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UNIVERSIDAD DE SEVILLA
FACULTAD DE FI LOLOGÍA
MUJERES Y CINE.
DISCURSO PATRIARCAL Y DIS CURSO FEMINISTA,
DE LOS TEXTOS A LAS PANTA LLAS.
Tesis doctoral presentada por: Directora:
M. Ángeles Cruzado Rodríguez Dra. Mercedes Arriaga Flórez
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ÍNDICE:
I. INTRODUCCIÓN …………………………………………….. P. 7
II. LA IDENTIDAD FEMENINA DESDE EL DISCURSO
PATRIARCAL
1. El pensamiento binario ………………………………………….... P. 21
2. La construcción y representación social de los cuerpos ………... P. 27
2.1. El cuerpo y la mirada …………………………………………... P. 49
2.2. La mujer como c apital simbólico del varón …………………... P. 61
3. Espacio público versus espacio privado …………………………. P. 73
4. El concepto de violencia si mbólica y los discursos históricos de la
inferioridad de la mujer …………………………………………….. P. 89
4.1. El discurso religioso: la inferioridad moral …………………… P. 95
4.2. El discurso filosófico: la inferioridad intelectual …….……… P. 105
4.3. El discurso científico: la inferioridad física ………………….. P. 123
4.4. La violencia simbóli ca en la sociedad de masas. Mitos y
estereotipos …………………………………………………………. P. 129
4.4.1. La virgen ……………………………………………………... P. 135
4.4.2. La creadora y destructora …………………………………... P. 141
4.4.3. La amante y seductora ………………………………………. P. 147
4.4.4. La madre ……………………………………………………... P. 153
4
4.4.5. La sacerdotisa y hechicera ………………………………….. P. 161
4.4.6. La musa e inspiradora ………………………………………. P. 165
4.5. La mujer como e ncarnación del m al y los prototi pos feme ninos de
perversidad, de las Escrituras al cine …………………………….. P. 169
III. EL CINE Y EL PATRIARCADO
1. El cine clásico …………………………………………………… P. 211
2. El cine como lenguaje: códigos, montaje, la unidad fílmica,
tendencias y escuelas ………………………………………………. P. 223
3. La narración cinematográfica ………………………………….. P. 247
3.1. Cine versus literatura ………………………………………... P. 267
3.2. El cine alternativo …………………………………………….. P. 271
IV. LA MIRADA MASCULINA DEL CINE DOMINANTE
1. Imágenes de la mujer: la mirada masculi na del cine ………….. P. 281
1.1. La madre: el rechazo de la mujer que tiene voz …………….. P. 299
1.2. La homosexualidad, al margen ……………………………….. P. 301
1.3. La doble discriminación de las mujeres de color ……………. P. 305
V. LA MIRADA DE LA TEORÍA FEMINISTA
1. Lenguaje femenino / feminista ………………………………….. P. 313
2. La espectadora …………………………………………………... P. 325
3. La teoría fílmica feminista …………………………………….... P. 333
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3.1. Métodos de análisis ……………………………………………. P. 343
3.2. Carencias de la teoría fílmica feminista …………………….... P. 347
3.3. Desarrollo cronológico de la teoría fílmica feminista ……….. P. 351
4. El cine hecho por mujeres ………………………………………. P. 373
4.1. Cine de mujeres ………………………………………………... P. 377
4.2. De las precursoras… a nuestros días ……………………….... P. 387
VI. ANÁLISIS FÍLMICOS
1. Directoras con un discurso masculino
Jocelyn Moorhouse, 1995: Donde reside el amor …………………. P. 451
Sharon Maguire, 2001: El diario de Bridget Jones ……………….. P. 473
2. Directoras con un discurso femenino
Chus Gutiérrez, 2002: Poniente ………………………………….... P. 489
Icíar Bollaín, 2003: Te doy mis ojos ……………………………….. P. 501
VII. CONCLUSIONES …………………………………………. P. 515
VIII. BIBLIOGRAFÍA ………………………………………….... P. 525
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I. INTRODUCCIÓN
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Desde el principio de los tiempos las imágenes han dese mpeñado una
función comunicativa im portantísima. Recién estrenado el sig lo XXI, vivim os
inmersos en la llamada ‘cultura de la imagen’, en la que e l cine, la televisión, la
publicidad y la tecnología multimedia nos inundan cada día con sus
manifestaciones. Se han c onvertido en los principales transmisores y creadores de
significados, m odas y tendencias, pa pel que en otros tiempos c orrespondió por
derecho propio a los libros.
De ent re todos estos nuevos medios nos int eresa especial mente el primero,
heredero del mito, en el que se funden lo antiguo y lo nuevo. El cine bebe de todas
las artes –literatura, música, pintura, e scultura…-, a las que imprime un to que de
modernidad mediante la introducción de distintas tecnologías, pero sin perder ni
un ápice de su esencia artística. Desde su nac imiento a finales del XIX, se ha
convertido en uno de los principales conformadores del imaginario colectivo, ha
marcado las modas y tendencias más destacadas y ha jugado un papel
fundamental a la hora de definir los estereotipos y roles de género, casi siempre
desde un punto de vista m asculino. Es ese aspecto precisamente el que
pretendemos abordar en este trabajo: cómo el cine se pone al servicio de la
ideología do minante para cons truir u na ser ie de significados, nada neutrales, que,
gracias a la espec ificidad del medio, se nos hacen pasar por naturales y
contribuyen a perpetuar la dominación de las mujeres.
Nuestro estudio prop one una visión interdisciplinar desde campos como l a
psicología social, l a his toria y, sobre todo, la literatura, y un método de trabajo
deconstructivo, procedente de l post-estructuralismo, de la s emiótica, los est udios
culturales y l os post-fe minismos, que desmonta las miradas t radicionales
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las audi encias, con confere ncias y otros actos. La exhibición se realiza en s alas no
comerciales.
La mujer no h a sufrido siempre el mismo grado de marginación en el seno
de la indus tria cinematográfica. En sus primeros años de vida, fueron muchas las
pioneras que desempeñaron un papel más o menos destacable en el campo de la
dirección de filmes, situación que cambió con la aparición de los grande s estudios.
Nombres como los de Alice Guy, L ois Weber, Dorothy Arzner, Germaine Dulac,
Elvira Notari, Nell Shipman o Maya Deren son sólo al gunos ejemplos.
Fue a partir de l os a contecimientos de mayo del 68 cuando nació un cine
militante de mujeres que en Europa se caracterizó por la experimentación formal y
en Estados Unidos, por el documentalismo realista. Según Cla ire Johnston, el cine
hecho por mujeres debería unir l o político y la diversión, introducir l a s ensibilidad
femenina y cr ear nuevas imágenes que sirvan de modelos a las muje res y que
reflejen en mayor medida sus sentim ientos e inquietudes, así como los cambios
que está experimentando la sociedad 1 .
La última par te de nuestr o trabajo se compone del aná lisis de c uatro
filmes, en los que tr ataremos de ha llar una aplicación práctica de algunos de los
conceptos teóri cos a los que nos hemos referido en las páginas anteriores . Las
obras escogidas tienen todas en común el e star dirigidas por mujeres y el haber
sido realizadas –salvo la primera- en los al bores del siglo XXI. La e lección de
películas tan recientes se hace con la intención de comprobar si ciertos rasgos y
1
COOK, P., y JOHNSTON, C., “The place of wo men in the cinema o f Raou l Walsh”, en
Feminism and Film Theory (Penley, ed.), London & New York, Rou tledge, Chapman and
Hall Inc., 1988.
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estereotipos cin ematográficos que hemos abordado a lo l argo de es te tra bajo –
siempre en relación c on el cine clásico- se siguen viendo reflejados en los filmes
que se realiz an en la actualidad y, e specialmente, en l os dirigidos por m ujeres. El
hecho de centrar nos e n la obra de dir ectoras, además de constit uir un pequeño
homenaje a esas privilegiadas que han l ogrado hacerse un hueco en un mundo t an
masculino como es la industr ia cinematográfica, tiene otra razón de ser: demostrar
que no todas las mujeres que se ponen detrás de la cámara c uentan sus historias
desde un punto de vista femenino.
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II. LA IDENTIDAD FEMENINA DESDE EL
DISCURSO PATRIARCAL
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1. El pensamiento bin ario
El s istema de pensam iento oc cidental, a lo largo de su historia, se ha
caracterizado por su binariedad, esto es , por establecer una jerarquía entre pa rejas
de térm inos opuestos, uno positivo y ot ro ne gativo, en torno a los cuales se
organiza el mundo. En la jer arquía e stablecida entre los sexos al varón
corresponde siempre el polo positivo, el lugar superior. Él se erige como sujeto
del discurso y de l conocimiento, es el único que p uede nombrar y ordenar el
mundo en funci ón de su pr opia experiencia. De est e modo, el siste ma binario es
un sistema basado en el Uno, en el Mismo, por oposición a lo heterogéneo y lo
diverso, que se reduce a lo Otro. Ese Uno se identifica con el sujeto varón, que
funciona como “pr ototipo, patr ón y medida de todo lo exi stente. De esta forma
[...] los valores de género masculinos sustentan todas las interpretaciones
filosóficas, científicas o religiosas de la reali dad” 1 .
La dicot omía es algo c aracterístico de nuestra cultura que, según autores
como Gerda Lerner 2 , surge a partir de la división sexual propia del patriarcado,
que se nos hace pasar por natural, inherente a las cosas y a los c uerpos, y, en
virtud de e sa supue sta natur alidad, perpet úa el orden establecido. Autores c omo
Pierre Bourdieu d enuncian lo s mecanismos empleados para transformar en natural
lo cultural y arbitrario, que están en la base de la diferencia sexual y de la
dominación masculina.
1
CARUNCHO, C. y MAYOBRE, P., “ El problema de la identidad femenina y los
nuevos mitos”, en Novos dereitos: Ig ualdad e, Diversidade e Disidencia , Santiago de
Compostela, Tórcul o, 1988, p. 1, http://webs.uvigo. es/pmayobre.
2
LERNER, G., La creación del p atriarcado , Barcelona, Crítica, 1990.
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Señala Bourdieu que la divisi ón del pensamiento bi nario es arbitraria pero
“de acuerdo con la oposición entre lo masculino y lo femenino r ecibe su
necesidad objetiva y subjetiva de su inser ción en un sistema de op osiciones
homólogas, alto/bajo, arriba/abajo, delante/detrás, derecha/izquierda, recto/curvo
(oblicuo) (y pérfido), seco/húmedo, duro/blando, sazonado/soso, claro/oscuro,
fuera (público)/dentro (pri vado), e tc., que, para algunos, corresponden a unos
movimientos del cuerpo (alto/bajo // subir/bajar, fuera/dentro // salir/entrar)” 1 .
Esta división es además jerárquica y está imbuida de valores morales, como
señala P. Mayobre: ‘Alto’ “lo relacion[a]mos con conceptos como superior,
divino, elevado, en tanto que ‘bajo’ lo as ociamos con ideas como inferior, ínfimo,
feo. Lo mismo sucede con el par Derecha / Izquierda, que riendo significar c uando
expresamos la palabra ‘dere cha’ algo que es recto o justo, pero con la voz
‘izquierda’ insinuamos que algo es retorcido o si niestro” 2 .
Si partimos de esa bina riedad propia de l pensamiento occidental, podemos
entender cómo la identidad fe menina ha sid o construida, de la mis ma manera,
sobre la base de una serie de dicotomías, en las que a la mujer le han
correspondido siempre los tér minos más negativos; se la ha identificado con la
naturaleza, con la r eproducción, con la intuición, con el cuerpo y con la esfera
privada, mientra s que el varón ha a sumido para sí los términos más prestigio sos,
como la cultura, la producción, la razón, el intelecto y la esfera pública. En es a
jerarquía o asimetría de términos, el hombre se si tuaría en el lado del poder, la
1
BOURDIEU, P., La dominació n masculina , Barcelon a, Anagrama, 2 000, p. 20.
2
MAYOBRE , P., “Decir el mund o en fe menino”, en Id entidad y Cultura. Simpo sio
Internaciona l de Filo sofía , La Coruña, Servicio de Publi caciones Universidad de la
Coruña, 2001, p . 1.
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autoridad y la autonomía, mientras que a la mujer correspondería una posición
pasiva, dependiente y subordinada.
Leonardo Shlain relaciona el naci miento de la escritura, y especialmente
de la a lfabética, con el desarr ollo de las actitudes pa triarcales, pues d icho medio
de com unicación contribuye a difuminar los ‘valores femeninos’ así como la
presencia de las m ujeres en el mundo de la cult ura. Aunque este autor manifiesta
un claro binari smo al atribuir a las mujeres una “visi ón del mundo holí stica ,
simultánea , sintétic a y concreta , en tant o que el pensamiento lineal , secuencial ,
reduccionista y abstracto es definitorio de lo masculino” 1 , considera que ambos
modos de perc epción son complementarios y están presentes, de manera
equilibrada, en todos y cada uno de los i ndividuos. La adquisició n de la escritura,
sin embargo, introduce un fuerte ses go masculino y una reducción del poder de la s
mujeres. Para justifica r esta idea, Shlain señala que las socie dades primitivas que
aún no se valían de la comunicación escrita eran mucho más igualitarias en lo que
a la r elación entre se xos se refiere que otras comunidades más de sarrolladas. Algo
parecido apunta Lévi-Strauss 2 , quien vincula la es critura con la aparición de
sociedades jerárquicas, en las que existe la esclavitud.
Diferentes autoras subrayan el carácter abstracto y secuencial de la lectura
y la escritura, cuya comprensión i mplica todo un proceso –inconsciente y veloz,
sin duda- p or el que el s ignificado brota de m anera progresiva y secuencial,
mientras que la imagen, concreta y sintética, se percibe gl obalmente, de una vez.
1
SHLAIN, L. , El alfa beto contra la diosa. El conflicto entre la pa labra y la imagen, el
poder masculin o y el poder femenino , Madrid, Debate, 2 000, p. 17.
2
Cfr. LÉVI-STRAUSS, C., El totemismo en la actu alidad , México, FCE, 1962; LÉVI-
STRAUSS, C., El pensamiento sa lvaje , México, FCE, 1964.
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Así, existe n numerosos ejemplos c ulturales, mitológicos e históricos q ue vinculan
sólidamente el principio femenino con las imágenes, y el masculino con la palabra
escrita, aunque ambos están presentes en todos los seres humanos. Si nos
centramos en el ámbito de la religión, dada s u importancia en la configuración de
los modos de pensamiento y actuación en las sociedades de t odas las épocas,
podemos obser var que los pr imitivos c ultos paganos que adoraban a divinidades
femeninas como la Gran M adre se basaban en un gran componente icónico, y dan
buena muestra de ello la i nfinidad de representaciones de la mujer, como la Venus
de Laussel ( 20000 a. C., aprox.), pr oducidas por l as culturas a rcaicas. Por el
contrario, en la s tres grandes religiones –el judaísmo, e l cristianismo y el
islamismo- que veneran a un dios masculino y defienden los valor es pa triarcales
adquiere un valor preponderante la palabra escrita.
Como hemos visto, la ide a de fem inidad en el pensamiento occidental
aparece ligada a un gran número de estereotipos que tratan de definir una supuesta
esencia femenina. Se trata de una ser ie de creencias y opiniones muy simples
acerca de la ide ntidad de hombres y mujeres, que la c ultura refuerza y transmite
para que sean asumidas de manera incons ciente. Se perpetúan así los roles de
género, atribuyéndose ‘naturalmente’ una serie de t areas a cada se xo 1 . Se trata,
por tanto, de una noción cultural -no biológica-, apoyada en las relaciones de
parentesco que, mediante la institución capitalista de la familia nucl ear, justifican
el intercambio de m ujeres entre los hombres por medio de pactos, y convierten a
la mujer, siguiendo a Betty Friedan 2 , en símbolo de estatus social.
1
Cfr. AAV V, Arrincona ndo estereotipos en los medio s de comun icación y en la
publicidad , Madri d, Dirección General de la Mujer d e la Comunidad de Madrid, 2003 a.
2
FRIEDAN, B., La mística de l a feminidad , M adrid, Júcar, 1974.
25
Además, se ha querido ver un esencialismo en e sa configuración sexual,
que se ha empleado para ju stificar otr as di ferencias, como l a desigual divi sión
sexual del trabajo, especialmente con la Revolución Industrial, que marc ó una
separación radical entre el ámbito de lo público y el de lo privado.
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Marianna, una de las protagonistas de Donde reside el amor ( Jocelyn Moorhouse,
1995): gra n conquistadora, guarda, a modo de trofeos, multitud de fotos y
recuerdos de hombres con los que ha mantenido r elaciones esporádicas; sin
embargo, confiesa con nostal gia que, si tuviera que elegir, se que daría con su al ma
gemela, un ho mbre con el que apenas i ntercambió unas palabras, del que conserva
un poema escrito en una servilleta. A pesar de su liberación sexual, Marianna
sigue vinculada al romanticismo.
A las ni ñas no s e las incita a realizar tareas que impliquen el uso de la
fuerza física, ni se la s anima a practicar actividades deportivas que supongan un
control sobre s us c uerpos, de a hí qu e des arrollen un habitus corporal marcado por
la timidez y la inseguridad que limitará su campo de actividad. Cuando las
mujeres hacen deporte de forma cont inuada dejan de existir sólo para ser miradas
por l os demás y se reapropian de su propio cuerpo, l o que las con vierte, a la vista
de los hombres, en poco ‘femeninas’ o inclus o lesbianas 1 .
Según Simone de Beauvoir 2 , la conf ianza del sujeto en sí mismo ti ene
mucho que ver con la confianza en su pr opio cuerpo. La relación que las ni ñas
entablan c on él se traduce en una falta de autonomía y libertad –no pueden pelear
ni r ealizar actividades que i mpliquen un gran desgaste físico-, que les impone ante
todo agradar a los demás, ser buenas y per manecer físicamente pasivas. Eva Figes
atribuye esa incapac idad femenina para expresarse de det erminadas maner as al
apendizaje. A las niñas se las educa “para huir de las manipulaciones físicamente
1
MULVEY, L. , “Le ambigu ità dello sguardo ”, en Lapis , nº 7, 1970.
2
DE BEAUVOIR, S. , El segundo sexo , Buenos Aires, Siglo XXI, 19 82.
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arduas y evit ar algunas imágenes por ser poc o femeninas” 1 . Así, las mujeres
desarrollan un habitus sumiso, codependie nte y expre sivo, e n el q ue cobra gran
importancia la apariencia física , siempre en relación con el resto de las mujeres.
La forma d e presentar el propi o cuerpo se caracteriza por una hexis o lenguaje
corporal que es mucho más refinado e n el caso de las mujeres, quie nes se mueven
de for ma ligera y suave, mientras que los hombres lo hac en con “una m ayor
grandilocuencia y soltura en las actitudes corporales” 2 .
Señala esta autor a que es la propia auto-percepción de las mujeres como
sujetos carentes de poder lo que l as hace perder capacidad de acción, al
subestimar sus aptitudes y su fuerza física. Por ello considera nec esario que las
mujeres d ejen atrás el pudo r y aprendan a relacionarse más libremente con su
cuerpo, iniciando así una revalorización del mismo.
Desde la Antigüedad, el cuerpo femenino había si do considerado inferior
al masculino: la inferioridad física de la mujer reflejaba también una inferior idad
moral e int electual. La descripción de la vagi na co mo falo invertido, presente en
numerosos escritos m édicos medievales, r esponde a la lóg ica q ue opone el a fuera
y el adentro, el derecho y el revés, lo positivo y lo negativ o, y ensalza l o
masculino como norma. Así, hasta el Renacimiento, el aparato genital femenino
fue considerado una versión inferior del m asculino, y se careció de térm inos
específicos pa ra nombrarlo . A partir de la Ilus tración se empezaron a acentuar las
diferencias entr e ambos sexos, que se consideraban distintos. El cuerpo femenino
1
FIGES, E., Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad , Madrid, Alianza
Editorial, 1972, p. 19.
2
ROD RÍGUEZ ME NÉNDEZ, M. d el C. , La configu ración del género en los procesos de
socialización , Ovied o, KRK, 200 3, p. 174.
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ya no se pre sentaba co mo versión defectuosa del m asculino, sino como el
instrumento pe rfecto de la función natural de l a mujer, es decir, de la maternidad.
En este sentido, Rousseau y otros pensadores de su tiempo defienden que las
mujeres deben ser educadas de forma diferente a los hombres pa ra po der canal izar
sus instintos naturales hacia una domesticidad civilizada. En e l Emilio 1 se
prescribe que los varones tienen que educarse en la autonomía y en el rechazo a l
sometimiento y a cualquier otra autoridad que n o sea la propia ley m oral interna,
mientras que las m ujeres deben educarse e n la obedie ncia a l os tutores va rones y
la sumisión.
La biología sirvió para acentuar las diferencias p olíticas y culturales en tre
los sexos. Dicha idea respondía más a las necesidades políticas de c rear
representaciones sim bólicas que a los descubrimientos científicos. Como sost iene
Donna Haraway, “desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XI X las grandes
construcciones h istóricas de género, raza y clase se encontrarán inmersas en l os
cuerpos orgánicamente marcados de la mujer, del colonizado o esclavizado y del
trabajador” 2 . Eso explica que, ya en el siglo XIX, se tratase de hallar en la
anatomía una justificación al sometimiento de l as mujeres en el ámbito social. Sin
embargo, Eva Figes subra ya l os factores cult urales y sociales como la s pr incipales
causas de las diferencias existentes ent re hombres y mujeres. Por ejemplo, en el
plano físico, la mayor longevidad y resistencia ante las e nfermedades p ropias de
las féminas o la fortaleza y el desarrollo m uscular de los varones pueden ser
1
ROUSS EAU, J. J., É mile , Paris, Ed. du Soleil, 1971; trad. esp., Emilio , México, Porrúa,
1989.
2
HARAWA Y, D., Cienc ia, cybo rgs y mujeres. L a reivin dicación de la natural eza,
Madrid , Cáted ra, 1995, p . 359.
35
consecuencia de l a divis ión sexual del trabaj o. Del mismo modo, las
características psic ológicas supuestamente femeninas pueden ser atribuidas a
factores sociológicos: “la mujer e s menos dominante porque est o es lo que la
sociedad l e exige; más emocional por que sus pensamientos y su educa ción han
sido orientados m ás hacia el corazón que haci a la cabeza ; más cons ervadora
porque hogar y casa apenas cambian y no requie ren […] ni nguna capa cidad de
cambio como condición para sobrevivir” 1 .
Claude Lévi-Strauss tam bién concede gran importancia a los fact ores
sociales como motivadores de la conducta de hombres y mujeres. En su opin ión,
“cada hombre sie nte e n función d e la manera en que l e está permitido o en que s e
ve obligado a actuar. Las cost umbres vienen da das como normas exte rnas ant es de
originar sentimientos internos” 2 .
Tradicionalmente el patriarcado ha impuesto un modelo de fe minidad
entre cuyas características no se encontraban la agresividad ni el carácter
competitivo. Por el contrario, valores como l a o bediencia y la sumisión han s ido
predicados por l as principales religiones, que han propuesto castigos ejemplares
para toda mujer que osara salirse de ese patrón. La sujeci ón al marido y el cu idado
de la prole se consi deraban el único camino válido para que las mujeres pudiese n
sentirse plenamente realizadas y hallar la felicidad.
La mujer ideal, limitada en los derechos y en los placeres de la maternidad,
quedaba sujeta a procurar el bienestar físic o y moral de su familia. Fue Virginia
1
FIGES, E., Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad , Madrid, Alianza
Editorial, 1972, p. 11.
2
LÉVI-S TRAUSS, C., El totemismo en la a ctualidad , M éxico, FCE, 1962, p. 78. Cfr.
también LÉVI-ST RAUSS, C., El pensamiento sal vaje , México, F CE, 1964.
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Woolf quien lla mó a este pr ototipo femenino el “ángel del h ogar”. La mujer ideal
tenía que reducir su círculo vi tal a las necesidades y s entimientos del mundo
doméstico. Una de l as ideas más acept adas de la diferenciación sexual fue
precisamente la de que las mujeres experi mentaban ternura maternal y no deseo
sexual. Así lo entendía William Acton, quien afirmaba: “No cabe duda de que la
mayoría de las mujeres carecen de pasión sexual. […] Las mejores madres,
esposas y amas d e casa saben muy p oco o nada de cuesti ones sexuales. Sus únicas
pasiones son el hogar, los h ijos y las labores domésticas” 1 . En la época vict oriana
los hom bres daban por hecho que las mujeres respetables care cían de apetitos
sexuales, por lo que no se molestaban en tratar de satisfacerlas y, a sí, muchas
permanecían frígidas toda su vida. Según E. Figes, ese tipo de actitud masculina
no es sino “una defensa contra el miedo al extremo opuest o: la mujer toda
apetitos, toda requerimientos” 2 .
La falta de deseo o de pasión en la mujer va a ser uno de los tópicos que se
arrastrarán hasta lo s mitos del cine. El film e Donde reside el amor (J ocelyn
Moorhouse, 1995) se centra en las historias de varias mujeres, de diferentes
edades y procedencias, y todas entienden el amor bá sicamente como amistad,
cariño fraternal, a mor por los hijos o por el marido; es el caso de Anna, una mujer
de col or que, en su j uventud, se quedó embarazada de un hombre blanco que no
quiso volver a saber nada de ella. Desde entonces, el amor de su hija se convertiría
en lo más importante de su vida, y su deseo sexual quedaría para siempre
1
ACTON, W ., The Function and Disorders of the Reproductive Organs , Philadelphia,
Blakiston, 185 7, p. 55.
2
FIGES, E., Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad , Madrid, Alianza
Editorial, 1972, p. 52.
37
reprimido.
El vestido f emenino contri buye a marcar ese encierro simbólico de l a
mujer en la esfera privada-doméstica. En el siglo XIX, cuando e mpiezan a brotar
los primeros atisbos de e mancipación fem enina, la moda se convierte en un
sistema más para m antener a la muje r inmóvil y sometida a l hombre. “ La
burguesía abo mina de la totalidad de la mujer como sujeto activo, y por e llo se
afana en representarla en fragmentos” 1 . Como sosti ene Patrizia Calefato, el cuerpo
que r epresenta la moda es un c uerpo sustituible, es un edifici o móvil que re gistra
la ambigüedad del deseo.
En el XI X se pone de moda el corsé, que, además de estilizar la figura,
realzando los pechos, dificult aba la movilida d y obligaba a las mujeres a
permanecer i nactivas, sin obviar el hecho de que s u uso provocab a el
desplazamiento de los órganos internos y es taba e n el origen de distintas
enfermedades. Dicha prenda impone una figur a antinatural, en for ma de re loj de
arena, con una estrechísima cintura que fragm enta el cuerpo en dos partes
independientes, busto y c aderas. La opre sión es tal que lle ga a producir mareos, al
faltarle a la mujer el aire para respirar; ese aliento entrecortado, que recuerda al
acto sexual, es para el hombre altamente erótico.
Por otr a parte , el uso del corsé implicaba la convicción moral y religiosa
de que e l castigo de la carne era necesario, a dquiriendo, por t anto, una función
“muy similar a la del cilicio” 2 . Además, permitía a los maridos tener controlada en
1
ETXEBARRÍA, L. y NÚÑEZ PUE NTE, S., En brazos de la mujer f etiche , Barcelona,
Destino, 2000, p. 120.
2
SQUICCIA RINO, N., E l vestido habla : consid eraciones p sico-socioló gicas so bre la
indumentaria , M adrid, Cátedra, 1 998, 3ª ed., p. 80.
38
todo momento la sexualidad de sus esposas, pues, al ser una prenda que requiere
su ayuda para abrocharla, éstos podían saber fácilmente si a lguien había tocado
esos nudos después que ellos. “El corsé, más que un soporte, era un si gno de
virtud: de hecho, l as mujeres que no est aban oprimidas por l os c ordones de un
corsé olían a lujuria desenfrenada y eran consideradas un receptáculo de
pecados” 1 .
Esta prenda , unida a los tac ones, hacía de la mujer un ser inmóvil y pasivo,
un bonito adorno, fácilmente controla ble, para e xhibir en sociedad. El t acón de
aguja, símbolo fáli co por excelencia, es un el emento más de sujeción de la mujer,
al hombre y a la moda creada por él. Aunque su origen está en el lejano Oriente,
en el siglo XV se pu so muy de moda en Venecia, donde las mujer es e mpezaron a
calzar, disimuladas bajo las largas falda s, unas plataformas que podían i ncluso
superar los cincuenta centímetros de altura y que les permitían aumentar
considerablemente su estatura, al tiempo que les da ban solemnidad, por el paso
lento y cauteloso con que se veían forzadas a caminar. “La excesiva altura de
estos zapatos transformó a las m ujeres en criaturas extrañas; lo que atraía al
hombre no era solamente su exagerada altura, sino sobr e todo la sensaci ón de
inestabilidad […]. La cont emplación de una mujer que caminaba de una forma
precaria, correspondía a la im agen de debilidad femenina que el hombre se había
representado” 2 .
En un primer momento, e l tacón se impuso co mo signo de estatus social,
pues l as mujeres de clase elevada eran más altas, debido a su mejor alimentación.
1
SQUICCIA RINO, N., E l vestido habla : consid eraciones p sico-socioló gicas so bre la
indumentaria , M adrid, Cátedra, 1 998, 3ª ed., p. 80.
2
Ibídem.
39
Por ello, las jóvenes s e presentaban en sociedad con tacones para buscar un
marido pudiente. En la actualidad ya no indica estatus, pero sí es causa de
atracción sexual, pues realza los atributos fem eninos, hace que el vientre se
retraiga y sobresalgan el busto y otras prominencias 1 .
Hoy e n día se siguen usando elementos como la falda, los zapatos de tac ón
o el bolso, que li mitan los movimientos de la mujer y le dificultan la realización
de ciertas actividades. Son pre ndas que ent regan el cuerpo a las miradas de l os
demás, de manera que “el sentido de la ropa femenina es manifiesto: s e tr ata de
‘adornarse’, y ador narse es ofrecerse” 2 . Así, siguiendo a B. Vázquez, “[l]as
mujeres han podido liberarse i ntelectualmente, pe ro sus cuerpos siguen
encorsetados. Siguen consider ándose a sí mismas como algo pasivo, no agresivo,
sometido” 3 .
El cine ha sido uno de los instrumentos de c omunicación más importantes
a la hora de transmitir o comunicar las m odas, en tanto en cuanto el vestuario de
las p elículas se ha inspirado en la s tendenci as del momento, a demás de contr ibuir
en ocasiones a la creación de una moda o a su desaparición como tal.
Algunos autores se han ocupado de la s influencias mutuas entre l a moda y
el cine, entendido éste c omo medio socializador, legitimador y generador de
1
Para más información sobre el fetichis mo del vestido, cfr. ETXEBARRÍA, L. y NÚÑEZ
PUENTE, S., En brazos de la mu jer fetiche , Barcelona, Destino, 2000 .
2
DE BEAUVOIR, S. , El segundo sexo , Buenos Aires, Siglo XXI, 19 82, p. 169.
3
VÁZQUEZ, B., “Educaci ón física para la mujer. Mi tos, tradicio nes y d octrina actual”,
en Mujer y dep orte. Ponencia s presentad as al Seminario sobre el tema, 26-28 febrero
1986 , Madrid, Instituto de la Muj er, 1987, p. 62.
40
valores, gustos y t endencias 1 . Como i ndica Jácome, “cuando nació el arte
cinematográfico nadie imaginó que, además de ser vir como vía de entretenimiento
y de información, llegaría a ser un fuerte vehículo de imposición de ide as e ídolos
y, por tanto, difusor de modas y maneras” 2 .
Es indudable que, en el siglo XX, el cine ha ejercido una gran influencia
social en la confor mación de las modas, los valores y los m odos de com portarse.
Casi desde su n acimiento, el séptimo a rte ha desempeñado un importante papel en
el lanzamiento de productos y en la definición de las tendencias, sob re todo, en l o
que al vestido femenino s e refiere . En los años 20 Clara Bow se convirtió en una
de las primeras a ctrices de moda. Con el filme Ello ( Clarence Badger, 1927)
popularizó un ideal de mujer emancipada y a la última –la que se conoce como
flapper -, que pronto sería imitada por muchas americanas: pelo corto ‘a lo
garçon’, con una mueca de enfado e n los labi os y chicle en la boca. Max Fleischer
se inspiraría en este modelo pa ra crear a su personaje de cómic Betty Boop. En la
década siguiente cobra auge el sta r system ; Hollywood empieza a fabrica r
estrellas como si de productos com erciales se tratase. Grandes firmas de la moda
francesa se encarga n de crear e l vestuario de l os fil mes y emplean a las actrices
como modelos de excepción para sus colecciones. Así, en los años 30, Gre ta
Garbo se convierte en el prototipo de mujer sofisticada gracias al vestuario
diseñado por Adrian y los pantalones se ponen de moda co n el uso que Marlene
Dietrich les da en la vida re al. En los 40 dest aca la imagen de Lauren Bacall
1
Para ampliar este punt o, cfr. PARICIO ESTE BAN, P., “La moda en el cine y el cine en
la moda”, en Caleid oscopio , nº 2, o ctubre de 2002.
2
JÁCOME, D., “Moda y cine”, Situación , N1. 2 , Servicio de Publicaciones d el Banco
Bilbao-Vizcay a, 1996, p. 233.
41
enfundada en un traje tipo sastre a cuadros creado por Milo Ander sen - Tener y no
tener (Howard Hawks, 1944)-; una década más t arde Marilyn Monroe , siempre
fiel a Willian Travilla, encandila con su sex appeal, mientras Grace Kelly se
convierte en modelo de el egancia sin igual , con su cabello recogido –por ejemplo,
en La ventana indiscreta ( Alfred Hitc hcock, 1954)-, que será imitado por muchas
mujeres de la época. La sofisti cación vuelve de la mano de Audrey Hepburn,
quien permanece fiel a Hubert de Givenchy en un gran número de filmes –por
ejemplo, Vacaciones en Roma (Will iam Wyler, 1 953)-, hasta que en Dos en la
carretera (Stanley Donen, 1967) abre su armario a otros diseñadores como Paco
Rabanne, Mary Quant o Ken Scott. Brigitte Bardot se convierte en la primera
Lolita, y el vesti do rosa de cuadritos que lució durante su boda causó furor entre
las jóvenes 1 .
Una de las actrices citadas, Audrey Hepburn, a mediados de los 60, luce
con elegancia las creaciones de la casa francesa Gi venchy y protagoniza junto a
Fred Astaire Una c ara con ángel (Stanl ey Donen, 1957) , una comedi a musical
ambientada en el mundo de la moda, que está en el origen de la línea haricot vert 2 .
Otro ejemplo de estrella de cine generadora de modas en los años 60 es
Doris Day, quien, vestida por Jean Louis en fil mes como Confi dencias a
medianoche (Michael Gordon, 1959) o Pijama para dos (Delbert Mann, 1961),
constituye un modelo d e elegancia para l as amas de casa. En los 70, Marisa
1
DE COMIN GES, J., “Del cine a la moda”, en Celuloi de de terciop elo, Valencia, Cí rculo
de Estilistas, 1 991, 21-22.
2
OSTRIA, V., “La mode au fil( m) du temps”, Artpress , Spécial A rt et Mode , N1. 18,
1997, p. 57 .
48
49
2.1.
El cuerpo y la mir ada
La crítica feminista ha examinado con atención una cuestión que c onsidera
fundamental: la idea de que la mirada es genuinamente masculina. Este aspecto lo
han analizado Gri selda Pollock -en la pint ura impresionista- o Laura Mulvey -en
las películas de Hollywood-, por citar sólo dos ejemplos. Esta última, en su
influyente artículo “Placer visual y cine narrativo” 1 , ut iliza la teoría psic oanalítica
para demostrar, a t ravés del estudio de las representaciones cinematográficas, el
modo en que el inconsciente patriarcal ha estructurado las formas de visión.
Afirma que el placer de la mirada distingue dos posiciones: activa/masculina y
pasiva/femenina, siendo el sujeto masculino el que ostenta el pode r de l a mirada y
de la cr eación de significados y el obje to femenino el que la recibe y funciona
como significante.
“El Romanticismo fra ncés conserva, gracias a Corinne, el elocuente
testimonio de la mirada i nquisitorial de una ciudad sobr e una mujer caminando
sola por sus calle s. La célebre heroína de Madame de Staël fue uno los primeros
personajes fem eninos en exponerse y enfrentarse a l a mirada pública” 2 . Como
1
MULVE Y, L. (19 75), “Visual Pleasures and Narrative Cinema”, en Vi sual and Other
Pleasures , Bloo mington e Indianapol is, Indiana University Press, 1 989; trad . esp., “Placer
visual y cine narrativo ”, en Arte después de la modernida d (Wallis, ed.), Madrid, Akal,
2001; cfr. también MUL VEY, L ., “Aft erthought s on ‘Visu al p leasure and narrativ e
cinema’ inspired by Duel in the sun ”, en Feminism an d film t heory (Penley, ed.), Lond on
/ New York, Rou tledge, Chapman and Hall Inc., 1988.
2
ARRÁEZ LLOBREG AT, J. L. , “Ciu dadanas cosmopo litas francesa s a comienzo s del
siglo XX y escenarios público s: tras l os avent urados p asos de Liane de Pougy, Marina
Bousquet y Marthe Fi el en la ciudad”, en Mujeres, espacio y poder , Sevilla, Arcibel,
50
señala Mercedes Arriaga 1 , la mirada escruta dora del control y de la desaprobación
social se transforma en muchos textos autobiográficos en la retórica de l a
humildad que busca del favor del posible –y, en muchos casos, más que conocido,
temido- lector, al que se ens alza, se agasaja, y cuya so mbra agigantada se proyecta
desde la primera página escrita.
La cuestión de la mir ada masculina/femenina resulta especialm ente
sugerente en el contexto de la modernidad. Baudelaire, en su ensayo “El pintor en
la vida moderna”, alude a la figura del flâneur –ese h ombre que pasea observando
a l a multitud– como arquetipo de la época moderna. Este símbolo no sólo exc luye
la mirada de la mujer, sino que la constituye c omo objeto de la visión.
Coincidiendo con la Revolución Industrial, quedan perfectamente delimitadas las
esferas pública y priva da y no s on pocas la s mujeres que salen del hogar para
trabajar en las fábricas. Cuando una mujer accede a l espacio público y abandona
el escenario doméstico, par adigma de sometimiento, a mparo y pro tección, para
exponerse a la mirada y a la opinión pública, incurre en una ser ie de peligros que
la literatura europea del momento no deja de subrayar. Obras como El extraño
caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Rober t Louis St evenson, 1886) ponen de
manifiesto que l a calle no es un l ugar seguro para l as mujeres. De hecho, la
mayoría de las asesinadas en ciudades c omo Londres o París en este tipo de
novelas resultan ser prostitutas o mujeres de la calle .
2006, p. 29; cfr. además DE STAËL, M. , Co rinne o u l ’Italie (1807), Paris, Gallimard,
1985. En el artículo citado, el autor se refiere también a otros person ajes femeninos que
transitan libremente por l as calles de Parí s o V enecia aunq ue, como en el caso de Nhine y
Tesse ( Idylle saph ique , de Liane de Pougy ), tengan que hacerlo v estidas de obrero s.
1
ARRIAGA, FLOREZ, M., “Desconfianza y delirio en autoras a utobiog ráficas”, en
Razón de mu jer (Gallego y Navarro, ed s.), Sevilla, Alfar, 2 003b.
51
Sin embargo, es muy significativa l a obra de la cineasta italiana Elvira
Notari, quien, a principios del siglo XX, presenta en sus filmes a mujeres –sobr e
todo burguesas- que salen sola s a la calle, pasean e n coche y s e mueven a sus
anchas por la ciudad. Sería n una especie de flâneuses , mujeres que se apropian del
espacio público y se sitúan en el límite de lo decente.
Años más t arde, el cine castigará a toda mujer que logre al canzar un
mínimo de subjetividad, como es el caso de la protagonista del género negro. A
pesar de su c ondición de objeto sexual, la fatal gobierna su p ropio destino y se
muestra como dominadora en detrimento del papel sumiso que tradicionalmente le
corresponde; usa su sexualidad pa ra lograr sus objetivos, e incluso decide sobre su
cuerpo. Por todo el lo, la narrativa fílmica acabará e xpulsándola, normalmente,
mediante una muerte violenta.
Nava 1 subraya que existen dos ámbitos fundamentales en los que a la
mujer le es lícito mirar: el ej ercicio de la caridad y la actividad de las compras. Es
famosa la escena de la película Pretty Woman (Garry Marshall, 1990), en la que
su protagonista pasa toda una mañana comprándose elegantes modelos en las
tiendas más caras de Los Angeles gr acias a la tarjeta de crédito de su adinerado
‘príncipe azul’. Vivian, quie n durante t odo el filme expone su apetecible c uerpo
para el disfrute de los espectadores, s e convierte en observa dora de toda la
mercancía que se expone en los escaparates.
Otra excepción a esa ex clusión femenina de la mirada la encontramos en l a
publicidad. En l os anuncios publicit arios la m ujer, con frecuencia, suele mirar
frontalmente a los especta dores, rasgo que rara ve z ca racteriza al hombre. “La
1
NAVA, M ., “Mod ernity’s disavo wal: women, the city an d the depart ment store”,
Modern times , New Yo rk, Routled ge, 1996, pp. 38-76.
52
mujer nos mir a para que pueda ser admirada, para que contemplemos su cuerpo o
la belleza de su rostro” 1 . El hombre también busca la adm iración, pero para
conseguirla no permanece pasivo ante la cámara, sino que actúa.
El cuerpo fe menino es perc ibido por las propias mujere s como un c uerpo-
para-el-otro, esto es, un cuerpo siempre expuesto a la mirada y al discurso del
otro, que t iene mucho que de cir en la relación de la mujer con su propio cuerpo,
inevitablemente marcada por los esquemas bi narios que rigen l a percepción. Las
mujeres experimentan dicha relación como una representación, también subjetiva,
a partir de la imagen que la mujer cr ee que los ho mbres en gene ral tienen de su
propio cuerpo 2 , y esa im agen está fuertemente condicionada por los patr ones
ideales esta blecidos po r l os m ismos hombres , par a juzgar el cu erpo de las
mujeres.
Según Si mone de Beauvoir, “la mujer encara la gl orificación de su cuerpo
a través de los homenajes de l os hombres a quienes ese c uerpo está destinado” 3 .
Así, el cue rpo femenino se construye socialmente como un c uerpo percibido. En
su conformación intervienen distintos factores, como el aspecto físico o hexis
corporal -que depende del tr abajo realizado y de la alimentación, entre otras
cosas- y e l modo en qu e se mueve y se coloca, que supuestamente son indic adores
de la na turaleza del ser humano. Sin embargo, no estamos ante la naturaleza, sino
ante una construcción social, naturalizada.
1
CORREA, R., GUZMÁN, M. D. y AGUADED, J. L., La mujer invisible. Una lectura
disidente de lo s mensajes publi citarios , Huelva, Grup o Comunicar, 2 000, p. 122.
2
Cfr. BUTLE R, J., Cuerpos que impo rtan. Sobre los límites materiales y discursivos del
"sexo", Buenos Aires, P aidós, 2 005.
3
DE BEAUVOIR, S. , El segundo sexo , Buenos Aires, Siglo XXI, 19 82, p. 81.
53
John Berger 1 pone de manifiesto que una m ujer está constantem ente
acompañada de su propia imagen y que su i dentidad se compone de dos visiones
contrapuestas: la parte que observa y la parte que se siente observada. “La mujer
adulada como imagen reflejada en el espejo, bailó pa ra esta i magen sumida en un
trance hipnótico. Y como creía que la imagen er a ella misma, llegó efectivamente
a serlo” 2 . La imagen en el espejo a la que se refiere Figes ha s ido creada sólo por
los hom bres, por lo que adolece de una importante deform ación. Car ece de
objetividad, pues es fruto de los temores y deseos masculinos, y las fém inas no
han tenido más remedio que adaptarse a ella.
Las mujeres necesitan exponerse continuamente a la mirada de los otros, lo
que las hace sentirse corporalmente i nseguras y dependientes. “Existen
fundamentalmente por y para la mirada de los demás, es decir, en tanto que
objetos acogedores, atractivos, disponi bles. Se espe ra de el las que se an
‘femeninas’, es decir, sonrientes, simpáticas, a tentas, sumisas, discretas,
contenidas, por no decir difuminadas” 3 . Así, las mujeres son const ruidas como
dependientes; de ahí la l lamada coquetería o su afán por gustar, y la gra n
importancia que conceden las m ujeres al amor, para sentirse j ustificadas. L a
‘feminidad’ no busca sino a limentar e l ego y calmar los te mores masculinos. Ell o
es fuente de ansiedad, por la falta de cor respondencia entre su cuerpo real, al que
están irremediablemente atadas, y el cuerpo ideal –el cuerpo le gítimo, según la
construcción social elaborada por el patriarcado-, que la sociedad les impone, y al
1
BERGER, J., Ways of Seeing, Penguin Books, L ondon, 1972.
2
FIGES, E., Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad , Madrid, Alianza
Editorial, 1972, p. 14.
3
BOURDIEU, P., La dominació n masculina , Barcelon a, Anagrama, 2 000, p. 86.
54
que debe n hacer todo lo posible por ac ercarse. Para ello utilizan los dos ti pos de
rituales a los que se refiere Gil C alvo 1 , los del maquillaje y el vestido, que
implican el sometimiento a unas reglas i nconscientes, dictadas por la moda del
momento. H oy en día a la mujer se le exige una pureza estética, que tiene mucho
que ver con la adaptación de su cuerpo y su aspecto físico a ese modelo i deal.
Siguiendo a M. del C. Rodrí guez M enéndez, “el indumento y el maquillaje no son
meramente un adorno, sino que expresan la situación soci al de hombres y
mujeres” y en el caso de las féminas, por su exposición a la mirada de los demás,
representan “un arma, una insignia, una carta de recomendación” 2 .
Esa preocupación de las mujeres por la a pariencia, por la m irada del otr o,
es lo que hace que, en el mundo griego, el espejo sea un atributo
fundamentalmente femenino, y e n particular de la diosa Afrodita. En Eyes Wide
Shut (Stanley Kubrick, 1999) desempeñan un importante papel l os espejos, ante
los que Alice –su protagonista- nunca pasa indi ferente, pues sabe cuáles son sus
valores y se preocupa por admirarlos y conservarl os. Además, en la escena del
tocador, el espejo nos devue lve en fragmentos la imagen de su cuerpo desnudo,
haciéndolo as í más a ccesible al espectador, quien se convierte en voyeur y
experimenta la ilusión de poseer al objeto de su deseo.
Con frec uencia, la form a de actua r de la mujer es contemplada por la
mirada del ho mbre, o al menos por su discurso, como un arma de persuasión,
como el a rte del engaño o del encantamiento. Esa dificultad, ese barroquismo en
1
GIL CALV O, E., Media s mira das. Un a nálisis cultural d e la imagen femenina ,
Barcelona, Anagr ama, 2000.
2
ROD RÍGUEZ ME NÉNDEZ, M. d el C. , La configu ración del género en los procesos de
socialización , Ovied o, KRK, 200 3, p. 194.
55
la v isión, ese recubrimiento, esa codificación del cuerpo (y del alma) s on a veces
una muestra m ás de la com plicación del entendim iento femenino, de su
inaccesibilidad por parte del varón (la mujer se esconde tras capas y velos…). La
mujer aparece como objeto de deseo encubierto e hiperbólico, vestida con otros
tesoros ambicionados por el ser hu mano -collares, anillos, pulseras…-, que
representan tanto belleza como riqu ezas. El sujeto femenino (u objeto) es descrito
con t odo su ornamento, lo que cont ribuye al l ogro de una gran sofisti cación. Sin
embargo, como sostiene Nicol a Squicciarino, no hay que ol vidar que, en otro
tiempo, se c ubría a la mujer con pesados adornos par a esclavizarla, tanto física
como si mbólicamente, así como para logra r s u sumisión al hombre. De h echo, los
collares, pulsera s, tatuajes y e lementos de t odo tipo con los que se a dornan hoy las
mujeres, siempre con un fin erótico y or namental, se e mplearon en el pasado par a
cubrir a los esclavos y salvajes, como símbolo de su estatus dominado o inferio r 1 .
Es ésta una visión ajena, externa, del ojo masculino, que en muchas
ocasiones contempla a la fémina en su equivalencia de peligro o tentación, con el
gran tem or de sucumbir al e ncantamiento que lleva a la enajenación, a la pér dida
de la r azón o de la voluntad. Las mujeres fatales, protagonistas del c ine negro, son
conscientes de ese poder maléfico que poseen y des pliegan t odos los artificios que
estén a su alcance pa ra a trapar al hombre que pose en ellas su mirada: satén,
lentejuelas, plumas, joyas… cualquier cosa es válida para ofrecerse y devorar a l a
incauta presa. La mujer se enfunda en lujosos y frágiles trajes de noche, que son
tan costosos como incómodos, con faldas largas y voluminosas que dificultan el
paso. “Bajo las joyas, l as galas, las lentejuelas, las flores, las plumas y la peluca,
1
SQUICCIA RINO, N., E l vestido habla : consid eraciones p sico-socioló gicas so bre la
indumentaria , M adrid, Cátedra, 1 998, 3ª ed., p. 76.
56
la mujer, que se ha transformado en una muñeca de c arne y hueso, se exhibe;
como una flor que se abre, la mujer muestra los ho mbros, la es palda, el seno” 1 . El
hombre debe mantener o culto su deseo y sólo le está permitido mirarla o bail ar
con ella, mientras sueña con poseerla.
El miedo que infunde la mujer es lo que lleva al ho mbre a hacer de ella un
fetiche, un fragmento, transformándola en s u juguete, en su muñeca, ejercie ndo su
poder de convertirla en “objeto i nanimado”, en “cos a” 2 . El cuerpo femenino es
visto como una trampa, representa una ausencia. Por ello, el hombre debe estar
alerta y todavía hoy sigue decidiendo cómo se debe vestir la mujer, s iempre de
acuerdo con los i ntereses m asculinos. Se ejerce sobre el cuerpo fem enino una
violencia simbólica que excluye l a vejez y la gordura. Se valora más la bel leza
que la inteligencia. La belleza femenina es un va lor social prestigioso, por ese
motivo la mujer ha asumido el papel de r epresentación, su función ha sido la de
“representar” 3 . Se podría decir que el tr abajo de Alice, la protagonista de Eyes
Wide Shut (Stanl ey Kubr ick, 1999), apart e de las funciones propi as del ama de
casa, es mantenerse siempre bella; además, inculca ese valor a su hija.
El concepto de belleza es una constr ucción socio-cultural, que difiere en
cada sociedad y momento histórico 4 . Hasta principios del siglo XX la gordura y la
corpulencia eran los signos de un cuerpo saludable y bien nutrido, que contrastaba
con las figuras demacradas y esqueléticas de los obreros. Por tanto, el cuerpo era
1
DE BEAUVOIR, S. , El segundo sexo , Buenos Aires, Siglo XXI, 19 82, p. 312.
2
Cfr. BENJAMIN, W., Angelus novus , Barcelona, Edhasa, 1971 y BENJAMIN, W.,
Discursos interrump idos (J. Agu irre, trad. y not as), Madrid, Tau rus, 1987.
3
MINELLE, F., Representar el mund o (N. Moreu, t rad. y adapt. ), Barcelona, RBA, 1994 .
4
WOLF, N., El mito de la belleza , Barcelona, Emecé, 1991.
57
un indicativo de la condición social y el exceso de peso se consideraba sinónim o
de la abundancia. En el caso de las mujeres, cuyo valor estaba estrecham ente
ligado a su función r eproductora, la bell eza se identificaba con la posesión de
caderas y pechos grandes, que eran indicadores de fertilidad.
En nuestra socieda d actual la obesidad ha perdido e se valor positivo y se
priman la es beltez –a vece s, extrem a- y el c uerpo atlético, pr omovido por
manifestaciones cult urales como el cine y la publicidad. Ya en l os años 20 en los
Estados Unidos se promovía un ti po de m ujer “delgada, a lta, vigorosa, parecida a
una pantera” 1 . El cine, la moda y la publicidad empezaban a construir iconos de
belleza femenina que se imponían como los modelos que había que seguir, a pesar
de la agresividad contra e l propio cuerpo que éstos implicaban. Pa ra l ograr e sa
belleza y romper las leyes naturales del envejecimiento, la publicidad ofrece toda
una se rie de productos –cos méticos, adel gazantes, etc.- que se convierten en
esenciales para l a ‘nueva mujer’. Según Gil Calvo, a l as muje res se les infunde l a
preocupación por la línea, las dietas y el culto al cuerpo en un afán por des viar su
atención de otros aspectos que pueden constituir una amenaza para el orden
establecido, como la lucha por la igualdad salarial con los hombres.
A las mujeres que no presta n atención a su imagen, en contra de lo que la
sociedad trata de imponerles, inmediatamente se las descalifica y se l as margina;
se les atribuyen ciertas “etiquetas denigrantes como puede n ser l a suciedad, el
horterismo, la gordura, la grosería, el mal gusto, la vejez o la fealdad” 2 . La
protagonista de Todo por un sueño (Gus Van Sant, 1995) está obsesi onada con la
1
EWEN, S., Tod as las imágenes del co nsumismo , Méx ico, Grijalbo, 19 91, p. 34.
2
GIL CALV O, E., Media s mira das. Un a nálisis cultural d e la imagen femenina ,
Barcelona, Anagr ama, 2000, p . 91.
64
más sutiles –por ejemplo, se cuela en l a boda de la hija de un magnate con el
objeto de acercarse a éste y pr oponerle una operación comercial- para ascender
puestos, hasta convertirse en una je fa amable y respetuosa con sus subordinados.
Además, el aspecto físico de las d os mujeres es muy sig nificativo: Weaver es
morena, rasgo que se asocia con una mujer mala, con experiencia, capacidad de
decisión y sentido crítico respecto a los ho mbres, mientras que Griffith encarn a el
prototipo de chica rubia, dulce y sencilla tan bien considerada por el patriarcado 1 .
Según Gil Calvo, el precio que deben pagar las mujeres para ser t ratadas
de igual a igual por los hombres es el de “tener que escudarse t ras las llamadas
armas de mujer, adoptando una máscara social de feminidad escénica que las
coloca en una posición dependiente y sometida” 2 .
En el siglo XIX surge la ‘mujer-objeto’, siempre al s ervicio del hombre,
como un fetic he más para combatir su miedo al vacío. En el or den burgués la
mujer, pasiva, e s un i ndicativo del pode r económico y social de su marido. Su
ociosidad a sí como el lu jo de sus vestidos y joyas de notan riqueza y una posición
acomodada. No en vano, según Thorstein Veblen 3 , el vestido femenino tiene una
doble finalidad: debe dar cuent a de l a no dedicación de su portadora a tar ea
productiva alguna y, al mismo tiempo, debe ser signo de derroche y ostentación,
lo cual indica que su marido tiene la suficiente capaci dad económica como para
1
Cfr. SUÁREZ LAFUENTE, M . S., “La rubia to nta y sexy”, en Co n ojos de mujer.
Arquetipos de género clá sicos y su evolu ción (Rodríguez Fernández, ed .), Oviedo,
Instituto Asturiano de la Mujer, 2 006, p. 111.
2
GIL CALV O, E., Media s mira das. Un a nálisis cultural d e la imagen femenina ,
Barcelona, Anagr ama, 2000, p . 18.
3
Cfr. VEBLEN, T., Teoría de la cla se ociosa , México, Fo ndo de Cultura Económica,
1974.
65
permitir que su mujer no trabaje –al go que resultaría realmente difícil para una
señora ataviada con tacones y corsé- y para po der comprarle, además, esas
prendas tan caras. Igualmente, manos y pies peque ños y talle muy delgado
indicaban fragilidad e incapacidad de cualquier esfuerzo, lo que co mportaba
obligatoriamente un estado de ociosidad 1 . En la cultura china se les vendaban los
pies a la s mujere s, que sufrían así defor maciones irreversibles y caminaban con
gran difi cultad. Si n embargo, esto l as volvía enormem ente atractivas a l a vista de
los hombres, quienes estaban convencidos de que, con la r educción del tamaño de
los pies, se hipertrofiarían también sus órganos sexua les, “suce diendo algo
semejante a lo que ocurre en horticultura: con la poda se obtienen frutos más
abundantes y jugosos” 2 .
La esposa del capitalista, indicadora del estatus de su marido, debería ser
una per fecta anfitri ona a l os ojos de los demás hombres, a nte qu ienes mostraría
una conduc ta impecable, llena de clase y distinción; además, luc iría ropas y j oyas
caras, al ti empo que se pondría en manos d e peluquer os y esteticistas, para dar fe
de su ociosidad y del poder adquisitivo de su esposo 3 .
La m ujer se exhi be como objeto-florero, es una cr eación m ás del hombre,
que es quien dic ta las normas rectoras de su atuendo y su comportamiento.
Tenemos un claro ejemplo en la película Eyes Wide Shut ( Stanley Kubrick, 1999),
cuya pr otagonista permanece siempre en c asa, y sólo sale c uando su marido l a
1
Sobre el tema del ocio femenino, cfr. DE DIEGO, R. y VÁZQUEZ, L., Ta edium
feminae, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1 998.
2
SQUICCIA RINO, N., E l vestido habla : consid eraciones p sico-socioló gicas so bre la
indumentaria , M adrid, Cátedra, 1 998, 3ª ed., p. 71.
3
Cfr. FIGES, E., Actit udes pa triarcales: las muje res en la so cieda d , Mad rid, Alianza
Editorial, 1972, p. 93.
66
lleva a alguna parte y la exhibe como un bello obj eto de ostentación. Algo
parecido sucede en Pretty Woman (Garry Marshall, 1990), aunque en este caso la
protagonista es una profesional, que cobra por su trabajo, y éste no es otro que
lucir siempre bella del brazo de su cliente.
La mujer s e con vierte en el escaparate de la riqueza de s u marido. Según
Maisonneuve y Bruchon- Schweitzer 1 , la bell eza de su pareja resulta m ás
gratificante para el hombre que para l a mujer, pues la estimación social que él
reciba depe nderá en buena m edida de la b elleza de ella, que será motivo d e
sobreestimación pa ra é l, aunque no sea muy agraciado físicamente. En el cas o de
las m ujeres, por el contrario, su valoración social dependerá sólo de la propia
belleza, no de la de su marido.
El hecho de que las d iferencias s igan vi gentes y de que se perpetúe la
dominación masculina, a pesar de los cambios experimentados en el terreno
económico y social, se de be en gran parte a la “economía de los bi enes
simbólicos”, que tiene una de sus ba zas e n el matrimonio como gara nte de la
sexualidad legítima y d e la transmisión patrimonial dentro de la famili a, con el
apoyo de la Iglesia y del Derecho.
Cuando el hombre tomó conciencia de su papel en la reproducción, que
hasta ent onces ha bía atribuido exclusivamente al poder extraordinario de las
mujeres, concibió también la posibilidad de trascender y perpetuar su existencia a
través de sus de scendientes. Se hacía nece sario, eso sí, ase gurarse de que los hijos
eran realmente fruto de su relación con la mujer, algo de lo que a ésta no le cabía
ninguna d uda. Para lograrlo, al hombre no se le ocurrió una idea mejor que exigir
1
Cfr. MAISONNE UVE, J. y BRUCHON-SCHWE ITZER, M., Modelos del cuerpo y
psicología estética , Buenos Aires, Paidó s, 1984.
67
que su compañera fuese virgen ant es y totalmente casta después de su unión. Se
estableció así un r ígido sistema de control, t anto físico como mental, al que la
mujer terminó adaptándose. El control físico podía consistir en l a creación de
harenes, en la imposición de cinturones de castidad o e n la aplicación de castigos
como la lapidación o el abandono en la pobreza más absoluta. En las sociedades
más avanzadas este tipo de cont roles han ido cediendo paulatinamente su lugar a
un sistema mucho más sutil de tabúes ba sados en la moral cristiana. Según E.
Figes, “ [a] medida que e n una sociedad patriarcal l os con troles directos sobre l a
mujer se van debili tando, los tabúes sexuales van, por el contrario, reforzándose y
elaborándose, y asimismo se va acentuando el miedo a la mujer” 1 .
A cambio de su cas tidad, el varón ofrecía a la hembra lea ltad, y se
establecía así una especie de contrato que e stá en la base de lo que hoy se ent iende
como m atrimonio. “Una mujer sacrificaba su liberta d sexual a cam bio de ayuda,
de compañía y, tal vez, de amor. Un hombre se ofrecía a sí mismo y sus
propiedades, a una mujer y a su progenie común, con la es peranza de q ue los hijos
que le daba fuesen suyos” 2 . Se instituyeron los principios de castidad y fidelidad
como la base sobre la que se fundarían los futuros patriarcados.
De este modo, la burguesía se ha valido tradicionalmente de las alianzas
matrimoniales para asegurar la re producción d e su capital simbólico y, c on el lo, la
perpetuación del principio rector de su economía doméstica. Tiene relación con el
mito la creencia, por parte de las mujeres, de estar naturalmente vinculadas a lo
1
FIGES, E., Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad , Madrid, Alianza
Editorial, 1972, p. 57.
2
SHLAIN, L. , El alfa beto contra la diosa. El conflicto entre la pa labra y la imagen, el
poder masculin o y el poder femenino , Madrid, Debate, 2 000, p. 52.
68
más bajo, que no es en realidad sino una at ribución social . Mientras ellas,
excluidas de la política y los asuntos serios, han quedado relegadas al espacio de
la economía doméstica y de la reproducción, s iempre subordinadas a los intereses
masculinos de conservación del linaje, l os hombres gestionan la ( macro)economía
con mayúsculas, a gran escala 1 .
Luce Irigaray señala cómo actual mente, a pesar de l os cambios
experimentados por l a socie dad, l a divisi ón se xual del trabajo si gue realizá ndose
en tor no a los mismos esquemas económicos: par a las mujeres el trabajo de l a
reproducción y el doméstico, no re munerados, y para los hombres el de l a
producción remunerada 2 . Este hecho se aprecia muy bien en el filme Donde reside
el amor (Jocelyn Moorhouse, 1 995): la película cuenta con un r eparto
eminentemente femenino, que vincula a la mujer al ámbito dom éstico y a
discursos tradicionalmente considerados femeninos, como e l di scurso oral, que se
asocia al cot illeo. Las prot agonistas conversan s obre temas personales,
experiencias rel acionadas con su constitución biológica, como la maternidad, el
amor o los hijos, y hacen una defensa del matrimonio y la familia tra dicional, así
como de su propia vinculación con el hogar.
También corres ponde a las mujeres, en el ámbito do méstico, organizar las
actividades de la familia para mantener la unidad de sus m iembros y celebrar s us
lazos de parent esco y sus relaciones sociales. Sin embargo, esta labor realizada
1
Cfr. MULVEY, L. , “Ca mbiamenti: riflessioni sul mito, narrazion e e sp erienza sto rica”,
en Immagini allo schermo. La spetta trice e il cin ema (Brun o y Nadotti, eds.), T orino,
Rosenberg & Sellier, 1991.
2
IRIGARAY, L., Je, tu, no us. Pou r une culture de la d ifférence , Paris, Grasset, 19 90;
trad. esp., Yo , tú, nosotras , Madrid, Cátedra, 1992, p . 15.
69
por l as mujeres está infravalorada, y se les critica su gusto por l a conversación. El
carácter desinteresado y gratuito del t rabajo dom éstico parece restarle val or; así,
se considera normal que las mujeres se den ilim itadamente a su familia y a
distintos fines benéficos. En la película Separados (Peyton Reed, 2006), aunque
los dos miembros de la parej a trabajan fuera de casa, es Brooke quie n se ocupa
siempre del orden y l a l impieza del hogar , y quien organiza la velada familiar que
tiene lugar al principio de la cinta, mientras Gary prefiere aco modarse en el sofá
con sus videojuegos y su cerveza.
Las mujeres, en l as transacciones de que son objeto, dan lugar a la
acumulación de valores –de capital social y si mbólico- por part e de los ho mbres,
que deb en salvaguardarlas para mantener su valor intacto, esto es, deben
someterlas a una estricta vigi lancia –primero, por par te de los padres y hermanos,
y más tarde, por parte de los maridos- para que pe rmanezcan castas y, de ese
modo, no peligre el honor de los hombres de quienes éstas dependen.
Sus cuer pos circulan como moneda de cambio entre los varones. Ellas
“aportan una cont ribución decis iva a la producción y a la reproducción del capital
simbólico de l a familia” 1 , pues su apariencia externa es un indi cador del capital
simbólico familiar. Así, deben esforzarse por gustar y se r ‘ femeninas’, esto es, por
evitar las apariencias y comportamientos típicamente masculinos.
Si en el caso de la s mujer es cobra más i mportancia el físico, esto es, el
aspecto propiamente corporal –como i ndicador de su posición social-, en el de lo s
hombres se da prioridad a otras aptitudes, como a la capacidad lingüística. Si rva
como ejemplo el filme Cyrano de Bergerac (Jean-Paul Rappeneau, 1990), en el
1
BOURDIEU, P., La dominació n masculina , Barcelon a, Anagrama, 2 000, p. 122.
70
que, para conquistar a la mujer de sus sueños, e l apuesto Christian tiene que
recurrir a la poesía del poco agraciado Cyrano e incluso, al final de la cinta,
cuando Roxanne d escubre el engaño, c onfiesa estar enamorada del poeta, no del
bello joven.
En ese sentido, es si gnificativo el uso diferenc ial que cada sexo hace de la
cosmética y el vestido. Si, pa ra los hombres, éstos simplemente cumplen la
función de eliminar el cuerpo y poner de relieve otros indicadores simbólicos de
la posición social, como pueden ser las condecoraciones o el uniforme, las
mujeres emplean l a r opa y el maquillaje con el fin de realzar su cuerpo y se ducir.
Nicola Squicciarino apunta que la mujer , al estar excluida de l e spacio público y,
por consiguiente, de las posi ciones de poder político, social y religioso, se ha vis to
privada de cualqui er ti po de c ondecoraciones y reconocimientos honoríficos, por
lo que “ha compensado esta falta cuidando la elegancia de sus propios vestidos y
con el empleo de joyas, collares, pulseras, pendientes, anillo s, etc., en el intento de
hacer resaltar su propio cuerpo y de atraer la atención sobre su persona” 1 .
Como consecuencia de la importancia que las mujeres conceden a la
belleza y l a elegancia, son e llas, en el hogar, quiene s se ocupan de los aspectos
estéticos así como del cuidado de la imagen pública de toda la familia y de la
decoración de la casa. Por extensión, también suelen ser las mujeres quienes
asumen las tareas de representación, ac ogida y organización de los rituales dentro
de la empresa. Se las consi dera especialmente a ptas para la gestión del capital
simbólico, tanto de la familia como de la empresa, por la espe cial atención que
1
SQUICCIA RINO, N., E l vestido habla : consid eraciones p sico-socioló gicas so bre la
indumentaria , Madrid, Cátedra, 19 98, 3ª ed., p. 8 8; cfr. también BOURDIEU, P., La
dominación masculin a , Barcelona, Ana grama, 2000 , p. 123.
71
prestan a todo lo relacionado con la estética y la s educción. Es por ello por lo que
se les confían l os trabajos relacionados con la cosmética, la peluquería y la moda,
entre otros. De este modo, las mujeres –sobre todo, las más des ahogadas
económicamente- se convierten en víctimas de la dominación s imbólica que sobr e
ellas e jercen la moda, la cos mética y el culto al cuerpo y, a la vez, la transmiten
hacia el resto de los dominados. Su obses ión por igu alarse con los patrones
impuestos por sus do minadores, “como l o demuestra s u tendencia a la
hipercorrección e stética y lingüística”, 1 l as lleva a imitarl os a cualquier precio,
hasta el punto de hacer cada vez mayor su opresión.
1
BOURDIEU, P., La dominació n masculina , Barcelon a, Anagrama, 2 000, pp. 125-1 26.
72
73
3. Espacio publico versus espacio privado
El espacio social se organiza según la distinción entre lo masculino y lo
femenino, lo rect o y lo curvo, lo fuerte y l o débil: la hombría se identifica con la
vir ilidad, con la vir tud y con el honor 1 , mientras que a las mujere s se las asocia
con virtudes como l a abstención, la abstinencia y la sumisión. Quedan apartadas
de la esfera públic a, allí donde entra en juego el honor . Como señala José Luis
Arráez, es significativa la tradicional dis tinción en tre el hombre público , que es
“quien dignam ente había si do aceptad o po r la sociedad y goza ba de su
agradecimiento”, y la mujer pública , “ aquélla que des honrosamente se exponí a a
la opinión pública desobedeciendo el código moral vigente” 2 .
La virilidad e n sentido ético, relativa a la vi r o virtu s la tina –es to es, a la
honorabilidad- conti núa vinculada a la vi rilidad física. Del mismo modo, el falo es
símbolo de la pot encia fecundadora e, igual que el vientre, se caracteriza por la
hinchazón o el aumento de tamaño, que está en la base de los ritos de fecundidad.
Ser viril, como sos tiene De Ma io, era u na de las características que los
humanistas italianos, desde Boccaccio hasta Aretino, atribuían a las mujeres
excepcionales 3 . De hecho muchas escritoras y también muchas artistas y
1
DE DIEGO, R. y VÁZQUEZ, L., Hombres d e ficción. La figura mascul ina en la
historia y en la cu ltura, Madrid, Alianza Editorial, 20 05.
2
ARRÁEZ LLOBREGAT , J. L., “Ciudadanas cosmopol itas francesas a co mienzos del
siglo XX y escenarios p úblicos: Tras los aventurad os pasos d e Liane d e Pougy, Marin a
Bousquet y Marthe Fi el en la ciudad”, en Mujeres, espacio y poder , Sevilla, Arcibel,
2006b, p. 2 7.
3
Cfr. DE MAIO, R., Donne e Rinascime nto , Milano, Il Saggiatore, 1987, p . 69.
80
para alimentar a su fam ilia, mientras que se cubre de prestigio y ad miración a los
grandes chefs , que s uelen ser hombres. Según Margaret Mar uani 1 , cualquier
trabajo realizado por hombres es vist o como un traba jo cualificado. Margaret
Mead considera que todas las actividades masculinas se revis ten de un halo de
importancia, como un modo de compensar la incapacidad de los hombres de dar a
luz a sus hijos. Así, en todas las sociedades, los hombres necesitan sentirse
realizados y no import a qué actividades desarrollen, porque éstas serán
consideradas i mportantes tant o por los hombres como por las mujeres. En cambio,
si esas mismas ocupaciones corresponden a las féminas, su grado de importancia
decaerá notablemente 2 .
Históricamente las mujeres, no sólo han gozado de escas as oportunidades
para formarse y desarrollar una carrera de é xito, sino que además han estado poco
motivadas y apoyad as por su entorno cer cano y por la sociedad en general. “[L]o
que gene ralmente hacen y han h echo l as mujeres hoy como antaño no es sól o
resultado de l o que les es taba permitido hacer, en el sentido de carenci a de
prohibiciones e ducativas o laboral es, sino de l o que se espera ba de ellas” 3 . Las
expectativas de la s mujeres se adaptan inconscientemente a lo que la sociedad y el
mundo laboral le s ofrecen. La experiencia de un mundo sexualmente dividido y
organizado hace crecer en las mujeres, sin que éstas puedan perci birla, una
‘impotencia aprendida’ que las hace no sentir inclinaciones hacia aquellas
1
Cfr. MARUANI, M ., Traba jo y el empleo de las mujeres , Madrid, Fundamentos, 20 02.
2
Cfr. MEAD, M., Male and F emale. A stu dy of the sexes in a changing world , Peng uin,
1962, p. 38 .
3
FIGES, E., Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad , Madrid, Alianza
Editorial, 1972, p. 24.
81
actividades que les están ve dadas. Ya desde la Escue la y la Fa milia se anima a los
chicos a dedicarse a ci ertas carreras, consideradas masculinas, mientras que a las
chicas se les acons eja no opta r por esas m ismas profesiones, por ejemplo, por las
de l a rama científico-tecnológica, por co nsiderarlas masculinas e inap ropiadas
para ellas. En ese sentido, Gemma Vicent e señala cómo ciertos e studios,
normalmente breves y que preparan para el ejercicio de una profesión relacionada
“con el cuidado, y el servicio, por ejemplo: maestras, enfermeras…” se consideran
más femeninos y su “elección por par te de las mujeres responde por lo general
mejor a l as expectativas familiares y soci ales. Estudiar otra cosa, por ejemplo
arquitectura o ingeniería de caminos, significa un modo de transgresi ón” 1 .
Según Ana Guil 2 , influidas por su propia experiencia, así c omo por las
apreciaciones de padres, amigos y profesores, partícipes todos ell os de una misma
visión del m undo, las c hicas a similan inconscientemente unos esquemas
perceptivos que las hacen ver como natural el orden social en el que viven y,
como consec uencia de ello, eligen l ibremente las carreras que la sociedad les tiene
reservadas.
De la misma manera, si hay muchos puestos para los que no se considera
adecuadas a l as mujeres es porque está n creados a l a medida de l os hombres, esto
es, porque para ocuparlos se exige, además de una s determinadas aptitudes, otra
serie de cualidades que se relacionan directamente con la masculinidad tal como
1
VICENTE ARREGUI, G., “Mujeres en el mundo acadé mico españo l”, en Thémata.
Revista de Filosof ía , nº 31, Sevilla, 2 003, p. 180.
2
Cfr. G UIL BOZAL, A., “Barreras al desarrollo profesion al de las mujeres en la
universidad”, en Ciencia, tecn ología y g énero en I beroamérica , Madrid, CS IC, 200 6;
GUIL BOZAL, A., La Situación de las Mujeres en las Universidades Públicas
Andaluzas , Sevilla, Consejo Económico y So cial de Andalucía, 2 005a.
82
ha sido socialmente construida por el patriarcado –esto es, por oposición a lo
femenino-, como pu eden s er: una c ierta envergadura física, agresividad,
seguridad, etc. Sin embargo, Luc e Irigaray considera que “la coartada de la fuerza
física como a rgumento para valorar el salario masculino es fáci lmente
cuestionable a la luz de algunos hechos reales: la presencia de l as mujeres en el
sector agrícola, donde la fuerza física es una necesidad, la evolución de las
necesidades pr oductivas haci a un trabajo qu e no exige mucha fuerza física, el tipo
de trabajo que en culturas diferentes a la nuestra realizan las mujeres” 1 .
Actualmente, como consecuencia de la mayor instrucción femenina, se
observa un i ncremento del número de mujeres dedicadas a t areas intelectuales,
administrativas o de servicio s, aunque suelen seguir est ando vinculadas a la esfera
social y asistencial, mientras que el terreno e conómico y financiero aún está
dominado por los hombres. Los avances logrados por las féminas tanto e n la
educación como en el ac ceso al emple o si empre van por detrás de los alcanzados
por los varones, con lo que l a diferencia se perpetúa. Los puestos que se feminizan
suelen estar ya devaluados, co mo es el caso de los operarios , o empiezan a
declinar, es to es, ant e la a fluencia de mujeres, los hombres se alejan de ellos 2 . Las
reticencias mostra das por los hombres frente el acceso de las mujeres a ciertas
profesiones se deben, en part e, a que así ven peligrar l a imagen de virilidad
1
IRIGARAY, L., Je, tu, no us. Pou r une culture de la d ifférence , Paris, Grasset, 19 90;
trad. esp., Yo , tú, nosotras , Madrid, Cátedra, 1992, p . 116.
2
GARCÍA G ORDÓN, M. et alii (eds.), La cultu ra d e género en las organizaciones
escolares. M otivaciones y ob stáculos pa ra el acceso d e las mujeres a los puestos de
dirección , Barcelon a, Octaedro, 2005.
83
asociada a ellas, pues las propias po siciones sociales, además de estar
sexualizadas, sexualizan a quienes las ocupan.
Si en la ac tualidad las mujeres están representadas e n t odos l os trabajos, el
acceso se vuelve m ás difícil cuanto más elevada es la posición 1 . Adem ás, a igual
nivel formativo, las mujeres consiguen peores empleos; en el mismo puesto,
obtienen menor remuneración y se ven más afectadas por el paro y la precariedad
laboral. Independientemente de su posición social, las mujeres siempre están
marcadas por un plus simbólico de negatividad respecto a los hombres 2 .
La divisió n sexual de las actividades, que designa una serie de trabajos
como fe meninos, lleva a las mujeres a inclinarse p or ellos, sobre l a base de tres
principios fundamentales, que éstas ti enen en cuenta a la hora de decidirse por
dichas ocupaciones: en primer lugar, que las funciones que mejor pue den
desempeñar las mujeres son las relacionadas con la enseñanz a, el cuidado y el
servicio, que se consideran una prolongación de l as tareas propias del hogar 3 ; en
segundo lugar, que es el ho mbre qui en ejerce su autoridad sobre la mujer y no al
1
Cfr. GONZÁLEZ SETIÉN, P. et alii (eds.), El trabajo de las mujeres a través de la
historia , Madrid, Instituto de la Mujer, 1992.
2
Es muy significativa la sit uación de las mujer es dentro de la Universidad. Ana Guil, en
su estu dio sobre los techos de cristal en las universidades púb licas and aluzas, apunta que
en d ichas instituciones estudian y se licencian más alu mnas q ue alumnos, y son ellas las
que obtien en mejores calificaciones. Sin embargo, el porcentaje de pro fesoras sólo llega
al 33 % d e todo el perso nal docente. Ade más, el reparto de los puestos favo rece
claramente a los v arones, qu e son quienes ocup an la mayoría de las cát edras y los cargos
mejor remunerados. Para a mpliar esta información, cfr. GUIL BOZAL, A., “ Techos de
cristal en las Univesidad es andaluzas”, en El segun do escalón. Desequilibrios de gén ero
en ciencia y tecnolo gía (C. Lara, ed.), Sevilla, Arcibe l, 2006, pp. 88-111.
3
Cfr. FRAU LINARES, M. J., El trabajo d e las mujeres: entre la p roducción y la
reproducción, Alicante Univ ersidad de Alicante, 1 998
84
revés; por último, que el manejo de la técnica y las maquinarias corresponde a los
hombres. La pro tagonista de Novia a la fuga (Garry Marshall, 1999) es una mujer
atípica en ese sentido, por su afición a la mecá nica, que la lleva a fabricar
lámparas y otro tipo de artilugios . Esa car encia de fe minidad, que también se
refleja en su atuendo, se traduce en un miedo al matrimonio que l a ha ce dejar
plantados en el altar a diferentes nov ios y la convierte en el obje to de las críticas
de sus vecinos.
En cuanto al p rimero de los principios antes mencionados, E. Figes l o
atribuye sobre todo a una motivación ec onómica. Según esta aut ora, aunque l a
mujer estudie y logre acceder paulatinamente a distintas profesiones, siempre se
encontrará en un lugar inferior respecto a los varones: será secretaria, enfermera o
ayudante de labor atorio en lugar de ser directora, médico o investi gadora, debi do
a que cas i ningún hombre quiere optar a dichos puestos, por estar peor
remunerados 1 .
La dominación masculina se hac e patente, por ejemplo, en el hecho de que
muchas mujeres, al alcanzar puestos e levados dent ro de l mundo laboral, tienen
que renunciar al éxito en su vida doméstica o senti mental 2 . B uena muestra de ello
nos da el filme Erin Brockovich ( Steven Soderbergh, 20 00), cuya prota gonista
llega a sentirse m uy realizada en un tr abajo que la lleva a asc ender m uchos
puestos en la escala social, pero como contrapartida debe renunciar al amor de su
1
Cfr. FIGES, E., Actit udes pa triarcales: las muje res en la so cieda d , Mad rid, Alianza
Editorial, 1972, p. 105.
2
RAMOS PALOMO, M. D. y VERA BALANZ A, M. T. (eds.), El trabajo de las
mujeres: pasad o y presente. Actas del Co ngreso Internacion al del Seminario de Estudios
Interdisciplinario s de la Mujer , M álaga, Di putación Provincial de Málaga, Servicio de
Publicaciones, 1 996.
85
pareja y senti rse una mala madre. De l mismo modo, el éxito e n la esfera personal
o familiar suele ir acompañado de renuncias en el terreno profesional, como la
reducción de la jor nada de trabajo, que alej a a l as mujeres de la lucha por los
puestos de poder 1 .
Todavía hoy, en la socieda d patriarcal, e l trabajo de las mujeres se
considera un pasat iempo, al go transitorio, de lo que se puede prescindir cuando
las c ondiciones de la vida familiar lo requieran. Es lo que sucede a Suzanne, la
protagonista del filme Todo por un sueño ( Gus Van Sant, 1995), a quien en u n
momento determinado su marido le pide que renuncie a su carrera como
periodista televisiva e incluso le sugiere que, para matar el gusanillo, puede g rabar
en vídeo las actuaciones que tienen lugar en el restaurante que él regenta .
La ideología ejerce una violencia simbólica e nmascarada, que se traduce
en el reparto irracional del traba jo y el salar io, como lo de muestran ciertas
decisiones económicas 2 . Ni la contratación, ni el despido ni el porcentaje de
hombres y mujer es desempleados/as t ienen que ver con la rentabilidad para la
empresa. Si está demostrado que, por lo general, las mujeres son más eficace s,
más trabajadoras y menos problemáti cas –consumen menos drogas, no cometen
tantas infracciones…-, la mayor contratación de m ano de obra masculina sólo
puede obedecer a motivos ideológicos. La organización del trabajo tampoco
responde, por lo general, a razones económicas. Por ejemplo, los hor arios
laborales parece n diseñados pe nsando en trabajadores varones, que cuentan con
1
Cfr. MARUANI, M., La s nu evas fronteras de la desiguald ad. Hombres y mujeres en el
mercado de trab ajo , Barcelona, Icaria, 1998.
2
FRADER, L. , “La division sexuelle du travail à l a lu mière des recherches histo riques”,
Les Cahiers du Mage , nº 3-4, 1995.
86
una m ujer en su casa para ocuparse de las tareas domésticas y del cuidado de los
hijos. Del mismo modo, los com ercios, los fontaneros, electricistas y otro tipo de
profesionales, ofrecen sus servicios a u nas hor as que coinc iden con la jornada del
resto de los trabajadores, adaptándose sólo a la disponibilidad de las amas de casa.
Luce Irigaray destaca ta mbién cómo las decisiones relativas a la
producción parten siempre de una auto ridad m asculina. De no ser así , no se
fabricarían tantas armas, productos contaminantes y otro tipo de cosas
innecesarias o crea das con un c laro fin co mpetitivo. En cuanto a la producción de
bienes culturales o de ocio, a pesar de que t anto hombres como mujeres financi an
con sus impuestos los medios de comunicación públic os, la progr amación de ést os
es muchas veces “tributaria de una cultura i ntermasculina”, que privilegia el
deporte masculino y cierto tipo de contenidos –bélicos, violentos,
pornográficos…- por encima otra clase de emisi ones destinadas a ambos sexos.
“Semejante injusticia económica, en sentido estrict o, se duplica con una política
que mantiene la ilusión de la igualdad. Ello s ignifica que en nuestra época, en las
escuelas, en los medios de c omunicación, etc., las mujeres sos tienen el discurso de
su aliena ción. […] para ganar su vida, son rehenes de la economía y la cultura
intermasculina que nada tiene de un iversal” 1 . De hecho, la violencia ec onómica –
además de la físi ca y l a psicológica- ha sido incluida en el borr ador de la Ley
1
IRIGARAY, L., Je, tu, no us. Pou r une culture de la d ifférence , Paris, Grasset, 19 90;
trad. esp., Yo , tú, nosotras , Madrid, Cátedra, 1992, p . 119.
87
integral contra la violencia de género en España, como una forma más de
violencia contra la mujer 1 .
1
MATILLA, M. J. y ORTEGA, M ., El trabajo de las mujeres, sig los XVI -XX. VI
Jornadas de In vestigación Interdisciplinaria sobre la Mujer , Madrid, Uni versidad
Autónoma de M adrid, 1996.
88
89
4. El concepto de violencia simbólica y los discursos
históricos de la inferio ridad de la mujer
La viol encia simbólica se tr ansmite a través de las instituciones y de l os
esquemas de percepción, y principalmente a través de la cultura y l os medios de
comunicación 1 . Es, como sostiene Bourdieu, “insensi ble, e invisible para sus
propias ví ctimas” 2 , que se adhieren y se reconocen en esquemas p olíticos,
culturales y simbólicos creados por otros y en los que a ceptan su propia
inferioridad como algo “natural”.
Enrique Gil Calvo explica la exc lusión social de la s mujeres que a una
cierta edad no han encontrado pareja por el fenómeno que él denomina
hipergamia de edades , según el cual las mujeres siempre tienden a emparejarse
con ho mbres m ayores que ellas; por este m otivo l os v arones no temen al paso d e
los años, pues siempre cont arán con una amplia gama de candidat as, de disti ntas
edades, entre las que e legir. En cambio, a la s mujeres cada vez l es resulta más
difícil encontrar pareja, puesto que l os hombres mayor es suelen estar ya
comprometidos, y la sociedad no las vería con buenos ojos si estuviesen con un
hombre más joven que ellas . Por eso, “toda la imagen fe menina en sentido amplio,
está específicamente diseñada para represe ntar esta minoría de edad relativa de la
mujer r especto al varón. Así se refuerza n todas las demás des igualdades soci ales,
1
Cfr. PASTOR, R., BONIL LA, A. y MARTINEZ, I., “Viol encia simbólic a: aspectos
diferenciales sobre el cuerpo y la identidad”, en V iolencia y género , Tomo I (T. López
Beltran, ed.), Málag a, Diputación d e Málaga, 200 2, pp. 455-464.
2
BOURDIEU, P., La dominació n masculina , Barcelon a, Anagrama, 2 000, p. 12.
96
jerárquicos” 1 . Como ellas se encargaban de domesticar a las pla ntas, terminaron
siendo las dueñas de los campos, lo que elevó su posición s ocial.
Las culturas agrícolas arcaicas de toda la cuenca mediterránea veneraban
como di vinidad principal a una diosa madre: Inanna en Sumeria, Isis en Egi pto,
Asherah en Canaán, Astar té en Siria, Deméter en Greci a, Afrodita en Chipre, etc.
A t odas ellas se las asociaba con el nacimiento y la muerte, con el cuidado de los
niños, los r ebaños y l as cosecha s 2 . Si las culturas cazadoras adoraban a valie ntes y
aguerridos espíritus , con la aparición de estas diosas madres el principio
masculino quedó bas tante debilitado. Solían ir acompañadas de un consorte más
joven y bajo e n el que se fundían el hi jo y el a mante, del que i ncluso podía
prescindirse tras la fecundación, para hacerlo renacer en primavera, con las
cosechas.
Frente al mito del Edén ori ginario regido por Adán, en la mitología griega
encontramos a l a diosa Hera como reina del Jardín de las Hespér ides, y en el
paraíso sumerio al que llegó Gilgamés gobernaba Siduri, la diosa de la sabiduría.
Del mismo modo, e xisten relatos míticos anteriores al Génesis que atribuyen la
creación del m undo a una figura fe menina. Es el caso de la diosa griega
1
EL IADE, M ., Historia de las creencias y de la s i deas religio sas , Barcelona, Paidós,
1999.
2
Cfr. BONGIOAN NI, A., Il mondo Della religione nell´a ntico Egitto , Torino, Einaudi,
1988; BAUM ER, F., La grande Mad re. Scenari da un mond o acntico, Genov a, Marietti,
1995; BRINT ON PERERA, S ., La gra nde Dea. Via ggio di Inan na regina dei mo ndi,
Como, 1987; CARDINI, F., I g iorni del sacro , Milano , 1993; CAMPBELL, J., Mito logia
primitiva. Le mascher e di Dio , M ilano, 1990.
97
Eurynome, que fue fecundada por el vi ento en forma de serpiente y puso el Huevo
del Mundo 1 .
La desaparición del culto a la Gran Madre para dar paso a las divinidades
masculinas se ha tratado de explicar mediante diversas teorías. Marija Gi mbutas 2
la a tribuye a las invasiones del pueblo kurgano, originario de l s ur d e Rusia. Ello
no re sulta muy creíble, por se r esta última un a cul tura muy inferior a la de la
diosa, que había alcanzado un alto nivel d e desa rrollo e conómico, té cnico, así
como en el grado de conoci miento. Lévi-Strauss 3 , por su pa rte, sitúa al
intercambio de esposas en el origen de l a decadencia de los valores femeninos.
Dicha costumbre pro movía la exogamia con el f in de evita r la tra nsmisión de
enfermedades o defectos congénitos a la descendencia y, al mism o tiempo,
permitía establecer alianzas e ntre tribus. Dado que l as mujeres pueden con cebir
hijos a una e dad más temprana que los hombres, solían ser más jóve nes que sus
maridos y se la s i ntercambiaba con mayor frecuencia. Las mujeres se convertían
así en objetos de intercambio, despojadas del poder que un día tuvieron.
Gerda Lerner 4 se r emonta a la aparición de los primeros estados arcaicos,
basados en la concentración del poder en manos de los más fuertes, que solían ser
los varones. El papel de soberano recayó entonces sobr e una figura masculina,
1
Sobre las diosas que h acen referencia al cult o de la Gran Madre, cfr. AA.VV., Le
grande madri , Milano , Feltrinelli, 1989; NEUMANN, E., La grand e madre , Roma,
Astrolabio, 198 1.
2
Cfr. GIMBUTAS, M., The Ku rgan Culture and the I ndo-Europeaniza tion of Eu rope.
Selected Articles Form 1 952 to 1993 , Institute for the Study of Man, Washi ngton, 1997.
3
Cfr. LÉVI-STRAUSS, C., L as estructura s fund amentales del parentesco , Barcelona,
Paidós, 1998 , p. 179 y ss.
4
Cfr. LERNER, G., La creación d el patriarcado , Barcelona, Cr ítica, 199 0.
98
relacionada con la divinidad y dotada de atributos tales como la fuerza y la
agresividad.
Según Shlain 1 , el declive de l a di osa madre y el consigui ente sometimiento
de las mujeres están estrechamente vi nculados con la aparición de la escritura en
Mesopotamia y, p osteriormente, del al fabeto, que implican un nuevo tipo de
pensamiento –abstracto- y una nueva manera de comprender la realidad. Es
precisamente la abstracción lo que caracteriza a l discurso legal, al filosófico, al
científico, así como al de las religiones monoteístas, que veneran a una divinidad
incorpórea, no vinculada a una imagen concreta, y son también esos discursos l os
principales sostenedores del patriarcado.
Cuando los humanos empezaron a tomar conciencia de la finitud de su
existencia surgi eron las ideas acerca de una nue va vida m ás al lá de la muerte, así
como toda una serie de r ituales funerarios. M ás o menos al mismo tiempo, los
varones comenzaron a perca tarse de su participación activa en la gen eración de
nuevos s eres, por lo que “pudi eron empezar a pensarse como sujetos creadores, a
relegar a la mujer a un pape l de mera vasija, y a adquir ir los a rgumentos o la
seguridad para dominar” 2 .
Así pues , si las religi ones primitivas veneraron a diosas madres o diosas de
la fertilidad, con la impla ntación del monoteísmo, el patr iarcado y la creación de
los principales sistemas simbólicos, como la escritura o el concepto, estas
1
Cfr. SHLAIN, L., El alfabeto contra la diosa. El confli cto entre la p alabra y la imagen,
el poder masculin o y el poder femenin o , Madrid, Debate, 2000 .
2
FIGES, E., Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad , Madrid, Alianza
Editorial, 1972, p. 37. Sobre la devalu ación de la Gran Madre, cfr. también BL AISE, S.,
El rapto de los orígenes o el asesinato de la madre , Barcelona, Vind icación Feminista,
1996.
99
deidades fueron de sapareciendo para dar paso al culto a un dios único, símbolo
del poder creador.
Como señala Marvin Harr is, las tres grandes r eligiones occidentales –el
cristianismo, el judaísmo y el isla mismo- se fundan sobre el principio masculino
de la creación. “Identifican al dios cr eador con ‘Él’ , y en la m edida en que
admiten deidades femeninas, como e n el catolicismo, les asignan un pa pel
secundario en el mito y en el ritual” 1 . Todas coinciden en afirmar que el ho mbre
fue creado primero y después, a partir de éste, la mujer.
En el c ristianismo confluyen la tradición misógina griega y l a j udía. La
primera excluye a la mujer del logos y de l aner agat hos , esto es, del espacio de
los sujetos di alogantes. La se gunda deja a la mujer fuera de l pacto genealó gico
entre varones; ella nunca será sujeto, es el ob jeto pactado, es a-genealógica. “El
varón legitima la genealogí a según el logos, seg ún la pa labra, según la ley. La
mujer s olamente pone la materia de esa genealogía, la gener ación s egún la carne,
mientras que el varón pon e la genealogía propiam ente dicha” 2 . Por ello, en el
Antiguo Testamento se concede una gra n importancia a la perpetuación de la
estirpe masculina, hasta el punt o que, cuando una m ujer era es téril, se p ermitía al
marido bus car des cendencia con una concubina o con otra mujer -como en el caso
de Abraham-, y l a esposa legítima debía consentir, pues su única función er a la de
procrear y su peor maldición, la de ser estéril. Por ello se p ercibe como una
bendición d ivina la fertilidad alcanzada milagrosamente a la vejez, como suc ede a
Sara o Raquel.
1
HARRIS, M., Introducción a la Antropolog ía General , Madrid , Alianza, 1991, p. 462.
2
AMORÓS, C., Feminismo, igualdad y diferencia , México, UNAM , PUEG, 1994, pp.
23-52. http://www.lanet a.apc.org /cidhal/lectura/identidad
100
En las Sagradas Esc rituras el varón individualiza el Nombre del Padre,
mientras l as mujeres suelen aparecer en grupos, co mo un genérico, en u n espa cio
amorfo, difuso, lo mismo que en la tradición griega. Es el caso de las tr es Marías,
por ejemplo. Eva Figes atribuye el carácter masculino de la religión al deseo de
“excluir a las mujeres y proporcionar al hombre una act ividad que le compense de
la exclusividad femenina del embarazo” 1 .
En el libro del Génesis , pri mero de los que componen la Biblia, se llega a
la máxima concept ualización, al conf erirse el poder c reador a la palabra de Dios.
Quien tiene la capacidad de nombrar ostenta el poder, y en el Génesis se ve cómo
ese Dios único otorga dicha capacidad al v arón, que dar á nombre a todos los
animales y también a la mujer, de qui en, tras haber sido creada por Dios de su
costilla, dijo Adán: “Esta vez sí que es carne de mi ca rne. Ésta será lla mada mujer,
porque del varón ha sido tomada” 2 .
Así pue s, s egún la narración del Génesis , entre el hombre y la mujer desde
su origen existe una desigualdad, pues esta úl tima fue creada por Di os con
posterioridad, a partir de una costilla de Adán, par a servir a és te, ya que tod os los
animales puestos a su disposición por el creador no constituían para el ho mbre
una ayuda adecuada.
De este modo, aunque el pode r de crear es divino, corres ponde a l hom bre
–al varón- ordenar y dar nombres las c osas, e incluso a la mujer, que d ebe
someterse a él. Así, dice el Corán: “Los hombres t ienen autoridad sobre las
mujeres en virtud de la preferencia que Alá ha da do a unos más que a otros [...].
1
FIGES, E., Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad , Madrid, Alianza
Editorial, 1972, p. 54.
2
Génesis , 2: 23.
101
¡Amonestad a aquéllas de quienes temáis que se rebelen, dejadlas solas en el
lecho, pegadles! Si os obedecen, no os metáis más con ellas” 1 .
Además, el Antiguo Te stamento present a a un Dios masculino que sól o se
comunica y pacta con varones como Moisés, a quien entreg a la s tablas de la Ley.
El papel de la mujer en el relato bíblico es bastante marginal. Exis ten dos modelos
opuestos: el de Eva, la pecadora, y el de Mar ía, que constituye el ideal
inalcanzable para toda mujer, el de ser a la vez virgen y madre.
Dios le concedió
el pr ivilegio de dar vida a su hijo, de l mismo modo que había honra do a Isabel,
Raquel o Sa ra haciéndolas madres de hombres e xcelsos, pero, como con trapartida,
se les atribuyó el pes o del “pecado”. Eva -lo mismo q ue Pandora para los gr iegos-
cargó con la culpa de todos los males, lo que permitió al hombre aumentar su
dominio y, al mismo tiempo, libr arse de toda responsabilidad respecto a sus
defectos y debilidades, que se atribuían a la mujer, para per manecer fuerte y
moralmente superior.
En el sigl o XIII, en su obra Sobre el origen de la mujer , Santo Tomás de
Aquino 2 c onsidera a la mujer un macho imperfecto; por ser pecadora, debe
someterse p asivamente al hombre, que es más digno y honora ble que ella. Incluso
considera que la mujer no debería existir, por ser motivo de pecado para el
hombre. De hecho, si existe es para ayudarle en la tarea de la procreación.
La violencia física como cast igo por parte del esposo en caso de
desobediencia de la mujer queda justificada. Así se desprende de los textos de San
Pablo, quien da l as siguientes re comendaciones: “Sed sumisos los unos a los otros
en el temor de Crist o. Las mujeres a sus maridos, como al Se ñor, porque el marido
1
El Corán , “Las mujeres”.
2
Cfr. DE AQUINO, T ., Suma T eológica , vo l. I, q. 92, Madrid, B.A.C., 1994.
102
es cabeza de la mujer, com o Cristo es Cabez a de la Iglesia, el salvador del
Cuerpo. Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, a sí también las mujeres debe n
estarlo a sus maridos en todo” 1 .
La sumisión, la castidad y el s ilencio se recortan desde el cristianismo
primitivo como las tres principales vir tudes de las mujeres, a las que se va a unir
la virgi nidad como valor . En contra de la concepción romana y griega de la mujer,
cuya pri mera función es la de tener hijos, el cristianismo funda la idea de la
renuncia a la maternidad para consagrar a las mujeres en la vida religiosa.
Curiosamente esta consagración se basa en la figura de María, quien se convertirá
en la madre del Hijo de Dios, que vendrá a redimir a la humanidad del pecado
cometido por Eva. De e ste modo, la mayoría de las mujeres se so meterán
dócilmente y sin cuestionarlo al papel que tradicionalmente les ha sido reservado.
El hombre siempre ha mostr ado una obsesión por la sexualidad femenina y
una necesidad de mantenerla controlada y sometida , para asegurar la legitimidad
de su descendencia, ante el miedo de caer en la ridiculización o ver cuestionada s u
virilidad. Así, tanto e l cristianismo como el Islam han impuesto dos importantes
mitos pa ra las mujeres, como son l a virgi nidad y el si lencio, que se convierten
además en dos códigos cul turales, según señala Rosa Ros si 2 , que impiden a l as
mujeres el acceso a la cultura y a la política.
Lo que está claro es que l as imágenes fem eninas, t anto positivas c omo
negativas, transmitidas por la re ligión son construidas e igualmente i rreales. Los
modelos de feminidad a los que las mujere s deben adaptar se han sido elaborados
1
SAN PABLO, E pístola a los Efesios , 5: 21-24.
2
Cfr. ROSSI, R., “Instrumentos y códigos. La mujer y la diferencia sexual”, en Breve
historia feminista de la literatura espa ñola , vol. I, Barcelona, Anthropos, 1993.
103
por los hombres, de modo que só lo l es queda adoptarlos de manera ri gurosa, pues
si no son t otalmente ‘femeninas’ se verán repudiadas , y no caben medias tintas.
Surgen a sí d os pro totipos de mujer radicalmente opuestos: el de la Virgen M aría,
mujer angelical o a dorable c ompañera, y el de la Mujer Escarlata, prostituta o
marisabidilla. La mujer a la vez es adorada y oprimida po r el hombre. Lo primero
puede considerarse una estrategia empleada para apartar a las mujeres del mal
camino, subiéndolas a un pedestal, y de paso impedirle s usurpar lo que los
hombres consideran un privilegio exclusivo. Así, aunque se han alza do voces en
contra de la supuesta inferioridad moral de la mujer, “la he rencia de Eva se ha ido
extendiendo a lo l argo de la historia sin apenas cuestionamiento, siendo el
substrato de una buena part e de las actitudes misóginas y, muy rel acionadas con
ellas, de la permisividad de la violencia contra las mujeres” 1 .
1
BOSCH, E., FERRER, V. A. y GILI, M., Historia de la misoginia , Barcelona,
Anthropo s, 1999, p. 26.
104
105
4.2. El discurso filosófico: la inf erioridad intelectu al
Durante siglos el dominio masculino se ha apoyado en la ra zón. Es por ello
por lo que la te oría feminista pone e n duda la neutralidad de dicho discurso. Del
mismo modo, cuesti ona los mitos en torno a la Muj er, en cuanto “constructo de la
imaginación del varón” 1 , con lo que se pretende terminar con la descalificación de
lo femenino. Los hombres, por sistema, se han atribuido la capacidad de
racionalizar y han condenado a las mujeres a la irracionalidad.
Para la filosofía el ser humano se define por su uso de l a palabra, por su
posesión del logos, de la r azón. A ello se refería Ari stóteles al afirmar que “el
hombre es por naturaleza un animal social”, esto e s, que –a diferencia de otros
animales- usa la palabra, el diálogo, y no la fuerza para entenderse con los demás.
Sin embargo, no todos estaban llamados a dialogar e n el ágora gri ega, esto es, en
el ámbito social o político.
Grecia es el pri mer eje mplo de sociedad dem ocrática, ba sada s obre la
igualdad de todos los ciu dadanos ant e l a ley. A la ca tegoría de ciudadanos
pertenecen, eso s í, sólo los varones excelentes o perfectos; por lo tanto, que dan
excluidas las mujeres y también l os niños, los esclavos y los bárbaros. La
democracia griega fue ampliando paulatinamente el espacio de lo s iguales. Los
sofistas llegaron a l a conclusión de que no existían r azones naturales que
justificasen la superioridad de los grie gos sobre los bárbaros, por l o que ambos
acabaron e quiparándose. Antífona extendió este argumento al caso de la mujer:
1
BRAIDOTT I, R., F eminismo, diferencia sexua l y subjetividad nómade , Barcelona,
Gedisa, 2004, p. 14.
112
sobre el cuerpo y del hombre sobre la mujer. Su discípulo François Poulain de la
Barre, autor de la obra De l’ég alité des deux sexes (1673), defiende el ca rácter
asexuado de la mente humana y, por tanto, la igualdad del hombre y la mujer en lo
que a capacidades intelectuales se r efiere. Según este autor, la mente ( l’esprit )
carece de sexo y “[t]odo lo que se ha dicho sobre las mujeres lo han dicho los
hombres, l as mujeres en la historia no han hablado, hay que hablar con las
mujeres” 1 .
A pesar de todo, en la época ilustrada son m ayoría quienes no conciben a
la mujer como un ser i ntelectualmente igual al varón. En distintos escritos, tanto
de hombres como de mujeres, encontramos referencias a la imagen que
intencionadamente de ellas se quiso trans mitir y que las definía con expresiones
como marisabidillas, parlanchinas, cultalatiniparlas, bachilleras o mujeres
varoniles, que pre sentaban sus pretensiones como ridiculez o co mo pedantismo, y
que debían ser miradas con desconfianza y con recelo. Algo similar sucedería en
el siglo XIX, cuando las mujeres que rei vindicaban su derecho al voto eran objeto
de todo tipo de comentarios sarcásticos provenientes de sus oposit ores, qui enes
ponían e n duda su feminidad y consideraban que “ estaban alborotando porque
eran incapaces d e conseguir lo que r ealmente querían en la vi da: un hombre” 2 .
Éstos eran los calificativos y las actitudes que suscitaban estas mujeres, y ent re las
que tuvieron que moverse.
Hobbes y Locke consideran que la auto ridad y la subor dinación carecen d e
1
Cfr. POULAIN DE LA BARRE, F. (1673), De l'égalité des deux sexes , en Corpus d es
Oeuvres de Ph ilosophie en La ngue Française , Paris, Fayard , 1984.
2
FIGES, E., Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad , Madrid, Alianza
Editorial, 1972, P. 22.
113
fundamento natural o trascendente. Más bien la justifican mediante “una serie de
conflictos histór icos que dejaron a las mujeres en posición inferior. Locke opina
simplemente que, puesto que “la última Determinación, la Regla, debería fijarse
en algún punto, recayó naturalmente de parte del Hombre, por ser más capaz y
más fuerte ” 1 .
Rousseau (1712-1778), secunda la dualidad que identifica al hombre c on
la cu ltura y a la m ujer con la naturaleza, lo que, por un lado, la convierte en
depositaria de una serie de virtudes y, por otro, la lleva a ser domesticada y
dominada por el varón. Así, la educación de la mujer debe supeditarse y ser
distinta a la del hombre, a quien ella tiene que agradar y educar cuando es
pequeño. Hay que dar prioridad a las cualidades fe meninas, en det rimento de las
masculinas. La mujer sól o debe aprender lo conveniente, y s iempre en función de
los hombres, para “agr adarles, serles útiles, hacerse amar y honrar de e llos. ¡Oh, la
amable ignorancia! [...] No ser á profesora de su marido, sino su discípula, y lejos
de querer atarlo a sus gustos, se acostumbrará a los de él” 2 .
El fil ósofo franc és no conside ra a la mujer ap ta para e l est udio de la
ciencia, par a la abs tracción y e l mundo de las ideas, por carecer ésta de atención e
ingenio, cualida des más propi as del ho mbre. Como c ontrapartida, las mujere s son
más obser vadoras e i ntuitivas, y conviene dejarles poca libertad, porque suelen
abusar de ella.
El supues to carácter natural de lo femenino adquiere connot aciones
1
LOCKE, J., Two Treatises on Go vernment , Cambridge, University Press, 1960, pp. 209-
210.
2
ROUSS EAU, J. J., É mile , Paris, Ed. du Soleil, 1971; trad. esp., Emilio , México, Porrúa,
1989, p. 16 5.
114
negativas, pues es percibido como carencia respecto al elem ento racional del
hombre, y se emplea p ara justificar la sumisión de la mujer. Así, en su obra
Emilio , Roussea u considera que es mucho mayor la d ependencia de la mujer
respecto al va rón pue s, mientras éste la necesita para satisfacer sus nece sidades y
deseos, ella preci sa de él , de su generosidad, para ver garantizada su subsistencia
y la de sus hijos.
Para la conciencia ilustrada y posteriormente pa ra la sociedad
industrializada, como señala Celia Amorós, “[r]esul taba particularmente eficaz
enseñar a la mujer a concebir su propia s ubordinación como algo natural ” 1 . Así,
se exaltaban valores como la s ensibilidad, los sentimientos o el amor frent e a otros
como la Razón. Sin embargo la mujer, que se consideraba por tadora de dichos
valores, no era ensalzada, salvo para defender su subordinación al hombre.
John Millar, en 1793, considera que la mayor difere nciación entr e lo s roles
sexuales e s un signo de civilización. En otra línea, la socialista Anna Wheeler y
William Thompson, en su obr a conjunta, se oponen al “argum ento de James Mill
de que los intereses de mujeres y niños están subsumidos en los de maridos y
padres. Mantienen […] que las mujeres deben hablar por sí mismas y que tienen
algo distinto que decir” 2 .
Immanuel Kant (1724-1804) identifica a la mujer con la belleza, a
diferencia del hombre, que es noble. La mujer no debe dedicarse al estudio y la
reflexión, pues e llo haría debilitarse sus encantos femeninos. Según el filós ofo,
1
AMOR ÓS, C., Hacia un a crítica de la razón pa triarcal , Barcelo na, Anthropos, 19 85, p.
36.
2
LACQUEUR, T. de, La construcción del sexo. Cuerp o y género desde los griegos hasta
Freud , Madrid , Cátedra, 199 4, p. 343.
115
“[a] una muje r con la cabeza llena de griego, o que sos tiene di scusiones sobre
mecánica, par ece que no le hac e falta más que una buena barb a” 1 . Frente a la
razón –masculina-, la mujer pose e sens ibilidad. La modestia, la limpieza y la
hermosura están entre sus virtudes más preciadas. En esa supuesta superiorida d
intelectual masculina se fundamenta, según el filósofo alemán, la coexistenc ia de
igualdad jurídica y desigualdad real entre hombres y mujeres.
La Revolución Fra ncesa de 1789 persi gue la equiparación política de todos
los ciudadanos, independiente mente de su sexo, y, a la vez, fomenta la
construcción de esferas separ adas –públi ca y privada- pa ra ho mbres y mujeres
respectivamente, como c onsecuencia del nuevo miedo a las mujeres, que surge
ante la promesa de libertades civiles personales para éstas.
Con la Revolución triunfan los ideales de igualdad, libertad y fraternidad,
aunque en la práctica se da pr ioridad a la li bertad, se deja de lado la frater nidad y
la igualdad es sólo formal, puesto que se extiende únicamente a los varones, y
además, con excepciones.
En esa época proliferan los escritos que demandan diferencias sociales en
función de las disimilitudes corporales entre los sexos. Se disfrazan de naturales
ciertas ca racterísticas sociales; así, las mujeres son expulsadas de la sociedad civil
por su supuesta naturaleza. Su subordinación al hombre se pretende anterior al
establecimiento del sistema social. A las mujeres se les niega la voz, pues se las
considera mucho mejor representadas por los propios hombres y sus intereses se
asimilan a los de éstos.
Por otro lado, la teoría del contrato social postulaba los mismos deseos,
1
KANT, I. (176 4), Lo bello y lo sublime , Madrid, E spasa Calpe, 1957 .
116
intereses y c apacidad de racioci nio para hombres y mujeres. El problema se
plantearía a la hora de legitimar o natur alizar un mundo en q ue las m ujeres están
dominadas por los hombres, en que existe un a marcada división sexual del
trabajo, así como unas prácticas culturales que no tienen en cue nta la noción de
género 1 .
No obstant e, al ver que el nuevo Estado revolucionario “no encontraba
contradicción alguna en pregonar a los cuatros vientos la igualdad universal y
dejar sin derechos civiles y polític os a todas las mujeres” 2 , ha y quienes trat an de
oponerse a esta situación y reivi ndican la i gualdad ent re los s exos, como es el
caso de Condorcet 3 , Olympe de Gouge s, que redactó l a ‘Declaración de derechos
de l a mujer y la ciudadana’ (1971) 4 o M ary Wollstonecraft, para quien e l
feminismo apela al sentido co mún. La au tora de Vind icación de l os derechos de la
mujer ( 1792) 5 re clama la igualda d de mujeres y ho mbres en el acceso a la cul tura
y a la educación 6 .
1
LACQUEUR, T. de, La construcción del sexo. Cuerp o y género desde los griegos hasta
Freud , Madrid , Cátedra, 199 4, pp. 334-335 .
2
DE MIG UEL, A., “Feminis mos”, en C. A morós ( directora), 10 pala bra clave sobre
Mujer , Navarra, Estella Ediciones, 1 995, p. 223.
3
Cfr. DE CARITAT MARQUÉ S DE CONDORCET , J.-A.-N., Cinco memo rias sobre la
instrucción públ ica y otros escritos , (Tomás del A mo, trad.), Madrid, Morata, 2 001.
4
Cfr. DE GO UGES, O., “Declaración de los derechos de la mujer y de la ciud adana”
(1791), Dikaio syne nº 9, Mérida (Ven ezuela), dicie mbre de 2002.
http://www.gru pologosula.org /dikaiosyne/art/dik09 5.pdf
5
WOLLSTO NECRAFT, M. (1792), Vindicación de lo s derechos d e la mujer , Madrid,
Cátedra, 1994 .
6
So bre las aut oras que intervienen en la polémica ilustrada, cfr. PULE O, A. (edit ora), La
ilustración olvidad a: la polémica d e los sexos en el s iglo XVIII. Condo rcet, De Gouges,
De L ambert y otros , Barcelona, Anthropos, 1993; AMOROS, C. (ed.), Feminismo e
117
Condorcet consideraba ridículo usar la biología como argumento para
negar el acceso de las m ujeres al ámbito público, apelando a su supuesta
inferioridad físi ca y mental. Según este autor, del mismo mo do que no se priva de
sus derechos a quienes padece n cu alquier enfermedad, no habría razón alguna
para hacerlo con las mujer es, por e l si mple hecho de quedarse embarazadas o
experimentar los síntomas menstruales.
Sin embarg o, es te tipo de r eivindicaciones son aún inc ipientes, muy
minoritarias y cuentan con múltiple s opositores. Hegel (1770-1831) , lo mismo que
Rousseau, apli ca a la feminidad la d oble vertiente del término ‘natura leza’. La
mujer, dado su carácter natural, que la opone a la cultura, debe ser controlada y
domesticada, y no llega a ser individuo, ante la imposibilidad de alcanzar un
adecuado desarrollo de su autoconciencia, por hallarse l a esencia fem enina en un
bloque genérico compacto que anula la individualidad. Schopenhauer (1788-
1860) es otro defensor de la feminidad como “conjunt o monolít ico”, que se
identifica c on la astucia y la intuic ión, f rente a la abstracción, típicamente
masculina. Sitúa a la mujer a medio camino ent re el niño y e l hombre, p or lo que
ésta no llega a ser un indi viduo, es sólo u na ese ncia. En su opinión, la mujer es
“retrasada”, c arece de razón y de moralidad. Este filósofo es uno de los más
conocidos p or sus ideas misóginas. Más que ‘bello sexo’, considera apropi ado
denominar a las mujeres ‘sexo inestético’. Hace hincapié en las escasas
capacidades -tanto intelectuales c omo físicas - de la mujer y predica su sumisión
al hombre: “Sólo el aspecto de l a mujer revela que no está destinada ni a los
grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales. […] Su
ilustración, 19 88-1992. Actas d el seminario p ermanente , Instit uto de Investigacion es
Feministas, Univ ersidad Complutense de M adrid, 1992.
118
vida puede transcurrir más silenciosa, más insignificante y más dulce que la del
hombre, si n s er por naturaleza mejor ni pe or qu e éste” 1 . También niega a la mujer
el sentido artístico y musical.
El XIX es la época en que se internacionaliza el feminismo y las mujeres
empiezan a organizarse par a reivindicar su derecho al voto. Un hito import ante de
ese movimiento fue la firma de las ‘Declaraciones de Seneca Fal ls’ e n el Esta do
de Nueva York, en 1848. El documento perseguía conceder der echos civ iles a
todas las mujeres y, al mismo tiempo, actuar sobre las costumbres y la moral.
Como gran defensora de los derechos de la mujer destaca Harriet Taylor
(1808-1858). Tal fue su in fluencia en su segunda pareja, John Stuart Mill, que le
hizo reconocer que no exis te ningún motivo por el que l as mujeres deban
someterse a sus m aridos. Del mismo modo, és te llegó a considerar la
caballerosidad como “una máscara que oculta la i dea de servidumbre, l a noción de
que la mujer necesita protección y ayuda porque es débil” 2 .
En su artículo “La e mancipación de la mujer” 3 , H arriet Taylor comenta los
acuerdos alcanzados en la Convenc ión de los Der echos de la Mujer de Worcester
(1850), entre los que destaca la demanda de igualdad e ntre ho mbres y muje res en
la educación y en el trabajo.
Los refor madores moderados de la educación de la mujer la definen, más
que c omo esclava , como com pañera de l hombre, y consid eran que ha de ser
1
SCHOPENHAUER, A., Parerga and paralipomena , Oxford & New York, Oxford
University Press, 1974.
2
STUART MIL L, J. y TAYLOR, H., Ensa yos sobre la ig ualdad sexual , M adrid, Cátedra,
2001.
3
Ensayo contenido en el volumen de ST UART MILL, J. y TAYLOR, H., E nsayos sobre
la igualdad sexual , Madrid, Cátedra, 2 001.
119
educada para tal fin. P or tanto, debe estar instruida, a unque sea levemente, en
cultura general, en arte, en música, e incluso saber algo de política y ciencia, para
poder conversar sobre dichas materias con su marido. Taylor defiende la
formación intelectual de l a mujer, la estimulación de su capacidad de pensar, para
que pueda n ser seres para el mundo y no s ólo s eres para el otro. La autora llega a
la co nclusión de que la mujer no elige voluntariamente es tar sometida y depender
de un hombre, porque si así fuera no har ía falta una ley que im pusiera dicha
dependencia.
Sören Kierkegaard (1813-1854) define l a esencia fe menina como gracia,
perteneciente a l a naturaleza, no a la cultur a. Para él, la mujer no es sujeto. La
característica pr incipal de lo femenino es l a be lleza, así como e l vi vir pa ra el otro.
Se la compara con una f lor porque es como un vegetal, s in vida p ropia. La
exteriorización de su belleza sitúa a la mujer cer ca de la naturaleza, en la que está
confinada y de la que sólo el hombre puede liberarla, mediante el matrimonio. “La
mujer que busca una existe ncia ‘individual’ delante del hombre, para quien fue
creada, se torna repugnante e ir risoria, lo que prueba que el verdadero fin de la
mujer es existir para otros seres” 1 .
Friedrich Niezsche ( 1844-1900) es otro fil ósofo que tampoco desta ca
precisamente por su defensa de la feminidad. C onsidera a la mujer peligrosa para
el hombre y destinada únicamente a la procrea ción. Retoma l a vieja idea de la
mujer como reposo del gue rrero. Ella es amarga, pura y delicada; su único honor
es amar más de l o que la aman. Se sacrifica por amor y ta mbién odia, pues en e l
fondo de su al ma es mala. Vive para el hombre, a l que debe obediencia y entrega.
1
KIERKEGAARD, S., Diario d e un seductor , www.e laleph.com, 20 00.
120
Nietzsche ve de mal gusto que la mujer se inicie en el estudio de la ciencia, por
considerar la ver dad t otalmente ajena a su nat uraleza, pues es mentirosa, vani dosa
y coqueta.
Según est e filós ofo, el menosprecio hacia la mujer provi ene de las propias
mujeres. Por ello, la condena al silencio: “Fue por solicitud hacia el hombre y por
atención a la mujer por lo que la Iglesia decretó: Taceat mulier in ecclesia ; fue
por el bien de la mujer por lo que Napoleón dio a enten der un día a l a muy
discreta Mme. de Staël: Taceat mulier in politicis ; y creo ser un verda dero amigo
de las mujeres al gritarles hoy: Taceat mulier de muliere ” 1 .
Nietzsche conside ra a M lle. Roland, M me. de Staël o M. George Sand
mujeres ‘cómicas’, y las propone com o ejemplos par a recomendar la no
emancipación de la mujer, como en otros tiempos habí an hecho escritores como
Quevedo, Moratín, etc., al ridiculizar en sus obras a la s mujeres cultas.
El discurso filosófico de lo s siglos XVII I y XIX acude a la medicina para
buscar los fundamentos que avalen sus tesis acerca d e la supuesta inferioridad de
la mujer. En el ámbito científico no son pocos l os que afir man que el ejercici o de
la razón por parte de las mujeres puede debilitar su capacidad reproductora 2 .
Incluso un a autoridad tan eminente como Darwin defenderá la
superioridad intelectual d el hombre sobre la mujer, tomando como base la teoría
de la selección nat ural, según la cual los hombres tienen que luchar de jóvenes por
conseguir a la mujer más bonita y sana, y durante el resto de su vida para lograr
subsistir y sacar adelante a s us familias. Esto agudizará su ingenio y desarrollará
1
NIETZSCHE, F., Más allá del bien y del mal; gen ealogía mo ral , México, Porrúa, 19 99.
2
Cfr. GILBERT, S . M. y GUBAR, S. , La loca d el desván. La escritora y la imagin ación
literaria del sigl o XIX , Madrid, Cátedra, 1998.
121
sus facultades mentales por encima de las de su compañera 1 .
Sigmund Fr eud ( 1856-1939) -e n una carta que escribe a su novia, Marta
Bernays, en 1883- expone su idea de que “el manejo de una casa, el cuidado y la
crianza de los niños exigen de un ser humano la más co mpleta consagración y
excluyen casi en absoluto t oda posibilidad de un trabajo remunerado” 2 . En el
mismo texto alude a la diferencia e ntre hombres y mujeres c omo l a más
importante de cuantas se dan entre los seres hum anos. Si bie n considera que un
cambio en la educación de la mujer puede eliminar su componente de ternura y
hacerla apta pa ra trabajar igual que el hombre, no obstante, ve difícil que dicho
cambio se pr oduzca, pues la mujer es por naturaleza b ella y dulce . Por tan to,
seguirá ocupando la misma posición, la de “un ser adorado en su juventud, y en
sus años de madurez, una querida esposa” 3 .
1
DARWIN, Ch., El origen de las especie s , Barcelona, Bru guera, 1972.
2
FREUD, S., Obra s completas , Mad rid, Biblioteca Nueva, 1996.
3
Ibídem.
128
129
4.4. La violencia simbólica en la sociedad de masas.
Mitos y estereotip os
Bronislaw Malinowski describe el mito en la s soc iedades pr imitivas, no
como simple rel ato que se cuenta y se transmite de generación en generación, sino
como “ realidad vi vida” y viviente, pues su efecto sigue vigente al cabo de l os
años 1 .
Mircea El iade también s e re fiere al mito, en las soci edades arcaicas, como
a una “historia verdadera” y “de inapreciable valor, porque es sagrada, ejemplar y
significativa”. Sin embargo, el mythos griego vio cambiar progresivamente su
significado hasta deno minar s olamente “aquello que no puede existi r en la
realidad” 2 , esto es, una ficción o falseamiento de la verdad.
Actualmente el término ‘mito’ conserva ambos significados, el de verdad y
el d e ficci ón. Para Northrop Frye 3 , desi gna un contenido, no sie mpre conscie nte,
presente en la memoria colectiva, “una imagen recurrente que encierra una verdad
absoluta” 4 . En cambio, R oland Bart hes considera el mito, más que un con tenido,
una forma, producto de un m omento histórico concreto 5 . La mitología es un
sistema de signos motivados, empleados pa ra naturalizar la historia y l a cultura, al
1
Cfr. MALI NOWSKI, B., Myth in Primitive Psych ology , The New Science Series, 1,
Nueva York, y Psyche Miniat ures , General Series, 6 , Londres, 1 926.
2
ELIADE, M., Mito y realidad , Barcelona, Labor, 1992 (1963), p. 7.
3
Cfr. FRYE, N., Mito , Metafora , Simbolo , Roma, Edito ri Riuniti, 1989 .
4
GONZÁLEZ ARIAS, L. M., Cuerpo, mit o y teoría feminista: re/visio nes d e Eva en
autoras con temporáneas , Oviedo, KRK, 1998, p. 29.
5
BARTHES, Ro land, Mytholo gies , Paris, Seuil, 1957.
130
hacer pasar por natural la rel ación entre el signif icante y su significado, sin tener
en cuenta la ideología que hay detrás.
De est e modo, contribuyen a perpetuar las e structuras de poder, sobr e todo
cuando son considerados como for mas i nmutables del inconsciente humano 1 . Los
mitos son creados y pr omovidos desde la esfera de la ‘alta cultura’, “se encuentran
al servicio de la ideología que se pretende establecer desde el poder,
contribuyendo a transmitir y perpetuar sus valores y actitudes” 2 .
La mitología comunica a través de símbolos, esto es, de imágenes
aparentemente muy comunes pero que adquieren connota ciones es peciales cuando
son usadas en el contexto del mito. Dichos sí mbolos escapan a la comprensión y
apelan más a la esfera de las emociones que a la de la racionalidad, describen algo
oculto e indescriptible. El lenguaje de l m ito es ideal para poner de manifiesto los
contenidos del inconsciente colectivo 3 .
En la mitología los fenóm enos natur ales a dquieren un si gnificado especial,
se ven amplificados. Al sol se l o relaciona con todo lo m asculino; hace crecer las
cosechas y regula los r itmos de alim entación, sueño, apareamiento, migración,
hibernación, etc ., de todos los animales. Es símbolo de sabiduría, pas ión,
agresividad, y obje to de culto en todas las mitologías. La l una, con su luz suave y
tierna, simboliza el misterio, lo oculto y lo femenino. Sus fases se vincul an con las
tres edades de la mujer: la l una nueva sería l a virgen, l a luna lle na, la mujer plena,
1
CAROTENUTO, A., L’ anima delle don ne. Per un a lettura psicolo gica al femmile ,
Bologna, Bompian i, 2004.
2
BASTID A RODRÍ GUEZ, P., S antas imp robables: re/visiones de mitolo gía cristiana en
autoras con temporáneas , Oviedo, KRK, 1999, p. 17.
3
MOREDA LÓPEZ, S. (ed.), Id eas. Contempora neidad d e los mitos clásicos , Madrid ,
Ediciones Clásicas, 200 2.
131
y la luna menguante, la hechicera. Siempre ha sido venerada por las mujeres, que
creían obtener de ella su fert ilidad. Incluso una ley enda sánscrita relaciona las
curvas del cuerpo femenino con la redondez de la luna.
La mitología recoge una se rie de ar quetipos o modelos d e conducta,
presentes en el in consciente colectivo, que va len para definir los principales tipos
de mujeres. Éstos tienen su bas e en los relatos m itológicos y en la veneración de
la diosa 1 .
Desde el punto de vista de la socio-ps icología, e l estereotipo –término
acuñado por Walter Lippman 2 en 1922 par a referirse a un fenómeno tan an tiguo
como la s ociedad- designa “un conjunto e structurado de creencias acerca de un
grupo social determinado, o la atribución de c aracterísticas psicológicas de
carácter general a un grupo hu mano extenso” 3 . La estere otipia se caracteriza por
establecer categorías o conjuntos sociales estables, compararlos entre sí y
atribuirles rasgos específicos.
Los estereotipos tienen un origen colectivo y anónimo y, a pesar de su
antigüedad, ha n permanecido c onstantes a lo largo de la historia y han llegado
hasta nosotros por medio de instituciones como la familia, la educación, y los
medios de co municación de masas. Se c aracterizan por simplificar enormem ente
la realidad, así como por su permanencia, esto es, por resistirse a cualquier
modificación, aunque exi stan evidencias racionales que la avale n. A pesar de su
1
Cfr. BACH OFEN, J. J., I l matriarcado , Ricerca sull a ginecocrazia nel mondo antico nei
suoi aspetti religio si e politici , Torin o, 1988.
2
Cfr. LIPPMANN, W ., (1922 ), La opinión púb lica, Langre, 20 04.
3
AAVV, A rrinco nando estereotipos en los medi os de comunicación y en la publicidad ,
Madrid, Dirección General de la Mu jer de la Co munidad de Madrid, 2003a, p. 32.
132
carácter negativo, en t anto q ue falseadores de l a r ealidad, a los est ereotipos se les
reconoce hoy una importante “función adaptati va. […] Su papel consistiría en
‘ayudar a comprender’, en ‘dar sentido’ a conductas que en ausencia del principio
heurístico que el e stereotipo s upone resultarían incomprensibles, irracionales y,
por t anto, impredeci bles para los agentes sociales” 1 , esto es, nos a yudan a
comprender la realidad. Sin embargo, no hay que olvidar que los estere otipos
también limitan nuestra percepción y contribuyen a crear falsas expectativas.
En el caso del género, los prejuicios a los que conducen los estereotipos
resultan altamente peligrosos, pues éstos implican un juicio de val or que se asume
como una creencia cierta. Dichos prejuicios limitan el modo de actuación d e
hombres y mujeres, por su simple pertenencia a un de terminado colectivo
genérico.
Existen pruebas que avalan un intenso culto a la Diosa Madre desde el
Paleolítico superi or, en los a lbores de la humanidad. Es el caso de las cult uras
establecidas en l a zona de Mesopotamia, e minentemente agrícolas, que veían a la
tierra como madre de todas las plantas, animales y hombres.
“El misterio de la se xualidad femenina, de la partenogénesis, de la
asociación del ciclo femenino con el ritmo de la luna, de la tierra entendida como
vientre, de la muerte de la semilla para la creación, son motivos funda mentales de
la mitología de la Diosa Madre” 2 . El lugar de culto se constituía en el centro del
1
AAVV, A rrinco nando estereotipos en los medi os de comunicación y en la publicidad ,
Madrid, Dirección General de la Mu jer de la Co munidad de Madrid, 2003a, p. 32.
2
DUNN MASCETTI, M., Diosas. La canció n de Eva , Barcelona, Ro binbook, 1998, p .
34.
133
poblado. En la Diosa se concentraban las fuerzas de la vida y la muerte y todas las
mujeres actuaban como sacerdotisas.
En la cultura griega esta s ituación cambió notablemente, ant e la i nfluencia
de la estructura patriarcal. La Diosa tuvo qu e com partir su lugar privilegiado con
el resto de los dioses masculinos del panteón. La gr an Diosa se diversificó en
varias figuras que encarnaba n cada una un aspect o de la misma. Las dios as
helénicas representan los a rquetipos femeninos fundamentales que, todavía hoy,
están muy presentes en la cultura occidental 1 .
1
Sobre este aspecto, cfr. DE DIEGO, R. y VAZQUEZ, L., Figuras de mujer , Madrid,
Alianza Editorial, D. L. 2002.
134
135
4.4.1. La virgen
La vi rgen como arquetipo surge cuando la niña se convierte en mujer, y es
retratada po r la mitología con un cuerpo adolescente, de pechos turgentes y curvas
aún poco delineadas 1 . Seduce con la inocencia de su mirada, como la Brooke
Shields de El l ago azul (Randal Kleiser, 1980). “La joven virgen vive en e l límite
entre la san tidad y el pecado; su cuerpo es puro e inmacul ado y, no obstante,
expresa la fuerza de una i ndómita ola d e pasión sexual, del anhelo por unirse a un
hombre y a la vida vista a través del nuevo velo del amor” 2 .
En este arquetipo se encuadra el personaje de Bella ( La bella y la bestia ,
Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991), he rmosa joven que , por su bondad y pureza
de espíritu, libera al príncipe del hechizo que lo había convertido en una Bestia
repugnante. El filme Shr ek ( Andrew Adamson y Vicky Je nson, 2001) se presenta
como una i nversión de la historia anterior, pues s u protagonista, la princesa Fiona,
en lugar de transformar al horrible ogro en un apuesto galán, acaba convirtiéndose
en una ogresa feliz a su lado. La he roína de este cuent o, a diferencia de las dulces
y sumisas pri ncesas tradicionales, es a ctiva, valiente y adopta los malos modales
de su compañero. Sin embargo, la prota gonista de Shrek encajaría perfectamente
1
HARDING, M. E., I misteri Della donna: un´interpretazione papsicol ogica del
principio femminile come raffigurat o nel mito, nella storia e nei sogni , Torino, E inaudi,
1973.
2
DUNN MASCETTI, M., Diosas. La canció n de Eva , Barcelona, Ro binbook, 1998, p .
38.
136
en el ar quetipo de la virgen, por su carácter fuerte, activo e independiente que la
sitúa más cerca de Lara Croft que del sumiso ángel del hogar 1 .
La virgen se caracteriza por la pureza y la integridad, pero no es necesario
que sea vir ginal en el sentido literal del tér mino. Se trata de una mujer libre de
espíritu, inteligente e intuitiva, que se sale del camino mar cado para ella por la
tradición. Co mo la Julia Robert s de Novia a la fuga (Garr y Marshall, 1999), no se
somete al compromiso con un ho mbre a cambio de una vida fácil. En ocasi ones
prefiere quedarse sola. Puede que se dediqu e a buscarse a sí misma o qu e sea una
aventurera. Es apa sionada, pone empeño en todo lo que hace, s abe aconsejar y
concede gran importanci a al mantenimiento de su individualidad. No busca
necesariamente la fusión con los otros, por lo que concede libertad a su pareja.
Las creadoras (escritoras, artistas…) entrarían dentro d e esta categoría. Son
mujeres que logran sentirse plenas y realizadas sin tener a un ho mbre a su lado.
Un buen e jemplo serí a la protagonista de Persiguie ndo a Betty (Neil LaBute,
2000), quien, tras un proceso de búsqueda interior propiciado por la locura
transitoria que pa dece, llega a la conclusi ón de que no necesita a un hombre par a
nada, porque ya “no estamos en los años cuarenta” 2 .
1
Cfr. OSTRIA, V., “La mode au fil(m) du temps”, Artp ress , Special Art et Mode, N1 . 18 ,
1997, pp. 5 3-57.
2
La dulce Be tty, tras el asesinato de su marido –un hombre grosero y sin sen timientos,
que la trata como si ella fuera su sirvienta mientras la engaña co n su vulgar empleada-,
emprende un largo ca mino en busca de su príncipe azul, qu e no es otro que el
protagoni sta de su culebrón favorito: n o el actor qu e le d a vid a, sino el pe rsonaje d e
ficción. Tras un sinfín d e peripecias y una v ez superada su enajenaci ón mental transitoria,
la jo ven por fin es capaz de to mar las rien das d e su v ida y se da cuenta de que no necesita
a ningún hombre para ser feliz, porque “ya no estamos en los año s cuarenta”. Así se lo
137
Entre las diosas de la mitología c abe destacar fundamentalmente a dos, que
se considera n vírgenes en el sentido que acabamos de describir: la primera es
Artemisa (Diana para los romanos), hi ja de Zeus, fruto su relación adúltera con
Latona. Es la diosa de los partos, de la caza y de la muerte. Por su carácter
guerrero e independiente, era venerada por la s A mazonas. Si mboliza la energía
mutable de lo femenino, re presenta a la virgen consagr ada a la promiscuidad
sexual; era la cazadora que protegía a los animales; era un árbol, una osa, l a luna.
Artemisa r epresentaba la imagen de la mujer, q ue, a l o lar go de su vida, va
asumiendo roles distintos; era un auténtico compendio de las potencialidades
femeninas 1 .
Su e spíritu independiente y libre personifica la ley natural, mucho más
antigua que la humana 2 . Desde pequeña, su sabiduría la lleva a tomar l as
decisiones a certadas. En tre otras cosas, pidió a su padre que le concediera ser
virgen eternamente, un arco con flechas y el oficio de tr aer la luz. Sus sacerdotisas
debían realizar un ba ño r itual para mantenerse siempre limpias y castas. La eterna
virginidad de Art emisa simboliza el apego a su pr opia naturaleza, pura, de la que
ningún hombre podrá a partarla. Su arco es plateado como la luna llena, que
representa la virginidad. El traer la luz implica lucidez e intuición para iluminar
los cam inos de los dem ás, así c omo disti nguir los asuntos importantes de los
triviales.
hace saber al engreíd o ‘príncipe’ : “Mi mejor amiga dijo una vez que si fueras más guapo
sería un crimen.. . es una lástima que se as tan gil ipollas”
1
MONAGH AN, P., Le donne nei miti e n elle leg gende. Dizionario delle dee e delle
eroine , Como, Red, 1987, p. 5 7.
2
RISE MOIDI PAREGGER, C., Donne selvatiche , Ro ma, Paperback, 2003.
144
para hacerles alcanzar la inmortali dad 1 . Sin embargo, la protagonista del mito ve
esfumarse su poder cuando su marido establece una relación con l a heredera de un
reino cercano y, al ver crecer consi derablemente su poder, deja de nec esitarla a su
lado. Es entonces cuando est a mujer creadora desarrolla su faceta de destrucción
y, ante la imposibilidad de seguir siendo una mujer familiar, opta por eliminar
todo lo que constituye la fa milia: a su marido, a la futura esposa de éste, a sus
hijos 2 .
En el mito de Medea se mezclan la venganza de una mujer despechada tras
el rechazo de su marido y la frustr ación por haber sido despojada de su poder. Un
filme paradigmático en ese sen tido es El club de las primeras esposas (Hugh
Wilson, 1996), cuyas protagonistas son tres mujeres maduras que, tra s haber
dedicado lo s mejores años de s us vidas a sus hombres par a que éstos alcanzaran el
éxito profesional, son abandonadas y sustituidas por atractivas jóvenes. Es
entonces cuando se unen y traman una sofisticada venganza contra sus e x-
maridos. Otro ejemplo de mujer despechada lo tenemos en el reciente filme Mi
súper ex novia (Ivan Reitman, 2006). En él Uma Thurman da vida a una súper
heroína que, tras ser abandonada po r su novio, desata su ira contr a él y, ayudada
de s us poderes e xtraordinarios, hace todo lo posibl e para arruinarle su nueva
relación.
En o tros tiempos, Medea hubi ese sido el protot ipo de la mujer perfecta, el
ama de casa sacrificada, c omo l as protagonistas de Donde reside el amor ( Jocelyn
1
WHITMONT, E. C., Il sorriso della leonessa. Alle sorgenti del femminil e , Casale
Monferrato, 199 9.
2
AAV V, Tra sgressione tragica e norma do mestica. Esemplari di tipologie femminili
dalla letteratura europea , Torino , Einaudi, 1983.
145
Moorhouse, 1995): Sophie, la nadadora que anula sus deseos para consagrar su
vida al cuidado de sus hijos y de un marido que t ermina abandon ándola, o Emma,
que se conforma con vi vir a la s ombra de un p intor que no conoce la pal abra
fidelidad.
Por último, hay to da una serie de m onstruos devor adores femeninos,
normalmente nacidos del mar –símbolo de l i nconsciente, que se relaciona con la
maldad femenina , encarnada en las cu rvas de la femme f atale -, como es el caso de
las Gor gonas o la Equidna. Las primeras, lla madas Este no, Euríale y Medusa,
perdieron su extraordinaria belleza para convertirse en criaturas monstruosas que,
tras seducir con sus cantos a los marineros, los dejaban petrificados, lo mismo que
las protagonistas del cine ne gro cuando entonan su s voces graves y despliegan su
espectáculo de s educción par a atrapar al hombre en sus redes 1 . Abordaremos más
ampliamente este arquetipo de la mujer destructora, unido al de la amante, en un
apartado posterior, dedicado a la maldad femenina.
1
Entre las relecturas de estas figuras en clave feminista y reinvindicativa, cfr. CIXOUS,
H., La risa d e la medusa. Ensayos sobre la escritura , pró logo y traducción de Ana María
Moix, traducción revisada por Myriam Díaz-Diocaretz, Barcel ona, Anthropos, 19 95;
sobre su influencia en el cine, cfr. P EZZELLA, M. , E stética del cine , Madrid, A.
Machado Libro s, 2004.
146
147
4.4.3. La ama nte y seductora
El arquetipo de la amante está fielmente representado por l a figura de
Afrodita, l a diosa griega del amor (Venus en la mitología romana) 1 . La pri mera
mujer del relato mitológico fue engendrada cuando el se men de Urano cayó al mar
y se unió a la brisa en forma d e se rpiente. Así, de entre las olas, nació Afrodita e
inmediatamente se convirtió en uno más de l os dioses. Según Patricia Monaghan,
este relato del nacimiento divi no no es s ino una a legoría construida para describir
el vi aje de Afrodita, “la antigua Diosa Madre de l Me diterráneo oriental” 2 , desde
Oriente Medio hasta Grecia.
La tradición hel ena refiere qu e la bella diosa eligió libremente a Hefesto
como marido, per o aprovechaba c ualquier momento pa ra enamorar a c uantos se
acercaban a el la, t anto dioses como humanos, y hace rlos caer en su lecho, lo que
le valió la envidia y la enemistad de las otras deidades f emeninas. Mandaba a sus
cupidos a la tierra para sembrar el amor entre ho mbres y mujeres. Su cará cter
promiscuo fue difícil de asi milar por la cultura griega, por lo que Platón le dio dos
denominaciones distintas: Urania, diosa de l amor espiritual o platónico, y Afrodita
Pandemos, diosa del amor común, que no era si no una degradación de la origi nal,
y que también fue llamada Porno o seductora.
1
PIRENNE-DELFORGE, V., L' Aphrodite grecque. Contributio n à l'étud e de ses cultes
et d e sa per sonnali té d ans l e p anthéon archaïq ue et classique , Cen tre I nternation al
d'Études de la Reli gion Grecque An tique, 19 94.
2
MONAGH AN, P., Le donne nei miti e n elle leg gende. Dizionario delle dee e delle
eroine , Como, Red, 1987, p. 26; Cfr. ta mbién RAN GONI, L., La grande madre. Il culto
del femminile n ella storia , Ro ma, Xenia, 2003.
148
Afrodita era la Diosa de la bell eza y del amor libre. Tenía el poder de sana r
los corazones humanos y de elevarlos a la eternidad del amor. Unía las fuerz as
masculina y femenina hasta construir una unidad. Estamos ante una diosa libre y
dueña de s u vida , sabia en el amor y pr otectora de los suyos. Es el prototipo de
mujer ena morada que siente la llamada de la sen sualidad personi ficada en un
hombre que la hace perder la cabeza y alcanzar su máximo esplendor.
Es una mujer hermosa, sensual, dulce, el egante, coqueta, preocupada por
su aspecto y por agradar a los demás. Derrocha energía, con la que atrae a
multitud de ho mbres, que pueden senti rse incluso burlados al descubrir que no lo
hace por estar enamorada, sino porque, s implemente, ella es así. En Ob jeto del
deseo (Guy Fe rland, 1995), e l personaje interpretado por Alicia Silverstone acude
a casa d e un matrimonio como niñera y se convierte en obj eto del des eo de
cuantos la rodean: del padre, del hijo, del novio, etc. 1
Cuando se enamora, A frodita se entrega por completo, pero tiene facilidad
para volverse a enamorar y enc adena una r elación tras otra. Va dej ando tra s de s í
una la rga lista de amantes abandonados y deprimidos. Su sentido de la moral se
sale de lo convencional; no ti ene reparos a la hora de poner los ojos en un hombre
casado, lo que le s upondrá la enemistad de otras mujeres. Michelle Pfeiffer e n La
edad de la inocencia (Martin Scor sese, 1993) interpreta a l a c ondesa Olenska, una
bella y fascinante mujer que, tras a bandonar a su marido, hace perder la cabeza al
caballero Newland Archer , prometido de su prima. En el c ine son numeros os los
ejemplos de rivalidad femenina, esto es, de m ujeres compet idoras, envidiosa s,
ambiciosas y moralmente inferiores a los hombres, que emplea n armas como l a
1
PÉREZ JIM ÉNEZ, A. y CRUZ AN DREOTTI, G., Hijas d e Afrodit a: la sexualid ad
femenina en lo s pueblos d el Mediterráneo , Madr id, Ediciones Clásicas, 19 96.
149
belleza, la seducción o la juventud para d esbancar a sus riva les. A veces las que se
enfrentan son mujeres jóve nes y, otra s ve ces, una joven y otra m ayor, como
sucede en el filme Eva al desnudo (J oseph L. Mankiewicz, 1950) , en el que el
objeto de la discordia es el amor de un hombre.
Afrodita también representa a una mujer madura, que se mantiene
emocionalmente i ndependiente de sus amantes y retoma su actividad la boral o
amistades dejadas de lado para dedicar se al amor durante su juventud. Para Gil
Calvo 1 , el prototipo de Afrodita correspondería a una mujer sexual, carnal y
fetichizada, que se identifica con la prostituta. Por la historia de l c ine han pasado
algunas inolvidables, como Shirley McLaine en Irma la dulce (Billy W ilder,
1963), Julia Roberts en Pr etty Woman (Garry Marshall, 1990) o, más
recientemente, Candela Peña y Micaela Nevárez en Princesas (Ferna ndo León de
Aranoa, 2005).
Afrodita emplea sus volupt uosas armas de mujer para seducir a los
hombres, y si es necesario recurre a l a frivolidad y al engaño. En La sonrisa de
Mona Lisa (Mike Newell, 2003) este arquetipo estaría repr esentado por Giselle, la
alumna promiscua, de moral relajada, pe cadora y llena de erotismo, que mantiene
distintas relaciones con hombres mayores que ella.
En el a rquetipo de la amante también se puede incluir a Hera, diosa del
matrimonio y esposa de Zeus. El culto a esta divini dad, sin embargo, es muy
anterior a la llegada de su supremo marido a la Hélade. Hera, “la reina del cielo
1
Cfr. GIL CALVO, E., Medias mirada s. Un aná lisis cultu ral de la imagen femenina ,
Barcelona, Anagr ama, 2000.
150
con ojos de vaca” 1 , era considerada la diosa suprema de las mujeres y de la
sexualidad femenina. Representaba las tres fases por las que pa sa la vida de t oda
mujer: en su j uventud er a llamada Antheia o ‘mujer que flor ece’, virgen en el
sentido de c arecer de hi jos y responsabilidades; despué s, en su et apa de madurez,
podía ser Ninfómana -‘mujer que busca un compañero’-, o Teleia, made ejemplar;
en su última etapa Hera se convertía en Theria, la mujer anciana.
Las tribus nórdicas, que vene raban a su dios del ci elo, Zeus, l legaron a
Grecia y, ante la imposibilidad de eliminar el c ulto a Hera, se terminó por fusionar
a ambas divinidades y surgió así la im agen c lásica de la diosa, como “esposa
celosa y petulante, continuamente a la caza del marido infiel y de sus amantes” 2 .
Según el relato mitológico, tr as ser violada por Zeus, Hera se vio forz ada a
casarse con él y la unión fue larga y duradera, a pesar de l as incontables
infidelidades del dios supremo. Hera representa el matrimonio para toda la vida, la
fidelidad y la lealtad de una mujer ha cia su marido. Es alguien qu e busca sentirse
realizada como esposa, al lado de un ho mbre con poder y éxito social, como la
protagonista de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999), cuya única función es l a
de lucir siempre bella del brazo de su marido y permanecer en el hogar mientras él
se ocupa de sus negocios en la esfera pública.
Este tipo de mujer es feliz mientras espera a su marido y mientras cuida
todos los detalles de su hogar. Ve el acto sexual c omo un acto de amor y como
una obligación. En un filme reciente, las mujeres de Stepford ( La ci udad de las
mujeres p erfectas , Frank Oz, 2004) representan el su eño de todo hombre:
1
MONAGH AN, P., Le donne nei miti e n elle leg gende. Dizionario delle dee e delle
eroine , Como, Red, 1987, p. 1 53.
2
Ibídem, p. 154.
151
permanecen siempre activas dentro del hogar, donde disfrutan cocinando,
cuidando del jardín y de los niños, e incluso recibe n con lencería sexy a sus
esposos a la vuelta del trabajo.
En su asp ecto negativo, este arquetipo parte d e una inseguridad
profundamente arraigada en la mujer, del t emor más o menos inconsciente de que
sin un marido se carec e de i dentidad a los ojos de la sociedad. Su felici dad y su
realización siempre dependen de otra persona. Hera ha renunciado a muchas cosas
y se ha encerrado en su propio mundo, con su marido como centro, lo que puede
originarle una gran frustración si un día ve que éste ha dejado de necesitarla. Por
ejemplo, en Las h oras (Stephen Daldy, 2002), Julianne Moore interpreta a un ama
de casa frustrada y asf ixiada por su r eclusión en el ámbito doméstico. En Los
puentes de Madison County (Clint Eastwood, 1995), Meryl Streep da vida a una
madura ama de casa que, t ras años de renuncia y de dicación al cui dado de su
familia, por la lleg ada de un fotógrafo de l Nat ional Geographic, durante un fin de
semana experi menta sentimientos y sen saciones que tenía reprimidos y que ponen
en duda todo lo que había sido hasta el momento.
El de Hera es el tercer protot ipo de mujer al que se refiere Gil Calvo 1 , el de
la diosa madr e, dedicada a la familia y a su es poso Zeus. Es una señora de su casa,
elegante, con estilo y clase, perteneciente a la elite social, basada siempre en un
modelo r ígido, el de la fidelidad a su patrón o marido. Las mujere s reales viven la
sumisión a las exigencias de su es tatus no como una imposición, sino como algo
que han elegido libremente.
1
Cfr. GIL CALVO, E., Medias mirada s. Un aná lisis cultu ral de la imagen femenina ,
Barcelona, Anagr ama, 2000.
152
Éste es el caso de Betty, en La s onrisa de Mona L isa (Mi ke Newell, 2003),
quien defiende férreamente su ide a de familia tradi cional, se somete a su marido
hasta el extremo de anularse, y no es capaz de ver más allá; se agarra a ese patrón
de elegancia y distinción socia l, al modelo de reina de su casa rodeada de todas las
comodidades disponibles hasta l a época, y sigue pensando que eso es lo que
realmente d esea; cree que ha alcanzado la felicidad. Betty consigue abrir l os oj os
con la ayuda de Katherine per o Joan, por el contrario, cae en la trampa y di ce
adiós a su prometedor futuro c omo abogada, con el firme convencimiento de que
está haciendo lo que más desea y lo que le d ará más s atisfacciones en s u vida
futura, aunque también es un poco consciente de que puede estar equivocándose.
Se puede acudir a la m itología cristiana para hallar nuevas
representaciones del arqueti po que nos ocupa. El rey Herodes, c autivo por la
belleza de su hija Salomé, le prom etió acceder a cualquiera de sus deseos a
cambio de exhibirse ante sus invitados ejec utando la danza de los siete velos. Su
petición no fue otra que ve r la cabeza de Juan el Bautista sobre una bandeja de
plata, com o venganza contra éste, por no haber correspondido a su juego de
seducción.
Salomé es el arquetipo de la seductora, que se entrega al otro en todo su
ser –al de spojarse de los siete velos es como si s e des nudara- y le hace perder –e n
este caso, literalmente- la cabeza. Salomé es la mujer que suspende en el hombre
el uso de la razón y lo conduce por e l camino de los sentimientos y las pasiones.
Eso es precisamente lo que s ucede a Mickey Rourke –y a cual quier especta dor
masculino- ante el st reaptease de Ki m Bassinger en Nueve semanas y media
(Adrian Lyne, 1986).
153
4.4.4. La madre
El ar quetipo de la madre se relaciona con va rios momentos fundamentales
de la vida de una mujer, como son el embarazo, e l parto y la función protectora y
acogedora de la nue va vida dentro de su ser. La madre es la figura que acompaña
e inicia al niño en el mundo dura nte la primera etapa de s u vida. Su influencia
pervivirá durante años 1 .
Es un arquetipo que está muy presente, tan to a nivel pers onal como en el
inconsciente colectivo de los pueblos. La Diosa Madre es considerada la primera
figura m itológica creada por los ho mbres. Fue venerada durante siglos por
numerosas culturas, desde Mesopotamia hasta Rusia. Entr e los símbolos que la
acompañan c abe de stacar la unión del cielo y la tierra, pues la Diosa Madre es a la
vez humana y portadora de la ley divi na. La madre representa el lazo con el
origen, al que seguimos psi cológicamente unidos incluso después de haber sido
cortado el cordón umbilical. Est e hecho es particularmente relevante en los filmes
de Pedr o Almodóvar – Todo sobre mi madre (1999), Volver (2006)...-, qui en
muestra un gran interés por la figura materna en su vertiente más e mocional,
como evocadora de los oríg enes culturales y populares. Dicho personaje sirve al
director manchego para traer al presente l as conversaciones y los rituales
femeninos que tanto despertaban su curiosidad cuando era niño 2 .
1
Cfr. SHAHRUKH, H., La dio sa. Creación, fertilidad y abu ndancia: mitos y arq uetipos
femeninos , Taschen, Cop. 200 6.
2
Cfr. ARECCO, S ., Il paesaggio del cinema – Dieci studi da Ford a Almodóva r , Genova,
Le Mani Edito re, 2001, p . 73.
256
condiciones de la recepción cinematográfica -oscuridad, inmovilidad , pasi vidad-
favorecen esa vuelta al estadio oral 1 .
En 1953, Michotte 2 distingue distintos grados de participación del
espectador en el filme. El mayor de todos correspondería a una ‘relación de
empatía’ o identificació n plena de dicho sujeto con un personaje de l film e -
normalmente, el héroe o heroína-, propiciada por las especiales condiciones en
que tiene lugar la recepción.
Casetti destaca cómo la situación en que ti ene lugar la r ecepción de los
filmes favorece la identificación de esp ectador con el mundo y con los personajes
que se despliegan en la pantalla. La inm ovilidad relativa y el abandono en la
butaca nos ayudan a perder la conciencia del cuer po; la oscuridad y el aislamiento
nos hacen olvidar que estamos en una sala de cine; la agudeza del estímulo visual
hace que aumente nuestra a tención hacia lo que sucede en la pantalla. “El efecto
es pr ecisamente que el e spectador sus pende el r econocimiento de sí para
reconocerse en el otro” 3 .
Tradicionalmente se ha asociado la identi ficación en el ci ne con el especial
vínculo subjetivo que se establece entre el espectador y un personaje del filme,
que da lu gar a una simbólica transferencia de sentimientos del segundo hacia el
primero, quien experimenta una suerte de placer al situarse en el l ugar que a aquél
le corresponde en el filme. Exist e una analogía fundamental entre la es tructura
1
METZ, C., El sig nificante imaginario. Psico análisis y cin e , Barcelon a, Paidós
Comunicación , 2001.
2
Cfr. MICHOTTE, A., “La participation émotionnelle d u spectateur à l’action à l’action
représentée à l’ écran”, en Revue Int ernational e de Filmologie , 13, 1953.
3
CASETTI, F., Teorías del cine 194 5-1990 , Madrid , Cátedra, 1994, p . 120.
257
edípica y la de toda narración, pues ambas se fundamentan en un enfrentamiento
entre Ley y deseo. El relato parte de una situación inicial de equilibrio que se ve
alterada por una sucesión de dificultades y contratiempos. La narración debe
resolver ese e nfrentamiento y conducir a una sol ución que termine con las
tensiones. “Todo relato […] es de modo fundamental la búsqueda de una verdad
del deseo en su articulación con la carencia y con la Ley” 1 .
El que el esp ectador se identifique con uno u otro personaje en un
determinado punto de la narración depende en gran medida de la situación y del
modo en que ésta es enunciada. Así se explica el hec ho de que nos enganchem os
tan fácilmente a un filme nada más encender la televisión, a unque l o pi llemos
empezado y no conozcamos todavía a los personajes 2 .
La identificación, com o hemos a firmado, es fluida y ambivalente; cada
secuencia, al cambiar los lugares y las si tuaciones, conlleva u na reestructuración
de los roles y, por tanto, una fluctuación de la identificación que , sin embargo, se
mantiene más estable en el recuerdo del filme que e n el momento de su
construcción por el espectador, durante la proyección. El placer espectatorial se
basa en parte en esta ambigüedad, que nos ll eva a ident ificarnos a la vez con el
agredido y con su agresor 3 .
Si bien la identificación parte de la situación, también hay que buscar su
origen en el nivel de la planificación. La narración clá sica se caracteriza por la
1
MARRANGHELLO, D. , Análisis cinematográ fico , San José, Ediciones Cultura
Cinematográfica, 1 994, p. 15.
2
SEGER, L., Cómo crear p ersonajes inolvidables: guía práctica para el desarrollo de
personajes en cine, televisión, publicidad , novelas y narraciones cortas , Barcelona,
Paidós, 2000 .
3
GUBERN, R., Másca ras de la ficción , Barcelona. Anagr ama, 2002.
258
constante sucesión de plan os, con el cambio de puntos de vista, encuadre y
distancia de los objetos filmados que e llo supone. En este sentido, la planificación
clásica nos sitúa ante una vi sión de los obj etos que nada t iene nada que ver con
nuestra percepción natural de l a realidad. La multiplicación de los puntos de vista ,
sin embargo, juega un papel esencial en la construcción de nuestra identificación,
desde el momento en que establece una jerarquía que da prioridad al punt o de
vista de determinados pe rsonajes en detrimento de l de ot ros. El cambio de tamaño
de los planos, que hace que veam os m ás de cerca a c iertos p ersonajes, inf luye de
igual manera en nuestra identificación con ellos 1 .
Por último, la enunciación juega un importante papel en el proceso de la
identificación, pue sto que modula permanente mente el saber de l espectador sobre
los acontecimientos y regula el juego del a vance y el retroceso entre el saber del
espectador y el supuesto saber del personaje; de este modo, podrá influir
permanentemente en la identificación del espectador con las figuras y la s
situaciones de la diégesis. El cine clásico se caracteriza por la pretendida
invisibilidad de la enunciación, mediante un determinado tipo de montaje 2 .
A partir de los años 60, e l concepto de autor cobra un v alor especial que
lleva a algunos ci neastas a visibilizar claramente la enunciación de sus filmes,
dejando en ellos su impronta personal. Así, surge una nueva posibilidad de
identificación, con la figura del controlador de la enunciación . Hay aut ores, como
1
CARM ONA, L. M., Los 100 gra ndes person ajes h istóricos en el cine , Madrid, Cacitel,
D.L. 2006.
2
MURCH, W., En el momento d el pa rpadeo: un punto de vista sobre el mon taje
cinematográfico , Madrid, Ocho y Medio, 2003 .
259
Jean-Louis Schéfer 1 , que se muestran c ontrarios a e sta concep ción de l espectador
como s ujeto psi coanalítico, y apue stan por un cine que, más que provocar una
regresión narcisista del espectador, busca despertar en él la sorpresa y el
asombro 2 .
No obstant e, en la actualidad, el cine aún se fija en los modelos narrati vos
propuestos por Hollywood dur ante los años cuarenta, ante l a necesidad de
“mantener sus altos costos con la captación de un público masi vo y perezoso. Un
público que se de ja l avar el cerebr o complacientemente y al qu e se le cercena, con
una paciente labor de años, su capacidad creadora y significativa” 3 .
Sandro Ber nardi 4 considera al espectador como una figura bidim ensional:
estadísticamente ha blando, éste sería e l público, es dec ir, un segmento de la
población que desarrolla una de terminada práctica social; si tomamos en
consideración su aspecto emocional, t ambién p odemos referirnos al espectador
como individuo que se enfrenta de manera subj etiva a la experiencia de ver un
filme.
Hasta los años 50 las teorías fílmicas dan por hecho la presencia del
espectador, pero no le conceden ningún tipo de p rotagonismo en el filme. Sin
embargo, ya en esas prim eras décadas del si glo XX hay teóricos que s e salen de
1
SCHÉFER, J. L ., Du monde et du mouvement des images , Paris, Éditions de l’ Étoile,
Cahiers du Ciné ma, cop. 1997 .
2
SCHÉFER, J. L., L’homme ordi naire du cinéma , P aris, Gallimard, 1 980.
3
AGUIRRE, J., “La experi mentación en el cine”, en En tre antes so bre después del anti-
cine (Ayala, Maqua, Del Barco y Maderuelo, eds.), Madrid, Consejo S uperior de
Investigaciones Cient íficas, 1 995.
4
Cfr. BERN ARDI, S., Kubrick e il cinema co me arte d el visibil e , Milano, Il Castoro ,
2000.
260
esa línea y a puntan ideas importantes. Hugo Münstenberg 1 , en 1916 , señala la
existencia de vínculos fundamentales entre el filme y el espectador. El primero
atrapa mentalmente al segundo y, a su vez, est e último realiza una labor
fundamental par a el funcionamiento del primero, pues dota a la i magen de
realidad. Ya en los 50, Edgar Morin destaca la copresencia e inter relación en el
filme de elementos lingüísticos y psíquicos.
En la s egunda mitad del siglo se empieza a estudiar al espectador en sí,
como const rucción plural. Desde la semiótica se ll ega a una doble con cepción de
éste: como de codificador de una serie de imágenes y sonidos y como i nterlocutor ,
del que se espera una complicidad, un signo de entendimiento 2 .
El primero de los términos surge de la semiótica estructuralista de los años
60, que ve al espectador como deco dificador, presente puntualmente y sólo e n los
márgenes del texto 3 . En los 70, sin embargo, se empieza a p restar más atención al
momento de la recepción y se busca, además, el rastro del sujeto receptor. Es una
época en la que surge n conceptos c omo el del lector implícito, y s e empieza a
percibir en muchos textos el reflejo del público al que se dirigen.
Refiriéndose específicamente al c ine, Christ ian Metz 4 t ambién cree posible
que existan lecturas plurales, avaladas por distintos y p ersonales principios de
1
Cfr. MÜNSTERBERG, H., The film: A Psychological S tudy , DoCfr. & New York,
1970.
2
DE LAURETIS, T., Alicia ya n o. Feminismo, semiótica, cine , Madrid, Cátedra, 1992.
3
ATMA, R., BOUGOYN E, R. y F LITTERMAN-LEWIS, S., Nuevos conceptos d e la
teoría del cine: estructuralismo , se miótica, narrato logía, psicoanálisis, interte xtualid ad,
Barcelona, Paidó s, 1999.
4
METZ, C., Leng uaje y cine , Barcelona, Planeta, 197 3.
261
desciframiento, y Raymond Bellour 1 se muestra co nsciente de la previsión por
parte del texto del sujeto al que se dirige.
Si en los años 70 el estudio de la enunciación se basó principalmente en s u
aspecto p sicoanalítico, una década más tarde la atención empezó a dirigirse al
ámbito lingüístico, haciendo h incapié en las huellas que la enunciación deja en el
enunciado. Se delimitó la pr esencia dentro del text o de figuras com o las del
enunciador y el enunciatario, que no hay que confundir con el autor y el
espectador respectivamente. El texto, desde el momento mismo de su creación,
presupone la existencia de alguien a quien dirigirse.
Así, la ll amada semiótica textualista se l anza al estudio del interlocutor. Ya
no se trata de una figura al margen, como suc edía con el decodificador, sino de
alguien consciente, que pa rticipa activamente en la elaboración del t exto, pues
interviene en el teji do de la trama y, por tanto, debe conocer perfectamente la
situación. No le basta con dominar el có digo, se le exige asimismo una
competencia, pues el filme que vemos en pantalla no es ya un universo
perfectamente estructurado y cerrado, sino que recibe influencias del ambiente en
el que se desarrolla. Así, la película es un texto que co rresponde a la “idea de
constructo dinámico, de organización abierta y compleja de objeto destinado ” 2 .
Hay quienes no consideran muy adecuado hablar de i nterlocutor en el caso
del c ine, dada la enorme distancia espacio-temporal que media entre aquél y el
texto fílmico que se l e ofrece en pantalla. Sin embargo, la dificultad es mucho
menor de lo que parece. Desde el pr imer momento el receptor interviene
1
Cfr. BELLOUR, R., “Le blocage symboliq ue”, en Psychanalyse et cinéma , te ma
especial de Comun ications nº 23, 1975.
2
CASETTI, F., El film y su espectador , Madrid, Cátedra, 1996, p. 27.
262
constantemente en el filme para l lenar los huecos que rompen su linealidad; por
ejemplo, suple los espacios en negro que hay entre fotograma y fotograma. El
filme lleva una final idad implícita y el espectador participa en la construcción del
sentido de lo que ve en pantalla; puede dar coherencia a indicios dispersos y
recomponer con ellos un per sonaje o lugar. En ese sentido, podem os afirmar que
el espectador se sitúa dentro del filme.
Todo texto neces ita una persona a la que di rigirse, pero p uede tratarse,
bien de una persona de carne y hueso, bien de una presencia simbólica. En el
primero de los casos, el i nterlocutor se si túa en los l ímites del texto y desarrolla
una visión activa. Ello implicaría también nec esariamente la existencia dentro del
relato de un pl an-guía de la r ecepción. En el se gundo caso, el interlocutor se
coloca dentro del texto, al que debe su orige n, y se convierte en t estigo directo de
la existencia de indicaciones en el mismo. Sin embargo, así estaríamos obviando
una presencia que también hay que delimitar, la que se sitúa en los l ímites del
texto, la de esa persona a quien van dirigidas esas indicaciones textuales.
Las huellas de la enuncia ción cinematográfica y de su sujeto l as
encontramos en su enunciado, esto es, en el filme, y más concretamente en el
punto de vis ta desde el que se nos p resentan las imágenes, q ue corresponde tanto
al l ugar donde se c oloca la cámara par a filmar como a la posici ón ideal en que se
sitúa el sujeto que mira l a proyección. Ent re la enuncia ción y el enunciado se da
una im portante correspondencia. El enunciado deja ver las huellas de la
enunciación, que pue den ser poco -en el caso del cine cl ásico, que persigue la
invisibilidad- o muy evi dentes -por ejemplo, en el meta-cine-. Sea como fuere,
implícito o evidente, el enunciatario está presente en el filme.
263
A vece s hay una mirada a cámara de un personaje que sirve de
interpelación al espectador; hablamos, enton ces, de enunciación enunciada , pues
el enunciatario s e deja ver en el enunciado. En un mismo film e pueden alternarse
momentos de enun ciación e nunciada y otros en que las huellas de la enunciación
permanecen ocultas. Sin embargo, el enunciatario puede e star siempre presente en
forma de punto de vista.
Esa m irada a cámara de un pe rsonaje constituye un tabú par a el texto
fílmico narrat ivo, qu e debe evitarla par a conse guir la transparencia de la diégesis.
Sin embargo, en el ca so del comentario (por ej emplo, en los musicales) se permite
dicha mirada, pue s se bus ca la interpelación. Lo mismo sucede en lo s
documentales 1 .
El suj eto de la enunciación deja marcas -no s ólo dentro del texto, s ino
también en la s ituación comunicativa-, que t ienen una inc idencia importante en la
recepción de los textos. En primer lugar, cabe destacar e l ‘paratexto’, que trata de
imponer un a forma defi nida y legítima de acercarse al significado del texto, por
medio de la publicidad, la crítica, et c. En segundo l ugar, el ‘palimpsesto’, referido
al m undo de la radio y la televisión, hac e r eferencia a las relac iones que se
establecen entre el texto y los otros text os junto a los que se emite, es de cir, los
textos que lo pre ceden, lo si guen y l os que s e em iten simultáneamente en otros
canales 2 . Por último, cabe destacar ot ro tipo de marcas pr agmáticas, las de los
géneros o escuelas cinematográficas.
1
GUYNN, W., A cinema of nonfiction , Fairleigh Dickin son University Press, London,
Associated University Presses, 199 0; LÓPEZ CL EMENTE, J., Cine documental españo l ,
Madrid, Rialp, 1960.
2
MAY, R., Cine y televisió n , Mad rid, Rialp, 1959.
264
En c uanto a l a investigación sobre el es pectador, existen dos pos turas:
estudiar la construc ción del interlocutor por parte del te xto o al contrari o, es decir,
cómo e l texto es constr uido o r econstruido por el espectador. Ambas posturas
implican la negación de un aspecto importante de la e spectatoriedad, pero la
solución tampoco parece estar en aunarlas.
La Pragmática adopta la pr imera de esas dos posturas, para estudiar cómo
el texto proporciona al espectador una serie de señales que le van indicando qué
camino debe seguir; é ste descub re así cuál es su lugar en el texto y se reconoce
como su des tinatario. Como conse cuencia, de saparecen las ba rreras de separación
entre el texto y lo que está fuera, su contexto, y ambos se convi erten en uno solo.
El texto interpela, es decir, hace una llamada -por medio de diferentes
recursos, como la mirada o l a palabra dirigidas a l a cámara- al espectador para que
se convierta en su interlocutor. Se establece así una conversación, un diálogo,
entre el espectador y el emisor, por medio de su simulacro textual.
El empleo de tales recursos supone un r iesgo, pues se po ne en evidencia el
trabajo técnico que da lugar a la construcción d el filme. S i lo que pretende el
discurso es tener una apariencia meramente reproductiva, borrando la s huellas del
sujeto enunciador, se refuerza la figura simbólica del enunciatario, hasta tal punto
que ésta llega a sustituir, aunque sea de manera ficticia, a la del enunciador.
Así, se establecen principalmente dos tipos de conversación entre el
destinatario y el texto: la ‘asistencia’ y la ‘partici pación’. En l a primera, el
espectador asiste desde fuera a la conversación que se de sarrolla dentro del texto,
entre las instancias s imbólicas del enunciad or y el enunciatari o. No hay
interacción e ntre el espectador y las cita das figuras ficticias. En la segunda, se
265
establece una i nteracción ent re e l e spectador y el sujeto enunciador, mediant e la
aceptación por parte del pri mero de la propuesta comunicativa que e l segundo l e
plantea en el texto. Así, el sujeto enunciador controla la i nformación trans mitida
por el texto y el espectador, al establecerse un intercambio comunicativo, ejerce
también algún tipo de control s obre esa información que recibe.
El pape l del espectador en la conversación con el texto varía dependiendo
de su competencia y de su mundo de referencias. Así, señala Bettetini que un
espectador competente desmontará fácil mente las trampas simbólicas que el
enunciador l e propone y descubrirá s in dificulta des su táctica comunicativa,
mientras que u n espectador inge nuo t erminará por imitar el comportamiento
interlocutivo ya predispuesto, quizá con la convicción de colocarse en el orige n de
la práctica disc ursiva elaborada por el texto 1 . Éstos son dos casos extremos;
normalmente el espectador se sitúa en un punto medio entre ambos 2 .
1
BETTETINI, G., La con versación audiovisual , Madrid, Cátedra, 19 86, p. 113.
2
FERNÁNDEZ BLANCO, V., Cinéfilo s, videoadictos y telespectadores: los perfiles de
los consumidores au diovisuales en España , Madri d, Fundación Autor, 2002.
272
preocupación individual, aunque es influido igualmente por las manifestaciones
artísticas y sociales dominantes (televisión, música, pintura, cine...) 1 .
El cine alternativo o de vanguardia ha experimentado tradi cionalmente un
mayor desarr ollo en Europa, aunque a partir de los años 60 alcanzó también gran
importancia en Es tados Unidos. Peter Wollen 2 distingue entre dos tipos de cine de
vanguardia: uno prima la construcción del significante sobre todo, e n un intento
por hacer desaparecer el signi ficado. Fuertemente relacionado con el mundo del
arte, el llamado movimiento co- opt se desarrolla sobre todo en Esta dos Unidos . El
otro, la llamada vanguardia política eur opea, inspirada por Godard y Staub-Huillet
entre otros, pretende “[d]esarrollar nuevos tipos de relación entre el si gnificante y
el significado mediante el montaje de elementos heter ogéneos” 3 .
Michail O´Pray 4 señala que el cine de vangua rdia se di ferencia del cine
comercial en diferentes aspectos: carece de un modo esta ble de producción,
distribución y exhibición; es proyectado en luga res diferente s a las salas
comerciales; su distribución es ca sual y poco sistemática; no tiene un propósito
fijo; presenta una actitud contradictoria que busca y rechaza el éxito comercial .
1
Cfr. PIETROPAOL O, L. y TESTAFERRI, A. (eds.), Femi nisms in the cinema ,
Bloomington & Indi anapolis, Indiana Un iversity P ress, 1995.
2
Cfr. WOLLEN, P. , “The two avan t-gardes”, en Edinburgh Magazi ne , Verano de 197 6.
3
KAPLAN, E. A., Women and film. Both sides of the camera . London / New York,
Routledge, 1983, p. 86; traducción españ ola: Las mujeres y el cine: a a mbos lados d e la
cámara , Madrid , Cátedra, 199 8.
4
Cfr. O’ PRAY, M. (ed .), The british avant -garde fil m 192 6 to 1995 , London, Un iversity
of Luton Press, 1 996.
273
MacPherson y Willemen 1 consideran imposible la existenc ia de fil mes
totalmente independie ntes, pues e l cine independiente es producto del cont exto
social en el que nace por oposición a él , y de cuyas i nstituciones co nsigue la
financiación necesaria, en muchos casos, para su existencia. Ést a es una de las
contradicciones que estos aut ores encuentran en el llamado ci ne alternativo. Otras
son: el uso de estrategias que resultan poco familiares al espec tador común del
cine dominante y la imposibilidad de lle gar a públicos muy amplios, por falta de
medios financier os, lo que hace que este tipo de filmes sean r ecibidos sólo por un
público que a priori ya compartía esos valores que se quieren transmitir.
Según Romero de Ávila, es di fícil encontrar pr oductores dispuestos a
arriesgarse a r ealizar filmes que difíci lmente les per mitirán r ecuperar el capital
invertido y, mucho menos, obtener beneficios. “Por lo tanto, los inca utos
sufragadores del gasto o son a mantes fervientes del cine como tal , parientes del
director o gente que no sabe en qué gastar el dinero” 2 .
Los medios d e financiación influyen de un modo muy i mportante en la
producción del cine independiente. En Canadá, donde las instituciones estatal es,
como el Can ada Council, ayudan a los artistas realizad ores de ci ne independiente,
este t ipo de manifestación f ílmica se a poya en el docum ent al y privilegia de
manera especi al la figura del a utor, la voz personal, que se c onvierte en obje to de
culto.
1
Cfr. MacPHERSON, D. (ed.), Traditions of independence: Britis h cinema in the Thirties
(con Paul Willemen), Lo ndres, British Film Institute, 1 980.
2
ROMERO DE ÁVILA, R., El cin e indep endiente y experi mental , Barcelona, Royal
Books, 1995 .
274
En Estados Unidos organismos estatales, como el National Endowment for
the Humanities y el National Endowment for the Arts, así como agencias
privadas, ayudan a producir este ti po de cine, lo que tiene in evitables
consecuencias en l os filmes que se crean. En Gran Bretaña, el Arts Council of
Great Britain depende del Estado y financia películas realizadas por a rtistas más o
menos reconocidos, vanguardistas o experimentales.
Hay proyectos que no obtie nen la ayuda financiera de estas instituciones
por no quer er amoldarse a las condiciones que ellas imponen, y si finalmente se
realizan con medios independientes, no l ogran llegar a un gran publico, porque
suelen ser las películas producida s con ayuda ofici al las que van a l os fest ivales,
consiguen premios y una mayor difusión 1 .
En Gran Bretaña, en 1973, surgió l a Independent Fi lmmakers’ Associat ion
(IFA), fundada por los profesionales del cine de oposición para “promocionar
obras que sean innovadoras política o estéticamente en su forma y su contenido ” 2 .
La IFA busca promover la producción de un c ine i ndependiente, tanto de las
instituciones cin ematográficas domina ntes como en lo que respecta a los aspe ctos
puramente textuales; para ello de be conseguir organismos que financien la
producción de tales filmes, context os a propiados y, además, crear audiencias a las
que dirigirlos. En 1976 la IFA sugerí a la asociación de “todos aquél los que están
relacionados con la pro ducción de significados cinematográficos: es decir, no sólo
1
Cfr. KAPLAN, E. A., Women and film. Both sides of th e camera . London / New York ,
Routledge, 1983; traducción española: La s mu jeres y el cine: a a mbos l ados d e la
cámara , Madrid , Cátedra, 199 8.
2
KUHN, A., Cin e de mujeres. Feminis mo y cine , Madrid , Cátedra, 199 1, p. 193.
275
[de los] pro ductores independientes, si no también [de] los exhibi dores, profesores
de cine, críticos y técnicos” 1 , para lograr sus objetivos.
El ci ne ll amado independi ente, si de ve rdad quiere serlo, ti ene que
liberarse del dis curso dominante de la sociedad en la que surge. Para ello, en lo
que respecta a la producción de filmes, se pueden el egir var ias opciones: bien
hacer películas experimentales, con dinero independiente, dirigidas a pequeñas
audiencias ya comprometidas con sus filmes, bien aceptar financiación exterior,
sea oficial o privada, a cambio de una cierta pérdida de control sobre el producto,
o bien permanecer dentro del sistema dominante y luchar desde ahí, con cuidado
de no ser absorbidos por él, para “alterar los modos en que aprehendemos la
realidad” 2 . Hay realiz adores que prefieren un m odo de producción artesanal,
individual, que le s permita ser autónomos e i ndependientes y controlar t otalmente
su obra, realizada con una tec nología sencilla y econó mica, aunque, eso sí,
permanecen en una posición marginal dentro de la industria.
La financiación de una pelí cula de ntro del sistema do minante suele ser
asumida por el capital privado, que cubre los costes con el objetivo de conseguir
beneficios tra s la com ercialización del filme. En cam bio, en el cas o del cine
alternativo esos be neficios no son seguros, por lo que la financiación d ebe venir
más bien de organi smos o instituciones que no tengan como objet ivo primordial
las ganancias e conómicas. Hay algunos que ayudan a producir filmes como
1
CURLING, J., y McLEAN, F., “Th e Independ ent Filmmakers Association - Annual
General Meetin g and Conference”, en Screen , vol. 18, nº 1, 1977 .
2
KAPLAN, E. A., Women and film. Both sides of the camera . London / New York,
Routledge, 198 3, p. 198; trad. esp., Las mujeres y el cine: a ambos lados d e la cámara ,
Madrid, Cátedra, 1 998.
276
fomento del arte y la cultura, y dejan libertad a los realizadores par a tr abajar,
como e s el caso del Arts Council de Gran Bret aña, y ot ros que ejercen un control
férreo sobre la producción, c omo el British Film Institute Production Board.
También hay realizadores que financian sus propias películas, de bajo
presupuesto, con la realización de otros trabajos más comerciales.
En Estados Unidos el cine i ndependiente difícilmente l ogra lle gar a l as
masas; en Europa , sin embargo, l as televisiones ayudan a difundir e ste tipo de
filmes. Es importante la colaboración entre directores y técnicos del ci ne
feminista. El t rabajo en el campo de la distribución es fundamental para hacer que
los filmes ll eguen a las audie ncias, mediante el alquiler a los exhibi dores; supone
también una importante fuente de ingresos para los realizadores. En el caso del
cine independiente, éste usa instituciones de distribución distintas a las del cine
comercial, que no suele distribuir ese tipo de filmes, pues no s on del agrado de las
audiencias masivas. Los distribuidores independientes realizan un importante
trabajo en relación con los receptores, para l levar sus películas a audiencias ya
existentes, que suelen ser “pequeñas pero muy fieles”, o cr ear públicos nuevos.
Según Romero de Avila 1 , citas cinematográficas como el Festival de Sundance o
los Golden Spirit Awards, han c ontribuido a dar a c onocer y hacer que el público
entienda este tipo de cine difícil, que necesita una mejor difusión.
Este trabajo en el campo de la distribución, l a exhibición y la
transformación activa de la audiencia es muy importante, pues el cine
independiente, por su carácter rompedor y su oposición a las formas tradicionales
de creación de significados, puede produci r películas que resulten difíciles de
1
Cfr. ROMERO DE ÁVI LA, R., El cine ind ependiente y experimenta l , Barcelo na, Roy al
Books, 1995 .
277
entender o poco asequi bles para los espectadores. “El verdadero arte, el que qued a
y de ver dad abre caminos, siempre ha si do de minorías, ha comunicado con el
público mucho más tarde, cuand o ya incluso al autor no le interesa tanto
comunicar” 1 . F. Lara considera que se tr ata de un problema soci al m ás que
artístico, por lo que convendría interveni r en las est ructuras político-económicas,
para que el públ ico en general llegue a estar preparado para entender el cine de
vanguardia.
Como ya se ha dicho, un pr oblema de este cine ta n personal es que no
siempre resulta fácil de ent ender y , por este motivo, no muchos se atreven a
criticarlo y ana lizarlo, al no considerarse preparados para ello. Esta dificultad
surge, por ejemplo, respecto al cine realizado tanto por personas de c olor como
por homosexuales. Quienes osan acercarse a él y criticarlo desde fuera de esas
comunidades, lo hacen desde una óptica e uro-americana, het erosexual, blanc a,
siguiendo los patrones del análisis y la crítica tradicionales; en cambio, quienes
pertenecen a esas minorías no necesariamente p oseen los conocimientos teóri cos y
la base crítica par a juzgar di cho cine. Otr o problema al que se enfre ntan los
cineastas pertenecientes a las distintas minorías es que automáticamente se les
encasilla y se l es j uzga como tales , y en cambio s us trabajos no tienen
necesariamente que reflejar o centrarse en esa parte de su identidad 2 .
1
LARA, F ., “Vital Javier Aguirre”, en Entre antes sobre después del anti-cine (Ay ala,
Maqua, Del Barco y Maderuelo, eds.), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones
Científicas, 19 95.
2
PIE TROPAOLO, L. y TES TAFERRI, A. (eds.), F eminisms in the cinema , Bloomington
& Indianapolis, Ind iana University Press, 1995.
278
En cuant o a las estrategias de producción, recepción y exhibición, el cine
vanguardista resul ta difícil pa ra el e spectador acostumbrado al sistema de
Hollywood, pues e xige un mayor esfuerzo y niega el placer vis ual pasivo que
ofrece dicho cine dominante . Kaplan considera que de bemos “reflexionar sobre si
sería posible usar una forma narrativa que resul te a gradable y que no pro duzca los
efectos regresivos del cine comercial, o si podemos educ ar a la gente para que
aprecien el pla cer de apr ender (es de cir, un proceso cognitivo) frent e al plac er del
reconocimiento / la identificación (es decir, un proceso emocional)” 1 .
En lo que respecta a las estrategias de recepción del cine independiente, se
pueden buscar nuevos contextos en los que visionar l as películas, facilitar la
comprensión de las mismas media nte explicaciones previas o char las c on los
directores, o cre ar filmes para una audiencia específica que c omparta las mismas
preocupaciones.
1
KAPLAN, E. A., Women and film. Both sides of the camera . London / New York,
Routledge, 198 3; trad. esp. , Las mujere s y el cine: a a mbos lado s de la cáma ra , Madrid,
Cátedra, 1998 , p. 198.
279
IV. LA MIR ADA MASCULINA D EL CINE
DOMINANTE
280
281
1. Imágenes de la mujer: la mirada masculina del
cine
Un e lemento característico del modo de expresión cinematográfico es la
mirada. El sistema patriarcal sitúa la mirada masculina en una posición dominante
respecto a la representación de l a mujer , relegada a la categoría de objeto erótico,
controlada y definida por el hombre.
Laura Mulvey seña la la existencia de t res miradas masculinas en el cine: la
de la cámara, la de l os personajes masculinos dentro de la narración y la del
espectador. Estas miradas interactúan y están presentes de modos diversos: dentro
de la película, se produce un juego de m i radas entre los pers onajes; la mirada del
espectador se dirige a las imágenes que se proyect an en la pantalla; hay una
mirada que se sale de la pantalla hacia el espectador, por ejemplo, cuando se
produce un juego de contraplanos para mostrar el diálogo entre dos personajes. El
recurso de la c ámara subjetiva, por el que la cámara ocupa el lugar de la mirada de
un personaje, hace posible que el espectador asuma la m i rada de la cá mara y, por
tanto, la de dicho personaje.
Se busca siempre crea r una identificación del espectador con el
protagonista masculino, de modo que el prim ero proyecte su mirada en la del
segundo y éste pueda así ejercer su poder e n el filme pu es, a diferenci a de la
femenina, la mirada masculi na es poderosa 1 . Gracias a la sensación de r ealidad
1
GONZÁLEZ OVIES, A., “Mito: m asculino singular”, en Género y sexo en el discurso
artístico (Ca ramés y González, eds.), Oviedo, Serv icio de Publicaciones de la
Universidad de Ov iedo, 1994 .
288
el deseo ni gozan con el intercambio de parejas. Son pa sivas, sumisas, y en sus
fantasías se subordinan a hombres con bastante poder: médicos, policías, etc.
Mary Anne Doane 1 estudia el modo en que los filmes de Hollywood, sobre
todo el melodrama, c onstruyen una imagen de la mujer como mero obje to er ótico
del hombre, del espectador masculino, que suele identificarse siempre con
personajes heroicos e idealizados , que tienen el control de la s ituación. L a mujer,
en cambio, sólo puede verse reflejada en personajes sin poder, víctimas sumisas y
pasivas; se trata de un objeto contradictorio o divi dido, entre un tipo de mujer
‘normal’, e n el rol de ama de casa o cubierta de glamour , y un ti po de mujer
sexual, ‘insana’. En cualquiera de sus role s, la mujer ti ene siempre que servi r al
hombre, y no es más que un mero objeto d e intercambio.
Aunque Lévi-Strauss a puntaba la imposibilidad de c onvertir a las mujeres
reales, que producen signos, en meras fichas de inter cambio, Cook y Johnston
señalan que la construcción del discurso contradice a esta convención al reducir a
esas mujeres ‘reales’ a “imágenes y fichas que funcionan en un circuito de signos
cuyos valores han sido determinados por y para los hombres” 2 .
En el cine de Holl ywood, la mujer, además de se r objeto sexual, representa
para e l hombre una amenaza de castr ación, por su carenc ia de pene. La
independencia femenina conll eva problemas, pu es “e l patriarcado al final dest ruye
1
Cfr. DOA NE, Mary Ann: “The wo man’s film: p ossession and address”, en Re-visions:
Feminist Essays in Film Ana lysis (P. Mellenca mp, L . Willi ams y M. A. Doane, ed s.), Los
Angeles, American Fil m Institute, 1 981.
2
Cfr. COOK, P., y JOHNSTON, C., “The place of wo men in the cinema of Raoul
Walsh”, en Feminism an d Film Theory (P enley, ed.), London & New York , Rout ledge,
Chapman and Hall In c., 1988, p. 2 6.
289
a la mujer que crea su propio discurso o que aspira a la subjetividad” 1 . En
definitiva, el cine c lásico castiga con la muerte a toda mujer que sea sujeto de la
mirada, como sucede, según apunta Linda Willi ams 2 , en las películas d e te rror.
Tradicionalmente, además, se sus tituye l a carrera pr ofesional por el amor y se
reduce a la heroína a mero entretenimiento. El pe rsonaje femenino tiene que morir
o sacrificarse por el masculino.
Dada esta situación, se entiende que las mujeres se vi stan de hombres; se
acepta pe rfectamente su travestism o, que les permite poseer la m i rada y el deseo,
porque se considera normal qu e las mujeres quieran estar en otra posición distinta
a la que les corresponde. El travestismo mascul ino, por e l contrario, más bien
provocaría risa. Lo que no se explica con t anta facilidad es la ost entación exces iva
de la feminidad, que es vista como una máscara que e sconde una “no-identidad”.
Esa ‘máscara’ fem e nina surge como reacción al rol que el s istema patriarcal
reserva a las mujeres.
Siguiendo a Joan Rivière 3 , Mary Ann Doane considera que dicha
ostentación de feminidad no es sino “un tipo de re acción-formación contr a la
identificación tra nsexual de la mujer, contra su tr avestismo”, puest o que, las
mujeres intelectuales, al se r a la vez sujeto y objeto del discurso, creían nece sario
1
KAPLAN, E. A., Women and film. Both sides of the camera . London / New York,
Routledge, 198 3; trad. esp. , Las mujere s y el cine: a a mbos lado s de la cáma ra , Madrid,
Cátedra, 1998 .
2
Cfr. WILLIAMS, L., “When the woman looks”, en Re-vision: Feminist E ssays i n film
Analysis (Doane, Mellen camp y Williams, eds.), Los Ang eles, A merican Film Institu te,
1981.
3
Cfr. RIVIÈ RE, J., “Wo manliness as a m asquerad e”, en Psyc hoanalysis and Female
Sexuality (Ruiten beek, ed.), New Haven , Colleg e and University Press, 1966.
290
“compensar es te hurto de m asculinidad cargando los gestos de la seducción
femenina” 1 . De es e modo, la feminidad podía ser llevada como una máscara q ue
ocultara los rasgos mascul inos y, además, evi tara las posibles represalia s en el
caso de que s e descubrieran di chos rasgos. Con la máscara, la mujer const ruye un
vacío o distancia que la separa de su propia imagen. Este exceso de feminidad,
esta ficción, es lo que caracteriza a la mujer fatal, que para el hombre encarna
todos los males.
Dos son los mecanismos que se em plean generalmente con el fin de
reprimir la amenaza que supone la mujer par a el hombre: el primero, muy usa do
por el género negro, recurre al sadismo, que halla placer en invest igar, desentrañar
el misterio femenino, y dar a la culpable, bien un castigo, bien el perdón. El
segundo consiste en negar la castración mediante el uso de objetos fetiches o la
fetichización del cuer po femenino en su conjunto, pila r sobre el que se ba sa el
culto a la star .
Esto s e manifies ta incluso en lo meramente formal. Así , el ci ne clásico
utiliza distintos t ipos de pl anos y encua dres para representa r visualmente a
hombres y mujeres: Lo s primeros suelen ser presentados com o ‘ego ideales’,
encuadrados sobre todo de perfil y sit uados al borde del plano, con la cara
parcialmente ensombrecida. De las mujeres , en cambio, suelen ofrecerse primeros
planos, en los que aparecen centradas y a isladas del contexto, “ofrecidas al
1
DOANE, M. A., “Film and the Masquerade: Theorizing the Female Spectator”, en
Issues in F eminist Film Criticism ( Erens, ed.), Blo omington, Indiana Univ ersity Press,
1990; trad. it., “Cinema e mascheramen ti: per una teoria della spettatrice”, en I mmagini
allo schermo. La spettatrice e il cinema (Bruno y Nadotti, eds.), Torino, Rosenberg &
Sellier, 1991 a, p. 73.
291
escrutinio voyeurista” 1 .
Algunos géneros cinematográficos acentúan especialmente la diferencia
sexual. Por ejemplo, el cine de aventuras e n todas s us variedades (de piratas,
bélico, del oeste…) ensalza la fig ura de un héroe masculino. Las mujeres que
aparecen en esos filmes suelen resultar molestas para el desarrollo de la acción. A
veces son s alvadas po r el protag onista, c onvirtiéndose en el objetivo de la
aventura, o quizás traten de disuadir al aventurero. También pueden ser el reposo
del guerrero y hacerlo senta r la cabez a. En est e tipo de géneros aparece el
prototipo fe menino de la novia o enamorada del héroe: una bella joven que, lejos
de presentar una sexualidad agresiva, constituye un e jemplo de m oralidad. Como
Penélope, supedita sus propios intereses a los del héroe y permanece siempre en
un lugar secundario, des provista de todo poder 2 . El final feliz de la historia suele
ser s inónimo de boda. El west ern prese nta al hombre c omo dueño de los espac ios
abiertos y recluye a la mujer en la esfera doméstica. Ella hace que funcione la
historia, pero es mera comparsa -como Grace Kelly en Solo ant e el peligro ( Fred
Zinnemann, 1952) o Joan Crawford en Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954) -, u n
cuerpo necesario para reforzar la virilidad de los pr otagonistas, pues en un mundo
tan masculino, la ambigüedad sexual flota en el ambiente.
Otros géneros convierten claramente a la mujer en objeto de la mirada
masculina, como es el caso del musical , en el que el cuerpo femenino se exhibe
1
WALLER, M., “Sig nifying the Holocaust: L iliana Cavani’s Po rtiere di notte ” en
Feminisms i n the cinema , (Pietropaol o y Testaferri, eds.), Bloomingto n e Indianapolis,
Indiana University Press, 199 5, p. 210.
2
Para a mpliar la infor mación sobre éste y o tros estereotipos femeninos en el cine, Cfr.
RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, M. C. (coord.), Con ojos de mujer. Arq uetipos de género
clásicos y su evolució n , Oviedo, Instituto Asturiano de la Mu jer, 2006 .
292
como espectáculo, y del cine negro, que eje mplifica perfectamente la clásica
dicotomía entre virgen y prostituta, mediante la existencia de dos tipos de mujeres
bien diferenciadas: una “sensual y peligrosa” y otra “buena y casta”, ambas fuente
de conflictos para el protagonista masculino 1 .
La comedia musical, inspirada e n el teatro popular, surge a finales de los
años 20, con la llegada del sonoro, y alcanza su mayor esplendor en ép ocas de
crisis -crack del 29, Gran Depresión, guerras mundiales…-, en que el públi co
busca evasión ante los graves pr oblemas s ociales. Este género pone música a la
comedia romántica con final fe liz, en la que se unen realidad y ficción. En la
comedia musical s uelen aparecer una chi ca buena y otra mala: la primera, más
dulce, constituye un ejemplo de feminidad pos itiva y t erminará e ncontrando el
amor junt o al galán protagonista; l a segunda se caracteriza por sus an sias de pod er
y su ambición, que l e reportarán un merecido castigo al final del filme. Por
ejemplo, en Cant ando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952) l os
personajes masculinos suelen aparecer en lugares abiertos y los femeninos, en el
ámbito doméstico, cerrado. En las escenas de baile el hombre sue le acaparar la
mayor parte de l espaci o, en el que se mueve li bremente, mientra s que l a mujer
realiza movimientos “contenidos, elegantes y suaves” 2 . Cuando e l baile es en
pareja, ella se deja guiar por él y a veces permanece inmóvil o es sustituida por un
objeto. En el caso de las coristas, éstas tienen un papel meramente decorativo,
1
Cfr. MULVEY, L. , “Ca mbiamenti: riflessioni sul mito, narrazion e e sp erienza sto rica”,
en Immagini allo schermo. La spetta trice e il cin ema (Brun o y Nadotti, eds.), T orino,
Rosenberg & Sellier, 1991.
2
VIÑUELA SUÁREZ, L ., “Las mujeres y la comedia musical”, en Co n ojos de mujer.
Arquetipos de género clá sicos y su evolu ción (Rodríguez Fernández, ed .), Oviedo,
Instituto Asturiano de la Mujer, 2 006, p. 125.
293
constituyen una masa indiferenciada. Actualmente, el género ha evolucionado en
algunos aspectos. Por ejemplo, narración y musical a parecen unidos, es decir,
parte de l os di álogos se cantan y aportan cont enido al fil me; cr itican, parodian u
ofrecen inform ación acerca de l os pe rsonajes. En cuanto a las pr otagonistas
femeninas, ést as “tienen un mundo interior más desarrollado que en el musical
clásico y, a través de la música y el bai le, nos ofrecen una visi ón íntima de sí
mismas” 1 , como sucede en Chicago (Rob Marshall, 2002).
El cine negro de los años 40, lo mismo que el western , r etoma la que se ría
la esencia de la tragedia y muest ra un tipo de orde n social distinto del
tradicionalmente establecido e n otros géneros 2 . Como cons ecuencia de los
cambios experimentados en esa época por el modelo de familia considerada
normal debido a la incorporación masiva de las mujere s al trabajo y del paso a un
tipo de economía monopolís tica, la unidad familiar ve alt erados sus tradicionales
valores con servadores. Al desintegrarse el modelo de fam i lia tradicional, é sta
pierde su posición como garante de los valores y la mujer, como consecuencia de
ello, pasa a oc upar un lugar marginal, de opresión, debido a la amenaza que
supone para el control masculino del mundo. La mujer sólo es soc ialmente bi en
vista si se pliega al sistem a patriarcal. Cual quier tipo de resistencia a es as rígidas
normas es entendi da como peligrosa. La m uj er indepe ndiente en el cine negro
puede t rabajar en un club nocturno o vivir a costa de un hombre, posibilidades
ambas mal consideradas de ntro del sistema patr iarcal, por ir contra los códigos
1
VIÑUELA SUÁREZ, L ., “Las mujeres y la comedia musical”, en Co n ojos de mujer.
Arquetipos de género clá sicos y su evolu ción (Rodríguez Fernández, ed .), Oviedo,
Instituto Asturiano de la Mujer, 2 006, p. 129.
2
SILVER, A. y URSINI, J., Cine n egro , Madrid, Taschen, 2004.
294
que establecen un ideal de mujer bella e inocente, que supone para el ho mbre l a
vuelta a un lugar seguro, previ o a la adquisición del lenguaje y de la diferencia
sexual 1 .
El cine negro presenta un tipo de mujer no sujeta a las limitaciones
familiares pero moralmente degradada. Sus ar mas par a evitar el dominio
masculino son l a mentira, la m anipulación, el asesinato, y una sexualidad abierta,
que l e permite ejercer su autoridad sobre el personaje masculino. Es una mujer
misteriosa y descon ocida; corresponde al héroe masculino descubrir los en igmas
que ella en cierra y llegar a l a verdad, y s u éxito depende de su capacidad para no
dejarse atrapar por sus encantos femeninos, que pueden ser la causa de su
destrucción 2 . Para Gertud Koch, la gratificación que puede recibir la espectad ora
ante un filme como El ángel azul (Josef von Ste rnberg, 1930), en el que un a
erótica M arlene Dietrich seduce al profesor Rath hasta el punto de hacerlo
renunciar a su posición social, s e deriva de su propio narcisismo, pues ella
representa la libertad con la que sueñan muchas mujeres encerradas en el
matrimonio.
La comedia es un género especialmente dirigido a las mujeres, pues se
desarrolla en el ámbito de lo cotidiano -tradiciona lmente femenino-, trata de
entronizar a la m uje r e n el hoga r y hace una defensa del matrimonio. Su
protagonista, la chica-compañera, parece independiente, se aleja
momentáneamente del hogar, per o en el fondo desea casar se. Elena Hevia
denomina a estas mujeres ‘femina r iders’, por ser activas, des envueltas y
1
HARVEY, S., “Woman’s place: th e absent family in f ilm noir”, en Women in Film No ir
(Kaplan, ed.), Lo ndon, British Fi lm Institute, 19 78.
2
KAPLAN, E. A. (ed.), Women in Film Noir , Lo ndon, British Fil m Institute, 1980.
295
luchadoras en busca de un objeti vo -normalmente, el matrimonio; otra s veces, la
separación, como en La pícara puritana (Leo McCarey, 1937) o Luna n ueva
(Howard Hawks, 1940), aunque al final l a cosa termina a rreglándose-, a veces
frente a un varón débil. Al personaje masculino se le permite presentar rasgos de
debilidad ante l a mujer caza-hombres, por el c arácter cómico del género, que es
visto como una cari catura -por ejemplo, en La fiera de mi niña (Howard Hawks,
1938), Un marido ri co ( Preston Sturges, 1942) o La costilla de Adán (George
Cukor, 1949) -. Por ese motivo también se aceptan imágenes femeninas más duras.
La protagonista de la co media es e l tipo de mujer que el hombre quiere para
casarse, pues en el fondo es inofensiva.
El melodrama o wo man’s fil m es un gé nero dirigido a l a mujer, que se
conoce también como weepie por su carácter lacrimógeno. Está protagonizado por
personajes fem eninos y se desarrolla en la esfera de los sentimientos -suf rimiento,
amor secreto, sac rificio...-. Un ejemplo actual de melodrama lo encontramos en
Heredarás la tierra (Jo celyn Moorhouse, 1997), film e casi trágico plagado de
muertes y desgracias que muestra las re laciones familiares entre un padre y tres
hermanas.
A veces la fatal idad separa a los amantes, en forma de padre autoritario
( La heredera , William Wyler , 1949), marido ( Casablanca , Michael Curtiz, 1942),
diferencia social ( Stella Dallas , King Vi dor, 1937), accidente, etc... La mujer es
siempre la víctima, capaz d e r enunciar al amor y a la familia; sufre pero lucha por
su deseo. Actrices c omo Bette Davi s en Amarga vi ctoria (Edmund Gouldi ng,
1939) y Joan Crawford en Alma en suplicio (Michael Curt iz, 1945) logran
imponer físicos que no son los tradicionalmente aceptados. Las hay transgresoras,
296
pero t erminan sufrie ndo igual , como el pe rsonaje de Vivien Leigh en Lo que el
viento se llevó (Victor Fleming, 1939) -en ese mismo fil me, Olivia de Havilland
encarna a un tipo de mujer totalmente distinta, una esposa y madre abnegada-.
El melodrama reproduce los modelos de re lación entre sexos propios del
Romanticismo, ofrece imágenes de opresión femenina y, a l a vez, “educa” a las
mujeres reales pa ra que las acepten co mo algo necesario. Pro pone el papel de
madre y esposa como estado ideal de la mujer, sin tener en cuenta las
frustraciones y la infelicidad que con lleva, por la auto- renuncia, la abnegación y la
entrega q ue i mplica. Sin embargo, Gertrud Koch consi dera que éste es el gén ero
que mayor gratificación proporci ona a las espectadoras.
En la actualidad, los límites entre los géneros tradicionales están más
difuminados que en la época dorada de los grandes estudios de Hollywood, pero
hay ciertas ideas que continúan ig ual de presentes 1 . Por ej emplo, la comedia
romántica sigue siendo un género protagonizado por una estrella femenina y
dirigido a un público formado en su mayoría por mujeres. La trama sue le estar
basada en el encu entro entre un hombre y una mujer, marcado por una diferencia -
de estatus social, por ejemplo-. Tras un encuentro irreal, se dan una serie de
circunstancias hasta que al final los enamorados se vuelven a cruzar y suele
corresponder al hom bre l a parte m á s ac tiva en el reencuentro 2 . El cie rre narrativo
lleva a la resolución de los enigmas del cortejo heter osexual y restituye a la mujer
a su sitio, est o es, la vincul a a un ho mbre. Al final , el happy end sigue
1
CAPARR OS, L. et alii ( eds.), Perspectivas del cine actual: cine clásico, cine moderno ,
Almería, Instituto de Estudios Almerienses [etc.], 1993.
2
CAMPA RI, R. , Il discorso amoroso (Melodrama e commedia nella Hollywood degli
anni d’or o) , Roma, Bulzoni, 1990 .
297
identificándose con el matri monio, real o futurible, que no es sino un r itual de
sumisión de la mujer al hombre.
La fantasía del am or romántico pri ma sobre la pasión. Se actuali zan
constantemente l os cuentos d e hadas, y uno de los prototipos femeninos más
recurrentes sigue siendo el de Cenicienta: una mujer bella y en situación d e
inferioridad por su clase social, profesión o etnia, que ocupa una posición de
víctima ant e otras fém i nas m ayores o m ás feas y perversas, todas ellas aspirantes
al amor del pr íncipe 1 . Sin em bargo, la feminidad positiva que e ncarna, su
abnegación y entrega en el ámbito do méstico, l a harán merecedora del amor del
príncipe, que suele ser un hombre mayor que ella y supe rior en rique za, cultura,
experiencia o prestigio social. Gracias a él, Cenicienta ascenderá socialmente y
superará su condi ción de víct ima. Por ejemplo, en Pretty Woman (Garry Marshall,
1990) la prostituta, de buen cor azón, se redime al enamorarse y actuar por amor.
Ella quiere, y así lo ha ce saber a su e namorado, un cuent o de hadas en el que el
príncipe la salve. En Mientras dormías (Jon Turteltaub, 1995), otra comedia
romántica que sigue la estela de Cenicienta, la chica pobre y sin fam ilia es
rescatada por un príncipe que va a buscarla a la taquilla del tren donde trabaja con
un ani llo de diamantes en la mano. El diario de Bridget Jones (Sharon Maguire,
2002) es una de las películas que más éxito ha t enido en los últimos años . Su
protagonista es una ‘femina rider’, una m ujer independiente y liberada, cuyo
mayor deseo es contraer matrimonio. También a ella acude a rescatarla s u príncipe
particular, en una sentim ental y casta escena bajo la ni eve, al m á s p uro estilo
1
DOWLING, C., El complejo de Cenicien ta. El miedo d e las mujeres a l a indepen dencia ,
Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1 996.
304
305
1.3. La doble discriminación de l as mujeres de color
Si el cine dominante ha condenado tradicionalmente a las mujeres a la
ausencia, en el caso de las mujeres de color esa exclusión es aún más evidente
pues, mientras que las blancas han sido meros significantes de l deseo masculino, a
las mujeres negras se las ha relegado a representar la se xualidad o la mate rnidad,
de modo que, como señala Ta nia Modleski, “[l]as mujeres negra s en los filmes
populares contemporáneos son reducidas al nivel de signi ficantes de los
significantes” 1 .
Frecuentemente se representa al hombre negro como chi vo expiatorio del
hombre blanco, por su naturaleza monstr uosa en la que el blanco puede re conocer
lo negativo y, de ese modo, evitarlo. El hombre de color es mostrado a menudo
como una best ia que ejerce l a violencia sexual sobre la mujer negra. Ésta, a su
vez, pue de representar los dos extremos: el de mujer en el más profundo sentido
de l a palabra, sexual y m adre -tenemos un ej emplo e n Hall e Berr y, c onvertida en
sex symbol tras s u papel como ‘chica Bond’ en Muere otro día (Lee Tamahori,
2002)-, o el de no-mujer, m asculinizada y poco femenina -es el caso de Whoopy
Goldberg, quien suele interpretar papeles de mujeres que se sale n de los cánones
femeninos marcados por el patriarcado-. Ante ello Tania M odleski, siguiendo a
Valerie Smith 2 , considera que la mujer de color t iene que “negarse a funcionar
1
MODLESKI , T. , “El cine y el continen te oscuro: raza y género en los filmes populares”
en Feminismo y teoría fílmica (Colaizz i, ed.), Valencia, Ep isteme, 19 95, p. 125.
2
Cfr. S MITH, V., “Black Feminist Theory and the Representation of The ‘Other’ ”, en
Changing Our Own Word s: Essays on Criticism, Theory an d Writing by Black Women
(Wall, ed.), New Brun swick, N. J. , Rutgers Universit y Press, 198 9.
306
como chivo expi atorio corporal tanto del hombre blanc o como de la mujer blanca,
de la misma manera que l as mujeres blancas están rechazando funcionar de es a
manera en el discurso masculino” 1 .
En su opinión, la crítica feminista c on frecuencia ha obviado la jerarquía
que se establece entre mujeres blancas y ne gras, y suele dar priorid ad a l as
preocupaciones de las primeras. En l a misma línea, bell hooks 2 apunta la
necesidad de crear una est ética negra, ya que las mujeres de su raza d ifícilmente
pueden experimentar placer ante lo s filmes crea dos por directores negr os o por las
feministas blancas. Por ello, se plantea liberar al cuerpo de la mujer negra, tant o
de la mirada masculina como de su objetivización y sexualización por pa rte del
cine dominante.
1
MODLESKI , T. , “El cine y el continen te oscuro: raza y género en los filmes populares”
en Feminismo y teoría fílmica (Colaizz i, ed.), Valencia, Ep isteme, 19 95, p. 130.
2
Cfr. hook s, b., Black Looks: Race an d Representation , L ondon, Turnaroun d, 1992.
307
V. LA MIRADA DE LA TE ORÍA FEMINISTA
308
309
La t eoría feminista, en todas sus modalidades, parte de tres principios
fundamentales: el carácter artificial del género, espe cialmente opresivo para las
mujeres, su construcción por par te del patriarcado y la creación de una nueva
sociedad no sexista a partir de las experiencias de l as mujeres. Con es tas premisas,
el feminismo se p lantea dos objeti vos principales: la crítica d e los estere otipos de
género y la elaboración de nuevos modelos 1 .
Aunque el término ‘femini smo’ dat a de finales del XIX, la teoría feminista
como t al surgió en los años 70, con un carácter altamente interdisciplinario 2 . Al
tratamiento de temas recurrentes, como la r epresentación, la reproducción y la
división sexual del trabajo, añade otros nuevos, como e l sexismo. Presta especial
atención a las experiencias de las mujeres y promueve una toma de c onciencia
para transformar en político lo personal 3 .
Las primeras crít icas se dirigieron al sexismo en el lenguaje, la cultura y la
economía, en busca de las causas últimas de la opr esión de l a mujer por part e de
la so ciedad masculina capitalista. Así, en los años setenta se suceden dis tintas
variantes del feminismo: el liberal considera que sól o en igualdad de der echos
1
BUTLER, A., “Fe minist Th eory and Women’s Films at th e turn of the Century”, en
Screen , 41, 1 , 2000.
2
Cfr. HUM M, M., Feminism a nd Fi lm , Bod min, Cornwall, Hartno lls Limited, 1997;
JOHNSTON, C., “Towards a feminist film practice: so me theses”, en Edin burgh
Magazine , nº 1, 1976; JOHNSTO N, C., “Women’ s Cinema as a Counter-Cine ma”, en
Sexual Stratagems: The Worlds of Women in Film (Patricia Erens, e d.), New York,
Horizon Press, 19 79; JOHNSTON, C., “The sub ject of fem inist fi lm theory /practice”, en
Screen , vol. 21, nº 2, 1980.
3
COBO BEDIA, R., “Al gunas reflexio nes sobre la identidad política del mov imiento
feminista”, en Pensad oras del siglo X X (A. Valc árcel y R. Romero, eds.), Sevilla,
Instituto An daluz de la Mujer, 2 001.
310
legales, políticos y económicos podrían libe rarse las mujeres; el f eminismo
marxista o socialista critica la expl otación económica de las mujere s por part e del
sistema ca pitalista y propone incluir el trabaj o doméstico y el cuidado de los hi jos
dentro del concepto de producc ión, par a te rminar así con la desigual división
genérica del traba jo; las feministas ra dicales y cult urales se centran en temas
como la maternidad y la creatividad femenina. Las primeras abordan la opresión
sexual de las mujeres y c ritican l a imposición de la heterosexualidad obligatoria.
En este contexto, se ataca dura mente a la pornografía, pues se consi dera que las
imágenes de mujeres enteramente disponibles, sometidas a todo tipo de
vejaciones, contribuyen al aumento de la violencia masculina en forma de
violaciones, palizas, etc. El m o strar a las mujeres como víctimas conlleva su
victimización real en e l seno de la sociedad patriarcal. Esta tendencia surge ligada
a una coyuntura s ocio-histórica q ue se c aracteriza por la aparición de centros de
ayuda a las mujeres víctimas de malos tratos, lo que pone más de manifiesto la
existencia de esa violencia re al contra ellas. Es por esto por lo que la lucha contra
la pornografía se convierte en algo político 1 .
Las feministas francesas se centran en el estudio de la s estructuras
simbólicas y sociales de la diferencia sexual. Atacan al binarismo que s itúa a la
mujer en una posición de inferioridad respecto al hombre, ignorando la auténtica
identidad fem enina y la im portancia simbólica de la m a ternidad. Las am ericanas,
por su parte, acuden al psic oanálisis “para situar la fuente del poder masculino y
del temor a las mujeres en la temprana experiencia por la que los hombres
1
Cfr. COLAIZZI, G. (ed. ), F eminismo y teoría fílmica , Valencia, Ep isteme, 1995;
COLAIZZI, G., “Leer/escrib ir/contar la imagen: tres mirad as al cine”, en La conjura del
olvido (Ibeas y Millán, eds.), Barcelona, Icaria, 1977.
311
aprenden a dife renciarse de la madre ” 1 . Se presta especial atención al tema de la
percepción y la mirada, que varían según el género 2 .
En los oc henta la teoría feminista da un giro importantísimo, con la
irrupción del b lack feminism , que se opone a todas las tendencias antes citada s,
por su omisión de la exper iencia de las mujeres negras. Pa ra ellas la opresión no
proviene sólo del géne ro, sino t ambién de la raza y la c lase social, y proponen la
familia y la maternidad como lugares de resiste ncia.
Del mismo modo, las feministas post-estructuralistas, partiendo de la
deconstrucción y del análisis del discurso, se lanzan al estudio de l a cul tura, dado
el carácter no predeterminado de las estructuras del gé nero. Así , atacan a los
medios de comunicación de masas, como la publicidad y las r evistas femeninas, lo
mismo que al concurs o de Miss Am érica, por contribuir a la c onstrucción y
expansión d e i deologías que construyen un concepto de fem i nidad basado e n
intereses ajenos a las propi as mujeres, a qui enes intentan imponer co mo a lgo
natural el sometimiento y la opr esión bajo la cul tura pa triarcal 3 . En ese
acercamiento a los productos c ulturales, el c ine y la publ icidad 4 ocupan un l ugar
destacado, por su producción de mitos que fo mentan l a misoginia soci al. Las
feministas critican l as imágenes medi áticas q ue proponen un tipo de f eminidad
ideal, basada e n unos cánones estéticos a los que se supone que toda mujer debe
1
HUMM, M., F eminism and Fi lm , Bodmin, Corn wall, Hartnolls Li mited, 1997, p. 7.
2
WILL IAMS, L., “Cuerp os fílmicos: género, sexo y exceso”, Film Quarterly , vol. 4 4,
no. 4, verano de 1991, pp. 2-13 .
3
Cfr. RABINOWITZ, P., “Soft fictio n. Cultura femenina, teoría fe minista y cine
etnográfico”, en Feminismo y teo ría fílmica (Colaizzi, ed.), Valencia, Episte me, 19 95.
4
PEÑA MARÍN, C. y F RABETTI, C., L a mujer en la p ublicida d , Madrid , Institu to d e la
Mujer, 1990.
312
aspirar, a pesar d e lo alejados que están de las posibilidades de la mayoría, y que
contribuyen a sustentar un sistema ideológico que considera a la mujer un objet o.
313
1. Lenguaje femenino / femini sta
La noción de ‘femenino’ que conocemos ha si do elaborada por el discurso
masculino para someter a la mujer. El discurso de las mujeres sobre sí mismas no
tiene cab ida en este otro sistema, aparece como alienado. “No es el discurso del
propio sujeto, sino el discurso elaborado por y des de alguien que se constituye
como sujeto y constituye al otro como objet o en e l proceso m i smo de su
constitución” 1 . Por ta nto, el camino pa ra t erminar c on la opresión femenina no
pasa por el terreno de la biología, sino por la actuación en el orden c ultural para
promover otro tipo de modelos que no construyan a la mujer “como psicología
oprimida y deprimida”.
Toril Moi 2 distingue entre dos ideas de feminidad que, en lengua ingl esa,
pueden e xpresarse con dos vocablos distintos: f emale se r efiere a la feminidad
supuestamente natural y femenine a la feminidad cultural mente c onstruida por el
sistema machis ta dominante, con la intención de imponerla como natural a todas
las mujeres. Corresponde a las fem i nistas terminar con la confusión y dejar claro
que, si bien todas las mujeres somos female , en el sentido de hembras, no t odas
tenemos que ser necesariamente femenine .
Julia Kristeva 3 propone distinguir ent re el térm i no mujeres , para las
representaciones de la mujer y ésta como constructo de la sociedad patriarcal, y el
1
AMOR ÓS, C., Hacia un a crítica de la razón pa triarcal , Barcelo na, Anthropos, 19 85, p.
56.
2
Cfr. MOI, T., Teoría literaria feminista , Madri d, Cátedra, 1988 .
3
Cfr. KRISTEVA, J., “W oman can never be defin ed”, en New French Femin isms (E.
Marks e I. de Cou rtivron, eds.), Schocken, New Yo rk, 1981.
320
imposibilidad de definir una escritura femenina, pero esa falta de teorización y
codificación no implica su inexistencia. Dicha escritura “siempre exceder á al
discurso regido por el sistema falocént rico; tiene y t endrá lugar en ámbitos ajenos
a los territorios subordinados al dominio filosófico-teórico” 1 .
La autora es una de las pri ncipales defensoras de una écriture féminine o
escritura femenina, que trata de la diferencia –en e l sentido derridiano-, en contra
del falocentrismo y de las oposi ciones binarias limitadoras; Cixous defiende un a
escritura más abierta , que implica un goce. Para hui r de la dicotomía m asculino /
femenino, Cixous se refiere a una “escritura que llaman femenina”, y que se puede
leer en obras de autor de sexo masculino o femenino. Importa más el estilo del
autor que su sexo, que no hay que confundir con el de s us obras.
La feminidad se expresa mediante la fusión de voz y escritura, cuerpo y
voz. La mujer alcanza la palabra oral sólo como desgarro. Cuando habla en
público realiza un acto transgresor, expresa sus pe nsamientos mediante su
cuerpo 2 . Cixous s itúa a la mujer escrit ora/habladora en un lugar atemporal, fuera
de r eglas si ntácticas y etiquetas, lejos del silencio, lugar que le tiene reservado lo
simbólico. La escritura le otorga poder, libertad, seguridad y prote cción. La mujer
ha sido siempre un significante en el discurso del hombre, y ya es hora de que dé
el g olpe de estado y se apodere de él, lo aprehenda, no para do minarlo, s ino pa ra
destruir la s barreras y crear “una escritura nueva, insurre cta”, que haga posible su
1
CIXO US, H., La risa de la medu sa. Ensayos sobre la escritura , prólo go y traducción de
Ana M aría Moix , t raducción revisada por My riam Día z-Diocaretz, Barcelona, Anthropos,
1995, p. 54 .
2
AZP EITIA, M., “Viejas y nuevas metáforas: femin ismo y filosofía a vueltas con el
cuerpo”, en Piel que habla. Viaje a través de los cuerpo s femeninos , Barcelona, Icaria,
2001.
321
liberación mediante la ruptura y transformación de su historia. En e l plano
individual, ell o le perm i tirá volver a su cuerpo, que le había sido confiscado,
censurado. Por fin podrá manifestarse el imaginario femenino 1 .
Todo acercamiento femeni no al lenguaje constituye una subversión de l a
ideología que el orden patriarcal nos quiere im poner como universal; al contrario
que el lengu aje dominante, es abierto y ofrece una gran variedad de significados.
Para Irigaray 2 , el “ parler f emme ” o ‘habla de mujer’ se caracteriza por l a
espontaneidad de la conversación entre mujeres, siempre que no haya hombres
presentes, porque entonces desaparece.
Al referirnos a lo femenino no lo hacemos en el sentido biológico del
término, sino como posici ón del i ndividuo. El lenguaje femenino no es un t ipo de
escritura en par ticular, sino un modo de relacionarse el sujeto con el texto, que
consiste en sal ir de esa estr uctura marcada por el sistema dominante y acer carse a
los t extos de forma activa, dinámica 3 . El texto femenino, se gún Kris teva 4 , cre a
significados de manera r adical y no pos ee una forma fija, preestablecida, ya que
donde verdaderamente se constituye es en el proceso de recepci ón, mom ento en
que los lectores entablan una relación con el texto, dentro de un contexto, en un
1
GONZÁLE Z BASTOS, M., “Lo qu e los cuerpos cuentan: sexualid ad en las
autobiogr afías (corporales) de mujeres”, en Sin Carne: Rep resentaciones y simulacro s del
cuerpo femenin o (AAVV), Sevilla, Arcibel, 2004.
2
Cfr. IRIGARAY, L. , Speculum d e l´autre femme , Par ís, Édition s de Minuit, 1974.
3
DE LAURETIS, T., Technol ogies of Gender: E ssays on Theory Film and Fictio n ,
Bloomington, Ind iana University P ress, 1987.
4
KRIST EVA, J., “Sign ifying practice a nd mode o f produ ction”, en Edinb urgh Ma gazine ,
nº 1, 1976.
322
lugar y un t iempo determinados. Por su priorización del proceso de construcción
del significado, para Kristeva el texto femenino es poético.
El feminismo, cuando se enfrent a al cine clásico, trata de dejar atrás el
binarismo hombre/mujer, y prefiere ver l o que de masculino y femenino hay en
cada s ujeto. Así, rechaza el esencialismo a la hora de referirse a l o femeni no en
contraposición c on el sistema patriarcal; no hay que entender la esencia femenina
como algo fijo e invariable independientemente de las distintas épocas y
sociedades. Pa m Cook y Claire Johnston c reen que, una vez liberada de las
constricciones patriarcales, l a feminidad podrá finalmente asumir su forma
incontaminada y natural 1 .
Yvonne Rainer propone una transformación de la narrativa f ílmica, de
modo que sirva o, al menos, t enga en cuenta a las mujeres: “La narrativa ya no
tiene que ser el espejo del deseo e dípico -o blanco, si vamos a eso-, de la misma
manera qu e el lenguaje o l a mirada no tienen por qué ser identificados con la
masculinidad” 2 . El lenguaje y la narrativa se han utilizado para dominar a las
mujeres, a las lesbianas, a los gays y a la gente de color; esta autora propone
emplearlos de manera que sean los apropiados para luchas especificas 3 .
1
PENLEY, C., “‘Un cierto rechazo de la d iferencia’: Feminis mo y teor ía
cinematográfica”, en Arte d espués de la Modernidad (Wallis, ed.), Madrid, Ak al, 2001.
Cfr. ta mbién COOK, P ., y JOHNSTON, C., “The place o f women in th e cinema of Raoul
Walsh”, en Feminism an d Film Theory (P enley, ed.), London & New York , Rout ledge,
Chapman and Hall In c., 1988.
2
RAINER, Y ., “La narrativa al (mal) s ervicio d e la identid ad”, en Femin ismo y t eoría
fílmica (Colaizzi, ed.), Vale ncia, Episteme, 1 995, pp. 230-2 31.
3
METZ, C., Leng uaje y cine (Urrutia, tra d.), Barcelona, Planeta, 1978 .
323
Puesto que el signi ficado de un texto no viene determinado sólo por el
autor, podemos afir mar que no es lo mismo nece sariamente un t exto femenino que
un texto feminista. El lenguaje femenino busca crear nuevas for mas de
significación opuestas a l as del di scurso do minante. Constituye rel aciones
subjetivas di ferentes entre texto y espectador, que se c aracterizan por su
feminidad y por la producción de formas de placer distintas de las ofrecidas por el
discurso patriarcal, es decir, que ya no están basadas en la escopofilia, el
fetichismo o el narcisismo, sino en otro tipo de relaciones psíquica s 1 .
Las form as de interpelación del lenguaje cinematográfico femenino
establecen una di ferencia sexual, no c rean una subjetividad u nificada para todo
tipo de espectadores; se cara cterizan por la existencia de una voz fe menina, ya sea
como mirada, punto de vista, perspectiva, narración o subj etividad. Este tipo d e
lenguaje emplea la autobiografía, pero en un modo crítico, mezclando realidad y
ficción; usa la voz en off , mezcla distintos tipos de discursos, ficci ón y mundo
real, y no privilegia un punto de vista determinado (evita el uso de primeros
planos, planos subjetivos, contraplanos, etc.) para i mpedir la identificación del
espectador. El texto femenino se caracteriza por su apertura, en contra posición a
la estructura de e nigma y resolución final propia del cine clásico; presenta
lagunas, constit uidas por elipsis y digresiones, que dan l ugar a nue vas formas de
placer, como el de unir las distintas piezas de un rompecabezas o el de la mera
contemplación, totalmente li bre, a l no existir ningún punto de vista privilegiado 2 .
1
MICHOTTE, A., “La participation émotionnelle du spectateur à l’ action à l’actio n
représentée à l’ écran”, en Revue Int ernational e de Filmologie , 13, 1953.
2
Cfr. P ENLEY, C. (ed.), Feminism and fil m theory , London & New York, Routledge,
Chapman and Hall Inc., 19 88; PENLEY, C., “Un cierto rechazo de la d iferencia:
324
Este tipo de películas plante an la posibilidad de un lenguaj e fe menino e n el cine ,
al ofrecer formas desacostumbradas de placer creadas por discursos gobernados -
casi literalmente- por un a voz femenina o po r un discurso femenino que s e
expresa a través de otros significantes cinematográficos 1 .
El texto feminista no tiene unas características fijas, pero sí se opone al
tipo de lenguaje femenino, abiert o. El l enguaje feminista se parece al discur so
dominante por su carácter cerrado, tendenci oso, que trata de r estringir la pos ible
interpretación de la s obras. La a utora feminista puede c rear su texto de manera
normal y esper ar que los receptores perciban el significa do que ella ha quer ido
darle o bien limitar sus signi ficados posibles, dirigiéndose a un público espec ífico
o refiriéndose a un asunto sobre el que existen posturas claras en la socieda d y
posicionándose abiertamente en una de ellas 2 .
Feminismo y teoría cinematográfica”, en Arte d espués de la Modernidad (Wallis, ed.),
Madrid, Akal, 2001.
1
KUHN, A., Cin e de mujeres. Feminis mo y cine , Madrid , Cátedra, 199 1, p. 187.
2
Cfr. PIETROPAOL O, L. y TESTAFERRI, A. (eds.), Femi nisms in the cinema ,
Bloomington & Indi anapolis, Indiana University Press, 19 95; POLLOCK, G., “Wh at’s
wrong with images of wo men?”, en Screen Educatio n , nº 24, 1977; P OLLOCK, G.,
Vision an d Difference: Femin inity, Feminism a nd the Histories of A rt , Lon don,
Routledge, 198 8.
325
2. La espectadora
Desde mediados de los años setenta, la teoría filmica feminista aborda el
tema de la espectatoriedad c omo una de sus líneas de investigación
fundamentales 1 . Algunas cr íticas feministas señalan que en el cine la muje r es
sólo u n icono, mientras que el hombre pos ee una dimensión tridimensional, por su
carácter a ctivo de articulador de la mirada y generador de la acc ión. En la teoría
cinematográfica contemporánea el deseo de los espectadores se identifica con el
voyeurismo o el fetichismo, con el placer de ver l o que les está vedado del cuerpo
femenino.
Sin embargo, la s teorías sobre la especta dora escasean. La mujer puede ser
objeto de l a mirada masculina, pero la inve rsión de estos r oles se consideraría
aberrante, pues iría contra la lógica del sistema, que ide ntifica la diferencia sexual
con la dicotomía entre sujeto ( siempre masculino, agente de la mirada) y objeto
(femenino) 2 .
Otro fact or que establece la diferencia sexual es la distancia respecto a la
imagen. Precisamente en ese factor se basa Christian Metz 3 para establecer una
jerarquía entre los sentidos. Así, señala Mary Ann Doane, no es casual que las
1
STACEY, J ., S tar Gazing: Hollywood Cinema and Female Spectatorship , Lon don,
Routledge, 1994; SONNET, E., “Representing ‘Others’: Postmodern ist Epistemology-
Film an d Female Sp ectatorship”, en Postmodern Subjects / Postmodern Texts , (Dowson y
Earnshaw, eds.), Amsterdam, Ro dopi, 1995, pp. 219-236.
2
ETXEBARRÍA, L. y NÚÑEZ PUE NTE, S., En brazos de la mujer f etiche , Barcelona,
Destino, 2000.
3
Cfr. METZ, C. , El signi ficante imagin ario. Psicoan álisis y cine , Barc elona, Paidós
Comunicación , 2001.
326
principales artes socialmente aceptadas s e basen en los sentidos que se eje rcen
desde lejos, mientras las que dependen de un estrec ho contacto con los sentidos
son consideradas artes menores 1 . El ci ne se incluiría dentro del primer gr upo, y
por ello requiere una distancia o vacío entre el deseo y su objeto, entre la imagen y
su referente. Para Noël Burc h 2 , el espectador no de be colocarse ni muy cer ca ni
muy lejos de la pantalla.
En el caso de la espectadora, como el la misma es imagen, su única forma
de deseo posible sería el narc isismo, al no existir la di stancia o el vacío necesarios
para el voyeurismo. M ontrelay 3 destaca cómo, mientras e l sujeto masculino pu ede
separarse de su primer obj eto de deseo, esto es , de la madre, el sujeto femenino se
convierte en objeto de deseo, es madre. Volviendo a la dicotomía antes citada, lo
femenino se caracteriza por la proximidad espacial y lo masculino, por la distancia
de su cue rpo. Esto hace que la mujer no pueda s er fetichista , pues la adherencia o
gran cercanía a su cuerpo le recuerda permanentemente su propi a castración, y el
fetichismo no le sirve para alejarse de ella 4 .
1
DOANE, M. A., “Film and the Masquerade: Theorizing the Female Spectator”, en
Issues in F eminist Film Criticism ( Erens, ed.), Blo omington, Indiana Univ ersity Press,
1990; trad. it., “Cinema e mascheramen ti: per una teoria della spettatrice”, en I mmagini
allo schermo. La spettatrice e il cinema (Bruno y Nadotti, eds.), Torino, Rosenberg &
Sellier, 1991 a.
2
Cfr. BURCH, N., Praxis del cine , 2 ª ed., Fund amentos, Madrid, 1972 .
3
Cfr. MONTREL AY, M., “Inqu iry into Femininity ”, m/f , nº 1 , 1978.
4
BUTLER, J., Bodi es that Matter: On the Discursive Limits of ‘Sex’ , New York,
Routledge, 1993; trad. it., Corpi che c ontano. I limiti discorsivi d el ‘sesso’ , Milano,
Feltrinelli, 1996 .
327
A la pregunta de si la espectatoriedad tiene género se han dado disti ntas
respuestas: Par a Luce Irigaray 1 lo femenino sólo puede definir se si se identifica
con lo masculino. De es te modo, la espectadora del cine clásico se situaría a
medias entre la pos ición fe menina y la masculina , por lo que se la compara con el
travestido. Es pasiva o masoquista cuando se ident ifica con un personaje femenino
y se masculiniza parcialmente al identificarse con el héroe activo.
Mary Ann Doane c onsidera que el cine e s un discurso que habla de la
mujer, pe ro deja fuera la posib ilidad de existir de la espectadora, al p rivarla de la
distancia necesaria para una correcta l ectura de la i magen. En su opi nión, a demás
de la pura y simple adopción de la posi ción masculina respecto al signo
cinematográfico, a la espectadora le quedan dos posibilidades, el masoquismo de
la hiperidentificación o el narcisismo implícito en el convertirse en objeto de su
propio deseo 2 . Según esta autora, la ost entación de una máscara, al construir la
distancia necesaria res pecto a la imagen, puede pe rmitir su lect ura y manipulación
por parte de la espectadora 3 .
En opinión de Silvia Bovenschen, s ólo cuando l as figuras artísticas que
encarnan el pr incipio de f eminidad se libran de los p atrones tradicionales de
representación y logran eludir los clichés habituales, puede haber alguna
1
Cfr. IRIGARAY, L. , “Women’s exi le” en Ideolog y and Consciou sness , nº 1, 1977a.
2
DOANE, M. A., “Film and the Masquerade: Theorizing the Female Spectator”, en
Issues in F eminist Film Criticism ( Erens, ed.), Blo omington, Indiana Univ ersity Press,
1990; trad. it., “Cinema e mascheramen ti: per una teoria della spettatrice”, en I mmagini
allo schermo. La spettatrice e il cinema (Bruno y Nadotti, eds.), Torino, Rosenberg &
Sellier, 1991 a, pp. 80-81.
3
BOLDER, G., “Las nu evas tecnologías de la in formación y las mujeres: re flexiones
necesarias”, en Mujeres y desarrollo , nº 39, 200 2.
328
identificación r eal 1 . De lo contrario, la identificación de las mujere s se realizaría
mediante un proceso de transferencia, que puede llevarlas a ide ntificarse con un
punto de vista masculino, traicionando a su propio se xo, o a permanecer pasivas y
verse re flejadas, de manera masoquista o narcisista, en el objeto que les pr opone
la representación masculina 2 .
Laura Mulvey, en Afterthoughts on ‘Visual ple asure and narrative cinema’
inspired by ‘Duel in the sun’ , secunda la i dea de un especta dor pasivo y
controlado por el texto. Mul vey consider a que lo fe menino y lo masculino no son
términos bi ológicos y que las películas de Hollywood, “est ructuradas e n torno al
placer masculino, al ofrecer una identi ficación con el punto de vista activo ,
permiten a la espectadora redescubrir ese a specto perdido d e su i dentidad sexual,
el fundamento nunca totalmente reprimido de la neurosis femenina” 3 . Esa
identificación t ransexual de la mujer puede permit irle experimentar placer visual
ante el filme.
Linda Williams 4 y Tania Modleski 5 sostiene n que son múltiples y
contradictorias las posibilidades espectatoriales ofrecidas por el texto, por lo que
1
BOVENSC HEN, S., “¿Existe una estética femin ista?”, en Estética feminista (Ecker,
ed.), Barcelon a, Icaria, 1986, pp. 43-44.
2
BONNER, F., GOODMAN, L., ALLEN, R., JAME S, L. y KING, C., Imag ining
women. Cultural representations and gender , Cambridg e, Polity Press and t he Open
University, 1992.
3
MUL VEY, L., “Aftertho ughts on ‘Visual pleasur e and narrative cinema’ inspired by
‘Duel in the sun’ ”, en F eminism a nd fi lm theor y (Pen ley, ed.), Lo ndon / New York,
Routledge, Chapman an d Hall Inc., 1 988, p. 71.
4
Cfr. WILLIAMS, L., “So mething else besid es a mother: ‘S tella Dallas’ and the maternal
melodrama”, en Cinema Journ al 24, otoño de l984 .
5
Cfr. MODLES KI, T., Loving, with a vengeance , London, Routl edge, 1982.
329
la espectadora termina identificándose con la contradicción en s í. El lector
femenino, a causa del trauma de su sep aración pre-edípica de la madre, es
esquizofrénico; se ide ntifica con el / la protagonista del texto pero, a la ve z, sabe
más; es capaz de reconocer la interpretación propuesta por el texto y otras lecturas
alternativas, también incluidas en el mismo, que sigue controlando su lectura.
En 1985 E. Ann Kaplan 1 adopta una nueva posición que, aunque a cepta la
existencia de la espectatoriedad femenina, co nsidera que ta nto la cate goría
‘mujer’, di ferente de las mujeres reales, como la sexualidad fe menina est án t an
controladas por el patriarcado que dicha espectatoriedad femenina no supondría
una liberación del sujeto.
Kaplan reconoce la importancia del lenguaje en la const rucción de la
subjetividad pero afirma que la cadena significativa dej a fuera a la mujer, l a
representa como ausencia. En este contexto e s posible la resistencia, pues el
discurso p resenta fisu ras, vací os que pueden dar lugar a ‘nuevas articula ciones’ y
nuevas subjetividades, aunque por el momento la autora no tiene muy cla ro de qué
manera.
Sin embargo, para Jackie Byar s 2 la mujer no es del todo inocent e y
participa también de alguna manera en la construcción del significado. La mujer
nunca se sitúa fuera, sino que per manece e n los márgenes del discurso patriarcal y
desde allí lucha contra la ideología dominante. La oposición que le presenta el
patriarcado es siempre limitada, pero su discurso siempre influirá sobr e e l
1
Cfr. KAPL AN, E. A., “Feminist film critici sm: Cu rrent Issues an d Probl ems”, en
Cinema Journa l , section “Dialogues”, 19 85.
2
Cfr. B YARS , J., All that Hollywood allows. R e-reading gender in 195 0s melo drama ,
London, Ro utledge, The Universtity of North Carolina Press, 1 991.
336
una posi ción pri vilegiada para ver desde fuera del sistema cómo funcionan sus
mecanismos.
Según el funcionamiento de la ideolo gía patriarcal en los filmes, y
siguiendo las afirmaciones de Comolli y Narboni en Screen (1971) 1 , la teoría
fílmica feminista, distingue dos grupos de filmes: en el primero se englobarían las
películas totalmente imbuidas de la ideología patriarcal, en las que la mujer
funciona como significante transmisor de significados pr eestablecidos por el
sistema masculino. Su voz no s e dej a oí r, está ausente; no se le per mite contar
historias ni crear sus propias representaciones de la feminidad.
El se gundo grup o est aría formado por fil mes también imbuidos de la
ideología dominante p ero que presentan algún tipo de ruptura, en forma de
contradicciones int ernas que hacen más fácil el ac ercamiento crítico, pues
dificultan la identificación del espe ctador, que toma cierta distancia respecto a los
textos. Un tipo de contradicci ón sería, por ejemplo, la de una película que presenta
a un personaje f emenino transgresor desde el punto de vista de su actuación
narrativa, esto es, del papel que desempeña dentro de la historia, pero que, al ser
representado como un mero objeto-feti che, pierde todo el potencial amenazador
que podía supone r para e l hom bre. Tenemos un ejemplo en el f ilme Eri n
Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), cuya protagonista es bastante ro mpedora
en el s entido de to mar las rie ndas de su destino y supe rar todos l os obstáculos -su
escasa formación, su mala educación, su vulgaridad…- hasta conv ertirse en una
profesional de reputado pr estigio, muy bien remunerada. Sin embargo, es
1
Cfr. COMOLLI, J.-L., y NARB ONI, P., “Cinema / Ideology / Criticis m”, en Screen ,
vol. 12, nº 1 , 1971.
337
presentada como una mujer-objeto, siempre atavidada con prendas muy pequeñas
y ceñidas, que ponen de relieve sus atributos corporales.
Para realizar el segundo de sus objetivos, el de ofrecer alternativas a las
representaciones de la feminidad propuestas por el cine dominante, la teoría
fílmica femi nista se acerca a la hist oriografía, dada la i mportancia de “la
investigación y la especulación histórica a la hora de acercarse a los temas de la
espectatoriedad, la estructura narrativa y los roles de géner o” 1 .
La Histo ria, escr ita por hombres, tradici onalmente ha dejado fuera a las
mujeres. Casi todos los héroes que conocemos son masculinos. Las hi storiadoras
feministas consideran que “el énfasis conve ncional en el rol de las figuras
heroicas y de las narrativas maestras del pasado han sido factores significativos a
la hora de oscurecer el rol de la s mujere s en la historia” 2 . Gran parte de l os
estudios históricos realizados por mujer es buscan, no sólo sacar a la luz la
presencia olvidada de sujetos femeninos en l a hist oria del cine, sino también
poner e n cuestión los métodos y planteamientos usados tradicionalmente en el
análisis histórico por los hombres. Tratan de esta blecer n uevas metodologías y
nuevas categorías de estudio, como apunta Griselda Pollock 3 . Del mismo modo,
Irit Rogoff 4 ab oga por un cambio d e los paradigm as, por una recupe ración de las
1
GUNNIN G, T. , “Fil m History and Film Analy sis: Th e Indiv idual Film in the Cou rse of
Time”, en Wide An gle , julio 1990 .
2
ARMATAGE, K., “Nell Ship man: A case of h eroic feminin ity”, en Feminisms in the
cinema (Pietro paolo y Testaferri, eds.), Bloo mington e Indianapo lis, Indiana Uni versity
Press, 1995, pp. 125-126.
3
Cfr. POLLOCK, G., Old Mistress es , Lond on, Routledge and Kea gan Paul, 1981.
4
ROG OFF, I., “Tiny An guishes: Reflecti ons on Nagging, S cholastic E mbarrassment, and
Feminist Art Histo ry”, en Differences ( ed. Griselda Pollock), vol. 4, nº 5, 1992.
338
voces femenina s silenciadas por la historia es crita por los ho mbres. Según esta
autora, no bastaría con analizar los roles femeninos, sino que c onvendría e studiar
también los modos en que se cuentan esas historias en los distintos momentos.
Pajaczkowska 1 no cree que la solución sea mitificar a los pocos héroes
femeninos que exi sten, sino potenciar la “historia subjetiva”, la “memoria
personal”. Este nuevo concepto de historia permitiría un tipo de cambio di ferente,
al estar constr uida desde un punto de vi sta femenino. Mientras la narrativa
tradicional va unida a un tipo de historia masculina, que busca e n el pasado para
tratar de descubrir el secreto oculto en la sexua lidad femenina, la nueva narrativa
se apoya en un nuevo t ipo de historia feminista, que no s e desarr olla de modo
lineal, sino que introduce un nuevo concepto de tiempo y sociedad, y deja un final
abierto, porque lo que interesa es hacerse preguntas, no buscar las respuestas.
De esa nueva na rrativa se puede partir para proponer alternativas a l a
construcción de i mágenes de l a mujer por parte del sistema do minante. En pr imer
lugar, conviene llamar la a tención sobre el predominio masculino que ha existido
históricamente en el campo de la creación artística en gener al y d el cine en
particular, donde las incursiones femeninas, además de por su escasez, se han
caracterizado por centrarse en l abores poco i mportantes o prestigiosas. Ahora que
es más asequible para la mujer la supera ción de las barreras existentes en este
terreno, cabe hacer dos cosas: en pr imer l ugar, re-escribir l a historia del cine
dando a conocer l a contribuci ón de tantas mujeres que hasta ahora no han gozado
del merecido reconocimiento; en segundo lugar, incrementar el número de
mujeres que se lanzan a la creación de obras cinematográficas y, por tanto, de
1
Cfr. PAJAC ZKOWSKA, C., “Introduction t o script for Sigmu nd F reud’s Dora ”, en
Framework , nº s 15-17, 1981.
339
imágenes femeninas. Esto último no signi fica que toda p roducción artística hec ha
por mujeres sea de carácter feminista y no impide que creaciones masculinas sí
puedan serlo, pero constituiría un importante paso adelante. La crítica feminista
de ci ne ayuda a dar a conocer películas que pueden s ervir a su vez para hacer
propaganda o difundir los valor es feministas. En este sentido, hay quienes
apuestan por abandonar el ci ne clásico como objeto de estudio privile giado de la
crítica feminista y romper el canon.
En el caso de la crítica literaria feminista, ésta empezó analizando las
representaciones fe meninas e n la literatura dominante y pa só más tarde a
redescubrir a escr itoras descon ocidas o silenciadas y a sacar a la luz sus textos,
que pueden servir par a abrir el ca mino a nue vas escritoras y par a tener parámetros
por l os que juz gar sus obras 1 . En lo que al ci ne se refiere, la mujer no ha estado
tan excluida c omo en otr as artes, al menos en sus comienzos. En la época de l
mudo fueron muchas las pioneras, aunque el número de muj eres activas detrás de
la cámara empezó a caer en picado c on la l legada del sonoro, el monopolio, los
grandes estudios y las uniones de técnic os, control adas p or la mafia; déca das más
tarde, con la a parición de las escuelas de cine, la excl usión fem enina se hizo aún
más efectiva . Sin embargo, esos primeros años, en que las mujeres tenían un
1
Cfr. GALL OP, J., Around 1981: Academic Feminist Literary Theory , Routled ge, New
York & Lon don, 1992; acerca de la reescritura de la Historia de la Literatura
incorporando las voces fe meninas silen ciadas, cfr. también RAMÍREZ G ÓMEZ, C.,
Mujeres Escrito ras en la Prensa Anda luza del Siglo XX (1900 -1950) , Sevilla,
Universidad de Sevilla, 2000; RAMÍREZ GÓMEZ, C., “De las Escritoras An daluzas en
la Prensa d e Andalu cía de Prin cipios del Sig lo XX”, en Rep resentar-Repr esentarse.
Firmado: Mujer , M oguer (Huelv a), Fundación Ju an Ramón Jiménez, 200 1.
340
relativamente fácil acceso a la indus tria del cine, son un b uen campo en el que
trabajar para empezar a deconstruir la historia que siempre nos han cont ado.
En c uanto a la creación f ílmica, la crítica fem inista tiene la importante
labor de definir, si ello es posible, l o que se entiende como cine de mujeres. Dicha
tarea implica, por un lado, reconocer l a labor de tantas mujeres que han trabajado,
bien como directoras, bien realizando otras mucha s funciones, en el cine de
Hollywood en épocas pasadas; por otro l ado, s e t rataría de buscar una a lternativa
al ci ne clásico, prestando atención a los filmes realizados por mujeres más
recientemente. No está aú n muy c laro en qué c onsistiría dicha alternativa, si en
“resolver las contradicciones” del cine clásico o en construir nuevos parámetros
teóricos a partir de la crítica del lenguaje fílmico convencional, para crear un
nuevo ci ne femenino. En cu anto al postulado de re leer la historia del cine para
buscar las huellas femeninas invisibles, habría que centrarse no sólo en las trazas
de directoras, como tradicionalmente se ha hecho 1 .
En lo que respecta a la creación ci nematográfica feminista , mientras Laura
Mulvey 2 apuesta por desmitificar el ci ne clásico para dar l ugar a un ci ne
alternativo, Claire Johnston 3 opina que am bos tipos de cine no tienen que ser
necesariamente opuestos ent re sí, y que el feminismo debe crear fil mes que sean a
1
Cfr. MAYNE, J., “Teoria e critica cin ematografica femminist a: una panoramica”, en
Immagini allo schermo. La sp ettatrice e il cinema (Bruno y Nado tti, eds.), To rino,
Rosenberg & Sellier, 1991.
2
Cfr. MULVEY, L. , “Ca mbiamenti: riflessioni sul mito, narrazion e e sp erienza sto rica”,
en Immagini allo schermo. La spetta trice e il cin ema (Brun o y Nadotti, eds.), T orino,
Rosenberg & Sellier, 1991.
3
Cfr. JO HNSTON, C., “Women’ s Cinema as a Cou nter-Cinema”, en Sexual Stra tagems:
The Worlds of Wo men in Film (Patricia Erens, ed.), New York, Horizo n Press, 197 9.
341
la vez políticos y capac es de divertir. Est a dualidad o contradicción que exist e
entre el cine alternativo de mujeres y el c ine clásico de Hollywood debe ser un
objeto importante de la teoría y crítica fílmica feminista. Así lo entiende Judith
Mayne, quien considera de vital importancia estudiar l a contradicción entre
fascinación y rechazo que provoca el cine de Hollywood. “Ello significa entender
que el patriarcado es al mismo tiempo opresivo y vul nerable, y tener presente que
es una tarea del feminismo explotar esa vulnerabilidad” 1 .
1
MAYNE, J., “Teoria e crit ica cinematografica femminista: una pano ramica”, en
Immagini allo schermo. La sp ettatrice e il cinema (Bruno y Nado tti, eds.), To rino,
Rosenberg & Sellier, 1991, p. 21.
342
343
3.1. Métodos de análisis
El medio cinematográfico, al tomar como base la i magen fotográfica en
movimiento y ocultar l os m ecanismos e mpleados para construir el significado,
consigue crear una importante sensación de veracidad y facilita la identificación
del espectador, quien reconoce en pantalla un mundo que se presenta como fiel
reflejo, no mediatizado, de su mundo real. Estas condiciones son hábilmente
aprovechadas por la ideología , que usa al medio cinematográfico como vehículo
con el que transmitirse de modo apa rentemente natural. El análisis feminista de
los filmes tien e como mis ión, precisamente, el desenmascarar ese funcionamiento
oculto de la ideología, para l o que debe deconstruir los textos, separar sus
elementos constitutivos y ver cómo funcionan en el conjunto. Par a ello debe tener
en cuenta, no sólo los textos, sino también los a spectos técnicos y formales que
llevan a la crea ción del significado de la s p elículas, para desentrañar el
funcionamiento del lenguaje cinematográfico. Además, el análi sis debería prestar
atención a los cont extos de producción y r ecepción de los textos, es decir, a las
instituciones cinematográficas, a las condic iones históricas, s ociales y culturales
en que se realizan y se visionan los filmes. De este modo se podría poner de
relieve la importancia del sexo en la r elación que se establece entre el filme y su
espectador, estudiar la relación existente entre las representaci ones femeninas
ofrecidas por el cine, el tipo de pa peles asi gnados mayoritariamente a las mujeres
y la posición real de la mujer en la sociedad y, de paso, comparar esas imágenes
femeninas cinematográficas con las ofrecidas por otras manifestaciones culturales
344
y mediática s como la pu blicidad, teniendo siempre muy en cuenta las coordenadas
espacio-temporales.
El análisis no debe centra rse sólo en los elementos que se ven; debe
valorar igualmente l as ausencias, s ilencios y represiones, que surgen de manera
inconsciente y delat an disyunciones o incoherenci as de la ideo logía. Hay que
aprovechar las gri etas present es en el texto para empezar a tirar y sacar fuera t odo
el sustrato ideológico subyacente. Conviene destacar tanto la pr esencia como la
ausencia de figuras fe meninas en los filmes: ver có mo están representadas y cómo
no se repr esentan nunca, qué roles les suel en corresponder dentro de los film e s y
cuáles no desempeñan jamás.
Las fem inistas abordan el análisis cinematográfico desde distintas
perspectivas: las que pa rten de l a semiótica ent ienden el cine como un lengua je o
conjunto de signos que funcion an por oposición; las marxistas, si guiendo a
Althusser, lo consideran un medio tr ansmisor de ideología, mientras las que
acuden al psicoanálisis destacan la importancia de la mirada y del punto de vista
para la identificación del espectador. La teoría cinematográfica feminista en su
conjunto, según Judit h Mayne, ofrece una nueva pers pectiva, “un modo no sólo de
entender el cine, sino también de cambiarlo” 1 .
Para abordar las representaciones básicas del cine clásico y ponerlas en
relación con l a mujer, la Teor ía Fílmica Feminista puede emplear una
metodología propiamente feminista o bien el ementos analíticos de la cult ura,
métodos de análisis institucionalizados por la sociedad patriarcal, extraídos de la
1
MAYNE, J., “Teoria e crit ica cinematografica femminista: una pano ramica”, en
Immagini allo schermo. La sp ettatrice e il cinema (Bruno y Nado tti, eds.), To rino,
Rosenberg & Sellier, 1991, p. 23.
345
semiótica, el es tructuralismo y el psicoa nálisis, adaptados a sus propios intere ses y
objetivos. Este último es el caso más frec uente. Con di chos mét odos, e l
feminismo, desde su óptica y su p osición ante l a realidad, analiza los productos de
la cultura patriarcal, especialmente el cine clásico de Hollywood de l os años 30 y
40, par a tr atar de “hacer visible lo invisible”, es deci r, para sacar a la luz l o que ha
sido construido por l a cultura sexista para que pase i nadvertido, al ser presentado
como natural.
La teoría fílmica feminista entiende el feminismo como un conjunto de
ideas, como una posición ideológica con la que colocarse ante la realida d, que
presupone un posicionamiento político no neutral, y también como una
metodología o conjunto de instrumentos utilizados pa ra analizar esa realidad. En
palabras de Annette Kuhn, el feminismo “ofrece no tanto una metodología cuanto
una perspectiva -unas gafas, podríamos decir- con la que contemplar el mundo” 1 .
Existen distintas metodologí as que se pueden aplicar al análisis
cinematográfico. La teoría fíl mica feminista emplea, e n primer lugar, un método
sociológico, inductivo, que tiene base empírica. Es el utilizado por Molly Haskell
en From revenge t o rape 2 , obra en la que estudia la evolución de la i magen y los
roles femeninos en la historia del cine clásico de Hollywood, y relaciona los
estereotipos principales con las estrellas que los encarnan.
El modelo de análisis estructural funciona de manera deductiva y busca
establecer un paradigma general de estructur a, con sus leyes bá sicas, que es previa
y se manifiesta en todas las películas. El problema de este tip o de análi sis es que
1
KUHN, A., Cin e de mujeres. Feminis mo y cine , Madrid , Cátedra, 199 1.
2
Cfr. HASK ELL, M., Fr om revenge t o rape: T he treatment o f women i n the movies ,
Chicago, Chicago Un iversity Press, 19 73 (1987).
352
distintas, que son: l a novedosa atención a la superestructura cultural propia del
marxismo br itánico [… ]; el ahora vibrante m ovimiento artístico feminista; el
psicoanálisis feminista […]; y la praxis fílmica feminista” 1 .
El feminismo cul tural dominante e n los años 70 prefiere como modo de
acción la const rucción de productos contra-culturales hechos por mujeres. Así, e n
el cine se transgreden los códigos tradi cionales, se usa el lenguaje clásico como
modo de sacar a la luz l a ideología subyacente y s e produce un contra-cine para
oponerse al modelo hegemónico patriarcal de representación 2 .
El estudio y la investigación sobre la re lación de las mujeres con el cine,
tanto en la esfera teórica c omo e n la política, en Est ados Unidos va un paso por
delante co n respecto a Europa, debido a las especiales condiciones socio-políticas
y cult urales de Norteamérica, donde al movimiento político de liberación de las
mujeres hay que unir el nacimiento de un cine independiente del sistema de
Hollywood y una cultura alter nativa post-estructuralista y deconstructiva que
intenta desmantelar las formas clásicas de representación.
En Estados Unidos, a diferencia de lo que s ucede en Europa, tanto
hombres como mujeres contribuyen con s us escritos a la formaci ón y evolución de
la teor ía feminista; ésta se muestra especial mente transgresora e n dicho país, al
tratar asuntos relacionados con la sexualid ad y la diferencia sexual.
1
HUMM, M., F eminism and Fi lm , Bodmin, Corn wall, Hartnolls Li mited, 1997, p. 12.
2
NAVA, M ., “Mod ernity’s disavo wal: women, the city an d the depart ment store”,
Modern times , New York , Rout ledge, 1996, pp . 3 8-76; NEUMAN y STEPHENSON,
Reimagining women. Representation s of women in cultu re , University o f Toronto Press,
1993.
353
Judith Mayne señal a q ue el movimiento de li beración de la mujer y la
eclosión del cine alternativo marcan el cam ino a seguir por las teóricas y críticas
del c ine: “l a desmitificación de las imágenes ‘negat ivas’ de Hollywood y e l e logio
de las imágenes ‘positivas’ propuestas por las directoras feminista s. Pero las
feministas, influidas t ambién por los nuevos ava nces de los estudios s obre el cine,
empezaron a criticar la noción de mujer co mo imagen ” 1 .
Las fe ministas e mpiezan a ocuparse del ci ne de forma par alela e n Gran
Bretaña y los Estados Unidos. En los primeros años de la década de l os 70 se
aprecian diferencias importantes entre las fe ministas de ambos lados del
Atlántico. Es cierto que c oinciden en la celebración de f estivales de cine de
mujeres (destacan los de Tor onto, Nueva York y Edimburgo) y en la publicación
de libros sobre el tema. Sin embargo, existe una dist inción fundamental entre las
feministas británicas y las norteamericanas.
Las británicas consideran esencial la creación de un cuerpo te órico
consistente, que les permita conocer con preci sión el medio cinematográfico desde
su perspectiva feminista; por ello usan m étodos s emióticos, estr ucturalistas y
psicoanalíticos para analizar los textos, pues consideran que es en ellos donde se
produce realmente la signi ficación y que no son meros transmisores de
significados preexistentes, como se nos pretende hace r creer. Estas feministas
pretenden desenmascarar el funci onamiento de la ideología pa triarcal dentro de
los textos para hacer ver e l modo en que ésta, de manera oc ulta, a través del cine,
trata de transmitir ciertos valores culturales como algo natur al e invariable;
1
MAYNE, J., “Teoria e crit ica cinematografica femminista: una pano ramica”, en
Immagini allo schermo. La sp ettatrice e il cinema (Bruno y Nado tti, eds.), To rino,
Rosenberg & Sellier, 1991, pp . 22-23.
354
quieren demostrar, por ejemplo, que las imágenes de la mujer que nos transmite el
cine no son sino un constructo de la ideología patriarcal dominante.
Las nor teamericanas ven el cine como un mero vehículo de transmisión de
significados preexistentes y apuestan por métodos que privilegian l a descripción
en detrimento del a nálisis, mediante el uso de la crítica s ocio-cultural de e stilo
periodístico. En esta primera fase emplean un método sociol ógico, que consis te en
analizar y valorar los roles femeninos que aparecen en los filmes. También t ienen
en cuenta las funci ones desempeñadas por l as mujeres en la producción,
distribución y consumo de t extos cul turales, y cuestionan el pr oceso de
representación en que el cine “construye y reconstruye a l a ‘mujer’, y aspiran a
intervenir en ese proceso” 1 . Estos es tudios ponen de relieve la insuficiencia de las
imágenes y los roles femeninos en el cine de Hollywood, así como sus efectos
negativos sobre las mujeres reales, al ti empo que exigen repr esentaciones m ás
positivas.
Las teóricas y críticas de cine americanas empezaron a dar a conoc er sus
trabajos en publicaciones como la específica Wom en and Film , que vio la luz
entre 1972 y 1975, y en otras sobre cine en ge neral, como Vel vet Light Trap , Take
One , Film Library Quarterly , etc… El punto álgido de esta primera fase llega en
1973, cua ndo Molly Haskell 2 y Marjorie Rosen 3 , valiéndose de un método
historiográfico y descriptivo, abordan los estereotipos y las falsas repre sentaciones
1
BYARS, J., All tha t Hollywood allows. Re-read ing g ender in 19 50s melodra ma ,
London, Ro utledge, The Universtity of North Carolina Press, 1 991, p. 25.
2
Cfr. HASK ELL, M., Fr om revenge t o rape: T he treatment o f women i n the movies ,
Chicago, Chicago Un iversity Press, 19 73 (1987).
3
Cfr. ROSEN, M., Popco rn Ven us: Women, Movies and the American Dream , Ne w
York, Avon Books, 1973.
355
femeninas cr eadas po r el cine de Hollywood, y ponen de manifiesto la escasa
coincidencia e ntre dichas imágenes y las experiencias e identidades de las mujeres
reales. Ambas aut oras coinciden en que “el cine dominante no r epresentaba la
experiencia vivida de las mujeres, sino sólo estereotipos del estatus social de las
mujeres o, en realidad, de su falta de estatus” 1 .
En opinión de Haskell, las fre cuentes imágenes de vi olaciones presentes en
los fil mes responden a l mito pa triarcal según el cual todas las mujeres desean
secretamente ser violadas, es d ecir, e l cine refleja las estructuras de pode r
presentes en la sociedad. Rosen reconoce la influencia que ejerce el cine de
Hollywood en los e spectadores y se pregunta por qué estos, y en es pecial las
mujeres, permanecen pasivos ante ello. Joan Mell en 2 emplea el mismo método
para denunciar el sexismo en el cine europeo.
La teoría fílm ica feminista, por tanto, en su pr imera fase sigue sobr e todo
un objetivo cultural: estudia los estereotipos femeninos que se manifiestan e n la
cultura patriarcal, para lo que encuentra un rico campo de análisis en el cine de
Hollywood, a la vez que compara dichas imágenes de mujer con las mujeres
reales 3 . Tambié n en 1973, Claire Johnston 4 , e n el marco de la semiótica y el
marxismo, apunta que las i mágenes femeninas ofrecidas por el cine no son un
1
HUMM, M., F eminism and Fi lm , Bodmin, Corn wall, Hartnolls Li mited, 1997, p. 13.
2
Cfr. MELLE N, J., Women and T heir Sexuali ty in the New Fi lm , Dell, New York , 1974;
trad. italiana, Donne e s essualità n el cin ema d’oggi (2 vol.), Milano, La S alamandra,
1978.
3
Cfr. MAYNE, J., “Teoria e critica cin ematografica femminist a: una panoramica”, en
Immagini allo schermo. La sp ettatrice e il cinema (Bruno y Nado tti, eds.), To rino,
Rosenberg & Sellier, 1991.
4
Cfr. JOHNSTON, C., Notes on Women ’s Cinema , L ondon, SE FT, 1973.
356
mero reflejo de la realidad, s ino que t ras ellas se esconde una ideología. Por t anto,
considera necesario que las críticas, además de a nalizar las im ágene s de muje res,
investiguen los procesos fílmicos que l levan a la pr oducción de las mism as. Más
tarde, junto a Pam Cook, a borda los filmes de Raoul W alsh en términos
psicológicos y juntas concluyen que “[l]as ta reas de la crítica femenina deben [... ]
consistir en un proceso de desnat uralización: en un cuestionamiento de la unidad
del texto; en verlo como una interacción contradictoria de diferentes códigos; e n
rastrear sus ‘ ausencias estructurantes’ y su r elación con el problema univers al de
la castración simbólica” 1 . A estas teóri cas les interesa poner de manifiesto la
tensión que acompaña a l as construcciones del género, pu es “dado que l as
tensiones ideológicas son negociadas principalmente a través del género, las
representaciones de las mujeres son inevitable mente contradictorias” 2 .
De este modo, la teoría fílmica feminista em pieza a analizar la manera en
que se construyen l as representaciones, c ómo e labora el cine la diferencia sexual ,
perpetuando y difundiendo las ideas ya existentes en e l sistema social dominante
al respecto, cuál es el rol desempeñado por el espectador o espe ctadora a la hora
de cons truir la significación de un filme y cómo s e pr oduce una identificación de
dicho sujeto, a través de la mirada, con lo que percibe en pantalla, siempre
basándose en su deseo. En opinión de Giuliana Br uno y Maria Nadotti, una de las
aportaciones funda mentales de la Feminist Film Theory es que ya no entiende la
diferencia s exual como algo biológico, sino como una con strucción socio-cultural,
1
COOK, P., y JOHNSTON, C., “The place of wo men in the cinema o f Raou l Walsh”, en
Feminism and Film Theory (Penley, ed.), London & New York, Rou tledge, Chapman and
Hall Inc., 1988, p. 26.
2
HUMM, M., F eminism and Fi lm , Bodmin, Corn wall, Hartnolls Li mited, 1997, p. 13.
357
que se produce “en virtud de un me canismo, de una verdadera ‘tecnología’ de
representación y auto-representación” 1 .
Durante toda l a década, la revista británica Screen sirve a muchos teóricos
del cine para publ icar textos en l os que se rechaza la noción marx ista de ideología,
que se su stituye por un análisis se miótico y a la vez psi coanalítico, admitiendo de
alguna manera que los pr ocesos significativos son virtualmente independientes de
otros intereses.
A mediados de los 70, las teóricas fra ncesas y británicas siguen a autores
como Christ ian Metz, quien, basándose en las teorías de Lacan, había elaborado
un importante cuerpo teórico sobre el lenguaje fílmico, subrayando s u importancia
en la formaci ón de la identidad. Así, las feministas empiezan a acercarse al cine
desde el psicoanálisis, que resulta útil p ara desentrañar lo s procesos edípicos
ocultos en los filmes creados por la c ultura pa triarcal, y que son producto de un
sistema históricamente determinado. La sociedad ca pitalista industrial de finales
del siglo XIX crea una serie de traumas edípic os en la estructura social del
momento, q ue se expr esan a través del cine, el nuevo medio surgido a raíz de la
evolución tecnológica de esos a ños, y que pued en explicarse c on la ayuda del
psicoanálisis. Por tanto, el m ét odo psicoanalítico puede servir para “descubrir los
secretos de nuestra socialización dentro del patriar cado (capitalista)”. De este
modo, e l psicoanálisis se convierte en una herramienta fundamental, que per mitirá
explicar “ las necesidades, los de seos y los posi cionamientos masculinos y
1
BRUNO, G. y NADOTTI, M., “‘Fe minist F ilm T heory’: istr uzioni p er l’uso ”, en
Immagini allo schermo. La sp ettatrice e il cinema (Bruno y Nado tti, eds.), To rino,
Rosenberg y Sellier, 1 991, p. 11.
358
femeninos de los que es reflejo” 1 . El cine de Hollywood, como transmisor de la
ideología patriarcal, construye r epresentaciones femeninas que son un reflejo de
las necesidades patriarcales y del inconsciente patriarcal.
El “discurso psic oanalítico” oprime a las mujeres, des de el momento en
que las hace aceptar una pos ición dis tinta a la de sujeto autónomo, y esto lo
consigue mediante el uso de una mirada predominantemente masculina, que tiene
como objeto a la mujer. Ésta queda, por ta nto, relegada a posiciones mar ginales,
fuera de la historia y del discurso, algo que consigue, particularmente, el cine de
Hollywood mediante el uso de mitos y es tereotipos que presenta como
universales. El psicoanálisis puede servir para desm ontar la e structura interna de
los filmes clásicos, en la que se sustenta el sistema patriarcal, que excluye a las
mujeres. Maggie Humm dest aca la fructífera colaboración entre el feminismo y e l
psicoanálisis, que s e debe al uso de métodos comunes para atender a intereses
similares, como “la relación e ntre el gé nero y l as identificaciones o las cue stiones
de la represión y la i nestabilidad de l a identidad. [ …] Al examinar las
condensaciones, las rupturas y el exceso de estereotipos en el texto fílmico, las
críticas se proponen revelar un sub-te xto escondido que puede estructurar la
‘identidad’ de un filme” 2 .
Asi, si en años anteriores muchas feministas rechazaban el psic oanálisis
por su intento de establecer lo masculino como nor mal, por encima de lo
femenino, y por tratar de “mantener a las mujeres en su lugar ”, la publicación en
1
KAPLAN, E. A., Women and film. Both sides of the camera . London / New York,
Routledge, 1983; traducción española: La s mu jeres y el cine: a a mbos l ados d e la
cámara , Madrid , Cátedra, 199 8. p. 24.
2
HUMM, M., F eminism and Fi lm , Bodmin, Corn wall, Hartnolls Li mited, 1997, p. 15.
359
Gran Bretaña de textos como Psyc hoanalysis and Femini sm 1 , de Juliet Mitchell, y
“Placer visual y cine narrativo” 2 , de Laura Mulvey, ayudó a comprender su
importancia para e l feminismo, por su capacidad para explicar la opresión de la
mujer 3 . El artículo de Mulvey, publicado en el Reino Unido, r esultó
paradigmático para el desarrollo de la teoría fílm ica feminista y quizás haya sido
el de mayor repercusión mundial hasta el momento. La e studiosa une el
psicoanálisis y l as tesis alt husserianas a la teoría y la estética feminista par a
estudiar la configuración del placer visual que experimenta el espe ctador ante el
filme. Mulvey apunta la i mportancia del voyeurismo, el fetichismo y e l
narcisismo en la estructuración de la mirada, que es deliberadamente masculina,
dado que el placer visual surge d e la contemplación de imágenes femeninas, que
no son más que meros significa ntes al servicio de la ideología patriarcal. Por todo
ello, esta autora propone e l us o del psicoanálisis como her ramienta de análisis de
los film es clásicos desde una perspectiva feminista para abordar los trastornos
ocasionados por la presencia de la mujer en el texto fílmico. A raíz del trabajo de
Laura Mulvey, ot ras fem ini stas tomarán en consi deración la importancia de la
figura del espectador en la creación del si gnificado, que surge de la interacción
entre texto y receptor.
1
Cfr. M ITCHEL L, J., Psichoanalysis and Feminism , London, Allen Lane an d Penguin
Books, 1974 .
2
Cfr. MULVEY, L. (1975), “Visual Pleasures and Narrative Cin ema”, en Visual a nd
Other Pleasures , Bl oomington e Indianapolis, Indiana Un iversity Press, 1 989; trad. esp. ,
“Placer visual y cine n arrativo”, en Arte después de la modernidad (B. Wallis, ed.),
Madrid, Akal, 2001.
3
BARTKY, S. L., Femini nity and Domination . Studies on the Phenomenolo gy of
Oppression , New York & Lon don, Routledge, 1990 .
360
Esa co mbinación del estudio del ci ne, el fe minismo y una nu eva lec tura de
ciertas ideologías, así como “el énfasis freudiano en la relación de l a se xualidad
con el lenguaje y la imagen”, darían importantes frutos , pues el ci ne demostró ser
el objeto de est udio ideal. “El cine, como una especie de microcosmos,
proporcionaba un modelo para la constr ucción de las posiciones del sujet o en la
ideología, al tiempo que sus na rrativas altamente edípicas se pr estaban a una
lectura de los mecanismos inconscientes de la diferencia sexual en nuestra cultura.
Así también, el hecho de que el alcance del cine se extienda desde las formas de la
cultura de masas hasta las de la v anguardia, permitía a las t eóricas fem inistas
examinar la cuestión de la audiencia y la recepción en toda su complejidad” 1 .
A m ediados de los 70 surgen conflictos en el int erior de la teoría y la
práctica fílmica feminista estadounidense , por su ingenuidad teórica, lo que
motiva la sustitución del a cercamiento s ociológico a los textos por un nuevo
método de análisis basado e n la semiótica y el psicoanálisis. Las feministas
estadounidenses comienzan a est udiar a autores franc eses como Met z o Bel lour y
adoptan los m étod os e mpleados por las britá nicas par a a cercarse a los text os
fílmicos. En 1976, teóricas norteamericanas form a das en París fundan la revista
Camera Ob scura , cuyas pre ocupaciones fundamentales serán el estructuralismo,
la semiótica y el psic oanálisis. Como consecuencia de este acercamiento teóri co y
metodológico, se terminarán l imando las diferencias entre las autoras
estadounidenses y británicas.
Sin embargo, a mitad de la dé cada surge una fuerte y polémica corri ente de
crítica feminista, que se opone a las posiciones teóric as basadas en las teorías de
1
P ENLEY, C. (Ed.) , Feminism and film theory , London / New Yo rk, Routledge,
Chapman and Hall In c., 1988.
361
Althusser, Freud y Lacan, po r analizar las cues tiones cinematográficas desde un
punto de vista cl aramente masculino. Si las feministas br itánicas recibieron con
entusiasmo las aportaciones t eóricas pr ocedentes de Francia, pronto s e die ron
cuenta de sus limitaciones, como señala Mulvey, porque “la simbolización
lacaniana de l a diferencia sexual ( definida por l a presenc ia o ause ncia del falo)
ofrece una acepci ón negativa de la mujer, la define co me ‘ no-hombre’,
atrapándola dentro de una teoría que describe de manera bri llante las relaciones de
poder que car acterizan al patriarcado pero no rec onoce l a necesi dad de salir de
ellas” 1 .
Las feministas critican la omisión por parte de los teóricos de temas c omo
la di ferencia sexual y l o específico de la sexualidad femenina, y apuestan por l a
formulación d e teorías alternati vas y por la introducción de la experi encia
femenina. Al m is mo tiempo, reclam an una m ej or explicación de l a diferencia,
desde los dos puntos de vista, y una relectura de los principales conceptos
psicoanalíticos, como “i dentificación, fantasía, r elaciones de obj eto, voyeurismo,
fetichismo e imaginario” 2 . Precisamente esa carencia de la teoría fílmica
tradicional es lo que lleva a aut oras como Pam Cook 3 , Cla ire Johnston 4 y Laura
1
MULVEY, L., “Cambiamenti: riflessio ni sul mito, narrazion e e sperienza sto rica”, en
Immagini allo schermo. La sp ettatrice e il cinema (Bruno y Nado tti, eds.), To rino,
Rosenberg & Sellier, 1991, p. 162.
2
P ENLEY, C. (Ed.) , Feminism and film theory , London / New Yo rk, Routledge,
Chapman and Hall In c., 1988, p. 3 .
3
Cfr. CO OK, P., “Approachin g th e work of Dorothy Arzner”, en The work of Dorothy
Arzner: Towards a feminist cinema (Joh nston, ed .), London, BFI, 197 5.
4
Cfr. JOHNSTON, C., “Dorothy Arzner: Critical Strategies”, en The work of Dorothy
Arzner: Towards a feminist cinema (Joh nston, ed .), London, BFI, 197 5.
368
feministas. Sandy Flitterman, en To desire differently 1 , estudia a tres cineastas
francesas de distintos periodos: Germaine Dulac, Jeanne Epstein y Agnes Vardà.
Lucy Fischer, en Shot/Countershot 2 , trata l a relación entre cine dominante y cine
de mujeres, buscando el diálogo entre ambos.
En su re formulación, el campo de es tudio de la te oría fílmica feminista
establece una importante conexión con la crítica literaria, p resta especial at ención
a las historias “locales” del cine y se abre a nuevos periodos de su historia, poco
tratados anteriormente, por salirse del esquema dominante. Así, Patri ce Petro se
acerca al cine de Weimar en Joyless Streets 3 , donde se fija además en “la relación
entre el cine y otras formas de cultura de masas”. Judi th Mayne, en Kino and the
woman que stion 4 , trata el c ine soviético de los años 20, y Giuliana Bruno y Maria
Nadotti estudian el cine de mujeres italiano en Off screen: women an d film in
Italy 5 .
A pri ncipios de los 90 el debate acerca de la identidad y la espectatoriedad
continúa abierto. Mary Ann Doane 6 , Elizabeth Cowie 1 y Janet Bergstrom 2 en tre
1
Cfr. FLITTERM AN-LEWIS, S., To d esire differ ently: feminism and the French cin ema ,
Urbana, University of Illinois Press, 1 990.
2
Cfr. FISCHER, L. , Shot/Countershot: film tradition and women’s cinema , Prin ceton
University Press, 1989.
3
Cfr. P ETRO, P., Joyless Streets: Women and melodramatic representatio n in Weimar
cinema , Princeton University P ress, 1989.
4
Cfr. M AYNE, J., Kino a nd the woman q uestion: feminism a nd soviet silen t film ,
Columbus, Oh io State University , 1989.
5
Cfr. BRUNO, G., y NADOTTI, M., Off screen: women an d film in Italy , Lond on &
New York, Ro utledge, 1988.
6
Cfr. DOA NE, M. A., “Fil m and the Masquerade: Theor izing the Fe male Spect ator”, en
Issues in F eminist Film Criticism ( Erens, ed.), Blo omington, Indiana Univ ersity Press,
1990; trad. it., “Cinema e mascheramen ti: per una teoria della spettatrice”, en I mmagini
369
otras, partiendo también del psicoanálisis, se centran en el es tudio de la
identificación espectatorial. Si hasta entonces la teoría fílmica fe minista ha
presentado una perspectiva única, la de la mujer blanca heterosexual, en es e
momento l as feministas negras y l esbianas entre otras reivindican su de recho a s er
oídas 3 . Del mismo m odo, el estudio de la multiculturali dad da lugar a nuevas
lecturas de los filmes. Así, Tania Modleski 4 busca otro tipo de identificaciones,
que rompan con la binariedad m asculino/femenino. Los femini smos negr o, queer
y postc olonial aportan pluralidad y apertura al debate. “Los principales temas que
entusiasmaron a las teóricas del cine en los 70 y en los 80 -esta marca ‘Triple E’
de estrellas, ester eotipos y espectat oriedad- se han ampliado hacia una
investigación aumentada de la raza, las orientaciones sexuales y la cultura” 5 .
En los 90 irrumpen artist as y escritoras negras com o bell hooks, quien
entiende la crítica como res istencia y subversión de las r epresentaciones
dominantes, est o es, contra el dominio m asculino y blanco. Esta autora critica
además el silencio de la teoría fílmica feminista al r especto, por encontrarse
“enraizada en un marco ahi stórico y psicoanalítico que p rivilegia la diferencia
allo schermo. La spettatrice e il cinema (Bruno y Nadotti, eds.), Torino, Rosenberg &
Sellier, 1991 a.
1
Cfr. C OWIE, E., “Wo men, Representa tion and The I mage”, en The S creen E ducation
Reader (Alvarad o et al., ed.), London, Macmillan , 1993 .
2
Cfr. BERGSTROM , J., “Enun ciation and Sexual Difference”, en Feminsm a nd F ilm
Theory (Penley , ed.), London, Ro utledge, 1988.
3
SMITH, V., “Black Feminist Th eory and the Representation of The ‘ Other’”, en
Changing Our Own Word s: Essays on Criticism, Theory an d Writing by Black Women
(Wall, ed.), New Brun swick, N. J. , Rutgers Universit y Press, 198 9.
4
Cfr. MODLESKI, T., Feminism Without Women: Culture a nd Criti cism in a ‘Post-
feminist Age’ , Lo ndon, Routledge, 1 991.
5
HUMM, M., F eminism and Fi lm , Bodmin, Corn wall, Hartnolls Li mited, 1997, p. 16.
370
sexual y suprime ac tivamente el reconocimiento de la raz a, mientras reconstruye y
refleja el borrado de la fe minidad negra que tiene lugar en los filmes” 1 . El
feminismo negro presta especial atención a lo personal y a lo colectivo y plantea
estrategias de resistencia cultural, como pueden ser las inflexiones estratégicas de
los filmes, c omo e l uso por parte de Julie Dash 2 de una mutua y callada mirada
entre l as dos mujeres negras en Illusions (1991). Otr o tipo de r esistencia es la
intervención obvia, como la incorporación directa de voces negras que hablan en
la etnografía de Jacqueline Bobo 3 .
Sin embargo, mientras e stán en alza l as publicaciones sobre fe minismo en
ámbitos académicos, l as cinea stas independientes rec iben escaso apoyo por parte
tanto de la teoría como de l a crítica feminista. Preci samente la colaboración entre
teoría y cine fem inista es lo que busca Trinh T. Minh-ha con
Woman/Native/Other 4 . En l os últimos años, el trabajo de las realizadoras y críticas
de ci ne feministas se ha encaminado hacia dos direcciones: terminar c on el tipo de
narratividad clásica y a bordar los aspect os más problemáticos del sujeto
femenino, ver quién lo ha construido así y por qué. Piensan que a la hor a de
acercarse a un filme no hay que verlo ya co mo u na mera experiencia estética, sino
como un arma c rítica y política. La contemplación de la película no debe ser
pasiva sino activa, de modo que a porte un conocimiento nuevo al espectador, que
se e stablezca un diálogo, una interacción entre éste, el fil me y el mundo real. Para
1
hooks, b., Black Looks: Race an d Representation , London, Turnarou nd, 1992, p. 1 23.
2
DASH, J., Dau ghters of the Dust: The Making of an African American Film , New York,
The New Press, 19 92.
3
BOBO, J. (ed.), Black Women Film a nd Video Artists , New York, Rou tledge, 1998.
4
Cfr. MINH-HA, T. T., Woman/Native/Other: writing postcolonial ity and feminism ,
Bloomington, Ind iana University P ress, 1989.
371
alcanzar dicho objetivo, las feministas han cr eado textos o pe lículas que
contradicen las reglas y c ategorías tradicionales, demuest ran el carácter de
construcción, manipulación y falta de unicidad que subyace a todo texto fílmico.
Presentan, además, figuras femeninas reales, encuadradas en los diferentes
contextos históricos 1 .
1
Cfr. J UHASZ, A., Wo men of Vision : Histo ries in Feminist Fil m a nd Video ,
Minneapolis, University of Minnesota Press, 2001; KAPLAN, E. A., Women and film.
Both sides of t he camera . Lo ndon / New Yo rk, Routled ge, 1983 ; trad. esp. Las mujeres y
el cine: a ambo s lados de la cámara , Madrid, Cátedra, 1 998.
372
373
4. El cine hecho por mujeres
El término ‘cine de mujeres’ es ambiguo. Según Adrienne R ich, se re fiere
a un conj unto de fil mes “comprometidos en una ‘re-visión’ de las i nstituciones del
cine”, entendida ésta como “el acto de mirar atrás, de ver con ojos frescos, de
entrar en un viejo texto desde una nueva dirección crítica” 1 .
Según Judith Mayne 2 , la expresión “wo men’s cinema”, desi gna al ci ne
hecho por mujeres directoras, trabajen éstas dentro o fuera del sistema de
Hollywood, sean o no feminista s. En ca mbio, el tér mino “woman’s fil m” engloba
a una serie de filmes -principalmente, melodra mas- producidos entre los años 30 y
50 dentro del sistema clásico de Hollywood, dirigidos a mujeres en las que se
busca apelar a su emotividad 3 . Molly Haskell se refiere a estos filmes,
denominados peyorativamente weepies (ll orones, la crimógenos), comparándolos
con la telenovela, con el por no emocional, con el ‘wom an’s fil m’ dirigido al ama
de casa frustrada. Según ella “los weepies se basan en una est ética fingidamente
aristotélica y polít icamente c onservadora mediant e la cual las espectadoras son
1
RICH, A., On Lies, Secrets an d Silence , New York, Norton, 197 9, p. 35.
2
MAYNE, J., “Teoria e crit ica cinematografica femminista: una pano ramica”, en
Immagini allo schermo. La sp ettatrice e il cinema (Bruno y Nado tti, eds.), To rino,
Rosenberg & Sellier, 1991.
3
CAVELL, S., “Psy choanalysis and Cin ema: The Melodr ama o f the Unknown W oman”,
en Ima ges in Our So uls: Cavell, Psychoanalysis, and Cinema (Smith y Kerrigan, eds.) ,
Baltimore, John s Hopkins Univ ersity Press, 198 7.
374
inducidas, no por la piedad y el te mor, sino por la autocompasión y las lágrimas, a
aceptar, en lugar de rechazar, su suerte” 1 .
Según Ma ry Ann Doane, el ‘woman’s film’ provoca en las espectadoras el
placer masoquista de su identificación con los personajes femeninos que e ste tipo
de cine les p ropone. Los dos temas t ípicos que s eñala la autora son el sacrificio
materno a favor de los hijos y e l sufrimiento provocado por la enfermedad. Así , el
‘woman’s film’ de muestra que es imposi ble construir en el cine el deseo femenino
por medios como el voyeuri smo y el fetic hismo, puesto que las contradicciones de
la ideología patriarcal salen a la luz, de manera insistente y a veces obsesiva,
cuando esos filmes tratan de desc ubrir los contornos de la subjetividad y el deseo
femenino en l as formas tradicionales y en l as conve nciones de la narrativa
Hollywoodiana 2 . Sin embargo, son esas contradicciones las que dejan ver huecos
entre la subjetividad masculina y la femenina, l o que es positivo porque favorece
el trabajo de las feministas.
Aunque Doane c onsidera el cine de Hollywood como un t erreno de la
psique masculi na, hay otras feministas que no son tan r adicales. Tania M odleski 3 ,
por ejemplo, destaca el carácter contradictorio de los filmes de Hitchcock, en los
que el deseo femenino ocupa un puesto central.
1
HASKEL L, M., From rev enge to rape: The treatment of women in th e mo vies , Chicago ,
Chicago University Press, 1973 (1 987), p. 155.
2
Cfr. DOANE, M. A., The desire to desire: the woman’s film o f th e 19 40’s ,
Bloomington, Ind iana University P ress, 1987.
3
Cfr. MODLESKI, T ., The women who knew too much: Hitchcock an d feminist theory ,
New York, Methu en, 1988.
375
Mary Ann Doane ve una rígida oposición entre el ‘woman’s film’, hec ho
por hombres pero dirigido a la s mujeres, y los ‘women’s films’ 1 . La úni ca relación
entre ambos es puramente teórica y se funda en la distancia. Los ‘wo men’s films’,
partiendo de una lectura crítica y di stante del cine clásico de Hollywood,
desarrollan sus propias e strategias para crear formas de placer diferentes, que no
se basan en el fetichism o ni en el voyeurismo. Molly Haskell condena la
sensiblería facilona de los ‘woman’s film’ pero, por otra parte, cuestiona la
jerarquía que dispone que lo emotivo ocupe sie mpre una posición de inferioridad.
Judith Mayne no es partidaria de la separación radi cal entre cine de
Hollywood y cines alternativos, puesto que en el cine alternativo también s e dan
rasgos del cine dominante, sobre todo fetichismo y voyeuri smo. Ta mpoco está
claro hasta qué punto los ci tados son rasgos definit orios del cine en sentido
genérico o de un t ipo es pecífico, característico de un de terminado contexto
histórico-cultural, es decir, si d ichas estrategias son exclusivas del cine clásico de
Hollywood o pueden pertenecer a cualquier manifesta ción fílmica. Así, e l ci ne de
mujeres puede no rechazar el voyeurismo y el fetichi smo, para reorientarlos e n un
sentido diferente, que haga surgir nuevos placeres a la hora de ver las películas.
Mayne adopta el término ‘women’s cinema’ ( cine de mujeres) en un doble
sentido: para referirse al enorme impacto que la s versiones de Hollywood ejercen
sobre los modelos de feminidad y para designar t ambién otros tipos de deseos y
placeres femeninos, pues el de scubrimiento en l os trabajos de mujeres director as
1
Para más aclaraciones acerca de esta distinción terminológica, cfr. BUTLER, A.,
Women’s ci nema. The contested screen , Lon don, Wallflo wer Press, 20 02;
RAMANATHAN, G., Feminist auteurs rea ding women’s film s , London & New York,
Wallflower, 200 6.
376
de ot ros modos de definir los placeres del cine implica, por extensión, una
redefinición de la s características de la audiencia del cine dominante 1 . Sin
embargo, aunqu e al ‘women’s cinema’ se le su pone una diver sidad y amplitud de
perspectivas res pecto al ‘woman’s film’, que at ribuye a la fe minidad una serie
unificada de r asgos, el primero tampoco asegura l a emancipación de l a mujer por
medio de la diversidad, pues esa supue sta pluralidad de perspectivas puede s er un
subterfugio, bajo el que sigue vivo el espectro de la esencialidad fem ina, la
‘mujer’, quizás con una inflexión feminista, pero no por ello menos problemática 2 .
1
MAYNE, J., Woman at t he keyhole. Femin ism and women’s cinema , Bloo mington &
Indianapolis, Indiana University Press, 1990, p . 5.
2
MELLE N, J., Women an d Their Sexuality in the New Film , Dell, New York, 1974; trad.
italiana, Donne e sessua lità n el cinema d’og gi (2 vol.), Milano , La Salamandra, 19 78.
377
4.1. Cine de mujeres
En las últim as décadas se han producido c ambios importantes com o
consecuencia de los avances tecnológicos. Ahora las películas se pueden comprar
en forma de videocasete o de D VD para ver en casa, lo que, unido a la
proliferación de telefilmes y cadenas de televisión por cable, ha hecho disminuir
de manera importante l a a fluencia de púb lico a las salas de cine. Esta situación de
crisis de la indus tria cinematográfica tiene consecuencias i mportantes para el
feminismo. La apar ición de pequeñas productoras marginales faci lita la
realización de películas feministas , que pueden ofrecer alternativas a los modelos
dominantes de representación fem enina, y permite a las directoras ejercer un
mayor control sobre su trabaj o. La posibilidad de ver las películas en pri vado evita
en buena medida l a censura. Por otro lado, la producción cinematográfica deja de
estar tan diri gida a las masas para centrarse e n públicos específicos, entre los que
se encuentra también el público femenino 1 .
Las teóricas ofrec en distintas opiniones ac erca de lo que debe ser un autor
o autora de cine de mujeres. Para Claire Johnston 2 dicho rol se funda sobre la
crítica al sistema dominante, desde dentro o desde fuera del mismo. San dy
Flitterman 3 , en cambio, se refiere a la ambivalencia consistente en trabajar
1
VINELL A, M . (ed.), Cinema altrove. Sgua rdi sulle n arrazioni filmiche , Roma, Lu ca
Sossella Editore, 2 002.
2
Cfr. JO HNSTON, C., “Women’ s Cinema as a Cou nter-Cinema”, en Sexual Stra tagems:
The Worlds of Wo men in Film (P. Erens, ed.), New Y ork, Hor izon Press, 1979 .
3
Cfr. FLI TTERMAN, S., “Mon tage / Disco urse: Ger maine Dulac’s The Smilin g Mad ame
Beudet ”, en Wide An gle IV, nº 3 , 1980.
384
mujer y/o busquen la ruptura de l a dominación social, política y económica de las
mujeres por los hombres” 1 .
Estas realizadoras prefie ren distribuir por su c uenta sus p elículas, en lugar
de dej arlas en manos de distribuidoras existentes, para asegurarse de que éstas
llegan a las audiencias adecuadas y porque consideran importante el contacto
directo con s us clientes. Así se aseguran también un mayor grado de control sobre
sus obr as. Es éste un modo de incidir sobre la inte rpretación de los filmes por
parte de los rece ptores, dada l a importancia de l contexto de exhibición de los
mismos. La s dis tribuidoras de cine independiente feminista tienen que trabajar
para que sus películas llegu en a audiencias específicas, no acostumbradas a ir al
cine. Su labor debe ser activa, para alcanzar más dire ctamente a dichas audiencias,
y acompañar se de otras acciones, como confer encias, que inc iten a una postura
crítica ante sus filmes.
La exhibición del cine independiente feminista no suele realizarse en salas
comerciales, que s e niegan a mostrar ese tipo de filmes. El visionado de esas
películas transgresoras en contextos convencionales, pr opios del cine dominante,
sería contraproducente. Su exhibición en sal as de ar te tampoco es recomendable,
pues ese contexto conllevaría ya un t ipo de interpretación i mplícita. Lo m ás
adecuado para este tipo de cine es ser exhibido en otros lugares, no
convencionales, como a ulas o centros sociales, y esto acom p añado de otras
actividades, como discusio nes, para favorecer la rela ción crítica del espect ador
con los filmes. Para Cherril Hicks, las películas feministas tienen que verse en
1
HICKS, C., “COW flick s”, en The L eveller , nº 34, 198 0.
385
lugares alternativos (asociaciones de mujeres, sindicat os, colectivos, etc.), pues to
que pertenecen a un determinado movimiento político.
386
387
4.2. De las precurs oras… a nuestros días
Como ar gumentamos al principio, la cultura falocéntrica ha construid o una
hipotética y ficticia esencia femenina con el objeto de mant ener sometidas a las
mujeres, que han terminado interiorizándola y perci biéndola como a lgo intrínseco
a su propio ser. Les ha robado la voz, les ha negado la posibilidad de c onstituirse
en sujetos, las ha relegado a la invisibilidad y al sil encio y las ha confinado en lo s
márgenes del discurso 1 .
Como apunta Lola Luna 2 , la na rración histórica ha sustituido las ‘voc es’ de
las mujeres que en algún momento fueron prot agonistas o intervinieron en el la. La
creación cinematográfica es uno de los campos que, hasta hace muy poco tiempo,
se han considerado estrictamente masculinos, a l menos en lo que a l as posiciones
de mayor poder y responsabilidad se refiere 3 . El cine, que construye a la mujer
como su objeto para el deleite de l a mirada del hombre, desde sus i nicios ha
tratado de mantenerla al ejada de los puestos de control, le ha negado l a
posibilidad de convertirse en sujeto y controlar la mirada. Su luga r ha es tado
siempre delante de la cámara, como actriz y musa inspiradora del arti sta, pero
raras vec es detrás, y casi siempre en puestos considerados menores, co mo el de
montadora o coloreadora de fotogr amas, m ás compatibles con sus
responsabilidades domésticas.
1
ARRI AGA FLÓREZ, M ., “Cultura y v iolencia simbólica”, en Las mu jeres en la cult ura
y los medios de co municación , Sevilla, Arcibel, 200 5, p. 10.
2
LUNA, L., Leyendo co mo una mujer la imagen de la muj er , Barcelon a, Anthro pos,
1996.
3
CASO, A., Las o lvidadas. Una h istoria de mujeres cr eadoras , Barcelon a, Planeta, 200 5.
388
Sin embargo, a pesar de las dificultades y trabas impuestas a la mujer, no
siempre se ha conseguido dejarla al margen. A lo l argo de la historia ha habido
importantes figuras femeninas que, detrás de la cámara, han logr ado s altar todas
las barreras y llegar más lejos que muchos de sus col egas varones. Quizás a la
mayoría ni les suenen no mbres como los de Alice Guy, Lois Weber o Elvira
Notari 1 , aunque todo aquél que ten ga una s mínimas nociones de Histor ia del Cine
sin duda habrá oído hablar de Georges Méliès 2 . No pretendemos aquí ent rar en
valoraciones acerc a de quién es mejor o peor director, sino s implemente ll amar la
atención sobre el hecho de que el discur so dominante no se ha conformado con
cerrar las puertas a la subjetividad femenina, sino que tambié n ha condenado al
ostracismo a las pocas mujeres que han logrado hacer oír s u voz, e xpulsándolas de
las historias de l cine oficiales o concedié ndoles sólo unas mínimas líneas que no
hacen justicia a sus méritos.
Como ilustración a este punto, podemos referirnos a la crítica que hace
Giulia Colaizzi 3 de la obra de Andrew Sarr is The American Cinema , publ icada en
1968 y reeditada en 1977. En doce capítulos, el cr ítico y profesor trata de fijar un
canon, de delimitar quiénes han sido mejores o peores directores en la historia del
cine nortea mericano. Solam ente dos mujeres m erecen, en su opinión, un lugar
destacado: Ida Lupi no y Mae West. A la primera la considera una ‘rareza’ y de la
1
Cfr. CRUZ ADO RODR ÍGUEZ, A., “Elvira Notari: u nos ojos n apolitanos detrás d e la
cámara”, en Italia-España-Europa: R elaciones cu lturales, literatu ras compa radas,
tradiciones y trad ucciones, vo l. II, Sevilla, Arcibel, 20 06c.
2
Cfr. KAY, K. y PEARY, G. (ed.), Women and t he Cin ema: a Critical Anthology , New
York, Dutton, 1977; MERN INO, A., Diccionario de mujeres directoras , Madrid, JC,
1999.
3
COLAIZZI, G., Feminismo y teoría fílmica, Valencia, Episteme, 19 95.
389
segunda le inter esa re saltar pr incipalmente sus medidas corporales , que “eran más
impresionantes de este a oeste que de norte a sur” 1 .
Las escasas líne as dedicadas a I da Lupino desta can simplemente su
vinculación con el sentimiento y su -en opinión de Sarris- escasa habili dad co mo
directora. Para nad a m encionan la casi dece na de filmes que realizó e ntre 1949 y
1966, tras una brillante carrera como actriz de cine y de teatro, l a creación de su
propia productora -la ‘Emerald Productions’- ni su acercamiento a temas tan
controvertidos, en una époc a en que s e potencia la natalidad y la vuelt a de la
mujer a l hogar, como la violación - Outrage , 1950-, la maternidad en solitario - Not
wanted , 1949- o la bigamia - The bigamist , 1954-.
Tras dar e sas breve s e imprecis as pincel adas sobr e I da Lupino, Sarris aúna
en la misma se cción a una vei ntena de directoras, de distintas épocas y culturas,
cuyo único ví nculo entre sí es el hecho de ser mujeres, algo que resulta más
destacable a los ojos del crítico que las respectivas carreras profesionales de e stas
realizadoras.
Nombres como los de “Dorothy Arzne r, Jacqueline Audry, Mrs. Sidney
Drew, Lilian Ducey, J ulia Crawford Ivers, Frances M arion, Vera McCord,
Frances Nordstrom, Mrs. Wallace Reid, Lois Weber y Ma rgery Wilson vienen a
1
SARRIS, A. , The A merican Cinema: Directors a nd Directions 1929-1968 , New York,
Dutton, 1968, p. 2 49; t rad. esp., El cine norteamericano : Directores y direcciones 19 29-
1968 , Diana, M éxico, 1970 Cfr. también COL AIZZI, G., “Leer/ escribir/contar la i magen:
tres miradas al cine”, en La conjura del olvid o (Ibeas y Millán, eds.), Barcelona, Icaria,
1977.
390
la mente como poco más que asistentas” 1 . Al menos a e llas se les reconoce un
nombre, lo que no suce de a Yul ia Solntseva, quien no pasa de se r “la vi uda de
Alexander Dovjenko”.
A Vera Chytilova, Shirl ey Clar ke, Juleen Compton, Joan Lit tlewood,
Nadine Trintignant, Agnès Varda y Mai Zett erling las invisibiliza, al poner en
duda su estatuto de ‘autoras’. Todo es to lo condensa Sarris e n unos pocos
párrafos, en l os que se concent ra, para él , la aportaci ón del género femenino a casi
un siglo de historia del cine. El resto del libro -prácticamente su totalidad- es tá
dedicado a casi doscientos directores varones, a lgunos de l os cuales, como
Harlold Clurman o Christ ian Nyby, con poco más de un fil me en su haber,
merecen un apartado individual.
Lo más grave, quizá s, es que obras como la de Sarris no son un caso
aislado. Bordw ell y Thompson 2 , en Film Art , cal ifican de s imple monta dora a
Dorothy Arzner, una mujer que entre los años 20 y 40 dirigió más de una veintena
de la rgometrajes. Han tenido que ser t eóricas feministas, como Judi th M ayne o
Kaja Silverman 3 , l as que empiecen a ha cer justicia, rescatando a m u ltitud de
directoras de las garras del olvido. Sólo cuando esos nom br es de m ujeres ocupen
el l ugar que les corresponde en las historias oficial es del cine podremos tener una
1
SARRIS, A. , The A merican Cinema: Directors a nd Directions 1929-1968 , New York,
Dutton, 1968; trad. esp., El cin e norte americano: Directores y di recciones 1 929-1968 ,
Diana, México , 1970.
2
Cfr. BORDWELL , D. y THOMP SON, K., F ilm Art: An In troduction , 6th ed ., New
York, McGraw-Hil l, 2001 .
3 Cfr
. MAYNE, J., Woman at the keyhole. Feminism and women’s cinema , Bloom ington
& Indianapo lis, Indiana University Press, 19 90; S ILVERMAN, K., The Acoustic Mirro r:
The Female Voice in P sychoanalysis an d Cin ema , Bloomington , Ind iana University
Press, 1988.
391
visión más plural del fenómeno de la creación cine matográfica. Además, ello
servirá de estímulo a las nuevas re alizadoras que, a pesar del clima de i gualdad
aparente que reina hoy en la sociedad, todavía tienen que s uperar muchas más
trabas que los var ones para lograr hacerse un hueco en una industria
tradicionalmente masculina. Precisamente uno de los problemas de los que se
quejan algunas directoras esp añolas act uales es la falta de autoestima, y un eficaz
remedio podría estar en la visibilización y revalorización de la importante labor
realizada por sus predecesoras.
A pesar de lo que s e nos ha tratado de hacer creer durante décadas, nada
tiene el tra bajo d e dirección ci nematográfica que lo haga más adec uado par a las
mentes m asculin as. Buena m uestra de e llo es el hecho de que la primera cinta de
ficción fue r ealizada por la francesa Alice Guy e n 1986, aunqu e las his torias
oficiales del ci ne siguen atribuyendo el mérito a Georges Méliès. E s ta mujer
singular, además de c rear La fé e aux choux (1896), dirigió más de 600 filmes.
Empezó como secr etaria de Gau mont y gracias a su t esón y a la s horas robadas a
su descanso llegó a dirigir su propia product ora: primero fue la Cronophone, en
Francia, con la que se embarcó en grandes producciones, con multitud de extras y
fastuosos decorados, y llegó a rodar la primera película en color. Más tarde, ya en
los Estados Unidos, fundó con su entonces marido, el fotógrafo Herb ert Blaché , la
Solax Film Corporation, de l a que salieron 325 fil mes en tres años. Con la
aparición de los grandes estudios, la Solax tuvo que cerrar y el matrimonio probó
suerte en Hollywood. Tras sepa rarse de su esposo y pasar var ios años viajando por
el mundo, Alice Guy nunca pudo volver a realizar un filme. Sin embargo,
392
desarrolló de modo paralel o una importante carrera como escr itora y si guió con su
particular lucha para lograr el reconocimiento del trabajo realizado.
La que hoy es considerada “pri mera directora absoluta de la Historia del
Cine” 1 , destacó por su sensibilidad y maestría en su l abor frente a los actores y
manifestó un gran interés por los temas feme ninos, como afirmaba su hija
Simone: “Creía en la estructura de la fa milia. Es más, tenía ideas decididamente
feministas. Le entusiasmaba todo l o que veía y oía en ese sentido” 2 . En la obra de
Sarris no merece ni siquiera una nota a pie de página.
Los años en que trabajó Alice Guy, que coinciden con el nacimiento del
fenómeno c inematográfico, vier on la apar ición de un bue n número de pioneras
que, a veces a la sombra de sus maridos o jefes, hicieron importantes
contribuciones al séptimo arte, cuando los gr andes estudios a ún no habían
extendido su monopolio sobre la incipiente industria. Estas di rectoras, a demás de
librar una dura batalla contra las convenciones soci ales de la época, tuvieron que
luchar por el merecido reconoci miento de sus obras, la m ayoría de las cuales n o
han podido conservarse y llegar hasta nuestros días.
En la época del mudo pode mos destacar al menos a una veint ena de
realizadoras en el país norteamericano. De al gunas de ellas conoc emos un solo
filme, co mo es el caso de Lillian Ducey, Marion Fairfax, Ma bel Ferris, Vict oria
Forde, Winifred Dunn, Ruth Jenn igns Bry an, Kathlyn William, Gene Gauntier ,
Beverly Griffith, Ver a McCord o Lilian Gish, pero c asi todas las mencionadas
1
TRIVELLI, A., L ’altra metà d ello sguardo , Roma, Bulzoni, 19 98, p. 21.
2
ACKER, A., Reel Women . Pion eers o f the Cin ema, 189 6 to the Present , L ondon , B. T.
Basford Ltd, 199 1, p. 24.
393
aquí desarrollaron u na prolífica carrera como gui onistas y escritoras, y l a últim a
de ellas fue una de las actrices más importantes de su época .
No hay que olvidar que en aquellos años tareas c omo l as de guionista o
montadora eran consideradas más propias del género femenino que l a dirección de
filmes. A principios de siglo la creación cinematográfica e ra una labor bas tante
rutinaria y artesanal, que implicaba escasa responsabilidad y jerarquía.
También como gui onista dest acó Francis Marion, que es cribió más de cien
películas y fue nominada e n dos oc asiones al Ósca r al mejor guión. Consiguió,
además, realizar tres filmes. Uno menos dirigió la guionista y pr oductora Julia
Crawford Ivers, cinco Lilian Delger Powers, afamada productor a independiente de
cortometrajes, y Marguerite Bertsch, más o m enos lo s mismos que Wallace Reid,
más conocida como Dorothy Davenport.
Entre die z y veinte películas r ealizaron Grace C unard, Cleo Madiso e Ida
May Park. La primera trabajó ca si siempre en colaboración con su marido, Francis
Ford. La segunda, tras su etapa de actri z y directora en la Unive rsal, dedicó el
resto de s u vida al teatro, y la tercera esc ribió a demás multit ud de guiones par a su
esposo, Joseph de Gra sse, con quien también co-dirigió en ocasi ones. Algo más
prolífica fue Ruth-Ann Baldwin, que trabajó dentro de la industria y de forma
independiente, y tiene el honor de ser la primera mujer directora de westerns.
Más de cincuenta películas realizó e i nterpretó Lucille McVey, casi todas
junto a su marido Sidney Drew, pero sin duda l a que brilla con más luz en l a
época del mudo es la estadounidense Lois Weber, “considerada en 1916 la
cineasta mejor pagada del mundo” 1 . Trabaj ó como guionista, actri z, directora o
1
TRIVELLI, A., L ’altra metà d ello sguardo , Roma, Bulzoni, 19 98, p. 37.
400
además de las ya mencionadas Ida Lupino y Dorothy Arzner, trabajó en l os años
treinta Mar y Ellen Bute, quien se especializó en el campo de la ani mación, con el
empleo de distintas técnicas que aunaban el dibujo, la música y otros lenguajes
multimedia. Ya en los cincuenta dirigió sus tres filmes la pr estigiosa fotógra fa
Ruth Orkin, quien saboreó las mieles del éxito con El pequeño fugitivo (1953),
nominada al Óscar al mejor argumento y premiada en Venecia.
Por último, no podemos dej ar de mencionar a la polifacética M aya Deren,
considerada la madre del Undergr ound americano. Si empre desde el margen, trató
de oponerse al ci ne dominante e n todos los aspectos: en lo estético, en lo formal y
en l os modos de producc ión y distribución de sus filmes. Inició modos
alternativos de ha cer ci ne, como la filmación en 16 mm, te cnología que permitía
reducir los costes y facilitaba el acceso de las mujeres al medio cinematográfico.
Defendió ante todo su autonomía co mo directora, con un est ilo perfecto, original y
sorprendente, que ella vincul aba con el arte de l a poesía. Sus filmes surre alistas
explotaban los más íntimos temas y preocupaci ones femeninos, c omo l a
sexualidad, la conciencia o la identidad individual. Pone en juego, “de modo no
convencional, las pulsiones del deseo y de la sexualidad, desafiando la
consolidada ideología de lo ‘m asculino’ y de lo ‘fem enino’, y violando la
‘vocación’ iconográfica y mitológic a atribuida a la representación de la mujer en
el cine clásico” 1 , y cuestiona la identidad de género 2 .
1
TRIVELLI, A., L ’altra metà d ello sguardo , Roma, Bulzoni, 19 98.
2
ROSEN, M. , Popcorn Venus: Women, Movies and th e American Dream , New Yo rk,
Avon Books, 1973; S ARRIS, A., T he American Cinema: Director s and Directions 192 9-
1968 , New Yo rk, Dutt on, 1968; trad. esp., El cine no rteamericano: Dir ectores y
direcciones 192 9-1968, Diana, Méxi co, 1970.
401
Fundó la Creative Film Foundati on, para promover la r ealización de
películas independientes, y plasmó l os hallazgos de su e xperimentación fílmica en
una serie de libros crítico-teóricos. Ta mbién en una l ínea vanguardista
underground se s itúa la canadiense Joyce Wieland, que desarr olló parte d e su
carrera en Nueva York, y realizó unos quince filmes a partir de 1958.
En los años cuar enta iniciaron su andadura las primeras cineastas
latinoamericanas, como Gilda de Andreu y Carmen Santos e n Brasil o M atilde
Landeta en México 1 . Exceptuando un único filme de la venezolana Margot
Benacerraf en 1958, habrá que esperar hasta los años setenta para encontrar un
número más o menos significativo de directoras en aquellos países 2 .
En el viejo cont inente, antes de los sesenta, pocas son las prese ncias
femeninas. Jacqueline Audry destaca por ser una de las pi oneras en el país galo.
Tras trabajar como actr iz, script , guionista y ayudante de importantes directores,
se l anzó a la realización en 1945, y trató de ofrecer en sus filmes una imagen poco
convencional de la mujer. Sin embargo, sus casi veinte obras fueron condenadas
al olvido. Mejor suerte ha tenido su co mpatriota Yannic Bellon, quien t rabajó
como montadora y más tarde t omó la cá mara par a realizar numerosos cortos, uno
de ellos premiado en Venecia . Posteriormente, entre los años 50 y l os 90, ha
realizado una dece na de largometrajes en los que, con gran éxito de crítica y
público, hace una defensa de la causa femenina 3 .
1
IRAZ ÁBAL MARTÍN, C ., La otra América. Direct oras de cine de América Latin a y el
Caribe , Madrid , Horas y Horas, 2 002.
2
ARREDONDO, I., Histo ria oral de las directora s de cine mexicanas , Prin ceton,
Markus Wiener, 2 003.
3
AUMONT, J., E l rostro en el cine , Barc elona, Paidós, 19 92.
402
Podemos citar, por último, en los cincuenta, a dos precursoras de la
‘Nouvelle Vague’: Nicole Védrès, que subvierte el ti po de narración tradici onal e
introduce la entrevista como for ma de ac ercamiento a los personajes, y Agnès
Varda, que alcanzó la fama como fotógrafa y actriz antes de i niciarse en la
vanguardia cinematográfica, con una exitosa carrera que l a ha llevado a cosechar
numerosos premios, entre ellos el León de Oro de Venecia por su obra Sin t echo
ni ley (1985).
En Alemania, aparte de l a ex itosa Leni Riefenstahl, sobresale l a austriaca
Leontine Sagan, quien con sólo dos obra s en los años 30, se convir tió en una
figura de referencia dentro del cine dirigido por mujeres, por su tratamiento de
temas como el amor l ésbico. Mientras tanto, en Gran Bretaña, Mary Fi eld destacó
en el campo de la producción televisiva y en la dirección de cine infantil. Las
actrices Jacqueline Logan y Jessie Matt hews real izaron, en 1932 y 1944
respectivamente, su úni co filme. Joy Batchelor inició en los 40 una exitosa carrera
como pr oductora y directora de filmes de animación y publicitarios. En los 5 0
empezaron su andadura como real izadoras Wendy Toye , bailarina y actriz,
creadora de historias de intriga y fantasía, y Muriel Box, guionista de éxito y
autora de más de diez filmes.
En l os años 40 Dinamarca vio estrenarse las carreras de Gret e Fische,
Bodil I psen y Astrid Henning-Jesen; esta última, co-directora de un buen número
de largometrajes junto a su marido, rec ibió una no minación al Óscar a la mejor
película extranjera por su cinta Paw (1960).
La polaca Wanda Jakubowska, co-fundadora en 1929 de la Soc iedad de los
Amigos del Cine de Arte, dirigió más de una decena de l argos a partir de 1939,
403
entre ellos La úl tima etapa , primera película de ficción sobre Auschwitz y primera
cinta polaca de gran distribución en el extranjero. También en su paí s debutó
Marie Epstein e n los 30. Por último, desta quemos la figura de la soviética Julia
Solntseva, cuya i ndividualidad que da disuelta p or Sarris 1 e n la de su difunto
esposo. Si bien es ciert o que co- dirigió varios filmes c on Alexander Dovje nko,
continuó su carrera en solitario a l a muerte de éste, y cuenta en total con más d e
diez largometrajes.
En España, tras l a retirada de Rosario Pi, tendremos que esperar al debut
de Ana Mariscal para volver a ver a una mujer tras la cámara. Esta laureada a ctriz
de teatro y cine se inició e n la dirección con el corto La misa en Compostela
(1946), y desde 1952 compaginó su labor como profesora, escritora y p roductora
con la realización de cine. Su filmografía la componen un total de diez
largometrajes, con especial preferencia por los temas españoles. M argarita
Aleixandre, famosa por su trabajo como a ctriz a las órdenes de reconocidos
realizadores de la época, co- dirige un documental y dos largos de ficción con
Rafael Torrecilla.
Los años 60, y sobre tod o los 70, marcan un punto de inflexión en cuanto
al número de m uje res en pu estos de responsabilidad d entro de la i ndustria
cinematográfica. Atrá s ha quedado el férreo control del sistema de estudios de
Hollywood; el auge del movimiento feminista y las nuevas tecnologías, que
permiten abaratar costes y reducir equi pos, favorecen la producción de cine
independiente y el acceso de la mujer a pu estos de dire cción, así como la
1
Cfr. SARRIS, A., The A merican Cin ema: Di rectors and Directions 1929-1968 , New
York, Dutton, 1 968; trad. esp., El cin e n orteamericano : Directore s y direcciones 1929-
1968 , Diana, México, 19 70.
404
aparición de un cine militante dirigido por mujere s 1 . Es el mo mento en el que
grupos independientes de m ujeres empiezan a organizarse y a participar en
diferentes reflexiones teóricas y actividades sociales.
Las directoras independientes eur opeas empiezan a realizar largometrajes
antes que las estadounidenses. A raíz del movi miento feminista, é stas se
dedicaron a producir s obre todo cortometrajes, dadas las especiales condiciones
económicas e ideológicas de la industria norteamericana, así como la financ iación
por parte de compañías i ndependientes o de cadenas de televisión. La mayoría de
las realizadoras estadounidenses optaron por la t écnica del cine documental
realista o cinéma-vér ité , a diferencia de las europeas, que se adentraron en el
campo de la experimentación formal.
El ci ne vanguardista re alizado por mujeres se sirve de disti ntas estrategias,
que permiten clasificarlo. En primer lugar, existe un cine formalista o
experimental, que se inspira en distintos m ovimientos artísticos, como el
Surrealismo, e l I mpresionismo, el Formalismo y las vanguardias de los años 60.
En segundo lugar, ha y un tipo de cine realista que bebe del documental de los
años 30, de l Neorrealismo italiano y el Free Cinema britá nico. Por último, est á la
vanguardia teórica o política, que hunde sus raíces en la obra de cineastas rusos
como Eisen stein o Pudovkin y en l a Nouvel le Vague francesa. Todos estos
movimientos han sido creados por hombres, y las mujeres que en ellos han
1
Cfr. VI NELLA, M., “Raf figurazioni al femminile: arte e video-li nguagg io”, en Do nne
tra arte, tradizione e cultura , Il Polig rafo, Padov a, 2006; D´ELIA, A., Nello specchio
dell´arte , Roma, Melte mi, 2004; IAMURRI, L. y SPINAZZE, S. (editoras), L´arte d elle
donne , Roma, Meltemi, 2001 ; VINELLA, M., “I mmagini fuori campo: n uovi contor ni
dell´autorrapresentazion e”, en Grafie del sé. S guardo e raffigurazione (A. D´Elia, ed.),
Bari, Adriatica, 2 002b.
405
tomado parte no se caracterizan por su fe minismo, tal como se entiende hoy el
término. Tal vez por ello las realizadoras han tr atado de algún modo de
replantearse las convenc iones tradicionales establecidas por sus colegas var ones,
en lugar de aceptarlas sin pensar.
Las direct oras vanguardistas han preferido en muchos casos hacer cine
experimental, de ani mación o surrealista, siguiendo l a tradición marcada por
cineastas pioneras como Germaine Dulac o Maya Deren. Los primeros filmes
independientes realizados por mujeres en Estados Unidos, en los años 60, se
inspiraron en la corriente realista surgida, ta nto en forma de ficción c omo en
forma documental, a partir de las dos Guerras Mundiales. Este tipo de filmes
buscaba acercarse a la experiencia de vida cotidiana de la gente c orriente, para l o
que se apoyaba en hechos re ales, en l as clases trabajadoras, y usaba t écnicas
propias del Neorrealismo italiano, como la de rodar en exteriores.
En 1962 surgió el American Newsreel Coll ective, que empezó a producir
películas con fines propagandísticos, par a difundir deter minados acontecimientos
políticos de la época, como el m ovimiento de liberación de la mujer. Para ello se
sirvió de las técnicas del cinéma-vérité , con el objet ivo de impactar y consegui r un
efecto en el espec tador, una d eterminada interpretación. Les importaba más crear
filmes que sirvieran c omo armas p ara lograr un c ambio de conciencia que todos
los aspectos estéticos. Sin embargo, los críticos niegan que el ci ne realista pueda
servir para ese pretendido cambio de conciencia.
Eileen McGarry considera que cuando una cineasta realiz a un filme
documental no está tr atando directamente con la reali dad, sino con el
‘acontecimiento pro-fílmico’, es deci r, lo que existe y su cede delante de la cámara
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