Full text
L UIS ANT ONIO SEVILLAN O PERE A
UNIVER SID AD DE SEVILLA
F A CUL T AD DE GE OGRAFÍA E HIS T ORIA
DEP AR T AMENT O DE PREHIS T ORIA Y AR QUE OL OGÍA
T esis Doct or al Dirigida por:
VICT ORINO MA Y ORAL HERRERA
LE ONARDO GARCÍA S ANJU ÁN
SEVILLA, 2018
SEVILLA, 2018
MET ODOL OGÍA P ARA EL E STUDIO DE LAS PRÁ C TICAS
SOCIALE S DE LAS C OMUNID ADES ANTIGU AS:
PO TENCIALID ADE S Y DE S AFÍOS DE LA
PR OSPE CCIÓN SUPERFICIAL
HABIT ANDO EL V ALLE
MET ODOL OGÍA P ARA EL E STUDIO DE LAS PRÁ CTICAS SOCIALES DE LAS C OMUNID ADE S
ANTIGU AS: PO TENCIALIDADE S Y DESAFÍOS DE LA PR OSPECCIÓN SUPERFICIAL
HABIT ANDO EL V ALLE
UNIVERSID AD DE SEVILLA
F A CUL T AD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA
DEP AR T AMENTO DE PREHISTORIA Y AR QUEOLOGÍA
HABIT ANDO EL V ALLE.
METODOLOGÍA P ARA EL ESTUDIO DE LAS
PRÁ CTICAS SOCIALES DE LA
COMUNID ADES A GRARIAS ANTIGUAS:
POTENCIALID ADES Y DESAFÍOS DE LA
PR OSPECCIÓN SUPERFICIAL
Memoria presen tada den tro del Programa de Do ctorado en
Historia p or:
Luis An tonio Sevillano P erea
Ba jo la dirección de:
Victorino Ma y oral Herrera
Leonardo García Sanjuán
A mis p adr es,
Luis y Juana
F otografía de cubierta: V ista hacia el o este del río Guadiana desde el Cerr o del
Castil lo de Me del lín (A utor: V ictorino Mayor al Herr er a).
« V olvamos a la pr ehistoria del cine y al c élebr e ejemplo del galop e
de c ab al lo: sólo pudo ser desc ompuesto c on exactitud p or los r e-
gistr os gr áfic os de Mar ey y las instantáne as e quidistantes de Muy-
bridge, que r emiten el c onjunto or ganizado del p aso a un punto
cualquier a. Si se eligen bien los e quidistantes, forzosamente se
c ae en momentos señalados, es de cir, aquel los en que el c ab al lo
ap oya una p ata sobr e el suelo, y después tr es, dos, tr es, una. Se
los pue de l lamar instantes privile giados; p er o de ninguna maner a
en el sentido de las p oses o de las p ostur as gener ales que c ar ac-
terizarían al galop e en las formas antiguas. Estos instantes ya
no tienen nada que ver c on p oses, e inclusive, c omo p oses, se-
rían formalmente imp osibles. Si son instantes privile giados es p or
su c ar ácter de puntos señalados o singular es que p ertene c en al
movimiento, y no a título de momentos de actualización de una
forma tr asc endente. L a no ción ha c ambiado p or c ompleto de sen-
tido. L os instantes privile giados de Eisenstein, o de cualquier otr o
autor, son también instantes cualesquier a; lo que suc e de, simple-
mente, es que el instante cualquier a pue de ser r e gular o singular,
or dinario o señalado. El que Eisenstein sele c cione instantes se-
ñalados no impide que los extr aiga de un análisis inmanente del
movimiento, en absoluto de una síntesis tr asc endente. El instante
señalado o singular sigue siendo un instante cualquier a entr e los
demás.»
Gilles Deleuze
“T esis sobre el mo vimien to (Primer comen tarlo de Bergson)”
L a imagen-movimiento. Estudios sobr e cine 1
Resumen
T ras v arias décadas de progresiv o p erfeccionamien to de las técnicas de registro,
el conjun to arqueológico sup erficial constituy e en la actualidad una ineludible fuen te
de información de los paisa jes agrarios. La bibliografía disp onible, así como n uestra
propia exp eriencia, nos in vitan a considerar estos materiales como la evidencia em-
pírica de un patrón espacial con tin uo, aunque de comp ortamien to no uniforme. Ello
concuerda precisamen te con una no ción del espacio habitado plagada de actividades
de diferen te tip o y alcance, p ero que en ningún caso se circunscrib en únicamen te a
los ám bitos residenciales o edificados. Así, al hablar del espacio habitado nos referi-
mos a un fenómeno espacial cuy o examen es p osible gracias al patrón que configuran
los elemen tos arqueológicos en sup erficie an tes mencionados.
La lógica consecuencia de to do lo an terior es que tan to los sistemas de insp ección
y do cumen tación del registro arqueológico de sup erficie, como los análisis a los que
son sometidos los resultados de aquellos, deb en ofrecernos la p osibilidad de tratar de
una manera homogénea a cada hallazgo (o grup os de éstos). Ello lo conseguiremos, en
primer lugar, median te el uso de estrategias de m uestreo probabilísticas e in tensiv as.
En segundo lugar, adoptando y desarrollando técnicas de ev aluación de los datos
generados que se amolden a dic ha premisa.
Quedan en tonces expuestos los tres v ectores sobre los que transita n uestro tra-
ba jo, y que p o demos resumir en: (1) el estudio de las prácticas agrarias de los
colectiv os rurales an tiguos; (2) el análisis y caracterización del registro arqueológico
de sup erficie; y (3) el diseño e implemen tación de estrategias rigurosas de insp ección,
do cumen tación y examen del cuerp o empírico seleccionado.
El tratamien to de estos tres v ectores se divide en dos a partir de los blo ques que
conforman este v olumen. En el primero buscaremos establecer unas bases sólidas
para cada una de dic has áreas temáticas, en concordancia con los p ostulados teó-
ricos defendidos. En el segundo, estos principios son puestos en práctica median te
cuatro casos de estudio ubicados en la Cuenca Media del río Guadiana (a su paso
p or la pro vincia de Bada joz). T o do ello v a a ofrecernos la p osibilidad de exami-
nar las prácticas agrarias de div ersas com unidades rurales, datadas en tre la etapa
“Orien talizan te” de la Primera Edad del Hierro y el cam bio de Era.
En definitiv a, como ob jetiv o primordial de la presen te T esis Do ctoral, buscamos
presen tar una meto dología in tegral para generar cono cimien to histórico y so cial de
las com unidades rurales an tiguas a tra v és del estudio del registro arqueológico de
sup erficie.
P alabras cla v e : Com unidades agrarias, registro arqueológico de sup erficie, pros-
p ección p edestre.
vi i
Abstract
F ollo wing sev eral decades of gradual impro v emen t of recording tec hniques, the
surface arc haeological record has b een regarded as a primary source of information
for agrarian landscap es. The existing literature as w ell as our o wn exp erience lead
us to consider this comp ound as the empirical evidence of a con tin uous and non-
uniform spatial pattern. This idea remains consisten t with the understanding of the
rural space as a bundle of places related to a m yriad of heterogeneous activities of
differen t kind and range. Th us, an y area of in terest cannot b e only confined to built
or residen tial settings in an y ev en t.
A ccordingly , b y referring to the agrarian habitat w e are dealing with a wide
spatial phenomenon. Its exam is facilitated through the analysis of the patterns
shap ed b y the aforemen tioned surface arc haeological items. As a consequence, the
adopted detection and sampling systems and the analysis of fieldw orks m ust meet
certain requiremen ts. First of all, they m ust pro vide us with the opp ortunit y to
apply the same treatmen t to an y arc haeological finding. W e shall ac hiev e it b y using
in tensiv e and probabilistic sampling strategies. Then, it is mandatory to adopt or
dev elop analytical tec hniques that suit these requiremen ts.
W e ha v e already presen ted the main thematic areas of our researc h, whic h can b e
summarized as follo ws: (1) the study of rural ancien t collectiv es agrarian practices;
(2) the analysis and iden tification of the prop erties of the surface arc haeological
record; (3) the design and implemen tation of robust strategies to detect, record and
ev aluate surface material comp ounds.
The pro cessing of eac h thematic area is split in to t w o parts, according to the
blo c ks that mak e up its v olume. The first one is aimed at establishing solid founda-
tions for an y topic whic h could b e dev elop ed within our pro ject. The second one is
the practical implemen tation of these ideas, whic h are presen ted through four case
studies carried out in the Middle Guadiana Basin (Bada joz, Spain). All of these
offer us the p ossibilit y to assess the so cial practices of rural collectiv es from the
“Orien talising” stage of the First Iron Age un til the c hange of Era.
In conclusion, the main ob jectiv e of this pro ject is to dev elop a comprehensi-
v e metho dology for generating historical and so cial kno wledge of ancien t agrarian
comm unities through the study of the surface arc haeological record.
Keyw ords : Agrarian comm unities, surface arc haeological record, p edestrian sur-
v ey .
ix
Índice Abreviado
Resumen VI I
Abstract IX
Agradecimien tos XV
In tro ducción XVI I
In tro duction XXXI I I
Blo que I 3
1 Sobre las formaciones so ciales 3
1 . 1 P r e á m b u l o – P r e a m b l e ......................... 3
1.2 Una definición relacional y materialista de la realidad . . . . . . . . 11
1.3 La tra y ectoria de las formaciones so ciales: situación y acción . . . . 29
1.4 A tendiendo a las prácticas cotidianas . . . . . . . . . . . . . . . . . 46
1.5 La cuestión espacial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 52
1 . 6 R e c a p i t u l a c i ó n ............................. 6 2
2 Caracterización del registro arqueológico de sup erficie 67
2.1 Preám bulo – Pream ble . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 67
2.2 El registro arqueológico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 69
2.3 El registro arqueológico de sup erficie . . . . . . . . . . . . . . . . . 78
2.4 La formación del registro arqueológico . . . . . . . . . . . . . . . . 96
2.5 CPyP AS, registro arqueológico y so ciedades agrarias . . . . . . . . 104
3 La prosp ección p edestre 141
3.1 Preám bulo – Pream ble . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 141
3.2 Desarrollo de la prosp ección p edestre . . . . . . . . . . . . . . . . . 147
3.3 Prosp ección e ítem I. Enfo que in tensivo hacia el material de sup erficie 172
3.4 Prosp ección e ítem I I. La puesta en práctica del m uestreo . . . . . 195
xi
xi i Índice Abreviado
Blo que I I 213
4 Casos de Estudio 213
4.1 Preám bulo – Pream ble . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 213
4.2 Prosp ección e ítem en el territorio sur de Medellín . . . . . . . . . 218
4.3 Prosp ección e ítem en el V alle Inferior del río Zújar . . . . . . . . . 259
4 . 4 C o n c l u s i o n e s .............................. 2 9 7
5 Con tar p esar y medir 301
5.1 Preám bulo – Pream ble . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 301
5.2 F undamen tos del análisis de la abundancia . . . . . . . . . . . . . . 309
5.3 Definición de las estrategias para ev aluar la comp osición . . . . . . 329
5.4 Conclusiones: brev e sín tesis de las estrategias analíticas a aplicar . 359
6 La abundancia del registro arqueológico de sup erficie 363
6.1 Preám bulo – Pream ble . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 363
6.2 Abundancia y unidades de do cumen tación con formato de pun to . . 370
6.3 Abundancia y unidades de do cumen tación con formato de área . . 391
6.4 Recapitulaciones finales acerca del análisis de la abundancia . . . . 438
7 Ev aluación de la comp osición del registro arqueológico sup erficial 443
7.1 Preám bulo – Pream ble . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 443
7.2 Explorando la comp osición del conjun to material (Caso de Estudio
B . 1 . ) ................................... 4 4 8
7.3 Explorando la comp osición del conjun to material (Sector B.1.b.) . . 557
7.4 La comp osición del conjun to de sup erficie en El Casarón . . . . . . 578
7.5 Examen de la comp osición del conjun to material de Medellín . . . . 617
7 . 6 C o n c l u s i o n e s .............................. 6 5 3
8 Sín tesis histórica 661
8.1 Preám bulo – Pream ble . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 661
8.2 Algunas notas sobre el registro arqueológico de los S. IX-VI I I de la
C M G .................................. 6 6 8
8.3 V aloración de las com unidades agrarias en tre el S. VI I y el IV . . . 671
8.4 ¿Un camp o v acío? La Segunda Edad del Hierro . . . . . . . . . . . 703
8.5 V aloración de las com unidades agrarias del p erio do romano - repu-
b l i c a n o ................................. 7 0 6
9 Conclusiones / Conclusions 731
9 . 1 A p u n t e s fi n a l e s ............................. 7 3 1
9 . 2 F i n a l n o t e s ............................... 7 4 1
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Agradecimien tos
La finalización de n uestra T esis Do ctoral no habría sido p osible sin las n umerosas
p ersonas e instituciones que de un mo do u otro se han visto implicadas en ella.
La primera mención, en este sen tido, ha de ser para los directores de este traba jo:
Victorino Ma y oral Herrera y Leonardo García Sanjuán. Mi agradecimien to no sólo se
deb e a los impagables consejos y correcciones recibidas, sino tam bién a las constan tes
m uestras de ánimo y empuje, sin las cuales difícilmen te p o dría hab er completado
esta in v estigación.
Esp ecial gratitud deb o a Victorino Ma y oral, que desde mis primeros con tactos
con el paisa je arqueológico del sector orien tal de la pro vincia de Bada joz, me ofreció
la op ortunidad de colab orar activ amen te en los pro yectos de in v estigación p or él
dirigidos. Igualmen te, me brindó total lib ertad para traba jar con los conjun tos de
datos en ellos creados. No en v ano, dos de los cuatro casos de estudio con templados
en este v olumen son son el resultado directo de uno de dic hos pro y ectos 1 .
P or otro lado, mi relación con Extremadura y el Instituto de Arqueología de
Mérida viene dada p or la obtención de una b eca predo ctoral JAE Predo c (CSIC)
que nos dotó con los medios económicos con los que desarrollar la in v estigación.
Igualmen te, con tar con el equipamien to de dic ho cen tro de in v estigación nos dio
la p osibilidad de sacar el máximo partido a las estrategias de traba jo de camp o
plan teadas en el seno de este traba jo. Nuestra estancia en Mérida se corresp onde con
años de constan te aprendiza je, p ero no sólo eso. Allí tam bién encon tré compañeros
que siempre estuvieron disp onibles cuando a ellos acudía.
En las campañas de prosp ección del V alle del Zújar construimos un sólido con-
jun to de datos gracias a la exp eriencia y buen hacer de Cristina Mena, Jairo Naranjo,
Da vid Arjona, Sergio Quin tero y María José Suárez. T engo que recordar, además, las
inn umerables horas que dedicaron María José y Cristina a a yudarme con el estudio
de materiales. Esp ero que to dos ellos sepan cuán to agradezco y v aloro el esfuerzo
que in virtieron.
No puedo olvidar en este pun to a mi familia, p ero esp ecialmen te a mi madre y
hermanas. Duran te estos últimos años han sido ellas el pun to de referencia al que
acudir y coger alien to para seguir.
1 Nos referimos en concreto al pro y ecto de inv estigación: “La ev olución de un paisa je agra-
rio: El territorio de Medellín en tre la protohistoria y la romanización” (Jun ta de Extremadura
PRI08B050/2009-2011.
xv
In tro ducción
Presen tación del traba jo
El ob jetiv o principal de esta T esis Do ctoral es generar cono cimien to histórico y
so cial acerca de las com unidades rurales an tiguas de la Cuenca Media del Guadia-
na a tra v és del registro arqueológico de sup erficie. Su plan teamien to mismo emana
directamen te de la consolidada línea de estudios territoriales plan teados desde el
Instituto de Arqueología de Mérida (CSIC-Jun ta de Extremadura) en los cuales he-
mos tenido la p osibilidad de colab orar. En este ám bito, hemos de agradecer hab er
con tado con la p osibilidad de p o der implicarnos y cono cer en detalle la meto dología
de div ersos pro y ectos de in v estigación desde n uestro primer acercamien to a la ar-
queología de la Cuenca Media del Guadiana. En estas exp eriencias ha de buscarse
el primer y fundamen tal pun to de referencia sobre el que hemos construido n uestra
apro ximación hacia los conjun tos materiales de sup erficie, así como hacia la puesta
en práctica de la prosp ección p edestre.
El prop ósito al que aludíamos en el inicio del párrafo an terior estaba presen te
y a desde los primeros los traba jos que han terminado deriv ando en la presen te T esis
Do ctoral. Con to do, hemos de recono cer que n uestros más tempranos acercamien-
tos al rango temático cubierto en este v olumen estuvieron esp ecialmen te enfo cados
hacia las técnicas de prosp ección sup erficial, el examen de las diferen tes estrategias
de m uestreo probabilístico, así como la ev aluación de la fiabilidad y calidad de los
resultados del traba jo de camp o. Sin em bargo, a medida que fuimos a v anzando en
esta lab or se fue haciendo cada v ez más eviden te que el diseño y la ejecución de
la prosp ección p edestre o el análisis de los conjun tos materiales iden tificados ad-
quieren su v erdadero p otencial epistemológico cuando su examen viene precedido
p or una profunda reflexión acerca del cuerp o empírico con el que tratamos (el re-
gistro arqueológico de sup erficie), de las características de sus comp onen tes, y de la
comprensión de las dinámicas en las que éstos se v en inmersos.
P or ello, sin que ha y amos abandonado los prop ósitos con los que iniciamos esta
T esis Do ctoral, sí p o demos recono cer un cierto desplazamien to del centro de gra v e-
dad de esta in v estigación desde en tonces. Deb emos destacar esta cuestión p orque,
a fin de cuen tas, ha sido determinan te en el p eso esp ecífico que p oseerá en n uestra
propuesta cada una de las sucesiv as temáticas ab ordadas en la configuración final
del presen te v olumen. En definitiv a, partiendo del recono cimien to del v alor de los
estudios de la técnica o del registro arqueológico de sup erficie p er se (donde este
traba jo tam bién pretende ser una con tribución), el fin último al que deb ería con-
xvi i
xvi i i Presen tación del traba jo
ducirnos n uestra lab or ha de ser otro: la generación de cono cimien to so cio-histórico
acerca de las com unidades agrarias an tiguas.
De esta forma, quedan establecidos los tres v ectores principales sobre los que
piv ota este v olumen: (1) la in v estigación de las prácticas agrarias inheren tes a las
com unidades an tiguas; (2) la caracterización del registro arqueológico de sup erfi-
cie, que se corresp onde con el cuerp o empírico seleccionado para ev aluarlas; y (3)
el desarrollo y examen de técnicas de iden tificación, do cumen tación y análisis de
aquel. Como tendremos la o casión de comprobar en los capítulos corresp ondien tes,
cada uno de estos v ectores p osee en tidad propia. Sin em bargo, no es menos cierto
que hemos tratado de tener en men te que los dos últimos, aún den tro de desplie-
gues autónomos, son asimismo concebidos como instrumen tos encaminados hacia la
generación de bases más sólidas para encarar el primero.
Con to do, esta concatenación de ideas tamp o co resuelv e p or completo las in-
quietudes más elemen tales que se traslucen de n uestra in v estigación. Ello no se deb e
en mo do alguno a que las no ciones an tes mencionadas carezcan de in terés, como
dem uestra el ingen te desarrollo teórico que, en el seno de div ersas disciplinas de las
Ciencias So ciales, se ha dado en torno a conceptos tales como la pr áctic a so cial , la
c omunidad o los c ole ctivos y lo agr ario . Es más, el capítulo inicial de este v olumen
nos ofrecerá la p osibilidad de ahondar en este sen tido y p osicionarnos al resp ecto,
desarrollando la concep ción adoptada para cada uno de estos términos (así como
otros) y exp oniendo su función en la puesta en práctica de n uestro traba jo.
Ahora bien, tamp o co resuelv en en su totalidad, decíamos, las inquietudes básicas
que motiv an esta in v estigación, puesto que a fin de cuen tas: ¿Qué sup one realmen te
comprender las prácticas so ciales de las com unidades agrarias an tiguas? Y en tal
caso, ¿cuál es, en tonces, el ob jetiv o más primario de la Arqueología que hacemos?
¿Qué justifica el esfuerzo in v ertido? No p or genéricas, estas cuestiones, son de fácil
respuesta. Y deb emos con tar, además, que hemos tratado de no abandonar la refle-
xión crítica que en traña su resolución, de forma que se retroalimen tasen ésta y el
mismo desarrollo de n uestra in v estigación.
De cualquier mo do, como una primera respuesta a estas pregun tas (sin tética y
preliminar, en concordancia con el estatuto in tro ductorio de estos párrafos) p o demos
destacar que lo que buscamos, en definitiv a, es tr atar de c ompr ender los en tramados
de los que emanan to dos los ingredien tes necesarios para que tenga lugar la acción so-
cial y , más particularmen te, la acción so cial den tro las com unidades rurales an tiguas.
Concebimos dic hos en tramados como un agenciamien to relacional y co-funcional en
el que, median te su implicación en la acción misma, cada elemen to que los comp one
afecta y es afectado en relación a otros. De las tendencias que sigan los in tegran tes
de tales en tramados emanará lo plausible, p otenciando ciertos mo vimien tos y , a la
v ez, limitando otros. De acuerdo con su consideración como agenciamien to, no deter-
minarán aquello que de lo virtual pasa a tomar forma en el m undo de las cosas, sino
que actuarán como catalizador para con la acción particular, creativ a, que acon tece
en su seno.
Ser coheren tes con este argumen to, a fin de cuen tas, implicó la elección de ciertas
alternativ as fren te a otras, lo que en n uestro caso ha significado atender preeminen-
temen te a fenómenos so ciales que pueden ser considerados estables fren te a otros
In tro ducción xix
más fugaces. En cualquier caso, no en tendemos que sea éste el único o primordial
acercamien to a los fenómenos históricos y so ciales. Sí consideramos, en cam bio, que
el traba jo con los conjun tos materiales de sup erficie es esp ecialmen te fructífero cuan-
do ab ordamos cuestiones que abarcan rangos temp orales amplios. Mien tras tan to,
nos encon tramos más p obremen te armados para caracterizar fenómenos de menor
duración. El in terés de estos últimos es indudable, p ero es palmaria la dificultad
para individualizar acon tecimien tos esp ecíficos (y los impulsos de los que parten) a
tra v és del conjun to arqueológico de sup erficie.
Recordemos que, según Braudel, “la historia es la suma de to das las historias
p osibles” (Braudel 1970: 74). Y en consecuencia, n uestra apro ximación no sería más
que una de las p ersp ectiv as a partir de las cuales ab ordar esta disciplina. En relación
a este argumen to, tamp o co olvidamos que las premisas aquí defendidas corren en
paralelo a la influy en te bibliografía de estudios territoriales que, fundamen talmen te
desde la última década del siglo XX, ha encon trado en las tesis de A nnales una
prolífica fuen te de inspiración.
Nos in teresan, pues, aquellos elemen tos que p o demos considerar estables o, más
acertadamen te, meta-estables 2 , y a que tam bién habrá lugar para cam bios y trans-
formaciones den tro de unos um brales. Y si colo camos el fo co sobre las com unidades
rurales an tiguas, ello implica atender, de una manera o de otra a su cotidianei-
dad, a los heterogéneos conjun tos en trelazados de actividades que capitalizaron su
existencia ordinaria.
En relación a ello, tam bién hemos querido tener m uy presen te duran te la elab o-
ración de este traba jo la necesidad de alejarnos de la observ ación de lo cotidiano
como un fenómeno caren te de relev ancia. T al y como será expuesto con más detalle,
descartamos la equiparación de lo cotidiano o lo rutinario, a lo trivial, a aquello que
o cupa una p osición menos destacada o presen ta menos in terés en tan to en cuan to
es lo c orriente . En este sen tido, parece p ertinen te traer a colación las dos metáfo-
ras a las que recurrió Lefeb vre para ejemplificar sendas conceptualizaciones de la
cotidianeidad, fren te a aquellos actos no-cotidianos (referidos como“creativ os”). De
un lado, hace alusión al clic hé tradicional que v e al “tiemp o cotidiano” como un
llano, mien tras los “momen tos creativ os” se equiparan a cimas de mon tañas, a lo
elev ado (Lefeb vre 1991[1947]: 87). A ésta se op one una segunda metáfora que v e la
cotidianeidad como un suelo fértil del que emerge cualquier actividad, tam bién la
creativ a o esp ecializada. Desde esta p ersp ectiv a, lo cotidiano alb erga la p osibilidad
del cam bio so cial, si bien, esta p osibilidad frecuen temen te encon trará fuerzas que,
con trarrestándola, susten ten a lo y a instituido (Go onew ardena 2011:127-128; Lindón
Villoría: 47).
Y a v olviendo a n uestro ob jeto de estudio, queremos v er a la cotidianeidad de
las com unidades rurales an tiguas como uno de esos en tramados meta-estables an tes
aludidos. Queremos recono cer a sus comp onen tes (a cuan tos nos sea p osible al me-
nos) e inferir la capacidad de acción que, relacionalmen te, exhiban. Hec ho esto, nos
2 T érmino que como más adelan te trataremos (remitimos al apartado 1.3.3.1, página 33), fue
aplicado p or Massumi (1992) en su exégesis de Capitalismo y Esquizofr enia , la obra que engloba
los dos v olúmenes más celebrados del traba jo conjun to de G. Deleuze y F. Guattari: El A nti-Edip o
y Mil Mesetas .
xx El “síndrome o jo de p ez”
encon traremos mejor armados para inferir la existencia de cierto tip o de prácticas y
plan tearemos un ordenamien to espacial y un rango temp oral para la las mismas.
La cla v e de to do ello es el cuerp o empírico analizado: los conjun tos arqueológicos
presen tes en sup erficie. En relación a éste, seremos capaces de recorrer este camino
p orque adv ertimos en la acción so cial un asp ecto p erceptible y p erdurable, del cual
una p orción se ha p o dido preserv ar hasta la actualidad. Dic ho de otro mo do, equi-
paramos n uestros hallazgos a un p orcen ta je de esa p orción preserv ada de la acción
so cial, más concretamen te, a aquella que es susceptible de ser recono cida p or la
prosp ección p edestre.
Lo que buscaremos es desen trañar los conjun tos materiales registrados y , a par-
tir de ello, comprender los p osibles pro cesos, la conjunción de energía y materia,
que han p o dido conducir a la p osición geográfica en la que se encuen tra tal o cual
fragmen to cerámico. P or eso, en definitiv a, n uestra lab or ha de encaminarse a tratar
de recono cer y caracterizar situaciones en las que h ub o de ser plausible que tuvie-
ran lugar acciones esp ecíficas (acordes tam bién al tip o de colectiv os so ciales con los
que traba jamos). Recordemos que son ellas el eslab ón que enlaza lo particular de
n uestros hallazgos (comp osición, forma, estado de preserv ación, ubicación. . . en defi-
nitiv a cualquier v ariable que pueda extraerse de los mismos) con con textos históricos
y so ciales esp ecíficos.
El “síndrome o jo de p ez” (y una propuesta para
eludirlo)
F ren te a una historia cen trada en acon tecimien to, an tes hemos tratado de hacer
paten te n uestro p osicionamien to den tro de la corrien te que en tiende que los fenóme-
nos so ciales pueden ser observ ados a partir de diferen tes marcos temp orales.
Ahora, al fo calizar en el cuerp o empírico sobre el que se basa n uestro traba-
jo, tam bién creemos necesario clarificar cuál es la conceptualización adoptada para
ab ordarlo. De hec ho, a aquellos que traba jamos con el registro arqueológico de su-
p erficie (y más aún cuando optamos p or una apro ximación no basada en el “sitio”
arqueológico como unidad básica de referencia) nos corresp onde in v ertir un sobre-
esfuerzo en la justificación de n uestro traba jo. Y, no sólo en comparación con las
in v estigaciones dedicadas al análisis del cuerp o empírico “inalterado” del subsuelo,
sino tam bién an te los estudios territoriales eminen temen te fo calizados en el “sitio”
o “y acimien to” . Las raíces de esta traba son v arias, aunque en tre ellas destaca, a
n uestro juicio, el influy en te preceden te de una arqueología tradicional en el que pri-
maba el descubrimien to y descrip ción de estructuras arquitectónicas. Y, ba jo dic ha
apro ximación, ¿qué pap el han jugado conjun tos materiales como los que analiza-
mos, a jenos a sedimen tos estabilizados en las fases de fundación, uso o abandono de
construcciones?
Ciertas reminiscencias de esta concep ción del registro arqueológico se manifiestan
tam bién incluso en el seno de la rama de traba jos de prosp ección p edestre. No en
v ano, seguimos detectando que el análisis e in terpretación (no así la do cumen tación,
donde el a v ance, como v eremos, ha sido m uc ho más generalizado) de los conjun tos
In tro ducción xxi
arqueológicos pro ceden tes de áreas con ba jas densidades de hallazgos sigue jugando
un pap el subalterno fren te al estudio de las concen traciones de material.
An te estas consideraciones, plan teamos dos ob jeciones fundamen tales (hacién-
donos eco de lo que y a han manifestado otros esp ecialistas al resp ecto), la una de
orden teórico y la otra de orden práctico 3 :
La primera ob jeción está fundamen tada en el mismo ob jeto de in terés que
an tes hemos establecido: ¿qué circunscrib e a la existencia cotidiana única o
fundamen talmen te a los ám bitos edificados? Un somero acercamien to a las co-
m unidades rurales actuales o pretéritas es suficien temen te informativ o de la
riqueza, v ariedad e in tensidad de actividades p erió dicas, las cuales no se li-
mitan en mo do alguno a los asen tamien tos o sus márgenes. Sería median te la
ejecución de este prolijo conjun to de acciones que se articularía la exp eriencia
del paisa je agrario de dic has com unidades. En la elab oración de n uestras no-
ciones acerca de esta cuestión ha jugado un pap el destacado la propuesta de de
T. Ingold (2000) basada en la p ersp ectiv a habitacional o dwel ling p ersp e ctive ,
así como su desarrollo de los conceptos taskc ap e y landsc ap e . P or otro lado,
to das estas cuestiones nos dirigen a asimilar el término habitar con el pro ceso
de estar-en-el-mundo , de forma que hemos de distribuir n uestra atención a
tra v és del hábitat. Ello nos imp ediría, en consecuencia, fa v orecer el análisis de
ciertas lo calizaciones sobre otras.
La segunda ob jeción se deriv a de la imp osibilidad que encon tramos para esta-
blecer fron teras precisas en tre áreas esp ecíficas de n uestro ám bito de estudio
que puedan ser catalogadas como “sitio” o “y acimien to” arqueológico fren te a
sus inmediaciones. Lógicamen te, sí es p osible plan tear um brales, p or ejemplo a
partir de una can tidad mínima de materiales en sup erficie p or metro cuadrado,
con los que delimitar ciertos en tornos. Sin em bargo, los conjun tos materiales
que in v estigamos configuran un ondulan te fenómeno con tin uo (aunque no ho-
mogéneo) en el que, más que cam bios bruscos, iden tificamos una progresión
en la abundancia de materiales.
En otro orden de cosas, no negamos to da v alía al empleo del concepto de “sitio”,
que ha demostrado ser útil para n umerosísimos programas de in v estigación. Sin
em bargo, lo asen tado de su uso no consigue ob viar la confusión meto dológica que
su empleo puede acarrear. En este sen tido, tendremos la op ortunidad de discutir los
incon v enien tes que conllev a en tan to en cuan to puede ser empleado al mismo tiemp o
como una unidad de observ ación y do cumen tación en camp o, p ero tam bién como
unidad de in terpretación 4 de un conjun to material registrado empleando unidades de
3 Sirv a p or el momen to una mención preliminar de estas cuestiones dado que la notoriedad que
p oseen en n uestro traba jo imp ondrá un tratamien to más exhaustiv o en los apartados corresp on-
dien tes.
4 En el apartado corresp ondien te nos encargaremos de definir con ma y or niv el de detalle a qué
hacemos alusión cuando empleamos estos términos (en tre otros). Baste adelan tar que la unidad
mínima de observ ación, en n uestro caso, hace referencia a las entidades que son observ adas en
camp o, mien tras que la unidad de do cumen tación hacer referencia a la “forma” que adquieren las
diferen tes en tradas, que remiten a cada una de las en tidades observ adas o a conjun tos de ellas, que
xxi i El “síndrome o jo de p ez”
do cumen tación diferen tes. Dic ho de otro mo do, puede usarse indistin tamen te para
hacer referencia a un conjun to de pro cesos so ciales ejecutados en un n úcleo espacial
esp ecífico, a una realidad material p ercibida en un con texto arqueológico dado o, lo
que es más frecuen te, a una mezcla p o co esp ecífica de am b os.
En n uestra opinión, el empleo de este concepto deb ería quedar circunscrito a
las fases in terpretativ as de la información recopilada, viéndose las tareas de iden ti-
ficación y análisis (al menos en sus primeras etapas) libres del binomio (“sitio” vs .
“no-sitio”) y las constricciones que imp one. Lo que prop onemos, en consonancia, es
que la do cumen tación de los conjun tos de datos y su examen se llev en a cab o de la
manera más homogénea p osible, sin diferenciaciones impuestas p or la pro v eniencia
o el tip o de hallazgo.
P ara alcanzarlo, partimos de un enfo que cen trado en el ítem “artefactual” co-
mo unidad básica de observ ación. Esta apro ximación no puede ser considerada en
mo do alguno recien te, sino que h unde sus raíces en una serie de traba jos pioneros
desarrollados duran te las décadas de los 70 y 80 de la cen turia pasada. Se ha visto,
además, refrendada p or un conjun to crecien te de in v estigaciones que siguiendo las
mismas premisas se alejan del empleo del “sitio” como herramien ta en torno a la
cual desarrollar el traba jo en camp o (no necesariamen te así en etapas p osteriores).
En to da esta serie de in v estigaciones ha sido determinan te el progresiv o p er-
feccionamien to exp erimen tado p or los sistemas de registro, aumen tando el niv el de
detalle y la can tidad de información recopilada. Sin em bargo, y al hilo de lo que alu-
díamos previamen te, no p o demos concluir que se ha y a ido en paralelo en lo referen te
a las estrategias de análisis e in terpretación de los hallazgos. Generalmen te existe
una descomp ensación palmaria en tre el esfuerzo in v ertido en unos conjun tos mate-
riales (con determinadas características) fren te a otros. En otras palabras, a p esar
de que las técnicas de registro ofrezcan la p osibilidad de do cumen tar en igualdad de
condiciones a los ítems a jenos a las concen traciones más prominen tes de material, el
énfasis tiende a ubicarse en estos últimos grup os de piezas. Sea como fuere, tamp o co
sería justo dejar de recono cer la existencia de una crecien te “vía de agua” donde el
tratamien to de los agregados pro ceden tes de lo calizaciones de ba ja densidad adquie-
re relev ancia p er se , y no sólo en conexión con los n úcleos de actividad concen trada
detectados (de Haas 2011, 2012; V an de V elde 2001; Giv en 2004; García Sánc hez
2013; T artaron el al . 2006; Ma y oral Herrera et al . 2006, 2009). Nuestra in tención es
que la in v estigación que presen tamos en el presen te v olumen sea una con tribución
más den tro de esta línea.
La problemática a la que hemos aludido tamp o co deja de ser un sín toma más
del que p o demos llamar “síndrome de o jo de p ez” que creemos que afecta directa
o indirectamen te a buena parte de los estudios territoriales. Debido a éste, según
n uestro mo do de v er, el ob jetiv o aparecerá cen trado en el asen tamien to (y , en menor
medida, en otros tip os de fo cos de actividad concen trada), de mo do que es éste el que
preeminen temen te recib e la atención necesaria para ser observ ado y analizado rigu-
rosamen te y en detalle. De forma paralela a lo que o curre con una len te ob jetiv o gran
angular (denominados com únmen te como de o jo de p ez), el asen tamien to-cen tro v a
forman n uestro cuerp o do cumental. Las unidades de in terpretación, en cam bio, se corresp onden
con categorías in terpretativ as a las que asignamos determinados conjun tos de hallazgos.
In tro ducción xxi i i
a copar la atención sirviendo además de base o pun to de referencia del encuadre.
Ello conducirá a que, en comparación con los otros elemen tos de su con texto, dic hos
asen tamien tos-cen tros v ean incremen tada su significatividad y , a la v ez, empujen
hacia los márgenes otros ám bitos ady acen tes. Siguiendo con el símil, esta p ersp ec-
tiv a llev ará a que aquellos elemen tos de dic hos márgenes se aprecien desfigurados,
adaptándose y circundando al “cen tro”, y adquiriendo significación p or su relación
con él. Así, no sorprende que en m uc has o casiones lo que in teresa en ese con texto
es aquello que puede ser visto desde dic hos cen tros, el esfuerzo o tiemp o necesario
para conectarlos con otro pun to, los usos del suelo p otenciales del marco abarcado
p or las isolíneas que (en base a div ersos criterios) a partir de ellos se definen. . .
Nuestra in tención ha sido alejarnos de tal no ción del paisa je arqueológico. P ero
ello tamp o co implica que deba menospreciarse la inercia en la que inevitablemen te
nos v emos inmersos y que, de un mo do u otro, en m últiples o casiones nos reorien ta
hacia tales p osiciones. De un lado, no deb emos olvidar que la arqueología regional
cen trada en el y acimien to sigue siendo la predominan te (y no únicamen te en la región
extremeña), tan to en lo que se refiere a la in v estigación, como a las actividades
deriv adas de la iniciativ a priv ada y la administración. De otro lado, a dic ha inercia
igualmen te p o demos sumar un condicionan te de diferen te naturaleza. No en v ano,
difícilmen te pasa inadv ertida la vigilancia constan te que ejerce el Cerro del Castillo
de Medellín (en cuy a cima y ladera sur-suro este se ha ubicado tradicionalmen te el
principal n úcleo residencial de este en torno) sobre cualquier viandan te (o, en este
caso, prosp ector) que se aden tre en las llan uras de las V egas Altas del Guadiana.
Dado que n uestra exp eriencia este en torno se encuen tra fuertemen te mediatizada
p or tal “actor protagonista”, tamp o co resulta sorprenden te que su presencia sea
más que notable en cualquier in terpretación del p oblamien to an tiguo de la comarca.
En cualquier caso, desde hace algunos años y con plan teamien tos apreciablemen te
diferen tes a los que p erseguimos en este traba jo 5 , se ha matizado la imp ortancia del
rol que h ub o de jugar el asen tamien to en este pun to ubicado, al menos, para div ersos
momen tos previos al cam bio de Era.
No está en n uestro ánimo desmerecer aquellos traba jos cen trados en tales apro xi-
maciones. Si pretendemos, en cam bio, establecer una divisoria con ellos, en tan to en
cuan to, n uestra in v estigación quiere bascular hacia el espacio habitado en su totali-
dad como an tes plan teamos. Ba jo estas premisas, y asimilando propuestas de otros
(v éase Ingold 2011), man tenemos una idea que se presen ta más alejada de una red
de pun tos in terconectados, que de una maraña de líneas resultan tes del recorrido
inin terrumpido de las en tidades, las cuales, ba jo diferen tes ritmos, forman parte en
las sucesiv as acciones que configuran la existencia.
Esa maraña imaginaria, en o casiones, se mostrará como un n udo tan compacto
5 Esta cuestión será ab ordada más pausadamen te en los apartados corresp ondien tes del Capí-
tulo final de n uestro traba jo. Baste p or el momen to recordar que, bien p or la influencia de una
arqueología regional de raigam bre top ográfica y filológica, bien p or la traslación de mo delos dise-
ñados para otros ám bitos geográficos a la Cuenca Media del Guadiana, el Cerro del Castillo ha sido
iden tificado como un n úcleo de rasgos urbanos o protourbanos y a para cronologías tan remotas
como el Hierro An tiguo. Ahora bien, se carece de pruebas sólidas para man tener este extremo ni
para ese momen to, ni para el Hierro Recien te y , ni tan siquiera para los primeros decenios tras la
llegada del p o der romano (Celestino 2005; Ro dríguez González 2016; Heras Mora 2009).
xxiv Registro y análisis del conjun to arqueológico de sup erficie
y denso que facilita su p ercep ción como un to do diferen te del menos denso con texto
inmediato (denominaremos a los ám bitos en los que iden tifiquemos este fenómeno lu-
gares con evidencias materiales de actividad concen trada o LEMA C). La ma y oría del
espacio, en cam bio, aparecerá como una malla irregular formada p or escasos hilos,
donde su disp ersión se recono ce como un rasgo más destacado que su agrupamien to
(a los que nos referiremos como lugares con evidencias materiales de actividad dis-
p ersa o LEMAD). P o demos aso ciar etiquetas concretas a las acciones que tendiesen
a desarrollarse en unos u otros ám bitos (doméstico, artesanal, funerario, religioso,
ganadero, agrícola...), p ero p or encima de ello hemos de reseñar que dic has consi-
deraciones no implican una diferenciación de “naturaleza” . P or lo tan to, no es ahí
donde hemos de buscar la justificación del desigual in terés y enfo que que ha merecido
el estudio del material arqueológico dep endiendo de su pro v eniencia.
Registro y análisis del conjun to arqueológico de su-
p erficie
T rataremos de concretar los plan teamien tos an tes mencionados median te el estu-
dio de conjun tos arqueológicos de sup erficie pro ceden tes de sendos en tornos agrarios
de la Cuenca Media del Guadiana. Más concretamen te ev aluaremos cuatro casos de
estudio que p o demos englobar en dos blo ques dep endiendo del con texto geográfico
del que pro ceden. El primero se encuadra en la comarca de las V egas Altas del Gua-
diana (Bada joz): El T erritorio Sur de Medellín. Éste se extiende desde las llan uras
aluviales meridionales del río mencionado, hasta las primeras estribaciones de las
serranías que arrancan en el sector noro cciden tal de la comarca de La Serena. El
v alle del río Zújar ha sido el segundo ám bito en el que hemos desarrollado n uestro
traba jo de camp o, ubicado dos decenas de kilómetros al este de Medellín. Se trata
de un medio visiblemen te más agreste que el an terior, si bien con p otencialidades
agrícolas y ganaderas eviden tes. Como el desarrollo de la prosp ección p edestre en
uno y otro ám bito ratificó, los conjun tos de datos registrados se amoldan a la con-
ceptualización del material arqueológico de sup erficie como una alfom bra con tin ua
(aunque con una trama de densidad v ariable) y a propuesta para otros con textos
agrícolas. Esta serie de traba jos tam bién demostró que la distribución de los con-
jun tos de sup erficie presen ta una comp onen te altamen te lo cal o, lo que es lo mismo,
su comp ortamien to sería difícil de inferir a partir de observ aciones tomadas en otros
pun tos. En consonancia, se desconfía de cualquier estrategia de prosp ección que no
se corresp onda con diseños en los que la p oblación total sup one una p orción ma y o-
ritaria de la p oblación de in terés y , subsiguien temen te, en los que el área m uestral
no alcance un p orcen ta je suficien temen te alto de la p oblación total. De ahí que p o-
damos adscribir el epíteto de “in tensiv as” a este tip o de prosp ecciones. Den tro de
tal tradición hemos pretendido insertar tam bién las estrategias de m uestreo cuy os
diseños y resultados ab ordamos en esta in v estigación.
En cualquier caso, y con indep endencia de las diferencias que puedan existir
den tro de esta serie de traba jos de prosp ección in tensiv a, cab e resaltar que ma y o-
ritariamen te comparten el empleo del ítem “artefactual” como unidad mínima de
In tro ducción xxv
observ ación en camp o. Existe ma y or heterogeneidad, en cam bio, en la morfología
que adquieren los datos den tro del sistema de almacenamien to de la información
recabada. En este traba jo, hemos querido incidir esp ecíficamen te en esta cuestión.
De hec ho, en los casos de estudio que incluimos en este v olumen se implemen taron
div ersas mo dificaciones en lo referen te las unidades de do cumen tación empleadas.
Con ello p erseguimos analizar las v en ta jas e incon v enien tes que acarrean unos y otros
formatos. En última instancia, queremos ev aluar: (1) hasta qué pun to es b eneficioso
para n uestro traba jo el aumen to del esfuerzo que requiere el registro de la lo cali-
zación espacial con la ma y or resolución que p ermita el equipamien to disp onible; o
(2) las v en ta jas que implica sacrificar resolución espacial a cam bio del incremen to
en el n úmero de v ariables do cumen tadas p or cada observ ación. En cualquier caso,
traba jaremos con dos mo delos fundamen tales:
Unidades de do cumen tación individuales (o lo que es lo mismo, cada en tra-
da de n uestro conjun to de datos se corresp onde con una en tidad observ ada
en camp o y nos remite a su ubicación). Median te su uso, nos iden tificamos
como herederos de la serie de prosp ecciones arqueológicas in tensiv as desarro-
lladas p or el Instituto de Arqueología de Mérida y , en concreto, de los traba jos
pioneros ejecutados en Zalamea de la Serena (Ma y oral Herrera et al . 2009).
Unidades de do cumen tación basadas en la agregación de observ aciones den tro
de conjun tos esp ecíficos (generalmen te conjun to de observ aciones pro v enien tes
de p olígonos establecidos con an terioridad a la insp ección). Este sistema aún
con tin úa siendo el predominan te en los traba jos prosp ección de sup erficie.
Siguiendo estos dos ordenamien tos básicos hemos diseñado y ejecutado diferen tes
estrategias de prosp ección y registro para cada uno de los cuatro casos de estudio. En
to dos ellos, idealmen te, buscaremos man tener el máximo detalle espacial p osible y , a
la v ez, anotar el ma y or n úmero de v ariables de in terés de cada en tidad iden tificada.
Ahora bien, al mismo tiemp o tamp o co pretendíamos incremen tar excesiv amen te el
esfuerzo in v ertido p or metro cuadrado y , en consecuencia, sacrificar la can tidad de
espacio finalmen te cubierto.
Sea como fuere, la realización de un examen exhaustiv o de los agregados mate-
riales de sup erficie como los que plan teamos dep ende, no sólo de la creación de un
conjun to de datos robusto, sino del con trol detallado de sus propiedades. Este últi-
mo factor es esp ecialmen te imp ortan te si, como en n uestro caso, buscamos ejecutar
los mismos tip os de exámenes para cada uno de estos conjun tos en la medida de lo
p osible.
En definitiv a, la idea que sub y ace es que sólo la comprensión en profundidad de
las características de las unidades de do cumen tación empleadas en unos y otros casos
nos p ermitirá implemen tar de manera satisfactoria análisis complejos. Se infiere,
en tonces, que n uestra ev aluación del cuerp o empírico necesariamen te pasa p or un
catalizador fundamen tal: la morfología y la riqueza de v ariables de las unidades de
do cumen tación que adoptamos.
Una v ez presen tadas las estrategias de insp ección y registro de los materiales de
sup erficie iden tificados den tro de n uestros casos de estudio, el lógico siguien te paso,
xxvi Registro y análisis del conjun to arqueológico de sup erficie
será tratar de desen trañar el comp ortamien to de tales agregados. Nos in teresa tan to
caracterizarlos de una manera global, como dictaminar las tendencias más imp or-
tan tes de estos conjun tos a escala lo cal y , al mismo tiemp o, detectar los progresiv os
cam bios que se den tra v és del espacio. T o do ello, exp oniendo la totalidad de los datos
registrados a exámenes equiparables. De hec ho, n uestra in tención de tratar de una
manera equiv alen te cualquier in tegran te del conjun to arqueológico de sup erficie se
extiende, desde la fase previa de registro, hasta el análisis de los datos (al menos en
su primera etapa), indep endien temen te de sus características o de la in terpretación
que ulteriormen te merezca.
Éste será otro de los grandes retos de n uestro traba jo y no sólo debido a la
heterogeneidad comp ositiv a de las piezas iden tificadas. En este sen tido, es eviden te
que las técnicas de prosp ección han exp erimen tado un imp ortan te salto cualitativ o
en los últimos decenios, mostrando una gran adaptabilidad a m últiples con textos
(geográficos y arqueológicos). En cam bio, las estrategias de análisis de los resulta-
dos de la prosp ección sup erficial no han a v anzado en paralelo. P o demos concluir, de
hec ho, que se encuen tran escasamen te desarrollados los exámenes formalizados de
las distribuciones de material en sup erficie. Y a p esar de que no faltan notables ex-
cep ciones, es bastan te frecuen te confiar en una “lectura” in tuitiv a de la presen tación
de los resultados de la prosp ección sup erficial. El con traste es palpable, p or tan to,
al comparar este hec ho con la sólida tecnificación estadística y geo-estadística que
conllev ó la adop ción de las T écnicas de Información Geográfica en la v ertien te de
estudios territoriales site-b ase d (en los que paradó jicamen te las técnicas de registro
del material tienden a ser menos exhaustiv as).
No descartamos la v alía de la in tuición y la exp eriencia previa del equip o en la
in terpretación directa del registro arqueológico de sup erficie. Sin em bargo, n uestra
propuesta opta p or someter los conjun tos de sup erficie a estrategias estandarizadas
para examinar div ersas v ariables de los conjun tos de sup erficie. Ello se v erá acom-
pañado de la exp osición de las estadísticas fundamen tales y/o de la presen tación
cartográfica de los resultados. Será en base a esta información (a la que tam bién p o-
dremos sumar la pro v enien te de otras fuen tes), que p o dremos discernir los diferen tes
ap ortes que conforman los agregados de sup erficie, plan teando diferenciaciones es-
paciales y temp orales.
En tendemos que este mo do de pro ceder nos dota de una visión más firme de una
realidad material tan compleja. Como p o dremos comprobar, incluso en los casos en
los que el registro arqueológico de sup erficie parece presen tar una comp osición más
coheren te (en términos cronológicos o funcionales), su examen detallado rev ela la
div ersidad de pro cesos en los que han p o dido v erse implicados sus in tegran tes, y a
sean p ost-dep osicionales o an teriores a su inclusión en el sustrato geológico. P o demos
considerar que esta riqueza es un arma de doble filo. P or un lado, p orque nos p ermite
in tuir la enorme p otencialidad que presen tan los complejos agregados de sup erficie
de cara a la construcción de cono cimien to histórico y so cial. P or otro lado, tam bién
son recono cibles las limitaciones que n uestro traba jo encuen tra para desarrollar al
máximo y hacer in teligibles tales p otencialidades.
T o do ello p one de manifiesto la necesidad de emplear herramien tas que nos p er-
mitan señalar la existencia de estructuras con las que comprender los conjun tos
In tro ducción xxvi i
materiales de sup erficie, difíciles de adv ertir an te la irregularidad y aparen te des-
conexión de sus comp onen tes. Ba jo estas premisas, n uestra in tención es iden tificar
patrones que rebasen a las piezas iden tificadas y a sus v ecinas inmediatas, p ero a
partir de la con tribución de cada una de las observ aciones realizadas den tro del área
a analizar en concreto.
P ara organizar estos exámenes recurriremos a dos atributos del registro de sup er-
ficie: abundancia y comp osición. En cualquier caso, no nos olvidaremos de un tercer
atributo, la distribución, y a que como v eremos queda en buena medida cubierto al
con tar to dos los análisis propuestos con la comp onen te espacial de los conjun tos
ev aluados.
Sea como fuere, to das estas lab ores deb erán dirigirnos a clarificar el comp or-
tamien to del registro arqueológico en los diferen tes ám bitos prosp ectados. Y, en
paralelo, a individualizar determinados grup os de observ aciones fren te a otros. Ello
nos abrirá la p osibilidad de inferir, si las series de actividades de las que se deriv an
tendieron a desarrollarse de forma concen trada o, alternativ amen te, de una manera
que p o demos considerar disp ersa en el espacio (lo cual está directamen te relacionado
con los conceptos de LEMA C y LEMAD y a referidos). En una segunda instancia,
buscaremos alcanzar ma y or detalle. De hec ho, las disimilitudes que reconozcamos en
la abundancia, comp osición y distribución de los agregados nos conducirán a com-
prender las singularidades de cada una de las lo calizaciones adscritas a una u otra
categoría.
Con esta doble apro ximación esp eramos cubrir dos v ertien tes del estudio de las
com unidades agrarias an tiguas a partir del material de sup erficie. En primer lugar,
p orque nos p osibilita caracterizar, con el detalle necesario, las singularidades del
conjun to arqueológico registrado en una y otra lo calización (recuérdese que cada
agregado es único en tan to en cuan to presen ta una comp osición concreta, motiv ada
p or unos pro cesos dep osicionales y p ost-dep osicionales únicos). En segundo lugar,
p orque la progresiv a ampliación del área analizada, p osibilitará la iden tificación de
patrones con v ergen tes o comp ortamien tos diferenciados.
En base a ello será p osible recono cer una estructura que, englobando los rasgos
lo cales del registro de sup erficie, se configura como el marco más adecuado para
situar los materiales recono cidos en relación a las com unidades agrarias de in terés.
A fin de cuen tas, buscamos in tegrar cono cimien to adquirido en las áreas analizadas
den tro de las dinámicas so ciales desplegadas en la Cuenca Media del Guadiana y , de
forma más general, en el cuadran te suro este de la P enínsula Ib érica. Este prop ósito
capitaliza el pun to final de n uestra meto dología, y esp eramos que la discusión del
desarrollo histórico de las com unidades rurales estudiadas sea capaz de condensar los
tres v ectores que hemos tratado que rijan n uestro traba jo: la conceptualización de los
fenómenos so ciales previamen te expuesta; el cono cimien to del registro arqueológico
de sup erficie, así como de las dinámicas en las que participa; y el uso de la prosp ección
p edestre acompañada p or el análisis sistemático de sus resultados.
xxvi i i Estructura de la T esis
Estructura de la T esis
An tes de concluir la presen tación de este v olumen, apun taremos algunas no ciones
acerca la configuración de los capítulos que lo conforman. Nos limitaremos p or el
momen to a una sucin ta mención de la temática ab ordada en cada uno. No en v ano,
hemos tratado de dotar a to dos ellos de una in tro ducción lo suficien temen te amplia
que cubriese los siguien tes asp ectos:
Plan teamien to de los fundamen tos teóricos e inquietudes que nos han llev ado
a la redacción del mismo. Esp eramos además con esto ser capaces de ubicar
el con tenido del capítulo en concreto den tro de la estrategia meto dológica
seguida, así como de los prop ósitos globales de esta T esis Do ctoral.
Definición de los ob jetiv os parciales que guían el desarrollo de cada capítulo.
El fin último siempre será enriquecer los plan teamien tos generales de n uestro
traba jo. No obstan te, hemos de recono cer que esta sectorización nos ha dotado
de ma y or lib ertad al establecerse unos in terrogan tes esp ecíficos y un desarrollo
autónomo para solv en tarlos.
Finalmen te, cerrará la presen tación de los capítulos un brev e resumen de las
cuestiones cubiertas en las sucesiv as secciones que los conforman.
Deb emos indicar asimismo que, jun to al texto castellano, se incluy e una v ersión
en inglés de la in tro ducción, la conclusión, así como el preám bulo de cada uno de
los capítulos que comp onen n uestro traba jo.
V olviendo a la temática de n uestro traba jo, tam bién hemos de aludir a la estruc-
turación en dos blo ques que hemos adoptado. El Blo que I , desde una p ersp ectiv a
tradicional, p o dría asimilarse a una exp osición de “Plan teamien tos y Meto dología”
frecuen te en este tip o de traba jos. Sin em bargo, algunas matizaciones pueden hacerse
a dic ha consideración. En primer lugar, p orque a p esar de que aquí hemos tratado de
dar cabida a to dos los asp ectos teórico-esp eculativ os en los que se susten ta n uestro
mo do de pro ceder, la exp osición de ideas de este primer blo que no se circunscrib e
exclusiv amen te a los in tereses y decisiones que han regido la in v estigación llev ada a
cab o. Ahora bien, nos irán dirigiendo hacia ellos, transitando desde asp ectos genera-
les (básicos para cada una de las áreas temáticas tratadas) hasta alcanzar elemen tos
más concretos, relacionados con el estudio de las com unidades agrarias y los paisa jes
arqueológicos. En segundo lugar, y como deriv ación del pun to an terior, no será en
este blo que en el que en tremos a detallar las pun tualizaciones relacionadas con las
estrategias de prosp ección llev adas a cab o o las técnicas analíticas con las que hemos
explorado sus resultados.
P or am b os motiv os, en tendemos que este blo que p o dría cumplir la misma función
con resp ecto a cualquier otro traba jo que parta del empleo del registro arqueológico
de sup erficie para estudiar com unidades rurales pretéritas. Asimismo, el carácter
reflexiv o que hemos tratado de man tener para con n uestra lab or, nos ha llev ado a
dotar de en tidad propia a los capítulos que lo comp onen, de mo do que hemos buscado
que no actúen (únicamen te) como preám bulo de los casos de estudio ejecutados.
In tro ducción xxix
Sea como fuere, este primer blo que está compuesto p or tres capítulos, en con-
sonancia con los v ectores an tes mencionados sobre los que transita n uestra in v esti-
gación. El Capítulo 1 ab orda la definición de las en tidades so ciales, dirigiéndonos
desde una concep ción genérica de las mismas hacia aquellas que son el principal
ob jetiv o de n uestro traba jo: los colectiv os rurales an tiguos. Siendo concebidos como
un fenómeno anidado, nos in teresaremos preeminen temen te p or dos cuestiones. La
primera de ellas es su tra y ectoria formativ a, en tendida como un pro ceso morfoge-
nético y , en el cual, a n uestro mo do de v er, o cupa un pap el básico la implicación
constan te, rep etitiv a de sus in tegran tes en la acción. La segunda v ertien te de los
fenómenos so ciales atendida es su espacialidad, dónde acon tece la acción. P ara ello
recurriremos a la extensa literatura generada p or los estudios del paisa je en Arqueo-
logía. Al mismo tiemp o, en n uestra concep ción de la estructuración espacial de la
acción so cial, jugará un pap el determinan te la no ción de “lugar” .
El Capítulo 2 está dedicado al cuerp o empírico del que haremos uso para estu-
diar las com unidades agrarias an tiguas: el registro arqueológico de sup erficie. De las
tres secciones con las que cuen ta, la primera plan tea una discusión acerca del con-
cepto de “registro arqueológico” . A quí exp ondremos una definición del mismo acorde
con los plan teamien tos teóricos man tenidos, aunque sin olvidar preceden tes inelu-
dibles, tales como la consideración de este conjun to p or las principales corrien tes
epistemológicas de la Arqueología desde la segunda mitad del siglo XX. A con ti-
n uación, será el conjun to arqueológico de sup erficie el protagonista, es decir, aquella
p orción del registro arqueológico susceptible de ser iden tificada median te la imple-
men tación de técnicas de prosp ección p edestre. Hec ho esto, nos in teresaremos p or los
complejos pro cesos formativ os de estos agregados que, recuérdese, participan de las
dinámicas presen tes en el estrato sup erficial, viv o, del suelo. Cerraremos este segun-
do capítulo con un resumen de diferen tes mo delos in terpretativ os para los conjun tos
arqueológicos de sup erficie de los paisa jes agrarios.
Las técnicas de iden tificación y registro del conjun to arqueológico de sup erfi-
cie serán ab ordadas en el Capítulo 3 . Arrancaremos repasando la ev olución del
tratamien to de estos agregados hasta alcanzar el estado de cosas actual, cuando (a
p esar de las matizaciones op ortunas) los traba jos basados en la prosp ección p edestre
constituy en una rama consolidada den tro de n uestra disciplina. Nos in teresaremos
fundamen talmen te p or aquellos traba jos que han ejercido una ma y or influencia en
el desarrollo p osterior de estas in v estigaciones, o bien en aquellos traba jos que para
nosotros son esp ecialmen te represen tativ os de cada etapa. La siguien te sección se
cen trará en establecer los fundamen tos de la prosp ección estadística. Ello nos llev a-
rá a hacer un repaso de aquellos asp ectos de la teoría del m uestreo probabilístico
que directamen te in tersecten con la prosp ección p edestre. En paralelo, será llev ada a
cab o la definición de una serie de conceptos, cuy o uso nos a yudará a estandarizar las
lab ores llev adas a cab o en los diferen tes casos de estudio, indep endien temen te de la
estrategia de m uestreo seleccionada. Finalmen te, nos cen traremos en la prosp ección
basada en el item “artefactual” como unidad mínima de observ ación (ba jo cuy o para-
guas nos colo camos). En consonancia, detallaremos las características fundamen tales
de este enfo que tan to a escala paisa je, como en lo referen te a la do cumen tación del
material de sup erficie de los n úcleos de actividad concen trada.
xxx Estructura de la T esis
Si la organización del blo que an terior no plan teó ma y ores problemas atendiendo
al rango temático cubierto, no fue así para el conjun to de capítulos que forman el
Blo que I I . Ello se deb e a que, ahora, se abrían an te nosotros dos p osibilidades:
(1) estructurar la exp osición a partir de los casos de estudio ev aluados o (2) ab ogar
p orque la disp osición de los apartados viniese establecida de acuerdo a las estrategias
de análisis empleadas den tro de cada una de las fases del diseño meto dológico.
Nuestras reserv as al resp ecto v enían motiv adas p orque la elección de una u otra
alternativ a p o drían condicionar la p ercep ción sobre el tratamien to que damos a sen-
dos asp ectos (igualmen te esenciales) en n uestra T esis Do ctoral. Si con la primera
op ción fa v orecíamos la comprensión del con texto histórico y arqueológico de cada
uno de los estudios de caso, con la segunda buscábamos p otenciar cierta fluidez,
median te un tratamien to ordenado de las sucesiv as fases que in tegran n uestra me-
to dología. Ha sido esta última, la organización p or la que hemos optado.
Como tendremos la o casión de comprobar, ello nos conduce a ir transitando
en tre con textos geográficos den tro de un mismo capítulo. Es cierto que esto p o dría
ir, en cierto mo do, en detrimen to de la in teligibilidad de los conjun tos materiales
pro ceden tes de cada una de las áreas de estudio. Ahora bien, como con trapun to, la
estructura finalmen te elegida busca enfatizar la coherencia y uniformidad de base
existen te en tre las técnicas de registro empleadas, p ero tam bién en tre las estrategias
analítcas, estadísticas y espaciales, con las que ev aluar n uestros agregados materiales
y , finalmen te, su in terpretación so cio-histórica. No deb emos olvidar que uno de los
fundamen tos sobre los que se ha desarrollado esta in v estigación es precisamen te la
necesidad de buscar formas de concebir de manera homogénea el conjun to material
de sup erficie, indep endien te de su pro cedencia, sus características o abundancia.
Arrancamos este blo que con una presen tación de los Casos de Estudio imple-
men tados ( Capítulo 4 ). Se trata de cuatro exp eriencias de traba jo. Dos de ellas
desarrolladas en el T erritorio Sur de Medellín: Ge o-cuantific ación (Caso de estudio
A.1.) y Recolección T otal (Caso de estudio A.2.). Las dos restan tes tuvieron como
marco el v alle del río Zújar: Ge o-cuantific ación cualitativ a (Caso de Estudio B.1.) y
Recolección T otal en El Casarón (Caso de Estudio B.2.). La estructura seguida, pa-
ra cada uno de los casos de estudio será similar. Como primer paso, presen taremos
el con texto geográfico y arqueológico que enmarca sendos en tornos prosp ectados.
Hec ho esto, nos cen traremos en los fundamen tos y el diseño de cada una de las es-
trategias de prosp ección llev adas a cab o. P or último, to do ello será complemen tado
p or una exp osición global de los datos generados en cada caso de estudio.
El análisis de tales conjun tos de datos es llev ado a cab o en los tres siguien tes
capítulos ( Capítulos 5 , 6 y 7 ). La búsqueda y exp erimen tación de técnicas con las
que examinar el registro arqueológico de sup erficie constituy e una de las cuestiones a
las que más esfuerzo hemos dedicado. Ello se deb e a que estábamos particularmen te
in teresados en desarrollar y hacer uso de estrategias formalizadas para el análisis de
los datos. No en v ano, se corresp onde con una fase elemen tal en tre la do cumen tación
misma del cuerp o empírico y , p or otro lado, su in terpretación. A demás, tal y como y a
hemos plan teado an teriormen te, pretendíamos llev ar a cab o un análisis homogéneo
para la totalidad de elemen tos registrados con carácter previo a cualquier ejercicio
in terpretativ o de los materiales de sup erficie.
In tro ducción xxxi
Lo cierto es que el v olumen de herramien tas para pro ceder con esta lab or es
ingen te. En consecuencia, hemos optado p or hacer uso de un n úmero esp ecífico de
exámenes que nos a yuden extraer los patrones principales relativ os a dos atributos
del registro arqueológico de sup erficie: abundancia y comp osición. El Capítulo 5
será el encargado de presen tar las diferen tes técnicas empleadas para ejecutar los
m últiples análisis implemen tados. Buscaremos asimismo explicitar los ob jetiv os que
se p ersiguen en cada uno de dic hos ejercicios. Sea como fuere, to do ello se v e pre-
cedido p or la necesaria exp osición de las características fundamen tales de los dos
atributos de los agregados de sup erficie examinados.
P or otro lado, la división en tre los siguien tes capítulos ( 6 and 7 ) se basa precisa-
men te en la consideración de los dos atributos del registro de sup erficie mencionados.
En cualquier caso, y y a se trate de exámenes de la abundancia o la comp osición, los
pasos seguidos en el tratamien to de una u otra es análogo: (1) in tro ducción de las
diferen tes técnicas empleadas para ev aluar el registro de sup erficie; (2) exp osición
en detalle del mo do de pro ceder con el análisis y los resultados obtenidos para cada
uno de los casos de estudio considerados; (3) discusión e in terpretación de tales re-
sultados de acuerdo a los mo delos de comp ortamien to del material arqueológico de
sup erficie cono cidos para otros paisa jes agrarios.
T o da la información generada en los capítulos preceden tes se presen ta como el
sustrato idóneo para plan tear una in terpretación de la ev olución histórica de los co-
lectiv os so ciales analizados. Éste será el ob jetiv o del Capítulo 8 . Más concretamen te
(y retomando los argumen tos expuestos en los párrafos de ap ertura), p erseguiremos
incorp orar las respuestas que dábamos a la justificación más elemen tal de n ues-
tra in v estigación den tro de esquemas temp orales y espaciales relativ amen te amplios.
Ahora bien, el carácter diacrónico de los agregados con los que tratamos imp one que
marquemos unos límites precisos. Habida cuen ta de la comp osición de los conjun tos
registrados, hemos optado p or iniciar esta lab or en el momen to en el que es eviden te
el afianzamien to de los elemen tos aso ciados a la etapa “Orien talizan te” de la Prime-
ra Edad del Hierro (siglos VI I-VI a.C.). El pun to final, en cam bio, v endrá marcado
p or las notables transformaciones que se pro dujeron en los decenios p osteriores al
cam bio de Era. Somos conscien tes de que este lapso deja fuera etapas (prehistóricas
e históricas) para las cuales n uestros conjun tos de datos p o drían ap ortar informacio-
nes de enorme in terés. Sin em bargo, creemos que atender a un rango de v arios siglos
y a constituy e una tarea enormemen te am biciosa y que, además, p ermite desarrollar
con suficien tes garan tías esta fase de n uestra estrategia meto dológica.
Deb emos indicar que este texto es complemen tado p or dos Anexos (incluidos en
la v ersión digital). El primero de ellos ( Anexo A ) con tiene información comple-
men taria a las series de análisis llev ados a cab o en los Capítulos 6 y 7 . El segundo
( Anexo B ), en cam bio, se comp one p or una relación de los LEMA C (Lugares con
Evidencias Materiales de A ctividad Concen trada) examinados en el T erritorio Sur
de Medellín y el V alle del Zújar.
In tro duction
In tro duction of the pro ject
The main ob jectiv e of this Do ctoral Thesis is to create historical and so cial
kno wledge ab out the ancien t rural comm unities lo cated in the Middle Guadiana
Basin through the surface arc haeological record. Our prop osal emanates from the
solid tradition of landscap e studies carried out b y the Instituto de Arqueología de
Mérida (CSIC-Jun ta de Extremadura) in whic h w e ha v e had the c hance of taking
part.
The aforemen tioned purp ose has b een presen t since our initial con tacts with
surface arc haeology as w ell as the preliminary w orks from whic h this Do ctoral Thesis
deriv e from. It is a fact that our first approac hes to the theme w ere sp ecially fo cused
on surface surv ey tec hniques, the assessmen t of differen t sampling strategies, as w ell
as the ev aluation of the reliabilit y and qualit y of the fieldw ork results. Ho w ev er,
ev en tually it b ecame clear that the design and execution of the p edestrian surv ey or
the ev aluation of the iden tified material sets gain their truly epistemological p oten tial
when its analysis is carried out after a careful reflection on the empirical material
w e are studying (the surface arc haeological record), the prop erties of its comp onen ts
and the understanding of the dynamics of the latter as they are comp onen ts of the
soil.
Without abandoning the aims whic h led the b eginning of this Do ctoral Thesis,
w e m ust admit a shift in the cen tre of gra vit y of our researc h. This m ust b e remark ed
b ecause it has b een k ey to the sp ecific gra vit y of the addressed issues and, ultimately ,
in the final shaping of this v olume. Consequen tly , taking in to consideration the
in terest of the tec hnique studies or the surface arc haeological record (where this
pro ject tries to b e a con tribution as w ell), the ultimate goal of this pro ject is a
differen t one: the creation of so cial-historical kno wledge ab out the ancien t agrarian
comm unities.
The three main v ectors of this v olume are therefore established: (1) researc h on
the ancien t comm unities’ agrarian practices; (2) c haracterization of the arc haeologi-
cal surface record, corresp onding to the selected empirical b o dy to study them; and
(3) dev elopmen t and assessmen t of surface surv ey tec hniques, as w ell as the analysis
of their results. As it will b e pro v ed in the corresp onding c hapters, eac h v ector has
its o wn iden tit y . Ho w ev er, it is a fact that the t w o last ones ha v e b een considered as
to ols to build pillars on whic h the first one could b e based.
Nonetheless, this c hain of ideas do es not solv e the main concerns raised in this
xxxi i i
xxxiv In tro duction of the pro ject
researc h. This is not due to a lac k of in terest in the aforemen tioned concepts, as it
is pro v ed through the immense theoretical dev elopmen t whic h, within div erse fields
of So cial Sciences, is presen t in concepts suc h as the so cial pr actic e , the c ol le ctive ,
the c ommunity as w ell as its agr arian asp ect. The op ening c hapter of this v olume
will offer us the p ossibilit y to examine the sub ject in greater depth and to get a
comprehensiv e view whilst dev eloping the concept adopted for eac h of these terms
(as w ell as others) and presen ting the role they pla y in the implemen tation of our
pro ject.
As w e ha v e already said, they do not solv e the basic concerns whic h motiv ate
this researc h. Hence, what do es it mean to understand the so cial practices of the
ancien t agrarian comm unities? If this is the case, whic h is the primary ob jectiv e
of the Arc haeology w e carry out? What justifies the in v ested effort? The fact that
these questions are generic do es not mak e them easy to answ er. Apart from this, it
is necessary to remark that w e ha v e tried not to forget the critical thinking in v olv ed
in their resolution. Th us, the latter and the dev elopmen t of the researc h itself are
con tin uously feeding on eac h other.
As a first answ er to these questions (summarized and in tro ductory , according
to the preliminary nature of this section) w e could state that w e are se eking an
understanding of the en tanglemen ts from whic h the necessary ingredien ts that mak e
up the so cial action deriv e (particularly , the so cial action within the ancien t rural
comm unities). These en tanglemen ts are conceiv ed as a relational and co-functional
system in whic h, when in v olving in the action itself, eac h elemen t affects others while
b eing affected b y others as w ell. Then, what is plausible will deriv e from the trends
follo w ed b y the comp onen ts of these structures, whic h will b o ost some mo v emen ts
and limit others. A ccording to its consideration as an agenc ement , these trends will
not determine what comes from the virtual w orld in order to b e a part of the “w orld
of things” . On the con trary , they will pla y the role of a catalyst for the particular
creativ e action.
In order to b e consisten t with this argumen t, it w as necessary to c ho ose some
options o v er other. In our case, it has mean t to mainly deal with so cial phenomena
whic h ma y b e considered as stable against those considered as more ephemeral. In
an y case, w e do not consider this to b e the only main approac h to historical and so cial
phenomena. Ho w ev er, w e do consider that the w ork on the surface material sets is
esp ecially fruitful when tac kling issues with longer time ranges. On the other hand,
w e find ourselv es p o orly equipp ed to describ e shorter phenomena. Although the
in terest in the latter is indisputable, it is extremely difficult to individualize sp ecific
ev en ts (and the impulses they deriv e from) through the surface arc haeological set.
W e m ust remem b er that, according to Braudel, “ l’histoir e est la somme de toutes
les histoir es p ossibles ” (Braudel 1970: 74). Consequen tly , our approac h w ould b e one
more p ersp ectiv e from whic h this discipline could b e addressed. In this regard, w e
m ust not forget that the assumptions herein defended go along with influen tial w orks
of territorial studies whic h, since the last decade of the 20th cen tury , ha v e found a
fertile source of inspiration in A nnales .
Th us, w e are in terested in those elemen ts whic h could b e considered as stable
In tro duction xxxv
or metastable 6 , whic h is a more accurate term, since there will b e c hanges and
transformations within some limits. If w e fo cus on ancien t rural comm unities, w e
m ust address their quotidianit y , the in terlink ed and heterogeneous sets of activities
whic h capitalised their ordinary existence.
In this regard, along the pro duction of this pro ject, w e ha v e w orn in mind the
necessit y of addressing ev eryda yness as a relev an t phenomenon. As w e will later
explain, ev eryda yness cannot b e equated with trivialit y , as something relegated to
a less prominen t p osition or lac king in in terest.
In this resp ect, it seems p ertinen t to bring up t w o metaphors whic h Lefeb vre
used to illustrate the concept of quotidianit y , as opp osed to those non-quotidian acts
(“creativ e” acts). On the one hand, he referred to the traditional clic hé where the
“quotidian time” is considered as a plain, whilst the “creativ e momen ts” are equated
with rare moun tain tops (Lefeb vre 1991[1947]: 87). There is a second metaphor
where quotidianit y is depicted as a fertile land in whic h an y activit y gro ws (creativ e
and sp ecialised acts to o). F rom this p ersp ectiv e, quotidian acts ma y lead to so cial
c hange, although this p ossibilit y will often find forces whic h will prev en t from it
(Go onew ardena 2011:127-128; Lindón Villoría: 47).
Bac k to our sub ject matter, w e w an t to see the daily life of ancien t rural comm u-
nities as one of the aforemen tioned metastable structures. W e w an t to iden tify their
comp onen ts (as man y as p ossible) and infer the affordances they b ear. By doing so
w e will find ourselv es b etter armed to infer the existence of some practices and w e
will b e able to iden tify their spatial and temp oral range.
The k ey to ac hiev e it is the analysed empirical b o dy: the surface arc haeological
comp ounds. W e see them as the p erceptible and lasting asp ect, from whic h a p ortion
has remained to the presen t da y , of so cial action. In other w ords, our findings are
equated to a p ercen tage of that preserv ed p ortion of the so cial action, particularly ,
to that one whic h ma y b e iden tified b y p edestrian surv ey .
W e in tend to unra v el the registered material sets in order to understand the
p ossible pro cesses, the energy-matter com bination, whic h migh t ha v e led to the
geographical lo cation on whic h the ceramic fragmen t is found. Because of this, our
main goal should b e the iden tification and ev aluation of situations where sp ecific
actions are lik ely to ha v e tak en place (also according to the so cial groups w e are
considering). W e m ust not forget that these actions are the connection b et w een
our findings (comp osition, shap e, and state of preserv ation, lo cation or an y v ariable
whic h could b e deriv ed from them) and the sp ecific so cial and historical con text.
The arc haeological landscap e “fish ey e disease”
Against the vision of history based on ev en ts, w e ha v e already expressed our
view where so cial phenomena can b e observ ed from differen t time frames.
When fo cusing on the empirical b o dy on whic h this pro ject is based, w e do also
6 This term, as w e will address it later (section 1.3.3.1, page 33), w as used b y Massumi (1992)
in his exegesis of Capitalism and Schizophr enia , which is a t w o v olume w ork b y G. Deleuze y F.
Guattari: A nti-Oe dipus and A thousand plate aus .
xxxvi The arc haeological landscap e “fish ey e disease”
think it is necessary to clarify our conceptualization ab out it. In fact, those studying
the surface arc haeological record (esp ecially when c ho osing an approac h whic h has
not b een based on the arc haeological “site” as a frame of reference) m ust mak e an
extra effort when justifying their lab our, not only if compared with the researc hes
dealing with the “unaltered” empirical b o dy of the subsoil, but also when compared
with the territorial studies mainly fo cused on “sites” . This is due to man y reasons.
F rom our p oin t of view, one of them is the strong influence of traditional arc haeology ,
where the disco v ery and description of arc hitectural structures prev ailed. F rom this
approac h, what role do material sets (as the ones w e are analysing) pla y if they do
not relate to stabilised sedimen ts in the building foundation, use and abandonmen t
stages?
Some remains of this conception of the arc haeological record are also noticeable
in the field of p edestrian surv ey . In fact, w e con tin ue detecting that the analysis
and in terpretation (not the do cumen tation, where the progress has b een more ge-
neralised) of the arc haeological sets coming from lo w densit y areas do still pla y a
subaltern role regarding the study of material concen trations.
T aking the aforemen tioned in to accoun t, w e ha v e raised t w o series of k ey ob jec-
tions (ec hoing what other exp erts ha v e indicated in this regard): one is theoretical
and the second one is of practical nature 7 :
The first one is based on the same ob ject of in terest whic h w e ha v e previously
established: What mak es quotidian existence b e only or fundamen tally cir-
cumscrib ed to building areas? Just a simple approac h to the curren t or past
rural comm unities giv es enough information ab out the ric hness, v ariet y and
in tensit y of p erio dic activities, whic h are not limited to the settlemen ts or their
b oundaries. Regarding this issue, the prop osal b y T. Ingold (2000), based on
the dwel ling p ersp e ctive as w ell as the dev elopmen t of the tasksc ap e and lands-
c ap e concepts ha v e pla y ed a remarkable role. On the other hand, these issues
lead us to comprehend the term “dw elling” as the pro cess of “b eing in the
w orld”, so w e need to spread our atten tion through the whole habitat. Con-
sequen tly , this w ould prev en t the p ossibilit y of the analysis of some lo cations
o v er others.
The second ob jection deriv es from the imp ossibilit y of setting b orders b et w een
sp ecific areas in our study field whic h can b e listed as arc haeological “site” or
“dep osits” against the surrounding areas. Ob viously , it is p ossible to prop ose
limits based on sp ecific thresholds (a minim um n um b er of materials on a square
meter surface, for example). Ho w ev er, the researc hed material sets lo ok lik e a
con tin uous (although inhomogeneous) phenomenon where, rather than abrupt
c hanges, a progression in the abundance of materials is iden tified.
W e do not den y the v alue of using the concept of “site”, whic h has pro v ed its
usefulness in a great n um b er of researc h programmes. Ho w ev er, its traditional use
do es not lea v e out the metho dological confusion that its application ma y en tail. In
7 This is just a preliminary reference to these issues since their imp ortance in our pro ject will
require a comprehensiv e analysis in the corresp onding sections.
In tro duction xxxvi i
this regard, w e will ha v e the c hance of discussing ab out its incon v enience since it
can b e sim ultaneously used as an observ ation unit and field do cumen tation unit,
but also as an in terpretation unit 8 of a recorded material set. In other w ords, it
ma y b e used indifferen tly to refer to a set of so cial pro cesses carried out in a sp ecific
space, to a material realit y noticed in a giv en arc haeological con text or, what is more
common, to a non-sp ecific com bination of b oth.
F rom our p oin t of view, the use of this concept should b e limited to in terpretation
stage of the information gathered, leading the iden tification and analysis (at least in
its early stages) out of the binomial (“site” v ersus “non-site”) and its constrictions.
Consequen tly , w e prop ose that the do cumen tation of the data sets and their analysis
could b e carried out homogeneously , without an y differen tiation on the origin or t yp e
of finding.
In order to ac hiev e this, our approac h fo cuses on the “artifactual” item as a basic
observ ation unit. This approac h m ust not b e considered as a recen t one, since it finds
its ro ots in a series of pioneer pro jects dating from the 70s and 80s in the last cen tury .
Apart from this, it has also found supp ort b y an increasing n um b er of researc hes
whic h do not use the “site” as a to ol on whic h the fieldw ork is fo cused. In this series
of researc hes, the gradual impro v emen t of the record systems, increasing the detail
lev el as w ell as the amoun t of gathered information, has b een decisiv e. Ho w ev er, and
regarding the aforemen tioned, w e cannot conclude that b etter pro cedures ha v e b een
dev elop ed when it comes to the analysis and in terpretation of findings. Generally ,
there is great decomp ensation b et w een the effort made in some material sets ha ving
some prop erties and others. In other w ords, although the recording tec hniques offer
the p ossibilit y of equal do cumen tation of the items alien to the most protruding
concen trations of material, the emphasis is placedon this last aggregates. In an y
case, there exists a gro wing “leak” where the treatmen t of the “artifacts” coming
from lo w densit y lo cations is relev an t p er se and not only when connected to detected
concen trated activit y areas (Haas 2011, 2012; V an de V elde 2001; Giv en 2004; García
Sánc hez 2013; T artaron el al. 2006; Ma y oral Herrera et al. 2006, 2009). This pro ject
is aimed at b eing one more con tribution within this framew ork.
The aforemen tioned issue is just another symptom of the “fish-ey e disease” whic h,
from our p oin t of view, directly or indirectly affects a go o d deal of territorial studies.
Due to this, the ob jectiv e w ould b e fo cused on the settlemen ts (and, to a lesser
exten t on other t yp es of concen trated activit y areas) so mainly them ha v e receiv ed
all the necessary atten tion to b e rigorously observ ed and analysed. As it happ ens
with a wide angle lens (also kno wn as fishey e lens), the cen tre-settlemen t is going
to host most of the atten tion while also b eing the main reference of the frame. As
a consequence, if compared with other elemen ts of their con text, their significance
will increase while other b ordering areas are sidelined.
8 In the corresp onding section w e will define with further detail what these terms (among) refer
to. It is enough to sa y that the minim um observ ation unit, in this case, mak es reference to the
en tities observ ed in field. On the other hand, the do cumen tation unit mak es reference to the ‘form’
tak en b y the differen t entries, whic h corresp ond to eac h observ ation units or sets of them, whic h are
part of our do cumen tal b o dy . In terpretation units, instead, corresp ond to in terpretation categories
assigned to sets of findings.
xxxvi i i The arc haeological landscap e “fish ey e disease”
Con tin uing with the metaphor, this p ersp ectiv e will lead to those sidelined ele-
men ts to app ear as disfigured, surrounding the “cen tre”, and acquiring their meaning
b ecause of their relation with the cen tre. Th us, it is not surprising that v ery often
in this con text the fo cus of in terest is what can b e seen from the cen tres, the effort
or time required to connect an y of them with another fo cus, the p oten tial uses of
the soil of the area b ounded b y the isolines whic h (based on differen t criteria) are
defined from them.
W e in tend to mo v e a w a y from this concept of the arc haeological landscap e. Ho-
w ev er, this do es not mean that the inertia that inevitably dominates should b e
o v erlo ok ed. On the one hand, w e cannot forget that the regional arc haeology fo-
cused on the settlemen t con tin ues b eing predominan t (and not only in the region
of Extremadura) in the activities deriv ed from b oth the priv ate and public initiati-
v e. On the other hand, the constan t vigilance of the Cerro del Castillo of Medellín
(whose top and south-w estern slop e ha v e traditionally hosted the main residen tial
cen tre in this area) o v er an y passer-b y (or, in this case, surv ey or) who en ters the
V egas Altas of Guadiana plains should not b e o v erlo ok ed.
Since our exp erience in this area is hea vily influenced b y this “leading actor”, it
is not surprising that its presence is more than remarkable in an y in terpretation of
the ancien t settlemen t pattern of the region. In an y case, in recen t y ears, through
approac hes whic h are significan tly differen t from this pro ject, the imp ortance of the
role of the settlemen t in this lo cation has b een n uanced, at least for v arious p erio ds
previous to the c hange of Era.
It is not our in ten t to despise the v alue of those w orks fo cused on suc h approac hes.
In con trast, w e do in tend to establish a division line b et w een us and them, since our
researc h tilts to the inhabited space in its en tiret y , as w e ha v e already describ ed.
On this basis, and assimilating other’s prop osals (see Ingold 2011), our idea mo v es
a w a y from a net of in terconnected p oin ts against en tangled lines resulting from the
unin terrupted route of the en tities. These ones, at differen t paces, tak e part of the
subsequen t actions whic h mak e up the existence.
This imaginary tangle will sometimes b e suc h a compact and dense knot that
will pro vide its p erception as a whole differen t from the less dense immediate con-
text (these places with material evidences of spatially concen trated activit y will b e
named LEMA C from its Spanish initials). Most of the space, on the other hand, will
app ear as an irregular net made up from a few threads, where their scattering will
b e seen as a more significan t feature than their assem bling (LEMAD, again from its
Spanish initials, whic h mak es reference to places whic h con tain material evidences
of past activities dev elop ed in a disp erse w a y across the space). W e can asso ciate
sp ecific categories with the actions that are dev elop ed in some areas (household,
craftsmanship, funerary , religious, agriculture, liv esto c k h usbandry . . . ). Ho w ev er, it
m ust b e remark ed that these considerations do not imply a differen tiation in “na-
ture” . Therefore, this is not the cause of the im balance of in terest that has deserv ed
the study of the arc haeological material dep ending on its origin.
In tro duction xxxix
Recording and analysis of the arc haeological surfa-
ce assem blage
W e will try to sp ecify the aforemen tioned approac hes through the study of the
arc haeological surface assem blage coming from t wo ag rarian landscap es of the Midd-
le Guadiana Basin. P articularly , w e will assess four case studies whic h are divided
in to t w o blo c ks dep ending on their original geographical con text. The first one is lo-
cated in the region of V egas Altas of Guadiana in the pro vince of Bada joz: Southern
Medellín T erritory . It extends from the southern alluvial plains of Guadiana, to the
fo othills of the moun tains whic h app ear in the north w est of the region of La Serena.
Zujar Riv er V alley is the second lo cation where w e ha v e carried out our fieldw ork,
whic h is lo cated t w o dozen kilometres a w a y in eastern Medellín. This one is a wilder
lo cation if compared with the first one, sho wing ob vious agricultural and farming
p oten tial.
As the p edestrian surv ey confirmed, the data recorded matc h with the idea of
the arc haeological material as a con tin uous carp et (although with a v ariable densit y
pattern) already prop osed for other agricultural con texts. This series of w orks also
pro v ed that the la y out of the surface assem blage has a high lo cal comp onen t or, in
other w ords, its sp ecific b eha viour w ould b e difficult to infer from the observ ations
made in other p oin ts of the study area. In consequence, w e do not rely on an y surv ey
strategy whic h do es not matc h with designs where the total p opulation is a ma jor
part of the p opulation of in terest or where the sampled area do es not reac h a high
enough p ercen tage of the total p opulation. Because of this, w e can use the w ord
“in tensiv e” to refer to this t yp e of pro jects.
In an y case, and regardless of the differences that ma y exist within this series of
in tensiv e w orks, it is imp ortan t to remark the fact that they share the use of the
“artifactual” item as observ ation unit in the field. On the con trary , there is more
heterogeneit y in the morphology of the data storage systems. In this pro ject, w e
w an t to sp ecifically emphasize this issue. In fact, in the study cases of this v olume
some mo difications w ere included regarding the do cumen tation units whic h ha v e
b een used. Our goal is to analyse the adv an tages and disadv an tages of these and
those formats. A ctually , w e w ould lik e to assess: (1) the exten t to whic h the effort
required to register the spatial lo cation (as accurately as the a v ailable equipmen t
allo ws) is b eneficial for our pro ject; and (2) the adv an tages of giving up the spatial
resolution in exc hange for the increase of the n um b er of v ariables do cumen ted in
eac h observ ation. In an y case, w e will w ork with t w o fundamen tal mo dels:
Individual do cumen tation units (in other w ords, eac h en try of the dataset mat-
c hes with a field-observ ed en tit y and allo ws its particular lo cation). Through
their use, w e are the heirs of the series of in tensiv e arc haeological surv eys de-
v elop ed b y the Instituto de Arqueología de Merida, and in particular, of the
pioneering pro jects carried out in Zalamea de la Serena (Ma yoral Herrera et
al . 2009).
Do cumen tation units based on the aggregation of observ ations within sp ecific
xl Recording and analysis of the arc haeological surface assem blage
sets (generally spatially aggregated observ ations within areas previously esta-
blished). This system con tin ues to b e the predominan t one regarding surface
surv eys. A ccording to these basic structures, w e ha v e designed and executed
differen t prosp ection and record strategies for eac h of the four study cases. In
all of them, ideally , w e will seek to main tain the highest lev el of spatial detail
and, at the same time, to write do wn the highest n um b er of v ariables of in-
terest for eac h iden tified en tit y . Our in ten tion, though, w as not to excessiv ely
increase the effort made p er square metre and, as a result, sacrifice the amoun t
of space finally co v ered.
In an y case, the thorough examination of these surface aggregates dep ends not
only on the creation of consisten t data sets but also on the detailed con trol of their
prop erties. The latter factor is esp ecially imp ortan t if, as it happ ens with our case,
w e seek to carry out the same t yp es of examination for eac h of these sets, where
p ossible.
In essence, gaining a deep understanding of the prop erties of the do cumen tation
units used will allo w the satisfactory implemen tation of complex analysis. Therefore,
it is inferred that our assessmen t of the empirical b o dy has an imp ortan t catalyst:
the morphology and the ric hness of v ariables of the adopted do cumen tation units.
Once the insp ection and record strategies regarding the surface material iden ti-
fied in our study cases ha v e b een presen ted, the next step requires unra v elling the
b eha viour of these aggregates. W e are in terested in b oth a comprehensiv e c haracte-
rization as w ell as the iden tification of the most significan t trends of our datasets at
a lo cal lev el. Sim ultaneously , w e are seeking the detection of progressiv e c hanges in
the space.
Also, w e will sho w the total registered data with comparable examinations. A c-
tually , our in ten tion of dealing with an y comp onen t of the arc haeological surface set
in an equal manner includes the stage prior to record and the data analysis (at least
at the first stages of data analysis).
This will b e another daun ting c hallenge in this researc h, not just b ecause of the
heterogeneit y of the iden tified sets of pieces. In this sense, it is ob vious that surv ey
tec hniques ha v e greatly impro v ed in the last decades, sho wing wide adaptabilit y
to m ultiple geographical and arc haeological con texts. On the con trary , the analysis
strategies of the surface record ha v e not progressed in parallel. In fact, w e could
conclude that the formalised examinations on the surface material distribution are
p o orly dev elop ed. And although there are man y exceptions, it is v ery common to
rely on the in tuitiv e “reading” of the surface surv ey results. As a consequence, the
con trast is eviden t when comparing this fact with the solid statistical and geosta-
tistical analysis tradition in site-b ase d territorial studies (where, parado xically , the
material record tec hniques tend to b e less detailed).
W e do not exclude the imp ortance of the team’s in tuition and previous exp erience
in the direct in terpretation of the surface arc haeological record. Ho w ev er, w e prop ose
the use of standardised strategies in order to examine differen t v ariables of surface
assem blage. This will b e accompanied b y the exp osition of the fundamen tal statistics
and/or the cartographic presen tation of the results. A ccording to this information
In tro duction xli
(as w ell as an y other from differen t sources whic h migh t b e added), w e will b e able
to iden tify the v arious lev els from the surface aggregates, while p osing spatial and
temp orary differen tiations.
W e do b eliev e that this approac h giv es us a b etter understanding of suc h a
complex material realit y . As w e can see, ev en in the cases where the arc haeological
surface record seems to presen t a more consisten t comp osition (in c hronological or
functional terms), its detailed examination rev eals a wide div ersit y of pro cesses. This
ric hness ma y w ell b e considered as a double-edged sw ord. On the one hand, w e are
able to pro v e the p oten tial of the surface aggregates when it comes to the creation of
historical and so cial kno wledge. On the other hand, the obstacles found to dev elop
and mak e this p oten tial a realit y are also recognizable.
This rev eals the need of using to ols to mark the existence of structures whic h
mak e it easier to understand material surface assem blages. These structures are
difficult to notice b ecause of the irregularit y and apparen t disconnection of their
comp onen ts. On this basis, w e in tend to iden tify patterns whic h go b ey ond the
singular pieces and their neigh b ours, but building our exams from the con tribution
of eac h observ ation made in a sp ecific area.
In order to organise these analysis, w e will consider t w o attributes of the surface
record: abundance and comp osition. In an y case, w e cannot forget a third attribute,
distribution, whic h, as w e will see, will b e mostly considered when adding to all the
prop osed analysis the spatial information of the assessed data sets.
In an y ev en t, all these tasks will lead to clarify the arc haeological record b eha-
viour in the differen t surv ey ed en vironmen ts. And, at the same time, they will lead to
individualize some groups of observ ations o v er others. This will giv e us the p ossibilit y
to infer if the series of activities they come from w ere dev elop ed in a concen trated
manner or, alternativ ely , in a disp ersed spatial manner (whic h is directly connec-
ted with the LEMA C and LEMAD concepts). Secondly , w e will try to ac hiev e a
greater detail. In fact, dissimilarities found in the abundance, comp osition and dis-
tribution of surface aggregates will allo w us to understand the particularities of an y
individualized group of observ ations.
This double approac h is aimed at co v ering t w o branc hes of the study of ancien t
agrarian comm unities based on surface comp ounds. Firstly , it enables us to define,
in a detailed w a y , the particularities of the recorded arc haeological set in a sp ecific
lo cation (it should b e reminded that eac h aggregate is unique as long as it sho ws
a sp ecific comp osition, caused b y unique dep ositional and p ost-dep ositional pro ces-
ses). Secondly , the progressiv e enlargemen t of the analysed area will not only allo w
dissimilar b eha viours, but also the iden tification of con v ergen t patterns.
On this basis, it will b e p ossible to iden tify a structure whic h, b y encompassing
lo cal features of the surface record, app ears as the b est framew ork to lo cate the
materials of in terest regarding the agrarian comm unities. Ultimately , w e w an t to
in tegrate the generated kno wledge in the analysed areas within the so cial dynamics
carried out in the Middle Guadiana Basin and, at a more general lev el, in the South-
w est of the Ib erian P eninsula. Apart from this, w e exp ect that the discussion ab out
the historical dev elopmen t of the rural comm unities will b e able to comprehend the
three v ectors whic h ha v e led this researc h: the conceptualization of the so cial phe-
xli i Structure of the thesis
nomena previously describ ed; the kno wledge of the arc haeological surface record as
w ell as the dynamics where it tak es part; and the use of p edestrian surv ey together
with the systematic analysis of its results.
Structure of the thesis
W e w ould lik e to remark some asp ects of the c hapters w e will find in this v olume.
F or no w, w e will just men tion some k ey ideas for eac h one, since all of them include
a comprehensiv e in tro duction whic h co v ers the follo wing asp ects:
1. An approac h to the theoretical foundations and motiv ations whic h ha v e led
to the elab oration of the c hapter itself. With this, w e w ould also lik e to lo cate
the con ten t of the c hapter within the metho dology of this Do ctoral Thesis.
2. Definition of the partial ob jectiv es of eac h c hapter. The ultimate goal will b e
to enric h the general approac h of our pro ject. Ho w ev er, w e m ust admit that
this compartmen talization has giv en us freedom b y p osing sp ecific questions
as w ell as autonomous dev elopmen t in order to solv e them.
3. Finally , the presen tation of the c hapters will b e follo w ed b y a brief summary
of the issues co v ered in the subsequen t sections.
Besides, it should b e noted that the text in spanish is complemen ted with an
english v ersion for the follo wing epigraphs: in tro duction, final notes, and c hapter
in tro ductions.
A t a more general lev el, w e m ust men tion the t w o blo c k structure w e ha v e dev e-
lop ed. F rom a traditional p ersp ectiv e, Blo c k I could b e similar to an exp osition of
the researc h “Approac h and Metho dology”, common in this t yp e of pro jects. Ho w e-
v er, some clarifications could b e made regarding this asp ect. First of all, although
w e can find in this group of c hapters all the theoretical-sp eculativ e asp ects whic h
giv e a basis to our pro cedure, the exp osition of ideas in this first blo c k is not ex-
clusiv ely circumscrib ed to the in terests and decisions whic h ha v e determined our
researc h. Instead, it will lead to them, while going from general asp ects to more sp e-
cific elemen ts, related to the study of the agrarian comm unities and arc haeological
landscap es. Secondly , as a consequence of the previous statemen t, this blo c k will
not include an y explanation regarding the sp ecific surv ey strategies applied or the
analysis tec hniques used to explore its results.
F or b oth reasons, w e understand that this blo c k could serv e the same purp ose
regarding an y other pro ject based on the use of the arc haeological surface record in
order to study ancien t rural comm unities. Lik ewise, the reflectiv e tone w e ha v e used
in this pro ject has allo w ed us to giv e en tit y to these c hapters so that they do not
(only) serv e as a pream ble of the executed study cases.
In an y case, this first blo c k is made up of three c hapters, according to the afo-
remen tioned v ectors on whic h this researc h is based. Chapter 1 approac hes the
definition of so cial en tities, from a general concept to the ones that are the main
ob jectiv e of our pro ject: the ancien t rural collectiv es. Being conceiv ed as a nested
In tro duction xli i i
phenomenon, w e are mainly in terested in t w o issues. The first one is its formation
pro cess, understo o d as a morphogenetic pro cess. The second asp ect of the so cial phe-
nomena is its spatialit y , where the action tak es place. In order to do so, w e will find
inspiration in the literature created regarding the arc haeological landscap e studies.
Sim ultaneously , the concept of “place” will pla y a significan t role in our conception
of the spatial shaping of the so cial action.
Chapter 2 is dev oted to the empirical b o dy used to study the ancien t agrarian
comm unities: the arc haeological surface record. It is divided in to three sections whe-
re the first one approac hes the debate around the concept of “arc haeological record” .
Here w e will presen t a definition of it according to the previously dev elop ed theore-
tical approac hes, without lea ving out essen tial preceden ts, suc h as the consideration
of these sets b y the main epistemological traditions in Arc haeology since the second
half of the t w en tieth cen tury . After this, the arc haeological surface assem blage, or in
other w ords, that p ortion of arc haeological record iden tifiable b y the implemen tation
of p edestrian surv ey tec hniques, will pla y the lead role. Once this has b een done, w e
will fo cus on the complex pro cesses of creation of these aggregates whic h tak e part
in the dynamics of the surface soil stratum. Finally , this second c hapter includes a
summary of the differen t in terpretativ e mo dels of the arc haeological surface sets of
the agrarian landscap es.
The detection and recording tec hniques will b e addressed in Chapter 3 . It will
start with a review of the ev olution of surface surv eys and it will con tin ue with
the curren t state of the art, where (despite the corresp onding clarifications) the
pro jects based on p edestrian surv ey are a solid branc h in our discipline. W e are
mainly in terested in those researc hes whic h ha v e exerted more influence on the later
dev elopmen t of these studies, or in those pro jects whic h are esp ecially represen tativ e
of eac h stage. The next section will b e fo cused on set the foundations of the statistical
prosp ection. This will lead to a revision of those asp ects of the probabilit y sampling
theory whic h are directly connected with p edestrian surv ey . The definition of a
series of concepts will sim ultaneously b e carried out, regardless of the sampling
strategy . Finally , w e will fo cus on the surv eys based on the “artifactual” item as
minim um observ ation unit (under whic h w e shelter). A ccordingly , w e will detail the
fundamen tal prop erties of this approac h at a landscap e lev el, as w ell as referring to
the do cumen tation of areas with high densit y of findings.
The organization of the previous blo c k did not raise an y obstacle. Ho w ev er,
this w as not the case for Blo c k I I . Here w e faced t w o p ossibilities: (1) to adopt
a structure based on the assessed study cases, or (2) to distribute c hapters and
sections in accordance with the differen t stages of the metho dology design.
What held us bac k w as the fact that the election of one of these options could
influence the p erception of the treatmen t of b oth asp ects (equally essen tial) in our
Do ctoral Thesis. The first option w ould fa v our the understanding of the historical
and arc haeological con text of eac h of the study cases. The second one w ould enhance
some fluency , through the tidy treatmen t of the stages whic h made up our metho-
dology . This final option w as the one c hosen for the organization of our pro ject.
As w e will b e able to see, this has pushed us to go through differen t geographical
con texts within the same c hapter. This migh t b e detrimen tal to the in telligibilit y of
xliv Structure of the thesis
the material sets of the analysed study areas. Ho w ev er, this structure emphasizes the
consistency and uniformit y whic h are not only presen t in the recording tec hniques,
but also amongst analytical, statistical and spatial strategies, used to assess our
aggregates and its so cio-historical in terpretation. W e m ust not forget that one of
the foundations on whic h this researc h has b een based is the need to find w a ys to
homogeneously conceiv e the surface material set, regardless of its origin, prop erties
or abundance.
W e start this blo c k ( Chapter 4 ) with an in tro duction of the implemen ted Study
Cases. They are four w ork exp eriences: t w o of them dev elop ed in Southern Medellín
( Ge o-quantific ation or Study Case A.1, and T otal Collection or Study case A.2.),
while the other t w o tak e place in Zujar riv er v alley (Qualitativ e Ge o-quantific ation
or Study Case B.1., and T otal Collection in El Casarón or Study Case B.2.). The
rep orts of these study cases will ha v e similar structure. Firstly , w e will in tro duce
the geographical and arc haeological con text whic h surrounds the surv ey ed lo cations.
Then, w e will fo cus on the foundations and design of the sampling strategies applied.
Finally , this will b e completed b y a comprehensiv e exp osition of the data deriv ed
from the fieldw ork.
The analysis of these data sets is carried out in the next three c hapters ( Chapters
5 , 6 and 7 ). The searc h and exp erimen tation of tec hniques to examine the arc haeolo-
gical surface record is one of the issues in to whic h w e ha v e put an enormous amoun t
of effort. This is a consequence of our in terest in dev eloping and applying formal
strategies for data analysis. In fact, it is an elemen tary stage b et w een the detection
of the selected empirical basis and its in terpretation. Apart from this, as w e ha v e
already an ticipated, our in ten tion w as to carry out a homogeneous analysis for all
of the recorded elemen ts.
The n um b er of tec hniques for the task at hand is h uge. Consequen tly , w e ha v e
decided to use a sp ecific n um b er of to ols whic h allo w us to extract the main pat-
terns regarding t w o attributes of the surface arc haeological record: abundance and
comp osition. Chapter 5 describ es the range of tec hniques whic h ha v e b een used to
carry out the prop osed analysis. All this w as preceded b y a though tful exp osition of
the particularities of the pair of surface arc haeological record attributes considered.
In fact, the distinction b et w een the next c hapters ( 6 and 7 ) is based on those t w o
attributes.
Regardless w e are dealing with the abundance or comp osition analysis, the fo-
llo wing guidelines will b e main tained: (1) in tro duction of the differen t tec hniques
used to ev aluate the surface record; (2) for eac h of the considered study cases, the
w a y of pro ceeding with the analysis and the obtained results will b e detailed; (3)
discussion and in terpretation of the aforemen tioned results according to the mo dels
of arc haeological surface material b eha viour disco v ered in other agrarian landscap es.
All the information arisen in the previous c hapters emerges as the ideal substra-
tum to approac h an in terpretation of the agrarian comm unities’ formativ e history .
This will b e the ob jectiv e of Chapter 8 . P articularly (and retaking the argumen ts
set in the op ening paragraphs), our goal is to include the answ ers giv en to the
most elemen tary issues raised ab out rural collectiv es, but adopting relativ ely wide
temp orary and spatial framew orks. Ho w ev er, the diac hronic c haracter of the surface
In tro duction xl v
aggregates mak es necessary to mark sp ecific limits for this task. T aking in to accoun t
the comp osition of the recorded assem blages, w e ha v e decided to start this w ork in
the momen t where the elemen ts connected with the “orien talising” stage of the First
Iron Age (sev en th and sixth cen tury BC) b ecomes ob vious. On the con trary , the end
will b e mark ed b y the significan t transformations whic h to ok place in the decades
subsequen t to the c hange of Era. W e are a w are that this temp oral range lea v es out
(historical and prehistoric) stages for whic h our data sets migh t b e an informati-
v e addition. Ho w ev er, w e do think that fo cusing on suc h a range of cen turies is
a daun ting c hallenge itself whic h, additionally , allo ws dev eloping this stage of our
metho dological strategies with sufficien t assurance.
Finally , it should b e noted that this v olume is complemen ted b y App endices
A and B (included in the digital v ersion). Complemen tary information to the series
of analysis dev elop ed in Chapters 6 and 7 is giv en in App endix A . The second
app endix comprises a list of the LEMA C (places with material evidences of spatially
concen trated activit y , from its Spanish initials) detected in the Southern Medellín
T erritory and the Zújar Riv er V alley .
Blo que I
Capítulo 1
Sobre las formaciones so ciales.
Una propuesta no-an trop o cén trica
para apro ximarnos a las
com unidades agrarias an tiguas
1.1. Preám bulo – Pream ble
1.1.1. Preám bulo. Brev e con textualización histórica e in te-
lectual de los fundamen tos teóricos de n uestro traba jo
Hace unos años, en un brev e traba jo, E. Domanska plan teaba la necesidad de
reflexionar acerca de la capacidad de las apro ximaciones teóricas vigen tes para pro-
p orcionar los argumen tos adecuados a las cuestiones atendidas p or la in v estigación
actual. En este sen tido, se sugiere que las propuestas teóricas de las disciplinas en-
globadas en las Ciencias So ciales se encuen tran, en buena medida, descompasadas
con resp ecto a la realidad del m undo con temp oráneo (Domanska 2010: 119).
Así, los principales desafíos a atender p or la in v estigación bascularían en torno
a dos factores in terconectados. P or un lado, se considera a los pro cesos aso ciados
a la h umanidad como agente ge oló gic o , es decir, como causan te de un impacto en
el planeta adv ertible a escala geológica no recono cido con la misma in tensidad an-
teriormen te. Desde otro orden de cosas, se atiende a las preo cupaciones deriv adas
del desarrollo tecnológico alcanzado en los alb ores del siglo XXI. T al desconexión
en tre propuestas teóricas y realidades analizadas se hace particularmen te eviden te
en camp os de estudio que desafían las distinciones refrendadas p or la dicotomía
cartesiana, aunque este argumen to sería aplicable a cualquier ám bito de la realidad
(Guattari 1996 [1989]: 15).
Destaca a este resp ecto el rec hazo a los términos establecidos para la distinción,
heredada de la mo dernidad, en tre lo natural y lo artificial o de la men te fren te al
cuerp o (sobre el que se ha construido el discurso predominan te de la in v estigación
arqueológica, an trop ológica, psicológica, so ciológica o h umano-geográfica, p or citar
algunas disciplinas afines).
3
4 1.1. Preám bulo – Pream ble
Sea como fuere, ha sido precisamen te cuando el impacto de la acción so cial ha
deriv ado en la propuesta de recono cimien to de una n uev a ép o ca geológica, el An tro-
p o ceno 1 (Crutzen y Stro emer 2000), la teoría so cial ab oga p or retar la tr asc enc en-
dencia aso ciada a la existencia h umana y , en cam bio, sugiere in tegrarla den tro de la
realidad material sobre la que se fundamen ta la vida orgánica en la tierra (Ingold
2000, 2011; DeLanda 1991, 1997; Barad 2003; Bry an t 2011; Bennett 2010; Latour
1993, 1994, 2005). P or lo demás, en tre los revulsiv os originarios de esta tendencia ha
de incluirse una serie de traba jos realizados al amparo de ramas como la biotecno-
logía, la nanotecnología y micro electrónica o la farmacología. En conexión con estos
y otros camp os ha proliferado un buen n úmero de propuestas que, siendo de m uy
diferen te naturaleza y ba jo apro ximaciones eminen temen te prácticas, cuestionan los
asp ectos metafísicos, on tológicos, éticos y/o epistemológicos de su ob jeto de estudio
(Sto c k 1993, 2002; Sto c k y Campb ell 2000; Lewis 1998; Kurzw eil 1999; Plan tec 2004;
Ro co y Brain bridge [eds.] 2002; Baird et al. [eds.] 2004; Sc h ummer y Baird [eds.]
2006; Hara w a y 1997; Stone 1998; Preciado 2008).
Curiosamen te, estos p ostulados teóricos comienzan a alcanzar ma y or trascenden-
cia a partir de la década de los no v en ta del siglo XX, cuando parece más generalizado
aquello que F. Criado Boado (2012: 98) denomina el “secuestro p osmo dernista del
p ensamien to p osmo derno” . Con esta expresión se resume el pro ceso p or el que se
hicieron hegemónicas una estética y líneas de reflexión que pretenden alejarse de la
mo dernidad y , al mismo tiemp o, abandonan la aspiración de adoptar una p osición
que, rev elando su dimensión ideológica y p olítica, sea v erdaderamen te crítica hacia
el estado de cosas que confron ta (argumen to que p o demos considerar esencial en el
plan teamien to original del p osmo dernismo, v éase p or ejemplo Marcuse 1993[1968]).
A este resp ecto resulta paradigmática la coincidencia temp oral de la publicación de
dos escritos: The End of History? (F ukuy ama 1989) y The End of Natur e (Mc kibb en
1989). En tre una y otra obra existen diferencias de argumen tación y tono (triun-
falista en el primer caso, p esimista al observ ar las consecuencias ecológicas de la
industrialización en el segundo). Sin em bargo, en am bas se ratifica un mismo axio-
ma generalizado (Ronda 2013; Latour 1993: 8-9): un nosotr os , la demo cracia lib eral
del capitalismo tardío, se ha impuesto globalmen te, marcando el fin de los binomios
prev alecien tes con an terioridad: capitalismo–com unismo, naturaleza–cultura.
1 Este término, informal en el orden de cosas actual, es ob jeto de análisis como potencial nuev a
categoría den tro de la división formal de la Escala T emporal Geológica debido al recono cimien to
de la afección an trop ogénica en “str atigr aphic al ly signific ant p ar ameters” , como la comp osición y
temp eratura de la atmósfera, estabilidad de la Criosfera, comp osición química o ceánica, niv el ma-
rino, bio div ersidad o pro cesos de sedimen tación o lito estratigraficos (Presen tación del Grup o de
traba jo del An trop o ceno de la Sub comisión de Estratigrafía del Cuaternario, Comisión In ternacio-
nal de Estratigrafía, 2009). Se ha propuesto que el inicio de esta fase se retrotraiga, atendiendo a
asp ectos medioam bientales, a los primeros momen tos de expansión de la agricultura y las prácticas
de deforestación (Smith y Zedder 2013) o a la primera rev olución industrial, si son observ ados los
niv eles de CO 2 en la atmósfera (Steffen et al. 2011). Recien temen te (Zalasiewicz et al. 2015), ab oga
p or fijar el inicio de esta unidad geológica en el momen to de la primera detonación atómica el 6 de
Julio de 1945. Este acon tecimien to, jun to a las subsiguien tes pruebas y explosiones nucleares, po-
sibilita la detección de secuelas incon testables quimio – estratigráficas. A demás, es coinciden te con
la denominada gr an ac eler ación exp erimen tada desde mediados de la centuria pasada, detectable
median te n umerosos marcadores (Zalasiewicz et al. 2015:4-5).
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 5
Al margen de las pun tualizaciones que ha y a p o dido exp erimen tar el discurso es-
p ecífico de alguno de estos autores (F ukuy ama 1992; 1999), tam bién nos in teresa
reseñar cómo la construcción de cono cimien to histórico y so cial asume la comparti-
men tación de la realidad en ám bitos o camp os separados, de diferen te naturaleza y
desarrollo autónomo. Se enfren tan, p ero no colab oran. Se definen fren te al opuesto,
p ero no confluy en. Esta tendencia a la sectorización de los fenómenos reales, here-
dera del mo vimien to mo derno (Latour 1993), fue desafiada p or un grup o de autores
que se desen tiende de las on tologías esencialistas y dicotómicas características del
p ensamien to o cciden tal. En este ám bito, probablemen te sea la obra de G. Deleuze
(2002) y su traba jo conjun to con F. Guattari (Deleuze y Guattari 1985 [1972], 2004
[1980], 2001 [1991]) el pun to de inflexión y máximo referen te de este pro ceso. De
esta manera, el nosotr os an tes referido necesariamen te ha de ampliar su horizon te.
Ahora no se construy e dialécticamen te o p or op osición al otro o los otros. Alterna-
tiv amen te, cualquier en tidad es considerada el resultado de in teracciones complejas
en tre elemen tos, gob ernadas p or una causalidad no–lineal (DeLanda 1997). En este
ne o–materialismo , el ser h umano y lo so cial (en tendido como una dimensión única y
exclusiv a a la h umanidad) son una pieza más. Se v en empujados de la cen tralidad y
la trascendencia que previamen te se les había arrogado y son devueltos al en tramado
de materia vibr ante (Bennett 2010) en el que se desen vuelv e la existencia.
Estos argumen tos comienzan a alcanzar ma y or p opularidad en los momen tos fi-
nales de la pasada cen turia, p ero sus raíces filosóficas no eran en absoluto no v edosas.
De hec ho, la crítica al an trop o cen trismo encuentra un pun to de referencia funda-
men tal en el reparo que m uestra Heidegger (1997 [1927]: 48-49) hacia aquello que
llama An trop ología antiguo-cristiana , la cual obstaculizaría o frustraría cualquier
p esquisa sobre lo so cial median te la conjunción de dos v ectores: la definición del
ser h umano como animal racional y , en segundo lugar, la asunción del ser h umano
como “algo que tiende más allá de sí mismo”, a la trascendencia. Su “desteologiza-
ción” con temp oránea no impide que estas no ciones sigan siendo el reflejo del dogma
cristiano en el p ensamien to o cciden tal, manifestándose en el man tenimien to del ser
h umano como ser inteligente , sup erior al resto de seres viv os extin tos o existen tes, lo
que justifica la consumación de su maestría sobre aquellos. T o do ello a p esar de que
el darwinismo ha y a desafiado desde an tiguo a la h umanidad como cen tro y culmen
de la creación.
P or lo tan to, un análisis no-an trop o cén trico imp one un principio igualador en
el que, como mínimo, la singularidad del fenómeno so cial no se deriv aría de los
mismos términos; a sab er, la sup osición de que la participación del ser h umano
dota de una esencia o substancia diferenciada a los pro cesos en los que particip e.
El epíteto so cial, en cam bio, no apun taría hacia un domino exclusiv o y excluy ente
de la realidad, sino que ahora se referirá a una p ersp ectiv a con la que ésta puede
ser analizada, “an understanding of the c onstitution of the phenomenal world itself ”
(Ingold 2011: 236). La comprensión de este m undo de los fenómenos requerirá con tar
tan to con elemen tos an trópicos como no an trópicos, con cuerp os animados como
inanimados. De la con tin ua implicación en tre ellos emergerán en tidades donde es
conflictiv o trazar fron teras a su carácter natural o artificial o a su relación con un
m undo de las ideas o de lo material. Siguiendo esta premisa, consecuen temen te,
6 1.1. Preám bulo – Pream ble
n uestro estudio del hec ho so cial tratará de cen trarse en el recono cimien to tan to de
las tra y ectorias formativ as particulares de tales en tidades, como del tip o de relación
que man tienen en tre sí, formando p oblaciones.
Asimismo, estos p ostulados no adoptan ni el universalismo r acionalista , ni el
r elativismo (em blema de la mo dernidad, el primero, y la p osmo dernidad, el segun-
do), p ero no los descarta como preceden tes. En A Comp osicionist Manifesto, Latour
(2010) funda sus p ostulados teóricos sobre una tendencia que y a puede ser conside-
rada general en la teoría so cial: “F r om universalism it takes up the task of building a
c ommon world; fr om r elativism, the c ertainty that this c ommon world has to b e built
fr om utterly heter o gene ous p arts that wil l never make a whole, but at b est a fr agile,
r evisable, and diverse c omp osite material” (Latour 2010: 474).
Con to do, es probable que los retos a los que se enfren ta la in v estigación ac-
tual no necesariamen te requieran el plan teamien to de n uev as pregun tas (Domanska
2010:121) o pro cedimien tos epistemológicos alternativ os. De hec ho, el desarrollo teó-
rico aso ciado a cada uno de éstos y los logros que han alcanzado en diferen tes ám bitos
con tribuy en a la premisa que sugiere que la coherencia de lo so cial no puede ser com-
prendida “without ‘p ol luting’ the purifie d c onc epts of the so cial with heter o geneity”
(Alb ertsen y Dik en 2006: 240). En este sen tido, ab ogaremos, como pun to de partida,
p or emplazar a la in v estigación y a la realidad misma den tro de un paradigma no-
an trop o cén trico con el que observ ar desde una p ersp ectiv a diferen te viejas y n uev as
cuestiones.
De acuerdo con to das las ideas que acabamos de expresar, el capítulo que ahora
iniciamos se divide en cuatro secciones fundamen tales, que serán cerradas p or una
última sección que engloba las consideraciones finales. Así, las ideas principales que
manejaremos en este traba jo se organizan del siguien te mo do (partiendo siempre de
lo más genérico a lo más esp ecífico):
1. La section 1.2 resume los cimien tos on tológicos sobre los que descansan los
subsiguien tes argumen tos expuestos. Nuestro pun to de partida se encuen tra
en los plan teamien tos deleuzianos, adquiriendo tam bién una fuerte influen-
cia los desarrollos p osteriores de la teoría de los agenc ements /agenciamien tos
(DeLanda 2006a; Bennett 2010). Asimismo, y en buena medida tam bién inspi-
rados p or las ideas del mencionado filósofo, otras apro ximaciones para encarar
la definición de los fenómenos so ciales tam bién son expuestas. Hablamos, en
particular, de la teoría A ctor-Red y , esp ecialmen te, de la propuesta de Ingold
(2012) articulada en torno al concepto de “mesh w ork” . Los últimos aparta-
dos estarán dedicados a sin tetizar n uestra concep ción del cono cido como “giro
material” en las Ciencias So ciales.
2. La siguien te sección (1.3) se encargará de exp oner cómo en tendemos la tra-
y ectoria histórica de las formaciones so ciales. Asumimos que ella tiene lugar
gracias a un en tramado de en tidades materiales que en tran en relación en m úl-
tiples y subsecuen tes cadenas de acción. El desarrollo de estas ideas nos llev a a
resaltar la existencia de una “condición p erdurable de la acción so cial” (CP AS)
y de una “condición p erdurable y preserv ada de la acción so cial” (CP AS). Co-
mo se puede colegir con facilidad, estos conceptos (p ero sobre to do del último)
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 7
serán la raíz de n uestra definición del registro arqueológico. P or último, an tes
de pasar a la siguien te sección, llev aremos a cab o un recorrido que p erseguirá
vincular to das las ideas expuestas hasta este pun to con la definición de las
com unidades agrarias pre-industriales y las so ciedades camp esinas.
3. La siguien te sección (1.4) se divide en dos apartados fundamen tales. El prime-
ro bascula en torno a la caracterización de las prácticas cotidianas y la rutina.
Esta es cuestión de primera magnitud en n uestro traba jo. De hec ho, como es
bien cono cido, el cuerp o empírico susceptible de ser do cumen tado median te
prosp ección sup erficial es esp ecialmen te apto para iden tificar y ev aluar con-
jun tos concretos de prácticas estabilizadas. El segundo tratará de encuadrar lo
an terior den tro de la denominada “dw elling p ersp ectiv e” (Ingold 2000). Como
p o dremos comprobar, hablamos de una propuesta que m uestra enormes p o-
tencialidades para concebir la existencia en general, p ero desde n uestro pun to
de vista, es una herramien ta aún más p oten te cuando tratamos con tareas
ejecutadas de forma rutinaria en particular.
4. Las secciones an teriores, en cierto mo do, dejan in tuir n uestra concep ción de la
dimensión espacial de los fenómenos so ciales. Sin em bargo, to da vía resta que
con textualicemos las apro ximaciones teóricas adoptadas den tro de la tradición
de la arqueología del paisa je. T al será el ob jetiv o de los apartados finales de este
capítulo (Sección 1.5). Hec ho esto nos cen traremos en el concepto de “lugar”
y llev aremos a cab o una definición p ormenorizada de n uestro acercamien to
al mismo. No en v ano, como p o dremos comprobar más adelan te, éste v a a
jugar un pap el primordial den tro de n uestra estrategia analítica del registro
arqueológico sup erficial.
1.1.2. Pream ble: Brief historical and in tellectual con textua-
lisation of the theoretical foundations of this thesis
A few y ears ago, E. Domanska stressed the necessit y of thinking ab out the ca-
pabilities of prev ailing theoretical approac hes to cop e with questions addressed b y
mo dern researc h. She suggested that theoretical prop osals in So cial Sciences dis-
ciplines are, to some exten t, out of date with regard to the con temp orary w orld
(Domanska 2010: 119).
Among the main c hallenges to b e attended b y mo dern researc h w e can highligh t
t w o in terconnected threads. On the one hand, there exists a real concern ab out the
series of pro cesses link ed to h umanit y when considered as a geological agen t, this is to
sa y , ac kno wledging h uman related pro cesses as the cause of an impact on the planet
at a geological scale. The in tensit y of suc h impact has no preceden t in the past. On
another fron t, tec hnological dev elopmen t ac hiev ed at the da wn of the 21st cen tury
is also another issue of in terest. The men tioned disconnection b et w een theoretical
prop osals and analysed facts is particularly visible in those study areas that confron t
more directly the Cartesian dic hotomies, although this statemen t could apply to an y
field of realit y (Guattari 1996 [1989]: 15).
In this regard, it stresses the prev alence of the dic hotomous terms (inherited from
8 1.1. Preám bulo – Pream ble
mo dernit y) established to distinguish b et w een nature and artificialit y or b et w een
mind and b o dy . Indeed, it has b een o v er these principles that ma joritarian discourses
ha v e b een built. W e are talking not only ab out arc haeological researc h, but also
an throp ological, psyc hological, so ciological, h uman-geographical. . . just to men tion
some related disciplines.
Precisely , when the impact of so cial action has motiv ated the prop osal to for-
mally recognising a new geological ep o c h, the An throp o cene 2 (Crutzen and Stro emer
2000), so cial theories threaten more en th usiastically the “transcendence” traditio-
nally asso ciated with h uman existence. Instead, it is suggested that pro cesses where
h umans participate m ust b e in tegrated within the material realit y , whic h is the basis
of organic life on Earth (Ingold 2000, 2011; DeLanda 1991, 1997; Barad 2003; Bry an t
2011; Bennett 2010; Latour 1993, 1994, 2005).
Among man y other influences, w e m ust men tion a heterogeneous group of pap ers
made under disciplines suc h as nanotec hnology , micro electronics or pharmacology .
Connected to these and other scien tific fields, v arious sc hemes and prop osals ha v e
flourished. They are ob viously differen t in nature and goals. Ho w ev er, departing from
eminen tly practical approac hes, they share a tendency whic h amoun ts to calling
in to question metaph ysical, on tological, epistemological and/or ethical foundations
of the sub ject of study (Sto c k 1993, 2002; Sto c k and Campb ell 2000; Lewis 1998;
Kurzw eil 1999; Plan tec 2004; Ro co and Brain bridge [eds.] 2002; Baird et al . [eds.]
2004; Sc h ummer and Baird [eds.] 2006; Hara w a y 1997; Stone 1998; Preciado 2008).
Not b y c hance, these ideas ha v e b ecome ev en more significan t and p opular since
the 1990s, in the p erio d when the “secuestro p osmo dernista del p ensamien to p os-
mo derno” 3 , according to F. Criado Boado (2012: 98), w as more eviden t and clear.
In fact, the temp oral coincidence of the follo wing t w o writings is paradigmatic:
The End of History? (F ukuy ama 1989) and The End of Natur e (Mckibben 1989).
There are more than ob vious differences in the argumen tations and the tone of
the texts (triumphalist the first, one could sa y , p essimistic the second, due to the
2 This concept, whose use is informal in the curren t state of affairs, is ob ject of analysis as
a p oten tially new category in the formal division of the Geologic T emp oral Scale. Its usage is
a clear recognition of an throp ogenic affection in “stratigraphically significan t parameters”, suc h
as atmosphere comp osition and temp erature, cry osphere stabilit y , o ceanic c hemical comp osition,
sea lev el, bio div ersit y and sedimen tation or lithostratigraphic pro cesses (Presen tation of W orking
Group on An throp o cene – Sub commission on Quaternary Stratigraph y , In ternational Commission
on Stratigraph y , 2009). Differen t prop osals ha v e b een launc hed to define the start of this ep o c h. F or
instance, in relation to en vironmen tal asp ects, its start is set b y the first expansion of agriculture
and deforestation practices (Smith and Zedder 2013). If the fo cus is placed on C O 2 lev els in
the atmosphere some authors refer to the First Industrial Rev olution (Steffen et al . 2011). More
recen tly , Zalasiewicz et al ., (2015) ha v e suggested setting the birth of this geological unit on July
6, 1945 (first atomic b om b detonation). That action, along with the m ultiple sequencing n uclear
pro ofs and explosions, has made p ossible the detection of incon testable c hemical and stratigraphic
sequels. Besides, it matc hes, temp orally , with the start of the so called “Great A cceleration” also
visible geologically through m ultiple mark ers Zalasiewicz et al . 2015:4-5.
3 “The p ostmo dernist kidnapping of p ostmodern thought” . The author summarizes with this
expression a pro cess b y whic h an aesthetic and lines of though t asso ciated with p ostmo dernism
b ecame hegemonic. Ho w ev er, at the same time, the am bition to build a truly critical p osition (in
accordance with a sp ecific ideological and p olitical dimension) to confron t the state of affairs w as
shelv ed.
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 9
consignation of the ecological consequences of industrialisation). Nev ertheless, in
b oth of them w e can iden tify the same bac kground axiom (see Ronda 2013 for this
text comparison in particular; see also Latour 1993: 8-9): an “us”, the late capitalism
of lib eral demo cracies, has gained the upp er hand in the course of recen t decades, and
this fact illustrates the end of previously prev ailing pairings: capitalism-comm unism,
nature-culture. Ev en tually , the discourse then expressed ma y ha v e exp erienced some
clarifications (F ukuy ama 1992; 1999).
What m ust b e stressed at this p oin t is ho w the construction of historical or
so cial kno wledge has b een based on mo dels whic h section realit y in separate spheres
or fields, differen t in nature and autonomous dev elopmen ts. These spheres confron t
eac h other instead of co op erating. They are defined against the opp osite, deducing
from them the p ossibilit y of b eing analysed as constituen ts of the same pro jects. Suc h
trend, prone to mak e clear divisions among real phenomena, heir to mo dern tradition
(Latour 1993), w as c hallenged b y a group of authors. Ho w ev er v astly heterogeneous,
a common feature of their prop osals is a conscious mo v e to sta y a w a y from the
essen tialist and/or dic hotomist on tologies that had dominated w estern thinking. In
this con text, p erhaps, the most influen tial writings are those of G. Deleuze (2002)
and his collab orations with F. Guattari (Deleuze and Guattari 1985 [1972], 2004
[1980], 2001 [1991]). One of the core ideas w e tak e from them is that the previously
men tioned “us” m ust broaden its horizon. No w, it cannot b e conceiv ed as something
built dialectically or against the other or the others. Instead, the p oin t of departure
for the definition of an y en tit y is a complex set of in teractions and relations among
elemen ts, go v erned b y a nonlinear causalit y (DeLanda 1997). F ollo wing this trend,
the h uman b eing and the so cial (if understo o d as a dimension in tegrated exclusiv ely
b y h umans) is only one piece of a bigger picture. Th us, h umans are pushed a w a y
from the cen tralit y and transcendence they ha v e previously deserv ed and placed
bac k in a patc h w ork of vibran t matter (Bennett 2010), where existence o ccurs.
The criticism to the h uman b eing’s cen tralit y b ecame particularly p opular in the
latter decades of the 20th cen tury . Ho w ev er, its philosophical ro ots are b y no means
new. In fact, prop osals against “an throp o cen trism” find a fundamen tal reference
p oin t in Heidegger’s critique of what he called ancien t Christian an throp ology . A c-
cording to this author (Heidegger 1997 [1927]: 48-49), this inherited w a y of thinking
w ould hinder or frustrate an y in v estigation. The reason b ehind it is the conjunction
of t w o facts: (1) the definition of the h uman b eing as a rational animal and (2) the
assumption of the h uman b eing as something transcenden t of its existence in the
w orld. Ho w ev er in recen t da ys the religious b en t has disapp eared, these notions are
the manifestation of the Christian dogma in w estern though t. The h uman, as an
“in telligen t b eing” is sup erior to an y other extinct or existing living creature. As a
result, this fact justifies the consummation of h uman mastery o v er the rest of things.
W e can observ e the prev alence of this w a y of thinking ev en though Darwinism has
c hallenged the idea of h umanit y as the cen ter and at the same time the summit of
creation.
As a consequence, a non-an throp o cen tric approac h has to imp ose up on itself an
equalising principle, meaning that the singularit y w e asso ciate with so cial pheno-
mena cannot b e deriv ed from the terms stated ab o v e (the supp osition that h uman
10 1.1. Preám bulo – Pream ble
pro cesses are blessed with a differen tiated essence or substance). The epithet “so-
cial”, th us, do es not driv e us to an exclusiv e dimension of realit y . Con v ersely , it
refers to a p ersp ectiv e b y whic h realit y can b e analysed. As stated b y Ingold (2011:
236): “an understanding of the constitution of the phenomenal w orld itself ” . This
approac h needs to tak e in to accoun t an thropic and non-an thropic elemen ts, anima-
ted and inanimate b o dies. It is from the ongoing in teraction and negotiation among
them that phenomena will emerge. F or that reason, from this p ersp ectiv e, it w ould
b e highly con tro v ersial to clearly feature them as natural or artificial phenomena.
F ollo wing this premise, our study of so cial facts will pursue the iden tification of the
formativ e tra jectories of particular elemen ts (either organic or inorganic). By doing
so, w e will try to analyse ho w these elemen ts in teracted or collab orated, forming
p opulations whic h w e can link with ancien t agrarian comm unities.
Besides that, these prop osals are neither in line with rationalist univ ersalism
nor with relativism (b eing the first the em blem par excellence of mo dernit y and of
p ost-mo dernit y the second). Ho w ev er, it do es not discard them as predecessors. B.
Latour, in A Comp osicionist Manifesto , sets the foundations of theoretical p ostulates
on a someho w generalized trend in So cial Sciences no w ada ys: “F rom univ ersalism
it tak es up the task of building a common w orld; from relativism, the certain t y
that this common w orld has to b e built from utterly heterogeneous parts that will
nev er mak e a whole, but at b est a fragile, revisable, and div erse comp osite material”
(Latour 2010: 474).
In conclusion, it is lik ely that facing no w ada ys researc h c hallenges will not ne-
cessarily mean p osing alternativ e questions to existing ones (Domanska 2010: 121).
In fact, the tec hnical dev elopmen t asso ciated with some differen t epistemological
pro cedures hin ts that so cial pro cesses cannot b e understo o d “without ‘p olluting’
the purified concepts of the so cial with heterogeneit y” (Alb ertsen and Dik en 2006:
240). Ho w ev er, in our case, as a departing p oin t w e will tak e a non-an throp o cen tric
paradigm as the frame of reference of the researc h or ev en realit y . That will b e the
adopted approac h to try to answ er old and new questions.
In accordance with what has b een said, this c hapter is divided in four main
sections and a thorough closing epigraph of final considerations. The main ideas
that will b e dealt with in this dissertation, mo ving from the general to the sp ecific,
are discussed according to the follo wing structure:
1. Section 1.2 outlines the on tological ro ots that main tain the follo wing prop osed
argumen ts. W e will fo cus esp ecially on Deleuzian ideas and the subsequen t
and parallel dev elopmen ts of Theory of Agencemen ts/Assem blages (DeLanda
2006a; Bennett 2010). P artly inspired b y the ideas of the men tioned philo-
sopher, other approac hes to face the definition of so cial phenomena are also
describ ed, in particular, the p opular A ctor-Net w ork Theory , but foremost the
so called “Mesh w ork”, a prop osal b y Ingold (2012). T o conclude this section, w e
will summarise our conception regarding the “material turn” in So cial Sciences.
2. Section 1.3 is sp ecifically dev oted to describing ho w w e conceiv e the historical
tra jectory of so cial formations. The core of this idea is an en tanglemen t of
c hains of action and material en tities. F or that reason, w e can talk ab out the
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 11
“enduring condition of so cial action” (CP AS, from its Spanish initials) and the
“enduring and preserv ed condition of so cial action” (CPyP AS, from its Spanish
initials). It is apparen t from these concepts, but particularly from the last one,
that they are the basis of our understanding of the arc haeological record. In
the final steps of this section our goal will b e to link already discussed notions
to pre-industrial agrarian comm unities and p easan try .
3. The next section (1.4) has t w o essen tial tasks. On the one hand, w e include
a description of our conception of ev eryda y practices and routines. It is signi-
fican tly imp ortan t in our w ork b ecause, as it is already kno wn, our empirical
corpus is particularly useful to understand sets of stabilized practices. On the
other hand, the so called “dw elling p ersp ectiv e” (Ingold 2000) w orks as a p o-
w erful to ol to observ e existence in general, and routinely p erformed tasks in
particular.
4. Previous steps, to some p oin t, ha v e sho wn our approac h to the spatial dimen-
sion of so cial phenomena in adv ance. Nev ertheless, it seems necessary to lo cate
our theoretical appro ximation within landscap e arc haeology tradition as w ell.
That is the ob jectiv e of the final section (1.5) of this c hapter. As w e will ha v e
the opp ortunit y to see, the concept of “place” pla ys a k ey role in our analytical
strategy . F or that reason, it will deserv e an in-depth definition.
1.2. Una definición de la realidad: bases de una
on tología relacional y materialista
Con lo dic ho hasta ahora se concluy e que lo so cial no p o dría ser explicado p or
c ausas so ciales pur as en un sen tido durkheimiano (Alb ertsen y Dik en 2006: 240), da-
do que esto no coincide más con el ám bito reserv ado exclusiv amen te a la h umanidad
o los colectiv os que de ésta se deriv en. No en v ano, tan to el desarrollo tecnológico
como el acceso a un cuerp o empírico cada v ez más v ariado y abundan te han incidido
en el desafío a la existencia de un dominio autónomo de la realidad que pueda ser de-
finido como so ciedad fren te a otro no-so cial (Latour 2005: 2). Consecuen temen te, se
hace necesario un replan teamien to de conceptos que cuen tan con un amplio baga je
en las Ciencias Humanas y , al mismo tiemp o, una exploración de las secuelas de estos
cam bios para n uestro traba jo. Éste será el ob jetiv o de los apartados subsiguien tes,
en los que nos cen traremos en buscar una solución adecuada a n uestra problemática
particular en torno a las siguien tes cuestiones: ¿qué definir como realidad so cial?,
¿cómo ab ordar el cono cimien to de tal realidad que no ha sido creada para ser in te-
ligible ni p osee significados implícitos?, ¿cómo afecta esto a las meto dologías de las
disciplinas so ciales? Y finalmen te ¿qué pap el juegan tales cuestiones en la práctica
arqueológica?
P ara plan tear una definición de los fenómenos so ciales nos ampararemos en pro-
puestas que pueden englobarse den tro de una corrien te materialista o ne o-materialista ,
fundada en una on tología relacional 4 . A quí, fren te a otros paradigmas que de una
4 En una on tología relacional se en tiende que las relaciones entre en tidades de una p oblación son
12 1.2. Una definición relacional y materialista de la realidad
manera u otra adv ertían a un otr o sobre el que construir p or analogía, p or op osición
o dialécticamen te el cono cimien to, ab ogamos p or el recono cimien to de la compleji-
dad de cada en tidad como pun to inicial. Si un paradigma de la complejidad existe,
éste caracteriza p or la observ ación de la realidad como un sistema de sistemas . En
cualquier elemen to se observ a a una m ultiplicidad, compuesta p or in tegran tes que
in teraccionan den tro de una p oblación y que, a su v ez, tam bién están conformados
p or la unión de otros comp onen tes, cada uno con una historia formativ a particular.
La teoría so cial ha tendido preeminen temen te a buscar el orden, la jerarquía, la
coherencia o la diferenciación en tre los fenómenos so ciales. Sin em bargo, jun to a esa
apro ximación, tam bién es necesaria una p ersp ectiv a que se cen tre en la fluidez, la
m ultiplicidad, las relaciones complejas y heterogéneas in trínsecas a la realidad. En
este ám bito, es eviden te la influencia de autores como G. Deleuze y F. Guattari 5 .
De hec ho, el binomio que forman estos mo dos de analizar lo real se exp one en la
in tro ducción de Mil Mesetas (Deleuze y Guattari 2004), ejemplificándose a partir
de la diferenciación en tre un mo delo arb óreo y un plan teamien to rizomático 6 de ge-
neración de cono cimien to. Lo cierto es que para estos autores uno y otro no serían
incompatibles, sino que se complemen tan al construirse, deriv arse y destruirse con-
tin ua y m utuamen te (Deleuze y Guattari 2004: 24-25). Así, se p o dría hablar de una
“p ersp ectiv a mo vible” hacia la realidad (Alb ertsen y Dik en 2006: 231): a la v ez que
se conduce a la teoría so cial a los márgenes de los esquemas preestablecidos, se esti-
m ula una vuelta sobre ellos que facilita su comprensión. O dic ho de otro mo do: “En
los rizomas ha y n udos de arb orescencia, y en las raíces brotes rizomáticos” (Deleuze
y Guattari 2004: 24).
En primer lugar, ab ordaremos el concepto agenciamiento , o ensam bla je ( agenc e-
ment ), estrec hamen te vinculado la nomadología de Deleuze y Guattari (1985, 2004).
Recurriremos, en particular al esfuerzo de M. DeLanda (2006a; aunque tam bién 1991;
2002; 2006b; 2010) p or ofrecer unos principios analíticos y discursiv os deriv ados de la
exp osición de ideas en el lengua je más figurado y sugestiv o que afirmativ o de aque-
llos. En su fundamen to, esta apro ximación es una alternativ a a cualquier on tología
que defina la realidad como una serie de ob jetos estancos, que sean el ejemplo parti-
cular, represen tación o materialización de un to do o una esencia alo jada en el m undo
de lo abstracto. En este sen tido, deb emos tener presen te que la realidad para Deleuze
se comp ondría de tres registros (Deleuze 2002 [1968]; Smith y Protevi 2013): virtual,
el factor determinan te en la generación de su iden tidad. La propuesta relacional tiende a alejarse de
las p osiciones substancialistas en las que las propiedades in ternas de cada en tidad, su substancia,
son el elemen to cla ve de su definición.
5 A demás del estado, que es iden tificado con la apro ximación basada en el orden, la con tin uidad,
la jerarquía, la estratificación, el espacio delimitado, la coherencia. . . , tam bién están los nómadas.
En este caso caracterizados p or la discon tin uidad, el espacio sin fron teras, la indiferenciación, el
con tin uo fluir. . . P or ello el p ensamien to de Deleuze y Guattari ha sido denominado, en tre otros
ap elativ os (rizomática, pragmática, neo-materialismo), como nomadología.
6 El rizoma (originalmen te un término b otánico) es un concepto epistemológico para recono cer
cómo cualquier elemen to puede v erse transformado o relacionarse con otro sin resp etar un orden o
jerarquía. Una prop osición rizomática puede errar y , p or tan to, no se asume que exprese mejor la
realidad que el mo delo arb óreo. Simplemen te es una forma de resistencia al orden so cial establecido,
el cual susten ta el mo delo jerárquico de represen tación de la realidad (Deleuze y Guattari 2004:
22-25).
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 13
actual e in tensiv o. Si el primero se refiere al camp o de p otenciales capacidades de
cualquier en tidad, el segundo trata con aquellas p osibilidades que son concretadas,
actualizadas individualizadas, singularizadas según Deleuze. Es decir, emergen o se
hacen presen tes organizándose gracias a unos estím ulos generados p or una serie de
p olos de atracción que n unca serán alcanzados. P or tan to, lo actualizado no es un
sistema cerrado, a p esar de que su organización in terna les confiera una apariencia
de solidez y estabilidad. Asimismo, este hacerse presen te es una con tingencia, lo
que determina que cada en tidad concretada se corresp onda con un pro ceso históri-
co único. Como concretización de las p osibilidades virtuales, lo actual es deriv ado
de lo virtual. Lo in tensiv o, en tercer lugar, sería el camp o de la indefinición, que
oscila en tre p olos de atracción sin llegar a ser organizado p or ninguno. En sín tesis:
“ W e c an say that al l exists in the intensive, tending towar ds the limits of virtuality
and actuality; these last two ontolo gic al r e gisters do not ‘exist’ but they do ‘insist’
to use one of Deleuze’s terms ” (. . . ) “ natur al or world ly pr o c esses ar e always and
only actualizations, that is, they ar e pr o c esses of actualization structur e d by virtual
multiplicities and he ading towar d an actual state they never quite attain ” (Smith y
Protevi 2013: apartado 4.2).
1.2.1. Un m undo de agenciamien tos-ensam bla jes
Los cimien tos de una the ory of the assemblages (teoría de los agenciamientos )
son un pro ducto directamen te deriv ado del p ensamien to del filósofo G. Deleuze y
de las obras com unes de éste con F. Guattari 7 . No obstan te, no se encuen tra en los
traba jos de éstos un cuerp o sólido, sistematizado, que reúna una serie de preceptos
teóricos ba jo dic ha nomenclatura. Sí se hallan allí, en cam bio, la descrip ción de los
pro cesos de creación y estabilización de la iden tidad histórica de los agenciamientos
y las ideas principales sobre las que se fundamen ta el desarrollo p osterior de esta
propuesta (DeLanda 2006a: 3).
Al hablar de en tidades que de una forma u otra son concretizadas o actualizadas,
según Deleuze y Guattari, se distinguiría en tre str atum y agenc ement , dep endien-
do de la rigidez de la organización in terna que éstas presen ten. Esta bicefalia, no
obstan te, es simplificada p or DeLanda (2010: 10-11) en fa v or del segundo término,
dado que la diferencia en tre ellos no sería de naturaleza, sino de in tensidad. P or tan-
to, siempre existen p osibilidades de m utación en tre estrato y agenciamiento cuando
emerjan n uev as capacidades que se man tenían en lo p otencial y no se habían ac-
tualizado o a la in v ersa. DeLanda indica que las mo dificaciones en los parámetros
que definen cualquier en tidad individual hacen que el estrato (rígido, jerarquizado,
ordenado) y el agenciamiento (más susceptible al cam bio) sean fases en ésta.
Los agenciamientos son sólo una p orción (aquella que se hace presen te al emerger
en el camp o actual) de una realidad que se define en términos dinámicos, como un
con tin uo fluir de materia y fuerzas. En este con tin uo, el hec ho cla v e en la definición de
cada en tidad como agenciamiento es su recono cimien to como una agrupación ad ho c
de una serie heterogénea de elemen tos que, indep endien tes en tre sí, jun tos forman
7 Deb e mencionarse que ésta no sup one la única forma de ab ordar la exposición de la realidad
so cial para los seguidores de este autor, v éase al resp ecto F uglsang y Soresen ([eds.] 2006).
14 1.2. Una definición relacional y materialista de la realidad
un sistema co-funcional (Bennett 2010: 23-24; DeLanda 2006a: 10-11, 2010: 10-12).
Éstos no se concretan como un n úcleo sellado, sino más bien como una confluencia
en la tra y ectoria de los elemen tos que lo forman. P or ello, se requiere un grado mí-
nimo de consistencia en su in teracción que p ermita adv ertirlos como agenciamiento .
A demás, la definición de tal pro ceso de confluencia sería al mismo tiemp o la de la
iden tidad del agenciamiento como pro ceso histórico. De este mo do, se reseña que
cualquier fenómeno en realidad es circunstancial. Es un sistema abierto que emerge
y se diluy e. Finalmen te, con el carácter compuesto que lo iden tifica, se recono ce
la heterogeneidad de sus in tegran tes y , en consecuencia, su p otencial para futuras
reorganizaciones; a sab er, una en tidad puede formar parte de un agenciamiento ,
separarse de él, y subsiguien temen te unirse a otras en tidades en un agenciamiento
diferen te.
Cada uno de los elemen tos de dic hos compuestos es igualmen te un agenciamiento ,
haciendo que una de las bases de esta teoría sea el recono cimien to de div ersos niv eles.
Asimismo, tam bién se relaciona este término con otro de los conceptos esenciales del
p ensamien to deleuziano: m ultiplicidad. Se incide así en que cada en tidad singular es
en sí misma m últiple, lo que no es igual a la suma de las partes y tamp o co a una
relación dialéctica en tre lo uno y lo m últiple. Una m ultiplicidad es un flujo. No se
comp one de unidades, sino de dimensiones y éstas se deducen de constituy en tes que,
en su dev enir o mo vimien to siguiendo una dirección propia, se agrupan en un medio.
La mo dificación de sus dimensiones o en la tra y ectoria de sus elemen tos ab o cará a
una metamorfosis de la m ultiplicidad.
La premisa básica del agenciamiento consiste en definir las relaciones en tre ele-
men tos como relaciones de exterioridad (DeLanda 2006a: 9-10). Una en tidad puede
formar parte de un conjun to, p ero este hec ho no es un factor constitutiv o de tal
en tidad. Es decir, p o drá mo dificarse el mo do en que in teraccionan den tro de un
agenciamiento o separarse de ese conjun to sin que sea alterada la naturaleza de ca-
da elemen to. Ello es p osible gracias a la distinción en tre propiedades y capacidades
de los elemen tos (una crítica a este argumen to puede encon trarse en Harman 2008:
378 y ss.). El primero es asimilable a la conjunción de los factores in ternos, propios
a la en tidad, con indep endencia al con texto en el que ésta se desen vuelv a. Las pro-
piedades son finitas, vienen dadas. Las capacidades, en cam bio, tienen lugar como
ev en to. Son relacionales, es decir, sólo se pueden dar en relación a otra en tidad. De
una p otencial lista de capacidades infinitas, cada una emergerá y se preserv ará sólo
si se dan las circunstancias op ortunas para ello. De otro mo do, se man tienen como
elemen tos virtuales. Según este autor, la iden tidad de cada elemen to no se v erá afec-
tada p or el ejercicio de sus capacidades, dado que en realidad son una circunstancia
en la que éste se v e implicado. Sin em bargo, siendo las capacidades determinan tes
en la forma en la que los participan tes de un agenciamiento dado in teraccionan,
aquellas sí deb en tenerse en cuen ta al ab ordar la iden tidad de éste último.
Am b os conceptos tam bién p oseen una imp ortancia capital en los dos ejes (De-
Landa 2006a: 12-15) sobre los que se fundamen tan los parámetros que definen cada
agenciamiento :
1. Materia-expresión: Este eje señala el rol de cada en tidad, que puede oscilar
en tre el desemp eño de funciones deriv adas de sus atributos materiales o expre-
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 15
siv os. Cada agenciamiento no se reduce a un tip o de actuación únicamen te y ,
en m uc hos casos, su pap el será una mezcla v ariable de am bas v ertien tes (De-
Landa 2006a: 12). Los atributos materiales, p or un lado, se refirieren a aquellos
factores que p o drán ser con tados, p esados o medidos p or unos u otros cauces:
organismos, elemen tos geológicos, infraestructuras. . . La expresión, más difícil
de definir, sería la virtud del agenciamiento para pro y ectar o expresar v alores,
ideas, sen timien tos, afinidades, aptitudes, utilidades. . . p or diferen tes medios
(lengua je, gestos, organización de los elemen tos. . . ).
Es imp ortan te reseñar que uno no es la sustancia del otro, ni el otro una re-
presen tación abstracta o sim b ólica del primero (Srnicek 2007: 59-60), tamp o co
p o drían concebirse como una repro ducción de la dicotomía infraestructura-
sup erestructura o particular-general. Al con trario, en este esquema, los atri-
butos materiales y expresiv os p oseen el mismo estatus on tológico en tan to
que p ertenecien tes a una misma dimensión. En la práctica,su separación no
siempre es fácil de determinar, a p esar de que p o damos esp ecular al resp ecto
(iden tificando elemen tos característicos de uno u otro extremo del eje).
P ara ejemplificar este argumen to p o demos tratar de resp onder la pregun ta:
¿Qué define la ép o ca azul en la obra de Picasso, los materiales (pigmen tos
predominan tes) o lo que es expresado (temática)? No cab e duda que am bas
v ertien tes pueden ser analizadas p or separado, p ero el tratamien to de la una
sin con tar con la otra nos dirige a un cono cimien to más p obre de esta fase de
la obra pictórica que ab ordándolas conjun tamen te. A un así: “La indep enden-
cia de las dos formas, de expresión y con tenido 8 , no queda desmen tida, sino,
al con trario, confirmada p or lo siguien te: las expresiones o los expresados v an
a insertarse en los con tenidos, no para represen tarlos, sino para an ticiparlos,
retrogradarlos, frenarlos o precipitarlos, unirlos o separarlos, dividirlos de otra
forma” (Deleuze y Guattari 2004: 91).
La in terconexión en tre am b os es exclusiv a a cada agenciamiento , es una cir-
cunstancia, y el pro ceso de emergencia de cada uno ha p o dido seguir caminos
indep endien tes. Materia y expresión p oseen efectos reales tan to en la tra y ecto-
ria de cada en tidad, como en los compuestos que ésta in tegre (Harman 2008:
378).
2. T erritorialización - desterritorialización : Previamen te hemos expuesto que se
requiere un mínimo grado de cohesión en tre elemen tos para que p o damos ha-
blar de agenciamiento . En este sen tido, la territorialización describ e los pro-
cesos conducen hacia la creación y la estabilización de una m ultiplicidad, me-
dian te el establecimien to de un orden en la in teracción en tre comp onen tes
median te o la enfatización de sus límites. Este fenómeno o curre tan to en una
dimensión espacial como temp oral. P or ello, p o dremos hablar de un agencia-
miento como más o menos territorializado a partir de su coherencia in terna,
su estabilidad y p ermeabilidad a los cam bios o su capacidad para p erdurar.
La desterritorialización, en op osición, es el pro ceso p or el que estím ulos con-
8 En Deleuze y Guattari, con algunos matices (v éase Deleuze y Guattari 2004:33-34), este eje es
denominado con tenido-expresión (tam bién Deleuze y Guattari 2004:73-74; 90-94).
16 1.2. Una definición relacional y materialista de la realidad
cretos emergen conduciendo hacia la disgregación del agenciamiento . Éste es
desestabilizado, bien debido al aumen to de su heterogeneidad in terna, bien a
la descomp osición de sus fron teras. Igualmen te, los pro cesos de p erturbación
pueden conducir hacia un n uev o estado estable o, al con trario, hacia la desin-
tegración del agenciamiento y la creación (o no) de uno n uev o. Desterritoria-
lización puede implicar asimismo reterritorialización. Existe otra alternativ a,
la desterritorialización absoluta. El concepto línea de fuga está ín timamen te
ligado a la desterritorialización 9 , como elemen tos creativ os desafían el orden
dado, pro y ectando p osibilidades a jenas a las presen tes en el agenciamiento .
En tender a éste como un elemen to con una historia, como un pro ceso, implica
que tan to los mo vimien tos de territorialización como desterritorialización le
son inmanen tes.
A estos dos ejes se añade un tercero auxiliar: Co dificación-deco dificación (De-
Landa 2006a: 15-16). El cual, a partir de los “ expr esive me dia ”, se o cupa de la
pro ducción, man tenimien to y solidificación de la iden tidad del agenciamiento o, a la
in v ersa, del pro ceso p or el que los elemen tos expresiv os ev olucionan hacia un estado
menos rígido y , p or tan to, más abierto al cam bio. A quí, si el eje territorialización-
deterritorialización se concib e como un primer pro ceso sin tético, como primera ar-
ticulación del compuesto, la co dificación-deco dificación “ supplies a se c ond articula-
tion, c onsolidating the effe cts of the first ” (DeLanda 2006a: 15).
Y a se ha mencionado que la teoría de los agenciamientos se funda en el recono ci-
mien to de cada en tidad como un sistema de sistemas. Ello p ermite, según DeLanda
(2006b: 251-252), escapar de las problemáticas del micro-reduccionismo, el macro-
reduccionismo o el meso-reduccionismo: el primero iden tificado con la preeminencia
meto dológica arrogada al individuo, el segundo a la estructura-so ciedad y el tercero
a la práctica, la cual se ubicaría en un niv el in termedio. Se ab oga, en con tra, p or
asumir la existencia de m últiples niv eles, que no serían absolutos; las escalas de aná-
lisis se establecerán en concordancia a cada en tidad en cuestión. No pueden existir
grados, niv eles o pun tos de referencia absolutos en una teoría que fue pro y ectada
para su aplicación en div ersos camp os, desde el traba jo con átomos o moléculas has-
ta organismos, ecosistemas o instituciones so ciales, en tidades de naturaleza y escala
m últiple. Este hec ho imprime a la no ción de agenciamiento un carácter holístico y
le p ermite esquiv ar la división naturaleza-so ciedad (DeLanda 2006a: 3).
P or otro lado, recono cer la existencia de sistemas a una escala inferior o sup erior,
sup one tam bién la aceptación de p ersp ectiv as diferen tes, microscópicas o macroscó-
picas, para analizar cada en tidad (Srnicek 2007: 56). En este sen tido, es frecuen te
relacionar el espíritu abierto al cam bio, inhibidor de los márgenes y el orden con
la p ersp ectiv a molecular (microscópica). A sab er, aquella que recono ce lo particu-
lar den tro del compuesto, enfatizando la m ultiplicidad inheren te a sus in tegran tes
y su p otencial creativ o. Lo molar 10 (p ersp ectiv a macroscópica), en cam bio, atiende
a los “fenómenos de cen trado, unificación, totalización, in tegración, jerarquización,
9 Este término p osee además significativ as connotaciones p olíticas. En tal sen tido, las líneas de
fuga represen tan el anhelo p or escapar de los órdenes establecidos, no necesariamen te enfrenarlos,
p ero sí subsistir al margen de ellos, v éase para ma y or detalle Guattari (2004).
10 Los términos molar y molecular son empleados a partir del uso que de ellos hacen los autores
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 17
finalización” (Deleuze y Guattari 2004: 49); define al agenciamiento como una en-
tidad aglutinadora. La asunción de esta idea, como ab ordaremos con ma y or detalle
más adelan te, es de imp ortancia capital para n uestros ob jetiv os, dado que p osi-
bilita recono cer que la ev olución histórica de cada en tidad no se pro duce p or las
con tradicciones totalizadoras a escala molar, sino a partir de pro cesos lo cales, deses-
tabilizadores (DeLanda 2006a: 32). A partir de ahí p o drán emerger n uev as fuerzas
de atracción unificadoras, bien den tro de ese to do, bien disgregando los elemen tos
hacia otros agenciamientos .
En definitiv a, la teoría de los agenciamientos adapta el esquema on tológico de-
leuziano para desarrollar un cuerp o de herramien tas meto dológicas precisas con las
que definir las en tidades so ciales. Este mo do de pro ceder requiere iden tificar la com-
binación y recurrencia, en cualquier tip o de fenómenos y en cualquier escala, del
rol material-expresiv o, los mo vimien tos de territorialización-desterritorialización y ,
finalmen te, cómo éstos in teractúan con el tercer eje de co dificación-deco dificación.
1.2.2. T eoría A ctor–Red ( A ctor–Network The ory ANT )
Nos haremos eco, en segundo lugar, de algunos asp ectos aso ciados a la T eo-
ría A ctor-Red o ANT (Latour 1996, 1999, 2005; Callon 1986; La w 2009, [ed.] 1986)
útiles para n uestra conceptualización de los fenómenos so ciales. De hec ho, esta apro-
ximación m uestra eviden tes pun tos en com ún con los algunos de los p ostulados que
acabamos de mencionar (v éase p or ejemplo La w 2004, que con tiene una revisión
de la influencia de Deleuze y Guattari en ANT), de hec ho se ha sugerido que el
compuesto actant-rizhome (Latour 1999:19) sería más apropiado que actor-red para
denominar las premisas con tenidas en este cuerp o teórico. T an to los agenciamientos
como las redes de actores hablan de compuestos temp orales, pro ducto de con tin-
gencias concretas y no de la materialización de substancias univ ersales. Igualmen te,
tam bién se apun ta que to da en tidad es concebida como el efecto de una madeja de
relaciones en tre en tidades, en las que se inserta como miem bro de una p oblación.
F uera de tal red, ninguna de tales en tidades se concreta o tiene forma real (La w 2007:
2). Los patrones de rep etición en las conexiones en tre no dos (existencia-inexistencia
de conexión, fortaleza y frecuencia, recipro cidad. . . ) suelen ser más imp ortan tes
que las mismas propiedades de los mismos, apun tando tam bién hacia relaciones de
exterioridad (DeLanda 2006b: 256).
Como o curre con otros mo vimien tos teóricos de la segunda mitad del siglo XX
(Giddens 1984, Bourdieu 1997 [1994], 2007 [1980]), ANT se plan tea sup erar la di-
cotomía agencia-individuo vs . estructura-so ciedad. No obstan te, a diferencia de las
teorías de la práctica, no se busca un marida je o pun to de conexión en tre un p olo
y otro. Se asume que es imp osible optar p or una de las dos op ciones (hacer esto
prop orciona explicaciones insuficien tes a determinados fenómenos). Así, se descarta
marcar como ob jetiv o del traba jo su recono cimien to, y a sea p orque no existan real-
men te o p orque se carece de las herramien tas necesarias para alcanzarlas (Latour
2005: 179).
de Mil Mesetas (Deleuze y Guattari 2004). Remitimos la sección 1.3.3 del presen te capítulo para
una reflexión más profunda sobre su empleo en n uestro traba jo.
18 1.2. Una definición relacional y materialista de la realidad
En cualquier caso, la exp osición del pap el de lo no-h umano en la constitución
de lo so cial es probablemen te el asp ecto de ANT que ma y or rep ercusión ha tenido
en el desarrollo p osterior de la teoría so cial (v éase Cuadro T emático 1.1 para am-
pliar información). El hec ho cla v e en este pun to fue alejar la acción so cial (y p or
tan to tam bién la agencia) de su definición como pro ducto de la in tencionalidad, la
causalidad, la significación o el comp ortamien to reflexiv o de un agen te h umano y ,
p or el con trario, expandirla para abarcar con ella a to da con tribución de cualquier
elemen to que particip e en la mo dificación de un estado de cosas. Ba jo este supuesto,
el análisis de la acción so cial necesita con tar con to da pieza imprescindible para
su ejecución (Latour 2005: 71). Y a desde los primeros traba jos adscritos a esta co-
rrien te, plan teados desde una Filosofía o So ciología de la ciencia y la tecnología, se
pro clama que no es p osible cono cer qué man tiene unido a lo so cial si den tro de éste
término únicamen te es considerado el agen te h umano (Callon 1986; Latour 1994).
El énfasis se sitúa en tonces en la aso ciación en tre h umanos y no-h umanos. Unos y
otros, en tidades colab oradoras en la acción, son iden tificados con no dos: los actores.
A unque no sin con tradicción, puesto que el v o cablo actor es considerado problemá-
tico. En primer lugar p orque actor y agen te h umano están sólidamen te vinculados
en la tradición de la teoría so cial. A demás, se recono ce en él un uso explicativ o o
justificativ o para con otros fenómenos sin quedar este concepto sólidamen te defini-
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 19
do (nos dice Latour [2005: 54] que nadie sab e cuán ta gen te ha y traba jando en una
p ersona o un actor). Cada actor tiene diferen tes formas de actuar y la misma acción
puede ser llev ada a cab o p or agen tes distin tos. Consecuen temen te su empleo puede
resultar en una p érdida de resolución si implica ren unciar, de un mo do u otro, a
desgranar qué o quién actúa y como se distribuy e la capacidad de acción.
P or ello, en la construcción A ctor-Red, el v o cablo actor (o el a v eces preferido
término actant 11 , que p o demos traducir como actuan te o participan te) no es la
fuen te de la acción, ni un pun to de arranque a mo do de extremo de un v ector
orien tado hacia otro extremo, sino una pieza de una m ultiplicidad formada p or un
conjun to heterogéneo de elemen tos. Si la red precede al actor- actant , éstos son en
origen indeterminados (no se considera su substancia o esencia a priori ), siendo
concretados únicamen te median te su existencia den tro de una p oblación (Cra wford
2005: 1); p or ello “ essenc e is existenc e and existenc e is action ” (Latour 1994: 33). Su
capacidad para actuar no puede ser desconectada de los otros actores que incitan,
p ermiten o les hacen actuar, diluy éndose la resp onsabilidad de la ejecución de la
in teracción en tre actores. Esto determina que en ANT la teoría de la acción dirija el
in terés hacia la concatenación de mediadores “ me diators ‘making’ other me diators
‘do’ things ” (Latour 2005: 217).
Deb e destacarse, p or tan to, que no se trata de in termediarios (transmisores neu-
tros de), sino de mediadores: “ e ach p oint ful ly acts ” (Latour 2005: 59). Es aquí
donde radica uno de los pun tos esenciales de ANT. Así, en el paso del elemen to
p er se al actor-red (es decir, a la en tidad participan te de la acción como miem bro
de una aso ciación) tiene lugar median te el denominado pro ceso de tr anslation. De
hec ho, en sus inicios, r ése au o network , quería apun tar hacia una transformación
median te las relaciones en tre elemen tos. Más recien temen te, en cam bio, la idea de
red se ha aso ciado con “ tr ansp ort ‘without’ deformation, an instantane ous, unme-
diate d ac c ess to every pie c e of information ” (Latour 1999: 15), lo que puede deriv ar
en una malin terpretación de la premisa original.
El uso de dic ho término en ANT, adoptado de M. Serres, se refiere a un pro ceso
que p o demos resumir en cuatro fases (Callon 1986). Se parte de la alineación de
un actor con un conjun to de actores en el que cada uno se hace indisp ensable para
la realización de un programa de acción (1). En esa situación los actores quedan
implicados p orque sus pro y ectos o in tereses quedan enlazados (2), al menos parcial-
men te, aunque preserv en su autonomía. Al in teractuar, los actores pro ceden a una
nego ciación m ultilateral de roles, llegándose finalmen te a un arreglo p or el que unos
influy en y otros asumen ser influidos o se apropian de in tereses a jenos (3). T ras este
último paso, la red de actores se mo viliza, concretando unos ob jetiv os y , con ello,
11 No p o demos olvidar que el término actor está sólidamen te conectado al agen te h umano en las
Ciencias So ciales. P ara sup erar esta limitación se ha recurrido al empleo de actant , que cargado
con menos connotaciones en n uestro camp o de traba jo, se emplea para referirse a cualquier en tidad
que de una manera u otra mo difica a otras en el curso de la acción. Un actant po drá afectar o
ser afectado y referirse tan to a lo h umano como al no-humano. P or ello, p odría ser entendido
como un v o cablo no-an trop o cén trico para sustituir a actor. En su con texto original (semiótica y
teoría literaria), actant es empleado para diferenciar en tre los tip os de roles represen tados p or los
p ersona jes. Las cosas, al igual que el h umano, tam bién juegan un pap el en una u otra dirección
cuando colab oran en una p oblación dada (Latour 2005: 54-55).
20 1.2. Una definición relacional y materialista de la realidad
una organización (4).
La in teracción en tre dos en tidades individuales, p or ejemplo, puede pro v o car una
mo dificación en el pro y ecto particular de cada una de ellas. Se genera en este trance
un tercer cuerp o con unos in tereses y una iden tidad diferen te. Am b os factores están
conectados a las capacidades individuales de cada actor, p ero los n uev os ob jetiv os
son in teligibles sólo en relación a una p oblación o conjun to concreto de co-actores.
T r anslation se referirá a tal pro ceso de m utación de in tereses o de “ displac ement,
drift, invention, me diation, the cr e ation of a link that did not exist b efor e and that to
some de gr e e mo difies two elements or agents ” (Latour 1994: 32). Así que, tr anslation ,
como desplazamien to con transformación, se op one a difusión, es decir, transferen-
cia sin distorsión (Cra wford 2005: 2). Se incide, además, en que esta “ tr anslation
is whol ly symmetric al ” (Latour 1994: 33). En definitiv a, como resultado se habla
de compuestos o híbridos 12 , cuy a p erdurabilidad es v ariable, pudiendo tratarse de
aso ciaciones p o co estables o aso ciaciones de ma y or durabilidad como instituciones
so ciales.
Ba jo estos preceptos, la lab or de la teoría so cial no es descubrir una esencia o
conjun tos de fuerzas abstractas que definen la So ciedad. De hec ho, para una so cio-
logía de las aso ciaciones, según Latour (2005: 108) “ ther e is no so ciety, no so cial
r e alm, and no so cial ties, but ther e exist tr anslations b etwe en me diators that may
gener ate tr ac e able asso ciations ” . La lab or del in v estigador será recono cer los m últi-
ples conjun tos que se irán generando, las aso ciaciones en tre elemen tos y , con ello,
analizar los pro cesos de traslación ( tr anslation ) que se pro duzcan. De ahí, que uno
de los eslóganes más rep etidos en ANT, “ fol low the actors themselves ” incida en la
necesidad de recono cer esta cam bian te red de relaciones.
Son v ariadas las críticas recibidas p or ANT y , de hec ho, en la bibliografía gene-
rada p or sus impulsores en los últimos decenios ha existido una clara preo cupación
p or confron tarlas (Latour 1996, 1999, 2005). Nos cen traremos, no obstan te, en un
asp ecto concreto de este debate dado que servirá de conexión con n uestro siguien te
apartado. Así, se declara explícitamen te que los actores no son concebidos como
en tidades fijas, sino como ob jetos que circulan, fluidos, y que su estabilidad o con-
tin uidad se deriv a de su inclusión en n uev as acciones y n uev as redes (Latour 1996).
Con ello se recono ce una preeminencia a la in teracción en tre elemen tos, aunque esta
p ostura descansa una p osición con resp ecto a la substancia de las cosas (Harman
2009: 16-18), ín timamen te ligada a la actitud man tenida p or Whitehead, donde las
en tidades son “ so highly definite that they vanish instantly with the slightest change
in their p erformanc e ” (Harman 2009: 6). En otro extremo, figuras como Bergson
o Deleuze (aunque aquí se insertarían tam bién algunos autores que mencionaremos
más adelan te, tales como Ingold [2011: 67 y ss., 2012: 436, 437] o Alb erti [Alb erti
y Marshall 2009]) man tienen que el ser no emana de un orden previo, sino que se
genera con tin uamen te. Este pro ceso necesariamen te habría de preceder cualquier
12 El más famoso ejemplo nos lo pro v ee Latour (1994) cuando, al resp ecto de la p olémica que
man tienen en EEUU los colectiv os an ti-armas y aso ciaciones defensoras de la tenencia priv ada de
armamen to (capitaneadas p or la Aso ciación Nacional del Rifle), habla del citizen-gun o gun-citizen .
En él recono ce un híbrido con una iden tidad, un pro y ecto y unas capacidades diferentes a las de
una pistola o un ciudadano p or separado.
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 21
concretización o actualización de las en tidades. P or ello, ba jo esta última apro xima-
ción se esgrime que el compuesto actor-red b eneficia un marco de relaciones flexibles
en tre elemen tos de ma y or rigidez que preexistirían al pro ceso de in teracción, aunque
se v ean alterados p or él (Alb erti y Marshall 2009: 349; Harris 2013: 176; Ingold 2011:
63-64, 70).
1.2.3. Líneas y n udos: meshwork
El tercer apartado de esta sección, pretende repasar algunos asp ectos pro v ec ho-
sos para n uestra apro ximación de la on tología relacional cen trada en una ecología
de los materiales propuesta p or T. Ingold (2012). En este caso es de capital imp or-
tancia la influencia de la Psicología ecológica de J. Gibson (1986 [1979]). Éste, en
su rec hazo a la ciencia cognitiv a tradicional, desafía que la p ercep ción consista en el
descubrimien to de ob jetos con tenidos en un espacio neutro. Alternativ amen te, son
los comp onen tes del medio am bien te lo que es p ercibido, y prop one su separación
en medio, substancia y sup erficie (Gibson 1986: 16 y ss.). Gr osso mo do , el medio se
refiere a aquel elemen to que, p ermitiendo la respiración (p osee o xígeno) y el despla-
zamien to de los sólidos (su n ula o insuficien te resistencia p ermite la lo como ción de
cuerp os animados), “ c ontains information ab out things that r efle ct light, vibr ate, or
ar e volatile ” (Gibson 1986: 17). A partir de la detección de esta información (ilu-
minación, sonido y olor) cualquier animal p o drá guiar sus mo vimien tos 13 . De este
mo do, aire y agua son los medios fundamen tales de la vida.
Las substancias (Gibson 1986: 19-22), en cam bio, son aquellas en tidades que sí
ofrecen una resistencia significativ a tan to al mo vimien to como a la p ercep ción. No
obstan te, su comp osición y heterogeneidad pro v een de los cimien tos físicos sobre los
que se susten ta la vida (Ingold 2007a: 5). Medio y substancia están separados p or
sup erficies. En la medida en que la substancia p ersiste tam bién lo hace su sup erficie,
la cual presen ta una disp osición ( layout ) cuy a p ermanencia dep ende de la capacidad
de las substancias para man tenerse inalterable al cam bio (Gibson 1986: 22). La
imp ortancia de las sup erficies deriv a de que es ahí donde acon tece la ma y oría de
acción (Gibson 1986: 23): lo que es visto o to cado, donde suceden la ma y oría de
reacciones químicas, donde la vibración, v ap orización y difusión de las substancias
son transmitidas al medio. De cualquier mo do, deb e quedar claro que las sup erficies
no conectan lo material y lo inmaterial (Ingold 2007a: 5), sino que son la in terfaz de
unas en tidades con propiedades físicas y químicas concretas con otras que p oseen
igualmen te tales propiedades.
Este esquema servirá para apun tar hacia una implicación práctica y sensorial en
el m undo (Gibson 1986: 22), fren te a una no ción bipartita de la realidad que op one
13 A to do ello se añaden otras tres propiedades (Gibson 1986: 17-18). En primer lugar, se trata
de un ám bito homogéneo, donde no pueden darse cam bios bruscos. P or otro lado, p osee un eje
de referencia absoluto, esto es arriba-aba jo, debido a la fuerza de la gra v edad (un segundo eje
horizon tal, relativ o, lo marcaría la salida y la puesta del sol). Finalmen te, la característica an terior,
así como el hec ho de que en cada pun to de observ ación la información que p rop orciona el medio
sea diferen te determina las diferencias fundamen tales entre este concepto y el espacio euclidiano
(en el espacio abstracto los ejes de referencia pueden ser elegidos arbitrariamen te y los pun tos en
él marcados han de ser equiv alentes).
22 1.2. Una definición relacional y materialista de la realidad
las propiedades de la materia a las cualidades que la men te pro y ecta en éstas. P or
tan to, la forma de las cosas no pro cedería como imp osición de su esencia, emanando
desde su in terior, como en tidades que existen para sí mismas (Ingold 2012: 432-433).
Desde una p ersp ectiv a relacional y pro cesual, se prop one que la concretización de las
particularidades de las cosas emana del incesan te con tacto en tre ellas. De mo do que
su propuesta ecológica de los materiales se distancia de la concep ción de éstos como
ob jetos autosuficien tes (en tan to que son en sí y para sí mismos). P or ello, cualquier
elemen to es concebido inserto en su medio am bien te 14 . Uno y otro ev olucionarán,
en trelazándose y separándose en relación al flujo de fuerzas y materias. Así, las ca-
racterísticas de las cosas no le son esenciales, no vienen determinadas ob jetiv amen te
ni son sub jetiv amen te in terpretadas, sino “ pr actic al ly exp erienc e d ” (Ingold 2007a:
14).
Ba jo esta apro ximación, el ser h umano y los fenómenos so ciales “ do not exist on
the ‘other side’ of materiality, but swim in an o c e an of materials ” (Ingold 2007a: 7).
P or ello, como cualquier otro ser animado, forma parte de dic ho univ erso en con tin ua
generación. A quí sub y ace otra de las más remarcables diferencias con la propuesta la-
touriana (y , p or tan to, con otros in v estigadores influenciados p or la teoría actor-red).
Ingold prefiere hablar de agen tes en un medio (aunque de ningún mo do se refiere
al agen te en términos meramen te an trópicos) o agents-in-an-envir onment (Ingold
2000: 171), descartando términos como híbrido (Latour 2005; Bennett 2010) o ci-
b org (Hara w a y 1997). Con ello, pretende resaltar que los in tegran tes de ese medio
am bien te no son en tidades-ob jetos cerrados y fijos capaces de aso ciarse y diso ciarse
en tan to que unidades preformadas. Constreñir su tra y ectoria a no dos conectados
implica una separación en tre la existencia de cada elemen to de la realidad y un m un-
do exterior de ady acencia o con tactos externos (Ingold 2011: 63). En la metáfora del
cib org s ub y ace la p osibilidad de iden tificar qué es organismo y qué automatismo; la
unidad del gun-man cuen ta con un guion que claramen te la bifurca. En con trap o-
sición, se habla de “ a bund le or tissue of str ands, tightly dr awn to gether her e, but
tr ailing lo ose ends ther e, which tangle with other str ands fr om other bund les ” (Ingold
2009: 212). No se trata de líneas que conecten unas en tidades con otras, tamp o co
conectan un organismo con su hábitat, sino “ It is r ather a tr ail [en realidad un
conjun to de ellos] along which life is live d ” (Ingold 2011: 69).
En resumidas cuen tas, en este meshwork o en tramado no existen en tidades pre-
fijadas sobre las que distribuir la acción, no se concib e la existencia de, p or un lado,
las cosas y , p or otro, relaciones en tre ellas. Alternativ amen te, las cosas son sus re-
laciones (Ingold 2011: 70) y tan to éstas como la acción se concretan a tra v és de
su incesan te tra y ectoria. F ren te a la reunión de en tidades median te el compuesto
red-no dos, la propuesta de T. Ingold nos dirige hacia el n udo. Cada elemen to de la
realidad es su tra y ectoria y ésta se define como su progresiv a implicación con el resto
de cosas que forman su m undo (Ingold 2011: 160). Las historias (líneas) de unas y
otras, en un p erp etuo emerger, se an udarán en situaciones concretas, no sup onien-
14 P ara Ingold, que adopta una diferenciación en tre c osa y objeto heredera de los p ostulados
heideggerianos (Ingold 2012: 436; v éase para ma y or detalle siguien te apartado), el ob jeto es consi-
derado, como para los autores fenomenológicos, elemen to fuera de un medio (Ingold 2009: 212) y
como tal, extirpado del cauce que p ermite su existencia.
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 23
do ello el fin del recorrido. De esta forma se fa v orece la idea de un con tin uo fluir
que es a la v ez mo vimien to y crecimien to, ejemplificados en el crecien te trazado de
cada línea siguiendo su tra y ecto. Finalmen te, no p o demos olvidar que en esta idea
de meshwork , de líneas o recorridos progresiv os, encon tramos la com binación de la
propuesta gibsoniana 15 con las no ciones de rizoma y línea de fuga (y a expuestas
previamen te) plan teadas en la obra de Deleuze y Guattari.
En otro orden de cosas, to do ello conduce tam bién a refrendar el rec hazo a la
atribución de la significación o v alor de las cosas únicamen te a una carga sim b ólica
cultural o so cial. Dic ha p ersp ectiv a, en última instancia, se vincula a la preeminencia
del p ensamien to sobre la acción de la tradición cartesiana, ba jo el esquema de un
in telecto que encarna o materializa sus esquemas men tales en un cuerp o tangible o
en tidad so cial (Ingold 2011: 77). Esto no comp orta la inexistencia de esquemas de
represen tación o co dificación de la realidad (o algunos elemen tos de ésta) p or un
individuo o formación so cial, p ero sí se desestima la consideración de este pro cedi-
mien to como primordial o exclusiv o para v alorar los fenómenos so ciales (F ahlander
2008: 131-132).
A cam bio, Ingold prop one un esquema de adquisición de cono cimien to basado
en la implicación práctica de un agen te en su medio. La fuen te de inspiración básica
de esta propuesta se encuen tra de n uev o en la Psicología ecológica gibsoniana y su
no ción de affor danc e (aquello que una cosa p ermite con resp ecto a otra). El agen te
p ercib e lo que cada cosa facilita u obstruy e (“ affor ds ”) al actuar con ellas (Ingold
2000: 166; 2011: 78). De esta forma, la significación o el v alor so cial de los elemen tos
de la realidad no dep enderá de un lengua je sim b ólico impuesto o materializado en
ellos, sino de lo que p ermiten cuando son incorp orados a la acción. P or tan to, tal
significación es relacional, pudiendo v ariar según el con texto (Ingold 2000: 168). No
obstan te, Ingold (2011: 78-79) encuen tra una ob jeción en el discurso de Gibson: la
affor danc e se manifiestaría únicamen te en la relación en tre el agen te y los comp o-
nen tes de su medio. Sin em bargo, el agen te sólo la descubre, siendo ésta parte de
las propiedades del medio. En consecuencia, ello sup ondría una con tradicción, dado
que si tal significación o v alor es inheren te a al medio, seguiría existiendo aún sin el
agen te que, implicado en la acción, la p ercib e.
En cualquier caso, para salv ar esta con trariedad Ingold recurrirá a la diferencia
en tre ob jeto y cosa de inspiración heideggeriana. Como sugirió Merleau P on t y (1970
[1964], 1993 [1945]), el h umano es tratado como masa-carne ( chair ) en tre carne
o como cosa en tre cosas (Ingold 2012: 438). P or otro lado, tam bién con trap one
affor danc e con la idea de umwelt (el ám bito de p ercep ción y acción de un animal,
lo que forma su m undo) de v on Uexküll (1992 [1934]). Desde esta p ersp ectiv a, la
significación de las cosas no es in trínseca a ellas, sino que es adquirida a medida que
se inserta en la actividad de los agen tes (Ingold 2011:80-81).
Como corolario, los significados para con los agen tes o los v alores so ciales de
las cosas no son una propiedad física ni una represen tación. Alternativ amen te, éstos
son aprehendidos como una cualidad biográfica. Como tal son un pro ceso histórico
resultan te de la implicación práctica en tre los elemen tos en un medio am bien te a
15 Y a Gibson (1986: 17) manifestó que “ inste ad of ge ometric al p oints and lines, then, we have
p oints of observation and lines of lo c omotion ” .
24 1.2. Una definición relacional y materialista de la realidad
tra v és de la acción compartida. De manera análoga, en n uestro traba jo adoptaremos
la idea de significación de las cosas (lo que p ermite u obstruy e, su affor danc e) asimi-
lando los matices que Ingold plan tea. Dic ho de otro mo do, concebir los in tegran tes
del registro arqueológico, no sólo como CPyP AS, sino como elemen tos con capacidad
de afectar y ser afectados en el transcurso de la acción, de ahí el in terés que reviste
su análisis. En este sen tido, su utilidad, viene determinada p or el hec ho de que, de
algún mo do, alb ergan el eje materia-expresión propuesto p or DeLanda. Con su uso
nos inhibimos de la necesidad de optar p or uno u otro extremo, lo que además nos
a yudará a eludir las dicotomías de las que pretendemos h uir.
1.2.4. Algunas consideraciones con resp ecto al “giro hacia
lo material”
1.2.4.1. Estado de la cuestión: la cen tralidad de las cosas
Las p osturas que acabamos de exp oner sup onen tres apro ximaciones de esp ecial
significación para la construcción de n uestro esquema teórico y , al mismo tiemp o,
ejemplifican el alcance y la v ariedad inheren te a la llamada a vuelta a las c osas
( r eturn to things ) o gir o hacia lo material en las Ciencias So ciales. No en v ano,
éste es un fenómeno bien asen tado en disciplinas tan dispares como la Filosófía
p olítica (Bennett 2010), la crítica artística y literiaria (Bro wn 2001, 2003), la So cio-
logía (Latour 2005; La w 2009), la An trop ología (Miller 2005; Ingold 2000, 2007a), la
Historia (Domanska 2006a, 2006b, 2010; T ren tmann 2009) o la Arqueología (Olsen
2003, 2010; W eebmor 2007; Jones 2004; F ahlander 2008; Alb erti et al. [eds.] Maran
y Sto c khammer [eds.] 2012; Knapp et y Malafouris [eds.] 2008).
Y a se ha apun tado (P els et al . 2002: 2) que el recurso a las c osas fue una de
las respuestas de las teorías so ciales a finales de la cen turia pasada e inicios de la
presen te para enfatizar (en distin to grado) cómo lo so cial es ordenado, man tenido
y fijado p or lo material. Den tro de este heterogéneo conglomerado, si hemos de
buscar un leitmotiv, como hemos visto, éste partiría del rec hazo a la ecuación que
equipara lo so cial con una cualidad propia a la relación en tre h umanos dada en una
dimensión abstracta. Se prop one, p or el con trario, que no existe un camp o so cial que
sea analíticamen te diferen te a un camp o material (Maran y Sto c khammer 2012b: 2),
como tamp o co una fron tera en tre lo natural y lo mo dificado culturalmen te (Jones
2004: 330).
Ello conduce al segundo pun to en com ún que adv ertimos en esta tendencia: la
reacción fren te al empleo de algunos pro cedimien tos de traba jo aso ciados a la p os-
mo dernidad. Lo material no es so cial como un sím b olo o texto, có digo o discurso
con un significado cultural que le sea impuesto desde el exterior (F ahlander 2008:
131). En consecuencia, se ob jeta que los cauces más adecuados para el análisis de
los atributos materiales de la práctica so cial en su conjun to se encuen tren en la se-
miótica, las teorías del discurso o la represen tación, como sugiere Domanska (2006a:
337). Así, esta autora cuestiona cualquier herramien ta que implique una desmate-
rialización de las cosas para alcanzar su v alor so cial o cultural. Más al con trario,
la imp ortancia de lo tangible viene dada p er se , como un elemen to ineludible de la
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 25
acción. Su v alor o significado es tam bién la cosa misma.
Un asp ecto a reseñar en tre este grup o de autores es la distinción que algunos
de ellos plan tean en tre los conceptos ob jeto y cosa (Ingold 2012: 436; Domanska
2006b: 173; Bro wn 2001). A este resp ecto, es frecuen te el recurso a la diferenciación
heideggeriana en tre los mo dos de ser del en te. En primer lugar, vorhandenheit (en
castellano ser ante los ojos 16 , o bien estar-ahí o estar-ahí-delante 17 se refiere a
aquello que es, su ser se manifiesta p ero no nos afecta, ni nos sen timos implicados
para con él) es vinculado al ob jeto, que es el en te sobre el que p o demos realizar
afirmaciones y teorizar median te un mero acto de represen tación (Heidegger 2001b:
165). Ba jo esta consideración, la relación del ob jeto con su otro, el sujeto, n unca es
directa. Mien tras tan to, zuhandenheit ( estar a la mano , que m uestra su ser en sí y
no en un acto de represen tación y , p or consiguien te, está disp onible, sin llamar la
atención, para la in teracción con otros en tes y su exp erimen tación) 18 es vinculado
con el término cosa.
Es este último mo do de manifestarse de los en tes el que ha gozado de ma y or
influencia en la configuración de lo que con v enimos en llamar gir o hacia lo material .
En este ám bito, de una manera u otra (a p esar de las ob vias diferencias en tre argu-
men tos), goza de gran aceptación la idea de la cosa como un compuesto, como una
reunión de elemen tos materiales y que, al mismo tiemp o, se aso cia con otros en tes
con los cuales genera una implicación. La cosa (ejemplificada p or los útiles), nos
dice Heidegger (1997:68), es p ar a-algo . Es tan to un conjun to de materiales como su
utilidad, así que tam bién es un pro ceso donde p o dría distinguirse su historicidad y
su espacialidad. A demás, en ese para algo se deriv a que necesariamen te forma parte
y unifica un to do relacional, un m undo (Heidegger 2001b: 178-179).
16 Según la traducción de Ser y Tiemp o a cargo de Gaos (1951).
17 En este caso como es traducido p or Riv era Cruc haga (1997).
18 Am b os son conceptos de gran relev ancia en Ser y Tiemp o , dado que se distingue en tre “hablar
en forma narrativ a sobre el ente ” y “captar el en te en su ser ” (Heidegger 1997: 39). El primero,
vorhanden o vorhandenheit , se o cupa de una en tidad como concepto o como ob jeto. Cuando su ser se
m uestra encubierto o disim ulado median te su manifestación a partir de otro ente. Algo que esta-ahí
puede ser teorizado, no obstan te, este mo do de adv ertir un en te no toma en consideración su utilidad
o capacidades como elemen to que está-en-el-m undo. Y aun así, este ser es en el tiemp o dado que se
iden tifica a partir de una concienciación de su existencia. T al toma de conciencia es un even to que
p osee una temp oralidad específica, a trav és de la cual se haría real el ser de una en tidad. Finalmen te,
to da en tidad que está-en-el-m undo p o dría ser reducida median te un pro ceso de abstracción a
vorhanden . Sin em bargo, éste no es el mo do predilecto median te el cual las en tidades son adv ertidas.
P or ello, la fenomenología heideggeriana critica el énfasis que el p ensamien to o cciden tal previo
emplazó en esta categoría. Los en tes, en cam bio, serían eminen temente adv ertidos como “cosas” .
Con el término zuhandenheit (en te que está a-mano) se define el mo do de o currencia de las cosas
( ding ). Es el en te “inmediatamen te dado” exp erimen tado en la práctica y dotado de v alor, es decir,
de significación prop orcionada p or su utilidad, por aquello para lo que está disp onible. Este autor
ejemplifica esta idea median te la exploración etimológica de cosa en griego clásico: “las llamaban
πρά γ μ α τ α , que es aquello con lo que uno tiene que habérselas en el trato de la o cupación (en la
πρᾶξι ς )” (Heidegger 1997: 68). T am bién resulta in teresan te resaltar, en conexión con la temática
que ab ordamos en este capítulo, que la cosa no se m uestra p or separado, sino como parte de un
to do relacional con otras cosas, donde su suma forma un conjun to adecuado para tal o cual pr axis
(Heiddegger 1997: 67-69).
26 1.2. Una definición relacional y materialista de la realidad
1.2.4.2. Problemática: materia y materialidad
Hablar de un gir o hacia lo material no puede ob viar el crecien te v olumen de pu-
blicaciones que basculan en torno al concepto materialidad (traducción del p opular
v o cablo inglés materiality ). De hec ho, en los estadios iniciales de la lab or p or rev alo-
rizar al no-h umano en la teoría so cial, no p o demos más que recono cer el imp ortan te
pap el de los traba jos desarrollados a partir de esta no ción (Lucas 2012: 157-161).
Sin em bargo, tam bién se ha sugerido que, más que auxiliar en la tarea de reenfo car
el ob jeto de estudio hacia lo material en sí, p o dría en torp ecer el correcto desarro-
llo de este movimiento (Kirc hhoff 2009, apartado 1.4.1.; Ingold 2011: 16; 2007a: 3;
2012: 431-432). Ello se deb ería a que la misma definición de materialidad p o dría
in vitar, incluso sin plan teárselo, a repro ducir dicotomías previas al bifurcarse en dos
v ertien tes. En este sen tido, su uso se haría necesario para traspasar las relaciones
sujeto-ob jeto “ going b eyond the brute materiality ” (Tilley 2007: 17). Basándose en
el argumen to de Tilley , Ingold (2012: 432) evidenció cómo en esa materialidad se
distingue, p or un lado, la materia bruta y , p or otro, “ the so cial ly and historic al ly
situate d agency of humans ” . Esto último se corresp ondería con un asp ecto inmaterial
(el con texto so cial) deriv ado del uso de tal o cual recurso p or el ser h umano (Ingold
2007b: 32). Sea como fuere, esta división de p osturas queda bien ejemplificada en el
traba jo de discusión Materials against materiality (Ingold 2007a), incluido en A r-
chae olo gic al Dialo ges 14(1) jun to con la serie de respuestas que suscitó (Tilley 2007;
Knapp ett 2007; Miller 2007; Nilsson 2007; Ingold 2007b) 19 .
Sin descartar p or completo este v o cablo, sí pretendemos alejarnos de la idea de
materialización de lo so cial si es empleada para hacer referencia al pro ceso p or el
que una en tidad, que previamen te carecería de ello, adquiere carácter material. En
resumidas cuen tas, ab ogamos p or descartar el recurso a expresiones que vinculan lo
material con una solidificación, una encarnación una fosilización o incluso con un
medio de algo (so cial) que carece de materia.
P or otro lado, en esta crítica tam bién se hace esp ecial hincapié al excesiv o prota-
gonismo del pro y ecto h umano al apropiarse de la fisic alidad de las cosas, resultando
en que éstas adoptarían o les sería impuesto, de una u otra manera, diseño, forma
(Ingold 2012: 432) y significado. T ales elemen tos reflejarían el carácter so cial o cul-
tural adquirido (materializado) y enfren tado, p or consiguien te, a un carácter natural
19 A este resp ecto es in teresan te añadir la clasificación propuesta p or Domanska 2006b (175-176)
para analizar de las diferen tes alternativ as presen tes en tre los autores que pueden ser iden tificados
con el gir o hacia lo material . P ara ello recurre a los tres paradigmas con los que Pálsson resumió la
relación hom bre-medio am biente: El primero, orientalismo , establece la primacía del h umano, que
explota al no-h umano sin consideraciones éticas. Las cosas se reducen a meros ob jetos usables. Un
segundo paradigma, p aternalismo , tam bién basado en la primacía humana, m uestra una actitud de
protección hacia las cosas, jerárquicamen te inferiores. T al protección tiene su fundamen to original
en la pro y ección de características humanas en lo no –h umano. Finalmente, la tercera apro xima-
ción, com unalismo, niega la existencia de una separación en tre so ciedad y naturaleza. Humanos
y no-h umanos se relacionan y dialogan recípro camen te. A tenor de lo expresado p or esta autora
(Domanska 2006b: 179-180) las ciencias so ciales en las últimas décadas han tendido a mostrar una
actitud p aternalista hacia las cosas. El giro hacia lo material, sin em bargo, se encon traría en la
encrucijada de con tin uar con esta op ción que Domanska iden tifica con la aproximación bio gr áfic a
(Gosden y Marshall 1999; K op ytoff 1986; Appadurai 1986) o adoptar una p ostura c omunalista que
iden tifica en Latour (1999; 2005) y Olsen (2003; 2010).
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 27
previo. De este mo do, las cosas serían p ensadas an tes que practicadas; serían el re-
sultado de pro cesos men tales (Go delier 1989 [1984]). A demás, que su significación
so cial sea un pro ducto asignado desde el exterior, no p ermite p onderar apropiada-
men te la implicación de sus comp onen tes en la generación del propio v alor so cial
de las cosas. Más al con trario, gracias a que cualquier fenómeno implica a su v ez
materia es p or lo que lo so cial es p erdurable y puede estabilizarse 20 . En definitiv a,
las cosas p oseen cualidades reales que median en la construcción de los fenómenos
so ciales (Olsen 2010: 146). De hec ho, la cuestión de la distribución de la capacidad
de acción en tre el no-h umano ha sido un tema recurren te en tre este tip o de estudios
y ha sido particularmen te explorada desde una p ersp ectiv a arqueológica (Knapp et
y Malafouris 2008; Maran y Sto c khammer 2012: 2; F ahlander 2008: 150; Ow o c 2004:
119). En cualquier caso, ba jo esta premisa, un buen n úmero de autores hablan de
la agencia de los materiales .
En cualquier caso, nos in teresa destacar con resp ecto a la agencia o capacidad de
acción su carácter como fenómeno existen te relacionalmen te (y con indep endencia de
que sea arrogada a un tip o concreto de agen tes o distribuida en tre las heterogéneas
en tidades partícip es en ella, v éase al resp ecto el Cuadro T emático 1.1). P or ello, su
análisis no deb e desplazarnos fuera de la acción, hacia un estadio previo en el que
encon trar qué o dónde se origina ésta. Primará, en cam bio, la necesidad de trazar la
tra y ectoria de sus partícip es necesarios: el mo do en el que se concreta la in teracción
en tre fuerzas y estím ulos, en tes inanimados y organismos. P or to do lo dic ho, n uestro
in terés privilegiará en el análisis de tal pro ceso situado sobre el discernimien to de
qué o quién es el agen te (Knapp ett y Malafouris 2008: xii), puesto que la capacidad
de acción es un efecto de un dev enir relacional, no una causa de éste (Alb erti y
Marshall 2009: 346).
1.2.4.3. Los pro cesos so ciales como pro cesos materiales.
Al igual que con otras características tradicionalmen te vinculadas a la men te h u-
mana como la consciencia o la in tencionalidad, v aloramos la existencia de la agencia
únicamen te como elemen to relacional. Será en el trance de su estar-en-el-m undo
(como cosa en tre cosas) donde p o drán emerger tales cualidades. Esto nos remite a
que en to do actor “ acting and b eing enacte d go to gether ”, como exp onen La w y Mol
(2008: 58). En la misma naturaleza de to da aso ciación se asume que los cuerp os
con tin uamen te afectan e inseparablemen te son afectados p or otros cuerp os (Bennett
2010: 21). Este p ermanen te trance funciona como un estím ulo que empuja la tra y ec-
toria de las en tidades y de él se deriv a su historia formativ a. Asimismo, tal camino
de doble sen tido se deb e a que las cosas no son únicamen te en sí mismas, sino para
con el resto de elemen tos que in tegran su m undo (La w y Mol 2008: 74). P or ello, lo
que cada actor es o puede hacer, dep ende tam bién de sus co-actores.
Ahora bien, este argumen to no puede ser una in vitación para olvidar que algunas
20 A unque to da vía nos mo v emos den tro de consideraciones teóricas generales, como v eremos más
adelan te, este axioma es crucial en n uestro discurso p osterior y , en particular, en n uestra definición
del cuerp o empírico de la disciplina arqueológica. En esta idea ahondaremos en el apartado 1.3.2
del presen te capítulo y en el apartado 2.2.3 del Capítulo 2. Allí esta idea está in tegrada en la
conceptualización del registro arqueológico.
28 1.2. Una definición relacional y materialista de la realidad
en tidades serán capaces de mo dificar su manera de actuar en respuesta al mo do en
el que transcurre la acción, y a sea de forma v olun taria o in v olun tariamen te (lo que
a su v ez nos remite a un n uev o subpro ceso situado). P ara ilustrar este pun to se ha
recurrido a la mención a las tareas artesanales, como la fabricación de una v asija
de barro (Malafouris 2008), la metalurgia o la fabricación de ladrillo (Ingold 2012:
433-435). En los ejemplos an tes citados se advierte claramen te que la cadena de deci-
siones tomadas en el transcurso del traba jo son dep endien tes tan to del cono cimien to
tácito adquirido p or el artesano, como de las propiedades observ ables en lo material:
¿cuán ta presión ejercer sobre la arcilla?, ¿qué v elo cidad dar al torno?, ¿qué ángulo
emplear en el uso de la gubia en cada momen to del tallado de la madera?... No cab e
duda de que en estas decisiones participa un actor capaz de elegir o mo dificar sus
mo vimien tos, reflexiv a o inconscien temen te, a tenor de lo que p ercib e. Al mismo
tiemp o, esas elecciones se en tienden sólo en relación a las cualidades de los materia-
les. Consecuen temen te, esta cadena de decisiones no ha de ser igual en la creación
de la siguien te pieza, sino que emergerá un n uev o pro ceso que será ne go ciado con
las propiedades y capacidades materiales del elemen to a traba jar.
Esta p ostura distribuidora de los caracteres so ciales se dirige hacia la defensa
de que la existencia es on tológica y epistemológicamen te inseparable de lo material
(Kirc hhoff 2009, apartado 1.3). T al argumen to se plan tea indep endien temen te de
que las cosas, en tidades, actants , agen tes. . . se iden tifiquen con un elemen to anima-
do o inanimado, sean capaces de p ercibir la acción o descubrirse como partícip es,
comprendan reflexiv amen te el ob jetiv o final que m uev e al colectiv o de participan tes,
o los pro y ectos parciales de cada uno de éstos y de ellos mismos.
De un mo do u otro, la exclusividad aso ciada al ser h umano se ha remarcado tra-
dicionalmen te en los estudios h umanísticos con el adjetiv o “so cial”, el cual señalaría
una “dimensión sup erorgánica” (Ingold 2007b: 31) que sería exclusiv a de la relación
con el h umano o a las relaciones en tre h umanos. Al desem barazarse de esta p osición,
el gir o hacia lo material reubica la vida so cial en el con texto de la existencia orgá-
nica, con tando con que ésta no tiene lugar en otro ám bito más que en el de la vida
orgánica en el m undo de los materiales (Ingold 2007b: 32). Se eluden así los límites
en los que tradicionalmen te el p ensamien to o cciden tal ha alb ergado a la h umanidad
y a la so ciedad.
P or lo tan to, en este traba jo se desestima que lo so cial sea un camp o que tras-
cienda al ser h umano como organismo, es decir, como materia en relación con otras
materias en su condición de en te que está-en-el-m undo. No obstan te, n uestro plan-
teamien to no busca una elevación de las cosas para atribuirles cualidades an tes
restringidas a una esfera de lo h umano o lo so cial, sino que señala el camino in v erso:
la rein tegración de tal esfera den tro de una misma dimensión, la de los materiales.
Y aún así, esta conclusión no puede en tenderse como un argumen to viciado o su-
b ordinador de la h umanidad. Simplemen te recono ce que lo tangible no puede ser
un epifenómeno o “ a b ackdr op to, or emb o diment of, r emnant of so cieties and cul-
tur es, but as an insep ar able p art of their very c onstitution ” (Olsen 2010: 149). A
este resp ecto, y a Bennett (2010: IX) se pregun taba si en este in ten to no se escondía
una auto-con tradicción p erformativ a en tan to que inevitablemen te es el h umano el
que articula este discurso. Sin olvidar esta no ción, la reev aluación del no-h umano
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 29
en el discurso teórico de las Ciencias So ciales no es necesariamen te un discurso an ti-
h umanístico. En tre otros motiv os, p orque to da hermenéutica será pro y ectada desde
una p ersp ectiv a concreta den tro de estos compuestos. Como queda expresado en la
cita de Hara w a y (Kunru 1997): “ human b eings ar e always immerse d in the world,
in pr o ducing what it me ans to b e human in r elationships with e ach other and with
obje cts ” .
1.3. La tra y ectoria de las formaciones so ciales: si-
tuación y acción
Hasta ahora se han puesto de reliev e m últiples ideas, no siempre con v ergen tes,
que coinciden en tan to que concib en el hec ho so cial desde p osiciones no-esencialistas
y , a la v ez, inciden en el comp onen te material de to do elemen to de la realidad. Así
tam bién hemos destacado que to do pro ceso aso ciado a tales en tidades tendrá lugar
de forma relacional, como cosa en tre otras cosas que afecta o es afectada, lo que nos
dirige hacia su consideración como un fenómeno situado. Como tal, cada acto es
un elemen to único que emerge de una situación con una temp oralidad, espacialidad
y comp osición exclusiv a. Desde esta p ostura, no existe acción sin situación y la
última es el sustrato que p osibilita la emergencia de la primera. Del mismo mo do,
tamp o co se concib e la situación de otra forma que no sea como la acum ulación de los
elemen tos p erdurables de acciones previas, el estado de cosas que resulta de éstas.
Den tro de este esquema, la iden tidad de las en tidades so ciales se concib e como
el efecto de su implicación en sucesiv as acciones. En este sen tido, parece p ertinen te
recordar a Ortega (1966a [1932]: 401-403) cuando, al referirse a la substancia de la
vida como realidad radical, nos indicaba que aquella no es un fenómeno biológico,
sino biográfico. No es algo formado desde den tro, al con trario, “tiene que hacerse a
sí mismo” (Ortega y Gasset 1966a: 403). Consecuen temen te, analizar las en tidades
so ciales requiere atender a su tra y ectoria, su actualización a tra v és de una suce-
sión de actos que tienen lugar únicamen te den tro de situaciones. P or tal motiv o, el
presen te apartado tratará de pun tualizar n uestra conceptualización de la relación
en tre los elemen tos de la triada formada p or la tra y ectoria de las en tidades so ciales,
la situación y la acción. Desde n uestra p osición ello, además implica atender a su
v ertien te material. P or consiguien te, se prestará esp ecial atención a la condición p er-
durable de ese pro ceso de actualización, elemen to que constituy e el recurso empírico
fundamen tal de n uestro traba jo como arqueólogos.
1.3.1. Conexión en tre situación y acción
Como constituy en te de una situación , Sartre hablaba de lo práctico-inerte 21 , re-
firiéndose a unos condicionan tes o p otenciadores de la lib ertad individual en los
colectiv os h umanos. En un sen tido similar p o dría recordarse la cir cunstancia orte-
guiana (Ortega y Gasset 1966b [1914]). La vida, para este autor, es una con tin ua
21 Si la praxis se define como la acción en su medio material, lo práctico inerte resume ese medio
material como acum ulación y estabilización del medio que resulta de prácticas previas.
30 1.3. La tra y ectoria de las formaciones so ciales: situación y acción
tarea o luc ha; una incesan te necesidad de actuar y elegir con el ob jetiv o de salv ar la
situación precaria de un náufrago en el mar de circunstancias que es el m undo (Or-
tega y Gasset 1966a: 397). Nuestro prop ósito es extender esta idea de p ermanen te
implicación con el en torno más allá de la h umanidad 22 , encon trando en la situación
el sustrato necesario para que se concreten las p otenciales p osibilidades de las cosas
para afectar o ser afectadas. Las tra y ectorias particulares de diferen tes en tidades
(con propiedades y capacidades implícitas, p otenciales o actualizadas, fruto del pro-
ceso histórico en el que han emergen) se en trecruzan en esta tesitura en un pun to
temp oral y espacial dado, concretándose tal con v ergencia en forma de ev en to.
Desde otro pun to de vista, A. Badiou (1999 [1988]; 2005 [2004]), en tendía al
ev en to/acon tecimien to como un fenómeno de ruptura, que sub vierte o altera a la
situación. Estaría indisolublemen te ligado a ésta, p ero su lugar es en el b orde o fuera
de las formas dominan tes del orden establecido de cosas. Excede a la situación y al ser
y p or ello no p o drá ser prescrito desde aquellos (Cro c k ett 2013: 110). No obstan te, si
para Badiou el ev en to es un hec ho infrecuen te, Deleuze man tiene la p osición in v ersa,
lo in unda to do. Como en la idea del eterno retorno, según éste último, significaría
un cam bio en el que la en tidad se man tiene, p ero a la v ez es diferen te (Burro ws
2008: 117). T endrá lugar cada v ez que se pro duce una mo dificación de in tensidad en
el plano de inmanencia que afecta a la en tidad como hec ho histórico (Ro wner 2015:
141). Ahora bien, según Deleuze y Guattari (2001: 156): “ el ac onte cimiento no es
el estado de c osas en absoluto, se actualiza en un estado de c osas ” . Más bien puede
decirse que es aquello que, den tro de la dimensión virtual , separa un estado caótico
de lo individualizado o lo actual . En conexión con lo adv ertido previamen te con el
tratamien to de lo virtual y lo actual, el ev en to se concib e como una p osibilidad
que dep ende, p ero que a la v ez escapa a lo y a actualizado (un estado de cosas o
situación p o dríamos decir) y que se da en forma de serie (Williams 2008: 11-12).
Las tra y ectorias esp ecíficas den tro de este colectiv o oscilarán en tre la rep etición o
la diferenciación de patrones previos y esa capacidad para oscilar en tre uno y otro
eje es p osible gracias al ev en to, que desde esta p ersp ectiv a es una elección generada
desde lo particular (molecular a partir de Deleuze y Guattari). P or último, den tro
de este esquema, una conceptualización genérica del término pro ceso se referiría a
los mecanismos concretos que han tomado forma con los ev en tos, acción tras acción.
En este sen tido, el pro ceso siempre es un pro ceso histórico.
A mo do de recapitulación: tenemos pro y ectos particulares que comparten una
misma situación, lo que nos recuerda a la prop osición sartreana (v éase aparta-
do 1.3.3.2). No obstan te, Deleuze evita la bifurcación en tre la lib ertad individual o
la determinación colectiv a p or medio del pro ceso de individuación. Williams (2008:
10) sostiene que “ A n individuation is ne c essarily c ol le ctive and implic ates al l se-
ries, but in an individual way ” . Eso sí, las capacidades p otenciadoras-limitadoras de
22 En esta misma obra, Pidiendo un Go ethe desde dentr o (Ortega y Gasset 1966a: 400), se nos
dice: “Usted no es c osa ninguna, es simplemente el que tiene que vivir c on cosas, entr e las cosas”
(cursiv as en el original). Sin em bargo, en Merleau P ont y (1970: 108-120, 301), la exp eriencia y la
p ercep ción h umana se basan en que el cuerp o es masa-carne ( chair ) entre carne. En este sen tido
la p ercep ción no es represen tar el m undo, sino acceder a él, to carlo, v erlo... A utores de eviden te
influjo fenomenológico se inspirarán en éste último para defender una idea de situación no cen trada
exclusiv amen te en el ser humano (Ihde 2002: 68-69).
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 31
la serie de elemen tos particulares observ ados como colectiv o (p ersp ectiv a o escala
molar según Deleuze y Guattari de n uev o) no o curren como un automatismo que
determinan las p osibilidades del comp ortamien to individual, como p o dría inferirse
del habitus de Bordieu (DeLanda 2006a: 64-65).
A to do ello ha y que sumar una visión no-an trop o cén trica y de causalidad no
lineal, donde un estado de cosas es en realidad un con tin uo emerger, actualizándose
y diferenciándose, concretándose en el tiemp o y el espacio en un compuesto de
elemen tos con unos atributos físicos, químicos, mecánicos, ópticos y acústicos, es
decir atributos vinculados a su carácter material.
P o demos vincular a esta p ersp ectiv a, a p esar de su capacidad para p erdurar,
una concep ción de lo material como algo mo v edizo, on tológicamen te relacional, de
naturaleza dinámica, “ pr actic e-dep endent ” (como se advierte en el caso de estudio
expuesto p or Alb erti y Marshall 2009). P or tan to para que una en tidad se manifieste
en el m undo tiene que estar im buida en un con tin uo pro ceso de individuación. Que
la línea de fuga de su tra y ectoria siga tal recorrido, tienda a preserv ar el estado de
cosas previo o, en cam bio, se genere un n uev o orden dep ende de las elecciones que
se concreten en cada ev en to ( sensu Deleuze) y cómo sus resultados se actualizan en
materia formada: lo material. Así que si la inestabilidad es in trínseca a la realidad, la
p erduración de lo existen te en la dimensión actual ha de relacionarse con un esfuerzo
encaminado hacia la búsqueda de diferenciación, estabilización, segmen tación o, en
definitiv a, la necesidad de p erdurar en un orden inheren temen te inestable (Alb erti
y Marshall 2009: 354; v éase tam bién W ebmo or 2007: 571).
1.3.2. La condición p erdurable de la acción so cial
Desde otro ám bito, nos indicaba Gibson (1986: 14) que un rasgo esencial del há-
bitat es su subsistencia a tra v és de una transformación diferencial sus elemen tos. Si
éstos presen tan una v ariable resistencia al cam bio, análogamen te deducimos que en
n uestra situación , la territorialización y co dificación 23 afectarán de forma desigual a
los comp onen tes y a actualizados. P or tan to, las p osibilidades de los atributos mate-
riales o expresiv os para p ersistir y ser in teligibles en tre formaciones so ciales div e rsas
dep enderá de la tensión existen te en tre la territorialización-desterritorialización y
co dificación-deco dificación. Lógicamen te, a ma y or imp ortancia del primer factor de
los últimos ejes, existirán ma y ores p osibilidades de p erduración.
An te estos pro cesos es necesario tener presen te la comp osición de cada en ti-
dad, como tam bién las acciones subsiguien tes en las que particip e y , finalmen te, su
resistencia al cam bio. A ctos p osteriores pueden conducir hacia pro cesos desterrito-
rializadores y reterritorializadores. A la v ez, cualquier mo vimien to de reco dificación
p o drá implicar n uev as p ercep ciones del rol material y expresiv o de las cosas o in-
cluso que la iden tidad de éstas sea afectada, lo que p o drá hacer incluso que sean
irrecono cibles para un en te p erceptor. La forma se pierde, p ero no así la materia que
23 A doptamos los ejes materia-expresión, territorialización-desterritorialización y co dificación-
deco dificación en un sen tido análogo al expuesto p or DeLanda (2006a) en su seminal obra: A New
Philosophy of So ciety: A ssemblage The ory and So cial Complexity . El apartado 1.2.1 con tiene una
brev e definición de los mismos.
32 1.3. La tra y ectoria de las formaciones so ciales: situación y acción
simplemen te cam bia de estado (Gibson 1986: 13). P or consiguien te, to da situación
es susceptible de ab o car a la confron tación de elemen tos (y su v aloración so cial) de
generación recien te como del pasado.
Nos in teresa reseñar aquí que los constituy en tes de tales estados de cosas o si-
tuaciones p oseen atributos (y a sean en tendidos en forma de affor danc es (esto es su
capacidad de afectar y ser afectado) o a partir del eje materia-expresión) con capa-
cidad para p erdurar en el tiemp o. La in teligibilidad de algunos de tales atributos
requerirá de un acto reflexiv o y/o v olun tario en el con texto de una formación so cial
concreta, p ero ello no es una condición sine qua non para adv ertir la significación de
las cosas (Ingold 2011: 71). Sea como fuere, no cab e duda de que la subsistencia de
tales atributos y su p ercep ción dep enderán tan to de las capacidades del p erceptor,
como del tip o de apro ximación a las y a mencionadas propiedades físicas, químicas,
mecánicas, ópticas y acústicas de los elemen tos (o conjun tos de ellos).
En cualquier caso, los mencionados atributos que p ersisten en el tiemp o serán
denominados en este traba jo con el acrónimo CP AS o Condición Per dur able de la
A c ción So cial . Dic ho de otro mo do, la CP AS es aquello que se puede man tener en
el tiemp o de la concurrencia en las tra y ectorias de m últiples elemen tos median te la
acción: el estado de cosas que emerge tan to en cada elemen to concreto como en la
p oblación que lo in tegra. Sería un error asimilar CP AS únicamen te al primer extre-
mo del eje materia-expresión 24 . Pongamos un ejemplo. Si pensamos en el fragmento
de un b orde de un v aso o cubilete cerámico, de él en tendemos qué tip o de usos p er-
mitiría en unas situaciones dadas. Ello no se deb e únicamen te a sus atributos como
elemen to tangible, sino que su conjun to como materia formada expr esa , hace visible
sus capacidades para con una formación so cial. De n uev o nos encon tramos an te la
dicotomía que an tes apun tábamos al reseñar la incon v eniencia que en m últiples casos
conllev a la separación en tre un extremo material y otro expresiv o-sim b ólico. P ara
n uestro discurso adoptaremos la p ersp ectiv a que defiende que el v alor so cial, affor-
danc e o eje materia-expresión es mejor definido diluy endo en una única respuesta
las pregun tas ¿qué es? y ¿qué hac e? (Wise 2005: 78). Lo que, deb e recordarse, no se
op one a la p osibilidad de que sean analizados en sectores separados.
Estos asp ectos de la acción, a p esar de p ersistir en el tiemp o, no son p ermanen tes.
P or consiguien te, será útil diferenciar en tre una CP AS y una c ondición p er dur able y
pr eservada de la ac ción so cial o CPyP AS . Con esta segunda instancia hablamos de
aquellas en tidades susceptibles de ser iden tificadas como miem bros de una situación
dada gracias a que se han man tenido hasta el momen to de la observ ación. Y, como
v eremos, la definición de registro arqueológico como cuerp o empírico de n uestra dis-
ciplina en este traba jo adoptada, dep ende de este principio. En este sen tido, CP AS
y CPyP AS pueden coincidir, p ero hemos de recono cer que este caso es po co frecuen-
te en n uestra disciplina. Las diferencias en tre am bas pueden definirse a tra v és de
dos ejes: (1) fortaleza de la territorialización y co dificación de la primera; (2) mo-
24 Cab e una aclaración al resp ecto, las en tidades se concretan en la dimensión actual en forma
material, es decir, como sustancia formada. De este mo do en lo material se puede observ ar la
totalidad del eje materia-expresión. P or ello, tam bién hablaremos en este texto de “en tidades
materiales” o “lo material” para referirnos a cualquier fenómeno de la realidad individualizado o
actualizado.
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 33
vimien tos de desterritorialización-deco dificación y reterritorialiación-reco dificiación
acon tecidos con p osterioridad.
P or otro lado, y a hemos expresado n uestro con v encimien to de que ningún fenó-
meno o mo vimien to parte de la nada, sino que es p osible en tan to que se deriv a de
la confron tación de fuerzas, estím ulos y materia (elemen tos inorgánicos y orgánicos,
animados e inanimados) reunidos en una situación. Den tro de n uestro esquema, la
con v ergencia de las tra y ectorias de diferen tes en tidades en cada acto es p osible gra-
cias a que se incorp oran como CPyP AS, que asimila el rol que aquellas han jugado
en acciones pasadas. De este mo do, la CP AS es la estabilización o reconfiguración
de CPyP AS previas.
Ejemplifiquemos esta p osición comparando la condición p erdurable de cada acto
a un fotograma. En el mismo sen tido, una situación, como sedimen tación de div er-
sas acciones concretadas previamen te y , a la v ez, como ám bito en el que pueden
pro ducirse otras n uev as, sería una suerte de sup erp osición de fotogramas. A quí, p er-
manen temen te se generan unos n uev os y , a la v ez, se man tienen o destruy en otros y a
existen tes. Asimismo, ese pro ceso p o drá conducir a la fragmen tación, b orrado (en di-
feren tes sectores y formas) o incluso llegar a eliminar al fotograma. Ello dep enderá,
como y a se ha adv ertido, de las tensiones territorializadoras-desterritorializadoras
que enfren te. Como resultado tenemos an te nosotros un conjun to de imágenes in-
completas aglutinadas, un palimpsesto. A v eces será p osible adscribir elemen tos
concretos a fotogramas individuales. En la práctica arqueológica, sin em bargo, la
ma y oría de o casiones preferen temen te seremos capaces de iden tificar siluetas de lí-
mites difusos, cada una formada p or m últiples fotogramas. Si es p osible delinear
v arios con tornos, no p o demos asumir que su comp osición se deba a la actualización
resultan te de los mismos ev en tos. Lógicamen te, cuando esos fotogramas con tengan
imágenes similares (actividades rutinarias, p or ejemplo), el recono cimien to de tales
siluetas se v erá facilitado. P or el con trario, a medida que aumen te la heterogeneidad
en tre ellas o el n úmero de acciones diferen tes, n uestra lab or de iden tificación se v erá
dificultada.
1.3.3. En tidades so ciales y acción serial
1.3.3.1. Las en tidades so ciales como fenómenos meta-estables
En n uestro ám bito de estudio, la actualización de ev en tos o cadenas de ev en tos
particulares (tan to a escala p ersonal como supra-p ersonal), son difíciles de iden tifi-
car. Y cuando ello es p osible, su caracterización tiende a ser sólo tangencial (recuér-
dese que dep endemos de aquella p orción que ha p erdurado y que es analizable den tro
de un méto do arqueológico). P or lo tan to, sin olvidarlos, n uestro análisis no puede
fundamen tarse en ellos. Alternativ amen te, ab ogamos p or ampliar n uestro horizon te
desde estos actos esp ecíficos, considerados la confluencia circunstancial o actualiza-
ción temp oral de relaciones en tre elemen tos dirigidos hacia unos p olos de atracción
determinados, hasta un niv el más amplio, co yun tural. A sab er, si esos p olos de atrac-
ción son man tenidos o recreados en subsiguien tes acciones, estamos hablando de un
n uev o tip o de en tidades: un sistema compuesto que de algún mo do se man tiene al
vibr ar (Bennett 2010) sobre sí mismo, que agrupa elemen tos de escala menor y re-
34 1.3. La tra y ectoria de las formaciones so ciales: situación y acción
cono ce en cada uno su tra y ectoria propia, p ero que como m ultiplicidad es diferen te
a la suma de ellos. Se trata de un orden de en tramados estables o, mejor dic ho,
metaestables (Massumi 1992: 57) al p ermitir su tra y ectoria mo dificaciones den tro
de unos límites. Ello se deb e a que p oseen rasgos territorializadores y co dificadores,
hec hos presen tes como asimilación de CPyP AS. Esto les p ermite encuadrarse en un
ám bito relacional concreto y les pro v ee de cierta inercia y memoria de la acción
pasada, p ero a la v ez tam bién les pro v ee de un p otencial de cara a la acción futura.
Es cierto que si fo calizamos en el agen te h umano, la en tidad de carácter p erso-
nal es usualmen te el elemen to de menor tamaño en el que recono cer los fenómenos
so ciales (DeLanda 1991: 14-15). Sin em bargo, esta escala no suele coincidir con el
ám bito más apropiado para el análisis arqueológico de la realidad. A unque, de cual-
quier mo do, ha y que recordar que tam bién en este caso tratamos con un sistema de
subsistemas, que op erarían a escala subp ersonal (biológicos o psicológicos y cogniti-
v os). Cada uno de los cuales es asimismo una en tidad formada, no dada, y a sea p or
pro cesos ev olutiv os o median te la instrucción y la exp eriencia. De uno u otro mo do,
su exp osición requeriría un análisis esp ecífico.
Sin em bargo, para los prop ósitos de n uestro traba jo nos resultan esp ecialmen te
in teresan tes aquellas en tidades que resultan del con tacto más inmediato en tre h u-
manos. Se trata de las agrupaciones de las que el ser h umano participa p or el mero
hec ho de existir (estar en relación a otros, tan to h umanos como no-h umanos): fa-
milia, colectiv o, com unidad, organizaciones-instituciones lo cales o clase so cial, en tre
otros. Si atendemos a lo expuesto en los apartados an teriores, estas en tidades serían
cúm ulos de situaciones. De hec ho, en to das ellas es p osible adv ertir los preceptos que
y a destacamos al tratar la situación: (1) p osibilitan la confluencia de la tra y ectoria
previa de m últiples elemen tos autónomos (orgánicos e inorgánicos, h umanos y no-
h umanos); (2) son el ám bito donde la acción que dep enda de tales en tidades emerge
y es in teligible; y (3) como unidad histórica es un pro ceso meta-estable, admitiendo
mo dificaciones promo vidas p or las propias acciones que serán insertadas en situa-
ciones p osteriores median te el man tenimien to de la CP AS. En este sen tido, no p or
casualidad se ha argumen tado que la p ersistencia y estabilidad de los fenómenos so-
ciales rep osa sobre estas en tidades materiales y p erdurables que los in tegran (Olsen
2010: 139-141).
A demás, su consideración como m ultiplicidades p ermitirá eludir la abstracción
que enfren ta dialécticamen te lo uno y lo m últiple. Como y a se ha indicado, lo molar
y lo molecular se dan en en tidades de cualquier niv el. Las escalas, en tonces, existen
únicamen te en conexión al sistema de referencia adoptado para el análisis de la reali-
dad, no son absolutas. Ello significa que desde una p ersp ectiv a molecular la en tidad
es atendida recono ciendo las in teracciones lo cales en tre las partículas discretas que
la forman. En un análisis molar, la p oblación de conexiones lo cales se vuelv e una al
observ arla a cierta distancia, a niv el macroscópico, auto recono ciéndose unos límites
(Massumi 1992: 54-55). A sab er, una organización se ha impuesto (niv el molar) p or
unos p olos de atracción determinados, p ero en esa organización la particularidad
(distribución in terna de la acción molécula a molécula) es preserv ada.
A unque lo molecular actúe en el detalle y pase p or grup os p equeños, nos di-
cen Deleuze y Guattari (2004: 220) que, es al mismo tiemp o co extensiv o a to do el
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 35
camp o so cial. P or ello en la organización siempre ha y algo que fluy e, una creativi-
dad vinculada a las líneas de fuga no dep endien te de los mo vimien tos totalizadores
(macro-molares), sino de lo particular que existe den tro de éstos (micro-molecular).
P ara ejemplificar este pun to, los autores de Mil Mesetas recurren a las revueltas
de ma y o del 68 o recuerdan a G. T arde, cuando éste se pregun taba p or qué los
camp esinos del sur francés emp ezaron a negar el saludo a los propietarios de su
en torno. Estas respuestas, el comp ortamien to particular de aquellos serían el ele-
men to fundamen tal para comprender el triunfo de la rev olución (Deleuze y Guattari
2004: 220-221). T amp o co faltan ejemplos en la historia recien te que ilustren cómo
mo vimien tos microp olíticos, cuy o surgimien to es a jeno a la organización o al p o der,
terminan influenciando el dev enir macrop olítico 25 . De cualquier mo do una es sus-
trato de la otra: ¿acaso puede existir p osibilidad de separarse de la masa, de v ariar
el patrón, si primero no ha y agrupación o coincidencia? Asimismo, los ev en tos mo-
leculares, desterritorializadores, quedarían en nada si no encon trasen a su v ez un
estím ulo reterritorializador, dev olviendo un n uev o orden.
Los ejemplos mencionados hacen particularmen te eviden te este argumen to al tra-
tarse de acon tecimien tos que o cupan espacios de tiemp o relativ amen te cortos, p ero
el pro ceso sería esencialmen te el mismo al hablar de ev oluciones a largo plazo o de
otros fenómenos so ciales más estables. Igualmen te, su desarrollo tenderá a ser un re-
sultado colectiv o, no determinado p or parámetros impuestos desde el exterior. Más
bien son el efecto de una causalidad no lineal impuesta a una sucesión de actos que
pueden ser tan to in tencionales como no in tencionales (DeLanda 2006a: 41). Habla-
remos generalmen te de pro cesos acum ulativ os, pro ducto de episo dios rutinarios y
rep etitiv os. En ellos se engendrarán dinámicas que promo cionarán cualquier tip o de
cam bios o, más frecuen temen te, los dificultarán. Lo uno o lo otro v a a dep ender de
la solidez de los mo vimien tos territorializadores-co dificadores o la fuerza creativ a de
los estím ulos desterritorializadores-deco dificadores. Sea como fuere, esto no implica
que no se den cam bios generados p or pro y ectos premeditados. Si bien, el éxito de
éstos será dep endien te del tip o de mo dificación de la que estemos hablando, así como
de la capacidad de mo vilizar recursos de los agen tes que lo promo cionan (DeLanda
2006a: 42).
1.3.3.2. ¿Cómo tiene lugar la acción en los colectiv os? Definición de la
acción serial
La consideración de las no ciones serialidad y c ole ctivo, propuestas p or J. P . Sar-
tre, tam bién nos conducen hacia el empleo de una estrategia que primero se cen tre
en situaciones esp ecíficas y , en un segundo momen to, atienda ám bitos más genera-
les 26 . Desde esta p ersp ectiv a, se aso cia la acción a individuos serializados, es decir,
25 Numerosos ejemplos ratifican esta idea, aunque p osiblemen te el caso ma y or alcance sea la
cadena de cam bios institucionales en n umerosos estados de la v ertiente sur y este del Mediterráneo
(y p osteriores consecuencias en p olítica in ternacional) tras los sucesos de la llamada primaver a ár ab e
en 2011. Igualmen te son asimilables p or este esquema hip ótesis recien tes acerca del surgimien to,
den tro del sistema capitalista, de micro-mo vimien tos de alcance global que escapan a la lógica de
tal sistema en la era de las tecnologías de la información (v éase p or ejemplo Mason 2015).
26 A demás de resaltar las p osibilidades de ésta p ersp ectiv a para el análisis de lo particular desde
una p ersp ectiv a microhistórica, la no ción de ac ción serial sartriana ha demostrado su utilidad en
36 1.3. La tra y ectoria de las formaciones so ciales: situación y acción
que actúan como colectiv o (como agrupación circunstancial en la que la práctica no
es llev ada a cab o como pro y ecto unitario) y , p or tan to, no como en tidades so ciales
auto conscien tes y que man tienen un ob jetiv o com ún a p erseguir (lo que Sartre deno-
mina grup o). Como indica este autor: “el individuo realiza práctica y teóricamen te
su p ertenencia al ser com ún en el medio serial y a tra v és de los comp ortamien tos
seriales” (Sartre 1963 [1960]: 221) 27 .
En este sen tido, el medio serial y su condición práctico-inerte se manifiestan en
el colectiv o como “una misma realidad ob jetiv a” den tro de estructura so cial (Sartre
1963: 444-445). Con to do, el colectiv o, es una reunión de agen tes, que no una in te-
gración. A sab er, siguen siendo individuos indep endien tes aglutinados p or patrones
de acción compartidos debido a la existencia de un “in terés com ún” (en el famoso
ejemplo de Sartre de la parada de autobús parisina éste es la necesidad del medio de
transp orte para alcanzar otro pun to de la ciudad), que actuará como aglutinador de
actores heterogéneos (pudiendo incluir distin tos sexos, edades, p osición so cial. . . ).
No obstan te, ello no se traduce en un pro y ecto único, ni tamp o co los hace más ho-
mogéneos. Siempre se man tiene su pluralidad. Que actúen en sincronía se deb erá
a m últiples factores, pudiendo las motiv aciones que se encuen tran tras el in terés
com ún ser diferen tes en tre unos y otros miem bros de la serie.
A partir de esta premisa, Sartre desarrolla con particular detalle la relación en-
tre la acción serial alb ergada en los colectiv os y las clases so ciales. Así, exp one que,
“aunque to das las reuniones h umanas, en el p erio do actual, expresen de una u otra
manera a esta sustancia [se está refiriendo a la clase so cial] o manifiesten, en ellos y
en su inercia o su pr axis , el desgarramien to en clases de la so ciedad, no trataremos de
definir inmediatamen te a la so cialidad práctico-inerte de la clase. Las que examina-
remos serán las reuniones aparen tes, más inmediatas y más sup erficiales del camp o
práctico, tal y como se presen tan en la exp eriencia cotidiana. Precisamen te p orque
se pro ducen m uc has de ellas como simple determinación in terna de una sustancia
en la cual son homogéneas, se las puede encarar formalmen te no en tan to que son
tales o cuales, sino que son seres so ciales en el camp o práctico-inerte; nos manifesta-
rán lo que p o dría llamar su in teligibilidad on tológica y p o dremos aprendeher en un
segundo momen to a tra v és de ellas y fijar esta realidad más fundamen tal que es la
clase. Es a esos seres so ciales inorgánicos a los que en mi primera parte he llamado
c ole ctivos ” (Sartre 1963: 430).
En cualquier caso, esta p ersp ectiv a puede ser ampliada y aplicada tan to a en-
Arqueología para el análisis de los fenómenos so ciales cotidianos (F ahlander 2003, 2008; Cornell y
F ahlander 2002) p or dos motiv os: (1) exp one un mo do de funcionamien to de los actos semicons-
cien tes que comp onen ma y oritariamen te la existencia median te el análisis de las series o colectiv os;
(2) resalta tam bién la imp ortancia de lo material en su constitución (F ahlander 2003: 34). Hemos
de reseñar la influencia que el traba jo de estos autores p oseen en la configuración de este aspecto
del en tramado teórico que aquí exp onemos.
27 Nótese que a p esar de que el p ensamien to sartriano supuso una crítica a los mo delos filosóficos
esencialistas y represen tacionalistas (probablemen te donde se exp one con más claridad este pun to
sea la publicación de su conferencia El Existencialismo es un Humanismo Sartre (2009 [1946]), no
estamos hablando de un esquema similar al expuesto en los apartados an teriores. Al margen de
ésta y otras diferencias, tam bién se han destacado div ersos puntos del pensamiento sartriano que
son asimilados p or la generación p osterior, donde se incluy e G. Deleuze (Ro dríguez García 2005:
111-112).
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 37
tidades definidas p or un desigual reparto de recursos (clases o categorías so ciales),
o agrupaciones circunstanciales de individuos, unidades familiares. . . De uno u otro
mo do, en tendemos que el medio preferen te p or el que la acción individual se inserta
rutinariamen te den tro del colectiv o tiene lugar a tra v és de los actos semiconscien tes
descritos p or la serialidad. T al pro cedimien to, como se explicó an teriormen te, no
resp onde a un pro y ecto com ún de un grup o auto conscien te que actúa en concordan-
cia a unos ob jetiv os prefijados. Con trariamen te, cada miem bro del colectiv o tiene
una motiv ación propia (lo que no implica que la acción sea llev ada a cab o en soli-
tario), que puede ser compartida p or otros miem bros que forman la serie o en tidad
so cial. En resumen, la causa o incen tiv o principal tras la acción de cada individuo
es realizar su propio pro y ecto, aunque el medio en el que la serie tiene lugar genere
unas condiciones parecidas en las capacidades para actuar de cada uno. El hec ho
de insertarse en ese colectiv o imprime unas limitaciones o, al con trario, p otencia
determinadas actuaciones.
A doptando esta p ersp ectiv a, en tenderemos que el resultado de la acción serial
no está determinado p or su inclusión en estas estructuras macroscópicas, p ero tam-
p o co es pro ducto directo de la in tención del agen te h umano. Será mejor definido
a partir de una cadena de actuaciones, tan to in tencionales como no in tencionales,
cuy a iteración originará efectos no premeditados. Exp ongamos más detalladamen te
las implicaciones de este pun to para n uestra meto dología. Una v ez concretado el
cuerp o empírico a analizar, desde una apro ximación molecular, los elemen tos que
p o damos iden tificar se corresp onden eminen temen te con la v ertien te p erdurable de
actividades concretas ejecutadas en un hábitat, llev adas a cab o como pr axis serial.
Es decir, hablamos de acciones que en su desarrollo no requieren de la auto con-
ciencia de p ertenencia al colectiv o que las alb erga, ni a otras en tidades en las que
tam bién se inserten. T al auto conciencia p o drá darse, p ero en el mejor de los casos,
la p ertenencia a una en tidad sup erior no es un hec ho concluy en te con resp ecto a
la acción individual, sino un elemen to catalítico más con resp ecto a ella. Limitarán
o fomen tarán las diferen tes p otenciales situaciones que puedan darse, p ero no las
determinarán.
P or otro lado, el hec ho de que generalmen te no seamos capaces de diferenciar
actos concretos, sino actividades a partir de la CPyP AS (recuérdese, Condición P er-
durable de la A cción So cial) sup one una limitación imp ortan te, p ero no un imp osi-
bilita la inclusión del argumen to an terior en n uestro esquema teórico. Básicamen te
dificulta la caracterización de aquellos fenómenos so ciales más efímeros, impidien-
do trazar una secuenciación temp oral detallada en la tra y ectoria de las en tidades
con las que traba jamos. Ahora bien, recono cer esta limitación no implica que los
conjun tos materiales que do cumen tamos en el curso de n uestra lab or no puedan
ser vinculados con la condición p erdurable de agrupaciones de acciones de indivi-
duos autónomos, agrupados como colectiv o. En tendemos que este pro cedimien to,
nos p osibilitará analizar la pluralidad del conjun to arqueológico con tando tan to con
la capacidad de acción o creación del individuo y , a la v ez, recono cer los rasgos
totalizador es , es decir, aquellos atributos estructurales que encon tramos si son ob-
serv ados desde una p ersp ectiv a molar. Únicamen te destaca que el acceso empírico
a estas realidades abstractas se pro duce a tra v és de observ aciones de lo particular,
38 1.3. La tra y ectoria de las formaciones so ciales: situación y acción
del detalle, de la consignación de una sucesión op eraciones lo cales. No obstan te,
como parte de un colectiv o, la singularidad de cada elemen to es sólo in teligible al
considerarlo a la v ez en relación a una p oblación y su medio.
1.3.3.3. En torno a la escala de los fenómenos so ciales y la conciliación
de las grandes narrativ as con la heterogeneidad inheren te al
registro arqueológico
Siguiendo con el argumen to que acabamos de exp oner, en este apartado pre-
tendemos esb ozar las implicaciones prácticas que para n uestro traba jo p oseen las
diferen tes escalas con las que son conceptualizados los fenómenos so ciales. No p or
casualidad, la búsqueda de marcos apropiados para la do cumen tación e in terpreta-
ción de los fenómenos so ciales ha sido una de las preo cupaciones fundamen tales de
las Ciencias So ciales y , p or consiguien te, tam bién de los traba jos arqueológicos. En
este sen tido, si las dos últimas décadas del siglo XX y primeros años de la siguien te
cen turia fueron el momen to de expansión y ma y or ap ogeo del in terés p or lo particu-
lar y lo lo cal (al menos en algunos con textos como el británico), no es menos cierto
que en la actualidad se testimonia una revigorización del in terés p or pro cesos de
carácter más general en n uestra disciplina (Hingley 2012: 186-187).
En cualquier caso, este binomio simplifica una situación en la que la v ariabili-
dad inheren te al cuerp o empírico deb e ser el fundamen to para plan tear, ratificar o
reconfigurar big pictur e questions (Domanska 2010: 120). En este pun to, deb emos
recordar que el esquema on tológico y a expuesto, fundado en la existencia de m últi-
ples y sucesiv os niv eles sub vierte la tradicional querencia que oscila en tre observ ar el
comp ortamien to individual como un epifenómeno de un cuerp o de las reglas so ciales
o vicev ersa (DeLanda 2006b: 250-251). P or ello, n uestra caracterización de lo so cial
no puede seguir un esquema bimo dal que enfren te dialécticamen te al individuo y la
so ciedad, lo uno y lo m últiple o lo p equeño y lo grande.
Cada en tidad, indep endien temen te de su escala, es en sí misma es un sistema
complejo. Nos in teresa recono cer los patrones de su formación y ev olución median te
el seguimien to de las tra y ectorias e in teracciones de sus comp onen tes, atendiendo a
los diferen tes ritmos con los que estos pro cesos acon tecen. De esta manera, en este
traba jo optaremos p or conjugar un necesario pun to de partida desde lo particular
(esto es la observ ación de elemen tos concretos del cuerp o empírico) con una p ostura
hetero do xa heredera de la Historia estructural braudeliana (para ma y or detalle al
resp ecto de la influencia de esta corrien te en la Arqueología de sup erficie v éase Cua-
dro T emático 1.2). No en v ano, al mismo tiemp o que descartamos el determinismo
que imp ondría la preeminencia de la “larga duración” sobre lo ev en tual, tam bién
recono cemos que el registro arqueológico de sup erficie presen ta mejores aptitudes
para caracterizar fenómenos duraderos, estabilizados y rep etitiv os.
La con tribución más distin tiv a de la in tro ducción de la Historia estructural en
n uestra disciplina, ratificada tam bién p or de la propuesta de Bailey (1981; 2007) en
torno a la idea del time p ersp e ctivism , consiste en el recono cimien to de lo inapro-
piado del empleo de un único esquema temp oral para englobar la totalidad de los
fenómenos so ciales. No obstan te, a diferencia de una “arqueología annaliste ”, que si-
guiendo a Braudel en tiende que los pro cesos definitorios de dic hos fenómenos op eran
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 39
a diferen tes escalas temp orales, esta última corrien te defiende que es el in v estigador
el que elige de forma más o menos arbitraria cómo son medidos tales pro cesos o ba jo
qué escalas o marcos son in tegrados (Bailey 2007: 199).
Esta cuestión es de notable imp ortancia puesto que influenciará aquello que
p o damos inquirir a los conjun tos arqueológicos. La propuesta original de Bailey
incidía en que el uso de v arios marcos de referencia o ritmos temp orales p ermitiría
observ ar div ersos atributos de lo so cial, p or lo que diferen tes conceptos o méto dos
p o drían ser requeridos para pro ceder a la in v estigación de los mismos. En otro orden
de cosas, la ampliación de la escala temp oral para observ ar el registro arqueológico
p o dría resultar en la iden tificación de pro cesos de otra forma ob viados (Bailey 1981).
Cuando es p osible pro ceder a una disección detallada de diferen tes agregados con
los que organizar el conjun to arqueológico asumimos que estamos encarando pautas
particulares, relativ as a unidades familiares (o incluso individuales) y com unitarias,
y (dep endiendo del con texto cronológico) propias a una o escasas generaciones. En
consecuencia, la manifestación de dic hos pro cesos adquirirá formas eminen temen te
lo cales, p ero su con texto deb erá atender igualmen te a cuestiones de carácter más
genérico, aunque sus respuestas sean esb ozadas a partir de colecciones de elemen tos
40 1.3. La tra y ectoria de las formaciones so ciales: situación y acción
concretas. P or ello, el estudio de las colecciones de hallazgos en sup erficie, a p esar de
llev ar a cab o una do cumen tación y análisis de microrregiones no puede con v ertirse
en una historia lo c al .
A ún así, nos enfren tamos a sistemas complejos cuy as deriv aciones no son siempre
con v ergen tes, p or lo que la v ariabilidad implícita al cuerp o empírico (F ahlander 2003:
3) puede comprometer n uestra comprensión de la in tegración de las tra y ectorias
individuales den tro de las colectiv as. En la práctica arqueológica, el acen to en lo lo cal
se elab ora a partir de la idea del estudio de la heterogeneidad que se advierte en el
conjun to. P or lo tan to, someter ese to do heterogéneo a ley es o propuestas generales
puede conducir al emp obrecimien to del caudal informativ o, y a se trate de datos que
nos informan acerca de la con v ergencia o div ergencia den tro de tendencias concretas.
P or ello, el propio con texto arqueológico confron tado deb e ser tomado como pun to de
referencia de la in v estigación fren te a otras no ciones, órdenes u horizon tes generales
de lo cultural o lo so cial (F ahlander 2003:60-61). Es más, los límites establecidos
en tre estos esquemas genéricos no vienen dados o son auto eviden tes, de mo do que la
inclusión/exclusión de determinados ap ortes informativ os es susceptible de mo dificar
la imagen de dic hos en tes. An te la inexistencia de fron teras precisas, la apro ximación
micr o , sin em bargo, defiende que no sería necesario recono cer to dos los asp ectos de
una en tidad so cial para inferir su existencia. Sería el empleo de los elemen tos a
n uestra disp osición el que deb ería ser tomado como la base para la generación de
la información so cial p osible , es decir, aquella que p o demos argumen tar a partir del
cuerp o empírico disp onible. Ob viamen te, esta p ostura no con tradice el hec ho de que
la c antidad y c alidad de los recursos a los que p o damos acceder rep ercutan en la
precisión y niv el de detalle del cono cimien to que generemos. Sí justifica, en cam bio,
la creación de cono cimien to arqueológico relev an te a partir de conjun tos materiales
que significan únicamen te una p orción reducida de la v ertien te observ able de las
formaciones so ciales.
En tendemos que esta p ersp ectiv a es particularmen te in teresan te para el análisis
de los conjun tos materiales presen tes en la sup erficie del terreno, que se configu-
ra en base a una p orción m uy concreta de la CPyP AS (que, como y a indicamos,
es sólo un p orcen ta je del asp ecto empírico de la acción so cial). P or consiguien te,
adoptar, al menos en los primeros estadios de n uestra in v estigación esta p ersp ectiv a
p osibilitará iden tificar pautas den tro de cada con texto arqueológico en concreto, in-
dep endien temen te de horizon tes culturales u órdenes so ciales preestablecidos y , en
segunda instancia iden tificar con tradicciones o coincidencias con el comp ortamien to
de sucesiv as lo calizaciones arqueológicas o con narrativ as más generales.
Desde esta p osición, las en tidades so ciales que p o damos tratar y , aún más par-
ticularmen te, la can tidad y niv el de detalle de información a recono cer en tre los
pro cesos que op eran den tro de ellas, estará condicionada p or los datos a n uestra dis-
p osición y , en segundo lugar, p or los límites espacio-temp orales que establezcamos.
Algunos con textos serán apropiados para explorar acon tecimien tos o situaciones in-
dividuales, mien tras que en otros habremos de con ten tarnos con la iden tificación de
series de ev en tos de ma y or solidez. Bailey (2007: 202) nos indica que, para p erio dos
de cierta an tigüedad, las mismas características del registro arqueológico p erjudican
la resolución de los atributos vinculados a los pro cesos históricos a inferir. En ten-
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 41
demos que tal limitación en la resolución, no siendo completamen te indep endien te
de la cronología, está presen te en to do con texto del que disp ongamos una evidencia
que presen te escasa v ariabilidad u organización in terna. En este sen tido, los agre-
gados de sup erficie, y particularmen te aquellos pro ceden tes de con textos rurales,
suelen ser represen tativ os de dic ha situación. Eviden temen te, ello no significa que
fenómenos de menor escala estuvieran ausen tes, p ero sin lugar a dudas, son los
más difíciles de detectar en n uestro registro material. P or tan to, más que tratar de
resp onder pregun tas preconcebidas empleando los datos disp onibles, resultará b e-
neficioso tomar a éstos como pun to de partida para discernir n uestras p osibilidades
para definir arqueológicamen te formaciones y fenómenos so ciales concretos. Esta
p ersp ectiv a m uestra que la conceptualización del hec ho so cial pasado no sólo está
vinculada con la habitación pretérita del espacio, sino tam bién con el con texto en
el que se desarrolla la in v estigación, los datos disp onibles o los méto dos y recursos
empleados en su análisis.
A este resp ecto tam bién p o dría resultar p ertinen te la mención a la recien te ten-
dencia a extrap olar las teorías de la globalización, empleadas en v arias disciplinas
de las ciencias h umanas, para analizar so ciedades an tiguas (Pitts y V erluys [eds.]
2015; Hingley 2005; Ho dos 2009). De este mo do, los fenómenos descritos p or el tér-
mino globalización, a p esar de ser éste acuñado duran te la segunda mitad del siglo
XX, son considerados útiles para analizar pro cesos históricos an teriores, aunque sin
olvidar las lógicas diferencias de escala y ritmo debidas a las diferen tes cronologías
(Pitts 2008: 493-494). Con un claro influjo de las teorías p oscoloniales, retomando y
reno v ando debates previos 28 , estos autores descartan la idea de la existencia de una
so ciedad o cultura unificada. Sí se argumen ta, en cam bio, la presencia de v alores,
prácticas o cuerp os de cono cimien to que traspasan límites culturales o nacionales
siendo compartidos a escalas más amplias (Ho dos 2009: 221). Desde esta p ersp ectiv a,
los pro cesos de largo alcance serán el resultado de la suma de un n úmero de casos que
presen tan una necesaria v ariabilidad comarcal o lo cal, lo que no es incompatible con
el recono cimien to de atributos compartidos a escala supra-regional. La denominada
colonización “orien talizan te” o la implan tación romana, dos de los fenómenos histó-
ricos más ampliamen te estudiados en n uestra área de estudio, constituy en un buen
ejemplo de estos pro cesos de amplio rango formados en base a la suma de m últiples
respuestas particulares. P or lo tan to, este pro ceso de globalización no se concib e co-
mo una homogenización o estandarización de los atributos de grup os so ciales an tes
diferenciados (Pitts 2008: 494). El recono cimien to de la heterogeneidad funcionará,
p or el con trario, como revulsiv o para aglutinar en dinámicas generales los rasgos
de lo concreto y lo lo cal. A unque, inevitablemen te se enfren taran dificultades para
insertar en mo delos globales la div ersidad propia al registro material (Ho dos 2009:
234).
28 El debate en tre lo general, lo lo cal y la in teracción en tre am b os puede rastrearse en las ciencias
so ciales desde an tiguo en torno a p ostulados como wolr d system o cen tro-p eriferia (W allernstein
1974; Chase-Dunn y Hall 1997; Shils 1975; Appadurai 1986) o hibridación (Bah ba 1994; Pieterse
2003).
42 1.3. La tra y ectoria de las formaciones so ciales: situación y acción
1.3.4. Situando las com unidades agrarias
Como complemen to a lo expuesto hasta ahora, en tendemos necesario aclarar
n uestra p osición con resp ecto al desarrollo teórico vinculado a los estudios de las
com unidades camp esinas y su relación con no ciones de ma y or amplitud como “so cie-
dad” o “economía agraria” . En particular, si fo calizamos en la in v estigación hispana
de las últimas décadas 29 , en los estudios arqueológicos de las com unidades rurales
p o demos observ ar la con v ergencia de diferen tes tendencias. P or un lado, se recono-
ce una notable impron ta de las tesis desarrolladas sobre los p ostulados marxistas
(Shanin 1976 [1973]; 1979 [1971], 1983 [1972]; Amin y V ergop oulos 1974; Amin 1978
[1977]; Miliband 1990; Go delier 1972 [1968], 1978; Sta Croix 1988 [1981]). Esta co-
rrien te, en la in v estigación española, ha con vivido con la influencia de v arias ramas
de una Arqueología (Guilaine 1991; Bazzana 1984; Bazzana et al . 1988) e Historia
rural (Le Ro y Ladurie 1981; Le Goff 1977, 1985; F ossier 1984) de tradición francesa,
con tando con un imp ortan te p eso los estudios cen trados en el Mediev o. T amp o co
p o demos ob viar el p eso de los traba jos de orien tación an trop ológica, tan to desde
una v ertien te culturalista (Redfield 1956), como ev olucionista y ecológica (Stew ard
1950, 1955) e influenciada p or el marxismo (W olf 1971 [1966], 1987 [1982]) o desde
la llamada An trop ología sim b ólica o in terpretativ a (Geertz 1994 [1983]).
En este con texto, como suele o currir con no ciones de uso generalizado, conceptos
como “camp esino” carecen de una definición univ ersalmen te aceptada. Y a Shanin
(1979: 10), que se preo cupaba concretamen te p or encon trar en este término una he-
rramien ta de utilidad analítica, hablaba del camp esinado como una generalización y
una mixtificación: “«un camp esino» no existe en un sen tido inmediato y estrictamen-
te esp ecífico” . Esta categoría, en cam bio, se referirá a agrupaciones caracterizadas
p or presen tar gradaciones y condiciones v ariadas, las cuales se manifiestan no sólo
a diferen te escala espacial o temp oral, sino que se pueden observ ar den tro de una
misma com unidad camp esina. Sea como fuere, este autor hablaba de cuatro ejes
para su caracterización (Shannin 1979: 12-13): (1) organización del sistema econó-
mico en el marco de la familia; (2) den tro de la v ariedad de lab ores a desemp eñar
(definidas p or su ba jo niv el de esp ecialización) existirá un desequilibrio esp ecífico
en tre las actividades agrícolas-ganaderas y las artesanales-comerciales en detrimen to
de las últimas; (3) “formas de vida” aso ciadas a p equeñas com unidades o aldeas;
(4) pap el de sub ordinación o dep endencia fren te a actores a jenos a esta categoría
que deten tan ma y or capacidad de decisión. En este trance, tales actores resultan
fa v orecidos al p o der disp oner de una prop orción v ariable de los exceden tes.
A to do ello, cab e añadir un eje más, destacado p or Geertz (1961: 2), aunque tam-
bién implícito en los pun tos de Shanin: (5) el camp esinado, y a sea como categoría
29 Se sucede una escueta relación no sistemática de esta heterogénea corrien te de estudios desde
la década de 1980: Gilman y Thormes 1985; Vicen t García 1991; Barceló i P erelló 1988, 1995;
Sastre Prats 2001; Orejas Saco del V alle et al . 2002; May oral Herrera 2004; R uíz del Árb ol Moro
2005; Orejas Saco del V alle 2006; Parcero Oubi ña 2006; Ruíz Rodríguez y Molinos Molinos 1984,
1993; Molinos Molinos y R uíz Ro dríguez 1994; R uíz Ro dríguez 2009; Ro dríguez Díaz 2009; P a v ón
Soldevilla y Ro dríguez Díaz 2007; Ballesteros Arias y Criado Boado 2006; Ballesteros Arias 2010;
Ballesteros Arias et al. 2010; Quirós Castillo (ed.) 2012; Quirós Castillo 2009; F ernández Mier et
al. 2013.
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 43
cultural, económica o p olítico-legislativ a, es fundamen talmen te un grup o (normal-
men te aquel no privilegiado y aislado de los cen tros de p o der y la alta cultura) cuy a
definición queda incompleta sin referirlo en relación a diferen tes segmen tos den tro
de una estructura so cial ma y or y donde p osee un rol subalterno. Así, tiende a ser el
otr o de la aristo cracia, el clero, la burguesía urbana, etc.
Si n uestra in v estigación pretende sacar pro v ec ho de tales pun tos en conjunción
con el discurso expuesto en los apartados preceden tes, es necesario aclarar algunas
cuestiones. P or un lado, en estos ejes in terferían fenómenos que actúan a diferen te
escala. A sab er, lógicamen te, las capacidades que pudiera mostrar el camp esinado
como en tidad so cial den tro de una p oblación más amplia dep enden de la relación
que man tenga con otros segmen tos de dic ha p oblación. No obstan te, como hemos
visto, la tra y ectoria de una en tidad ni se puede determinar de su inclusión en un
cuerp o más amplio, ni puede preceder al con texto relacional en el que emerge.
P or ello, deb e destacarse que los términos manejados en la caracterización de
una en tidad como el camp esinado, no pueden ser los mismos que los empleados
en la de una supr a entidad para con aquella (so ciedad agraria). La diferencia es
sustancial y a que la una (camp esinado) no incluiría individuos que no cuen tan con
la p osesión de la tierra o el con trol de los llamados medios de pro ducción (escla v os,
braceros. . . ) o aquellos que no se dedican al traba jo directo de la tierra. Sin em bargo,
to dos estos actores sí confluy en en las formaciones so ciales agrarias. Éstas, gr osso
mo do , definen a aquellas p oblaciones en las que p oseen ma y or p eso esp ecífico las
disp osiciones morales, legales, p olíticas, económicas y técnicas afianzadas a tra v és
de unas formas de vida aso ciadas a prácticas agrícolas y ganaderas en en tornos
eminen temen te rurales.
No está de más recordar que en éste ám bito asumimos la preeminencia de una
lógica propia a los sistemas económicos camp esinos y no mercan tilistas. Así, el tra-
ba jo agrícola, en v ez de concebirse como un pro ceso generador de v alor de cam bio,
funciona como un fenómeno creador de v alor de uso (Vicen t García 1991: 58). Ello
implica que los p olos de atracción alrededor de los cuales se concretan las acciones
seriales en el camp o pro ductiv o no empujan hacia el con tin uo aumen to de b enefi-
cios inheren te a los esquemas capitalistas. Prev alece, en cam bio, la observ ancia de
unos criterios concretos de autosuficiencia y satisfacción de determinados paráme-
tros, tan to para con otros comp onen tes de la com unidad, como de los individuos
para consigo mismos. Este último pun to incluiría el cumplimien to de con tribuciones
u obligaciones tributarias, así como la adquisición de bienes de man ufactura extra-
familiar. Los criterios alrededor de los cuales se individualizarán los atractores de la
acción so cial serán referidos en este traba jo tam bién en base al concepto se guridad
ontoló gic a 30 , que adoptamos de A. Giddens (1984: 50-54).
30 Con este término denominaremos al que constituiría el principal atractor que dirige a las
en tidades so ciales hacia pro cesos regularizados y estabilizadores. En este esquema, prosp ectiv as
situaciones cuy os ejes v ertebradores no puedan ser predecibles tenderán a pro ducir incertidum bre
en aquellos agen tes reflexiv os que particip en de ella. La querencia p or con trolar o reducir los
niv eles de ansiedad p otenciará prácticas que sean ratificadas como c onfortables (Cassell 1993: 14),
regularizándose median te rutinas pr e de cibles (Giddens 1984: 50). La necesidad de exp erimen tar
seguridad on tológica justificará la in v ersión del esfuerzo requerido para la promo ción de situaciones
en las que sus miem bros puedan ejercitar p otenciales capacidades esp ecíficas. Esto, en la existencia
44 1.3. La tra y ectoria de las formaciones so ciales: situación y acción
P ara nosotros, la cuestión fundamen tal radica en que si una en tidad como cam-
p esinado es empleada, su uso no p o drá definir la acción de sus miem bros como un
fenómeno unitario, pro ducto de una auto-iden tificación (conscien te o inconscien te)
que resulte en un comp ortamien to colectiv o determinado de clase , opuesto dialéc-
ticamen te a otro. La tra y ectoria del propietario no con tradice a la del jornalero, ni
éstas a las del aparcero o del funcionario de una explotación estatal, p ero ello no
quiere decir que unos y otros p osean un pro y ecto com ún. Cada individuo tiende a
actuar de forma particular, es decir, a “afectar” o “ser afectado” de una manera
singular en el cúm ulo de situaciones que comp ondrían su existencia. P or ello en ten-
demos que la no ción de acción serial se adaptaría mejor a la definición de tal realidad
y , en consecuencia, la CPyP AS (en n uestro caso los m últiples conjun tos materiales
iden tificados duran te la práctica arqueológica) nos vincula preeminen temen te a esta
realidad más inmediata, adaptando la expresión sartriana.
El establecimien to de en tidades que englob en o repartan a los colectiv os o series
iden tificados tendría lugar en etapas subsiguien tes den tro del marco de una in v esti-
gación. Sin em bargo, deb emos ser cautos an te la equiparación de categorías so ciales
de carácter más o menos genérico y abstracto, plan teadas en base a estudios etno-
gráficos, so ciológicos o históricos con temp oráneos. Puesto que en tendemos que la
orien tación del individuo y la familia den tro de las formaciones p olíticas pretéritas
se concreta alrededor de su inmersión en un en tramado esp ecífico de actividades
cotidianas, normas consuetudinarias y fórm ulas legislativ as. Los grup os so ciales que
en el traba jo in v estigador se determinen se referirán a colectiv os complejos dado que
no se reducen a una conjunción homogénea de los elemen tos an tes citados. P or otra
parte, esta reticencia deb e ser aún más acusada para con textos y p erio dos históricos
como los que se o cuparán en los apartados in terpretativ os de este traba jo.
A quí deb emos adv ertir algunos factores básicos que a nosotros, en su ma y or par-
te, nos serán descono cidos. En primer lugar, destaca n uestra ignorancia con resp ecto
a las estructuras de propiedad de la tierra, tan to en lo referen te a los “derec hos de
dominio” (Shanin 1979: 14), como a la propiedad legal. P or otro lado, se man tiene
igualmen te en el camp o de las hip ótesis a con trastar la ordenación y el con trol de
los llamados medios de pro ducción, así como la manera en que se relacionan con la
autoridad y organización del p o der p olítico. Asimismo, un fenómeno similar se cons-
tata al ab ordar el estatus jurídico de los diferen tes in tegran tes de las com unidades
agrarias.
En la p enínsula ib érica, desde la implan tación del p o der romano, las fuen tes
escritas nos p ermiten cono cer con diferen te niv el de detalle (dep endiendo del p erio do
histórico y la región) m últiples categorías mencionadas en los có digos legislativ os.
Si bien, en la práctica de n uestra disciplina, ubicar un conjun to material concreto
den tro de un sistema jurídico particular es p osible sólo en raras o casiones (vinculado
a esta temática, en el Cuadro T emático 1.2, ab ordamos el problema de la Arqueología
de sup erficie y las vil lae ). Sea como fuere, en to dos estos casos, explicamos n uestro
descono cimien to p or el hec ho de que se trata de fenómenos que funcionan en base
a mo vimien tos de co dificación complejos cuy o asp ecto p erdurable, de existir, tiende
cotidiana dirige hacia la rep etición de unos estados de cosas concretos. P or tan to, este término será
retomado cuando ab ordemos la definición de las prácticas cotidianas.
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 45
a ser insuficien te para ser in teligible a individuos de formaciones so ciales a jenas a
aquellas que los generaron. Con to do, cab e realizar algunas matizaciones en aquellos
casos en los que algún asp ecto de la condición p erdurable de la estructura de la
propiedad, p or ejemplo, se fundamen ta en mo vimien tos co dificadores con una sólida
base territorializadora, siendo los sistemas parcelarios fosilizados uno de los casos
más esclarecedores en este sen tido.
De esta manera, puede concluirse que n uestro cuerp o empírico suele p oseer es-
casos y p o co concluy en tes indicadores acerca del cómo se practica la p osesión de
los recursos. Sin em bargo, en relación a este último factor p o dría resultar de in terés
el plan teamien to de A. Gilman (1997: 85) para conectar “unos sistemas de pro-
ducción (concepto jurídico cuy a lectura en el registro arqueológico es, ob viamen te,
problemática) con unos sistemas de pro ducción (hec hos materiales cuy a observ ación
arqueológica es menos problemática)” . Así, si somos capaces de prop oner arreglos
esp ecíficos en los que se concretizaría la p osesión de los recursos, p o demos plan tear
la búsqueda del correlato que tales fenómenos habrán de presen tar en el asp ecto
p erdurable de “sistemas de pro ducción” concretos.
En cualquier caso, sería ilusorio asumir que, desde n uestra p ersp ectiv a, se ob via
el desigual reparto de recursos (no sólo materiales) que en tendemos tenderá a emer-
ger en to do colectiv o de v o cación agrícola o ganadera. Esta desigualdad emergerá
al hallarse subsumido cada individuo en una situación donde pautas rutinarias o
imp osiciones p olíticas concretan tal ordenamien to. Como apun ta DeLanda (2006a:
65): “ r esour c e distributions never exist in an abstr act sp ac e but ar e always intimately
r elate d to c oncr ete so cial entities such as interp ersonal networks and or ganizations ” .
P or ello, la definición de clase so cial, para éste es un agenciamiento de dic has cone-
xiones in terp ersonales y organizaciones institucionales. Así, adaptando y matizando
el esquema de Bordieu al resp ecto (descarta el dominio determinista que según él
implica la no ción habitus ), se destaca la necesidad de traba jar sobre la correlación
significativ a en tre dos v ectores (DeLanda 2006a: 63): el desigual acceso a los recursos
y la expresión de la desigualdad en las formas de vida (gestos, aptitudes, formación,
v estimen ta, dieta. . . ).
P or ello, tamp o co se cuestiona el justificado uso de las colecciones de material
arqueológico con el ob jetiv o de iden tificar un más que hip otético acceso asimétrico
a los recursos. P ara n uestros ob jetiv os particulares el factor cla v e en este pun to
consistirá en determinar cómo se relaciona el asp ecto p erdurable de las diferen tes
actividades (que, recordemos, es además aquello en los que se susten ta su estabilidad)
vinculadas a unos y otros miem bros de una com unidad con la orien tación de un
pro y ecto (o pro y ectos) compartido en b eneficio del estatus o las condiciones de vida
de algunos de sus comp onen tes. Sin em bargo, descartamos que la segunda parte de
n uestra ecuación quede impresa de forma mecánica en la primera. En consecuencia,
partimos del recono cimien to de las limitaciones con las que cuen ta la Arqueología,
y la Arqueología de sup erficie en particular, para conectar am b os extremos.
Cen trándonos en n uestro contexto de estudio, si la mixtificación del camp esinado
describ e un cúm ulo de circunstancias heterogéneas, ¿cómo recono cer la mediatiza-
ción de esta suerte de categoría en el asp ecto p erdurable de acción so cial aso ciado a
las prácticas agrarias? En una primera instancia no nos plan tearemos resolver esta
46 1.4. A tendiendo a las prácticas cotidianas
cuestión. El cuerp o empírico do cumen tado y n uestros in tereses nos guiarán, en cam-
bio, hacia el discernimien to de las o cupaciones ma y oritarias aso ciadas a formaciones
agrarias concretas. Hablamos, eminen temen te, de actividades residenciales y pro duc-
tiv as. Si estas son en tendidas como acciones serializadas, in vitan a iden tificar una
elección en tre rep etición y diferencia median te un ev en to. La concretización de sus
consecuencias es susceptible de p oseer un asp ecto material y expresiv o p erdurable
que en trará a formar parte de futuras situaciones.
Los patrones de iteración y diferenciación que p o damos observ ar en el regis-
tro arqueológico como CPyP AS nos p ermitirían delinear pro cesos históricos meta-
estables de carácter p ersonal o, preeminen temen te en n uestro caso, supra p ersonal.
Esto imp one que el méto do de traba jo pro ceda desde aba jo hacia arriba. A sab er, no
recurriremos a abstracciones de carácter general para justificar o explicar las formas
de vida, pro cedimien tos del traba jo u organización familiar, com unitaria o institu-
cional. Alternativ amen te, sería una lógica basada en el análisis de las v ariaciones y
rep eticiones observ adas en el registro arqueológico el elemen to cla v e. A quí, como se-
rá tratado con ma y or detalle en los apartados subsiguien tes, la CPyP AS (sobre to do
aquella que es recono cida median te traba jos de prosp ección arqueológica), tenderá
a presen tarnos aquellos fenómenos estabilizados e insertados en la rutina y , como
tal, p oseedores de mo vimien tos de territorialización más sólidos.
1.4. A tendiendo a las prácticas cotidianas
En n uestro traba jo, la atención a lo cotidiano constituy e el recurso preferen te de
en tre los recursos p osibles para el estudio del hec ho so cial. No en v ano, y a hemos
expuesto la imp ortancia de los fenómenos abarcados p or esta no ción, tan to para con-
ceptualizar la tra y ectoria de las formaciones so ciales, como para la do cumen tación y
análisis de su asp ecto observ able y p erdurable. En definitiv a, la cotidianeidad es el
ám bito que alb erga las situaciones donde emergerán ma y oritariamen te las acciones
que concretan las relaciones en tre in tegran tes en el dev enir de las en tidades so ciales,
donde n uev os elemen tos se actualizan, cam bian o se man tienen.
Nos cen traremos en las implicaciones que p osee este concepto en el estudio de
las so ciedades agrarias an tiguas. Este in terés, en buena medida, se deriv a del hec ho
de que la naturaleza del cuerp o empírico al que recurriremos en este traba jo parece
adaptarse esp ecialmen te al análisis de cierto tip o de prácticas estabilizadas. A sa-
b er, en tendemos que el registro arqueológico sup erficial m uestra mejores aptitudes
cuando nos conecta con fenómenos so ciales duraderos, con un fuerte carácter territo-
rializador (aunque esta regla general tiene notables excep ciones). En este sen tido, las
actividades cotidianas se erigen como el caso más significativ o en tan to que pro cedi-
mien tos asen tados, ratificados p or los colectiv os que las generan y , p or consiguien te,
presen tando ma y or resistencia a su desestabilización. Y a DeLanda (2006a: 50), refi-
riéndose al individuo, nos indicaba que “ the main territorializing pr o c ess pr oviding
the assemblage with a stable identity is ‘habitual r ep etition ’ ” .
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 47
1.4.1. Cotidianeidad y rutina en las formaciones so ciales
Se pregun ta Lefeb vre (2000: 88): “¿Dónde sorprender la cotidianeidad? (. . . ) La
sorprendemos en to das partes y en ninguna. No consiste ni en la vida del traba jo,
en la empresa o la oficina, ni en la vida familiar con su en torno y relaciones, ni en
las distracciones del o cio y sus actividades m últiples. Y, al mismo tiemp o, es to do
esto, la vida del ser h umano que v a de lo uno a lo otro, que se realiza y pierde
tan to en el traba jo como en la familia o el o cio” . En resumidas cuen tas, se trata de
un concepto complejo que se refiere a prácticas que op eran en v arias dimensiones
(ám bito lab oral, ám bito público, ám bito institucional, ám bito doméstico), existiendo
diferen tes escalas den tro de cada una de ellas, lo que imp one una definición m ultifo cal
y m ultiescalar de la cotidianeidad.
Lo cotidiano puede equipararse con aquello que en una formación so cial es con-
siderado lo corrien te, lo que acon tece con asiduidad en la existencia, pudiendo el
sen tido de normalidad v ariar desde la p osición so ciohistórica que sea observ ado. No
puede, en cam bio, igualarse a lo trivial 31 , aquello que no con tribuy e a la elab ora-
ción de narrativ as trascenden tales. Hablamos de mo dos de hac er (De Certeau 2000:
LXIV), pro cedimien tos incorp orados y reelab orados, rubricados y distribuidos en tre
los miem bros de una colectividad.
T al pro ceso no tendría lugar únicamen te median te la toma de consciencia de
to dos los factores y v ariables presen tes en circunstancias concretas, sino tam bién
median te la ejecución de acciones insertadas en la rutina y regionalizadas (T urner
1986: 973-974). Dic ho de otro mo do, estabilizadas puesto que son aceptadas so cial-
men te (al ser consideradas eficientes den tro de una lógica concreta tiene lugar su
rep etición) y ordenadas en el espacio. P or ello es frecuen te la aso ciación existen te
en tre lo cotidiano y lo rutinario. En este sen tido, este último término se refiere al pro-
ceso recursiv o que con textualiza actividades arraigadas y habituales, cuy a ejecución
no requiere de un acto reflexiv o que las justifique 32 . De este mo do, las en tidades que
participan de pro cesos rutinarios tenderán a estar im buidas den tro de mo vimien tos
territorializadores y co dificados esp ecíficos. Sin em bargo, rutinario no necesariamen-
te es equiv alen te a irracional o in v olun tario, sino que la realización de las mismas
actividades es dada p or sen tado y los pro cedimien tos median te los cuales éstas se
desarrollan no son desafiados.
Este argumen to fue esp ecialmen te ab ordado p or A. Giddens 33 , que presup one
“ the r eflexive monitoring ” o “ know le dge avility ” de la acción so cial p or los agen tes, sin
que ello signifique que las consecuencias de tales acciones sean in tencionales. P or ello,
este autor declaraba que la historia h umana “ is cr e ate d by intentional activities but is
31 Es in teresan te reseñar que los estudios de la vida cotidiana se han indep endizado de signo nega-
tiv o o cuan to menos con tradictorio (Lefeb vre 1991: 87) con el que tradicionalmente se caracterizó a
ésta. Puede mencionarse aquí la corrien te que advierte en lo cotidiano la alienación (Go onew ardena
2008: 117-123) o dominación/sub yugación (De Certeau 2000: XLIV) vinculada a grup os so ciales
no dominan tes.
32 En consonancia con la primera acep ción de la en trada “rutina” en el DRAE.
33 Al margen de las notables diferencias en tre estos autores, detectamos un pun to de conexión
en tre am bas p ersp ectiv as. Así, se advierte la existencia de una capacidad creativ a/intencional en
el niv el menor y otra limitadora o p osibilitadora a niv el aglutinador/estructural.
48 1.4. A tendiendo a las prácticas cotidianas
not an intende d pr oje ct ” (Giddens 1984: 26). P or otro lado, de n uev o aquí p o demos
recordar otro de los conceptos cla v es de su teoría de la estructuración: ontolo gic al
se curity (Giddens 1984: 50-54, 95-96), que se refiere a la necesidad de exp erimen tar
confianza y seguridad que y a hemos mencionado previamen te (apartado 1.3.4 de
este Capítulo). Este estím ulo estaría presen te, conscien te o inconscien temen te, en
los pro cesos rutinarios inheren tes a to da formación so cial con un ob jetiv o básico:
evitar la sensación de inseguridad al dirigir la acción y sus consecuencias hacia
situaciones predecibles.
P or tan to, lo cotidiano alb erga un buen n úmero de acciones que no enca jan con
claridad en una categoría conscien te o inconscien te, sino que se corresp onderían con
un niv el de semi-consciencia o cono cimien to tácito, de las cuales existen m últiples
ejemplos en n uestra vida diaria (F ahlander 2003: 31). Estas actividades son reco-
no cidas con facilidad si son señaladas p or algún motiv o concreto. No obstan te, son
ejecutadas sin necesidad de ser definidas ni in terpretadas, de buscar una justifica-
ción a la in v ersión de esfuerzo en el mo do de hac er , ni de man tener el con trol de
su duración o su espacialidad. Son p otenciadas o limitadas p or unos mo vimien tos
de territorialización y co dificación concretos (empleando el v o cabulario de Giddens
hablaríamos de atributos estructurales: r e glas y r e cursos concretos).
En este ám bito presup onemos la prev alencia de estilos, hábitos y formas de con-
ducta familiares. Sin em bargo, ello no significa que no tengan lugar cam bios en el
con tin uo dev enir de tales en tidades. La asunción de una causalidad no-lineal estable-
ce la p osibilidad de que se den efectos no predic hos, lo que a su v ez p o dría conducir a
una mo dificación del estado de cosas. El ritmo al que estas co yun turas sean mo difi-
cadas será generalmen te pausado, evitando alteraciones bruscas, teniendo en cuen ta
el lógico grado de conserv adurismo que imp onen las necesidades básicas de la exis-
tencia, aunque tamp o co p o demos desestimar situaciones que no resp eten esta regla
general.
Como y a hemos expresado, el cuerp o empírico al que recurre n uestra disciplina
no suele ap ortar las cla v es para la delineación de ev en tos concretos. P or consiguien-
te, n uestro in terés, más que fo calizar en los episo dios de cam bio, se cen trará en los
pro cesos as en tados, con tin uados en el tiemp o. En este sen tido, y a Braudel (1970: 66)
exp onía: “El pasado está, pues, constituido, en una primera aprehensión p or esta
masa de hec hos men udos, los unos resplandecien tes, los otros oscuros e indefinida-
men te rep etidos; precisamen te aquellos hec hos con los que la microso ciología o la
so ciometría forman en la actualidad su b otín cotidiano” . En la construcción de una
narrativ a histórica, los datos que apun ten hacia momen tos concretos generalmen te
constituirán destellos aislados, de gran vistosidad en algunos casos, en tre un cuerp o
más amplio cuy a forma parece ser in tuida sólo cuando es tratada en conjun to. Así
que aquello que caracteriza la condición tangible de las acciones cotidianas no nos
será accesible de manera aislada más que residualmen te. En este pun to las fuen tes
escritas son un recurso destacado. No obstan te, a escala paisa je, y acotando n ues-
tro in terés únicamen te al registro arqueológico no escrito, serían las evidencias de
acon tecimien tos de gran impacto, como catástrofes (erup ciones v olcánicas, in unda-
ciones. . . ) o destrucciones de gran calado el tip o de acon tecimien tos más fácilmen te
recono cibles a tra v és de análisis micromorfológicos y geomorfológicos. Si nos cen-
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 49
tramos en fenómenos de menor escala, el registro bioarqueológico puede presen tar
in teresan tes p otencialidades para inferir ev en tos concretos en la biografía de los in-
dividuos estudiados.
Esta idea será crucial en n uestra in terpretación de conjun tos arqueológicos, que
preeminen temen te serán aso ciados con el asp ecto material de tales series de ev en tos
rep etitiv os, configuradores de la existencia cotidiana. P osiblemen te, este hec ho se
hace aún más eviden te cuando tratamos con el registro arqueológico sup erficial. En
este caso, la constan te mo dificación de su p osición resulta to da vía en una menor
resolución en las secuencias de acciones que puedan ser detectadas, al menos si es
puesto en comparación con otro tip o de con textos más estables, como el resultan te de
una exca v ación arqueológica. En una u otra situación, el niv el de detalle que alcan-
zará n uestro cono cimien to sobre los fenómenos so ciales dep enderá de tres factores.
En primer lugar, de n uestra capacidad para recono cer ev en tos o cadenas de ev en tos
concretas a partir de su dimensión material preserv ada o CPyP AS. P or otro lado,
deb emos con tar con el grado de preserv ación de ésta última (o en sen tido in v erso el
grado de desterritorialización alcanzado) en el momen to en el que se llev a a cab o la
in v estigación. Finalmen te, tamp o co puede desdeñarse la imp ortancia de la calidad
y precisión de los datos tomados p or el arqueólogo, y la comp etencia de las observ a-
ciones arqueológicas en relación a la idoneidad de la estrategia de traba jo adoptada
para los ob jetiv os plan teados. En cualquier caso, en tendemos que son precisamen te
las secuencias de acciones sujetas a los pro cesos rutinarios, cuy os pro cedimien tos de
ejecución tenderán a ser más parecidos en tre sí, las más acordes para ser analizadas
a partir del registro arqueológico en general y , más particularmen te, a partir de los
agregados de sup erficie.
An tes de cerrar este apartado queremos reseñar que lo cotidiano no se comp one
exclusiv amen te de elemen tos c orrientes , aunque sí sean su constituy en te esencial.
T rataremos de aclarar este argumen to fo calizando en aquello que sería apreciado
como extraordinario p or una determinada formación so cial. Consideremos p or ejem-
plo elemen tos cuy a elab oración o adquisición tiene lugar como actividad no habitual
(templos, determinados elemen tos decorativ os, armamen to, jo y as. . . ). Estos elemen-
tos p oseerán un v alor so cial que p ermitirá diferenciarlos cualitativ amen te (merecen
una v aloración con textual diferen te, y a sea p ositiv a o negativ a) y cuan titativ amen te
(suelen ser más escasos) de otros inm uebles u ob jetos m uebles. Es en este sen tido
que son definidas como piezas no-ordinarias, como lo que p erdura de con tingencias
o ev en tos que sí p oseen al menos cierto carácter extraordinario. No obstan te, ello
no implica hablar de cosas a jenas a la cotidianeidad y a que, una v ez insertadas en
un sistema so cial, su uso puede p ermanecer en el ám bito de lo inhabitual o, p or el
con trario, ser incorp orado en los pro cesos rutinarios. Así, templos, altares o cierto
tip o de en terramien tos, siendo v alorados como extraordinarios, son susceptibles de
participar en las actividades cotidianas que definen a una en tidad so cial. T am bién
deb emos destacar que p or su singularidad, el análisis arqueológico de este tip o de
elemen tos tiende a fo calizar en tal asp ecto. Debido a la más alta v aloración so cial de
estas piezas, su comp onen te expresiv o se v e reforzado y se observ a en ellos una sín-
tesis de v alores, tradiciones, creencias, mitos. . . que se concreta median te la elección
in tencional de materiales, forma, decoración o disp osición. Sin em bargo, en tidades
50 1.4. A tendiendo a las prácticas cotidianas
como el individuo, la familia o la com unidad no se definen únicamen te p or la ima-
gen que pretenden pro y ectar o expresar. Ésta es un v ector más de su realidad y , en
consecuencia, deb e ser concebida en tre un rango más amplio de elemen tos.
1.4.2. Lo cotidiano en el espacio: habitando el v alle
La gestación de este plan teamien to está estrec hamen te vinculada a los p ostula-
dos de T. Ingold y , más concretamen te, a la denominada dwel ling p ersp e ctive (Ingold
2000: 172 y ss.). Y a en un traba jo previo (Sevillano P erea 2013), ensa y ábamos esta
idea como el marco conceptual apropiado para ab ordar holísticamen te el registro
arqueológico de sup erficie como dimensión material preserv ada de las prácticas co-
tidianas de las so ciedades agrarias . En este discurso, la habitación de un espacio es
en tendida como el pro ceso de generación y regeneración del hábitat median te las
prácticas cotidianas. Si bien, el hábitat no se concib e únicamen te en términos me-
dioam bien tales, sino que, como hogar de las formaciones so ciales, ha de satisfacer
las necesidades aso ciadas a la seguridad on tológica y a referida.
La p ersp ectiv a habitacional puede resumirse en la siguien te premisa: “ the forms
humans build, whether in the imagination or on the gr ound, arise within the curr ents
of their involve d activity, in the sp e cific r elational c ontexts of their pr actic al enga-
gement with their surr oundings ” (Ingold 2011: 10). En esta apro ximación recono ce
la conjunción de tres fuen tes de inspiración bien diferen tes (Ingold 2000: 173): la
biología ev olutiv a y del desarrollo, la Psicología ecológica con un marcado influjo
gibsoniano (Gibson 1986) y , finalmen te, el ap orte de las obras de M. Merleau P on t y
(1993) y , sobre to do, M. Heidegger (2001a [1971]) en tan to en cuan to el agente-en-
un-me dio puede ser considerado como un pun to de partida equiv alen te al estar-en-el
mundo fenomenológico (Ingold 2011: 11).
A p esar de sus diferencias, estas tres corrien tes com ulgan en su concep ción de la
existencia como fenómeno que radica en “ the very pr o c ess wher ein form is gener ate d
and held in plac e ”, más que la rev elación o asunción de una forma que preceda a la
existencia misma (Ingold 2000: 173). P or ello, se in tegra en una misma propuesta el
rec hazo la dicotomía cartesiana-kan tiana a los p ostulados ne omaterialistas al rede-
finir la singularidad del pap el del h umano y no h umano en el hec ho so cial. En este
sen tido, el abandono de las divisiones men te-cuerp o o m undo de las ideas-m undo de
lo material, a su v ez, aleja esta p ostura de la ciencia cognitiv a enraizada en la sepa-
ración de la actividad de la men tal y la exp eriencia corp órea 34 . Como con trapun to,
dwel ling para este autor habla del pro ceso de “ immersion of b eings in the curr ents
of the lifeworld 35 without which such activities as designing, building and o c cup ation
c ould not take plac e at al l ” (Ingold 2011: 10).
La misma denominación de la propuesta de Ingold se inspira en el escrito tardío
34 Según ésta, el h umano cono ce la realidad median te su represen tación men tal, es decir, a tra v és
de un pro ceso computacional de la información aportada p or los sen tidos. La cognición formaría
parte de estructuras innatas configuradas en el pro ceso ev olutiv o, mien tras que se accede al cono-
cimien to cultural a partir de la adquisición de esquemas men tales en el con tacto con la so ciedad
de la que se forma parte. Estos esquemas o programas diferirían en tre una formación cultural u
otra (Ingold 2000: 163-165).
35 T érmino tomado de Husserl (2008), leb enswelt o mundo-en-vida .
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 51
de M. Heidegger (2001a) Bauen W ohnen Denken (Construir, Habitar, P ensar). El
argumen to principal de este traba jo se articula en torno a la resolución de dos cues-
tiones plan teadas en los apartados in tro ductorios: ¿qué es habitar? y ¿en qué medida
construir p ertenece a habitar? P ara hallar la respuesta apropiada, en primer lugar
se recurre a una revisión etimológica, partiendo del v o cablo buan (morar/habitar en
el sen tido de “estar en un lugar” en inglés an tiguo y altoalemán y del que deriv a
el v erb o alemán b auen , construir). La no ción habitar, actualmen te, m uestra un em-
p obrecimien to con resp ecto a los matices que presen taba buan 36 , quedando ahora
circunscrito este término a un tip o de actividades (residenciales), fren te a otras que
se desarrollarían en paralelo (Heidegger 2001a: 145). Heidegger, en cam bio, ab oga
p or reforzar su sen tido primigenio, puesto que la v erdadera esencia de habitar se
referiría a la manera en la que los h umanos “están en la tierra” (Heidegger 2001a:
145). En consecuencia, habitar no es reducible únicamen te al ám bito residencial (In-
gold 2000: 185). “ T o say that mortars ‘ar e’ is to say that ‘in dwel ling’ they p ersist
thr ough sp ac es by virtue of their stay among things and lo c ations ” (Heidegger 2001a:
155).
En segundo lugar, esta dwel ling p ersp e ctive surge p or op osición a aquello que
Ingold (2000: 179) denominó building p ersp e ctive , la cual se susten ta en que “ worlds
ar e made b efor e they ar e live d in; or in other wor ds, that acts of dwel ling ar e pr e c e de d
by acts of worldmaking ” . Es decir, que el medio p ercibido (y ordenado men talmen te
a partir de esquemas cognitiv os prefijados) es una construcción sim b ólica y material
de la cultura sobre una realidad dada. Como con trapun to, se defiende que habi-
tar no es sinónimo a “ o c cup ation of a world alr e ady built, but the very pr o c ess of
inhabiting the e arth ” (Ingold 2011: 147) 37 . En consonancia, desde esta p osición se
descarta observ ar al paisa je como la plasmación de ideas, represen taciones men tales
o in tenciones en un cuerp o material indep endien te a ellas. La habitación y las for-
mas del paisa je son parte de un mismo pro ceso: la primera queda asen tada en las
segundas, p ero a la v ez el mo do en el que se llev an a cab o las tareas constitutiv as
de la habitación no puede ser a jeno a dic has formas.
En último lugar, si consideramos que habitar es un término asimilable al pro ceso
36 En inglés an tiguo y altoalemán este término incorp oraba diferen tes connotaciones: (1) ha-
bitar/morar, aunque no únicamen te circunscrito a una esfera de actividades domésticas, sino a
la existencia en general; (2) preserv ar, cuidar y , en particular, cuidar de los cultiv os o arar; (3)
construir o edificar (Ingold 2000: 185; Heidegger 2001a: 145-147).
37 Más recien temen te Ingold (2011: 12) ha matizado su propuesta incidiendo en dos puntos: (1)
dwel ling , por la imp ortan te rep ercusión del escrito de heideggeriano, está fuertemen te cargado
de las connotaciones que éste y p osteriores autores han impreso en tal término (en tre los que
destacan escritos desde la geografía h umana o la teoría arquitectónica, v éase p or ejemplo Seamon
[ed.] 1993; Harries 1983; Norb erg-Sc h ulz 1985). (2) Estas connotaciones dificultarían la necesidad
de enfatizar el carácter dinámico, en constan te mo vimien to, de la existencia. Ello se manifiesta en
que wayfaring (Ingold 2011: 152) es presen tado como un v o cablo que definiría más acertadamen te
al agen te-en-el-m undo que dwel ling . Dic ho de otro mo do: “ T o b e, I would say, is not to b e ‘in ’
plac e but to b e ‘along’p aths ” (Ingold 2011: 12). No es este el pun to para ab ordar la discusión con
resp ecto al carácter estático, delimitado o excluy ente del lugar (v éase Seamon y So wers [2009: 669],
con referencias), p ero adelan tándonos a lo expuesto en futuros apartados, av anzaremos que n uestra
p ostura es más cercana a la conceptualización de habitación como el pro ceso de existir tr ansitando
entr e lugar es , en tan to que ám bitos en los que se sitúa la acción.
52 1.5. La cuestión espacial
de estar-en-m undo, cen trarnos en cómo es o cupado el espacio nos imp ele a distri-
buir n uestra atención a tra v és del hábitat, sin que sean b eneficiados unos ám bitos o
actividades o cosas sobre otras. Es aquí donde observ ábamos (Sevillano P erea 2013)
un in teresan te p otencial en el conjun to arqueológico de sup erficie para el estudio
de los pro cesos de habitación de formaciones so ciales pretéritas. En determinados
en tornos, como los paisa jes agrarios cultiv ados, la prosp ección p edestre p ermite re-
cono cer una p orción concreta de los elemen tos que de facto comp onen el hábitat
de dic has formaciones so ciales sin las constricciones espaciales que imp onen otras
técnicas. Las estrategias de recono cimien to basadas en el ítem “artefactual” como
unidad mínima de registro (Figura 1.3) generan una do cumen tación que evidencian
cómo la CPyP AS no se circunscrib e únicamen te en ciertos ám bitos. P or el con trario,
reflejan cómo las formas solidificadas de los pro cesos de habitación pueden repartirse
sobre extensiones v ariables del hábitat.
T o do ello con tribuy e a observ ar con reticencia el empleo de categorías como ha-
l lazgo aislado 38 para referirnos a elemen tos (aparen temen te) descon textualizados o
despro vistos de información significativ a. A este resp ecto, en tendemos que existirán
en tidades arqueológicas a jenas a los n úcleos residenciales, p ero no al espacio habita-
do. El ejemplo ilustrado en la Figura 1.3 resulta expresiv o en este sen tido al tratarse
de un en torno con una relativ a alta densidad de materiales sup erficie. Sin em bargo,
este argumen to sería igualmen te v álido para cualquier con texto, con indep endencia
de la densidad de hallazgos. Ba jo esta p ersp ectiv a, no recono cemos una diferen te
naturaleza en tre elemen tos arqueológicos dep endiendo de su ubicación. Unos y otros
serían v ertien tes diferen tes de un mismo pro ceso habitacional. Así, no existe hallazgo
descon textualizado (como caren te de relación espacial significativ a con otras en tida-
des arqueológicas), sino que su con textualización deb e llev arse a cab o, en primera
instancia, en un sen tido amplio como in tegran te de la dimensión material preser-
v ada de dic ho pro ceso habitacional. Otra cuestión diferen te se refiere al niv el de
detalle con el que se p o drá caracterizar unas actividades u otras a tra v és del registro
material, argumen to sobre el que incidiremos en la sección 2.5 del Capítulo 2. Este
plan teamien to sugiere, en definitiv a, la creación de una narrativ a del espacio so cial
que considere la totalidad de lugares en los que se desarrolla la existencia. Se resal-
ta, de este mo do, la necesidad de iden tificar la dimensión material preserv ada de los
fenómenos so ciales, con indep endencia de que se trate o no de espacios construidos
en un sen tido arquitectónico.
1.5. La cuestión espacial. La Arqueología de su-
p erficie den tro de una Arqueología del paisa-
je heterogénea
A cabamos de sugerir que la do cumen tación generada median te prosp ección p e-
destre p ermite expandir el análisis espacial de los fenómenos so ciales, añadiendo un
38 En la sección 2.5.2.3.1 del Capítulo 2, dedicada a la exp osición de las evidencias arqueológicas
de ba ja densidad es ab ordada la categoría de “hallazgo aislado” con ma y or profundidad.
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 53
Figura 1.3 Resultados de las campañas de prosp ección p edestre en Medina de las T orres.
Esta imagen ilustra claramen te cómo la CPyP AS, represen tada en este caso median te el
conjun to material de sup erficie, se distribuy e heterogéneamen te a tra v és del espacio habita-
do, a p esar de que se trate o no de concen traciones significativ as de material in terpretadas
como asen tamien to.
54 1.5. La cuestión espacial
n uev o v ector a la confron tación de la do cumen tación arqueológica pro ceden te de
pun tos aislados (n úcleos residenciales, pro ductiv os, funerarios. . . ) con la informa-
ción geográfica disp onible (geomorfológica, edafológica, climática, top ográfica. . . )
de su en torno. Alternativ amen te, el registro arqueológico de sup erficie es un cuerp o
material disp erso, distribuido de forma heterogénea p or el esp acio habitado . Ello
implica que, a la v ez que se recono ce su carácter particular, se requiere un sistema
que p ermita aunarlo a otras fuen tes de información en conjun tos coheren tes den tro
de una misma realidad, la cual p o demos llamar paisa je arqueológico. Asimismo, este
capítulo de exp osición teórica no quedaría completo sin hacer alusión a la apro xi-
mación p or nosotros adoptada hacia la v ertien te espacial de los fenómenos so ciales.
La imp ortancia de atender a este asp ecto es palpable en los traba jos fundados en el
registro arqueológico de sup erficie (aunque no exclusiv a a ellos) y a que la creación de
una narrativ a so cial requiere traspasar el elemen to individual, es decir, las en tidades
arqueológicas iden tificadas, hacia una p ersp ectiv a in tegradora (Orejas Saco del V alle
et al . 2002: 303).
Este último pun to resalta la imp eriosa necesidad de atender el dónde tiene lugar
la acción como factor esencial para discernir qué implica estar en el m undo para una
formación so cial. A sab er, el pro ceso de creación y recreación de su hábitat median te
el con tin uo emerger de relaciones en tre diferen tes elemen tos conduciendo a la pre-
serv ación o mo dificación de lo que cada uno p ermite en determinadas situaciones.
En este esquema, el pap el del agen te h umano, aunque lógicamen te caracterizado p or
ciertos tip os de relaciones con otros elemen tos, no es en vuelto en un aura que im-
p onga una naturaleza singular con resp ecto a otros agen tes. Esto, en consecuencia,
redunda en una apro ximación reno v ada hacia cuestiones que previamen te han sido
plan teadas atendiendo a dos dimensiones (una natural, tangible, de elemen tos bióti-
cos y abióticos, fren te a otro cultural o so cial, in tangible y exclusiv a al ser h umano),
como forma de explicar la necesidad de adaptación al medio, la mo dificación de la
naturaleza, la in teracción o explotación de sus recursos o la p ercep ción y creación
de significados a partir de sus elemen tos del paisa je.
No obstan te, la tendencia hacia la conjunción de esta miríada de ob jetiv os ha
conducido en los últimos lustros hacia una sincr etización en tre p osiciones, p ermi-
tiendo que la adop ción de una apro ximación epistemológica u otra no signifique la
elusión de alguno de los “registros del paisa je”, usando la definición de Orejas Saco
del V alle, R uíz del Árb ol Moro y Lóp ez Jiménez (2002), individualizados den tro de
este camp o de estudios. En tre otras cuestiones, p orque en tendemos que to dos estos
compartimen tos estancos (el medio como fuen te de recursos, como escenario de la
ev olución cultural, como formas impresas en la naturaleza, como sím b olo o como ele-
men to cargado de significado, el medio como moldeador de la exp eriencia individual
y colectiv a. . . ) son razonables en tan to en cuan to p ermiten cen trarse en asp ectos
concretos del hec ho de estar en el m undo, enfatizándolos sobre el resto. Son “arte-
factos” de la in v estigación que funcionan como disp ositiv os heurísticos, simplificando
una realidad compleja y heterogénea, p ero a la v ez totalizadora. Ésta sería ap enas
in teligible sin el recurso a su diferenciación en sectores que puedan ser ab ordados
con más facilidad. Este argumen to, p or otro lado, recono ce la preeminencia en la
actualidad de aquello que Orejas Saco del V alle (1998: 14) denominó tendencia sin-
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 55
tétic a 39 . T al can tidad de in tereses diferenciados, enlazados alrededor de un necesario
discurso histórico, ratifica la div ersidad existen te en esta sub disciplina encargada
del estudio arqueológico de los paisa jes. Este hec ho, a p esar de hab er sido observ a-
do como una debilidad, es en realidad uno de sus rasgos distin tiv os fundamen tales
desde sus mismos orígenes (R uíz del Árb ol 2005: 18).
P or to do ello, la línea de estudios concretada alrededor de la espacialidad de
los fenómenos so ciales no se formaliza como un paradigma p or sí mismo (Sánc hez
Y ustos 2010: 147), sino cualquier análisis plan teado puede participar de la influencia
de líneas de traba jo desarrolladas ba jo el um bral de más de uno de ellos. La diferen-
ciación en tre unas apro ximaciones y otras, si es ab ordada, ha de plan tearse desde
una doble p ersp ectiv a: en primer lugar, rastreando el origen del in terés p or cono cer
el dónde de la acción so cial y , en segunda p osición, cómo acceder a tal cono cimien-
to, lo que asimismo plan tea diferen tes p osicionamien tos epistemológicos, además de
cuestiones de méto do.
En esta segunda cuestión observ amos una lógica con v ergencia desde una v ertien-
te práctico-técnica (tengamos en men te, p or ejemplo, el desarrollo de la prosp ección
p edestre), donde el empleo del adjetiv o “regional”, “territorial”, “espacial” o “del
paisa je” (o incluso “rural” o “agraria”) no implica en la actualidad diferencias signi-
ficativ as en cuan to al mo do de pro ceder en las fases de registro. Las diferenciaciones
existen tes radicarán en el tip o de pregun tas acerca de los fenómenos so ciales que
se plan teen, cuestión que condiciona, p ero que al mismo tiemp o excede a lo técnico
(v éase Cuadro T emático 1.4). Las discusiones al resp ecto de estos plan teamien tos son
bien cono cidas, como así lo atestigua la imp ortan te can tidad de publicaciones a este
resp ecto (Orejas Saco del V alle et al . 2002; Orejas Saco del V alle 1998; Ansc h uetz et
al . 2001; Cam bi y T errenato 2004; Llob era 1996; Bradley 1998, 2000; Vicen t García
et al . 1998; Sánc hez Y ustos 2010; Ev ans 2003; Johnson 2008; Bark er y Darvill [eds.]
1997; Criado Boado 1993a, 1999; García Sanjuán 2005, 2011; Hic ks et al. [eds.] 2007;
Cosgro v e 2006; P astor et al . 2013).
1.5.1. Algunos apun tes en torno a la no ción paisa je
El paisa je, constituido p or una maraña de elemen tos cuy a significación so cial
oscila sobre el eje materia-expresión an tes tratada, se inserta en la misma dinámica
que y a adv ertimos al tratar lo material como constituy en te de la realidad so cial. P or
lo tan to, se descarta su consideración como algo exen to o como con tenedor neutro
de las prácticas so ciales, igualmen te se abandona su definición como resultado de
la ordenación cognitiv a del espacio, es decir, como un pro ducto cultural. De esta
manera, tamp o co sería una consecuencia material de la v olun tad del agen te h umano.
Sus elemen tos son constitutiv os de la acción y , p or consiguien te, son imprescindibles
para el análisis la gestación de la fuerza motora que la origina, la capacidad de acción
de los agen tes, así como del mo do de hac er .
Al vincular el paisa je con n uestra propuesta de la acción y asp ecto p erdura-
39 Son n umerosos los comp endios y reflexiones al resp ecto de las diferen tes tendencias en la Ar-
queología del P aisa je. Destacamos aquí los cuatro grup os plan teados p or Alm udena Orejas (1998):
(1) esteticistas-reconstructivistas, (2) morfologistas, (3) am bien talista-economicista y (4) sin tético.
56 1.5. La cuestión espacial
ble de la misma, puede resultar clarificadora la mención de los conceptos tasksc ap e
y landsc ap e expuesta p or Ingold (1993) en su seminal traba jo The T emp or ality of
L andsc ap e . T askc ap e , p or un lado, se referirá a una disp osición o cuerp o ordena-
do de tareas in terrelacionadas. L andsc ap e , alternativ amen te, “ is an arr ay of r elate d
fe atur es ” . Las formas de uno y otro son creadas en los mismos mo vimien tos, como
implicación práctica en tre en tidades a tra v és de la acción. La principal diferencia
en tre ellos radica en la disp onibilidad que presen tan para ser observ ados una v ez
tal conjun to de acciones ha concluido. De este mo do, el paisa je se concib e preemi-
nen temen te como la encarnación u ob jetiv ación de dic has disp osiciones coheren tes
de tareas, no como la materialización de ideas o conceptos in tangibles. En segundo
lugar, al igual que la existencia se comp one de una inin terrumpida sucesión de acti-
vidades (“ tasks ar e the c onstitutive acts of dwel ling ”, nos indica Ingold [1993: 158]),
el paisa je carece de una forma completa o finalizada. Análogamen te, tamp o co p osee
un estado originario que reconstruir. Sus formas se encuen tran en p ermanente esta-
do de m utación (Ingold 1993: 156), op erando ba jo diferen tes ritmos y se solidifican
como patrones de actividades colapsadas (Ingold 1993: 162).
El paisa je funciona como elemen to in tegrador, aglutina los atributos tangibles y
no tangibles del m undo exp erimen tado. En consonancia, acon tece como una p ers-
Capítulo 1. Sobre las formaciones so ciales 57
p ectiv a o como los mo dos a tra v és de los cuales son asimilados los caracteres p osibili-
tadores/limitadores (su significación so cial en un con texto so cio-histórico concreto)
de los elemen tos para la acción, que se concreta de forma ordenada en m últiples
ám bitos. P or ello, las formas y regularidades de una misma realidad, estructuradas
en el espacio, pueden ser observ adas a tra v és de m últiples paisa jes. Así, al tasksc ap e
y a mencionado p o drían añadirse otros conceptos ( soundsc ap e, visualsc ap e,. . . ) que
F. Criado Boado (2015) aglutina ba jo la no ción de X-sc ap e .
Finalmen te, el paisa je arqueológico es el medio en el que se desarrolla n uestra
práctica in v estigadora. De este mo do, es una conceptualización que atiende a la orga-
nización espacial de los elemen tos que nos vinculan directamen te al fenómeno so cial
pretérito. Su dimensión tangible, se erige como una pr opie dad acumulador a puesto
que concen traría CPyP AS de m últiples series y colectiv os diacrónicos. No en v ano,
probablemen te sea el paisa je el concepto más ilustrativ o de la v ertien te material de
las en tidades so ciales como acum ulación de la condición material preserv ada de ac-
ciones sucesiv as. Así, se refiere a la manifestación empírica (en tan to que p ercibida
en un pun to temp oral concreto en el transcurso de la tra y ectoria de sus comp onen-
tes) de un pro ceso inin terrumpido, cuy a articulación deviene de la “condensación”
de acciones sucesiv as. P or ello, para el paisa je tam bién es v álida la analogía con una
sup erp osición de fotogramas (en el sen tido descrito en el apartado 1.3.2), un arc hiv o
o palimpsesto 40 (Lucas 2012: 205). Así, la forma incorp orada duran te la ejecución
de cada acción es preserv ada selectiv amen te. En n uestro caso particular, nos refe-
rimos al p aisaje agr ario an tiguo, accesible sólo de manera fragmen taria a tra v és de
un p aisaje ar que oló gic o donde tiene lugar n uestra in v estigación.
Llegados a este pun to, puede resultar de in terés recordar algunos preceptos de
la apro ximación arqueo-geográfica plan teada p or J. Vicen t García (1991) para el
análisis de los paisa jes agrarios de la Prehistoria Recien te en el sureste p eninsu-
lar. Esta p ostura, tam bién elab orada p or diferen tes autores para casos de estudio
cen trados esp ecíficamen te en el registro arqueológico sup erficial (Chapa Brunet et
al . 2003; Ma y oral Herrera 2004: 31; F ernández F reire 2008: 88-89), es asimilable
p or n uestra propuesta para explorar el carácter de condición material preserv ada
de la acción so cial inheren te al registro arqueológico (donde tam bién son incluidos
elemen tos bióticos y abióticos del paisa je). De cualquier manera, esta premisa no
reconstructiv a asume la imp osibilidad de alcanzar el paisa je exp erimen tado p or for-
maciones so ciales pretéritas (Vicen t 1991: 47). La observ ación directa se reduce a
una p orción de los llamados “factores p ermanen tes” (clima, reliev e. . . ), a los que
se unirían otros elemen tos de cierta estabilidad tam bién particip es de las prácticas
so ciales (hablamos eminen temen te de piezas cerámicas o líticas, ecofactos, estructu-
ras o datos paleo-geográficos y paleo-am bien tales. . . ). En definitiv a, unos y otros se
corresp onden con aquellos conjun tos de elemen tos que, incorp orados den tro de un
esquema esp ecífico, hemos vinculado previamen te al concepto CPyP AS.
40 La conceptualización del paisa je o el registro arqueológico como palimpsesto es un lugar co-
m ún en la Arqueología desde el último cuarto del siglo XX y es particularmen te frecuen te en la
Arqueología de sup erficie (Banning 2002: 18-19, F oley 1981). En el apartado 2.2.3 nos hacemos eco
de una exhaustiv a propuesta teórica al resp ecto a cargo de Bailey (1981, 2007).
58 1.5. La cuestión espacial
1.5.2. Un paisa je de lugares
En otro orden de cosas, el paisa je es una p ersp ectiv a, es el asp ecto p erdurable
p er cibido al ser pr actic ado de un conjun to de acciones ordenadas en el espacio. Es
una no ción útil desde una v ertien te cualitativ a para recono cer cómo es un medio
como un to do. Por este motiv o, ha de ser complemen tada p or herramien tas concep-
tuales capaces de ab ordar la v ertien te cuan titativ a relativ a a los asp ectos formales
o la distribución de sus constituy entes. Ello incide en la necesidad de precisar con
cierto niv el de detalle el orden in terno de sus elementos y , como consecuencia, ana-
lizar cómo se ordenan éstos en el espacio. Este último pun to está conectado con el
hec ho de que determinado tip o de actividades tienden a desarrollarse en lo caliza-
ciones concretas. Así, p or ejemplo, hablar del paisa je agrario an tiguo de la Cuenca
Media del Guadiana implica, en primera instancia, recono cer las formas preserv a-
das del conjun to de tareas aso ciadas a las formaciones so ciales que han habitado
este en torno. En consecuencia, si asumimos que tales tareas han sido pro ducidas
y repro ducidas en “ám bitos de acción” esp ecíficos, n uestra atención deb e dirigirse
tam bién hacia la iden tificación de éstos, sus características y su articulación den tro
del paisa je.
P ara caracterizar dic hos ám bitos de acción diferenciados recurriremos a la no ción
de “lugar”, dado que el desarrollo teórico alrededor de este concepto presen ta in tere-
san tes p otencialidades para n uestro esquema. Deb emos recordar que este v o cablo
ha sido extensamen te empleado desde hace v arias décadas en m últiples disciplinas
como la An trop ología y Psicología am bien tal, la So ciología, la Geografía Humana, la
T eoría arquitectónica, la Historia o la Arqueología 41 (Relph 1976; T uan 1977; Mas-
sey 1991; En trikin 1991; F riedland y Bo den 1994; Graham 1998; So ja 1996; Gieryn
2000; Cressw ell 2004; Bender 2006; Logan 2012; Seamon y So w ers 2008; Harmanşan
2014a). En consonancia, la última sección de este capítulo, tratará de recono cer los
factores iden tificativ os y constitutivos del lugar (una definición sin tética puede en-
con trarse tam bién en el Cuadro T emático 1.4). Y, a partir de ello, se esb ozará una
propuesta que reconozca su utilidad para el análisis histórico y arqueológico de los
fenómenos so ciales.
Relph (1976: 61) destaca que en la in terconexión de (1) los elemen tos con pro-
piedades físicas, (2) las actividades que alb erga y , finalmen te, (3) su significación
se encuen tra la identidad del lugar, término que engloba los rasgos que describ en
la forma unitaria y de relativ a estabilidad que p ermite diferenciar un lugar de otro
(Relph 1976:45-46) 42 . Este esquema puede hacerse compatible con los p ostulados
41 P o dría recono cerse una relativ amen te recien te inclinación en n uestra disciplina al empleo, más
o menos reglado, del término lugar para ab ordar la v ertien te espacial de los fenómenos so ciales (dos
ejemplos de esta tendencia Aldea Celada et al . [co ord.] 2013; Harmanşah [ed.] 2014b), sustituy endo
a otros como paisa je o territorio. En tendemos que este hec ho, en buena medida, es la consecuencia
de dos motiv aciones diferenciadas: primero, el énfasis en lo lo cal y lo particular, p otenciado p or
el alejamien to de patrones, ley es o explicaciones de aplicación general heredado de las corrien tes
p osmo dernas. P or otro lado, también es coheren te con la constitución de una narrativ a so cial desde
el binomio estructura global-respuesta lo cal de teorías como las que hemos aludido en apartados
previos.
42 T o davía Relph (1976), jun to a la identidad del lugar , destaca la identidad c on el lugar que,
a grandes rasgos, habla del tip o de vínculo que un individuo o formación so cial siente hacia los
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