Los ingenieros en la novela española moderna
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LOS INGENIEROS EN LA NOVELA ESPAÑOLA MODERNA Por J. M ALBERJCH Tengo que comenzar pidiendo dis culp as, porque esta lección inaugural no va a s er realmente una lección, en el sentido académico y docente de la palabra, sino una divagación literaria sobre una profesión en la que cuento con no pocos parientes y amigos, a saber, la profesión de ingeniero. Mi padre era ingeniero, es decir, era una perso na importante, y no un pobre diablo como este hijo suyo que hoy os dirige la palabra. Estoy hablando, por supuesto, no de la actualidad, si no de los primeros cincuenta años del siglo XX, cuando los ingenieros se formaban en "escuelas es p ec iales" dependientes de sus respectivos minist er ios (Obras Públicas, Industria y Comercio, Agricultura, e tc .) y fuera por tanto de la Universidad. El ingreso en esas escuelas era sumamente difícil, y los números de alumnos muy limitados. Casi todos los graduados de esas escuela s especiales tenían un puesto oficial al acabar sus estudio s, con la excepción de los industriales, quie ne s, no obstante, encontraban trabajo con suma facilidad. A p es ar de lo cual, el escritor Corpus Barga, que tenía el título de ingeniero de minas, solía decir que la profesión de inge ni ero industrial era en España la profesión romántica e idealista por excelencia, ya que en nuestro paí s había minas, caminos, puertos, montes, y ,por supuesto, agricultura, mientras que la industria era una pura e nt elequia. Barga tenía sus razones para decir eso, razones históricas a las que me referiré enseguida, y sin embargo, en esos primeros cincuenta años
10 J. M. ALBERICH del siglo XX, un ingeniero era un semidiós, sobre todo en las ciudades de provincias. ¿A qué se debía la preeminencia de es ta profesión en la España de Alfonso XII, de Alfonso XIII y algo después? La respuesta más obvia a esta pregunta está en la escasez, en los pequeños números que producían las escuelas especiales. Para poner sólo un ejemplo: la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona, creada en 1850, produjo en el curso de 1861-62 seis ingenieros, diecisiete en 1863 y veintidós en 1866. La de Madrid tenía promociones ligeramente mayores, y aunque dichas escuelas especiales crecieron, naturalmente, a lo largo de los años del fin de siglo y principios del siguiente, crecieron a un ritmo muy lento n 1• Ahora bien, esta escasez de ingenieros se debía, a su vez, a la escasez de puestos de trabajo, por el pobre desarrollo técnico y económico que sufría nuestro país. Estos cuerpos profesionales protegían sus perspectivas de empleo recortando drásticamente sus números. Si la demanda era escasa, Ja oferta era también escasísima, y por tanto supervalorada. Tal situación no existía en las naciones desarrolladas de la Europa occidental, donde los ingenieros, individualmente, no tenían el prestigio social ni la seguridad económica de los españoles, exceptuando, lógicamente, a los grandes constructores e inventores de la categoría de Stephenson y Brunel en Inglaterra o de Eiffel en Francia. Según el historiador Theodore Zeldin, en la Francia del siglo XIX había dos clases de ingenieros: l) los más modestos, que estudiaban en la École Centrale y luego tenían que abrirse camino laboriosamente, a veces trabajando como maquinistas de tren o mecánicos, y ganando menos que un obrero especializado; y 2) los chicos de buena familia que estudiaban en la Politécnica de París y entraban al servicio del Estado en puestos claves, formando una minoría selecta; después de algunos años en el Estado, algunos pasaban a cargos dirigentes en grandes empresas industriales, mientras que l as firmas de producción pequeñas y familiares no querían ingenieros como directores; los directores eran J. Alberto <le ] Castillo y Manu el R1u . Historia de La Asociaciiín de Ingenieros flldustriales de Barce/o11a (! ~63 · 1963 ). Ed itado por la mi sma. Barcelona, 1963. p .1 5 y sigs.
LOS INGENIEROS EN LA NOVELA ESPAÑOLA MODERNA 11 - - - -- ·- · -- - - -- - - --- - - miembros de la familia propietaria o gente provinente del comercio o de las profesiones legales. Por eso el ingeniero inteligente pero plebeyo, poco apreciado en su país, emigró en grandes números a las colonias, a España, a América del Sur e incluso a Estados Unidos, produciéndose así una verdadera fuga de cerebros m_ Al sur de los Pirineos las cosas ocurrieron de muy diferente manera. Creo que son los ingenieros de minas Jos que tienen la precedencia en antigüedad, pues ya en 1777 formaban un cuerpo profesional reconocido por Carlos Ill , que estableció una escuela de minería en Almadén. En 1825 don Fausto Elhuyar organizó la Dirección de Minas y en 1833 se consolidó el cuerpo con el nombre de Real Cuerpo Facultativo de Minas. Siguen los ingenieros de caminos, que tienen su origen en la Inspección General de Caminos creada por el denigrado Manuel Godoy en 1799 y cuya escuela se fundó en 1802. Vienen después los ingenieros industriales, que datan de 1850, fecha en que se fundaron las Escuelas Industriales, donde se daba enseñanza a tres niveles diferentes, y salían maestros en artes y oficios, profesor es industriales e ingenieros industriales. Estos últimos tenían que reunir dos títulos, de ingenieros mecánicos y químicos. Aparecieron, por otro lado, los ingenieros de montes, con escuela desde 1835 y Jos aeronáuticos, 1 os más modernos para los redactores del Es pasa, en 1913. El desarrollo de la ingeniería española coincide, como era de esperar, con el desarrollo económico de todo el país. En julio de 1845, un redactor anónimo de El Siglo Pintoresco escribía lo siguiente: "El mes que acaba de expirar ha visto nacer más empresas en España que todos los que han transcurrido desde la conclusión de nuestra guer ra civil. Muchís imo s capitalistas y ma_vor número de ingenieros extranjeros han visitado la capital; por todas partes se veíon jisonomías desconocidas y talantes británicos, y toda la Península se ha cubierto (en el papel, por supuesto) con una red complicadísima de ferro -carriles que prometen civiliz ar al país, dar salida a sus producciones, y beneficiar las imzunzera/J/es minas de las muchas compañías que igualmente se 2.Thcodorc Zddin. France flí4lí - JCJ45: Amhitio11 an d Lm ·e . Oxford Univcrsily Prcss. 1979. p.94 y sigs.
12 J. M. ALBERICH han constituído. Como complemento de esto se verificaba al propio tiempo la Exposición de la Industria Espaíiola en Madrid, y a la verdad que no ha sido lo que menos ha interesado a todos los amantes de la prosperidad nacional" ui Es, en efecto, durante el reinado isabelino, en relativa paz y bajo gobiernos fuertemente disciplinarios co mo los de Narváez y el co nde de San Luis, cuando la modernización de España comienza a tomar incremento, fenómeno que se prolonga e intensifica en los largos años de la Restauración. En el párrafo de El Siglo Pintoresco que acabo de leer, habrán notado Uds. que se habla de "capitalistas" e "ingenieros extranjeros", y éste es un aspecto importante de dicho pro ceso de modernización: España comienza entonces a ser colonizada económicamente por los paí - ses ricos de Europa, y singularmente por Francia, Bélgica y Gran Bretaña, y una consecuencia de esta colonización es la presencia, y a veces el afincamiento en nuestra patria de numerosos ingenieros extranjeros. Desde el abuelo materno de Camilo José Cela Trulock hasta el don Juan Morris on que construyó la línea férrea Algeciras -Bobadilla; desde los ingleses de Riotinto a los ingenieros suizos de la Compañía Sevillana de Electricidad, que yo he conocido y tratado como colegas que eran de mi padre, por todas partes había testimonios duraderos de aquella pacífica invasión. Los mismos españoles preferían a veces estudiar ingeniería en París o Lieja a hacerlo en su país. A medida, s in embargo, que la s carreras de ingenieros fueron adquiriendo pr estigio y veteranía, disminuyó y finalmente se extinguió la importación de cerebros de allende el Pirineo. Todas estas vicisitudes de la profesión se reflejan admirablemente en las novelas españolas que se escriben - pongamos por caso -entre 1870 y 1930 aproximadamente. Se reflejan, en primer lugar - y no quiero hacer un chiste -por la escasez de ingenieros que hay en ellas, ya que eran pocos en el paí s, infinitamente menos que los abogados y médicos, pero cuando apare3. Cit. por Vicente Lloréns ... El escritor en la época román ti ca''. en Cuadernos Hi spanoamericanos (1977), nos. 329-330. p. 515.
LOS INGENIEROS EN LA NOVELA ESPAÑOLA MODERNA 13 cen -excepcionalmente, si queremos decirlo as íaparecen con una misión y un valor perfectamente definidos, y en ocasiones simbólico. Pensemos por un momento en un rasgo curioso de la ficción española realista o post-realista, de Galdós a Baraja y de Baraja a Pérez de Ayala. Cambian los estilos, cambia la ideología, cambian las estéticas de esos autores, pero todos escriben alguna o algunas novelas con un es cenario parecido: la "ciudad levítica", la Orbajosa o la Ficóbriga de Galdós, la Vetusta de Leopoldo Alas, el Pilares de Pérez de Ayala, el Labraz de Pío Baraja, la Yecla de Azorín, la Serosca o la Oleza de Gabriel Miró ... Ciudades o pueblos donde t odo es siempre igual, donde nada cambia, donde -como ha escrito muy bien Casalduero de las aldeas de Pereda - : "Las costumbres s ub rayan esta inmovilidad, ya las cotidianas, ya las extraordinarias: bautizo, funeral, procesión, boda, fiesta del santo patrono ... también cada día suenan las campanas al mismo momento, menos el toque de agonía. Todo tiene el mismo espesor de los muros, el mismo ap lomo" <41• Pues bien, a estas ciudades dormidas llega un ingeniero y lo revoluciona todo, o amenaza revolucionarlo todo, y eso por dos maneras: o porque viene corno heraldo del progreso (un ferrocarril, unas minas) o porque trae consigo un aire tan exótico y tan refinado (viene de Madrid o de Barcelona, cuando no de París; viste bien) que solivianta a las chicas y deshace los noviazgos locales. O las dos cosas. Muchos de Uds., al oirrne estas apreciaciones, se acordarán enseguida de un personaje galdosiano, el protagonista de la novela Doña Perfecta. Pepe Rey es, en efecto, el decano y prototipo de los ingenieros ficcionales, y aparece como héroe en la obra más ideológica y polémica de Galdós, publicada en 1876. Además de un personaje, es la encamación del progreso material y social, según veía Galdós estas cuestiones por esos años, y se nos describe como "hombre de elevadas ideas y de inmenso amor a la ciencia, [que] hallaba su más puro goce en la observación y estudio de los prodigios con que el genio del siglo sabe cooperar a la cultura y bienestar físico y perfeccionamiento moral del hom4. Introducción a J.M. de Pereda, De 1a/ palo la/ astilla. Ed. de Joaquín Casalduero. Cátedra. Madrid 1996, p. 22.
l4 J. M. ALBERICH bre". Para que ejerciera bien su p ape l de paladín, su autor Jo hace guapísimo, "de co mplexión recia y un ta nto hercúlea ... Rubios el cabello y la barba, no t enía en su ro s tro Ja fl emáti ca imperturbab il idad de los sajones sino, por el co nt rario, una viveza tal que sus o jo s parecían negros si n se rl o. Su persona b ien podía pasar por un hermoso y acabado símbolo, y si fuera es tatua, el escultor habría grabado en el pedestal es ta s palabras: inteligencia, fi t erza". Su biografía se nos da de una forma resumida pero muy reveladora. Desde pequeñito tenía vocación de ingeniero, como esos santos que no t oma ban el pecho los días de ayun o: ''Solía tener por entretenimiento el co n st ruir con tierra, en el patio de Ja casa, viaductos, malecone s, es tanques, presas, acequias .. . El padre le dejaba h acer y decía: Tú serás inge nie - ro". Poco después, "encerrado en un coleg io de Sevilla, hacía rayas en un papel, ocupándose en probar que la suma de los ángulos interiores de un polí go no va le tantas veces dos rectos como lados ti ene menos dos'', o sea, que descubría por sí mismo la geo metría euclidiana, como Pascal; "e l muchacho crecía y no cesaba de h acer rayas. Por ú ltim o, hizo una que se llama De Tarragona a Montblanch. Su primer juguete formal fue el puente de 1 20 metros sobre el río Francolí'' y, tras unos años trabajando en compañías constructoras, " emprendió un viaje de estudios a Alemania e Inglaterra". Esta es la prenda que llega a Yillahorrenda como viajero único de un vagón de primera. El ob jeto de su viaje es conocer a una prima suya con la que la familia quiere casar le, pero, ya que va a tan remoto y atrasado paraje, aprovechará la oca si ón para examinar, desde el punto de vista minero, la cuen ca del río Nahara, a pesar de que Rey no es ingeniero de minas , si no de caminos. Pero él sa be de todo. Nada más ll ega r, el héroe se enfrenta con las fuerzas hostiles y retrógradas de Orbajosa, muy susceptibl es con todo el que viniese de fuera, y más si, como Pepe Rey, hablaba de invertir capitales y de dar trabajo a los muc ho s mendigos de la ciudad, o si, imprudentemente, exhibía su agnosticismo y su única fé en la ciencia: "Todos los milagros posibles -d eclarase reducen a los que yo hago en mi gabinete cuando se me antoj a, con una pila de Bunsen, un hilo inductor y una ag uja imantada. Ya no hay más
LOS INGENIEROS EN LA NOVELA ESPAÑOLA MODERNA 15 multiplicaciones de panes y peces que las que hace la industria con s us moldes y máquinas". No quiero sugerir, ni mucho meno s, que sea Pepe Rey un per sonaje acartonado; cuando leemos la novela no lo percibimos así. Sin embargo, creo que a Galdós se le ha ido la mano en su caracterización al creer que su profesión de ingeniero impregna todos los aspectos de su sensibilidad y de su conducta. Nos dice que era de carácter flemático (cuando re sulta más bien impulsivo) y que cuando leía la carta en la que se le proponía casarlo con su prima, "su semblante no expresaba alegría ni pesadumbre. Parecía estar examinando un proyecto de empalme de dos vías férreas". El autor ll ega a asegurarnos que Pepe Rey compartía ciertas emociones "a unque [era] matemático". Cuando Ro sarito le promete ser su mujer sobre la tumba de su padre, "el matemático sintió que se levantaba bajo sus pies la losa ... ; pero no, no se levantaba, aunque él creyó notarlo así, a pesar de ser matemático". Conclusión: los ingenieros, por mucho entusiasmo que sientan por la ciencia, no son de corcho. ¿Había que decirlo? Los lugareños como don Cayetano lo creen un materialista sin sentimientos, para el que no hay más que "teodolitos, escuadra s, reglas, máquinas, niveles, picos y azadas". La misma doña Perfecta lo acusa de insensibilidad, en una tirada bastante ambigua, pues no estamos seguros de que Galdós no esté hablando también por boca de ella: "Eres matemático. Ves lo que tienes delante, y nada más, rayas, ángulos, pesos, y nada más . Ves el efecto y no la causa. El que no cree en Dios no ve causas. Dios es la suprema intención del mundo". Doña Perfecta es, por antonomasia, la novela del ingeniero, con ese contexto clásico de ciudad clerical, atrasada y reacia al progreso. Galdós no volvió a prestar tanta atención ni tanto espacio a ningún ingeniero, no obstante lo cual, en dos de las otras tres novelas que Galdós mismo llamaba "de la primera época", es decir, sus novelas de tesis, fuertemente cargadas de ideología progresista, hay ingenieros. La familia de León Roch, la novela que debate el problema de la intransigencia religiosa en el seno de la familia, del matrimonio mismo, tiene un protagonista ingeniero de minas, que un testigo hostil describe de esta manera: "Es un sabio de nuevo
16 J. M. ALBERICH cuño, uno de estos productos de la Univers idad, del Ateneo y de la Escuela de Minas, que maldito si me inspiran confianza. Mucha ciencia alemana [i.e. krausismo], que el demonio que la entienda; mucha teoría oscura y palabrejas ridículas; mucho aire de despreciarnos a todos Jos españoles co mo a un atajo de ignorantes; mucho orgullo, y luego un tufillo de descreimiento que es lo que más me carga". En cambio otro personaje, Fúcar, lo admira : "Yo veo en León un hombre de mucho, de muchí simo mérito. Es lo mejor que ha sa lido de la Escuela de Minas desde que ésta existe. Su colosal talento no conoce dificultades en ningún estudio, y lo mismo es geólogo que botánico. Según dicen, todos los adelantos de la Historia Natural le son familiares, y es un astrónomo de primera fuerza". León era inclinado "a la vida oscura y estudiosa ", tenía ideas y principios liberales, y era enemigo de la ostentación y de la vida frívola de sociedad. A diferencia, pues, de Pepe Rey, que representaba al ingeniero como hombre de acción, Roch encarnaba al ingeniero sabio, a pesar de lo cual su fracaso ante la intolerancia y el fanatismo es igualmente rotundo. En Mariarze/a, historia-alegoría del progre so de la Humanidad desde el estadio religioso (Marianela), a través del metafísico (Pablo ciego), ha s ta su coronación en la era positiva de Augusto Comte (Pablo vidente), el agente de dicha s transformaciones no es un ingeniero, sino un médico, Teodoro Golfín. Su hermano Carlos, sin embargo, director de las minas de Socartes, tiene un papel secµndario pero importante, ya que proporciona el marco ambiental e inclu so si mbólico donde se verifican esas maravi11as de la ciencia. Carlos Golfín "era un bendito, hombre muy pacífico, estudioso, esclavo de su deber, apasionado por la mineralogía y la metalurgia hasta poner a estas dos mancebas cien codos más altas que su mujer". Sobre todo era un hombre sensible y que valoraba la belleza espiritual de Nela, y que no tenía prejuicios de clase, pues había subido, por su propio esfuerzo y con la única ayuda de su hermano, desde unos orígenes muy humildes a la excelsitud de ingeniero director de una explotación minera. Como self'- made man, por tanto, Carlos Golfín también representaba Ja nueva sociedad que se estaba abriendo paso, con mayor movilidad social y a impulsos de la técnica, en la España finisecular.
LOS INGENIEROS EN LA NOVELA ESPA:ÑOLA MODERNA 17 Estas tres figuras -Rey, Roch, Golfín -de ingeniero-héroe, dechados de sabiduría y portadores de una pesada carga ideológica, no tienen continuación en la obra de Galdós. Cuando éste sale de su fase polémica y entra en la llamada época naturalista, siguen apareciendo ingenieros y estudiantes de ingeniería, pero sin tanta significación y sin tan pondero so protagonismo. Son, simplemente, seres que existen en la sociedad que el novelista está describiendo. Esta desaparición del ingeniero-héroe tal vez se deba a que el escritor ha dejado de creer que el progreso material traiga consigo automáticamente el progreso moral. Ya en Marianela se nos habla de los trabajadores de las minas como casi animales que llevan una vida sórdida, y aunque ganen buenos jornales están embrutecidos por el esfuerzo físico constante y agotador. Yo creo que Galdós fue toda su vida -como todos los liberales de su épocaun fiel creyente en el progreso, pero en un progreso que planteaba muchos problemas y no todos los resolvía. Ciertamente sus ideas sobre estos temas recibieron un duro golpe en el verano de 1887, cuando visitó en Newcastle-uponTyne a su amigo José Alcalá Galiano, a la sazón cónsul de España en esa población del Norte de Inglaterra y "escribe acerca de la ciudad, de su carbón y barcos, de sus astilleros, y de lo que ha visto en Inglaterra en general: colmena de trabajo y de inventiva ... [pero] la miseria que se ve aquí es aterradora, con los pobres más hambrientos, los barrios más desagradables por el vicio y el crimen. Newcastle, Liverpool, Londres están llenos de vagabundos y mendigos"'5J. La Meca de la ingeniería, con medio siglo de adelanto sobre el resto de Europa, no había sabido todavía aliviar la situación de los pobres, tal vez Ja hubiese agravado. El hecho es que los héroes de las últimas novelas de Galdós, como Nazarín o Halma, no son virtuosos de la técnica, sino de la caridad. No obstante, don Benito sigue sacando ingenieros en muchas de sus novelas, aunque unas veces sean ingenieros en el deseo más que en la realidad y otras ing enieros muy poco ingenierile s. Me explicaré. Los primeros representan la idea sublimi5. Pedro Ortiz Armengol, Vida de Ga/dós. Crít ica. Madrid 1995. p. 422.
24 J. M. ALBERICH o de mno . Sus padres y sus tíos poseen hermosas fincas en la provincia de Alicante, y en ellas pretende restaurar su salud el protagonista. ¿Cómo se puede sacar de aquí una acc ión novelesca? No se puede sacar. La novela tiene sólo a Félix como hilo conductor (esta fórmula ficcional la había utilizado el 98 con éxito), Félix y sus amoríos, sus amoríos con varias mujer es hermosas y con la tierra, de manera que el libro se convierte en una serie de preciosas estampas de la vida rural. Detrás está Miró con su sensibilidad casi enfermiza; y por ello es lógico que haya un mínimo dramatismo polarizado, como siempre, entre los espíritus rígidos y fanáticos y los suaves y condescendientes. Pero al fin y al cabo Félix. aunque estudia ingeniería, es Miró, un Miró de buena familia, rico, que no tiene que ir a la oficina y que dispone de todo el tiempo del mundo para contemplar paisajes y desear mujeres sin alterar su "pureza": las mismas mujeres que le rendirán homenaje comiendo las cerezas del árbol que crece sobre su tumba. No quiero cansarles más. Creo que con estas notas, tal vez demasiado dispersa s, he mostrado los diferentes modos y maneras en que la figura del ingeniero se refleja en la literatura de la España de fines del siglo XIX y principios del XX. Si se puede extraer una idea general de todo este recorrido, es la siguiente: nuestro país era entonces un país abrumadoramente agrícola donde. por ley natural, los ingenieros eran relativamente escasos y, por eso mismo, socialmente sobresalientes. Ahora bien, su misma rareza contribuía a que sus coterráneos, en un ambiente de poca cultura científica y técnica, tendiesen a exagerar sus capacidades y sus virtudes; los veían como sabios en saberes esotéricos, como grandes matemáticos, como seres enamorados de la geología o de la química, cuando la mayoría de ellos no eran ni más ni menos que gerentes técnicos de alguna empresa o se rvicio público, eficaces en su trabajo, pero, con algunas excepciones, nada inclinados a la ciencia pura o capaces de realizar inventos maravillosos. Se les pedía lo que no podían dar, co nfundiendo la ciencia con la tecnología, y en cambio no se les reconocía la labor callada y competente que ejercieron durante años y años y a la que debemos el bienestar máterial de que gozamos hoy día. Tal vez fueron los novelistas lo s que fallaron en su cometido, fantaseando o admitiendo sin más la imagen que de ellos tenía el vulgo.