scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Metáforas del universo modelos de universidad: institucion y espacio

Fernández, Roberto

Full text

METAFORAS DEL UNIVERSO MODELOS DE UNIVERSIDAD: INSTITUCION Y ESPACIO Roberto Fernández «La Universidad no es sino una metáfora del UniversO>>. AQUEL discreto platonista inglés de principios de siglo creía encontrar en la apacible Cambridge de la época una imagen especular del orden del Universo. Orden de las costumbres morales y de las relaciones sociales, orden en la paciente producción del saber, orden en la «dispositio» de esa c iud a d-Univ e rsidad. Orden, en fin, de la Universidad como Institución y como Espacio. Era la consecuencia de un recorrido no tan históricamente extenso, ya que la Universidad es, efectivamente, una de las auténticas institucione s modernas, capaz de trocar - en nombre del libre discurrir del pensamientosu origen ligado al tomismo, en una decidida incursión tras los confines de la secularidad, clave según Weber, de la aventura moderna. Lo s afanes del Li ceo o la A cade mi a, las propuestas greco latina s y carolingias del «trivium» y el «cuadrivium », el espacio reflexi vo y de aprendizaje pragmático de las «madrasas» islámicas - tan afectas al estudio de la Teología, las Matemáticas y la Medici- M. Cornfod, << Microcosmographia Academica», Cambridge, 1903. nafueron pues, tanteos preparatorios que confluirían en la renovación escolástica medieval para proponer si, esas metáforas del Universo florecidas en París, Bolonia, Pavia, Oxford, Cambridge, Alcalá o Salamanca. La gran experiencia pre-moderna de las ciudades-monasterio ya había an ti cipado no sólo la investigación tecnológica, que permitió el avance en la agricultura y en la manufactura artesanal de algunos productos -c ausas del desarrollo de los burgos medievales, epicentros del servicio rural y el intercambio comercial- sino también, un magnífico ensayo pragmático del mod elo univ ers itario, en tanto primaria división del saber/hacer y forjado de un inicial mercado o depósito del saber. Con sus «scriptorium », sus campos experimentales de l abranza y sus precursoras actividades industriales - en Fountains, Kirkstall, Furness o Clairvaux- o sus laboratorios de óptica y herboristería, algo de la futura Universidad ya se preveía en esas sedes monásticas: es que del «Üra et labora» benedictino muy rápidamente XXXIX ASTRAGALO, 01 (1994) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.1994.i01.05 Profesor-arquitecto y crítico de arquitectura, ex-decano de la Facultad de Arquitectura de Mar del Plata, director de la revista Arquitectura-Sur. Enseña en Mar del Plata y Buenos Aires(Argentina) se desembocó en el afán ilimitado de conocer de Bernardo, Alberto Magno, Tomás de Aquino o Roger Bacon. Será pues, el tomismo -esa teología urbana que procurara conciliar la irredimible escisión agustiniana mediante la aristotélica alianza de Tierra y Cielo y a través del absoluto despliegue de un <<jus naturalis»- y otras novedades de Jos burgos incipientes, como la «zona franca» de las catedrales, espacio de hospitalidad para los marginales y «diferentes» (locos, enfermos) y de libertad para ciertos vasallos, que advendrá , por fin, la invención de la Universidad como institución. Origen tomista -o el de derivaciones, como las construcciones de Scoto u Occam- , pero rápido tránsito a la secularidad, debido al creciente interés burgués en estimular oficios y artesanías. Por eso las celebres «escuelas de catedrales» en Jos artesanos, evangélicas. En una de esas venerables escuelas, la de Aquisgrán, se formaría en las primeras décadas del siglo, L. Mies van der Ro he, quien nunca abandonó la divisa agustiniana, allí inculcada: «La belleza es el esplendor de la verdad»; «tekne» pues, unida a la ética. Zona franca, democracia, autogobierno, racionalidad (en el contexto del control religioso, sin embargo, no suficiente para coartar Jos desbordes hacia el esoterismo de las corporaciones), son pues, las características fundantes de las primeras universidades (París, 11 50; Oxford, 1190; Bolonia, 1200), que al compás de aquellas demandas burguesas que engendraban su «locus» urbano rápidamente tendieron al cultivo de la medicina y el derecho, es decir, saberes indispensables de la convivencia social. XL Pero, en cualquier caso, un origen vigoroso, que engendraría condiciones fundamentales de la modernidad urbana. El famoso plano parisino del siglo XVI, llamado de los «Tres Personajes», distingue claramente los espacios estamentales de la ciudad: la «v ille» burguesa, a la derecha del río, la «université» de los colegios de las cuatro órdenes mendicantes a la izquierda, y la «Cité», de la jerarquía eclesiástica, nudo y equilibrio del poder, en el centro fluvial, isla y ciudadela. París tiene su novedad estructural en lo espacial, pero también esa condición de cosmopolitismo por la que evoluciona lo urbano y que vendrá dada por la hospitalidad que la Universidad da a los estudiantes lejanos y que se plasma en los colegios que albergan y clas ifican por su procedencia, a aquellos estudiantes, que ya imponen las condiciones polifacéticas de sus múltiples «exilios». Universidad y orden medieval La Universidad, emanada del orden medieval y de las prescripciones tomistas, se afirma entonces hacia el 1200, como invención moderna, en tanto racional y urbana, con libertades intelectuales y crecientes fueros políticos, con clientela asegurada en los mercados burgueses y en las demandas burocráticas de los estados expansivos. Ha logrado sistematizar los saberes escolásticos -al estilo de las «Sumas»- pero asimismo, ha sabido decantar algunos ideales utópicos monásticos, sobre todo, el de una voluntad experimental que empezaba a cuestionar la inexorabilidad agustiniana de un destino aciago para la ciudad terrenal y de una expectable trascendencia que sólo la fe aseguraba en la ciudad celestial. Las pestes y hambrunas podían conjurarse; la producción y el intercambio comercial podía optimizarse (en la tecnología) y controlarse (en el derecho de gentes). La tarea especulativa propia de las artes liberales podía perfeccionar el magnífico -y herméticoorden de lo natural, el que, por empezar, debía de conocerse a fondo, por fuera de los rituales y las magias, siempre al riesgo de sufrir los «ultimatums» de la doctrina, como en el caso del «epur si muove» galileano, esa temprana joya del oportunismo agnóstico. Esta figura moderna de la Universidad nace así, como espacio central de la ciudad, tanto como institución también central, aunque asociada -y funcionalal clero y al trono. Concentración y centralidad son sus señas espaciales, que definen su integración en la esencia del poder burgués, aunque ya cerca de los intereses crecientemente hegemónicos de la sociedad media de comerciantes y artesanos entre los cuales fluyen moderadamente los tempranos intelectuales y eruditos. Deberá crear -o adaptarsus tipologías de instalación, no demasiado lejanas de las organizaciones monacales. La Universidad adopta los claustros de origen monástico hasta convertirlos en sustantivos de su esencia institucional. Oxford se criba de «quadrangles», que traspasan los siglos, hasta, por ejemplo, Stanford, en California, a comienzos del presente. Pavía también los tendrá en este caso, además tentando el aprovechamiento de un espacio -la «crociera» hospitalariadesarrollado por Filarete y con larga fortuna multifuncional, en su simplificada función panóptica. El patio será la esencia de la Universidad -su abierta «internidad», su memoria de plaza, preservada e inmune-, como el atrio de la iglesia o la plaza del mercado. Allí se discurre y se instala el primario intercambio social, de allí surge la tuna crítica y festiva o la movilización insurrecciona!, siempre a la conquista de un «afuera» que simboliza el poder cuestionado, Tlatelolco o Tienamen. Al patio enclaustrado -cerrado y controlado por bedeles o maceros, para ser «zona franca»- dan las aulas o los recintos donde el maestro da su lección (de 8 a 11 y de 2 a 6, en Mexico, a la moda salmantina), plena de oralidad y carisma, todavía demasiado cerca de la ritualidad eclesiástica e incluso de no más de una hora, como un razonable sermón de vísperas. Otro elemento espacial casi iniciático en las primeras universidades, como en Bolonia, será el «teatro anatómico», el Jugar de la lección médica practicada directamente sobre los cuerpos y susceptible de un aprendizaje esencialmente visual. La «madrasa» islámica tiene la misma matriz, en Isfahan, El Cairo o Córdoba. El apogeo de esta última, sobre el siglo x, la hace no tan lejana de la invención cristiana. En análogos recintos claustrales anexos a la mezquita, los maestros leían sus libros -de álgebra, medicina o exégesis coránica- a sus discípulos, que alcanzaban la dignidad de su titulación cuando, en su hora, escribían sus propios libros y se les otorgaba la potestad de continuar el ciclo de la transmisión del saber. La modernidad de la Universidad occidental se liga, desde luego, a sus fundamentos monásticos, cuya vocación, a veces de raigambre utópica, permitía ganar espacios progresistas en las luchas ideológicas libradas entre Estado e Iglesia. Cisneros, el mentor de Alcalá, pudo XLI ASTRAGALO, 01 (1994) ISSN 1134-3672 articular su fe franciscana en la doble tarea que le impuso el ejercicio de la regencia post-Reyes Católicos y la fundación universitaria, cuya «exportación» americana -como modelo, junto a Salamanca, de las tempranas creaciones de mediados del siglo XVI, de las Universidades de Santo Domingo, Lima y Méxicocumplió un papel sustantivo y moderador del proyecto colonizador. Digamos, si cabe, que lo «humanizó» -e n el sentido de Erasmo, Vives y Vitoria- a través de «perfomances» como la de Cervantes de Salazar, el discutido «alma maten> mexicano que maneja un instituto comparable a los europeos apenas cuarenta años después de la irrupción cartesiana, dedicado a la manera cisneriana, a la conformación de élites de gobierno antes que hubiera, en Nueva España, cualquier otra instancia de instrucción. El propósito era, estratégicamente, salvífico y así lo atestiguan las gestas de evangelización promovidas por la Junta Eclesiástica y sus «activistas », Vasco de Quiroga, Montesinos y Las Casas, tan próximos al ideal universitario erasmista como al afiebrado utopismo milenarista. Medievo y Renacimiento El caso de Alcalá y Cisneros, en la intersección de Medievo y Renacimiento, es de interés para desmadejar el cruce de factores y proyectos, que explican el nacimiento moderno de una Universidad, como nueva institución y espacio urbanos. El pedido del arzobispo García Gudiel, satisfecho por Sancho IV en 1293, de un Estudio General en Alcal á, pudo encontrar su final conformación por la licencia papal para abrir Universidad, concedida en el 1500. El ro l de su impulsor, el Cardenal Cisneros, arzobispo de Toledo desde 1495, confesor de Isabel y regente del reino hasta la llegada de Carlos V en 1516, fue sustancial. La elección geoestratégica de Alcalá tiene su lógica y lucidez: villa veraniega del arzobispado de Toledo -lo que permitirá desviar fondos- y en el cruce de regiones que podían articular Aragón y Castilla, quizás mejor que Salamanca y Valladolid. Cisneros, a cargo de la reforma de las órdenes monásticas por bula de 1494, asume su rol modernizador, ayudando activamente a la consolidación imperial europea y a la expansión colonial en Africa y América. Parte de su visión será formar funcionarios e intelectuales (letrados, obispos, militares) y para ello concibe su Universidad, según el modelo colegial monástico ya emprendido por otros cardenales (como Gil de Albornoz en San Clemente de Bolonia o González de Mendoza en Santa Cruz en Valladolid) y que implicará el montaje de la sede de San Ildefonso. La modernidad inn ova tiva de Cisneros se advierte en su gestión financiera e inmobiliaria tendiente a concretar el proyecto universitario, ya que aseguró los fondos requeridos y compró la tierra necesaria antes de 1498. Casi la mitad de la tierra urbana de la Villa queda ba definida así, como ciudad universitaria, con sus propios estamentos forales, que se pensó de inicio como ciudad autónoma, insuflando por ello un tinte innovativo a la arraigada centralidad medieval de las in stituciones dominantes. Cisneros, ya en su época, supo que des-centraba o re-centraba la villa preexistente y que la potencia urbana de la nu eva institución era un forrpidable instrumento modelador. Supo distinguirse de la tomista Salamanca, merced a su adscripción teológica al francisca- XLII no Duns Scoto, pero cuidándose de competir con aquella tan prestigiosa sede, por caso, evitando duplicar los estudios de Derecho Civil allí impartidos, aun cuando fueran esenciales para su proyecto político. También era consciente del diverso modelo de su Universidad, en cuanto al poder al que procuraba representar: si Salamanca expresaba al poder de la realeza y Valencia, por ejemplo, al comunal, Alcalá iba a ser emblemática del poder eclesiástico de las órdenes; el poder de un clero que el propio Cisneros tenía por misión modernizar tanto como dotarlo de una potencia progresista. No es casual que Alcalá fuera una de las sedes iniciales de Ignacio de Loyola: se trataba de un ambiente estimulante para las innovaciones. La advocación al humanismo erasmista -y el intento de traer a España al maestro de Rotterdam- es otro rasgo de modernidad e independencia intelectual, como lo eran en Salamanca las enseñanzas nominalistas cuasi heréticas, que Gonzalo Gil impartía siguiendo el modelo de William de Occam. A ventura intelecutal que acompañan, desde las cátedras alcalaínas, Nebrija o el Maestro Ciruelo y que se consuma en el paciente montaje de la Biblia Políglota y en el interés por las culturas orientales, que quizás no era más que sostener el viejo impulso libertario de la Escuela de Traductores de Toledo. Véase pues, como en el inicio de la modernidad renacentista hispana, el ejemplo alcalaíno y de su mentor, Cisneros, inaugura un importante antecedente en el campo de articular institución y localización con la compleja gama de intereses y decisiones que definen, desde entonces, la Universidad. Y que su espacio de libertad intelectual --que recorre el trabajo que se consuma en la Políglota, pero luego con Fonseca, el sucesor de Cisneros, en la edición de material eclesiástico innovativono fue sólo el de las ideas sino el del afianzamiento de los fueros de inmunidad con que Cisneros defendía la independencia, a menudo revulsiva, de los alumnos, incluso ante Fernando el Católico, en su célebre visita de 1513. El modelo politécnico: luminismo-positivismo Será a comienzos del siglo XVII cuando empiezan a abandonarse los argumentos humanistas, emergiendo cambios sustantivos para la institución universitaria, en definitiva, consumando su efectiva secularización. Los modelos más fuertes, aun supérstites junto a la universidad humanista, serán los generados en el seno de los descubrimientos científico-tecnológicos que sustentan la llamada «revolución industrial» y el pasaje del capitalismo comercial al indutrial, en el marco de pensamiento de aquello que puede denominarse iluminsmo/positivismo: el modelo politécnico y el modelo «napoleónico» (puesto que es fruto de la pasión administrativa francesa), ambos a su vez, de algunas características comunes. Aunque será bueno comenzar diciendo que, más que consecuencias del desarrollo capitalista y sus exigencias de organización del trabajo, quizás deba pensarse que son causas de aquellos procesos. Es en Inglaterra, todavía bajo Cronwell y sus pragmáticas transformaciones políticas, donde emerge una crítica al pensamiento especulativo -o no directamente productivoque había fundado el origen de la Universidad XLIII ASTRAGALO, 01 (1994) ISSN 1134-3672 como institución moderna. John Webster -junto a otros «puritanos» ingleses, como S. Hartlib o J. Dury, que habían influenciado los cambios educativos sancionados en el Parlamento en 1653- podía, en su The Saint's Cuide del año siguiente, reclamar el abandono de la filosofía aristotélica que todavía empapaba los «Cursum» académicos y pedir mayor relevancia de la cientificista enseñanza de una «vedette» disciplinar de la época, la medicina. Más que en la metafísica greco-renacentista había que apoyarse en las enseñanzas nuevas -y hasta heréticasde Paracelso o van Helmont. El emblemático Robert Fludd, graduado de Oxford y con matrícula médicaque en cierta forma, replicaba en el contexto protestante a las ideas del esotérico jesuita A. Kircherera capaz de montar un aperturismo científico que se acercaba tanto a los innovadores experimentales y pensadores incipientes de la ciencia modernacomo Kepler, Gassendi o Mersennecuanto al incipiente esoterismo del culto rosacruz, a cuya fundamentación dedica su A philosophical key, y a la recurrente temática cabalista. Por el lado francés, las investigaciones señeras de Michel Foucault Las Palabras y las Cosas dan cuenta del afán iluminista y clasificatorio encarnado en el vasto proceso enciclopedista. Taxonomías ácumulativas y ordenadoras intentarán sistematizar el conocimiento de la creciente complejidad del mundo: un mundo social y natural extendido en su incipiente ecumenismo, derivado de la universalidad de la expansión impera! y un mundo productivo que eclosiona en la vorágine de las mercancías, sus valores, nominaciones y signos. Foucault explica su propio proyecto intelectual y define así al vasto movimiento de Jo que nombra el «epísteme clásico», que venía a superar·el momento humanista-renacentista dando paso al desarrollo ideológico de «lo moderno »: «Se trata de mostraren que ha podido convertirse, a partir del siglo XVI, una cultura como la nuestra: de que manera, remontando, como contra la corriente, el lenguaje tal como era hablado, los seres naturales tal como eran percibidos y reunidos, los cambios tal como eran practicados, ha manifestado nuestra cultura que hay un orden y que a las modalidades de este orden deben sus leyes los cambios, su regularidad Jos seres vivos, su encadenamiento y su valor representativo las palabras; que modalidades del orden han sido reconocidas, puestas, anudadas con el espacio y el tiempo, para formar el pedestal positivo de los conocimientos, tal como se despliegan en la gramática y en la filología, en la historia natural y en la biología, en el estudio de las riquezas y en la economía política» (pp. 6-7, México, 1968). El ciclo moderno de la secularización se consuma pues, en la identificación positiva de ese «orden», que será funcional a los requisitos políticos del Estado. El viejo saber -del derecho «natural», del conocimiento de las escrituras sagradas, de las habilidades militaresno desaparece, sino que remoza e integra el nuevo saber dimanado del Orden político moderno. Dos cauces -que tienen sus autonomías y convergenciasse abren pues en la deriva de los modelos universitarios, en tanto ajustes de estas instituciones, a los reclamos del «siglo»: el modelo «politécnico», en tanto causa, compañía y consecuencia de las específicas XLIV necesidades del desarrollo científico-tecnoló- gico desplegado por el movimiento del capitalismo industrial, y el modelo que, apelando a su «patria» política esencial, llamaremos revolucionario y que instituye los estamentos clasificatorios del saber que Foucault define como propios de la irrupción del «epísteme clásico». Modelos universitarios y nuevos saberes El modelo «napoleónico» consistirá básicamente en el reciclaje de los viejos saberes -el Derecho, la Medicina-, ahora puestos a disposición de los requisitos del orden del Estado y en el montaje de los nuevos saberes resultantes de la clasificación positivista/enciclopedista que Foucault identifica como profundamente revisados -la Linguística, la Biología, la Economía Política. La revisión institucional de los aparatos universitarios definirá sus propias innovaciones, como las Facultades -e s decir, las «subuniversidades» que asuman la rigurosidad de la división del saber que el nuevo orden instaura- y las Cátedras -como los espacios de libertad «condiciona da », en los cuales se puede aportar a un interminabl e y diseminatorio proceso de clasifi cac ión y análisis de los nuevos «territorios» disciplinares. La otra novedad institucional sustancial será la convalidación estatal del saber universitariolos célebres DPLG, «Diplome par le Gouvernement», de sabor e inspiración napoleónicacomo una clase de acontecimiento cuya legitimidad funcional será otorgada en tanto coincida con las necesidades de Estado. La aparente s ujeción a resguardos ideo-teológ ico s del modelo «humanista» -que sin embargo pudo prohijar no pocas transgresiones, desde la fundamentación de diversas herejías hasta la «naturalización» de parcelas esotéricas del saberse troca ahora, en una modelística de «libertad de cátedras», empero sujetas a una profusa normativa burocrática, de programas y contenidos, finalmente sometidos a la anuencia del Estado que si no legitima, al menos legaliza. Lo cual, desde luego, no evitó aun en el seno del devenir de los modelos «napoleónicos», el desarrollo de lo que Kuhn llamó las «rupturas epistemológicas» y Foucault el pasaje de la epísteme clásica a la moderna. El Estado, según la evolución de sus necesidades, no vaciló en la creación de aparatos propios -«Ponts et Chausees», «Aministration» y las diversas «Ecoles>> de inspiración francesa, pero replicadas en variados sitioscon el propósito abiertamente expuesto de formar sus cuadros burocráticos de gestión y gobierno. Aparatos que rápidamente interactuaron o se fundieron en los esquemas universitarios, fortaleciendo su funcionalidad. Tras la aparente nueva estructuralidad de los modelos «napoleónicos >> , la Universidad sufre un inicial proceso de fragmentación, ligado al crecimiento institucional de los estamentos disciplinare s. Tanto como se estabilizan socialmente los saberes, se separan y autonomizan las Facultades. La finalidad estatista, de la reproducción de «recursos humanoS> >, termina por relegar profundamente a cada fragmento con su universo «profesional>> y esta neocorporativización institucional restringe, políticamente, el antiguo peso de la Universidad en la dinámica del poder en sus órbitas regional, nacional o local. XLV ASTRAGALO, 01 (1994) ISSN 1134-3672 Las apetencias de signo y ordenadoras del Estado moderno ejemplarmente visible en la gestión normativa de Napoleón definen algunas características espaciales para esta nueva etapa modelística de la Universidad. De una neta inserción protagónicamente urbana, concentrada y central, que tiene la Universidad antigua o «humanista», se pasa a un esquema de «internación», al concepto de «ciudad en la ciudad». Por lo tanto, se apelará a una creciente «extra-urbanidad» y a una resolución «pabellonaria». Instituciones más nuevas como las cárceles, los asilos o los hospitales generales -La San té , Charendon o Santa Anne, en París, todas invenciones estrictamente relacionadas a las voluntades ordenadoras de fines del siglo XVIII- , creadas, por necesidad, «ex novo», perfeccionan esta tipología de la «miniciudad», sobre todo, exaltando el valor discriminatorio que la clasificación socio-económica había pergreñado para los «diferentes» de la vida urbana (los criminales, los locos y los enfermos «asociales»). La persistencia de instalaciones intraurbanas previas de la Universidad, no le auguran una generalización fáctica de estas disposiciones urbanísticas y arquitectónicas, pero está claro que en el doble orden institucional y espacial, será adecuado concentrar y distinguir la Universidad como uan «miniciudad», marginada y controlada respecto de la ciudad. Paralelamente, la fragmentación antes aludida de las Facultades, propondrá esquemas asociativos: Medicina cerca de hospitales, Derecho de tribunales, etcétera, siempre en torno de sistemas de identidad incluso devenidos al común uso de lenguajes historicistas; o bien vecindades ligadas a lo corporativoprofe- sional, como las Ingenierías, próximas a las áreas industriales, etcétera. Como se ve, siempre la emergencia de una voluntad extrema de conferir orden e identidad a Institución y Espacio, aunque no necesariamente derivada en soluciones sistemáticas y generalizadas. El modelo politécnico El modelo «politécnico» no nace, estrictamente, como una consecuencia de las demandas supuestamente emergentes de la llamada «Revolución Industrial». En rigor, su acuñamiento es casi una causa de aquel proceso, y podría incluso referirse a un lento pasaje de las apetencias abstractas del primer «humanismo» hacia el creciente interés por las cuestiones prácticas, como arriba se aludiera con referencia a protestantes británicos, interesados en la reforma educativa hacia horizontes más pragmáticos. Comenius, un pedagogo respetado en la época cronwelliana, es uno de los principales referentes de Jos pietistas, un grupo luterano bien activo en la Alemania del siglo xvn. Un pietista, August Francke, participa de la fundación, a fines del siglo XVII, de la Universidad de Halle, una de las primeras y más intensas experiencias en centrar la actividad universitaria en la investigación científica, imponiendo un modelo que luego seguirían numerosas instituciones alemanas como Gottingen o Berlín. Von Wolff, discípulo de Leibnitz, enseñaba en Halle y cuestionaba en nombre de un estricto racionalismo, el exceso de ciencia abstracta, así como Stahl, que se ocupaba de Química en Halle, había podido, en aquella sede, derivar de los conocimientos alquímicos hacia un incipiente desarrollo de la ciencia, en torno de la teoría del flogisto. Un grupo innovador impor- XLVI tan te, como el de Halle, venía pues, del seno de la religión, a proponer un desarrollo del conocimiento, como evolución «natural» de su propia epísteme teológica. La célebre escuela de Chenmitz, promovida por H. G. Werner hacia 1760, se ocupaba de formar, con conocimientos de vanguardia, a técnicos e investigadores ligados a la industria minera. Por la misma época, las escuelas militares recién abiertas de Mezieres o Freiberg, centralizaban la enseñanza e investigación de las máximas novedades tecnológicas bélicas, en artillería, explosivos, etcétera. Ahora sí estaba consumada una efectiva alianza entre los saberes universitarios y las demandas de desarrollo que se planteaba en las exigencias de las ramas productivas. El modelo «politécnico» entonces, proliferará, como en la instalación de la Escuela de Oficios en Berlín, hacia 1820 o la de Karlsruhe, poco después, y luego con su multiplicación, preferentemente en ciudades con despegue industrial, incluso con las tardías creaciones finiseculares de los Politécnicos de Milán o Lausana. El modelo « politécnico », más o menos contemporáneo del «napoleónico>>, no necesariamente hay que entenderlo como alternativo de su coetáneo. La estructura estatal centralizada también aspiraba a contener en su esquema, los instrumentos que pudieran favorecer el desarrollo de inspiración estatalista, sobre todo, las necesidades propias del montaje de las grandes infraestructuras territoriales . Sin embargo, lo «politécnico >> parece vincularse, desde el origen, a exigencias derivadas de los sectores productivos, los que, en los originarios Estados industriales, tenían niveles de representación, a través de cámaras o asociaciones de promoción, en las estructuras de Estado. La acción en este siglo de la Deutsches Werkbund y el impulso dado a instituciones universitarias relacionadas con la mejora de los sistemas de producción y los productos, como la Bauhaus, es un ejemplo de esta interacción entre Estado, sectores productivos y aparatos formativos de raigambre politécnica. El propio caso de la Bauhaus viene a completar un largo período de experiencias formativas no estrictamente funcionales al desarrollo de los sectores productivos incluso críticas o alternativas, como los talleres vieneses de la Wiener Werkstatten o los diversos «worshops>> ingleses, promovidos por Morris, Ashbee o Voysey, que en rigor, constituían pequeños esfuerzos, reactivos, conservadores y elitistas, frente a la masificación de la producción industrial y a la consumación de lo que W. Benjamín vino a definir como la «pérdida del aura>> en la «época de la reproducibilidad técnica>>. El modelo «politécnico>> incuba en su concepción institucional, un afán diseminatorio, de permanente tendencia a la especialización y fragmentación de los saberes, en algún caso, controlada por la propia emergencia, en su seno, de las teorías de la complejidad y los sistemas. Las «invenciones >> institucionales -y espaciales- serán los « departamentoS >> y los «laboratorios >> , concebidos, como los instrumentos funcionales y formales en que se define dicho proceso, más o menos sistémico, de fragmentación y especialización. Las consecuencias urbanísticas serán básicamente, la instalación extra-urbana, en ocasiones, insertas en el seno de los suburbios industriales. Las tipologías arquitectónicas agudizan XLVII ASTRAGALO, 01 (1994) ISSN 1134-3672 El desarrollo de redes educativas, la multiplicación telTitorial de diferentes polos coordinados, establecen un estímulo a la interactividad de asentamientos en una estructura territorial dada. Establecer puntos de una red universitaria en un «hinterland» tenitorial determinado puede significar un enérgico instrumento de modelación regional, por ejemplo, estabilizando tendencias migratorias regresivas o facultando alguna reactividad productiva regional. Por otra parte, la vigencia superpuesta de fragmentos físicos que testimonian la larga historia de esta institución, obliga a pensar la Universidad, en tanto instalación, también como testimonio de esa sedimentación histórica de implantaciones. Los casos de Pavía, Oxford o Alcalá, por nombrar algunos ejemplos, son particularmente interesantes para señalar la estrategia no de optar por un modelo o tipología espacial universitaria, sino por potenciar y rearticular los varios fragmentos de su propia historia: los edificios históricos centrales, el «campus» periurbano, las «áreas de innovación» (o «parques tecnológicos» de la relación Universidad/Empresa), el coadyuvar al planteo de «corredores» interurbanos o metropolitanos de desarrollo, la estrategia de montaje de sedes distantes, para establecer una presencia articulada en Jo territorial de la Universidad. Como colofón, no se puede ignorar la necesidad de una aportación de la arquitectura a la cuestión de la «identidad>> de la Universidad, en estas épocas tan evanescentes de disolución de los significados y extremado avance de las frivolidades. La Universidad, en cuanto tal, sigue siendo un ámbito de interacción humana, un sitio de encuentro, un espacio que reclama su calificación como «lugar», en tanto receptáculo de acciones y eventos en que se consuma la vida institucional. La función «universita- • ria», si cabe, es la de un aprendizaje de convivencia social, de confrontación y debate, y también de permanencia a sólidas redes de relación, en las cuales, por casi diez siglos, se ha venido cociendo el caldo de nuestra cultura, tanto la de élite como la popular. Los profesores «conservan» y los alumnos «revolucionan» en esa especie de «leit motiv>> histórico tan sustarttivo de lo democrático. Será bueno que, en esta época de turbulencias, esa institución -y sus espaciosperduren y que preserven, modernizándolas continuadamente, sus esencias. LIV