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Trayectorias industriales metropolitanas: nuevos procesos, nuevos contrastes

Caravaca Barroso, Inmaculada; Méndez, Ricardo

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[37] artículo Inmaculada Caravaca* Ricardo Méndez** Trayectorias industriales metropolitanas: nuevos procesos, nuevos contrastes Abstract Urban and industrial reality has undergone a strong process of restructuring during the last decades. In the first half of the 80’s, concepts like de-industrialization or postindustrialization were associated with those of de-urbanization or counter-urbanization. Only a few years later the argument became to be radically different after the confirmation of strong positive urban-metropolitan externalities, and urban areas turned back to be considered as winning spaces. The following pages will try to summarize some of these transformations, which metropolitan firms and industrial areas have experimented in the last years. Key words: industrial location, metropolitan areas, urban growth. Resumen La realidad industrial y urbana ha estado sometida a un fuerte proceso de reestructuración durante las últimas décadas. En la primera mitad de la década de los ‘80, conceptos como los de desindustrialización, o postindustrialización fueron asociados a los de desurbanización o contraurbanización. Sólo unos años más tarde el discurso empezó a ser radicalmente distinto al confirmarse la permanencia de fuertes externalidades positivas urbano-metropolitanas, y volvieron a considerarse tales ámbitos como ganadores. Las páginas que siguen intentarán sintetizar algunas de esas transformaciones que conocen las empresas y los espacios industriales metropolitanos en los últimos años. Palabras clave: localización industrial, áreas metropolitanas, expansión urbana. Revista eure (Vol. XXIX, Nº 87), pp. 37-50, Santiago de Chile, septiembre 2003 38 eure Inmaculada Caravaca y Ricardo Méndez 1. Introducción: la industria metropolitana, entre la crisis y el crecimiento as profundas transformaciones sociales, económicas y territoriales que han tenido lugar en las dos últimas décadas conforman un nuevo escenario en el que las condiciones de vida de la población, la competitividad de las empresas y la actuación de los poderes públicos encuentran nuevas oportunidades, al tiempo que enfrentan problemas igualmente nuevos o –al menos– renovados en su manifestación externa, que constituyen otros tantos retos en la búsqueda de modelos de desarrollo más equitativos y sostenibles. Frente a un cierto nihilismo intelectual posmoderno, “que renuncia a la explicación y se regocija con los devaneos de lo efímero como experiencia” (Castells, 1997: 25), buscar claves interpretativas capaces de identificar tendencias dominantes en la evolución de la economía y el territorio, y a partir de ellas, proponer trayectorias de futuro, constituye un importante y necesario reto, puesto que “las teorías nacen de una realidad aún inestable, titubeante, que llama a la reflexión a los investigadores” (Benko & Lipietz, 1994: 36). Y esa misma búsqueda exige aceptar la rapidez con que se suceden unos cambios que nos obligan a revisar periódicamente afirmaciones y explicaciones previas, forzando así una renovación de nuestros argumentos en esa pugna, permanente y desigual, entre el intento de encontrar cierto orden y el aparente caos de los acontecimientos diarios. Desde esa perspectiva, la realidad industrial y urbana ha estado sometida durante las dos últimas décadas a un fuerte proceso de reestructuración, que entre otros efectos, dio lugar a una importante pérdida de empleos industriales y a una aparente ruptura en el proceso de crecimiento acumulativo que las aglomeraciones urbanas habían experimentado desde el inicio de la industrialización. Tales procesos fueron interpretados por algunos investigadores como el final de un periodo histórico, que cerraba el anterior protagonismo de la industria, no sólo como factor clave del crecimiento económico al ser sustituida progresivamente por el sector de servicios, sino también como principal impulsora de la concentración urbana. Así, mientras que algunos centraron la atención en lo que se dio en llamar el paso a la sociedad post-industrial, otros se ocuparon más de la ruptura del crecimiento económico y demográfico de las grandes ciudades, que frente a la paralela expansión de algunas áreas periféricas, ponía en evidencia una nueva lógica espacial que invalidaba explicaciones anteriores sobre los procesos de desarrollo desigual (Bourne, Sinclair, y Dziewonski, 1984; Ferrer, 1991). Durante la década de los ‘80, conceptos como los de desindustrialización o postindustrialización fueron asociados a los de desurbanización o contraurbanización, poniendo en evidencia la importancia de la crisis industrial metropolitana, visible sobre todo en regiones de antigua industrialización, pero que no excluía otras muchas de origen más reciente, incluidas buena parte de las megalópolis latinoamericanas. Así, por ejemplo, la Declaración de Barcelona, aprobada en la Conferencia sobre Grandes Ciudades de 1985, recogía esa imagen pesimista sobre la evolución de las actividades productivas en las metrópolis al afirmar que “el cierre de empresas industriales y la pérdida de puestos de trabajo que resulta de la reconversión, por un lado, y la impotencia político-administrativa y financiera de los gobiernos locales para hacer frente a los problemas urbanos heredados y nuevos, introducen o acentúan elementos de crisis en la grandes ciudades de los países desarrollados” (Alba, 1986: 18). Por su parte, Hall, al comparar la evolución de las grandes aglomeraciones urbanas a principios del siglo L *Profesora titular de Geografía Humana, Universidad de Sevilla. E-mail: [email protected] ** Catedrático de Geografía Humana, Universidad Complutense de Madrid. E-mail: bn/[email protected] eure 39 Trayectorias industriales metropolitanas: nuevos procesos, nuevos contrastes XX y durante la década de los ‘70, afirmaba: “La segunda puede ser la imagen especular de la primera; indudablemente la primera consistió en la industrialización; la segunda parece ser un proceso de desindustrialización” (Hall, 1985: 22). No obstante, la recuperación económica generalizada producida desde 1985 –y especialmente en la segunda mitad de los ‘90– en los países de la OCDE modificó de nuevo las expectativas del sector industrial, erosionando el fondo de las argumentaciones antes expuestas. El discurso empezó a ser, pues, radicalmente distinto, al confirmarse la permanencia de fuertes externalidades positivas urbanometropolitanas, junto a redes de relaciones –tangibles e intangibles– propiciadoras de la innovación, señalándose, en consecuencia, que “las regiones que ganan son las regiones urbanas; las fábricas y las oficinas refluyen hacia las grandes ciudades” (Benko & Lipietz, 1994: 19). El planteamiento ahora dominante destaca que, si bien es cierto que las estadísticas sobre empleo industrial y su presencia relativa en los mercados de trabajo metropolitanos resultaron con frecuencia negativas desde los inicios de la reestructuración del sistema, en los años ‘70 del pasado siglo, otros indicadores como el valor añadido generado, los niveles de productividad por empleo, las cifras de inversión en activos fijos o en tareas de investigación, desarrollo tecnológico e innovación, distan mucho de ofrecer esa imagen recesiva que a menudo se le asocia. Hay que tener en cuenta también que la industria promueve la creación de redes o clusters intra e intersectoriales, junto a múltiples efectos de inducción directa sobre un elevado número de servicios avanzados y actividades logísticas complementarias que hoy suelen considerarse indicadores significativos de competitividad, haciendo cada vez menos operativa una divisoria sectorial clásica que aún condiciona nuestra manera de ver, ante la hegemonía que este tipo de clasificaciones detentan en las estadísticas disponibles. A su vez, en el plano geográfico, o desde la perspectiva del planeamiento urbanístico, resulta evidente que la industria continúa siendo una actividad importante en la mayoría de las grandes urbes y las aglomeraciones desarrolladas en su entorno. La ocupación de amplios espacios o su abandono y sustitución por otros usos ante la frecuente presión del mercado inmobiliario, la demanda de nuevas áreas de actividad adaptadas a las actuales exigencias empresariales, los flujos de mercancías, personas e información que movilizan a diario o la generación de impactos paisajísticos y ambientales, que cambian con la propia evolución de la industria metropolitana, son aspectos que siguen guardando una relación estrecha con las crecientes exigencias de calidad asociadas a la idea de ciudad sostenible. Pero una realidad tan compleja y cambiante como la metropolitana se somete mal a cualquier diagnóstico demasiado lineal sobre las tendencias imperantes en su interior, donde coexisten estructuras y estrategias empresariales muy diversas, origen de procesos heterogéneos que tienen su reflejo en una multiplicación de los tipos de espacios productivos que aquí pueden encontrarse. Las páginas que siguen intentarán sintetizar algunas de esas transformaciones que conocen las empresas y los espacios industriales metropolitanos en los últimos años. Aunque su marco de referencia es, ante todo, el de las aglomeraciones urbanas de la Europa occidental, algunas de sus conclusiones parecen desbordar ese ámbito geográfico para reflejar procesos de carácter estructural, compartidos por territorios de características muy diversas. 2. Terciarización y especialización industrial de los espacios metropolitanos Una característica omnipresente en la evolución reciente de la base económica metropolitana es su creciente terciarización, que reduce la participación relativa de la industria en el valor añadido y el empleo total, frente al 40 eure Inmaculada Caravaca y Ricardo Méndez constante incremento registrado por las diferentes actividades de servicios. En este sentido, la tesis de la metrópoli postindustrial insistió, hace ya algunos años, en la inevitable tendencia a la desindustrialización, provocada por la conjunción de la crisis que padecía una parte de sus empresas, las deseconomías derivadas de la saturación de las infraestructuras, la escasez y encarecimiento del suelo, o las crecientes restricciones medioambientales, junto a las expectativas generadas por la renta del suelo, que impulsa su recalificación y sustitución por usos más intensivos, sobre todo cuando el planeamiento se limita a seguir los dictados del mercado (Brandis & Del Río, 2000). Pero tal interpretación ha sido cuestionada por las tesis neoindustriales, que vinculan una parte significativa del desplazamiento hacia los servicios a las nuevas formas de organización de la actividad productiva, basada en la ampliación de las cadenas de valor mediante el aumento de la importancia de las tareas previas (gestión y planificación, I+D, diseño) y posteriores (logística y almacenamiento, control de calidad, comercialización, servicios post-venta) a la fabricación. Su rápido crecimiento, a la búsqueda de ventajas competitivas, provoca lo que puede calificarse como una creciente terciarización de la industria, acompañada por un reforzamiento de la segmentación productiva y la división espacial del trabajo, que tiene su reflejo directo en el interior de las áreas urbanas. Por una parte, la progresiva especialización de tareas en el seno de las empresas multiplanta o multilocalizadas ha tendido a separar las actividades direccionales de los centros de trabajo productivos, para beneficiarse en cada caso de las ventajas comparativas que pueden ofrecer las distintas localizaciones. Esta forma de organización, territorialmente dispersa pero interdependiente, requiere –como contrapunto– una dirección centralizada capaz de controlar eficientemente el funcionamiento empresarial. Tales funciones encuentran su mejor ubicación en ámbitos urbanos, que actúan como nodos estratégicos de gestión y control debido a sus mejores condiciones de integración en el espacio global de las redes: adecuados sistemas de comunicación y transporte, existencia de centros de investigación, proximidad física a otras empresas que ofertan servicios especializados, etc. Su consecuencia directa está siendo una progresiva concentración de las sedes sociales de un creciente número de empresas industriales en las grandes metrópolis. De igual modo, la hegemonía detentada por los espacios metropolitanos en la producción de innovaciones no parece afectada por procesos desconcentradores, pues las grandes empresas, así como todas aquellas intensivas en conocimiento, tienden a localizar sus laboratorios de I+D cerca de sus sedes sociales, “creando una relación simbiótica entre gestión estratégica e innovación industrial de alto nivel” (Castells & Hall, 1994: 229). No es de extrañar dicha tendencia, puesto que las aglomeraciones metropolitanas disponen no sólo de mejores infraestructuras tecnológicas, y en consecuencia, de mayor facilidad para acceder a la información, sino también de mercados locales especializados, recursos humanos cualificados, universidades y centros de investigación que permiten la comunicación directa, tanto formal como informal entre investigadores y responsables en las empresas de las tareas más creativas e innovadoras, etc. Todo ello crea un potencial para la generación de innovaciones y su difusión en el entorno, si bien el grado de integración efectiva de esos sistemas locales de innovación resulta muy desigual según los casos. Se observa, pues, como el nuevo marco de competencia propicia la especialización de las grandes áreas urbanas en aquellas tareas y actividades intensivas en conocimiento y generadoras de elevado valor añadido, que requieren altos costes de instalación y funcionamiento, pero son capaces de generar elevadas externalidades positivas. Junto a lo anterior, aumentan también los llamados servicios a la producción, ya sea in- eure 41 Trayectorias industriales metropolitanas: nuevos procesos, nuevos contrastes ternos o externos a las empresas manufactureras. Así, por una parte, aumenta el empleo industrial indirecto, sobre todo en las grandes ciudades centrales, donde crece el número de áreas ocupadas por oficinas industriales pertenecientes a empresas del sector, en las que se llevan a cabo este tipo de tareas complementarias a las de fabricación, disociadas espacialmente de las propiamente fabriles. Por otra, dichas tareas tienden a externalizarse y a ser realizadas por empresas independientes y especializadas que sirven de apoyo a la industria, por lo que se origina un continuo entre ambos tipos de actividades que hace cada vez más arbitrarias las divisorias sectoriales heredadas, permitiendo la identificación como servindustriales de numerosas economías metropolitanas. Los servicios a la producción, sobre todo los que se califican como avanzados por generar, difundir y procesar conocimiento, se convierten así en factor esencial de la competitividad empresarial, encontrándose cada vez más concentrados en las grandes áreas metropolitanas y contribuyendo al proceso de crecimiento intensivo de las llamadas ciudades mundiales (Taylor & Catalano, 2002). No obstante, no hay que olvidar que el desarrollo de esos servicios a la producción –internos, y cada vez más, externos a la propia industria–, así como del llamado terciario direccional, continúa vinculado en gran parte de nuestras ciudades a la existencia de una sólida base productiva, que actúa como soporte y factor de impulso. De lo contrario, éstas pueden evolucionar hacia una pérdida de la complejidad funcional y la mezcla social que siempre se asoció con su propia vitalidad, para convertirse en centros exclusivos de distribución y consumo. En definitiva, los servicios a las empresas y las denominadas funciones comando forman parte, como la propia industria, del actual sistema productivo metropolitano, constituyéndose así un “entramado de actividades productivas y de actividades llamadas de servicios que constituyen simplemente las formas de penetración de los sistemas de información en la producción y en la gestión” (Castells, 1993: 157). No asistimos, pues, a la transición desde una economía industrial a una economía de servicios, sino de un tipo a otro de organización productiva que requiere mucha más cantidad de servicios inmateriales y de recursos intangibles, pero como soporte de una producción material que está lejos de haber perdido su importancia. Puede concluirse, pues, que en esta fase del desarrollo capitalista, la industria –con otra lógica de funcionamiento para conseguir adaptarse a las nuevas condiciones productivas– sigue estando estrechamente ligada a las aglomeraciones urbanas. Por ello, la instalación o abandono de empresas manufactureras, junto a los procesos de reorganización interna que muchas experimentan, aún resulta un componente fundamental para definir y diferenciar las trayectorias urbanas recientes. 3. El empleo industrial metropolitano: entre la cualificación y la precarización Como consecuencia de todo ese conjunto de transformaciones en la organización productiva de las empresas industriales, se produce un cambio en la composición interna del empleo, que resulta del desigual balance entre el tipo de puestos de trabajo que se crean y se destruyen en los últimos años. Ese cambio resulta particularmente visible en las empresas pertenecientes a sectores de alta intensidad tecnológica y de cierta dimensión, que cuentan con una estructura laboral más compleja y mayores demandas de terciarización, pero no es ajeno a la gran mayoría de las existentes. En primer lugar, se reduce el estrato correspondiente a los trabajadores vinculados a la producción directa de bienes, en beneficio de los que se ocupan en tareas relacionadas con esa aportación de servicios inmateriales que hoy resulta esencial en la generación de valor. Dentro de los primeros, la reducción sue- 42 eure Inmaculada Caravaca y Ricardo Méndez le ser más significativa en el caso de los obreros cualificados, con un oficio técnico, que tradicionalmente se caracterizaron por un empleo asalariado más estable y regulado, sobre todo en el seno de las grandes empresas urbanas, mientras los poco o nada cualificados siguen manteniendo su presencia en tareas de escaso valor (control de la maquinaria, carga y descarga, tareas rutinarias). La progresiva mecanización/automatización de numerosas tareas que ya no requieren especialistas, junto a la desaparición de mandos intermedios asociada a las nuevas formas de organización flexible, están en el origen de una tendencia que acentúa el dualismo interno del empleo en numerosas empresas. Frente a estos trabajadores sometidos a reducciones periódicas de plantilla, crece la proporción de los empleos de cuello blanco en el seno de las empresas industriales que operan en áreas metropolitanas. Junto a empresarios, directivos y gerentes –cada vez más numerosos ante la proliferación de PME asociadas a la descentralización productiva–, aumenta la presencia de profesionales y técnicos superiores ocupados en tareas múltiples (servicios informáticos, diseño y desarrollo tecnológico, control de calidad, gestión de compras, recursos humanos), así como de comerciales y todo tipo de profesionales en contacto directo con el cliente, junto a quienes se ocupan de la administración en las oficinas de la empresa. El resultado es una estructura laboral muy distinta a la de hace tan sólo unas décadas, pues a la mayor cualificación media de los trabajadores, se añade una diversificación mucho mayor de los tipos de ocupaciones y profesiones que se dan cita en la industria, rompiendo así –al menos de forma parcial– la asimilación de este tipo de áreas a los grandes contingentes obreros y a la fuerte presencia sindical que las caracterizaba en el pasado. De nuevo en este caso, la oferta de empleos más cualificados en el sector industrial metropolitano tiende a ser semejante a la que puede encontrarse en el sector servicios, mientras aquellos trabajadores con una profesión manual que pierden su empleo tienen graves dificultades para volver a encontrar otro de similares características en el interior de la aglomeración, lo que les obliga en bastantes casos a tener que buscarlo en las nuevas áreas manufactureras que surgen en las franjas periurbanas, donde las tareas de fabricación directa aún tienen un protagonismo que ya han perdido en espacios dotados de mayor centralidad. Otra tendencia también visible y que puede entenderse como un nuevo reflejo de la progresiva asimilación del empleo industrial al de servicios, es el aumento de diferentes formas de precariedad, particularmente acusada en el caso de los nuevos empleos de cualificación media o baja, así como en las pequeñas empresas, o entre mujeres y jóvenes. Los contratos temporales y a tiempo parcial, los contratos por obra y en prácticas, las múltiples formas de la subcontratación y el empleo informal, etc., no alcanzan aún en la industria el volumen observable en ciertas actividades de servicios, pero la progresiva desregulación inherente al modelo de producción flexible se hace patente al tiempo que se desarticula la organización de unos trabajadores mucho más heterogéneos que en el pasado, con la sola excepción de las grandes empresas. 4. Difusión industrial: de la ciudad nuclear a la región metropolitana Pero si las transformaciones económicas y laborales han permitido hablar de la sociedad metropolitana como “conjunto de fragmentos en vías de creciente diferenciación” (Perulli, 1995: 34), otro tanto puede decirse de una estructura territorial progresivamente compleja, donde la interconexión entre sus diversas piezas se hace cada vez más estrecha, al tiempo que éstas evolucionan en direcciones múltiples y contradictorias. La forma urbana heredada por la ciudad europea y caracterizada por la existencia de eure 43 Trayectorias industriales metropolitanas: nuevos procesos, nuevos contrastes un acusado gradiente densimétrico en sentido centro-periferia, tanto en términos de población como de actividad y empleo, junto a una acusada diferenciación paisajística y especialización socio-funcional de sus diversas áreas, o la identificación de unos límites externos bastante netos frente al entorno periurbano y rural, se desdibuja hoy con rapidez. Si hace ya más de medio siglo la aparición del fenómeno metropolitano certificó el desbordamiento suburbano de las grandes ciudades –con la industria como uno de sus protagonistas principales– pero sin afectar apenas la estructura concentrada y mononuclear de un conjunto polarizado en torno a las áreas centrales, las transformaciones actuales suponen un nuevo salto, tanto cuantitativo como cualitativo, que altera de nuevo la fisonomía externa y la organización interna de las aglomeraciones metropolitanas, afectando al funcionamiento de sus empresas y los modos de vida de sus habitantes. De igual modo que las nuevas tecnologías han permitido a las empresas llevar a cabo procesos de descentralización productiva y la adopción de formas de organización menos jerárquicas, se está generando también un nuevo modelo territorial metropolitano, progresivamente más difuso y menos jerarquizado, que tiende hacia la constitución de una estructura multipolar. Ese movimiento de fondo –que tiene raíces económicas, tecnológicas, sociales y culturales– favorece una reestructuración espacial que apunta en dos direcciones convergentes. Por un lado, una creciente integración y dependencia entre territorios cada vez más extensos, articulados por todo tipo de flujos, tanto materiales como inmateriales. Por otro, una dispersión de las actividades y la población, que reduce el gradiente densimétrico para favorecer la formación de subcentros en nodos de alta accesibilidad conectados a las principales arterias e intercambiadores multimodales de transporte, donde se localizan tanto actividades industriales y logísticas, como grandes superficies comerciales, parques de oficinas, de ocio, etc. La tendencia general imperante en todas las aglomeraciones metropolitanas durante las dos últimas décadas es un fuerte impulso a los procesos de desconcentración espacial de la industria, iniciados, por lo general, en un momento anterior. Se reduce así la participación de la ciudad central y a menudo también de los núcleos más próximos, en beneficio de la corona metropolitana o espacio funcional dependiente, e incluso de una franja periurbana de perfiles difusos que constituye su periferia externa. Mientras en el primer caso la desaparición o el traslado de todo tipo de industrias y empleos superan con creces a las nuevas implantaciones, reduciéndose la superficie ocupada por usos industriales, el saldo suele equilibrarse en los núcleos metropolitanos próximos (coexistencia de núcleos progresivos y regresivos), para hacerse francamente positivo y generalizado entre los situados en las coronas más alejadas. Ahí convergen establecimientos trasladados desde la ciudad central, ampliaciones de empresas que mantienen su anterior ubicación y abren un nuevo centro de trabajo, filiales de grandes firmas que llegan al área y se ubican ya en esos ámbitos externos, junto a empresas locales de nueva creación (Figura 1). Eso se traduce en una movilidad empresarial de geometría compleja y en una estructura empresarial ampliamente diversificada. La antigüedad del proceso o la distancia alcanzada por la difusión pueden variar, pero la tendencia parece generalizable a todos los casos conocidos. La coexistencia de industrias a lo largo de los ejes de comunicación, en parques industriales y empresariales, integradas en el tejido urbano de esos núcleos o dispersas, genera también una notable variedad de situaciones a abordar desde la ordenación del territorio y el urbanismo. Los factores que impulsan esa desconcentración son también conocidos y, 44 eure Inmaculada Caravaca y Ricardo Méndez en espacios de menor densidad y una imagen hoy más atractiva; mejoras en las comunicaciones, buenos accesos, sin apenas restricciones para la circulación y el estacionamiento, a lo que en ocasiones se suman ayudas públicas para la instalación de nuevas empresas generadoras de empleo. En resumen, factores objetivos y subjetivos se superponen a la hora de comprender el desigual dinamismo de los espacios que constituyen el continuo metropolitano, más allá de la simple referencia a la distancia con relación al núcleo central. Se amplía así con rapidez el campo de externalidad metropolitano (Dematteis, 1998), favorecedor de una metropolización expandida (De Mattos, 1998) que alcanza, en ocasiones, una dimensión casi regional. Esto trae consigo un cambio de escala que necesita verse acompañado por una movilidad interna cada vez mayor, generadora de elevados costes económicos y medioambientales, junto a con pequeñas diferencias locales, se repiten en todos los estudios consultados: - Expulsión desde las áreas centrales, por elevados costes de implantación y mantenimiento (suelo, inmuebles, fiscales); restricciones a la actividad (normativa ambiental, dificultades de ampliación) y a la movilidad (congestión de circulación, limitaciones al tráfico pesado, problemas de aparcamiento); expectativas de beneficio especulativo por recalificación del suelo hacia usos más intensivos, junto al deterioro y la baja calidad de algunos espacios fabriles heredados, poco acordes con las actuales necesidades de las empresas, que también desaniman nuevas implantaciones. - Atracción hacia áreas suburbanas y periurbanas –en especial hacia ejes de comunicación con elevada accesibilidad–, donde a los menores costes se suma una creciente oferta de suelo urbanizado e inmuebles para la actividad Figura 1. Tipos de implantaciones industriales en la Corona Metropolitana. Nueva industria local CORONA METROPOLITANA T raslad o (con cierre) Cierre Ampliación (mantiene local ) Deslocalización estratégica  CIUDAD CENTRAL eure 45 Trayectorias industriales metropolitanas: nuevos procesos, nuevos contrastes una creciente demanda de suelo y todo tipo de infraestructuras de comunicación, que tejen redes cada vez más densas, complejas y extensas. Proveer de una oferta suficiente – en cantidad y calidad– de ambos tipos de recursos se convierte, junto con las actuaciones destinadas a reforzar la competitividad externa de la metrópoli, en objetivo prioritario para las políticas de desarrollo y ordenación aplicadas en estas áreas. 5. Redistribución interna de la industria en los espacios metropolitanos La creciente complejidad y heterogeneidad interna que caracteriza a la economía y la sociedad metropolitanas se acompaña por una multiplicación de los contrastes entre las diferentes áreas que forman parte de la aglomeración, lo que obliga a combinar diversas escalas de análisis para lograr una descripción e interpretación adecuadas sobre la intensidad y el sentido de las desigualdades existentes. Tanto la presencia de localizaciones heredadas del pasado, como la persistente influencia que el factor distancia continúa ejerciendo sobre muchas decisiones empresariales, justifican que la redistribución actual de las actividades no resulte, en absoluto, aleatoria. En particular, las externalidades y sinergias potenciales asociadas a la proximidad física entre empresas favorecen la formación de clusters en localizaciones específicas, a las que dotan de personalidad propia, donde la complementariedad también posibilita, en ocasiones, el desarrollo de verdaderas redes de innovación (Camagni, 1991). Son las áreas centrales las más idóneas para albergar aquellas funciones que exigen facilidad de contacto con servicios externos a las empresas (financieros, de asesoría y consultoría, mantenimiento, publicidad, administración pública) y que cuentan con una imagen valorada positivamente, por lo que se produce en ellas una importante transformación de su base industrial. Es en estos espacios donde se localizan las sedes sociales de las grandes empresas y las funciones más necesitadas de centralidad. No obstante, no siempre resultan visibles tales cambios; así, mientras que se construyen nuevos edificios de varias alturas para oficinas industriales, algunos de los inmuebles antes existentes no modifican su fisonomía externa, pero sí su funcionalidad, el volumen y tipo de empleos o su impacto ambiental. El espacio industrial metropolitano deja así de ser sinónimo de un paisaje de fábricas y talleres para albergar ahora morfologías mucho más heterogéneas, acordes con la mayor complejidad del propio sistema productivo. Junto a este proceso de terciarización, pervive en las áreas centrales un tejido de pequeñas empresas industriales dedicadas a actividades más o menos tradicionales y competitivas, ligadas al mercado local (talleres metalúrgicos, de artes gráficas, productos de alimentación, textiles), si bien los programas de renovación urbana cuestionan de forma creciente su futuro. Frente a ello, el abandono que numerosas empresas han hecho de sus antiguos emplazamientos (ya sea por cierre o traslado) dio lugar a la aparición de áreas más o menos extensas sometidas a un intenso proceso de vaciado industrial: “Esta tendencia podría definirse como degeneración productiva de la ciudad. Y no solo productiva sino también social, porque la expulsión de las industrias de las grandes ciudades ha conllevado un fenómeno paralelo de expulsión de las viviendas y clases populares”, en contraste con “la introducción de oficinas y viviendas de lujo sólo accesibles a ciertas capas sociales, muy interesadas recientemente en la reconquista de los centros urbanos” (Pardo & Olivera, 1991: 24). Cuando la presión del mercado a favor del cambio de usos en áreas con una elevada renta de situación se ve acompañada por operaciones urbanísticas de renovación, el proceso se acelera hasta convertirse en uno de los fenómenos que más han contribuido a transformar la estructura interna de numero-