Azofra, Pedro María (2006): La Tauromaquia según Rafael Azcona, Logroño, Editorial Ochoa, 296 páginas [Reseña]
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Pedro María Azofra, escritor de temas taurinos en diversas revistas especializadas (El Ruedo, Fiesta Española, Mundo de los Toros), autor de varios libros sobre toros (en particular de una Historia taurina de Rioja) y ahora crítico taurino en El Correo Español, ha tenido la feliz ocurrencia de dedicar un volumen a resaltar los muchos vínculos que con el mundo de la tauromaquia tiene el célebre escritor y guionista cinematográfico riojano Rafael Azcona. El libro, que adolece de algunas leves deficiencias formales (opacidad en la jerarquización de capítulos y apartados, desorden en la presentación de las cuestiones, material gráfico que Fig. n.º 45.- Azofra, Pedro María (2006): La Tauromaquia según Rafael Azcona, Logroño, Editorial Ochoa, 296 páginas. Revista de Estudios Taurinos N.º 23, Sevilla, 2007, págs. 309-313
no siempre se justifica por las necesidades del texto), cumple muy bien su propósito de señalar los numerosos puntos de contacto del protagonista con la fiesta. Estas conexiones aparecen primero en las palabras que (transcritas por el autor) Rafael Azcona dedica a glosar sus recuerdos de infancia y juventud o a opinar sobre la situación actual de la lidia. Así, por un lado, Rafael Azcona nos habla de su afición, que nació a partir de la propia proximidad de su casa a la plaza de toros logroñesa y del ejemplo de su padre (que hasta llegó a dirigir en la Rioja una cuadrilla que respondía al jocoso nombre de Los cojos toreros) y que siguió con la asistencia a capeas (contando en su haber con alguna actuación en becerradas con la capa o con las banderillas), con su participación en los actos del Club Taurino Logroñés y en el programa radiofónico Alamares (en alguna de cuyas emisiones dio vida con su voz a uno de los personajes) y en la frecuentación de las plazas de toros de España. Y, por otro, comenta con cierto pesimismo la evolución de la fiesta en su ciudad natal («Hoy Logroño se ha hecho más grande y el ambiente taurino práctico se reduce a la feria de San Mateo, ya que han desaparecido los festejos populares. Ya no hay toros en primavera y verano. Sólo en la feria como un acto social»), aunque sin creer en un declive irremediable («No creo que la fiesta esté en decadencia. Pienso que cambian las formas y las plazas no son como antes. (...) Ocurre que la España actual no es la de antes»), aunque sí en una evidente pérdida de su impacto sobre la población: «En los pueblos y en las ciudades pequeñas, yo creo que en todas menos en Madrid, los días de toros formaban parte de la vida de uno. Cambiaban el aspecto e implicaban a todo el mundo en la fiesta. En la actualidad, la televisión ha vulgarizado los espectáculos taurinos y se ha perdido la magia de las corridas y hasta de las novilladas». Y, por último, ofrece una serie de consideraciones sobre diversos toreros, desaparecidos o en activo, empezando por su favorito, Manolete Carlos Martínez Shaw 310
(«Manolete dejó en mí un recuerdo imborrable. (...) He visto muchos toreros y Manolete ha sido el que más me ha gustado. (...) Manolete, independiente de su toreo, más o menos clásico, me cautivó por su estoica personalidad. Si a esto se añade que murió en la plaza...»), y terminando por los últimos diestros que fueron objeto de su admiración: «Admiré a Ordóñez en su plenitud como a nadie y la corrida de Camino a favor de la Beneficencia, con seis toros, es uno de los últimos, puede que sea el último recuerdo muy positivo que guardo. En todo lo anterior puede influir también la edad. Me empiezo a cansar de ir a los toros». La segunda parte del libro pasa revista a la presencia de los toros en la creación literaria de Rafael Azcona. Primero, en su poesía, un pecado de juventud según el escritor, pero donde se escalonan sentidas semblanzas de diversos toreros. Uno de los primeros está dedicado (no podía ser de otra forma) a la muerte de Manolete: «Venía la madrugada/ a tu encuentro desde el cielo;/ la Luna, desesperada,/ cortó de raíz sus cuernos;/ cuando pasaste a su lado/ Saturno tiró el sombrero;/ cordobeses Rafaeles/ te salieron al encuentro./ Abajo, cosos vacíos/ fruncido tienen el ceño./ Campanas de Andalucía/ martillean el silencio./ La piel de toro de España/ lleva en hombros tu recuerdo». Y siguen después las semblanzas de Miguel Báez Litri («Este Litri es una estaca/ disfrazada de torero./ ¿Que viene el toro? ¡Que venga!/ Él no se quita de en medio») o de Julio Aparicio («Julio Aparicio que llevas/ el Cossío bajo el brazo,/ en aulas de tarde y sol/ barrera, tendido y palco». Menos interés desde el punto de vista taurino, aunque admire la tenaz indagación de los temas relativos a la fiesta del autor del libro, tiene la reconstrucción de su trayectoria literaria: El repelente niño Vicente, Chistes del repelente niño Vicente, Los ilusos, Los europeos, Pobre, paralítico y muerto, Memorias de un señor bajito, Los muertos no se tocan, nene, El Pisito y El Recensiones de libros 311
Cochecito. Todas ellas son pequeñas obras maestras del humor de su tiempo, la mayoría aparecieron en colecciones que hoy inducen a la nostalgia (desde El Club de la Sonrisa de Taurus a la Enciclopedia Pulga), la mayoría tuvieron como soporte gráfico a los grandes de la ilustración de la época (como Antonio Mingote o Lorenzo Goñi, autor de una obra excepcional, pero siempre con la espada de Damocles de su consideración de rojo irreconciliable), pero en general sólo muy tangencialmente abordan el tema taurino, salvo una de ellas, Cuando el toro se llama “Felipe”, publicada en Tetuán en 1956 con cubierta del propio autor, que narra la historia de un toro manso que siguiendo el Ebro desde Santander llega hasta Navarra para reunirse con los toros bravos. Sigue a continuación la obra literaria para el cine, donde ocurre tres cuartos de lo mismo. Resulta asombroso el esfuerzo de investigación del autor sobre una producción donde, dejando aparte naturalmente uno de los episodios (el dirigido por José Luis Egea, mientras los otros dos correspondían a Claudio Guerín Hill y a Víctor Erice) de la cinta Los desafíos y la película La Vaquilla dirigida por Luis García Berlanga, todas las demás referencias taurinas son en realidad tangenciales, aunque alguna invención de Azcona resulte simpática, como cuando introduce en la película Tranvía a la Malvarrosa, de José Luis García Sánchez, basada en una novela del conocido antitaurino Manuel Vicent, una escena donde uno de los personajes, El Bola, explica, usando dos plátanos como banderillas, un lance taurino, lo que deja traslucir bien a las claras el conocimiento del guionista en la materia: «¿Al quiebro El Tomasín? Pero si El Tomasín no tiene idea de toros. Para banderillear al quiebro hay que dejar llegar al toro a la jurisdicción. O sea, tú lo citas: ¡eh! ¡eh! El toro se arranca. Tú lo dejas llegar a jurisdicción, lo quiebras, ¡eh!, y sales andando de la suerte». El libro continúa con un material muy variado pero donde siempre resulta posible espigar algún dato jugoso, como la anécCarlos Martínez Shaw 312
dota taurina que le sirve a Rafael Azcona para explicar un rasgo típico del humor español: «Se trata de un padre que está viendo una corrida de toros en compañía de su hijita de cinco años. La niña coge una gran rabieta y, para consolarla y distraerla, va el padre y le dice: No llores, tonta, mira cómo el toro le saca las tripitas al caballito». O también, por poner otro ejemplo, las páginas dedicadas al Club Taurino Logroñés y a la revista radiofónica Alamares, con su humorística tertulia taurina sostenida por Miguelito, María Dolores, Don Pepe, Don Rafael y el camarero Belmonte, con textos del propio Rafael Azcona. En definitiva, un libro que nos embarca, a través de la voz del propio protagonista y de la investigación tenaz de su autor, en la aventura, siempre amena, siempre entrañable, de recrear la vivencia taurina del gran escritor. Un escritor que ha merecido, como si de una figura del toreo se tratase, nada menos que la dedicatoria de dos pasodobles, el compuesto por Carmelo Bernaola para la película Pasodoble, de José Luis García Sánchez, y el escrito, bajo la inspiración de la banda cinematógrafica, por José Fernández Rojas con letra de Jesús Fernández Novoa, cuyo estribillo corre así :«Riojano de cepa pura/ curtido al cierzo y al sol,/ de la ribera le trajo solera y frescura,/ gracia y ternura,/ chispa y hondura/ al cine español». Carlos Martínez Shaw Fundación de Estudios Taurinos Recensiones de libros 313