scieee Open visual document viewer

Filosofía del interés personal : tratado didáctico de economía política

Carreras y González, Mariano, 1827-1885; Diego Madrazo, Santiago; Piernas y Hurtado, José Manuel, 1843-1911

Full text

Tur  lkorg  r FILOSOFIA DEL INTERES PERSONAL. TRATADO DIDÁCTICO DE ECONOMIA POLÍTICA POR D. MARIANO CARRERAS Y GONZALEZ catedrático de Economía política y Derecho mercantil en el Instituto de San Isidro CON UN PRÓLOGO DE D. SANTIAGO DI E GO MADRAZO catedrático de Economía y Estadística en la Universid,d Central. SEGUNDA EDICION con numerosas correcciones y adiciones del autor Y CON UN APEI\ DICE SOBRE U - UEVO COI\ CEE(' ')E LA CIENCIA ECONÓMICA POR D. JOSÉ MANUEL PIERNAS Y HURTADO' catedrático de Economía polí:,,  stadística en la Universidad de ,  o. ttao .na-faeir-tiozan Azonw .2#1 O MADRID ! IMPRENTA Y ) IBREBIA DE MIGUEL GUIJARRO, EDITOR ca Ile de Preciados, numen' 5. 1874 Esta obra es propiedad de su autor, quien perseguirá ante la ley al que la traduzca ó reimpri- ma sin su licencia. Los ejemplares que no lleven una contraseña especial, serán considerados como furtivos. ADVERTENCIA DE LA PRIMERA EDICION. Esta obra es un Tratado de Economía pura: ne hay, por con- siguiente, que buscar en ella las cuestiones relativas á la pro- piedad, á la esclavitud, á la libertad del interes y del cambio, que, con alguna otra, suelen estudiarse en los libros didácticos de Economía política y en las cátedras de esta ciencia. Aparte de que semejantes cuestiones no son del dominio de la Econo- mía pura, sino de la Economía aplicada al Derecho, el autor se propone dilucidarlas ampliamente, con todas las demas de la misma índole, de que hoy no tratan, ó tratan someramente, los escritos destinados á la enseñanza, en una obra especial que llevará aquel título y comprenderá, hasta donde sea posible, todo cuanto se refiera á tan importante materia, todos los prin- cipios de Derecho público y privado, todas las doctrinas políti- cas y administrativas, todos los sistemas sociales y de gobier- no, examinados con el criterio económico. En cambio, el presente Tratado contiene nociones que ape- nas se encontrarán en otros de su clase, y que, sin embargo, pertenecen evidentemente á la Economía, como puede verse re- corriendo los diversos capítulos de que consta, y especialmente los que versan sobre las Instituciones del cambio y las Institvcio- ves que favorecen el ahorro. Y si, como puede muy bien suceder, porque no presumimos de perfectos, faltase en estas páginas algo que se considere como esencial en la enseñanza, nuestros respetables colegas de magisterio sabrán fácilmente suplirlo con sus lecciones, perdo-\ nándonos de todos modos una omision que quizá sea hija úni- camente de nuestro método. No concluiremos estas breves líneas sin rendir en ellas un tributo de agradecimiento, en primer lugar, al sabio economis- ta D. Santiago Diego Madrazo, á cuya amabilidad debemos el bello Prólogo que va al frente de nuestro libro; en segundo, á nuestro muy querido amigo el Sr. D. Eduardo Pérez Pujol, brillante catedrático de Derecho civil en la Universidad de Va lencia, que tanto nos ha ilustrado con sus consejos, especial- mente en la difícil cuestion de fijar las relaciones de la ciencia económica con la Moral y con el Derecho; y por último, al se- ñor D. Joaquin María Sanromá, catedrático de la Escuela de Comercio, que despues de haberse prestado á insertar en la Ga- ceta economista, cuya direccion le estaba encomendada, nuestra Introduccion al estudio de la Economía política, juntamente con un profundo y luminoso artículo del Sr. Figuerola , tuvo la bondad de dedicar á estos dos escritos las siguientes lisonjeras frases: «Si hasta estos últimos tiempos era útil y conveniente que las personas dedicadas á distribuir el pan de la ciencia desde lo alto de las cátedras, consagraran sus ocios á escribir trata- dos de Economía política para vulgarizar sus principios en el seno de nuestra patria, ahora, cuando la atmósfera económica está formada, es ya necesario y urgentísimo hacerlo, para dar buena direccion á los espíritus y poner coto á las ridiculeces que algunos hombres oscuros y adocenados se han impuesto la triste mision de difundir. »Tal ha sido el objeto que indudablemente se propusieron los Sres. Figuerola y Carreras y Gonzalez en los dos recomen- dabilísimos trabajos que encabezan el presente número. Am- bos nos ofrecen en ellos una excelente muestra de lo que se- rán los nuevos tratados de Economía política que respectiva- mente se disponen á dar á la estampa. Nosotros no podemos menos de agradecer sinceramente que, para ilustrar al público con tan doctas y escogidas producciones, hayan dado sus au- tores preferencia á la Gaceta economista. Permítasenos encon- trar en esta atencion una prueba más de que , nuestra revista es considerada, por nacionales y extranjeros, como órgano fiel de la ortodoxia económica. »E1 Sr. Figuerola, que tanta novedad y elevacion sabe dar á las cuestiones que maneja, como abogado en el foro, como especialidad financiera y estadista en el Parlamento, y como profundo y discreto razonador en la cátedra y en las socieda- des económicas, parece decidido á señalar su curso de Econo- mía política con el oportuno y perfectamente escogido título de Filosofía del trabajo. Como definicion de la ciencia, la frase no es nueva, despues de haberla apuntado Dunoyer y Coquelin, y ménos aún despues de haberse dado en Alemania á los estu- dios sobre la riqueza el significativo nombre de Metafísica de la actividad. Pero es nuevo y novísimo trocar en bautismo la definicion, y arriesgarse á escribir un libro de Economía políti- ca, sin poner á su cabeza ese nombre tan vago, tan complexo y ocasionado á graves y profundos extravíos. Cuando vemos torpemente profanada la dignidad de la ciencia, haciendo ser- vir el adjetivo económico para designar inicuos sistemas de vio- lencia y despojo, cordura es en nosotros buscar una contrase- ña que nos permita ser con facilidad reconocidos. Si necesario fuere, no tendríamos á mengua encerrar bajo el nombre más humilde la grande alteza de la doctrina á la cual tributamos rendido culto ; bien así como, en la cuchara de palo y en el dictado de pordioseros, hallaron los esforzados Flamencos el mejor timbre de gloria contra la tiranía del adusto Felipe. »Mas por fortuna no hemos de imponernos el sacrificio de una excesiva modestia cuando, tras tantos y tan concienzudos análisis, ha llegado nuestra época á descubrir la perfecta filia- cion que existe entre la ciencia de las leyes generales del mun- do y de la humanidad, y la que particularmente examina otras leyes más concretas que afectan al trabajo humano y su retri- bucion, ni cuando se ha demostrado que no es la nocion abs- tracta de la riqueza lo que debe preocupar el ánimo del econo- mista, sino el medio racional de realizar-la, la actividad libre y reflexiva de que nos dotó la Providencia para disponer nuestra conservacion y estimularnos hacia el progreso. Conociólo el Sr. Figuerola, y parecióle prudente consejo mostrar sus cre- denciales á la entrada. Filósofo del trabajo dice ser, y rom- piendo así toda mancomunidad con el empirismo, toma desde luego por una llana y expedita senda que, desde la categoría fundamental de la ciencia, ó sea el trabajo, le conduce á una bellísima y en algunos puntos nueva definicion de la Econo- mía política. - 1V »Brilla el talento del Sr. Figuerola en las pocas líneas que consagra á buscar las relaciones existentes entre el fin de la actividad y el religioso, el del Estado y el tecnológico. Léan- las con atencion los que acusan á la Economía política de ab- sorbente. Conociendo sus principios, ¿no habría más razon en asegurar que la Religion y el Estado la han absorbido á ella, ó quieren absorberla todavía? Ciencia recien venida, pero á to- dos necesaria, la Filosofía del trabajo tiene derecho á ocupar un puesto tantos siglos usurpado por el espíritu de clase y los celos del dogmatismo. Al oir á esos representantes de la idea política ó religiosa que, en nombre de un solo principio, quie- ren ordenarlo todo á su capricho, justo es que el economista los obligue á poner mojones en sus campos y llevar cuenta exacta de las piezas que son del resorte de cada una; justo es que les diga lo que un jóven soldado frances á otro anciano militar, que quería ser su compañero de empresas: «Numérotez vos memores.» »No toca el Sr. Figuerola, dejándolo probablemente para la continuacion de su trabajo, la cuestion de límites entre la ciencia económica, la Moral y el Derecho. En cambio, y holgá- monos mucho de ello, este es uno de los puntos que con más extension y fino tacto examina el Sr. Carreras y Gonzalez en su notabilísima Introduccion al estudio de la Economía política. Distinguido profesor de esta ciencia, brillante campeon en va- rios concursos públicos relativos á su enseñanza, popular y reputado publicista, el Sr. Carreras y Gonzalez, ya ventajosa- mente conocido por sus Elementos de Derecho mercantil, que han alcanzado gran crédito en las escuelas, acaba de demostrarnos una vez más cuán alto rayan sus especiales disposiciones como escritor didáctico. Filósofo tambien y práctico en las alturas de donde torna la ciencia económica su exquisita sustancia y su fuerza maravillosa, desenvuelve la idea del trabajo, derivándola de la naturaleza y destinos del sér humano, cuyo carácter y tendencias analiza con sendos toques de mano maestra. Tam- poco se dirá, leyendo al Sr. Carreras y Gonzalez, que los eco- nomistas renieguen de toda idea moral y sacrifiquen á la utili- dad las sagradas exigencias de la justicia. El jóven y elegante profesor demuestra con sobra de elocuencia que la Moral, el Derecho y la Filosofía del trabajo son aspectos de un mismo principio, que recíprocamente se apoyan y confirman, ó como — v -- dice Modeste, son contrapruebas de una nocion idéntica que, para ser poseida, exige una ciencia de lo que es justo, otra de lo que es bueno y otra de lo que vale. »E1 Sr. Carreras y Gonzalez piensa acomodarse al método de Rau, dividiendo la Economía política en pura y aplicada. Basta conocer las, tendencias del nuevo tratadista para com- prender cuán distante estará de presentarnos una cosa pare- cida al sistema nacional del doctor Listz (1).» (1) Gaceta economista, Octubre 1861. Art. Bibliografía, Nuevos tratados españoles de Economía política. ADVERTENCIA DE LA SEGITYDA EDICION. La acogida que ha tenido esta obra desde que vió la luz pública, ha excedido á todas nuestras esperanzas. Aplaudida por la Crítica, tanto en España como en el extranjero; adop- tada por el Consejo de Instruccion pública para servir de tex- to en nuestras escuelas; recomendada por los maestros; leida y aceptada por la juventud estudiosa, sólo le faltaba la san- cion de una de esas corporaciones que tienen el privilegio de reunir en su seno á los sabios en todas las materias, y áun ésta la ha recibido indirectamente en la Memoria sobre el dere- cho de propiedad, de D. Vicente Santa María y Paredes, premia- da hace dos años por la Academia de Ciencias morales y políticas, y cuyas doctrinas económicas en gran parte nos pertenecen, si bien el autor, discípulo nuestro muy querido, se ha olvidado de decirlo, por una omision sin duda involuntaria. Así es que en pocos años se ha agotado la primera edicion, con ser tan numerosa, y se ha hecho preciso proceder á esta segunda. Con ella se nos ha deparado la ocasion de correspon- der al favor del público, y la hemos aprovechado con gusto, introduciendo en la obra modificaciones que, en nuestro con- cepto, la mejoran notablemente. En primer lugar, hemos hecho una alteracion en el método de exposicion, pequeña al parecer, pero en realidad importan- te, anteponiendo la teoría de la circulacion á la de la distribu- cion de la riqueza, y trasladando á esta última las doctrinas relativas á la poblacion y á la renta de la tierra, que antes se trataban en la primera. VIII - En segundo lugar, hemos refundido y completado varios capítulos, tales como los que llevan por título Caracteres de la Economía política, Reseña histórica de la ciencia económica, Del capital, De la produccion, Del producto, Del precio, De la moneda, De las instituciones de crédito, Del salario y Del alquiler. Hemos añadido ademas los párrafos ó capítulos que se refieren á la asociacion, la extension de las operaciones pro- ductivas, el seguro, los instrumentos directos del cambio, el crédito personal y el provecho ó retribucion especial del em- presario. Por último, queriendo que en nuestro libro no se echen de menos ni áun las últimas doctrinas que han aparecido en el mundo científico, siquiera no tengan todavía el asentimiento de todos ó la mayor parte de los maestros, hemos rogado h nuestro muy amado discípulo, el Sr. D. José Manuel Piernas y Hurtado, hoy distinguido catedrático de Economía política en la Universidad de Oviedo, que trazara un resúmen de las lec- ciones dadas en la Universidad Central por el Sr. D. José Gi- ner de los Rios, sobre un nuevo concepto de la ciencia económica, puesto que él, como discípulo tambien de este eminente profe- sor, habia tenido la fortuna de escucharlas y aprenderlas. El Sr. Piernas, cediendo sólo á nuestras reiteradas instancias, se ha prestado á complacernos, por lo cual le estamós muy agra- decidos, y fruto de su colaboracion es el Apéndice con que ter- mina este libro, y que no debe considerarse sino como un ligero bosquejo. Tales son las correcciones y adiciones introducidas en la segunda edicion de nuestra obra. ¡Ojalá que con ellas haya- mos prestado algun servicio á la ciencia! CRÍTICA. (DE L'Economisle beige, 10 DE FEBRERO DE 1866) (1). Los economistas españoles tienen generalmente en poca es- tima el nombre dado por el uso á la ciencia que cultivan; así es que suelen designarla por otros nombres, de los cuales nin- guno tiene, en nuestra opinion, ménos defectos que el que pros- criben. Como quiera que sea, no pretendemos entablar aquí, á pro- pósito de un simple nombre, una discusion que podria llevar- nos muy léjos. Poco importa la etiqueta que cubre el saco, con tal que la materia que contiene sea buena y convenga al com- prador. Esto es lo que vamos á examinar. La obra del Sr. Car- reras concierne únicamente á la Economía política pura: el autor nos anuncia en su Prefacio que se propone publicar un. complemente, que abrazará las aplicaciones de esta ciencia, es- pecialmente en sus relaciones con el derecho público. Despues de haber tratado brevemente de las relaciones que unen á la Economía política con las ciencias que tienen al hom- bre por objeto, y las diferencias que de ellas la distinguen, el autor acomete la ardua empresa de darle una definicion exacta, que no encuentra en los escritos de ninguno de los economis- tas que le han precedido. (1) Entre los varios juicios críticos que se han publicado de la prime- ra edicion, tanto en la prensa española como la extranjera, insertamos el presente por la polémica á que dió lugar, y que tambien reproducimos á continuacion, entre el distinguido economista belga Lehardy de Beaulieu y el autor de la obra. Hace, en efecto, una crítica razonada de las definiciones pro- puestas por Sismondi, Adam Smith, J. B. Say, Flórez Estrada Storch, Rossi, Bastiat, Molinari y Figuerola, y concluye propo- niendo, como más racional, la siguiente: «La Economía polí- tica es la ciencia de las leyes naturales que rigen la actividad. libre, estimulada por el interes personal, para el perfecciona- miento del hombre.» Nos parece inútil seguir al autor, paso á paso, en el desar- rollo, muy metódico en verdad, de sus ideas, que basta á hacer comprender en su conjunto una tabla minuciosa de materias. Nos limitarnos á enunciar aquí la impresion general que nos ha causado la lectura de su libro. La ciencia está, en él, ex- puesta con claridad, órden y método; las definiciones son exac- tas, claras, y á veces van acompañadas de ejemplos, á fin de hacerlas más fáciles de comprender, áun para las personas poco familiarizadas con las ideas abstractas. Desconfiando tal vez demasiado de su propio juicio, el autor ha recurrido á numero- sas citas, tomadas de las obras de los economistas más distin- guidos de todos los países y de todas las épocas, bien entendido que estas citas son casi siempre comentadas, á veces criticadas tí opuestas las unas á las otras cuando presentan divergencias de opinion sobre cuestiones importantes. Esta manera de proceder, que ha debido costar al autor un inmenso trabajo de investigacion y á veces la abnegacion de un legítimo amor propio, dejando decir á otros cosas que hubiera podido decir muy bien él mismo; esta manera de proceder, de- cimos, hace del libro del Sr. Carreras una obra eminentemente didáctica, por cuanto á la par que instruye á la juventud estu- diosa en los verdaderos principios económicos, le da á conocer los autores que han tratado de ella, y le inspira, por consiguien- te, el deseo de leer completamente las obras de l os maestros de la ciencia, que es el modo de conocerla á fondo. No dudamos, pues, de que la Filosofía del interes personal del Sr. Carreras y Gonzalez, ejercerá bien pronto en el progreso de la juventud española, la misma favorable influencia que el Tra- tado de Economía política de nuestro colega y amigo Mr. José Garnier ha ejercicio, para propagar la ciencia económica, en to- dos los países donde se habla la lengua francesa. Sentimos, sin embargo, tener que señalar lo que consideramos á la vez :orno un error y como un vacío en una obra tan recomendable. El ' XI - Sr. Carreras no da el nombre de agentes naturales más que á aquellos dones de la Naturaleza no susceptibles de apropiacion, colocando entre los capitales todos los que son 6 pueden ser una propiedad privada, como un campo, una mina, un salto de agua, un estanque, etc. Dedúcese de aquí que, para este autor, lo mismo que para J. B. Say, la retribucion de los agentes naturales apropiados no se distingue en nada del interes de un capital formado por la acumulacion de los productos del trabajo, y que constituye, como este último, parte integrante y necesaria de los productos creados con el concurso del mismo agente. Esto es desconocer 6 negar la teoría del monopolio natural de la tierra y de la ren- ta, esencialmente aleatoria, que es su resultado, teoría indica- da por los trabajos de Ricardo, de Bastiat, y Carey, y cuya de- mostracion más completa, en nuestro concepto, ha sido dada por nuestro amigo Mr. G. de Molinari en su Curso de Economía política, segunda edicion, tomo primero, Leccion 13 y 14; obra que el Sr. Carreras debe conocer bien, puesto que la cita mu- chas veces. Si, como ha prometido en la Introduccion de su libro, el Sr. Carreras se ocupa en la publicacion de un tratado de las aplicaciones de la Economía política, que debe necesariamente comprender la importante cuestion del derecho de propiedad, esperamos que el estudio profundo que hará entónces de la ma- teria le dará la conviccion de que es imposible demostrar la le- gitimidad de aquel derecho sin admitir la teoría del monopolio natural de la tierra, cuya consecuencia inmediata es que la ren- ta de los agentes naturales apropiados no forma parte del pre- cio primitivo de los productos creados por su concurso, y que el valor de esta renta no se rige por la misma ley económica que el interes del capital. Entónces el autor reconocerá con nosotros la necesidad de modificar en una segunda edicion de su Filosofía del interes per- sonal, que esperamos no tarde en aparecer, lo que la ,primera deja que desear en este punto; y se convencerá al mismo tiem- po de la imposibilidad que habria de legitimar el derecho de propiedad de la tierra, si ésta no constituyese más que un sim- ple capital que diera una retribucion en vez de una renta even- tUAL—OH. LEHARDY DE BEAULIRU. Carta del autor á Mr. Ch. Lehardy de Beaulieu. MADRID 8 DE MARZO DE 1866. Muy señor mio: He leido con gratitud el artículo que ha te- nido V. la bondad de publicar en El Economista belga sobre mi Filosofía del interes personal. Usted ha dado á esta obra una importancia superior sin duda á su mérito, y estoy en el deber de tributar á V. por ello las más expresivas gracias. Permítame V., sin embargo, recusar algunas doctrinas que usted me atribuye, tal vez por falta de claridad en la expresion de mis ideas, y que estoy léjos de profesar, al ménos en la for- ma que V. las expone en su artículo. Me importa mucho recti- ficar el juicio de V., no por un vano deseo de polémica, sino por la justa autoridad de que su nombre goza en la ciencia. Así diré á V. que nunca ha sido mi intencion restringir la calificacion de agentes naturales «á los dones de la naturaleza no susceptibles de apropiacion» y colocar entre los capitales « todos aquéllos que pueden constituir una propiedad privada», como V. ha ereido. Yo no admito que haya objetos no suscep- tibles de apropiacion; ántes bien, afirmo en la página 64 de mi libro que todos pueden ser apropiados, al ménos en el sentido económico de esta palabra. Si no lo han :sido todavía, los lla- mo agentes naturales; si, por el contrario, han recibido alguna apropiacion, los considero como productos, ó bien como capita- les cuando ademas están empleados en una nueva produccion; es decir, que no hago de los agentes naturales apropiados—tier- ras, minas, aguas, etc.—una categoría especial de elementos productivos, como la mayor parte de los economistas; que sólo reconozco como agentes naturales los que los autores llaman agentes naturales no apropiados, y en fin, que coloco entre los ca- pitales, no los agentes naturales que «pueden constituir», sino los que «constituyen ya» una propiedad privada, y, como las tierras, las aguas, las minas, etc., concurren directamente á la produccion, en calidad de instrumentos ó de materias primeras. Y en esto no hago más que desarrollar los principios senta- dos por su sabio colega de V., Mr. G. de Molinari, en la Leccion 13 de su Curso de Economía política, puesto que, segun él, para — XIII ---- que las tierras concurran directamente á la produccion, deben haber sido de antemano descubiertas, ocupadas y desmontadas, es decir, capitalizadas, convertidas en verdaderos capitales, de los cuales no se diferencian, á mi juicio, en nada. Esta teoría es contraria, en efecto, á la teoría de la renta de Ricardo, como V. mismo dice, pero no á la de Bastiat y Ca- rey, que han refutado, en mi sentir, victoriosamente las ideas del economista inglés, el primero en sus Armonías económicas, el segundo en sus Principios de la ciencia social, y de los cuales he tomado algunos argumentos en. el capítulo de mi obra titu- lado Del alquiler. En cuanto á Mr. G. de Molinari, cuyos razo- namientos adopto tambien en gran parte, su manera de ver en lo que respecta á la teoría de Ricardo está tambien en el fondo de acuerdo con la mia, puesto que no considera esta teoría apli- cable sino á ciertos hechos excepcionales. (Lecciones 13 y 14.) Por lo demas, no creo que sea imposible, como V. supone, demostrar la legitimidad del derecho de propiedad sin admitir la teoría de la renta de Ricardo; ántes bien, estoy persuadido de que esta teoría ha dado razon de ser á las elucubraciones socialistas de Considerant, Proudhon, etc. y áun del sabio au- tor español Flórez Estrada, cuyos trabajos económicos son por otra parte tan apreciables, los cuales han negado todo derecho de la apropiacion individual de la tierra, fundándose precisa-- mente en la doctrina de la renta. Así me propongo demostrar- lo en la segunda parte de mi obra, sintiendo mucho no partici- par de las opiniones de V., tan respetables para mí, sobre el. modo de considerar económicamente los agentes naturales apro- piados y la retribucion del capital-tierra. Reciba V. de nuevo la expresion de mi gratitud por su be- névola crítica, y la seguridad de la consideracion con que soy su afectísimo servidor.---- MARIANO CARRERAS Y GONZALEZ. Contestacion de Mr. Ch. Lehardy de Beaulieu al autor. 1V1oNs 28 DE ABRIL DE 1866. Muy señor mio: Siento mucho que las continuas ocupacio- nes que me han asediado este invierno, no me hayan permitido contestar más pronto á su amable carta del 8 de Marzo último. XIV Tengo tambien que excusarme con V., de la incompleta y pocó exacta revista que he publicado de su excelente obra en el Eco- nomista belga; hé aquí las circunstancias atenuantes de esta falta. Siendo ciego, y disponiendo rara vez de personas que se- pan leer regularmente el español, he tenido que contentarme con un exámen muy ligero de su libro de V. para formular mi opinion sobre él sin hacerle esperar demasiado. Me es tanto más sensible, cuanto que á medida que voy es- tudiando su concienzuda obra de V., aprecio mejor su mérito. He hecho que vuelvan á leerme las páginas que me indica V. en su carta, y veo que estamos de acuerdo en la definicion de los agentes naturales, tanto libres como apropiables y apropia- dos. En lo que estamos desacordes es en la renta. Concibo, por lo demas, tanto mejor su opinion de usted en este punto, cuanto que yo mismo participé de ella hasta 1858, en cuya época la teoría de la renta era para mí una verdadera pesadilla, no pu- diendo formarme una idea clara de ella ni explicarme el labe- rinto de las aserciones contradictorias de Ricardo, Say, Bastiat, Carey, etc. Espantado de las consecuencias que sacaban de la teoría de Ricardo los comunistas y socialistas ; asombrado de las extrañas aberraciones del ilustre español Flórez Estrada en este asunto, él tan sensato y tan discreto en todos los demas, habia llegado ya á desesperar de hacer comprender á mis dis- cípulos lo que tan dudoso era para mí mismo. Pero hoy he fija- do mi opinion sobre la renta, gracias sobre todo á las doctrinas de G. de Molinari y Clement, y héla aquí en pocas palabras: «La teoría de Ricardo, muy exacta en ciertos puntos, es incom- pleta y defectuosa en otros. Si no recuerdo mal, su definicion es ésta: «La renta es aquella parte del alquiler que el colono paga al propietario, por tener el derecho de gozar de las facul tades productoras é imperecederas del terreno.» Ahora bien, esta definicion es incompleta por cuanto sólo comprende la renta territorial y no la de los demas agentes apropiados. Es defectuosa por cuanto supone un valor en las facultades pro- ductivas é imperecederas del terreno, las cuales, no habiendo sido creadas por ningun trabajo humano, no pueden legítima- mente formar una propiedad, y de aquí los ataques de Bastiat y otros economistas, y los no ménos justos de Proudhon, Con- siderant y tutti cuanti. Yó propongo la definicion siguiente: «La renta territorial es aquella parte del alquiler que el colono XV - paga al propietario, como remuneracion del trabajo que ha puesto á su disposicion las fuerzas productivas é imperecederas del terreno.» Ó lo que viene á ser lo mismo: «La renta es la re- tribucion de un agente natural apropiado, ademas del interes del capital necesario para el descubrimiento de la apropiacion de este agente natural ó de un modo de accion del mismo, des- conocido hasta entónces.1 Lo que me parece exacto, en la teoría de Ricardo, es su de- mostracion de que la renta no forma parte del precio primitivo de los productos, así como todas las consecuencias que saca de este importante principio; pero comete un error al generalizar lo que dice acerca de la manera cómo la renta del terreno se forma y progresa, manera que no es en realidad más que una excepcion, como lo han demostrado Bastiat y Carey, citados en su libro de V. Yo sostengo, pues, con Ricardo, Molinari y otros, que la renta de un monopolio natural cualquiera se diferencia esen- cialmente del alquiler, ó sea de las utilidades (profit) de un ca- pital primitivo, en que el primero es más aleatorio que el se- gundo, y no forma, como éste, parte integrante y necesaria de los precios primitivos de los productos creados por el concurso de dichos agentes. Esta diferencia consiste en que el capital, móvil de suyo y susceptible de multiplicarse, á lo ménos en ciertos límites, obe- dece bastante libremente á la ley de la oferta y de la demanda, y es dueño de rehusar su concurso, miéntras que los agentes naturales apropiados no existen más que en cantidad limitada, y la mayor parte de ellos, como minas, saltos de agua, etc., no son susceptibles de traslacion, lo cual no les permite propor- cionar la oferta á la demanda, y deja por consiguiente una dife- rencia entre el precio primitivo y el precio de la renta de sus servicios. Encuentro un carácter eminente de justicia en esta ley eco- nómica de la renta, cuya cuota, aunque aleatoria, tiende siem- pre á proporcionarse, áun. cuandc parezca excesiva, al trabajo, tambien aleatorio, pero sumamente raro, útil y meritorio, que consiste en el descubrimiento y apropiacion de agentes natura- les desconocidos, ó de nuevos medios de utilizar los que se co- nocen. Por este punto se relaciona la teoría de la renta con la propiedad y sirve para legitimarla. xvi — Esta carta es ya muy larga, y temo no haber expuesto con bastante claridad mis ideas sobre un asunto tan abstracto. Así, ruego á V. que tenga la bondad de consultar la segunda edicion de mi tratado, capítulos de los Monopolios, de la Propiedad y de la Renta, 6 sea de la retribucion de los agentes naturales apropiados, donde no he hecho más que resumir, lo más clara- mente posible, las ideas de los que me han precedido. Termino esta larga epístola, manifestando á V. mi deseo de que su Filosofía del interes personal sirva para propagar en su patria las nociones de una ciencia que tanto necesitan conocer desde los hombres de Estado más ilustres, con raras excepcio- nes, hasta el más humilde operario. Será para V. una gloria y una satisfaccion íntima el haber contribuido á este resultado. Sírvase V. recibir la sincera expresion de mis más distin- guidos sentimientos.—CH. LEHARDY DE BEAULIEU. PRÓLOGO. La Economía política va penetrando en la vida íntima de los pueblos, sin saberlo ellos mismos, sin quererlo, y á veces oponiéndola una porfiada resis- tencia. La verdad se abre paso entre sus enemigos, y los obstáculos retardan, pero no impiden sus pro- gresos. La verdad económica es ademas una de las que mayor interes tienen para el hombre, siempre movido, áun en los actos de más heroica abnega- cion , por el amor de sí mismo. Sus necesidades existen, y es pueril cuestionar si sería mejor que no existiesen (1). Van siempre con él, y no hay posi bilidad de que las contemple impasible y sin poner en ejercicio las facultades que ha recibido para sa - tisfacerlas. La ciencia económica las estudia, y exa- mina los medios de hacer cesar el sufrimiento que nos hacen sentir. Suponer que su estudio es inútil ó indiferente, es suponer tambien que lo es el estu- dio del sér humano, de su desenvolvimiento y de la accion de sus facultades sobre la materia y el espí- (1) Bastiat, Harmonies economiques, Cap. 3. — X VIII — ritu. El ejercicio de éstas para la realizacion de los fines de la vida no puede ser irracional (5 arbitrario: tiene que estar sujeto á leyes conformes á su natu- raleza. Negar esta verdad de sentido comun, es fin- gir un hombre fantástico é imposible. La Economía política, sin embargo, ha sido y es combatida por adversarios muy apasionados y de muy diferentes clases. Hay unos, y éstos son los más implacables y tenaces, que quieren sacrificarla en ara.s de lo que llaman prosperidad nacional. Para ellos la ciencia del trabajo es , una enemiga de la patria, un miserable agente vendido al oro extran- jero la destructora de la agricultura y las artes, una utopia , un sueño que se desvanecerá con el estruendo de las fábricas hundidas bajo el peso de su influencia. Estos son los que en las calles , en la prensa , en el Parlamento y en el Gobierno , mos - trando la indignacion de un farisaico patriotismo, piden proteccion para la Industria y limitaciones para el pensamiento iniciador de las reformas, para la palabra en que se encarna y para los actos que le convierten en hechos. Aborrecen la teoría econó - mica, porque la ciencia proclama la libertad como la primera condicion del trabajo; mas la libertad, que es ley del espíritu, tiene que serlo de sus ma - nifestaciones. Los proteccionistas cuentan por dias sus derrotas , y ven desaparecer rápidamente los girones de su bandera ; pero es tan intransigente el interes que los inspira, que no hay que esperar que se rindan hasta que pierdan su último ba- luarte. XIX — Hay otros que declaman contra la Economía, condenándola por empírica y desconocedora de la razon de sí misma, y negándola toda filiacion filo - sófica. Éstos , que admiten la ciencia del hombre, reconocen su unidad y proclaman la necesidad, la universalidad y la permanencia de las leyes de la moral y la justicia, niegan, sin embargo, el carácter racional y científico de la teoría económica , ó lo que es lo mismo, despojan á nuestro sér de parte de sus elementos esenciales , y no perciben la relacion necesaria y constante entre sus necesidades y las facultades que las satisfacen. Examinan incomple- tamente la naturaleza del hombre, y limitando la esfera de la Filosofía, la empequeñecen y esterili- zan. El tiempo desvanecerá las preocupaciones de los filósofos y economistas exclusivos, y unirá sus pensamientos con los vínculos que deben mantener" en su integridad y unidad la ciencia del hombre y del universo. Otros hay en número no pequeño , laudatores temporis acti, que se sienten llenos de santa ira contra la ciencia que señala al linaje humano el camino de la riqueza y del bienestar, y la maldicen por egoista y materialista. Para éstos, cuya práctica no suele estar conforme con su teoría , los adelantos materiales no se obtienen sino á expensas de la jus- ticia y la caridad, la riqueza es un gérmen fecundo de perturbacion en las costumbres, el mortal que vive en la miseria y con la rudeza del salvaje es el que va derecho á la perfeccion, y los estímulos más poderosos del trabajo son tentaciones que nos xx — separan del bello ideal de la mortificacion y del ocio. Estos buscan la riqueza para satisfacer las ne- cesidades de los sentidos, educar la inteligencia de sus hijos y hacer la propaganda de su doctrina; pero al mismo tiempo, poniéndose en contradiccion consigo mismos, proscriben, como causa de iniqui- dad y de desórden, lo que se ven precisados á em- plear como medio de obtener lo que, segun ellos, es santo y laudable. Establecen un abismo entre la materia y el espíritu, entre el cuerpo y el alma, condenan como imposible su desarrollo simultáneo y armónico, y dividen lo que es indivisible. Desco- nocen que «la actividad material tiene por princi- pio la intelectual y moral, y que no puede hacerse nunca del hombre ni una pura esencia, ni una má- quina (1).» La Estadística con sus números es la de- mostracion más brillante de la influencia del pro- greso material en el intelectual y moral; pero sus lecciones son enteramente inútiles para los enten- dimientos caducos, que no pueden rejuvenecerse ni sufrir el vivo resplandor de la verdad. No hay que esperar su conversion: el tiempo va aclarando sus filas, y él solo puede hacer que desaparezcan esos fanáticos enemigos del movimiento progresivo de, las sociedades. Hay, por último, otros adversarios de la ciencia del trabajo, ménos apasionados que los precedentes, pero más numerosos. Á esta clase pertenecen los ignorantes. La ignorancia dificulta siempre las me- (1) Reybaud, Economistes ~ciernes. XXI -• joras sociales; pero hay una especie peor que las demas, que es la de los que tienen la ilusion de ser sabios. Las opiniones más absurdas les sirven de premisas, y la serie de sus doctrinas es un tejido lamentable de extravíos y falsos conceptos. En el foro, en la cátedra, en la tribuna y en el sillon mi- nisterial se erigen en apóstoles del error, y la auto- ridad de su persona ó de su posicion da fuerza, si- quiera sea transitoria, á sus infundadas aseveracio- nes. Es muy cómodo cuando no se ha estudiado una ciencia, que exige la consagracion de la vida ente- ra, parapetarse tras de las opiniones del vulgo, y al discutir, emplear, en vez de las observaciones su- geridas por el estudio, los argumentos que el co- mun de las gentes acepta y repite sin examen. Poner de relieve la falta de ilustracion de estos pseudo -economistas es doblemente meritorio , por- que sirve para hacer justicia á la verdad y para producir el convencimiento en el mayor número. La ignorancia es un auxiliar poderoso de los pro- teccionistas y los reaccionarios, cuyas armas pier- den su. aparente brillo ante la luz de la razon y la experiencia. El que conoce la verdadera doctrina, tiene el deber de propagarla, aunque sea arrostran- do las iras de los enemigos, los desdenes de los sabios pretenciosos ó las sátiras sangrientas de los mantenedores de intereses bastardos: luchando por el triunfo del bien, podrá quedar en el campo de batalla; pero no le abandonará nunca la conciencia de la justicia de su causa, y la victoria definitiva será siempre suya. Los que aman sinceramente ese — XXII — triunfo, deben sofocar todo sentimiento ruin y mez- quino, y encender, no entibiar, el celo de los que se arrojan al circo para romper una lanza en ese perpetuo combate que sostienen la luz contra las tinieblas, la verdad contra el error. La publicacion de un libro nuevo, aunque sea una protesta contra la ciencia, es por lo ménos, si llega á excitar el interes público, causa ocasional de discusion, en la que se depuran las doctrinas, y an- dando el tiempo, se hace siempre justicia á lo falso y á lo verdadero. Hoy mi amigo D. Mariano Car- reras y Gonzalez publica un libro nuevo , pero no para protestar contra la ciencia, sino para propagar la sana doctrina y defenderla contra sus adversa- rios. Viene á continuar, con honra suya y provecho de la enseñanza, la serie de trabajos económicos que han visto la luz en nuestro país, y que aunque mé- nos conocidos y de menor influencia que los de otras naciones, son, sin embargo,' preciosas joyas que debieran tenerse en más estima. Giginta, Medina, Oliva, Domingo Soto, Álamos, González de Cellori- go, que en .1600 hacía consistir la riqueza, no en la moneda, sino en la industria natural y artificial; Pedro de Guzman, que en 1614 decia que con el trabajo se compraban todas las cosas; el P. Márquez, que en 1634 presentia el sistema fisiocrático; Álva- rez Osorio, Caja de Lezuela , Dormer , Fernández Navarrete , Gándara , Pérez de Herrera , Lope de Deza, Martínez de la Mata Mendo, Moncada, Saa– y edra Fajardo, Valle de  Cerda, Zabala,  ard, Ustariz, Asso, Arriquíbar, Cabarrus, Campo mánes, - XXIII - Jovellános, Capmany, Moñino , Sampere y Guarí - nos ,- Canga Argüélles, Vadillo , Vallesantoro, Fió - rez Estrada , Espinosa de los Monteros , Lasagra, Marliani, Mora, Valle, Pastor, Co i lmeiro, Figuerola, Bona y Carballo, con otros muchos que no es fácil enumerar, forman el catálogo de los escritores, que unas veces adelantándose á las doctrinas comunes en Europa, y otras siguiendo la general corriente, han mantenido vivo el amor á la ciencia en España desde el siglo XVI hasta nuestros dias. Apénas hay una escuela económica que en sus diferentes gradaciones y matices no haya tenido dignos representantes en nuestro suelo. La mercan- til, la fisiocrática , la industrial, la descriptiva , la fatalista, la crítica, la filantrópica, la socialista, la ecléctica, y la que en los últimos tiempos ha de- mostrado la armonía de las verdades económicas y su influjo en el progreso general de la especie hu- mana, todas han tenido discípulos, si no muy nu- merosos, por lo ménos bastantes para que hayan podido estudiarse las varias formas con que la teo- ría económica se ha presentado en el curso de la Historia. La obra que publica el distinguido catedrático de la Escuela de Comercio, está inspirada por el es- píritu de nuestra época. Los críticos, los filántropos y los socialistas, combatiendo la doctrina de Smith, sin fundar nada nuevo los primeros, en nombre de principios desacreditados por la experiencia de los siglos los segundos, y abandonándose los terceros á las inspiraciones de su imaginacion enferma, han - XXIV - excitado vivamente la atencion de los pueblos y de los sabios, y han sido causa de que, observándose mejor el órden del Universo, se hayan, si no descu- bierto, por lo menos formulado con más claridad y distincion las leyes ¡armónicas que rigen el mundo material y moral. Educado el Sr. Carreras cuando se verificaba esta evolucion científica, no podía sa- tisfacerse con el fatalismo de Malthus y de Ricar- do, ni con el sistema descriptivo de J. B. Say, ni con las negaciones de Sismondi, ni con los lamen- tos de Villeneuve de Bargemont, ni con el eclecti- cismo de Flórez Estrada, ni con las organizaciones artificiales de Owen, San Simon, Fourier, Cavet 6 Blanc. Reconoce la existencia del mal, porque la naturaleza humana es finita, y la imperfeccion va siempre con nosotros; pero niega que el mal sea progresivo, y que el hombre esté condenado, como Sísifo, á renovar los mismos esfuerzos sin adelantar un paso en su ímproba tarea. El Sr. Carreras ha comenzado su obra con una Introduccion, en la que arranca de la nocion del conocimiento humano, y le sigue en la serie de sus grandes aplicaciones, exponiendo la filiacion de la idea económica y describiendo su genealogía. La Economía es una parte de la Ética, y sus funda mentos deben buscarse en la Metafísica y la Psico- logía. El haberse encerrado los economistas de la escuela descriptiva dentro del círculo de la idea de riqueza, y haber excluido muchos del objeto de sus investigaciones las necesidades del espíritu, ha sido causa de que no pocos escritores apasionados 6 os su- — xxv perficiales no hayan visto el puesto que entre las ciencias corresponde á la teoría de las leyes econó- micas. Si se reduce la Ética á la Moral y al Dere- cho, ¿cómo se explicarán los actos libres de nuestra alma, que no son contrarios ni al Derecho ni á la Moral, pero que no ejecutamos en virtud de un deber ni nadie tiene facultad de exigirlos? ¿Podrá excluirse de la ciencia de la voluntad el estudio de los actos con que, movidos por el amor de nos- otros mismos, satisfacemos las necesidades propias y ajenas? ¿No habrá ninguna ley natural que los rija? ¿Son acaso indiferentes para el cumplimiento de nuestro destino, y no hay entre ellos y la natu- raleza ninguna relacion general, necesaria y cons- tante? ¿Es lo mismo saber ó ignorar, tener destreza ó ser torpes, trabajar solos ó auxiliados por otros, emplear máquinas poderosas ó nuestros débiles bra- zos, para satisfacer igualmente bien las exigencias de la Industria? Una de las grandes dificultades de las obras di- dácticas es la determinacion precisa del objeto y fin de la ciencia ó arte que exponen. Esta dificul- tad es mayor todavía en las obras económicas; por- que los grandes maestros no han cuidado de preci- sar la materia de sus estudios, ni hay entre ellos conformidad de opiniones. El libro que hoy se pu- blica distingue cuidadosamente en la definicion de la Economía política su objeto y su fin. Su objeto no es la riqueza, sino las leyes naturales que rigen la actividad libre estimulada por el interes perso- nal. Esta nocion no confunde la ciencia con el arte; XXvi -T la da, sin exagerar :sus límites, más extension que los que hacen de ella una teoría exclusivamente diviciaria, y la diferencia de la Moral y el Derecho, que son tambien partes de la Ética. Es verdad que hay un arte económico que se funda en la ciencia, porque no es arbitrario ; pero no debe confundirse con ella, porque ésta no acon- seja ni manda, sino que investiga y formula las leyes de la actividad libre movida por el amor de nosotros mismos, y sus relaciones naturales con la satisfaccion de las necesidades humanas. La definicion del Sr. Carreras no exagera los límites de la Economía política, confundiéndola con la ciencia social en. toda su integridad y extendién- dola , como han hecho muchos economistas , más allá de lo que consiente el principio generador de sus doctrinas, ni tampoco la empequeñece, limitán- dola al estudio de un hecho tan desigual, contin- gente y variable como la riqueza. La riqueza con- serva nuestra vida, nos da aliento en nuestra pe- nosa carrera, es un medio neCesario de educacion. intelectual y moral, estrecha los vínculos sociales, y contribuye eficazmente al perfeccionamiento hu- mano; pero no es más que un efecto, y la ciencia investiga la raíz de las cosas, examina sus relacio- nes de causalidad y tiene que hacer objeto de su estudio, si no verdades absolutas, lo que tenga al ménos cierto carácter de necesidad y generalidad, supuestas las condiciones del Universo. Para estu- diar la actividad libre, tenemos el punto de partida dentro de nosotros mismos, y podemos seguirla 16- - XXVII - gicamente en la serie ordenada de sus manifesta- ciones; pero si desde la riqueza, hecho complejo y efecto de muchas causas, pretendemos subir á sus primeros orígenes, corremos el riesgo de confundir al hombre con la Naturaleza, y no hallar en la va- riedad la unidad, sin la cual la ciencia es imposi- ble. Hay ademas otro grave inconveniente en ha- cer á la riqueza objeto de la Economía política: ciertos trabajos del espíritu, cuya huella es profun- da en la vida del individuo y de la sociedad, y que tienen todos los caracteres de los actos económicos, quedan en ese caso fuera de la competencia de este estudio, ó hay necesidad de dar á las palabras una significacion que ha levantado no pocas tempesta- des contra los economistas, y que la manera comun de sentir y la autoridad del uso rechazan. Cuando una ciencia no tiene todavía en las inteligencias comunes la respetabilidad que suele dar una larga historia, es un grave obstáculo para su propagacion el que, por cuestiones de forma 6 de palabras, se exciten prevenciones desfavorables, que suelen to- mar el calor de la pasion y se desarraigan difícil- mente del ánimo de los pueblos. No sólo la Economía política se ocupa en el exá- men de la actividad libre del hombre, sino tambien la Moral y el Derecho: de ahí la necesidad de dis- tinguir estas ciencias y estudiar sus relaciones. La actividad libre no se desplega sin un estímulo que ponga en accion al espíritu. El deber y el amor de nosotros mismos son los grandes móviles de nuestra conducta. La ciencia económica no contradice el — XXVIII — primero, pero no trata más que del segundo. Nu- merosos vínculos, sin embargo, la unen con las de- mas partes de la Étic a, y uno de los grandes ade- lantos de la Economía en los últimos años ha sido demostrar que, léjos de pugnar y excluirse las ideas de lo bueno, lo justo y lo útil, se completan mú- tuamente, y que en su realizacion progresiva y ar- mónica consiste el progreso de la humanidad. El Sr. Carreras ha expuesto con admirable claridad los caracteres distintivos de las ciencias que desenvuel- ven estas ideas, y ha demostrado la convergencia á un fin y el acuerdo de todos los elementos de la vida. Fiel á este principio, no le ha olvidado nunca en el curso de su obra, en que explana, aplica y confirma las doctrinas expuestas con tanta lucidez en la Introduccion. J. B. Say y la mayor parte de los economistas han dividido la Economía política en tres partes: produccion, distribucion y consumo. Flórez Estrada añadió la circulacion, Rossi las redujo á las dos pri- meras, y recientemente Giovanni Bruno, prescin- diendo de las antiguas clasificaciones, ha ordenado la doctrina económica con arreglo á un nuevo sis- tema. El Sr. Carreras ha adoptado la division de Flórez Estrada, el más original de los economistas españoles. En el Libro primero, siguiendo á Bastiat, hace el análisis de las necesidades humanas, y demues- tra la influencia recíproca de su continuo desenvol- vimiento y del desarrollo progresivo de nuestras facultades. En esa armonía natural y lógica, con- - XXIX - firmada por la Estadística y la Historia, está indu- dablemente la base del órden económico. Las necesidades humanas se satisfacen por el ejercicio de nuestra actividad; pero la accion del espíritu supone materia sobre que ha de ejercerse é instrumentos para obrar sobre ella. El trabajo es la causa de la produccion, y la naturaleza y el capi- tal son unas veces la materia y otras los instru- mentos. El Sr. Carreras afirma que es necesario el concurso simultáneo de estos elementos para produ- cir, y aunque, como discípulo de Smith , combate la doctrina de los fisiócratas y considera el trabajo como el iniciador de la produccion, no incurre en las exageraciones de Canard y de Flórez Estrada, y defiende el capital contra los absurdos ataques de Proudhon. Siguiendo el órden cronológico en que han debido aparecer las fuerzas productivas, exami- na primero las de la naturaleza y sus relaciones con el trabajo, describe elocuentemente con cuánta variedad y abundancia están distribuidas en el Glo- bo, y rechaza la division de los agentes naturales en apropiables é inapropiables, admitida por la. ma- yor parte de los economistas. Denomina trabajo á la accion voluntaria y re- flexiva de las facultades intelectuales, morales y fí- sicas para satisfacer nuestras necesidades , y cree acertadamente que no hay operacion industrial en que no intervengan la inteligencia, la voluntad y el cuerpo, y que entre los trabajadores hay una je- rarquía natural que se modifica con los adelantos industriales. Expone la clasificacion de las opera- xxx. cionesproductiv as hecha por Rossi, y distingue con Say la teoría, la aplicacion y la ejecucion. Divide la Industria en objetiva y subjetiva, y separándose de la clasificacion comun, subdivide la primera en extractiva, agrícola, de la cria de animales, manu- facturera, locomotiva y mercantil, y la segunda' en industria del sacerdocio, de la educacion, de la en- señanza, artística, del gobierno y sanitaria. Define el capital como Rossi, y cuenta entre sus elementos los indicados por Smith, añadiendo las tierras y las aguas conforme á la doctrina de Carey y de Bastiat. No es posible, dice, que las tierras y las aguas produzcan, si no son convertidas previa- mente en productos y trasformadas en capital, las primeras por la ocupacion, el desmonte y la rotu- racion, y las segundas por la ocupacion y el encau- zamiento. Demuestra la influencia del capital en la produccion, y haciendo un excelente análisis de las ventajas de la maquinaria, reduce á sus verdaderas proporciones los argumentos de Sismondi que, com- batiendo las doctrinas generalmente recibidas en la ciencia, ha dado ocasion á nuevos estudios é impor- tantísimos progresos. Examinados los elementos productivos, el órden , exige que se estudie cómo se combinan en las de- bidas proporciones, para explicar el fenómeno de la produccion. El Sr. Carreras lo hace así, y no olvi- dando nunca el carácter científico de la Economía política, afirma que la proporcion entre estos ele- mentos no es casual y caprichosa, sino natural y necesaria. Ve en esa combinacion el primer carác- - XXXI - ter de la produccion , y el segundo en la division del trabajo, que se funda en la constitucion misma del hombre y del Globo que habita, y en la orga- nizacion natural de la Industria. Fiel á las tradi- ciones de los grandes maestros , prueba la impor- tancia de este hecho económico, y combate victo- riosamente á los pesimistas que desde Lemontey no fijan sus ojos más que en el aspecto malo de las conquistas modernas. Trata despues de la asocia- cion: la division del trabajo y la asociacion son en efecto dos hechos gemelos , que se desenvuelven paralelamente y que, aunque distintos, forman dos faces de un solo hecho, y contribuyen con igual eficacia á realizar la produccion, así como la aná- lisis y la síntesis por diversas vias concurren á la unidad del conocimiento humano. El Sr. Carreras ha expuesto con notable acierto las diferentes for- mas de la asociacion, distinguiendo la coopera cion de la asociacion propiamente dicha , y las empre- sas de las sociedades. Hace ademas atinadas obser- vaciones sobre las varias clases en que éstas se di- viden, y muy especialmente sobre las de operarios y seguros. No hay accion eficaz sin resultado, ni produc- cion sin producto. La produccion, segun el Sr. Car- reras, es la apropiacion de los agentes naturales, 6 sea la accion de ponerlos en condiciones de satis- facer las necesidades humanas. Rechazando las va- rias opiniones de los economistas sobre la natura- leza del valor, le hace consistir en el estado de apro- piacion de . un agente natural, y cree, con Ricardo, xxxii — F16rez Estrada y Proudhon, que todo vale lo que cuesta (1). Defiende con vigor y gran copia de ra- zones la antigua doctrina de J. B. Say sobre los productos inmateriales. Cree con razon que sin un sobrante ó beneficio despues de cubiertos los gastos de produccion, no puede haber aumento de riqueza, y consecuente con la idea generadora de la teoría económica, sostiene que este beneficio se acrecienta con los adelantos científicos, la civilizacion y el progreso. Define la riqueza el conjunto de produc- tos que tienen utilidad y valor, tanto materiales como inmateriales, y resuelve fácilmente, desenvol- viendo y rectificando la doctrina de Bastiat, un pro- blema que pareció dificultad gravísima á J. B. Say y contradiccion insoluble á Proudhon. Las ideas de valor y utilidad no son antitéticas ni se excluyen mutuamente; pero el bienestar de los pueblos crece con el concurso gratuito cada vez mayor de la Na- turaleza, y con la disminucion progresiva de los es- fuerzos humanos para satisfacer las mismas 6 ma- yor número de necesidades. Con el mismo órden en que se suceden en el primer libro de esta obra á la idea de la necesidad la de los medios de satisfacerla y al examen de la causalidad de los elementos productivos el de los resultados 6 productos, se suceden en el segundo los principios regulado r es del fenómeno complejo (1) Esta doctrina ha sido modificada por el autor de la manera que puede verse en el Cap. VII, Párrafo 1 del Lib. 1. - XXXIII - de la distribucion (1). Verifícase ésta entre los pro- ductores , bien lo sean con su trabajo 6 su capi- tal, 6 ambos reunidos, y la parte de cada uno es, segun las leyes naturales del mundo económico, ni más ni ménos de lo que debe ser, porque es propor- cional á la parte que ha tenido el partícipe en la formacion del producto, 6 10 que es lo mismo, á los servicios que ha hecho á la Humanidad. La verda- dera recompensa de los productores consiste en el beneficio que obtienen despues de cubiertos los gas- tos de produccion, y se halla en razon directa de aquél é inversa de éstos. La parte relativa del capi- talista y trabajador guarda proporcion con los gas- tos 6 esfuerzos de cada uno, y si se disminuyen los del capital, 6 del trabajo, 6 de ambos, se aumentan á la vez las utilidades de uno y otro. El capital y el trabajo, dice el Sr. Carreras, son solidarios, y no puede defenderse con Bastiat que «á medida que crecen los capitales, la parte absoluta de los capi- talistas en el producto total se aumenta, y se dis- minuye la relativa; miéntras la de los trabajadores se aumenta en ambos sentidos.» Las retribuciones, sean fijas 6 eventuales, están regidas por los mismos principios. Las quejas ele- vadas contra el salario son tan injustas como frívo- las: la retribucion del trabajo no puede ménos de (1) En la presente edicion se ha alterado este órden, co- locándose ántes de la Teoría de la distribucion la de la eircu- laeion. — m ' y — ser proporcional á su parlcipacion en la produc- cion, bien bajo la forma de salario, que es la más segura y mejor, bien bajo la de dividendo, expuesto á las contingencias de las empresas , y percibido sólo cuando hay ganancias y despues de realizadas. Esta retribucion debe comprender los gastos de ma nutencion y renovacion de los trabajadores y el be- neficio correspondiente, deduciendo, si toma la for- ma de salario, la prima del seguro y el premio del anticipo. Los gastos del trabajo, que variara segun las facultades puestas en ejercicio, la intensidad del esfuerzo, los riesgos y el tiempo empleado en la produccion , se disminuyen con el progreso de la industria, y es por consiguiente cada vez mayor el beneficio de los trabajadores. La opinion opuesta de Molinari se funda en el error de estimar los gas- tos absolutamente y no en relacion con las utilida- des. Las mismas leyes regulan la retribucion del capitalista , la cual se compone de la indemniza- cion de los gastos de conservacion y reparacion, de un beneficio que crece progresivamente , segun van disminuyéndose los gastos por el influjo de los descubrimientos industriales y de la accion más eficaz de la inteligencia. Pero ¿es legítimo el inte- res del capital, especialmente si consiste en dine- ro ó cosas fungibles? Esta cuestion , que se resol- vió negativamente durante muchos siglos , y que hoy se resuelve conforme á las leyes de la ciencia por el buen sentido de los pueblos, se ha resuci- tado por el socialismo en los últimos tiempos. El Sr. Carreras, para hacer evidente la verdadera so- xxxv lucion, ha puesto al lado de las frívolas argumen- taciones de Proudhon las respuestas vigorosas de Bastiat. La produccion y la distribucion no constituyen el órden económico de las sociedades : se necesita tambien la circulacion. Es preciso que una serie indefinida de cambios haga posible una extensa di- vision del trabajo, y que todos trabajen para todos. El cambio y la prosperidad social son dos hechos que, influyendo uno en otro, se desarrollan simultá- neamente. El Sr. Carreras enumera en el Libro ter- cero las condiciones necesarias del cambio , segun Skarbeck , y las causas de su actividad. Explica la fórmula de la oferta y la demanda, y transcribe de Molinari un resúmen de la teoría de las salidas de J. B. Say. Trata de los instrumentos de los cambios y de la conveniencia de uniformarlos, de las ferias y mercados, de las bolsas de comercio, de los docks y de las exposiciones industriales, y defiende á los revendedores y especuladores contra las preocupa- ciones del vulgo. Estima las cosas por su valor y utilidad, que son el fundamento del sacrificio del adquirente, y define el precio, la relacion entre dos productos cambiados. Expone ordenada y metódica- mente las leyes reguladoras de los precios, admitidas generalmente por los economistas, y prueba que no hay antagonismo entre productores y consumidores, y que uno de los mayores progresos sociales es la baratura producida por la competencia. Aplica•des- pues las leyes generales al precio del alquiler, so- metido á las mismas influencias que los demas, y XXXVI — consecuente con la opinion defendida al hablar del capital, impugna las teorías de los fisiócratas, de Smith, de Ricardo, de Rossi, de Rau y de H. Passy sobre la renta de la tierra, y sostiene la de Carey y Bastiat. Demuestra que no es progresivo el encare- cimiento de los productos de la tierra, y que por la limitacion de ésta no está la Humanidad condenada fatalmente á un malestar cada vez mayor. La rela- cion entre la oferta y la demanda regula, como el de las ciernas cosas, el precio corriente de los salarios, que tiende á identificarse con el natural, ó lo que es lo mismo, con los gastos de produccion , más el be- neficio correspondiente. La oferta del trabajo está representada por la población , y la demanda por el capital. Con este motivo combate el autor de esta obra el sistema de Malthus, y afirma que si con frecuencia la poblacion ha excedido y excede los límites de las subsistencias , no por eso pesa sobre el género humano una maldícion que le condene á perpetuo empeoramiento , porque la capacidad in- dustrial del hombre crece progresivamente, al paso que se debilita su fuerza prolífica. Presenta despues con notable lucidez la teoría de la moneda, y á con- tinuacion la del crédito, siguiendo generalmente á Coquelin. En la exposicion de ésta es digna de aten- cion y elogio su manera original de presentar las diversas formas que los documentos ó títulos de cré- dito han tomado sucesivamente en el curso de la Historia, desde el recibo sencillo hasta, el billete de banco. La última parte de esta obra tiene por objeto el - XXXVII - consumo. Si el hombre sacude su pereza, y hace penosos esfuerzos para dar valor á las cosas, es con el propósito final de satisfacer sus necesidades. Sin el consumo la produccion no tiene razon de sér, porque, aunque es verdad que ademas del personal hay otro industrial en que se destruyen valores para reproducir, ó lo que es lo mismo, para reinte- grar con aumento lo gastado, siempre hay en últi- mo término una necesidad que debe satisfacerse con el producto del trabajo. El consumidor, dice muy bien el Sr. Carreras, es todo el pueblo, y sus gustos y aficiones deciden de la naturaleza y cualidades de los productos. El consumidor es por consiguien- te responsable de los extravíos de la produccion; lo será si prefiere lo frívolo á lo verdaderamente útil, ó lo que deteriora su organismo, oscurece su inteligencia ó degrada su carácter, á lo que le da fuerza, ciencia ó dignidad. El consumo, sea indus- trial ó personal, debe reunir ciertas condiciones, sin las cuales la produccion se estaciona ó decrece, los valores se destruyen estérilmente, y el individuo ó el Estado dificultan sus propios adelantos y el progreso de la sociedad. El consumo no es ni puede ser una cantidad invariable que encierre la produc- cion en un círculo de hierro. Estos dos hechos son igualmente elásticos, influye el uno en la, reduccion y extension del otro, y se aumentan ó disminuyen simultánea y sucesivamente. Algunas veces suele romperse el equilibrio entre la oferta y la demanda:, y entónces sobrevienen las crísis, procedentes unas del movimiento progresivo de la Industria y produ- xxxvm cides otras por causas extraordinarias, más 6 ménos violentas y pasajeras. El consumo puede ser insuficiente ó excesivo. El avaro que entierra su capital , ó que olvida el deber de promover el mejoramiento propio y el de sus hijos, se priva á sí mismo y priva á la sociedad de los medios de reproducir que acumula la accion permanente de las fuerzas productivas; pero es to- davía peor el pródigo que disipa en una noche de insomnio el trabajo de várias generaciones. La cues- tion del lujo, dice acertadamente el Sr. Carreras, es con frecuencia una verdadera cuestion de pala- bras; pero no debe condenarse la extension progre- siva de los gastos personales, cuando guardan pro- porcion con la fortuna del que los hace y las nece- sidades satisfechas son racionales y legítimas. Sin el ahorro no puede crecer la produccion ni exten- derse los consumos: las instituciones que le facili- tan son de un gran interes individual y social, y su exámen debe ocupar un lugar importante en las obras de Economía política. Los consumos públicos son productivos é impro- ductivos, como los privados, deben tener condiciones seme j antes y se rigen por leyes análogas. Crecen como han crecido los de los particulares, porque el aumento de la riqueza hace mayores las exigencias de la vida individual y social; pero desgraciada- mente se han acrecentado y se acrecientan en la mayor parte de las naciones más de lo que consien- te su fortuna , tanto por los dispendios de guerras imprudentes ó inicuas, como por la extension absur- - XXXIX - da de las atribuciones del Estado. La contribucion y el empréstito son los dos medios principales de levantar las cargas públicas ; el Sr. Carreras los examina detenidamente , y da á la cuestion de su importancia recíproca la solucion más juiciosa y práctica. Cree que la suma imponible se determina por las necesidades de los pueblos y no por sus re- cursos, y que la contribucion es una prima pagada al Estado como gerente de una sociedad de seguros mutuos. Como en ella se aseguran personas y cosas, la contribucion será personal y real; aquélla igual para todos, y ésta proporcional al valor de los bienes asegurados. Deberá ser proporcional, no progresiva; una, no múltiple, y regularse por el capital, no por la renta. La teoría del crédito público está expuesta en esta obra de una manera sencilla, fácil y accesi- ble á las inteligencias más humildes. El Sr. Carreras ha hecho un verdadero servicio á la Economía política española con la publicacion de su libro. Claro, metódico y lleno de abundante y sana doctrina, tiene las principales condiciones de las obras didácticas, y será estudiado con fruto por los alumnos, y áun consultado por los maestros en muchos puntos importantes. Se emplean en él al- ternativamente la análisis y la síntesis, y la obser- vacion minuciosa y detenida de los hechos da luz á los principios generadores de la teoría. Las ver- dades económicas están encadenadas con severo ri- gor científico, y el lector camina siempre con paso seguro de lo conocido á lo desconocido. La clari- dad, que es la primera de las cualidades de las pu- XL blicaciones destinadas á la enseñanza, se sacrifica frecuentemente en ellas á deseos pretenciosos tan vanos como ridículos: el Sr. Carreras, por el contra- rio, todo lo sacrifica á la claridad, y prefiere desleir quizá con exceso un pensamiento á dejarle incom- pleto ú oscuro. Merece por ello el más sincero elo- gio; porque son preferibles á las alturas inaccesibles al telescopio y á los abismos cuyo fondo no descu- bre la vista del águila, las aguas cristalinas que fe- cundan los campos y apagan la sed del viajero. SANTIAGO DIEGO MADRAZO. IYTRODUCION AL ESTUDIO DE LA ECOI\ °MÍA POLÍTICA. INTRJDUCCIn AL ESTUDIO DE LA_ ECONOMÍA POLÍTICA. Nociones preliminares. Se da el nombre de Ciencia á un conjunto sistemá- tico de conocimientos. La Ciencia, en absoluto, e el sistema completo de los conocimientos humanos. Por sistema se entiende un todo, cuyas partes no están sólo yuxtapuestas, sino orgánicamente ligadas entre si, y cada una de ellas con el todo. Conocimiento se llama á un juicio formado, comple- to y definitivamente adquirido por nuestra inteligen- cia. Cuando este juicio es primitivo, elemental, todavía oscuro é imperfecto, toma el nombre de nocion. Juzgar es percibir y afirmar una relacion entre dos términos, llamados ideas . El resultado de esta opera- cion intelectual se denomina juicio. En todo conocimiento hay un sujeto y un objeto. ,E1 sujeto conoce; el ()Meto es la cosa conocida. Las condiciones de la Ciencia son de dos clases: unas relativas á la forma, otras al fondo. Las primeras consisten en la unidad, la variedad y la armonía. — 4 — La unidad se espresa comunmente en la idea del principio de la Ciencia, entendiéndose por principio lo que es primero, lo que sirve de razon y fundamento á todo lo demas, aquello por lo cual todo debe ser cono- cido y demostrado. La variedad supone un contenido múltiple, diversas partes que pueden reunirse en un todo: de lo contrario, el principio sería una verdad vacía y sin fondo, no sería principio de nada. La armonía expresa la variedad en la unidad—unir sin confundir y distinguir sin separar—é implica la po- sibilidad de la duizostracion. Demostrar es referir una verdad á otra superior, en la cual está contenida, y todo en la Ciencia puede ser demostrado, ménos el principio mismo que le sirve de base, porque no hay nada que sea superior á él, porque no está contenido en nada. Las condiciones de la Ciencia relativas al fondo son las siguientes: 1. a Que el conocimiento sea verdadero; 2.' Que el conocimiento sea cierto. Se llama verdadero al conocimiento cuando hay con- formidad entre el sujeto y el objeto, es decir, cuando la cosa conocida es efectivamente tal y como la cono- cemos. Se llama cierto al conocimiento cuando tenemos la conciencia de su verdad, cuando sabemos que es verda- dero, no sólo para nosotros, sino tambien para todo sér razonable. La Ciencia puede considerarse bajo el doble punto de vista del objeto y del sujeto. Considerada bajo el punto de vista del sujeto, la Ciencia se divide de este modo: 1.° Parte analítica 6 análisis, trabajo intelectual por el que nos conocemos primero á nosotros mismos, conocernos despues los seres finitos ó limitados que nos rodean, nos damos cuenta de este conocimiento en el ___. 5 fondo de nuestra conciencia y nos remontamos por fin del yo al principio, del efecto á la causa, de lo relativo á lo absoluto, de lo finito á lo infinito. 2.° Parte sintética ó síntesis, trabajo intelectual por el cual descendemos de la unidad á la variedad, de la causa al efecto, de lo general á lo particular, de lo infinito á lo finito. Considerada bajo el punto de vista del objeto, la Cien- cia se divide en tantas ramas cuantos son los órdenes principales de seres ó los objetos que hay en el Uni- verso. El Universo se compone del E spíritu , conjunto de seres inmateriales; la Naturaleza, conjunto de seres físicos ó corporales, y la _Humanidad, conjunto de todos los hombres, en el cual viven en union íntima y perfec- ta la Naturaleza y el Espíritu , siendo el hombre un micro-cosmos, un universo, un inundo en pequeRo. Ademas , sobre el Universo está Dios, el Ser Su- premo, causa y razon superior del Espíritu, la Natura- leza y la Humanidad. Por manera que la Ciencia, segun su objeto, puede dividirse en cuatro partes ó ciencias particulares, re- unidas en un solo todo, siendo la Ciencia entera la Cien- cia del S'e'r, ó sea la Ciencia de Dios, uno, infinito y ab- soluto. He aquí esas partes: L a Ciencia del Espíritu. 2." Ciencia de la Naturaleza. 3.' Ciencia de la Humanidad. 4.' Ciencia de Dios, como Sér Supremo. Cada ciencia particular tiene su principio; pero nin- guna de ellas le demuestra, dejando esta tarea á la ciencia superior de que se deriva. Hay todavía otra division de la Ciencia, en-la cual sé atiende sólo al origen de nuestros conocimientos. Tenemos, en efecto, un conocimiento sensible ó ex- perimental, que adquirimos por los sentidos, ó sea por — 6 la experiencia , y comprende todo lo que es finito, in- divíd.ual y determinado en sus relaciones, como los los accidentes que se experi- hechos, los fenómenos, mentan en el tiempo y en la vida, ya sean internos ó extern os. Tenemos tambien un conocimiento supra-sensible racional, quP, adquirimos independientemente de la ex- periencia y que comprende las ideas generales de lo bueno, lo justo, lo bello, lo infinito, lo absoluto, lo uno, lo necesario, las cuales no pueden ser figuradas ó repre- sentadas con el carácter de la universalidad, ni en la esfera de la irnaginacion, ni en los órganos corporales, sino que nacen en la misma razon. Por último, estas dos especies de conocimientos se combinan en el conocimiento armónico ó aplicado de lo eterno y lo temporal, de lo racional y lo sensible. Por consiguiente, la Ciencia entera se divide en tres ciencias particulares, segun el origen de nuestros co- nocimientos. L a Ciencia de los conocimientos sensibles ó experi- mentales: Historia. 2. a Ciencia de los conocimientos supra-sensibles 6- racionales: Filosofía. 3. a Ciencia de los conocimientos armónicos ó apli- cados: Filosofía de la Historia. Dejemos á un lado la primera y la última, porque no conducen á nuestro objeto, y limitémonos á-exami- nar la segunda, ó sea la Filosofía. Se llama Filosofía á, la ciencia de los principios, de la esencia eterna de las cosas. La Filosofía admite las mismas divisiones que la Ciencia en _absoluto. Así, segun su objeto, se divide en las partes siguientes: L a Filosofía de Dios ó del Ser Supremo, llamada tambien Filosofía primera, Teología racional, Teogno- sia, Ontología ó Metafísica. ____ 7 2. a Filosofía del Espíritu, denominada Neumatolo- gia ó _Psicología. 3.' Filosofía de la Naturaleza, de la cual forman parte las Matemáticas, que son la ciencia de la cantidad en sus relaciones con el tiempo, el espacio y el movi- miento. 4.' Filosofía de la Humanidad, ó sea Antropología general. Estas tres últimas ciencias constituyen la Cosmolo- gía, que considera en conjunto el Espíritu, la Natura- leza y la Humanidad. El Espíritu puede ser pensamiento, sentimiento y voluntad. Por consiguiente, la Filosofía del Espíritu, ó sea la Psicología, se subdivide en las tres ciencias si- guientes: L a Filosofía del pensamiento: Lógica. 2.' Filosofía del sentimiento: Estética. 3. a Filosofía de la voluntad: É tica. De esta última rama de la Filosofía nacen tres cien- cias, que son, enumeradas por su órden jerárquico, la Moral, el Derecho y la Economía política. En la Ética, pues, en la Psicología y en la Metafí- sica es donde debemos buscar—y así vamos á hacerlo— las raíces de la ciencia económica. II Principios fundamentales de la ciencia económica. Hay en la vida de todo sér finito algo que debe al- canzar, á que ha de llegar necesariamente: este algo, este término de todos sus actos en la serie sucesiva del tiempo, es lo que se llama su destino. El hombre, como los demos seres finitos, tiene, pues, un destino, un fin, una mision que cumplir durante su vida: el destino del hombre es realizar el bien. El bien consiste en el desarrollo completo y armó- nico de la naturaleza humana . Crecer, desarrollarse, hacer brotar todos los bellos gérmenes que Dios ha de- positado en nuestro espíritu como en nuestro cuerpo, tal es el bien uno y entero del hombre. El mal, por el contrario, consiste en la negocian del bien. Se llama malo todo acto de la vida, todo hecho contrario á nuestro sér, ó que esté en oposicion con su esencia. Así el error es un mal, porque se opone á la naturaleza humana, que busca y ama la verdad. De la misma manera, el odio, la envidia, el dolor, son males, porque se hallan en oposicion con las propiedades esen- ciales del hombre. Confundiendo la causa con el efecto, por una figura retórica muy conocida, se da igualmente el nombre de bien y de bienes á todo lo que puede producir el bien ó ____ 9 ___ contribuir al desarrollo de la naturaleza humana; así como se califica de mal y de males á todo cuanto se opone á ese desarrollo, dando lugar al mal. El bien del hombre comprende dos partes princi- pales: 1. a El desarrollo de la naturaleza humana en el conjunto de sus relaciones. 2. a El desarrollo de la naturaleza humana en si. misma. Esta última parte del bien se llama bien, individual, bieneslav perfeccionamiento. El hombre es pofectible. La perfectibilidad supone el p a ogreso. La humani- dad va acercándose gradualmente (1) á la perfeccion absoluta, sin llegar á alcanzarla nunca, porque enton- ces dejaría de ser imperfecta, cambiaría radicamente de esencia, lo cual es imposible. Ningun individuo se basta á sí mismo para perfec- cionarse: necesita, para ello el concurso de la especie, el auxilio de sus semejantes. La sociedad constituye el es- tado natural de la especie humana: el hombre es un sér naturalmente sociable. Por lo ciernas, el cumplimiento de todo bien, y por lo tanto el perfeccionamiento, compete á la voluntad individual. Se llama así la propiedad del espíritu en virtud de la cual queremos ó nos determinamos á una cosa. La voluntad humana se determina á si misma, es espont(nea. Pero puede determinarse á hacer ó no ha- cer: en el primer caso es activa , en el segundo pa- siva. Hab- , cierta parte del bien individual, aunque peque- ría, que la voluntad obtiene en el estado de pasividad ó inercia. Así el hombre recibe durante el dia. la impre- 11) Prooredior, iris, (Iress p s 511711, caminar per — 10 — el calórico, necesarios á su desarrollo sion de la luz y físico, sin más que exponerse á la accion de los rayos solares, y aspira el aire indispensable para la vida con sólo permanecer en un espacio ocupado por la atmós- fera. Pero ni el bien individual ni .el bien uno y entero pueden obtenerse en toda su extension, sin que la vo- luntad humana obre ó sea activa. Ahora, al obrar la voluntad, puede escoger entre el bien y el mal, porque está dotada de libertad ó libre. albedrío. El hombre es naturalmente libre. Si. la voluntad se niega á obrar ú obra mal, no re- coge más que sufrimientos y privaciones; viceversa, si obra bien , obtiene en. cambio goces y placeres. Esta sancion de la libertad, que concede el premio á los es- fuerzos bien dirigidos y el castigo á la inercia y al des- órden, se llama responsabilidad. El hombre es respon- sable de sus acciones. Los resultados, buenos ó malos, de la actividad hu- mana no se limitan , sin embargo , al individuo ; sino que, en virtud de los lazos naturales que le ligan con sus semejantes, se extienden á toda la humanidad, y por eso los vicios como las virtudes de los padres recaen sobre los hijos, la riqueza ó la miseria de los unos fa- vorece ó perjudica á los otros, no habiendo accion al- guna individual que sea indiferente para la especie. Esta ley moral, formulada por el Cristianismo en el dogma del pecado original, se llama ley de solidaridad ó responsabilidad colectiva. Hay más: la voluntad se determina á obrar por algo que la estimula ó solicita. Este estimulante, esta condi- ,  ' cion de la actividad libre del espíritu, se llama motivo. Hay dos especies de motivos: sensible y racional. El motivo sensible se manifiesta en dos grados: como sen- sacion del momento, hija de la sensibilidad pura, y co rho generalizacion de la naturaleza sensible, debida á — 1 1 — la reflexion. En el primer caso se llama placer, en el segundo interes personal. El hombre es un sér intere- sado en su perfeccionamiento. El interes personal no consiste sólo en la aspiracion á los goces materiales; á veces se dirige principalmen- te á la posesion del poder, de la gloria, del renombre, y personas hay bajo este punto de vista muy interesa- das, mientras que por otra parte desprecian el oro y se muestran indiferentes á todos los apetitos sensuales. Tampoco debe confundirse el interes personal con el egoísmo: aquél busca el bien propio, sin lastimar por eso el ajeno; éste lo sacrifica todo á la conveniencia in- dividual. El predominio del placer caracteriza el estado ínfi- mo del desarrollo del hombre: el interes personal cons- tituye un móvil más elevado, aunque no el único ni el más noble; las acciones virtuosas son precisamente las desinteresadas. Mas no por eso el interes deja de tener en la activi- dad humana una influencia tan incontestable como le- gítima; puesto que procede del instinto de conserva- clon, el cual nos es comun con los demas animales, y en el hombre se reviste de un carácter superior, que le presta la inteligencia. Hemos visto que la voluntad, siendo libre, puede obrar de una manera contraria á la naturaleza. huma- na; mas no por eso se crea que puede colocarse fuera de su esencia. Al hombre, como á todo sér, le es imposible faltar á sus condiciones esenciales. Todo cambia ó se modifica con el tiempo; pero la esencia y las propieda- des de los seres permanecen inalterables. Hay, pues, en el tiempo y en la, vida algo que no pasa, que domina todos nuestros actos, quiérase ó no; es decir, alguna cosa fija y necesaria que se llama ley. La ley, ó sea la expresion de lo que es necesario y permanente en la vida, indica que la voluntad, aunque — 12 libre, se mantiene siempre en cierta esfera, en los lími- tes de la esencia ó de la naturaleza de las cosas. La actividad tiene, pues, sus leyes naturales, fun- dadas en la esencia del hombre, á diferencia de las le- yes positivas, que pueden estar en oposicion con dicha esencia. Las leyes de la actividad, llamadas espirituales por- que conciernen al espíritu, son necesarias en su prin- cipio , pero no en su ejecucion , lo cual las distingue de las leyes físicas, que se cumplen fatalmente y cuya infraccion es de todo punto imposible. Esta necesidad de las leyes espirituales no se opone en manera alguna al libre albedrío, porque toda liber- tad se desarrolla sobre la base de la esencia, de la cual no puede apartarse. Por último, las leyes de la actividad son permanen- tes, inmutables y eternas; no cambian segun los tiem- pos, los lugares y las circunstancias; sólo que, en vir- tud de la libertad del hombre, pueden ser sentidas y practicadas de diversos modos. Ahora bien: estas leyes de la actividad son las que estudia, bajo cierto punto de vista, la Econ,onda po- lítica. III Definicion de la ciencia económica. La palabra Economía se deriva de las dos griegas oicos,.casa, y nonos, ley, ó sea hemos, yo administro. La voz política, .con que se adjetiva esta ciencia, procede tambien de la griega polis, que significa ciu- dad ó conjunto de ciudadanos. Por manera que Economía política, en su sentido etimológico, quiere decir pura y simplemente «ley ó ar- reglo interior de la casa política», esto es, de la ciudad ó del Estado, porque entre los Griegos y los Roma- nos, la nacion, el Estado, no era más que una ciudad. Ahora bien: ¿expresa con exactitud el nombre de la ciencia económica su objeto y su contenido? De ningu- na manera. Oiconón2,icos pudo llamarse y se llamó, en erecto, un libro atribuido á Aristóteles; Económicos ó Económica se denominó tambien con mucha propiedad otro libro de Xenofonte. Estos filósofos entendian por 07 - CO2Z0711ía la administracion moral y material de la casa, es decir, la economía doméstica, tal como ahora la entendemos, más la educacion de la familia. Pero la ciencia económica ha tomado despues otro rumbo, y si ha conservado su antigua denomínacion, — 14 -- aumentada con el adjetivo política, es porque ha veni- do á sancionarla, á falta de otra mejor, el uso. Hoy la Economia política no estudia la administra- cion de la casa pública ó del Estado. Este es el objeto del _Derecho administrativo, y no hay que confundir dos ciencias esencialmente distintas, por más que ten- gan algun punto de contacto. ¿De qué trata, pues, la Economía política? Muchas definiciones se han dado de ella, pero nin- guna satisfactoria, y esta es la hora en que los econo- mistas más distinguidos se lamentan de que todavía no se ha definido la ciencia. Tienen razon, á nuestro modo de ver; y para con- vencerle de ello, no hay más que examinar las princi- pales de esas definiciones, siquiera sea rápidamente. Todas pueden dividirse en tres grupos. _Primer grupo. Compuesto de las definiciones que dan á la ciencia un carácter especialmente político ó gu- bernamental, entre las cuales citarémos las de A.. Smith y Sismondi. Sismondi dice que «el bienestar físico del hombre, en cuanto puede ser la obra de su gobierno, constituye el objeto de la Economía política (1)». Por manera (lúe la ciencia económica no es para nuestro autor más que una rama del arte de gobernar, y todos los actos eco- nómicos deben ser dirigidos ó al ménos intervenidos por los gobiernos. iMedrados estarian los intereses in- dividuales con semejante sistema! Segun A. Smith, la Economía política, considerada como una rama de la ciencia de un hombre de Estado ó de un legislador, se propone dos objetos distintos: 1.° Proporcionar al pueblo una buena renta, ó sea una subsistencia abundante, ó por mejor decir, ponerle en situacion ,de proporcionársela á sí mismo; 2.° Proveer al (1) Nuevos principios de Economía política. — 15 Estado ó la comunidad de otra renta suficiente para el sosten de las- cargas públicas. En una palabra, se pro- pone enriquecer al mismo tiempo al pueblo y al sobe- rano -(1).» Esta definicion peca por el mismo defecto que la de . Sismondi y es ignalmente inadmisible. Segundo grupo. Compuesto de las definiciones que asignan á la Economía política por objeto la riqueza. Citarémos entré ellas las de J. B. Sa.Y, Flórez Estrada, Rossi y Storch. Say coloca al frente de su Tratado, y como título del mismo, su definicion principal de la ciencia: «Tra- tado de Economía política, ó simple exposicion de la manera como se forman, se distribuyen y consumen las riquezas.» Esta fórmula es, sin duda, superior á las de Smith y Sismondi; pero ¿reune todas las condiciones de la lógica? No lo creemos. En primer lugar, no da la idea de una ciencia sino de un arte, diciendo la manera como se forman, etc., lo cual indica una serie de preceptos ó de reglas y no un conjunto de principios, que es en lo que consiste la. ciencia. En segundo, entra en ella la. nocion de riqueza., nocion desconocida para el que es ajeno á la Economía y que precisamente está encar- gada de dar la Economía misma. Por último, parece encerrar al economista en el estudio de los hechos ma- teriales relativos á la produccion, distribucion y con- sumo de la. riqueza, siendo así que su campo de obser- vacion es más vasto. La definicion de Flórez Estrada se parece mucho á la de Say. «La Economía política, dice, es la ciencia que investiga las leyes por las que -se regulan la pro- duccion, la distribucion, los cambios y el consumo de la riqueza (2).» Si se exceptúa, pues, el carácter científico (1) Investigaciones sobre las causas de la riqueza de las naciones, Lib. IV, Introduccion. (2) Curso de Economía política, Tomo 1, Cap. 1, — 16 -- que aqui se da á la Economía, pueden dirigirse á esta fórmula las mismas objeciones que á la anterior. En cuanto á Rossi, despues de haber discutido y des- echado una tras otra las definiciones de sus predeceso- res, no da, por su parte, rigurosamente hablando, nin- guna. Se limita á decir que hay cierto órden de fenóme- nos, relativos á la riqueza, que no pueden confundirse con los de ningun otro órden, y que éstos son precisa- mente los que la ciencia económica debe estudiar. La Economía política es, pues, á sus ojos, y así lo dice en algun pasaje de su obra, pura y simplemente la «cien- cia de la riqueza (1)». Pero, aun admitiendo esta frase como una definicion, podria preguntársele á Rossi:—¿Y qué es riqueza? ¿De qué modo estudia la riqueza la Economía política? ¿La considera corno objeto ó como fin? Decir la «ciencia de la riqueza» no es decir nada. Más claro y más filosófico se muestra Mr. Storch, afirmando que la «Economía política es la ciencia de las leyes naturales que determinan la prosperidad de las naciones, es decir, su riqueza y su civilizacion (2)». Esta definicion da al menos la idea de una ciencia, pero es todavía muy imperfecta. Las leyes naturales que de- terminan la prosperidad de las naciones son, en efecto, muy complejz1s, y por otra parte, la palabra civiliza- cion, comprende cosas en que el economista, como tal, no tiene para qué ocuparse. Te2'cer grupo. Se compone de las definiciones que asignan á la Economía política por objeto el trabajo, entre las cuales rnencionarérnos las de Coquelin y Car- ballo. Coquelin dice que es la «ciencia de las leyes del mundo industrial (3)», y Carballo airad que es «la filo- (.1) Curso de 1836-1837, Leecion II. (2) Curso de Economí:z política, Parte T. (3) Diccionario (le la Economía política, Art. Economía. — 17 — sofia del trabajo en la variedad infinita de sus aplica- ciones (1)». Mas, para comprender estas definiciones, sería preciso que sus autores empezasen por decirnos qué significan las palabras mundo industrial y traba- jo, cuyo sentido verdadero sólo conoce el que ya está iniciado en los secretos de la ciencia económica. Por otra parte, al afirmar que la Economía política estudia el mundo industrial y el trabajo, pudiera creerse que lo hace investigando sus procedimientos , lo cual no. es exacto, como á renglon seguido tienen que añadir, para evitar toda confusion, los que atribuyen á la cien- cia, aquel objeto. El estudio de los procedimientos de la industria pertenece, en efecto, á las artes técnicas y no á la Economía política. . Fuera de los tres grupos de definiciones, ya dichas, hay algunas otras que no pueden incluirse en ninguno de ellos y de las cuales no es lícito prescindir, siquiera sea por la celebridad de sus autores: tales son las de Molinari, Bastiat y Figuerola. El primero, queriendo describir, más bien que defi- nir, la Economia política, concluye diciendo que es «la descripcion del mecanismo de la sociedad, ó en dos pa- labras, una anatomía y una fisiología sociales (2)». Pero esto es dar á la ciencia económica una latitud que no tiene, comprendiendo en su campo todas las ciencias morales y políticas y principalmente la nueva cienciff social, desprendida hace poco del árbol de los conoci- mientos humanos, y que, por decirlo así, está todavía en gérmen. Más aceptable que la de Molinari encontramos la definicion del Sr. Fignerola. Este distinguido econo- mista dice en un bello artículo, publicado en una re- vista científica, que la Economía, política es «la ciencia (1) Curso de Economia pollt ; ca, Tomo 1, Leccion III. (2) Curso de Economía política, Leccion 1. .-- 18 — de las leyes que presiden á las relaciones del hombre y de la humanidad para procurarse los medios de exis- tencia con el menor esfuerzo posible (1)». Hay en esta fórmula claridad, sencillez, y lo que es más, un atisbo feliz en cuanto al objeto y el fin de la ciencia; pero to- davía la encontramos incompleta. En primer lugar, las relaciones del hombre y de la humanidad para propor- cionarse los medios de existencia no constituyen toda la Economía política: esta ciencia estudia tambien otros fenómenos, como los de la produccion y el consumo, que son principalmente individuales, ó en los que no necesita el individuo mantener relaciones sino con la materia, ó por mejor decir, con la Naturaleza en gene- ral. En segundo lugar, la frase medios de existencia no indica suficientemente el fin de la Economía política: los medios de existencia se refieren, cuando más, á la parte física del hombre, y la aspiracion única á poseer- los daría á la ciencia el carácter materialista que equi• vocadamente le atribuyen muchos. Por último, tampo - co es rigurosamente exacto que la Economía política se proponga proporcionarnos los medios de existencia con el menor esfuerzo posible : el progreso económico no consiste sólo en disminuir el esfuerzo permaneciendo igual la suma de nuestras satisfacciones, sino tambien en aumentar esta suma permaneciendo iguales nues- tros esfuerzos. Hé aquí ahora la definicion de Bastiat. «Forma, dice, el dominio de la Economía, política todo esfuerzo capaz de satisfacer, á condicion de reciprocidad, las ne• cesidades de una persona distinta del que le ha hecho, y por consiguiente las necesidades relativas á esta cla- se de esfuerzos (2).» Pero, como observa muy bien el (1) Gaceta econa miskL—Octubre . de 1861.— Filosbría del trabajo. (2) Armonías económicas, Cap. II. — 19 — Sr. Figneroia (1), aquí la idea de esfuerzo está subor- dinada á la de reciprocidad que, si bien es un aspecto importante del mundo económico , no le comprende todo. Esta definicion excluye ademas el trabajo perso- nal en la parte que satisface necesidades persruales del que le ha realizado, sin miras de reciprocidad. Flaquea, por consiguiente, por su base, y el mismo Bastiat lo de- muestra, demostrando en otra parte que la evolucion económica, reducida á sus más sencillos términos, se realizada en un solo hombre, en un individuo aislado; Robi2ison. Podemos concluir aquí nuestra revista. Ella basta para conocer cuán léjos está todavía de haberse fijado el campo de observacion de la ciencia económica y la fór- mula general que la abraza. Permítasenos, pues, á nos- otros, aunque humildes y sin autoridad alguna, hacer un ensayo, para ver si logramos , no ya definir exac- tamente la Economía política, que á. tanto no llegan nuestras pretensiones, sino dar una idea aproximada de ella. Para esto tenemos que recordar los principios de Psicología y de Ética, enumerados rápidamente en el capítulo anterior. Hemos visto que el hombre, por una - ley indecli- nable del mundo moral, busca su "bien individual, su perfeccionamiento. Hemos visto ta.mbien que para al- canzarle, cuenta con una fuerza interior llamada ac- tividad, la cual, aunque libre, obedece á ciertas leyes naturales. Hemos visto, en fin, que esta actividad obra siempre por algun motivo, ó racional ó interesado. De- be haber, pues, una ciencia encargada de estudiar las leyes que rigen la actividad humana cuando, movida del interes personal , busca el bien individual ; y esta ciencia es, en nuestro concepto, la Economía polítie ) Loco Otra°. — 20-- ea. Por manera que la Economía politica puede defi- nirse: Ciencia de las leyes naturales que rigen la activi- dad libre, estimulada por el interes personal, para el perfeccionamiento del hombre. Así, al ménos, concebimos nosotros la ciencia eco- nómica, que -algunos autores modernos han propuesto llamar Filosofía del trabajo (1), otros Metafísica de la actividad, y que, por nuestra parte, liamariamos Filo- sofía del interes personal, ó simplemente Ciencia del interes, como la denomina Bastiat (2). (1) Figuerola, loco citato. (2) Armonías económicas, Cap. II. 4 IV Caracteres de la Economía política. Se ha calificado á la Economía política de indivi- dualista, echando en rostro este epíteto á sus adeptos, como si fuese una marca de infamia. Ahora bien: si individualista se llama á todo el que atiende ante todo al bien individual, prescindiendo de la sociedad ó tornándola sólo como un medio, la Econo- mía política, no tiene por qué negarlo, es una ciencia individualista. Para el individuo trabaja, al individuo se dirigen sus esfuerzos, el individuo es el único que considera en todas sus aspiraciones. La produccion y el consumo, el principio y el fin, el alpha y la omega, de la Economía, son puramente individuales. Pero si por individualista se entiende una doctrina que coloca al individuo en oposicion con la sociedad, ó encima de la sociedad misma, prefiriendo el bienestar de aquél á la prosperidad de ésta; en una palabra, una doctrina egoista , anárquica, disolvente, antisocial, la Economía política debe protestar contra semejante acu- sacion, que sobre ser absurda, es una injusticia y una calumnia. No, la ciencia económica no es enemiga de la socie- dad; léjos de eso, empieza por adoptar el principio de la sociabilidad que la moral le suministra, y le aplica des- ---- 22 pues á las diversas esferas en que se agita la actividad humana. No otra cosa que aplicaciones de ese principio son la division del trabajo, la ascciacion industrial y el cambio, que constituyen otras tantas teorías de la Eco. nomia política. Más aún: si esta ciencia tiene alguna importancia, es precisamente porque toda ella conspi- ra á demostrar la necesidad que tiene el individuo del auxilio de la sociedad, la íntima y estrecha relacion que hay entre el uno y la otra, y que ha. inspirado al eminente Bastiat su bellísimo libro de las Armonías- económicas. En suma: la Economía política puede considerarse corno individualista en su fin, puesto que busca el bien del individuo , como social en sus medios , puesto que trata de realizarle en el seno de la sociedad, por la union de todos los esfuerzos y la concordia de todas las volun- tades. lié aquí el primer carácter de la ciencia eco- nómica. El segundo es el de su universalidad, es decir, que sus principios se extienden á todas las épocas y todos los países, no habiendo hombre alguno que no esté in- teresado en su propio bienestar ó perfeccionamiento. Varios economistas, sin embargo, han creido dar á sus estudios una direccion más acertada, concretándo- los á un solo país, y de este número es el aloman Fede- rico Listz, autor de un supuesto Sistema nacional de Economía política, en el cual pretende asignar á la ciencia por bases «no un cosmopolitismo vago,— son sus propias palabras ,—sino la naturaleza de las cosas y las necesidades de los pueblos», como si los demas autores de la, ciencia no hubieran tenido en cuenta es- tas condiciones. Pero él mismo confiesa que las nacio- nes alcanzarían un grado mayor de prosperidad, si es- tuviesen unidas por el derecho (1); luego para realizar in , S iIterna nacional de LC011107111 a política, Lib. II, Cap. I. — 23 -- el fin de la. ciencia, el bien individual, lo mejor es ex-, tender sus investigaciones á todos los pueblos. En efecto, entre los fenómenos económicos, no hay uno ,olo que se detenga en los límites de los Estados: todos ellos, por el contrario, afectan á la humanidad entera. El cambio, por ejemplo, la,division del traba- jo, el crédito, la moneda, ¿son patrimonio exclusivo de ningun pueblo? ¿Ni cómo balan de serlo, cuando las fronteras políticas cambian á cada paso por las guer- ras y los tratados diplomáticos? Sin duda que las nacionalidades y los gobiernos que las dirigen, merecen Cambien bajo cierto punto de vi ta la a tencion del economista; sin duda que éste debe te- ner en cuenta la influencia que los poderes públicos y las leyes particulares de cada Estado ejercen en la direccion de la actividad humana, por el mero hecho de estar encargados de regular sus manifestaciones; pero no por eso es conos cierto que el fondo de los estudiós económicos gira sobre un conjunto de fenómenos se extienden á todo el género humano, y de aquí la uni- versalidad de la Economía política. Otro de los caracteres de esta ciencia es el de ser eminentemente religiosa y moral. En vano se la acusa. por ciertos declamadores, que no se han tomado el tra- bajo de estudiarla, de arrastrar á las almas hacia obje- tos indignos de su sublime esencia y turbar la socie- dad, presentando á los hombres un ideal de felicidad que no puede alcanzarse en la tierra. Por poco que se profundicen las teorías económicas, se reconocerá cuán infundados son estos cargos. En primer lugar, la Economía política nos da una idea sublime del Sér Supremo, demostrando que al ha- cer á la Humanidad libre, no la ha abandonado sin em- bargo, al acaso, sino que ha establecido leyes naturales que mantienen el órden en ella, como la ley de la gra- vedad en el mundo físico. Ademas, una de las más bellas — 24 — teorías de esta ciencia, la que se refiere á la formacion de los capitales, se funda precisamente en la intervencion de las facultades morales del hombre, en la prevision, en el ahorro, que supone la sobriedad, la continencia, la moderacion de costumbres, la privacion, la renuncia á los goces materiales. Y en fin, ¿no han demostrado los economistas que esas mismas facultades morales deben contarse en el número de los elementos productivos y que todo aumento de educacion contribuye al desarro- llo de la riqueza? No puede, pues, dudarse de la mo- ralidad y religiosidad de la Economía política, y áun cuando no fuese más que por estos caracteres, sería dig- no de interes su estudio. Desdéfianla muchos, sin embargo, suponiendo que los principios económicos, si verdaderos en la esfera, de la teoría, no se realizan, no están nunca conformes con los hechos, y por consiguiente no pasan de ser especu- laciones más ó ménos bellas, sin aplicacion alguna en la vida práctica de los pueblos. Pero áun cuando esta suposicion fuese cierta, no hay verdad científica, no hay teoría, por inaplicable que parezca, que no conduzca directa ó indirectamente á un fin real , á un resultado más ó ménos útil. Nada más abstracto, nada al parecer ménos susceptible de aplica- cion que los tenebrosos problemas de la Metafísica ó los cálculos dificilísimos del Álgebra ; y sin embargo, las soluciones de estas ciencias sirven de guía , ya al mo- ralista y el jurisconsulto, ya al físico y el mecánico, en todas sus tareas. Ademas, que la Economía política no se halla feliz- mente en el mismo caso, y aunque racional y filosófica, como el Álgebra y la Metafísica, es á la vez una cien- cia t ranscendental, cuyas verdades pueden perfecta- mente aplicarse y se aplican, en efecto, todos los días. Cualquiera se convencerá de ello, estudiando la His- toria y observando atentamente la division del trabajo, — 25 — la asociacion, el cambio, el crédito, las mil y una com- binaciones que ha creado la fecunda inventiva del in- teres personal para satisfacer las necesidades siempre crecientes del hombre. Es, por ejemplo, un principio de la Economía polí- tica qué la potencia del trabajo aumenta á medida que se distribuyen sus funciones entre las personas más aptas para desempeilarlas, y efectivamente así lo esta- mos viendo á cada paso en el comercio, en las artes y los oficios. Es otro principio de la ciencia que la union de las fuerzas individuales acrece su virtud productiva en términos que cada una de ellas, asociada con sus afi- nes, produce mucho más que produciria aisladamente, y tambien esto Se verifica. Es, en fin, otra verdad económica que el cambio constituye el régimen natural de la Industria, y cier- tamente á nadie se le oculta que los individuos, como los pueblos, cambian entre sí sus productos y sus ser- vicios. Podriamos multiplicar los ejemplos, examinando uno por uno los hechos, los fenómenos, las institucio- nes económicas, y nos convenceriarnos de que todas las verdades, todas las teorías de la ciencia tienen en la práctica su confirmación más completa. Conviene advertir, sin embargo, que la Economía política supone la existencia de un principio anterior y superior á ella, principio que viene á ser como la base, el fundamento en que se apoya el mundo económico, y sin el cual todos los demas caerian por tierra. Este principio es la libertad, en virtud de la cual, guiado por su razon y movido por su interes personal, dirige el hombre su actividad por el camino que más rápida y cómodamente le lleva á su perfeccionamiento, ó sea la posesion del bienestar, del bien individual á que aspira con todas sus fuerzas. A deftnicion que hemos dado de la cien - T  concebi1'4 fácilmente lo que leves naturales que rion la acti son los términos con que la hemos detini(1.9, la idea de libertad. como la col el Y Ofl ivi:*Ten;::able de la transcenile,ncla de la ECO- r--. n El fin eccn1.-');-,:slic.,9 no puede, en efecto, 011iniiiirse sino en fr,o':n  el  sea libre, es decir, en tanto que 1-1. 1 -npl'c-',v desembarazadamente su acti.- Tic ni les licchos, ni las costumbres, 111 . 11, este eier e leio Si c-cialcuinra viene á dificultarle ó impedir-  o o e L  le -mula, 6 le limite, no se ex - trae (1.spues que la actividad humana deje de dar sus  so  ene las teorías de la ciencia no (lo h . u,. , .ctica y Permanezcan siempre? ez.-tc . tas 1, e i. la verdad, pero tambien estériles é infecun- das, en las regiones es-ry,nulativas Leo leyes r - yn én o lcas no se realizan sino en medio (le la libertn y l, La actividad libre es el único recurso ri-Jo el hombro cuenta, la única fuerza que lleva en sí. m is mo nara alcanzar su perfeccionamiento, Cuan do á esta fuerza se la cohibe, cuando se la obliga á obrar en una dircccion opuesta 6 al Mél. - 10S distinta de la que el iuteres personal quiere darle, el perfeccionamiento se hace material y moralmente imposible. Así el tra-br.jo, priniiero y principal elemento de la riqueza, es tan poco prodl.letivo bajo el régimen de la esclavitud; así el cam- bio, fuente de todo progreso, se estanca y se corrompe en el sistema de la proteccion.; así, en fin, la asociacion forzosa engendra necesariamente la inmovilidad y la inercia. Por otra parte, no hay que olvidar que las leves económicas, por lo mismo que pertenecen al mundo moral, son necesarias pero no fatales, no ineludibles — 27 --- para el hombre y superiores á su voluntad, de tal nodo que hayan de realizarse á pesar suyo y sin que él pue- da impedirlo, como sucede con las del inundo físico. Por el contrario, rigiendo como rigen una actividad libre, es claro que, aunque en definitiva se cumplan, porque de otro modo dejarian de ser leyes, este cum- plimiento es voluntario en el. hombre, el cual, así como puede observarlas, puede tambien momentáneamente infringirlas. El interes personal, único móvil que le de- cide obrar, necesita consultar á la razon, y cuando no lo hace, ó'cuando la razon, como limitada que es y falible, le da una respuesta engallosa, se extravía fácil- mente y equivoca muchas veces el camino. Verdad es. que entonces el hombre incurre en la responsabilidad inherente á su libre albedrío y sufre las consecuencias de su error ó su malicia, cayendo en la miseria, que es la sancion • de la ley económica, -la pena reservada na- turalmente á los que la infringen. Verdad es tambien que esta pena, pesando sobre el hombre mientras no varía de conducta, le obliga por fin á abrir los ojos y conformarse con la ley misma, viniendo al fin á cum- plirla voluntaria - y necesariamente, como Antes hemos dicho. Pero siempre resultará que, durante un período de tiempo más ó mén.os largo, la ley ha dejado de cum- plirse. Este incumplimiento de las leyes económicas por un abuso de la libertad individual es por desgracia muy frecuente. ¿Se quiere de él un ejemplo? En toda pro- duccion libre, en toda industria libremente ejercida, han de cubrirse los gastos hechos para, llevarla á cabo y obtenerse ademas un excedente, que llamaremos ga- nancia ó beneficio. Y sin embargo, sucede algunas ve- ces todo lo contrario; sucede que en muchas empresas no sólo no se gana nada, sino que se pierde el capital y el trabajo en ellas invertidos. ¿Por que? ¿Prueba algo este hecho contra la verdad de la ley ya citada? De — 28 — ningua modo:Lo que prueba es que no se han obser- vado las denlas leyes económicas, que no se han com- binado en las debidas proporciones los elernent3s pro- ductivos, que no se ha distribuido convenientemente el trabajo ó no se han consultado las necesidades del con- sumo. La ley es verdadera: si no se ha realizadp, no se culpe por ello á la ciencia; cúlpese sólo al hombre que no ha sabido ó no ha querido aplicar, como debia, los principios científicos. En resúmen: el fin económico, filosóficamente consi- derado ; se nos presenta como un ideal á cuya realiza- cion tiende libremente la actividad humana, acercán - dose cada vez más á él sin que logre nunca alcanzar- le. De esta manera es como se ha de concebir y juzgar la Economía política, cuyas leyes, si necesarias en su principio, no lo son en su ejecucion, y aunque dejen de cumplirse en un momento dado de la vida, se realizan completamente en el tiempo y el espacio, recibiendo de la Historia el testimonio más irrecusable de su verdad y de su excelencia. V Relaciones de la Economía política. Hay en el sistema de los conocimientos humanos una ciencia que trata del bien en general, del bien rea- lizable en la vida bajo todas sus formas: esta ciencia es la Ética, y de ella nacen, como ramas de un mismo tronco, la Moral, el Derecho y la Economía _poli Pica. La Moral es la ciencia de las leyes naturales que dirigen la actividad libre á la realizacion del bien uno y entero, de una manera pura ó desinteresada. El Derecho es la ciencia de las leyes naturales que dirigen la actividad libre á la realizacion del bien del hombre, en sus relaciones con sus semejantes. La Economía política, ya lo hemos dicho, estudia las leyes naturales que, con el estímulo del interes per- sonal, dirigen la actividad libre á la realizacion del bien del hombre, considerado individualmente. Se ve, pues, que estas tres ciencias, aunque todas de un mismo origen, se diferencian entre sí tanto por su fin corno por su objeto. El objeto de la Moral, lo mismo que el de la Eco- nomia, es la actividad libre, la voluntad considerada como independiente ó absoluta: el del Derecho es la• misma voluntad, ligada, en medio de su libertad, — 30 — condiciones exteriores, considerada como dependiente ó relativa. Así es que el cumplimiento del bien moral y del bien económico es libre, miéntras que el del bien ju- rídico ha de verificarse á la fuerza. La vida moral no depende más que de la conciencia, la vida económica de la sensibilidad combinada con la reflexion; ni una ni otra tienen en este mundo otra sancion que el re- mordimiento y la miseria respectivamente. La vida ju- rídica, por el contrario, depende de una autoridad pú- blica v encuentra su sancion en la Justicia: el estado de derecho, como necesario al bien, ha de ser manteni- do en la sociedad contra toda pretension opuesta. Las obligaciones jurídicas son coercibles, los actos injustos deben ser castigados por los tribunales: las acciones puramente inmorales ó antieconómicas, como no sean contrarias al derecho, no están sujetas á jurisdiccion alguna. Por otra parte, el fin de la Moral es el bien uno y entero, el desarrollo completo y armónico de la natu- raleza humana, no solamente en sí misma, sino tam- bien en sus relaciones con Dios, con la Humanidad y con el mundo físico. Ella es la que determina la situa- cion natural, del hombre respecto de las cosas; ella la que establece los deberes que tiene consigo mismo, con sus semejantes y con su Criador; ella, en fin, la que fija su destino, la mision que está llamado á desempefiar en el tiempo y en la vida. El Derecho y la Economía tienen un fin menos extenso: el primero trata de reali- zar el bien social, esto es, el desarrollo de la naturaleza humana en sus relaciones con nuestros semejantes; la segunda el bien individual, el desarrollo de la natura- leza humana en sí misma, prescindiendo de las relacio- nes sociales. Por \último, los motivos de la Moral son puros: se- gun ella, el hombre debe hacer todo el bien, únicam — 31 — te por hacerle, sin mezcla alguna de miras sensibles ó personales. La Economia política, por el contrario, quiere que el hombre se perfeccione por su propio inte- res, porque así conviene á su sensibilidad, porque de este modo podrá proporcionarse placeres permanentes y duraderos. Y en cuanto al Derecho, no penetra en el terreno de las intenciones, no se cura de los móviles de la actividad y sólo trata de regularla en sus manifes- taciones exteriores. Las diferencias que acabamos de exponer no exclu- yen la union interna de la Moral, el Derecho y la Eco- nomía política. Estas tres ciencias abrazan, si no todos los actos, al ménos todas las esferas de la actividad humana. El Derecho presta á la Moral y la Economía las condiciones necesarias para la realizacion del bien uno y entero, y por consiguiente del bien individual : la Moral prescribe el cumplimiento voluntario de las obli- gaciones urídicas; la Economía, en fin, facilita la prác- tica de todos los deberes ó al ménos impide que se falte á ellos; predica el trabajo, el ahorro, la fraternidad hu- mana, en nombre del interes bien entendido, y el bien- estar que sus doctrinas contribuyen á difundir en todas las clases, dando al hombre más tiempo para cultivar su espíritu, le libra de las peligrosas tentaciones de la ignorancia y la miseria. Examínese el estado del Mune- do y se verá, que los puebles más adelantados económi- camente, aquéllos que gozan de mayor prosperidad, son tambien los que tienen mejores costumbres y saben res- petar mejor el derecho. La Moral y la Economía politica se auxilian recí- procamente. El interes personal, que es el móvil eco- nómico, no basta para explicar todas nuestras acciones. El hombre no sigue sólo el impulso de la sensibilidad, sino tambien el del deber: busca el bien, no sólo por- que le agrada ó le conviene, sino por ser bien, y no se — 32 — ilmita` á servir por la paga, sino que presta no pocos servicios desinteresados y generosos. Todo aquello que po nga el fin económico en oposicion, no sólo con la jus- ticia, sino tambien con el bien general, debe conside- rarse desde luégo como ilícito. No basta, como dice muy bien Minghetti (1), que el interes privado se de- tenga ante el derecho de otro, ni que las relaciones de los ciudadanos estén definidas y sancionadas por la autoridad: porque la prosperidad general encuentra su apoyo más eficaz en el buen sentido, en la prudencia, en la templanza, en el espíritu de caridad de los par- ticulares, y sólo al influjo de estas virtudes es como la asociacion da sus frutos, el crédito nace y se consolida; en sarna, todas las aptitudes y facultades del hombre se desarrollan, recibiendo sus necesidades y deseos la satisfaccion más conveniente. El mismo derecho, aiiade el autor ya citado (2), debe subordinarse á la Moral, puesto que esta ciencia le da forma, le circunscribe y le completa. Le da forma en tanto que la ley moral convierte en derecho la activi- dad humana; le circunscribe, porque no puede nunca admitirse corno jurídico lo que es contrario á esa ley; le completa, porcue va más allá de los actos exteriores á los cuales alcanza sólo la justicia. Así es que el de- recho estricto, desprovisto de equidad, seria en muchos casos demasiado duro é inhumano, y el que quisiera aplicarle constantemente y en todo su rigor á las ma- terias económicas tropezaria con muchos obstáculos y dificultaria la solucion de algunos problemas sociales, que suponen la intervencion, no sólo de la justicia., sino tambien de la equidad, y el desarrollo de ese senti- miento de benevolencia y de sociabilidad entre los hom- (1) Relaciones de la Economía política con la Moral y con el Derecho, Lib. V* (2) Ibid., Lib. 111. 33 — bres, á que los modernos han dado el nombre de soli- daridad. En esto se funda el axioma jurídico: SUMMUM PUS, summa injuria. «La Economía política, observa tarnbien el Sr. Ma- drazo, siempre de acuerdo con la Moral, no puede estar en contradiccion con el Derecho. El Derecho y la Moral tienen el mismo centro, pero no la misma circunferen-- cía. El Derecho, como toda ley científica, no existe por la voluntad de los hombres; porque, como dice Montes- quieu , afirmar que nada hay justo ni injusto sino lo que mandan ó prohiben las leyes, es lo mismo que sos- tener que ántes de trazar un círculo no eran iguales todos sus radios. El Derecho, en su esencia, no varía nunca; lo que cambia es sólo la forma que la humani- dad le da, son las instituciones que edifica sobre su base inmutable. La ciencia económica, ménos extensa que la Moral, tiene más extension que el Derecho. No hace obligatorio éste todo lo que el economista aconseja á los productores; pero no hay ninguna verdad jurídica con la que no estén en armonía las verdades econó- micas (1).» En efecto, todo cuanto ordenan ó prohiben el Dere- cho y la Economía, lo ordena y lo prohibe tarnbien la Moral; pero no todo lo que prohibe ú ordena esta cien- cia, es prohibido y ordenado por las des primeras. Así el Derecho y la Economía ordenan, como la Moral, el respeto á la propiedad; pero permanecen extrafias á la caridad y el agradecimiento, que tambien la Moral pros • cribe. Esta ciencia ordena, en cambio, la abnegacion, el sacrificio de los intereses personales al bien general, miéntras que la Economía política exige de todo servi- cio una recompensa, y el Derecho descansa principal- (1) Discurso leido ea la Academia de Ciencias Morales y Políticas, Pá- gina 29. — 34 — mente en la igualdad, como condicion indispensable de la existencia social. En suma, la Moral, el Derecho y la Economía, poli- tica son tres ramas distintas de la sabiduría, de ningu- na manera opuestas; tres ciencias que se dan la mano y se completan cada una por las otras, conspirando en- tre todas á la realizacion del bien y al cumplimiento de los destinos humanos. V I Reseña histórica de la ciencia económica. La Economía política, como conjunto ordenado y sistemático de doctrinas, es muy moderna: apénas cuen- ta todavía un siglo de existencia. Hasta el último tercio del siglo XVIII estuvo confundida con la Filosofía, la Política, el Derecho, la Moral y la Historia. Las ideas admitidas en la Antigüedad y en la Edad media eran poco favorables al nacimiento y desarrollo de aquella ciencia. La India y el Egipto, sometidos al régimen de cas- tas; Grecia y Roma, fundando toda su prosperidad en la guerra y el pillaje; las hordas del Norte, descono- ciendo toda virtud que no fuese la fuerza, mal podian observar las leyes naturales de la libre actividad, que estas naciones querian vincular en ciertas clases, ne- gándosela á los demas hombres. El pueblo hebreo fué quizá el único que, no desde- ñando absolutamente el ejercicio pacífico de esa activi• dad, debió echar de ver los fenómenos sociales á que da lugar tan fecundo principio. Pero fillí el ejercicio de la actividad, el trabajo, se consideraba como un deber re- ligioso, más bien que como un derecho civil, y cuando había producido lo suficiente para costear el culto y mantener al trabajador por espacio de cuarenta años, — 36 — se creía sin duda que no podía en conciencia dársele ni exigírsele otra cosa. El diezmo y el jubileo resumian todas las instituciones económicas de los Judíos. La gran propiedad, la propiedad de la tierra, no existia entre ellos. El crédito no era á sus ojos más que un medio de esquilmar á los extranjeros (1). ¿Cómo habian de sospechar la existencia de las leyes económicas? Por otra parte, el pueblo escogido estaba llamado á más al- tos destinos: su mision era preparar la nueva era, la era de la redencion del Mundo ; servir de transicion entre la sociedad antigua, sensual, idólatra y egoista, y la sociedad nueva, espiritual, monoteísta y humanita- ria. Toda su ciencia debia, por lo tanto, concentrarse en la historia tradicional y simbólica, el misticismo y la Teología. Sus sabios eran profetas, sus legisladores sacerdotes, sus reyes enviados del Altísimo. No es esto decir que desde los tiempos más remotos no se haya conocido la importancia del fin económico. El bien individual ha sido el blanco de las aspiracio- nes y los esfuerzos de todos los pueblos, sin que por eso hayan faltado en almas levantadas la abnegacion y el desprendimiento de los intereses mundanos. Pero los medios empleados para perfeccionarse eran empíri- cos, cuando no injustos y bárbaros. La expoliacion, la esclavitud, la conquista, reemplazaban por todas par- tes al trabajo y á la propiedad, que es su única re- compensa. A semejantes prácticas no podian ménos de corres- ponder teorías absurdas. Platon sostiene que «la Naturaleza no ha hecho ni zapateros ni herreros, y que semejantes ocupaciones (1) Non fcenerabis fratri tuo ad usuram peeuniam , ne fruges quamlibet aliara rem, sed alieno; no prestarás á interes á tu her ni dinero, ni frutos, ni otra cosa alguna, sino al extranjero. guo Testamento. — 37 — ciegrádan á las personas que las ejercen, viles mercena- rios, miserables sin nombre, excluidos por su misma condicion de los derechos políticos (1)». Xenofonte cree que «las artes manuales son infa- mes é indignas de un ciudadano (2)». Aristóteles concluye que «la Naturaleza ha creado unos hombres para la libertad y otros para la esclavi- tud, y que es útil y justo que el esclavo obedezca (3)». Ciceron mismo, tan superior á las ideas de su tiem- po, afirma que «el tener tienda abierta no es honorí- fico, que el comercio por menor es Sórdido y desprecia- ble, y que, áun siendo por mayor; apénas es compati- ble con las cualidades que deben adornar al hombre libre (4)». En medio de tantos errores, no falta, sin embargo, en los libros de la Antigüedad tal cual feliz atisbo de los principios económicos. Así Platon (5) ha enseriado con bastante lucidez las ventajas de la dívisio2¿ del trabajo, de que tau bello análisis nos habia de dar despues A. Smith. El mismo filósofo (6), elevándose sobre las preocu- paciones de su época, discurre acerca de la utilidad y áun necesidad del comercio, en los términos más elo- cuentes. Xenofonte (7) hace observaciones muy atinadas so- bre lo que J. B. Say ha llamado despues capitales pro- ductivos é improductivos. Aristóteles (8) ha consagrado algunas páginas á la (1) Tratado de las leyes, Lib. XI. (2) Económicos, Lib. 11. (3) Política, Lib. 1, Cap. 111. (4) De oficiis, Lib. 1. (5) República, Lib. 11. (6) Leyes, Lib. XI. (7) Económicos, Lib. 1. (5) Política. Lib. I, Cap. VI. — 38 teoría de la formacion de las riquezas, que propone lla- mar Chrematística (1), y en ellas se lee un pasaje que tiende á hacer la distincion, introducida despues por la escuela inglesa, entre el valor en uso y el valor en cam- bio. En otra parte explica con bastante lucidez la in- vencion y las propiedades de la moneda y rehabilita las profesiones liberales, que todavía se obstinan algunos economistas en considerar como improductivas. Fié aquí, sin embargo, á lo que puede reducirse toda la ciencia económica de los antiguos. Se aspiraba, cier- tamente, entre ellos al perfeccionamiento, al bien in- dividual; pero se desconocia Ja igualdad humana y se consideraba, la libre actividad como el patrimonio de unos cuantos privilegiados. Estaba reservado á la religion cristiana rehabilitar estos dos grandes principios, y en efecto, con la predica- cion del Evangelio se introdujo un cambio profundo en los rangos y en las relaciones económicas; se consagró la prevision y el ahorro, sin los cuales no puede existir el capital ni crecer la riqueza, y empezó á mirarse el • trabajo como la condicion natural del hombre, corno el único medio de mejorar su suerte sin envilecerle. Des- graciadamente, la decadencia del Imperio romano, y las devastaciones que sufrió la Europa con la invasion de los pueblos del Norte, suspendieron la accion bené- fica de esta doctrina y sumergieron por el pronto el mundo civilizado en el caos mas espantoso. Surgió entónces la Edad Media y opuso dos podero- sos obstáculos al desarrollo de la ciencia económica: 1. 0 El feudalismo, que, anulando la autoridad, sembra- 'ba por todas partes la inseguridad y el desórden, man- tenia la sociedad en un estado de guerra é impedia con (1) Lambius traduce esta palabra por qncestuaria, ó sea, arte de buscar dinero, arte de adquirir riqueza.—V. Minghetti, Relaciones de la Economía pública con la Moral y con el Derecho, Lib. — 39 -- la servidumbre, los monopolios y los privilegios serio- riales, la constitucion de la propiedad. 2.° La tendencia demasiado ascética que desplegó el Cristianismo, y que trajo consigo el desprecio de los bienes terrenos, el pre- dominio de la vida contemplativa, los abusos del mo- naquismo y la repugnancia á las ciencias transcenden- tales y las artes útiles. La restauracion se serialó por el descubrimiento de la brújula, de la imprenta, de la pólvora, de la América y del paso á la India por el Cabo de Buena Esperanza, al mismo tiempo que se introducia en la filosofía el prin- cipio del libre examen. Todo esto no podía ménos de dar, como en efecto dió, un gran impulso á la actividad libre, á la industria y el comercio; pero la monarquía absoluta, constituyéndose entónces sobre los restos del sistema feudal y ahogando los primeros gérmenes de la libertad con la destruccion de los fueros y privilegios de las villas, impidió que se obtuviesen los resultados de aquellos adelantos y retardó el nacimiento de la Eco - nomía, política (1). Así esta ciencia no ha nacido verdaderamente basta nuestros dias, y áun no se crea que en su origen surgió de repente, perfecta y acabada, como Minerva de la ca- beza de Júpiter, nada ménos que eso: á su formacion y desarrollo precedieron tres sistemas que pueden consi- derarse como otros tantos ensayos y que resumen, por decirlo así, su historia. Estos tres sistemas se conocen con los nombres de sistema mercantil, sistema ilsio- cratico ó agrícola y sistema industrial. Hacía el primero consistir todos los bienes econó- micos en la abundancia de dinero, y corno no hay más que dos medios de proporcionarse este instrumento de la circulacion, extraer del seno de la tierra los metales preciosos, de que se hace la moneda, ó vender mercan- (1) Minghetti, Relaciones de la Economía pública, Lib. 1. — 40 — cías á los países que la posean, impulsaba con todas sus fuerzas la explotacion de las minas y se empeñaba en activar el comercio de exportacion , disminuyendo al mismo tiempo el de irnportacion, á fin de que la dife- rencia entre uno y otro, saldándose en metálico, hicie- se afluir el numerario al seno de cada país. De aquí las grandes emigraciones europeas en busca del oro y la plata de las Américas, las guerras para imponer á los extranjeros tratados de comercio en que se obligasen á no surtirse más que de los mercados del vencedor, el sistema colonial que daba á la metrópoli el mono- polio del comercio de las colonias, la prohibicion de exportar el dinero y de importar mercancías extran- jeras, etc., etc. Tales fueron los efectos del sistema mercantil, del que apénas queda otro cuerpo de doctrina que la obra del escritor italiano Antonio Serra, titulada: Breve tra- tado de las causas que pueden hacer abundar el oro y la plata en los Estados, impresa en 1613. A combatirle y demostrar la falsedad de sus princi- pios E u e, levantaron numerosos escritores, entre los cua- les son dignos de mencionarse por su celebridad Locke el filósofo, Hume el historiador, Beccaria el juriscon- sulto; pero la gloria de destruir el sistema mercantil y fundar sobre sus ruinas otro mas filosófico, aunque no del todo exacto, pertenece principalmente al doctor Francisco QUESXAY fundador de la escuela agrícola .fisiocratica (1). Este distinguido pensador publicó en 1758 su obra titulada Cuadro económico, y despues de hacer ver que el oro y la plata, á pesar de ser me- dios de circulacion y equivalentes de los demas produc- (1) Llamóse así á esta escuela y fisiócratas á sus discípulos, del título de Fisiocracia, que llevaba una de sus obras, título compues- to de dos palabras griegas, fisios naturaleza, y cratein órden ó ley; por manera que fisiocracia quiere decir órden natural ó ley de la Naturaleza — 41 -- tos, no por eso constituyen la riqueza de las naciones, dedujo que la prosperidad de éstas no debe medirse por la abundancia de los metales preciosos, proclamó la • libertad de los cambios y demostró que todo obstáculo á esta libertad es una violacion de los derechos funda- mentales dei hombre, que toda traba á la importacion y la exportacion hace variar artificialmente el precio de los productos y disminuye en último resultado la ri- queza pública. Por entónces profesaba tambien el ne- gociante GOURNAY doctrinas análogas y proclamaba el célebre axioma laissez faire, laissez passer (dejad ha- cer, dejad pasar), es decir, no pongais obstáculos á la li- bertad individual, que despues ha servido de lema á los economistas. Verdades todas que la ciencia agradecerá siempre á la escuela fisiocrática y que no lograrán oscu- recer ni el tiempo ni las vicisitudes humanas. Desgra- ciadamente, el resto del sistema de Quesnay no puede admitirse de la misma manera; pues, partiendo del prin- cipio de que la materialidad es el carácter fundamen- tal de la riqueza, quiso medir el valor y la utilidad del trabajo por la cantidad de materia que consigue apro- piarse, y esta manera de ver le condujo á excluir del dominio de la ciencia un sinnúmero de servicios que mutuamente se prestan los hombres, no concediendo el carácter de productividad más que á la industria agrícola, porque segun él es la única que aumenta la cantidad de materia existente, y calificando de estériles á las demas, aunque declarando al mismo tiempo, por una inconsecuencia de su doctrina y para no descono- cer completamente la verdad, que las manufacturas, el comercio y las profesiones liberales son esencialmente útiles.. Sostuvieron las ideas de Quesnay y contribuyeron á propagarlas Mirabeau, el padre del eminente orador, Mercier-Lariviere, Dupont de Nemours , Baudeau, y sobre todo Turgot, el más célebre de todos los fisiócra- — 42 — tas, pero ya en esta época el jefe de la escuela habil', muerto y empezaba á despuntar en el horizonte del sa- ber humano la aurora de una nueva era para la ciencia. Un filósofo escoces enseriaba en Glasgow, al mismo tiempo que los fisiócratas en Paris, los principios de la Economía política. Quesnay y sus discípulos atribulan toda virtud productiva á la tierra; ADAM SMITH, que es el filósofo á que nos referirnos, la encontró en el traba- jo, y esta idea luminosa le sirvió de fundamento para un nuevo sistema, apellidado industrial, que expuso en sus Investigaciones sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, y que es el adoptado univer- salmente en nuestros dias con leves modificaciones. Desarrollado despues y llevado á sus últimos des- envolvimientos por los trabajos de Sismondi, Malthus, Say, Ricardo, Storch, Mac-Culloch, Flórez Estrada, Rossi, Carey, Duuoyer, , Bastiat , Stuart Mill y otros economistas distinguidos, puede decirse que la nueva doctrina ha llegado á su apogeo y que ocupa un puesto de honor entre las demas ciencias. A esta altura vamos á procurar sorprenderla, y feli- ces de nosotros si logramos seguir su vuelo y dirigirle, un breve espacio siquiera, hacia el- límite desconocido del progreso. LIBRO PRIMERO. TEORÍA DE LA PRODUCCION. LIBRO PRIMERO. TEORÍA DE LA PRODUCCION. Nociones preliminares. La observacion demuestra que el perfeccionamiento de la naturaleza humana, fin de la ciencia económica, no se verifica en una época, en un período de tiempo determinado. El hombre no alcanza nunca su bien individual en- teramente: c&ialesquiera que sean la edad, la hora, el instante de su vida en que se consulte á sí mismo, en- contrará que carece de alguna cosa, que le falta algo para perfeccionarse, como quiera que siempre es im- perfecto. De aquí una tendencia, , una inclinacion á realizar sucesivamente todo lo que no ha sido realizado toda- vía, todo lo que conviene á nuestro bienestar, todo lo que exige el desarrollo de nuestra naturaleza. Esta in- clinacion á completarse, que en los seres inferiores apa- rece corno instinto, es decir, como aspíracion incons- ciente, y en el hombre como deseo, toma el nombre de necesidad cuando tiene por objeto lo que debe realizar- se desde luégo en la vida, lo que es más urgente é in- dispensable para nuestro perfeccionamiento. — 46 Por manera que necesidad, en elfientido económico, no es más que la sensacion interna ' , 1que nos advierte lo que en un momento dado debemos hacer para perfec- cionarnos. Esta definicion aleja toda idea de capricho, de pasion grosera, de apetito brutal, sensaciones que, exigiendo una satisfaccion contraria lá nuestro bien individual, no pueden confundirse con lasnecesidades, no pueden llamarse tales ó al,mános;considerarse como legitimas y económicas. Ahora bien, la organizacion humana no funcionaria si no se asimilase ciertos elementos quejle son afines. Nuestro cuerpo está de tal modo constituido que te- nemos que alimentarle periódicamente, preservarle de la intemperie, defenderle de una multitud de seres da- ñinos que por todas partes le cercan.La nutricion, el vestido, la defensa, son, pues, las primeras necesidades del hombre. Satisfechas éstas, podria en rigor vivir, pero con una vida incompleta, con la vida del instinto, que le es comun con los demas animales. Para que viva del todo, para que su organizacion ejerza todas las !funciones á que la ha destinado la Naturaleza, - es preciso que reci- ba continuamente impresiones nuevas, que las compa- re, que las formule en juicios y conocimientos; en una palabra, que cultive su inteligencia. Ilustrarse, apren- der, adquirir ideas, son, pues, otras tantas necesidades á que el hombre está sujeto. Pero aún no le basta para cumplirgsu:destino la sa- tisfaccion de esas necesidades: todavíaisiente las de dar cariño y apoyo á los seres que engendra, ejercitar su simpatía en los demas hombres, en el suelo que le vió nacer y hasta en las criaturas inferiores y los objetos materiales, que le rodean, embellecer su morada y su propia persona, venerar, por último, una causa supe- rior, un Sér Supremo, un Dios, principio y fin de todo lo existente. Es, en suma, otra necesidad del hombre — 47 — amar á la Divinidad, á la familia, á la patria, á sus se mejantes, á la Naturaleza misma. Necesidades físicas, intelectuales y morales, hijas del cuerpo, de la inteligencia y de la sensibilidad: hé aquí uno de los elementos de la organizacion humana, considerada económicamente. No hay hombre alguno que no esté sujeto á to- das y cada una de esas necesidades, que no necesite mantenerse, conocer y sentir, so pena de dejar de ser hombre. Pero no en todos se- manifiestan con la misma in- tensidad las necesidades, sino que varían segun los lu- gares, los individuos y las épocas. Así el alimento y el abrigo que serian suficientes bajo el suave clima de la Grecia ó la India, no lo serán en países frios como la Finlandia y la Siberia: si se compara un salvaje con el hombre más pobre de nuestros países civilizados, se verá la enorme diferencia que hay entre lo que basta al primero y lo que es indispensable para el segundo: un temperamento bilioso ó sanguíneo necesita, por lo co- men, más alimento que otro nervioso ó flemático : lo que parece estrictamente necesario á un individuo de la clase media es holgura. para el artesano y sería lujo para un campesino ó labriego: por último, el más hu- milde jornalero de nuestros dias no podria soportar el régimen ,de un esclavo de la Antigüedad ó de un sier- vo de la Edad Media. Las necesidades no constituyen tampoco para cada individuo una cantidad fija é inmutable, sino que son extensibles por su misma naturaleza. Apénas el hom- bre está abrigado, dice Bastiat (1), cuando ya quiere tener una casa; apénas se viste, cuando ya desea ador- narse; apénas satisface las exigencias del cuerpo, cuan- do el estudio, la ciencia, el arte, abren á sus aspira- (t) Armonías económicas, Cap. II. — 48 — ojones un campo ilimitado. El hábito de gozar ciertas comodidades concluye por hacerlas imprescindibles y convierte en necesario lo que ántes era superfluo. Este carácter progresivo de las necesidades es la mejor garantía de nuestro perfeccionamiento. Nada es- timula tanto la actividad humana como la necesidad: los pueblos y los individuos que tienen pocas necesida- des viven en el ocio, en la miseria y la ignorancia: por el contrario, allí donde las necesidades son numerosas é intensas, la industria prospera, se goza 'de un gran bienestar y la civilizacion florece (1). Por otra parte, así como las necesidades pueden aumentarse, pueden tambien restringirse, á medida de la voluntad humana, hasta el límite puramente preciso para la conservacion de la salud y la existencia. Así sucede en las épocas de carestía ó escasez por que pasan los pueblos y en la decadencia de las fortunas privadas, en que se ve que con recursos mucho menores se mantiene el mismo número de familias y se sufren privaciones que ántes parecian insoportables (2). Finalmente, áun comparadas entre sí, las necesi- dades no son tampoco igualmente intensas. Bajo este punto de vista, ocupan sin duda el primer lugar las fí- sicas, no porque sean las más nobles y elevadas, sino porque sin su satisfaccion peligraria la existencia; si- guen despees las morales, que á veces tienen un carác- ter todavía más imperioso que las anteriores, y por úl- timo se presentan las intelectuales como las ménos exi- gentes de todas. La graduacion de las necesidades pertenece, sin em- bargo, al dominio de la conciencia, y no hay autoridad alguna exterior que pueda calificar su intensidad é im- (1) Principios de Economía politica, de R,oscher, Párrafos 213, 214, 224, 225. (2) Diccionario de la Economía política, Art. Necesidades. — 49 — portancia. Al individuo, árbitro y señor de sus propios destinos, en virtud de la libertad que le ha deparado la Providencia, es á quien toca, bajo su responsabilidad y con el auxilio de su razon, ordenar y regularizar la sa- tisfaccion de cada una de ellas. En esta satisfaccion consiste precisamente el perfec- cionamiento; y como quiera que á la voluntad indivi- dual compete el perfeccionar la naturaleza humana, es claro que ella tambien ha de encargarse de satisfacer las necesidades. La voluntad se sirve, al efecto, de ciertos órganos instrumentos, llamados facultades (1), en cuanto ella les comunica el poder de obrar que, como hemos visto, contiene en sí misma. Estas facultades son de tres especies, como las ne- cesidades que han de satisfacer: físicas, intelectuales y morales. Las facultades físicas, que describe minuciosamen- te la Fisiología, pueden reducirse todas á la fuerza muscular, por medio de la cual nos apoderamos de los objetos materiales. Las facultades intelectuales consisten en la inteli- gencia, con la cual adquirimos las ideas, nos conoce- mos á nosotros mismos, ya en el estado actual, ya en los estados anteriores, y percibimos las relaciones que nos unen con los demas seres. Por último, las facultades morales consisten en la sensibilidad y la voluntad: con la primera experimen- tamos el placer ó el dolor, nos modificamos de una ma- nera agradable 45 desagradable; con la segunda, que- remos ó nos determinamos á hacer ó no hacer, segun hemos dicho (2). Todas estas facultades existen en el hombre, aun- (1) Facultas, de lacio,  ere, factual, hacer. (2) Véase el Cap. 11 de la Introduacion. — 50 — que desigualmente desarrolladas, ya en si mismas, ya en sus diversas combinaciones. Quién posee una in- teligencia privilegiada, quién sobresale por la fuerza muscular, quién otro se distingue por la finura y la delicadeza del sentimiento. En una palabra, no hay en el Mundo dos individuos cuyas aptitudes sean idénticas. De todos modos, exigiendo, como ya hemos dicho, las necesidades del hombre una satisfaccion más ó mé- nos imperiosa, continuamente están solicitando á las facultades para que se la proporcionen. Pero las facultades, por sí solas, no pueden hacerlo; es preciso que se asocien á otros objetos, capaces de concurrir al mismo fin. Estos objetos se los ofrece la Naturaleza. Para satisfacer las necesidades físicas, el globo ter- restre pone á nuestra disposicion cuadrúpedos de toda especie, aves, peces, sustancias minerales, plantas nu- tritivas, textiles y tintoriales, que pueden servirnos de alimento y proporcionarnos defensa y abrigo contra los animales datlinos y las fuerzas brutas de la Naturaleza. Si se trata de las necesidades intelectuales, el espec- táculo de la Creacion, los fenómenos de que es teatro, nuestro propio organismo,' nuestras relaciones con los demas hombres y con el mundo exterior, suministran asunto en que ejercitar ampliamente la inteligencia. Si queremos, en fin, satisfacer las necesidades mora- les, desde el círculo estrecho, pero atractivo, de nuestro horizonte, hasta la inmensidad de los cielos y de los mares, hasta el Autor de todo lo criado, se presenta á nuestros ojos una serie indefinida de seres en que saciar esta sed de amor que nos devora. Tenemos, pues, todo cuanto se requiere para la sa- tisfaccion de nuestras necesidades: facultades y objetos á que aplicarlas. Falta únicamente aproximar estos ele- mentos, reunirlos, combinarlos de manera que ambos concurran al fin deseado, y esto no puede hacerlo más — 51 que el hombre mismo, á cuya actividad corresponde la iniciativa en tan importante empresa. ¿Quiere, por ejemplo, aplacar el hambre? Debe pre- parar la tierra y recoger sus frutos, ó bien apoderarse de ciertos animales, despojarlos de su parte indigesta y condimentar su carne. ¿Desea cultivar su inteligencia? No puede ménos de atender á las ideas que percibe, compararlas y estable- cer las relaciones que tienen unas con otras. ¿Trata, en fin, de purificar sus sentimientos? Es pre- ciso que eleve su alma al bien, que le conozca, que le ame, que concentre en él todos sus deseos y aspira- ciones. En una palabra, necesita: 1.° Poner en accion sus facultades. 2.° Apropiarse los objetos que le rodean. Ahora bien: la accion reflexiva y voluntaria de las facultades físicas, morales é intelectuales para la sa- tisfaccion de nuestras necesidades, se llama trabajo, y trabajador el que la ejecuta. Los objetos, de cualquier género que sean, capaces de satisfacer esas mismas necesidades, se denominan agentes naturales (1). La combinacion de estos dos elementos, la apropia- cion de los agentes naturales por el trabajo para la sa- tisfaccion de las necesidades humanas, recibe el nom- bre de produccion, y de productor el que la ejecuta. El resultado de la produccion se denomina producto. El conjunto de los productos se califica de riqueza. Por manera que son dos los medios de satisfacer nuestras necesidades, que nosotros llamarémos elemen- tos productivos (2), trabajo y agentes naturales: el pri- (1) Los primeros economistas los designaban con el nombre genérico de tierra. (2) Agentes productivos, fuerzas productiva g sde los autores. — 52 — mero, propio, interno ó personal; el segundo, exterior ó extrano á nosotros mismos. Estos elementos bastarian en rigor para que se ve- rificase la produccion, y ciertamente no conoció otros el hombre primitivo, cuando se vió reducido á alimen- tarse de raíces ó de frutos silvestres, que cogía con sus propias manos, á cubrir sus carnes con hojas de árboles ó con plumas arrancadas á las aves, y á no tener otro abrigo que la espesura de los bosques y las cuevas de las montarlas. Pero bien pronto crecieron sus necesidades: quiso tener más holgura, más bienestar, más goces: ocurrió- sele, por ejemplo, cazar el gamo que corre ligero por el monte, apoderarse del ave que cruza libre por los ai- res, coger el pez que serpea entre las olas, y no pu- diendo lograrlo directamente con los elementos produc- tivos de que disponia, trató de hacerles servir indirec- tamente á su propósito, produciendo con ellos, no un objeto de inmediata aplicacion al logro de sus deseos, sino otro que pudiese emplearse en la caza ó la pesca:. un lazo, una honda, una red, una caria, etc. Este objeto, hijo legítimo del trabajo y de los agen- tes naturales, ó lo que es lo a mismo, de una produccion,. y empleado en otra produccion, se llama capital, y ca- pitalista la persona á quien pertenece. Y como en el estado actual de la sociedad no hay produccion en que no se cuente más ó manos con el re- sultado de otra produccion anterior, se sigue de aqui que hoy no son ya dos, sino tres los elementos produc- tivos, á saber: Trabajo, agentes naturales, capital. El segundo entra en la produccion, unas veces en su estado nativo, y otras apropiado ya por el trabajo, ó lo que es lo mismo, bajo la forma de capital, y por eso hay muchas producciones en que no aparecen más elemen- tos que el capital y el trabajo. Por ejemplo: — 53 — El leñador que con ayuda del hacha derriba un ár- ' bol, emplea en esta produccion los tres elementos dis- tintos: trabajo, la accion de sus músculos; agentes na- turales, el árbol todavía adherido á la tierra, y capital, el hacha. El producto es el mismo árbol ya derribado. Pero el carpintero que, cogiendo ese árbol, hiciese de él una mesa, no emplearia en la produccion de ésta más que dos elementos productivos; trabajo, la accion de sus músculos; capital, la sierra, el escoplo, etc., y el árbol mismo,, que era un agente natural cuando estaba adherido á la tierra, que despues de arrancado fué pro- ducto, y que, empleado ahora en una nueva produccion, no es ya, como fácilmente se concibe, ni lo uno ni lo otro, sino capital. Son, pues, los elementos productivos trabajo, agen- tes naturales y capital, por más que el segundo no afec- te siempre su forma primitiva y se confunda muchas veces con el último. Vamos á examinar cada uno de estos elementos se- paradamente; pero antes conviene dirigir una ojeada general sobre todos ellos. II De los elementos productivos en general. No hay produccion á que no concurran los tres ele- mentos ya citados. De ellos, el trabajo y los agentes naturales son pri- mordiales é indispensables; sin su mutuo auxilio , sin su accion simultánea, no podríamos satisfacer nuestras más apremiantes necesidades. Imagínese la produccion más rudimentaria, la de los pueblos salvajes, la de ciertas tribus del interior del Africa ó de la América, que viven en un estado apenas superior al del bruto, y se verá: que para alimentarse tienen á lo ménos que contar con algunos frutos espontáneos de la tierra y arrancarlos con sus propias manos; para abrigarse, necesitan disponer de alguna cueva, de * alguna gruta natural, descubrirla recorriendo una extension más ó ménos grande de terreno y cobijarse en ella; es decir, que no pueden obtener la alimentacion más grosera, la más humilde morada, sin el concurso de sus facultades y de los objetos de la Naturaleza, ó lo que es lo mismo, sin emplear á la vez el trabajo y los agentes naturales. La intervencion del capital en las operaciones pro- ductivas es casi igualmente necesaria. Se puede á la verdad concebir una produccion debida únicamente á nuestros esfuerzos combinados con la materia, corno lo — 55 — es la recoleccion de las sustancias nutritivas que sumi- nistra sin cultivo alguno la tierra; pero esta produccion es tan exigua, que apénas basta á mantener la vida en su estado más imperfecto. Por poco que se desarrolle nuestra naturaleza, por poco que crezcan nuestras ne- cesidades, es ya de todo punto imposible su satisfaccion sin valerse de algun instrumento, de algun medio arti- ficial, de algun producto anterior; en una palabra, de algun capital (1) que venga á suplir la insuficiencia del trabajo, áun auxiliado de los agentes naturales. Así el labrador no puede labrar sus campos sin el arado y la azada, el herrero no puede forjar sin el yunque y el martillo, el albañil no puede edificar sin materiales de construccion; y áun estos productores necesitan algu- nas provisiones, quién para vestirse, quién para ali- mentarse, y todos para mantenerse hasta que, termi- nadas las operaciones productivas, obtenga cada cual la recompensa de sus esfuerzos. El salvaje mismo no va á la caza sin un arco, una honda ó cualquier otra arma equivalente. Puede, por lo tanto, decirse que en rigor no hay produccion alguna en que el capital no intervenga. La produccion es la obra de tres elementos: el tra- bajo, los agentes naturales y el capital. No obstante, ha habido economistas (2) qne no con- cedian capacidad productiva más que á la tierra, fun- dándose: 1.° en que sólo este elemento proporciona al hombre, sin preparacion algunas sustancias con que satisfacer sus necesidades, raíces y frutos silvestres con que alimentarse, manantiales dé agua donde apagar su sed, hojas de árboles con que cubrir la desnudez de sus carnes, etc.; 2.° en que sólo el cultivo de la tierra viene á aumentar la cantidad de materia existente, a) Véase lo dicho en el Cap. 1. (2) Los fisiócratas. Véase lo dicho en la Introducción, Cap. V. — 56 — multiplica ndo los gérmenes y dando cosechas muy su- periores á la siembras. Pero esta escuela olvidaba por una parte que, áun para utilizar los dones espontáneos de la tierra, es preciso siquiera cogerlos, ocuparlos, apoderarse de ellos, lo cual es ya un trabajo muchas veces considerable; y ademas confundia la produccion, que consiste en la apropiacion ó asimilacion á nuestro organismo de los objetos naturales, con la creacion de sustancia ó de materia. Otros economistas sostienen , por el contrario, , que el trabajo es el único elemento productivo. «Si por el pensamiento, dice Canard, separo de mi reloj todo el trabajo que sucesivamente se empleó en él, no quedarán más que algunos granos de mineral colocados en el interior de la tierra, de donde los sacó el hombre y donde no tenian valor alguno (1).» Mas si, por la misma abstraccion, separásemos del reloj esos granos de mineral de que está compuesto, ¿qué quedaría? Nada absolutamente, porque todo lo demas que contiene es la forma que le ha dado el tra- bajo, y la forma desaparece con la sustancia en que se fija. Flórez Estrada defiende la doctrina de Canard, ale- gando que la Naturaleza no hace más que combinar la materia (2), como si, áun siendo esto cierto, pudiera sin esa combinacion obtenerse producto alguno. Finalmente, algunas escuelas socialistas pretenden que el. capital es del todo inútil en la produccion, y que el trabajo puede pasarse perfectamente sin su concur- so. ¿Cómo? Asociándose. los trabajadores entre si, po- niendo en comun sus fuerzas y entendiéndose directa- mente con los que necesitan sus productos. En com- probacion de este sistema , Proudhon cita el caso de (1) Flórez Estrada, Curso de Economía política, Parte 1, Cap. II. (2) Loco citato. — 57 — cierto número de oficiales de sastre, que se reunieron para trabajar por su propia cuenta, sin la intervencion pie ningun maestro, y obtuvieron, á lo que parece, un éxito completo en su empresa; de donde concluye el escritor ya citado que lograron suprimir el capital, re- presentado por el maestro, y por consiguiente, que el capital no es en la produccion más que un intermedia- rio oficioso (1). Pero seguramente esos trabajadores no encontrarían el secreto de coser sin hilos ni agujas, de cortar sin tijeras, de confeccionar vestidos sin palio, áun es probable que necesitaran de un taller y de al- gunos recursos con que subsistir hasta la venta de sus productos. Ahora bien: todas estas cosas constituyen un capital. Que les perteneciesen en propiedad á ellos mismos, ó que otro se las hubiera prestado; que las empleasen por su cuenta ó por cuenta de un maestro, siempre serian medios artificiales de producir, siempre serian capitales. La esencia del capital no consiste en la persona que le hace valer, trabajador ó capitalista, simple poseedor ó propietario, sino en ser un produc- to destinado á una nueva produccion, en vez de em- plearse en satisfacer directa é inmediatamente nues- tras necesidades. Lo repetirnos: no hay produccion sin capital, como no puede haberla tampoco sin trabajo y sin agentes naturales. La intervencion de estos tres elementos en las operaciones productivas es igualmente útil, igual- mente necesaria. Algunos autores han dicho que en ciertas produc- ciones la Naturaleza pone la mayor parte , miéntras que otras se deben principalmente al trabajo. Pero esta teoría, resto de las doctrinas fisiocráticas, estriba, corno dice perfectamente Stuart I1lill (2), en una con (1) Idea general de la revolucion en el siglo XIX. (2) Principios de Economia política, Lib. 1, Cap. 1, Párrafo 3 — 58 -- fusion de ideas. El concurso que la Naturaleza presta al hombre en todas sus empresas es infinito é incon- mensurable: no puede decirse en qué casos ayuda más á la actividad humana y en qué otros le ayuda ménos. Cuando dos condiciones son . indispensables para obte- ner un resultado, á nada conduce investigar qué parte ha tenido en su consecucion cada una de ellas. Es como si quisiera decidirse cuál de las dos ramas de un par de tijeras obra más en la accion de cortar, ó bien cuál de los dos factores, el cinco ó el seis, contribuye más á formar el número treinta. No obstante, si hubiéramos de calificar de una ma- nera genérica la influencia que tiene en la produccion cada uno de sus elementos, más bien deberíamos atri- buir la principal al trabajo que á la Naturaleza. El trabajo es, en efecto, quien toma la iniciativa en todas las empresas; él es quien reune y combina los materia- les; él quien dirige las operaciones; él, en fin, el que posee la única fuerza inteligente y activa. Cuanto más eficaz, cuanto más enérgico y poderoso es el trabajo, tanto más fecunda, en igualdad de las demas circuns- tancias, es la produccion. La abundancia de los agen- tes naturales, léjos de favorecer, se considera por al- gunos autores como un obstáculo al desarrollo de la riqueza; porque, segun ellos, fomenta la ociosidad, ener• va el espíritu y despierta en el hombre lo que llama Roscher el principio de inercia. El éxito de la produc- cion depende más bien de las cualidades del trabajador que del medio en que funciona: las dificultades, y no las facilidades, son las , que mantienen la energía men- tal y física (I). Cuando, en cierto modo, no hay más que . coger el pan del árbol, cuando algunas hojas de palmera bastan para cubrir la desnudez, nada atrae á las almas vulgares hácia una actividad laboriosa, nada (1)  Lib. 1, Cap. VIL, Párrafo 3. — 59 mueve á los hombres á unir sus fuerzas para sacar par- tido de su concurso simultáneo en las operaciones pro - ductivas (1). Ni hoy ni nunca han sido las más ricas y poderosas, sino las más pobres y débiles, las naciones mejor dotadas por la Naturaleza (2). Aténas llegó á ser la capital de la Grecia, no sólo bajo el punto de vista político y literario, sino tambien económico; y sin em- bargo, el Ática era una de las regiones más estériles de la Tierra. En nuestros dias, ningun país ha sabido adquirir, en un territorio tan pequen° y tan poco á pro- pósito para el cultivo, tantas riquezas como la Holan- da (3). Por el contrario, la India, este país bendito por la Providencia, vegeta en la abyeccion y la miseria; Méjico, donde dos dias de trabajo bastan en muchos puntos para proporcionar la subsistencia anual de una familia, permanece en un estado de atraso y decaden- cia próximo á la barbarie. No es esto, sin embargo, negar la influencia que tie- nen en la produccion las ventajas naturales, esto es, la fertilidad del terreno, el clima, la abundancia de mine- rales y de saltos de agua, la posicion topográfica, etc. En efecto, un terreno fértil es ya por si solo un gran elemento productivo, y así se ve que miéntras en el Norte de la Escocia no madura más que la avena y en algunas partes de la Irlanda se cultiva difícilmente el trigo, á medida que avanzarnos hacia el Sur crecen, no sólo los cereales, sino tambien la vid, el olivo, el maíz, el arroz, la higuera, hasta llegar á la region del café, del algodon y las especias, en que, ademas de cogerse los frutos más variados, se obtienen á veces con poco trabajo dos ó tres cosechas al afilo. (1) Roscher, Principios de Economia política, Lib. IV, Cap. I, Pár- rafo 214. (2) Stuart Mill, loco citato. (3) Roscher, Principios de Economía política, Lib. I, Cap. 1, Pár- rafo 36. — 60 -- Un clima suave influyé tambien considerablemente en la produccion agrícola, habiendo paises en que pue- de habitar el hombre, pero en que la temperatura no permite el cultivo, y cuyos moradores tienen que vivir como los Esquimales, de la caza y la pesca, ó como los Lapones, de la carne y la leche de sus rengíferos. Por otra parte, la hulla y el hierro son hoy los prin- cipales auxiliares de la industria, y el país que, como la Gran Bretaña, posee minas de estas materias, no sólo abundantes, sino fáciles de explotar, cuenta con un po- deroso elemento de riqueza. Lo mismo puede decirse de las regiones montañosas que, en medio de la: esterilidad de sus tierras, abundan en bosques con buenas maderas de construccion, yer- bas para mantener 'numerosos ganados y saltos de agua que sirvan de motores en las fábricas. Por último, ninguna ventaja natural más impor- tante que una buena posicion marítima, con costas ex- tensas, radas y bahías, que faciliten los transportes, como lo prueban en la Antigüedad Tiro y Cartago, en la Edad Media Venecia y las Ciudades Anseáticas, en nuestros dias Holanda é Inglaterra, países todos que, sólo por su proximidad al mar, han sabido elevarse, á pesar de su estéril y escaso territorio, al más alto gra- do de riqueza. Pero ni ]as ventajas naturales ni la eficacia del tra- bajo servirian de nada sin la seguridad individual, en- tendiendo por tal la proteccion que la sociedad dispen- sa á sus individuos y que puede dividirse en protección por el Gobierno y protéccion contra el Gobierno. En efecto, cuando el que posee alguna riqueza se halla ex- puesto á ser despojado, ya por los particulares, ya por un poder expoliador y arbitrario, hay pocas personas que se curen de trabajar para enriquecerse, y hé aquí la causa de la pobreza tradicional de algunos países del Asia, en otro tiempo ricos y florecientes. La inseguri- — 61 --- dad que resulta de las exacciones del Gobierno ó de sus agentes es la más funesta á _la produccion, porque hay ménos Medios de resistir á ella que á las ciernas depre- daciones; pero, de todos modos, cualquiera ley, cual- quiera costumbre, cualquiera causa que encadene los esfuerzos del trabajador, interponiéndose entre ellos y sus resultados naturales, no puede ménos de impedir el desarrollo de la riqueza. En resúmen: la capacidad ó virtualidad de los ele- mentos productivos depende de tres causas principales, que son: la eficacia del trabajo, las ventajas naturales y la seguridad individual. III De los agentes naturales. Hemos llamado así á todos los objetos de la creacion capaces de satisfacer nuestras necesidades. Esta capacidad es lo que en Economía política se conoce con el nombre de utilidad. Los agentes naturales la reciben de la Naturaleza, sin esfuerzo, sin sacrificio alguno de nuestra parte, y por esta razon se la ha llamado por algunos economis- tas utilidad gratuita (1). Mas, para que el hombre la convierta en provecho suyo, es preciso que se la apro- pie por medio del trabajo; porque la /utilidad es sólo una tendencia, que no se realiza ó se hace efectiva sino por la accion de nuestras facultades (2). La utilidad, considerada bajo un punto de vista ge- neral, tiene su medida marcada por la especie de nece- sidades á que se refiere. Así existe en el más alto gra- do en las cosas que subvienen á las primeras necesi- dades de nuestra existencia, á aquellas que debemos satisfacer so pena de muerte inevitable; se halla en un (1) Bastiat, Armonias económicas, Cap. 11. (2) Utilitas, de utor, eris, usus sum, uti, la cualidad de ser útil, de ser susceptible de uso. — 63 — grado inferior en las cosas que sólo sirven para librar- nos de las privaciones ó sufrimientos que no amenazan nuestra vida, y se muestra todavía en menor escala en aquéllas otras que no se emplean más que para propor- cionarnos placeres y distracciones (1). Pero aún puede considerarse la utilidad relativa- mente á los individuos, y entónces varía, no sólo segun las necesidades á cuya satisfaccion se dirige, sino tam- bien segun el juicio de las personas á cuyo exámen está sometida. Así lo que es útil para unos puede ser inútil y áun perjudicial para otros; lo que ha prestado grandes servicios en la Antigüedad se rechaza ó se des• precia en nuestros dias, y tal sustancia, que tiene apli- caciones en un pueblo ó en una época para una por- cion de actos de la vida, es mirada en otros con una repugnancia invencible. Para no citar más que algu- nos ejemplos: ciertos crustáceos, que provocarian náu- seas en un Europeo, son un alimento exquisito para los Chinos; los soldados comen los ratones, á cuyo solo aspecto huyen con terror las mujeres nerviosas, y las damas romanas del Bajo Imperio aspiraban con delicia el olor de la asafétida, que tan ingrata impresion pro- duce en nuestro olfato. De todos modos, la utilidad es la propiedad distin- tiva de los agentes naturales, y en este número deben incluirse, no sólo las tierras y las aguas, sino tambien el aire, los cuerpos animales, vegetales y minerales, la luz, el calórico, la electricidad, las fuerzas físicas y quí- micas; en una palabra, cuantos objetos existen en la Naturaleza accesibles á nuestra inteligencia y nues- tros sentidos, porque todos son útiles, pudiendo con- currir directa ó indirectamente con el trabajo á la sa- tisfaccion de las necesidades humanas. (1) Diccionario de la Economia politica, Art. Utilidad. — 64 -- Los agentes naturales pueden clasificarse del modo siguiente: Sustancias. Minerales (la tierra, el aire, el agua, etc.). Vegetales (plantas, árboles, arbustos, flores, fru- tos y semillas). Animales (todos los de este nombre). Físicas ( todas las exteriores, olor, color, sabor, forma, etc.). Propiedades. . • Químicas (todas las interiores ó que no se reve- lan sino por la descomposicion de los cuerpos). Elasticidad, afinidad, atraccion, inercia, impene- Fuerzas  trabilidad, calórico, lumínico, eléctrico, mag- /  nético, etc.). Entre estos agentes hay algunos que constituyen á la vez la materia y el taller de la produccion , tales como la tierra cultivable, las minas y las canteras, á las cuales puede agregarse el Mar, los lagos y los ríos, en tanto que encierran en su seno los peces, el coral, la esponja, la sal, las arenas de oro y otras cosas útiles. Los demas, como el calórico y la lluvia que desarrollan y maduran los gérmenes, el viento que hace las veces de motor, las corrientes de agua que obran de la misma manera ó sirven de vias navegables, la electricidad, el vapor, etc., no son más que auxiliares del trabajo hu- mano (1). Se observa tambien, dice Roscher (2), que muchos agentes naturales tienen una utilidad ilimitada, pu- diendo citarse entre ellos el clima, con el calor y la hu- medad que le son propios; los vientos que soplan en el Mar, á lo largo de las costas y en las grandes llanuras; (1) Diccionario de la Economia política, Art. Agentes naturales. (2) Principios de la Economia política, Lib. 1, Cap. 1, Párrafos 31-34. — 65 — el flujo y reflujo, que suministran el comercio una fuer- za poderosa cuando la accion de la marea se prolonga más allá de las embocaduras de los dos; el Mar mismo que sirve de frontera natural, facilitando al propio tiem- po las transacciones mercantiles, etc. Otros son igual- mente inagotables, pero á condicion de combinarse con ciertos cuerpos que, multiplicándose, pueden hacer que ellos se multipliquen á su vez por lo ménos propor- cionalmente: así la propiedad que posee el calórico de imprimir á enormes fardos un movimiento rápido, por medio de la presion del vapor, es por mil toneladas de hulla mil veces más grande que por una sola. Final- mente, existe una tercera clase de fuerzas naturales que, íntimamente unidas á las fracciones del terreno, pueden agotarse y se agotan efectivamente, como su- cede con los manantiales, la pesca de los lagos y de los ríos, los filones metálicos, etc., etc. Dividen ademas los autores (1) los agentes natura- les en apropiables é inapropiab'es , incluyendo entre los primeros las tierras de labor, los saltos de agua, las minas y las canteras, que en su concepto pueden ser apropiados, es decir, reducidos á propiedad particular; y entre los segundos el Mar, el aire, la electricidad, las fuerzas físicas y químicas, que, segun ellos, no son sus- ceptibles de apropiacion alguna. Mas si por ap-opia- eion, se entiende la ocupacion ó aprehension individual de las cosas que nos rodean, es indudable que lo mis- mo se resisten á ella los agentes considerados como apropiables que los que se califican de inapropiables. Podrá en verdad ocuparse una porcion de terreno que se labra, una mina que se explota ó un salto de agua que se utiliza de cualquier modo; pero tambien se ocu- pa una porcion de mar cuando se cubren de naves sus olas, una porcion de aire cuando se la hace servir de (1) Diccionario de la Eccnornia politica, Art. Agentes naturales. 5 — 66 — motor, una porcion de electricidad cuando se desarrolla en la pila de Volta y se conduce á puntos determinados por medio de alambres. En cuanto al Mar, el aire y la electricidad en toda su extension, es tan imposible ocu- parlos corno el globo terrestre, corno el conjunto de filo- nes metálicos que encierra en sus entrañas y la masa de agua que cubre gran parte de su superficie. Y si se llama apropiacion, no la ocupacion material, no la aprehension individual de las cosas, sino su asimila- cion á nuestro organismo, la operacion de comunicar- les cualidades propias para satisfacer nuestras necesi- dades, entónces es preciso confesar que todas las que hay en el Universo, tierras y mares, minas y canteras, aguas y aire, fuerzas físicas y químicas, son igualmen- te apropiables, puesto que todas tienen utilidad, es decir, capacidad de contribuir á la satisfaccion de las necesidades humanas, y todas pueden ser aplicadas á este objeto. De modo que, bajo cualquier punto de vista que se considere, no es admisible la division de que se trata. Tampoco lo es la distincion que hacen otros auto- res (1) de los agentes naturales en apropiados y no apro- piados, dando el primer nombre á los apropiables y el segundo á los inapropiables. No hay, en efecto, agente natural alguno que esté ya apropiado ó colocado en condiciones propias para la produccion, puesto que en esta apropiacion consiste precisamente, como ya hemos dicho (2), la produccion misma , y cuando un objeto cualquiera la ha recibido del trabajo deja de ser agente natural para convertirse en producto, á bien en capital si se aplica á una produccion nueva. Capitales son, en efecto, y por consiguiente productos, los que llaman los autores agentes naturales apropiados, á saber, las tier• (1) Molinari, Curso de Economía política, Leccion II. (2) Véase el Cap. 1 de este libro. — 67 — ras labrantías, las minas y las canteras en explotacion, los saltos de agua empleados como motores, etc.; por- que todos ellos concurren á la produccion con el mismo titulo que los instrumentos, máquinas y aparatos de que el hombre se vale en sus diversas empresas, no me- reciendo en realidad la calificacion de agentes natura- les más que los no apropiados, los que no han sido pro- ducidos ó convertidos en productos y se hallan por lo tanto en su estado nativo. Por lo demas, la Providencia ha repartido diversa- mente sus dones entre todas las regiones del Globo, do- tándolas á ésta de la fertilidad de la tierra, á aquélla de la fecundidad de las minas, á esotra de la profusion de la pesca ó de la caza, de modo que no hay pueblo alguno, por miserable que parezca, que no posea más ó ménos medios de produccion. El país de los Esquima- les nos envia pieles; el Sahara nos suministra dátiles y plumas de avestruz; el Banco de Terranova tiene sus arenques; las llanuras de Buenos Aires están llenas de ganados. Por otra parte, la Historia nos muestra pai- ses enteros, al parecer desprovistos de cosas útiles y que de pronto las han descubierto en singular abundancia. El principado de Gales era un país pobre antes de la invencion de la hulla, y hoy sólo por las grandes masas que posee de este mineral ha recibido el título de In- dias negras. La California y la Australia han permane- cido relegadas al olvido, como incapaces de toda pro- duccion, hasta que han vomitado sus entrañas el oro de que están inundando á la Europa. Nadie pensaba si- quiera que pudiesen explotarse las tierras incultas de las islas Chinchas cuando la Agronomía ha venido á enseñar las aplicaciones que tiene el guano. ¿Quién sabe, en fin, si alg'un dia esas arenas estériles del Gran Desierto, que atraviesan con presurosa planta las ca• ra y anas, revelarán cualidades preciosas? Entónces se verá que hyy en el fondo del África una utilidad hoy — 68 — i o morada; entónces, fecundadas por la mano del hombre,. quizá se conviertan aquellas regiones en un no inter- rumpido oásis. En ningun tiempo, en ningun país, se ha visto pri- vada la industria humana del concurso de los agentes naturales, sin el cual nada hubiera producido; pero el número y la eficacia de los que la secundan va crecien- do sin cesar, á medida que nuestros conocimientos se extienden y nuestros medios , de accion se multiplican. Cada dia, dice Coquelin (1), se ingenia más el hombre en domar las fuerzas de la Naturaleza, sujetarlas á su imperio y hacerlas trabajar en provecho propio; cada dia tambien logra sacar de ellas mejor partido. No hay descubrimiento en las ciencias, ó al ménos en las artes industriales, que no tenga por objeto, ya poner al ser- vicio del hombre alguna fuerza natural todavía igno- rada, ya utilizar mejor un agente conocido de antema- no. Continuamente se descubren nuevas minas y can- teras, se extiende el dominio de la tierra cultivable, se exploran los lagos y los ríos y se revelan nuevos mares á los ojos de los navegantes. La fuerza de la gravita- cion, que en los tiempos primitivos era casi siempre un obstáculo para el hombre, se ha convertido, gracias á los descubrimientos científicos, en uno de sus más po- derosos auxiliares. La electricidad , que era un poder tan misterioso y tan rebelde, nos sirve ya para corres- pondernos instantáneamente á grandes distancias. El vapor, que ántes se perdia en la atmósfera, reducido ahora á prision en una caldera, arrastra con velocidad. increible nuestras personas y nuestras riquezas. Final- mente, las potencias más secretas de la Naturaleza, lo mismo que las propiedades más Intimas de los cuerpos, vienen sucesivamente á rendirnos tributo. Es esta una (1) Diccionario de la Econornia política, Art. Agentes naturales. — 69 — de las fases del progreso humano, y no ciertamente la ménos digna de interes. Analícense todos los ade- lantos de la Industria, observa muy oportunamente J. B. Say (1), y se verá que están reducidos á sacar mejor partido de las fuerzas y de las cosas que la Na- turaleza pone á disposicion del hombre. (1) Curso de Economía política, Tomo I. IV Del trabajo. El trabajo, hemos dicho, es la accion reflexiva y voluntaria de nuestras facultades físicas, morales é in- telectuales, para satisfacer nuestras necesidades. En este sentido, no puede llamarse trabajo el respi- rar, comer, pensar sin objeto, etc., etc.; en una pala- bra, el ejercicio de las funciones naturales; porque no son acciones voluntarias y reflexivas, esto es, hijas de la voluntad y de la razon, sino de la sensibilidad y del instinto. Y así los irracionales no trabajan , hablando con toda propiedad, puesto que carecen de inteligencia y de libre albedrío. Tampoco debe considerarse corno trabajo el saltar, correr, bailar, etc., porque estos actos, cuando no son objeto de un arte, aunque intervenga en ellos la volun- tad y se dirijan á satisfacer ciertas necesidades, no son dominados por la razon ni tienen el carácter de re- flexivos. La causa del trabajo es la voluntad guiada por la razon; su fin, la satisfaccion de las necesidades hu- manas. Mas, para que haya trabajo, no es necesario tam- poco que se cumpla. ese fin; basta que á él vayan enca- minados nuestros esfuerzos; porque el trabaj o , aun- — 71 — que esencialmente productivo, puede accidentalmente y por un error del entendimiento no dar producto al- guno. Las condiciones de todo trabajo productivo son: 1. 1 Que sea ejecutado con inteligencia. 2.' Que recaiga en un objeto útil. 3." Que se sirva de instrumentos adecuados á la obra. Cualquiera de estas condiciones que falte, el tra- bajo se hace estéril y áun perjudicial. El objeto del trabajo puede ser el mismo sujeto, esto es, el hombre, cuyo cuerpo y cuyo espíritu constituyen muchas veces los agentes naturales de la produccion. En cuanto á los instrumentos, el primero que emplea es sus propios músculos, á los cuales añade después otros artificiales que vienen á descargarle de una parte del esfuerzo, El trabajo puede dividirse en físico, moral é inte- lectual, como las mismas facultades de que emana y las necesidades á cuya satisfaccion se dirige. Pero, á decir verdad, todo trabajo, por material que sea, tiene algo de racional, y en toda tarea de la inteligencia entra tambien por algo la fuerza física. Si algun trabajo se concibe puramente espiritual es la meditacion, la com.- paracion de las ideas ya adquiridas por el entendimien- to, y áun éste, para que conduzca á algun resultado práctico, es menester que sea auxiliado por los órganos corporales. El más estúpido peon de albaflil, destinado á suministrar maquinalmente los materiales de la edi- ficacion, ejerce una funcion intelectual en que no po- dría reemplazarle el animal de más instinto, y el sabio más profundo no podria legarnos sus abstracciones si no se tomase el trabajo de dictarlas ó escribirlas. No hay, pues, un solo trabajo que no exija la accion simultánea de todas nuestras facultades; sólo que éstas se combinan en diversas proporciones segun el género — 72 — de produccion á que se aplican, ó lo que es lo mismo, que cada produccion requiere el ejercicio de facultades diversas. El jornalero, el mozo de cuerda, no ejercitan las mismas que el sabio ó el artista: los primeros em- plean principalmente sus músculos, los segundos tra- bajan más con su inteligencia. La misma diversidad se observa en las operaciones de que consta cada ramo de la produccion. En una manufactura de algodon , por ejemplo, el tejedor no tiene que hacer uso de los mis- mos órganos que el capataz ó el director de la fábrica; en un regimiento, el soldado no se sirve de las mis- mas facultades que el coronel ó el médico (1). Por otra parte, el trabajo no es igualmente eficaz en todos los individuos y en todos los paises: su poten- cia productiva varia segun las aptitudes naturales, la instruccion y la moralidad del trabajador. Así los In- gleses sobresalen por el vigor , los Alemanes por la exactitud, los Franceses por el gusto. Cada raza, cada pueblo, cada hombre tienen por la Naturaleza un gra- do de habilidad y de fuerza que la educacion puede desarrollar, pero no igualar, en términos de colocarlos todos al mismo nivel y hacerlos aptos para toda clase de producciones. La inferioridad nativa de ciertas per- sonas como de ciertas variedades del género humano es hoy cosa averiguada, y así como jamas se dará á un caballo flamenco la ligereza del inglés ó el árabe, así tampoco adquirirá un Caribe la inteligencia de un Europeo. La educacion , sin embargo, perfecciona los individuos y las razas. Las más felices disposiciones naturales para un oficio, para una profesion cualquie- ra, no sirven de nada cuando se carece de los conoci- mientos especiales que este oficio ó esta profesion exi- ge. Ya lo dijo, hablando de las letras, el insigne poeta y (1) Molinari, Curso caltcononita política, Leccion IX. — 73 preceptista Horacio (1): ni el arte sin el ingenio, ni el ingenio sin el arte. Y áun debe comprender la educa- cion, no sólo el aprendizaje, no sólo el cultivo de aqué- llas facultades que han de ejercitarse en la produccion, sino tambien cierta instruccion general, cierto grado de cultura, necesario siempre para la mejor conducta del hombre en los negocios de la vida. El trabajador instruido, dice J. Garnier (2), es ménos accesible á la influencia de la rutina y de las preocupaciones, com- prende mejor las mejoras que conviene introducir en sus obras y aplica con más discrecion los descubrimien- tos científicos y las conquistas de la experiencia. Pero más que la instruccion del trabajador importa todavía su moralidad; porque los gastos de vigilancia en cada empresa particular, los de policía y administracion de justicia en cada Estado, dependen mucho de las cos- tumbres, y cuando éstas son buenas, pueden disminuir- se aquéllos y queda disponible una suma de riqueza á de trabajo mucho mayor para obras positivamente úti- les. Ademas, que el trabajador honrado es más laborio- so, conserva más tiempo su salud y sus fuerzas, hace economías, goza de crédito bastante para obtener ca- pitales y elevarse á la categoría de empresario, educa bien á sus hijos y no se deja arrastrar por esas pasio- nes , subversivas que tanto eco hallan hoy en los ta- lleres y que ponen con tanta frecuencia en peligro la sociedad y el órden público. De lo dicho se infiere que el trabajo tiene una je- rarquía natural, dependiente del número y la exten- sion de las facultades que el trabajador ejercita. Aun- que todos los trabajos sean honrados, no todos tienen igual mérito ni pueden aspirar á la misma estimacion. Cuanta más inteligencia, cuanta más sensibilidad exi- (1) Epistola ad Pisones. (2) Tratado de Economía política, Cap. XI, Párrafo t . — 74 — jan , serán más nobles y meritorios; por el contrario, cuanto más se sirvan de los músculos, más bajo será el puesto que ocupen en la escala económica. Esta jerarquía natural del trabajo viene á modificar la continuamente el progreso, sustituyendo á la fuerza del trabajador una fuerza bruta más eficaz y ménos costosa. Así en ciertas producciones se ve al trabajo humano cambiar sucesivamente de índole, y de pura- mente material que era al principio, al ménos en las funciones inferiores, hacerse cada dia más y más inteli- gente. Si examinamos, por ejemplo, dice Molinari (I), la locomocion en sus diferentes períodos, no podrá mé- nos de sorprendernos la importancia y transcendencia de las modificaciones que, bajo la influencia del pro- greso, ha sufrido en ella el trabajo. En su origen, el hombre mismo es el que transporta los fardos, poniendo en accion su fuerza muscular, y así sucede todavía en algunos puntos de la India, donde los hombros de los odies son los únicos vehículos que están en uso, tanto para el transporte de los viajeros como de las mercan- cías. Pero se domestica el asno, el camello, el elefante; se inventa el carro y el navío, y desde este momento la índole del trabajo locomotivo varia completamente. La fuerza muscular ya no basta ni desempeña tampoco más que un papel secundario; lo que se emplea princi- palmente es la habilidad, la destreza. Sobreviene, en fin, el último progreso: el vapor se aplica á la locomo- cion, y aquellos aparatos, que ántes necesitaban el con- curso de cierta fuerza muscular, son reemplazados por una máquina, cuyos directores, fogoneros ó mecánicos, apénas hacen uso más que de su inteligencia. Los agentes personales de toda produccion son tres, segun J. B. Say; el sabio, el empresario y el trabaja- dor. El primero proporciona los conocimientos, los prin- 0) Diccionario de la Economia politica, Art. Trabajo. — 75 --- cipics y las reglas de la produccion misma; el segundo reune y combina los elementos productivos, y el ter- cero los pone en accion. «Examínense sucesivamente todos los productos, dice el autor ya citado (1), y se verá que han debido su existencia á tres operaciones distintas. ¿Se trata de un costal de trigo ó de un tonel de vino? Ha sido preci- so que el naturalista ó el agrónomo conociesen el cur- so que sigue la Naturaleza en la produccion del grano ó de la uva, el tiempo y el terreno favorables para la siembra ó la plantacion y los cuidados que aquéllas plantas exigen si han de llegar á su desarrollo comple- to. El colono ó el propietario ha aplicado despees es- tos conocimientos á su posicion particular, ha reuni- do los medios de obtener un resultado útil y removido los obstáculos que podian impedirlo. Finalmente, el jornalero ha labrado y sembrado la tierra , podado la vid, segado y trillado la mies, arrancado y exprimido la uva, etc., etc. Por todas partes la industria se compone de la teoría, la aplicacion y la ejemcion: sólo cuando una nacion sobresale en estas tres operaciones, es cuan- do llega á ser verdaderamente industriosa.» Compréndese, por lo (lemas, fácilmente que una mis- ma persona puede reunir los caracteres de sabio, em- presario y trabajador, y así sucede, en efecto, al menos hasta cierto punto. El empresario coopera á la produc- cion, no sólo con su trabajo, sino tambien con sus co- nocimientos; el trabajador emplea tambien en ella su habilidad, y el sabio tiene que 'nacer, para producir, algun esfuerzo manual ó físico. Se llama industria el conjunto de las aplicaciones del trabajo humano: de modo que en Economía política se designan con este nombre, no sólo las fábricas, las manufacturas y los oficios, como sucede generalmente, (1) Tratado de Economía política, Torno I, Cap. Vi. — 76 — sino tambien la agricultura, el comercio, y hasta las nobles artes y las profesiones liberales. hay, pues, va- rias clases de industria, aunque todas ellas pueden re- ducirse á las siguientes: INDUSTRIAS OBJETIVAS QUE OBRAN SOBRE LOS OBJETOS DEL 2VIUNDO EXTERIOR. L a Industria extractiva, que se ocupa en extraer de la tierra y de las aguas, sin darles preparacion alguna, las cosas útiles que contienen. Comprende la minería, la cantería, la pesquería, la cacería y la leriería ó sea la corta de lela y de madera. 2.' Industria agrícola, que se dedica al cultivo de la tierra y comprende la agricultura propiamente di- cha: esto es, las plantaciones alimenticias, como son los granos, frutas, legumbres, hortaliza y pastos; las plan- taciones recreativas, á saber, floricultura y jardinería; las plantaciones textiles y tintoriales, y las plantacio- nes medicinales. 3.' Industria de la cría de animales, cuyo objeto indica suficientemente su título, y que comprende las várias especies de ganadería, ó sea de industria pecua- ria, la piscicultura, la cria del gusano de seda, la de la abeja, la de los animales domésticos, etc., y la recolec- cion de sus productos. 4. a Industria manufacturera d fabril, que prepara y transforma las materias que le suministran las indus- trias anteriores. Comprende las fábricas, las manufac- turas, las artes mecánicas, los oficios y las profesiones que se encargan de dirigirlos. 5.' Industria locomotiva, distinta del comercio, con el cual se confine ordinariamente, que tiene por ob- jeto transportar las cosas y las personas por tierra, por -- 1 77 — mar y por ríos ó por canales navegables. Comprende los transportes y la navegacion. 6.' Industria mercantil, co m u nrnen te llamada co- mercio, cuyo oficio es servir de intermediaria entre el productor y el consumidor, proporcionando á éste los artículos de su uso en la cantidad y de la calidad que los necesita. •  INDUSTRIAS SUBJETIVAS QUE OBRAN SOBRE EL HOMBRE MISMO. 1." Industria del sacerdocio, que se dedica al servi- cio inmediato del culto y comprende el clero y todas las demas profesiones que le ayudan directamente en el ejercicio de su sagrado ministerio. 2.' Industria de la eclucacion, que tiene por objeto cultivar la razon y la conciencia, afirmando en ellas la idea y el sentimiento del deber. La ejercen los padres y los preceptores. 3.' Industria de la ense7a2zza, que tiende á des- arrollar las facultades intelectuales y es desempeñada por los maestros de todas las ciencias y todas las ca- tegorías. 4. 4 Industria artística, que se ocupa en cultivar la imaginacion y la sensibilidad y comprende todas las nobles artes. 5." _Industria del gobierno, cuya rnision es garanti- zar la libertad y la propiedad de los ciudadanos. Com- prende los legisladores, los gobernantes propiamente dichos, los funcionarios públicos, la magistratura y to- das las profesiones que la auxilian, corno son el ejérci- to, la armada, la policía, los abogados, escribanos, pro- curadores, etc. 6. a Industria sanitaria, que tiene por objeto la con- — 78 — servacion de la salud y la curacion de las enfermeda- des. Comprende la medicina, la cirugía, la gimnasia y todas las profesiones que la secundan, ya auxiliándolas en sus operaciones, ya cuidando por si mismas del des- arrollo del cuerpo humano. 'Tal es la clasificacion de las industrias que nos ha parecido ménos imperfecta. En todas ellas entra el tra- bajo como el primer elemento productivo, y todas ellas exigen en mayor ó menor proporcion su concurso. Sin trabajo no hay produccion posible: el trabajo es el que da á los objetos naturales, si no la utilidad, si no la ca- pacidad de satisfacer nuestras necesidades, porque ésta, corno ya hemos visto, reside esencialmente en ellos, al ménos las cualidades propias para desempeñar el mis- mo oficio : por el trabajo hemos dominado á la Natu- raleza, convirtiéndola en humilde esclava de nuestros mandatos: el trabajo, en fin, es la esencia misma de nuestro sér, la condicion indispensable de nuestra exis- tencia. Del capital. § 1. 0 CONSIDERACIONES GENERALES. — La VOZ Capita/ tiene en el lenguaje vulgar, de donde la ha tomado la ciencia, diversas acepciones. Así en el caso de un préstamo se dice capital por oposicion á interes. El capital es entónces sinónimo de principal y significa la suma ó el valor prestado, como el interes significa la indemnizacion anual pagada por el deudor. Cuando se habla de un hombre rico, la palabra ca- pital se emplea como opuesta á la de renta, y compren- de indistintamente todos los bienes que ese hombre posee, menos los que destina anualmente á la satisfac- cion de sus necesidades. Entre los economistas hay dos maneras de conside- rar el capital. Los unos, con J. B. Say y Mac-Culloch, quieren que por capital se entienda el conjunto de productos acumulados, de cualquier clase que sean y á cualquier objeto que se destinen, ya sirvan sólo para la subsisten- cia del hombre, ya sean aplicables á una nueva pro- duccion. Los otros, con Rossi, á cuya opinion se acercan mu- cho A. Smith y Malthus, limitan la siguificacion de la — 80 — palabra capital á aquella parte de la riqueza indivi- dual ó social destinada á la industria. Por nuestra parte seguirémos á Rossi, llamando ha- ber á todos los bienes de una persona, de cualquier cla• se que sea, y reservando la denominacion de capital para el producto ó productos empleados reproductiva- mente. El capital no constituye, pues, toda la riqueza. Los cuadros, las alhajas, la vajilla de oro y plata, son ri- queza, pero no son capitales, porque no se destinan á la produccion, sino al recreo ó al adorno del hombre. La casa que un arquitecto construye forma tambien parte de la riqueza, pero no pasará á la categoría de capital miéntras no se destine, por ejemplo, á servir de taller ó tienda. En una palabra, la riqueza no se convierte en capital sino en virtud del destino que se le da, y á difea reacia del fondo de consumo, inmediatamente aplicable á nuestros placeres ó nuestros caprichos, á la idea de ca- pital va siempre unida la de actividad productiva (1). «Los capitales, dice Flórez Estrada (2), no consisten sólo en dinero; toda especie de riqueza es apta para for- marlos , y sin dinero puede haber capital que no llega- ria á serlo si el dinero no se cambiase por otra riqueza.. Un fabricante, por ejemplo, si posee todos los materia- les que manufactura y los artículos que sus operarios consumen, aunque no tenga cantidad alguna de dine- ro, posee un capital con que producir riqueza; por el contrario, si carece de las primeras materias que se ela• boran en su fábrica, por más dinero que tenga no po- drá producir riqueza alguna.» Lo que el capital hace en la produccion es propor- cionar el abrigo, la proteccion, los utensilios 6 instru- (1) Baudrillart, Manual de Economia política, Parte 11, Cap. IV, Párrafo 1. (2) CurPo de Economia politiza, Parte 1, Cap. V. — 81 --- mentos, los materiales que exige el trabajo, alimentar y mantener á los trabajadores durante su tarea: todo lo que se destine á estos usos, todo lo que suministre al trabajo aquellos elementos, es capital. Puede haber, sin embargo, riqueza que sea produc- tiva para su dueño y no lo sea para la sociedad, corno sucede con la que se toma prestada para, emplearla im- productivamente. El prestador percibirá, sin duda, un interes por ella; pero, no habiendo nueva produccion, será preciso pagarle del haber del prestamista (1), y por consiguiente la riqueza social se encontrará dismi- nuida en una suma igual á la que ese interes represen- ta. Ahora bien: la riqueza de que se trata no debe con- siderarse como capital; porque el alquiler de un pro- &reto cualquiera no altera en nada su categoría, y la única circunstancia á que atiende la ciencia para cla- sificarle como corresponde, es el uso que de él se haga. Destinado á la produccion , aunque no pertenezca al que le emplea y aunque no dé ganancia alguna al due- ño, forma parte del capital social, puesto que aumenta la riqueza ya existente: empleado de una manera im- productiva , por más que el propietario reporte de él una renta, constituye para la sociedad una verdadera pérdida. No todo lo que es capital para el individuo lo es para la nacion, y viceversa. Dividen algunos autores el capital en productivo é improductivo, pero es porque comprenden bajo este nombre, no sólo la suma de productos destinados á la re- produccion, sino toda la riqueza. Tomada la palabra ca, pital únicamente en el primer sentido, semejante divi- sion no tiene razon de ser y cae desde luégo por su base. Más aceptable es la que hacen otros autores distin- (1) Tomamos aquí las palabras prestador y prestamista en el sent i do que les da el Derecho: prestador el que presta, y prestamista el que tema prestado. 6 -82-- g uienclo capitales activos é inactivos, porque, en efecto, puede suceder que algunos de ellos se hallen momentá- neamente sin empleo, ya por la indolencia ó ineptitud de sus duenos, ya por circunstancias extrailas á la vo- luntad de los mismos. Pero la mejor division de los capitales es la que se funda en las diversas funciones que desemperian en la produccion, y bajo este punto de vista, el capital com- prende: 1.° Provisiones; 2.° materias primeras; 3.° materias auxiliares; 4.° construcciones industriales; 5.° máqui- nas; 6.° aptitudes. Llamarnos provisiones á los artículos que sirven para la subsistencia del trabajador, cualquiera que sea su categoría ó el oficio á que se dedique: tales corno ví- veres, vestidos, habitaciones y demas que se reserva el mismo trabajador, ó se le entrega en dinero ó en espe- cie, para atender á sus necesidades, antes ó despues de terminadas las operaciones productivas. Pero si estos artículos se consumen por un individuo que no tenga el carácter de trabajador, ya no serán capital, porque no se destinan á la produccion, como tampoco lo serán aquéllos que, aun cuando consumidos por un trabaja- dor, no se consideren indispensables para la satisfac- cion de sus necesidades legítimas. Así, por ejemplo, será capital todo lo que gaste en mantenerse un zapatero ó un médico laborioso, pero no lo que consuma un vaga- bundo ó un mendigo. Denominamos materias primeras á los materiales, ya en bruto, ya elaborados, en los cuales recae el tra- bajo, y que despues forman la base del nuevo producto, como, por ejemplo, la madera en la produccion de una mesa, el hierro en la de unas tenazas, la harina en la del pan, el cuero en la de los zapatos, etc. Damos el nombre de materias auxiliares á los ma- teriales que se emplean en la produccion, pero que no — 83 — se incorporan al nuevo producto; v. gr., el carbon para una fragua, la pólvora que se gasta en la caza y en los trabajos de las minas, el ácido sulfúrico en la depura- cion del aceite, etc., etc. Entendemos por construcciones industriales los ta- lleres, los almacenes, los puertos de mar, los canales de navegacion y de riego, las carreteras y demas medios de comunicación. Calificamos de máquinas cuantos instrumentos ani- mados é inanimados sirven para auxiliar el trabajo, á saber: los animales destinados á la labranza, al trans- porté y á la custodia de las propiedades; los que, como la abeja y el gusano de seda, rinden por sí mismos cier- tos productos; las tierras preparadas ya para el cultivo; las aguas que se aprovechan para motores, para la na- vegacion y el riego; los utensilios, herramientas y apa- ratos que se emplean en la industria. Por último, designamos con la palabra aptitudes las dotes morales, físicas é intelectuales adquiridas por el trabajador, la economía, la sobriedad, el amor al tra- bajo, la habilidad, la destreza y los demas conocimien- tos científicos, artísticos y literarios que la educacion proporciona. Todos los objetos enumerados pertenecen á la cate- goría de capital, porque todos son otros tantos produc- tos destinados á la produccion ; pero entre ellos hay algunos que se absorben ó funden en aquél á cuya for- macion concurren, desapareciendo despues de termina- da, esto es, inutilizándose para formar productos igua- les, ó sea para prestar en el mismo género de produc- cion iguales servicios, miéntras que otros se gastan, se deterioran más ó ménos, pero no desaparecen completa- mente en cada operacion productiva, sino que contribu- yen á la formacion de varios productos sucesivos. Así, por ejemplo, el sebo y el álcali, que constituyen el ja- bon, se destruyen como tales en el acto de la saponifica- -- 84 — cion, embebiéndose, por decirlo así, en el jabon mismo, y terminand o aquí el papel que desempeñan en esta i u. dustria , bien que, fundidos en el producto, puedan em- plearse despues en otra, á título de materias primeras ó de materias auxiliares. Por el cpntrario, ]as máquinas ó aparatos que sirven para fabricar el jabon, sufren en este acto un deterioro, una usura más ó ménos conside- rable; pero subsisten durante algun tiempo, y sólo se inutilizan al cabo de cierto número de producciones. Analícense las operaciones de las demas industrias, y se observará el mismo fenómeno. Toda produccion implica, pues, la destruccion total de algunos capitales, y parcial de otros. Llamaremos á los primeros capitales permanentes, y á los segundos capitales transitorios (1). Son capitales permanentes las construcciones indus- triales, las máquinas y las aptitudes. Son capitales transitorios las provisiones, las mate- rias primeras y las materias auxiliares. Unos y otros concurren á la produccion en propor- ciones diversas, segun las industrias á que se aplican; es decir, que hay industrias que , exigen más capital per- manente que transitorio, viceversa. Entre las pri- meras, citarémos las filaturas de algodon ; entre las se- gundas, las tiendas de especias: el capital transitorio predomina en el comercio; el capital permanente en las manufacturas y las fábricas. Ahora conviene observar que todo capital se forma por el ahorro, es decir, reservando el producto en todo en parte para aplicarlo á una nueva produccion, por- que en efecto, si todos los que producen y los que viven del trabajo de los demas, no reservasen nada con dicho objeto, el capital no existiria, ó por lo ménos no se au- (1) Capitales fijos y capitales circulantes ó reproductivos de los au- tores. — 85 — mentaria nunca. Las personas e mismas que gastan en su subsistencia todo lo que producen, economizan por lo ménos la parte que constituye sus provisiones, la fraccion de producto que necesitan para subsistir hasta, que hagan una nueva operacion productiva. Hay, pues, ahorro áun en este estado económico , que es el más sencillo y rudimentario, puesto que las personas de que se trata producen más de lo que gastan, ó gastan mé- nos de lo que producen, y podemos afirmar, sin temor de equivocarnos, que todo capital es el resultado del ¿horro. El capital, sin embargo, dice Stuart Mill (1), se man- tiene, más que por la conservacion, por la reproduccion continua. La mayor parte de la riqueza que posee hoy una nacion cualquiera, ha sido producida en el trans- curso del ario. Sólo una pequeña porcion de ella existia ya hace tiempo; por ejemplo, los edificios, las naves, las máquinas, las vial cae comunicacion , y aun estos objetos hubieran perecido si no se hubiese cuidado de repararlos oportunamente. Todos los demas se destru- yen por el uso mismo á que se los destina, ó por mejor decir cambian de forma en virtud de este uso, desapa- reciendo y reapareciendo en cada opera clon productiva. Sucede con el capital lo mismo que con la poblacion: todos los anos muere cierto número de individuos, pero nacen otros tantos, poco más ó ménos, y la especie se perpetúa, áun cuando gran parte de los que la compo- nen no cuente un dia de existencia. Esta reproduccion continua del capital explica, se- gun el autor ya citado (2), la rapidez con que una na- cien repara los estragos de que ha sido víctima, ya sea por un temblor de tierra, por una inundacion, por un huracau, ó lo que es peor todavía, por la guerra. Un (1) Principios de Economía política, Lib. 1, Cap. V, Párrafo 6. (2) 'bid. Lib. 1, Cap. V, Párrafo 7. — 86 — enemigo invade á sangre y fuego un país, se lleva la riqueza que puede, y quema ó destruye el resto. Los habitantes huyen, se ven reducidos á la miseria, y sin_ embargo, al cabo de algunos anos el país recobra su aspecto ordinario, y no queda ni vestigios de la cala- midad pasada. ¿Por qué? Porque lo que ha destruido el enemigo estaba destinado á la destruccion, y la riqueza que los habitantes reproducen tan rápidamente, hubie- ran tenido que reproducirla del mismo modo. Toda la diferencia consiste en que durante la reproduccion no han podido vivir sobre el producto anterior, y han te- nido que imponerse mayores privaciones; pero como la poblacion subsiste, encuentra en su inteligencia, que conserva todavía; en sus tierras, que no han perdido la fertilidad; en sus construcciones industriales, que no han desaparecido completamente, todo lo que necesita para producir y reparar pronto sus pérdidas. El capital, segun Flórez Estrada (1), contribuye de cuatro modos á facilitar la produccion: 1.° Multiplicando los empleos del trabajador. 2.° Disminuyendo la intensidad del trabajo. 3.° Aumentando los productos. 4.° Perfeccionándolos. Multiplica los empleos del trabajador, porque, no funcionando el capital por sí mismo, cada aplicacion de él necesita una nueva aplicacion de la fuerza y la inteligencia del hombre. Así, por ejemplo, se emplean más brazos en la locomocion hoy, que se hace por el vapor y la fuerza animal, que cuando se verificaba lle- vando él porteador á cuestas las mercancías. Disminuye la intensidad del trabajo, porque, auxi- liándole en la produccion, el capital se encarga de una parte más ó ménos grande de la tarea que el trabajo debia desempenar. Así se trabaja ménos para preparar (1) Curso de Economía política, Parte I, Cap. V. — 87 — una fanega de tierra á la siembra cuando se labra ' con el arado que cuando se remueve con un palo puntiagu- do, corno hacen los salvajes. Aumenta los productos, porque, sin el capital, no podría obtenerse la mayor parte de los que, gracias á su ayuda, adquirirnos. No cogeríamos el trigo en los países donde no se cria espontáneamente, sin tener de antemano semilla; no cortariamos un árbol ni haría- mos con él una mesa, sín poseer antes un hacha, una sierra, etc. Perfecciona los productos, porque les comunica cua- lidades y formas de que el trabajo, por sí solo, no hu- biera podido dotarlos nunca. El algodon, por ejemplo, podria hilarse á mano, como se hacía hasta el último tercio del siglo pasado; pero, con las máquinas inven- tadas por Arkwright, ademas de hilarse una cantidad mil veces mayor que con el huso comun, se obtiene un hilo de una finura é igualdad que no era posible lograr con este instrumento. Tales son los efectos de la intervencion del capital en las operaciones productivas: por ellos puede juzgar- se de la influencia que tiene en el desarrollo de la in- dustria y en la conclicion de los pueblos. Bastiat afirma (1) que el progreso de la humanidad coincide con la rápida formacion de los capitales; y en efecto, todo nuevo capital supone un obstáculo de la naturaleza vencido, una fuerza física domada, una dis- minucion de esfuerzo y de sufrimiento por parte del hombre, ó lo que es lo mismo, un aununto de sus go- ces, una satisfaccion más amplia de sus necesidades. Baudrillart sostiene (2) que la cantidad de capital y no la de riqueza es la que determina el estado de civi- lizacion de un país cualquiera; porque la riqueza acu- (1) Armonías económicas, Cap. VII. (2) Manual de Economía política, Parte II, Cap. IV, Párrafo 1. — 88 — mulada bajo diversas formas no significa más que la economía de las generaciones pasadas, miéntras que el capital atestigua, la actividad de la generacion presen- te. Con grandes riquezas un pueblo puede vivir en el ocio y el embrutecimiento: los grandes capitales son una prueba de laboriosidad y de inteligencia. Por último, Coq uelin observa (1) que, conforme el capital aumenta, la industria se abre nuevas vias y áun en las ya conocidas procede de una manera más amplia y más provechosa. Compárese, si no, bajo este punto de vista, la situacion de la Inglaterra y los Estados Uni- dos, tan ricos en capitales, con la de la mayor parte de los pueblos del continente europeo, tan desprovistos generalmente de ellos. El espíritu de empresa es acti- vo en la primera de las naciones citadas, y más aún en la segunda; la agricultura y la industria manufactu- rera cuentan allí con los mejores instrumentos que se conocen; el trabajo opera en las mejores condiciones posibles, y los sudores del hombre, sus aptitudes, sus conocimientos, no se emplean nunca inútilmente. § 2.° DEL CAPITAL-TIERRA.--Hemos enumerado en- tre los capitales las tierras y las aguas, considerándo- las como productos destinados á la reproduccion; y sin embargo, la mayor parte de los economistas les nie- gan este carácter, creyendo que concurren á las ope- raciones productivas sin preparacion alguna, esto es, que para contribuir á la produccion no necesitan án- tes, como los capitales, ser apropiadas por el trabajo, convertidas en productos, ó bien que esta apropiacion se verifica sin esfuerzo, sin dificultad alguna para el hombre. De aquí el haber hecho de las tierras y las aguas un elemento productivo especial, distinto de los capi- tales y del trabajo, que los autores llaman, como ya (1) Diccionario de Economía política, Art. Capital. -- 89 dijimos oportunamente (1), agentes naturales apropia- dos, para que no se confundan con el viento, la lluvia, el calórico, la electricidad y otras fuerzas de la Na- turaleza, no susceptibles segun ellos de apropiacion, y que por lo mismo califican de agentes naturales no apropiados. De aquí Cambien el haber atribuido á las tierras y las aguas una virtud propia, peculiar, privativa de es- tas sustancias, y que no se encuentra en los demas elementos de la produccion, ni en el trabajo, ni en el capital, tal como los partidarios de esta doctrina le conciben, esto es, bajo la forma de máquinas, de ins- trumentos, de edificios, de provisiones y de primeras materias; virtud que A. Smith llama potencia indes- tructible del terreno; Ricardo, facultades productivas, primitivas e imperecederas de la tierra; Considerant, capital primitivo é increado; H. Passy, , fuerzas ó facul- tades naturalmente productivas, etc. Ahora bien, este es un error gravísimo que convie- ne destruir antes de pasar adelante. En primer lugar, las tierras y las aguas, en su es- tado nativo, no tienen más virtud productiva que los demas objetos ó fuerzas de la Naturaleza. Son elemen- tos que ayudan al hombre en la produccion, del mismo modo y con el mismo título que el viento, la lluvia, el calórico, la electricidad, la afinidad, la gravita- cion, etc. Producen si se combina con ellos, si viene en su auxilio y les presta su concurso la actividad huma- na; de lo contrario, son absolutamente improductivos: tienen, como todas las cosas, una utilidad natural ab- soluta; pero esta utilidad, ni más ni ménos que la que encierra el Universo todo, no se revela para el hombre, no se hace para él efectiva, sino por la intervencion del trabajo. (1) Véase el Cap. II de este libro. — 90 — Se dirá: las tierras y lás aguas pueden considerarse como una máquina de produccion, completamente for- mada por la Naturaleza, puesto que en su estado nati- vo convidan ya al hombre con sus frutos espontáneos, con los minerales, vegetales y animales que encierran en su seno ó brotan en su superficie, y aunque para apoderarse de ellos tiene que intervenir el trabajo, tambien intervienen para producirlos las tierras y las aguas; de modo que sor dos los elementos de esta pro- duccion, á saber: la madre tierra, la materia terrestre, las dos sustancias que constituyen nuestro globo, y la actividad humana; por consiguiente, las tierras y las aguas hacen aeldi las veces de un capital especial, á cuya forrnacion no ha contribuido el trabajo, que nada tiene de comun con los denlas capitales y al cual po- dríamos llamar capital no producido , ó bien capital primitivo, capital natural, capital increado, para va- lernos del lenguaje mismo de los autores. Toda esta argumenta cion se apoya en la confusion de dos ideas distintas: productividad y fecundidad. Sin duda que la tierra, considerada en conjunto, es fecun- da , por cuanto da origen naturalmente , sin que el hombre ponga nada de su parte, á una porcion de se- res más ó ménos útiles para el hombre mismo; pero á este título lo son igualmente el aire, la luz, la hume- dad, y todas las demas fuerzas físicas y químicas que con la tierra contribuyen al nacimiento de esos seres, y sin cuyo concurso no se verificaría. El calórico, sobre todo, puede considerarse como el elemento más fecun- do de la Naturaleza, puesto que, cuando no obra con cierta intensidad, la tierra misma se hace estéril é in- capaz de sus más preciosos frutos, como se ve en las zonas polares y en la region de las nieves perpetuas, donde cesa toda vegetacion, y parece como que se es- conde, que se hunde la vida en las entran - as de nuestro planeta. — 91 — Pero si la tierra es fecunda, no por esto puede de- cirse que sea por sí sola productiva. Producir no es fa- vorecer directamente el desarrollo orgánico de los gér- menes que Dios ha depositado en el globo terrestre, como hacen la tierra, las aguas y todos las agentes na- turales: en este sentido no sería productivo el trabajo, el cual no puede hacer otra cosa que dirigir y endere- zar á un fin dado la accion de tales agentes: la produc- cion, como ya hemos dicho (1), consiste en la apropia- cion, en la asimilacion á nuestro organismo de todo lo que es útil para su perfeccionamiento, de todo lo que puede servir á la satisfaccion de las necesidades hu- manas. Las tierras y las aguas, en su estado nativo, ¿apro- pian por sí mismas los objetos útiles que contienen? No: porque no son las tierras, sino sus frutos espontá- neos, los vegetales, minerales y animales que existen en su superficie ó en su seno, los que, ayudados del tra- bajo, cubren nuestra desnudez ó sacian nuestra ham- bre; no son las aguas, sino algunas gotas de este líqui- do, las que, con el auxilio del mismo elemento produc- tivo, vienen á apagar la sed de nuestros labios. Luego ni las tierras ni las aguas tienen por sí solas producti- vidad natural alguna; luego no son un capital tivo é inmado, como dicen algunos economistas. Más claro. El hombre que produce, por ejemplo, una bellota, no se sirve para esta produccion del terre- no en que el fruto ha brotado, sino de la bellota misma pendiente del árbol y del esfuerzo de sus brazos, que la arrancan de las ramas y se la. acercan á la boca. ¿Y por qué no se sirve del terreno? Porque no ha hecho nin- gun trabajo en él, porque no ha modificado su consti- tucion física, porque no ha alterado en nada sus pro- piedades, porque no le ha apropiado para la satisfac- (1) Véase el Cap. I de este libro. — 92 -- cion de las necesidades humanas; no ha hecho más que apropiar la bellota. Decir que en la confeccion de este producto, corno tal producto, entra por algo el terreno en que se cric, sólo porque la encina es una dependen- cia del mismo, valdria tanto como sostener que concur- re á la produccion de la bellota todo el globo terrestre, puesto que de él forma parte ese terreno y no puede existir el uno sin el otro. De igual manera, el aguador, que produce un cán- taro de agua del rio, no se sirve, para obtener el pro- ducto, del mismo rio de donde torna el agua, sino de cierta cantidad de este líquido, del cántaro y de la ac- cion de sus músculos; porque no aplica su trabajo al rio, no varia su cauce, no tuerce su curso, no introduce en él modificacion alguna. Y si se admitiera lo contra- rio, si se considerase el rio como un elemento produc- tivo del cántaro de agua, en atencion á que el segundo procede del primero, con la misma razon deberian con- siderarse como otros tantos elementos de esta produc- cion los manantiales donde ese rio tuviese origen, las lluvias que, filtrándose en la tierra, hubieran formado el manantial, las nubes que descargaron las lluvias, y los vapores de que se formaron las nubes. Lo repetimos: ni las tierras que forman la superficie del Globo, ni las masas de agua que cubren una gran parte de la misma, concurren nunca á la produccion de un modo directo; sino que, como todos los capitales, necesitan ántes ser apropiadas, convertidas en produc- to; necesitan recibir, y en efecto reciben, ciertas modi- ficaciones, sin las cuales no tendrían la aptitud que re- quiere el uso á que se las destina. Estas modificaciones son, respecto de las tierras, la ocupacion, el desmonte y la roturacion; respecto de las aguas, la ocupacion y el encauzamiento. Las tierras, en efecto, no pueden ponerse en cultivo sin establecer en sus inmediaciones algunos medios de — 93 -- defensa, sin acotarlas por medio de ciertas señales, ro- dearlas de una cerca, construir junto á ellas edificios de explotacion, abrir senderos que conduzcan al sitio en que se hallen, etc., etc. Las aguas no pueden tampoco servir de motores ó emplearse para el riego y la navegacion, sin que pre- ceda la toma de posesion efectiva de ellas con la adop- cion de algunas medidas, que las defiendan é impidan su aprovechamiento por otras personas. Esto es lo que se llama ocupaCion: Pero aún no basta, por lo comun, semejante tra- bajo para hacer concurrir á la produccion las aguas y las tierras; todavía falta dar direccion á las primeras, abrirles un hoyo prolongado por donde corran al pun- to que se desee, ó lo que es lo mismo, encauzarlas; aún es preciso limpiar las segundas de las plantas nocivas, de los detritus de la vegetacion que las cubren, dese- car los pantanos que las inundan, romper su seno con el arado ó la azada; en una palabra, desmontarlas y roturarlas. Todas estas operaciones, ejecutadas en parte por los mismos propietarios, en parte por el Gobierno con los fondos que ellos le suministran como contribuyentes, constituyen una verdadera capitalizacion de las tierras y las aguas, puesto que las apropian, las convierten en productos destinados á una produccion ulterior, que es el carácter de todos los capitales. No hay tierra alguna que no haya sido ocupada, desmontada y roturada; no hay tampoco aguas que no hayan sido ocupadas y encauzadas, antes de emplearse directamente como elementos productivos. El encau- zamiento, el desmonte y la roturacion son operaciones que se ejecutan diariamente á nuestra vista; porque todos los dias se están poniendo en cultivo montes y prados, todos los dias se están haciendo derivaciones de los ríos, y el más rudo labriego sabe que, para lo pri- — 94 mero, se empieza por desmontar y roturar las tierras; para lo segundo, por dar á las aguas un cauce por don- de puedan correr á su destino. Lo que no podernos observar en Europa es la ocu- pacion, porque hace tiempo que tanto las tierras como las aguas se hallan ocupadas en esta parte del Mundo. Pero trasladémonos por un momento á la época de las primeras inmilTaciones, de las primeras tribus que vi- nieron del Asia á poblar nuestros climas , y verémos cuántos esfuerzos, cuántos sacrificios, qué duros y pe- nosos trabajos debieron hacer para tomar posesion de las tierras y las aguas. Emprender un largo viaje en el cual perecerian muchos de sus individuos; abrirse paso á traves de los bosques que cubrian la tierra vir- gen; atravesar á nado quizás los lagos y los ríos; sufrir los rigores de un clima insalubre; levantar chozas en que albergarse; defenderse, en fin, de las fieras y de las tribus enemigas, ¿no es todo esto bastante para cons- tituir una verdadera apropiacion de las tierras y las aguas? Pues recordemos el establecimiento en las cos- tas de Italia y de Esparia de las colonias venidas de la Grecia, de Tiro y de Cartago; abramos la historia de la invasion de los Suevos, los Godos, los Vándalos y los Alanos, y nos convencerémos de que tuvieron que eje- cutar las mismas ó análogas operaciones. Y no se diga que la ocupador' hecha por estos pueblos fué una con- quista, una usurpacion violenta, puesto que las tierras y las aguas de Europa se hallaban ya á su venida ocu- padas por los indígenas, y que la fuerza no puede nun- ca considerarse como un título legítimo de apropia- cion: nosotros prescindirnos aquí de la legitimidad ó ilegitimidad del hecho , que , sin embargo , tiene su prescripcioa jurídica, y nos limitamos á consignarle como un argumento histórico en favor de la teoría eco- nómica. ¿Qué sucedió, por otra parte, en el descubrimiento — 95 — del Nuevo Mundo? Millares de aventureros, siguiendo las huellas de Cristóbal Colon, se lanzaron al Océano en busca de nuevas tierras. Los trabajos de la ocupa- cion, dice Molinari (1), eran entónces objeto de una in- dustria especial que ejercían los descubridores, cedien- do al Gobierno de su país, en cambio de honores y pensiones, las tierras ocupadas; y como éste no poseia los recursos necesarios para el desmonte y la rotura- cion, las vendia despues en lotes más ó ménos conside- rables álas personas que querian cultivarlas. Se ve, pues, que las tierras y las aguas son unos verdaderos productos debidos al trabajo del hombre: sólo que no se emplean directamente en satisfacer sus necesidades, sino que se destinan á la produccion, y por esta razon pueden y deben comprenderse entre los capitales. § 3.° DEL CAPITAL - IVIkQUINAS. Hemos dado este nombre á todos los instrumentos, animados é inanima- dos, que sirven para auxiliar el trabajo, y los hemos in- cluido entre las diversas clases de capital. Participan, pues, como es natural, de todas las virtudes de éste, y no solamente multiplican los empleos del trabajador, sino que disminuyen la intensidad del trabajo, y au- mentan y perfeccionan los productos; pero todavía estas virtudes son más palpables en las maquinas que en los demas capitales. Las máquinas, en efecto, utilizando las fuerzas de la Naturaleza, producen más, mejor y más barato que el hombre auxiliado sólo de sus brazos. En comproba- cion de esta verdad, citarémos algunos ejemplos que to- mamos del Diccionario de la Economía política (2). Segun Hornero, doce mujeres estaban constantemen- te ocupadas en casa de Penélope, la reina de Itaca, en (1) Curso de Economía política, Leccion XIII. (2) Art. Máquinas. — 96 — moler el grano necesario para la familia; miéntras que ahora el molino de agua más sencillo muele en un día tanto como ciento cincuenta hombres. Funcionando este molino 300 dias al ario, cuesta unos 40 reales dia- rios; miéntras que los hombres, á razon de 6 reales de jornal cada uno, costarian al ménos 900 reales. Resulta, pues, una economía de 860 reales diarios. En los Pirineos, donde se ha conservado el método antiguo de fabricacion del hierro y sé encuentran to- davía forjas análogas á las que han debido usarse en tiempos muy remotos, puede calcularse aproximada- mente que la cantidad de hierro correspondiente al tra- bajo diario de un hombre, con esas forjas, es de unos 6 kilógramos. Pues bien, la industria moderna ha cons- truido altos hornos, que son verdaderos edificios, y que pueden dar de 3 á 5.000 kilógramos de fundicion con el carbon de leña, y de 10 á 18.000 con el coke ; de modo que cada obrero produce diariamente unos 150.000 ki-- lógramos de hierro, ó lo que es lo mismo, veinticinco veces más que en las antiguas forjas. Hace ménos de un siglo, las fábricas inglesas de al- godon no alimentaban más que el consumo interior, que era por término medio un decímetro de tela por individuo: ahora dan de 16 á 18 metros y exportan cantidades considerables. Los precios bajan todos los dias: hoy son cinco veces menores que hace veinticin- co arios, y doce veces menores que hace cincuenta. Ese tejido suave, Cómodo, elegante, antes tan caro y tan poco comun, está ya al alcance de todas las fortunas; una gran metamorfósis se ha verificado en la vida do- méstica; el gusto y el hábito del aseo se han generali- zado en Inglaterra; es casi una revolucion en las cos- tumbres. Nadie ignora estos ó parecidos hechos, y así es que no se niegan los prodigiosos efectos de las máquinas ni la economía de fuerzas productivas que se obtiene de — 97 ellas, pero se dice: esta economía de los unos está com- pensada con la pérdida de los otros, y en último térmi- no la sociedad se empobrece tanto cuanto importa el trabajo economizado por la máquina, y de que se priva á los operarios á quienes aquélla deja sin empleo. Por manera que, segun esta singular teoría, la so- ciedad es tanto más pobre cuantas más máquinas hay, ó lo que viene á ser lo mismo, cuanto más adelantada se halla—porque toda máquina supone un adelanto, un progreso intelectual por lo ménos—y el dia en que las máquinas libren al hombre de la mayor suma de tra- bajo posible, es decir, en que la humanidad haya lle- gado. á la mayor suma de perfeccion que le es dado al- canzar en la tierra, aquel dia será tambien el de su ma- yor miseria. Tan absurdas deducciones han hecho vacilar á los adversarios de las máquinas.; pero, no convencidos to- davía de su error, han reproducido por boca de Sis- mondi (1), la misma objecion con algunas modificacio- nes. Ya no sostienen que las máquinas sean siempre perjudiciales; ya admiten que cuando el consumo exce- de á los medios de producir, se hace un beneficio á lá sociedad con cada nueva invencion que aumente estos medios; pero persisten en creer que cuando la produc- cion basta para satisfacer las necesidades ordinarias, toda invencion es una verdadera calamidad pública. Ahora bien, este razonamiento cae por tierra con sólo observar que las necesidades, como ya oportuna- mente dijimos (2), no son una cantidad fija é inmuta- ble, y por consiguiente que el caso en que se consideran como ventajosas las máquinas, aquél en que la produc- cion no alcance á abastecer el consumo, es precisamen- te el más general, el que sucede todos los dias. (1) Nuevos principios de Economía política, T01310 1, Cap. Vi. (2) Véase el Cap. 1 de este. libro. --- 98 Cierto, dice á este propósito J. B. Say (1), que las máquinas dejan por de pronto sin empleo una porcion de brazos; pero reduciendo el coste de los productos, haciendo descender su precio, dan lugar á un aumento de consumo, el cual á su vez reclama un aumento de produccion indefinida, de donde resulta que al cabo de algun tiempo, no sólo dan trabajo á tantos operarios como se empleaban ántes de introducirse aquéllas, sino á un número mucho mayor, de modo que son un bien para la sociedad en general, al mismo tiempo que para la clase trabajadora. En apoyo de este raciocinio, in- voca J. B. Say el desarrollo de dos grandes industrias, bien modestas en sus principios, pero que por la apii- cacion de la maquinaria han llegado á ser el tronco de un sinnúmero de ramas, ocupando mil veces más bra- zos que ántes: estas dos industrias son la imprenta y las filateras. Podrian citarse otras muchas y probar con la estadística en la mano que, al cabo de cierto tiempo, toda industria nueva da ocupacion, ya directa, ya indirectamente, á un número de trabajadores mucho mayor que la que ha venido á reemplazar en el mundo económico. Siempre será , sin embargo , la dernostracion de J. B. Say incompleta; porque, partiendo del principio de que la introduccion de una máquina ha de dar lugar á un aumento de consumo, podria deducirse de aquí que en el caso, rarísimo á la verdad, de que este aumen- to no se obtuviese, la máquina perjudicaria á los tra- bajadores, siendo así que de todos modos los favorece, proporcionando á la sociedad ocasion de economizar el capital necesario para mantener el trabajo excedente; de modo que si ademas abarata los productos y aumen- ta por consiguiente su venta y activa así la produc- cion, haciendo surgir nuevas industrias, ésta será una (1) Tratado de Economía política, Parte I. — 99 — circunstancia que deberá tenerse en cuenta para apre- ciar la importancia de la maquinaria, pero no una con- dicion absoluta sin la cual hayan de malograrse los efectos de aquélla. Fié aquí lo que ha demostrado Bastiat hasta la evi- dencia con el siguiente raciocinio (1): El productor que se vale de una máquina ahorra, es verdad, una parte del trabajo que para obtener igual cantidad de productos empleaba antes de ser- virse de ella, y deja por consiguiente sin empleo á cier- to número de trabajadores; pero tambien ahorra todo el capital con que pagaba á éstos, y ese capital no le tira por la ventana, no le esconde regularmente debajo de tierra, sino que le destina, ó bien á aumentar su produccion, ó bien á proporcionarse mayores comodi- dades. En uno y otro caso tiene que emplear tantos operarios, ó lo que es lo mismo, tanto trabajo como habla economizado. ¿Dónde está aquí la pérdida para la sociedad ni para los trabajadores? Lo único que ha habido es la traslacion de cierta porcion de trabajo de una industria á otra. Más claro: Juan gastaba, por ejemplo, dos duros en pagar los jornales de cuatro hombres que necesitaba para obtener un producto. Inventa un aparato, por me dio del cual puede obtenerle Con dos hombres, y despi- de á los dos restantes. Pero entónces ya no gasta más que un duro; le queda otro, y con él compra ó fabrica por sí mismo un nuevo producto; es decir, emplea el duro sobrante en dos jornales que se necesitan para. obtener este producto. La sociedad, pues, léjos de ha- berse empobrecido, se enriquece en un duro, ó lo que es igual, en el producto que con ese duro se compra ó se fabrica y que sin él no existiría. Se dirá: pelo el primer efecto de la invencion de (1) Lo que se ve y lo que no se ve, A rt. Máquinas. — 100 — una máquina es siempre dejar sin empleo á cierto nú- nlero de trabajadores, aunque sea para dársele á otros; 'causar una dislocacion de trabajo, funesta en último resultado á la clase jornalera. Cierto, no puede negarse este inconveniente, comun á todas las reformas; pero ¿qué institucion humana carece de ellos? El problema económico no consiste en poseer lo bueno en absoluto, porque esto no es dado al hombre alcanzarlo nunca, sino en hallar lo que presente menor suma de males,. siendo el mal inherente á nuestra flaca naturaleza. Por otra parte, hay una porcion de circunstancias capaces de atenuar y que atenúan, en efecto, los in- convenientes que, por el pronto, pueden resultar de las maquinas. Hé aquí cómo las enumera J. Garnier (1): L a Las máquinas, en general, son caras, y esto, si no impide, retarda por lo ménos el momento de su apli- cacion, como puede verse en la historia de la mayor parte de las industrias. 2. a El espíritu de rutina, la resistencia á las inno- vaciones, el temor de perder los capitales, hacen tam- bien lenta y gradual la invencion de las máquinas. 3.' A medida que las artes se perfeccionan , la in- vencion de las máquinas es más difícil. En resúmen, concluye el citado economista, la so- ciedad obtiene de toda reforma mecánica más satisfac- ciones con ménos esfuerzos; los progresos de la indus- tria no tardan en curar los males individuales que resultan á veces de la dislocacion del trabajo, y final- mente, estos males no pueden compararse con las gran- des ventajas que los neutralizan ó los compensan. (1) Diccionario de la Economía politica, Art. Máquinas. V I De la produccion. § 1.° CONSIDERACIONES GENERALES.—La facultad de sacar algo de la nada está reservada á Dios: al hombre no le es dado crear, ni la sustancia, ya sea material ó inmaterial, ni sus cualidades esenciales. Lo único que puede hacer es emplearlas para el bien, dirigirlas al cumplimiento de los altos fines á que está destinado, aplicarlas á su bienestar, á su perfeccionamiento; en una palabra, asimilárselas ó apropiárselas. La produccion, pues, no consiste en la creacion de materia, ni mucho ménos en la de sustancia, ni siquie- ra en la de utilidad, que, segun oportunamente diji- mos (1), es una cualidad esencial de los objetos natura- les, sino en su qpropiacio2b, por medio del trabajo, para la satisfaccion de las necesidades humanas. El labrador que cultiva su campo, no crea las mie- ses, no hace más que combinar la semilla con las fuer- zas físicas, el calórico, la lluvia, los jugos de la tier- ra, etc , etc.; lo denlas lo pone la Naturaleza. El maestro que enseña á su discípulo, no crea tam- poco su inteligencia, se limita á modificarla, de mane- (1) Véase el Cap. III de este libro. — 102 — ra que pueda percibir mejor las impresiones de los ob- jetos exteriores, etc. Y sin embargo, tanto el uno como el otro producen, porque tanto el uno como el otro apropian, el primero la tierra, y el segundo el espíritu, que en este caso son los agentes naturales, para la satisfaccion de, ciertas necesidades. ¿Cómo se verifica esta apropiacion? Stuart ha tratado de explicarla, diciendo que se reduce á colocar los cuerpos de modo que, por las fuerzas de que están dotados, obren ya sobre si mismos, ya sobre los (lemas; tal es, segun él, la única parte que el hombre torna ó puede tornar en las operaciones productivas, el único imperio que tiene sobre la Naturaleza: no hace más que mover un cuerpo hácia, otro ó separarlos. Mueve un grano de trigo hácia la tierra, y las fuerzas naturales de la vegetacion producen sucesivamente una raíz, un tronco, un árbol, hojas, flores y frutos: mueve un hacha hácia un árbol, y el árbol cae por la fuerza de la gravi- tacion: mueve una chispa hácia el combustible, y éste se enciende, funde .y ablanda el hierro, cuece los ali- mentos, etc. (1). Pero esta explicacion, aunque plausible é ingeniosa, es á todas luces insuficiente, puesto que sólo se refiere á la produccion material. La inmaterial, la más impor- tante, sin duda alguna, pasa para Stuart Mill comple- tamente desapercibida, á por mejor decir, hace de ella caso omiso. Y es que, si bien se examina, la obra de la produccion constituye uno de tantos misterios de la creacion: el fenómeno se verifica entre la fuerza aními- ca del trabajador y el objeto en que se ejerce; es, como se ha dicho muy bien por un escritor, la comunion del hombre y la Naturaleza. § 2.° COÑDICIONES DE LA. PRODUCCION.—De todos MO- . (1) Principios de Economía política, Lib. 1, Cap. E, Párrafo 2. — 103 — dos, una vez preparados y puestos en accion les elemen- tos productivos, es preciso, para que la produccion se verifique, reunirlos, combinarlos en ciertas proporcio- nes, segun la índole de la operacion á que concurran. Supongamos que se trata de producir mil fanegas de trigo; se necesitará cierto número de trabajadores, ani- males de tiro é instrumentos aratorios, cierta extension de tierra, cierta cantidad de abono, de simiente, de ca- lor y de lluvia. Si alguno de estos elementos sobra, el exceso será inútil, cuando no perjudicial; si concurren, por ejemplo, más brazos de los necesarios, una parte de ellos quedará sin empleo, ó en caso de emplearse todos, la produccion no se verificará con la regularidad debida. Hay, pues, como se ve, una proporcion natural y ne- cesaria entre los elementos productivos (1). Esta proporcion no es igual en todas las clases de producción, sino que difiere notablemente en cada una de ellas. Comparemos los elementos productivos de la produccion agrícola, que acabamos de examinar, con los que requiere la locomocion por el vapor, y encon- trarémos que en la primera se érnplea más trabajo que capital, miéntras que en la segunda sucede todo lo con- trario. ¿Se trata, por ejemplo, dice Roscher (2) de la cria del ganado? Si éste pasta en praderas naturales, el trabajo apénas entra en la produccion, el terreno lo ha- ce casi todo: así es que los paises de vasta extension y poco poblados son los que más convienen para la gana- dería. Pero cuando, por el contrario, escasea la tierra, como sucede en las poblaciones numerosas, la activi- dad del hombre se dirige con preferencia hacia aquellos ramos de la industria que exigen principalmente otros capitales, á las fábricas, los oficios, las nobles artes, etc. Hay más: la proporcion de los elementos producti- (1) IVIolinari, Curso de Economia política, Leccion 11. (2) Principios de Economia politica, Lib. 1, Cap. 1, Párrafo 47. — 104 — vos se modifica en una misma produccion por la influen- cia, del tiempo y del progreso. Así, en las primeras eda- des, cuando el hombre vive de frutas silvestres, raíces ó moluscos, la produccion alimenticia no exige el con- curso de ningun capital, bastándole en rigor el del tra- bajo y' los agentes naturales, al paso que para obtener nuestro alimento por medio de la agricultura se nece- sita ya relativamente un capital considerable. reunion en ciertas proporciones de los elementos productivos es el primer carácter de la produccion: el segundo es la dsivision del trabajo, la separacion de las operaciones productivas, ó para adoptar una definicion más filosófica, la descomposicion del esfuerzo humano en géneros y especies, de modo que en todas y cada una de sus funciones haya unidad, variedad y armonía, que son las tres condiciones del arte. En efecto, si dirigimos, dice Molinari (I), una ojeada al hombre y al medio en que se halla colocado, echaré- mos de ver: 1. 0 que nuestras facultades son esencialmen- te diversas, de donde resulta que cada individuo es más apto para ejecutar ciertas operaciones de la produccion que otras; 2.° que no hay region alguna del Globo que posea todos los elementos necesarios para todos los gé- neros de produccion, sino que, por el contrario, cada region abunda en ciertos elementos y carece de los de- mas, en términos que un producto, fácil de obtener en algunas de ellas, sería absolutamente inasequible en otras. La division del trabajo se funda, pues, en la consti- tucion misma del hombre y del globo que habita, y no, como dijo A. Smith, en una inclinacion de aquél á hacer trueques ó cambios. El verdadero principio de la sepa- ra cion de las ocupaciones industriales está en la unidad y limitacion de nuestra inteligencia, cuya atencion no {1) Loco citato. -- 105 — puede dirigirse sobre várias ideas al mismo tiempo. Y corno, por otra parte, el objeto del trabajo es inmenso y sus aplicaciones innumerables, la produccion, sería ne- cesariamente sucesiva, lenta y exigua, si se encomen- dase á cada hombre aisladamente, al paso que, verifi- cándose por el concurso de muchos, se hace simultánea, activa y fecunda. La clivision, del trabajo nace de una manera natural y espontánea en la familia primero, despues en la tribu, en la nacion, y por último entre los pueblos todos de la Tierra. El hombre, como más robusto y valiente, se en- carga de ir á coger en los bosques y extraer del seno de las aguas las raíces, los frutos silvestres, la caza ó la pesca necesarios para el sustento comun, miéntras la mujer prepara la comida y se ocupa en las ciernas fae- nas domésticas. Bien pronto se forman grupos distintos de cazadores, pescadores, etc., para ayudarse mutua- mente en sus expediciones: unos hombres se dedican, por ejemplo, á fabricar las armas; otros á perseguir á las fieras; los más sabios se hacen sacerdotes; los más fuertes, soldados; los más observadores, médicos; las ocupaciones se dividen cada vez más, hasta que llega un dia en que cada empleo ó funcion productiva tiene sus operarios especiales. Así sucede en el estado actual de la industria. «Una comision de la Cámara de los Comunes de In- glaterra, dice Babbage (1) ha consignado en una in- formacion parlamentaria que se cuentan en el arte de la relojería ciento dos operaciones distintas, cada una de las cuales exige su aprendizaje especial ; que cada aprendiz no aprende más de lo que forma la atribucion de su maestro, y que, al expirar su ajuste, seria comple- tamente incapaz, á no hacer un estudio ulterior, de tra- bajar en otro ramo del mismo arte. El relojero, propia- (1) Ciencia económica de las 'manufacturas, Pág. 87. -106-- mente dicho, cuya tarea consiste en reunir las piezas separadas de la obra, es el único que podría utilizarse en un departamento distinto del suyo, y áun este ope- rario no se halla comprendido en el número de las cien- to dos personas mencionadas.» La dívisio92, del trabajo puede aplicarse á todas las industrias, pero en cada una de ellas tiene límites mar- cados por la naturaleza de la misma. Amplios, exten- sos, grandísimos, en las manufacturas y las fábricas, estos límites se estrechan considerablemente cuando se trata, por ejemplo, de la produccion agrícola. Aquí las funciones no pueden separarse tanto como en otras ta- reas económicas; aquí el esfuerzo no es susceptible de tanta descomposicion corno en las demas industrias. Y. es que las tierras, como observa muy bien H. Passy (I), no se prestan al cultivo continuo de unos mismos fru- tos; es que su fecundidad se agota cuando no se varían las cosechas y hay que recurrir á rotaciones sin las cuales no remunerarian.lcs afanes del cultivador, Ade- mas que ninguna labor puede hacerse sin el número de animales suficiente, no sólo para la carga y el tiro, sino tambien para suministrar los estiércoles que han de restaurar la fertilidad del , terreno, y de aquí la con- veniencia de unir á todo cultivo el de las yerbas ó raí- ces con que ha de mantenerse el ganado agrícola. Son incalculables las ventajas de la division del tra- bajo, pero todas ellas pueden reducirse á las siguientes: L a Aumenta la destreza del trabajador. 2.' Ahorra el tiempo que se perderla al pasar de una ocupacion á otra. 3.' Facilita la invencion de las máquinas. 4.' Utiliza todas las aptitudes y todas las fuerzas. 5.' Economiza . muchos capitales. Aclam Smith es el primero que indicó las tres pri- (1) Diccionario de la Economía política, Art. Agricultura. ---- 107 — meras (1); la observacion de la cuarta y la de la quin-. ta se deben respectivamente á Cárlos Babbage (2) y Jhon Rae (3). La division del trabajo aumenta en efecto la destre• za de los operarios, porque los habitúa á ejecutar una misma operacion, y sabido es que el hábito constituye una segunda naturaleza. Todo el profundo conocimien- to de la Fisiología no bastaría para hacer andar bien á un hombre que, habiendo estado paralítico toda su vida, adquiriese de pronto el movimiento de las pier- nas; miéntras que el más torpe labriego, acostumbrado á la deambulacion, la verifica con toda la rapidez y se- guridad que puede exigirse. Lo mismo sucede en las funciones de la industria. Un herrero que jamas haya hecho clavos, dice A. Smith, si se pone á hacerlos, no fabricará al dia sino 200 ó 300, y áun en tan corto nú- mero serán malos: otro herrero, habituado á hacerlos, pero cuya principal ocupacion no sea ésta, por mucha expedicion que tenga, no liará más que 800 á 1.000; aI paso que hay operarios muy jóvenes que, constante- mente dedicados á la fabricacion de clavos, hacen al dia más de 2.000. La division del trabajo ahorra el tiempo que se pier- de comunmente al pasar de una ocupacion á otra; por- que en este sistema el operario no abandona la que le está confiada sino para tomar el necesario descanso, y puede consagrar á la produccion todo su celo y todas las horas de que dispone. Ahora bien, el ahorro de tiem- po es una gran ventaja: cuando un hombre deja una tarea para tornar otra, no entra desde luégo de lleno en la última; untes al contrario, al principio la empren- (1) Investigaciones sobre las causas de la riqueza de las naciones, Lib. 1, Cap. 1. (2) Loco citato. (3) Nuevos Princip.'os de Economia _radica. — 108 de con cierta negligencia y parece como que titubea y ensaya, más bien que trabaja. Por eso los labriegos, que tienen que cambiar de ocupacion y herramientas á cada instante y que ejecutan cada dia veinte opera- ciones manuales distintas, contraen generalmente un hábito de indolencia y de pereza, que hace á muchos incapaces de toda aplicaCion vigorosa, aun en los casos más apremiantes. La division del trabajo facilita la invencion de las máquinas; porque la atencion de cada individuo, fija en. un solo objeto muy sencillo, descubre medios cortos y fáciles de realizarle más pronto que si estuviese re- partida entre varios. Cuando empezaron á usarse las máquinas de vapor, ha,bia, muchachos ocupados en abrir y cerrar oportunamente la llave por donde se inyecta ba en el vapor el agua fria. Uno de ellos, más aficiona- do á jugar con sus camaradas que á ejecutar una tarea tan monotona, observó que, atando una cuerda por un extremo al asa de la llave, y por el otro á la misma pa- lanca, la llave se abria y cerraba por sí sola, sin que él tuviese que hacer nada, y le dejaba, por lo tanto, para divertirse todo el tiempo que ántes empleaba en el tra- bajo. De este modo se hizo un descubrimiento que ha perfeccionado mucho las máquinas de que se trata. La divi,siolz, del trabajo utiliza, todas las aptitudes y todas las fuerzas; porque, no ejecutando cada ope- rario más que una funcion especial de la produccion, puede dedicarse á la que sea más adecuada á su natu- raleza. En una manufactura en que el trabajo esté muy dividido, dice Babbage, se ocupan en las tareas fáciles las mujeres y los niños, reservándose para las difíciles los hombres, como más diestros y robustos. Así en la fabricacion de alfileres hay ciertas operaciones, como la de estirar el hilo metálico y la de hacer las puntas, que exigen fuerza y habilidad y por eso se confiara á hombres que ganan buenos salarios; al paso que otras, — 109 — como las de poner las cabezas y empapelar los alfileres, requieren ménos vigor y destreza y se encargan á mu- jeres ó á Si todas se ejecutasen por una misma persona, ésta tendria que saber las más difíciles y las más fáciles, de modo que proporcionalmente costarian las unas tanto como las otras. Finalmente, la division del trabajo economiza mu- chos capitales; porque, en efecto, no estando las tareas divididas, si en un pueblo de diez familias, por ejem- plo, necesita cada una ejercer diez industrias dife- rentes, tendrán que emplearse diez capitales diversos, diez arados, diez pares de bueyes, diez talleres de car- • pintería, diez telares, etc.; pero divídase el trabajo, de- díquese cada familia á una sola industria y bastará quizás un solo arado, un solo par de bueyes, un solo taller de carpintería y un solo telar, de modo que habrá una gran economía de capitales. Y no sólo se manifiestan estas ventajas de la divi- Sin, del trabajo en las industrias materiales, sino cine pueden observarse igualmente en la produccion inte- lectual ó científica; porque nuestra inteligencia ad- quiere, como nuestros músculos, mayor perfeccion con el hábito, y dedicándonos exclusivamente á un ramo especial de la . ciencia, llegamos á dominarle con más facilidad que cuando queremos abarcar muchos. «Cuan- to más generales son los conocimientos, dice con razon Carballo (1), suelen ser más superficiales; y por el con- trario, cuanto más especiales , más profundos y com- pletos; de manera que la generalidad está en razon di- recta de la superficialidad. No se nos oculta que, á la altura á que ha llegado la civilizacion, el hombre ilus- trado no debe desconocer la mayor parte de las ramas científicas; pero es preciso confesar que, para llegar á poseer una sola, necesita fijarse en ella sin perjuicio de (1 ) Curso de Economía política, Leccion — 110 — poseer algunas ideas generales sobre las demas , par- ticularmente sobre aquéllas que están en relacion más íntima con la que profesa.» En Inglaterra, la instruc- cion está muy especializada, y sin embargo las capaci- dades científicas no escasean. Cuando se quiere hacer á los hombres omniscios, se los hace pedantes ó visio- narios: los hombres especiales son los que tienen más sentido práctico. Por lo lemas, en medio de tantas ventajas, no ha faltado quien dirija á la division, del trabajo acusacio- nes gravísimas. Se ha dicho, en efecto, que bajo este régimen de la produccion degenera la inteligencia del trabajador material, porque no se ejercita más que en un objeto demasiado fácil y sencillo: se ha dicho tam- bien que disminuye su moralidad, porque no le deja tiempo de pensar en sus deberes. Pero hay que tener presente, como observa con razon Horacio Say (1), que no por dedicarse á una ocupacion especial deja el ope- rario de ser individuo de una familia, ciudadano, hom- bre, en fin, y como tal participe de los beneficios que proporciona la sociedad en que vive. Cuanto más espe- cializado esté su trabajo, más tiempo le quedará para su educacion. moral é intelectual, porque las tareas ma- nuales no excluyen en manera- alguna la lectura, las distracciones y los cuidados que exige el espíritu. No son los más instruidos los labriegos, á pesar de no es- tar en su profesion tan individualizadas las ocupacio- nes corno en las manufacturas y las fábricas; y si entre las clases bajas hay quizá en las ciudades fabriles más relajacion de costumbres que en los pueblos rurales, este hecho está muy léjos de ser general, y se debe por otra parte á causas que nada tienen que ver con la di- vision, del trabajo. Se ve, pues, que si la produccion se verifica por la (1) Diccionario de la Economia política, Art. Division del trabajo. 111 -- reunion de los elementos productivos, sólo la division del trabajo ó separacion de los empleos es capaz de fe- cundarla y hacerla poderosa. De aquí la necesidad de la asóciacion. Puesto que cada hombre ha de dedicarse á una fun- cion especial de la industria, acomodada á sus faculta- des y al medio en que se halla colocado ; puesto que, . por otra parte, los elementos productivos que exige esta funcion especial no se encuentran siempre en ma- nos de una misma persona, es evidente que para que la produccion se verifique, al menos con cierta exten- sion y regulari,dad , se necesita que los productores pongan en comun el trabajo y el capital de que cada uno disponga, ó lo que es lo mismo, que se asocien. Si los hombres quisieran vivir aislados, apenas po- drían recoger algunos alimentos groseros, cubrirse con la piel de los animales que hubieran cazado y habitar una choza humilde. Hay ademas ciertas necesidades morales que no es posible satisfacer en el estado de ais- lamiento, tales corno el amor, la amistad, la comunica- cion de ideas, etc. Esto lo han comprendido desde muy antiguo los hombres, y desde muy antiguo se han formado asocia- ciones con objetos diversos: Las religiones nos presen- tan uno de los primeros ejemplos de ellas. Una iglesia, un culto, un altar, ¿qué son sino la comunion de varios individuos para rendir homenaje al Todopoderoso? ¿Qué eran en la antigüedad las ciudades de la Fenicia, los Estados de la Grecia, las ligas anfictiónicas, sino aso- ciaciones comerciales y políticas? ¿Qué fueron despues en la Edad Media las cruzadas, los gremios y las ciu- dades anseáticas? No hay esfera alguna de la actividad humana en la cual no se haya aplicado con fruto la asociacion. La Industria, sobre todo, que nada puede sin la reunion de los esfuerzos, es esencialmente favorable á este fecundo — 112 — principio. A él se debe la formacion de las grandes em- presas; por él obtienen los débiles los mismos resul- tados que los fuertes; él pone á las ciases ménos acomo- dadas en aptitud de luchar con las más ricas. ¿Cómo podria, en efecto, el artesano elevarse á la condicion de fabricante, el mercader á la de banquero, sin el poder de la asociacion? Este poder se revela bien en todas las obras colosales, en todas las maravillas de la Edad Mo- derna, en • los bancos, los ferro-carriles, los telégrafos submarinos, los canales que unen los mares y tantos otros eficaces instrumentos de la prosperidad pública, para cuya creacion no hubiera bastado ninguna for- tuna individual, por considerable que fuese. La Humanidad toda puede considerarse como una vasta asociacion, cuyos individuos concurren libremen- te al fin social por la comunidad de sus fuerzas y sus recursos. La familia, el municipio, la provincia, la na- cion, son otras tantas asociaciones, entre cuyos miem- bros existe la misma relacion de miras y de tendencias. Sin duda estas asociaciones se establecen en su ori- gen sin que medie un consentimiento expreso, un con- trato, como querían respecto de la sociedad civil los filósofos del siglo pasado. Sin duda tambien que sus fines son en gran parte morales y sus condiciones de existencia jurídicas y políticas; pero no por eso dejan de tener un carácter económico ni poseen ménos fuer- za de cohesion, estando formadas por los vínculos mis- mos de la Naturaleza. El carácter económico de la familia se revela en las palabras mismas que la Sagrada Escritura pone en boca de Dios al instituirla: « Crescite et et l i eplete terram et subjicite eam.» Por donde se ve que la sociedad doméstica es ante todo la base indispensa- ble de toda produccion, la poblacion, es decir, el hom- bre mismo, el operario, el trabajo, éste primero y prin- cipal elemento productivo, sin el cual la Naturaleza no — 113 nos proporcionaria más que espinas y abrojos. Fuera de la familia no se concibe, no ya la educacion física, la crianza, digámoslo así, del trabajador, no ya su edu- cacion moral, pero ni áun su educacion profesional, el aprendizaje que ha de hacer necesariamente para em- plearse en un ramo cualquiera de la Industria. ¿Quién se había de encargar de educarle sin la vigilancia, sin la direccion suprema de los mismos autores de sus dial? Sólo el padre y la madre, unidos por el vínculo del amor, estimulados por este sentimiento, al par que por su propio interes, son capaces de desempenar una mi- sion tan difícil. Pero no es sólo la familia un plantel de trabajado- res, sino que en ella y por ella se verifica la produc- cion misma. El hogar domés'1,ico puede considerarse como el primer taller de la Industria. La mujer repre- senta en él el órden, el aseo, el reposo, la confianza, el cariño, todas las satisfacciones del corazon y de los sen- tidos, sin los cuales la inteligencia se ofusca, la salud decae, la voluntad misma se enerva y se debilita; mién. tras que el varan es allí la fatiga, el esfuerzo, la activi- dad que todo lo dirige y fecunda. Ademas que, si el hom- bre lleva á la familia las provisiones, la subsistencia, el pan nuestro de cada dia , la mujer los distribuye, los arregla, los economiza y reserva el sobrante para que aquél pueda emplearle en una nueva operacion produc- tiva, creando así el capital, sin cuyo concurso la pro- duccion permanecería siempre estacionaria y exigua. Se ve, pues, que el hombre y la mujer asociados se unifican ó completan como elemento productivo, y que la familia es una asociacion económica, tanto por lo menos como moral y jurídica. Lo mismo puede decirse del municipio y la provin- cia. Cierto número de familias fijan su residencia en un punto ó en varios poco distantes entre sí, y desde luégo empiezan á sentir necesidades, que no podrian satisfa- — 114 — cer sin la reunion de una parte de los recursos que ca- da una (le ellas posee: tales son la de crear y conservar las iglesias, los caminos, los puentes y las demas cosas destinadas al uso comun, hacer constar con la autenti- cidad conveniente los matrimonios, los nacimientos y las defunciones, proveer á la defensa de las personas y las propiedades, velar por la higiene y el órden públi- cos, etc., etc. Es, pues, natural confiar estas elevadas funciones á uno ó más magistrados, y de aquí la insti- tucion de las corporaciones municipales y provinciales, que representan en los pueblos civilizados lo que los jefes de tribu en los bárbaros ó salvajes. Igual razon de ser tiene la nacion, conjunto de tri- bus ó de municipios, regida por las mismas leyes y fun- dada en la comunidad del territorio y en la analogía de aptitudes, de costumbres y de lenguaje. Tales son, al ménos, las condiciones de toda nacionalidad bien cons- tituida, pues en cuanto á las que se forman por la con- quista ó por otros medios violentos, como no hay entre sus miembros unidad de intereses, viven en perpetua opresion, sufren convulsiones periódicas y se disuelven más ó ménos tarde, no pudiendo cumplir los fines á que están destinadas. Por lo demas, el fraccionamiento de la especie humana en naciones autónomas, puede con- siderarse como un hecho esencialmente económico, en cuanto sirve para aunar las fuerzas productivas afines, estableciendo entre las diversas razas el método de la division del trabajo, de la misma manera que se esta- blece entre los operarios de una fábrica. Este fraccionamiento, sin embargo, no obsta á la asociacion de la Humanidad, ó sea á la comunidad de todos los hombres y de todos los pueblos, fundada en la ley de solidaridad ó responsabilidad colectiva, que ya hemos indicado en otro lugar (1), y que se revela de (1) Véase la Introduccion, Cap. 11. 115 — una manera evidente en todos los hechos del mundo moral y económico. Y en efecto, la. Humanidad toda no es más que un conjunto de solidaridades que se cruzan. Las ventajas naturales de situacion, de fertilidad, de temperatura, y áun de aptitud industrial, se deslizan, como dice Bastiat (1), entre las manos de los poseedo- res para ir á parar á las de todo el mundo. Cada pro- greso que se hace al Oriente, es una riqueza en pers- pectiva para el Occidente. Combustible descubierto al Mediodía, es frio ahorrado en el Norte. Y lo que deci- rnos de los bienes, puede decirse tambien de los males que afligen á ciertas regiones: sobreviene una crisis in- dustrial en los Estados Unidos, y al momento el comer- cio de Europa se resiente, los bancos quiebran, los ta- lleres se paralizan, el interes del dinero sube y las cla- ses laboriosas se ven sumidas en la miseria. No hay país alguno que no esté interesado en la prosperidad de los demas; los miembros todos de la Humanidad constitu- yen una asociacion tácita, cuyos efectos se extienden, no sólo al órden moral y político, sino tambien al órden económico. Estos efectos se manifiestan por el concurso mutuo que se prestan los hombres y los pueblos en la obra co- rnun de la produccion, concurso que los autores llaman cooperacion, y que debe corresponder á la division del trabajo, puesto que en el fondo ésta y aquélla no son más que aspectos diferentes de la obra social. Así el co- sechero de cereales concurre á la fabricacion del vino, por cuanto sin su auxilio estaría expuesto el vinícola á morirse de hambre; la agricultura contribuye á las de- mas industrias, suministrándoles las primeras mate- rias; la Inglaterra coopera á la produccion de otros paí- ses, enviándoles sus carbones y sus hierros, etc., etc. <1) Armonías económicas, Capítulos X y XXI. — 116 La cooperacion,, dice Wakefield (1), es de dos clases, simple y compleja. La primera se verifica cuando va- rias personas se ayudan en la formaeion de un mismo producto; la segunda cuando se asisten en la confeccion de productos diferentes. Las ventajas de la cooperacion, simple pueden de- mostrarse por el ejemplo de dos lebreles que, corriendo juntos, cogerán más liebres que cuatro corriendo sepa- radamente: lo propio sucede en la Industria. La corta de árboles en los bosques, el transporte de fardos pesa- dos, el trabajo á bordo de un navío para cargar ó des- cargar las velas, y otras mil operaciones igualmente sencillas, no pueden verificarse si no á condicion de que varias personas trabajen juntas, en un mismo lugar y con un mismo objeto. No es ménos ventajosa la cooperacion compleja. En el estado actual de la sociedad un grupo de trabajado- res se dedica á la cric de los ganados, otro al lavado y preparacion de la lana, otro á la filatura, el tejido, el tinte de esta materia: en una palabra, la confeccion de vestidos exige un sinnúmero de operaciones, confiadas á personas diferentes. Pues bien, si cada una de estas personas no contase con el concurso de todas las dernas, su tarea sería completamente inútil y jamás llegaria á confeccionarse un solo vestido. La cooperacion puede tambien dividirse en simultá- nea y sucesiva, ó sea cooperacion en el espacio y coope- racion en el tiempo, segun que se verifique entre ope- rarios de una misma época ó de épocas diferentes. De la primera liemos dado ya algunos ejemplos: de la se- gunda pueden citarse las catedrales construidas en la Edad Media, los diques, los caminos y las fortificacio- nes de los tiempos modernos, obras todas que exigen el concurso activo de varias generaciones. (1) Notas á la edicion de la obra de A. Smith, Tomo I, Pág. 26. — 117 — Pero vengamos ya á la asociacion expresa á indus- trial, que se funda en un contrato, y tiene por objeto ejercer un ramo de la produccion ó una industria, de- terminada. Esta asociacion puede afectar dos formas principales: Asociacion asegurada ó empresa. Asociacion no asegurada ó sociedad. En la primera, un hombre llamado empresario, pro- visto de ciertas aptitudes, reune y emplea, de su cuen- ta y riesgo, todos los elementos productivos que nece- sita, comprando ó alquilando aquéllos que él no posea por si mismo. En la segunda, una porcion más ó ménos numero- sa de trabajadores y capitalistas, llamados socios, pone en comun los elementos productivos de que dispone, con el objeto de explotar, de cuenta y riesgo de todos, una industria cualquiera, superior á las facultades de cada uno. Ambas exigen ante todo la unidad de tendencias, sin la cual no hay produccion posible, y esta unidad sólo puede obtenerse subordinando todos los trabajos á un director, que en la empresa lo es el Empresario y en la sociedad el Administrador ó Gerente elegido por los socios. Este agente es el que desempeila en la aso- ciacion el principal papel y el que, por decirlo así, la personifica. A él pertenece, por lo comun, la idea, el pensamiento capital de la asociacion misma; él reune y combina en la proporcion conveniente los elemen- tos productivos; él prevé todos los obstáculos y pre- para los medios de vencerlos; sobre él pesa, en fin, la responsabilidad del éxito de las operaciones producti- vas (1). Mr. Dunoyer, hablando de las cualidades que deben Carballo, Curso de Economía política, Leccion XX. — 118 — caracterizar al director de una asociacion industrial, las reduce á cuatro: L a El genio de los negocios, en el cual distingue va- rias facultades, tales como la capacidad de conocer las necesidades del público, la de apreciar los medios que hay de satisfacerlas, la de administrar con habilidad una produccion bien concebida, y la de comprobar, en fin, por medio de una contabilidad rigurosa, las previ- siones de la especulacion; 2.' El genio del arte, que comprende el conocimien- to práctico del oficio, las nociones teóricas, el talento, de las aplicaciones, la habilidad en la mano de obra; 3.' Los buenos hábitos morales, que dirigen al indi- viduo en su conducta y que en cierto modo no intere- san á nadie más que á él mismo; 4.' La buena moral de relacion, que conduce al hom- bre á respetar todos los derechos y no atentan nunca al órden social (1). Tanto la empresa como la sociedad se encuentran rara vez en la práctica organizadas con toda la senci- llez que las hemos descrito: al contrario, casi siempre se ven combinadas la una con la otra. Así sucede que varios capitalistas son socios entre sí y empresarios respecto de los trabajadores sólo, bien de los trabajadores y de otros capitalistas; mién- tras que á veces cierto número de trabajadores y capi- talistas reunidos se constituyen en sociedad para ellos y en empresa para los demas productores cuyo concur- so necesitan. Pero ni la empresa ni la sociedad pueden formarse por meros trabajadores, que no sean al mismo tiempo, y en mayor ó menor grado capitalistas, que no tengan al .ménos las provisiones necesarias para esperar el tér- mino de la produccion, á no ser ésta tan rudimentaria (1) La libertad del trabajo, Lib. VI. — 119 — que se verifique sin el auxilio del capital ni otros ele- mentos que el trabajo y los agentes naturales, lo cual es un caso rarísimo y casi imposible en el estado actual de la industria. Se dirá que esos trabajadores, socios ó empresarios, tomarán prestado el capital que necesiten para la pro- duccion, pagando su alquiler al prestador cuando ha- yan recogido los productos. Pero aparte de que, por mucho que abunden \los capitales en un país, es muy difícil que los encuentre, al ménos en condiciones ven- tajosas, quien, como el trabajador, no puede presentar otras garantías que su aptitud, queda siempre la even- tualidad de que los productos no se obtengan ó no sean bastantes para satisfacer el rédito del capital tomado á préstamo. Y entónces, ¿qué sucederá? ¿Tendrá el pres- tador tanta abnegacion que perdone la deuda ó espere para cobrarla á que se haga otra produccion más ven- tajosa, la cual no podrá, sin embargo, verificarse sino con el auxilio de un nuevo capital y en virtud de un nuevo préstamo? Esto no obstante, las sociedades de operarios, lla- madas hoy sociedades cooperativas, se hallan muy en boga desde hace algunos anos. Los trabajadores ven en ellas un modo de produccion propio para realzar su dignidad y mejorar su porvenir. Y en efecto, no hay duda que, asociados entre sí, participando directamente de las pérdidas como de los beneficios y dirigidos por gerentes elegidos por ellos mismos, su posicion es muy superior á la que tienen cuando trabajan por cuenta de un empresario. Pero, en primer lugar, este género de asociacion exige condiciones muy difíciles' de reunir. Es menester, dice uno de sus defensores: 1.° Que esté compuesta de hombres escogidos; 2.° Que tenga muy en cuenta la unidad de direccion, es decir, que esté confiada á un solo gerente, investido de poderes am- plios; 3.° Que en la cuota de la remuneracion de los — 120 -- socios se atienda á la desigualdad de los servicios pres- tados; 4.° Que tenga un capital suficiente para resistir á las crisis industriales; 5.° Que tienda toda su organi- zacion , no á rebajar, sino á realzar al individuo, sus fuerzas, sus conocimientos, su habilidad, su celo, su equidad, su benevolencia para con los demás. En suma, la sociedad de operarios, semejante á la república de Montesquieu, ha de estar fundada en la virtud, y sólo á este precio puede sostenerse y desarrollarse. Hay que advertir ademas que esta sociedad no es aplicable, como observa muy acertadamente Baudri- llart (1), sino á ciertas producciones que de ordinario ocupan un corto número de brazos; porque, si se con- ciben diez, veinte, treinta operarios asociados, es muy difícil concebir seiscientos ó setecientos, trabajando sin empresario alguno. La agricultura, sobre todo, se re- siste, al menos en la mayor parte de los casos, á esta forma de asociacion, porque la tierra generalmente es propiedad del cultivador mismo, ó está dividida de modo que hace inútil el concurso de una reunion cualquiera de explotadores. ¿Y qué dirémos de aquellos montes, donde no hay ni arrendatario ni jornalero que traba- jen por cuenta del propietario, y donde todo se reduce á extraer anualmente veinte ó treinta árboles sin más trabajo que el del guardío, la corta y el transporte? ¿Y qué de las artes liberales y de esas profesiones que exigen más especialmente el trabaje aislado, como la de doméstico, mozo de cuerda, etc., etc.? Por último, no debe perderse de vista que el cargo de director de una asociacion industrial exige, como ya hemos dicho, cualidades especiales, que están muy léjos de ser el patrimonio de todos los hombres. Ahora bien: el resultado de las operaciones productivas depende principalmente de aquel funcionario. Cuando las pro- (1) Manual de Economía política, Parte II, Seccion II, Cap. I. — 121 — babilidades de pérdida ó ganancia recaen sobre él ex- clusivamente, como sucede en la empresa, sus faculta- des están vivamente estimuladas y desplegan toda la energía de que son capaces. Es seguro, observa á este propósito A. CleMent (1), que, en tales condiciones, la accion del director tendrá la mayor eficacia posible; miéntras que, por el contrario, se debilitará á medida que su interes disminuya y que otros estén llamados á participar con él de los riesgos de la produccion, como sucede en toda sociedad. Verdad es que entónces se ha- llan mucho más interesados los socios, pero aun así no quedará compensada la falta de accion del director; porque los socios no pueden intervenir todos en la ges- tion de los negocios sociales, sin renunciar á la unidad de pensamiento y precipitar asi á la sociedad hácia su ruina: lo más que les es dado hacer es dedicar su celo á los pormenores, en los cuales no reemplazarán ven- tajosamente la vigilancia de un empresario. Por todas estas consideraciones creernos que las so- ciedades cooperativas no tienen la importancia que hoy quiere dárseles, y que es preferible para los operarios la asociacion asegurada ó empresa. En cuanto á la asociacion no asegurada ó sociedad, es susceptible de dos organizaciones distintas; una, lla- mada sociedad colectiva, en que los socios responden solidariamente con todos sus bienes de las resultas de las operaciones sociales, y otra, que lleva el nombre de sociedad anónima, en la cual se limita la responsabili- dad de cada uno á los fondos que aportó á la caja so- cial. La segunda, dice Roscher (2), se aplica sobre todo con éxito á aquellas producciones en que el capital des- empella un papel más importante que el trabajo y en que este mismo puede ser objeto de una prevision ri- (1) Diccionario de la Economia política, Art. Asociacion. (2) Principios de Economia política, Lib. 1, Cap. VI, Párrafo 90. 1, ^ 2 gurosamente calculada: por ejemplo, los caminos de hierro, los docks, los bancos, etc. La sociedad en comandita viene á ser una combina- cion de las dos anteriores, puesto que en ella hay in- dividuos obligados in totum é in solidum como en la colectiva, y otros que, bajo la denominacion de socios comanditarios, tienen obligaciones iguales á las que se contraen en la anónima. Por lo que hace á las cuentas en participacion, en que un capitalista auxilia las negociaciones de un co- merciante que gira en nombre y de cuenta propios, sin que aquél adquiera compromiso alguno respecto de terceros, ni se forme de aquí un sér moral, ó como di- cen los legistas, una persona jurídica, capaz de ins- pirar mayores garantías al público, es una especie de sociedad que puede considerarse como el ensayo de la asociacion naciente ó rudimentaria. Fijándonos, pues, en las dos primeramente indica- das, la sociedad colectiva y la anónima, y comparándo- las entre sí, encontrarémos que la segunda es infinita- mente superior á la primera. Ella, en efecto, dividiendo el haber social en pequeilas partes, llamadas acciones, proporciona un empleo lucrativo hasta á los capita- les más exiguos; ella, por medio del traspaso de cada accion, concede á los socios la facultad de recobrar sus fondos y ser sustituidos en sus derechos y obligacio- nes; ella, en fin, haciendo abstraccion completa de las personas, las deja en libertad para dedicarse á otros negocios y presta de este modo á la produccion todo género de facilidades y estímulos. Cierto que recibe un impulso ménos enérgico que la sociedad colectiva, en razon del interes ménos personal y por consiguiente ménos activo de los que la dirigen; pero esta desven- taja real está compensada por la facilidad que dan los inmensos recursos de que dispone para asegurarse el concurso de todas las capacidades. — 123 § 3. 0 Extension de las operaciones productivas .— La produccion á que cada individuo, empresa ó corpo- racion se dedica, exige cierta medida para que tanto el trabajo como el capital y los argentes naturales obren en ella con fruto. Esta medida no puede determinarse á priori, porque varía segun los países, los climas, el carácter de los habitantes, la naturaleza de la industria y las condiciones morales y económicas en que se halla colocada. Sin embargo, es indudable que la mayor ó menor extension de las operaciones productivas influye poderosamente en ellas, y de aquí las discusiones enta- bladas acerca de la grande y la pequefia industria, la grande y la pequeña propiedad, el grande y el pequeño cultivo. Toda empresa en grande escala tiene sobre las demas la ventaja de producir en las mejores condiciones, pues- to que puede organizar mejor sus talleres, extender la cooperacion y la division del trabajo, disponer más eco- nómicamente su administracion , centralizar la vigi- lancia de las máquinas y de los operarios y ahorrar trabajo , no sólo mecánico, sino tarnbien de direccion. Es, por otra parte, una verdad probada por la experien- cia que los gastos aferentes á una industria no aumen- tan en la proporcion de sus productos, y por eso vemos todos los dial que los pequeños fabricantes no pueden sostener la competencia que les hacen los grandes y se arruinan más ó ménos pronto cuando por obstinacion ó por necesidad no les ceden desde luégo el puesto. Pero la experiencia ha demostrado tambien que todas estas ventajas se hallan en parte compensadas con los abusos que se cometen en los vastos establecimientos por la falta de accion enérgica é inmediata del empre- sario, imposibilitado de cuidar personalmente de sus intereses, y así es que muchos de ellos no pueden com- petir en bondad y baratura de productos con los talle- res modestos en que el artesano ó maestro lo ve todo — 124 — por si mismo y está más directamente interesado en el éxito de las operaciones productivas. Puede, por lo tanto, asegurarse que las manufactu- ras mejor fundadas y . ,dirigidas son las que sobreviven, sean grandes ó pequeñas, y que la bondad de una em- presa de esta naturaleza no consiste tanto en su mag- nitud como en su organizacion y en las cualidades mo- rales y económicas del director y de los operarios. El mismo criterio es aplicable á las empresas agrí- colas. Se atribuye á las grandes iguales ventajas que á las manufactureras, añadiéndose en su favor que están dirigidas por hombres versados en la agronomía, que pueden sacar mejor partido de la superficie laborable, criar más ganados y fomentar la constitucion de la gran propiedad, única que permite el drenaje ó saneamiento, los bosques, los prados, etc. Pero, en primer lugar, el modo de explotar la tierra no depende precisamente de la extension del patrimonio ó dominio agrícola. Gran propiedad y gran cultivo no son términos correlativos. En Irlanda existe la gran propiedad y el cultivo en pe- queño; un mismo terrazgo podría pertenecer á mil per- sonas y ser, sin embargo, objeto de una sola explo- tacion. Cuanto más que si la gran propiedad favorece ciertas mejoras, que ya hemos indicado, la pequeña aumenta el número de propietarios, y ligando á las cla- ses populares con la tierra, las interesa en la conserva- cion del órden social. Por último, el cultivador en pe- queño conoce mejor la naturaleza del terreno, vigila ó ejecuta por sí mismo todas las labores, y dispone pro- porcionalmente de mayor suma de trabajo, utilizando el de todos los individuos de su familia. Por manera que si el cultivo en grande tiene . ventajas innegables, no deja de tenerlas tambien el cultivo en pequeilo, y en definitiva es imposible establecer ninguna regla general acerca de la extension de las explotaciones rurales. VII Del producto. § 1.° Consideraciones gezzerales.— Hemos llamado en otro lugar producto al resultado de la produccion (1). Hemos dicho tambien (2) que la produccion consiste en la apropiacion ó asimilacion á nuestro organismo de todos los objetos de la Naturaleza. Por consiguiente, el producto no puede ser otra cosa que una sustancia, un objeto apropiado, ó sea dotado de ciertas propiedades, de ciertas condiciones propias para la satisfaccion de nuestras necesidades. ¿Qué propiedades son esas?—Una sola conocernos que conduzca al fin de que se trata, la utilidad; luego la utilidad y sólo la utilidad es la propiedad esencial, característica, la condicion sine qua non del producto. Pero tambien tienen utilidad los objetos de la Na- turaleza. ¿Serán todos ellos productos? No, porque esa utilidad no se halla ea los unos en el mismo estado que en los otros. La utilidad puede, en efecto, hallarse en dos estados muy distintos: libre, digámoslo así, en los objetos na- turales; adquirida ó apropiada por el hombre, en los productos. Libre, constituye sólo una tendencia, una (1) Véase el Cap. 1 de este libro. (2) Véase el Cap. VI. — 126 -- capacidad, un poder : apropiada, es una virtud real y efectiva. Libre, se llama pura y simplemente utilidad; apropiada, recibe la denominacion de valor, palabra derivada de la latina valeo, es, ere, que significa estar bueno, estar en salud ó en sazon, estar fuerte, vigoro- so, robusto, en la plena posesion de todas sus virtudes y todas sus propiedades. Así se dice que una cosa vale cuando sirve para sa- tisfacer un capricho, un deseo, una necesidad nuestra. No basta que pueda servir, que sea útil; es menester que sirva, en efecto, para que valga. No todo lo que es útil vale, pero sí todo lo que vale es útil. El agua de un rio tiene utilidad porque hay en ella una tendencia, un poder, una capacidad de apagar nuestra sed; pero carece de valor miéntras esta tendencia no se realiza, miéntras no hacemos propia aquella sustancia, mién- tras no la cogemos para aplicarla á nuestros labios, y áun entónces no valdria nada, no serviria para refres- carnos, si no pudiese servir previamente, si no tuviera ya esta capacidad, si no fuese útil de antemano. Hé aquí en toda su sencillez nuestra teoría del va- lor. No sabemos en verdad si es buena ó mala, si es ó no aceptable—este lo decidirán los maestros con más elevado criterio—lo que sí creemos poder asegurar es que hasta ahora no existe otra, ó por lo ménos nosotros no la conocemos. Los escritores de Economía política, despues de disertar mucho sobre el valor, no han expli• cado de un modo claro y comprensible su naturaleza, reinando entre ellos acerca de este punto una co.nfu- sion de ideas, una oscuridad tal que bastaria para dis- gustar de la ciencia al más aficionado á su estudio (1). Así los unos derivan el valor de la utilidad, lbs otros (1) Bastiat dice con mucha razon: «Disertacion, fastidio: diser- tacion sobre el valor, fastidio sobre fastidio.» Armonías económicas, , Cap. V. — 127 de la escasez, éstos de las dos cosas al mismo tiempo, aquéllos del cambio, y apénas hay quien no le confun- da con la utilidad misma, con el producto, con la ri- queza y áun con el precio. De aquí esa larga y fati g osa nomenclatura de valor en uso y valor natural para designar la utilidad: valor real, valor absoluto, valor necesario y utilidad onerosa para significar lo que nosotros llamamos simplemente valor; finalmente, valor en cambio, valor venal, valor relativo, valor convencional, valor del mercado, para indicar lo que, como veremos más adelante, no es otra cosa que el precio. En cuanto á definir el verdadero valor, son muy po- cos los economistas que se hayan tomado esta moles- tia. Prescindiendo de las definiciones que se refieren al valor en cambio, es decir, al precio, entre las cuales descuella la de Bastiat, apénas encontraremos alguna digna de tomarse en cuenta. Molinari, el elegante Molinari, el distinguido discí- pulo de Bastiat, no acertando á definir el valor, dice que para definirle es preciso analizarle, porque el valor no es un cuerpo simple, sino un cuerpo compuesto de utilidad y escasez (1). ¡Qué manera de expresarse! ¡El valor un cuerpo compuesto! El valor es simplemente una propiedad; por lo tanto, no necesita analizarse, ni es susceptible siquiera de análisis. Y no se diga que Molinari se vale aquí de una figura retórica para ex- plicar su pensamiento: los tropos deben relegarse al dominio de la poesía . y la literatura; la ciencia exige un lenguaje más propio, más filosófico, más concreto. Para Roscher, el valor es el grado de utilidad que eleva la#cosas á la categoría de bienes (2), S' ántes de- (1) Curso de Economia política, Leccion IV. (2) Principios de Economía política, Introduccion , Cap. 1, Pár- rafo 4. — 128 — clara que entiende por bienes todo lo que es propio para satisfacer las necesidades del hombre (1), es decir, todo lo que es útil, pues así se llaman cuantos objetos po- seen semejante propiedad. Por manera que, segun el autor ya citado, valor es el grado de utilidad que hace á las cosas útiles. ¿Qué significa esta logomaquia? ¿Dón- de empieza el grado de que se trata y dónde concluye? La definicion de Flórez Estrada es, sin duda, más clara, pero, en nuestro concepto, no ménos inexacta. Este economista dice que el valor es el coste de la pro- duccion (2), y en efecto, el valor depende del coste, pero no por eso deben confundirse uno y otro, porque esto daria lugar á errores transcendentales. Por último, Carey define el valor diciendo que es la medida de la resistencia que debemos vencer para pro- porcionarnos los objetos necesarios, ó sea la medida del poder de la naturaleza sobre el hombre (3). Es la mis- rna idea de Flórez Estrada, expresada en términos más brillantes, aunque tambien más oscuros, la confusion del valor con el coste del producto. Dejemos, pues, á un lado todas estas definiciones ilógicas, todas estas distinciones escolásticas, y fijémo- nos de una vez en la palabra valor para significar la utilidad apropiada, la utilidad efectiva que hay en los productos. En tal sentido, el valor es un estado particular, un nuevo modo de ser, una forma de la utilidad, forma que puede desaparecer sin que desaparezca la utilidad mis- ma, pero inherente é inseparable ‘ del producto, como que éste nace con ella y con ella tambien se extingue. No hay producto alguno sin valor, como no hay ob- jeto alguno de la Naturaleza sin utilidad. (1) Ibid., Párrafo 1., (2) Curso de Economía política, Parte III, Cap. V. (3) Principios de Economía social, Tomo 1, Cap. VI, Párrafo 4. — 129 La utilidad es la propiedad distintiva de los agen- tes naturales: el valor lo es de los productos. ¿De dónde proceden? La primera:, ya lo hemos dicho, del Criador, que nos la concede graciosamente, y por esta razon la ha llamado Bastiat utilidad gratuita. La segunda, del trabajo, por medio del cual la adquirimos, por eso la ha denominado el mismo autor utilidad onerosa. Ahora bien: la cantidad de trabajo y por consiguien- te de capital—puesto que el capital es hijo del traba- jo—que se emplea en dar valor á un objeto, O lo que es lo mismo, en apropiarle, en producirle, se llama «gas-- tos de produccion, coste ó costo del producto». No puede haber producto sin gastos, porque en toda produccion se consume, se gasta una parte de las fuer- zas del trabajador, y de los objetos que constituyen el capital. El coste es la causa de la produccion; el valor es el efecto. ¿En qué relacion han de hallarse uno y otro? Si la produccion fuese debida exclusivamente al tra- bajo, no habria en ella más que la porcion de valor, la porcion de utilidad apropiada que el trabajo hubiera puesto, y el valor del producto deberia ser igual a su coste. Pero á la produccion concurre tambien la Natura- leza por medio de sus agentes, y este concurso no pue - de menos de dejar alguna huella, de dar algun resul- tado. Por consiguiente, en el producto debe haber un va- lor superil-r arcoste, ó lo que es lo mismo, el valor del producto 4ebe:exceder de los gastos. Este exceso - es lo que nosotros llamarnos beneficio, y los autores «producto liquido» — en mal castellano, «producto neto»—para diferenciarle del valor total, que tambien llaman «valor bruto» ó «producto bruto», 9 — 130 — y deberian llamar con más pureza de lenguaje «valor producto íntegros». Sea, por ejemplo, una fanega de trigo. Esta fanega puede satisfacer nuestras necesidades como 6 y se han gastado para su produccion un trabajo y un capital como 4. Por consiguiente, el producto se descompon- drá del modo siguiente: Valor (utilidad apropiada 6 sea necesidades que satisface). 6 Coste (gastos de produccion) .........  .  .   4 Beneficio (exceso del valor sobre el coste)  2 Este exceso es el que la Naturaleza nos concede ver- daderamente de gracia, y su cantidad no tiene limite alguno, pudiendo sólo asegurarse que crece con los ade- lautos científicos, con la civilizacion, con el progreso; mientras que, por el contrario, se estaciona y disminu- ye y aun desaparece del todo en aquellos pueblos que se abandonan á la ignorancia y la rutina, en aquellas épocas en que la Humanidad parece hacer alto ó retro- ceder en la senda de su perfeccionamiento. Pero de todos modos, el beneficio es necesario, por- que sin él no habria progreso, no podria, la produccion aumentarse, y la Historia nos demuestra que desde los tiempos primitivos hasta nuestros dias, la produccion ha ido sucesivamente en aumento. En efecto, si se con- sidera la especie humana desde su origen, se verá cuán- to se ha desarrollado y enriquecido, cuánto ha crecido la poblacion, y cómo, cumpliendo el precepto divino, ha llenado el hombre la tierra y la ha sometido á su im- perio. ¿Qué prueba esto? Que la Humanidad, tomada en conjunto, ha producido más de lo que nécesitaba para cubrir sus gastos; que á traves de las vicisitudes de los siglos, ha obtenido un excedente en la produc- cion y que éste le ha destinado á producir más y más, en vez de consumirle de un modo improductivo. --131— Luego en toda produccion hay necesariamente un beneficio. § 2.° Del seguro.—Tal es la ley económica; pero los hechos, considerados individualmente, se apartan bas- tante de ella. Es decir que, áun cuando esencialmente y en defi- nitiva la produccion dé un beneficio, accidentalmente puede suceder, y en efecto sucede, todo lo contrario: su• cede unas veces que apénas da lo suficiente para cubrir los gastos, otras que deja un déficit más ó menos consi- derable y se resuelve en una pérdida positiva. Las causas de esta pérdida son muchas y muy di- versas, pero todas ellas se reducen á dos clases: volun- tarias á dependientes de la voluntad humana, é invo- luntarias ó ajenas á nuestra voluntad.—Estas últimas toman el nombre genérico de azar ó de riesgos, lla- mándose siniestros á las pérdidas que ocasionan en la industria. Las causas voluntarias consisten en la inercia, la ineptitud, el error ó el descuido del productor, y en su Mano se halla evitarlas, adquiriendo los conocimientos necesarios y empleando todo el celo y la actividad que la produccion exige. Pero, aunque el productor esté adornado de todas estas cualidades, áun cuando cumpla con todas las con- diciones técnicas y económicas de la produccion, toda- vía pesan sobre ésta riesgos que pueden mermarla ó destruirla. Efectivamente, el azar se mezcla en todos nuestros negocios; no hay empresa humana que esté libre de contratiempos y peligros; la inseguridad dependiente de las guerras, del bandolerismo ó de la anarquía, las vi- cisitudes atmosféricas, las revoluciones astronómicas, los mil y un accidentes imprevistos que pueden ocurrir durante las operaciones productivas, los terremotos, los naufragios, las sequías, los incendios, las inundaciones, — 132 — las epidemias, son otros tantos riesgos á que se halla expuesta la industria. Estos riesgos no pueden evitarse, al menos por el productor, pero pueden disminuirse ó atenuarse sus efectos, y á este fin se ha inventado el seguro. Llámase así la garantía de un riesgo, ó sea la com- pensacion de un siniestro, y tarnbien la eliminacion del azar en las empresas humanas. Esclarezcamos esta definicion con un ejemplo (1). Un negociante quiere trasladarse á Europa desde América, y al efecto coloca toda su fortuna en un navío. Si éste naufraga, aquélla se pierde por completo y el negociante queda arruinado. Pero semejante riesgo no es fatal; conforme puede acontecer, puede tambien no realizarse; la experiencia, ó sea la Estadística, ensería que de cada cien navíos, perece uno, por término medio, en la travesía de Amé- rica á Europa; el riesgo es, pues, de uno 1 . 9r ciento; hay una probabilidad contra noventa y nueve de que se per derá el buque de que se trata. Supongamos ahora que el mismo negociante, más avisado ó más prudente, divide por igual sus bienes entre dos navíos; en tal caso, en vez de correr una suerte sobre ciento de perder el todo, corre dos sobre igual número de perder la mitad, pero tambien tiene cien probabilidades ménos de arruinarse; porque si el riesgo de naufragar un navío es de U910 por ciento, el de naufragar los dos es de un céntimo por ciento, es decir, cien veces ménos (2). Su situacion ha mejorado, pues, notablemente; porque aunque ha doblado las suertes de perder una mitad de su fortuna, ha centuplicado en cambio las de conservar igual parte de ella. (1) Reboul, Estudios sobre los seguros, Cap. I. (2) La dernostracion de esta proposicion es uno de los puntos más interesantes del Cálculo de las probabilidades. — 133 -- Con diez, veinte, treinta navíos, el negociante cor- rerá diez, veinte, treinta suertes de perder la décima, vigésima, trigésima parte de su fortuna, pero tambien adquirirá cada vez mayor probabilidad de conservar el resto. Cuanto más aumente el número de buques entre los cuales divida por igual sus bienes, más se acercará á la certidumbre de no perder sino la centésima parte de ellos. Ello sí, esta pérdida nunca logrará evitarla; pero, siendo como es insignificante, puede decirse que repar- tida en un número considerable de navíos, la fortuna del negociante quedará segura ó asegurada. En resúmen, sin más que dividir los riesgos, se ar- rebatan al azar los productos de la Industria, ó lo que es igual, se compensan los siniestros. Ahora bien, así es como proceden las compaZias sociedades de seguros. Cierto número de industriales, trabajadores ó em- presarios, convienen en repartirse proporcionalmente entre todos las pérdidas que cualquiera de ellos sufra por causa de un riesgo. La cuota 'con que cada cual contribuye para el objeto se llama prima del seguro, y puede ser eventual ó fija, segun que el asegurador sea la sociedad misma ó bien otra empresa que soporte di- chas pérdidas é indemnice todos los siniestros. En el primer caso, la institucion se llama seguros mutuos, y en el segundo seguros singulares ó d prima fija. De todos modos, el seguro puede considerarse como una de las aplicaciones más felices del principio de aso- ciacion; porque, cualquiera que sea, como dice muy Oportunamente H. Say (1), la aficion de ciertos hom- bres á las emociones que nacen de la incertidumbre, las operaciones productivas no se renuevan ni perpetúan aa. (1) Diccionario de la Economía política, Art. Seguros. — I 34 no cuando las probabilidades de buen éxito exceden á las de ruina. Prever, afiade Bastiat, es uno de los más bellos atributos del hombre, y aquél que conoce mejor las consecuencias futuras de sus determinaciones es el que, en casi todas las circunstancias de la vida, cuenta con más elementos de triunfo. Conviene, pues, mucho que personas sujetas á los mismos riesgos se reunan para soportar en comun una pérdida eventual, y que cada cual consienta de antemano en tornar á su cargo una parte proporcional de ella, á condicion de que se le releve del resto, si, por desgracia, esa pérdida llegase á recaer sobre él mismo. Tales son los efectos de las so- ciedades de seguros. Por ellas adquiere el productor la fijeza de su posicion, que es el fin á que aspira con to- das sus fuerzas; por ellas se evitan esas crueles alter- nativas, que son para el ánimo lo que las vicisitudes atmosféricas para el cuerpo; ellas, en fin, nos propor- cionan el único medio de detener en su giro la voluble rueda de la fortuna. § 3. 0 Clasificacion de los productos. Si, como hemos dicho en otro lugar (1), el producto no es más que una sustancia apropiada, y como enseña la filosofía, la sus- tancia puede ser material é inmaterial, síguese de aqui que los productos se dividen en materiales é inmate- riales. Serán productos materiales todos los objetos útiles del mundo físico, sin excluir el cuerpo del hombre, mo- dificados ó apropiados para la satisfaccion de sus nece- sidades. Serán productos inmateriales todos los objetos úti- les del mundo racional, del mundo de la inteligencia y del sentimiento, incluso el espíritu humano, modifica- dos ó apropiados para los mismos fines. Una llave, por ejemplo, es un producto material; (1) Véase el Párrafo 1.° de este Capítulo. — 135 — porque se Compone de una sustancia material, capaz de satisfacer nuestras necesidades y apropiada ademas para, ello, ó lo que es igual, dotada de valor. Un sabio es un producto inmaterial; porque hay en él una sustancia inmaterial, su espíritu, no ménos ca- paz de satisfacer nuestras necesidades ni ménos apro- piada á este fin, ó en otros términos, un valor real y efectivo. Esta doctrina no es, sin embargo, la que domina en la ciencia. La mayor parte de los economistas, A. Smith, Malthus, Sismondi , Droz , Rossi , Stuart Mill , etc., no reconocen la cualidad de productos más que en , las co- sas materiales, y es que, por un error procedente toda- vía de la escuela fisiocrática, no ven produccion algu- na sino allí donde hay aumento de materia, y hacen consistir el valor en 1a materialidad de los objetos, sien- do así que, como hemos visto, la produccion consiste en la creacion de valor, y el valor es sólo una forma, un estado particular de la utilidad que contienen los agen- tes naturales. J. B. Say fué el primero que entrevió la verdad, di- vidiendo los productos en materiales é inmateriales; pero, negando que los segundos formasen parte de la riqueza, no supo sacar partido de una idea que de otro modo le hubiera conducido á resultados fecundos para la ciencia. Despues ha venido Dunoyer, quien, por una reaccion muy natural en el espíritu humano, ha sostenido que no hay productos materiales, que todos son por el con- trario inmateriales, y es que ha confundido el producto con el valor, de la misma manera que sus antagonistas confundian el valor con la materia. «La forma, dice á este propósito . el autor ya cita- do (1); el color, la figura que un artesano da á los cuer- (1) Diccionario de la Economía política, Art. Produccion. — 136 — pos brutos, son cosas tan inmateriales come la ciencia que un catedrático comunica á seres inteligentes: ni uno ni otro hacen más que producir utilidad (1), y la única diferencia real que hay entre sus industrias e3 que la primera tiende á modificar las cosas y la segun- da á modificar las personas.» Cierto, contestamos nosotros: pero esa utilidad, ese valor, que el artesano y el catedrático crean, residirá en algun objeto, en alguna sustancia, puesto que por si mismos no pueden subsistir; y como la sustancia es material en el primer caso é inmaterial en el segundo, de aquí la division de los productos en materiales é in- materiales. Los productos, pues, no son necesariamente mate- riales, como querían los antiguos economistas, ni tam- poco exclusivamente inmateriales, como pretende Du.- foyer; los productos pueden ser materiales é inmate- riales. Donde quiera que haya apropiacion de utilidad, creacion de valor, allí hay de seguro produccion, allí hay un producto. Y como toda industria, toda aplicacion del trabajo tiene por objeto apropiar los agentes naturales para la satisfaccion de las necesidades humanas, ó sea dar valor á las cosas útiles, es claro que las industrias, lo mismo objetivas que subjetivas, son de suyo productivas, y que no hay industria alguna que pueda calificarse de improductiva. El médico que da la salud á un enfermo apropia el cuerpo de éste para que pueda satisfacer sus necesida- des; comunica á sus miembros un valor de que antes carecian: por consiguiente, la medicina es una indus- tria productiva. El abogado que salva á un inocente del cadalso le wt (1) Léase valor. — 137 — coloca en co:,_diciones propias para la satisfaccion de sus necesidades; presta á un miembro de la sociedad un valor, que, sin su auxilio, no hubiera tenido ; por consiguiente, la abogacía es otra industria productiva. El juez que pronuncia una sentencia, el catedrático que explica una doctrina, el artista que representa un drama, apropian para la satisfaccion de ciertas necesi- dades el espíritu de las personas á quienes se dirigen; puesto que dotan á ese mismo espíritu de un gran va- lor, moralizándole, instruyéndole y haciéndole más sen- sible: luego la magistratura, el magisterio, la declama- cion, son otras tantas industrias productivas. ¿En qué consisten sus productos? En el enfermo para la medicina; el inocente librado del cadalso, para la abogacía; el hombre moral, instruido, sensible, para la magistratura, el magisterio y la declamacion respecti- vamente. Esas personas valen: no se necesita más para consi- derarlas como productos. Esta doctrina es también nueva en la ciencia, y se debe al talento filosófico de Dunoyer. Los antiguos eco- nomistas calificaban de improductivas las industrias que no ejercen su actividad sobre la materia, y espe- cialmente aquéllas que obran directamente sobre el hombre. ¿Por qué? Porque, segun ellos, no dejan (letras de sí nada con que pueda alquilarse ó comprarse la más mínima cantidad de trabajo, porque su trabajo se des- vanece tan pronto como se ejecuta, porque sus servi- cios no son fructuosos sino en el momento en que se prestan, porque sus productos no se fijan en nada y es imposible acumularlos ó atesorarlos, etc., etc. J. B. Say llegó á decir que es desventajoso multiplicar esos pro- ductos y que el gasto hecho para obtenerlos es impro - ductivo. Sin embargo, los mismos economistas á que nos referimos reconocen, por otra parte, que los «talen- tos útiles, adquiridos por los individuos de la sociedad, — 138 son un producto fijo y realizado, por decirlo así, en las personas que los poseen y forman una parte esencial dele fondo general de la sociedad, una parte de su capi- tal fijo». En este sentido se expresa A. Smith (1), des- pues de haber negado la productividad de las profesio- nes liberales, y le siguen J. B. Say, Sismondi, Droz y otros partidarios de la misma doctrina. Ahora bien, es evidente que unas industrias no pue- den ser á un tiempo productivas é improductivas, dar productos que á la vez se evaporan y se fijan, que se desvanecen al nacer y se acumulan á medida que na- cen. Esta es una contradiccion que demuestra la con- fusion de ideas de los economistas citados. ¿De dónde procede? Mr. Dunoyer la ha explicado admirablemen- te (2); procede de no haber sabido distinguir el trabajo del producto. No debe decirse, en efecto, como ha dicho A. Smith, que la riqueza es trabajo acumulado, sino valor, ó me- jor todavía, productos reunidos. El trabajo no se acu- mula; lo que se acumula son sus resultados. Segura- mente, la leccion que da un profesor se consume al mismo tiempo que se produce, lo mismo que la mano de obra del alfarero; pero las ideas inculcadas por el primero en el ánimo de los que le escuchan son pro- ductos que quedan, lo mismo que la forma dada á la arcilla por el segundo. No es cierto que el trabajo del catedrático, del juez, del cantor, del cómico, no se fije en nada, ni deje nada tras sí: se fija en los hombres en que recae y deja las modificaciones útiles y duraderas que les hace sufrir, lo mismo que el trabajo del tejedor se realiza en las co- sas en que se ejerce y deja las formas, las figuras, los colores que en ellas imprime. (1) Investigaciones sobre la riqueza de las naciones. (2) Diccionario de la Economía política, Art. Produccion. — .. 139 — No es cierto que los valores realizados en los hom- bres, la capacidad, la destreza, los talentos que le les han comunicado, no sean' susceptibles de venderse; lo que no se vende, al ménos en los países donde no existe la esclavitud, son los hombres mismos; pero, en cuanto á los talentos que poseen, pueden muy bien venderse y se venden, en efecto, continuamente, no en especie, á la verdad, pero sí bajo la forma de servicios. No es cierto que los valores que el trabajo logra fijar en los hombres no puedan acumularse: lo mismo podemos aumentar en nosotros mismos las modificacio- nes útiles de que somos susceptibles, que multiplicar en las cosas que nos rodean las modificaciones útiles que pueden recibir. No es cierto que esta multiplicacion sea desventa- josa: lo que sería desventajoso es multiplicar los gastos; pero, en cuanto á los productos mismos obtenidos con ellos, no vemos qué desventaja podria traer su abun- dancia. Nadie se queja seguramente de que haya de- masiada destreza, demasiado gusto, demasiado saber, demasiada virtud, etc., etc. No es cierto que los gastos hechos para obtener esos productos sean improductivos: lo que sería improduc- tivo es los gastos inútiles; pero en cuanto á los necesa- rios, no lo son en manera alguna, puesto que pueden dar lugar á una verdadera riqueza superior á ellos mismos. No es cierto, en fin, que tales productos en nada aumenten el capital nacional: un capital de conoci- mientos á de buenas costumbres no vale ménos que un capital de dinero ó de cualquier otra especie de pro- ductos. Una nacion no tiene sólo necesidades físicas que satisfacer; está en su naturaleza experimentar muchas necesidades morales é intelectuales, y por poca cultura que tenga, colocará la virtud, la instruccion, el gusto, en el número de sus productos más preciosos. Ademas, — 140 -- estas cosas, dotadas todas de valor, son medios indis- pensables para obtener otra especie de valores que se fijan en objetos materiales, y no se necesita más para considerarlas como capitales. Por lo demas, aunque todas las industrias sean esen- cialmente productivas, no hay ninguna que accidental- mente no pueda dejar de serlo, ya porque se dé una mala direccion al trabajo, y los resultados no corres- pondan á los esfuerzos, ya porque éstes se apliquen á satisfacer, más bien que necesida des verdaderas y legí- timas, caprichos, apetitos, placeres que la Moral, de acuerdo con la Economía política, reprueba. VIII De la riqueza. Se dice que un pais es rico cuando está dotado de una gran fertilidad, áun cuando para ello no baya te- nido que hacer esfuerzo alguno, aun cuando todo lo deba á la Naturaleza. Al mismo tiempo que tambien se llama rico á un hombre que, á fuerza de ingenio, de laboriosidad y cons- tancia, ha logrado reunir grandes bienes de fortuna ó rodearse de comodidades y placeres. Es, sin embargo, evidente que la liiqueza del uno no es igual á la del otro. La primera consiste en la abun- dancia de cosas simplemente útiles, esto es, en la utili- dad gratuita; la segunda en la multitud de cosas que valen, es decir, en la utilidad onerosa, en el valor. ¿Cuál de las dos es la verdadera? A los ojos de la ciencia, no puede haber riqueza sin valor, esto es, sin utilidad obtenida por medio del tra- bajo; y si la hay, es como si no existiera para ella, por- que precisamente la actividad humana forma el objeto de sus investigaciones. La riqueza, económicamente considerada, no con- siste en la utilidad natural, en la que contienen los ob- jetos en su estado nativo, sino en la que reside en los productos, en el valor. — 142 -- Por esta razon hemos dicho en otro lugar (1) que la riqueza es el conjunto de los productos. No es, sin embargo, así como la mayor parte de los economistas entienden la riqueza. En primer lugar, Bastiat distingae una riqueza efectiva y otra riqueza relativa. La primera, segun él, es la que se compone de utilidades obtenidas, ya gra- tuitamente, ya con el concurso del hombre; esto es, de bienes naturales y de bienes adquiridos ó productos. La segunda es la que se compone exclusivamente de utilidades onerosas ó valederas es decir, vendibles, puesto que Bastiat entiende por valor, no lo que hemos entendido nosotros, sino el valor en cambio, de que más adelante tratarémos bajo el nombre de precio (2). Ahora bien, ¿cómo nuestro autor confunde, bajo la denominacion de riqueza efectiva, dos cosas tan distin- tas como son los bienes que nos da la Naturaleza y los que nosotros adquirimos por medio del trabajo? ¿Qué puede haber de coman entre los unos y los otros, á los ojos del economista? ¿Ni á qué mencionar siquiera los primeros, cuando más adelante declara él mismo que nada tiene que ver con ellos la ciencia? Pero no es ésta la única confusion en que incurre Bastiat. Confunde tambien lo que él llama utilidades onerosas ó valederas con las utilidades vendibles, y las califica á las dos de riqueza relativa; siendo así que para que mereciesen igual nombre sería preciso que el valor y el precio fuesen una misma cosa, lo cual no sucede así, como en su lugar demostrarémos. Riqueza relativa, en efecto, es la utilidad vendible, para hablar el len- guaje de Bastiat, ó sea el producto en venta, el precio,. porque se refiere á la cantidad de otros productos que se da en cambio de ella; pero si se quiere llamar tam- (1) Véase el Cap. I de este libro. (2) Armonías económicas, Cap. VI. — 143 — bien riqueza relativa á la utilidad onerosa, esto es, al valor, es menester tener en cuenta que su relacion es con las necesidades que puede satisfacer, y de ninguna manera con otros productos. Si hubiéramos de distinguir en Economía política dos clases de riquezas, admitiriamos más bien la divi- sion de J. B. Say en riquezas naturales y riquezas so- ciales, dando el primer nombre á las que nada nos cues- ta adquirir y el segundo á las que obtenemos por medio del trabajo. Pero esta division es tambien inútil, puesto que las riquezas naturales, segun declara el mismo Say, no son del dominio de la ciencia, y por consiguien- te no hay para qué tratar de ellas. Lo que importa más hacer notar es que casi todos los economistas limitan la significacion de la palabra riqueza á lo que Bastiat llama riqueza relativa y otros riqueza cambiable, diciendo que es un conjunto de va- lores—entiéndase de valores en cambio—en lo cual no habria otro mal que el de excluir del examen científico la cualidad más importante de los productos, esto es, la utilidad onerosa, el verdadero valor, si al mismo tiempo los economistas citados tuviesen una idea clara del va- lor y de la utilidad misma. Pero, como confunden lá utilidad con el valor y el valor con el precio, con el coste de produccion y áun con el mismo producto; como no fijan desde un principio la significacion de estas pa- labras y emplean cada una de ellas , sobre todo la de valor, en distintos sentidos, de aquí es que reine entre ellos una discordancia de opiniones ocasionada á dis- putas interminables, y que por otra parte a4-unos no acierten á darse razon de fenómenos muy naturales y muy sencillos, que, definiendo bien la riqueza, son fa- cilísimos de explicar. Así J. B. Say considera como una de las mayores dificultades de la Economía política la resolucion del siguiente problema: — 144 — «Estando compuesta la riqueza del valor de las co- sas poseidas, ¿cómo es posible que una nacion sea tanto más rica, cuanto más bajo es el precio de aquéllas?» Y efectivamente, entendiendo por riqueza un con- junto de valores y por valor lo mismo que precio, el tal problema es verdaderamente irresoluble, porque equi- vale á decir: Estando compuesta la riqueza del valor de las co- sas, ¿cómo es posible que una nacion sea tanto más rica cuantos ménos valores tenga? Ó bien: siendo la riqueza proporcionada al precio que tienen las cosas, ¿cómo es posible que una nacion se enriquezca á medida que 'las cosas estén más baratas en ella? Lo cual implica una contradiccion, una paradoja. Pero no es exacto que una nacion sea tanto más rica cuanto más bajo precio tengan las cosas en ella; porque el precio se calcula hoy con relacion al dinero circulan te, y como en las naciones ricas circula más el nume- rario, resulta que allí es precisamente donde las cosas están á más alto precio. Ejemplo: la Iaglaterra, donde todo cuesta muy caro, y sin embargo hay más riqueza que en Portugal, donde todo se compra barato. El alza ó baja de los precios, calculados en dinero, como se acos- tumbra en el estado actual de la sociedad, no es un sín- toma necesario de miseria ni de riqueza, como explica- rémos al tratar de los cambios.La riqueza no se mide por el precio de los productos, sino por su valor, ó lo que es igual, por las necesidades que satisfacen. ¿Es fácil la vida en un país? ¿Se pueden obtener en él mu- chas satisfacciones con poco trabajo? Pues aquel país es rico, cuesten ó no mucho dinero las cosas,, tengan éstas un alto ó un bajo precio. Por el contrario, ¿se vive en él estrechamente, proporciona el trabajo del hombre poco bienestar, pocas comodidades, pocos placeres ver- daderos? Pues aquel país es pobre, por muy baratas que se vendan las cosas en sus mercados. — 145 Se ve, pues, que la riqueza indica cierta cantidad, cierto número de objetos provistos de valor: cantidad ó número que puede ser mayor ó menor, porque en este punto no hay límite alguno, pero que de todos modos constituye riqueza (1). La riqueza es proporcionada á la utilidad onerosa, al valor, ó lo que es lo mismo, á las necesidades satis- fechas por medio del trabajo, y varia como éstas segun las épocas, los países y áun los individuos. Un señor de la Edad Media era rico poseyendo un castillo desmantelado, un bosque donde entregarse á la caza, algunas hanegadas de tierra mal cultivada y un rebano de cabras y de siervos. En el dia ningun hombre de la clase media cambiarla por la de aquel magnate su oscura pero cómoda existencia. Un salvaje hace consistir su mayor riqueza en al- gunas cuentas de vidrio, que apénas servirian de in- fantil juguete en Europa, y cambia por ellas el oro, la plata y los productos más estimados entre nosotros. Un arqueólogo, un numismático, darían la mitad de su fortuna por una espuela del Cid ó una moneda de los Faraones; miéntras que un labriego ó un albañil arrojarian á un lado estos objetos, si los encontrasen en los surcos de una tierra de labor ó entre los escombros de alguna casa. No se crea, por lo denlas, que la riqueza consiste en una porcion más ó ménos grande de materia; pues si es cierto que existe una riqueza material, no lo es ménos que hay otra riqueza inmaterial, de la misma manera que hay productos materiales é inmateriales. (1) Es sumamente impropio decir, como suelen los autores, ri- quezas, valores, utilidades: pero ya que se usen estas palabras, en- tiéndase que es siempre en sentido figurado: riquezas por produc- tos, valores tambicn por productos, utilidades por bienes naturales ó cosas simpleirente útiles. 10 — 146 — Será, por ejemplo, riqueza material un conjunto de manzanas, puesto que cada manzana es un producto material. Será riqueza inmaterial una reunion de, trabajado- res hábiles, puesto que cada trabajador hábil constituye un producto inmaterial. Una y otra entran en el dominio de la Economía política, no como objeto, porque esta ciencia no exa- mina la riqueza en sí misma, sino como fin, porque tal es también el de la actividad interesada, cuyas leyes naturales estudia el economista. LIBRO SEGUNDO. TEORÍA DE LA CIRCULACION. w [Document text truncated for crawler view.]