scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Un hontanar sin fondo. Humanismo en Juan Belmonte

Ríos Mozo, Miguel

Full text

Revista de Estudios Taurinos N° l, Sevilla, 1994, págs. 13-40 . . UN HONTANAR SIN FONDO HUMANISMO EN JUAN BELMONTE Miguel Ríos Mozo Universidad de Sevilla Fundación Andaluza de Tauromaquia (*) '' .. . \ ... · ~ j I ~ · _ -~ ~ ~ abía dejado el sobre en la mesa de noche del dormitorio. En el reverso del mismo, el hierro de su ganadería; en el anverso, una escueta dirección, escrita de su puño y letra «Al Sr. Juez»; dentro, una simple cuartilla, en cuya parte superior se destacaba, como repetición correcta en cualquier misiva de trámite, la misma frase, «Al Sr. Juez»; poco más abajo el texto: «No se culpe a nadie de mi muerte»; finalmente, la firma y la fecha que fue, entonces, escrita tal como hoy la copiamos: 8-4-1962. No hay el menor titubeo en el grafismo, ni signo alguno de rasgo tembloroso. Algo que asombra en un hombre que sabía que, inmediatamente después, iría a morir. El hizo de su vida, como dijo, un lema. Siguió lo escrito por D' Annunzio: «El peligro es el eje de la vida sublime». De ese modo de vivir, de ese peligro, daba fe la descripción que hizo el médico forense de la morfología externa del cadáver, después de El profesor Ríos Mozo es presidente de la FAT y, además, socio fundador de la Fundación de Estudios Taurinos que edita esta Revista. 14 Miguel Ríos Mozo practicar, por una conces10n especialísima, la autopsia en un cuarto de baño de la finca donde había muerto. «Hábito externo: El cadáver representa la edad que dicen que tiene, aspecto senil, de regular estatura, piel pálida, curtida y apergaminada, escaso panículo adiposo y musculatura bien desarrollada. Presenta numerosas cicatrices por todo el cuerpo -muy antiguas algunas de ellasya que apenas son perceptibles y especialmente localizadas en ambas regiones inguinales y partes internas de ambos muslos. Son muy manifiestas sobre todo las de la región inguinal derecha, donde aparecen dos cicatricés lineales y paralelas de ocho centímetros de longitud, con gran retracción de sus bordes. Es manifiesta otra gran cicatriz en parte interna del muslo derecho, a nivel de triángulo de Scarpa, que señala una marca profunda de cinco centímetros de longitud, con gran retracción de bordes. Otras cicatrices en manos y cara poco perceptibles por la antigüedad de las mismas. La facies del cadáver, de rasgos muy acusados (mandíbula prominente, boca grande, gruesos labios y nariz ancha) apenas se ha alterado y denota una gran serenidad y flacidez. Los ojos aparecen ligeramente entreabiertos, la boca no cerrada del · todo y los músculos faciales relajados, en medio de unos profundos surcos nasogenianos. Las huesudas y sarmentosas manos aparecen entrecruzadas en la parte anterior del cuerpo (. .. ) En la cabeza, en la región temporal derecha y en el borde anterior de la patilla y a dos centímetros de su base, aparece un orificio circular de un centímetro y medio de diámetro, con tres desgarros en sus bordes de dos centímetros de longitud que se dirigen hacia atrás y hacia delante, los bordes de estos desgarros confluyen hacia el orificio y están evertidos hacia dentro. De l orificio mana sangre que aparece coagulada sobre el extremo de la patilla». 15 Un hontanar sin fondo. Hwnani.nno en Juan Belmonte r El informe continúa con la descripción interior del cráneo, las alteraciones cerebrales patológicas no relacionadas con la herida: arteriosclerosis cerebral y coronaria, así como de aorta abdominal y una hernia de hiato esofágico. Finalizada la necrópsia, manos cariñosas lo amortajaron con la túnica negra y la capá blanca de su cofradía, -de su Cachorroque estaba ya limpia y preparada para, en la próxima e inmediata Semana Santa, revestirse con ellas y acompañar al Cristo, como siempre, como todos los años, en su estación de penitencia prendido a la manigueta delantera izquierda del paso. Ahí estaba el final de una vida, de una vida intensa. La tarde anterior, que era sábado, había asistido a misa acompañado de uno de sus amigos más íntimos y, como era su costumbre, erguido. Jamás se sentaba en la iglesia. Decía que, de esa forma, seguro que se hacía trampa al Señor. Nunca había negado su catolicismo. No lo hizo en épocas anteriores JT!UY diferentes ni, tampoco, lo haría después ante sus amigos intelectuales, muchos de ellos librepensadores. II Precisamente uno de esos amigos, escritor él, calificó a su pase natural larguísimo -que en su final, doblando sólo levemente la muñeca, lo continuaba con el_ curvo pase de pecho iniciándolo desde las lejanías, desde donde había llevado al torode hontanar sin fondo. Siempre inquieto consultó un diccionario para conocer el significado exacto de la palabra. Allí decía «sitio en que nacen fuentes y manantiales». Pensó que la calificación era ajustada, más que a lo que hacía, a lo que sentía al torear de aquella forma. Desde su modestísima condición de joven aficionado a torear, en su larga y esforzada evolución hasta conseguir el primer 16 Miguel Ríos Moza puesto del toreo, siempre sintió envidia por aquellos que poseían lo que llamaban "cultura" y nada mejor, para matar la envidia, que conseguir lo que no tenía pero que, desde siempre, ambicionaba. Por ello, contando con su facilidad natural por asimilar, pensó, quiso y consiguió escribir lo mejor posible. Escuchaba un día y otro lo que decían los intelectuales y artistas que, por cierto, empezaban, por entonces, ya a tratarlo como amigo y a quienes, mientras los acompañaba en las tertulias, con la mayor naturalidad los oía sin llegar jamás a ensoberbecerse a pesar de la alta estima, de la cotización con que lo valoraban. Muchas veces, a lo largo de su vida, releía el texto de la convocatoria de aquel banquete -como se decía entoncesque le organizaron sus amigos en Madrid, un día del año 1913, cuando todaFig. nº 1. -Retrato de Juan Belmonte (Fot. de Ib áñez. Col. M. Ríos Mozo). vía sólo era novillern puntero. La hondura del texto, qüe a continuación, se reproduce, le pareció tan profundo como el hontanar de su pase natural: 17 . Un hontanar sin fondo. Ht1manis mo en Juan Be/monte «Ya que Juan se encuentra entre nosotros, hemos juzgado necesario obsequiarle con una comida fraternal en los jardines del Retiro Fraternal, porque la Arte s todas son hermanas mellizas de tal manera que capotes, "garapuyos ", muletas y estoques, cuando los sustentan manos como las de Juan, y dan forma sensible y depurada a un corazón heroico como el suyo, no son instrumentos de más baja jerarquía estética que plumas, pinceles y buriles, ante los aventajan, porque el género de belleza que crean es sublime por momentáneo y si bien el artista. de c ualquier Fig. nº 2.- Co m po si ción fotog rá fi ca <l e Juan Belmonte (F o t. Je l bálic.:!L. Co l. M . Rí os Mor .u). condición que sea, se supone que otorga por entero su vida en la propia obra, sólo el torero hace plena abdicación y holocausto de ella, según apotegma de Don Antonio Maura. Pero, por desgra- - c ia, los apotegmas de nuestros políticos nos merecen poco crédito. Consideramos la tauromaquia más noble y deleitable, aunque no 18 Miguel Ríos MoZo menos trágica, que la "logomaquia", esto es, que la política española, y a Juan más digno de aura popular y lauro de los selectos que la mayor parte de los diestros, con alternativa, en el Parlamento». -Restaurante Ideal Retiro, 1913. Firman la convocatoria: Ramón María del Valle Inclán, Julio Romero de Torres, Julio Antonio y Enrique de Mesa-. La importancia que daba, el texto de la convocatoria, a su propio arte se unió a la de su persona ensalzada por los discursos que en aquel acto se pronunciaron. Desde entonces leía, sin pausa, lo que escribían sus amigos y su curiosidad iba hacia todos aquellos que eran mencionados en sus conversaciones. El sabía que, en su interior, radicaba un transfondo que le permitía percibir, captar al máximo, lo que iba incorporando de la cultura, y lo hacía, mucho más, gracias a su esfuerzo, al mérito de su propia fabricación, que al resultado de un riguroso aprendizaje. Su misma forma de interpretar el toreo tenía acento poético, por eso más de una vez llego a asegurar que «donde no ha y poesía no ha y toreo» y, por lo mismo, le impactó que su compañero, su amigo_ del alma, Rafael, con su sombrero de ala ancha y su pañuelo de seda al cuello, mientras movía con la cucharilla un café solo, al que por supuesto no había echado azúcar, asegurase que «torear es tener un misterio que decir y decirlo». Le impresionaron, muy de joven, tremendamente los escritores rusos, sobre todo Dostoievski y Gogol mezclados, en difícil amalgama, con la Montaña Mágica de Tomás Mann, las novelas de Baraja, el estilismo de Pérez de Ayala, de Camba y de Azorín. Tenía la sensación de que escribiendo construían auténticas faenas de muleta. 19 Un hontanar sin fondo. Humanismo en Juan Be/monte En aquella primavera en que cumplía setenta años, cuando aún estaba lejos su final, recordaba lo que, con su ironía mordiente, le dijo, una vez, Valle Inclán: «Lo único que te hace falta para ser perfecto, Juanito, es morir en el ruedo». Pese a todas las cicatrices que presentaba su cuerpo aquello de morir toreando ... ¡No pudo ser! Sin embargo, abatido por una racha de enfermedades y una serie interminable de pequeños achaques se le despertó un temor tan obsesivo a quedarse inútil que le llevó, por primera vez, a sentirse viejo. Decidió, pues, sustituir la bella y pública muerte en la plaza, que había preconizado Don Ramón, por un final íntimo. desolado. en el campo se\'illano. Fig. nº 3.~ Belmonte en su despacho ( Fot. de EFE. Apud.: Flanet y Yelleite't, 1986: 41). Aquella mañana y aquella misma tarde estuvo tentando, a solas con su conocedor, becerras en campo abierto. ¿Buscaba quizá la muerte en el ejercicio de una actividad prohibida por sus médicos? Había brotado la primavera sevillana, a caballo y vestido 20 Miguel Ríos Moza con el traje corto, era también una bella forma de caminar hacia la muerte. Ya, al atardecer, en su cortijo, a solas con la depresión que le dominaba, con trastornos circulatorios de fondo, frente al cuadro que le pintase su amigo Zuluaga, donde aparecía vestido de grana y oro en un ruedo imaginario con sombras también de un atardecer difuso, tuvo la crisis que le llevó a escribir la carta final y a tomar la decisión de acabar con su vida. III Demos un salto atrás en la narración como si utilizáramos una técnica novelística. No le resultaba extraño aquella noche -diez años antes del final, vencidos casi los setenta años, aunque él siempre dijese, cuando le preguntaban· por su edad, que, en realidad, cada uno tenía la edad que ejercíaestar en uno de esos templitos sagrados de la culinaria conten;iporánea, donde los alimentos no saben realmente a lo que son, cenando en compañía de Sebastián, su viejo y socarrón amigo de siempre, y de dos médicos que le asistían, más por insistencia de su familia que por su propia voluntad, de los cuatro achaques sin importancia que por el momento padecía. Pudo ser en cualquier otro momento. Sin embargo, aquella noche, él contó una subyugante historia que expuso dividida en tres capítulos. No debió ser extraña a su sinceridad la presencia de los médicos. En efecto, su afán de aprender seguía sin tener límites y, ante la sonrisa expectante del escultor, tuvo la tentación de referir una 'historia de su vida con la intención, seguramente, de conocer, sin la necesidad de preguntar directamente, la opinión de los dos médicos acerca de una cuestión que particularmente le preocupaba: la posibilidad real de que existiesen condicionantes parapsicológicos que, por otra parte, él estimaba poseer. 21 Un ho111anar sin fondo. Humanismo en Juan Be/monte Fig. nº.4.- Cartel de la Corrida Patriótica celebrada en Madrid (1921) en la que, entre otros, Belrnonte, El Gallo y Sánchez Mejías lidiaron toros, respectivamente, de Mor eno Santamaría, Villamarta y Fernando Villalón. Sobre un boceto de Julio Romero de Torres (Apud.: Morales Marín, 1987: 169 ). 28 Miguel Ríos Moza confrontaba con sus obligaciones de torero. Fijos los ojos en el cuello de su peón ... pensaba ... que él era el torero y que no tenía más remedio que ponerse delante del toro en otro sitio donde la responsabilidad, no el miedo, iba, de nuevo, a cercarlo. Entonces le era posible vivir intensamente un amor-pasión, según lo conceptuaba Stendhal, al cual, años después, leyó. Su inclinación ciega, en aquel momento, era lo que se llamaba, entonces, "una niña bien", una señorita de la alta sociedad, de las fabricadas en serie, repleta de aburridas vi~udes, una protagonista habitual de juegos florales, de fiestas benéficas; una de esas damitas que están siempre presentes en los "ecos de sociedad" de la prensa local. La familia de ella se oponía radicalmente a sus relaciones con el torero. Aun no se había creado una auténtica aristocracia del trabajo a la que horteras y toreros pudieran, por sus propios méritos, pertenecer. Aunque fuera ya un torero famoso daba igual. Sin embargo, el sabía que la chica -en aquella época se decía chicale correspondía con una pasión de amor tan grande, por lo menos, como la suya. Esa misma tarde había cortado oreja y triunfado plenamente sobre el toro lidiado en la plaza de la solemne ciudad en que ella vivía. Por supuesto, no se había atrevido a brindarle el toro. Sin embargo, sí había mirado, fijamente, hacia la localidad de la primera fila del palco que ella ocupaba. En el segundo toro estuvo en plenitud y no dudó un momento de que toda su faena se había" llenado de la presencia de la mujer deseada. Y a iba comprobando lo que después declararía con firmeza: -«Mis mejores faenas siempre las hice cuando estaba encelado con una mujer». Algo completamente en contra del puritarismo desmesurado que se impondrían, años después, los toreros como premisa 29 Un hontanar sin fondo. Humanismo en Juan Be/monte necesaria para sus efímeros triunfos carentes de intensidad, ausentes de continuidad. Él fue el primero en declarar que gozaba de verdaderos orgasmos cuando el toro le rozaba al torear de muleta. Muchos años más tarde, cuando alguien, un compañero, quiso copiarle su inquietante afirmación no hizo sino caer en el ridículo puesto que cuando él aludía a aquellos presuntos eretismos que decía experimentar en la culminación de sus faenas, en realidad, lo que se refería era a una particular disposición de ánimo en su espíritu. Acabada la corrida, desde el hotel, acudió a una bodega, donde se celebraba una recepción para entregarle el premio por su actuación en la feria del año anterior. Aparcaron el coche, en el que iban también sus hombres, junto al local para asistir al acto con la intención de, desde allí mismo, salir para la corrida que se -.· Wlf kU'.,.'L Fig. nº 8.- Martínez de León: Belmonte dando u11 pa~c: de pecho (Apud.: Cossio, 1971: IV, 967). celebraba, al día siguiente, en otra ciudad. 30 Miguel Ríos Moza Aquello estaba suavemente bien. Gozaba de una mayor distensión que en otras ocasiones similares donde se enfrentaba al trato comunitario. Ella vino hacia él. Y, poco a poco, el matador hablándole, sin dejar por eso de hacerlo con unos y con otros, pudo ir separando su amor-pasión del centro del festejo. Se encontraron de repente protegidos por unas grandes botas de vino que se hallaban bien apiladas en un rincón. En ese momento, sin un por qué, sin una palabra que fuese mágica o vulgar, simplemente por venir así, ambos se besaron con una pasión frenética, en un boca a boca profundo que no era para resucitarlos, como se hace ahora, sino para unirlos mas en la propia vida. Sólo segundos o quizás minutos -¿quién sabe?- pudo durar aquel abrazo porque el fiel Calderón se acercó y tocándole al maestro en el hombro, con la mayor discreción, con cariño que no con reproche, requirió su atención: «Vamos -le dijoque mañana hay que torear otra vez». Cuando se rompió el beso, y se separaron, él tuvo la extraña sensación de sentir que, también y a la vez, se le iba la vida de ella. Su gente estaba ya fuera del local esperando, alrededor del coche, para partir. Ya habían cenado. No se podía parar. La ciudad donde tenían que torear al día siguiente no estaba cercana. Había que viajar toda la noche. No se podía dormir. Mientras el automóvil rodaba, por la oscuridad de la noche, atraído por el haz luminoso de sus faros, el maestro sentado en su sitio, apoyado en el quicio de la ventanilla, dejaba vagar la mente mientras mantenía fija la mirada en el cogote de su viejo colaborador. Casi a la amanecida llegaban a la puerta del vetusto hotel. Así que, sin más preámbulos, sin pérdidas de tiempo, como siempre, se dirigió a la cama. Sabía que entonces, como tantas 31 Un hontanar sin jóndo . Hwnanismo en Juan Belmonte veces, se dormiría profundamente hasta que lo despertasen dos horas antes de Ja corrida. Fi g. nº 9.- Bel monte perfilándose para matar, Valencia, l 92 J 32 Miguel Ríos Mo za Así fue. Durmió hasta que su mozo de estoques lo despertó tocándole en el hombro, de la misma manera que Calderón lo había hecho, el día anterior, en Ja bodega. El mozo le dijo: -«¡Ya es hora, maestro!». Se despertó sobresaltado. En el sueño, interrumpido, aunque seguía besando profundamente a su amor-pasión ella se le escapaba de la boca y de Jos brazos, se le hundía en un abismo cuyo fondo no podía percibir. Tenía la sensación onírica de que ya la fuerza de sus brazos no podrían impedir aquella desesperante inmersión. Sólo su boca era capaz de detener el hundimiento. Solos sus labios eran, quizá, capaz de retenerla. El beso, para lograr sostenerla, se había convertido en una enérgica aspiración, en un beso-succión terrible, que no debía acabar nunca para que ella no cayera, no se sumergiera, en una pérdida irreparable. Ya no existía intención pasional sino únicamente se trataba de un esfuerzo gigantesco para impedir que ella se sumiera en aquel abismo infinito. Sin embargo, a pesar de todo su descomunal empeño, no Jo conseguía. Cuando despertó y volvió en sí, ella se había ya hundido sin remedio. Dos horas más tarde, aún bajo la impresión del sueño interrumpido, estaba en el patio de cuadrillas de la plaza. El cielo no era azul, como la tarde anterior, sino cárdeno oscuro: preconizaba tormenta. Estaban dispuestos, esperando la hora y hacer el paseillo, José vestido de crema y oro, Ignacio de celeste; él se había puesto un terno negro con bordados de plata. Joselito y Sánchez Mejías estaban serios y sus sonrisas parecían forzadas. Se notaba, en sus semblantes y en sus gestos, Ja falta de la simple naturalidad con la que se quiere ocultar el miedo natural de esas tardes. Tal vez el día gris, tal vez sus propias y desasosegadas vivencias de aquel momento, le hacía v·erlos así. Se liaron los capotes y observó, curiosamente, con cierto 33 Un hontanar sin fondo. Humanismo en Juan Be/monte detenimiento, el empaque y majestad humana con que Ignacio se liaba en el capote de paseo: las piernas algo abiertas, la cabe~a levantad a, la mano en su sitio. Fue un instante, una observación pasajera. José arrancó a andar con el «¡Que Dios reparta suerte!» de tantas tardes. Así irrumpieron, los tres matadores, en el polvoriento ruedo de la plaza de toros de una capital situada muy lejos del mar . .. Fig. nº 1 0 . ~ Belmonte herido en la cab ez a por un es to qu e, Madrid, 1916 {Fo t. de Baldomero. A pud.: Ma rtínez Novillo, 19 9 1: il. 1 09) . La corrida se fue desarrollando, para él, con demasiada rutina. Mientras, los detalles extraordinarios de José con el capote en los quites y las banderillas espeluznantes de Ignacio brillaban en la plaza, él permanecía inhibido, sin la pasión, con que veinticuatro horas antes había arrollado en la otra plaza. Empezó a lloviznar, olía a tierra seca de verano mojada. El público, a tono 34 Miguel Ríos Mózo con la tarde y con lo que ocurría, estaba tristón. Los toros eran manejables, se dejaban, no planteaban problemas importantes. Sin embargo, como aplastados por el cielo plomízo, acudían a los caballos sin alegría, sin pujanza. Llegados al quinto toro, sólo dos jamelgos habían muerto. Con media estocada terminó con su último toro, que era el quinto. Se acercó a la barrera y, mientras lo arrastraban y se refrescaba, escuchó algunos tibios aplausos. Había estado bien pero, en su interior, se repetía una y otra vez que estaba absolutamente falto de sentimiento. Y a Ignacio estaba llevando, con el capote, el último astado al caballo. José y él se encontraban colocados a la izquierda del picador para hacer los correspondientes quites. José le miró fijamente de una forma que le pareció extraña. Llegado su turno sólo consiguió una media verónica que le satisfizo. Ignacio volvió a sus banderillas mientras los dos alternantes permanecían atentos. Mientras Ignacio, aquel andaluz tan rico de aventura -como lo calificaría, después de su muerte, un poeta también desgraciado-, pasaba a su toro de muleta, José estaba a su lado, dentro del callejón. Se apoyaban, ambos, en las tablas, con los capotes en las 'manos y las monteras puestas: en fin, estaban como había que estar, como siempre estaban. Fue entonces cuando José lo miró, otra vez, fijamente. Repitió la misma mirada con que , furtivamente, lo había observado durante el tercio de varas. Observado por Juan, desvió, a la defensiva, la mirada hacia su cuñado que lidiaba. Ahora, sin mirarle a los ojos, le fue hablando: - «ly!ira, no te lo hemos querido decir hasta que matases tu segundo toro. Así lo convinimos Ignacio y yo. F;sta mañana, cuando iba a comer algo, un amigo me puso una conferencia para hablarme de esa finca que quiero comprarme, me habló de t 35 Un hontanar sin fondo. Humanismo en Juan Be/monte cómo iba el trato ¿me comprendes? pero me añadió que esa muchacha que te gustaba, con la que estuviste ayer tarde, había muerto. Créeme que estoy a tu lado, que te acompaño en tu sentimiento». El simple estilo rutinario de la última frase, en aquel momento, le asombró; se preguntó, a sí mismo, si sentía algo que no le había aflorado minutos antes cuando toreaba. Desvió su mirada del ruedo y otra vez se enfrentó con el alargado rostro de su amigo y compañero de tantas lidias que, esta vez, esbozó una leve sonrisa al encontrarse con sus ojos: -«¿Como ha podido morir tan pronto, cuando ayer estaba en plena vida?» Con tales palabras se preguntó a sí mismo a la vez que lo hacía, en alto, a quien conocía, con seguridad, las circunstancias del fallecimiento. Simultáneamente y con toda intensidad gravitó, en su interior, el recuerdo vivo del sueño que había tenido momentos antes de empezar la corrida. -«Por lo que me han dicho de una manera tonta. Fue muy temprano a una cacería de patos que daban en la finca de su familia. Equivocó o quiso variar la situación donde estaba colocado su puesto. Dio un pa so en falso y pisó el terreno pantanoso de forma que el fango fue, poco a poco, tirando de ella, hundiéndola, hasta cubrirla y ahogarla. Sus compañeros de caza, que estaban apartados los unos de los otros, cada uno en sus puestos, no pudieron ayudarla». Su mentón personalísimo se pronunció mas que nunca, su barbilla avanzó, su labio· inferior quedó aún más adelantado, su mirada traspasaba el último toro que mataba Ignacio en el atardecer del día ... Los aplausos del público al triunfo del torero, que se expresaban esta vez con más fuerza, eran la música de fondo de su emoción contenida. Mientras tanto, desgarrado, se decía: 36 Miguel Ríos Moza -«¿Como puedo soñar que con un beso de salvaje succión fuera a evitar que la mujer amada se escapara hacia el abismo, que se perdiera en un hontanar sin fondo?» -«¡Ella se ha hundido para siempre sin que haya podido, queriendo meterla por mi boca dentro de mi ser, salvarla». Así pensaba mientras atravesaba, otra vez el redondel, hacia la puerta de cuadrillas. José, más alto, le habíá pasado su mano por encima del hombro. Y a no llovía pero el olor a tierra mojada era ahora más intenso. Y mientras recorría el ruedo, caminando hacia la puerta de cuadrillas, lentamente, dejó de saber si el olor era a campo o a pantano. * * * -<<A mí siempre me han ocurrido situaciones extrañas» Confesó a sus comensales, mientras encendía, tan parsimoniosamente como siempre, un habano. -«Esta última experiencia debo reconocer que fue alucinante. Pero a pesar de ser tan extraña, tan inquietante, sin embargo, jamás se me había ocurrido, hasta ahora, contar la. Habréis podido comprobar que la he unido, a las otras dos anteriores, con la intención de que reconozcáis, en las tres, un mismo y denso punto de confluencia que veo en el espacio y en el tiempo ¿Será la misma cadencia que he sentido al encender el puro?» A todo lo largo del relato, en contra de lo que era su costumbre, no había tartamudeando ni una sola vez. En la mesa se hizo un largo silencio que rompió Sebastián en un tono que estaba bien lejos de ser jocoso. Miranda dijo: 37 Un hontanar sin fondo. Humanismo en.Juan Be/monte -«Bueno, creo que, no hace falta ser científico para explicar el sentimiento de la última narración. Cuando estuviste con ella la tarde anterior te diría que, al día siguiente, iba a una tirada de patos y todos sabemos la dificultad de los terrenos donde se desarrolla ese tipo de cacería y los peligros que conlleva. Por eso tu has tenido un tipo de sueño que suele ser el habitual cuando en la vigilia anterior se ha tenido la mente, una y otra vez, de forma obsesiva, ocupada por un pensamiento dominante». Fig. nº 11. -Extraña composición fotográfica, a partir de una escena de figuras de cera, aparece Be lm onte observando a Sánchez Mejías que libra sobre el cadáver de Jose\ito, el Gallo, el cual acaba de morir en el ruedo de la plaza de Talavera de la Reina (Toledo) (Fot. de EFE. Apud.: Flanet y Veilletet, 1986: 44). Juan miró a Sebastián con aquella sonrisa de escepticismo que tantas veces fue cómplice de su gesticulación y, reapareciendo su tartamudear, dijo: