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El agua en las coordenadas sociopolíticas del Mediterráneo Sur

Maestre Alfonso, Juan

Abstract

El agua, incluyendo sus componentes simbólicos, se comparte por los arcos Norte y Sur del Mediterráneo, sin embargo son muchos los problemas que enfrentan a las dos orillas; su gestión, como el uso y abuso resulta cualitativa y cualitativamente diferente. Por otro lado, se dibujan situaciones conflictivas en el Mediterráneo Sur en el relación con el agua, comprendiendo tensiones polí- ticas que se localizan principalmente en Palestina y el Kurdistán. El Mediterrá- neo Sur, que geográficamente es el Norte del Sur social y económico situado en Africa ve incrementada su problemática con la presión demográfica y el subdesarrollo creciente de los países subsaharianos. La aproximación a las soluciones pasa por el desarrollo y aplicación de los estamentos jurídicos e institucionales vigentes y por medidas como la declaración del agua Patrimonio Inealienable de la Humanidad, estimular una ética del agua o la aplicación de una “democracia técnica”; un tipo de democracia y de desarrollo que integre requerimientos físicos y socio-culturales con los principios y ventajas técnicas. Un conjunto de medidas y capacidades que eviten la tendencia actual a la “petrolización” del agua.

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· 61 · EL AGUA EN LAS COORDENADAS SOCIOPOLITICAS DEL MEDITERRANEO SUR Juan Maestre Alfonso (Universidad de Sevilla) Artículos · Juan Maestre Alfonso RESUMEN El agua, incluyendo sus componentes simbólicos, se comparte por los arcos Norte y Sur del Mediterráneo, sin embargo son muchos los problemas que enfrentan a las dos orillas; su gestión, como el uso y abuso resulta cualitativa y cualitativamente diferente. Por otro lado, se dibujan situaciones conflictivas en el Mediterráneo Sur en el relación con el agua, comprendiendo tensiones políticas que se localizan principalmente en Palestina y el Kurdistán. El Mediterráneo Sur, que geográficamente es el Norte del Sur social y económico situado en Africa ve incrementada su problemática con la presión demográfica y el subdesarrollo creciente de los países subsaharianos. La aproximación a las soluciones pasa por el desarrollo y aplicación de los estamentos jurídicos e institucionales vigentes y por medidas como la declaración del agua Patrimonio Inealienable de la Humanidad, estimular una ética del agua o la aplicación de una “democracia técnica”; un tipo de democracia y de desarrollo que integre requerimientos físicos y socio-culturales con los principios y ventajas técnicas. Un conjunto de medidas y capacidades que eviten la tendencia actual a la “petrolización” del agua. SUMMARY The problem of water and its symbolic component is one of the many elements and values sharde by the nations and societies of the Northern and Southern Mediterranean basin. But the paradigm of development is a factor of both, union and divergence between the Northern and Southern Mediterranean. Both the management and the use (and abuse) of water is qualitatively and quantitatively different in the two shores. Currently, Southern Mediterranean countries go through conflictive situations related to water, including political tensions that announce serious crisis in Palestine and Kurdistan. The problems of Southern Mediterranean countries -which geographically are the North of African, but belong socially and economically to the Southare increased by factors such as demographic pressure and growing underdevelopment in the sub-Saharian countries. Finding solutions requires the application and development of current legal institutional instruments and measures, such as declaring water “heritage of humanity”, stimulating the creation of a code of ethics in relation to water, or the application of a “technical democracy”, a kind of democracy and development that integrates physical and cultural requirements with technical principles and advantages. A cluster of measures and capacities that make it possible to avoid the current “petrolization” of water. Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 62 · Etnocentrismo y sociocentrismo son fenómenos culturales que aparecen como una constante en todas las sociedades. Interpretar lo ajeno a través de lo propio es una tendencia de la que no se apartan ni los mismos científicos sociales. No obstante, en este momento de globalización y derrumbe de los principales marcos de referencia que coexionaban comunidades a la par que las diferenciaban, está sucediendo que el etnocentrismo va perdiendo su carácter de rasgo universal. Hoy se estima como óptimo, adecuado y deseable el estereotipo que nos ofrece quien más medios de mandar, conducir y comunicar posee. Las fronteras de lo propio y lo ajeno se diluyen. La alienación cobra desmesurada expresión. “¿Tantos millones de hombres hablarán inglés?”, expresaba temeroso el poeta latinoamericano. Lo terrible no es que muchos millones hablen inglés, sino que muchos millones deban o quieran hablar inglés. Y del hablar y del inglés mutatis mutandis, nos deslizamos a la Coca–Cola. ¿Tantos millones de almas querrán o deberán beber Coca–Cola? Valgan estas reflexiones para introducirme en el tema del agua, un agua que compite con la Coca–Cola, y en el tema del Mediterráneo, en el espacio en el que la fuerza militar más poderosa es la VI Flota… norteamericana, ¡of course! Pero ¿de qué agua hablamos? De la de beber, la salada. Del agua o de las aguas. Diferencia que supone bastante más que un giro gramatical. ¿A qué Mediterráneo nos referimos? Al mar, al litoral, a “nuestro” Mediterráneo, el español, el catalán, el europeo; el occidental u el oriental; al Mediterráneo Norte o al Mediterráneo Sur. Por mi parte, en lo que respecta al agua, corto por lo sano. Mi interés se dirige a “las aguas”, sean las de los ríos o las del mar, las dulces y las saladas, pero también a las limpias y a las sucias. En este último caso se trata sólo de una cuestión de tiempo y espacio. En cuanto al Mediterráneo, mi preocupación se centra en el Mediterráneo Sur, pero versus Mediterráneo Norte; relación dialéctica y, en consecuencia, conflictiva para ambas vertientes. Entre los muchos tópicos referentes al mare nostrum destaca el vínculo de unión y comunicación entre los pueblos y culturas ribereñas; las que han dado origen al Occidente hoy por hoy predominante. En cualquier caso, al menos parcialmente, es mucho lo que une a las gentes mediterráneas. Los mediterráneos participan de rasgos físicos y humanos relativamente comunes, “típicos”, como se dice. Moreno, no muy corpulento –de los romanos se sabe que eran bajitos; similares a los actuales japoneses– y de ojos oscuros. En el ámbito cultural la comunidad de identidades es quizás tan patente: dentro también de un cierto relativismo y en un amplio margen de diversidades. El mosaico de las gastronomías mediterráneas participa de elementos comunes o semejantes: el tomate, como el café, ambos de origen extramediterráneo, pero profusamente consumidos pero también las aceitunas, berenjenas, gran utilización del pan y hasta de los productos derivados de la vid. Y, a su vez, prácticas de consumo y de relación social muy próximas y típicamente mediterráneas: cafés y cafetines, bares y tascas, el pincho y el tapeo, la ensalada colectiva… Una valoración social del ocio manifiesta hasta en las más elementales fórmulas de asentamientos humanos. Uso y abuso de plazas y calles. Locuacidad y gesticulación profusa. Tono alto, palabrería y desbordante lenguaje gesticular… · 63 · El Mediterráneo ha sido la sede de grandes religiones monoteístas que rápida y vigorosamente se fundieron con el politeísmo del Olimpo y que demostraron gran facilidad y capacidad para asimilar versiones de religiosidad popular. Resultado: el más politeísta de los monoteísmos de lo que su expresión más clara es la modalidad mediterránea del cristianismo. Divinidades locales –Cristos, Vírgenes y santos, o santones en los lugares islámicos–, con intermediarios y valedores a la divinidad; gran cantidad de expresiones simbólicas y prácticas e interpretaciones religiosas que discurren a un lado y otro de la heterodoxia, ya sea herejía o la tolerada superstición. Un sentimiento lúdico de la vida que conduce al pecado. Contradictorio placer por la trasgresión. Terribles castigos de Dioses poderosos y vengativos. Y ello se da, en diferente modo por supuesto, tanto en tierra de moros, cristianos o judíos. Se diga lo que se diga. Entre los fieles y los infieles. Y también, se diga lo que se diga, gran protagonismo de la mujer, desvalorizada ideológicamente, pero eje de la institución familiar que es la piedra angular de los sistemas sociales mediterráneos. En suma, manifestaciones de un núcleo de idiosincrasia similar que ocasiona en las culturas mediterráneas alta participación de la sensualidad y gran expresión de la superficialidad. Este acervo común mediterráneo conduce a que hayan surgido mitos comunes en el norte y en el sur, en su occidente y en su parte oriental. Y que muchos de ellos estén relacionados con ese elemento de tanta valoración en zonas áridas o semi– áridas, característica de la mayoría de las del Mediterráneo, como es el agua. Tanto en la mitología egipcia como en la judaica, matriz del cristianismo, las aguas se encuentran en el principio de la Creación. Ceres, Afrodita, Poseidón, Atlas y Anteo…, el Dios Creador o Noé en la Biblia, permanece simbióticamente relacionados con el agua. En el caso de la Biblia el agua antecede a la creación del firmamento al que el creador “llamó cielo”. En partes del Magreb contemporáneo están vigentes ceremoniales populares, como por ejemplo la “novia de la lluvia”. En uno y otro lado del Estrecho se realizan rituales procesionales en época de sequía, existiendo creencias sobre aguas milagrosas como las de Lourdes o Fátima (¡curioso nombre originario del Mediterráneo Sur, por cierto). Pero no es en el ámbito de símbolos y tradiciones donde el norte y sur del Mediterráneo participan de vínculos comunitarios. También nos unen intereses presentes y futuros. Tal es el caso de la fragilidad que afecta en su totalidad al mar Mediterráneo. Se ha calculado que de no ser por los aportes del Atlántico a través del Estrecho de Gibraltar, las aguas marinas del Mediterráneo se extinguirían en tan sólo 500 años. Más o menos un período de tiempo similar al que va de nuestros días al Descubrimiento de América. De suceder la ficción de que se cerrara el paso de las Columnas de Hércules en medio milenio el mar Mediterráneo quedaría convertido en una alfombra salada de medio hectómetro de espesor. Sin recurrir a quiméricas especulaciones, puede suceder que futuras, pero próximas, generaciones conozcan la eutrofización del Mediterráneo, del mismo modo que nosotros hemos alcanzado a conocer el triste castigo de sufrir la existencia de ese fenómeno en el Mar del Norte. Como efecto de la presa de Asuán han desaparecido los ricos bancos pesqueros del litoral egipcio cercanos al Delta, a cuya abundante población aportaba buena parte de las proteínas de origen animal. Estoy Artículos · Juan Maestre Alfonso Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 64 · capacitado para ofrecer testimonios directos y personales de que en las partes menos afectadas por la contaminación urbana e industrial del Estrecho de Gibraltar la visibilidad en el interior de las aguas se ha reducido a la mitad en tan solo 20 años y la vegetación en las rocas subacuáticas aún más. Las almadrabas, que por decenas se contaban en España, Marruecos y hasta en el Algarve portugués, hoy han sido reducidas a unas pocas con más carácter testimonial que económico. ¿Qué decir de costas y playas, de las praderas de Poseidón? ¿Y de los ríos de aguas pútridas que emiten las ciudades y que se agregan a los vertederos líquidos de los ríos que afluyen al Mediterráneo? Cierto que mucho nos une, pero no menos exacto es la abundancia de lo que nos separa a ambos arcos mediterráneos. El norte y el sur del Mediterráneo son dos realidades socio–históricas distintas y distantes. Los catorce kilómetros que separan las dos orillas suponen un inconmensurable salto social, económico y cultural. Aparecen como dos estadios históricos a los que incomprensiblemente la geografía los hace coexistir. Participamos de diverso grado de desarrollo. Son y somos un elocuente ejemplo de desarrollo desigual. Aquí no cabe el dicho de “donde las dan, las tomas”. En una orilla las dan y en la otra las toman. El “toma y daca” corresponderá de acuerdo con la recepción de beneficios, que normalmente son atraídos por la parte norte del Mediterráneo. Sin embargo, nos une y nos separa el paradigma del desarrollo. Es una expectativa y un desideratum común. Todos los países aspiran a lograr ese estado socioeconómico. El mundo, y no sólo los países ribereños del Mediterráneo, se divide en desarrollados o en vías de desarrollo. Uno y otros aspiran a superar sus niveles de desarrollo. La propuesta de “crecimiento cero” ya hace décadas que se abandonó por múltiples motivos. El actual modelo dominante, que desde el inicio de la revolución industrial prioriza la urbanización e industrialización, encuentra tanta y mayor expresión en el Tercer Mundo, como en el “Primero”, sobre todo en lo que respecta al proceso de urbanización. No obstante, el conjunto de metas y fines que comprende el desarrollo, no cobra el mismo precio para unos u otros países. Los efectos y consecuencias en ambos son harto diferentes; precisamente el uso y gestión del agua es uno de los ejemplos en los que aparece de un modo más meridianamente claro esa divergencia. También lo es el cómo y cuánto del pago de lo que podríamos denominar “plusvalías políticas”. Empezamos por el hecho de que la disponibilidad del agua es muy diferente, dado que son muchos los países en vías de desarrollo situados en zonas áridas, circunstancia que no se produce en las sociedades industriales. Un yemení dispone de una media de 75 m3 de agua al año, mientras que la cantidad correspondiente a un islandés es de 600.000 m3, contando también que en su país hasta el abastecimiento de agua caliente para la calefacción es prácticamente gratis. Puede darse el caso de países con cuantiosos recursos hidráulicos, pero que no son capaces de su utilización. Tal es el caso de la República Democrática del Congo, donde no se puede abastecer de energía eléctrica a la mitad de la población a pesar de contar con una de las mayores vías de agua de todo el planeta. La producción de una Tm de acero en países como Japón, Alemania o EE.UU. exige 6 m3 de agua, mientras que en China, enfrentada con notable éxito a su industrialización, requiere · 65 · cuatro veces más, y en algunas de sus regiones incluso bastante más. El desarrollo es un gran consumidor de agua. Producir ese símbolo de modernización, desarrollo y consumo, a cuya propiedad aspira una buena parte de los humanos y que es el automóvil, requiere unos 35.000 litros de agua, y un miligramo de penicilina, una necesidad para hacer retrotraer la muerte, el dolor y la enfermedad, nada menos que 400.000 litros. Toda esta situación se agrava si además tomamos en cuenta el mayor costo del agua en los países en vías de desarrollo, costo que va a ir aumentando en el futuro al no producirse en las megalópolis los beneficios de la economía de escala e introducirse hábitos urbanos en su consumo. Dejemos para más adelante los costos derivados de su contaminación. Pero sí agregamos el hecho de que en tanto subsistan las actuales condiciones –y nada hace predecir que vayan a modificarse en corto o medio plazo– entre los países situados en ambas áreas del desarrollo también existe una desproporcionada pérdida de agua originada en las tareas de su distribución. Se calcula que alrededor de la mitad se pierde en los “países jóvenes”. En tanto que en EE.UU. se reduce al 20, o al 10 por cien en otros países europeos de alta industrialización. Cuando uno se percata de los costos económicos y sociales originados en el Norte para el pago de su bienestar, pagados tan sólo en “términos de agua”, y extrapola hacia lo que puede suceder en un futuro en los países del Sur, la vorágine de cifras que se potencia mediante la introducción de la variable demográfica nos conduce al pesimismo. De momento ha tenido lugar la urbanización “salvaje”, y según “evolucionan” estos países, progresa también una industrialización semejante. Este factor supondrá un mayor incremento del consumo de agua. Pensemos que en Europa en medio siglo la demanda de agua se ha multiplicado por cuatro. Conocemos que el aumento demográfico en los países europeos ha resultado poco apreciable, y en algunos lugares hasta negativo. Pero la situación es la opuesta en la mayoría de los países del Sur, sometidos a una explosión demográfica de grandes dimensiones, sobre todo en los países africanos ribereños con el Mediterráneo. ¿Cuál va a ser la situación en estos lugares, conociendo que la demanda de agua crece a una velocidad doble de la correspondiente al crecimiento demográfico? ¿Y en qué coordenadas se podrá situar su futuro si ya ha pasado a la historia la creencia del agua como recurso ilimitado y cuando de hecho las reservas hidráulicas han disminuido en una tercera parte como fruto de la contaminación durante ese mismo tiempo? Afortunadamente, el desarrollo no se concibe más que acompañado de otros adjetivos, como “compatible”, “duradero”, “sostenido”, “eco–desarrollo”, “etno–desarrollo”… La gran potencialidad de la tecnología que está ocasionando que la dialéctica hombre–naturaleza actualmente se incline a favor del hombre, junto a la alta capacidad crítica de que hoy dispone una buena parte de la Humanidad, otorgan incuestionables beneficios –aunque no dudo que también exijan su correspondiente precio a la Humanidad–. Son factores que me inclinan al optimismo. No obstante, otros constituyen un frente de presagios tenebrosos. Tal es el caso del crecimiento de la población, la contaminación ambiental (con agotamiento de recursos incluidos); y la degradación de los vínculos de sociabilidad y comunidad. Que las “fuerzas del bien” superen a “las del mal” dependerá de factores subjetivos, Artículos · Juan Maestre Alfonso Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 66 · como la acción de los grupos o individuos en el poder, para orientar adecuadamente o no las medidas oportunas. También derivará de la posibilidad de que nos situemos ante nuevos paradigmas, como puede ser la obtención de energía barata e ilimitada, como por ejemplo la fusión –bien contraria a la actual nuclear de fisión– ligada precisamente a una rentable desalinización del agua del mar. En lo que respecta al Mediterráneo y principalmente al Mediterráneo Sur, el moderado optimismo a nivel global se ve disminuido. Allí se encuentran los puntos “más calientes” de la actual política internacional. La degradación ambiental es grave. Además, en esta zona aparece uno de los ejemplos más dramáticos de la explosión demográfica: la situación social es aguda y existe una proximidad física y vecindad cultural con “islas de la opulencia” lo que origina que las contradicciones resulten más manifiestas. Y por si fuera poco, en su mayoría son zonas semi–áridas. Su única gran reserva hidráulica, el Nilo, está convertido en una faraónica cloaca. Se trata de factores y circunstancias, que cuando no separan las áreas socioeconómicas del Norte y del Sur, los unen, pero los unen en la contradicción y el conflicto. Como se ha puesto varias veces de relieve, la población del Mediterráneo Sur va a crecer en el próximo cuarto de siglo en más de ciento veinte millones de habitantes, en tanto que el arco Norte sólo verá incrementada su población –exceptuando el efecto “inmigración”– , en unos diez millones. Una situación, que potencia la conflictividad, y no sólo la ligada a los flujos migratorios, hasta extremos insospechados. La problemática relativa al agua acaba de empezar en el Mediterráneo Sur, pero ya comienza a ser acuciante y adopta numerosas modalidades. En varias ciudades marroquíes han surgido epidemias de cólera, una enfermedad que se creía controlada. Lo mismo sucede en Argelia, donde el problema se remonta a hace más de treinta años. Varias ciudades del Reino Alauita han conocido problemas de abastecimiento, y esos servicios han sido privatizados en Tánger y Tetuán. Motines sangrientos han tenido lugar en la Kabilia argelina. En Djerba y en otros lugares turísticos de Túnez el agua se ha llegado a convertir en un privilegio turístico. Una situación similar ha sucedido en Chipre, un futuro país de la Unión Europea. La presa de Assuán ha resuelto problemas creando otros nuevos: el Nilo convertido en una gran cloaca y foco de bilarziosis, desaparición del banco pesquero costero y disminución de su milenaria labor fertilizadora de los campos. Pero es precisamente en el ojo del actual huracán geopolítico, en Oriente Medio, incluida y precisamente el área palestino–israelí, donde el agua es un factor desestabilizador más político que económico, aunque posee ambas modalidades. Empieza a disputar al petróleo su interés en la mesa de los intereses internacionales. En las zonas kurdas de Irak, Siria y precisamente de Turquía se controlan las más importantes fuentes de recursos hidráulicos de Oriente Medio y en concreto del Tigris y del Eúfrates. Siria se vio precisada a expulsar a Ocalam, el líder de los kurdos turcos, debido a que Turquía presionó gracias a su control de sus fuentes de aprovisionamiento a Siria. En Israel la situación es aún más compleja. En el monte Hebrón, en Líbano, se sitúan los manantiales del Jordán, el único río intensamente explotado y con intereses geopolíticos añadidos del Mediterráneo Sur. La riqueza agrícola de Jordania, buena parte de Israel y la subsistencia de Cisjordania dependen de ese río. La ocupación israelí de los altos del Golan salvaguarda el lago · 67 · Tiberiades, impide y posibilita el acceso de/o a Siria, facilitando la toma militar del Monte Hebrón y de las fuentes del Jordán. Las relaciones turco–israelíes son amistosas y fluidas. Turquía vende agua a Israel por el sistema de barcos cisternas y vería con buenos ojos que Israel controlara directa o indirectamente una zona vital para toda la región, por el agua o por la población kurda, tradicionalmente disidente del poder turco. Israel jugó la baza de la política, del agua tanto con fines internos como en lo relativo a su confrontación con los palestinos. Por un lado, necesita agua como cualquier país, pero aún más dada la orientación agrícola de su economía y de su política de colonización. El sector agroalimentario está subvencionado, entre otras cosas por el interés político en mantener los asentamientos judíos en Cisjordania y Gaza. La agricultura israelí consume el 40 por cien del agua en tanto que sólo contribuye en un 10 por cien a su PNB. El agua destinada a la agricultura resulta un 60 por cien más barata. Por otro lado, Israel controla el agua que reciben los palestinos, cuyo consumo aparece muy desigual en comparación con el de la población israelí. Los palestinos sufren grandes restricciones en verano, manteniendo un consumo global que viene a ser entre un tercio y un cuarto del que corresponde a los ciudadanos de Israel. Es de suponer que esta situación se encontrará agravada por los futuros acontecimientos políticos. Los medios de comunicación ya nos tienen acostumbrados a que recibamos imágenes de depósitos de agua agujereados por disparos de las represalias israelíes. Si existe una relación dialéctica en el Mediterráneo entre Norte y Sur, a este último le sucede que, en un contexto más amplio, en el africano, se convierte en el “Norte del Sur”. Por grave que resulte la situación social del Mediterráneo Sur, en su sector occidental, el que corresponde a la zona norteafricana, aún es mucho más dramático lo que sucede tras la gran barrera fronteriza que constituye el Sahara. Lugares donde la existencia de dictaduras supone un avance frente a la bestialidad tribal que domina en muchos de estos países. Analicemos tan sólo un dato procedente del flagelo SIDA. En Botswana el 30 por cien de la población es seropositiva y el 20 por cien en la vecina Unión Sudafricana. Es lógico que en situaciones similares se origine en las tierras africanas un éxodo imparable de Sur a Norte. El Norte de África es un paraíso comparado con el Sur. Pero, además es la puerta del “gran Norte”, del verdadero Norte. Pero, centremos la atención en un solo aspecto, el que constituye el sujeto de todas estas reflexiones: el agua. El desierto avanza, principalmente hacia el Sur. Durante algunos años lo ha hecho a una velocidad de 50 kilómetros anuales. Actualmente, el avance se ha hecho más lento, pero sigue asolando tierras en las que no hace mucho campeaban a sus anchas los grandes mamíferos. Aún cuando miseria y pobreza son moneda común para una buena parte de la Humanidad, las hambrunas han pasado a la historia en muchas partes, excepto en el Sahel y en la franja de desiertos que desemboca en el Mar Rojo y en el Cuerno de Africa. Por si fuera poco, la pluviometría mínima desciende ligeramente –no puede hacerlo de otra forma–, pero desciende. La población africana sigue creciendo a pesar del freno que supone el SIDA, en realidad un solo exponente de una deplorable situación sanitaria e higiénica. Lo que Artículos · Juan Maestre Alfonso Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 68 · se conoce como África Occidental, el hogar de quienes a través del Magreb desean emigrar a Europa, se calcula para el año 2000 en 270 millones de habitantes. Esa misma región a mediados del siglo XXI contará con 600 millones de personas. La mitad tan sólo en Nigeria. Este país tendrá tantos habitantes como toda América Latina, cuando Fidel Castro llegó al poder. Los países que componen el África Occidental, casi todos ellos completamente situados en el Sahel o en el Sahara, contarán con el doble de la población actual de la Unión Europea. Se trata de sociedades cuya tasa de fecundidad por término medio multiplica por cinco a la española. El éxodo hacia zonas urbanas se inició por proceso de destribalización originado por cuenta de la acción “civilizadora” propiciada por el colonialismo y tan cuidadosamente continuada por neocolonialismos y pseudo–socialismos africanos. Este éxodo está construyendo grandes núcleos de población. Designarlos como ciudades oscila entre el eufemismo y la inexactitud. La tasa de crecimiento urbana en esa parte del mundo es del 4,5 por cien anual de media; en algunos lugares, como Lagos, aún mayor. Para mediados de este siglo existirá una conurbación desde Accra hasta Lomé de unos 400 kilómetros de largo y con más de cien millones de pobladores. Centrándonos nuevamente en el agua, actualmente en ciudades medias, como Coutonou, sólo llega en condiciones nada halagüeñas a un tercio de la población. Así será, no sólo imbebible, sino que producirá condiciones de vidas invivibles. Lo peor del caso es que la gente vivirá allí y seguirá prefiriendo o necesitando trasladarse a áreas urbanas. Moraleja. La presión migratoria del África Central al Norte de Africa proseguirá inevitablemente y del mismo modo la del Mediterráneo Sur al Mediterráneo Norte; cuya puerta es hoy por hoy, España. El agua va a ser una fuente de conflictos internos y externos, sociales, políticos y económicos. Antes, la gente se mataba por comer. Hoy ya lo hace para beber. Indonesia, Argelia, Bolivia… han conocido motines ocasionados por problemas relacionados con el agua. De la Guerra del Chaco a las del Golfo Pérsico han tenido como objetivos los pozos de petróleo. Con los de agua va a ocurrir algo similar. Pero no como ha sucedido durante toda la historia y quizás más antes, sino tal como en las guerras del petróleo, a gran escala y con el empleo de todo el potencial tecnológico y económico. El Mediterráneo es una zona que no será capaz de soslayar esta conflictividad, sino que por las causas, que he expuesto anteriormente, es una región propicia para que se desarrollen tensiones y crisis, donde el agua, las aguas, intervendrán. El Mediterráneo, mar y tierra, es un lugar idóneo para que se precipiten los conflictos de zonas más o menos próximas y se entremezclen con problemas importantes cuantitativa y cualitativamente. Deber, necesidad, interés… de todo. Sea cual sea la causa o la motivación, tenemos que participar en defender el, las agua/s. ¿Cómo? No nos falta ni frentes donde actuar, ni alternativas. Si no lo deseamos, no tenemos porque recurrir a la imaginación. Basta con que se aplique y se desarrolle lo ya establecido. En el Mediterráneo, como en otras partes, se deben aplicar los principios de la Conferencia del Agua de Lisboa, el Foro de La Haya, lo convenido en las Naciones Unidas sobre el agua en 1997, lo solicitado en diversas ocasiones en la UNESCO, lo dicho, pero no hecho, en Estocolmo, Río, · 69 · Johanesburgo… Que cada estado individual o colectivamente practique políticas que huyan o luchen contra el colonialismo medioambiental, los ecocidios, las ecoinjusticias… Que las opiniones públicas en sus diversos niveles, potencialidades y plataformas, propongan y fuercen líneas de actuación correctas y denuncien o luchen contra lo que sea lesivo o inadecuado. Que los simples individuos adopten posturas y aptitudes acordes con el respeto a una naturaleza, por no decir biosfera, que nos ha sido legada, y que debemos transmitir a las generaciones futuras en las mejores condiciones posibles. En este mismo orden de cosas es conveniente comenzar por la aplicación de lo que entre los ambientalistas es conocido como “principio de las tres r”: reutilización, reducción y reciclaje. El agua es un bien público y en múltiples culturas símbolo de fertilidad y equidad. Debería ser como el Sol, fuente de energía, vida y creación. Es el único bien totalmente democrático de que gozan los hombres –el sol sale para todos y a nadie niega sus beneficios–. En su calidad de bien público no puede ser considerado una mercancía, y por lo tanto no es susceptible de adquirir la calidad de sujeto a cualquier tipo de acuerdo en la Organización Mundial del Comercio. Tiene que estar dotado de un reconocido estatuto como Patrimonio Colectivo de la Humanidad y uso prioritario, pero no exclusivo ni excluyente, ya directa o indirectamente de ribereños, quienes en ningún caso pueden degradarlo, ni empobrecer su contenido. Pueden gozar de un ius utendi, pero nunca del abutendi. En ocasiones no queda más remedio que recurrir a algún tipo de privatización, dado que frecuentemente es un hecho la caótica gestión de un bien tan importante para los poderes públicos de muchos estados. Pero no es menos innegable la rapacidad con que se actúa en muchas ocasiones, cuando se privatiza y mercantiliza el agua. El agua se está “petrolizando”, valga la analogía. Según se manipula, lo que resulta necesario para su consumo urbano e industrial el costo de este producto, puede multiplicarse entre cincuenta y cien veces. En Gran Bretaña su privatización ha supuesto que su precio se incremente en un 692 por cien, aunque también hay que señalar que se ha mejorado sensiblemente la descontaminación de las aguas usadas. Los Estados Unidos han conocido como sus precios se han multiplicado por tres. Según el Banco Mundial, el 4 por cien del agua urbana ya está privatizada y dentro de poco ese porcentaje ascenderá al 15 por ciento. La industria del agua es la quinta rama industrial para los países del G7. Conclusión, como ya he señalado: “el agua se esta petrolizando”. Y además toda su problemática se ve afectada por una maraña de derecho público y privado con dificultad de definir donde empieza uno y acaba el otro. Es fundamental asegurar a cada persona un mínimo vital de agua en sus usos y capacidades, por ejemplo: como productora de vida y alimentos. Pero a partir de ahí, y dado que se está convirtiendo en un bien escaso, deben establecerse unos precios progresivos. No obstante, el principio de progresividad del precio del agua no puede convertirse en un instrumento de lucro y apropiación parcial, sino de fortalecimiento colectivo de su uso, gestión y, por supuesto, ahorro. Si bien es inaceptable el concepto del agua como bien apropiable, también debe erradicarse la idea de su carácter ilimitado. Creencia que, por otro lado, coexiste Artículos · Juan Maestre Alfonso