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27 LA INTERPRETACION DE PERTURBACIONES EN EL PAISAJE RURAL. PROPUESTAS DE ATENUACION -Pascual Riesco ChuecaEl medio rural es un tejido continuo, sometido simultáneamente a transformaciones funcionales que lo modulan desde dentro y a intrusiones de pequeña escala. Se pretende en este escrito sugerir modos para interpretar y controlar tales perturbaciones menores (construcciones auxiliares, vallados, plásticos, líneas eléctricas) a partir de la siguiente consideración inicial. El paisaje consta de un apilamiento de tramas con diversos grados de legibilidad. Y la suma de perturbaciones aisladas, el moteado de elementos advenedizos, compone una trama de creciente espesor que puede ser gravemente desestabilizadora de la percepción final, tanto más si se tiene en cuenta el carácter invasor y proliferante de las disonancias. Por ello se hace necesario avanzar en el estudio de las agresiones diminutas al paisaje, proponiendo soluciones para regular el mercado que las produce y amortiguar el medio que las recibe. INTRODUCCIÓN En su forma más inmediata, la experiencia del paisaje consiste en la presentación ante un sujeto –paseante, residente, viajero– del sistema físico y natural situado ante él. Como en otras percepciones, lo que se hace manifiesto en este contacto de la mirada y el mundo es ante todo un rostro, una piel que transparenta u oculta relaciones y procesos internos del objeto (res extensa) contemplado. Esta dualidad entre la máquina funcional y material subyacente (el criptosistema de González Bernáldez) y su semblante expuesto (el fenosistema, en esa misma terminología) compone un arco conceptual cuyos extremos bien podrían acogerse a la relación lingüística entre significado y significante, o la polaridad freudiana que distingue en los sueños un contenido latente y un contenido manifiesto. Similar dualidad se establece en el ámbito de lo simbólico. Hay un criptosistema bajo las terminales sensibles del sujeto (res cogitans, res sentiens) ante el paisaje, sistema amasado por milenios de acción cultural, y que se reproduce por canales de lengua y arte; de esta maraña simbólica sólo oscuramente somos conscientes. Y hay una epidermis para la intepretación somera y consumista del paisaje, que se hace con mercancía cultural servida por la moda, la publicidad y los medios (Ojeda, 1999). De esta estratificación entre lo oculto y lo revelado nacen inevitablemente bifurcaciones difíciles de negociar para la interpretación del paisaje. La atención al sustrato puede inclinarnos a preferir las explicaciones funcionales, sistémicas o de proceso; en cambio, otras actitudes inducirán a reflexionar sobre el control, en sí, de las formas del paisaje, bien porque el desinterés por las causas profundas o el escepticismo acerca de su posibilidad de arreglo vedan la intervención en ámbitos remotos. Los puntos de vista asociados a la primera opción podrían sintetizarse así: «no hay problemas exclusivamente paisajísticos. En cuanto a percepción externa del medio, el paisaje es la resultante formal de los elementos y procesos subyacentes» (Martínez de Pisón, 1989). El polo opuesto, sin embargo, es de quienes defienden la necesidad de una acción específicamente paisajística, acompañada de organismos (¿una Dirección General del Paisaje?) expresamente ocupados de la restauración, el cuidado y la policía del paisaje. Disponibles ambas opciones, la presente nota se instala en la segunda, que cabría identificar como formalista, esto es, ceñida al paisaje en tanto que fisiognomía merecedora de higiene, retoques y hasta maquillajes, pero en cuya anatomía profunda no se aspira a intervenir. Así pues, las consideraciones que siguen son deliberadamente superficiales: no supeditan la cuestión del paisaje a reorganizaciones de los modos de producción o residencia ni de los patrones culturales de consumo del espacio. Y ello no por menosprecio de esos ámbitos de intervención, indudablemente esenciales (véase una perspectiva general en Zoido y Posocco, 1998), sino por la creencia de que subsiste un abanico de herramientas disponibles para modular la apariencia del paisaje sin alterar su base funcional. En efecto, como múltiples estudios han subrayado, la cuestión del paisaje rural no se agota en la definición de los usos del suelo. Suponiendo que el mosaico de aprovechamientos que componen el paisaje permanezca inalterado en su reparto de funciones –que este trozo persevere en su condición de secano, aquél en la de regadío, otro en la de prado o de monte–, aun así la deriva socio-tecnológica va a transformar los modos en que estas funciones se ejercen.
28 a) Por un lado asistiremos a procesos complementarios de intensificación o de relajación en el uso. La irrupción de maquinaria de arado profundo alteró las texturas del paisaje, presentando una superficie de terrón grueso que esboza tramas duramente abstractas, prohibe el paseo y escombra la visión inmediata. El exterminio selectivo de hierbas a manos de la química agrícola crea extensiones monocolores de inquietante salud. Nuevas técnicas de empacado y de riego transforman los olores y el movimiento de los pastizales. Es innecesario, en resumen, insistir en la drástica alteración introducida por la nueva agronomía en los primeros planos del paisaje, es decir, en aquéllos que condicionan la parte menos visual, más corporal y sensual de la percepción: tierra removida, hálitos químicos, rumorosidad de plantas extrañamente corpulentas. A la inversa, rendimientos decrecientes en áreas de cultivo pueden llevar a un aligeramiento de la carga de cultivo, acompañada de una progresiva renaturalización, más o menos intermitente, del espacio agrícola. b) Otros procesos inciden sobre los modos de acceso o delimitación de las unidades de paisaje. No hace falta referirse a la concentración parcelaria, empresa de desmedida hybris que aborda la reinvención, desde la razón técnica, de todos los moldes del paisaje. Sin necesidad de citar casos tan extremos de cirugía territorial, es fácil encontrar ejemplos de apertura de pistas, asfaltado y ensanchamiento de caminos, instalación de cercas, derribo de paredes de mampostería y otras alteraciones, aun en comarcas no sometidas a reforma o concentración del parcelario. c) Cabe incluir asimismo la evolución de las formas y materiales en anejos y dependencias accesorias a la función productiva encomendada a cada terreno. Una caseta de aperos o un chozo de guardaviñas pueden ser reemplazados por versiones contemporáneas que, manteniendo el propósito inicial, alteren radicalmente las formas. En este caso, el form follows function de Mies Van der Rohe no es aplicable, puesto que los materiales disponibles y las técnicas de construcción condicionan totalmente la apariencia final de las edificaciones. Puede constatarse un claro declive de los accesorios pertenecientes al complejo de la arquitectura popular, que brotaban de la misma materia del paisaje (chozos de ramaje, tapia con barros tomados del entorno, sillarejo acopiado in situ), eran procesados con técnicas vinculadas a la cultura material de la zona y alzados con una tectónica prolongadora de la topografía local. Estos elementos se ven progresivamente sustituidos por componentes estandarizados (tolvas de alimentación de ganado, parideras de chapa, naves con cercha metálica) fabricados con material sintético y, por lo tanto, extranjero a su entorno inmediato (Cañas et al., 1994). Por añadidura, la sustitución se ve agravada por la proliferación: los nuevos complementos agrícolas, gracias a su facilidad de adquisi-
29 ción, instalación y mantenimiento, son instalados con prodigalidad, y de ello resultan paisajes con un moteado cada vez más denso de brillos de chapa. d) Finalmente se observan fenómenos de distorsión debidos a la intrusión de funciones parasíticas que, con una trama propia, ajena al mosaico agro-ganadero, se alzan sobre los paisajes rurales. Son los soportes de tendido eléctrico, las antenas de telefonía móvil, las casetas de registro de conducciones enterradas, los hitos geodésicos, los generadores eólicos, los parques de transformación. Se trata de elementos particularmente perturbadores, puesto que derivan de una lógica de composición distante al lugar y tienden a encaramarse en puntos especialmente visibles. Que los fenómenos así reseñados son intensamente perturbadores para las estampas paisajísticas (entendidas como epifenómenos cuyo sustrato no se analiza aquí) es un hecho manifiesto. Para sorprender en toda su crudeza tal evolución, basta elegir como lugar de paseo cualquier paraje, esté o no protegido, de nuestro país –por ejemplo, la sierra de Aracena– y, desde un punto de contemplación fijo, hacer un censo de disonancias. Desmontes y terraplenes, altos cercados de malla de alambre, parideras preconstruidas para ganado porcino, naves corcheras con techado de chapa brillante, repetidores de televisión, silos metálicos: entre todos componen un ruido visual que, especialmente en días luminosos, llega a ensordecer el ritmo sombrío y sosegado de las secuencias vegetales de la dehesa. El resto de estos apuntes se dedica a agrupar algunas propuestas mitigadoras de tales impactos, atendiendo sobre todo a las enmiendas, de alcance modesto, que no aspiran a la reforma, en su sustancia, de los usos. Se dejará por ello de lado la reflexión sobre los procesos de intensificación o relajación en agricultura y ganadería, para concentrarse en los restantes tipos de perturbación. ACCESO Y DELIMITACIÓN DE UNIDADES DE PAISAJE La mecanización del campo y la generalización de una agricultura a distancia ha promovido una radical transformación en la penetrabilidad del paisaje. Este cambio se produce en dos direcciones contrapuestas. Por un lado, ha aumentado la accesibilidad para tráfico rodado, al ramificarse la red de carreteras y al crearse innumerables pistas para tractores, que a su vez abren paso a otros usuarios motorizados del campo, como cazadores, deportistas o excursionistas. Paradójicamente, a medida que crece la facilidad de acceso y travesía por las grandes unidades de paisaje, se restringe la permeabilidad de las pequeñas escalas. En efecto, se ha asistido en las últimas décadas a un espectacular endurecimiento del régimen de propiedad. Las fincas quedan excluidas para el paseante, que ve vedado el paso a las parcelas por vallados de creciente agresividad. Esta tendencia dual (densificación de la red rodada e impermeabilización de las propiedades rurales) convierte al paisaje en una extensión ofrecida al automóvil y rehusada al caminante. Como resultado, la mayoría poblacional, que vive en ciudades, es víctima de una despiadada exclusión que conmina al hacinamiento dominguero en los huecos consentidos por la red de alambradas. Es precisa una urgente reflexión sobre las implicaciones sociales de este proceso de exclusión. La proliferación de vallas destruye empleo, propicia la agricultura absentista y conduce a un grado de posesión de la tierra que antes habría sido considerado insólito. Pueden sugerirse algunas medidas para mitigar estos desarrollos. Avances en el estudio de la fiscalidad y las subvenciones de los cercados Muchas vallas de delimitación de fincas se están beneficiando de ayudas públicas, lo cual puede ser justificado en determinados casos –protección de huertas o de reforestaciones– pero es muy discutible en su conjunto. No todos los modos de cercado son censurables, y los factores particulares –tamaño de explotación, tipo de cultivo o pastos, tradición local– deben ser adecuadamente ponderados. Así pues, se necesitan tipificaciones integradas de la práctica agro-ganadera, formas de parcelación y modelos de vallado, a fin de valorar ordenadamente el carácter idóneo o rechazable de cualquier caso práctico de delimitación. Por ejemplo: España es uno de los países europeos con más alambre de espino por unidad de superficie, y en numerosas explotaciones, el vallado se hace para afianzar la propiedad y sin argumentos funcionales claros. Un tipo de cercado como éste, que hila un ovillo de hostilidad hacia el caminante, habría de ser objeto de una fiscalidad severa, salvo que argumentos razonables demuestren su insustituibilidad. Por el contrario, el cercado de piedra de mampostería, con sus numerosas virtudes socioambientales –es fácilmente franqueable para el peatón, acogedor para numerosas especies animales y vegetales, creador de un biotopo lineal de alta capacidad de acogida, cortafuegos eficaz para incendios de prado... –, debe recibir ayudas fiscales para su mantenimiento.
30 Asimismo, y a fin de dar marcha atrás en el proceso de impermeabilización del campo, cabría concertar sistemas de subvención o exención fiscal destinados a las grandes propiedades que retiraran barreras de acceso (a pie o en bicicleta) para paseantes y pequeños propietarios del entorno. Limitación y fomento selectivo de formas de vallado En conexión con el anterior apartado, es de esperar que la normalización sobre sistemas de cercado socialmente tolerables pueda progresar. El vallado cinegético, por ejemplo, que en numerosas ocasiones impide el libre tránsito de especies no venatorias (lo cual ha de ser ilegal por principio), ha sido objeto de normativas de restricción poco coronadas por el éxito. Amén de los daños ambientales causados por este tipo de cercas, su aparición en el paisaje tiene efectos muy disruptores. Lo mismo puede decirse de las vallas continuas de malla de alambre en los márgenes de autovía, las cercas de chapa metálica corrugada o la carpintería de metal en las portaladas. Las restricciones normativas referidas a las formas y materiales de estos elementos de vallado deben ir acompañadas de investigación sobre materiales y revestimientos que se presten a la invasión vegetal. En vez de admitir tácitamente la necesidad de vallas inoxidables y sin resquicio para las especies, podrá buscarse activamente la coexistencia de una función de cierre y otra de soporte de formas, elementales o no, de vida. Las pátinas, los verdines, los musgos, las herrumbres, han de ser bienvenidos, pues su presencia no está reñida con la misión estructural o la durabilidad de los elementos de cierre. Así como en obra pública se ha avanzado considerablemente en la definición de geotextiles compatibles con hierba o arbusto, a expensas de una situación anterior dominada por taludes herméticamente hormigonados, también en la tecnología del vallado puede aprenderse a yuxtaponer funciones para satisfacción de todos. Sobre la búsqueda de materiales meteorizables y tolerantes a la vida se volverá más adelante en este escrito. Reconstrucción de setos vivos Como es sabido, el proceso de concentración parcelaria, sobre todo en Galicia y Castilla-León, está eliminando miles de kilómetros de lindes arboladas o arbustivas en aras de un innecesario esfuerzo de intensificación productiva. Es superfluo insistir en el valor estético de estas mallas verdes, cuya trama enlaza y dulcifica las teselas del paisaje. No puede calificarse con benevolencia la destrucción, a menudo hecha con maquinaria pesada (Martínez Carneiro, 1997), de un patrimonio histórico y natural tan impagable, cuyos trazados se remontan documentadamente a una antigüedad remotísima, cuando menos preislámica (Almeida Fernandes, 1997). Ante este proceso de asolación, cabe sin embargo contraponer, con ayuda pública, una legislación favore-
31 cedora de la recuperación y recreación de los setos vivos. ¿Cómo puede articularse un plan activo para este fin? En primer lugar, es preciso establecer servidumbres claras para los bordes de finca. Asimismo, en los casos en que un cercado agresivo (de componentes metálicos o de altura infranqueable) sea inevitable, la normativa debe prever medidas compensatorias de revegetación lineal. Con el fin de evitar daños colaterales al medio ambiente, la zonificación fitoclimática debe ser tenida en cuenta para restringir los trabajos de revegetación a formaciones – arbóreas, arbustivas o herbáceas– autóctonas y preferiblemente de semilla local. La obra pública en carreteras y otras vías ofrece una oportunidad para la dulcificación de los primeros planos de paisaje que no se aprovecha plenamente. En muchos casos, las subcontratas de mantenimiento de borde de autovía, por ejemplo, adoptan un planteamiento dicotómico árbol o nada, que excluye el uso de matorral (romero, palmito, retamas, escobas, madroños, labiérnagos, cantuesos y muchos otros según las zonas) para taludes y terraplenes. El vallado delimitador que flanquea las autovías no se reviste con matorral autóctono trepador. Las plantaciones, cuando se hacen, siguen basándose en banales árboles de vivero, creaciones comerciales adaptadas a la jardinería municipal y no al entorno rústico. La situación es aún más deficiente en el caso de pistas y caminos rurales, que en las últimas décadas han prosperado con ayuda de una maquinaria escasamente lastrada por la reflexión. Un Plan Piloto de Revegetación de bordes de finca y de caminos, en alguna comarca apropiada que se prestara a ello a cambio de subvenciones o exenciones fiscales a los agricultores, constituiría una vía para adentrarse en esta remodelación de los filos del paisaje. No cabe duda de que la capacidad de acogida para paseantes se incrementaría en mucho con sólo conseguir que los actuales caminos, estérilmente trazados entre inmensidades aradas hasta la última centiárea, se adornaran con modestas alineaciones de matorral autóctono, que ofrecerían en cada estación sus encantos renovados. ANEJOS Y DEPENDENCIAS ACCESORIAS. ELEMENTOS ADVENEDIZOS En la construcción de elementos auxiliares para la agricultura o ganadería (la denominada arquitectura de producción: casetas, naves, silos, tolvas, pesebres, parideras, balsas) y en la instalación de equipamiento de red (eléctrica, telefónica, de energía) se hace patente un conflicto de fondo que ha entretenido parte de las discusiones estéticas del siglo XX. Se trata de la radical defensa del exhibicionismo funcional, que está en la entraña misma del movimiento moderno, acompañada de un decidido repudio de los intentos de camuflar, disimular o decorar los resultados de una obra. Ejemplos abundantes de este principio pueden hallarse en la bibliografía crítica de arquitectura y de obras públicas. Así se encuentran afirmaciones como «no es posible dejar de hacer [obras públicas], ni tiene sentido disimularlas» (editorial de la Revista de Obras Públicas, septiembre 1998, 3379) o también «nuestras construcciones modernas deberían tener suficiente calidad y fuerza como para conferir sentido a un paisaje dado» (Rubio de Grall, 1989). Frente a este principio nudista de la obra moderna, se alza la tendencia instintiva a decorar, revestir y ocultar. La presión combinada de determinadas corrientes paisajistas y de los defensores del medio ambiente ha producido varias contrarreacciones. En primer lugar, la promoción de tecnologías de la ocultación, centradas sobre todo en el cultivo de pantallas arbóreas disimuladoras de naves agrícolas y otras construcciones. Por otro lado, se ha exigido la integración de obras, dictando criterios sobre colores, materiales o volúmenes. Finalmente, han surgido políticas de zonificación, que prohiben la edificación en determinadas áreas protegidas. Chabason (1989) ha expresado en términos críticos las limitaciones de estos procedimientos defensivos. La ocultación sería censurable por su carácter poco elaborado y esencialmente inelegante; las normas de integración serían fácilmente sorteadas por productores industriales de accesorios rurales, que comercializan banales casetas de serie, ñoñamente adaptadas a una idea simplona de lo local. La zonificación produce resultados poco modulados, vedando la edificación en áreas que tradicionalmente han basado su relación con el medio en casetas, chozos, bordas y otras unidades residenciales de carácter disperso. Aquí, sin embargo, se defenderá la noción de que estas actuaciones de encubrimiento e integración son indispensables a la vista del proceso tecnológico, indetenible, que transforma actualmente los campos. Algunos rasgos de este proceso son el carácter serial de las perturbaciones (producto de un mercado que da respuesta rápida a las mínimas necesidades de la agricultura o la ganadería) y la proliferación de pequeños elementos disonantes (las micro-perturbaciones: bombos para pienso, plásticos de protección de paja empacada, espantapájaros de árbol frutal hechos de botellas de PVC). Sobre la sinceridad constructiva ¿Es válido el principio de la función declarada y la arquitectura rural a cara descubierta? Si ya en la ar-
32 quitectura de autor, las obras cultas nacidas para lustre de la profesión, se insinúan gestos de soberbia antinaturaleza por exceso de énfasis o por la tentación abiótica, enemiga de cualquier verdín o roña, ¿qué podrá decirse de tantas construcciones adocenadas y de circunstancias –naves, casetas, pozos, alcubillas...– ? En éstas, no puede esperarse diseño reflexivo ni excelencia de materiales. Parece optimista en exceso creer que la renuncia al artificio, la tectónica de grado cero, vaya a engendrar obras simples pero nobles. Lo previsible, por el contrario, es que el mercado ofrezca componentes para un montaje apresurado y de mínimo coste. Por otro lado, no cabe sino renunciar a cualquier esperanza de poder componer entre sí las construcciones auxiliares en el campo (una nave con la de más allá, por ejemplo). Las ideas de desnudez funcional, que tenían el encanto de la transgresión y de la limpieza en una época en que las máquinas estaban en minoría, son ahora escasamente transgresoras y limpias, cuando la cornucopia mercantil desborda de cachivaches tecnológicos que descubren o disimulan sus interioridades a capricho. Por ello, esperar belleza de la simple sinceridad de materiales y funciones pierde su fundamento si tanto los materiales como las funciones son el fruto contingente de los vaivenes del mercado. La estética del contraste y los pivotes del paisaje Por otro lado, al evocar el legado de las obras del pasado lejano, que ahora se cuentan entre los encantos del paisaje –puentes romanos, norias, torreones–, surge la confianza en que lo nuevo ha de conseguir este mismo resultado aglutinador de las extensiones. Se defiende entonces el valor de los puntos fuertes, de los nodos unificadores que sujetan las líneas de una panorámica. Esta defensa sólo será sostenible en algún caso aislado, de índole decididamente arquitectónica. La proliferación de elementos dispares, de muchas escalas – piénsese en la panoplia de componentes metálicos para la ganadería porcina de montanera: parideras, pesebres, abrigos, abrevaderos, silos– que van ocupando el campo, y la multiplicación de edificios y dependencias hacen inviable la esperanza en articular el paisaje sobre pivotes visuales robustos. La integración, una tarea incierta Dictar normas de integración de construcciones auxiliares o de componentes agro-ganaderas es tarea problemática en sí. Existe, como se señaló antes, un marcado riesgo de banalización. Además, ¿cómo se decide si un cuerpo extraño, implantado en el campo, está integrado? Ante esta cuestión, es inevitable que todo el relativismo estético de nuestra época se deje sentir: en efecto, no es evidente que una nave ganadera en Sierra Morena esté mejor integrada si se consigue que su cubierta metálica vaya pintada de rojo. Por otra parte, las construcciones aisladas no tienen a su lado una alineación urbana que les imponga pauta de adaptación. Sin embargo, es necesario avanzar en los estudios de integración, progresando especialmente en campos donde sea fácil hallar consenso. Pueden aquí apuntarse algunos posibles criterios básicos: •Deben seleccionarse las orientaciones y volúmenes que trunquen menos horizonte, es decir, cuya silueta emergente abarque menos extensión. •Deben recomendarse los materiales de mínima capacidad reflectante. Ello obliga a buscar urgentes alternativas a las cubiertas de chapa metálica, cuyo gravísimo impacto visual –especialmente por los destellos emitidos en días de sol– hace recordar casi con nostalgia la época del fibrocemento. Con este fin, las normativas de construcción rural podrían homologar materiales meteorizables, es decir, que adquieran texturas y pátinas variables en función de la meteorología y la edad de la obra. La herrumbre y el verdín, de colores cambiantes según la estación del año, pueden ir recubriendo un tejado metálico, adecuadamente tratado, sin perturbar su misión de cobertura. En efecto, el color del entorno natural está en constante mutación, y una vía de adaptación preferible al camuflaje (elección de un color intermedio o abigarrado que permanece invariable) es la flotación cromática que se consigue con las superficies meteorizables. Ésta es una característica inherente a muchos de los materiales de la arquitectura popular (tapias y tejados), pero es posible incorporarla voluntariamente en el diseño metalúrgico o sintético de los nuevos materiales. Las limitaciones de la ordenación Los planes de ordenación ofrecen una herramienta poderosa, pero también difícil de poner en pie. ¿Cómo organizar sistemas de restricción en comarcas tradicionalmente sembradas de pequeñas construcciones dispersas? ¿Cómo controlar las micro-perturbaciones, que escapan por los huecos de las normativas? Parece indudable que parte de las respuestas se encuentran en incrementar el detalle y la calidad de los proyectos de ordenación. La excelencia de éstos crecerá a medida que se haga oir la crítica; para ello es necesario fomentar la participación de las poblaciones locales y de disciplinas científicas variadas, hasta ahora poco tenidas en cuenta en la ordenación: es especialmente deseable la contribución de las diversas ciencias sociales.
33 Por lo que toca a las pequeñas perturbaciones que, como ruedos de cochambre con dueño, van creciendo en torno a las explotaciones, no es fácil idear soluciones normativas. Sí cabe aplicar soluciones activas con respecto a la basura (sin dueño) desparramada por bordes de caminos, en calveros de monte o en prados y campos: así como los municipios han impulsado una fértil tecnología de limpieza callejera (motoaspiradoras, volquetes, carros de riego), también sería tarea de la Administración suscitar la aparición de maquinaria rodante de limpieza rural. Las pantallas vegetales: ¿encubrimiento o compensación? Disimular una construcción poco agraciada con una hilera de árboles parece un recurso falso, que no se enfrenta a la raíz del problema. Es preciso sin embargo rescatar lo que de bueno tenga la idea de las pantallas vegetales, renovando su planteamiento. Actualmente, la compensación es un principio ampliamente aceptado en relación con las obras públicas. Los informes de impacto ambiental recomiendan, por ejemplo, que para suavizar el impacto de una autovía, se expropien franjas de terreno y se reserven para una función meramente ecológica o paisajista. Si bien gran parte de estas compensaciones cumplen con un designio más propagandista que otra cosa, el principio que las inspira parece en sí elogiable. Éste debe ser el fundamento de las revegetaciones envolventes de la construcción dispersa rural: expiar la agresión introducida al medio y la pérdida de espacio habitable para las especies naturales, mediante la dotación de un área amortiguadora del impacto, entregada a los procesos de la biocenosis autóctona – en la medida en que éstos sean reencontrables–. Claro que, en ocasiones, la proximidad de la propia construcción que se trata de compensar impedirá la recuperación natural en el área destinada a ello. Pero, en medio rural, la presencia de arbolado o matorral –y más si, como debería exigirse, se evitan especies ajenas al entorno– garantiza cierto grado de renaturalización espontánea, ofrece alojamiento a pájaros y roedores, y crea una transición más suave entre las líneas del terreno y el elemento advenedizo. Así pues, la autorización de construcciones rurales debería someterse a esta contrapartida de compensación: y tanto mayor habrá de ser el área revegetada cuanto más grande sea el volumen de lo construido. CONCLUSIÓN Puede darse como remate a este texto la siguiente conclusión: existe un campo de acción específicamente paisajístico, integrado por numerosas tareas que no [ Pascual Riesco Chueca ] » Ingeniero Industrial. Centro de las Nuevas Tecnologías del Agua. Sevilla. •Almeida Fernandes, A. (1997) Paróquias suevas e dioceses visigóticas , Arouca. •Cañas Guerrero, I., Teijeiro Rodríguez, T., Ortiz Sanz, J. (1994) Método mixto de estimación del impacto paisajístico de la construcción. •Martínez de Pisón, E. (1989) en Seminario sobre el paisaje: debate conceptual y alternativas sobre su ordenación y gestión: Madrid, 22-23 de junio de 1987 , Sevilla, Consejería de Obras Públicas y Transportes. •Martínez Carneiro, X.L. (1997) Antela: a memoria asolagada , Edicións Xerais de Galicia, Vigo. •Ojeda Rivera, J.F. (1999) Evolución y actualidad de la percepción paisajística . •Rubio de Grall, M.J. (1989) en Seminario sobre el paisaje: debate conceptual y alternativas sobre su ordenación y gestión: Madrid, 22-23 de junio de 1987 , Sevilla, Consejería de Obras Públicas y Transportes. •Zoido, F. y Posocco, F. (1998) Política del paisaje: protección, ordenación y gestión. El paisaje mediterráneo , editado por J. Arias Abellán y F. Fourneau, Universidad de Granada. Referencias requieren un cambio en la base productiva o territorial. El denominador común de estas tareas es, en unos casos, su carácter reparador, de enmienda o compensación; en otros casos, un principio homologador, que limita la agresividad de las perturbaciones. Para desarrollar un programa consecuente con este propósito, es preciso avanzar en la tecnología de materiales y complementos, superando las raíces abióticas de la arquitectura de producción. Al mismo tiempo, se debe esperar que el principio de reparación ambiental pueda transferirse exitosamente a las pequeñas escalas, el ámbito donde la gran oleada de microperturbaciones va sin duda a golpear en el futuro inmediato.