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Gefironimia: nombres entre orillas

Gordón Peral, María Dolores; Ruhstaller, Stefan

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199 Gefironimia: nombres entre orillas María Dolores Gordón Peral - Universidad de Sevilla [email protected] Stefan Ruhstaller - Universidad Pablo de Olavide, Sevilla [email protected] 1. Variedad de enfoques en el estudio toponomástico Cuando se trata de planificar, organizar y elaborar un estudio sobre toponimia existen diversas maneras de seleccionar el material y abordar su análisis. Sin ánimo —ni mucho menos— de ser exhaustivos, podemos centrarnos en los nombres que pertenecen a un estrato determinado (toponimia prerromana, mozárabe, árabe); podemos investigar el desarrollo en la onomástica de lugares de determinados étimos;1 podemos, desde una perspectiva geolingüística, determinar la presencia y distribución areal de ciertos elementos léxicos;2 podemos fijarnos en nombres que comparten determinados rasgos morfológicos;3 o podemos investigar topónimos basados en léxico de contenido semántico afín.4 En lugar de seleccionar los nombres que constituyen el objeto de análisis por las características lingüísticas que comparten, podemos tomar como punto de partida 1. Por poner dos ejemplos representativos: en Gordón Peral (1992a) se estudia la presencia en la toponimia hispánica de léxico que remonta etimológicamente a una raíz prerromana *mukorno, y en Gordón Peral (1992b) la de los descendientes del participio latino fictus. 2. Ejemplos de tales estudios son Terrado (2010a), Gordón Peral (1992c, 1993 y 1996). 3. Pabón 1953, por ejemplo, estudió los nombres latinos formados por un antropónimo y el sufijo -ana que designan villae romanas; Terrado 2000, los topónimos catalanes terminados en -oga; Terrado 2010b, los que perpetúan en los romances peninsulares en general el sufijo lat. -ivus; Gordón Peral y Ruhstaller (2008), los colectivos mozárabes con -etum; y Ruhstaller (2014a), los topónimos castellanos que presenta la estructura V+N. 4. Piel (1966, 1967), por ejemplo, estudió monográficamente los topónimos hispánicos que contienen léxico zoonímico, y Gordón Peral (2014) los que se basan en voces que significan ‘conflicto’ (referentes generalmente a lugares donde ha habido una disputa sobre límites). 200 María Dolores Gordón Peral y Stefan Ruhstaller también el designatum común. En Ruhstaller (2017), por ejemplo, estudiamos los nombres que coinciden en referirse a lugares donde existen manantiales y fuentes, y en Gordón y Ruhstaller (1991) y Ruhstaller y Gordón (2022) nos centramos en los nombres que aluden a la presencia en los lugares designados de vestigios de culturas antiguas, generalmente de interés arqueologico.5 Esta manera alternativa de proceder, la que aborda el estudio toponomástico a partir de la recopilación de un corpus de nombres que, en lugar de presentar afinidades de tipo propiamente lingüístico,6 comparten un mismo tipo de referente, resulta especialmente interesante y fructífera, tanto desde el punto de vista propiamente lingüístico —puesto que nos ayuda a conocer los mecanismos que actúan en el proceso de creación e imposición de los nombres, iluminando el aspecto motivacional—, como también desde el histórico, geográfico y etnográfico, por lo que valdría la pena fomentar decididamente su cultivo. Este es, precisamente, el objetivo de la presente contribución al homenaje a nuestro querido y admirado amigo Javier Terrado. En ella nos proponemos analizar un conjunto de nombres de lugar que forman una unidad desde el punto de vista motivacional o referencial: todos remiten a un lugar por donde se atraviesa el cauce de una corriente fluvial o cualquier obstáculo orográfico (un barranco, una garganta) en el trayecto de una vía de comunicación. Dado que solemos asociar esta idea espontáneamente con un puente, podríamos englobar el conjunto de estos nombres bajo el término gefirónimo (del griego γέφυρα ‘puente’).7 2. El elemento clasificador contenido en los nombres La inmensa mayoría de los nombres que forman parte de nuestro corpus presentan una estructura bimembre: se componen de un elemento genérico, o clasificador, y un elemento particularizante, o singularizador. En el presente capítulo nos vamos a centrar en el elemento que suele ocupar el primer lugar dentro de la formación toponímica. Su representante más frecuente es evidentemente puente, voz que aparece copiosamente en 5. A esta categoría de estudios pertenecen también los que se limitan a la toponimia mayor. Aunque para el público no científico se trata de trabajos especialmente atractivos, desde el punto de vista lingüístico a menudo resultan un tanto decepcionantes por la heterogeneidad —estratigráfica y semántico-motivacional— del material analizado. 6. Igualmente en un criterio no lingüístico se basan los abundantes trabajos que estudian de forma exhaustiva los nombres de un área geográfica bien delimitada (por ejemplo, la formada por un término municipal). 7. Extraemos nuestro material toponímico principalmente de los repertorios, inventarios, nomenclátores y buscadores disponibles bien en formato impreso, bien en línea. Advertimos de que, dado que estas fuentes, por una parte, proporcionan únicamente formas modernas, y, por otra parte, adolecen de ciertas imperfecciones y deficiencias (Gordón Peral y Ruhstaller 1998; Ruhstaller 2013: 164-166), algunas interpretaciones ofrecidas en este trabajo tienen carácter provisional. Para llegar a conclusiones seguras sería necesario contrastar el material sincrónico con documentación histórica y conocer perfectamente cada lugar designado desde una perspectiva histórica y geográfica. 201 Gefironimia: nombres entre orillas todas las colecciones de nombres (inventarios, repertorios, buscadores, nomenclátores, etc.). Llama la atención la ambigüedad génerica de la voz: en un recuento, basado en los repertorios de Anubar (AA. VV. 1974-1983) y el Inventario de toponimia andaluza (Junta de Andalucía 1990) en su versión impresa, hemos encontrado un total de 143 topónimos que contienen rasgos morfológicos —bien un artículo determinado antepuesto, bien una marca de género en el adjetivo acompañante (La Puente, Los Puentes, Puente Quebrada, Puente Nuevo, etc.)— que permiten reconocer el género masculino o femenino de la voz empleada como parte de un nombre propio; de este conjunto, 93 son masculinos y 53 femeninos. La distribución geográfica de las formas se refleja en la Tabla 1. Tabla 1. Distribución de los topónimos por provincia y género gramatical Provincia m. f. Total Ávila (AV) 8 14 22 Badajoz (BA) 9 2 11 Cádiz (CA) 0 2 2 Córdoba (CO) 8 4 12 Granada (GR) 3 8 11 Guadalajara (GU) 4 0 4 Huelva (H) 12 2 14 Huesca (HU) 17 0 17 Jaén (J) 11 6 17 Málaga (MA) 1 5 6 Murcia (MU) 2 0 2 Sevilla (SE) 5 3 8 Teruel (TE) 2 2 4 Toledo (TO) 8 2 10 Zaragoza (Z) 3 0 3 Total 93 50 143 La vacilación genérica de puente en castellano es un hecho bien conocido. Corominas y Pascual la describen principalmente desde una perspectiva histórica cuando exponen que “el femenino parece ser general en la Edad Media [...], lo es todavía en el Quijote [...], y el mismo género se encuentra en varios pasajes de Lope y otros clásicos [...], pero ya Góngora y Ruiz de Alarcón lo emplean en los dos géneros, y Aut. cita ejs. del masculino en 1603 y 1625...”; añaden, no obstante, también algún dato diatópico: “en castellano ha predominado el masculino modernamente, salvo algunas hablas occidentales, y en 202 María Dolores Gordón Peral y Stefan Ruhstaller Chile, donde sigue diciéndose la puente cuando se trata de uno pequeño” (DCECH, s.v. puente). El Diccionario académico, por su parte, indica escuetamente que puente “era u[sado] t[ambién] c[omo] f[emenino]. Dialectalmente, u[sado] c[omo] f[emenino]”. Como complemento a la información que ofrecen los diccionarios —aquí nos hemos limitado, a título meramente ilustrativo, a citar dos de los más consultados— resultan sin duda interesantes los datos que aporta la Tabla 1. De ella desprendemos que puente aparece inequívocamente como femenino en 50 de 143 de los topónimos analizados, esto es, en más de un tercio del total. Cabe sospechar que, al menos numéricamente, la representación del femenino en la onomástica del castellano podría ser incluso bastante mayor, pues, por un lado, en gran parte de los nombres que contienen la voz el género no es reconocible formalmente (pensemos en registros, incompletos desde el punto de vista del toponimista, como Puente de Hierro, Puente de Alcalá, Puente del Rey, etc.), y, por otro lado, es posible que, debido a la presión que ejerce el uso generalizado del masculino en la lengua actual —y no solo la estándar o culta, sino también la cotidiana e informal de la inmensa mayoría de los hablantes y en casi todas las áreas del castellano—, algún nombre originalmente femenino haya sido “masculinizado” artificialmente por los recopiladores del material toponímico. De lo que no cabe duda es de que este material toponímico refleja con toda claridad la coexistencia, hasta fecha reciente, del uso femenino con el masculino de puente en el habla popular y rural en la mayor parte del dominio peninsular del castellano. El hecho de que en provincias como Ávila, Cádiz, Granada o Málaga incluso sean más numerosas las formas toponímicas femeninas podría ser un indicio de que este género es (o ha sido hasta hace no mucho) regionalmente predominante; para estar seguros sería necesario disponer de datos más abundantes, a ser posible recopilados de primera mano a través de encuestas con hablantes que representaran el habla local más genuina. En cambio, difícilmente puede atribuirse al azar el hecho de que en las provincias orientales de Huesca y Zaragoza exclusivamente encontremos nombres masculinos, aunque el uso de puente como sustantivo femenino en absoluto ha sido ajeno al aragonés, a juzgar por la presencia de los dos topónimos La Puente y Barranco de la Puente en Teruel, así como por alguna que otra forma diminutiva que vamos a ver a continuación. Los elementos clasificadores de los topónimos de nuestro corpus reflejan una terminología popular que va mucho más allá del simple puente. En primer lugar, encontramos numerosas formas derivadas de este término, entre las cuales destacan diversos diminutivos, usados generalmente con un valor puramente nocional, ya que contienen, no cabe duda, una referencia directa al tamaño de la construcción. Los nombres del tipo La Pontezuela (BA, AV, H, J, SE, GU, TO) y Las Pontezuelas (GU, J) pueden remontar al español medieval, pues, además de presentar el género femenino, general en la lengua antigua, siguen las reglas medievales de formación del diminutivo (descritas magistralmente por González Ollé 1962). El diptongo de la base léxica que aparece en nombres del tipo La Puentezuela (AV, J) refleja la conciencia de los hablantes acerca del origen de la formación. De fecha posterior a la época medieval deben datar 203 Gefironimia: nombres entre orillas los nombres La Puentecilla (AV, BA, GU, TO, Z) y Las Puentecillas (TE), así como El Puentecillo (Z), pues en ellos se aglutina al interfijo un sufijo que ya no respeta las reglas antiguas de distribución complementaria. Aún mucho más reciente ha de ser el nombre La Puentita (BA), pues la generalización del sufijo -ito es un fenómeno moderno, hecho por el que escasea de forma llamativa en la toponimia (esta fue generada mayoritariamente en sincronías lejanas y por parte de hablantes extremadamente conservadores); resulta llamativa, además, la ausencia del interfijo -ec-, esperable en un derivado diminutivo de una base bisilábica que contiene un diptongo. Por este último motivo llama la atención también el nombre El Pontillo (Z). En otros derivados de puente presentes en la toponimia el sufijo añade un matiz de carácter más afectivo (a menudo despectivo, por cuanto alude al estado deteriorado o al aspecto humilde de la obra constructiva) que meramente nocional (indicación del tamaño). Este es el caso de pontarrón (Pontarrón en HU y Z; Pontarrón de los Garabíos en Cáceres;8 Pontarrones en Z), alusivo a puentes de cierto tamaño menos “perfectos” que los modernos,9 y también de pontejo (Pontejos, Cantabria;10 con sufijo diminutivo en Pontejuelos, AV, y con sufijo aumentativo en Pontejón, CO), voz que incluye una apreciación del escaso tamaño del referente. La variedad morfológica de los derivados de puente es considerable, y no siempre es posible determinar el valor exacto que añaden los sufijos a la base léxica: ejemplos de ello son Pontaches (HU), Pontizales (HU), Pontarulla (H), Ponterucas (AL), Pontallón (MA), La Pontoga (TO), Pontoco (GR), Pontoso (J); para una explicación lingüística exhaustiva sería indispensable disponer de documentación lingüística histórica. Para el término pontón, prácticamente omnipresente en la toponimia hispánica, el DLE distingue varias acepciones, entre las que destacan las de ‘barco chato, para pasar los ríos o construir puentes, y en los puertos para limpiar su fondo con el auxilio de algunas máquinas’ y ‘puente formado de maderos o de una sola tabla’, y señala como étimo ponto, ōnis, voz latina que significa ‘barca de paso empleada donde no hay puente’, ‘barca gala de transporte’ (DCECH, s.v. puente). Los numerosos nombres de lugar —El Pontón (AL, AV, BA, CO, GR, GU, H, J, MA, SE, TE, TO, Z), Pontón Alto (J), Los Pontones (AL, BA, J, SE)— con toda seguridad expresan la segunda acepción, que el Diccionario de autoridades —con una referencia explícita al tamaño— formulaba como ‘puente pequeño, que regularmente es de madera’. Cabría preguntarse si en 8. Puede verse una fotografía de la construcción, de probable origen romano, en https://www. valenciadealcantara.es/index.php/cultura-y-patrimonio/252-el-pontarron-de-los-garabios-incluido-en-elinventario-de-patrimonio-historico-y-cultural-de-extremadura 9. Que el sufijo -arro expresa principalmente un matiz afectivo lo indica el nombre Pontarrillo (J), pues en él se combina con un segundo sufijo de contenido claramente diminutivo. 10. Al tratarse de un topónimo mayor cántabro (designa una localidad del municipio de Marina de Cudeyo) no podemos descartar que estemos ante un diminutivo latino ponticulu. El zaragozano Pontellos podría reflejar la solución aragonesa del mismo étimo. 204 María Dolores Gordón Peral y Stefan Ruhstaller este sentido la voz realmente remonta al étimo latino indicado, o si no es más bien un derivado romance con sufijo -ón, que no siempre tenía valor aumentativo en la lengua antigua (pensemos, por ejemplo, en ratón o cajón). Nuevamente encontramos derivados del término —el diminutivo: El Pontoncillo (AV); el colectivo Pontonar (BA; la forma granadina Pontanar debe ser una deformación popular) y Pontonares (H); así como otros, más aislados, como La Pontonía (CO) o Pontonato (H)—, que seguramente aluden a características específicas de las construcciones designadas. La voz pontana, a pesar de tratarse de un derivado de puente, no designa realmente un puente, sino, de acuerdo con el DLE, ‘cada una de las losas que cubren el cauce de un arroyo o de una acequia’. De su escaso uso da una idea el hecho de que no figure en el diccionario académico hasta la edición de 1914, y que desde la de 1984 se delimite su uso con la indicación “poco usado”, marca poco precisa que, en palabras de la propia Academia, “combina en realidad vigencia y frecuencia [...]; figura en aquellos casos en que la palabra o acepción aparece ya muy raramente después de 1900.” (DLE 2014: XLV). El Diccionario general y técnico hispano-americano (Rodríguez Navas 1918: s.v.) concreta algo más el significado de pontana: ‘cada una de las losas que cubren el cauce de un arroyo o de una acequia en gran parte de su curso’. En nuestro corpus el término está representado por los nombres La Pontana (J), La Pontanilla (BA, GR, H, J) y Las Pontanillas (AL); una variante masculina —no sabemos si varía el significado— parece ser El Pontano (BA). La noción de ‘puente’ se expresa en nuestro corpus también con el léxicamente independiente alcantarilla,11 forma recogida como apelativo en el DLE, donde es definida en su tercera acepción (la que explica los topónimos) como ‘tajea, puente pequeño’. Al igual que en el caso de pontana, la marca de uso que se añade en el diccionario (“p. us.”) es de carácter meramente diacrónico y ayuda poco a conocer el uso real de la voz; al menos para Andalucía podemos afirmar que este continúa hasta hoy gracias al ALEA, en cuyos mapas 884 y 1742, analizados por Garulo (1983: 159), la voz aparece en once puntos distribuidos por seis provincias. Este diminutivo castellano presupone la existencia de un simple alcántara ‘puente’, apelativo que debió usarse como sinónimo de puente en castellano antiguo, por mucho que no haya dejado testimonio documental.12 De ahí el interés de topónimos como La Alcántara (Valverde del Camino H; Velayos AV), Las Alcántaras (Ayamonte H; La Carlota CO; Alcaudete J; Los Palacios y Villafranca SE), 11. Encontramos ejemplos (a menudo varios por provincia) en la mayor parte del dominio peninsular del castellano: La Alcantarilla (AL, BA, CA, CO, GR, HU, J, MA, MU, SE, TO), Barranco de la Alcantarilla (Z), Regajo de la Alcantarilla (H), Las Alcantarillas (AV, J, SE); en HU se documenta, así mismo, Alcantariella. Para más datos sobre la voz, tanto en función apelativa y como en calidad de topónimo, vid. Ruhstaller (1990: 23-27) y Ruhstaller (2014: 549). 12. La voz está recogida en las obras lexicográficas únicamente como tecnicismo de los fabricantes de tejidos; el DLE define: ‘[en los telares de terciopelo,] caja grande de madera, en forma de baúl, con la cubierta ochavada y entreabierta, que se coloca sobre las cárcolas y sirve para guardar la tela que se va labrando’. 205 Gefironimia: nombres entre orillas que presentan morfemas que delatan el carácter de nombre común de alcántara ‘puente’ al menos en castellano medieval. Son una muestra de la vitalidad de alcántara en este sentido también los llamativos diminutivos masculinos El Alcantarillo (AL, GR) y Los Alcantarillos (J), e incluso Alcantaruelo (Arjona, J). No pertenece a este grupo, en cambio, un nombre como Cortijo los Alcántaras (La Guijarrosa, CO), en el que Alcántara es claramente un antropónimo, y quizá tampoco los Alcántara registrados sin artículo en diversas compilaciones de nombres. Igualmente debemos separar de los nombres basados en un apelativo cast. alcántara los topónimos que fueron adoptados como tales (es decir, como nombres ya consolidados) de la población arabófona: el ejemplo más conocido es el célebre [Puente de] Alcántara (Cáceres), formación que, desde una perspectiva diacrónica, podríamos calificar de tautológica. En vías de comunicación de escasa importancia facilitan la travesía de una corriente fluvial medios más rudimentarios que puentes propiamente dichos. Puede tratarse de simples troncos de árbol o grandes palos, como ilustran topónimos como El Palo (J, MA, SE), Arroyo del Palo (TE, TO), Camino del Palo (GU) o Los Palos (MA). A realidades similares aluden nombres como La Palanca (GU, HU, J), El Palanco (J), El Palancón (J) y, sobre todo, su derivado colectivo El Palancar (AV, GU, H, J, MA, MU, SE, Z), El Palancal (Z) y Los Palancares (GU, J, SE),13 presentes también en forma de derivados como los diminutivos El Palancarejo (GU) y El Palancalejo (AV), o el abundancial Palancosa (GU). La forma más natural y simple de cruzar una corriente fluvial es aprovechando un punto de escasa profundidad: un vado. Esta voz, de hecho, está ampliamente representada en la toponimia hispánica, si bien los recopiladores del material a menudo parecen no ser conscientes de ello, pues, además de numerosos El Vado (GU, H, SE, TE, TO, Z), Los Vados (GR), El Vadillo (GU, SE, TE, Z), El Vadico (J) y Los Vadillos (BA, GU, TO), transcriben cacográficamente Camino del Bao (TE), El Bado (AV), Arroyo Baillo (GU), El Vaíllo (AV), El Badillo (H, HU, TE, TO). Tales desviaciones gráficas son comprensibles cuando los nombres presentan rasgos dialectales, como ocurre con los nombres oscenses Badiello y Badiecho. De algo más que de transcripciones heterodoxas se trata en los casos de Arroyo El Vaho (H), El Baho y El Vaho (AV), Bahillos (AL) y El Vago (TE), pues revelan etimologías populares atribuibles no solo a los responsables de la recopilación del material toponímico, sino probablemente en igual medida a los propios informantes locales que suministraron tales formas. Ocasionalmente se matiza el significado inherente a la voz vado mediante sufijos: nuestro corpus ofrece La Vadera (AV, H, Z), Las Vaderas (SE) y Río Vaderas (GU), Vaderuelas (AV) —el término vadera está recogido en el DLE con la definición ‘vado, especialmente el ancho por donde pueden pasar ganados y carruajes’—, El Vadarrón (Z), Los Badarrones (GU), así como Badillón (HU). 13. Para más datos toponímicos y lexicográficos sobre palancar, vid. Ruhstaller (2015: 549). 206 María Dolores Gordón Peral y Stefan Ruhstaller Facilita el paso por un vado la presencia de grandes piedras, muchas veces colocadas artificialmente por el hombre para este propósito (Ruhstaller 2014: 548). El DLE recoge un término específico para su designación: pasadero, definido como ‘cada una de las piedras que sirven para atravesar, a pie enjuto, un río, charco, arroyo, etc.’. La voz aparece solo ocasionalmente en toponimia (como Pasaderos en CO, como Arroyo Pasadero en GU, y como Arroyo del Pasadero en AV), mientras que su variante femenina (concordante en cuanto al género con el sustantivo piedra) cuenta con un buen número de representantes: La Pasadera (SE, Z), Arroyo de las Pasaderas (BA), Arroyo Pasadera (H, HU), Arroyo de la Pasadera (TO), Arroyo de las Pasaderas (AV), Las Pasaderas (H), Pasadera del Risco (H), Pasaderas (Z), Arroyo de las Pasaderas (J); la correspondencia aragonesa de la voz podría estar contenida en el nombre Las Pasatueras (HU). No es descartable que pasada (Pasada de las Carretas / de los Bueyes, J; Arroyo de la Pasada, J) y pasadilla (La Pasadilla, GU; Arroyo de la Pasadilla, TO; Arroyo Pasadilla, MA) hagan referencia a lugares similares, si bien puede tratarse también de pasajes de otro tipo situados en caminos. Esto mismo vale también para crucera (Reguero de Cruceras, TO). Finalmente cabe mencionar topónimos como La Barca (GR, H, J, SE, TO), El Barco (GR, J), La Barqueta (Puente de la Barqueta, SE), La Barquilla (AL, GR, SE), El Barquillo (J) o Camino del Barquillo (TO), así como La Barquera (H) y Casa del Barquero (J), que hacen referencia a la existencia de embarcaciones utilizadas para cruzar cauces fluviales. 3. El elemento singularizador de los nombres El segundo elemento —bien un adjetivo, bien un sintagma preposicional, con función adjetiva, introducido por de— que contienen la mayoría de los topónimos de nuestro corpus individualiza el lugar diferenciándolo de otros de la misma categoría (cf. Ruhstaller 2014: 550). Así, para especificar la naturaleza de cada uno de los numerosos puentes existentes, se concretan rasgos llamativos de su aspecto, como sus dimensiones (La Puente Chica, CA; Puente Baja, GR; Puente Alta, MA; Puente Larga, MA; Pont Estret, HU; Puente Grande, MA; Puente Honda, J), su color (Puente Colorado, GR; Puente Verde, GR; Puente Blanco, SE) o su forma (Puente de los Tres Ojos, SE; Puente de los Siete Ojos, GR; Puente Siete Ojos, AL).14 Al estado de conservación de la construcción aluden nombres como Puente Quebrada (AV, BA, CO, J) y Puente Quebrado (GR), Alcantarilla Quebrada (SE), Puente Mocho (J; un nombre homónimo cordobés es malinterpretado, bien por los recopiladores del material, bien por los propios informantes, como Puente del Mocho), así como, posiblemente, Puente Perdido (CO). Una explicación alternativa del último nombre mencionado, Puente Perdido, podría consistir en relacionarlo con la ubicación geográfica del puente respecto de la localidad 14. Para saber si tienen una motivación comparable nombres como Palo Labrado (Granada) o Palo Gordo (Granada) habría que disponer de datos sobre el lugar en el momento en que se impusieron los nombres. 207 Gefironimia: nombres entre orillas donde reside la mayor parte de la comunidad de hablantes: se trataría, en tal caso, de un puente muy lejano y de difícil acceso. De forma análoga, se diferencia en algunos lugares entre Los Vadillos de Arriba y Los Vadillos de Abajo (TO), localizándose cada vado a través del nombre en un punto del curso de agua. A este mismo grupo pertenecen los numerosos topónimos que identifican cada puente a través del nombre propio de un lugar próximo a él: de este modo, el Puente del Alamillo (SE) se llama así por estar situado junto al Cortijo del Alamillo, el Puente de la Nava (CA), por encontrarse en el área conocida como La Nava, el Puente del Villar (AV), por ser contiguo al sitio conocido como El Villar, etc. Hay nombres que expresan que el puente que designan data de época inmemorial, como sucede con Puente Viejo (HU; el mismo nombre se repite en H, aunque los recopiladores lo malinterpretan como Puente del Viejo), Pontevedra, o también con Puente del Moro (AL).15 No obstante, Puente Viejo (AV) no necesariamente alude a la vetustez de la construcción, sino que puede expresar una antigüedad solo relativa, en contraposición a otro puente cercano de más reciente factura, denominado Puente Nuevo.16 Desde la perspectiva cronológica son particularmente interesantes nombres del tipo de Puente del Vadillo (CO), La Palanca de los Vados (HU), Vado de las Tablas (H) y Puente de la Barqueta (SE). Estos topónimos describen simultáneamente las perspectivas de dos etapas históricas diferentes, identificando el modo como se salvaba el obstáculo geográfico en cada momento: en el caso de Puente del Vadillo inicialmente se cruzaría el río a través de un simple vado, pero más tarde se construiría un puente; análogamente, el último nombre hace referencia a la barca que se utilizaba en lo antiguo para cruzar desde Sevilla a la Isla de la Cartuja, a la vez que menciona el puente construido en fecha reciente (Ruhstaller 2014: 551). Nombres como Puente de Alcalá / de Añora (CO), como Puente de Triana (SE), como de Guadix / de Salobreña (GR), o como Vado de Jaén / de Priego / de Quesada (J), identifican la dirección del camino que recorre el viandante haciendo uso de la travesía en cuestión, mientras que Puente del Odiel (H) o Vado del Quema (SE), señalan los ríos que cruzan. A los usuarios más habituales de la travesía se refieren las denominaciones Vado de los Aceiteros (SE), Vado de los Carreteros (J), Pasada de las Carretas (J, TO), Vado de los Carros (GU), Pasada de los Bueyes (J), Vado de los Bueyes / de los Toros (CO), Vado de los Caballos (J). Dada la importancia tanto económica como estratégica de muchos puentes y vados, su control proporcionaba poder e ingresos dinerarios (los pontazgos). De ahí que sea relevante quién fuera su propietario, hecho que se refleja con toda claridad en algunos 15. Para la referencia a los “moros” en toponimia, vid. Gordón y Ruhstaller (2022: 134). 16. De modo análogo, un nombre como Vado Viejo (SE) no contiene una datación, sino que alude al menor uso que se da a una travesía respecto de otra (denominada por contraposición Vado Nuevo), que ha cobrado mayor importancia recientemente.