
Sánchez Sobrino, así como el trabajo de Jaime Vil lanueva.
2.- L os viajes artísti cos , al que pertenecerían las obras de Antonio Ponz y Fra y J osé
Ortiz y S anz, así como el inconcluso trabajo de I sidoro Bosarte.
Pero ambos tipos de viajes comparten una serie de elementos comunes:
1) Reformismo pedagógico : el int erés por la enseñanz a y la tr ansmisión de nuevos
conocimientos, im pera en todas estas obras, ya q ue fue una d e las ma y ores inquietudes de
los viajeros ilustrados.
2) Toma de conciencia d e la realidad nacional : en todas las n arraciones, se observa
la ex istencia de una gra n objetividad en la anotación y descripción de los m onumentos y d e
la realidad española.
3) C riticismo : especialmente hacia aquellos aspectos que los ilustrados
consideraban contrarios al buen desarrollo de la nación, como por ejemplo e l arte barroco.
4) Politización de la empresa ilu strada : el viajer o es un intelectual comp rometido
con la empresa políti ca estatal, encabezada por el propio re y , que persigue la reforma
“ desde arriba ” de la nación.
5) Pr osaísmo cientifista : lo s l ibros de vi ajes p articipan d e la prosa di dáctica y
cientifista con la que se escribieron la ma y or parte de las obras ilustradas
El resultado de todos estos viajes, fue la r ecopilación de una gran cantidad de
documentación (epí grafes, monedas, monumentos, etc) ex istentes in situ o en colecciones
particulares o las halladas en excavaciones arqueológicas contemporáneas.
Esto conllevó, según M. Fa bbri, el sur gimiento de “ una sensibilidad nueva que l levaba
a considerar con mayor atención la tierra natal y los hombres, los lugar es, las obras, el
paisaje y la naturaleza en general ”, que con la llegada del Romanti cismo, y a en el siglo
XIX, derivara hacia el costumbris mo.
580
Gó m ez d e la Serna, G., Los via jeros de la Ilustració n (Madrid 19 74), 77.
581
Gó m ez d e la Serna, op. c it. 651 (197 4), 79-99; Mo ra, op. cit . 650 (1996 ), 902.
259
Sin embargo, y a pesar del apo yo político que la monarquía y d e las instituciones
culturales borbónic as, e stas relaciones d e vi ajes fueron despr eciadas p or los críticos y
lectores románti cos y po strománticos, lo que les impidió ser conocidos por el gran público
y por gran parte de los investigadores posteriores.
a) Viajes Históricos
Viajes His tóricos Viajes His tóricos
Viajes His tóricos -
- -
- arqu eológicos
arqueológic os arqueológic os
arqu eológicos.
1) El Viaje de Luis José Velázquez de Velasco y Cruzado.
El viaje del L uis José Velázquez de Velasco y Cruzado, futuro Marqués de
Valdeflores, es el inicio de los denominados Viajes literarios , que podrí amos definir como
aquellas expediciones, realizadas por eruditos y anticuarios, q ue tenían por finalidad la
recopilación de los do cumentos originales de las historias ecle siástica y civil de la na ción,
que posteriormente s erían uti lizados por la política regalista para defender sus pretensiones
frente a R oma, cuestión esta sobre la que ya h emos hablado en el apartado III de este
trabajo.
Sobre estas empresa s literarias, el propio Velázquez dice que “ el reinado de Fernando
VI forma en la Hi storia L iteraria de la Nación Española una época muy notabl e. Por una
precisa consecuencia de la paz, y de la abundancia de la Nación empezó a recobrar su
antiguo vigor, reduciendo a su seno las Artes y las Ciencias figur ativas de este país, y
propagando, y acreditando en él todos los ramos de los conocimientos humanos ”
582
.
Así, el propio Velázquez de Velasco remitió en 16.07.1752 y el 04.08.1752 dos
Representaciones a la Real Acade mia de la Historia, cuy o Director, A gustín de Montiano y
Luyando, las transmiti ó a Fe rnando V I a través del Marqués de la Ensenada, de forma que
estos dos personajes, mu y rel acionados con Velázquez por su pres encia común en
determinadas tertulias, se convirtieron en los protectores del erudito m alagueño.
El resultado fue que el monarca encargó a Velázq uez, acadé mico S upernumerario de l a
Real Academia de la Historia, la realización de un viaje p or todo el país “ con el f in de
examinar, recoger e ilustrar t odos los antiguos monumentos de la Nación y hacer las
observaciones necesarias para el conocimiento d e la antigua Geografía del país ”
583
.
El ob jetivo de la empresa era realizar una “ colecc ión general de todos los monumentos
antiguos de España [ que] no se podía hacer con sol o el trabajo de ent resacar l as ya
582
Velázquez, op. cit . 174 (17 65), 1-7.
583
Velázquez, Cartas ..., op. cit. 174, 136-136v.
260
publicados de los libros impresos, por que ni se habían impreso t odos aquellos
monumentos de que habí a noticia, ni había noticia de otros monumentos que se hal laban
esparcidos en diferentes pasajes y como sepultados entre las minas de los a ntiguos
pueblos, en l os gabinetes de los curiosos y en los archivos, bibli otecas antiguas, ni los
pocos que se habían publ icado estaban copiados con la mayor exactitud. Así era preciso
reconocer de nue vo l os ya publicados, recoger los demás que no habían sido impresos y
formar de todos ellos una amplia y exacta col ección. Por otra par te, estos monumentos n o
podían ser entendidos sin un perfecto conocimiento de la Geografía del anti guo País , en
que acontecieron l os suc esos, a que ellos se refieren. La Geografí a antigua de España era
una cosa casi ignorada has ta entonces, y para formarl a era necesario un gran número de
observaciones qu e d ebían ejecutarse en los principales pueblos de todas sus
Provincias ”
584
.
Para poder llevar a cabo este pro y ecto, Fernando VI di ctó la Re al Orden de 2 de
Noviembre de 1752, por la q ue se aprobaba el p royecto de Velázquez de Velasco, como
representante de la Academia de la Historia, a la vez q ue se concedía la p rotección real y
una pensión de 36.000 reales
585
. En esa m isma fecha , la decisión real fue co municada por
el Marqués de l a Ensenada a Agustín de Mo ntiano y Luyando, Director de l a Real
Academia de la Historia
586
.
Con esta decisión real, se disponía, por primera vez en nuestra Historia, que todo el
aparato administrativo quedaría al servicio de un personaje d eterminado p ara la realización
de su pro y ecto, que cont aba con la aprobación real, debido a l os benef icios que debía
reportar a la nación.
Así, se dispuso que todos “ los Capitan es y C omandantes Generales, a los Intendentes,
Gobernadores, Corregidores, Justicias y demás personas a quienes toque, y se presentare
este Despacho, facili ten al expresado Luis Velázquez todo el f avor, auxilio y asistencia que
pidiere y necesitare para el desempeño de su Comisión sin ponerle ni per mitir se le ponga
el menor impedim ento n i dil ación; y que le hag an franquear y poner de manifiesto l os
Archivos y Proto colos Públicos, que indicare, para sacar de ellos las not icias que le
pareciere, y copias sim ples, o autorizadas de los Documentos, y de más Papeles que
584
Velázquez, op. cit . 174 (17 65), 141-143.
585
AR AH. CAG/9 /798 0/5(16) ; Velázquez, op . cit . 174 ( 1765), 6-7; Gómez d e la Serna, op . cit . 651
(19 74), 76; Mo ra, op. cit . 1 1 (1998), 42.
586
Oficio de fecha 0 2.11.1 752 remitido por el Marqués d e la Ensenada a Agustín de Montian o y
Luyando. ARAH. CAG/9 /798 0/5(1 7).
261
tuviesen conexión directa o indi recta con sus encargos, pues así conviene al Servicio de
S.M .”
587
.
Esta disposición del poder administrativo al servicio del pro y ecto real que representaba
este viaje, vuelv e a qu edar de m anifiesto en la Instrucción que ha d e o bservar D. Lui s
Velázquez de la Real A cademia de la Historia, en el viage qu e está destinado para
aberiguar y reconozer las antigüedades de España , firmada por el Marqués de la
Ensenada.
En esta disposición admin istrativa, s e indi caba el método de trabajo a seguir
588
. En
primer lugar, d ebería dir igirse al Intendente, máx ima autoridad admini strativa p rovincial,
quien debía informarle “ de lo que haya digno de observación ”.
A este cargo, “ después de presentarle el despacho supliqué me hiciese el favor de
dirigir una Carta o Circular a todos los pueblos de su Intendencia, para que respondiesen
al tenor de estas preguntas, que le entregué en u na memoria: 1º.- Si el p ueblo es ciudad,
villa o aldea. 2º.- Si su s ituación es en alto o en ll ano. 3º.- Si junto a él p asa algún río o
arroyo, hacia que parte del lugar, esto es, si por poniente, ori ente, norte o mediodía. 4º.-
Con que otros lugares confina por poniente, oriente, mediodia y no rte. 5º.- Cuales sean los
últimos lugar es de la Provinia por aquellas partes por donde esta confina. 6º.- Si en el
pueblo o sus cercanías se encuentra alguna pi edra con letras anti guas, estat uas, ruinas d e
algunos antiguos edifi cio s, despoblados, medallas y otros vestigios de antigüedad.
Por medio de esta memoria quis e recoger las noti cias más importantes para las
pesquisas de las antiguedades de los Pueblos ”
589
.
Una vez “ recogidas estas no ticias, y las que e n él pudiera adquiri r del resto de la
Provincia ”, realizaría, en segundo lugar, un itinerario de visita por todos “ los demás
lugares en que espere descubrir algo de importancia ”.
Una vez “ en los pueblos grandes o en aquell os donde haya de practicar al guna
diligencia concerniente a su comisión, s e pr esentará antes a los Justicias con la orden que
llevará de S.M., para que le auxili en y pr esten t oda la asistenci a que pidiere,
franqueándole los Archivos y Regist ros Públicos para que saque de ellos l as noticias que
hubiere menester, certificadas y autorizadas en debida forma ”.
587
Velázquez, op. cit . 174 (17 65), 8, nota 10; Álvarez Ma rtí-A guilar, op . cit . 83 ( 1996), 31.
588
Ve lázquez, op. cit . 174 (1 765), 6-7; Canto, o p. cit . 83 ( 1994), 50 6; Álv are z Martí -Aguilar, op . cit . 83
(19 96), 33.
589
Carta de 02.1 0.2753 r em itida po r Luis José Velázq uez de V elasco a Agustín de M ontiano y Luya ndo.
ARAH. Ms s. 9/60 00, fols. 1 22- 12 7v.
262
La info rmación obtenida en l a consulta de l os archivos y bibli otecas fu e enviada al
jesuita Andrés Marcos B urriel, coordin ador d e la Com isión formada por el Pat ronato
Regio , cuestión que ya hemos tratado en el cap ítulo III del presente tr abajo, al cual nos
remitimos, y con el qu e es i ndudable estaba relacionado el v iaje em prendido por el
Velázquez
590
.
La Instrucción también señalaba claramente cual era el cometido a ejecuta r:
“ 5º.- Registrará l as ruinas de los famosos pu eblos d e la anti güedad y las
reliquias de sus más sunt uosos edificios como los teatros, anfiteatros, circos, naumaquias,
acueductos, pu entes, ar cos de tr ofeo, templos, termas y s epulcros, los me dirá, dibujará y
explicará.
6º.- Hará estas dimensiones por el pie de hierro que le habrá de entregar el
Director de la Academia, en cuyo poder quedará otro i gual al que llevare.
7º.- Podrá hacer al gunas ligeras exc avacion es s i f uere necesario para el
desempeño de su Comisi ón, pero si estas debieren ser más largas, costosas o en perjui cio
de alguno no las practicará sin representar ant es a S.M. por medio del Director de la
Academia para obtenerse su Real permiso.
8º.- Copiará to das las inscripciones anti guas, así de letras des conocidas como
latinas, góticas, árab es y hebre as y formará de to das ellas una colección.
9º.- Re cogerá las estatuas antig uas, basas, relieves , camafeos, piedras grabadas,
medallas y demás r eliquias comprobadas de la an tigüedad, comprándolas de las personas
que voluntariamente se determinen a ve nd erlas, como su coste no sea excesivo, pu es
pasando de una cantida d moderada, esperará l a Real aprobación ant es de ejecutar la
compra.
10º.- Cuidará de que todas estas alhajas se conduzcan a donde S.M. mandar e y
entretanto hará que l as estat uas, bajorrelieves y demás monum entos cuya conducción n o
sea t an fácil se coloq uen en parajes seguros y si pu ede ser en l as casas de l os
Ayuntamientos de los Pu eblos, encargando a lo s Justicias su conservación has ta que S M
disponga de ellas.
11º.- Llevará cuenta muy exacta y just ificada de tolo lo que expendiere en estas
excavaciones y compras y lo remitirá con cargo y data del dinero que se le fuere librando
para estos gastos.
590
Velázquez, op. c it . 174 (176 5), 12 y ss.; Mo ra, op . cit . 11 (1998) , 44; Mora, op. cit . 650 (1 99 6), 902.
263
12º.- Procurará ver los gabinetes de algunas personas particulares y observará
en ellas cuanto pueda conducir a ilustrar y ave riguar l as antigüedades de España ”
591
.
Varias cuestiones pueden analizarse del tex to de la Instrucción. Vino a representar el
primer intento de catalogación del p atrimonio arqueológico de l a na ción. Por prim era vez
en nuestro país, se dispone, s egún l o expresado en l os apartados 5º , 8º y 9º de la n orma,
una definición unitaria de lo que debían entenderse por monumento antiguo.
Con esta consideración, Velázquez planteaba la cuestión de que “ no todos los
monumentos antiguos so n útiles ” para la Historia, ya que existí an “ una inf inidad de ellos,
cuyo examen me d eberá ser tan indiferente, como en las not icias que contienen lo s on para
la propia Histori a ”.
Por eso, s olamente uti lizó, para sus trabajos las fuentes ori ginales d e cualquier
historia, en cuanto que se trata de testi monios auténticos que conservan la memoria de
muchos acontecimi entos. Así, para r ealizar su obr a, concibió el si guie nte plan: dividir los
monumentos úti les en diversas c ategorías: “ escritores or iginales y contemporáneos;
diplomas; inscripciones; medallas; monumentos de pint ura, escultura y arquitectura;
muebles y demás utensilios ” y finalmente los “ anti guos escritores españoles ”
592
.
Para el objeto del pr esente trab ajo, solo n os interesan l os siguient es, que a
continuación paso a describir de una manera más amplia:
1º) Inscripcion es : entre las que se incluían “ no solo las que yo he visto y copiado
de las mismas pi edras original es, sino también las que h e recogido de ma no de mis amigos
y las que he sacado de los libros impresos y manuscritos ”
593
.
Estableció un método para la recopilación, y post erior publicación, de los epígrafes, tal
y como ha reco gido Ali cia Canto: “ a la cabeza de cada uno, el nombr e del pueblo y
provincia donde se halla. N ota de haberla visto y copiado el autor, o el nombre de la
persona de qui en la reci bió, y si ésta la vio o copió de otro. L a bibliografí a de donde s e
sacan inscripciones que no se han pod ido cotejar, l as lecturas más i mportantes y la
cronología ”
594
.
Inic i almente concibió e l siguiente esquema di visorio, a la hora d e recoger la
información:
591
ASRA H 10. 10.175 2.
592
Ve lázquez, Cartas ... op . c it . 1 74, fols. 153 -153v; Velázq uez, o p. cit . 174 (1765 ), 19 , Gó m ez de la
Serna, op . cit . 6 51, 77; Mor a, op. ci t. 650 (1996) , 904; Álvarez Mar tí Aguilar, o p. cit . 83 (1996) , 75-102.
593
Velázquez, Cartas ... op. cit . 174, fol. 160.
594
Velázquez, op. cit . 174 (17 65), fol. 117 ; Canto, op . ci t. 83 (1994), 50 7.
264
“ 1.- Inscripciones d e letras españoles desconocidas del ti empo anterior a la entrada
de los romanos en España.
2.- Inscripciones griegas y latinas del tiempo de lo s romanos en España hast a el final
del siglo IV, y que se subdivide en dos secciones: a) i nscripciones cronológicas, esto es,
las que tienen nota del tiempo en qu e se esculpi eron. Y esta sección se s ubdivide po r los
emperadores romanos a cuyo tiempo pertenecen las i nscripciones; b) inscripciones que
carecen de nota cronológica. Esta sección s e subdivide en 4 artícul os: inscripciones
griegas, i nscripciones latinas de l os dioses, inscripciones latinas de las familias e
inscripciones latinas varias, que no es fácil reduci r a clases determinadas.
3.- Inscripciones del Siglo V.
4.- Inscripciones del Siglo VI.
5.- Inscripciones del Siglo VII.
6.- Inscripciones de tiempo incierto, que se esculpieron después del si glo IV y antes
del siglo VIII.
7.- Inscripciones del Siglo VIII.
8.- Inscripciones del Siglo IX.
9.- Inscripciones del Siglo X.
10.- Inscripciones del Siglo XI.
11.- Inscripciones del Siglo XII.
12.- Inscripciones del Siglo XIII:
13.- Inscripciones del Siglo XIV.
14.- Inscripciones del Siglo XV.
15.- Inscripciones de principios del Siglo XVI hasta 1516.
16.- Inscripciones hebreas.
17.- Inscripciones arábigas ”.
A ello, según palabras del propio Velázquez , s eguían dos apéndices: “ El primero
contiene l as inscripciones halladas fuera de España y que pertenecen a las casas de la
Nación y el s egundo l as inscripciones s ospechosas descubiertas en Granadas y las
fingidas perteneciente s a otros pueblos de España ”
595
, elemento este que fue eliminado de
la publicación definitiva de la obra, como veremos a continuación.
En l a publicación definiti va del Viaje, o ptó por otra dis tribución en el caso de los
epígrafes, m ucho m ás global y s implificada, que concordaba con l o que el propio
265
Velázquez denominó como “ Nuevo Sistema de l a Anti gua Hist oria General de España
desde el tiempo más remoto hast a el año de 1516 ”. Esta división es como sigue:
“ Iº.- Conocimiento y uso de las antiguas inscripciones de España.
IIº.- Colección de estas inscripciones:
1.- Inscripciones de letr as desconocidas usadas en Espa ña antes de la ent rada de
los romanos.
2.- Inscripciones griegas , egipcias y latinas del t iempo de los Romanos hasta fin
del siglo IV.
1.- Inscripciones cronológicas:
1.- Inscripciones de tiempo determinado.
2.- Inscripciones de tiempo indeterminado.
1.- fragmentos de columnas miliari as.
2.- fragmentos de inscripciones dedicadas a los e mperadores.
2.- Inscripciones que carecen de nota cronológica :
1.- Inscripciones griegas y egipcias.
2.- Inscripciones latinas:
1.- Inscripciones dedicadas a Dioses.
2.- Inscripciones dedicadas a personas i lustres.
3.- Inscripciones sepulcrales.
4.- Inscripciones de los edif icios y obras públicas.
5.- Fragmentos e inscripciones mal copiadas.
3.- Inscripciones del ti empo de los Godos desde el pri ncipio del S. V hasta fin del
VII.
1.- Inscripciones de tiempo determinado.
2.- Inscripciones que carecen de nota cronológica determinada.
4.- Inscripciones del ti empo medio desde la entrada de los Árabes y princ ipios del
siglo VIII hasta 1516.
1.- Inscripciones cristianas.
2.- Inscripciones arábigas.
3.- Inscripciones hebraicas ”
596
.
595
Velázquez, op. cit . 174 (17 65), fols. 157-16 0.
596
Ve lázquez de Velasco, Luis Jo sé, Nue vo Sistema de la A ntigua Historia de España d es de el tiempo
más remoto ha sta el añ o 1 516 . AR AH. Mss. 9 /605 1(6) ; Velázquez, op . cit . 174 (17 65), fols. 1 14; cfr. Canto,
op. cit . 83 (199 4), 507, da un resu men de la misma.
266
2º) Medallas o Moneda s : la clasificación de las monedas, qu e a continuación se
detalla, estaba acompaña da d e una serie de diseños de tipos numismáticos, que intentaban
fueran lo más ex acto po sible, y junto a ello s e añadían sus notas corr espondientes. Est a
clasificación inicial de las monedas se basa en la ex istencia de tr es grandes grupos o
conjuntos de monedas:
“ - Medallas desconocidas que pertenecen al tiempo anterior a los Romanos, y se
subdivide en tres secciones :
a) Medallas celtibéricas acuñadas en los ant iguos pueblos de Aragón, Cataluña y
Valencia.
b) Medallas turdulitanas (las mismas que hasta aq uí ll amé tur detanas) acu ñadas
por los pueblos mediterráneos de los reinos de Jaén y Sevilla, hacía los parajes
donde hoy están Osuna y Porcuna.
c) Medallas turdetanicas ( las mismas que hast a a quí llame Bastulo-pheni cias)
acuñadas en las ciudades marítimas y mediterráneas del reino de S evilla y
Cádiz, Medina Sidonia, Vejer de la Miel, Jimena y otr os pueblos inmedia tos a
estos.
- Medallas latinas acuñadas en tiempos de los romanos, que se subdivide, en tr es
secciones:
a) Medallas consulares y de las familias romanas, acuñadas dentro o fuera de
España hast a el t iempo de Augusto, y que perte necen a cosas de la na ción, y
esta sección va coordinada por orden cronológico.
b) Medallas acuñadas en los antiguos pueblos de España desde Augusto hasta
Calígula y otras medallas dispuestas por orden alf abético de los nombres de los
antiguos pueblos a que pertenecen.
c) Medallas de l os empera dores romanas acuñada s en Españ a o fuera de ella, y
que pertenecen a las cosas de ella, desde después de Cal ígula hasta la ent rada
de los godos. Van ordenadas por orden cronológico.
- Medallas ac uñadas en España de sde la entrada de los Godos h asta 1516, y se
subdivide en 6 secciones :
a) Medallas de los Reyes Godos y Suevos de España
b) Medallas de los R eyes d e Oviedo, L eón, Gali cia y Ca stilla, desde su principi o
hasta los Reyes Católicos.
c) Medallas de los Reyes de N avarra hasta los Reyes Católicos.
267
d) Medallas de los Reyes de Aragón hasta los mismos Reyes Católicos.
e) Medallas de los Reyes de Portu gal hasta el rey Don Manuel.
f) Medallas arábigas acuñadas en España por los reyes moros ”.
Finalmente, como ocurría con el ca so de las inscripciones, se incorporaba un
“ apéndice conteniendo las medallas sospechosas y fingidas ”
597
.
Sin embargo, en la pub licación definitiva de la obra de Velázquez, se inclu y ó otro
cuadro de distribución de las medallas o monedas, que es el siguiente:
“ Iº.- Conocimiento y uso de las antiguas medallas de España.
IIº.- Colección de estas medallas:
1.- Medallas descono cidas, acuñadas en Espa ña antes de l a entrada de los
Romanos.
1.- Medallas de las colonias f enicias y cartaginesas en la Betica.
2.- Medallas de las colonias gri egas en la Betica.
3.- Medallas de las colonias gri egas en la Tarraconensis.
2.- Medallas del tiempo de los Romanos.
1.- Medallas de los Cónsules y demás magistrados romanos hasta Augusto.
2.- Medallas de las ciudades de España hasta Cal ígula.
3.- Medallas de los Emperadores Romanos pertenecientes a España desd e
Calígula hast a la entrada de los Godos.
3.- Medallas del tiempo de los Godos:
1.- Medallas de los Reyes Godos.
2.- Medallas de los Reyes Suevos.
4.- Medallas antiguas desde la entrada de los Árabes hasta 1516:
1.- Monedas Cristianas:
1.- Monedas antiguas de los reyes de Asturias, Le ón, Galicia y Castilla.
2.- Monedas antiguas de los reyes de Navarra.
3.- Monedas anti guas d e los re yes de Aragón, Mall orca, Valencia y
Barcelona.
4.- Monedas antiguas de los Reyes de Portugal.
2.- Monedas Arábigas.
3.- Monedas Hebraicas ”
598
.
597
Velázquez, Cartas ... op. cit . 174, fols. 157-160.
598
Velázquez, op. cit . 174 (17 65), 115.
274
A pesar de q ue contaba todavía con el apo y o d e Agustín de Montiano y Luyando,
Director de la R eal A cademia de la Hist oria, l a figura y los t rabajos de Velázquez,
representante de Ensena da, fueron cada v ez más cuestionados en el seno de la Academia,
donde los nuevos gobernantes iban cada vez acaparando más po der, r epresentados por la
figura del Censor Pedro Rodríguez de Campoman es, rival intelectual de Velázquez.
Prueba de la falta d e ap oyo de la i nstitución, es la Representación del Sr . Don Pedro
Campomanes a la Acade mia sobr e l a formación de una C olección de Inscripciones ,
firmado el 9 de Ma yo de 1755, que reiteraba el p roy ecto ini cialmente presentado en 1753
por el propio C ampomanes, que fue adoptado p or la propia inst itución. Con él pretendía
realizar una “ colección de inscripciones, epitafios y ot ros letreros de q ualquier tiempo,
carácter y lengua que s e hal lasen ”
615
, proyecto este sob re el qu e tr atare mos más
extensamente en otro apartado de este tr abajo, que en la p rác tic a venía a s er idéntico al de
Valdeflores, al menos en la cuestión de los epígra fes, que fu e rápidam ente aprobado por la
institución.
A pesar de ello, Valdeflores realizó todavía otros “ cuatro viages por la Provincia de
Andalucía, con el fin de continuar el de sus qu atro reynos, que aun no había del todo
viajado ”
616
, así como pudo completar las provincias ya recorridas con la r ecopilación de
nuevas noticias y hallazgos, como por ejemplo el hallaz go del Atlas en Las Cabezas de San
Juan (Sevilla).
El resultado de todo ello fue la aparición, y a en 1765, de su N oticia de su Viaje de
España , que resultó ser una versión reducid a de sus trabajos, la ma y or pa rte de los cuales
quedaron inéditos.
En estos recorridos, es normal que fuese acom pañado de a lgún “cicerone” que le
mostraría las principales antigüedades o monum entos, llegándole a da r copias de estas
inscripciones en muchos casos. Normalmente est a pe rsona era bien un co leccionista local,
bien un erudito local, miembro de las instituciones culturales borbónicas. Entre e stos
“cicerone”, podemos nombrar a Livino Ignacio Leyrens y Pelleart, en el caso de Sevill a, a
José Vázquez Veneg as y Pedro Leona rdo d e Vill acevallos, en el caso de Córdoba, a Fra y
Jerónimo de Estrada S.I., en el caso de Jerez de la Fronte ra, a Guillermo Ty rr y , en el caso
de El P uerto d e S anta María, o a Fray Manu el R uiz , de la Orden de los Terceros d e San
615
Campo m a nes, op. c it . 157 (1753); Huerta , op. cit. 7 (1796), XLII.
616
Velázq uez, op . cit . 174 (1765), 17-18 ; Gómez de la Sern a, o p. cit . 6 51 ( 1974), 78; Álvarez Martí-
Aguilar, o p. cit . 83 (1996 ), 34-35; Mora op. cit . 6 50 (1996), 90 3.
275
Francisco, en el caso de Antequera, o a Manuel Trabuco y Belluga, en el caso de Málaga,
personajes sob re l os que ya hemos hablado más detenidamente en otro apartado d e este
trabajo.
El sistema empleado por Velázquez para rec opila r las anti g üedades de un lugar es el
siguiente. En p rimer lu gar, parte de la mención d e la localidad en las fuen tes grecolatinas,
así por ejemplo de Sevilla dice que “ es la antigua Hispal, como la nomb ra Mela y Silio
Itálico, o His palis, según se e scribe en Plinio y en Ausoni o ”
617
, para a c ontinuación
recoger l as i nscripciones existentes en obras anteriores, las cuales cot eja con su orig inal,
como realizó en el denominado Arco de los Gigantes de Antequera
618
.
Gracias a su conocimiento de las fuentes antiguas y a la visita direc ta de los lugare s ,
pudo identificar al gunas ciudades m encionadas en las fuentes grecorroma nas, como es el
caso de A sta Regia , que sitúa en el “ despobla do de la Mesa de Asta, entre Xerez y
Trebujena, más cerca de Trebujena, donde se conservan algunas ruinas ”
619
, o como
también sucede en el cas o de Siaro , que sitúa a “ 2 y media leguas de Utrer a hacia la part e
de mediodía [sobre] un despoblado que llaman Sa rracatin, y a sus inmediaciones Sarro, y
es el sitio del Siarum que Pli nio pone entre los pueblos del Convento de Hispalis ”, o
Nabrissa , que si túa en l a “ villa de L ebrija, que todavía conserva algun os vestigios de
antigüedad, principalmente en un arco romana, que se mantiene en la Plaza ”
620
.
Sin embargo, en el caso de Asido Ca esarina , siguió la ubica ción dad a por Enriqu e
Flórez, identific ándola c on J erez de la F rontera, y no con la ciudad de Medina S idonia
621
,
cuestión esta sobre la que trataremos más adelante.
Sobre el Templo de Hércules-Me lkart en Cádiz, di ce que sus “ ruinas se descubrieron
en el año 1730, po r el mes de Diciembre, en u na gran baxa de mar, que después la
creciente volvió a cubrir . Estaba el templo a l a falda de l a isla por el lado que mira a
Cádiz … [ y ] sacáronse d e él diferentes estatuas, y entre ellas dos p equeñas de bronce d e
un palmo de alto, que están oi en Cádiz, en el Gavinete del Marqués de la Cañada, que
una es de Hércules y otra de Neptuno ”
622
.
617
Velázquez, Observacio nes ... op. cit . 174, 23.
618
Velázquez, Observa cioenes .. . op. cit . 174, 2 7v-29v ; c fr. Atencia Páez, R., “ El arco d e los Gigantes
y la epigrafía antequerana”, Jábeg a 35 (19 81), 47-54.
619
Velázquez, Observacio nes ... op. cit . 174, 27.
620
Velázquez, Observacio nes ... op. cit . 174, 30v-31.
621
Ve lázquez, Observacio nes . .. op . c it . 1 74, fols. 31-31 v; Fl órez, op. cit . 2 3, To m o X, 19 y ss; Cid y
Carrascal, o p. cit . 267 (179 0).
622
Velázquez, Observacion es . .. op. cit . 174, fol. 35v; cfr. Buhigas Cabrera, J .L. y Pére z Fer nández, E.,
276
Figura 69 . Teatro de Singilia Barba, según Luis José Velázquez
Figura 70 . Alzad o de Las Bóved as, realizado por Lu is José Velázqu ez
También realizó descripciones de los restos conservados en los yacimientos
arqueológicos. Por ejem plo de
Singilia Barba
, y ac imiento del que dice que entre sus ruinas
se descubre ( FIGURA 69 ) “ los restos de un t heatro casi del todo destruido, y solo han
quedado los vestig ios del semicírculo d e las grad as hasta los extremos por donde s e unían
con la scena ”
623
.
A la denominada Torre de las Bóvedas ( FIGURA 70 ), sit uada en San Pedro de
Alcántara ( M álaga), l a describe como p arte de una “ anti gua almadraba o pesquería ”, d e
“El marqués de la Cañada y s u Gab inete d e Antigüedades del Siglo XVI II en el Puerto de Santa María”, en
Beltrán y Gascó, op. cit . 58 (1993), 205-22 1.
623
Ve lázquez, Observacio nes ... op. cit . 174, fols. 29v-30; desc ripció n que rep ite Veláz quez de Velasco,
Luis J osé, Memorias del Viag e d e E spaña . Mss. 9/7018 . El dibuj o del teatr o se encuentra en Velázquez de
Velasco, L uis José, Mo numen tos antig uos de Pin tura, Escu ltura y Arquitec tura . ARAH. M ss. 9/41 28.
277
Figura 71 . Plan ta del Teatro de Acinipo, según Luis José Velázque z
.
la que d estacaría los r estos de un edificio octogonal central, construido e n “ argamasa tan
desecho, que apenas s e ha podido aj ustar s us partes a las debidas dimensiones ”,
aportando sus plantas y alzado.
Describe el Despoblado de Ronda la Vieja , donde se encontraban las ru inas de la
antigua ciudad de Acini ppo , entre las que se conservaba n los restos de un teatro que
conserva “ la maior parte de la s cena, el proscenio y el semicírculo de las grada, el qual no
está todo fabricado enteramente de piedras, sino cortada en la misma peña viva del monte,
y por esto no t iene vo mitorios esparcidos en medi o de las gradas ”, edificio ( FIGURA 71 )
que ya conocía por una visita anterior
624
.
Sobre la Mezquita de Córdoba, dice qu e “ es un templo de 150 varas de an cho y 206
de largo, sostenido de columnas, y rodeado de 15 puertas for radas en chapa de hierro, y
muy semejant es a las de las fortificaciones moriscas. Alrededor del templo por la parte de
adentro y sobre las puertas por la parte de afuera hai muchas inscripciones arábigas ”
625
.
En su obra describe p iezas arqueoló gica s excepcionales, como es el caso del
Sarcófago de Medina Si donia, que pudo en su emplazamiento original “ en la Sacristía del
Convento de Reli giosos Fra nciscanos reformad os, hai un sepulcro anti guo de mármol
624
Velázquez, Observac iones .. . op. cit . 174, 52, Velázq uez, op. cit . 598 (1750 ), 125-162; Maie r
Allende, J ., “Tea tro de Acinipo ”, en Tesoros , o p. cit . 139 (2001 ), 212.
278
Figura 72
. Inscrip ciones
Prerromana s falsas de Málaga
recogidas por L.J. Velázquez.
blanco. Por el lado de la frente está todo labrado con diferentes figuras de relieve entero,
en que se ven los bustos de un hombre, y una muge r dentro de un medallón sost enido de
dos sati ros , junto a los qual es hai ot ros dos, y quatro Nimphas, y entre ellos al gunos
genios. Por la parte de abajo se ve el mar, y algunos Delphines, y Genios en ciertos
barquillos ”
626
, y que posterior mente pasó a la c o lección particular del Marqué s de la
Cañada en El Puerto de Santa María.
Incluso l lega a incluir piezas que aparecieron con pos terioridad a la realización de su
viaje, como es el c aso d e la escultura de Atlas e ncontrada en Las Cabezas de San J uan
(Sevilla), donde “ abriendo l os cimientos de una ig lesia en 1762 se descubri ó un mármol de
3 cuartas de alt o, que luego se condujo a Sevilla, donde se guarda en el Gabinete de D.
Francisco de Bruna, oidor de aquella Audiencia. Es una estatuas que representa a Atl as
arrodillado y sost eniendo sobr e sus ombros un globo. Las concavidades que se ven en la
parte sup erior del globo, y del troz o de piedra br uta que está
al lado i zquierdo de la estatua, hacen ver claramente que
servian para sugetar las espigas de otra mol e que sobre ellas
descansaba: i la inscripción, que se ve en el pe destal de la
estatua … no deja duda que fuese la efigie de Clau dio ”
627
.
No sol o anota de su propia mano las i nscripciones
romanas, el número más elevado del conjunto d e epí grafes,
sino que también co pia y dibuja otras inscripciones
prerromanas, g riegas, g óticas, hebreas, islámicas y
bajomedievales.
Entre las inscripciones prerromanas, consider adas por
Velázquez como “ monumentos pertenecientes a los españoles
primitivos ”, destac an las fa lsificaciones del Valle del
Abdalajís (Málaga) ( FIGURA 72 ), que describe como
perteneciente a una “ piedra anular, hecha de pa sta de
yerbas, que por ambos lados tiene inscripción ”, y que le
625
Velázquez, Observacio nes ... op. cit . 174, 40v.
626
Velázquez, Observacio nes .. o p. cit . 174 , 32 v; cfr. Reci o, A, “El sarcófago ro mano de M edina
Sidonia”, B IEG 20 (1 974), 79 y s s; Recio, A ., “ Sarcó fago ro m a no de Me dina Sidonia”, X III CAN (Zara goza
197 5), 875-88 3; Be ltrán Fortes, J. , Sa rcófagos roma nos de la B etica co n deco ración de tema pa gano
(Málaga-Sev illa 1 999) ; Go nz ález, R ., “ Recuper ación d e d iversos fragme ntos del desaparecido sarc ófago
romano de la Colecció n del Marq ués de la Cañada”, Revista de Histo ria de Jerez 6 (20 00), 85-97.
627
Velázquez, Observacio nes ... op. cit . 174, 27.
279
Figura 74
. Dibujos realizados por Valdeflore s de
las inscripcione s romanas de la C olección de
Villacevallos, según la copia del Padre Flóre z.
Figura 73
. Inscrip ciones islámicas del Palacio de la A lha mbra, segú n
Luis José Velázque z
habían sido remitidas por el canónigo malagueño Manuel de Trabuco y Belluga, uno de sus
informantes.
Como aportación novedosa
de su obra, es la recopil ación,
por primera vez, de las
inscripciones isl ámicas que i ba
encontrando a su p aso, c omo las
inscripciones de J érez de la
Frontera d e l a Frontera
628
, la del
sepulcro de San Fernando de la
Catedral de S evilla
629
o las de la
Alhambra ( FIGURA 73 ), siendo encar ga da l a t raducc ión fue realiz ada por el ma ronita
Miguel Casiri de Gartia, bibliot eca rio real e
intérprete de len guas de S.M . En este grupo
destacan Asi mismo, en el transcurso de su
viaje, visitó la s principales colecciones de
antigüedades, de las que nos d ejó una
pequeña descripción e i ncluso algún dibujo
de las piezas que las conformaban.
En Córdoba visitó la col ección d e Pedro
Le on ardo de Villacevallos, anotando y
dibujando las principales i nscripciones qu e
se encontraban en ella, i ncluso las góticas e
islámicas, conservándose, según palabras
del padre Flórez, unas c opias de los dibuj os
( FIGURA 74 ) de las ins cripciones qu e s acó
Velázquez de los originales de
Villacevallos
630
.
628
Velázquez, Observacio nes .... op. cit . 174, 31v, donde usa la tr aducción de Campomanes.
629
Velázquez, Observacio nes ... op. cit . 174, 25.
630
Flóre z de Setién y H uidobro , Enrique, Coleccio nes de Inscripcion es, princ ipalmente de A ndalucía,
copia s al uso de Fr. Enriq ue Flórez . ARAH. M ss. 9/6 118, fols. 12-19 .
280
Figura 75
. Escultura de Ceres del Gabine te de Pedro de la
Cueva , por Luis J o sé Velázquez .
En Granada, pudo visit ar el Gabin ete de P edro de l a Cueva, oidor de la R eal
Chancillería, donde s e encontraba “ una estatua de Flora [ y ] o tra de V enus, ambas de
metal…, y una lámina de plomo con letras que yo no entiendo ”. Tambié n pudo vi sitar el
Gabinete d e J uan de Flor es, donde admiró ( F I GURA 75 ) “ una estat ua de Ceres de piedra
blanca con caractére s lati nos y
celtibéricos, y también un trozo de
mármol blanco con una inscripción
en letras celtibéricas ”
631
.
Durante su estancia en Sevilla,
visitó l a C olec ción del Duque de
Alcalá, si ta en la actual Casa d e
Pilatos, dond e pud o contemplar
“ más de 200 piezas antiguas, y entre
ellas muchas estatuas, bustos, y
relieves, todos traído s de Ro ma.
Entre ellas hay una tablas de
mármol con bajos re lieves, que
representan dos combates navales, y
dos triumphos, también hay una Ara, que según dicen los manuscritos de [Rodrigo] Caro,
se encontró cerca de Gua dix, de donde fue t raída a Sevilla, y es la mis ma de que habl a D.
Manuel Martí ”
632
.
Durante su estancia en la ciudad de Granada, cono ció de primera m ano l as
excavaciones qu e J uan de Flores acababa de comenzar en la Alcazaba, gr acias al apo yo de
la Co rona. Sobre esta cuestión, dice a A gustín de Montiano que “ luego que tuve noticia de
los d escubrimientos que se acababan de ha cer en esta ciudad, pase a ella, reconocí el sitio
y los monumentos que de él se habían sacado que se reducen a cinco ins cripciones, no
todas enteras, y un vaso de piedra, uno y otro de poquí sima o ninguna con secuencia no me
determiné a seguir la excavación principiadas por el dueño del solar, po r creer c on
bastante f undamento que allí no se descubrirí a cosa de pro vecho, y por que me arriesgaba
631
Velázquez, Observacio nes ... op. cit . 174, fols. 4 8-49.
632
CIL II 338 6, Velázq uez, Obs ervacion es ... o p. cit . 1 74, 25-26. Los d ibujo s de Ma nuel M artí, fuer on
re m itidos a Montfaucon, quie n los publicó en el to m o IV, lámina CXLII de su o bra, op. c it . 6 72 (17 19-1724) .
Po r oficio de fecha 08 .06. 1754 re m itid o po r Velázq uez a Montiano, ARAH CAG/9/798 0/5(5 0), hizo hincapié
en convenie ncia de que el monarca adquiriese este e pígrafe.
281
a gas tar el dinero de SM inuti lmente y sin fruto como ha suc edido al descubridor, que
conoce el fondo de la antigüedad, piensa que lo desc ubierto es gran cosa. Aquí sueñan que
cavando s e des cubriran grandes edifi cios, pero como de las pi edras descubiertas se
infiera, que el sit io en que se encontraron era el Pomerium de la ciudad, no puedo yo
persuadirme a ello, contando de un lugar de Livio que en el Pomerium jamás había
edificio al guno, vuelvo a decir a V.I. Que este des cubrimiento, que ha hecho tan to ruido en
esta ciudad, no merece atención alguna ”
633
.
Velázquez vol vió a visit ar las excavaciones en 1 759, y para reit erar su oposición a su s
descubrimientos, escribió su trabajo inédit o Discursos sobr e los descubr imientos en el
Sacromonte, Torre Turpiana y Alcazaba de Granada
634
.
A modo de conclusión, la importancia del tr abajo de Luis Jos é Velázquez de
Velasco, r adica en que, por primera v ez, se intentó acabar con la denominada “epigrafía de
papel”, b asada en transcripciones poco rigurosas, q ue habí a dado lugar a num erosas
falsificaciones, tal y com o pudo observar Valdeflores durante su trabajo, y para lo que se
utiliz ó como método princ ipal el copiar la inscripci ón directamente d el original.
Junt o a ello, también fue la primera vez en nue stro país que se dibujaron, de forma
sistemática y precisa, los monumentos de la a ntigüedad, como ya se había hecho en
Francia e Italia, con la finalidad de conocer y proteger dichos monumentos.
El vi aje de L uis José Vel ázquez de Velasco vino a representar en el ámbito civil, lo que
el Patr onato Regio y lo s viajes d el Padre Burriel al ámbito religioso. S e trataba de un a
empresa estat al, a la que se le dotó de una pre cisa I nstrucción, y se puso a la Academia d e
la Historia como valedora de su cumplimiento.
A pesar de las vicisitudes políticas que diero n al t raste con el pro yec to inicial,
Valdeflores consiguió ter minar su trabajo, aunque gran parte del mismo h a quedado inédito
hasta la actualidad, conformando el conjunto documental denomin ado C olección general
de los anti guos docum entos históricos de las cosas de España , se compone de “ 67
volúmenes, que contienen 13644 documentos , 439 escritores, 7008 dipl omas, 4134
inscripciones, 2021 monedas, 62 monumentos de pintur a (incluidos l os mosaicos),
escultura y arquitectura ”
635
.
633
Car ta r emitida el 17.0 3.1754 por Luis José Velázq uez d e V elasco a Agustín de Mo ntiano y Luya ndo.
ARAH. Ms s. 9/60 00, 129 -130.
634
Zamora Ber múdez, “Contrib ución d el Marqués de Vald efl ores a la Historia”, Jábeg a 63 ( 1989 ), 35;
Álvarez Mar tí-Aguilar, o p. cit . 83 (1996 ), 36.
635
Albero la Fioravanti, M ª. V., Guía de la B iblioteca d e la Rea l A cademia de la Histo ria (M adrid
282
Figura 76
. Portada
de la obra de
Sánchez Sobr ino
.
Esta documentación fue utiliz ada por l os diversos proyectos institucionales de la
Academia de la Historia, pero el principal b eneficiado fue E. Hübner, qui en gracias a la
documentación reunid a pudo escribir en 1869 el vol úmen II del Corpus Inscriptio num
Latinarum , dedicado a Hispania .
2) El Viaje Topográfico de Fr ay Se bastián Sánche z Sobrino.
El traba jo efectuado por el F ra y Sebastián Sánchez Sobrino, titulado Viaje
Topográfico desde Granada a L isboa es una publicación poco conocida h asta el momento
presente, que no ha sido incluida en los grandes trabajos sobre los viajeros il ustrados.
En la obra no se menciona en nin gún momento l as razones del vi aje y si este tuvo un
carácter priv ado, o por e l contrario constó con algún ti po de apoyo institucional. No
obstante, que fuese publ icada po r l a imprenta real de Granada y que est uviese dedicada
Fernando J osé de Velasco y Cev allos, Presidente de la Real Chancille ría de Gr anada y
miembro del Consejo de Castilla, probablemente sea indi cativo de la bús queda de al gún
tipo de apoyo gubernamental ( FIGURA 76 ).
Además, ha y qu e resaltar que Velasco, adem ás de pol ítico, fue un importante
coleccionista de moneda s, tal y como se conserva por la abund ante
correspondencia m antenida con diversos erudit os y coleccionistas
andaluces, como Pedro Le on ardo de Villacevallos , Patricio Gutiérrez
Bravo o José Gutiérrez Navarrete
636
.
Del contenido de l a obra, se desprende que el objetiv o final de la
obra de S ánchez Sobrino era l a descripción de la ciudad de Antequera
y sus alr ededores, lu gares a los que dedica casi la mitad d e sus
páginas, y ello por que, tal y como di ce el pr opio autor, a “ esta
ciudad nobil ísima a quien debo mi educación, y mis cortos estudios,
exige de mi gratitud que me det enga al guna cosa más en su
descripción ”
637
. Se t rata de una obra, cu y o editor expone que está concebida por una
persona que “ manifiesta una instr ucción nada vulgar en la s Antigüedades y en las Bellas
Artes ”, dado el cargo de Fray Sebastián S ánchez S obrino de C atedrático de Griego en l a
Universidad de Granada.
199 8), 111-112 . La colecció n abarca ARAH. M ss. 9/409 5 a 9/41 59 y lo s índices está n en Mss. 9 /4160 .
636
E l ep istolario de Fernando J osé de Velasco y Ce vallos, se conserva en BN. Mss. 222 6, 2230 , 2543 ,
253 6, 2537, 25 38, 2539, 9 941- 99 44, 13633, y 1863 0.
283
Su autor, que se define como “ apasionado a las Antigüedades, amigo de l as Artes y
de las Buenas Letras ”, firma l a obra bajo el s eudónimo de Anastasio F ranco y Bebrinsaez
y según consta en el prólogo de la publ icación “ h a di ez y nueve años que [lo] escribió ”, es
decir el viaj e debió efectuarlo hacia el año 1755, aunque estas fe chas no concue rdan co n
otras que inserta en el tex to, por lo que acude al recurso de ins ertar en notas o comentarios
aquellos hall azgos arqu eológicos acaecidos con posterioridad a su viaje, para lo que
recurre constantemente al Viage d e Es paña de Antonio P onz. Muestr a de ello es la
mención del hallazgo de la inscripción romana donde se h abla de la ciudad de Basil ippo
638
,
hoy id entificada con la Torr e del Ci ncho (Arahal, S evilla), o de las inscripciones halladas
en las excavaciones practicadas por Francisco de Bruna y Ahumada en 1781 en
Itálica
639
.
Esto tiene su ex plicación en que el viaje de Sánc hez Sobrino principalmente reco ge
las anti güeda d es rom anas, y , entre estas destacan las inscrip ciones, qu e encu entra a su
paso, siendo muy escasas las refere n cias a m onumentos o inscripciones islámicas e
inexist entes en el caso de los hallazgos prer romanos . Sobre las inscripciones que aparecen
en el t exto, dice que siempre las procuró “ copiar por mí mismo, tomándome este t rabajo
importuno, en obsequio de los Anti quarios, pues aunque de ellas andan varias copias en
poder de los Curios os, están ordinari amente mal sacadas, o por fa lta de instrucción o de
cuidado ”
640
.
Muestra de ello lo encon tramos en la descripción de Alcal á del Río, a la q ue identificó,
en contra de la postura mantenida por el Padre Flórez, con Ilipla Magna , y por tanto r ecoge
todas las inscripciones romanas ex istente en el l uga r, tanto las que vió por sí mi smo como
las que anotó “ en l a ca sa donde posé , [ donde] había un Qaderno MS, en que estaba n
recogidas no solo las exi stente, sino algunas que ya han perecido ”
641
. P ero es más, incluso
incluye otr a inscripción aparecida en 1784, sin que en ningún momento haga mención a la
inscripción tartésica encontrada en 1763
642
.
637
Sánchez So brino, o p. cit . 644 (1774) , 111.
638
Sánc hez Sob rino, op. cit . 644 (177 4), 8 ; P onz, op . cit . 9 3, T omo XVI I ( Madrid 1791), 220. La
inscripción e s CIL II 1373.
639
Sánc hez Sob rino, op. cit . 644 (17 74), 72-74 . CIL II 113 0 y CIL 11 35; Po nz, o p. cit . 709 (1791), 22 1;
Bruna y Ahumada, Francisc o de, “ Comunicació n de D. Francisco de Bruna dando cu enta al Conde de
Floridab lanca d e las estatuas, p edestales, inscripciones y d e m ás obj etos que se d escubrieron en Santiponce,
cerca d e Sevilla”. RABM V (1 875) , 240-241
640
Sánchez So brino, o p. cit . 644 (1774), 193.
641
Sánchez So brino, o p. cit . 644 (1774), 11-16: CIL II 1 089, I I 10 90-1091, II 1105, II 1082 y II 1 088.
642
Sánc hez So brino, op. cit . 644 (1774) , 19; Ponz, o p. cit . 93, T omo XVII I ( Madrid 17 94), 219;
Almagro-Gor bea, o p. cit . 172 (2003), 103-106. La inscripció n es CI L II 10 85.
290
Además, la o bra de Pérez Ba y er presenta un a problemática añadida, que es la
existencia de diversas copias incompletas, dist ribuidas entre l a Universidad de V alencia, la
Biblioteca Nacional, que es una copia incompleta sin dibujos, y la Real Academia de l a
Historia, cu yo ejemplar, t ambién incompleto, conserva los di bujos de i nscripciones y
monumentos.
La Academia de la Historia most ró un gran interés por conseguir esta copia para lo que
“ practicó vivas di ligencias para lograr un traslado de las inscripciones que recogió y
copió por sí mismo el erudito señor don Fr ancisco Pér ez Bayer en sus viajes por
Andalucía, las cuales se hallan en la biblioteca de la Universidad de Valencia ”
665
, con el
objeto de poder completar la bibliografía necesaria para la finaliz ación del pro y ecto de l a
Colección Lithológica , retomado nuevamente en 1802.
La confusión sobre la existencia de una Com isión Regia o no, considero que t iene su
origen en el títul o del manuscrito conservado en el Archivo de la Re al Academia de la
Historia, que se denomin a Extracto d e las inscripciones i otro s monumentos antiguos que
se encuentran en el m anuscrito original que conserva la Universidad Lit eraria de
Valencia, del Viaje litera rio que hizo á Andalucía y Portugal en el año 1782 el Ilmo. Sor.
Dn. Francisco Pérez Bayer del Consejo y C ámara de S.M. Formado por encargo de l a
Real Academia de la His toria, por su Socio correspondiente Don Vicente Miguel Joaquín
Noguera y C liment, y escrito por el Doctor Miguel Godínez Presbítero beneficiado de la
Metropolitana Yglesia de Valencia .
Sí, por el contrario, alc anzó la dignidad de Académico correspondiente de la Real
Academia Sevillana d e Buenas Le tr as, donde el 04.1 0.1782 dio “ las gra cias a la Academia
por el hono r de haber me enviado el t ítulo de académico ”, le y endo a continuación su
discurso de aceptación, titulado Premio de su obra sobre las investi gaciones de l a
Antigüedad
666
.
Pero sí existi ría una aceptac ión tácita del viaje por parte de la monarqu ía, como lo
demostraría las si guientes afirma cion es. L a prim era de ellas, es un fra gmento de una cart a
que el propio Pérez Ba yer remitió al académico de la Historia Juan Bautista Muñoz , en l a
que narra que “ mi Diari o son dos t omos en 4º de marquilla, algo más que
iustae molis
, letra
como está. Van pa reciendo bien. Los lee ahora S.A. el Sr. D. Gabriel ”. La otra referencia
665
Flores d e la Bar rera, op. cit . 128 (181 7), X.
666
Pér ez Bayer, op . cit . 643 ( 178 2), 447 ; c fr. Aguilar P iñal, o p. cit . 207 (1 966), 329, d a la fec ha del
11.10. 1782.
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