77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel
Abstract
Este artículo analiza la evolución estratégica de la relación entre Estados Unidos e Israel, centrándose en los mecanismos estructurales que han sostenido el papel de Israel como proxi privilegiado en Oriente Medio. Se sostiene que la garantía constante de su ventaja militar cualitativa (QME) ha permitido a Israel actuar con una autonomía creciente, en ocasiones en tensión con los intereses regionales de EE. UU. A través de un enfoque histórico y geopolítico, se examina cómo los cambios en el sistema internacional, las presiones políticas internas en EE. UU. y la guerra de Gaza de 2023 han inaugurado una nueva fase de asimetría y renegociación.
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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel1 77 Years of Strategic Alliance: The Historical Evolution of the US-Israel Relationship Sonia Sánchez Díaz Universidad Francisco de Vitoria https://orcid.org/0000-0001-7037-5236 Guillem Colom-Piella Universidad Autónoma de Chile https://orcid.org/0000-0002-2998-0423 Recibido: 09-04-2025 Aceptado: 07-05-2025 Resumen Este artículo analiza la evolución estratégica de la relación entre Estados Unidos e Israel, centrándose en los mecanismos estructurales que han sostenido el papel de Israel como proxi privilegiado en Oriente Medio. Se sostiene que la garantía constante de su ventaja militar cualitativa (QME) ha permitido a Israel actuar con una autonomía creciente, en ocasiones en tensión con los intereses regionales de EE. UU. A través de un enfoque histórico y geopolítico, se examina cómo los cambios en el sistema internacional, las presiones políticas internas en EE. UU. y la guerra de Gaza de 2023 han inaugurado una nueva fase de asimetría y renegociación. Palabras-clave: Israel, Estados Unidos, política exterior, imperio, proxi, estrategia. 1 Pulicación enmarcada en el proyecto de investigación “Miradas cruzadas entre los mundos iranio e hispánico. Relatos y representaciones en la contemporaneidad", financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España (Referencia: PID2023-1502740A-100). Para más información sobre los autores véanse entre otras las siguientes páginas web: https://www. realinstitutoelcano.org/consejo-cientifico/sonia-sanchez-diaz/ y https://dialnet.unirioja.es/servlet/ autor?codigo=1194473
112 Sonia Sánchez Díaz y Guillem Colom-Piella Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 Abstract This article examines the strategic evolution of the United States–Israel relationship, focusing on the structural mechanisms that have sustained Israel’s role as a privileged proxy in the Middle East. It argues that the consistent guarantee of Israel’s Qualitative Military Edge (QME) has empowered the country to act with increasing autonomy, sometimes in tension with U.S. regional interests. Drawing on a historical and geopolitical analysis, the study explores how shifts in global power dynamics, domestic political pressures in the U.S., and the consequences of the 2023 Gaza War have opened a new phase in the bilateral alliance marked by asymmetry and renegotiation. Keywords: Israel, United States, foreign policy, proxy strategy. Who’s the fucking superpower here? Presidente William J. Clinton, 19962 Introducción Uno de los rasgos más controvertidos y discutidos de la política exterior estadounidense se relaciona con su presencia en Oriente Medio y, más concretamente, con los lazos que Washington ha construido con Israel. Basados en una amplia variedad de factores objetivos y subjetivos, esta alianza fue calificada por el presidente John Fitzgerald Kennedy como “…una relación especial solo comparable con la que [Estados Unidos] tiene con el Reino Unido” (Gilboa, 1987: 1). Y no es para menos, ya que los condicionantes de esta “relación especial” abarcan una miríada de intereses e identidades compartidos que van desde la cultura política y religiosa asentada sobre valores democráticos y judeocristianos, hasta la consideración de este pequeño país como un puntal para la seguridad y el mantenimiento del statu quo en Oriente Medio. La relación ha sido tan estrecha, a pesar de la asimetría y de la autonomía preservada por Israel, que muchos han llegado a cuestionar la ecuación costebeneficio que la relación supone para Estados Unidos. Precisamente, esta combinación de elementos objetivos y subjetivos, realistas y liberales o duros y blandos es lo que contribuye a explicar la alianza que han forjado ambos países desde la década de los sesenta del pasado siglo y que alcanzó su cénit tras la guerra del Yom Kippur en 1973 y la revolución 2 Citado en Pfeffer (2018: 240). El receptor de esta expresión tan poco diplomática fue, ni más ni menos, Benjamin Netanyahu, que poco antes había sido nombrado primer ministro del país tras el inesperado triunfo del Likud en los comicios legislativos de mayo de 1996.
113 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 islámica de Irán en 1979. Unas relaciones que se han plasmado en el apoyo diplomático, los contactos políticos, la asistencia económica, la trasferencia tecnológica, la mediación internacional o la ayuda bélica que Washington ha proporcionado a Jerusalén durante más de seis décadas, convirtiéndola en la principal potencia militar de Oriente Medio. Sin embargo, esta “relación especial” no ha estado exenta de controversias, altibajos, tiranteces o críticas por ambas partes, a veces derivadas del color político del inquilino de la Casa Blanca y otras veces por los costes que entraña para Washington posicionarse a favor de Israel. Calificada durante gran parte de la Guerra Fría como relación clientelar por la asimetría de poder existente entre ambas partes y el paternalismo ejercido por Washington en numerosas ocasiones, muchos expertos predijeron que con el fin del orden internacional bipolar esta alianza estratégica perdería relevancia. Sin embargo, no fue así. El Iraq baathista, el islamismo radical, el terrorismo yihadista, el revisionismo iraní con su programa nuclear o la Guerra Global contra el Terror volvieron a poner en valor esta “relación especial” y obligaron a Washington a reforzar su presencia militar en Oriente Medio. Una presencia que alcanzó su punto álgido en 2005, cuando más de 200.000 efectivos militares estadounidenses estaban desplegados en la región, la mayoría de ellos empeñados en la estabilización de Iraq. No obstante, esta “relación especial” que tradicionalmente se ha fundamentado en tres grandes pilares –unos intereses estratégicos comunes, unos valores e ideales compartidos entre las élites políticas y el electorado de ambos países y el firme apoyo de la comunidad judía estadounidense (Gilboa, 2023)– podría hallarse ahora en un punto de inflexión. La fatiga estratégica provocada por las onerosas campañas afgana e iraquí, la disminución de la dependencia estadounidense de los hidrocarburos de Oriente Medio o su giro hacia el Indo-Pacífico para competir con China han roto el consenso de la comunidad estratégica estadounidense. De hecho, desde la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca en 2009, son cada vez más las voces que creen excesiva esta alianza con Israel, que estiman que no se alinea con el interés nacional americano y que genera más costes que beneficios. En consecuencia, ante la necesidad de orientar los menguantes recursos del país para competir sistémicamente con China, son muchas las voces que proponen emprender un desenganche estratégico que pueda extenderse a todo Oriente Medio. Una región donde la presencia estadounidense habría generado más problemas de los que habría contribuido a resolver y donde los Acuerdos de Abraham (2020) permitirían alcanzar la plena normalización con el Estado de Israel, la creación de una nueva arquitectura de seguridad regional, el aislamiento de Irán y el desenganche final estadounidense de Oriente Medio. Se trata de un escenario que no ha pasado desapercibido ni por Jerusalén ni por el resto de
114 Sonia Sánchez Díaz y Guillem Colom-Piella Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 los países de la zona, que parecen estar preparándose para un Oriente Medio “post-americano”. A estos factores geopolíticos se le añaden otros elementos de naturaleza doméstica que están erosionando el consenso que existía entre la comunidad judía estadounidense, la clase política y el electorado norteamericanos desde la creación del Estado de Israel. Estos elementos están relacionados con dinámicas internas en ambos países como la polarización política, los cambios sociodemográficos y una pérdida de consensos y gradual desmovilización de la comunidad judía norteamericana frente a las pulsiones populistas de Netanyahu, su controvertida agenda política y su gestión de la intervención militar en Gaza. Estos elementos pueden acabar deteriorando la “relación especial” que han mantenido ambos países durante décadas. Teniendo en cuenta estos factores, el presente trabajo estudiará la naturaleza, la evolución y las características de las relaciones entre Estados Unidos e Israel. Para ello, el artículo se dividirá en tres partes: la primera introducirá y enmarcará brevemente el objeto de estudio, analizando “la relación especial” tal y como ha sido abordada en los marcos de estudio más conocidos, pero aportando una propuesta más estructural, enmarcada en la relación de imperio-agente o de proxi; la segunda realizará un análisis sobre la centralidad del mantenimiento de la Ventaja Militar Cualitativa (Qualitative Military Edge – QME) israelí sobre el resto de actores regionales como la clave de bóveda que ha otorgado mayor autonomía a Israel para defender sus intereses estratégicos, debilitando con ello la posición de Estados Unidos como protector y generando relaciones de interdependencia más que de subordinación. Por último, se efectuará un breve repaso a los 75 años de relaciones entre ambos países exponiendo la situación actual y los retos a los que se enfrenta esta “relación especial” en un momento marcado por cambios en la estructura del poder internacional. ¿La cola que mueve al perro? Estados Unidos, Israel y la ecuación del poder Tal y como se ha adelantado, la “relación especial” forjada entre Estados Unidos e Israel es compleja, heterogénea y cambiante. La percepción de su carácter estratégico ha conseguido que perviva pese a los cambios experimentados en la estructura del poder internacional, obviando los costes diplomáticos, políticos, económicos o estratégicos que genera. Tradicionalmente, el análisis de esta “relación especial” ha sido abordado desde dos ángulos. Por un lado, están los teóricos que consideran que esta entente responde al interés nacional estadounidense y produce efectos beneficiosos para ambos países, de manera que la asistencia norteamericana
115 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 a Israel se traduce en una cooperación bilateral que redunda en la proyección de los intereses del país en Oriente Medio. Por lo tanto, las consideraciones geopolíticas –muy presentes durante la Guerra Fría, la Guerra Global contra el Terror o durante el conflicto con Irán por su amenaza nuclear– serían la variable explicativa de esta “relación especial” (Organski, 1990). En el polo opuesto se sitúan los que consideran que esta alianza se explica por la influencia que ejercen los grupos de interés pro-israelíes, que utilizarían una amplia gama de herramientas de lobby para influir en la formulación de la política exterior estadounidense hacia Oriente Medio. Por lo tanto, su alianza con Israel y su estrategia regional no responderían al interés de Washington sino al papel de estos grupos de presión (Rabie, 1988; Tivnan, 1987: 187-195, Rudeneh, 1972). El corolario de este enfoque surgido a finales de la Guerra Fría se produjo a mediados de la década de los 2000 de la mano de los realistas John Mearsheimer y Stephen Walt y su controvertida obra El lobby israelí y la política exterior de Estados Unidos (2007). En ella intentaban dilucidar las razones susceptibles de explicar el firme apoyo del país a Israel, un apoyo que estimaban irracional, excesivo y contrario al interés nacional tanto por sus efectos sobre el país como para el resto de la región3. Para ellos, la variable explicativa eran los grupos, organizaciones e individuos influyentes favorables a Israel. Este poderoso lobby guiaría la acción exterior que ha privilegiado a Israel como un actor clave en la estrategia del país hacia Oriente Medio. Ello motivaría el apoyo incondicional de Washington a las políticas israelíes, a la vez que condicionaría la presencia, la asignación de recursos o la imagen del país en la región. Precisamente, esta parcialidad –bien real o percibida– que se asume contraria al interés nacional estadounidense, crea tensiones con otros aliados y socios regionales, condiciona las relaciones con el mundo musulmán, genera enormes costes de oportunidad y debilita la posición relativa del país (Mearsheimer y Walt, 2007; 2009). A pesar de su contribución a la subárea del Análisis de Política Exterior (Slater, 2009), esta obra ha sido objeto de numerosas controversias, siendo incluso acusada de antisemita (Foxman, 2007). Aunque el lobby judío puede contribuir a explicar esta alianza entre Washington y Jerusalén, no se trata del 3 En este sentido, a diferencia de liberales (y neoconservadores), que perciben la presencia estadounidense en Oriente Medio como algo necesario para transformar la región, los realistas cada vez son más críticos con esta presencia en la que el petróleo ha dejado de ser un factor por considerar. Sin embargo, discrepan en asuntos tan relevantes como los intereses en juego y la forma de alcanzarlos. Tal y como sucede con los debates sobre cómo Washington debe abordar esta etapa de competición entre grandes potencias, estos pueden dividirse entre primacistas y restrictivos. Mientras los primeros argumentan que el país debe mantener una fuerte presencia en Oriente Medio para mantener su influencia y evitar la penetración de otras potencias que puedan disputarle el liderazgo, los segundos proponen reducir esta presencia porque implica unos costes de oportunidad inasumibles y Washington debe priorizar unos recursos menguantes para contener la amenaza sistémica china. No obstante, varios de estos apuestan porque Washington actúe como equilibrador externo (offshore balancer) para evitar crisis y conflictos regionales.
116 Sonia Sánchez Díaz y Guillem Colom-Piella Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 único ni del más relevante factor (Koplow, 2011)4. De hecho, esta “relación especial” puede explicarse por la conjunción de consideraciones ideológicas (que comprenden desde los valores democráticos a los mitos fundacionales basados en la concepción del destino manifiesto), históricas (la experiencia del Holocausto), religiosas (como las raíces judeocristianas de la sociedad estadounidense o el papel del evangelismo protestante), de política doméstica (el activismo de la comunidad judía norteamericana y la captación de su voto, las labores de lobby o el consenso reinante sobre estos asuntos) o geopolíticas (el contrapeso que supuso al panarabismo pro-soviético en la Guerra Fría y el que supone al islamismo radical en actualidad) (Allin y Simon, 2003; Gilboa, 2023; 1987). Aunque la relevancia relativa de cada una de ellas continúa siendo objeto de debate, se tiende a considerar que la simpatía e identificación ideológica, cultural o religiosa de la opinión pública estadounidense con Israel es el principal factor explicativo de esta “relación especial” (Koplow, 2011; Gilboa, 1987; Lipson, 1997). Una cercanía con el país que se traslada a las urnas y se traduce en apoyo político. A estas corrientes predominantes habría que añadir una explicación algo más estructural, basada en los tipos de relaciones reticulares que forjan los imperios con sus periferias. El hecho de que Estados Unidos sea un imperio global sustentado por su incuestionable superioridad militar pero cuestionado en su proyección hegemónica por estructuras regionales de carácter político (Estados y sociedades tribales), ideológico (transnacionalismos como el panarabismo o el islamismo) y económico (socialismo árabe y cárteles petroleros)5 es el factor que ofrece una explicación más ajustada a la relación especial que ha forjado Estados Unidos con Israel y al papel instrumental que este último ha tenido para vencer estas resistencias a la hegemonía norteamericana en Oriente Medio. Para desarrollar esta argumentación resulta necesario partir de la definición de imperio como un modelo político de dominación. El sociólogo Michael Mann definió a los imperios como “…un sistema de gobierno centralizado y jerárquico adquirido y mantenido mediante la coacción a través de la cual un territorio domina los territorios periféricos, sirve como intermediario para sus principales interacciones, y canaliza los recursos desde y entre las periferias” (Mann, 2012: 17). 4 De hecho, existen análisis cuantitativos que incluso niegan la relevancia del lobby judío en la formulación de la política exterior estadounidense (Wang, 2021). 5 El nacionalismo anti-intervencionista también dejó su impronta en los modelos de desarrollo socioeconómico en el que los proyectos de modernización impulsados por las superpotencias competían con los proyectos de construcción nacional árabes. Mientras Washington promovía modelos capitalistas basados en el libre mercado y Moscú impulsaba sistemas de planificación estatal, los líderes árabes articularon alternativas propias, como el panarabismo y el socialismo árabe (baazismo). Estos movimientos, orientados hacia la independencia política y la reforma socioeconómica, escapaban tanto de las lógicas capitalistas como de las marxistas ortodoxas, generando desconfianza en ambas superpotencias y suponiendo un obstáculo a la penetración de ambas en la región.
117 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 Partiendo de esta definición, las cifras sobre gasto militar que aparecen en la siguiente tabla sustentan la afirmación de que la coacción militar y su capacidad de despliegue global, ha sido sin duda la base de la dominación americana desde finales de la Segunda Guerra Mundial y lo continúa siendo en la actualidad. Fuente: Claude, 2025 En el shatter belt de Oriente Medio, Estados Unidos ha ejercido un modelo de dominación informal, impuesto sobre la coacción militar y económica, con un modelo de política exterior basado en la consecución de sus objetivos por medio de proxies. Este modelo fue predominante durante la Guerra Fría y concluyó con la Guerra contra el Terror iniciada en 2001. Únicamente en el siglo XXI decidió Estados Unidos romper este modelo con las invasiones terrestres de Irak y Afganistán, causándole un desgaste y desprestigio del que aún no se ha recuperado. El modelo de dominio indirecto ejercido por Washington requiere entender con qué incentivos se ha motivado a los líderes locales y cuándo y de qué modo el modelo tenido éxito. Como señalan Berman y Lake (2019), la evidencia demuestra que, para que la alianza sea efectiva, la alienación de intereses resulta esencial. Únicamente cuando los intereses se encuentran estrechamente alineados, la potencia principal puede adoptar una estrategia de
118 Sonia Sánchez Díaz y Guillem Colom-Piella Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 apoyo incondicional y de construcción de capacidades de modo que permitan a ambos actores alcanzar sus objetivos compartidos. Los estudios de casos comparados demuestran que cuando la potencia principal emplea recompensas o castigos adaptados al contexto político doméstico del proxi, éstos generalmente cumplen con lo solicitado. En cambio, cuando la potencia principal no emplea los incentivos apropiados, el proxi se vuelve reticente y declina su ayuda. También demuestran que cuando el coste del esfuerzo para el agente aumenta y la potencia principal responde con incentivos más potentes como mayores recompensas o amenazas de castigo, el agente responde aplicando un mayor esfuerzo para la consecución de los objetivos compartidos. En último término, si los intereses difieren mucho, la potencia principal puede decidir actuar por sí mismo o admitir que el control indirecto mediante el proxi es demasiado oneroso para alcanzar sus ambiciones. La divergencia, sin embargo, también puede ocurrir cuando el proxi tiene prioridades o costes más elevados que la potencia principal, relacionados, como en el caso de Israel, con la percepción de una amenaza existencial. En este caso, proveer de capacidades puede resultar contraproducente, ya que, al aumentar las capacidades del proxi, aumenta su autonomía y, por ende, su capacidad para desviar los recursos ofrecidos para el cumplimiento de sus propios objetivos e intereses. En ese caso, la única opción para la potencia principal sería la intervención directa o la desconexión. (Berman y Lake, 2019: 2-5). En el caso que nos ocupa, la relación entre Estados Unidos (potencia principal) e Israel (actor delegado o proxi), se enmarca en un modelo de dominación indirecta en el que la convergencia de intereses ha sido muy elevada, pero en el que han primado las divergencias relacionadas con la seguridad de Israel y los altos costes que supondría perder su capacidad de disuasión en una región hostil condicionado por carencias estratégicas defensivas provenientes de su geografía y demografía. Estas carencias, junto con el trauma de su pasado histórico y el ethos político-sociológico desarrollado por el sionismo en su concepción de “Estado refugio”, han incentivado la doctrina de la “amenaza existencial permanente”, que únicamente podían enfrentar priorizando su seguridad nacional por encima de otras consideraciones mediante la anticipación, la determinación y la alta tecnología. Por tanto, la compleja relación simbiótica entre Estados Unidos e Israel está basada en la convergencia de intereses comunes (mantenimiento del statu quo y contención del expansionismo soviético o del islamismo) pero cuya defensa tiene importantes límites provenientes de la autonomía que demuestra Israel a la hora de enfrentar lo que considera una amenaza existencial a su seguridad. Estados Unidos ha sabido leer bien este contexto y, para influir sobre el Estado hebreo, le ha proporcionado la asistencia militar y tecnológica necesaria para garantizar una ventaja cualitativa sobre cualquier adversario regional.
119 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 Proteger al proxi: el mantenimiento de la Ventaja Militar Israelí Lo que convierte a Estados Unidos no sólo en un “patrón” sino en un socio estratégico clave para Israel es el respaldo sostenido al desarrollo de sus capacidades militares. Un apoyo que se ha traducido en asistencia financiera, cooperación tecnológica e industrial, ejercicios conjuntos, acceso preferente a sistemas de armamento avanzado o garantías político-militares. En este sentido, desde la década de 1950, Estados Unidos e Israel han suscrito numerosos acuerdos y memorandos de entendimiento en materia de seguridad y defensa, que abarcan desde el Acuerdo de Defensa Mutua de 1952 hasta el Estatuto de Fuerzas de 1994. En este marco institucional, Washington ha concedido a Israel el estatus de “aliado principal no-OTAN”6, lo que le confiere ventajas significativas en el acceso a tecnología militar de vanguardia, cooperación en I+D o adquisición preferente de sistemas de armas avanzados. Sobre esta base, la relación militar bilateral ha evolucionado hacia una alianza institucionalizada, articulada en torno a mecanismos permanentes de consulta y planificación, ejercicios conjuntos, programas de codesarrollo tecnológico –como los sistemas de defensa Iron Dome, David’s Sling o Arrow– y una asistencia financiera continuada que supera los 130.000M$ desde 1948, consolidando a Israel como el principal receptor de ayuda exterior estadounidense7. Sin embargo, más allá del volumen de esta cooperación, el verdadero eje vertebrador de la alianza reside en la defensa de la QME que, desde finales de los años sesenta, guía la política de defensa de Washington hacia Jerusalén y garantiza su superioridad tecnológica frente a cualquier coalición hostil en el entorno regional. Codificada en la legislación estadounidense y ratificada por diversas administraciones y resoluciones del Congreso, la QME se define como “…la capacidad de contrarrestar y derrotar cualquier amenaza convencional procedente de cualquier Estado, coalición de Estados o actor no estatal, con un mínimo de bajas y daños, mediante el empleo de medios militares superiores poseídos en cantidad suficiente”8. Este concepto comenzó a tomar forma tras 6 Creada en 1987, esta figura jurídica se aplica a todos aquellos países no pertenecientes a la OTAN con los que Estados Unidos mantiene relaciones estratégicas en asuntos de defensa. Esta calificación proporciona a los países que la obtienen beneficios en el acceso material bélico, tecnologías puntas o cooperación de seguridad. Israel fue, junto con Australia, Egipto, Japón y Corea del Sur, de los primeros países en obtener este estatus. 7 Desde 1999, esta ayuda se enmarca en los Memorándums de Entendimiento que ambos países consensuan para periodos de diez años. El acuerdo actual (2019-28) plantea una asistencia financiera por valor de 38.000M$ para adquirir, tanto vía trasferencias gobierno-gobierno como compras directas a empresas estadounidenses e israelíes, una amplia gama de armamento, servicios y sistemas. De hecho, Israel no sólo es el principal receptor del programa de Foreign Military Financing (esencial para la trasferencia de los cazas F-35 Lightning II) y mantiene abiertos 599 expedientes de compra de armamento, material o municiones estadounidenses a través del programa Foreign Military Sales por valor de 24.000M$, sino que también obtiene material vía contratos directos, trasferencias de material excedente o cooperación en materia misilística (Sharp, 2023). 8 Sección 201 D-2, Assessment of Israel’s Qualitative Military Edge Over Military Threats, Public
126 Sonia Sánchez Díaz y Guillem Colom-Piella Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 circulación de petróleo y las líneas de defensa frente al expansionismo rival. Sin embargo, ni Washington ni Moscú optaron por métodos de control directo. Así, la dinámica de poder en Oriente Medio se estructuró mediante el establecimiento de equilibrios entre actores subsidiarios y mediante el suministro de asistencia militar que cada superpotencia prestaba a su red de clientes. En una primera etapa, que se extiende desde 1948 a la Crisis de Suez de 1956, la relación bilateral podríamos caracterizarla como de reconocimiento formal, pero con distanciamiento político. Los dos primeros Estados en reconocer a Israel tras su declaración unilateral de independencia en 1948 fueron Estados Unidos y la Unión Soviética, lo que demuestra la competencia de ambas superpotencias por atraer nuevos aliados e involucrarse en los principales cambios de la región. No obstante, existen diferencias en sus respectivos modelos. La asistencia soviética a sus aliados se canalizó principalmente a través de ayuda económica, técnica y militar, como el entrenamiento de ejércitos árabes o la venta de armamento, destacando el acuerdo armamentístico “checo” con Egipto en 1955. La Unión Soviética consolidó su presencia en el Mediterráneo tras el fracaso británico en impulsar el Pacto de Bagdad, aunque evitó provocar directamente a Estados Unidos, limitando el despliegue de tropas o pilotos a casos excepcionales como Yemen del Norte o el conflicto de desgaste en el Canal de Suez. Por su parte, Washington restringió sus intervenciones directas a situaciones que amenazaran el suministro energético, prefiriendo fomentar regímenes aliados mediante golpes de Estado y pactos estratégicos. La estrategia estadounidense de dominación a través de proxis se materializó en intervenciones intermitentes mediante golpes de Estado favorecidos por la percepción, compartida con Londres, de que los movimientos nacionalistas árabes eran amenazas potenciales de expansión comunista. Los ejemplos más significativos fueron Egipto (1952), Irán (1953) y Siria (1949). En otros casos, como Arabia Saudí e Israel, la alianza se cimentó sin necesidad de intervenciones golpistas sino a través de acuerdos de cooperación económica y militar, construyendo relaciones de interdependencia más que de subordinación. Sin embargo, en el caso de Israel, esto sólo sucedería, a partir de la administración Kennedy ya que, en el año 1948, Estados Unidos impuso un embargo de armas a todos los beligerantes involucrados en la primera Guerra árabe-israelí. Aunque esta política buscaba limitar la escalada de la guerra y evitar que Washington se viera involucrado directamente en el conflicto, el embargo afectó especialmente a Israel, que tenía menos acceso a otras fuentes de armamento, salvo por Francia que, motivada por su rivalidad con Gran Bretaña, sorteó el embargo enviando armas clandestinamente a Israel y apoyó la creación de su incipiente industria militar. De hecho, desde principios de la década de 1950 y hasta la Guerra de 1967, Francia fue el principal proveedor
127 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 de armas pesadas y tecnología militar avanzada para Israel, suministrando aviones de combate de vanguardia como los Mirage, Mystère y Super Mystère, que constituyeron la columna vertebral de la fuerza aérea israelí en esos años. París fue también instrumental para el desarrollo del programa nuclear israelí proporcionando el reactor nuclear, personal técnico, uranio enriquecido y los medios para la producción de plutonio. Diversos académicos como Efraim Inbar (1990) y Avi Shlaim (2015: 201) coinciden en señalar que los primeros años de existencia de Israel representaron su fase más peligrosa, caracterizada por la falta de apoyo de una gran potencia que garantizara su supervivencia ante las amenazas regionales. Emergencia del interés estratégico La segunda etapa de las relaciones bilaterales se inicia con la Crisis de Suez de 1956 y se extiende hasta la Guerra de 1967. Podríamos calificar a esta etapa como la del inicio del interés estratégico indirecto. A pesar de que Estados Unidos humilló a Francia y a Gran Bretaña obligándoles a replegar las fuerzas desplegadas en Egipto sin su consentimiento por temor a una implicación directa de la Unión Soviética, el papel desempeñado por Israel como el proxi de esta crisis empezó a despertar en la comunidad de seguridad de Washington la idea de que invertir en defensa en países árabes cuyos ejércitos dudosamente podrían enfrentar una amenaza soviética no era muy pertinente. Israel, sin embargo, anhelaba consolidar sus fronteras, erigiéndose como una potencia militar capaz de imponer sobre el terreno unos hechos favorables a sus intereses. Y ello pese a su inferioridad en recursos humanos y materiales. Su determinación fue percibida como un potencial contrapeso frente a la radicalización árabe panarabista y el nacionalismo de Nasser, empezando a ser percibido como un elemento potencialmente útil para su política de contención del comunismo. La Crisis de Suez en 1956 fue proyectada por Nasser como una victoria del panarabismo simbolizó una lógica de suma cero en la que la victoria de un bloque era percibida como la derrota del rival. Fue así cómo Israel, con apoyo occidental, asumió el papel de garante del statu quo regional frente al avance del nacionalismo árabe apoyado por Moscú. Las sucesivas guerras árabeisraelíes hasta 1973 se convirtieron en termómetros del equilibrio de poder entre Occidente y la Unión Soviética, donde cada conflicto armamentístico, cada victoria o derrota, tenía implicaciones estratégicas de alcance global.
128 Sonia Sánchez Díaz y Guillem Colom-Piella Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 La Guerra de 1967: Israel se convierte en un activo esencial La etapa decisiva para consolidar un cambio de orientación estratégico en la política exterior norteamericana hacia Israel se producirá en 1967, a consecuencia de la aplastante victoria en la conocida como “Guerra de los Seis Días” y la retirada del apoyo francés al desarrollo militar israelí. La creciente amenaza de los regímenes árabes aliados de Moscú, especialmente tras el golpe baazista en Irak en 1963, impulsó a Washington a profundizar su apoyo militar a Israel. Por ejemplo, la venta de sistemas de defensa Hawk en 1962 respondió a la transferencia soviética de armamento pesado a Egipto, ya que Cairo había empezado a recibir bombarderos Tu-16 Badger y cazas MiG-21 Fishbed susceptibles de alterar el equilibrio estratégico en la región –esta venta supuso la primera trasferencia directa de un sistema de armas avanzado por parte de Estados Unidos a Israel (Rodman, 2004). Hasta entonces, Washington había priorizado mantener el statu quo regional, consciente de que un incremento en el armamento israelí provocaría un rearme árabe auspiciado por Moscú y una peligrosa escalada. El petróleo de Oriente Medio, esencial para la economía global, convertía a la región en un escenario especialmente sensible donde un conflicto directo entre superpotencias debía ser evitado. Así, la estrategia estadounidense buscó mantener la Guerra Fría “lo más fría posible”. No obstante, la fulminante derrota de Egipto, Jordania y Siria en la Guerra delos Seis Días fue percibida como la derrota del panarabismo de inclinación pro-soviética. En esta etapa Israel se convertirá para Estados Unidos en un baluarte contra la expansión soviética en la región y en un activo estratégico decisivo, aunque conservando celosamente su autonomía de acción. La conservación de los territorios ocupados pese a la Resolución 242, la continuidad de su programa nuclear con su negativa a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) manteniendo su doctrina de “ambigüedad estratégica” pese a las presiones de Johnson y Nixon, son ejemplos de desafíos a las presiones diplomáticas de Washington. Ello demuestra que la relación simbiótica entre Jerusalén y Washington ha estado caracterizada por la existencia de líneas rojas dibujadas por Israel, priorizando su seguridad y su visión territorial incluso a riesgo de tensar las relaciones con su principal valedor. Israel: proxi estratégico La etapa que se extendió desde 1973 a 1979 estuvo caracterizada por la consolidación de Israel como un proxi de Estados Unidos en la región y por el inicio del “apoyo incondicional”. La Guerra de 1973 marcó uno de los
129 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 respaldos diplomáticos más decisivos hacia Israel dados por una administración norteamericana. La shuttle diplomacy emprendida por Kissinger para negociar el fin de la guerra junto con el puente aéreo que se estableció para proveer de apoyo militar a Israel en una guerra por sorpresa que había sido incapaz de prever. El apoyo militar sin precedentes de la Unión Soviética a Egipto y Siria fue secundado por el compromiso inquebrantable norteamericano con Jerusalén, convirtiéndose en un garante del statu quo regional que Estados Unidos no hubiera podido garantizar con presencia directa sin provocar un conflicto global. Paradójicamente, se convirtió también en un mediador indirecto, facilitando procesos diplomáticos importantes con países árabes que fortalecieron la posición estadounidense en la región. Las negociaciones de Camp David (1978) para el establecimiento de la paz entre Israel y Egipto facilitaron el acercamiento de este último a la órbita de influencia americana. Sin la disposición de Israel a negociar, no habría sido posible el éxito de Estados Unidos y la consolidación de su prestigio como estabilizador externo en la región, lo que le valió el Premio Nobel de la Paz al presidente Carter tras la conclusión del Tratado de Paz Egipto-Israel (1979). La edad dorada del proxi El periodo que va desde 1979 a 1991 podríamos llamarlo la edad dorada de Israel como el proxi estratégico de Estados Unidos más valioso de Oriente Medio. El embargo petrolero promovido por Arabia Saudí en 1973, la Revolución iraní de 1979 o la invasión soviética de Afganistán el mismo año supusieron el vacío de aliados fiables en la región. La colaboración entre ambos Estados en esta época estuvo basada en operaciones indirectas e inteligencia estratégica. El caso Irán-Contra (Irangate), en el que Israel vendió armas a Irán en su guerra contra Irak y desvió los beneficios por la venta a la Contra nicaragüense, es un ejemplo de ello. Durante los años 80, Israel no solo sirvió para el ejercicio de la coacción militar estadounidense en Oriente Medio, sino que actuó como intermediario indispensable en operaciones encubiertas y como proveedor privilegiado de inteligencia en escenarios críticos (Shlain, 2015: 454), ya sea interceptando comunicaciones soviéticas en Siria o Egipto o aportando datos sobre movimiento de tropas, ventas de armamento soviético, o la existencia de infraestructuras militares en países clave como Egipto o Yemen del Sur. Adicionalmente, en lugares como Sudán y Etiopía, Israel y Estados Unidos coordinaron rescates de judíos etíopes (Operación Moisés, 1984) y cooperaron en actividades de inteligencia relacionadas con movimientos comunistas africanos. Israel actuó además como agente subcontratado para realizar
130 Sonia Sánchez Díaz y Guillem Colom-Piella Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 operaciones de sabotaje que Washington no podía ejecutar por sí mismo, como la destrucción de la infraestructura nuclear iraquí (caso de Osirak en 1981) o la infiltración en redes terroristas vinculadas a Irán o Libia (Oren, 2007: 572). En resumen, durante los años 80, su capacidad para actuar donde Washington no podía intervenir directamente consolidó aún más su valor estratégico como proxi, convirtiendo a Israel en la principal herramienta de poder duro y de inteligencia regional para Estados Unidos en Oriente Medio. El fin de la Guerra Fría: diversificación de alianzas La etapa que va desde 1991 al 2001 se caracteriza por el fin de la Guerra Fría y la oportunidad que ello ofrece para la diversificación de los aliados estratégicos de Estados Unidos. Aunque Israel sigue siendo un eje principal, esta etapa supone el fin de la continuidad de su monopolio estratégico. La búsqueda de nuevos equilibrios con Egipto, Arabia Saudí y otros países del Golfo se vio facilitada, en primer lugar, por la victoria sobre Irak en la Guerra del Golfo (1990-1991), de la que Estados Unidos emerge como potencia hegemónica indiscutida y, en segundo lugar, por el miedo a Irán y la necesidad de controlar el petróleo del Golfo Pérsico. Ello permitió a Washington establecer bases militares permanentes, como la Prince Sultan Air Base en Arabia Saudí, la Camp Doha en Kuwait o la gran base de Al Udeid en Qatar. Washington ya no necesita apoyarse exclusivamente en un proxi como Israel: ahora puede actuar directamente gracias a la construcción de una red más amplia de aliados árabes. Además de ello, la participación de Israel en las conversaciones de paz de Madrid (1991), el proceso de Oslo (1993) o la firma de la paz con Jordania (1994) facilitaron la estabilidad regional y la velada aceptación de Israel por parte de los Estados árabes de la región. El 11-S: una nueva centralidad para Israel y la recuperación de su rol estratégico El ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001 y el inicio de la Guerra global contra el terrorismo supuso un nuevo punto de inflexión en el que Israel vuelve a ocupar una nueva centralidad para las intervenciones directas que Estados Unidos realiza en Afganistán (2001) e Irak (2003), siendo instrumental su cooperación en inteligencia, contraterrorismo y operaciones de ciberseguridad. La dilatada experiencia israelí en guerras asimétricas no convencionales contra actores no estatales volvió a poner de relieve la centralidad de Israel como aliado operativo para asistir a las fuerzas
131 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 estadounidenses en el desarrollo de técnicas de control de fronteras, seguridad aeroportuaria o transmisión de inteligencia sobre grupos islamistas radicales. Tras el 11-S, Israel no solo reforzó su papel como proxi regional de Estados Unidos, sino que se reposicionó como un activo operacional indispensable para Occidente en la Guerra global contra el terrorismo, ofreciendo inteligencia y tecnologías de seguridad y proporcionando el know-how para la realización de operaciones encubiertas en escenarios donde la acción directa estadounidense era política o estratégicamente inviable (Bergman, 2018: 377-8). Enfrentamiento contra Irán y Primavera Árabe Las revueltas árabes de 2011, conocidas popularmente como “Primavera Árabe”, inauguraron una nueva etapa en las relaciones bilaterales debido a la ventana de oportunidad que las guerras civiles acontecidas en países como Libia, Yemen o Siria abrieron para el auge de grupos extremistas como DAESH, de actores estatales como Irán y su proxi Hezbolá, y para las intervenciones directas de Arabia Saudí en Yemen o de Rusia en Siria. Israel volvió a resultar instrumental en este entorno para contener el expansionismo de Irán en el Levante árabe o el de DAESH en el Sinaí. La reticencia de Obama a intervenir en la guerra siria y el anuncio del cambio de pivote geopolítico hacia Asia, coronado por el repliegue americano del norte de Siria ordenado por Trump en 2019, marcó el comienzo de una gradual retirada americana de la región. Durante su mandato (2009-2017), Obama buscó redefinir las prioridades estratégicas en Oriente Medio. Apostó por una diplomacia multilateral y por reducir la presencia militar directa tras los fracasos de las guerras de Irak y Afganistán. En esta etapa, las relaciones bilaterales alcanzaron un punto álgido de tensión cuando la administración Obama concluyó el JCPOA (Plan de Acción Integral Conjunto) con Irán en 2015, al que Israel se oponía ferozmente. Netanyahu temía que el JCPOA legitimara a Irán como actor regional y le permitiera mantener su red de milicias: Hezbolá, Hashd al-Shaabi o los Houthis. Eliminar a Irán de la ecuación de la disuasión mediante la diplomacia suponía para Israel una derrota, ya que perdía su principal activo para mantenerse como el puntal de la seguridad y el garante de los intereses norteamericanos en la región a cambio de protección y apoyo incondicional. Sin embargo, la llegada de Trump a la Casa Blanca y su salida del JCPOA en 2018 reinstauró una política de máxima presión sobre Irán y fue percibida como una victoria diplomática de Netanyahu. En este periodo, el alineamiento de Washington con los intereses israelíes alcanzó su máxima expresión cuando Trump movió su embajada a Jerusalén en mayo del 2018 y cuando reconoció
132 Sonia Sánchez Díaz y Guillem Colom-Piella Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 la soberanía israelí sobre los Altos del Golán en marzo de 2019. Estos hitos marcarían una nueva era de las relaciones bilaterales en la que Estados Unidos estaba dispuesto a ratificar la realidad sobre el terreno impuesta por Israel y a profundizar en las relaciones con su socio estratégico en campañas de sabotaje, asesinatos selectivos (como el de Qassem Soleimani en 2020) y alineándose con sus intereses imponiendo presiones militares sobre Irán. El punto álgido de la estrategia norteamericana para aislar a Irán lo marcó la firma de los Acuerdos de Abraham en el 2020, gracias a los cuales, Israel normalizó sus relaciones diplomáticas con Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Sudán y Marruecos. Los acuerdos supusieron una gran victoria diplomática para Israel en dos sentidos. Por un lado, marginó la causa palestina de la agenda de intereses nacionales estadounidenses y de los Estados árabes, priorizando intereses estratégicos y económicos sobre disputas históricas y, por otro, los acuerdos estaban diseñados para aislar a Irán militarmente y contener su esfera de influencia. Para ello, los acuerdos contemplaban la creación de una red de cooperación tecnológica y de seguridad que garantizaba sustanciosos contratos para las empresas tecnológicas y armamentísticas israelíes y estadounidenses. La desconexión parcial de Estados Unidos traía consigo un plan de construcción de un espacio de defensa antiaéreo en el que Israel proveería de tecnología de vanguardia pensada para contener a Irán en una relación de “todos ganan”. ¿Un aliado incómodo? Israel y los dilemas estratégicos de Estados Unidos en la actualidad La última etapa de las relaciones bilaterales se inauguró con la llegada de Joe Biden al poder y vino marcada por la Guerra de Ucrania (2021) y el conflicto de Gaza (2021). Aunque las tensiones con China sobre la soberanía de Taiwán, la gradual guerra comercial con el gigante asiático o el antagonismo hacia Rusia a consecuencia de la invasión de Ucrania han desplazado el foco estratégico de Estados Unidos en este nuevo contexto geopolítico Israel continuó reforzando su papel como potencia tecnológica en ciberseguridad, defensa antimisiles y, en general, como nodo tecnológico-militar en la región. No obstante, la reticencia de Israel a prestar ayuda militar a Ucrania durante la guerra molestó a Washington y fue una prueba más de la primacía de los intereses israelíes sobre los de su valedor y aliado, ya que necesitaban la colaboración rusa para sus operaciones aéreas contra objetivos iraníes en Siria. Ello demuestra que, a pesar de su alianza estratégica, los objetivos y las prioridades de Estados Unidos en Oriente Medio o en otros escenarios no siempre coinciden plenamente con los de Israel.
133 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 Muy probablemente, la mayor prueba de estrés de la relación bilateral se haya producido durante el mandato de Joe Biden y la Guerra de Gaza de 2023. Cuestiones como el elevado número de muertes de civiles (por la que Israel enfrenta una acusación de genocidio ante el TPI); la obstrucción de la ayuda humanitaria, la destrucción de infraestructura civil o los planes tentativos para el desplazamiento forzoso de la población gazatí han puesto en una situación muy delicada a la Casa Blanca, particularmente en un año electoral en el que el partido demócrata ha experimentado grandes clivajes por el apoyo incondicional de Biden a Israel, forzándole a amenazarle con retener el envío de armas si no aplicaba medidas humanitarias en Gaza (Ryan, Hudson, Birnbaum y DeYoung, 2024). No obstante, el apoyo prestado por Estados Unidos y otros aliados regionales durante los ataques directos que, por primera vez en la historia, intercambiaron Irán e Israel en el 2024, son una prueba de que el “patrono” está decidido a intervenir y no dejar caer a su protegé cuando se trata de salvaguardar su prestigio como estabilizador externo, restaurando la capacidad de disuasión y el statu quo regional. Aunque, como hemos demostrado, el apoyo de Estados Unidos a Israel se explica por una combinación de factores en los que los condicionantes geopolíticos provenientes del modelo de dominación indirecto tienen mucho peso, lo cierto es que la simbiosis de la relación podría verse afectada por dinámicas domésticas relacionadas con cambios generacionales, el peso específico de otras minorías y la creciente capacidad de organización del lobby pro-palestino. De hecho, según una encuesta de Gallup realizada entre el 1 y el 20 de marzo de 2024, el 55% de los estadounidenses desaprobaba las acciones militares de Israel en Gaza, mientras que solo el 36% las aprobaba. Esto representa una disminución notable en la aprobación, que en noviembre de 2023 era del 50%. La misma encuesta señala cómo ha decrecido la simpatía entre las filas demócratas en las que el 59% empatiza con los palestinos frente a un 21% que lo hace con los israelíes (Brenan, 2025).
134 Sonia Sánchez Díaz y Guillem Colom-Piella Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 Estos cambios en la opinión pública, unidos a las prioridades y visión del nuevo inquilino de la Casa Blanca han abierto una grieta por la que se cuela la incertidumbre frente a los grandes retos que Israel enfrenta en la actualidad y para los que necesita el apoyo de su espónsor: el programa nuclear iraní, la imposición de un 17% de aranceles a los productos israelíes, la preocupante influencia turca en Siria y, por supuesto, la gestión de la Guerra de Gaza. De la última entrevista que mantuvieron los dos mandatarios en Washington el pasado 9 de abril no surgieron indicios que apunten hacia una sintonía o permanencia
135 77 años de alianza estratégica: la evolución histórica de la relación entre Estados Unidos e Israel Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 111-139. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.05 de intereses, sino más bien al contrario. Como declaró el experto Udi Sommer, de la Universidad de Tel Aviv; “Aquí no existe el amor incondicional. Es contingente. Es contingente a que Israel se comporte de determinada manera” (Goldenberg, 2025). El presidente Trump no parece estar dispuesto a que la cola siga moviendo al perro. Conclusión La relación entre Estados Unidos e Israel constituye un ejemplo paradigmático de cómo un patrón de dominación indirecta –basado en el uso de proxis– puede, con el tiempo, erosionar la asimetría fundacional entre patrono y aliado. El mantenimiento de la ventaja militar cualitativa ha sido el mecanismo estructural que ha permitido a Israel consolidar una autonomía estratégica sin precedentes, alterando el equilibrio clásico entre dependencia y control. Este empoderamiento ha reforzado la capacidad de Israel para actuar según sus propios intereses, incluso cuando estos entran en tensión con los objetivos globales de su aliado. En el contexto de un orden internacional más multipolar y de una creciente contestación interna en Estados Unidos, la alianza se enfrenta a un momento de inflexión. Ya no puede entenderse solo como una expresión de afinidades ideológicas o de intereses regionales compartidos, sino como una relación estructurada por dinámicas de poder en evolución, donde la resiliencia del vínculo dependerá de la capacidad de ambos Estados para renegociar sus términos bajo nuevas coordenadas estratégicas.
