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Tratado de zoohistoria, el toro en el Mediterráneo [Reseña de] Delgado Linacero, Cristina: El toro en el Mediterráneo. Análisis de su presencia y significado en las grandes culturas del mundo antiguo, Madrid, Laboratorio de Arqueozoología, Facultad de Ciencias, Universidad Autónoma, 1996, 430 págs. con ilustraciones.

Cortines Torres, Jacobo

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Revista de Estudios Taurinos N.º 6, Sevilla, 1997, págs. 227-244 TRATADO DE ZOOHISTORIA: EL TORO EN EL MEDITERRÁNEO Delgado Linacero, Cristina: El toro en el Mediterráneo. Análisis de su presencia y significado en las grandes culturas del mundo antiguo, Madrid, Laboratorio de Arqueozoología, Facultad de Ciencias, Universidad Autónoma, 1996, 430 págs. con ilustraciones. Fig. n.º 50.– Portada del libro de C. Delgado Linacero El Toro en el Mediterráneo. Suele decirse que los árboles no dejan ver el bosque, y esto ocurre con más frecuencia de la deseada en la tupida selva de la bibliografía taurina, tan llena por otra parte de inútil hojarasca, pero cuando uno topa por azar, como ha sido el caso, con un árbol frondoso, de grata sombra y sabrosos frutos, poco se echa en falta ver los otros y el conjunto del bosque, porque el ejemplar que nos cobija es tan rico y variado que contiene y supera buena parte de lo disperso en muchas ramas. Tal es el libro que hoy reseñamos: El toro en el Mediterráneo. Análisis de su presencia y significado en las grandes culturas del mundo antiguo, del que es autora Cristina Delgado Linacero, doctora en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid, seguidora de cursos en el Institute of Archaeology de Londres, y miembro del Laboratorio de Arqueozoología de la Facultad de Biología de la Autónoma madrileña. La obra, como señala su prologuista, Arturo Morales, catedrático de Biología animal y director del citado Laboratorio, es producto de una exhaustiva y prolongada labor de ocho años, iniciada como tesis doctoral bajo la dirección del desaparecido profesor Blanco Freijeiro y terminada bajo la de la profesora Pilar González Serrano. Un trabajo –insiste el prologuista–en el que «queda patente la pluridisciplinaridad de la ciencia histórica que no acaba con la exclusiva comprensión de las fuentes culturales, documentales o arqueológicas, sino que precisa del concurso de otras disciplinas /.../ aparentemente tan dispares como pueden ser la genética, la etnología, la etología, o la veteniraria» (pág. 9). Un trabajo novedoso en nuestro panorama investigador que se alinea en la llamada «zoohistoria», o historia de los animales desde la perspectiva cultural, un nuevo enfoque cuyo fin último es «evidenciar la comunión Jacobo Cortines Torres 228 entre el hombre y los animales; entre el hombre y la vida misma» (pág. 10). Para reseñar un libro de esta naturaleza se requiriría a alguien que aunase esas disciplinas tan diversas, y yo ni las aúno ni soy individualmente historiador, ni arqueólogo, ni etnólogo, ni etólogo, ni menos veterinario; sólo la pasión por la lectura y la afición por la tauromaquia, que comparto con los demás miembros de la Fundación de Estudios Taurinos, justifican el encargo de su recensión. Vaya, pues, por delante la advertencia de que lo que aquí diga no es más que la impresión de una lectura que me ha resultado tan fascinante como placentera. Fascinante, por la temática elegida: el toro en el ámbito de las civilizaciones antiguas del Mediterráneo; placentera, por el rigor y la claridad de estilo. Todo en este libro está dicho con una precisión que incita a no dejar su lectura hasta no haber llegado a la última página. Como explica en nota introductoria, la autora ha creído oportuno, aunque no pertenezca estrictamente a la geografía mediterránea, tratar de la aportación mesopotámica a esas culturas por ser «un factor fundamental como raíz u origen de gran número de sus manifestaciones» (pág. 11), e igualmente ha ampliado el análisis a la totalidad de la Península Ibérica por el interés para el lector hispánico y por las mutuas influencias que han experimentado sus regiones en el tiempo. Tras estas indicaciones, su labor investigadora aparece distribuida en tres partes: “I) Aspectos económicos del ganado vacuno”, “II) Economía y Religión: Mitología taurina”, y “III) Juegos del hombre y el toro”. Reconozco que el título de la primera parte no me atraía de manera especial, dada mi inexperiencia en cuestiones económicas y vacunas, y, sin Recensiones de libros 229 embargo, constituyó una auténtica sorpresa, pues sus capítulos no son frías referencias técnicas, sino cálidas páginas reveladoras de la antiquísima y fructífera relación del hombre con esa especie animal tan ligada a nuestro vivir, no sólo en lo material, sino en lo religioso y cultural. Muy pronto el lector empieza a disfrutar con las puntuales descripciones. Véase a título de ejemplo esta que hace del primitivo uro: «El uro mostraba una capa de color negro con una banda clara sobre el lomo. Un mechón blanco y rizado caía entre los cuernos. El hocico también era blanco, a veces, grisáceo. En invierno parece que su pelo se volvía más liso y espeso, en particular en las razas meridionales. Estas coloraciones eran más propias de la Europa central, mientras en el sur y el oeste la franja del lomo tendía a ser amarillenta o rojiza. Otra variante era el tono castaño agrisado en sus cuartos traseros. Las vacas lucían una capa amarronada, a veces mezclada con negra. Algunas presentaban el color de los machos, con la banda del lomo en un tono castaño y extendida a los lados de la panza» (pág. 16). Cuánta precisión técnica y cuánta riqueza cromática en este pequeño fragmento. Rigor científico y estilo literario se dan aquí la mano, como en los tratados clásicos de Aristóteles, Varrón, Columela, Catón o en la poesía virgiliana, fuentes todas ellas de las que la autora hará un sabio uso en su novedoso tratado. El orden empleado en la exposición de la geografía taurina –Mesopotamia, Egipto, Grecia, Italia y la Península Ibérica–será básicamente el seguido a la hora de abordar otros aspectos. Así, tras señalar los lugares de esa extensa geografía en los que más abundaba el vacuno (Fig. n.º 51): los valles y llanuras, ya que el resto era fundamentalmente Jacobo Cortines Torres 230 territorio del caprino, la autora pasa a estudiar la cría y el pastoreo, sirviéndose, entre otras referencias, de los testimonios literarios, ya sean proverbios, citas bíblicas o textos de los clásicos grecolatinos, como este del De agricultura de Catón donde se exponen los piensos de los bueyes de labor: «–Enero/febrero: heno al atardecer o, en su defecto, hojas de roble o hiedra. –Marzo/abril: cáscara de uva, legumbres mojadas, heno o fruto del roble. –Desde el 13 de abril: ocinum (mezcla de semillas verdes) y arveja común. –Mayo/15 de junio o más tarde: cuando se terminaba el forraje verde, se sustituía por hojas de olmo, roble o higuera mezcladas con otras de álamo. Recensiones de libros 231 Fig. n.º 51.– La cría y el pastoreo. Detalle de ánfora. Grecia. Dibujo de Perrot y Chipiez (Apud.: Delgado, 1996: 44). –Julio/octubre: hojas diversas. –Diciembre: fruto de roble o cáscara de uva». El ejemplo es ilustrativo tanto de la riqueza de información como de lo curioso y delicioso que resulta el adentrarse por esta parte que parecía en un principio carecer de atractivo para los no profesionales. Sigue el estudio con las diferentes formas de estabulación, con la significación del oficio de pastor –elevado entonces hasta la divinidad y realeza–, y con las marcas de propiedad del ganado. Para todo el que se sienta atraído por la vida agraria estas páginas son de un interés vivísimo. Aveces no parece que hayan transcurrido miles de años, tales son las semejanzas con usos y costumbres que han llegado hasta nuestros días. Baste citar la aplicación de hierros candentes en los lomos de los animales como distintivos de propiedad, aunque muchos otros aspectos han desaparecido por completo o se han transformado notablemente. Por fortuna ya son pocos los hombres que buscan el establo para «proveerse de una fuente suplementaria de calor en los duros inviernos» (pág. 32), pero por desgracia ya los establos no se encuentran, como en las descripciones homéricas, «cerca de un río rumoroso, rodeado de carrizos flexibles» (pág. 34), sino que los más son construcciones bastante desnaturalizadas en amorfos lugares, y la mayoría de los animales ya no tiene un pacífico discurrir sino un brutal ajetreo propiciado por las prisas de un mundo mercantilizado. Ya los pastores no han de temer que los leones rompan la cerviz de sus vacas, ni que los cuervos les saquen los ojos o los lobos desgarren sus estómagos, pero han de defender a su ganado de otros enemigos más peligrosos, como la manipulación de las técnicas aliJacobo Cortines Torres 232 menticias que le puede llevar a la degradante hipertrofia cuando no a la demencia, tal el desgraciado episodio de las vacas locas en la verde Inglaterra. La utilización de la fuerza animal como tracción es el tema del tercer capítulo (Fig. n.º 52). Allí se alude al origen del carro –el trineo–y a su posterior evolución –carros con ruedas macizas, con ruedas de radios, carros cultuales para satisfacer las necesidades mágicas o religiosas–, al igual que se hace referencia a la historia del arado, el trillo o el yugo. Todo ello salpicado de numerosas ilustraciones y de sabrosas citas, como esa canción egipcia de la dinastía XVIII que puede recordarnos las canciones de trilla del flamenco: «¡Pisad, pisad bueyes, pisad, pisad!/ La paja para comérosla y la cebada para vuestros amos./ ¡No os canséis!/ Hace bueno!» (pág. 78). Recensiones de libros 233 Fig. n.º 52.– La tracción bovina. Detalle de un vaso pintado. Susa (Mesopotamia). Dibujo de Childe (Apud.: Delgado, 1996: 61). O la maldición del destierro del pueblo judío en el Deuteronomio, donde ya el yugo aparece como metáfora de sometimiento: «Cargarán sobre tu cuello yugo de hierro hasta destruirte» (pág. 86). O los consejos de Columela: «Conviene tener los bueyes estrechamente uncidos para que entren con mejor disposición, con el cuerpo derecho y las cabezas levantadas, para que se lastimen menos sus cuellos y haga el yugo mejor asiento en sus cervices. Este es el modo de uncir más bien recibido» (pág. 87). El aprovechamiento de los recursos cárnicos, lácteos y derivados es el objeto del capítulo siguiente. La carne, se dice allí, era entonces manjar excepcional, reservado para las grandes ocasiones. En Egipto el plato nacional fue la oca, aunque la vaca o el buey aparecen con reiteración entre las ofrendas funerarias (Fig. n.º 53). Los héroes homéricos eran grandes consumidores de carne y en sus poemas asistimos con frecuencia a sus pingües banquetes y hecatombes, aunque fuera de la literatura la dieta griega era más modesta: gachas, pescados, cerdo –muy rara vez vaca–, quesos y verduras. De nuevo en el mundo de la ficción se destaca la presencia de la carne vacuna, como ese suculento buey cocido que figura entre los platos de la famosa cena de Trimalción descrita en el Satiricón de Petronio. También se degustó este tipo de carne en las bodas de Viriato; y la ingestión de vacuno en el sur de la Península Ibérica debió ser frecuente, tanto por la localización del mito de Gerión, lo que hace suponer gran abundancia de bovino en la zona, como por los descubrimientos de los llamados «asadores andaluces», barras finas y largas, que tienen su origen en el período del Bronce Final y comienzos de la Edad del Hierro. Jacobo Cortines Torres 234 Por otra parte, el consumo de leche y derivados se remonta en el Oriente Próximo y el Mediterráneo al IV milenio a. C. Sandalias, zapatos, pergaminos, escudos, corazas, cascos, sillas de montar, etc., fueron artículos confeccionados con la piel de esta especie. El estiércol se utilizó como combustible y fertilizante, y el cuerno como vaso para beber, ungüentario, o instrumento musical. Esta primera parte se cierra con un estudio del ganado mayor como símbolo de la riqueza social (Fig. n.º 54). La Biblia refiere que Job en su esplendor llegó a poseer 500 yuntas de bueyes. La Ilíada insiste en la riqueza ganadera de los palacios micénicos. Para Hesíodo era la posesión más preciaRecensiones de libros 235 Fig n.º 53.– Alimentación y sacrificio. Aprovechamiento de los recursos cárnicos. Representación mural en la Tumba de Saqqara (Egipto). Según Vandier (Apud.: Delgado, 1996: 91). dad alimenticia o religiosa, y transformarla en demostración de valor, primero, ejercicio lúdico, después y, tras su última evolución, en expresión artística Ya las pinturas rupestres tanto del Paleolítico como del Neolítico hacen patente la fascinación del hombre por el imponente uro y ofrecen testimonios de «la conversión de la primitiva necesidad de la caza en un ejercicio de valor» (pág. 357). La caza pasó a ser algo más que una tarea de abastecimiento; se convirtió en un deporte, un juego, que no excluía, por otra parte, los aspectos religiosos. En Mesopotamia y Egipto la caza de toros salvajes desde carros tirados por rápidos caballos fue práctica de la realeza. Del asirio Asurnasirpal se contaba que en un día había conseguido dar muerte a cincuenta uros, y otro tanto relata la inscripción de un escarabeo conmemorativo de Amenofis III. También en esos países se practicaron los enfrentamientos del hombre con el toro cuerpo a cuerpo, como esos luchadores que agarraban al toro por la cola y una de sus patas y le pisaban la cabeza en señal de victoria, según aparecen en la glíptica mesopotámica desde el IV milenio a. C.; o bien los enfrentamientos eran entre las propias fieras, como fue costumbre entre los egipcios que seleccionaban reses para lanzarlas a la arena de recintos intencionadamente preparados para tal fin, práctica que luego ampliarían los romanos en los circos. Aunque los juegos taurinos por excelencia de la Antigüedad nacieron en el Egeo. En Creta jóvenes de ambos sexos mostraban su agilidad y valentía en las acrobacias que iniciaban al agarrar al toro por los cuernos y saltar sobre su lomo, tal y como pueden verse en los frescos del palacio de Cnoso (Fig. n.º 57). Hoy sabemos incluso el nombre de algunos de Jacobo Cortines Torres 242 aquellos cuernilargos de cruz elevada, capas pías o moteadas en blanco y otros tonos; se llamaban «Rubio, Pelirrojo, Hocicoblanco, Zaíno, Bermejo, Gruparrojiza» (pág. 23). El caso de la Península Ibérica merece mención aparte, pues la tradición lúdico-taurina se remonta, segun la autora, a tiempos neolíticos y parece desarrollarse bajo rasgos autónomos (pág. 389). Toda esa milenaria relación culmina en la fiesta de toros, de la que la moderna corrida es su último y más depurado exponente. Pero también ha perdurado en esa otra dimensión en parte perdida y en parte no: la de los festejos populares donde el toro sigue siendo el auténtico protagonista. De algunas de estas manifestaciones folklóricas se ocupan nuevamente las páginas finales del libro que enlazan con tanRecensiones de libros 243 Fig. n.º 57.– El salto cretense según Conrad (Apud.: Delgado, 1996: 383). tas otras de los antropólogos actuales, de cuyos resultados dan puntual información nuestra Revista de Estudios Taurinos y nuestra Colección. Tauromaquia, ambas publicaciones realizadas –la última en coedición con el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla– gracias al mecenazgo de la Real Maestranza de Caballería. Cristina Delgado nos ha ofrecido un monumental y novedoso libro, donde ciencias y letras aparecen en estrecha comunión, como en los mejores tiempos del Humanismo. Una obra que se ha escrito sin prisas ni pausas, con paciencia y con pasión. Un estudio que se eleva al rango de verdadero tratado de zoohistoria y que por su bondad ha de ser ya un clásico entre sus lectores. Jacobo Cortines Torres Fundación de Estudios Taurinos Jacobo Cortines Torres 244