Etica de las prisiones : comprende etica de las prisiones...
Full text
;BIBLIOTECA: DE JURISPRUDENCIA, FILOSO VÍA É HISTORIA
ÉTICA
DE LAS
q
ue
Se
5n, ea.
PRISIONES
POR
H. SPENCER
TRADUCCIÓN DE
MIGUEL DE UNAMUNO
Profesor en la Universidad de Salamanca.
COMPRENDE
personal,
.iones do.
;TICA DE LAS PRISIONES.-LA ÉTICA DE KANT.
ÉTICA POLÍTICA ABSOLUTA.-MORAL DEL COMERCIO.-MORAL
POLICÍA DE LOS FERROCARRILES. -DE LA LIBERTAD Á LA ESCLAVITUD.
FETICHISMO POLÍTICO. - LA SABIDURÍA COLECTIVA.
ENSAYO DE ESTÉTICA. -FILOSOFÍA DEL ESTILO.
USO Y BELLEZA. -LAS FUENTES
DE LOS TIPOS AHQUITECTÓNICOS.-LA GRACIA.-LA BELLEZA PERSONAL.
ORIGEN Y FUNCIÓN DE LA MÚSICA. -FISIOLOGÍA DE LA RISA.
LA MANERA Y LA. MODA.-LOS AMERICANOS.
15'
•
MADRID
LA ESPAÑA MODERNA
López Hoyos, 6
fA
(esquina á Serrano, núm.
114.)
Nueva imprenta de San Francisca de Sales, calle de
.
la Bola,
ÉTICA DE LAS PRISIONES
Las dos teorías de moral, lo mismo que muchas
otras teorías antagonistas, son ambas buenas y ma-
las. La escuela apriorística tiene su verdad, y la tie-
ne también la escuela aposterioristica, debiéndose
reconocer debidamente lo que de bueno tiene cada
una para la más apropiada guía de la conducta. Por
una parte, se asegura que hay un criterio absoluto
de rectitud, y respecto á ciertas clases de acciones
está bien asegurado. De las leyes fundamentales de
la vida y de las condiciones de la existencia social,
se deducen ciertas limitaciones imperativas á la ac-
ción individual, limitaciones esenciales á una vida
perfecta, individual y social; ó, en otras palabras,
esencial á la mayor felicidad posible. Y estas limita-
ciones, siguiéndose como se siguen inevitablemente
de primeros principios innegables, profundos como la
naturaleza de la vida misma, constituyen lo que po-
demos distinguir como moralidad absoluta. Por otra
parte, se sostiene, y se sostiene con razón en cierto
sentido, que los dictados de la moralidad absoluta son
impracticables con hombres como los que hoy hay y
con una sociedad como la nuestra. La acción del fre-
.
no moral, que implica inflicción de pena, lo mismo
6
ÉTICA DE LAS PRISIONES
sobre los que se enfrenan que sobre aquellos que pa-
gan el no haberse enfrenado, prueba que no hay mo-
ralidad absoluta, en vista: de que la moralidad abso-
luta es la regulación de la conducta, de tal manera
que no haya que infligir castigo alguno. Por lo cual,.
si se admite que el freno legal es al presente indis-
pensable, hay que admitir que no pueden aplicarse
inmediatamente esas reglas
a priori.
Y de aqui se si-
gue que tenemos que adaptar nuestras leyes y accio-
nes al carácter existente de la humanidad, que tene-
mos que apreciar el bien ó el mal que resulten de esta.
ó de la otra disposición, y alcanzar así,
a posteriori,
un código á propósito para el tiempo en que vivimos.
En una palabra, tenemos que caer en principios de
conveniencia. Ahora bien; siendo válida cada una de
esas posiciones, es un error grave adoptar la una con
exclusión de la otra. Debe apelarse respectivamente
á cada una de ellas para atenuar á la otra. El pro-
greso de la civilización, que es por necesidad una
sucesión de compromisos entre lo viejo y lo nuevo,
exige un perpetuo reajustamiento del compromiso en-
tre lo ideal y lo practicable en las disposiciones so-
ciales; para cuyo fin hay que tener presentes ambos
elementos del compromiso. Es cierto que la pura ree
titud prescribe un sistema de cosas demasiado buena
para los hombres tales cuales son, y no es menos cier-
to que el expediente de la mera conveniencia no tien-
de por si mismo á fijar un sistema de cosas algo mejor
que el que existe. Mientras la absoluta moralidad debe
á los expedientes diques que le impiden precipitarse
en utópicos absurdos, los expedientes de convenien-
cia son deudores á la moralidad absoluta de
estímulos*
de mejora. Dando por supuesto que estamos
princi-
palm
ente interesados en poner en claro lo que es re-
111
COI
olla
101
bo3
rec
1/11°
eior
lepe
111
ioci
POR H. SPENCER
lativamente recto,
se sigue todavía que tenemos que
considerar primero
lo
que es
absolutamente recto;
puesto que el un concepto presupone el otro. Es decir,
que aunque debemos tender siempre á hacer lo que
es mejor para el tiempo presente, sin embargo hemos
de tener presente lo que es abstractamente lo mejor,
de tal modo, que los cambios que hagamos puedan ser
hacia
ello y
no
fuera
de ello. Aun siendo como es, y
continuará siendo por largo tiempo, inasequible la
pura rectitud, debemos tener fija la vista en la brú-
jula que nos dice hacia dónde está, pues de otra ma-
nera, erraremos en dirección opuesta..
Creemos que hay ejemplos de nuestra historia re-
ciente que demostrarán muy concluyentemente cuán
importante es el que se unan las consideraciones de
conveniencia abstracta á las de conveniencia concre-
ta, cuán inmensos serían los males evitados y los be-
neficios obtenidos si se iluminara la moralidad
a pos-
teriori
con la moralidad
a priori.
Tómese primera-
mente el caso
del librecambio. Hasta recientemente
ha sido práctica de todas las naciones el restringir
artificialmente su comercio con otras naciones. En
siglos pasados, esta conducta era defendible, por con-
ducir á la seguridad del Estado. Sin decir que los le-
gisladores tuvieran por
motivó
el promover la inde-
pendencia industrial, puede, sin embargo, decirse que
en edades en que eran perpetuas las disputas nacio-
nales no hubiera sido bueno para un pueblo cualquie-
ra el depender muelo de otros para la consecución
de los géneros de consumo que necesitara. Aunque
hay fundamento para asegurar que las restricciones
comerciales fueran convenientes en un tiempo, no
puede asegurarse que nuestras leyes de granos se jus-
tifiquen así; no puede alegarse que fueran necesarios
ÉTICA DE LAS PRISIONES
para impedir que una guerra nos incapacitara indus-
p
trialmente los castigos y las prohibiciones que, hasta
últimamente, estorbaban á nuestro comercio. La pro-
tección en todas sus formas se estableció y mantuvo
por otras razones de conveniencia; y las razones por
las que halló oposición y fué finalmente abolida, fue-
ron también razones de conveniencia. Los partidos
antagonistas expusieron cálculos de consecuencias in-
mediatas y remotas, y la manera de decidir fué con-
trapesar las varias consecuencias previstas.
Y
¿cuál
fué después de generaciones de mala legislación y de
largos años de ardua lucha, la conclusión á que se
llegó, justificada después por los resultados? Exacta-
mente la que enseña lisa y llanamente la equidad
abstracta. El proceder moral resulta ser el conve-
niente. Esa facultad de ejercitar las facultades, cuya
total negación causa la muerte; esa libertad de bus-
car los objetos que se desee, sin la cual no puede ha-
ber vida completa; esa libertad de acción á recla-
mar, á la cual inclina á todo individuo su naturaleza,
y á la que la equidad no pone límite, salvo la igual
libertad de acción de los demás individuos, esa li-
bertad envuelve, entre otros corolarios, la libertad
de cambio. El gobierno que, protegiendo á los ciu-
dadanos del asesinato, del robo, del asalto, ó de otra
agresión, nos muestra que su función esencial es la,
de asegurar á cada cual ese libre ejercicio de sus
facultades dentro de los limites señalados, ese go-
bierno está llamado, en el debido cumplimiento de.
sus funciones, á mantener esa libertad de cambio,
y no puede derogarla, sin invertir su función y ha-
cerse agresor en vez de ser protector. Así es que la
mQralidad absoluta debía haber mostrado
siempre
en qué dirección debla tender la legislación. Estos
8
ae
POR H. SPENGER
9
principios
a. priori,
atenuados y rectificados no más
que por la considerad& de que en tiempos turbulen-
tos no deben ser llevados tan lejos que pongan en pe-
ligro la vida- nacional, suspendiendo la oferta de ar-
tículos de consumo, esos principios debían haber guia-
do á los hombres de Estado, según lo permitieran las
circunstancias, hacia la condición normal. Nos hubié-
ramos ahorrado miles de restricciones innecesarias,
y
las que fueran necesarias se hubieran abolido tan
luego como se, hubiera dejado seguro lo que se busca-
ba. Se hubiera prevenido una enorme cantidad de su-
frimiento. La prosperidad de que hoy gozamos hubie-
ra comenzado mucho antes, y nuestra condición pre-
sente habría sido de mayor poder, riqueza, felicidad.
y moralidad.
La política que se sigue en nuestras compañías fe-
rroviarias nos suministra otro ejemplo. A consecuen-
cia del descuido de un simple principio dictado clara-
mente por la: justicia abstracta, se ha ocasionado una
vasta pérdida de capital nacional y se ha infligido una
gran miseria. Los que entran en un contrato, aunque
ligados á hacer lo que el contrato especifica, no lo es-
tán á hacer alguna otra cosa que no esté ni explícita
ni implícita en el contrato. No apelamos en garantía
de esta posición á la percepción moral tan sólo. Es
deducible de ese primer principio de equidad que,
como se indicó arriba, se sigue de las leyes de la vida
individual y social; principio que la experiencia acu-
mulada del género humano ha justificado tan unifor-
memente que ha venido á ser una doctrina de dere-
cho civil tácitamente reconocida en todas las nacio-
nes. En casos de disputas acerca de un acuerdo
mu-
tuo, la cuestión que en cada caso se pone á prueba es
siempre si los términos del contrato ligan á una ú
otra
10
ÉTICA DE LAS PRISIONES
de las partes contratantes á hacer esto ó lo otro, y se
supone, como cosa corriente, que á ninguno de ellos
se le puede reclamar el que haga más que lo expreso
ó sobreentendi
do
en el acuerdo. Ahora bien; este prin-
cipio, casi evidente por sí mismo, ha sido ignorado por
completo en la legislación ferroviaria. Un accionista,
al unirse con otros para construir y explotar una lí-
nea de un punto dado á otro punto también especifi-
cado, se obliga á pagar cierta suma para fomentar el
proyecto, é implícitamente se compromete á ceder á
la mayoría de sus compañeros, los demás tenedores de
acciones, en todas las cuestiones referentes á la eje-
cución de ese proyecto. Pero no se compromete á más.
No se le exige que obedezca á la mayoría en cosas no
mencionadas en el acta de constitución de la socie-
dad. Aunque se ha obligado con respecto al ferroca-
rril especificado en el contrato, no se ha obligado con
respecto á un ferrocarril cualquiera inespecificado
que deseen construir sus co-propietarios, y en tal li-
nea no especificada no se le puede comprometer con
el voto de la mayoría. Pero se ha pasado enteramente
por alto esta distinción. Los accionistas de empresas
con capital social se han visto perpetuamente compli-
cados en otras empresas decididas subsiguientemente
por sus compafieros de sociedad; y, contra su volun-
tad, han visto sus propiedades hipotecadas con gran
gravamen para la ejecución de proyectos que eran
ruinosamente irremunerativos. En todos los casos se
ha tratado al propietario que contrata para hacer un
ferrocarril particular como si hubiera contratado ha-
cer ferrocarriles. No sólo han tergiversado así las co-
sas los consejeros, y no sólo les han permitido los ac-
cionistas que las tergiversen, sino que los legisladores
han entendido tan poco sus deberes, que han endosa.-
11
ej
POR
H. SPENGER
11
do esa tergiversación. A esta sencilla causa se han
debido los más de los desastres de nuestras compafflas
ferroviarias. Enormes facilidades de' reunir capital
han caúsado una insensata competencia en la cons-
trucción de ramales y prolongaciones y en una inútil
oposición á lineas construidas para que las compra-
ran las compañías á que amenazaban. Si cada nuevo
plan hubiera sido ejecutado por un cuerpo indepen-
diente de accionistas, sin fianza alguna de otra com-
palia, sin capital alguno recogido por acciones de
preferencia, hubiera habido poco ó nada de esos rui-
nosos gastos que se han visto. Se hubieran ahorrado
algo así como un ciento de millones de dinero, y se
hubiera preservado de la miseria á miles de familias,
j
e
.
si se hubiera obligado á cumplir el contrato según los
ca
dictados de la pura equidad.
01
Estos casos llegan hasta justificar nuestra posi-
do
ción. Las razones que damos para creer que la ética
li
de la experiencia inmediata debe ser iluminada por
la ética abstracta, para asegurarnos una guía correc-
JD
ta,
esas
razones se corroboran fuertemente por esos
te
ejemplos de los gigantescos errores que se producen
19
cuando se ignoran los preceptos de la ética abstracta.
No puede hacerse la apreciación compleja de la con-
e
veniencia relativa sin la clave suministrada por las
simples deducciones de la conveniencia absoluta.
Nos proponemos estudiar desde este punto de vis-
ta
el trato que se da á los criminales. Y, en primer
lugar, veamos esos requisitos temporales que
han
im-
pedido hasta aquí, y en parte impiden todavía, el es-
tablecimiento de un sistema justo.
El mismo carácter medio popular que necesita una
vigorosa forma de gobierno, necesita también un vi-
goroso código penal. Últimamente ha habido institu-
ÉTICA DE
Lás
PRISIONES
ciones determinadas por
la naturaleza de los ciuda-
danos
que viven bajo
ellas; y cuando estos ciudad,- •
nos son demasiado
impulsivos ó egoistas para insti-
tuciones
libres, y bastante poco escrupulosos como
para suministrar
el suficiente personal de agentes
para Mantener instituciones
tiránicas, queda
proba-
do
implícitamente que son ciudadanos que tolerarán,
y probablemente necesitarán,
severas formas de cas-
tigo.
El mismo defecto mental sirve
de base á ambos
resultados. El carácter que da origen
y
sustento á la
libertad política, es un carácter
gobernado por con-
sideraciones
remotas, un carácter no á merced de
tentaciones inmediatas, sino tal que examina
y tiene
en cuenta las consecuencias que es probable sobre-
vengan en lo
futuro. No tenemos más que recordar
que, entre nosotros mismos, una usurpación politica
se resiste, no por
el mal directo que pueda infligir,
sino por los males que es probable fluyan después de
ella, y se verá cómo el mantenimiento de la libertad
presupone el hábito de
pesar resultados distantes y
de dejarse guiar principalmente
por ellos. Por el con-
trario,
es cosa evidente que los hombres que sólo vi-
ven en lo presente, lo especial,
lo concreto, que no
se representan con claridad las contingencias del fu-
turo,
dan poco valor á esos derechos de
ciudadanía
que no les procuran provecho alguno salvo como me-
dios
de guardarse de males no especificados
que es
posible les afecten tan
sólo
en un tiempo distante y
de una manera oscura. Ahora
bien; ¿no es cosa ob-
via que las formas de espíritu en tal contraste reque
rirán
diferentes especies de castigos
por su mala con-
ducta? Para refrenar al segundo tiene que haber pe-
nalidades que sean severas, prontas y bastante espe-
cificas para que las conciban con viveza, mientras que
12
POR H. SPENCER
13
th los primeros se les
intimida con penalidades que
sean menos definidas, menos intensas y menos inme-
diatas. Para el más civilizado puede bastar el temor
de una larga y monótona disciplina penal, pero para el
menos civilizado tiene que haber castigos corporales y
la muerte. Así es que sostenemos, no sólo que una con-
dición social que engendra una forma dura de gobier-
no engendra también retribuciones duras, sino tam-
bién que en tal condición se exigen esas retribuciones
duras. Hay hechos que ilustran este caso. Sea testigo
el caso de uno de los Estados italianos, en que, habién-
dose abolido la pena de muerte en conformidad con
el
último deseo de una duquesa, los asesinatos crecieron
tanto que se hizo necesario restablecerla.
Además del hecho de que en los estados de
civili-
zación
menos avanzados un Código penal sangriento
es un producto natural del tiempo, y á la vez un freno
necesario para él, hay que notar el hecho de
que
un
Código más equitativo y humano no podría llevarse á
cabo por falta de una administración apta. El tratar
á delincuentes no con métodos rápidos y sumarios sino
con aquellos que indica la justicia
abstracta, implica
una clase de agencias demasiado complicadas para
que puedan existir en una sociedad inferior, y una
clase de oficiales
más
dignos de confianza que los que
puede hallarse entre sus ciudadanos. El tratamiento
equitativo á los criminales sería en especial imprac-
ticable donde fuera muy grande la cantidad de críme-
nes. El número de los criminales con que habría que
tratar sería inmanejable: en tales circunstancias se
hace necesario algún método más sencillo de purgar
á la comunidad de sus peores miembros.
La inaplicabilidad de un sistema absolutamente
justo de disciplina penal á pueblos bárbaros ó semi-
lo á
ez,
111
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o vi'
1 5
11
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P
e
' -
(
,11
14
ÉTICA DE LAS PRISIONES
bárbaros, es, pues, según creernos, tan evidente como
la inaplicabilidad á ellos de una forma absolutamente
justa de gobierno
.
Y de la misma manera que,
para
algunas naciones, está justificado el despotismo,
pue-
de
justificarse un Código penal de la más extrema se-
veridad. En uno y otro caso, la razón es que la institu-
ción es tan buena como lo permite el promedio del
carácter del pueblo; que instituciones menos restrin-
gentes producirían confusión social y sus males
más ,
graves. Malo como es el despotismo, sin embargo,
donde su única disyuntiva es la anarquía, debemos de‘-
cir que, como la anarquía produciría mayores sufri-
mientos que los que ocasiona el despotismo, éste se
justifica por las circunstancias. Y de igual manera,
por injustas que fueran en abstracto las degollacio-
nes, las crucifixiones y las quemas de las rudas
eda-
des,
sin embargo, si se demuestra que, sin penalida-
des tan extremas
>
no pudo haberse asegurado la segu-
ridad de la sociedad; si, á falta de esos castigos, el au-
mento de los crímenes hubiera infligido un total
ma-
yor
de males,
y esto á
los
miembros pacíficos de
la
comunidad, se sigue que la moralidad autorizaba
esa
severidad.
En el
un caso, como en el otro, debemos
decir que, si se mide por las cantidades de pena que
infligen y evitan respectivamente, el proceder segui-
do era el
menos malo; y
decir que era lo menos malo,
es decir que era
relativamente bueno.
Pero mientras admitimos todo lo que puede ale-
garse por los defensores de los códigos draconianos,
pasamos á asegurar una verdad correlativa que pa-
san por alto. Aunque reconociendo por completo los
males que deben seguir al prematuro
establecimiento
de un sistema, penal dictado por pura equidad, no
pa-
semos
por alto los males que
han brotado
de recita-
POR H. SPENCER
15
zar juntamente la guía de la pura equidad. Notemos
cuán terriblemente la consideración unilateral de la
conveniencia'inmediata ha retardado el mejoramien-
to que se pide de vez en cuando.
Considérese, por ejemplo, la inmensa suma de su.
frimiento y desmoralización innecesariamente causa-
1
da por nuestras severas leyes en el último siglo. Esas
varias penalidades implacables que consiguieron abo-
lir Romilly y otros, estaban tan poco justificadas por
necesidades sociales como por moralidad abstracta.
La experiencia ha probado desde entonces que el
ahorcar á los hombres por robo no era un requisito
12
para la seguridad de la propiedad, y apenas hace fal-
IDIti
:
ta decir que tal medida se oponía á la pura equidad.
Es evidente que si las consideraciones de convenien-
el
cia relativa se hubieran rectificado por consideracio-
nes de conveniencia absoluta, esas severidades, con
111.
sus varios males concomitantes, hubieran cesado mu-
elan
sel
cho antes de lo que cesaron.
Además, la terrible miseria, la desmoralización y
1 al
el crimen engendrados por los malos tratos de que se
hacía objeto á los deportados convictos, habrían sido
imposibles, si nuestras autoridades hubiesen tenido en
cuenta lo que parecía justo tanto corno lo que parecía
político. Jamás se hubieran infligido á los deportados
las extrañas crueldades que se probaron delante de la
15
1
'
comisión parlamentaria de 1848. No hubiéramos te-
nido hombres condenados á los horrores de las cade-
nas hasta por miradas procaces. No se hubieran per-
petrado tales atrocidades como las de encerrarlos en
cadenas «desde la salida hasta la puesta del sol ¿las
carrozas ó cajas usadas para esta especie de prisio-
nes, que constan de veinte á veintiocho hombres, pero
en cuyo número total
nadie podía tenerse en pie ni sen-
16
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
tarse al mismo tiempo, excepto con las piernas en án-
gulo recto con el cuerpo.
»
Jamás se hubiera condenado
á torturas bastante extremas para producir desespe-
ración y nuevos crímenes, torturas bajo las cuales
«se quita al hombre su corazón y se le da el de una
bestia
»
, como dijo antes de ser ejecutado uno de esos
criminales producidos por la ley. No se nos hubiera
contado, como nos ha contado un jefe de justicia de
Australia, que la disciplina se «llevaba
á
sufrimientós
tales, que hacían deseable la muerte, é inducían á varios
presos á buscarla bajo sus más espantosos espectros».
Sir G. Arthur no hubiera tenido que atestiguar que
en la tierra de Van Diemen, los penados cometían
asesinatos con el propósito
de que se les remitiera
á
Hobart Town á juzgarlos, aunque estaban ciertos de
que en el curso ordinario de las cosas tendrían que ser
ejecutados dentro de la quincena después de su llegada;
ni hubieran brotado lágrimas de conmiseración de los
ojos del juez Burtón, por causa de uno de esos depor-
tados, víctima de crueles tratos, que se le presentó á
juicio.
En una palabra, si se hubiera unido la equidad
abstracta á la conveniencia inmediata para poner por
práctica la disciplina de los penados, no sólo se hu-
bieran evitado indecibles sufrimientos, degradación
y mortalidad, sino que no se hubieran cargado con
el peso de crímenes, como hoy creemos lo fueron,
los responsables de las atrocidades iguales á las pre-
citadas.
Es probable que se nos conceda un asentimiento
menos general si ponemos como ejemplo de un bene-
ficio más que nos hullera conferido la guía de la abso-
luta moralidad, la prevención de métodos tales como
los que están en uso en Pentouville. Hemos de ver
POR H. SPENCER
17
f4
paso á paso cuán en contradicción están con la justi-
cia abstracta los sistemas de silencio y separación de
unos penados de otros.
Por ahora, la posición que tenemos que defender
es la de que estos sistemas son malos. Puede ser ver--
11
dad que sólo sean reincidentes un moderado tanto por
ciento de los presos sujetos á esos sistemas, aunque,
LL
considerando lo falaz de las estadísticas negativas,
rht
eso no prueba ni mucho menos que se hayan reforma-
r
do esos no reincidentes. Pero la cuestión no es sólo á
cuántos prisioneros se impide que vuelvan á cometer
crímenes. Otra cuestión es ¿cuántos de ellos se han.
nerz
convertido en miembros de la sociedad que se hayan
bastado á sí mismos? ¿No es notorio que esa prolon-
gada privación del trato humano produce no pocas
veces insania ó imbecilidad; y en los que quedan sa-
l`
nos, tiene que ejercer casi por necesidad su influen-
yll
cia deprimente una seria debilidad, tanto corporal
110
como espiritual (1)? En realidad, creemos que es pro-
bable que mucho del éxito aparente se debe á un de-
9e5
9
bilitamiento que les incapacita para el crimen tanto
como para la industria. Nuestra objección á tales mé-
todos ha sido siempre, sin embargo, que su efecto so-
ler
1
1
bre la naturaleza moral es el contrario del que se re-
Bel
quiere. El crimen es antisocial; lo promueven los sen-
timientos egoistas y lo refrenan los sentimientos
J°1'
sociales. El promotor natural de la buena conducta
1JerJ
i
s
(1)
El Sr. Baillie-Cochrane dice: «Los empleados en la pri-
sión en Dairtmoor me informan de que los presos que llegan allá
aun después de un afio de confinamiento en Pentonville, pue-
1
0
den distinguirse de los demás por su aspecto miserable y la
b
e'
languidez de su mirada. En los más de los casos tienen afectado
el cerebro,
y
son incapaces de dar respuesta satisfactoria
á la
I,
preguntas más sencillas».
2
18
ÉTICA DE LAS PRISIONES
para con los demás, y la principal oposición á la mala
conducta para con ellos es la simpatía; porque de
,
la
simpatía se desarrollan las emociones afectuosas y ese
sentimiento de justicia que nos aparta de las agresio-
nes. Ahora bien; esta simpatía, que hace posible la
sociedad, se cultiva por el trato social. La tal faeul-
tad se robustece con la participación habitual en los
placeres de otros, y todo lo que impide esa participa
ción la debilita. De aquí, por lo tanto, que el encerrar
á los presos dentro de sí mismos, ó el impedirles todo
cambio de sentimientos, mata inevitablemente las
simpatías que puedan tener, y tiende así más bien á
disminuir que á acrecentar el freno moral á las trans-
gresiones.
Esta convicción
a priori,
que hemos mantenido du-
rante largo tiempo, la hallamos ahora confirmada por
los hechos. El capitán Maconochie asegura, como re-
sultado de la observación, que un largo curso de se-
paración de tal modo fomenta los deseos egoístas y.
debilita las simpatías, como hasta hacer de hombres
bien dispuestos hombres muy ineptos para sufrir el
más pequeño ensayo de vida doméstica al volver á
sus hogares. Así es que hay buenas razones para creer
que, aunque el silencio y la soledad pueden amedren-
tar el espíritu y minar sus energías, no pueden pro-,
ducir verdadera reforma.
«Pero, ¿cómo puede demostrarse—preguntará el
lector—que esos sistemas penales nada juiciosos sean
inequitativos? ¿Dónde está el método que nos ponga
en disposición de decir qué especie de castigo está
justificado por la moralidad absoluta, y cuál. no?»
Ahora intentaremos responder á estas preguntas.
Mientras un ciudadano persiga los objetos de sus
deseos sin disminuir la igual libertad que de hacer
.0
POR H. SPENCER
19
1/14
mismo tiene otro cualquiera de sus conciudadanos, la
8 11
sociedad no puede equitativamente interceptársele en
su camino. Mientras se contente con los beneficios
ganados por sus propias energías, y no intente inter-
ceptar algunos de los beneficios que de igual manera
111.
ganan otros por si mismos, ó algunos de los que les
en
confiere la naturaleza, no se le pueden imponer en
justicia penas legales. Pero si, por asesinato, robo,
urtl
asalto, incendio ú otras agresiones de menos impor-
*tanda ha infringido esos limites, la comunidad está',
ate
autorizada para ponerle trabas y restricciones. No
bien
necesitamos decir nada acerca de la relativa conve
I trIE
niencia de hacer esto; está demostrada por la expe-
riencia social. Respecto á su conveniencia absoluta,
ido óc
no siendo tan manifiesta, tenemos que pasar á indicar
cómo es deducible de las leyes supremas de la vida.
)110
La vida depende del mantenimiento de ciertas
relaciones naturales entre los actos y sus resultados.
Si la respiración no suministra oxigeno á la sangre,
istSi
como debe suceder en el orden normal de las cosas,
)11/
sino que le suministra en vez de oxígeno ácido carbó-
ifi'lli
nico, sobreviene al instante la muerte. Si la deglución
L O
del alimento no va seguida de las consecuencias orgá-
nicas usuales—las contracciones del estómago y el
verterse en él jugo gástrico—se produce indigestión
/
1
y flaquean las energías. Si los movimientos activos de
los miembros dejan de excitar al corazón á que sumi-
nistre sangre más rápidamente, ó si la corriente ex-
as
ed
impulsada por el corazón se retarda mu
0
11
1
cho por un aneurisma por el cual atraviese, se sigue
o
una postración instantánea. En los cuales, y en un
1191'
sinnúmero de ca
r
os análogos, v
n
,:
r
ios que la vida cor-
os
depende del mantenimiento de las conexiones
le 6
0
establecidas entre causas fisiológicas y sus consecuen-
20
ÉTICA DE LáS PRISIONES
cias,
Lo
mismo
sucede en los procesos intelectuales.
Si ciertas impresiones
actuadas sobre los sentidos no
inducen
los
acomodamientos musculares apropiados
á
ellas, si el cerebro está
nublado con vino, ó la con-
ciencia
preocupada,
ó
las percepciones son natural-
mente obtusas, los movimientos están tan mal repri-
midos que ocurren accidentes. Donde está roto el es-
labón entre las impresiones mentales y
los movimien-
tos apropiados
á
ellas,
como en
los pacientes paralíti-
cos, la vida está muy viciada. Y cuando los datos á
propósito para producir ciertas convicciones según el
orden usual del pensamiento,
producen, como durante
la insania, convicciones de especie opuesta, la con-
ducta se reduce á un caos, y la vida se pone en peli-
gro, y acaso se corta. Así sucede con fenómenos más
complicados. Justamente lo mismo que hallamos aquí
que una vida sana, lo mismo en su parte física que en
la intelectual, implica la continuación de
las
sucesio-
nes de antecedentes y consiguientes establecidas ya
entre nuestras acciones vitales, asi hemos de hallarlo
en la parte moral. En nuestro trato con la naturaleza
externa y nuestros prójimos hay relaciones de causa
y efecto, de cuyo mantenimiento, como del manteni-
miento de las relaciones internas arriba puestas de
ejemplo, depende la vida. Una conducta de esta ó de
aquella especie tiende á producir resultados que son
placenteros ó penosos, y el bienestar de cada cual de-
manda que no se intercepte esas naturales consecuen-
cias. Para, hablar más específicamente, vemos que en
el orden de la naturaleza, la inactividad produce pri-
vación. Hay conexión entre el ejercicio y el cumpli-
miento de ciertas necesidades imperiosas. Ahora bien;
si se rompe esta conexión, si se lleva á cabo el
traba-
jo
corporal ó mental y otro intercepta el producto
iao Uttil
a, la
e el
nen
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,
POR H. SPENGER
21
del trabajo, queda incumplida una de las condiciones
de la vida perfecta. Se infiere dan() físico á la persona
defraudada privándola de con qué hacer buenas las
molestias que ha sufrido; y si el robo continuara repi-
tiéndose tendría que morir. Donde no hay ningún
hombre honrado resultan males reflejos. Cuando se
rompe en toda una sociedad la relación normal entre
la obra y los beneficios, no sólo se zapan directamen-
te las vidas de varios, sino que se zapan indirecta-
mente las vidas de todos, destruyendo el motivo que
induce á los hombres á trabajar y trayendo por con-
siguiente la pobreza. Así es que el pedir que no se
quebrante la relación natural existente entre el tra-
bajo y la recompensa por
él
obtenida, es lo mismo
que pedir que sean respetadas las leyes de la vida.
Lo que llamamos el derecho de propiedad es simple-
mente un corolario de ciertas condiciones necesarias
para la vida perfecta. Es un reconocimiento formu-
lado de la relación existente entre el gasto de fuerza
y
la necesidad de objetos que la sustenten obtenibles
por gasto de fuerza también, reconocimiento pleno de
una relación que no puede desconocerse por comple-
to sin causar la muerte. Y todo lo demás que se con-
sidera como derechos individuales son implicaciones
indirectas de igual naturaleza: es insistir sobre cien-
- taz relaciones entre hombre y hombre, como condi-
ciones sin las cuales no puede mantenerse completa-
mente esa correspondencia entre las acciones exter-
nas y las internas que constituye la
vida. No es,
como
aseguran absurdamente algunos moralistas y la
mayoría de
los
legistas, que deriven tales derechos de
la legislación humana; no es,
como
aseguran otros
cayendo en absurdo casi tan grande, que no haya
base para ellos salvo en las inducciones de conve-
22
ÉTICA DE LAS PRISIONES
niencia inmediata. Esos derechos son deducibles de
las conexiones establecidas entre nuestros actos
y
sus.
resultados. Tan cierto como que hay condiciones qué
cumplir antes que pueda existir la vida, tan cierto ea
que hay condiciones que deben llenarse antes de que
los miembros de la sociedad puedan gozar de vida.
completa;
y los
que llamamos requerimientos de justi-
cia responden sencillamente á las más importantes de
tales condiciones.
De aquí el que si la vida es nuestro legítimo fin, si
la moralidad absoluta significa, como sucede en rea-
lidad, conformidad á las leyes de vida completa; en-
tonces la moralidad absoluta autoriza el enfrena
miento de aquellos que fuerzan á sus conciudadanos.
á la no conformidad. Nuestra justificación es que la
vida es imposible salvo bajo ciertas condiciones; que
no puede ser entera á menos de que se mantengan in-
quebrantadas esas condiciones; y que si es derecho,
nuestro el vivir completamente, tenemos derecho
á,
eliminar á cualquiera que ó quebrante esas condicio-
nes en nuestras personas ó nos obligue á quebran-
tarlas.
Siendo tal la base de nuestro derecho para ejer-
cer coacción sobre el criminal, surge en seguida
la.
pregunta: ¿cuál es el limite hasta donde llevarse legí-
timamente esa coerción? ¿Podemos derivar de esa
fuente autoridad para ciertas exigencias acerca de
ello? Y ¿hay limites
á
tales exigencias derivados de
igual manera? Las respuestas á estas preguntas son,
afirmativas.
En primer lugar, hallamos autoridad para deman-
dar restituciones ó compensaciones. Siendo la sustan-
cia de la moralidad absoluta la conformidad á las le-
yes de la vida, y siendo las reglas sociales que la ab-
POR H. SPENCER
23
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soluta moralidad dicta las que hacen posible esa con-
formidad, es un corolario evidente que á cualquiera
que rompa esas reglas se le puede exigir en justicia
que deshaga, en cuanto le sea posible, el mal que ha
hecho. Siendo el objeto mantener las condiciones
esenciales para una vida completa, se sigue que si
se traspasa de una de esas condiciones, lo primero que
se exige al transgresor es que deje las cosas lo más
cerca posible del estado en que previamente se halla-
ban. Debe restituirse la propiedad robada, ó dar un
equivalente por ella. A uno á quien se le infiere
dalo
acometiéndole, se le debe pagar la cuenta del ciruja-
no, una compensación por el tiempo perdido, y ade-
más por el sufrimiento que ha soportado. Y una cosa
igual sucede con todos los derechos infringidos.
En segundo lugar, esa más elevada autoridad nos
garantiza el que restringimos los actos del ofensor
tanto
como sea necesario para prevenir ulteriores
agresiones. Debe obligársele á que desista de ello á
cualquier ciudadano que no quiera permitir á otro el
que llene las condiciones de una vida completa, que
arrebate á su vecino el producto de su trabajo ó le
prive de la salud y bienestar corporal que se
haya
ganado con su buena conducta. Y la sociedad tiene
derecho á usar la fuerza que pueda resultar necesa
ria. La equidad justifica á los conciudadanos de tal
hombre á que limiten el libre ejercicio de sus faculta-
des hasta el punto necesario para preservar el libre
ejercicio de
sus
propias facultades.
Pero ahora obsérvese que la moralidad absoluta
no favorece restricción alguna más allá de esas, ni el
que se impongan penas gratuitamente, ni penalidades
vengativas. Siendo las condiciones de que tratamos
las que hacen posible una vida completa, no podemos
ÉTICA DE LAS PRISIONES
derogarlas en derecho, ni aun en la persona de
un
más que lo necesario para prevenir que él
criminal,
las derogue. Siendo el punto sobre que insistimos la
libertad de cumplir las leyes de la vida, á fin de que
sea la mayor posible la suma de vida, se sigue que
debe tomarse en cuenta la vida del ofensor como igual
á
esa suma. Debemos permitirle que viva tan comple-
tamente como lo consienta la seguridad social. Se
dice do ordinario que el criminal pierde todos sus de-
rechos. Podrá ser así según la ley, pero no lo es se-
gún la justicia. Sólo puede quitársele justamente tal
porción de sus derechos que no se le pueda dejar sin,
peligro para la comunidad, No se le puede denegar
equitativamente el ejercicio de sus facultades, y
los
beneficios consiguientes, que sean posibles bajo la ne-
cesaria restricción. Si hay alguien que crea poco
acertado el que tengamos tal consideración á los de-
rechos de un ofensor, examine durante un momento
la lección que la naturaleza nos da. No vemos que
esos procesos de la vida por los cuales se mantiene la
salud corporal se suspendan milagrosamente en
la.
persona del prisionero. En él, como en los demás,
la
buena digestión sigue al apetito. Si se hiere, el pro-
ceso curativo marcha con la rapidez usual.
Cuando,
cae enfermo, es de esperar que la vis
medicatrix na-
turae
le asista en su función de médico' lo mismo que
uno que no ha cometido transgresión alguna. Sus
percepciones le guían lo mismo que antes de que fue-
ra apresado; y es capaz de las mismas emociones
pla-
centeras.
Cuando vemos asi que las disposiciones be=
néficas de las cosas se mantienen no menos uniforme-
mente en su persona que en la
de otro, ¿no estamos -
acaso obligados á respetar en su
persona las dis osi
•
ciones benéficas deque podemos privarle? ¿No
esta–
,y5)0: 1/4
24
POR H. SPENCER
25
mos obligados á no interceptarnos en las leyes de la
vida más que lo necesario? Si alguien vacila todavía,
,hay otra lección que nos presenta las mismas conse-
Oencias. El que desprecia y no atiende á una cual-
°Mera de esas más simples leyes de la vida de las que
se originan, como hemos visto, las leyes morales, tie-
ne que aguantar el mal que trae consigo necesaria-
mente la transgresión, ese mal precisamente y no más
que él. Si andando sin cuidado os caéis, todo lo que
tenéis que sufrir es la contusión consiguiente á la
calda y acaso algún trastorno que produzca en. vues-
tra constitución: no sobreviene ademas la penalidad
gratuita de un frío ó de un ataque de viruela. Si co-
méis algo que sabéis es indigesto, os sobrevienen
como consecuencia de ello trastornos viscerales y sus
concomitantes; pero el pecado físico que habéis come-
tido no atrae sobre vosotros una venganza en forma
de rotura de una pierna ó una afección á la médula
espinal. Los castigos en estos y otros casos no son ni
mayores ni menores que los que brotan de la acción
natural de las cosas. Ahora bien; ¿no debemos acaso
seguir con toda humildad esos ejemplos? ¿No debemos
inferir que, de igual manera, un ciudadano que ha
transgredido las condiciones del bienestar social tiene
que
'
soportar
las necesarias penas y restricciones,
pero nada más
allá de esto? ¿No es cosa clara que ni la
absoluta moralidad ni los precedentes de la naturale-
_ za nos legitiman el que hagamos recaer sobre uno más
penas que las que pide el remedio del mal que ha co-
metido y la prevención de que vuelva á cometerlo? A
nosotros nos parece claro que si la sociedad se 'exce-
de de esto falta al criminal.
Los que creen
que tendemos á una lenidad dañosa
verán en el próximo paso de nuestro argumento
di-
26
ÉTIC
,
5 DE LAS
PRISIONES
;'1,1t
i'
suelta esa objeción; porque aunque la equidad no s
prohibe el que castiguemos al criminal de otro modo
q
ue no sea hacerle sufrir las consecuencias naturales
.,1
de su conducta, éstas, si se llevan al rigor, son
bas-
‘,:irr
tante severas.
Una -vez probado á la sociedad en el alto tribunal
A
de la moralidad absoluta que el ofensor debe dar re s-
titución ó compensación y someterse á las restriccio-
nes exigidas por la seguridad pública, y
habiendo
ob-
V
< 4'
tenido el ofensor del mismo tribunal la decisión de
k
•
que esas restricciones no han de ser mayores que
las
q ue requiere el fin especificado, la sociedad demanda
,.
que el ofensor, mientras viva sufriendo la pena, se
...
mantenga á sí mismo, y esta demanda va refrendada
por la moralidad absoluta. Una vez que la comunidad
haya tomado sus medidas para preservarse y
haya
infligido al agresor no más castigos
ó
incapacitamien -
tos que los
implícitos en esas medidas necesarias, ya 1)‘, ,..ir.
no tiene que ver más en el asunto. No tiene que cui-
darse más del sostenimiento del preso que lo hacia ‘::A
5 ,
Ir
if„
1;
antes de que cometiera el crimen. Lo que corresponde i; 4'
1
á la sociedad es sencillamente defenderse contra él, ,„1 '
y á éste corresponde vivir tan
bien como pueda bajó ,
II I FI
las restricciones que la sociedad se ve obligada á
im-
ponerle. Todo lo que puede pedir en
justicia es que se ,:
4
,
le proporcione
proporcione oportunidad de trabajar, y
que se le , .',
Alk,,'
.9
cambie el producto de su trabajo por
artículos de su
c onsumo, siendo este derecho corolario del
ya adral—
.
I,
tido, de que no se deben restringir
sus actos más
que
P'
1
1
n
:
lo necesario para la seguridad pública. Una vez
due13:
no
de sus oportunidades, se le debe dejar
nue
se
las
Y`:1
'
arregle como mejor pueda. Tiene que contentarse
con 'v4 ?
511
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ganar los medios de manutención que le permitan las"
1
.
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il
circ
unstancias y si no puede emplear
sus facultades N
14
:1,ii.,,1
POR H. SPENCER
27
con la mayor ventaja posible, si tiene que trabajar
duramente y con escasa recompensa, estos males
han de contarse entre las penalidades de su trans-
gresión, entre las reacciones naturales de su mala
acción.
La equidad inculca seriamente ese propio mante-
nimiento. Las razones que justifican su aprisiona-
miento justifican igualmente el que se le rehuse de-
jarle otro medio de sustentarse que lo que gane. Está
confinado para que no pueda volver á interrumpir la
vida completa de sus conciudadanos, para que no
pueda volver á interceptar algunos de los beneficios
que el orden de la naturaleza les ha conferido, ó de
los que se han procurado con su trabajo y su buena
conducta. :Y se le exige que se sustente á sí mismo
exactamente por las mismas razones: para que no
vuelva á interrumpir la vida completa de los demás,
ni les intercepten los beneficios que ganen. Porque si
fuera de otro modo, ¿de dónde saldría su alimenta-
ción y su vestido? Directamente de los almacenes pú-
blicos, é indirectamente de los bolsillos de todos los
contribuyentes. ¿Y qué es la propiedad sacada así de
los contribuyentes? Es el equivalente de otro tanto
beneficio ganado con trabajo. Es otro tanto de medios
para una vida completa, y si se toma esa propiedad,
si á uno que ha trabajado le quita el producto de su
trabajo el perceptor de contribuciones en favor del
penado, entonces se quebrantan las condiciones de
una vida perfecta; el penado comete por diputación
una nueva agresión contra sus conciudadanos. No im-
porta que la deducción esa del impuesto se haga con-
forme á ley. Estamos examinando aquí el dictado de
esa autoridad que está sobre la ley y que ésta no tie-
ne más que corroborar. Y este dictado nos hallamos
28
ÉTICA DE LAS PRISIONES
con que es que cada individuo debe cargar con los
males y los beneficios de su propia conducta, que el
ofensor tiene que sufrir, en cuanto sea posible, todas
las penas que le procure su ofensa,
y
que no debe
permitirse que parte de ellas caigan sobre el que no
tuvo culpa alguna. El criminal, á menos de que se
mantenga á sí mismo, comete indirectamente un cri-
men adicional. En vez de reparar la infracción que
ha hecho de las condiciones de una completa vida
social, ensancha esa infracción, inflige á los demás
el mismo darlo que tendía á prevenir la restricción
que se le impuso. Tan cierto, por lo tanto, como que
tal restricción está garantida por la moralidad abso-
luta, tau cierto es que la moralidad absoluta nos ga-
rantiza el que le rehusemos sustento gratuito.
Los requisitos de un sistema penal equitativo son,
pues, los siguientes: que el agresor pague restricción
compensación; que se le coloque bajo las restriccio-
nes requeridas por la seguridad social; que no se
le
impongan más restricciones que esas ni penalidades
gratuitas,
y
que se mantenga por si mismo mientras
viva confinado ó bajo vigilancia. No llegaremos á de-
cir que deba obedecerse desde luego á tales dictados.
Hemos admitido ya que las deducciones de la conve-
niencia absoluta deben ser templadas, en nuestro es-
tado de transición, por las inducciones de la conve-
niencia relativa. Hemos indicado que en tiempos ru-
dos estaban justificados los más severos códigos mo-
rales si sin ellos no podía reprimirse el crimen ni
asegurarse la seguridad social. De aqui se sigue que
nuestros métodos actuales de tratar á los criminales
se justifican si se acercan á los de la pura equidad
tanto como lo permiten las circunstancias. Es proba-
ble que cualquier sistema hoy factible tenga que que-
POR H. SPENCER
29
dar muy por debajo del ideal bosquejado. Puede ser
que en varios casos sea impracticable el obligar á la
restitución ó compensación. Puede ser que haya que
imponer á algunos penados penalidades más severas
qué las que demanda la justicia abstracta. Por otra
parte, puede muy bien suceder que el obligarle á que
se mantenga por completo por sí mismo acarree á un
criminal totalmente inepto para ganarse la vida un
castigo demasiado duro. Pero tales deficiencias no
afectan á nuestro argumento. En lo que insistimos es
en que hay que obedecer hasta donde sea posible los
mandatos de la moralidad absoluta, que debemos
cumplirlos hasta aquellos límites, más allá de los cua-
les prueban los experimentos que resulta más mal que
bien, que teniendo siempre presente el ideal, debernos
hacer que todo cambio tienda hacia su realización.
Pero ahora estamos prontos á decir que este ideal
puede realizarse en gran parte al presente. La expe-
riencia de varios países, bajo variadas circunstan-
.cias, ha demostrado que resultan beneficios inmensos
de sustituir á los antiguos sistemas penales otros que
se aproximen á lo arriba indicado. Alemania, Fran-
cia, España, Inglaterra, Irlanda y Australia, nos pro-
porcionan pruebas de que la disciplina penal más pro-
vechosa es la que disminuye las restricciones y aumen-
ta el que los penados dependan de sí mismos. Y los
datos prueban que el éxito es mayor donde las prue-
bas se acercan más á lo que prescribe la justicia abs-
tracta. Hemos de hallar hechos notables, 'algunos de
ellos hasta sorprendentes.
Cuando fué nombrado el Sr. Obermair gobernador
de la prisión de estado de Munich:
«halló en la cárcel de 600 á 700 presos en el peor
estado de insubordinación, y cuyos excesos, se le dijo,
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
desafiaban la disciplina más dura y más severa. Los
presos estaban todos encadenados juntos y á cada
ea_
d
p
ena iba unido un peso de hierro que el más fuerte
ha llaba dificultad en arrastrarlo. La guardia consta-
ba de 100 soldados, que hacían centinela, no sólo en
la3 puertas y en derredor de los muros, sino también
los pasadizos y hasta en los talleres y dormitorios,
y lo más extrano de todas las protecciones contra
la
posibilidad de una revuelta ó un ataque individual
eran de veinte á treinta grandes perros salvajes, de
raza sanguinaria, que se dejaba de noche en los pasa-
dizos y los patios para guardarlos y vigilarlos. Según
este relato, el lugar aquel era un pandemonium, que
comprendía dentro de los límites de unos pocos acres,
las peores pasiones, los vicios más degradantes, y la
más empedernida tiranía».
El Sr. Obermair fué relajando gradualmente ese
duro sistema. Aligeró grandemente las cadenas, y si
se le hubiera permitido las habría suprimido. Se dis-
pensó de los perros y de casi todos los guardias, y trató
con tal consideración á los prisioneros, que se ganó
su confianza. El Sr. Baillie- Cochrane, que visitó
la
plaza en 1852, dice que las puertas de la prisión es-
taban
«
abiertas depar en par, sin centinela alguno,
una guardia de sólo veinte hombres pasando el tiem-
po en un cuerpo de guardia que habla en la portala-
da... Ninguna de las puertas estaba provista de
ba
-
,
Trotes y cerrojos, la única seguridad era una
cerra-,
dura ordinaria, y como en la mayor parte de los
cuar-
tos no estaba echada la llave, no había obstáculo
que los hombres se pasearan por los pasillos...
E
cada taller ejercían de inspectores algunos
de
_los.'
presos de mejor carácter, y el
Sr. Obermair
me ase•.
30
11
111.1
guró que si algún preso faltaba al reglamento, sus
1
!
)t
compañeros le decían generalmente:
Es ist verboten
tirdiz
(está prohibido), y rara vez sucedía que no cediera á
`
a
,
4 ,
la opinión de sus compañeros de cárcel... Dentro de
8:t5
.
1z
los muros de la cárcel se lleva á cabo toda clase de
A
trabajos; los presos, divididos en diferentes tandas y
armados de útiles é instrumentos, se fabrican sus pro-
pios trajes, arreglan las paredes de su cárcel, forjan
BUS
propias cadenas, produciendo varias muestras de
manufactura que se vendían á buen precio, siendo el
resultado que todo preso se mantiene con su indus-
tria; dándoseles el plus de sus ganancias para cuando
17.21.
se emancipen, se evita el que salgan de la cárcel pri-
pni 11 '
vados de todo».
Y además los presos «se juntan en las horas de
asueto, sin que se les ponga obstáculo alguno á su
trato, pero al mismo tiempo bajo un sistema eficaz de
r: observación y vigilancia», disposición por la cual,
después de varios anos de experiencia, asegura el se-
flor Obermair que aumentó la moralidad.
!:ixv
Y ahora bien; ¿cuál fué el resultado? Durante los
POR
H. SPENCER
31
0
: P
j
1
..
,
seis anos que tuvo el gobierno del Kaiserlauten (el
5.1. `
kill
primer presidio bajo su cuidado), el Sr. Obermair
..;,1
i p
r5.
despidió 132 criminales, 123 de los cuales se han con-
ducido después bien y siete han reincidido. De la
''
pri-
I
,Iril
•
Sión de Munich se despidieron de 1843 á 1845, 298
' ',14
presos.
,11°
''d
I 01:
De éstos, 246 se han hecho útiles á la sociedad.
1
Aquellos cuyo carácter es dudoso, pero que no han
l'Ole
'
vuelto á ser acusados de acto alguno criminal, son 26;
II
I
el.,
.
están bajo juicio de nuevo 4, castigados por la poli-
.011'
cía 6, vueltos á la cárcel 8, muertos 8. Estos datas,
0
11
1
dice el Sr. Obermair, «están basados en pruebas irre-
tON
futables». Y respecto á la realidad de este hecho, te-
dt
111„,kt
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
caemos el testimonio, no sólo del Sr. Baillie-Cochrane,
sino del Re
y
.
O.
Tbowsen,
del Sr. George
Combe,
del Sr. Matthew Hill, de sir Juan Milbanke,
nuestro
embajado
r
en la corte de Baviera.
Tómese, además, el caso de Mettray. Todo el
mun.
do ha oído algo acerca de Mettray
y
sus éxitos como
reformador de jóvenes criminales.
Obsérvese hasta
qué punto el sistema que se siguió por Mettray, se con-
forma
á
los principios abstractos arriba
enunciados.
Esa «colonia agrícola
»
está «sin muros ni vallas
de
ninguna clase, por lo menos para los propósitos del
confinamiento
»
; y excepto cuando se le mete por al-
gún tiempo en alguna celda á un niño por alguna fal--
ta, no hay restricción física. La vida es industrial:
á
los niños se les pone en el comercio ó la
agricultura,
según prefieran; y todos los servicios
domésticos se
cumplen por ellos.
«Hacen su trabajo por
piezas»;
se
les recompensa á juicio del
chef d'attelier;
y, dejando
una parte á disposición del niño, el resto se deposita
en la Caja de ahorros de Tours. «Un muchacho
que
recibe dinero, tiene que pagar por una prenda de su-
,
vestuario que necesite renovarse antes de que llegue
el tiempo reglamentario de
repartir la ropa..., por
otra parte, si cuando llega el tiempo se encuentra en
buenas condiciones sus vestidos, recibe el beneficio áe
ello en el dinero que se hubiera depositado en trajes á
su cuenta. Se les concede dos horas al día para el jue-
go. Se les enseña á cantar; y si algún naba demuestra
disposiciones para el dibujo, se le da alguna instruc-
ción sobre ello... A algunos de los chicos se les ordena
en
brigada de bomberos y á las
veces han presta
servicios importantes en el vecindario.» En todos eál
tos hechos capitales vemos
claramente que las pe
liaridades
esenciales son: no más restricción que la
32
„POR H. SPENCER
33
pecesayia; que
.se mantengan por si mismos en cuan-
to les
,
sea,
pposible;
beneficios extraordinarios ganados
con trabajo extraordinario, y un ejercicio tan satis-
factorio de las facultades cuanto las circunstancias lo
permitztn.
El -'«sistema intermedio» que se ha aplicado últi-
mamente con mucho éxito en Irlanda, sirve de ejem-
plo, en cierto modo, de la practicabilidad de los mis-
mos principios generales. Bajo este sistema, se con-
cede á los presos que trabajan como artesanos «un
grado tal modificado de libertad que pruebe de varios
modos su facultad de negarse á si mismos y depender
de si mismos, de una manera enteramente incompa-
tible con las rígidas restricciones de una prisión or-
dinaria». Al delincuente que haya pasado por esta
prueba se le vuelve á someter á otra, empleándole en
la ciudad en los deberes diarios de recadista, y tam-
bién en los trabajos especiales requeridos por obras
de fuera de la prisión. El cumplimiento de los encar-
gos de recadista trae consigo el que estén fuera, sin
ir acompañados de vigilante alguno, hasta las siete
ú ocho de la noche, y aunque se le cede semanalmen-
te una pequeña parte de sus ganancias, no se ha dado
ningún ejemplo de la más leve irregularidad, ni aun
de falta de puntualidad, aun cuando se han inventa-
do cuidadosos medios para averiguar si ha ocurrido
ó no algo de esto». Una parte de lo que ganan en la
cárcel se separa y se deposita en las cajas de ahorros,
y se les anima á que añadan algo á esta suma en el
periodo de libertad parcial, teniendo en cuenta que
han de emigrar después. Los resultados son «en la pe-
nitenciaria un orden y regularidad los mayores posi-
bles, y una cantidad de industria voluntaria que no
podría obtenerse en las prisiones». Algunos empresa-
3
3i
ÉTICA DE LAS PRÍSIONE S
rios á quienes se les remitió alguna vez prisioneros,
«han vuelto en varias ocasiones en busca de otros á
consecuencia de la buena conducta que observaban
aquellos á quienes hablan tomado antes». Y, según el
folleto que publicó el capitán Crofton en 1857, de 112
despachados condicionalmente durante el afio ante-
rior, 85 se condujeron satisfactoriamente, «nueve
ha
bían sido despachados hacia poco para que se pudie-
ra hablar de ellos, y á cinco se les revocaron las li-
cencias. En cuanto á los trece restantes, ha sido im-
posible adquirir informes, pero se supone que cinco
han dejado el país y tres han sentado plaza» .
El «sistema de fichas» del capitán Maconochie
CEU
uno de los que más por completo aplican el principio
del propio mantenimiento bajo restricciones no mayo.
res que las necesarias para la seguridad. El plan con=
liste en. unir á la sentencia que les condena á cierto
tiempo de prisión la condena á ciertos trabajos, tareas
especificas que han de llevar á cabo los penados.
«Nada de darles
gratuitamente
raciones ú otros sumió
nistros de cualquier clase que sean, ya de alimentos,.
lecho, vestido ó educación ó distracciones, sino to41
cambiable, en medida fija, á opción del preso mismo,
por fichas previamente ganadas, entendiéndose
al.
mismo tiempo que sólo deben contarse para liberación...
lo que queda después de haberse cambiado todo
.
ha:
ciendo de este modo que los presos dependan en cada
cosa que les sea necesaria de su propia buena conduc
,
ta, y castigándose los delitos que cometan en la pri-
sión con multas impuestas según los medios de
cado..4:'
cual.» El uso de fichas, que juegan así el papel de.m
o
neda, fué introducido por vez primera por el capitán,'
Maconochie en la isla de Norfolk. Describiendo 'Cómo
puso en práctica este método, dice:
POR H.
SPENCER
•
35
(Primeramente me dió salarios y después multas.
Lo uno me dió trabajadores voluntarios y que progre-
saban en su destreza, y lo otro me evitó la necesidad
de imponer castigos brutales y desmoralizadores... Mi
forma de moneda me dió en seguida mesadas escola-
res. Yo era quien más anhelaba animar la educación
entre mis hombres, pero rehusé el dársela gratuita, se
les habría de dar en una escuela, sino que les obli-
gué á que cedieran sus fichas para adquirirla... Ja-
más he visto hacer á adultos tan rápidos progresos...
Mi forma de moneda me dió en seguida fianzas de pri-
sión en casos de faltas de importancia pequeña y aun
grande, rechazando la aplicación de un período de
estrecha reclusión por la consideración del suficiente
número de otros presos de buen carácter, responsa -
bles, bajo castigo, del mejoramiento de conducta del
culpable.»
Hasta en el establecimiento de una sociedad de
enfermos y entierros aplicó el capitán Maconochie «el
inflexible principio de no dar nada por nada». Es de-
cir, que en esto, como en todo, hizo que la disciplina
de los presos fuera lo más parecida posible á la de la
vida ordinaria: dejarles que experimentaran precisa-
mente el bien ó el mal que brotara naturalmente de
su conducta, principio que asegura con razón que es
el único verdadero. ¿Cuáles fueron sus efectos? Era
notoria la extremada degradación de los penados de
la isla de Norfolk, y en una página precedente hemos
narrado algunos de los horribles sufrimientos que se
les imponía. Sin embargo, tomando á éstos, los más
desmoralizados de los criminales, el capitán Macono-
chie obtuvo los más favorables resultados. «En cua-
tro dios—dice—despaché 920 reincidentes á Sydney,
de los cuales sólo 20, ó sea el 2 por 100, han vuelto á
36
ÉTICA DE LAS PRISIONES
reincidir hasta Enero de 1845», mientras que, por el
mismo tiempo, la proporción ordinaria de los reinci-
dentes del penal de Van Diemen, á quienes se trataba
de otro modo, fué el 9 por 100. «El capitán Macono- •
chie—dice el Sr. Harris en su obra
Emigrantes y pe-
nados (Settlers and convicta)--hizo
más por la reforma
de esas desgraciadas criaturas y por la mejora de
sus
condiciones físicas, que lo que podía haberse atrevido
á esperar antes el espíritu práctico más optimista.»
Otro testigo dice que «se verificó en ellos una refor-
ma mucho mayor que la que se haya efectuado ea
corporación alguna de hombres, ó antes ó después».
«Como pastor de la isla y magistrado durante dos
ales, puedo atestiguar que no hubo el más pequeño
crimen», escribe el Re
y
, B. Naylor. Y Tomás H. Dixon,
superintendente de penados en la Australia occiden
tal, donde introdujo en parte el sistema en 1856, ase-
gura que, no sólo era extraordinaria la suma de tra-
bajo que se hizo bajo ese sistema, sino que «aunque
los caracteres de algunos de los de la partida no eran
antes buenos ni mucho menos (varios de ellos hora-
bres cuyas licencias habían sido revocadas en Ingla
terra), sin embargo, era, en realidad, muy notable la
transformación que sufrieron en éste y en todos los
respectos». Si fueron tales los efectos aplicándose e
método imperfectamente (porque el Gobierno ha
re-`•
husado siempre dar valor fijo á las fichas como me-
dios de liberación), ¿cuáles se ha de presumir que ha-
brían sido sus efectos si se hubiera permitido que tu--
viesen toda su influencia, sus motivos y restricciones?
De todos los comprobantes, sin embargo, el
raáS
concluyente es tal vez el que nos suministra el vedo
dio de Valencia. Cuando en 1835 se nombró gobernara
dor de él al coronel Montesin.os, «el término medio'
de
POR R. SPENCER
37
los reincidentes era del
30
al 35 por 100 al alto, casi
el mismo que se halla en Inglaterra
y en
otros paises
de
.
Europa; pero fué tal el éxito de su método, que los
tres últimos dios no
ha habido ni
un
solo reincidente en
él,
y en los diez, años anteriores no pasaron, por tér-
mino, medio, del 1 por 100». Y ¿cómo se llevó á cabo
este cambio maravilloso? Disminuyendo las restric-
ciones é implantando la disciplina industrial. Lo pro-
barán los siguientes extractos, sacados irregularmen-
te de la obra del Sr. Hoskins,
Relación del presidio pú-
blico de Valencia (Accownt of the Public Prison at Va-
lencia):
«Cuando en un principio entra el penado en el es-
tablecimiento,
lleva cadenas, pero se le quitan si se
lo pide al comandante, á menos de que se haya con-
ducido mal.
»Hay unos mil penados, y en todo el estableci-
miento no vi arriba de tres ó cuatro guardias para
mantener el orden. Dicen que hay tan sólo una doce-
na de veteranos y ni cerrojo ni tranca que no pueda
romperse fácilmente; al parecer, no más cerraduras
que las de una casa particular.
»Cuando entra un penado, se le pregunta qué ofi-
do ó empleo quiere ejercer ó aprender, y se le pro-
porcionan más arriba
de cuarenta... Hay tejedores é
hiladores de toda clase... herreros, zapateros, ceste-
ros, cordeleros, carpinteros, ebanistas,
y
tienen tam-
bién una prensa de imprimir.
»Los penados son los que hacen el trabajo de cada
clase para reparar, reedificar y arreglar el estableci-
miento, Eran casi todos respetuosos en su porte, y lo
cierto es que jamás he visto una tropa de presos de
tan buen aspecto, habiendo al parecer mejorado su
porte y maneras el ocuparse en cosas útiles
(y
un
ÉTICA DE LAS PRISIONES
trato considerado).- Y además de un jardin para.
hacer en él ejercicio, plantado de naranjos, había
también un corral para que se distrajeran, con faisa
nes y otras especies de aves; lavaderos donde lavaban
su ropa,
y
una tienda donde podían comprar, si lo de-
seaban, tabaco y otras pequeñas comodidades, de la
cuarta r+ del beneficio de
su trabajo, que es
lo que
se les da. Otra cuarta parte queda á su nombre para
74,
cuando salgan del presidio, la otra media va al esta-
blecimiento, y á
menudo esto es lo suficiente para todos«
;t4
41
los gastos, sin que el gobierno tenga que dar nada».
Así es cómo el más perfecto éxito, considerado por ,
el Sr. Hoskins como «realmente un milagro», se lleva
á cabo por un sistema que conforma lo más posible
con los dictados de la absoluta moralidad, tal cual los
hemos expuesto. Los penados, si no del todo, casi se
sustentan á sí mismos. No están sujetos ni á penali-
dades gratuitas ni á restricciones innecesarias. A la,
vez que se les hace que se ganen la vida, se les per-
mite adquirir los goces compatibles con su confina-
miento, siendo el principio que se proclama, según
palabras del coronel Montesinos, «el dar tanta latitud.
á la libre acción cuanta pueda conformar con la die
ciplina». Así es que se les permite (como la equidad
lo pide) vivir tan satisfactoriamente como puedanl
bajo las solas restricciones necesarias para la segun-
dad de sus conciudadanos.
Nos parece altamente significativo el que haya tan
estrecha correspondencia entre las conclusiones a ,;
priori y
los resultados de los experimentos emprendi-
dos sin referirse á tales conclusiones. Por una parte> ' ,
ni en las doctrinas de la pura equidad de que hemos.,
partido, ni en los corolarios sacados de ellas, ha
mención alguna de reforma penal; sólo nos
hemol
38
POR H. SPENGER
39
ocupado de los derechos de los ciudadanos y de los
penados en sus relaciones mutuas. Por otra parte, los
que han puesto en práctica los sistemas penales me-
jorados expuestos más arriba, lo han hecho tan sólo
para la mejora del ofensor, dejando fuera de cuestión
los derechos de la sociedad y los de aquellos que pe-
can contra ella. Sin embargo, los métodos que han
dado tan maravilloso resultado haciendo que decrez-
ca la criminalidad, son los que llenan mejor los requi-
sitos de la justicia abstracta.
Puede demostrarse deductivamente que el sistema
más equitativo es el mejor calculado para reformar al
ofensor. La experiencia interna de cada cual tiene
que probarle que un castigo excesivo no engendra pe-
nitencia, sino indignación y odio. Mientras un agresor
no sufre nada más que los males que resultan natural-
mente de su mala conducta; mientras se apercibe de
que sus conciudadanos no han hecho más que lo nece-
sario para la propia defensa, no tiene excusa alguna
para irritarse, y se ve llevado á considerar su crimen
y su castigo como causa y efecto. Pero si se le impo-
nen sufrimientos gratuitos, se produce en él un senti-
miento de injusticia. Se considera ofendido é injuria
do, acaricia animosidad contra todos los que le han
dado ese mal trato. El, que se agarra á cualquier pre-
texto para olvidar la injuria que ha inferido á los de-
más, se fija en la que los otros le han inferido á él.
Nutriendo así un deseo de venganza, más bien que de
reconciliación, vuelve á entrar en la sociedad, no me-
jor, sino peor; y si no vuelve á cometer nuevos crí-
menes, como hace con frecuencia, es que se contiene
por el más bajo de los motivos, por el miedo. Además,
esa disciplina industrial á que los criminales se suje-
tan por sí mismos bajo un sistema puramente equita-
40
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
tivo, es la disciplina que especialmente necesitan. Eta=
blando.en general, nos vemos compelidos á trabajar
por las necesidades de nuestra existencia social. Para
los más de nosotros, esta coacción basta; pero hay al-
gunos cuya aversión al trabajo no puede dominarse
por ese medio. No trabajando, y necesitando, sin em-
bargo, sustentarse, se ven obligados á obtener su sus=
tanto por medios ilegítimos, y así es cómo se atraen
las penas legales. Reclutándose de esta manera la cla-
se criminal en gran parte de la de los vagos y holga-
zanes, y siendo la ociosidad la fuente de la criminali-
dad, se sigue que una disciplina eficaz tiene que ser la
que cure la ociosidad. Habiéndose eludido la coacción
natural al trabajo, lo que se requiere es que se colo-
que de tal modo al ofensor, que no pueda eludirlo. Y
esto es precisamente lo que se hace bajo el sistema
porque abogamos. Su acción es tal, que hombres cu-
yas naturalezas están mal adaptadas á las condicio-
nes de la vida social se ven en una posición en que'
se les obliga á una adaptación mejor, so pena de mo-
rirse de hambre. Finalmente, no olvidemos que esta
disciplina que dicta la moralidad absoluta es saluda-
ble, no sólo por ser industrial, sino por ser volunta-
riamente industrial. Como hemos demostrado ya, la
equidad exige que se deje al criminal confinado que
se mantenga por sí mismo, esto es, que se le deje tra-
bajar mucho ó poco y recibir la plenitud ó el hambre
consiguientes. Por lo tanto, cuando un preso empieza
á ejercitarse bajo este acicate duro pero natural, lo.
hace por su propia voluntad. El proceso que le lleva
á hábitos de trabajo es un proceso mediante el cual
se corrobora el propio dominio, y esto es lo que lie.-
cesita para resultar un buen ciudadano. NO condtice
á nada el que le hagáis trabajar á la fuerza, ptirqut)
SinistelERI
cuando
vuélYtt á vetse libre y falte la coacción, será
lo que era antes. La coacción debe ser interna, una
coacción
qué se lleve consigo cuando deje el presi-
dio. S
e
i&I dt3 póco que le obliguéis á trabajar; él es
quien' debe forzarse á ello. Y esto lo hará tan sólo
cuando se le coloque en las condiciones que la equi-
dad exige.
Aqui, pues, hallamos un tercer orden de pruebas.
La psicología apoya nuestra conclusión. Los varios
experimentos detallados más arriba, llevados á cabo
por hómbres que no tenían que propagar teorías polí-
ticas ó éticas, han establecido hechos que hallamos
concuerdan por entero, no sólo con las deducciones
de la absoluta moralidad, sino también con las de-
ducciones de la ciencia del espíritu. Creemos que
no puede resistirse tal combinación de diferentes
pruebas.
Y ahora ensayemos si llevando más allá aún la
aplicación del método hasta aquí seguido, podemos
ver el modo de desarrollar ciertos sistemas perfec-
cionados que se están poniendo en práctica.
La equidad pide que la restricción del criminal
haya de ser tan grande como haga falta para la se-
guridad de la sociedad, pero no mayor. Respecto á
la
cualidad
de la restricción hay poca dificultad para
interpretar su exigencia; pero es grande la que hay
para decidir de la
duración
de ella. No se presenta
manera clara de hallar cuánto tiempo ha de ser de-
tenido un transgresor en los lazos legales para preca-
ver á la sociedad contra algún nuevo atentado
suyo.
Un periodo
más
largo que el necesario implica una
injusticia real inferida al ofensor, y un periodo me-
nor qué el necesario implica una injusticia potencial
á la sociedad.
Y, sin embargo, lo cierto es que si nos
42
ÉTICA DE LAS PRISIONES
falta una buena guía, caeremos casi de seguro en uno
de esos extremos.
Al presente la duración de las sentencias penales
se fija de una manera que es enteramente empírica.
Para ofensas definidas de cierto modo técnico, las le-
yes del Parlamento asignan deportaciones y prisión
que no sean de más duración que tanta, ni de menos
que cuanta, fijándose por los legisladores estos perío-
dos determinados parcialmente de una manera arbi-
traria siguiendo al sentimiento moral. Dentro de los
limites señalados el juez ejerce su discreción; y al de-
cidir el tiempo á que ha de extenderse la reclusión, se
deja guiar, en parte por la calidad especial del deli-
to, en parte por las circunstancias en que fué come-
tido, en parte por el aspecto y la conducta del delin-
cuente, y en parte por el carácter que se le supone. .
Y la conclusión á que llega después de examinar es-
tos datos depende mucho de su naturaleza individual,
de sus inclinaciones morales y de sus teorías acerca
de la conducta humana. Así es que el modo de fijar
la duración de las reclusiones penales, es, desde
el
comienzo al fin, poco más que conjetura. Tenemos
pruebas abundantes del darlo que hace este sistema
de conjeturas. «La justicia de los jueces», frase
que,'
lo pinta del modo más sencillo, ha venido á ser
un
mote; y las decisiones del Tribunal supremo yerran:;:;::
á menudo en ambas direcciones, ya por indebida
se-
1
-eridad, ya por lenidad indebida. A diario ocurren
casos de transgresiones extremadamente insignifican-
tes que se castigan con largo tiempo de cárcel, y á'',
diario también ocurren casos en que los castigos son,,
tan inadecuados, que los ofensores cometen de vez
en cuando nuevos crímenes al salir de vez en cuando
de la cárcel.
POR H. SPENCER
43
Ahora bien; la cuestión es si, en lugar de ese mé-
todo, puramente empírico, que responde tan mal á
lo que se necesita, puede guiarnos la equidad á un
método que ajuste más correctamente el periodo de
reclusión á los requisitos morales. Creemos que pue-
de hallarse este método. Creemos que siguiendo lo
que él dicta, hemos de llegar á un método que en
gran parte obre por sí mismo; y menos expuesto, por
lo tanto, á viciarse con errores de juicio ó sentimien-
to individual-.
Hemos visto que si se obedecieran los mandamien-
tos de la moralidad absoluta, se obligaría á todo trans-
gresor á aprontar compensación ó restitución por su
delito. En un considerable número de casos esto impli
caría un periodo de reclusión que variaría á propor-
ción de la magnitud de la ofensa. Es verdad que cuan-
do el malhechor fuera persona de muchos medios, de
ordinario no seria para él más que un leve castigo el
hacerle pagar la restitución ó compensación; pero
aunque en estos casos, relativamente pocos, la regla
no llenara su objeto en lo que concierne á su efecto
sobre el criminal; sin embargo, en la inmensa mayo-
ría de los casos y en todos los de agresiones cometi-
das por los miembros más pobres de la comunidad,
obraría con eficacia. Llevaría consigo períodos de
detención que serían más ó menos largos, según fuera
mayor ó menor la injuria, y según el transgresor fue-
ra ocioso ó industrioso. Y aunque no hay proporción
exacta y constante entre la injuria cometida por un
_delincuente y su torpeza moral, sin embargo, la mag-
nitud de la injuria inferida suministra, en el prome-
dio de los casos, una medida mejor de la disciplina
que se requiere, que no los votos de las mayorías par-
lamentarias y las conjeturas de los jueces.
44
ÉTICA DE LAS PRISIONES
Pero no se acaba aquí nuestra guía. Un esfuerzo
más
para fijar lo que es estrictamente equitativo nos
llevará más cerca todavía de una correcta aplicación
de la disciplina á la delincuencia. Cuando, habiendo
obligado al delincuente á dar la restitución debida,
insistimos en que se busque alguna garantía
eficaz
de
que la sociedad no vuelva á ser ofendida, y acepta-
n]
os
una cualquiera que sea suficiente, abrimos el ca-
mino á un regulador que por sí mismo regule el perío
do que ha de durar la detención del criminal. En va-
rios casos se satisfacen ya nuestras leyes con seguri-
dades de futura buena conducta. Ya este sistema tien-
de manifiestamente á separar los más viciosos de los
menos viciosos; en vista de que, por término medió,
la dificultad de hallar seguridades es grande á medi-
da que el carácter es más malo. Y lo que proponemos
es que 'este sistema, limitado ahora á especies particu-
lares de ofensas, se haga general. Pero especifique-
reos más el punto.
Un acusado apela en su juicio á testigos que ates-
tiguan su carácter previo, esto es, que su carácter era
bastante bueno. La prueba que así se consigue pesa
más ó menos en su favor, según la respetable edad de
los testigos, su número y la naturaleza de su testimo-
nio. Teniendo en cuenta estos varios elementos, el:
juez se forma concepto de la disposición general del
delincuente, y modifica conforme á ella la duración
del castigo. Ahora bien; ¿no podemos muy bien decir
que si la opinión corriente respecto al carácter de un
penado pudiera hacerse de modo que modificara
direc-
tamente
la sentencia en vez de modificarla
indirecta-
mente,
se obtendría una gran mejora? Es claro que
la'
apreciación que el juez hace de tal testimonio tiene
que ser menos cuidadosa que la apreciación hecha
fr
POR H. SPENCER
45
por los vecinos del preso y por los que le emplean. Es
claro, además, que la opinión expresada por
sus
ve-
cinos y empleadores en el libro de testimonios, es me-
nos fidedigna que una opinión que les traiga seria
responsabilidad.
El desideratum es que la sentencia á un
preso se modifique por el juicio de aquellos que tienen
larga experiencia de su vida; y que la sinceridad de su
juicio se compruebe por la facilidad con que obren
sobre él.
¿Pero
cómo
se ha de hacer esto?
Se ha indicado un
método muy sencillo de hacerlo (1). Cuando un pena-
do ha cumplido su cometido de dar restitución ó com-
pensación, se permite á uno ú otro de los que le
han conocido el sacarle de su encierro, saliendo fiador
de su buena conducta. Presupuesto siempre que tal
disposición sólo sea posible con permiso oficial, per-
miso que se retira si la conducta del preso no ha sido
satisfactoria, y presupuesto siempre que la persona
que sale fiadora sea de buen carácter y de medios de
fortuna, déjese la competencia para libertar á un
preso saliendo fiador de él por una suma dada, ó to-
mando á su cargo el indemnizar
el daño que pueda
hacer á sus conciudadanos en un periodo dado.
Es indudable que esto ha de parecer una proposi-
ción chocante. Sin embargo, hemos de hallar buenas
razones para creer que puede aplicarse con seguri-
dad; es más: hemos de hallar hechos que prueben el
éxito de un plan que es evidentemente menos seguro.
Bajo tal disposición de cosas, el libertador y el pe-
nado están de ordinario en la relación de empresario
y empleado, de amo y obrero . Aquellos á quienes se
soltara de la cárcel de esta manera, eondicionalmen-
(1) Debemos la indicación al
difunto Octavio
Smith.
46
ÉTICA DE LAS PRISIONES
te, estarían prontos á trabajar por salarios algo más
bajos que
los
usuales en su ocupación, y los que se
comprometiera
n
á tomarlos á su cuenta, además de
tener como incentivo esta economía de salarios, se
encontrarían en cierto modo garantidos por ello con-
tra el riesgo que corrían (1).
Trabajando por menos dinero, y estando bajo la
vigilancia de su amo, el penado seguirla sometido á
una disciplina atenuada. Y mientras, por una parte,
le induciría á observar buena conducta la conciencia
de que su amo podía en cualquier tiempo romper el
contrato y devolverle á las autoridades, tendría, por
•otra parte, remedio contra la dureza del amo en su
opción de volverse á la prisión y mantenerse allí por
sí mismo durante el resto de su plazo.
Obsérvese, además, que la dificultad de obtener tal
libertad condicional variaría con la gravedad del de-
lito que se hubiera cometido. Los culpables de críme
nes odiosos se quedarían en la prisión, porque nadie
se atrevería á hacerse responsable de su buena con-
ducta. Uno que volviera á ser penado por segunda
vez, un reincidente, quedaría sin que nadie saliera
fiador por él mucho más tiempo que antes; en vista de
que habiendo ocasionado una vez pérdida á uno que
se comprometió por él, no se le ofrecerla de nuevo
la
ocasión de hacer lo mismo, y sólo después de un largo
(1) Spencer olvida el dan° que así se infería á los trabaja-
dores libres y no delincuentes desde el momento en que
los em-
presarios pudieran disponer de esos verdaderos
esclavos
á
quie-
nes podían dar un salario más bajo que el mínimo. Es lo más-
probable que la adopción de tal sistema provocaría
una gran
severidad penal y una mayor diligencia
en apresar delincuen-
tes
y gente de mal vivir, es decir, de acaparar esclavos,
convir-
tiéndose la policía en
Kidnappers,
esto es, cazadores de cada-
vos,—(N.
D)I.
T.)
POR H. SPENCER
47
periodo de buena conducta testificada por los emplea-
dos de la prisión podría hallar otra probabilidad. Por
el contrario, aquellos cuyas transgresiones no fueran
tan serias, y que se hubieran de ordinario conducido
bien, obtendrían más fácilmente quien respondiera
de ellos; mientras que al culpable de delitos veniales
se les ofrecería esta liberación atenuada tan luego
corno pagaran la indemnización. Además, el sistema
que hemos expuesto suministrarla remedio cuando se
hubiera declarado culpables á personas inocentes, así
como cuando personas de naturaleza realmente supe-
rior hubieran cometido fechorías aisladas. Seria un
paliativo de los malos veredictos de la ley y de sus
equivocadas apreciaciones de la torpeza moral; y un
valor probado llevaría su recompensa en la mitiga-
ción de dañosas injusticias.
Una ventaja más resultaría implícitamente en for-
ma de una larga disciplina industrial para los que
más la necesitan. Hablando en general, los obreros
diligentes y diestros que fueran miembros lútiles á la
sociedad, obtendrían desde luego, si no eran graves
sus delitos, quien saliera fiador por ellos, mientras
que los miembros de la clase criminal—los ociosos y
los disolutos— quedarían largo tiempo en confina-
miento, puesto que los empresarios no sentirían ten-
taciones de hacerse responsables de ellos hasta que
adquirieran algo parecido á la eficacia industrial,
manteniéndose habitualmente mientras se hallaran
recluidos.
Así tendrán un criterio que obraría por si mismo,
criterio, no sólo de la duración de la reclusión reque-
rida por la seguridad social, sino también de ese
aprendizaje de trabajo que necesitan varios penados;
mientras se ofrecerían medios de rectificar varias fal-
48
ÉTICA DE LAS PRISIONES
tas y excesos de nuestro sistema presente.
El plan lle-
garía prácticame
nte
hasta extender el juicio por ju-
rados. Al presente, el Estado llama á ciertos conciu-
dadanos del acusado á decidir si es ó no culpable; al
juez, guiado por las leyes penales, se le deja decidir
qué castigo merece si es culpable. En el procedimien-
to que hemos expuesto, la decisión del juez admitiría
modificación de un jurado de vecinos del acusado. Y
este jurado natural, á la vez de estar más apto para
formar opinión gracias al conocimiento previo del
hombre, se haría cauto por el sentido de una grave
responsabilidad, por cuanto uno cualquiera de sus
miembros que concediera una liberación condicional
lo haría con peligro propio.
Y nótese ahora que todos los comprobantes que
vienen á probar la seguridad y las ventajas del «sis-
tema intermedio» prueban, todavía más concluyente-
mente, la seguridad y las ventajas de este sistema que
sustituimos á aquél. Lo que hemos expuesto no es más
que un sistema intermedio reducido á una forma na-
tural en vez de artificial, llevado á práctica con fre-
nos naturales en vez de artificiales. Si, como ha de-
mostrado experimentalmente el capitán Crofton, ofre-
ce seguridad el dar á un preso libertad condicional
bajo la garantía de haber observado buena conducta
durante un cierto período de disciplina carcelaria, es
evidentemente mucho más seguro el hacer que su li-
beración condicional dependa, no sólo de su buena
conducta mientras estaba bajo el ojo del carcelero,
sino también del carácter que haya ganado durante '
su vida anterior. Si es seguro el obrar bajo la con-
fianza de juicios de oficiales cuya experiencia de la
conducta de un penado es relativamente lhultaja
y
que no sufren pena alguna cuando se equivocan
en
rY
:1
POR
SPENCER
49
sus juicios, es claro que es más seguro (si tales oficia-
les no pueden demostrar razón en contrario) obrar
sobre la confianza del juicio adicional de uno que, no
sólo ha tenido más oportunidades de conocer al pena-
do, sino que además ha de experimentar una pérdida
seria si su juicio resulta erróneos Además, esa vigi-
lancia ejercida por el sistema intermedio sobre cada
preso libertado condicionalmente se ejercería todavía
mejor si, en vez de ir á parar el preso á un amo ex-
traño en un distrito extraño, fuera á algún amo de su
propio distrito; y, en tales circunstancias, sería mu-
cho más falta adquirir informes respecto á su proce-
der sucesivo. Hay razones para creer que este siste-
ma seria hacedero. Si, gracias á la recomendación de
los empleados de la cárcel, los presos del capitán
Crofton consiguen encontraiquien les emplee, perso-
nas cque en varias ocasiones han vuelto por otros á
consecuencia de la buena conducta de los que prime-
ro tomaron
á
su cuenta», todavía mejor sería la ac-
ción del sistema, si, en vez de empresarios á quienes
se les facilita todo lo necesario para que se enteren
de los antecedentes del penado, estuvieran ya fami-
liarizados con esos antecedentes.
Finalmente; no pasemos por alto el hecho de que
este proceder es el único que, á la vez que consulta
lo debido á la seguridad social, es enteramente justo
con el preso. Como hemos demostrado, la reclusión
impuesta á un criminal está autorizada por la equi-
dad absoluta, tan sólo hasta aquel punto necesario
•
para prevenir que vuelva á atentar contra sus seme-
jantes; y cuando éstos le imponen restricciones y tra-
bas mayores que lo que exige este punto, le faltan y
ofenden. De aquí que cuando un preso ha cumplido
su tarea de restitución y de deshacer, en cuanto sea
4
w
ÉTICA DE LAS PRISIONES
posible, el mal que ha hecho, la sociedad está obliga..
da, en estricta justicia, á aceptar cualquier disposi-
ción que proteja adecuadamente á sus miembros con-
tra un nuevo atentado. Y si, movido por la esperanza
de obtener provecho, ó, por otro motivo, algún ciu-
dadano bastante rico y digno de confianza, quiere
to-
mar
á su cargo el que la sociedad no sea dafiada, ésta
debe acceder á su propuesta. Todo lo que puede exi-
gir con derecho es que la garantía contra un atenta-
do contingente
sea
adecuada; que, por supuesto, ja-
más puede darse donde el atentado es de la clase más
grave. No hay fianza que pueda compensar un asesi-
nato, y por tanto, contra éste y otros crímenes extre-
mos la sociedad rehusaría con derecho tal garantía,
aunque se ofreciera, cuando fuera poco probable que
sirviese la garantía.
Tal es, pues, nuestro código de moral carcelaria.
Tal es el ideal que necesitamos tener presente al mo-
dificar nuestro sistema penal. Diremos una vez más,
como lo hemos dicho en un principio, que la realiza-
ción de tal ideal depende por completo del adelanto
de la civilización. Que nadie se figure que considera-
mos estas regulaciones puramente equitativas como
inmediatamente practicables. Aun cuando pueda lle-
varse á práctica parcialmente, creemos altamente
improbable que pueda al presente llevarse por com-
pleto á cabo. El número de delincuentes, el bajo ni-
vel de ilustración, lo mal que obra el mecanismo ad-
ministrativo, y sobre todo la dificultad de obtener
oficiales de inteligencia adecuada, de buenos senti-
mientos y de dominio de si mismos, son obstáculos
que
han de interponerse por largo tiempo en el camino
de
un sistema tan complejo como el que dicta la
morali-
dad
absoluta. Y aseguramos aqui, con tanta insisten-
POR H. SPENCIZR
51
-cia como antes, que el sistema penal más duro está
justificado éticamente-si es tan bueno como lo permi-
ten las circunstancias. Por grandes que sean las cruel-
dades que impone, si un sistema teóricamente más
'equitativo no fuera suficiente terror para los malhe
chores, ó no pudiera ser aplicado por falta de oficia-
les suficientemente juiciosos, honrados y humanos; si
métodos menos rigurosos produjeran una diminución
de seguridad social, entonces los métodos en uso se-
rían extrínsecamente buenos aunque fueran intrínse-
camente malos. Son, como se dijo antes, los menos
malos, y par lo tanto, relativamente buenos.
No obstante, como nos hemos empellado en pro-
bar, es inmensamente importante que aunque tenien-
do-en la debida cuenta lo relativamente recto, tome-
mos también en consideración y tengamos presente
-constantemente lo absolutamente recto. Siendo como
-es verdad que en este estado de transición nuestros
conceptos de lo conveniente en último extremo deben
modificarse por nuestra experiencia de lo próxima-
mente conveniente, no es menos verdad que lo con-
veniente próximo no puede determinarse, á menos de
que se conozca lo últimamente conveniente. Antes de
poder decir qué es lo bueno que permiten los tiempos,
tenemos que decir qué es lo abstractamente bueno;
porque la primera idea abarca á la última. Debemos
tener algún criterio fijo, alguna medida invariable,
alguna clave constante; de otro modo nos hemos de
ver inevitablemente desviados por las sugestiones de
la policía inmediata, y nos separaremos de lo justo
más bien que acercarnos á él. Esta conclusión está
apoyada por los hechos que hemos citado. En otros
casos, tanto como el de la disciplina penal, los datos
muestran cuán terriblemente nos hemos equivocado
52
ÉTICA DE LAS PRISIONES
al rehusar obstinadamente consultar los primeros
principios agarrándonos á un empirismo irrazonable.
Aunque, durante la civilización, han brotado graves
males de los intentos de realizar de repente la recti-
tud absoluta, sin embargo, una suma mayor de males
ha brotado del proceder más usual de ignorar la rec-
titud absoluta. Edad tras edad, se han mantenido ins-
tituciones gastadas mucho más de lo que se hubieran
mantenido de otro modo, y se han pospuesto sin ne-
cesidad disposiciones equitativas. ¿No es acaso tiem-
po ya de aprovechar las lecciones del pasado?
Postscriptum.—Después
de la publicación de este
ensayo en 1860, se han publicado nuevos datos en
apoyo de las mismas conclusiones. El doctor F. J.
Mo-
nat, difunto inspector general de cárceles en la Ben-
gala inferior, ha dado, en varios folletos y artículos
que datan de 1872, cuenta y razón de sus experien-
cias, que concuerdan por entero con el precedente
argumento general. Hablando de los tres sistemas
capitales de
.
disciplina carcelaria «basados en opues-
tas teorías», dice:
«El más antiguo es que una prisión se convierta.
en un terror para los malhechores mediante la impo-
sición de tanta pena como pueda imponerse sin dañar-
directamente á la salud ó poner en riesgo su vida. El
segundo plan es un sistema graduado de castigos, de
que se elimina la imposición directa de pena, y se
permite al preso trabajar para conseguir su libertad
y la mitigación de la sentencia, mediante una buena.
conducta en la cárcel. El tercero, y en mi humilde
juicio el mejor, es convertir cada prisión en una es-
cuela de industria, empleándose el trabajo como un
instrumento de castigo, disciplina y reforma.»
Indus-
tria carcelaria en sus aspectos primitivo, reformista y
POR
SPENCER
53
ayi
'económico.
Londres, nov.
1889.
(Prison Industry in
its Primitive, Reformatory and Economic Áspects.)
En su folleto acerca del sistema carcelario de la
India
(Prison
System of India),
publicado en 1872, el
doctor Monat sostiene que:
«Ese trabajo remunerativo de las cárceles es un
instrumento eficaz de castigo y reforma mediante la
ocupación de todo el tiempo disponible de los crimi-
nales en empleos que no les son congénitos y que sean
coercitivos; enseñándoles los medios de ganar un hon-
rado modo de vivir después que salgan de la prisión;
inculcándoles los hábitos de orden é industria que sus-
tituyan á la irregularidad y ociosidad que son fuentes
de tanto vicio y crimen, y volviendo á pagar al Esta-
do el todo ó parte del coste de represión del crimen
mediante la industria obligatoria de las clases impro-
ductivas, y aliviando así á la comunidad en general
de una carga que se ve obligada á soportar al pre-
sente.
»Las objeciones económicas al empleo remunera-
tivo de los penados son deficientes é insostenibles; y
aun cuando fueran verdaderas respecto á los indivi-
duos y á pequeñas secciones de la comunidad, los in-
tereses de la minoría cederían al bienestar general.»
Otra vez más, bajo el título de
Disciplina carcela-
ria y sus resultados en Bengala (Prison Discipline and
its Results in Bengal),
publicado primero en el
Diario
de la Sociedad de Artes (Journal of the Society of Arts)
en 1872, el doctor Monat, después de describir una
exposición de manufacturas de la cárcel, exposición
presentada en Calcuta en 1856, dice que «á todo preso
sentenciado á trabajos debería obligársele á que pa-
gara al Estado el coste total de su castigo en la cár-
cel...; y que debía hacerse de las prisiones, en cuanto
54
ÉTICA DE LAS PRISIONES
fuera posible, escuelas de industria, combinando, raM
completamente que lo que puede efectuarse por otro
sistema cualquiera, el castigo del ofensor con la pro-
tección de la Sociedad
»
. En seguida pasa á mostrar
cuáles han sido los resultados del sistema de propio.
sustentamiento:
«Los beneficios netos realizados por el trabajo de
los penados empleados en obras manuales, después
de deducir el coste de producción, fueron, en núme-
ros redondos, los siguientes:
LIBRAS
LIBRAS
1855-56
11.019
1864-65
32.988
1856-57
12.300
1865-66
35.543
1857-58
10.841
1866
14.287
1859-60. ... .. .....
14.065
1867
41.168
1860-61
23.124
1868
56.817
1861-62
54.542
1869
46.588
1862-63
30.604
1870
45.274
1863-64
54.542
En todo, casi medio millón. En 1866 las cuentas
se hicieron sóló de ocho meses, para introducir el ca-
lendario en vez del año oficial que terminaba el 30
de Abril.
»Si los limites del tiempo y el espacio me lo per-
mitieran, podría demostraros al detalle que cada preT
so habilidoso empleado en labores manuales, que ha-
cen más que el promedio de las cárceles, ganaba con-
siderablemente más que el coste; que cinco de las,
prisiones que estaban á mi cargo fueron en varias
ocasiones prisiones que se sostenían por sí
misinal,
y
que una de ellas, la gran prisión industrial de Mipo
re, suburbio de Calcuta, ha pagado
,
mucho más qua-
su coste, durante los últimos diez Ellos, continua-
mente.»
CM()
el doctor Monat ocupó el puesto de inspector
POR H. SPENCER
65
general de cárceles en la Bengala baja durante quin-
ce áfios, y como, durante este periodo, ha tenido bajo
su custodia mi término medio de 20.000 presos, creo
que puede decirse que sus experiencias han sido bas-
tante extensas, y que un sistema justificado por tales
experiencias merece ser adoptado. Desgraciadamen-
te, sin embargo, las gentes se encogen de hombros
ante las experiencias que no conforman con sus con-
clusiones precedentes.
En más de una ocasión he emitido la paradoja de
que la humanidad va derecha tan sólo después de ha-
ber ensayado todos los caminos posibles de ir torcida:
y la he emitido con el intento de que se tome esta pa-
radoja con alguna atenuación. Últimamente, sin em-
bargo, he observado que en algunos respectos esta
paradoja se queda corta. Varios ejemplos me han de-
mostrado que el género humano, hasta cuando ha en-
trado en el buen camino, se vuelve á menudo delibe-
radamente al malo.
LA_ ÉTICA DE KANT
Si antes de haber escrito el tan citado pasaje en
que une con las estrellas del cielo la conciencia del
hombre como las dos cosas que más excitaban su ve-
neración, hubiera sabido Kant del hombre más de lo
que sabía, es probable que se hubiese expresado de
una manera algo diferente. No es que la conciencia
del hombre no sea bastante maravillosa, sea cual
fuere su supuesto génesis, sino que lo maravilloso de
ella es de diferente clase según supongamos que ha
sido dado sobrenaturalmente ó inferimos que se ha
desarrollado naturalmente. El conocimiento del hom-
bre, en el vasto sentido en que la antropología lo
toma, no había hecho más que pocos adelantos en
tiempo de Kant. Los libros de viaje eran relativa-
mente escasos, y no se habían coleccionado y gene-
ralizado los hechos que contenían concernientes al
espíritu humano tal cual existe en diferentes razas.
En nuestros días, la conciencia del hombre, conocida
inductivamente, no tiene nada de esa universalidad
de presencia y unidad de naturaleza que supone tá-
citamente el pasaje de Kant.
Sir Juan Lubbock escribe:
«De hecho creo que puede decirse que las razas
humanas inferiores son deficientes én cuanto á la
idea de lo justo... El que hubiera razas de hombres tan
deficientes en el sentimiento moral,
era cosa que se
ÉTICA POR H. SPENCER
57
oponía por entero á las ideas preconcebidas con qu
comencé el estudio de la vida salvaje, habiendo llefe
L,
gado á convencerme de ello por lentos grados, y haéf-:1
ta con repugnancia.»
(Orígenes de la civilización.)
Pero ahora echemos una ojeada á los datos dé
donde se ha derivado esta impresión, tales cuales
los hallamos en los testimonios de misioneros y via-
jeros.
«Alabando á su difunto hijo, Luis Thekan, un jefe
fidjiano, concluyó hablando de su osado espíritu y su
consumada crueldad, de tal modo, que podía matar
á
sus propias mujeres, si le ofendían, y comerlas des-
pués.»
(Western Pacific,
J. S. Erskine.)
«El derramamiento de sangre para ellos no es un.
crimen, sino gloria... el ser algo así como un asesino
reconocido, tal es el objeto de la inquieta ambición
del fidjiano.» (Rev. T. Williams,
Fiji and the Fijians.)
«Es un hecho triste el de que cuando ellos (los ni-
ños zulús) han llegado á una edad muy temprana, si
sus madres intentaran castigarles, es tal la ley que
se les permitiría matar á sus madres.»
(Viajes y aven-
turas en el Africa del Sur,
G. Thompson.)
«El asesinato, el adulterio, el robo y otros críme-
nes semejantes no se consideran aquí (en. la Costa de
Oro) como pecado.» (W. Bosman,
Description of
the
Coast
of Guinea.)
«Les es desconocida la conciencia acusadora (á
los africanos orientales). Su sólo temor después de
cometer un asesinato á traición es el de que les persi-
ga el espíritu irritado del muerto.» (R. F.
Burton,
Lake Regions of Central Africa.)
«Jamás
pude hacerles comprender (á los africanos
orientales) la existencia del buen principio.» (S. W.
Baker,
The Albert N' Yanza.)
o
58
ÉTICA DE LAS PRISIONES
«Los damaras matan á la gente inútil y gastada;
hasta los hijos ahogan á sus padres enfermos.' (F.
Galton,
Narrative of an Explorer in Tropical
South
Africa.)
«Los clamaras parece que no tienen noción clara
del bien y del mal.» (Id.)
Contra éstos podemos reunir algunos hechos con-
trarios, En el otro extremo tenemos unas pocas tribus,
orientales, paganas se les llama, que practican las.
virtudes que las naciones occidentales, á las que se:
llama cristianas, no hacen más que enseñar. Mientras'
los europeos sienten sed de sangre de venganza de la
misma manera que los más bajos de los salvajes, hay
algunos pueblos sencillos de las montafias de la Lidia,
como los lepchas que «se olvidan de una manera sin-
gular de las injurias» (1) y Campbell pone ejempioa
del «efecto de un sentido muy vivo del deber en estos
salvajes» (2). Este carácter que se supone fomenta el
credo de la cristiandad, lo ostentan en alto grado los
azafuras (papuanos) que viven en «paz
y
fraternal-
mente los unos con los otros» (3), hasta el punto de que
el gobierno no es más que nominal. Y respecto á va
rias de las tribus indas montañesas, como los santals,
sowrah, marías, lepchas, bode y dhimals, diferentes
observadores testifican que son los más veraces de
los hombres que han encontrado (4), que Son casi dell-,
conocidos el crimen y los criminales (S), que es un
rasgo agradable de su carácter su completa veraci-
,
(i) Campbell, en el
Journal of
the Ikhnological Society,
Julio, N. S.,
v. I,
1869,
pág.
150.
(2)
Idem, pág. 154.
(3)
Dr. II. Kolff,
Voyages of the Dutch brig «Dourge'.
(4)
W. W. Hunter,
Annals of Rural Bengal,
pág. 2411
(5)
Idem,
pág. 217.
POR H. SPENCER
59
dad (1), que tienen un carácter singular para la vera-
cidad y la honradez (2), que son «maravillosamente
honrados (3), honrados y fieles en hechos y pala-
bras (4). Independientemente de la raza, hallamos es-
tos rasgos en hombres que son y han sido largo tiem-
po absolutamente pacíficos (antecedente uniforme),
sean los jacunos de la península malaya meridional,
de quienes «jamás se ha sabido que hayan robado cosa
alguna, ni aun la más insignificante bagatela» (5), ó
sean en los hos del Himalaya, entre los cuales «un
reproche acerca de la honradez ó veracidad de un
hombre puede bastar para inducirle á que se suici-
de» (6). Así es que en el respecto de la conciencia es-
tos pu ;bloc incivilizados son tan superiores al térmi-
no medio de los europeos como éste es superior á los
salvajes brutales descritos antes.
Si Kant hubiera tenido á la vista estos y otros he-
chos análogos, apenas habría sido el que fué su con -
cepto del espíritu humano, y por consiguiente su con-
cepción ética. Creyendo, como creía, que uno de los
objetos de su veneración—el universo estelar—se ha
desarrollado por evolución, hubiera llegado mediante
datos como los precedentes á la sospecha de que el
otro objeto de su veneración—la conciencia huma-
(1)
Dr. J. Shortt,
Hill Ranges of Southern India,
p. III,
pág. 38.
(2)
Glasfind, en las
Selections from '.he Records of Governe
ment of
India,
núm. XXXIX, pág. 41.
(3)
Campbell, en el
Journal
of the Ethnological Society,
vol. I, 1869, pág. 150.
(4)
B. H. Hodgson, en el
Journal
of the Asiatic Society of
Bengal,
XVIII,
pág.
745.
(5)
Rev. P. Faure, en el
Journal of the lndian Archipelago,
pág.
266.
(6)
Col.
E.
T. Dalton,
Descriptive Ethnology of Bengal,
pá-
gina 206.
•
60
ÉTICA DE LAS PRISIONES
na—se ha desarrollado también por evolución, y que
tiene por consiguiente una naturaleza real diferente
de su naturaleza aparente.
No puede darse la misma excusa en favor de los
discípulos de Kant que viven en nuestros días. Por
todas partes adonde se vuelvan se encuentran con.
clases de hechos de varias especies que pueden bas-
tar para hacerles vacilar, si es que no más. He aquí
a
l
gunas pocas de tales clases de hechos.
Aunque diferenciándose de los hombres incultos,
que suponen que cada cosa es lo que aparece, los quí-
micos han sabido durante varias generaciones que
multitud de sustancias que parecen simples son real-
mente compuestas, y á menudo muy compuestas; y
sin embargo, hasta el tiempo de sir Humphrey Davy,
hasta los químicos han creído que ciertas sustancias
que resistían á todos sus poderes de descomposición,
habían de clasificarse entre los cuerpos simples.
Davy, sin embargo, sujetando los álcalis á una fuer-
za que no se les había aplicado antes, probó que eran
óxidos de metales; y sospechando que ocurriera el
mismo caso con las tierras, probó de igual manera la
naturaleza compuesta de éstas. Se demostró que era
malo, no sólo el sentido común de los incultos, sino
también el de los hombres de cultura. Un conocimien-
to más extenso, ha llevado, como suele, á mayor mo-
deración, y desde los días de Davy los químicos han
sentido menos cierto que los llamados elementos sean
elementales. Por el contrario, pruebas crecientes de
varias clases les llevan á sospechar más y más viva-
mente que son todos compuestos.
Un pedazo de cal se aparece como una cosa que
no puede ser más simple lo mismo al trabajador que
la saca que al albailil que la usa en su obra; y el no-
POR H. SPENGER
61
venta y nueve por ciento de las gentes concuerdan
con ellos. Y sin embargo, un pedazo de cal es muy
complejo. Un microscopio nos muestra que consta de
miríadas de conchas de
forairainíferas;
muestra, ade-
más, que contiene más especies que una; y muestra
que cada conchita diminuta, entera ó quebrada, está
formada de varias cámaras, cada una de las cuales
contenía en un tiempo una unidad viva. Así es que la
verdadera naturaleza de la cal no puede conocerse
por inspección ordinaria, por detenida que ésta sea;
y á uno que tenga absoluta confianza en sus ojos le
parecerá absurdo el que se asegure cuál es su verda-
dera naturaleza.
Tómese ahora un cuerpo vivo de una especie al
parecer nada complicada, sea la patata. Córtesela y
obsérvese cuán sin estructura es su sustancia. Pero
aunque la simple vista dé este veredicto, la vista ayu-
dada de instrumentos ópticos da otro muy diferente.
La vista descubre con ayuda de instrumentos, en pri-
mer lugar, que la masa está atravesada por donde-
quiera por vasos de formación compleja. Además,
que está formada de innumerables unidades llamadas
células, cada una de las cuales tiene cubiertas com-
puestas de varias capas. Además, cada una de las cé-
lulas contiene un número de granos de almidón. Y to-
davía hay más, y es que cada uno de estos granos
están compuestos de unas capas sobre otras lo mismo
que las películas de la cebolla. Así es que donde apa-
rece perfecta simplicidad, hay en realidad compleji-
dad dentro de la complejidad.
De estos ejemplos que suministra el mundo objeti-
vo volvamos á algunos ejemplos suministrados por el
mundo subjetivo, á algunos de nuestros estados de
conciencia. Antes de llegar á los tiempos modernos,
62
ÉTICA DE LAS PRISIONES
si á uno que estuviera mirando la nieve se le hubiera
dicho que la impresión de blancura que le daba aqué-
lla estaba compuesta de impresiones tales como las
que da el arco iris, hubiera considerado al informan-
te como á un loco; como lo consideraría aún hoy
la,
gran masa del género humano, Pero desde los días de
Newton ha llegado á ser cosa sabida para un número
relativamente pequeño, que eso es un hecho al pie de
la letra. No sólo puede resolverse la luz blanca me-
diante un prisma en un número de colores brillantes,
sino que, mediante una disposición apropiada, esos
colores pueden volver á combinarse de nuevo en luz
blanca; probándose así que es altamente compuesta
la sensación visual que parece perfectamente simple.
Los que suponen de ordinario que las cosas son lo que
parecen, se equivocan en este caso lo mismo que en
otra multitud de ellos.
La sensación de sonido nos suministra otro ejem-
plo. Una nota sola tocada en el piano, ó un soplo por,
un cuerno da por el oído una sensación que parece
homogénea; y si se le dice al no instruido que hay en
ese sonido una intrincada combinación de ruidos, no
lo quiere creer. En primer lugar, lo que constituye la
parte más voluminosa del tono va acompañada de
un
número de sobre-tonos que se conocen con el nombre
de
timbre:
en vez de un tono hay media docena de
no-
tas,
la principal de las cuales tiene especializado su
carácter por las otras. En segundo lugar, cada una
de esas notas, que consta objetivamente de una rápi-
da serie de ondas aéreas, produce subjetivamente una
rápida serie de impresiones sobre los nervios del au-
ditorio. Mediante la máquina de ilooke ó la de
Sa-
vart, ó por la sirena, se prueba la demostración
de
que cada sonido musical es el producto de unidades
•POR H. SPENCER
63
sucesivas de sonidos no musicales cada uno por y
que, sucediéndose unos á otros con creciente rapidez,
producen un tono que sube progresivamente. Aquí
también tenemos, bajo una aparente simplicidad, una
doble complejidad.
Los más de estos ejemplos de lo ilusorio de la per-
cepción no ayudada por instrumentos, ejercítese so-
bre existencias objetivas ó subjetivas, eran ejemplos
desconocidos por Kant. 'Si le hubieran sido conoci-
dos, podrían haberle sugerido otras opiniones respec-
to á ciertos de nuestros estados de conciencia, y po-
drían haber dado un carácter diferente á su filosofía.
Examinemos cuáles hubieran sido posiblemente los
cambios en estas sus dos concepciones cardinales, la
metafísica y la ética.
Nuestra conciencia del Tiempo y del Espacio se le
aparecía como se aparece á cada cual, perfectamen-
te simple, y aceptaba la simplicidad aparente como
simplicidad real. Si hubiera sospechado que precisa-
mente lo mismo que sucede con la conciencia, al pa-
recer homogénea é indescomponible, del sonido, que
consta realmente de multitud de unidades de concien-
cia, podría suceder con la conciencia aparentemente
homogénea é indescomponible del Espacio, pasara á
inquirir si es que no está compuesta enteramente .de
relaciones infinitamente numerosas de posición, tales
como las que presenta cada una de sus porciones. Y
hallando que toda porción del espacio, inmensa ó dimi-
nuta, no puede ser conocida ó concebida si no es en
alguna posición relativa respecto al sujeto conscien-
te, y que, además de implicar las relaciones de dis-
tancia y dirección, contiene invariablemente dentro
de sí relaciones de derecha é izquierda, alto y bajo,
cerca y lejos, podía tal vez haber concluido que nues-
64
ÉTICA DE LAS PRISIONES
tra conciencia de esa matriz de fenómenos que llama-
mos espacio se ha construido en el curso de la evolu-
ción por experiencias acumuladas registradas en el
sistema nervioso. Y si hubiese concluido esto, no se
habría metido en los varios absurdos que lleva consi-
go su doctrina (1).
De igual manera, si en vez de suponer que la con-
ciencia es simple porque así parece á la introspección
ordinaria, hubiera mantenido la hipótesis de que tal
vez sea compleja, producto consolidado de multitud
de experiencias recibidas principalmente por nues-
tros antepasados y de otras añadidas á ellas en nos-
otros; si hubiera mantenido esta hipótesis, podía ha-
ber llegado á un sistema consistente de Etica. Si hu-
biera conocido el hecho de que la asociación habitual
de penas con ciertas cosas y actos, generación, tras
generación, puede producir repugnancia orgánica á
tales cosas y actos (2), podía haber llegado á sospechar
que la conciencia es producto de evolución. Y en este
caso su concepto de ella no hubiera sido incongruen-
te con los hechos arriba mencionados, hechos que
muestran que hay grados muy diferentes de concien-
cia en las diferentes razas.
En una palabra: como se ha indicado ya implíci-
tamente, si Kant, en vez de sus creencias incongruas
de que los cuerpos celestes han tenido origen evolu-
cionario, pero no lo han tenido los espíritus de los se-
res vivos de ellos, ó por lo menos de uno de ellos; si ,
en vez de esta creencia hubiera alimentado la de que
tanto los cuerpos celestes como los espíritus han bro-
tado por evolución, se habría salvado de las
imposi-
(1)
Véase
Principios de Psicología, §
399.
(2)
Idem,
§
189 (nota)
y
§
520.
POR H. SPENCER
65
bilidades de metafísica y de lo insostenible de su
ética. Pasemos ahora al examen de esta última.
Antes de llevarlo á cabo, sin embargo, hay que
decir algo concerniente al razonamiento anormal
comparado con el normal.
El conocimiento del orden más elevado en el res-
pecto de su certidumbre, conocimiento que llamamos
ciencia exacta, se distingue de otros conocimientos
por ser sus previsiones definitivamente cuantitati-
vas (1). Parte de datos, y procede por pasos que, to-
mados en conjunto, le ponen en disposición de decir
bajo qué condiciones especificadas se hallará una es-
pecificada relación de fenómenos, de decir en qué lu-
gar, ó en qué tiempo, ó en qué cantidad, ó todo ello
á la vez, ha de verificarse un efecto dado. Dense los
factores de una operación aritmética cualquiera, y
hay absoluta certeza en el resultado conseguido,
siempre que no haya equivocaciones, equivocaciones
que pueden descubrirse y deshacerse siempre por el
método que hemos de ver en seguida. Una vez medi-
dos cuidadosamente la base
y
los ángulos, esa subdi-
visión de la geometría que se llama trigonometría, da
con certeza la distancia ó la altura del objeto cuya
posición se busca. Una vez fijada la proporción de
los brazos de una palanca, el mecánico nos dice cuál
será el peso que, puesto en uno de los extremos, con'-
trabalanceará al del otro extremo. Y con ayuda de
estas tres ciencias exactas, el cálculo, la geometría y
la mecánica, la astronomía puede predecir hasta con
minutos, para cada lugar separado de la Tierra, cuán-
do empezará y cuándo acabará un eclipse, y cuánto
se acercará á ser total. El conocimiento de este orden
(1) Véase el ensayo acerca del
Génesis de la Ciencia.
5
66
É'fICA. DE 'LAS PRISIONES
tiene infinitas justificaciones en la dirección afortu-
nada de acciones humanas infinitamente numerosas.
De estas ciencias dependen, en cuanto á su veracidad,
las cuentas de todo comerciante, las operaciones de
todo taller, la navegación de todo barco. El método
que siguen, comprobado en casos que no se pueden ni
aun enumerar, es, por lo tanto, un método que no
puede ser sobrepujado en certidumbre.
¿Cuál es este método? Cualquiera de estas ciencias
que examinemos hallamos que el procedimiento que
sigue uniformemente es el de partir de proposiciones
cuya negación sea inconcebible, y avanzar por pro-
posiciones sucesivamente dependientes, cada una de
las cuales tiene el mismo carácter: el de ser inconce-
bible su negación. En una conciencia desarrollada (y,
por supuesto, excluyo los espíritus cuyas facultades
no están formadas) es imposible representarse el que
dos cosas iguales á una tercera sean desiguales entre
sí;
y
en esa conciencia desenvuelta no puede repre-
sentarse la acción .y la reacción más que como opues-
tas é iguales. De igual manera, todo
porque y
todo
por lo tanto
usado en los argumentos matemáticos,
connota una proposición cuyos términos son absolu-
tamente coherentes de la manera alegada; siendo su
prueba que falla todo intento de reunir en la concien-
cia los términos de la proposición opuesta. Y este mé-
todo de comprobar lo mismo las proposiciones fun-
damentales que todos los miembros de las fábricas de
proposiciones que sobre ellas se levantan, se sigue al
comprobar la conclusión. Se comparan la inferencia
y la observación, y cuando concuerdan se toma por
cosa inconcebible el que la inferencia no sea ver-
dadera.
En contraste con el método que acabo de deseri-
POR H. SPENCER
67
bir, método que se distingue como el legitimo método
a priori,
hay otro que puede llamarse... estaba para
decir el método
a priori
ilegitimo. Pero la palabra no
es bastante viva; debe llamársele el método
a priori
invertido. En vez de partir de una proposición cuya
negación sea inconcebible, parte de una proposición
cuya afirmación es inconcebible, y procede á sacar de
ella conclusiones. No es consecuente, sin embargo, no
sigue haciendo lo que hacia al principio.
Habiendo asentado una proposición inconcebible
para empezar con ella, no construye su argumento
todo de una serie de proposiciones inconcebibles. To-
dos los pasos que da después del primero son de la es-
pecie que ordinariamente se acepta como válida. Los
sucesivos
porques y por lo tantos
denotan lo que estos
términos denotan de ordinario. La peculiaridad estri-
ba en que se presume que el lector admitirá la nece-
sidad lógica de una inferencia sacada por la razón de
que no es pensable la opuesta en toda proposición,
salvo en la primera; pero no se supone que se con-
forme de la misma manera á la necesidad lógica en
la proposición primaria. Hay que ignorar en el primer
paso el dictado de la conciencia lógica que debe reco-
nocerse como válido en cada paso subsiguiente. Pase-
mos ahora á una ilustración de este método en lo que
nos concierne aquí.
La primera sentencia del primer capitulo de Kant
dice así: «Nada puede concebirse en el mundo, ni aun
fuera de él, que pueda llamarse bueno sin atenua-
ción, excepto una buena voluntad (1)». Y en la si-
guiente página nos encontramos con la siguiente de-
finición:
(1) Critica de la razón práctica.
68
ÉTICA DE LAS PRISIOÑES
«Una buena voluntad es buena, no á causa de lo
que cumple ó lleva á efecto, ni su aptitud para la
consecución de algún fin propuesto, sino simplemente
en virtud de la volición, esto es, es buena en sí mis-
ma, y considerada por sí misma se la ha de estimar
mucho más alta que todo lo que pueda ser lleva-
do á cabo por ella á favor de una inclinación cual-
quiera y hasta de la suma total de todas las inclina-
ciones. »
Las más de las falacias resultan de la costumbre
de usar palabras sin resolverlas por completo en pen-
samientos, dejándolas pasar con el sentido en que se
las usa ordinariamente, sin detenerse á considerar si
se les puede atribuir ese sentido en el caso de que se,
trata. No nos satisfagamos con pensar vagamente en
lo que se entienda por «una buena voluntad», sino
que interpretemos las palabras de una manera preci-
sa. Voluntad implica la conciencia de algún fin. Ex-
clúyase de ella toda idea de propósito, y el concepto
de voluntad desaparece. Yendo necesariamente im-
plícito un fin de alguna especie en el concepto de vo-
luntad, la calidad de la voluntad se determina por la
calidad del fin que se tiene presente. La voluntad
misma, considerada aparte de un epíteto cualquiera-
que la distingue, no se conoce por la moralidad ni
mucho menos. Se hace conocible por la moralidad tan
sólo cuando adquiere un carácter como bueno ó mala
en virtud de ser bueno ó malo el fin que se propone.-
Si alguien duda de esto,. intente pensar en una buena
voluntad que se proponga un mal fin. Toda la
Cues-
tión
se concreta, por lo tanto, en la significación
de
la palabra bueno. Examinemos los sentidos que se le-
dan de ordinario.
Hablamos de buena carne, buen pan, buen
V11101',
POR H. SPENGER
-
69
frases con que queremos significar, ó cosas que son
paladeables, y dan así placer, ó cosas que son salu-
dables, y siendo
conducentes á la salud conducen al
placer. Llamarnos bueno á un buen fuego, á un buen
vestido, á una buena casa, ó porque sirven para co-
modidad, que quiere decir placer, ó porque satisfa-
cen el sentimiento estético, lo cual también significa
placer. Asi sucede con las cosas que fomentan más
indirectamente el bienestar, como los buenos útiles
los buenos caminos. Cuando hablamos de un buen
trabajador, un buen maestro, un buen doctor, es lo
mismo; lo que queremos decir indirectamente es que
son eficaces para ayudar al bienestar de los demás.
-
Un buen gobierno, buenas instituciones, buenas leyes,
denotan beneficios dados por ellos á la sociedad en
que existen; siendo los beneficios equivalentes á cier-
tas especies de felicidad, positiva ó negativa. Pero
Kant nos dice que una buena voluntad es aquella que
es buena en si y por si sin referencia á fines. No he-
mos de pensar en ella como en una voluntad que
lleva á cabo actos que han de aprovechar al hombre
mismo, ó siendo conducentes á su salud, ó haciendo
que avance su cultura, ó mejorando sus inclinacio-
nes; porque todo esto es, á la larga, conducente á la
felicidad, y sólo se exige por la razón de que condu-
ce á ella. No hemos de pensar en una voluntad que
sea buena, porque mediante su cumplimiento, se sal-
va á los amigos de sufrimientos ó se aumentan sus
satisfacciones, porque esto implicaría que se le llama
buena porque tiene presentes fines beneficiosos. Ni ha
de tomarse en cuenta, al intentar concebir una buena
voluntad, el que sea conducente á mejoras sociales,
presentes ó futuras. En una palabra: hemos de cons-
truir nuestra idea de una buena voluntad sin mate -
70
ÉTICA DE LAS PRISIONES
rial alguno del cual se forme la idea de bueno: el tér-
mino «bueno» se ha de usar en el pensamiento como
un término sin contenido.
Aqui tenemos un ejemplo de lo que llamábamos
más arriba el método de filosofar
a priori
invertida-
mente: el partir de una proposición inconcebible. La.
metafLica kantiana arranca del aserto de que el es.
pacio no es «nada más» que una forma de intuición„
perteneciente por entero al sujeto y de ninguna ma-
nera al objeto. Esta es una proposición inteligible ver-
balmente, pero cuyos términos no pueden reunirse en
la conciencia; porque ni Kant, ni ningún otro, ha con-
seguido jamás reducir á unidad de representación el
pensamiento del espacio y el de sí mismo, como sien-
do el uno atributo del otro. Y aquí vemos que, preci-
samente de la misma manera, la ética kantiana co-
mienza asentando algo qué parece tener un sentido,
pero que en realidad no le tiene; algo que, bajo las
condiciones impuestas, no puede reducirse en manera
alguna á pensamiento. Porque ni Kant, ni ningún
otro, se ha formado ni ha podido formarse jamás con-
ciencia de una buena voluntad cuando se ha expulsa-
do de la palabra «buena» todas las ideas de esos fines
que distinguimos con la palabra «bueno».
Es evidente que Kant mismo ve que su suposición
está convidando al ataque, porque pasa á defenderla.
Dice:
«Hay, sin embargo, algo tan extrallo en esta idea
del valor absoluto de la mera voluntad, en que no se
toma en cuenta su utilidad, que, no obstante el per-
fecto asentimiento hasta de la razón común á la
idea (!), sin
embargo, puede surgir sospecha de que
acaso pueda ser en realidad el producto de una mera
fantasía de alto vuelo», etc.
•
POR H. SPENCER
71
Y en seguida, para preparar una justificación,
pasa á decir que:
«En la constitución física de un ser organizado su-
ponemos como principio fundamental que no se ha de
hallar en él órgano para un propósito cualquiera si no
es el que es también más apto y mejor adaptado para
ese propósito.»
Ahora bien; aun cuando fuera válida esta suposi-
ción, el argumento á que sirve de base, siendo corno
es, forzado, puede considerarse de fuerza muy inade-
cuada para autorizar la suposición de que pueda ha-
ber una voluntad concebida como buena sin referen-
cia alguna á buenos fines. Pero, desgraciadamente
para Kant, la suposición no tiene validez alguna. En
su día es probable que pasara sin que nadie la pusie-
ra á discusión, pero hoy pocos de nuestros biólogos la
admitirían. Puede intentarse defender algo la propo-
sición en la hipótesis de las creaciones especiales,
pero la evolucionista la niega tácitamente por com-
pleto. Empecemos con algunos hechos de menor im-
portancia que militan en contra de la suposición de
Kant. Tomemos primeramente los órganos rudimen-
tarios. Estos son numerosos en todo el reino animal.
Aunque representan órganos que estuvieron en uso
en tipos antepasados, no tienen uso alguno en los
tipos que hoy los poseen; y, siendo rudimentarios, son
por necesidad imperfectos. Aún hay más, y es que
además de ser perjudiciales por recargar la nutrición
sin propósito, es casi seguro que en algunos casos han
de ser perjudiciales por estorbar. Al argumento de
los órganos rudimentarios se añade el de los ór-
ganos vicariantes, que forman una gran clase. Te-
nemos un caso patente y claro en el órgano nata-
torio de la foca, formado. por la aposición de las dos
72
ÉTICA DE LAS PRISIONES.
extremidades posteriores, órgano manifiestamente in-
ferior á uno que estuviera conformado especialmente,
para su función, y órgano que durante los primeros
estados porque pasó en los cambios que en él se han
producido debió de haber sido muy ineficaz. Pero la
falsedad de la suposición como se demuestra mejor es
comparando un órgano dado en un tipo inferior con.
el mismo órgano en un tipo más elevado. El canal
alimenticio, por ejemplo, es en criaturas muy inferio-
res un simple tubo, igual en sustancia desde el prin-
cipio hasta el fin, y que llena la misma función en
todas sus partes. Pero en una criatura superior este
tubo se diferencia en boca, esófago, estómago (ó estó
magos), intestinos pequeflos y grandes con sus varias
glándulas anejas que segregan diferentes jugos. Aho-
ra bien; si esta última forma de canal alimenticio ha
de ser considerada como un órgano perfecto ó algo
parecido á él, ¿qué diremos de la forma originaria
y
de todas las formas que hay entre ellas? También el
sistema vascular nos suministra un buen ejemplo. El
corazón primitivo no es nada más que una dilatación
del gran vaso sanguíneo, un saco pulsátil. Pero un
mamífero tiene un corazón de cuatro cámaras con
valvas, con ayuda del cual empuja la sangre á través
de los pulmones para que se airee, y á través del sis-
tema todo entero, para propósitos generales. Si este
corazón de cuatro cámaras es un órgano perfecto,
¿qué es el corazón primitivo, y qué son los corazones
poseídos por toda la multitud de criaturas inferiores
á los más elevados vertebrados? Es evidente que el
proceso de evolución implica un continuo reemplazo
de criaturas de órganos inferiores por otras de órga-
nos superiores, dejando á aquellos de los inferiores
que pueden sobrevivir que ocupen esferas
inferiores
POR H. SPENCER
73
de vida. Esto sucede, no sólo á través de la creación
animal entera hasta llegar al hombre, sino que tam-
bién ocurre lo mismo dentro de los limites de la raza
humana. Los cerebros y los miembros inferiores de
varias razas inferiores son órganos ineficaces, si se
los compara con los de las razas superiores. Hasta en
el tipo más elevado de hombre hallamos patentes im-
perfecciones. La estructura de la ingle es imperfecta:
las frecuentes quebraduras que resultan de ello se ha-
brían prevenido cerrándose los anillos inguinales du-
rante la vida fetal después de que hubieran llenado
su oficio. La columna vertebral, órgano importantísi-
mo, tampoco está adaptada más que incompletamen-
te á la posición derecha. Sólo cuando el vigor es con-
siderable pueden mantenerse, sin esfuerzo aprecia-
ble, esas contracciones musculares que producen la
flexión sigmoide y llevan á tal posición la porción
lumbar que caiga dentro de ella el centro de grave -
dad. En los niños, los muchachos y las mozas á quie-
nes se amonesta á que se estén derechos, en la gente
débil y en los viejos la espina queda en esa forma
convexa característica de los
primates
más inferiores.
Lo mismo sucede con el balance de la cabeza. Sólo
mediante un esfuerzo muscular que se nos hace in-
sensible por el hábito, como sucede cuando se expo-
ne la cara al frío, sólo así se mantiene la cabeza en
su posición. Al punto que se relajan ciertos músculos
cervicales, la cabeza cae hacia adelante; y donde
hay gran debilidad la barba queda permanentemente
sobre la caja torácica.
En realidad, está tan lejos de ser verdadera la su-
posición de Kant que
Ps
probable lo sea la inversa.
Después de examinar el sinnúmero de ejemplos de
imperfecciones ostentadas en tipos inferiores de cria-
74
ÉTICA DE LAS PRISIONES
turas, ejemplos que disminuyen según subimos á
tipos elevados, pero que aun se hallan en los
más ele-
vados
de todos, cualquiera que concluya, como
pue-
de
hacerlo razonablemente, que la evolución no
ha al-
canzado
todavía su limite, debe deducir que es lo más
probable que no exista órgano perfecto ni cosa
que
se le parezca. Así es que la base del argumento
por
el cual intenta Kant justificar su posición de que existe
una buena voluntad independientemente de un buen
fin, se disipa por completo, y deja á su dogma en toda
su desnuda impensabilidad (1).
(1) Me encuentro con que en los tres párrafos precedentes
he hecho á Kant más
y
menos que justicia; menos al suponer
que sus ideas evolucionistas
se
limitaban al génesis de nuestro
sistema sideral, y más suponiendo que no incurrió en contradic-
ción. Mi conocimiento de los escritos de Kant es extremamente
limitado. En 1844 cayó en mis manos una traducción de su
Critica de la razón pura
(creo que entonces recién publicada),
y leí las primeras pocas páginas en que enuncia su doctrina del
tiempo y del espacio, é hizo que dejara el libro el que desde
luego rechacé tal doctrina. Desde entonces me ha sucedido dos
veces la misma cosa, porque, como soy un lector impaciente,
cuando estoy en desacuerdo con las proposiciones cardinales de
una obra no puedo seguir adelante. Supe otra cosa. Llegué á
averiguar por referencias indirectas que Kant habla sostenido
la idea de que los cuerpos celestes se han formado por
la
agre-
gación de materia difusa. No
pasaban de esto mis conocimien-
tos de sus concepciones; y el suponer yo que su concepción evo-
lucionaria se hubiera detenido en el génesis del sol, las estre-
llas y los planetas, se debía
al
hecho de que su _doctrina del
tiempo y del espacio, como formas de pensamiento anteceden-
tes á la experiencia, implicaban un origen sobrenatural en con-
tradicción con la hipótesis del génesis natural. El Dr. Pablo
Carus que, poco después de haberse publicado este artículo en
la
Fortnightly Review
de Julio de 1888,
emprendió la defensa
de la ética kantiana en el periódico americano que edita,
The
Open Court, ha
traducido ahora (4 de Septiembre de 1890) en
otro articulo defensivo, varios pasajes de la
Critica del juicio,
de Kant, su
Origen presumible de la humanidad, y
su obra
Sobre las diferentes razas del género humano,
demostrando gafe
POR H. SPENCER
75
1
1
1
Una de las proposiciones contenidas en el primer
capitulo de Kant es que- «hallamos que cuanto más se
aplica con deliberado propósito una razón cultivada
al goce de la vida y la felicidad, tanto más le falta
al hombre verdadera satisfacción». Una observación
preliminar hay que hacer á esta afirmación y es que
J
en su forma pasajera no es verdadera. En virtud de
experiencias personales aseguro que es falsa. En el
curso de mi vida me han ocurrido varios intervalos,
I t%
que pasaban por término medio de más de un mes
cada uno, en que el solo objeto que perseguía era la
felicidad, y en que lo conseguía. Con cuánto éxito la
11.1
o
lograba puede juzgarse por el hecho de que de buena
gana volvería á vivir de nuevo cada uno de esos pe-
Kant, si no del todo, en parte al menos, era evolucionista en sus
especulaciones acerca de los seres vivos. Hay, tal vez, alguna
razón para dudar de la corrección del Dr. Carus al verter esos
pasajes al inglés. Al no lograr distinguir entre conciencia y la
cualidad de ser concienzudo, como en el primero de los artícu-
los que se acaba de citar, y como en este último articulo, al echar
en cara
á
los ingleses el haber traducido mal á Kant, puesto que
han dicho que «Kant sostenía que el tiempo
y
el espacio son in-
tuiciones», lo cual es enteramente falso, porque siempre han
dicho que enseñaba que el tiempo y el espacio son
formas
de
intuición; al hacer todo esto se puede excusar á uno el que crea
posible que el Dr. Carus haya leido en algunas de las expresio-
nes de Kant sentidos que no son los derechos. Además, el senti-
do general de los pasajes citados pone bastante en claro que Kant
debió de haber
.
creído en la operación de causas naturales como
instrumentales, si no en todo, en gran parte, en la producción
de formas orgánicas: extendiendo esta creencia (que dice «puede
llamarse una osadía de razonamiento') en cierta medida al ori-
gen del hombre mismo. No extiende, sin embargo, la teoría del
génesis natural hasta excluir la del sobrenatural. Cuando habla
de un hábito orgánico «que en la sabiduría de la naturaleza pa-
rece estar ordenado así
á
fin de que se
conserve la especie, y
cuando dice, además, «vemos
que se ha colocado en él un ger-
men de razón, por el cual, después de desarrollado el mismo,
está destinado al trato social', implica intervención divina. Y
76
ÉTICA DE LAS PRISIONES
ríodos sin cambio alguno, aseveración que no puedo
hacer seguramente de algunas porciones de mi vida
gastadas en el cumplimiento diario de mis deberes.
Lo que Kant debió haber dicho es que trae desenga-
ilos la busca
exclusiva
de lo que se llama placeres y
distracciones. Esto es verdad sin duda alguna; y por
la razón clara de que hace que se ejercite en exceso
un grupo de facultades y las agota, mientras que
deja
iilejercitado otro grupo de facultades, que, por
consi-
guiente,
no ofrecen las satisfacciones que acompallan
á su ejercicio. Lo que lleva al desengafio no es, como
dice Kant, el ser guiado por «una razón cultivada»,
sino el ser guiado por una razón inculta; porque
una
razón culta nos enseria que la acción continua de una
esto demuestra que estaba yo justificado al atribuirle la creencia
de que el tiempo y el espacio, como formas de pensamiento, son
dones sobrenaturales. Si hubiera concebido la evolución orgáni-
ca de una manera consistente, habría considerado necesaria-
mente al espacio y al tiempo como formas subjetivas engendra-
das mediante comercio y relación con realidades objetivas.
Además de demostrar que Kant creía en parte,
ya
que no en
todo, en la evolución orgánica (aunque sin idea de sus causas)
los pasajes traducidos por el Dr. Carus demuestran que abriga-
ba una creencia implícita, cuya citación me toca aquí muy en
especial por referirse
á
su teoría de «una buena voluntad». Cita
con aprobación una lección del Dr. Moscati que demuestra que
ala marcha vertical del hombre es forzada y no natural», y
pre-
senta
las ordenaciones viscerales imperfectas y las consiguientes
imperfecciones que resultan de ella, y no sólo adopta, sino que
ilustra aún más el argumento del Dr. Moscati. Si, pues, aqui se
admite claramente ó más bien se asegura que los varios órganos
humanos se ajustan imperfectamente á sus funciones,
¿qué
se
hace del postulado citado arriba de que ano puede hallarse
en
él órgano alguno para un propósito cualquiera que no sea
á
la
vez lo más apto y más adaptado para ese propósito?» Y ¿qué se
hace del argumento que arranca de ese postulado? Es claro que
soy deudor al Dr. Carus de haberme puesto en disposición
de
probar que la defensa de Kant de su teoría de «una buena
vo-
luntad)
es una defensa que carece de base.
POR H. SPENCER
77
pequeña parte de la naturaleza juntamente con la
inacción del resto, tiene que acabar en un vacío
falta de satisfacción.
Pero ahora bien; suponiendo que aceptemos por
entero la afirmación de Kant ¿qué es lo que se dedu-
ce de ella? Que la felicidad es lo que hay que desear,
y lo que hay que llevar á cabo, de una manera ó de
otra. Porque si no es así, ¿qué significa la afirmación
de que no se la lleva á cabo cuando se hace de ella
el objeto inmediato? Uno á quien se le amonestara de
esa manera podría replicar: «Dice usted que si hago
de la felicidad el objeto de mis afanes no he de con-
seguir alcanzarla. Supongamos que no haga de ella
el objeto de mis afanes, ¿la conseguiré entonces? Si
la consigo, vuestro consejo se reduce á decir que he
de obtenerla mejor si voy por otro camino que por el
que he adoptado. Si no la consigo, me quedo sin feli-
cidad, tanto siguiendo el camino que usted me acon-
seja como siguiendo el mío, y no gano nada». Un
ejemplo demostrará mejor la cosa. A un aprendiz en
tirar al arco dice el instructor: «No debe usted apun-
tar la flecha directamente al blanco, porque si hace
usted eso fallará usted inevitablemente. Tiene usted
que apuntar más alto que el blanco, y entonces es
posible que dé usted en el ojo de buey». ¿Qué quiere
decir la advertencia y el consejo? Es claro que el pro-
pósito es dar en el blanco. De otro modo, carece de
sentido la observación de que fallará si apunta direc-
tamente á él, y no lo tiene tampoco la de que para
dar en él tiene que apuntar algo más alto. Lo mismo
sucede con la felicidad. No hay sentido en la obser-
vación de que no se hallará la felicidad si se la busca
directamente, á menos de que ésta sea una cosa que
puede obtenerse de un modo ó de otro.
<11
78
ÉTICA DE LAS PRISIONES
«Si, hay sentido
»
, oigo que se dice; «precisamente
lo mismo que el blanco no es la cosa á que hay que dar,
apuntando directamente é indirectamente á él, sino
que hay otra cosa
,
á que hay que dar; así puede ser
que la cosa que hay que llevar á cabo inmediata ó
remotamente no es la felicidad, sino otra cosa: es el
deber». En respuesta á esto el aconsejado puede decir
razonablemente: «¿Qué quiere entonces Kant en su
afirmación de que el hombre que persigue la felicidad
no halla verdadera satisfacción?» Toda felicidad se
compone de satisfacciones. La «verdadera satisfac-
ción» que Kant ofrece como disyuntiva tiene que ser
alguna especie de felicidad; y si es una satisfacción
más verdadera, tiene que ser una felicidad mejor; y
mejor tiene que querer decir, por término medio y á
la larga, mayor. Si esa «verdadera satisfacción» no
quisiere decir mayor felicidad de si mismo—distante
si es que no próxima, en otra vida si es que no en
ésta—y si no quiere decir mayor felicidad promovien-
do la de los demás, entonces lo que usted me propone
es una felicidad más pequefia en vez de otra mayor,
y en este caso la rehuso».
Asi es que al repudiar la felicidad como un fin,
queda la inevitable conclusión de que
hay
un fin.
La última consideración nos introduce natural-
mente en otra de las doctrinas cardinales de Kant.
Para que no haya error en la idea que de sus doctri-
nas dé, tengo que presentar una larga cita de él.
«Omito aquí todas las acciones que se han recono-
cido ya como inconsistentes con el deber, aunque
puedan ser útiles para este ó el otro propósito, por-
que con éstas no puede surgir de manera alguna la
cuestión de si son hechas
por deber,
puesto que hasta
están en conflicto con él. Dejo también de lado esas
POR H. SPENCER
79
1
t
^iú
te
acciones que conforman realmente con el deber, pero
á las cuales no sienten los hombres
inclinación
direc-
ta, cumpliéndolas porque se sienten impelidos á ellas
por alguna otra inclinación, porque en este caso po-
demos realmente distinguir si la acción que concuer-
da con el deber se hace
por deber
ó por una idea egois-
ta. Es mucho más dificil hacer esta distinción cuando
el acto concuerda con el deber y tiene además el su-
jeto inclinación
directa
á él. Por ejemplo, es siempre
cuestión de deber el que un comerciante no abuse de
un comprador inexperto recargándole los precios, y
dondequiera que haya mucho comercio no hace se-
mejante cosa un comerciante prudente, sino que pone
precios fijos á las cosas, de tal manera que lo mismo
puede comprarlas un niño que otra persona cualquie-
ra. Así se sirve á los hombres
honradamente;
pero esto
no es bastante para hacernos creer que el comercian-
te haya obrado por deber y siguiendo principios de
honradez: su propia conveniencia lo exigía; y en este
caso está fuera de cuestión el suponer que tenga ade-
más una inclinación directa en favor de los compra-
dores, como si fuera por amor por lo que no da ven-
tajas á uno sobre el otro (D. Según esto, el acto no
fué hecho ni por deber ni por inclinación directa, sino
meramente con idea egoísta. Por otra parte, es un
deber el mantener uno su vida; y, además, cada cual
tiene una inclinación directa á hacerlo. Pero en este
caso el cuidado á menudo ansioso que los más de los
hombres se toman para ello no tiene valor intrínse-
co, ni su máxima importancia moral. Conservan su
vida
como el deber exige,
no cabe duda, pero no
porque
lo exija el deber.
Por otra parte, la adversidad y un
pesar sin esperanza de remedio han suprimido por
completo el incentivo de la vida; si el infortunado,
80
ÉTICA DE LAS PRISIONES
fuerte de espíritu, indignado de su suerte más
bien
que desesperado ó disgustado, desea la muerte, y sin
embargo, conserva su vida sin quererla — no por in-
clinación ó temor, sino por deber—entonces su máxi-
ma tiene valor moral.
»Es un deber el ser benéficos cuando podemos ser-
lo; y además de esto, hay varios espíritus á quienes.
de tal modo les es congénita la simpatía, que sin nin-
gún otro motivo de vanidad ó interés egoísta hallan
placer en difundir el gozo en torno suyo, y se delei-
tan en la satisfacción de otros en cuanto sea obra
suya. Pero sostengo que en tal caso un acto de esta
clase, por bueno, por amigable que pueda ser, no tie-
ne, sin embargo, verdadero valor moral, sino que
está al nivel de otras inclinaciones.»
He dado este extracto por extenso para que pueda
entenderse por completo la notable doctrina á que da
cuerpo, doctrina especialmente notable tal cual se
ejemplifica en la última proposición. Examinaremos
ahora todo lo que significa.
Antes de hacerlo, sin embargo, puedo hacer notar.
que, si el espacio me lo permitiera, podría demostrar
bastante claro que es insostenible la supuesta distin
ción entre el sentido del deber y el de la inclinación.
La misma expresión
sentido
de deber implica que el
estado mental significado es un sentimiento; y si ea
un sentimiento tiene que satisfacerse, como otros sen-
timientos, con actos de una especie y ofenderse con
actos de especie opuesta. Si tomamos el nombre con-
ciencia, que es equivalente al sentido del deber, ve-
mos la misma cosa. Las expresiones comunes «una
conciencia delicada», «una conciencia seca», indi-
can la percepción de que la conciencia es un senti-
mi
ento—sentimiento que tiene sus satisfacciones y.
POR H. SPENCER
81
sus disgustos,
y
que
inclina
al hombre á actos que
procuran aquéllas y evitan éstos — que produce una
inclinación.
La verdad es que la conciencia, ó el sen-
tido del deber, es una inclinación de especie comple-
ja en cuanto distinta de inclinaciones de especies más
sencillas.
Pero dejemos pasar la distinción de Kant sin mo-
dificarla en nada. Una vez hecho esto, mantengamos
además su proposición de que actos de cualquier cla-
se que se lleven á cabo por inclinación no tienen va-
lor moral, y que los únicos que la tienen son los he-
chos por sentido del deber.
Para poner á prueba esta proposición, sigamos el
ejemplo que presenta.
Para poder hacer esto con eficacia, supongamos
que esté ejemplificado, no sólo por cada hombre, sino
por todos los actos de cada hombre. A menos de que
Kant alegue que un hombre puede ser moralmente
digno en un grado muy alto, tenemos que admitir que
será tanto mejor cuanto mayor sea el número de sus
actos que tengan valor moral. Imaginémosle en segui-
da no haciendo nada por inclinación, sino todo por
sentido del deber.
Cuando paga al trabajador que le ha hecho obra
de una semana, no es porque el dejar ir á un hombre
sin su salario seria en contra de su inclinación, sino
porque ve que el cumplir los contratos es un deber.
Los cuidados que prodiga á su anciana madre, no son
efectos de un sentimiento de ternura hacia ella, sino
de la conciencia de su obligación filial. Cuando da in-
formes en favor de un hombre á quien sabe que se ha
acusado con falsía, no es porque le heriría el ver que
se castigara injustamente á aquel hombre, sino sim-
plemente por seguir una intuición moral que le mues-
6
82
ÉTICA_ DE LAS PRISIONES
tra que el deber público le exige que testifique de esa
manera. Cuando ve á un pequeñuelo en peligro de ser
atropellado, y se adelanta á agarrarle y desviarle del
peligro que le amenaza, no lo hace porque crea que
le causará pena la inminente muerte del niño, sino
porque sabe que es un deber el salvarle la vida. Y
así en. todo, en todas sus relaciones como marido,
como amigo, como ciudadano, piensa siempre en lo
que enseña la ley de la buena conducta, y lo hace
porque es la ley de la buena conducta, y no porque
satisfaga sus afecciones ó sus simpatías el hacerlo. No
es esto todo, sin embargo. La doctrina de Kant le
lleva á algo más allá de esto. Si sólo tienen valor mo-
ral los actos que se hacen por sentido del deber, de-
bemos decir, no sólo que el valor moral de un hom-
bre es mayor á medida que es mayor el número de los
actos hechos así, sino que tenemos también que de-
cir que este valor moral es mayor á medida que su
sentido del deber le hace hacer la cosa recta, no sólo
independientemente de toda inclinación, sino en con-
tra de ésta. Según Kant, pues, el hombre más moral
es aquel cuyo sentido del deber es tan fuerte que se
refrena de robar un bolsillo aunque se sienta muy
tentado á hacerlo; que dice de otro lo que es verdad,
aunque le agradaría injuriarle con falsía; que presta
dinero á su hermano, aunque preferiría verle en la
miseria; que manda llamar al médico para que vea á
su hijo enfermo, aunque la muerte le quitaría de de-
lante lo que siente que es una carga. Ahora bien;
¿qué pensaríamos de un mundo poblado con hombres
típicamente morales á la manera kantiana, hombres
que, en su caso, aunque hacen el bien el uno al otro
lo hacen con indiferencia y sabiendo que así lo hace
también el otro; y hombres que, en otro caso, hacen
POR H. SPENCER
83
%len los unos á los otros no obstante la propensión de
sus malas pasiones á hacer otra cosa, y que saben
que cada uno de los que les rodean sienten las mis-
mas propensiones? La mayor parte de las personas
creo que dirán que aun en el primer caso la vida sea
difícilmente soportable y absolutamente intolerable
en el segundo caso. Si hubiera sido tal la naturaleza
de los hombres, Schopenhauer habría tenido razón
al insistir en que la raza debe concluir cuanto antes
posible.
Examinemos ahora los hechos de uno cuyos actos
no tienen valor moral, según Kant. Cumple su obra
cotidiana sin pensar en el deber para con su mujer y
sus hijos, sino teniendo presente al espíritu el placer
de ser testigo de su bienestar; y anegar á casa se
deleita al ver á su niña de rosadas mejillas y ojos ri-
sueños con qué gusto come. Cuando devuelve al ten-
dero el chelín que le ha dado de más en la vuelta de
un pago, no se pregunta qué es lo que exige la ley
moral, sino que le repugna intrínsecamente la idea de
aprovecharse de la equivocación del hombre. Se echa
á
salvar á uno que está ahogándose, sin idea alguna
de obligación, sino porque no puede ver sin horror
cómo le amenaza la muerte. Si se toma molestias para
encontrar colocación á un hombre digno que esté ce-
sante, es porque le es penosa la idea de las dificulta-
des y apuros porque pasará el pobre hombre, y por-
que sabe que será útil, no sólo para si mismo, sino
también para el que le emplee: no entra en su espíri-
tu máxima moral alguna. Cuando va á ver á un ami-
go enfermo, el
tono dulce de su voz y la expresión
bondadosa de su rostro demuestran que no ha
irlo
por
sentido de deber, sino porque le ha movido la lástima
y
un deseo de levantar el ánimo de su amigo.
Si
con-
84
ÉTICA DE LAS PRISIONES
tribuye á alguna
medida pública encaminada á ayu- '
dar á los hombres á que se ayuden á sí mismos, no es
siguiendo el consejo de «haz con otro lo que quisieras
que hagan contigo», sino porque le causa pesar la mi-
seria que le rodea
y
le da placer la idea de mitigar-
la. Y así en todo; siempre hace lo recto, no obede-
ciendo á precepto alguno, sino porque ama lo recto
en sí mismo y por sí mismo. Y ahora bien; ¿á quién
no le gustaría vivir en un mundo donde todos tuvie-
ran el carácter que acabamos de exponer?
¿Qué hemos de pensar, pues, de la concepción que
Kant se formaba del valor moral, cuando el mundo
sería intolerable si se ostentara universalmente en
los actos de los hombres y cuando seria el mundo de-
licioso si se llevaran á cabo los mismos actos por in-
clinación?
Pero ahora pasemos de estas críticas indirectas á
una crítica directa del principio kantiano: principio
citado á menudo con distintivo de su ética. Lo pre-
senta así:
«No hay, por lo tanto, más que un imperativo ca-
tegórico, á saber, éste:
Obra sólo por una máxima que
puedas querer sea á la vez ley universal» .
Además, leemos en seguida:
«Obra según máximas que puedan al mismo tiempo
tener por objeto leyes universales de la naturaleza.
Tal es la fórmula de una voluntad absolutamente
buena.»
Aqui tenemos, pues, una clara afirmación de lo
que constituye el carácter de una buena voluntad: la
cual buena voluntad, se dice, como hemos ya visto,
que existe independientemente de un fin cualquiera
tenido presente. Observemos ahora cómo se reduce á.
la práctica esta teoría. Hablando de un hombre que
cap
III
POR II. SPENGER
es absolutamente egoísta, y, sin embargo, absoluta-
mente ¡listo,' le presenta, diciendo:
elDejad que cada uno sea tan feliz como se lo
consienta el cielo ó
como pueda él mismo hacerse; no
he de tomar nada de él ni aun envidiarle: lo .único
que deseo es no contribuir cosa alguna ó á su bienes-
tar ó
á
asistirle cuando se halle en la miseria! Ahora
bien; no cabe duda de que si tal modo de pensar fue-
ra ley universal, podría subsistir muy bien, y sin
duda alguna hasta mejor que en un estado en que
cada cual habla de simpatía y buena voluntad, ó
hasta llega á tomarse cuidado para ponerla en prác-
tica, pero que, por otra parte, también cuando puede
hace traición á los derechos de los hombres ó los vio-
la de otra manera. Pero aunque es posible que una
ley universal de la naturaleza pueda existir de acuer-
do con esta máxima, es imposible
querer
que tal prin-
cipio tenga la validez universal de una ley de natu-
raleza. Porque una voluntad que resolviera esto se
contradecirla á sí misma, así como pueden ocurrir
varios casos en que uno necesitara del amor y simpa-
tía de otros, y en que tal ley de naturaleza, surgida
de su propia voluntad, le privara de toda esperanza
de la ayuda que desea.»
Así vemos ilustrada la guía de conducta, en con-
formidad con la máxima kantiana, y ¿cuál es el pro-
ceso de la guía? Es el de considerar lo que en el caso
particular resultaría si se hiciera universal el proce-
der de conducta sugerido, y apartarse de querer tal
conducta por la maldad del resultado concebido. Aho-
ra bien; en primer lugar, ¿qué viene á ser aquí de
la
doctrina de una buena voluntad, que se nos dice que
existe «sin prestar consideración alguna al efecto que
de ella se espera»? La buena voluntad, caracterizada
86
ÉTICA DE LAS PRISIONES
por la facilidad de ver el acto á que nos impulsa he-
cho universal, tiene que decidirse en este caso parti-
cular, como en todo otro caso, teniendo presente un
fin, si no un fin especial é inmediato, por lo menos
uno general y remoto. Y en este caso, ¿qué es lo que
ha de disuadirnos de un sugerido proceder de conduc-
ta? La conciencia de que si tal conducta fuera univer-
sal su resultado podría acarrearnos sufrimiento; que,
no obtendríamos ayuda cuando la necesitáramos. Ad
es que, en primer lugar, la cuestión se ha de decidir
por el examen de la felicidad ó la desgracia que es lo
probable se ocasionara por uno ú otro proceder; y, en
segundo lugar, esa felicidad ó desgracia es la del in-
dividuo mismo. Cosa extrafia, ese principio que se.
alaba, porque al parecer implica altruismo, resulta,
después de todo, que tiene su justificación en el
egoísmo.
La verdad esencial que hay que notar aquí, sin
embargo, es que el principio kantiano, tan ponderado
como superior al de la conveniencia ó utilitarismo,
se ve obligado á tomar por base este mismo utilita-
rismo, ó sea la conveniencia. Haga lo que quiera, no
puede escaparse de la necesidad de concebir la feli-
cidad y la desgracia, para si mismo y para los de-
más, ó para los demás y para si mismo, como cosas
que hay que llevar á cabo y evitar respectivamente;
porque ¿qué es lo que puede determinar en un caso
cualquiera á la voluntad en pro ó en contra de tal
modo de acción si no es la felicidad ó la desgracia
que se seguiría si se hiciera universal un modo dada
de obrar? Si á uno que ha sido injuriado le entra la..
tentación de matar á su ofensor, y si, siguiendo el,
precepto kantiano, el hombre tentado cree que todos
los hombres que han sido injuriados debían matar á.
POR H. SPENCER
87
los que les injuriaron, y si, imaginando las consecuen-
cias experimentadas por el género humano en gene-
ral, y tal vez las que puedan sobrevenirle á él en
particular, se aparta de ceder á la tentación, ¿qué es
lo que le disuade de ella? Es claro que la representa-
ción de los varios males, penas, privaciones de feli-
cidad que se ocasionarían. Si, imaginando que se uni-
versalice su acto, viera que aumentaba la felicidad
humana, no obraría la supuesta disuasión. De donde
resulta que la conducta que se asegura adoptando la
máxima kantiana es simplemente la conducta asegu-
rada, haciendo que sea el fin que hay que llevar á
cabo la felicidad propia, la de los demás ó las dos co-
sas á la vez. Implícita, ya que no expresamente, el
principio kantiano es tan claramente utilitario como
el de Bentham. Y no llega á constituir ética científica
precisamente de la misma manera y por el mismo ca-
mino; puesto que deja de suministrar un método cual-
quiera mediante el cual se determine si tales ó tales
actos
conducirían
ó
no conducirían
á la felicidad; deja
que se decidan empíricamente tales cuestiones.
ÉTICA POLÍTICA ABSOLUTA
La vida en Fidji, cuando se estableció allí Tomás
Williams, debía de ser algo peor que incómoda. A
uno del pueblo que pasara cerca del círculo de nove-
cientas piedras con que Ra Undeundre conmemoraba
el número de víctimas humanas que había devorado,
se le debían de despertar en el ánimo, pensamientos
desagradables y á las veces horribles sueños. Un
hombre que ha perdido algunos dedos por infraccio-
nes de ceremonias, ó que ha visto que el jefe ha ma-
tado
á
su vecino por no conducirse respetuosamente
hacia él, y que recordara cómo el rey Tanoa le cortó
á su primo el brazo, lo coció y se lo comió en su pre-
sencia, y después le hizo á él pedazos, debía de pasar
con no poca frecuencia «un mal rato». Ni habían de
faltar sensaciones dolorosas en las mujeres que oye-
ran
á
Tui Thakau elogiar á su hijo difunto por su
crueldad, diciendo que «era capaz de matar á sus
propias mujeres si le ofendían, y comerlas después».
No podía haber sido general la felicidad en una so-
ciedad en que se estaba expuesto á ser uno de los diez
cuya sangre bautizara las cubiertas de una nueva--
canoa, una sociedad en que el matar hasta á perso-
nas inofensivas era, no un crimen, sino una gloria, y
en que cada cual sabia que la ambición inquieta
de
su vecino era ser reconocido como asesino. A pesar
de todo debió de haber habido alguna moderación
en
POR H. SPENCER
89
el homicidio aun en
Vidji.
O ¿hemos de vacilar en
concluir que el asesinato ilimitado habría causado la
extinción de la sociedad?
Puede juzgarse hasta qué punto estaban en peli-
gro las posesiones de cada hombre entre los biluchis
por los instintos predatorios de sus vecinos, por el
hecho de que «se erigía en cada campo una pequeña,
torre de barro donde el posesor y sus criados guarda-
ban su producto». Si los estados turbulentos de la so-
ciedad de que nos hablan las historias antiguas no
nos muestran tan vivamente cómo el hábito de apro-
piarse cada uno los bienes de otro se opone á la pros-
peridad social y al bienestar individual, por lo me-
nos no nos dejan duda respecto á estos resultados.
Hay uña deducción que pocos se atreverán á poner
en tela de juicio, y es que á medida que emplea cada
cual su tiempo en guardar contra los merodeadores lo
que produce, en vez de seguir produciendo, la pro-
ducción total tiene que disminuir y llevarse á cabo
menos satisfactoriamente el sustento de todos y de
cada uno. Y es un corolario patente que si cada cual
lleva más allá de cierto límite la práctica de intentar
satisfacer sus necesidades robando á su vecino, la so-
ciedad tiene que disolverse; parecerá preferible la
vida solitaria.
Un difunto amigo mío, narrando incidentes de su
vida, me decía que, siendo joven, procuró establecer-
se en Espafla como agente de comisiones, y que, no
habiendo conseguido ni por peticiones ni por otros me-
dios el que le pagara uno que le había pedido géne-
ros, se fué, como último recurso, á casa del deudor y
se le presentó pistola en mano, procedimiento que ob-
tuvo el efecto apetecido: en seguida se arregló la
cuenta. Supóngase ahora que hubiera que tomar en
90
ÉTICA DE LAS PRISIONES
dondequiera medidas más ó menos violentas para
obligar á cumplir los contratos. Supóngase que el pro-
pietario de una mina de carbón en el condado de
Derby, habiendo remitido á Londres un tren cargado
de carbón, tenga que enviar de ordinario una partida
de mineros para que detengan el carro del consigna-
tario y le quiten los caballos hasta que pague. Supón-
gase que el labrador ó el artesano estuvieran cons-
tantemente en duda de si al cabo de la semana se les
habría de dar los salarios convenidos, ó si sólo cobra-
rían la mitad ó tendrían que esperar seis meses. Su-
póngase que ocurrieran diariamente en cada tienda
Tinas entre el tendero y el parroquiano, el uno por
pretender cobrar el dinero sin dar el género, y el
otro por querer recibir éste sin pagar lo que valiere:
¿qué sucedería en tales casos á la sociedad? ¿Qué lle-
garía á ser de sus negocios de producción y distribu-
ción? ¿Es acaso una conclusión precipitada la de ase-
gurar que cesaría la cooperación industrial, por lo
menos la voluntaria?
«¿A qué vienen esas preguntas absurdas?», pre-
guntará el lector impaciente. «Todo el mundo sabe
que el asesinato, el robo, el fraude, el quebranta-
miento de contrato, etc., están en desacuerdo con el
bienestar social, y hay que castigarlos cuando se co-
meten.» Tengo que replicar varias cosas á esto. En
primer lugar, me alegro de que se llame absurdas á
esas preguntas, porque esto implica la conciencia de
que las respuestas son tan evidentes por si mismas,
que es absurdo suponer la posibilidad de otras cuales-
quiera contestaciones. Mi segunda réplica es que de-
seo poner la cuestión de no si sabemos estas cosas,
sino de cómo las sabemos. ¿Podemos conocerlas, y las
conocemos, examinando el caso, á tenemos que roen-
POR H. SPENGER
91
rrir á «inducciones basadas en observación y expe-
rienciá cuidadosas?» Antes de hacer y sancionar le-
yes contra el asesinato, tenemos que inquirir cuáles
son el bienestar social y la felicidad individual en
los lugares en que el asesinato prevalece, y observar
si son ese bienestar y esa felicidad mayores donde el
asesinato es raro, ¿Se ha de permitir que siga el robo
hasta que, recogiendo y ordenando en estadística los
efectos que del robo se han seguido en países en que
los ladrones eran pocos y en otros en que predomina-
ban, se nos muestre por inducción que la prosperidad
es mayor cuando se permite á cada hombre que re-
tenga lo que ha ganado? Y ¿es acaso necesario acu-
mular datos para probar que los quebrantamientos de
contrato son obstáculo á la producción y al cambio
y
á esos beneficios de todos
y
de cada uno que lleva á
cabo la dependencia mutua? En tercer lugar, doy
esos ejemplos de actos que, llevados al extremo, cau-
san disolución social, y que, en menor grado, estor-
ban la cooperación social y sus beneficios, con objeto
de indagar cuál es su rasgo común. En cada una de
tales acciones vemos una agresión, una manera de
conducirse en la conducta, que se atraviesa necesa-
riamente en la conducta de la vida ajena y le es obs-
táculo y traba. Lo que hace un hombre, ó destruye
del todo, ó rompe en parte la relación entre el esfuer-
zo y el consiguiente beneficio que de él obtiene otro
hombre. Si se admite que la vida sólo puede mante-
nerse por ciertas actividades (universales las inter-
nas y las externas universales también para todos,
no siendo los parásitos y los individuos no maduros
aún), hay que admitir que, cuando se asocian seres
de igual naturaleza, tienen que limitarse mutuamen-
te las actividades requeridas;
y
que sólo puede resul-
92
ÉTICA DE LAS PRISIONES
tar la vida más elevada cuanto los seres asociados
están de tal modo constituidos, que se mantienen cada
uno de ellos dentro de los limites implicados. Una
vez fijadas así en general las restricciones, pueden
desenvolverse fácilmente en restricciones especiales
que se refieren á esta ó la otra especie de conducta.
Creo, pues, que estas son verdades
a priori,
que pue-
den conocerse mediante un examen de las circunstan-
cias de los hechos, verdades axiomáticas que guar-
dan con la ética una relación análoga á la que
guardan los axiomas matemáticos con las ciencias
exactas.
No quiero decir que se den todos cuenta de estas
verdades axiomáticas, porque el aprenderlas, así
como el aprender los más sencillos axiomas, exige
un cierto desarrollo mental y una cierta disciplina de
la mente. En el
Tratado acerca de la filosofía natural,
de los profesores Thomson y Tait, se hace notar que
«los axiomas físicos sólo son axiomáticos para aque
llos que tienen de la acción de las causas físicas el
conocimiento suficiente que les capacite para ver
desde luego su verdad necesaria». Es, sin duda, un he-
cho, y un hecho significativo. Un gafián no puede for
mairse idea del axioma de que la acción y la reacción -
son iguales y opuestas. En primer lugar, le falta una
idea suficientemente generalizada de lo que es acción,
no ha unido en una sola concepción el impeler y el
tirar un puñetazo, el recular de un fusil
y
la atrac-
ción de un planeta. Carece todavía más de la idea
generalizada de reacción. Y aun cuando tuviera es-
tas dos ideas, es probable que, siendo como es en
él deficiente el poder de representación, no lograrla
reconocer la igualdad necesaria. Lo mismo sucede
con esas verdades éticas
a priori.
Si á un miembro de
POR H. SPE1WER
93
esa tribu de esclavos fidjianos que se consideran como
manjar de los jefes se
le indicara que puede llegar un
tiempo en que los hombres no se han de comer unos
á otros, creería que sólo á un osado sonador podía
ocurrírsele idea tan en desacuerdo con toda su ex-
periencia como la de que llegaran los hombres á te-
ner algún respeto á las vidas de sus semejantes. Los
hechos que le suministra la observación cotidiana le
han dado á conocer claramente al biluchi que vigila
su
torre de barro, que la posesión de la propiedad
sólo puede mantenerse por la fuerza; y lo más pro-
bable es que apenas pueda concebir que existan
mites que, reconocidos mutuamente, puedan excluir
agresiones y hacer innecesaria la guardia de los cam-
pos, cosa cuya posibilidad sólo puede sugerir un ab-
surdo idealista (suponiendo que la conozca), y así
puede concluirse también de nuestros antepasados en
los tiempos feudales en que, andando constantemen-
te armados y refugiándose
á
menudo en las fortale-
zas, les parecería ridícula la idea de un estado social
pacífico; y les sería á duras penas concebible la idea
de que pueda reconocerse igualdad entre los derechos
de los hombres para perseguir los objetos de la vida
y que desistan, por consiguiente, de agredir á otros.
Pero ahora que se ha mantenido durante generacio-
nes un estado social ordenado; ahora que los hom-
bres rara vez emplean la violencia en el trato ordina-
rio, que de ordinario pagan lo que deben, y en los más
de los casos respetan los derechos del débil tanto como
los del fuerte; ahora que se educan con la idea de que
todos somos iguales ante la ley, y que ven á diario
decisiones judiciales que se reducen á si un ciudada-
no ha infringido ó no los iguales derechos de otro,
existen en el espíritu general materiales para for-
94
ÉTICA DE LAS PRISIONES
mar la concepción de un régimen en que las activi-
dades de los hombres estén limitadas mutuamente y
en
'
que dependa del respeto á esos límites el manteni-
miento de la armonía. Se ha formado una capacidad
de ver que se requieren limitaciones mutuas cuando
se llevan unas vidas junto á otras, y de ver que sur-
gen de ahí grupos definidos de restricciones que se
aplican á definidas clases de acciones. Y ha venido á
ser patente para algunos, aunque parece que no á
muchos, que resulta de esto un sistema
a priori
de
ética política absoluta, sistema bajo el cual hombres
de igual naturaleza, de tal modo constituido cada uno
de ellos que se refrene espontáneamente de faltar á
los demás, pueden trabajar juntos sin rozamiento
alguno y con las mayores ventajas para todos y
cada uno.
«Pero los hombres no son enteramente de la mis-
ma naturaleza ni es probable que lleguen á serlo. Ni
están constituidos de tal manera que cada uno de
ellos sea solícito por los derechos de su vecino como
por los suyos propios, y hay poca probabilidad que
sea así alguna vez. Esa ética política absoluta que
nos trae usted aquí es, por lo tanto, un ideal fuera del
alcance de lo real. » Esto es verdad. Sin embargo, por
mucho que lo parezca, no se sigue que no haya em-
pleo para la ética política absoluta. Puede demostrar-
se bastante claro lo contrario. Una analogía aclarará
esta paradoja.
Existe una sección de la física que se conoce can
el nombre de mecánica abstracta ó absoluta, absolu-
ta en el sentido de que sus proposiciones no admiten.
excepción. Se ocupa de la estática
y
la dinámica en
sus formas puras, trata de fuerzas y movimientos
considerados libres de todos los obstáculos resultan-
POR H. SPENCER
95
tes del rozamiento, de la resistencia del medio y de
las propiedades especiales de la materia. Al enunciar
una ley de movimiento no tiene en cuenta nada que
modifique su manifestación. Si formula las propieda-
des de la palanca, trata de ésta suponiendo que es
perfectamente rígida y sin espesor alguno, una palan-
ca imposible. Su teoría del tornillo supone que el tor-
nillo no tiene rozamiento; y al tratar de la culla se
supone la absoluta incompresibilidad. Así es que sus
verdades jamás se presentan en la experiencia. Has-
ta los movimientos de los cuerpos celestes que se de-
ducen de sus proposiciones están siempre más ó me-
nos perturbados; y en la tierra las conclusiones que
se sacan de ellas se desvían muy considerablemente
de los resultados á que se llega por la experimenta-
ción. No obstante lo cual, este sistema de mecánica
ideal es indispensable para guiarse en la mecánica
real. El ingeniero tiene que servirse de sus proposi-
ciones como si fueran por completo verdaderas antes
de pasar á rectificarlas tomando en cuenta la natura-
leza de los materiales que emplea. Hay que darse
cuenta de la carrera que recorrería un proyectil si
estuviera sujeto sólo á la fuerza propulsiva y á la
atracción de la Tierra, aunque jamás se dé el caso de
que un proyectil recorra tal carrera, pues de otro
modo no puede hacerse la corrección que pide la re-
sistencia atmosférica. Es decir, que aunque puede
desenvolverse hasta un punto considerable la mecá-
nica relativa ó aplicada con métodos empíricos, no
puede ser altamente desenvuelta sin ayuda de la me-
cánica absoluta. Así sucede aquí. La ética política
relativa, ó sea la que trata de lo justo ó injusto en
los asuntos públicos en cuanto determinados parcial-
mente por las circunstancias cambiantes, no puede
96
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
progresar sin tomar en cuenta lo justo y 'lo injusto
considerados independientemente de las circunstan- -
cias cambiantes, no puede hacerlo sin la ética politi-
ca absoluta, cuyas proposiciones, deducidas de las
condiciones bajo las que se lleva la vida en un estado,
de asociación, no tienen en cuenta las circunstancias
especiales de un estado particular cualquiera de aso-
ciación.
Y ahora nótese una verdad que parece enteramen-
te pasada por alto; es á saber: la verdad de que el
grupo de deducciones á que llegamos así se comprue-
ba por una inducción inmensamente vasta, ó más
bien por una gran reunión de vastas inducciones.
Porque ¿qué otra cosa mi las leyes y sistemas judi-
ciales de todas las naciones civilizadas y de todas las
sociedades que se han elevado sobre el salvajismo?
¿Cuál es la significación del hecho de que todos los
pueblos hayan descubierto la necesidad de castigar el
asesinato de ordinario con la muerte? ¿Cómo es que
donde se ha progresado considerablemente la ley pro-
hibe el robo y se le une alguna penalidad? ¿Por qué
con un adelanto mayor viene la generalización de
hacer forzoso el cumplimiento de los contratos? Y
¿cuál es la razón de que entre pueblos completamen-
te civilizados se repriman de manera más ó menos
rigurosa los fraudes, los libelos y las agresiones de
varias clases y de menor cuantía? No puede señalar-
se causa á todo esto si no es una uniformidad general
en las experiencias de los hombres que les demuestre
que las agresiones dañosas directamente á los indivi-
duos agredidos son dañosas indirectamente á la so-
ciedad. Generación tras generación, observaciones
repetidas, les han forzado á aceptar esta verdad;
y
generación tras generación han ido desenvolviendo'
97
POR H. SPENCER
las interdicciones en mayor detalle cada vez. Es de-
, dr, que se ha comprobado
a posteriori
en infinidad de
casos el principio fundamental á que llegamos más
arriba
a priori
y los corolarios que de él se sacan. En
dondequiera la tendencia ha sido á poner en práctica
cada vez más los dictados de la teoría, á conformar
los sistemas de ley con los requerimientos de la ética
política absoluta, si no consciente, por lo menos in-
consciente. Después de todo, ¿no se patentiza esta
verdad en el nombre mismo usado para el fin á que
se tiende, equidad ó igualdad? ¿Igualdad de qué? No
puede darse á esto respuesta alguna sin reconocer la
doctrina expuesta arriba, sin reconocerla de algún
modo, por vago que sea.
Así, en vez de decir que doy fe á «largas cadenas
de deducciones sacadas de supuestos de la ética abs2
tracta», se debe decir que doy fe á simples deduccio-
nes de necesidades éticas abstractas; deducciones que
se comprueban por infinito número de observaciones
y experiencias del género humano civilizado y semi-
civilizado en todos los tiempos y paises. O más bien
se me debe presentar como uno que, examinando las
restricciones impuestas en dondequiera á las varias
especies de transgresiones de la ley, y viendo en todas
ellas un principio común dictado en dondequiera por
las necesidades del estado de asociación, paso á des-
envolver las consecuencias de ese principio común
por deducción, y á justificar las deducciones y las
conclusiones á que los legisladores han alcanzado em-
píricamente, demostrando que las dos cosas se co-
rresponden. Este método de deducción, comprobado
por la inducción, es el método de la ciencia desarro-
llada. No creo que he de verme conducido á abando-
narlo y á cambiar mi modo de pensar porque se des-
7
98
ÉTICA DE LAS PRISIONES
a
p
ruebe éste, por muy vigorosa que sea la desapro-
,
bación.
¿Hemos, pues, de entender que con este imponen-
te título de «ética política absoluta» no se quiere sig-
nificar más que una teoría de las restricciones nece-
sarias que la ley impone á las acciones de los ciuda-
danos una garantía ética para los sistemas de ley?
Ahora bien; aun suponiendo que hubiera yo de res-
ponder «sí» á esta pregunta (lo cual no haré), habría
todavía amplia justificación para ese título. Teniendo
por asunto todo lo que se comprende bajo la palabra
«justicia», lo mismo que lo formulado en ley
y
admi-
nistrado por instrumento legal, el título abarca una
amplia jurisdicción. Apenas sería preciso decir esto
si no fuera por un curioso defecto de pensamiento á
que nos conduce el hábito á cada momento,
Precisamente lo mismo que al hablar de conoci-
miento descuidamos por entero ese conocimiento fa-
miliar de las cosas que nos rodean, animadas é inani-
madas, adquirido en la niñez, á falta del cual nos hu-
biera al punto sobrevenido la muerte, y sólo pensa-
mos en ese conocimiento menos esencial adquirido en
la escuela y el colegio ó por los libros y la conversa-
ción, precisamente lo mismo que al pensar en las ma-
temáticas, incluimos bajo este nombre sólo sus más
elevados grupos de verdades y excluimos esos otros
más sencillos que constituyen .la aritmética, aunque
para la práctica de la vida ésta es más importante
que todo el resto junto; así, cuando se discute de po-
lítica y de ética política, no hay idea de esas de sus
partes que abarcan lo que quiera que sea fundamen-
tal
y
de largo tiempo asentado, La palabra político
evoca ideas de luchas de partidos, cambios ministe-
riales, elecciones, ó si no la cuestión de autontimlas
POR H. SPIMM
99
regionales
(honre-role),
el plan de adquisición del sue-
lo por el Estado, 'ó el movimiento de las 'ocho horas
de trabajo. Rara vez sugiere esa palabra reforma de
la ley, ó una mejor organización judicial, ó una poli-
cía purificada. Y si se toma en consideración la ética
es
en conexión con la moral de contienda parlamen-
taria, ó de las declaraciones de los candidatos ó de
las corrupciones electorales. Pero no hace falta más
que considerar la definición de política (laquella par-
te
de la ética que consiste en la regulación y gobier-
no de una nación ó Estado, para la preservación de
su seguridad, su paz y su prosperidad») para ver que
el concepto corriente es falso en cuanto omite la par-
te capital. No hace falta más que considerar qué fac-
tor tan relativamente inmenso constituye en la vida
de cada hombre la seguridad personal, la de su casa
y propiedad, y el obligar á que le respeten sus dere-
chos, para ver que se deja de lado no sólo la parte
mayor sino la que es más útil. De aquí que el absur-
do no existe en la concepción de una ética política
absoluta, sino en ignorar su objeto y materia. A me-
nos que se considere como absurdo el tomar por ab-
soluto la prohibición contra el asesinato, el fraude y
todas las demás agresiones, no puede considerarse
como absurdo el tomar como absoluto el sistema ético
que da cuerpo á esas prohibiciones.
Queda por añadir que, además de las deducciones
que, como hemos visto, se comprueban por vastas
colecciones de inducciones, pueden sacarse otras de-
ducciones no comprobadas así, deducciones sacadas
de los mismos datos, pero que no hay experiencias
que nos autoricen
á
afirmarlas ó negarlas. Tales de-
ducciones pueden ser ó no válidas, y creo que en mi
primera obra, escrita hace cuarenta anos
y
ha tiem-
• '«. vid
100
ÉTICA_ DE LAS PRISIONES
po agotada, hay algunas deducciones inválidas. Pero,
rechazar un principio y un método porque algunas
de sus deducciones carecen de validez, es poco más
ó menos tan acertado como sería encogerse de hom-
bros á la aritmética á causa de las equivocaciones
que en ciertos cálculos aritméticos se cometen.
Vuelvo ahora á la pregunta puesta más arriba, de
.11
si al hablar de ética política absoluta no se quiere.
decir más que una garantía ética para sistemas de le-
yes; pregunta á que respondo que no; Y ahora tengo-
que responder que se extiende sobre un campo igual-
mente amplio, si bien menos importante. Más allá d
.
las relaciones entre ciudadanos tomadas individual-
mente, hay las relaciones entre las corporaciones de
ciudadanos y cada ciudadano en particular, y la ética
política absoluta de juicios acerca de estas relaciones
entre el Estado y el individuo tanto como acerca de
las relaciones entre hombre y hombre. Sus juicios
acerca de las relaciones entre hombre
'
y hombre son
"
.1411
n
+4
n
1
corolarios de su verdad primaria de que las activida-
des que pone cada cual en juego para la prosecución
nj
de los objetos de la vida sólo pueden restringirse rec-
y
tamente por las iguales actividades de los demás,
Z7.1
siendo estos otros de igual naturaleza (porque el prin-
y
cipio no tiene en cuenta las sociedades de esclavos
aquellas en que una raza domina á otra); y sus jui-
cios acerca de las relaciones entre el hombre y el Es-
tado, son corolarios de la verdad análoga, y emparen-
tada con aquélla, de que las corporaciones de duda-
danos sólo pueden limitar justamente las actividades
'411
de cada ciudadano en cuanto sea necesario para
la
.41
seguridad del resto. Esta limitación es un acompaila-
411
miento necesario del estado militante, y tiene qua
continuar en tanto que, además de la criminalidad
y
(41
POR H. SPENCER
101
de la agresión individual, continúe la criminalidad de
las agresiones internacionales. Es claro que la pre-
servación de la'sociedad es un fin que debe preceder
á la preservación de los individuos tomados en singu-
lar, puesto que la preservación de cada individuo y
el mantenimiento de su capacidad de perseguir los
objetos de la vida dependen de la preservación de la
sociedad. Restricciones tales como las impuestas so-
bre los actos por las necesidades de la guerra, y por
la necesidad de prepararse para una guerra pro-
bable, son, por lo tanto, restricciones éticamente de-
fendibles.
Y aquí entramos en las varias y complicadas cues-
tiones de, que tiene que tratar la ética política relati-
va. Cuando al indicar en un principio el contraste
hablé de «ética política absoluta, ó lo que debe ser,
en cuanto distinta de la ética política relativa, ó lo
más practicable, que al presente se aproxima á ella»,
y se prestó alguna atención á esta distinción, no nece-
sitó surgir controversia alguna. Tengo aquí que
aña-
dir que las rectificaciones que la ética política rela-
tiva presenta varían con el tipo de la sociedad, que
se determina primariamente por la extensión en que
es necesaria la defensa contra otras sociedades. Don-
de la enemistad internacional es grande y la organiza-
ción social tiene que adaptarse á actividades belico-
sas, la coerción que el Estado ejerce sobre el indivi-
duo es tal que casi destruye su libertad de acción y le
hace esclavo de aquél; y donde esto resulta de las
necesidades de una guerra defensiva (no ofensiva, sin
embargo), la ética politica relativa suministra garan-
tía. Por el contrario, según el militarismo decrece,
disminuye la necesidad de esa subordinación de indi-
viduos que es necesaria para consolidarlos en una má-
102
ÉTICA DEi LAS PRISIONES
quina de combate, y á la vez la necesidad de esa
subordinación que pide el proveer á esa máquina, de
lo necesario para la vida; y conforme ese cambio w
va verificando, se va haciendo cada, vez menor la
'
garantía que la ética política relativa da á la coer-
ción del Estado.
Es claro que está fuera de la cuestión el entrar
aquí en los puntos complejos que esto evoca. Ha. de
bastar indicarlos. Si es que puedo completar la par-
te IV de los.
Principios de ética,
parte que trata de la,
«Justicia», de la cual sólo los primeros capítulos es-
tán escritos hasta ahora, espero tratar de esas rela
ciones entre la ética de la condición progresiva y la
ética de esa condición que es el fin del progreso, fin.
que hay que tener en cuenta siempre, aunque no puQ-
da ser alcanzado.
41.
MORAL DEL COMERCIO
Bajo este titulo no vamos á repetir una vez más el
tan manoseado asunto de las falsificaciones, aun cuan-
do si fuera nuestro objeto tratar de ese lugar común
no nos faltarían nuevos materiales. Es más bien á los
fraudes del comercio, menos observados y menos co-
nocidos á lo que vamos á dirigir nuestra atención. La
misma falta de conciencia que se revela en mezclar
almidón al cacao, en diluir manteca con tocino, en
dar color á las confituras con colores de plomo ó de
arseniato de cobre, esta misma falta de conciencia
tiene que aparecer en formas más veladas, y éstas
son casi, si es que no del todo, tan numerosas
y
tan
dañinas.
No ea verdad, como suponen varios, que sólo las
clases más bajas del mundo comercial sean culpables
de trato fraudulento. Son dignos de censura en gran
manera los que están sobre ellas. Por término medio,
los hombres que tratan en pacas y toneladas difieren
muy poco en moralidad de los que tratan en varas y
libras. Las prácticas ilícitas de toda forma y especie,
desde los engaños veniales á todo lo que no sea el
robo directo, puede verse llevado á cabo en alto gra-
do en nuestro mundo comercial. Innumerables tram
pas, mentiras de acción ó de palabra, fraudes muy
:Z.
104
ÉTICA DE LAS PRISIONES
bien estudiados, todo esto prevalece; algo de ello es-
tablecido como «costumbres del comercio», y no sólo
establecido, sino hasta defendido.
Pasando, pues, por alto á los tan reprobados ten-
deros, de cuyos delitos sabe algo la mayor parte de
la gente, volvamos nuestra atención á los delitos de
las clases colocadas sobre él en la escala del co-
mercio.
Los negocios de las casas que se dedican á la ven-
ta al por mayor, en el comercio de trajes por lo me-
nos, están manejados principalmente por una clase
de hombres llamados «compradores»
(buyers).
Todo
establecimiento al por mayor se divide de ordinario
en varios departamentos; y á la cabeza de cada uno
de éstos se pone á uno de esos funcionarios. Un com-
prador es un sub comerciante, en parte independiente.
Al comenzar el ano se le entrega á cuenta
.
una cierta
porción del capital de los que le emplean. Con ese ca-
pital comercia. Pide á los fabricantes para su depar-
tamento los géneros que cree han de encontrar mer-
cado, y obtiene para estos géneros así comprados una
venta tan extensa como pueda entre los comerciantes
al por menor que están en relación con él. Las cuen-
tas de fin de año demuestran qué provecho ha sacado
del capital de que ha dispuesto, y según el resultado,
continúa su compromiso con la casa, aumentándole
tal vez el salario, ó se le despacha.
Bajo tales condiciones era difícil esperar que hu-
biera corruptelas. Sin embargo, hemos sabido de au-
toridad incuestionable que los compradores de ordi-
nario sobornan y son sobornados. El dar regalos,
como medio de obtener parroquia, es una práctica
establecida entre ellos y todos aquellos con quienes
tienen tratos. Extienden sus relaciones entre los co-
POR II, SPENCER
105
merciantes al por menor haciéndoles regalos y favo-
res, y se dejan ellos mismos influir por medios análo-
gos. Podría presumirse que el interés propio habría
de negar esto en ambos casos. Pero al parecer no re-
sulta sacrificio muy claro de ceder á tales influencias.
Cuando, como sucede de ordinario, hay varios fabri-
cantes que producen artículos de igual bondad al mis-
mo precio, ó varios compradores entre cuyas mercan-
cías y los términos en que las dan queda poco lugar
á elección, no existe motivó para comprar al uno
más bien que al otro; y entonces lo que hace inclinar
la balanza es la tentación de tomar alguna propina
inmediata. Sea cual fuere la causa, sin embargo, el
hecho se nos testifica lo mismo en Londres que en
provincias. Los fabricantes obsequian y regalan sun-
tuosamente á los compradores durante días, y duran-
te todo el aflo les ablandan con regalos de caza, pa-
vos, pintas de vino, etc., y aún hay más, pues hasta
reciben regalos en dinero, á las veces, según hemos
oído á un fabricante, en forma de billetes de banco,
pero más comúnmente en forma de descuentos de las
sumas de las compras. Lo mucho que prevalece este
sistema, su universalidad podríamos decir, se prueba
por el ejemplo de uno que, disgustado de ello, se en-
cuentra enredado inextricablemente en él. Nos con-
fesaba que todas sus transacciones estaban corrompi-
das de esa manera. «Cada uno de los compradores
con quienes trato», decía, «espera que ha de obtener
propina en una forma ú otra. Algunos exigen que se
encubra el soborno, y otros lo toman sin disfraz. A
una oferta de dinero éste replica:—«¡Oh, yo no soy
de esos, se ha engañado usted!» Pero, no obstante, no
opone objeción alguna á algo que valga dinero; mien-
tras que mi amigo fulano, que me promete traer un
106
ÉTICA DE LAS PRISIONES
gran trato esta estación, tiene fija la vista, bien lo
conozco, en uno por ciento de descuento en dinero.
No hay manera de evitarlo. Podría citar los nombres
de varios compradores que me miran de reojo y ja,
más examinan mis artículos, y no me cabe duda al-
guna acerca de la causa de ese su proceder: es que
no he comprado su patrocinio.» Y entonces nuestro
informante apeló á otro del comercio, que estuvo con-
corde al afirmar que en Londres no podría llevarse
adelante su negocio en otros términos. Tan ansiosos
se hacen algunos de esos compradores, que sus exi-
gencias absorben una gran parte de los provechos, y
se pone la cuestión de sí merece la pena de continuar
tratando con ellos. En seguida, como se ha indicado
arriba, tenemos una historia en las transacciones
entre compradores y comerciantes al por menor,
siendo ahora los sobornados sobornadores. Uno de
esos á quienes nos referíamos antes al decir que de
ordinario esperan regalos, decía el dador de ellos,
cuyo testimonio no hacemos más que repetir: «He
gastado libras
y
más libras con... (y citaba á un sas-
tre de fama) y creo que por fin le tengo cogido». Con-
fesión á la que añadía el comprador la queja de que
la casa no le daba recompensa alguna por las sumas
así desembolsadas.
Bajo el comprador, que tiene el manejo absoluto
de su propio departamento en una casa al por ma-
yor, tenemos varios asistentes que se encargan del ne-
gocio con los comerciantes al por menor; así como los
asistentes de éstos tratan directamente con el pú-
blico. Esos asistentes de clase más elevada, que obran
bajo la misma presión de los mis bajos, son tan poco
escrupulosos como los otros. Expuestos como están
á ser despedidos por cualquier falta en la venta; ga-
POR 11, SPENCER
107.
p
ando como, ganan posiciones más altas á proporción
de las cantidades de género de que disponen á tipo
provechoso, y encontrándose con que no se les presen-
ta objeción alguna á cualquier artificio poco honrada
de que se sirvan, sino que más bien se les aplaude
por ello, esos jóvenes muestran una desmoralización
apenas creíble. Según hemos averiguado de aquellos
que han sido de ellos, su doblez es incesante, casi de
continuo dicen mentira; y sus trapacerías y astucias
van desde las más sencillas á las más maquiavélicas.
Tomemos unos pocos ejemplos. Al tratar con un co-
merciante es práctica habitual tener presente el ca-
rácter de su negocio, y engañarle respecto á los ar-
tículos de que tiene menos experiencia. Si su tienda
está en un vecindario donde las ventas sean princi-
palmente de artículos de inferior calidad (hecho que
comprueba el viajante), se infiere que, teniendo una
demanda comparativamente pequeña de artículos de
calidad superior, es mal juez de ellos, y se saca ven-
taja de su ignorancia. Es usual además el presentarle
muestras de telas, sedas, etc., en tal orden que tras-
tornen sus percepciones. Así como al probar diferen-
tes manjares ó vinos se incapacita al paladar para
apreciar los sabores delicados si se le da á probar
algo de sabor muy fuerte, así sucede con los demás ór-
ganos de los sentidos, que á un estímulo excesivo si-
gue una incapacidad temporal. Esto se verifica, no
sólo al juzgar los colores, sino también, según nos ha
enterado uno que ha estado en el comercio, con los
dedos al juzgar de los tejidos; y los vendedores dies-
tros tienen por costumbre paralizar así parcialmente
las percepciones de sus parroquianos, y venderles
después los artículos de segunda clase como si fueran
de primera. Otra maniobra común es la de provocar
108
ÉTICA DE LAS PRISIONES
una falsa idea de baratura. Supóngase que un sastre
va á un almacén de telas. Se le ofrece una buena oca-
sión de hacer trato. Se le ponen delante tres piezas,
dos de buena calidad, ó sea á 14 chelines por vara, y
una de calidad muy inferior, á 8 chelines la vara.
Han puesto las telas arregladas de intento, con sus
pliegues y vueltas bien amallados, para dar una ra-
zón aparente al pretendido sacrificio que se va á ha-
cer en ellas. Y entonces se le dice al sastre que pue-
de obtener esas telas nominalmente averiadas, como
«una ganga», á 12 chelines la vara. Seducido por las
apariencias á la idea de un supuesto sacrificio; impre-
sionado, además, por el hecho de que dos de las pie-
zas valen en realidad mucho más que el precio pedi-
do, y sin tener en cuenta lo debido que la gran infe-
rioridad de la tercera contrapesa eso, lo probable es
que compre el sastre, y se va con la convicción de
haber hecho una buena compra, cuando en realidad
ha pagado el precio completo de cada vara. Un arti-
ficio mucho más sutil nos lo ha descrito uno que se
sirvió de él cuando estaba en una casa al por mayor;
artificio de tan buen éxito, que á menudo se le envia-
ba á vender á los parroquianos á los que no podían
inducir á comprar ninguno de los otros asistentes, y
que después no querían ya comprar más que de ese.
Su procedimiento era parecer extremadamente sen-
cillo y honrado, y durante unas primeras pocas ven-
tas, mostrar su honradez señalando defectos en las
cosas que iba á vender; y después, una vez ganada
la confianza del parroquiano, pasaba á colarle géne-
ros inferiores á precios de superiores. Estas son unas
pocas de las maniobras que se ponen constantemente
en juego. Por supuesto, hay todo un acompañamiento
de falsedades, tanto de palabra como de obra. Se es-
POR H. SPENCER
109
pera del dependiente que dirá cuanto sea menester
para efectuar una venta. «Un tonto puede vender lo
que necesita», decía un amo riñendo al dependiente
por no haber persuadido á un parroquiano á que com-
prara algo enteramente diferente de lo que pedía. El
mentir, exigido con tan poco escrúpulo por los amos,
y alentado por el ejemplo, llega á tal punto de depra-
vación, que se nos ha contado en términos demasiado
fuertes para repetidos.- Nuestro informante se vió obli-
gado á abandonar su puesto en uno de esos estableci-
mientos, porque no pudo rebajarse al punto de degra-
dación que se le exigía. «No mientes como si creye-
ras lo que dices», observaba uno de sus compañeros,
¡Y esto se lo decía en son de reproche!
Como los dependientes que tienen menos remordi-
mientos de conciencia son los que obtienen mejor éxi-
to, son los promovidos antes á puestos más remune-
rativos,
y,
por lo tanto, los que más probabilidades
tienen de poder establecerse por cuenta propia, de
donde puede inferirse que la moralidad de los jefes de
estos establecimientos corre parejas con la de sus em-
pleados. Las malas prácticas habituales de las casas
al por mayor confirman esta inferencia. No sólo hay,
como acabamos de ver, dependientes bajo una pre-
sión que les impele á engañar á los compradores res-
pecto á la calidad de los artículos que compran, sino
que les engañan también respecto á la cantidad; y
esto, no por una trampa no autorizada y ocasional,
sino mediante un sistema organizado, de que es res-
ponsable la firma misma. La práctica general es ha-
cer géneros, ó tenerlos hechos, de un tamaño menor
que el que se asegura tienen. Una pieza de indiana de
treinta y seis varas de largo nominalmente, jamás
mide más de treinta y una; en el comercio se entien-
110
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
de que no mide más que esto. Y la larga acumulación
de delitos que esta costumbre indica, las sucesivas
.
di-
rninuciones de largura, introducida cada una de ellas.
por algún adepto de la falta de honradez, é imitadas
por sus competidores, se llevan hoy diariamente á un.
punto todavía mayor, dondequiera que no sea proba-
ble que puedan ser descubiertas inmediatamente. Los
artículos que se venden en pequeños paquetes, hatos,
madejas ó formas tales que no admiten medida al
tiempo de la venta, son de ordinario deficientes en
cantidad. Los lazos de seda llamados de seis cuartas,
ó cincuenta y cuatro pulgadas, en realidad miden
cuatro cuartas, ó sea treinta y seis pulgadas. Las cin-
tas se vendían en un principio en gruesas que conte -
nían doce madejas de doce varas cada una; pero es-
tas madejas de doce varas se cortan hoy de todas lar -
guras, desde ocho hasta cinco varas, y aun menos,
siendo la longitud usual de seis varas. Es decir, que
las ciento cuarenta y cuatro varas que contenía en
un tiempo la gruesa, se ha amenguado hoy en algu-
nos casos hasta sesenta y seis varas. Este engaño se
practica, lo mismo que en largura, en anchura. La
trencilla de algodón francesa, por ejemplo (francesa
sólo en el nombre), se hace de diferentes tamaños,
que están respectivamente marcados 5, 7, 9, 11, etc.,
indicando cada número el número de hilos de algo-
dón que encierra la anchura ó más bien que debería
encerrar, porque los que deberían marcarse 5 se mar-
can 7, y los que deberían marcarse 7 se marcan 9.
De tres muestras de diferentes casas que nos enseñó
nuestro informante, sólo una contenía el número su-
puesto de hilos. También las franjas que se venden
arrolladas en cartones nos encontramos á mentido
con que tienen dos pulgadas de ancho en la parte-ex-
POR H. SPENCER
111
puesta á la vista, pero disminuyen una pulgada en
el otro extremo del cartón, ó más bien las primeras
veinte varas 'serán buenas, pero todo el resto, oculto,
es malo. Estos fraudes se cometen sin sonrojo alguno,
como cosa corriente. Nosotros mismos hemos leído en
un libro de pedidos de un agente los detalles de un
pedido, especificando las larguras reales con que de-
bían cortarse los artículos, y las mucho mayores que
habían de marcarse en las etiquetas. Y nos han con-
tado fabricantes que se les pedía hicieran cintas de
quince varas de largo con una etiqueta en que se
asegurara que tenían diez y ocho, y que cuando no
les ponía etiquetas falsas le devolvían los géneros, y
que la mayor concesión que pudo obtener fué el que
se le permitiera enviar sin etiqueta.
No se ha de suponer que en sus tratos con los fa-
bricantes adopten estas casas al por mayor un código
de moral que difiera mucho del que regula sus tratos
con los revendedores. Los hechos prueban que es el
mismo. Un comprador, por ejemplo (que dirige ex-
clusivamente las compras que una casa al por mayor
hace á los fabricantes), toma con no poca frecuencia
de un fabricante de primera clase una pequella can-
tidad de algún nuevo producto, en cuyo modelo se ha
gastado mucho tiempo y dinero, y este producto de
nuevo modelo lo pone en manos de otro fabricante
para que lo copie en grandes cantidades. Algunos
compradores, además, hacen sus pedidos de palabra
para tener luego oportunidad de poder rechazarlo si
lo desean; y en un caso que se nos ha contado, en que
un fabricante que fué así engallado deseaba para otra
ocasión obtener alguna garantía haciendo que el com-
prador firmara el pedido, se le rehusó hacerlo. De
otros actos injustos de las casas al por mayor, presu-
nit
112
ÉTICA_ DE LIS PRISIONES
mimos son responsables los cabezas de esos estable-
cimientos. Los pequeños fabricantes que trabajan con
capital insuficiente, y que no tienen en tiempos de
crisis con qué hacer frente á sus compromisos, se ven
obligados á menudo á convertirse en dependientes de
las casas al por mayor con que tratan, y éstas se
aprovechan sin compasión de su ventaja. Uno que se
haya comprometido de esta manera, no tiene otro re-
medio que, ó vender sus existencias con gran pérdi-
da, del treinta al cuarenta por ciento más bajo que
su valor, ó si no hipotecarlas; y cuando es la casa al
por mayor la que las toma á hipoteca, el fabricante
tiene pocas probabilidades de escaparse. Se ve obli-
gado á trabajar en los términos que la casa le impon-
ga, y es casi seguro que le sobrevenga la ruina. Este
es el caso especial del negocio de las gorras de seda.
Según nos dice uno de los mayores fabricantes de
gorras de seda, que había observado la destrucción
de varios de sus colegas de menor importancia, «les
perdonaban durante algún tiempo como el gato al ra-
tón; pero estaban seguros de ser comidos al fin y al
cabo›. Podemos dar crédito fácilmente á la afirma-
ción de que siguen un proceder igual los curtidores
de provincias en sus tratos con los zapateros, y los
que tratan en lúpulo y vendedores de heces de ceba-
da con los pequeffos taberneros. Leemos que en el In-
dostán, los ryots, cuando es escasa la cosecha, toman
á préstamo de los judíos para comprar semilla; y
una vez en las garras de éstos, están arruinados. Nos
parece que nuestro mundo mercantil nos suministra
casos análogos.
De otra clase de tratantes al por mayor, los que
suministran especias que producen el extranjero y
las colonias, podemos decir que aunque á consecuen-
,',P9R,
:H. SPENCER
113
•
cia de 11
,
nafrtural
i
e
t
za de. su 'negocio son menos nume-
rosas y
,
multiformes sus malas prácticas, así como
menos :aparentes,: llevan, sin embargo, el mismo sello
que
.
los precedentes. A menos que se suponga que el
azúcar y las especias son antisépticos morales, así
como lo son físicos, es de presumir que los tratantes
al por mayor en estos géneros se saldrán de la línea
del deber tanto como los otros tratantes al por mayor
y en la dirección en que les sean mayores las facilida-
des. Y la verdad es que lo mismo en la cantidad que
en la calidad de los artículos que venden, se aprove-
chan de sus ventajas sobre los revendedores. Las des-
cripciones que dan, de sus géneros son de ordinario
falsas. Las muestras que hacen circular entre sus
clientes las caracterizan como de primera cuando en
realidad son de segunda. Se ,espera .que los comisio-
nistas les endosen esos informes falsos,
y
á menos
de que el tendero de ultramarinos tenga bastante
agudeza y conocimientos e
x
tensos, se le engata más
ó menos. Lo cierto es que en ,algunos casos no hay
habilidad que le salve. Hay fraudes que se han intro-
ducido poco á poco en las costumbres del comercio, y
á que tiene que someterse el tendero. En la compra
de azúcar, por ejemplo, se le impone lo mismo la
bondad que el peso. La historia del fraude es esta.
En un principio la tasa' de lo que podía sacar un co-
merciante en cada moyo era el 14 por 100 del peso
bruto. El peso real de la madera de que se hacia el
moyo era en aquel tiempo , alrededor del 12 por 100
del peso bruto. Y así sucedía que el provecho que
quedaba. al comprador era de un 2 por 100. Poco á
poco, sin- embargo,
,
_ el, moyo. se ha ido haciendo más
espeso y más pesado, hasta que ahora, en vez de su-
bir al 12 por 100 del peso bruto, llega al 17. Como
8
114
ÉTICA DE LAS PRISIONES
coutinúa aún la razón del 14 por 100, el resultado es
qlte
el revendedor de géneros ultramarinos pierde un,
3 por 100: compra hasta un 3 por 100 de madera en
vez de azúcar. En la calidad de
ésta
le engariaa con
la costumbre de darle uaa muestra de la mejor parte
del moyo. Durante su viaje desde Jamaica ó de otra
parte, el contenido de un moyo sufre una lenta mer-
ma por desecación. Las melazas, de que hay siempre
más ó menos cantidad, se filtran de la parte superior
de la masa de azúcar á la parte más baja, y esta par-
te más baja, conocida técnicamente con el nombre de
«los pies» es de color más oscuro y de menos valor.
La cantidad de pies que contiene un moyo varía mu-
cho,
y el tendero, al recibir una muestra falsa, tiene
que calcular cuánta podrá ser la cantidad de pies, y
á
menudo la estima en menos de lo que es, con pérdi-
da de su parte. Como se verá por la siguiente carta
copiada, del
Public Ledger
(«El libro mayor público»)
del 20 de Octubre de 1858, estos abusos, más graves
aún de lo que los hemos presentado, están excitando
«A los vendedores de géneros ultramarinos
del Reino Unido.
una, agitación.
»Muy señores míos: Ha llegado el tiempo de que
el comercio se mueva para que se haga una revisión
de las tareas del azúcar ea bruto. Los hechos prueban,
que los males del sistema presente han aumentado:-
mucho. Vamos á someter á su consideración un soló
caso de veinte que podríamos citar. El. 30 de Agosto ,
de 1858 compramos 3 moyos de Barbados, marca
TARAS DE FACTURA
TARAS EFECTIVAS
NÚMERO
QUINT ARROB,
LIBR,
ONZ,
NÚMERO
QUINT- ARROB,
LIBR.
1
1
2
14
6
1
1
3
27
7
1
2
7
7
1
3
20
3
1
2
21
3
1
3
27
4
3
20
5 3
18
A
deducir
4
3
20
0
3
26
POR
SPENCER
115
'0 3 26 á 42 chelines, 2 libras esterlinas, 1 chelín y 3
peniques.
Reclamamos 2 libras, 1 chelín y 3 dineros, y nos
dijo el comerciante de géneros ultramarinos al por
mayor que no habla remedio.
Hay otro mal con que tiene que luchar el vende-
dor de ultramarinos, que es el modo de presentar
muestras de azúcar en bruto, excluyendo los pies de
las muestras de los comerciantes.
E3
cosa probada
que en miles de moyos de Barbados en esta estación
hay por término medio 5 quintales de pies en cada
uno; nos han resultado algunos con 10 quintales, que
son por lo menos 5 chelines por quintal de menos en
el valor que en la muestra, y en estos casos también
se nos ha dicho que no hay remedio.
Estas dos causas están llevando á la ruina á cien-
tos de personas que trabajan duramente, y llevarán
á más aún, á menos de que el comercio corte t
abusos,.para lo cual le pedimos se nos una con objeto
de obtener tan importante revisión.
De V. afectísimo y S. S.,
Walter y Staines.—Bir-
mingham,
Octubre 19, 1858 (1).›
,‘5
(1) Creemos que se ha abolido ya los abaso3 denunciados en
,esta carta.
116
ÉTICA DE LAS PRISIONES
Queda' por añadir un método más sutil de iro.posi-
ción,
y
es la práctica de los refinadores de
.
azúcar de
ponerlo húmedo y apretado en barriles 'secos. Duran-
te el tiempo que transcurre antes de que se abra uno
de estos barriles por el tendero, la madera seca ha.
tomado el exceso de agua del azúcar, que se saca así
en buenas condiciones. Cuando el tendero, viendo que
el barril pesa mucho más que lo acordado en la tara
por el tratante al por mayor, se queja de este exce-
so, la contestación que le dan es ésta: «Envíenos-
lo usted, y lo
secaremos y pesaremos,
según es costum-
bre en el comercio.»
Sin seguir detallando estos abusos, de que tal vez
son los peores los arriba citados, 'advertiremos tan
sólo otro punto de las transacciones de esas grandes
casas, la redacción de circulares. Es costumbre de va-
rios tratantes al por mayor hacer circular entre sus
clientes una razón periódica de las transacciones que
han hecho, del estado en que se encuentra la casa, y
de lo que se puede esperar del mercado. Sirviendo de
freno los unos á los otros, se impide que estos docu-
mentos se aparten mucho de la verdad. Pero no es
cosa de'esperar que sean enteramente sinceros y fran-
cos. Los que los omiten, estando interesados en los
más
de los casos en los precios de los géneros á que
se refieren en sus circulares, se ven guiados por sus
intereses en los informes que dan respecto
á
las pro-
babilidades del porvenir. Los tenderos- previsore
gi
es-
tán en *guardia contra 'ésto. Un comerciante
'en
gé-
neros
ultramarinos, de provincias, que entiende' bien
su
.
négocio, nos decía: «Por lo géneral, suelo echar
al fuego las eircularesi.» l' Ano
no deja
de tener ra-
zón esta estimación de la confianza que merecen, es
cosa que hemos sacado de la manera
de expresarse
1 4
•
La
PQII:
SPNCIEFI.
117
otros que tratan en negocios, difergntes. A din tra-
tantes en cueyos, uno del campo y otro, de Londres,,
les hemos oído quejarse contra las pirculares publicó
das por las casas que se ocupan en el comercio, de
cueros, circulares que son engafiosas. No es que, afir-
man mentiras, sino que producen impresiones falsas,
omitiendo hechos que deberían asentar,
Para poner en claro la moralidad de los fabrican-
tes, nos hemos de limitar á una clase, la de, los que
trabajan en seda. Y el método más conveniente, de
ordenar los hechos será seguir á la seda á través
de sus varios estados, desde que es importada hasta,
que está en disposición de que
;
pueda usarla el con-
sumidor.
Se disponen á subasta paquetes de seda en bruto,
traídos de fuera, pesados no pocas veces con rastros,
piedras ó rollos, de, moneda china de cobre, con pér-
dida del comprador.
Se,
hacen compras á favor de los
tratantes en seda por «corredores jurados»; y la regla
es que estos. corredores jurados se limiten á sus fun-
ciones como agentes.
Hemos averiguado, sin embarga, por un fabrican-
te en seda, que, por lo común, se entiende que ellos
mismos, son especuladores en seda, ó directos, ó por
procura, y que como están personalmente interesados
en los
;
precios, se hacen agentes falsos. Damos, sin
embargo, ésta, sencillamente como, una opinión
da, sin responder, de su verdad.
Comprada la seda por el tratante londopense, la
envía á las fábricas de provincias á que la preparen,
esto es, á que la conviertan en hilo apto para el teji-
do. En la, forma establecida para el trato entre ej.
tratante en seda y el que la carda é hila, tenemos un
eztralio ejemplo de un engaño organizado y
recono-
4
118
ÉTICA DE LAS PRISIONES
ciclo que al parecer se ha desarrollado de un freno en
contra de decepción previa. El hilado de' la seda va.
acompañado necesariamente de algún desgaste, de
cabos que se rompen, de nudos y de fibras demasiado
débiles. Este desgaste varía en diferentes especies de.
seda del tres al veinte por ciento, siendo el término
medio un cinco por ciento. Siendo, pues, variable
como es el tanto por ciento del desgaste ó merma, es
claro que á falta de restricciones, un hilador de seda
poco honrado podría sacar alguna porción de la seda,
y, devolviendo el resto al tratante, alegar que la
gran disminución en peso, había resultado de una
gran cantidad de pérdida en el proceso del hilado.
De aquí se ha originado un sistema llamado «traba-
jar á costa», que exige que el hilador devuelva al.
tratante el mismo peso en seda que recibe: siendo el
significado de la frase, según creemos, que sea cual
fuere la mema que le resulte al hilador, ha de ser
ésta á su propia costa. Ahora bien; como es imposi-
ble hilar la seda sin
alguna
mema, por lo menos, un
3 por 100, y de ordinario, un 5, este arreglo necesita
un engaño, si es que podemos llamar engaño á aque-
llo en que se entienden tácitamente los interesados.
Elay que pesar la seda. Tanto como se ha perdido al
hilar, otro tanto ha de añadirse mediante la introduc-
ción de alguna sustancia extraña. Para esto se usa
mucho el jabón. El jabón hace falta en pequeñas can-
tidades como requisito para facilitar el que corran
los hilos en el proceso de la manufactura, y esta can-
tidad requerida se aumenta fácilmente. También se
emplea el azúcar. Y por un medio ó por otro se hace
que los hilos absorban bastante materia para produ-
cir el peso deseado. Todos los hiladores de seda se
'Ten obligados á sucumbir á este sistema, y algunos
POR H. SPENCER
119
de ellos lo llevan hasta el punto de hacer de él un
medio de ocultar el descuido ó algo peor.
El siguiente estado por que pasa la seda es el de
teflirla. Aqui también se han hecho crónicas y ge-
nerales las imposiciones. En tiempos pasados, el pe.
sarla con agua era la principal maldad, según hemos
sabido de un fabricante de cintas. Las madejas de-
vueltas por el tintorero, si no empapadas en agua
de un modo manifiesto
y
claro, contenían la bastante
humedad para compensar la seda que había sido sus-
traída, y había que tomar precauciones para evitar
las pérdidas así producidas. Desde entonces, sin em-
bargo, ha surgido un método de engallos que se deja
muy atrás á ese, y es el de emplear tintes pesados.
Un hilador de seda nos ha dado los siguientes deta-
lles: Hará ahora unos treinta y cinco años que co-
menzó este método, nos decía. Antes de esa fecha la
seda perdía considerable parte de su peso en el cobre.
La última fibra de seda, al salir del gusano, se revis-
te de una membrana de barniz soluble en agua hir-
viendo. Al teñirla, por lo tanto, esa membrana, que
forma hasta el 25 por 100 del peso total y entero de
la seda, se disuelve, y la seda se hace mucho más li-
gera. Así que por cada diez y seis onzas de seda en-
viadas al tintorero sólo vuelven doce. Poco á poco,
sin embargo, mediante el empleo de tintes pesados,
se ha invertido este resultado Ahora la seda gana en
peso y á las veces hasta un punto apenas creíble. Se-
gún se acuerde, la seda es devuelta de casa del tinto-
rero con cualquier peso desde doce hasta cuarenta
onzas por libra. El peso primitivo de la seda, en vez
de perder cuatro onzas, como era natural que
perdie-
ra, se convierte en
realidad, si se emplean ciertos
tintes negros, en un peso que ha ganado tanto como
-
•
•
120
ÉTICA DE'' LAS 'PRIStONES
veinticuatro onzas. En vez de ser veinticinco per
ciento más ligera, se ha vuelto ciento cincuenta' pot
ciento más pesada; se la pesa
.
con ciento-setenta y
cinco por ciento de materia
,
extraña. Ahora. blém.1_
como durante este estado de su manufactura la
,
trani
sación en la seda se lleva á cabo por peso, es claro
que en la introducción y en el, desarrollo de este sise
tema tenemos una larga historia de fraudes. Al pre
sente todos son sabedores de ello, y contra ello están
en guardia. Lo mismo que otros medios de falsifica.
ción, al hacerse universal y fijo, ha dejado de ser
provechoso para persona alguna. Pero sirve todavía
para indicar la moralidad de las personas que inter
vienen en estos tratos.
La seda hilada y teñida pasa á manos del tejedor,
y aquí volvernos á encontrarnos con trampas y falta
de honradez. Los fabricantes de sedas estampadas
pecan contra sus compañeros robándoles los patrones
y modelos. Las leyes que se han hallado necesarias
para prevenir esta especie de piratería demuestran
que ha sido llevada muy lejos. Y aun así hoy todavía
no se ha logrado prevenirla. Uno que ha sufrido por
ella nos dice que los fabricantes arrebatan todavía
los unos á los otros los dibujos sobornando á los obre-
ros. En
sus
tratos con los «compradores» acuden tam-
bién á engaños los fabricantes, tentados tal vez á
.
ha-
cerio por el deseo de buscar así una compensación ái
la pesada tasa que pagan en regalos, etc. Los artícu-
los vistos ya y rehusados por otros compradores
sa
llevan delante de otro con apariencias artificiosa-1
mente inventadas de secreto, acompañadas de protes-
tas de que aquellos artículos habían sido reservados
especialmente para que él los viera y examinara,
maniobra por la cual se engaña á las-veces, á
utn how
1
ion
Ir'
POR H. SPENCER
121
bre poco ducho: Apenas hace falta decir que el pro-
ceso de producción tiene sus engaflos. En el comercio
de cintas, por ejemplo, hay una práctica que consiste
en hacer las tres primeras varas buenas y el resto
(que queda cubierto cuando la seda viene enrollada)
de textura mala ó floja, ochenta «cubiertas» por pul-
gada«en vez de ciento ocho. Tenemos además las imi-
taciones hechas de calidad inferior, á lo que podemos
llamar falsificaciones textiles. Esta costumbre de fal-
sificación, no ocasional, sino establecida ya, se lleva
hasta un punto sorprendente y con sorprendente ra-
pidez. Algunas nuevas fabricaciones, que al principio
se vendían á siete chelines y seis dineros vara, han
sido suplantadas por sucesivas falsificaciones, hasta
que al cabo de diez y ocho meses se ha vendido una
imitación de ellas á cuatro chelines y tres dineros
vara. Se han verificado depreciaciones aún mayores
de calidad y de precio, desde diez chelines hasta tres
y aun dos vara. Hasta que al fin y al cabo se hace
tan patente y clara la maldad de esos productos adul-
terados que se hacen invendibles;
y
sobreviene enton-
ces una reacción que acaba, ó en volverse á introdu-
cir de nuevo el producto original, ó en la producción
de alguna novedad que ocupa el lugar de aquél.
Entre nuestras notas acerca de los abusos y malas
prácticas en el comercio al por menor y al por ma-
yor, y en. la fabricación, tenemos otras varias que
hemos de pasar en silencio. No podemos extendernos
á tratar de la trapacería nada rara de emplear mar-
cas de fábrica falsas, ó de imitar las cubiertas de
otros fabricantes. Tenemos que contentarnos con ha-
cer una mera referencia á las hazafias de casas,
al
parecer bien reputadas, que compran artículos que
se
sabe fueron obtenidos poco honradamente. Nos ve-
122
ÉTICA DE LAS PRISIONES
mos obligados á refrenarnos de particularizar cier-
tas disposiciones establecidas, cubiertas bajo la capa
de la más alta respetabilidad, y que parecen endere-
zadas á facilitar esas nefandas transacciones. Los
fraudes que hemos detallado no son más que mues-
tras de un estado de cosas para cuya descripción aca-
bada seria preciso disponer de un volumen entero.
Lcs nuevos ejemplos de inmoralidad mercantil é
industrial que ncs parece debemos dar aqui, son los
que llevan consigo cierta excusa, demostrando como
demuestran cuán insensible y casi irresistiblemente
caen los hombres en prácticas viciosas. No cabe duda
de que siempre hay algún comerciante de muy poca
conciencia que es el primero en introducir una nueva
forma de fraude. Poco á poco le van siguiendo otros
que se sirven muy flojamente de ._-
‘
u código de moral.
Los comerciantes más rectos se sienten tentados de
continuo á adoptar esa invención de dudosa probidad
que han adoptado los que les rodean. Cuanto mayor
es el número de los que ceden y se hace más familiar
la invención, más difícil les es resistir á ella á los res-
tantes. La presión que sobre ellos ejerce la concu-
rrencia se hace cada vez más y más grave. Tienen
que pelear en batalla desigual, estándoles cerrada
una de las fuentes de beneficios de que disponen sus
antagonistas. Y por fin, se ven casi compelidos á se-
guir el camino de los otros. Tomemos como ejemplo lo
que sucedió con el comercio de candelas. Como sabe
todo el mundo, las clases más comunes de velas se
venden en manojos que se supone pesan una libra
cada uno. En un principio el peso nominal correspon-
día al real y efectivo, pero al presente de ordinario
el peso falla por una cantidad que varia de media
onza á dos onzas y á las veces hay una depreciación
•
POR H. SPENCER
123
del doce y medio por ciento. Ahora bien; si un honra-
do fabricante de velas ofrece suministrar á un tende-
ro á seis chelines por la docena de libras, la respues-
ta* que recibe es: «Las tenemos por cinco y ocho pe-
niques.»—«Pero las ml as—replica el fabricante—tie-
nen el peso completo, mientras que no lo tienen esas
que compra usted á cinco y ocho. » — «,Qué me im-
porta eso?—replica el tendero—una libra de velas es
una libra de velas; mis parroquianos las compran en
el paquete y no saben la diferencia que hay entre las
de usted y las de otro.» Y el honrado fabricante de
velas, encontrándose por dondequiera adonde acuda
con este argumento, se encuentra con que ó tiene que
hacer manojos faltos de peso, ó abandonar el nego-
cio. Tomemos otro caso, que, lo mismo que el último,
lo hemos oído directamente de boca de uno que se vió
obligado á sucumbir. Es el de un fabricante de tejidos
elásticos, que se usan ahora tanto para hacer bo-
tas, etc. De una casa de Londres, con la que trata
mucho, recibió hace poco una muestra de tejido pro-
ducida por algún otro y acompaflada de esta pregun-
ta: »Puede usted hacernos esto á... la vara? (citan-
do un precio más bajo que aquel á que antes les ha-
bía procurado el género), é insinuando que si no po-
día hacerlo tendrían que irse á otro. Deshaciendo en
pedazos la muestra (que nos la ensefió), se encontró
el fabricante con que varios de los hilos que debían
ser de seda eran de algodón. Indicando este hecho á
los que le habían enviado la muestra, replicó que si
él hiciera una sustitución igual, podría suministrar el
artículo al precio indicado; y el resultado fué que
llegó á suministrarlo así. Vió que si no hacía eso per-
día una gran parte de su negocio. Vió, además, que
si no cedía desde luego, tendría que ceder al fin y al
••rTill
f
111
124
ÉTICA DE LAS PRISIONES
cabo; porque los demás fabricantes de tejidos elásti-
cos se irían comprometiendo uno tras otro á produ,
cir ese artículo adulterado á precios que diminuirían
en correspondencia con la falsificación, y que cuando
al cabo se quedara solo vendiendo un articulo, al paT
recer semejante al otro, á precio más alto, tendría,
que dejar el negocio. Tenemos razones muy buenas.
para saber que este fabricante es un hombre de natu-
raleza moral delicada, generoso y recto á la vez; y,
sin embargo, le vemos aquí obligado, en cierto senti-
do, á complicarse en uno de esos procesos de envicia-
miento. Es una afirmación chocante, pero no por eso
menos verdadera, que los que resisten á esas corrup.
telas lo hacen á menudo á riesgo de bancarrota, y á
las veces con certidumbre de caer en ella. No decimos
esto simplemente como una conclusión manifiesta de
las condiciones arriba descritas; lo decimos bajo la
garantía de ejemplos que se nos han presentado. Uno
que estuvo en casa de un mercader de palios nos ha
contado su historia, la historia de un hombre que, lle-
vando la conciencia á su comercio, rehusó meterse en
los fraudes corrientes en el comercio. No quería pre-
sentar sus géneros como si fueran de mejor calidad de
la que eran realmente; no quería decir que los mode-
los acababan de salir cuando había pasado su esta-
ción; no quería asegurar que podían lavarse sin cuida-
do tintes que sabía eran poco duraderos. Refrenándose
de caer en estas y otras males costumbres de sus coi
petidores, y como consecuencia, dejando á diario de
vender artículos que sus competidores hubieran ve
t-
dido á fuerza de mentiras, le era, tan,poco remuAera-
tivo su negocio, que, hizo quiebra por dos vec^ Y
en opinión de nuestro informante, causó más dado
con sus quiebras á otros, que
.
que habría
ca
►
ualldo
s.
1
11
1
0
0
POR H.
-
'-SPENCER
125
:
éÉtregándoSe'á lotá
l
abusos y vicios ~ales en el co-
l
mércio. VéasseMies;
cómo
:
se complica la cuestión, y
'cuán dificil 'eer estimar la criminalidad del mercader.
Es muy
géhéral
que á menudo tenga que elegir entre
dos males.
1
Ha intentado perseguir 'su negocio con es-
triéta integridad. No ha vendido más que artículos
genuinos y ha dado la medida llena. Otros, en el mis-
mo negocio, falsifican ó engallan de otra manera
cualquiera, poniéndose así en disposición de vender
á bajo precio. Sus parroquianos, no apreciando lo de-
bido la superioridad en la calidad ó cantidad de sus
artículos, y atraídos por la aparente baratura de otras
tiendas, desertan de la suya. La inspección de sus li-
bros prueba el hecho alarmante de que la diminución
de sus ingresos hará que muy pronto lleguen á ser
éstos insuficientes para hacer frente á sus compromi-
s
o
s, y proveer á las necesidades de su familia que van
en aumento. ¿Qué hacer? ¿Ha de continuar su proce-
der presente, suspender los pagos, ocasionar pérdidas
á sus acreedores y quedar en la calle con su mujer y
Sus hijos? ¿O ha de seguir el ejemplo de sus competi-
dores, emplear sus artificios y dar á sus parroquianos
las mismas ventajas aparentes? Esto último no sólo
parece lo menos dañoso para él, sino que también
puede ser considerado como lo menos dañoso para
otros. Además, una cosa igual hacen hombres tenidos
por respetables. ¿Por qué ha de arruinarse y arruinar
á su familia por empeñarse en ser mejor que sus ve-
cinos? Hará lo que hagan ellos.
Tal es la posición del comerciante; tal el razona-
miento con que se justifica, y es duro condenarlo por
ello. Por supuesto, esta manera de presentar el caso
-no es universal ni mucho 'menos. Hay negocios en
1
que
i
siendo menos activa la competencia, no puede
126
ÉTICA DE LAS PRISIONES
sostenerse la excusa, de caer en prácticas corruptas;
y en realidad, aquí hallamos que prevalecen
menós
las corruptelas. Hay, además, varios comerciantes
que han obtenido relaciones que les aseguran ganan-
cias regulares sin descender á pequeñas rapacerías,
y éstos no tienen defensa ni se degradan. Hay, ade-
más, personas— de ordinario movidas, no por necesi-
dad, sino por avidez—que introducen esas falsifica-
ciones y pequeños fraudes, y sobre éstas debe cargar
la indignación sin atenuante alguno, por ser crimina-
les sin excusa alguna, y á la vez por ser causantes
de criminalidad en los demás. Dejando, sin embar-
go, estas clases relativamente pequeñas, la mayoría
de los comerciantes que llevan adelante los nego-
cios más comunes tienen que recibir una censura mu-
cho mayor de la que parece merecen á primera vista.
Por todas partes nos hemos encontrado con la misma
convicción de que no hay más que dos caminos para
los que están metidos en el comercio ordinario: ó
adoptar las prácticas de sus competidores, ó abando-
nar el negocio. Personas ocupadas en diferentes ocu-
paciones y en diferentes lugares; personas natural-
mente concienzudas, á quienes era evidente que les
molestaban las degradaciones á que se les sometía,
todas y cada una de ellas nos han expresado la idea
de que es imposible llevar adelante el comercio con
estricta rectitud. Todos concuerdan en la opinión,
dada independientemente por cada' uno de ellos, de
que el escrupulosamente honrado pierde en la par-
tida.
Tenemos que entrar aquí ahora con alguna exten-
sión en lo referente á los delitos de los bancos, punto
de que ha tratado á menudo la prensa periódica.
Siendo esto así, podemos presumir
que todos estarán
yy
POR H. SPENCER
127
familiarizados con los hechos habiéndonos de limitar
á hacer unos pocos comentarios.
En opinión de una persona cuyos medios de poder
juzgar ceden á los de pocos, los consejeros y directo-
res de los bancos de capital social anónimo rara vez
han sido culpables de falta directa de honradez. Con
notorias excepciones, el hecho general parece ser que
los consejeros no han tenido interés inmediato en fo-
mentar esas especulaciones que se ha probado son
ruinosas á los depositantes y accionistas, sino que
de ordinario se han contado entre los que mis han su-
frido por ellas. Su falta ha sido más bien la falta me-
nos atroz, aunque todavía grave, de indiferencia res-
pecto á sus responsabilidades. A menudo con conoci-
mientos muy inadecuados han emprendido el comer-
ciar
,
con propiedad perteneciente en gran parte á
gente necesitada. En vez de emplear tanto cuidado en
la inversión de esta propiedad como si fuera suya
propia, varios de ellos se han mostrado culpables de
descuido, ó prestando ellos mismos, sin la debida ga-
rantía, el capital que se les confiara, ó accediendo á
que lo hicieran sus colegas. Sin duda alguna que se
pueden presentar varias excusas en favor de ellos.
Puede recordarse, para atenuar su falta, los bien co-
nocidos defectos de la conciencia de una corporación,
debidos á que la responsabilidad se divide entre va-
rios. Y puede también alegarse en favor de tales de-
lincuentes, que si los accionistas, movidos por la re-
verencia que sienten á los que no tienen más que su
riqueza y su posición, escogen como consejeros, no á
los más inteligentes, los más experimentados ó los de
probidad más á prueba, sino los de mayor capital ó
más alto rango, la censura no debe caer tan sólo sobre
los hombres así escogidos, sino que debe tocar en
128
ÉTICA DE LAS PRISIONES
parte á los que los han escogido. Aún hay más,
y.es
que debe caer sobre el público tanto como sobre -los.
accionistas, en vista de que esa imprudente selección
de consejeros está determinada, en parte, por la in-
clinación conocida de los depositantes. Pero después
de hacer todas estas concesiones, hay que convenir
en que esos administradores de bancos que arriesgan
la propiedad de sus clientes prestándola á especula-
dores, están en moralidad muy cerca de los especula-
dores mismos. Así como estos especuladores arriesgan
el dinero de otros en empresas que esperan les sean
provechosas, así lo hacen los consejeros que prestan
el dinero. Si estos últimos alegan en su favor que el
dinero así prestado lo prestan en la idea de que será
recobrado con buen interés, los primeros pueden, de
igual manera, alegar en su favor que esperan que la
inversión que hacen del dinero les devuelva el capi-
tal prestado juntamente con un bonito beneficio. En,
cada caso la transacción es una de esas en que las
malas consecuencias, si es que sobrevienen, caen más
sobre otros que sobre los autores del negocio. Y aun-
que pueda sostenerse, en favor del consejero, que lo
que hace lo hace sobre todo en beneficio de sus co-
mitentes, mientras que el especulador sólo tiene pre-
sente su propio beneficio, puede replicarse que no es
menos censurable lo censurable de la conducta'del
consejero porque da un paso grave con un motivo re-
lativamente leve. La verdad es que cuando un direc-
tor de banco presta el capital de los accionistas á
aquellos á quienes no prestaría su propio capital, .es
culpable de abuso de
confianza.8érialando las
.
grada-
dones
del crimen; pasamos del robo directo •al- robo
uno, dos, tres ó más grados
.
remoto.: Aunque á un
hombre
e
que especula con dinero de
.
otrost-notsedepue-
POR H. SPENCER
129
de echar en cara robo de primer grado, compromete
á sabiendas la propiedad de su vecino, con intento de
apropiarse la ganancia, si hay alguna, y de dejar
que su vecino sufra la pérdida, si es que la hay: su
crimen es de robo contingente. Y de aquí se deduce
que á uno cualquiera, que estando como un director
de banco en posición de apoderado, en quien los co-
mitentes tienen depositada su confianza, pone el di-
nero que se le confía en manos de especuladores,
puede llamársele cómplice de robo contingente.
Si han de incurrir en tan grave condenación los
que prestan á especuladores dinero confiado, lo mis-
mo que los especuladores que lo toman á préstamo,
¿qué hemos de decir de la clase todavía más delin-
cuente de los que obtienen préstamos mediante frau-
de, que, no sólo hipotecan la propiedad de otros si la
obtienen, sino que la obtienen con falsos pretextos?
Porque, ¿de qué otro modo se ha de presentar lo que
hacen los que sacan dinero con préstamo gratuito?
Cuando A y B se ponen de acuerdo el uno en dar y
el otro en aceptar un billete de 1.000 libras «valor
recibido», aunque en realidad no ha habido venta de
géneros entre ellos, ó no ha habido valor recibido, la
transacción, no es solamente una mentira encarnada,
sino que se convierte luego en mentira viva y activa.
Cualquiera que descuente el billete lo hace en la
creencia de que B, habiéndose hecho posesor de gé-
neros por valor de 1.000 libras, cuando venza el bi-
llete, tendrá las 1.000 libras ó algo que lo valga con
que hacer frente á él. Si supiera que no hay tales
haberes en manos de A ó de B ni otra propiedad que
pueda liquidar el billete, no lo descontaría, no pres-
taría dinero á un maniquí sin seguridad alguna. Si A
hubiera tomado del banco una hipoteca falsificada y
9
130
ÉTICA DE LAS PRISIONES
obtenido un préstamo sobre ella no habría cometido
mayor falta. Prácticamente una letra de contragiro
es
una falsificación. Es un error suponer que la falsi-
ficación se limita á los documentos que sean
física-
mente
falsos, que contengan firmas ú otros
sirábolos
que no sean los que aparentan ser; la falsificación,
propiamente entendida, abarca igualmente la pro-
ducción de documentos que sean
moralmente
falsos.
¿Qué es lo que constituye el crimen cometido al for-
jar billetes de banco? No la mera imitación mecáni-
ca. Este no es más que un medio para el fin, y toma-
d, solo no es crimen ni mucho menos. El crimen con-
siste en engafiar á otros induciéndoles á aceptar lo
que parece ser representación de tanto ó cuanto di-
ne
r
o, pero que en realidad no representa nada. No
importa que la ilusión se efectúe copiando la forma
de las letras y los números, como en un billete de
banco falsificado, .ó copiando la forma de expresión
como en una letra de contragiro. En uno y otro caso
se da una apariencia de valor á lo que no le tiene; y
en darle esta apariencia es en lo que consiste preci-
samente el crimen. Es verdad que en general, el que
acepta una letra de contragiro espera hallarse en dis-
posición de realizarla cuando llega su vencimiento;
pero si los que creen esto le disculpan, recuerden los
varios casos en que, por el empleo de documentos
falsificados, ha habido personas que han obtenido la
posesión de dinero que esperaban reemplazar en se-
guida, y fueron, no obstante, juzgados culpables de
falsificación, y verán así que la disculpa es insuficien-
te . Sostenemos, pues, que los fabricantes de letras de
contragiro deben contarse entre los falsificadores. No
diremos que si la ley les clasificara así, resultaría
gran bien. Varios puntos se presentan de por si: si
POR H. SPENCER
131
tal cambio producirla inconvenientes, imposibilitan-
do las varias transacciones inocentes llevadas á cabo
bajo esa forma ficticia por personas solventes; si ha-
-ciendo que fuera penable el empleo de las palabras
«valor recibido», á menos de haberse recibido tal va-
lor, no se originaría sencillamente una clase adicional
de
letras en que se omitieran esas palabras; si habría
ventaja alguna en que las letras llevaran compro-
bantes de representar no representar ventas reales
y efectivas; si resultaría restricción de un crédito in-
debido cuando los ban.queros y descontadores viendo
gue ciertas letras les venían en nombre de comercian-
tes especuladores ó sin capital, las tomaran. como le-
tras de contragiro. Pero estos son pun.tos que no ne-
cesitaraos discutir para seguir en nuestro argumento.
Aquí no nos toca estudiar más que.la moralidaid de la
-cuestión de que tratamos.
Para estimar en lo debido la magnitud. de los ma-
les indicados, sin embargo, tenemos que tener pre-
sente que las transacciones fraudulentas que se co
raeten así son numerosas, y á la vez que cada una
de ellas se convierte, por lo general, en causa de las
demás, La mentira originaria es de ordinario la ma-
dre de otras mentiras posteriores, que á su vez dan
origen á una progenie que va en. aumento,
y
asi suce-
10
sivamente durante generaciones, que van multipli-
ld
cándose según van descendiendo las unas de las otras.
5
Cuando A y B se encuentran con su letra de 1.000 li-
ras á punto de fallar y que no obtienen el resultado
que esperaban do su especulación; cuando se encuen-
tran, como sucede á menudo, ó con que la inversión
ha resultado con pérdida en vez de ganancia, ó que
no ha llegado aún el tiempo de realizar sus espera-
dos beneficios, ó con que los beneficios, si es que los
•
132
ÉTICA DE LAS PRISIONES
hay, no cubren lo que han derrochado en el entre-
tanto en su manera de vivir; cuando, en una palabra,
no pueden recobrar la letra, recurren al expediente
de fabricar otras letras con que liquidan la primera.
Y al estar á punto de hacer esto creen de ordinaria
que será mejor sacar una suma algo mayor que la
requerida para hacer frente á los compromisos adqui-
ridos. A menos de que un gran éxito les ponga en.
disposición de redimirse, ese procedimiento se repite
y vuelve á repetirse. Mientras no sobrevenga una.
crisis monetaria, sigue siéndoles fácil mantenerse á
flote; y, en realidad, la apariencia de prosperidad
que les da una extensa circulación de letras á su nom-
bre, letras que llevan respetables endosos, crea una
confianza en ellos que les hace más fácil que al prin-
cipio la obtención de crédito. Y donde ese proceso se:
lleva, como en algunos casos, hasta el punto de em-
plear hombres en diferentes ciudades por todo el rei-
no, y aun en partes distantes del mundo, para acep-
tar letras, se guardan las apariencias todavía mejor,
y la trapacería alcanza un desarrollo mucho mayor.
Sin embargo, como todas esas transacciones se llevan
á cabo con capital tomado á préstamo, sobre el cual
hay que pagar interés; como, además, el manteni-
miento de ese fraude organizado ocasiona gastos cons-
tantes, así como en ocasiones sacrificios, y como es-
triba en la naturaleza misma del sistema el engen-
drar una especulación desenfrenada, es casi seguro,
que al fin y al cabo falla la fábrica de mentiras, y,.
al fallar, arruina ó trastorna á otros además de aque-
llos que han dado crédito,
Ni acaba el mal con las penas directas infligidas-
de vez en cuando á los comerciantes honrados. Hay
además un grave castigo indirecto que sufren del sis-
POR H. SPENCER.
133
tema. Estos falsificadores de crédito son de ordinario
instrumentos que ocasionan la baja de los precios por
debajo de su nivel natural. Para hacer frente á apu-
ros imprevistos se ven obligados una y otra vez á
vender artículos con pérdida, á riesgo de una suspen-
sión inmediata de pagos si no hacen eso. Aunque
para cada uno de los interesados esto no es más que
un incidente ocasional, sin embargo, tomando la to-
talidad de los que tienen algo que ver con uno de
estos negocios, resulta que hay generalmente algu-
nos que están haciendo sacrificios, algunos que están
produciendo una baja no natural en el mercado. En
una palabra: el capital obtenido fraudulentamente
por algunos comerciantes se disipa en parte, en ha-
cer que el negocio de otros comerciantes dé una re-
muneración deficiente, á menudo con serios inconve-
nientes,
Sin embargo, si se ha de decir toda la verdad, la
condenación que se pronuncia sobre las cabezas de
esos vampiros comerciales no se ha de limitar á ellos,
sino que la merece también, en cierto modo, una
clase mucho más numerosa. Entre el proyectista sin
un cuarto que consigue el uso del capital con falsos
pretextos y el comerciante recto que jamás contrae
mayores compromisos que los que podría liquidar
con su haber, median todas las gradaciones. De los
negocios llevados á cabo por entero con capital de
otros, obtenido con falsificaciones, pasamos á nego-
cios en que hay un capital real de un décimo y un
capital de créditos de nueve décimos, A otros nego-
cios en que es algo mayor la proporción entre el ca-
pital real y el ficticio, y así hasta que llegamos á la
clase muy extensa de los hombres que comercian con
peco más que sus propios medios. En todos los casos
134
ÉTICA DE LAS PRISIONES
el fin que se persigue es conseguir más crédito que el.
que se obtendría si fuera conocido el estado del ne-
gocio; y los casos en que este crédito está parcial-
mente no garantido difieren tan sólo en grado de
aquellos en que está garantido por entero. Como em-
piezan á echarlo de ver muchos, el prevalecimiento
de ese fraude indirecto tiene no poco que ver con
nuestros desastres comerciales. Hablando en general,
la tendencia en todo comerciante es á hipotecar el
capital de otros tanto como el suyo propio. Y cuando
A
ha tomado á préstamo gracias al crédito de
B, B
al
de C, y C al de
A,
cuando, á través del mundo todo
comercial, cada cual se ha metido en compromisos á.
que sólo puede hacer frente con ayuda directa ó indi-
recta, cuando cada cual está necesitado de ayuda de
algún otro para que le salve de la quiebra, entonces
es segura una bancarrota general. Puede retardarse
el castigo de una falta de conciencia general, pero es
seguro que al fin suele llegar.
Por supuesto, la moralidad media comercial no
puede describirse con todo cuidado en tan breve espa-
cio. Por una parte, no hemos podido dar más que unos
ejemplos típicos de los abusos por los que se echa á
perder el comercio. Por otra parte, nos hemos visto
obligados á presentar esos solos, sin atenuarlos con
la gran suma de tratos honrados entre los que se ha-
llan aquellos diseminados. Aunque acumulando tales
datos, puede ser más severo el veredicto, diluyéndo-
los en la inmensa masa de transacciones equitativas
que se llevan á cabo á diario, Se mitiga aquél. Aun
después de hacer toda clase de concesiones, tememos,
sin embargo, que el estado de cosas resulte muy malo.
Nuestra impresión en este punto se debe menos á los
hechos narrados más arriba que á la opinión gene-
POR H. SPENCER
135
ral expresada por nuestros informantes. En todas
partes hemos hallado que el resultado de una larga
experiencia personal es la convicción de que el co-
mercio es esencialmente corrompido. Las personas
de negocios nos han manifestado una tras otra implí-
cita ó expresamente esa creencia, ya en tono de dis-
gusto, ya de desaliento, ya de reprensión ó de burla,
según su carácter. Omitiendo las más elevadas cla-
ses mercantiles, unos pocos de los comerciantes me-
nos comunes, y esos casos excepcionales en que se ha
obtenido un completo dominio del mercado, el testi-
monio uniforme de jueces competentes es que el buen
éxito es incompatible con la estricta integridad. Para
vivir en el mundo comercial parece necesario adop-
tar su código ético, sin excederse de él ni quedarse
más corto que él, no siendo ni menos ni más honrado
que lo que él prescribe. Los que caen por debajo de
su nivel son expulsados, mientras que los que se ele-
van sobre ese código, ó se arruinan ó 'tienen que re-
bajarse á él. Así como en la propia defensa el hombre
civilizado se convierte en salvaje entre salvajes, así
parece que en defensa propia el comerciante escru-
puloso se ve obligado á convertirse en tan poco escru-
puloso como sus competidores. Se ha dicho que la ley
de la creación animal es «come y sé comido», y
pue•
de decirse de igual manera que la de nuestra socie-
dad mercantil es—«engaña y sé engafiado». Un sis-
tema de aguda competencia, llevado á cabo, como se
le lleva, sin las debidas restricciones morales, es un
sistema de canibalismo comercial. Su disyuntiva es:
ó usas las mismas armas que tus antagonistas, ó te
conquistan y devoran.
De las cuestiones sugeridas por estos hechos, una
de las más obvias es: ¿no se justifican así los prejui-
136
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
•
cios que se han guardado siempre en contra del co-
mercio y de los comerciantes? Esas bajezas y esos
fraudes y la degradación moral que implican, ¿no
autorizan la falta de respeto que se demuestra á los
hombres de negocio? Probablemente se presentará
una pronta respuesta afirmativamente, pero dudamos
mucho de que sea dada. Somos más bien de opinión
de que esos delitos son producto del carácter medio
colocado en circunstancias especiales. No hay razón
para suponer que las clases mercantiles sean peores
que las demás clases. Tomando á los hombres en con-
junto desde los rangos más elevados á los más bajos,
es lo más probable que hicieran lo mismo, colocados
en igual caso. La verdad es que . es fácil recriminar
al mundo mercantil. ¿Es un abogado procurador el
que comenta sus fechorías? Le pueden reducir al pun-
to al silencio refiriéndole las manchas sin cuento que
afean la reputación de su cofradía. ¿Es un abogado
de los que informan en estrados? Su práctica frecuen-
te de tomar á cargo pleitos que sabe no tienen salida
válida, y su costumbre de cobrar honorarios por tra-
bajos que no hace, hacen que su crítica se vuelva
contra él mismo. ¿Viene la condenación de la prensa?
El condenado puede recordar á los que escriben el
hecho de que no es muy honrado dar un juicio bené-
volo de un libro que no se ha hecho más que hojear,
ó escribir elogios calurosos de una obra mediana de
un amigo, mientras se desdefia lo bueno de un ene-
migo, y se puede además preguntar si los que bajo el
dictado de quien les emplea escriben en contra de
sus ideas y convicciones,., son culpables del mal serio
de falsificar la opinión pública. Además, los comer-
ciantes pueden sostener que á varios de sus delitos
les lanza la injusticia de sus parroquianos. Ellos, y
POR H. SPENCER
137
\ en especial los que tratan en telas, pueden indicar el
hecho de que la demanda habitual de una rebaja en
el precio se hace con desconsideración extrema de
sus razonables beneficios; y que, para protegerse
contra los intentos de ganar con su pérdida se ven
ellos obligados á pedir precios mayores que los que
tienen intención de cobrar. Pueden argüir también
que los apuros en que les pone á menudo la falta de
pago de grandes sumas que les deben sus más ricos
parroquianos son la causa de sus abusos, obligándo-
les, como les obliga, á servirse de todos los medios,
ilegítimos tanto como legítimos, para sacar con que
hacer frente á sus compromisos. Y después de haber
probado que esas personas que les inculpan, al no
mostrar por su parte consideración á los derechos aje-
nos, no tienen excusa alguna, pueden preguntar los
comerciantes si es á ellos que tienen la excusa de
tener que luchar con una competencia implacable, á
los únicos á quienes se ha de vituperar el que mues-
tren desconsideración en otras formas. Sí, hasta á los
guardianes de la rectitud social, á los miembros de
los cuerpos legisladores, se les puede presentar el ar-
gumento del
más eres tú,
preguntándoles si el sobor-
nar al criado de un parroquiano es peor que sobornar
á un elector, ó si el ganar sufragios con discursos de
asamblea, llenos de pomposas promesas y aplaudidos
por alabarderos, discursos en que se hacen protestas
insinceras adaptadas al gusto de la reunión, si no es
esto tan malo como conseguir un pedido de artículos
engañando respecto á su calidad. No pocas clases, si
es que alguna, están libres de inmoralidades que sean
tan grandes,
relativamente
á
las tentaciones,
como las
que hemos expuesto. Por supuesto no serían tan insig-
nificantes ó tan considerables si las circunstancias no
138
ÉTICA DE LAS PRISIONES
pidieran insignificancia ó considerabilidad, ni tan
constantes y organizadas si las condiciones de la cla-
se no hubieran tendido á hacerlas habituales. Pero,
tomando la cosa con estas atenuaciones, creemos que
puede decirse mucho en pro de la proposición de que
las clases mercantiles, sin ser peores ni mejores in-
trínsecamente que las demás clases, se ven arrastra-
das á sus costumbres viciosas por causas externas.
Otra cuestión que surge aquí naturalmente es esta:
¿estos males no van haciéndose peores? Varios de los
hechos que hemos citado parecen implicar que, en
efecto, van haciéndose cada vez peores, pero hay, sin
embargo, otros hechos que indican con toda claridad
otro camino. Al pesar los datos tenemos que hacer ob-
servar que la mayor atención pública que se presta al
presente á tales asuntos, es por si misma una fuente
de error, á propósito para engendrar la idea de que
los males que empieza
á
advertirse ahora han brota-
do recientemente, cuando en realidad lo que ha pasa-
do es que hasta aquí, ó no se les hacía caso, ó pasa-
ban del todo inadvertidos. Esto ha sucedido con el
crimen, con la miseria, con la ignorancia popular, y
es muy probable que esto es lo que haya pasado con
las corruptelas del comercio. Así como es verdad de
los seres individuales que su altura en la escala de la
creación puede medirse por el grado de propia con-
ciencia que posean; así, en cierto sentido, es verdad
de las sociedades. Las sociedades adelantadas y ele-
vadamente organizadas se distinguen de las más in-
feriores por la evolución dé algo que está en lugar de
una
conciencia social de si mismo.
Entre nosotros mis-
mos se ha verificado felizmente, en los últimos arios,
un notable desarrollo de la conciencia propia social,
y creemos que á esto es atribuible principalmente el
POR H. SPENGER
139
que vaya en aumento la
impresión que producen las
malas prácticas del comercio. Confirman este punto
de vista los hechos que han llegado á nosotros refe-
rentes al comercio de tiempos pasados. En su obra
El perfecto comerciante inglés (Complete English Tra-
desman),
Defoe menciona, entre otras maniobras de
los vendedores al por menor, las luces falsas que in-
troducían en sus tiendas con propósito de dar aspec-
to engañoso á sus artículos. Hace comentarios sobre
la «retórica de las tiendas» el «flujo de falsedades»
con que los comerciantes hablan de ordinario á sus
parroquianos, y cita su defensa de que no podrían
vivir si no mintieran. Dice además que era raro un
tendero que no tuviera un saco de moneda falsa ó
gastada, de donde sacaba para dar cambios cuantas
veces podía hacérlo, y que personas, hasta las más
honradas, se envanecían dé su destreza para desem-
barazarse de moneda mala. Estos hechos muestran
que la moral mercantil de aquellos días no era mejor
que la de los nuestros; y si traemos á las mientes las
numerosas leyes del Parlamento dictadas en tiempos
antiguos para impedir fraudes de toda clase, vere-
mos que va implícita la misma conclusión. Del esta-
do general de la sociedad puede deducirse otro tanto.
Cuando, reinado tras reinado, los gobiernos alte-
raban el valor de la moneda rebajando su acuña-
ción, el tono moral de las clases medias apenas podía
haber sido más elevado que ahora. Entre generacio-
nes cuya compasión hacia el prójimo y cuya simpatía
por los derechos de éste eran tan débiles que la trata
de esclavos, era, no sólo justificable, sino que se re-
compensaba al iniciador de ella permitiéndole per-
petuar la memoria del hecho en su escudo de armas,
apenas es posible que los hombres respetaran los de-
140
ÉTICA DE LAS PRISIONES
rechos de sus conciudadanos más que al presente.
No pueden haberse distinguido por tratos mercantiles
justos, tiempos caracterizados por una administración
de justicia tan deficiente que había en Londres nidos
de criminales que desafiaban la ley
y en todos los ca-
minos ladrones que la eludían. Mientras que, por el
contrario, una edad, que, como la nuestra, ha visto
tantos cambios sociales equitativos impuestos á los
cuerpos legisladores por la opinión pública, es muy
poco probable que sea una edad en que se hayan ido
haciendo menos equitativas las transacciones entre
individuos. Es, sin embargo, innegable, por otra par-
te, que varias de las corruptelas que hemos des-
crito son de origen moderno. No pocas de ellas se han
establecido durante los últimos treinta anos, y otras
están produciéndose todavía. ¿Cómo pueden conciliar-
se estas aparentes contradicciones?
No es difícil la conciliación de ellas. Estriba en el
hecho de que mientras han ido disminuyendo los frau-
des
directos,
los
indirectos
han ido en aumento, lo mis-
mo en variedad que en número.' Y esto creemos que
concuerda con la opinión de que el nivel medio de la
moral comercial es más elevado de lo que ha sido an-
tes de ahora, porque si omitimos, como excluidos de
la cuestión, los frenos penales, religiosos y legales,
é indagamos cuál es el último freno moral á la agre-
sión del hombre contra el hombre, nos encontramos
con que es la compasión por la pena infligida. Ahora
bien; la finura de la simpatía, que depende de la
viveza con que nos representamos esa pena, va-
ría con las condiciones del caso. Puede ser bastan-
te eficaz para enfrenar malas acciones que causan
manifiestamente gran sufrimiento, y todavía no bas-
tante activa como para enfrenar malas acciones que
POR H. SPENCER
141
no causan más que leve molestia. Aunque suficiente-
mente aguda para impedir que un hombre haga algo
que produjera dallo inmediato á una persona conoci-
da, puede no ser lo suficiente para impedir hacer lo
que haya de producir daño remoto á personas desco-
nocidas. Y hallamos que los hechos concuerdan con
esta deducción, la de que el freno moral varía según
la claridad con que se conciben las malas consecuen-
cias. Uno que protesta si se le acusa de robar un bol-
sillo, no tiene escrúpulo en falsificar sus géneros; y el
que jamás ha so fiado en hacer pasar moneda gasta-
da, toma parte en los engaños de un banco por accio-
nes. De aquí, como decimos, que la multiplicación de
las formas más sutiles y complejas de fraude pueda
coexistir con un progreso general en la moralidad,
siempre que vaya acompañada de una diminución en
las formas mayores de fraude.
Pero el punto que nos importa más es, no si la
moral del comercio es mejor ó peor de lo que ha sido,
sino más bien porqué es tan mala. ¿Por qué en el es-
tado civilizado en que nos encontramos hay tanto
que acusa el astuto egoísmo del salvaje? ¿Por qué
después de los cuidados de la educación, durante la
cual se nos inculca tanto la rectitud, encontramos en
el resto de la vida tanta trapacería y engaño? ¿Por
qué á despecho de todas las exhortaciones que escu-
chan cada domingo las clases comerciales vuelven á
reanudar á la mañana siguiente sus abusos y malas
acciones? ¿Cuál es el poderoso agente que casi neutra-
liza la disciplina de la educación, de la ley, de la re-
ligión?
Tenemos que pasar por alto varias causas subsi-
diarias que pueden setalarse, para que nos quede es-
pacio en que tratar de la causa capital. En una exilo--
píe
'11
142
ÉTICA DE LAS PRISIONES
sición que agotara el asunto habría que decir algo de
la credulidad de los parroquianos, á quienes se les
lleva á creer en imposibles ventajas, y algo, además,
de la avidez, que, inclinándoles á esperar más que lo
que deben obtener, anima á los vendedores á ofrecer
tratos engañosos. La dificultad cada vez mayor de la
vida como consecuencia de la creciente densidad de
la población, puede tal vez ser parte á ese efecto, á
lo que puede añadirse el mayor coste en el sosteni •-
miento de una familia, mayor coste que resulta del
mayor nivel de la educación. Pero el principal inci-
tante á esas malas costumbres del comercio es el in-
tenso deseo de riqueza. Y si preguntamos de dónde
viene ese intenso deseo, la respuesta es que resulta
del
respeto que sin discernimiento alguno se tributa
la riqueza.
Distinguirse de la muchedumbre, de la masa vul-
gar, ser alguien, hacerse un nombre y una posidión,
esta es la ambición universal; y el acumular riqueza
es el más seguro, á la vez que el más fácil camino de
llenar esa ambición: Todo nos enseña eso desde muy
temprano en nuestra vida. En la escuela es patente
la corte que se hace á uno cuyos padres han pedido
el coche para ir á verle; mientras que el niño pobre,
cuya insuficiente provisión de vestidos implica los
escasos medios de fortuna de su familia, graba desde
muy pronto en su memoria el hecho de que la pobre-
za es despreciable. Al entrar en el mundo se neutra-
lizan desde luego por la experiencia las lecciones que
se recibieran acerca de la nobleza del sacrificio pro-
pio, de la reverencia debida al genio, de lo admira-
ble de una elevada integridad, puesto que las accio
nes de los hombres prueban que no son estos Sus
criterios de respetó. Se observa desde luego que
POR H. SPENCER
143
mientras puede obtenerse casi seguramente de nues-
tros conciudadanos abundantes muestras exteriores
de deferencia, dirigiendo la actividad á acumular
propiedad, rara vez se consigue eso por otro camino
cualquiera; y que hasta en los pocos casos en que se
obtiene de otra manera no se dan esas muestras de
respeto sin reserva alguna, sino que van acompatia-
das de una demostración más ó menos clara de algo
de patronazgo. Si, al ver esto, ve además el joven
que mientras es posible adquirir propiedad con dotes
medianas, exige facultades y sentimientos que no po-
see el adquirir distinción mediante descubrimientos
brillantes, ó actos heroicos ó elevadas obras de arte,
no es difícil comprender porqué se dedica en alma
y
cuerpo al negocio.
No queremos decir que los hombres obren tenien-
do en cuenta las conclusiones indicadas y razonándo-
las concientemente, sino que queremos decir que esas
conclusiones son productos formados inconsciente-
mente de su experiencia diaria. Desde su más témpra-
na infancia, los hechos y dichos de todos los que le
rodeaban han engendrado en él la idea de que rique-
za y respetabilidad son dos lados de la misma cosa.
Esta idea, creciendo con él según él crece, y robus-
teciéndose á medida que él se robustece, se convierte
á lo último en algo que casi podemos llamar una con-
vicción orgánica. Y esta convicción orgánica es lo
que le inclina á gastar todas sus energías en hacer
dinero. Sostenemos que el principal estímulo no es el
deseo de la riqueza misma, sino del aplauso y la po-
sición que procura. Y en esta opinión nos hallamos
de acuerdo con varios comerciantes inteligentes, con
los que hemos hablado acerca del asunto. Es increí-
ble que los hombres hagan los sacrificios mentales y
?.k
144
ÉTICA DE LAS PRISIONES
corporales que hacen, meramente para conseguir los
beneficios materiales que se obtienen con dinero.
¿Quién hay que vaya á tomar sobre si una carga ex-
traordinaria de negocios con el propósito de adquirir
una bodega de vinos escogidos para beberlos él mis-
mo? El que lo hace, lo hace para tener vinos escogi-
dos que dar á sus huéspedes y conseguir así sus aplau-
sos y alabanzas. ¿Qué comerciante emplearía una
hora más diaria en su oficina, meramente para poder
ir á habitar una casa en un barrio más de moda? Se
somete á ello, no para ganar en salud y comodidades,
sino en obsequio á la mayor consideración social que
la nueva casa le ha de aportar. ¿Dónde está el hom-
bre que se pase las noches en vela ideando medios de
acrecentar sus ingresos con la esperanza de ponerse
en disposición de procurar á su mujer coche, si fuera
el uso de coche lo único que tuviera en cuenta? Es
por el
lustre
que da el coche por lo que se atormenta
con esas ansiedades. Tan evidentes, tan trilladas y
triviales son en realidad estas verdades, que nos da-
ría vergüenza insistir en ellas, si el argumento no lo
requiriera.
Si el deseo de ese homenaje que procura la rique-
za es el principal estímulo que mueve á los esfuerzos
por conseguirla, en este caso el rendir ese homenaje
(cuando se rinde, como suele hacerse, con poco dis-
cernimiento) es la causa principal de los fraudes y
trampas á que arrastran á los hombres del comercio
esos esfuerzos. Cuando el tendero, en virtud de un
aflo próspero y de perspectivas favorables, ha cedido
á las persuasiones de su mujer y reemplazado el anti-
guo mobiliario por uno nuevo con un gasto mayor
que el que cubren sus ingresos; cuando, en vez del
aumento esperado, el próximo año trae una baja en
3:i,
POR H. SPENCER
145
sus beneficios; cuando se encuentra con que sus gas-
tos superan á sus entradas, entonces cae bajo la for-
tísima tentación de adoptar alguna falsificación re-
cién introducida ú otro abuso cualquiera. Cuando, ha-
biendo ganado algún viso con su ostentación, el co-
merciante al por mayor empieza á dar banquetes
propios tan sólo de los que tienen ingresos diez veces
mayores que los suyos, con otros dispendiosos entrete-
nimientos; cuando, habiéndose conducido por algún
tiempo de esta manera á un gasto mayor que el que
puede soportar, se encuentra con que no puede dejar
de continuar lo mismo sin ceder su posición, entonces
se ve inclinado lo más fuertemente á entrar en mayo-
res transacciones, á meterse en tratos que exceden de
los medios de que dispone, á buscar su crédito inde-
bido, á entrar en esa serie de misterios que van com-
plicándose y que acaban en una desgraciada banca-
rrota. Y si los hechos son así, es conclusión inevita-
ble la de que la ciega admiración que rinde la socie-
dad á la mera riqueza y á la ostentación de ésta es
la fuente principal de esa multitud de inmoralidades.
Si, el mal es más profundo de lo que aparece, hun-
de sus raíces mucho más abajo de la superficie. Este
gigantesco sistema de trampas, que se ramifica en to-
das las formas concebibles de fraude, tiene raíces que
se extienden muy por debajo de toda nuestra fábrica
social y que, enviando fibras á cada casa, chupan la
fuerza de nuestros hechos y dichos diarios. En todo
comedor hallan alimento sus raicillas cuando gira la
conversación acerca de las afortunadas especulacio-
nes de tal ó cual, la compra que hizo de unas tierras,
su valor probable, acerca del gran legado que acaba
de heredar éste ó de la feliz jugada de aquél, porque
el hablar así de eso es una forma de ese tácito respeto
10
146
ÉTICA DE LAS PRISIONES
por cuya consecución pelean los hombres. Todo•salón
suministra alimento á ese sistema en la admiración
adjudicada á la suntuosidad, á las sedas «ricas», esto
es, costosas; á trajes y vestidos que contienen -una
enorme cantidad de material, esto es, costosos; á dia-
mantes raros, es decir, costosos; á porcelana antigua,
esto es, costosa. Tiene el sistema de que hablamos
pábulo fresco en la multitud de pequeñas observacio-
nes y de minucias de conducta que, en todos los círcu-
los, implican á todas horas cuán por completo va en-
vuelta la idea de respetabilidad en la de exteriorida-
des costosas.
Todos estamos complicados en esto. Todos nos-
otros, sea con aprobación propia ó sin ella, expresa-
mos el sentimiento establecido. Aun el que desaprue-
ba ese sentimiento se encuentra incapacitado de tra-
tar á la virtud que se presenta pobremente y de ma-
nera trivial con una cordialidad tan grande como
aquella con que le tratarla si la misma virtud estu-
viera dotada de prosperidad. Apenas se hallará un
hombre que no trate con más cortesía á un muchacho
bien trajeado que á otro que se presente con un traje
de fustán. Aunque los hombres se desquitan de la de-
ferencia que han mostrado á un rico vulgar ó á uno
que obtuvo éxito de mala manera dando luego en pri-
vado suelta á su desprecio hacia él, sin embargo,
cuando vuelven á encontrarse cara á cara con esas
imponentes exterioridades que encubren la falta de
valor, hacen lo mismo que hicieron antes. Y mientras
la carencia de mérito, presentándose bajo el manto
de la riqueza, se imponga y consiga señales visibles
de respeto; mientras se oculte el desprecio que hacia
ella, se siente, es natural que florezca.
He aqui porqué perseveran los hombres en esas
IDO
cbo
tele
.
111
POR H SPENCER
147
malas prácticas que todos condenan. Así consiguen
un homenaje que, si no • es sincero, es, sin embargo,
por lo que hace á las apariencias, tan bueno como el
que más. A uno que se ha ganado su riqueza con una
vida de fraudes, ¿qué le importa que su nombre sea
en todos los círculos sinónimo de trapacería? ¿No le
han honrado por dos veces de una manera patente y
manifiesta eligiéndole alcalde de su ciudad? (Al decir
esto no hacemos más que citar un hecho.) Y esto, junto
con la consideración personal que se le demuestra,¿no
sobrepuja en su juicio á todo lo que se diga en contra
de él, de lo cual apenas oye cosa alguna? Si no mu
cho después de haber ostentado sus tratos nada equi-
tativos, alcanza un comerciante las más altas distin-
ciones cívicas que tiene que ofrecer el reino, y esto,
además, por mediación de los que mejor conocen su
delincuencia, ¿no es ese hecho algo
.
que les anima á
él y á los otros á sacrificar la rectitud al engrandeci-
miento personal? Si después de haber escuchado un
sermón en que se han denunciado implícitamente las
corruptelas de que es él culpable, el rico malhechor
se halla, al dejar el templo, con que sus vecinos le
saludan quitándose el sombrero, esta aprobación tá-
cita, ¿no neutraliza, el efecto de todo lo que ha oído?
La verdad es que para la gran mayoría de los hom-
bres, la expresión visible de la opinión social es, con
mucho, el más eficaz de los incentivos y frenos. Pro-
poned á uno que desee apreciar la fuerza de ese freno
el que pasee por las calles en traje de basurero ó de
trapero
;
de los que van de puerta en puerta. Hacedle
sentir, como sentirá probablemente, que antes haría
algo moralmente malo que cometer tal infracción de
los usos y costumbres y sufrir el ridículo que de
ello resulta. Entonces apreciará mejor cuánto poder
148
ÉTICA DE LAS PRISIONES
tiene para domeriar á los hombres
la
desaprobación
franca de sus prójimos, y cómo, por el contrario, el
aplauso exterior de ellos es un estimulo que sobrepa-
sa en intensidad á todos los demás. Representándose
por completo los cuales hechos verá que las inmora-
lidades del comercio son atribuibles en gran parte á
una opinión pública inmoral.
No infiera nadie de lo que se ha dicho que conde-
namos el rendir respeto á la riqueza bien adquirida
y bien empleada. El sentimiento que inclina á los
hombres á ese respeto es bueno en su sentido origina-
rio y en el debido grado. En primer lugar, la riqueza
es signo de potencia mental, y esto es siempre respe-
table. El tener propiedad adquirida honradamente
implica inteligencia, energía, dominio de si mismo, y
estas cualidades son dignas del homenaje que se les
presta indirectamente al admirar sus resultados. Ade-
más, requiere también sus virtudes la buena admi-
nistración y el acrecentamiento de la propiedad here-
dada, y por lo tanto, pide su parte de aprobación. Y
además de ser aplaudidos por desplegar sus faculta-
des los hombres que ganan y acrecientan riqueza,
deben serlo como bienhechores públicos, porque el
que como fabricante ó mercader ha realizado una
fortuna, prueba con ello que ha llenado sus funciones
mejor que los que han sido menos afortunados.
Ha
procurado al público mayores ventajas con una habi-
lidad mayor, un mejor juicio ó más economía que
sus
competidores. Sus beneficios extraordinarios no son
más que una parte del extraordinario producto obte-
nido por el mismo desembolso; yendo la otra parte á
los consumidores. Y de igual manera el terrateniente
que, con una inversión juiciosa de su dinero, ha acre-
centado el valor (esto es, la productividad) de
su
fia
POR H. SPENCER
149
tienda, ha añadido al hacerlo algo al acervo del ca-
pital nacional. En todos sentidos, pues, es justo que
obtenga su parte de admiración la recta adquisición
y el
11807
apropiado de la riqueza.
Pero lo que condenamos como la causa capital de
las trampas comerciales, es la
indiscreta
admiración
rendida á la riqueza, una admiración que tiene poca
ó ninguna referencia con el carácter del posesor.
Cuando, como sucede generalmente, las señales exte-
riores se reverencian, donde no significan mérito in-
terno, es más aún, donde encubren una interna falta
de mérito, el sentimiento se hace vicioso. Esta ido-
latría, que adora al símbolo independientemente de
la cosa simbolizada, es la raiz de todos los males
que hemos estado exponiendo. En tanto que los hom-
bres rinden homenaje á esos bienhechores sociales
que se han hecho ricos honradamente, prestan un sa-
ludable estimulo á la industria; pero si conceden una
parte de sus homenajes á esos malhechores sociales
que se han enriquecido por medios nada honrados,
fomentan la corrupción y se hacen cómplices de to-
dos esos fraudes del comercio.
En cuanto al remedio se sigue evidentemente que
no hay ninguno, excepto el de que se purifique la opi-
nión pública. Cuando ese aborrecimiento que demues-
tra hoy la sociedad al robo directo se demuestre
al
robo en todos sus grados por indirecto que sea, enton-
ces desaparecerán esos vicios mercantiles. Cuando se
considere como del mismo género que el ratero
y
se
le trate con igual desdén, no sólo al comerciante que
falsifica sus géneros ó da medida escasa, sino también
al que emprende negocios que exceden á sus fuerzas,
al director de banco que presenta un informe exage-
rado y al director de linea férrea que rechaza su fian-
150
ÉTICA DE LAS PRISIONES
za, entonces llegará á ser lo que debiera la moral del
comercio.
Tenemos poca esperanza, sin embargo, en que se
alcance en breve á tan elevado tono de opinión pú-
blica. La condición presente de las cosas parece ser,
en gran parte, un acompañamiento necesario de nues-
tra presente fase de progreso. A través del mundo ci-
vilizado, especialmente en Inglaterra, y sobre todo
en América, la actividad social se gasta casi por en-
tero en el desarrollo material. La tarea de nuestra
edad es subyugar á la naturaleza y llevar á su más
alta perfección las potencias de producción y distri-
bución, y esta será probablemente la tarea de varias.
edades futuras. Y así como en los tiempos en que eran
el principal
desideratun2,
la defensa nacional y las con-
quistas se honraba sobre todo las empresas y hazañas
militares, así ahora que el principal
desideratum
es el
desarrollo industrial, se honra más patentemente á lo
que indica, por lo general, ayuda al desarrollo indus-
trial.
La nación inglesa al presente ostenta lo que pode-
mos llamar la diátesis comercial; y la indebida admi-
ración rendida á la riqueza aparece como su conco-
mitante, relación todavía más patente en la adora-
ción que tributan los americanos al «donar omnipo-
tente», Y mientras continúa la diátesis comercial, con
la admiración que la acompaña, tememos que no pue-
dan curarse más que en parte los males que hemos
estado delineando. Parece que hay que renunciar á
toda esperanza de que los hombres distingan entre lo
que representa superioridad personal y beneficios he-
chos á la sociedad
y
lo que no lo representa. Los sím-
bolos y las exterioridades han guiado á las masas en
el mundo entero, y continuarán guiándolas por mu-
roiL
POR
SPENCER
151
eho tiempo, Ni aun las personas de cultura, que es-
tán en guardia en contra de la tendencia de asociar
ideas, y se empellan por separar lo real de lo aparen-
te, ni aun esas personas pueden escapar á la influen-
cia de la opinión corriente. Tenemos que contentar-
nos, por lo tanto, con esperar un lento mejoramiento.
Algo puede hacerse aún todavía, sin embargo, me-
diante una vigorosa protesta contra la adoración tri-
butada al mero éxito. Y es importante el que se lleve
á cabo esa protesta, considerando cuánto se fomenta
ese sentimiento vicioso. Cuando tenemos á uno de
nuestros principales moralistas predicando, con cre-
ciente vehemencia, la doctrina de la santificación por
la fuerza; cuando se nos dice que es despreciable un
egoísmo perturbado con remordimientos de conciencia
y digno de admiración un egoísmo bastante intenso
'para pisotear cualquier cosa que sea en la persecu-
ción sin escrúpulo alguno de sus fines; cuando halla-
mos que si es suficientemente grande el poderío, sea
de la clase que fuere y dirigido como se quiera, es
ensalzado por nuestra reverencia, al ver todo esto
podemos temer que aumenten más bien que disminu-
yan el aplauso al mero éxito que es lo que hoy pre-
valece, juntamente con los vicios comerciales que tal
aplauso estimula. La sociedad no ha de hacerse mejor
por ese culto á los héroes convertido en culto á los
brutos, sino precisamente por lo opuesto á él, por una
severa crítica de los medios porque se lleva á cabo el
éxito, y tributando honores á los modos de actividad
más elevados y menos egoístas.
Y felizmente se están mostrando señales de esa
opinión pública más moral. Se va haciendo doctrina
recibida tácitamente la de que el rico no puede, como
en tiempos pasados, gastar su vida en las satisfaccio-
152
ÉTICA DE LAS PRISIONES
nes personales; sino que debe dedicarse al bienestar
general. Alio tras afio el mejoramiento del pueblo va
ocupando cada vez una parte mayor de la atención
de las clases altas. Afio tras año dedican voluntaria-
mente cada vez más energía á fomentar el progreso
material y moral de las masas, Y empieza á mirarse
con más ó menos desprecio á los que de entre ellos no
se encargan de esas elevadas funciones. Este hecho
el más reciente
y
más preñado de esperanzas de la
historia humana, esta nueva y mejor caballería pro-
mete desenvolver un más elevado criterio del honor
y mejorar así varios males: entre otros los que hemos
detallado.
Cuando la riqueza obtenida con medios ilegítimos
no traiga inevitablemente nada más que desgracia;
cuando sólo se conceda á la riqueza bien adquirida la
parte de homenaje que le corresponde, dándose la
parte mayor á los que consagren sus energías y sus
medios á los fines más nobles; entonces podemos estar
seguros de que, juntamente con otros beneficios, se
purificará grandemente la moral del comercio.
MORAL Y POLICÍA DE LOS FERROCARRILES
Los que creen en las virtudes intrínsecas de las
formas políticas pueden sacar una lección instructi-
va de la politica de nuestras compañías de ferroca-
rriles. Si hace falta alguna prueba de que las consti-
tuciones construidas con más cuidado carecen de
valor á menos de que encarnen el carácter popular;
si hace •falta una prueba concluyente de que las dis-
posiciones gubernamentales adelantadas para el tiem-
po en que se instituyen tienen que ponerse inevita-
blemente en congruencia con él, tal prueba se halla
repetida una y otra vez en la historia corriente de
nuestras empresas de compañías por acciones. Como
infundidas por ley del Parlamento, las administracio-
nes de nuestras compañías anónimas son casi pura-
mente democráticas. En ellas se lleva adelante el
sistema representativo sin apenas freno alguno. Los
tenedores de acciones eligen sus directores, éstos á su
presidente; anualmente se retira una cierta propor-
ción de miembros del consejo, dándo asi facilidades
para que sean sustituidos; y, por este medio, el cuer-
po todo directivo puede cambiarse en períodos que
varían de tres á cinco años. Sin embargo, no sólo se
reproducen los vicios característicos de nuestro esta-
do político en cada una de estas corporaciones mer-
cantiles (algunos de esos vicios en mayor grado aún),
sino que la forma misma de gobierno, aunque perma-
154
ÉTICA DE LAS PRISIONES
neciendo nominalmente democrática, vuelve á mode-
larse sustancialmente hasta convertirse en una minia-
tura de nuestra constitución nacional. La dirección,
dejando de llenar su teoría de un consejo formado de
miembros que poseen iguales facultades, cae bajo el
dominio de alguno de sus miembros, que tenga habi-
lidad, voluntad ó riqueza superiores,
y
á quien la
mayoría se subordina de tal modo, que de la manera
como él lo tome depende en cada punto la decisión
que se dé. Los accionistas, en vez de ejercer constan-
temente su sufragio, consienten en que se convierta
éste en todas las ocasiones ordinarias en letra muer-
ta. Los directores que se retiran son tan de ordinario
reelegidos sin oposición y tienen tan gran poder para
asegurar su propia elección cuando alguien se opone
á ella, que en la práctica los consejos de dirección se
convierten en un cuerpo cerrado; y sólo cuando llega
al extremo el desgobierno es cuando llega á producir-
se una agitación revolucionaria entre los accionistas,
y cuando puede efectuarse algún cambio. Así, pues,
se repite una mezcla de elementos monárquicos, aris-
tocráticos y democráticos sin más que las modifica-
ciones que llevan consigo las circunstancias. Son,
además, los mismos los modos de acción; salvo en que
la copia sobrepuja al original. Las amenazas de re-
signación del cargo, de que sólo se valen los minis-
tros en casos extremos, las emplean comúnmente los
consejos ferroviarios para echar tierra á informacio-
nes desagradables. No creyéndose ni mucho menos
servidores de los accionistas, los consejeros se rebe-1
lan contra el que les dicten su conducta, y se
las
arreglan para que toda enmienda á sus proposicio-
nes se convierta en un voto de confianza. En las re-
uniones semestrales, el director responde á las. criti-
POR H. SPENCER
155
cas y objeciones desagradables que se le hagan di-
ciendo que si los accionistas no tienen confianza en
él y en sus colegas pueden elegir otros mejores. En
la mayor parte de los accionistas habla esta suposi-
ción de la dignidad ofendida; y, bajo el temor de que
puedan sufrir algún trastorno los intereses de la com-
palla, permiten que se tomen medidas en completo
desacuerdo con los deseos de ellos. El paralelo va
más lejos. Si es verdad en las administraciones na-
cionales que los que ocupan el poder cuentan con el
apoyo del público de los empleados, no es menos ver-
dad de las compañías anónimas que los directores se
ven ayudados por los oficiales en sus luchas con los
accionistas. Si, en pasados tiempos, hubo ministros
que gastaban el dinero público para asegurar los
fines del partido, hay, en los actuales tiempos, con-
sejos de administración de ferrocarriles que emplean
los fondos de los accionistas para derrotar á los ac-
cionistas mismos. La semejanza se mantiene hasta
en el detalle. Lo mismo que su prototipo las compa-
filas por acciones, tienen gastos de elección, mane-
jan éstas por comités, emplean agentes electorales;
tienen sus chanchullos y escamoteos de votos con su
acompafiamiento de ilegalidades, y hasta tienen á las
veces el fabricar votos fraudulentos. Y, como resul-
tado general, esa clase de legislación, que se ha
echado en cara de ordinario á los hombres de Esta-
do, se ostenta hoy habitualmente en los procedimien-
tos de esas asociaciones de comercio, aun cuando es-
tén constituidas sobre principios puramente repre-
sentativos.
Estos últimos asertos sorprenderán á no pocos. El
público general, que jamás ve un periódico de ferro-
carriles, y que salta en los periódicos diarios los rela-
156
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
tos de las reuniones semestrales, está bajo la impre
sión de que no siguen cometiéndose abusos tan gigan-
tescos como los que fueron notorios durante la manía
ferrocarrilera. No olvidan las hazañas de intrusos
agiotistas y directores trashumantes. Se acuerdan
cómo hubo maniquíes que tenían acciones que ascen-
dían á 100.000 y hasta 200.000 libras; cuán numero-
sas direcciones estaban ocupadas por las mismas per-
sonas, teniendo una asiento en veintitrés consejos;
cómo se hacían los contratos de suscrición con firmas
compradas á diez y hasta cuatro chelines cada una,
comprometiéndose los portadores y corredores por
30.000 y 40.000 libras la pieza. Pueden contar cómo
los consejos tenían sus libros cifrados, registros fal-
seados, y se abstenían de asentar sus procedimientos
en libros de minutas; cómo en una compartía se puso
medio millón de capital á nombre de personas que no
existían ; cómo en otra, los directores compraban
á
cuenta más acciones que las emitidas y así forzaban
la subida de su precio; y cómo en otras varias, hacían
que la compañía volviera á adquirir sus propias ac-
ciones, pagándolas con el dinero de los depositantes.
Pero, aunque sabedora de más ó menos de las iniqui-
dades que se han practicado, la generalidad cree que
no son más que acompañamiento de las empresas de
engaño. Saben que recientemente se han establecido
empresas de buena fe, y otras manejadas por com-
partías establecidas de antiguo;
y
sabiendo esto, no
sospechan que en el emprender ampliaciones y rami-
ficaciones del negocio hay trapacerías muy análogas
á las de Capel Court, y tan desastrosas como las de
éste en sus últimos resultados. Asociando las ideas
de riqueza y de respetabilidad y usando de ordina-
rio esta última como sinónima de moralidad, les
pa
i,
POR H. SPEÑCER
157
ry
rece increíble que varios de los mayores capitalistas
y hombres de posición que administran los negocios
de ferrocarriles puedan ser culpables de enriquecerse
indirectamente á costa de los que constituyen la so-
ciedad emprendedora. Cierto es que á las veces se
encuentran con alguna información en que se descu-
bren enormes fraudes, ó leen algún artículo del
Ti-
mes
en que se caracterizan actos directoriales en tér-
minos que se toman como de libelo, pero consideran
estos casos como enteramente excepcionales; y bajo
el sentimiento de lealtad que idealiza siempre á los
hombres constituidos en autoridad, tienden constan-
temente á la convicción, si no de que los directores
no pueden obrar mal, por lo menos de que es impro-
bable que obren así.
Sin embargo, una historia del manejo de los asun-
tos ferroviarios y de las intrigas en ellos empleadas,
les desengañaría bien pronto. En tal historia, las
trampas de los proyectistas y los misterios del mer-
cado de acciones ocuparían menos espacio que el
análisis de las multiformes torpezas y abusos come-
tidos desde 1845, y el génesis de ese acabado sistema
de táctica mediante el cual se arrastra á las compa-
filas á ruinosas empresas en beneficio de unos pocos
á costa de los más. Tal historia tendría, no sólo que
detallar las hazafias del personaje famoso por «hacer
las cosas agradables», ni tendría meramente que afta-
dir las fechorías de sus colegas, sino que tendría que
describir la corrupción análoga de otras administra-
ciones ferroviarias. Se demostraría, con el informe
publicado de una comisión investigadora, cómo, no
hace muchos anos, los consejeros de una de nuestras
líneas se repartieron entre sí 15.000 nuevas acciones
con premio entonces en el mercado; cómo para pagar
158
ÉTICA DE LAS PRISIONES
los depósitos sobre estas acciones se sirvieron de los
fondos de la compañía, y cómo uno de ellos se las
arregló de modo que cobró los depósitos hasta más
de 80.000 libras. En ese informe podríamos leer de
un director de ferrocarril que, con connivencia del
secretario, retenía acciones que subían de un cuarto
de millón, con intención de reclamarlas como lote
suyo si subían á premio, y que, como no subieron, las
dejó como acciones no emitidas en manos de los ac-
cionistas, con gran pérdida de éstos. Leeríamos tam-
bién de directores que se hicieron. préstamos á sí mis-
mos de los balances de la compañía á un interés bajo,
cuando estaba alta la tasa del interés en el mercado,
y que se pagaron salarios mayores que los que les
estaban asignados, metiendo la diferencia en un os-
curo rincón del libro de cuentas bajo el titulo de «Pe-
queños desembolsos». Vería allí una descripción de
las maniobras mediante las que un consejo delincuen-
te, sometido á investigación, obtiene una comisión
favorable llamada «comisión de legia»
(whiten ashing
committee).
Vería documentos que demuestran que las
procuras que han capacitado á los consejos para po-
ner en práctica medidas discutidas, se han obtenido
en varios casos por informes amañados, y que, ade-
más, se han empleado para un propósito procuras
dadas para otro propósito especificado. Se ha proba-
do que una de nuestras compañías proyectó una lí-
nea, que sirvió de cebo, y para la cual se obtuvieron
accionistas ofreciendo un dividendo garantido, que,
aunque se hacia entender al público que era incon-
dicional, era en realidad contingente y dependía de
una condición que no era probable se llenase. Los
mangoneadores de otra compañia quedaron convic-
tos de haber llevado á cabo medidas en provecho pro-
SPENCER
159
pío con ayuda de acciones de preferencia que estaban
á nombre de los jefes de estación, y de haber sido
ayudados por procuras de los hijos del secretario de-
masiado jóvenes para poder escribir.
Que las corrupciones á que hemos dado aquí un
vistazo no son males excepcionales, sino que resultan
de algún vicio profundamente arraigado en nuestro
sistema de gobierno ferroviario, es cosa probada su-
ficientemente por el hecho de que, no obstante la baja
de los dividendos producida por la extensión de tal
conducta, ha continuado ésta año tras año. Un co-
merciante que, ensanchando su trato, halla una pro-
porcionada diminución en la tasa de sus beneficios,
¿ha de hacer, aun bajo el estímulo de la competencia,
ampliaciones mayores á riesgo de nuevas diminucio-
nes? Un mercader cualquiera, por fuerte que sea su
deseo de echar fuera del mercado á un opositor, ¿hace
sucesivas pignoraciones sobre su capital y paga por
cada suma así subida un interés más alto que el que
gana comerciando con ella? Pues esta conducta, tan
absurda que nadie haría á un particular el insulto de
pedirle que la siguiera, es la conducta que los conse-
jos de ferrocarriles, reunión tras reunión, persuaden
á sus clientes á que la sigan, Desde 1845, en que los
dividendos de nuestras principales líneas oscilaban
del 8 al 10 por 100, han caído, no obstante un tráfico
siempre creciente, del 10 al 5, del 8 al 4, del 9 al 3 1/4;
y, sin embargo, se ha perseverado en el sistema de
ampliaciones de negocio, alquileres, y garantías, cau-
sa notoria de ese cambio. ¿No hay algo que necesita
explicación aquí, algo más que lo que se le permite
ver á la gente? Si hay alguno á quien el hecho de la
obstinada persistencia en gastos improductivos no le
baste para formarse la convicción de que andan en
160
ÉTICA DE LAS PRISIONES
juego influencias siniestras, lea los seductores infor-
mes por los que se induce á los tenedores de acciones
á que autoricen nuevos proyectos, y compárelos des-
pués con los resultados comprobados. Mire el coste en
que se estima alguna ramificación propuesta de la lí-
nea, el tráfico que de ella se calcula por anticipado,
y el dividendo calculado; observe cómo los dueños de
acciones ante quienes se desarrolla el plan, se ven in-
ducidos á aprobarlo con la promesa de una buena re-
compensa; y examine, en la depreciación resultante
del capital anónimo, la extensión de su pérdida. ¿Pue-
de evitarse la conclusión que de aquí surge? Los tene-
dores de acciones de ferrocarriles jamás podían haber
votado habitualmente en favor de nuevas empresas
que sabían les habrían de ser perjudiciales. Todo el
mundo sabe, sin embargo, que esas nuevas empresas
les han resultado casi siempre dafiosas á sus intere-
ses. Es claro, por lo tanto, que los tenedores de accio-
nes de ferrocarriles han sido engañados constante-
mente con falsos datos. La única escapatoria posible
de esta conclusión está en creer que se han engañado
también los consejos de administración y sus emplea-
dos, y si la discrepancia entre las promesas y los re-
sultados fuera sólo ocasional, habría fundamentos
para esa interpretación benigna. Pero suponer que
un gobierno de administración haya de caer tan re-
petidamente en tales errores, y no adquirir conoci-
miento de sus desastrosas experiencias, que después
de una docena de fracasos vuelva á descarriar á las
juntas semestrales con brillantes previsiones de oscu-
ras realidades, y todo de buena fe, francamente, el
creer esto acusa una credulidad algo excesiva. Aun
cuando no hubiera iniquidades demostradas que pro-
vocaran sospechas, creemos que la continua
depre-
POR H. SPENCER
161
ciación del valor del capital colectivo de los ferroca-
rriles, la perseverancia de los consejos de administra-
ción en la conducta que ha producido esa deprecia-
ción, y la falsedad probada de los informes con que
han inducido á los accionistas á sancionar tal con-
ducta, bastarían por sí mismos para demostrar lo vi-
cioso de la administración ferroviaria.
Para comprender mejor los males existentes y las
causas que conspiran á producirlos, será necesario
echar una ojeada al modo cómo se ha desarrollado el
sistema de extender el negocio. Entre los incentivos
de esto ha sido el más antiguo un sentimiento de riva-
lidad. Cuando todavía no estaban acabadas sus prin-
cipales lineas, surgió una lucha por la supremacía
entre nuestras dos más grandes compañías. Esto en-
gendró al punto un confirmado antagonismo,
y
el
mismo impulso que en las luchas electorales ha pro-
ducido á las veces el derroche de una fortuna para
obtener una victoria, ha ayudado mucho á hacer que
cada uno de esos grandes rivales se someta á repeti-
dos sacrificios antes de ser derrotado. Razones de
igual naturaleza están en otros casos induciendo cons-
tantemente á los consejos á invadir los territorios de
cada uno de los otros, llevando el ataque de una par-
te al desquite de la otra, y tan violenta es la hostili-
dad que á las veces se produce, que puede indicarse
los consejeros cuyos votos están determinados total-
mente por el deseo de vengarse de los que se les opo-
nen. Entre los primeros métodos usados por las prin
cipales compañías para robustecerse y debilitar á sus
competidores, había el de sacar á subasta ó empren-
der por propia cuenta ramales y líneas secundarias.
Por supuesto, aquellos á quienes hacían proposicio-
nes, obtenían ofertas de ambos lados; y resultaba na-
11
162
ÉTICA DE LAS PRISIONES
turalmente que las primeras ventas así efectuadas,
siendo á precios muy por encima de los reales, pro-
ducían grandes beneficios á los vendedores. ¿Qué re-
sultaba? Con pocas veces que se recurriera á este
procedimiento, se les ponía en claro á los especulado-
res avispados que el construir líneas en circunstan-,
c
í
as tales que hubieran de ser demandadas por com-
p
anas competidoras, seria una conducta lucrativa.
Los tenedores de Facciones que se habían embolsado
la vez ganancias considerables y hechas con facili-
dad, estaban deseosos de repetir el procedimiento; y
de extender el negocio á asuntos adonde pudiera ser
extendido. Hasta los consejeros de las compañías que
eran quienes daban esos elevados precios, se hallaban
t-ntados á ayudar á ello; porque era evidente que
obteniendo en una nueva empresa un interés mayor
que el que poseían en la compañía compradora y
mando su influencia en la compartía compradora
para obtener un buen precio ó garantirla para la
nueva empresa, se ganaba una gran ventaja. La his-
toria de los ferrocarriles prueba abundantemente que
este motivo ha obrado y no poco. Tina vez iniciado,
varias otras influencias han conspirado á estimular
la formación de ramales y extensiones del negocio.
Gastos que debían haberse cargado á las rentas se
han cargado al capital; se ha permitido que queden
sin reparación las obras y el material móvil, ó no se
han hecho más que adiciones
'
insuficientes, por me-
dio de lo cual los corrientes se hacían engañosamen-
te pequeños; acuerdos á largo crédito con los con-
tratistas han permitido algunos desembolsos que se
han hecho sacar virtualmente de las cuentas, y así se
conseguía que las ganancias netas aparecieran ma-
yores de lo que eran en realidad. Es natural
que se
POR H. SPENCER
163
recibieran con favor nuevas empresas que se presen-
taban á las géntes adineradas por compañías cuyo
capital y dividendos hablan sido alzados artificial-
mente. Bajo el prestigio de los que las Ornaban, las
acciones llegaban á alcanzar gran premio, produ-
ciendo pingües beneficios á los proyectistas. Se tomó
en cuenta la indicación, y al punto se estableció una
conducta dada bajo los auspicios de una prosperidad
real ó fingida, para tomar á cargo lineas subsidiarias
(
«
terneras», que es como se les llamaba en el caló de
los iniciados), y traficar con los premios de sus ac-
ciones. Entre tanto se iba desenvolviendo otro grupo
secundario de influencias, que contribuía también á
fomentar empresas imprudentes, á saber: los intere-
ses de los negocios de abogados, ingenieros, contra-
tistas, y otros empleados directa ó indirectamente en
la construcción de la vía férrea. No podían por me-
nos, al correr de los años, que hacerse familiares á
todos los en ello interesados los modos de plantear
y
llevar adelante nuevos planes, y no podía por menos
que formarse entre ellos un sistema de táctica con-
certada para llevar á cabo su fin común. Así, en par-
te por los celos de consejos de administración riva-
les, en parte por la avidez de los tenedores de accio-
nes en las lineas adquirentes, en parte por los planes
nada limpios de los consejeros, en parte por las ma-
niobras de aquellos cuya ocupación era sacar adelan-
te los proyectos legalmente autorizados, en parte, y
tal vez principalmente, por la ilusoria apariencia de
prosperidad que ostentaban varias compañías es-
tablecidas, vinieron las locas especulaciones de 18<11
y
1845. Los desastres consiguientes, aunque destru-
yeron bastante bien el último de esos incentivos, de-
jaron el resto como estaba antes ó poco menos. Aun-
164
ÉTICA DE LAS PRISIONES
que el público dolorosamente desengañado hubo deja-
do de ayudar, como antes habla hecho, á los variós
intereses privados que se hablan formado desde que
estaban trabajando juntos como antes, desenvolvie-
ron sus métodos de cooperación en formas todavía
más complejas y sutiles; y aun hoy en día lanzan
á infortunados tomadores de acciones á empresas
ruinosas.
Antes de pasar á analizar el estado actual de
cosas, hemos de advertir claramente que no se entien-
da que suponemos que los que están implicados en
estos negocios sean por
término medio
inferiores en
moralidad al público ea general. Tomando al azar un
número de hombres de una clase cualquiera, se por-
tarían, según toda probabilidad, de la misma manera
si se les colocara en igual posición. Es incuestionable
que hay consejeros muy poco honrados. Es también
incuestionable que hay otros el nivel de cuyo honor
está más elevado que el de las más de las gentes. Y
en cuanto al resto, lo componen, sin duda alguna,
personas que son tan buenas como la masa. Respecto
á los ingenieros, agentes parlamentarios, abogados,
contratistas, y otros que tienen que ver con el nego-
cio, puede admitirse que, aunque las costumbres les
hayan inducido á laxitud de principios, sin embargo,
se les juzgaría con demasiada dureza si se empleara
como testimonios los que pueden aducirse en contra
de ellos. Los que no vean cómo en estos negocios
complicados pueden cometer malas acciones hombres
que relativamente no son malos, lo verán fácilmente
si examinan todas las circunstancias en que se ha-
llan. En primer lugar, hay el hecho vulgar y corrien-
te de que la conciencia de las corporaciones es infe-
rior á la individual, que un cuerpo de personas se
z
POR H. SPENCER
165
compromete en acuerdos colectivos de que se guarda-
ría muy bien cada una de ellas si se sintieran perso-
nalmente responsables de ellos, y puede notarse que,
no sólo es relativamente laxa la conducta
de
una cor-
poración, sino también la que se observa
para con
ella. Hay una percepción más ó menos clara y preci-
sa de que una compañia bien sostenida apenas siente
lo que sería ruinoso para un particular; y esa percep-
ción está obrando constantemente en todos los conse-
jos de administración de las compañías ferroviarias y
en sus empleados, así como en todos los contratistas,
terratenientes y otros que tienen que ver con ellas:
llevándoles á mostrar una falta de principios ex-
traña á su conducta general. Además, lo indirecto
y remoto de los males producidos debilita gran-
demente el refrenarse de obrar mal. Los actos de los
hombres tienen p'or causa próxima las representacio-
nes mentales de los resultados que pueden preverse;
y las decisiones que se toman dependen mucho de la
viveza con que se represente uno de esos resultados.
Una consecuencia, buena ó mala, que se perciba in-
mediata y claramente, influye sobre la conducta mu-
cho más poderosamente que una consecuencia que
hay que trazar á través de una larga cadena de
ac-
ciones
ó influencias, y que si se llega á dar con ella,
no es una consecuencia particular y fácilmente con-
cebible, sino general y concebible muy en vago.
De aquí resulta que les chocarían las crueles in-
justicias que han cometido si á hombres bastante jus-
tificados y equitativos en sus negocios privados, en
que
pueden
formarse cabal ideal de las resultas, se
les pusiera ante los ojos las de negocios dudosos de
acciones ferroviarias, de un gasto exorbitante, de
una medida que procure gran provecho á uno sia
166
ÉTICA DE LAS PRISIONES
aparente daño de otro, de un negocio, en
fin,
que,
si
se le sigue hasta sus últimos resultados, no afecta
sino remotamente á personas desconocidas, que viven
no
se sabe dónde. Falta hacer observar, además,
que,
la mayor parte de esos grandes delitos han de atri-
buirse, no á la extrema falta de honradez de un hom-
bre ó un grupo de ellos, sino al interés propio combi-
Lado de varios hombres ó grupos de hombres, cuyos
pequeños delitos van acumulándose unos con otros.
Así como una historia que, corriendo de boca en boca,.
y
recibiendo ligera exageración cada vez que es re-
petida, vuelve al que primero la contó en una forma
en que apenas puede reconocerla; así, con un poco de
influencia nada justa de parte de los dueños de tie-
rras, un peco de favoritismo de parte del Parlamento,
un poco de intriga de los abogados, un poco de ma-
niobras de los contratistas é ingenieros, un poco de
buscarsd su propio interés de parte de los directores,
un poco de rebajar la cuenta de los gastos y subir
.
' la
del tráfico, un poco de ponderar los males que hay
que evitar y los beneficios que hay que obtener; su-
cede que se lleva á los accionistas á empresas ruino-
sas mediante informes llenos de mentiras, sin que
cada uno sea culpable más que de una pequeña parte
del fraude. Teniendo en cuenta, pues, la relativa la-
xitud de la conciencia de las corporaciones, lo difuso
y remoto de los males que producen las malas prác-
ticas y el origen de éstas que proceden de varios
agentes, se hace posible entender cómo en los nego-
cios ferroviarios pueden perpetrarse gigantescos frau-
des por hombres que, por término medio, si es que
están por debajo de la generalidad en el carácter
xnoral, es poco.
Con esta atenuación preliminar
pasamos á detallar
POR H. SPENCFR
167
las varias influencias ilegítimas por las que se ejecu-
tan esas extensiones, al parecer insanas, del negocio
y esa continua disipación de la propiedad de los ac-
cionistas.
Entre esas influencias hallamos muy patente el
in-
terés
propio de los terratenientes. Los duelos de tie-
rras, en un tiempo el mayor obstáculo á las empresas
ferroviarias, se han convertido en los últimos años en
sus principales promotores.
Se ha verificado un cambio sefialadisimo de proce-
der desde que se deshizo por primera vez la linea de
Liverpool á Manchester, debido á la oposición de los
duelos de tierras y sólo salió adelante en segunda
proposición de ley dejando fuera todas las haciendas
de tierra y evitando llevar la línea por los cazaderes;
desde el tiempo en que la compalla de Londres á Bir-
mingham, después de ver rechazado su proyecto per
una comisión de pares que ignoraban las pruebas
y
datos, tuvo que «conciliarse» á los opositores elevan-
do la estimación del precio de la tierra, de 250.000
A
750.000 libras; desde el tiempo en que el consejo par-
lamentario justificaba la resistencia con frívolas excu
sas, llegando hasta reprochar á los ingenieros que «pi-
soteaban el trigo de las viudas» y «destruían los fresa-
les de los hortelanos». Ni estriba en la naturaleza hu-
mana que la cosa hubiera sido de otro modo. Cuando
llegó á saberse que las compañías ferroviarias paga -
ban de ordinario por «la tierra y la indemnización»
sumas que variaban de 4.000 á 8.000 libras por milla;
que se indemnizaba por supuestos daños á la propie-
dad con sumas tan disparatadas que la mayor parte
se sabe ha sido devuelta por el heredero como caso de
conciencia; que en un caso se dieron 120.000 libras
por una tierra que se decía no valer más que 5.000;
168
ÉTICA DE LAS PRISIONES
cuando se divulgó que para disipar la oposición se
concedían bonos en forma de acciones de preferencia
y
otras cosas parecidas; cuando llegó á ser un hecho
establecido que las tierras subían mucho de valor con
la proximidad del ferrocarril, no es sorprendente que
los señores del campo se convirtieran en activos ami-
gos de planes de que en un tiempo fueron los más acé-
rrimos enemigos.
Examinando los varios incentivos, no hemos de
ver nada de maravilloso en el hecho de que en 1845
fueron celosos miembros de una comisión provisional,
ni en el hecho de que su influencia como promotores
les capacitara para cobrar grandes sumas por sus fa-
negas de tierra. Al hablarnos de caballeros de campo
que solicitan entrevistas con el ingeniero de una lí-
nea proyectada, incitándole á que las lleve por tal ó
cual parte, prometiéndole apoyo si lo hace y oposi-
ción si no lo hace, dictándole la línea que ha de se-
guir por sus dominios, é insinuando que espera un
buen precio, no se nos habla más que de modos espe-
ciales en que se manifiestan ciertos intereses priva-
dos. Si oímos de un gran terrateniente que emplea su
influencia como presidente de un consejo de adminis-
tración para proyectar un ramal que recorra varias
millas á través de su propia hacienda, y mete á la
compañía en gastos de pleitos parlamentarios para
llevar á cabo su plan, no oímos más que lo que era de
presumir que habría de ocurrir bajo tales circunstan-
cias. Si hallamos ahora delante del público una línea
propuesta por un gran capitalista que sirve, entre
otros fines, para llevar á cabo comunicaciones que
desea con su propiedad, y cuya valuación aunque es-
timada insuficiente por el ingeniero, él alega que es
grande; no tenemos aquí otra cosa más que un sena-
i41
POR H. SPENCER
169
lado caso de las representaciones torcidas que es se-
guro ha de engendrar bajo tales circunstancias el in-
terés propio. Si descubrimos este ó el otro plan, for-
mado por la nobleza local y los dueños de tierras to-
dos, que emplean para ejercer vigilancia un mismo
ingeniero, que está pronto, en previsión de futuros
beneficios, á hacer eso á sus expensas; que los prin-
cipales y agentes molestan á los consejeros de una
línea principal adyacente para que acepten su pro-
yecto, amenazándoles con que si no lo hacen se con-
vertirían en rivales, alarmándoles para que acepten
la concesión, pidiendo una contribución de sus ex-
pensas, y que hubieran conseguido todo eso á no ser
por la resistencia de los accionistas, en todo esto no
hacemos más que descubrir la táctica organizada
que, al correr del tiempo, se ha formado naturalmen-
te bajo tales estímulos. No es que estos hechos sean
particularmente notables. Desde el gran ejemplo del
terrateniente que pedía 8.000 libras por lo que llegó
á aceptar 80, hasta los ejemplos diarios de influencia
empleada en acomodar la línea férrea para la vecin-
dad, los actos de los dueños de tierras son simples
manifestaciones de su carácter ordinario obrando
bajo tales condiciones. Todo lo que ahora nos convie-
ne reseñar es que tenemos aquí un cuerpo grande y
poderoso cuyos intereses están siempre ejerciendo
presión para que se extiendan las líneas, sin tener en
cuenta su conveniencia intrínseca.
El gran cambio que se ha verificado en la actitud
del cuerpo legislador respecto á los ferrocarriles,
«desde el extremo de rechazar sus proyectos ó darles
largas, hasta el extremo opuesto de acceder á conce-
siones ilimitadas., fué simultáneo con el cambio arri-
ba descrito. Ni podía por menos que ser así. Suminis-
170
ÉTICA DE LAS PRISIONES
trando, como suministra la clase de terratenientes,
una gran porción de miembros á las dos Cámaras del
Parlamento, se sigue necesariamente que el juego de
intereses privados que se ve en la primera, se repite
en la última bajo formas modificadas, y complicado
con otras influencias. Recordando el punto hasta dón-
de se complicaron los legisladores en las especulacio-
nes dé la manía ferrocarrilera, es improbable que se
hayan podido librar desde entonces de inclinación
personal. Una información probó que en 1845 habla
157 miembros del Parlamento cuyos nombres figura-
ban en los registros de nuevas compañías por sumas
que variaban desde 291.000 libras abajo. Los que apo-
yaban nuevos proyectos se jactaban del número de
votos de que podían disponer en la Cámara. Había
miembros comprometidos personalmente en el nego-
cio, y se solicitaba á los pares. En la alta Cámara se
oían públicamente quejas de que «era casi imposible
reunir una comisión algunos de cuyos miembros no
estuvieran interesados en el ferrocarril sobre el cual
iban á dar dictamen». Era, sin duda alguna, excep-
cional en alto grado este estado de cosas, y desde en-
tonces, no sólo ha habido una notable diminución en
los cebos é incentivos, sino que también un señalado
aumento de sentimientos de equidad. Mas no es de es-
perar todavía que vayan á dejar de obrar los intere-
ses privados. No es de esperar que un terrateniente
que, fuera del Parlamento, trabaja por conseguir una'
vía férrea para su distrito, una vez dentro del Parla-
mento, no haya de emplear para el mismo fin el poder
que le da su nueva posición. No es de esperar que
deje de producir cambio alguno en el poder legislati-
vo la acumulación de tales trabajos individuales. De
aquí el hecho de que la influencia empleada en un
POR H. SPENCER
171
tiempo en rechazar los proyectos de ferrocarriles se
emplee hoy en sacarlos adelante. De aquí el hecho de
que
las comisiones
que han de informar respecto á la
concesión de una nueva línea férrea no exijan un
buen tráfico como justificación de la concesión que se
pide. De aquí el hecho que se induzca á los consejeros
que tienen asiento en la Cámara de los Comunes á
que comprometan á sus compañías á extender el ne-
gocio. Podríamos citar á un miembro del Parlamento,
que, habiendo comprado una hacienda muy bien si-
tuada, ofreció á un ingeniero, que era también dipu-
tado, la construcción de un ferrocarril que atravesara
su nueva hacienda; y habiendo obtenido la ley (en
cuya confección fué útil, por supuesto, su influencia
y la de su amigo), azuzó á tres compafflas ferrovia-
rias una contra otra para que le compraran la conce-
sión. Podríamos citar á otro miembro del Parlamento
que, habiendo proyectado y obtenido facultades para
un ramal por su propiedad, indujo á los consejeros de
la línea principal, sobre quienes tenía gran influen
cia, á que suscribieran la mitad del capital necesario
para la ramificación, á que se interesaran por el 50
por 100 de los ingresos líquidos, y á que cediera,'
todo el tráfico que el ramal proporcionara á la línea
principal hasta que recibiera el 4 por 100 de su capi-
tal, lo cual era tanto como un 4 por 100 de garantía.
Pero no es sólo ni principalmente por motivos perso-
nales directos por lo que los legisladores han fomen-
tado en estos últimos años indebidamente las empre-
sas ferroviarias. Han obrado también muchos moti-
vos personales indirectos de varias clases. Uno de
estos ha sido el deseo de satisfacer á electores. Los
habitantes de un distrito mal acomodado es natural
que insten á sus representantes á que apoyen la
cons-
172
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
trucción de una línea. No pocas veces tales repre-
sentantes se dan cuenta clara de que acaso dependa
su próxima elección de que den una respuesta satis-
factoria á esa exigencia. Hasta cuando no hay pre-
sión popular la hay de sus principales protectores
políticos, de grandes terratenientes á los que no es
cosa de desatender, de abogados del pueblo, impor-
tantes como agentes electorales, y á quienes el ferro-
carril proporciona siempre negocios. Asi, sin tener
fines privados inmediatos, se ven cohibidos á menudo
los miembros del Parlamento para ayudar á sacar
adelante planes que, desde un punto de vista nacio-
nal, ó desde un punto de vista de un accionista, son
insensatos. Intervienen estímulos todavía menos di--
rectos. Donde no hay que alcanzar fines ni persona-
les ni políticos, queda todavía el interés de servir á
deudos ó parientes, ó si no á un pariente, á un ami-
go. Y donde no hay impulso decisivo en contrario, es
natural que tengan peso estos motivos. Además, hay
que decirlo en honor de la verdad, poseídos como es-
tán los más de los miembros del Parlamento de la idea
de que toda construcción de vía férrea es nacional-
mente beneficiosa, existen en sus espíritus pocas
ningunas razones para resistir á las influencias que
se ejercen sobre ellos. Es verdad que se puede aca-
rrear dallo á los accionistas, pero esto es cuestión de
ellos . El público será mejor servido, se satisfará á
los electores, se agradará á los amigos, tal vez se
consigan fines privados, dándose fácilmente votos
afirmativos bajo algunos de estos incentivos ó en vista
de todos ellos. Así es que hasta
'
en los cuerpos legis-
ladores se han formado en estos últimos anos estímu-
los artificiosos en favor de la extensión de los ferro-
e arriles .
•
4 4
POR H. SPENCER
173
Hay una transición fácil del Parlamento á los
agentes parlamentarios y al cuerpo general de aboga,
dos que tienen que ver con las empresas ferroviarias.
En éstos, el suspender ó llevar á cabo nuevas lineas
y ramales es cuestión de negocio. Quienquiera que
trace el proceso para obtener una concesión, ó exa-
mine el número de transacciones legales implicadas
en la ejecución de las obras, ó note las grandes su-
mas que figuran en los informes semestrales en el ca-
pitulo de «cargas legales», verá desde luego cuán
fuertes son las tentaciones que un nuevo proyecto
ofrece á abogados, corredores y consejeros. Se ha de-
mostrado que en años pasados los gastos parlamenta-
rios han variado de 650 á 3.000 libras por milla; gran
parte de lo cual ha ido á los bolsillos de los letrados
y gentes de profesión. En un pleito se gastaron 57.000
libras entre seis consultores y veinte abogados. En
una última reunión de una de nuestras compañías, 'se
indicó que la suma gastada en gastos de ley y parla-
mentarios ascendió durante nueve años á 480.000 li-
bras; ó sea un término medio de 53.500 libras por
año. Con estos y otra porción de hechos semejantes
ante la vista, seria extraño que una corporación tan
ducha como la de los hombres de ley no hiciera vigo-
rosos esfuerzos y empleara sagaces invenciones para
promover nuevas empresas. En realidad, si nos re •
montamos á los procedimientos que se usaban en 1845,
hemos de sospechar, no sólo que los leguleyos son to-
davía promotores activos de las empresas nuevas,
sino que á menudo son quienes las originan. Más de
cuatro habrán oído cómo en aquellos tiempos de exci-
tación se anunciaban diariamente proyectos que no
pocas veces eran puestos á flote por abogados de una
localidad; cómo éstos echaban una ojeada á los ma-
174
ÉTICA. DE LAS PRISIONES
pas para ver dónde podían bosquejarse líneas plausi-
bles; cómo las pregonaban á las personas pudientes
para conseguir miembros de una comisión provisio-
nal; cómo, se entendían con ingenieros para hacer en-
sayos y estudios; cómo, bajo las locas esperanzas del
día, hallaban poca dificultad para formar compañías,
y cómo los más de ellos se las arreglaban para que
la cosa llegara hasta la comisión parlamentaria, si
no más allá. Teniendo en cuenta todo esto y que los
que obtuvieron buen éxito no es probable hayan olvi-
dado sus habilidades, sino que más bien las hayan
acrecentado con el ejercicio, es de creer que los abo-
gados de ferrocarriles sean de los más influyentes en
conspirar para que los propietarios de las lineas fé-
rreas se metan en empresas desastrosas; y al creer
así no nos hemos de engafiar. En gran parte están co -
liga los con los ingenieros. Desde la proposición has-
ta que se lleva á cabo la construcción de una nueva
línea, el abogado y el ingeniero trabajan juntos, y
sus intereses son siempre idénticos. Mientras uno vi-
gila, el otro prepara el libro de referencias. Uno tie-
ne prontos los planes locales y otro los deposita. Uno
redacta los informes para los propietarios y el otro se
los presenta á los interesados en ello. Y entre ellos
hay frecuentes consultas para tratar de las oposicio-
nes locales y de la obtención de apoyo de las locali-
dades. Obran necesariamente de concierto en la reso-
lución de su caso en el Parlamento. Mientras, delante
de la comisión, el uno gana sus diez guineas diarias
dando datos, el otro saca provechos de todas las
emú-
plicadas transacciones que lleva consigo una propo-
sición de ley. Durante la ejecución de las obras están
en constante correspondencia; y se aprovechan igual-
mente de cualquier expansión de la empresa. Así es
1
POR H. SPENCER
175
kr
que brota naturalmente en cada uno de ellos la idea
de que ayudar al otro es ayudarse á sí mismo; y gra-
dualmente, como en el curso de los anos se repiten á
menudo los procederes, y se familiarizan con el ma-
nejo de los asuntos ferroviarios, se forma un sistema
bien organizado de cooperación entre ellos, sistema
hecho más eficaz por la riqueza é influencia que ha
acumulado cada uno de ellos ano tras ano.
Entre los manejos empleados por los abogados fe-
rrocarrileros así establecidos y ayudados, no es el
menos notable el hacer que se elija como consejeros
á sus propios candidatos. Es un hecho que asentamos,
fundados en buena autoridad, que hay consejeros ma-
niquíes que votan esto ó aquello á instigación del abo-
gado consultor de la compaflia. No es difícil obtener
tales instrumentos. Están á punto de ocurrir vacan-
tes en el consejo., Casi siempre hay hombres sobre
los que un abogado procurador que maneja los gran-
des asuntos legales de un ferrocarril tiene considel
.
a-
ble poder; no sólo deudos y amigos, sino además per-
sonas á las que con su capacidad legal puede ocasio •
nar gran beneficio ó gran daño. Elige los que más le
convienen de entre éstos, dando la preferencia, en
igualdad de casos, á uno que viva en un pueblo cer-
cano á la línea. Al proponerle el asunto, le indica las
varias ventajas anejas á la posición de consejero,
el billete de libre circulación y las varias facilida-
des que da; la anualidad de cien libras ó lo que
lleve consigo el cargo, el honor y la influencia que
proporciona, la oportunidad que es probable se le
presente para emplear provechosamente su capital,
y así sucesivamente. Si por ignorancia de los asun-
tos ferroviarios opone alguna objeción, el tentador,
á cuyos ojos esa ignorancia es una recomendación
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