Filosofía del interés personal : tratado didáctico de economía política
Full text
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FILOSOFIA DEL INTERES PERSONAL.
TRATADO DIDÁCTICO
DE
ECONOMIA POLÍTICA
POR
D.
MARIANO CARRERAS Y GONZALEZ
catedrático de Economía política y Derecho mercantil
en el Instituto de San Isidro
CON UN PRÓLOGO DE
D. SANTIAGO DI
E
GO MADRAZO
catedrático de Economía
y
Estadística en la Universid,d Central.
SEGUNDA EDICION
con numerosas correcciones y adiciones del autor
Y CON UN
APEI\
DICE
SOBRE U
-
UEVO COI\
CEE(' ')E LA CIENCIA
ECONÓMICA
POR
D. JOSÉ MANUEL PIERNAS Y HURTADO'
catedrático de Economía polí:,,
stadística
en la
Universidad de ,
o.
ttao
.na-faeir-tiozan
Azonw
.2#1
O
MADRID !
IMPRENTA Y ) IBREBIA DE MIGUEL GUIJARRO, EDITOR
ca Ile de Preciados, numen' 5.
1874
Esta obra es propiedad de su
autor, quien perseguirá ante
la
ley al que la traduzca ó reimpri-
ma sin su licencia.
Los ejemplares que no lleven
una contraseña especial, serán
considerados como furtivos.
ADVERTENCIA DE LA PRIMERA EDICION.
Esta obra es un
Tratado de Economía pura:
ne hay, por con-
siguiente, que buscar en ella las cuestiones relativas á la pro-
piedad, á la esclavitud, á la libertad del interes y del cambio,
que, con alguna otra, suelen estudiarse en los libros didácticos
de Economía política y en las cátedras de esta ciencia. Aparte
de que semejantes cuestiones no son del dominio de la
Econo-
mía pura,
sino de la
Economía aplicada al Derecho,
el autor se
propone dilucidarlas ampliamente, con todas las demas de la
misma índole, de que hoy no tratan, ó tratan someramente, los
escritos destinados á la enseñanza, en una obra especial que
llevará aquel título
y
comprenderá, hasta donde sea posible,
todo cuanto se refiera á tan importante materia, todos los prin-
cipios de Derecho público
y
privado, todas las doctrinas políti-
cas y administrativas, todos los sistemas sociales
y
de gobier-
no, examinados con el criterio económico.
En cambio, el presente
Tratado
contiene nociones que ape-
nas se encontrarán en otros de su clase, y que, sin embargo,
pertenecen evidentemente á la
Economía,
como puede verse re-
corriendo los diversos capítulos de que consta,
y
especialmente
los que versan sobre las
Instituciones del cambio
y
las
Institvcio-
ves que favorecen el ahorro.
Y si, como puede muy bien suceder, porque no presumimos
de perfectos, faltase en estas páginas algo que se considere
como esencial en la enseñanza, nuestros respetables colegas de
magisterio sabrán fácilmente suplirlo con sus lecciones,
perdo-\
nándonos de todos modos una omision que quizá sea hija úni-
camente de nuestro método.
No concluiremos estas breves líneas sin rendir en ellas un
tributo de agradecimiento, en primer lugar, al sabio economis-
ta D. Santiago Diego Madrazo, á cuya amabilidad debemos el
bello Prólogo que va al frente de nuestro libro; en segundo,
á nuestro muy querido amigo el Sr. D. Eduardo Pérez Pujol,
brillante catedrático de Derecho civil en la Universidad de Va
lencia, que tanto nos ha ilustrado con sus consejos, especial-
mente en la difícil cuestion de fijar las relaciones de la ciencia
económica con la Moral
y
con el Derecho;
y
por último, al se-
ñor D. Joaquin María Sanromá, catedrático de la Escuela de
Comercio, que despues de haberse prestado á insertar en la
Ga-
ceta economista,
cuya direccion le estaba encomendada, nuestra
Introduccion al estudio de la Economía política,
juntamente con
un profundo y luminoso artículo del Sr. Figuerola , tuvo la
bondad de dedicar á estos dos escritos las siguientes lisonjeras
frases:
«Si hasta estos últimos tiempos era útil y conveniente que
las personas dedicadas á distribuir el pan de la ciencia desde
lo alto de las cátedras, consagraran sus ocios á escribir trata-
dos de Economía política para vulgarizar sus principios en el
seno de nuestra patria, ahora, cuando la atmósfera económica
está formada, es ya necesario
y
urgentísimo hacerlo, para dar
buena direccion á los espíritus
y
poner coto á las ridiculeces
que algunos hombres oscuros
y
adocenados se han impuesto la
triste mision de difundir.
»Tal ha sido el objeto que indudablemente se propusieron
los Sres. Figuerola y Carreras
y
Gonzalez en los dos recomen-
dabilísimos trabajos que encabezan el presente número. Am-
bos nos ofrecen en ellos una excelente muestra de lo que se-
rán los nuevos tratados de Economía política que respectiva-
mente se disponen á dar á la estampa. Nosotros no podemos
menos de agradecer sinceramente que, para ilustrar al público
con tan doctas
y
escogidas producciones, hayan dado sus au-
tores preferencia á la
Gaceta economista.
Permítasenos encon-
trar en esta atencion una prueba más de que
,
nuestra revista
es considerada, por nacionales y extranjeros, como órgano fiel
de la ortodoxia económica.
»E1 Sr. Figuerola, que tanta novedad
y
elevacion sabe dar
á
las cuestiones que maneja,
como
abogado en el foro,
como
especialidad financiera y estadista en el Parlamento,
y
como
profundo y discreto razonador en la cátedra y en las socieda-
des económicas, parece decidido á señalar su curso de Econo-
mía política con el oportuno y perfectamente escogido título de
Filosofía del trabajo.
Como definicion de la ciencia, la frase no
es nueva, despues de haberla apuntado Dunoyer y Coquelin,
y
ménos aún despues de haberse dado en Alemania á los estu-
dios sobre la riqueza el significativo nombre de
Metafísica de
la actividad.
Pero es nuevo
y
novísimo trocar en bautismo la
definicion,
y
arriesgarse á escribir un libro de
Economía políti-
ca,
sin poner á su cabeza ese nombre tan vago, tan complexo
y
ocasionado á graves y profundos extravíos. Cuando vemos
torpemente profanada la dignidad de la ciencia, haciendo ser-
vir el adjetivo
económico
para designar inicuos sistemas de vio-
lencia y despojo, cordura es en nosotros buscar una contrase-
ña que nos permita ser con facilidad reconocidos. Si necesario
fuere, no tendríamos á mengua encerrar bajo el nombre más
humilde la grande alteza de la doctrina
á
la cual tributamos
rendido culto ; bien así como, en la cuchara de palo y en el
dictado de pordioseros, hallaron los esforzados Flamencos el
mejor timbre de gloria contra la tiranía del adusto Felipe.
»Mas por fortuna no hemos de imponernos el sacrificio de
una excesiva modestia cuando, tras tantos
y
tan concienzudos
análisis, ha llegado nuestra época á descubrir la perfecta filia-
cion que existe entre la ciencia de las leyes generales del mun-
do y de la humanidad,
y
la que particularmente examina otras
leyes más concretas que afectan al trabajo humano
y
su retri-
bucion, ni cuando se ha demostrado que no es la
nocion abs-
tracta de la riqueza
lo que debe preocupar el ánimo del econo-
mista, sino
el medio racional de realizar-la,
la actividad libre
y
reflexiva de que nos dotó la Providencia para disponer nuestra
conservacion
y
estimularnos hacia el progreso. Conociólo el
Sr. Figuerola,
y
parecióle prudente consejo mostrar sus cre-
denciales á la entrada. Filósofo del trabajo dice ser,
y
rom-
piendo así toda mancomunidad con el empirismo, toma desde
luego por
una llana
y
expedita senda que, desde la categoría
fundamental de la ciencia, ó sea el trabajo, le conduce á una
bellísima
y en algunos puntos nueva definicion de la Econo-
mía política.
- 1V
»Brilla el talento del Sr. Figuerola en las pocas líneas que
consagra á buscar las relaciones existentes entre el
fin de la
actividad y
el religioso, el del Estado
y
el tecnológico. Léan-
las con atencion los que acusan á la Economía política de ab-
sorbente. Conociendo sus principios, ¿no habría más razon en
asegurar que la Religion
y
el Estado la han absorbido á ella,
ó quieren absorberla todavía? Ciencia recien venida, pero á to-
dos necesaria, la
Filosofía del trabajo
tiene derecho á ocupar
un puesto tantos siglos usurpado por el espíritu de clase y los
celos del dogmatismo. Al oir á esos representantes de la idea
política ó religiosa que, en nombre de un solo principio, quie-
ren ordenarlo todo á su capricho, justo es que el economista
los obligue á poner mojones en sus campos
y
llevar cuenta
exacta de las piezas que son del resorte de cada una; justo es
que les diga lo que un jóven soldado frances á otro anciano
militar, que quería ser su compañero de empresas:
«Numérotez
vos memores.»
»No toca el Sr. Figuerola, dejándolo probablemente para
la continuacion de su trabajo, la cuestion de límites entre la
ciencia económica, la Moral
y
el Derecho. En cambio,
y
holgá-
monos mucho de ello, este es uno de los puntos que con más
extension
y
fino tacto examina el Sr. Carreras
y
Gonzalez en
su notabilísima
Introduccion al estudio de la Economía política.
Distinguido profesor de esta ciencia, brillante campeon en va-
rios concursos públicos relativos á su enseñanza, popular y
reputado publicista, el Sr. Carreras
y
Gonzalez, ya ventajosa-
mente conocido por sus
Elementos de Derecho mercantil,
que han
alcanzado gran crédito en las escuelas, acaba de demostrarnos
una vez más cuán alto rayan sus especiales disposiciones como
escritor didáctico. Filósofo tambien
y
práctico en las alturas de
donde torna la ciencia económica su exquisita sustancia
y
su
fuerza maravillosa, desenvuelve la idea del trabajo, derivándola
de la naturaleza
y
destinos del sér humano, cuyo carácter
y
tendencias analiza con sendos toques de mano maestra. Tam-
poco se dirá, leyendo al Sr. Carreras
y
Gonzalez, que los eco-
nomistas renieguen de toda idea moral y sacrifiquen á la utili-
dad las sagradas exigencias de la justicia. El jóven
y
elegante
profesor demuestra con sobra de elocuencia que la Moral, el
Derecho
y
la Filosofía del trabajo son aspectos de un mismo
principio, que recíprocamente se apoyan
y
confirman, ó
como
— v --
dice Modeste, son contrapruebas de una nocion idéntica que,
para ser poseida, exige una ciencia de lo que es
justo,
otra de
lo que es
bueno
y
otra de lo que
vale.
»E1 Sr. Carreras y Gonzalez piensa acomodarse al método
de Rau, dividiendo la Economía política en
pura y aplicada.
Basta conocer las, tendencias del nuevo tratadista para com-
prender cuán distante estará de presentarnos una cosa pare-
cida al
sistema nacional
del doctor Listz (1).»
(1)
Gaceta economista,
Octubre 1861. Art.
Bibliografía, Nuevos tratados
españoles de Economía política.
ADVERTENCIA DE LA SEGITYDA EDICION.
La acogida que ha tenido esta obra desde que vió la luz
pública, ha excedido á todas nuestras esperanzas. Aplaudida
por la Crítica, tanto en España como en el extranjero; adop-
tada por el Consejo de Instruccion pública para servir de tex-
to en nuestras escuelas; recomendada por los maestros; leida
y
aceptada por la juventud estudiosa, sólo le faltaba la san-
cion de una de esas corporaciones que tienen el privilegio de
reunir en su seno á los sabios en todas las materias,
y
áun
ésta la ha recibido indirectamente en la
Memoria sobre el dere-
cho de propiedad,
de D. Vicente Santa María
y
Paredes, premia-
da hace dos años por la Academia
de Ciencias morales y políticas,
y
cuyas doctrinas económicas en gran parte nos pertenecen,
si bien el autor, discípulo nuestro muy querido, se ha olvidado
de decirlo, por una omision sin duda involuntaria.
Así es que en pocos años se ha agotado la primera edicion,
con ser tan numerosa,
y
se ha hecho preciso proceder á esta
segunda. Con ella se nos ha deparado la ocasion de correspon-
der al favor del público,
y
la hemos aprovechado con gusto,
introduciendo en la obra modificaciones que, en nuestro con-
cepto, la mejoran notablemente.
En primer lugar, hemos hecho una alteracion en el método
de exposicion, pequeña al parecer, pero en realidad importan-
te, anteponiendo la
teoría de la circulacion
á la de la
distribu-
cion
de la riqueza, y trasladando á esta última las doctrinas
relativas á la
poblacion y
á
la
renta de la tierra,
que antes se
trataban en la primera.
VIII -
En segundo lugar, hemos refundido
y
completado varios
capítulos, tales como los que llevan por título
Caracteres de la
Economía política, Reseña histórica de la ciencia económica, Del
capital, De la produccion, Del producto, Del precio, De la moneda,
De las instituciones de crédito, Del salario y Del alquiler.
Hemos añadido ademas los párrafos ó capítulos que se
refieren á la asociacion, la extension de las operaciones pro-
ductivas, el seguro, los instrumentos directos del cambio, el
crédito personal
y
el provecho ó retribucion especial del em-
presario.
Por último, queriendo que en nuestro libro no se echen de
menos ni áun las últimas doctrinas que han aparecido en el
mundo científico, siquiera no tengan todavía el asentimiento
de todos ó la mayor parte de los maestros, hemos rogado h
nuestro muy amado discípulo, el Sr. D. José Manuel Piernas y
Hurtado, hoy distinguido catedrático de Economía política en
la Universidad de Oviedo, que trazara un resúmen de las lec-
ciones dadas en la Universidad Central por el Sr. D. José Gi-
ner de los Rios, sobre un
nuevo concepto de la ciencia económica,
puesto que él, como discípulo tambien de este eminente profe-
sor, habia tenido la fortuna de escucharlas y aprenderlas. El
Sr. Piernas, cediendo sólo á nuestras reiteradas instancias, se
ha prestado á complacernos, por lo cual le estamós muy agra-
decidos,
y
fruto de su colaboracion es el
Apéndice
con
que ter-
mina este libro,
y
que no debe considerarse sino como un ligero
bosquejo.
Tales son las correcciones
y
adiciones introducidas en la
segunda edicion de nuestra obra. ¡Ojalá que con ellas haya-
mos prestado algun servicio á la ciencia!
CRÍTICA.
(DE
L'Economisle beige,
10
DE FEBRERO DE
1866) (1).
Los economistas españoles tienen generalmente en poca es-
tima el nombre dado por el uso á la ciencia que cultivan; así
es que suelen designarla por otros nombres, de los cuales nin-
guno tiene, en nuestra opinion, ménos defectos que el que pros-
criben.
Como quiera que sea, no pretendemos entablar aquí, á pro-
pósito de un simple nombre, una discusion que podria llevar-
nos muy léjos. Poco importa la etiqueta que cubre el saco, con
tal que la materia que contiene sea buena y convenga al com-
prador. Esto es lo que vamos á examinar. La obra del Sr. Car-
reras concierne únicamente á la Economía política pura: el
autor nos anuncia en su Prefacio que se propone publicar un.
complemente, que abrazará las aplicaciones de esta ciencia, es-
pecialmente en sus relaciones con el derecho público.
Despues de haber tratado brevemente de las relaciones que
unen á la Economía política con las ciencias que tienen al hom-
bre por objeto, y las diferencias que de ellas la distinguen, el
autor acomete la ardua empresa de darle una definicion exacta,
que no encuentra en los escritos de ninguno de los economis-
tas que le han precedido.
(1) Entre los varios juicios críticos que se han publicado de la prime-
ra edicion, tanto en la prensa española como la extranjera, insertamos el
presente por la polémica á que dió lugar, y que tambien reproducimos á
continuacion, entre el distinguido economista belga Lehardy de Beaulieu
y el autor de la obra.
Hace, en efecto, una crítica razonada de las definiciones pro-
puestas por Sismondi, Adam Smith, J. B. Say, Flórez Estrada
Storch, Rossi, Bastiat, Molinari
y
Figuerola,
y
concluye propo-
niendo, como más racional, la siguiente: «La Economía polí-
tica es la ciencia de las leyes naturales que rigen la actividad.
libre, estimulada por el interes personal, para el perfecciona-
miento del hombre.»
Nos parece inútil seguir al autor, paso á paso, en el desar-
rollo, muy metódico en verdad, de sus ideas, que basta á hacer
comprender en su conjunto una tabla minuciosa de materias.
Nos limitarnos á enunciar aquí la impresion general que nos
ha causado la lectura de su libro.
La
ciencia está, en él, ex-
puesta con claridad, órden
y
método; las definiciones son exac-
tas, claras,
y á
veces van acompañadas de ejemplos, á fin de
hacerlas más fáciles de comprender, áun para las personas poco
familiarizadas con las ideas abstractas. Desconfiando tal vez
demasiado de su propio juicio, el autor ha recurrido á numero-
sas citas, tomadas de las obras de los economistas más distin-
guidos de todos los países
y
de todas las épocas, bien entendido
que estas citas son casi siempre comentadas, á veces criticadas
tí opuestas las unas á las otras cuando presentan divergencias
de opinion sobre cuestiones importantes.
Esta manera de proceder, que ha debido costar al autor un
inmenso trabajo de investigacion y á veces la abnegacion de un
legítimo amor propio, dejando decir á otros cosas que hubiera
podido decir muy bien él mismo; esta manera de proceder, de-
cimos, hace del libro del Sr. Carreras una obra eminentemente
didáctica, por cuanto á la par que instruye á la juventud estu-
diosa en los verdaderos principios económicos, le da á conocer
los autores que han tratado de ella,
y
le inspira, por consiguien-
te, el deseo de leer completamente las obras de
l
os maestros de
la ciencia, que es el modo de conocerla á fondo.
No dudamos, pues, de que la
Filosofía del interes personal
del
Sr. Carreras
y
Gonzalez, ejercerá bien pronto en el progreso de
la juventud española, la misma favorable influencia que el
Tra-
tado de Economía política
de nuestro colega
y
amigo Mr. José
Garnier ha ejercicio, para propagar la ciencia económica, en to-
dos los países donde se habla la lengua francesa. Sentimos, sin
embargo, tener que señalar lo que consideramos á la vez :orno
un error
y
como un vacío en una obra tan recomendable. El '
XI -
Sr. Carreras no da el nombre de agentes naturales más que á
aquellos dones de la Naturaleza no susceptibles de apropiacion,
colocando entre los capitales todos los que son 6 pueden ser
una propiedad privada, como un campo, una mina, un salto de
agua, un estanque, etc.
Dedúcese de aquí que, para este autor, lo mismo que para
J. B. Say, la retribucion de los agentes naturales apropiados
no se distingue en nada del interes de un capital formado por
la acumulacion de los productos del trabajo, y que constituye,
como este último, parte integrante
y
necesaria de los productos
creados con el concurso del mismo agente. Esto es desconocer
6 negar la teoría del monopolio natural de la tierra
y
de la ren-
ta, esencialmente aleatoria, que es su resultado, teoría indica-
da por los trabajos de Ricardo, de Bastiat,
y
Carey,
y
cuya de-
mostracion más completa, en nuestro concepto, ha sido dada
por nuestro amigo Mr. G. de Molinari en su
Curso de Economía
política,
segunda edicion, tomo primero, Leccion 13
y
14; obra
que el Sr. Carreras debe conocer bien, puesto que la cita mu-
chas veces.
Si, como ha prometido en la Introduccion de su libro, el
Sr. Carreras se ocupa en la publicacion de un tratado de las
aplicaciones de la
Economía política,
que debe necesariamente
comprender la importante cuestion del derecho de propiedad,
esperamos que el estudio profundo que hará entónces de la ma-
teria le dará la conviccion de que es imposible demostrar la le-
gitimidad de aquel derecho sin admitir la teoría del monopolio
natural de la tierra, cuya consecuencia inmediata es que la ren-
ta de los agentes naturales apropiados no forma parte del pre-
cio primitivo de los productos creados por su concurso,
y
que el
valor de esta renta no se rige por la misma ley económica que
el interes del capital.
Entónces el autor reconocerá con nosotros la necesidad de
modificar en una segunda edicion de su
Filosofía del interes per-
sonal,
que esperamos no tarde en aparecer, lo que la ,primera
deja que desear en este punto;
y
se convencerá al mismo tiem-
po de la imposibilidad que habria de legitimar el derecho de
propiedad de la tierra, si ésta no constituyese más que un sim-
ple capital que diera una retribucion en vez de una renta even-
tUAL—OH.
LEHARDY DE BEAULIRU.
Carta del autor á Mr. Ch. Lehardy de Beaulieu.
MADRID
8
DE MARZO DE
1866.
Muy señor mio: He leido con gratitud el artículo que ha te-
nido V. la bondad de publicar en
El Economista belga
sobre mi
Filosofía del interes personal.
Usted ha dado á esta obra una importancia superior sin
duda
á
su mérito,
y
estoy en el deber de tributar á V. por
ello
las más expresivas gracias.
Permítame V., sin embargo, recusar algunas doctrinas
que
usted me atribuye, tal vez por falta de claridad en la expresion
de mis ideas, y que estoy léjos de profesar,
al ménos en la for-
ma
que V. las expone en su artículo. Me importa mucho recti-
ficar el juicio de V., no por un vano deseo de polémica, sino por
la justa autoridad de que su nombre goza en la ciencia.
Así diré á
V.
que nunca ha sido mi intencion restringir
la
calificacion de
agentes naturales
«á los dones de la naturaleza
no susceptibles de apropiacion»
y
colocar entre los capitales
«
todos aquéllos que pueden constituir una propiedad privada»,
como V. ha ereido. Yo no admito que haya objetos no suscep-
tibles de apropiacion; ántes bien, afirmo en la página 64 de mi
libro que todos pueden ser apropiados, al ménos en el sentido
económico de esta palabra. Si no lo han :sido todavía, los
lla-
mo
agentes naturales;
si, por el contrario, han recibido alguna
apropiacion, los considero como
productos, ó
bien como
capita-
les
cuando ademas están empleados en una nueva produccion;
es decir, que no hago de los agentes naturales apropiados—tier-
ras, minas, aguas, etc.—una categoría especial de elementos
productivos, como la mayor parte de los economistas; que sólo
reconozco como agentes naturales los que los autores llaman
agentes naturales no apropiados, y
en fin, que coloco entre los
ca-
pitales,
no los agentes naturales que «pueden constituir»,
sino
los que «constituyen ya» una propiedad privada, y, como
las
tierras, las aguas, las minas, etc., concurren directamente á
la
produccion, en calidad de instrumentos ó de materias primeras.
Y en esto no
hago más que desarrollar los principios senta-
dos por su sabio colega de V., Mr. G. de Molinari, en la Leccion
13
de
su
Curso de Economía política,
puesto que, segun él,
para
— XIII ----
que las tierras concurran directamente á la produccion, deben
haber sido de antemano descubiertas, ocupadas
y
desmontadas,
es decir,
capitalizadas,
convertidas en verdaderos capitales, de
los
cuales no se diferencian, á mi juicio, en nada.
Esta teoría es contraria, en efecto,
á
la teoría de la renta
de Ricardo, como V. mismo dice, pero no á la de Bastiat
y
Ca-
rey, que han refutado, en mi sentir, victoriosamente las ideas
del economista inglés, el primero en sus Armonías
económicas,
el
segundo en sus
Principios de la ciencia social, y
de los cuales
he tomado algunos argumentos en. el capítulo de mi obra titu-
lado
Del alquiler.
En cuanto á Mr. G. de Molinari, cuyos razo-
namientos adopto tambien en gran parte, su manera de ver en
lo
que respecta á la teoría de Ricardo está tambien en el fondo
de acuerdo con la mia, puesto que no considera esta teoría apli-
cable sino á ciertos hechos excepcionales. (Lecciones 13
y
14.)
Por lo demas, no creo que sea imposible, como V. supone,
demostrar la legitimidad del derecho de propiedad sin admitir
la teoría de la renta de Ricardo; ántes bien, estoy persuadido
de que esta teoría ha dado razon de ser á las elucubraciones
socialistas de Considerant, Proudhon, etc.
y
áun del sabio au-
tor español Flórez Estrada, cuyos trabajos económicos son por
otra parte tan apreciables, los cuales han negado todo derecho
de la apropiacion individual de la tierra, fundándose precisa--
mente en la doctrina de la renta. Así me propongo demostrar-
lo en la segunda parte de mi obra, sintiendo mucho no partici-
par de las opiniones de V., tan respetables para mí, sobre el.
modo de considerar económicamente los
agentes naturales apro-
piados y
la
retribucion del capital-tierra.
Reciba V. de nuevo la expresion de mi gratitud por su be-
névola crítica,
y
la
seguridad de la consideracion con que soy
su afectísimo servidor.----
MARIANO
CARRERAS Y GONZALEZ.
Contestacion de Mr. Ch. Lehardy de Beaulieu al autor.
1V1oNs 28
DE ABRIL DE
1866.
Muy señor mio: Siento mucho que las continuas ocupacio-
nes que me han asediado este invierno, no me
hayan permitido
contestar más pronto á su amable carta del 8 de Marzo
último.
XIV
Tengo tambien que excusarme con V., de la incompleta
y
pocó
exacta revista que he publicado de su excelente obra en el
Eco-
nomista belga;
hé aquí las circunstancias atenuantes de esta
falta. Siendo ciego,
y
disponiendo rara vez de personas que se-
pan leer regularmente el español, he tenido que contentarme
con un exámen muy ligero de su libro de V. para formular mi
opinion sobre él sin hacerle esperar demasiado.
Me es tanto más sensible, cuanto que á medida que voy es-
tudiando su concienzuda obra de V., aprecio mejor su mérito.
He hecho que vuelvan á leerme las páginas que me indica V.
en su carta,
y
veo que estamos de acuerdo en la definicion de
los agentes naturales, tanto libres como apropiables
y
apropia-
dos. En lo que estamos desacordes es en la renta. Concibo, por
lo demas, tanto mejor su opinion de usted en este punto, cuanto
que yo mismo participé de ella hasta 1858, en cuya época la
teoría de la renta era para mí una verdadera pesadilla, no pu-
diendo formarme una idea clara de ella ni explicarme el labe-
rinto de las aserciones contradictorias de Ricardo, Say, Bastiat,
Carey, etc. Espantado de las consecuencias que sacaban de la
teoría de Ricardo los comunistas y socialistas ; asombrado de
las extrañas aberraciones del ilustre español
Flórez Estrada
en
este asunto, él tan sensato
y
tan discreto en todos los demas,
habia llegado ya á desesperar de hacer comprender á mis dis-
cípulos lo que tan dudoso era para mí mismo. Pero hoy he fija-
do mi opinion sobre la renta, gracias sobre todo á las doctrinas
de G. de Molinari y Clement,
y
héla aquí en pocas palabras:
«La teoría de Ricardo, muy exacta en ciertos puntos, es incom-
pleta
y
defectuosa en otros. Si no recuerdo mal,
su
definicion
es ésta: «La renta es aquella parte del alquiler que el colono
paga al propietario, por tener el derecho de gozar de las facul
tades productoras é imperecederas del terreno.» Ahora bien,
esta definicion es incompleta por cuanto sólo comprende la
renta territorial
y
no la de los demas agentes apropiados. Es
defectuosa por cuanto supone un valor en las facultades pro-
ductivas
é
imperecederas del terreno, las cuales, no habiendo
sido creadas por ningun trabajo humano, no pueden legítima-
mente formar una propiedad,
y
de aquí los ataques de Bastiat
y
otros economistas, y los no ménos justos de Proudhon, Con-
siderant y
tutti cuanti.
Yó propongo la definicion siguiente:
«La renta territorial
es aquella parte del alquiler
que el
colono
XV -
paga al propietario, como remuneracion del trabajo que ha
puesto á su disposicion las fuerzas productivas é imperecederas
del terreno.» Ó lo que viene á ser lo mismo: «La renta es la re-
tribucion de un agente natural apropiado, ademas del interes
del capital necesario para el descubrimiento de la apropiacion
de este agente natural ó de un modo de accion del mismo, des-
conocido hasta entónces.1
Lo que me parece exacto, en la teoría de Ricardo, es su de-
mostracion de que la renta no forma parte del precio primitivo
de los productos, así como todas las consecuencias que saca de
este importante principio; pero comete un error al generalizar
lo que dice acerca de la manera cómo la renta del terreno se
forma y progresa, manera que no es en realidad más que una
excepcion, como lo han demostrado Bastiat
y
Carey, citados en
su libro de V.
Yo sostengo, pues, con Ricardo, Molinari
y
otros, que la
renta de un monopolio natural cualquiera se diferencia esen-
cialmente del alquiler, ó sea de las utilidades
(profit)
de un ca-
pital primitivo, en que el primero es más aleatorio que el se-
gundo, y no forma, como éste, parte integrante
y
necesaria de
los precios primitivos de los productos creados por el concurso
de dichos agentes.
Esta diferencia consiste en que el capital, móvil de suyo
y
susceptible de multiplicarse, á lo ménos en ciertos límites, obe-
dece bastante libremente á la ley de la oferta
y
de la demanda,
y
es dueño de rehusar su concurso, miéntras que los agentes
naturales apropiados no existen más que en cantidad limitada,
y la mayor parte de ellos, como minas, saltos de agua, etc., no
son susceptibles de traslacion, lo cual no les permite propor-
cionar la oferta á la demanda,
y
deja por consiguiente una dife-
rencia entre el precio primitivo
y
el precio de la renta de sus
servicios.
Encuentro un carácter eminente de justicia en esta ley eco-
nómica de la renta, cuya cuota, aunque aleatoria, tiende siem-
pre á proporcionarse, áun. cuandc parezca excesiva, al trabajo,
tambien aleatorio, pero sumamente raro, útil
y
meritorio, que
consiste en el descubrimiento
y
apropiacion de agentes natura-
les desconocidos, ó de nuevos medios de utilizar los que se co-
nocen. Por este punto se relaciona la teoría de la renta con la
propiedad
y
sirve para legitimarla.
xvi —
Esta carta es ya muy larga,
y
temo no haber expuesto con
bastante claridad mis ideas sobre un asunto tan abstracto. Así,
ruego á V. que tenga la bondad de consultar la segunda edicion
de mi tratado, capítulos de
los
Monopolios,
de la
Propiedad y
de la
Renta, 6 sea
de la retribucion de los agentes naturales
apropiados, donde no he hecho más que resumir, lo más clara-
mente posible, las ideas de los que me han precedido.
Termino esta larga epístola, manifestando á V. mi deseo de
que su
Filosofía del interes personal
sirva para propagar en su
patria las nociones de una ciencia que tanto necesitan conocer
desde los hombres de Estado más ilustres, con raras excepcio-
nes, hasta el más humilde operario. Será para V. una gloria
y
una satisfaccion íntima el haber contribuido á este resultado.
Sírvase V. recibir la sincera expresion de mis más distin-
guidos sentimientos.—CH.
LEHARDY DE BEAULIEU.
PRÓLOGO.
La Economía política va penetrando en la vida
íntima de los pueblos, sin saberlo ellos mismos, sin
quererlo,
y
á veces oponiéndola una porfiada resis-
tencia. La verdad se abre paso entre sus enemigos,
y
los obstáculos retardan, pero no impiden sus pro-
gresos. La verdad económica es ademas una de las
que mayor interes tienen para el hombre, siempre
movido, áun en los actos de más heroica abnega-
cion , por el amor de sí mismo. Sus necesidades
existen,
y es
pueril cuestionar si sería mejor que
no existiesen (1). Van siempre con él,
y
no hay posi
bilidad de que las contemple impasible
y
sin poner
en ejercicio las facultades que ha recibido para sa -
tisfacerlas. La ciencia económica las estudia,
y
exa-
mina los medios de hacer cesar el sufrimiento que
nos hacen sentir. Suponer que su estudio es inútil
ó indiferente, es suponer tambien que lo es el estu-
dio del sér humano, de su desenvolvimiento
y
de la
accion de sus facultades sobre la materia
y
el espí-
(1) Bastiat,
Harmonies economiques,
Cap. 3.
—
X VIII —
ritu. El ejercicio de éstas para la realizacion de los
fines de la vida no puede ser irracional (5 arbitrario:
tiene que estar sujeto á leyes conformes á su natu-
raleza. Negar esta verdad de sentido comun, es fin-
gir un hombre fantástico
é
imposible.
La Economía política, sin embargo, ha sido
y
es
combatida por adversarios muy apasionados
y
de
muy diferentes clases. Hay unos,
y
éstos son los
más implacables
y
tenaces, que quieren sacrificarla
en ara.s de lo que llaman prosperidad nacional. Para
ellos la ciencia del trabajo es
,
una enemiga de la
patria, un miserable agente vendido al oro extran-
jero la destructora de la agricultura
y
las artes,
una utopia , un sueño que se desvanecerá con el
estruendo de las fábricas hundidas bajo el peso de su
influencia. Estos son los que en las calles , en la
prensa , en el Parlamento
y
en el Gobierno , mos -
trando la indignacion de un farisaico patriotismo,
piden proteccion para la Industria
y
limitaciones
para el pensamiento iniciador de las reformas, para
la palabra en que se encarna
y
para los actos que
le convierten en hechos. Aborrecen la teoría econó -
mica, porque la ciencia proclama la libertad como
la primera condicion del trabajo; mas la libertad,
que es ley del espíritu, tiene que serlo de sus ma -
nifestaciones. Los proteccionistas cuentan por dias
sus derrotas ,
y
ven desaparecer rápidamente los
girones de su bandera ; pero es tan intransigente
el interes que los inspira, que no hay que esperar
que se rindan hasta que pierdan su último ba-
luarte.
XIX —
Hay otros que declaman contra la Economía,
condenándola por empírica
y
desconocedora de la
razon de sí misma,
y
negándola toda filiacion filo -
sófica. Éstos , que admiten la ciencia del hombre,
reconocen su unidad
y
proclaman la necesidad, la
universalidad
y
la permanencia de las leyes de la
moral
y
la justicia, niegan, sin embargo, el carácter
racional
y
científico de la teoría económica , ó lo
que es lo mismo, despojan á nuestro sér de parte de
sus elementos esenciales ,
y
no perciben la relacion
necesaria
y
constante entre sus necesidades
y
las
facultades que las satisfacen. Examinan incomple-
tamente la naturaleza del hombre,
y
limitando la
esfera de la Filosofía, la empequeñecen
y
esterili-
zan. El tiempo desvanecerá las preocupaciones de
los filósofos
y
economistas exclusivos,
y
unirá sus
pensamientos con los vínculos que deben mantener"
en su integridad
y
unidad la ciencia del hombre
y
del universo.
Otros hay en número no pequeño ,
laudatores
temporis acti,
que se sienten llenos de santa ira
contra la ciencia que señala al linaje humano el
camino de la riqueza
y
del bienestar,
y
la maldicen
por egoista
y
materialista. Para éstos, cuya práctica
no suele estar conforme con su teoría , los adelantos
materiales no se obtienen sino á expensas de la jus-
ticia y la caridad, la riqueza es un gérmen fecundo
de perturbacion en las costumbres, el mortal que
vive en la miseria
y
con la rudeza del salvaje es
el que va derecho á la perfeccion,
y
los estímulos
más poderosos del trabajo
son tentaciones que nos
xx —
separan del bello ideal de la mortificacion
y
del
ocio. Estos buscan la riqueza para satisfacer las ne-
cesidades de los sentidos, educar la inteligencia de
sus hijos
y
hacer la propaganda de su doctrina;
pero al mismo tiempo, poniéndose en contradiccion
consigo mismos, proscriben, como causa de iniqui-
dad
y
de desórden, lo que se ven precisados á em-
plear como medio de obtener lo que, segun ellos, es
santo
y
laudable. Establecen un abismo entre la
materia
y
el espíritu, entre el cuerpo
y
el alma,
condenan como imposible su desarrollo simultáneo
y
armónico,
y
dividen lo que es indivisible. Desco-
nocen que «la actividad material tiene por princi-
pio la intelectual
y
moral,
y
que no puede hacerse
nunca del hombre ni una pura esencia, ni una má-
quina (1).» La Estadística con sus números es la de-
mostracion más brillante de la influencia del pro-
greso material en el intelectual
y
moral; pero sus
lecciones son enteramente inútiles para los enten-
dimientos caducos, que no pueden rejuvenecerse ni
sufrir el vivo resplandor de la verdad. No hay que
esperar su conversion: el tiempo va aclarando sus
filas,
y
él solo puede hacer que desaparezcan esos
fanáticos enemigos del movimiento progresivo de,
las sociedades.
Hay, por último, otros adversarios de la ciencia
del trabajo, ménos apasionados que los precedentes,
pero más numerosos. Á esta clase pertenecen los
ignorantes. La ignorancia dificulta siempre las me-
(1) Reybaud,
Economistes ~ciernes.
XXI
-•
joras sociales; pero hay una especie peor que las
demas, que es la de los que tienen la ilusion de ser
sabios. Las opiniones más absurdas les sirven de
premisas,
y
la serie de sus doctrinas es un tejido
lamentable de extravíos
y
falsos conceptos. En el
foro, en la cátedra, en la tribuna
y
en el sillon mi-
nisterial se erigen en apóstoles del error,
y
la auto-
ridad de su persona ó de su posicion da fuerza, si-
quiera sea transitoria, á sus infundadas aseveracio-
nes. Es muy cómodo cuando no se ha estudiado una
ciencia, que exige la consagracion de la vida ente-
ra, parapetarse tras de las opiniones del vulgo,
y
al
discutir, emplear, en vez de las observaciones su-
geridas por el estudio, los argumentos que el co-
mun de las gentes acepta
y
repite sin examen.
Poner
de
relieve la falta de ilustracion de estos
pseudo -economistas es doblemente meritorio , por-
que sirve para hacer justicia á la verdad
y
para
producir el convencimiento en el mayor número.
La ignorancia es un auxiliar poderoso de los pro-
teccionistas
y
los reaccionarios, cuyas armas pier-
den su. aparente brillo ante la luz de la razon
y
la
experiencia. El que conoce la verdadera doctrina,
tiene el deber de propagarla, aunque sea arrostran-
do las iras de los enemigos, los desdenes de los
sabios pretenciosos ó las sátiras sangrientas de los
mantenedores de intereses bastardos: luchando por
el triunfo del bien, podrá quedar en el campo de
batalla; pero no le abandonará nunca la conciencia
de la justicia de su causa,
y
la victoria definitiva
será siempre suya. Los que aman sinceramente ese
—
XXII —
triunfo, deben sofocar todo sentimiento ruin
y
mez-
quino,
y
encender, no entibiar, el celo de los que
se arrojan al circo para romper una lanza en ese
perpetuo combate que sostienen la luz contra las
tinieblas, la verdad contra el error.
La publicacion de un libro nuevo, aunque sea
una protesta contra la ciencia, es por lo ménos, si
llega á excitar el interes público, causa ocasional de
discusion, en la que se depuran las doctrinas,
y
an-
dando el tiempo, se hace siempre justicia á lo falso
y
á lo verdadero. Hoy mi amigo D. Mariano Car-
reras
y
Gonzalez publica un libro nuevo , pero no
para protestar contra la ciencia, sino para propagar
la sana doctrina
y
defenderla contra sus adversa-
rios. Viene á continuar, con honra suya
y
provecho
de la enseñanza, la serie de trabajos económicos que
han visto la luz en nuestro país,
y
que aunque mé-
nos conocidos
y
de menor influencia que los de otras
naciones, son, sin embargo,' preciosas joyas que
debieran tenerse en más estima. Giginta, Medina,
Oliva, Domingo Soto, Álamos, González de Cellori-
go, que en .1600 hacía consistir la riqueza, no en la
moneda, sino en la industria
natural y artificial;
Pedro de Guzman, que en 1614 decia que con el
trabajo se compraban todas las cosas; el P. Márquez,
que en 1634 presentia el sistema fisiocrático; Álva-
rez Osorio, Caja de Lezuela , Dormer , Fernández
Navarrete , Gándara , Pérez de Herrera , Lope de
Deza, Martínez de la Mata Mendo, Moncada, Saa–
y
edra Fajardo, Valle de
Cerda, Zabala,
ard,
Ustariz, Asso, Arriquíbar, Cabarrus, Campo mánes,
-
XXIII -
Jovellános, Capmany, Moñino , Sampere
y
Guarí
-
nos ,- Canga Argüélles, Vadillo , Vallesantoro, Fió -
rez Estrada , Espinosa de los Monteros , Lasagra,
Marliani, Mora, Valle, Pastor, Co
i
lmeiro, Figuerola,
Bona
y
Carballo, con otros muchos que no es fácil
enumerar, forman el catálogo de los escritores, que
unas veces adelantándose á las doctrinas comunes
en Europa,
y
otras siguiendo la general corriente,
han mantenido vivo el amor á la ciencia en España
desde el siglo XVI hasta nuestros dias.
Apénas hay una escuela económica que en sus
diferentes gradaciones
y
matices no haya tenido
dignos representantes en nuestro suelo. La mercan-
til, la fisiocrática , la industrial, la descriptiva , la
fatalista, la crítica, la filantrópica, la socialista, la
ecléctica,
y
la que en los últimos tiempos ha de-
mostrado la armonía de las verdades económicas
y
su influjo en el progreso general de la especie hu-
mana, todas han tenido discípulos, si no muy nu-
merosos, por lo ménos bastantes para que hayan
podido estudiarse las varias formas con que la teo-
ría económica se ha presentado en el curso de la
Historia.
La obra que publica el distinguido catedrático
de la Escuela de Comercio, está inspirada por el es-
píritu de nuestra época. Los críticos, los filántropos
y
los socialistas, combatiendo la doctrina de Smith,
sin fundar nada nuevo los primeros, en nombre de
principios desacreditados por la experiencia de los
siglos los segundos,
y
abandonándose los terceros á
las inspiraciones de su imaginacion enferma, han
-
XXIV -
excitado vivamente la atencion de los pueblos
y
de
los sabios,
y
han sido causa de que, observándose
mejor el órden del Universo, se hayan, si no descu-
bierto, por lo menos formulado con más claridad y
distincion las leyes ¡armónicas que rigen el mundo
material
y
moral. Educado el Sr. Carreras cuando
se verificaba esta evolucion científica, no podía sa-
tisfacerse con el fatalismo de Malthus
y
de Ricar-
do, ni con el sistema descriptivo de J. B. Say, ni
con las negaciones de Sismondi, ni con los lamen-
tos de Villeneuve de Bargemont, ni con el eclecti-
cismo de Flórez Estrada, ni con las organizaciones
artificiales de Owen, San Simon, Fourier, Cavet 6
Blanc. Reconoce la existencia del mal, porque la
naturaleza humana es finita,
y
la imperfeccion va
siempre con nosotros; pero niega que el mal sea
progresivo,
y
que el hombre esté condenado, como
Sísifo, á renovar los mismos esfuerzos sin adelantar
un paso en su ímproba tarea.
El Sr. Carreras ha comenzado su obra con una
Introduccion,
en la que arranca de la nocion del
conocimiento humano,
y
le sigue en la serie de
sus grandes aplicaciones, exponiendo la filiacion de
la idea económica
y
describiendo su genealogía. La
Economía es una parte de la Ética,
y
sus funda
mentos deben buscarse en la Metafísica
y
la Psico-
logía. El haberse encerrado los economistas de la
escuela descriptiva dentro del círculo de la idea de
riqueza,
y
haber excluido muchos del objeto de sus
investigaciones las necesidades del espíritu, ha sido
causa de que no pocos escritores apasionados
6
os su-
—
xxv
perficiales no hayan visto el puesto que entre las
ciencias corresponde á la teoría de las leyes econó-
micas. Si se reduce la Ética á la Moral
y
al Dere-
cho, ¿cómo se explicarán los actos libres de nuestra
alma, que no son contrarios ni al Derecho ni á la
Moral, pero que no ejecutamos en virtud de un
deber ni nadie tiene facultad de exigirlos? ¿Podrá
excluirse de la ciencia de la voluntad el estudio
de los actos con que, movidos por el amor de nos-
otros mismos, satisfacemos las necesidades propias
y
ajenas? ¿No habrá ninguna ley natural que los
rija? ¿Son acaso indiferentes para el cumplimiento
de nuestro destino,
y
no hay entre ellos
y
la natu-
raleza ninguna relacion general, necesaria
y
cons-
tante? ¿Es lo mismo saber ó ignorar, tener destreza
ó ser torpes, trabajar solos ó auxiliados por otros,
emplear máquinas poderosas ó nuestros débiles bra-
zos, para satisfacer igualmente bien las exigencias
de la Industria?
Una de las grandes dificultades de las obras di-
dácticas es la determinacion precisa del objeto
y
fin de la ciencia ó arte que exponen. Esta dificul-
tad es mayor todavía en las obras económicas; por-
que los grandes maestros no han cuidado de preci-
sar la materia de sus estudios, ni hay entre ellos
conformidad de opiniones. El libro que hoy se pu-
blica distingue cuidadosamente en la definicion de
la Economía política su objeto
y
su fin. Su objeto
no es la riqueza, sino las leyes naturales que rigen
la actividad libre estimulada por el interes perso-
nal. Esta nocion no confunde la ciencia con el arte;
XXvi -T
la da, sin exagerar :sus límites, más extension que
los que hacen de ella una teoría exclusivamente
diviciaria,
y
la diferencia de la Moral
y
el Derecho,
que son tambien partes de la Ética.
Es verdad que hay un arte económico que se
funda en la ciencia, porque no es arbitrario ; pero
no debe confundirse con ella, porque ésta no acon-
seja ni manda, sino que investiga
y
formula las
leyes de la actividad libre movida por el amor de
nosotros mismos,
y
sus relaciones naturales con la
satisfaccion de las necesidades humanas.
La definicion del Sr. Carreras no exagera los
límites de la Economía política, confundiéndola con
la ciencia social en. toda su integridad
y
extendién-
dola , como han hecho muchos economistas , más
allá de lo que consiente el principio generador de
sus doctrinas, ni tampoco la empequeñece, limitán-
dola al estudio de un hecho tan desigual, contin-
gente
y
variable como la riqueza. La riqueza con-
serva nuestra vida, nos da aliento en nuestra pe-
nosa carrera, es un medio neCesario de educacion.
intelectual
y
moral, estrecha los vínculos sociales,
y
contribuye eficazmente al perfeccionamiento hu-
mano; pero no es más que un efecto,
y
la ciencia
investiga la raíz de las cosas, examina sus relacio-
nes de causalidad
y
tiene que hacer objeto de su
estudio, si no verdades absolutas, lo que tenga al
ménos cierto carácter de necesidad
y
generalidad,
supuestas las condiciones del Universo. Para estu-
diar la actividad libre, tenemos el punto de partida
dentro de nosotros mismos,
y
podemos seguirla 16-
- XXVII -
gicamente en la serie ordenada de sus manifesta-
ciones; pero si desde la riqueza, hecho complejo
y
efecto de muchas causas, pretendemos subir á sus
primeros orígenes, corremos el riesgo de confundir
al hombre con la Naturaleza,
y
no hallar en la va-
riedad la unidad, sin la cual la ciencia es imposi-
ble. Hay ademas otro grave inconveniente en ha-
cer á la riqueza objeto de la Economía política:
ciertos trabajos del espíritu, cuya huella es profun-
da en la vida del individuo
y
de la sociedad,
y
que
tienen todos los caracteres de los actos económicos,
quedan en ese caso fuera de la competencia de este
estudio, ó hay necesidad de dar á las palabras una
significacion que ha levantado no pocas tempesta-
des contra los economistas,
y
que la manera comun
de sentir
y
la autoridad del uso rechazan. Cuando
una ciencia no tiene todavía en las inteligencias
comunes la respetabilidad que suele dar una larga
historia, es un grave obstáculo para su propagacion
el que, por cuestiones de forma 6 de palabras, se
exciten prevenciones desfavorables, que suelen to-
mar el calor de la pasion
y
se desarraigan difícil-
mente del ánimo de los pueblos.
No sólo la Economía política se ocupa en el exá-
men de la actividad libre del hombre, sino tambien
la
Moral
y
el
Derecho: de ahí la necesidad de dis-
tinguir estas ciencias
y
estudiar sus relaciones. La
actividad libre
no se
desplega sin un estímulo que
ponga en accion al espíritu. El deber
y
el amor de
nosotros mismos son los grandes móviles de nuestra
conducta. La ciencia económica no contradice el
— XXVIII —
primero, pero no trata más que del segundo. Nu-
merosos vínculos, sin embargo, la unen con las de-
mas partes de la Étic
a,
y
uno de los grandes ade-
lantos de la Economía en los últimos años ha sido
demostrar que, léjos de pugnar
y
excluirse las ideas
de lo bueno, lo justo
y
lo útil, se completan mú-
tuamente,
y
que en su realizacion progresiva
y
ar-
mónica consiste el progreso de la humanidad. El
Sr. Carreras ha expuesto con admirable claridad los
caracteres distintivos de las ciencias que desenvuel-
ven estas ideas,
y
ha demostrado la convergencia á
un fin
y
el acuerdo de todos los elementos de la
vida. Fiel á este principio, no le ha olvidado nunca
en el curso de su obra, en que explana, aplica
y
confirma las doctrinas expuestas con tanta lucidez
en la Introduccion.
J. B. Say
y
la mayor parte de los economistas
han dividido la Economía política en tres partes:
produccion, distribucion
y
consumo. Flórez Estrada
añadió la circulacion, Rossi las redujo á las dos pri-
meras,
y
recientemente Giovanni Bruno, prescin-
diendo de las antiguas clasificaciones, ha ordenado
la doctrina económica con arreglo á un nuevo sis-
tema. El Sr. Carreras ha adoptado la division de
Flórez Estrada, el más original de los economistas
españoles.
En el Libro primero, siguiendo á Bastiat, hace
el análisis de las necesidades humanas,
y
demues-
tra la influencia recíproca de su continuo desenvol-
vimiento
y
del desarrollo progresivo de nuestras
facultades. En esa armonía natural
y
lógica, con-
- XXIX -
firmada por la Estadística
y
la Historia, está indu-
dablemente la base del órden económico.
Las necesidades humanas se satisfacen por el
ejercicio de nuestra actividad; pero la accion del
espíritu supone materia sobre que ha de ejercerse
é
instrumentos para obrar sobre ella. El trabajo es la
causa de la produccion, y la naturaleza y el capi-
tal son unas veces la materia y otras los instru-
mentos. El Sr. Carreras afirma que es necesario el
concurso simultáneo de estos elementos para produ-
cir,
y
aunque, como discípulo de Smith , combate
la doctrina de los fisiócratas
y
considera el trabajo
como el iniciador de la produccion, no incurre en
las exageraciones de Canard
y
de Flórez Estrada, y
defiende el capital contra los absurdos ataques de
Proudhon. Siguiendo el órden cronológico en que
han debido aparecer las fuerzas productivas, exami-
na primero las de la naturaleza
y
sus relaciones
con el trabajo, describe elocuentemente con cuánta
variedad y abundancia están distribuidas en el Glo-
bo, y rechaza la division de los agentes naturales
en apropiables é inapropiables, admitida por la. ma-
yor parte de los economistas.
Denomina trabajo á la accion voluntaria
y
re-
flexiva de las facultades intelectuales, morales
y
fí-
sicas para satisfacer nuestras necesidades ,
y
cree
acertadamente que no hay operacion industrial en
que no intervengan la inteligencia, la voluntad y
el cuerpo,
y
que entre los trabajadores hay una je-
rarquía natural que se modifica con los adelantos
industriales. Expone la clasificacion de las opera-
xxx.
cionesproductiv
as
hecha por Rossi,
y
distingue con
Say la teoría, la aplicacion
y
la ejecucion. Divide
la Industria en objetiva
y
subjetiva,
y
separándose
de la clasificacion comun, subdivide la primera en
extractiva, agrícola, de la cria de animales, manu-
facturera, locomotiva
y
mercantil,
y
la segunda' en
industria del sacerdocio, de la educacion, de la en-
señanza, artística, del gobierno
y
sanitaria.
Define el capital como Rossi,
y
cuenta entre sus
elementos los indicados por Smith, añadiendo las
tierras
y
las aguas conforme á la doctrina de Carey
y de Bastiat. No es posible, dice, que las tierras
y
las aguas produzcan, si no son convertidas previa-
mente en productos
y
trasformadas en capital, las
primeras por la ocupacion, el desmonte
y
la rotu-
racion,
y
las segundas por la ocupacion
y
el encau-
zamiento. Demuestra la influencia del capital en la
produccion,
y
haciendo un excelente análisis de las
ventajas de la maquinaria, reduce á sus verdaderas
proporciones los argumentos de Sismondi que, com-
batiendo las doctrinas generalmente recibidas en la
ciencia, ha dado ocasion á nuevos estudios é impor-
tantísimos progresos.
Examinados los elementos productivos, el órden ,
exige que se estudie cómo se
combinan en las de-
bidas proporciones, para explicar el fenómeno de la
produccion. El Sr. Carreras
lo hace así,
y
no olvi-
dando nunca el carácter científico de la Economía
política, afirma que la proporcion entre estos ele-
mentos no es casual
y
caprichosa, sino natural
y
necesaria. Ve en esa combinacion el primer carác-
- XXXI -
ter de la produccion ,
y
el segundo en la division
del trabajo, que
se funda en la constitucion misma
del hombre y del Globo que habita, y en la orga-
nizacion natural de la Industria.
Fiel á las tradi-
ciones de los grandes maestros , prueba la impor-
tancia de este hecho económico,
y
combate victo-
riosamente á los pesimistas que desde Lemontey no
fijan sus ojos más que en el aspecto malo de las
conquistas modernas. Trata despues de la asocia-
cion: la division del trabajo
y
la asociacion son en
efecto dos hechos gemelos , que se desenvuelven
paralelamente
y
que, aunque distintos, forman dos
faces de un solo hecho,
y
contribuyen con igual
eficacia á realizar la produccion, así como la aná-
lisis
y
la síntesis por diversas vias concurren á la
unidad del conocimiento humano. El Sr. Carreras
ha expuesto con notable acierto las diferentes for-
mas de la asociacion, distinguiendo la coopera cion
de la asociacion propiamente dicha ,
y
las empre-
sas de las sociedades. Hace ademas atinadas obser-
vaciones sobre las varias clases en que éstas se di-
viden,
y
muy especialmente sobre las de operarios
y
seguros.
No hay accion eficaz sin resultado, ni produc-
cion sin producto. La produccion, segun el Sr. Car-
reras, es la apropiacion de los agentes naturales, 6
sea la accion de ponerlos en condiciones de satis-
facer las necesidades humanas. Rechazando las va-
rias opiniones de los economistas sobre la natura-
leza del valor, le hace consistir en el estado de apro-
piacion de
.
un agente natural,
y
cree, con Ricardo,
xxxii —
F16rez Estrada
y
Proudhon, que todo vale lo que
cuesta (1). Defiende con vigor
y
gran copia de ra-
zones la antigua doctrina de J. B. Say sobre los
productos inmateriales. Cree con razon que sin un
sobrante ó beneficio despues de cubiertos los gastos
de produccion, no puede haber aumento de riqueza,
y
consecuente con la idea generadora de la teoría
económica, sostiene que este beneficio se acrecienta
con
los adelantos científicos, la civilizacion y el
progreso.
Define la riqueza el conjunto de produc-
tos que tienen utilidad
y
valor, tanto materiales
como inmateriales,
y
resuelve fácilmente, desenvol-
viendo
y
rectificando la doctrina de Bastiat, un pro-
blema que pareció dificultad gravísima á J. B. Say
y
contradiccion insoluble á Proudhon. Las ideas de
valor
y
utilidad no son antitéticas ni se excluyen
mutuamente; pero el bienestar de los pueblos crece
con el concurso gratuito cada vez mayor de la Na-
turaleza,
y
con la disminucion progresiva de los es-
fuerzos humanos para satisfacer las mismas 6 ma-
yor número de necesidades.
Con el mismo órden en que se suceden en el
primer libro de esta obra á la idea de la necesidad
la de los medios de satisfacerla
y
al examen de la
causalidad de los elementos productivos el de los
resultados 6 productos, se suceden en el segundo
los principios regulado
r
es del fenómeno complejo
(1) Esta doctrina ha sido modificada por el autor de la
manera que puede verse en el Cap. VII, Párrafo 1 del
Lib. 1.
- XXXIII -
de la distribucion (1). Verifícase ésta entre los pro-
ductores , bien lo sean con su trabajo 6 su capi-
tal, 6 ambos reunidos,
y
la parte de cada uno es,
segun las leyes naturales del mundo económico, ni
más ni ménos de lo que debe ser, porque es propor-
cional á la parte que ha tenido el partícipe en la
formacion del producto, 6 10 que es lo mismo, á los
servicios que ha hecho á la Humanidad. La verda-
dera recompensa de los productores consiste en el
beneficio que obtienen despues de cubiertos los gas-
tos de produccion,
y se
halla en razon directa de
aquél
é
inversa de éstos. La parte relativa del capi-
talista
y
trabajador guarda proporcion con los gas-
tos 6 esfuerzos de cada uno,
y
si se disminuyen los
del capital, 6 del trabajo, 6 de ambos, se aumentan
á la vez las utilidades de uno
y
otro. El capital
y
el trabajo, dice el Sr. Carreras, son solidarios,
y
no
puede defenderse con Bastiat que «á medida que
crecen los capitales, la parte absoluta de los capi-
talistas en el producto total se aumenta,
y
se dis-
minuye la relativa; miéntras la de los trabajadores
se aumenta en ambos sentidos.»
Las retribuciones, sean fijas 6 eventuales, están
regidas por los mismos principios. Las quejas ele-
vadas contra el salario son tan injustas como frívo-
las: la retribucion del trabajo no puede ménos de
(1) En la presente edicion se ha alterado este órden, co-
locándose ántes de la
Teoría de la distribucion
la de la
eircu-
laeion.
— m
'
y —
ser proporcional á su parlcipacion en la produc-
cion, bien bajo la forma de salario, que es la más
segura
y
mejor, bien bajo la de dividendo, expuesto
á las contingencias de las empresas ,
y
percibido
sólo cuando hay ganancias
y
despues de realizadas.
Esta retribucion debe comprender los gastos de ma
nutencion
y
renovacion de los trabajadores
y
el be-
neficio correspondiente, deduciendo, si toma la for-
ma de salario, la prima del seguro
y
el premio del
anticipo. Los gastos del trabajo, que variara segun
las facultades puestas en ejercicio, la intensidad del
esfuerzo, los riesgos
y
el tiempo empleado en la
produccion , se disminuyen con el progreso de la
industria, y es por consiguiente cada vez mayor el
beneficio de los trabajadores. La opinion opuesta de
Molinari se funda en el error de estimar los gas-
tos absolutamente
y
no en relacion con las utilida-
des. Las mismas leyes regulan la retribucion del
capitalista , la cual se compone de la indemniza-
cion de los gastos de conservacion
y
reparacion,
de un beneficio que crece progresivamente , segun
van disminuyéndose los gastos por el influjo de los
descubrimientos industriales
y
de la accion más
eficaz de la inteligencia. Pero ¿es legítimo el inte-
res del capital, especialmente si consiste en dine-
ro ó cosas fungibles? Esta cuestion , que se resol-
vió negativamente durante muchos siglos ,
y
que
hoy se resuelve conforme á las leyes de la ciencia
por el buen sentido de los pueblos, se ha resuci-
tado por el socialismo en los últimos tiempos.
El
Sr. Carreras, para hacer evidente la verdadera
so-
xxxv
lucion, ha puesto al lado de las frívolas argumen-
taciones de Proudhon las respuestas vigorosas de
Bastiat.
La produccion
y
la distribucion no constituyen
el órden económico de las sociedades : se necesita
tambien la circulacion. Es preciso que una serie
indefinida de cambios haga posible una extensa di-
vision del trabajo,
y
que todos trabajen para todos.
El cambio
y
la prosperidad social son dos hechos
que, influyendo uno en otro, se desarrollan simultá-
neamente. El Sr. Carreras enumera en el Libro ter-
cero las condiciones necesarias del cambio , segun
Skarbeck ,
y
las causas de su actividad. Explica la
fórmula de la oferta
y
la demanda,
y
transcribe de
Molinari un resúmen de la teoría de las salidas de
J. B. Say. Trata de los instrumentos de los cambios
y
de la conveniencia de uniformarlos, de las ferias
y
mercados, de las bolsas de comercio, de los docks
y
de las exposiciones industriales,
y
defiende á los
revendedores
y
especuladores contra las preocupa-
ciones del vulgo. Estima las cosas por su valor
y
utilidad, que son el fundamento del sacrificio del
adquirente,
y
define el precio, la relacion entre dos
productos cambiados. Expone ordenada
y
metódica-
mente las leyes reguladoras de los precios, admitidas
generalmente por los economistas,
y
prueba que no
hay antagonismo entre productores
y
consumidores,
y
que uno de los mayores progresos sociales es la
baratura producida por la competencia. Aplica•des-
pues
las leyes generales al precio del alquiler, so-
metido á las mismas influencias que los demas,
y
XXXVI —
consecuente con la opinion defendida al hablar del
capital, impugna las teorías de los fisiócratas, de
Smith, de Ricardo, de Rossi, de Rau
y
de H. Passy
sobre la renta de la tierra,
y
sostiene la de Carey
y
Bastiat. Demuestra que no es progresivo el encare-
cimiento de los productos de la tierra,
y
que por la
limitacion de ésta no está la Humanidad condenada
fatalmente á un malestar cada vez mayor. La rela-
cion entre la oferta
y
la demanda regula, como el
de las ciernas cosas, el precio corriente de los salarios,
que tiende á identificarse con el natural, ó lo que es
lo mismo, con los gastos de produccion , más el be-
neficio correspondiente. La oferta del trabajo está
representada por la población ,
y
la demanda por el
capital. Con este motivo combate el autor de esta
obra el sistema de Malthus,
y
afirma que si con
frecuencia la poblacion ha excedido
y
excede los
límites de las subsistencias , no por eso pesa sobre
el género humano una maldícion que le condene á
perpetuo empeoramiento , porque la capacidad in-
dustrial del hombre crece progresivamente, al paso
que se debilita su fuerza prolífica. Presenta despues
con notable lucidez la teoría de la moneda,
y
á con-
tinuacion la del crédito, siguiendo generalmente á
Coquelin. En la exposicion de ésta es digna de aten-
cion y elogio su manera original de presentar las
diversas formas que los documentos ó títulos de cré-
dito han tomado sucesivamente en el curso de la
Historia, desde el recibo sencillo hasta, el billete
de
banco.
La última parte de esta obra tiene por objeto el
- XXXVII -
consumo. Si el hombre sacude su pereza,
y
hace
penosos esfuerzos para dar valor á las cosas, es con
el propósito final de satisfacer sus necesidades. Sin
el consumo la produccion no tiene razon de sér,
porque, aunque es verdad que ademas del personal
hay otro industrial en que se destruyen valores
para reproducir, ó lo que es lo mismo, para reinte-
grar con aumento lo gastado, siempre hay en últi-
mo término una necesidad que debe satisfacerse con
el producto del trabajo. El consumidor, dice muy
bien el Sr. Carreras, es todo el pueblo,
y
sus gustos
y
aficiones deciden de la naturaleza
y
cualidades
de los productos. El consumidor es por consiguien-
te responsable de los extravíos de la produccion;
lo será si prefiere lo frívolo á lo verdaderamente
útil, ó
lo que deteriora su organismo, oscurece su
inteligencia ó degrada su carácter, á lo que le da
fuerza, ciencia ó dignidad. El consumo, sea indus-
trial ó personal, debe reunir ciertas condiciones, sin
las cuales la produccion se estaciona ó decrece, los
valores se destruyen estérilmente,
y
el individuo
ó el Estado dificultan sus propios adelantos
y
el
progreso de la sociedad. El consumo no es ni puede
ser una cantidad invariable que encierre la produc-
cion en un círculo de hierro. Estos dos hechos son
igualmente elásticos, influye el uno en la, reduccion
y
extension del otro,
y
se aumentan ó disminuyen
simultánea
y
sucesivamente.
Algunas veces suele
romperse el equilibrio entre la oferta
y
la demanda:,
y
entónces sobrevienen las crísis, procedentes unas
del movimiento progresivo de la Industria
y
produ-
xxxvm
cides otras por causas extraordinarias, más 6 ménos
violentas
y
pasajeras.
El consumo puede ser insuficiente ó excesivo. El
avaro que entierra su capital , ó que olvida el deber
de promover el mejoramiento propio
y
el de sus
hijos, se priva á sí mismo
y
priva á la sociedad de
los medios de reproducir que acumula la accion
permanente de las fuerzas productivas; pero es to-
davía peor el pródigo que disipa en una noche de
insomnio el trabajo de várias generaciones. La cues-
tion del lujo, dice acertadamente el Sr. Carreras,
es con frecuencia una verdadera cuestion de pala-
bras; pero no debe condenarse la extension progre-
siva de los gastos personales, cuando guardan pro-
porcion con la fortuna del que los hace
y
las nece-
sidades satisfechas son racionales
y
legítimas. Sin
el ahorro no puede crecer la produccion ni exten-
derse los consumos: las instituciones que le facili-
tan son de un gran interes individual
y
social,
y
su
exámen debe ocupar un lugar importante en las
obras de Economía política.
Los consumos públicos son productivos é impro-
ductivos, como los privados, deben tener condiciones
seme
j
antes y se rigen por leyes análogas. Crecen
como han crecido los de los particulares, porque el
aumento de la riqueza hace mayores las exigencias
de la vida individual
y
social; pero desgraciada-
mente se han acrecentado
y
se acrecientan en la
mayor parte de las naciones más de lo que consien-
te su fortuna , tanto por los dispendios de guerras
imprudentes ó inicuas, como por la extension absur-
- XXXIX -
da de las atribuciones del Estado. La contribucion
y
el empréstito son los dos medios principales de
levantar las cargas públicas ; el Sr. Carreras los
examina detenidamente ,
y
da á la cuestion de su
importancia recíproca la solucion más juiciosa
y
práctica. Cree que la suma imponible se determina
por las necesidades de los pueblos
y
no por sus re-
cursos,
y
que la contribucion es una prima pagada
al Estado como gerente de una sociedad de seguros
mutuos. Como en ella se aseguran personas y cosas,
la contribucion será personal
y
real; aquélla igual
para todos,
y
ésta proporcional al valor de los bienes
asegurados. Deberá ser proporcional, no progresiva;
una, no múltiple,
y
regularse por el capital, no por
la renta. La teoría del crédito público está expuesta
en esta obra de una manera sencilla, fácil
y
accesi-
ble á las inteligencias más humildes.
El Sr. Carreras ha hecho un verdadero servicio
á la Economía política española con la publicacion
de su libro. Claro, metódico
y
lleno de abundante
y
sana doctrina, tiene las principales condiciones de
las obras didácticas,
y
será estudiado con fruto por
los alumnos, y áun consultado por los maestros en
muchos puntos importantes. Se emplean en él al-
ternativamente la análisis
y
la síntesis, y la obser-
vacion minuciosa
y
detenida de los hechos da luz
á los principios generadores de la teoría. Las ver-
dades económicas están encadenadas con severo ri-
gor científico,
y
el lector camina siempre con paso
seguro de lo conocido á lo desconocido. La clari-
dad, que es la primera de las cualidades de las pu-
XL
blicaciones destinadas á la enseñanza, se sacrifica
frecuentemente en ellas á deseos pretenciosos tan
vanos como ridículos: el Sr. Carreras, por el contra-
rio, todo lo sacrifica á la claridad,
y
prefiere desleir
quizá con exceso un pensamiento á dejarle incom-
pleto ú oscuro. Merece por ello el más sincero elo-
gio; porque son preferibles á las alturas inaccesibles
al telescopio
y
á los abismos cuyo fondo no descu-
bre la vista del águila, las aguas cristalinas que fe-
cundan los campos
y
apagan la sed del viajero.
SANTIAGO DIEGO MADRAZO.
IYTRODUCION
AL ESTUDIO DE LA ECOI\ °MÍA POLÍTICA.
INTRJDUCCIn
AL ESTUDIO DE LA_ ECONOMÍA POLÍTICA.
Nociones preliminares.
Se da
el nombre de
Ciencia
á un conjunto sistemá-
tico de conocimientos.
La
Ciencia,
en absoluto, e el sistema completo de
los conocimientos humanos.
Por
sistema
se entiende un todo, cuyas partes no
están sólo yuxtapuestas, sino orgánicamente ligadas
entre si, y cada una de ellas con el todo.
Conocimiento
se llama á un juicio formado, comple-
to
y
definitivamente adquirido por nuestra inteligen-
cia. Cuando este juicio es primitivo, elemental, todavía
oscuro é imperfecto, toma el nombre de
nocion.
Juzgar
es percibir y afirmar una relacion entre dos
términos, llamados
ideas .
El resultado de esta opera-
cion intelectual se denomina
juicio.
En todo conocimiento hay un
sujeto
y un
objeto. ,E1
sujeto conoce; el ()Meto es la cosa conocida.
Las condiciones de la Ciencia son de dos clases: unas
relativas á la forma, otras al fondo.
Las primeras consisten en la
unidad,
la
variedad y
la
armonía.
— 4 —
La
unidad
se
espresa comunmente en la idea del
principio
de la Ciencia, entendiéndose por
principio
lo
que es primero, lo que sirve de razon y fundamento á
todo lo demas, aquello por lo cual todo debe ser cono-
cido
y
demostrado.
La
variedad
supone un contenido múltiple, diversas
partes que pueden reunirse en un todo: de lo contrario,
el principio sería una verdad vacía
y
sin fondo, no sería
principio de nada.
La armonía
expresa la variedad en la unidad—unir
sin confundir
y
distinguir sin separar—é implica la po-
sibilidad de la
duizostracion.
Demostrar
es referir una verdad á otra superior, en
la
cual está contenida,
y
todo en la Ciencia puede ser
demostrado, ménos el principio mismo que le sirve de
base, porque no hay nada que sea superior á él, porque
no está contenido en nada.
Las condiciones de la Ciencia relativas al fondo son
las siguientes:
1.
a
Que el conocimiento sea verdadero;
2.'
Que el conocimiento sea cierto.
Se llama
verdadero
al conocimiento cuando hay con-
formidad entre el sujeto
y
el objeto, es decir, cuando
la cosa conocida es efectivamente tal y como la cono-
cemos.
Se llama
cierto
al conocimiento cuando tenemos la
conciencia de su verdad, cuando sabemos que es verda-
dero, no sólo para nosotros, sino tambien para todo sér
razonable.
La Ciencia puede considerarse bajo el doble punto
de vista del objeto y del sujeto.
Considerada bajo el punto de vista del sujeto, la
Ciencia se divide de este modo:
1.°
Parte analítica 6 análisis,
trabajo intelectual
por el que
nos conocemos primero á nosotros mismos,
conocernos despues los seres finitos ó limitados que nos
rodean, nos damos cuenta de este conocimiento en el
___. 5
fondo de nuestra conciencia y nos remontamos por fin
del
yo
al principio, del efecto
á
la causa, de lo relativo
á lo absoluto, de lo finito á lo infinito.
2.°
Parte sintética ó síntesis,
trabajo intelectual
por el cual descendemos de la unidad á la variedad, de
la causa al efecto, de lo general á lo particular, de lo
infinito á lo finito.
Considerada bajo el punto de vista del objeto, la Cien-
cia se divide en tantas ramas cuantos son los órdenes
principales de seres ó los objetos que hay en el Uni-
verso.
El Universo se compone del
E
spíritu ,
conjunto de
seres inmateriales; la
Naturaleza,
conjunto de seres
físicos ó corporales,
y
la _Humanidad,
conjunto de todos
los hombres, en el cual viven en
union íntima
y
perfec-
ta la Naturaleza
y
el Espíritu , siendo el hombre un
micro-cosmos,
un universo, un inundo en pequeRo.
Ademas , sobre el Universo
está
Dios,
el Ser Su-
premo, causa
y
razon superior del Espíritu, la Natura-
leza
y
la Humanidad.
Por manera que la Ciencia, segun su objeto, puede
dividirse en cuatro partes ó ciencias particulares, re-
unidas en un solo todo, siendo la Ciencia entera la Cien-
cia del
S'e'r,
ó sea la Ciencia de Dios, uno, infinito
y
ab-
soluto.
He aquí esas partes:
L
a
Ciencia del Espíritu.
2." Ciencia de la Naturaleza.
3.'
Ciencia de la Humanidad.
4.'
Ciencia de Dios, como Sér Supremo.
Cada ciencia particular tiene su principio; pero nin-
guna de ellas le demuestra, dejando esta tarea
á la
ciencia superior de que se deriva.
Hay todavía otra
division
de la Ciencia, en-la
cual
sé atiende sólo al origen de nuestros conocimientos.
Tenemos,
en efecto, un
conocimiento sensible
ó
ex-
perimental,
que adquirimos por
los sentidos, ó
sea por
— 6
la experiencia ,
y
comprende todo lo que es finito, in-
divíd.ual
y
determinado en sus relaciones, como los
los accidentes que se experi-
hechos, los fenómenos,
mentan en el tiempo
y
en la vida, ya sean internos ó
extern os.
Tenemos tambien un
conocimiento supra-sensible
racional,
quP, adquirimos independientemente de la ex-
periencia
y
que comprende las ideas generales de lo
bueno, lo justo, lo bello, lo infinito, lo absoluto, lo uno,
lo necesario, las cuales no pueden ser figuradas ó repre-
sentadas con el carácter de la universalidad, ni en la
esfera de la irnaginacion, ni en los órganos corporales,
sino que nacen en la misma razon.
Por último, estas dos especies de conocimientos se
combinan en el
conocimiento armónico
ó
aplicado
de lo
eterno
y
lo temporal, de lo racional
y
lo
sensible.
Por consiguiente, la Ciencia entera se divide en tres
ciencias particulares, segun el origen de nuestros co-
nocimientos.
L
a
Ciencia de los conocimientos sensibles ó experi-
mentales: Historia.
2.
a
Ciencia de los conocimientos supra-sensibles 6-
racionales:
Filosofía.
3.
a
Ciencia de los conocimientos armónicos ó apli-
cados:
Filosofía de la Historia.
Dejemos á un lado la primera
y
la última, porque
no conducen á nuestro objeto,
y
limitémonos á-exami-
nar la segunda, ó sea la
Filosofía.
Se llama
Filosofía
á, la ciencia de los principios, de
la
esencia eterna de las cosas.
La
Filosofía
admite las mismas divisiones que la
Ciencia en _absoluto. Así, segun su objeto, se divide en
las partes siguientes:
L
a
Filosofía de Dios
ó
del Ser Supremo, llamada
tambien Filosofía primera,
Teología racional, Teogno-
sia,
Ontología ó
Metafísica.
____ 7
2.
a
Filosofía del Espíritu, denominada Neumatolo-
gia ó
_Psicología.
3.'
Filosofía de la Naturaleza, de la cual forman
parte las
Matemáticas,
que son la ciencia de la cantidad
en sus relaciones con el tiempo, el espacio
y
el movi-
miento.
4.'
Filosofía de la Humanidad, ó sea
Antropología
general.
Estas tres últimas ciencias constituyen la
Cosmolo-
gía,
que considera en conjunto el Espíritu, la Natura-
leza
y
la Humanidad.
El Espíritu puede ser
pensamiento, sentimiento
y
voluntad.
Por consiguiente, la Filosofía del Espíritu, ó
sea la Psicología, se subdivide en las tres ciencias si-
guientes:
L
a
Filosofía del pensamiento:
Lógica.
2.' Filosofía del sentimiento:
Estética.
3.
a
Filosofía de la voluntad:
É tica.
De esta última rama de la Filosofía nacen tres cien-
cias, que son, enumeradas por su órden jerárquico, la
Moral,
el
Derecho
y
la
Economía política.
En la Ética, pues, en la Psicología
y
en la Metafí-
sica es donde debemos buscar—y así vamos á hacerlo—
las raíces de la ciencia económica.
II
Principios fundamentales de la ciencia económica.
Hay en la vida de todo sér finito algo que debe al-
canzar, á que ha de llegar necesariamente: este algo,
este término de todos sus actos en la serie sucesiva del
tiempo, es lo que se llama su
destino.
El hombre, como los demos seres finitos, tiene, pues,
un destino, un fin, una mision que cumplir durante su
vida: el destino del hombre es realizar el
bien.
El
bien
consiste en el desarrollo completo y armó-
nico de la naturaleza humana . Crecer, desarrollarse,
hacer brotar todos los bellos gérmenes que Dios ha de-
positado en nuestro espíritu como en nuestro cuerpo,
tal es el bien uno y entero del hombre.
El
mal,
por el contrario, consiste en la negocian del
bien. Se llama
malo
todo acto de la vida, todo hecho
contrario á nuestro sér, ó que esté en oposicion con su
esencia. Así el error es un
mal,
porque se opone á la
naturaleza humana, que busca
y
ama la verdad. De la
misma manera, el odio, la envidia, el dolor, son
males,
porque se hallan en oposicion con las propiedades esen-
ciales del hombre.
Confundiendo la causa con el efecto, por una figura
retórica muy conocida, se da igualmente el nombre de
bien
y
de
bienes
á todo lo que puede producir el bien ó
____
9
___
contribuir al desarrollo de la naturaleza humana; así
como se califica de
mal y
de
males
á todo cuanto se
opone á ese desarrollo, dando lugar al mal.
El bien del hombre comprende dos partes princi-
pales:
1.
a
El desarrollo de la naturaleza humana en el
conjunto de sus relaciones.
2.
a
El desarrollo de la naturaleza humana en si.
misma.
Esta última parte del bien se llama
bien, individual,
bieneslav perfeccionamiento.
El hombre es
pofectible.
La perfectibilidad supone el
p
a
ogreso.
La humani-
dad va acercándose gradualmente (1) á la perfeccion
absoluta, sin llegar á alcanzarla nunca, porque
enton-
ces dejaría de
ser imperfecta, cambiaría
radicamente
de esencia, lo cual es imposible.
Ningun individuo se basta á sí mismo para perfec-
cionarse: necesita, para ello el concurso de la especie, el
auxilio de sus semejantes. La
sociedad
constituye el es-
tado natural de la especie humana: el hombre es un sér
naturalmente
sociable.
Por lo ciernas, el cumplimiento de todo bien, y por
lo tanto el perfeccionamiento, compete á la
voluntad
individual. Se llama así la propiedad del espíritu en
virtud de la cual queremos ó nos determinamos á una
cosa.
La voluntad humana se determina á si misma, es
espont(nea.
Pero puede determinarse á hacer ó no ha-
cer: en el primer caso es
activa ,
en el segundo
pa-
siva.
Hab-
,
cierta parte del bien
individual,
aunque peque-
ría, que la voluntad obtiene en el estado de pasividad ó
inercia. Así el hombre recibe durante el dia. la impre-
11)
Prooredior, iris, (Iress
p
s
511711,
caminar per
— 10 —
el calórico, necesarios á su desarrollo
sion de la luz
y
físico, sin más que exponerse á la accion de los rayos
solares,
y
aspira el aire indispensable para la vida con
sólo permanecer en un espacio ocupado por la atmós-
fera.
Pero ni el bien individual ni .el bien uno
y
entero
pueden obtenerse en toda su extension, sin que la vo-
luntad humana obre ó sea activa.
Ahora, al obrar la voluntad, puede escoger entre el
bien
y
el mal, porque está dotada de
libertad
ó
libre.
albedrío.
El hombre es naturalmente
libre.
Si. la voluntad se niega á obrar ú obra mal, no re-
coge más que sufrimientos
y
privaciones; viceversa, si
obra bien , obtiene en. cambio goces
y
placeres. Esta
sancion de la libertad, que concede el premio á los es-
fuerzos bien dirigidos
y
el castigo á la inercia
y
al des-
órden, se llama
responsabilidad.
El hombre es
respon-
sable de sus acciones.
Los resultados, buenos ó malos, de la actividad hu-
mana no se limitan , sin embargo , al individuo ; sino
que, en virtud de los lazos naturales que le ligan con
sus semejantes, se extienden á toda la humanidad,
y
por eso los vicios como las virtudes de los padres recaen
sobre los hijos, la riqueza ó la miseria de los unos fa-
vorece ó perjudica á los otros, no habiendo accion al-
guna individual que sea indiferente para la especie.
Esta ley moral, formulada por el Cristianismo en el
dogma del pecado original, se llama ley de
solidaridad
ó
responsabilidad colectiva.
Hay más: la voluntad se determina á obrar por algo
que la estimula ó solicita. Este estimulante, esta condi-
,
'
cion de la actividad libre del espíritu, se llama
motivo.
Hay dos especies de motivos: sensible
y
racional. El
motivo sensible se manifiesta en dos grados: como sen-
sacion del momento, hija de la sensibilidad pura,
y
co
rho
generalizacion de la naturaleza sensible, debida á
— 1
1
—
la reflexion. En el primer caso se llama
placer,
en el
segundo
interes personal.
El hombre es un sér
intere-
sado
en su perfeccionamiento.
El
interes personal
no consiste sólo en la aspiracion
á
los goces materiales;
á
veces se dirige principalmen-
te á la posesion del poder, de la gloria, del renombre, y
personas hay bajo este punto de vista muy interesa-
das, mientras que por otra parte desprecian el oro y se
muestran indiferentes
á
todos los apetitos sensuales.
Tampoco debe confundirse el
interes personal
con
el
egoísmo:
aquél busca el bien propio, sin lastimar por
eso el ajeno; éste lo sacrifica todo á la conveniencia in-
dividual.
El predominio del placer caracteriza el estado ínfi-
mo del desarrollo del hombre: el
interes personal
cons-
tituye un móvil más elevado, aunque no el único ni el
más noble; las acciones virtuosas son precisamente las
desinteresadas.
Mas no por eso el
interes
deja de tener en la activi-
dad humana una influencia tan incontestable como le-
gítima; puesto que procede del instinto de conserva-
clon, el cual nos es comun con los demas animales, y
en
el hombre se reviste de un carácter superior, que le
presta la inteligencia.
Hemos visto que la voluntad, siendo libre, puede
obrar de una manera contraria
á
la naturaleza. huma-
na; mas no por eso se crea que puede colocarse fuera de
su
esencia. Al hombre, como á todo sér, le es imposible
faltar á sus condiciones esenciales. Todo cambia ó se
modifica con el tiempo; pero la esencia y las propieda-
des de los seres permanecen inalterables. Hay, pues, en
el tiempo
y
en
la, vida
algo que no pasa, que domina
todos nuestros actos, quiérase ó no; es decir, alguna
cosa fija
y
necesaria
que
se llama
ley.
La
ley,
ó sea la
expresion de lo que es necesario
y
permanente en la vida, indica que la voluntad, aunque
— 12
libre, se mantiene siempre en cierta esfera, en los lími-
tes de la esencia ó de la naturaleza de las cosas.
La actividad tiene, pues, sus leyes naturales, fun-
dadas en la esencia del hombre, á diferencia de las le-
yes positivas, que pueden estar en oposicion con dicha
esencia.
Las leyes de la actividad, llamadas espirituales por-
que conciernen al espíritu, son necesarias en su prin-
cipio , pero no en su ejecucion , lo cual las distingue
de las leyes físicas, que se cumplen fatalmente
y
cuya
infraccion es de todo punto imposible.
Esta necesidad de las leyes espirituales no se opone
en manera alguna al libre albedrío, porque toda liber-
tad se desarrolla sobre la base de la esencia, de la cual
no puede apartarse.
Por último, las leyes de la actividad son permanen-
tes, inmutables
y
eternas; no cambian segun los tiem-
pos, los lugares
y
las circunstancias; sólo que, en
vir-
tud
de la libertad del hombre, pueden ser sentidas
y
practicadas de diversos modos.
Ahora bien: estas leyes de la actividad son las que
estudia, bajo cierto punto de vista, la
Econ,onda po-
lítica.
III
Definicion de la ciencia económica.
La palabra
Economía
se deriva de las dos griegas
oicos,.casa,
y
nonos,
ley, ó sea hemos, yo administro.
La voz
política, .con
que se adjetiva esta ciencia,
procede tambien de la griega
polis,
que significa ciu-
dad ó conjunto de ciudadanos.
Por manera que
Economía política,
en su sentido
etimológico, quiere decir pura y
simplemente «ley ó ar-
reglo interior de la casa política», esto es, de la ciudad
ó del Estado, porque entre los Griegos
y
los Roma-
nos, la nacion, el Estado, no era más que una ciudad.
Ahora bien: ¿expresa con exactitud el nombre de la
ciencia económica su objeto
y
su contenido? De ningu-
na manera.
Oiconón2,icos
pudo llamarse
y
se llamó, en erecto, un
libro atribuido á Aristóteles;
Económicos ó Económica
se denominó tambien con mucha propiedad otro libro
de Xenofonte. Estos filósofos entendian por
07
-
CO2Z0711ía
la administracion moral
y
material de la casa, es decir,
la economía doméstica, tal como ahora la entendemos,
más la educacion de la familia.
Pero la ciencia económica ha tomado despues otro
rumbo, y si ha conservado su antigua denomínacion,
— 14 --
aumentada con el adjetivo
política,
es porque ha veni-
do á sancionarla, á falta de otra mejor, el uso.
Hoy la Economia política no estudia la administra-
cion de la casa pública ó del Estado. Este es el objeto
del
_Derecho administrativo, y
no hay que confundir
dos ciencias esencialmente distintas, por más que ten-
gan algun punto de contacto.
¿De qué trata, pues, la Economía política?
Muchas definiciones se han dado de ella, pero nin-
guna satisfactoria,
y
esta es la hora en que los econo-
mistas más distinguidos se lamentan de que todavía
no se ha definido la ciencia.
Tienen razon, á nuestro modo de ver;
y
para con-
vencerle de ello, no hay más que examinar las princi-
pales de esas definiciones, siquiera sea rápidamente.
Todas pueden dividirse en tres grupos.
_Primer grupo.
Compuesto de las definiciones que
dan á la ciencia un carácter especialmente político ó gu-
bernamental, entre las cuales citarémos las de A.. Smith
y Sismondi.
Sismondi dice que «el bienestar físico del hombre,
en cuanto puede ser la obra de su gobierno, constituye
el objeto de la Economía política (1)». Por manera (lúe
la ciencia económica no es para nuestro autor más que
una rama del arte de gobernar,
y
todos los actos eco-
nómicos deben ser dirigidos ó al ménos intervenidos
por los gobiernos. iMedrados estarian los intereses in-
dividuales con semejante sistema!
Segun A. Smith, la Economía política, considerada
como una rama de la ciencia de un hombre de Estado
ó de un legislador, se propone dos objetos distintos:
1.° Proporcionar al pueblo una buena renta, ó sea una
subsistencia abundante, ó por mejor decir, ponerle en
situacion ,de proporcionársela á sí mismo; 2.° Proveer al
(1) Nuevos principios de Economía política.
— 15
Estado ó la comunidad de otra renta suficiente para el
sosten de las- cargas públicas. En una palabra, se pro-
pone enriquecer al mismo tiempo al pueblo
y
al sobe-
rano -(1).» Esta definicion peca por el mismo defecto
que la de
.
Sismondi
y
es ignalmente inadmisible.
Segundo grupo.
Compuesto de las definiciones que
asignan á la Economía política por objeto la riqueza.
Citarémos entré ellas las de J. B. Sa.Y, Flórez Estrada,
Rossi y Storch.
Say coloca al frente de su
Tratado, y
como título
del mismo, su definicion principal de la ciencia: «Tra-
tado de Economía política,
ó
simple exposicion de la
manera como se forman, se distribuyen y consumen las
riquezas.» Esta fórmula es, sin duda, superior á las de
Smith y Sismondi; pero ¿reune todas las condiciones de
la lógica? No lo creemos. En primer lugar, no da la idea
de una ciencia sino de un arte, diciendo la
manera como
se forman,
etc., lo cual indica una serie de preceptos ó
de reglas
y
no un conjunto de principios, que es en lo
que consiste la. ciencia. En segundo, entra en ella la.
nocion de riqueza., nocion desconocida para
el
que es
ajeno á la Economía
y
que precisamente está encar-
gada de dar la Economía misma. Por último, parece
encerrar al economista en el estudio de los hechos ma-
teriales relativos á la produccion, distribucion y con-
sumo de la. riqueza, siendo así que su campo de obser-
vacion es más vasto.
La definicion de Flórez Estrada se parece mucho á
la de Say. «La Economía política, dice, es la ciencia
que investiga las leyes por las que -se regulan la pro-
duccion, la distribucion, los cambios
y
el consumo de la
riqueza (2).» Si se exceptúa, pues, el carácter científico
(1)
Investigaciones sobre las causas de la riqueza de las naciones,
Lib. IV, Introduccion.
(2)
Curso de Economía política,
Tomo 1, Cap. 1,
— 16 --
que aqui se da á la Economía, pueden dirigirse á esta
fórmula las mismas objeciones que á la anterior.
En cuanto á Rossi, despues de haber discutido
y
des-
echado una tras otra las definiciones de sus predeceso-
res, no da, por su parte, rigurosamente hablando, nin-
guna. Se limita á decir que hay cierto órden de fenóme-
nos, relativos á la riqueza, que no pueden confundirse
con los de ningun otro órden,
y
que éstos son precisa-
mente los que la ciencia económica debe estudiar. La
Economía política es, pues, á sus ojos,
y
así lo dice en
algun pasaje de su obra, pura
y
simplemente la «cien-
cia de la riqueza (1)». Pero, aun admitiendo esta frase
como una definicion, podria preguntársele á Rossi:—¿Y
qué es riqueza? ¿De qué modo estudia la riqueza la
Economía política? ¿La considera corno objeto ó como
fin? Decir la «ciencia de la riqueza» no es decir nada.
Más claro
y
más filosófico se muestra Mr. Storch,
afirmando que la «Economía política es la ciencia de
las leyes naturales que determinan la prosperidad de
las naciones, es decir, su riqueza
y
su civilizacion (2)».
Esta definicion da al menos la idea de una ciencia, pero
es todavía muy imperfecta. Las leyes naturales que de-
terminan la prosperidad de las naciones son, en efecto,
muy complejz1s,
y
por otra parte, la palabra
civiliza-
cion,
comprende cosas en que el economista, como tal,
no tiene para qué ocuparse.
Te2'cer grupo.
Se compone de las definiciones que
asignan á la Economía política por objeto el trabajo,
entre las cuales rnencionarérnos las de Coquelin
y
Car-
ballo.
Coquelin dice que es la «ciencia de las leyes del
mundo industrial (3)»,
y
Carballo airad que es «la filo-
(.1)
Curso
de 1836-1837, Leecion II.
(2)
Curso de Economí:z política,
Parte T.
(3)
Diccionario (le la Economía política,
Art.
Economía.
— 17 —
sofia del trabajo en la variedad infinita de sus aplica-
ciones (1)». Mas, para comprender estas definiciones,
sería preciso que sus autores empezasen por decirnos
qué significan las palabras
mundo industrial y traba-
jo,
cuyo sentido verdadero sólo conoce el que ya está
iniciado en los secretos de la ciencia económica. Por
otra parte, al afirmar que la Economía política estudia
el mundo industrial
y
el trabajo, pudiera creerse que
lo hace investigando sus procedimientos , lo cual no.
es exacto, como á renglon seguido tienen que añadir,
para evitar toda confusion, los que atribuyen á la cien-
cia, aquel objeto. El estudio de los procedimientos de la
industria pertenece, en efecto, á las artes técnicas y no
á la Economía política.
. Fuera de los tres grupos de definiciones, ya dichas,
hay algunas otras que
no
pueden incluirse en ninguno
de ellos
y
de las cuales no es lícito prescindir, siquiera
sea por la celebridad de sus autores: tales son las de
Molinari, Bastiat
y
Figuerola.
El primero, queriendo describir, más bien que defi-
nir, la Economia política, concluye diciendo que es «la
descripcion del mecanismo de la sociedad, ó en dos pa-
labras, una anatomía
y
una fisiología sociales (2)». Pero
esto es dar á la ciencia económica una latitud que no
tiene, comprendiendo en su campo todas las ciencias
morales
y
políticas
y
principalmente la nueva
cienciff
social,
desprendida hace poco del árbol de los conoci-
mientos humanos,
y
que, por decirlo así, está todavía
en gérmen.
Más aceptable que la de Molinari encontramos la
definicion del Sr. Fignerola. Este distinguido econo-
mista dice en un bello artículo, publicado en una re-
vista científica, que la Economía, política es «la ciencia
(1)
Curso de Economia pollt
;
ca,
Tomo
1, Leccion
III.
(2)
Curso de Economía política,
Leccion 1.
.-- 18 —
de las leyes que presiden á las relaciones del hombre y
de la humanidad para procurarse los medios de exis-
tencia con el menor esfuerzo posible (1)». Hay en esta
fórmula claridad, sencillez,
y
lo que es más, un atisbo
feliz en cuanto al objeto y el fin de la ciencia; pero to-
davía la encontramos incompleta. En primer lugar, las
relaciones del hombre
y
de la humanidad para propor-
cionarse los medios de existencia no constituyen toda
la Economía política: esta ciencia estudia tambien otros
fenómenos, como los de la produccion y el consumo,
que son principalmente individuales, ó en los que no
necesita el individuo mantener relaciones sino con la
materia, ó por mejor decir, con la Naturaleza en gene-
ral. En segundo lugar, la frase
medios de existencia
no
indica suficientemente el fin de la Economía política:
los medios de existencia se refieren, cuando más, á la
parte física del hombre, y la aspiracion única á poseer-
los daría á la ciencia el carácter materialista que equi•
vocadamente le atribuyen muchos. Por último, tampo -
co es rigurosamente exacto que la Economía política se
proponga proporcionarnos los medios de existencia con
el menor esfuerzo posible : el progreso económico no
consiste sólo en disminuir el esfuerzo permaneciendo
igual la suma de nuestras satisfacciones, sino tambien
en aumentar esta suma permaneciendo iguales nues-
tros esfuerzos.
Hé aquí ahora la definicion de Bastiat. «Forma,
dice, el dominio de la Economía, política todo esfuerzo
capaz de satisfacer, á condicion de reciprocidad, las ne•
cesidades de una persona distinta del que le ha hecho,
y por consiguiente las necesidades relativas á esta cla-
se
de
esfuerzos (2).» Pero, como observa muy bien el
(1)
Gaceta
econa
miskL—Octubre .
de 1861.—
Filosbría del trabajo.
(2)
Armonías económicas, Cap.
II.
—
19 —
Sr. Figneroia
(1),
aquí la idea de esfuerzo está subor-
dinada á la de reciprocidad que, si bien es un aspecto
importante del mundo económico , no le comprende
todo. Esta definicion excluye ademas el trabajo perso-
nal en la parte que satisface necesidades persruales del
que le ha realizado, sin miras de reciprocidad. Flaquea,
por consiguiente, por su base,
y
el mismo Bastiat lo de-
muestra, demostrando en otra parte que la evolucion
económica, reducida á sus más sencillos términos, se
realizada en un solo hombre, en un individuo aislado;
Robi2ison.
Podemos concluir aquí nuestra revista. Ella basta
para conocer cuán léjos está todavía de haberse fijado el
campo de observacion de la ciencia económica
y
la fór-
mula general que la abraza. Permítasenos, pues, á nos-
otros, aunque humildes
y
sin autoridad alguna, hacer
un ensayo, para ver si logramos , no ya definir exac-
tamente la Economía política, que á. tanto no llegan
nuestras pretensiones, sino dar una idea aproximada
de ella. Para esto tenemos que recordar los principios
de Psicología y de Ética, enumerados rápidamente en
el capítulo anterior.
Hemos visto que el hombre, por una
-
ley indecli-
nable del mundo moral, busca su "bien individual, su
perfeccionamiento. Hemos visto ta.mbien que para al-
canzarle, cuenta con una fuerza interior llamada ac-
tividad, la cual, aunque libre, obedece á ciertas leyes
naturales. Hemos visto, en fin, que esta actividad obra
siempre por algun motivo, ó racional ó interesado. De-
be haber, pues, una ciencia encargada de estudiar las
leyes que rigen la actividad humana cuando, movida
del interes personal , busca el bien individual ;
y
esta
ciencia es, en nuestro concepto, la Economía polítie
)
Loco Otra°.
— 20--
ea. Por manera que la Economía politica puede defi-
nirse:
Ciencia de las leyes naturales que rigen la activi-
dad libre, estimulada por el interes personal, para el
perfeccionamiento del hombre.
Así, al ménos, concebimos nosotros la ciencia eco-
nómica, que -algunos autores modernos han propuesto
llamar
Filosofía del trabajo (1),
otros
Metafísica de la
actividad, y
que, por nuestra parte, liamariamos
Filo-
sofía del interes personal,
ó simplemente
Ciencia del
interes,
como la denomina Bastiat (2).
(1)
Figuerola,
loco citato.
(2)
Armonías económicas,
Cap. II.
4
IV
Caracteres de la Economía política.
Se ha calificado á la Economía política de
indivi-
dualista,
echando en rostro este epíteto á sus adeptos,
como si fuese una marca de infamia.
Ahora bien: si individualista se llama á todo el que
atiende ante todo al bien individual, prescindiendo de
la sociedad ó tornándola sólo como un medio, la Econo-
mía política, no tiene por qué negarlo, es una ciencia
individualista. Para el individuo trabaja, al individuo
se dirigen sus esfuerzos, el individuo es el único que
considera en todas sus aspiraciones. La produccion
y
el
consumo, el principio y el fin, el
alpha y
la
omega, de la
Economía, son puramente individuales.
Pero si por individualista se entiende una doctrina
que coloca al individuo en oposicion con la sociedad, ó
encima de la sociedad misma, prefiriendo el bienestar
de aquél á la prosperidad de ésta; en una palabra, una
doctrina egoista , anárquica, disolvente, antisocial, la
Economía política debe protestar contra semejante acu-
sacion, que sobre ser absurda, es una injusticia
y
una
calumnia.
No, la ciencia económica no es enemiga de la socie-
dad; léjos de eso, empieza por adoptar el principio de la
sociabilidad que la moral le suministra, y le aplica des-
---- 22
pues á las diversas esferas en que se agita la actividad
humana. No otra cosa que aplicaciones de ese principio
son la division del trabajo, la ascciacion industrial
y
el
cambio, que constituyen otras tantas teorías de la Eco.
nomia política. Más aún: si esta ciencia tiene alguna
importancia, es precisamente porque toda ella conspi-
ra á demostrar la necesidad que tiene el individuo del
auxilio de la sociedad, la íntima
y
estrecha relacion
que hay entre el uno
y
la otra,
y
que ha. inspirado al
eminente Bastiat su bellísimo libro de las
Armonías-
económicas.
En suma: la Economía política puede considerarse
corno
individualista
en su fin, puesto que busca el bien
del individuo , como
social
en sus medios , puesto que
trata de realizarle en el seno de la sociedad, por la union
de todos los esfuerzos
y
la concordia de todas las volun-
tades. lié aquí el primer carácter de la ciencia eco-
nómica.
El segundo es el de su
universalidad,
es decir, que
sus principios se extienden á todas las épocas y todos
los países, no habiendo hombre alguno que no esté in-
teresado en su propio bienestar ó perfeccionamiento.
Varios economistas, sin embargo, han creido dar á
sus estudios una direccion más acertada, concretándo-
los á un solo país,
y
de este número es el aloman Fede-
rico Listz, autor de un supuesto
Sistema nacional de
Economía política,
en el cual pretende asignar á la
ciencia por bases «no un cosmopolitismo vago,— son
sus propias palabras ,—sino la naturaleza de las cosas
y
las necesidades de los pueblos», como si los demas
autores de la, ciencia no hubieran tenido en cuenta
es-
tas
condiciones. Pero él mismo confiesa que las nacio-
nes alcanzarían un grado mayor de prosperidad, si es-
tuviesen unidas por el derecho (1); luego para realizar
in
,
S iIterna nacional de
LC011107111
a
política,
Lib. II, Cap. I.
— 23 --
el fin de la. ciencia, el bien individual, lo mejor es ex-,
tender sus investigaciones á todos los pueblos.
En efecto, entre los fenómenos económicos, no hay
uno ,olo que se detenga en los límites de los Estados:
todos ellos, por el contrario, afectan á la humanidad
entera. El cambio, por ejemplo, la,division del traba-
jo, el crédito, la moneda, ¿son patrimonio exclusivo de
ningun pueblo? ¿Ni cómo balan de serlo, cuando las
fronteras políticas cambian á cada paso por las guer-
ras
y
los tratados diplomáticos?
Sin duda que las nacionalidades
y
los gobiernos que
las dirigen, merecen Cambien bajo cierto punto de vi ta
la a tencion del economista; sin duda que éste debe te-
ner en cuenta la influencia que los poderes públicos
y
las leyes particulares de cada Estado ejercen en la
direccion de la actividad humana, por el mero hecho de
estar encargados de regular sus manifestaciones; pero
no por eso es conos cierto que el fondo de los estudiós
económicos gira sobre un conjunto de fenómenos se
extienden á todo el género humano, y de aquí la
uni-
versalidad
de la Economía política.
Otro de los caracteres de esta ciencia es el de ser
eminentemente
religiosa y moral.
En vano se la acusa.
por ciertos declamadores, que no se han tomado el tra-
bajo de estudiarla, de arrastrar á las almas hacia obje-
tos indignos de su sublime esencia
y
turbar la socie-
dad, presentando á los hombres un ideal de felicidad
que no puede alcanzarse en la tierra. Por poco que se
profundicen las teorías económicas, se reconocerá cuán
infundados son estos cargos.
En primer lugar, la Economía política nos da una
idea sublime del Sér Supremo, demostrando que al ha-
cer á la Humanidad libre, no la ha abandonado sin em-
bargo, al acaso, sino que ha establecido leyes naturales
que mantienen el órden en ella, como la ley de la gra-
vedad en el mundo físico. Ademas, una de las más bellas
— 24 —
teorías de esta ciencia, la que se refiere á la formacion de
los capitales, se funda precisamente en la intervencion
de las facultades morales del hombre, en la prevision,
en el ahorro, que supone la sobriedad, la continencia,
la moderacion de costumbres, la privacion, la renuncia
á los goces materiales. Y en fin, ¿no han demostrado los
economistas que esas mismas facultades morales deben
contarse en el número de los elementos productivos y
que todo aumento de educacion contribuye al desarro-
llo de la riqueza? No puede, pues, dudarse de la mo-
ralidad
y
religiosidad de la Economía política,
y
áun
cuando no fuese más que por estos caracteres, sería dig-
no de interes su estudio.
Desdéfianla muchos, sin embargo, suponiendo que
los principios económicos, si verdaderos en la esfera, de
la teoría, no se realizan, no están nunca conformes con
los hechos, y por consiguiente no pasan de ser especu-
laciones más ó ménos bellas, sin aplicacion alguna en
la vida práctica de los pueblos.
Pero áun cuando esta suposicion fuese cierta, no hay
verdad científica, no hay teoría, por inaplicable que
parezca, que no conduzca directa ó indirectamente á un
fin real , á un resultado más ó ménos útil. Nada más
abstracto, nada al parecer ménos susceptible de aplica-
cion que los tenebrosos problemas de la Metafísica ó los
cálculos dificilísimos del Álgebra ; y sin embargo, las
soluciones de estas ciencias sirven de guía , ya al mo-
ralista y el jurisconsulto, ya al físico y el mecánico, en
todas sus tareas.
Ademas, que la Economía política no se halla feliz-
mente en el mismo caso,
y
aunque racional
y
filosófica,
como el Álgebra y la Metafísica, es á la vez una cien-
cia
t
ranscendental, cuyas verdades pueden perfecta-
mente aplicarse y se aplican, en efecto, todos los días.
Cualquiera se convencerá de ello, estudiando la His-
toria
y
observando atentamente la division del trabajo,
— 25 —
la asociacion, el cambio, el crédito, las mil
y
una com-
binaciones que ha creado la fecunda inventiva del in-
teres personal para satisfacer las necesidades siempre
crecientes del hombre.
Es, por ejemplo, un principio de la Economía polí-
tica qué la potencia del trabajo aumenta á medida que
se distribuyen sus funciones entre las personas más
aptas para desempeilarlas,
y
efectivamente así lo esta-
mos viendo á cada paso en el comercio, en las artes
y
los oficios.
Es otro principio de la ciencia que la union de las
fuerzas individuales acrece su virtud productiva en
términos que cada una de ellas, asociada con sus afi-
nes, produce mucho más que produciria aisladamente,
y
tambien esto Se verifica.
Es, en fin, otra verdad económica que el cambio
constituye el régimen natural de la Industria,
y
cier-
tamente á nadie se le oculta que los individuos, como
los pueblos, cambian entre sí sus productos
y
sus ser-
vicios.
Podriamos multiplicar los ejemplos, examinando
uno por uno los hechos, los fenómenos, las institucio-
nes económicas,
y
nos convenceriarnos de que todas
las verdades, todas las teorías de la ciencia tienen en
la práctica su confirmación más completa.
Conviene advertir, sin embargo, que la Economía
política supone la existencia de un principio anterior
y
superior á ella, principio que viene á ser como la base,
el fundamento en que se apoya el mundo económico,
y
sin el cual todos los demas caerian por tierra. Este
principio es la libertad, en virtud de la cual, guiado
por su razon
y
movido por su interes personal, dirige
el hombre su actividad por el camino que más rápida
y cómodamente le lleva á su perfeccionamiento, ó sea
la posesion del bienestar, del bien individual á que
aspira con todas sus fuerzas.
A
deftnicion que hemos dado de la cien -
T
concebi1'4
fácilmente lo que
leves naturales que rion la
acti
son los términos con que la hemos detini(1.9,
la idea de libertad. como la
col
el
Y Ofl
ivi:*Ten;::able
de
la transcenile,ncla de la
ECO-
r--.
n
El fin eccn1.-');-,:slic.,9 no puede, en
efecto, 011iniiiirse
sino
en fr,o':n
el
sea libre, es decir, en tanto que
1-1.
1
-npl'c-',v desembarazadamente su acti.-
Tic ni les licchos, ni las costumbres,
111
.
11,
este eier
e
leio Si
c-cialcuinra viene
á
dificultarle ó impedir-
o o e
L
le -mula, 6 le limite, no se ex -
trae (1.spues que la actividad humana deje de dar sus
so
ene
las
teorías de la ciencia no
(lo h
.
u,.
,
.ctica y Permanezcan siempre?
ez.-tc
.
tas
1,
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i.
la verdad, pero tambien estériles é infecun-
das, en las regiones es-ry,nulativas
Leo
leyes
r
-
yn
én
o
lcas
no se realizan sino en medio
(le la libertn
y
l, La actividad libre es el único recurso
ri-Jo el hombro cuenta, la única fuerza que lleva en
sí. m
is
mo nara alcanzar su perfeccionamiento, Cuan do
á esta fuerza se la cohibe, cuando se la obliga á obrar
en una dircccion opuesta 6 al
Mél.
-
10S
distinta de la que
el iuteres personal quiere darle, el perfeccionamiento se
hace material
y
moralmente imposible. Así el tra-br.jo,
priniiero
y
principal elemento de la riqueza, es tan poco
prodl.letivo bajo el régimen de la esclavitud; así el cam-
bio, fuente de todo progreso, se estanca
y
se corrompe
en el sistema de la proteccion.; así, en fin, la
asociacion
forzosa engendra necesariamente la inmovilidad y la
inercia.
Por otra parte, no hay que olvidar que las leves
económicas, por lo mismo que pertenecen al mundo
moral, son necesarias pero no fatales, no ineludibles
— 27 ---
para el hombre
y
superiores á su voluntad, de tal nodo
que hayan de realizarse á pesar suyo
y
sin que él pue-
da impedirlo, como sucede con las del inundo físico.
Por el contrario, rigiendo como rigen una actividad
libre, es claro que, aunque en definitiva se cumplan,
porque de otro modo dejarian de ser leyes, este cum-
plimiento es voluntario en el. hombre, el cual, así como
puede observarlas, puede tambien momentáneamente
infringirlas. El interes personal, único móvil que le de-
cide obrar, necesita consultar á la razon,
y
cuando
no lo hace, ó'cuando la razon, como limitada que es
y
falible, le da una respuesta engallosa, se extravía fácil-
mente
y
equivoca muchas veces el camino. Verdad es.
que entonces el hombre incurre en la responsabilidad
inherente á su libre albedrío
y
sufre las consecuencias
de su error ó su malicia, cayendo en la miseria, que es
la sancion
•
de la ley económica, -la pena reservada na-
turalmente á los que la infringen. Verdad es tambien
que esta pena, pesando sobre el hombre mientras no
varía de conducta, le obliga por fin á abrir los ojos
y
conformarse con la ley misma, viniendo al fin á cum-
plirla voluntaria
-
y necesariamente, como Antes hemos
dicho. Pero siempre resultará que, durante un período
de tiempo más ó mén.os largo, la ley ha dejado de cum-
plirse.
Este incumplimiento de las leyes económicas por un
abuso de la libertad individual es por desgracia muy
frecuente. ¿Se quiere de él un ejemplo? En toda pro-
duccion libre, en toda industria libremente ejercida,
han de cubrirse los gastos hechos para, llevarla á cabo
y
obtenerse ademas un excedente, que llamaremos ga-
nancia ó beneficio. Y sin embargo, sucede algunas ve-
ces todo lo contrario; sucede que en muchas empresas
no sólo no se gana nada, sino que se pierde el capital
y
el trabajo en ellas invertidos. ¿Por que? ¿Prueba algo
este hecho contra la verdad de la ley ya citada? De
— 28 —
ningua modo:Lo que prueba es que no se han obser-
vado las denlas leyes económicas, que no se han com-
binado en las debidas proporciones los elernent3s pro-
ductivos, que no se ha distribuido convenientemente el
trabajo ó no se han consultado las necesidades del con-
sumo. La ley es verdadera: si no se ha realizadp, no se
culpe por ello á la ciencia; cúlpese sólo al hombre que
no ha sabido ó no ha querido aplicar, como debia, los
principios científicos.
En resúmen: el fin económico, filosóficamente consi-
derado
;
se nos presenta como un ideal á cuya realiza-
cion tiende libremente la actividad humana, acercán -
dose cada vez más á él sin que logre nunca alcanzar-
le. De esta manera es como se ha de concebir y juzgar
la Economía política, cuyas leyes, si necesarias en su
principio, no lo son en su ejecucion,
y
aunque dejen de
cumplirse en un momento dado de la vida, se realizan
completamente en el tiempo y el espacio, recibiendo de
la Historia el testimonio más irrecusable de su verdad
y
de su excelencia.
V
Relaciones de la Economía política.
Hay en el sistema de los conocimientos humanos
una ciencia que trata del bien en general, del bien rea-
lizable en la vida bajo todas sus formas: esta ciencia
es la
Ética, y
de ella nacen, como ramas de un mismo
tronco, la
Moral,
el
Derecho y
la
Economía _poli Pica.
La Moral es la ciencia de las leyes naturales que
dirigen la actividad libre á la realizacion del bien uno
y entero, de una manera pura ó desinteresada.
El
Derecho
es la ciencia de las leyes naturales que
dirigen la actividad libre á la realizacion del bien del
hombre, en sus relaciones con sus semejantes.
La
Economía política,
ya lo hemos dicho, estudia
las leyes naturales que, con el estímulo del interes per-
sonal, dirigen la actividad libre á la realizacion del
bien del hombre, considerado individualmente.
Se ve, pues, que estas tres ciencias, aunque todas
de un mismo origen, se diferencian entre sí tanto por
su fin corno por su objeto.
El objeto de la Moral, lo mismo que el de la Eco-
nomia, es la actividad libre, la voluntad considerada
como independiente ó absoluta: el del Derecho es
la•
misma voluntad, ligada, en medio de su libertad,
— 30 —
condiciones exteriores, considerada como dependiente
ó relativa.
Así es que el cumplimiento del bien moral
y
del
bien económico es libre, miéntras que el del bien ju-
rídico ha de verificarse á la fuerza. La vida moral no
depende más que de la conciencia, la vida económica
de la sensibilidad combinada con la reflexion; ni una
ni otra tienen en este mundo otra sancion que el re-
mordimiento
y
la miseria respectivamente. La vida ju-
rídica, por el contrario, depende de una autoridad pú-
blica v encuentra su sancion en la Justicia: el estado
de derecho, como necesario al bien, ha de ser manteni-
do en la sociedad contra toda pretension opuesta. Las
obligaciones jurídicas son coercibles, los actos injustos
deben ser castigados por los tribunales: las acciones
puramente inmorales ó antieconómicas, como no sean
contrarias al derecho, no están sujetas á jurisdiccion
alguna.
Por otra parte, el fin de la Moral es el bien uno
y
entero,
el desarrollo completo
y
armónico de la natu-
raleza humana, no solamente en sí misma, sino tam-
bien en sus relaciones con Dios, con la Humanidad y
con el mundo físico. Ella es la que determina la situa-
cion natural, del hombre respecto de las cosas; ella la
que establece los deberes que tiene consigo mismo, con
sus semejantes
y
con su Criador; ella, en fin, la que fija
su destino, la mision que está llamado
á
desempefiar
en el tiempo
y
en la vida. El Derecho y la Economía
tienen un fin menos extenso: el primero trata de reali-
zar el bien social, esto es, el desarrollo de la naturaleza
humana en sus relaciones con nuestros semejantes; la
segunda el bien individual, el desarrollo de la natura-
leza humana en sí misma, prescindiendo de las relacio-
nes sociales.
Por \último, los motivos de la Moral son puros:
se-
gun ella, el hombre debe hacer todo el bien, únicam
— 31 —
te por hacerle, sin mezcla alguna de miras sensibles
ó personales. La Economia política, por el contrario,
quiere que el hombre se perfeccione por su propio inte-
res, porque así conviene á su sensibilidad, porque de
este modo podrá proporcionarse placeres permanentes
y duraderos. Y en cuanto al Derecho, no penetra en el
terreno de las intenciones, no se cura de los móviles de
la actividad
y
sólo trata de regularla en sus manifes-
taciones exteriores.
Las diferencias que acabamos de exponer no exclu-
yen la union interna
de
la Moral, el Derecho y la Eco-
nomía política. Estas tres ciencias abrazan, si no todos
los actos, al ménos todas las esferas de la actividad
humana.
El Derecho presta á la Moral
y
la Economía las
condiciones necesarias para la realizacion del bien uno
y
entero,
y
por consiguiente del bien individual : la
Moral prescribe el cumplimiento voluntario de las obli-
gaciones urídicas; la Economía, en fin, facilita la prác-
tica de todos los deberes ó al ménos impide que se falte
á ellos; predica el trabajo, el ahorro, la fraternidad hu-
mana, en nombre del interes bien entendido, y el bien-
estar que sus doctrinas contribuyen á difundir en todas
las clases, dando al hombre más tiempo para cultivar
su espíritu, le libra de las peligrosas tentaciones de la
ignorancia
y
la miseria. Examínese el estado del Mune-
do y se verá, que los puebles más adelantados económi-
camente, aquéllos que gozan de mayor prosperidad, son
tambien los que tienen mejores costumbres
y
saben res-
petar mejor el derecho.
La Moral
y
la Economía politica se auxilian recí-
procamente. El interes personal, que es el móvil eco-
nómico, no basta para explicar todas nuestras acciones.
El hombre no sigue sólo el impulso de la sensibilidad,
sino tambien el del deber: busca el bien, no sólo por-
que le agrada ó le conviene, sino por ser bien,
y
no se
— 32 —
ilmita` á servir por la paga, sino que presta no pocos
servicios desinteresados
y
generosos. Todo aquello que
po
nga
el fin económico en oposicion, no sólo con la jus-
ticia, sino tambien con el bien general, debe conside-
rarse desde luégo como ilícito. No basta, como dice
muy bien Minghetti (1), que el interes privado se de-
tenga ante el derecho de otro, ni que las relaciones de
los ciudadanos
estén
definidas
y
sancionadas por la
autoridad: porque la prosperidad general encuentra su
apoyo más eficaz en el buen sentido, en la prudencia,
en la templanza, en el espíritu de caridad de los par-
ticulares, y sólo al influjo de estas virtudes es como la
asociacion da sus frutos, el crédito nace y se consolida;
en sarna, todas las aptitudes
y
facultades del hombre
se desarrollan, recibiendo sus necesidades
y
deseos la
satisfaccion más conveniente.
El mismo derecho, aiiade el autor ya citado (2), debe
subordinarse á la Moral, puesto que esta ciencia le da
forma, le circunscribe y le completa. Le da forma en
tanto que la ley moral convierte en derecho la activi-
dad humana; le circunscribe, porque no puede nunca
admitirse corno jurídico lo que es contrario á esa ley;
le completa, porcue va más allá de los actos exteriores
á los cuales alcanza sólo la justicia. Así es que el de-
recho estricto, desprovisto de equidad, seria en muchos
casos demasiado duro é inhumano,
y
el que quisiera
aplicarle constantemente y en todo su rigor á las ma-
terias económicas tropezaria con muchos obstáculos
y
dificultaria la solucion de algunos problemas sociales,
que suponen la intervencion, no sólo de la justicia., sino
tambien de la equidad,
y
el desarrollo
de ese senti-
miento
de benevolencia y de sociabilidad entre los hom-
(1)
Relaciones de la Economía política con la Moral y con el Derecho,
Lib. V*
(2)
Ibid., Lib. 111.
33 —
bres, á que los modernos han dado el nombre de soli-
daridad. En esto se funda el axioma jurídico:
SUMMUM
PUS,
summa injuria.
«La Economía política, observa tarnbien el Sr. Ma-
drazo, siempre de acuerdo con la Moral, no puede estar
en
contradiccion con el Derecho. El Derecho
y
la Moral
tienen el mismo centro, pero no la misma circunferen--
cía. El Derecho, como toda ley científica, no existe por
la voluntad de los hombres; porque, como dice Montes-
quieu , afirmar que nada hay justo ni injusto sino lo
que mandan ó prohiben las leyes, es lo mismo que sos-
tener que ántes de trazar un círculo no eran iguales
todos sus radios. El Derecho, en su esencia, no varía
nunca; lo que cambia es sólo la forma que la humani-
dad le da, son las instituciones que edifica sobre su base
inmutable. La ciencia económica, ménos extensa que
la Moral, tiene más extension que el Derecho. No hace
obligatorio éste todo lo que el economista aconseja á
los productores; pero no hay ninguna verdad jurídica
con la que no estén en armonía las verdades econó-
micas (1).»
En efecto, todo cuanto ordenan ó prohiben el Dere-
cho
y
la Economía, lo ordena
y
lo prohibe tarnbien la
Moral; pero no todo lo que prohibe ú ordena esta cien-
cia, es prohibido y ordenado por las des primeras. Así
el Derecho
y
la Economía ordenan, como la Moral, el
respeto á la propiedad; pero permanecen extrafias á la
caridad
y
el agradecimiento, que tambien la Moral pros •
cribe. Esta ciencia ordena, en cambio, la abnegacion,
el sacrificio de los intereses personales al bien general,
miéntras que la Economía política exige de todo servi-
cio una recompensa, y el Derecho descansa principal-
(1) Discurso leido ea la Academia
de Ciencias
Morales y Políticas,
Pá-
gina 29.
— 34 —
mente en la igualdad, como condicion indispensable de
la existencia social.
En suma, la Moral, el Derecho y la Economía, poli-
tica son tres ramas distintas de la sabiduría, de ningu-
na manera opuestas; tres ciencias que se dan la mano
y se completan cada una por las otras, conspirando en-
tre todas á la realizacion del bien y al cumplimiento de
los destinos humanos.
V
I
Reseña histórica de la ciencia económica.
La Economía política, como conjunto ordenado
y
sistemático de doctrinas, es muy moderna: apénas cuen-
ta todavía un siglo de existencia. Hasta el último tercio
del siglo XVIII estuvo confundida con la Filosofía, la
Política, el Derecho, la Moral y la Historia.
Las ideas admitidas en la Antigüedad
y
en la Edad
media eran poco favorables al nacimiento
y
desarrollo
de aquella ciencia.
La India y el Egipto, sometidos al régimen de cas-
tas; Grecia
y
Roma, fundando toda su prosperidad en
la guerra
y
el pillaje; las hordas del Norte, descono-
ciendo toda virtud que no fuese la fuerza, mal podian
observar las leyes naturales de la libre actividad, que
estas naciones querian vincular en ciertas clases, ne-
gándosela á los demas hombres.
El pueblo hebreo fué quizá el único que, no desde-
ñando absolutamente el ejercicio pacífico de esa activi•
dad, debió echar de ver los fenómenos sociales á que da
lugar tan fecundo principio. Pero fillí el ejercicio de la
actividad, el trabajo, se consideraba como un deber re-
ligioso, más bien que como un derecho civil,
y
cuando
había producido lo suficiente para costear el culto
y
mantener al trabajador por espacio de cuarenta años,
— 36 —
se creía sin duda que no podía en conciencia dársele ni
exigírsele otra cosa. El
diezmo y
el
jubileo
resumian
todas las instituciones económicas de los Judíos. La
gran propiedad, la propiedad de la tierra, no existia
entre ellos. El crédito no era
á
sus ojos más que un
medio de esquilmar á los extranjeros (1). ¿Cómo habian
de sospechar la existencia de las leyes económicas? Por
otra parte, el pueblo escogido estaba llamado á más al-
tos destinos: su mision era preparar la nueva era, la
era de la redencion del Mundo ; servir de transicion
entre la sociedad antigua, sensual, idólatra y egoista, y
la sociedad nueva, espiritual, monoteísta
y
humanita-
ria. Toda su ciencia debia, por lo tanto, concentrarse
en la historia tradicional y simbólica, el misticismo y
la Teología. Sus sabios eran profetas, sus legisladores
sacerdotes, sus reyes enviados del Altísimo.
No es esto decir que desde los tiempos más remotos
no se haya conocido la importancia del fin económico.
El bien individual ha sido el blanco de las aspiracio-
nes
y
los esfuerzos de todos los pueblos, sin que por
eso hayan faltado en almas levantadas la abnegacion
y
el desprendimiento de los intereses mundanos. Pero
los medios empleados para perfeccionarse eran empíri-
cos, cuando no injustos y bárbaros. La expoliacion, la
esclavitud, la conquista, reemplazaban por todas par-
tes al trabajo
y
á la propiedad, que es su única re-
compensa.
A semejantes prácticas no podian ménos de corres-
ponder teorías absurdas.
Platon sostiene que «la Naturaleza no ha hecho ni
zapateros ni herreros,
y
que semejantes ocupaciones
(1)
Non fcenerabis fratri tuo ad usuram peeuniam , ne fruges
quamlibet aliara rem, sed alieno;
no prestarás á interes á tu her
ni dinero, ni frutos, ni otra cosa alguna, sino al extranjero.
guo Testamento.
— 37 —
ciegrádan á las personas que las ejercen, viles mercena-
rios, miserables sin nombre, excluidos por su misma
condicion de los derechos políticos (1)».
Xenofonte cree que «las artes manuales son infa-
mes é indignas de un ciudadano (2)».
Aristóteles concluye que «la Naturaleza ha creado
unos hombres para la libertad
y
otros para la esclavi-
tud, y que es útil
y
justo que el esclavo obedezca (3)».
Ciceron mismo, tan superior á las ideas de su tiem-
po, afirma que «el tener tienda abierta no es honorí-
fico, que el comercio por menor es Sórdido y desprecia-
ble,
y
que, áun siendo por mayor; apénas es compati-
ble con las cualidades que deben adornar al hombre
libre (4)».
En medio de tantos errores, no falta, sin embargo,
en los libros de la Antigüedad tal cual feliz atisbo de
los principios económicos.
Así Platon (5) ha enseriado con bastante lucidez las
ventajas de la
dívisio2¿ del trabajo,
de que tau bello
análisis nos habia de dar despues A. Smith.
El mismo filósofo (6), elevándose sobre las preocu-
paciones de su época, discurre acerca de la utilidad
y
áun necesidad del comercio, en los términos más elo-
cuentes.
Xenofonte (7) hace observaciones muy atinadas so-
bre lo que J. B. Say ha llamado despues
capitales pro-
ductivos
é
improductivos.
Aristóteles (8) ha consagrado algunas páginas á la
(1)
Tratado de las leyes,
Lib. XI.
(2)
Económicos,
Lib. 11.
(3)
Política,
Lib.
1,
Cap.
111.
(4)
De oficiis,
Lib. 1.
(5)
República,
Lib.
11.
(6)
Leyes,
Lib. XI.
(7)
Económicos,
Lib. 1.
(5)
Política.
Lib. I,
Cap. VI.
— 38
teoría de la formacion de las riquezas, que propone lla-
mar
Chrematística (1), y
en ellas se lee un pasaje que
tiende á hacer la distincion, introducida despues por la
escuela inglesa, entre el
valor en uso y
el
valor en cam-
bio.
En otra parte explica con bastante lucidez la in-
vencion
y
las propiedades de la moneda
y
rehabilita las
profesiones liberales, que todavía se obstinan algunos
economistas en considerar como improductivas.
Fié aquí, sin embargo, á lo que puede reducirse toda
la ciencia económica de los antiguos. Se aspiraba, cier-
tamente, entre ellos al perfeccionamiento, al bien in-
dividual; pero se desconocia Ja igualdad humana
y
se
consideraba, la libre actividad como el patrimonio de
unos cuantos privilegiados.
Estaba reservado á la religion cristiana rehabilitar
estos dos grandes principios,
y en efecto, con la predica-
cion del Evangelio se introdujo un cambio profundo en
los rangos
y
en las relaciones económicas; se consagró
la prevision
y
el ahorro, sin los cuales no puede existir
el capital ni crecer la riqueza,
y
empezó á mirarse el •
trabajo como la condicion natural del hombre, corno el
único medio de mejorar su suerte sin envilecerle. Des-
graciadamente, la decadencia del Imperio romano,
y
las devastaciones que sufrió la Europa con la invasion
de los pueblos del Norte, suspendieron la accion bené-
fica de esta doctrina y sumergieron por el pronto el
mundo civilizado en el caos mas espantoso.
Surgió entónces la Edad Media
y
opuso dos podero-
sos obstáculos al desarrollo de la ciencia económica:
1.
0
El feudalismo, que, anulando la autoridad, sembra-
'ba por todas partes la inseguridad
y
el desórden, man-
tenia la sociedad en un estado de guerra é impedia con
(1) Lambius traduce esta palabra por
qncestuaria,
ó sea, arte de
buscar dinero, arte de adquirir riqueza.—V. Minghetti,
Relaciones
de la Economía pública con la Moral y con el Derecho,
Lib.
— 39 --
la servidumbre, los monopolios
y
los privilegios serio-
riales, la constitucion de la propiedad. 2.° La tendencia
demasiado ascética que desplegó el Cristianismo,
y
que
trajo consigo el desprecio de los bienes terrenos, el pre-
dominio de la vida contemplativa, los abusos del mo-
naquismo
y
la repugnancia á las ciencias transcenden-
tales
y
las artes útiles.
La restauracion se serialó por el descubrimiento de
la brújula, de la imprenta, de la pólvora, de la América
y del paso á la India por el Cabo de Buena Esperanza,
al mismo tiempo que se introducia en la filosofía el prin-
cipio del libre examen. Todo esto no podía ménos de
dar, como en efecto dió, un gran impulso á la actividad
libre, á la industria y el comercio; pero la monarquía
absoluta, constituyéndose entónces sobre los restos del
sistema feudal
y
ahogando los primeros gérmenes de la
libertad con la destruccion de los fueros
y
privilegios de
las villas, impidió que se obtuviesen los resultados de
aquellos adelantos
y
retardó el nacimiento de la Eco -
nomía, política (1).
Así esta ciencia no ha nacido verdaderamente basta
nuestros dias,
y
áun no se crea que en su origen surgió
de repente, perfecta y acabada, como Minerva de la ca-
beza de Júpiter, nada ménos que eso: á su formacion
y
desarrollo precedieron tres sistemas que pueden consi-
derarse como otros tantos ensayos
y
que resumen, por
decirlo así, su historia. Estos tres sistemas se conocen
con los nombres de
sistema mercantil, sistema ilsio-
cratico ó agrícola y sistema industrial.
Hacía el primero consistir todos los bienes econó-
micos en la abundancia de dinero, y corno no hay más
que dos medios de proporcionarse este instrumento de
la circulacion, extraer del seno de la tierra los metales
preciosos, de que se hace la moneda, ó vender mercan-
(1) Minghetti,
Relaciones de la Economía pública,
Lib. 1.
— 40 —
cías á los países que la posean, impulsaba con todas sus
fuerzas la explotacion de las minas
y
se empeñaba en
activar el comercio de exportacion , disminuyendo al
mismo tiempo el de irnportacion, á fin de que la dife-
rencia entre
uno
y
otro, saldándose en metálico, hicie-
se afluir el numerario al seno de cada país. De aquí las
grandes emigraciones europeas en busca del oro y la
plata de las Américas, las guerras para imponer á los
extranjeros tratados de comercio en que se obligasen
á no surtirse más que de los mercados del vencedor,
el sistema colonial que daba á la metrópoli el mono-
polio del comercio de las colonias, la prohibicion de
exportar el dinero y de importar mercancías extran-
jeras, etc., etc.
Tales fueron los efectos del
sistema mercantil,
del
que apénas queda otro cuerpo de doctrina que la obra
del escritor italiano Antonio Serra, titulada:
Breve tra-
tado de las causas que pueden hacer abundar el oro y la
plata en los Estados,
impresa en 1613.
A combatirle y demostrar la falsedad de sus princi-
pios E
u
e, levantaron numerosos escritores, entre los cua-
les son dignos de mencionarse por su celebridad Locke
el filósofo, Hume el historiador, Beccaria el juriscon-
sulto; pero la gloria de destruir el
sistema mercantil
y fundar sobre sus ruinas otro mas filosófico, aunque
no del todo exacto, pertenece principalmente al doctor
Francisco
QUESXAY
fundador de la escuela
agrícola
.fisiocratica (1).
Este distinguido pensador publicó
en 1758 su obra titulada
Cuadro económico, y
despues
de hacer ver que el oro y la plata, á pesar de ser me-
dios de circulacion y equivalentes de los demas produc-
(1)
Llamóse así á esta escuela y
fisiócratas
á sus discípulos, del
título de
Fisiocracia,
que llevaba una de sus obras, título compues-
to de dos palabras griegas,
fisios
naturaleza,
y
cratein
órden ó ley;
por manera que
fisiocracia
quiere decir órden natural ó ley de la
Naturaleza
— 41 --
tos, no por eso constituyen la riqueza de las naciones,
dedujo que la prosperidad de éstas no debe medirse por
la abundancia de los metales preciosos, proclamó la •
libertad de los cambios
y
demostró que todo obstáculo
á esta libertad es una violacion de los derechos funda-
mentales dei hombre, que toda traba á la importacion
y
la exportacion hace variar artificialmente el precio
de los productos
y
disminuye en último resultado la ri-
queza pública. Por entónces profesaba tambien el ne-
gociante
GOURNAY
doctrinas análogas
y
proclamaba el
célebre axioma
laissez faire, laissez passer
(dejad ha-
cer, dejad pasar), es decir, no pongais obstáculos á la li-
bertad individual, que despues ha servido de lema á los
economistas. Verdades todas que la ciencia agradecerá
siempre á la escuela fisiocrática
y
que no lograrán oscu-
recer ni el tiempo ni las vicisitudes humanas. Desgra-
ciadamente, el resto del sistema de Quesnay no puede
admitirse de la misma manera; pues, partiendo del prin-
cipio de que la materialidad es el carácter fundamen-
tal de la riqueza, quiso medir el valor
y
la utilidad del
trabajo por la cantidad de materia que consigue apro-
piarse,
y
esta manera de ver le condujo á excluir del
dominio de la ciencia un sinnúmero de servicios que
mutuamente se prestan los hombres, no concediendo
el carácter de productividad más que á la industria
agrícola, porque segun él es la única que aumenta la
cantidad de materia existente, y calificando de estériles
á las demas, aunque declarando al mismo tiempo, por
una inconsecuencia de su doctrina y para no descono-
cer completamente la verdad, que las manufacturas, el
comercio y las profesiones liberales son esencialmente
útiles..
Sostuvieron las ideas de Quesnay
y
contribuyeron
á propagarlas Mirabeau, el padre del eminente orador,
Mercier-Lariviere, Dupont de Nemours , Baudeau,
y
sobre todo Turgot, el más célebre de todos los fisiócra-
— 42 —
tas, pero ya en esta época el jefe de la escuela habil',
muerto
y
empezaba á despuntar en el horizonte del sa-
ber humano la aurora de una nueva era para la ciencia.
Un filósofo escoces enseriaba en Glasgow, al mismo
tiempo que los fisiócratas en Paris, los principios de la
Economía política. Quesnay
y
sus discípulos atribulan
toda virtud productiva á la tierra;
ADAM SMITH,
que es
el filósofo á que nos referirnos, la encontró en el traba-
jo, y esta idea luminosa le sirvió de fundamento para
un nuevo sistema, apellidado
industrial,
que expuso en
sus
Investigaciones sobre la naturaleza y causas de la
riqueza de las naciones, y
que es el adoptado univer-
salmente en nuestros dias con leves modificaciones.
Desarrollado despues
y
llevado á sus últimos des-
envolvimientos por los trabajos de Sismondi, Malthus,
Say, Ricardo, Storch, Mac-Culloch, Flórez Estrada,
Rossi, Carey, Duuoyer,
, Bastiat , Stuart Mill y otros
economistas distinguidos, puede decirse que la nueva
doctrina ha llegado á su apogeo
y
que ocupa un puesto
de honor entre las demas ciencias.
A esta altura vamos á procurar sorprenderla, y feli-
ces de nosotros si logramos seguir su vuelo y dirigirle,
un breve espacio siquiera, hacia el- límite desconocido
del progreso.
LIBRO PRIMERO.
TEORÍA DE LA PRODUCCION.
LIBRO PRIMERO.
TEORÍA DE LA PRODUCCION.
Nociones preliminares.
La observacion demuestra que el perfeccionamiento
de la naturaleza humana, fin de la ciencia económica,
no se verifica en una época, en un período de tiempo
determinado.
El hombre no alcanza nunca su bien individual en-
teramente: c&ialesquiera que sean la edad, la hora, el
instante de su vida en que se consulte á sí mismo, en-
contrará que carece de alguna cosa, que le falta algo
para perfeccionarse, como quiera que siempre es im-
perfecto.
De aquí una
tendencia,
,
una inclinacion
á realizar
sucesivamente todo lo que no ha sido realizado toda-
vía, todo lo que conviene á nuestro bienestar, todo lo
que exige el desarrollo de nuestra naturaleza. Esta in-
clinacion á completarse, que en los seres inferiores apa-
rece corno
instinto,
es decir, como aspíracion incons-
ciente, y en el hombre como
deseo,
toma el nombre de
necesidad
cuando tiene por objeto lo que debe realizar-
se desde luégo en la vida, lo que es más urgente é in-
dispensable para nuestro perfeccionamiento.
— 46
Por manera que
necesidad,
en elfientido económico,
no es más que la sensacion interna '
,
1que nos advierte lo
que en un momento dado debemos hacer para perfec-
cionarnos. Esta definicion aleja toda idea de capricho,
de pasion grosera, de apetito brutal, sensaciones que,
exigiendo una satisfaccion contraria lá nuestro bien
individual, no pueden confundirse con lasnecesidades,
no pueden llamarse tales ó al,mános;considerarse como
legitimas
y
económicas.
Ahora bien, la organizacion humana no funcionaria
si no se asimilase ciertos elementos quejle son afines.
Nuestro cuerpo está de tal modo constituido que te-
nemos que alimentarle periódicamente, preservarle de
la intemperie, defenderle de una multitud de seres da-
ñinos que por todas partes le cercan.La nutricion, el
vestido, la defensa, son, pues, las primeras necesidades
del hombre.
Satisfechas éstas, podria en rigor vivir, pero con
una vida incompleta, con la vida del instinto, que le es
comun con los demas animales. Para que viva del todo,
para que su organizacion ejerza todas las !funciones á
que la ha destinado la Naturaleza,
-
es preciso que reci-
ba continuamente impresiones nuevas, que las compa-
re, que las formule en juicios
y
conocimientos; en una
palabra, que cultive su inteligencia. Ilustrarse, apren-
der, adquirir ideas, son, pues, otras tantas necesidades
á que el hombre está sujeto.
Pero aún no le basta para cumplirgsu:destino la sa-
tisfaccion de esas necesidades: todavíaisiente las de dar
cariño y apoyo á los seres que engendra, ejercitar su
simpatía en los demas hombres, en el suelo que le vió
nacer
y
hasta en las criaturas inferiores y los objetos
materiales, que le rodean, embellecer su morada
y
su
propia persona, venerar, por último, una causa supe-
rior, un Sér Supremo, un Dios, principio
y
fin de todo
lo existente. Es, en suma, otra necesidad del hombre
— 47 —
amar á la Divinidad, á la familia, á la patria, á sus se
mejantes, á la Naturaleza misma.
Necesidades
físicas, intelectuales y morales,
hijas
del cuerpo, de la inteligencia
y
de la sensibilidad: hé
aquí uno de los elementos de la organizacion humana,
considerada económicamente.
No hay hombre alguno que no esté sujeto á to-
das y cada una de esas
necesidades,
que no necesite
mantenerse, conocer
y
sentir, so pena de dejar de ser
hombre.
Pero no en todos se- manifiestan con la misma in-
tensidad las
necesidades,
sino que varían segun los lu-
gares, los individuos
y
las épocas. Así el alimento y el
abrigo que serian suficientes bajo el suave clima de la
Grecia ó la India, no lo serán en países frios como la
Finlandia
y
la Siberia: si se compara un salvaje con el
hombre más pobre de nuestros países civilizados, se
verá la enorme diferencia que hay entre lo que basta al
primero
y
lo que es indispensable para el segundo: un
temperamento bilioso ó sanguíneo necesita, por lo co-
men, más alimento que otro nervioso ó flemático : lo
que parece estrictamente necesario á un individuo de
la clase media es holgura. para el artesano y sería lujo
para un campesino ó labriego: por último, el más hu-
milde jornalero de nuestros dias no podria soportar el
régimen ,de un esclavo de la Antigüedad ó de un sier-
vo de la Edad Media.
Las
necesidades
no constituyen tampoco para cada
individuo una cantidad fija é inmutable, sino que son
extensibles por su misma naturaleza. Apénas el hom-
bre está abrigado, dice Bastiat (1), cuando ya quiere
tener una casa; apénas se viste, cuando ya desea ador-
narse; apénas satisface las exigencias del cuerpo, cuan-
do el estudio, la ciencia, el arte, abren á sus aspira-
(t)
Armonías económicas,
Cap. II.
— 48 —
ojones un campo ilimitado. El hábito de gozar ciertas
comodidades concluye por hacerlas imprescindibles
y
convierte en necesario lo que ántes era superfluo.
Este carácter progresivo de las
necesidades
es la
mejor garantía de nuestro perfeccionamiento. Nada es-
timula tanto la actividad humana como la necesidad:
los pueblos
y
los individuos que tienen pocas necesida-
des viven en el ocio, en la miseria
y
la ignorancia: por
el contrario, allí donde las
necesidades
son numerosas
é intensas, la industria prospera, se goza 'de un gran
bienestar
y
la civilizacion florece (1).
Por otra parte, así como las
necesidades
pueden
aumentarse, pueden tambien restringirse, á medida de
la voluntad humana, hasta el límite puramente preciso
para la conservacion de la salud
y
la existencia. Así
sucede en las épocas de carestía ó escasez por que
pasan los pueblos
y
en la decadencia de las fortunas
privadas, en que se ve que con recursos mucho menores
se mantiene el mismo número de familias
y
se sufren
privaciones que ántes parecian insoportables (2).
Finalmente, áun comparadas entre sí, las
necesi-
dades
no son tampoco igualmente intensas. Bajo este
punto de vista, ocupan sin duda el primer lugar las fí-
sicas, no porque sean las más nobles
y
elevadas, sino
porque sin su satisfaccion peligraria la existencia; si-
guen despees las morales, que á veces tienen un carác-
ter todavía más imperioso que las anteriores,
y
por úl-
timo se presentan las intelectuales como las ménos exi-
gentes de todas.
La graduacion de las
necesidades
pertenece, sin em-
bargo, al dominio de la conciencia,
y
no hay autoridad
alguna exterior que pueda calificar su intensidad é
im-
(1)
Principios de Economía politica,
de R,oscher, Párrafos 213, 214,
224, 225.
(2)
Diccionario de la Economía política,
Art.
Necesidades.
— 49 —
portancia. Al individuo, árbitro y señor de sus propios
destinos, en virtud de la libertad que le ha deparado la
Providencia, es á quien toca, bajo su responsabilidad
y
con el auxilio de su razon, ordenar
y
regularizar la sa-
tisfaccion de cada una de ellas.
En esta satisfaccion consiste precisamente el perfec-
cionamiento; y como quiera que á la voluntad indivi-
dual compete el perfeccionar la naturaleza humana, es
claro que ella tambien ha de encargarse de satisfacer
las
necesidades.
La voluntad se sirve, al efecto, de ciertos órganos
instrumentos, llamados
facultades (1),
en cuanto ella
les comunica el poder de obrar que, como hemos visto,
contiene en sí misma.
Estas
facultades
son de tres especies, como las ne-
cesidades que han de satisfacer:
físicas, intelectuales y
morales.
Las
facultades físicas,
que describe minuciosamen-
te la Fisiología, pueden reducirse todas á la fuerza
muscular, por medio de la cual nos apoderamos de los
objetos materiales.
Las
facultades intelectuales
consisten en la inteli-
gencia, con la cual adquirimos las ideas, nos conoce-
mos á nosotros mismos, ya en el estado actual, ya en
los estados anteriores,
y
percibimos las relaciones que
nos unen con los demas seres.
Por último, las
facultades morales
consisten en la
sensibilidad
y
la voluntad: con la primera experimen-
tamos el placer ó el dolor, nos modificamos de una ma-
nera agradable 45 desagradable; con la segunda, que-
remos ó nos determinamos á hacer ó no hacer, segun
hemos dicho (2).
Todas estas
facultades
existen en el hombre, aun-
(1)
Facultas,
de
lacio,
ere, factual,
hacer.
(2)
Véase el Cap. 11 de la
Introduacion.
— 50 —
que desigualmente desarrolladas, ya en si mismas, ya
en sus diversas combinaciones. Quién posee una in-
teligencia privilegiada, quién sobresale por la fuerza
muscular, quién otro se distingue por la finura
y
la
delicadeza del sentimiento. En una palabra, no hay en
el Mundo dos individuos cuyas aptitudes sean idénticas.
De todos modos, exigiendo, como ya hemos dicho,
las necesidades del hombre una satisfaccion más ó mé-
nos imperiosa, continuamente están solicitando á las
facultades para que se la proporcionen.
Pero las facultades, por sí solas, no pueden hacerlo;
es preciso que se asocien á otros objetos, capaces de
concurrir al mismo fin.
Estos objetos se los ofrece la Naturaleza.
Para satisfacer las necesidades físicas, el globo ter-
restre pone á nuestra disposicion cuadrúpedos de toda
especie, aves, peces, sustancias minerales, plantas nu-
tritivas, textiles
y
tintoriales, que pueden servirnos de
alimento
y
proporcionarnos defensa
y
abrigo contra los
animales datlinos
y
las fuerzas brutas de la Naturaleza.
Si se trata de las necesidades intelectuales, el espec-
táculo de la Creacion, los fenómenos de que es teatro,
nuestro propio organismo,' nuestras relaciones con los
demas hombres
y
con el mundo exterior, suministran
asunto en que ejercitar ampliamente la inteligencia.
Si queremos, en fin, satisfacer las necesidades mora-
les, desde el círculo estrecho, pero atractivo, de nuestro
horizonte, hasta la inmensidad de los cielos
y
de los
mares, hasta el Autor de todo lo criado, se presenta á
nuestros ojos una serie indefinida de seres en que saciar
esta sed de amor que nos devora.
Tenemos, pues, todo cuanto se requiere para la sa-
tisfaccion de nuestras necesidades: facultades
y
objetos
á que aplicarlas. Falta únicamente aproximar estos ele-
mentos, reunirlos, combinarlos de manera que ambos
concurran al fin deseado,
y
esto no puede hacerlo más
— 51
que el hombre mismo, á cuya actividad corresponde la
iniciativa en tan importante empresa.
¿Quiere, por ejemplo, aplacar el hambre? Debe pre-
parar la tierra
y
recoger sus frutos, ó bien apoderarse
de ciertos animales, despojarlos de su parte indigesta
y
condimentar su carne.
¿Desea cultivar su inteligencia? No puede ménos de
atender á las ideas que percibe, compararlas
y
estable-
cer las relaciones que tienen unas con otras.
¿Trata, en fin, de purificar sus sentimientos? Es pre-
ciso que eleve su alma al bien, que le conozca, que le
ame, que concentre en él todos sus deseos
y
aspira-
ciones.
En una palabra, necesita:
1.° Poner en accion sus facultades.
2.° Apropiarse los objetos que le rodean.
Ahora bien: la accion reflexiva
y
voluntaria de las
facultades físicas, morales é intelectuales para la sa-
tisfaccion de nuestras necesidades, se llama
trabajo, y
trabajador
el que la ejecuta.
Los objetos, de cualquier género que sean, capaces
de satisfacer esas mismas necesidades, se denominan
agentes naturales (1).
La combinacion de estos dos elementos, la apropia-
cion de los agentes naturales por el trabajo para la sa-
tisfaccion de las necesidades humanas, recibe el nom-
bre de
produccion, y
de
productor
el que la ejecuta.
El resultado de la produccion se denomina producto.
El conjunto de los productos se califica de
riqueza.
Por manera que son dos los medios de satisfacer
nuestras necesidades, que nosotros llamarémos
elemen-
tos productivos (2),
trabajo
y
agentes naturales: el pri-
(1)
Los primeros economistas los designaban con el nombre
genérico de
tierra.
(2)
Agentes productivos, fuerzas productiva
g
sde
los autores.
— 52 —
mero, propio, interno ó personal; el segundo, exterior ó
extrano á nosotros mismos.
Estos elementos bastarian en rigor para que se ve-
rificase la produccion, y ciertamente no conoció otros
el hombre primitivo, cuando se vió reducido á alimen-
tarse de raíces ó de frutos silvestres, que cogía con sus
propias manos, á cubrir sus carnes con hojas de árboles
ó con plumas arrancadas á las aves,
y
á no tener otro
abrigo que la espesura de los bosques
y
las cuevas de
las montarlas.
Pero bien pronto crecieron sus necesidades: quiso
tener más holgura, más bienestar, más goces: ocurrió-
sele, por ejemplo, cazar el gamo que corre ligero por el
monte, apoderarse del ave que cruza libre por los ai-
res, coger el pez que serpea entre las olas,
y
no pu-
diendo lograrlo directamente con los elementos produc-
tivos de que disponia, trató de hacerles servir indirec-
tamente á su propósito, produciendo con ellos, no un
objeto de inmediata aplicacion al logro de sus deseos,
sino otro que pudiese emplearse en la caza ó la pesca:.
un lazo, una honda, una red, una caria, etc.
Este objeto, hijo legítimo del trabajo
y
de los agen-
tes naturales, ó lo que es lo
a
mismo, de una produccion,.
y
empleado en otra produccion, se llama
capital, y ca-
pitalista
la persona á quien pertenece.
Y como en el estado actual de la sociedad no hay
produccion en que no se cuente más ó manos con el re-
sultado de otra produccion anterior, se sigue de aqui
que hoy no son ya dos, sino tres los elementos produc-
tivos, á saber:
Trabajo, agentes naturales, capital.
El segundo entra en la produccion, unas veces en su
estado nativo, y otras apropiado ya por el trabajo, ó
lo
que
es lo mismo, bajo la forma de capital,
y
por eso
hay
muchas producciones en que no aparecen más elemen-
tos que el
capital y
el
trabajo.
Por ejemplo:
— 53 —
El leñador que con ayuda del hacha derriba un ár-
'
bol, emplea en esta produccion los tres elementos dis-
tintos:
trabajo,
la accion de sus músculos;
agentes
na-
turales,
el árbol todavía adherido á la tierra,
y capital,
el hacha. El
producto
es el mismo árbol ya derribado.
Pero el carpintero que, cogiendo ese árbol, hiciese
de él una mesa, no emplearia en la produccion de ésta
más que dos elementos productivos;
trabajo,
la accion
de sus músculos;
capital,
la sierra, el escoplo, etc.,
y
el
árbol mismo,, que era un
agente natural
cuando estaba
adherido á la tierra, que despues de arrancado fué
pro-
ducto, y
que, empleado ahora en una nueva produccion,
no es ya, como fácilmente se concibe, ni lo uno ni lo
otro, sino
capital.
Son, pues, los elementos productivos
trabajo, agen-
tes naturales y capital,
por más que el segundo no afec-
te siempre su forma primitiva y se confunda muchas
veces
con el último.
Vamos á examinar cada uno de estos elementos se-
paradamente; pero antes conviene dirigir una ojeada
general sobre todos ellos.
II
De los elementos productivos en general.
No hay produccion á que no concurran los tres ele-
mentos ya citados.
De ellos, el trabajo y los agentes naturales son pri-
mordiales é indispensables; sin su mutuo auxilio , sin
su accion simultánea, no podríamos satisfacer nuestras
más apremiantes necesidades. Imagínese la produccion
más rudimentaria, la de los pueblos salvajes, la de
ciertas tribus del interior del Africa ó de la América,
que viven en un estado apenas superior al del bruto,
y
se verá: que para alimentarse tienen á lo ménos que
contar con algunos frutos espontáneos de la tierra y
arrancarlos con sus propias manos; para abrigarse,
necesitan disponer de alguna cueva, de
*
alguna gruta
natural, descubrirla recorriendo una extension más ó
ménos grande de terreno
y
cobijarse en ella; es decir,
que no pueden obtener la alimentacion más grosera, la
más humilde morada, sin el concurso de sus facultades
y
de los objetos de la Naturaleza, ó lo que es lo mismo,
sin emplear á la vez el trabajo
y
los agentes naturales.
La intervencion del capital en las operaciones pro-
ductivas es casi igualmente necesaria. Se puede á la
verdad concebir una produccion debida únicamente á
nuestros esfuerzos combinados con la materia, corno lo
— 55 —
es la recoleccion de las sustancias nutritivas que sumi-
nistra sin cultivo alguno la tierra; pero esta produccion
es tan exigua, que apénas basta á mantener la vida en
su estado más imperfecto. Por poco que se desarrolle
nuestra naturaleza, por poco que crezcan nuestras ne-
cesidades, es ya de todo punto imposible su satisfaccion
sin valerse de algun instrumento, de algun medio arti-
ficial, de algun producto anterior; en una palabra, de
algun capital (1) que venga á suplir la insuficiencia del
trabajo, áun auxiliado de los agentes naturales. Así el
labrador no puede labrar sus campos sin el arado y la
azada, el herrero no puede forjar sin el yunque
y
el
martillo, el albañil no puede edificar sin materiales de
construccion; y áun estos productores necesitan algu-
nas provisiones, quién para vestirse, quién para ali-
mentarse,
y
todos para mantenerse hasta que, termi-
nadas las operaciones productivas, obtenga cada cual
la recompensa de sus esfuerzos. El salvaje mismo no
va á la caza sin un arco, una honda ó cualquier otra
arma equivalente. Puede, por lo tanto, decirse que en
rigor no hay produccion alguna en que el capital no
intervenga.
La produccion es la obra de tres elementos: el tra-
bajo, los agentes naturales y el capital.
No obstante, ha habido economistas (2) qne no con-
cedian capacidad productiva más que á la tierra, fun-
dándose: 1.° en que sólo este elemento proporciona al
hombre, sin preparacion algunas sustancias con que
satisfacer sus necesidades, raíces
y
frutos silvestres con
que alimentarse, manantiales dé agua donde apagar
su sed, hojas de árboles con que cubrir la desnudez de
sus carnes, etc.; 2.° en que sólo el cultivo de la tierra
viene á aumentar la cantidad de materia existente,
a)
Véase lo dicho en el Cap. 1.
(2) Los
fisiócratas.
Véase lo dicho en la
Introducción,
Cap. V.
— 56 —
multiplica
ndo
los gérmenes
y
dando cosechas muy su-
periores á la siembras. Pero esta escuela olvidaba por
una parte que, áun para utilizar los dones espontáneos
de la tierra, es preciso siquiera cogerlos, ocuparlos,
apoderarse de ellos,
lo
cual es ya un trabajo muchas
veces considerable;
y
ademas confundia la produccion,
que consiste en la apropiacion ó asimilacion á nuestro
organismo de los objetos naturales, con la creacion de
sustancia ó de materia.
Otros economistas sostienen , por el contrario,
,
que
el trabajo es el único elemento productivo.
«Si por el pensamiento, dice Canard, separo de mi
reloj todo el trabajo que sucesivamente se empleó en
él, no quedarán más que algunos granos de mineral
colocados en el interior de la tierra, de donde los sacó
el hombre
y
donde no tenian valor alguno (1).»
Mas si, por la misma abstraccion, separásemos del
reloj esos granos de mineral de que está compuesto,
¿qué quedaría? Nada absolutamente, porque todo lo
demas que contiene es la forma que le ha dado el tra-
bajo,
y
la forma desaparece con la sustancia en que
se fija.
Flórez Estrada defiende la doctrina de Canard, ale-
gando que la Naturaleza no hace más que combinar
la materia (2), como si, áun siendo esto cierto, pudiera
sin esa combinacion obtenerse producto alguno.
Finalmente, algunas escuelas socialistas pretenden
que el. capital es del todo inútil en la produccion, y que
el trabajo puede pasarse perfectamente sin su concur-
so. ¿Cómo? Asociándose. los trabajadores entre si, po-
niendo en comun sus fuerzas
y
entendiéndose directa-
mente con los que necesitan sus productos. En com-
probacion de este sistema , Proudhon cita el
caso de
(1)
Flórez Estrada,
Curso de
Economía política,
Parte 1, Cap. II.
(2)
Loco citato.
— 57 —
cierto número de oficiales de sastre, que se reunieron
para trabajar por su propia cuenta, sin la intervencion
pie ningun maestro, y obtuvieron, á lo que parece, un
éxito completo en su empresa; de donde concluye el
escritor ya citado que lograron suprimir el capital, re-
presentado por el maestro,
y
por consiguiente, que el
capital no es en la produccion más que un intermedia-
rio oficioso (1). Pero seguramente esos trabajadores no
encontrarían el secreto de coser sin hilos ni agujas, de
cortar sin tijeras, de confeccionar vestidos sin palio,
áun es probable que necesitaran de un taller
y
de al-
gunos recursos con que subsistir hasta la venta de sus
productos. Ahora bien: todas estas cosas constituyen
un capital. Que les perteneciesen en propiedad á ellos
mismos, ó que otro se las hubiera prestado; que las
empleasen por su cuenta ó por cuenta de un maestro,
siempre serian medios artificiales de producir, siempre
serian capitales. La esencia del capital no consiste en
la persona que le hace valer, trabajador ó capitalista,
simple poseedor ó propietario, sino en ser un produc-
to destinado á una nueva produccion, en vez de em-
plearse en satisfacer directa é inmediatamente nues-
tras necesidades.
Lo repetirnos: no hay produccion sin capital, como
no puede haberla tampoco sin trabajo
y
sin agentes
naturales. La intervencion de estos tres elementos en
las operaciones productivas es igualmente útil, igual-
mente necesaria.
Algunos autores han dicho que en ciertas produc-
ciones la Naturaleza pone la mayor parte , miéntras
que otras se deben principalmente al trabajo. Pero
esta teoría, resto de las doctrinas fisiocráticas, estriba,
corno dice perfectamente Stuart I1lill (2), en una con
(1)
Idea general de la revolucion en el siglo XIX.
(2)
Principios de Economia política,
Lib. 1, Cap. 1, Párrafo
3
— 58 --
fusion de ideas. El concurso que la Naturaleza presta
al hombre en todas sus empresas es infinito é incon-
mensurable: no puede decirse en qué casos ayuda más
á la actividad humana
y
en qué otros le ayuda ménos.
Cuando dos condiciones son
.
indispensables para obte-
ner un resultado, á nada conduce investigar qué parte
ha tenido en su consecucion cada una de ellas. Es como
si quisiera decidirse cuál de las dos ramas de un par de
tijeras obra más en la accion de cortar, ó bien cuál de
los dos factores, el cinco ó el seis, contribuye más á
formar el número treinta.
No obstante, si hubiéramos de calificar de una ma-
nera genérica la influencia que tiene en la produccion
cada uno de sus elementos, más bien deberíamos atri-
buir la principal al trabajo que á la Naturaleza. El
trabajo es, en efecto, quien toma la iniciativa en todas
las empresas; él es quien reune
y
combina los materia-
les; él quien dirige las operaciones; él, en fin, el que
posee la única fuerza inteligente y activa. Cuanto más
eficaz,
cuanto más enérgico
y
poderoso es el trabajo,
tanto más fecunda, en igualdad de las demas circuns-
tancias, es la produccion. La abundancia de los agen-
tes naturales,
léjos
de favorecer, se considera por al-
gunos autores como un obstáculo al desarrollo de la
riqueza; porque, segun ellos, fomenta la ociosidad, ener•
va el espíritu
y
despierta en el hombre lo que llama
Roscher el
principio de inercia.
El éxito de la produc-
cion depende más bien de las cualidades del trabajador
que del medio en que funciona: las dificultades,
y
no
las facilidades, son las
,
que mantienen la energía men-
tal
y
física (I). Cuando, en cierto modo, no hay más
que
.
coger el pan del árbol, cuando algunas hojas
de
palmera bastan para cubrir la desnudez, nada atrae á
las almas vulgares hácia una actividad laboriosa, nada
(1)
Lib. 1, Cap. VIL, Párrafo 3.
— 59
mueve á los hombres á unir sus fuerzas para sacar par-
tido de su concurso simultáneo en las operaciones pro -
ductivas (1). Ni hoy ni nunca han sido las más ricas
y
poderosas, sino las más pobres
y
débiles, las naciones
mejor dotadas por la Naturaleza (2). Aténas llegó á ser
la capital de la Grecia, no sólo bajo el punto de vista
político
y
literario, sino tambien económico;
y
sin em-
bargo, el Ática era una de las regiones más estériles
de la Tierra. En nuestros dias, ningun país ha sabido
adquirir, en un territorio tan pequen°
y
tan poco á pro-
pósito para el cultivo, tantas riquezas como la Holan-
da (3). Por el contrario, la India, este país bendito por
la Providencia, vegeta en la abyeccion
y
la miseria;
Méjico, donde dos dias de trabajo bastan en muchos
puntos para proporcionar la subsistencia anual de una
familia, permanece en un estado de atraso
y
decaden-
cia próximo á la barbarie.
No es esto, sin embargo, negar la influencia que tie-
nen en la produccion las
ventajas naturales,
esto es, la
fertilidad del terreno, el clima, la abundancia de mine-
rales
y
de saltos de agua, la posicion topográfica, etc.
En efecto, un terreno fértil es ya por si solo un gran
elemento productivo,
y
así se ve que miéntras en el
Norte de la Escocia no madura más que la avena
y
en
algunas partes de la Irlanda se cultiva difícilmente el
trigo, á medida que avanzarnos hacia el Sur crecen, no
sólo los cereales, sino tambien la vid, el olivo, el maíz,
el arroz, la higuera, hasta llegar á la region del café,
del algodon
y
las especias, en que, ademas de cogerse
los frutos más variados, se obtienen á veces con poco
trabajo dos ó tres cosechas al afilo.
(1)
Roscher,
Principios de Economia política,
Lib. IV, Cap. I, Pár-
rafo 214.
(2)
Stuart Mill,
loco citato.
(3)
Roscher,
Principios de Economía política,
Lib. I, Cap. 1, Pár-
rafo 36.
— 60 --
Un clima suave influyé tambien considerablemente
en la produccion agrícola, habiendo paises en que pue-
de habitar el hombre, pero en que la temperatura no
permite el cultivo,
y
cuyos moradores tienen que vivir
como los Esquimales, de la caza
y
la pesca, ó como los
Lapones, de la carne
y
la leche de sus rengíferos.
Por otra parte, la hulla y el hierro son hoy los prin-
cipales auxiliares de la industria,
y
el país que, como
la Gran Bretaña, posee minas de estas materias, no sólo
abundantes, sino fáciles de explotar, cuenta con un po-
deroso elemento de riqueza.
Lo mismo puede decirse de las regiones montañosas
que, en medio de la: esterilidad de sus tierras, abundan
en bosques con buenas maderas de construccion, yer-
bas para mantener 'numerosos ganados
y
saltos de agua
que sirvan de motores en las fábricas.
Por último, ninguna ventaja natural más impor-
tante que una buena posicion marítima, con costas ex-
tensas, radas
y
bahías, que faciliten los transportes,
como lo prueban en la Antigüedad Tiro
y
Cartago, en
la Edad Media Venecia
y
las Ciudades Anseáticas, en
nuestros dias Holanda é Inglaterra, países todos que,
sólo por su proximidad al mar, han sabido elevarse, á
pesar de su estéril
y
escaso territorio, al más alto gra-
do de riqueza.
Pero ni ]as ventajas naturales ni la eficacia del tra-
bajo servirian de nada sin la
seguridad individual,
en-
tendiendo por tal la proteccion que la sociedad dispen-
sa á sus individuos
y
que puede dividirse en protección
por
el Gobierno y protéccion
contra
el Gobierno. En
efecto, cuando el que posee alguna riqueza se halla ex-
puesto á ser despojado, ya por los particulares, ya por
un poder expoliador
y
arbitrario, hay pocas personas
que se curen de trabajar para enriquecerse, y hé aquí
la causa de la pobreza tradicional de algunos países del
Asia, en otro tiempo ricos y florecientes. La inseguri-
— 61 ---
dad que resulta de las exacciones del Gobierno ó de sus
agentes es la más funesta á _la produccion, porque hay
ménos Medios de resistir á ella que á las ciernas depre-
daciones; pero, de todos modos, cualquiera ley, cual-
quiera costumbre, cualquiera causa que encadene los
esfuerzos del trabajador, interponiéndose entre ellos
y
sus
resultados naturales, no puede ménos de impedir el
desarrollo de la riqueza.
En resúmen: la capacidad ó virtualidad de los ele-
mentos productivos depende de tres causas principales,
que son: la
eficacia del trabajo,
las
ventajas naturales
y la
seguridad individual.
III
De los agentes naturales.
Hemos llamado así á todos los objetos de la creacion
capaces de satisfacer nuestras necesidades.
Esta capacidad es lo que en Economía política se
conoce con el nombre de
utilidad.
Los agentes naturales la reciben de la Naturaleza,
sin esfuerzo, sin sacrificio alguno de nuestra parte,
y
por esta razon se la ha llamado por algunos economis-
tas
utilidad gratuita (1).
Mas, para que el hombre la
convierta en provecho suyo, es preciso que se la
apro-
pie
por medio del trabajo; porque la
/utilidad
es sólo
una tendencia, que
no
se realiza ó se hace efectiva sino
por la accion de nuestras facultades (2).
La
utilidad,
considerada bajo un punto de vista ge-
neral, tiene su medida marcada por la especie de nece-
sidades á que se refiere. Así existe en el más alto gra-
do en las cosas que subvienen á las primeras necesi-
dades de nuestra existencia, á aquellas que debemos
satisfacer so pena de muerte inevitable; se halla en
un
(1)
Bastiat,
Armonias económicas,
Cap. 11.
(2)
Utilitas,
de
utor, eris, usus sum, uti,
la cualidad de ser útil, de
ser susceptible de uso.
— 63 —
grado inferior en las cosas que sólo sirven para librar-
nos de las privaciones ó sufrimientos que no amenazan
nuestra vida,
y
se muestra todavía en menor escala en
aquéllas otras que no se emplean más que para propor-
cionarnos placeres y distracciones (1).
Pero aún puede considerarse la
utilidad
relativa-
mente á los individuos, y entónces varía, no sólo segun
las necesidades á cuya satisfaccion se dirige, sino tam-
bien segun el juicio de las personas á cuyo exámen
está sometida. Así lo que es útil para unos puede ser
inútil
y
áun perjudicial para otros; lo que ha prestado
grandes servicios en la Antigüedad se rechaza ó se des•
precia en nuestros dias, y tal sustancia, que tiene apli-
caciones en un pueblo ó en una época para una por-
cion de actos de la vida, es mirada en otros con una
repugnancia invencible. Para no citar más que algu-
nos ejemplos: ciertos crustáceos, que provocarian náu-
seas en un Europeo, son un alimento exquisito para
los Chinos; los soldados comen los ratones, á cuyo solo
aspecto huyen con terror las mujeres nerviosas, y las
damas romanas del Bajo Imperio aspiraban con delicia
el olor de la asafétida, que tan ingrata impresion pro-
duce en nuestro olfato.
De todos modos, la
utilidad
es la propiedad distin-
tiva de los
agentes naturales, y
en este número deben
incluirse, no sólo las tierras
y
las aguas, sino tambien
el aire, los cuerpos animales, vegetales
y
minerales, la
luz, el calórico, la electricidad, las fuerzas físicas
y
quí-
micas; en una palabra, cuantos objetos existen en la
Naturaleza accesibles á nuestra inteligencia
y
nues-
tros sentidos, porque todos son útiles, pudiendo con-
currir directa ó indirectamente con el trabajo á la sa-
tisfaccion
de las necesidades humanas.
(1)
Diccionario de la Economia politica,
Art.
Utilidad.
— 64 --
Los
agentes naturales
pueden clasificarse del modo
siguiente:
Sustancias.
Minerales (la tierra, el aire, el agua, etc.).
Vegetales (plantas, árboles, arbustos, flores, fru-
tos y semillas).
Animales (todos los de este nombre).
Físicas ( todas las exteriores, olor, color, sabor,
forma, etc.).
Propiedades. .
• Químicas (todas las interiores
ó
que no se reve-
lan sino por la descomposicion de los cuerpos).
Elasticidad, afinidad, atraccion, inercia, impene-
Fuerzas
trabilidad, calórico, lumínico, eléctrico, mag-
/
nético,
etc.).
Entre estos
agentes
hay algunos que constituyen á
la vez la materia
y
el taller de la produccion , tales
como la tierra cultivable, las minas y las canteras, á
las cuales puede agregarse el Mar, los lagos
y
los ríos,
en tanto que encierran en su seno los peces, el coral, la
esponja, la sal, las arenas de oro
y
otras cosas útiles.
Los demas, como el calórico
y
la lluvia que desarrollan
y
maduran los gérmenes, el viento que hace las veces
de motor, las corrientes de agua que obran de la misma
manera ó sirven de vias navegables, la electricidad, el
vapor, etc., no son más que auxiliares del trabajo hu-
mano (1).
Se observa tambien, dice Roscher (2), que muchos
agentes naturales
tienen una utilidad ilimitada, pu-
diendo citarse entre ellos el clima, con el calor
y
la hu-
medad que le son propios; los vientos que soplan en el
Mar, á lo largo de las costas
y en las grandes llanuras;
(1)
Diccionario de la Economia política,
Art.
Agentes naturales.
(2)
Principios de
la Economia
política,
Lib. 1, Cap.
1, Párrafos
31-34.
— 65 —
el flujo
y
reflujo, que suministran el comercio una fuer-
za poderosa cuando la accion de la marea se prolonga
más allá de las embocaduras de los dos; el Mar mismo
que sirve de frontera natural, facilitando al propio tiem-
po las transacciones mercantiles, etc. Otros son igual-
mente inagotables, pero á condicion de combinarse con
ciertos cuerpos que, multiplicándose, pueden hacer que
ellos se multipliquen á su vez por lo ménos propor-
cionalmente: así la propiedad que posee el calórico de
imprimir á enormes fardos un movimiento rápido, por
medio de la presion del vapor, es por mil toneladas de
hulla mil veces más grande que por una sola. Final-
mente, existe una tercera clase de fuerzas naturales
que, íntimamente unidas á las fracciones del terreno,
pueden agotarse
y
se agotan efectivamente, como su-
cede con los manantiales, la pesca de los lagos y de los
ríos, los filones metálicos, etc., etc.
Dividen ademas los autores (1) los
agentes natura-
les en
apropiables é inapropiab'es ,
incluyendo entre
los primeros las tierras de labor, los saltos de agua, las
minas y las canteras, que en su concepto pueden ser
apropiados, es decir, reducidos á propiedad particular;
y entre los segundos el Mar, el aire, la electricidad, las
fuerzas físicas
y
químicas, que, segun ellos, no son sus-
ceptibles de apropiacion alguna. Mas si por
ap-opia-
eion,
se entiende la ocupacion ó aprehension individual
de las cosas que nos rodean, es indudable que lo mis-
mo se resisten á ella los agentes considerados como
apropiables que los que se califican de inapropiables.
Podrá en verdad ocuparse una porcion de terreno que
se labra, una mina que se explota ó un salto de agua
que se utiliza de cualquier modo; pero tambien se ocu-
pa una porcion de mar cuando se cubren de naves sus
olas, una porcion de aire cuando se la hace servir de
(1)
Diccionario de la Eccnornia politica,
Art.
Agentes naturales.
5
— 66 —
motor, una porcion de electricidad cuando se desarrolla
en
la
pila de Volta
y
se conduce á puntos determinados
por medio de alambres. En cuanto al Mar, el aire
y
la
electricidad en toda su extension, es tan imposible ocu-
parlos corno el globo terrestre, corno el conjunto de filo-
nes metálicos que encierra en sus entrañas y la masa
de agua que cubre gran parte de su superficie. Y si
se llama
apropiacion,
no la ocupacion material, no la
aprehension individual de las cosas, sino su asimila-
cion á nuestro organismo, la operacion de comunicar-
les cualidades
propias
para satisfacer nuestras necesi-
dades, entónces es preciso confesar que todas las que
hay en el Universo, tierras
y
mares, minas
y
canteras,
aguas
y
aire, fuerzas físicas
y
químicas, son igualmen-
te apropiables, puesto que todas tienen utilidad, es
decir, capacidad de contribuir á la satisfaccion de las
necesidades humanas,
y
todas pueden ser aplicadas
á
este objeto. De modo que, bajo cualquier punto de vista
que se considere, no es admisible la division de que se
trata.
Tampoco lo es la distincion que hacen otros auto-
res (1) de los
agentes naturales
en
apropiados y no apro-
piados,
dando el primer nombre á los apropiables y el
segundo á los inapropiables. No hay, en efecto,
agente
natural
alguno que esté ya apropiado ó colocado en
condiciones
propias
para la produccion, puesto que en
esta apropiacion consiste precisamente, como ya hemos
dicho (2), la produccion misma ,
y
cuando un objeto
cualquiera la ha recibido del trabajo deja de ser
agente
natural
para convertirse en producto, á bien en capital
si se aplica
á
una produccion nueva. Capitales son, en
efecto,
y
por consiguiente productos, los que
llaman los
autores
agentes naturales apropiados,
á saber, las tier•
(1)
Molinari,
Curso de Economía política,
Leccion II.
(2)
Véase el Cap.
1
de este libro.
— 67 —
ras labrantías, las minas
y
las canteras en explotacion,
los saltos de agua empleados como motores, etc.; por-
que todos ellos concurren á la produccion con el mismo
titulo que los instrumentos, máquinas y aparatos de
que el hombre se vale en sus diversas empresas, no me-
reciendo en realidad la calificacion de
agentes natura-
les
más que los no apropiados, los que no han sido pro-
ducidos ó convertidos en productos
y
se hallan por lo
tanto en su estado nativo.
Por lo demas, la Providencia ha repartido diversa-
mente sus dones entre todas las regiones del Globo, do-
tándolas á ésta de la fertilidad de la tierra, á aquélla
de la fecundidad de las minas, á esotra de la profusion
de la pesca ó de la caza, de modo que no hay pueblo
alguno, por miserable que parezca, que no posea más
ó ménos medios de produccion. El país de los Esquima-
les nos envia pieles; el Sahara
nos
suministra dátiles
y
plumas de avestruz; el Banco de Terranova tiene sus
arenques; las llanuras de Buenos Aires están llenas de
ganados. Por otra parte, la Historia nos muestra pai-
ses enteros, al parecer desprovistos de cosas útiles
y
que
de pronto las han descubierto en singular abundancia.
El principado de Gales era un país pobre antes de la
invencion de la hulla,
y
hoy sólo por las grandes masas
que posee de este mineral ha recibido el título de
In-
dias negras.
La California
y
la Australia han permane-
cido relegadas al olvido, como incapaces de toda pro-
duccion, hasta que han vomitado sus entrañas el oro de
que están inundando á la Europa. Nadie pensaba si-
quiera que pudiesen explotarse las tierras incultas de
las islas Chinchas cuando la Agronomía ha venido á
enseñar las aplicaciones que tiene el guano. ¿Quién
sabe, en fin, si alg'un dia esas arenas estériles del Gran
Desierto, que atraviesan con presurosa planta las ca•
ra
y
anas, revelarán cualidades preciosas? Entónces se
verá que hyy en el fondo del África una utilidad hoy
— 68 —
i
o
morada; entónces, fecundadas por la mano del hombre,.
quizá se conviertan aquellas regiones en un no inter-
rumpido oásis.
En ningun tiempo, en ningun país, se ha visto pri-
vada la industria humana del concurso de los
agentes
naturales,
sin el cual nada hubiera producido; pero el
número
y
la eficacia de los que la secundan va crecien-
do sin cesar, á medida que nuestros conocimientos se
extienden
y
nuestros medios
,
de accion se multiplican.
Cada dia, dice Coquelin (1), se ingenia más el hombre
en domar las fuerzas de la Naturaleza, sujetarlas á su
imperio
y
hacerlas trabajar en provecho propio; cada
dia tambien logra sacar de ellas mejor partido. No hay
descubrimiento en las ciencias, ó al ménos en las artes
industriales, que no tenga por objeto, ya poner al ser-
vicio del hombre alguna fuerza natural todavía igno-
rada, ya utilizar mejor un agente conocido de antema-
no. Continuamente se descubren nuevas minas
y
can-
teras, se extiende el dominio de la tierra cultivable, se
exploran los lagos
y
los ríos
y
se revelan nuevos mares
á los ojos de los navegantes. La fuerza de la gravita-
cion, que en los tiempos primitivos era casi siempre un
obstáculo para el hombre, se ha convertido, gracias á
los descubrimientos científicos, en uno de sus más po-
derosos auxiliares. La electricidad , que era un poder
tan misterioso
y
tan rebelde, nos sirve ya para corres-
pondernos instantáneamente á grandes distancias.
El
vapor, que ántes se perdia en la atmósfera, reducido
ahora á prision en una caldera, arrastra con velocidad.
increible nuestras personas y nuestras riquezas. Final-
mente, las potencias más secretas de la Naturaleza, lo
mismo que las propiedades más Intimas de los cuerpos,
vienen sucesivamente á rendirnos tributo. Es esta una
(1)
Diccionario de la Econornia política,
Art.
Agentes naturales.
— 69 —
de las fases del progreso humano,
y
no ciertamente
la ménos digna de interes. Analícense todos los ade-
lantos de la Industria, observa muy oportunamente
J. B. Say (1),
y
se verá que están reducidos á sacar
mejor partido de las fuerzas
y
de las cosas que la Na-
turaleza pone á disposicion del hombre.
(1)
Curso de Economía política,
Tomo I.
IV
Del trabajo.
El
trabajo,
hemos dicho, es la accion reflexiva y
voluntaria de nuestras facultades físicas, morales é in-
telectuales, para satisfacer nuestras necesidades.
En este sentido, no puede llamarse
trabajo
el respi-
rar, comer, pensar sin objeto, etc., etc.; en una pala-
bra, el ejercicio de las funciones naturales; porque no
son acciones voluntarias y reflexivas, esto es, hijas de
la voluntad y de la razon, sino de la sensibilidad
y
del
instinto. Y así los irracionales no trabajan , hablando
con toda propiedad, puesto que carecen de inteligencia
y de libre albedrío.
Tampoco debe considerarse corno
trabajo
el saltar,
correr, bailar, etc., porque estos actos, cuando no son
objeto de un arte, aunque intervenga en ellos la volun-
tad y se dirijan á satisfacer ciertas necesidades, no son
dominados por la razon ni tienen el carácter de re-
flexivos.
La causa del
trabajo
es la voluntad guiada por la
razon; su fin, la satisfaccion de las necesidades hu-
manas.
Mas, para que haya
trabajo,
no es necesario tam-
poco que se cumpla. ese fin; basta que á él vayan enca-
minados nuestros esfuerzos; porque el
trabaj
o
,
aun-
— 71 —
que esencialmente productivo, puede accidentalmente
y por un error del entendimiento no dar producto al-
guno.
Las condiciones de todo
trabajo
productivo son:
1.
1
Que sea ejecutado con inteligencia.
2.' Que recaiga en un objeto útil.
3." Que se sirva de instrumentos adecuados á la
obra.
Cualquiera de estas condiciones que falte, el
tra-
bajo
se hace estéril
y
áun perjudicial.
El objeto del
trabajo
puede ser el mismo sujeto, esto
es, el hombre, cuyo cuerpo
y
cuyo espíritu constituyen
muchas veces los agentes naturales de la produccion.
En cuanto á los instrumentos, el primero que emplea
es sus propios músculos, á los cuales añade después
otros artificiales que vienen á descargarle de una parte
del esfuerzo,
El
trabajo
puede dividirse en
físico, moral
é
inte-
lectual,
como las mismas facultades de que emana
y
las
necesidades á cuya satisfaccion se dirige. Pero,
á
decir
verdad, todo
trabajo,
por material que sea, tiene algo
de racional,
y
en toda tarea de la inteligencia entra
tambien por algo la fuerza física. Si algun
trabajo
se
concibe puramente espiritual es la meditacion, la com.-
paracion de las ideas ya adquiridas por el entendimien-
to, y áun éste, para que conduzca á algun resultado
práctico, es menester que sea auxiliado por los órganos
corporales. El más estúpido peon de albaflil, destinado
á suministrar maquinalmente los materiales de la edi-
ficacion, ejerce una funcion intelectual en que no po-
dría reemplazarle el animal de más instinto,
y
el sabio
más profundo no podria legarnos sus abstracciones si
no se tomase el trabajo de dictarlas ó escribirlas.
No hay, pues, un solo
trabajo
que no exija la accion
simultánea de todas nuestras facultades; sólo que éstas
se combinan en diversas proporciones segun el género
— 72 —
de produccion á que se aplican, ó lo que es lo mismo,
que cada produccion requiere el ejercicio de facultades
diversas. El jornalero, el mozo de cuerda, no ejercitan
las mismas que el sabio ó el artista: los primeros em-
plean principalmente sus músculos, los segundos tra-
bajan más con su inteligencia. La misma diversidad se
observa en las operaciones de que consta cada ramo de
la produccion. En una manufactura de algodon , por
ejemplo, el tejedor no tiene que hacer uso de los mis-
mos órganos que el capataz ó el director de la fábrica;
en un regimiento, el soldado no se sirve de las mis-
mas facultades que el coronel ó el médico (1).
Por otra parte, el
trabajo
no es igualmente eficaz
en todos los individuos y en todos los paises: su poten-
cia productiva varia segun las aptitudes naturales, la
instruccion
y
la moralidad del trabajador. Así los In-
gleses sobresalen por el vigor , los Alemanes por la
exactitud, los Franceses por el gusto. Cada raza, cada
pueblo, cada hombre tienen por la Naturaleza un gra-
do de habilidad
y
de fuerza que la educacion puede
desarrollar, pero no igualar, en términos de colocarlos
todos al mismo nivel
y
hacerlos aptos para toda clase
de producciones. La inferioridad nativa de ciertas per-
sonas como de ciertas variedades del género humano
es hoy cosa averiguada,
y
así como jamas se dará á
un caballo flamenco la ligereza del inglés ó el árabe,
así tampoco adquirirá un Caribe la inteligencia de un
Europeo. La educacion , sin embargo, perfecciona los
individuos y las razas. Las más felices disposiciones
naturales para un oficio, para una profesion cualquie-
ra, no sirven de nada cuando se carece de los conoci-
mientos especiales que este oficio ó esta profesion exi-
ge. Ya lo dijo, hablando de las letras, el insigne poeta y
(1) Molinari, Curso
caltcononita política,
Leccion IX.
— 73
preceptista Horacio (1): ni el arte sin el ingenio, ni el
ingenio sin el arte. Y áun debe comprender la educa-
cion, no sólo el aprendizaje, no sólo el cultivo de aqué-
llas facultades que han de ejercitarse en la produccion,
sino tambien cierta instruccion general, cierto grado
de cultura, necesario siempre para la mejor conducta
del hombre en los negocios de la vida. El trabajador
instruido, dice J. Garnier (2), es ménos accesible á la
influencia de la rutina y de las preocupaciones, com-
prende mejor las mejoras que conviene introducir en
sus
obras
y
aplica con más discrecion los descubrimien-
tos científicos
y
las conquistas de la experiencia. Pero
más que la instruccion del trabajador importa todavía
su moralidad; porque los gastos de vigilancia en cada
empresa particular, los de policía
y
administracion de
justicia en cada Estado, dependen mucho de las cos-
tumbres, y cuando éstas son buenas, pueden disminuir-
se aquéllos
y
queda disponible una suma de riqueza á
de trabajo mucho mayor para obras positivamente úti-
les. Ademas, que el trabajador honrado es más laborio-
so, conserva más tiempo su salud y sus fuerzas, hace
economías, goza de crédito bastante para obtener ca-
pitales y elevarse á la categoría de empresario, educa
bien á sus hijos
y
no se deja arrastrar por esas pasio-
nes
,
subversivas que tanto eco hallan hoy en los ta-
lleres
y
que ponen con tanta frecuencia en peligro la
sociedad
y
el órden público.
De lo dicho se infiere que el
trabajo
tiene una je-
rarquía natural, dependiente del número
y
la exten-
sion de las facultades que el trabajador ejercita. Aun-
que todos los
trabajos
sean honrados, no todos tienen
igual mérito ni pueden aspirar á la misma estimacion.
Cuanta más inteligencia, cuanta más sensibilidad exi-
(1)
Epistola ad Pisones.
(2)
Tratado
de
Economía política,
Cap. XI, Párrafo t .
— 74 —
jan , serán más nobles
y
meritorios; por el contrario,
cuanto más se sirvan de los músculos, más bajo será el
puesto que ocupen en la escala económica.
Esta jerarquía natural del
trabajo
viene á modificar
la continuamente el progreso, sustituyendo á la fuerza
del trabajador una fuerza bruta más eficaz y ménos
costosa. Así en ciertas producciones se ve al
trabajo
humano cambiar sucesivamente de índole,
y
de pura-
mente material que era al principio, al ménos en las
funciones inferiores, hacerse cada dia más
y
más inteli-
gente. Si examinamos, por ejemplo, dice Molinari (I),
la locomocion en sus diferentes períodos, no podrá mé-
nos de sorprendernos la importancia
y
transcendencia
de las modificaciones que, bajo la influencia del pro-
greso, ha sufrido en ella el
trabajo.
En su origen, el
hombre mismo es el que transporta los fardos, poniendo
en accion su fuerza muscular, y así sucede todavía en
algunos puntos de la India, donde los hombros de los
odies
son los únicos vehículos que están en uso, tanto
para el transporte de los viajeros como de las mercan-
cías. Pero se domestica el asno, el camello, el elefante;
se inventa el carro
y
el navío, y desde este momento
la índole del
trabajo
locomotivo varia completamente.
La fuerza muscular ya no basta ni desempeña tampoco
más que un papel secundario; lo que se emplea princi-
palmente es la habilidad, la destreza. Sobreviene,
en
fin, el último progreso: el vapor se aplica á la locomo-
cion,
y
aquellos aparatos, que ántes necesitaban el con-
curso de cierta fuerza muscular, son reemplazados por
una máquina, cuyos directores, fogoneros ó mecánicos,
apénas hacen uso más que de su inteligencia.
Los agentes personales de toda produccion son tres,
segun J. B.
Say; el
sabio,
el
empresario y
el
trabaja-
dor.
El primero proporciona los conocimientos, los prin-
0)
Diccionario de la Economia politica,
Art.
Trabajo.
— 75 ---
cipics
y
las reglas de la produccion misma; el segundo
reune
y
combina los elementos productivos, y el ter-
cero los pone en accion.
«Examínense sucesivamente todos los productos,
dice el autor ya citado (1), y se verá que han debido
su existencia á tres operaciones distintas. ¿Se trata de
un costal de trigo ó de un tonel de vino? Ha sido preci-
so que el naturalista ó el agrónomo conociesen el cur-
so que sigue la Naturaleza en la produccion del grano
ó de la uva, el tiempo
y
el terreno favorables para la
siembra ó la plantacion
y
los cuidados que aquéllas
plantas exigen si han de llegar á su desarrollo comple-
to. El colono ó el propietario ha aplicado despees es-
tos conocimientos á su posicion particular, ha reuni-
do los medios de obtener un resultado útil
y
removido
los obstáculos que podian impedirlo. Finalmente, el
jornalero ha labrado y sembrado la tierra , podado la
vid, segado
y
trillado la mies, arrancado
y
exprimido la
uva, etc., etc. Por todas partes la industria se compone
de la
teoría,
la
aplicacion y
la ejemcion: sólo cuando
una nacion sobresale en estas tres operaciones, es cuan-
do llega á ser verdaderamente industriosa.»
Compréndese, por lo (lemas, fácilmente que una mis-
ma persona puede reunir los caracteres de sabio, em-
presario y trabajador,
y
así sucede, en efecto, al menos
hasta cierto punto. El empresario coopera á la produc-
cion, no sólo con su trabajo, sino tambien con sus co-
nocimientos; el trabajador emplea tambien en ella su
habilidad, y el sabio tiene que 'nacer, para producir,
algun esfuerzo manual ó físico.
Se llama
industria
el conjunto de las aplicaciones
del trabajo humano: de modo que en Economía política
se designan con este nombre, no sólo las fábricas, las
manufacturas y los oficios, como sucede generalmente,
(1)
Tratado de Economía política,
Torno I, Cap. Vi.
— 76 —
sino tambien la agricultura, el comercio,
y
hasta las
nobles artes
y
las profesiones liberales. hay, pues, va-
rias clases de industria, aunque todas ellas pueden re-
ducirse á las siguientes:
INDUSTRIAS OBJETIVAS
QUE OBRAN SOBRE LOS OBJETOS DEL 2VIUNDO EXTERIOR.
L
a
Industria extractiva,
que se ocupa en extraer de
la tierra y de las aguas, sin darles preparacion alguna,
las cosas útiles que contienen. Comprende la minería,
la cantería, la pesquería, la cacería
y
la leriería ó sea
la corta de lela
y
de madera.
2.'
Industria agrícola,
que se dedica al cultivo de
la tierra y comprende la agricultura propiamente di-
cha: esto es, las plantaciones alimenticias, como son los
granos, frutas, legumbres, hortaliza
y
pastos; las plan-
taciones recreativas, á saber, floricultura
y
jardinería;
las plantaciones textiles
y
tintoriales,
y
las plantacio-
nes medicinales.
3.'
Industria de la cría de animales,
cuyo objeto
indica suficientemente su título, y que comprende las
várias especies de ganadería, ó sea de industria pecua-
ria, la piscicultura, la cria del gusano de seda, la de la
abeja, la de los animales domésticos, etc.,
y
la
recolec-
cion de sus productos.
4.
a
Industria manufacturera d fabril,
que prepara
y transforma las materias que le suministran las indus-
trias anteriores. Comprende las fábricas, las manufac-
turas, las artes mecánicas, los oficios
y
las profesiones
que se encargan de dirigirlos.
5.'
Industria locomotiva,
distinta del comercio, con
el cual se confine ordinariamente, que tiene por ob-
jeto transportar las cosas
y
las personas por tierra,
por
--
1
77 —
mar
y
por ríos ó por canales navegables. Comprende
los
transportes
y
la navegacion.
6.'
Industria mercantil,
co m u nrnen te llamada
co-
mercio,
cuyo oficio es servir de intermediaria entre el
productor y el consumidor, proporcionando á éste los
artículos de su uso en la cantidad
y
de la calidad que
los
necesita.
•
INDUSTRIAS SUBJETIVAS
QUE OBRAN SOBRE EL HOMBRE MISMO.
1." Industria del sacerdocio,
que se dedica al servi-
cio inmediato del culto
y
comprende el clero
y
todas
las demas profesiones que le ayudan directamente en el
ejercicio de su sagrado ministerio.
2.'
Industria de la eclucacion,
que tiene por objeto
cultivar la razon
y
la conciencia, afirmando en ellas
la
idea y el sentimiento del deber. La ejercen los padres
y
los preceptores.
3.'
Industria de la ense7a2zza,
que tiende á des-
arrollar las facultades intelectuales
y
es desempeñada
por los maestros de todas las ciencias
y
todas las ca-
tegorías.
4.
4
Industria artística,
que se ocupa en cultivar la
imaginacion
y
la sensibilidad
y
comprende todas las
nobles artes.
5."
_Industria del gobierno,
cuya rnision es garanti-
zar la libertad
y la
propiedad de los ciudadanos. Com-
prende los legisladores, los gobernantes propiamente
dichos, los funcionarios públicos, la magistratura y
to-
das
las profesiones que la auxilian, corno son el ejérci-
to, la armada, la policía, los abogados, escribanos, pro-
curadores, etc.
6.
a
Industria
sanitaria,
que tiene por objeto la con-
— 78 —
servacion de la salud
y
la curacion de las enfermeda-
des. Comprende la medicina, la cirugía, la gimnasia
y
todas las profesiones que la secundan, ya auxiliándolas
en sus operaciones, ya cuidando por si mismas del des-
arrollo del cuerpo humano.
'Tal es la clasificacion de las industrias que nos ha
parecido ménos imperfecta. En todas ellas entra el
tra-
bajo
como el primer elemento productivo,
y
todas ellas
exigen en mayor ó menor proporcion su concurso. Sin
trabajo
no hay produccion posible: el
trabajo
es el que
da á los objetos naturales, si no la utilidad, si no la ca-
pacidad de satisfacer nuestras necesidades, porque ésta,
corno ya hemos visto, reside esencialmente en ellos, al
ménos las cualidades
propias
para desempeñar el mis-
mo oficio : por el
trabajo
hemos dominado á la Natu-
raleza, convirtiéndola en humilde esclava de nuestros
mandatos: el
trabajo,
en fin, es la esencia misma de
nuestro sér, la condicion indispensable de nuestra exis-
tencia.
Del capital.
§ 1.
0
CONSIDERACIONES GENERALES.
—
La
VOZ
Capita/
tiene en el lenguaje vulgar, de donde la ha tomado la
ciencia, diversas acepciones.
Así en el caso de un préstamo se dice capital por
oposicion á
interes.
El capital
es entónces sinónimo de
principal y
significa la suma ó el valor prestado, como
el interes significa la indemnizacion anual pagada por
el deudor.
Cuando se habla de un hombre rico, la palabra
ca-
pital
se emplea como opuesta á la de
renta, y
compren-
de indistintamente todos los bienes que ese hombre
posee, menos los que destina anualmente á la satisfac-
cion de sus necesidades.
Entre los economistas hay dos maneras de conside-
rar el
capital.
Los unos, con J. B. Say
y
Mac-Culloch, quieren
que por
capital
se entienda el conjunto de productos
acumulados, de cualquier clase que sean
y
á cualquier
objeto que se destinen, ya sirvan sólo para la subsisten-
cia del hombre, ya sean aplicables á una nueva pro-
duccion.
Los otros, con Rossi, á cuya opinion se acercan mu-
cho A. Smith
y
Malthus, limitan la siguificacion de la
— 80 —
palabra
capital
á aquella parte de la riqueza indivi-
dual ó social destinada á la industria.
Por nuestra parte seguirémos á Rossi, llamando
ha-
ber
á todos los bienes de una persona, de cualquier cla•
se que sea, y reservando la denominacion de
capital
para el producto ó productos empleados reproductiva-
mente.
El
capital
no constituye, pues, toda la riqueza. Los
cuadros, las alhajas, la vajilla de oro
y
plata, son ri-
queza, pero no son
capitales,
porque no se destinan á la
produccion, sino al recreo ó al adorno del hombre. La
casa que un arquitecto construye forma tambien parte
de la riqueza, pero no pasará á la categoría de
capital
miéntras no se destine, por ejemplo, á servir de taller
ó tienda. En una palabra, la riqueza no se convierte en
capital
sino en virtud del destino que se le da,
y
á difea
reacia del fondo de consumo, inmediatamente aplicable
á nuestros placeres ó nuestros caprichos, á la idea de
ca-
pital
va siempre unida la de actividad productiva (1).
«Los
capitales,
dice Flórez Estrada (2), no consisten
sólo en dinero; toda especie de riqueza es apta para for-
marlos ,
y
sin dinero puede haber
capital
que no llega-
ria á serlo si el dinero no se cambiase por otra riqueza..
Un fabricante, por ejemplo, si posee todos los materia-
les que manufactura
y
los artículos que sus operarios
consumen, aunque no tenga cantidad alguna de dine-
ro, posee un
capital
con que producir riqueza; por el
contrario, si carece de las primeras materias que se ela•
boran en su fábrica, por más dinero que tenga no po-
drá producir riqueza alguna.»
Lo que el
capital
hace en la produccion
es propor-
cionar
el abrigo, la proteccion, los utensilios 6 instru-
(1)
Baudrillart,
Manual de Economia
política,
Parte 11, Cap. IV,
Párrafo 1.
(2)
CurPo de Economia politiza,
Parte 1, Cap. V.
— 81 ---
mentos, los materiales que exige el trabajo, alimentar
y
mantener á los trabajadores durante su tarea: todo lo
que se destine á estos usos, todo lo que suministre al
trabajo aquellos elementos, es
capital.
Puede haber, sin embargo, riqueza que sea produc-
tiva para su dueño
y
no lo sea para la sociedad, corno
sucede con la que se toma prestada para, emplearla im-
productivamente. El prestador percibirá, sin duda, un
interes por ella; pero, no habiendo nueva produccion,
será preciso pagarle del haber del prestamista (1), y
por consiguiente la riqueza social se encontrará dismi-
nuida en una suma igual á la que ese interes represen-
ta. Ahora bien: la riqueza de que se trata no debe con-
siderarse como
capital;
porque el alquiler de un pro-
&reto cualquiera no altera en nada su categoría,
y
la
única circunstancia á que atiende la ciencia para cla-
sificarle como corresponde, es el uso que de él se haga.
Destinado á la produccion , aunque no pertenezca al
que le emplea
y
aunque no dé ganancia alguna al due-
ño, forma parte del
capital
social, puesto que aumenta
la riqueza ya existente: empleado de una manera im-
productiva , por más que el propietario reporte de él
una renta, constituye para la sociedad una verdadera
pérdida. No todo lo que es
capital
para el individuo lo
es para la nacion,
y
viceversa.
Dividen algunos autores el
capital
en
productivo
é improductivo,
pero es porque comprenden bajo este
nombre, no sólo la suma de productos destinados á la re-
produccion, sino toda la riqueza. Tomada la palabra
ca,
pital
únicamente en el primer sentido, semejante divi-
sion no tiene razon de ser
y
cae desde luégo por su base.
Más aceptable es la que hacen otros autores distin-
(1) Tomamos aquí las palabras
prestador y prestamista
en
el
sent
i
do que les da el Derecho:
prestador
el que presta, y
prestamista
el
que tema prestado.
6
-82--
g
uienclo
capitales activos
é
inactivos,
porque, en efecto,
puede suceder que algunos de ellos se hallen momentá-
neamente sin empleo, ya por la indolencia ó ineptitud
de sus duenos, ya por circunstancias extrailas á la vo-
luntad de los mismos.
Pero la mejor division de los
capitales
es la que se
funda en las diversas funciones que desemperian en la
produccion, y
bajo este punto de vista, el capital com-
prende:
1.° Provisiones; 2.° materias primeras; 3.° materias
auxiliares; 4.° construcciones industriales; 5.° máqui-
nas; 6.° aptitudes.
Llamarnos
provisiones
á los artículos que sirven
para la subsistencia del trabajador, cualquiera que sea
su categoría ó el oficio á que se dedique: tales corno ví-
veres, vestidos, habitaciones
y
demas que se reserva el
mismo trabajador, ó se le entrega en dinero ó en espe-
cie, para atender á sus necesidades, antes ó despues
de
terminadas las operaciones productivas. Pero si estos
artículos se consumen por un individuo que no tenga
el carácter de trabajador, ya no serán
capital,
porque
no se destinan á la produccion, como tampoco lo serán
aquéllos que, aun cuando consumidos por un trabaja-
dor, no se consideren indispensables para la satisfac-
cion de sus necesidades legítimas. Así, por ejemplo, será
capital
todo lo que gaste en mantenerse un zapatero ó
un médico laborioso, pero no lo que consuma un vaga-
bundo ó un mendigo.
Denominamos
materias primeras
á los materiales,
ya en bruto, ya elaborados, en los cuales recae el tra-
bajo,
y que despues forman la base del nuevo producto,
como, por ejemplo, la madera en la produccion
de
una
mesa, el hierro en la de unas tenazas, la harina en la
del pan, el cuero en la de los zapatos, etc.
Damos el nombre de
materias auxiliares
á
los ma-
teriales que se emplean en la produccion, pero que no
— 83 —
se incorporan al nuevo producto; v. gr., el carbon para
una fragua, la pólvora que se gasta en la caza y en los
trabajos de las minas, el ácido sulfúrico en la depura-
cion del aceite, etc., etc.
Entendemos por
construcciones industriales
los ta-
lleres, los almacenes, los puertos de mar, los canales de
navegacion
y
de riego, las carreteras
y
demas medios
de comunicación.
Calificamos de
máquinas
cuantos instrumentos ani-
mados é inanimados sirven para auxiliar el trabajo, á
saber: los animales destinados á la labranza, al trans-
porté y á la custodia de las propiedades; los que, como
la abeja
y
el gusano de seda, rinden por sí mismos cier-
tos productos; las tierras preparadas ya para el cultivo;
las aguas que se aprovechan para motores, para la na-
vegacion
y
el riego; los utensilios, herramientas
y
apa-
ratos que se emplean en la industria.
Por último, designamos con la palabra
aptitudes
las
dotes morales, físicas é intelectuales adquiridas por el
trabajador, la economía, la sobriedad, el amor al tra-
bajo, la habilidad, la destreza
y
los demas conocimien-
tos científicos, artísticos
y
literarios que la educacion
proporciona.
Todos los objetos enumerados pertenecen á la cate-
goría de
capital,
porque todos son otros tantos produc-
tos destinados á la produccion ; pero entre ellos hay
algunos que se absorben ó funden en aquél á cuya for-
macion concurren, desapareciendo despues de termina-
da, esto es, inutilizándose para formar productos igua-
les, ó sea para prestar en el mismo género de produc-
cion iguales servicios, miéntras que otros se gastan, se
deterioran más ó ménos, pero no desaparecen completa-
mente en cada operacion productiva, sino que contribu-
yen á la formacion de varios productos sucesivos. Así,
por ejemplo, el sebo
y
el álcali, que constituyen el ja-
bon, se destruyen como tales en el acto de la saponifica-
-- 84 —
cion, embebiéndose, por decirlo así, en el jabon mismo,
y terminand
o
aquí el papel que desempeñan en esta i u.
dustria , bien que, fundidos en el producto, puedan em-
plearse despues en otra, á título de materias primeras
ó de materias auxiliares. Por el cpntrario, ]as máquinas
ó aparatos que sirven para fabricar el jabon, sufren en
este acto un deterioro, una usura más ó ménos conside-
rable; pero subsisten durante algun tiempo,
y
sólo se
inutilizan al cabo de cierto número de producciones.
Analícense las operaciones de las demas industrias,
y
se observará el mismo fenómeno.
Toda produccion implica, pues, la destruccion total
de algunos
capitales, y
parcial de otros. Llamaremos á
los primeros
capitales permanentes, y
á los segundos
capitales transitorios (1).
Son
capitales permanentes
las construcciones indus-
triales, las máquinas y las aptitudes.
Son
capitales transitorios
las provisiones, las mate-
rias primeras
y
las materias auxiliares.
Unos
y
otros concurren á la produccion en propor-
ciones diversas, segun las industrias á que se aplican;
es decir, que hay industrias que
,
exigen más
capital
per-
manente que transitorio, viceversa. Entre las pri-
meras, citarémos las filaturas de algodon ; entre las se-
gundas, las tiendas de especias: el
capital
transitorio
predomina en el comercio; el
capital
permanente en
las manufacturas y las fábricas.
Ahora conviene observar que todo
capital
se forma
por el ahorro, es decir, reservando el producto en todo
en parte para aplicarlo á una nueva produccion, por-
que en efecto, si todos los que producen
y
los que viven
del trabajo de los demas, no reservasen nada con dicho
objeto, el
capital
no existiria,
ó
por lo ménos no se au-
(1)
Capitales fijos
y
capitales circulantes ó reproductivos
de los au-
tores.
— 85 —
mentaria nunca. Las personas
e
mismas que gastan en
su subsistencia todo lo que producen, economizan por
lo ménos la parte que constituye sus
provisiones,
la
fraccion de producto que necesitan para subsistir hasta,
que hagan una nueva operacion productiva. Hay, pues,
ahorro áun en este estado económico , que es el más
sencillo
y
rudimentario, puesto que las personas de que
se trata producen más de lo que gastan,
ó
gastan mé-
nos de lo que producen, y podemos afirmar, sin temor
de equivocarnos, que todo
capital
es el resultado del
¿horro.
El
capital,
sin embargo, dice Stuart Mill (1), se man-
tiene, más que por la conservacion, por la reproduccion
continua. La mayor parte de la riqueza que posee hoy
una nacion cualquiera, ha sido producida en el trans-
curso del ario. Sólo una pequeña porcion de ella existia
ya hace tiempo; por ejemplo, los edificios, las naves,
las máquinas, las vial cae comunicacion ,
y
aun estos
objetos hubieran perecido si no se hubiese cuidado de
repararlos oportunamente. Todos los demas se destru-
yen por el uso mismo á que se los destina, ó por mejor
decir cambian de forma en virtud de este uso, desapa-
reciendo
y
reapareciendo en cada opera clon productiva.
Sucede con el
capital
lo mismo que con la poblacion:
todos los anos muere cierto número de individuos, pero
nacen otros tantos, poco más ó ménos, y la especie se
perpetúa, áun cuando gran parte de los que la compo-
nen no cuente un dia de existencia.
Esta reproduccion continua del capital explica, se-
gun el autor ya citado (2), la rapidez con que una na-
cien repara los estragos de que ha sido víctima, ya sea
por un temblor de tierra, por una inundacion, por un
huracau, ó lo que es peor todavía, por la guerra. Un
(1)
Principios de Economía política,
Lib. 1, Cap. V, Párrafo 6.
(2)
'bid.
Lib. 1, Cap. V, Párrafo 7.
— 86 —
enemigo invade á sangre
y
fuego un país, se lleva la
riqueza que puede,
y
quema ó destruye el resto. Los
habitantes huyen, se ven reducidos á la miseria,
y
sin_
embargo, al cabo de algunos anos el país recobra su
aspecto ordinario,
y
no queda ni vestigios de la cala-
midad pasada. ¿Por qué? Porque lo que ha destruido el
enemigo estaba destinado á la destruccion,
y
la riqueza
que los habitantes reproducen tan rápidamente, hubie-
ran tenido que reproducirla del mismo modo. Toda la
diferencia consiste en que durante la reproduccion no
han podido vivir sobre el producto anterior,
y
han te-
nido que imponerse mayores privaciones; pero como la
poblacion subsiste, encuentra en su inteligencia, que
conserva todavía; en sus tierras, que no han perdido la
fertilidad; en sus construcciones industriales, que no
han desaparecido completamente, todo lo que necesita
para producir y reparar pronto sus pérdidas.
El
capital,
segun Flórez Estrada (1), contribuye de
cuatro modos á facilitar la produccion:
1.° Multiplicando los empleos del trabajador.
2.° Disminuyendo la intensidad del trabajo.
3.° Aumentando los productos.
4.° Perfeccionándolos.
Multiplica los empleos del trabajador, porque, no
funcionando el
capital
por sí mismo, cada aplicacion
de él necesita una nueva aplicacion de la fuerza
y
la
inteligencia del hombre. Así, por ejemplo, se emplean
más brazos en la locomocion hoy, que se hace por el
vapor
y
la fuerza animal, que cuando se verificaba lle-
vando él porteador á cuestas las mercancías.
Disminuye la intensidad del trabajo, porque, auxi-
liándole en la produccion, el
capital
se encarga de una
parte más ó ménos grande de la tarea que el trabajo
debia desempenar. Así se trabaja ménos para preparar
(1)
Curso de Economía política,
Parte I, Cap. V.
— 87 —
una fanega de tierra á la siembra cuando se labra
'
con
el arado que cuando se remueve con un palo puntiagu-
do, corno hacen los salvajes.
Aumenta los productos, porque, sin el
capital,
no
podría obtenerse la mayor parte de los que, gracias á
su ayuda, adquirirnos. No cogeríamos el trigo en los
países donde no se cria espontáneamente, sin tener de
antemano semilla; no cortariamos un árbol ni haría-
mos con él una mesa, sín poseer antes un hacha, una
sierra, etc.
Perfecciona los productos, porque les comunica cua-
lidades
y
formas de que el trabajo, por sí solo, no hu-
biera podido dotarlos nunca. El algodon, por ejemplo,
podria hilarse á mano, como se hacía hasta el último
tercio del siglo pasado; pero, con las máquinas inven-
tadas por Arkwright, ademas de hilarse una cantidad
mil veces mayor que con el huso comun, se obtiene un
hilo de una finura é igualdad que no era posible lograr
con este instrumento.
Tales son los efectos de la intervencion del
capital
en las operaciones productivas: por ellos puede juzgar-
se de la influencia que tiene en el desarrollo de la in-
dustria
y
en la conclicion de los pueblos.
Bastiat afirma (1) que el progreso de la humanidad
coincide con la rápida formacion de los capitales;
y
en
efecto, todo nuevo
capital
supone un obstáculo de la
naturaleza vencido, una fuerza física domada, una dis-
minucion de esfuerzo
y
de sufrimiento por parte del
hombre, ó lo que es lo mismo, un aununto de sus go-
ces, una satisfaccion más amplia de sus necesidades.
Baudrillart sostiene (2) que la cantidad de
capital y
no la de riqueza es la que determina el estado de civi-
lizacion de un país cualquiera; porque la riqueza acu-
(1)
Armonías económicas,
Cap. VII.
(2)
Manual de Economía política,
Parte II, Cap. IV, Párrafo
1.
— 88 —
mulada bajo diversas formas no significa más que la
economía de las generaciones pasadas, miéntras que el
capital
atestigua, la actividad de la generacion presen-
te. Con grandes riquezas un pueblo puede vivir en el
ocio y el embrutecimiento: los grandes capitales son
una prueba de laboriosidad
y
de inteligencia.
Por último, Coq uelin observa (1) que, conforme el
capital aumenta, la industria se abre nuevas vias y áun
en las ya conocidas procede de una manera más amplia
y
más provechosa. Compárese, si no, bajo este punto de
vista, la situacion de la Inglaterra
y
los Estados Uni-
dos, tan ricos en capitales, con la de la mayor parte de
los pueblos del continente europeo, tan desprovistos
generalmente de ellos. El espíritu de empresa es acti-
vo en la primera de las naciones citadas, y más aún en
la segunda; la agricultura y la industria manufactu-
rera cuentan allí con los mejores instrumentos que se
conocen; el trabajo opera en las mejores condiciones
posibles, y los sudores del hombre, sus aptitudes, sus
conocimientos, no se emplean nunca inútilmente.
§ 2.°
DEL CAPITAL-TIERRA.--Hemos
enumerado en-
tre los capitales las tierras
y
las aguas, considerándo-
las como productos destinados á la reproduccion; y sin
embargo, la mayor parte de los economistas les nie-
gan este carácter, creyendo que concurren á las ope-
raciones productivas sin preparacion alguna, esto es,
que para contribuir á la produccion no necesitan án-
tes, como los
capitales,
ser apropiadas por el trabajo,
convertidas en productos, ó bien que esta apropiacion
se verifica sin esfuerzo, sin dificultad alguna para el
hombre.
De aquí el haber hecho de las tierras y las aguas
un elemento productivo especial, distinto de los
capi-
tales y
del
trabajo, que los autores llaman, como ya
(1)
Diccionario de Economía política,
Art.
Capital.
-- 89
dijimos oportunamente (1),
agentes naturales apropia-
dos,
para que no se confundan con el viento, la lluvia,
el calórico, la electricidad y otras fuerzas de la Na-
turaleza, no susceptibles segun ellos de apropiacion,
y que por lo mismo califican de
agentes naturales no
apropiados.
De aquí Cambien el haber atribuido á las tierras
y
las aguas una virtud propia, peculiar, privativa de es-
tas sustancias, y que no se encuentra en los demas
elementos de la produccion, ni en el trabajo, ni en el
capital, tal
como los partidarios de esta doctrina le
conciben, esto es, bajo la forma de máquinas, de ins-
trumentos, de edificios, de provisiones y de primeras
materias; virtud que A. Smith llama
potencia indes-
tructible
del terreno; Ricardo,
facultades productivas,
primitivas
e
imperecederas
de la tierra; Considerant,
capital primitivo
é increado;
H.
Passy,
, fuerzas ó facul-
tades naturalmente productivas,
etc.
Ahora bien, este es un error gravísimo que convie-
ne destruir antes de pasar adelante.
En primer lugar, las tierras
y
las aguas, en su es-
tado nativo, no tienen más virtud productiva que los
demas objetos ó fuerzas de la Naturaleza. Son elemen-
tos que ayudan al hombre en la produccion, del mismo
modo y con el mismo título que el viento, la lluvia,
el calórico, la electricidad, la afinidad, la gravita-
cion, etc. Producen si se combina con ellos, si viene en
su auxilio
y
les presta su concurso la actividad huma-
na; de lo contrario, son absolutamente improductivos:
tienen, como todas las cosas, una utilidad natural ab-
soluta; pero esta utilidad, ni más ni ménos que la que
encierra el Universo todo, no se revela para el hombre,
no se hace para él efectiva, sino por la intervencion
del trabajo.
(1) Véase el Cap. II de este libro.
— 90 —
Se dirá: las tierras
y
lás
aguas pueden considerarse
como una máquina de produccion, completamente for-
mada por la Naturaleza, puesto que en su estado nati-
vo convidan ya al hombre con sus frutos espontáneos,
con los minerales, vegetales
y
animales que encierran
en su seno ó brotan en su superficie,
y
aunque para
apoderarse de ellos tiene que intervenir el trabajo,
tambien intervienen para producirlos las tierras y las
aguas; de modo que sor dos los elementos de esta pro-
duccion, á saber: la madre tierra, la materia terrestre,
las dos sustancias que constituyen nuestro globo, y la
actividad humana; por consiguiente, las tierras y las
aguas hacen aeldi las veces de un
capital
especial, á
cuya forrnacion no ha contribuido el trabajo, que nada
tiene de comun con los denlas capitales y al cual po-
dríamos llamar
capital no producido ,
ó bien
capital
primitivo, capital natural, capital increado,
para va-
lernos del lenguaje mismo de los autores.
Toda esta argumenta cion se apoya en la confusion
de dos ideas distintas: productividad
y fecundidad.
Sin
duda que la tierra, considerada en conjunto, es fecun-
da , por cuanto da origen naturalmente , sin que el
hombre ponga nada de su parte, á una porcion de se-
res más ó ménos útiles para el hombre mismo; pero á
este título lo son igualmente el aire, la luz, la hume-
dad,
y
todas las demas fuerzas físicas
y
químicas que
con la tierra contribuyen al nacimiento de esos seres,
y
sin cuyo concurso no se verificaría. El calórico, sobre
todo, puede considerarse como el elemento más fecun-
do de la Naturaleza, puesto que, cuando no obra con
cierta intensidad, la tierra misma se hace estéril é in-
capaz de sus más preciosos frutos, como se ve en las
zonas polares
y
en la region de las nieves perpetuas,
donde cesa toda vegetacion,
y
parece como que se es-
conde, que se hunde la vida en las
entran
-
as
de nuestro
planeta.
— 91 —
Pero si la tierra es fecunda,
no por esto
puede de-
cirse que sea por sí sola productiva. Producir no es fa-
vorecer directamente el desarrollo orgánico de los gér-
menes que Dios ha depositado en el globo terrestre,
como hacen la tierra, las aguas
y
todos las agentes na-
turales: en este sentido no sería productivo el trabajo,
el cual no puede hacer otra cosa que dirigir
y
endere-
zar á un fin dado la accion de tales agentes: la produc-
cion, como ya hemos dicho (1), consiste en la apropia-
cion, en la asimilacion á nuestro organismo de todo lo
que es útil para su perfeccionamiento, de todo lo que
puede servir á la satisfaccion de las necesidades hu-
manas.
Las tierras y las aguas, en su estado nativo, ¿apro-
pian por sí mismas los objetos útiles que contienen?
No: porque no son las tierras, sino sus frutos espontá-
neos, los vegetales, minerales
y
animales que existen
en su superficie ó en su seno, los que, ayudados del tra-
bajo, cubren nuestra desnudez ó sacian nuestra ham-
bre; no son las aguas, sino algunas gotas de este líqui-
do, las que, con el auxilio del mismo elemento produc-
tivo, vienen á apagar la sed de nuestros labios. Luego
ni las tierras ni las aguas tienen por sí solas
producti-
vidad natural
alguna; luego no son un capital
tivo
é
inmado,
como dicen algunos economistas.
Más claro. El hombre que produce, por ejemplo,
una bellota, no se sirve para esta produccion del terre-
no en que el fruto ha brotado, sino de la bellota misma
pendiente del árbol
y
del esfuerzo de sus brazos, que la
arrancan de las ramas y se la. acercan á la boca. ¿Y por
qué no se sirve del terreno? Porque no ha hecho nin-
gun trabajo en él, porque no ha modificado su consti-
tucion física, porque no ha alterado en nada sus pro-
piedades, porque no le ha apropiado para la satisfac-
(1) Véase el Cap. I de este libro.
— 92 --
cion de las necesidades humanas; no ha hecho más que
apropiar la bellota. Decir que en la confeccion de este
producto, corno tal producto, entra por algo el terreno
en que se cric, sólo porque la encina es una dependen-
cia del mismo, valdria tanto como sostener que concur-
re á la produccion de la bellota todo el globo terrestre,
puesto que de él forma parte ese terreno
y
no puede
existir el uno sin el otro.
De igual manera, el aguador, que produce un cán-
taro de agua del rio, no se sirve, para obtener el pro-
ducto, del mismo rio de donde torna el agua, sino de
cierta cantidad de este líquido, del cántaro y de la ac-
cion de sus músculos; porque no aplica su trabajo al
rio, no varia su cauce, no tuerce su curso, no introduce
en él modificacion alguna. Y si se admitiera lo contra-
rio, si se considerase el rio como un elemento produc-
tivo del cántaro de agua, en atencion á que el segundo
procede del primero, con la misma razon deberian con-
siderarse como otros tantos elementos de esta produc-
cion los manantiales donde ese rio tuviese origen, las
lluvias que, filtrándose en la tierra, hubieran formado
el manantial, las nubes que descargaron las lluvias,
y
los vapores de que se formaron las nubes.
Lo repetimos: ni las tierras que forman la superficie
del Globo, ni las masas de agua que cubren una gran
parte de la misma, concurren nunca á la produccion
de un modo directo; sino que,
como
todos los
capitales,
necesitan ántes ser apropiadas, convertidas en produc-
to; necesitan recibir, y en efecto reciben, ciertas modi-
ficaciones, sin las cuales no tendrían la aptitud que re-
quiere el uso á que se las destina.
Estas modificaciones son, respecto de las tierras, la
ocupacion,
el
desmonte y
la
roturacion;
respecto de las
aguas, la
ocupacion
y el
encauzamiento.
Las tierras, en efecto, no pueden ponerse en cultivo
sin establecer en sus inmediaciones algunos medios de
— 93 --
defensa, sin acotarlas por medio de ciertas señales, ro-
dearlas de una cerca, construir junto á ellas edificios
de explotacion, abrir senderos que conduzcan al sitio
en que se hallen, etc., etc.
Las aguas no pueden tampoco servir de motores ó
emplearse para el riego
y
la navegacion, sin que pre-
ceda la toma de posesion efectiva de ellas con la adop-
cion de algunas medidas, que las defiendan é impidan
su aprovechamiento por otras personas.
Esto es lo que se llama
ocupaCion:
Pero aún no basta, por lo comun, semejante tra-
bajo para hacer concurrir á la produccion las aguas y
las tierras; todavía falta dar direccion á las primeras,
abrirles un hoyo prolongado por donde corran al pun-
to que se desee, ó lo que es lo mismo,
encauzarlas;
aún
es preciso limpiar las segundas de las plantas nocivas,
de los
detritus
de la vegetacion que las cubren, dese-
car los pantanos que las inundan, romper su seno con
el arado ó la azada; en una palabra,
desmontarlas y
roturarlas.
Todas estas operaciones, ejecutadas en parte por los
mismos propietarios, en parte por el Gobierno con los
fondos que ellos le suministran como contribuyentes,
constituyen una verdadera
capitalizacion
de las tierras
y las aguas, puesto que las
apropian,
las convierten en
productos destinados á una produccion ulterior, que es
el carácter de todos los
capitales.
No hay tierra alguna que no haya sido ocupada,
desmontada
y
roturada; no hay tampoco aguas que no
hayan sido ocupadas y encauzadas, antes de emplearse
directamente como elementos productivos. El encau-
zamiento, el desmonte y la roturacion son operaciones
que se ejecutan diariamente á nuestra vista; porque
todos los dias se están poniendo en cultivo montes
y
prados, todos los dias se están haciendo derivaciones de
los ríos, y el más rudo labriego sabe que, para lo pri-
— 94
mero, se empieza por desmontar
y
roturar las tierras;
para lo segundo, por dar á las aguas un cauce por don-
de puedan correr á su destino.
Lo que no podernos observar en Europa es la ocu-
pacion, porque hace tiempo que tanto las tierras como
las aguas se hallan ocupadas en esta parte del Mundo.
Pero trasladémonos por un momento á la época de las
primeras inmilTaciones, de las primeras tribus que vi-
nieron del Asia á poblar nuestros climas ,
y
verémos
cuántos esfuerzos, cuántos sacrificios, qué duros
y
pe-
nosos trabajos debieron hacer para tomar posesion de
las tierras
y
las aguas. Emprender un largo viaje en
el cual perecerian muchos de sus individuos; abrirse
paso á traves de los bosques que cubrian la tierra vir-
gen; atravesar á nado quizás los lagos
y
los ríos; sufrir
los rigores de un clima insalubre; levantar chozas en
que albergarse; defenderse, en fin, de las fieras
y
de las
tribus enemigas, ¿no es todo esto bastante para cons-
tituir una verdadera apropiacion de las tierras
y
las
aguas? Pues recordemos el establecimiento en las cos-
tas de Italia y de Esparia de las colonias venidas de la
Grecia, de Tiro
y
de Cartago; abramos la historia de la
invasion de los Suevos, los Godos, los Vándalos
y
los
Alanos, y nos convencerémos de que tuvieron que eje-
cutar las mismas ó análogas operaciones. Y no se diga
que la ocupador' hecha por estos pueblos fué una con-
quista, una usurpacion violenta, puesto que las tierras
y
las aguas de Europa se hallaban ya á su venida ocu-
padas por los indígenas,
y
que la fuerza no puede nun-
ca considerarse como un título legítimo de apropia-
cion: nosotros prescindirnos aquí de la legitimidad ó
ilegitimidad del hecho , que , sin embargo , tiene su
prescripcioa jurídica,
y
nos limitamos á consignarle
como un argumento histórico en favor de la teoría eco-
nómica.
¿Qué sucedió, por otra parte, en el descubrimiento
— 95 —
del Nuevo Mundo? Millares de aventureros, siguiendo
las huellas de Cristóbal Colon, se lanzaron al Océano
en busca de nuevas tierras. Los trabajos de la ocupa-
cion, dice Molinari (1), eran entónces objeto de una in-
dustria especial que ejercían los descubridores, cedien-
do al Gobierno de su país, en cambio de honores y
pensiones, las tierras ocupadas; y como éste no poseia
los recursos necesarios para el desmonte y la rotura-
cion, las vendia despues en lotes más ó ménos conside-
rables álas personas que querian cultivarlas.
Se ve, pues, que las tierras y las aguas son unos
verdaderos productos debidos al trabajo del hombre:
sólo que no se emplean directamente en satisfacer sus
necesidades, sino que se destinan á la produccion,
y
por esta razon pueden
y
deben comprenderse entre los
capitales.
§ 3.°
DEL CAPITAL - IVIkQUINAS. Hemos
dado este
nombre á todos los instrumentos, animados é inanima-
dos, que sirven para auxiliar el trabajo, y los hemos in-
cluido entre las diversas clases de capital. Participan,
pues, como es natural, de todas las virtudes de éste,
y
no solamente multiplican los empleos del trabajador,
sino que disminuyen la intensidad del trabajo,
y
au-
mentan
y
perfeccionan los productos; pero todavía estas
virtudes son más palpables en las
maquinas
que en los
demas capitales.
Las máquinas, en efecto, utilizando las fuerzas de
la Naturaleza, producen más, mejor
y
más barato que
el hombre auxiliado sólo de sus brazos. En comproba-
cion de esta verdad, citarémos algunos ejemplos que to-
mamos del
Diccionario de la Economía política (2).
Segun Hornero, doce mujeres estaban constantemen-
te ocupadas en casa de Penélope, la reina de Itaca, en
(1)
Curso de Economía política,
Leccion XIII.
(2)
Art.
Máquinas.
— 96 —
moler el grano necesario para la familia; miéntras que
ahora el molino de agua más sencillo muele en un día
tanto como ciento cincuenta hombres. Funcionando
este molino 300 dias al ario, cuesta unos 40 reales dia-
rios; miéntras que los hombres, á razon de 6 reales de
jornal cada uno, costarian al ménos 900 reales. Resulta,
pues, una economía de 860 reales diarios.
En los Pirineos, donde se ha conservado el método
antiguo de fabricacion del hierro
y sé encuentran to-
davía forjas análogas á las que han debido usarse en
tiempos muy remotos, puede calcularse aproximada-
mente que la cantidad de hierro correspondiente al tra-
bajo diario de un hombre, con esas forjas, es de unos 6
kilógramos. Pues bien, la industria moderna ha cons-
truido altos hornos, que son verdaderos edificios, y que
pueden dar de 3 á 5.000 kilógramos de fundicion con el
carbon de leña,
y
de 10 á 18.000 con el coke ; de modo
que cada obrero produce diariamente unos 150.000 ki--
lógramos de hierro, ó lo que es lo mismo, veinticinco
veces más que en las antiguas forjas.
Hace ménos de un siglo, las fábricas inglesas de al-
godon no alimentaban más que el consumo interior,
que era por término medio un decímetro de tela por
individuo: ahora dan de 16 á 18 metros
y
exportan
cantidades considerables. Los precios bajan todos los
dias: hoy son cinco veces menores que hace veinticin-
co arios,
y
doce veces menores que hace cincuenta. Ese
tejido suave, Cómodo, elegante, antes tan caro
y
tan
poco comun, está ya al alcance de todas las fortunas;
una gran metamorfósis se ha verificado en la vida do-
méstica; el gusto
y
el hábito del aseo se han generali-
zado en Inglaterra; es casi una revolucion en las cos-
tumbres.
Nadie ignora estos ó parecidos hechos,
y
así es
que
no se niegan los prodigiosos efectos de las máquinas ni
la
economía de fuerzas productivas que se obtiene
de
— 97
ellas, pero se dice: esta economía de los unos está com-
pensada con la pérdida de los otros, y en último térmi-
no la sociedad se empobrece tanto cuanto importa el
trabajo economizado por la máquina, y de que se priva
á los operarios á quienes aquélla deja sin empleo.
Por manera que, segun esta singular teoría, la so-
ciedad es tanto más pobre cuantas más máquinas hay,
ó lo que viene á ser lo mismo, cuanto más adelantada
se halla—porque toda máquina supone un adelanto, un
progreso intelectual por lo ménos—y el dia en que las
máquinas libren al hombre de la mayor suma de tra-
bajo posible, es decir, en que la humanidad haya lle-
gado. á la mayor suma de perfeccion que le es dado al-
canzar en la tierra, aquel dia será tambien el de su ma-
yor miseria.
Tan absurdas deducciones han hecho vacilar á los
adversarios de las máquinas.; pero, no convencidos to-
davía de su error, han reproducido por boca de Sis-
mondi (1), la misma objecion con algunas modificacio-
nes. Ya no sostienen que las máquinas sean siempre
perjudiciales; ya admiten que cuando el consumo exce-
de á los medios de producir, se hace un beneficio á lá
sociedad con cada nueva invencion que aumente estos
medios; pero persisten en creer que cuando la produc-
cion basta para satisfacer las necesidades ordinarias,
toda invencion es una verdadera calamidad pública.
Ahora bien, este razonamiento cae por tierra con
sólo observar que las necesidades, como ya oportuna-
mente dijimos (2), no son una cantidad fija é inmuta-
ble, y por consiguiente que el caso en que se consideran
como ventajosas las máquinas, aquél en que la produc-
cion no alcance á abastecer el consumo, es precisamen-
te el más general, el que sucede todos los dias.
(1)
Nuevos principios de Economía política,
T01310 1,
Cap. Vi.
(2)
Véase el Cap. 1 de este. libro.
--- 98
Cierto, dice á este propósito
J. B.
Say (1), que las
máquinas dejan por de pronto sin empleo una porcion
de brazos; pero reduciendo el coste de los productos,
haciendo descender su precio, dan lugar á un aumento
de consumo, el cual á su vez reclama un aumento de
produccion indefinida, de donde resulta que al cabo de
algun tiempo, no sólo dan trabajo á tantos operarios
como se empleaban ántes de introducirse aquéllas, sino
á un número mucho mayor, de modo que son un bien
para la sociedad en general, al mismo tiempo que para
la clase trabajadora. En apoyo de este raciocinio, in-
voca J. B. Say el desarrollo de dos grandes industrias,
bien modestas en sus principios, pero que por la apii-
cacion de la maquinaria han llegado á ser el tronco de
un sinnúmero de ramas, ocupando mil veces más bra-
zos que ántes: estas dos industrias son la imprenta
y
las filateras. Podrian citarse otras muchas
y
probar
con la estadística en la mano que, al cabo de cierto
tiempo, toda industria nueva da ocupacion, ya directa,
ya indirectamente, á un número de trabajadores mucho
mayor que la que ha venido á reemplazar en el mundo
económico.
Siempre será , sin embargo , la dernostracion de
J. B. Say incompleta; porque, partiendo del principio
de que la introduccion de una máquina ha de dar lugar
á un aumento de consumo, podria deducirse de aquí
que en el caso, rarísimo á la verdad, de que este aumen-
to no se obtuviese, la máquina perjudicaria á los tra-
bajadores, siendo así que de todos modos los favorece,
proporcionando á la sociedad ocasion de economizar el
capital necesario para mantener el trabajo excedente;
de modo que si ademas abarata los productos
y
aumen-
ta por consiguiente su venta
y
activa así la produc-
cion, haciendo surgir nuevas industrias, ésta será una
(1)
Tratado de Economía política,
Parte I.
— 99 —
circunstancia que deberá tenerse en cuenta para apre-
ciar la importancia de la maquinaria, pero no una con-
dicion absoluta sin la cual hayan de malograrse los
efectos de aquélla.
Fié aquí lo que ha demostrado Bastiat hasta la evi-
dencia con el siguiente raciocinio (1):
El productor que se vale de una máquina ahorra,
es verdad, una parte del trabajo que para obtener
igual cantidad de productos empleaba antes de ser-
virse de ella,
y
deja por consiguiente sin empleo á cier-
to número de trabajadores; pero tambien ahorra todo
el capital con que pagaba á éstos,
y
ese capital no le
tira por la ventana, no le esconde regularmente debajo
de tierra, sino que le destina, ó bien á aumentar su
produccion, ó bien á proporcionarse mayores comodi-
dades. En uno
y
otro caso tiene que emplear tantos
operarios,
ó
lo que es lo mismo, tanto trabajo como
habla economizado. ¿Dónde está aquí la pérdida para
la sociedad ni para los trabajadores? Lo único que ha
habido es la traslacion de cierta porcion de trabajo de
una industria á otra.
Más claro: Juan gastaba, por ejemplo, dos duros en
pagar los jornales de cuatro hombres que necesitaba
para obtener un producto. Inventa un aparato, por me
dio del cual puede obtenerle
Con
dos hombres,
y
despi-
de á los dos restantes. Pero entónces ya no gasta más
que un duro; le queda otro,
y
con él compra ó fabrica
por sí mismo un nuevo producto; es decir, emplea el
duro sobrante en dos jornales que se necesitan para.
obtener este producto. La sociedad, pues, léjos de ha-
berse empobrecido, se enriquece en un duro, ó lo que
es igual, en el producto que con ese duro se compra ó
se fabrica
y
que sin él no existiría.
Se dirá: pelo el primer efecto de la invencion de
(1)
Lo que se ve y lo que no se ve,
A
rt.
Máquinas.
— 100 —
una máquina es siempre dejar sin empleo á cierto nú-
nlero de trabajadores, aunque sea para dársele á otros;
'causar una dislocacion de trabajo, funesta en último
resultado á la clase jornalera. Cierto, no puede negarse
este inconveniente, comun á todas las reformas; pero
¿qué institucion humana carece de ellos? El problema
económico no consiste en poseer lo bueno en absoluto,
porque esto no es dado al hombre alcanzarlo nunca,
sino en hallar lo que presente menor suma de males,.
siendo el mal inherente á nuestra flaca naturaleza.
Por otra parte, hay una porcion de circunstancias
capaces de atenuar
y
que atenúan, en efecto, los in-
convenientes que, por el pronto, pueden resultar de las
maquinas.
Hé aquí cómo las enumera J. Garnier (1):
L
a
Las
máquinas,
en general, son caras,
y
esto, si
no impide, retarda por lo ménos el momento de su apli-
cacion, como puede verse en la historia de la mayor
parte de las industrias.
2.
a
El espíritu de rutina, la resistencia á las inno-
vaciones, el temor de perder los capitales, hacen tam-
bien lenta
y
gradual la invencion de las
máquinas.
3.' A medida que las artes se perfeccionan , la in-
vencion de las
máquinas
es más difícil.
En resúmen, concluye el citado economista, la so-
ciedad obtiene de toda reforma mecánica más satisfac-
ciones con ménos esfuerzos; los progresos de la indus-
tria no tardan en curar los males individuales que
resultan á veces de la dislocacion del trabajo,
y
final-
mente, estos males no pueden compararse con las gran-
des ventajas que los neutralizan ó los compensan.
(1)
Diccionario de la Economía politica,
Art.
Máquinas.
V
I
De la produccion.
§ 1.° CONSIDERACIONES GENERALES.—La facultad
de
sacar algo de la nada está reservada á Dios: al hombre
no le es dado crear, ni la sustancia, ya sea material ó
inmaterial, ni sus cualidades esenciales. Lo único que
puede hacer es emplearlas para el bien, dirigirlas al
cumplimiento de los altos fines á que está destinado,
aplicarlas á su bienestar, á su perfeccionamiento; en
una palabra, asimilárselas ó
apropiárselas.
La produccion, pues, no consiste en la creacion de
materia, ni mucho ménos en la de sustancia, ni siquie-
ra en la de utilidad, que, segun oportunamente diji-
mos (1), es una cualidad esencial de los objetos natura-
les, sino en su
qpropiacio2b,
por medio del trabajo, para
la satisfaccion de las necesidades humanas.
El labrador que cultiva su campo, no crea las mie-
ses, no hace más que combinar la semilla con las fuer-
zas físicas, el calórico, la lluvia, los jugos de la tier-
ra, etc , etc.; lo denlas lo pone la Naturaleza.
El maestro que enseña á su discípulo, no crea tam-
poco
su
inteligencia, se limita á modificarla, de mane-
(1) Véase el Cap. III de este libro.
— 102 —
ra que pueda percibir mejor las impresiones de los ob-
jetos exteriores, etc.
Y sin embargo, tanto el uno como el otro
producen,
porque tanto el uno como el otro
apropian,
el primero
la tierra, y el segundo el espíritu, que en este caso son
los agentes naturales, para la satisfaccion de, ciertas
necesidades.
¿Cómo se verifica esta apropiacion? Stuart ha
tratado de explicarla, diciendo que se reduce á colocar
los cuerpos de modo que, por las fuerzas de que están
dotados, obren ya sobre si mismos, ya sobre los (lemas;
tal es, segun él, la única parte que el hombre torna ó
puede tornar en las operaciones productivas, el único
imperio que tiene sobre la Naturaleza: no hace más que
mover un cuerpo hácia, otro ó separarlos. Mueve un
grano de trigo hácia la tierra,
y
las fuerzas naturales
de la vegetacion producen sucesivamente una raíz, un
tronco, un árbol, hojas, flores
y
frutos: mueve un hacha
hácia un árbol,
y
el árbol cae por la fuerza de la gravi-
tacion: mueve una chispa hácia el combustible,
y
éste
se enciende, funde
.y
ablanda el hierro, cuece los ali-
mentos, etc. (1).
Pero esta explicacion, aunque plausible é ingeniosa,
es á todas luces insuficiente, puesto que sólo se refiere á
la produccion material. La inmaterial, la más impor-
tante, sin duda alguna, pasa para Stuart Mill comple-
tamente desapercibida, á por mejor decir, hace de ella
caso omiso. Y es que, si bien se examina, la obra de la
produccion constituye uno de tantos misterios de la
creacion: el fenómeno se verifica entre la fuerza aními-
ca del trabajador
y
el objeto en que se ejerce; es, como
se ha dicho muy bien por un escritor, la comunion del
hombre
y
la Naturaleza.
§ 2.°
COÑDICIONES DE LA. PRODUCCION.—De todos MO-
.
(1)
Principios de Economía política,
Lib. 1, Cap. E, Párrafo 2.
— 103 —
dos, una vez preparados
y
puestos en accion les elemen-
tos productivos, es preciso, para que la
produccion
se
verifique, reunirlos, combinarlos en ciertas proporcio-
nes, segun la índole de la operacion á que concurran.
Supongamos que se trata de producir mil fanegas de
trigo; se necesitará cierto número de trabajadores, ani-
males de tiro é instrumentos aratorios, cierta extension
de tierra, cierta cantidad de abono, de simiente, de ca-
lor
y
de lluvia. Si alguno de estos elementos sobra, el
exceso será inútil, cuando no perjudicial; si concurren,
por ejemplo, más brazos de los necesarios, una parte de
ellos quedará sin empleo, ó en caso de emplearse todos,
la produccion
no se verificará con la regularidad debida.
Hay, pues, como se ve, una proporcion
natural y ne-
cesaria
entre los elementos productivos (1).
Esta proporcion no es igual en todas las clases de
producción, sino que difiere notablemente en cada una
de ellas. Comparemos los elementos productivos de la
produccion agrícola, que acabamos de examinar, con
los que requiere la locomocion por el vapor,
y
encon-
trarémos que en la primera se érnplea más trabajo que
capital, miéntras que en la segunda sucede todo lo con-
trario. ¿Se trata, por ejemplo, dice Roscher (2) de la
cria del ganado? Si éste pasta en praderas naturales, el
trabajo apénas entra en la produccion, el terreno lo ha-
ce casi todo: así es que los paises de vasta extension y
poco poblados son los que más convienen para la gana-
dería. Pero cuando, por el contrario, escasea la tierra,
como sucede en las poblaciones numerosas, la activi-
dad del hombre se dirige con preferencia hacia aquellos
ramos de la industria que exigen principalmente otros
capitales, á las fábricas, los oficios, las nobles artes, etc.
Hay más: la proporcion de los elementos producti-
(1)
IVIolinari,
Curso de Economia política,
Leccion 11.
(2)
Principios de
Economia politica,
Lib. 1, Cap. 1, Párrafo 47.
— 104 —
vos se modifica en una misma produccion por la influen-
cia, del tiempo y del progreso. Así, en las primeras eda-
des, cuando el hombre vive de frutas silvestres, raíces
ó
moluscos, la produccion alimenticia no exige el con-
curso de ningun capital, bastándole en rigor el del tra-
bajo
y'
los agentes naturales, al paso que para obtener
nuestro alimento por medio de la agricultura se nece-
sita ya relativamente un capital considerable.
reunion en ciertas proporciones de los elementos
productivos es el primer carácter de la produccion: el
segundo es la
dsivision del trabajo,
la separacion de las
operaciones productivas, ó para adoptar una definicion
más filosófica, la descomposicion del esfuerzo humano
en géneros y especies, de modo que en todas y cada una
de sus funciones haya unidad, variedad y armonía, que
son las tres condiciones del arte.
En efecto, si dirigimos, dice Molinari (I), una ojeada
al hombre
y
al medio en que se halla colocado, echaré-
mos de ver: 1.
0
que nuestras facultades son esencialmen-
te diversas, de donde resulta que cada individuo es más
apto para ejecutar ciertas operaciones de la produccion
que otras; 2.° que no hay region alguna del Globo que
posea todos los elementos necesarios para todos los
gé-
neros
de produccion, sino que, por el contrario, cada
region abunda en ciertos elementos y carece de los de-
mas, en términos que un producto, fácil de obtener en
algunas de ellas, sería absolutamente inasequible en
otras.
La division del trabajo
se funda, pues, en la consti-
tucion misma del hombre y del globo que habita,
y
no,
como dijo A. Smith, en una inclinacion de aquél á hacer
trueques ó cambios. El verdadero principio de la sepa-
ra cion de las ocupaciones industriales está en la unidad
y
limitacion de nuestra inteligencia, cuya atencion no
{1) Loco citato.
-- 105 —
puede dirigirse sobre várias ideas al mismo tiempo.
Y
corno, por otra parte, el objeto del trabajo es inmenso
y
sus aplicaciones innumerables, la produccion, sería ne-
cesariamente sucesiva, lenta
y
exigua, si se encomen-
dase á cada hombre aisladamente, al paso que, verifi-
cándose por el concurso de muchos, se hace simultánea,
activa y fecunda.
La
clivision, del trabajo
nace de una manera natural
y espontánea en la familia primero, despues en la tribu,
en la nacion,
y
por último entre los pueblos todos de la
Tierra. El hombre, como más robusto y valiente, se en-
carga de ir á coger en los bosques
y
extraer del seno de
las aguas las raíces, los frutos silvestres, la caza ó la
pesca necesarios para el sustento comun, miéntras la
mujer prepara la comida y se ocupa en las ciernas fae-
nas domésticas. Bien pronto se forman grupos distintos
de cazadores, pescadores, etc., para ayudarse mutua-
mente en sus expediciones: unos hombres se dedican,
por ejemplo, á fabricar las armas; otros á perseguir á
las fieras; los más sabios se hacen sacerdotes; los más
fuertes, soldados; los más observadores, médicos; las
ocupaciones se dividen cada vez más, hasta que llega
un dia en que cada empleo ó funcion productiva tiene
sus operarios especiales. Así sucede en el estado actual
de la industria.
«Una comision de la Cámara de los Comunes de In-
glaterra, dice Babbage (1) ha consignado en una in-
formacion parlamentaria que se cuentan en el arte de
la relojería ciento dos operaciones distintas, cada una
de las cuales exige su aprendizaje especial ; que cada
aprendiz no aprende más de lo que forma la atribucion
de su maestro,
y
que, al expirar su ajuste, seria comple-
tamente incapaz, á no hacer un estudio ulterior, de tra-
bajar en otro ramo del mismo arte. El relojero, propia-
(1)
Ciencia económica de las 'manufacturas,
Pág. 87.
-106--
mente dicho, cuya tarea consiste en reunir las piezas
separadas de la obra, es el único que podría utilizarse
en un departamento distinto del suyo,
y
áun este ope-
rario no se halla comprendido en el número de las cien-
to dos personas mencionadas.»
La
dívisio92,
del trabajo
puede aplicarse á todas las
industrias, pero en cada una de ellas tiene límites mar-
cados por la naturaleza de la misma. Amplios, exten-
sos, grandísimos, en las manufacturas
y
las fábricas,
estos límites se estrechan considerablemente cuando se
trata, por ejemplo, de la produccion agrícola. Aquí las
funciones no pueden separarse tanto como en otras ta-
reas económicas; aquí el esfuerzo no es susceptible de
tanta descomposicion corno en las demas industrias. Y.
es que las tierras, como observa muy bien H. Passy (I),
no se prestan al cultivo continuo de unos mismos fru-
tos; es que su fecundidad se agota cuando no se varían
las cosechas
y
hay que recurrir á rotaciones sin las
cuales no remunerarian.lcs afanes del cultivador, Ade-
mas que ninguna labor puede hacerse sin el número
de animales suficiente, no sólo para la carga
y
el tiro,
sino tambien para suministrar los estiércoles que han
de restaurar la fertilidad del
,
terreno, y de aquí la con-
veniencia de unir á todo cultivo el de las yerbas ó raí-
ces con que ha de mantenerse el ganado agrícola.
Son incalculables las ventajas de la
division del tra-
bajo,
pero todas ellas pueden reducirse á las siguientes:
L
a
Aumenta la destreza del trabajador.
2.'
Ahorra el tiempo que se perderla al pasar de
una ocupacion á otra.
3.'
Facilita la invencion de las máquinas.
4.'
Utiliza todas las aptitudes y todas las fuerzas.
5.'
Economiza
.
muchos capitales.
Aclam Smith es el primero que indicó las tres pri-
(1)
Diccionario de la Economía política,
Art.
Agricultura.
---- 107 —
meras (1); la observacion de la cuarta y la de la quin-.
ta se deben respectivamente á Cárlos Babbage (2)
y
Jhon Rae (3).
La
division del trabajo
aumenta en efecto la destre•
za de los operarios, porque los habitúa á ejecutar una
misma operacion,
y
sabido es que el hábito constituye
una segunda naturaleza. Todo el profundo conocimien-
to de la Fisiología
no
bastaría para hacer andar bien
á un hombre que, habiendo estado paralítico toda su
vida, adquiriese de pronto el movimiento de las pier-
nas; miéntras que el más torpe labriego, acostumbrado
á la deambulacion, la verifica con toda la rapidez
y
se-
guridad que puede exigirse. Lo mismo sucede en las
funciones de la industria. Un herrero que jamas haya
hecho clavos, dice A. Smith, si se pone á hacerlos, no
fabricará al dia sino 200 ó 300, y áun en tan corto nú-
mero serán malos: otro herrero, habituado á hacerlos,
pero cuya principal ocupacion no sea ésta, por mucha
expedicion que tenga, no liará más que 800 á 1.000; aI
paso que hay operarios muy jóvenes que, constante-
mente dedicados á la fabricacion de clavos, hacen al
dia más de 2.000.
La
division del trabajo
ahorra el tiempo que se pier-
de comunmente al pasar de una ocupacion á otra; por-
que en este sistema el operario no abandona la que le
está confiada sino para tomar el necesario descanso,
y
puede consagrar á la produccion todo su celo
y
todas
las horas de que dispone. Ahora bien, el ahorro de tiem-
po es una gran ventaja: cuando un hombre deja una
tarea para
tornar otra, no
entra desde luégo de lleno
en la última; untes al contrario, al principio la empren-
(1)
Investigaciones sobre las causas de la riqueza de las naciones,
Lib. 1, Cap. 1.
(2)
Loco citato.
(3)
Nuevos Princip.'os de
Economia
_radica.
— 108
de con cierta negligencia y parece como que titubea
y
ensaya, más bien que trabaja. Por eso los labriegos,
que tienen que cambiar de ocupacion y herramientas
á cada instante y que ejecutan cada dia veinte opera-
ciones manuales distintas, contraen generalmente un
hábito de indolencia
y
de pereza, que hace á muchos
incapaces de toda aplicaCion vigorosa, aun en los casos
más apremiantes.
La
division del trabajo
facilita la invencion de las
máquinas; porque la atencion de cada individuo, fija
en. un solo objeto muy sencillo, descubre medios cortos
y
fáciles de realizarle más pronto que si estuviese re-
partida entre varios. Cuando empezaron á usarse las
máquinas de vapor, ha,bia, muchachos ocupados en abrir
y
cerrar oportunamente la llave por donde se inyecta
ba en el vapor el agua fria. Uno de ellos, más aficiona-
do á jugar con sus camaradas que á ejecutar una tarea
tan monotona, observó que, atando una cuerda por un
extremo al asa de la llave,
y
por el otro á la misma pa-
lanca, la llave se abria
y
cerraba por sí sola, sin que él
tuviese que hacer nada,
y
le dejaba, por lo tanto, para
divertirse todo el tiempo que ántes empleaba en el tra-
bajo. De este modo se hizo un descubrimiento que ha
perfeccionado mucho las máquinas de que se trata.
La
divi,siolz, del trabajo
utiliza, todas las aptitudes
y todas las fuerzas; porque, no ejecutando cada ope-
rario más que una funcion especial de la produccion,
puede dedicarse á la que sea más adecuada á su natu-
raleza. En una manufactura en que el trabajo esté muy
dividido, dice Babbage, se ocupan en las tareas fáciles
las mujeres
y
los niños, reservándose para las difíciles
los hombres, como más diestros
y
robustos. Así en la
fabricacion de alfileres hay ciertas operaciones, como
la de estirar el hilo metálico
y
la de hacer las puntas,
que exigen fuerza
y
habilidad
y
por eso se confiara á
hombres que ganan buenos salarios; al paso que otras,
— 109 —
como las de poner las cabezas
y
empapelar los alfileres,
requieren ménos vigor
y
destreza y se encargan á mu-
jeres ó á Si todas se ejecutasen por una misma
persona, ésta tendria que saber las más difíciles
y
las
más fáciles, de modo que proporcionalmente costarian
las unas tanto como las otras.
Finalmente, la
division del trabajo
economiza mu-
chos capitales; porque, en efecto, no estando las tareas
divididas, si en un pueblo de diez familias, por ejem-
plo, necesita cada una ejercer diez industrias dife-
rentes, tendrán que emplearse diez capitales diversos,
diez arados, diez pares de bueyes, diez talleres de car-
•
pintería, diez telares, etc.; pero divídase el trabajo, de-
díquese cada familia á una sola industria
y
bastará
quizás un solo arado, un solo par de bueyes, un solo
taller de carpintería
y
un solo telar, de modo que habrá
una gran economía de capitales.
Y no sólo se manifiestan estas ventajas de la
divi-
Sin,
del trabajo
en las industrias materiales, sino cine
pueden observarse igualmente en la produccion inte-
lectual ó científica; porque nuestra inteligencia ad-
quiere, como nuestros músculos, mayor perfeccion con
el hábito, y dedicándonos exclusivamente á un ramo
especial de la
.
ciencia, llegamos á dominarle con más
facilidad que cuando queremos abarcar muchos. «Cuan-
to más generales son los conocimientos, dice con razon
Carballo (1), suelen ser más superficiales;
y
por el con-
trario, cuanto más especiales , más profundos
y
com-
pletos; de manera que la generalidad está en razon di-
recta de la superficialidad. No se nos oculta que, á la
altura á que ha llegado la civilizacion, el hombre ilus-
trado no debe desconocer la mayor parte de las ramas
científicas; pero es preciso confesar que, para llegar á
poseer una sola, necesita fijarse en ella sin perjuicio de
(1
)
Curso de Economía política,
Leccion
— 110 —
poseer algunas ideas generales sobre las demas , par-
ticularmente sobre aquéllas que están en relacion más
íntima con la que profesa.» En Inglaterra, la instruc-
cion está muy especializada,
y
sin embargo las capaci-
dades científicas no escasean. Cuando se quiere hacer
á los hombres omniscios, se los hace pedantes ó visio-
narios: los hombres especiales son los que tienen más
sentido práctico.
Por lo lemas, en medio de tantas ventajas, no ha
faltado quien dirija á la
division, del trabajo
acusacio-
nes gravísimas. Se ha dicho, en efecto, que bajo este
régimen de la produccion degenera la inteligencia del
trabajador material, porque no se ejercita más que en
un objeto demasiado fácil
y
sencillo: se ha dicho tam-
bien que disminuye su moralidad, porque no le deja
tiempo de pensar en sus deberes. Pero hay que tener
presente, como observa con razon Horacio Say (1), que
no por dedicarse á una ocupacion especial deja el ope-
rario de ser individuo de una familia, ciudadano, hom-
bre, en fin,
y
como tal participe de los beneficios que
proporciona la sociedad en que vive. Cuanto más espe-
cializado esté su trabajo, más tiempo le quedará para
su
educacion. moral
é
intelectual, porque las tareas ma-
nuales no excluyen en manera- alguna la lectura, las
distracciones y los cuidados que exige el espíritu. No
son los más instruidos los labriegos, á pesar de no es-
tar en su profesion tan individualizadas las ocupacio-
nes corno en las manufacturas y las fábricas;
y
si entre
las clases bajas hay quizá en las ciudades fabriles más
relajacion de costumbres que en los pueblos rurales,
este hecho está muy léjos de ser general,
y
se debe por
otra parte á causas que nada tienen que ver con la
di-
vision, del trabajo.
Se ve, pues, que si la produccion se verifica por la
(1)
Diccionario de la Economia política,
Art.
Division del trabajo.
111 --
reunion de los elementos productivos, sólo la
division
del trabajo
ó separacion de los empleos es capaz de fe-
cundarla
y
hacerla poderosa.
De aquí la necesidad de la
asóciacion.
Puesto que cada hombre ha de dedicarse á una fun-
cion especial de la industria, acomodada á sus faculta-
des
y
al medio en que se halla colocado ; puesto que,
. por otra parte, los elementos productivos que exige
esta funcion especial no se encuentran siempre en ma-
nos de una misma persona, es evidente que para que
la produccion se verifique, al menos con cierta exten-
sion
y
regulari,dad , se necesita que los productores
pongan en comun el trabajo
y
el capital de que cada
uno disponga, ó lo que es lo mismo, que se
asocien.
Si los hombres quisieran vivir aislados, apenas po-
drían recoger algunos alimentos groseros, cubrirse con
la piel de los animales que hubieran cazado
y
habitar
una choza humilde. Hay ademas ciertas necesidades
morales que no es posible satisfacer en el estado de ais-
lamiento, tales corno el amor, la amistad, la comunica-
cion de ideas, etc.
Esto lo han comprendido desde muy antiguo los
hombres,
y
desde muy antiguo se han formado asocia-
ciones con objetos diversos: Las religiones nos presen-
tan uno de los primeros ejemplos de ellas. Una iglesia,
un culto, un altar, ¿qué son sino la comunion de varios
individuos para rendir homenaje al Todopoderoso? ¿Qué
eran en la antigüedad las ciudades de la Fenicia, los
Estados de la Grecia, las ligas anfictiónicas, sino aso-
ciaciones comerciales
y
políticas? ¿Qué fueron despues
en la Edad Media las cruzadas, los gremios
y
las ciu-
dades anseáticas?
No hay esfera alguna de la actividad humana en la
cual no se haya aplicado con fruto la
asociacion.
La
Industria, sobre todo, que nada puede sin la reunion de
los esfuerzos, es esencialmente favorable á este fecundo
— 112 —
principio. A él se debe la formacion de las grandes em-
presas; por él obtienen los débiles los mismos resul-
tados que los fuertes; él pone á las ciases ménos acomo-
dadas en aptitud de luchar con las más ricas. ¿Cómo
podria, en efecto, el artesano elevarse á la condicion de
fabricante, el mercader á la de banquero, sin el poder
de la
asociacion?
Este poder se revela bien en todas las
obras colosales, en todas las maravillas de la Edad Mo-
derna, en
•
los bancos, los ferro-carriles, los telégrafos
submarinos, los canales que unen los mares
y
tantos
otros eficaces instrumentos de la prosperidad pública,
para cuya creacion no hubiera bastado ninguna for-
tuna individual, por considerable que fuese.
La Humanidad toda puede considerarse como una
vasta
asociacion,
cuyos individuos concurren libremen-
te al fin social por la comunidad de sus fuerzas
y
sus
recursos. La familia, el municipio, la provincia, la na-
cion, son otras tantas
asociaciones,
entre cuyos miem-
bros existe la misma relacion de miras
y
de tendencias.
Sin duda estas asociaciones se establecen en su ori-
gen sin que medie un consentimiento expreso, un con-
trato, como querían respecto de la sociedad civil los
filósofos del siglo pasado. Sin duda tambien que sus
fines son en gran parte morales
y
sus condiciones de
existencia jurídicas
y
políticas; pero no por eso dejan
de tener un carácter económico ni poseen ménos fuer-
za de cohesion, estando formadas por los vínculos mis-
mos de la Naturaleza.
El carácter económico de la
familia
se revela en las
palabras mismas que la Sagrada Escritura pone en
boca de Dios al instituirla: «
Crescite et
et
l
i
eplete
terram et subjicite eam.»
Por donde se ve que
la sociedad doméstica es ante todo la base indispensa-
ble de toda produccion, la poblacion, es decir,
el
hom-
bre mismo, el operario, el trabajo, éste primero y prin-
cipal elemento productivo, sin el cual la Naturaleza no
— 113
nos proporcionaria más que espinas
y
abrojos.
Fuera
de
la familia no se concibe, no ya la educacion física, la
crianza, digámoslo así, del trabajador, no ya su edu-
cacion moral, pero ni áun su educacion profesional, el
aprendizaje que ha de hacer necesariamente para em-
plearse en un ramo cualquiera de la Industria. ¿Quién
se había de encargar de educarle sin la vigilancia, sin
la direccion suprema de los mismos autores de sus dial?
Sólo el padre y la madre, unidos por el vínculo del
amor, estimulados por este sentimiento, al par que por
su propio interes, son capaces de desempenar una mi-
sion tan difícil.
Pero no es sólo la
familia
un plantel de trabajado-
res, sino que en ella
y
por ella se verifica la produc-
cion misma. El hogar domés'1,ico puede considerarse
como el primer taller de la Industria. La mujer repre-
senta en él el órden, el aseo, el reposo, la confianza, el
cariño, todas las satisfacciones del corazon
y
de los sen-
tidos, sin los cuales la inteligencia se ofusca, la salud
decae, la voluntad misma se enerva
y
se debilita; mién.
tras que el varan es allí la fatiga, el esfuerzo, la activi-
dad que todo lo dirige
y
fecunda. Ademas que, si el hom-
bre lleva á la familia las provisiones, la subsistencia, el
pan nuestro de cada dia , la mujer los distribuye, los
arregla, los economiza
y
reserva el sobrante para que
aquél pueda emplearle en una nueva operacion produc-
tiva, creando así el capital, sin cuyo concurso la pro-
duccion permanecería siempre estacionaria
y
exigua.
Se ve, pues, que el hombre
y
la mujer asociados se
unifican ó completan como elemento productivo,
y
que
la
familia
es una asociacion económica, tanto por lo
menos como moral
y
jurídica.
Lo mismo puede decirse del
municipio y la provin-
cia.
Cierto número de familias fijan su residencia en un
punto ó en varios poco distantes entre sí,
y
desde luégo
empiezan á sentir necesidades, que no podrian satisfa-
— 114 —
cer sin la reunion de una parte de los recursos que ca-
da una (le ellas posee: tales son la de crear
y
conservar
las iglesias, los caminos, los puentes
y
las demas cosas
destinadas al uso comun, hacer constar con la autenti-
cidad conveniente los matrimonios, los nacimientos
y
las defunciones, proveer á la defensa de las personas y
las propiedades, velar por la higiene
y
el órden públi-
cos, etc., etc. Es, pues, natural confiar estas elevadas
funciones á uno ó más magistrados, y de aquí la insti-
tucion de las corporaciones municipales
y
provinciales,
que representan en los pueblos civilizados lo que los
jefes de tribu en los bárbaros ó salvajes.
Igual razon de ser tiene la nacion, conjunto de tri-
bus ó de municipios, regida por las mismas leyes y fun-
dada en la comunidad del territorio y en la analogía de
aptitudes, de costumbres
y
de lenguaje. Tales son, al
ménos, las condiciones de toda nacionalidad bien cons-
tituida, pues en cuanto á las que se forman por la con-
quista ó por otros medios violentos, como no hay entre
sus miembros unidad de intereses, viven en perpetua
opresion, sufren convulsiones periódicas
y
se disuelven
más ó ménos tarde, no pudiendo cumplir los fines á que
están destinadas. Por lo demas, el fraccionamiento de
la especie humana en naciones autónomas, puede con-
siderarse como un hecho esencialmente económico, en
cuanto sirve para aunar las fuerzas productivas afines,
estableciendo entre las diversas razas el método de la
division del trabajo, de la misma manera que se esta-
blece entre los operarios de una fábrica.
Este fraccionamiento, sin embargo, no obsta á la
asociacion de la
Humanidad,
ó
sea á la comunidad de
todos los hombres
y
de todos los pueblos, fundada en la
ley de solidaridad ó responsabilidad colectiva, que ya
hemos indicado en otro lugar (1), y que se revela de
(1) Véase la
Introduccion,
Cap. 11.
115 —
una manera evidente en todos los hechos del mundo
moral
y
económico. Y en efecto,
la. Humanidad
toda no
es más que un conjunto de solidaridades que se cruzan.
Las ventajas naturales de situacion, de fertilidad, de
temperatura, y áun de aptitud industrial, se deslizan,
como dice Bastiat (1), entre las manos de los poseedo-
res para ir á parar á las de todo el mundo. Cada pro-
greso que se hace al Oriente, es una riqueza en pers-
pectiva para el Occidente. Combustible descubierto al
Mediodía, es frio ahorrado en el Norte. Y lo que deci-
rnos de los bienes, puede decirse tambien de los males
que afligen á ciertas regiones: sobreviene una crisis in-
dustrial en los Estados Unidos, y al momento el comer-
cio de Europa se resiente, los bancos quiebran, los ta-
lleres se paralizan, el interes del dinero sube y las cla-
ses laboriosas se ven sumidas en la miseria. No hay país
alguno que no esté interesado en la prosperidad de los
demas; los miembros todos de la
Humanidad
constitu-
yen una asociacion tácita, cuyos efectos se extienden,
no sólo al órden moral
y
político, sino tambien al órden
económico.
Estos efectos se manifiestan por el concurso mutuo
que se prestan los hombres
y los pueblos en la obra co-
rnun de la produccion, concurso que los autores llaman
cooperacion, y
que debe corresponder á la division del
trabajo, puesto que en el fondo ésta
y
aquélla no son
más que aspectos diferentes de la obra social. Así el co-
sechero de cereales concurre á la fabricacion del vino,
por cuanto sin su auxilio estaría expuesto el vinícola á
morirse de hambre; la agricultura contribuye á las de-
mas industrias, suministrándoles las primeras mate-
rias; la Inglaterra coopera á la produccion de otros paí-
ses, enviándoles sus carbones
y
sus
hierros, etc., etc.
<1)
Armonías económicas,
Capítulos X y XXI.
— 116
La
cooperacion,,
dice Wakefield (1), es de dos clases,
simple
y
compleja. La primera se verifica cuando va-
rias personas se ayudan en la formaeion de un mismo
producto; la segunda cuando se asisten en la confeccion
de productos diferentes.
Las ventajas de la
cooperacion, simple
pueden de-
mostrarse por el ejemplo de dos lebreles que, corriendo
juntos, cogerán más liebres que cuatro corriendo sepa-
radamente: lo propio sucede en la Industria. La corta
de árboles en los bosques, el transporte de fardos pesa-
dos, el trabajo á bordo de un navío para cargar ó des-
cargar las velas,
y
otras mil operaciones igualmente
sencillas, no pueden verificarse si no á condicion de que
varias personas trabajen juntas, en un mismo lugar y
con un mismo objeto.
No es ménos ventajosa la
cooperacion compleja.
En
el estado actual de la sociedad un grupo de trabajado-
res se dedica á la cric de los ganados, otro al lavado
y
preparacion de la lana, otro á la filatura, el tejido, el
tinte de esta materia: en una palabra, la confeccion de
vestidos exige un sinnúmero de operaciones, confiadas
á personas diferentes. Pues bien, si cada una de estas
personas no contase con el concurso de todas las dernas,
su tarea sería completamente inútil
y
jamás llegaria á
confeccionarse un solo vestido.
La
cooperacion
puede tambien dividirse en simultá-
nea
y
sucesiva, ó sea cooperacion en el espacio
y
coope-
racion en el tiempo, segun que se verifique entre ope-
rarios de una misma época ó de épocas diferentes. De
la primera liemos dado ya algunos ejemplos: de la se-
gunda pueden citarse las catedrales construidas en la
Edad Media, los diques, los caminos
y
las fortificacio-
nes de los tiempos modernos, obras todas que exigen el
concurso activo de varias generaciones.
(1) Notas á la edicion de la obra de A. Smith, Tomo I, Pág. 26.
— 117 —
Pero vengamos ya
á
la
asociacion expresa
á
indus-
trial,
que se funda en un contrato,
y
tiene por objeto
ejercer un ramo de la produccion ó una industria, de-
terminada. Esta asociacion puede afectar dos formas
principales:
Asociacion asegurada ó
empresa.
Asociacion no asegurada ó
sociedad.
En la primera, un hombre llamado
empresario,
pro-
visto
de ciertas aptitudes, reune
y
emplea,
de su cuen-
ta
y
riesgo,
todos los elementos productivos que nece-
sita, comprando ó alquilando aquéllos que él no posea
por si mismo.
En la segunda, una porcion más ó ménos numero-
sa de trabajadores
y
capitalistas, llamados
socios, pone
en comun los elementos productivos de que dispone,
con el objeto de explotar,
de cuenta y riesgo de todos,
una industria cualquiera, superior á las facultades de
cada uno.
Ambas exigen ante todo la unidad de tendencias,
sin la cual no hay produccion posible, y esta unidad
sólo puede obtenerse subordinando todos los trabajos
á
un director, que en la empresa lo es el Empresario
y
en la sociedad el Administrador ó Gerente elegido por
los socios. Este agente es el que desempeila en la aso-
ciacion el principal papel
y
el que, por decirlo así, la
personifica. A él pertenece, por lo comun, la idea, el
pensamiento capital de la asociacion misma; él reune
y combina en la proporcion conveniente los elemen-
tos productivos; él prevé todos los obstáculos y pre-
para los medios de vencerlos; sobre él pesa, en fin, la
responsabilidad del éxito de las operaciones producti-
vas (1).
Mr. Dunoyer, hablando de las cualidades
que deben
Carballo,
Curso de Economía política,
Leccion XX.
— 118 —
caracterizar al director de una asociacion industrial,
las reduce á cuatro:
L
a
El
genio de los negocios,
en el cual distingue va-
rias facultades, tales como la capacidad de conocer las
necesidades del público, la de apreciar los medios que
hay de satisfacerlas, la de administrar con habilidad
una produccion bien concebida,
y
la de comprobar, en
fin, por medio de una contabilidad rigurosa, las previ-
siones de la especulacion;
2.'
El
genio del arte,
que comprende el conocimien-
to práctico del oficio, las nociones teóricas, el talento,
de las aplicaciones, la habilidad en la mano de obra;
3.'
Los
buenos hábitos morales,
que dirigen al indi-
viduo en su conducta
y
que en cierto modo no intere-
san á nadie más que á él mismo;
4.'
La
buena moral de relacion,
que conduce al hom-
bre á respetar todos los derechos
y
no atentan nunca al
órden social (1).
Tanto la
empresa
como la
sociedad
se encuentran
rara vez en la práctica organizadas con toda la senci-
llez que las hemos descrito: al contrario, casi siempre
se ven combinadas la una con la otra.
Así sucede que varios capitalistas son
socios
entre
sí
y
empresarios
respecto de los trabajadores sólo,
bien de los trabajadores
y
de otros capitalistas; mién-
tras que á veces cierto número de trabajadores y capi-
talistas reunidos se constituyen en
sociedad
para ellos
y en
empresa
para los demas productores cuyo concur-
so necesitan.
Pero ni la
empresa
ni la
sociedad
pueden formarse
por meros trabajadores, que no sean al mismo tiempo,
y
en mayor ó menor grado capitalistas, que no tengan
al .ménos las provisiones necesarias para esperar el tér-
mino de la produccion, á no ser ésta tan rudimentaria
(1)
La libertad del trabajo,
Lib. VI.
— 119 —
que se verifique sin el auxilio del capital ni otros ele-
mentos que el trabajo
y
los agentes naturales, lo cual
es un caso rarísimo
y
casi imposible en el estado actual
de la industria.
Se dirá que esos trabajadores, socios ó empresarios,
tomarán prestado el capital que necesiten para la pro-
duccion, pagando su alquiler al prestador cuando ha-
yan recogido los productos. Pero aparte de que, por
mucho que abunden \los capitales en un país, es muy
difícil que los encuentre, al ménos en condiciones ven-
tajosas, quien, como el trabajador, no puede presentar
otras garantías que su aptitud, queda siempre la even-
tualidad de que los productos no se obtengan ó no sean
bastantes para satisfacer el rédito del capital tomado á
préstamo. Y entónces, ¿qué sucederá? ¿Tendrá el pres-
tador tanta abnegacion que perdone la deuda ó espere
para cobrarla á que se haga otra produccion más ven-
tajosa, la cual no podrá, sin embargo, verificarse sino
con el auxilio de un nuevo capital
y
en virtud de un
nuevo préstamo?
Esto no obstante, las sociedades de operarios, lla-
madas hoy
sociedades cooperativas,
se hallan muy en
boga desde hace algunos anos. Los trabajadores ven en
ellas un modo de produccion propio para realzar su
dignidad
y
mejorar su porvenir. Y en efecto, no hay
duda que, asociados entre sí, participando directamente
de las pérdidas como de los beneficios y dirigidos por
gerentes elegidos por ellos mismos, su posicion es muy
superior á la que tienen cuando trabajan por cuenta de
un empresario. Pero, en primer lugar, este género de
asociacion exige condiciones muy difíciles' de reunir.
Es menester, dice uno de sus defensores: 1.° Que esté
compuesta de hombres escogidos; 2.° Que tenga muy
en cuenta la unidad de direccion, es decir, que esté
confiada á un solo gerente, investido de poderes am-
plios; 3.° Que en la cuota de la remuneracion de los
— 120 --
socios se atienda á la desigualdad de los servicios pres-
tados; 4.° Que tenga un capital suficiente para resistir
á las crisis industriales; 5.° Que tienda toda su organi-
zacion , no á rebajar, sino á realzar al individuo, sus
fuerzas, sus conocimientos, su habilidad, su celo, su
equidad, su benevolencia para con los demás. En suma,
la sociedad de operarios, semejante á la república de
Montesquieu, ha de estar fundada en la virtud,
y
sólo
á este precio puede sostenerse
y
desarrollarse.
Hay que advertir ademas que esta sociedad no es
aplicable, como observa muy acertadamente Baudri-
llart (1), sino á ciertas producciones que de ordinario
ocupan un corto número de brazos; porque, si se con-
ciben diez, veinte, treinta operarios asociados, es muy
difícil concebir seiscientos ó setecientos, trabajando sin
empresario alguno. La agricultura, sobre todo, se re-
siste, al menos en la mayor parte de los casos, á esta
forma de asociacion, porque la tierra generalmente es
propiedad del cultivador mismo, ó está dividida de modo
que hace inútil el concurso de una reunion cualquiera
de explotadores. ¿Y qué dirémos de aquellos montes,
donde no hay ni arrendatario ni jornalero que traba-
jen por cuenta del propietario, y donde todo se reduce
á extraer anualmente veinte ó treinta árboles sin más
trabajo que el del guardío, la corta
y
el transporte?
¿Y qué de las artes liberales y de esas profesiones que
exigen más especialmente el trabaje aislado, como la
de doméstico, mozo de cuerda, etc., etc.?
Por último, no debe perderse de vista que el cargo
de director de una asociacion industrial exige, como ya
hemos dicho, cualidades especiales, que están muy léjos
de ser el patrimonio de todos los hombres. Ahora bien:
el resultado de las operaciones productivas depende
principalmente de aquel funcionario. Cuando las pro-
(1)
Manual de Economía política,
Parte
II, Seccion II,
Cap. I.
— 121 —
babilidades de pérdida ó ganancia recaen sobre él ex-
clusivamente, como sucede en la
empresa,
sus faculta-
des están vivamente estimuladas
y
desplegan toda la
energía de que son capaces. Es seguro, observa á este
propósito A. CleMent (1), que, en tales condiciones, la
accion del director tendrá la mayor eficacia posible;
miéntras que, por el contrario, se debilitará á medida
que su interes disminuya y que otros estén llamados á
participar con él de los riesgos de la produccion, como
sucede en toda
sociedad.
Verdad es que entónces se ha-
llan mucho más interesados los socios, pero aun así
no quedará compensada la falta de accion del director;
porque los socios no pueden intervenir todos en la ges-
tion de los negocios sociales, sin renunciar á la unidad
de pensamiento
y
precipitar asi á la sociedad hácia su
ruina: lo más que les es dado hacer es dedicar su celo
á los pormenores, en los cuales no reemplazarán ven-
tajosamente la vigilancia de un empresario.
Por todas estas consideraciones creernos
que
las
so-
ciedades cooperativas
no tienen la importancia que hoy
quiere dárseles,
y
que es preferible para los operarios
la asociacion asegurada ó
empresa.
En cuanto á la asociacion no asegurada ó
sociedad,
es susceptible de dos organizaciones distintas; una, lla-
mada
sociedad colectiva,
en que los socios responden
solidariamente con todos sus bienes de las resultas de
las operaciones sociales,
y
otra, que lleva el nombre de
sociedad anónima,
en la cual se limita la responsabili-
dad de cada uno á los fondos que aportó á la caja so-
cial. La segunda, dice Roscher (2), se aplica sobre todo
con éxito á aquellas producciones en que el capital des-
empella un papel más importante que el trabajo
y
en
que este mismo puede ser objeto de una prevision ri-
(1)
Diccionario de la Economia política,
Art. Asociacion.
(2)
Principios de Economia política,
Lib. 1, Cap. VI, Párrafo 90.
1,
^
2
gurosamente calculada: por ejemplo, los caminos de
hierro, los docks, los bancos, etc.
La
sociedad en comandita
viene á ser una combina-
cion de las dos anteriores, puesto que en ella hay in-
dividuos obligados
in totum
é
in solidum
como en la
colectiva, y
otros que, bajo la denominacion de
socios
comanditarios,
tienen obligaciones iguales á las que
se contraen en la
anónima.
Por lo que hace á las
cuentas en participacion,
en
que un capitalista auxilia las negociaciones de un co-
merciante que gira en nombre
y
de cuenta propios, sin
que aquél adquiera compromiso alguno respecto de
terceros, ni se forme de aquí un sér moral, ó como di-
cen los legistas, una
persona jurídica,
capaz de ins-
pirar mayores garantías al público, es una especie de
sociedad que puede considerarse como el ensayo de la
asociacion naciente ó rudimentaria.
Fijándonos, pues, en las dos primeramente indica-
das, la
sociedad colectiva y
la
anónima, y
comparándo-
las entre sí, encontrarémos que la segunda es infinita-
mente superior á la primera. Ella, en efecto, dividiendo
el haber social en pequeilas partes, llamadas
acciones,
proporciona un empleo lucrativo hasta á los capita-
les más exiguos; ella, por medio del traspaso de cada
accion,
concede á los socios la facultad de recobrar sus
fondos
y
ser sustituidos en sus derechos
y
obligacio-
nes; ella, en fin, haciendo abstraccion completa de las
personas, las deja en libertad para dedicarse á otros
negocios
y
presta de este modo á la produccion todo
género de facilidades
y
estímulos. Cierto que recibe un
impulso ménos enérgico que la sociedad colectiva, en
razon del interes ménos personal
y
por consiguiente
ménos activo de los que la dirigen; pero esta desven-
taja real está compensada por la facilidad que dan los
inmensos recursos de que dispone para asegurarse el
concurso de todas las capacidades.
— 123
§
3.
0
Extension de las operaciones productivas .—
La produccion á que cada individuo, empresa ó corpo-
racion se dedica, exige cierta medida para que tanto
el trabajo como el capital
y
los argentes naturales obren
en ella con fruto. Esta medida no puede determinarse
á
priori,
porque varía segun los países, los climas, el
carácter de los habitantes, la naturaleza de la industria
y
las condiciones morales
y
económicas en que se halla
colocada. Sin embargo, es indudable que la mayor ó
menor extension de las operaciones productivas influye
poderosamente en ellas,
y
de aquí las discusiones enta-
bladas acerca de la grande
y
la pequefia industria, la
grande
y
la pequeña propiedad, el grande y el pequeño
cultivo.
Toda empresa en grande escala tiene sobre las demas
la ventaja de producir en las mejores condiciones, pues-
to que puede organizar mejor sus talleres, extender la
cooperacion
y
la division del trabajo, disponer más eco-
nómicamente su administracion , centralizar la vigi-
lancia de las máquinas
y
de los operarios
y
ahorrar
trabajo , no sólo mecánico, sino tarnbien de direccion.
Es, por otra parte, una verdad probada por la experien-
cia que los gastos aferentes á una industria no aumen-
tan en la proporcion de sus productos,
y
por eso vemos
todos los dial que los pequeños fabricantes no pueden
sostener la competencia que les hacen los grandes
y
se
arruinan más ó ménos pronto cuando por obstinacion
ó por necesidad no les ceden desde luégo el puesto.
Pero la experiencia ha demostrado tambien que todas
estas ventajas se hallan en parte compensadas con los
abusos que se cometen en los vastos establecimientos
por la falta de accion enérgica é inmediata del empre-
sario, imposibilitado de cuidar personalmente de sus
intereses,
y
así es que muchos de ellos no pueden com-
petir en bondad
y
baratura de productos con los talle-
res modestos en que el artesano ó maestro lo ve todo
— 124 —
por si mismo y está más directamente interesado en el
éxito de las operaciones productivas.
Puede, por lo tanto, asegurarse que las manufactu-
ras mejor fundadas y
.
,dirigidas son las que sobreviven,
sean grandes ó pequeñas,
y
que la bondad de una em-
presa de esta naturaleza no consiste tanto en su mag-
nitud como en su organizacion
y
en las cualidades mo-
rales y económicas del director
y
de los operarios.
El mismo criterio es aplicable á las empresas agrí-
colas. Se atribuye á las grandes iguales ventajas que
á
las manufactureras, añadiéndose en su favor que están
dirigidas por hombres versados en la agronomía, que
pueden sacar mejor partido de la superficie laborable,
criar más ganados
y
fomentar la constitucion de la gran
propiedad, única que permite el drenaje ó saneamiento,
los bosques, los prados, etc. Pero, en primer lugar, el
modo de explotar la tierra no depende precisamente de
la extension del patrimonio
ó
dominio agrícola. Gran
propiedad
y
gran cultivo no son términos correlativos.
En Irlanda existe la gran propiedad
y
el
cultivo
en pe-
queño; un mismo terrazgo podría pertenecer
á mil
per-
sonas
y
ser, sin embargo, objeto de una sola explo-
tacion. Cuanto más que si la gran propiedad favorece
ciertas mejoras, que ya hemos indicado, la pequeña
aumenta el número de propietarios,
y
ligando á las cla-
ses populares con la tierra, las interesa en la conserva-
cion del órden social. Por último, el cultivador en pe-
queño conoce mejor la naturaleza del terreno, vigila
ó
ejecuta por sí mismo todas las labores, y dispone pro-
porcionalmente de mayor suma de trabajo, utilizando
el de todos los individuos de su familia. Por manera
que si el cultivo en grande tiene
.
ventajas innegables,
no
deja de tenerlas tambien el cultivo en pequeilo, y
en definitiva es imposible establecer ninguna regla
general acerca de la extension de las
explotaciones
rurales.
VII
Del producto.
§ 1.° Consideraciones gezzerales.—
Hemos llamado
en otro
lugar producto
al resultado de la produccion (1).
Hemos dicho tambien (2) que la produccion consiste
en la apropiacion ó asimilacion á nuestro organismo
de todos los objetos de la Naturaleza.
Por consiguiente, el
producto
no puede ser otra cosa
que una sustancia, un objeto apropiado, ó sea dotado
de ciertas propiedades, de ciertas condiciones
propias
para la satisfaccion de nuestras necesidades.
¿Qué propiedades son esas?—Una sola conocernos
que conduzca al fin de que se trata, la utilidad; luego
la utilidad
y
sólo la utilidad es la propiedad esencial,
característica, la condicion
sine qua non
del producto.
Pero tambien tienen utilidad los objetos de la Na-
turaleza. ¿Serán todos ellos productos? No, porque esa
utilidad no se halla ea los unos en el mismo estado que
en los otros.
La utilidad puede, en efecto, hallarse en dos estados
muy distintos: libre, digámoslo así, en los objetos na-
turales; adquirida ó apropiada por el hombre, en los
productos. Libre, constituye sólo una tendencia, una
(1)
Véase el Cap. 1 de este libro.
(2)
Véase el Cap.
VI.
— 126 --
capacidad, un poder : apropiada, es una virtud real y
efectiva. Libre, se llama pura
y
simplemente utilidad;
apropiada, recibe la denominacion de
valor,
palabra
derivada de la latina
valeo, es, ere,
que significa estar
bueno, estar en salud ó en sazon, estar fuerte, vigoro-
so, robusto, en la plena posesion de todas sus virtudes
y todas sus propiedades.
Así se dice que una cosa
vale
cuando sirve para sa-
tisfacer un capricho, un deseo, una necesidad nuestra.
No basta que pueda servir, que sea
útil;
es menester
que sirva, en efecto, para que
valga.
No todo lo que es
útil vale, pero sí todo lo que vale es útil. El agua de
un rio tiene
utilidad
porque hay en ella una tendencia,
un poder, una capacidad de apagar nuestra sed; pero
carece de
valor miéntras esta tendencia no se realiza,
miéntras no hacemos propia aquella sustancia, mién-
tras no la cogemos para aplicarla á nuestros labios,
y
áun entónces no valdria nada, no serviria para refres-
carnos, si no pudiese servir previamente, si no tuviera
ya esta capacidad, si no fuese útil de antemano.
Hé aquí en toda su sencillez nuestra teoría del
va-
lor.
No sabemos en verdad si es buena ó mala, si es ó
no aceptable—este lo decidirán los maestros con más
elevado criterio—lo que sí creemos poder asegurar es
que hasta ahora no existe otra, ó por lo ménos nosotros
no la conocemos. Los escritores de Economía política,
despues de disertar mucho sobre el
valor,
no han expli•
cado de un modo claro
y
comprensible su naturaleza,
reinando entre ellos acerca de este punto una co.nfu-
sion de ideas, una oscuridad tal que bastaria para dis-
gustar de la ciencia al más aficionado á su estudio (1).
Así los unos derivan el
valor
de la utilidad, lbs otros
(1) Bastiat dice con mucha razon: «Disertacion, fastidio: diser-
tacion sobre el valor, fastidio sobre fastidio.»
Armonías económicas,
,
Cap. V.
— 127
de la escasez, éstos de las dos cosas al mismo tiempo,
aquéllos del cambio,
y
apénas hay quien no le confun-
da con la utilidad misma, con el producto, con la ri-
queza y áun con el precio.
De aquí esa larga
y
fati
g
osa nomenclatura de
valor
en uso y
valor natural
para designar la utilidad:
valor
real, valor absoluto, valor necesario y utilidad onerosa
para significar lo que nosotros llamamos simplemente
valor;
finalmente,
valor en cambio, valor venal, valor
relativo, valor convencional, valor del mercado,
para
indicar lo que, como veremos más adelante, no es otra
cosa que
el
precio.
En cuanto á definir el verdadero
valor,
son muy po-
cos los economistas que se hayan tomado esta moles-
tia. Prescindiendo de las definiciones que se refieren al
valor en cambio,
es decir, al
precio,
entre las cuales
descuella la de Bastiat, apénas encontraremos alguna
digna de tomarse en cuenta.
Molinari, el elegante Molinari, el distinguido discí-
pulo de Bastiat, no acertando á definir el
valor,
dice
que para definirle es preciso analizarle, porque el valor
no es un cuerpo simple, sino un cuerpo compuesto de
utilidad
y
escasez (1). ¡Qué manera de expresarse! ¡El
valor
un cuerpo compuesto! El valor es simplemente
una propiedad; por lo tanto, no necesita analizarse, ni
es susceptible siquiera de análisis. Y no se diga que
Molinari se vale aquí de una figura retórica para ex-
plicar su pensamiento: los tropos deben relegarse al
dominio de la poesía
.
y la literatura; la ciencia exige
un lenguaje más propio, más filosófico, más concreto.
Para Roscher, el
valor
es el grado de utilidad que
eleva la#cosas á la categoría de bienes (2), S' ántes de-
(1)
Curso de Economia política,
Leccion IV.
(2)
Principios de Economía política,
Introduccion , Cap. 1, Pár-
rafo 4.
— 128 —
clara que entiende por bienes todo lo que es propio para
satisfacer las necesidades del hombre (1), es decir, todo
lo que es útil, pues así se llaman cuantos objetos po-
seen semejante propiedad. Por manera que, segun el
autor ya citado,
valor es
el grado de utilidad que hace
á las cosas útiles. ¿Qué significa esta logomaquia? ¿Dón-
de empieza el grado de que se trata
y
dónde concluye?
La definicion de Flórez Estrada es, sin duda, más
clara, pero, en nuestro concepto, no ménos inexacta.
Este economista dice que el valor es el coste de la pro-
duccion (2),
y
en efecto, el valor depende del coste, pero
no por eso deben confundirse uno
y
otro, porque esto
daria lugar á errores transcendentales.
Por último, Carey define el
valor
diciendo que es la
medida de la resistencia que debemos vencer para pro-
porcionarnos los objetos necesarios, ó sea la medida del
poder de la naturaleza sobre el hombre (3). Es la mis-
rna idea de Flórez Estrada, expresada en términos más
brillantes, aunque tambien más oscuros, la confusion
del
valor
con el
coste
del producto.
Dejemos, pues, á un lado todas estas definiciones
ilógicas, todas estas distinciones escolásticas,
y
fijémo-
nos de una vez en la palabra
valor
para significar la
utilidad apropiada, la utilidad efectiva que hay en los
productos.
En tal sentido, el
valor
es un estado particular, un
nuevo modo de ser, una forma de la utilidad, forma que
puede desaparecer sin que desaparezca la utilidad mis-
ma, pero inherente é inseparable
‘
del producto, como
que éste nace con ella y con ella tambien se extingue.
No hay producto alguno sin
valor,
como no hay ob-
jeto alguno de la Naturaleza sin utilidad.
(1)
Ibid.,
Párrafo 1.,
(2)
Curso de Economía política,
Parte III, Cap. V.
(3)
Principios de Economía social,
Tomo 1, Cap. VI, Párrafo
4.
— 129
La utilidad es la propiedad distintiva de los agen-
tes naturales: el
valor
lo es de los productos.
¿De dónde proceden? La primera:, ya lo hemos dicho,
del Criador, que nos la concede graciosamente,
y
por
esta razon la ha llamado Bastiat
utilidad
gratuita.
La
segunda, del trabajo, por medio del cual la adquirimos,
por eso la ha denominado el mismo autor
utilidad
onerosa.
Ahora bien: la cantidad de trabajo
y
por consiguien-
te de capital—puesto que el capital es hijo del traba-
jo—que se emplea en dar
valor
á un objeto, O lo que es
lo mismo, en apropiarle, en producirle, se llama «gas--
tos de produccion, coste ó costo del producto».
No puede haber producto sin gastos, porque en toda
produccion se consume, se gasta una parte de las fuer-
zas del trabajador,
y
de los objetos que constituyen el
capital.
El coste es la causa de la produccion; el valor es el
efecto.
¿En qué relacion han de hallarse uno
y
otro?
Si la produccion fuese debida exclusivamente al tra-
bajo, no habria en ella más que la porcion de valor, la
porcion de utilidad apropiada que el trabajo hubiera
puesto,
y
el valor del producto deberia ser igual a su
coste.
Pero á la produccion concurre tambien la Natura-
leza por medio de sus agentes,
y
este concurso no pue -
de menos de dejar alguna huella, de dar algun resul-
tado.
Por consiguiente, en el producto debe haber un va-
lor superil-r arcoste, ó lo que es lo mismo, el valor del
producto 4ebe:exceder de los gastos.
Este exceso
-
es lo que nosotros llamarnos
beneficio,
y
los autores «producto liquido» — en mal castellano,
«producto neto»—para diferenciarle del valor total,
que tambien llaman «valor bruto» ó «producto bruto»,
9
— 130 —
y
deberian llamar con más pureza de lenguaje «valor
producto íntegros».
Sea, por ejemplo, una fanega de trigo. Esta fanega
puede satisfacer nuestras necesidades como 6
y
se han
gastado para su produccion un trabajo
y
un capital
como 4. Por consiguiente, el producto se descompon-
drá del modo siguiente:
Valor
(utilidad apropiada 6 sea necesidades que satisface).
6
Coste
(gastos de produccion) .........
.
.
4
Beneficio
(exceso del valor sobre el coste)
2
Este exceso es el que la Naturaleza nos concede ver-
daderamente de gracia,
y
su cantidad no tiene limite
alguno, pudiendo sólo asegurarse que crece con los ade-
lautos científicos, con la civilizacion, con el progreso;
mientras que, por el contrario, se estaciona
y
disminu-
ye
y
aun desaparece del todo en aquellos pueblos que
se abandonan á la ignorancia
y
la rutina, en aquellas
épocas en que la Humanidad parece hacer alto ó retro-
ceder en la senda de su perfeccionamiento.
Pero de todos modos, el
beneficio
es necesario, por-
que sin él no habria progreso, no podria, la produccion
aumentarse,
y
la Historia nos demuestra que desde los
tiempos primitivos hasta nuestros dias, la produccion
ha ido sucesivamente en aumento. En efecto, si se con-
sidera la especie humana desde su origen, se verá cuán-
to se ha desarrollado
y
enriquecido, cuánto ha crecido
la poblacion,
y
cómo, cumpliendo el precepto divino, ha
llenado el hombre la tierra y la ha sometido á su im-
perio. ¿Qué prueba esto? Que la Humanidad, tomada
en conjunto, ha producido más de lo que nécesitaba
para cubrir sus gastos; que á traves de las vicisitudes
de los siglos, ha obtenido un excedente en la produc-
cion
y
que éste le ha destinado á producir más y más,
en vez de consumirle de un modo improductivo.
--131—
Luego en toda produccion hay necesariamente un
beneficio.
§ 2.°
Del seguro.—Tal
es la ley económica; pero los
hechos, considerados individualmente, se apartan bas-
tante de ella.
Es decir que, áun cuando
esencialmente y
en defi-
nitiva la produccion dé un beneficio,
accidentalmente
puede suceder,
y
en efecto sucede, todo lo contrario: su•
cede unas veces que apénas da lo suficiente para cubrir
los gastos, otras que deja un déficit más ó menos consi-
derable
y
se resuelve en una pérdida positiva.
Las causas de esta pérdida son muchas
y
muy di-
versas, pero todas ellas se reducen á dos clases: volun-
tarias á dependientes de la voluntad humana, é invo-
luntarias ó ajenas á nuestra voluntad.—Estas últimas
toman el nombre genérico de
azar ó
de
riesgos,
lla-
mándose
siniestros
á las pérdidas que ocasionan en la
industria.
Las causas voluntarias consisten en la inercia, la
ineptitud, el error ó el descuido del productor,
y
en su
Mano se halla evitarlas, adquiriendo los conocimientos
necesarios y empleando todo el celo y la actividad que
la produccion exige.
Pero, aunque el productor esté adornado de todas
estas cualidades, áun cuando cumpla con todas las con-
diciones técnicas
y
económicas de la produccion, toda-
vía pesan sobre ésta
riesgos
que pueden mermarla ó
destruirla.
Efectivamente, el
azar
se mezcla en todos nuestros
negocios; no hay empresa humana que esté libre de
contratiempos
y
peligros; la inseguridad dependiente de
las guerras, del bandolerismo ó de la anarquía, las vi-
cisitudes atmosféricas, las revoluciones astronómicas,
los mil y un accidentes imprevistos que pueden ocurrir
durante las operaciones productivas, los terremotos, los
naufragios, las sequías, los incendios, las inundaciones,
— 132 —
las epidemias, son otros tantos
riesgos
á que se halla
expuesta la industria.
Estos riesgos no pueden evitarse, al menos por el
productor, pero pueden disminuirse ó atenuarse sus
efectos,
y
á este fin se ha inventado el
seguro.
Llámase así la garantía de un riesgo, ó sea la com-
pensacion de un siniestro,
y tarnbien la eliminacion del
azar en las empresas humanas.
Esclarezcamos esta definicion con un ejemplo (1).
Un negociante quiere trasladarse á Europa desde
América, y al efecto coloca toda su fortuna en un navío.
Si éste naufraga, aquélla se pierde por completo
y
el
negociante queda arruinado.
Pero semejante riesgo no es fatal; conforme puede
acontecer, puede tambien no realizarse; la experiencia,
ó sea la Estadística, ensería que de cada cien navíos,
perece uno, por término medio, en la travesía de Amé-
rica á Europa; el riesgo es, pues, de
uno 1
.
9r ciento;
hay
una probabilidad contra noventa y nueve de que se per
derá el buque de que se trata.
Supongamos ahora que el mismo negociante, más
avisado ó más prudente, divide por igual sus bienes
entre dos navíos; en tal caso, en vez de correr una
suerte sobre ciento de perder el todo, corre dos sobre
igual número de perder la mitad, pero tambien tiene
cien probabilidades ménos de arruinarse; porque si el
riesgo de naufragar un navío es de
U910
por ciento,
el de
naufragar los dos es de
un céntimo por ciento,
es decir,
cien veces ménos (2). Su situacion ha mejorado, pues,
notablemente; porque aunque ha doblado las suertes
de perder una mitad de su fortuna, ha centuplicado en
cambio las de conservar igual parte de ella.
(1)
Reboul,
Estudios sobre los seguros,
Cap.
I.
(2)
La dernostracion de esta proposicion es uno
de los puntos
más
interesantes del
Cálculo de las probabilidades.
— 133 --
Con diez, veinte, treinta navíos, el negociante cor-
rerá diez, veinte, treinta suertes de perder la décima,
vigésima, trigésima parte de su fortuna, pero tambien
adquirirá cada vez mayor probabilidad de conservar el
resto.
Cuanto más aumente el número de buques entre los
cuales divida por igual sus bienes, más se acercará á
la certidumbre de no perder sino la centésima parte de
ellos.
Ello sí, esta pérdida nunca logrará evitarla; pero,
siendo como es insignificante, puede decirse que repar-
tida en un número considerable de navíos, la fortuna
del negociante quedará
segura
ó
asegurada.
En
resúmen, sin más que dividir los riesgos, se ar-
rebatan al azar los productos de la Industria, ó lo que
es igual, se compensan los siniestros.
Ahora bien, así es como proceden las
compaZias
sociedades de seguros.
Cierto número de industriales, trabajadores ó em-
presarios, convienen en repartirse proporcionalmente
entre todos las pérdidas que cualquiera de ellos sufra
por causa de un riesgo. La cuota 'con que cada cual
contribuye para el objeto se llama
prima
del seguro,
y
puede ser eventual ó fija, segun que el asegurador sea
la sociedad misma ó bien otra empresa que soporte di-
chas pérdidas é indemnice todos los siniestros. En el
primer caso, la institucion se llama
seguros
mutuos, y
en el segundo
seguros singulares ó d prima fija.
De todos modos, el
seguro
puede considerarse como
una de las aplicaciones más felices del principio de aso-
ciacion; porque, cualquiera que sea, como dice muy
Oportunamente H. Say (1), la aficion de ciertos hom-
bres á las emociones que nacen de la incertidumbre, las
operaciones productivas no se renuevan ni perpetúan
aa.
(1)
Diccionario de la Economía política,
Art.
Seguros.
— I 34
no cuando las probabilidades de buen éxito exceden
á las de ruina. Prever, afiade Bastiat, es uno de los más
bellos atributos del hombre,
y
aquél que conoce mejor
las consecuencias futuras de sus determinaciones es el
que, en casi todas las circunstancias de la vida, cuenta
con más elementos de triunfo. Conviene, pues, mucho
que personas sujetas á los mismos riesgos se reunan
para soportar en comun una pérdida eventual,
y
que
cada cual consienta de antemano en tornar á su cargo
una parte proporcional de ella, á condicion de que se le
releve del resto, si, por desgracia, esa pérdida llegase á
recaer sobre él mismo. Tales son los efectos de las so-
ciedades de seguros. Por ellas adquiere el productor la
fijeza de su posicion, que es el fin á que aspira con to-
das sus fuerzas; por ellas se evitan esas crueles alter-
nativas, que son para el ánimo lo que las vicisitudes
atmosféricas para el cuerpo; ellas, en fin, nos propor-
cionan el único medio de detener en su giro la voluble
rueda de la fortuna.
§ 3.
0
Clasificacion de los productos.
Si, como hemos
dicho en otro lugar (1), el producto no es más que una
sustancia apropiada,
y
como enseña la filosofía, la sus-
tancia puede ser material é inmaterial, síguese de aqui
que los productos se dividen en
materiales
é
inmate-
riales.
Serán
productos materiales
todos los objetos útiles
del mundo físico, sin excluir el cuerpo del hombre, mo-
dificados ó apropiados para la satisfaccion de sus nece-
sidades.
Serán
productos inmateriales
todos los objetos úti-
les del mundo racional, del mundo de la inteligencia
y
del sentimiento, incluso el espíritu humano, modifica-
dos ó apropiados para los mismos fines.
Una llave, por ejemplo, es un producto material;
(1) Véase
el Párrafo 1.° de este Capítulo.
— 135 —
porque
se Compone de una sustancia material, capaz
de satisfacer nuestras necesidades
y
apropiada ademas
para, ello, ó lo que es igual, dotada de valor.
Un sabio es un producto inmaterial; porque hay en
él una sustancia inmaterial, su espíritu, no ménos ca-
paz de satisfacer nuestras necesidades ni ménos apro-
piada á este fin, ó en otros términos, un valor real
y
efectivo.
Esta doctrina no es, sin embargo, la que domina en
la ciencia. La mayor parte de los economistas, A. Smith,
Malthus, Sismondi , Droz , Rossi , Stuart Mill , etc., no
reconocen la cualidad de productos más que en
,
las co-
sas materiales, y es que, por un error procedente toda-
vía de la escuela fisiocrática, no ven produccion algu-
na sino allí donde hay aumento de materia,
y
hacen
consistir el valor en 1a materialidad de los objetos, sien-
do así que, como hemos visto, la produccion consiste
en la creacion de valor,
y
el valor es sólo una forma, un
estado particular de la utilidad que contienen los agen-
tes naturales.
J. B. Say fué el primero que entrevió la verdad, di-
vidiendo los productos en materiales é inmateriales;
pero, negando que los segundos formasen parte de la
riqueza, no supo sacar partido de una idea que de otro
modo le hubiera conducido á resultados fecundos para
la ciencia.
Despues ha venido Dunoyer, quien, por una reaccion
muy natural en el espíritu humano, ha sostenido que
no hay productos materiales, que todos son por el con-
trario inmateriales,
y
es que ha confundido el producto
con el valor, de la misma manera que sus antagonistas
confundian el valor con la materia.
«La forma, dice á este propósito
.
el autor
ya cita-
do (1);
el color, la figura que un artesano da
á
los cuer-
(1)
Diccionario de la Economía política,
Art.
Produccion.
— 136 —
pos brutos, son cosas tan inmateriales come la ciencia
que un catedrático comunica á seres inteligentes: ni
uno ni otro hacen más que producir utilidad (1),
y
la
única diferencia real que hay entre sus industrias e3
que la primera tiende á modificar las cosas
y
la segun-
da á modificar las personas.»
Cierto, contestamos nosotros: pero esa utilidad, ese
valor, que el artesano
y
el catedrático crean, residirá
en algun objeto, en alguna sustancia, puesto que por
si mismos no pueden subsistir;
y
como la sustancia es
material en el primer caso é inmaterial en el segundo,
de aquí la division de los productos en materiales é in-
materiales.
Los productos, pues, no son necesariamente mate-
riales, como querían los antiguos economistas, ni tam-
poco exclusivamente inmateriales, como pretende Du.-
foyer; los productos pueden ser materiales é inmate-
riales.
Donde quiera que haya apropiacion de utilidad,
creacion de valor, allí hay de seguro produccion, allí
hay un producto.
Y como toda industria, toda aplicacion del trabajo
tiene por objeto
apropiar
los agentes naturales para la
satisfaccion de las necesidades humanas, ó sea dar
valor
á las cosas útiles, es claro que las industrias, lo mismo
objetivas
que
subjetivas,
son de suyo
productivas, y
que no hay industria alguna que pueda calificarse de
improductiva.
El médico que da la salud á un enfermo
apropia
el
cuerpo de éste para que pueda satisfacer sus necesida-
des; comunica á sus miembros un
valor
de que
antes
carecian: por consiguiente, la medicina es una indus-
tria productiva.
El abogado que salva
á
un inocente del cadalso le
wt
(1) Léase
valor.
— 137 —
coloca en
co:,_diciones
propias
para la satisfaccion de
sus
necesidades; presta á un miembro de la sociedad
un
valor,
que, sin su auxilio, no hubiera tenido ; por
consiguiente, la abogacía es otra industria productiva.
El juez que pronuncia una sentencia, el catedrático
que explica una doctrina, el artista que representa un
drama,
apropian
para la satisfaccion de ciertas necesi-
dades el espíritu de las personas á quienes se dirigen;
puesto que dotan á ese mismo espíritu de un gran
va-
lor,
moralizándole, instruyéndole
y
haciéndole más sen-
sible: luego la magistratura, el magisterio, la declama-
cion, son otras tantas industrias productivas.
¿En qué consisten sus productos? En el enfermo para
la medicina; el inocente librado del cadalso, para la
abogacía; el hombre moral, instruido, sensible, para la
magistratura, el magisterio
y
la declamacion respecti-
vamente.
Esas personas valen: no se necesita más para consi-
derarlas como productos.
Esta doctrina es también nueva en la ciencia,
y
se
debe al talento filosófico de Dunoyer. Los antiguos eco-
nomistas calificaban de
improductivas
las industrias
que no ejercen su actividad sobre la materia,
y
espe-
cialmente aquéllas que obran directamente sobre el
hombre. ¿Por qué? Porque, segun ellos, no dejan (letras
de sí nada con que pueda alquilarse ó comprarse la más
mínima cantidad de trabajo, porque su trabajo se des-
vanece tan pronto como se ejecuta, porque sus servi-
cios no son fructuosos sino en el momento en que se
prestan, porque sus productos
no
se fijan en nada
y
es
imposible acumularlos ó atesorarlos, etc., etc. J. B. Say
llegó á decir que es desventajoso multiplicar esos pro-
ductos y que el gasto hecho para obtenerlos es impro -
ductivo. Sin embargo, los mismos economistas á que
nos referimos reconocen, por otra parte, que los «talen-
tos útiles, adquiridos por los individuos de la sociedad,
— 138
son un producto fijo
y
realizado, por decirlo así, en las
personas que los poseen
y
forman una parte esencial
dele fondo general de la sociedad, una parte de su capi-
tal fijo». En este sentido se expresa A. Smith (1), des-
pues de haber negado la productividad de las profesio-
nes liberales,
y
le siguen J. B.
Say,
Sismondi, Droz
y
otros partidarios de la misma doctrina.
Ahora bien, es evidente que unas industrias no pue-
den ser á un tiempo productivas é improductivas, dar
productos que á la vez se evaporan
y
se fijan, que se
desvanecen al nacer
y
se acumulan á medida que na-
cen. Esta es una contradiccion que demuestra la con-
fusion de ideas de los economistas citados. ¿De dónde
procede? Mr. Dunoyer la ha explicado admirablemen-
te (2); procede de no haber sabido distinguir el trabajo
del producto.
No debe decirse, en efecto, como ha dicho A. Smith,
que
la riqueza es trabajo acumulado,
sino valor, ó me-
jor todavía, productos reunidos. El trabajo no se acu-
mula; lo que se acumula son sus resultados. Segura-
mente, la leccion que da un profesor se consume
al
mismo tiempo que se produce, lo mismo que la mano
de obra del alfarero; pero las ideas inculcadas por el
primero en el ánimo de los que le escuchan son pro-
ductos que quedan, lo mismo que la forma dada á la
arcilla por el segundo.
No es cierto que el trabajo del catedrático, del juez,
del cantor, del cómico, no se fije en nada, ni deje nada
tras sí: se fija en los hombres en que recae
y
deja las
modificaciones útiles
y
duraderas que les hace sufrir,
lo mismo que el trabajo del tejedor se realiza en las co-
sas en que se ejerce
y
deja las formas, las figuras, los
colores que en ellas imprime.
(1)
Investigaciones sobre la riqueza de las naciones.
(2)
Diccionario de la Economía política,
Art.
Produccion.
—
..
139 —
No es cierto que los valores realizados en los hom-
bres, la capacidad, la destreza, los talentos que le les
han comunicado, no sean' susceptibles de venderse; lo
que no se vende, al ménos en los países donde no existe
la esclavitud, son los hombres mismos; pero, en cuanto
á los talentos que poseen, pueden muy bien venderse
y se
venden, en efecto, continuamente, no en especie,
á la verdad, pero sí bajo la forma de servicios.
No es cierto que los valores que el trabajo logra
fijar en los hombres no puedan acumularse: lo mismo
podemos aumentar en nosotros mismos las modificacio-
nes útiles de que somos susceptibles, que multiplicar
en las cosas que nos rodean las modificaciones útiles
que pueden recibir.
No es cierto que esta multiplicacion sea desventa-
josa: lo que sería desventajoso es multiplicar los gastos;
pero, en cuanto á los productos mismos obtenidos con
ellos, no vemos qué desventaja podria traer su abun-
dancia. Nadie se queja seguramente de que haya de-
masiada destreza, demasiado gusto, demasiado saber,
demasiada virtud, etc., etc.
No es cierto que los gastos hechos para obtener esos
productos sean improductivos: lo que sería improduc-
tivo es los gastos inútiles; pero en cuanto á los necesa-
rios, no lo son en manera alguna, puesto que pueden
dar lugar á una verdadera riqueza superior á ellos
mismos.
No es cierto, en fin, que tales productos en nada
aumenten el capital nacional: un capital de conoci-
mientos á de buenas costumbres no vale ménos que un
capital de dinero ó de cualquier otra especie de pro-
ductos. Una nacion no tiene sólo necesidades físicas que
satisfacer; está en su naturaleza experimentar muchas
necesidades morales é intelectuales,
y
por poca cultura
que tenga, colocará la virtud, la instruccion, el gusto,
en el número de sus productos más preciosos. Ademas,
— 140 --
estas cosas, dotadas todas de valor, son medios indis-
pensables para obtener otra especie de valores que se
fijan en objetos materiales, y no se necesita más para
considerarlas como capitales.
Por lo demas, aunque todas las industrias sean esen-
cialmente productivas, no hay ninguna que accidental-
mente no pueda dejar de serlo, ya porque se dé una
mala direccion al trabajo, y los resultados no corres-
pondan á los esfuerzos, ya porque éstes se apliquen á
satisfacer, más bien que necesida des verdaderas
y
legí-
timas, caprichos, apetitos, placeres que la Moral, de
acuerdo con la Economía política, reprueba.
VIII
De la riqueza.
Se dice que un pais es rico cuando está dotado de
una gran fertilidad, áun cuando para ello no baya te-
nido que hacer esfuerzo alguno, aun cuando todo lo
deba á la Naturaleza.
Al mismo tiempo que tambien se llama rico á un
hombre que, á fuerza de ingenio, de laboriosidad
y
cons-
tancia, ha logrado reunir grandes bienes de fortuna ó
rodearse de comodidades
y
placeres.
Es, sin embargo, evidente que la
liiqueza
del uno no
es igual á la del otro. La primera consiste en la abun-
dancia de cosas simplemente útiles, esto es, en la utili-
dad gratuita; la segunda en la multitud de cosas que
valen, es decir, en la utilidad onerosa, en el valor.
¿Cuál de las dos es la verdadera?
A los ojos de la ciencia, no puede haber riqueza sin
valor, esto es, sin utilidad obtenida por medio del tra-
bajo;
y
si la hay, es como si no existiera para ella, por-
que precisamente la actividad humana forma el objeto
de sus investigaciones.
La
riqueza,
económicamente considerada, no con-
siste en la utilidad natural, en la que contienen los ob-
jetos en su estado nativo, sino en la que reside en los
productos, en el valor.
—
142
--
Por esta razon hemos dicho en otro lugar
(1)
que la
riqueza
es el conjunto de los productos.
No es, sin embargo, así como la mayor parte de los
economistas entienden la
riqueza.
En primer lugar, Bastiat distingae una
riqueza
efectiva y
otra
riqueza relativa.
La primera, segun él,
es la que se compone de utilidades obtenidas, ya gra-
tuitamente, ya con el concurso del hombre; esto es, de
bienes naturales
y
de bienes adquiridos ó productos.
La segunda es la que se compone exclusivamente de
utilidades onerosas ó valederas es decir, vendibles,
puesto que Bastiat entiende por valor, no lo que hemos
entendido nosotros, sino el valor en cambio, de que más
adelante tratarémos bajo el nombre de
precio (2).
Ahora bien, ¿cómo nuestro autor confunde, bajo la
denominacion de
riqueza efectiva, dos cosas tan distin-
tas como son los bienes que nos da la Naturaleza
y
los
que nosotros adquirimos por medio del trabajo? ¿Qué
puede haber de coman entre los unos
y
los otros, á los
ojos del economista? ¿Ni á qué mencionar siquiera los
primeros, cuando más adelante declara él mismo que
nada tiene que ver con ellos la ciencia?
Pero no es ésta la única confusion en que incurre
Bastiat. Confunde tambien lo que él llama utilidades
onerosas ó valederas con las utilidades vendibles,
y
las
califica á las dos de
riqueza relativa;
siendo así que para
que mereciesen igual nombre sería preciso que el valor
y el precio fuesen una misma cosa, lo cual no sucede
así, como en su lugar demostrarémos. Riqueza relativa,
en efecto, es la utilidad vendible, para hablar el len-
guaje de Bastiat, ó sea el producto en venta, el precio,.
porque se refiere á la cantidad de otros productos que
se da en cambio de ella; pero si se quiere llamar
tam-
(1)
Véase el Cap. I de este libro.
(2)
Armonías económicas,
Cap. VI.
— 143 —
bien riqueza relativa á la utilidad onerosa, esto es, al
valor, es menester tener en cuenta que su relacion es
con las necesidades que puede satisfacer,
y
de ninguna
manera con otros productos.
Si hubiéramos de distinguir en Economía política
dos clases de riquezas, admitiriamos más bien la divi-
sion de J. B. Say en
riquezas naturales y riquezas so-
ciales,
dando el primer nombre á las que nada nos cues-
ta adquirir
y
el segundo á las que obtenemos por medio
del trabajo. Pero esta division es tambien inútil, puesto
que las riquezas naturales, segun declara el mismo
Say, no son del dominio de la ciencia, y por consiguien-
te no hay para qué tratar de ellas.
Lo que importa más hacer notar es que casi todos
los economistas limitan la significacion de la palabra
riqueza
á lo que Bastiat llama
riqueza relativa y
otros
riqueza cambiable,
diciendo que es un
conjunto de va-
lores—entiéndase
de valores en cambio—en lo cual no
habria otro mal que el de excluir del examen científico
la cualidad más importante de los productos, esto es, la
utilidad onerosa, el verdadero valor, si al mismo tiempo
los economistas citados tuviesen una idea clara del va-
lor
y
de la utilidad misma. Pero, como confunden lá
utilidad con el valor
y
el valor con el precio, con el
coste de produccion
y
áun con el mismo producto; como
no fijan desde un principio la significacion de estas pa-
labras y emplean cada una de ellas , sobre todo la de
valor,
en distintos sentidos, de aquí es que reine entre
ellos una discordancia de opiniones ocasionada á dis-
putas interminables,
y
que por otra parte a4-unos no
acierten á darse razon de fenómenos muy naturales
y
muy sencillos, que, definiendo bien la
riqueza,
son fa-
cilísimos de explicar.
Así J. B. Say considera como una de las mayores
dificultades de la Economía política la resolucion del
siguiente problema:
— 144 —
«Estando compuesta la
riqueza
del valor de las co-
sas poseidas, ¿cómo es posible que una nacion sea tanto
más rica, cuanto más bajo es el precio de aquéllas?»
Y efectivamente, entendiendo por
riqueza
un con-
junto de valores y por valor lo mismo que precio, el tal
problema es verdaderamente irresoluble, porque equi-
vale á decir:
Estando compuesta la
riqueza
del valor de las co-
sas, ¿cómo es posible que una nacion sea tanto más rica
cuantos ménos valores tenga? Ó bien: siendo la
riqueza
proporcionada al precio que tienen las cosas, ¿cómo es
posible que una nacion se enriquezca á medida que 'las
cosas estén más baratas en ella?
Lo cual implica una contradiccion, una paradoja.
Pero no es exacto que una nacion sea tanto más rica
cuanto más bajo precio tengan las cosas en ella; porque
el precio se calcula hoy con relacion al dinero circulan
te,
y
como en las naciones ricas circula más el nume-
rario, resulta que allí es precisamente donde las cosas
están
á
más alto precio. Ejemplo: la Iaglaterra, donde
todo cuesta muy caro, y sin embargo hay más riqueza
que en Portugal, donde todo se compra barato. El alza
ó baja de los precios, calculados en dinero, como se acos-
tumbra en el estado actual de la sociedad, no es un sín-
toma necesario de miseria ni de riqueza, como explica-
rémos al tratar de los cambios.La
riqueza
no se mide
por el precio de los productos, sino por su valor, ó lo
que es igual, por las necesidades que satisfacen. ¿Es
fácil la vida en un país? ¿Se pueden obtener en él mu-
chas satisfacciones con poco trabajo? Pues aquel país
es rico, cuesten ó no mucho dinero las cosas,, tengan
éstas un alto ó un bajo precio. Por el contrario, ¿se vive
en él estrechamente, proporciona el trabajo del hombre
poco bienestar, pocas comodidades, pocos placeres ver-
daderos? Pues aquel país es pobre, por muy baratas que
se vendan las cosas en sus mercados.
— 145
Se ve, pues, que la
riqueza
indica cierta cantidad,
cierto número de objetos provistos de valor: cantidad ó
número que puede ser mayor ó menor, porque en este
punto no hay límite alguno, pero que de todos modos
constituye
riqueza (1).
La
riqueza es
proporcionada á la utilidad onerosa,
al valor, ó lo que es lo mismo, á las necesidades satis-
fechas por medio del trabajo,
y
varia como éstas segun
las épocas, los países
y
áun los individuos.
Un señor de la Edad Media era rico poseyendo un
castillo desmantelado, un bosque donde entregarse á la
caza, algunas hanegadas de tierra mal cultivada
y
un
rebano de cabras
y
de siervos. En el dia ningun hombre
de la clase media cambiarla por la de aquel magnate
su oscura pero cómoda existencia.
Un salvaje hace consistir su mayor riqueza en al-
gunas cuentas de vidrio, que apénas servirian de in-
fantil juguete en Europa,
y
cambia por ellas el oro, la
plata
y
los productos más estimados entre nosotros.
Un arqueólogo, un numismático, darían la mitad de
su fortuna por una espuela del Cid ó una moneda de
los Faraones; miéntras que un labriego ó un albañil
arrojarian á un lado estos objetos, si los encontrasen en
los surcos de una tierra de labor ó entre los escombros
de alguna casa.
No se crea, por lo denlas, que la
riqueza
consiste en
una porcion más ó ménos grande de materia; pues si es
cierto que existe una
riqueza material,
no lo es ménos
que hay otra
riqueza inmaterial,
de la misma manera
que hay productos materiales é inmateriales.
(1)
Es sumamente impropio decir, como suelen los autores, ri-
quezas,
valores, utilidades:
pero ya que se usen estas palabras, en-
tiéndase que es siempre en sentido figurado:
riquezas
por produc-
tos,
valores
tambicn por productos,
utilidades
por bienes naturales ó
cosas simpleirente útiles.
10
— 146 —
Será, por ejemplo,
riqueza material
un conjunto de
manzanas, puesto que cada manzana es un producto
material.
Será
riqueza inmaterial
una reunion de, trabajado-
res hábiles, puesto que cada trabajador hábil constituye
un producto inmaterial.
Una
y
otra entran en el dominio de la Economía
política, no como objeto, porque esta ciencia no exa-
mina la riqueza en sí misma, sino como fin, porque tal
es también el de la actividad interesada, cuyas leyes
naturales estudia el economista.
LIBRO SEGUNDO.
TEORÍA DE LA CIRCULACION.
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