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Una apología sevillana del aceite de Aparicio

Herrera Dávila, Joaquín

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1 UNA APOLOGIA SEVILLANA DEL ACEITE DE APARICIO Joaquín Herrera Dávila Doctor en Farmacia Famoso fue en la España de Felipe II y durante el siglo XVII el Aceite de Aparicio, remedio medicinal tan popular que incluso fue mencionado por Cervantes en el Quijote. De esa popularidad se trató en la Academia de Farmacia de Madrid, en la mesa redonda sobre “La farmacia en tiempos de Miguel de Cervantes Saavedra” celebrada en 2005. En esa ocasión, Ángel del Valle Nieto decía que «este aceite de Aparicio llegó a ser incluido en todos los libros escritos por farmacéuticos y doctores e, incluso, en Farmacopeas, lo cual significa que esta clase de medicinas era oficialmente aceptada. (El aceite de Aparicio ha llegado a estar incluido en la V edición de la Farmacopea Española, de 1865.) »Así nos lo cita Cervantes: “Quedó Don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada tenía con aquel malandrín encantador (un simple gato). Hicieron traer aceite de Aparicio y la misma Altisidora con sus blanquísimas manos le puso unas vendas por todo lo herido” (II, XLVI). »La fórmula de este aceite ha ido cambiando con el curso de los siglos. La profesora María del Carmen Francés Causapé, en su trabajo titulado Un secreto remedio español del siglo XVI: el Santo Aceite de los Vizcaínos, recoge la que Isabel Pérez de Peramato, esposa de Aparicio de Zubia, transmitió, en 1567, al doctor San Pedro y al boticario Diego de Burgos: Aceite: tres libras (1 libra = 16 onzas) (Libra común de Madrid). Trementina de abeto: 2 libras. Vino blanco: medio azumbre (aprox. 1 litro). Polvo de incienso: media libra. Trigo limpio: dos puñados (de 4 a 6 onzas). Harina de hipérico: media libra. Valeriana: dos onzas. Cardo bendito: dos onzas. »Su preparación era simple: las hierbas se maceraban en vino y se añadían el trigo y el aceite y se cocía. Se dejaba enfriar, se colaba todo y se volvía a cocer. Se añadía el incienso y, después de hervir otra vez, se dejaba enfriar en un vaso o cualquier otro recipiente. Su eficacia dio lugar a este proverbio: “El aceite de Aparicio no es santo, pero hace milagros”. De él dice el doctor Laguna (también citado por Don Quijote en I, XVIII): “que es un aceite admirable para soldar las heridas frescas y rectificar aquellas de la cabeza y guardarlas de corrupción. Demás desto tiene gran facultad de confortar los nervios debilitados”. »Por lo milagroso de sus efectos también se le llamó “Santo Aceite de los Vizcaínos”. Asimismo se le ha conocido como “Bálsamo Bendito” y “Bálsamo de España”. Pero resultaba ser un remedio muy caro, tanto, que para ponderar el excesivo coste de una cosa, se decía: “Es caro como Aceite de Aparicio”» 1 . Fue usado en Italia, España y en América y aceptado por algunos miembros de la comunidad médica de Inglaterra y de otros países. Durante uno tiempo constituyó el último 1. VALLE NIETO, Ángel del: “Preparados oficinales en El Quijote”, en Mesa Redonda sobre la Farmacia en tiempos de Miguel de Cervantes. Real Academia Nacional de Farmacia, Madrid 2006, p. 78-79 (http://www.ranf.com/pdf/lecturas/03pdf.pdf). 2 grito en la curación de heridas. Sobre este famoso remedio escribieron ya desde época renacentista bastantes de los autores de obras quirúrgicas más notables, que como era habitual entonces solían terminar sus tratados con un antidotario, a modo de resumen de los medicamentos compuestos a los que habían ido aludiendo a lo largo de su obra. Así lo hizo el mismo Hidalgo de Agüero, gran defensor de la utilidad de este aceite compuesto para heridas, del que dice entre otras cosas que “con ser medicina tan antiquissima, se le atribuye a un barbaro llamado Aparicio, y lo hazen autor. Yo pondre muchas receptas aliende de las que tengo mostradas, para que vean como no fue Aparicio autor ni inventor” 2 . Y efectivamente ofrece bastantes fórmulas algo distintas en la composición y modus faciendi de este medicamento, de las que más adelante se consignarán dos de las que aparecen en su libro Thesoro de la verdadera cirvgia y via particvlar contra la comvn. Según Castaño Almendral 3 , en torno a la utilización de este remedio, que fue secreto hasta 1567 4 , se desató en el s. XVI una sonada controversia, sin que entre a describirla. En relación con otro debate centrado sobre el mismo tema, pero que se circunscribió a Sevilla, se ha localizado un folleto anónimo que se encuentra en un tomo de Varios de la 2. HIDALGO DE AGÜERO, B.: «Thesoro de la verdadera cirvgia y via particvlar contra la comvn». Ed. Francisco Perez, Sevilla 1604 (en adelante Thesoro), pág. 130. 3. Cfr. CASTAÑO ALMENDRAL, Alfonso A.: “La obra quirúrgica de Bartolomé Hidalgo de Agüero”. Publicaciones del Seminario de Historia de la Medicina, Serie A. Estudios, 1959, tomo II, no. 6, Salamanca, 1959, pág. 289. 4. Fragoso escribía en 1581 a propósito del Aceite de Aparicio, al que siguiendo a Galeno se debía llamar ungüento, que "muchos y con mucha razon han dudado, qual sea la verdadera recepta deste azeyte que tanto ha cundido por el mundo. Y assi cada vno procuraua de salir con la suya, ordenando a su aluedrio, y haziendo mezclas y composturas, que jamas passaron por el pensamiento de Aparicio". Las múltiples interpretaciones sobre la composición del remedio serían entre otras las que motivaran el debate en torno a su uso. El aceite fue introducido en España por un vizcaíno, de nombre Aparicio, que había sido soldado en Italia. Allí vio las grandes curaciones que cirujanos doctos hacían con él y aprendió a elaborarlo. Cuando regresó a España consiguió que este óleo medicinal fuese aprobado por el Consejo Real como útil y provechoso para curar, es decir que se convirtió en uno de los remedios secretos autorizados, como hubo otros en aquella época (cfr. SANCHEZ GRANJEL, L.: La Medicina Española Renacentista. Salamanca 1980, pág. 252). A la muerte de Aparicio pasó a su viuda la autorización real para elaborarlo. Por esta razón, manifiesta Fragoso, que la mujer de Aparicio declaró su composición "por mandado de los señores del Consejo en casa del señor doctor de la Gasca a quien fue cometido, y que ella hizo en presencia del doctor sant Pedro procurador de cortes por Valladolid, y de Diego de Burgos boticario de su Magestad en doze de Março de 1567 años" (Cirugía del licenciado Iuan Fragoso medico cirugiano de su magestad con un tratado de las euacuaciones y un antidotario de las medicinas compuestas que usan los ciruganos... [primera y segunda partes] . Madrid, Alonso Gomez. A costa de Francisco Lopez, y Gaspar de Ortega. 1581, hoja 518. El ejemplar consultado se encuentra en Biblioteca de la Universidad de Sevilla (BUS, en adelante), sig. R. 43.6.11). 3 sección de Fondo Antiguo de la Biblioteca Universitaria de Sevilla 5 , que se reproduce al final de esta ponencia. Con el título de Apologia del Azeyte de Aparicio, el impreso está dedicado “A los Cirujanos desta Ciudad de Sevilla” y aparece datado al final de las doce páginas de su texto en Sevilla, en 14 de marzo de 1634. Su desconocido autor, que indudablemente debía ser un cirujano sevillano, comienza exponiendo que “Mvchos dias a qve vuessas mercedes estan amenaçados, con vna carantoña, contra el aceyte de Aparicio, que creo si vuiera salido a luz, o en algun tiempo saliere, vendra a ser, como la passada de los huebos”. Por las razones y detalles que da para descalificar ese texto sobre los huevos, es fácilmente identificable éste con el escrito en latín por el bachiller Pedro Méndez de Lago 6 , bajo el título de Apologia ad ostendendam veritatem, et ad probandum, quod vitellus ovi, cum oleo rosaceo, est medicamentum vere pus movens, et totum conquazatum convenit vlseribus 7 . Este pequeño tratado, que pretende probar que la yema de huevo y aceite rosado es medicamento digestivo, fue dividido por su autor en cuatro partes, la última de la cual está dedicada “a quo nam fuit inventum oleum Apparitij, et eius facultates”. Con anterioridad, en la segunda parte, había insinuado que hay que excluir al aceite de Aparicio como digestivo. 5. Apologia del azeite de Aparicio a los cirujanos desta ciudad de Seuilla. En Seuilla: s.n., en 14 de MarÇo de 1634. El ejemplar incompleto, falto de portada, tiene la sig A Res. 76/5/14 (7). No parece probable que en la portada de este folleto figurase el nombre de su autor. En el ejemplar consultado no está quizá porque se le despojara de ella al ser encuadernado. En cualquier caso nos referiremos a su autor como si tratase de un anónimo, que no quiso consignar su nombre. 6. No ha sido posible, tras un rastreo documental en el Arhivo Histórico Universitario de Sevilla, obtener datos biográficos de este bachiller, aunque nuestra búsqueda no ha sido exhaustiva. Podría tratarse de un seudónimo de algún cirujano que no quiso dar su nombre. 7. El ejemplar consultado se encuentra en un tomo de Varios de la BUS con la sig. 112/73. 4 El texto apologético anónimo representa una exhaustiva respuesta, siguiendo el modo escolástico, a todas las impugnaciones con que el bachiller Méndez fue cuestionando la eficacia del aceite de Aparicio. A lo largo de ambos textos que analizamos se hace patente también la formalización escolástica del más puro galenismo, vigente entonces en la Universidad. Es en el seno de dicho galenismo tradicional donde se abordaba en aquel tiempo el estudio científico del medicamento. Y es sabido que hasta la Ilustración, ya bien entrado el siglo XVIII, no se inicia la transición del galenismo a la ciencia química-farmacéutica. El análisis de este debate nos permite adentrarnos en el conocimiento de la historia de un medicamento relevante desde su entorno socio-sanitario y lo que representó en la terapéutica de la época este aceite medicinal, y de paso nos ilustra sobre algunos particulares de la evolución y persistencia que tuvo a lo largo del XVII la escuela quirúrgica fundada en Sevilla por el mencionado Dr. Hidalgo de Agüero. Dicho cirujano, figura de singular relieve en el panorama quirúrgico español del Renacimiento 8 , alcanzó renombrada fama popular en Sevilla por los asombrosos resultados obtenidos en sus curaciones. Como fruto de su dilatada experiencia en el Hospital de San Hermenegildo, más conocido en Sevilla como Hospital 8. Cfr. CASTAÑO ALMENDRAL, Alfonso A.: “La obra quirúrgica de Bartolomé Hidalgo de Agüero”. Publicaciones del Seminario de Historia de la Medicina, Serie A. Estudios. Tomo II, Núm. 6 Salamanca 1959. P. 261. 5 del Cardenal, estableció una nueva vía para la curación de las heridas. Ejercitando este sistema, al que llamó vía particular, consiguió bajar a menos del 3% el índice de mortalidad anual de los heridos de cabeza que pasaban por sus manos, considerados entonces como los lesionados de gravedad que tenían el mayor riesgo de perder la vida. Aunque no han perdurado las cifras concretas que permitan confrontar sus resultados con los de sus antecesores en su plaza de cirujano mayor, autores coetáneos, que presenciaron los hechos, aseguran que antes de que Hidalgo comenzase a curar por su nuevo sistema, eran siempre más los heridos en general que perecían, y no sólo los de cabeza, que los que lograban sanar. Tuvo Hidalgo muchos ilustres defensores. Sin embargo, no faltaron otros cirujanos que se enfrentaron a su novedosa práctica quirúrgica. Entre estos detractores estuvo Fragoso, cirujano de Felipe II, que escribió varias obras de cirugía, y también el Dr. Estrada, médico y cirujano de Madrid, establecido en la ciudad de Sevilla. Este escribió unas conclusiones contra los Avisos particulares, unas proposiciones que había impreso en 1584 Hidalgo de Agüero 9 , tras haber experimentado largamente su vía particular y que fueron fijadas en lugares notorios de Sevilla, dando a conocer públicamente su método de curar. Dice Esteban Torre que “la polémica con el doctor Estrada es el preludio de la célebre controversia mantenida con Juan Fragoso, paradigma del enfrentamiento dialéctico entre la renovación y la tradición en la ciencia española de la segunda mitad del siglo XVI” 10 . No pequeño fue el revuelo popular que se levantó en Sevilla, pero el sólido prestigio de Hidalgo de Agüero, fundado en su rica experiencia profesional y sólido magisterio, terminó por triunfar. Llevaba ya muchos años teniendo tal éxito en sus curaciones de heridas por arma blanca, que era habitual que los que se veían inmersos en alguna pendencia o en duelo en Sevilla antes de acometerse solían exclamar: “A Dios me encomiendo y al doctor Hidalgo”. El paso de Hidalgo de Agüero por el Hospital del Cardenal constituye un capítulo trascendental y definitorio del mismo. Tras su fallecimiento, el Hospital hace suya la aportación singular efectuada por Hidalgo al saber quirúrgico de su tiempo, que se convierte en requisito indispensable para enseñar y practicar la cirugía en esta institución benéfica, que pasa a ser más conocida como “Hospital de los Heridos”. Sobre todo, en la primera mitad del Seiscientos, se desarrolla teórica y prácticamente la escuela quirúrgica allí instaurada por Hidalgo, dando lugar a una rica experiencia que se fue transmitiendo a los que acudían al centro para iniciar su carrera profesional en este arte. Los cirujanos mayores son admitidos en la plaza con la precisa condición de atenerse a los principios y al modo curativo establecido por esta verdadera figura señera del Hospital. Este método, al que denominó “vía particular”, se puede resumir en palabras del Prof. Sánchez de la Cuesta en “aproximar los bordes de la herida, poner a ésta, con protección limpia, fuera del contacto del aire, cubriéndola con desecantes, es decir, aspiraba a la cicatrización per primam, por primera intención” 11 . La idea era antigua y así lo declara Hidalgo que no se atribuye su paternidad, sino que por el contrario cita a Galeno y a otros autores 12 que también tuvieron noticia del método. Fue pionero en cerrar las heridas con este nuevo procedimiento. Su autoría se refiere al perfeccionamiento y mejor conocimiento práctico y sistemático: el haber puesto a punto un método operativo nuevo que hacía posible seguir esta vía con éxito, además de haber demostrado estadísticamente la clara superioridad 9. Cfr. TORRE SERRANO, E.: «Las “Conclusiones” del doctor Estrada, de Madrid, contra los “Avisos particulares” del doctor Hidalgo de Agüero, sevillano», V Congreso Español de Historia de la Medicina, Actas. Madrid 1977, pp. 389-401. 10. Ibíd., p. 390. 11. SÁNCHEZ DE LA CUESTA, G.: "Momentos estelares de la medicina sevillana", Anales de la Universidad Hispalense (Facultad de Medicina) 1967: 28 (4), pág. 46. 12. Como el mismo Hipócrates, Cornelio Celso, Hugo Mantuano, los Lucca y Nicoló Florentino. 6 de la particular sobre la común bajo todos los conceptos. Logrado todo ello como fruto de su dilatada experiencia en el Hospital del Cardenal, principalmente, como pone de manifiesto a lo largo de su obra escrita 13 . Dice Castaño Almendral que “el quehacer quirúrgico debe a Hidalgo de Agüero, el más ilustre de los cirujanos renacentistas españoles, la definitiva exposición, la utilización por vez primera, sistemáticamente, la difusión y defensa de un método nuevo para el tratamiento de las heridas por arma blanca, rompiendo con una tradición que se nutría en la veneración ciega del pasado y en la rutina” 14 . Nos sitúa quizá en el verdadero origen de esta pequeña polémica sobre el aceite de Aparicio una frase que el bachiller Méndez incluye en su apología, de la que habría que decir que, al menos la idea, no es del todo original suya, como veremos. “Sicuti mercatores habent quendam vlneam lineam ad dimitiendas omnes merces, ita chirurgi nostri temporis habent oleum Apparitij ad omnia genera vulnerum, tam á re incidente, quam á re contundente, quam perforante, tam in partibus carnosis, quam spermaticis, tam in compositis, quam simplicibus, tam in tempore vernali, quam in aestate, non considerando calidas temporis, nec qualitatis ipsius olei” 15 . Cincuenta años antes el doctor Estrada, ya mencionado como el primer oponente a los “avisos particulares” publicados por Hidalgo, hacía unas parecidas consideraciones de neto sabor escolástico en un escrito dirigido al Cabildo de la ciudad de Sevilla. Con referencia al reto lanzado por Hidalgo, para que de forma práctica se dirimiese la eficacia de su nuevo método curativo cuestionado por Estrada, éste contrarreplicaba de este modo: “Digo que, a lo que dize que las enfermedades no se curan con palabras sino con medicinas, dize muy bien, y es sentencia de Cornelio Celso en el principio de su libro; pero las medicinas y remedios con que se curan las enfermedades hanse de aplicar con sciencia y experiencia juntamente, porque no basta la experiencia sin la ciencia ni la sciencia sin la experiencia, para sauer bariar con la ciencia lo que se halla por experiencia conforme a la enfermedad y conforme a la edad y complexión del paciente, y a la región y al tiempo, etcétera; porque querer con vna misma medicina curar todas las enfermedades en todos los subjetos, chicos y mayores, y en qualquiera parte del cuerpo, es querer calzar bien a todos con zapatos hechos en horma de diez puntos, y es imposible, porque a vno vendrá chico y a otro grande” 16 . Como puede verse, la originalidad de Pedro Méndez, que declara al principio de su 13. Se conocen las dos obras ya mencionadas. Una inédita: «Avisos particulares de cirugía contra la común opinión». Sevilla 1584. Y la otra publicada póstumamente: «Thesoro de la verdadera cirugía y vía particular contra la comun». Ed. Francisco Pérez, Sevilla 1604. Entre las primera reediciones están las de Sebastián de Cormellas, Barcelona 1624, y la de Claudio Marcé, Valencia 1654. 14. CASTAÑO ALMENDRAL, Alfonso A.: “La obra quirúrgica de Bartolomé Hidalgo de Agüero”. Publicaciones del Seminario de Historia de la Medicina, Serie A. Estudios. Tomo II, Núm. 6 Salamanca 1959. P. 261. 15. Ofrecemos la siguiente traducción: "Así como los mercaderes suelen tener un cierto patrón de braza para despachar todas las mercancías, del mismo modo los cirujanos de nuestro tiempo usan del aceite de Aparicio para todo género de heridas, tanto las producidas por incisión como por algo contundente o perforante, bien sea en zonas carnosas como en partes pudendas, tanto en las compuestas como en las simples, ya se esté en invierno como en verano; sin considerar la calidad (calidez) del tiempo ni la cualidad de dicho aceite". Méndez añade que los cirujanos afirman que el aceite de Aparicio es caliente en segundo grado y seco en tercero, lo cual le parece que no es conforme con la sentencia que sobre esa cuestión se encuentra en el libro I del De Generatione et Corruptione (de Aristóteles), donde se prueba que por adición de un grado a otro se hace mayor la radicación en el sujeto. Como eso se tiene por cierto, el bachiller no quiere probarlo, sino que remite a la citada obra. 16. Archivo Municipal de Sevilla. Escribanías del Cabildo, siglo XVI. Tomo 11, número 75. (Ref. TORRE SERRANO, E.: loc. cit., pág. 398). 7 disertación que por entonces era alumno que cursaba el tercer año de Medicina, no parece consistir en otra cosa que aplicar lo dicho por Estrada al Aceite de Aparicio y extenderlo a todos los cirujanos. Esto último resulta sintomático de que medio siglo después de que Hidalgo diera a conocer públicamente sus nuevos principios para curar las heridas, estaban éstos de lleno incorporados a la práctica quirúrgica de la casi totalidad de los facultativos sevillanos. La objeciones contra el aceite de Aparicio del bachiller, aparte de la expuesta en torno a su cualidad y que por tanto no se podía utilizar para todas las heridas, se reduce a reproducir lo que también Fragoso había señalado acerca de las supuestas virtudes curativas universales que el mismo Aparicio “empirici hominis” atribuía al aceite 17 . En respuesta -escribe el autor de la apología del óleo vulnerario- “a la objecion que ponen, diziendo ser inventado por vn hombre empyrico, como era Aparicio (...) digo que caso negado que Aparicio fuesse el inventor deste aceyte, si nos consta de los ingredientes del, y de la composicion que dellos resulta ser medicamento apto y commodo para vnir las heridas y juntamente vemos el efeto por la experiencia, importara muy poco que lo aya inuentado el mayor idiota del mundo, pues qualquiera experimento prouado, con razon queda debaxo de las reglas de la methodo verdadera de curar”. Como se ve el anónimo autor se muestra muy en consonancia con el aire experimentalista con el que Hidalgo de Agüero cultivó la Cirugía, insólito entonces y que fue una de los motivos por los que fue contradicho. De todas formas, refiere a continuación, para que no se diga que no sigue a los autores antiguos, cómo el mismo Galeno narra en una de sus obras que aprendió en la isla Lemno las virtudes de la tierra Lemnia para curar varias enfermedades, “las quales experimentó y halló verdaderas, siendo solamente meros experimentos, como él lo refiere”. El apologista anónimo procede en su opúsculo a tratar de si consta que hubo inventor de este aceite, qué antigüedad tiene su uso, las varias composiciones que se habían ido dando del Aparicio, qué simples entran en el que se usa en España, sus facultades y la que resulta de su composición, cómo y en qué casos se debe aplicar y en cuáles no. Procede, por tanto, dentro del galenismo farmacológico, donde es fundamental determinar que grado de calor, frialdad, sequedad o humedad tiene cada uno de los simples para determinar qué facultad tendrá el compuesto o antídoto resultante. A lo primero afirma que el aceite es magistral 18 , no usado de los antiguos griegos, latinos ni árabes y que no consta qué autor fuese el primero que lo compuso y usó. Entre los más antiguos que trataron de su composición cita a Juan Jacobo Manlio de Bosco 19 , “al qual se dio nombre de luminare mayus” y a Juan de Vigo 20 . Menciona también a Renodeo 21 , 17. Fragoso, tras reproducir un escrito con el que Aparicio difundía las virtudes del aceite, añadía con cierta gracia: "Este cedulón estampamos, no para que sea como dechado, sino como freno con que se detengan y vayan a la mano los cirugianos, haziendo lo contrario en lo que toca a la dieta y euacuaciones, y vsando del con limitacion y prudencia, conforme a como enseñamos atras en su capitulo propio: porque qualquiera persona de mediana razon, vera luego que tantas promessas y libertades, es vn sabroso ceuo para atraer a la gente vulgar" (FRAGOSO, J.: op. cit., pág. 520r). 18. Es decir que se trataba de un medicamento de preparación extemporánea que prescribía el médico variando su composición según las indicaciones que se hubiese propuesto llenar. De todas formas también hubo medicamentos magistrales que se tenía la costumbre de no formular porque su uso era muy frecuente y su composición bien conocida. 19. Juan Jacobo Manlius de Bosco, autor que durante mucho tiempo fue tenido por médico al no haberse prestado atención a que en un lugar de su obra dice claramente que él era farmacéutico. Su obra Luminare Majus, se editó por vez primera en Venecia en 1494, y fue reeditada en 1496 y luego en varias ocasiones durante la centuria siguiente (cfr. FOLCH JOU, G., dir. (et al.): Historia General de la Farmacia. El medicamento a través del tiempo, Madrid 1986, p. 305). 20. Giovanni di Vigo, médico cirujano italiano, escritor de Medicina, nacido en Rapallo en el año 8 Ubechero, César Magato 22 , Daniel Sanerto 23 , Riolano 24 , Rodrigo de Fonseca 25 y Juan Fragoso. Casi todos estos autores consignan en sus antidotarios una o más composiciones de aceite de hipérico, precisamente por tratarse de un remedio magistral cuya fórmula puede variar. Fonseca es quien refiere que “vno dicho Aparicio curaua todas las heridas penetrantes de cabeça, sin abrir, con vn aceyte muy dessecante, que parecia milagro. Por cuya causa le quedó nombre de aceyte de Aparicio, por auerlo el dicho empeçado a vsar en España, que el siempre se llamó de Hypericon: como oy dia se llama en todo el mundo”. Como puede verse, a pesar de la afirmación que se ha hecho a veces sobre el retraso y aislamiento de la ciencia española en el S. XVII, en el caso de este cirujano sevillano autor de esta Apología se experimenta como un falso prejuicio esa tesis. De los nueve autores cirujanos que cita tan sólo uno -Fragosoes español. Puede extrañar que no cite a Hidalgo de Agüero, fallecido hacia entonces 37 años, entre los autores modernos de cirugía. Una posible razón pueda ser el que aún persistía el debate entre partidarios de la vía particular y sus contradictores, y nuestro anónimo autor, partidario de Hidalgo sin duda, no querría argumentar con obras de su maestro, o de los que pertenecían su escuela, para no ser tachado de partidista. O, tal vez, porque el autor de la Apología quería demostrar que el sistema de curar basado en la utilización de este medicamento estaba totalmente integrado en la terapéutica usada por los más notables médicos europeos. Por eso, además, al único autor español que cita es uno de los que contradijo a Hidalgo de Agüero sobre su método de curar, que conllevaba el empleo del aceite de Aparicio. Antes de pasar a examinar la facultad de cada uno de los simples que lo componen, especifica, tomándolo de Fragoso, la receta original del aceite que dio a conocer la viuda de Aparicio. “De flores de Hypericon ocho onças, rayzes de Valeriana, y cardo santo, de cada vno quatro onças; de trigo limpio cinco onças. Todo esto quebrantado se infunde en tres libras de vino blanco, y luego se le añaden tres libras de buen aceyte el mas añejo que se pudiere auer, cueze esto a fuego manso hasta que la humedad del vino y de las yeruas se consuma, esprimese, y cuelase, y luego se le añade de terebentina de beto dos libras, buelue a cocer a fuego manso por espacio de vn quarto de hora, y sacado del fuego quando esté ya tibio le echan ocho onças de poluo de encienso y lo menean siempre hasta que esté bien mezclado: 1460 y fallecido en 1524. 21. Jean de Renou (Johannes Renodaeus), médico nacido en 1568 en Coutances, en Normandía, estudió y se especializó en París donde ejerció la docencia. Publicó una de las obras más apreciadas en su tiempo sobre medicamentos: Dispensatorium Medicum continens Institutionum pharmaceuticarum libros V, de materia medica libros III., pharmacopoeam itidem sive antidotarium varium et absolutissimum auctore Ioann. Renodaeo medico Parisiensi regio. 22. Cirujano italiano autor del libro De Rara Medicatione Vulneram, Seu de Vulneribus Raro Tractandis, Libro Duo (1616), que tuvo gran éxito y difundió mucho la doctrina de su autor. 23. Debe tratarse del bratislavense doctor en Medicina Daniel Sennert, nacido en 1572 en Breslau y fallecido en 1637 en Wittenberg, en cuya Universidad fue profesor de Medicina. Escribió entre otras una obra que lleva por título De chymicorum cum Aristotelicis et Galenicis consensu et dissensu . 24. Jean Riolan, médico francés nacido en 1539 y fallecido en 1605. Parece que, por la obra que se cita en la Apología, se trata de Jean Riolan padre, porque con el mismo nombre su hijo (1580-1657) fue también médico, anatomista de gran prestigio en su época con una extensa obra escrita. 25. Uno de los médicos más ilustrados de su época, nació en Lisboa a mediados del siglo XVI. Falleció en 1622. Fue profesor en las universidades de Pisa y Padua. En su extensa obra se mostró como un gran comentador de los aforismos de Hipócrates. Una de sus publicaciones lleva por título Consilia aliquot morborum variorum Roederici a Fonseca et primo explicatur, quae ratione vulnera capitis curari possint sine calvariae apertione, et per oleum Aparitii celeberrimum in tota Hispania, et admirabile remedium, donde presenta la composición y habla con notable encomio del aceite de Aparicio. 9 luego lo bueluen a poner al fuego otro quarto de hora: passado el qual tiempo lo apartan y tapan con vna freçada doblada hasta que se enfrie. Esta es al fin la verdadera composicion desde aceyte”. Pasa a examinar las facultades, fiel a la tradición galenista, las virtudes y propiedades de cada uno de los simples. Demuestra acudiendo a la autoridad de los clásicos que estos ingredientes son cada uno “caliente y seco cerca de segundo grado”. Sólo en el caso del hipérico, Serapión lo hace de tercero. Sin embargo tanto Galeno, como Avicena, Aecio y Paulo dicen expresamente ser caliente y seco en segundo grado. “Dioscórides aunque no gradua al Hypericon, aplicalo todavia para todas las enfermedades que Galeno y Auicena, y Laguna, comentando el capitulo del mismo Hypericon, dize estas palabras”. El despliegue de citas de los autores graves tenía su importancia, porque una de las recriminaciones que hacía el incógnito apologista del aceite de Aparicio al autor de la carantoña “passada de los huebos”, era su uso de “las auctoridades traidas por los cabellos, y menos entendidas, no de Auctores classicos, como Hipocrates, Galeno, y Auicena, mas de Antonio da Cruz 26 , Vigo 27 , Balcasar, y Carpo” lo cuales entre otras cosas no usaban de la yema de huevo y del aceite rosado con el nombre de digestivo sino en un caso particular. En ese caso, además, era cuando menos se le podía aplicar tal denominación de digestivo. Sólo se explicaba esa excepción porque los autores alegados curaban por la vía común. Es comprensible que haya alguno que piense que tal medicamento podía considerarse verdadero digestivo si se trata de heridas penetrantes de cabeza que se intentan curar no por la vía particular, que era entonces la que normalmente se usaba, sino por la común, legrando y trepanando las heridas. Tras el empeño en explicar lo que antecede el defensor del Aceite de Aparicio hace una afirmación reveladora: “Pero esto es dare verba surdis”. Estaba claro que había algunos empeñados en no entender, porque no estaban dispuestos a oír. En el fondo, esta polémica en torno al aceite de Aparicio, no fue más que la versión paralela de la ya mencionada que hubo en Sevilla acerca de la doctrina quirúrgica de Hidalgo. La condición de alumno de tercer año de la Facultad de Medicina del bachiller, nos señala quizá la proveniencia de este sector no dispuesto a entender. En la enseñanza médica universitaria, imbuida todavía de galenismo teórico, no parece que tuviese cabida por entonces el modo experimentalista que Hidalgo introdujo en el cultivo de la ciencia quirúrgica y que extendió a su escuela, pues como veremos por más de veinte años estuvo impartiendo enseñanza de su sistema. Como la facultad del medicamento compuesto mana de los simples que lo componen, concluye nuestro autor que el aceite es también caliente y seco en segundo grado, no sin antes constatar que con “este precioso licor (...) los cirujanos desta Ciudad, y de casi todo España (quitado en Portugal, que allá no curan sino con huevos) curan las heridas con tan buena methodo, y con tan felices y grandiosos successos, como consta de muchas y muy peligrosas heridas, que cada dia se curan, assi en los hospitales graues desta Ciudad, como fuera dellos”. Resulta también de indudable interés lo que señala sobre el mecanismo de acción de este fármaco usado para conglutinar las heridas. Procede para ello -como para el resto de lo expuesto en el impresocon un orden de ideas y razonamientos del más puro estilo académico. Esto último y algunas expresiones, como las de las curas realizadas “con tan felices y grandiosos successos” en los “hospitales graues desta Ciudad”, nos sugieren que el anónimo autor no sea otro que Agustín de la Fuente, cirujano mayor entonces del Hospital del Cardenal 28 . La sospecha se fundamenta en que este médico y cirujano había ocupado la 26. Antonio da Cruz fue un cirujano portugués, autor de obras médicas, que falleció en 1626. 27. Sería el mismo Juan de Vigo, cirujano italiano ya mencionado. 28. Sobre este hospital puede verse la tesis doctoral de HERRERA DÁVILA, J.: Visión históricosanitaria del Hospital de San Hermenegildo de Sevilla (1455-1837) [Microforma] /; [dirigida por María 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25