Sobre democracia y economía. Algunas reflexiones contra corriente
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Sobre democracia y economía. Algunas reflexiones contra corriente^ JUAN TORRES LÓPEZ Universidad de Málaga Ha escrito Giddens (1996: 111) que «¡de pronto, todo el mundo ha descubierto la democracia!». Así puede parecerlo si se contempla la generalización del concepto, su presencia ineludible en cualquiera que sea el programa de acción social o el tipo de discurso político de nuestra época. Quizá, como dice el propio Giddens (1996: 112), «la democracia se ha hecho hoy universalmente popular sencillamente porque es el mejor sistema político que puede tener la humanidad». Puede ser cierto todo ello. Pero no lo es menos, en mi opinión, que nunca más como ahora el propio concepto de democracia se hace polisémico, confuso y maleable hasta el punto de poder estar referido a situaciones políticas cuya expresión como tal es más bien virtual, mucho menos que formal, a regímenes donde las posibilidades reales de coparticipar, de decisión compartida o, incluso, de disfrutar de voto libre —es decir, de que se den los premequisitos elementales de la democracia— no son más que letras de grandes proclamas que terminan por evanescerse al pairo de la corrupción, de la miseria o de las mafias. Nunca la democracia fue tan universal, mas nunca fue su sustancia tan indefinida y tan equívoca. Nunca su propio sentido tan confundido. Nunca la democracia fue tan popular, nunca quizá fue tan generalmente asumida como patrón universal de ciudadanía. Pero, al mismo tiempo, quizá nunca fue una expresión tan banalizada, tan sometida en sus expresiones más operativas, en su dimensión más radical, a la fuerza de otros vectores de organización social, como la economía, los procesos de transnacionalización que se tienden a considerar tan deseados como inevitables, la homogeneización cultural o, sencillamente, la pérdida efectiva de ciudadanía —^base real de la democracia— que conllevan la pobreza y la marginación modernas. Si se me permite el juego de palabras, podría decirse que nunca hubo más democracia, pero que nunca la democracia fue menos democrática. Lo que viene sucediendo en nuestra modernidad es que la democracia, la «universalmente populaD> democracia, no es sino un concepto transustanciado, que ha llegado a perder su prístino significado de gobierno del pueblo. La corriente de pensamiento hoy día mayoritaria constituye un fluido tan potente, y tan homogéneo, que es capaz de arrastrar tras de sí a los conceptos y RIFP/12 (1998) pp. 29-44 29
Juan Torres López. de impregnar de sus propias claves discursivas incluso a las categorías que inicialniente le pudieran ser más ajenas. La construcción teórica del pensamiento (neo)liberal dominante se ha constituido en una especie de potente aspirador de ideas que termina por dejar a su alrededor el vacío intelectual más absoluto y una auténtica desolación conceptual, pues hasta los términos que nunca le hubieran sido propios terminan por ungirse del indeleble barniz liberal. Esto ocurre en nuestra época con la conceptualización de la democracia a la que hemos llegado a acostumbramos, o si se quiere, la que ha sido encumbrada por el pensamiento dominante como expresión más sublime del orden político. La democracia a la que se alaba, la que, entonces, constituye no sólo una aspiración principal, sino un requisito de homologabilidad y, por ende, de gobemabilidad es la que se concibe intrínseca y extrínsecamente vinculada a la economía capitalista. No se está hablando de otra. O mejor, sólo ésa es considerada como la auténtica democracia. Conceptos evanescentes, de la demos al mercado El concepto de democracia transustanciado a la manera neoliberal no es el que implica la existencia de las condiciones que garanticen el gobierno efectivo del pueblo, sino sólo, y privilegiadamente, de aquéllas que pueden permitir que los mercados funcionen libremente. El pensamiento neoliberal nace del supuesto, podríamos decir que también «umversalmente populaD>, según el cual el mercado constituye el mecanismo superior de regulación social y la pre-condición de cualquier democracia. Se parte de considerar que sólo a partir de las relaciones de intercambio, sólo en virtud del comercio, pueden existir seres humanos libres, lo que equivale a indicar que sólo en la medida en que ha existido el mercado puede haber ciudadanos capaces, entonces, para erigirse en sujetos activos de aquella. Las condiciones de la democracia se deben entender, así, como subsumidas en las condiciones previas de intercambio en los mercados. Sólo en éstos encuentra la razón neoliberal un auténtico pre-texto de la sociedad, su original orden natural y sólo sobre el cual puede erigirse una sociedad libre. De aquí resultan tres connotaciones elementales de la democracia tal y como es entendida por el discurso neoliberal. La primera es, como arriba he indicado, su carácter polisémico y no um'- voco, pues bajo la misma categoría conceptual se pueden acoger órdenes poéticos, o estructuras de conformación de la voluntad colectiva, que pueden ser radicalmente distintos desde el punto de vista de su capacidad para proporcionar acceso a los procesos de toma de decisiones. No existe un sentido de lo democrático que pudiera ser entendido en sí mismo, sino que queda siempre relegado a su subsunción permanente en el 30 RIFP/12(1998)
Democracia y economía. Reflexiones contra corriente orden del mercado. La democracia pierde su perfil auténtico, se desdibuja y llega a no poder reconocerse a ella misma. En segundo lugar, y en virtud de la inevitable supremacía que adquiere la individualidad en el orden pre-democrático del mercado, resulta que la propia democracia es un añadido, una addenda al orden natural —esto es, al mercado—, al que no puede ni negar ni tan siquiera violentar. Puede decirse sin ambages que la democracia no sólo no es un componente imprescindible del orden social, sino que es claramente relegable al del mercado. Esto último se reconoce ya sin ningún disimulo en nuestro tiempo. Los economistas suelen hablar de los mercados como titulares del poder que guía el gobierno de nuestras sociedades y quieren ver en ellos la sede de donde surgen, en realidad entienden que de donde deben surgir, las decisiones politicoeconómicas. Rojo (1995: 194) afirma que «ha habido un desplazamiento del poder desde los gobiernos a los mercados, cuya consecuencia es una pérdida de autonomía de las autoridades nacionales en la elaboración de la política económica». Se reconoce, pues, de la manera más explícita que, ámbitos decisorios cada vez más amplios, quedan fuera de los procesos democráticos tradicionales, los que tienen que ver y afectan a la actuación de los gobiernos: «No es exagerado hablar de una abdicación de las democracias frente a las fuerzas anónimas e incontroladas del mercado».^ Y no sólo se ha reconocido, de manera explícita, que esto sucede realmente en nuestro mundo como un fenómeno natural que, precisamente por tener ese carácter, no sólo no requiere remedio sino que debe fomentarse. Por el camino neoliberal se llega mucho más lejos. Hasta justificar expresamente, como hizo nada más y nada menos que el propio Hayek, que se viole el orden político democrático si de esa manera se salvaguarda el orden del mercado.^ En tercer lugar, la comprensión neoliberal de la democracia lleva a cabo un elemental juego malabar, una auténtica deconstrucción del concepto en el que la sociedad deposita la confianza colectiva necesaria para lograr la convivencia, siquiera imperfecta, en un mundo donde la dotación inicial de derechos y recursos es tan desigual. Lo que había sido entendido como un juego de elección en libertad e igualdad a través del voto se truca en nuestra modernidad neoliberal y resulta que no es ése quien las garantiza. Como he señalado, en el contexto de pensamiento neoliberal dominante la democracia, para serlo, debe quedar subsumida en el orden del mercado y, entonces, no es ya el voto, sino los precios los que van a pasar a ser la clave de bóveda de todas las relaciones sociales, presumidamente democráticas. Así como los seres humanos encuentran la razón fundamental de su existencia en el comercio y el rango más amplio de su libertad en el mercado, no puede haber una mecánica más efectiva para garantizar su existencia como seres libres que los precios."* La democracia se identifica con el equilibrio del intercambio y la codecisión se expresa por medio de los precios. RIFP/12(1998) 31
Juan Turres Liípez. No se trata de resolver el problema del poder y del conflicto, sino de sacar adelante la condición precisa para el comercio, construir sólo el entramado de un encuentro entre personas entendidas como «agentes», categorías formales del cambio, productores y consumidores, y cuya condición asimétrica de partida no se considera un trauma para la libertad, pues se supone que el mercado igualará mecánica y automáticamente sus respectivos papeles en un único pero supremo instante: el del intercambio. En el único momento donde las relaciones humanas cobran sentido según la antropología neoliberal. La democracia se sustancia solamente en libertad de comercio y se desentiende de la libertad de los hombres, renuncia al derecho de las personas que desean ser, efectivamente, iguales para convertirse, en realidad, en un mosaico de asimetrías, en la imagen refleja del orden intrínsecamente desigual de las relaciones de intercambio mercantil propias del capitalismo. En definitiva, la democracia, tal y como es entendida en el discurso neoliberal hoy día conformador de la conciencia colectiva y ordenador de las prácticas sociales dominantes, es una realidad sin posibilidad de alcanzar una sustantividad propia y, en consecuencia, incapaz de poder ser concebida en virtud de sus rasgos intrínsecos y a partir de los cuales cualquier sociedad pudiera quedar cualificada de una manera u otra. Se considerará que existe cuando se exprese como un atributo más, y hecho a su imagen y semejanza, del mercado capitalista: puesto que sin éste no hay individuos libres, la democracia sólo puede serlo en tanto que su subproducto y como una simple imagen vicaria del intercambio mercantil. El drama, como claramente expresan las declaraciones de Hayek que cité más arriba, es que un planteamiento de esa naturaleza lleva a una consideración mucho más elemental —que Hayek asume gracias a su coherencia—: si lo que trae consigo orden social y libertad es el mercado y no la democracia, ¿para qué hacer de ésta última un problema? Democracia sin política, individuo sin sociedad: el universo del homo oeconomicus Para que la democracia pueda subsumirse en el orden del mercado es preciso dar un paso esencial, en virtud del cual la política y la colectividad quedan relegadas en aras de entender toda relación social como una sublimación de la individualidad. Podría ser un claro ejemplo de su punto de partida anah'tico la distinción que sostiene Hayek entre libertad personal, como ausencia de toda coerción de unos individuos sobre otros, y libertad poh'tica, como participación en la elección del gobierno, en la actividad legislativa y en el control de los actos de las administraciones. El presupuesto añadido esencial es el que confiere un privilegio irrelegable a la libertad personal, de modo que sería posible disfrutar de ella sin disfrutar de 32 RIFP/12 (1998)
Democracia y economía. Reflexiones contra corriente libertad política, y el que lleva a establecer el origen y la naturaleza de la actividad que puede llevar a generar coacciones a los individuos, o mejor dicho, las condiciones que pueden evitarlas. El propio Hayek entiende que las relaciones comerciales conforman el orden constitutivo de la sociedad y, por tanto, donde nace, donde se resuelve y donde se conquista la libertad primera y esencial. Para lograr entonces la libertad desde la que es posible construir la democracia es necesario resguardar el orden de las relaciones comerciales. Aunque no cualquier orden, pues de hecho el comercio, el intercambio y, en general, la satisfacción de la necesidad no se conciben en un orden que no sea el del mercado. La relación entre el hombre y la naturaleza se entiende como una relación construida a partir de la escasez, de modo que la manera natural de interacción social es la que se lleva a cabo a través de la elección y del intercambio. Además, el mercado se representa como un orden espontáneo y libre. Como un auténtico cajón estanco, pero en el que cabe y en donde se supone que está toda la sustancia de la sociedad. En donde, por esa doble virtud, es posible conseguir la primigenia libertad, la libertad personal, con un plus, valga la redundancia, de libertad: el que deriva de la evitabilidad de cualquier otra estructura añadida. O más concretamente, la del Estado, origen de toda coerción. El mercado construye la libertad y no es necesario entonces el escenario adicional del Estado, el ámbito en donde ha lugar la poh'tica, que cobra así un carácter secundario, ni tan siquiera subsidiario, sino sencilla, perfecta y preferentemente prescindible. La «cuestión política» que, entonces, cabe asumir no es la que tiene que ver con la determinación de los fines del cuerpo social, con el establecimiento de medios para lograrlos o con el establecimiento de procesos que garanticen la participación o la codecisión en un mundo de desiguales poderes de decisión y de relaciones sociales claramente imperfectas desde el punto de vista de la posición ante el conflicto. Es decir, nada tiene que ver con el problema de la democracia. Todo lo contrario, la cuestión poh'tica tal y como es entendida en el entramado neoliberal es la que tiene que ver justamente con la limitación más eficaz posible de cualquier condición que no sea la consustancial a la relación del mercado. O dicho de otra manera, la que se encamina a restringir la distribución de poder que pudiera llevar a modificar el sistema de poderes de apropiación que se consideran como dados al mercado. Es decir, los poderes que proporciona, ordena y distribuye, precisamente, la democracia. La filosofía poh'tica del neoliberalismo es la de destronar a la política, la de evocar continuamente su gratuidad en un mundo que puede quedar regulado eficazmente a través del sistema de las relaciones mercantiles en el mercado. Es por ello que puede hablarse con razón de la aversión o de la profunda animadversión liberal a la política (Martínez de Velasco, 1997). RIFP/12{1998) 33
Juan Torres López Toda decisión que no provenga del mercado, y paradigmáticamente la política, contribuye a conformar sistemas de coerción individual, a lapidar la libertad personal y a constituir un sistema institucional complejo, forzado respecto al origen no institucional de las relaciones humanas y, por ende, oneroso, tanto desde la perspectiva de la libertad poKtica, como desde la óptica de la eficiencia en la asignación de los recursos.^ Desde una perspectiva algo diferente, pero con muy semejante consecuencia, Rawls ha puesto las bases para una comprensión de la libertad y la democracia de estas características, por ejemplo, cuando establece que la teoría de la justicia, que podríamos considerar aquí como el discurso previo de la democracia, presupone el orden del mercado. Es cierto que Rawls no reduce la razón al cálculo elemental y típico del homo oeconomicus, pero sí acepta que la racionalidad que cualifica a éste último pueda fundamentar las elecciones que presiden la realización de la justicia. O, también, cuando da prioridad al principio de la libertad respecto al de la diferencia. En cualquiera de estos discursos el elemento central es el intento de crear un constructo teórico que permita separar el mercado y el Estado, comercio y sociedad, individuo y política, libertad personal y democracia como libertad política. Y, al mismo tiempo, atribuir al mercado el papel de catalizador inexorable de las relaciones sociales que quieran resolverse en libertad, convertir al comercio en el tamiz original de la actividad humana y hacer de un concepto empobrecido (y empobrecedor) de libertad —la que se concibe, en realidad, sólo como ausencia de coerción en el comercio— la condición primera de la felicidad humana. De esa forma, el Estado, la polis, la política..., la democracia no son sino simples excrecencias. Mientras que, por el contrario, el mercado termina por no ser ni bueno ni malo respecto a las necesidades sociales o a las demandas humanas: simplemente es. Algo inevitable. Como no le puede ser al ser humano de otra manera su orden natural. Desde un punto de vista más operativo, esta concepción del ser humano, de la libertad y la democracia se puede considerar acreedora de tres grandes postulados. El primero de ellos es el que tiene que ver con el tipo de comportamiento que se supone consustancial a la naturaleza humana y en virtud del cual se puede sostener un criterio de racionalidad y de razonabilidad que sea coherente con las reglas del intercambio de mercado. No puede ser otro que el que está basado en el cálculo económico individual, en el principio de maximización y en el sostenimiento de la evaluación de costes y beneficios privados como criterio determinante de las actuaciones humanas. El segundo, se refiere a que el origen y la expresión inicial del cambio es 34 RIFP/12 (1998)
Democracia y economía. Reflexiones contra corriente la escasez, connotación esencial de la actividad humana orientada a la satisfacción material y sobre la que se edifican después cualquier otro tipo de relaciones sociales. La naturaleza humana se sobreentiende a partir del cambio, la economía como actividad orientada al sustento se confunde con el mercado y éste se simplifica en una mera cataléctíca. El ser humano es simplemente una instancia del intercambio. Finalmente, se entiende que el mercado, como ámbito de regulación de relaciones de intercambio, pero también por tratarse de éstas mismas, de todas las relaciones sociales, no sólo no necesita una lógica heterónoma para regularlas, sino que se ve perturbado en la medida en que se establezcan fuera de él lógicas que no sean exactamente las que reproduzcan sus condiciones de intercambio. Es evidente que la consistencia del discurso neoliberal —si es que ello fuese el problema que en realidad se quisiera resolver— sólo puede derivarse de asumir estos postulados. Postulados, sin embargo, que implican hacer consistentes algunas consideraciones de difícil sostén. El primero de ellos implica reducir la razón humana al cálculo y su naturaleza a la de una simple agencia maximizadora, lo que permitiría plantear severas limitaciones antropológicas así como un elemental irrealismo. Mientras que el segundo implica percibir de una manera tremendamente sesgada la historia de la humanidad, del comercio y de los propios mercados, pues se concibe que los instantes individuales están antes que la sociedad, el individuo antes que su colectivo y el comercio antes que la necesidad.* En estas páginas, sin embargo, tan sólo quiero hacer algunas consideraciones sobre el tercero de estos últimos postulados que sirven de andamiaje a la retórica liberal al uso, es decir, el que viene a sostener que el mercado es un ámbito de regulación capaz de proporcionar suficiente libertad y, sobre todo, que constituye un orden previo y superior al de la poKtica en donde se establece la democracia Más concretamente, trato de mostrar de manera elemental que, a diferencia de lo que postula el discurso neoliberal, no sólo la poL'tica es anterior al orden del mercado, sino que cualquier orden de mercado es sencillamente inviable sin decisión política (de no-mercado) y radicalmente injusto sin democracia Libertad para elegir, pero dentro de un orden: el del mercado El discurso neoliberal centraliza y sacraliza al mercado en la medida en que lo contempla como un mecanismo de regulación que no precisa de instancias exógenas y en donde y a partir del cual se pueden resolver los problemas de asignación de los que depende la consecución del máximo grado de libertad individual y de bienestar social. Como ya he señalado antes, el Estado y la poKtica no serían sino el origen de intervenciones indeseables, salvo que, y en casos muy determinados, se limiten, precisamente, a mantener y salvaguardar el propio orRIFP/12(1998) 35
Juan Turres Lape:. den del mercado, reproduciendo, en cada una de sus expresiones, los resultados que el mercado hubiera llegado a dar. ¿Puede sostenerse este principio fundamental con algún realismo? Creo que se podría aceptar comúnmente que el punto de partida de cualquier actividad humana que pudiéramos calificar como actividad económica es la existencia de la necesidad. Sobre ella se constituye cualquier tipo de proceso orientado, de cualquier manera, a la satisfacción material, al «sustento del hombre», por utilizar la expresión de Polany. En fin, de ella surge el objeto económico. El discurso neoliberal tradicional parte de considerar que esa necesidad deriva necesariamente en elección, porque se establece la escasez no sólo como punto de partida sino como condición natural de la actividad humana. Pero lo que es particularmente relevante del juicio liberal es que tanto la necesidad como la elección que le es consustancial en un mundo de recursos escasos se resuelve en el íntimo mundo de la individualidad, en el puro orden de la subjetividad. Para los liberales, necesariamente herederos del utilitarismo más elemental, la necesidad es una simple manifestación de estados mentales, sólo una expresión del deseo personal, una circunstancia individual, un proceso que para nada se relaciona con el entorno humano. Sin embargo, nada más radicalmente discutible del pensamiento liberal que ese tipo de consideraciones sobre la necesidad y el deseo. ¿Qué clase de necesidad, de las que se incluyen, por ejemplo, en la tipología de Maslow'' pueden considerarse al margen de la existencia convivencial de todos los individuos?, ¿puede pensarse seriamente en un ser humano que construya su universo de deseos sin referencias extemas? La respuesta a estas cuestiones es tan elemental que el pensamiento económico liberal ha tenido que acudir a realizar auténticos malabarismos para sostener sus principios, sin los cuales es absolutamente imposible construir el conjunto de la economía neoclásica. Así, toda la teoriza microeconómica, todo el análisis del comportamiento del consumidor en el mercado debe realizarse sobre el presupuesto de preferencias estables, que implica considerar que los gustos de los individuos están dados y no se modifican a lo largo del tiempo o en circunstancias diferentes. Un principio sin ninguna base empírica y sin la más mínima consistencia pero sin el cual no podrí'a sostenerse el concepto de racionalidad económica ni, en consecuencia, concluir en la bondad del mercado como mecanismo óptimo de asignación. Es decir, como la comprensión más realista del problema de la necesidad llevan'a a tener que incluir en el análisis del proceso de intercambio en el mercado a todos los factores de los que, sin duda, depende el comportamiento de los agentes (la sociedad en general, las relaciones interindividuales, el poder, las instituciones...) el discurso liberal resuelve por el fácil expediente de eludirlo 36 RIFP/12 (1998)
Democracia y economía. Reflexiones contra corriente como problema, por el camino de confinar a la necesidad y al deseo en el reducto aproblemático de la individualidad.^ Ahora bien, entender que la necesidad se resuelve a través de comportamientos individuales en el mercado es insostenible sin quebrar seriamente una lógica elemental. Al establecer que la necesidad se satisface, que sólo se puede satisfacer, a través del mecanismo del mercado —¡que es un mecanismo social!—- se debe aceptar, necesariamente, que las necesidades humanas se hacen necesidades sociales. Que las necesidades, utilizando la expresión de Gorz, están inevitablemente «mediatizadas por lo social». Eso es así, además, porque la sociedad, sea a través o no del mecanismo de mercado, no sólo satisface la necesidad. Es también la sociedad la que produce la necesidad, es la que establece las prioridades, los rangos, es el espejo donde se lleva a cabo la comparación, donde está la memoria, el origen de la frustración y el final de todas las aspiraciones. Es la sociedad la que constituye la imago colectiva de donde puede surgir realmente el deseo individual y donde se dibuja la expresión concreta de la necesidad. Es, en todas las relaciones y subsistemas que la conforman, donde se encuentran los códigos que permiten interpretar el sentimiento humano y los deseos y de donde proceden las claves de segmentación que luego permiten producir la individualidad, bien como diferencia real, bien como puro simulacro (Rubio y Torres, 1991). Y eso ocurre, por cierto, también cuando la asignación se lleva a cabo a través del mercado. Es más, por la naturaleza del intercambio que ahí se lleva a cabo, desprovisto de las connotaciones ambientales que le son propias y más enajenado que nunca el individuo de su contexto —pues su decisión se resuelve en virtud de su capacidad monetaria—, el consumo adquiere en el intercambio mercantil su expresión más auténtica como juego de símbolos y como momento cultural. Características que, como es bien sabido, resultan hoy día determinantes de los procesos de producción, intercambio y consumo de nuestras economías (Torres López, 1994). Pero si el discurso liberal parte del irrealismo y del simplismo antropológico cuando confina la necesidad al submundo enclaustrado de lo subjetivo termina, finalmente, por ser esclavo de una singular paradoja. Si se mantiene que la naturaleza relevante de la necesidad no es más que la de su derivación como proceso de elección subjetiva, debe concluir necesariamente que su prerrequisito esencial es la libertad. Esto es precisamente lo que permitina superar el planteamiento meramente biologicista para llegar a contemplar a la necesidad como un «concepto eminentemente político» (Alonso, 1998: 130), y cuya satisfacción integral, por lo tanto, requiere mecanismos políticos (deseablemente democráticos, aunque no tienen por qué serio) que permitan disfrutarla realmente, lo que equivale a decir que deben existir en todos los ámbitos que de una forma u otra la condicionan. Resultaría, entonces, que la política, entendida como expresión del ejerciRIFP/12(1998) 37
Juan Torres López de los diferentes intereses sociales es bien distinta. Como aventuraba al inicio, la democracia no siempre es satisfactoriamente democrática. Es un problema que no puedo analizar aquí, aunque tan importante que deriva en un reto contemporáneo tan fundamental como es el de «democratizar la democracia», en expresión de Giddens. 10. Un ejercicio intelectual divertido y de enorme significación es comparar en distintos libros de texto convencionales las diferentes concepciones (espacio, proceso, mecanismo, institución...) de lo que es el mercado: ¡no es posible llegar a un acuerdo sobre lo que es el concepto que todos reputan como central! De hecho, algunas conocidas enciclopedias económicas optan por no darle entrada específica al vocablo mercado. 11. El profesor Gómez Uranga me sugiere la comprensión del mercado como un «mecanismo de funcionamiento normativizado». 12. Ésa es una suposición sólo teórica pues es literalmente imposible que ese tipo de mercados existan con la necesaria generalidad. 13. Podri'a decirse que el pensamiento liberal más coherente ni tan siquiera acepta que semejantes fallos del mercado sean susceptibles de corrección a través de decisiones políticas porque entiende que el fallo de la política o del Estado es mucho más indeseable. Pero éste es un asunto que obligan'a a matizar a causa de la permanente contradicción entre teona y práctica liberal. Esta última no implica renunciar a la intervención política ni al privilegio que viene del burócrata. De hecho, se demanda constantemente para salvaguardar el estatus distributivo. En realidad, el liberalismo no propugna la renuncia a la política, a la intervención o a la regulación. Las reclama y las practica aunque desde una ética diferente o peculiar. Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga. Autor, entre otros trabajos, de los libros «Economía de la comunicación de masas», «Análisis económico del derecho», «Economía política», o «Desigualdad y crisis económica». Es también coautor de «Economía del delito y de las penas», y coordinador de «La otra cara de la política económica. España 1982-1994», y «Pensiones públicas ¿y mañana qué? 44 RIFP/12(1998)